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| A fines de julio de 1966 la dictadura militar encabezada por Juan Carlos Onganía decretó la intervención de las universidades nacionales, ordenando a la policía que reprimiera para expulsar a estudiantes y profesores. La destrucción alcanzó los laboratorios y bibliotecas de las altas casas de estudio y la adquisición más reciente y novedosa para la época: una computadora. A esto le siguió el éxodo de profesores e investigadores y la supresión de los centros de estudiantes. Una feroz persecución se desplegó hacia los militantes de izquierda en las facultades. Este hecho se conoció como "La Noche de los Bastones Largos". Fue el 29 de julio de 1966. |
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En
1966 la dictadura apaleó a estudiantes y docentes
Bastonazos para Don
Manuel Sadosky, Por L. M. y Federico Kukso (Fragmento de
uno de los últimos reportajes hechos a Don Manuel, para la revista
Todo es Historia).
–Usted vivió como protagonista las peripecias de la ciencia argentina
del siglo XX, así que me parece bastante apropiado.
–Sí, bueno, en tantos años...
–Creo que siempre se debe empezar por la "Noche de los bastones
largos", el 29 de julio de 1966, cuando la policía de Juan Carlos
Onganía irrumpió en la Facultad de Ciencias Exactas y apaleó brutalmente
a estudiantes y docentes, incluyendo a usted.
–Incluyéndome a mí, que era el vicedecano de la facultad, y a Rolando
García, que era el decano. La Noche de los bastones largos, claro,
es una fecha que queda grabada... Era un momento muy activo de la
Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, allí se cultivaban la
matemática, la física, la química, la geología, la meteorología,
con un fervor, con una sensación, quizá demasiado exagerada, de
que podíamos cambiar el país.
–Cuénteme algo de aquel día. La historia es conocida, pero algún
detalle suyo.
–Bueno, la historia
de los palazos que nos hicieron pasar entre una doble fila de policías
ya la conocen todos... pero es curioso, porque a uno le quedan ciertos
detalles sin importancia. Por ejemplo, recuerdo que yo usaba sombrero
y lo tenía puesto, así que cuando pegaron los palos, el sombrero
atenuó los golpes, que no me parecieron gran cosa, pero después,
en la comisaría, pasé frente a un espejo donde ví que tenía toda
la cara ensangrentada y entonces me lavé, porque me daba vergüenza
estar en esa situación. La verdad es que fue verdaderamente notable
con tantos palos que dieron que no hubieran matado gente, porque
pegaban bien, pegaban con habilidad.
–Y con ganas.
–Con muchas ganas. Y también recuerdo muy vivamente que yo estaba
problematizado, porque había mujeres y yo quería ir a defenderlas,
como cualquier persona que está viendo que les pegan a las mujeres
y bueno, no podía. Recuerdo mi impotencia, porque uno en la Argentina
estaba acostumbrado cuando había lío, cobraba. Pero lo de las mujeres
era nuevo.

La
historia oculta de aquella noche de los bastones largos
A 40 años del quiebre de la investigación científica en la Argentina
El 29 de julio de 1966, la policía del dictador Onganía arrasó Ciencias
Exactas. La orden la dio el jefe de la SIDE, general Señorans. Aquí
se revela una historia desconocida de aquella noche trágica.
María Seoane
Se conocen el escenario,
el día y los hechos: el viernes 29 de julio de 1966, a un mes del
golpe militar que derrocó al gobierno constitucional del presidente
Arturo Illia e inauguró la dictadura del general Juan Carlos Onganía,
en la Facultad de Ciencias Exactas en la eterna Manzana de las Luces,
la Guardia de Infantería policial que dirigía el general Mario Fonseca
cargó a garrotazos y con gases lacrimógenos contra estudiantes,
docentes y profesores extranjeros invitados y hubo 200 detenidos
y numerosos heridos. Se conocen los antecedentes de esos hechos:
entre 1957 y esa noche, la Universidad de Buenos Aires, la más potente
y poblada de las nacionales, vivía una época de oro inaugurada con
el rectorado del filósofo e intelectual Rizieri Frondizi, hermano
del Presidente Arturo. En su gestión, que luego continuó el ingeniero
Hilario Fernández Long, se modernizó la Universidad, se lanzaron
campañas de alfabetización, se fundaron las carreras de Psico logía
y Sociología, el Instituto del Cálculo, que estudió la trayectoria
del cometa Haley; se creó el Consejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Técnicas (Conicet), se fundó la Editorial Universitaria
de Buenos Aires (Eudeba), que llegó a editar 11 millones de libros
a precios bajos, en fin, se democratizó la Universidad hasta niveles
antes desconocidos en la Argentina. A partir del avance militar
en el gobierno de Illia, los estudiantes encresparon sus críticas:
primero, ante la muerte de un estudiante en las movilizaciones contra
la invasión norteamericana a Santo Domingo, en 1965, que anunciaba
el comienzo de la feroz Doctrina de la Seguridad Nacional en Latinoamérica,
y luego, a partir de la amenaza creciente de reducción del presupuesto
educativo, que por entonces era la increíble cifra del 20% del total
del Presupuesto nacional. Pero el inicio del gobierno golpista,
confesional y anticomunista de Onganía atizó la oposición estudiantil.
Se conocen también los móviles dictatoriales: poner fin a la autonomía
universitaria y la libertad de cátedra; silenciar las criticas;
escarmentar la rebeldía estudiantil y docente de todas las universidades
nacionales. Y se conocen las consecuencias: 1.378 docentes que renuncian
o parten al exilio. Unos 301 emigraron: 215 eran científicos y 86
investigadores en distintas áreas. Se inició el éxodo de científicos
que no se detendría a partir de entonces.
Cuarenta años después del asalto violento de la Policía a Ciencias
Exactas, que se denominó La noche de los bastones largos, es posible
afirmar que se quebró no sólo la más formidable acumulación de conocimiento
científico que la Argentina había logrado hasta mediados del siglo
XX, sino también se abrió el camino a la intolerancia y se atrincheró
a una generación de argentinos en la idea fatal de que la violencia
política era el recurso para restaurar la libertad.
En nombre del hijo
Se conocen, entonces, los hechos, los protagonistas, los móviles
y las consecuencias de aquella noche trágica. Pero aún permanecen
oscuras, en los pliegues siempre apretados de la historia, muchas
preguntas. Esa noche, hubo un joven estudiante de Física que intentó
avisar que la Policía llegaría para invadir y reprimir en Ciencias
Exactas . ¿Quién era ese joven? Eduardo Scolnik -miembro hoy del
Departamento de Programación Informática del INDEC- contó a Clarín
episodios aún desconocidos pero que expresan la complejidad y paradojas
que rodearon no pocas veces la historia argentina.
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Eduardito Señorans era
único hijo del general Eduardo Argentino Señorans y Romilda Cerruti
Costa. "Estudiante de Física en la Facultad de Ciencias, Eduardito
Señorans había sido un militante católico, fuerza de choque en las
manifestaciones de la 'laica o libre', por el bando de los que querían
la educación privada y religiosa en las escuelas. Pero hacia 1962
ingresa a la Facultad y, recién producida la revolución cubana,
y seguramente por eso y por la influencia de su tío, el abogado
laboralista y nacionalista católico Luis Benito Cerrutti Costa,
Eduardito comenzó a virar a posiciones de izquierda. Nos conocemos
en 1963. Teníamos muchas charlas entre nosotros. Eduardito decía
que la revolución cubana iba en serio, que era una verdadera revolución
porque habían encarado a fondo el tema de la educación de la gente,
a diez o quince años".
En ese período, recordó Scolnik, Eduardito Señorans comienza a enfrentarse
duramente con su padre, para entonces general de brigada. El general
Señorans había sido jefe del Estado Mayor de la llamada "Revolución
Libertadora" que comandada por los generales Eduardo Lonardi y Pedro
Eugenio Aramburu derrocó a Juan Perón en setiembre de 1955. Unido
por convicción a Lonardi, Señorans fue su subsecretario de Guerra.
Mientras que su cuñado, Luis Benito Cerrutti Costa, fue nombrado
ministro de Trabajo y Previsión. El golpe interno de Aramburu contra
Lonardi lo alejó del Ejército en noviembre de 1955. Fue Onganía
quien sacará de la actividad privada a Señorans para darle el cargo
de jefe de la SIDE, cuando, en junio de 1966 instaure una dictadura
integrista con pretenciones milenaristas. Señorans, entonces, se
transformó en una pieza clave de esa dictadura. Su hijo, en pleno
1966, recuerda Scolnik, "ya revistaba en las filas de la izquierda
universitaria aunque como líbero, es decir, sin partido". Su tío
Cerrutti Costa, que había confluido con Señorans en el antiperonismo
en 1955, había comenzado también a virar hacia posiciones revolucionarias.
Será editor de Operación masacre, de Rodolfo Walsh, y a fines del
sesenta y principios del setenta, se encargará de la defensa de
presos políticos, entre ellos varios guerrilleros peronistas y guevaristas.
Fue cofundador de la revista Nuevo Hombre y editor del diario El
Mundo, para entonces todas empresas vinculadas a la guerrilla guevarista
del ERP. Deberá exiliarse en París en 1975 ante las reiteradas amenazas
de la Triple A. Murió en 1977.
Scolnik recuerda que las contradicciones en esa familia estallaron con virulencia precisamente la noche del 29 de julio de 1966. "Fuimos amigos estrechos. Nos conocían por 'los eduarditos'. Los padres me invitaban a su casa en Cardales. Era el amigo entrañable de un hijo único entrañable. Nuestros padres eran parecidos. Mi padre era un médico que huyó de Ucrania porque la revolución bolchevique le expropió todo. Mi padre era profundamente anticomunista. No se podía hablar nada con él que no coincidiera con su ideología. Lo mismo le pasaba a Eduardito Señorans. Había un constante enfrentamiento con su padre."
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Luego del golpe de Onganía -continúa Scolnik-, "el régimen consideraba a la Universidad como un 'nido de rebeldes, comunistas'. Y la verdad, visto a la distancia, nadie hacía nada que pudiera afectar las bases del sistema, todavía. Y si bien la izquierda estaba fragmentada, la derecha también. Y el aglutinante de la derecha fue el anticomunismo. Así que debían construir ese enemigo que los uniera. Recuerdo que el decano de Exactas, Rolando García, entonces era un gran admirador de las universidades norteamericanas. Pedía subsidios a la Fundación Ford y estaba muy lejos de ser un comunista o un revolucionario. Era un científico que pedía libertad de pensamiento y de investigación".
Al mes del golpe, la agitación estudiantil crecía en tanto se defendía la autonomía universitaria atacada por el decreto ley 16.912. "La noche del 29 de julio, entonces, Eduardito estaba en su casa. Escucha a su padre hablar por teléfono con Fonseca, el jefe de la Policía Federal. Eduardito me contó luego (ese día yo estaba enfermo y no había ido a la facultad) que su padre le dijo a Fonseca: 'Andá a la Facultad de Ciencias Exactas y matalos a palos'".
Entonces, el joven Señorans trató de avisar lo que ocurriría a sus compañeros en la Facultad. "Llamó por teléfono, pero el que lo atendió no le creyó lo que le decía, que la Policía cargaría contra la Facultad. Desesperado, corrió hasta la Facultad -ellos vivían en la calle Junín y Peña- para avisarle al decano Rolando García lo que se estaba planeando. Pero cuando llegó, la Facultad ya estaba acordonada y no pudo entrar. Así que, desconsolado, me llamó y me dijo que igual se metería a defender la Facultad. Le dije que no lo hiciera, que ya era tarde. A las 22, se desata la represión. Eduardito siempre se sintió culpable. Yo nunca pude volver a esa casa. Los dos dejamos la Facultad. Nos fuimos. Eduardito no quería ser asociado a su padre. Nos dejamos de ver por años. El murió en los años ochenta."
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Reflexiones de Jorge Enea Spilimbergo
(3 bloques) |
El último servicio público del general Señorans, antes de morir
en 1993, fue defender al dictador Leopoldo Galtieri en el juicio
militar por la Guerra de Malvinas. Señorans pidió su absolución
con el argumento de que las decisiones políticas no podían ser revisadas
ni pasibles de castigo. "Tal vez -reflexiona Scolnik- esa orden
de reprimir inédita en la historia de la Universidad era también
el odio que sentía el general contra quienes, él pensaba, habían
cambiado la cabeza a su hijo."
De llegar a tiempo, el gesto del joven Señorans no hubiera cambiado
la decisión dictatorial de cerrar la Universidad. Tal vez se hubiera
evitado la violencia brutal contra esas cabezas. Porque la historia
suele tramarse con grandes madejas y con pequeños hilos, casi invisibles
pero igualmente decisivos.
2006
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Por Mario Rapoport *
El 28 junio de 1966, un golpe militar, con la anuencia de sectores
civiles, políticos y sindicales y una fuerte campaña previa de los
medios de información –como la que soportaron Yrigoyen en 1930 y
Perón en 1945 con resultados distintos–, depuso al presidente radical
Arturo Illia. Las Fuerzas Armadas abandonaban así el rol tutelar
que venían ejerciendo desde la caída de Perón, en 1955, sobre gobiernos
emergentes de un régimen deslegitimado por la proscripción del peronismo.
Al igual que en golpes anteriores, la desestabilización empezó mucho
antes y los medios de la época tuvieron mucho que ver en ello, en
especial los periodistas Mariano Grondona, Bernardo Neustadt y Mariano
Montemayor, como señala Miguel Angel Taroncher en su libro sobre
la caída de Illia. Esos periodistas contribuyeron “como parte integrante
del poder mediático, a la campaña de prensa sobre la base de coincidentes
mensajes críticos contra el gobierno” radical. A través de ellos
jugaban sofisticadas revistas de opinión un rol que en golpes anteriores
habían desempeñado periódicos de lectura masiva.
Las principales instituciones empresarias, por su parte, estaban
también disconformes con lo que consideraban una excesiva intervención
del Estado en la economía. Un documento inédito de la UIA hablaba
de “la burocratización total de la vida económica [...] que conduce
gradual pero persistentemente a la absorción de la empresa privada
por el Estado [...]”. La misma “toma varias formas pero, para las
actividades más importantes, casi siempre se resuelve en la obligada
transferencia de la propiedad del empresario privado al Estado”.
Estos conceptos parecían dejar traslucir que el gobierno de Illia
era una antesala del de Fidel Castro. (Ponencia de la UIA para la
XXII Asamblea de Aciel a realizarse del 4 al 6 de junio de 1966.)
Mariano Grondona, gestor del golpe en numerosos artículos, señalaba
dos días después de haberse producido, las razones del mismo: “Arturo
Illia no [había comprendido] el hondo fenómeno que acompañaba a
su encumbramiento: que las Fuerzas Armadas, dándole el Gobierno,
retenían el poder. El poder seguía allí, en torno de un hombre solitario
y silencioso [el general Onganía]. [...]. Siempre ha ocurrido así:
con el poder de Urquiza o de Roca, de Justo o de Perón. Alguien,
por alguna razón que escapa a los observadores, queda a cargo del
destino nacional. Y hasta que el sistema político no se reconcilia
con esa primacía, no encuentra sosiego”. El gobierno había cometido
el error de creer que gobernaba cuando en realidad los votos de
la elección de Illia seguían siendo botas.
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Pero la incógnita principal
fue el rol que Estados Unidos jugó en el golpe. Dos años antes,
en 1964, el gobierno de Washington había tenido una influencia decisiva
en la caída del presidente brasileño Joao Goulart, a quien consideraban
un “extremista”. Existe la transcripción de un diálogo entre el
presidente Johnson y el secretario de Estado adjunto para Asuntos
Interamericanos Thomas Mann, el viernes 3 de abril de 1964, tres
días después de ese golpe. “Mann: Espero que Ud. esté tan feliz
respecto al Brasil como lo estoy yo. LBJ: Lo estoy. Mann: Pienso
que es lo más importante que ocurrió en el hemisferio en tres años”
(tapes de la Casa Blanca, 1963-1964). En cambio, no surge de los
documentos secretos que el Departamento de Estado hubiera intervenido
directamente en la caída del primer mandatario argentino –en verdad
no lo necesitaba–, pero estaba perfectamente informado de la existencia
de sectores militares y civiles opuestos a los lineamientos programáticos
de Illia y en procura de una oportunidad para provocar una “intervención”
militar desde muy temprano, incluso desde antes de su asunción,
en octubre de 1963. La carrera de Illia hacia los comicios de julio
de 1963 se había desarrollado en un clima político interno signado
por la proscripción del peronismo y de su líder, por lo que la UCR
del Pueblo obtuvo la primera minoría y la nominación de su candidato
en el Colegio Electoral con apenas el 25 por ciento de los votos.
Este hecho cuestionaba la legitimidad de la victoria electoral;
una “marca de origen” que constituiría el “caballito de batalla”
permanente de la oposición política y, especialmente, de los sectores
internos y externos que ya desde el inicio de la nueva administración
comenzaron a tejer la trama conspirativa. El nuevo presidente accedería
a la Casa Rosada con una minoría parlamentaria, hostilizado por
la sistemática oposición de la dirigencia sindical y patronal y
conviviendo con contradictorias tendencias conservadoras y populistas
dentro del propio radicalismo.
Las políticas desplegadas, sin agitar demasiado las aguas, rescataban
lineamientos básicos heredados de la intransigencia radical y del
primer peronismo, con un trasfondo internacional marcado por propuestas
económicas nacionalistas en boga en muchos países del Tercer Mundo.
Esas orientaciones se manifestaron a través de cierta resistencia
a las imposiciones del FMI, la concepción de un Estado inclinado
al control y la planificación de la economía –como en caso de los
productos farmacéuticos–, así como a la atención prioritaria al
mercado interno. Se tomó también la decisión de denunciar y anular
los contratos petroleros firmados por el presidente Frondizi.
Por
supuesto, los servicios de inteligencia norteamericanos estaban
bien informados sobre los planteos golpistas y sus principales protagonistas.
Así lo testimonia un cable de la CIA al presidente norteamericano
Lyndon Johnson, que se encuentra en los archivos de su presidencia,
localizados en Austin, Texas. Allí se daba cuenta de la decisión
de los altos mandos militares argentinos de promover el golpe para
el mes de julio, aunque la acción podía adelantarse si la “crisis
económica” se acentuaba. El informe reseñaba la “responsabilidad”
y “seriedad” de los objetivos del futuro gobierno militar y enumeraba
entre los involucrados a los generales Juan Carlos Onganía, Julio
Alsogaray, Alejandro Lanusse y Osiris Villegas (CIA, 2/6/66, Country
Files, Argentine Memos, Vol. II, Box 6).
Finalmente, el levantamiento militar tuvo lugar el 28 de junio y
el gobierno surgido de la decisión golpista se autodenominó “Revolución
Argentina”. El “caudillo” soñado por Grondona fue nombrado presidente
con el objetivo primordial de mantenerse mucho tiempo en el poder:
“un dictador es un funcionario para tiempos difíciles”, afirmaba
el inefable periodista. El nuevo régimen pretendía imponer un proyecto
de largo alcance, dotando al Estado de una organización tecno-burocrática,
que Guillermo O’Donnell denominó “Estado Burocrático Autoritario”,
capaz de poner fin a las pujas intersectoriales y políticas locales
en el marco de la Doctrina de la Seguridad Nacional, que privilegiaba
el accionar en el orden interno por parte de las Fuerzas Armadas
contra los peligros del “extremismo” y la “disociación social”.
Pero los tiempos económicos, sociales y políticos que proponía no
pudieron llevarse a cabo. A través del Cordobazo la sociedad puso
fin a esa forma criolla de “pseudomonarquía”. Grondona debió postergar
por un tiempo sus sueños “caudillescos”, las Fuerzas Armadas se
retiraron después de dos intentos frustrados de continuar en el
mando y Perón volvió finalmente a la Argentina. Se abría una etapa
vertiginosa cuyo desenlace dio paso al período más doloroso de nuestra
historia, que comienza en 1976. El golpe militar que lo precedió
diez años antes fue, sin duda, un primer ensayo.
Economista e historiador. Investigador superior del Conicet
Página|12, 28/06/10
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Mentes
Cortas, bastones largos
Por Warren Ambrose
Ya han pasado treinta años de la Noche de los Bastones Largos. Ante
el aniversario del triste episodio, desde EXACTAmente intentamos
colaborar con la memoria mediante el particular testimonio de un
científico estadounidense que en ese momento se encontraba trabajando
en nuestra Facultad. Warren Ambrose, profesor de matemática del
Massachusets Institute of Technology (MIT), vivió de cerca la intromisión
del gobierno militar de Juan Carlos Onganía en la autonomía universitaria
y, movido por este hecho, envió una carta al New York Times, cuyo
contenido se transcribe a continuación.
Carta de Warren Ambrose
Buenos Aires, Argentina, 30 de julio de 1966
The New York Times
New York, N.Y.
Estimados señores: Quisiera describirles un brutal incidente ocurrido anoche en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Buenos Aires, y pedir que los lectores interesados envíen telegramas de protesta al presidente Onganía.
Ayer el gobierno emitió una ley suprimiendo la autonomía de la Universidad de Buenos Aires y colocándola (por primera vez) bajo la jurisdicción del Ministerio de Educación. El gobierno disolvió los Consejos Superiores y Directivos de las Universidades y decidió que desde ahora en adelante la Universidad estaría controlada por los decanos y el rector, que funcionarían a las órdenes del Ministerio de Educación. A los decanos y al rector se les dieron 48 horas de plazo para aceptar esto. Pero los decanos y el rector emitieron una declaración en la cual se negaban a aceptar la supresión de la autonomía universitaria.
Anoche a las 22, el
decano de la Facultad de Ciencias, Dr. Rolando García (un meteorólogo
de fama internacional, que ha sido profesor de la Universidad de
California, en Los Angeles), convocó a una reunión del Consejo Directivo
de la Facultad de Ciencias (compuesto por profesores, graduados
y estudiantes, con mayoría de profesores) e invitó a algunos otros
profesores (entre los que me incluyo) a asistir a la misma. El objetivo
de la reunión era informar a los presentes la decisión tomada por
el rector y los decanos y proponer una ratificación a la misma.
Dicha ratificación fue aprobada por 14 votos a favor con una abstención
(proveniente de un representante estudiantil).
Luego de la votación, hubo un rumor de que la policía se dirigía
hacia la Facultad de Ciencias con el propósito de entrar, que en
breve plazo resultó cierto. La policía llegó y, sin ninguna formalidad,
exigió la evacuación total del edificio, anunciando que entraría
por la fuerza al cabo de 20 minutos (las puertas de la Facultad
habían sido cerradas como símbolo de resistencia -aparte de esa
medida, no hubo resistencia-). En el interior del edificio, la gente
(entre quienes me encontraba) permaneció inmóvil, a la expectativa.
Había alrededor de 300, de los cuales 20 eran profesores y el resto
estudiantes y docentes auxiliares (es común allí que a esa hora
de la noche haya mucha gente en la Facultad porque hay clases nocturnas,
pero creo que la mayoría se quedó para expresar su solidaridad con
la Universidad).
Entonces entró la policía. Me han dicho que tuvieron que forzar
las puertas, pero lo primero que escuché fueron bombas que resultaron
ser gases lacrimógenos. Luego llegaron soldados que nos ordenaron,
a gritos, pasar a una de las aulas grandes, donde se nos hizo permanecer
de pie, contra la pared, rodeados por soldados con pistolas, todos
gritando brutalmente (evidentemente estimulados por lo que estaban
haciendo -se diría que estaban emocionalmente preparados para ejercer
violencia sobre nosotros-).
Luego, a los alaridos, nos agarraron a uno por uno y nos empujaron hacia la salida del edificio. Pero nos hicieron pasar entre una doble fila de soldados, colocados a una distancia de 10 pies entre sí, que nos pegaban con palos o culatas de rifles, y que nos pateaban rudamente, en cualquier parte del cuerpo que pudieran alcanzar. Nos mantuvieron incluso a suficiente distancia uno del otro de modo que cada soldado pudiera golpear a cada uno de nosotros. Debo agregar que los soldados pegaron tan duramente como les era posible y yo (como todos los demás) fui golpeado en la cabeza, en el cuerpo, y en donde pudieran alcanzarme. Esta humillación fue sufrida por todos nosotros -mujeres, profesores distinguidos, el decano y el vicedecano de la Facultad, auxiliares docentes y estudiantes-. Hoy tengo el cuerpo dolorido por los golpes recibidos, pero otros, menos afortunados que yo, han sido seriamente lastimados. El profesor Carlos Varsavsky, director del nuevo radio-observatorio de La Plata recibió serias heridas en la cabeza; un ex-secretario de la Facultad, de 70 años de edad, fue gravemente lastimado, como así mismo Félix González Bonorino, el geólogo más eminente del país.
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Después de esto fuimos llevados a la comisaría seccional en camiones, donde nos retuvieron un cierto tiempo, después del cual los profesores fuimos dejados en libertad, sin ninguna explicación. Según mis conocimientos, los estudiantes siguen presos. A mí me pusieron el libertad alrededor de las 3 de la mañana, de manera que estuve con la policía alrededor de 4 horas.
No tengo conocimiento de que se haya ofrecido ninguna explicación por este comportamiento. Parece simplemente reflejar el odio del actual gobierno por los universitarios, odio para mí incomprensible, ya que a mi juicio constituyen un magnífico grupo, que han estado tratando de construir una atmósfera universitaria similar a la de las universidades norteamericanas. Esta conducta del gobierno, a mi juicio, va a retrasar seriamente el desarrollo del país, por muchas razones, entre las que se encuentra el hecho de que muchos de los mejores profesores se van a ir del país.
Atentamente.
Warren Ambrose
Profesor de Matemática
en el Massachusets Institute of Technology (MIT) y en la Universidad
de Buenos Aires
CRONOLOGIA DE UNA UNA TRISTE HISTORIA
El 28 de junio de 1966 un golpe militar encabezado por Juan Carlos
Onganía derroca al pesidente Arturo Illia. Por la tarde el rector
de la UBA, Hilario Fernández Long, da a conocer una resolución de
la Universidad en repudio al golpe.
Como primera medida, el nuevo gobierno clausura el Congreso Nacional
y prohibe los partidos políticos.
Las universidades se
convierten en el próximo blanco: la intervención se hace inminente.
El viernes 29 de julio se difunde el decreto ley 16.912 que determina
la intervención, prohibe la actividad política en las facultades
y anula el gobierno tripartito (integrado por graduados, docentes
y alumnos). Los rectores deben convertirse en interventores delegados
del Ministerio de Educación si quieren seguir en sus puestos. Tienen
48 horas de plazo para decidir si aceptan o renuncian.
La sede del Rectorado y las facultades de Arquitectura, Ciencias
Exactas, Filosofía y Letras, Ingeniería y Medicina, son ocupadas
por autoridades, profesores y estudiantes con el objetivo de resistir
la violación de la autonomía.
Ese mismo viernes por la noche, Onganía ordena a la Guardia de Infantería
el desalojo de las sedes tomadas, pese a que las 48 horas de plazo
todavía no se había cumplido. Comienza de esta manera la "Operación
Escarmiento".
La represión se lleva a cabo con gases lacrimógenos, culatazos y
bastonazos. Resultado: 400 estudiantes y profesores detenidos; renuncian
a sus puestos todos los decanos de la UBA, y hacen lo mismo 1.400
docentes; trescientos científicos se
Fuente: Revista EXACTAmente

Un
homenaje a Emilio Fermín Mignone Intenso y lúcido protagonista,….
y privilegiado testigo del siglo XX
Por Néstor Fabián Migueliz
"Ha sufrido duramente, con su familia,
los dolores más fuertes
que se puedan haber sufrido en nuestro país.
Su dolor lo convirtió en obligación de lucha.
Lo comprendió así
y nada le impidió continuar su docencia cívica,
con las formas y características
que para él eran las más indicadas
para el bien de la sociedad
de la que es miembro"[1]
Ha transcurrido un poco más de seis años desde que este vecino lujanense
nos abandonara, aunque sólo físicamente, un 21 de diciembre de 1998.
Abogado, especializado en derecho público, ciencia política, política
educativa y científico-tecnológica, historia contemporánea, derechos
humanos, y relaciones entre religión y sociedad, sus 76 años de
vida han resultado de un protagonismo inusual y -al mismo tiempo-
intensos como ha ocurrido con pocos hijos de Luján. Además de las
repercusiones periodísticas de su amplia trayectoria y actividad
pública, quedan -de su pluma, tan concisa, aguda y amena- firmes
testimonios documentales como numerosos libros, folletos, artículos,
minutas y ensayos, además de videos y cintas grabados.
1. Derechos humanos e iglesia. Más de una vez he leído y escuchado
opiniones y/o versiones absurdas y disparatadas las que -en una
apretada generalización- dan cuenta algunas acerca de la izquierdista
ideología de nuestro evocado; otras refiriendo que "Mignone fue
uno de los que ‘hizo’ la noche de los bastones largos"; para culminar
leyendo a Hebe Pastor de Bonafini (referente de un sector de "Madres
de Plaza de Mayo") sostener que "Emilio Mignone era Estados Unidos,
el Buenos Aires Herald" y vinculándolo con la "banca Rockefeller"[2]
Atípico comienzo para un recordatorio, que pretende otorgar al lector
-especialmente a quien no conoció a nuestro protagonista- una suerte
de espontánea impresión acerca de la inquieta y rica personalidad
de quien fuera Emilio Fermín Mignone, nacido el 23 de julio de 1922
en Luján, Buenos Aires, en el seno de lo que sería una muy numerosa
y ahora más que centenaria familia.
Testimonio de un católico practicante. En su libro "Iglesia y dictadura.
El papel de la iglesia a la luz de sus relaciones con el régimen
militar" (Ediciones del Pensamiento Nacional, 1986) -y en muchísimas
otras publicaciones y reportajes- Mignone dejó riguroso testimonio
de las relaciones de la Iglesia católica con el poder político ejercido
entre 1976 y 1983, puntualmente juzgadas desde la óptica de la debida
y pastoral defensa de la vida humana y del respeto a los demás derechos
fundamentales.
No menos importantes resultan sus análisis y propuestas sobre los vínculos entre la iglesia y el Estado, la educación confesional, el vicariato castrense, la siempre polémica -y por muchos desconocida- cuestión del financiamiento y sostén del culto, etc. Todo ello fundado en sólidos argumentos constitucionales, canónicos e históricos (en virtud de ello, llega a sugerir, en una eventual reforma constitucional -la oportunidad fue en 1994- la reconsideración de la interrelación "iglesia-cultos-estado"). Así, Mignone nos refiere "la prevalencia a lo largo del tiempo de una actitud de subordinación con respecto al estado por parte del cuerpo episcopal y en menor medida del clero y las organizaciones católicas. Esa impronta, pese al proceso de secularización de la sociedad a partir de la década del sesenta, mantiene su vigencia en el imaginario colectivo, en el seno de la sociedad y en las posiciones de gobernantes y prelados"[3].
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Egresado con el mejor
promedio del colegio de los Hermanos Maristas (Instituto Ntra. Sra.
de Luján), en 1940 (como figura en los boletines del alumnado),
los lectores maduros recordarán seguramente su posterior rol de
dirigente del movimiento juvenil católico. Por entonces, integró
grupos de trabajo apostólicos notables, "capaz de llenar estadios
en el Congreso de la Juventud (1946) y prolongar acciones formativo-educativas
en un periodismo juvenil de avanzada, como el de Antorcha, del que
fue su primer director" (Alfredo M. Van Gelderen, 1993). Entre otras
cosas, en nuestra ciudad, fue el primer prosecretario, quien redactó
los estatutos y quien tramitó la personería de la legendaria "Fundación
Ateneo de la Juventud Lujanense", que posee la magnífica sede en
9 de Julio y Las Heras, y en cuyo seno se promovieran tantas actividades
en favor de la juventud)[4].
Herencia institucional para la defensa de los derechos del futuro.
A partir de la dictadura iniciada en 1976, merece destacarse (en
conjunto con otros abogados, como Augusto Conte, Boris Pasik y Alfredo
Galetti) la creación (1979) y -lo más importante- la supervivencia,
la proyección y la extensión del campo de acción del Centro de Estudios
Legales y Sociales (CELS), cuya presidencia ejerció hasta su muerte.
Sin dudas, Emilio Mignone fue "la figura central del movimiento
por los derechos humanos"[5], y su pionera -y muchas veces dificultosa
y cuando no arriesgada- labor inicial está hoy a la vista y con
creces. La prestigiosa organización no gubernamental cuenta hoy
con una dirección ejecutiva, diversas áreas (desarrollo institucional,
litigio y defensa legal, documentación y archivos, y comunicación),
variados programas (memoria y lucha contra la impunidad del terrorismo
de Estado, violencia institucional y seguridad ciudadana, derechos
económicos, sociales y culturales, y justicia democrática), un equipo
de asistencia en salud mental y un proyecto de educación para la
ciudadanía. Integra, además, disímiles organizaciones internacionales
de juristas y tutelares de los derechos humanos, y reconoce el apoyo
de diversas fundaciones, universidades y asociaciones internacionales.
Ello ocurre en nuestro
país, donde -lamentablemente- cierta pretendida dirigencia ha procurado
y aún procura -sin suerte mucha, otra, sin convicción- construir
y fundar instituciones políticas, sociales, vecinales, culturales,
etc. Es la que observamos moverse solamente con afanes de figuración
o al ritmo de las urnas, demostrando la incapacidad de construir
ideas-fuerza o instituciones más o menos perdurables, sobreviviendo
a las personas, y con posibilidades de proyección -desindividualizadas-
hacia el futuro.
Mignone avizoró, con la brillantez de un hombre de estado, que el
movimiento de derechos humanos –por intermedio de la acción de organizaciones
serias, pluralistas, democráticas y no fundamentalistas o hiperideologizadas-
terminaría ganando la batalla de "la verdad y la justicia". La realidad
le da la razón, cada día, con el avance de los procesos judiciales
procurando evitar la impunidad. Como bien se ha dicho, Augusto Conte
y Mignone (aliados pioneros en la fundación del CELS) conviertieron
la ingenuidad que se reprochaban "en un programa de acción, con
el propósito de que algún día las instituciones merecieran la confianza
que habían depositado en ellas, para cambiarlas y ponerlas a la
altura de sus mentes limpias y sus corazones nobles" (Horacio Verbitsky,
2004).
2. Educación y política universitaria. Con sólo 27 años, conduce
políticamente la enseñanza oficial bonaerense (1948-1952), con éxitos
indiscutibles, acompañando la eficaz gestión de Domingo A. Mercante-Julio
C. Avanza. Promovió desde dicha función la modernización de la legislación
y fijó pautas para la transfomación. Entre 1962 y 1967 se desempeñó
como consultor-experto en educación en la Organización de Estados
Americanos, con residencia en Washington.
Vuelto al país, entre 1968 y 1971 ejerce la función de subsecretario
de Educación de la Nación -bajo la dictadura de Juan C. Onganía-
probando nuevamente idoneidad y capacidad de gestión en la función
pública.
A propósito de lo controvertido del caso, recuerdo un diálogo generado
en medio de un almuerzo televisivo a fines de los ’80 o al principiar
la década del ’90. "Dr. Mignone,... Ud. se arrepiente de haber participado
-como funcionario- de un gobierno de facto?", pregunta la actriz
y conductora; a lo que nuestro convecino contesta: "No me arrepiento,...
me hago una autocrítica,... que no es lo mismo". El hecho me dio
la pauta de que Mignone se haría siempre cargo de lo que había sido
y de lo que había hecho...., lo que no es poco, y contrasta con
algunas otras actitudes -por cierto distintas- de otras personas
públicas. Conozco otros ex funcionarios de facto, que desempeñaron
luego funciones electivas al llegar la democracia, pero que han
suprimido de su curriculum vitae oscuros períodos vergonzantes -como
una ex subsecretaria del orden nacional y lujanense- aún cuando
en el país algunos recién comenzaban a "descubrir errores" e -incrédulos
los más- "los horrores" de la última dictadura.
En
junio de 1973 fue designado rector-normalizador de la Universidad
Nacional de Luján por el ex presidente de la Nación, Héctor J. Cámpora,
donde ejerce dicha función –no sin dificultades, propias de la época-
hasta la interrupción constitucional de 1976. Cuenta muy bien la
historia de Luján y su alta casa de estudios, en la obra que la
misma institución le encarga, recién en 1992, dando un visionario
panorama sobre la problemática universitaria el que se proyecta
adecuadamente hasta avanzada la década del ’90.
Sobre esto último -y revistiendo plena actualidad- escribe Mignone:
"Si persiste la política estatal en virtud de la cual las universidades
nacionales recibirán del estado un subsidio y, en el uso integral
de su autonomía, podrán distribuirlo libremente, hay que utilizar
sin titubeos esa facultad para conseguir los efectos deseados. Y
por cierto, procurar formas adicionales de financiamiento, tanto
externas como provenientes de la misma comunidad universitaria.
Para ello hay que eliminar los tabúes que constituyen una constante
perniciosa de la política educativa argentina"[6]. Al respecto,
siempre comentaba que la mayoría de los dirigentes universitarios
(correligionarios míos, los más) -que tanto invocaban e invocan
aún, en las discusiones presupuestarias y/o sobre la autonomía-
el "Manifiesto de la reforma universitaria", de 1918, interpretaban
erróneamente dicho texto y procuraban lo que el documento nunca
sostuvo.
Nunca abandonará el ámbito educativo (fue, en varias oportunidades,
el candidato del justicialismo universitario al rectorado de la
importante Universidad de Buenos Aires), dedicándose hacia el final
de su vida -casi con exclusividad- a la cuestión universitaria y
a la enseñanza superior. Ejerce distintas funciones académicas en
diversos escenarios, públicos y privados, y de organizaciones internacionales.
Participa en los debates acerca de la legislación federal educativa
y de la educación superior, habiéndose incorporado antes a la Academia
Nacional de Educación (1993), hasta que la muerte lo encuentra en
la estratégica y muy reconocida presidencia de la imprescindible
comisión nacional de evaluación y acreditación universitaria -CONEAU-
al final de 1998.
El rol estatal en la evaluación y acreditación universitarias. Refiriéndose
al desafío de la calidad, la pertinencia, la eficiencia y la equidad
de la educación, sostenía nuestro evocado que "uno de los riesgos
que corre el país es el de caer en un sistema educativo dual, particularmente
en el nivel superior, con la existencia de una formación supuestamente
de excelencia -y digo supuestamente porque mientras no exista un
mecanismo de evaluación objetivo, externo y transparente, nadie
está en condiciones de garantizar nada- en establecimientos particulares
destinados a los pudientes, donde la calidad se mediría por el costo
de la matrícula; y de otra de segunda, tercera o cuarta categoría
para el resto de la población. Esto conduciría -continúa- al desarrollo
de una sociedad antidemocrática; sería suicida para la Nación por
cuanto la inteligencia no está distribuida solamente entre los ricos;
y contraría nuestra tradición histórica, fundada en la posibilidad
de acceso a la universidad de todas las clases sociales"[7]. Este
acertado y lúcido diagnóstico ratifica el necesario control de la
autoridad pública en la materia; eso mismo que el propio Mignone
comenzó a hacer desde la conducción fundante de la CONEAU.
Bajo su liderazgo (explicaba que procuraba -y lograba casi siempre-
el consenso en las decisiones de importancia), la Comisión "fue
ganando el respeto de la comunidad universitaria gracias a la severidad
con que se juzgó a los proyectos de creación de universidades poniendo
freno a una década donde la ausencia de sólidos controles permitió
el aumento de universidades de irregulares condiciones "[8].
3. La realidad nacional y la política. Harto conocida resulta la
filiación peronista de nuestro convecino, sólo resquebrajada ante
el manifiesto y violento enfrentamiento entre las autoridades públicas
y la Iglesia Católica (1953-1955) y -quizá- ante la normalización
institucional de 1983. En dicha oportunidad, el candidato presidencial
del justicialismo (Italo A. Luder) se manifestó a favor de la denominada
ley de autoamnistía -dictada en las postrimerías del régimen militar-
ante el mayoritario rechazo de varios partidos políticos; entre
ellos, la luego triunfante Unión Cívica Radical con Raúl Alfonsín
a la cabeza.
Hacia noviembre de 1972, acompañó -como tantos y famosos militantes-
el regreso al país del ex presidente Juan Domingo Perón, luego de
su exilio de 17 años, viajando en el Giuseppe Verdi de Alitalia.
"Sin que ellos lo supieran, viajaban en el charter todos los presidentes
peronistas del siglo XX: además de Perón, Héctor Cámpora, Raúl Lastiri,
Isabel Perón y Carlos Menem"[9].
El periodismo de opinión y de tribuna no le fue ajeno: fundó y dirigió
en su ciudad natal La Voz de Luján aunque de corta vida (resulta
interesante recorrer algunas páginas y contenidos que resultan pioneros
en materia de derechos fundamentales y su reconocimiento y protección
internacional), en 1956. Luego, su carácter de colaborador y columnista
en distintos medios y revistas, como el diario Página 12 (en plena
ultima dictadura, 1982, aguardaba con ansiedad su columna en La
Voz -que dirigía Vicente L. Saadi, luego titular del Justicialismo
en el orden nacional- para informarme y leer opiniones que desafiaran
aquel monocorde discurso de la información oficial).
Las responsabilidades públicas desempeñadas -prematuras algunas,
como hemos visto-, su protagonismo en muchas decisiones y, especialmente,
su calificada óptica (dada su excelente formación) sobre problemas
y soluciones, convirtieron a Mignone en crítico y agudo observador
de la realidad argentina. Como resulta lógico, con la madurez alcanzada
con la edad, las experiencias que dejan los hechos vividos, los
sufrimientos y dolores, su opinión fue creciendo en quilates. Su
palabra, con el tiempo, se jerarquizó y resultó aún más valorada
fuere quien fuere el destinatario.
Michael Shifter escribe que -llegado a la Argentina varias veces,
a partir de 1987- optaba por principiar y culminar su labor con
entrevista previa y final con nuestro protagonista:
"En nuestra primera conversación, Emilio no solamente me explicó
lo que decían las leyes (se refiere a las denominadas "de punto
final" y de "obediencia debida"), sino que me las puso en perspectiva
y me aclaró su importancia. Lo hizo juiciosa y brillantemente, sin
mostrar ningún atisbo de sus propios intereses o de rencor. De alguna
manera, y aparentemente sin esfuerzo, encontró el balance adecuado
entre los principios morales, de un lado, y las consideraciones
pragmáticas, del otro....
No sólo quería comenzar mi trabajo hablando con quien tenía la más
lúcida, ilustrada y confiable interpretación de lo que ocurría en
ese país, sino que quería, además, tener la oportunidad, antes de
irme, de cotejar mis impresiones de lo que había percibido y de
escuchar lo que él pensaba. Hablar con Emilio -continúa- era mi
forma de buscar que mis apreciaciones estén intelectual y moralmente
centradas. Nunca me decepcionó"[10].
Respecto a la actitud de la dirigencia política con relación a las
peores secuelas de la dictadura 1976-1983, el evocado sostenía que
"la clase política se encontró en general alejada del movimiento
por los derechos humanos en los años más álgidos de la represión.
Era difícil obtener representantes oficiosos en la Asamblea Permanente
por los Derechos Humanos. El único interés de la mayoría de los
dirigentes partidarios se centraba en la posibilidad del llamado
a elecciones y estaban convencidos que esto era sólo posible negociando
con los militares".
A mediados de los ’80, el ahora senador Rodolfo H. Terragno, escribía: "Emilio Mignone estremece a quien lo oye narrar ahora el tránsito de la incredulidad al asombro:
|
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‘Hasta hace unos meses,
casi todos mis vecinos pensaban que yo estaba loco, o que era un
mentiroso. Desde que me dejaron aparecer por primera vez en televisión,
hay gente que me abraza en la calle y, con lágrimas en los ojos,
me dice: ¡Dios mío! ¡Usted tenía razón!" (Memorias del Presente.
Edit. Legasa, 1987).
Sobre la reforma constitucional de 1994 y el consenso del Pacto
de Olivos, Mignone escribió, a manera de balance:
"Muchas de esas objeciones provienen de una ignorante o interesada
idealización del pasado y una falta de esperanza en el porvenir.
Ni los constituyentes de 1853, de 1860, o de 1957 fueron todos eminentes
constitucionalistas, como ahora se pretendía, ni entre los 305 representantes
de 1994 faltaban personalidades cultivadas en esa disciplina. En
1853 el más conspicuo inspirador de su texto, Juan Bautista Alberdi,
estaba en Europa y no integró la convención..... El tiempo, que
permite advertir los resultados de las acciones de los hombres,
dirá si tuvieron o no razón. Y nos enseñará si los protagonistas
de este episodio fueron o no por una motivación patriótica, sin
perjuicio de la salvaguardia de sus intereses políticos concretos,
porque ello es un ingrediente inseparable de la naturaleza humana"[11].
4. Impresiones. Conocí personalmente a Mignone en febrero de 1982,
seguramente mucho más tarde que un buen número de lectores de este
recordatorio, y en especial, de vecinos lujanenses. Fue en ocasión
en que cursaba (junto a su sobrino y querido amigo, Luis Alberto
Mignone) el ingreso a derecho en la Universidad de Buenos Aires.
Recuerdo también aspectos y las repercusiones periodísticas de su
arbitraria detención -un año antes- previo allanamiento a la sede
del CELS y a su domicilio (de donde la Policía Federal se llevó
documentación y papeles, folletos y libros), por orden de un juez
federal[12].
No eran momentos fáciles;
ni para Mignone -que tenazmente buscaba a su desaparecida hija Mónica,
como tantos familiares de detenidos-desaparecidos- ni para el país,
sumergido en una grave crisis moral, política, social y económica.
Lo cierto es que, en pocos días, el objetivo panorama argentino
cambió radicalmente: la ocupación irracional y la derrota posterior
en Malvinas -con sus consecuencias institucionales- que derivaría
luego en la normalización democrática de 1983.
Cuando podíamos, asistíamos al departamento de Avda. Santa Fe al
2900, y no costaba mucho ver lucir las paredes con las amenazantes
leyendas del estilo: "Mignone.. te va a pasar lo mismo que a tu
hija", o de similar contenido. Cuando no estaba ocupado (muy pocas
veces), siempre algún intercambio de palabras, o la pregunta típica
de Emilio: "Y qué opinan de esto,... o aquello -política, casi siempre-
dos jóvenes alfonsinistas como ustedes ?", aludiendo así a nuestra
militancia partidaria juvenil en el centenario partido. Pero lo
cierto es que Mónica no apareció -como tantos miles- y toda la conocida
historia hasta esta parte.
El 5 de septiembre de 1998, Emilio Fermín Mignone ilustró a los
lujanenses con una atípica, rica y curiosa conferencia sobre la
historia del lugar (cuyos ejes fueron las personalidades y las acciones
de Ana de Matos, Juan de Lezica y Torrezuri, el R. P. Jorge M. Salvaire
y Enrique Udaondo). Lo invitaron los amigos del Museo histórico
para celebrar -junto a otros disertantes de renombre- el 75° aniversario
del complejo. Poco tiempo después, la desaparición física.
Varios lugares públicos lo recuerdan: en nuestra ciudad, en distintos
puntos del país y del exterior. Un fallo de la Suprema Corte federal
(del año 2002)[13] lleva su nombre (por la modalidad de la carátula
judicial, aunque accionara representando al CELS): se trata de una
acción de amparo que procuró y logró "garantizar el derecho de sufragio
(Art. 37 de la C. N.) de las personas detenidas sin condena en todos
los establecimientos penitenciarios de la Nación, en condiciones
de igualdad con el resto de los ciudadanos". Todo un símbolo.
".... Puso el servicio humanitario por encima de pasiones políticas
y jamás dejó de lado sus ideales de justicia y de libertad, que
impulsó en la época más sangrienta de la Argentina.... Por su trayectoria
en la lucha por los derechos humanos bajo regímenes dictatoriales,
es un ejemplo para todos aquellos quienes de alguna manera hemos
enfrentado situaciones similares"
Roberto Cuéllar M.
director ejecutivo
Instituto Interamericano de Derechos Humanos
San José, Costa Rica, agosto de 2001
Luján, enero de 2005.-
Notas
y bibliografía.
[1] Alfredo M. van GELDEREN. Presentación y palabras de bienvenida
en acto de incorporación -como miembro académico- a la Academia
Nacional de Educación, 4 de octubre de 1993.
[2] Reportaje en 1988 / Asociación Madres de Plaza de Mayo. Sitio
web www.madres.org.ar.
[3] "Dictadura e iglesia en Quilmes. Contexto para una investigación".
Revista de Ciencias Sociales (Papeles de Investigación. Publicaciones).
Universidad Nacional de Quilmes, 1996, (en sitio web www.argiropolis.com.ar
/documentos/investigacion/publicaciones).
[4] Recuerdo vivamente testimonios relatados, en Luján, por Héctor
"Pelito" Calzetta (presidente, muchos años, de la institución),
Andrés J. "Tito" Casset, Arturo Monteiro y Carlos A. Mignone.
[5] Horacio VERBITSKY. "El legado de Mignone". Diario "Página 12".
9 de noviembre de 2004. Ver también sitio web del Cels (www.cels.org.ar
)
[6] "Universidad Nacional de Luján. Origen y evolución". Secretaría
de Bienestar y Extensión Universitaria / UNLu. Editorial UNLu, 1992.
[7] Academia Nacional de Educación. "Educación en los años ’90:
el desafío de la calidad, la pertinencia, la eficiencia y la equidad",
en el tomo "Reflexiones para la acción educativa". Incorporaciones,
presentaciones y patronos, 1993-1994. Buenos Aires,1995.
[8] "Mignone, acompañado por figuras de reconocida trayectoria académica,
debió soportar durante ese tiempo las presiones ejercidas por legisladores
de los partidos mayoritarios en favor de algunas instituciones",
en EDUCYT. "Los nuevos pasos de la Coneau" (en sitio web www.fcen.uba.ar,
1999.
[9] Homenaje a la Militancia Peronista (en sitio web www.causapopular.com.ar),
2004
[10] Organización de Estados Americanos. Discurso homenaje ante
su fallecimiento, Washington, 1999.
[11] "Constitución de la Nación Argentina, 1994. Manual de la reforma".
Editorial Ruy Díaz, 1995
[12] El procedimiento, absurdo, privó de la libertad a los detenidos
durante varios días, se hizo invocando "la Seguridad del Estado"
y estudiando "la vinculación de los procesados con determinados
movimientos subversivos de proyección internacional", hecho que
originó reacciones e irónicos comentarios dada las personalidades
de los detenidos.
[13] CSJN. Fallo (3ra. Instancia) en "Mignone, Emilio Fermín s/
promueve acción de amparo", 9 de abril de 2002; que declaró la inconstitucionalidad
del inciso d) del Art. 3 del Código Nacional Electoral, con fundamento
en la Constitución reformada y en los tratados internacionales de
jerarquía constitucional (según ese mismo texto de 1994).
Fabián MIGUELIZ
nfmigueliz@hotmail.com
www.ilustrados.com

Oscar
Varsavsky
En una charla pronunciada en la Universidad Central de Venezuela
en Junio de 1968, el Dr. Oscar Varsavsky vuelve sobre sus pasos,
retoma viejos conceptos y propone nuevos desafíos a la luz de la
historia. Son palabras que tienen el valor de haber sido pronunciadas
a partir de una historia de vida y de su posterior análisis, profundamente
crítico. Para situarnos ante estos hechos, la historia nos remite
a 1955 cuando se encamina la denominada Renovación de la Facultad
de Ciencias de la Universidad de Buenos Aires hasta que la policía
entró a repartir palos a estudiantes y profesores en Julio de 1966,
inaugurando lo que se daría en llamar "la noche de los bastones
largos".
Las palabras de Varsavsky resumen con crudeza los problemas encarnados
en nuestro sistema de ciencia y tecnología, en nuestras universidades
y en sus propios actores, en tanto profesores o estudiantes, y tienen
la extraña virtud de llegar a nuestros días sin perder vigencia,
muy por el contrario, sus palabras siguen describiendo con total
precisión lo que aún vivimos y padecemos.
Finalmente, sólo nos
resta advertir que en este artículo se superponen tres tiempos históricos:
la experiencia desarrollada en la Facultad de Ciencias de la UBA
desde el ’55 al ’66; el análisis crítico a la luz de lo realizado
en otro tiempo (1968) y lugar (Venezuela); y nuestro propio tiempo
sobre el cual impactan desafiantes estas palabras.
Ahora si, por mucho mal que nos pese, sostiene Varsavsky...
Sobre la necesaria renovación
académica
(...) Empeñados en realizar una renovación académica han llegado
a la conclusión que, aun sin discutir a fondo cual es el papel de
una Facultad de Ciencias en un país subdesarrollado, hay una cosa
segura: para desempeñar bien su papel debe formar profesionales
y científicos serios, responsables, capaces de utilizar todos los
instrumentos que la ciencia y la técnica ponen a su disposición
y de crear los que necesiten y aún no existan. Rechazar en cambio
el concepto de Facultad que se limita a otorgar títulos académicos
como recompensa a los alumnos que han tenido la habilidad o la paciencia
de aprobar sus exámenes
Esto les ha señalado
claramente uno de los enemigos naturales de la renovación: el profesor
anticuado, incapaz o desinteresado, que por desgracia abunda en
nuestras universidades, y que no cumple ni remotamente con su misión
formadora, porque no sabe o porque no le importa.
Sobre fósiles y cientificistas
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En toda acción
es muy cómodo identificar al enemigo: la táctica, las victorias,
las derrotas, todo se hace más claro y fácil. Yo estoy de acuerdo
en que esos profesores "fósiles" son un enemigo que hay que vencer,
y ojalá tengan pleno éxito en esa tarea. Pero quiero hablarles de
otro enemigo no tan fácilmente identificable, puesto que en ocasiones
como ésta aparece incluso como un aliado, pero que luego resulta
más peligroso que el otro, más eficiente en la tarea de impedir
a la Universidad realizar su verdadera misión.
(Tomando como referencia a la renovación que se hizo en la Facultad
de Ciencias de Buenos Aires, en el período 1955-1966) Pensando siempre
en el primer enemigo, quisimos pues asegurarnos de que sólo "buenos
científicos" iban a ganar los concursos. Si se tomaba en cuenta
como antecedente la antigüedad en la docencia o los títulos académicos
habituales en el país, se nos volvían a meter los fósiles. El criterio
debía ser la actividad científica, pero ¿cómo se mide? La unidad
de medida propuesta fue la de más prestigio en el hemisferio Norte:
el "paper", el artículo publicado en una revista extranjera, porque
las nacionales no daban suficiente garantía de calidad.
Todos aceptamos ese criterio. Poco a poco, sin embargo, algunos
empezamos a darnos cuenta de ciertas tristes realidades de la vida
científica. Encontramos que en algunos campos, como Biología, donde
el nivel internacional es muy desparejo, hay revistas extranjeras
dispuestas a publicar prácticamente cualquier cosa. Una mala descripción
de un alga de la Patagonia o cualquier otra trivialidad podía hacerse
publicar en alguna revista internacional, con tal de tener algún
conocido en el cuerpo editor.
En otro tipo de ciencias, como la Física, descubrimos gente que
habiendo aprendido en el exterior una técnica todavía no muy difundida
en el mundo, se hacía comprar el aparato correspondiente al volver
al país y se ponía a aplicar esa técnica a muchas sustancias diferentes.
Hay miles de moléculas que se pueden analizar por resonancia paramagnética,
por ejemplo: cada una de ellas puede producir un paper, cuyo valor
puede ir desde infinito a cero, o incluso ser negativo. La persona
que había tenido la habilidad de dedicarse a eso aparecía entonces
con antecedentes mucho mejores que otras de gran capacidad pero
que sólo escribían un paper cuando tenían algo decentemente original
que decir.
Lo ridículo del caso es que allá igual que aquí, nosotros conocíamos
perfectamente a todos los que se presentaban a concurso, porque
habían sido colegas, compañeros, o alumnos nuestros, y podíamos
decir de antemano sin equivocarnos cuáles de ellos iban a ser útiles,
quiénes iban a formar escuela, quiénes iban a enseñar con interés,
como verdaderos maestros, quiénes se iban a preocupar por los problemas
del país, sin descuidar por ello el rigor científico. Y sabíamos
por otra parte quiénes estaban simplemente haciendo su carrera profesional
en la ciencia y ponían todos sus esfuerzos en cumplir con ese requisito
formal del paper, eludiendo toda otra actividad, incluso la enseñanza.
Sobre los papers
Hacer un paper no es tan difícil. Yo diría que cualquier graduado
de esta Facultad puede publicar en una revista extranjera sin mucho
más esfuerzo científico que el que hizo para graduarse, siempre
que haya conseguido un "padrino" extranjero que le haya dado un
tema que tenga algo que ver con las corrientes de moda. Eso se consigue
yendo becado al exterior, y es muy fácil equivocarse al asignar
becas.
Sobre la "carrera científica"
(...) La ciencia, por su gran prestigio, se ha convertido en una
profesión codiciada y en ella hay que hacer carrera de cierta manera,
ya estandarizada por normas internacionales. El éxito consiste en
publicar papers, asistir a congresos y simposios, recibir visitas
de profesores extranjeros, ser invitado a otras universidades como
profesor visitante. Esta carrera requiere una técnica y un cierto
umbral de capacidad y preparación. Pero la inteligencia no es un
elemento decisivo, salvo en el caso de genios, y este caso lo dejamos
de lado porque sobre genios no hay ninguna regla general que valga.
Para el investigador común, el elemento decisivo para adquirir "status"
en la carrera científica es un tipo de habilidad muy similar al
"public relations". Tal como en la competencia comercial, a menos
que lo que se venda sea muy, muy malo o muy, muy bueno, es más importante
saber vender que preocuparse por la calidad del producto. Esto puede
parecer exagerado, y cuando yo publiqué mi primer paper, hace 25
años, me hubiera parecido una herejía, pero la experiencia me ha
hecho cambiar de opinión.
Por
supuesto, no todos los que tienen éxito en esta carrera científica
son simples buscadores de prestigio, si no, la ciencia estaría estancada
y no lo está. Pero tampoco progresa tan maravillosamente como se
dice: tengan en cuenta que desde Aristóteles hasta Einstein hubo
menos científicos en total que los que hoy viven y publican papers,
y sin embargo en los últimos cuarenta años ninguna ciencia, salvo
la Biología, produjo ideas, teorías o descubrimientos geniales corno
los que asociamos a los nombres de Darwin, Einstein, Schrodinger,
Cantor, Marx, Weber e incluso Freud. Los grandes adelantos han sido
técnicos, inpublicables en revistas de "ciencia pura": computadores,
bomba atómica, satélites, propaganda comercial.
No está claro que el actual diluvio de papers ayude mucho al progreso
de la ciencia, y por lo tanto no es válido en general el argumento
de los que se niegan a "perder tiempo" enseñando porque dicen que
sus investigaciones son más importantes. Eso puede ser cierto en
un caso cada mil, no más.
Sobre el cientificismo
El cientificismo es la actitud del que, por progresar en esta carrera
científica, olvida sus deberes sociales hacía su país y hacia los
que saben menos que él.
Pero este peligro no lo vimos al principio, y seguimos preocupados
exclusivamente con el otro, el de los fósiles, incapaces siquiera
de ser cientificistas. Así, otra medida de seguridad que tomamos
fue la de incluir científicos extranjeros en los jurados. Todavía
no me explico cómo pudimos cometer semejante error.
Los científicos extranjeros son capaces -si están bien elegidos-
de juzgar entre un paper "moderno" y uno anticuado, y siempre votaron
en contra de los fósiles. Pero cuando se trataba de elegir entre
dos candidatos científicamente aceptables, usaban sus propias normas,
válidas en sus propios países, y optaban por el que había publicado
un poco más, o se ocupaba de un tema más de moda, sin tomar en cuenta
dos cuestiones esenciales: que en Sudamérica es tanto o más importante
formar las nuevas generaciones de científicos que hacer investigación
ya, y que la investigación que se haga debe servir al país a corto
o mediano plazo. Esos criterios ideológicos, estos juicios de valor,
no eran compartidos por los jurados extranjeros, y muchas veces
nos obligaron a nombrar profesor a un cientificista dejando de lado
a jóvenes también capaces de investigar, pero más conscientes de
sus deberes sociales.
El resultado práctico de nuestros esfuerzos fue que "triunfamos",
digámoslo entre comillas (muchas personas siguen creyendo lo mismo;
yo no). En la mayoría de los casos, los fósiles fueron derrotados
y en muy poco tiempo la Facultad de Ciencias de Buenos Aires fue
considerada un ejemplo de ciencia moderna en Sudamérica; se multiplicó
el número de papers producidos, nuestros alumnos hacían siempre
un brillante papel en las universidades extranjeras a donde iban
becados y cuando llegaba un profesor visitante siempre nos encontraba
al día en todos los temas de moda.
Lo que conseguimos fue estimular el cientificismo, lanzar a los
jóvenes a esa olimpíada que es la ciencia según los criterios del
Hemisferio Norte, donde hay que estar compitiendo constantemente
contra los demás científicos, que más que colegas son rivales. Y
como esa competencia continua no es el estado ideal para poder pensar
con tranquilidad, con profundidad, no es extraño que ninguno de
los muchos papers publicados por nuestros investigadores desde 1955
haya hecho adelantar notablemente ninguna rama de la ciencia. Si
no se hubieran escrito, la diferencia no se notaría.
A
cambio de ese ínfimo aporte a la ciencia universal, encontramos
que estos cientificistas no atendían a los alumnos, o peor, implantaban
un criterio aristocrático en la Facultad: elegían algunos buenos
alumnos porque los necesitaban como asistentes para su trabajo,
y se dedicaban exclusivamente a ellos. Los demás eran considerados
de casta inferior y debían arreglarse como pudieran.
(...) En realidad, uno de los motivos que hace tan atrayente el
cientificismo es que es muy fácil: no hay que pensar en cuestiones
realmente difíciles por sus muchas implicaciones. A uno lo envían
recién graduado a una universidad extranjera y allí su jefe le dice
qué artículos tiene que leer, qué aparatos tiene que manejar, qué
técnicas tiene que usar y qué resultados tiene que tratar de obtener.
Si trabaja con perseverancia, consultando cuando se le presenta
alguna dificultad, se graduará sin duda de "científico", y volverá
a su país a tratar de seguir haciendo lo mismo que aprendió o algo
muy relacionado con eso.
Sobre la alienación, el seguidismo y la imitación de nuestros jóvenes
científicos... y de los no tan jóvenes
Poco a poco la Facultad se fue transformando en una sucursal de
las universidades del Hemisferio Norte. En nuestros laboratorios
trabajaba gente joven, muy capaz, becada al Hemisferio Norte apenas
graduados, que habían recibido allí un tema de trabajo, y ahora
de regreso en el país seguían con ese tema porque era lo único que
sabían bien y lo único que les permitía seguir publicando; eran
muy jóvenes, no tenían una experiencia amplia y no querían desperdiciar
esa capacidad tan específica que habían adquirido. Se mantenían
en contacto mucho más estrecho con las universidades del exterior
que con las nuestras: todos sus canales de información estaban conectados
hacía afuera. Y desgraciadamente dimos el ejemplo a las demás universidades
e institutos científicos del país y llegamos a extremos escandalosos:
una escuela de Física y un instituto de investigaciones sociológicas
ubicados en los Andes patagónicos, una hermosa zona de turismo aislada
del resto del país, pero adonde los profesores extranjeros iban
encantados durante sus vacaciones de verano porque podían combinar
ciencia con esquí.
Lo que obtuvimos, pues, fue una alienación, un extrañamiento de
todos esos jóvenes que habíamos preparado con tanto cuidado, luchando
durante años para conseguirles fondos, para crear el Consejo de
Investigaciones Científicas y Técnicas que dio y da becas, subsidios,
complementos de sueldo con un criterio aún más cientificista que
el nuestro. Toda esa gente, aun quedándose en el país, cortaba sus
lazos con él y se vinculaba cada vez más al extranjero. Algunos
terminaban yéndose al Hemisferio Norte definitivamente, pero ese
no era el problema más grave. Más problema eran los que se quedaban
pero se ocupaban sólo de temas que interesaban a los Estados Unidos
o a Europa. Cuestiones de ciencia aplicada que interesaran al país
no se investigaban. Problemas de ciencia pura que pudieran tener
alguna ramificación beneficiosa para el país, no se veían. Que pudieran
ser un aporte significativo para la ciencia universal, no aparecieron.
En cambio teníamos una especie de colonización científica; todos
nuestros criterios, nuestras medidas de prestigio, los valores e
ideales de nuestros muchachos más inteligentes, estaban dados por
patrones exteriores, aceptados sin análisis, por puro seguidismo
e imitación.
Sobre inesperados apoyos
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Sin embargo, había
algunos síntomas significativos. Empezamos a obtener apoyos inesperados
e indeseados. Al comienzo, en el año 55, éramos todos considerados
comunistas por la embajada norteamericana, pero esa actitud fue
cambiando y nos encontramos recibiendo apoyo de las fundaciones
-Ford, Rockefeller, Carnegie, todas- la National Academy of Science,
el National Institute for Health; hasta recibimos un subsidio de
la Fuerza Aérea norteamericana para hacer un estudio meteorológico.
A algunos de nosotros esto nos obligó a pensar qué era lo que estaba
sucediendo, por qué tanto interés, tanta amistad con nosotros de
golpe. Y llegamos a la conclusión de que estábamos haciendo un buen
negocio para ellos: que nuestra producción científica era tan parecida
a la de ellos que les convenía apoyarnos.
Cuando nuestros radioquímicos completaron una serie de tablas con
propiedades de los radioisótopos, no hicieron una obra científica
original -no formularon ninguna idea nueva- pero hicieron un trabajo
de rutina delicada, muy útil para la ciencia del Norte y recibieron
por ello muchas palmadas de agradecimiento. Como ese hay otros muchos
ejemplos, pero tal vez el máximo beneficio que el Hemisferio Norte
saca de este apoyo al cientificismo es que nos hace depender culturalmente
de ellos. Si los universitarios, la gente de la cual salen los cuadros
dirigentes del país, se acostumbran a aceptar el liderazgo científico,
y por lo tanto tecnológico del Norte, les será mucho más difícil
rebelarse contra la dependencia económica y política. De ahí el
interés de muchas entidades del Norte en apoyar nuestros esfuerzos
en pro de la modernización de la enseñanza, y en contra de los profesores
fósiles y los métodos anticuados.
Sobre la educación y la independencia cultural
(...) Si un país es algo diferente de los demás es porque tiene
una cultura propia, es decir hábitos de vivir, de pensar, de trabajar,
tradiciones y valores propios. Esa cultura se forma en gran parte
a través de la educación, y por eso la educación es lo último que
puede entregarse a otro país, cualquiera que sea. Si en nuestra
vida cotidiana, en nuestra ciencia y nuestro arte imitamos a los
EEUU, es inútil que tengamos un ejército propio y elecciones presidenciales:
seremos igual una colonia, y con menos probabilidades de liberarnos
que hace 150 años, porque estaremos satisfechos con nuestra manera
de vivir. El colonialismo cultural es como un lavado de cerebro:
más limpio y más eficaz que la violencia física.
Si un país sudamericano quiere ser realmente libre, y no un estado
libre asociado, tiene que tener su propia política educativa, dirigida
mal o bien por sus ciudadanos. Si son inteligentes tendrán grandes
éxitos y serán admirados por el resto del mundo; si no, serán al
menos lo que ellos han querido ser.
En resumen, la independencia cultural debe ser nuestro objetivo
permanente, en todos los campos de la cultura, desde las series
de TV hasta la ciencia pura.
Independencia cultural significa dos cosas: obligación de crear,
y derecho a elegir. De lo que se hace en el Norte vamos a elegir
lo que nos parezca conveniente; vamos a tomarnos esa gran responsabilidad.
Y vamos a tratar de crear lo que falta.
Sobre la verdad, la universalidad y la importancia en la ciencia
Se nos dice que la ciencia debe interesarnos, porque la ciencia
está formada por verdades, y lo que es verdad en Nueva York también
es verdad en Caracas. Esto hay que aclararlo.
Lo que ocurre es que la verdad no es la única dimensión que cuenta:
hay verdades que son triviales, hay verdades que son tontas, hay
verdades que no interesan a nadie. "Una frase significa algo sí
y sólo sí puede ser declarada verdadera o falsa", afirma una escuela
filosófica muy en boga entre los científicos norteamericanos. Yo
no creo eso: hay otra dimensión del significado que no puede ignorarse
la importancia. Es cierto que un teorema demostrado en cualquier
parte del mundo es válido en todas las demás, pero a lo mejor a
nadie le importa. Eso me ha pasado a mí con muchos teoremas que
yo he demostrado. Son verdaderos pero creo que el tiempo que gasté
en demostrarlos lo pude haber aprovechado mejor. No significan nada.
Para
eso hay una respuesta habitual: "no se sabe nunca; tal vez dentro
de diez años ese teorema va a ser la piedra fundamental de una teoría
más importante que la relatividad o la evolución". Bueno, sí, como
posibilidad lógica no se puede descartar, pero ¿cuál es su probabilidad?
Porque si es muy cercana a cero no vale la pena molestarse. Además,
seamos realistas: si un teorema que yo descubro hoy y que nadie
lee ni le importa, dentro de diez años resulta importante, es seguro
que el científico que lo necesite para su teoría lo va a redescubrir
por su cuenta, y recién mucho después algún historiador de la ciencia
dirá "ya diez años antes un señor allá en Sudamérica había demostrado
ese mismo teorema". No tiene mucha importancia eso para la ciencia
universal. Ese valor potencial que tiene cualquier descubrimiento
científico es el que tendría un ladrillo arrojado en cualquier lugar
del país, si a alguno se le ocurriera construir allí una casa, por
casualidad. Es posible, pero no se puede organizar una sociedad,
ni la ciencia de un país con ese tipo de criterio. Hay que planificar
las cosas. No todas las investigaciones tienen la misma prioridad;
ellas no pueden elegirse al azar ni por criterios ajenos.
Sobre la originalidad en ciencia
Elegir en vez de aceptar no es fácil. Crear, mucho menos. La Ciencia
parece a primera vista un cuerpo tan completo y perfecto que uno
se descorazona fácilmente ante la tarea de innovar. Sin embargo,
todos están de acuerdo en que dentro de un siglo la ciencia habrá
descubierto campos, teorías y métodos totalmente nuevos. Eso significa
que la ciencia de hoy no está cubriendo todos los campos posibles.
Hay un horizonte inmenso de nuevas posibilidades.
(...) El deseo de crear, de ser originales, tropieza con dificultades
cada vez mayores a medida que se trata de una ciencia más básica.
Pero la originalidad no puede ser el único criterio. Eso corresponde
a la ideología de que la ciencia es un juego y que el científico
puede elegir el tema que le divierta más, porque su recompensa es
el placer que experimenta al dedicarse a ese juego. Esa ideología
se lava las manos de los problemas sociales y por eso debemos rechazarla.
Intentemos por lo menos una respuesta tentativa a este problema
de hacer ciencia autónoma pero con un contenido social.
Yo creo que lo que tiene que hacer un país subdesarrollado es integrar
la actividad científica alrededor de algunos grandes problemas del
país. Y la Facultad de Ciencias tiene que orientar su enseñanza
para que eso sea posible. Afirmo que con ese método de trabajo se
conseguirá que la Universidad contribuya mejor al desarrollo del
país y que no se haga seguidismo científico.
Sobre la "ciencia del Norte"
Les recuerdo además una característica propia de la ciencia del
norte, y es que allí es muy raro el trabajo en equipo, justamente
porque la filosofía de la vida en Estados Unidos requiere una alta
competitividad individual. Cada científico tiene que firmar él su
paper, porque si no ha publicado tantos por año pierde su contrato
en la Universidad a favor de otro que publicó más. Hay una resistencia
muy grande a hacer un trabajo en el que haya cierta dosis de, digamos,
generosidad colectiva con respecto a las ideas y a los papers. Es
muy difícil plantear allá un trabajo grande, cuyos resultados pueden
tardar 3, 4 ó más años en aparecer, y cuando aparezcan estarán firmados
por muchas personas. Eso no sirve para hacer carrera científica
en Estados Unidos, y no se hace salvo cuando no hay más remedio:
cuando hay guerra, en las industrias de defensa, en la industria
espacial. Allí sí; cuando hay que hacer la bomba atómica se reúnen
todos los cráneos necesarios y se hace. Pero no es lo usual; ellos
no están preparados ideológicamente para trabajar en equipo. Yo
no sé si nosotros lo estamos, pero es un camino promisorio y deberíamos
probarlo.
Sobre el tema científico que mayor importancia debiera tener
Es el estudio de la estrategia de desarrollo que más conviene al
país. Partiendo de la situación actual objetiva, y de ciertas metas
generales como eliminar la pobreza, la dependencia económica y cultural,
etc., se debe investigar cómo efectuar ese cambio, pero analizando
todos sus aspectos: con qué recursos naturales y humanos se cuenta,
qué fuerzas internas o externas se oponen al cambio, qué instituciones
se necesitan, qué fábricas son indispensables, cómo pueden continuar
funcionando si hay un bloqueo comercial, etc., etc. Este es un problema
que parece pertenecer a las ciencias sociales, pero si se plantea
en todo su real tamaño requiere la colaboración esencial de las
ciencias básicas, desde la discusión de los recursos naturales y
los procesos tecnológicos de producción hasta los métodos matemáticos
y estadísticos de analizar la enorme cantidad de factores que intervienen
en el proceso simultáneamente.
E
insisto en que aunque estos grandes proyectos parecen ser ciencia
aplicada, en la realidad darán origen a muchos problemas de ciencia
pura, y de manera funcional: no problemas teóricos cualesquiera,
sino sugeridos por la necesidad de contestar a las preguntas planteadas
en el proyecto y que la ciencia actual no alcanza a responder.
La famosa ciencia universal puede ganar mucho más de unas pocas
ideas frescas, motivadas por problemas reales nuestros, que de nuestra
incorporación pasiva a la gran competencia atlético-científica del
Hemisferio Norte.
Nota: DIVULGÓN se ha tomado el atrevimiento de rescatar aquellos
conceptos que a su juicio conforman el pensamiento fundamental de
Oscar Varsavsky y los ha puesto en el formato que considera más
accesible para el lector. No obstante, DIVULGÓN recomienda fervientemente
la lectura del texto completo de esta charla.
Si bien las palabras de Varsavsky siguen muy vigentes, no podemos
dejar de reconocer que hoy existen nuevos actores y otros compromisos
en nuestro sistema de Ciencia y Tecnología. Actualmente, desde el
sistema de Ciencia y Técnica se propone una visión "productivista"
en donde la ciencia y la tecnología son tomadas sólo como creadoras
de riquezas, como partes fundamentales de los procesos de producción,
respondiendo a un pensamiento un tanto ingenuo y lineal, y en algún
sentido, mágico (ciencia básica ? aplicada ? desarrollo tecnológico
? producción industrial).
No caben dudas que para lograr una corriente autosostenida de desarrollo
tecnológico es imprescindible una fuerte interacción entre el Estado,
el sistema productivo y el sistema científico-técnico, aunque la
realidad es mucho más compleja que el conocido "triángulo de Sabato"
(ver Ciencia y Tecnología en los países del sur, por Tomás Buch
en Divulgón 2). No es raro escuchar en el discurso actual de científicos
y tecnólogos hablar con ligereza de "empresas", "empresarios" e
"impacto social de proyectos". Así vemos como, sin la seriedad que
corresponde, se intentan construir incubadoras de empresas, polos
tecnológicos y agencias de promoción científica.
Estos nuevos horizontes propuestos terminan formando parte del discurso
justificatorio de proyectos de investigación y de pedidos de subsidios,
en donde se retuercen las palabras para que aparezca el impacto
social del proyecto, en una competencia económica o financiera,
más que científica, tecnológica, o académica. Por todo esto, es
importante tener en cuenta que en nuestro país todavía no hubo una
reforma estructural del sistema de ciencia y tecnología, como tampoco
existe un genuino corrimiento masivo de posiciones ideológicas de
los investigadores y tecnólogos que lo conforman en pos de construir
una mejor calidad de vida para la sociedad de la cual se nutren.
Hoy, más que nunca, se nota la falta de intelectuales que posibiliten
un análisis riguroso de estas nuevas alianzas, de estos nuevos horizontes,
de esta "cosmética" del discurso, como lo hizo el Dr. Oscar Varsavsky
a su tiempo y desde su tiempo.
Para seguir leyendo:
Ciencia, Política y Cientificismo de Oscar Varsavsky, Editorial
Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1969.
Oscar Varsavsky se graduó como doctor en Química en la Facultad
de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires. Dio clases
de matemáticas en las Universidades de Buenos Aires, del Sur, de
Cuyo y de Caracas. Desde 1958 fue miembro del Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas y en sus últimos años profundizó
en el estudio de la historia y la epistemología. Fue uno de los
primeros y más destacados especialistas mundiales en la elaboración
de modelos matemáticos aplicados a las ciencias sociales. Oscar
Varsavsky murió en 1976.
©2003 Divulgón - www.divulgon.com.ar

Juan
Carlos Onganía (1914 - 1996)
Por Felipe Pigna
Juan Carlos Onganía, el dictador que se proponía gobernar la Argentina
por cuarenta años, nació en Marcos Paz, provincia de Buenos Aires
el 17 de marzo de 1914. Sus padres se dedicaban a las tareas agrícolas
y atendían un pequeño almacen. Cursó la escuela primaria en colegios
parroquiales. A los diecisiete años ingresó al Colegio Militar y
a los veinte se graduó como teniente.
Fue ocupando diversos destinos y ascendiendo en la carrera militar
hasta llegar en 1959, durante el gobierno de Frondizi, al grado
de General de Brigada en el arma de caballería.
Atrajo la atención de los medios y la opinión pública en 1962 cuando
encabezó el bando azul en los enfrentamientos internos que se produjeron
durante el breve gobierno de Guido. La base de la oposición entre
azules y colorados se hallaba en su concepción
respecto del peronismo. Ambos sectores eran antiperonistas pero
en distinta forma. Para los colorados, el peronismo era considerado
un movimiento de clase sectario y violento que podría dar lugar
al comunismo. Por el contrario, los azules consideraban que pesar
de sus excesos y de sus abusos el peronismo era una fuerza nacional
y cristiana que permitió a la clase obrera no volcarse hacia el
comunismo.
El triunfo de los azules le valió a Onganía su promoción a Comandante
en Jefe del Ejército. Políticamente se dió una situación paradójica.
Debido a las presiones de los factores de poder, los azules, que
acaudillados por Onganía ejercían de hecho el poder durante el débil
gobierno de Guido, terminan imponiendo el proyecto de los colorados
porque finalmente el gobierno de Guido con su ministro del Interior,
el general Villegas - que era un militar azul - termina proscribiendo
el peronismo en una situación que nadie esperaba.
En 1963 triunfó el Doctor Arturo Illia de la Unión Cívica Radical
del Pueblo con el 25% de los votos en unas elecciones en las que
el voto en blanco peronista fue masivo.
El 7 de agosto de 1964, el General Onganía pronuncia en la Academia
Militar de West Point, Estados Unidos, durante la Quinta Conferencia
de Ejércitos Americanos, un discurso que preanuncia la Doctrina
de la seguridad nacional, según la cual, el enemigo estaba ahora
fronteras adentro y se encarnaba a los opositores, al sistema de
vida "occidental y cristiano", a los que se calificaba genéricamente
como comunistas. Dijo en aquella ocasión: "El deber de obediencia
al gobierno surgido de la soberanía popular habrá dejado de tener
vigencia absoluta si se produce al amparo de ideologías exóticas,
un desborde de autoridad que signifique la conculcación de los principios
básicos del sistema republicano de gobierno, o un violento trastocamiento
en el equilibrio e independencia de poderes. En emergencias de esta
índole, las instituciones armadas, al servicio de la Constitución
no podrán, ciertamente mantenerse impasibles, so color de una ciega
sumisión al poder establecido, que las convertirían en instrumentos
de una autoridad no legítima".
En Noviembre de 1965 Onganía decidió pasar a un segundo plano, según
versiones, para planificar un futuro golpe de estado, y renuncia
a la Comandancia del ejército y es reemplazado por el General Pistarini
Pese a sus logros, Illia estaba muy condicionado por los factores
de poder que mantenían una rígida postura frente al peronismo y
presionaban para que siguiera proscripto. Veían en la política social
del gobierno radical rasgos populistas. Parte del empresariado entendía
que el presidente se apartaba de las prácticas liberales tradicionales
de reducción de la inversión en rubros como salud y educación y
comenzaron a conspirar con los sectores golpistas del ejército a
los que se sumaron sectores gremiales y la mayoría de la prensa.
Los dirigentes sindicales peronistas, encabezados por el metalúrgico
Augusto Timoteo Vandor, acosaron a Illia con paros y planes de lucha.
Los medios de prensa hicieron el resto para crear un clima de inconformidad
y golpismo, insistieron con la supuesta lentitud del presidente
y propusieron su reemplazo por un caudillo militar.
El 29 de mayo de 1966, día del ejército, el Gral Pistarini le puso
plazo al golpe:30 días. El gobierno a pesar de las presiones insistió
en legalizar al peronismo y permitió su participación en elecciones
provinciales.
En este contexto fue enviado al Parlamento una novedoso proyecto
de Ley de Medicamentos, que limitaba el accionar de los poderosos
laboratorios multinacionales y les imponía controles sanitarios.
En las primeras horas del 28 de junio de 1966, cumpliendo su amenaza,
las fuerzas armadas ingresan a la Casa Rosada. El General Julio
Alsogaray, hermano del famoso economista, es el encargado de intimar
al presidente. En esa circusntancias se produjo un recordado diálogo:
Alsogaray- En representación de las Fuerzas Armadas vengo a pedirle
que anbandone este despacho.
Illia- Usted no representa a las Fuerzas Armadas, sólo representa
a un grupo de insurrectos. Usted y quienes lo acompañan actúan como
asaltantes nocturnos , que, como los bandidos aparecen de madrugada.
Alsogaray: Lo invito a retirarse. No me obligue a usar la violencia.
Illia: ¿De qué violencia me habla? La violencia la acaban de desatar
ustedes. El país les recriminará siempre esta usurpación
Finalmente el presidente Illia fue sacado por la fuerza de la casa
de gobierno y los militares se hicieron cargo del poder. El día
30, asumió el nuevo presidente, Juan Carlos Onganía jurando sobre
los Estatutos de la autodenominada "Revolución Argentina". En la
ceremonia están presentes notorios dirigentes sindicales peronistas
como el metalúrgico Augusto Timoteo Vandor.
Perón desde Madrid declaró: "Los gobernantes surgidos del golpe
de Estado del 28 de junio han expresado propósitos acordes con los
principios del movimiento peronista; si ellos cumplen, los peronistas
estamos obligados a apoyarlo"
A poco de asumir y en la seguridad de que las universidades eran
un reducto opositor, el gobierno decidió intervenirlas quitándoles
la Autonomía y el Cogobierno, conquistas logradas con la reforma
de 1918.
Cuando docentes y alumnos quisieron defender sus conquistas, se
produjo uno de los hechos más lamentables de la Historia Cultural
argentina: la Noche de los Bastones Largos.
Ese 28 de Julio de 1966, la Guardia de Infantería, armada con pistolas
lanzagases y largos bastones, golpeó y detuvo a docentes y estudiantes
de varias facultades de Buenos Aires. La consecuencia fue el despido
y la renuncia de más de 700 docentes que abandonan el país para
continuar sus brillantes carreras en el exterior.
El Ministro de Economía que se desempeñó durante el mayor tiempo
de la gestión de Onganía, Adalbert Krieger Vasena El ministro de
economía Adalbert Krieger Vasena logra controlar la inflación congelando
los salarios. Una receta muy conocida. Tras una devaluación del
peso del, 40% el dólar permaneció estable por casi dos años. El
gobierno encaró obras públicas y creció la actividad industrial
cada vez más vinculada a las empresas multinacionales.
Los principales beneficiarios del programa económico fueron los
grandes empresarios y las más importantes empresas industriales,
muchas de ellas multinacionales. El agro pampeano fue perjudicado
por la devaluación de la moneda en un 40% y por el aumento de los
porcentajes de retención a las exportaciones agropecuarias. La supresión
de medidas proteccionistas perjudicó a productores regionales del
Chaco, Tucumán y Misiones.
Onganía
implantó una rígida censura que alcanzó a toda la prensa y a todas
las manifestaciones culturales como el cine, el teatro y hasta la
lírica, como en el caso de la ópera "Bomarzo" de Manuel Mujica Lainez
y Alberto Ginastera.
El agitado clima gremial de los años anteriores a 1966 llevaron
a los representantes del capital internacional y al mismo gobierno
a pensar en medidas que impusiesen la disciplina sindical y laboral.
En 1967 el gobierno emitió un decreto ley contra el comunismo que
en realidad estaba destinado a todo el arco opositor. El gobierno
de Onganía ganó una dura batalla en el campo sindical al constituirse
la Comisión de los Veinticinco, encargada de preparar el proceso
electoral en los sindicatos que llevó a la división del movimiento
obrero a mediados de 1968 en dos centrales sindicales: la CGT de
Azopardo, de buen diálogo con el gobierno; y la CGT de los Argentinos
combativa y opositora.
Todo parecía estar bien para Onganía que soñaba con una dictadura
al estilo Franco, sin plazos, convencido de que la gente no tenía
por qué preocuparse y estaba feliz con el gobierno.
Pero la oposición existía y el descontento también. Fundamentalmente
en las fábricas y en las Universidades.
En mayo de 1969 comenzaron a evidenciarse los síntomas de un descontento
que venía creciendo entre distintos sectores de la población debido
al cierre de los canales de participación política, la política
educativa, social y económica del gobierno.
El 15 de mayo la policía reprimió violentamente una manifestación
de estudiantes en Corrientes. Allí murió el estudiante de medicina
Juan José Cabral . Dos días después, en Rosario estudiantes que
se movilizaban para repudiar el crimen de Cabral fueron enfrentados
por la policía. Uno de los uniformados, el oficial Juan Agustín
Lezcano extrajo su arma y asesinó al estudiante Adolfo Bello de
22 años. El hecho produjo la indignación de los rosarinos que se
manifestaron masivamente en una "marcha del silencio". El 21 de
mayo la policía volvió a reprimir y a cobrarse una nueva víctima,
el aprendiz metalúrgico Luis Norberto Blanco de 15 años. La situación
se agravó y las calles de Rosario fueron ocupadas por obreros y
estudiantes que levantaron barricadas y encendieron fogatas para
contrarrestar los efectos de los gases lacrimógenos alimentadas
con mesas, sillas, cajones, cartones y papeles arrojadas por los
vecinos desde sus balcones para colaborar con los manifestantes.
Era el "Rosariazo", el primer estallido de una larga lista que expresaba
el descontento popular con la dictadura de Onganía quien decretó
la ocupación militar de Rosario y varios puntos de la provincia
de Santa Fe.
Estas noticias tuvieron gran repercusión en Córdoba, donde existïa
una estrecha relación entre los estudiantes y los obreros de las
grandes fábricas instaladas en el cordón industrial, ya que muchos
trabajadores estudiaban en la Universidad de Córdoba. Este hecho,
sumado a la constitución de un movimiento obrero muy combativo,
surgido con posterioridad al peronismo, al calor de las corrientes
de ideas revolucionarias de los años 60, llevaron a que el proceso
de politización creciera notablemente tanto en las fábricas como
en las facultades.
Mientras en Buenos Aires las autoridades celebran el día del ejército,
obreros y estudiantes se apoderan de la Ciudad de Córdoba para hacerse
oír.
Es el 29 de mayo de 1969 y el hecho quedará en la memoria como el
Cordobazo. La Policía es desbordada y debe retirarse.
Finalmente el ejército controlará la situación en la ciudad, pero
en el país la cosa parece incontrolable.
Onganía desconcertado declaró pocos días después: "Cuando en paz
y en optimismo la República marchaba hacia sus mejores realizaciones,
la subversión, en la emboscada, preparaba su golpe. Los trágicos
hechos de Córdoba responden al accionar de una fuerza extremista
organizada para producir una insurrección urbana. La consigna era
paralizar a un pueblo pujante que busca su destino"
Los hechos de Córdoba abrieron el paso a la violencia como forma
de hacer política. El cierre de los canales tradicionales de participación,
como los partidos políticos y la represión de la actividad gremial
en las universidades llevaron a muchos jóvenes a canalizar su protesta
a través de la guerrilla.
Desde los hechos de Córdoba, el ejército a través de su jefe, el
General Alejandro Agustín Lanusse, venía presionando a Onganía para
que compartiera las decisiones políticas con las Fuerzas Armadas
y tomara conciencia de la gravedad de la situación nacional en la
que ya no cabía su proyecto de una dictadura autoritaria y paternalista
sin plazos, que tomaba como modelo al régimen instaurado por Franco
en España. El secuestro y asesinato del General Aramburu llevado
a cabo por los Montoneros, y la incapacidad del gobierno para esclarecer
el hecho, fueron el detonante para un nuevo golpe interno. El desprestigio
que involucró al ejército, cuyo líder indiscutido, el General Lanusse,
optó por permanecer en en segundo plano y preservar su figura derrocando
a Onganía el 7 de junio de 1970 y designando como presidente a Roberto
Marcelo Levingston, un General que cumplía funciones como agregado
militar en Washington.
Tras su derrocamiento y su posterior pase a retiro Juan Carlos Onganía
adoptó un perfil bajo. Se lo vió intermitentemente en los palcos
colmados de generales que acompañaban los actos de la dictadura
militar desde marzo de 1976.
En 1995 reaparecio en los medios lanzado su candidatura a presidente.
Se lo escuchó reivindicar su obra de gobierno y denunciar la decadencia
moral del menemismo. Por faltas de apoyos debió retirar la candidatura.
Pocos meses después, a mediados de 1996 moría Juan Carlos Onganía.
Habían pasado 40 años de aquel golpe militar que según su protagonista
se prolongaría por ese lapso de tiempo.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar
Por Alicia Muzio
El 17 de diciembre a
las 19.30 horas —ni un minuto antes ni un minuto después— los supérstites
de la Promoción ´69 recibiremos nuestros diplomas de bachiller (Sanguinetti
dixit).
Y nunca mejor usado el cultismo para llamarnos sobrevivientes, a
nosotros que a punto de entrar en el 2000 unidos o dominados, fuimos
testigos, protagonistas, víctimas y hoy quizá nostalgiosos de La
náusea de Sartre, los cuentos de Cortázar, el Che Guevara, las nuevas
carreras de psicología y sociología en la Universidad de Buenos
Aires, la explosión editorial con la aparición de Eudeba, Jorge
Alvarez, De la Flor, la doctrina del compromiso artístico, el psicoanálisis
que invadió los hogares de las capas medias, Mariano Grondona que
ya entonces pontificaba "las fuerzas armadas constituyen una instancia
de reserva de todo sistema", los nuevos semanarios con su ímpetu
modernizador al estilo europeo o norteamericano como Primera Plana
de lectura ineludible, Borges y Marechal, el boom de la literatura
latinoamericana con García Márquez, Vargas Llosa y Alejo Carpentier
a la cabeza, el cine Lorraine con sus ciclos de Bergman, Antonioni
o la nouvelle vague, los Beatles, Bobby Solo, Richard Anthony, la
presencia patente de Perón desde el exilio moviendo los piolines,
el estructuralismo, el teatro de Halac, Cossa y Gambaro con su polémica
de realistas versus absurdistas, Santo Domingo, Vietnam, el Instituto
Di Tella, Marta Minujín, el Club del Clan, Racing, Estudiantes y
Nicolino Locche campeones del mundo.
Esa atmósfera cultural que conociera toda la fascinante ambigüedad
de las pasiones ideológicas —conjunción de política y cultura—,
fue barrida por el golpe de estado de 1966 con su exégesis de la
"Noche de los bastones largos". Quedaron huellas, sin embargo, de
aquello que pudo haber sido.
Conservamos de aquellas épocas un cúmulo de actitudes muy vinculadas
con la democracia y la tolerancia, con la aspiración de una sociedad
digna de ser vivida , de un mundo más justo y con mayor solidaridad.
Como tantas cosas se hacen en nombre de este fin de milenio, no
estaría mal intentar alguna reflexión después de los treinta años
que vivimos sin diplomas. Hemos tenido muertos y desaparecidos.
Sufrimos exilios externos e internos. No recibimos los diplomas
por esos seis años de estudio —que nos marcaron a fuego y nos impulsaron
como hombres y mujeres por los caminos y profesiones más diversos—
y, al momento de hacer pesar nuestros valores, sólo pudimos exhibir
"un certificado analítico", pasaron treinta años y ¿ninguno de nosotros
reclamó?
Creo, entonces, que el alerta debe estar puesto en el valor y en
el respeto de nuestras instituciones, incompletas, subdesarrolladas,
con aspectos por momentos grotescos, perfectibles, pero únicas garantes
de que no se repitan las alternativas que —como a muchas otras—
le tocaron vivir a esta zarandeada pero íntegra Promoción 1969.
Para festejar su 30º aniversario y la entrega de papiros, además
de decir todo lo que tiene adentro y de recordar a los ausentes,
la Promoción ´69 organizó para el 17 de diciembre un gran encuentro
con discursos, lunch, música y baile (pero sin "lentos": asignaturas
pendientes, abstenerse).
Alicia Muzio (Promoción 1969, por supuesto)
Aclara la Promoción '69
El 4 de noviembre pasado La Nación publicó un extenso artículo titulado
"Recibirán diplomas con 30 años de retraso. Inexplicable olvido
en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Como secuela de la Noche
de los bastones largos, 268 egresados de 1969 no tuvieron su graduación".
El mentor y autor intelectual de la gacetilla fue nuestro compañero
Rubén Furman, que tuvo la idea –y lo logró- de hacer un poco de
ruido y convocar a la Promoción.
Hubo en la nota dos incorrecciones, ambas involuntarias. Al referirse
a nuestro entrañable compañero Marcelo Vázquez —alumno brillante
y mejor amigo a quien, sin duda, le esperaba como físico y como
ciudadano un futuro espectacular, pero que por esas cosas que sólo
Dios sabe tomó con su vida una decisión para todos inexplicable—,
se lo mencionó como abanderado. ¡Cómo puede alguien ignorar que
la abanderada de nuestra promoción fue la querida Gloria Tabachnik!
Fue Gloria también quien, entre gallos y medianoche, privada de
la presencia de sus compañeros y en medio de otras promociones —por
esas cosas de "la época"—, recibió numerosos premios por sus "10
absoluto" en varias materias como el "Rector Uballes", "Juan Sauberan",
"A. César Silvetti", "Embajada de Francia".
La otra inexactitud tuvo un final muy feliz . En la nota se citan
dos de los numerosos compañeros desaparecidos: el querido Claudio
"turco" Adur y Mario Zejan. Por un llamado de su hermano, nos enteramos
de que Mario está vivo, reside en Suecia y su madre va a recibir
el diploma por él.

Anales
de la Ciencia Argentina
Por Leonardo Moledo
Los Anales de la Ciencia Argentina, todavía no publicados, y ni
siquiera escritos por el aún no nacido Robert Bresson –que no casualmente
llevará el mismo apellido del famoso director francés (Un condenado
a muerte se escapa, Pickpocket o Mouchette)–, contienen observaciones
que pueden sonar extrañas (y hasta irritantes) a los argentinos
de principios del siglo XXI, a pesar de lo cual ha de ser una excelente
crónica, y un buen punto de partida para la reflexión, si es que
uno está dispuesto a dejar de lado ciertas exigencias de la corrección
política del momento, siempre tan mudable y efímero.
Así, en la entrada correspondiente a "Sadosky, Manuel", se lee:
"n. 13/abril/1914, f. 18/julio/2005, dist. mat., func. pub., c.
c/Cora Ratto, una hija, C. Sadosky, s. nup. Katun Troise. La crónica
que sigue –continúa Bresson– se construyó a partir de un artículo
publicado el día siguiente al de su muerte –19/6/2005–, por Página/12,
periódico de la época, de orientación intelectual, frecuentado por
los sectores progresistas, y de fuentes dispersas y fragmentarias.
Manuel Sadosky falleció en una madrugada desapacible, de diversas
complicaciones derivadas de su edad, 91 años, muy avanzada según
los cánones de la época. La vida de Sadosky reflejó adecuadamente
la historia del país en el que le tocó actuar. A principios del
siglo XX, la Argentina recibió un gran torrente inmigratorio, en
el que se enmarcó la llegada de los padres de Sadosky, judíos rusos
que huían del antisemitismo. La Argentina era entonces una tierra
de promisión, propensa al ascenso económico y cultural por vía de
la estructura educativa sarmientina (por Sarmiento, aparentemente
un caudillo que alcanzó la presidencia de la República en el siglo
XIX) orientada por la noción y la ideología del progreso y las concepciones
de la Ilustración.
"Manuel Sadosky fue un perfecto exponente de la eficacia educativa
de aquel sistema: su padre era zapatero; su madre era analfabeta,
y tanto él como sus hermanos terminaron los estudios universitarios.
En 1940 se doctoró en ciencias físicas y matemáticas en la Facultad
de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires (UBA), junto
a Cora Ratto, su primera esposa. Ejerció la docencia y se perfeccionó
en Francia (Instituto Henri Poincaré de París) e Italia (Instituto
del Cálculo, en Roma), donde se orientó hacia la matemática aplicada,
que lo llevaría más tarde a ser un pionero de la informática en
la Argentina. Cuando regresó, fue perseguido por el gobierno peronista
(ver ‘primer peronismo, ciencia del’) y recién a la caída del régimen
pudo volver a la facultad en 1956, de la cual fue vicedecano mientras
el meteorólogo Rolando García (ver ‘García, Rolando’) ejercía el
decanato. Desde ese cargo, compró la primera computadora científica
que tuvo la Argentina, a la que se llamó ‘Clementina’ siguiendo
la costumbre de aquellas épocas en que las computadoras eran objetos
verdaderamente raros (ver ‘Clementina’).
"Se
iniciaba entonces un período fructífero que hoy la historia de la
ciencia califica como ‘década de oro’, que fuera elogiada –dice
Bre-sson– en el magnífico libro de Asytuzi (Nota: no hemos podido
averiguar nada sobre él, porque aún no se publicó) y que quedó fijada
en el imaginario científico argentino como un paraíso perdido, mediante
el empuje de una generación entera de científicos como Zadunaisky,
Klimovsky, Gutiérrez Burzaco (s/d), Oscar Varsavsky, Calderón, Giambiaggi,
Bollini (s/d), Rebeca Guber, David Jacovkis, que más tarde sería
decano de la facultad (Nota: aquí Bresson comete un error. Seguramente
confunde a David Jacovkis, con su hijo Pablo Miguel, que sí fue
decano).
"Campeaba en aquella década el ‘espíritu jacobino de los enciclopedistas’,
con fuerte influencia francesa, barrido más tarde ya sea por el
oscurantismo facistoide de Onganía (un miserable general de despreciable
recuerdo), la ciencia ‘nack & pop’ (nacional y popular) de la frustrante
experiencia de 1973 (no hemos podido averiguar –admite Bresson–
en qué consistía tal "ciencia nacional y popular") inmediatamente
seguido por la intervención, esta vez abiertamente fascista, de
un tal Ottalagano (s/d) dispuesta por el gobierno peronista (1974-76),
y el control asesino, ya institucional de la dictadura (1976-83),
que terminó con la espectacular derrota del Ejército Argentino en
la aventura de la invasión a las islas Malvinas (para los ingleses
de entonces Falklands), dirigida por un general del que sólo sabemos
hoy que era un alcohólico consuetudinario y responsable de multitud
de asesinatos. Más tarde, Sadosky fue secretario de Ciencia y Técnica
del país, apenas restaurada la democracia, desde donde creó la Escuela
Superior Latinoamericana de Informática (Eslai) –sobre la cual nada
hemos podido averiguar, excepto que se trataba de una institución
de primer nivel–, y que se extinguió bajo la gestión reaccionaria
y oscurantista del sucesor de Sadosky, Raúl Matera, cirujano neurólogo
y uno de los introductores de la lobotomía en la Argentina (ver
‘Matera, Raúl’).
"Sadosky se transformó en un símbolo: tanto sus contemporáneos como
las sucesivas generaciones que lo recordaron y evocaron lo hicieron
no como el gran científico que descubre nuevos resultados para su
ciencia, sino como la figura que permite que muchos científicos
lo hagan. Como sostienen Claudio Armenster y Amadeo Pérez Ranuk
(no hemos podido averiguar a quiénes corresponden estos nombres),
encarnó la tradición de la ciencia iluminista, la ciencia como liberadora
de la condición humana, la ciencia como el combate contra el oscurantismo,
la reacción y la barbarie, a través de épocas muy propensas, precisamente
al oscurantismo, y en la que incluso algunas corrientes llegaron
a renegar de la palabra ‘científico’, a la que colgaron el mote
de ‘cientificismo’, que se usaba como un insulto."
El artículo de Bresson sigue adelante, señalando la importancia
del Instituto de Altos Estudios Manuel Sadosky, frente al cual se
erigió una estatua del científico, con su clásico sombrero, que
lo protegió de los salvajes palazos de Onganía la Noche de los bastones
largos. Es bueno escribir estas notas, y estas contratapas, sabiendo
que alguna vez serán una de las fuentes mediante las cuales algunos
maestros, como lo fue don Manuel, serán recordados.
Fuente: Página/12

Entrevista:
Tulio Halperín Donghi
La serena lucidez que devuelve la distancia
Considerado el más importante historiador argentino, autor de una
obra compleja e insoslayable para todo el que quiera conocer el
pasado, Tulio Halperin Donghi se ha vuelto con los años —acaso por
la distancia crítica asumida— un agudo analista de la política y
la cultura argentinas. Reflexiona aquí sobre los avances en historiografía,
el setentismo de Kirchner, las contradicciones de la universidad
y el neorrevisionismo, que revela —dice Halperin— una "demolición
universal de la historia argentina".
MARIANA CANAVESE E IVANA COSTA
Es uno de los más grandes historiadores argentinos pero, emigrado
tras la Noche de los Bastones Largos, en 1966, escribió buena parte
de su obra en el exterior. Cuenta que cada intento por volver confirmaba
que ésa no era una solución: "En el 73 —dice— pedí mi reincorporación
a la universidad. Caritativamente nunca me contestaron. En el fondo,
me evitaron el problema de tener que empezar pidiendo licencia".
De paso por Buenos Aires, cuando están a punto de reeditarse sus
libros Guerra y finanzas en los orígenes del estado argentino y
Una nación para el desierto argentino (Prometeo Libros), Tulio Halperin
Donghi —profesor en Berkeley, California— no ha perdido el entusiasmo
por gravitar en las batallas políticas y culturales que aquí se
libran. En esta charla, desmenuza con lucidez los dilemas de la
sociedad y la universidad (también la polémica que el año pasado
dividió aguas en la UBA, tras la creación de una cátedra paralela
a la de Historia Social General que encabeza Luis Alberto Romero).
Y recuerda sus comienzos en la carrera de historia, que siguió a
una trunca incursión en la química: "Cuando estudiaba química buscaba
la utilidad social de lo que hacía, pero no la descubría; en el
fondo pensaba en eso porque no tenía ningún interés personal. En
cambio, algún interés en la historia debo tener, porque nunca me
pregunté por su utilidad social".
-En el libro - Pensar la Argentina- contaba que, de estudiante,
no podía esperar nada de la universidad ¿Todavía lo ve así?
-Yo creo que "nada" es una exageración. Allí hablé de lo que recuerdo
haber extraído de la universidad, que es algo más que "nada", pero
no mucho.
-¿Había otros espacios que completaban su formación?
-Había en casa una buena biblioteca; y estaba también José Luis
Romero, que era amigo de la casa, y que fue desde el comienzo casi
mi único referente, aunque no influyó todo lo que habría podido
en mi orientación. El desaprobaba que yo quisiera dedicarme a la
historia argentina. Su relación con la historia argentina era un
poco como la que tienen con la pintura esos "pintores del domingo"
que dedican el resto de la semana a una tarea profesional seria:
en su caso, la historia medieval. Una vez me dijo que querer hacer
historia argentina era tener una ambición intelectual muy modesta,
y creo que en cierto sentido tenía razón.
-¿Por qué tendría razón?
-Porque si compara a José Ingenieros con Santo Tomás de Aquino descubre
que tiene un lugar menos importante en la historia del pensamiento
universal. Pero hay otros modos de mirar la historia que hacen que
esa diferencia parezca menos importante.
-¿Qué lecturas influyeron sobre su manera de hacer historia?
-En
cuanto a historia argentina, mi primer maestro es uno considerado
muy malo: Vicente Fidel López, cuya historia leí, como si fuera
una novela, en las vacaciones antes de entrar en el colegio secundario.
Como en este momento estoy traduciendo al castellano la sección
dedicada a la década de 1820 de una historia argentina que escribí
en un inglés detestable, se me ocurrió releer los dos tomos que
López dedicó al Congreso de 1824. Encontré allí mucho más que un
texto divertido. López nos ofrece la memoria interna de la que llamó
la burguesía liberal porteña. Leyéndolo entendemos mejor las razones
del todo comprensibles que tuvo su padre —no sólo él— para derivar
hacia el rosismo. Releyéndolo, descubro que de él aprendí más de
lo que creía.
-¿Cuándo comenzó a escribir su historia argentina?
-Hace más de diez años, de modo bastante intermitente, mientras
hacía otras cosas. Es una empresa problemática; como ocurre con
toda historia nacional, hay etapas que interesan menos que otras,
y existe el temor de que uno se ocupe de ellas sólo porque no puede
saltearlas, pero me molesta más cuando descubro que algunas me interesan
demasiado para un proyecto como éste, y quedo con la sensación de
que, aunque trato de encararlas lo mejor posible, no hago todo lo
necesario. Hay otro problema: desde que comencé a escribirla, se
ha trabajado mucho en historia en la Argentina; hay cada vez más
períodos que se conocen mucho mejor, y están también los más recientes,
que sólo ahora se están incorporando al territorio del historiador.
Mantenerse al día requiere un esfuerzo constante.
-¿Qué período abarca?
-Desde los primitivos habitantes, hasta la caída de De la Rúa.
-¿Existe una mayor producción historiográfica en la Argentina?
-Desde luego. Hay una profesionalización del trabajo histórico que
es una de las cosas más impresionantes que ocurrieron desde que,
como se dice, volvió la democracia. Las estructuras que albergaron
ese cambio habían sido construidas en parte en dictaduras, aunque
entonces habían albergado todavía bastante poco, como suele ocurrir
con los inmensos aparatos que a las dictaduras les gusta erigir.
-¿Podría explicarlo mejor?
-Podría dar un ejemplo: los congresos que en aquellos tiempos organizaba
la Academia Nacional de la Historia, donde las contribuciones eran
de niveles muy variables, a menudo excesivamente elemental. Después
fueron las escuelas y los departamentos de historia de las unversidades
los que tomaron esa tarea, con un espíritu muy distinto.
-¿Cómo prepara la universidad argentina al futuro historiador?
-No creo que haya una manera única de llegar a historiador, pero
si ha de hacer su aprendizaje en una carrera, el marco no puede
ser sino la universidad. En la Argentina pasaron dos cosas importantes
en los últimos veinte años. Por una parte, la creación de una muy
sólida escuela de historia en la UBA, gracias a unas pocas figuras,
y el surgimiento de centros en las universidades del Interior donde
se encara la tarea histórica con una solvencia que faltaba en el
pasado. Antes, muchas veces lo que se producía era crónica local.
Hoy hay un esfuerzo por imponer cierto control de calidad, tanto
más admirable porque afronta resistencias que no afloran en polémicas,
sino que usan tácticas insidiosas que las hacen aún más temibles.
Perón
y Onganía
PERÓN: TRES HORAS CON PRIMERA
PLANA |
-¿Cuál es esa resistencia?
-Es la que puede esperarse en un momento de transición, cuando quienes
saben que no satisfacen ese criterio de calidad conservan parte
de su poder e influencia.
-¿Se refiere a la polémica por la cátedra paralela de Historia Social
General, en la UBA?
-Ese episodio refleja distintos problemas que afectan a la UBA.
Habría que comenzar con los dieciséis largos años del rectorado
de Oscar Shuberoff. Allí se erigió un sistema clientelar apoyado
en Franja Morada, que no encontró difícil prosperar durante la etapa
en que Menem reorganizó la política argentina, incluso con criterios
análogos; por eso mismo no pudo sobrevivir al derrumbe del modelo
menemista. Ahora, con un clima político mucho más convulso, los
distintos movimientos que se disputan el favor de los estudiantes
proclamando una vocación revolucionaria más intransigente que la
de Franja —sin dejar de acudir a sus mismos métodos de proselitismo
y a un estado de subversión retórica que no subvierte nada— han
hecho de la descalificación ideológica y política el instrumento
al cual recurrir en todos los conflictos. Eso, que pasa en todas
partes, tuvo consecuencias más intensas en la carrera de Historia
de la UBA, en particular en la cátedra de Historia Social General,
por circunstancias específicas, como la creación a pulmón, en una
universidad masificada y en crisis, de una escuela de historia de
primer orden. Esta empresa sólo puede atraer a una minoría de los
centenares y luego millares de estudiantes que ingresan. La materia
Historia Social General cumple una función esencial: despliega una
visión compleja y estructurada del proceso histórico desde la Edad
Media y exige del estudiante esfuerzos que no todos ven justificados.
Eso se refleja en el éxito obtenido por los reclutadores para la
cátedra paralela: uno de los argumentos en su favor era que iba
a ser menos exigente.
-¿A qué atribuye este conflicto?
-Las motivaciones me parecen menos importantes que las razones que
les permitieron hacerlo con éxito: el intento de llevar adelante
un proyecto que sus enemigos denuncian como elitista, y no podría
no serlo, en una universidad como la UBA. Desde que la universidad
pública se organizó según los principios del reformismo, su gran
problema es cómo funcionar a la vez con una lógica democrática y
una meritocrática. Y hay que confesar que sólo lo consiguió en períodos
breves. ltimamente parece preocuparse cada vez menos por responder
a las exigencias de la segunda de estas lógicas. A la vez, ese conflicto
alejó la posibilidad de que aflorara otro que me parece irresoluble:
la multiplicación de profesionales que genera una buena universidad
y su imposibilidad de "emplearlos". Beatriz Sarlo recordaba que
Ricardo Rojas enseñaba en escuelas secundarias, y en tiempos apenas
más recientes yo tuve como profesores en el secundario a Diego Luis
Molinari y Carlos Astrada. Hoy, por la degradación de la enseñanza
media, los historiadores formados en la universidad, para quienes
enseñar en el secundario es casi un destino peor que la muerte,
consideran que al formarlos ésta ha asumido el compromiso implícito
de encontrarles lugar en sus propias estructuras, lo que es cada
vez menos fácil. Eso crea tensiones entre los que lo consiguen y
los que no. Y la rígida organización jerárquica de cátedras crea
tensiones entre titulares y quienes, siendo sólo algo más jóvenes
y contando con curricula muy respetables, ven bloqueada su carrera.
-¿En Berkeley ocurre algo así?
-El género humano es igual en todas partes. Creo que hay una degradación
creciente de la profesión del docente universitario. -Hablemos de
su escritura, de cómo escapa a las convenciones académicas: casi
sin notas al pie, sin la permanente referencia a otros trabajos
académicos.
-Para mí las notas tienen una función precisa: ofrecer al lector
medios para controlar la versión que el autor propone. En cuanto
a las referencias a otros trabajos, es cierto que tiendo a no poner
muchas; porque cuando empecé a trabajar había muchos menos que citar
y porque sé que tengo una cierta vena polémica que al menos cuando
escribo trato de mantener a rienda corta.
-Usted sentó las bases de muchas hipótesis de la historiografía
actual y a la vez rompe con algunos mandatos académicos. ¿Cuán necesarias
son las reglas de ultra-especialización?
-Bueno, creo que en esto fui un privilegiado porque entré en un
campo en que aun lo básico estaba a medio hacer, y eso imponía exceder
el marco de la ultra-especialización, que en efecto me atrae poco.
Si se permite la comparación, a mí me tocó participar en la primera
etapa de construcción de una casa, luego siguen otras, hasta que
se llega a la redecoración de las habitaciones.
-Habría que pensar qué es saludable en la profesionalización.
-En la Argentina la profesionalización coincidió con un cambio en
la coyuntura mundial que hace muy difícil entender qué está ocurriendo
y adónde vamos. La primera consecuencia es que las autodefiniciones
desde fuera de la disciplina histórica, que hasta hace muy poco
fueron muy fuertes aun para muchos historiadores totalmente profesionalizados,
pesan ya mucho menos. Pero creo que eso comienza a cambiar y aparecen
alternativas nuevas.
-¿Quiere decir que podrían aparecer identificaciones por fuera del
campo profesional?
-Bueno, sí, pero no creo que en la Argentina esos lineamientos recuerden
los del pasado. Antes, la desvalorización que promovió el revisionismo
de las figuras canonizadas por la llamada historia oficial estaba
destinada a reemplazar esas figuras por otras. Por lo que veo, ahora
la desvalorización es universal.
-¿Se refiere a los bestsellers de historia, como los de O'Donnell,
Pigna y Lanata?
-Sí, es como un alerta. Se está dispuesto a desenmascarar a cualquiera,
a tomar de una manera totalmente acrítica toda clase de causas.
¿Y qué muestra todo esto? Que hay una demolición universal de la
historia argentina. Desde esa perspectiva, toda la historia argentina
es un conjunto de imposturas.
-¿Cómo analiza el éxito de estos libros?
-Ese neorrevisionismo ha captado muy bien el estado de ánimo de
una sociedad que ha perdido todas las ilusiones y se guía por la
máxima piensa mal y acertarás.
-La historia como una crónica que enhebra lugares comunes.
-Pero son lugares comunes que quizás sean un progreso; por lo menos
son muy distintos de los que se cultivaban durante la guerra de
Malvinas.
-Pero aquellos lugares comunes venían impuestos.
-Mire, es otra cara de lo mismo. La sociedad argentina es escéptica
en todo, salvo sobre ella misma: es siempre la víctima inocente
de calamidades en las que nunca tuvo nada que ver. Y quien se atreve
a dudar de ese dogma es siempre mal recibido.
-¿Mal recibido por quién?
-Por la opinión. Así le ocurrió en 1852 a Vicente Fidel López, cuando
trató de defender los acuerdos de San Nicolás en la legislatura
porteña, con media ciudad en la calle que lo insultaba. Se le ocurrió
gritarles que eran los mismos que habían salido a despedir al ejército
rosista cuando fue a combatir a Caseros, y precisamente porque no
decía sino la verdad nunca se lo perdonaron.
-¿Cómo influye esta tendencia al best seller histórico en la formación
de profesionales?
-Bueno, es un poco el problema de la cultura de masas. Quienes ahora
leen estos libros no leían otra cosa; antes no leían nada. Recibían
la papilla que uno recibía en la escuela y poco más que eso. En
cambio ahora existe esto, que creo que es inevitable y que en cierto
modo va a ocurrir con toda la cultura académica. El que trate de
ser maestro de escuela de ese público no es bienvenido. No hay nada
que hacer.
-El revisionismo tuvo una función política importante, ¿Puede tenerla
el neorrevisionismo?
-Sólo en un sentido negativo, y sólo podría alcanzar eficacia política
si terminara despejando el terreno para alguna ideología contestataria
capaz de ofrecer con éxito una alternativa a todo lo que el neorrevisionismo
denuncia indiscriminadamente, cosa que no parece estar ocurriendo.
El laberinto argentino
-¿Kirchner es una alternativa política?
-Creo que le habría gustado y le gustaría ser una alternativa. Pero
lo perjudica que la recuperación haya terminado, bastante exitosamente
pero que haya terminado. Es una impresión, pero ayer me encontré
en medio de una muchedumbre hirviente de indignación por el paro
del subte D. Quizás lo que explica esa reacción es que a ese público
se le pasó el miedo a perder el empleo y está redescubriendo todos
los motivos de descontento que tenía antes del derrumbe. Era, con
todo, un buen signo para Kirchner que en sus maldiciones nadie se
acordara de él y todos de Ibarra. Pero creo que a esta altura todo
el mundo (quizás Kirchner mismo) está convencido de que el único
papel al que puede aspirar es al de nuevo jefe nacional del movimiento
peronista.
-El universo simbólico al que apela constantemente es el peronismo
de los setenta.
-Cuando
se recuerda que las muchas decenas de miles de chicos que la Tendencia
pudo poner en la calle en 1973 están por entrar o han entrado en
la cincuentena, ese retorno al pasado parece menos sorprendente.
Para algunos que pasamos ya hace rato la cincuentena y conservamos
de esos tiempos una imagen algo más matizada que la de quienes,
como los Kirchner, la vivieron a los veinte. La manera que ellos
han elegido para dar ese ejemplo puede tener —y tiene— algo de irritante,
pero en ese tema, como en otros, los rescatan sus enemigos; en este
caso, los que defienden al indefendible Proceso.
-¿Cómo ve hoy la intervención pública de los historiadores?
-Como la de cualquier otro hijo de vecino, pero en este caso existe
el peligro de que se atribuyan una lucidez especial, por su conocimiento
histórico, lo que le daría una seguridad ilusoria. Esto me trae
el recuerdo de Miliukov, gran historiador de Rusia y diputado Cadete
en la última Duma zarista, que había creído que en Rusia el futuro
pertenecía al liberalismo, hasta que Trostsky respondió a sus protestas
ante la disolución de la Constituyente por los bolcheviques haciéndole
saber que acababa de caer irrevocablemente en el canasto de los
papeles de la historia. Es cierto que el análisis marxista no le
resultó más útil a Trotsky, incapaz de adivinar que diez años después
iba a caer él mismo en ese canasto, o (lo que quizá le habría dolido
más) que al terminar el siglo Rusia tenía de nuevo una Duma.
-Su - Historia contemporánea de América Latina- tiene dos prólogos:
a la primera edición del 67 y a la segunda, del 88. El primero es
optimista y casi combativo. El segundo es la negación del primero
desde una postura pesimista, aun podría decirse que conservadora.
¿Cuál sería la mirada del prólogo actual?
-Ya no escribiría un prólogo. En el primer prólogo, y todavía residualmente
en el segundo, estaba presenta la idea de que la historia se mueve
en una cierta dirección y tiene una meta. Hoy me parece que la historia
va a los tumbos por donde puede. Lo más sabio es no hacer pronósticos.
-¿Pero ve una América latina más integrada o no?
-No me parece que por el momento esté más integrada: hay varios
proyectos de integraciones parciales en marcha, cada uno con sus
problemas; después vendría el problema de cómo compaginarlos. No
creo tampoco que esté más dominada. Lo que acaba de pasar en la
OEA —Fidel Castro apenas exageraba cuando, hace cuarenta años, la
llamaba el ministerio de colonias de los Estados Unidos— aunque
no es muy importante, es sintomático. Cuando se hizo evidente que
la candidatura para presidirla del centroamericano patrocinado por
los Estados Unidos había nacido muerta, Washington pasó a apoyar
la del canciller de México, hasta que después de varias votaciones
en que su candidato no logró quebrar el empate con su colega chileno,
terminó apoyando a éste, pese a que todas sus maniobras anteriores
habían tratado de evitar su elección. Ese cambio se debe menos a
un aumento de vigor latinoamericano que al hecho de que al fin de
la bipolaridad de la guerra fría no ha seguido la consolidación
de un orden unipolar más dominado que antes de 1991 por EE.UU.,
sino un sistema mundial mucho más complicado y en continuo flujo,
sobre todo desde que los coletazos de la guerra de Irak revelaron
los límites del poderío norteamericano aun en su aspecto militar.
-En algún momento dijo que hacer historia argentina era dar cuenta
de un fracaso. ¿Sigue pensando lo mismo?
-Sí, pero creo que si fue un fracaso tan categórico se debió en
parte a que no supimos admitir a tiempo que a partir de la gran
crisis de 1929, la etapa en que la Argentina había podido crecer
a un ritmo excepcionalmente acelerado —porque lo que tenía que ofrecer
al mundo era exactamente lo que el mundo esperaba de ella— se había
cerrado irrevocablemente, y que cuando buscaba salidas alternativas
no podía esperar volver a obtener los mismos éxitos que le había
sido fácil conquistar. Eso nunca se aceptó; todos los planes económicos
que conocimos se basaron en la noción de que sólo necesitaban alcanzar
un éxito inicial, porque éste suscitaría la aparición de mecanismos
automáticos que cumplirían la misma función de los que en el pasado
habían asegurado un crecimiento sostenido.
Fuente: Clarin.com

Cerebros
en fuga
Siete mil científicos formados en la Argentina trabajan en el extranjero.
Apenas 200 son los que volvieron.
En nuestra castigada Argentina, plagada de curiosidades, la actividad
científico-técnica nos enfrenta a otra de ellas. De universidades
ferozmente criticadas –sobre todo las públicas– egresan, sin embargo,
camadas de profesionales que se dedican a la investigación y a la
docencia con verdadero éxito. Pero, para ahondar la paradoja, esos
egresados a poco de haber realizado alguna experiencia, obtenido
un doctorado o directamente a la salida de los claustros, son tentados
por instituciones extranjeras y se van, en busca de un mejor futuro.
Y así construyen sus vidas y se establecen en un suelo lejano, donde
desarrollan y multiplican el saber obtenido aquí.
Un hito casi fundacional de esta fuga de cerebros fue "la noche
de los bastones largos". En 1966, el presidente de facto Juan Carlos
Onganía decretó la intervención de las universidades nacionales,
que fueron desocupadas violentamente, con graves incidentes. Dicha
intervención dio lugar a uno de los primeros éxodos masivos de profesores
e investigadores.
Desde entonces, si bien no se repitieron tan duras experiencias,
las malas o inexistentes políticas y la incertidumbre general hicieron
el resto.
Pero, ¿qué envergadura tiene este fenómeno? Un informe de la Cepal
indica que la Argentina fue el país de América latina que más científicos
y técnicos exportó durante la década del 90 a los Estados Unidos;
el organismo estimó que de cada 1.000 argentinos que emigraron al
exterior, 191 era personal especializado. Actualmente, se calcula
que unos 7.000 científicos formados en nuestras aulas trabajan en
el extranjero.
Según una nota periodística reciente, en los últimos tres años retornaron
más de 200 científicos al país, a partir de distintas iniciativas
oficiales.
Una ingeniera "repatriada"
Tras egresar como ingeniera química de la Universidad del Centro,
Gabriela Tonetto, oriunda de Olavarría, emigró a Canadá para realizar
un post doctorado a principios de 2002. Allí permaneció por dos
años, trabajando para la Universidad de Western Ontario en su área
de especialización, la catálisis aplicada a los reactores.
El año pasado, Tonetto regresó al país con una beca del Conicet
y trabaja en la Planta Piloto de Ingeniería Química (Plapiqui) del
Centro Regional de Investigaciones Básicas y Aplicadas de Bahía
Blanca.
"Allá no hay problemas con los insumos, trabajaba más rápido y no
renegaba. Pero en lo que respecta a la gente, no me sorprendió,
estamos muy bien acá, quizás nos cuesta conseguir los datos, pero
lo suplantamos con una discusión mayor", señaló.
Para ella, los científicos argentinos son bien considerados en el
exterior. "Cuando estaba afuera, yo le propuse a mi jefe trabajar
con gente de mi laboratorio en la Argentina y estuvo de acuerdo,
se pudieron hacer tareas en conjunto, eso es porque valen", dijo.
Otra diferencia importante para sus pares extranjeros es la certeza
de poder crecer también en el campo privado. "En Canadá es muy fácil
para un profesional que termina su doctorado irse a trabajar a la
industria, casi todos hacen eso; acá en la Argentina es una posibilidad
que casi no se considera", dijo con resignación.
Planteó, además, Tonetto otra cuestión que excede lo económico,
el status del docente en una sociedad desarrollada. "Más allá del
aspecto económico, ser un profesor en Canadá da un prestigio social
que acá no existe. Cuando yo digo que trabajo en la Universidad,
me dicen ‘¡uy!, pobrecita, ¿no conseguiste un trabajo en la industria?’
En cambio afuera se considera distinto."
Perspectiva de crecimiento
Los hombres y mujeres de ciencia radicados en el extranjero, en
un número de 7.000, son una proporción realmente elevada respecto
de la comunidad científica nacional, cuyos miembros se estiman en
unos 15.000. Esto significa que casi una tercera parte del total
trabaja fuera de nuestras fronteras.
"Hoy estamos en una perspectiva de crecimiento del sistema científico
tecnológico y de la incorporación de recursos humanos", señaló Mario
Lattuada, vicepresidente de Asuntos Tecnológicos del Conicet, consultado
por la revista de ADEPA.
Pero sucede que cada vez se doctoran menos profesionales y la relación
con los países vecinos da la pauta de esta merma: mientras en Brasil
acceden a ese nivel 7.000 personas al año, en nuestro país llegan
sólo 400. "Cuando el sistema empieza a crecer y a demandar nuevos
investigadores, nos damos cuenta de que tenemos un serio problema,
carecemos de gente con formación adecuada para ingresar a la investigación",
aseguró.
Ante este panorama, la posibilidad de repatriar al personal calificado
que está en los Estados Unidos o en Europa cobra todavía una importancia
mayor. Para este fin se crearon las becas de reinserción del Conicet,
especialmente destinadas a quienes quieren volver al país. Se trata
de un programa que brinda un ingreso por 24 meses.
Reconoció Lattuada una deficiencia, ya que estas becas están lejos
de equiparar la escala de ingresos del primer mundo. "En un cargo
de investigador puede haber una diferencia de 5 o 6 veces menos
de lo que se paga en el exterior", indicó. El piso de estas becas
es de 1.400 pesos y llegan a 1.800 para quienes se radican en lugares
alejados.
A la hora de pronosticar qué sucederá en el futuro, Lattuada es
cauto pero optimista. "Es auspicioso que hayan regresado 200 científicos.
La expectativa es que esto siga como una tendencia, pero no creo
que sea una cuestión masiva", sostuvo. Según el directivo del Conicet,
para lograrlo hay que asegurar algunas condiciones mínimas, como
un sueldo digno, los elementos para trabajar y el reconocimiento
social. "Con estos elementos, que son los pocos que tenemos para
defender que la gente se quede en su lugar, quizás no retengamos
a todos, pero es un buen inicio", dijo.
Otros caminos
De todos modos, estos planes no constituyen una solución definitiva.
Las fuentes consultadas coincidieron en que es necesario encontrar
nuevos carriles para revalorizar y fortalecer la actividad científica
nacional, en particular integrando al sector privado.
Comentó Lattuada que el Conicet ha emprendido varias iniciativas
para enderezar esta cuestión. En los últimos tres años se triplicaron
las becas para acceder a los doctorados (de 500 a 1.500 en ese lapso)
y se ampliaron los ingresos a la carrera de investigador (de 150
a 500).
"Además, estamos estimulando que los investigadores se inserten
también en el sector productivo, en las empresas. Tenemos dos sistemas,
para becarios y para investigadores, cofinanciados con empresas",
explicó.
En el caso de un becario, el Conicet paga la mitad del estipendio
de beca y la empresa cubre el resto para que haga un doctorado y
desarrolle una línea de investigación que sea de interés para el
sector empresario. En el caso de un investigador en una empresa
de base tecnológica, el Conicet le permite trabajar allí durante
cuatro años y el privado le abona un plus sobre su sueldo.
"Esto está pensado para agrandar el sistema, porque antes se pensaba
que el investigador sólo podía trabajar en la esfera pública. Esta
es una forma de que haya una mayor demanda de gente de alta capacidad
que, en vez de irse al exterior después de haber sido formada y
financiada por el Estado nacional y terminar produciendo para una
empresa extranjera, termine haciéndolo en una empresa radicada en
el país."
Drenaje enorme
Sobre esta temática, la perspectiva de un educador es relevante.
"No obstante la permanentemente denunciada crisis que vive el sistema
educativo argentino en todos sus niveles, la producción sobre todo
en el estamento superior, es positiva y calificada. Esto se verifica
por la cantidad y calidad de profesionales que ejercen en el país",
afirmó Antonio Salonia, ex ministro de Educación.
"Pero muchos de ellos, en particular quienes tienen vocación por
la investigación científica, cuando no encuentran aquí un ámbito
para el desarrollo de sus aptitudes, buscan otros rumbos. En consecuencia,
el drenaje de talento que produce la Argentina es enorme y es seguramente
uno de los datos más graves de su crisis global", enfatizó.
Consideró Salonia, ex ministro de Educación, que el problema excede
a los gobiernos de turno. "Pero el fenómeno no se ha atenuado y
las condiciones no permitirán, al menos en el corto plazo, que se
aminore", advirtió.
Entre las verdades que no se pueden ocultar, y que merecen la atención
de todos, está el hecho de que en nuestro medio las posibilidades
de inserción de teóricos e investigadores en el ámbito privado son
muy acotadas.
"Desafortunadamente, no existe una relación frecuente y orgánica
entre la actividad universitaria y de centros de investigación oficiales
con las empresas, que deberían tener interés en fomentar y apoyar
la capacitación de los investigadores", sostuvo Salonia. "En consecuencia,
más allá de lo que realiza el Estado, es relativo lo que puede hacerse
desde el campo privado. Es una materia pendiente que requiere que
se estimulen mecanismos de relación entre el esfuerzo educativo
y los actores sociales y económicos."
"No deben caminar la Universidad y la investigación científica por
vías paralelas respecto de lo que se desarrolla en lo económico
y social, donde tiene protagonismo la actividad privada. Debe haber
una política globalizadora, que incluya a todos, para preservar
el talento de los argentinos."
Fuente: www.adepa.org.ar

¿Cuándo
comenzó el terror del 24 de marzo de 1976?
Por Adolfo Pérez Esquivel
Toda sociedad está sujeta a cambios debido a la dinámica que vive
, tanto a nivel mundial como en los acontecimientos locales. Han
transcurrido 28 años desde el golpe militar instaurado en la Argentina;
una de las dictaduras más sangrientas de toda su historia.
Debemos hacer memoria, que no es pasado, sino presente, que tiene
una fuerte carga emotiva, social, política y sobre todo ética, que
busca la Verdad y la Justicia, la reparación que la sociedad debe
a miles de víctimas del terrorismo de Estado. ¿Cuándo comenzó el
24 de marzo de 1976?-¿ Cuáles fueron las motivaciones para el golpe
de Estado y quienes fueron los cómplices abiertos y encubiertos
para provocar el baño de sangre y terror que vivió el país?
Nunca las fuerzas armadas pueden dar un golpe de Estado solos, necesitaron
del apoyo y la complicidad de sectores civiles, de empresarios,
de sectores de la iglesia, de su silencio también cómplice y del
apoyo exterior.
No podemos olvidar quemás de 80 mil militares de toda América Latina,
fueron formados en la Escuela de las Américas en Panamá y en las
Academias Militares de EE.UU. fueron quienes aplicaronla Doctrina
de la Seguridad Nacional,y elOperativoCóndor, esa internacional
del terror que extendió sus tentáculos hacia Europa y EE.UU. para
cobrar sus víctimas.
Recién después de 28 años,se puede vislumbrar una esperanza que
permita ir cicatrizando las heridasde la sociedad. El actual gobierno
que preside el presidente Kirchner estádando pasos significativos
en la política de derechos humanos, en restablecerla justicia, superando
la impunidad jurídicaque gobiernosque le precedieron trataron de
ocultar detrás de leyes injustas e inmorales, como también beneficiando
con los indultos a los responsables de graves violaciones de los
derechos humanos.
Uno de los hechos más elocuentes y significativosa la memoria del
pueblo, es la expropiación de la ESMA, Escuela de Mecánica de la
Armada, que durante la dictadura militar,fue uncentro de torturas
y campo de concentración, donde pasaron cerca de cinco mil prisioneros,
en el que se apropiaron de niños y se aplicó la siniestra metodología
del secuestro y desaparición de personas. Laescuela del terror serátransformada
en el Museo de la Memoria para las generaciones presentes y futuras
y para que Nunca Más vuelva a suceder a nuestro país, como a ningún
pueblo del mundo.
Las fuerzas armadas cargan con la responsabilidad de ser los brazos
ejecutores de la barbarie desatada contra el pueblo. Los cerebros
del plan siniestro aplicado en Argentina y toda América Latina,las
transformaron en tropas de ocupación del propio pueblo y alteraron
su verdadera función: la de estar al servicio del pueblo y ser defensores
de la soberanía y la libertad.Apuntaron a imponer un modelo político,
económico, cultural basado en la Doctrina de la Seguridad Nacional,
impuesta desde Washington con alto costo en vidas y la destrucción
de la capacidad productiva del país, beneficiandoa grandes empresas
que se enriquecieron, varias de ellas transnacionales, como Ford
y Mercedes Benz, responsables de entregar a sus trabajadores en
manos de los represores y mantener en sus plantas fabriles destacamentos
militares.
Está la empresa Ledesma, en Jujuy, de los Blaquier,que en la "Noche
de los Apagones" utilizó los camiones de la empresa para secuestrar
y hacer desaparecer a personas que consideraban contrarias a sus
intereses. Es el caso del secuestro y desaparición deldoctor Aredez,
un médico dedicado a la atención de los sectores sociales más desprotegidos.
Hasta el día de hoy es depredadora y daña la vida de la población,
sin ningún tipo de control sobre el bagazo de la caña de azúcarque,
al aire libre, contamina el medio ambiente y provoca cáncer a las
personas. Esta empresa continúagozando de la más absoluta impunidad.
Muchas otras empresas fueron beneficiadas por la dictadura militar.
Una larga lista de empresas logran pasar sus deudas privadas como
deudas del Estado. Hoy, el pueblo debe pagar aquello que nunca les
llegó, y así crecióla perversa "Deuda Externa", a la que denomino
la "Deuda Eterna": impagable inmoral, injusta. Entre las empresas
beneficiadas por la dictadura militar figuran ( los montos que se
señalan corresponden a millones de dólares): City Bank -213; Cogasco
S.A. -1348; Banco de Londres -135; Sevel -124; IBM- 109;FORD - 80;
Loma Negra -62; Chase Manhattan Bank - 61; Bank of América - 59;
ESSO- 55; FIAT - 51; Mercedes Benz - 92; Banco Ganadero -157; Deutsche
Bank - 90; Industrias Metalúrgicas Pescarmona – 89.
¿Cómo y por qué, se benefició a estas y muchas otras empresas a
espaldas del pueblo?.
El Juez Ballestero señala que: "...el Poder Judicial de la Nación,
en cumplimiento de sus facultades constitucionales, ha establecido
en la causa "Olmos Alejandro s/denuncia" la completa ilegitimidad
de los beneficios económicos que recibieron las empresas mencionadas
a expensas del Pueblo Argentino, por medio de una serie de maniobras
planificadasy ejecutadas por quienes usurparon los poderes del Estado(o
el gobierno de la Nación) el 24 de marzo de 1976.
Vuelvo a insistir, los militares no estaban solos, recibieron el
apoyode sectores políticos que fueron a conspirar en los cuarteles
para que los militares salgan a reprimir al pueblo. Las oligarquías
nacionales buscaron sus propios beneficios, sin interesarles la
vida del pueblo. Aquellos que buscaron justificar la política de
los "dos demonios" y que "aquí hubo una guerra". Los de afuera,
los que mandan, que buscaron y buscan imponer sus políticas de dominación
e intereses políticos y económicos y para quienes el pueblos les
resulta un estorbo. Aquellos que sin medir las consecuencias buscaronapropiarse
de los recursos del país, del patrimonio del pueblo, generando más
hambre y exclusión social, mediante las privatizaciones.
En 1969,durante la dictadura del general Onganía, comenzó ladestrucción
delos centros de investigación científica de la Universidad Nacional
de Buenos Aires y la persecusión a los científicos, en "La Noche
de los Bastones largos". Las guerrillas de distintos signos ideológicos
que creyeron ser liberadores del pueblo, sin el pueblo, generando
más destrucción y violencia, y que la dictadura con sectores políticos
fomentaron para su propio provecho, generando la llamada " guerra
entre los dos demonios".
Aquí no hubo una guerra, se atacó a todo el cuerpo social, a aquellos
que nada tenían que ver con las guerrillas y que trabajaban por
una sociedad más justa y humana.
A 28 años debemos hacer memoria. Hoy, Estados Unidos, responsables
ideológicos y de la formación de las fuerzas armadas, que provocaron
las grandes masacres en toda América Latina, presionan al gobierno
y al parlamento para el ingreso de sus tropas con inmunidad. Parece
que los diputados y senadores, no quieren tener memoria. LaCámara
de Diputados ya dio media sanción para el ingreso de las tropas
norteamericanas y hoy el gobierno de los EE.UU. presiona al Senado
para lograr su aprobación. A 28 años del genocidio de un pueblo,
¿es posible que no hayan aprendido nada?- ¿O tal vez continúan con
las mismas ‘mañas’ que tanto dolor costó a nuestro pueblo?
El 24 de marzo de 1976, tiene aún a quienes quieren continuar ese
camino. Y a otros que luchan por encontrar nuevos caminos y esperanzas
en que la memoria y la resistencia del pueblo estén firmes y dispuestas
a que Nunca Más vuelva a suceder otro 24 de marzo.La lucha, las
esperanzas y la resistencia no terminaron. Estamos en camino junto
a un pueblo que reclama sus derechos a vivir en Paz y Libertad.
Buenos Aires, 23 de marzo de 2004
Fuente: www.serpajamericalatina.org
Discurso en ocasión del homenaje que le hiciera la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires.
1999
No estoy muy seguro si el estado emocional
me ha de permitir articular estas palabras con cierta coherencia,
porque este acto toca sentimientos muy profundos y agolpa en mi
mente situaciones personales de un período de mi vida, no muy extenso,
pero que fue profundamente vivido. Sin embargo, lo que viene a mi
mente en este momento no son hechos y personas particulares, lo
que viene a mi mente quizás lo podría describir como un escenario
donde actuaron esas personas, donde transcurrieron los hechos; un
escenario que dio contexto y significado a lo que se hizo. En ese
escenario predominaban las figuras jóvenes, un movimiento estudiantil
como no he conocido en otra parte del mundo, graduados jóvenes –algunos
de ellos que se fueron a estudiar afuera y volvieron, a pesar de
que se hubieran podido quedar en el exterior– y algunos profesores,
maduros, de los que voy a citar a uno solo, como puede ser Rodolfo
Bush, que fue uno de entre muchos de los que armaron el escenario.
Sin ese escenario, nada se podría haber hecho, o muy poco, porque
fue un esfuerzo colectivo, una atmósfera, un lugar de discusión,
fue un foro de comprensión, de análisis, eso es lo que dio sentido
a esa realidad.
Mucho que hacer y poco tiempo que perder
Lo que nos impulsaba era simplemente el afán de avanzar: teníamos
mucho que hacer y poco tiempo que perder. Pero además de ese afán
de avanzar, hubo otra cosa a la que le dedicamos mucho, que fue
la direccionalidad de ese proceso. La idea era crear esa Facultad
de Ciencias de primer nivel internacional que pudiera contribuir
a la Nación. Ese afán de darle una direccionalidad fue lo que nos
trajo los mayores sinsabores. En aquella época era natural dividir
las fuerzas en "derecha" e "izquierda", hoy no sé qué quiere decir
eso pero entonces sí tenía sentido.
Una gran parte de la Facultad apoyó nuestra dirección pero tuvimos
grandes críticas de un sector del espectro de la derecha y de otro
sector del espectro de la izquierda; los dos nos hicieron bastante
la guerra. Me voy a referir al conflicto con el segundo, que fue
el que más me dolió... aunque después me dolió más el primero (risas).
Nos pusieron el apodo de "cientificistas", cosa que consideré siempre
como una gran injusticia: éramos "cientificistas" porque queríamos
empujar la Facultad a un alto nivel científico y hacia ese alto
nivel enfocábamos el esfuerzo. En relación con esto, quiero contarles
un recuerdo personal, aunque no soy propenso a contar anécdotas
sobre mí mismo.
La conexión china
En aquella época hubo un congreso del Consejo Internacional de Uniones
Científicas en Bombay y en esa ocasión se renovaba la mesa directiva.
Fue entonces que me eligieron como vicepresidente. Imagínense: Vicepresidente
del Consejo Internacional de Uniones Científicas... era uno de esos
títulos rimbombantes, que no quieren decir nada, pero que son muy
impresionantes. Y bien, con ese título bajo el brazo fui con mi
esposa a Nueva Delhi y pedí una audiencia al embajador chino; le
dije que pensaba volver a mí país pasando por Hong Kong y le pregunté
si podría tomar contacto con mis colegas chinos, sobre todo porque
allí tenía dos colegas muy queridos. La respuesta no fue inmediata
pero fue positiva y me dijeron que sería invitado de la Asociación
de Trabajadores Científicos de China. No se alarmen, no voy a contar
el viaje ni voy a pasar diapositivas (risas).
Y bien, cuando fui a la Universidad de Pekín conocí al vicerrector,
que en ese momento estaba a cargo de la universidad. Su nombre me
sonaba conocido y le pregunté si era el autor de un trabajo muy
bueno sobre turbulencia que había leído en una revista inglesa.
Se asombró un poco de que pudiera comentar su trabajo y eso abrió
la relación bastante.
El libro rojo de Mao
Lo que encontré allí es que el tipo de esfuerzos que realizábamos
aquí para alcanzar el nivel científico era muy similar a lo que
hacían ellos, naturalmente que en la dimensión china, una cosa completamente
distinta; pero íbamos por la misma ruta, y en un comentario acerca
de la prioridad que le daban al nivel científico me mostraron una
cita de un famoso librito, que era el Libro Rojo de Mao y que, cuando
lo vi, con ese poco de megalomanía que tenemos todos, dije: "Mao
me ha plagiado y ni siquiera me cita".
Mao dice allí que "todo lo que el enemigo sabe, nosotros lo tenemos
que saber, y todo lo que el enemigo no sabe nosotros lo tenemos
que saber". Si trasladamos el "nosotros" de Mao al "nosotros" de
ese aquí y ahora, y no hablamos de "enemigo" sino de "los otros",
lo que podíamos pensar era que nuestra tarea era mucho más dura
de lo que pensábamos: teníamos que saber todas esas cosas, pero
para cambiarlas teníamos que pensar, analizar e imaginar mucho más.
Todo esto me dejó tranquilo y el apodo de "cientificista" me hirió
mucho menos.
La derecha, más grave
Lo otro, más grave, fue la derecha. Voy a decir con toda franqueza
que la imagen que se da de La noche de los bastones largos es un
poco deformada. Hay que tener en cuenta que al lado de lo que se
llamó proceso fue un episodio policial. Claro que nos rompieron
cabezas y costillas, pero el objetivo no era romper cabezas. Los
que instigaron eso eran civiles y universitarios porque lo que estaba
en juego era un programa ideológico: lo que querían romper no era
cabezas, era el escenario que describí al principio, porque sabían
que ese escenario conducía a un tipo de país totalmente distinto.
La lucha fue dura y la perdimos, naturalmente.
Fin de siglo complicado
Al rememorar lo que pasó entonces es absolutamente inevitable compararlo
con el ahora, que es sumamente doloroso. Estamos en un período muy
complicado, oscilamos permanentemente en este final de siglo entre
la admiración y el horror, el deslumbramiento y la náusea. El deslumbramiento
por los extraordinarios avances de la ciencia y la tecnología, el
horror y la náusea por los 2000 millones de desnutridos que hay
en el mundo –cifras de las Naciones Unidas–. El horror y la náusea
porque un puñado de personas –llamémosle personas– han amasado capitales
superiores a decenas de países de esos que nosotros llamamos del
Tercer Mundo y que después se llamaron, casi sarcásticamente, en
vías de desarrollo. Hay un puñado de países que se han arrogado
el derecho de castigar, bombardear, matar en cualquier parte del
mundo por encima de todos los organismos internacionales. Desgraciadamente
–no voy a seguir dando datos– un mundo de frustraciones. Son tiempos
para aquellos que no pensamos la sociedad en términos de variables
económicas sino en términos de personas.
Tiempo de reflexión
Pero no es un tiempo de bajar los brazos y de abandonar. Siempre
ha habido de estos tiempos en la historia y hay que tomarlos como
tiempos de reflexión. Tenemos que repensar nuestra discusión, y
en lo que respecta a nosotros tenemos que repensar la educación
y la universidad. Hoy la educación básica significa aprender a leer.
No El Quijote sino leer los manuales de los aparatos para poder
apretar el botón que corresponde: ésa es la educación básica del
Banco Mundial. Y en materia de educación superior se trata de poner
la universidad al servicio del sistema productivo y del mercado.
A nosotros nos corresponde pensar en ese mundo la universidad.
Heredamos de la Edad Media dos instituciones: la Iglesia y la universidad.
La Iglesia ha avanzado bastante, se ha transformado mucho, incluso
muchísimo teniendo en cuenta la revolución teológica actual que
nos confunde un poco porque ya no podemos mandar al infierno a nadie
porque nos dicen que no tiene domicilio.
Ellos han repensado mucho, nosotros seguimos con las tradiciones.
La universidad está como está quizás por la tradición que tiene,
y a una facultad como ésta –la Facultad de Ciencias Exactas– le
corresponde, y en buena medida, repensarla. Lo que hay que modificar,
aunque se hable del fin de la historia y de las ideologías, es el
aparato conceptual con el que se analiza la sociedad.
En la Noche de los Bastones Largos (29 de Julio de 1966), la policía
cercó la zona de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, donde
entró a bastonazo limpio. Rolando García era decano
de la Facultad, en ese entonces.
Nuevas utopías
Creo que tenemos una responsabilidad muy grande y hoy me preguntaba
si no será que habrá que rehacer ese escenario, la universidad foro
de discusiones, lo que en aquella época nos atrevimos a llamar "la
conciencia crítica y política de la sociedad"; no de partido político:
la política es lo que tiene que volver a la universidad, esa universidad
con conciencia social que haga punta en la transformación.
Creo que he hablado demasiado. Tengo que agradecerle al señor decano
y a sus colaboradores por esta invitación y a todos ustedes por
permitirme hablar sin interrupciones y pensar en voz alta, y permitirme
recordar, como incentivo y motor para forjar nuevas utopías.
Fuente: http://www.pagina12.com.ar/1999/suple/futuro/99-08-21/nota_a.htm

Especial
de Página/12, 40 años de La Noche de los bastones largos
Fecha publicación: 28 de julio de 2006
La caída. A 40
años de La Noche de los Bastones Largos
"Pegaban bien, pegaban con ganas"
Por Javier Lorca
"Sáquenlos a tiros, si es necesario. ¡Hay que limpiar esta cueva
de marxistas!" La orden la pronunció hace cuatro décadas el jefe
de la Policía Federal, Mario Fonseca, obedeciendo con rigor vertical
el mandato del general Juan Carlos Onganía, apoyado por una extendida
aquiescencia social, incluidos vastos sectores universitarios. El
objetivo de la "Operación Escarmiento", minuciosamente cumplido
el viernes 29 de julio de 1966, era desalojar las cinco facultades
de la Universidad de Buenos Aires (UBA) que estudiantes y profesores
mantenían ocupadas en rechazo a la intervención recién decretada
por la dictadura militar. El método aplicado fue la irrupción de
la Infantería, con especial saña en Ciencias Exactas y en Filosofía
y Letras –las facultades más renovadoras–, primero lanzando gases
lacrimógenos y luego descargando bastonazos sin discriminar hombres
de mujeres, ni alumnos de docentes, graduados o decanos. En la perspectiva
de las posteriores tragedias nacionales, la Noche de los Bastones
Largos resultaría un simbólico y sombrío preludio. Para la UBA,
marcaría el final de sus años dorados y encarnaría la escena primordial
de un mito tan riesgoso como fundado en la realidad, al que Christian
Ferrer ha llamado "el relato de un martirologio": la universidad
pública como víctima, lacerada y flagelada por golpes y exilios
forzados, por crímenes, persecuciones y desapariciones, por ajustes
y privatizaciones.
Un mes después de derrocar al presidente Arturo Illia, Onganía decretaba
el cese de la autonomía en las universidades, sedes dilectas del
enemigo interno para la Doctrina de la Seguridad Nacional. Había
anunciado un plazo de 48 horas para que las autoridades académicas
decidieran si se cuadraban o renunciaban, pero no esperó. En la
noche del mismo viernes 29 envió a la policía a las facultades de
Ciencias Exactas, Filosofía y Letras, Arquitectura, Medicina e Ingeniería,
pacíficamente tomadas, al igual que el rectorado de la UBA, donde
el rector Hilario Fernández Long se había recluido para manifestar
su rechazo.
Cerca de las 22 la Infantería ya rodeaba la Manzana de las Luces,
sobre Perú al 200, donde funcionaban Exactas y Arquitectura. Adentro
había cientos de personas: alumnos cursando y otros, junto con docentes
y autoridades, intentando resistir la intervención militar durante
el fin de semana. Habían cerrado puertas y ventanas, habían montado
barricadas usando bancos y pupitres. Con los cascos puestos y los
bastones preparados, los policías esperaban la orden de actuar.
Cuando los vio, el vicedecano de Arquitectura, Carlos Méndez Mosquera,
se acercó a uno de los oficiales y le preguntó qué pasaba. "¡Ataquen!",
fue la respuesta, un alarido, prólogo de los gritos y estallidos
que seguirían.
A pocos metros de allí, en Exactas, los hechos se replicaban. "¿Cómo
se atreve a cometer este atropello? Todavía soy el decano de esta
casa de estudios", increpó Rolando García al uniformado que encabezaba
el operativo. Un corpulento subalterno rompió filas e intentó romperle
la cabeza con su bastón. Con sangre sobre la cara, el decano se
levantó y repitió sus palabras. También se repitió el bastonazo.
"Pegaban bien, pegaban con habilidad, pegaban con ganas", resumiría
luego Manuel Sadosky, entonces vicedecano de Exactas.
Sobre la Avenida Independencia al 3000, en la Facultad de Filosofía
y Letras, policías armados habían superado el hall e ingresaban
al patio y las aulas. Estudiantes y docentes corrían, tratando de
esquivar insultos y culatazos. Algunos lograron escapar por las
ventanas, muchos más fueron golpeados y detenidos. También era desocupada
la Facultad de Ingeniería. Sólo en Medicina no se registraban incidentes.
Disipados los gases lacrimógenos, la Infantería comenzó a arrear
a la gente y organizar el desalojo de Exactas. Primero todos contra
la pared de un aula, brazos arriba y piernas separadas: "¡Al que
apoye las manos en la pared, le reviento los dedos!". Los lamentos
y las súplicas dejaron oíruna falsa orden: "Preparen, apunten...",
simulacro de un fusilamiento que no fue. Después, como es fama,
los universitarios fueron ordenados en fila y, camino a los camiones
celulares, debieron pasar de a uno por entre dos formaciones de
policías, una a tres metros de la otra, mientras sus cuerpos eran
sucesivamente molidos a patadas y bastonazos. Por milagro o porque
sabían calculadamente lo que hacían, no hubo muertos. Sí muchos
heridos y, se estima, más de 500 detenidos. Los profesores, en su
mayoría, fueron liberados a la madrugada. "No se nos tomó declaración,
no se nos procesó por nada –relató tiempo después Rodolfo Busch,
profesor de Exactas–, nunca estuvimos presos, nunca hemos sido apaleados."
Al otro día, Onganía clausuró todas las universidades por tres semanas.
Para el 22 de agosto la intervención había sido instrumentada. Ese
día asumía Luis Botet como rector interventor de la UBA. Su proclama:
"La autoridad está por encima de la ciencia". Desde aquel momento,
la UBA pasó a ser una institución vigilada, con policías de civil
transitando sus pasillos y espiando lo que ocurría en las aulas
a través de pequeñas ventanas en las puertas. Con todo, el resultado
sería el inverso al deseado por la dictadura militar: la actividad
política no haría más que crecer en las facultades.
La renuncia y el exilio de cientos de profesores e investigadores
desmantelaron el proyecto de universidad científica que, a contrapelo
del modelo profesionalista, había comenzado a gestarse en la UBA
desde 1957, tras la recuperación de la autonomía. Un proyecto que
había multiplicado el número de profesores con dedicación exclusiva
(eran 9 en 1958 y 700 en 1966), había modernizado las estructuras
curriculares, renovado el plantel de profesores y abierto nuevas
carreras (Sociología, Psicología, Educación, Economía), había creado
los departamentos de Extensión y de Orientación Vocacional... Manuel
Sadosky había fundado el Instituto del Cálculo, donde puso en funciones
la primera computadora del país, en 1961. El sabotaje y posterior
destrucción de la célebre y enorme Clementina, ocurrido durante
la intervención militar, suele ser recordado como símbolo del saqueo
sufrido por la universidad pública. Pero, aunque llevó décadas,
hoy existe Clementina II. Otras pérdidas institucionales continúan
sin reemplazo, como tantas capacidades potenciales amputadas que
nunca pudieron realizarse. Creada en 1958, Eudeba –la editorial
de la UBA que gerenció Boris Spivacow– llegó a publicar y distribuir
más de 10 millones de libros a precios populares, con enorme éxito
comercial y cultural. Hasta julio de 1966.
Esa
torpeza troglodita
El dictador Juan Carlos Onganía el día que juró como Presidente
de la Nación.
Por Luis Bruschtein
Desde hacía un mes se esperaba que los militares entraran a la Universidad
y el camión de la Guardia de Infantería había estado todo ese tiempo
estacionado en la rotonda de Diagonal Sur. En algún momento planeó
la ilusión de que dejarían a la universidad tranquila pero el 29
el clima estaba muy enrarecido.
Cuando llegué ese día a la vieja sede de Exactas, en la esquina
de Perú y Diagonal, había revuelo adentro y varios camiones de la
policía estacionados frente el monumento a Roca. Eran las seis o
siete de la tarde y se había convocado a una asamblea general en
el aula magna. La mayoría de los oradores propusieron hacer una
toma pacífica de la facultad, incluso con los profesores. Como yo
cursaba el ingreso, no tenía libreta universitaria y se planteó
que no podíamos quedarnos para que no se dijera que éramos activistas
profesionales.
Con otros compañeros fuimos a tomar un café al bar El Cabildo, que
está en Hipólito Irigoyen y Perú. En otra mesa había un grupo de
estudiantes de una agrupación de derecha que festejaba a voz en
cuello porque iban a echar a los comunistas. Cuando intenté volver,
la policía ya había acordonado la rotonda de Roca y no permitía
llegar a la facultad.
Bueno, lo que siguió ya es historia. Durante muchos años se habló
de la doble fila que iba desde el patio central hasta la puerta.
Estudiantes y profesores eran brutalmente aporreados a medida que
recorrían esos poco menos de cien metros obligatorios. Cuando entraron
los infantes, disparando gases, hubo estudiantes que se refugiaron
en las aulas del segundo piso y algunos que trataron de escapar
por los techos que daban al Nacional Buenos Aires. Las persecuciones,
gritos y estampidas se sucedieron en un despliegue de violencia
inusitado para esa época.
En la puerta, estudiantes y profesores iban saliendo con las manos
en la nuca, muchos de ellos sangrando, y los subían a los celulares
en que los llevaban detenidos. No había gritos en la calle y tampoco
entre los prisioneros. Todos actuaban con una expectativa enmudecedora
ante el nuevo escenario que se abría. La incertidumbre y la sorpresa
todavía le ganaban a la indignación en esos momentos.
El folklore sobre la torpeza de los militares ya era un tema recurrente.
Pero aun así sus actos excedían los estereotipos. Como el comisario
Margaride persiguiendo hombres y mujeres infieles en los hoteles
alojamiento, o cuando llevaron a un cura al aula magna de Exactas
para exorcizar a los demonios del comunismo y Onganía irrumpiendo
en la Rural con la carroza de la reina Victoria tirada por seis
caballos blancos.
La facultad estuvo cerrada bastante tiempo porque coincidía con
el fin del cuatrimestre. Cuando reabrió, la mayoría de los profesores
había renunciado y en los pasillos había nuevos celadores con funciones
policiales. Algunas cátedras desaparecieron y otras debieron unificarse.
El clima de libertad que había distinguido a la Universidad había
mutado a claustro medieval, vigilancia y persecución. Esa torpeza
troglodita y la ignorancia habían pasado a decidir sobre nuestras
vidas.
La
noche eterna
El 29 de julio de 1966 la dictadura de Juan Carlos Onganía dictó
un decreto que ponía fin a la autonomía universitaria y se proponía
"eliminar las causas de acción subversiva" en los claustros. En
algunas facultades se realizaron asambleas como manifestaciones
de oposición. Profesores y estudiantes fueron forzados a abandonar
los edificios a golpes. Muchos fueron detenidos.
Por Diego Hurtado de Mendoza
A comienzos de los sesenta la proscripción del peronismo y las presiones
castrenses –crónicas y siempre perentorias– dominaron la escena
política. Las universidades no fueron ajenas a este juego de la
prepotencia. Después de todo, la autonomía universitaria había sido
puesta en vigencia por la dictadura que llegó al poder en septiembre
de 1955. Este tortuoso panorama no impidió que algunos sectores
de las universidades públicas construyeran una identidad que se
pensó a sí misma como solidaria de las mayorías. Cierto vigor y
una incipiente excelencia académica se combinaron con un compromiso
político entendido como concreción de la "función social" de la
universidad y oposición a intereses hegemónicos externos.
Desde las ciencias naturales, "desarrollo" –uno de los conceptos
claves de entonces– fue sinónimo de política industrialista e independencia
científica y tecnológica. Desde las ciencias sociales, la producción
de conocimiento fue pensada como actividad de diagnóstico y transformación
de la realidad de país periférico. Ambos tópicos se cruzaban en
un escenario atravesado por aluviones ideológicos y programáticos.
Humanistas y reformistas, católicos y marxistas, nacionalistas y
desarrollistas coincidieron en asignar un papel trascendente a la
universidad.
Si bien la clausura final de estos ideales se concretó el 24 de
marzo de 1976, la carrera hacia el abismo se inició con el golpe
que expulsó a Arturo Illia de la presidencia el 28 de junio de 1966.
El gobierno militar de facto hablaba de negligencia administrativa,
de fragmentación de la vida nacional y de inhibición del proceso
de modernización del país. Los primeros actos reflejos de la dictadura
fueron el cierre del Congreso y la Corte Suprema, el control de
la prensa y la disolución de los partidos políticos. El golpe de
Estado fue recibido con indiferencia por la sociedad. Las universidades
fueron el único sector que manifestó públicamente su oposición.
El 29 de julio el gobierno de facto sancionó el decreto ley 16.912,
que ponía fin a la autonomía universitaria y obligaba a los rectores
y decanos de las ocho universidades nacionales a asumir como interventores
dependientes del Ministerio del Interior. El nuevo decreto se había
propuesto "eliminar las causas de acción subversiva" en la universidad.
Los rectores de las universidades de Buenos Aires, Córdoba, La Plata,
Tucumán y Litoral decidieron renunciar. Los rectores de las universidades
del Sur, del Noreste y de Cuyo aceptaron asumir como interventores.
En la UBA, además del rector Hilario Fernández Long, nueve decanos
anunciaron sus renuncias. En algunas facultades se realizaron asambleas
como manifestaciones de oposición. Como represalia, la misma noche
del 29 de julio, policías armados, conducidos por el jefe de la
Policía Federal, general Mario Fonseca, irrumpieron en algunas facultades
de la UBA –los incidentes más graves se registraron en Filosofía
y Letras, Arquitectura y Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN)– disparando
gases y gritando consignas antisemitas y anticomunistas. Profesores
y estudiantes fueron forzados a abandonar los edificios a golpes
y la gran mayoría fueron detenidos en diversas comisarías.
En la FCEyN, su decano, el meteorólogo Rolando García, había convocado
a una reunión del Consejo Directivo, que había votado a favor de
dar a conocer una declaración de protesta. En esta facultad se encontraba
como profesor visitante el matemático Warren Ambrose, del Massachusetts
Institute of Technology. El relato indignado de Ambrose fue publicado
por la revista Science y el New York Times.
El periódico norteamericano también reprodujo declaraciones del
rector y de algunos decanos de la UBA. Horacio Pando, decano de
Arquitectura, sostenía: "Cerca de las 22 horas del viernes, la policía
interrumpió en las clases nocturnas en nuestra facultad, gritando
obscenidades, ygolpearon a profesores y estudiantes, hombres y mujeres,
muchos de los cuales no conocían el decreto".
El gobierno de facto decidió suspender las clases en las universidades
nacionales hasta el 16 de agosto, con excepción de las tres que
habían acatado el nuevo decreto, y designar a Carlos María Gelly
y Obes como nuevo ministro de Educación. También propuso cubrir
los cargos de docentes renunciantes en las universidades nacionales
con profesores de las universidades católicas no afectadas por la
intervención. Esta iniciativa fue interferida por el manifiesto
firmado por 65 profesores de la Universidad Católica de Buenos Aires,
donde se afirmaba: "El país necesita científicos y técnicos y éstos
pueden producirse sólo si las universidades son eficientes y capaces
de conseguir sus objetivos (...) Esto puede ser logrado sólo si
se mantienen principios tales como el derecho a la libertad de pensamiento
y opinión dentro de la institución (...) El principio de autonomía
universitaria es el factor más importante para alcanzar los más
altos niveles académicos".
El New York Times comentaba por esos días que "la mayoría de los
75.000 estudiantes sin clases deambulan en las cercanías de los
edificios", en aparente respuesta a un llamamiento de "líderes izquierdistas"
de la "poderosa Federación Universitaria Argentina", que reclamaba
la reapertura de las universidades, buscaba el apoyo en líderes
obreros de la CGT y llamaba a "expulsar a la dictadura educativa".
La ambigüedad en sus manifestaciones públicas fue una de las mejores
cartas de la política exterior de los Estados Unidos durante los
años sesenta. Mientras que el gobierno norteamericano notificó a
Onganía su "consternación y preocupación" sobre lo ocurrido en las
universidades y protestó por la golpiza padecida por Warren Ambrose,
a comienzos de agosto Lincoln Gordon, subsecretario de Estado para
Asuntos Interamericanos, que como embajador en Brasil había dado
su fervoroso apoyo al golpe de Estado de 1964, sostuvo ante la prensa
que el ataque a la universidad había sido justificado, porque allí
se encubrían agitadores profesionales. Gordon declaró que la reacción
de su gobierno por los actos del gobierno militar argentino no pasaban
de "una expresión de preocupación" y que no había habido protesta
formal y categórica.
El 5 de agosto, Gordon tuvo que aclarar sus dichos. Las páginas
de New York Times y de Washington Post reprodujeron sus argumentos:
si bien algunas universidades latinoamericanas se habían convertido
en "asilos de gángsters", de "estudiantes crónicos" o de "agitadores
profesionales", los abusos de la libertad académica debían ser corregidos
"a través de formas civilizadas y legales" y "no con violentas redadas
policiales".
Las aclaraciones de Gordon, apoyadas públicamente por el secretario
de Estado Dean Rusk, provocaron a su vez la reacción del gobierno
de facto argentino. El titular de la Cancillería, Nicanor Costa
Méndez, presentó a Leonard J. Saccio, encargado de los asuntos norteamericanos
en Buenos Aires, sus objeciones a las declaraciones de los funcionarios
norteamericanos respecto de las acciones del gobierno de facto sobre
las universidades. La nota de protesta incluía un pedido de informe
detallado de las mencionadas declaraciones de Gordon y Rusk a fin
de analizar si no significaban una interferencia de los Estados
Unidos en los asuntos internos de la Argentina. Sin embargo, la
tensión era aparente. El New York Times indicó que la protesta no
implicaba una "denuncia formal" del gobierno argentino y el Washington
Post citó declaraciones de Marshal Wright, funcionario de prensa
del Departamento de Estado, quien agregaba que la protesta argentina
"no parece requerir una respuesta".
Finalmente, en el New York Times del 12 de agosto Marshal Wright
afirmaba que el profesor Warren Ambrose no había sido seriamente
dañado. Por otra parte, Wrigth mencionaba que el gobierno argentino
había presentado un extenso mensaje que desautorizaba la acción
policial llevada a cabo la noche del 29 de julio y aclaraba que
los efectivos habían sido instruidospreviamente para no usar la
violencia. De esta forma, el Departamento de Estado norteamericano
daba por cerrados los entredichos.
Al día siguiente del ataque a las universidades ya había comenzado
a hablarse del peligro de un éxodo masivo de investigadores. El
25 de agosto de 1966, un artículo del New York Times, que llevaba
como copete "Reclutadores universitarios listos para ubicar profesores",
anunciaba que algunas de las universidades más importantes de los
Estados Unidos, "incluido el Massachusetts Institute of Technology
y Harvard, así como sociedades científicas y académicas, han establecido
contacto con profesores argentinos en las últimas dos semanas para
colaborar con su plan de partida". Investigaciones posteriores sostienen
que como consecuencia de los episodios del 29 de julio renunciaron
en la UBA alrededor de 1380 docentes e investigadores. Del total
de renunciantes, aproximadamente el 70 por ciento pertenecían a
la FCEyN. Más de 300 emigraron hacia otros países.
La universidad que comenzó a demolerse en julio de 1966 persistió
en la forma de materia prima tenaz para futuras mitologías académicas.
Y los mitos iluminan el pasado selectivamente y lo reinventan en
función de los sentidos del presente. La década 1956-1966 fue así
interpretada en varias claves, desde momento de audaces idealismos
—la universidad era capaz de forjar modelos de país— hasta idílica
"edad de oro" del desarrollo científico y tecnológico.
El retorno de la democracia en diciembre de 1983 mostró que en el
imaginario de muchos profesores e investigadores persistía como
grado cero de toda política universitaria la recuperación de la
universidad de los sesenta. Los debates sobre ciencia básica versus
ciencia planificada fueron retomados. Como si Martínez de Hoz y
la patria contratista nunca hubieran existido. El anacronismo resultó
evidente a comienzos de los noventa, cuando la "revolución cultural"
neoconservadora comenzó a promover los diagnósticos de organismos
financieros internacionales sobre la educación superior en América
latina. Algunos especialistas latinoamericanos se encargaron de
traducir los valores del mercado a un lenguaje progresista.
La universidad de los sesenta es una historia sin final, una potencialidad
que nunca será acto. Entre otras cosas, eso es el subdesarrollo:
historias inconclusas, sentidos inciertos. En todo caso, la universidad
de los sesenta aporta indicios reveladores para la autoestima de
una tradición científica y académica que todavía busca la clave
de su destino, que todavía se pregunta cómo hacer para que el conocimiento
producido en las universidades redunde en capital social y cultural
y en producción de riqueza.
La
realidad externa era fascista
Por José Pablo Feinmann
Recuerdo que era de noche, pero no si hacía frío. Por la fecha del
año, calculo, raro que hiciera calor. El calor estaba en nosotros,
en nuestras discusiones. Discutíamos si existía o no la realidad
externa. Eramos alumnos de Historia de la Filosofía Moderna y estábamos,
creo, preparando el final. Debía ser algo así; si no, no se explica
que estudiáramos tanto y discutiéramos un punto tan, digamos, puntual.
El punto era Descartes y su Discurso del método. Hay cierto momento
en que Descartes se pregunta si las cosas que él ve ahí afuera son
verdaderas o algún genio maligno lo está engañando. Entonces dice
que son verdaderas porque él las ve, y si las viera y no fueran
verdaderas Dios lo estaría engañando. Y Dios es bueno y no puede
engañarlo. Se trata de su recurrencia a la veracidad divina. Pero
hay un problema: para demostrar que hay cosas fuera del ego cogito
porque Dios es bueno y no puede engañarme, tengo que demostrar que
Dios existe. Y esto es fácil para Descartes. Porque dice: tengo
en mí la idea de la perfección. Yo, que soy imperfecto, no pude
haberla puesto ahí, donde está: en la conciencia. La tiene uqe haber
puesto un ser perfecto. El único ser perfecto es Dios. Dios existe.
Durante esos días, una revista marxista –enemiga de las filosofías
idealistas que deducen todo de la subjetividad– había publicado
un chiste memorable. En el primer cuadrito un tipo con barbita y
pipa decía: "Es muy fácil. Ese florero existe...". Y en el cuadrito
estaban el tipo y un florero. Segundo cuadrito: el tipo dice "porque
yo lo pienso". Siempre el tipo y el florero en el cuadrito. Tercer
cuadrito: el tipo dice "si yo no lo pensara...". Siempre el tipo
y el florero. Cuarto cuadrito: el tipo dice "el florero dejaría
de existir". En el cuadrito, ahora, sólo está el florero. Esas eran
nuestras bromas y esos eran nuestros temas de estudio y discusión.
¿Existe la realidad externa? ¿Sobre qué intenciona la conciencia
fenomenológica? ¿Sobre la realidad externa? ¿La conciencia determina
la vida o la vida a la conciencia? Pero, la realidad externa, ¿existe?
Salimos de la facultad. Bué, nos hicieron salir. Bajamos porque
estalló el infierno. Había entrado la cana. Filo estaba en Independencia.
Los canas habían hecho una doble hilera y por ahí, por el medio,
teníamos que salir. Nos gritaban comunistas de mierda, zurdos podridos
y judíos de mierda, esto, judíos de mierda, mucho y hasta más que
mucho porque, según nos enteramos después, el golpe venía muy católico,
muy Santo Tomás, muy filosofía medieval y nosotros ya estábamos
en moderna. De pronto un cana le encajó un bastonazo a uno. Y a
otro. Y a otro más. Nada demasiado grave. En otras universidades
fue peor. Pero cuando salimos a la calle,cuando corrimos hacia la
esquina, cuando nos subimos al bondi y pudimos respirar tranquilos
y hablar de nuevo, ya teníamos algo resuelto para siempre: la realidad
externa existía. Y no sólo existía: te puteaba, te cagaba a palos
y era fascista.
TESTIMONIO
1
Por Horacio González *
"Aquella noche estaba en la ocupación de la Facultad de Filosofía
y Letras. Hubo una irrupción de la infantería que, en mi caso, resultó
en un golpe en la cabeza que me dejó desmayado en el patio: yo recibí
efectivamente la visita de un bastón largo. Y esos minutos de desmayo
significaron un cambio muy importante en mi reflexión sobre la universidad
y el país... Hacía cuatro años que había entrado en la universidad
y vivía de algún modo el encantamiento de la autonomía universitaria.
De modo que el chichón en mi cabeza fue un alerta sobre lo que iba
a pasar en el país. Una cicatriz que a la luz de lo que fue la siguiente
dictadura generaría una suerte de melancolía por los golpes pasados...
En aquel momento tomé con un sentimiento de pena muy profundo la
renuncia de muchos de nuestros profesores. La irrupción de las armas
del Estado en los patios y las aulas de la universidad dio paso
también a las medidas de vigilancia: mi fotografía estaría desde
entonces en manos del personal de vigilancia y era considerado persona
no grata. Lo que tengo dificultad para decir es que aquella irrupción
policial me llevó a sumarme a los que creían en la necesidad de
construir una realidad que superara a la universidad aislada...
En la punta de aquellos bastones había diversas hipótesis de construcción
del conocimiento. El palazo hizo vibrar mi cabeza y me llevó a rechazar
tanto a aquella irrupción policial como a quienes habían sostenido
una universidad cientificista pero idílica. A tientas, fui de los
que intentaron construir un realismo nacional y popular, de forma
balbuceante intentamos seguir la lucha política en la universidad,
ocupando cátedras... Aquel golpe despertó un realismo social militante,
una veta política que empezó a llamarse tendencia nacional y popular
y que pronto vería con entusiasmo la lucha con las armas, un período
que hoy amerita una profunda reflexión... Fue muy importante para
mí aquel bastonazo. El desmayo duró muy pocos minutos, pero significó
uno de esos hechos que se recuerdan como un quiebre en la vida propia."
* Estudiante de Sociología en 1966, hoy director de la Biblioteca
Nacional.
TESTIMONIO
2
Por Eugenia Sacerdote de Lustig *
"Yo era profesora de biología celular en la vieja Facultad de Ciencias
Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, que estaba
en la calle Perú. Todavía no existía Ciudad Universitaria. Me acuerdo
que esa noche el doctor Rolando García nos dijo: "Que nadie se vaya
a casa porque se va a hacer una reunión de los profesores. Parece
que se viene una revolución". Como era de noche, dije: "Voy a llamar
a mi casa a mi marido y mis hijos para avisar que llego más tarde".
Por suerte, los teléfonos de la facultad no andaban. Y me fui a
hablar desde los teléfonos de una confitería. Cuando volví, vi que
había una doble fila de policías y que los estaban sacando. Había
un celular y estaban empujando a los doctores Manuel Sadosky y García
adentro. Y los escuché gritar: "¡Hay más profesores, vayan adentro
a buscarlos!". Entre los profesores, estaba yo, pero no me encontraron.
Me salvé por milagro. Me salvé por el teléfono que no funcionaba.
Me tomé un colectivo enseguida para mi casa. Llegué con un susto
terrible y miré si estaba toda la familia. Perdí el cargo de profesora
y todo cambió. Yo había sido nombrada por el doctor García después
que cayó el peronismo y vino Risieri Frondizi, que me reconoció
el título italiano. Yo era de Turín y vine a la Argentina cuando
empezó la Segunda Guerra Mundial, en 1939. Pero después de esa noche,
no volví más a la Facultad de Ciencias Exactas.
* Bióloga celular, investigadora emérita del Conicet, 95 años.
TESTIMONIO
3
Por Félix Schuster *
Esa noche estaba en la Facultad de Filosofía y Letras y la noticia
no nos sorprendió. Esperábamos con expectativa la intervención y
hasta nos parecía raro que, a un mes de asumir, Onganía todavía
no hubiese tocado la universidad. Teníamos conciencia de lo que
se venía, por entonces yo militaba activamente en el Frente de Izquierda
Popular. Trabajaba como jefe de trabajos prácticos de Filosofía
de las Ciencias y, al igual que todos mis compañeros, tuve que renunciar,
aunque no estaba de acuerdo con esa decisión. Para mí había que
quedarse a defender la facultad.
A medida que pasaban las horas, iba llegando gente de Exactas que
nos contaba lo que estaba pasando. Era terrible. Hacían formar fila
a los profesores, los hacían salir y los golpeaban uno tras otro.
Se notaba que no había una planificación por parte de los militares,
no eran demasiado hábiles y tampoco tenían mucha información de
lo que pasaba en las facultades. Iban al bulto, sin tener un conocimiento
puntual de lo que querían combatir. Se hicieron preconceptos y actuaban
en función de éstos. Pero sin duda, la noche de los bastones largos
fue un anticipo de lo que pasaría en el ‘76. Para mí fue un golpe
terrible, desde esa noche casi no pise la facultad hasta el ‘84.
Estuve 18 años sin participar de la actividad docente en Argentina.
* Ex decano de la Facultad de Filosofía y Letras.
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