|
|
|


Ovidio
Cátulo González Castillo
Ovidio Cátulo Castillo nació el 6 de
Agosto de 1906 en Buenos Aires, hijo de José González Castillo. Fue autor, entre
otros, de los famosos tangos "Organito de la tarde", "El aguacero", "Tinta
Roja", "Caserón de tejas" y "María".
Siendo un niño se radica por la situación política en la ciudad de Valparaíso en
Chile hasta que Hipólito Yrigoyen sube como presidente y deciden regresar.
A los ocho años ya distribuia su tiempo entre los estudios y su ya pasión por la
música aprendiendo solfeo, teoría y violín.
Años más tarde comenzó a estudiar piano y composición; a todo esto (por si fuera
poco) se dedicó a la práctica del boxeo, que si bien nunca fue su fuerte (ya que
su corazón se tiraba mas hacia la faceta artística) lo llevó a ser
preseleccionado para los juegos Olímpicos de 1924 a realizarse en la ciudad de
Amsterdam.
Su primer tango fue premiado en el concurso de "Disco Doble Nacional" organizado
por Max Glucksman, éste se titulaba "Organito de la tarde" al que posteriormente
su padre le escribió la letra.
Lo que mas se destacaba de Castillo era su gran cultura e intelecto que dejaba a
mas de uno con la boca abierta ya que en ése entonces se creía que el tango era
de gente de escazos recursos en todos sentidos.
En el año 1927 viaja a España junto
con una orquesta integrada por: Ricardo Malerba y Miguel Caló en bandoneones,
Alfredo Malerba en piano, Carlos Malerba y Estanislao Savarese en violines,
Roberto Maida en voz y él como pianista y director. Entre su repertorio estaban:
"Caminito del taller", "Acuarelita de arrabal", "Silbando", "El Aguacero" e
"Invocación al tango"; la gira debido al gran éxito que tuvieron se prolongó por
mas de dos años y su regreso fue con todos los honores.
De vuelta en Buenos Aires fue nombrado en el Conservatorio Municipal de Música
en 1930 como profesor de solfeo y teoría.
En 1931 viaja nuevamente a Europa con la compañia del "Teatro Sarmiento".
En el año 1935 decide volcarse a su creación poética optando por la colaboración
con músicos que tuviesen orquesta para la composición de la música.
De singular importancia, por la calidad de la obra, fue la colaboración con
Anibal Troilo, de los que destacaremos: "María", "La última curda", "La
cantina", "A Homero", "Y a mi qué", "Una canción" y "Desencuentro". Entre la
increíble lista de tangos de su creación, se pueden mencionar: "Dinero, Dinero"
(en conjunto con Enrique Delfino), "Te llaman violín" (junto a Elvino Vardano),
"La Madrugada" (en colaboración con Angel Maffia), "Un hombre silba" (con música
de Sebastian Piana), "Para qué te quiero tanto" (en compañia de Juan Lorenza),
"Papel Picado" y "Tango sin letra" entre otros.
También se desempeñó como periodista trabajando en diarios como "El Líder", "El
Nacional" y "Última Hora". Además fue presidente de SADAIC y de la Comisión
Nacional de Cultura, hasta que nuevamente por aspectos políticos en 1955 fue
despojado de sus cargos hasta el año 1958 cuando Arturo Frondizi asume el
gobierno.
Continuó trabajando en SADAIC y a los 69 años, el 19 de Octubre de 1975 fallece
en su casa de un síncope cardíaco.
www.elportaldeltango.com.ar

Cátulo Castillo
Por Ricardo Horvath
El que llega primero a SADAIC es Poroto Botana. Chiquito, cada vez más parecido
a Pirandello y a Jacinto Benavente y al rey de Italia, pero muchísimo más
divertido. Apenas más alto que nuestro amigo Alvarez Pereira pero con una
corbata más inverosímil y antigua. Se abraza a Cátulo, se le cuelga al cuello.
Los dos dicen groserías, emocionados, contentos como chicos.
–Mi madre era anarquista –dice Botana– Como el padre de Cátulo. Mi madre se casó
con mi padre para pelearlo con alguna formalidad. Y yo me bauticé de viejo.
Cátulo cuelga el teléfono y dice:
–El bautismo me llegó a los 28 años. Cuando nací, mi padre fue al Registro Civil
y le dijo al empleado: “Vengo a inscribir a mi hijo. Se llama Descanso Dominical
González Castillo”. El empleado dijo que no. Lo convencieron los amigos y transó
en ponerme nombres convencionales. Era un anarquista genial. A diferencia de los
padres de Poroto, nunca los míos aceptaron el matrimonio civil. Fuimos tres
hermanos: Gema –después bailarina en el Colón–, Carlos Hugo y yo. Mi madre se
llamaba Amanda Bello. Falleció en 1930. Era hija de un cuidador de caballos de
carrera en La Plata: don Germán Bello, un hombre de acción (y de cuidado).
Prácticamente mi padre la secuestró. Mi abuelo paterno, Manuel González,
gallego, anduvo por Corrientes en trabajos de cazador y vendedor de cueros en
los tiempos de una cuestión de límites con el Paraguay. Se casó con una
Castillo, familia de criollos viejos. Conservo un daguerrotipo: un pariente
lejano por la rama de los Castillo, en uniforme militar del ejército de la
provincia de Buenos Aires, en tiempos de Rosas...
Miro las manos de Cátulo. Son las manos de un hombre bueno. La cabeza, maciza,
amasada en arcilla. El rostro increíblemente joven. Le digo que el parecido
físico con el padre es total, como lo muestran las fotografías. Ahora es él que
estudia los nudillos de sus dedos haciendo girar el anillo en el anular
izquierdo. Está pensando que sus manos también son como las manos de su padre.
Por momentos, que los dos son una sola larga vida y un impulso creador único, en
dos alientos indivisibles.
Ovidio Cátulo González Castillo nació en Buenos Aires el 6 de agosto de 1906. Su
padre, José González Castillo, autor de sainetes como Entre bueyes no hay
cornadas, El retrato del pibe, Los dientes del perro, y colaborador de Cátulo en
tangos entrañables, también es el autor de los textos de Sobre el pucho (con
Piana), Griseta (con Delfino) y muchas otras páginas donde volcó un naturalismo
evocador y piadoso. Eran los tiempos del relato breve publicado en La Novela
Semanal o La Novela de la Juventud en cuadernillos de a centavos, y las
injusticias cotidianas se agitaban en los tangos de Samuel Linnig o en las
crónicas de Josué Quesada o Soiza Reilly.
Cátulo pasó sus primeros años en Chile, donde inició su instrucción elemental.
Regresó con su familia a Buenos Aires en 1913. Al par que concluía su
bachillerato en el Colegio Nacional Bernardino Rivadavia, sus estudios de violín
y piano se complementaban con los de composición con el maestro Juan V.
Cianciarullo.
En 1924, a los diecisiete años, compone Organito de la tarde, que recibe el
tercer premio en el Concurso organizado al año siguiente por Discos Dobles
Nacional, fabricados por Max Glücksmann por la Argentine Talking Machine Works
con la colaboración del técnico y después director artístico Mauricio Godard. El
tango fue estrenado por la orquesta del certamen, dirigida pro Roberto Firpo, en
el cine-teatro Grand Splendid de la calle Santa Fe, regenteado también por
Glücksmann. En aquel concurso, el público votaba con el talón de entrada. José
González Castillo memoró así los pormenores de aquel tercer puesto:
–[i]Creí comprender en seguida cómo era el jueguito del concurso. Si cada
entrada al cine equivalía a un voto, y viceversa, ganaba en fija el competidor
que sacaba más entradas en la taquilla... Era clarito ¿verdad? Y como el tango
de mi hijo me gustaba y veía en el muchacho una segura vocación, me largué a
sacar montones de entradas y convertirlas en votos desde la primera rueda.
Lo que González Castillo no previó era que había que medir también la dimensión
de los contrincantes de Cátulo. El primer puesto lo obtuvo Sentimiento gaucho,
de los hermanos Canaro; el segundo, Pa’ que te acordés, de Francisco Lomuto.
Continuaba el padre:
–Lo que no sabía era que las familias habituales les despachaban las localidades
sin el talón del voto, y además los empresarios se reservaban una apreciable
cantidad de entradas. Con todo ese caudal en la mano, decidían la elección a su
paladar. A la cabeza se vieron a las dos figuras cotizadas del elenco de Discos
Nacional. Primero, Canaro; segundo, Lomuto; y detrás el chiquilín novato pagando
el derecho de piso.
Todavía les esperaba a los González Castillo un disgusto más. En los momentos
previos al recuento de votos, en la sede de Max Glüksmann, los sorprende la
presencia de Juan de Dios Filiberto, que quiere hablar con el padre.
–Usted le está dando mal ejemplo a su hijo –dice Filiberto, con una bronca que
le revienta la cara.
–Y vaya sabiendo –agrega haciendo fintas– que yo me he criado matando vigilantes
a patadas...
Filiberto, que también concursaba con su tango Amigaso (otro lío mayúsculo con
el editor que puso Amigazo, corrigiendo al Filberto lingüista), finalmente en el
quinto puesto, había advertido la compra de entradas al por mayor que efectuaba
González Castillo. Este no se achica. Se levanta, gigantón y panzudo, y le grita
al autor de Caminito:
–Y yo me crié matando sargentos. ¡Les daba tres puñaladas de ventaja y al final
los sacaba a patadas!
La letra de Organito de la tarde fue escrita por el padre en 1925. Lo cantó por
primera vez Azucena Maizani en el teatro San Martín.
Cátulo Castillo se convirtió en “autor de la casa” y además, en secretario de
publicidad de la empresa de Glüksmann. Gardel le graba su primer tango y también
Silbando, Acuarela de arrabal, Aquella cantina de la ribera (todos versos de su
padre), Corazón de papel (con Alberto Franco), La violeta (con Nicolás Olivari)
y Caminito del taller (con versos propios).
Hubo un momento de la juventud de Cátulo en que parecía querer dedicarse en
exclusiva a las artes de Raúl Landini. Realizó más de 60 peleas con aficionados
de la calidad de Luis Rayo, Gandolfi Herrero, Santiago Pacheco, Morel y otros.
En 1924 estuvo a punto de representar a la Argentina, en la categoría pluma, en
los juegos olímpicos.
En 1926 (el año en que comienzan en Buenos Aires las grabaciones eléctricas),
viajó a Francia, Italia, Egipto y España, en compañía de González Castillo.
Volvió a España como director de orquesta en 1928, acompañado por Miguel Caló,
Alberto Cima, Roberto Maida, Alfredo y Carlos Malerba. Retornó a Europa en 1931,
nuevamente con su padre y el elenco de revistas del teatro Sarmiento, dirigido
por Bayón y Romero.
En 1930 ingresa a la docencia, logrando por concurso una cátedra en el
Conservatorio Municipal Manuel de Falla. Durante 25 años dictó allí teoría y
solfeo, pedagogía, acústica e historia de la música. En ese mismo instituto fue
primero secretario y después director.
De su labor como músico, no olvidaremos los tangos El aguacero e Invocación al
tango (ambos con José González Castillo) y Viejo ciego (1937), en colaboración
con Sebastián Piana y con versos de Homero Manzi.
Y de pronto (o como siempre), Cátulo se descubre poeta, y larga es la lista de
los títulos de su autoría, en colaboración con músicos de Buenos Aire, que van a
enriquecer el cancionero argentino. Entre otros: Caserón de tejas y Tinta roja
(con S. Pïana), Para qué te quiero tanto (con Juan Larenza), Café de los
Angelitos, Camino del Tucumán, Diez años pasan (con José Razzano), Mi moro (un
antiguo tema de Gardel-Razzano remozado en tiempo de tango), María (1945), La
cantina, La última curda, Una canción, Desencuentro, ¿Y a mí qué?, A Homero (con
Aníbal Troilo), Anoche (con Armando Pontier), La mulatada, El patio de la
morocha, La calesita (con Mariano Mores), El último café (1963) y Perdóname (con
Héctor Stamponi).
Entre tanto, Cátulo Castillo desempeñó en SADAIC, en distintos períodos, los
cargos de secretario, vicepresidente y presidente, heredando el nervio de su
padre también en esta actividad gremial y mutualista.
Fue presidente de la Comisión Nacional de Cultura (1954-1955).
Cátulo
Castillo básico
Ovidio Cátulo González Castillo nació el 6 de Agosto de 1906 en
Buenos Aires, hijo de José González Castillo. De Niño, su
familia se radica por la situación política en la ciudad de
Valparaíso en Chile hasta que Hipólito Yrigoyen sube como
presidente y deciden regresar. A los ocho años ya distribuia su
tiempo entre los estudios y su ya pasión por la música
aprendiendo solfeo, teoría y violín. |
Capítulo aparte merece su labor de escritor. Para el teatro escribió el sainete
en tres actos El patio de la morocha, que se representó en el teatro Enrique
Santos Discépolo durante tres temporadas consecutivas; Tango en el Odeón y una
farsa para niños, en dos actos: La palabra del diablo.
En 1947, con ilustraciones de Aurora de Pietro, dio a conocer Danzas argentinas,
una colección de poemas. Un largo estudio sobre el tango incluido por Cátulo en
Buenos Aires, tiempo Gardel (1966), álbum gráfico y periodístico realizado sobre
una idea que le pertenece.
En 1967 se publica Prostibulario, una colección de trabajos que incluye un
ensayo de Cátulo: “Prostíbulos y prostitutas”, y colaboraciones de Joaquín Gómez
Bas, Bernardo Kordon y Pedro Orgambide, entre otros. Le envía un ejemplar a
Perón. Desde Madrid, la respuesta no se hace esperar. Perón le dice que se ha
divertido sobremanera, y que su trabajo lo hizo memorar los tiempos de su vida
cuartelera en Entre Ríos. “El hombre –le dice Perón–, además de calle, tiene que
tener q...”.
Amalio Reyes, un hombre (1970), novela, mereció de Hugo del Carril estas
palabras: “Siempre pensé que sobre los escenarios suburbanos en que se mueven
los personajes de Amalio Reyes, un hombre, alentaba una biografía de orillas
ciudadanas, cuyas características vitales estaban más allá de las deformaciones
carnavalescas de una literatura teleteatral o radiofónica. ¿Novela? ¿Biografía?
No sé bien hasta dónde... o en dónde se confunden realidad, fantasía, historia o
creación, pero creo que, en alguna distancia de la ciudad de siempre, doblando
alguna calle voy a encontrar un día la figura gallarda, silenciosas y amada de
un hombre de verdad: Amalio Reyes”.
Castillo comparte con León Benarós la autoría de comentarios de la carpeta
Nuestro tango (1973), con seis láminas de Sigfredo Pastor.
En al década de los años 30, había compuesto música incidental para los filmes
Juan Moreira, dirigido por Nello Cosimi e interpretado por Domingo Sapelli, y
para Galería de esperanza e Internado, dos trabajos de Carlos de la Púa como
director cinematográfico. En La ley que olvidaron, de José Ferreyra, con la
actuación de Libertad Lamarque y Santiago Arrieta, completa el libro que la
muerte de su padre ha dejado inconcluso (1937). Numerosos cantables suyos fueron
incluidos en filmes argentinos, y en 1970, Hugo del Carril interpreta Amalio
Reyes, filme dirigido por Enrique Carreras sobre el libro homónimo.
El polemista se ha encauzado en conferencias, prólogos, artículos, folletos,
libretos radiofónicos y televisivos, y aún cabe referir su vocación de
cuentista, de la que dio buenos ejemplos en sus colaboraciones en La Prensa
(1953-1955).
Con al colaboración del músico Rubén Mazza, Cátulo Castillo confía en que pronto
podrá dar a conocer su Cantata a Eva América (Las tres banderas del amor
rebelde), para narrador, coros y orquesta sinfónica, en la que ha volcado toda
su hondura de poeta. Toda su carne de artista del pueblo.
Cátulo Castillo, el músico, tiene una clara filiación en el arte del compositor
Roberto Firpo (Alma de bohemio, Sentimiento criollo, El amanecer). No se ha
dedicado un análisis en profundidad a la influencia del autor de En plena mar
sobre los colegas de su tiempo.
Castillo se hermana, por momentos, al Delfino de los tangos romanza. El tema de
la segunda parte de Invocación al tango es revelador de un tiempo y un espíritu
de renovación. En El aguacero se acerca a la canción de cámara. En Viejo ciego,
la invención se ciñe a un parlato, a un decir las cosas a media voz, para que
caiga sobre el oyente la gracia del verso como un aliento. Entonces el poeta
dice:
| La última
curda (Tango - Música: Aníbal Troilo; Letra: Cátulo Castillo) Lastima, bandoneón, mi corazon tu ronca maldición maleva... Tu lágrima de ron me lleva hasta el hondo bajo fondo donde el barro se subleva. ¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón! La vida es una herida absurda, y es todo tan fugaz que es una curda, ¡nada más! mi confesión. Contame tu condena, decime tu fracaso, ¿no ves la pena que me ha herido? Y hablame simplemente de aquel amor ausente tras un retazo del olvido. ¡Ya sé que te lastimo! ¡Ya se que te hago daño llorando mi sermón de vino! Pero es el viejo amor que tiembla, bandoneón, y busca en el licor que aturde, la curda que al final termine la función corriéndole un telón al corazón. Un poco de recuerdo y sinsabor gotea tu rezongo lerdo. Marea tu licor y arrea la tropilla de la zurda al volcar la última curda. Cerrame el ventanal que quema el sol su lento caracol de sueño, ¿no ves que vengo de un país que está de olvido, siempre gris, tras el alcohol?... |
El día que se apaguen tus tangos quejumbrosos
tendrá crespones de humo la luz del callejón
y habrá en los naipes sucios un sello misterioso
y habrá en las almas simples un poco de emoción.
(Manzi)
Así llega Homero Manzi al tango, de manos de Rubén Darío, como García Jiménez
(Tus besos fueron míos) o el mismo González Castillo de Griseta (con Delfino):
Mezcla rara de Museta y de Mimí
con caricias de Rodolfo y de Schaunard,
era la flor de París,
que un sueño de novela trajo el arrabal...
Cuando, a su tiempo, Cátulo despliegue su inédito mundo poéticos, pondrá un pie
firme en este pasado inmediato y otro en la nueva imaginería de los tangos.
Todos comienzan por ser una escenografía, una descripción del todo por lo
pequeño y cotidiano, y después una flecha disparada a través del tiempo hacia un
mundo que quizá nunca existió, poblado por el hombre erguido hasta su permanente
definición. Así, en La cantina:
Ha plateado la luna el Riachuelo
y hay un barco que vuelve del mar
con un dulce pedazo de cielo,
con un viejo puñado de sal.
...............................................
Se ha dormido entre jarcias la luna,
llora un tango su verso tristón,
y entre un poco de viento y de espuma
llega el eco fatal de su voz.
En Una canción:
La copa del alcohol hasta el final,
y en el final tu niebla, bodegón...
Monótono y fatal
me envuelve el acordeón
con un vapor de tango que hace mal.
O en La última curda:
Lastima bandoneón,
mi corazón,
tu ronca maldición maleva...
Tu lágrima de ron
me lleva
hasta el hondo bajo fondo
donde el barro se subleva...
Poesía de los ojos en estos versos de María:
El otoño te trajo, mojando de agonía
tu sombrerito pobre y el tapado marrón...
Eras como la calle de la melancolía
que llovía... llovía sobre mi corazón.
|
|
El artista plástico que hay en Cátulo Castillo, en Patio mío:
Está mirando el cielo desolado
tu historia de ladrillos y portón.
El corazón sencillo, lastimado,
con un perfil de tango y corralón.
Línea y forma trascendentes en El patio de la morocha:
Patio de la morocha que allá en el tiempo
tuvo frescor de sombras, como el alero.
Sobre tu piso pobre, ladrillos viejos.
En La calesita, Cátulo Castillo aniña el calidoscopio de su pupila:
Llora la calesita
de la esquinita
sombría
y hace sangrar las cosas
que fueron rosas un día.. .
Voy, amigo lector, a desnudar mi preferencia. Hace muchos años, Aldo Campoamor,
con la orquesta de Mariano Mores, grabó Anoche. El disco puede repetir para
todos el milagro de aquella sesión de grabación, donde Aldo, maestro de su voz,
la matiza hasta la media tinta, para abrir los pulmones en al estrofa amarga:
Yo estaba en el cordón
desesperado,
nublada la razón,
deshilachado.
Martín Darré, músico de músicos, comparte mi regusto por este tango y aquella
interpretación de Campoamor.
Poroto Botana se ha despedido a besos de Cátulo. Hemos quedado solos.
–Cátulo: no me hable de SADAIC, no me diga nada de todas las cosas que hay de
bueno para nuestra institución, en los días que vendrán. Hábleme de usted.
Hábleme de su perros.
El autor de Canto al trabajo (los versos son de Ivanissevich) tiene en su casa
68 perros. Me apresuro a escribir 69. A estas horas deben ser 70.
–Empecé con un perro. Tenía una cara triste y los ojos lloroso. Está tan
estropeado, tan lleno de piojos, era una cosa tan insignificante, que parecía un
hombre. Otra vez, los chicos me avisaron que cerca de la ruta (yo vivo en Ciudad
Evita), una perra está herida. Me han fusilado a la perrita porque la muy
pecadora está embarazada. Le pegaron cinco balazos y todavía vivía. Cinco
balazos pegados con furia. El que tiró fue tan cruel, tan severo, tan
inexorable, que parecía un hombre, pero era un perro.
31/07/2006 Ricardo Horvath.- Departamento la Ciudad del Tango
http://www.centrocultural.coop/la-ciudad-del-tango/cafe-bar-billares--catulo-castillo.html

El presente artículo fue redactado en base a lo vertido en el programa de Silvio
Soldán, en lo fundamental de la anécdota, por el hijo de Cátulo Castillo y
completado en el armado de la nota.
Catulo González Castillo, Cátulo Castillo fue uno de los más grandes poetas que
nos dio el tango y además de sus letras nos dejó como inspirado compositor junto
a varios poetas, entre otros Homero Manzi y Sebastián Piana, obras tangueras tan
fundamentales como “Viejo ciego” o “Silbando”. También practicó boxeo llegando a
las mismas puertas de los juegos olímpicos con el título de campeón argentino de
pesos pluma.
Pero hubo en su vida un hecho que lo acompañó durante años condicionando su
existencia y que solo conocía su familia y acaso un entorno reducido de amigos.
En cierta oportunidad, coincidió la actuación de Cátulo, con un espectáculo
donde un vidente, realizaba juegos de adivinación, tarot y lectura de manos, por
supuesto a cambio de una módica contribución metálica, pronosticando el
acontecer del futuro inmediato.
Un poco en serio y mucho en broma, Cátulo Castillo, se prestó a la consulta, tal
vez con la idea de tener un tema para una letra de tango, como “La última copa”,
“Desencuentro” o “El último café”.
Cuando estuvo ante el adivino, se sintió inquieto. Y a poco de comenzar a
conversar, el malestar parecía contagiar al augur. Éste sorbió agua de una copa
y tratando de recuperarse comenzó a armar un rosario de acontecimientos futuros,
sin demasiada consistencia que, alarmó más a Cátulo Castillo, quien, un poco
arrepentido de haber acudido a la consulta e interpretando lo que iba escuchando
como totalmente ambiguo, comprendió que era tarde para volverse atrás. Pero un
impulso hizo que se levantara violentamente de la silla, para huir de ese juego
al que tontamente se había prestado.
No lo hizo y aferrándose de la mesa redonda con ambas manos, con voz no
demasiado firme, preguntó:”¿Qué pasa? Dígame que pasa…” El vidente no muy
convincente, le dijo que se calmara, que al final todo era un juego…No lo
convenció a Cátulo, quien insistió, para que le dijera que ocurría. Luego de
negativas y otras evasivas, ante la insistencia, llegó la respuesta.
“Hay momentos en que esto, que tomamos con ligereza, se convierte en mensajes
que nos llegan y que no debemos trasladar a la gente. Hechos graves, momentos
angustiosos, que surgen en las entrevistas. La gente viene a que le digamos de
un futuro auspicioso…”
Luego de un gran rodeo que impacientaba a Cátulo Castillo, le dio la peor
certeza, había visualizado la fecha de su muerte.
Se había establecido entre el adivino y nuestro artista, una relación cósmica
que los unía en la dramática situación que la revelación producía.
Cátulo Castillo, conmocionado, volvió a su hogar y luego de un corto tiempo,
confesó a los suyos, que habían comenzado a preocuparse por sus procedimientos
erráticos, la terrible novedad. Llegaron las palabras de descrédito para esos
vaticinios, tratando de contrarrestar el convencimiento de Cátulo. Se apeló a la
incredulidad con que debían tomarse tales brujerías. Incluso se cree que hubo
alguna voz que pretendió hacer una denuncia policial. Todo fue inútil.
Cátulo Castillo, vio a un joyero y le encargó una gruesa cadena con un medallón
donde le hizo grabar la fecha pronosticada,
Pasó el tiempo, las actividades de todos parecieron olvidar el hecho. Cátulo
Castillo continuó con su creación tanguera, con esa amenaza que como lo sacudía
de continuo Y el tiempo inexorable pasó…
En la víspera de la fecha prevista, trató de mantener la calma para no alarmar a
sus seres queridos.
Cuando bien entrada la madrugada, se acostó no pudo conciliar el sueño hasta un
buen rato después…
El día indicado, Cátulo, se levantó muy temprano y antes ir al baño, fue a
revisar el almanaque de taco de la cocina. El día había llegado, pero él seguía
vivo. Alegre despertó a toda la familia, que participaron de su alborozo Cátulo
Castillo, salió a caminar, como todas las mañanas, vio la primavera en todo su
esplendor, le pareció que el sol iluminaba más que nunca el verde de las plazas
y el azul límpido del cielo apenas cruzado por unas pequeñas nubes.
Se sentía liberado, liviano de esa mochila que soportaba desde hacía tanto
tiempo. Y continuó aspirando el aire fresco y primaveral que vivificaba sus
pulmones.
Ese mediodía, el almuerzo fue un festejo general, un agradecimiento al equívoco,
un alivio que recorría todos los rincones de la casa.
Luego la siesta reparadora, para estar dispuesto por la noche, a la actuación,
en la mesa de los amigos del café, o simplemente, recorrer a la Reina del Plata,
iluminada por doquier.
A media tarde, su mujer fue a despertarlo con un mate.
Estaba muerto.
Sobre su pecho la pesada cadena con la medalla que tenía tallada la fecha de ese
día “19 de octubre de 1975”.
http://tinus.escribirte.com.ar/1624/catulo-castillo---la-profecia.htm

"Llega
tu recuerdo en torbellino"
A cien años del nacimiento de Cátulo Castillo
[2006]

Por
otro Cátulo peronista
Por Domingo Arcomano
OVIDIO CATULO GONZÁLEZ CASTILLO nació en Buenos Aires el 6 de agosto de
1906, y pudo haberse llamado “Descanso Dominical” según una versión o
“Primero de Mayo” según otra. Quizá ambos hayan sido intentos neutralizados
por el empleado de Registro Civil, quien finalmente aceptó la apelación al
mundo clásico-romano de don José González Castillo, padre del niño. La vena
libertaria de aquel, con su tradición inmigrante, y la de criollos de la
época de Rosas de la que provenía su madre doña Amanda Bello, confluyeron
naturalmente en la militancia popular de quien no flaqueó en las duras ni en
las maduras. Exiliado desde niño en Chile debido a las persecuciones contra
su padre, combativo escritor y dramaturgo anarquista, regresó a la Argentina
en 1913. Concluidos sus estudios primarios, y con un bachillerato dudoso fue
alumno de composición de Juan V. Cianciarulo. Precoz autor de tango (a los
17 años compone “Organito de la tarde” al que su padre pondrá letra y
cantará Azucena Maizani) había arrancado a los golpes en 1922 como exitoso
boxeador, hasta ser campeón nacional en la categoría de peso pluma. El
“flaco” Catulo, más bueno que el pan, autor de más de 400 tangos, artista de
cine, novelista y escritor argentino en toda la línea terminó derrumbando
sus 90 kilos un 19 de octubre de 1975. El tercer gobierno de Perón lo había
rescatado del ostracismo y las penurias a las que lo condenó la miseria
gorila del 55. Funcionario público desde 1930 (gana el concurso para una
cátedra en el Conservatorio Municipal), alternó la docencia con los tangos y
la militancia gremial en la estructura orgánica de SADAIC. En 1954 -2do.
Gobierno del General Perón-fue Presidente de la Comisión Nacional de
Cultura. Su compromiso con los explotados ya asomaba claramente en la letra
del tango que Gardel le grabara en 1925, Caminito del Taller:
Una mañana fría te vi por vez primera
por la desierta calle, rozando la pared,
como si el viento helado que barría la acera
te acelerara el paso, camino del taller.
|
|
Y en el fondo grisáceo de aquel día de hielo
ponían una gota de ironía mordaz,
el sol de tus cabellos, tus pupilas de cielo
y el cuerpito aterido que envolvía el percal.
Había en tus pasitos taconeo de tango
y frufruces de seda en tu marcha sensual,
pero tu personita claudicaba en el fango
bajo el fardo de ropas que nunca te pondrás.
Y marcha así,
hoja de amor
que lleva el turbión
rumbo al taller.
¡Pobre costurerita! Ayer cuando pasaste
envuelta en una racha de tos seca y tenaz,
como una hoja al viento, la impresión me dejaste
de que aquella tu marcha no se acaba más.
Caminito al conchabo, caminito a la muerte,
bajo el fardo de ropas que llevás a coser,
quién sabe si otro día quizá pueda verte,
pobre costurerita, camino del taller.
Por eso son tan tristes todas las ilusiones,
y por eso en las locas noches del arrabal
parece que se quejan los roncos bandoneones
y cada tango es una canción sentimental.
Le siguieron música, letra, o ambas, de tangos inolvidables: La Violeta,
Maria, La Ultima Curda, Café de los Angelitos, Caminito, Una Canción etc.,
etc., etc. Música para cine, y la música –con letra de Ivanissevich – del
“Canto al trabajo” que llevara al disco Hugo del Carril. El sainete “El
Patio de la Morocha”, la obra “Danzas Argentinas”… (1)
Cuando “el diario de los Gainza Paz”, La Prensa, fue peronista y la sección
de cultura era dirigida por Cesar Tiempo (Israel Zeitlin), Catulo Castillo
le sumo su maestría literaria arrimando cuentos y semblanzas populares. De
esta época es su conferencia “Un teatro argentino para la nueva Argentina”,
una de las tantas muestras de su compromiso peronista, que sus biógrafos de
ocasión se empeñan en ocultar o eluden con piruetas inmorales.
La reproduciremos íntegra en el Nro. 7 de EL ESCARMIENTO como ejemplo de
cultura y compromiso político, de libertad y de servicio al pueblo, y como
ejemplo de que, si se es criollo es esta tierra, el talento solo necesita
del cauce popular para manifestar su grandeza.
El resto es suplemento literario o estupideces de viuda difícil.
[En la imagen Cátulo Castillo
junto al General Perón]

Un
teatro argentino para la Nueva Argentina
Por Cátulo Castillo
En la Unidad Básica Cultural Eva Perón, de la ciudad de Buenos Aires, el 9
de noviembre de 1953, con la asistencia del presidente de la República,
general Juan Perón, se realizó un acto cultural en el que se prosiguió el
ciclo de conferencias para los alumnos de la Escuela de Arte Escénico. En
tal oportunidad hizo uso de la palabra el señor Cátulo Castillo, quien
desarrolló el tema "Un teatro argentino para la Nueva Argentina". En el
presente folleto se transcribe el texto de la referida disertación.
La sabiduría popular ha dicho que el "sentido común" es, tal vez, el menos
común de los sentidos.
Y esto, que pareciera carecer de sentido, porque es paradójico, resulta una
verdad que el mundo, con todos sus lugares comunes, refirma cada vez
-precisamente-que se le exige tenerlo, para beneficio de la paz, de la
felicidad o siquiera sea de la tranquilidad de sus habitantes.
Pareciera ser que lo "anormal" configura tan luego la precaria "normalidad"
del mundo y de esta civilización que padecemos. Y resulta congruente,
lógico, que un "sentido común" catalogado así, como virtud, sea lo
excepcional en un globo terráqueo que se disloca para colocarse en la
postura de lo contraproducente y de lo negativo. Miramos con alarma cómo se
incendia por los cuatro costados. Proliferan los crímenes.
Políticas absurdas que niegan -tan luego las virtudes que exige la política-
la buena vecindad, la tolerancia y el respeto, campean sobre un espeso caldo
de cultivo, para que una locura colectiva extienda su epidemia de guerra al
"sentido común". Sabemos que muchas manifestaciones del espíritu del hombre
están contaminadas por esta gigantesca infección.
Todos los "ismos" de la pintura, de la poesía, de la literatura, de la
música o del teatro, por ejemplo, ingresan en una paranoia general, verdugo
de la sensatez, para hacer tabla rasa con el equilibrio de la gente y
desmoronar lo razonante, lo claro y lo que es lógico. Nosotros, los que no
entendemos el "existencialismo", tampoco entendemos cierto cartabón de
poesías, ciertos cuadros y cierta música. Y cuando oímos ponderar lo que
-con toda buena fe - consideramos absurdo, lo que nos rechaza una sensatez
interna, un razonamiento estético, pensamos: "¡Yo estoy loco o están locos
los demás!..." Y entonces hacemos mutis para mirar la realidad de la calle,
del cielo o de los hombres que no tienen ni tres ojos, ni la piel a
cuadritos, ni los miembros deformes que nos amenazan desde la pesadilla de
un óleo de Salvador Dalí. Y que me perdone. No lo entiendo.
El arte es, siempre, un reflejo de la vida proyectado a través de un
espíritu creador o recreador. Pero exige buena fe, sinceridad y equilibrio.
Nada que no tenga equilibrio - que es razón en definitiva - puede aspirar a
permanecer, a tener validez y a prolongarse hacia el futuro, como las
pirámides egipcias, milagro de equilibrio, o la Venus de Milo, milagro de
"forma", indiscutida a través de los siglos, desde la perfección de su
verdad y de su belleza. Pensamos con nuestro amigo Perogrullo que, en el
Arte, lo que no es bueno es malo. Y opinamos que un conspicuo poeta de
América como Pablo Neruda se define en los poemas que se le entienden, pero
se desmorona en la incongruencia de otros y en la insensata búsqueda de lo
sorpresivo y de lo novedoso, mas irrazonable, obscuro, embarullado.
Un hombre con alma de maestro: Perón
Lo bello siempre responde a una arquitectura cuyas leyes dicta la naturaleza
e inspira el paisaje. Lo bello de un discurso está en su claridad y en su
razón, en la exposición clara e inteligible de sus conceptos, en la verdad
que diga y en la luz que derrame. Siempre he pensado que nuestro país, y
acaso el mundo contemporáneo, tiene un ejemplo cabal y definido de lo que es
la oratoria al servicio de la idea.
Claro, conciso, razonante, simple, el general Perón ha hallado la exacta
medida del lenguaje cabalgando una lógica que siempre resulta inapelable. Su
equidistancia es la equidistancia de la razón, conservando su centro entre
dos precipicios de "derecha" e "izquierda", que siempre son extremos y que,
como en las estibas de los barcos o en las petacas de las mulas, deben estar
equilibrados para ayudar la marcha. Porque esta misma razón, este mismo
equilibrio indubitable, lo hallamos en el "centro", en esta "tercera
posición", que es la más lógica y la única, verdadera, incontrovertiblemente
razonable.
Se necesitó que llegara un hombre con alma de maestro y con la mente clara,
que tiene por encima de todas sus providenciales virtudes de estadista eso
que supera al talento y a la misma estrategia del conductor que sabe adonde
va: la buena fe del hombre que quiere y que siente lo que hace.
La lógica del líder de la Nueva Argentina tiene sus más hondas raíces en esa
buena fe con que procede siempre, que va desde un idioma de pueblo - sin
retórica inútil-, para explicar los pasos de su propio gobierno, proponer
acciones conjuntas y hacer de nuestra patria una inmensa familia, donde el
padre que se sienta a la mesa, mientras reparte el pan, les explica a los
hijos cuáles son sus razones, cuál es su economía, qué debe realizarse y qué
no debe hacerse.
Esta es su matemática, con una orientación de matemática.
| Caserón de
tejas (Vals 1941 - Música: Sebastián Piana; Letra: Cátulo Castillo) ¡Barrio de Belgrano! ¡Caserón de tejas! ¿Te acordás, hermana, de las tibias noches sobre la vereda? ¿Cuando un tren cercano nos dejaba viejas, raras añoranzas bajo la templanza suave del rosal? ¡Todo fue tan simple! ¡Claro como el cielo! ¡Bueno como el cuento que en las dulces siestas nos contó el abuelo! Cuando en el pianito de la sala oscura sangraba la pura ternura de un vals. ¡Revivió! ¡Revivió! En las voces dormidas del piano, y al conjuro sutil de tu mano el faldón del abuelo vendrá... ¡Llamalo! ¡Llamalo! Viviremos el cuento lejano que en aquel caserón de Belgrano venciendo al arcano nos llama mamá... ¡Barrio de Belgrano! ¡Caserón de tejas! ¿Dónde está el aljibe, dónde están tus patios, dónde están tus rejas? Volverás al piano, mi hermanita vieja, y en las melodías vivirán los días claros del hogar. Tu sonrisa, hermana, cobijó mi duelo, y como en el cuento que en las dulces siestas nos contó el abuelo, tornará el pianito de la sala oscura a sangrar la pura ternura del vals... |
Y en esta matemática -razonamiento puro-, cuando hubo que pelear, salió a
pelear, desmoronando antiguas y callosas costumbres, la inercia, la
politiquería, el interés absurdo del capital, las presiones externas, el qué
dirán, murmullos y panfletos, y los gritos de afuera que se soliviantaban
ante una revolución que era algo más que lo aparente de una revolución: era
el comienzo de una era del mundo, como fue la de Cristo en Galilea, y que
con la modesta señal de dos palabras: "Tercera Posición", estaba
demarcándole al mundo una filosofía, una conducta, la salida genial para su
salvación.
Un argentino halló la equidistancia. Lo tenemos aquí. Es nuestro hermano.
Sintamos su presencia en este gran murmullo de pueblo que reivindica los
errores de todos los demás pueblos de la tierra.
Esta misma razón de equidistancia, de equilibrio, tiende a cumplir su
parábola irremediable: el descanso, que es paz. Y después del hervor de una
contienda, donde hubo que gritar y agitar los cencerros de la yegua madrina,
se alcanza la otra etapa lógica, que es también matemática y profunda,
inapelablemente filosófica: la etapa de la conciliación, de la solidaridad
de los hombres, la buena voluntad de los países.
En este teatro inmenso, extracontinental, asistimos a todas las páginas de
los pronunciamientos con que se pretendía contener la avalancha de la nueva
doctrina. Y ahora, como un milagro -cambio de decorado -, vislumbramos las
voces que nos dicen que sí, que teníamos razón, que ahora hay que
escucharnos, que el Hombre conocía su barco y estaba bajo la tormenta
manejando el timón, a la espera del alba que traería la calma de los
razonamientos.
Todo eso, mis amigos, nos henchiría de orgullo si no fuéramos eso fatal que
somos: hombres de la Argentina, de la Nueva Argentina. En la Nueva
Argentina, que yo diría que es algo así como la página primigenia, de un
mundo también nuevo, se está cumpliendo todo. Estamos en la alquimia
todavía.
Diez años, veinte, treinta, no representan nada en la historia del mundo y
representan poco en la historia de un país, aunque ese poco contenga las
raíces de toda su existencia futura.
Hay gente que se queja. Ya lo sabemos todos: porque hay pocas viviendas,
porque el tranvía está lleno, porqué ha llovido mucho, porque hiela, porque
hace mucho viento.
Pero a veces salimos y encontramos caminos que son como milagros, de
belleza. Enormes monobloques, monumentales Ómnibus, barriadas populosas para
obreros, barcos, aviones, trenes y piletas y juegos para niños y árboles y
aeródromos de ensueño. Todo eso realizado en un birlibirloque de menos de
diez años, como si un juego mágico, de manos taumaturgas, hiciera los
hechizos de aquella lamparita de Aladino.
Y a veces, saliendo de la Patria, lejos de aquí, se nos llenan de lágrimas
los ojos en cuanto avaloramos tras ese prisma claro que entrega la
distancia, cuál es y cómo es este milagro de la Nueva Argentina.
Se está cumpliendo todo, poco a poco, a veces aceleradamente, y otras con
esa paulatina conquista del almácigo que reclama más tiempo. Se está
cumpliendo todo. Y ahora se cumple el Teatro.
Cuando yo era un purrete, mi padre tenía uno, allá por la barriada de Boedo,
donde una compañía de artistas de ese entonces realizaba las obras
-pobremente vestidas-de un teatro nacional ya en botón.
Eran sainetes simples o comedias, que venían de la calle, con el gusto y el
sabor de la calle. Muchos nombres de actores se mezclaban en el ir y venir
de las semanas que pedían estrenos tras estrenos, para la misma gente que
reclamaba - ¡es claro! - cosas nuevas, ya que el público se renovaba poco en
la parroquia.
El elenco de artistas tenía sus veteranos -hombres de la primera hora- y
otros que, entonces partiquinos, hoy blanquecinos de años, son de la guardia
vieja. Los demás cayeron en el tráfago tremendo de la vida, algunos
miserables, otros solamente olvidados, y casi todos sin alcanzar a ver ésa
fama dorada, engañosa, que los llevó a las tablas una vez.
De esto hace... cuarenta años. Pero el teatro ya mostraba su historia en la
Argentina. Historia de entrecasa, doméstica, modesta.
A dos cuadras de allí, en Boedo e Independencia, sobre un potrero donde, a
veces, realizaban kermesses, se asentaba la lona remendada de un circo de
extramuros. Era el Gran Circo Anselmi. Payasos y "ecuyéres", saltarines,
acróbatas, cumplían su misión sobre la pista, y luego, hacia el final, la
compañía en pleno representaba el drama "Juan Moreira". Había un escenario
toscamente arreglado y un pobre picadero de aserrín que invadían caballos y
donde la partida peleaba con el gaucho matrero y el gringo Sardetti recibía
las pullas de un público parcial que le tiraba con lo que tenía a mano. Era
siempre la víctima del realismo teatral del drama "Juan Moreira", que es la
primera piedra de un teatro nacional que quería gestarse allá en el otro
siglo.
|
|
Hasta esa referencia de tres cuadras, sobre mi barrio viejo, llegaban dos
jalones de la historia del escenario criollo, casi casi tocándose, y en una
proyección de otra historia más vieja, con circos y con teatros, y payasos y
actores, y las luces de gas del otro Buenos Aires, apenas empinado sobre el
siglo, de hoy.
Allá, en el horizonte del recuerdo, remendando su carpa, levantando sus
palos y haciendo cuatro saltos mortales al futuro, una familia entera nos
contempla y nos saluda con una mano pálida de adiós: ¡la de los Podestá!...
Claro está que frente al circo trashumante de esa familia heroica existían
los teatros extranjeros que llegaban de lejos, con actores y actrices
empacados, patosos, pedantescos...
Y estaba el teatro lírico, infatuado, siempre convencional, que miraba hacia
Italia, soñando con Rossini o Donizetti, metiéndole en la gola a los
cantantes, junto a aquel "do di petto", la sonrisa piadosa y despectiva por
todo lo vernáculo.
Historia de los escenarios de Buenos Aires
Hacia fines de siglo, cuando las mujeres usaban polizones y los hombres
usaban bigotera, Buenos Aires tenía su historia de escenarios.
Lejos, en la Colonia, aquel teatro famoso que fue la "Ranchería". Más acá el
Coliseo, de la calle Reconquista y Cangallo, frente a la Merced, que después
se llamó Teatro Argentino. Y el Teatro del Buen Orden, en aquella esquinita
de Buen Orden y Rivadavia, y junto a él, en tiempos de Juan Manuel de Rosas,
el Teatro de la Federación. Y así, el de la Victoria, y el Alcázar y el
Porvenir y el Recreo y de la Opera, y el Teatro Politeama, cuando había
potreros en la calle Corrientes, con sus cercos de tunas y verdes cinacinas.
En la calle Florida entre Piedad y Cangallo, el Teatro Nacional que heredara
más tarde nuestra angosta Corrientes, y que una vez, no ha mucho, fuera la
célebre Catedral del Sainete.
Los viejos calaveras recordarán, un poco melancólicamente, aquel pintoresco
local El Pasatiempo, sobre la misma calle Paraná 315, donde todas las noches
se armaban peloteras tremendas, con silletazos y horrendas silbatinas,
mientras mujeres gordas bailaban el cancán mostrando sus pesadas enaguas con
puntillas, lunares y moños.
Era el reducto bullanguero de aquellos patoteros, terror de las milongas,
que sentaban sus reales en los alegres sitios de la urbe para mostrar la
impunidad de algunos apellidos y la gracia alevosa de sus chistes, que una
vez propiciaron la locura del negrito Raúl, enviándolo a Mar del Plata, en
una jaula, con pasaje de perro.
Se cuenta que allí, en El Pasatiempo, la barra de "jailaifes" se tomó una
venganza despiadada contra un cantor francés de apellido Forlet. El pobre
cancionista, acobardado por esas reacciones funestas de aquellos niños bien,
no daba pie con bola en un "couplet". Como si el horroroso escándalo que le
hicieron no fuera suficiente, llegaron al camarín y lo levantaron en vilo,
para encerrarlo con llave en un retrete, donde permaneció 24 horas gritando
como un desaforado.
Era una vida alegre, claro, pero injusta. Alegre para pocos, penosa para
muchos.
Tiempo de los globos esféricos y de las galeritas, cuando Frégoli,
transformista genial, realizaba sus cosas y se bailaba el tango en las
orillas, sobre las baldosas de lugares famosos por sus grescas.
En la escena todavía se hablaba el idioma europeo: Cervantes, Calderón,
Moliere, Racine... Corneille...
Tal vez, los entremeses españoles, sainetes andaluces, y entre las funciones
circenses se daban farsas mímicas que siempre terminaban a golpes de vejigas
infladas o con palos que se envolvían en paja. ¡Era lo payasesco! Podemos
ubicarnos en escenarios raros, distintos, con una ingenuidad pueril, donde
el paisaje nuestro - el de la calle, el de los campos, el de la sociedad -
estaba ausente.
| Desencuentro (Tango Música: Aníbal Troilo; Letra: Cátulo Castillo) Estás desorientado y no sabés qué "trole" hay que tomar para seguir. Y en este desencuentro con la fe querés cruzar el mar y no podés. La araña que salvaste te picó -¡qué vas a hacer!- y el hombre que ayudaste te hizo mal -¡dale nomás!- Y todo el carnaval gritando pisoteó la mano fraternal que Dios te dio. ¡Qué desencuentro! ¡Si hasta Dios está lejano! Llorás por dentro, todo es cuento, todo es vil. En el corso a contramano un grupí trampeó a Jesús... No te fíes ni de tu hermano, se te cuelgan de la cruz... Quisiste con ternura, y el amor te devoró de atrás hasta el riñón. Se rieron de tu abrazo y ahí nomás te hundieron con rencor todo el arpón Amargo desencuentro, porque ves que es al revés... Creiste en la honradez y en la moral... ¡qué estupidez! Por eso en tu total fracaso de vivir, ni el tiro del final te va a salir. |
Quedan algunos nombres de esas farsas primarias, donde aquellos actores
improvisaban todo, con diálogos ad líbitum, grotescos y sin orden, tales
como: "El modo de pagar sus deudas", "María Cota", "El negro boletero", "El
maestro de escuela".
Todo eso se esfumó, como el rapé, dando un gran estornudo... Los circos
criollos deambulaban, llevando su pobreza y el destino de ser el primer paso
hacia la cosa nuestra, por caminos de barro y en tristes carromatos, con la
rubia "ecuyere" que era primera actriz, o el forzudo campeón que se ponía
una barba, o el galán de mostachos retorcidos y un jopo pasatista, que podía
enamorar a la muchacha pálida de la primera fila...
Así llega a este siglo - que es recuerdo vívido para muchos - el nombre casi
prócer de aquellos Podestá. De esa larga, de esa heroica familia donde
entronca la historia de la escena vernácula: Pablo, José, Jerónimo, Juan,
Antonio, María "La Rubia", Totón, Marino, Blanca... Infinidad de nombres,
junto al apellido ilustre de pobreza, de trabajo, de amor para la escena...
Es un justo homenaje para ellos.
Junto a ellos, Raffetto, un genovés fortacho que trabajaba de Hércules y a
quien todos llamaban "40 onzas".
La anécdota teatral tiene en este gringo bueno y luchador infinidad de
páginas que son muy populares entre la gente de "antes".
Se cuenta que una vez -no sé si por Azul- se daba una función en una noche
de esas para quedarse en casa. El viento huracanado estremecía los palos, y
la carpa temblaba al embate tremendo de la lluvia.
Había mucho público y, es claro, era una lástima perderse la taquilla,
después de haber sufrido largas "liebres", como dicen los muchachos de
ahora.
-Don Raffetto... ¡No podemos seguir!
-¡No emporta! ¡Avanti!...
Pero el tiempo inclemente no entendía de heroísmos, y le daba a la carpa
cada golpe que se desmoronaba. ..
-¡Por favor, don Raffetto... Salga a la pista... Anuncie que esto no tiene
miras de parar...
Convencido, acorralado, el gringo se decidió por fin, y saltó al picadero
gritando a voz en cuello:
-¡Signorine... signore!... ¡Se sospende la tromienta perqué viene una fondón
de la gran siete!...
Un gran coro de risas y gritos remató su grotesco monólogo, y "40 onzas",
creyendo que estaban protestando, agregó muy suelto de cuerpo:
-¡E ar que no le guste, que pase por la boletería, que se le van a devolver
sus cincuenta centavos de porquería! ...
Yo no sé si esto es cierto, pero que es "ben trovato" me resulta innegable.
En un paisaje así, con un clima de lona y de pobreza, nació una vez el drama
"Juan Moreira".
Entre unas pantomimas como "Los dos sargentos", "Los brigantes de la
Calabria" o "Garibaldi en Aspromonte", que se daban en el Politeama
Argentino, y para un beneficio de los Hermanos Cario, nació la idea de
"mimar" el libro famosísimo de Eduardo Gutiérrez.
Sólo era menester encontrar al actor capaz de jinetear, cantar y bailar, tal
como lo exigía el personaje entrado en el amor del pueblo.
Y nadie mejor que Podestá, José, el célebre "Pepino 88", que entonces
trabajaba de payaso en el Humberto I.
Contratado, Gutiérrez arregló las escenas, y así se presentó el drama que no
tenía palabras, pero tenía caballos, bailes y cantores, donde toda la
familia Podestá contribuía con sus habilidades.
La pantomima, representada en el escenario y en la pista con un despliegue
inusitado -para entonces- de fuerzas dramáticas, tuvo el éxito que todos le
negaban al principio.
En esa noche memorable el teatro argentino, sobre la cosa cierta de
personajes nuestros, alzó su plataforma para ver el camino que había de
recorrer hacia el futuro.
Fueron los Podestá quienes siguieron dando alas a la idea, en otras
temporadas y por lejanos pueblos de la Patria. Fracasos, triunfos, todo lo
que el hombre de circo acomoda en alforjas, con el hambre, la ilusión, las
luces y las sombras, fueron los manes de remotas funciones de muchos "Juan
Moreira".
Los antiguos caminos de la Patria, todavía intransitables, supieron de esta
dulce aventura de los "rascas" geniales, donde alentaba el "comisario malo":
Don Francisco; Julián, "el amigo"; Sardetti, "el traidor", y el sargento
Girino, verdugo del matrero.
¡Curiosos episodios jalonan el recuerdo! Con públicos ingenuos, que vivían
la verdad de aquel drama, se producían hechos como el que ya traemos:
En un pueblo cualquiera y hacia el final del drama, Moreira, para huir,
quiere saltar la tapia. Entonces se le acerca el sargento Girino, y lo
asesina por la espalda de un trabucazo. Pero, de pronto, salta de la platea
un milico criollazo, que no puede permitir una muerte a traición, y yendo al
escenario saca una enorme daga y ataca a la partida, furioso, enajenado,
mientras grita revoleando su fierro: "¡Ansí no se mata a un hombre!... ¡Qué
se han cráido!... ¡Canejo!" Y un número fuera de programa alargó el
espectáculo, para tratar de convencer a aquel gaucho soldado de que eso no
era cierto, de que el muerto vivía y de que aquel sargento traicionero era
un modesto padre de familia, buenazo y caballero, incapaz de la acción que
la farsa creaba.
| Tinta roja (Tango 1941 - Música: Sebastián Piana; Letra: Cátulo Castillo) Paredón, tinta roja en el gris del ayer... Tu emoción de ladrillo feliz sobre mi callejón con un borrón pintó la esquina... Y al botón que en el ancho de la noche puso el filo de la ronda como un broche... Y aquel buzón carmín, y aquel fondín donde lloraba el tano su rubio amor lejano que mojaba con bon vin. ¿Dónde estará mi arrabal? ¿Quién se robó mi niñez? ¿En qué rincón, luna mía, volcás como entonces tu clara alegría? Veredas que yo pisé, malevos que ya no son, bajo tu cielo de raso trasnocha un pedazo de mi corazón. Paredón tinta roja en el gris del ayer... Borbotón de mi sangre infeliz que vertí en el malvón de aquel balcón que la escondía... Yo no sé si fue negro de mis penas o fue rojo de tus venas mi sangría... Por qué llegó y se fue tras del carmín y el gris, fondín lejano donde lloraba un tano sus nostalgias de bon vin. |
Allá por Chivilcoy, el 10 de abril de 1886, el Circo Podestá-Scotti estrena
el "Moreira" hablado, con diálogos, así "a soggetto", entregando a la obra
otras alternativas y creando-ya en forma indubitable-un teatro nacional, con
personajes nuestros y con asuntos nuestros.
El pueblo, que sabe siempre lo que quiere, aplaudió y se hizo eco de aquella
novedad que le pertenecía, entera, dulcemente.
Desfilan barracones, circos y politeamas a lo largo y lo ancho de toda
nuestra patria, acogiendo gozosos una muestra que, si burda, tenía la buena
fe de ser teatro argentino.
Junto a estas viejas cosas que adquieren con el tiempo un sabor de leyenda,
emergen poco a poco escritores que huelen la verdad que se vislumbra.
Tal vez Elias Regules, médico y escritor, se acerque con tres obras
teatrales que afirman lo real de un teatro rioplatense: "Martín Fierro", "El
Entenao", "Los Guachitos".
Y más acá, Abdón Aróztegui, con su obra "Julián Jiménez"; Orosmán Moratorio,
autor de "Juan Soldao"; y "Ña Toribia"; Víctor Pérez Pétit, autor de
"Cobarde" y "Las tributaciones de un criollo"; Agustín Fontanella y Enrique
Demaría; y García Velloso, Ezequiel Soria, Castellanos, Laferrere y Nicolás
Granada; y Mariano Galé y decenas de nombres que anudan la farándula que nos
lleva hasta las mismas luces nocherniegas del célebre rincón de Buenos Aires
que fue el Café de los Inmortales.
Emplazado en el corazón de la "Calle Sin Sueno", el Café de los Inmortales,
como lo bautizó Carriego, fue la fragua donde se templaron los talentos
románticos de comienzos de siglo.
La expresión de lo argentino
Corbatas voladoras y sombreros aludos como sombras aderezan la historia de
una literatura que empezaba a mirarse hacia adentro para hallar la expresión
de lo argentino.
Estaban bien el genio de Darío y aquellas borracheras de Charles de Soussens,
y todos los conflictos lírico-filosóficos que proponían Verlaine o
Beaudelaire. O problemas exóticos que venían desde allá, en los obscuros
dramas de Dostoiewsky, o en la densa trama de Víctor Hugo o de Emilio Zola.
Pero había un sarampión creador, genuinamente nuestro, que armonizó las
voces de Evaristo Carriego, mirando a la verdad aquella de su calle y su
barrio de Belgrano.
En una mesa pobre soñaba un oriental de cabellos hirsutos, caídos en
mechones sobre la frente pálida. Con los botines sucios, desgarbado,
orgulloso, ausente de los. hombres, escribía sobre formularios de telegrama.
Era. un bohemio, bohemio hasta la médula: Florencio Sánchez.
Y tal vez Monteavaro y Martínez Cuitiño, con Edmundo Montagne, hablando de
problemas metafísicos frente a un cafecito que don León, el dueño, les
servía. sin esperanzas de que se lo pagaran...
Alguna vez entraba un talento tremendo que era José Ingenieros, y acaso
Leopoldo Lugones, promoviéndose a los altos estrados de la fama, saludara de
afuera, apresuradamente...
Mi padre, que era flaco y melenudo, sostenía sus. problemas sociales frente
a Alberto Ghiraldo, que se vestía de obscuro y estaba siempre pálido detrás
de sus bigotes retorcidos de espadachín francés...
El teatro ya era un hecho.
Don Martín Coronado había estrenado "La piedra del escándalo", y el éxito ya
asomaba con su sabor a. fama y a pesos. Pocos pesos, es verdad, pero que
acreditaban, promoviéndola, a una profesión funambulesca. Escribir y cobrar,
una utopía que llegaba a las manos de locos muchachones soñadores.
Una tradición que nos viene de lejos
Y entraban los actores, estrellas rutilantes y admiradas de aquellos viejos
días, que tenían devoción por su arte y, acaso, también, la obligación de
responder a lo tradicional del oficio en la Patria. Porque hay una tradición
que nos viene de lejos, junto a Casacuberta, que se murió en la escena,
deshecho el corazón por una farsa que sentía en lo hondo. Y Abelardo de
Lastra, que se durmió en su ley, junto a las candilejas...
Sobre este clima hondo, tenso de humo, oliendo a café, caminaba soñando
nuestro Pablo.
De Pablo Podestá, con sus arranques, con su fuerza; dulce, irascible, amador
incansable, fervoroso, intuitivo, falta hacer una historia. En teatro, en
cine, en libro, yo no sé; pero falta.
Su genial intuición tenía a veces la tensa vibración del paroxismo. Con el
rostro ceñudo, hosco, y la voz grave, convincente, ardorosa, tenía la
dulzura que a veces también se le escapaba por los ojos... No sé sí la
locura, que estaba agazapada en un rincón, hacía lo demás, pero recuerdo
que, siendo pequeño, me quedé impresionado para siempre oyendo su papel en
"La Montaña de las Brujas", de Julio Sánchez Gardel.
Por entonces, Angelina Pagano era una jovencita que traía de Italia la
escuela de Eleonora Duse, para volcar al teatro argentino, apenas comenzado,
la madurez de un arte que tenía ortodoxia y calidad mundial...
Enrique Muiño, nuestro adorable Muiño, era un joven fogoso, hablador
entusiasta, que se llevaba todo por delante con la enorme fluidez de su
talento y sus veinte años llenos de optimismo. También Elias Alippi,
pequeñito, reservado, bailarín y Don Juan, que volcaba en el teatro su
energía indomable...
Desfilaban las voces de Vittone y Segundo Pomar... Y Alberto Ballerini...
| Serenata a la
muerte de Eva Cancionista Toquen suave, muchachos, ¡porque se siente enferma! Tiene la frente pálida, y hoy ha tenido fiebre. Se desgajó en la lucha. Miró al azul su flecha y estuvo en la contienda del amor, con su gente. Toquen suave muchachos… que esta noche la velan con su oración de siglos, con su oración de siempre, los duendes de los sueños que habitaron la tierra, y hoy es noche en que todo se ha llenado de duendes. Coro ¡Toquen suave, muchachos! No se olviden que duerme; se han callado los astros y el reloj no nos miente. Las ocho y veinticinco de la cita en horario. La viajera ha venido; la historia se detiene. Cancionista ¡Toquen suave, muchachos! La serenata tiembla frente al balcón en alto donde la hermana duerme. Tiene un suspiro tenue que se anuda en la trenza. Le dice adiós un pájaro. Juan la besa en la frente. Toquen suave, muchachos. Que el silencio nos duela, como duelen las cosas que se van y no vuelven. Pero ella vuelve siempre, y ha de volver inmensa cuando Juan, una tarde de mayo, nos regrese… Coro ¡Toquen suave, muchachos! No se olviden que duerme. Se han callado los astros. Cancionista La vida se detiene. |
Orfilia Rico, gigantesca en sus cosas, ya se iba preparando para la
celebridad, cuando Camila era aún una niña...
Y Pierina Dealessi, la mujercita suave y soñadora, anunciando promesas que
llegaron un día. Tal vez por el barrio del Abasto jugueteara en las calles,
con su "ventriloquia", Cassaux, el Roberto Cassaux de las caricaturas
admirables... Y Marito Danesi, un muchachón imberbe que se llevaba el arte
por delante... Y Parra, despampanante, único, que equivocó su senda en un
género frívolo, acaso estuviera haciendo de las suyas - ¡las cosas de este
Parra! - en algún tiro al blanco del misterio... Y Rosita Cata, con tantas
otras... Este era un mundo así, que se enredaba en las noches románticas de
la calle Corrientes, de la calle sin sueño, con entrada y salida al célebre
Café de los Inmortales.
El trampolín del teatro promovía a escritores, y eran muchos artistas, y la
calle, la calle con su gente y sus cosas, reflejaba su espíritu entre las
bambalinas, con pobres decorados y una esperanza puesta en el futuro...
Pero la Vida es ciega como la misma Muerte.
Y la Muerte, en su función de Vida, fue birlando las cosas, escamoteando
nombres, borrando situaciones...
El teatro es un espejo que refleja el paisaje por una ventanita. Este
paisaje nuestro empezó a reflejarse hace ya medio siglo, con tipos y
costumbres que hacían el sainete ciudadano, o aquel drama gauchesco, o la
comedia urbana, con tipos de una vida, pero nuestra...
Las nuevas promociones han olvidado un poco o no conocen la verdad de una
escena nacional primitiva que tuvo su eclosión y que murió en sazón... sin
madurar del todo...
De aquellos personajes quedan pocos. Ya van siendo los menos. Y esta tarde
movemos la tramoya, y este dulce escenario de una casa que es nuestra hasta
el cogollo, realiza un sortilegio... Se enciende alguna luz tras la cortina.
Una calle aparece. Detrás de los telones esta esperando alguien, que realiza
su salto desde un ayer que parece remoto pero que está en las manos,
todavía... Viene de una escotilla del pasado y es nada menos que Muiño.
¡Enrique Muiño!... Muchacho de otro tiempo, soñador de otro tiempo, que se
proyecta aquí como un milagro... Pongamos nuestros ojos en un paisaje
antiguo. Traslademos la mente hacia el Teatro Argentino y digamos la fecha:
1904...
Un malevo: Mamerto, con una cachiporra... Otro malevo: El Rana, visteador de
cuchilla... Un compadre: El Churrinche, que reluce el revólver lustroso,
empavonado. .. un lujo de ese entonces.... Y Petrona: la grela que vivió en
esa esquina, cincuenta años atrás... ¡Pucha digo con la piba que se ha
vuelto desdeñosa!..-.
Entremés: "Entre bueyes no hay cornadas".
(Ilustración escénica)
Fue el cuadro pintoresco de un entremés lunfardo, ya muy viejo; pero que,
sin embargo, puede sentirse fresco en la gracia, el ingenio y el idioma
salido de la calle. El verdadero. El nuestro.
Junto a Muiño, gloriosa permanencia del actor de ese entonces - señor primer
actor de nuestra escena --, actuó la gente joven de un teatro que ahora más
que nunca ha encontrado el camino.
Rene Cossa, Alba Solís y Néstor Ferraro, que - ¡y de eso estoy seguro! - se
sienten orgullosos de encontrarse presentes junto al viejo maestro de la
escena vernácula.
No puedo silenciar el esfuerzo de aprenderse el "sketch" en cuatro días, ni
el ánimo voluntarioso, alegre, generoso, de Román Viñole Barreto, el
director que ha puesto toda el alma en estos diez minutos de revisión
histórica del sainete porteño.
Este fue el arte de antes, el que miraba atento hacia la calle, para mostrar
las cosas de la calle.
Se nos podrá decir "que el lenguaje", "que las situaciones", "que esto" y
"que lo otro".
No importa.
Era una realidad que tenía buena fe, y que tenía también "su posición" de
búsqueda. Su deseo de hallar una escena argentina, como la poesía y la
verdad de Hernández, que encontró a Martín Fierro, y Evaristo Carriego a la
costurerita que diera aquel mal paso.
Están, pues, ya planteadas -junto a un racimo generoso de actores- las
distintas facetas de la vida común: la gauchesca, la suburbana, y la otra
babélica, heterogénea, que baraja los tipos de la ciudad cartaginesa y
apurada, con la comedia fina y con todos los hombres de muchas latitudes que
forman la simbiosis del argentino actual: nuestro tipo sui géneris, el
porteño de la calle Corrientes y Esmeralda, que alguna vez estuvo solo y
esperaba...
El teatro, en su camino, fue amontonando fórmulas y fue perfeccionándose. El
dramaturgo nuestro aprendió su "metier" y fue sumando nombres a los viejos:
Aquino, Mertens, Berrutti, Goicochea, Novión, Pacheco, Malfattí, Collazo,
Saldías, Caraballo, Pedro E. Pico, Discépolo... Su número es muy largo. Su
valor es muy denso.
Hace más de 20 años hubo un teatro de tesis, con tesis argentinas, que
promovió polémicas y encendió discusiones aun en los propios cuerpos
legislativos del Estado.
Pero la gente no va al teatro a pensar. Va a divertirse. Y este impulso
pasó, y la escena del pueblo se reencontró a sí misma, riéndose en el
sainete de sus propios defectos.
Hay un nombre que llena todo un ciclo: Alberto Vacarezza.
| Eva era un
retrato Nos miras desde el fondo de un retrato con tu fija expresión de dama antigua, sonriente y grácil, con la mano exigua que enlaza el brazo fuerte, con recato… ¡Todo era una ilusión!… Y en el boato de tu traje de fiesta, se santigua otra mano de adiós, con esa ambigua, pálida ausencia que pintó el retrato… ¡Cómo eras feliz!… Con una aureola de amor y de piedad, te arqueabas, mimbre que desgajó la furia de la ola…. Y te desdibujaste, dulce y sola, cuando la muerte, silenciosa urdimbre, te hizo escuchar su vieja caracola… |
El sainete de Alberto Vacarezza tiene la fuerza misma de su autor,
observador genial de la gente modesta de los inquilinatos que -hasta hace
poco tiempo - proliferaban por toda la ciudad.
El turco, el italiano, el alemán, el ruso, el compadrito, entraron a la vida
sonriente de sus versos y de su dramaturgia, pasando por sus ojos siempre
alerta su dramaturgia, pasando por sus ojos siempre alerta de muchachón de
barrio.
Y un barrio: Villa Crespo. Y toda una existencia de verdades vitales, con
esa displicencia del que toma una caña en un boliche estañero, junto al
curda que llora la mamúa noctámbula.
Vacarezza, creador de una forma de teatro que es suya y sólo suya, es el
dueño de versos que - alguna vez- habrán de entrar en las antologías
ciudadanas:
Era una, paica papusa,
retrechera y rantifusa
que aguantaba la marrusa
sin protestas y hasta el fin,
y era un garabo discreto,
verseador y analfabeto
que trataba con respeto
a la dueña del bulín...
Sus versos, como sus escenas, como sus diálogos, tienen una dificilísima
facilidad, que sólo puede hallarse cuando se hurga hondo en el limo viviente
de la calle.
Un fenómeno universal, allá por 1927, gravitó en Buenos Aires, bajándole la
"prima" a un teatro nacional en progresión.
Este fenómeno tiene un nombre requeteconocido: es el cine sonoro.
Y junto al empresario, cuidador del negocio antes que nada, comenzaron a
ralear escenarios, transformados en cines, que - ¡claro! -resultaban veneros
mucho más productivos y menos complicados. Así empieza la crisis del
artista.
Y entonces sigue el éxodo, que a veces es la miseria. Los que pueden armarse
compañías se encaminan al "bosque", buscando la clásica "rascada", que no
siempre - entendámoslo bien - ayuda a pucherear.
Y en ese deambular incesante del tiempo, la novedad del cine se atempera, se
cumple la parábola y en su nueva ascendente el teatro resurge con renovados
bríos, porque el público empieza a regresar a sus viejos amores. Pero ya hay
menos salas. Muchas menos...
Y tras de esto, la bola que faltaba: un afán exitista que asegure con
sucesos notorios las taquillas de cada temporada. Para ello, nada más cómodo
que transportar las obras ya probadas en Londres, en París, en Roma, en
Nueva York. Es muy fácil. Un traductor, un convenio privado, ¡y la escena
argentina que reviente!
Es la verdad tremenda, pero que hay que encarar valientemente.
El traductor -que es también comediógrafo, o a veces se improvisa - es el
hijo del menor esfuerzo. El no habla, él repite, pero repite mal.
Un antiguo adagio italiano refirma con su juego de palabras lo cierto de
este aserto: "Traduttore, traditore". Y nada lo desmiente.
Si el teatro es un reflejo de la gente, del paisaje, del alma, debemos
reflejar lo que miramos, lo que está a nuestro alcance y que nos duele o nos
hace reír.
El obscuro problema de un ruso de Siberia es problema en Siberia, pero no en
la Argentina. Las taras de los hermanos Karamazoff están bien en Moscú, pero
no en Chivilcoy.
Y la frágil "mujer del panadero" es problema francés, que desechamos en
nuestra casa criolla, donde nuestra mujer es -antes que nada- una leal mujer
que respetamos y también nos respeta.
"Le cocu magnifique" puede tener su gracia, pero allá. Aquí no la queremos.
Aplicación directa de un teatro nacional
|
|
Un turbio mare mágnum de traducciones ha ocupado los teatros, desplazando
las obras de los autores criollos. Desde Moliére a Ibsen, desfilaron las
voces de todas las culturas y de todas las lenguas y de todas las épocas,
sumiendo en una espera que es casi angustiosa al dramaturgo nuestro. Y es la
pura verdad.
Pero de pronto - ¡alabado sea Dios!... - se despeja la niebla, y empieza en
el Teatro Discépolo - bajo la dirección de la Subsecretaría de Informaciones
de la Presidencia de la Nación - la aplicación directa de un teatro nacional
con verdad argentina. Y el pueblo, que sabe lo que quiere, le contesta que
sí, y aplaude en "El Patio de la Morocha" el primer paso firme del 2° Plan
Quinquenal del general Perón.
No importa que la obra sea mala. Pero Pichuco es bueno, el teatro está
vestido y hay algo de la calle que ha entrado al escenario, de nuevo, como
entonces, por la puerta del éxito.
El Teatro General San Martín, por su parte, hace la revisión del género
chico, y con "Los disfrazados" se suma a esta corriente que esperábamos
todos, porque es corriente nuestra y estaba haciendo falta.
Desde aquí, desde ésta casa nuestra, que pone como miel en nuestros
corazones, porque está el espíritu de Ella, los muchachos actores y las
actrices criollas se acercan a Perón, y Perón oye. Y cuando Perón oye sabe
oír, y su cerebro piensa y su mano maneja.
¿Teatros para la escena criolla?... Ni una palabra más. Van cinco teatros...
Cinco teatros que llegarán a suplir los olvidos y a restañar las penas de
los que suspiraban por tenerlos. Escenas argentinas y tablados argentinos
para obras argentinas y autores argentinos, que exhumarán lo viejo y
escribirán lo nuevo con la misma alegría que tendría, seguramente, el viejo
Podestá haciendo "Juan Moreira", allá en el circo pobre, de lona remendada,
cuando el gringo Raffetto salía al picadero diciendo: "Se sospende la
tromienta perqué viene una fonción de la gran siete..."
Y acaso para reivindicar aquella dolorosa pobreza de los padres de la escena
vernácula, el Teatro General San Martín ha de ser uno de los teatros más
hermosos del mundo y ha de crearse, para los niños nuestros, un circo sin
parangón posible en todo el orbe, donde nuestro Intendente le deja paso
libre al arquitecto, y el general Perón le deja paso libre al niño bueno que
tiene dentro suyo, en estas cosas nuestras, de la Patria, del pueblo, del
amor a los hombres, al bien, a la justicia...
El artista argentino ya tiene piedra libre. Son suyos los caminos de la
Patria, con hoteles baratos, sin impuestos, con pasajes al alcance de todos,
gritándole a los vientos de la tierra desde el tren que lo lleva: "Si Perón
no existiera, habría que inventarlo".
Cátulo Castillo
Buenos Aires, 9 de noviembre de 1953
http://www.elescarmiento.com.ar/07cultura2.php

Barro
de Arrabal. Vida de Cátulo Castillo
Por Juan Carlos Jara
Cátulo Castillo, al igual que Homero Manzi y Enrique Santos Discépolo, es
identificado como autor de grandes tangos pero existe un profundo silencio,
que lejos está de ser inocente, sobre otros aspectos de lo que fue una vida
muy activa y plena de creatividad.
Para combatir este ocultamiento resulta significativa la aparición de este
libro de Juan Carlos Jara, que en un tono ameno y con gran cantidad de
información nos ilustra sobre uno de los más brillantes autores y
compositores de la música de Buenos Aires.
Cátulo Castillo fue autor de muchos de los tangos que hoy se consideran
auténticos clásicos de nuestra música como “Tinta Roja”, “María”, “Caserón
de Tejas”, “El último café”, “La última curda”, “Mensaje”, entre muchos
otros.
Pero la vida de Castillo lejos estaba de circunscribirse a esa actividad,
fue músico que había aprendido el piano y el violín, y además durante 25
años fue profesor en el Conservatorio Municipal de Música.
También actuó en el sindicalismo como dirigente de SADAIC ocupando la
presidencia ante la muerte de Homero Manzi y luego fue elegido en ese puesto
por sus compañeros.
Durante los gobiernos de Perón ocupó la presidencia de la Comisión Nacional
de Cultura, desde la cual tuvo la osadía de llevar el tango con la orquesta
de Anibal Troilo y el sainete “El conventillo de la Paloma”, nada menos que
al Teatro Colón. Valiéndole
la crítica de quienes consideraban que ese ámbito estaba vedado para lo que
consideraban “expresiones menores” de la música.
Además fue escritor de la novela “Amalio Reyes un hombre” que tiempo después
fue llevado al cine y de un libro sobre su admirado Carlos Gardel, escribió
artículos y cuentos en el diario La Prensa cuando éste se encontraba en
poder de la CGT.
El libro de Jara también es un homenaje al padre de Cátulo, José González
Castillo olvidado dramaturgo de ideas anarquistas, y que puso letras a los
primeros tangos compuestos por Cátulo.
En su casa del barrio de Boedo respiró ese ambiente de poesías y bohemia,
recibiendo nada menos que la visita del poeta Rubén Darío cuando este estuvo
en el país y además concurrían habitualmente varios de los payadores más
reconocidos.
Carlos Gardel grabó una buena cantidad de sus tangos, pero además trabajando
mancomunadamente con Cátulo Castillo realizaron su carrera los mejores
músicos y autores de varias generaciones: amigo de Homero Manzi y Sebastián
Piana, también frecuentó a Discépolo, el bandoneonista Pedro Maffia, Mariano
Mores, Hector Stamponi, Anibal Troilo, Julio De Caro, y muchos otros.
Durante el gobierno peronista al que adhirió, compuso la música del “Canto
al Trabajo” y la letra de la Marcha del Gremio de Luz y Fuerza que decía:
“derrocada será la oligarquía y los hombres felices vivirán”
Derrotado el peronismo sufrió de una injusta persecución, perdió todos los
trabajos, incluso el de profesor en el Conservatorio Municipal y debió vivir
simplemente de las clases de piano de su esposa.
Pero nunca dejó de crear, si bien a partir de esta época comenzaron sus
canciones más tristes como “La última curda” y “Desencuentro”, que como bien
lo indica Jara se vinculan al difícil momento que padecían muchos
argentinos, además de las penurias propias de quién se consideraba
injustamente perseguido.
El libro contiene otros aspectos remarcables, donde el autor nos conduce a
interpretaciones originales, a veces muy diferentes a las habitualmente
escuchadas hasta el momento.
Dentro de esto contexto se inscribe la interpretación del tango “Mensaje”, a
la que Cátulo Castillo le puso letra sobre música de Discépolo luego de su
muerte.
O la visión contraria a la que generalmente se sustenta sobre la escasez de
intelectuales, en cantidad y calidad, que adhirieron al peronismo.
O su explicación sobre el porqué durante finales del 40 y comienzos del 50
las letras de tango se hicieron mucho menos concretas, esquivando abordar
temas políticos y sociales.
Este toque de originalidad nos muestra esa tarea importante que aún queda
por hacer a los trabajadores de la cultura para no caer en las habituales
muletillas donde nos intenta encasillar el aparato cultural oligárquico.
Precisamente sobre este aparato cultural dirá Cátulo Castillo en carta a
Norberto Galasso: “Los monstruos sagrados del entreguismo y la pacatería
literaria, desde la pedantería de Jorge Luis a las actitudes de Mitre o de
Sarmiento tienen la vía libre en la vereda de enfrente pero no en la suya,
que en definitiva, es la nuestra”
Ardua sigue siendo la tarea, de quienes como Juan Carlos Jara, investigan
sobre nuestro pasado en la saludable, y hasta diríamos ecológica actividad,
de limpiar la contaminación oligárquica que distorsionan nuestra historia
que no han dudado en silenciar a creadores de la valía de Cátulo Castillo.
http://www.elforjista.com.ar/barrodearrabal.htm

Los
tangueros del peronismo y sus obras
Por Néstor Pinsón
No fue necesario que llegara el 17 de octubre de 1945. Desde un año antes,
cuando la figura del entonces Coronel Perón emergía como el candidato del
pueblo para la conducción del país, comienzan a surgir canciones con letras
y títulos en homenaje a su persona, también con loas ante la esperanza de un
equilibrio social y a las obras realizadas y a realizar. Más tarde, también
habrá para su esposa, Eva Perón.
Fue apreciable la cantidad de temas, pero aquí nos interesa enumerar,
solamente, aquellos donde hayan intervenido en su creación o interpretación,
gente de tango, aunque habrá alguna excepción. El listado siguiente no
pretende ser completo.
A la oficina de Perón en la Secretaría de Trabajo, junto con cartas y
telegramas, llegaban diariamente muchos discos fonopostales. Los mismos, se
grababan en el propio Correo Central y los surcos se registraban en una
cartulina brillante donde además quedaba espacio para dedicatoria y nombres.
De ellos, nuestro amigo el coleccionista Héctor Lucci, nos mostró e hizo
escuchar: “Renovación”, una marcha de Ugarte —según puede leerse— dedicada
al vicepresidente de la Nación Coronel Perón y cantada con pretensiones
líricas que tornan indescifrable la letra, por la estrellita de nuestro cine
Perla Mux. Las palabras previas y el acompañamiento de piano estuvieron a
cargo de un hermano suyo de nombre Bruno Mux, la postal tiene fecha del 12
de agosto de 1944. Por entonces, el presidente de la República era el
general Edelmiro J. Farrell quien también, en esa fecha, recibió un presente
similar, por los mismos intérpretes: “Marcha de la Victoria”, con música y
letra de Bruno Mux. Si bien aquí no hubo gente de tango, lo hacemos figurar
como curiosidad y porque no llegaron al destino deseado. Era tan grande el
caudal de envíos con salutaciones, que todas las tardes un ordenanza se
encargaba de eliminarlos.
Seguramente, la primera manifestación de los tangueros, haya sido la marcha
“4 de Junio”, de los hermanos Francisco y Blas Lomuto, registrada por la
orquesta de Francisco Lomuto, con las voces de sus cantores Alberto Rivera y
Carlos Galarce, el 6 de junio de 1944.
El 18 de septiembre de 1944, el sello Odeón (disco nº 7121) saca a la venta
la milonga de Enrique Lomuto “Argentino cien por cien”. El autor firmó con
el seudónimo Julio Duval, la letra es de Rubén Fernández de Olivera, también
conocido como “Tabanillo”, pero cuyo nombre real era Rubén Nicolás Fernández
Barbieri. La orquesta es la de Enrique y la voz de su cantor Roberto Torres.
La partitura editada se caracteriza por traer una sobrecubierta con la
fotografía del rostro de Perón, atravesada por los colores de la bandera
argentina.
A continuación, y sin respetar el orden cronológico de las grabaciones,
están los siguientes títulos: “Marcha Peronista”, que no tiene nada que ver
con “Los muchachos peronistas”. El autor es Rodolfo Sciammarella y la
registró Héctor Palacios, acompañado por la orquesta de Miguel Zepeda. La
mayoría de los temas que aquí se nombran fueron realizados en los estudios
del sello Victor, en forma particular, sin llegar a la comercialización.
Servían para ser obsequiados y escuchados en los actos partidarios. Todos
ellos llevan como identificación la letra P (significa particular o privado)
y el número de matriz es, en este caso, 137 A. En el reverso, con la letra
B, figura “Slogans Peronistas”, textos muy breves y sencillos creados y
dichos por Rodolfo Sciammarella.
Con respecto a la canción emblemática que aún perdura como himno del
movimiento justicialista, la marcha “Los muchachos peronistas”.
Como curiosidad, un breve comentario: un fragmento de esta marcha fue
incluido en una pequeña caja musical, que a la vez fue incorporada dentro de
un reloj despertador del que hubo solamente tres ejemplares. Su fabricante,
la compañía suiza Jaegger, obsequió uno a Eva Perón durante su viaje a
Europa. Otro, a un directivo de la empresa de automóviles Alfa Romeo, cuando
Juan Manuel Fangio corría con esa marca. El tercero tuvo un derrotero
desconocido. Cuando Evita regresó de su gira, se lo regaló a Ángel
D’Agostino.
A la muerte del maestro, pasó a poder de unas sobrinas suyas quienes se lo
vendieron a nuestro amigo Héctor Lucci. Cuando suena la hora prefijada en el
despertador, brotan las notas de la inmortal marchita.
En el reverso de la versión de Héctor Mauré está “La única solución”, marcha
de Ramon Oscar Lanas
“Oda a Perón”. Fue realizada con la melodía del vals de Marino García, “Mis
harapos” y una letra de ocasión cuyo autor desconocemos. La interpretaron
Alberto Marino, en 1947, acompañado por guitarras y también, Antonio Tormo.
“Evita Capitana”. Aquí se utilizó la música de “Los muchachos peronistas” y
la letra es de Rodolfo Sciammarella. La cantó Juanita Larrauri, acompañada
por la orquesta de la APO, dirigida por Domingo Marafiotti y coro a cargo de
Héctor María Artola. Una similar versión se registró solamente instrumental.
También fue grabada por la Orquesta y Coro del Teatro Colón, disco Víctor
P.1535 B, matriz 4477. Otra versión, la de Emilio Ríos y su banda con la voz
de Susy Diéguez, sello Avefón.
Antonio Helú y Enrique Pedro Maroni hicieron varios temas: “Descamisado”,
tango que canta Héctor Pacheco con la orquesta de Alfredo Attadía, en un
disco no comercial P.138A, de 1947; en la faz B: “Peronista”, con los mismos
intérpretes; “La Descamisada”, milonga por Nelly Omar con la orquesta de
Marafiotti, disco Victor P.1457A, año 1951 y en el otro lado, “Es el
pueblo”, también con Nelly y el coro de Fanny Day.
“Marcha de la construcción”, música y letra de Sciammarella, canta Hugo
Marcel.
“Madrecita de los pobres”, de Félix Scolatti Almeyda y Alfonso Tagle Lara.
Canta Irene de la Cruz. Grabación particular realizada en los estudios
“Ayacucho”, el 1 de agosto de 1951.
“Canto al trabajo”, marcha de Cátulo Castillo y Oscar Ivanissevich. Canta
Hugo del Carril, 25 de noviembre de 1948, acompañado por la orquesta del
Teatro Colón dirigida por Alejandro Gutiérrez del Barrio. Existe una versión
sólo instrumental, por la misma orquesta, pero dirigida por Luis I. Ochoa,
con el coro mixto del Colegio Militar y del Conservatorio Municipal, Víctor
P.810.
“Versos de un payador al General Juan Perón” y “Versos de un payador a la
señora Eva Perón”. Ambas ofrendas cantadas por Hugo del Carril, que le puso
ritmo de milonga a los versos de Homero Manzi, año 1949. Tiempo después,
fueron grabados por Oscar Alonso.
“Marcha del Plan Quinquenal”, de Sciammarella, canta Héctor Mauré con la
orquesta dirigida por Silvio Vernazza y el coro de Fanny Day. Victor P.1550,
año 1953.
“Caballero Juan Perón”, de Samuel Aguayo, canta el autor acompañándose en
guitarra.
“Perón-Ibáñez”, con letra de P. Santillán, adosada a la melodía de “Los
muchachos peronistas”, canta Alberto Marino con orquesta en 1953.
“Marcha de Luz y Fuerza”, de Domingo Marafiotti y Cátulo Castillo, por Hugo
del Carril con la orquesta de Marafiotti, en 1949.
“Se acabó la mishiadura”, tango de Enrique Rodríguez y José Paradiso, por la
orquesta del músico con la voz de Ricardo Herrera, registrado el 15 de
diciembre de 1950.
“Una carta para Italia”, tango se Santos Lipesker y Reynaldo Yiso, por la
orquesta Francini-Pontier, con Roberto Rufino, el 24 de marzo de 1948.
Para cerrar el listado una marcha, que representó un hecho que quedó grabado
en el recuerdo de todos los que en esa época éramos pibes y amantes del
fútbol: “Marcha del Primer Campeonato de Fútbol Infantil Evita”, en homenaje
a los juegos inaugurados el 20 de agosto de 1950. Es de Sciammarella y
Carlos Artagnan Petit, con la orquesta de Silvio Vernazza. Una curiosidad,
es cantada por el Coro de Niños Santa Cecilia, donde se destaca la voz
solista de un pequeño de doce años quien, con el tiempo, se convertiría en
el reconocido cantor popular: Luis Aguilé.
www.todotango.com/spanish/biblioteca/cronicas/cronica_peronismo.asp
|
|
Solo10.com: Dominios - Registro de Dominios - Alojamiento Web - Hospedaje Web - Web Hosting