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El 24 de agosto de 1899, a los ocho meses de gestación, nace en Buenos Aires Jorge Luis Borges en casa de Isidoro Acevedo, su abuelo paterno. Es bilingüe desde su infancia y aprenderá a leer en inglés antes que en castellano por influencia de su abuela materna de origen inglés.
Georgie, como es llamado en casa, tenía apenas seis años cuando dijo a su padre que quería ser escritor. A los siete años escribe en inglés un resumen de la mitología griega; a los ocho, La visera fatal, inspirado en un episodio del Quijote; a los nueve traduce del inglés "El príncipe feliz" de Oscar Wilde.
En 1914, y debido a su ceguera casi total, el padre se jubila y decide pasar una temporada con la familia en Europa. Debido a la guerra, se instalan en Ginebra donde Gerorgie escribirá algunos poemas en francés mientras estudia el bachillerato (1914-1918). Su primera publicación registrada es una reseña de tres libros españoles escrita en francés para ser publicada en un periódico ginebrino. Pronto empezará a publicar poemas y manifiestos en la prensa literaria de España, donde reside desde 1919 hasta 1921, año en que los Borges regresan a Buenos Aires. El joven poeta redescubre su ciudad natal, sobre todo los suburbios del Sur, poblados de compadritos. Empieza a escribir poemas sobre este descubrimiento(1), publicando su primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires (1923). Instalado definitivamente en su ciudad natal a partir de 1924, publicará algunas revistas literarias y con dos libros más, Luna de enfrente e Inquisiciones, establecerá ya en 1925 su reputación de jefe de la más joven vanguardia.
En los treinta años siguientes, Georgie se transforma en Borges; es decir: en uno de los más brillantes y más polémicos escritores de nuestra América. Cansado del ultraísmo (escuela experimental de poesía que se desarrolló a partir del cubismo y futurismo) que él mismo había traído de España, intenta fundar un nuevo tipo de regionalismo, enraizado en una perspectiva metafísica de la realidad. Escribe cuentos y poemas sobre el suburbio porteño, sobre el tango, sobre fatales peleas de cuchillo ("Hombre de la esquina rosada" (2),"El Puñal"(3)). Pronto se cansará también de este ismo y empezará a especular por escrito sobre la narrativa fantástica o mágica, hasta punto de producir durante dos décadas, 1930-1950, algunas de las más extraordinarias ficciones de este siglo (4) (Historia universal de la infamia,1935; Ficciones, 1935-1944; El Aleph, 1949; entre otros).
En 1961 comparte con Samuel Beckett el Premio Formentor otorgado por el Congreso Internacional de Editores, y que será el comienzo de su reputación en todo el mundo occidental. Recibirá luego el título de Commendatore por el gobierno italiano, el de Comandante de la Orden de las Letras y Artes por el gobierno francés, la Insignia de Caballero de la Orden del Imperio Británico y el Premio Cervantes, entre otros numerosísimos premios y títulos.
Una encuesta mundial publicada en 1970 por el Corriere della Sera revela que Borges obtiene allí más votos como candidato al Premio Nobel que Solzhenitsyn, a quien la Academia Sueca distinguirá ese año.
El 27 de Marzo de 1983 publica en el diario La Nación de Buenos Aires el relato "Agosto 25, 1983", en que profetiza su suicidio para esa fecha exacta. Preguntado tiempo más tarde sobre por qué no se había suicidado en la fecha anunciada, contesta lisamente: "Por cobardía". Ese mismo año la Academia sueca otorga el Premio Nobel a William Golding; uno de los académicos denuncia la mediocridad de la elección. Todos siguen preguntándose por qué Borges es sistemáticamente soslayado. El premio a Golding parece dar la razón a los que dudan de que los académicos suecos sepan realmente leer. Jorge Luis Borges murió en Ginebra, el 14 de junio de 1986.
Borges: ficción e intertextualidad
Por Margo Glantz
Si se constata que la primera obra que escribió Jorge Luis Borges en 1905, a la edad de seis años, y con el permiso expreso de su padre, haya sido un resumen en lengua inglesa de la mitología griega, tendremos la justificación del título de este trabajo.
Habiendo aprendido a leer primero en inglés, gracias al influjo que sobre él tuvo Fanny Haslan, su abuela paterna, Borges ejercita su vacilante pluma en un texto flagrantemente intertextual. Es más, si su producción ya largamente extendida por el siglo se coloca en dos extremos y si se revisa el tipo de libros que escribió cuando empezaba y ahora que termina, constatamos dos libros, uno del principio de su carrera, Historia universal de la infamia, fechado en 1935, y Libro de sueños, aparecido en 1976, por tanto del final. Ambos son presentados en sus prólogos como "ambiguos ejercicios" sobre los cuales no se tiene mayor derecho que el que podría tener un traductor o un lector. Es decir, su actividad escrituraria es concebida como un ejercicio que permite luego pasar a una "trabajosa composición" de ficciones.
Ficción e intertextualidad, pues. Borges escribe ficciones que se inscriben en el universal ámbito de lo intertextual y su filiación es ampliamente declarada y su participación como escritor denigrada y soslayada. En efecto, en el mismo prólogo que antecede la impresión de sus historias infames, Borges añade las siguientes palabras:
"(Estas historias) son el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias. De estos ambiguos ejercicios pasó a la trabajosa composición de un cuento directo -"Hombre de la esquina rosada"- que firmó con el nombre de un abuelo de sus abuelos, Francisco Bustos, y que ha logrado un éxito singular y un poco misterioso". Enmascarado y defendido por "uno de esos abuelos" que combatieron en las luchas de independencia de la Argentina y que Borges tanto admira, este joven tímido e irresponsable se lanza a la tarea de "falsear y tergiversar" ajenas historias. Es decir que tanto en el nombre como en la acción que le da sentido al nombre, Borges se esconde detrás de alguien o de algo. Este esconderse que se traduce por falsearse determina, a pesar de la ambigüedad aparente de los términos empleados, un nuevo concepto explícito de la escritura. Una confesión expresa de la intertextualidad, una relación con lo escrito antes, una negación de la individualidad del escritor, una corroboración de la escritura como saber colectivo. Si a esta constatación añadimos el título que ostentan los libros mencionados la corroboración se magnificará: Historia universal de la infamia testifica en su capacidad abarcadora el mundo, expresado en su universalidad, y el intento de compilar el saber o registrar los hechos humanos que connota la palabra historia. Si a este título agregamos el de Historia de la eternidad, libro que continúa cronológicamente el de la infamia, esta constatación se vuelve en sí misma una hipérbole.
La intención de intertextualidad es delirante y así se nos declara en la vociferación implícita del título que llevan los libros y los cuentos mismos, en los prólogos con que empieza cualquiera de sus impresiones -y que ahora ha publicado con ese título, Prólogos- en las alusiones falsas de sus textos, en el aparato crítico falaz y sin embargo académico que los sustenta, en la minuciosa pero a la vez rápida incursión por las erudiciones, en su continuo tránsito por las enciclopedias que inician sus relatos y que encarnan su andamiaje, en su pertinaz relación con autores del pasado, en su obsesiva visita a las filosofías. Es más, la intertextualidad es el cuerpo de la ficción.
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Si entendemos por intertextualidad el hecho de que "todo texto es absorción y transformación de una multiplicidad de otros textos" (Kristeva, Todorov, Barthes) cualquier obra analizada estará "trabajada" por la intertextualidad. Pero la obra de Borges explícita esta relación, ya lo he dicho, la utiliza como fundamento de la ficción y sobre ella se construye. Analicemos el origen de la infamia:
En 1933, el periódico de Buenos Aires, Crítica, lanza un suplemento sabatino impreso en colores y ofrece a sus lectores tiras cómicas, crucigramas, cuentos, reseñas de cine, y libros, etc. Borges es uno de sus directores y en el primer número publica bajo el rubro Historia universal de la infamia, la biografía ficticia de "El espantoso redentor Lázaro Morell". A partir de esta fecha hasta el 23 de junio de 1934, irán apareciendo, algunos sábados, las ficciones contenidas en ese libro de ejercicios ambiguos. Estas ficciones han sido construidas a partir de múltiples datos extraídos de muy diversas fuentes: Un libro de Mark Twain, la Enciclopedia Británica, una historia de la piratería, otra sobre los gangsters de New York, textos de Swedenborg, Las Mil y una noches, El Libro del Conde Lucanor, etc.
Estas dispares fuentes se unifican en un procedimiento, el empleado por Marcel Schwob para construir sus vidas imaginarias: "Inventó biografías de hombres reales de los cuales poco o nada quedaba registrado, dice Borges. En cambio yo leí a cerca de personas conocidas y deliberadamente varié y distorsioné los datos a mi capricho". La erudición alimenta una construcción que, aunque apoyada en datos fidedignos, los distorsiona y en los intersticios de la distorsión se fundamenta la invención. Pero no para allí el procedimiento. El suplemento semanal que insertó las historias infames se nutre de literatura popular que sirve para entretener y los relatos de Borges se entregan como un producto de subliteratura. La construcción empieza a volverse laberíntica.
La característica principal del laberinto, marca esencial de la ficción borgiana, es su complejidad, pero también su aparente sencillez. Y esa sencillez se inicia en el título "que aturde con su infamia" al colocar en la historia universal un dato contradictorio que la pone al revés: una heroicidad de signo contrario, como también lo ha sido el hecho de plantear una imitación de Schwob pero utilizando su mismo procedimiento a la inversa.
Al reconocimiento de un saber universal que determina una ficción se agrega un contexto popular que la vuelve cotidiana a pesar de todas las referencias librescas. Los "ejercicios ambiguos" empiezan a adquirir un relieve muy especial. Son ejercicios de erudición y de concentración histórica que revelan un saber enciclopédico y por ello total. Pero su totalidad se apoya no sólo en el intento por reducir lo universal a unas cuantas vidas infames, sino por acercarlas a un público que las contemple como productos de literatura popular. El laberinto que es la ficción misma empieza a construirse: literatura popular más literatura universal, más conocimientos enciclopédicos, más invención. Pero, ¿cómo concentrar en unas cuantas páginas la historia universal? Usando a la vez la concentración y la proliferación. Borges mismo lo declara: "Estos ejercicios... abusan de algunos procedimientos: las enumeraciones dispares, la brusca solución de continuidad, la reducción de la vida entera de un hombre a dos o tres escenas". Los datos eruditos que se manejan como intertextualidad se disuelven en ficción: las imágenes fundamentales determinan la concentración.
Un movimiento específico acompaña al personaje y lo deja instalado como imagen: Billy the Kid marca en su revólver las muertes que lo han vuelto legendario, sin contar entre ellas a los mexicanos, y Monk Eastman "por cada pendenciero que serenaba hacía una marca en el brutal garrote". Este acto repetitivo fija al personaje y lo graba en el relato de la acción, cumpliendo así literalmente la repetición.
La repetición se da en este nivel pero se reitera mediante la enumeración. El conocimiento es múltiple, abarcador, enciclopédico, y ocupa sólo el espacio abreviado de la reiteración, otra de las piezas para la construcción del laberinto.
La palabra enciclopedia convoca la idea de monumentalidad, sin embargo las enciclopedias concentran en apartados, pulcramente separados por un orden alfabético, vastas cantidades de conocimiento. Borges procede de la misma manera, pero, además de concentrarlo, lo representa y la historia se reduce al comentario resumido de unas cuantas vidas infames que descuellan por su turbulencia, pero sobre todo por ciertos actos narrados que destacan como imágenes: "Los hilos de un relato se entrelazan de vez en cuando y forman una imagen en la trama; de vez en cuando los personajes adoptan una actitud, entre ellos o hacia la naturaleza, que deja grabado el relato como una ilustración. Crusoe retrocediendo ante la huella de un pie, Aquiles clamando contra los troyanos, Ulises doblando el gran arco, Christian que corre con los dedos en los oídos: cada uno de éstos es un momento culminante de la leyenda, y todos ellos han quedado impresos para siempre en el ojo de la mente" (Stevenson citado por Borges). Así la historia se desdobla, es, por una parte, como dice la Real Academia, "Narración y exposición verdadera de los acontecimientos pasados y cosas memorables" pero también fábula, cuento. Y como cuento que descansa en imágenes "impresas en el ojo de la mente" se acerca al cine.
La invención se vuelve plástica en su representación y reitera imágenes y al concentrar en un acto su signo determinante acude a otro tipo de intertextualidad que ya no es el texto escrito. Recordemos que el periódico que publica los cuentos infames publica también tiras cómicas y reseñas cinematográficas y en honor de la verdad éstas están mucho más cercanas al cine que aquéllos.
Su colorido y su movimiento sucesivo es un sustituto del cine épico que a Borges le gusta reseñar en artículos también sucesivos. Esos tan reiterados "ambiguos ejercicios" han sido inspirados como lo confiesa Borges "en sus relecturas de Stevenson y de Chesterton y aún de los primeros films de von Stenberg..."
La realidad que la historia quiere que se capte no es vaga "pero si nuestra percepción general de la realidad"; para contrarrestar esa débil percepción se manejan imágenes tajantes que nos la devuelven clarificada y sintetizada, de ahí el peligro de justificar demasiado los actos o de inventar muchos detalles. Hasta aquí la concentración que permite realizar el paso de la Historia como narración verídica, de los hechos a la historia como fábula o como cuento. El arte individualiza lo que la Historia generaliza y procede por imágenes discontinuas como el cine.
Lo escénico otra vez, otra vez el gusto de contemplar la imagen. En esa inclinación Borges parece acercarse a una intertextualidad que la lleva a lo popular: Tira cómica, historias truculentas y antiheroicas, cine épico, western, novela policiaca, contrastan con la erudición, con lo que el saber concentrado es realmente enciclopédico; pero si uno de los niveles de la lectura de este autor es esencialmente popular porque engloba todos esos aspectos asimilándolos gracias al procedimiento de la concentración y la proliferación, éste también nos conduce a otro significado de la imagen, su significado metafísico. "Los doctores del Gran Vehículo, advierte Borges al finalizar el prólogo que antecede la reimpresión de sus historias infames en 1953, enseñan que lo esencial del universo es la vacuidad. Tienen plena razón en lo referente a esa mínima parte del universo que es este libro. Patíbulos y piratas lo pueblan y la palabra infamia aturde en el título, pero bajo los tumultos no hay nada. No es otra cosa que apariencia, que una superficie de imágenes..."
Y el cine es también sólo superficie de imágenes, cuando la proyección cesa la pantalla no refleja nada, es como un espejo que carece de fondo y cuya realidad es el vacío. También la palabra escrita evoca imágenes que impresas simulan una percepción visual, "ocular". Su realidad es tan falsa como el rostro del profeta velado, cuento con el que termina el ejercicio ambiguo y se inicia la composición de un "verdadero relato" en esta compilación de historias infames. El tintorero enmascarado Hakim de Merv es el más imaginario de sus infames, es el invento más total de esta galería de imágenes discontinuas que venimos trabajando. Su intertextualidad aparente es menor, más diluida y su más cercano antecedente es El rey de la máscara de oro de Marcel Schowb y ciertos elementos históricos obtenidos en la descripción topográfica e histórica de Boukhara escrita por Abu-Bak Mohammad ibn Dja' far Narshakhi.
Borges mismo cita cuatro fuentes pero muchos de los elementos principales han sido inventados por él. Lo importante es advertir que Borges ha incluido, en la cita antes leída, a su libro como parte del universo y su profeta velado invoca, para validar su superchería, una herejía gnóstica; además el profeta tiene relaciones con la alquimia: es tintorero, combina ácidos, conoce los metales y su cara se ha trasmutado por la lepra.
Esta trasmutación de lo narrado en invención enfrenta una cosmogonía herética a una realidad desfigurada. El profeta es invulnerable y su rostro ciega a quien lo mira; la máscara, el velo son usados como intermediarios de una invulnerabilidad que causa la ceguera a quien la enfrenta, pero el verdadero rostro es el espejo descarnado del leproso, mirarlo es como experimentar el vitriolo, ácido que el tintorero emplea en sus experimentos.
El Dios que postula la cosmogonía de Hakim es un Dios espectral: "Esa divinidad carece majestuosamente de origen, así como de nombre y de cara. Es un dios inmutable, pero su imagen proyectó nueve sombras que, condescendiendo a la acción, dotaron y presidieron un primer cielo. De esa primera corona demiúrgica procedió una segunda, también con ángeles, potestades y tronos, y éstos fundaron otro cielo más abajo, que era el duplicado simétrico del inicial. Ese segundo cónclave se vio reproducido en uno terciario y ése en otro inferior, y así hasta 999. El señor del cielo del fondo es el que rige -sombra de sombras de otras sombras- y su fracción de divinidad tiende a cero."
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La famosa frase que convoca a Tlön aparece ya aquí, la subrayo: "La tierra que habitamos es un error, una incompetente parodia. Los espejos y la paternidad son abominables, porque la multiplican y afirman." La cosmogonía gnóstica así enunciada se guarda en el relato. El velado rostro del profeta huye de los espejos y de su reflejo; su invulnerabilidad es una parodia que enmascara, oculta, y sus artes mágicas derivan de la alquimia. La intertextualidad se amplía y se dirige a una zona esotérica, patrimonio iniciático pero también popular. Todo el saber se conjunta agregándose concentrado y repetitivo en páginas breves. Y al conjuntarlo y hacer de su libro una parte del universo entramos en la máxima sintetización mediante otra combinación alquímica.
Borges intertextualiza su creación y sus ensayos prefiguran sus ficciones. El ejercicio ambiguo que desemboca en la composición se inicia en la metafísica que para Borges es una rama de la literatura fantástica. Imaginar a Dios y hacerlo protagonista de diversos relatos míticos que se consignan en las cosmogonías es la máxima ficción, concebida como invención y, como construcción Borges reseña las cosmogonías, las relata traduciéndolas a su lenguaje y luego las incorpora a su ficción, pero al incorporarlas se inserta dentro del relató mítico. El profeta velado se contamina de la herejía de Basílides, analizada en Discusión, libro anterior al de la infamia. Y en el título de su ensayo aparece como imagen predominante la figura enmascarada: "Una vindicación del falso Basílides".
Esta proliferación de la intertextualidad se asemeja a la cópula y a los espejos y se aproxima a la contaminación del libro. El libro sin embargo parece trasmutarse y desaparecer como un sueño al tiempo que se le concibe simultáneamente como un libro total, como una posibilidad de lectura cifrada de lo cósmico. El libro de sueños aparecido en 1976 es una antología textual de sueños donde se insertan algunos textos firmados por Borges. El puro hecho de seleccionar el material se convierte en una autoría y todos los textos se asimilan a un solo autor polivalente, el propio Borges. Así se aniquila su individualidad al tiempo que se resalta. La intertextualidad se agiganta pero también se desvanece dentro del contexto de lo soñado, que equivale de nuevo a un reflejo en el espejo: lo soñado nos vincula con un rostro que se esfuma en cuanto la vigilia amenaza la noche.
La ambigüedad evocada en el "ejercicio" de una ficción preparatoria invade la composición total. A la precisión de ciertas imágenes tajantes responde la imprecisión de lo soñado. Pero la composición, la ficción, que se fundamenta en la intertextualidad y que se encarna en ella, nos conduce a un concepto que abarca todo lo anterior. La intertextualidad es el Libro, pero el libro es concebido como una escritura cifrada del universo, como un espacio donde se conjunta la palabra y la escritura y por tanto como un espacio sagrado. Julia Kristeva dice en Texto de la novela: "La escritura es concebida como una red de marcas para cuya sustancia escritural y valor fonético de MATERIA es tan importante como el contenido expresado". El reflejo vacío del espejo, la irrealidad del universo se conjuran en la escritura y en la palabra revelada, en el verbo encarnado, en la escritura y en ese espacio donde convergen palabra como sonido y palabra como grafía, se recupera el universo, es más, se concentra el universo.
El libro, combinación de letras y de números, es concebido como revelación, como otra forma de la herejía gnóstica, la cabalística: Esa ciencia oculta que mediante combinaciones puede crear hombres imperfectos como el Golem o sueños perfectos como el tigre asiático. La composición combinatoria de palabras que preside a la ficción ordena el mundo y lo enfrenta así ordenado, dentro del espacio que la grafía condensa, "al desorden asiático de la realidad".
La intertextualidad borgiana abre el camino a la lectura plural, a la reescritura de lo leído. En Borges converge el autor universal y desaparece el escritor que el individualismo romántico nos ofrece como estereotipo. Firmar un texto o antologarlo viene a ser lo mismo y en su escritura Borges convoca a la vez el problema mismo de la escritura y de su teoría, o mejor, de la composición del relato.
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"Jorge Luis Borges, escritor que
enorgullece la la Argentina fue enviado a inspeccionar gallinas"
Diario El Plata, Montevideo, 25 de julio de 1946
Bajo estos mismos títulos dice un diario porteño:
"Ha sido comentado en los más diversos tonos en los ambientes
artísticos, la medida adoptada por las autoridades edilicias contra el
escritor Jorge Luis Borges, quien desde hace dieciocho años desempeña un
puesto importante en una biblioteca del municipio. No es necesario
abundar acá en consideraciones acerca de los sólidos méritos del
prestigioso escritor a quien de cierta manera puede considerárselo como
jefe de una escuela: "el borgismo ", que de ciencia cierta existe, pero
que algún día será analizada ampliamente. La producción, la obra y la
acción de Borges son, asimismo, tan vastamente conocidas dentro y fuera
del país, que no es necesario que nos detengamos a analizarlas en estos
momentos. Pero el escritor es quien va a hablar.
—¡Hola, don Jorge Luis! ¿Cómo le va?
—Ya lo ve, vivito y coleando.
—¿ Y qué le pasó en la Municipalidad que se cuentan las cosas más
dispares acerca de su traslado, cesantía o lo que fuere?
—Nada; una cosa muy sencilla. Yo toda la vida he tenido dos "hobbyes"
por no decir dos debilidades: los libros y firmar. Cuando chico firmaba
en las paredes. ¿Se acuerdan ustedes de aquellos poemas murales? Me ha
gustado siempre firmar lo que escribo y a veces, cuando algo de un amigo
me gusta mucho, también lo firmaría.
—Sí, bueno, está bien; pero eso ¿qué tiene que ver con el asunto de la
Municipalidad?
—A eso iba. Como a mí me da por firmar todo lo fumable, resulta que
firmé cuanto manifiesto me trajeron los amigos. Esos manifiestos
ingenuos en que se afirma que la verdad debe triunfar y que la libertad
es libre, como dice el paisano.
—Bueno, pero ¿quépasó, entonces?
Mi padre era muy inteligente y como
todos los hombres inteligentes muy bondadoso. Una vez me dijo que me fijara bien
en los soldados, en los uniformes, en los cuarteles, en las banderas, en las
iglesias, en los sacerdotes y en las carnicerías, ya que todo eso iba a
desaparecer y algún día podría contarle a mis hijos que había visto esas cosas.
Hasta ahora, desgraciadamente, no se ha cumplido la profecía. Mi padre era un
hombre tan modesto que hubiera preferido ser invisible. Aunque se enorgullecía
de su ascendencia inglesa, solía bromear sobre ella. Nos decía, con fingida
perplejidad: "¿Qué son, al fin y al cabo, los ingleses? Son unos chacareros
alemanes". Sus ídolos eran Shelley, Keats y Swinburne. Como lector tenía dos
intereses. En primer lugar, libros sobre metafísica y psicología (Berkeley,
Hume, Royce y William James). En segundo lugar, literatura y libros sobre el
Oriente (Lane, Burton y Payne). Él me reveló el poder de la poesía: el hecho de
que las palabras sean no sólo un medio de comunicación sino símbolos mágicos y
música. Cuando ahora recito un poema en inglés, mi madre me dice que lo hago con
la voz de mi padre. También me dio, sin que yo fuera consciente, las primeras
lecciones de filosofía. Cuando yo era todavía muy joven, con la ayuda de un
tablero de ajedrez, me explicó las paradojas de Zenón: Aquiles y la tortuga, el
vuelo inmóvil de la flecha, la imposibilidad del movimiento. Más tarde, sin
mencionar el nombre de Berkeley, hizo todo lo posible por enseñarme los
rudimentos del idealismo.
Mi padre escribió una novela, que
publicó en Mallorca en 1921, sobre la historia de Entre Ríos. Se llamaba El
Caudillo. También escribió (y destruyó) un libro de ensayos, y publicó una
traducción de la versión de FitzGerald del poema de Omar Khayyam en la misma
métrica del original. Destruyó un libro de historias orientales -a la manera de
Las Mil y Una Noches- y un drama, Hacia la nada, acerca de un hombre
desilusionado por su hijo. Publicó además algunos buenos sonetos al estilo de
Enrique Banchs.
En 1914 nos trasladamos a Europa. Mi
padre había empezado a perder la vista, y recuerdo haberle oído decir: "¿Cómo
voy a seguir firmando documentos legales si no puedo leerlos?". Forzado a un
retiro temprano, planeó nuestro viaje exactamente en diez días. En esos tiempos
el mundo no era desconfiado; no había pasaportes ni trámites burocráticos de
ningún tipo. Primero pasamos unas semanas en París, ciudad que no me fascinó ni
en ese entonces ni después, al contrario de lo que le sucede a la mayoría de los
argentinos. Quizá sin saberlo, siempre fui un poco británico -de hecho, siempre
pienso en Waterloo como en una victoria-.
Permanecimos en Suiza hasta 1919.
Después de tres o cuatro años en Ginebra, pasamos un año en Lugano. Ya tenía el
título de bachiller, y estaba sobreentendido que debía dedicarme a escribir.
Quería mostrarle mis manuscritos a mi padre, pero él me dijo que no creía en los
consejos y que debía aprender solo, mediante la prueba y el error. Yo había
estado escribiendo sonetos en inglés y en francés. Los sonetos en inglés eran
malas imitaciones de Wordsworth, y los sonetos en francés copiaban, de manera
acuosa, la poesía simbolista. Todavía recuerdo una línea de mis experimentos
franceses: "Petite boíte noire pour le violon cassé". El texto completo se
titulaba "Poéme pour étre recité avec un accent russe". Sabiendo que escribía un
francés de extranjero, pensé que era mejor un acento ruso que uno argentino. En
mis experimentos con el inglés adoptaba algunas peculiaridades del siglo
dieciocho, como "o'er" en vez de "over" y, para mayor facilidad métrica, "doth
sing" en vez de "sings". Pero no ignoraba que el español era mi destino
ineludible.
Cansinos era un lector voraz. Había
traducido El comedor de opio de De Quincey, las Meditaciones de Marco Aurelio
del griego, novelas de Barbusse y Vidas imaginarias de Schwob. Más tarde
emprendería la traducción de las obras completas de Goethe y Dostoievski.
También hizo la primera versión española de Las Mil y Una Noches, que es muy
libre comparada con la de Burton o la de Lane pero cuya lectura es, en mi
opinión, más agradable. Un día fui a verlo y me llevó a su biblioteca. Más bien
debería decir que toda su casa era una biblioteca. Uno tenía la sensación de
atravesar un bosque. Era demasiado pobre para tener estantes y los libros
estaban amontonados desde el suelo hasta el techo, y había que abrirse paso
entre las pilas. Sentía que Cansinos era como todo el pasado de aquella Europa
que yo estaba dejando atrás: algo así como el símbolo de toda la cultura,
occidental y oriental. Pero tenía una perversión que le impedía llevarse bien
con sus contemporáneos más destacados. Consistía en escribir libros que
elogiaban con generosidad a escritores de segunda o de tercera. En aquellos
tiempos Ortega y Gasset estaba en la cumbre de la fama, pero Cansinos lo
consideraba mal filósofo y mal escritor. Lo que a mí me dio, por sobre todo, fue
el placer de la conversación literaria, y también me estimuló a ampliar mis
lecturas. En cuanto a la escritura, empecé a imitarlo. Él escribía frases largas
y fluidas con un sabor nada español y muy hebreo.
Regresamos a Buenos Aires en
el Reina Victoria Eugenia hacia fines de marzo de 1921. Fue para mí una
sorpresa, después de vivir en tantas ciudades europeas -después de tantos
recuerdos de Ginebra, Zurich, Nimes, Córdoba y Lisboa-, descubrir que el lugar
donde nací se había transformado en una ciudad muy grande y muy extensa, casi
infinita, poblada de edificios bajos con azotea, que se extendía por el oeste
hacia lo que los geógrafos y los literatos llaman la pampa. Más que un regreso
fue un redescubrimiento. Podía ver Buenos Aires con entusiasmo y con una mirada
diferente porque me había alejado de ella un largo tiempo. Si nunca hubiera
vivido en el extranjero, dudo que hubiese podido verla con esa rara mezcla de
sorpresa y afecto. La ciudad -no toda la ciudad, claro, sino algunos lugares que
adquirieron para mí una importancia emocional- me inspiró los poemas de Fervor
de Buenos Aires, mi primer libro publicado.
VOLVER A CUADERNOS DE LITERATURA
—Un momento; en los poemas no hay que pegar saltos. Hace pocos días me
mandaron llamar para comunicarme que había sido trasladado de mi puesto
de bibliotecario al de inspector de aves —léase gallináceas— a un
mercado de la calle Córdoba. Aduje yo que sabía mucho menos de gallinas
que de libros y que si bien me deleitaba leyendo "La serpiente
emplumada", de Lawrence, de ello no debe sacarse la conclusión que sepa
de otras plumas o diferenciar la gallina de los huevos de oro de un
gallo de riña. Se me respondió que no se trataba de idoneidad sino de
una sanción por andarme haciendo el democrático ostentando mi firma en
toda cuanta declaración salía por ahí. Comprendí, entonces, que se
trataba de molestarme o de humillarme simplemente. Naturalmente que si,
como ustedes dicen, me hubieran trasladado a las funciones de agente de
tránsito, a lo mejor me da por calzarme el uniforme, y ya me hubieran
visto allá arriba en la garita armando un verdadero despatarro.
— Y usted, ¿qué actitud adoptó?
—Ninguna; me fui a casa. Tenía un libro de Elouard y otro de Vercors
para los cuales no encontraba manera de roer tiempo a otras cosas y
leerlos. Y me puse a leer y me olvidé del mundo. Pero al día siguiente,
la realidad me dio un vuelco; de la Municipalidad me comunicaban que
hacía veinticuatro horas que estaban esperando mi renuncia y que estaba
ya en mora. Estaban, pues, plenamente convencidos de que no iba a
aceptar la situación y que iba a renunciar. Me conocían, ¿verdad?
—Indudablemente.
—Eso es todo; la verdad, nada más que la verdad, sólo la verdad."
Nota: El 15 de agosto de 1946, la revista Argentina Libre publica el
discurso pronunciado por Leónidas Barletta, en la comida de desagravio
que la Sociedad Argentina de Escritores (S.A.D.E.) ofrece a Borges, a
raíz de su destitución del cargo de bibliotecario.
En: Jorge Luis Borges, Textos Recobrados 1931-1955.
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Autobiografía
o Las memorias de Borges (1970)
(Titulo original 'An Autobiographical Essay')
I
Familia e Infancia
No puedo precisar si mis primeros recuerdos se remontan a la orilla oriental u
occidental del turbio y lento Río de la Plata; si me vienen de Montevideo, donde
pasábamos largas y ociosas vacaciones en la quinta de mi tío Francisco Haedo, o
de Buenos Aires. Nací en 1899 en pleno centro de Buenos Aires, en la calle
Tucumán entre Suipacha y Esmeralda, en una casa pequeña y modesta que pertenecía
a mis abuelos maternos. Como la mayoría de las casas de la época, tenía azotea,
zaguán, dos patios y un aljibe de donde sacábamos el agua. Debemos habernos
mudado pronto al suburbio de Palermo, porque tengo recuerdos tempranos de otra
casa con dos patios, un jardín con un alto molino de viento y un baldío del otro
lado del jardín. En esa época Palermo -el Palermo donde vivíamos, Serrano y
Guatemala- era el sórdido arrabal norte de la ciudad, y mucha gente, para quien
era una vergüenza reconocer que vivía allí, decía de modo ambiguo que vivía por
el Norte. Nuestra casa era una de las pocas edificaciones de dos plantas que
había en esa calle; el resto del barrio estaba formado por casas bajas y
terrenos baldíos. Muchas veces me he referido a esa zona como "barriada". En
Palermo vivía gente de familia bien venida a menos y otra no tan recomendable.
Había también un Palermo de compadritos, famosos por las peleas a cuchillo, pero
ese Palermo tardaría en interesarme, puesto que hacíamos todo lo posible, y con
éxito, para ignorarlo. No como nuestro vecino Evaristo Carriego, que fue el
primer poeta argentino en explorar las posibilidades literarias que tenía allí
al alcance de la mano. En cuanto a mí, no era consciente de la existencia de los
compadritos, dado que apenas salía de casa.
Mi padre, Jorge Guillermo Borges, era abogado. Filósofo anarquista en la línea
de Spenser, enseñaba psicología en la Escuela Normal de Lenguas Vivas, donde
dictaba las clases en inglés utilizando como texto la version abreviada del
manual de psicología de William James. El inglés de mi padre se debía al hecho
de que su madre, Frances Haslam, nació en Staffordshire y su familia procedía de
la región de Northumbria. Una azarosa trama de circunstancias la trajo a America
del Sur. La hermana mayor de Fanny Haslam se había casado con un ingeniero
ítalo-judío llamado Jorge Suárez, quien introdujo los primeros tranvías tirados
por caballos en la Argentina, donde se establecieron él y su mujer y desde donde
mandaron a buscar a Fanny. Recuerdo una anécdota relacionada con esa aventura.
Suárez era huésped del general Urquiza en su "palacio" de Entre Ríos y cometió
la imprudencia de ganarle la primera partida de naipes al que era el implacable
caudillo de la provincia y capaz de mandar a degollar a cualquiera. Al terminar
la partida, otros huéspedes, alarmados, le explicaron a Suárez que si deseaba
una autorización para que sus tranvías pudieran circular por la provincia, cada
noche debía perder una cierta cantidad de monedas de oro. Urquiza era tan mal
jugador que a Suárez le costó mucho esfuerzo perder las sumas convenidas.
Fue en la ciudad de Paraná donde Fanny Haslam conoció al coronel Francisco
Borges. Ocurrió en 1870 o 1871, durante el sitio de la ciudad por los montoneros
de Ricardo López Jordán. Borges, montado a caballo al frente de su regimiento,
comandaba las tropas que defendían la ciudad. Fanny Haslam lo vio desde la
azotea de su casa; y esa misma noche organizaron un baile para celebrar la
llegada de las tropas gubernamentales de relevo. Fanny y el coronel se
conocieron, bailaron, se enamoraron y con el tiempo se casaron.
Mi padre era el menor de dos hijos. Había nacido en Entre Ríos y solía
explicarle a mi abuela, una respetable señora inglesa, que en realidad no era
entrerriano, ya que -me decía- "Fui engendrado en la pampa". Mi abuela, con
reserva inglesa, respondía: "Estoy segura de que no entiendo lo que querés
decir". Por supuesto, lo que decía mi padre era cierto, dado que mi abuelo, a
principios de la década de 1870, fue comandante en jefe de las fronteras del
norte y el oeste de la provincia de Buenos Aires. De chico le oí contar a Fanny
Haslam muchas historias sobre la vida de frontera de aquellos tiempos. Una de
ellas aparece en mi cuento "Historia del guerrero y de la cautiva". Mi abuela
había hablado con varios caciques, cuyos nombres algo burdos, me parece, eran
Simón Coliqueo, Catriel, Pincén y Namuncurá. En 1874 -durante una de nuestras
guerras civiles- mi abuelo, el coronel Borges, encontró la muerte. Tenía
entonces cuarenta y un años. En las complicadas circunstancias que rodearon su
derrota en La Verde, envuelto en un poncho blanco, montó un caballo y seguido
por diez o doce soldados avanzó despacio hacia las líneas enemigas, donde lo
alcanzaron dos balas de Remington. Fue la primera vez que esa marca de rifle se
usó en la Argentina, y me fascina pensar que la marca que me afeita todas las
mañanas tiene el mismo nombre que la que mató a mi abuelo.
Fanny Haslam era una gran lectora. Cuando ya había pasado los ochenta la gente
le decía, para ser amable con ella, que ya no había escritores como Dickens y
Thackeray. Mi abuela contestaba: "Sin embargo yo prefiero a Arnold Bennett,
Galsworthy y Wells". Cuando se estaba muriendo, a la edad de noventa años, en
1935, nos llamó a su lado y en inglés (su español era fluido pero pobre), con
aquella voz débil, nos dijo: "No soy más que una vieja muriéndose muy, muy
despacio. Eso no tiene nada de notable ni de interesante". No veía ninguna razón
para que toda la casa se alterara, y se disculpó por tardar tanto en morir.

Borges: Obras,
reseñas y traducciones inéditas. Colaboraciones de Jorge
Luis Borges en la "Revista Multicolor" de los sábados del
diario Crítica 1933-1934. Clic en la imagen para descargar.
Mi madre, Leonor Acevedo de Borges, proviene de familias argentinas y uruguayas
tradicionales, y a los noventa y cuatro años sigue tan fuerte como un roble, y
tan católica. En épocas de mi infancia la religión era cosa de mujeres y de
niños; los porteños en su mayoría eran librepensadores, aunque si se les
preguntaba por lo general se declaraban católicos. Creo que heredé de mi madre
la cualidad de pensar lo mejor de la gente, y su fuerte sentido de la amistad.
Mi madre siempre ha tenido una actitud hospitalaria. Desde que aprendió el
inglés a través de mi padre, casi todas sus lecturas han sido en esa lengua.
Después de la muerte de mi padre, como era incapaz de fijar la atención en la
página impresa, tradujo La comedia humana de William Saroyan para lograr
concentrarse. La traducción encontró editor, y por ese trabajo recibió un
homenaje de una sociedad armenia de Buenos Aires.
Más tarde tradujo algunos cuentos de Hawthorne y uno de los libros sobre arte de
Herbert Read. Hizo también algunas de las traducciones de Melville, Virginia
Woolf y Faulkner que se me atribuyen. Para mí siempre ha sido una compañera
-sobre todo en los últimos tiempos, cuando me quedé ciego- y una amiga
comprensiva y tolerante. Hasta hace muy poco, fue una verdadera secretaria:
contestaba mis cartas, me leía, tomaba mi dictado, y también me acompañó en
muchos viajes por el interior del país y el extranjero. Fue ella, aunque tardé
en darme cuenta, quien silenciosa y eficazmente estimuló mi carrera literaria.
Su abuelo fue el coronel Isidoro Suárez, quien en 1824, a los veinticuatro años,
comandó la famosa carga de caballería peruana y colombiana que decidió la
batalla de Junín, en Perú. Ésa fue la penúltima batalla de la guerra
sudamericana de Independencia. Aunque Suárez era primo segundo de Juan Manuel de
Rosas, prefirió el destierro y la pobreza en Montevideo a vivir bajo una tiranía
en Buenos Aires. Sus tierras fueron confiscadas y a uno de sus hermanos lo
ejecutaron. Otro miembro de la familia de mi madre fue Francisco de Laprida,
quien en 1816, en Tucumán, presidió el Congreso que declaró la independencia de
la Confederación Argentina. Murió en 1829, en una guerra civil. El padre de mi
madre, Isidoro Acevedo, aunque no era militar, participó en guerras civiles
durante las décadas de 1860 y 1880. De modo que por ambos lados de la familia
tengo antepasados militares; eso quizá explique mi nostalgia de ese destino
épico que las divinidades me negaron, sin duda sabiamente.
Ya he dicho que pasé gran parte de mi infancia sin salir de mi casa. Al no tener
amigos, mi hermana y yo inventamos dos compañeros imaginarios a los que
llamamos, no sé por qué, Quilos y El Molino de Viento. Cuando finalmente nos
aburrieron, le dijimos a nuestra madre que se habían muerto. Siempre fui miope y
usé lentes, y era más bien débil. Como la mayoría de mis parientes habían sido
soldados -hasta el hermano de mi padre fue oficial naval- y yo sabía que nunca
lo sería, desde muy joven me avergonzó ser una persona destinada a los libros y
no a la vida de acción. Durante toda mi juventud pensé que el hecho de ser amado
por mi familia equivalía a una injusticia. No me sentía digno de ningún amor en
especial, y recuerdo que mis cumpleaños me llenaban de vergüenza, porque todo el
mundo me colmaba de regalos y yo pensaba que no había hecho nada para
merecerlos, que era una especie de impostor. Alrededor de los treinta años logré
superar esa sensación.
En casa hablábamos indistintamente en español o en inglés. Si tuviera que
señalar el hecho capital de mi vida, diría la biblioteca de mi padre. En
realidad, creo no haber salido nunca de esa biblioteca. Es como si todavía la
estuviera viendo. Ocupaba toda una habitación, con estantes encristalados, y
debe haber contenido varios miles de volúmenes. Como era tan miope, me he
olvidado de la mayoría de las caras de ese tiempo (quizá cuando pienso en mi
abuelo Acevedo pienso en su fotografía), pero todavía recuerdo con nitidez los
grabados en acero de la Chambers's Encyclopaedia y de la Británica.
La primera novela que leí completa fue Huckleberry Finn. Después vinieron
Roughing It y Flush Days in California. También leí los libros del capitán
Marryat, Los primeros hombres en la luna de Wells, Poe, una edición de la obra
de Longfellow en un solo tomo, La isla del tesoro, Dickens, Don Quijote, Tom
Brown en la escuela, los cuentos de hadas de Grimm, Lewis Carroll, Las aventuras
de Mr. Verdant Green (un libro ahora olvidado), Las mil y una noches de Burton.
La obra de Burton -plagada de lo que entonces se consideraban obscenidades- me
fue prohibida, y tuve que leerla a escondidas en la azotea. Pero en ese momento
estaba tan emocionado por la magia del libro que no percibí en absoluto las
partes censurables, y leí los cuentos sin tener conciencia de cualquier otro
significado. Todos los libros que acabo de mencionar los leí en inglés. Cuando
más tarde leí Don Quijote en versión original, me pareció una mala traducción.
Todavía recuerdo aquellos volúmenes rojos con letras estampadas en oro de la
edición de Garnier. En algún momento la biblioteca de mi padre se fragmentó, y
cuando leí El Quijote en otra edición tuve la sensación de que no era el
verdadero. Más tarde hice que un amigo me consiguiera la edición de Garnier, con
los mismos grabados en acero, las mismas notas a pie de página y también las
mismas erratas. Para mí todas esas cosas forman parte del libro; considero que
ése es el verdadero Quijote.
En español leí muchos de los libros de Eduardo Gutiérrez sobre bandidos y
forajidos argentinos -sobre todo Juan Moreira-, así como las Siluetas militares,
que contiene un vigoroso relato de la muerte del coronel Borges. Mi madre me
prohibió la lectura del Martín Fierro, ya que lo consideraba un libro sólo
indicado para matones y colegiales, y que además no tenía nada que ver con los
verdaderos gauchos. Ese libro también lo leí a escondidas. La opinión de mi
madre se basaba en el hecho de que Hernández había apoyado a Rosas, y por lo
tanto era un enemigo de nuestros antepasados unitarios. Leí también el Facundo
de Sarmiento y muchos libros sobre mitología griega y escandinava. La poesía me
llegó a través del inglés: Shelley, Keats, FitzGerald y Swinburne, esos grandes
favoritos de mi padre que él podía citar extensamente, y a menudo lo hacía.
Una tradición literaria recorría la familia de mi padre. Su tío abuelo Juan
Crisóstomo Lafinur fue uno de los primeros poetas argentinos, y en 1820 escribió
una oda a la muerte de su amigo el general Manuel Belgrano. Uno de sus primos,
Alvaro Melián Lafinur, a quien yo conocía desde la infancia, era un destacado
"poeta menor" y logró entrar en la Academia Argentina de Letras. El abuelo
materno de mi padre, Edward Young Haslam, dirigió uno de los primeros periódicos
ingleses en la Argentina, el "Southern Cross", y se había doctorado en Filosofía
o en Letras, no estoy seguro, en la Universidad de Heidelberg. Haslam no tenía
medios para matricularse en Oxford o Cambridge, de modo que fue a Alemania,
donde consiguió su título después de hacer todos los estudios en latín.
Finalmente murió en Paraná.

Colección de 24
números en pdf de la revista Ultra (poesía-crítica-arte),
editada en Madrid entre 1921 y 1922 como portavoz del
movimiento ultraísta,
donde colaboró, entre otros, Jorge Luis
Borges.
Desde mi niñez, cuando le sobrevino la ceguera, se consideraba de manera tácita
que yo cumpliría el destino literario que las circunstancias habían negado a mi
padre. Era algo que se daba por descontado (y esas convicciones son más
importantes que las cosas que meramente se dicen). Se esperaba que yo fuera
escritor.
Empecé a escribir cuando tenía seis o siete años. Trataba de imitar a clásicos
españoles como Cervantes. Había compuesto en un inglés muy malo una especie de
manual de mitología griega, sin duda plagiado de Lempriére. Ésa puede haber sido
mi primera incursión literaria. Mi primer cuento fue una historia bastante
absurda a la manera de Cervantes, un relato anacrónico llamado "La visera
fatal". Estas cosas las escribía muy prolijamente en cuadernos escolares. Mi
padre nunca interfirió. Quería que yo cometiera mis propios errores, y una vez
dijo: "Los hijos educan a sus padres, y no al revés". A los nueve años traduje
"El príncipe feliz" de Osear Wilde, que fue publicado en "El País", uno de los
diarios de Buenos Aires. Como la traducción estaba firmada simplemente "Jorge
Borges", la gente supuso que era obra de mi padre.
Recordar mis primeros años escolares no me produce ningún placer. Para empezar,
no ingresé a la escuela hasta los nueve años, porque mi padre -como buen
anarquista- desconfiaba de todas las empresas estatales. Como yo usaba lentes y
llevaba cuello y corbata al estilo de Eton, padecía las burlas y bravuconadas de
la mayoría de mis compañeros, que eran aprendices de matones. He olvidado el
nombre de la escuela, pero sé que estaba en la calle Thames. Mi padre solía
decir que en este país la historia argentina había reemplazado al catecismo, de
modo que se esperaba adoración por todo lo que fuera argentino. Por ejemplo, se
nos enseñaba historia argentina antes de permitirnos el conocimiento de los
muchos países y los muchos siglos que intervinieron en su formación. En cuanto a
la redacción en español, me enseñaron a escribir de manera florida: "Aquellos
que lucharon por una patria libre, independiente, gloriosa...". Más tarde, en
Ginebra, me explicaron que esa forma de escribir carece de sentido y que debía
ver las cosas por mis propios ojos. Mi hermana Norah, que nació en 1901, asistió
-naturalmente- a un colegio de niñas.
Durante todos aquellos años pasábamos los veranos en Adrogué, donde teníamos
residencia propia: una casa grande de una planta, con parque, dos glorietas, un
molino de viento y un lanudo ovejero marrón. En esa época Adrogué era un remoto
y tranquilo laberinto de quintas con verjas de hierro y jarrones de mampostería,
de plazas y calles que convergían y divergían bajo el omnipresente olor de los
eucaliptos.
Mi primera experiencia verdadera de la pampa se produjo allá por 1909, durante
un viaje a la estancia de unos parientes que vivían en las proximidades de San
Nicolás, al noroeste de Buenos Aires. Recuerdo que la casa más cercana era una
especie de mancha en el horizonte. Descubrí que esa distancia desmesurada se
llamaba "la pampa"; y cuando me enteré de que los peones eran gauchos, como los
personajes de Eduardo Gutiérrez, adquirieron para mí cierto encanto. Siempre
llegué a las cosas después de encontrarlas en los libros. Una mañana temprano me
dejaron que los acompañara a caballo mientras llevaban el ganado al río. Los
hombres eran pequeños y morochos, y usaban bombachas. Cuando les pregunté si
sabían nadar, me contestaron: "El agua es para el ganado". Mi madre le regaló a
la hija del capataz una muñeca, en una caja grande de cartón. Al año siguiente
volvimos y preguntamos por la niña. "¡Qué alegría le ha dado la muñeca!", nos
dijeron. Y nos la mostraron, todavía en la caja, clavada en la pared como una
imagen. A la niña, por supuesto, sólo le permitían mirarla sin tocarla, porque
la podía manchar o romper. Allí estaba, a salvo, venerada desde lejos. Lugones
ha escrito que en Córdoba, antes de que llegaran las revistas, vio muchas veces
un naipe clavado como un cuadro en la pared de los ranchos. El cuatro de copas,
con el pequeño león y las dos torres, era especialmente codiciado. Influido por
Ascasubi, antes de viajar a Ginebra empecé a escribir un poema sobre los
gauchos. Recuerdo que intenté utilizar la mayor cantidad posible de palabras
gauchescas, pero las dificultades técnicas me superaron y nunca pasé de las
primeras estrofas.
II
Europa
¿Por
qué no ha escrito una novela?
Ante la requisitoria Borges
contestó: "Yo creo que hay dos razones específicas: una, mi
incorregible holgazanería, y la otra, el hecho de que como no me
tengo mucha confianza, me gusta vigilar lo que escribo y, desde
luego, es más fácil vigilar un cuento, en razón de su brevedad, que
vigilar una novela. Es decir, la novela uno la escribe
sucesivamente, luego esas sucesiones se organizan en la mente del
lector o en la mente del autor, en cambio uno puede vigilar un
cuento casi con la misma precisión con que uno puede vigilar un
soneto: uno puede verlo como un todo."
El objetivo del viaje, con respecto a mi hermana y a mí, era que concurriéramos
a la escuela en Ginebra. Viviríamos con mi abuela materna, que viajaría con
nosotros (y finalmente murió allí, mientras mis padres recorrían Europa). Al
mismo tiempo, mi padre se haría tratar por un famoso oculista de Ginebra. En esa
época Europa era más barata que Buenos Aires, y la plata argentina significaba
algo. Pero éramos tan ignorantes de la historia, que no teníamos la menor idea
de que en agosto estallaría la primera Guerra Mundial. En ese momento mi padre y
mi madre estaban en Alemania, pero lograron regresar a Ginebra y reunirse con
nosotros. Un año más tarde, a pesar de la guerra, pudimos atravesar los Alpes
hasta el norte de Italia. Conservo recuerdos vívidos de Verona y de Venecia. En
el vasto y vacío anfiteatro de Verona, me atreví a recitar en voz alta algunos
versos gauchescos de Ascasubi.
Aquel otoño de 1914 empecé a estudiar en el Colegio de Ginebra, fundado por
Calvino. Se trataba de un colegio sin internado. En mi clase éramos unos
cuarenta alumnos, más de la mitad extranjeros. La materia principal era el
latín, y pronto descubrí que si uno era bueno en latín podía descuidar un poco
los demás estudios. Sin embargo, las otras materias -álgebra, química, física,
mineralogía, botánica, zoología- se estudiaban en francés; y ese año aprobé
todos los exámenes excepto, precisamente, el de francés. Sin decirme nada, mis
compañeros firmaron una petición al director. Señalaban que yo había tenido que
estudiar todas las materias en francés, un idioma que también había tenido que
aprender. Le pedían que lo tuviera en cuenta; y él amablemente aceptó. Al
principio ni siquiera entendía cuando un profesor me llamaba por mi apellido,
porque lo pronunciaban a la manera francesa, con una sola sílaba. Cada vez que
tenía que contestar, mis compañeros me daban un codazo.
Vivíamos en un departamento situado en el sur, el centro antiguo de la ciudad.
Conozco Ginebra todavía mejor que Buenos Aires; y eso se explica porque en
Ginebra no hay dos esquinas iguales y uno aprende muy pronto las diferencias.
Todos los días caminaba por la orilla de ese río verde y helado, el Ródano, que
atraviesa el centro de la ciudad pasando por debajo de siete puentes de aspecto
muy diferente. Los suizos son bastante orgullosos y distantes. Mis dos amigos
íntimos, Simón Jichlinski y Maurice Abramowicz, eran de origen judío-polaco. Uno
llegó a ser abogado y el otro médico. Les enseñé a jugar al truco y aprendieron
tan rápido y bien que al final de la primera partida me dejaron sin un centavo.
Me convertí en un buen latinista, aunque la mayoría de mis lecturas personales
las hacía en inglés. En casa hablábamos español, pero el francés de mi hermana
fue de pronto tan bueno que hasta soñaba en ese idioma. Recuerdo que una vez, al
regresar a casa, mi madre encontró a Norah escondida detrás de una cortina de
felpa roja, gritando asustada: "Une mouche, une mouche!". Parece que había
adoptado la idea francesa de que las moscas son peligrosas. "Salí de ahí", le
dijo mi madre sin demasiado fervor patriótico. "¡Naciste y te criaste entre
moscas!"
A causa de la guerra, exceptuando el viaje a Italia y excursiones dentro de
Suiza, no viajamos. Al poco tiempo, desafiando los submarinos alemanes y en
compañía de apenas otros cuatro o cinco pasajeros, mi abuela inglesa vino a
vivir con nosotros.
Por mi cuenta, fuera del colegio empecé a estudiar alemán. Me empujó a esa
aventura Sartor Resartus (El remendón remendado) de Carlyle, que me deslumbraba
y me desconcertaba al mismo tiempo. El protagonista, Diógenes Devil'sdung
(Diógenes Bosta del Diablo), es un profesor de idealismo alemán. Buscaba en la
literatura alemana algo similar a Tácito, pero eso sólo lo encontraría más
tarde, en el inglés y el escandinavo antiguos. La literatura alemana resultó ser
romántica y empalagosa. Al principio intenté leer Crítica de la razón pura de
Kant, pero me derrotó como a la mayoría, incluida la mayoría de los alemanes.
Entonces pensé que la poesía, por su brevedad, sería más fácil. Conseguí un
ejemplar de los primeros poemas de Heine, Lyrisches Intermezzo, y un diccionario
alemán-inglés. Poco a poco, gracias al sencillo vocabulario de Heine, descubrí
que podía leer sin el diccionario. Me había internado pronto en la belleza del
idioma. También logré leer la novela El Golem de Meyrink. (En 1969, cuando
estuve en Israel, hablé de la leyenda bohemia del Golem con Gershom Scholem, un
destacado estudioso del misticismo judío, cuyo nombre yo había usado dos veces
como única rima posible en un poema que escribí sobre el Golem.) Por influencias
de Carlyle y De Quincey -alrededor de 1917- traté de interesarme en Jean-Paul
Richter, pero pronto descubrí que su lectura me aburría. Richter, a pesar de sus
dos defensores ingleses, me pareció un escritor muy farragoso y poco apasionado.
Sin embargo me interesé mucho en el expresionismo alemán, que todavía considero
muy superior a otras escuelas contemporáneas como el imaginismo, el cubismo, el
futurismo, el surrealismo, etcétera. Años después, en Madrid, intentaría algunas
de las primeras y tal vez únicas traducciones al español de algunos poetas
expresionistas.
Mientras vivíamos en Suiza empecé a leer a Schopenhauer. Hoy, si tuviera que
elegir a un filósofo, lo elegiría a él. Si el enigma del universo puede
formularse en palabras creo que esas palabras están en su obra. Lo he leído
muchas veces en alemán, y también traducido, en compañía de mi padre y su íntimo
amigo Macedonio Fernández. Todavía pienso que el alemán es un idioma muy
hermoso; quizá más hermoso que la literatura que ha producido. Paradójicamente,
el francés tiene una buena literatura a pesar de su afición a las escuelas y los
movimientos, pero el idioma en sí es, me parece, bastante feo. Las cosas
resultan triviales cuando se las dice en francés. En realidad, considero que de
los dos idiomas el español es el mejor, a pesar de que sus palabras sean
demasiado largas y pesadas. Como escritor argentino tengo que sobrellevar el
español, y soy demasiado consciente de sus deficiencias. Recuerdo que Goethe
escribió que tenía que tratar con el peor idioma del mundo: el alemán. Supongo
que la mayoría de los escritores piensan de la misma manera acerca del idioma
con el que tienen que luchar. En cuanto al italiano, he leído y releído la
Divina Comedia en más de una docena de ediciones diferentes. También he leído a
Ariosto, a Tasso, a Croce y a Gentile, pero soy incapaz de hablar el italiano o
de seguir una película o una obra de teatro en ese idioma.
Fue también en Ginebra donde descubrí a Walt Whitman, gracias a una traducción
alemana de Johannes Schlaf ("Als ich in Alabama meinen Morgengang machte" -"As I
have walk'd in Alabama my morning walk"). Tenía conciencia, por supuesto, de lo
absurdo que era leer a un poeta norteamericano en alemán, de modo que encargué a
Londres un ejemplar de Leaves of Grass. Todavía lo recuerdo, con aquella tapa
verde. Durante un tiempo pensé que Whitman no sólo era un gran poeta sino el
único poeta. En realidad, creía que lo que habían hecho todos los poetas del
mundo hasta 1855 había sido conducirnos a Whitman, y que no imitarlo era una
prueba de ignorancia. Había tenido la misma sensación leyendo la prosa de
Carlyle, que ahora me resulta insoportable, y con la poesía de Swinburne. Son
fases por las que pasé. Más tarde tendría otras experiencias similares en las
que me sentí abrumado por algún autor en particular.
Decidimos regresar a la Argentina, pero pasar primero un año en España. En
aquellos tiempos los argentinos estaban descubriendo España poco a poco. Hasta
ese momento, incluso escritores ilustres como Leopoldo Lugones y Ricardo
Güiraldes habían dejado a España deliberadamente fuera de sus viajes. No se
trataba de un capricho. En Buenos Aires, los españoles desempeñaban trabajos de
ínfima categoría -sirvientas, mozos y peones- o bien eran pequeños comerciantes,
y nosotros los argentinos nunca nos sentimos españoles. En realidad, dejamos de
serlo en 1816, al declarar nuestra Independencia. Cuando leí de chico el libro
de Prescott La conquista del Perú, descubrí con asombro que describía a los
conquistadores de una manera romántica. A mí, descendiente de algunos de esos
funcionarios, no me resultaban para nada interesantes. Pero a través de los ojos
franceses los latinoamericanos veían pintorescos a los españoles, a quienes
asociaban con los temas de García Lorca: gitanos, corridas de toros y
arquitectura morisca. Sin embargo, aunque nuestro idioma era el español y
proveníamos de sangre española y portuguesa, mi familia nunca consideró nuestro
viaje como una vuelta a España tras una ausencia de tres siglos.
Fuimos a Mallorca porque era barata y hermosa y porque casi no había turistas
con excepción de nosotros. Vivimos allí casi un año, en Palma y en Valldemosa,
una aldea en lo alto de las montañas. Yo seguí estudiando latín, esta vez bajo
la tutela de un sacerdote que una vez me dijo que considerando que lo innato
satisfacía plenamente sus necesidades, jamás había leído una novela. Repasamos
Virgilio, a quien sigo admirando.
A la gente del lugar le asombraba mi habilidad como nadador, que había adquirido
en ríos de corriente rápida como el Uruguay y el Ródano, mientras los
mallorquines estaban acostumbrados a un mar tranquilo, sin mareas. Mi padre
escribía su novela, que evocaba los viejos tiempos de la guerra civil de la
década de 1870 en su Entre Ríos natal. Creo haberle proporcionado algunas malas
metáforas tomadas de los expresionistas alemanes, que él aceptó con resignación.
Mi padre hizo imprimir 500 ejemplares de su novela, que trajimos con nosotros a
Buenos Aires para regalar a los amigos. Cada vez que la palabra Paraná -su
ciudad natal- aparecía en el manuscrito, el impresor la había cambiado por
"Panamá", pensando que corregía un error. Por no molestar, y creyendo también
que así resultaba más divertido, mi padre no dijo nada. Ahora me arrepiento de
mis intromisiones juveniles en su libro. Diecisiete años más tarde, antes de
morir, me dijo que le gustaría mucho que yo reescribiera la novela de una manera
sencilla, sacando todos los pasajes grandilocuentes y floridos.
Durante esa época, en Mallorca, escribí un cuento acerca de un hombre lobo y lo
mandé a una revista popular de Madrid, "La Esfera", cuyos editores, muy
sabiamente, lo rechazaron. El invierno de 1919-20 lo pasamos en Sevilla, donde
vi publicado mi primer poema. Se llamaba "Himno del mar" y apareció en la
revista "Grecia", en el número del 31 de diciembre de 1919. En el poema hacía
todo lo posible por ser Walt Whitman:
Oh mar! oh mito! oh sol! oh largo lecho!
Y sé por qué te amo. Sé que somos muy viejos.
Que ambos nos conocemos desde siglos...
Oh proteico, yo he salido de ti.
¡Ambos encadenados y nómadas;
Ambos con una sed intensa de estrellas;
Ambos con esperanza y desengaños...!
Hoy me cuesta pensar en el mar, o en mí mismo, con una sed intensa de estrellas.
Años más tarde, cuando encontré la frase de Arnold Bennett "grandilocuente de
tercera", entendí de inmediato a qué se refería. Pero al llegar a Madrid unos
meses después, como ése era mi único poema publicado, la gente me consideraba un
cantor del mar.
En Sevilla me uní al grupo literario nucleado alrededor de "Grecia". Los
integrantes de ese grupo se daban el nombre de ultraístas y se habían propuesto
renovar la literatura, rama del arte de la que no entendían absolutamente nada.
Uno de ellos me confesó una vez que todo lo que había leído era la Biblia,
Cervantes, Darío y uno o dos libros del Maestro, Rafael Cansinos Assens.
Enterarme de que no sabían francés, ni tenían la más remota idea de la
existencia de algo llamado "literatura inglesa", confundió mi mente de
argentino. Hasta llegaron a presentarme a un importante personaje local conocido
como "el Humanista", cuyo latín (no tardé mucho en descubrirlo) era aún más
pobre que el mío. En cuanto a "Grecia", su director Isaac del Vando Villar se
hacía escribir todo el corpus de su poesía por sus ayudantes. Recuerdo que un
día uno de ellos me dijo: "Estoy muy ocupado: Isaac está escribiendo un poema".
Nos trasladamos a Madrid, y allí el gran acontecimiento fue mi amistad con
Rafael Cansinos Assens. Todavía me gusta considerarme su discípulo. Había venido
de Sevilla, donde estudió para sacerdote hasta que al descubrir que su apellido
figuraba en los archivos de la Inquisición decidió que era judío. Eso lo llevó a
estudiar hebreo, e incluso se hizo circuncidar. Lo conocí a través de unos
amigos andaluces.
Tímidamente, lo felicité por un poema que él había escrito sobre el mar. "Sí
-dijo-, y cómo me gustaría volver a verlo antes de morir."
Era un hombre alto que tenía un desprecio andaluz por todo lo castellano. Lo más
notable era que vivía exclusivamente para la literatura, sin pensar en el dinero
o la fama. Excelente poeta, escribió un libro de salmos eróticos titulado El
candelabro de los siete brazos, publicado en 1915. También escribió novelas,
cuentos y ensayos, y cuando lo conocí presidía un grupo literario.
Todos los sábados iba al Café Colonial, donde nos reuníamos a medianoche, y la
conversación duraba hasta el alba. A veces éramos veinte o treinta. Los
integrantes del grupo despreciaban el color local: el cante jondo, las corridas
de toros. Admiraban el jazz norteamericano y les interesaba más ser europeos que
españoles. Cansinos proponía un tema: La Metáfora, El Verso Libre, Las Formas
Tradicionales de la Poesía, La Poesía Narrativa, El Adjetivo, El Verbo.
A su manera, con esa tranquilidad tan suya, era un dictador que no permitía
alusiones hostiles a escritores contemporáneos y trataba de mantener la
conversación en un plano elevado.
Borges, el argentino más citado
El titular de la agencia que subsidia la investigación científica en la Argentina, Lino Barañao, dijo en una entrevista que el escritor Jorge Luis Borges es el argentino más citado en la prestigiosa revista científica Nature. Lo mencionan por la originalidad de sus ideas, aunque no fue científico. Barañao afirmó:
"...Y eso muestra varias cosas. Primero, qué aporte pueden hacer las artes y las ciencias sociales a tener ideas novedosas. Y segundo, lo importante que sería poder tener gente que apareciera en la literatura por la originalidad de sus ideas, y no por el aporte sistemático. Porque el aporte sistemático finalmente es efímero. Las cosas que hizo Leloir en los años ´50 fueron muy importantes, ganó el Premio Nobel, pero ya nadie las cita. Lo que a Borges se le ocurrió al mismo tiempo sigue siendo citado como una idea original. Una idea fructifica a veces en hallazgos importantes. Una de mis preocupaciones por mi función actual es cómo hacer para alentar la creatividad a nivel científico. Eso, porque creo que tenemos esa capacidad".
Fuente: http://weblogs.clarin.com/ensayo-y-error (2007)
Curiosamente, fue Cansinos quien inventó en 1919 el término "ultraísmo".
Consideraba que la literatura española siempre se había quedado atrás. Con el
seudónimo "Juan Las" escribió algunos breves y lacónicos textos ultraístas. Todo
aquello -lo advierto ahora- se hacía con espíritu de burla. Pero los jóvenes lo
tomábamos muy en serio. Otro de sus discípulos fervientes era Guillermo de
Torre, a quien conocí en Madrid aquella primavera y que nueve años más tarde se
casó con mi hermana Norah.
En aquella época había en Madrid otro grupo, nucleado alrededor de Gómez de la
Serna. Fui una vez a una reunión y no me gustó cómo se comportaban. Tenían un
payaso con una pulsera a la que habían sujetado un cascabel. Hacían que
estrechara la mano a la gente, y el cascabel cascabeleaba y Gómez de la Serna
invariablemente decía: "¿Dónde está la culebra?". Se suponía que era gracioso.
Una vez me miró con orgullo y comentó: "¿Verdad que nunca viste nada parecido en
Buenos Aires?". Reconocí que no, gracias a Dios.
En España escribí dos libros. Uno se llamaba -ahora me pregunto por qué- Los
naipes del tahúr. Eran ensayos políticos y literarios (yo era todavía
anarquista, librepensador y pacifista) escritos bajo la influencia de Pío
Baroja. Pretendían ser duros e implacables, pero la verdad es que eran bastante
mansos. Usaba palabras como "idiotas", "rameras", "embusteros". Como no encontré
editor, destruí el manuscrito al regresar a Buenos Aires. El otro libro se
titulaba Los salmos rojos o Los ritmos rojos. Era una colección de poemas en
verso libre -unos veinte en total- que elogiaban la Revolución rusa, la
hermandad del hombre y el pacifismo. Tres o cuatro llegaron a aparecer en
revistas: "Épica bolchevique", "Trinchera", "Rusia". Destruí ese libro en
España, la víspera de nuestra partida. Ya estaba preparado para regresar al
país.
III
Buenos Aires
Escribí esos poemas en 1921 y 1922, y el volumen salió a principios de 1923. El
libro fue impreso en cinco días; hubo que hacerlo con urgencia porque teníamos
que volver a Europa, donde mi padre quería volver a consultar a su oculista de
Ginebra. Yo había pactado por una edición de sesenta y cuatro páginas, pero el
manuscrito resultó demasiado largo y a último momento, por suerte, hubo que
dejar afuera cinco poemas. No recuerdo absolutamente nada de ellos. El libro fue
producido con espíritu un tanto juvenil. No hubo corrección de pruebas, no se
incluyó un índice y las páginas no estaban numeradas. Mi hermana hizo un grabado
para la tapa y se imprimieron trescientos ejemplares. En aquellos tiempos
publicar un libro era una especie de aventura privada. Nunca pensé en mandar
ejemplares a los libreros ni a los críticos. La mayoría los regalé. Recuerdo uno
de mis métodos de distribución. Como había notado que muchas de las personas que
iban a las oficinas de Nosotros -una de las revistas literarias más antiguas y
prestigiosas de la época- colgaban los sobretodos en el guardarropa, le llevé
unos cincuenta ejemplares a Alfredo Bianchi, uno de los directores. Bianchi me
miró asombrado y dijo: "¿Esperás que te venda todos esos libros?". "No -le
respondí-. Aunque escribí este libro, no estoy loco. Pensé que podía pedirle que
los metiera en los bolsillos de esos sobretodos que están allí colgados."
Generosamente, Bianchi lo hizo. Cuando regresé después de un año de ausencia,
descubrí que algunos de los habitantes de los sobretodos habían leído mis poemas
e incluso escrito acerca de ellos. De esa manera me gané una modesta reputación
de poeta.
El libro era esencialmente romántico, aunque estaba escrito en un estilo escueto
que abundaba en metáforas lacónicas. Celebraba los crepúsculos, los lugares
solitarios y las esquinas desconocidas; se aventuraba en la metafísica de
Berkeley y en la historia familiar; dejaba constancia de primeros amores. Al
mismo tiempo imitaba el siglo XVII español y citaba Religio Medici de sir Thomas
Browne en el prólogo. Me temo que el libro era un "plum pudding": contenía
demasiadas cosas. Sin embargo, creo que nunca me he apartado de él. Tengo la
sensación de que todo lo que escribí después no ha hecho más que desarrollar los
temas presentados en sus páginas; siento que durante toda mi vida he estado
reescribiendo ese único libro.
Los poemas de Fervor de Buenos Aires ¿eran acaso poemas ultraístas? Cuando volví
de Europa en 1921, llegué con la bandera del ultraísmo. Los historiadores de la
literatura todavía me conocen como "el padre del ultraísmo argentino". Cuando en
esa época hablé del tema con otros poetas, como Eduardo González Lanuza, Norah
Lange, Francisco Piñero, mi primo Guillermo Juan (Borges) y Roberto Ortelli,
llegamos a la conclusión de que el ultraísmo español, a la manera del futurismo,
estaba sobrecargado de modernidad y de artilugios. No nos impresionaban los
trenes ni las hélices ni los aviones ni los ventiladores eléctricos. Aunque en
nuestros manifiestos seguíamos defendiendo la primacía de la metáfora y la
eliminación de las transiciones y los adjetivos decorativos, lo que queríamos
escribir era una poesía esencial: poemas más allá del aquí y ahora, libres del
color local y de las circunstancias contemporáneas. Creo que el poema "Llaneza"
ilustra de manera suficiente lo que yo buscaba:
con la docilidad de la página
que una frecuente devoción interroga
y adentro las miradas
"Borges, los laberintos de un escritor", una producción de
Tramas, memorias del presente.
Producción: Oscar Bosetti, Jordana Anastasía, Leonel
Córdoba, Blanca Curia, Mauro Suchodolski. Locución: Teresa
Focaracio Marcón. 5 bloques
Operación Técnica: Gustavo Waingortin. 32 minutos
que ya están cabalmente en la memoria.
Conozco las costumbres y las almas
y ese dialecto de alusiones
que toda agrupación humana va urdiendo.
No necesito hablar
ni mentir privilegios;
bien me conocen quienes aquí me rodean,
bien saben mis congoja y mi flaqueza.
Eso es alcanzar lo más alto,
lo que tal vez nos dará el Cielo:
no admiraciones ni victorias
sino sencillamente ser admitidos
como parte de una Realidad innegable,
como las piedras y los árboles.
Creo que esto difiere mucho de las tímidas extravagancias de mis primeros
ejercicios ultraístas españoles, cuando veía un tranvía como un hombre llevando
un rifle o el amanecer como un grito o el sol poniente como una crucifixión en
occidente. Un amigo sensato al que le recité esos absurdos, comentó: "Ah, veo
que sostenías que la principal función de la poesía es enfatizar". En cuanto a
si los poemas de Fervor... son o no ultraístas, quien dio la respuesta -para mí-
fue mi amigo y traductor al francés Néstor Ibarra cuando dijo: "Borges dejó de
ser poeta ultraísta con el primer poema ultraísta que escribió". Ahora sólo me
resta lamentar mis primeros excesos ultraístas. Después de casi medio siglo
todavía me sigo esforzando por olvidar ese torpe período de mi vida.
Quizá el mayor acontecimiento de mi regreso fue Macedonio Fernández. De todas
las personas que he conocido en mi vida -y he conocido a algunos hombres
verdaderamente excepcionales- nadie me ha dejado una impresión tan profunda y
duradera como Macedonio. Cuando desembarcamos en la Dársena Norte estaba
esperándonos con su figura diminuta y su bombín negro, y terminé heredando de mi
padre su amistad. Los dos habían nacido en 1874. Macedonio, paradójicamente, era
a la vez un extraordinario conversador y un hombre de largos silencios y pocas
palabras. Nos reuníamos los sábados a la noche en el bar La Perla, en la Plaza
del Once. Allí conversábamos hasta el amanecer, en una mesa presidida por
Macedonio. Así como en Madrid Cansinos había representado todo el conocimiento,
Macedonio pasó a representar el pensamiento puro. En esa época yo era un gran
lector y salía muy poco (casi todas las noches después de cenar me acostaba y
leía), pero durante la semana me sostenía la idea de que el sábado vería y oiría
a Macedonio. Vivía cerca de casa y yo hubiera podido ir a visitarlo en cualquier
momento, pero pensaba que no tenía derecho a ese privilegio, y que para dar al
sábado de Macedonio todo su valor tenía que abstenerme de verlo durante la
semana. En esas reuniones, Macedonio hablaba quizá tres o cuatro veces,
arriesgando sólo unos pocos comentarios que en apariencia iban dirigidos
exclusivamente a la persona que tenía al lado. Esos comentarios nunca eran
afirmativos. Macedonio era muy cortés y hablaba con voz muy suave, diciendo por
ejemplo: "Bueno, supongo que habrás notado...". Y entonces soltaba alguna idea
muy sorprendente y original. Pero invariablemente atribuía esa idea a quien lo
escuchaba.
Era un hombre frágil y gris, de pelo y bigote cenicientos que le daban aspecto
de Mark Twain. Ese parecido le agradaba, pero cuando le recordaban que también
se parecía a Paul Valéry le molestaba, ya que los franceses le interesaban muy
poco. Siempre usaba aquel bombín negro, y que yo sepa ni siquiera se lo sacaba
para dormir. Nunca se desvestía para ir a la cama, y de noche, para protegerse
de las corrientes de aire que según él podían darle dolor de muelas, se envolvía
la cabeza con una toalla. Eso le daba aspecto de árabe. Entre sus otras
excentricidades figuraban el nacionalismo (admiraba a los sucesivos presidentes
argentinos por la sencilla razón de que a su criterio el electorado no podía
equivocarse), el miedo a todo lo relacionado con la odontología (que lo llevaba
a aflojarse las muelas en público, tapándose la boca con una mano, como para
evitar las pinzas del dentista) y la costumbre de enamorarse de manera
sentimental de las prostitutas callejeras.
Como escritor, Macedonio publicó varios libros bastante raros, y casi veinte
años después de su muerte se siguen reuniendo sus papeles. Su primer libro,
publicado en 1928, se llamaba No toda es vigilia la de los ojos abiertos. Era un
extenso ensayo sobre el idealismo, escrito en un estilo deliberadamente
intrincado e inextricable, supongo que para reflejar la naturaleza igualmente
intrincada de la realidad. Al año siguiente apareció una selección de sus
escritos -Papeles de Recienvenido-, en la que colaboré recopilando y ordenando
los capítulos. Era una especie de miscelánea de chistes dentro de chistes.
Macedonio también escribió novelas y poemas, todos sorprendentes pero bastante
ilegibles. Una novela de veinte capítulos está precedida de cincuenta y seis
prólogos diferentes. A pesar de su brillo, creo que nada de Macedonio está en la
obra escrita. El verdadero Macedonio estaba en la conversación.
Macedonio vivía modestamente en pensiones de las que se mudaba con frecuencia.
Eso se debía a que, por lo general, no pagaba el alquiler. Cada vez que se
mudaba, dejaba pilas y pilas de manuscritos. En una ocasión los amigos lo
eprendieron diciéndole que era una pena que toda esa obra se perdiera. Macedonio
nos dijo: "¿De veras creen que soy tan rico como para perder algo?".
Los lectores de Hume y Schopenhauer encontrarán muy pocas cosas nuevas en
Macedonio, pero lo sorprendente es que llegó solo a sus conclusiones. Tiempo
después leyó a Hume, a Schopenhauer, a Berkeley y a William James, pero sospecho
que no tuvo muchas otras lecturas ya que siempre citaba a los mismos autores.
Consideraba a sir Walter Scott el mejor novelista, quizá por lealtad a un
entusiasmo juvenil. En una época se carteó con William James en una mezcla de
inglés, alemán y francés, y explicaba que lo había hecho así porque "sabía tan
poco de cualquiera de esos idiomas que tenía que pasar continuamente de uno a
otro". Creo que Macedonio leía apenas una página y eso ya le estimulaba el
pensamiento. No sólo sostenía que somos la materia de la que están hechos los
sueños sino que estaba convencido de que vivíamos en un mundo de sueños.
Macedonio dudaba de que la verdad fuera comunicable. Pensaba que algunos
filósofos la habían descubierto pero no habían logrado comunicarla del todo. Sin
embargo, también creía que descubrir la verdad era muy fácil. Una vez me dijo
que si pudiera acostarse en la pampa y olvidar el mundo, olvidarse a sí mismo y
olvidar lo que buscaba, de pronto la verdad podría revelársele. Agregó que, por
supuesto, resultaría imposible poner en palabras esa sabiduría repentina.
A Macedonio le gustaba compilar pequeños catálogos orales de personas de genio,
y en uno de ellos me asombró encontrar el nombre de una mujer encantadora que
ambos conocíamos, Quica González Acha de Tomkinson Alvear. Yo lo miré
boquiabierto. No tenía la impresión de que Quica estuviera en el mismo nivel que
Hume y Schopenhauer. Pero Macedonio dijo: "Los filósofos se han visto obligados
a explicar el universo, mientras que Quica sencillamente lo siente y lo
experimenta y lo comprende". Volvía la cabeza y preguntaba: "Quica, ¿qué es el
Ser?". Y Quica contestaba: "No sé qué quieres decir, Macedonio". "¿Ves? -me
decía él entonces- Quica entiende de manera tan perfecta que ni siquiera puede
percibir nuestra perplejidad". Con eso creía probar que Quica era una mujer de
genio. Más tarde, cuando le dije que podríamos decir lo mismo de un niño o de un
gato, Macedonio se enojó.
Antes de Macedonio yo siempre había sido un lector crédulo. El mayor regalo que
me hizo fue enseñarme a leer con escepticismo. Al comienzo lo plagiaba con
devoción, y usaba ciertas peculiaridades estilísticas suyas de las que luego me
arrepentí. Sin embargo, ahora lo veo como un Adán perplejo en el Paraíso
Terrenal. Su genio sobrevive sólo en unas pocas páginas; su influencia fue de
naturaleza socrática. Como dijo Ben Johnson de Shakespeare: "I truly loved the
man, on this side idolatry, as much as any".
Ese período de 1921 a 1930 fue de gran actividad, aunque buena parte de esa
actividad fue quizá imprudente y hasta inútil. Escribí y publiqué nada menos que
siete libros: cuatro de ensayos y tres de poemas. También fundé tres revistas y
escribí con regularidad para una docena de publicaciones periódicas, entre ellas
"La Prensa", "Nosotros", "Inicial", "Criterio" y "Síntesis". Esta productividad
hoy me asombra tanto como el hecho de que sólo siento una remota afinidad con la
obra de aquellos años. Nunca autoricé la reedición de tres de esos cuatro libros
de ensayos, cuyos nombres prefiero olvidar. Cuando en 1953 Emecé, mi editor
actual, propuso publicar mis "obras completas", acepté por la única razón de que
eso me permitiría suprimir aquellos libros absurdos. Esto me recuerda la
sugerencia de Mark Twain, según la cual se podría iniciar una magnífica
biblioteca tan solo con suprimir los libros de Jane Austen, y aunque en esa
biblioteca no quedaran más libros, seguiría siendo una magnífica biblioteca
porque no estarían los libros de Jane Austen.
En la primera de esas imprudentes recopilaciones había un ensayo bastante malo
sobre sir Thomas Browne, tal vez el primero que se escribió sobre él en idioma
español. Otro clasificaba las metáforas como si se pudiera prescindir sin
problema de otros elementos poéticos, por ejemplo el ritmo y la música. Y había
también un ensayo demasiado extenso sobre la inexistencia del yo, copiado de
Bradley o del Buda o de Macedonio Fernández. Al escribir esos artículos
intentaba imitar prolijamente a dos escritores españoles barrocos del siglo XVII,
Quevedo y Saavedra Fajardo, que en su español árido y severo creaban el mismo
tipo de prosa que sir Thomas Browne en Urne-Buriall. Yo hacía todo lo posible
por escribir latín en español, y el libro se desmoronaba bajo el peso de sus
complejidades y sus juicios sentenciosos. El siguiente de aquellos fracasos fue
una especie de reacción. Me fui al otro extremo: traté de ser lo más argentino
posible. Busqué el diccionario de argentinismos de Segovia e introduje tantos
localismos que muchos de mis compatriotas casi no lo entendieron. Dado que perdí
el diccionario no estoy seguro de poder entenderlo yo mismo, de modo que lo
abandoné por estar más allá de cualquier esperanza. El tercero de esos
innombrables constituye una redención parcial. Me estaba librando del estilo del
libro anterior y volviendo poco a poco a la cordura, a escribir con cierta
lógica tratando de facilitarle las cosas al lector en vez de intentar
deslumbrarlo con pasajes grandilocuentes. Uno de esos experimentos, de dudoso
valor, fue "Hombres pelearon", mi primera incursión en la mitología del viejo
Barrio Norte de Buenos Aires. Allí intentaba contar una historia puramente
argentina de manera argentina, historia que desde entonces he estado repitiendo
con pequeñas variaciones. Se trata del relato de un duelo desinteresado o
inmotivado: del coraje por el coraje mismo. Al escribirlo puse el acento en que
el sentido del lenguaje de los argentinos difiere del de los españoles. Ahora,
en cambio, creo que debemos subrayar nuestras afinidades lingüísticas. Aunque en
menor intensidad, seguía escribiendo para que los españoles no me entendieran:
escribiendo, podríamos decir, para ser incomprendido. Los gnósticos afirmaban
que la única manera de evitar un pecado era cometerlo, y así librarse de él. En
mis libros de aquella época creo haber cometido la mayoría de los pecados
literarios, algunos bajo la influencia de un gran escritor, Leopoldo Lugones, a
quien admiro mucho. Esos pecados eran la afectación, el color local, la búsqueda
de lo inesperado y el estilo del siglo XVII. Hoy ya no me siento culpable de
esos excesos; esos libros fueron escritos por otra persona. Hasta hace unos
años, si el precio no era muy alto, compraba ejemplares y los quemaba.
De los poemas de esa época quizá tendría que haber suprimido también la segunda
recopilación, Luna de enfrente. Ese libro fue publicado en 1925 y es un
verdadero derroche de color local. Entre otras tonterías, mi primer nombre
aparecía escrito, a la manera chilena del siglo diecinueve, como "Jorje" (un
desganado intento de grafía fonética); usaba "i" en vez de "y" tratando de ser
lo menos español posible (Sarmiento, nuestro mayor escritor, había hecho lo
mismo); y omitía la "d" final en palabras como "autoridá" y "ciudá". En
ediciones posteriores eliminé los peores poemas, podé las excentricidades, y a
lo largo de sucesivas reediciones fui moderando el tono de los versos.
El tercer libro de poemas de ese período, Cuaderno San Martín (título que no
tiene nada que ver con el procer sino con la marca del antiguo cuaderno escolar
donde la escribí), incluye algunos poemas legítimos como "La noche que en el Sur
lo velaron" y "Muertes de Buenos Aires", en los que se habla de los dos
principales cementerios de la ciudad. Un poema del libro (no precisamente mi
favorito) se ha convertido en una especie de pequeño clásico argentino: "La
fundación mítica de Buenos Aires". Ese libro también ha sido mejorado y depurado
a lo largo de los años, mediante cortes y revisiones.
En 1929 mi tercer libro de ensayos ganó el segundo Premio Municipal, tres mil
pesos, que en aquellos tiempos era una suma considerable. Con una parte compré
un juego de segunda mano de la undécima edición de la Enciclopedia Británica. El
resto me aseguraba un año de tiempo libre, que decidí emplear en escribir un
libro más extenso con un tema marcadamente argentino. Mi madre quería que
escribiera sobre uno de los tres poetas que realmente valían la pena: Ascasubi,
Almafuerte o Lugones. Ojalá lo hubiera hecho. Pero elegí escribir sobre un poeta
popular casi invisible, Evaristo Carriego. Mi madre y mi padre me advirtieron
que sus poemas no eran buenos. "Pero era amigo y vecino nuestro", dije. "Bueno,
si te parece que eso es mérito suficiente para convertirse en tema de un libro,
adelante", me contestaron. Carriego descubrió las posibilidades literarias de
los tristes arrabales de la ciudad: el Palermo de mi juventud. Su carrera siguió
la misma evolución que el tango: alegre, audaz y valiente al principio, luego se
volvió sentimental. En 1912, a los veintinueve años, murió de tuberculosis y
dejó una sola obra publicada. Recuerdo que un ejemplar, firmado para mi padre,
fue uno de los libros argentinos que llevamos a Ginebra, donde lo leí y releí.
Allá por 1909 Carriego le dedicó un poema a mi madre. En realidad se lo escribió
en el álbum, y se refería a mí: "Y que vuestro hijo marche adelante, llevado por
las esperanzadas alas de la inspiración, hacia la vendimia de una nueva
anunciación, que de los altos racimos extraerá el vino del canto". Pero cuando
empecé a escribir el libro me pasó lo mismo que a Carlyle mientras escribía su
Federico el Grande. Cuanto más escribía, menos me importaba mi héroe. Había
empezado a hacer una simple biografía, pero a mitad de camino me empezó a
interesar cada vez más el viejo Buenos Aires. Por supuesto, los lectores no
tardaron en descubrir que el libro apenas hacía honor al título, Evaristo
Carriego, de modo que fue un fracaso. Cuando veinticinco años más tarde, en
1955, apareció la segunda edición como cuarto volumen de mis "obras completas",
lo amplié con varios capítulos nuevos, entre ellos una "Historia del tango".
Creo que con esos agregados Evaristo Carriego es un libro mejor.
"Prisma", fundada en 1921, duró apenas dos números y fue la primera revista que
dirigí. Nuestro pequeño grupo ultraísta estaba ansioso por tener una revista
propia, pero nos faltaban los medios para hacerla. Fijándome en los avisos de
las carteleras se me ocurrió que podíamos imprimir una "revista mural" y pegarla
en las paredes de los edificios de ciertos barrios de la ciudad. Cada número
constaba de una única hoja de tamaño grande que incluía un manifiesto y de seis
a ocho poemas breves y lacónicos, impresos con mucho blanco alrededor y con un
grabado de mi hermana. Salíamos de noche -González Lanuza, Pinero, mi primo y
yo-, armados con baldes de engrudo y brochas que nos proporcionaba mi madre, y
caminábamos kilómetros y kilómetros pegando las hojas por Santa Fe, Callao,
Entre Ríos y México. Lectores perplejos destrozaban nuestro trabajo casi a
medida que lo hacíamos, pero afortunadamente Alfredo Bianchi, de "Nosotros", vio
una hoja y nos invitó a publicar una antología ultraísta en las páginas de su
prestigiosa revista. Después de "Prisma" empezamos a hacer una revista de seis
páginas, que en realidad era una sola hoja impresa de ambos lados y plegada dos
veces. Esa fue la primera versión de "Proa", de la cual se publicaron tres
números. Dos años más tarde, en 1924, apareció la segunda. Una tarde, Brandán
Caraffa, un joven poeta de Córdoba, vino a verme al Hotel Garden, donde nos
habíamos instalado al regresar del viaje a Europa. Me dijo que Ricardo Güiraldes
y Pablo Rojas Paz tenían la intención de fundar una revista que representara a
la nueva generación literaria, y que como se trataba de una revista de jóvenes
no se podía prescindir de mí. Desde luego, me sentí halagado. Esa noche fui al
Hotel Phoenix, donde vivía Güiraldes, y él me recibió con estas palabras: "Brandán
me contó que anteanoche se reunieron para fundar una revista de escritores
jóvenes y todos dijeron que no se podía prescindir de mí". En ese momento llegó
Rojas Paz y nos dijo: "Me siento muy halagado". De modo que intervine.
"Anteanoche -dije- nos reunimos los tres y decidimos que una revista de jóvenes
no puede prescindir de usted". Gracias a esa inocente estratagema, nació "Proa".
Cada uno de nosotros puso cincuenta pesos, con lo cual se pagaba una edición de
trescientos a quinientos ejemplares sin erratas y en buen papel. Pero al año y
medio -después de publicar quince números-, por falta de suscriptores y de
avisos tuvimos que darnos por vencidos.
Aquellos años fueron muy felices porque las amistades abundaban: las de Norah
Lange, Macedonio, Piñero, mi padre... La sinceridad animaba nuestro trabajo y
sentíamos que estábamos renovando la prosa y la poesía. Desde luego, como todos
los jóvenes yo trataba de ser lo más desdichado posible, una suma de Hamlet y
Raskolnikov. Lo que logramos resultó bastante malo, pero la camaradería perduró.
En 1924 me vinculé con dos grupos literarios diferentes. Uno, del que conservo
un buen recuerdo, era el de Ricardo Güiraldes, quien todavía no había escrito
Don Segundo Sombra. Güiraldes fue muy generoso conmigo. Si le entregaba un poema
torpe, él adivinaba lo que estaba tratando de decir, o lo que mi inexperiencia
literaria me había impedido decir. Después le comentaba el poema a otra gente,
que se desconcertaba al no encontrar en el texto lo que él veía. El otro grupo,
del que más bien me arrepiento, fue el de la revista "Martín Fierro". No me
gustaba lo que representaba "Martín Fierro": la idea francesa de que la
literatura se renueva continuamente, que Adán renace todas las mañanas, y de que
si en París había cenáculos que promovían la publicidad y las disputas, nosotros
teníamos que actualizarnos y hacer lo mismo. El resultado fue la invención de
una falsa rivalidad entre Florida y Boedo. Florida representaba el centro y
Boedo el proletariado. Yo hubiera preferido pertenecer al grupo de Boedo,
considerando que escribía sobre el viejo Barrio Norte y los conventillos, sobre
la tristeza y los ocasos. Pero uno de los dos conjurados (eran Ernesto Palacio
por Florida y Roberto Mariani por Boedo) me informó que yo era un guerrero de
Florida y ya no quedaba tiempo para cambiar de bando. Todo aquello estuvo
amañado. Algunos escritores -por ejemplo Roberto Arlt y Nicolás Olivari-
pertenecían a los dos grupos. Actualmente algunas "universidades crédulas" toman
en serio esa farsa. Pero en parte fue un truco publicitario y en parte una broma
juvenil.
Ligados a esa época están los nombres de Silvina y Victoria Ocampo, del poeta
Carlos Mastronardi, de Eduardo Mallea, así como el de Alejandro Xul Solar.
Podríamos decir que Xul, que era místico, poeta y pintor, es nuestro William
Blake. Recuerdo que una tarde especialmente bochornosa le pregunté qué había
hecho durante ese día tan opresivo. Su respuesta fue: "Nada, sólo fundé doce
religiones después de almorzar". Xul también era filólogo e inventor de dos
lenguajes. Uno era un lenguaje filosófico a la manera de John Wilkins y el otro
una variante del español con muchas palabras del inglés, el alemán y el griego.
Descendía de familias bálticas e italianas. "Xul" era su versión de Schulz y
"Solar" de Solari.
En esa época también conocí a Alfonso Reyes. Era el embajador de México en la
Argentina y solía invitarme a cenar en la Embajada todos los domingos. Todavía
considero que Reyes es el mejor prosista del idioma español en este siglo y de
él he aprendido a escribir de manera sencilla y directa.
Para resumir este período de mi vida, me siento en total desacuerdo con el joven
pedante y un tanto dogmático que fui. Pero los amigos están todavía muy
presentes, y muy próximos. De hecho, son una parte indispensable de mi vida.
Creo que la amistad es la pasión que salva a los argentinos.
IV
Madurez
En el transcurso de una vida consagrada a la literatura, he leído muy pocas
novelas; y en la mayoría de los casos sólo he llegado a la última página por
sentido del deber. Al mismo tiempo, siempre he sido un gran lector de cuentos.
Stevenson, Kipling, James, Conrad, Poe, Chesterton, los cuentos de Las Mil y Una
Noches en la versión de Lane y ciertos relatos de Hawthorne forman parte de mis
lecturas habituales desde que tengo memoria. La sensación de que grandes novelas
como Don Quijote y Huckleberry Finn prácticamente carecen de forma, sirvió para
reforzar mi gusto por el cuento, cuyos elementos indispensables son la economía
y una formulación nítida del comienzo, el desarrollo y el fin. Sin embargo, como
escritor creí durante años que el cuento estaba más allá de mis posibilidades, y
sólo después de una larga serie de tímidos experimentos narrativos me senté a
escribir verdaderos cuentos.
Tardé seis años, de 1927 a 1933, en pasar del afectado ejercicio de "Hombres
pelearon" a mi primer cuento logrado, "Hombre de la esquina rosada". Un amigo
mío, don Nicolás Paredes -antiguo caudillo y jugador profesional del viejo
Barrio Norte-había muerto, y yo quería perpetuar algo de su voz, de sus
anécdotas y su manera particular de contarlas. Me esforcé en cada página,
recitando en voz alta las frases hasta encontrar el tono exacto. Vivíamos en
Adrogué; y como sabía que mi madre desaprobaría el tema de manera terminante,
escribí en secreto durante varios meses. Con el título original de "Hombres de
las orillas", el cuento apareció en el suplemento de los sábados del diario
"Crítica", del que yo era colaborador. Pero por timidez, y quizá creyendo que el
cuento no era digno de mí, lo firmé con seudónimo: el nombre de uno de mis
tatarabuelos, Francisco Bustos. Aunque tuvo un éxito casi vergonzoso (hoy lo
encuentro teatral y afectado y los personajes me parecen falsos), nunca lo
consideré un punto de partida sino una especie de excentricidad.
El verdadero comienzo de mi carrera de cuentista se produjo con la serie de
ejercicios titulada Historia universal de la infamia, que publiqué en las
columnas de "Crítica" entre 1933 y 1934. Por alguna ironía, "Hombre de la
esquina rosada" era realmente un cuento, mientras esos ejercicios, y algunas de
las ficciones que siguieron y me llevaron poco a poco a la escritura de cuentos
legítimos, asumían la forma de falsificaciones y seudoensayos. En Historia
universal de la infamia no quería repetir lo que hizo Marcel Schwob en sus Vidas
imaginarias. Schwob inventó biografías de hombres reales sobre los que hay
escasa o ninguna información. Yo, en cambio, leí sobre la vida de personas
conocidas, y cambié y deformé deliberadamente todo a mi antojo. Por ejemplo,
después de leer The Gangs of New York de Herbert Asbury, escribí mi versión
libre de Monk Eastman, el pistolero judío, en flagrante contradicción con la
autoridad de referencia. Lo mismo hice con Billy the Kid, John Murrel (a quien
rebauticé Lazarus Morell), con el Profeta Velado del Khorassán, con el
Demandante Tichborne y con varios más. Nunca pensé publicarlos en un libro. Esos
relatos estaban destinados al consumo popular en las páginas de "Crítica", y
eran deliberadamente pintorescos. Supongo que el valor secreto de esas ficciones
-además del placer que me dio escribirlas- consiste en el hecho de que son
ejercicios narrativos. Ya que los argumentos o las circunstancias generales me
habían sido dados, sólo tenía que tramar vívidas variaciones.
Mi cuento siguiente, "El acercamiento a Almotásim", escrito en 1935, es una
falsificación y un seudoensayo. Simula ser una reseña de un libro publicado por
primera vez en Bombay tres años antes. Para su segunda falsa edición le atribuí
un editor real, Victor Gollancz, y un prólogo de una escritora real, Dorothy L.
Sayers. Pero tanto el autor como el libro son pura invención mía. Sinteticé la
trama y proporcioné detalles de algunos capítulos (tomando elementos de Kipling
e introduciendo al místico persa del siglo XII Farid al-Din Attar) y luego me
concentré en señalar sistemáticamente sus defectos. El cuento apareció un año
después en un volumen de ensayos titulado Historia de la eternidad, sepultado
entre las últimas páginas junto a un artículo sobre el "Arte de injuriar". Los
que leyeron "El acercamiento a Almotásim" lo tomaron de manera literal, y uno de
mis amigos hasta encargó un ejemplar a Londres. No apareció abiertamente como
ficción hasta 1942, cuando lo incluí en mi primer libro de cuentos, El jardín de
los senderos que se bifurcan. Quizá fui injusto con ese cuento. Ahora creo que
prefigura y hasta establece el modelo de los cuentos que de algún modo me
esperaban, y sobre los que se asentaría mi fama como narrador.
En 1937 encontré mi primer empleo estable. Anteriormente había hecho pequeñas
tareas de redacción. Colaboré en el suplemento de "Crítica" (una publicación de
pasatiempos profusa y vistosamente ilustrada) y en "El Hogar", semanario popular
de sociedad donde escribía dos veces al mes un par de páginas sobre libros y
autores extranjeros. También escribí textos para noticieros y coordiné una
revista seudo-científica llamada "Urbe", órgano promocional de un sistema de
subterráneos privado de Buenos Aires. Todos habían sido trabajos mal pagos, y
desde hacía mucho tiempo estaba ya en edad de contribuir con los gastos de la
casa.
A través de amigos, conseguí un puesto de auxiliar primero en la sucursal Miguel
Cané de la Biblioteca Municipal, en un barrio gris y monótono hacia el suroeste
de la ciudad. Si bien tenía por debajo un auxiliar segundo y un auxiliar
tercero, también tenía por encima un director y un oficial primero, un oficial
segundo y un oficial tercero. El sueldo era de doscientos diez pesos mensuales,
que después aumentaron a doscientos cuarenta.
En la biblioteca trabajábamos muy poco. Éramos alrededor de cincuenta empleados,
haciendo lo que podrían haber hecho quince con facilidad. Mi tarea, compartida
con otros veinte compañeros, consistía en clasificar los libros de la biblioteca
que hasta ese momento no habían sido catalogados. Sin embargo la colección era
tan reducida que podíamos encontrarlos sin necesidad de recurrir al catálogo,
que elaborábamos con esfuerzo pero nunca usábamos porque no hacía falta. El
primer día trabajé honradamente. Al día siguiente, algunos compañeros me
llamaron aparte y me dijeron que no podía seguir así porque los ponía en
evidencia. "Además -adujeron- como esta clasificación está pensada para dar una
apariencia de trabajo, nos vas a dejar en la calle." Les dije que en vez de
clasificar cien libros como ellos, yo había clasificado cuatrocientos. "Bueno,
si seguís así el jefe se va a enojar y no sabrá qué hacer con nosotros", me
contestaron. Para que todo fuera más verosímil, me pidieron que un día
clasificara ochenta y tres libros, el siguiente noventa, y ciento cuatro el
tercero.
Resistí en la biblioteca nueve años. Fueron nueve años de continua desdicha. Los
empleados sólo se interesaban en las carreras de caballos, los partidos de
fútbol y los chistes verdes. Cierta vez, una de las lectoras fue violada en el
baño de mujeres. Todos dijeron que eso tenía que pasar, ya que el baño de
hombres y el de mujeres estaban uno al lado del otro.
Un día, dos amigas elegantes y bienintencionadas (damas de sociedad), vinieron a
visitarme al trabajo. Después me llamaron por teléfono y me dijeron: "Quizá te
parezca divertido trabajar en un sitio como ese, pero prométenos que antes de
fin de mes encontrarás un empleo de por lo menos novecientos pesos". Les di mi
palabra de que lo haría.
Aunque resulte irónico, en esa época yo era un escritor bastante conocido, salvo
en la biblioteca. Una vez un compañero encontró en una enciclopedia el nombre de
un tal Jorge Luis Borges, y se sorprendió de la coincidencia de nuestros nombres
y fechas de nacimiento.
Cada tanto, los trabajadores municipales éramos premiados con un kilo de yerba.
De noche, mientras caminaba las diez cuadras hasta la parada del tranvía, se me
llenaban los ojos de lágrimas. Esos pequeños regalos de arriba marcaban mi vida
sombría y servil.
Durante un par de horas diarias, mientras viajaba en tranvía, leía La divina
comedia ayudado hasta el "Purgatorio" por la traducción en prosa de John Aitken
Carlyle. Después continué el ascenso solo.
Hacía todo el trabajo de la biblioteca en una hora y después me escapaba al
sótano, donde pasaba las otras cinco horas leyendo o escribiendo. Así leí los
seis volúmenes de la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano de
Gibbon y la Historia de la República Argentina de Vicente Fidel López. Leí a
León Bloy, a Claudel, a Groussac y a Bernard Shaw. Durante las vacaciones
traducía a Faulkner y a Virginia Woolf. En cierto momento fui ascendido a las
vertiginosas alturas del puesto de oficial tercero. Una mañana mi madre me llamó
por teléfono y pedí permiso para volver a casa. Llegué apenas a tiempo para ver
morir a mi padre.
El día de Nochebuena de 1938 (año en el que murió mi padre) sufrí un grave
accidente. Subía corriendo una escalera, y de pronto sentí que algo me raspaba
la cabeza. Había rozado la arista de un batiente recién pintado. A pesar de que
fui atendido en seguida, la herida se infectó y pasé alrededor de una semana sin
dormir, con alucinaciones y fiebre muy alta. Una noche perdí el habla y tuvieron
que llevarme al hospital para una operación urgente. Tenía septicemia, y durante
un mes me debatí entre la vida y la muerte. Mucho después escribiría sobre eso
en mi cuento "El Sur".
Cuando empecé a recuperarme temí haber perdido la razón. Mi madre quería leerme
un libro que yo había encargado, Out of the Silent Planet de C. S. Lewis, pero
durante dos o tres noches fui postergando la lectura. Finalmente prevaleció su
voluntad, y después de escuchar una o dos páginas rompí a llorar. Mi madre me
preguntó qué significaban esas lágrimas. "Lloro porque entiendo", dije.
Poco después me atemorizó la idea de no volver a escribir nunca más. Había
escrito una buena cantidad de poemas y docenas de artículos breves, y pensé que
si en ese momento intentaba escribir una reseña y fracasaba, estaría terminado
intelectualmente. Pero si probaba algo que nunca había hecho antes y fracasaba,
eso no sería tan malo y quizá hasta me prepararía para la revelación final.
Decidí entonces escribir un cuento, y el resultado fue "Pierre Menard, autor del
Quijote".
Al igual que su precursor, "El acercamiento a Almotásim", "Pierre Menard" era
todavía un paso intermedio entre el ensayo y el verdadero cuento. Pero los
resultados me alentaron a seguir. Después intenté algo más ambicioso: "Tlón,
Uqbar, Orbis Tertius", acerca del descubrimiento de un mundo que finalmente
sustituye al nuestro. Ambos fueron publicados en "Sur", la revista de Victoria
Ocampo.
Aunque mis colegas me consideraran un traidor porque no compartía su diversión
bulliciosa, yo seguí escribiendo en el sótano de la biblioteca, o en la azotea
cuando hacía calor. Mi cuento kafkiano "La biblioteca de Babel" fue concebido
como una versión pesadillesca o una exageración de aquella biblioteca municipal,
y ciertos detalles del texto no tienen ningún significado especial. La cantidad
de libros y anaqueles que allí figuran son literalmente los que tenía junto al
codo. Críticos ingeniosos se han preocupado por esas cifras, y han tenido la
generosidad de dotarlas de significado místico.
"La lotería de Babilonia", "La muerte y la brújula" y "Las ruinas circulares"
también fueron escritos (del todo o en parte) durante ese tiempo robado a la
biblioteca. Acompañados por algunos más, se convirtieron en El jardín de los
senderos que se bifurcan, libro que amplié y cuyo título modifiqué por el de
Ficciones en 1944. Ficciones y El Aleph (1949 y 1952) son, según creo, mis
libros más importantes.
En 1946 subió al poder un presidente de cuyo nombre no quiero acordarme. Poco
después fui honrado con la noticia de que había sido "ascendido" al cargo de
inspector de aves y conejos en los mercados. Me presenté en la Municipalidad
para preguntar a qué se debía ese nombramiento. "Mire -dije al empleado-, me
parece un poco raro que de toda la gente que trabaja en la biblioteca me hayan
elegido a mí para desempeñar ese cargo." "Bueno -contestó el empleado- usted fue
partidario de los aliados durante la guerra. Entonces, ¿qué pretende?" Esa
afirmación era irrefutable, y al día siguiente presenté mi renuncia. Los amigos
me apoyaron y organizaron una cena de desagravio. Preparé un discurso para la
ocasión, pero como era demasiado tímido le pedí a mi amigo Pedro Henríquez Ureña
que lo leyera en mi nombre.
Me había quedado sin trabajo. Meses antes, una vieja dama inglesa me leyó las
hojas del té y predijo que yo iba a viajar y que ganaría mucho dinero hablando.
Cuando se lo conté a mi madre nos echamos a reír, ya que hablar en público
estaba lejos de mis posibilidades.
Un amigo me rescató de la encrucijada, y fui nombrado profesor de Literatura en
la Asociación Argentina de Cultura Inglesa. Al mismo tiempo me ofrecieron dictar
conferencias sobre literatura clásica norteamericana en el Colegio Libre de
Estudios Superiores. Dado que recibí las ofertas tres meses antes del comienzo
de las clases, convencido de que estaba a salvo acepté. Sin embargo, a medida
que se acercaban las fechas me empecé a sentir cada vez peor. La serie de nueve
conferencias incluía a Hawthorne, Poe, Thoreau, Emerson, Melville, Whitman,
Twain, Henry James y Veblen. Escribí la primera, pero no tuve tiempo para
escribir la segunda. Además, como la primera conferencia era para mí el día del
Juicio Final, sentí que después sólo quedaba la eternidad. Milagrosamente la
primera salió bien. Dos noches antes de la segunda, llevé a mi madre a dar un
largo paseo por Adrogué, e hice que me tomara el tiempo mientras ensayaba la
conferencia. Me dijo que le parecía excesivamente larga. "En ese caso -dije-
estoy salvado." Mi temor era quedarme corto.
De modo que a los cuarenta y siete años descubrí que se me abría una vida nueva
y emocionante. Recorrí la Argentina y el Uruguay dando conferencias sobre
Swedenborg, Blake, los místicos persas y chinos, el budismo, la poesía
gauchesca, Martin Buber, la cabala, Las Mil y Una Noches, T. E. Lawrence, la
poesía germánica medieval, las sagas islandesas, Heine, Dante, el expresionismo
y Cervantes. Iba de ciudad en ciudad y pasaba la noche en hoteles que nunca más
vería. A veces me acompañaba mi madre o una amiga. No sólo terminé ganando más
dinero que en la biblioteca, sino que disfrutaba del trabajo y me sentía
justificado.
Uno de los principales acontecimientos de esos años (y de mi vida) fue mi
amistad con Adolfo Bioy Casares. Nos conocimos en 1930 o 1931, cuando él tenía
diecisiete años y yo poco más de treinta. En esos casos siempre se supone que el
hombre mayor es el maestro y el menor el discípulo. Eso puede haber sido cierto
al principio, pero algunos años más tarde, cuando empezamos a trabajar juntos,
Bioy era el verdadero y secreto maestro. Él y yo emprendimos juntos muchas
aventuras literarias. Compilamos antologías de poesía argentina, de cuentos
fantásticos y de cuentos policiales; escribimos artículos y prólogos; anotamos a
sir Thomas Browne y a Gracián; tradujimos cuentos de escritores como Beerbohm,
Kipling, Wells y Lord Dunsany; fundamos una revista, "Destiempo", que duró tres
números; escribimos guiones para cine que fueron siempre rechazados. Al
contradecir mi gusto por lo patético, lo sentencioso y lo barroco, Bioy me hizo
sentir que la discreción y el control son más convenientes. Si se me permite una
afirmación tajante, diría que Bioy me fue llevando poco a poco hacia el
clasicismo.
A principios de la década del cuarenta empezamos a escribir en colaboración,
proeza que hasta ese momento consideraba imposible. Yo había inventado algo que
nos parecía un buen argumento para un cuento policial. Una mañana lluviosa Bioy
me dijo que debíamos hacer una prueba. Yo acepté de mala gana, y un poco más
tarde, esa misma mañana, ocurrió el milagro. Apareció un tercer hombre, Honorio
Bustos Domecq, que se adueñó de la situación. Era un hombre que a la larga
terminó dirigiéndonos con mano de hierro. Primero divertidos y luego
consternados vimos cómo -con sus propios caprichos, sus propios juegos de
palabras y hasta su propia y rebuscada manera de escribir- se diferenciaba
totalmente de nosotros. Domecq era el apellido de un bisabuelo de Bioy y Bustos
el de un bisabuelo mío de Córdoba. El primer libro de Bustos Domecq fue Seis
problemas para don Isidro Parodi (1942), y en ningún momento se nos escapó de
las manos. Max Carrados había creado un detective ciego; Bioy y yo dimos un paso
más y confinamos a nuestro detective en una celda. El libro era al mismo tiempo
una sátira sobre los argentinos. Durante años la doble identidad de Bustos
Domecq se mantuvo en secreto. Cuando al final se supo, la gente pensó que como
Bustos era una broma, no se podía tomar muy en serio lo que escribía.
Nuestra siguiente colaboración fue otra novela policial, Un modelo para la
muerte. Ese libro era tan personal y estaba tan lleno de bromas privadas que
sólo fue publicado en una edición que no salió a la venta. Bautizamos B. Suárez
Lynch al autor de ese libro. Creo que la "B" correspondía a Bioy y Borges,
Suárez era otro bisabuelo mío y Lynch otro bisabuelo de Bioy. Bustos Domecq
reapareció en 1946 en otra edición privada, esta vez de dos cuentos, titulada
Dos fantasías memorables. Tras un largo eclipse, Bustos tomó de nuevo la pluma y
en 1967 sacó sus Crónicas, artículos sobre artistas imaginarios de una
modernidad extravagante -arquitectos, escultores, pintores, gastrónomos, poetas,
novelistas, modistos- escritos por un crítico fervientemente moderno. Tanto el
autor como los personajes de sus artículos son tontos, y no es fácil saber quién
engaña a quién. El libro tiene esta dedicatoria: "A esos tres grandes olvidados:
Picasso, Joyce, Le Corbusier". También el estilo es una parodia. Bustos utiliza
una jerga periodística literaria que abunda en neologismos, vocabulario pedante,
lugares comunes, metáforas estrafalarias, incongruencias y pomposidades.
Me han preguntado muchas veces cómo se hace para escribir en colaboración. Creo
que exige el abandono conjunto del yo, de la vanidad y quizá de la cortesía. Los
colaboradores deben olvidarse de sí mismos y pensar sólo en función del trabajo.
De hecho, cuando alguien quiere saber si tal o cual broma o epíteto salió de mi
lado de la mesa o del lado de Bioy, sinceramente no lo sé. He tratado de
colaborar con otros amigos -algunos de ellos muy cercanos- pero la incapacidad
de ser francos, por un lado, y de armarse de una coraza, por el otro, han
imposibilitado esos proyectos. En cuanto a las Crónicas de Bustos Domecq, pienso
que son mejores que todo lo que publiqué bajo mi propio nombre y casi tan buenas
como cualquier cosa escrita individualmente por Bioy.
En 1950 me eligieron presidente de la Sociedad Argentina de Escritores. La
República Argentina era entonces, como ahora, un país sumiso, y la S.A.D.E. uno
de los pocos bastiones contra la dictadura. Eso era tan evidente, que muchos
distinguidos hombres de letras no se atrevieron a pisarla hasta después de la
Revolución Libertadora. Un curioso rasgo de la dictadura era que hasta sus
declarados defensores daban a entender que en realidad no tomaban en serio al
gobierno y que actuaban por interés personal. Eso se justificaba y se perdonaba,
ya que la mayoría de mis compatriotas tienen conciencia intelectual, aunque no
moral. Casi todos los chistes verdes que se contaban sobre Perón y su mujer eran
inventados por los propios peronistas para guardar las apariencias. La S.A.D.E.
fue finalmente clausurada. Recuerdo la última conferencia que se me permitió dar
allí. El público, bastante escaso, incluía a un policía muy desconcertado que
hacía con torpeza todo lo posible por anotar algunos de mis comentarios sobre el
sufismo persa. Durante ese período gris y desesperanzado, mi madre, que andaba
por los setenta años, estuvo bajo arresto domiciliario. Mi hermana y uno de mis
sobrinos pasaron un mes en la cárcel. Yo mismo tenía un agente pisándome los
talones; al principio lo llevaba a dar largos paseos sin rumbo fijo y finalmente
me hice amigo suyo. Admitía que también odiaba a Perón y que sólo obedecía
órdenes. Ernesto Palacio me ofreció una vez presentarme al Innombrable, pero no
quise conocerlo. ¿Para qué presentarme a un hombre a quien no le daría la mano?
La revolución tan esperada ocurrió en setiembre de 1955. Después de una noche de
preocupación, en la que nadie durmió, casi toda la población salió a las calles,
vivando la Revolución Libertadora y gritando el nombre de Córdoba, donde habían
tenido lugar la mayoría de los combates. Era tal nuestro entusiasmo que por un
tiempo no nos dimos cuenta de que la lluvia nos estaba calando hasta los huesos.
Nos sentíamos tan felices que nadie profirió una palabra contra el dictador
caído. Perón se ocultó y más tarde se le permitió salir del país. Nadie sabe
cuánto dinero se llevó consigo.
Dos amigas muy queridas, Esther Zemborain de Torres y Victoria Ocampo,
concibieron la posibilidad de que se me nombrara director de la Biblioteca
Nacional. Pensé que era un disparate: esperaba como mucho que me dieran la
dirección de una pequeña biblioteca de barrio, preferentemente por el sur de la
ciudad. En el curso de un día firmaron una petición la revista "Sur" (léase
Victoria Ocampo), la reabierta S.A.D.E. (léase Carlos Alberto Erro), la Sociedad
Argentina de Cultura Inglesa (léase Carlos del Campillo) y el Colegio Libre de
Estudios Superiores (léase Luis Reissig). El documento llegó al despacho del
ministro de Educación y terminé siendo nombrado por el general Eduardo Lonardi,
que era el Presidente provisional. Unos días antes, de noche, mi madre y yo
habíamos caminado hasta la Biblioteca para mirar el edificio, pero por
superstición no quise entrar. "No hasta que consiga el trabajo", dije. Esa misma
semana me llamaron para que tomara posesión del cargo. Mi familia estuvo
presente en la ceremonia y pronuncié un discurso para los empleados, diciéndoles
que de verdad yo era el Director, el increíble Director. Al mismo tiempo, José
Edmundo Clemente, que unos años antes había logrado convencer a Emecé de que
publicara una edición de mis obras, se convirtió en subdirector. Desde luego que
me sentía muy importante, pero durante los tres meses siguientes no cobramos el
sueldo. No creo que mi predecesor, un peronista, haya sido siquiera despedido de
manera oficial. Sencillamente no volvió por la Biblioteca. Me designaron en el
cargo, pero nunca se ocuparon de echar al que lo había ocupado antes.
Al año siguiente recibí una nueva satisfacción, al ser designado en la cátedra
de Literatura inglesa y norteamericana de la Universidad de Buenos Aires. Otros
candidatos habían enviado minuciosos informes de sus traducciones, artículos,
conferencias y demás logros. Yo me limité a la siguiente declaración: "Sin darme
cuenta me estuve preparando para este puesto toda mi vida". Esa sencilla
propuesta surtió efecto. Me contrataron y pasé doce años felices en la
Universidad.
La ceguera me fue alcanzando gradualmente desde la infancia. Fue como un lento
atardecer de verano; no tuvo nada de patético ni de dramático. A partir de 1927
soporté ocho operaciones en los ojos, pero desde fines de la década del
cincuenta, cuando escribí el "Poema de los dones", a efectos de la lectura y la
escritura ya estaba ciego. La ceguera fue una característica de mi familia; una
descripción de la operación de ojos que le hicieron a mi bisabuelo, Edward Young
Haslam, apareció en las páginas del "Lancet", la revista médica de Londres. La
ceguera también parece ser una característica de los directores de la Biblioteca
Nacional. Dos de mis ilustres predecesores, José Mármol y Paul Groussac,
sufrieron el mismo destino. En el poema hablo de la magnífica ironía de Dios,
que me dio al mismo tiempo ochocientos mil libros y la noche.
Una consecuencia importante de mi ceguera fue mi abandono gradual del verso
libre en favor de la métrica clásica. De hecho, la ceguera me obligó a escribir
nuevamente poesía. Ya que los borradores me estaban negados, debía recurrir a la
memoria. Es evidente que resulta más fácil memorizar el verso que la prosa, y el
verso rimado más que el verso libre. Podría decirse que el verso rimado es
portátil. Uno puede caminar por la calle o viajar en subterráneo mientras
compone y pule un soneto, ya que la rima y el metro tienen virtudes
mnemotécnicas.
Durante esos años escribí docenas de sonetos y poemas más largos compuestos por
cuartetas de endecasílabos. Creía haber adoptado a Lugones como maestro, pero
cuando los versos estuvieron escritos mis amigos opinaron que lamentablemente
tenían poco que ver con él. En mi poesía más reciente siempre aparece un hilo
narrativo. En realidad, hasta pienso argumentos para los poemas. Quizá la mayor
diferencia entre Lugones y yo es que él tenía como modelo a la literatura
francesa y vivía intelectualmente en un mundo francés, mientras que yo miro
hacia la literatura inglesa. En esta última actividad poética nunca se me
ocurrió construir una secuencia de poemas, como había ocurrido en mi primera
época de escritor, sino que me interesé en la individualidad de cada uno. De esa
manera escribí poemas sobre ternas tan diversos como Emerson y el vino, Snorri
Sturluson y el reloj de arena, la muerte de mi abuelo y la decapitación de
Carlos I. También pasé lista a mis héroes literarios: Poe, Swedenborg, Whitman,
Heine, Camóes, Jonathan Edwards y Cervantes. Y desde luego rendí el debido
homenaje a los espejos, el Minotauro y los cuchillos.
Siempre me atrajo la metáfora, y esa inclinación me llevó a estudiar las
sencillas kenningar sajonas y las muy elaboradas kenningar escandinavas. Ya en
1933 había escrito un ensayo sobre el tema. La extraña idea de usar en lo
posible metáforas en vez de sustantivos sencillos, y que esas metáforas fueran
al mismo tiempo tradicionales y arbitrarias, me desconcertó y me atrajo. Más
adelante conjeturaría que el propósito de esas figuras estaba no sólo en el
placer dado por la pompa y la solemnidad de la composición ampulosa sino también
en las exigencias de la aliteración. En sí mismas, las kenningar no son
particularmente ingeniosas, y llamar a un barco "padrillo del mar" y al mar
abierto "el camino de la ballena" no es una gran proeza. Los skalds escandinavos
dieron un paso más y llamaron al mar "el camino del padrillo del mar". Entonces,
lo que originariamente era una imagen se convirtió en una laboriosa ecuación. A
su vez, la investigación de las kenningar me llevó al estudio del inglés y el
escandinavo antiguos. Otro factor que me condujo en esa dirección fue mi
ascendencia. Es probable que sea una superstición romántica, pero el hecho de
que los Haslam vivieran en Northumbria y Mercia (hoy se conoce esos lugares como
Northumberland y Midlands) me liga a un pasado sajón y quizá danés. Mi devoción
por ese pasado nórdico ha molestado a algunos de mis compatriotas nacionalistas,
que me consideran inglés. Pero no hace falta señalar que muchos hábitos ingleses
me resultan del todo ajenos: el té, la familia real, los deportes "varoniles" o
la devoción fanática por cada línea de Shakespeare.
Al finalizar uno de mis cursos en la Universidad, algunos estudiantes vinieron a
verme a la Biblioteca. Habíamos liquidado toda la literatura inglesa -de Beowulf
a Bernard Shaw- en el lapso de cuatro meses, y pensé que debíamos hacer algo
serio. Propuse empezar por el principio, y los estudiantes aceptaron. Sabía que
en mi biblioteca, en un estante alto, había ejemplares del Anglo-Saxon Reader y
la Anglo-Saxon Chronicle de Sweet. El sábado siguiente, cuando llegaron los
estudiantes, nos pusimos a leer esos dos libros. Prescindimos todo lo posible de
la gramática y pronunciamos las palabras como en el alemán. De pronto nos
enamoramos de una frase en la que se mencionaba a Roma (Romeburh). Nos
emborrachamos de esas palabras, y bajamos por la calle Perú repitiéndolas en voz
alta. Habíamos iniciado una larga aventura. Siempre pensé que la literatura
inglesa es la más rica del mundo, pero el descubrimiento de una cámara secreta
en el umbral de esa literatura me llegó como un regalo añadido. Personalmente,
sabía que la aventura no tendría fin, y que podría seguir estudiando inglés
antiguo por el resto de mis días. Mi objetivo principal ha sido estudiar, no la
vanidad de dominar, y en los últimos doce años no me sentí defraudado.
Mi reciente interés por el escandinavo antiguo no es más que un paso lógico, ya
que ambos idiomas están estrechamente vinculados y el escandinavo antiguo es la
culminación de toda la literatura germánica medieval. Mis incursiones en el
inglés antiguo han sido absolutamente personales, y han dejado rastros en
algunos de mis poemas. Cierta vez un colega de la Universidad me llamó aparte y
me dijo preocupado: "¿Qué significa eso de publicar un poema titulado 'Al
iniciar el estudio de la gramática anglosajona'?". Traté de hacerle entender que
el anglosajón es para mí una experiencia tan íntima como mirar una puesta de sol
o enamorarse.
Allá por 1954 empecé a escribir textos breves: ejercicios y parábolas. Un día,
mi amigo Carlos Frías, de Emecé, me dijo que necesitaba un libro nuevo para la
serie de mis supuestas "obras completas". Le dije que no tenía ninguno, pero
Frías insistió. "Todo escritor tiene un libro -dijo-. Sólo necesita buscarlo."
Un domingo, revolviendo en los cajones de casa, empecé a descubrir poemas y
textos en prosa que en algunos casos se remontaban a la época de mi trabajo en
"Crítica". Esos materiales dispersos -organizados, ordenados y publicados en
1960- se convirtieron en El hacedor. Para mi sorpresa, ese libro -que más que
escribir acumulé- me parece mi obra más personal, y para mi gusto la mejor. La
explicación es sencilla: en las páginas de El hacedor no hay ningún relleno.
Cada pieza fue escrita porque sí, respondiendo a una necesidad interior. Al
preparar ese libro ya había comprendido que escribir de manera grandilocuente no
sólo es un error sino un error que nace de la vanidad. Creo con firmeza que para
escribir bien hay que ser discreto.
En la última página del libro conté la historia de un hombre que se propone la
tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes
de naves, de torres, de caballos, de ejércitos y de personas. Poco antes de
morir, descubre que ha trazado la imagen de su cara. Quizá sea ése el caso de
todos los libros; sin duda es el de este libro en particular.
La fama, como la ceguera, me fue llegando poco a poco. Nunca la había esperado,
nunca la había buscado. Néstor Ibarra y Roger Callois, quienes a principios de
la década del cincuenta se atrevieron a traducirme al francés, fueron mis
primeros benefactores. Sospecho que su trabajo de pioneros preparó el terreno
para que compartiera con Samuel Beckett el Premio Formentor en 1961, ya que
hasta que fui publicado en francés yo era casi invisible, no sólo en el exterior
sino también en Buenos Aires. A consecuencia de ese premio, de la noche a la
mañana mis libros brotaron como hongos por todo el mundo occidental.
V
Años de plenitud
Ese mismo año, bajo los auspicios de Edward Larocque Tinker, fui invitado como
profesor visitante a la Universidad de Texas. Era mi primer encuentro físico con
Norteamérica. De alguna manera, debido a mis lecturas, siempre había estado
allí. Pero tuve una extraña sensación en Austin, oyendo a los obreros que
cavaban una zanja hablar en inglés, idioma que hasta entonces creí negado a esa
gente. De hecho, Norteamérica había adquirido tales proporciones míticas en mi
imaginación, que me asombraba sinceramente encontrar allí cosas tan comunes como
yuyos, barro, charcos, caminos de tierra, moscas y perros vagabundos. Aunque a
veces sentíamos nostalgia, sé que mi madre y yo terminamos amando a Texas. Ella,
que siempre detestó el fútbol, llegó a alegrarse de nuestra victoria cuando los
"Longhorns" derrotaron a sus vecinos los "Bears".
En la Universidad, al terminar una clase que dictaba sobre literatura argentina,
solía concurrir como oyente a otra de poesía sajona que dictaba el Dr. Rudolph
Willard. Mis días estaban colmados. Descubrí que los estudiantes norteamericanos
-al contrario de la mayoría de los estudiantes argentinos- estaban más
interesados en las materias que en las notas. Yo trataba de interesarlos en
Ascasubi y en Lugones, pero ellos me preguntaban obstinadamente sobre mi propia
obra. Pasaba el mayor tiempo posible con Ramón Martínez López, quien como
filólogo compartía mi pasión por las etimologías. Durante esos seis meses
viajamos mucho y di conferencias en universidades de costa a costa. Conocí Nuevo
México, San Francisco, Nueva York, Nueva Inglaterra, Washington. Norteamérica me
pareció la nación más indulgente y generosa que había visitado. Los
sudamericanos tendemos a pensar en términos de conveniencia, mientras que la
gente en los Estados Unidos tiene una actitud ética. Como protestante
vocacional, eso era lo que más admiraba. Hasta me ayudaba a pasar por alto los
rascacielos, las bolsas de papel, la televisión, los plásticos y la horrible
selva de aparatos.
Viajé por segunda vez a Norteamérica en 1967, para hacerme cargo de la cátedra
de poesía Charles Eliot Norton en Harvard y dar conferencias -frente a
auditorios benévolos- sobre "This Craft of Verse" (El oficio de la poesía). Pasé
siete meses en Cambridge, dando un curso sobre escritores argentinos y
recorriendo Nueva Inglaterra, donde parecen haberse inventado la mayoría de las
cosas norteamericanas, incluyendo el Oeste. Hice numerosas peregrinaciones
literarias: a los lugares de Hawthorne en Salem, de Emerson en Concord, de
Melville en New Bedford, de Emily Dickinson en Amherst y de Longfellow a la
vuelta de donde yo vivía.
En Cambridge los amigos parecían multiplicarse: Jorge Guillén, John Murchison,
Juan Marichal, Raimundo Lida, Héctor Ingrao y un matemático persa, Farid Hushfar,
que había desarrollado una teoría del tiempo esférico que no entiendo mucho pero
que pienso plagiar algún día. También conocí a escritores como Robert Fizgerald,
John Updike y el difunto Dudley Fitts. Aproveché la oportunidad para conocer
otras partes del continente: Iowa, donde me esperaba mi pampa natal; Chicago,
con el recuerdo de Carl Sandburg; Missouri; Maryland; Virginia. Hacia el final
de mi estadía tuve el honor de asistir a una lectura de mis poemas en el "YMYWHA
Poetry Center" de Nueva York, en la que participaron varios de mis traductores
con la presencia entre el público de un número considerable de poetas.
Debo mi tercer viaje a los Estados Unidos (en noviembre de 1969) a mis dos
benefactores de la Universidad de Oklahoma, Lowell Dunham e Ivar Ivask, que me
invitaron a dar conferencias en su universidad y reunieron un grupo de
estudiosos para analizar y enriquecer mi trabajo. Ivask me regaló un puñal
finlandés en forma de pez, que era bastante ajeno a la tradición del viejo
Palermo de mi infancia.
Al recordar esta última década, advierto que he sido bastante nómade. En 1963,
gracias a Neil MacKay del British Council de Buenos Aires, pude visitar
Inglaterra y Escocia. Allí (también en compañía de mi madre), hice mis
peregrinaciones: a Londres, tan cargada de recuerdos literarios; a Lichfield y
el doctor Johnson; a Manchester y De Quincey; a Rye y Henry James; al Lake
District; a Edinburgo. Visité la casa natal de mi abuela en Hanley, uno de los
Five Towns, la patria chica de Arnold Bennett. Pienso que Escocia y Yorkshire
están entre los lugares más encantadores de la tierra. En algún rincón de las
colinas y valles de Escocia reviví una extraña sensación de soledad y
desolación. Tardé algún tiempo en descubrir que esa sensación se remontaba al
lejano desierto de la Patagonia.
Unos años más tarde hice otro viaje a Europa, esta vez en compañía de María
Esther Vázquez. En Inglaterra, Herbert Read nos hospedó en el magnífico caserón
que tenía en los páramos. Nos llevó a Yorkminster, donde nos mostró unas espadas
danesas antiguas en la sala Viking Yorkshire del Museo. Más tarde escribí un
soneto a una de las espadas, y poco antes de su muerte sir Herbert corrigió y
mejoró mi título original, para el que sugirió "A una espada en Yorkminster" en
lugar de "A una espada en York". Después fuimos a Estocolmo invitados por
Bonnier, mi editor sueco, y por el embajador argentino. Estocolmo y Copenhague
están entre las ciudades más inolvidables que he visto, al igual que San
Francisco, Nueva York, Edimburgo, Santiago de Compostela y Ginebra.
A comienzos de 1969, invitado por el gobierno israelí, pasé diez días
emocionantes en Tel Aviv y Jerusalén. Volví a casa con la convicción de haber
visitado la más vieja y al mismo tiempo la más joven de las naciones, de haber
regresado de un país muy vivo y alerta a un rincón del mundo que está medio
dormido. Desde mis días de Ginebra siempre me interesó la cultura judía, que
considero un elemento intrínseco de la llamada civilización occidental. Durante
la guerra árabe-israelí tomé partido de inmediato; y cuando el desenlace era
todavía incierto escribí un poema sobre la contienda. Una semana más tarde
escribí otro poema sobre la victoria. Cuando estuve de visita, Israel era
todavía un campamento armado. Allí, en las costas de Galilea, recordé estas
líneas de Shakespeare:
Over whose acres walk'd those blessed feet,
Which, fourteen hundredyears ago, were nail'd,
For our advantage, on the bitter cross.
[Sobre cuyos acres caminaron aquellos /pies benditos
que, hace mil cuatrocientos años, clavaron,
para nuestra salvación, en la amarga cruz.]
Hoy, a pesar de los años, sigo pensando en las muchas piedras que me falta
mover, y en otras que me gustaría mover de nuevo. Todavía tengo la esperanza de
ver el Utah de los mormones, que me fueron revelados de niño por Roughing It de
Mark Twain y A Study in Scarlet, el primer libro de la saga de Sherlock Holmes.
Otro sueño es una peregrinación a Islandia, y otro más es regresar a Texas y a
Escocia.
A los setenta y un años sigo trabajando y lleno de planes. El año pasado escribí
un nuevo libro de poemas, Elogio de la sombra. Es mi primer volumen de poemas
desde 1960, y fueron los primeros que escribí en mi vida pensando en hacer un
libro. Mi preocupación central, como se advierte en varios de los poemas, es de
naturaleza ética, independiente de toda inclinación religiosa o antirreligiosa.
La "sombra" del título se refiere tanto a la ceguera como a la muerte. Para
completar Elogio de la sombra, trabajé todas las mañanas, dictando en la
Biblioteca Nacional. Cuando lo terminé, me había acostumbrado a una cómoda
rutina: tan cómoda que no la cambié y empecé a escribir cuentos. Esos cuentos,
los primeros escritos desde 1953, fueron publicados el año pasado. El libro se
llama El informe de Brodie; y consiste en experimentos modestos, narraciones
sencillas: el libro al que me he referido con frecuencia durante los últimos
cinco años. Hace poco terminé el guión de una película que se llamará Los otros.
El argumento es mío, y fue escrito con Adolfo Bioy Casares y el joven director
argentino Hugo Santiago. Mis tardes están ahora dedicadas a un proyecto de largo
alcance, que acaricié durante mucho tiempo. Desde hace casi tres años, por
fortuna, tengo al lado a mi propio traductor, y juntos vamos a publicar entre
diez y doce volúmenes de mi obra en inglés, idioma que no merezco usar y que
ojalá hubiera sido mi lengua materna.
Pienso empezar un nuevo libro, una serie de ensayos personales -no
eruditos-sobre Dante, Ariosto y temas nórdicos medievales. También quiero
escribir un libro sincero e informal de opiniones, caprichos, reflexiones y
herejías personales. Después de eso, ¿quién sabe? Todavía tengo una cantidad de
historias, oídas o inventadas, que quiero contar. En este momento estoy
terminando un relato largo llamado "El Congreso". A pesar del título kafkiano,
espero que se acerque más a la línea de Chesterton. La acción transcurre en la
Argentina y el Uruguay. Durante veinte años he estado aburriendo a los amigos
con el argumento. Por fin, mientras se lo contaba a mi mujer, ella me hizo notar
que no necesitaba más elaboración. Tengo otro proyecto que ha estado pendiente
durante más tiempo todavía: la revisión y quizá la reescritura de El caudillo,
la novela de mi padre, tal como él me lo pidió hace años. Habíamos llegado a
discutir muchos de los problemas; y me gusta pensar en esa tarea como un diálogo
que no se ha interrumpido y una colaboración muy real.
La gente ha sido inexplicablemente buena conmigo. No tengo enemigos, y si
ciertas personas se han puesto ese disfraz, han sido tan bondadosas que ni
siquiera me han lastimado. Cada vez que leo algo que han escrito contra mí, no
sólo comparto el sentimiento sino que pienso que yo mismo podría hacer mucho
mejor el trabajo. Quizá debería aconsejar a los aspitantes a enemigos que me
envíen sus críticas de antemano, con la seguridad de que recibirán toda mi ayuda
y mi apoyo. Hasta he deseado secretamente escribir, con seudónimo, una larga
invectiva contra mí mismo. ¡Ay, las crudas verdades que guardo!
A mi edad uno debería tener conciencia de los propios límites, y ese
conocimiento quizá contribuya a la felicidad. De joven pensaba que la literatura
era un juego de variaciones hábiles y sorprendentes. Ahora que he encontrado mi
propia voz, pienso que corregir y volver a corregir mis originales no los mejora
ni los empeora. Por supuesto, eso es un pecado contra una de las principales
tendencias de la literatura de este siglo: la vanidad de la reescritura, que
llevó a Joyce a publicar fragmentos con el presuntuoso título de "Work in
Progress" (Obra en curso).
Supongo que ya he escrito mis mejores libros. Eso me da una cierta satisfacción
y tranquilidad. Sin embargo, no creo que lo haya escrito todo. De algún modo, la
juventud me resulta más cercana que cuan do era joven. Ya no considero
inalcanzable la felicidad como me sucedía hace tiempo. Ahora sé que puede
ocurrir en cualquier momento, pero nunca hay que buscarla. En cuanto al fracaso
y la fama, me parecen irrelevantes y no me preocupan. Lo que quiero ahora es la
paz, el placer del pensamiento y de la amistad. Y aunque parezca demasiado
ambicioso, la sensación de amar y ser amado.
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