|
[Escrito originalmente como carta para sus hijos
al cumplir 54 años, este texto que Mario Vidal hoy comparte con los lectores
(abril de 2006) quizás provoque los mismos recuerdos y nostalgias que motivaron
al autor, y seguramente los mismos afectos que despierta en nosotros]
Las imágenes pertenecen al sitio
Bertonih, un lugar con recuerdos
La Plata, 20 de setiembre de 2001
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla,
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Antonio Machado
Hoy es 20 de setiembre de 2001 y cumplo 54 años. Ignoro por qué se me ocurrió
relatar los años de mi primera juventud... nostalgias, revival, el paso del
tiempo... no sé. Se lo dedico a mis hijos que hoy tienen Celina 23, Pablo 19 y
Lucía 17 años. Yo soy clase ’47 o sea de los años de la postguerra (1938/1945).
Lo voy a hacer alternando la primera con la segunda persona, como si hablara
conmigo al tiempo que con ustedes, mis queridos pibes.
Quizás me mueva al relato un par de cuestiones. La primera es las tantas veces
en que no nos hemos puesto de acuerdo en la consideración de algunas situaciones
que han cambiado mucho. La segunda es mi permanente sorpresa al ver –hoy en día-
un paisaje urbano tan pero tan diferente al que me tocó vivir a mi. Les aseguro
que el paisaje de mi niñez era muy otro, ni mejor ni peor pero bien distinto al
de ustedes.
Como decía, nací en setiembre del año 1947 en la entonces llamada Capital
Federal, hoy Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Mis padres vivían en Avellaneda,
en un departamentito a un par de cuadras del viejo Puente Pueyrredón, puente hoy
en desuso.
Al cumplir yo seis meses nos mudamos a WILDE donde papá había comprado una casa
con amplio terreno, a tres cuadras de la Av. Mitre y calle Las Flores, vale
decir cerquita del centro. Ahí, en ese suburbio del Partido de Avellaneda
aprendí a caminar la vida y me crié. Era la década del 50 y viví en Wilde
durante 24 años, hasta 1972, cuando recalé en La Plata para cursar estudios
universitarios.
Los recuerdos que les voy a contar son básicamente de los ’50, una época que hoy
parece acaecida trescientos años atrás, tanto han cambiado las cosas en apenas
40 años. Debo empezar diciendo que todo el contexto de la vida cotidiana de mi
infancia y niñez era casi absolutamente distinto al que es hoy y en cualquier
plano que se lo mire, ya van a ver. Empiezo entonces tal como me salga, voy a
chequear mi memoria.
La zona donde yo vivía está hoy totalmente poblada y se ha convertido en un algo
caro y elegante barrio con todos los servicios y arquitectura moderna. No era
así en la década del 50. Por aquel entonces había en Wilde más terrenos baldíos
que casas y más calles de tierra que asfaltadas, la Av. Mitre era empedrada con
adoquines lo mismo que la mayoría de las pocas calles; tenía una muy ancha
rambla en el medio por la cual circulaba el tranvía. Las casas eran de ladrillo,
sin tejas, cuadradas, estilo antiguo y algunas sin revocar; muchas eran de
madera y chapa. Cuando llovía se embarraba todo. La mayoría de ellas tenían agua
de bomba, no agua corriente. No había edificios.
Los inviernos eran bien cojonudos y no teníamos con qué darle como no fuera con
los pullovers que tejían mamá y la abuela. Debido a las pocas casas y
predominancia de baldíos no había el microclima que hay ahora, entonces las
heladas congelaban todo y pintaban de blanco el paisaje matinal. Los baldes que
quedaban en el patio amanecían con una capa de cinco cmts. de hielo y el goteo
de la canilla del fondo con la columna hecha una estalactita. Eso en la ciudad
ya no se ve más. A los chicos nos ponían guantes de lana, bufanda y pasamontaña
¡Ay los sabañones en los dedos y las orejas!
Al haber pocas casas y muchos árboles en Wilde estaba lleno de pajaritos:
palomas, torcazas, gorriones, mixtos, ratoneras, calandrias, chingolos,
horneros, cotorras, benteveos, lechuzas, teros, colibríes, urracas, cabecitas
negras, golondrinas, tordos, tijeretas, y hasta jilgueros y cardenales.
Cumplí tres años el 20 de setiembre de 1950 y trece en 1960. Juro que durante la
década del 50 jamás escuché las siguientes palabras: diu - marketing -
preescolar - jardín de infantes - guardería - 7º grado - merchandising -
alzheimer - anorexia - diet - light - aerobismo - turbo - climatizado - halógeno
- poliuretano - multiprocesadora - clonación - alunizaje - pasteurizado -
transgénico - genoma - postmoderno - tercera edad - tupper ware - wash and wear
- transa - trucho - trolo - fifar - quartz - rayo laser - teflón - Care Free -
lavilisto – guerrilla urbana - catering - globalización - geriátrico - grill –
pack - tetra brik – poliamida – windsurf – AFJP -parapente – new age – fax –
osteoporosis – Banelco – deuda externa.
Los autos eran muy distintos a los de ahora, por empezar estaban todos pintados
de negro y las marcas eran otras: Chevrolet, Buick, Chrysler, De Soto,
Studebaker, Playmouth, Vauxhall, Morris. Cuando salió el Kaiser Carabela fue el
oh! de todo el mundo y ni les cuento del Valiant I que parecía un avión y daba
más de 120 kmts./hora. La velocidad crucero era de 70 kmts. y el viaje a Mar del
Plata duraba siete regulares horas. No había semáforos y para doblar se sacaba
la mano por la ventanilla; si se transportaba a un enfermo o herido había que
atar un pañuelo blanco en la antena o llevarlo con la mano alzada por fuera de
la ventanilla. Muy pocos tenían auto y no había problemas de estacionamiento en
ningún lado; las calles eran todas mano y contramano. Mi padre era uno de los
únicos dos que tenían auto en la cuadra, un Morris Ten modelo 47 cero km. ... un
potentado mi viejo!
Las mujeres no manejaban. Al no haber semáforos, en las principales esquinas
estaba la garita del vigilante desde donde el cana dirigía el tránsito con unas
mangas blancas en el antebrazo y tocando el silbato. Me contó mi viejo que
cuando él aprendió a manejar chocó contra una y la tiró abajo en la avenida
Montes de Oca de Barracas (qué boludo!).
Había muchos carros tirados a caballo, por todos lados, era tan usual como ver
un auto y la mayoría de los vendedores pasaban en carro. Es obvio imaginar el
olor habitual de las calles a causa de la bosta de los caballos pisada por
carros y autos, un aroma al que uno estaba bien acostumbrado y no ofendía al
olfato.
Por las calles y de mañana pasaba el carro del lechero, el sifonero, el papero,
la panificadora, el pescador, el verdulero, el escobero, el basurero, etc. Era
una romería de carros y relinchos. Debido a que poca gente tenía heladera había
uno que vendía hielo en barra: el yelero, también con carro y caballo por
supuesto; cortaba el bloque con un golpe de serrucho y lo cargaba al hombro con
una bolsa de alpillera. Otro personaje típico era el afilador de cuchillos y
tijeras, un gallego que pasaba en bicicleta, de boina y tocando la flauta. Había
uno que era francamente detestable: el carro jaulón de la perrera.
Muy poca gente tenía teléfono particular, agatas si uno por cuadra y entonces se
lo prestaban a los vecinos. No había teléfonos públicos y mucho menos
locutorios, para hablar había que ir a la empresa telefónica donde la
comunicación la hacía la operadora conectando cables de dos colores en unos
enchufes. No se pagaba por pulsos sino por llamada y existían muchos aparatos
que se accionaban a manija y por operadora. Las estaciones del FFCC se manejaban
con telégrafo mediante código Morse. Los teléfonos eran de color negro. Esto que
cuento de los teléfonos tenía una implicancia que es ahora casi impensable: la
gente se visitaba sin previo aviso, directamente caía en la casa de uno y
golpeaba la puerta.

Los medios de transporte público eran tres: el colectivo –modelos muy antiguos,
marcas Chevrolet, Ford, Leyland, Mercedes Benz o Bedford-, el troley, que era un
colectivo enorme con dos fierros arriba conectados a la línea eléctrica, y el
tranvía, del cual había infinidad de líneas que barrían toda la Capital y
suburbios. Yo hice toda mi escuela primaria viajando de Wilde a Bernal en
tranvía; el estrepitoso ruido que metían era muy típico y hacía a la música
urbana de esos años. Conducía el tranvía o tranguay el "motorman", y el "guarda"
te cortaba los boletos. Los asientos eran de madera y en invierno se colaba el
frío en esas carrindangas que daba calambre.
Por supuesto que también estaba el tren pero con locomotoras a carbón (oh! la
máquina a vapor...), recién empezaban a llegar las Diesel. Imaginar el tren iba
unido al humo de la locomotora y el silbido de la máquina. Chucu chucu chucu
chucu chucu chucu...
En la década del 50 el planeta estaba habitado por 2 mil millones de personas;
hoy somos 6 mil los millones. Argentina tenía 20 millones y hoy 40. El año 2000
quedaba como el 3000... allá lejos y hace tiempo, en la estratósfera, era para
las novelas de ciencia ficción. Las Twin Towers -que desde hace 9 días no
existen más- tampoco existían y el edificio más alto del mundo era el
indiscutido Empire State Building con sus orgullosos 381 mts. de altura.
Esta otra tanda de palabras tampoco figuraba en el diccionario de la vida
cotidiana: Dolina – Arafat - Pinti – ortodoncia – prestobarba - frecuencia
modulada -membrana asfáltica - kiwi - dolby - sida - unisex - realidad virtual -
sensación térmica - mall - capa de ozono - chip - multimedia - lipoaspiración -
plastificado - compact disc - biodegradable - Chapulín Colorado - contestador
automático - www -
bytes - digital - delivery - management - soporte magnético - trabex - e mail -
by pass - parking - caloventor - default - lluvia ácida -Carrefour - catering -
tenedor libre - made in Taiwan - Dow Jones - CEE - Mercosur - Maradona - spa -
prestobarba - DVD - fecundación asistida - masterizado - papanicolau -
mamografía - Brasilia – sachet - hipoacúsico – discapacitado – Serrat -
inalámbrico – pet - fun.
El documento de identidad de los hombres se llamaba "Libreta de Enrolamiento" y
el de las mujeres "Libreta Cívica". Ir a la colimba era "ir a servir a la
Patria" o a "hacerse hombre": si te tocaba Marina tardabas dos años en hacerte
hombre (yo me salvé de la colimba por número bajo, me tocó el 017). Argentina
todavía no era una colonia yanqui y el concepto de Patria se llevaba muy
adentro. En el 47 autorizaron a votar a las mujeres. Había una señora -La Eva-
que se mandaba unos discursos de hostias por la radio; creo que después se
enfermó y se murió, mi papá estaba contento.
Ahora voy a algo que me resulta tan gracioso y sorprendente como necesario para
agregar al presente cuadro una de sus pinceladas fundamentales: en la década del
50 recién se empezaba a usar el plástico, casi no había cosas de ese material.
Recuerdo haber asistido a la aparición de las primeras medias de nylon para
mujeres, eran muy pero muy caras y por supuesto el último grito de la moda.
Uno de ustedes se puede preguntar tranquilamente cómo es un mundo sin plástico y
estoy seguro le va a costar hacerse a la idea ya que hoy casi todo es de alguna
variante de ese material. ¿Y de qué eran los objetos antes del plástico? Pues es
muy simple, casi tonto: de vidrio, papel, cartón, hule, chapa, zinc, lata,
madera, calabaza, mimbre, caña, cobre, alpaca, tela, lona, lino, lana, hilo,
algodón, cuero, amianto, loza, cerámica, plata, antimonio, corcho, niquel, goma,
yeso, arcilla, cebo, baquelita, aluminio, acero, bronce, ladrillo, piedra, barro
y adobe, cemento y fibrocemento.
Hoy día basta contar las cosas de plástico que hay arriba de la mesa a la hora
de almorzar para darse uno cuenta que una mesa de hoy es muy distinta a las de
antes. Todos los envases de bebidas eran de vidrio y retornables, y dicho sea de
paso no existía la Coca Cola de litro, todas la gaseosas venían en botella
chiquita y no era usual verlas en la mesa cotidiana. Los chicos tomábamos un
concentrado (jarabe) para diluir llamado Granadina y otro de bebida cola, la
Refrescola. En los bares además de Coca vendían Pomona, Indian Tonic Cunnington
y Bidú Cola. La Pepsi llegó más tarde.

El vino era común de mesa y el reserva para ocasiones especiales, ni qué decir
del fino. Las marcas eran media docena, que ya no vienen: Tomba, Tupungato,
Gargantini, Toro, Pángaro y algún otro. El mantel de la mesa era de hule y si
domingos o feriados entonces de hilo, sin dudas que bordado a mano.
La vestimenta del hombre era muy otra, por empezar era más elegante y se usaban
gemelos para las mangas de camisa, chaleco, moñito en vez de corbata, sombrero,
trabacorbata, ligas para las medias (claro! porque no eran de nylon, entonces no
ajustaban y se caían, había que sostenerlas con algo), traje, tiradores en vez
de cinturón, pañuelito pintón en el bolsillo de arriba del saco, anillos grandes
y guantes. La terminación era con peinado raya al medio y Glostora o gomina
Brancato... una afeitada con brocha y Gillette, un poquito de colonia y a romper
la noche muchachos!
La mayoría de las cosas que uno hoy compra envasadas se vendían sueltas y además
por precio, no por peso. Ejemplo: ir al almacenero y traer 10 ctvs. de azucar,
otros 10 de fideos y 5 de manteca, garbanzos, porotos o lo que sea. No había
super ni hipermercados, agatas si mercados chiquitos y ferias francas, para las
compras diarias estaba el almacén del barrio, la verdulería, vinerías,
forrajerías, zapaterías, etc. Muchos de esos rubros hoy ya no existen más. El
vino se estilaba comprarlo suelto llevando la damajuana; el aceite también se
compraba suelto. Las gallinas se vendían vivas o se sacaban del gallinero y
había que cortarles el gañote y desplumarlas con agua hirviendo. No había
fábricas de pastas frescas.
La leche no venía en sachet y se compraba suelta por litro llevando la jarrita.
También venía en botellas de vidrio marcas La Martona y La Vascongada. No había
"larga duración" ni ninguna de las marcas actuales. Los menores tomábamos leche
con Toddy, cacao o cascarilla.
La población de Wilde estaba compuesta en su mayoría por inmigrantes tanos,
gallegos y turcos. Había mucha gente de otros países que venía huyendo de las
guerras y entonces uno aprendía idiomas y dialectos casi sin querer; a mi me
daba risa oir hablar a los tanos en su media lengua y mi viejo los imitaba muy
bien. Mi abuela era gallega y solía hablarme en su idioma. Esos inmigrantes
instalaron aquí sus costumbres de origen y algo muy común era la quinta; casi
todas las casas tenían quinta y gallinero. Entonces la gallega me mandaba a la
forrajería a comprar afrecho y rabacillo para las gallinas, también maíz. Yo
tenía que agarrar un balde, ponerle agua hasta la mitad y echarle afrecho,
revolver hasta que espese y darle a las gallinas.
Los almaceneros, dueños de restaurants y mozos eran todos gallegos, los
albañiles y carpinteros italianos, los tintoreros japoneses, los vendedores
ambulantes de ropa turcos y los lecheros vascos. Eso era invariable.
Había pocas instituciones bancarias, muy tradicionales, sucursales del Provincia
y el Nación, también el Hipotecario y la Caja Nacional de Ahorro Postal. Los
conceptos de inflación, indexación, devaluación, corrupción, terrorismo, etc. no
existían; tampoco existían las tarjetas de crédito ni los plazos fijos. Se usaba
el cheque, el pagaré y la cuenta corriente; también la palabra y sellar el trato
con un fuerte apretón de manos. Nadie compraba dólares.
Al no haber inflación las cosas costaban siempre lo mismo por años y años.
Recuerdo que para ir a la primaria viajaba de Wilde a Bernal y el boleto del
tranvía era de 0,50 ctvs. “Peso Moneda Nacional”. El colectivo 0,70. En el 58 mi
viejo compró unos lotes en Mar de Ajo con un crédito del Banco Hipotecario a 20
años, al final terminó pagando chaucha y palitos. Los impuestos se pagaban
anualmente y no bimestral o mensualmente como ahora.
Los elementos de aseo eran mucho más restringidos que los de ahora, no había
sido inventado el champú ni la crema de enjuague. Mi madre y mis tias juntaban
agua de lluvia para lavarse el cabello con algún jabón fino Palmolive. No
recuerdo si ya había desodorantes axilares pero los primeros fueron de barra, en
envase de vidrio con tapa de lata, marca Polyana. El desague del inodoro era a
cadena, no a botón, con la pesada mochila de hierro expuesta allá arriba.
El servicio de la luz se pagaba en el domicilio; pasaba un cobrador, leía el
medidor y cobraba según el consumo registrado. No llevaban custodia ni iban
armados y eran siempre los mismos tal como era siempre el mismo el cartero,
durante años y años. De noche la Policía patrullaba las calles a caballo –de a
dos- y constataba que los picaportes de las casas estuvieran con llave. También
estaba el sereno que indicaba su paso golpeando la puerta cancel con un bastón.
La luz blanca no existía, había sólo de la amarillenta, en casas, calles y
autos.
Todos los vecinos se conocían y se visitaban, que uno le llevaba ciruelas al
otro y ese retrucaba con uvas de su parral, empanadas o alguna que otra cosa. Se
vivía a un ritmo más tranquilo que el de ahora; es un dato ostensible que al
mismo tiempo que fue aumentando la velocidad de los autos, aumentó la velocidad
de la gente (o mejor a la inversa). Qué era el "stress"...? -Ni idea.
En la década del 50 no había internet - countries - lentes de contacto -
torturadores - lavaderos automáticos - ninjas - tampones - moratorias -
desaparecidos - trasplantes de órganos - drugstores - locutorios - freezers -
misiles - cajeros automáticos - tarjetas de crédito - reality shows - celulitis
- psicólogos - neumáticos radiales - shoppings - aliscafos - cybercafés -
alimentos balanceados - coches bomba - tractorazos - piqueteros - hackers -
autopistas - secuestros - comercio de órganos - Brigadas Rojas – Prode – Loto –
Quini 6.
Los colchones y las almohadas eran de lana, pluma o algodón, no existían la
gomaespuma ni el polyester. Había un oficio que era el de cardador; el hombre
venía a casa, descosía el colchón, lo cardaba o sea despelmazaba la lana, y lo
volvía a armar; se lo llamaba anualmente en primavera. En relación a este tema
teníamos dos animalitos bien jodidos y colchoneros que prácticamente
desaparecieron: la chinche y la pulga; fueron desplazados por los piojos y las
liendres. Siempre es así, se vence una peste y aparece otra que la reemplaza
ocupando su lugar.
Casi no existía la electrónica, no existía, entonces no había televisión ni
equipos de audio, grabadores, pasacasetes, videocaseteras, walkmans, guitarras
eléctricas, microondas, acondicionadores de aire, celulares ni computadoras. Sí
pibes y aunque no me lo crean: cuando yo era chico –y ojo que no tengo 180 años-
no había TV ni PC, agatas si radio eléctrica y a válvulas, las de transistores
vinieron después. Recién el tocadisco había desplazado a la vitrola y los
pudientes tenían un “combinado” que era un enorme cajón de madera con radio y
tocadiscos (discos de pasta 78 rpm, por supuesto). La sigla PC quería decir
Partido Comunista.
Nos enterábamos de las noticias por el diario y la radio. Yo seguía la serie de
Tarzán que iba por Splendid todos los días de 17 a 17,15 hs. y mi madre
escuchaba las radionovelas con Oscar Casco y otras voces engoladas célebres por
aquellos años. También había radioteatro, óperas y zarzuelas, y el domingo al
mediodía todo el mundo escuchaba "La Revista Dislocada" con Delfor a la cabeza;
por la tarde los hombres se prendían con el partido. Cuando había golpe de
estado buscábamos Radio Colonia en el 5.5 del dial con la inconfundible voz de
Ariel Delgado (“haaay mááás informacioooones para este boletííín!!!”). Otra
radionovela que me gustaba era "Lindor Covas El Cimarrón".
La TV apareció cuando yo tenía unos 8 o 9 años, en 1956 aprox., en blanco y
negro y con un solo canal -el 7- que transmitía dos o tres horas por día; los
locutores eran el negro Brizuela Mendez y Pinky. Pronto llegaron Pepitito
Marrone (cheeee!!!), el Capitán Piluso y Coquito, Balá, el padre Gardella y las
series La Patrulla del Camino con Broderick Crawford, 77 Sunset Streep, Perry
Mason, Bonanza y El Zorro. También La Familia Falcón con Pedrito Quartucci. Muy
poca gente tenía televisor, eran carísimos.
Los primeros grabadores fueron marca Geloso y eran a cinta (no a casete). El
Winco y los long plays llegaron después, en mi adolescencia. Los Beatles todavía
no existían pero se empezaba a escuchar a Bob Dylan, Joan Baez y Elvis Presley.
No había artefactos a pila excepto las linternas, eran pocos y todos eléctricos.
Los encendedores eran a bencina. Las velas y fósforos de cera marca Ranchera y
las pilas marca Eveready, grandes, de las chiquitas y medianas no había. Todos
los chiches que se movían eran a cuerda.
No existían la informática ni la semiótica, tampoco la ecología y mucho menos el
psicoanálisis y los psicólogos. Había muy pocas especialidades médicas y mil
veces menos medicamentos que ahora. No había medicina de alta complejidad ni la
impresionante aparatología actual; se usaba mucho la medicina casera utilizando
el vinagre, la barrita de azufre, las ventosas, las purgas laxantes de aceite de
castor (puaj!), las píldoras Ross para regularizar el intestino, el ajo con
leche para sacar la lombriz solitaria, el alcanfor contra la polio, las enemas
cuando te atrancabas, el aceite de hígado de bacalao, la ruda contra la mala
suerte, el carbón para cortar la diarrea, el Geniol para el dolor de cabeza,
alcohol fino, árnica para los machucones, etc. El hospital público, que era
gratuito y de calidad, atendía al 90% de la población; había muy pocas
instituciones privadas.

Los chicos nos enfermábamos de sarampión, viruela, poliomelitis, escarlatina,
lombríz solitaria, tuberculosis, tos convulsa, gripe, varicela, y alguna otra
típica de esos años. Casi no había vacunas excepto la Sabín oral contra la polio
(oral, sin inyección). Por cualquier cosa te daban una inyección en el culo que
te dejaba a la miseria. Ir al dentista era dramático, la sala de torturas, lo
peor de lo peor, con ese gigantesco e infernal torno a cuerdas.
Después te arreglaban con caramelos: Sugus, Media Hora, Fruna, Chucola, Chuenga,
chicles Adams o Bazooka, confites y pastillas DRF de menta; en el mejor de los
casos te llevaban a tomar un helado de palito y listo el pollo. Un dicho clásico
de aquellos años: "A golpes se hacen los hombres y a patadas las mujeres".
De chico me tuvieron que operar de la garganta (amígdalas) y me llevaron al
Hospital Argerich de La Boca. Recuerdo que me agarró una enfermera de sorpresa
por atrás, me sujetó fuerte, me encajó una sábana y al toque apareció el médico
con unas pinzas enoooormes. Me obligó a abrir la boca de prepo, metió las pinzas
y tiró para afuera; quedamos él, la enfermera y yo bañados en sangre. Listo, ya
estaba. (¿y la anestesia Doctor...?). Así fue como accedí a la castración.
De cada cosa había muy pocas marcas y eran siempre las mismas, entonces comprar
era fácil. Por ejemplo había una sola marca de zapatillas –Alpargatas- con
cuatro modelos: las comunes, blancas o azules, y las de basquet, blancas o
azules. Hoy día para comprar zapatillas hay que ser especialista en marcas,
modelos y mil chiches... total para qué si un par de zapatillas es un par de
zapatillas. De igual manera ibas a la ferretería a comprar pintura para madera o
metal y había dos marcas -Alba y Colorín- con sólo dos variedades: sintético
(brillante) o mate (opaco), nada más que eso. La ropa era de algodón o hilo -no
de polyester- y necesitaba plancha y almidón.
No había delivery ni comidas preparadas, prepizzas ni tapas de empanadas, casi
todo lo hacía el ama de casa con elementos caseros; se pasaban la mañana entera
cocinando entre ollas y nubes de vapor de agua hirviendo. La calefacción era
mayormente a carbón -braseros- y a kerosene que había que ir a comprar a la
estación de servicio. Las estufas eran a vela y había que darles bomba. El
calentador marca Bram-Metal se usaba tanto para cocinar como de calefactor. El
carbón se compraba en la carbonería, también la leña, papas y cebollas en bolsa
y kerosene. Había heladeras pero no freezers.
Tampoco había de lo siguiente: luncheon tickets - indexación - Favaloro -
Montoneros - Merval - cable coaxil - riesgo país - Hubble - sommier - holograma
- hipoalergénico - Concorde - fórmica - ADN - policarbonato - call money - combo
- promo - neonazi - e mail - página web - telgoporn - fundamentalismo - Benetton
- Ulster - videocable - contaminación ambiental - peaje - corlock - tender - día
del amigo - día del niño - premium - ingeniería genética - cinerama - listas
sábana - empleados ñoquis - demo - unplugged - ETA - Neil Armstrong - Che -
tomografía computada - resonancia magnética - chatear - on line –
flexibilización laboral – Bin Laden.
Mis distracciones consistían en andar en bicicleta, jugar con mis amigos a las
bolitas (uy! cuando aparecieron las japonesas!) o las figuritas, el ajedrez, el
ludo y las damas, la lotería de cartones, los autitos, el remo, los patines,
pasear a mi perro, hablar en jeringozo, hacer cosas con maderas, serrucho,
martillo y clavos. Entre mis amigos nos tratábamos de "che", no de "boludo". A
la gente grande -de más de 20 años- se la trataba de riguroso "usted".
También leer los libros de la colección Robin Hood, manejar el aro, remontar
barriletes, cazar pajaritos con la gomera, tocar el timbre y salir corriendo,
jugar a la escondida y la mancha, el rango y la rayuela. Me encantaba ir con la
bici a pescar a Quilmes o a la lagunita de Sarandí. Coleccionaba estampillas y
leía Patoruzú, Billiken y las revistas mejicanas. Mis héroes eran Tarzán y el
Llanero Solitario. Me había fabricado un palomar en el fondo y tenía como 40
palomas, de las comunes, buchonas y cola de abanico.
Otros juegos infantiles eran el monopatín, el carrito con rulemanes, el tinenti
(o payana) con las piedritas, el balero, el yoyó, las palabras cruzadas y el
estanciero. Los barriletes los hacíamos caseros, con filetes de caña, pegados
con engrudo y destripando una sábana vieja para ponerla de cola. El ladrón y el
vigilante, jugar a la pelota en el potrero y la cerbatana. Cuando llovía y se
inundaba la calle hacíamos barquitos de papel.
Las plazas tenían una configuración distinta a las actuales, con algunos
personajes que han desaparecido. En casi todas había un guardián o cuidador
municipal que la mantenía limpia y arregladita; también estaba el barquillero
que vendía rosquitas, pirulines, gofio, manzana acaramelada, maníes calentitos,
lupines y pochoclo. Pero la palma se la llevaba el calesitero con la algarabía
de los caballitos que suben y bajan y la magia de la sortija. En ninguna
faltaban hamacas ni toboganes. Otro era el heladero que también pasaba en las
tardes de verano por el barrio en un triciclo-bicicleta... "palitos, bombón,
heladoooo!!" y despachaba una de dos marcas: Noel o Laponia. Alcancé a conocer
al organillero con el lorito que te sacaba la tarjeta de la suerte (... las
ruedas embarradas del último organito... vendrán desde el suburbio buscando el
arrabal...).
Era la época de la categoría Turismo Carretera con Fangio -quintuple campeón
mundial-, los Galvez y los Emiliozzi; y en boxeo Gatica, Lausse y Pascualito
Pérez. En catch Karadagián y en fútbol como siempre unos cuantos, recuerdo a
Musimessi -el arquero de Boca-, Labruna en River, Erico en Independiente y Ratín
y Mauriño en Boca. Los partidos los transmitían por radio Fioravanti, Muñoz y
Luis Elías Sojit.
Iba al cine semanalmente a ver las de cowboys con Alan Ladd y John Wayne matando
apaches (oh! Gary Cooper, oh! Kirk Douglas). Daban tres películas y mi vieja
llevaba la canasta con sánguches de milanesa, mandarinas, bananas y Coca Cola.
Cada vez que se quemaba la película se armaba un griterío infernal y
revoleábamos las cáscaras de banana; nada muy distinto a lo que se ve en “Cinema
Paradiso”.
Las de terror estaban a cargo de Boris Karloff que metía un miedo de aquellos.
En la siguiente década apareció Narciso Ibañez Menta con "El Fantasma de La
Opera". Las películas eran casi todas en blanco y negro aunque algunas de
Hollywood comenzaban a llegar en technicolor. Otro que metía miedo era Hitchcock
y para reírnos teníamos de sobra: Los Tres Chiflados, El Gordo y El Flaco,
Chaplin, y Los Cinco Grandes del Buen Humor, sin contar los dibujos animados de
Walt Disney.
Una vez un sábado a la noche mis viejos se empilcharon porque iban a salir con
una pareja de vecinos al cine a ver una porno PM18. Intrigado quise saber cuál
era pero no me lo quisieron decir (muy bien no sabía qué quería decir "porno").
Después me enteré que era "La Cigarra no es un bicho", nacional, con Luis
Sandrini y gran elenco. Ya de mayor la fui a ver de pura curiosidad... qué poco
hacía falta para ratonearse (hoy es para los chicos, hasta uno de 8 la puede
ver).
Las fuerzas armadas de mi país –poderosamente equipadas- tenían tanques de
guerra Sherman, fusiles Mauser, jeep Willys y aviones Gloster Meteor. Hoy todo
eso se puede ver en los museos. Casi no existía la energía atómica y no había
centrales nucleares. Argentina tenía una flota naviera estatal -ELMA- de primera
línea que surcaba todos los mares del mundo; exportaba productos agropecuarios y
tenía un futuro de grandeza. Los servicios públicos eran todos nacionales, Perón
se los había expropiado a los ingleses.
Un amigo de mi viejo lo quiso entusiasmar para irnos a vivir las dos familias a
EEUU, yo asistí a la conversación. El Sr. Estancich decía que aquel era un país
pujante (recuerdo esa palabra porque no la entendía y fui corriendo a buscarla
al diccionario); mi viejo le dijo que no, que Argentina también era un país
pujante y se quedaba aquí. Sin comentarios.
Avellaneda era un maremagnum de fábricas trabajando a pleno con sus chimeneas
humeando día y noche. Hoy es un triste monumento a la desocupación. La Boca y
todo el puerto de Buenos Aires eran un enjambre de vapores cargados hasta la
línea de flotación con los productos del país (ver los cuadros de Quinquela).
Eran miles los estibadores y obreros que llenaban las calles desde temprana
hora. Todo eso -que yo alcancé a ver- se terminó hace rato.
Wilde era un barrio tranquilo y los vecinos se conocían todos, entonces no había
mayores problemas de seguridad. Nadie enrejaba la casa ni ponía alarmas, para
eso estaba el perro. Casi no había robos y recuerdo que cuando había algún
asesinato truculento salía en la tapa de La Razón, en la famosa edición quinta
de la tarde. Los canillitas voceaban los titulares -ahora ya no lo hacen-. Mis
padres no me dejaban leer las noticias "policiales" porque eso no era para los
chicos (tenía que pasar de largo la página 5).
Los pocos ladrones saltaban las tapias a puro coraje, todavía no habían nacido
Rambo ni Terminator. No mataban a nadie; una cosa era el ladrón y otra el
asesino, diferencia sustancial que las épocas dejaron totalmente perimida. Decía
que las casas no estaban enrejadas ni monitoreadas, apenas si culos de botella
rotos en las tapias y a veces alambrados de púa. Se solía usar el cerco vivo de
ligustrina.
Cuando yo era chico no había drogas, me refiero a las actuales y no al alcohol y
el tabaco, con quinientos años el último y miles el primero. Teníamos sólo dos
variedades de coca: la Coca-Cola y la Coca Sarli, de la marihuana ni noticias y
la primera que causó estupor fue el LSD pero recién en la década del 60. La
gente no consumía ansiolíticos a pasto como ahora, hacerlo era signo inequívoco
de estar colifato; había pocos y eran recetados por los médicos psiquiatras, no
por los clínicos.
Por las tardes de verano la gente salía a la vereda a tomar mate y leer La
Razón, conversar con los vecinos y ver pasar la vida. Para fin de año se iba a
saludar casa por casa con una sidra bajo el brazo. En carnavales salían todos
con los tachos a la calle y se armaba la farra. A mi me fascinaban las fogatas
de la noche de San Juan. Esta historia moderna de la gente que vive en edificios
y no conoce al del depto. de al lado solamente pasaba en New York.

Los cigarrillos eran sin filtro y lo más común era armarlos comprando por
separado el papel y el tabaco, en general negro. Los primeros rubios con filtro
fueron los Hawai, LM y Saratoga. Fumar era asunto de hombres, no de mujeres. Los
encendedores eran marca Monopol, Zippo y Carusita, todos mecánicos y a bencina.
Los viejos fumaban pipa, habanos o cigarros de chala. Se podía fumar en
cualquier lado, incluso en los colectivos.
El bolígrafo recién empezaba a llegar, para escribir usábamos lápiz y lapicera
fuente. Yo también usé pluma cucharita y cucharón mojando en el tintero (la de
ganso ya estaba superada). La única tinta era Pelikan y había algo que ya no se
usa más pero era necesario para evitar los manchones: el papel secante. La
fotocopiadora no estaba inventada pero había papel carbónico que te ensuciaba
los dedos; cuando estaba en quinto grado apareció el Simulcoop que fue como
decir la octava maravilla del mundo, nos facilitaba tener que dejar de hacer los
mapas a mano. Otro gran avance de la ciencia fue el tintero involcable. Ja!
También estaba el mimeógrafo (había que picar el extensil), y las máquinas de
escribir mecánicas marcas Olivetti, Remington y Underwood. Las primeras
calculadoras fueron a manija y hacían las cuatro operaciones básicas, el
porciento y poca cosa más; eran unos aparatos Olivetti muy pesados y grandotes
con la carcaza de hierro. Los comerciantes usaban la máquina registradora, unas
enormes máquinas plateadas manuales con teclas de colores.
No había viajes de egresados como ahora; cuando terminabas la primaria o el
secundario, el colegio -por supuesto- hacía una fiesta de graduados, y había que
portarse bien... Los periódicos zonales sacaban la foto de la nueva promoción.
Todos aprendíamos a leer con el libro Upa creo que de Constancio C. Vigil. En la
escuela en cada grado teníamos que comprar El Manual del Alumno Bonaerense que
venía con todas las materias en un sólo libro; en Capital estaba el manual de
Kapelusz.
En casa papá había comprado un juego de tres diccionarios que yo usaba a menudo
(y sigo usando): la Enciclopedia Ilustrada de la Lengua Castellana -Sapiens-
Editorial Sopena Argentina, tapa de cartón duro, edición 1951. También teníamos
la Historia de América de Levene, 15 tomos, edición 1946. Los libros y cuadernos
se forraban con papel araña y los chicos teníamos "libreta de ahorro postal" con
estampillas, y el chanchito alcancía. El único pegamento para el colegio era el
"pegalotodo", no había otro (la Plasticola es de los '70).
El diariero traía todos los días La Prensa, años más adelante mi viejo lo cambió
por Clarín. Los lunes llegaba el Billiken y yo por mi parte iba al kiosko a
comprar Patoruzú y El Pato Donald con unas monedas que me tiraba mi abuela.
La fotografía era en blanco y negro y muy pocos tenían máquina de fotos (eran
grandotas y cuadradas). Había que ir a la casa de fotografía o al retratista a
hacer un dibujo a carbonilla; otra posibilidad era el infaltable fotógrafo de
cada plaza. Ni pensar en las filmadoras actuales, fotómetros, telémetros, zoom
ni cámaras digitales, eso no figuraba ni en las novelas de Julio Verne.
Viajar en avión era cosa de empresarios, funcionarios, militares y pudientes
(eran cuatrimotores a hélice). Nadie nacido por acá conocía USA ni Europa. Mis
abuelos habían llegado al país en barco trás veinte y pico de días de viaje;
nunca más pudieron regresar. Se usaba mucho lo único que había: el correo postal
con la estampilla. En muchas esquinas había un objeto cilíndrico pintado de rojo
emblemático de aquellos años: el buzón.
Cuando se almorzaba o cenaba había una consigna extendida, al menos en mi casa y
casas de vecinos y amigos de mis padres: en la mesa los chicos no hablan. En
verdad los chicos teníamos pocos derechos comparado con el hoy, sería tal vez
por que no había psicólogos... no lo sé pero ya tampoco me importa. En Pehuajó
todavía no había nacido Manuelita. Cuando se te rompía la ropa no la tiraban
como se hace ahora, tu mamá te la zurcía o le ponía un remiendo y se seguía
usando. Había que verla a la vieja o a la abuela meta darle al huevo de madera,
la aguja y el dedal zurciendo las papas de las medias o la entrepierna de los
pantalones cortos.
Al no haber un gran desarrollo de la industria química no existían los
aerosoles, aunque parezca mentira no había de esa parafernalia. Pero entonces...
¿cómo se eliminaban las moscas? -Con la paleta matamoscas y de a una, o
echándoles flit; después apareció el Tugón de Bayer que era un disco como de
goma que se ponía en un plato con agua, la mosca picaba y caía envenenada. En
los bares colocaban unos aparatos aéreos con luz azul y varillas electrocutadas.
En muchas casas tenían fiambreras, unos jaulones colgantes con malla de alambre
anti moscas.
¿Y las cucarachas? -Con el zapato. Los mosquitos con espirales Caracol, la única
marca del mercado. Las lauchas y ratas con trampera y quesito, y si no con
"Ratax", unos granitos raticidas que no les hacían nada. Mi viejo explotaba los
hormigueros echándole agua con cianuro y un fósforo; otras veces les ponía
"Formitox" pero no le daba resultado y las hormigas le comían toda la quinta
(mama mía! cómo puteaba...). También estaba el DDT que después fue totalmente
prohibido porque el remedio era peor que la enfermedad. Para desinfectar la casa
se usaba la lavandina, el fluido Manchester y la acaroína.
Cuando yo tendría unos 10 u 11 años empezaron a aparecer los pantalones
vaqueros, los primeros fueron los Lee e hicieron furor entre los adolescentes.
Hasta bien entrada la pubertad los chicos usábamos pantalón corto; ponerse "los
largos" era signo inequívoco de haber crecido. Recuerdo que la entrada a la
adolescencia se significaba con tres blasones: los largos, la llave de la casa y
el reloj pulsera; era usual que a los 17 o los 18 el padre le regalara al hijo
un reloj (no, no, en esa época no eran digitales ni a pila, a cuerda y costaban
bastante). Las mujeres no usaban pantalones, a ninguna edad, usaban polleras por
debajo de las rodillas. Cuando llegó la minifalda a principios de los ’60 se
armó un lio de aquellos y hasta discusiones teológicas hubo (ni que hablar de la
bikini... uy! Dio!).
Existían las malas palabras y decirlas te hacía merecedor de una fuerte
reprimenda (tirón de orejas, paliza o castañazo). Ahora que soy grande las puedo
mencionar: hijo de puta, la reconcha de tu madre, boludo, pelotudo, andate a la
mierda, pija, te cago a patadas, carajo, chupame un guevo, cabecita negra,
quilombo, puto, cornudo, coger. "Estúpido" estaba a medio camino.
Había varios personajes de ficción que servían para asustar a los chicos cuando
nos portábamos mal, uno era el diablo: "te vas a ir al infierno!". Otro "el
hombre de la bolsa" que tenía su asidero en la figura del linyera, y otro "la
gitana" que se llevaba a los chicos malos que no querían tomar la sopa. Cuidado
que viene “el cuco”.
Mi madre no tenía lavarropas, eso lo compraron después y me acuerdo de su
alborozo frente a semejante adelanto mecánico; las vecinas tampoco tenían. La
ropa se lavaba en una enorme pileta de lavar de cemento armado refregando contra
una tabla de madera, a mano, en verano y en invierno. Luego iba a la soga que
era un alambre que cruzaba el patio de punta a punta y se levantaba con un palo
largo. Para que quedara más limpia se usaba azul para blanquear y antes de la
aparición del jabón en polvo lo único que había era el "jabón blanco para lavar
la ropa" marca Cañadenzo o Federal.
Papá siempre fue un pionero en los adelantos y uno de los primeros del barrio en
traer a casa el gas. Hubo que hacer el tendido de las cañerías de agua caliente
y junto comprar el calefón, marca Orbis o Domec, ya no me acuerdo (el
termotanque es contemporáneo de ustedes). Cuando yo era chiquito en la casa de
Wilde no teníamos agua caliente y en invierno había que calentar ollas para
bañarse; se lo hacía en la "cocina económica" de hierro fundido marca Istilart,
a leña. En razón de lo anterior no era usual que nos bañáramos todos los días.
El gas envasado fue un adelanto tecnológico al que saludamos: dos enormes
cilindros de hierro con una escafandra... eso sí que era ir para adelante a toda
máquina!!!
Pensando en lo que es hoy una casa con todos los aparatos eléctricos y
electrónicos, las comidas preelaboradas, los alimentos envasados, freezer,
microondas, etc. se me hace por comparación que ahora es bastante más fácil ser
ama de casa. Mi vieja estaba todo el santo día dándole a la fragua... que lavar
la ropa, hacer la comida, la quinta, el gallinero, coser, zurcir, tejer, bordar,
planchar, ayudar a los chicos, ir a hacer los mandados, etc. -Es obvio entonces
que por aquella época lo usual era que las mujeres no estudiaran ni salieran a
trabajar, para lo primero no daba el tiempo ni el marco cultural y lo segundo
era tarea del hombre. Casi no había mujeres profesionales.
Un tema aparte (ésto es para vos Pablo) era el de la música. Cuando yo empecé la
primaria recién se empezaba a escuchar por estas pampas a Elvis Presley. Los
Beatles no existían, vinieron varios años después. Lo que hoy se llama "banda"
(de música de rock) antes era la banda de la Policía o la de los pistoleros, no
había otras; lo que sí había eran las orquestas, en general de tango, jazz,
"típicas" y las de música clásica. Antes del rock estaba el mambo, el bolero, el
tango y el folklore; el rock que vos escuchás y tocás no nació en la época de
Jesucristo... El primer conjunto de esa música que vi tocar en vivo fue a The
Wonderfulls en el club Juventud de Wilde y también a Sandro y Los de Fuego (o
sea que ahora Sandro debe tener como 300 años de edad). También lo solían traer
a Antonio Prieto, Yupanqui, Alberto Castillo y Los Chalchaleros.
Mi viejo compraba discos RCA Victor (de pasta, ojo! no confundir con el CD...
venía una sóla canción por disco) y tenía una colección de tangos y boleros
además de otros como Lolita Torres, Benny Goodman, Bing Crosby, Glenn Miller,
etc. Se los escuchaba los domingos a la mañana y cada tanto yo le rompía alguno;
ahí se armaba y ponía el grito en el cielo (... te dije que no tocaras los
discos!!!).
A los niños los traía la cigueña de París (la mentirosa historia de la semillita
vino después). No se había inventado la ecografía ni se podía saber el sexo
antes de nacer. El padre no podía presenciar el parto. Las leches maternizadas
no existían, leche de vaca entera y común para todo el mundo (las descremadas
sin nata son de esta época diet). Tampoco había pañales descartables. El único
método anticonceptivo era el profiláctico -"Velo Rosado"- y recién empezaban a
aparecer las pastillas. A los bares entraban solamente los hombres, no era bien
visto una mujer en un bar.
No había saunas sino prostíbulos y lo habitual era debutar con una puta, a la
novia no se la tocaba. En mi adolescencia solía frecuentar con amigos los
burdeles de Isla Maciel (ayyy!!! las ladillas!!!). Como no había sida a lo sumo
te agarrabas una blenorragia y en el peor de los casos la sífilis, que se curaba
con inyecciones de penicilina. No había divorcio legal y la palabra separación
no figuraba en el diccionario. Tampoco había el análisis de ADN para determinar
certeramente quién era el padre (a veces el chico se parecía un poco al lechero
o al sifonero).
Los velatorios se estilaba hacerlos en las casas y los deudos guardaban luto
hasta que terminara el duelo: brazalete negro los hombres y vestimentas oscuras
las mujeres. La gente usaba medallitas al cuello. Casi no había cultos extra
católicos con excepción de los espiritistas de la Escuela Científica Basilio y
los de las comunidades extranjeras: judíos, ortodoxos, protestantes, etc.

Para ir de Wilde a la Ciudad Eva Perón (La Plata) se lo hacía por la Calchaquí y
el cno. Gral. Belgrano -ambos empedrados-, el Centenario no existía y el
distribuidor de entrada tampoco. El Parque Pereyra se llamaba Parque de la
Ancianidad. Para ir a la Capital se iba por la Av. Eva Perón (Mitre) y se
entraba por el Viejo Puente Pueyrredón que es como decir el puente de Brooklyn.
El arroyo de Villa Domínico no estaba entubado y el parque se llamaba Parque de
Los Derechos del Trabajador.
Los puentes de Varela y Etcheverry todavía no estaban y para ir a Mar de Ajo, de
Dolores en adelante la ruta era de tierra hasta Santa Teresita (200 kilómetros),
luego había que seguir por la playa; cuando llovía era toda una travesía, el
safarí de Camel... otra que "turismo aventura"! (una vez tardamos tres días en
llegar a Mar de Ajo).
La carrera espacial recién empezaba, el Sputnik I se lanzó en octubre de 1957 y
mucha pero mucha gente decía que eran mentiras, que Rusia nos estaba engañando.
Recuerdo mi emoción una noche del 60 y pico cuando pasó sobre el cielo
estrellado de Wilde el Vanguard I llevando a bordo al astronauta Gordon. No se
hablaba de especies animales en extinción ni tala indiscriminada de árboles.
Había indios salvajes y zonas del planeta inexploradas. Los mares no estaban
contaminados y todavía no había aparecido Jacques Cousteau, no era necesario.
Salvo Hiroshima aún no habían empezado las pruebas nucleares y vivíamos libres
de contaminación radiactiva; no había basura atómica en el espacio ni residuos
nucleares. Recién allá por el 66 aprox. -yo 19- explotó el atolón de Mururoa en
el Pacífico ante la consternación mundial y su debida amonestación a la
República Francesa (Chernobyl iba a llegar en el 86).
Yo me entusiasmaba con los proyectos Mercury, Mariner, Géminis y Vanguard, que
hoy se pueden ver por TV en el "History Channel". Esas noticias eran a toda tapa
de los diarios de todo el mundo. La hazaña de Gagarín fue en abril del 61; tenía
14 años y ni yo ni nadie podíamos creer que un hombre orbitara el planeta...
¿Quién le pisaba el poncho a los rusos?.
Hoy la existencia es (o parece...?) inimaginable sin automóviles y teléfonos,
plástico y aluminio, televisión y jets, electrónica e informática, y sin embargo
hoy no somos más ni menos felices que
hace 40 años atrás. Es digno de ser notado que la tecnología y el consumismo no
tengan nada que ver con la felicidad.
Los únicos cuatro made in que yo conocí fueron los Made in USA, England, Germany
y Japan. La mayoría de los países del Africa eran colonias británicas,
francesas, belgas o lusitanas. Asia quedaba allá lejos. En el año de mi
nacimiento la Corte Suprema de EEUU autorizó a los negros a compartir el
transporte público con los blancos.
En 1947 gobernaba el país el General Perón. El Papa era Pio XII y el presidente
de EEUU Harry Truman. En España estaba Franco, en Francia el Gral. De Gaulle, en
Rusia Stalin, en Japón Hirohito, en China creo que Chang Kai Shek y en Cuba
Batista. En la RFA estaba el canciller Konrad Adenauer. Dos años antes había
finalizado la Segunda Guerra Mundial con la bomba de Hiroshima (6/8/45) y la
inmediata capitulación de Japón (tengamos confianza en Argentina y si no vean lo
que le pasó a Japón hace pocos 56 años). La Europa arrasada se empezaba a
reconstruir con el Plan Marshall.
La ONU fue creada el 24 de octubre de 1945. El premio Nobel de literatura del 47
se lo dieron a André Guide (Francia) y el de medicina al argentino Bernardo
Houssay. Exáctamente cuatro meses después de mi nacimiento lo mataron a Ghandi
(20/1/48) y el 14 de mayo del 48 (...yo agatas si ocho meses) se creó el Estado
de Israel. En el 54 Boca salió campeón y mi viejo me llevó a los festejos, tenía
7 años. El muro de Berlín es del 61. Cuando lo mataron a John Kennedy (22/11/63)
yo tenía 16 años. La guerra de los Seis Días (Israel contra los países Arabes)
ocurrió en el 67 a mis 20, todavía faltaban 10 años para que naciera Celina.
Otra guerra que fue tapa obligada y diaria de los periódicos durante toda mi
adolescencia fue la de Vietnam que arrancó en 1962 a mis 15 y terminó a mis 27
con la caída de Saigón (abril del 75). En el 53 fue el asalto al cuartel de
Moncada con Fidel Castro a la cabeza y en el 56 el desembarco del Gramma; Fidel
derrocó a Batista en 1959 a mis 12.
En muy apretada síntesis ésto era más o menos lo que les quería contar,
dibujarles la época en la cual yo me crié, cómo era el mundo por aquellos años.
Si leyeron atentamente habrán notado que las cosas parecen sacadas de un antiguo
libro de historia, y sin embargo no es así, yo fui coetáneo de toda esa
historia, era mi infancia, niñez y adolescencia. La distancia entre mis padres y
yo no llegó nunca a alcanzar tamaña diferencia, ni por asomo (papá era del 17 y
mamá del 20 o sea que ellos fueron testigos de la década del 30).
Queridos chicos: han pasado sólo 40 y pico de años y parece que hubieran sido
como 1000. Los de mi generación hemos tenido que irnos adaptando a la acelerada
modificación de todos esos parámetros básicos antes mencionados. Hemos visto
pasar muchas pero muchas cosas y por momentos parecía que todo se acababa, sin
embargo seguimos en pie. Cuando la crisis de los misiles en Cuba el planeta
estuvo al borde de la guerra nuclear y hubo mucho miedo, fue en octubre del 62 a
mis 15 años. Confieso haber estado aterrado.
Algunos cambios fueron para bien, otros no, pero no voy a eso. Voy al costo
personal de tan impresionantes modificaciones, quiero decir que a veces no da la
estructura mental para mantener el ritmo y en algunas cosas uno se va quedando
atrás.
En mi caso -por ejemplo- cada vez que suena el teléfono me maravillo de ese
invento (Graham Bell, USA, 1876) al que ustedes no tuvieron que adaptarse ni
asistieron a su masificación. Ni qué decir de la computadora y el correo
electrónico que me siguen pareciendo cosa e mandinga aunque los use a diario.
Sepan disculparme entonces si en algunas cosas -poquitas- me ven medio chapado a
la antigua. Es que todo no se puede. Algunas veces y muy en el fondo me siento
un sobreviviente pero enseguida se me pasa; si hasta me están empezando a gustar
Los Redonditos de Ricota...
Hoy -20 de setiembre de 2001- cumplo 54 años y quise escribirles ésto a ustedes
mis muchachos. A vos Celi que naciste en la época de la dictadura, a vos Pablo
que sos de Malvinas y a vos Lu que sos de la democracia, los tres muy nuevitos.
Yo soy de la post guerra, para ustedes una suerte de dinosaurio de Spielberg; ya
murieron mis abuelos y mis padres y la década del 50 quedó allá atrás en la
historia, bien lejos.
Bien, les digo que no soy un dinosaurio, es sólo que los tiempos han corrido al
galope y mal que bien aquí me tienen, sentado frente a una computadora usando el
correo electrónico. Pero la tecnología no importa, jamás se engañen con eso, lo
único que vale más allá de los tiempos es el amor que nos tenemos y poder dormir
tranquilos.
Bueno pibes, eso les quería contar este papá que les lleva más de treinta años,
pocos o muchos según la vara que se use. Por momentos parecen un montón y en
otros un soplo. Las dos décadas en las cuales mi arbolito se modeló y tomó su
forma casi definitiva fueron muy distintas a las que les tocó vivir a Ustedes.
No obstante aquí estamos todos juntos bajo el cielo de Argentina viajando en el
veloz tren del tercer milenio.
No me animo ni a pensar en lo que va a ser el planeta dentro de 50, 100 o 200
años. No hay ninguna garantía de que vaya a estar mejor que ahora, nadie lo
sabe. Basta imaginar el promisorio campo de la ingeniería genética para entrar
en el terreno de la ciencia ficción, y sin embargo tal vez tenga más de ciencia
que de lo otro.
Las guerras y la destrucción no van a terminar; esperemos que tampoco termine
nunca la esperanza y el deseo de ir para adelante. Pero de una cosa podemos
estar seguros: no es por la tecnología que se va adelante en serio, no es por la
electrónica o la informática, es por otro lado, sin duda que es otra la via. No
hay que desmerecer a la ciencia pero una ciencia sin ética es como un mono con
revolver.
En este tembladeral de los años y las épocas me quedaron pocas cosas en pie pero
hay una en la que sigo creyendo con absoluta firmeza: no hay salvación, no hay
progreso, no hay nada si no es con todos y para todos. La cosa no es de a uno,
es de a dos, y quien dice dos dice mil. Aunque sea una idea romántica, aunque
digan que no se puede y aunque vengan degollando, si los adelantos tecnológicos
no están al alcance y al servicio de toda la comunidad entonces no sirven para
nada.
Basta ya de lata y a festejar que hoy el viejo vizcacha cumple sus primeros 54
tacos. Espero me hagan una torta y no se olviden de los regalos eh!
Los quiero mucho
Un beso
Papá
Mario Vidal
mario.vidal@speedy.com.ar
Solo10.com: Dominios - Registro de Dominios - Alojamiento Web - Hospedaje Web - Web Hosting