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Para Roberto Bolaño
Por Jorge Herralde
La muerte de Roberto Bolaño causó una extraordinaria conmoción en nuestro país,
una explosión de pesar y de rabia con muy escasos precedentes. Muchos de los más
destacados escritores y críticos lo valoraron como el mejor escritor
latinoamericano de su generación. Tan sólo unas pocas semanas antes, en una
reunión de escritores latinoamericanos en Sevilla, la generación más joven, la
de Fresán, Volpi o Gamboa, lo eligió como su líder indiscutible, su faro, su
tótem, en palabras de Rodrigo Fresán. Y no sólo en España, en toda América
Latina, en especial en Chile y en México, se sucedieron cataratas de elogios y
se expresó el dolor de la pérdida de un artista en su apogeo.
También tuvo gran repercusión su muerte en otros países europeos, donde la obra
de Bolaño se estaba traduciendo de forma cada vez más acelerada. Cuando murió se
habían firmado 37 contratos en países, destacando Italia, Francia, Holanda y el
Reino Unido. Su desaparición se lamentó incluso en varios periódicos de Estados
Unidos, pese a que era un autor inédito en dicho país, aunque ahora, desde
septiembre, ya no lo es. En la contraportada de la edición de Nocturno de Chile
en New Directions, entre cinco citas de críticos y escritores brilla
gloriosamente esta frase de Susan Sontag: "Nocturno de Chile es lo más auténtico
y singular: una novela contemporánea destinada a tener un lugar permanente en la
literatura mundial." Y la propia Sontag, el 25 de octubre, en una rueda de
prensa en Oviedo, con ocasión de recibir el Premio Príncipe de Asturias,
arremetió contra los falsos escritores, los "escritores mercenarios ", y por el
contrario alabó a su admirado Bolaño: "De lo que he leído en los últimos años,
me gusta mucho Roberto Bolaño. Es una pena que haya muerto tan joven. Escribió
mucho y estaba empezando a ser traducido al inglés, pero le quedaba tanto por
escribir..."
En Francia, donde se han publicado aceleradamente cinco de sus libros en los dos
últimos años, Bolaño había sido adoptado como uno de los grandes. Así lo
muestra, por usar sólo una cita, lo que escribió Fabrice Gabriel en Les
Inrockuptibles con el título "Un hermano ha muerto": "Largo tiempo hemos vivido
sin saber que existía un chileno perfecto para nosotros: barroco pero breve,
erudito sin ser pedante, trágicamente metafísico y auténticamente bromista, loco
por la poesía pero dotado de una eficacia narrativa sin falla alguna... Una
especie de fenómeno entre Woody Allen y Lautréamont, Tarantino y Borges", un
autor que conseguía que "su lector se convirtiera en un frenético proselitista",
y terminaba: "Bolaño no amaba el pathos superfluo ni los discursos
grandilocuentes. El único homenaje será leerle de ahora en adelante y reírnos
todavía con él."
Una síntesis excelente, pero convendría hacer una matización: no sólo los
lectores franceses no sabían que existía, también lo desconocían muchos lectores
en español. A pesar de su enorme prestigio, con la excepción de Los detectives
salvajes, Bolaño seguía siendo un autor minoritario. Ahora, tras la explosión de
su muerte, muchos lectores lo están descubriendo entusiasmados. Así como se
habla del frecuente purgatorio de los escritores después de su muerte, en este
caso apunta paradójicamente lo contrario.
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"LOS DETECTIVES
SALVAJES"
Después de muchísimos años de consagración fanática a la escritura, Bolaño
emerge a mediados de los noventa. En el y el publica tres libros consecutivos,
tres revelaciones: La literatura nazi en América, Estrella distante y Llamadas
telefónicas, que alertan a los críticos más sagaces, a los lectores más
inquietos. Pero la explosión incontenible ocurrió con Los detectives salvajes,
publicado en noviembre del, que en pocos meses ganó nuestro premio de novela y
el Rómulo Gallegos y de inmediato la unanimidad de los mejores críticos, como
Ignacio Echevarría o Masoliver Ródenas en España, Celina Manzoni en Argentina,
Elvio Gandolfo en Uruguay, Christopher Domínguez-Michael en México, o Rodrigo
Pinto y Patricia Espinosa en Chile. Y también el instantáneo apoyo incondicional
de escritores como Enrique Vila-Matas, Juan Villoro o, en Chile, Jorge Edwards,
Jaime Collyer, Roberto Brodsky.
La lista de elogios sería interminable y un leitmotiv sería que Los detectives
salvajes es la mejor novela mexicana desde La región más transparente, o la
mejor novela sobre México desde Bajo el volcán (lo que recuerda un dictamen
sobre Lolita: la Gran Novela Americana fue escrita por un ruso), pero
alejándonos ya de México, territorio que le queda demasiado estrecho, otro
leitmotiv sería que Los detectives salvajes es la nueva Rayuela, una novela que
marcó a su generación con la misma fuerza con que la novela de Roberto marcó a
la suya.
Citaré dos afirmaciones que me parecen especialmente afortunadas. Una de Elvio
Gandolfo: "Los detectives salvajes se inscribía en un subgénero latinoamericano:
la Gran Novela Despeinada iniciada en Argentina por Adán Buenosayres de Marechal
y sobre todo Rayuela de Cortázar." Y la otra de Ignacio Echevarría: "El tipo de
novela que Borges hubiera aceptado escribir."
Y recuerdo haber leído en algún sitio un comentario sobre la parte central de la
novela que la equiparaba al río Mississippi de Huckleberry Finn, potente
generador de historias.
BOLAÑO, POETA Y PERRO ROMÁNTICO, RABIOSO Y APALEADO
Roberto Bolaño se consideró siempre un poeta. Sólo empezó a escribir narrativa a
raíz del nacimiento de su hijo Lautaro, a quien idolatraba, hacia 1990. Pensó
que, obviamente, sólo con la poesía no podía soñar con alimentar a su familia, y
apenas con la prosa. Sus acrobacias de supervivencia en los primeros 90,
presentándose a toda suerte de premios municipales, "premios búfalo"
imprescindibles para el escritor piel roja, son el tema de su cuento "Sensini"
dedicado al escritor argentino Antonio Di Benedetto, exiliado en España, quien
le enseñó las tretas de ese arte menor.
Conocía de Roberto los libros de poesía publicados en España—Los perros
románticos (Lumen) y Tres (Acantilado)—, cuando Carolina me pasó, en julio
pasado, tras la muerte de Roberto, un volumen muy significativo, editado en 1979
en México: Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego (11 jóvenes poetas
latinoamericanos), con una dedicatoria: "A las muchachas desnudas bajo el
arcoiris de fuego", y una advertencia preliminar: "Este libro debe leerse / de
frente y de perfil / que los lectores parezcan platillos voladores."
En dicha antología, a cargo de Roberto Bolaño, figuran tres infrarrealistas: el
propio Bolaño y Mario Santiago—es decir, el Arturo Belano y el Ulises Lima de
Los detectives salvajes—y también Bruno Montané, el aún más joven poeta
chileno—que aparece en la novela como Felipe Müller—. El origen de la palabra
infrarrealismo proviene, claro está, de Francia. Emmanuel Berl la atribuye al
surrealista (sobrerrealista) Philippe Soupault: él y sus amigos "habían fundado
un club de la desesperanza, una literatura de la desesperanza". El
infrarrealismo (o real visceralismo en la novela) fue un movimiento sin
manifiesto, una especie de "Dadá a la mexicana" (en palabras de Bolaño), cuyos
componentes irrumpían en los actos literarios boicoteándolos, incluso los del
mismísimo Octavio Paz. En una conversación con Roberto, Carmen Boullosa le
cuenta su pavor, antes de dar una lectura poética, de que aparecieran los
temibles "infras": "Eran el terror del mundo literario", afirma Boullosa.
Temibles pero desesperados, marginados.
En uno de los poemas, Bolaño escribe:
"Los verdaderos poetas tiernísimos / metiéndose siempre en los cataclismos más
atroces, / más maravillosos / sin importarles / quemar su inspiración / sino
donándola / sino regalándola / como quien tira piedras y flores. / Oye, poeta,
le dicen, / enchufa el amanecer."
Y en otro poema: "Algo inevitable, / como
enamorarse veces de la misma / muchacha."
Y finalmente en otro: "La certeza
de una muerte esbelta y temprana."
O sea, en esas estrofas, un concentrado, una píldora de la vida y muerte de
Roberto Bolaño. En la antología brilla el talento de Mario Santiago, quien,
después de Bolaño, es el mejor poeta. Cabe subrayar un poema titulado "Consejos
de un discípulo de Marx a un fanático de Heidegger", un título que Bolaño
parafraseará en su primera novela, escrita con Antonio G. Porta, Consejos de un
discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. En dicho poema, dedicado a "Roberto Bolaño y Kyra Galván camaradas & poetas", Mario Santiago escribe:
"el
Azar: ese otro antipoeta & vago insobornable" y también constata "unas ganas
despeinadas de morder & ser mordido".
En ambos poetas ya figura, pues, un homenaje al maestro Nicanor Parra y su
vocación de perros románticos, a menudo perros rabiosos, y desde luego perros
apaleados.
Una
existencia trashumanteEscritor nacido en Santiago de Chile, Bolaño ha llevado una existencia bastante trashumante. A los 15 años estaba viviendo en México, donde comenzó a trabajar como periodista y se hizo trotskista. En el 73 regresó a su país y pudo presenciar el golpe militar. Se alistó en la resistencia y terminó preso. Unos amigos detectives de la adolescencia lo reconocieron y lograron que a los ocho días abandonase la cárcel. Se fue a El Salvador: conoció al poeta Roque Dalton y a sus asesinos. En el 77 se instaló en España, donde ejerció (también en Francia y otros países) una diversidad de oficios: lavaplatos, camarero, vigilante nocturno, basurero, descargador de barcos, vendimiador. Hasta que, en los 80, pudo sustentarse ganando concursos literarios. A fines de los años 90 la suerte empezó a estar de su lado: Los detectives salvajes (1999) obtuvo el premio Herralde y el Rómulo Gallegos, considerado el Nobel de Latinoamérica. Es autor de las novelas, La pista de hielo (1993), La literatura nazi en América (1996), Estrella distante (1996), Amuleto (1999), Monsieur Pain (1999), Nocturno de Chile (2000), Una novelita lumpen (2002) y 2666 (2004), ésta última póstuma; los libros de relatos Llamadas telefónicas (1997), Putas asesinas (2001) y El gaucho insufrible (2003) y los poemarios Los perros románticos (2000) y Tres (2000). También escribió Amberes (2002), que recoge varios textos del autor y Entre paréntesis (2004), un recopilatorio de artículos, conferencias y otros textos publicados en varios medios de comunicación. Murió el 14 de julio del 2003 a consecuencia de una insuficiencia hepática. [www.epdlp.com] |
BOLAÑO IMPRECADOR (BAJO EL SIGNO DE RIMBAUD, DADÁ, DEBORD)
Roberto Bolaño, como demuestra en sus libros, estaba empapado de literatura
francesa. Así, en el relato "Fotos", de Putas asesinas, su álter ego Arturo
Belano, perdido en África, piensa: "Para poetas, los franceses." (Acotación
obvia: Arturo Belano, Arthur Rimbaud.) Y si admira en Francia la cúspide de su
literatura, la poesía, tampoco parece ignorar un género más lateral pero muy
practicado en dicho país: el arte de la injuria.
(Como ejemplos eminentes del arte del insulto figuran desde Baudelaire y Alfred
Jarry hasta Arthur Cravan y su revista Maintenant, y naturalmente los dadaístas,
empezando por Tristan Tzara: "Maurice Barrès es el mayor cerdo que me he
encontrado en mi carrera política; el mayor canalla que ha visto Europa desde
Napoleón." Y añade, sarcástico: "No tengo ninguna confianza en la justicia,
incluso si Dadá dicta esa justicia. Convendrá conmigo, Sr. Presidente, que sólo
somos una panda de cabrones y que por consiguiente las pequeñas diferencias,
cabrones más grandes o cabrones más pequeños, no tienen ninguna importancia." O,
entre los surrealistas, la gélida pregunta de Louis Aragon: "¿Ya has abofeteado
a un muerto?" Aunque quizá los más temibles polemistas estuvieron en la
Internacional Situacionista, cuyo último número de su revista acababa con un
demoledor cruce de cartas con Claude Gallimard, tan brutalmente insultado como
su padre Gaston y su hijo Antoine. Ya antes la Internacional Letrista, en 1952,
de la que salieron los situacionistas, ante la visita de Charlie Chaplin a
Francia, en olor de multitudes, lo había saludado de la forma más
descalificadora: "Go home, Mr. Chaplin, estafador de los sentimientos,
chantajista del sufrimiento." Y las colecciones de cartas de insultos más
belicosas son los dos tomos de la Correspondencia de la editorial Champ Libre,
tan fuertemente inspirada por Guy Debord. Éste, por cierto, en Consideraciones
sobre el asesinato de Gérard Lebovici escribió: "La carta de injurias es una
suerte de género literario que ha ocupado un gran lugar en nuestro siglo y no
sin razón. Creo que nadie puede dudar que yo mismo, a este respecto, he
aprendido mucho de los surrealistas y, por encima de todo, de Arthur Cravan. La
dificultad en la carta de injurias no puede ser estilística, la única cosa
difícil es tener la seguridad de que uno está en su derecho en escribirlas
respecto a ciertos corresponsales precisos. Nunca deben ser injustas." Bolaño no
escribió, creo, cartas de injurias—aunque su última conferencia, "Los mitos de
Cthulhu", es un panfleto brutal en el que Bolaño reivindicó la herencia de
Nicanor Parra: "la idea del ataque gratuito y de joder la paciencia"—, sino que
lanzó durísimos juicios lapidarios: pienso que, con razón o sin ella, nunca
creyó ser injusto. Se atuvo, pues, a la ley acuñada por Debord. Fin del
excursus.)
Como es bien sabido, el Bolaño más polémico, el Bolaño lector más intransigente,
operó en Chile, donde opinó con virulencia o desdén respecto a componentes de la
nueva narrativa chilena de los 90, a los que apodó los "donositos", y también
respecto a algunos de los autores chilenos más leídos.
Tomemos el significativo caso de Isabel Allende, indiscutible bestseller
internacional, a quien Bolaño tildó de "escribidora". Allende, en una entrevista
en El País (3 de septiembre de 2003), contraatacó así: "No me dolió mayormente
porque él hablaba mal de todo el mundo. Es una persona que nunca dijo nada bueno
de nadie. El hecho que está muerto no lo hace a mi juicio mejor persona. Era un
señor bien desagradable" Es bien comprensible la irritación de Isabel Allende:
llamar "escribidora" a una escritora es algo así como una enmienda a la
totalidad. Pero Bolaño la ataca como escritora mientras que Allende ataca a la
persona, faltando objetivamente a la verdad.
BOLAÑO, LECTOR INCANSABLE, SEVERO Y GENEROSO
La afirmación de Isabel Allende nos invita a hacer una lista (a Bolaño, como a
su admirado Perec, le encantaban las listas) de los autores de los que Bolaño
dijo mucho bueno. Así, Borges y Bioy y Bustos Domecq, Silvina Ocampo, Rodolfo
Wilcock, Cortázar, Manuel Puig, Copi, Nicanor Parra, Enrique Lihn, Gonzalo
Rojas, Jorge Edwards, a ratos José Donoso, Juan Rulfo, Sergio Pitol, Carlos
Monsiváis, Juan Marsé, Álvaro Pombo, Ricardo Piglia. Nombre obvios, sí, pero que
dibujan una cartografía precisa, de incluidos y excluidos: de una parte, el
fervor de la literatura, de otra, para decirlo con Martin Amis, la guerra contra
el cliché.
Pero es probablemente más significativa su lectura apasionada y generosa de
tantos autores de su generación y aun de escritores más jóvenes, aquellos que
conforman lo que Bolaño llamaba la voluntad de ruptura en lengua española de la
generación de los 90. Veamos unos nombres: Fernando Vallejo; César Aira, Alan
Pauls y Rodrigo Fresán; Rodrigo Rey Rosa; Juan Villoro, Daniel Sada, Carmen
Boullosa y Jorge Volpi; Enrique Vila-Matas y Javier Marías; Pedro Lemebel y
Roberto Brodsky. El dibujo ya es bien nítido.
Ante esta lista de entusiasmos, de lectura sistemática de escritores jóvenes (lo
que no es precisamente muy usual por parte de tantos autores), una lista cuyos
posibles aciertos decidirá la posterioridad (pero que no parece desencaminada),
las polémicas despertadas por las opiniones contundentes de Bolaño parecen, como
él afirmó, "polémicas totalmente gratuitas, estornudos".
También merece destacarse que tampoco escaparon a su crítica notorias vacas
sagradas españolas, desde la parte central de Los detectives salvajes, de forma
algo enmascarada pero evidente, siguiendo en varias entrevistas y acabando en
"Los mitos de Cthulhu", la conferencia que cierra su último libro. Unas
andanadas que a Bolaño, que no tenía posiciones que escalar ni tenía que
vengarse de nadie, en nada podían beneficiarle. Es obviamente mucho más
peligroso despellejar en público que hacerlo en privado, un deporte que los
escritores (y no escritores) practican (practicamos) con suma asiduidad.
Daba la impresión de que Bolaño escribía como Kafka dijo, creo, que debería
hacerse: escribir como si se estuviera muerto. Y esto me recuerda la forma cómo
Jacques Rigaut apostrofaba a sus amigos dadaístas menos radicales: "Vous êtes
tous des poètes et moi je suis du côté de la mort." Y a los muertos, si no otra
cosa, la sinceridad se les supone.
BOLAÑO EN SU LEYENDA
Pero olvidemos ya los estornudos y sus miasmas y leamos o releamos a Roberto
Bolaño. Un autor del que Vila-Matas dijo: "Con la muerte de Bolaño empieza una
leyenda." Una leyenda que sería plenamente merecida tan sólo con Los detectives
salvajes calificada por Masoliver Ródenas, perfilando el leitmotiv, como "una de
las mejores novelas mexicanas contemporáneas, escrita por un chileno que reside
en Cataluña." Un escritor chileno cuyo único pasaporte fue chileno, aunque
Bolaño, siempre incómodo, siempre a contrapié, matizaba: "Muchas pueden ser las
patrias pero uno solo el pasaporte, y este pasaporte, evidentemente, es la
calidad de la escritura."
Roberto Bolaño, un perro romántico, un perro rabioso, un perro apaleado, que
nunca renunció a su "deseo de quemar el mundo", y también "un príncipe
dulcísimo", según el epitafio de su querido Nicanor Parra. Roberto Bolaño, que
escribió a modo de epitafio propio: "El mundo está vivo y nada vivo tiene
remedio y ésa es nuestra suerte." Una frase desesperada, lúcida y sarcástica, la
marca de fábrica de un escritor chileno llamado a perdurar, un orgullo de la
literatura universal.
[Texto leído en el homenaje a Roberto Bolaño en la Feria del Libro
de Chile, el 29 de octubre de 2003]
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Roberto
Bolaño: Genio y figura
La leyenda del gran escritor
Por momentos parece que el fervor de sus fans en toda América latina excede
incluso los límites de una pasión. Roberto Bolaño, muerto a los 50 años, tiene
todas las condiciones para ser considerado el gran escritor latinoamericano
contemporáneo. ¿Pero lo es? Aquí, qué piensan Isabel Allende, Darío Jaramillo,
Fernando Vallejo, Fogwill, Alberto Fuguet y 39 autores jóvenes reunidos hace
poco en Colombia.
Por Héctor Pavón
La palabra leyenda viene de legenda, que en latín significa "lo que debe ser
leído". Hay consenso, un acuerdo de masas lectoras, un dogma, que sostiene que
Roberto Bolaño es una leyenda y que debe ser leído.
También circula una certeza: Bolaño, el fallecido escritor chileno, multiplica
sus lectores en forma permanente. Quienes lo leen se transforman en seguidores y
suelen pasar al estadio de fans como si esa estrella a alcanzar fuera un Jim
Morrison (muy escuchado por Bolaño). Y aunque sus restos hayan sido cremados y
sus cenizas arrojadas al Mediterráneo, la procesión de sus fieles marcha
constante y segura en busca de sus secretos, de nuevos poemas y cuentos como los
que se publicaron recientemente. Van en busca de un Bolaño que tal vez no exista
pero que se construye, destruye y reconstruye en sus miradas, lecturas y
relecturas. Bolaño era chileno pero se reconocía como un autor latinoamericano.
Hoy podría ser un escritor del mundo, su letra ya se tradujo al inglés y se
vende de forma notoria en Estados Unidos, la meca de la venta literaria masiva;
su voz y su imagen es reproducida al infinito en youtube.com; documentales,
ensayos, tesis y monografías lo reviven en medios de comunicación y
universidades. El fenómeno marcha.
"Con la muerte de Bolaño empieza una leyenda", dijo Enrique Vila Matas. Esa
leyenda está viva. Repiquetea por el mundo entero. Pero sería más justo decir
que recién comienza, que el efecto Bolaño está subiendo la curva y que todavía
se lee por primera vez, todavía se está descubriendo. Su muerte temprana a los
50 años esperando un hígado fue el primer renglón de la construcción de un mito
al que Bolaño contribuyó casi de forma directa. Murió el 14 de julio de 2003, en
el hospital Valle de Hebrón de Barcelona. Pasó diez días en coma sufriendo por
una complicación hepática mientras esperaba en vano un trasplante. Dejó textos
terminados para su publicación y otros inconclusos. Estaba preocupado por el
futuro económico de su mujer y sus hijos. Entre esos papeles quedaban cinco
textos que por un acuerdo entre editor y familia dieron origen a la tremenda
novela llamada 2666, en la que llevó al extremo su capacidad imaginativa y
fabuladora en torno de un personaje que retoma la figura del escritor
desaparecido, en este caso, Benno von Archimboldi y donde también se exhibe el
horror del feminicidio de Ciudad Juárez, México, donde las mujeres suelen ser
presa de caza. Gracias a la buena relación entre los familiares y el editor de
Anagrama Jorge Herralde, este año llegaron a la Argentina los textos encontrados
y reunidos en El secreto del mal y La universidad desconocida (Anagrama).
También llegaron, caros pero imperdibles, ejemplares de poesía reeditados como
Los perros románticos y Tres (Acantilado).
En El secreto... hay relatos aparentemente sin terminar, ensayos, referencias y
algunas admiraciones sobre la literatura argentina y una mirada irónica sobre
Evita y Perón puesta en boca de V. S. Naipaul. Allí denosta a Osvaldo Soriano,
relativiza a Roberto Arlt y se rinde ante Jorge Luis Borges, Ricardo Piglia,
Osvaldo Lamborghini, César Aira, entre otros. Dice: "De estas tres líneas más
vivas de la literatura argentina, los tres puntos de partida de la pesada, me
temo que resultará vencedora aquella que representa con mayor fidelidad a la
canalla sentimental, en palabras de Borges. La canalla sentimental, que ya no es
la derecha (en gran medida porque la derecha se dedica a la publicidad y al
disfrute de la cocaína y a planificar el hambre y los corralitos, y en materia
literaria es analfabeta funcional o se conforma con recitar el Martín Fierro)
sino la izquierda, y que lo que pide a sus intelectuales es soma, lo mismo,
precisamente que pide a sus intelectuales, que recibe de sus amos. Soma, soma,
soma Soriano, perdonáme, tuyo es el reino. Arlt y Piglia son punto y aparte.
Digamos que es una relación sentimental y que lo mejor es dejarlos tranquilos.
Ambos, Arlt sin la menor duda, son parte importante de la literatura argentina y
latinoamericana y su destino es cabalgar solos por la pampa habitada por
fantasmas. Allí sin embargo, no hay escuela posible. Corolario. Hay que releer a
Borges otra vez".
La conquista de E.E.U.U.
"Nocturno de Chile es lo más auténtico y singular: una novela contemporánea
destinada a tener un lugar permanente en la literatura mundial". El elogio era
de Susan Sontag y fue ella misma quien, en una rueda de prensa en Oviedo, en
ocasión de recibir el Premio Príncipe de Asturias 2003, cargó contra los "falsos
escritores", los "escritores mercenarios", y por el contrario dijo: "De lo que
he leído en los últimos años, me gusta mucho Roberto Bolaño. Es una pena que
haya muerto tan joven. Escribió mucho y estaba empezando a ser traducido al
inglés, pero le quedaba tanto por escribir..."
Bolaño desembarcó en Estados Unidos con varios títulos. Los detectives salvajes
(The savage detectives) se editó este año en EE.UU. traducido por Natasha
Wimmer. El periodista francés Jean Francois Fogel dice que al llegar este año a
las librerías estadounidenses, la apreciación sobre Bolaño parece definitiva.
Eso es así, especialmente, tomando en cuenta el extenso artículo del The New
Yorker. Una de las palabras clave que utiliza la revista es "infrarrealistas",
el nombre del grupo poético de Bolaño en su etapa mexicana. "Cuando los yankees
se preocupan del infrarrealismo (de manera global el mundo nota el exceso de
realismo en la manera gringa de actuar) no se puede negar que pasa algo", dice
Fogel en su blog. Daniel Zalewski, el periodista del The New Yorker termina
afirmando: "es un estilo que se merece su propio nombre: modernismo visceral".
Fogel agrega: "La culpa del mundo hispanohablante es tener al producto Bolaño
sin tener al servicio de marketing para vender el producto. Los ingenuos latinos
hablaban de libros, los maestros del comercio proponen otra cosa: 'modernismo
visceral'. Con este nombre, se va a vender como pan caliente." Con Los
detectives... Bolaño ganó el Premio Herralde de novela 1998 y un año después el
Rómulo Gallegos.
Alex Abramovitch, en The New York Times, confirma de manera indirecta la nueva
definición del escritor chileno en otra larga reseña. Recupera el término
"realismo visceral" que utiliza el autor en su novela para señalar: "Los
realistas viscerales tienen altas aspiraciones, pero Bolaño es demasiado pegado
a la realidad para ablandarse". James Wood -crítico, profesor de Harvard y
editor de The New Republic- escribió un ensayo publicado en The New York Times
con el título "The Visceral Realist", en el que se refiere a la edición de The
Savage Detectives como el momento en que Bolaño deja de ser un autor de culto en
los Estados Unidos y se vuelve una necesidad compartida por cada vez más
lectores. "Hasta hace poco", escribe Wood, "había incluso algo, un código
masónico en la manera en que el nombre de Bolaño pasaba de boca en boca entre
los lectores de este país". Luego añade: "Este fabulador chileno,
maravillosamente extraño, a la vez un realista enraizado y un lírico de lo
especulativo, que murió en 2003 a los cincuenta años de edad, ha sido reconocido
ya desde hace algún tiempo en el mundo hispanohablante como uno de los más
grandes e influyentes escritores modernos".
El hecho de penetrar las fronteras estadounidenses ha sido fundamental y le dio
actualidad a la letra de Bolaño. También hay que notar que se trata de un
escritor muerto y eso permite armar no una leyenda sino varias. También hay
realidades: siete traducciones al inglés en tránsito y, entre ellas,
probablemente 2666. "Entonces, echamos una visceral bienvenida al Bolaño nuevo,
conquistador del territorio gringo", concluye Fogel.
La eterna búsqueda
Roberto Bolaño nació en Santiago de Chile en 1953 y creció en ciudades diversas
como Los Angeles, Valparaíso, Quilpué, Viña del Mar y Cauquenes. Con 13 años, se
trasladó con su familia a México donde su principal refugio era la biblioteca
pública de Ciudad de México. No terminó el colegio, tampoco entró en la
universidad. Paradójicamente, hoy existe la cátedra Roberto Bolaño en la
universidad Diego Portales de Santiago de Chile.
1973, cae la Unidad Popular de Salvador Allende. Bolaño vuelve a su país después
de un largo viaje en ómnibus, a dedo y en barco con la idea de unirse a la
resistencia contra la dictadura pinochetista. Muy pronto lo detienen en
Concepción y lo liberan luego de ocho días gracias a la ayuda de un compañero de
estudios en Cauquenes que se encontraba entre los policías que lo habían
detenido. Años después diría que no tiene nada que decirle a Allende, que "los
que tienen el poder (aunque sea por poco tiempo) no saben nada de literatura,
sólo les interesa el poder".
En su regreso a México junto con el poeta Mario Santiago Papasquiaro
(inspiración para modelar a Ulises Lima en Los detectives salvajes) fundó el
movimiento poético infrarrealista, que, surgido en tertulias del Café La Habana,
se opuso con furor a los pilares hegemónicos de la poesía mexicana y también al
establishment literario (con Octavio Paz como figura preponderante). Bolaño y
Papasquiaro se destacaron por su poesía cotidiana, disonante y con elementos
dadaístas.
"Se podría sostener que el infrarrealismo lo determinó como escritor de la misma
forma que el alejamiento de la corriente le permitió iniciar su carrera como
novelista. México para él fue central, porque lo determinó como escritor (...)
el México nocturno, el México de las calles, del habla cotidiana, de un destino
quebrado y a veces trágico, y el humor lo cautivaron. No es casualidad que sus
dos más grandes novelas las haya centrado en México, Los detectives salvajes y
2666", comentó el narrador Juan Villoro.
Tiempo después emigró a España, a Barcelona, donde ya vivía su madre.
Vendimiador en verano, vigilante nocturno de un camping en Castelldefels,
vendedor en un almacén, lavaplatos, camarero, estibador en el puerto, basurero,
recepcionista, fueron sus actividades hasta que se convirtió en escritor de
tiempo completo. También fue buen ladrón de libros, cuando no los podía pagar.
En 2004, un año después de su muerte, obtuvo el premio Salambó a la mejor novela
en castellano, por 2666. El jurado del premio se refirió a la novela ganadora,
como "el resumen de una obra de mucho peso, donde se decanta lo mejor de la
narrativa de Roberto Bolaño". Una novela que "contiene mucha literatura, que
supone un gran riesgo y lleva al extremo el lenguaje literario" de su autor.
Bolaño estalla en Internet. Hay miles de blogs literarios que dedican parte o su
totalidad a homenajear y discutir su obra. Los detectives salvajes y Estrella
distante son las obras preferidas por los cyberlectores. Muchos de ellos,
lectores profusos, trazan una línea de continuidad y buscan conexiones entre Los
detectives... y Rayuela de Julio Cortázar o Adán Buenosayres de Leopoldo
Marechal. Los foros rescatan no sólo su calidad literaria, sino también el
eterno camino en busca de personas perdidas, amores, esencias y territorios de
los personajes de Los detectives..., Estrella distante, o 2666.
Santificado en el presente, Bolaño fue en vida un personaje que solía fustigar a
sus enemigos literarios. Despreciaba de frente. Sobre la autora de Paula dijo:
"Me parece una mala escritora simple y llanamente, y llamarla escritora es darle
cancha. Ni siquiera creo que Isabel Allende sea escritora, es una
'escribidora'". Allende le devolvió: "Eché una mirada a un par de (sus) libros y
me aburrió espantosamente". Cuando murió Bolaño agregó: "No me dolió mayormente
porque él hablaba mal de todos. Es una persona que nunca dijo nada bueno de
nadie. El hecho de que esté muerto no lo hace a mi juicio mejor persona. Era un
señor bien desagradable".
"Skármeta es un personaje de la televisión. Soy incapaz de leer un libro suyo,
ojear su prosa me revuelve el estómago", calificó Bolaño. Por su parte, el ex
colombiano Fernando Vallejo aseguró que la prosa de Bolaño es demasiado simple,
plana, elemental, "del tipo yo Tarzán, tú Chita". A esta lista se sumó el poeta
colombiano Darío Jaramillo: "Bolaño es mago de un solo truco, retorcido (como un
remolino), adornado truco, pero siempre igual a sí mismo. Es ahí cuando uno
puede ver con nitidez la diferencia entre la pobreza -maquillada- y la difícil y
maravillosa sencillez."
Bolaño tuvo otro altercado con su paisana Diamela Eltit. Ella lo invita a cenar
a su casa; después él publica en Ajoblanco una crítica despiadada contra su menú
y contra su anfitriona. Eltit: ""ése es un tema sobre el cual yo prefiero
restarme. En parte porque ahí pasó algo absurdo, hipermagnificado. Bolaño está
muerto; yo prefiero no decir una palabra sobre alguien que ha muerto".
Javier Cercas, autor de Soldados de Salamina, texto en el que Bolaño cumple un
papel, sostiene que hay dos leyendas en torno al escritor chileno. Una, es la
que construyeron los otros, sus lectores, sus fans y otra, la del mismo autor.
Ambas leyendas no se ajustan a la realidad, pero la que escribió Bolaño tiene la
inmensa ventaja de que es, en cierto sentido, "más verdadera que la verdad,
mientras que la otra es en lo esencial mentira o una mentira forjada con
ingredientes de la verdad, que es la forma más cabal de la mentira. La leyenda
que Bolaño construyó en sus libros vivirá muchos años, o eso es lo que yo creo;
la que han construido los otros se esfumará pronto, o eso es lo que yo espero".
El escritor español suma hechos en favor de la construcción mítica del recuerdo
de Bolaño: murió joven; murió en el mejor momento de su carrera; murió dentro de
cierta propensión mitómana del medio literario (con una cuota de hipocresía) de
hablar bien de los muertos, entre otros elementos. "La historia de la
literatura, como la otra, abunda en ejemplos de este tipo de canonización tras
una muerte prematura, así que no hay de qué sorprenderse, al menos en lo que se
refiere a este punto; en lo que a otros se refiere no ocurre lo mismo -dice
Cercas-. Nada permitía presagiar, por ejemplo, que el mismo hombre que escribió
La pista de hielo escribiera sólo tres años más tarde Estrella distante, y seis
años después Los detectives salvajes; que entre 1996 y 2003, año de su muerte,
escribiera lo que escribió entra de lleno en el terreno de lo asombroso".
Todavía hay que dejar reposar su literatura para poder discernir si la obra de
Bolaño sobrevivirá al paso del tiempo y a la de sus lectores fans que califican
su obra entera como magistral, casi sin matices, todas en el mismo nivel de
calidad. Muchos de sus nuevos y jóvenes lectores se asoman con ansias de
investigar sobre su vida, y también muchos se desilusionan al encontrar una vida
breve donde la intensidad está puesta en la literatura que superó ampliamente a
su vida real. Hoy la única discusión posible gira en torno a las altas
calificaciones que generan sus libros. La única pregunta que se permite hacer en
esta iglesia pagana es si Bolaño es genial o extraordinario.
En la última entrevista que dio Bolaño, a la periodista Mónica Maristain de la
revista Playboy de México, puso en aviso a los obsecuentes. Ella le preguntó:
"¿Qué dice de los que piensan que Los detectives salvajes es la gran novela
mexicana de la contemporaneidad?". El contestó: "Lo dicen por lástima, me ven
decaído o desmayándome en las plazas públicas y no se les ocurre nada mejor que
una mentira piadosa, que por lo demás es lo más indicado en estos casos y ni
siquiera es pecado venial".
Fuente: Revista Eñe, Clarín, 22/09/07
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La última entrevista a
Roberto Bolaño
Estrella distante
Por
Mónica Maristain
El martes pasado (14/07/03) murió a los 50 años el escritor y poeta chileno Roberto Bolaño.
Para muchos, ya era el mejor escritor latinoamericano de estos tiempos. Autor de
culto durante buena parte de su vida, a partir del Premio Rómulo Gallegos que
ganó con su novela Los detectives salvajes en 1998, su obra se empezó a
convertir en objeto de devoción para más de una generación. En los últimos
tiempos, además de las entusiastas bienvenidas que le brindaban medios como
Libération y Le Monde y personalidades como Susan Sontag, algunos ya hasta
jugaban con la idea de verlo recibir un Nobel. En la misma semana de su muerte,
la periodista Mónica Maristain publicó en la edición mexicana de Playboy esta
larga entrevista en la que Bolaño habla de todo: la literatura, sus años en la
pobreza, su fe en los lectores, la gramática de los desesperados, el paraíso
imaginario y el infierno tan temido.
En el desvaído panorama de la literatura en lengua española, un espacio en el
que todos los días aparecen jóvenes redactores más preocupados por ganar becas y
puestos en los consulados que por aportar algo a la creación artística, se
destaca la figura de un hombre enjuto, mochila azul en ristre, anteojos de
enorme marco, cigarrillo sempiterno entre los dedos, fina ironía a bocajarro
siempre que haga falta.
Roberto Bolaño, nacido en Chile en 1953, es lo mejor que le ha pasado en mucho
tiempo al oficio de escribir. Desde que con su monumental Los detectives
salvajes, acaso la gran novela mexicana de la contemporaneidad, se hiciera
famoso y se embolsara los premios Herralde (1998) y Rómulo Gallegos (1999), su
influencia y su figura han ido en crecimiento constante: todo lo que dice, con
su afilado humor, con su exquisita inteligencia, todo lo que escribe, con su
pluma certera, de gran riesgo poético y profundo compromiso creativo, es digno
de la atención de quienes lo admiran y, por supuesto, de quienes lo detestan.
El autor, que aparece como personaje en la novela Soldados de Salamina, de
Javier Cercas, y que es homenajeado en la última novela de Jorge Volpi, El fin
de la locura, es, como todo hombre genial, un divisor de opiniones, un generador
de antipatías acérrimas a pesar de su carácter tierno, su voz entre atiplada y
ronca, con la que responde, cortés, como todo buen chileno, que no escribirá un
cuento para la revista pues su próxima novela, que tratará sobre los asesinatos
de mujeres en Ciudad Juárez, ya va por la página 900 y todavía no la acaba.
Roberto Bolaño vive en Blanes, España, y está muy enfermo. Espera que un
trasplante de hígado le dé resto para vivir con esa intensidad que alaban
quienes tienen la fortuna de tratarlo en la intimidad. Dicen ellos, sus amigos,
que a veces se olvida de ir a la visita médica por escribir.
A los 50 años, este hombre que recorrió Latinoamérica como mochilero, que se
escapó de las fauces del pinochetismo porque uno de los policías que lo
encarceló había sido su compañero en la escuela, que vivió en México (alguna vez
la calle Bucareli en un tramo llevará su nombre), que conoció a los militantes
del Farabundo Martí que luego se convertirían en los asesinos del poeta Roque
Dalton en El Salvador, que fue vigilante en un camping catalán, vendedor de
bisutería en Europa y siempre un hurtador de buenos libros porque leer no es
sólo una cuestión de actitud, este hombre, decíamos, ha transformado el rumbo de
la literatura latinoamericana. Y lo ha hecho sin avisar y sin pedir permiso,
como lo hubiera hecho Juan García Madero, antihéroe adolescente de su gloriosa
Los detectives salvajes: "Estoy en el primer semestre de la carrera de Derecho.
Yo no quería estudiar Derecho sino Letras, pero mi tía insistió y al final acabé
transigiendo. Soy huérfano. Seré abogado. Eso lo dije a mi tío y a mi tía y
luego me encerré en mi habitación y lloré toda la noche". El resto, en las 608
páginas restantes de una novela cuya importancia los críticos han comparado con
Rayuela, de Julio Cortázar, y hasta con Cien años de soledad, de Gabriel García
Márquez. Él diría, frente a tanta hipérbole: ni modo. Así que mejor vayamos a lo
que importa en esta coyuntura: a la entrevista.
¿Le dio algún valor en su vida el haber nacido disléxico?
-Ninguno. Problemas cuando jugaba al fútbol, soy zurdo. Problemas cuando me
masturbaba, soy zurdo. Problemas cuando escribía, soy diestro. Como puedes ver,
ningún problema importante.
¿Siguió siendo Enrique Vila-Matas amigo suyo luego de la pelea que tuvo usted
con los organizadores del Premio Rómulo Gallegos?
-Mi pelea con el jurado y los organizadores del premio se debió, básicamente, a
que ellos pretendían que yo avalara, desde Blanes y a ciegas, una selección en
la que yo no había participado. Sus métodos, que una pseudo poeta chavista me
transmitió por teléfono, se parecían demasiado a los argumentos disuasorios de
la Casa de las Américas cubana. Me pareció que era un error enorme que Daniel
Sada o Jorge Volpi fueran eliminados a las primeras de cambio, por ejemplo.
Ellos dijeron que lo que yo quería era viajar con mi mujer e hijos, algo
totalmente falso. De mi indignación por esta mentira surgió la carta en donde
los llamé neostalinistas y algo más, supongo. De hecho, a mí me informaron que
ellos pretendían, desde el principio, premiar a otro autor, que no era Vila-
Matas, precisamente, cuya novela me parece buena, y que sin duda era uno de mis
candidatos.
Video para descargar - Entrevista a Roberto
Bolaño por Fernando Villagrán![]()
Como Arturo Belano, el protagonista de 'Los detectives
Salvajes', Bolaño entraba a las librerías mexicanas a
robar libros que elegía minuciosamente. Junto con su
amigo Mario Santiago (Ulises en la novela) creó el
movimiento literario Infrarealista o Realismo Visceral:
'Éramos irresponsables y teníamos una línea teórica
incoherente', comenta este Premio Rómulo Gallegos y
Heralde. Como su personaje que era su alter ego al que
le dio vida en un 'juego por intentar hacer las cosas
que nunca hice', Bolaño estaba enfermo. Murió de cáncer
el 2003 dejando una marca indeleble en la literatura
hispanoamericana contemporánea. Entre los libros de este
escritor chileno destacan 'Llamadas telefónicas', 'Una
novelita lumpen', 'Putas asesinas' y 'Consejos de un
discípulo de Morrison a un fanático de Joyce', todos
caracterizados por tener personajes que están en el filo
de la desesperación. Bolaño en 'Sólo Literatura' Off the record era un programa de conversación literaria en el que el periodista chileno Fernando Villagrán entrevistó a 200 artistas de habla hispana durante nueve años en el restaurante santiaguino homónimo del programa. Fuente: ARCOIRIS TV, duración: 66,57 min (adsl 108 Mb) Cortesía de Rodrigo Gonçalves Elige una opción de descarga: |
¿Por qué no tiene aire acondicionado en su estudio?
-Porque mi lema no es Et in Arcadia ego, sino Et in Esparta ego.
¿No cree que si se hubiera emborrachado con Isabel Allende y Ángeles Mastretta
otro sería su parecer acerca de sus libros?
-No lo creo. Primero, porque esas señoras evitan beber con alguien como yo.
Segundo, porque yo ya no bebo. Tercero, porque ni en mis peores borracheras he
perdido cierta lucidez mínima, un sentido de la prosodia y del ritmo, un cierto
rechazo ante el plagio, la mediocridad o el silencio.
¿Cuál es la diferencia entre una escribidora y una escritora?
-Una escritora es Silvina Ocampo. Una escribidora es Marcela Serrano. Los años
luz que median entre una y otra.
¿Quién le hizo creer que es mejor poeta que narrador?
-La gradación del rubor que siento cuando, por pura casualidad, abro un libro
mío de poesía o uno de prosa. Me ruboriza menos el de poesía.
¿Usted es chileno, español o mexicano?
-Soy latinoamericano.
¿Qué es la patria para usted?
-Lamento darte una respuesta más bien cursi. Mi única patria son mis dos hijos,
Lautaro y Alexandra. Y tal vez, pero en segundo plano, algunos instantes,
algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mí y que
algún día olvidaré, que es lo mejor que uno puede hacer con la patria.
¿Qué es la literatura chilena?
-Probablemente las pesadillas del poeta más resentido y gris y acaso el más
cobarde de los poetas chilenos: Carlos Pezoa Véliz, muerto a principios del
siglo XX, y autor de sólo dos poemas memorables, pero, eso sí, verdaderamente
memorables, y que nos sigue soñando y sufriendo. Es posible que Pezoa Véliz aún
no haya muerto y esté agonizando y que su último minuto sea un minuto bastante
largo, ¿no?, y todos estemos dentro de él. O al menos que todos los chilenos
estemos dentro de él.
¿Por qué le gusta llevar siempre la contraria?
-Yo nunca llevo la contraria.
¿Usted tiene más amigos que enemigos?
-Tengo suficientes amigos y enemigos, todos gratuitos.
¿Quiénes son sus amigos entrañables?
-Mi mejor amigo fue el poeta Mario Santiago, que murió en 1998. Actualmente tres
de mis mejores amigos son Ignacio Echevarría y Rodrigo Fresán y A. G. Porta.
¿Antonio Skármeta lo invitó alguna vez a su programa?
-Una secretaria suya, tal vez su mucama, me llamó una vez por teléfono. Le dije
que estaba demasiado ocupado.
¿Javier Cercas compartió con usted las regalías por Soldados de Salamina?
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-No, por supuesto.
¿Enrique Lihn, Jorge Teillier o Nicanor Parra?
-Nicanor Parra por encima de todos, incluidos Pablo Neruda y Vicente Huidobro y
Gabriela Mistral.
¿Eugenio Montale, T. S. Eliot o Xavier Villaurrutia?
-Montale. Si en lugar de Eliot estuviera James Joyce, pues Joyce. Si en lugar de
Eliot estuviera Ezra Pound, sin duda Pound.
¿John Lennon, Lady Di o Elvis Presley?
-The Pogues. O Suicide. O Bob Dylan. Pero, bueno, no nos hagamos los remilgados:
Elvis forever. Elvis con una chapa de sheriff conduciendo un Mustang y
atiborrándose de pastillas, y con su voz de oro.
¿Quién lee más, usted o Rodrigo Fresán?
-Depende. El Oeste es para Rodrigo. El Este para mí. Luego nos contamos los
libros de nuestras correspondientes áreas y parece que lo hubiéramos leído todo.
¿Cuál es el mejor poema de Pablo Neruda según usted?
-Casi cualquiera de Residencia en la Tierra.
¿Qué le hubiera dicho a Gabriela Mistral si la hubiera conocido?
-Mamá, perdóname, he sido malo, pero el amor de una mujer hizo que me volviera
bueno.
¿Y a Salvador Allende?
-Poco o nada. Los que tienen el poder (aunque sea por poco tiempo) no saben nada
de literatura, sólo les interesa el poder. Y yo puedo ser el payaso de mis
lectores, si me da la real gana, pero nunca de los poderosos. Suena un poco
melodramático. Suena a declaración de puta honrada. Pero, en fin, así es.
¿Y a Vicente Huidobro?
-Huidobro me aburre un poco. Demasiado tralalí alalí, demasiado paracaidista que
desciende cantando como un tirolés. Son mejores los paracaidistas que descienden
envueltos en llamas o, ya de plano, aquellos a los que no se les abre el
paracaídas.
¿Octavio Paz sigue siendo el enemigo?
-Para mí, ciertamente, no. No sé qué pensarán los poetas que durante esa época,
cuando yo viví en México, escribían como sus clones. Hace mucho que no sé nada
de la poesía mexicana. Releo a José Juan Tablada y a Ramón López Velarde,
incluso puedo recitar, si se tercia, a Sor Juana, pero no sé nada de lo que
escriben los que, como yo, se acercan a los cincuenta años.
¿No le daría ahora ese papel a Carlos Fuentes?
-Hace mucho que no leo nada de Carlos Fuentes.
¿Qué le produce el hecho de que Arturo Pérez Reverte sea actualmente el escritor
más leído en lengua española?
-Pérez Reverte o Isabel Allende. Da lo mismo. Feuillet era el autor francés más
leído de su época.
¿Y el hecho de que Arturo Pérez Reverte haya ingresado a la Real Academia?
-La Real Academia es una cueva de cráneos privilegiados. No está Juan Marsé, no
está Juan Goytisolo, no está Eduardo Mendoza ni Javier Marías, no está Olvido
García Valdez, no recuerdo si está Alvaro Pombo (probablemente si está se deba a
una equivocación), pero está Pérez Reverte. Bueno, (Paulo) Coelho también está
en la Academia brasileña.
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¿Se arrepiente de haber criticado el menú que le sirvió Diamela Eltit?
-Nunca critiqué su menú. Si acaso, tendría que haber criticado su humor, un
humor vegetariano o, mejor, a dieta.
¿Le duele que ella lo considere mala persona después de la crónica de aquella
malograda cena?
-No, pobre Diamela, no me duele. Me duelen otras cosas.
¿Ha vertido alguna lágrima por las numerosas críticas que ha recibido por parte
de sus enemigos?
-Muchísimas, cada vez que leo que alguien habla mal de mí me pongo a llorar, me
arrastro por el suelo, me araño, dejo de escribir por tiempo indefinido, el
apetito baja, fumo menos, hago deporte, salgo a caminar a orillas del mar, que,
entre paréntesis, está a menos de treinta metros de mi casa, y les pregunto a
las gaviotas, cuyos antepasados se comieron a los peces que se comieron a
Ulises, ¿por qué yo, por qué yo, que ningún mal les he hecho?
¿Cuál es la opinión en torno de su obra que más valora?
-Mis libros los lee Carolina (su esposa) y después (Jorge) Herralde (el editor
de Anagrama) y después procuro olvidarlos para siempre.
¿Qué cosas compró con el dinero que ganó en el Rómulo Gallegos?
-No muchas. Una maleta, según creo recordar.
De su época que vivía de los concursos literarios, ¿hubo alguno que no pudo
cobrar?
-Ninguno. Los ayuntamientos españoles, en este aspecto, son de una probidad
fuera de toda sospecha.
¿Era buen camarero o mejor vendedor de bisutería?
-El oficio en el que mejor me he desempeñado fue el de vigilante nocturno de un
camping cerca de Barcelona. Nunca nadie robó mientras yo estuve allí. Impedí
algunas peleas que hubieran podido terminar muy mal. Evité un linchamiento
(aunque de buena gana, después, hubiera linchado o estrangulado yo mismo al tipo
en cuestión).
¿Ha experimentado el hambre feroz, el frío que cala los huesos, el calor que
deja sin aliento?
-Como dice Vittorio Gassman en una película: modestamente, sí.
¿Ha robado algún libro que luego no le gustó?
-Nunca. Lo bueno de robar libros (y no cajas fuertes) es que uno puede examinar
con detenimiento su contenido antes de perpetrar el delito.
¿Ha caminado alguna vez en medio del desierto?
-Sí, y en una ocasión, además, del brazo de mi abuela. La anciana señora era
incansable y yo pensé que de ésa no salíamos.
¿Ha visto peces de colores debajo del agua?
-Por supuesto. En Acapulco, sin ir más lejos, en el año 1974 o 1975.
¿Se ha quemado la piel con un cigarrillo?
-Nunca voluntariamente.
¿Ha tallado en un tronco de árbol el nombre de la persona amada?
-He cometido desmanes aún mayores, pero corramos un tupido velo.
¿Ha visto alguna vez a la mujer más hermosa del mundo?
-Sí, cuando trabajaba en una tienda, allá por el año '84. La tienda estaba vacía
y entró una mujer hindú. Parecía y tal vez fuera una princesa. Me compró algunos
colgantes de bisutería. Yo, por descontado, estaba a punto de desmayarme. Tenía
la piel cobriza, el pelo largo, rojo, y por lo demás era perfecta. La belleza
intemporal. Cuando tuve que cobrarle me sentí muy avergonzado. Ella me sonrió
como si me dijera que lo entendía y que no me preocupara. Luego desapareció y
nunca más he vuelto a ver a alguien así. A veces tengo la impresión de que era
la mismísima diosa Kali, patrona de los ladrones y de los orfebres, sólo que
Kali también era la deidad de los asesinos, y esta hindú no sólo era la mujer
más hermosa de la Tierra sino que también parecía ser una buena persona, muy
dulce y considerada.
¿Le gustan los perros o los gatos?
-Las perras, pero ya no tengo animales.
¿Qué cosas recuerda de su niñez?
-Todo. No tengo mala memoria.
¿Coleccionaba figuritas?
-Sí. De fútbol y de actores y actrices de Hollywood.
¿Tenía una patineta?
-Mis padres cometieron el error de regalarme un par de patines cuando vivimos en
Valparaíso, que es una ciudad de cerros. El resultado fue desastroso. Cada vez
que me ponía los patines era como si me quisiera suicidar.
¿Cuál es su equipo de fútbol favorito?
-Ahora ninguno. Los que bajaron a segunda y luego, consecutivamente, a tercera y
a regional, hasta desaparecer. Los equipos fantasmas.
¿A qué personajes de la historia universal le hubiera gustado parecerse?
-A Sherlock Holmes. Al capitán Nemo. A Julien Sorel, nuestro padre, al príncipe
Mishkin, nuestro tío, a Alicia, nuestra profesora, a Houdini, que es una mezcla
de Alicia, de Sorel y de Mishkin.
¿Se enamoraba de las vecinas más grandes que usted?
-Por supuesto.
¿Las compañeras de la escuela le prestaban atención?
-No creo. Al menos yo estaba convencido de que no.
¿Qué cosas debe a las mujeres de su vida?
-Muchísimo. El sentido del desafío y la apuesta alta. Y otras cosas que me callo
por decoro.
¿Ellas le deben algo a usted?
-Nada.
¿Ha sufrido mucho por amor?
-La primera vez, mucho, después aprendí a tomarme las cosas con algo más de
humor.
¿Y por odio?
-Aunque suene un poco pretencioso, nunca he odiado a nadie. Al menos estoy
seguro de ser incapaz de un odio sostenido. Y si el odio no es sostenido, no es
odio, ¿no?
¿Cómo enamoró a su esposa?
-Cocinándole arroz. En esa época yo era muy pobre y mi dieta era básicamente de
arroz, así que lo aprendí a cocinar de muchas formas.
¿Cómo era el día que se hizo padre por primera vez?
-Era de noche, poco antes de las 12, yo estaba solo, y como no se podía fumar en
el hospital me fumé un cigarrillo virtualmente encaramado en el artesonado de la
cuarta planta. Menos mal que no me vio nadie desde la calle. Sólo la luna,
habría dicho Amado Nervo. Cuando volví a entrar una enfermera me dijo que mi
hijo ya había nacido. Era muy grande, casi calvo del todo, y con los ojos
abiertos como preguntándose quién demonios era ese tipo que lo tenía en los
brazos.
¿Lautaro será escritor?
-Yo sólo espero que sea feliz. Así que mejor que sea otra cosa. Piloto de avión,
por ejemplo, o cirujano plástico, o editor.
¿Qué cosas reconoce en él como suyas?
-Por suerte se parece mucho más a su madre que a mí.
¿Le preocupan las listas de ventas de sus libros?
-En lo más mínimo.
¿Piensa alguna vez en sus lectores?
-Casi nunca.
¿Qué cosas de todas las que le han dicho sus lectores en torno de sus libros lo
han conmovido?
-Me conmueven los lectores a secas, los que aún se atreven a leer el Diccionario
filosófico de Voltaire, que es una de las obras más amenas y modernas que
conozco. Me conmueven los jóvenes de hierro que leen a Cortázar y a Parra, tal
como los leí yo y como intento seguir leyéndolos. Me conmueven los jóvenes que
se duermen con un libro debajo de la cabeza. Un libro es la mejor almohada que
existe.
¿Qué cosas lo han enojado?
-A estas alturas enojarse es perder el tiempo. Y, lamentablemente, a mi edad el
tiempo cuenta.
¿Ha tenido miedo alguna vez de sus fans?
-He tenido miedo de los fans de Leopoldo María Panero, el cual, por otra parte,
me parece uno de los tres mejores poetas vivos de España. En Pamplona, durante
un ciclo organizado por Jesús Ferrero, Panero cerraba el ciclo y a medida que se
aproximaba el día de su lectura la ciudad o el barrio donde estaba nuestro hotel
se fue llenando de freaks que parecían recién escapados de un manicomio, que,
por otra parte, es el mejor público al que puede aspirar cualquier poeta. El
problema es que algunos no sólo parecían locos sino también asesinos y Ferrero y
yo temimos que alguien, en algún momento, se levantara y dijera: yo maté a
Leopoldo María Panero y después le descerrajara cuatro balazos en la cabeza al
poeta, y ya de paso, uno a Ferrero y el otro a mí.
¿Qué siente cuando hay críticos como Darío Osses que considera que usted es el
escritor latinoamericano con más futuro?
-Debe ser una broma. Yo soy el escritor latinoamericano con menos futuro. Eso
sí, soy de los que tienen más pasado, que al cabo es lo único que cuenta.
¿Le despierta curiosidad el libro crítico que está preparando su compatriota
Patricia Espinoza?
-Ninguna. Espinoza me parece una crítica muy buena, independientemente de cómo
vaya a quedar yo en su libro, que supongo que no muy bien, pero el trabajo de
Espinoza es necesario en Chile. De hecho, la necesidad de una, llamémosla así,
nueva crítica, es algo que empieza a ser urgente en toda Latinoamérica.
¿Y el de la argentina Celina Mazoni?
-A Celina la conozco personalmente y la quiero mucho. A ella le dediqué uno de
los cuentos de Putas asesinas.
¿Qué cosas lo aburren?
-El discurso vacío de la izquierda. El discurso vacío de la derecha ya lo doy
por sentado.
¿Qué cosas lo divierten?
-Ver jugar a mi hija Alexandra. Desayunar en un bar al lado del mar y comerme un
croissant leyendo el periódico. La literatura de Borges. La literatura de Bioy.
La literatura de Bustos Domecq. Hacer el amor.
¿Escribe a mano?
-La poesía, sí. Lo demás, en una vieja computadora de 1993.
Cierre los ojos, ¿cuál de todos los paisajes de la Latinoamérica que usted
recorrió le viene primero a la memoria?
-Los labios de Lisa en 1974. El camión de mi padre averiado en una carretera del
desierto. El pabellón de tuberculosos de un hospital de Cauquenes y mi madre que
nos dice a mi hermana y a mí que aguantemos la respiración. Una excursión al
Popocatépetl con Lisa, Mara y Vera y alguien más que no recuerdo, aunque sí
recuerdo los labios de Lisa, su sonrisa extraordinaria.
¿Cómo es el paraíso?
-Como Venecia, espero, un lugar lleno de italianas e italianos. Un sitio que se
usa y se desgasta y que sabe que nada perdura, ni el paraíso, y que eso al fin y
al cabo no importa.
¿Y el infierno?
-Como Ciudad Juárez, que es nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo
desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la
libertad y de nuestros deseos.
¿Cuándo supo que estaba gravemente enfermo?
-En el '92.
¿Qué cosas de su carácter cambió la enfermedad?
-Ninguna. Supe que no era inmortal, lo cual, a los 38 años, ya iba siendo hora
de que lo supiera.
¿Qué cosas desea hacer antes de morir?
-Ninguna en especial. Bueno, preferiría no morirme, claro. Pero tarde o temprano
la distinguida dama llega, el problema es que a veces no es una dama ni mucho
menos es distinguida, sino más bien, como dice Nicanor Parra en un poema, es una
puta caliente, que es algo que hace dar diente con diente al más pintado.
¿Con quién le gustaría encontrarse en el más allá?
-No creo en el más allá. Si existiera, qué sorpresa. Me matricularía de
inmediato en algún curso que estuviera dando Pascal.
¿Pensó alguna vez en suicidarse?
-Por supuesto. En alguna ocasión sobreviví precisamente porque sabía cómo
suicidarme si las cosas empeoraban.
¿Creyó en algún momento que se estaba volviendo loco?
-Por supuesto, pero me salvó siempre el sentido del humor. Me contaba historias
que me volvían loco de risa. O recordaba situaciones que hacían que me tirara al
suelo a reírme.
La locura, la muerte y el amor, ¿de qué de estas tres cosas ha habido más en su
vida?
-Espero de todo corazón que haya habido más amor.
¿Qué cosas lo hacen reír a mandíbula batiente?
-Las desgracias propias y ajenas.
¿Qué cosas lo hacen llorar?
-Lo mismo: las desgracias propias y ajenas.
¿Le gusta la música?
-Mucho.
¿Usted ve su obra como la suelen ver sus lectores y críticos: arriba de todo Los
detectives salvajes y luego todo lo demás?
-La única novela de la que no me avergüenzo es Amberes, tal vez porque sigue
siendo ininteligible. Las malas críticas que ha recibido son mis medallas
ganadas en combate, no en escaramuzas con fuego simulado. El resto de mi "obra",
pues bueno, no está mal, son novelas entretenidas, el tiempo dirá si algo más.
Por ahora me dan dinero, se traducen, me sirven para hacer amigos que son muy
generosos y simpáticos, puedo vivir, y bastante bien, de la literatura, así que
quejarse sería más bien gratuito y desagradecido. Pero la verdad es que no les
concedo mucha importancia a mis libros. Estoy mucho más interesado en los libros
de los demás.
¿No le sacaría algunas páginas a Los detectives salvajes?
-No. Para sacarle páginas tendría que releerlo y eso mi religión me lo prohíbe.
¿No le da miedo que alguien quiera hacer la versión cinematográfica de la
novela?
-Ay, Mónica, yo les tengo miedo a otras cosas. Digamos: cosas más terroríficas,
infinitamente más terroríficas.
¿"El ojo Silva" es un homenaje a Julio Cortázar?
-De ninguna manera.
Cuando terminó de escribir "El ojo Silva", ¿no sintió que había escrito un
cuento capaz de estar a la altura, por ejemplo, de "Casa tomada"?
-Cuando terminé de escribir "El ojo Silva" dejé de llorar o algo parecido. Qué
más quisiera yo que se pareciera a uno de Cortázar, aunque "Casa tomada" no es
uno de mis favoritos.
¿Cuáles son los cinco libros que marcaron su vida?
-Mis cinco libros en realidad son cinco mil. Menciono éstos sólo a manera de
punta de lanza o embajada aviesa: El Quijote, de Cervantes. Moby Dick, de
Melville. La Obra Completa, de Borges. Rayuela, de Cortázar. La conjura de los
necios, de Kennedy Toole. Pero también debería citar: Nadja, de Breton. Las
cartas de Jacques Vaché. Todo Ubú, de Jarry. La vida, instrucciones de uso, de
Perec. El castillo y El proceso, de Kafka. Los aforismos de Lichtenberg. El
Tractatus, de Wittgenstein. La invención de Morel, de Bioy Casares. El
Satiricón, de Petronio. La Historia de Roma, de Tito Livio. Los Pensamientos, de
Pascal.
¿Se lleva bien con su editor?
-Bastante bien. Herralde es una persona inteligente y a menudo encantadora. Tal
vez a mí me convendría más que no fuera tan encantador. Lo cierto es que ya hace
ocho años que lo conozco y, al menos de mi parte, el cariño no hace más que
crecer, como dice un bolero. Aunque tal vez me convendría no quererlo tanto.
¿Qué dice de los que piensan que Los detectives salvajes es la gran novela
mexicana de la contemporaneidad?
-Que lo dicen por lástima, me ven decaído o desmayándome en las plazas públicas
y no se les ocurre nada mejor que una mentira piadosa, que por lo demás es lo
más indicado en estos casos y ni siquiera es pecado venial.
¿Es cierto que fue Juan Villoro el que le convenció para que no titulara
Tormentas de mierda a su novela Nocturno de Chile?
-Entre Villoro y Herralde.
¿De quién más escucha consejos alrededor de su obra?
-Yo no escucho consejos de nadie, ni siquiera de mi médico. Yo doy consejos a
diestra y siniestra, pero no escucho ninguno.
¿Cómo es Blanes?
-Un pueblo bonito. O una ciudad pequeñita, de treinta mil habitantes, bastante
bonita. Fue fundada hace dos mil años, por los romanos, y luego pasaron por aquí
gente de todos los lugares. No es un balneario de ricos sino de proletarios.
Obreros del norte o del este. Algunos se quedan a vivir para siempre. La bahía
es bellísima.
¿Extraña algo de su vida en México?
-Mi juventud y las caminatas interminables con Mario Santiago.
¿A qué escritor mexicano admira profundamente?
-A muchos. De mi generación admiro a Sada, cuyo proyecto de escritura me parece
el más arriesgado, a Villoro, a Carmen Boullosa, entre los más jóvenes me
interesa mucho lo que hacen Alvaro Enrigue y Mauricio Montiel, o Volpi e Ignacio
Padilla. Sigo leyendo a Sergio Pitol, que cada día escribe mejor. Y a Carlos
Monsiváis, el cual, según me contó Villoro, motejó como Pol Pit a Taibo 2 o 3 (o
4), lo que me parece un hallazgo poético. Pol Pit, ¿es perfecto, no? Monsiváis
sigue con las uñas aceradas. También me gusta mucho lo que hace Sergio González
Rodríguez.
¿El mundo tiene remedio?
-El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y ésa es nuestra suerte.
¿Usted tiene esperanzas, en qué, en quiénes?
-Mi querida Maristain, vuelve usted a empujarme a los potreros de la cursilería,
que son mis potreros natales. Yo tengo esperanza en los niños. En los niños y en
los guerreros. En los niños que follan como niños y en los guerreros que
combaten como valientes. ¿Por qué? Me remito a la lápida de Borges, como diría
el ínclito Gervasio Montenegro, de la Academia (como Pérez Reverte, fíjese
usted) y no hablemos más de este asunto.
¿Qué sentimientos le despierta la palabra póstumo?
-Suena a nombre de gladiador romano. Un gladiador invicto. O al menos eso quiere
creer el pobre Póstumo para darse valor.
¿Qué opina de quienes opinan que usted ganará el Premio Nobel?
-Estoy seguro, querida Maristain, de que no lo ganaré, como también estoy seguro
de que algún atorrante de mi generación sí que lo ganará y ni siquiera me
mencionará de pasada en su discurso de Estocolmo.
¿Cuándo ha sido más feliz?
-Yo he sido feliz casi todos los días de mi vida, al menos durante un ratito,
incluso en las circunstancias más adversas.
¿Qué le hubiera gustado ser si no hubiera sido escritor?
-Me hubiera gustado ser detective de homicidios, mucho más que ser escritor. De
eso estoy absolutamente seguro. Un tira de homicidios, alguien que puede volver
solo, de noche, a la escena del crimen, y no asustarse de los fantasmas. Tal vez
entonces sí que me hubiera vuelto loco, pero eso, siendo policía, se soluciona
con un tiro en la boca.
¿Confiesa que ha vivido?
-Bueno, sigo vivo, sigo leyendo, sigo escribiendo y viendo películas, y como les
dijo Arturo Prat a los suicidas de la Esmeralda, mientras yo viva, esta bandera
no se arriará.
23 de julio de 2003, Fuente: Página/12, Buenos Aires.
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2666
(fragmento)
Roberto Bolaño
La primera vez que Jean-Claude Pelletier leyó a Benno von Archimboldi fue en la
Navidad de 1980, en París, en donde cursaba estudios universitarios de
literatura alemana, a la edad de diecinueve años. El libro en cuestión era
D’Arsonval. El joven Pelletier ignoraba entonces que esa novela era parte de una
trilogía (compuesta por El jardín, de tema inglés, La máscara de cuero, de tema
polaco, así como D’Arsonval era, evidentemente, de tema francés), pero esa
ignorancia o ese vacío o esa dejadez bibliográfica, que sólo podía ser achacada
a su extrema juventud, no restó un ápice del deslumbramiento y de la admiración
que le produjo la novela. A partir de ese día (o de las altas horas nocturnas en
que dio por finalizada aquella lectura inaugural) se convirtió en un
archimboldiano entusiasta y dio comienzo su peregrinaje en busca de más obras de
dicho autor. No fue tarea fácil. Conseguir, aunque fuera en París, libros de
Benno von Archimboldi en los años ochenta del siglo XX no era en modo alguno una
labor que no entrañara múltiples dificultades. En la biblioteca del departamento
de literatura alemana de su universidad no se hallaba casi ninguna referencia
sobre Archimboldi. Sus profesores no habían oído hablar de él. Uno de ellos le
dijo que su nombre le sonaba de algo. Con furor (con espanto) Pelletier
descubrió al cabo de diez minutos que lo que le sonaba a su profesor era el
pintor italiano, hacia el cual, por otra parte, su ignorancia también se extendía de forma olímpica.
Escribió a la editorial de Hamburgo que había publicado D’Arsonval y jamás
recibió respuesta. Recorrió, asimismo, las pocas librerías alemanas que pudo
encontrar en París. El nombre de Archimboldi parecía en un diccionario sobre
literatura alemana y en una revista belga dedicada, nunca supo si en roma o en
serio, a la literatura prusiana. En 1981 viajó, junto con tres amigos de
facultad, por Baviera y allí, en una pequeña librería de Munich, en
Voralmstrasse, encontró otros dos libros, el delgado tomo de menos de cien
páginas titulado El tesoro de Mitzi y el ya mencionado El jardín, la novela
inglesa. La lectura de estos dos nuevos libros contribuyó a fortalecer la
opinión que ya tenía de Archimboldi. En 1983, a los veintidós años, dio comienzo
a la tarea de traducir D’Arsonval. Nadie le pidió que lo hiciera. No había
entonces ninguna editorial francesa interesada en publicar a ese alemán de
nombre extraño. Pelletier empezó a traducirlo básicamente porque le gustaba,
porque era feliz haciéndolo, aunque también pensó que podía presentar esa
traducción, precedida por un estudio sobre la obra archimboldiana, como tesis y,
quién sabe, como primera piedra de su futuro doctorado.
Acabó la versión definitiva de la traducción en 1984 y una editorial parisina,
tras algunas vacilantes y contradictorias lecturas, la aceptó y publicaron a
Archimboldi, cuya novela, destinada a priori a no superar la cifra de mil
ejemplares vendidos, agotó tras un par de reseñas contradictorias, positivas,
incluso excesivas, los tres mil ejemplares de tirada abriendo las puertas de una
segunda y tercera y cuarta edición.
Para entonces Pelletier ya había leído quince libros del autor alemán, había
traducido otros dos, y era considerado, casi unánimemente, el mayor especialista
sobre Benno von Archimboldi que había a lo largo y ancho de Francia.
Entonces Pelletier pudo recordar el día en que leyó por primera vez a
Archimboldi y se vio a sí mismo, joven y pobre, viviendo en una chambre de
bonne, compartiendo el lavamanos, en donde se lavaba la cara y los dientes, con
otras quince personas que habitaban la oscura buhardilla, cagando en un horrible
y poco higiénico baño que nada tenía de baño sino más bien de retrete o pozo
séptico, compartido igualmente con los quince residentes de la buhardilla,
algunos de los cuales ya habían retornado a provincias, provistos de su
correspondiente título universitario, o bien se habían mudado a lugares un poco
más confortables en el mismo París, o bien, unos pocos, seguían allí, vegetando
o muriéndose lentamente de asco.
Se vio, como queda dicho, a sí mismo, ascético e inclinado sobre sus
diccionarios alemanes, iluminado por una débil bombilla, flaco y recalcitrante,
como si todo él fuera voluntad hecha carne, huesos y músculos, nada de grasa,
fanático y decidido a llegar a buen puerto, en fin, una imagen bastante normal
de estudiante en la capital pero que obró en él como una droga, una droga que lo
hizo llorar, una droga que abrió, como dijo un cursi poeta holandés del siglo
XIX, las esclusas de la emoción y de algo que a primera vista parecía
autoconmiseración pero que no lo era (¿qué era, entonces?, ¿rabia?,
probablemente), y que lo llevó a pensar y a repensar, pero no con palabras sino
con imágenes dolientes, su período de aprendizaje juvenil, y que tras una larga
noche tal vez inútil forzó en su mente dos conclusiones: la primera, que la vida
tal como la había vivido hasta entonces se había acabado; la segunda, que una
brillante carrera se abría delante de él y que para que ésta no perdiera el
brillo debía conservar, como único recuerdo de aquella buhardilla, su voluntad.
La tarea no le pareció difícil.
Jean-Claude Pelletier nació en 1961 y en 1986 era ya catedrático de alemán en
París. Piero Morini nació en 1956, en un pueblo cercano a Nápoles, y aunque leyó
por primera vez a Benno von Archimboldi en 1976, es decir cuatro años antes que
Pelletier, no sería sino hasta 1988 cuando tradujo su primera novela del autor
alemán, Bifurcaria bifurcata, que pasó por las librerías italianas con más pena
que gloria.
La situación de Archimboldi en Italia, esto hay que remarcarlo, era bien
distinta que en Francia. De hecho, Morini no fue el primer traductor que tuvo.
Es más, la primera novela de Archimboldi que cayó en manos de Morini fue una
traducción de La máscara de cuero hecha por un tal Colossimo para Einaudi en el
año 1969. Después de La máscara de cuero en Italia se publicó Ríos de Europa, en
1971, Herencia, en 1973, y La perfección ferroviaria en 1975, y antes se había
publicado, en una editorial romana, en 1964, una selección de cuentos en donde
no escaseaban las historias de guerra, titulada Los bajos fondos de Berlín. De
modo que podría decirse que Archimboldi no era un completo desconocido en
Italia, aunque tampoco podía decirse que fuera un autor de éxito o de mediano
éxito o de escaso éxito sino más bien de nulo éxito, cuyos libros envejecían en
los anaqueles más mohosos de las librerías o se saldaban o eran olvidados en los
almacenes de las editoriales antes de ser guillotinados.
Morini, por supuesto, no se arredró ante las pocas expectativas que provocaba en
el público italiano la obra de Archimboldi y después de traducir Bifurcaria
bifurcata dio a una revista de Milán y a otra de Palermo sendos estudios
archimboldianos, uno sobre el destino en La perfección ferroviaria y otro sobre
los múltiples disfraces de la conciencia y la culpa en Letea, una novela de
apariencia erótica, y en Bitzius, una novelita de menos de cien páginas, similar
en cierto modo a El tesoro de Mitzi, el libro que Pelletier encontró en una
vieja librería muniquesa, y cuyo argumento se centraba en la vida de Albert
Bitzius, pastor de Lützelflüh, en el cantón de Berna, y autor de sermones,
además de escritor bajo el seudónimo de Jeremias Gotthelf. Ambos ensayos fueron
publicados y la elocuencia o el poder de seducción desplegado por Morini al
presentar la figura de Archimboldi derribaron los obstáculos y en 1991 una
segunda traducción de Piero Morini, esta vez de Santo Tomás, vio la luz en
Italia. Por aquella época Morini trabajaba dando clases de literatura alemana en
la Universidad de Turín y ya los médicos le habían detectado una esclerosis
múltiple y ya había sufrido un aparatoso y extraño accidente que lo había atado
para siempre a una silla de ruedas.
Manuel Espinoza llegó a Archimboldi por otros caminos. Más joven que Morini y
que Pelletier, Espinoza no estudió, al menos durante los dos primeros años de su
carrera universitaria, filología alemana sino filología española, entre otras
tristes razones porque Espinoza soñaba con ser escritor. De la literatura
alemana sólo conocía (y mal) a tres clásicos, Hölderlin, porque a los dieciséis
años creyó que su destino estaba en la poesía y devoraba todos los libros de
poesía a su alcance, Goethe, porque en el último año del instituto un profesor
humorista le recomendó que leyera Werther, en donde encontraría un alma gemela,
y Schiller, del que había leído una obra de teatro. Después frecuentaría la obra
de un autor moderno, Jünger, más que nada por simbiosis, pues los escritores
madrileños a los que admiraba y, en el fondo, odiaba con toda su alma hablaban
de Jünger sin parar. Así que se puede decir que Espinoza sólo conocía a un autor
alemán y ese autor era Jünger. Al principio, la obra de éste le pareció
magnífica, y como gran parte de sus libros estaban traducidos al español,
Espinoza no tuvo problemas en encontrarlos y leerlos todos. A él le hubiera
gustado que no fuera tan fácil. La gente a la que frecuentaba, por otra parte,
no sólo eran devotos de Jünger sino que algunos de ellos también eran sus
traductores, algo que a Espinoza le traía sin cuidado, pues el brillo que él
codiciaba no era el del traductor sino el del escritor.
El paso de los meses y de los años, que suele ser callado y cruel, le trajo
algunas desgracias que hicieron variar sus opiniones. No tardó, por ejemplo, en
descubrir que el grupo de jungerianos no era tan jungeriano como él había creído
sino que, como todo grupo literario, estaba sujeto al cambio de las estaciones,
y en otoño, efectivamente, eran jungerianos, pero en invierno se transformaban
abruptamente en barojianos, y en primavera en orteguianos, y en verano incluso
abandonaban el bar donde se reunían para salir a la calle a entonar versos
bucólicos en honor de Camilo José Cela, algo que el joven Espinoza, que en el
fondo era un
patriota, hubiera estado dispuesto a aceptar sin reservas de haber habido un
espíritu más jovial, más carnavalesco en tales manifestaciones, pero que en modo
alguno podía tomarse tan en serio como se lo tomaban los jungerianos espurios.
Más grave fue descubrir la opinión que sus propios ensayos narrativos suscitaban
en el grupo, una opinión tan mala que en alguna ocasión, durante una noche en
vela, por ejemplo, se llegó a preguntar seriamente si esa gente no le estaba
pidiendo entre líneas que se fuera, que dejara de molestarlos, que no volviera
más.
Y aún más grave fue cuando Jünger en persona apareció por Madrid y el grupo de
los jungerianos le organizó una visita a El Escorial, extraño capricho del
maestro, visitar El Escorial, y cuando Espinoza quiso sumarse a la expedición,
en el rol que fuera, este honor le fue denegado, como si los jungerianos
simuladores no le consideraran con méritos suficientes como para formar parte de
la guardia de corps del alemán o como si temieran que él, Espinoza, pudiera
dejarlos mal parados con alguna salida de jovenzuelo abstruso, aunque la
explicación oficial que se le dio (puede que dictada por un impulso piadoso) fue
que él no sabía alemán y todos los que se iban de picnic con Jünger sí lo
sabían.
Ahí se acabó la historia de Espinoza con los jungerianos. Y ahí empezó la
soledad y la lluvia (o el temporal) de propósitos a menudo contradictorios o
imposibles de realizar. No fueron noches cómodas ni mucho menos placenteras,
pero Espinoza descubrió dos cosas que lo ayudaron mucho en los primeros días:
jamás sería un narrador y, a su manera, era un joven valiente.
También descubrió que era un joven rencoroso y que estaba lleno de
resentimiento, que supuraba resentimiento, y que no le hubiera costado nada
matar a alguien, a quien fuera, con tal de aliviar la soledad y la lluvia y el
frío de Madrid, pero este descubrimiento prefirió dejarlo en la oscuridad y
centrarse en su aceptación de que jamás sería un escritor y sacarle todo el
partido del mundo a su recién exhumado valor.
Siguió, pues, en la universidad, estudiando filología española, pero al mismo
tiempo se matriculó en filología alemana. Dormía entre cuatro y cinco horas
diarias y el resto del día lo invertía en estudiar. Antes de terminar filología
alemana escribió un ensayo de veinte páginas sobre la relación entre Werther y
la música, que fue publicado en una revista literaria madrileña y en una revista
universitaria de Gottingen. A los veinticinco años había terminado ambas
carreras. En 1990, alcanzó el doctorado en literatura alemana con un trabajo
sobre Benno von Archimboldi que una editorial barcelonesa publicaría un año
después. Para entonces Espinoza era un habitual de congresos y mesas redondas
sobre literatura alemana. Su dominio de esta lengua era si no excelente, más que
pasable. También hablaba inglés y francés. Como Morini y Pelletier, tenía un
buen trabajo y unos ingresos considerables y era respetado (hasta donde esto es
posible) tanto por sus estudiantes como por sus colegas. Nunca tradujo a
Archimboldi ni a ningún otro autor alemán.
Aparte de Archimboldi una cosa tenían en común Morini, Pelletier y Espinoza. Los
tres poseían una voluntad de hierro. En realidad, otra cosa más tenían en común,
pero de esto hablaremos más tarde. Liz Norton, por el contrario, no era lo que
comúnmente se llama una mujer con una gran voluntad, es decir no se trazaba
planes a medio o largo plazo ni ponía en juego todas sus energías para
conseguirlos. Estaba exenta de los atributos de la voluntad. Cuando sufría el
dolor fácilmente se traslucía y cuando era feliz la felicidad que experimentaba
se volvía contagiosa. Era incapaz de trazar con claridad una meta determinada y
de mantener una continuidad en la acción que la llevara a coronar esa meta.
Ninguna meta, por lo demás, era lo suficientemente apetecible o deseada como
para que ella se comprometiera totalmente con ésta. La expresión "lograr un
fin", aplicada a algo personal, le parecía una trampa llena de mezquindad. A "lograr un fin" anteponía la palabra
"vivir" y en raras ocasiones la palabra "felicidad". Si la voluntad se relaciona con una exigencia social, como creía
William James, y por lo tanto es más fácil ir a la guerra que dejar de fumar, de
Liz Norton se podía decir que era una mujer a la que le resultaba más fácil
dejar de fumar que ir a la guerra.
Una vez, en la universidad, alguien se lo dijo, y a ella le encantó, aunque no
por ello se puso a leer a William James, ni antes ni después ni nunca. Para ella
la lectura estaba relacionada directamente con el placer y no directamente con
el conocimiento o con los enigmas o con las construcciones y laberintos
verbales, como creían Morini, Espinoza y Pelletier. Su descubrimiento de
Archimboldi fue el menos traumático o poético de todos. Durante los tres meses
que vivió en Berlín, en 1988, a la edad de veinte años, un amigo alemán le
prestó una novela de un autor que ella desconocía. El nombre le causó extrañeza,
¿cómo era posible, le preguntó a su amigo, que existiera un escritor alemán que
se apellidara como un italiano y que sin embargo tuviera el von, indicativo de
cierta nobleza, precediendo al nombre? El amigo alemán no supo qué contestarle.
Probablemente era un seudónimo, le dijo. Y también añadió, para sumar más
extrañeza a la extrañeza inicial, que en Alemania no eran comunes los nombres
propios masculinos terminados en vocal. Los nombres propios femeninos sí. Pero
los nombres propios masculinos ciertamente no. La novela era La ciega y le
gustó, pero no hasta el grado de salir corriendo a una librería a comprar el
resto de la obra de Benno von Archimboldi.
Cinco meses después, ya instalada otra vez en Inglaterra, Liz Norton recibió por
correo un regalo de su amigo alemán. Se trataba, como es fácil adivinar, de otra
novela de Archimboldi. La leyó, le gustó, buscó en la biblioteca de su college
más libros del alemán de nombre italiano y encontró dos: uno de ellos era el que
ya había leído en Berlín, el otro era Bitzius. La lectura de este último sí que
la hizo salir corriendo. En el patio cuadriculado llovía, el cielo cuadriculado
parecía el rictus de un robot o de un dios hecho a nuestra semejanza, en el
pasto del parque las oblicuas gotas de lluvia se deslizaban hacia abajo pero lo
mismo hubiera significado que se deslizaran hacia arriba, después las oblicuas
(gotas) se convertían en circulares (gotas) que eran tragadas por la tierra que
sostenía el pasto, el pasto y la tierra parecían hablar, no, hablar no,
discutir, y sus palabras ininteligibles eran como telarañas cristalizadas o
brevísimos vómitos cristalizados, un crujido apenas audible, como si Norton en
lugar de té aquella tarde hubiera bebido una infusión de peyote.
Pero la verdad es que sólo había bebido té y que se sentía abrumada, como si una
voz le hubiera repetido en el oído una oración terrible, cuyas palabras se
fueron desdibujando a medida que se alejaba del college y la lluvia le mojaba la
falda gris y las rodillas huesudas y los hermosos tobillos y poca cosa más, pues
Liz Norton antes de salir corriendo a través del parque no había olvidado coger
su paraguas.
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