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No nos dice. No nos vemos, por Miriam Cairo   |  Textos para leer con la piel, por Eugenio Previgliano  |  Selección de textos



 

Miriam Cairo nació en San Nicolás, provincia de Buenos Aires, el 21 de diciembre del 1962.

Desde 2004 escribe en las contratapas de Rosario/12,

En octubre de 2009 participó como expositora en las Terceras Jornadas Nacionales Interculturales de Minificción, organizadas por la Universidad del Centro Educativo Latinoamericano de Rosario (UCEL). Su trabajo de investigación: La minificción como territorio poético, será publicado en el libro que recopila los trabajos de dichas jornadas académicas.

Ha participado en numerosas antologías y revistas literarias.

Sus textos de Rosario/12 son reproducidos profusamente en Internet.

cairo367@hotmail.com



 

No nos dicen. No nos vemos

Por Miriam Cairo

MIS LIBROS

Mis libros (que no saben que yo existo) / Son tan parte de mí como este rostro /
De sienes grises y de grises ojos / Que vanamente busco en los cristales /
Y que recorro con la mano cóncava. / No sin alguna lógica amargura / Pienso que las palabras esenciales / Que me expresan estßn en esas hojas /
Que no saben quién soy, no en las que he escrito. /
Mejor así. Las voces de los muertos / Me dirán para siempre.

Jorge Luis Borges


El día 16 del mes en curso, recibí por correo electrónico un artículo de Eduardo Dalter, enviado por el querido poeta Rubén Vedovaldi. El asunto del mismo era "¿200 años de poesía argentina?". El interrogante venía a cuestionar la antología editada por Alfaguara que pretende homenajear a la poesía argentina en el bicentenario de la Revolución de Mayo. Me permito transcribir sólo un tramo de la nota de Dalter para ponernos en cuestión: "El propio Licenciado Monteleone, firmante de la antología citada (200 años de poesía argentina) y crítico del matutino La Nación, en los comienzos mismos del prólogo nos va a advertir, contraviniendo en rigor al propio título, y abriendo el paraguas, para que no queden dudas, lo que sigue acerca de la obra: æTal vez no sea un conjunto más o menos razonado o azaroso de inclusiones, sino un sistema de ausencias, porque la acosa el fantasma de la totalidad. No sólo porque hay poetas que no están, que deberían haberse incluido y que, aun por motivos extraliterarios, cuya peripecia es irrelevante, no figuran en esta selección ". La mayoría de las perversas omisiones corresponde a poetas del interior del país. Pero la peripecia irrelevante de los motivos extraliterarios, al parecer, son motivo suficiente para justificar el olvido.

Todo lector es dicho por los autores que lee. (Como lectora, me permito repetir al maestro, quien siempre ha puesto por sobre su condición de escritor su cualidad de lector). Pero el lector en la actualidad de nuestro país tiene la identidad mutilada por el mercado editorial. El lector es dicho a medias por los autores que el mercado elige que digan. Y está claro que el mercado editorial da la voz condicionado por el debe y el haber no por convicciones estético culturales. Sin dudas, la principal actividad del mercado editorial es el silencio. O el barullo. Cada uno podrá colocar en una u otra categoría lo que lee o lo que no puede leer.

No parece muy razonable que los escritores que se han dado a conocer al público masivo en los últimos años hayan salido de premios de emporios comerciales. ¿A ningún ministro de cultura se le ha dado por sospechar algún atisbo de pobreza en el hecho, por ejemplo, de que estos premios sean otorgados a uno solo de los géneros literarios que existen? ¿El estado no tiene por función proteger a los sectores más vulnerables? ¿La cultura de una nación ûno de una metrópoli no merece cuidado y promoción de todos sus referentes culturales? ¿Un país que tiene el privilegio de contar con un poeta merecedor del Premio Cervantes (no del premio Clarín), no debería ocuparse, preocuparse porque la poesía conquiste un lugar más preciado? El mismo Gelman, cuando recibió el premio en el año 2007, nos dio un mensaje que por lo visto, como nación no hemos podido comprender: "la poesía es la Cenicienta de las artes". Perdón, maestro. Esta princesa, oculta entre las labores más veladas y complejas del hombre, sigue siendo destinada a tareas de servidumbre: en los colegios es utilizada para cantar odas acomodaticias en fechas patrias, y en el parlamento, para dar unas pinceladas de maquillaje a la conciencia cultural de los funcionarios.

Porque el estrago no sólo se dio por la indolencia con que se pensó, se prologó y se vendió la antología, sino que además, este tajazo a la memoria nacional fue declarado de interés para la H. Cámara de Diputados, y quien firma el trámite parlamentario Nº 77 del 16 de junio de 2010 es la diputada Castaldo Norah Susana, de Tucumán.

Entre los fundamentos para tal declaración se cita a los propios editores quienes procuran "entre todas las facetas de nuestro patrimonio común, reconocernos en la palabra poética, entendida como la quinta esencia de la creación de sentido, de belleza y de verdad. Ese es el espejo continua diciendo la nota de presentación de los editores donde en esta fecha elegimos mirarnos: el de la reunión de las obras de cientos de poetas argentinos, de diferentes épocas, estéticas y cosmovisiones, que esta antología pone otra vez al alcance de todos, a modo de celebración".

En el espejo roto de la poesía nacional, como lectora, elijo no mirarme.

Entiéndase que mi postura no va en contra de los poetas seleccionados sino de la amputación, de la indolencia, de la mezquindad.

Recuerdo que en el III Congreso de la Lengua, el poeta Ernesto Cardenal (cuyo discurso no gozó de las luces de neón) dijo que "Cada vez que un pueblo deja de hablar una lengua se empobrece toda la humanidad." Y yo me permito diversificar este enunciado: cada vez que un pueblo deja de leer los distintos lenguajes de sus poetas se restringe su cosmovisión, se limita su condición lectora, se cercena su percepción estética, se disgrega su tejido social, se le roban sus tesoros, se empobrece su humanidad.

En 1987, Octavio Paz decía: "En las democracias liberales de Occidente la libertad de creación se enfrenta a peligros más insidiosos pero no menos bárbaros que la censura política e ideológica de los Estados intolerantes: el mercado y la publicidad. Someter a la poesía, por naturaleza solitaria y que nada siempre contra la corriente, a las leyes de circulación de las mercancías, es mutilarla en su esencia. La poesía moderna, lo dijo Blake, es la aliada del demonio: es el ángel que dice No."

Este ángel del No sigue vivo en los bares y resiste en publicaciones privadas. Es cierto que es fuerte, que es invencible, pero no la forcemos más a sobrevivir a la sombra del poder editorial porque seríamos cómplices de un crimen donde nosotros seremos nuestros propios cadáveres.

cairo367@hotmail.com

Fuente: www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25079-2010-08-28.html


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Textos para leer con la piel

Editado por la editorial cordobesa Abrazos Books, estos "mosaicos" recopilan muchos de los textos que la autora publicó en la contratapa de Rosario/12. Escritura femenina vitalizante, inquietante y sensual.

Por Eugenio Previgliano

Viene de aparecer, publicado por Abrazos Books, un libro de unas ciento treinta páginas firmadas por Miriam Cairo, en cuya portada aparece sugestivamente un famoso desnudo pintado por Egon Schielle, pintor expresionista, quien a pesar de haber rotado por todos los pueblos que rodeaban a la Viena de principios del siglo XX, no pudo impedir que lo procesaran por seducir niñas de diecisiete años, sirviendo sus obras, tal como la que preside la portada de este libro, como prueba de su infamia. Permítaseme agregar que Schielle fue absuelto por los cargos de estupro, pero recibió sin embargo una dura condena de tres días de prisión austriaca por exhibir dibujos eróticos en lugares accesibles a niñas de diecisiete años.

El libro se llama Culonas. Inquietante, sensual, íntima; los atributos de esta escritura parecen haber sido hechos para leer con la piel: si toda escritura femenina es en líneas generales vitalizante, ésta en particular nos pone al borde de un precipicio ventoso dejándonos a merced de la brisa. ("Llega un momento -aclara el libro- en que una advierte que la castidad es la peor de las perversiones").

"Mosaicos" dice el libro que son los textos que lo componen, aunque de a ratos parezcan aforismos, bravas sentencias breves, haikus o partículas subatámicas. Al lector de este diario no lo sorprenderán estos mosaicos, ya que muchos de sus retazos se han cultivado en la contratapa de Rosario/12 y son seguramente una muestra más del impacto que el diario provoca en todo el sistema cultural, pero muy especialmente en las letras. Miriam Cairo nació en los primeros sesentas del siglo pasado, tal vez haya alguna relación entre los días de la Era de Acuario y estos textos, tan sensuales, tan táctiles, tan sensibilizantes. En realidad es poco lo que se sabe de Cairo acá donde estoy escribiendo: sabemos que vivió -según me explican- en San Nicolás donde empezó a escribir acaso buscando a tientas algún remedio para la pasión; mide, según recuerdo algo menos que un metro y sesenta y cinco centímetros pero tiene una mirada suave y sesgada que sin embargo no delata los premios que ha ganado en certámenes de cuentos y poesía.

Las culonas de piernas abiertas que se retratan en este libro, con esa sensibilidad de higuera que acaso alguien pueda haber adivinado antes, fuera de esta lectura, donde lo singular de toda experiencia sensible se une, desplaza y se traslapa con toda experiencia ajena convirtiendo ese espejismo efímero que es el instante amoroso en un enorme y fresco laberinto donde de vez en cuando un clasto, un eco, un resplandor, un rescoldo, parecen recordarnos la humanidad que hay en nosotros, la humanidad que hay en otros, en los semejantes, en los distintos.

"Desde luego -anota Cairo en el libro- estos escritos no son almácigos", pero no es tampoco ésta una erótica ciega tapizada de sensualidad brutal. Lo que los labios de estas culonas proponen no es la sobria rutina de la amante ni la displicente habitud de la amada: seguramente hay más matices, mas grados de libertad, más ángulos que girar, más ejes para enfocar, más luz para deslumbrar, más imágenes para armar: hay en cada uno de estos breves fragmentos presididos por una especie de título que abre y pone en perspectiva a la moda de las narraciones de los exploradores del siglo XVIII, una pequeña aventura, leve pero intensa, de la cual el lector tal vez no salga fortalecido o demudado pero sí resulte fuertemente sorprendido, desbocado con la sensación suave pero fuerte de haber recorrido en pocos segundos un trayecto salvaje, al cabo del cual el que ha leído ya no podrá volver a ser el mismo de antes y probablemente resulte convencido de que "Tal vez más que una vía de comunicación el sexo sea una vía de conocimiento".

Me cuentan, además, en esta cálida noche de primavera que un día entre los días, un lector sin más referencia que haber pasado esta inquietante aventura de leer textos de Miriam Cairo en la contratapa de este mismo diario, le dirigió una carta proponiéndole seriamente unírsele para toda la vida en sagrado matrimonio. ¿Cómo no haber amado sus grandes ojos negros? También yo -et in Arcadia ego- caigo en una pasión irremediable en la lectura de estos textos que no son de mujer, no son de varón, no son de televisión: son de amor puro, sensual, lubricado y húmedo, tal vez la materia más útil para una vida de explícita poesía, de pura pasión de bolero, de tarde, de siesta, de noche; y en una época donde los bancos financian la televisión que explica a la ciudad y al mundo, bajo la sombra del prestigio de la ciencia y por labios de mujer adulta, cómo manejarse para hacer del sexo un suceso venturoso que te llene de beneficios, un poco de imaginación -que no abunda-, unas culonas calentitas, hacen verano.

Fuente: Rosario|12, 13/12/06


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La siguiente selección de textos ha sido tomada de Rosario|12. Las mayor parte de las imágenes pertenecen al pintor expresionista Egon Schiele (1890-1918).


CULONAS

Escépticas

Mis culonas espantan cuervos y tormentas. Se han comido sus propios ojos. Han tragado la última lluvia. Han perdido la noción de amigo y enemigo. La resignación les ata las manos y les sella la boca. No hay sed que sacie sus aguas. No hay astro que ciña su aurora. Lo dicho les pesa y las sofoca. Antes de arrojarse a la última caída no olvidan destruir los falsos presagios de sus tréboles de cuatro hojas.

Teóloga

Según las investigaciones antropófagas de mi teóloga sucia, fea y culona, el alma ocupa un lugar físico debajo de la cintura, más precisamente en el túnel que separa las dos piernas. A falta de otros nombres, esta zona se llama con vergüenza, con descaro, con frambuesas. El alma o caracola marina sin mar, puede alcanzar cinco veces el tamaño de un silencio. Dicha concavidad mítica siempre está a merced de un pájaro alargado, esculpido con gran economía de detalles y de orificio sediento.

Los prelados adversarios dicen que todo lo apuntado por la teóloga es pura invención, pero ellos no admiten que ese es el otro nombre de la fe.

Peregrina

Mis vírgenes culonas no prometen milagros. Por medio de señas me abandonan a mi suerte. Se desploman en los asientos reclinables del cielo y canturrean melodías barrocas mientras juegan con sus pezones. Su religión es perezosa y poco pontificia. Me hacen peregrinar hasta sus templos cargada de crímenes de camellos y collares de plomo. Dicen que cualquier camino puede llevarme a la ansiada perdición porque el mundo es redondo y feo como el culo de una manzana seca ¿te das cuenta?

Cocinera

Ella, con el pelo ensortijado y una camisa anudada en la cintura, golpea con fruición la masa contra el mármol. Asume, en esas sacudidas, los movimientos de la actriz porno que, desde el televisor, la ayudó a encenderse.

Generosa

La desesperada no usa prendas íntimas. No sólo doy fe por haberle visto, en un descuido, la profunda línea que divide en dos el mundo de sus nalgas, sino porque cierta tarde, mientras esperábamos ser atendidas por la lenta empleada de la perfumería, yo arrojé mi monedero contra sus sandalias. Al agacharme para recogerlo, casi apoyo la cara en sus piernas. Ella fingió no sentirme. Se movió levemente para abrirse un poco más y permitir que yo me demorara, cuánto quisiera, en la observación abismada de esa noche sumida en el curso de un río deseable y perfumado.

Mimbre

(Aquí se consume la mujer hecha con varas de mimbre.)

Buscadora

Ella busca la tempestad, el maremoto, el desierto, el mangrullo, el timón, el cementerio, debajo del zapato.

Busca falibles, culonas, sumergidas en el fulgor lunar, putas, debajo de los brazos.

Ella busca a los que se aman, a los que no saben que se aman, a los que no se quieren amar, bajo el ala del sombrero.

Ella busca el sauce al que trepaban los sueños.

Ella busca el sauce y busca los sueños, debajo del zapato, debajo del silencio, debajo del poema.

Desnuda

Si mi culona desnuda no tuviera algo más que ron, algo más que dedos, algo más que almohadas, podría perder su dulzura, podría malgastar su elegancia y quedar pegada al dolor bajo las sábanas.

Su encanto y suavidad no la hacen menos activa ni menos peligrosa. La terrible pureza de sus sentimientos impuros le resulta una misión esférica, nacarada.

Fatigada

Ella es una de esas culonas que ha sufrido cierta torpeza sexual. Tiene amigas que usan escotes exagerados y dicen que las han tratado con mezquindad. Están hartas del ficus que no prospera. Sus maridos han perdido para ellas todo atractivo erótico. Han olvidado las edades de sus hijos. El PAP es lo único que les asegura un profundo contacto sexual. Rompen el taco de sus zapatos más queridos en el consultorio del terapeuta. Están perdidas. Tan perdidas como un gigante en un campeonato de billar. Ninguna de sus amigas sabe cuál ha sido el camino que las ha llevado a semejante insuficiencia, pero mi culona no piensa facilitarles la respuesta.

Fundadoras

Afortunadamente, hay culonas que desgranan el espacio y hablan con el corazón en la mano. Identifican el movimiento, pero con quietud fundan una región ajena a las típicas identificaciones.

Abandonada de piernas abiertas

En cuanto a la abandonada de piernas abiertas, digamos que padece de recuerdos cóncavos y deseos convexos. Su conciencia es rala y poco concreta. Usa enaguas de encaje viejo y a la hora de dormir se enrosca sobre sí misma como un gato o como un poeta.

Virtuosa

Ella elimina la tensión excesiva de la garganta hasta que deja de ser esforzada y dura. Cuida la posición de la lengua y la extensión de las mejillas. Deja fluir naturalmente el avance o retraimiento de los labios.

Llega a ser perfecta la abertura de sus mandíbulas. Perfectas la tensión del velo palatino y la distensión de la faringe superior. También pone sumo cuidado en la posición de la cabeza. Todos los órganos armonizan con la sabia emisión del soplo reforzando aquí, cediendo allá. De modo que la dicha va siendo construida como una vibración. Va siendo devorada como una fina tajada de sandía.

Puede que haya otro modo de cantar una canción.

Delicada

Tengo una culona especial que se separa los cabellos con prudencia, como si fueran filos, para evitar que los sueños se rasguen antes de echarlos a volar.

Falible

En mitad de una avenida la falible no encuentra un trabajo. No encuentra un gato abandonado. No encuentra un corazón, pero en todas partes siente el vaivén de su vestido. Siente el pequeño movimiento de sus senos. En mitad de la avenida no encuentra sus mejores pasatiempos ni dónde guardar el mayor secreto. Se ha exigido no participar en pobres ilusiones. En mitad de un vaivén la falible ha perdido su avenida pero sigue con los zapatos puestos. Sigue con la sonrisa expuesta. Da al policía de tránsito el nombre de su cantante preferido. En mitad de la avenida que no encuentra, la falible quisiera tener una muselina inmensa o una alfombra de brocato. No se saca el vestido. Tropieza a causa de los tacos altos. Se lleva la mano al escote y se aprieta los viejos dolores. Va a dejar de escribir poemas porque sólo le gustan las mujeres gordas y los hombres viejos. En mitad de la falta de avenida ve un perro con la lengua colgando. También le gustan las lenguas de los perros y las mujeres que muestran el ombligo. No va a escribir poemas porque está muy ocupada sintiendo el vaivén y tropezando en el asfalto. Porque está a merced de un escozor adictivo.


LOS GENEROS COMPUESTOS

FICCIONARIAS

Entonces me digo que si hay mujeres del nuevo milenio que pueden vivir apoyadas sobre cosas muertas que fingen estar vivas, yo también puedo existir, apoyada sobre mis cosas vivas que fingen estar muertas. La única realidad es la irrealidad, dijo el poeta, por eso sigo caminando por la ciudad como un rayo misterioso sin que me tiemblen las piernas. En el mundo hay tantas maneras de hacer lo incorrecto. Pero todas las comparaciones son odiosas. El problema no es el cuerpo de la copa ni el cerebelo del aire. El problema es que las porciones de eternidad son demasiado grandes y las tristezas sexuales atan un moño de señor en las canicas carnosas. No sé, no sé, me parece que el otro poeta también tiene razón: ningún pájaro se eleva demasiado alto si vuela con sus propias alas. Ahora que le quité mis alas, ya no podrá volar más el pájaro. La excesiva piedad es tan mala como la crueldad extrema. No sé, no sé, por más que me esmere, no puedo caer como toro sangrante sobre mi presa. ¿Qué hará el pájaro triste sin mis alas? De sólo pensarlo me impresiono. No hay nada más gris que un pájaro sin alas. Ya no podrá menear su cola, confiar en su mosquete y sacudir su osadía. Los pájaros sin alas, como los poetas y los enamorados, están condenados al infierno. La vida está hecha de irrealidades. Por eso digo adiós cuando debiera decir hasta mañana: pero admito que no es cierto. Si no fuera por esa mínima diferencia, yo sería como cualquier mujer modelo by siglo XXI. Somos tan parecidas que si nos pusieran en una rueda de reconocimiento, nadie podría reconocer a la culpable.


LA PRINCESA Y LA NUEZ

De pronto se hizo el milagro: apareció la princesa. Con nuez de Adán, barba de Dylan Thomas, nudillos de cerrajero, ojos de pájaro y zapatos de cruzador de puentes. Cuando la encontré, no estaba en la zarza ardiente hablando palabras que después se extinguen, sino parada sobre sus pies de hombre. Este varón princesa reposaba como una oscuridad detenida en los dedos de la noche. Extendía sus alas de luna inexistente y llegaba hasta mí como río bravo poblado de peces.

La princesa varón, como toda princesa que se precie, tiene un costado prohibido. Esta criatura del asombro sabe que en el fondo de la palabra está el silencio pero no se tatúa en la espalda el nombre del miedo. Esta mujer testicular, erguida sobre las trémulas medias de un hombre, no se siente débil cuando la recojo del mundo como una frágil amapola y la acuesto en mi cama.

El camino del exceso conduce a la sabiduría. El de la prudencia, al fastidio. Mi princesa masculina, antes de irse a vivir con los búhos y los murciélagos, se llena el corazón de una indescriptible transparencia. Desde que la vi llegar con el molino en la mente supe que esa princesa podía embotellar nubes y beberlas. Luego, cuando llegó la noche con su elemento nupcial, al verla de pie, con el cetro espléndido, presentí que los astros ya nunca más mendigarían la chispeante emulsión de las estrellas.


EL CRIMEN SERIAL

La cuestión es embutir el espíritu para encerrarlo en un cuerpo incapaz de contenerlo. Nada más seguro que un sangrado de nariz para conocer el espíritu de un hombre. Pero el cuerpo es lo que primero se ve y los sangrados son esporádicos. Ese es el problema del cuerpo: su intemperie. Pocos saben que el cuerpo y el interior del cuerpo son dos valvas indivisibles y se quedan con lo próximo posible. Nadie mejor que yo para confirmarlo: creí ver un hombre cuando era una centella ardiente. Aquel que permite que lo hagas morir, conoce tus cualidades de asesina. El cuerpo es un pájaro que vuela a ras de suelo y a ras de luna. Él y su espíritu son hermanos gemelos: ninguno sabe cuándo es suficiente. Ese es otro problema del cuerpo: su transparencia. El cuerpo deja ver cómo se debate el alma para embutirse entre las vísceras. Los contorneos de iguana, los espasmos de ángel, el ronroneo de pez. Pero un cuerpo también tiene sus tretas: el collar dibujado alrededor del cuello con el filo de una botella no alcanza para presumir un suicidio fallido. A veces, esas marcas tratan de disimular los rastros del collar que lo mantuvo atado a la obediencia. Por ello, cuando el cuerpo amarrado encuentra en otro cuerpo sus alas, chorrea la hemorragia del más profundo deslumbramiento. Ese es el problema del cuerpo: su belleza no escatima en derrames y riesgos. Y una, que lleva la señal del crimen en cada molécula, no tiene más remedio que convertirse todas las noches en asesina serial del mismo hombre. Así es que los días de verano cuando aún no es verano y los días de fiesta cuando aún no son días de fiesta, pasan de ser tormentos a tormentas. Y sé bien que esto no tiene que ver con el erotismo forense, pero tiene que ver con las alas, los líquidos, las hemorragias, las estrellas.


LA ESCRITURA DIMINUTA DEL MUNDO DIMINUTO

DIASPORA

Sacar la realidad del lugar de la realidad. La palabra del lugar de la palabra. El sexo del lugar del sexo. El género del lugar del género. Y ponerlos en el territorio imperceptible. Colocarlos en el escalafón de la leche materna. Milagro que no existe hasta que no bebemos. Colocar todo bien lejos, para empezar a ver algo más de lo que creemos. Sütra escritura. Käma Sütra sensorial. Sütra verbal. Rayos en puntas de pie sobre la diáspora.

MIGRACIONES

A las culonas se les acabaron las palabras. Se comunican como sordomudas con las manos. No guardan más el lugar en sus cosas. Sólo buscan movimiento. ¿A dónde van las partículas con probabilidad de existencia nula? Las culonas son una experiencia de migración del tiempo, del lugar y de otras cosas. Peregrinan hacia sí mismas bellas hasta la desesperación. ¿Cuánto más harán para desenlazarse?

CUANTICA

Al parecer, cualquier estado físico puede ser expresado por una luminosa secuencia de vectores. ¿Para qué ser poeta? El dominio esencial entre el dios y el diablo sólo lentamente puede averiguarse. Sus magnitudes físicas, inobservables, comienzan a palparse cuando nos enteramos de un accidentado tejido llamado espacio. La realidad se ha terminado. Su límite es infranqueable. Y las culonas no andan lejos de estas deambulaciones.

BOTELLAS

Lo curioso es que las botellas tomen forma de libro. Ardides de la embriaguez. Queda mucho mejor quedarse dormido con un libro que con una botella. Orión está al pie de las deconstrucciones con su gran nebulosa, con sus dos gatos saltando en el balcón que da a las azaleas. Pero hay algo sorprendente en todo esto: más que plantear la decisiva cuestión de la responsabilidad intelectual de un gato sobre sus lecturas, alguien podría explicar que una y otra embriaguez, la del libro y la de las botellas, irrumpen decisivamente en experiencias levitantes.

BOOM

A Ursula la hizo levitar el boom. A la princesa, no la hizo levitar Darío sino el lobo de otra princesa encabritada. Eros levitó a oscuras en el lecho de Psique. Heisenberg levitó con el orbital atómico en la Universidad de Gotinga, donde antes había levitado Lichtenberg, el viejo coleccionista de tormentas. Tras lo cual, Orión se sacó el cinturón para levitar como un relámpago en el centro del lobo de la princesa culona.

LEVITACIONES

Las culonas levitan al alba. Las culonas levitan sin tiempo ni espacio. Levitan escondidas en la ternura de la noche, pasmadas, sin ganas de volver a caminar. Levitan con el capullo en la mano. Con el capullo en la boca. Con el capullo abierto. Con el capullo cerrado. Levitan en los ascensores como astronautas. Levitan como recién nacidas en el tracto de una princesa transtextual. Cualquier otro hombre que no fuera princesa, cualquier mujer que no fuera lobo, ¿podría imaginar mutuas y arriesgadas levitaciones? Las culonas como, el universo, no son puntos, sino pequeños hilos vibrando.

MICHAUX

Resulta que la medida siempre acabará perturbando el propio sistema a medir. Soy el ser que inspira. El ser que tiembla. El ser que Michaux hace levitar con un dedo meñique, aunque el índice rompe la realidad de límites infranqueables y el pulgar insinúa, trepa hasta lo que el mayor restituye como un padre que penetra seis mil láminas de princesa deslumbrante.

LIBRO

Dijo la princesa que los libros están llenos de alimañas. De ahí a su reinado sólo hubo un paso en mi vida. Yo la tomo por el cetro y la acomodo en mi dicha. Cierta noche tomé sus sueños con una pinza para ensueños y los coloqué uno por uno sobre la almohada. La naturaleza del placer es similar a la del libro. El dedo meñique de Michaux nos llevaba hasta el fondo. Lo demás es misterio de princesas y alimañas. El texto diminuto puede conducirnos a la pornografía.

BOLAS

Sin libros embriagados la realidad es desleída. Los astros se chocan entre sí como pastosas bolas de billar. De estos libros embriagados nacen ebrios. Nacen gatos y poetas. Nacen culonas que se enamoran de poetas. El poeta que golpea la bola del mundo es un experto en embriagadas colisiones. La bola del mundo choca contra otra bola del mismo mundo y con un golpe seco se dispersan en todas direcciones. Ya no se trata de dos bolas de aspecto más o menos difuminado, sino de una multitud de ellas, todas confusas y vagas. Dispersión de ondas dicen los libros embriagados y la embriaguez despierta a las culonas.

PELAJE

Decididamente hay una culona aislada que bajo determinadas condiciones de embriaguez llega hasta el balcón de la princesa con nuez de adán, le arranca los tules femeninos y la pone de bruces ante su virilidad. ¿Qué posición ocupa una culona? ¿Qué pelaje textual exhibe? La razón de todo esto es lo diminuto. El universo diminuto. La escritura diminuta. La muerte diminuta. El tiempo diminuto en que la princesa transtextual hace el voto masculino y alimenta a la cría con un calostro venido de una literatura proscrita, de un cetro chorreante, de una lectura en complot.


UNO TAMBIEN UNA (tres)

A Tresols, en algunos tramos, y a otros en otros.

Uno recibe el tazón de verduras y la porción de pescado cocido. Al primer bocado siente los ojos blancos del pez revolviéndose entre los dientes. También ve la boca abierta de pez de los que están en la mesa y uno advierte que comen con demasiada indiferencia. Mastican algo que los alimenta pero no les causa ningún placer. Entonces, uno se da cuenta de que ese alimento imprescindible, pero taciturno, que se sirve en cada plato es uno mismo y uno termina por vomitarlo todo.

El tema del dos en uno, a una le resulta algo venido de una aritmética de la reducción. Dos se sacrifican en uno amorfo, en uno Bécquer, en uno sacramental apostólico romano. Dos que son uno en matrimonio patrimonio, uno muerto. Y una, que no está libre del esperpento, una que ha seguido el camino de la flecha hasta la disolución o la amorfia, aporta con la mirada un siniestro fulgor, porque, cierto día, una que se había olvidado de todo, una que no tenía retroceso, retrocedió y le dijo adiós al circo romano.

Sin dudas, tomarse el pulso es un pretexto para no dar rienda suelta a la fantasía. Pero uno, que se anula a fuerza de precipitarse cada hora en el mismo edificio, no tiene miedo del suplicio porque ha conocido el ángel de la devoración. Y aunque uno no puede comer carne humana, es más valiente que todos los caníbales y más rico que todos los usureros. Uno es más apto para dar rienda suelta a la horrorosa imaginación, para pensar en las grandes posibilidades de sobrevivirnos que tiene el matrimonio entre el esclavo y la daga.

A medida que pasan los años, una engorda y eso es necesario para que los otros puedan comer más. Para que nadie se quede con hambre. Una, que ha dado de beber su leche bajo la mirada vigilante del esposo, sabe que al hombre le gusta comer hombre. Pero una elige comer princesas. Y las come a escondidas. Se las ingenia para ocultarlo. No se atreve a comer directamente. Es para morirse de risa. Se come los huesos de un lirio que está prohibido comer.

Sin embargo, esa valentía de uno, hace que a los otros les apetezca más, uno como alimento. Y uno nota una total falta de saciedad cuando lo comen y se atragantan. Ese importante descubrimiento, aunque inesperado, a uno lo hace blanquísimo como un protector de hongos. Y uno no puede hacer más que tenderse donde nadie lo ve y dejar que le pase aquello horrible, porque aunque sea espantoso no es raro.

Una daba por supuesto que cualquier mujer que diera de comer podía ser comida. Y que cada una trae la capacidad de ser devorada sin un lamento. Está claro que una puede tener la mente dormida de tanto dejarse comer por hombre. Y en la más completa oscuridad una cree que nunca llegará la noche. Una que es rosada como la luna, de pronto se vuelve gris como las rosas.

A veces, basta con ver el rostro en un alfiler, para que uno se crea presente e invisible. Y cuando uno no se deja comer, los otros mueren de hambre, porque ellos sólo comen carne muerta, carne que se deja comer. No pueden alimentarse de uno si uno no se deja, si uno tiene vivas las entrañas. Y uno aprende desde chico que el hambre es el peor flagelo del mundo, porque a uno le enseñaron a pensar hombres y mujeres que desde el principio de los tiempos se alimentaron de hombre.

Por haberse acostumbrado con el tiempo, una cree que dejarse comer no es algo malo. Le parece natural que al hombre que una debe amar tenga al mismo tiempo que alimentarlo. Y una se da de comer hasta con los zapatos puestos, con las orquillas en el pelo. Y al hombre se le clavan las orquillas en la garganta pero nos sigue comiendo. Y para que pueda tragarnos mejor una se da de beber como un vino negro, sin conseguir con ello algo bueno a cambio.


UNO EN UNA (cuatro)

Si una no estuviera sola, el jardín no estaría solo. Fin del mundo atlántico sobre el espesor de la lengua. Una mira alrededor pero hay un lirio que intenta retenernos los ojos y una teme que de él nos venga otra vez la propensión al caos. Porque una está lejos de los estados visionarios pero muy cerca de la confusión.

Desde el remoto punto de partida hasta el amuleto del entuerte, una vive de a ratos con Breton en la textura, de a ratos en los primeros pelos de la sombra y casi siempre en las advertencias de Marguerite: ?Las mujeres no deben hacer leer a sus amantes los libros que escriben?. Y la misma regla se aplica para las mujeres que tienen un marido y un amante. Una, que ha frotado tres veces el ojo de Breton sobre la piedra del sueño, se da cuenta de que después de decir "nunca me iré", siempre sale corriendo.

Para leer sí, pero para vivir, uno no puede taparse las orejas, porque las orejas son necesarias para oír que los otros tienen hambre de nuestra carne y nuestra alma humanas. Hambre de masticación. Hambre de deglución. Hambre de evacuación. Hambre de empezar todo otra vez, a la misma hora, en la misma casa. Y uno, que conserva ciertos datos sobre sí mismo, distingue el hambre consumidor del hambre perceptivo. Entonces, uno no deja de servir su carne a los hambrientos, pero se reserva para sí la intimidad de los huesos.

Después de las sobremesas, una se envuelve en el papel de fumar y se toca tímidamente las rodillas. El lobo tiembla. El lobo nace en el tembladeral. Una frunce la escotilla y llora. El lobo vuelve a nacer. Si una quisiera, lo podría hacer nacer a toda hora, pero una no siempre tiene su permiso, porque una, que es la hija del relámpago, tiene miedo de ser tan feliz y tiene gracia para no serlo.

Una, que no ha leído la literatura magrebí, sabe que un encuentro de huesos puede modificar su destino cierto y convertirlo en movimiento. Movimiento de huesos. Una tiene que estar decidida a ser una criatura nacida de Breton. A sentirse perdida. A llevar los huesos hasta el balcón donde otro le trae noticias de sí misma. Una, que no siempre lee con los ojos ni escribe con la lengua, confiesa que ha conservado la esfera de los primeros gemidos, la esfera que se fragmenta, se desgrana. Y otra vez una se envuelve en papel de fumar y se hunde en el espesor de la boca que la inspira y la exhala.

Uno, que practica las dos respiraciones, la involuntaria y la voluntaria, experimenta la asfixia cuando siente que todo alrededor, todo en su interior, está inmóvil. Pero uno, no está buscando el fervor de los externos. Uno quiere que su hueso emperador se empale en el mismo centro del lobo, y que el movimiento empiece desde adentro.

A una le viene de chica la pulsión por ir hacia el interior. Al interior de las muñecas, al interior de la habitación, al interior de los libros, al interior del cuerpo. Y en ese movimiento precoz una ha conocido al lobo. Una ha mordido las uvas. Una se ha sumergido en las violentas potencias subterráneas y ha sostenido con las manos el aullido.

Una necesita lo lejano. Una necesita retirarse de lo próximo para acercarse a lo lejano. Entonces junta los huesos y los mete en un bolso. Se va con los huesos a lo lejano que es próximo para separarse de lo próximo que es ya tan lejano. Y así, una vive un encuentro con la cercanía de lo lejano. Una tiene huesos de variados calibres porque una es una criatura nacida de un espasmo de Breton.

Uno, que se da de comer en cuatro comidas, en los días laborables y las noches asuetas, puede concederse el desplazamiento, el desvío. Puede pensarse hacia delante, aunque haya tanto detrás, pues todo lo que está detrás lo empuja hacia delante. Uno por más que esté detrás de sí mismo va hacia delante porque ha abierto un ojo de lobo, y siente que el lobo lo empuja hacia el espasmo de Breton. Hay un hecho lucero. Hay un espasmo que a uno lo fecunda.

Una sabe que no podría vivir de la escritura a causa de la extraña aberración de sus labores y de su carácter insólito, pero una también sabe que no podría vivir sin su escritura como un monstruo no podría vivir sin sus malformaciones. No escribir es la cuestión más peligrosa que una podría plantearse.


MINOTAUROS

I.

Uno de nosotros es la pata de la silla que se escapa para vivir su vida. El resto del mobiliario lo condena: dice que destruyó el asiento tan necesario para que el mundo descanse de su propia nulidad. Pero la silla no ha dejado de ser silla, sino que es silla de tres patas. La pata que quiere vivir su vida, ha decidido no sostener más el pesado trasero del mundo. Todo aquel que se siente sobre la butaca de tres patas caerá, se fracturará el tronco y las monedas se le caerán de los bolsillos. Uno de nosotros sentirá el alivio de no formar parte ya de ese living tapizado de gris oscuro.

II.

Este cielo me desmiente, me obliga a recordar al inocente amado fugitivo que se recostó más allá de cualquier zona prohibida en la arena roja de mi alma.

III.

Una de nosotras raramente ve alguna cosa sin experimentar ese sentimiento tan especial de haber sido alguna vez lo mirado. Pero las experiencias no le sirven para nada, esa es la razón por la cual a una de nosotras le gustan tanto las pinturas de Matisse.

IV.

Hay un espejo donde sabios animales nostálgicos visitan nuestra flamante transparencia de cuerpos calientes, doblados en una hoja nervada, donde los amantes comen lentamente su corazón de medianoche hasta pulverizarse el sexo.

V.

Uno de nosotros ha de volver con sus huesos a la memoria del cuerpo y dejará que su crepúsculo esté lleno de sudores. La noche temblará llena de contentos. Nada de fotos íntimas en la portada del diario. Uno de nosotros cree que debieran estar prohibidas las noticias y entrega a la señora de al lado sus ahorros y su sangre. El alma humana es una bomba de tiempo. Pero en tanto haya carne viva de uno de nosotros para que la señora de al lado camine sobre el sangrado parquet y pague los impuestos, habrá paz en el living de su casa aunque no haya amor en el mundo.

VI.

Doblemente iluminado ciega sus miembros con ensalmos de luz. Dice que abolirá la mañana ostentosa. Dice que las colosales intimidades lo abrigan de las hogueras frías de sus noches. Dice que se ahogó, como Sansón, en un rodete de su propio pelo. Dice que como una reina loca aulló desnudo y solo. Dice que su fornicación de misántropo esposo no le trae ninguna gestación humana. Dice que ya no es un espejo incendiado. Dice que sobre sus hilos rígidos se duerme y se llora en sus propios funerales.

VII.

Una de nosotras podría morirse de una vez, pero como siempre pasa, una de nosotras juzga que merece una vida nueva y no obstante, una de nosotras no hace más que meter la pata y conducir la nueva vida hacia la más deslumbrada perdición.

VIII.

En sus horas profanas de bestia eternamente anónima, ejerce el oficio de sonámbulo y de transparente. Desacostumbrado ya del aleteo que para su orgullo lo llevaba a sucumbir como un hombre, apenas si logra rememorar aquellos momentos en que gozó a la luna tanto como quiso.

IX.

Uno de nosotros dijo vos y yo pero se refería a un silencio perfecto. Qué broma cuando uno de nosotros dice vos y yo, pero nunca se decide a hacerse hombre. Uno de nosotros tiene que ser sutil, tiene que reservarse los calificativos porque de lo contrario uno de nosotros sería tan ínfimo que ni siquiera podría emparentarse con el último aullido del último lobo.

X.

Alguien lo come y lo bebe. Alguien es fiel a un lecho malo en la noche buena. Alguien es el oceánico amante solitario. Alguien tiene miedo de ser el animal liberado del laberinto. Alguien trata de despertar sus atontados sentidos. Alguien no quiere ver que la estrella lo aguarda solitaria y móvil. Alguien es un barco que parte de sí llevándolo dormido. Alguien está a punto de entrar por el umbral de la noche que cae sin nombres.

XI.

Una de nosotras acepta trocarse siempre en animal que duerme en el país del viento, y no habla. No es abortadora de silencios, ni de niños, ni de esperanzas. Una de nosotras desapareció con entusiasmo. Y cuando todo ya andaba dorándose al sol, se le ocurrió pensar que la otra era una oveja encapuchada que da órdenes al carnero del rebaño. Aún antes de pensar esto, una de nosotras, como quien no quiere la cosa, desapareció con entusiasmo.

XII.

No entres dócilmente en mi memoria. Estos recuerdos como piedras preciosas, como huesos que brillan en la oscuridad, tienen que dejar de ensartarme relámpagos, tienen que dejarme dormir dentro del cerebro de las flores pequeñas.

XIII.

Uno de nosotros está parado sobre un mundo paralelo. Que el otro, pues, lance un suspiro de alivio. También hubiera podido ser que uno de nosotros fuera un sonámbulo en pleno día. Eso explicaría por qué uno de nosotros no ve que la jornada es un campo de maniobras donde los hombres aprenden a estar muertos. Uno de nosotros está parado sobre su propia amargura. ¿Qué puede hacer el otro? ¿Pompones de urutaú? Uno de nosotros es blando, más blando que el agua blanda y tiene un corazón de oro, una libación de oro, un galope de oro, un chorreo de oro. Uno de nosotros no leyó a Krishnamurti o bien lo leyó pero lo ha olvidado, o bien lo ejercita con matices raros. Para uno de nosotros no hay espíritu más bello que un cuerpo desnudo.

XIV.

Por un minuto caerá la lluvia y borrará los pesares conyugales. Ya que la luz relampagueó primero en la tormenta, estás a tiempo de cuidarte de la sed y del silencio. A tiempo de ver la tristeza de lo que no nace. Por un minuto tu hebra de agua, tu estrella polar, te traerá la memoria de la puntual amazona iluminada por un sol de tu propio mundo. Por un minuto tirarás de los rayos y distinguirás un enemigo entre mucho.


¿QUIÉN HA VISTO UNA REALIDAD?

Necesitamos doradas, inmensas copulaciones.

Jim Morrison

A mí, a veces me parece que no existo. Otra abismada nombra un estallido o una pasión, un afecto a la vez triste y alegre, la inestabilidad de una inquietud propia. Es muy de abismados andar por la vida sin existirse todo el tiempo. Uno más uno, la imaginación abarca el mundo entero. En sueños me existo siempre. No puedo pensar, "no, yo no me estrello", porque de hecho me estrello. Uno más uno, Juno derramó leche de su seno y se creó la vía láctea.

Todo tiene un límite y yo dije basta. Una vez que se estrelló el auto en el sueño, no esperé a que se estrellara en la realidad. Hay una ley que vincula lo posible con lo imposible, lo imposible con lo posible. Uno más uno, dos. Las dimensiones del estallido son tan pequeñas, que empiezan a notarse efectos como el contagio. ¿Por qué esa alusión a un tormento? Onda corpúsculo. El mundo real no coincide con el mundo que vemos.

Onda partícula. El tema es que él y yo, como seres reales, vivimos en la realidad, pero no sabemos qué realidad es. Todo tiene sus límites. Hasta la noche se dejaría asediar por el espectro de su sombra o por el duelo de sí misma. El contagio carece de límites. Arrastra todos los resultados. Uno más uno, el acto mismo de amar transforma lo que se está amando.

Todo estriba en lo que se considera comprender. Cuando sueño, el sueño me sueña. Pero la realidad es muy diferente de lo que creemos. Un grupo de científicos logró transferir las propiedades de un fotón hacia otro fotón a una distancia de dos kilómetros. Uno más uno, la imaginación es más importante que el conocimiento.

El oscilador armónico no distingue entre lo que ve y lo que recuerda. ¿Alguien ha visto alguna vez un sueño? ¿Ha visto acaso una realidad?

Uno más uno aquí ha habido una masacre: las parejas legítimas no juegan a los fantasmas.

En la brumosa ciudad ¿quién fantasea? No te detengas a hablar con nadie que no sea un fantasma. Nos marchamos. Huimos. Para que nadie nos encuentre, para que no nos den por desaparecidos, nada mejor que desaparecer quedándonos acá. Buen día, decimos y hasta mañana, también, pero qué lejos.

En cualquier caso, lo cierto es que la película de tu sueño envuelve glorias de esperma coronando los pezones. Hablo de física. Los especialistas lo dicen: la teletransportación es posible. Uno más uno, tus guantes y mi abanico están en el suelo. El cerebro se ha construido en el mundo y ha reconstruido el mundo a su manera dentro de sí, por ello, el mundo está en nuestro espíritu, que a su vez está en el mundo. Uno más uno, Edgard Morin.

Pero el debate del soñador en el mundo no ha concluido. El cadáver de la luna está en el coche del chofer. Bajan, los dos, por ríos de autopistas. Bajan desde el puente. Se estrellaron conmigo cuando me estrellé. Ahora la luna está muerta. Sabe que existimos. Que a veces, no. Sabe que no estamos en el meollo: estamos en el misterio. Inventemos otra luna. ¿Ésta ha muerto?

A mí, a veces me parece que no existimos. Otros abismados nombran un estallido o una pasión, un afecto a la vez triste y alegre, la inestabilidad de una inquietud propia. Es muy de abismados andar por la vida sin existirse todo el tiempo. Espero que te mejores. Uno más uno, necesitamos doradas, inmensas copulaciones.


EXPLICAR ESTO CON PALABRAS DE ESTE MUNDO

Las traducciones españolas

Estoy sentada en el bar. Es cerca de medianoche y he decidido no moverme de aquí. Desde las diez lo he decidido para no privarme de este momento de lucidez en que bebo café metalizado y observo al mundo desde adentro. Hago autopsias del aire que la gente respira. Todo es muy extraño en estas noches. Salgo para no escribir. Para no caer en la cuenta de que escribir es mucho más de lo que ocurre.

En la mesa de al lado, Nelson come una tarta de queso y bebe su café express. Nelson le hace reverencias a la tarta de queso cuando llega Haroldo. Está nervioso y no puede controlar su tic. Sin dejar de sacudir la cabeza dice:

Bueno, Haroldo, fui a ver al hijo de puta. Me concedió una entrevista. Creí que ya no recibía a nadie.

Pero me recibió. Ahora tengo que publicar el reportaje. No sabe escribir, Haroldo. No tiene vocabulario, no tiene estilo. Nada.

Sólo vomitar y follar y putear, Nelson, eso es todo...

En Europa vende libros pero acá lo tenemos calado.

Yo los escucho desde mi mesa y maldigo las traducciones españolas de Bukowsky. También los maldigo a Nelson y a Haroldo porque el hijo de puta no es sólo una máquina de follar, sino también de juguetear con el dedo índice en el botoncito de lilas de la muchacha más bella de la ciudad.


INDOMITA Y OLVIDADA

Mientras beso, escribo. Mientras escucho, escribo. Mientras desprendo los botones, escribo. Mientras decido no escribir, escribo. Es inaudito. Para mí tiene algo de milagro. Algo de tenebroso. El bar es el peor sitio para dejar de escribir. Para no privarme de ese momento de lucidez, salgo a caminar. Quien camina en la noche tiene las estrellas contadas. En un sueño muchas cosas se comprenden pero la realidad es un estanque donde todos los días se encuentran dos o tres ahogados. Me asomo, por pura curiosidad y veo en el agua los cadáveres flotando como plantas acuáticas. Yo tampoco soy una mujer completa, pero he oído que la desdicha de todos los seres humanos es la dicha de la humanidad. Ahogada también la mujer tres partes niña, que todas las tardes, mientras nadie la mira, ensaya en la esquina un paso de baile.

Como una mosca de largas zancas, la muchacha púber que no encuentra al príncipe Adán en su pensamiento, flota como planta acuática. Oh, Yeats, Cass es la chica más linda de toda la ciudad. Ahogada ahora en el estanque, mira hacia el fondo con ojos de animal terrible. Un hombre de negro se lleva el susto a otro lado. Nadie se rompe la cabeza por una metáfora, pero yo no descuido mi escritura sino a mí misma. Ingerborg. Insensata. Intemperie. Intratextual. Indómita. Indicio. Instante. Cuidémonos de la silenciosa, de la olvidada, de la viajera con el vaso vacío, de Alejandra. Cuidémonos de sus pequeñas palabras que danzan flores en la boca del mundo. No vaya a ser que resultemos algo mejor de lo que esperan de nosotros.

UNA PARED QUE TIEMBLA

Parece que la vida es así a propósito. Pase lo que pase me pone a escribir en el mismo bar en que había decidido quedarme a mirar cómo circula o cómo duerme el mundo para no escribir. Para no darme cuenta de que escribir es más de todo lo que ocurre. La vida no es un párrafo y los besos son un mejor destino que la sabiduría. Aquí y allá murmuran estas cosas los amordazados grismente en el alba.

Los perros viejos tienen mucha dignidad. El mundo es un mecanismo perfecto: cuando un perro viejo empieza a llorar, otro perro viejo deja de llorar en otra parte. Lo mismo ocurre con la risa. Cuando un poeta irlandés muere, ¿nace un poeta irlandés en otra parte? El mecanismo del mundo no da a basto. El perro viejo avanza cojeando. ¿Por qué no duerme? Se detiene delante de alguien que lo ignora. Se pregunta si no va a llegar nunca la noche. Calcula mentalmente las horas. El hombre que lo ignora no es del lugar. El perro mira a su alrededor. Hoy todo lo ve negro. El hombre no es del lugar. No sabe que ese es el crepúsculo clavándole el espolón a la madrugada. El perro presta más atención, de lo contrario nunca llegará la noche. El hombre no se da cuenta de que la oscuridad galopa y cae sobre ellos. Definitivamente no es del lugar.

Puesto que los perros viejos están prevenidos, pueden esperar eternamente y saben a qué atenerse. Estas son las versiones que nos proponen: un agujero, una pared que tiembla. No hay por qué inquietarse. Los perros de esta calle están acostumbrados pero el hombre que ignora el minuto de vida breve, de vida con ojos abiertos, nunca será el desnudo en el paraíso de su memoria. Definitivamente el hombre no es del lugar ni de la noche.

LA ZONA DE FUEGO

Tanto andar en la sombra de la sombra, lo inaudito se vuelve cotidiano. Mis libertades me llevan a vivir situaciones muy peligrosas. Esta noche me he propuesto tomar venganza de la noche. Al café metalizado le sumo una dosis intravenosa de ron rubí. Escribir es más de todo lo que ocurre. Los tijeretazos plateados de luna cortan los hilos que me atan al mundo. Café, ron, perro, noche, hombre, Nelson, Ingerborg, Alejandra desnuda en el paraíso. No escribo para no nombrar lo que no existe. Un desmayo definitivo no alcanza a dormirme definitivamente. Mientras decido no escribir descubro a dos barbudos semidesnudos que me atan en el respaldo de la cama. El alcohol me retrasa las palabras y no logro preguntar si soy yo, o es Alejandra la que gime. No sé que hacen estos dos desconocidos en mi habitación, tratándome con excesiva confianza. Los dejo trabajar un rato fingiendo estar dormida. Dejo que jueguen con mis huesos brillando en la noche. Ya no es la hora inocente. Es la noche de los rostros doblados donde no puedo verlos. Esta lila caliente. Este corazón misterioso. Estos barbudos en la zona de fuego. Esta Alejandra que no muere. "No más dulces, muchachos", les digo mientras rompo con todas mis fuerzas los lazos que me atan al respaldo de la noche y cierro las piernas. Explicar esto con palabras de este mundo. Esta noche en este mundo tendrán que entender otras palabras. Los barbudos se echan hacia atrás. "Hombres hambrientos. Les he dado los huesos, les he dado el dulce, les he dado el crepúsculo. Es hora de amanecer. Se terminó el recreo del insomnio. Tengo que escribir y despertar, o despertar y escribir. Vaya a saber qué cosa ocurre primero u ocurre mejor." Y con la cabeza gacha los barbudos vuelven inmediatamente a los libros de donde nunca debieron haber salido.


SíNDROME DE ESTOCOLMO

Un vacío histórico se extiende, cuando el jazz lentamente gira, trepa, rompe, extiende, murmura. Hay cosas tan normales que dan miedo. Las señoras con alma de acacias repiten el mismo paseo cada domingo. Dan sus pasos de árbol mientras mueven apenas los brazos como ramas. Los señores las acompañan buscando de reojo guirnaldas de muchachas blancas y de mujeres rojas o rememorando el jazz que extiende, rompe, murmura. ¿Habrá un modo de salir ilesos del silencio?

Hay una extensión de tiempo que nos lleva. Según la enciclopedia virtual, "el síndrome de Estocolmo es una reacción psíquica en la cual una persona retenida contra su propia voluntad, desarrolla una relación de complicidad con quien la ha secuestrado". Hay una extensión interna que nos define. Los pasos conocen nuestro abismo.

Emula. Desnuda en el parque solitario, desnuda en un lenguaje violentado, en un lenguaje de mil puntas y pocas palabras. Desnuda entre los asesinos del único rey, con sus guantes púrpura, sus dientes sangrientos. Firme y desnuda ante el turbulento síndrome de la oscuridad, fuera de la especie, obligada a amar en herrumbrosas camas. Boca abajo desnuda, al borde del aburrimiento, buscando algo que todavía no ha encontrado.

En ocasiones, la palabra ave tiene alas tan largas, que pasa volando sobre la ciudad con su cabello de mujer y con los ojos tan abiertos que las personas secuestradas, acaban ayudando a sus captores para salvarse del peligro de la libertad.

El amor yacía abstracto en un libro, con huesos ornamentales, con la boca moribunda mamando de las ubres de la noche, rumiando soledad.

En el Kreditbanken, las sayas de encaje de leche cruda no cabían ni en la memoria de alguien. Los gigantes subterráneos se ahogaban en su propio suelo. Cuatro hombres debajo de un escritorio no desafiaban la gravedad. Una lágrima caía como una gota de mercurio sobre la alfombra. Seis días después, de los almuerzos compartidos, de las respiraciones próximas, de las desconfianzas mutuas, el beso agradecido. Y los hombres con la linterna ciega queriendo iluminar la noche.

Especies de calles, especies de caminos, especies de lagos, especies de personas, especies de noches, especies de cielosà una especie de mundo, Choubert, toda especie de especies, Magdalena, ¿lo único que podemos hacer es pagar y aplaudir más fuerte? Una nostalgia, dos desgarrones, tres restos de universo, un agujero abierto, los pies más abajo del suelo, ¿cómo se llama el actor que desempeña mi papel? Choubert. ¿Dónde está la belleza? ¿Dónde está el amor? He perdido la memoria. ¿Aquí no hay un apuntador?

Tanto el captor como el rehén procuran salir ilesos del incidente de estar unidos en matrimonio, por eso cooperan. (Bueno, esta no es una cita textual).

Hay que salvar a los niños antes de que sean hombres. Tengo unas cuantas cosas que decirte: el acontecimiento es una cosa que se pliega y que se repliega. Hay otras cosas que se extienden en el espacio. En tiempos remotos los hombres comían a los hombres. Un rumor de cosas negras va rodando en el fondo de los ojos. Negras como un asesinato o una religión. De hormiga a pez, de pez a pájaro, de pájaro a mujer, de mujer a palabra. En el transcurso, los hombres no dejaron de comerse hombres. "Hay que encender fuego en la cabeza para recoger el hollín de las palabras." Hay que salvar a los niños antes de que sean hombres y quieran gobernar el mundo. Hay que detener este hábito alimenticio.

Los rehenes tratan de protegerse, en un contexto de situaciones que les resultan incontrolables, por lo que tratan de cumplir los deseos de sus captores. Enciclopedia virtual oportunamente citada.

Podrías morir. Podrías no morir. Podrías arrancarte ese ramillete de nervios que llevás por cabeza. Podrías ofrecerte en tu propia piedra de los sacrificios para salvarte. Los que comen hombres son capaces de muchas cosas. Se comen los unos a los otros y hablan con la boca llena. Podrías poner tu corazón boca abajo, a la altura del yo, a la altura del sexo sin fondo que excede la desgarradura. Podrías hacer algo a tu favor ya que siempre pagás y aplaudís tan fuerte. Podrías no pensar que todo debe ser así porque siempre fue así. Podrías dejar de una vez por todas, esa pesada costumbre de morir bajo la misma sombra. Aunque admito que el no morir está lleno de dudas.

Y en el autosecuestro, ¿uno siempre coopera consigo mismo?


ANGELES CAIDOS

"En esta ciudad todos somos presa fácil", repitió el espectador asiduo de AXN y narrador vengativo, mientras me empujaba para subir en el colectivo. El chofer sonrió como si me conociera y respondí con la mitad de la sonrisa. Tardé varios minutos hasta recordar que era el flaquito sospechoso de Lost. No lo reconocí porque estaba limpio y peinado. Su presencia era menos extraña que mi decisión de leer a Rabindranath Tagore en la escuelita del infierno. Pero el narrador, conmigo, está dispuesto a todo. Cuando puede se toma venganza y me escribe misiones imposibles.

Tres calles hacia el oeste y dos más hacia el sur, el autor de relatos extraliterarios me iba dirigiendo los pasos y, a su vez, controlaba que el tiempo de mi llegada fuera exacto. Por obra de su impunidad narrativa, de un momento a otro ya estaba dentro del aula, con los alumnos apenas dispuhttp://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosarioa interrumpir sus preocupaciones cotidianas para prestar atención los apremios escolares.

El sol de otros cuentos entraba por los ventanales enrejados y la tinta efímera del marcador negro anunciaba el día de hoy, es decir, del hoy que fuera aquel día. El tiempo y la realidad son juguetes que el narrador maneja como quiere. Por eso la ocurrencia de traer al chofer desde la isla para manejar el colectivo, cuando bien hubiera podido recurrir a cualquiera de los muchachos de siempre.

En general, este prosista no suele utilizar el estilo directo, pero estaba empecinado en complicarme las cosas, por lo que mientras yo escribía en el pizarrón el nombre de la obra y su autor, irrumpió a mis espaldas un imprevisto: "che, Micaela, ¿vos sos virgen o ya pasaste para el otro lado?", pregunta por entero incómoda para cualquier cuento realista y poco apropiada en un relato escolar. Sin embargo, así es el manipulador narrativo. Se sale de todos los márgenes y pone en boca de alumnos de octavo año, cuestiones inconvenientes. Pero el niño de ojos turbios, qué podía hacer. Un personaje no tiene más remedio que decir lo que el omnisciente manda y entonces lanzó la pregunta privada a viva voz, sin freno, convencido de que esas cuestiones también se dirimen en ámbitos públicos.

Virgen era, la interrogada, que inmutable asintió con la cabeza e inmediatamente preguntó "¿copiamos eso?". La hermosa leona virgen me trataba como si yo fuera un ser terriblemente desvalido en la arena de la vida. En un instante el narrador puso en sus ojos una súplica secreta: "por favor, no agregue nada". Y a contrapelo de todos los preceptos pedagógicos, el narrador tuvo piedad de los ángeles caídos y borró de mi boca cualquier farfullo de moral marketinera.

De pronto entró la secretaria. También me resultó conocida, pero esta vez no tardé en darme cuenta de quién era: "Llama a tu revendedora Avón y dí viva el mañana", repite una y otra vez en las tandas publicitarias, pero en el aula, mantenía los labios cerrados y caminaba en puntas de pie para no contaminar la atmósfera pura del río Shamli que se respiraba en la escuela de las antípodas del cielo.

Para penetrar en la historia de Amal, el narrador me confirió la voz dulcísima de alguno de sus personajes preferidos. El aula, en un instante, perdió todo contacto con el mundo. La cumbia dejó de sonar en el último celular encendido, el muchachito que se inventó otro nombre como si con ello también se inventara otra vida, ya no tenía sed ni buscaba excusas para evitar las tareas escolares.

En poco tiempo, el niño de trece años, que estaba perfectamente informado sobre virginidades y consumaciones, pero que en cuestiones de aprendizaje se hallaba en plena etapa de silabeo, escuchaba hechizado cada palabra escrita por Tagore. Ese niño no era el alumno que un señor ministro imaginara, ni el que las señoras profesoras elegirían, ni el que las madres habrían soñado, ni del que las compañeras de banco se enamorarían, pero evidentemente era el niño para quien Tagore había escrito su obra.


AGUA DE RIO

Él apaga todas las lámparas. El vaso vacío cae de su mano. Su pie derecho no se distingue del izquierdo pero llega a la ventana. Los árboles dejan de ser verdes bajo la luna. La noche es una máscara de la oscuridad.

Bebe de la botella y desnuda su pecho de soldado. Cierra los ojos de combate. Baja la cabeza de la derrota. Revienta el silencio enemigo.

Vuelve a beber de la botella y ahora desnuda su pecho de navegante y pescador. Se pone un abrigo. Apaga las luces y cierra la puerta. Se lanza al océano de la ciudad. A los ríos de la noche.

Primero recorre la calle lentamente, luego llega al bar donde algunos revuelven el corazón y las minutas, mientras otros buscan deshacerse de sí mismos con cualquier líquido o persona que resulte más o menos embriagador.

Él tripula una vez más la nave de sus deseos. Eleva las velas. Asume murmurados temblores sin atarse al mástil de la precaución. Los cantos de la esperanza lo embelesan, lo enloquecen. Pone la carnada en el anzuelo de la ilusión y atrapa el primer pescado que cruza por su trinchera. Los efectos del alcohol y la tristeza opacan las filosas evidencias de la realidad. En manos de la esperanza se figura que el pescado es sirena que lo llevará más allá de los mares.

Aunque la noche es río, él no deja de ser soldado. Confía en que su casco de guerra lo salvará de morir cuando los traumatismos vengan desde adentro. La sirena le mueve sus ojitos de pescado y él olvida que no tiene obligación de perecer. Como buen conscripto, como buen pescador, se miente. Sigue diciendo sirena cuando debiera decir surubí.

Los vasos están llenos de whisky o río. La canción que canta no la

puede inventar. Ella le abre las puertas de su mundo y él se introduce voluntariamente en el freezer. Socializa con las bogas y los sábalos. Los borceguíes se congelan. Mastica pedacitos de hielo seco para pasarla mejor.

La sirena se alisa las escamas y perdura. Está en su salsa. La sangre no corre. No estallan las convicciones. El campo de batalla está pacífico, frío. La surubí no hace burbujas de pez para no arrugar su piquito de sirena. No come lombrices para no engordar. No calla para no llenarse de pensamientos. No lee para no complicarse. Está hecha para no molestar.

Pasa días y noches. Días y noches. Sospecha que jugar ta te ti podría provocarle más vértigo, pero está harto de escuchar el ronroneo de la sospecha que siempre anuncia el golpe de la lucidez. Sin embargo la duda no pierde su maña interrogadora y triunfa. Ahora está acompañado pero ¿ya no está solo? Como respuesta, en su mente se repiten una y otra vez los mismos acontecimientos descamados. El mismo aleteo blanco. La misma escena congelada de una felicidad envuelta en una mortaja de nylon. Pobre sirena. Él busca una razón que haga más conmovedora semejante predisposición al frío y la monotonía. Tal vez ella perdiera sus escamas si fuera poseída por la pasión y los estremecimientos. Tal vez Walt Disney le haya prohibido la fellatio y la masturbación. Internado en una conservadora añora su perdición. Aquella mezcla de Grecia Antigua y Apocalipsis. De Pichincha y El Cairo. De milongas y conciertos de jazz.

No se sabe de dónde, pero la sabiduría llega. Lo busca, le bailotea, le arruga el piquito de manera desenfrenada y la surubí, enferma de celos, reacciona. Compite. Hace todo por conservar al pescador pescado. Al soldado prisionero. Al ciego de luz. Apela a su recurso más osado. Lo besa con su boca de nácar aún a riesgo de estropear su aspecto cool . Saca la lengüita dura y con mirada de surubí perversa se la clava en el esternón. No causa daño ni locura, pero el soldado agradece la voluntad. Entonces le muestra el efecto tornasol de las escamas. Le mueve las aletas laterales. Lo invita a imbricarle el dedo en el orificio de atrás. Se lo sacude un poquito y él, aferrado a los últimos jirones de esperanza, sueña y patalea gozosamente. Ensimismado en su fantasía siente el roce de las algas, las partículas de arena, las botellas de los náufragos, el coral, los arrecifes. Ay, cuando llega al coral se siente rojo, se espasma, se desnivela y golpea con éxtasis el casco contra la pared varias veces, varias veces, y cuando está a punto de alcanzar la ola más alta, otra vez aparece la sabiduría con el piquito arrugado y le murmura al oído "estás en el freezer, ella le tiene miedo al mar". Pero él sigue golpeteando porque está cansado de que nada sea posible. No se da por vencido. La sirena surubí, con su erotismo anoréxico, pierde interés y se distrae con las boyas y los anzuelo. Vomita mentalmente el atracón sexual. Hasta que el pescador revienta su cabeza contra la idea de un faro y despierta.

Diana al amanecer. Recobra la lucidez atrincherada del soldado. Salta de la cama. Recoge el casco, el código Morse, la cantimplora, el cuchillo de monte, la brújula. Sin hacer ruido cierra la puerta del freezer. En la calle, con la mano a modo de visera otea el horizonte. Hace el camino inverso. Va de la realidad a la ilusión. Del congelador a su casa. Fue necesario el solitario lamento del corazón entre los huesos para que él escuchara más que nadie el resonar de sus sueños. Asediado por la necesidad de ardor y de ternura no evita ponerse de pie en el territorio de los llantos. Después del desayuno revisa los hechos acontecidos y se percata de que una vez más ha sido el emisario de su propia desolación. Resumiendo. Nadie está completamente a salvo de sí mismo.


Reino

¿Es posible, es verdaderamente posible que nos sobrevolemos? Muchas veces, en tu cuerpo duro me examino y me compruebo. Se diría que reino sobre esos territorios, desde la orilla hasta el fuego central, donde nunca antes alguien ha reinado.

Abanico

Mi gozo depende de tu forma y tamaño. Tu rasgo flabelo me sirve para espantar el espíritu de los muertos. Tu rasgo plegable tiene la habilidad de conectarme con las fases de la luna: no ser, aparecer, crecer, ser plenamente, disminuir. Pero sobre todo, tu rasgo plegable me remite al alegorismo erótico del abanico en una figura fantasmagórica de un cuadro de Max Ernst.

Mandamiento

Mi portentoso método de existencia se resume en un solo mandamiento, una regla áurea que gobierna cada uno de los besos que prodigo, de los desmoronamientos en que caigo, de los gritos que ahogo, de los temblores que reservo, de los textos que escribo: lo imposible es lo que vale la pena intentar.

Unica

En mi caso, el rigor del raciocinio es inseparable de la energía de la emoción. En efecto: creo que la pasión no es una gracia caída desde lo alto, ni que un dócil doblegamiento pueda tener algo que ver con el gozo del amor. Creo que abrazarse a la inocencia de los latidos es la única decisión posible. Y cuando digo única me refiero a la que comporta menos carga de muerte.

Huesos

Lo mismo que en un cuerpo último queda por examinar lo que hubo antes de su muerte, el mandamiento, aunque sea portentoso y arriesgado, es humanizante. Sobre todo, más humanizante que todas las imposibilidades humanas acumuladas para justificar los hechos que, disfrazados de prudencia, guardan sendos huesos cobardes.

Cuerpo

Tras su apariencia quizás paradójica o cruel, el sendero menos transitado de tu cuerpo es expresión viva de tu auténtica soledad en marcha y de la moral más escéptica. En los casos de mis besos allí enterrados, cuya crónica hicieron pública viejos y amados poetas, no se alejan ni un céntimo de la religiosidad más extrema del mandamiento que me gobierna, tanto en su faceta erótica, como en su faceta anímica.

Sabueso

Gracias a mis lecturas puedo saber cómo un sabueso de carne y sangre puede dejar huellas imperceptibles en los corazones sombríos. También sé que una mente menos débil, menos inclinada, habría terminado por comprender que los sabuesos espectrales entran y salen del mundo como si fuera su propio ombligo. Pero mi método de confianza en los sabuesos es universal e irrestricta. Cualquier can de lodo tiene derecho a intentar ser un sabueso de la luna.

Exquisiteces

Quedarme quieta sobre el recuerdo de tu cuerpo es una forma de movilidad interna reñida con la rutinaria forma del amor. Esa movilidad emprendedora me lleva a capturar el sabueso que anhela ser amado y salvarlo de su mortal inanición. Lo imposible es lo único que vale la pena intentarse. Ahora bien, en el mundo corriente, es cierto que el mandamiento es de ejecución aventurada y requiere ciertas exquisiteces del alma.

Garañón

Mi auténtica fuerza consiste en que poseo el poder de crear otra noche dichosa hasta la indecencia. Puedo abrazar con igual frenesí el cuerpo o el recuerdo del garañón rosarino de mis ardores venecianos. ¿Por qué los hombres tendrán que tener aquello que no tenemos nosotras? ¿Por qué algunos olvidarán que tienen aquello que no tenemos nosotras? ¿Por qué algunos harán tanta fuerza por mantener muerto aquello que tanta vida podríamos dar nosotras?
Mi garañón rosarino, por suerte, no es de aquellos que se conforman con inocuos ramalazos de placer ni soporta vivir como un cadáver. En mis noches dichosas, lo bebo enteramente y él, como un hombre entero, no queda aterrado de felicidad.

Vos

Para vivir, mi cuerpo necesita olvidar la mayor parte del día en que apenas ha vivido. Necesita exponerse, tembloroso a la espera del garañón corazonado, verlo llegar con su ojos de fuego y la agresiva blancura se su primera sonrisa. Nadie conoce como nosotros la alegría de la noche.
El día es un espejismos, una perturbación anímica. Pero de noche, paladeamos hasta el fondo el estremecido límite. Con nuestros encarnados destellos desmentimos las tinieblas.
La noche y mi cuerpo sólo saben de vos, de tus resplandores.


EL SEXO SUCEDE

Por regla general se anda con el cuerpo asustado y el corazón vacío.

La vida bulle en los bares, hormiguea en las salas de redacción, se multiplica en los cybers, se monta a las tormentas. Está pendiente de los perros que han sido rechazados por sus perras. La vida se precipita a la semejanza de los sueños y cruza los hilos para tejernos un aire que podamos respirar.

En esta página no habrá rincones neutros. No habrá estancias que brinden alivio. Los coitos brindan alivio. Él busca coitos como si fuera a salvarse de la vida. Ella busca la vida en cada coito. Nosotros no somos nosotros. Somos vos-y-yo, que tiene más espacio.

Ellos pueden rasgar la noche y la distancia, con un llamado y un sinfín de tropelías manuales y verbales. Pueden hacer que el cuerpo les lata en las sienes. Cierto es que persiste la amenaza de los calambres y de la asfixia. Pero es irresistible dejarse atar las manos por la cinta de la luna inmensa.

¿Es tuyo ese olor carnal que me aleja del denostado circuito de las castidades? Hemos llegado lejos. La mayor distancia, abrevia.

Cada vez que toco tu cuerpo la experiencia sucede. El sexo sucede.

Él conoce los síntomas mejor que un médico avezado: la piel pasa del rojo profundo a la lividez de las estatuas. Las manos temblorosas esconden súplicas desesperadas. Las sábanas se salen de su lugar. No hace falta una orden de internación. Bastará con marcar un número de teléfono.

Ella pertenece al grupo de damas de saciedad a pene distante. Mucho más risueña que las culonas que obligan a mear afuera a sus esposos.

¿El sexo próximo es menos ilusorio que el sexo distante?

Como a ella, a él también le disgusta la idea de forzar el cuerpo para sentir aquello que por pereza o candor, se guarda. Tampoco cree que ponerlo sobre la mesa como una uña inservible o como un ombú hecho bonsái, sea inocuo para su indignidad. Él, como ella, tal vez calza los mismos frágiles zapatos y el asfalto brutal no le deja más opciones que decirle y hacerle a través de aparatos telefónicos y mensajes informáticos.

Vos te aparecés desnudo en el fondo del teléfono suponiendo que yo no puedo verte y por el contrario, tengo los ojos puestos donde el mundo se te enrula. Dentro de nueve meses voy a parir telecomunicaciones.

Aquí vamos los dos, viajando en cuatro patas hacia el infierno.

Cuando ellos pregunten ¿de quiénes han heredado ustedes esta forma de narrar hechos tan bajos con aires elevados? A vos ni se te ocurra preguntar qué es lo bajo y qué, lo elevado.

Seamos claros: nuestra promulgación del goce se enaltece en franca oposición a la felicidad como estado idiotizante.

Ellos se aventuran en apartados filosóficos, en callejones sin salida, en bares desiertos. Se rompen los huesos teniendo sexo en cualquier rincón de la ciudad. Conocen todos los caminos oscuros y aún así siempre tropiezan con el universo.

Te veo de pie en la escalera, bajo la luz tenue, y lo que cambia no es lo que deseo sino el punto de vista.

Señor policía: nadie va a hacer comentarios porque somos sordomudos. De hacernos la porquería y poner en marcha la aspiradora ya no podemos decir ni "mú".

En vista del tropel de ocurrencias que él aporta al vínculo desrealizante de estar lejos y a la nutrida respuesta, se plantea una duda: ¿hay derecho a suponer que ella y él no están juntos y activos, sólo porque los separan kilómetros de distancia?

(El único riesgo que corremos es que nos tomen demasiado en serio.)

Me niego a abrazar las leyes generales. Me acerqué a tu cuerpo como a mi propia vida.

Estos pasadizos deben tener un nombre, decís con la boca llena de cosas innombrables. Y yo abro las piernas un poco más para que encuentres un hilo con qué anudarnos.

Ellos, ávidos de cosas nuevas, ensayan un abrazo con las piernas. Es cierto que este arte no es novel y que siempre está a merced de las presiones que se ejerzan. Pero ellos no temen acalambrarse y siempre cumplen con aquello que el milagro exige.

A cualquier hora puede llegarnos las dos de la madrugada.

El lado radiante de esta dimensión de tenernos sin tocarnos, es el dejarnos abrir por los gemidos y las intrigas del otro.

El hecho de que todo lo que sucede durante el día sea maquinal y rutinario me conduce a marcar un número a las dos de la mañana y armar, entre susurros y anécdotas desopilantes, un viaje para habitar, con frenesí, los pozos de la luna.

Alguno de los que estamos aquí tiene que existir. Busquemos un modo. Su suerte está en nuestras manos. Todos los dioses se desvanecen en las nubes. Hagamos que uno de nosotros permanezca aquí. Como hemos visto, no estábamos muertos sino escondidos. No éramos nada sino algo inasible. No cabíamos en los zapatos pero caminábamos. Uno de nosotros tendrá que sobrevivir. Tendrá que iluminar la noche con su pequeña lámpara. Y no será necesario transformar el mundo ni ocultar la vida secreta de nuestro corazón. Confiemos en que se puede ser lo que se es y seguir viviendo al mismo tiempo.


AMAPOLAS

HEMISFERIO BOREAL

La extravagante verdad es que vestidas con una túnica blanca y un ramito de flores en la mano, con escotes de súper star o con presencia lunfarda, las culonas existen en casi innumerable número. Entran en los bares a leer, a conquistar, o transmitir una pizca de acrimonia. Un poco tímidas al principio piden al mozo un café y en su cerebro acontece lo que acontece con el clima del hemisferio boreal: un misterio.

MISAL DE PLEGARIAS

El hecho de que toda metáfora, como toda realidad, sea un juego dialéctico, ha contribuido a multiplicarlas: hay una manera de nombrarlas que las duplica, una manera de percibirlas que las prolifera. Y por sobre todo, hay una manera de adorarlas que las diferencia de las simples portadoras de caderas anchas. Con sus túnicas y sus flores, con sus tetas y sus ceños, ellas convierten la vida en una celebración, en un misal de plegarias sexuales donde abundan delicadezas obscenas y verosimilitudes infartantes.

ALFILETERO INMORAL

Ellas desearían que en cualquier escenario hubiera almohadas de brocato y cortinas chinas. Que un enorme ciempiés las llevara en andas. Ellas hablan como si fueran alcanzadas por las palabras. Zurcen, bordan, hilvanan los huecos del cuerpo y del alma. Su corazón es un alfiletero inmoral.

En medio de cualquier conversación se detienen de pronto, y el silencio se enrolla en sus labios con la forma y el dulzor de una castaña. Ni se preocupan por hacer un silencio tan pequeño. Nadie les va a pegar porque no visitan el mundo de los hombres puercos.

EL SOL INTERIOR

Las culonas son tan suaves como el sexo de las amapolas y saben secar su negrura con el sol interior. En cambio los hombres y las mujeres sin luz son estatuas psicológicas talladas en un mármol triste de carne inmóvil. Están demasiado ocupados por ajustarse las cadenas, atarse los cordones, clausurar los senos, maltratar el esperma. Por mucho que lean literatura china las palabras no derriban su muralla sensorial.

LI CHING CHAO

Cuando una culona lee aquel poema de Li Ching Chao: “Estoy acostada, inquieta/en mi almohada de brocato bajo/las cortinas de gasa hasta pasada/la medianoche…” Alguien se vuelve devorador. Alguien se hace llamar vampiro. Con los dedos separa la espesura y ella lo nombra “vampiro”. El devorador demuestra lo que es con un mordisco íntimo. Al clavar los dientes salta el chorrito de sangre del cuenco concupiscente. El vampiro bebe. Con el hocico implacable extrae el aliento hasta el suspiro final. Qué lugar para beber, murmura quien lo nombra, mientras muere.

NOCHES DE PáJARO

Las culonas callan como sirenas. Cantan como visionarias présbitas que van hacia Jaén guiadas por luciérnagas. Cantan sobre la red etérea y los menhires de hielo. Son la fisura incomprensible. La feminidad del crepúsculo. Buscan la punta tornasolada del vampiro. La punta donde el refulgente cuenco se embriaga. Patitas para qué las quiero, van corriendo por los senderos de un patio trasero o fronterizo. Con pasos largos van contra corriente. Tienen que inclinarse para entrar en cualquier puerta. Abren sus acueductos en noches de pájaro y clausura mientras van soltando música por los talones verdes.
 

LA METAFORA SEXUAL

Ella queda en silencio muchas horas seguidas en las brumas y en la noche. Bebe directamente de una botella de ron que después deja en el suelo, al lado de la silla. Se toca la nariz. Teme que los zapatos le coman los pies. Da un alarido que atraviesa todas las argollas del limbo. Es irrefrenable la metáfora sexual que el recuerdo pone sobre la mesa. La narradora enumera las imaginarias serpientes de una canción que todavía no ha inventado. Prepara el mecanismo que la creación le ofrece para ofrecerse. No tiembla de miedo. No se pone a llorar. Acepta el reto de ir una vez más hacia el agujero rojo donde nace la más perfumada y ardiente feminidad. El sexo de una mujer es un beso cálido y motivador sobre el viejo pene del mundo.

UN PROCESO INCIERTO

Ella se sienta a esperar una idea que la ilumine como quien espera un diciembre perpetuo, un crepúsculo perpetuo. Y mientras espera, la narradora no se priva de ser impulsada a vivir o inventar una serie de acontecimientos. La escritura es un proceso incierto.

Como toda mujer tiene días de depresión neurótica pero ella la transforma en imaginería que promueve el recuerdo. Más que de un balance, se trata de un espectáculo. Hacer surgir las cosas de su propia inexistencia, no garantiza el asombroso poder de la creación, pero se arriesga. Correr ese riesgo es su propósito.

EL ACEITE Y LA LUNA

Ella, dispuesta a prodigar sus procesos perceptivos, a imprimir en la mente voluptuosa el grito irreprimible de la feminidad, no teme decir que todos los cielos son negros, que la luna despliega una solícita viudez, y se inyecta uno tras otro los pensamientos que prolongan el placer. A esta altura, el ron aceita el engranaje de la escritura. En el jardín los pájaros saltan al compás de los truenos y la luna, con sus dedos de mujer, toma con cuidado las cosas visibles que se esconden adentro de las invisibles.

EL SEXO ES UNA NIÑA

En esta ingeniería de vientos alisios que salen de una botella, que invaden un cuarto y se arremolinan en torno de la silla, hay señales, hay pasos que reciben los otros pasos. El cuerpo se naturaliza en una gran escena viviente que rememora el momento en que el sabor a propiedad de sí mismo se maceraba con el sabor análogo y cóncavo de otro cuerpo femenino. La narradora narrada reconoce que niña con niña puede ser un dulce comienzo. De la botella de ron brotan a caudales los recuerdos y la narración toma contacto con su propia realidad: el sexo es una niña en su posibilidad más pura, más extrema y más experimental. La exploradora descubre algo pero no sabe qué es ¿un rayo adentro del cuerpo? ¿un sismo en la interioridad? La niña siente, aun cuando no pueda darle nombre a lo que siente. No hay en este mundo fortunas comparables.

LA ADVERTENCIA

El sexo está ahí, en tanto es, en tanto es hecho, en tanto se hace. La narradora bebe otro sorbo de ron y toma a su cargo el recurso del distanciamiento: hay muchos comienzos posibles. Enumera sólo tres, como ejemplos modalizantes: los dedos de un viejo, la lengua de un perro, las ingles de otra niña. De estos tres comienzos, hay uno que no se recomienda. Otro que se privilegia y otro que implica un riesgo. La narrada, cuando no pierde la cordura, advierte que es conveniente saber que si una se enamora de un sexo en extremo jadeante, si una se deslumbra por la generosa destreza de un perro, verá comprometida su relación con el viejo pene del mundo, que se para sobre sus dos pies y también jadea, porque en ocasiones, el mundo suele ser mortalmente pudoroso al momento de satisfacer tan liberales mañas.

NO

A veces no conviene decir que la narrada no es el fruto irreal de una imaginación exaltada, porque dañaría el secreto de su existencia. Hay tantas paredes concretas y palpables. Pero es cierto que su madre habría preferido que ella sólo fuese un sueño de sí misma.

Aunque el ron le tienda una escalera para ascender al cielo, la narrada sabe bien que no puede encontrar en su condición todo un cúmulo de pureza porque no lo permite la oscuridad de su experiencia. Pero para nosotros, no es crucial dilucidar si los pensamientos que salen de su alma, proceden de un cuerpo que se ha dejado corromper por las ideas. No nos proponemos captar el secreto narrativo de su comportamiento. Simplemente nos quedamos aquí, expectantes, esperando que diga algo más de la escena que describe o de su espasmado pensamiento. Ella, a solas con su sexo y sus palabras, es la aliada del demonio. La rueda que se mueve por sí misma. La niña que se convierte en perro, el perro que se convierte en ángel, el ángel que dice no.

LOS AGUJEROS DEL CIELO

Ella ha aprendido ciertas cosas. Ha tomado posición sobre esas cosas aprendidas, hace su propia experiencia del mundo y advierte que el deseo de placer pone el placer en movimiento. Los vientos alisios sostienen en sus dedos a las niñas que aquel verano, bajo el matorral, descubrieron sus cuerpos. “Que se toquen” habría dicho una de ellas, señalando allí, con la pequeña mano, y un aleteo de pájaros se les metió en el cuerpo. ¿De qué otro modo podrían llenarse los agujeros del cielo? La narrada con sus otros labios, bien podría describir un nuevo origen del universo.


BESOS ROTUNDOS

EL SOCORRO

A veces hago algunas cosas bien. Es mejor tener el vuelo y no el pájaro. Yo podría decirle, "vamos, hombre, deje todo eso, no lo piense más", pero a mí no me gusta imitar el tono bonachón de las crueldades humanas. En cambio, soy hábil para la duda y la mirada pensativa. La pérdida de sus trajes, a mí me tiene sin cuidado. Prefiero que se arroje desnudo e ignorante contra el indescifrable brillo del presagio. Sé también que usted busca el socorro en mis palabras.

SUAVIDAD NOCTURNA

Yo sirvo un vino más alto que la tormenta. Cuando usted viene, cerramos las ventanas porque el día despelleja la carne trémula de las sombras.
Yo nunca le hablo con la voz del cielo, porque ese desgarrón de blancura no ennegrece mi suavidad nocturna. Tampoco le hablo de amor, porque su corroída raíz se conjuga con una doble mueca de verduga.

DERRUMBES

Usted es encantador cuando está de pie sosteniendo el peso de su ahogo. Inclinado hacia una confesión de un tiempo agonizante. Encantador también cuando se derrumba sobre sus silencios. Le ruego, por favor, nunca se deshaga de ellos. Mi carne también se alimenta del suspenso. Está claro que el mundo es una vieja tabla obvia y carcomida. Haber sido lo que fui, hace que escriba lo que escribo.

LA SOLEDAD DE LAS PAREJAS

En cada pareja, la ausencia de amor es diferente. Puede ser amarga y pérfida pero crocante, con cierto aroma de lirios fatuos. En ocasiones, se vuelve lenta y suspirante, como un alma afligida que hierve en su cadalso. A veces se soporta con largas horas en el cuarto de baño, con la complicidad del jabón y el caer del agua. Y el cuerpo se vuelve huella del propio desamparo. Es el leviatán expulsado del magnífico infierno, obligado a vivir en la yerma santidad del cielo. El cuerpo se vuelve un ídolo cautivo que se debate a ciegas desde su raigambre hasta la mínima nervadura del último nervio. Haber vivido lo que viví me hace decir que la ausencia de amor asfixia los poros sabios del sexo.

ALTAS TRANSPARENCIAS

Siempre que pienso en usted, lo besaría. Es mi manera de no traicionar nuestra confianza alegre. Cuando el deseo de besarlo es más violento, no lo devoro, sino que escribo sobre libaciones ajenas. Un poco más acá de lo visible, debajo de este paladar que celebra el silencio, rememoro el acceso a las altas transparencias. He jugado a perderlo, a desconocerlo, a no esperarlo, pero al acecho tengo un trozo de incomparable eternidad. Nadie me va a convencer de que un abrazo sexual pueda ser prescindible, esporádico, superfluo.

LA LUNA

La luna no tiene miedo y se sostiene solitaria sobre la impersonalidad del mundo. Baja la cabeza sólo para besar el río. Es la amante que no teme porque sabe que volverá a tenerlo todo. Cada día mastica la tragedia de su esperanza.

SOPLOS Y ARPAS

Una infinita sucesión de sueños vivos y muertos pasan lentamente. Son miembros de mi raza. Son la visión luciente con la que me conduzco en la niebla mundana. Cuando usted viene, su soplo hace sonar mis arpas. Cuando no viene, mi soplo hace sonar mis arpas. Yo lo espero como un resplandor azul que cae sobre los agapantos. Cuando pienso en usted me acuerdo de la eternidad. Me acuerdo de la noche con sus alas anaranjadas.

EL GRAZNIDO

La jaula del pájaro se rompe en el aire. Desde la ventana del baño se escucha el graznido salvaje. En el baño, quien se sabe solo no está perdido. Una hora, un mes, un año allí metido, urdiendo el secreto de no estar muriendo adentro de sí mismo. De mí no escuchará ninguna verdad. Todas han muerto. Excepto mis besos rotundos.
 

EL SEXO DE LOS DEBILES

La invitación

Disculpe, pero quizás yo también sea una persona. Por eso lo invito a comer esta noche, en mi casa. No estoy hablando de sexo. No quiero alertar a sus órganos reproductores. Sólo lo invito a comer, a beber, a dormir. La procreación es cosa de los fecundos. Yo deseo ver su manera de estar de pie sobre una lámina fina de quietud. Prometo no respirar más de lo necesario.

La advertencia

Alguien podría hablar de mí como un jinete con referencias de una carne rosada y viviente. Pero no se preocupe. Con usted no seré jinete. Aunque desde donde estoy es difícil quejarse. Tengo las llaves de la puerta de un mundo que no tiene puertas. Si usted viniera, deberá saber algunas cosas.
Las mujeres que llenan las páginas de las grandes epopeyas saben vivir y morir con esa doble máscara furiosa. Pero yo tengo una mórbida preocupación por no caer en el lugar común de la proeza.

El caracol

¿Será importante lo que siente un caracol? Es una cuestión demasiado ardiente, sobre la cual, algunas personas pueden reencontrar alguno de sus problemas humanos, es decir, alguno de sus límites. Sobre todo, porque el caracol está a un paso de ser babosa. Ya ve. Nunca seré una mártir que se inmola por las grandes cosas.

El cuerpo

Primero es necesario tener un cuerpo. Un cuerpo que a uno lo acompañe, lo cobije, lo exulte, lo tiemble. Un cuerpo que no evite las partes bajas.
Usted no es quien me ha enseñado todo lo que sé, pero podrá enseñarme aquello que todavía no sé. Si es necesario le daré la mano guiñando sobre el abismo cómplice.

Los hombres sin luz

Esta distorsión entre el hombre caracol y el hombre babosa, entre la mujer caracol y la mujer babosa, es la célula de una biología quejumbrosa. Con la falsa idea de un todo en uno, los hombres sin luz continúan allí donde todo se ha extinguido. Qué más da. Son los mandatos del mundo que no habito. Por eso lo invito a comer esta noche en mi casa. No estoy hablando de sexo. A menos que usted desee hablar de sexo. Los hombres sin luz creen que es lo mismo abrazar una almohada que sostener un lucero. Y continúan allí. Nunca saldrán de allí donde todo se ha extinguido. Esto es lo que he dado en llamar la estética mórbida.

La noche

Se puede explicar una obra por su época o su proyecto. A mí me expulsa la época con su siniestro proyecto. He intentado no dejarme caer en la dulzura y los besos, pero el resto del mundo lo único que ofrece son bocas amargas como un pozo ciego. Venga. No hablaré de sexo, a menos que usted creyera que valdría la pena hacerlo. Seremos la noche y nos habremos perdido. Así hablo yo, cuando la noche vuelve y nada puede doler.

La inclinación

Tengo una inclinación natural por pensar en lo que nadie piensa, creer en lo que nadie cree, esperar lo que nadie espera. Para el resto están los escritores que dicen lo que hay que decir de tan grandes maneras. Venga a mi casa a beber, a comer, a dormir. El sexo de las babosas no nos necesita. El aparato no nos necesita. La literatura no nos necesita. Las especies en extinción no nos necesitan. Si la mejor parte del alma es la más fuerte, las mujeres babosa y los hombres caracol morirán alados.

La enfermedad

Yo sólo creo en la parte más débil del alma. Yo no necesito un hijo suyo.
Usted no necesita una hija mía. No quiero anudar su vida con un hilo de oro.
Sólo lo invito a pensar un horizonte tangible de besos quemantes. A sentir un pecho alegre que hereda sangre de una pleamar rumorosa. Todo lo que pasa, pasa despacio aunque muera de prisa. La voluptuosidad del caracol es análoga a la de la babosa. La cópula entre el hombre caracol y la mujer babosa es ejemplar e inocua. Pero la cópula de los débiles es una enfermedad destellante.

Los débiles

La inmoralidad proviene de mezclar la moralidad de una cosa con la moralidad de otra cosa. La cópula de los débiles no debe medirse con la vara de las babosas. Por eso lo invito a comer, a beber y a dormir. Mi sexualidad cabalgante no puede mezclarse con el sexo de los buenos. Cada cual en su mundo.

Rápido vuelo

Cuando usted venga y ponga sus alas en mis pies, prometo no lanzarlo en rápido vuelo. Al verlo atado a una roca y expuesto a la voracidad de los honrados, no me enamoraré de sus ligaduras. No preguntaré por la razón de su cadena ni la causa de su duelo. No veré su corazón famélico como una bestia cautiva y mal alimentada. Cada cual tiene derecho a prolongar su desdicha.

El riesgo generoso

Cálmese. Por más que uno esté vivo todo cuanto se pueda, siempre llega la noche y se está menos vivo. En mi lecho, no romperé sus tetillas buscando el descargar del cuerpo. No guardaré una palabra entre los dos labios. Un suspiro entre los dos labios. Su dedo entre los labios. Sólo lo invito a ser un poco improbable. Desde donde estoy veo que el mundo es un esqueleto y el sexo de los débiles un generoso riesgo.


HUMANIDADES Y ARTE

MARAÑAS

Una tarde de otoño escribí la fábula de una niña que besaba sus propias manos. Esa niña era hostil al catecismo y las matemáticas. En su fábula, la realidad no la trataba de malas maneras y era visible la belleza del mundo.
Construía su vida en un vecindario donde los compañeros de su edad no la apedreaban y en sueños, daba una fisonomía encantadora al porvenir.
Esa niña, hostil a las pedradas y al catecismo jugaba a sostener las riendas de su humanidad ante los ojos severos del destino.
Hermosa y libre fue la fábula de la niña que pensó un agujero en el cielo desde el que cayeran los astros. En las dulces marañas de su sueño, era fácil sonreír, porque ella encontraba descabellados argumentos a favor de los ahorcados.
La niña era hostil a toda amenaza divina aunque estuviera escrita con letras de oro. Sobre todo se oponía a que hablaran de ella como un cordero y la obligaran a despreciar su carne rozagante.
La niña de mi fábula no tenía un nombre sino todos los nombres y a la hora de dormir, usaba su propia mano como almohada.

QUEHACERES

Desde el bar, la mirona ve pasar gente resbalando por el asfalto, la ve temiendo a la lluvia. Ha intentado muchas veces corregir ese defecto de espectador y de testigo. Ha hecho esfuerzos por ponerse en marcha, pero siempre queda atrapada en la intensa actividad de ver a través de los vidrios.

CULONAS VERSUS MODOSAS

Todo lo que la culona de piernas abiertas respira la llena de voluptuosidades. La claridad de sus fines se vuelve superior a los medios.
Un ápice de disimulo, la rebajaría a la trivialidad de las modosas. Toda culona de piernas abiertas da a luz el deseo que fecunda.
Se puede clasificar a las culonas siguiendo los criterios más caprichosos: según sus valvas, sus rumores, sus lirios, sus enaguas. Pero hay algo en común en todas ellas, una certeza interior que las modosas jamás se atreverían a presentir: el goce abarca más espacios que una pequeña ranura entre las piernas.
Lo que separa a las culonas de las modosas es un abismo incomunicable: unas tienen el sentimiento del placer y las otras, del cumplimiento. Sin embargo, las dos especies copulan.
Nada puede cambiar a las culonas. Sus dones son naturales. Dueñas de una apasionada fulguración de obscenidades, a veces se desatan mentalmente, a veces suplican exhibiciones, a veces sucumben ante el detalle de un lunar, un codo, un dedo, una rodilla.
Mientras para las culonas, el sexo siempre se vuelve algo distinto, las modosas se condenan a rumiar su propia monotonía. Hierven la dieta de lo inconveniente. Adelgazan el interés del cuerpo propio y ajeno.
Para triunfar sobre esta falta de apetito, las culonas afirman que no hay más que un solo método: desplegar la propia feminidad.

BIENAVENTURANZAS

La olvidadiza de sí misma no recuerda como se espera el colectivo ni qué hacer consigo misma mientras llega. Se conecta con el mundo para mantener vivo el espanto. Bienaventurados los que esperan porque pronto serán llevados.
En la esquina, la olvidadiza proyecta su ilusión en medio de los peatones.
Obra de un dios atormentado le parecen los automovilistas, con su breve demencia de velocidad que se frena en cada esquina.
La olvidadiza mete por fin la cabeza, las manos, las piernas, adentro del colectivo. Afortunadamente no hay caminos celestes sino semáforos y señales de tránsito. Los colectivos llevan las almas a sus casas. No las hacen elegir entre el cielo y el infierno, para ello están los taxis, la K y el remise compartido. En el medio hay algo que ella no puede recordar.

PRIMICIAS

Es medianoche y la extraña muchacha, vestida al estilo de un tiempo que ya vendrá, espera a alguien en la azotea del edificio. Las esposas furiosas cambian la combinación de las cerraduras como si estuvieran rodeadas de sublevaciones. Rechinantes aullidos de sirenas están prontos a socorrer degüellos, histerias, maldiciones. Los difuntos abandonan sus tumbas. Los esposos trabajan, trabajan, trabajan, sin preocuparse del tiempo que transcurre. En el bar, un hombre que busca una mesa elige el camino más
largo y camina con gran vivacidad. La luna reina en la pura sombra sosegada.
De la tierra nace una flor llamada con las mismas letras de quien la nombra.
Las escritoras se sacan los guantes de lana y escriben. Algunas de estas noticias son aterradoras, pero no serán valerosamente reportadas por todos los diarios.


BESTIARUM FEMININUM

Las féminas azules: Como una alucinación que deslumbra corren el riesgo darwiniano de extinguirse antes de la segunda cita. Por ello, para su conservación, es recomendable besarlas con la misma delicadeza de un amante de la China del Norte en un relato de Duras.

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Las féminas anfibias: Mutan de los lagrimones de un lagarto a las giganterías de la montaña. Tanto les gustan los cráteres de la luna como la orilla del mar. El beso húmedo como el beso lija. La flor de loto como la plegaria sexual. No les dura hombre y no les dura mujer. No les dura el tiempo en las manos. No les dura el agua en la boca ni el corazón sin latido. No se sabe si es la falta de durabilidad o el hecho de ser flores que miran flor, lo que las rutila.

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Las féminas abisales: Tienen un rostro detrás del propio rostro que navega en las aguas profundas de los espejos y en las corrientes recónditas de los ojos que las miran. Para reconocerlas, es necesaria una gran tarea física y espiritual. Además, confunden la amistad con el amor y esta confusión es importantísima. Formidable.

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Las féminas semifusas: En un balanceo de gaviotas mueven una mano, mueven dos. Sacuden la noche con golpe de tambor. Y en un envolvimiento de piano se colman de una esencia húmeda, sexual, angélica. A veces tienen miedo por ese ser deslumbrado y mecido que son. A veces ese miedo es pura superstición.

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Las féminas nacaradas: Se guardan en esos frascos de pastillas coloridas para dormir la mona que se viste de seda.

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Las féminas guiadas: Las raíces de los árboles salen a caminar de noche para que el mundo siga siendo mundo y nadie se aterre de su andar. En cambio, las féminas guiadas se animan a caminar a cualquier hora, aferradas a quien las guía, y mirarlo todo tranquilamente porque nunca ha pasado por su mente la idea de que el mundo pueda dejar de ser mundo si alguien las conduce. Lejos ha quedado la lectura del Lazarillo de Tormes.

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Las féminas pardas: Sus esfumados reflejos doblan en las esquinas antes que ellas. Suben al ascensor antes que ellas. Entran en la cama antes que ellas. Despiertan vidas vencidas antes que ellas. Y sienten un amor no terrenal dirigido a objetos terrenales. Protegen aquello que reposa en la morada de claridad. Calibran la ternura que hace mover los labios. Ahuyentan las nubes negras con sólo mirarlas. Y todo con una gran discreción, disimuladas en el follaje.

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Las féminas prímulas: Tan delgadas las manos, tan ágiles los pies, tan blancos los redondeados brazos, tan perfectos en sí mismos el cuello, los hombros, la espalda, que uno piensa en los vocablos que saldrán de su boca. En todo lo que tienen en la punta de la lengua.

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Las féminas incendiadas: El brillo extraordinario de estas criaturas codiciadas trae voces de leones que caen y nos transforman en algo anterior al abismo. Al inclinar la cabeza dejan caer las perlas del sueño. Al cerrar los ojos hacen la noche. Al abrir las piernas muestran el alma. Y el alma drena.

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Las féminas imaginarias: Nacidas del encarnado amanecer y de la voluptuosa lluvia, no son seres mágicos ni culpables. Andan por la vida haciéndole frente a la irrealidad de la que los sueños ajenos las han dotado.

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Las féminas pentasilábicas: Son proclives a cuatro besos, siendo más largos el primero, el segundo y el cuarto. El tercero, en cambio, es eterno.

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Las féminas de la luna: Rodeadas de flores negras, beben la vía láctea en sorbos pequeñísimos. Corren la cortina del día y de la noche con movimientos de sirena. Búfalos, dragones y sirvientas, entran en sus delgados cuerpos. Entran por debajo, por donde sólo los amados entran. Nadie sale de ellas porque nadie quiere salir de ellas.
 


FRAGMENTO AMOROSO DE UNA MUJER CASADA

Punto I. El sexo de una mujer casada es una pequeña empresa criminal que consiste en no hacerse rica de golpe, sino en colmar el cáliz una y otra vez mientras los cielos se derrumban y el esposo descansa.

Punto II. La sexualidad femenina, lúdica y original se ha transformado en una devoción tan cultivada como la literatura, por lo tanto, esto quiere decir que como toda forma artística, no alcanza a ser disfrutada por la mayoría. Prospera a modo de un rito intrauterino, como una protección contra la ansiedad urbana, incluso, como una conmemoración de los logros obtenidos.

Punto III. Por la boca hundida de una mujer casada fuga un aliento impúdico. Se encierra en el cuarto para sí misma y ni de eso está muy segura. Con arisco pudor indaga a solas en los untuosos colores del deseo, y llega a la memoria un eco de arenas humanas.

Punto IV. Caen los cielos en el hondo abismo del ombligo mientras la mujer casada desata los nudos del sueño. No es fácil rasgar la telilla que separa el día de la noche, pero nada es imposible para una mujer casada. A la velocidad del viento oculta la inquietud de sus manos antes de que los ángeles abran la boca y le pidan un beso.

Punto V. La mujer casada es altamente tibia, altamente remediativa, altamente girondeana: le importa un pito la delgadez del vecino o el abdomen prominente del amante: lo que realmente le interesa de un hombre, es que sepa volar. Que suba al colectivo como un pájaro. Que pague el boleto con su ala izquierda. Que suba por el ascensor con el pie izquierdo y que a la hora gruñir, píe. Y que a la hora de morir, se derrame.

Punto VI. Yendo, corriendo a veces, volviendo del infinito con una piedra ilegible sobre el hombro, una mujer casada no desatiende jamás los horarios de almuerzo y cena, aunque llegue al umbral de la casa consumida por otros fuegos.

Punto VII. La sexualidad de una mujer casada no es un fenómeno inédito, aunque se simplifica ignorantemente: todo lerdo y asmático.

Punto VIII. La soledad, sale muy favorecida cuando se examina la sexualidad de una mujer casada.

La soledad esplende su vaporosa mansedumbre de pared a pared, de espejo a espejo, mientras los labios exangües dicen que dice él, que ella dice, o que dice ella que él dice, que la sexualidad de una mujer casada huele a nacimiento de tulipanes.

Punto IX. Ella o la mitad de ella en su hondura, deslee las postales veraniegas. Ha generado un espacio silencioso para que el matrimonio trabaje sin molestar hasta diciembre. Enero tiene un destino de cordero pasmoso.

Punto X. Ciertas verdades atroces, en el contexto de la sexualidad de una mujer casada, resultan puro virtuosismo: el fin justifica los medios, por ejemplo.

Punto XI. A mitad del día toda mujer casada cuelga el hastío de la rama de un árbol interminable. Vacía los ojos para no mirarse y desagua la resina dulce de sus senos. Desde un punto de apoyo agrietado, toda mujer casada puede doblegar, con una sola mano, el dardo venenoso de la resignación que busca el centro azulino de su sexo.

Punto XII. Llega la hora en que la mujer casada apoya líquidamente el pie sobre la mesa de mimbre, en busca del esplendor y el aire, en el mínimo espacio en que se queda.

Punto XIII. El lenguaje de una mujer casada reina y vaga. El silencio de una mujer casada, reina y vaga. El sexo de una mujer casada reina y vaga. El corazón de una mujer casada reina y vaga. Enciende sus pezones como faros. Ellos son el sol aunque no amanezcan.

Punto XIV. La policía no interroga a una mujer casada, traficante de locura. Los bomberos no intervienen ante una mujer casada que va de extinción en extinción con sus incendios. Los sexólogos se abstienen ante una mujer casada con los temblores. Los espejos, en cambio, las reconocen y las reverencian.

Punto XV. Desde más infinito a menos infinito, la sexualidad de una mujer casada puede ser como páginas sueltas, o como un claro motivo de terror, o como un manuscrito genial que tiende a multiplicarse y reproducirse desde más infinito a menos infinito y viceversa.

28/05/11 Rosario/12


AVIONES

Durante mucho tiempo fui piloto automático. De barco y de avión. De noche y de día. Era una herramienta eficaz para aliviar las tareas del otro que podía perderme de vista y soltar las manos despreocupadamente porque de todos modos yo iba a pilotear la nave. Una gran pasión superpoblada me arrasaba como un viento carnal y sonoro en épocas carnales y sonoras, o bien, un soplo cargado de diminutas raíces cuando el espacio era vacío y crujiente.

Todas las monstruosidades respetan los gestos atroces del afán. Mi técnica de manejo no era muy variada: la mirada aterrada hacia adelante, la sospecha de cualquier emboscada de reata, la resonancia interna acallada y pocas cosas más. En estas pericias residía la solvencia del conjunto. Muchas veces mi intención resultó desproporcionada, pues los esfuerzos están estrechamente vinculados a la naturaleza de los pilotos automáticos. Todas las monstruosidades respetan los gestos atroces del afán.

Para entender bien la naturaleza automática, es necesario saber que un vuelo está dividido en fases de rodaje, despegue, ascenso, crucero, descenso, aproximación y aterrizaje. Todas estas etapas, excepto el rodaje y el despegue, pueden ser automatizados. En condiciones de invisibilidad yo podía aterrizar en pista y controlar las desviaciones horizontales desde la traza de mi nave. Los pilotos automáticos tenemos la capacidad de volar aproximaciones enteras controlando la razón de descenso. El descenso es una acción que tenemos masticada. En cambio el despegue nos está vedado. Puede decirse, incluso, que nos lo vedamos concienzudamente, en aras de una pasión superpoblada, creyendo que una nave despega una vez y para siempre.

Ayer me encontré con una vieja amiga. En plena calle me abrazó llorando y repitiendo "me pasó lo mismo que a vos, me pasó lo mismo que a vos". Junto a ella estaba su hermana, con el rostro conmovido pero más serena, y eso me hacía pensar que no le había pasado lo mismo que a mí, que no se le había muerto un hermano, pero tamaña desesperación no me daba posibilidad de pensar en otra cosa. Sin embargo, cuando logré calmarla, me explicó: "Yo también, yo también soy un piloto automático". Aunque su dolor me pareció exagerado, debo asumir que no lo era tanto, teniendo en cuenta que el piloto automático es un sistema que acumula errores con el tiempo. Y mi amiga cumplió su función más de lo recomendable. Todas las monstruosidades respetan los gestos atroces del afán.

Mi amiga, comenzó a enumerarme los procedimientos de manual llevados a cabo para lograr la reducción de error: a) compra del auto cero kilómetro; b) viaje a Europa; c) remodelación del living. Todo en este orden secuencial, como un sistema de carrusel que gira alrededor del eje para que los errores se disipen en diferentes direcciones y tengan un efecto global nulo. Pero sólo los que hemos sido pilotos automáticos sabemos que estos procedimientos sirven para aniquilarse con un martillo cósmico.

Mi amiga, a medida que hablaba, iba depurando su dolor porque cuando un piloto automático habla en primera persona de sí mismo, va perdiendo su automaticidad y se va reencontrando con el costado más humano, el costado que siente deseos de volver a despegar y no sólo una vez más, sino volver a despegar siempre.

El error en los giróscopos se conoce como deriva que se debe a las propiedades anímicas del sistema (ya sea mecánico o culposo). En el caso de los aviones los problemas se resuelven con la ayuda del procesamiento digital de señales. Pero en el caso de mi amiga, que venía con un rendimiento exigido, este procesamiento, sumado a otros lugares comunes, condujeron al derrape de todos los esfuerzos. Además, mi amiga llevaba más tiempo que yo como piloto automático, y se sabe que cuando más largo sea el vuelo, mayor será el error acumulado en el sistema.

Pero, como dije antes, a medida que mi amiga se apoderaba de su primera persona se arrancaba de la masa erizada del viento. Todo el espacio a su alrededor se estremecía como un sexo saqueado por el vacío ardiente del cielo. Su fuselaje, necesariamente aerodinámico, se mantenía perfecto, ofreciendo la menor resistencia al aire. Y sus labios, como un pico de paloma real, dejaban traslucir que toda su humanidad estaba en condiciones de socavar la masa turbada de los estados artificiales.

Mientras ella se afanaba por enumerar las condiciones de fuselaje, yo observaba que las alas (que constituyen la parte estructural donde se crea fundamentalmente la sustentación del vuelo) gozaban de una flexibilidad abovedada y que toda la potencia de su nave estaba en plenitud.

En el centro del mediodía, mientras un montón de coleópteros revoloteaba con el abdomen blancuzco y el cuello de pollos desplumados, mi amiga desnudaba un lenguaje húmedo de protestas. Pero no dejaba de llorar, porque un piloto automático cree que es tristísimo decirle adiós a la infelicidad mecanizada de los descensos invariables.

02/07/11 Rosario/12
 

MALDITA, 20 VECES MALDITA

1. Si hay algo en lo que ella cree es en la mentira. La mentira con su corazón de verdad amenazada. Con sus ojos cerrados. Con sus dedos cruzados. Con sus patas cortas. Con sus dientes de lobo. Con sus huellas grabadas al rojo vivo en las fosforescencias del alba.

2. Ella cree en el espejismo y sus meandros azules, donde las cerraduras giran hacia el lado contrario de la historia. Cree en la rotación de las llaves que abren y no cierran. Cree en la mentira que retuerce el paño de las lágrimas que la verdad no llora.

3. Ella cree en la mentira piadosa y en la impiadosa. En su naturaleza maldita. En su corazón indebido. En sus medias rayadas. Cree en el círculo de cavernas que la ampara de las verdades consumidas en su vida y en su muerte. Cree en su mirada de pez fuera del agua.

4. Ella cree en las mentiras reminiscentes. En esas que se abren hacia otras y en su fisura nace la mariposa gris de la nostalgia. Cree en su enorme carga de verdad encubierta. En su inocencia interdicta. En su admonición. En su caperuza de niña mala.

5. Ella cree en ese castillo de naipes que tambalea y se arriesga a existir contra viento y marea. Cree en la mentira que nos permite ser lo que no hemos sido, que nos permite estar donde la verdad nunca sabrá que hemos estado.

6. Ella cree en el entretejido de cordeles y cornisas. En su cabeza de pez, en su cuerpo de mujer, en su canto de sirena, en su pulso viril, en su jardín prohibido, en su existencia de exilio.

7. Ella cree en su cárcel de muros transparentes y soles opacos, donde se guarda la eterna fugacidad del polvo, la perdurable brevedad de la sonrisa.

8. Ella cree en sus ropajes de ave que le permiten volar más lejos que los hombres. Cree en su otra orilla, en el otro lado del mundo donde lo que no puede ser existe lejos de la vigilancia de la luz dominante.

9. Ella cree en todo lo que la verdad no puede nombrar. En todo lo que la mentira rescata palmo a palmo de la mirada intolerante. Ella cree en su rumor de flores de otro mundo. En sus relatos calientes para las noches de escarcha.

10. Ella cree en su relámpago entrevisto en el fondo del agua, donde los días que está prohibido vivir se abren como frutos aptos para las devoraciones de los hambrientos que quieren vivirlos.

11. Ella cree en la antiheroína que se balancea en el abismo, que no mira hacia atrás, que no se detiene y se permite el riesgo de estar siempre al borde del alma, mientras la verdad entierra sus viejos pies en la tierra firme y beata.

12. Ella cree en la mentira que confunde y redime, en sus ojos de mirar más lejos, más adentro, más allá de los mármoles del cielo. Cree en la estría que abre y en sus desvíos.

13. Ella cree en el lado oscuro. En el tenso cordel sumergido en la aurora. En la fórmula oculta bajo los deslumbres de los delirios. En el signo grabado con fuego invisible en la frente de todas las criaturas condenadas.

14. Ella no cree en los carteles anunciantes que conducen hacia los caminos por donde todos van a los lugares donde todos llegan. Ella cree en la sonámbula que vela en los espejos velados. Cree en todos sus extravíos.

15. Ella cree en su valentía, en su sinrazón y en su esfuerzo. En las grietas que abre, en los pasadizos que la conducen, en los refugios que crea, en sus ascuas arrancadas del infierno, en sus plumas de ángel vulnerable, en sus transitorios amparos prohibidos.

16. Ella cree en sus coartadas, en sus palitos, en los nombres que oculta en su portal resplandeciente. En su portal proscripto. Por ella pone las manos en el fuego. Por ella se quema.

17. Ella cree en la mentira con su enorme carga de esperanza. Cree en sus brazos cuando la llevan en andas toda vez que debe cruzar la fase más triste de la luna.

18. Ella cree en los pozos de la mente, en los temblores del cuerpo, en las gradas invertidas. Ella cree en la subversión del aire y respira como la reina de todas las respiraciones aun con los dedos de la verdad estranguladora oprimiéndole la garganta.

19. Ella cree en la palabra que no se formula, cerrada como un aro alrededor del cuello para que la verdad no muestre sus dientes de vieja ni sus lagrimitas de santa.

20. Ella cree en la cinta resplandeciente que anuda los fragmentos desechados por la historia. Cree en aquello que vibra, aquello que palpita intramuros para no perturbar el bien de los buenos, la felicidad de los felices, la respetabilidad de los respetables. Ella cree en el silencio que resuena en las palabras que se dicen para no decir la palabra. Cree en su vaho respirable. Cree en su brasa quemante.

15/01/11 Rosario/12

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