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LECTURA RECOMENDADA
Ricardo Puglia - Notas sobre Brecht, en Revista Los Libros, abril 1975
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BERTOLD
BRECHT 1898-1956. Poeta,
director teatral y dramaturgo alemán, cuyo tratamiento original y distanciado de
los temas sociales y de los experimentos revolucionarios ha influido enormemente
en la creación y en la producción teatrales modernas. Brecht nació el 10 de
febrero de 1898 en Augsburgo (Baviera), y se formó en las universidades de
Munich y Berlín. En 1924, aparece como autor teatral en el Berlín Deutsches
Theater, bajo la dirección de Max Reinhardt. Sus primeras obras muestran la
influencia del expresionismo, el principal movimiento dramático de la época. En
1928, escribió un drama musical, La ópera de los dos centavos (conocida en
algunos países como tres peniques o tres centavos), con el compositor alemán
Kurt Weill. Este musical, basado en The Beggar's Opera (1728) del dramaturgo
inglés John Gay, era una cáustica sátira del capitalismo y se convirtió en el
éxito teatral más importante de Brecht. Se estrenó en 1928 en Berlín. En 1924,
había empezado Brecht a estudiar el marxismo, y, desde 1928 hasta la llegada de
Hitler al poder, escribió y estrenó varios dramas didácticos musicales. La ópera
Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny (1927-1929), también con música de
Weill, volvía a criticar severamente el capitalismo. La preocupación por la
justicia fue un tema fundamental en su obra. Durante este periodo inicial de su
carrera, Brecht dirigía a los actores y empezó a desarrollar una teoría de
técnica dramática conocida como teatro épico. Rechazando los métodos del teatro
realista tradicional, prefería una forma narrativa más libre en la que usaba
mecanismos de distanciamiento tales como los apartes y las máscaras para evitar
que el espectador se identificara con los personajes de la escena. Brecht
consideraba esta técnica de alienación, la -distanciación-, como esencial para
el proceso de aprendizaje del público, dado que eso reducía su respuesta
emocional y, por el contrario, le obligaba a pensar. Ejemplos, que incluía las
obras La toma de medidas, La excepción y la regla, El que dice sí y el que dice
no, es la expresión más radical del propósito socialista de Brecht.
A causa de su oposición al gobierno de Hitler, Brecht se vio forzado a huir de
Alemania en 1933, viviendo primero en Escandinavia y estableciéndose finalmente
en California en 1941. Fue durante esos años de exilio cuando produjo algunas de
sus mejores obras, como La vida de Galileo Galilei (1938-1939), Madre Coraje y
sus hijos (1941), que consolidaron su reputación como importante dramaturgo, y
El círculo de tiza caucasiano (1944-1945). Brecht se consideraba a sí mismo un
hombre de teatro que se había liberado de las tendencias del teatro
expresionista para experimentar con nuevas formas. Quería mostrar que ese cambio
no sólo era posible sino que era necesario. Su versátil empleo de la lengua y de
las formas poéticas -lenguaje clásico mezclado con el habla del hombre de la
calle, versos libres e irregulares- lo dirigió a sacudir la conciencia del
público y a llevarlo de una pasividad acrítica a la reflexión y,
esperanzadamente, a la acción. En 1948, Brecht volvió a Alemania, se estableció
en Berlín Este y fundó su propia compañía teatral, el Berliner Ensemble. Fue una
figura controvertida en la Europa del Este, ya que su pesimismo moral chocaba
con el ideal soviético del socialismo realista. A lo largo de su vida escribió
también varias colecciones de poemas, que, con sus obras de teatro, lo sitúan
entre los más grandes autores alemanes. Murió el 14 de agosto de 1956 en Berlín.
[© eMe www.epdlp.com]
[La imagen pertenece al artista Ricardo Ajler]
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Sobre la increíble historia de un poema que Bertolt Brecht nunca escribió
Por Alberto J. Franzoia
"Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era
comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era
sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada".
La historia de este famoso poema esta atravesada por el error frecuente, la
contradicción existencial, el cambio permanente de sus formas, la aprobación
post mortem de su versión escrita y la desfachatada falacia de ciertos
“demócratas”. No pertenece a quien con frecuencia se le ha atribuido; nunca fue
escrito exactamente como lo conocemos por su verdadero creador; sufrió numerosas
modificaciones en su construcción; la versión finalmente aprobada es la que dio
la segunda esposa del autor, Sibylle Sarah Niemoeller-von Sell, cuando éste ya
había fallecido; y, además, fue vaciado de un fragmente de su contenido real por
aquellos que se autoproclaman asiduamente los máximos exponentes de la
democracia y el pensamiento libre.
Desmenucemos entonces cuál es la historia de un poema sin título pero que suele
ser presentado como “Ellos vinieron”. Lo primero que hay que decir es que el
error lo ha acompañado por años, ya que ha sido atribuido en reiteradas
ocasiones al dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht (1898-1956) sin que el
mismo tuviese ninguna responsabilidad al respecto;
error que se ha multiplicado hasta el hartazgo desde que existe Internet. Este
medio maravilloso que ha revolucionado la historia de las comunicaciones,
transmitiendo a gran velocidad y a una enorme cantidad de seres humanos
distribuidos en todo el mundo información y conocimientos verdaderos, también es
el responsable de amplificar errores y falacias como ninguno. Ocurre que el
verdadero gestor de lo que hoy se conoce como el poema “Ellos vinieron” fue el
alemán Friedrich Gustav Emil Martin Niemöller (1892-1984), quien a lo largo de
su curiosísima historia de vida recorrió el largo camino que va desde la
condición de comandante de un submarino alemán durante la Primera Guerra a
pastor, y de su inicial apoyo como pastor al nazismo hasta la lucha contra las
guerras desatadas por el imperialismo, al punto de visitar en 1965 Vietnam del
Norte para reunirse con Ho Chi Minh.
Niemöller tenía una visión prejuiciosa del movimiento obrero y manifestaba
serias simpatías por el antisemitismo, todo lo cual lo condujo casi con
naturalidad en la Alemania de los años treinta hacia el apoyo a Hitler. Sin
embargo, sus diferencias con el régimen se fueron desarrollando poco a poco,
pasando a la indiferencia y luego a oponerse a que su iglesia fuese funcional a
las imposiciones nazis, pues consideraba que su único referente sólo podía ser
Dios. Esta nueva situación lo condujo, como era de esperar en una coyuntura
política dominada por la expresión más bárbara que ha gestado el capitalismo, en
un primer momento a prisión y luego a los tenebrosos campos de concentración del
nazismo, siendo recluido tanto en Sachsenhausen como en Dachau.
Recién cuando en 1945 termina la Segunda Guerra recuperó la libertad regresando
a su actividad como pastor protestante. Y fue precisamente durante sus sermones
cuando comenzó a gestar paulatinamente, con modificaciones introducidas en cada
uno de ellos, el poema que estoy considerando. Pero la que finalmente se
convertiría en la versión escrita aprobada es la que dio su esposa Sibylle Sarah
Niemoeller-von Sell, quien había escuchado por primera vez al que muchos años
más tarde sería su compañero cuando era apenas una niña. Esta mujer, que
provenía de una aristócrata familia prusiana, siendo ya una adolescente llegó a
enfrentar a los nazis con un arma en sus manos. En Argentina uno de los mejores
recitados del poema considerado es el de la talentosa actriz Cipe Lincovsky. En
2006, al cumplirse 50 años de la desaparición física de Bertolt Brecht ella
realizó el unipersonal “Cipe dice a Brecht”.
La historia del poema no es ajena a la propia historia de vida del Martin
Niemöller, quien en un giro de 180º pasó de su inicial complicidad con el
régimen nazi hacia el compromiso militante por la paz. Su increíble metamorfosis
ideológica lo condujo en el final de su vida, cuando ya había alcanzado los 90
años y se autodefinía como un revolucionario, a expresar irónicamente que si
viviera hasta los 100 quizás acabaría siendo anarquista. Este hombre pues ha
sido el verdadero responsable de un poema famoso que recorrió el mundo rodeado
de equívocos.
Como dato nada menor, para culminar el sintético relato de esta apasionante
historia, cabe acotar que allí donde el capitalismo occidental intenta definir
lo que sería su paradigmático estilo de vida, Estados Unidos de Norteamérica, y
en un espacio reservado a la muy necesaria memoria del horror, como es el Museo
del Holocausto en Washington, la presentación del poema tiene una curiosa e
inquietante particularidad (otra más), se le ha amputado nada menos que su
primera frase, aquella con la que Niemöller invariablemente iniciaba su
exposición:
"Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era
comunista.”
La Plata, julio de 2011
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Galileo
Galilei
Titulo del original, en alemán LEBEN DES GALILEI
Traducción de Osvaldo Bayer
Ediciones Losange. Bs. Aires, 1956.
Esta pieza fue escrita en 1938-1939 en Dinamarca, en el exilio. Los diarios
habían publicado la noticia de la desintegración del átomo de uranio por físicos
alemanes y fue estrenada por el Piccolo Teatro di Milano el 18 de diciembre de
1953 con la dirección de Giorgio Strehler.
PERSONAJES
Galileo Galilei
Su mujer
Andrea Sarti
Señora Sarti, madre de Andrea y ama de llaves de Galilei
Ludovico Marsili, un joven hijo de acaudalada familia
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GALILEO GALILEI, MAESTRO DE MATEMÁTICAS EN PADUA, QUIERE DEMOSTRAR LA VALIDEZ
DEL NUEVO SISTEMA UNIVERSAL DE COPÉRNICO.|
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6.
1616: EL COLEGIO ROMANO, INSTITUTO DE INVESTIGACIONES DEL VATICANO, CONFIRMA LOS
DESCUBRIMIENTOS DE GALILEI.
Sala del Colegio Romano en Roma. Es de noche. Altos representantes
eclesiásticos, monjes y eruditos forman grupos. Hacia un costado, solo, GALILEI.
Reina un desenfrenado alborozo. Antes de que la escena comience, se oyen
estruendosas carcajadas.
UN PRELADO GORDO (teniéndose la barriga, de risa).— ¡Oh, necedad de necedades!
Yo quisiera que me señalarais una sola frase que no haya sido creída.
UN ERUDITO. — Por ejemplo, que usted sufre de una insuperable repugnancia contra
las comidas, Monseñor.
UN PRELADO GORDO. — También lo creen, también lo creen. Sólo lo razonable no es
creído. Que hay un diablo, [37] eso sí que lo dudan. Pero que la tierra de
vueltas como una bolilla en el sumidero, eso sí que es creído. ¡Sancta
simplicitas!
UN MONJE (en chanza). — ¡Me mareo, me mareo! ¡Se mueve demasiado rápido!
Permítame que me apoye en usted, profesor. (Hace como si trastabillara y se
tiene de un, erudito.)
EL ERUDITO (imitándolo). — Sí, la vieja tierra se ha emborrachado de nuevo. (Se
apoya en otro.)
EL MONJE.—¡Alto, alto! ¡Que nos caemos! ¡Alto!
UN SEGUNDO ERUDITO. — Venus está ya completamente torcida. Ahora le alcanzo a
ver sólo la mitad del trasero. ¡Socorro! (Se forma una masa compacta de monjes
que, entre risotadas, hacen como si se defendiera de caer al mar en un navío en
tormenta.)
UN SEGUNDO MONJE. — ¡Por lo menos que no caigamos en la luna! Hermanos: ahí
parece que existen montañas con puntas muy afiladas.
EL PRIMER ERUDITO. — Apóyate en ellas con el pie.
EL PRIMER MONJE. — ¡Y no mires para abajo! ¡Ay, que sufro de vértigos!
EL PRELADO GORDO (intencionadamente, en dirección a Galilei). — ¡Imposible!
¡Patrañas en el Colegio Romano! (Grandes risotadas. Por una puerta trasera
entran dos astrónomos del Colegio. Se hace silencio.)
UN MONJE. — ¿Todavía seguís investigando? ¡Esto es un escándalo!
UN ASTRÓNOMO (colérico). — ¡Nosotros no investigamos nada!
EL OTRO ASTRÓNOMO. — ¿Adónde iremos a parar? no comprendo a Clavius. ¡Si todo lo
que se ha dicho en los últimos cincuenta años se fuera a tomar como cierto! En
1572, comienza a brillar una nueva estrella en la esfera más alta, en la octava,
la esfera de las estrellas fijas. Esa estrella que era más grande y brillante
que sus vecinas desaparece antes de cumplir el año y medio y es relegada al
olvido. ¿Y por eso tenemos acaso que preguntarnos qué pasa con la vida eterna y
la inmutabilidad del cielo?
EL FILÓSOFO. — Si se lo llegan a permitir nos van a destruir todavía todo el
firmamento.
EL PRIMER ASTRÓNOMO. — Eso, ¿adónde vamos? Cinco años más tarde el danés Ticho
Brahe fija la trayectoria de un cometa. El camino comenzaba arriba de la Luna y
atravesaba, uno tras otro, los anillos de las esferas, los apoyos materiales de
los astros movibles. El cometa no encuentra ninguna resistencia, su luz no
experimenta ninguna desviación. ¿Debemos acaso preguntarnos por eso qué se ha
hecho de las esferas?
EL FILÓSOFO. — ¡No, no puede ser! ¿Cómo puede Cristóforo Clavius, el más grande
astrónomo de Italia y de la Iglesia, atreverse a investigar una cosa así?
EL PRELADO GORDO. — ¡Es un escándalo!
EL PRIMER ASTRÓNOMO. — Sí, pero él investiga. Está sen[38]tado allí dentro y
sigue mirando embobado por ese tubo del diablo.
EL SEGUNDO ASTRÓNOMO. — ¡Principiis obsta! Todo comenzó cuando nosotros
empezamos a calcular la duración del año solar, las fechas de los eclipses de
sol y luna, las posiciones de los astros en años y días según las tablas de
Copérnico, que es un hereje.
UN MONJE. — Yo me pregunto: ¿qué es mejor, presenciar un eclipse de luna tres
días más tarde que lo indicado por el calendario o no alcanzar nunca la
bienaventuranza eterna?
UN MONJE MUY DELGADO (se adelanta con una Biblia abierta en la mano y señala
fanáticamente un fragmento con el dedo). — ¿Qué es lo que dicen las Sagradas
Escrituras? "Sol no te muevas de encima de Gabaón ni tú Luna de encima del valle
de Ayalón." ¿Cómo puede detenerse el Sol si no se mueve en absoluto, como
sostienen esos herejes? ¿Mienten acaso las Sagradas Escrituras?
EL SEGUNDO ASTRÓNOMO. — Hay apariciones que a nosotros, los astrónomos, nos
provocan dificultades, ¿pero acaso es necesario que el hombre comprenda todo?
(Los dos astrónomos se retiran.)
EL MONJE. — ¡La patria del género humano convertida en una estrella errante! Al
hombre, animal, planta y toda la demás naturaleza los meten en un carro y al
carro lo hacen dar vueltas en un cielo vacío. Para ellos no hay más ni cielo ni
tierra. La Tierra no existe porque sólo es un astro del cielo y tampoco el cielo
porque está formado por muchas tierras. No hay más diferencia entre arriba y
abajo entre lo eterno y lo perecedero. ¡Que nosotros nos extinguimos ya lo
sabemos, que también el cielo se extingue nos lo dicen ahora ésos! Sol, luna,
estrellas y nosotros vivimos sobre la tierra. Así se dijo siempre y así estaba
escrito. Pero ahora la tierra es también una estrella, según ése. ¡Sólo hay
estrellas! Llegará el día en que éstos dirán: tampoco hay hombres ni animales,
el hombre mismo es un animal, sólo hay animales.
EL PRIMER ERUDITO (a Galilei). — Ahí abajo se le ha caído algo.
GALILEI (que entretanto había sacado una piedrecilla del bolsillo, jugando con
ella y dejándola caer. Mientras se agacha para recogerla). — Arriba, Monseñor,
se me ha caído hacia arriba.
EL PRELADO GORDO (dándole la espalda). — ¡Desvergonzado! (Entra un Cardenal muy
viejo apoyándose en un monje. Se le hace lugar con mucho respeto.)
EL CARDENAL MUY VIEJO. — ¿Están todavía adentro? ¿No pueden terminar más rápido
con esas nimiedades? ¡Ese Clavius podría entender un poco más de su astronomía!
He oído que ese señor Galilei trasplanta al hombre desde el centro del orbe a un
borde cualquiera. Por consiguiente y sin ninguna duda es un enemigo de la
naturaleza humana y como tal debe ser tratado. El hombre es la corona de la
creación, eso lo sabe cualquier niño. La criatura más su[39]blime y bienamada
del Señor. ¿Cómo puede colocar él esa maravilla, ese magnífico esfuerzo en un
asteroide minúsculo, apartado y que dispara continuamente? ¿Acaso él mismo
mandaría a su propio hijo así, a un lugar cualquiera? ¿Cómo puede existir gente
tan perversa que tenga fe en estos esclavos de sus tablas numéricas? ¿Qué
criatura del Señor puede tolerar una cosa así?
EL PRELADO GORDO (a media voz). — El señor está presente.
EL CARDENAL MUY VIEJO (a Galilei). — ¿Así que es usted? Pues mire, yo ya no veo
muy bien, pero sí puedo decirle que usted se parece muchísimo a esa persona que
condenamos en su tiempo a la hoguera. ¿Cómo se llamaba?
EL MONJE. — Vuestra Eminencia no debe alterarse, el médico...
EL CARDENAL MUY VIEJO (rechazándolo, a Galilei). —Usted quiere degradar a la
tierra, a pesar de que viva sobre ella y que de ella todo lo recibe. ¡Usted
ensucia su propio nido! ¡Ah, pero no lo consentiré! (Deja a un lado al monje y
comienza a pasearse con orgullo.) Yo no soy un ser cualquiera que habita un
astro cualquiera que da vueltas por algún tiempo. Yo camino sobre la tierra
firme, con pasos seguros. Ella está inmóvil, ella es el centro del Todo y yo
estoy en su centro y el ojo del Creador reposa en mí, solamente en mí, giran,
sujetas en ocho esferas de cristal, las estrellas fijas y el poderoso Sol que ha
sido creado para iluminar a mi alrededor. Y también a mí, para que Dios me vea.
Así viene a parar todo sobre mí, visible e irrefutable, sobre el hombre, el
esfuerzo divino, la criatura en el medio, la viva imagen de Dios, imperecedera
y... (Se desploma.)
EL MONJE. — ¡Vuestra Eminencia se ha excedido con sus fuerzas! (En ese momento
se abre la puerta trasera y, a la cabeza de sus astrónomos entra el gran
Clavius. Atraviesa la sala en silencio con ligero paso sin mirar a sus costados.
Casi al salir habla a un monje.)
CLAVIUS. — Es exacto. (Sale seguido por los astrónomos. La puerta trasera queda
abierta. Silencio sepulcral. El Cardenal muy viejo vuelve en sí.)
EL CARDENAL MUY VIEJO. — ¿Qué sucede? ¿Se ha dictado el veredicto? (Nadie se
atreve a decírselo.)
EL MONJE. — Vuestra Eminencia deberá ser transportado a casa. (Ayudan a
marcharse al viejo Cardenal. Todos abandonan estupefactos la sala. Un pequeño
monje de la comisión examinadora presidida por Clavius se detiene frente a
Galilei.)
EL PEQUEÑO MONJE (disimulado). — El padre Clavius dijo antes de marcharse: Ahora
tienen que arreglárselas los teólogos para componer el cielo. Usted ha vencido.
(Se va.)
GALILEI (trata de detenerlo). — ¡Ea, yo no, la razón! (El pequeño monje ya se ha
marchado. Galilei también se va. Al cruzar la puerta se encuentra con un clérigo
de gran estatura: el Cardenal Inquisidor. Un astrónomo lo acompaña. Galilei hace
una reverencia, antes de irse pregunta algo en voz baja al portero.)
PORTERO (también en voz baja). — Su Eminencia, el Car[40]denal Inquisidor. (El
astrónomo acompaña al Cardenal Inquisidor hasta el anteojo.)
7.
PERO LA INQUISICIÓN PONE LA TEORÍA DE COPÉRNICO EN EL INDEX (5 DE MARZO DE
1616.)
(Casa del Cardenal Belarmino, en Roma. Se realiza un baile. En el vestíbulo,
donde dos secretarios eclesiásticos juegan al ajedrez y hacen apuntes sobre los
invitados, es recibido GALILEI con aplausos por un grupo de damas y señores con
antifaces. Él llega en compañía de su hija VIRGINIA y de LUDOVICO MARSILI,
prometido de ésta.)
VIRGINIA. — Sólo bailaré contigo, Ludovico.
LUDOVICO. — El broche de tu hombro se ha soltado.
GALILEI. —
"Ese tul que cubre tu pecho, Tais
no lo ordenes. Cierto desorden, más profundo,
se me hace exquisito y
a otros también. En la rebosante sala
la luz de las velas hacen pensar
en los oscuros lugares del acogedor parque."
VIRGINIA. — Siente mi corazón.
GALILEI (posa su mano sobre el corazón de Virginia). — Sí, late.
VIRGINIA. — Hoy quisiera ser hermosa.
GALILEI. — Y debes parecerlo, si no todos comenzarán a dudar que ella se mueve.
LUDOVICO. — No es cierto que se mueve. (Galilei ríe.) Roma habla sólo de usted.
Pero desde este baile se hablará de su hija.
GALILEI. — Por ahí dicen que es fácil ser hermoso en la primavera romana. Yo
mismo debo parecer un Adonis barrigudo. (A los secretarios.) Aquí tengo que
esperar al señor Cardenal. (A los novios.) ¡Id y divertíos! (Antes de ir hacia
atrás, al baile, Virginia vuelve corriendo.)
VIRGINIA. — Padre, el peluquero en la "Vía del Trionfo" me hizo pasar primero a
pesar de que había cuatro damas antes que yo. En seguida reconoció tu nombre.
(Se va.)
GALILEI (a los secretarios que juegan ajedrez). — ¿Cómo podéis todavía seguir
jugando al viejo ajedrez? Muy limitado es eso, muy limitado. Ahora se juega de
manera que las piezas mayores puedan moverse en todas las casillas. La torre así
(Les muestra.) y el alfil así, y la dama así y también así. Ahora se tiene
espacio y se pueden hacer planes.
UN ESCRIBIENTE. — Eso no corresponde a nuestros sueldos bajos, ¿entiende?
Nosotros sólo podemos hacer pequeñas jugadas.
GALILEI. — Al contrario, amigo, al contrario. Al que vive [41] en coche le pagan
las mejores botas. Señores, hay que marchar con el tiempo, no siempre a lo largo
de las costas, alguna vez se tiene que salir a mar abierto. (El Cardenal muy
viejo de la pasada escena atraviesa el escenario guiado por un monje. Distingue
a Galilei, pasa frente a él y luego se vuelve, inseguro, lo saluda. Galilei se
sienta. Desde el salón de baile se oye, cantado por niños, el comienzo de la
famosa poesía de Lorenzo de Médici sobre la caducidad de las cosas humanas.)
GALILEI. — Roma. ¿Una gran fiesta, eh?
SECRETARIO. — El primer carnaval después de los años de peste. Todas las grandes
familias de Italia están representadas aquí esta noche. Los Orsini, Villani,
Nuccoli, Soldanieri, Cañe, Lecchi, Estensi, Colombini...
EL SEGUNDO SECRETARIO (interrumpe). — Sus Eminencias, los Cardenales Belarmino y
Barberini. (Entra el Cardenal Belarmino y el Cardenal Barberini cubriendo sus
caras con las máscaras de un cordero y una paloma que van unidas a sendos
mangos.)
BARBERINI (señalando con el índice a Galilei). — "Nace el sol y se pone, y
vuelve a su lugar", dice Salomón, ¿y qué dice Galilei?
GALILEI. —Cuando era un pillete de quince años, Vuestra Eminencia, encontrándome
a bordo de un barco comencé a gritar: la costa se mueve, la costa se aleja. Hoy
sé que la costa estaba firme y era el barco el que se movía y se alejaba.
BARBERINI. — Muy astuto, muy astuto. Lo que vemos, Belarmino, es decir, que los
astros se mueven, no necesita ser verdad, ahí tienes el ejemplo de barco y
costa. Pero lo que sí es verdad, es decir, que la tierra se mueve, eso no lo
podemos ver. Muy astuto. Pero sus lunas de Júpiter son un hueso duro para
nuestros astrónomos. Lo malo es, Belarmino, que yo también leí una vez algo de
astronomía. Y eso se le pega a uno como la sarna.
BELARMINO. — Marchemos al compás del tiempo. Si hay nuevos planisferios celestes
basados en nuevas hipótesis que facilitan la navegación a nuestros marinos, pues
bien, que los utilicen. Nosotros desaprobamos sólo las teorías que contradicen
las Escrituras. (Hace señas saludando hacia el salón de baile.)
GALILEI. — Las Escrituras: "Quien esconde los granos será maldito de los
pueblos". Proverbio de Salomón.
BARBERINI. — "Ocultan su saber los sabios". Proverbio de Salomón.
GALILEI. — "Donde faltan los bueyes para arar están vacías las trojes y sin paja
los pesebres; donde abundan las mieses allí se ve claramente la fuerza y el
trabajo del buey".
BARBERINI. — "Quien domina sus pasiones, mejor es que un conquistador de
ciudades".
GALILEI. — "Deseca los huesos la tristeza de espíritu". (Pausa.) "¿Acaso no
clama la verdad en voz alta?"
BARBERINI. — "¿Puede un hombre andar sobre las ascuas, [42] sin quemarse las
plantas de los pies?" Bienvenido a Roma, amigo Galilei. ¿Sabe usted algo del
origen de esta ciudad? Dos rapaces, así cuenta la leyenda, recibieron leche y
abrigo de una loba. Desde ese momento, todos los niños deben pagar por su leche
a la loba. Pero el lugar no es malo. La loba procura toda clase de placeres,
tanto celestiales como terrenales. Desde conversar con mi sabio amigo Belarmino
hasta tres o cuatro damas de fama internacional. ¿Me permite indicárselas?
(Lleva a Galilei hacia atrás para mostrarle la sala de baile. Galilei lo sigue
de mala gana.) ¿No? Él insiste en una conversación seria. Bien. ¿Está usted
seguro, amigo Galilei, que vosotros los astrónomos no os queréis hacer la
astronomía un poco más cómoda? (Lo guía de nuevo hacia adelante.) Vosotros
pensáis en círculos o elipses y en velocidades proporcionadas, es decir, en
movimientos simples adecuados a vuestros cerebros. ¿Qué pasaría si a Dios se le
hubiese ocurrido dar este movimiento a sus astros? (Dibuja en el aire, con el
dedo, una trayectoria muy complicada con velocidades irregulares.) ¿Qué sería
entonces de vuestros cálculos?
GALILEI. — Amigo mío, si Dios hubiese construido un mundo así (Repite la
trayectoria de Barberini.) entonces habría construido nuestros cerebros así
(Repite la misma trayectoria.) de modo que reconocerían inmediatamente a esos
movimientos como si fueran los más simples. Yo creo en la razón.
BARBERINI. — Considero insuficiente a la razón. Él se calla, es muy cortés de
responder ahora que él considera insuficiente a mi razón. (Ríe y regresa a la
balaustrada.)
BELARMINO. — Con la razón, mi estimado Galilei, no se llega a muchos lados.
Alrededor nuestro sólo vemos equívocos, crímenes y debilidades. ¿Dónde está la
verdad?
GALILEI (furioso). — Yo creo en la razón.
BELARMINO. — Piense usted un poco las fatigas y meditaciones que han costado a
los Santos Padres y a tantos otros después de ellos para dar un poco de sentido
a un mundo así. ¿Y no es éste, acaso, aborrecible? Piense usted en la barbarie
de aquellos que mandan azotar a los labradores semidesnudos en sus propiedades
de la Campagna. Y piense usted en la estupidez de esos míseros que en
agradecimiento les besan los pies.
GALILEI. —Es una infamia, en mi viaje vi. cómo...
BELARMINO. — Por eso nosotros imputamos a un ser más superior la responsabilidad
por esos hechos que constituyen al fin la vida, y que nosotros no podemos
comprender. Por eso decimos que ese ser superior persigue ciertas intenciones y
que todo se desarrolla según un plan premeditado. Eso no quiere decir que
caigamos en un absoluto conformismo. Pero es que usted acusa ahora a ese ser
supremo de no ver claro el movimiento del Universo, algo que usted sí ve claro.
¿Es sabio pensar así?
GALILEI (preparado para dar una explicación). — Yo soy un crédulo hijo de la
Iglesia...
BARBERINI. — Con él ocurre algo espantoso. Él quiere, con [43] toda inocencia,
demostrar a Dios los errores más gruesos en la astronomía, como si Él no hubiese
estudiado suficientemente esa materia antes de escribir la Sagrada Biblia. ¡Mi
querido amigo! (A los escribientes.) No toméis noticias de esto, es sólo una
conversación científica entre amigos.
BELARMINO. — ¿No le parece a usted también que el Creador tiene que saber más
que su criatura acerca de lo creado?
GALILEI. — Pero, señores míos, al fin y al cabo el hombre no sólo puede
interpretar mal el movimiento de los astros, sino que también puede interpretar
mal la Biblia.
BELARMINO. — La interpretación de la Biblia incumbe solamente a los teólogos de
la Santa Iglesia, ¿no es cierto? (Galilei calla.) Ahí tiene, ahora calla usted.
(Hace una seña a los escribientes.) Señor Galilei, el Santo Oficio ha decidido
anoche que la teoría de Copérnico, por la cual el Sol sería centro del universo
e inmóvil, y la Tierra, en cambio, no conformaría ese centro y estaría en
movimiento, es disparatada, absurda y hereje en la fe. He recibido la misión de
prevenirle a usted para que abandone esas opiniones. (Al secretario.) Repita
eso.
SECRETARIO. — Su Eminencia, el Cardenal Belarmino, al señor Galilei: "El Santo
Oficio ha decidido anoche que la teoría de Copérnico, por la cual el Sol sería
centro del Universo e inmóvil y la Tierra, en cambio, no conformaría ese centro
y estaría en movimiento, es disparatada, absurda y hereje en la fe. He recibido
la misión de prevenirle a usted para que abandone esas opiniones".
GALILEI. — ¿Qué significa eso? (De la sala se oye, cantada por los niños, otra
estrofa de la poesía citada. Barberini indica a Galilei que guarde silencio
mientras se oye el canto. Los tres escuchan atentamente.) Pero, ¿y la realidad
de los hechos? Yo entendí que los astrónomos del Colegio Romano aprobaron mis
apuntes.
BELARMINO. — ...con las expresiones de la más profunda satisfacción, de la
manera más honorífica para usted.
GALILEI. — Sí, pero...
BELARMINO. — La Sagrada Congregación ha dictado su veredicto sin tomar
conocimiento de esos detalles.
GALILEI. — Sí, entiendo. Con ello, toda próxima investigación científica...
BELARMINO. — Está absolutamente asegurada, señor Galilei, y de acuerdo al
concepto de la Iglesia, que no podemos saber pero que bien podemos investigar.
(Saluda nuevamente a un huésped en el salón de baile.) Usted queda en libertad
de seguir tratando esa teoría en forma de una hipótesis matemática. La ciencia
es la legítima y más querida hija de la Iglesia, señor Galilei. Nadie de
nosotros toma en serio el que usted quiera socavar la confianza de la Iglesia.
GALILEI (con ira). — Esa confianza se agota cuando se toma como pretexto.
BARBERINI. — ¿Sí? (Le palmea la espalda mientras suelta una carcajada. Luego lo
mira fijamente y le habla con afabilidad.) No derrame el agua de la tina con
niño y todo, [44] amigo Galilei. Nosotros tampoco lo hacemos porque lo
necesitamos más que usted a nosotros.
BELARMINO. — Ardo en deseos de presentar al más grande matemático de toda Italia
ante el comisario del Santo Oficio, que sabrá dispensarle la más alta de las
estimas.
BARBERINI (tomando a Galilei por el otro brazo). — Con lo cual se convertirá de
nuevo en manso cordero. También usted hubiera aparecido mejor disfrazado de
formal doctor del criterio escolástico, mi querido amigo. Es este mi disfraz el
que hoy me permite un poco de libertad. En un atavío así me puede usted oír
murmurar: si no hay Dios, hay que inventarlo. Bien, pongámonos otra vez las
máscaras, ¡el pobre Galilei no tiene ninguna! (Toman a Galilei del brazo
dejándole el lugar del medio y lo llevan hasta el salón de baile.)
EL PRIMER ESCRIBIENTE. — ¿Tienes ya las últimas palabras?
EL SEGUNDO ESCRIBIENTE. — En eso estoy. (Escriben con ahínco.) ¿Tienes tú eso
cuando dijo que cree en la razón? (Entra el Cardenal Inquisidor.)
EL INQUISIDOR. — ¿Se efectuó la entrevista?
EL SECRETARIO (mecánicamente). — Primero llegó el señor Galilei con su hija.
Ésta se ha prometido hoy con el señor... (El Inquisidor hace una seña como que
eso no le interesa.) El señor Galilei nos informó, acto seguido, de una nueva
forma de jugar al ajedrez, en la que las piezas, en contra de las reglas del
juego, pueden moverse en todas las casillas.
EL INQUISIDOR (de nuevo el mismo gesto). — El protocolo. (Un secretario le
alcanza el protocolo. El Cardenal se sienta y lo lee de prisa. Dos damitas, con
máscaras, atraviesan el escenario; frente al Cardenal hacen una reverencia.)
UNA. —¿Quién es ése?
LA OTRA. — El Cardenal Inquisidor. (Se van con risas ahogadas. Entra Virginia
buscando a alguien.)
EL INQUISIDOR (desde su esquina). — ¿Qué buscas, hija mía?
VIRGINIA (asustándose un poco dado que no lo ha visto). — ¡Oh, Vuestra
Eminencia! (El Inquisidor le alarga la mano derecha sin levantar la vista. Ella
se acerca y, arrodillándose, besa su anillo.)
EL INQUISIDOR. — ¡Una noche sublime! Permítame felicitarla por sus esponsales.
Usted se nos queda en Roma, ¿verdad?
VIRGINIA. — Por el momento, no, Vuestra Eminencia. ¡Hay que preparar tantas
cosas para una boda!
EL INQUISIDOR. — Quiere decir que usted acompañará a su padre de regreso a
Florencia. Me alegro, me alegro. Me imagino cómo su padre la debe necesitar. La
matemática es una compañera muy fría, ¿verdad? Una criatura así, de carne y
hueso es una gran cosa en ese ambiente. Cuando se es un genio se corre el
peligro de perderse fácilmente en los mundos de los astros, que tan inmensos
son.
VIRGINIA (sin aliento). — Usted es muy bueno, Eminencia. Yo no entiendo casi
nada de esas cosas. [45]
EL INQUISIDOR. — ¿No? (Ríe.) En casa de herrero, cuchillo de palo, ¿verdad? Su
padre se divertirá cuando se entere que todo lo que usted sabe de las estrellas
se lo enseñé yo, hija mía. (Hojeando el protocolo.) Aquí leo que nuestros
innovadores, cuyo jefe reconocido en todo el mundo es su padre, un gran hombre,
uno de los más grandes hombres, consideran exagerados nuestros actuales
conceptos sobre la importancia de nuestra querida tierra. Es que, desde los
tiempos de Ptolomeo —un sabio de la antigüedad— hasta hoy, se calculó la medida
total de toda la creación, en veinte mil veces el diámetro terráqueo, es decir,
para toda la esfera de cristal, en cuyo centro descansa la Tierra. Una
respetable extensión, pero muy pequeña, demasiado pequeña para innovadores.
Según ellos esa extensión es de una amplitud inimaginable. La distancia entre
Tierra y Sol, que, después de todo, es una distancia respetable, como nosotros
siempre creímos, es para ellos tan ínfima comparada con la distancia entre
nuestra pobre Tierra y las estrellas fijas sujetas a los anillos más externos,
que en los cálculos ni siquiera se necesita tenerla en cuenta. ¡Y después dicen
que a esos innovadores no les gusta vivir a lo grande! (Virginia ríe. También el
Inquisidor ríe.) En efecto, hace poco, unos señores del Santo Oficio se
escandalizaron de una imagen así del Universo. Comparada con ella la nuestra
resulta una imagen tan pequeñita que bien podríamos colocarla alrededor del
cuello tan encantador de cierta joven muchacha. Es que esos señores se inquietan
porque un prelado o bien un cardenal podrían extraviarse fácilmente en una
distancia tan colosal, y el mismo Papa sería perdido de vista por el
Todopoderoso. Sí, esto es divertido, pero, no obstante, estoy contento de saber
que usted continuará junto a su padre a quien todos tanto apreciamos, hija mía.
Yo me pregunto, ¿conozco, acaso, a su padre confesor?...
VIRGINIA. — El padre Cristóforo, de Santa Úrsula.
EL INQUISIDOR. — Sí, me alegro mucho entonces de que usted acompañe a su padre.
Él la necesitará, tal vez usted no se lo imagina, pero ya verá. ¡Usted es tan
joven todavía y, verdaderamente, tan de carne y hueso!... Ya aquellos a quienes
Dios ha beneficiado no siempre les resulta fácil llevar su genialidad. No
siempre... Nadie entre los mortales es tan grande que no pueda ser incluido en
una plegaria. Pero yo la estoy deteniendo, hija mía. Todavía su prometido es
capaz de ponerse celoso y también su querido padre..., porque le he contado algo
sobre los astros, que tal vez sea ya anticuado. Vaya rápido a bailar y no se
olvide de saludar de mi parte al padre Cristóforo. (Virginia hace una profunda
reverencia y sale rápidamente.) [46]
8.
UN DIÁLOGO
(En el palacio de la Legación florentina, en Roma, escucha GALILEI al PEQUEÑO
MONJE, que, luego de la sesión del Colegio Romano, le había comunicado
furtivamente el veredicto del Astrónomo Pontificio.)
GALILEI. — ¡Hable, continúe! La vestimenta que usted lleva le da siempre derecho
a decir lo que se le ocurra.
EL PEQUEÑO MONJE. — Yo he estudiado matemáticas, señor Galilei.
GALILEI. — Eso serviría de algo si lo indujera a admitir de cuando en cuando que
dos por dos son cuatro.
EL PEQUEÑO MONJE. — Señor Galilei, desde hace tres noches no puedo conciliar el
sueño. No sabía cómo hacer compatible el decreto que he leído con los satélites
de Júpiter que he visto. Por eso me decidí a decir misa bien temprano para venir
a verlo.
GALILEI. — ¿Para venir a decirme que Júpiter no tiene satélites?
EL PEQUEÑO MONJE. — No. Me ha sido posible penetrar en la sabiduría del decreto.
Se me han revelado los peligros que traería para la Humanidad un afán
desenfrenado de investigar, y por eso he decidido renunciar a la astronomía.
Pero quisiera hacer conocer a usted los motivos que pueden llevar a un astrónomo
a abstenerse de continuar trabajando en la elaboración de cierta teoría.
GALILEI. — Me permito decirle que esos motivos son ya de mi conocimiento.
EL PEQUEÑO MONJE. — Comprendo su amargura. Usted piensa en ciertos y
extraordinarios poderes de la Iglesia. Pero yo quisiera nombrarle otros.
Permítame que le hable de mí. Yo he crecido en la Campagna, soy hijo de
campesinos, de gente sencilla. Ellos saben todo lo que se puede saber sobre el
olivo, pero de otra cosa muy poco saben. Mientras observo las fases de Venus veo
delante de mí a mis padres, sentados con mi hermana cerca del hogar, comiendo
sus sopas de queso. Veo sobre ellos las vigas del techo que el humo de siglos
han ennegrecido, y veo claramente sus viejas y rudas manos y la cucharilla que
ellas sostienen. A ellos no les va bien, pero aun en su desdicha se oculta un
cierto orden. Ahí están esos ciclos que se repiten eternamente, desde la
limpieza del suelo a través de las estaciones que indican los olivares hasta el
pago de los impuestos. Las desgracias se van precipitando con regularidad sobre
ellos. Las espaldas de mi padre no son aplastadas de una sola vez sino un poco
todas las primaveras en los olivares, lo mismo que los nacimientos que se
producen regularmente y van dejando a mi madre cada vez más como un ser sin
sexo. De la intuición de la continuidad y [47] necesidad sacan ellos sus fuerzas
para transportar, bañados en sudor, sus cestos por las sendas de piedra, para
dar a luz a sus hijos, sí, hasta para comer. Intuición que recogen al mirar el
suelo, al ver reverdecer los árboles todos los años, al contemplar la capilla y
al escuchar todos los domingos el Sagrado Texto. Se les ha asegurado que el ojo
de la divinidad está posado en ellos, escrutador y hasta angustiado, que todo el
teatro humano está construido en torno a ellos, para que ellos, los actores,
puedan probar su eficacia en los pequeños y grandes papeles de la vida. ¿Qué
dirían si supieran por mí que están viviendo en una pequeña masa de piedra que
gira sin cesar en un espacio vacío alrededor de otro astro? Una entre muchas,
casi insignificante. ¿Para qué entonces sería ya necesaria y buena esa
paciencia, esa conformidad con su miseria? ¿Para qué servirían ya las Sagradas
Escrituras, que todo lo explican y todo lo declaran como necesario: el sudor, la
paciencia, el hambre, la resignación, si ahora se encontraran llenas de errores?
No, veo sus miradas llenarse de espanto, veo cómo dejan caer sus cucharas en la
losa del hogar, y veo cómo se sienten traicionados y defraudados. ¿Entonces no
nos mira nadie?, se preguntan. ¿Debemos ahora velar por nosotros mismos,
ignorantes, viejos y gastados como somos? ¡Nadie ha pensado otro papel para
nosotros fuera de esta terrena y lastimosa vida! Papel que representamos en un
minúsculo astro, que depende totalmente de otros y alrededor del cual nada gira.
En nuestra miseria no hay, pues, ningún sentido. Hambre significa sólo no haber
comido y no es una prueba a que nos somete el Señor; la fatiga significa sólo
agacharse y llevar cargas, pero con ella no se ganan méritos. ¿Comprende usted
que yo vea en el decreto de la Sagrada Congregación una piedad maternal y noble,
una profunda bondad espiritual?
GALILEI. — ¡Bondad espiritual! Tal vez usted quiera decir que ahí no queda nada,
que el vino se lo han vendido todo, que sus labios están resecos, ¡que se pongan
entonces a besar sotanas! ¿Y por qué no hay nada? ¿Porque el orden en este país
es sólo el orden de un arca vacía? ¿Porque la llamada necesidad significa
trabajar hasta reventar? ¡Y todo esto entre viñedos rebosantes, al borde de los
trigales! Sus campesinos de la Campagna son los que pagan las guerras que libra
en España y Alemania el representante del dulce Jesús. ¿Por qué sitúa él la
Tierra en el centro del Universo? Para que la silla de Pedro pueda ser el centro
de la Humanidad. Eso es todo. ¡Usted tiene razón cuando me dice que no se trata
de planetas sino de los campesinos de la Campagna! Y no me venga con la belleza
de fenómenos que el tiempo ha adornado. ¿Sabe usted cómo produce sus perlas la
ostra margaritífera? Encerrando con peligro de muerte un insoportable cuerpo
extraño, un grano de arena, por ejemplo, rodeándolo con su mucosa. La ostra da
casi su vida en el proceso. ¡Al diablo con la perla! Yo prefiero las ostras
sanas. Las virtudes no tienen por qué estar unidas a la miseria, mi amigo. Si su
gente viviera feliz y cómoda podrían [48] desarrollar las virtudes de la
felicidad y del bienestar. Ahora, en cambio, las virtudes de esos exhaustos
provienen de exhaustas campiñas y yo no las acepto. Señor, mis nuevas bombas de
agua pueden hacer más maravillas que todo ese ridículo trabajo sobrehumano. "Sed
fecundos y multiplicaos", porque los campos son infecundos y las guerras os
diezman. ¿Debo, acaso, mentir a esa, su gente?
EL PEQUEÑO MONJE (con gran emoción). — ¡Los más sagrados motivos son los que nos
obligan a callarnos! ¡Es la tranquilidad espiritual de los desdichados!
GALILEI. — ¿Quiere usted ver un reloj labrado por Cellini que esta mañana
entregó aquí el cochero del Cardenal Belarmino? Amigo mío, en recompensa de que
yo, por ejemplo, deje a sus padres la tranquilidad espiritual, las autoridades
me ofrecen el vino de las uvas que sus padres pisan en los lagares, con
sudorosos rostros, creados a imagen y semejanza de Dios. Si yo aceptara callarme
sería, sin duda alguna, por motivos bien bajos: vida holgada, sin persecuciones,
etcétera.
EL PEQUEÑO MONJE. — Señor Galilei, yo soy sacerdote.
GALILEI. — Pero también es físico. Y, por consiguiente, ve que Venus tiene
fases. Ven, mira allá. (Señala algo a través de la ventana.) ¿Ves allí en la
fuente ésa, cerca del laurel, al pequeño Príapo? ¡El dios de los jardines, de
los pájaros y de los ladrones, el obsceno y grosero con dos mil años encima! Él
mintió menos, pero no hablemos de eso. Bien, yo también soy un hijo de la
Iglesia. ¿Conoce usted la octava sátira de Horacio? Las estoy leyendo de nuevo
en estos días. Horacio equilibra un poco. (Toma un pequeño libro.) Aquí hace
hablar a ese Príapo, una pequeña estatua que se encontraba en los jardines
esquilinos. Así comienza:
"Fui un día inútil tronco de higuera,
un carpintero qué hacer de mí dudó,
si un banco o un Príapo de madera
cuando al fin por el Dios se decidió".
¿Cree usted que Horacio hubiera renunciado a poner un banco en la poesía
reemplazándolo por una mesa? Señor, mi sentido de la belleza sufriría si en mi
imagen del mundo hubiera una Venus sin fases. Nosotros no podemos inventar
maquinarias para elevar el agua de los ríos si no nos dejan estudiar la
maquinaria más grande de todas, la que está frente a nuestros ojos, ¡la
maquinaria de los cuerpos celestes! La suma de los ángulos del triángulo no
puede ser cambiada según las necesidades de la curia. No puedo calcular la
trayectoria de los cuerpos estelares y al mismo tiempo justificar las cabalgatas
de las brujas sobre sus escobas.
EL PEQUEÑO MONJE. — ¿Y usted no cree que la verdad, si es tal, se impone también
sin nosotros?
GALILEI. — No, no y no. Se impone tanta verdad en la medida en que nosotros la
impongamos. La victoria de la razón sólo puede ser la victoria de los que
razonan. Vosotros pintáis a vuestros campesinos como el musgo que crece sobre
sus chozas. ¡Quién puede suponer que la suma de los [49] ángulos del triángulo
puede contradecir las necesidades de esos desgraciados! Eso sí, que si de una
vez por todas no despiertan y aprenden a pensar, ni las mejores obras de regadío
les van a servir de algo. ¡Qué diablos!, yo veo su divina paciencia, pero ¿qué
se ha hecho de su divino furor?
EL PEQUEÑO MONJE.— ¡Están cansados!
GALILEI (le arroja un paquete con manuscritos). — ¿Eres, acaso, un físico, hijo
mío? Aquí están las razones por qué los mares se mueven en flujo y reflujo.
¡Pero tú no debes leerlo, entiendes! ¿Ah, no? ¿Lo lees ya? ¿Eres, acaso, un
físico? (El pequeño monje se ha enfrascado en los papeles.) Una manzana del
árbol de la ciencia del bien y del mal: éste ya se la está engullendo. ¡Está ya
maldito eternamente, pero igual se la engulle, desgraciado, glotón! A veces
pienso: me hago encerrar en una mazmorra a diez brazas bajo tierra a la que no
llegue más la luz, si en pago averiguo lo que es la luz. Y lo peor: lo que sé
tengo que divulgarlo. Como un amante, como un borracho, como un traidor. Es
realmente un vicio que nos guía a la desgracia. ¿Cuánto tiempo podré seguir
gritando a las paredes? Esa es la pregunta.
EL PEQUEÑO MONJE (muestra un párrafo en los papeles). — Esta parte no la
entiendo.
GALILEI. — Te la explico, te la explico.
9.
EL ADVENIMIENTO DE UN NUEVO PAPA, QUE ES TAMBIÉN CIENTÍFICO, ALIENTA A GALILEI A
PROSEGUIR CON SUS INVESTIGACIONES SOBRE LA MATERIA PROHIBIDA, LUEGO DE OCHO AÑOS
DE SILENCIO. LAS MANCHAS SOLARES
(Casa de Galilei en Florencia. Sus discípulos FEDERZONI, EL PEQUEÑO MONJE y
ANDREA SARTI —que ha dejado de ser niño— están reunidos en una lección
experimental. GALILEI, de pie, lee un libro. VIRGINIA y la SARTI cosen ropa para
la boda.,)
ANDREA (lee en una pizarra). — "Jueves a la tarde. Cuerpos flotantes." Otra vez
hielo, cubo con agua; balanza; aguja de hierro; Aristóteles. (Busca los objetos.
Los otros consultan libros.)
VIRGINIA. — Coser ropa de ajuar siempre se hace con ganas. Éste es para una mesa
larga. Ludovico gusta tener huéspedes. Pero debe estar bien hecho porque su
madre ve hasta el último hilo. Ella no está de acuerdo con los libros de papá.
Tan poco como el padre Cristóforo.
SEÑORA SARTI. — Desde hace años que no escribe libros.
VIRGINIA. — Creo que él se dio cuenta de su equivocación. En Roma, un alto
clérigo me explicó mucho de astronomía. Las distancias son muy grandes. (Entra
Filippo Mucius, un [50] erudito de mediana edad. Presenta un aspecto algo
trastornado.)
Mucius. — ¿Puede decirle al señor Galilei que debe recibirme? Me condena sin
haberme escuchado.
SEÑORA SAETÍ. — Es que él no quiere recibirlo.
Mucius. — Dios la premiará si le ruega... ¡Yo debo hablar con él!
VIRGINIA (va hacia la escalera). — ¡Padre!
GALILEI. — ¿Qué pasa?
VIRGINIA. — El señor Mucius.
GALILEI (va a la escalera, áspero, sus alumnos detrás). — ¿Qué desea usted?
Mucius. — Señor Galilei, le ruego me permita mostrarle los párrafos en mi libro
donde parece haber una reprobación de la teoría de Copérnico sobre el movimiento
de la Tierra. Yo he...
GALILEI. — ¿Qué quiere mostrarme? Usted coincide exactamente con el Decreto de
la Congregación, está totalmente en su derecho. Si bien estudió matemáticas
aquí, eso no nos da derecho a oír de usted que dos por dos son cuatro. Pero, en
cambio, tiene derecho a decir que esta piedra (Saca una pequeña piedra del
bolsillo y la tira al vestíbulo.) acaba de volar hacia arriba, al techo. ¡No me
hable usted de dificultades! Yo no me acobardé por la peste y continué con mis
apuntes. Y le digo: quien no sabe la verdad sólo es un estúpido, pero quien la
sabe y la llama mentira, es un criminal. ¡Retírese de mi casa!
Mucius (apagado). — Tiene razón. (Sale. Galilei vuelve a su gabinete de
trabajo.)
FEDERZONI. — Por desgracia es así. No es ningún genio y no valdría nada si no
fuera su alumno. Pero ahora, por supuesto, todos dicen: él oyó todo lo que puede
enseñar Galilei y debe reconocer que es todo falso.
SEÑORA SARTI. — Me da lástima ese señor.
VIRGINIA. — ¡Papá le apreciaba tanto!
SEÑORA SARTI. — Yo quisiera hablar contigo sobre tu casamiento, Virginia. Eres
todavía muy joven, no tienes madre y tu padre se lo pasa poniendo trozos de
hielo en el agua. Pero, de todos modos, te aconsejaría que no le preguntaras
nada a él referente a tu matrimonio porque se lo pasaría una semana entera, en
la mesa y cuando están esos jóvenes, diciendo las cosas más horribles. No tiene
ni siquiera medio escudo de pudor. Nunca lo tuvo. No quiero hablarte ahora de
estas cosas sino simplemente cómo será el futuro. Yo tampoco sé mucho, soy una
persona sin instrucción, pero en un asunto así, tan serio, no se va a ciegas.
Por eso deberías ir a un verdadero astrónomo, en la Universidad, para que te lea
el horóscopo y sepas bien a qué atenerte. ¿Por qué ríes?
VIRGINIA. — Porque ya estuve allí.
SEÑORA SARTI (muy curiosa)—¿Y qué te dijo?
VIRGINIA. — Tres meses tengo que estar precavida porque el sol está en
Capricornio, pero luego recibiré un magnífico ascendiente y las nubes se
disiparán. Si no pierdo de [51] vista a Júpiter, podré realizar cualquier clase
de viajes porque soy un Escorpio.
SEÑORA SARTI. — ¿Y Ludovico?
VIRGINIA. — Es un Leo. (Después de una pequeña pausa.) Parece que es sensual.
(Pausa.) Esos pasos los conozco bien. Son del Rector, señor Gaffone. (Entra el
señor Gaffone, Rector de la Universidad.)
GAFFONE. — Traigo solamente un libro que puede, tal vez, interesarle a su padre.
Pero les ruego, por amor de Dios, no molestar al señor Galilei. Ustedes
perdonarán, pero siempre tengo la impresión que cada minuto que se roba a ese
gran hombre, se roba a la misma Italia. Les dejo el libro cuidadosamente en sus
manos y me marcho en puntas de pie. (Se va. Virginia da el libro a Federzoni.)
GALILEI. — ¿De qué se trata?
FEDERZON. — No sé. (Deletrea.) "De maculis in sole".
ANDREA. — Sobre las manchas solares. ¡Otro más! (Federzoni se lo alcanza,
enfadado.)
ANDREA. — Oye la dedicatoria: "A la más grande autoridad viviente de la física,
Galileo Galilei". (Galileo se ha puesto de nuevo a leer.) He leído el tratado de
Fabricio de Osteel sobre las manchas. Cree que son enjambres de estrellas que
desfilan entre la Tierra y el Sol.
EL PEQUEÑO MONJE. — ¿No es poco probable eso, señor Galilei? (Galilei no
contesta.)
ANDREA. — En París y Praga creen que son vapores del Sol.
FEDERZONI. — Hum.
ANDREA. — Federzoni lo duda.
FEDERZONI. — No me metas, por favor. Yo he dicho: hum, eso es todo. Yo soy el
pulidor de lentes. Yo pulo lentes y vosotros miráis por ellas observando el
cielo, y lo que veis no son manchas sino "maculis". ¿Cómo puedo yo dudar de
algo? ¡Cuántas veces os voy a repetir que no puedo leer los libros porque están
en latín! (Gesticula con rabia con la balanza. Un platillo cae al suelo. Galilei
va hasta allí y lo levanta en silencio.)
EL PEQUEÑO MONJE. — Ahí se encuentra felicidad en la duda. Me pregunto por qué.
ANDREA. — Desde hace dos semanas todos los días de sol subo hasta la buhardilla,
debajo del tejado. A través de los intersticios de las tejas se cuela un delgado
rayo y así se puede tomar la imagen invertida del Sol sobre una hoja de papel.
Tuve oportunidad de ver una mancha, grande como una mosca, borrosa como una
nubecilla. Y la mancha cambiaba de lugar. ¿Por qué no investigamos las manchas,
señor Galilei?
GALILEI. — Porque estamos trabajando sobre los cuerpos que flotan.
ANDREA. — Mi madre tiene cestos llenos de cartas. Toda Europa pregunta por su
opinión. Su prestigio ha crecido tanto que ya no puede callar más.
GALILEI. — Roma ha hecho crecer mi prestigio porque he callado. [52]
FEDERZONI. — Pero ahora usted no se puede permitir más ese silencio.
GALILEI. — Tampoco puedo permitir que se me tueste al fuego como un jamón.
ANDREA. — ¿Piensa usted, entonces, que las manchas tienen algo que ver con aquel
asunto? (Galilei no responde.) Bien, conformémonos con los trozos de hielo, eso
no le puede hacer daño.
GALILEI. — Exactamente. Nuestra tesis, Andrea.
ANDREA. — En lo que corresponde a la flotación diremos que no depende de la
forma de un cuerpo sino de que éste sea más liviano o más pesado que el agua.
GALILEI. — ¿Qué dice Aristóteles?
EL PEQUEÑO MONJE. — "Una lámina de hielo ancha y plana es capaz de flotar en el
agua mientras una aguja de hierro se sumerge".
GALILEI. — ¿Por qué para ese Aristóteles el hielo no se hunde?
EL PEQUEÑO MONJE. — Porque es ancho y plano, de modo que no es capaz de partir
el agua.
GALILEI. — Bien. (Toma un trozo de hielo y lo pone en el cubo.) Ahora comprimo
el hielo con fuerza contra el fondo de la vasija, aleja la presión de mis manos
y ¿qué sucede?
EL PEQUEÑO MONJE. — Sube de nuevo a la superficie.
GALILEI. — Exacto. Al parecer es capaz de partir el agua hacia arriba. Fulganzio.
EL PEQUEÑO MONJE. — Pero, ¿por qué razón flota? El hielo es más pesado que el
agua, porque es agua solidificada.
GALILEI. — ¿Y qué te parece si fuera agua diluida?
ANDREA. — Tiene que ser más liviano que el agua, si no, no podría flotar.
GALILEI.—Ajá.
ANDREA. — Lo mismo que no puede flotar una aguja de hierro. Todo lo que es más
liviano que el agua, flota. Y todo lo que es más pesado, se hunde. Que era lo
que se quería demostrar.
GALILEI. — No, Andrea. Dame la aguja de hierro. Dime: ¿el hierro es más pesado
que el agua?
ANDREA. — Sí. (Galilei pone la aguja sobre una hoja de papel y la coloca sobre
el agua. Pausa.)
GALILEI. — Andrea, tienes que aprender a pensar con precaución. ¿Qué sucede?
FEDERZONI. — La aguja flota. ¡Oh, San Aristóteles! ¡A él sí que ellos nunca lo
examinaron! (Ríen.)
GALILEI. — El sabio engreimiento es una de las principales causas de la pobreza
en las ciencias. Su fin no es abrir una puerta a la infinita sabiduría sino
poner un límite al infinito error. Tomad nota.
VIRGINIA. — ¿Qué pasa?
SEÑORA SARTI. — Cada vez que ellos ríen me llevo un pequeño susto. ¿De qué
reirán?, me pregunto.
VIRGINIA. — Papá dice: los teólogos tienen sus toques de campana y los físicos
tienen sus risas. [53]
SEÑORA SARTI. — Pero estoy contenta de que, por lo menos, ya no mira tanto por
ese tubo. Eso era peor todavía.
VIRGINIA. — Ahora sólo coloca trocitos de hielo sobre el agua, de ahí no pueden
salir cosas malas.
SEÑORA SARTI. — No sé. (Entra Ludovico Marsili con ropa de viaje, seguido por un
sirviente que carga algunas piezas de equipaje. Virginia corre a su encuentro y
lo abraza.)
VIRGINIA. — ¿Por qué no me escribiste que ibas a venir?
LUDOVICO. — Vine hasta las cercanías a inspeccionar nuestros viñedos en Bucciole
y no pude dejar de acercarme hasta aquí.
GALILEI (como miope). — ¿Quién es éste?
EL PEQUEÑO MONJE. — Ludovico. ¿Qué, no lo distingue?
GALILEI. — ¡Oh, sí, Ludovico! (Va a su encuentro.) ¿Qué tal las caballos?
LUDOVICO. — Están bien, señor.
GALILEI. — Sarti, hay que festejar esto. Trae una jarra del vino siciliano, del
añejo. (La Sarti se va con Andrea.)
LUDOVICO (a Virginia). — Te encuentro pálida. La vida en el campo te hará bien.
Mi madre te espera en septiembre.
VIRGINIA. — Aguarda, te mostraré el vestido. (Sale corriendo.)
LUDOVICO. — He oído decir que tiene usted más de mil estudiantes en sus cursos
de la Universidad, señor. ¿En qué trabaja actualmente?
GALILEI. — Lo de todos los días. ¿Pasaste por Roma al venir?
LUDOVICO. — Sí. Antes de olvidarme: mi madre le envía sus plácemes por su
admirable tacto en vista de la nueva orgía de los holandeses con las manchas
solares.
GALILEI (seco). — Muchas gracias. (La Sarti y Andrea traen vino y vasos. Todos
se agrupan en torno a la mesa.)
LUDOVICO. — Roma tiene ya su novedad para febrero. Cristóforo Clavius expresó su
temor de que todo el circo ese de las vueltas de la Tierra alrededor del Sol
podía comenzar nuevamente por las manchas solares.
ANDREA. — No hay por qué preocuparse.
GALILEI. — ¿Hay alguna otra novedad de la Ciudad Santa que no sean esperanzas de
nuevos pecados por mi parte?
LUDOVICO. — Vosotros debéis saber seguramente que el Santo Padre está moribundo.
EL PEQUEÑO MONJE. — ¡Oh!
GALILEI. — ¿De quién se habla como sucesor?
LUDOVICO. — La mayoría, de Barberini.
GALILEI. — Barberini.
ANDREA. — El señor Galilei conoce a Barberini.
EL PEQUEÑO MONJE. — El Cardenal Barberini es matemático.
FEDERZONI. — ¡Un hombre de ciencia en la Santa Sede! (Pausa.)
GALILEI. — Parece que ahora necesitan hombres que hayan leído un poco de
matemáticas, como Barberini. Las cosas se empiezan a mover. Federzoni, todavía
viviremos una época en la que no se necesitará temer como delincuentes [54]
cuando se diga: dos por dos son cuatro. (A Ludovico.) Este vino me gusta,
Ludovico. ¿Qué te parece?
LUDOVICO. — Es bueno.
GALILEI. — Conozco el viñedo, la pendiente es escarpada y rocosa, la uva es casi
azul. Yo adoro este vino.
LUDOVICO. — Sí, señor.
GALILEI. — Tiene sus pequeños defectos, y es casi dulce pero nada más que casi.
Andrea, guarda todo eso: hielo, cubo y aguja. Yo estimo los consuelos de la
carne. No tengo ninguna paciencia con las almas cobardes que luego hablan de
debilidades. Yo digo: gozar es un mérito.
EL PEQUEÑO MONJE. — ¿Qué desea hacer?
FEDERZONI. — Comenzaremos de nuevo con ese circo de las vueltas de la Tierra
alrededor del Sol.
ANDREA (tararea). —
Las Escrituras refieren que no se mueve
y los doctores demuestran que ella está quieta,
la cola del mundo coger el Papa debe,
pero igual se mueve nuestro inmóvil planeta.
(Andrea, Federzoni y el pequeño monje se dirigen rápidamente a la mesa de
experimentos y guardan los objetos.) Tal vez podríamos descubrir que el Sol
también se mueve. ¿Cómo le caería eso, Marsili?
LUDOVICO. — ¿Por qué tanta excitación?
SEÑORA SARTI. — ¡No creo que usted, señor Galilei, quiera comenzar de nuevo con
esas cosas del diablo!
GALILEI. — Ahora sé por qué tu madre te mandó a verme. ¡Barberini en el trono
papal! El saber será una pasión y la investigación, una voluptuosidad. Clavius
tiene razón, esas manchas solares me interesan. ¿Te agrada mi vino, Ludovico?
LUDOVICO. — Ya le dije, señor.
GALILEI. — ¿Pero te gusta realmente?
LUDOVICO (tieso). — Sí, me gusta.
GALILEI. — ¿Serías capaz de aceptar el vino o la hija de un hombre sin exigir
que ese hombre renuncie a su profesión? ¿Qué tiene que ver mi astronomía con mi
hija? Las fases de Venus no le alteran sus asentaderas.
SEÑORA SARTI. — No sea tan ordinario. En seguida busco a Virginia.
LUDOVICO (la detiene). — Los matrimonios en familias como la mía no se realizan
sólo por razones sexuales.
GALILEI. — ¿Es que no te han permitido durante ocho años casarte con mi hija
mientras yo no absolviera mi tiempo de prueba?
LUDOVICO. — Mi mujer tendrá también que hacer una buena figura en el banco de la
iglesia de nuestro pueblo.
GALILEI. — Ah, ¿tú quieres decir que tus campesinos harán depender el pago de
los arrendamientos de la santidad de su ama?
LUDOVICO. — En cierto modo, sí.
GALILEI. — Andrea, Federzoni, traed el espejo de latón y la pantalla. En ella
haremos caer la imagen del Sol, para cuidar nuestros ojos, es tu método, Andrea.
(Andrea se va.) [55]
LUDOVICO. — Usted una vez afirmó en Roma que nunca más se mezclaría con ese
asunto de las vueltas de la Tierra alrededor del Sol, señor.
GALILEI. — Bah, en aquel tiempo teníamos un Papa retrógrado.
SEÑORA SARTI. — Teníamos, dice y todavía el Santo Padre está en vida.
GALILEI. — Casi, casi. Dibujaremos una red de meridianos y paralelos en la
imagen del Sol y procederemos metódicamente. Y luego podremos contestar algunas
cartas. ¿Qué te parece, Andrea?
SEÑORA SARTI. — Ahora dice "casi, casi". Cincuenta veces pesa el hombre sus
trocitos de hielo, pero cuando le conviene entonces sí que cree ciegamente. (La
pantalla es colocada.)
LUDOVICO. — Si su Santidad llega a morir, señor Galilei, el próximo Papa —sea
quien fuere y así sea grande su estima por las ciencias— tendrá que tener en
cuenta el gran amor que le profesan las mejores familias del país.
EL PEQUEÑO MONJE. — Dios creó el mundo físico, Ludovico; Dios hizo la mente
humana; Dios permitirá también las ciencias físicas.
SEÑORA SARTI. — Galilei, ahora quiero decirte algo. Yo he visto caer en pecado a
mi hijo por esos "experimentos" y "teorías" y "observaciones" y no pude hacer
nada contra eso. Tú te has levantado ya contra la superioridad y ellos te han
advertido una vez. Los más altos cardenales han intervenido en ti como si fueses
un caballo enfermo. Eso hizo efecto por un tiempo, pero hace dos meses, pocos
días después de la Inmaculada Concepción, te volví a sorprender cuando volviste
a comenzar secretamente con esas "observaciones". ¡En la buhardilla! Yo no hablé
mucho pero en seguida me di cuenta. Corrí a prenderle una vela a San José. ¡Es
superior a mis fuerzas! Cuando estoy sola contigo, das muestras de sensatez y me
dices que tú sabes que tienes que comportarte con cordura porque es peligroso,
pero dos días más tarde: ¡experimentos! Y de nuevo estamos en las mismas. Si yo
pierdo mi salvación eterna por ser fiel a un hereje, vaya y pase, ¡pero tú no
tienes derecho de pisotear la felicidad de tu hija con tus enormes pies!
GALILEI (gruñón). — ¡Venga ese telescopio!
LUDOVICO. — Giuseppe, lleva el equipaje de vuelta al coche. (El sirviente sale.)
SEÑORA SARTI. — Esto no lo soportará. ¡Dígaselo usted mismo! (Sale corriendo, la
jarra todavía en la mano.)
LUDOVICO. — Señor Galilei, mi madre y yo vivimos nueve meses del año en nuestras
posesiones en la Campagna y podemos asegurarle que nuestros campesinos no se
inquietan por sus tratados sobre los satélites de Júpiter. El trabajo de la
labranza es demasiado pesado. Pero si llegaran a saber que algunos frívolos
ataques a la sagrada doctrina de la Iglesia quedan de ahora en adelante sin ser
castigados, eso sí que los perturbaría. No olvide usted que esos dignos de
lástima, en su embrutecimiento, podrían llegar a revol[56]verlo todo. Son
realmente animales, usted no puede imaginarlo. En cuanto oyen el rumor de que en
un manzano cuelga una pera ya abandonan todos el trabajo para ir a parlotear.
GALILEI (interesado). — ¿Sí?
LUDOVICO. — Bestias. Cuando se acercan a la finca a protestar por cualquier
pequeñez, mi madre se ve en la obligación de hacer azotar a un perro delante de
sus ojos, porque sólo eso les hace recordar lo que debe ser disciplina, orden y
cortesía. Usted, señor Galilei, ve de cuando en cuando los florecientes
maizales; usted come distraído nuestros quesos y nuestras aceitunas, sin tener
la menor idea cuánto esfuerzo cuesta producir eso, ¡cuánta vigilancia!
GALILEI. — Joven amigo, yo no como distraído mis aceitunas. (Grosero) me estás
haciendo perder el tiempo. (Grita hacia arriba) ¿Está lista esa pantalla?
ANDREA. — Sí, ¿viene pues?
GALILEI. — ¿Vosotros no azotáis sólo a los perros para mantener la disciplina,
verdad, Marsili?
LUDOVICO. — Señor Galilei, usted tiene una mente maravillosa. Lástima.
EL PEQUEÑO MONJE (sorprendido). — ¡Lo está amenazando!
GALILEI. — Sí, yo podría alborotar a sus campesinos al inducirlos a pensar. Y a
su servidumbre, y a los capataces.
FEDERZONI. — ¿Cómo? Si ninguno de ellos lee el latín.
GALILEI. — Podría escribir en florentino para muchos, y no en latín para pocos.
Necesitamos gente que trabaje con las manos para los nuevos pensamientos. ¿Quién
si no desea saber las causas de todas las cosas? Los que sólo ven el pan sobre
la mesa, esos no quieren saber cómo fue amasado. La chusma agradece antes a Dios
que al panadero. Pero los que hacen el pan comprenderán que nada se mueve sin
alguna causa que origine ese movimiento. Tu hermana, Fulganzio, en el lagar de
aceite, no se sorprenderá sino que se reirá cuando oiga que el Sol no es un
escudo dorado de la nobleza sino una palanca: la Tierra se mueve porque el Sol
la mueve.
LUDOVICO. — Por lo que veo, usted ha tomado su decisión. Así será siempre el
esclavo de su pasión. Dispénseme usted ante Virginia. Creo que es mejor que ya
no la vea.
GALILEI. — La dote queda siempre a su disposición.
LUDOVICO. — Buenas tardes. (Se va.)
ANDREA. — ¡Con saludos nuestros para todos los Marsili!
FEDERZONI. — ¡Esos que ordenan a la Tierra quedarse quieta para que no se les
vengan abajo los castillos!
ANDREA. — ¡Para los Cenzi y los Villani!
FEDERZONI. — ¡Y los Cervilli!
ANDREA. — ¡Y los Lecchi!
FEDERZONI. — ¡Y los Pirleoni!
ANDREA. — ¡Que sólo quieren besar los pies al Papa cuando pisotea al pueblo!
EL PEQUEÑO MONJE (también junto a los aparatos). — El nuevo Papa será un hombre
ilustrado. [57]
GALILEI. — Empecemos con la observación de estas manchas en el Sol que nos
interesan, pero a riesgo propio, sin contar muchos con la protección de un nuevo
Papa.
ANDREA (interrumpiendo). — Pero con toda la seguridad de demostrar la falsedad
de las sombras estelares del señor Fabricio y de los vapores solares de Praga y
París y de demostrar la rotación del Sol...
GALILEI. — Y con alguna seguridad de demostrar la rotación del Sol. Mi intención
no es demostrar que yo he tenido razón hasta ahora sino buscar si estoy
verdaderamente en lo cierto. Y os digo: despojaos de todas vuestras esperanzas
los que ahora comenzáis con las observaciones. Tal vez sean vapores, tal vez
sean manchas, pero antes de que nosotros las aceptemos como manchas —lo cual
sería muy oportuno— las consideraremos colas de peces. Sí, antes de comenzar
volveremos a poner todo en duda. Y no andaremos con botas de siete leguas sino
milímetro por milímetro. Y lo que hoy encontraremos, mañana lo borraremos de la
pizarra y cuando volvamos a encontrar lo mismo entonces sí que lo anotaremos. Si
encontramos algo que corresponde a lo que deseábamos hallar, lo miraremos con
especial desconfianza. Nos pondremos a observar el Sol con el decidido propósito
de demostrar la inmovilidad de la Tierra. Y cuando fracasemos en esa empresa,
cuando seamos derrotados por completo y sin esperanza, y estemos lamiendo
nuestras heridas en el más lamentable de los estados, entonces sí que
comenzaremos a preguntarnos si en verdad no habíamos tenido razón antes, es
decir, que la Tierra se mueve. (Con un guiño.) Pero si cualquier otra hipótesis
como esa se deshace entre nuestras manos, entonces sí que no tendremos compasión
con aquellos que nada han investigado pero que hablan. ¡Quita el paño del
anteojo y enfoca el Sol! (Él coloca el espejo de latón.)
EL PEQUEÑO MONJE. — Yo sabía que usted había ya comenzado con el trabajo. Me di
cuenta cuando no reconoció al señor Marsili. (Comienzan a trabajar en silencio.
Cuando la resplandeciente imagen del Sol aparece en la pantalla, llega Virginia
corriendo vestida de novia.)
VIRGINIA — ¿Lo has echado, padre? (Se desmaya. Andrea y el pequeño monje se
apresuran a auxiliarla.)
GALILEI. — Yo tengo que saberlo. [58]
10.
EN EL DECENIO SIGUIENTE, LAS TEORÍAS DE GALILEI SE DIFUNDEN EN EL PUEBLO.
PANFLETISTAS Y CANTORES DE BALADAS RECOGEN LAS NUEVAS IDEAS POR TODOS LADOS. EN
EL CARNAVAL DE 1632, MUCHAS CIUDADES ELIGEN A LA ASTRONOMÍA COMO MOTIVO PARA LAS
COMPARSAS DE SUS GREMIOS
(Una pareja de comediantes semihambrientos, con una chiquilla de cinco años y un
niño de pecho, llegan a una plaza donde un gentío, en parte disfrazado, espera
el desfile de carnaval. Los dos arrastran atados de ropa, un tambor y otros
utensilios.)
EL CANTOR DE BALADAS (con redobles de tambor). — ¡Honorables vecinos, damas y
caballeros! Antes de que comiencen a desfilar las comparsas de los gremios en
esta noche de carnaval, ejecutaremos la última canción florentina que todo el
norte de Italia canta y que nosotros hemos importado hasta aquí a pesar de los
enormes costos! Se titula "La horrible teoría y dictamen del señor físico real
don Galileo Galilei" o "Una prueba de lo que vendrá". (Canta:)
El Todopoderoso con don creador
dar vueltas a la tierra al sol ordenó
y una lámpara grande a su vientre colgó
para que girara como un buen servidor.
Porque era su deseo más ferviente
que en torno al señor rodara el sirviente.
Y así comenzaron los menesterosos tras los poderosos,
los traseros tras los delanteros,
así en la tierra como en el cielo.
Y en torno al Papa los cardenales.
Y en torno al Cardenal los arzobispos.
Y en torno al Obispo los tribunales.
Y en torno al Tribunal los secretarios.
Y en torno al secretario los artesanos,
y en torno al artesano los servidores.
Y en torno al servidor los ganapanes, las gallinas, los pobretes y los canes.
Éste es, distinguido público, el orden consumado, ordo ordinum, como dicen los
señores teólogos: regula aeternis, la regla de las reglas. ¿Pero qué sucedió,
apreciado público? (Canta:)
Y ahí viene el doctor Galilei
(tira la Biblia, sacude su anteojo,
y lo dirige al gran universo)
ordena al astro rey detenerse
porque toda la inmóvil creatio dei [59]
debe dar vueltas, girar y moverse,
correrá entonces la rica señora
y el aya actuará de espectadora.
¿Qué decís de esto? es tremendo, pero no hay broma. La servidumbre cada día está
más insolente, pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma: ¿quién no
sueña con ser su propio señor para siempre?
El criado, holgazán; la criada, fresca.
El perro del matarife engordará.
El monaguillo marchará a la pesca.
El aprendiz en la cama quedará.
¡No, no, no! Con la Biblia, señores, no hagáis bromas, ¡al cogote del gañán la
cuerda bien resistente! Pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma:
¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre? Mis buenos vecinos: mirad
un poco en ese futuro que anuncia el doctor Galileo Galilei:
Dos amas de casa en el mercado
no se explicaban lo que veían:
la pescadera cogió un pescado
y sola, con pan se lo comía.
El albañil, los hoyos ya cavados,
busca la piedra y mampostería
del señor y ya todo terminado
se mete adentro con sabiduría.
¡Oh! ¿Es posible esto? No, no, no, aquí no hay broma, ¡al cogote del gañán la
cuerda bien resistente! Pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma:
¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre?
El campesino pega en el trasero
a su señor sin consideración.
Y ahora, la leche que daba al clero
sus niños beberán con fruición.
¡No, no, no! Con la Biblia, señores, no hagáis bromas, ¡al cogote del gañán la
cuerda bien resistente! Pero una cosa es cierta, hablemos en nuestro idioma:
¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre?
LA MUJER. —
En el pecado caí
y a mi marido dejé
por ver si un astro fijo
encontraba por ahí.
EL CANTOR DE BALADAS.—
¡No, no, no, Galilei, no, no! Termina la broma, Atended:
el perro sin bozal muerde a la gente.
Pero una cosa es cierta y bien lo sabe Roma:
¿quién no sueña con ser su propio señor hoy y siempre?
AMBOS. —
Los que en la tierra sufrís, ¡ay!
Reuníos todos juntos
y aprended de Galilei
a poner la raya y punto
a lo que ya es suficiente
¿quién no sueña con ser su propio señor para siempre? [60]
EL CANTOR DE BALADAS. — Vecinos, mirad el fenomenal descubrimiento de Galileo
Galilei. ¡La tierra gira alrededor del sol! (Bate fuertemente el tambor. La
mujer y la chiquilla se adelantan. La mujer sostiene un tosco dibujo del sol. La
chiquilla con una calabaza en la cabeza —imagen de la tierra— da vueltas
alrededor de la mujer. El cantor indica con grandes gestos a la chiquilla, como
si ésta fuera a realizar un peligroso salto mortal, ya que camina hacia atrás,
al compás de los redobles del tambor. Luego, se oyen desde atrás otros
tambores.)
UNA VOZ PROFUNDA. — ¡Las comparsas! (Entran dos hombres con harapos, tirando un
pequeño carro. Sobre el mismo está sentado, en un ridículo trono, una figura con
una corona de cartón y vestida de arpillera que espía por un telescopio. Sobre
el trono, un letrero: "Buscad el disgusto". Más atrás vienen cuatro hombres
enmascarados que llevan un gran lienzo, donde paran y arrojan un muñeco que
representa un cardenal. Un enano se ha colocado a un lado con un letrero: "La
nueva era". De la multitud sale un pordiosero que levanta en alto sus muletas y
se pone a bailar pataleando en el suelo hasta que cae con gran ruido. Luego,
entra un enorme muñeco que hace reverencias al público: Galileo Galilei. Delante
de él un niño con una enorme Biblia abierta, con las páginas tachadas.)
EL CANTOR DE BALADAS. — ¡Galileo, el triturador de la Biblia!
11.
1633: EL FAMOSO INVESTIGADOR RECIBE ORDEN DE LA INQUISICIÓN DE TRASLADARSE A
ROMA
(Antesala y escalera en el palacio de los Médici en Florencia. Galilei y su hija
aguardan ser recibidos por el Gran Duque.)
VIRGINIA. — Es larga la espera.
GALILEI. — Sí.
VIRGINIA. — Ahí está de nuevo esa persona que nos siguió hasta aquí. (Señala a
un individuo que pasa de largo sin mirarla.)
GALILEI (cuyos ojos han sufrido). — No lo conozco.
VIRGINIA. — Pero yo sí, lo he visto muchas veces en les últimos días. Siento
miedo.
GALILEI. — ¡Pamplinas! Estamos en Florencia y no entre bandidos corsos.
VIRGINIA. — Ahí viene el Rector.
GALILEI. — A ese le temo. El estúpido me enredará de nuevo en una conversación
sin fin. (El señor Gaffone, Rector de la Universidad, viene bajando la escalera.
De pronto se asusta al ver a Galilei y pasa tieso delante de ellos la cabeza
contraída espasmódicamente hacia otro lado. Saluda con un movimiento de cabeza
apenas perceptible.) [61]
GALILEI. — ¿Qué le pasa a éste? Mis ojos están hoy de nuevo mal. Pero, ¿saludó
por lo menos?
VIRGINIA. — Apenas. ¿Qué has escrito en tu libro? ¿Es posible que lo consideren
hereje?
GALILEI. — Tú estás muy metida con la Iglesia. El madrugar y el correr a la misa
te estropea la tez. Rezas por mí, ¿verdad?
VIRGINIA. — Ahí está el señor Vanni, el fundidor, para quien tú proyectaste
aquella planta de fundición. (Por la escalera ha bajado un hombre.)
VANNI. — ¿Le gustaron las codornices que le envié, señor Galilei? Arriba estaban
hablando de usted. Se lo hace responsable por los panfletos contra la Biblia que
hace unos días se vendían por todas partes.
GALILEI. — Las codornices eran excelentes. De nuevo, muchas gracias. De los
panfletos no sé nada. La Biblia y Homero son mis lecturas predilectas.
VANNI. — Y aunque no lo fueran, quisiera aprovechar la oportunidad para
asegurarle que nosotros, los de la manufactura, estamos con usted, Yo en verdad
no sé mucho de los movimientos de las estrellas, pero para mí usted es el hombre
que lucha por la libertad de enseñar nuevas cosas. Tomemos por ejemplo ese
cultivador mecánico de Alemania que usted me describió. En el último año
aparecieron sólo en Londres cinco tomos sobre agricultura. Aquí bien estaríamos
agradecidos por un libro sobre los canales holandeses. Los mismos círculos que
le ocasionan dificultades a usted son los que no permiten a los médicos de
Boloña abrir cadáveres para la investigación.
GALILEI. — Su idea conduce, Vanni.
VANNI. — Eso espero. ¿Sabe usted que Amsterdam y Londres tienen mercados
monetarios? Y escuelas profesionales también. Regularmente se editan diarios con
noticias. ¡Aquí ni tenemos la libertad de hacer dinero! ¡Se está en contra de
las fundiciones de hierro porque se cree que con muchos trabajadores en un lugar
se fomenta la inmoralidad. Yo me juego por hombres como usted. Señor Galilei, si
alguna vez llegaran a hacer algo contra su persona, recuerde que aquí tiene
amigos en todos los ramos del comercio. Con usted estarán todas las ciudades del
norte italiano, señor.
GALILEI. — Por lo que yo sé nadie tiene la intención de hacerme daño alguno.
VANNI. — ¿No?
GALILEI. — No.
VANNI. — Según mi opinión en Venecia estaría usted más seguro. Menos sotanas.
Desde allí sí que podría comenzar la lucha. Yo tengo una calesa de viaje y
caballos, señor.
GALILEI. — No puedo verme como fugitivo, aprecio mi comodidad.
VANNI. — Seguro, pero después de lo que acabo de oír allá arriba hay que darse
prisa. Tengo la impresión de que su presencia en Florencia no les es muy grata.
GALILEI. — Sandeces. El Gran Duque es mi alumno y [62] aparte de eso el Papa
mismo respondería con un furioso no a cualquier intento de ponerme una soga al
cuello.
VANNI. — Me parece que usted no sabe diferenciar bien sus amigos de sus
enemigos, señor Galilei.
GALILEI. — Yo sé distinguir potencia de impotencia. (Se aleja bruscamente.)
GALILEI (volviendo a Virginia). — Cada prójimo que tiene algo de qué quejarse me
elige como su representante, especialmente en lugares que no me son nada útiles.
He escrito un libro sobre la mecánica del universo, eso es todo. Lo que de allí
resulte, no me interesa nada.
VIRGINIA (en voz alta). — ¡Si la gente supiera con qué palabras juzgaste lo que
pasó por todas parte en el último carnaval!
GALILEI. — Sí. Da miel a un oso y perderás el brazo, cuando la bestia tiene
hambre.
VIRGINIA (por lo bajo). — ¿Pero te ha citado para hoy el Gran Duque?
GALILEI. — No. Pero me hice anunciar. Él quiere tener el libro, para eso me ha
pagado. Pesca algún funcionario y quéjate de que no nos atienden.
VIRGINIA (seguida por el individuo se dirige a hablar con un funcionario). —
Señor Mincio, ¿está enterada Su Alteza de que mi padre le desea hablar?
EL FUNCIONARIO. — ¡Qué sé yo!
VIRGINIA. — Eso no es una respuesta.
EL FUNCIONARIO. — ¿No?
VIRGINIA. — Usted tiene el deber de ser cortés. (El funcionario le da casi la
espalda y bosteza, mientras mira al individuo.)
VIRGINIA (de vuelta). — Él dice que el Gran Duque está todavía ocupado.
GALILEI. — Oí algo de "cortés". ¿Qué pasaba?
VIRGINIA. — Le agradecí por su cortés información. Eso fue todo. ¿No puedes
dejar el libro aquí? Pierdes mucho tiempo...
GALILEI. — Comienzo a preguntarme de qué vale todo este tiempo. Es posible que
acepte una invitación de Sagredo para ir a Padua por un par de semanas. Mi salud
no es de las mejores.
VIRGINIA. — Tú no podrías vivir sin tus libros.
GALILEI. — Algo del vino siciliano se podría llevar en el coche, en un cajón, o
en dos...
VIRGINIA. — Siempre dijiste que ese vino no aguanta el viaje. Por otra parte la
corte te debe todavía tres meses de sueldo, que no te lo van a mandar a Padua.
GALILEI. — Eso es cierto. (El Cardenal Inquisidor baja la escalera. Al pasar
hace una profunda reverencia frente a Galilei.)
VIRGINIA. — ¿Por qué está el Cardenal Inquisidor en Florencia, papá?
GALILEI. — No sé. Se comportó con respeto. Yo supe lo que hacía cuando regresé a
Florencia y callé durante ocho [63] años. Me han ponderado tanto que ahora me
tienen que aceptar tal como soy.
EL FUNCIONARIO (en voz alta). — ¡Su Alteza, el Gran Duque! (Cosme de Médici baja
por la escalera. Galilei sale a su encuentro. Cosme se detiene un tanto
desconcertado.)
GALILEI. — Quisiera presentar a Vuestra Alteza mis diálogos sobre los dos más
grandes sistemas universales.
COSME. — ¿Ah sí? ¿Cómo están sus ojos?
GALILEI. — No de lo mejor, Vuestra Alteza. Si Vuestra Alteza me permite, yo
escribí este libro...
COSME. — El estado de sus ojos me intranquiliza, realmente. Me intranquiliza.
Eso demuestra que usted tal vez emplea su magnífico anteojo con demasiado celo,
¿verdad? (Continúa su camino sin tomar el libro.)
VIRGINIA. — Padre, siento temor.
GALILEI. — ¿No tomó el libro, eh? (Apagado pero firme.) No demuestres debilidad.
De aquí no iremos a casa sino a Volpi, el cristalero. He quedado con él que en
patio de la taberna debe estar siempre listo un carro con toneles vacíos que me
pueda sacar de la ciudad.
VIRGINIA. — Tú sabías...
GALILEI. — No mires al individuo que nos sigue. (Quieren salir.)
UN ALTO FUNCIONARIO (baja la escalera). — Señor Galilei, tengo la misión de
llevar a su conocimiento que la corte florentina no está más en condiciones de
oponerse al deseo de la Santa Inquisión de interrogarlo, en Roma. El coche de la
Santa Inquisición lo espera, señor Galilei.
12.
EL PAPA
(Un aposento en el Vaticano. El Papa Urbano VIII, ex Cardenal Barberini, recibe
al Cardenal Inquisidor, siendo vestido durante la audiencia. Desde afuera, se
oye el paso furtivo de muchos pies.)
EL PAPA (en voz alta). — ¡No, he dicho que no!
EL INQUISIDOR. — ¿Entonces Vuestra Santidad quiere comunicar a los doctores de
todas la facultades, a los representantes de todas las Santas órdenes y del
clero, aquí reunidos, que las Escrituras no pueden valer más por verdaderas? A
ellos, que con su infantil creencia en el Verbo Divino han venido a escuchar de
Vuestra Santidad la confirmación de su fe?
EL PAPA. — ¡No ordenaré hacer trizas las tablas de cálculos! ¡No!
EL INQUISIDOR. — Esa gente dice que se trata de tablas de cálculos y no del
espíritu de la rebelión y de la duda. Pero no son las tablas de cálculos. En el
mundo ha sobrevenido una aterradora inquietud. Es la inquietud de sus propias
mentes que trasmiten a la inmóvil tierra. Ellos gritan: ¡los [64] números nos
obligan! Pero, ¿de dónde vienen sus números? Todos saben que vienen de la
incredulidad. Esos hombres dudan de todo. ¿Debemos acaso fundar la sociedad
humana en la duda y no más en la fe? "Tú eres mi señor pero yo dudo si eso esta
bien". "Esa es tú casa y tu mujer, pero yo dudo acaso no pueden ser los míos".
Por otra parte, el amor que profesa Vuestra Santidad por las artes, al que
debemos tantas hermosas colecciones, es pagado con comentarios injuriosos como
son los que se leen en los frentes de las casas de Roma. "Lo que los bárbaros
dejaron a Roma, se lo roban los Barberini". ¿Y en el extranjero? Dios decidió
someter a severas pruebas a nuestra Sede. La política de Vuestra Santidad en
España no es comprendida por los hombres de poco entedimiento, así como es
lamentado vuestro conflicto con el Emperador. Desde hace tres lustros Alemania
es una carnicería. La gente se acuchilla con citas de la Biblia en los labios. Y
ahora, que después de la peste, de la guerra y de la reforma sólo quedan algunos
puñados de la cristiandad, cunde por Europa el rumor que usted ha concertado con
la Suecia luterana una alianza secreta para debilitar al católico Emperador. Y
en ese momento, esos gusanos de matemáticos enfilan esos tubos al cielo y
comunican al mundo que usted está equivocado, aquí, en el único lugar que
todavía nadie le disputa. Uno se podría preguntar: ¿por qué tanto interés
repentino en una ciencia tan apartada como es la astronomía? ¿No es indiferente
acaso cómo giran esas esferas? Pero en toda Italia no hay ninguno, hasta el
último palafrenero, que no hable —por el mal ejemplo dado por ese florentino— de
las fases de Venus, y al mismo tiempo no deje de pensar en tantas de esas cosas
que se les señalan como indiscutibles en escuelas y otros lugares y que tan
incómodas son. ¿Qué pasaría si todos esos débiles a la carne e inclinados a
cualquier exceso creyesen sólo en la propia razón que ese loco define como la
única instancia? Ellos quisieran, ya que comenzaron a dudar si el sol se detuvo
en Gabaón, ejercitar sus dudas con la colecta. Desde que navegan —no tengo nada
en contra de ello— ponen su confianza en una esfera de latón que llaman el
compás, y no más en Dios. Ese Galilei ya de jovenzuelo escribió sobre las
máquinas. ¿Con máquinas quieren hacer milagros? ¿Qué clase de milagros? De todos
modos ya no necesitan más a Dios, pero, ¿qué clase de milagros serán esos? Por
ejemplo no deberá existir más un arriba y un abajo. Ellos no lo necesitan más.
Aristóteles es para ellos un perro muerto, pero de él citan esta frase: "Si la
lanzadera tejiera por sí sola y la púa tocara la cítara por sí misma, los
señores no necesitarían ya siervos ni maestros artesanos, operarios". Y ellos
piensan haber llegado ya a eso. El miserable sabe bien lo que hace cuando
publica sus trabajos de astronomía en el idioma de las pescaderas y de los
comerciantes de lana y no en latín.
EL PAPA. — Eso indica un gusto muy malo, ya se lo diré.
EL INQUISIDOR. — Él provoca a unos y corrompe a los otros. Las ciudades
marítimas del norte italiano exigen cada [65] vez con más insistencia para sus
buques los planisferios celestes del señor Galilei. Y tendremos que
permitírselos, son intereses materiales.
EL PAPA. — Pero esos planisferios se basan en sus opiniones heréticas. Se trata
precisamente de los movimientos de esas estrellas, que no tendrían lugar si se
rechaza la teoría. No se puede condenar a la teoría y utilizar los planisferios
al mismo tiempo.
EL INQUISIDOR. — ¿Por qué no? No podemos hacer otra cosa.
EL PAPA. — Ese ruido de pasos me pone nervioso. Disculpe si siempre los oigo.
EL INQUISIDOR. — Tal vez le dirán más de lo que yo puedo, Vuestra Santidad.
¿Deben marcharse todos ellos con la duda en el corazón?
EL PAPA. — Al fin y al cabo el hombre es el físico más grande de esta época, la
luz de Italia, y no un iluso cualquiera. Y tiene amigos: ahí está Versalles, ahí
está la corte de Viena. Todavía son capaces de titular a la Santa Iglesia de
sumidero de prejuicios podridos. ¡No le vayáis a tocar un pelo!
EL INQUISIDOR. — Prácticamente no se necesitará hacer mucho con él. Es un hombre
de la carne. En seguida se doblará.
EL PAPA. — Galilei conoce más placeres que cualquier otro. Piensa de puro
sensualismo. No podría negarse ni a un nuevo pensamiento ni a un viejo vino. Yo
no quiero la condenación de principios de la física, ni gritos de batalla como:
"¡Aquí la Iglesia!" y "¡Aquí la razón!" He autorizado su libro siempre que
expresara la opinión que la última palabra no la tiene la ciencia sino la fe. Y
él ha cumplido.
EL INQUISIDOR. — Sí, ¿pero de qué manera? En su libro disputan un imbécil, que
por supuesto representa los puntos de vista aristotélicos y un hombre
inteligente que, naturalmente, representa las ideas del señor Galilei. Y la
observación final, ¿quién la expresa?
EL PAPA. — ¿Qué, otra cosa más? ¿Quién dice la nuestra?
EL INQUISIDOR. — El inteligente no.
EL PAPA. — ¡Es una desfachatez! Ese pataleo en los corredores es insoportable.
¿Ha venido acaso el mundo entero?
EL INQUISIDOR. — No todo, pero su mejor parte. (Pausa. El Papa está ahora con
todos los ornamentos pontificios.)
EL PAPA. — Lo máximo es mostrarle los instrumentos.
EL INQUISIDOR. — Eso bastará, Vuestra Santidad. El señor Galilei entiende de
instrumentos. [66]
13.
22 DE JUNIO DE 1633: GALILEO GALILEI REVOCA ANTE LA INQUISICIÓN SU TEORÍA DEL
MOVIMIENTO DE LA TIERRA.
En el palacio de la Legación florentina en Roma, los discípulos de Galilei
esperan noticias. El pequeño monje y Federzoni juegan con amplios movimientos,
al nuevo ajedrez. En un rincón, Virginia, de rodillas, reza la salutación
angélica.
EL PEQUEÑO MONJE. — El Papa no lo ha recibido. Todo ha terminado.
FEDERZONI. — Su última esperanza. Era verdad lo que le dijo hace años, en Roma,
el entonces cardenal Barberini: nosotros te necesitamos. Ahora ahí lo tienen.
ANDREA. — Lo matarán.
FEDERZONI (lo mira de reojo). — ¿Crees tú?
ANDREA. — No se retractará jamás. (Pausa.)
EL PEQUEÑO MONJE. — Uno se empeña siempre en pensamientos totalmente secundarios
cuando de noche no se puede tomar el sueño. Anoche, por ejemplo, pensé
continuamente: él nunca hubiera tenido que marcharse de la República de Venecia.
ANDREA. — Ahí no podía escribir su libro.
FEDERZONI. — Y en Florencia no podía publicarlo. (Pausa.)
EL PEQUEÑO MONJE. — Yo pensé también si le habrán dejado su piedrecilla, esa que
siempre lleva consigo en el bolsillo. La piedra de sus pruebas.
FEDERZONI. — Ahí, donde lo llevan se va sin bolsillos.
ANDREA (gritando). — No se atreverán. Y aunque lo hagan, él no se retractará.
"Quién no sabe la verdad sólo es un estúpido, pero quien la sabe y la llama
mentira, es un criminal".
FEDERZONI. — Si él lo llega a hacer, no quisiera seguir viviendo... pero ellos
hacen uso de la violencia.
ANDREA. — Con la violencia no se logra todo.
FEDERZONI. — Tal vez no.
EL PEQUEÑO MONJE. — Ayer fue sometido al gran interrogatorio. Y hoy es la
sesión. (En vista de que Andrea escucha, continúa en voz alta.) Cuando aquella
vez lo visité, dos días después del decreto, estuvimos sentados allí enfrente y
él me señaló el pequeño Príapo cerca del reloj de sol, en el jardín. Desde aquí
lo podéis ver. Él comparó su obra con una poesía de Horacio en la que tampoco se
puede cambiar nada. Habló sobre un sentido de la belleza que lo obliga a buscar
la verdad. Y aludió al lema: hieme et aestate, et prope et procul, usque dum
vivam et ultra, y se refería a la verdad.
ANDREA (al pequeño monje). — ¿Le contaste cuando él estaba en el Colegio Romano
mientras los otros examina[67]ban su anteojo? Cuéntale. (El pequeño monje hace
un signo negativo con la cabeza.) Se comportó igual que siempre. Tenía las manos
sobre las nalgas, sacaba la barriga para afuera y decía: yo les ruego ser
razonables, señores míos. (Imita, riendo, a Galilei. Pausa. Aludiendo a
Virginia.) Implora para que él se retracte.
FEDERZONI. — Déjala. Está completamente perturbada desde que ellos le hablaron.
Han hecho venir a su padre confesor desde Florencia. (Entra el individuo del
palacio del Gran Duque de Florencia.)
EL INDIVIDUO. — El señor Galilei estará pronto aquí. Necesitará una cama.
FEDERZONI. — Lo han soltado.
EL INDIVIDUO. — Se espera que el señor Galilei se retractará a las cinco, en una
sesión de la Inquisición. Se escuchará la gran campana de San Marco y se leerá
públicamente el texto de la retractación.
ANDREA. — No lo creo.
EL INDIVIDUO. — Debido a la aglomeración de gente en las calles, el señor
Galilei será traído a través del portón del jardín trasero del palacio. (Se va.)
ANDREA (de improviso en voz alta). — ¡La Luna es una tierra y no tiene luz
propia, y tampoco Venus tiene luz propia y es como la Tierra y gira alrededor
del Sol! ¡Y cuatro satélites giran en torno a Júpiter que se encuentra a la
altura de las estrellas fijas y no está unido a ningún anillo! ¡El Sol es el
centro del universo y está inmóvil en su sitio, y la Tierra no es centro ni es
inmóvil! ¡Y él es quien nos ha demostrado todo eso!
EL PEQUEÑO MONJE. — Y con violencia no se puede hacer invisible lo que ya se ha
visto. (Silencio.)
FEDERZONI (mira el reloj de sol en el jardín). — Las cinco. (Virginia reza más
fuerte.)
ANDREA. — ¡Yo no puedo esperar más! ¡Esos descabezan la verdad! (Se tapa las
orejas, el pequeño monje lo imita. Pero la campana no suena. Luego de una pausa
en la que sólo se escucha el piadoso murmullo de Virginia, Federzoni mueve la
cabeza negativamente. Los otros dejan caer los brazos.)
FEDERZONI (ronco). — Nada. Las cinco y tres minutos.
ANDREA. — ¡Se resiste! ¡Oh, dichosos de nosotros!
EL PEQUEÑO MONJE. — No se retracta.
FEDERZONI. — No. (Se abrazan, son más felices.)
ANDREA. — Quiere decir: que con violencia no va, no se puede lograr todo. Quiere
decir: se puede también vencer la insensatez, que no es invulnerable. Luego: ¡el
hombre no teme a la muerte!
FEDERZONI. — Ahora comienza realmente la era del saber. Esta es la hora de su
nacimiento. Pensad: ¡si él se hubiera retractado!
EL PEQUEÑO MONJE. — Yo no lo dije pero estaba muy preocupado. Yo, hombre de poca
fe.
ANDREA. — ¡Pero yo lo sabía! [68]
FEDERZONI. — Hubiera sido como si después del amanecer llegara de nuevo la
noche.
ANDREA. — O como si la montaña hubiese dicho: yo soy agua.
EL PEQUEÑO MONJE (se arrodilla llorando). — ¡Señor, te agradezco!
ANDREA. — Hoy todo es distinto. El hombre, el martirizado, levanta su cabeza y
dice: yo puedo vivir. Tanto se ha ganado cuando sólo uno se levanta y dice: ¡no!
(En ese momento, la campana de San Marcos comienza a resonar. Todo queda
paralizado.)
VIRGINIA (se levanta). — ¡La campana de San Marcos! ¡No está condenado! (Desde
la calle se oye la lectura de la retractación de Galilei.)
UNA VOZ. — "Yo, Galileo Galilei, maestro de matemáticas y de física en
Florencia, abjuro solemnemente lo que he enseñado, que el Sol es el centro del
mundo y está inmóvil en su lugar, y que la Tierra no es centro y no está
inmóvil. Yo abjuro, maldigo y abomino con honrado corazón y con fe no fingida
todos esos errores y herejías así como también todo otro error u opinión que se
opongan a la Santa Iglesia." (Oscurece. Cuando se aclara de nuevo todavía
resuena la campana, callando luego. Virginia ha salido. Los discípulos de
Galilei están todavía allí.)
FEDERZONI. — Nunca te pagó un centavo por tu trabajo. Ni pudiste comprar un
pantalón ni tampoco te fue posible publicar algo por tu cuenta. Eso lo has
sufrido "porque se trabajaba por la ciencia".
ANDREA (en voz alta).— ¡Desgraciada es la tierra que no tiene héroes! (Galilei
ha entrado totalmente cambiado por el proceso, casi irreconocible. Espera
algunos minutos en la puerta por un saludo. Ya que ésto no ocurre porque sus
discípulos lo rehuyen, se dirige hacia adelante, lento e inseguro a causa de su
poca vista. Allí encuentra un banco donde se sienta.) No lo quiero ver. Que se
vaya.
FEDERZONI. — Tranquilízate.
ANDREA (le grita a Galilei en la cara). — ¡Borracho! ¡Tragón! ¿Salvaste tu
tripa, eh?
GALILEI (tranquilo). — ¡Dadle un vaso de agua! (El pequeño monje trae desde
afuera un vaso de agua a Andrea. Federzoni atiende a Galilei que escucha,
sentado, la voz que afuera lee de nuevo su retractación.)
ANDREA. — Ya puedo caminar de nuevo si me ayudáis un poco. (Lo acompañan hasta
la puerta. En ese momento, Galilei comienza a hablar.)
GALILEI. — No. Desgraciada es la tierra que necesita héroes.
(Lectura delante del telón.)
¿No es claro acaso que un caballo que cae de una altura de tres o cuatro varas
se puede romper las patas, mientras que un perro no sufre ningún daño? Lo mismo
ocurre con un gato que cae de ocho o diez varas de altura, con un grillo de una
torre o una hormiga que cayera de la luna. Y así como los animales pequeños son,
en proporción, más [69] fuertes y vigorosos que los grandes, de la misma manera
las pequeñas plantas son más resistentes. Un roble con una altura de doscientas
varas no podría sostener, en proporción, las ramas de un roble más pequeño; así
como la naturaleza no puede hacer crecer un caballo tan grande como veinte
caballos o un gigante diez veces más grande que el tamaño normal sin que tenga
que cambiar las proporciones de todos los miembros, especialmente de los huesos,
que deberían en ese caso, ser reforzados en una medida mucho mayor que su tamaño
proporcional. La opinión general de que las máquinas grandes y pequeñas tienen
la misma resistencia, es evidentemente errónea.
Galilei, "Discorsi"
14.
16331642. GALILEO GALILEI VIVE HASTA SU MUERTE EN UNA CASA DE CAMPO EN LAS
CERCANÍAS DE FLORENCIA, COMO PRISIONERO DE LA INQUISICIÓN. LOS "DISCORSI".
Una habitación grande. Una mesa, sillón de cuero y un globo terráqueo. GALILEI,
ya anciano y casi ciego, experimenta atentamente con una pequeña bola de madera
y un riel curvo. En la antesala se halla sentado un monje, de guardia. Llaman a
la puerta. EL MONJE abre y entra un campesino con dos gansos desplumados.
VIRGINIA viene de la cocina. Cuenta ya con cerca de cuarenta años de edad.
EL CAMPESINO. — Tengo que entregarlos aquí.
VIRGINIA. — ¿De quién? Yo no encargué gansos.
EL CAMPESINO. — Tengo también que decir: de alguien que está de paso por aquí.
(Se va. Virginia mira los gansos con sorpresa. El monje se los quita de la mano
y los investiga con desconfianza. Luego se los devuelve tranquilizado. Ella,
tomándolos por los pescuezos, se los lleva a Galilei, a la otra habitación.)
VIRGINIA. — Alguien que estaba de paso ha enviado un regalo.
GALILEI. — ¿Qué es?
VIRGINIA. — ¿No lo puedes ver?
GALILEI. — No. (Se aproxima.) Gansos. ¿Hay algún nombre ahí?
VIRGINIA. — No.
GALILEI (toma uno de los gansos). — Pesado. Podría comer todavía un poco de
esto. Hazlos con tomillo y manzanas.
VIRGINIA. — ¡Pero si no puedes tener hambre! Acabas de cenar. ¿Qué te pasa de
nuevo con los ojos? Desde la mesa deberías alcanzar a verlos.
GALILEI. — Es que tú estabas en la sombra.
VIRGINIA. — No, no estoy en la sombra. (Se lleva los gansos. Al monje.) Tenemos
que hacer buscar al doctor de los ojos. Mi padre no pudo distinguir los gansos
desde la mesa. [70]
EL MONJE. — Primero necesito el permiso de Monseñor Carpula. ¿Escribió alguna
cosa otra vez?
VIRGINIA. — No. Su libro me lo dictó a mí, bien lo sabe. Usted tiene las páginas
131 y 132 y esas fueron las últimas.
EL MONJE.— Es un zorro viejo.
VIRGINIA. — Él no hace nada en contra de las disposiciones. Su arrepentimiento
no es disimulado, yo lo observo. (Le da los gansos.) Diga en la cocina que los
hígados los guisen con una manzana y una cebolla. (Vuelve a la habitación de
Galilei.) Y ahora atendamos a nuestros ojos y terminemos rápido con esa bola.
Díctame un poco más para nuestra carta semanal al Arzobispo.
GALILEI. — No me siento muy bien. Léeme a Horacio.
VIRGINIA. — La semana pasada me contó Monseñor Carpula, a quien tanto debemos,
que el Arzobispo siempre se interesa por saber si te gustaron o no las preguntas
y citas que él te envía. (Se ha sentado como para recibir el dictado.)
GALILEI. — ¿Hasta dónde había llegado?
VIRGINIA. — Párrafo cuarto: en lo relativo a la posición de la Santa Iglesia
frente a los disturbios en el Arsenal de Génova, estoy en un todo de acuerdo con
el comportamiento del Cardenal Spoletti contra los cordeleros rebeldes de
Venecia...
GALILEI. — Sí. (Dictando.) ... estoy en un todo de acuerdo con el comportamiento
del Cardenal Spoletti contra los cordeleros rebeldes, es decir, que mejor es
repartir buenas sopas fortificantes en nombre del cristiano amor al prójimo que
pagarle más a ellos por sus cuerdas para campanas. Porque me parece más sabio
fortalecer su fe y no su codicia. San Pablo dice: la caridad no falla nunca.
¿Qué te parece?
VIRGINIA. — Maravilloso, padre.
GALILEI. — ¿No crees que ahí podría tomarse algo como una ironía?
VIRGINIA. — No, el Arzobispo se pondrá muy contento. ¡Él es tan práctico!
GALILEI. — Confío en tu opinión. ¿Qué viene después?
VIRGINIA. — Un proverbio magnífico: "Cuando débil soy, soy fuerte".
GALILEI. — Sin comentario.
VIRGINIA. — ¿Pero, por qué no?
GALILEI. — ¿Qué viene después?
VIRGINIA. — "Y conocer también aquel amor de Cristo hacia nosotros que sobrepuja
a todo conocimiento." San Pablo a los Efesios, III, 19.
GALILEI. — En especial agradezco a Vuestra Eminencia por la magnífica cita de la
carta a los Efesios. Movido por ella encontré en nuestra inimitable "Imitatio"
lo siguiente: (Cita de memoria.) "Aquél a quien habla el Verbo Divino, quedará
libre de muchas preguntas". ¿Me permite hablar aquí de mi propia persona?
Todavía hoy se me reprocha que una vez publiqué un libro sobre los astros del
cielo en el idioma de la calle. Allí no tuve la intención de mos[72]trar mi
beneplácito para que los libros de un material mucho más importante, como por
ejemplo la teología, sean escritos en la jerga de los pasteleros. Me parece no
ser muy eficaz el argumento de que tiene que continuarse con el uso del latín en
los oficios divinos para que, por medio de la universalidad del idioma todos los
pueblos puedan oír la Santa Misa de la misma manera. Y creo esto porque los
blasfemadores, nunca tímidos, podrían alegar que de esa manera ninguno de los
pueblos entiende así el texto de la misma. Yo desisto con mucho gusto a la
comprensión barata de las cosas sagradas. El latín de los pulpitos, que defiende
la eterna verdad de la Iglesia contra la curiosidad de los ignorantes, despierta
confianza cuando es hablado con el acento de los respectivos dialectos por los
sacerdotes hijos de las clases bajas... No, táchalo.
VIRGINIA. — ¿Todo?
GALILEI. — Todo desde los pasteleros. (Llaman a la puerta. Virginia se dirige a
la antesala. El monje abre. Es Andrea Sarti. Éste es ahora un hombre de mediana
edad.)
ANDREA. — Buenas noches. Me encuentro en viaje para abandonar Italia rumbo a
Holanda donde me dedicaré a trabajos científicos. Me solicitaron que pasara por
aquí para visitarlo y de esa manera poder allá informar sobre él.
VIRGINIA. — No sé si te querrá recibir. Tú nunca viniste.
ANDREA. — Pregúntale. (Galilei ha reconocido la voz. Permanece sentado, inmóvil.
Virginia entra de nuevo.)
GALILEI. — ¿Es Andrea?
VIRGINIA. — Sí.
GALILEI (después de una pausa). — Hazlo pasar. (Virginia hace pasar a Andrea.)
Déjame solo con él, Virginia.
VIRGINIA—Quiero oír lo que cuenta. (Se sienta.)
ANDREA (frío).— ¿Cómo está usted?
GALILEI. — Siéntate. ¿Qué haces? Cuenta algo de tu trabajo. He oído decir que es
sobre hidráulica.
ANDREA. — Fabricio, de Amsterdam me ha encargado de preguntar por su salud.
(Pausa.)
GALILEI. — Me encuentro bien.
ANDREA. — Me alegro de poder informar que se encuentra bien.
GALILEI. — Fabricio se pondrá contento de oírlo. Y puedes también informarle que
no vivo mal. Por mi arrepentimiento tan profundo me he ganado el beneplácito de
mis superiores en tal forma que hasta se me han permitido estudios científicos
de limitada importancia bajo control del clero.
ANDREA. — En efecto, también llegó a nuestros oídos que la Iglesia está contenta
con usted. Su total sumisión ha dado buenos resultados. Se asegura que las
autoridades han comprobado con satisfacción que desde que usted se sometió no se
ha publicado en toda Italia ninguna obra con nuevas teorías.
GALILEI (mirándolo de reojo). — Por desgracia hay países que se substraen a la
vigilancia de la Iglesia. Me temo [72] que las teorías condenadas puedan seguir
siendo estudiadas allá.
ANDREA. — También allá tuvo lugar un retroceso, satisfactorio para la Iglesia, a
causa de su retractación.
GALILEI. — ¿Sí? (Pausa.) ¿Y qué hay de Descartes en París?
ANDREA. — Que al saber la noticia de su retractación archivó su tratado sobre la
naturaleza de la luz. (Larga pausa.)
GALILEI. — Estoy preocupado de haber guiado algunos amigos científicos por la
senda del error. ¿Han aprendido algo ellos de mi retractación?
ANDREA. — Para poder trabajar científicamente tengo pensado dirigirme a Holanda.
Lo que Júpiter no se permite tampoco se tolera al buey.
GALILEI. — Comprendo.
ANDREA. — Federzoni pule de nuevo lentes en una tienda milanesa cualquiera.
GALILEI (ríe). — Él no sabe latín. (Pausa.)
ANDREA. — Fulganzio, nuestro pequeño monje, renunció a la investigación y ha
regresado al seno de la Iglesia.
GALILEI. — Sí. (Pausa.) Mis superiores aguardan con ansiedad mi regeneración
espiritual. Estoy haciendo mejores progresos de lo que se podía esperar.
ANDREA. — Oh.
VIRGINIA. — Alabado sea el Señor.
GALILEI (rudo).—Vete a mirar los gansos, Virginia. (Virginia sale furiosa. En el
camino, el monje le habla.)
EL MONJE. — Esa persona me desagrada.
VIRGINIA. — Es inofensivo. Antes era su alumno y ahora no puede ser otra cesa
que su enemigo. (Al proseguir su camino.) Hoy recibimos queso. (El monje la
sigue.)
ANDREA. — Viajaré toda la noche para atravesar mañana temprano la frontera.
¿Puedo retirarme?
GALILEI. — No sé para qué has venido. ¿Tal vez para asustarme? Vivo y pienso con
precaución desde que estoy aquí. Claro, que tengo mis recaídas.
ANDREA. — No quisiera perturbarlo, señor Galilei.
GALILEI. — Barberini lo llamaba la sarna. Él mismo no estaba libre de ella. He
vuelto a escribir.
ANDREA. — ¿Qué?
GALILEI. — He terminado los "Discorsi".
ANDREA. — ¿"Los Discursos en torno a dos nuevas ciencias: mecánica y leyes de
gravitación"? ¿Aquí?
GALILEI. — Oh, sí, me dan papel y pluma. Mis superiores no son tontos. Ellos
saben que los vicios arraigados no se pueden quitar de hoy a mañana. Me protegen
de consecuencias desagradables guardando página por página.
ANDREA. — ¡Dios mío!
GALILEI. — ¿Decías algo?
ANDREA. — ¡Lo hacen arar en el mar! Le dan pluma y papel para que se
tranquilice. ¿Cómo pudo escribir teniendo sus escritos ese destino?
GALILEI. — Oh, yo soy un esclavo de mis costumbres. [73]
ANDREA.— ¡Los "Discorsi" en manos de esos! ¡Y Amsterdam, Londres y Praga se
mueren de sed por ellos!
GALILEI. — Me imagino los lamentos de Fabricio, allá, haciendo alarde de sus
flacos huesos pero sabiéndose en seguridad.
ANDREA. — ¡Dos nuevas ciencias, perdidas!
GALILEI. — Él y otros se van a conmover cuando oigan que he puesto en juego
hasta los últimos miserables restos de mi comodidad para hacer una copia —detrás
de mis propias espaldas— utilizando la última gota de luz de las noches claras
durante seis meses. Mi vanidad me ha impedido hasta ahora destruir esa copia.
"Cuando tu ojo te moleste, arráncatelo". El que escribió esto sabía más de
comodidad que yo. Calculo que entregarla es el colmo de la locura. Pero dado que
yo no he podido lograr apartarme de los trabajos científicos es bueno que podáis
tenerla también vosotros. La copia está en el globo. Si tú tienes el propósito
de llevarla hasta Holanda, tuya es toda la responsabilidad. En ese caso la
habrías comprado de alguien que tiene entrada al original en el Santo Oficio.
(Andrea se ha dirigido al globo y saca de allí el manuscrito.)
ANDREA. — ¡Los "Discorsi"! (Hojea el manuscrito. Lee.) "Mi propósito es
presentar una ciencia totalmente nueva sobre un tema muy viejo: el movimiento.
He logrado descubrir, por medio de experimentos, algunas cualidades que son
científicamente valiosas."
GALILEI. — Algo tenía que hacer en mi tiempo libre.
ANDREA. — Esto fundará una nueva física.
GALILEI. — Mételo bajo la chaqueta.
ANDREA. — ¡Y nosotros pensamos que usted había desertado! ¡Y mi voz fue la más
fuerte contra usted!
GALILEI. — Era lo justo. Yo te enseñé ciencia y yo negué la verdad.
ANDREA. — Esto cambia todo.
GALILEI. — ¿Sí?
ANDREA. — Usted esconde la verdad. Delante del enemigo. También en el campo de
la ética nos llevaba usted siglos.
GALILEI. — Aclara eso, Andrea.
ANDREA. — Con el hombre de la calle dijimos nosotros: él morirá pero no se
retractará. Usted volvió: yo me he retractado pero viviré. Sus manos están
manchadas, dijimos nosotros. Usted dice: mejor manchadas que vacías.
GALILEI. — Mejor manchadas que vacías. Suena a realismo. Suena a mí. Nueva
ciencia, nueva ética.
ANDREA. — ¡Yo lo hubiese tenido que saber antes que todos! Tenía once años
cuando usted vendió el anteojo inventado por otro hombre al Senado de Venecia.
Vd. después como daba un uso inmortal a ese instrumento. Sus amigos negaban con
la cabeza cuando usted se inclinaba ante el niño de Florencia: la ciencia ganaba
público. Siempre rió de los héroes. "La gente que sufre me aburre", decía. "Las
desgracias tienen su origen en cálculos deficientes". Y, "A la vista de
obstáculos la distancia más corta entre dos puntos debe ser la línea sinuosa".
[74]
GALILEI. — Sí, recuerdo.
ANDREA. — Cuando en el año 33 se prestó a retractarse de una hipótesis popular
de sus teorías, hubiese tenido que saber yo que usted se retiraba de una riña
política sin esperanza para proseguir con la verdadera misión de la ciencia.
GALILEI. — Que consiste en...
ANDREA. — ...el estudio de las propiedades del movimiento, padre de las máquinas
que hará tan habitable la tierra que se llegará a desmontar el cielo.
GALILEI. — Eso.
ANDREA. — Usted ganó tiempo para escribir una obra científica que sólo usted
podía escribir. Si en cambio hubiese terminado en una aureola de fuego en la
hoguera, los otros habrían sido los vencedores.
GALILEI. — Y son los vencedores. Y no hay ninguna obra científica que solamente
un hombre sea capaz de escribirla.
ANDREA. — ¿Y por qué se retractó?
GALILEI. — Me retracté porque temía el dolor corporal.
ANDREA. — ¡No!
GALILEI. — Me mostraron los instrumentos.
ANDREA. — ¡Entonces, no era un plan! (Pausa. En voz alta.) La ciencia conoce
sólo un mandamiento: el trabajo científico.
GALILEI. — Y lo he cumplido. ¡Bienvenido a la zanja, hermano en la ciencia y
primo en la traición! ¿Te gusta el pescado? Yo tengo pescado. El que huele mal
no es mi pescado sino yo. Yo vendo, tú eres el comprador. ¡Oh irresistible
presencia del libro, de la santa mercancía! ¡Se me hace agua la boca y las
maldiciones se ahogan! ¡La Gran Babilonia, las bestias asesinas, los pestosos,
abrid las piernas y todo cambiará! ¡Bendita sea nuestra usurera y blanqueada
sociedad temerosa de morir!
ANDREA. — ¡El miedo a la muerte es humano! Las debilidades humanas no le
importan a la ciencia.
GALILEI. — No. Mi querido Sarti, también ahora, en mi actual estado, me siento
capaz de darle algunas referencias acerca de todo lo que a la ciencia le
importa. Esa ciencia a la que usted se ha prometido. (Entra Virginia con una
fuente. Galilei, académicamente, las manos juntas sobre el vientre.) En las
horas libres de que dispongo, y que son muchas, he recapacitado sobre mi caso.
He meditado sobre cómo me juzgará el mundo de la ciencia del que no me considero
más como miembro. Hasta un comerciante en lanas, además de comprar barato y
vender caro, debe tener la preocupación de que el comercio con lanas no sufra
tropiezos. El cultivo de la ciencia me parece que requiere especial valentía en
este caso. La ciencia comercia con el saber, con un saber ganado por la duda.
Proporcionar saber sobre todo y para todos, eso es lo que pretende, y hacer de
cada uno un desconfiado. Ahora bien, la mayoría de la población es mantenida en
un vaho nacarado de supersticiones y viejas palabras por sus príncipes, sus
hacendados, sus clérigos, que sólo desean esconder sus propias
maqui[75]naciones. La miseria de la mayoría es vieja como la montaña y desde el
pulpito y la cátedra se manifiesta que esa miseria es indestructible como la
montaña. Nuestro nuevo arte de la duda encantó a la gran masa. Nos arrancó el
telescopio de las manos y lo enfocó contra sus torturadores. Estos hombres
egoístas y brutales, que aprovecharon ávidamente para sí los frutos de la
ciencia, notaron al mismo tiempo que la fría mirada de la ciencia se dirigía
hacia esa miseria milenaria pero artificial que podía ser terminantemente
anulada, si se los anulaba a ellos. Nos cubrieron de amenazas y sobornos,
irresistibles para las almas débiles. ¿Pero acaso podíamos negarnos a la masa y
seguir siendo científicos al mismo tiempo? Los movimientos de los astros son
ahora fáciles de comprender, pero lo que no pueden calcular los pueblos son los
movimientos de sus señores. La lucha por la mensurabilidad del cielo se ha
ganado por medio de la duda; mientras que las madres romanas, por la fe, pierden
todos los días la disputa por la leche. A la ciencia le interesan las dos
luchas. Una humanidad tambaleante en ese milenario vaho nacarado, demasiado
ignorante para desplegar sus propias fuerzas no será capaz de desplegar las
fuerzas de la naturaleza que vosotros descubrís. ¿Para qué trabajáis? Mi opinión
es que el único fin de la ciencia debe ser aliviar las fatigas de la existencia
humana. Si los hombres de ciencia, atemorizados por los déspotas, se conforman
solamente con acumular saber por el saber mismo, se corre el peligro de que la
ciencia sea mutilada y que vuestras máquinas sólo signifiquen nuevas
calamidades. Así vayáis descubriendo con el tiempo todo lo que hay que
descubrir, vuestro progreso sólo será un alejamiento progresivo de la humanidad.
El abismo entre vosotros y ella puede llegar a ser tan grande que vuestras
exclamaciones de júbilo por un invento cualquiera recibirán como eco un
aterrador griterío universal. Yo, como hombre de ciencia tuve una oportunidad
excepcional: en mi época la astronomía llegó a los mercados. Bajo esas
circunstancias únicas, la firmeza de un hombre hubiera provocado grandes
conmociones. Si yo hubiese resistido, los estudiosos de las ciencias naturales
habrían podido desarrollar alga así como el juramento de Hipócrates de los
médicos, la solemne promesa de utilizar su ciencia sólo en beneficio de la
humanidad. En cambio ahora, como están las cosas, lo máximo que se puede esperar
es una generación de enanos inventores que puedan ser alquilados para todos los
usos. Además estoy convencido, Sarti, que yo nunca estuve en grave peligro.
Durante algunos años fui tan fuerte como la autoridad. Y entregué mi saber a los
poderosos para que lo utilizaran, para que no lo utilizaran para que se abusaran
de él, es decir, para que le dieran el uso que más sirviera a sus fines. Yo
traicioné a mi profesión. Un hombre que hace lo que yo hice no puede ser
tolerado en las filas de las ciencias. (Virginia que se ha quedado inmóvil
durante este monólogo, coloca la fuente sobre la mesa.) [76]
VIRGINIA. — Tú has sido aceptado en las filas de los creyentes.
GALILEI. — Eso mismo. Y ahora, a comer. (Andrea le alarga la mano. Galilei la
mira pero no la toma.) Tú mismo eres maestro, ¿puedes permitirte aceptar una
mano como la mía? (Se sienta a la mesa.) Alguien que estuvo de paso me envió dos
gansos. Yo como siempre con gusto.
ANDREA. — ¿Cree usted todavía que ha comenzado una nueva época?
GALILEI. — Sí. Presta atención cuando atravieses Alemania.
ANDREA (incapaz de irse). — Con respecto a su valoración del autor de que
hablamos no sé qué responderle. Pero no creo que su mortífero análisis será la
última palabra.
GALILEI. — Muchas gracias, señor. (Comienza a comer.)
VIRGINIA (acompañando a Andrea hacia afuera). — Nosotros no apreciamos a
visitantes de tiempos pasados. Lo excitan. (Andrea se va. Virginia vuelve.)
GALILEI.. — ¿No sabes quién habrá podido enviar los gansos?
VIRGINIA. — Andrea no fue.
GALILEI. — Quizá no. ¿Cómo es la noche?
VIRGINIA (en la ventana). — Clara.
15.
1637. EL LIBRO DE GALILEI "DISCORSI" ATRAVIESA LA FRONTERA ITALIANA.
Pequeña ciudad fronteriza italiana. De mañana temprano. Junto a la barrera de la
guardia aduanera, juegan unos chiquillos. ANDREA espera junto a un cochero el
examen de sus papeles por los guardias. Está sentado sobre un pequeño cajón y
lee el manuscrito de Galilei. Más allá de la barrera está el carruaje.
Los CHIQUILLOS (cantan).
María con bata rosa
sentada sobre una roca
la camisa se cagó,
cuando el invierno llegó
la viste sin alboroto
mejor cagado que roto.
EL GUARDIA FRONTERIZO. — ¿Por qué abandona usted Italia?
ANDREA. — Soy científico.
EL GUARDIA FRONTERIZO (al escribiente). — Anota abajo: "Razón de la salida":
científico. Tengo que revisar su equipaje. (Lo hace.)
EL PRIMER CHIQUILLO (a Andrea). — No se siente aquí (Señala la choza enfrente de
la cual está sentado Andrea.) Allí vive una bruja. [77]
EL SEGUNDO CHIQUILLO. — La vieja Marina no es ninguna bruja.
EL PRIMER CHIQUILLO. — ¿Quieres que te retuerza el brazo?
EL TERCER CHIQUILLO. — Claro que lo es. De noche vuela por el aire.
EL PRIMER CHIQUILLO. — Y si no lo fuera, ¿por qué no recibe en la ciudad ni
siquiera un jarro de leche?
EL SEGUNDO CHIQUILLO. — ¡Qué va a volar por el aire! Eso no lo puede hacer
nadie. (A Andrea.) ¿Se puede volar?
EL PRIMER CHIQUILLO (señalando al segundo). — Este es Giuseppe, no sabe nada de
nada; no puede ir a la escuela porque no tiene un pantalón entero.
EL GUARDIA. — ¿Qué libro es ese?
ANDREA (sin levantar la cabeza). — Uno del gran filósofo Aristóteles.
EL GUARDIA (desconfiado).— ¿De quién?
ANDREA. — Ya se ha muerto. (Los chiquillos, para hurlarse de Andrea caminan como
si fueran leyendo libros.)
EL GUARDIA (al escribiente). — Mira ahí a ver si habla sobre la religión.
EL ESCRIBIENTE (hojea). — No encuentro nada.
EL GUARDIA. — Todo este husmeo no tiene objeto. Si alguien quisiera encendernos
algo no lo llevaría tan a la vista. (A Andrea.) Tiene que firmar aquí que
nosotros le hemos revisado todo. (Andrea se levanta lentamente y, siempre
leyendo, se dirige con el guardia hacia la casa.)
EL TERCER CHIQUILLO (al escribiente, señalándole el cajón). — Ahí hay algo más,
¿no ve?
EL ESCRIBIENTE. — ¿No estaba antes allí?
EL TERCER CHIQUILLO. — Lo puso el diablo. Es un cajón.
EL SEGUNDO CHIQUILLO. — No, es del forastero.
EL TERCER CHIQUILLO. — Yo no iría allí, ella le ha embrujado los jamelgos al
cochero Passi. Ya mismo miré a través del agujero que la tormenta de nieve hizo
en el techo, y oí como los caballos tosían.
EL ESCRIBIENTE (que casi había llegado hasta el cajón, duda y vuelve a su
lugar). — ¿Cosas del diablo, eh? Es imposible controlar todo. ¿Adonde iríamos a
parar? (Andrea vuelve con un jarro de leche. Se sienta de nuevo sobre el cajón y
sigue leyendo.)
EL GUARDIA (detrás de él, con papeles). — Cierra los cajones. ¿Está todo?
EL ESCRIBIENTE. — Todo.
EL SEGUNDO CHIQUILLO (a Andrea). — Usted es científico, a ver, dígame: ¿se puede
volar por el aire?
ANDREA. — Espera un momento
EL GUARDIA. — Ya puede pasar. (El equipaje ha sido tomado por el cochero. Andrea
toma el cajón y quiere marcharse.) ¡Alto! ¿Qué lleva ahí?
ANDREA (de nuevo echando mano al libro). — Son libros.
EL PRIMER CHIQUILLO. — Es el cajón de la bruja.
EL GUARDIA. — ¡Qué disparate! ¡Cómo va a embrujar un cajón así! [78]
EL TERCER CHIQUILLO. — ¡Pero si lo ayuda el diablo!
EL GUARDIA (ríe). — Aquí no pasan esas cosas. (Al escribiente.) Abre, vamos. (El
cajón es abierto. El guardia, sin ganas.) ¿Cuántos hay ahí adentro?
ANDREA. — Treinta y cuatro.
EL GUARDIA (al escribiente). — ¿Cuánto tiempo necesitarás?
EL ESCRIBIENTE (que ha comenzado a revolver superficialmente). — Está todo
impreso. Pero no podré hacer su desayuno y, ¿cuándo voy a ir a lo del cochero
Passi, para cobrar los derechos de aduana atrasados de la subasta de su casa, si
tengo que revisar todos los libros?
EL GUARDIA. — Es cierto, el dinero es más importante. (Empuja los libros con el
pie.) ¡Bah, por lo que se podrá leer ahí adentro! (Al cochero.) ¡Listo! (Andrea
pasa la frontera con el cochero, que lleva el cajón. Ya del otro lado, pone el
manuscrito de Galilei en la maleta de viaje.)
EL TERCER CHIQUILLO (señala el jarro que Andrea ha dejado en el suelo). — ¡El
cajón desapareció! ¡Fue el diablo!
ANDREA (dándose vuelta). — No, fui yo. Aprende a abrir los ojos. La leche y el
jarro están pagos. Son para la vieja. Giuseppe, todavía no te he respondido tu
pregunta. No se puede volar montado en un palo, por lo menos tendría que tener
una máquina. Pero todavía no existe una máquina así. Tal vez nunca la habrá
porque el hombre es muy pesado. Pero es claro, no lo podemos saber. Nosotros no
sabemos lo suficiente, Giuseppe. Estamos realmente en el comienzo.
TELÓN [79]
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