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En 1966 la dictadura apaleó a estudiantes y docentes
Bastonazos
para Don Manuel Sadosky, Por L. M. y Federico Kukso (Fragmento
de uno de los últimos reportajes hechos a Don Manuel, para la
revista Todo es Historia).
–Usted vivió como protagonista las peripecias de la ciencia
argentina del siglo XX, así que me parece bastante apropiado.
–Sí, bueno, en tantos años...
–Creo que siempre se debe empezar por la "Noche de los bastones
largos", el 29 de julio de 1966, cuando la policía de Juan Carlos
Onganía irrumpió en la Facultad de Ciencias Exactas y apaleó
brutalmente a estudiantes y docentes, incluyendo a usted.
–Incluyéndome a mí, que era el vicedecano de la facultad, y
a Rolando García, que era el decano. La Noche de los bastones
largos, claro, es una fecha que queda grabada... Era un momento
muy activo de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, allí
se cultivaban la matemática, la física, la química, la geología,
la meteorología, con un fervor, con una sensación, quizá demasiado
exagerada, de que podíamos cambiar el país.
–Cuénteme algo de aquel día. La historia es conocida, pero algún
detalle suyo.
–Bueno, la historia de los palazos que nos hicieron pasar entre
una doble fila de policías ya la conocen todos... pero es curioso,
porque a uno le quedan ciertos detalles sin importancia. Por
ejemplo, recuerdo que yo usaba sombrero y lo tenía puesto, así
que cuando pegaron los palos, el sombrero atenuó los golpes,
que no me parecieron gran cosa, pero después, en la comisaría,
pasé frente a un espejo donde ví que tenía toda la cara ensangrentada
y entonces me lavé, porque me daba vergüenza estar en esa situación.
La verdad es que fue verdaderamente notable con tantos palos
que dieron que no hubieran matado gente, porque pegaban bien,
pegaban con habilidad.
–Y con ganas.
–Con muchas ganas. Y también recuerdo muy vivamente que yo estaba
problematizado, porque había mujeres y yo quería ir a defenderlas,
como cualquier persona que está viendo que les pegan a las mujeres
y bueno, no podía. Recuerdo mi impotencia, porque uno en la
Argentina estaba acostumbrado cuando había lío, cobraba. Pero
lo de las mujeres era nuevo.
La
historia oculta de aquella noche de los bastones largos
A 40 años del quiebre de la investigación científica en la Argentina
El 29 de julio de 1966, la policía del dictador Onganía arrasó
Ciencias Exactas. La orden la dio el jefe de la SIDE, general
Señorans. Aquí se revela una historia desconocida de aquella
noche trágica.
María Seoane
Se conocen el escenario,
el día y los hechos: el viernes 29 de julio de 1966, a un mes
del golpe militar que derrocó al gobierno constitucional del
presidente Arturo Illia e inauguró la dictadura del general
Juan Carlos Onganía, en la Facultad de Ciencias Exactas en la
eterna Manzana de las Luces, la Guardia de Infantería policial
que dirigía el general Mario Fonseca cargó a garrotazos y con
gases lacrimógenos contra estudiantes, docentes y profesores
extranjeros invitados y hubo 200 detenidos y numerosos heridos.
Se conocen los antecedentes de esos hechos: entre 1957 y esa
noche, la Universidad de Buenos Aires, la más potente y poblada
de las nacionales, vivía una época de oro inaugurada con el
rectorado del filósofo e intelectual Rizieri Frondizi, hermano
del Presidente Arturo. En su gestión, que luego continuó el
ingeniero Hilario Fernández Long, se modernizó la Universidad,
se lanzaron campañas de alfabetización, se fundaron las carreras
de Psico logía y Sociología, el Instituto del Cálculo, que estudió
la trayectoria del cometa Haley; se creó el Consejo Nacional
de Investigaciones Cinetíficas y Técnicas (Conicet), se fundó
la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba), que llegó
a editar 11 millones de libros a precios bajos, en fin, se democratizó
la Universidad hasta niveles antes desconocidos en la Argentina.
A partir del avance militar en el gobierno de Illia, los estudiantes
encresparon sus críticas: primero, ante la muerte de un estudiante
en las movilizaciones contra la invasión norteamericana a Santo
Domingo, en 1965, que anunciaba el comienzo de la feroz Doctrina
de la Seguridad Nacional en Latinoamérica, y luego, a partir
de la amenaza creciente de reducción del presupuesto educativo,
que por entonces era la increíble cifra del 20% del total del
Presupuesto nacional. Pero el inicio del gobierno golpista,
confesional y anticomunista de Onganía atizó la oposición estudiantil.
Se conocen también los móviles dictatoriales: poner fin a la
autonomía universitaria y la libertad de cátedra; silenciar
las criticas; escarmentar la rebeldía estudiantil y docente
de todas las universidades nacionales. Y se conocen las consecuencias:
1.378 docentes que renuncian o parten al exilio. Unos 301 emigraron:
215 eran científicos y 86 investigadores en distintas áreas.
Se inició el éxodo de científicos que no se detendría a partir
de entonces.
Cuarenta años después del asalto violento de la Policía a Ciencias
Exactas, que se denominó La noche de los bastones largos, es
posible afirmar que se quebró no sólo la más formidable acumulación
de conocimiento científico que la Argentina había logrado hasta
mediados del siglo XX, sino también se abrió el camino a la
intolerancia y se atrincheró a una generación de argentinos
en la idea fatal de que la violencia política era el recurso
para restaurar la libertad.
En nombre del hijo
Se conocen, entonces, los hechos, los protagonistas, los móviles
y las consecuencias de aquella noche trágica. Pero aún permanecen
oscuras, en los pliegues siempre apretados de la historia, muchas
preguntas. Esa noche, hubo un joven estudiante de Física que
intentó avisar que la Policía llegaría para invadir y reprimir
en Ciencias Exactas . ¿Quién era ese joven?Eduardo Scolnik -miembro
hoy del Departamento de Programación Informática del INDEC-
contó a Clarín episodios aún desconocidos pero que expresan
la complejidad y paradojas que rodearon no pocas veces la historia
argentina.
Eduardito Señorans era único hijo del general Eduardo Argentino
Señorans y Romilda Cerruti Costa. "Estudiante de Física en la
Facultad de Ciencias, Eduardito Señorans había sido un militante
católico, fuerza de choque en las manifestaciones de la 'laica
o libre', por el bando de los que querían la educación privada
y religiosa en las escuelas. Pero hacia 1962 ingresa a la Facultad
y, recién producida la revolución cubana, y seguramente por
eso y por la influencia de su tío, el abogado laboralista y
nacionalista católico Luis Benito Cerrutti Costa, Eduardito
comenzó a virar a posiciones de izquierda. Nos conocemos en
1963. Teníamos muchas charlas entre nosotros. Eduardito decía
que la revolución cubana iba en serio, que era una verdadera
revolución porque habían encarado a fondo el tema de la educación
de la gente, a diez o quince años".
En ese período, recordó Scolnik, Eduardito Señorans comienza
a enfrentarse duramente con su padre, para entonces general
de brigada. El general Señorans había sido jefe del Estado Mayor
de la llamada "Revolución Libertadora" que comandada por los
generales Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu derrocó a
Juan Perón en setiembre de 1955. Unido por convicción a Lonardi,
Señorans fue su subsecretario de Guerra. Mientras que su cuñado,
Luis Benito Cerrutti Costa, fue nombrado ministro de Trabajo
y Previsión. El golpe interno de Aramburu contra Lonardi lo
alejó del Ejército en noviembre de 1955. Fue Onganía quien sacará
de la actividad privada a Señorans para darle el cargo de jefe
de la SIDE, cuando, en junio de 1966 instaure una dictadura
integrista con pretenciones milenaristas. Señorans, entonces,
se transformó en una pieza clave de esa dictadura. Su hijo,
en pleno 1966, recuerda Scolnik, "ya revistaba en las filas
de la izquierda universitaria aunque como líbero, es decir,
sin partido". Su tío Cerrutti Costa, que había confluido con
Señorans en el antiperonismo en 1955, había comenzado también
a virar hacia posiciones revolucionarias. Será editor de Operación
masacre, de Rodolfo Walsh, y a fines del sesenta y principios
del setenta, se encargará de la defensa de presos políticos,
entre ellos varios guerrilleros peronistas y guevaristas. Fue
cofundador de la revista Nuevo Hombre y editor del diario El
Mundo, para entonces todas empresas vinculadas a la guerrilla
guevarista del ERP. Deberá exiliarse en París en 1975 ante las
reiteradas amenazas de la Triple A. Murió en 1977.
Scolnik
recuerda que las contradicciones en esa familia estallaron con
virulencia precisamente la noche del 29 de julio de 1966. "Fuimos
amigos estrechos. Nos conocían por 'los eduarditos'. Los padres
me invitaban a su casa en Cardales. Era el amigo entrañable
de un hijo único entrañable. Nuestros padres eran parecidos.
Mi padre era un médico que huyó de Ucrania porque la revolución
bolchevique le expropió todo. Mi padre era profundamente anticomunista.
No se podía hablar nada con él que no coincidiera con su ideología.
Lo mismo le pasaba a Eduardito Señorans. Había un constante
enfrentamiento con su padre."
Luego del golpe de Onganía -continúa Scolnik-, "el régimen consideraba
a la Universidad como un 'nido de rebeldes, comunistas'. Y la
verdad, visto a la distancia, nadie hacía nada que pudiera afectar
las bases del sistema, todavía. Y si bien la izquierda estaba
fragmentada, la derecha también. Y el aglutinante de la derecha
fue el anticomunismo. Así que debían construir ese enemigo que
los uniera. Recuerdo que el decano de Exactas, Rolando García,
entonces era un gran admirador de las universidades norteamericanas.
Pedía subsidios a la Fundación Ford y estaba muy lejos de ser
un comunista o un revolucionario. Era un científico que pedía
libertad de pensamiento y de investigación".
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Reflexiones de Jorge Enea Spilimbergo
(3 bloques) |
Al mes del golpe, la agitación estudiantil crecía en tanto se
defendía la autonomía universitaria atacada por el decreto ley
16.912. "La noche del 29 de julio, entonces, Eduardito estaba
en su casa. Escucha a su padre hablar por teléfono con Fonseca,
el jefe de la Policía Federal. Eduardito me contó luego (ese
día yo estaba enfermo y no había ido a la facultad) que su padre
le dijo a Fonseca: 'Andá a la Facultad de Ciencias Exactas y
matalos a palos'".
Entonces, el joven Señorans trató de avisar lo que ocurriría
a sus compañeros en la Facultad. "Llamó por teléfono, pero el
que lo atendió no le creyó lo que le decía, que la Policía cargaría
contra la Facultad. Desesperado, corrió hasta la Facultad -ellos
vivían en la calle Junín y Peña- para avisarle al decano Rolando
García lo que se estaba planeando. Pero cuando llegó, la Facultad
ya estaba acordonada y no pudo entrar. Así que, desconsolado,
me llamó y me dijo que igual se metería a defender la Facultad.
Le dije que no lo hiciera, que ya era tarde. A las 22, se desata
la represión. Eduardito siempre se sintió culpable. Yo nunca
pude volver a esa casa. Los dos dejamos la Facultad. Nos fuimos.
Eduardito no quería ser asociado a su padre. Nos dejamos de
ver por años. El murió en los años ochenta."
El último servicio público del general Señorans, antes de morir
en 1993, fue defender al dictador Leopoldo Galtieri en el juicio
militar por la Guerra de Malvinas. Señorans pidió su absolución
con el argumento de que las decisiones políticas no podían ser
revisadas ni pasibles de castigo. "Tal vez -reflexiona Scolnik-
esa orden de reprimir inédita en la historia de la Universidad
era también el odio que sentía el general contra quienes, él
pensaba, habían cambiado la cabeza a su hijo."
De llegar a tiempo, el gesto del joven Señorans no hubiera cambiado
la decisión dictatorial de cerrar la Universidad. Tal vez se
hubiera evitado la violencia brutal contra esas cabezas. Porque
la historia suele tramarse con grandes madejas y con pequeños
hilos, casi invisibles pero igualmente decisivos.
2006
Por Mario Rapoport *
El 28 junio de 1966, un golpe militar, con la anuencia de sectores civiles,
políticos y sindicales y una fuerte campaña previa de los medios de información
–como la que soportaron Yrigoyen en 1930 y Perón en 1945 con resultados
distintos–, depuso al presidente radical Arturo Illia. Las Fuerzas Armadas
abandonaban así el rol tutelar que venían ejerciendo desde la caída de Perón, en
1955, sobre gobiernos emergentes de un régimen deslegitimado por la proscripción
del peronismo. Al igual que en golpes anteriores, la desestabilización empezó
mucho antes y los medios de la época tuvieron mucho que ver en ello, en especial
los periodistas Mariano Grondona, Bernardo Neustadt y Mariano Montemayor, como
señala Miguel Angel Taroncher en su libro sobre la caída de Illia. Esos
periodistas contribuyeron “como parte integrante del poder mediático, a la
campaña de prensa sobre la base de coincidentes mensajes críticos contra el
gobierno” radical. A través de ellos jugaban sofisticadas revistas de opinión un
rol que en golpes anteriores habían desempeñado periódicos de lectura masiva.
Las principales instituciones empresarias, por su parte, estaban también
disconformes con lo que consideraban una excesiva intervención del Estado en la
economía. Un documento inédito de la UIA hablaba de “la burocratización total de
la vida económica [...] que conduce gradual pero persistentemente a la absorción
de la empresa privada por el Estado [...]”. La misma “toma varias formas pero,
para las actividades más importantes, casi siempre se resuelve en la obligada
transferencia de la propiedad del empresario privado al Estado”. Estos conceptos
parecían dejar traslucir que el gobierno de Illia era una antesala del de Fidel
Castro. (Ponencia de la UIA para la XXII Asamblea de Aciel a realizarse del 4 al
6 de junio de 1966.)
Mariano Grondona, gestor del golpe en numerosos artículos, señalaba dos días
después de haberse producido, las razones del mismo: “Arturo Illia no [había
comprendido] el hondo fenómeno que acompañaba a su encumbramiento: que las
Fuerzas Armadas, dándole el Gobierno, retenían el poder. El poder seguía allí,
en torno de un hombre solitario y silencioso [el general Onganía]. [...].
Siempre ha ocurrido así: con el poder de Urquiza o de Roca, de Justo o de Perón.
Alguien, por alguna razón que escapa a los observadores, queda a cargo del
destino nacional. Y hasta que el sistema político no se reconcilia con esa
primacía, no encuentra sosiego”. El gobierno había cometido el error de creer
que gobernaba cuando en realidad los votos de la elección de Illia seguían
siendo botas.
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Pero la incógnita principal fue el rol que Estados Unidos jugó en el golpe. Dos
años antes, en 1964, el gobierno de Washington había tenido una influencia
decisiva en la caída del presidente brasileño Joao Goulart, a quien consideraban
un “extremista”. Existe la transcripción de un diálogo entre el presidente
Johnson y el secretario de Estado adjunto para Asuntos Interamericanos Thomas
Mann, el viernes 3 de abril de 1964, tres días después de ese golpe. “Mann:
Espero que Ud. esté tan feliz respecto al Brasil como lo estoy yo. LBJ: Lo
estoy. Mann: Pienso que es lo más importante que ocurrió en el hemisferio en
tres años” (tapes de la Casa Blanca, 1963-1964). En cambio, no surge de los
documentos secretos que el Departamento de Estado hubiera intervenido
directamente en la caída del primer mandatario argentino –en verdad no lo
necesitaba–, pero estaba perfectamente informado de la existencia de sectores
militares y civiles opuestos a los lineamientos programáticos de Illia y en
procura de una oportunidad para provocar una “intervención” militar desde muy
temprano, incluso desde antes de su asunción, en octubre de 1963. La carrera de
Illia hacia los comicios de julio de 1963 se había desarrollado en un clima
político interno signado por la proscripción del peronismo y de su líder, por lo
que la UCR del Pueblo obtuvo la primera minoría y la nominación de su candidato
en el Colegio Electoral con apenas el 25 por ciento de los votos. Este hecho
cuestionaba la legitimidad de la victoria electoral; una “marca de origen” que
constituiría el “caballito de batalla” permanente de la oposición política y,
especialmente, de los sectores internos y externos que ya desde el inicio de la
nueva administración comenzaron a tejer la trama conspirativa. El nuevo
presidente accedería a la Casa Rosada con una minoría parlamentaria, hostilizado
por la sistemática oposición de la dirigencia sindical y patronal y conviviendo
con contradictorias tendencias conservadoras y populistas dentro del propio
radicalismo.
Las políticas desplegadas, sin agitar demasiado las aguas, rescataban
lineamientos básicos heredados de la intransigencia radical y del primer
peronismo, con un trasfondo internacional marcado por propuestas económicas
nacionalistas en boga en muchos países del Tercer Mundo. Esas orientaciones se
manifestaron a través de cierta resistencia a las imposiciones del FMI, la
concepción de un Estado inclinado al control y la planificación de la economía
–como en caso de los productos farmacéuticos–, así como a la atención
prioritaria al mercado interno. Se tomó también la decisión de denunciar y
anular los contratos petroleros firmados por el presidente Frondizi.
Por supuesto, los servicios de inteligencia norteamericanos estaban bien
informados sobre los planteos golpistas y sus principales protagonistas. Así lo
testimonia un cable de la CIA al presidente norteamericano Lyndon Johnson, que
se encuentra en los archivos de su presidencia, localizados en Austin, Texas.
Allí se daba cuenta de la decisión de los altos mandos militares argentinos de
promover el golpe para el mes de julio, aunque la acción podía adelantarse si la
“crisis económica” se acentuaba. El informe reseñaba la “responsabilidad” y
“seriedad” de los objetivos del futuro gobierno militar y enumeraba entre los
involucrados a los generales Juan Carlos Onganía, Julio Alsogaray, Alejandro
Lanusse y Osiris Villegas (CIA, 2/6/66, Country Files, Argentine Memos, Vol. II,
Box 6).
Finalmente, el levantamiento militar tuvo lugar el 28 de junio y el gobierno
surgido de la decisión golpista se autodenominó “Revolución Argentina”. El
“caudillo” soñado por Grondona fue nombrado presidente con el objetivo
primordial de mantenerse mucho tiempo en el poder: “un dictador es un
funcionario para tiempos difíciles”, afirmaba el inefable periodista. El nuevo
régimen pretendía imponer un proyecto de largo alcance, dotando al Estado de una
organización tecno-burocrática, que Guillermo O’Donnell denominó “Estado
Burocrático Autoritario”, capaz de poner fin a las pujas intersectoriales y
políticas locales en el marco de la Doctrina de la Seguridad Nacional, que
privilegiaba el accionar en el orden interno por parte de las Fuerzas Armadas
contra los peligros del “extremismo” y la “disociación social”. Pero los tiempos
económicos, sociales y políticos que proponía no pudieron llevarse a cabo. A
través del Cordobazo la sociedad puso fin a esa forma criolla de “pseudomonarquía”.
Grondona debió postergar por un tiempo sus sueños “caudillescos”, las Fuerzas
Armadas se retiraron después de dos intentos frustrados de continuar en el mando
y Perón volvió finalmente a la Argentina. Se abría una etapa vertiginosa cuyo
desenlace dio paso al período más doloroso de nuestra historia, que comienza en
1976. El golpe militar que lo precedió diez años antes fue, sin duda, un primer
ensayo.
Economista e historiador. Investigador superior del Conicet
Página|12, 28/06/10
Mentes
Cortas, bastones largos
Por Warren Ambrose
Ya han pasado treinta años de la Noche de los Bastones Largos.
Ante el aniversario del triste episodio, desde EXACTAmente intentamos
colaborar con la memoria mediante el particular testimonio de
un científico estadounidense que en ese momento se encontraba
trabajando en nuestra Facultad. Warren Ambrose, profesor de
matemática del Massachusets Institute of Technology (MIT), vivió
de cerca la intromisión del gobierno militar de Juan Carlos
Onganía en la autonomía universitaria y, movido por este hecho,
envió una carta al New York Times, cuyo contenido se transcribe
a continuación.
Carta de Warren Ambrose
Buenos Aires, Argentina, 30 de julio de 1966
The New York Times
New York, N.Y.
Estimados señores:
Quisiera describirles un brutal incidente ocurrido anoche en
la Facultad de Ciencias de la Universidad de Buenos Aires, y
pedir que los lectores interesados envíen telegramas de protesta
al presidente Onganía.
Ayer el gobierno emitió una ley suprimiendo la autonomía de
la Universidad de Buenos Aires y colocándola (por primera vez)
bajo la jurisdicción del Ministerio de Educación. El gobierno
disolvió los Consejos Superiores y Directivos de las Universidades
y decidió que desde ahora en adelante la Universidad estaría
controlada por los decanos y el rector, que funcionarían a las
órdenes del Ministerio de Educación. A los decanos y al rector
se les dieron 48 horas de plazo para aceptar esto. Pero los
decanos y el rector emitieron una declaración en la cual se
negaban a aceptar la supresión de la autonomía universitaria.
Anoche a las 22, el decano de la Facultad de Ciencias, Dr. Rolando
García (un meteorólogo de fama internacional, que ha sido profesor
de la Universidad de California, en Los Angeles), convocó a
una reunión del Consejo Directivo de la Facultad de Ciencias
(compuesto por profesores, graduados y estudiantes, con mayoría
de profesores) e invitó a algunos otros profesores (entre los
que me incluyo) a asistir a la misma. El objetivo de la reunión
era informar a los presentes la decisión tomada por el rector
y los decanos y proponer una ratificación a la misma. Dicha
ratificación fue aprobada por 14 votos a favor con una abstención
(proveniente de un representante estudiantil).
Luego de la votación, hubo un rumor de que la policía se dirigía
hacia la Facultad de Ciencias con el propósito de entrar, que
en breve plazo resultó cierto. La policía llegó y, sin ninguna
formalidad, exigió la evacuación total del edificio, anunciando
que entraría por la fuerza al cabo de 20 minutos (las puertas
de la Facultad habían sido cerradas como símbolo de resistencia
-aparte de esa medida, no hubo resistencia-). En el interior
del edificio, la gente (entre quienes me encontraba) permaneció
inmóvil, a la expectativa. Había alrededor de 300, de los cuales
20 eran profesores y el resto estudiantes y docentes auxiliares
(es común allí que a esa hora de la noche haya mucha gente en
la Facultad porque hay clases nocturnas, pero creo que la mayoría
se quedó para expresar su solidaridad con la Universidad).
Entonces entró la policía. Me han dicho que tuvieron que forzar
las puertas, pero lo primero que escuché fueron bombas que resultaron
ser gases lacrimógenos. Luego llegaron soldados que nos ordenaron,
a gritos, pasar a una de las aulas grandes, donde se nos hizo
permanecer de pie, contra la pared, rodeados por soldados con
pistolas, todos gritando brutalmente (evidentemente estimulados
por lo que estaban haciendo -se diría que estaban emocionalmente
preparados para ejercer violencia sobre nosotros-).
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Luego, a los alaridos,
nos agarraron a uno por uno y nos empujaron hacia la salida
del edificio. Pero nos hicieron pasar entre una doble fila de
soldados, colocados a una distancia de 10 pies entre sí, que
nos pegaban con palos o culatas de rifles, y que nos pateaban
rudamente, en cualquier parte del cuerpo que pudieran alcanzar.
Nos mantuvieron incluso a suficiente distancia uno del otro
de modo que cada soldado pudiera golpear a cada uno de nosotros.
Debo agregar que los soldados pegaron tan duramente como les
era posible y yo (como todos los demás) fui golpeado en la cabeza,
en el cuerpo, y en donde pudieran alcanzarme. Esta humillación
fue sufrida por todos nosotros -mujeres, profesores distinguidos,
el decano y el vicedecano de la Facultad, auxiliares docentes
y estudiantes-. Hoy tengo el cuerpo dolorido por los golpes
recibidos, pero otros, menos afortunados que yo, han sido seriamente
lastimados. El profesor Carlos Varsavsky, director del nuevo
radio-observatorio de La Plata recibió serias heridas en la
cabeza; un ex-secretario de la Facultad, de 70 años de edad,
fue gravemente lastimado, como así mismo Félix González Bonorino,
el geólogo más eminente del país.
Después
de esto fuimos llevados a la comisaría seccional en camiones,
donde nos retuvieron un cierto tiempo, después del cual los
profesores fuimos dejados en libertad, sin ninguna explicación.
Según mis conocimientos, los estudiantes siguen presos. A mí
me pusieron el libertad alrededor de las 3 de la mañana, de
manera que estuve con la policía alrededor de 4 horas.
No tengo conocimiento de que se haya ofrecido ninguna explicación por este comportamiento. Parece simplemente reflejar el odio del actual gobierno por los universitarios, odio para mí incomprensible, ya que a mi juicio constituyen un magnífico grupo, que han estado tratando de construir una atmósfera universitaria similar a la de las universidades norteamericanas. Esta conducta del gobierno, a mi juicio, va a retrasar seriamente el desarrollo del país, por muchas razones, entre las que se encuentra el hecho de que muchos de los mejores profesores se van a ir del país.
Atentamente.
Warren Ambrose
Profesor de Matemática en el Massachusets Institute of Technology
(MIT) y en la Universidad de Buenos Aires
CRONOLOGIA DE UNA UNA TRISTE HISTORIA
El 28 de junio de 1966 un golpe militar encabezado por Juan
Carlos Onganía derroca al pesidente Arturo Illia. Por la tarde
el rector de la UBA, Hilario Fernández Long, da a conocer una
resolución de la Universidad en repudio al golpe.
Como primera medida, el nuevo gobierno clausura el Congreso
Nacional y prohibe los partidos políticos.
Las universidades
se convierten en el próximo blanco: la intervención se hace
inminente.
El viernes 29 de julio se difunde el decreto ley 16.912 que
determina la intervención, prohibe la actividad política en
las facultades y anula el gobierno tripartito (integrado por
graduados, docentes y alumnos). Los rectores deben convertirse
en interventores delegados del Ministerio de Educación si quieren
seguir en sus puestos. Tienen 48 horas de plazo para decidir
si aceptan o renuncian.
La sede del Rectorado y las facultades de Arquitectura, Ciencias
Exactas, Filosofía y Letras, Ingeniería y Medicina, son ocupadas
por autoridades, profesores y estudiantes con el objetivo de
resistir la violación de la autonomía.
Ese mismo viernes por la noche, Onganía ordena a la Guardia
de Infantería el desalojo de las sedes tomadas, pese a que las
48 horas de plazo todavía no se había cumplido. Comienza de
esta manera la "Operación Escarmiento".
La represión se lleva a cabo con gases lacrimógenos, culatazos
y bastonazos. Resultado: 400 estudiantes y profesores detenidos;
renuncian a sus puestos todos los decanos de la UBA, y hacen
lo mismo 1.400 docentes; trescientos científicos se
Fuente: Revista EXACTAmente
Un
homenaje a Emilio Fermín Mignone Intenso y lúcido protagonista,….
y privilegiado testigo del siglo XX
Por Néstor Fabián Migueliz
"Ha sufrido duramente, con su familia,
los dolores más fuertes
que se puedan haber sufrido en nuestro país.
Su dolor lo convirtió en obligación de lucha.
Lo comprendió así
y nada le impidió continuar su docencia cívica,
con las formas y características
que para él eran las más indicadas
para el bien de la sociedad
de la que es miembro"[1]
Ha transcurrido un poco más de seis años desde que este vecino
lujanense nos abandonara, aunque sólo físicamente, un 21 de
diciembre de 1998. Abogado, especializado en derecho público,
ciencia política, política educativa y científico-tecnológica,
historia contemporánea, derechos humanos, y relaciones entre
religión y sociedad, sus 76 años de vida han resultado de un
protagonismo inusual y -al mismo tiempo- intensos como ha ocurrido
con pocos hijos de Luján. Además de las repercusiones periodísticas
de su amplia trayectoria y actividad pública, quedan -de su
pluma, tan concisa, aguda y amena- firmes testimonios documentales
como numerosos libros, folletos, artículos, minutas y ensayos,
además de videos y cintas grabados.
1. Derechos humanos e iglesia. Más de una vez he leído y escuchado
opiniones y/o versiones absurdas y disparatadas las que -en
una apretada generalización- dan cuenta algunas acerca de la
izquierdista ideología de nuestro evocado; otras refiriendo
que "Mignone fue uno de los que ‘hizo’ la noche de los bastones
largos"; para culminar leyendo a Hebe Pastor de Bonafini (referente
de un sector de "Madres de Plaza de Mayo") sostener que "Emilio
Mignone era Estados Unidos, el Buenos Aires Herald" y vinculándolo
con la "banca Rockefeller"[2]
Atípico comienzo para un recordatorio, que pretende otorgar
al lector -especialmente a quien no conoció a nuestro protagonista-
una suerte de espontánea impresión acerca de la inquieta y rica
personalidad de quien fuera Emilio Fermín Mignone, nacido el
23 de julio de 1922 en Luján, Buenos Aires, en el seno de lo
que sería una muy numerosa y ahora más que centenaria familia.
Testimonio de un católico practicante. En su libro "Iglesia
y dictadura. El papel de la iglesia a la luz de sus relaciones
con el régimen militar" (Ediciones del Pensamiento Nacional,
1986) -y en muchísimas otras publicaciones y reportajes- Mignone
dejó riguroso testimonio de las relaciones de la Iglesia católica
con el poder político ejercido entre 1976 y 1983, puntualmente
juzgadas desde la óptica de la debida y pastoral defensa de
la vida humana y del respeto a los demás derechos fundamentales.
No menos importantes resultan sus análisis y propuestas sobre los vínculos entre la iglesia y el Estado, la educación confesional, el vicariato castrense, la siempre polémica -y por muchos desconocida- cuestión del financiamiento y sostén del culto, etc. Todo ello fundado en sólidos argumentos constitucionales, canónicos e históricos (en virtud de ello, llega a sugerir, en una eventual reforma constitucional -la oportunidad fue en 1994- la reconsideración de la interrelación "iglesia-cultos-estado"). Así, Mignone nos refiere "la prevalencia a lo largo del tiempo de una actitud de subordinación con respecto al estado por parte del cuerpo episcopal y en menor medida del clero y las organizaciones católicas. Esa impronta, pese al proceso de secularización de la sociedad a partir de la década del sesenta, mantiene su vigencia en el imaginario colectivo, en el seno de la sociedad y en las posiciones de gobernantes y prelados"[3].
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Egresado con el
mejor promedio del colegio de los Hermanos Maristas (Instituto
Ntra. Sra. de Luján), en 1940 (como figura en los boletines
del alumnado), los lectores maduros recordarán seguramente su
posterior rol de dirigente del movimiento juvenil católico.
Por entonces, integró grupos de trabajo apostólicos notables,
"capaz de llenar estadios en el Congreso de la Juventud (1946)
y prolongar acciones formativo-educativas en un periodismo juvenil
de avanzada, como el de Antorcha, del que fue su primer director"
(Alfredo M. Van Gelderen, 1993). Entre otras cosas, en nuestra
ciudad, fue el primer prosecretario, quien redactó los estatutos
y quien tramitó la personería de la legendaria "Fundación Ateneo
de la Juventud Lujanense", que posee la magnífica sede en 9
de Julio y Las Heras, y en cuyo seno se promovieran tantas actividades
en favor de la juventud)[4].
Herencia institucional para la defensa de los derechos del futuro.
A partir de la dictadura iniciada en 1976, merece destacarse
(en conjunto con otros abogados, como Augusto Conte, Boris Pasik
y Alfredo Galetti) la creación (1979) y -lo más importante-
la supervivencia, la proyección y la extensión del campo de
acción del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), cuya
presidencia ejerció hasta su muerte. Sin dudas, Emilio Mignone
fue "la figura central del movimiento por los derechos humanos"[5],
y su pionera -y muchas veces dificultosa y cuando no arriesgada-
labor inicial está hoy a la vista y con creces. La prestigiosa
organización no gubernamental cuenta hoy con una dirección ejecutiva,
diversas áreas (desarrollo institucional, litigio y defensa
legal, documentación y archivos, y comunicación), variados programas
(memoria y lucha contra la impunidad del terrorismo de Estado,
violencia institucional y seguridad ciudadana, derechos económicos,
sociales y culturales, y justicia democrática), un equipo de
asistencia en salud mental y un proyecto de educación para la
ciudadanía. Integra, además, disímiles organizaciones internacionales
de juristas y tutelares de los derechos humanos, y reconoce
el apoyo de diversas fundaciones, universidades y asociaciones
internacionales.
Ello ocurre en nuestro
país, donde -lamentablemente- cierta pretendida dirigencia ha
procurado y aún procura -sin suerte mucha, otra, sin convicción-
construir y fundar instituciones políticas, sociales, vecinales,
culturales, etc. Es la que observamos moverse solamente con
afanes de figuración o al ritmo de las urnas, demostrando la
incapacidad de construir ideas-fuerza o instituciones más o
menos perdurables, sobreviviendo a las personas, y con posibilidades
de proyección -desindividualizadas- hacia el futuro.
Mignone avizoró, con la brillantez de un hombre de estado, que
el movimiento de derechos humanos –por intermedio de la acción
de organizaciones serias, pluralistas, democráticas y no fundamentalistas
o hiperideologizadas- terminaría ganando la batalla de "la verdad
y la justicia". La realidad le da la razón, cada día, con el
avance de los procesos judiciales procurando evitar la impunidad.
Como bien se ha dicho, Augusto Conte y Mignone (aliados pioneros
en la fundación del CELS) conviertieron la ingenuidad que se
reprochaban "en un programa de acción, con el propósito de que
algún día las instituciones merecieran la confianza que habían
depositado en ellas, para cambiarlas y ponerlas a la altura
de sus mentes limpias y sus corazones nobles" (Horacio Verbitsky,
2004).
2. Educación y política universitaria. Con sólo 27 años, conduce
políticamente la enseñanza oficial bonaerense (1948-1952), con
éxitos indiscutibles, acompañando la eficaz gestión de Domingo
A. Mercante-Julio C. Avanza. Promovió desde dicha función la
modernización de la legislación y fijó pautas para la transfomación.
Entre 1962 y 1967 se desempeñó como consultor-experto en educación
en la Organización de Estados Americanos, con residencia en
Washington.
Vuelto al país, entre 1968 y 1971 ejerce la función de subsecretario
de Educación de la Nación -bajo la dictadura de Juan C. Onganía-
probando nuevamente idoneidad y capacidad de gestión en la función
pública.
A propósito de lo controvertido del caso, recuerdo un diálogo
generado en medio de un almuerzo televisivo a fines de los ’80
o al principiar la década del ’90. "Dr. Mignone,... Ud. se arrepiente
de haber participado -como funcionario- de un gobierno de facto?",
pregunta la actriz y conductora; a lo que nuestro convecino
contesta: "No me arrepiento,... me hago una autocrítica,...
que no es lo mismo". El hecho me dio la pauta de que Mignone
se haría siempre cargo de lo que había sido y de lo que había
hecho...., lo que no es poco, y contrasta con algunas otras
actitudes -por cierto distintas- de otras personas públicas.
Conozco otros ex funcionarios de facto, que desempeñaron luego
funciones electivas al llegar la democracia, pero que han suprimido
de su curriculum vitae oscuros períodos vergonzantes -como una
ex subsecretaria del orden nacional y lujanense- aún cuando
en el país algunos recién comenzaban a "descubrir errores" e
-incrédulos los más- "los horrores" de la última dictadura.
En
junio de 1973 fue designado rector-normalizador de la Universidad
Nacional de Luján por el ex presidente de la Nación, Héctor
J. Cámpora, donde ejerce dicha función –no sin dificultades,
propias de la época- hasta la interrupción constitucional de
1976. Cuenta muy bien la historia de Luján y su alta casa de
estudios, en la obra que la misma institución le encarga, recién
en 1992, dando un visionario panorama sobre la problemática
universitaria el que se proyecta adecuadamente hasta avanzada
la década del ’90.
Sobre esto último -y revistiendo plena actualidad- escribe Mignone:
"Si persiste la política estatal en virtud de la cual las universidades
nacionales recibirán del estado un subsidio y, en el uso integral
de su autonomía, podrán distribuirlo libremente, hay que utilizar
sin titubeos esa facultad para conseguir los efectos deseados.
Y por cierto, procurar formas adicionales de financiamiento,
tanto externas como provenientes de la misma comunidad universitaria.
Para ello hay que eliminar los tabúes que constituyen una constante
perniciosa de la política educativa argentina"[6]. Al respecto,
siempre comentaba que la mayoría de los dirigentes universitarios
(correligionarios míos, los más) -que tanto invocaban e invocan
aún, en las discusiones presupuestarias y/o sobre la autonomía-
el "Manifiesto de la reforma universitaria", de 1918, interpretaban
erróneamente dicho texto y procuraban lo que el documento nunca
sostuvo.
Nunca abandonará el ámbito educativo (fue, en varias oportunidades,
el candidato del justicialismo universitario al rectorado de
la importante Universidad de Buenos Aires), dedicándose hacia
el final de su vida -casi con exclusividad- a la cuestión universitaria
y a la enseñanza superior. Ejerce distintas funciones académicas
en diversos escenarios, públicos y privados, y de organizaciones
internacionales. Participa en los debates acerca de la legislación
federal educativa y de la educación superior, habiéndose incorporado
antes a la Academia Nacional de Educación (1993), hasta que
la muerte lo encuentra en la estratégica y muy reconocida presidencia
de la imprescindible comisión nacional de evaluación y acreditación
universitaria -CONEAU- al final de 1998.
El rol estatal en la evaluación y acreditación universitarias.
Refiriéndose al desafío de la calidad, la pertinencia, la eficiencia
y la equidad de la educación, sostenía nuestro evocado que "uno
de los riesgos que corre el país es el de caer en un sistema
educativo dual, particularmente en el nivel superior, con la
existencia de una formación supuestamente de excelencia -y digo
supuestamente porque mientras no exista un mecanismo de evaluación
objetivo, externo y transparente, nadie está en condiciones
de garantizar nada- en establecimientos particulares destinados
a los pudientes, donde la calidad se mediría por el costo de
la matrícula; y de otra de segunda, tercera o cuarta categoría
para el resto de la población. Esto conduciría -continúa- al
desarrollo de una sociedad antidemocrática; sería suicida para
la Nación por cuanto la inteligencia no está distribuida solamente
entre los ricos; y contraría nuestra tradición histórica, fundada
en la posibilidad de acceso a la universidad de todas las clases
sociales"[7]. Este acertado y lúcido diagnóstico ratifica el
necesario control de la autoridad pública en la materia; eso
mismo que el propio Mignone comenzó a hacer desde la conducción
fundante de la CONEAU.
Bajo su liderazgo (explicaba que procuraba -y lograba casi siempre-
el consenso en las decisiones de importancia), la Comisión "fue
ganando el respeto de la comunidad universitaria gracias a la
severidad con que se juzgó a los proyectos de creación de universidades
poniendo freno a una década donde la ausencia de sólidos controles
permitió el aumento de universidades de irregulares condiciones
"[8].
3.
La realidad nacional y la política. Harto conocida resulta la
filiación peronista de nuestro convecino, sólo resquebrajada
ante el manifiesto y violento enfrentamiento entre las autoridades
públicas y la Iglesia Católica (1953-1955) y -quizá- ante la
normalización institucional de 1983. En dicha oportunidad, el
candidato presidencial del justicialismo (Italo A. Luder) se
manifestó a favor de la denominada ley de autoamnistía -dictada
en las postrimerías del régimen militar- ante el mayoritario
rechazo de varios partidos políticos; entre ellos, la luego
triunfante Unión Cívica Radical con Raúl Alfonsín a la cabeza.
Hacia noviembre de 1972, acompañó -como tantos y famosos militantes-
el regreso al país del ex presidente Juan Domingo Perón, luego
de su exilio de 17 años, viajando en el Giuseppe Verdi de Alitalia.
"Sin que ellos lo supieran, viajaban en el charter todos los
presidentes peronistas del siglo XX: además de Perón, Héctor
Cámpora, Raúl Lastiri, Isabel Perón y Carlos Menem"[9].
El periodismo de opinión y de tribuna no le fue ajeno: fundó
y dirigió en su ciudad natal La Voz de Luján aunque de corta
vida (resulta interesante recorrer algunas páginas y contenidos
que resultan pioneros en materia de derechos fundamentales y
su reconocimiento y protección internacional), en 1956. Luego,
su carácter de colaborador y columnista en distintos medios
y revistas, como el diario Página 12 (en plena ultima dictadura,
1982, aguardaba con ansiedad su columna en La Voz -que dirigía
Vicente L. Saadi, luego titular del Justicialismo en el orden
nacional- para informarme y leer opiniones que desafiaran aquel
monocorde discurso de la información oficial).
Las responsabilidades públicas desempeñadas -prematuras algunas,
como hemos visto-, su protagonismo en muchas decisiones y, especialmente,
su calificada óptica (dada su excelente formación) sobre problemas
y soluciones, convirtieron a Mignone en crítico y agudo observador
de la realidad argentina. Como resulta lógico, con la madurez
alcanzada con la edad, las experiencias que dejan los hechos
vividos, los sufrimientos y dolores, su opinión fue creciendo
en quilates. Su palabra, con el tiempo, se jerarquizó y resultó
aún más valorada fuere quien fuere el destinatario.
Michael Shifter escribe que -llegado a la Argentina varias veces,
a partir de 1987- optaba por principiar y culminar su labor
con entrevista previa y final con nuestro protagonista:
"En nuestra primera conversación, Emilio no solamente me explicó
lo que decían las leyes (se refiere a las denominadas "de punto
final" y de "obediencia debida"), sino que me las puso en perspectiva
y me aclaró su importancia. Lo hizo juiciosa y brillantemente,
sin mostrar ningún atisbo de sus propios intereses o de rencor.
De alguna manera, y aparentemente sin esfuerzo, encontró el
balance adecuado entre los principios morales, de un lado, y
las consideraciones pragmáticas, del otro....
No sólo quería comenzar mi trabajo hablando con quien tenía
la más lúcida, ilustrada y confiable interpretación de lo que
ocurría en ese país, sino que quería, además, tener la oportunidad,
antes de irme, de cotejar mis impresiones de lo que había percibido
y de escuchar lo que él pensaba. Hablar con Emilio -continúa-
era mi forma de buscar que mis apreciaciones estén intelectual
y moralmente centradas. Nunca me decepcionó"[10].
Respecto a la actitud de la dirigencia política con relación
a las peores secuelas de la dictadura 1976-1983, el evocado
sostenía que "la clase política se encontró en general alejada
del movimiento por los derechos humanos en los años más álgidos
de la represión. Era difícil obtener representantes oficiosos
en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. El único
interés de la mayoría de los dirigentes partidarios se centraba
en la posibilidad del llamado a elecciones y estaban convencidos
que esto era sólo posible negociando con los militares".
A mediados de los ’80, el ahora senador Rodolfo H. Terragno, escribía: "Emilio Mignone estremece a quien lo oye narrar ahora el tránsito de la incredulidad al asombro:
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‘Hasta hace unos meses, casi todos mis vecinos pensaban que
yo estaba loco, o que era un mentiroso. Desde que me dejaron
aparecer por primera vez en televisión, hay gente que me abraza
en la calle y, con lágrimas en los ojos, me dice: ¡Dios mío!
¡Usted tenía razón!" (Memorias del Presente. Edit. Legasa, 1987).
Sobre la reforma constitucional de 1994 y el consenso del Pacto
de Olivos, Mignone escribió, a manera de balance:
"Muchas de esas objeciones provienen de una ignorante o interesada
idealización del pasado y una falta de esperanza en el porvenir.
Ni los constituyentes de 1853, de 1860, o de 1957 fueron todos
eminentes constitucionalistas, como ahora se pretendía, ni entre
los 305 representantes de 1994 faltaban personalidades cultivadas
en esa disciplina. En 1853 el más conspicuo inspirador de su
texto, Juan Bautista Alberdi, estaba en Europa y no integró
la convención..... El tiempo, que permite advertir los resultados
de las acciones de los hombres, dirá si tuvieron o no razón.
Y nos enseñará si los protagonistas de este episodio fueron
o no por una motivación patriótica, sin perjuicio de la salvaguardia
de sus intereses políticos concretos, porque ello es un ingrediente
inseparable de la naturaleza humana"[11].
4. Impresiones. Conocí personalmente a Mignone en febrero de
1982, seguramente mucho más tarde que un buen número de lectores
de este recordatorio, y en especial, de vecinos lujanenses.
Fue en ocasión en que cursaba (junto a su sobrino y querido
amigo, Luis Alberto Mignone) el ingreso a derecho en la Universidad
de Buenos Aires. Recuerdo también aspectos y las repercusiones
periodísticas de su arbitraria detención -un año antes- previo
allanamiento a la sede del CELS y a su domicilio (de donde la
Policía Federal se llevó documentación y papeles, folletos y
libros), por orden de un juez federal[12].
No eran momentos
fáciles; ni para Mignone -que tenazmente buscaba a su desaparecida
hija Mónica, como tantos familiares de detenidos-desaparecidos-
ni para el país, sumergido en una grave crisis moral, política,
social y económica. Lo cierto es que, en pocos días, el objetivo
panorama argentino cambió radicalmente: la ocupación irracional
y la derrota posterior en Malvinas -con sus consecuencias institucionales-
que derivaría luego en la normalización democrática de 1983.
Cuando podíamos, asistíamos al departamento de Avda. Santa Fe
al 2900, y no costaba mucho ver lucir las paredes con las amenazantes
leyendas del estilo: "Mignone.. te va a pasar lo mismo que a
tu hija", o de similar contenido. Cuando no estaba ocupado (muy
pocas veces), siempre algún intercambio de palabras, o la pregunta
típica de Emilio: "Y qué opinan de esto,... o aquello -política,
casi siempre- dos jóvenes alfonsinistas como ustedes ?", aludiendo
así a nuestra militancia partidaria juvenil en el centenario
partido. Pero lo cierto es que Mónica no apareció -como tantos
miles- y toda la conocida historia hasta esta parte.
El 5 de septiembre de 1998, Emilio Fermín Mignone ilustró a
los lujanenses con una atípica, rica y curiosa conferencia sobre
la historia del lugar (cuyos ejes fueron las personalidades
y las acciones de Ana de Matos, Juan de Lezica y Torrezuri,
el R. P. Jorge M. Salvaire y Enrique Udaondo). Lo invitaron
los amigos del Museo histórico para celebrar -junto a otros
disertantes de renombre- el 75° aniversario del complejo. Poco
tiempo después, la desaparición física.
Varios lugares públicos lo recuerdan: en nuestra ciudad, en
distintos puntos del país y del exterior. Un fallo de la Suprema
Corte federal (del año 2002)[13] lleva su nombre (por la modalidad
de la carátula judicial, aunque accionara representando al CELS):
se trata de una acción de amparo que procuró y logró "garantizar
el derecho de sufragio (Art. 37 de la C. N.) de las personas
detenidas sin condena en todos los establecimientos penitenciarios
de la Nación, en condiciones de igualdad con el resto de los
ciudadanos". Todo un símbolo.
".... Puso el servicio humanitario por encima de pasiones políticas
y jamás dejó de lado sus ideales de justicia y de libertad,
que impulsó en la época más sangrienta de la Argentina.... Por
su trayectoria en la lucha por los derechos humanos bajo regímenes
dictatoriales, es un ejemplo para todos aquellos quienes de
alguna manera hemos enfrentado situaciones similares"
Roberto
Cuéllar M.
director ejecutivo
Instituto Interamericano de Derechos Humanos
San José, Costa Rica, agosto de 2001
Luján, enero de 2005.-
Notas y bibliografía.
[1] Alfredo M. van GELDEREN. Presentación y palabras de bienvenida
en acto de incorporación -como miembro académico- a la Academia
Nacional de Educación, 4 de octubre de 1993.
[2] Reportaje en 1988 / Asociación Madres de Plaza de Mayo.
Sitio web www.madres.org.ar.
[3] "Dictadura e iglesia en Quilmes. Contexto para una investigación".
Revista de Ciencias Sociales (Papeles de Investigación. Publicaciones).
Universidad Nacional de Quilmes, 1996, (en sitio web www.argiropolis.com.ar
/documentos/investigacion/publicaciones).
[4] Recuerdo vivamente testimonios relatados, en Luján, por
Héctor "Pelito" Calzetta (presidente, muchos años, de la institución),
Andrés J. "Tito" Casset, Arturo Monteiro y Carlos A. Mignone.
[5] Horacio VERBITSKY. "El legado de Mignone". Diario "Página
12". 9 de noviembre de 2004. Ver también sitio web del Cels
(www.cels.org.ar )
[6] "Universidad Nacional de Luján. Origen y evolución". Secretaría
de Bienestar y Extensión Universitaria / UNLu. Editorial UNLu,
1992.
[7] Academia Nacional de Educación. "Educación en los años ’90:
el desafío de la calidad, la pertinencia, la eficiencia y la
equidad", en el tomo "Reflexiones para la acción educativa".
Incorporaciones, presentaciones y patronos, 1993-1994. Buenos
Aires,1995.
[8] "Mignone, acompañado por figuras de reconocida trayectoria
académica, debió soportar durante ese tiempo las presiones ejercidas
por legisladores de los partidos mayoritarios en favor de algunas
instituciones", en EDUCYT. "Los nuevos pasos de la Coneau" (en
sitio web www.fcen.uba.ar, 1999.
[9] Homenaje a la Militancia Peronista (en sitio web www.causapopular.com.ar),
2004
[10] Organización de Estados Americanos. Discurso homenaje ante
su fallecimiento, Washington, 1999.
[11] "Constitución de la Nación Argentina, 1994. Manual de la
reforma". Editorial Ruy Díaz, 1995
[12] El procedimiento, absurdo, privó de la libertad a los detenidos
durante varios días, se hizo invocando "la Seguridad del Estado"
y estudiando "la vinculación de los procesados con determinados
movimientos subversivos de proyección internacional", hecho
que originó reacciones e irónicos comentarios dada las personalidades
de los detenidos.
[13] CSJN. Fallo (3ra. Instancia) en "Mignone, Emilio Fermín
s/ promueve acción de amparo", 9 de abril de 2002; que declaró
la inconstitucionalidad del inciso d) del Art. 3 del Código
Nacional Electoral, con fundamento en la Constitución reformada
y en los tratados internacionales de jerarquía constitucional
(según ese mismo texto de 1994).
Fabián MIGUELIZ
nfmigueliz@hotmail.com
www.ilustrados.com
Oscar
Varsavsky
En una charla pronunciada en la Universidad Central de Venezuela
en Junio de 1968, el Dr. Oscar Varsavsky vuelve sobre sus pasos,
retoma viejos conceptos y propone nuevos desafíos a la luz de
la historia. Son palabras que tienen el valor de haber sido
pronunciadas a partir de una historia de vida y de su posterior
análisis, profundamente crítico. Para situarnos ante estos hechos,
la historia nos remite a 1955 cuando se encamina la denominada
Renovación de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Buenos
Aires hasta que la policía entró a repartir palos a estudiantes
y profesores en Julio de 1966, inaugurando lo que se daría en
llamar "la noche de los bastones largos".
Las palabras de Varsavsky resumen con crudeza los problemas
encarnados en nuestro sistema de ciencia y tecnología, en nuestras
universidades y en sus propios actores, en tanto profesores
o estudiantes, y tienen la extraña virtud de llegar a nuestros
días sin perder vigencia, muy por el contrario, sus palabras
siguen describiendo con total precisión lo que aún vivimos y
padecemos.
Finalmente, sólo nos resta advertir que en este artículo se
superponen tres tiempos históricos: la experiencia desarrollada
en la Facultad de Ciencias de la UBA desde el ’55 al ’66; el
análisis crítico a la luz de lo realizado en otro tiempo (1968)
y lugar (Venezuela); y nuestro propio tiempo sobre el cual impactan
desafiantes estas palabras.
Ahora si, por mucho mal que nos pese, sostiene Varsavsky...
Sobre la necesaria renovación académica
(...) Empeñados en realizar una renovación académica han llegado
a la conclusión que, aun sin discutir a fondo cual es el papel
de una Facultad de Ciencias en un país subdesarrollado, hay
una cosa segura: para desempeñar bien su papel debe formar profesionales
y científicos serios, responsables, capaces de utilizar todos
los instrumentos que la ciencia y la técnica ponen a su disposición
y de crear los que necesiten y aún no existan. Rechazar en cambio
el concepto de Facultad que se limita a otorgar títulos académicos
como recompensa a los alumnos que han tenido la habilidad o
la paciencia de aprobar sus exámenes
Esto
les ha señalado claramente uno de los enemigos naturales de
la renovación: el profesor anticuado, incapaz o desinteresado,
que por desgracia abunda en nuestras universidades, y que no
cumple ni remotamente con su misión formadora, porque no sabe
o porque no le importa.
Sobre fósiles y cientificistas
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En toda acción es muy cómodo identificar al enemigo: la táctica,
las victorias, las derrotas, todo se hace más claro y fácil.
Yo estoy de acuerdo en que esos profesores "fósiles" son un
enemigo que hay que vencer, y ojalá tengan pleno éxito en esa
tarea. Pero quiero hablarles de otro enemigo no tan fácilmente
identificable, puesto que en ocasiones como ésta aparece incluso
como un aliado, pero que luego resulta más peligroso que el
otro, más eficiente en la tarea de impedir a la Universidad
realizar su verdadera misión.
(Tomando como referencia a la renovación que se hizo en la Facultad
de Ciencias de Buenos Aires, en el período 1955-1966) Pensando
siempre en el primer enemigo, quisimos pues asegurarnos de que
sólo "buenos científicos" iban a ganar los concursos. Si se
tomaba en cuenta como antecedente la antigüedad en la docencia
o los títulos académicos habituales en el país, se nos volvían
a meter los fósiles. El criterio debía ser la actividad científica,
pero ¿cómo se mide? La unidad de medida propuesta fue la de
más prestigio en el hemisferio Norte: el "paper", el artículo
publicado en una revista extranjera, porque las nacionales no
daban suficiente garantía de calidad.
Todos aceptamos ese criterio. Poco a poco, sin embargo, algunos
empezamos a darnos cuenta de ciertas tristes realidades de la
vida científica. Encontramos que en algunos campos, como Biología,
donde el nivel internacional es muy desparejo, hay revistas
extranjeras dispuestas a publicar prácticamente cualquier cosa.
Una mala descripción de un alga de la Patagonia o cualquier
otra trivialidad podía hacerse publicar en alguna revista internacional,
con tal de tener algún conocido en el cuerpo editor.
En otro tipo de ciencias, como la Física, descubrimos gente
que habiendo aprendido en el exterior una técnica todavía no
muy difundida en el mundo, se hacía comprar el aparato correspondiente
al volver al país y se ponía a aplicar esa técnica a muchas
sustancias diferentes. Hay miles de moléculas que se pueden
analizar por resonancia paramagnética, por ejemplo: cada una
de ellas puede producir un paper, cuyo valor puede ir desde
infinito a cero, o incluso ser negativo. La persona que había
tenido la habilidad de dedicarse a eso aparecía entonces con
antecedentes mucho mejores que otras de gran capacidad pero
que sólo escribían un paper cuando tenían algo decentemente
original que decir.
Lo ridículo del caso es que allá igual que aquí, nosotros conocíamos
perfectamente a todos los que se presentaban a concurso, porque
habían sido colegas, compañeros, o alumnos nuestros, y podíamos
decir de antemano sin equivocarnos cuáles de ellos iban a ser
útiles, quiénes iban a formar escuela, quiénes iban a enseñar
con interés, como verdaderos maestros, quiénes se iban a preocupar
por los problemas del país, sin descuidar por ello el rigor
científico. Y sabíamos por otra parte quiénes estaban simplemente
haciendo su carrera profesional en la ciencia y ponían todos
sus esfuerzos en cumplir con ese requisito formal del paper,
eludiendo toda otra actividad, incluso la enseñanza.
Sobre los papers
Hacer un paper no es tan difícil. Yo diría que cualquier graduado
de esta Facultad puede publicar en una revista extranjera sin
mucho más esfuerzo científico que el que hizo para graduarse,
siempre que haya conseguido un "padrino" extranjero que le haya
dado un tema que tenga algo que ver con las corrientes de moda.
Eso se consigue yendo becado al exterior, y es muy fácil equivocarse
al asignar becas.
Sobre la "carrera científica"
(...) La ciencia, por su gran prestigio, se ha convertido en
una profesión codiciada y en ella hay que hacer carrera de cierta
manera, ya estandarizada por normas internacionales. El éxito
consiste en publicar papers, asistir a congresos y simposios,
recibir visitas de profesores extranjeros, ser invitado a otras
universidades como profesor visitante. Esta carrera requiere
una técnica y un cierto umbral de capacidad y preparación. Pero
la inteligencia no es un elemento decisivo, salvo en el caso
de genios, y este caso lo dejamos de lado porque sobre genios
no hay ninguna regla general que valga. Para el investigador
común, el elemento decisivo para adquirir "status" en la carrera
científica es un tipo de habilidad muy similar al "public relations".
Tal como en la competencia comercial, a menos que lo que se
venda sea muy, muy malo o muy, muy bueno, es más importante
saber vender que preocuparse por la calidad del producto. Esto
puede parecer exagerado, y cuando yo publiqué mi primer paper,
hace 25 años, me hubiera parecido una herejía, pero la experiencia
me ha hecho cambiar de opinión.
Por supuesto, no todos los que tienen éxito en esta carrera
científica son simples buscadores de prestigio, si no, la ciencia
estaría estancada y no lo está. Pero tampoco progresa tan maravillosamente
como se dice: tengan en cuenta que desde Aristóteles hasta Einstein
hubo menos científicos en total que los que hoy viven y publican
papers, y sin embargo en los últimos cuarenta años ninguna ciencia,
salvo la Biología, produjo ideas, teorías o descubrimientos
geniales corno los que asociamos a los nombres de Darwin, Einstein,
Schrodinger, Cantor, Marx, Weber e incluso Freud. Los grandes
adelantos han sido técnicos, inpublicables en revistas de "ciencia
pura": computadores, bomba atómica, satélites, propaganda comercial.
No
está claro que el actual diluvio de papers ayude mucho al progreso
de la ciencia, y por lo tanto no es válido en general el argumento
de los que se niegan a "perder tiempo" enseñando porque dicen
que sus investigaciones son más importantes. Eso puede ser cierto
en un caso cada mil, no más.
Sobre el cientificismo
El cientificismo es la actitud del que, por progresar en esta
carrera científica, olvida sus deberes sociales hacía su país
y hacia los que saben menos que él.
Pero este peligro no lo vimos al principio, y seguimos preocupados
exclusivamente con el otro, el de los fósiles, incapaces siquiera
de ser cientificistas. Así, otra medida de seguridad que tomamos
fue la de incluir científicos extranjeros en los jurados. Todavía
no me explico cómo pudimos cometer semejante error.
Los científicos extranjeros son capaces -si están bien elegidos-
de juzgar entre un paper "moderno" y uno anticuado, y siempre
votaron en contra de los fósiles. Pero cuando se trataba de
elegir entre dos candidatos científicamente aceptables, usaban
sus propias normas, válidas en sus propios países, y optaban
por el que había publicado un poco más, o se ocupaba de un tema
más de moda, sin tomar en cuenta dos cuestiones esenciales:
que en Sudamérica es tanto o más importante formar las nuevas
generaciones de científicos que hacer investigación ya, y que
la investigación que se haga debe servir al país a corto o mediano
plazo. Esos criterios ideológicos, estos juicios de valor, no
eran compartidos por los jurados extranjeros, y muchas veces
nos obligaron a nombrar profesor a un cientificista dejando
de lado a jóvenes también capaces de investigar, pero más conscientes
de sus deberes sociales.
El resultado práctico de nuestros esfuerzos fue que "triunfamos",
digámoslo entre comillas (muchas personas siguen creyendo lo
mismo; yo no). En la mayoría de los casos, los fósiles fueron
derrotados y en muy poco tiempo la Facultad de Ciencias de Buenos
Aires fue considerada un ejemplo de ciencia moderna en Sudamérica;
se multiplicó el número de papers producidos, nuestros alumnos
hacían siempre un brillante papel en las universidades extranjeras
a donde iban becados y cuando llegaba un profesor visitante
siempre nos encontraba al día en todos los temas de moda.
Lo que conseguimos fue estimular el cientificismo, lanzar a
los jóvenes a esa olimpíada que es la ciencia según los criterios
del Hemisferio Norte, donde hay que estar compitiendo constantemente
contra los demás científicos, que más que colegas son rivales.
Y como esa competencia continua no es el estado ideal para poder
pensar con tranquilidad, con profundidad, no es extraño que
ninguno de los muchos papers publicados por nuestros investigadores
desde 1955 haya hecho adelantar notablemente ninguna rama de
la ciencia. Si no se hubieran escrito, la diferencia no se notaría.
A cambio de ese ínfimo aporte a la ciencia universal, encontramos
que estos cientificistas no atendían a los alumnos, o peor,
implantaban un criterio aristocrático en la Facultad: elegían
algunos buenos alumnos porque los necesitaban como asistentes
para su trabajo, y se dedicaban exclusivamente a ellos. Los
demás eran considerados de casta inferior y debían arreglarse
como pudieran.
(...) En realidad, uno de los motivos que hace tan atrayente
el cientificismo es que es muy fácil: no hay que pensar en cuestiones
realmente difíciles por sus muchas implicaciones. A uno lo envían
recién graduado a una universidad extranjera y allí su jefe
le dice qué artículos tiene que leer, qué aparatos tiene que
manejar, qué técnicas tiene que usar y qué resultados tiene
que tratar de obtener. Si trabaja con perseverancia, consultando
cuando se le presenta alguna dificultad, se graduará sin duda
de "científico", y volverá a su país a tratar de seguir haciendo
lo mismo que aprendió o algo muy relacionado con eso.
Sobre la alienación, el seguidismo y la imitación de nuestros
jóvenes científicos... y de los no tan jóvenes
Poco a poco la Facultad se fue transformando en una sucursal
de las universidades del Hemisferio Norte. En nuestros laboratorios
trabajaba gente joven, muy capaz, becada al Hemisferio Norte
apenas graduados, que habían recibido allí un tema de trabajo,
y ahora de regreso en el país seguían con ese tema porque era
lo único que sabían bien y lo único que les permitía seguir
publicando; eran muy jóvenes, no tenían una experiencia amplia
y no querían desperdiciar esa capacidad tan específica que habían
adquirido. Se mantenían en contacto mucho más estrecho con las
universidades del exterior que con las nuestras: todos sus canales
de información estaban conectados hacía afuera. Y desgraciadamente
dimos el ejemplo a las demás universidades e institutos científicos
del país y llegamos a extremos escandalosos: una escuela de
Física y un instituto de investigaciones sociológicas ubicados
en los Andes patagónicos, una hermosa zona de turismo aislada
del resto del país, pero adonde los profesores extranjeros iban
encantados durante sus vacaciones de verano porque podían combinar
ciencia con esquí.
Lo que obtuvimos, pues, fue una alienación, un extrañamiento
de todos esos jóvenes que habíamos preparado con tanto cuidado,
luchando durante años para conseguirles fondos, para crear el
Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas que dio y
da becas, subsidios, complementos de sueldo con un criterio
aún más cientificista que el nuestro. Toda esa gente, aun quedándose
en el país, cortaba sus lazos con él y se vinculaba cada vez
más al extranjero. Algunos terminaban yéndose al Hemisferio
Norte definitivamente, pero ese no era el problema más grave.
Más problema eran los que se quedaban pero se ocupaban sólo
de temas que interesaban a los Estados Unidos o a Europa. Cuestiones
de ciencia aplicada que interesaran al país no se investigaban.
Problemas de ciencia pura que pudieran tener alguna ramificación
beneficiosa para el país, no se veían. Que pudieran ser un aporte
significativo para la ciencia universal, no aparecieron.
En cambio teníamos una especie de colonización científica; todos
nuestros criterios, nuestras medidas de prestigio, los valores
e ideales de nuestros muchachos más inteligentes, estaban dados
por patrones exteriores, aceptados sin análisis, por puro seguidismo
e imitación.
Sobre inesperados apoyos
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Sin embargo, había algunos síntomas significativos. Empezamos
a obtener apoyos inesperados e indeseados. Al comienzo, en el
año 55, éramos todos considerados comunistas por la embajada
norteamericana, pero esa actitud fue cambiando y nos encontramos
recibiendo apoyo de las fundaciones -Ford, Rockefeller, Carnegie,
todas- la National Academy of Science, el National Institute
for Health; hasta recibimos un subsidio de la Fuerza Aérea norteamericana
para hacer un estudio meteorológico. A algunos de nosotros esto
nos obligó a pensar qué era lo que estaba sucediendo, por qué
tanto interés, tanta amistad con nosotros de golpe. Y llegamos
a la conclusión de que estábamos haciendo un buen negocio para
ellos: que nuestra producción científica era tan parecida a
la de ellos que les convenía apoyarnos.
Cuando
nuestros radioquímicos completaron una serie de tablas con propiedades
de los radioisótopos, no hicieron una obra científica original
-no formularon ninguna idea nueva- pero hicieron un trabajo
de rutina delicada, muy útil para la ciencia del Norte y recibieron
por ello muchas palmadas de agradecimiento. Como ese hay otros
muchos ejemplos, pero tal vez el máximo beneficio que el Hemisferio
Norte saca de este apoyo al cientificismo es que nos hace depender
culturalmente de ellos. Si los universitarios, la gente de la
cual salen los cuadros dirigentes del país, se acostumbran a
aceptar el liderazgo científico, y por lo tanto tecnológico
del Norte, les será mucho más difícil rebelarse contra la dependencia
económica y política. De ahí el interés de muchas entidades
del Norte en apoyar nuestros esfuerzos en pro de la modernización
de la enseñanza, y en contra de los profesores fósiles y los
métodos anticuados.
Sobre la educación y la independencia cultural
(...) Si un país es algo diferente de los demás es porque tiene
una cultura propia, es decir hábitos de vivir, de pensar, de
trabajar, tradiciones y valores propios. Esa cultura se forma
en gran parte a través de la educación, y por eso la educación
es lo último que puede entregarse a otro país, cualquiera que
sea. Si en nuestra vida cotidiana, en nuestra ciencia y nuestro
arte imitamos a los EEUU, es inútil que tengamos un ejército
propio y elecciones presidenciales: seremos igual una colonia,
y con menos probabilidades de liberarnos que hace 150 años,
porque estaremos satisfechos con nuestra manera de vivir. El
colonialismo cultural es como un lavado de cerebro: más limpio
y más eficaz que la violencia física.
Si un país sudamericano quiere ser realmente libre, y no un
estado libre asociado, tiene que tener su propia política educativa,
dirigida mal o bien por sus ciudadanos. Si son inteligentes
tendrán grandes éxitos y serán admirados por el resto del mundo;
si no, serán al menos lo que ellos han querido ser.
En resumen, la independencia cultural debe ser nuestro objetivo
permanente, en todos los campos de la cultura, desde las series
de TV hasta la ciencia pura.
Independencia cultural significa dos cosas: obligación de crear,
y derecho a elegir. De lo que se hace en el Norte vamos a elegir
lo que nos parezca conveniente; vamos a tomarnos esa gran responsabilidad.
Y vamos a tratar de crear lo que falta.
Sobre la verdad, la universalidad y la importancia en la ciencia
Se nos dice que la ciencia debe interesarnos, porque la ciencia
está formada por verdades, y lo que es verdad en Nueva York
también es verdad en Caracas. Esto hay que aclararlo.
Lo que ocurre es que la verdad no es la única dimensión que
cuenta: hay verdades que son triviales, hay verdades que son
tontas, hay verdades que no interesan a nadie. "Una frase significa
algo sí y sólo sí puede ser declarada verdadera o falsa", afirma
una escuela filosófica muy en boga entre los científicos norteamericanos.
Yo no creo eso: hay otra dimensión del significado que no puede
ignorarse la importancia. Es cierto que un teorema demostrado
en cualquier parte del mundo es válido en todas las demás, pero
a lo mejor a nadie le importa. Eso me ha pasado a mí con muchos
teoremas que yo he demostrado. Son verdaderos pero creo que
el tiempo que gasté en demostrarlos lo pude haber aprovechado
mejor. No significan nada.
Para eso hay una respuesta habitual: "no se sabe nunca; tal
vez dentro de diez años ese teorema va a ser la piedra fundamental
de una teoría más importante que la relatividad o la evolución".
Bueno, sí, como posibilidad lógica no se puede descartar, pero
¿cuál es su probabilidad? Porque si es muy cercana a cero no
vale la pena molestarse. Además, seamos realistas: si un teorema
que yo descubro hoy y que nadie lee ni le importa, dentro de
diez años resulta importante, es seguro que el científico que
lo necesite para su teoría lo va a redescubrir por su cuenta,
y recién mucho después algún historiador de la ciencia dirá
"ya diez años antes un señor allá en Sudamérica había demostrado
ese mismo teorema". No tiene mucha importancia eso para la ciencia
universal. Ese valor potencial que tiene cualquier descubrimiento
científico es el que tendría un ladrillo arrojado en cualquier
lugar del país, si a alguno se le ocurriera construir allí una
casa, por casualidad. Es posible, pero no se puede organizar
una sociedad, ni la ciencia de un país con ese tipo de criterio.
Hay que planificar las cosas. No todas las investigaciones tienen
la misma prioridad; ellas no pueden elegirse al azar ni por
criterios ajenos.
Sobre la originalidad en ciencia
Elegir en vez de aceptar no es fácil. Crear, mucho menos. La
Ciencia parece a primera vista un cuerpo tan completo y perfecto
que uno se descorazona fácilmente ante la tarea de innovar.
Sin embargo, todos están de acuerdo en que dentro de un siglo
la ciencia habrá descubierto campos, teorías y métodos totalmente
nuevos. Eso significa que la ciencia de hoy no está cubriendo
todos los campos posibles. Hay un horizonte inmenso de nuevas
posibilidades.
(...) El deseo de crear, de ser originales, tropieza con dificultades
cada vez mayores a medida que se trata de una ciencia más básica.
Pero la originalidad no puede ser el único criterio. Eso corresponde
a la ideología de que la ciencia es un juego y que el científico
puede elegir el tema que le divierta más, porque su recompensa
es el placer que experimenta al dedicarse a ese juego. Esa ideología
se lava las manos de los problemas sociales y por eso debemos
rechazarla.
Intentemos por lo menos una respuesta tentativa a este problema
de hacer ciencia autónoma pero con un contenido social.
Yo creo que lo que tiene que hacer un país subdesarrollado es
integrar la actividad científica alrededor de algunos grandes
problemas del país. Y la Facultad de Ciencias tiene que orientar
su enseñanza para que eso sea posible. Afirmo que con ese método
de trabajo se conseguirá que la Universidad contribuya mejor
al desarrollo del país y que no se haga seguidismo científico.
Sobre la "ciencia del Norte"
Les recuerdo además una característica propia de la ciencia
del norte, y es que allí es muy raro el trabajo en equipo, justamente
porque la filosofía de la vida en Estados Unidos requiere una
alta competitividad individual. Cada científico tiene que firmar
él su paper, porque si no ha publicado tantos por año pierde
su contrato en la Universidad a favor de otro que publicó más.
Hay una resistencia muy grande a hacer un trabajo en el que
haya cierta dosis de, digamos, generosidad colectiva con respecto
a las ideas y a los papers. Es muy difícil plantear allá un
trabajo grande, cuyos resultados pueden tardar 3, 4 ó más años
en aparecer, y cuando aparezcan estarán firmados por muchas
personas. Eso no sirve para hacer carrera científica en Estados
Unidos, y no se hace salvo cuando no hay más remedio: cuando
hay guerra, en las industrias de defensa, en la industria espacial.
Allí sí; cuando hay que hacer la bomba atómica se reúnen todos
los cráneos necesarios y se hace. Pero no es lo usual; ellos
no están preparados ideológicamente para trabajar en equipo.
Yo no sé si nosotros lo estamos, pero es un camino promisorio
y deberíamos probarlo.
Sobre
el tema científico que mayor importancia debiera tener
Es el estudio de la estrategia de desarrollo que más conviene
al país. Partiendo de la situación actual objetiva, y de ciertas
metas generales como eliminar la pobreza, la dependencia económica
y cultural, etc., se debe investigar cómo efectuar ese cambio,
pero analizando todos sus aspectos: con qué recursos naturales
y humanos se cuenta, qué fuerzas internas o externas se oponen
al cambio, qué instituciones se necesitan, qué fábricas son
indispensables, cómo pueden continuar funcionando si hay un
bloqueo comercial, etc., etc. Este es un problema que parece
pertenecer a las ciencias sociales, pero si se plantea en todo
su real tamaño requiere la colaboración esencial de las ciencias
básicas, desde la discusión de los recursos naturales y los
procesos tecnológicos de producción hasta los métodos matemáticos
y estadísticos de analizar la enorme cantidad de factores que
intervienen en el proceso simultáneamente.
E insisto en que aunque estos grandes proyectos parecen ser
ciencia aplicada, en la realidad darán origen a muchos problemas
de ciencia pura, y de manera funcional: no problemas teóricos
cualesquiera, sino sugeridos por la necesidad de contestar a
las preguntas planteadas en el proyecto y que la ciencia actual
no alcanza a responder.
La famosa ciencia universal puede ganar mucho más de unas pocas
ideas frescas, motivadas por problemas reales nuestros, que
de nuestra incorporación pasiva a la gran competencia atlético-científica
del Hemisferio Norte.
Nota: DIVULGÓN se ha tomado el atrevimiento de rescatar aquellos
conceptos que a su juicio conforman el pensamiento fundamental
de Oscar Varsavsky y los ha puesto en el formato que considera
más accesible para el lector. No obstante, DIVULGÓN recomienda
fervientemente la lectura del texto completo de esta charla.
Si bien las palabras de Varsavsky siguen muy vigentes, no podemos
dejar de reconocer que hoy existen nuevos actores y otros compromisos
en nuestro sistema de Ciencia y Tecnología. Actualmente, desde
el sistema de Ciencia y Técnica se propone una visión "productivista"
en donde la ciencia y la tecnología son tomadas sólo como creadoras
de riquezas, como partes fundamentales de los procesos de producción,
respondiendo a un pensamiento un tanto ingenuo y lineal, y en
algún sentido, mágico (ciencia básica ? aplicada ? desarrollo
tecnológico ? producción industrial).
No caben dudas que para lograr una corriente autosostenida de
desarrollo tecnológico es imprescindible una fuerte interacción
entre el Estado, el sistema productivo y el sistema científico-técnico,
aunque la realidad es mucho más compleja que el conocido "triángulo
de Sabato" (ver Ciencia y Tecnología en los países del sur,
por Tomás Buch en Divulgón 2). No es raro escuchar en el discurso
actual de científicos y tecnólogos hablar con ligereza de "empresas",
"empresarios" e "impacto social de proyectos". Así vemos como,
sin la seriedad que corresponde, se intentan construir incubadoras
de empresas, polos tecnológicos y agencias de promoción científica.
Estos nuevos horizontes propuestos terminan formando parte del
discurso justificatorio de proyectos de investigación y de pedidos
de subsidios, en donde se retuercen las palabras para que aparezca
el impacto social del proyecto, en una competencia económica
o financiera, más que científica, tecnológica, o académica.
Por todo esto, es importante tener en cuenta que en nuestro
país todavía no hubo una reforma estructural del sistema de
ciencia y tecnología, como tampoco existe un genuino corrimiento
masivo de posiciones ideológicas de los investigadores y tecnólogos
que lo conforman en pos de construir una mejor calidad de vida
para la sociedad de la cual se nutren. Hoy, más que nunca, se
nota la falta de intelectuales que posibiliten un análisis riguroso
de estas nuevas alianzas, de estos nuevos horizontes, de esta
"cosmética" del discurso, como lo hizo el Dr. Oscar Varsavsky
a su tiempo y desde su tiempo.
Para seguir leyendo:
Ciencia, Política y Cientificismo de Oscar Varsavsky, Editorial
Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1969.
Oscar Varsavsky se graduó como doctor en Química en la Facultad
de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires. Dio clases
de matemáticas en las Universidades de Buenos Aires, del Sur,
de Cuyo y de Caracas. Desde 1958 fue miembro del Consejo Nacional
de Investigaciones Científicas y Técnicas y en sus últimos años
profundizó en el estudio de la historia y la epistemología.
Fue uno de los primeros y más destacados especialistas mundiales
en la elaboración de modelos matemáticos aplicados a las ciencias
sociales. Oscar Varsavsky murió en 1976.
©2003 Divulgón - www.divulgon.com.ar
Juan
Carlos Onganía (1914 - 1996)
Por Felipe Pigna
Juan Carlos Onganía, el dictador que se proponía gobernar la
Argentina por cuarenta años, nació en Marcos Paz, provincia
de Buenos Aires el 17 de marzo de 1914. Sus padres se dedicaban
a las tareas agrícolas y atendían un pequeño almacen. Cursó
la escuela primaria en colegios parroquiales. A los diecisiete
años ingresó al Colegio Militar y a los veinte se graduó como
teniente.
Fue ocupando diversos destinos y ascendiendo en la carrera militar
hasta llegar en 1959, durante el gobierno de Frondizi, al grado
de General de Brigada en el arma de caballería.
Atrajo la atención de los medios y la opinión pública en 1962
cuando encabezó el bando azul en los enfrentamientos internos
que se produjeron durante el breve gobierno de Guido. La base
de la oposición entre azules y colorados se hallaba en su concepción
respecto del peronismo. Ambos sectores eran antiperonistas pero
en distinta forma. Para los colorados, el peronismo era considerado
un movimiento de clase sectario y violento que podría dar lugar
al comunismo. Por el contrario, los azules consideraban que
pesar de sus excesos y de sus abusos el peronismo era una fuerza
nacional y cristiana que permitió a la clase obrera no volcarse
hacia el comunismo.
El triunfo de los azules le valió a Onganía su promoción a Comandante
en Jefe del Ejército. Políticamente se dió una situación paradójica.
Debido a las presiones de los factores de poder, los azules,
que acaudillados por Onganía ejercían de hecho el poder durante
el débil gobierno de Guido, terminan imponiendo el proyecto
de los colorados porque finalmente el gobierno de Guido con
su ministro del Interior, el general Villegas - que era un militar
azul - termina proscribiendo el peronismo en una situación que
nadie esperaba.
En 1963 triunfó el Doctor Arturo Illia de la Unión Cívica Radical
del Pueblo con el 25% de los votos en unas elecciones en las
que el voto en blanco peronista fue masivo.
El 7 de agosto de 1964, el General Onganía pronuncia en la Academia
Militar de West Point, Estados Unidos, durante la Quinta Conferencia
de Ejércitos Americanos, un discurso que preanuncia la Doctrina
de la seguridad nacional, según la cual, el enemigo estaba ahora
fronteras adentro y se encarnaba a los opositores, al sistema
de vida "occidental y cristiano", a los que se calificaba genéricamente
como comunistas. Dijo en aquella ocasión: "El deber de obediencia
al gobierno surgido de la soberanía popular habrá dejado de
tener vigencia absoluta si se produce al amparo de ideologías
exóticas, un desborde de autoridad que signifique la conculcación
de los principios básicos del sistema republicano de gobierno,
o un violento trastocamiento en el equilibrio e independencia
de poderes. En emergencias de esta índole, las instituciones
armadas, al servicio de la Constitución no podrán, ciertamente
mantenerse impasibles, so color de una ciega sumisión al poder
establecido, que las convertirían en instrumentos de una autoridad
no legítima".
En Noviembre de 1965 Onganía decidió pasar a un segundo plano,
según versiones, para planificar un futuro golpe de estado,
y renuncia a la Comandancia del ejército y es reemplazado por
el General Pistarini
Pese a sus logros, Illia estaba muy condicionado por los factores
de poder que mantenían una rígida postura frente al peronismo
y presionaban para que siguiera proscripto. Veían en la política
social del gobierno radical rasgos populistas. Parte del empresariado
entendía que el presidente se apartaba de las prácticas liberales
tradicionales de reducción de la inversión en rubros como salud
y educación y comenzaron a conspirar con los sectores golpistas
del ejército a los que se sumaron sectores gremiales y la mayoría
de la prensa.
Los dirigentes sindicales peronistas, encabezados por el metalúrgico
Augusto Timoteo Vandor, acosaron a Illia con paros y planes
de lucha.
Los medios de prensa hicieron el resto para crear un clima de
inconformidad y golpismo, insistieron con la supuesta lentitud
del presidente y propusieron su reemplazo por un caudillo militar.
El 29 de mayo de 1966, día del ejército, el Gral Pistarini le
puso plazo al golpe:30 días. El gobierno a pesar de las presiones
insistió en legalizar al peronismo y permitió su participación
en elecciones provinciales.
En
este contexto fue enviado al Parlamento una novedoso proyecto
de Ley de Medicamentos, que limitaba el accionar de los poderosos
laboratorios multinacionales y les imponía controles sanitarios.
En las primeras horas del 28 de junio de 1966, cumpliendo su
amenaza, las fuerzas armadas ingresan a la Casa Rosada. El General
Julio Alsogaray, hermano del famoso economista, es el encargado
de intimar al presidente. En esa circusntancias se produjo un
recordado diálogo: Alsogaray- En representación de las Fuerzas
Armadas vengo a pedirle que anbandone este despacho.
Illia- Usted no representa a las Fuerzas Armadas, sólo representa
a un grupo de insurrectos. Usted y quienes lo acompañan actúan
como asaltantes nocturnos , que, como los bandidos aparecen
de madrugada.
Alsogaray: Lo invito a retirarse. No me obligue a usar la violencia.
Illia: ¿De qué violencia me habla? La violencia la acaban de
desatar ustedes. El país les recriminará siempre esta usurpación
Finalmente el presidente Illia fue sacado por la fuerza de la
casa de gobierno y los militares se hicieron cargo del poder.
El día 30, asumió el nuevo presidente, Juan Carlos Onganía jurando
sobre los Estatutos de la autodenominada "Revolución Argentina".
En la ceremonia están presentes notorios dirigentes sindicales
peronistas como el metalúrgico Augusto Timoteo Vandor.
Perón desde Madrid declaró: "Los gobernantes surgidos del golpe
de Estado del 28 de junio han expresado propósitos acordes con
los principios del movimiento peronista; si ellos cumplen, los
peronistas estamos obligados a apoyarlo"
A poco de asumir y en la seguridad de que las universidades
eran un reducto opositor, el gobierno decidió intervenirlas
quitándoles la Autonomía y el Cogobierno, conquistas logradas
con la reforma de 1918.
Cuando docentes y alumnos quisieron defender sus conquistas,
se produjo uno de los hechos más lamentables de la Historia
Cultural argentina: la Noche de los Bastones Largos.
Ese 28 de Julio de 1966, la Guardia de Infantería, armada con
pistolas lanzagases y largos bastones, golpeó y detuvo a docentes
y estudiantes de varias facultades de Buenos Aires. La consecuencia
fue el despido y la renuncia de más de 700 docentes que abandonan
el país para continuar sus brillantes carreras en el exterior.
El Ministro de Economía que se desempeñó durante el mayor tiempo
de la gestión de Onganía, Adalbert Krieger Vasena El ministro
de economía Adalbert Krieger Vasena logra controlar la inflación
congelando los salarios. Una receta muy conocida. Tras una devaluación
del peso del, 40% el dólar permaneció estable por casi dos años.
El gobierno encaró obras públicas y creció la actividad industrial
cada vez más vinculada a las empresas multinacionales.
Los principales beneficiarios del programa económico fueron
los grandes empresarios y las más importantes empresas industriales,
muchas de ellas multinacionales. El agro pampeano fue perjudicado
por la devaluación de la moneda en un 40% y por el aumento de
los porcentajes de retención a las exportaciones agropecuarias.
La supresión de medidas proteccionistas perjudicó a productores
regionales del Chaco, Tucumán y Misiones.
Onganía implantó una rígida censura que alcanzó a toda la prensa
y a todas las manifestaciones culturales como el cine, el teatro
y hasta la lírica, como en el caso de la ópera "Bomarzo" de
Manuel Mujica Lainez y Alberto Ginastera.
El agitado clima gremial de los años anteriores a 1966 llevaron
a los representantes del capital internacional y al mismo gobierno
a pensar en medidas que impusiesen la disciplina sindical y
laboral. En 1967 el gobierno emitió un decreto ley contra el
comunismo que en realidad estaba destinado a todo el arco opositor.
El gobierno de Onganía ganó una dura batalla en el campo sindical
al constituirse la Comisión de los Veinticinco, encargada de
preparar el proceso electoral en los sindicatos que llevó a
la división del movimiento obrero a mediados de 1968 en dos
centrales sindicales: la CGT de Azopardo, de buen diálogo con
el gobierno; y la CGT de los Argentinos combativa y opositora.
Todo parecía estar bien para Onganía que soñaba con una dictadura
al estilo Franco, sin plazos, convencido de que la gente no
tenía por qué preocuparse y estaba feliz con el gobierno.
Pero la oposición existía y el descontento también. Fundamentalmente
en las fábricas y en las Universidades.
En
mayo de 1969 comenzaron a evidenciarse los síntomas de un descontento
que venía creciendo entre distintos sectores de la población
debido al cierre de los canales de participación política, la
política educativa, social y económica del gobierno.
El 15 de mayo la policía reprimió violentamente una manifestación
de estudiantes en Corrientes. Allí murió el estudiante de medicina
Juan José Cabral . Dos días después, en Rosario estudiantes
que se movilizaban para repudiar el crimen de Cabral fueron
enfrentados por la policía. Uno de los uniformados, el oficial
Juan Agustín Lezcano extrajo su arma y asesinó al estudiante
Adolfo Bello de 22 años. El hecho produjo la indignación de
los rosarinos que se manifestaron masivamente en una "marcha
del silencio". El 21 de mayo la policía volvió a reprimir y
a cobrarse una nueva víctima, el aprendiz metalúrgico Luis Norberto
Blanco de 15 años. La situación se agravó y las calles de Rosario
fueron ocupadas por obreros y estudiantes que levantaron barricadas
y encendieron fogatas para contrarrestar los efectos de los
gases lacrimógenos alimentadas con mesas, sillas, cajones, cartones
y papeles arrojadas por los vecinos desde sus balcones para
colaborar con los manifestantes. Era el "Rosariazo", el primer
estallido de una larga lista que expresaba el descontento popular
con la dictadura de Onganía quien decretó la ocupación militar
de Rosario y varios puntos de la provincia de Santa Fe.
Estas noticias tuvieron gran repercusión en Córdoba, donde existïa
una estrecha relación entre los estudiantes y los obreros de
las grandes fábricas instaladas en el cordón industrial, ya
que muchos trabajadores estudiaban en la Universidad de Córdoba.
Este hecho, sumado a la constitución de un movimiento obrero
muy combativo, surgido con posterioridad al peronismo, al calor
de las corrientes de ideas revolucionarias de los años 60, llevaron
a que el proceso de politización creciera notablemente tanto
en las fábricas como en las facultades.
Mientras en Buenos Aires las autoridades celebran el día del
ejército, obreros y estudiantes se apoderan de la Ciudad de
Córdoba para hacerse oír.
Es el 29 de mayo de 1969 y el hecho quedará en la memoria como
el Cordobazo. La Policía es desbordada y debe retirarse.
Finalmente el ejército controlará la situación en la ciudad,
pero en el país la cosa parece incontrolable.
Onganía desconcertado declaró pocos días después: "Cuando en
paz y en optimismo la República marchaba hacia sus mejores realizaciones,
la subversión, en la emboscada, preparaba su golpe. Los trágicos
hechos de Córdoba responden al accionar de una fuerza extremista
organizada para producir una insurrección urbana. La consigna
era paralizar a un pueblo pujante que busca su destino"
Los hechos de Córdoba abrieron el paso a la violencia como forma
de hacer política. El cierre de los canales tradicionales de
participación, como los partidos políticos y la represión de
la actividad gremial en las universidades llevaron a muchos
jóvenes a canalizar su protesta a través de la guerrilla.
Desde los hechos de Córdoba, el ejército a través de su jefe,
el General Alejandro Agustín Lanusse, venía presionando a Onganía
para que compartiera las decisiones políticas con las Fuerzas
Armadas y tomara conciencia de la gravedad de la situación nacional
en la que ya no cabía su proyecto de una dictadura autoritaria
y paternalista sin plazos, que tomaba como modelo al régimen
instaurado por Franco en España. El secuestro y asesinato del
General Aramburu llevado a cabo por los Montoneros, y la incapacidad
del gobierno para esclarecer el hecho, fueron el detonante para
un nuevo golpe interno. El desprestigio que involucró al ejército,
cuyo líder indiscutido, el General Lanusse, optó por permanecer
en en segundo plano y preservar su figura derrocando a Onganía
el 7 de junio de 1970 y designando como presidente a Roberto
Marcelo Levingston, un General que cumplía funciones como agregado
militar en Washington.
Tras su derrocamiento y su posterior pase a retiro Juan Carlos
Onganía adoptó un perfil bajo. Se lo vió intermitentemente en
los palcos colmados de generales que acompañaban los actos de
la dictadura militar desde marzo de 1976.
En 1995 reaparecio en los medios lanzado su candidatura a presidente.
Se lo escuchó reivindicar su obra de gobierno y denunciar la
decadencia moral del menemismo. Por faltas de apoyos debió retirar
la candidatura. Pocos meses después, a mediados de 1996 moría
Juan Carlos Onganía. Habían pasado 40 años de aquel golpe militar
que según su protagonista se prolongaría por ese lapso de tiempo.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar
Por Alicia Muzio
El 17 de diciembre
a las 19.30 horas —ni un minuto antes ni un minuto después—
los supérstites de la Promoción ´69 recibiremos nuestros diplomas
de bachiller (Sanguinetti dixit).
Y nunca mejor usado el cultismo para llamarnos sobrevivientes,
a nosotros que a punto de entrar en el 2000 unidos o dominados,
fuimos testigos, protagonistas, víctimas y hoy quizá nostalgiosos
de La náusea de Sartre, los cuentos de Cortázar, el Che Guevara,
las nuevas carreras de psicología y sociología en la Universidad
de Buenos Aires, la explosión editorial con la aparición de
Eudeba, Jorge Alvarez, De la Flor, la doctrina del compromiso
artístico, el psicoanálisis que invadió los hogares de las capas
medias, Mariano Grondona que ya entonces pontificaba "las fuerzas
armadas constituyen una instancia de reserva de todo sistema",
los nuevos semanarios con su ímpetu modernizador al estilo europeo
o norteamericano como Primera Plana de lectura ineludible, Borges
y Marechal, el boom de la literatura latinoamericana con García
Márquez, Vargas Llosa y Alejo Carpentier a la cabeza, el cine
Lorraine con sus ciclos de Bergman, Antonioni o la nouvelle
vague, los Beatles, Bobby Solo, Richard Anthony, la presencia
patente de Perón desde el exilio moviendo los piolines, el estructuralismo,
el teatro de Halac, Cossa y Gambaro con su polémica de realistas
versus absurdistas, Santo Domingo, Vietnam, el Instituto Di
Tella, Marta Minujín, el Club del Clan, Racing, Estudiantes
y Nicolino Locche campeones del mundo.
Esa atmósfera cultural que conociera toda la fascinante ambigüedad
de las pasiones ideológicas —conjunción de política y cultura—,
fue barrida por el golpe de estado de 1966 con su exégesis de
la "Noche de los bastones largos". Quedaron huellas, sin embargo,
de aquello que pudo haber sido.
Conservamos de aquellas épocas un cúmulo de actitudes muy vinculadas
con la democracia y la tolerancia, con la aspiración de una
sociedad digna de ser vivida , de un mundo más justo y con mayor
solidaridad.
Como
tantas cosas se hacen en nombre de este fin de milenio, no estaría
mal intentar alguna reflexión después de los treinta años que
vivimos sin diplomas. Hemos tenido muertos y desaparecidos.
Sufrimos exilios externos e internos. No recibimos los diplomas
por esos seis años de estudio —que nos marcaron a fuego y nos
impulsaron como hombres y mujeres por los caminos y profesiones
más diversos— y, al momento de hacer pesar nuestros valores,
sólo pudimos exhibir "un certificado analítico", pasaron treinta
años y ¿ninguno de nosotros reclamó?
Creo, entonces, que el alerta debe estar puesto en el valor
y en el respeto de nuestras instituciones, incompletas, subdesarrolladas,
con aspectos por momentos grotescos, perfectibles, pero únicas
garantes de que no se repitan las alternativas que —como a muchas
otras— le tocaron vivir a esta zarandeada pero íntegra Promoción
1969.
Para festejar su 30º aniversario y la entrega de papiros, además
de decir todo lo que tiene adentro y de recordar a los ausentes,
la Promoción ´69 organizó para el 17 de diciembre un gran encuentro
con discursos, lunch, música y baile (pero sin "lentos": asignaturas
pendientes, abstenerse).
Alicia Muzio (Promoción 1969, por supuesto)
Aclara la Promoción '69
El 4 de noviembre pasado La Nación publicó un extenso artículo
titulado "Recibirán diplomas con 30 años de retraso. Inexplicable
olvido en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Como secuela
de la Noche de los bastones largos, 268 egresados de 1969 no
tuvieron su graduación". El mentor y autor intelectual de la
gacetilla fue nuestro compañero Rubén Furman, que tuvo la idea
–y lo logró- de hacer un poco de ruido y convocar a la Promoción.
Hubo en la nota dos incorrecciones, ambas involuntarias. Al
referirse a nuestro entrañable compañero Marcelo Vázquez —alumno
brillante y mejor amigo a quien, sin duda, le esperaba como
físico y como ciudadano un futuro espectacular, pero que por
esas cosas que sólo Dios sabe tomó con su vida una decisión
para todos inexplicable—, se lo mencionó como abanderado. ¡Cómo
puede alguien ignorar que la abanderada de nuestra promoción
fue la querida Gloria Tabachnik! Fue Gloria también quien, entre
gallos y medianoche, privada de la presencia de sus compañeros
y en medio de otras promociones —por esas cosas de "la época"—,
recibió numerosos premios por sus "10 absoluto" en varias materias
como el "Rector Uballes", "Juan Sauberan", "A. César Silvetti",
"Embajada de Francia".
La otra inexactitud tuvo un final muy feliz . En la nota se
citan dos de los numerosos compañeros desaparecidos: el querido
Claudio "turco" Adur y Mario Zejan. Por un llamado de su hermano,
nos enteramos de que Mario está vivo, reside en Suecia y su
madre va a recibir el diploma por él.
Anales
de la Ciencia Argentina
Por Leonardo Moledo
Los Anales de la Ciencia Argentina, todavía no publicados, y
ni siquiera escritos por el aún no nacido Robert Bresson –que
no casualmente llevará el mismo apellido del famoso director
francés (Un condenado a muerte se escapa, Pickpocket o Mouchette)–,
contienen observaciones que pueden sonar extrañas (y hasta irritantes)
a los argentinos de principios del siglo XXI, a pesar de lo
cual ha de ser una excelente crónica, y un buen punto de partida
para la reflexión, si es que uno está dispuesto a dejar de lado
ciertas exigencias de la corrección política del momento, siempre
tan mudable y efímero.
Así, en la entrada correspondiente a "Sadosky, Manuel", se lee:
"n. 13/abril/1914, f. 18/julio/2005, dist. mat., func. pub.,
c. c/Cora Ratto, una hija, C. Sadosky, s. nup. Katun Troise.
La crónica que sigue –continúa Bresson– se construyó a partir
de un artículo publicado el día siguiente al de su muerte –19/6/2005–,
por Página/12, periódico de la época, de orientación intelectual,
frecuentado por los sectores progresistas, y de fuentes dispersas
y fragmentarias. Manuel Sadosky falleció en una madrugada desapacible,
de diversas complicaciones derivadas de su edad, 91 años, muy
avanzada según los cánones de la época. La vida de Sadosky reflejó
adecuadamente la historia del país en el que le tocó actuar.
A principios del siglo XX, la Argentina recibió un gran torrente
inmigratorio, en el que se enmarcó la llegada de los padres
de Sadosky, judíos rusos que huían del antisemitismo. La Argentina
era entonces una tierra de promisión, propensa al ascenso económico
y cultural por vía de la estructura educativa sarmientina (por
Sarmiento, aparentemente un caudillo que alcanzó la presidencia
de la República en el siglo XIX) orientada por la noción y la
ideología del progreso y las concepciones de la Ilustración.
"Manuel
Sadosky fue un perfecto exponente de la eficacia educativa de
aquel sistema: su padre era zapatero; su madre era analfabeta,
y tanto él como sus hermanos terminaron los estudios universitarios.
En 1940 se doctoró en ciencias físicas y matemáticas en la Facultad
de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires (UBA),
junto a Cora Ratto, su primera esposa. Ejerció la docencia y
se perfeccionó en Francia (Instituto Henri Poincaré de París)
e Italia (Instituto del Cálculo, en Roma), donde se orientó
hacia la matemática aplicada, que lo llevaría más tarde a ser
un pionero de la informática en la Argentina. Cuando regresó,
fue perseguido por el gobierno peronista (ver ‘primer peronismo,
ciencia del’) y recién a la caída del régimen pudo volver a
la facultad en 1956, de la cual fue vicedecano mientras el meteorólogo
Rolando García (ver ‘García, Rolando’) ejercía el decanato.
Desde ese cargo, compró la primera computadora científica que
tuvo la Argentina, a la que se llamó ‘Clementina’ siguiendo
la costumbre de aquellas épocas en que las computadoras eran
objetos verdaderamente raros (ver ‘Clementina’).
"Se iniciaba entonces un período fructífero que hoy la historia
de la ciencia califica como ‘década de oro’, que fuera elogiada
–dice Bre-sson– en el magnífico libro de Asytuzi (Nota: no hemos
podido averiguar nada sobre él, porque aún no se publicó) y
que quedó fijada en el imaginario científico argentino como
un paraíso perdido, mediante el empuje de una generación entera
de científicos como Zadunaisky, Klimovsky, Gutiérrez Burzaco
(s/d), Oscar Varsavsky, Calderón, Giambiaggi, Bollini (s/d),
Rebeca Guber, David Jacovkis, que más tarde sería decano de
la facultad (Nota: aquí Bresson comete un error. Seguramente
confunde a David Jacovkis, con su hijo Pablo Miguel, que sí
fue decano).
"Campeaba en aquella década el ‘espíritu jacobino de los enciclopedistas’,
con fuerte influencia francesa, barrido más tarde ya sea por
el oscurantismo facistoide de Onganía (un miserable general
de despreciable recuerdo), la ciencia ‘nack & pop’ (nacional
y popular) de la frustrante experiencia de 1973 (no hemos podido
averiguar –admite Bresson– en qué consistía tal "ciencia nacional
y popular") inmediatamente seguido por la intervención, esta
vez abiertamente fascista, de un tal Ottalagano (s/d) dispuesta
por el gobierno peronista (1974-76), y el control asesino, ya
institucional de la dictadura (1976-83), que terminó con la
espectacular derrota del Ejército Argentino en la aventura de
la invasión a las islas Malvinas (para los ingleses de entonces
Falklands), dirigida por un general del que sólo sabemos hoy
que era un alcohólico consuetudinario y responsable de multitud
de asesinatos. Más tarde, Sadosky fue secretario de Ciencia
y Técnica del país, apenas restaurada la democracia, desde donde
creó la Escuela Superior Latinoamericana de Informática (Eslai)
–sobre la cual nada hemos podido averiguar, excepto que se trataba
de una institución de primer nivel–, y que se extinguió bajo
la gestión reaccionaria y oscurantista del sucesor de Sadosky,
Raúl Matera, cirujano neurólogo y uno de los introductores de
la lobotomía en la Argentina (ver ‘Matera, Raúl’).
"Sadosky se transformó en un símbolo: tanto sus contemporáneos
como las sucesivas generaciones que lo recordaron y evocaron
lo hicieron no como el gran científico que descubre nuevos resultados
para su ciencia, sino como la figura que permite que muchos
científicos lo hagan. Como sostienen Claudio Armenster y Amadeo
Pérez Ranuk (no hemos podido averiguar a quiénes corresponden
estos nombres), encarnó la tradición de la ciencia iluminista,
la ciencia como liberadora de la condición humana, la ciencia
como el combate contra el oscurantismo, la reacción y la barbarie,
a través de épocas muy propensas, precisamente al oscurantismo,
y en la que incluso algunas corrientes llegaron a renegar de
la palabra ‘científico’, a la que colgaron el mote de ‘cientificismo’,
que se usaba como un insulto."
El artículo de Bresson sigue adelante, señalando la importancia
del Instituto de Altos Estudios Manuel Sadosky, frente al cual
se erigió una estatua del científico, con su clásico sombrero,
que lo protegió de los salvajes palazos de Onganía la Noche
de los bastones largos. Es bueno escribir estas notas, y estas
contratapas, sabiendo que alguna vez serán una de las fuentes
mediante las cuales algunos maestros, como lo fue don Manuel,
serán recordados.
Fuente: Página/12
Entrevista:
Tulio Halperín Donghi
La serena lucidez que devuelve la distancia
Considerado el más importante historiador argentino, autor de
una obra compleja e insoslayable para todo el que quiera conocer
el pasado, Tulio Halperin Donghi se ha vuelto con los años —acaso
por la distancia crítica asumida— un agudo analista de la política
y la cultura argentinas. Reflexiona aquí sobre los avances en
historiografía, el setentismo de Kirchner, las contradicciones
de la universidad y el neorrevisionismo, que revela —dice Halperin—
una "demolición universal de la historia argentina".
MARIANA CANAVESE E IVANA COSTA
Es uno de los más grandes historiadores argentinos pero, emigrado
tras la Noche de los Bastones Largos, en 1966, escribió buena
parte de su obra en el exterior. Cuenta que cada intento por
volver confirmaba que ésa no era una solución: "En el 73 —dice—
pedí mi reincorporación a la universidad. Caritativamente nunca
me contestaron. En el fondo, me evitaron el problema de tener
que empezar pidiendo licencia". De paso por Buenos Aires, cuando
están a punto de reeditarse sus libros Guerra y finanzas en
los orígenes del estado argentino y Una nación para el desierto
argentino (Prometeo Libros), Tulio Halperin Donghi —profesor
en Berkeley, California— no ha perdido el entusiasmo por gravitar
en las batallas políticas y culturales que aquí se libran. En
esta charla, desmenuza con lucidez los dilemas de la sociedad
y la universidad (también la polémica que el año pasado dividió
aguas en la UBA, tras la creación de una cátedra paralela a
la de Historia Social General que encabeza Luis Alberto Romero).
Y recuerda sus comienzos en la carrera de historia, que siguió
a una trunca incursión en la química: "Cuando estudiaba química
buscaba la utilidad social de lo que hacía, pero no la descubría;
en el fondo pensaba en eso porque no tenía ningún interés personal.
En cambio, algún interés en la historia debo tener, porque nunca
me pregunté por su utilidad social".
-En el libro - Pensar la Argentina- contaba que, de estudiante,
no podía esperar nada de la universidad ¿Todavía lo ve así?
-Yo creo que "nada" es una exageración. Allí hablé de lo que
recuerdo haber extraído de la universidad, que es algo más que
"nada", pero no mucho.
-¿Había otros espacios que completaban su formación?
-Había en casa una buena biblioteca; y estaba también José Luis
Romero, que era amigo de la casa, y que fue desde el comienzo
casi mi único referente, aunque no influyó todo lo que habría
podido en mi orientación. El desaprobaba que yo quisiera dedicarme
a la historia argentina. Su relación con la historia argentina
era un poco como la que tienen con la pintura esos "pintores
del domingo" que dedican el resto de la semana a una tarea profesional
seria: en su caso, la historia medieval. Una vez me dijo que
querer hacer historia argentina era tener una ambición intelectual
muy modesta, y creo que en cierto sentido tenía razón.
-¿Por qué tendría razón?
-Porque si compara a José Ingenieros con Santo Tomás de Aquino
descubre que tiene un lugar menos importante en la historia
del pensamiento universal. Pero hay otros modos de mirar la
historia que hacen que esa diferencia parezca menos importante.
-¿Qué lecturas influyeron sobre su manera de hacer historia?
-En
cuanto a historia argentina, mi primer maestro es uno considerado
muy malo: Vicente Fidel López, cuya historia leí, como si fuera
una novela, en las vacaciones antes de entrar en el colegio
secundario. Como en este momento estoy traduciendo al castellano
la sección dedicada a la década de 1820 de una historia argentina
que escribí en un inglés detestable, se me ocurrió releer los
dos tomos que López dedicó al Congreso de 1824. Encontré allí
mucho más que un texto divertido. López nos ofrece la memoria
interna de la que llamó la burguesía liberal porteña. Leyéndolo
entendemos mejor las razones del todo comprensibles que tuvo
su padre —no sólo él— para derivar hacia el rosismo. Releyéndolo,
descubro que de él aprendí más de lo que creía.
-¿Cuándo comenzó a escribir su historia argentina?
-Hace más de diez años, de modo bastante intermitente, mientras
hacía otras cosas. Es una empresa problemática; como ocurre
con toda historia nacional, hay etapas que interesan menos que
otras, y existe el temor de que uno se ocupe de ellas sólo porque
no puede saltearlas, pero me molesta más cuando descubro que
algunas me interesan demasiado para un proyecto como éste, y
quedo con la sensación de que, aunque trato de encararlas lo
mejor posible, no hago todo lo necesario. Hay otro problema:
desde que comencé a escribirla, se ha trabajado mucho en historia
en la Argentina; hay cada vez más períodos que se conocen mucho
mejor, y están también los más recientes, que sólo ahora se
están incorporando al territorio del historiador. Mantenerse
al día requiere un esfuerzo constante.
-¿Qué período abarca?
-Desde los primitivos habitantes, hasta la caída de De la Rúa.
-¿Existe una mayor producción historiográfica en la Argentina?
-Desde luego. Hay una profesionalización del trabajo histórico
que es una de las cosas más impresionantes que ocurrieron desde
que, como se dice, volvió la democracia. Las estructuras que
albergaron ese cambio habían sido construidas en parte en dictaduras,
aunque entonces habían albergado todavía bastante poco, como
suele ocurrir con los inmensos aparatos que a las dictaduras
les gusta erigir.
-¿Podría explicarlo mejor?
-Podría dar un ejemplo: los congresos que en aquellos tiempos
organizaba la Academia Nacional de la Historia, donde las contribuciones
eran de niveles muy variables, a menudo excesivamente elemental.
Después fueron las escuelas y los departamentos de historia
de las unversidades los que tomaron esa tarea, con un espíritu
muy distinto.
-¿Cómo prepara la universidad argentina al futuro historiador?
-No creo que haya una manera única de llegar a historiador,
pero si ha de hacer su aprendizaje en una carrera, el marco
no puede ser sino la universidad. En la Argentina pasaron dos
cosas importantes en los últimos veinte años. Por una parte,
la creación de una muy sólida escuela de historia en la UBA,
gracias a unas pocas figuras, y el surgimiento de centros en
las universidades del Interior donde se encara la tarea histórica
con una solvencia que faltaba en el pasado. Antes, muchas veces
lo que se producía era crónica local. Hoy hay un esfuerzo por
imponer cierto control de calidad, tanto más admirable porque
afronta resistencias que no afloran en polémicas, sino que usan
tácticas insidiosas que las hacen aún más temibles.
Perón y Onganía
PERÓN: TRES HORAS CON
PRIMERA PLANA |
-¿Cuál es esa resistencia?
-Es la que puede esperarse en un momento de transición, cuando
quienes saben que no satisfacen ese criterio de calidad conservan
parte de su poder e influencia.
-¿Se refiere a la polémica por la cátedra paralela de Historia
Social General, en la UBA?
-Ese episodio refleja distintos problemas que afectan a la UBA.
Habría que comenzar con los dieciséis largos años del rectorado
de Oscar Shuberoff. Allí se erigió un sistema clientelar apoyado
en Franja Morada, que no encontró difícil prosperar durante
la etapa en que Menem reorganizó la política argentina, incluso
con criterios análogos; por eso mismo no pudo sobrevivir al
derrumbe del modelo menemista. Ahora, con un clima político
mucho más convulso, los distintos movimientos que se disputan
el favor de los estudiantes proclamando una vocación revolucionaria
más intransigente que la de Franja —sin dejar de acudir a sus
mismos métodos de proselitismo y a un estado de subversión retórica
que no subvierte nada— han hecho de la descalificación ideológica
y política el instrumento al cual recurrir en todos los conflictos.
Eso, que pasa en todas partes, tuvo consecuencias más intensas
en la carrera de Historia de la UBA, en particular en la cátedra
de Historia Social General, por circunstancias específicas,
como la creación a pulmón, en una universidad masificada y en
crisis, de una escuela de historia de primer orden. Esta empresa
sólo puede atraer a una minoría de los centenares y luego millares
de estudiantes que ingresan. La materia Historia Social General
cumple una función esencial: despliega una visión compleja y
estructurada del proceso histórico desde la Edad Media y exige
del estudiante esfuerzos que no todos ven justificados. Eso
se refleja en el éxito obtenido por los reclutadores para la
cátedra paralela: uno de los argumentos en su favor era que
iba a ser menos exigente.
-¿A qué atribuye este conflicto?
-Las motivaciones me parecen menos importantes que las razones
que les permitieron hacerlo con éxito: el intento de llevar
adelante un proyecto que sus enemigos denuncian como elitista,
y no podría no serlo, en una universidad como la UBA. Desde
que la universidad pública se organizó según los principios
del reformismo, su gran problema es cómo funcionar a la vez
con una lógica democrática y una meritocrática. Y hay que confesar
que sólo lo consiguió en períodos breves. ltimamente parece
preocuparse cada vez menos por responder a las exigencias de
la segunda de estas lógicas. A la vez, ese conflicto alejó la
posibilidad de que aflorara otro que me parece irresoluble:
la multiplicación de profesionales que genera una buena universidad
y su imposibilidad de "emplearlos". Beatriz Sarlo recordaba
que Ricardo Rojas enseñaba en escuelas secundarias, y en tiempos
apenas más recientes yo tuve como profesores en el secundario
a Diego Luis Molinari y Carlos Astrada. Hoy, por la degradación
de la enseñanza media, los historiadores formados en la universidad,
para quienes enseñar en el secundario es casi un destino peor
que la muerte, consideran que al formarlos ésta ha asumido el
compromiso implícito de encontrarles lugar en sus propias estructuras,
lo que es cada vez menos fácil. Eso crea tensiones entre los
que lo consiguen y los que no. Y la rígida organización jerárquica
de cátedras crea tensiones entre titulares y quienes, siendo
sólo algo más jóvenes y contando con curricula muy respetables,
ven bloqueada su carrera.
-¿En Berkeley ocurre algo así?
-El género humano es igual en todas partes. Creo que hay una
degradación creciente de la profesión del docente universitario.
-Hablemos de su escritura, de cómo escapa a las convenciones
académicas: casi sin notas al pie, sin la permanente referencia
a otros trabajos académicos.
-Para mí las notas tienen una función precisa: ofrecer al lector
medios para controlar la versión que el autor propone. En cuanto
a las referencias a otros trabajos, es cierto que tiendo a no
poner muchas; porque cuando empecé a trabajar había muchos menos
que citar y porque sé que tengo una cierta vena polémica que
al menos cuando escribo trato de mantener a rienda corta.
-Usted sentó las bases de muchas hipótesis de la historiografía
actual y a la vez rompe con algunos mandatos académicos. ¿Cuán
necesarias son las reglas de ultra-especialización?
-Bueno, creo que en esto fui un privilegiado porque entré en
un campo en que aun lo básico estaba a medio hacer, y eso imponía
exceder el marco de la ultra-especialización, que en efecto
me atrae poco. Si se permite la comparación, a mí me tocó participar
en la primera etapa de construcción de una casa, luego siguen
otras, hasta que se llega a la redecoración de las habitaciones.
-Habría que pensar qué es saludable en la profesionalización.
-En la Argentina la profesionalización coincidió con un cambio
en la coyuntura mundial que hace muy difícil entender qué está
ocurriendo y adónde vamos. La primera consecuencia es que las
autodefiniciones desde fuera de la disciplina histórica, que
hasta hace muy poco fueron muy fuertes aun para muchos historiadores
totalmente profesionalizados, pesan ya mucho menos. Pero creo
que eso comienza a cambiar y aparecen alternativas nuevas.
-¿Quiere decir que podrían aparecer identificaciones por fuera
del campo profesional?
-Bueno, sí, pero no creo que en la Argentina esos lineamientos
recuerden los del pasado. Antes, la desvalorización que promovió
el revisionismo de las figuras canonizadas por la llamada historia
oficial estaba destinada a reemplazar esas figuras por otras.
Por lo que veo, ahora la desvalorización es universal.
-¿Se refiere a los bestsellers de historia, como los de O'Donnell,
Pigna y Lanata?
-Sí, es como un alerta. Se está dispuesto a desenmascarar a
cualquiera, a tomar de una manera totalmente acrítica toda clase
de causas. ¿Y qué muestra todo esto? Que hay una demolición
universal de la historia argentina. Desde esa perspectiva, toda
la historia argentina es un conjunto de imposturas.
-¿Cómo analiza el éxito de estos libros?
-Ese neorrevisionismo ha captado muy bien el estado de ánimo
de una sociedad que ha perdido todas las ilusiones y se guía
por la máxima piensa mal y acertarás.
-La historia como una crónica que enhebra lugares comunes.
-Pero son lugares comunes que quizás sean un progreso; por lo
menos son muy distintos de los que se cultivaban durante la
guerra de Malvinas.
-Pero aquellos lugares comunes venían impuestos.
-Mire, es otra cara de lo mismo. La sociedad argentina es escéptica
en todo, salvo sobre ella misma: es siempre la víctima inocente
de calamidades en las que nunca tuvo nada que ver. Y quien se
atreve a dudar de ese dogma es siempre mal recibido.
-¿Mal recibido por quién?
-Por la opinión. Así le ocurrió en 1852 a Vicente Fidel López,
cuando trató de defender los acuerdos de San Nicolás en la legislatura
porteña, con media ciudad en la calle que lo insultaba. Se le
ocurrió gritarles que eran los mismos que habían salido a despedir
al ejército rosista cuando fue a combatir a Caseros, y precisamente
porque no decía sino la verdad nunca se lo perdonaron.
-¿Cómo influye esta tendencia al best seller histórico en la
formación de profesionales?
-Bueno, es un poco el problema de la cultura de masas. Quienes
ahora leen estos libros no leían otra cosa; antes no leían nada.
Recibían la papilla que uno recibía en la escuela y poco más
que eso. En cambio ahora existe esto, que creo que es inevitable
y que en cierto modo va a ocurrir con toda la cultura académica.
El que trate de ser maestro de escuela de ese público no es
bienvenido. No hay nada que hacer.
-El revisionismo tuvo una función política importante, ¿Puede
tenerla el neorrevisionismo?
-Sólo en un sentido negativo, y sólo podría alcanzar eficacia
política si terminara despejando el terreno para alguna ideología
contestataria capaz de ofrecer con éxito una alternativa a todo
lo que el neorrevisionismo denuncia indiscriminadamente, cosa
que no parece estar ocurriendo.
El laberinto argentino
-¿Kirchner es una alternativa política?
-Creo que le habría gustado y le gustaría ser una alternativa.
Pero lo perjudica que la recuperación haya terminado, bastante
exitosamente pero que haya terminado. Es una impresión, pero
ayer me encontré en medio de una muchedumbre hirviente de indignación
por el paro del subte D. Quizás lo que explica esa reacción
es que a ese público se le pasó el miedo a perder el empleo
y está redescubriendo todos los motivos de descontento que tenía
antes del derrumbe. Era, con todo, un buen signo para Kirchner
que en sus maldiciones nadie se acordara de él y todos de Ibarra.
Pero creo que a esta altura todo el mundo (quizás Kirchner mismo)
está convencido de que el único papel al que puede aspirar es
al de nuevo jefe nacional del movimiento peronista.
-El universo simbólico al que apela constantemente es el peronismo
de los setenta.
-Cuando se recuerda que las muchas decenas de miles de chicos
que la Tendencia pudo poner en la calle en 1973 están por entrar
o han entrado en la cincuentena, ese retorno al pasado parece
menos sorprendente. Para algunos que pasamos ya hace rato la
cincuentena y conservamos de esos tiempos una imagen algo más
matizada que la de quienes, como los Kirchner, la vivieron a
los veinte. La manera que ellos han elegido para dar ese ejemplo
puede tener —y tiene— algo de irritante, pero en ese tema, como
en otros, los rescatan sus enemigos; en este caso, los que defienden
al indefendible Proceso.
-¿Cómo ve hoy la intervención pública de los historiadores?
-Como la de cualquier otro hijo de vecino, pero en este caso
existe el peligro de que se atribuyan una lucidez especial,
por su conocimiento histórico, lo que le daría una seguridad
ilusoria. Esto me trae el recuerdo de Miliukov, gran historiador
de Rusia y diputado Cadete en la última Duma zarista, que había
creído que en Rusia el futuro pertenecía al liberalismo, hasta
que Trostsky respondió a sus protestas ante la disolución de
la Constituyente por los bolcheviques haciéndole saber que acababa
de caer irrevocablemente en el canasto de los papeles de la
historia. Es cierto que el análisis marxista no le resultó más
útil a Trotsky, incapaz de adivinar que diez años después iba
a caer él mismo en ese canasto, o (lo que quizá le habría dolido
más) que al terminar el siglo Rusia tenía de nuevo una Duma.
-Su - Historia contemporánea de América Latina- tiene dos prólogos:
a la primera edición del 67 y a la segunda, del 88. El primero
es optimista y casi combativo. El segundo es la negación del
primero desde una postura pesimista, aun podría decirse que
conservadora. ¿Cuál sería la mirada del prólogo actual?
-Ya no escribiría un prólogo. En el primer prólogo, y todavía
residualmente en el segundo, estaba presenta la idea de que
la historia se mueve en una cierta dirección y tiene una meta.
Hoy me parece que la historia va a los tumbos por donde puede.
Lo más sabio es no hacer pronósticos.
-¿Pero ve una América latina más integrada o no?
-No me parece que por el momento esté más integrada: hay varios
proyectos de integraciones parciales en marcha, cada uno con
sus problemas; después vendría el problema de cómo compaginarlos.
No creo tampoco que esté más dominada. Lo que acaba de pasar
en la OEA —Fidel Castro apenas exageraba cuando, hace cuarenta
años, la llamaba el ministerio de colonias de los Estados Unidos—
aunque no es muy importante, es sintomático. Cuando se hizo
evidente que la candidatura para presidirla del centroamericano
patrocinado por los Estados Unidos había nacido muerta, Washington
pasó a apoyar la del canciller de México, hasta que después
de varias votaciones en que su candidato no logró quebrar el
empate con su colega chileno, terminó apoyando a éste, pese
a que todas sus maniobras anteriores habían tratado de evitar
su elección. Ese cambio se debe menos a un aumento de vigor
latinoamericano que al hecho de que al fin de la bipolaridad
de la guerra fría no ha seguido la consolidación de un orden
unipolar más dominado que antes de 1991 por EE.UU., sino un
sistema mundial mucho más complicado y en continuo flujo, sobre
todo desde que los coletazos de la guerra de Irak revelaron
los límites del poderío norteamericano aun en su aspecto militar.
-En algún momento dijo que hacer historia argentina era dar
cuenta de un fracaso. ¿Sigue pensando lo mismo?
-Sí, pero creo que si fue un fracaso tan categórico se debió
en parte a que no supimos admitir a tiempo que a partir de la
gran crisis de 1929, la etapa en que la Argentina había podido
crecer a un ritmo excepcionalmente acelerado —porque lo que
tenía que ofrecer al mundo era exactamente lo que el mundo esperaba
de ella— se había cerrado irrevocablemente, y que cuando buscaba
salidas alternativas no podía esperar volver a obtener los mismos
éxitos que le había sido fácil conquistar. Eso nunca se aceptó;
todos los planes económicos que conocimos se basaron en la noción
de que sólo necesitaban alcanzar un éxito inicial, porque éste
suscitaría la aparición de mecanismos automáticos que cumplirían
la misma función de los que en el pasado habían asegurado un
crecimiento sostenido.
Fuente: Clarin.com
Cerebros
en fuga
Siete mil científicos formados en la Argentina trabajan en el
extranjero. Apenas 200 son los que volvieron.
En nuestra castigada Argentina, plagada de curiosidades, la
actividad científico-técnica nos enfrenta a otra de ellas. De
universidades ferozmente criticadas –sobre todo las públicas–
egresan, sin embargo, camadas de profesionales que se dedican
a la investigación y a la docencia con verdadero éxito. Pero,
para ahondar la paradoja, esos egresados a poco de haber realizado
alguna experiencia, obtenido un doctorado o directamente a la
salida de los claustros, son tentados por instituciones extranjeras
y se van, en busca de un mejor futuro. Y así construyen sus
vidas y se establecen en un suelo lejano, donde desarrollan
y multiplican el saber obtenido aquí.
Un hito casi fundacional de esta fuga de cerebros fue "la noche
de los bastones largos". En 1966, el presidente de facto Juan
Carlos Onganía decretó la intervención de las universidades
nacionales, que fueron desocupadas violentamente, con graves
incidentes. Dicha intervención dio lugar a uno de los primeros
éxodos masivos de profesores e investigadores.
Desde entonces, si bien no se repitieron tan duras experiencias,
las malas o inexistentes políticas y la incertidumbre general
hicieron el resto.
Pero, ¿qué envergadura tiene este fenómeno? Un informe de la
Cepal indica que la Argentina fue el país de América latina
que más científicos y técnicos exportó durante la década del
90 a los Estados Unidos; el organismo estimó que de cada 1.000
argentinos que emigraron al exterior, 191 era personal especializado.
Actualmente, se calcula que unos 7.000 científicos formados
en nuestras aulas trabajan en el extranjero.
Según una nota periodística reciente, en los últimos tres años
retornaron más de 200 científicos al país, a partir de distintas
iniciativas oficiales.
Una ingeniera "repatriada"
Tras egresar como ingeniera química de la Universidad del Centro,
Gabriela Tonetto, oriunda de Olavarría, emigró a Canadá para
realizar un post doctorado a principios de 2002. Allí permaneció
por dos años, trabajando para la Universidad de Western Ontario
en su área de especialización, la catálisis aplicada a los reactores.
El año pasado, Tonetto regresó al país con una beca del Conicet
y trabaja en la Planta Piloto de Ingeniería Química (Plapiqui)
del Centro Regional de Investigaciones Básicas y Aplicadas de
Bahía Blanca.
"Allá no hay problemas con los insumos, trabajaba más rápido
y no renegaba. Pero en lo que respecta a la gente, no me sorprendió,
estamos muy bien acá, quizás nos cuesta conseguir los datos,
pero lo suplantamos con una discusión mayor", señaló.
Para ella, los científicos argentinos son bien considerados
en el exterior. "Cuando estaba afuera, yo le propuse a mi jefe
trabajar con gente de mi laboratorio en la Argentina y estuvo
de acuerdo, se pudieron hacer tareas en conjunto, eso es porque
valen", dijo.
Otra diferencia importante para sus pares extranjeros es la
certeza de poder crecer también en el campo privado. "En Canadá
es muy fácil para un profesional que termina su doctorado irse
a trabajar a la industria, casi todos hacen eso; acá en la Argentina
es una posibilidad que casi no se considera", dijo con resignación.
Planteó, además, Tonetto otra cuestión que excede lo económico,
el status del docente en una sociedad desarrollada. "Más allá
del aspecto económico, ser un profesor en Canadá da un prestigio
social que acá no existe. Cuando yo digo que trabajo en la Universidad,
me dicen ‘¡uy!, pobrecita, ¿no conseguiste un trabajo en la
industria?’ En cambio afuera se considera distinto."
Perspectiva de crecimiento
Los hombres y mujeres de ciencia radicados en el extranjero,
en un número de 7.000, son una proporción realmente elevada
respecto de la comunidad científica nacional, cuyos miembros
se estiman en unos 15.000. Esto significa que casi una tercera
parte del total trabaja fuera de nuestras fronteras.
"Hoy estamos en una perspectiva de crecimiento del sistema científico
tecnológico y de la incorporación de recursos humanos", señaló
Mario Lattuada, vicepresidente de Asuntos Tecnológicos del Conicet,
consultado por la revista de ADEPA.
Pero sucede que cada vez se doctoran menos profesionales y la
relación con los países vecinos da la pauta de esta merma: mientras
en Brasil acceden a ese nivel 7.000 personas al año, en nuestro
país llegan sólo 400. "Cuando el sistema empieza a crecer y
a demandar nuevos investigadores, nos damos cuenta de que tenemos
un serio problema, carecemos de gente con formación adecuada
para ingresar a la investigación", aseguró.
Ante este panorama, la posibilidad de repatriar al personal
calificado que está en los Estados Unidos o en Europa cobra
todavía una importancia mayor. Para este fin se crearon las
becas de reinserción del Conicet, especialmente destinadas a
quienes quieren volver al país. Se trata de un programa que
brinda un ingreso por 24 meses.
Reconoció Lattuada una deficiencia, ya que estas becas están
lejos de equiparar la escala de ingresos del primer mundo. "En
un cargo de investigador puede haber una diferencia de 5 o 6
veces menos de lo que se paga en el exterior", indicó. El piso
de estas becas es de 1.400 pesos y llegan a 1.800 para quienes
se radican en lugares alejados.
A la hora de pronosticar qué sucederá en el futuro, Lattuada
es cauto pero optimista. "Es auspicioso que hayan regresado
200 científicos. La expectativa es que esto siga como una tendencia,
pero no creo que sea una cuestión masiva", sostuvo. Según el
directivo del Conicet, para lograrlo hay que asegurar algunas
condiciones mínimas, como un sueldo digno, los elementos para
trabajar y el reconocimiento social. "Con estos elementos, que
son los pocos que tenemos para defender que la gente se quede
en su lugar, quizás no retengamos a todos, pero es un buen inicio",
dijo.
Otros caminos
De todos modos, estos planes no constituyen una solución definitiva.
Las fuentes consultadas coincidieron en que es necesario encontrar
nuevos carriles para revalorizar y fortalecer la actividad científica
nacional, en particular integrando al sector privado.
Comentó Lattuada que el Conicet ha emprendido varias iniciativas
para enderezar esta cuestión. En los últimos tres años se triplicaron
las becas para acceder a los doctorados (de 500 a 1.500 en ese
lapso) y se ampliaron los ingresos a la carrera de investigador
(de 150 a 500).
"Además, estamos estimulando que los investigadores se inserten
también en el sector productivo, en las empresas. Tenemos dos
sistemas, para becarios y para investigadores, cofinanciados
con empresas", explicó.
En el caso de un becario, el Conicet paga la mitad del estipendio
de beca y la empresa cubre el resto para que haga un doctorado
y desarrolle una línea de investigación que sea de interés para
el sector empresario. En el caso de un investigador en una empresa
de base tecnológica, el Conicet le permite trabajar allí durante
cuatro años y el privado le abona un plus sobre su sueldo.
"Esto está pensado para agrandar el sistema, porque antes se
pensaba que el investigador sólo podía trabajar en la esfera
pública. Esta es una forma de que haya una mayor demanda de
gente de alta capacidad que, en vez de irse al exterior después
de haber sido formada y financiada por el Estado nacional y
terminar produciendo para una empresa extranjera, termine haciéndolo
en una empresa radicada en el país."
Drenaje enorme
Sobre esta temática, la perspectiva de un educador es relevante.
"No obstante la permanentemente denunciada crisis que vive el
sistema educativo argentino en todos sus niveles, la producción
sobre todo en el estamento superior, es positiva y calificada.
Esto se verifica por la cantidad y calidad de profesionales
que ejercen en el país", afirmó Antonio Salonia, ex ministro
de Educación.
"Pero muchos de ellos, en particular quienes tienen vocación
por la investigación científica, cuando no encuentran aquí un
ámbito para el desarrollo de sus aptitudes, buscan otros rumbos.
En consecuencia, el drenaje de talento que produce la Argentina
es enorme y es seguramente uno de los datos más graves de su
crisis global", enfatizó.
Consideró Salonia, ex ministro de Educación, que el problema
excede a los gobiernos de turno. "Pero el fenómeno no se ha
atenuado y las condiciones no permitirán, al menos en el corto
plazo, que se aminore", advirtió.
Entre las verdades que no se pueden ocultar, y que merecen la
atención de todos, está el hecho de que en nuestro medio las
posibilidades de inserción de teóricos e investigadores en el
ámbito privado son muy acotadas.
"Desafortunadamente, no existe una relación frecuente y orgánica
entre la actividad universitaria y de centros de investigación
oficiales con las empresas, que deberían tener interés en fomentar
y apoyar la capacitación de los investigadores", sostuvo Salonia.
"En consecuencia, más allá de lo que realiza el Estado, es relativo
lo que puede hacerse desde el campo privado. Es una materia
pendiente que requiere que se estimulen mecanismos de relación
entre el esfuerzo educativo y los actores sociales y económicos."
"No deben caminar la Universidad y la investigación científica
por vías paralelas respecto de lo que se desarrolla en lo económico
y social, donde tiene protagonismo la actividad privada. Debe
haber una política globalizadora, que incluya a todos, para
preservar el talento de los argentinos."
Fuente: www.adepa.org.ar
¿Cuándo
comenzó el terror del 24 de marzo de 1976?
Por Adolfo Pérez Esquivel
Toda sociedad está sujeta a cambios debido a la dinámica que
vive , tanto a nivel mundial como en los acontecimientos locales.
Han transcurrido 28 años desde el golpe militar instaurado en
la Argentina; una de las dictaduras más sangrientas de toda
su historia.
Debemos hacer memoria, que no es pasado, sino presente, que
tiene una fuerte carga emotiva, social, política y sobre todo
ética, que busca la Verdad y la Justicia, la reparación que
la sociedad debe a miles de víctimas del terrorismo de Estado.
¿Cuándo comenzó el 24 de marzo de 1976?-¿ Cuáles fueron las
motivaciones para el golpe de Estado y quienes fueron los cómplices
abiertos y encubiertos para provocar el baño de sangre y terror
que vivió el país?
Nunca las fuerzas armadas pueden dar un golpe de Estado solos,
necesitaron del apoyo y la complicidad de sectores civiles,
de empresarios, de sectores de la iglesia, de su silencio también
cómplice y del apoyo exterior.
No podemos olvidar quemás de 80 mil militares de toda América
Latina, fueron formados en la Escuela de las Américas en Panamá
y en las Academias Militares de EE.UU. fueron quienes aplicaronla
Doctrina de la Seguridad Nacional,y elOperativoCóndor, esa internacional
del terror que extendió sus tentáculos hacia Europa y EE.UU.
para cobrar sus víctimas.
Recién después de 28 años,se puede vislumbrar una esperanza
que permita ir cicatrizando las heridasde la sociedad. El actual
gobierno que preside el presidente Kirchner estádando pasos
significativos en la política de derechos humanos, en restablecerla
justicia, superando la impunidad jurídicaque gobiernosque le
precedieron trataron de ocultar detrás de leyes injustas e inmorales,
como también beneficiando con los indultos a los responsables
de graves violaciones de los derechos humanos.
Uno de los hechos más elocuentes y significativosa la memoria
del pueblo, es la expropiación de la ESMA, Escuela de Mecánica
de la Armada, que durante la dictadura militar,fue uncentro
de torturas y campo de concentración, donde pasaron cerca de
cinco mil prisioneros, en el que se apropiaron de niños y se
aplicó la siniestra metodología del secuestro y desaparición
de personas. Laescuela del terror serátransformada en el Museo
de la Memoria para las generaciones presentes y futuras y para
que Nunca Más vuelva a suceder a nuestro país, como a ningún
pueblo del mundo.
Las fuerzas armadas cargan con la responsabilidad de ser los
brazos ejecutores de la barbarie desatada contra el pueblo.
Los cerebros del plan siniestro aplicado en Argentina y toda
América Latina,las transformaron en tropas de ocupación del
propio pueblo y alteraron su verdadera función: la de estar
al servicio del pueblo y ser defensores de la soberanía y la
libertad.Apuntaron a imponer un modelo político, económico,
cultural basado en la Doctrina de la Seguridad Nacional, impuesta
desde Washington con alto costo en vidas y la destrucción de
la capacidad productiva del país, beneficiandoa grandes empresas
que se enriquecieron, varias de ellas transnacionales, como
Ford y Mercedes Benz, responsables de entregar a sus trabajadores
en manos de los represores y mantener en sus plantas fabriles
destacamentos militares.
Está la empresa Ledesma, en Jujuy, de los Blaquier,que en la
"Noche de los Apagones" utilizó los camiones de la empresa para
secuestrar y hacer desaparecer a personas que consideraban contrarias
a sus intereses. Es el caso del secuestro y desaparición deldoctor
Aredez, un médico dedicado a la atención de los sectores sociales
más desprotegidos. Hasta el día de hoy es depredadora y daña
la vida de la población, sin ningún tipo de control sobre el
bagazo de la caña de azúcarque, al aire libre, contamina el
medio ambiente y provoca cáncer a las personas. Esta empresa
continúagozando de la más absoluta impunidad.
Muchas otras empresas fueron beneficiadas por la dictadura militar.
Una larga lista de empresas logran pasar sus deudas privadas
como deudas del Estado. Hoy, el pueblo debe pagar aquello que
nunca les llegó, y así crecióla perversa "Deuda Externa", a
la que denomino la "Deuda Eterna": impagable inmoral, injusta.
Entre las empresas beneficiadas por la dictadura militar figuran
( los montos que se señalan corresponden a millones de dólares):
City Bank -213; Cogasco S.A. -1348; Banco de Londres -135; Sevel
-124; IBM- 109;FORD - 80; Loma Negra -62; Chase Manhattan Bank
- 61; Bank of América - 59; ESSO- 55; FIAT - 51; Mercedes Benz
- 92; Banco Ganadero -157; Deutsche Bank - 90; Industrias Metalúrgicas
Pescarmona – 89.
¿Cómo y por qué, se benefició a estas y muchas otras empresas
a espaldas del pueblo?.
El Juez Ballestero señala que: "...el Poder Judicial de la Nación,
en cumplimiento de sus facultades constitucionales, ha establecido
en la causa "Olmos Alejandro s/denuncia" la completa ilegitimidad
de los beneficios económicos que recibieron las empresas mencionadas
a expensas del Pueblo Argentino, por medio de una serie de maniobras
planificadasy ejecutadas por quienes usurparon los poderes del
Estado(o el gobierno de la Nación) el 24 de marzo de 1976.
Vuelvo a insistir, los militares no estaban solos, recibieron
el apoyode sectores políticos que fueron a conspirar en los
cuarteles para que los militares salgan a reprimir al pueblo.
Las oligarquías nacionales buscaron sus propios beneficios,
sin interesarles la vida del pueblo. Aquellos que buscaron justificar
la política de los "dos demonios" y que "aquí hubo una guerra".
Los de afuera, los que mandan, que buscaron y buscan imponer
sus políticas de dominación e intereses políticos y económicos
y para quienes el pueblos les resulta un estorbo. Aquellos que
sin medir las consecuencias buscaronapropiarse de los recursos
del país, del patrimonio del pueblo, generando más hambre y
exclusión social, mediante las privatizaciones.
En 1969,durante la dictadura del general Onganía, comenzó ladestrucción
delos centros de investigación científica de la Universidad
Nacional de Buenos Aires y la persecusión a los científicos,
en "La Noche de los Bastones largos". Las guerrillas de distintos
signos ideológicos que creyeron ser liberadores del pueblo,
sin el pueblo, generando más destrucción y violencia, y que
la dictadura con sectores políticos fomentaron para su propio
provecho, generando la llamada " guerra entre los dos demonios".
Aquí no hubo una guerra, se atacó a todo el cuerpo social, a
aquellos que nada tenían que ver con las guerrillas y que trabajaban
por una sociedad más justa y humana.
A 28 años debemos hacer memoria. Hoy, Estados Unidos, responsables
ideológicos y de la formación de las fuerzas armadas, que provocaron
las grandes masacres en toda América Latina, presionan al gobierno
y al parlamento para el ingreso de sus tropas con inmunidad.
Parece que los diputados y senadores, no quieren tener memoria.
LaCámara de Diputados ya dio media sanción para el ingreso de
las tropas norteamericanas y hoy el gobierno de los EE.UU. presiona
al Senado para lograr su aprobación. A 28 años del genocidio
de un pueblo, ¿es posible que no hayan aprendido nada?- ¿O tal
vez continúan con las mismas ‘mañas’ que tanto dolor costó a
nuestro pueblo?
El 24 de marzo de 1976, tiene aún a quienes quieren continuar
ese camino. Y a otros que luchan por encontrar nuevos caminos
y esperanzas en que la memoria y la resistencia del pueblo estén
firmes y dispuestas a que Nunca Más vuelva a suceder otro 24
de marzo.La lucha, las esperanzas y la resistencia no terminaron.
Estamos en camino junto a un pueblo que reclama sus derechos
a vivir en Paz y Libertad.
Buenos Aires, 23 de marzo de 2004
Fuente: www.serpajamericalatina.org
Discurso en
ocasión del homenaje que le hiciera la Facultad de Ciencias
Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires.
No estoy muy seguro si el estado emocional
me ha de permitir articular estas palabras con cierta coherencia,
porque este acto toca sentimientos muy profundos y agolpa en
mi mente situaciones personales de un período de mi vida, no
muy extenso, pero que fue profundamente vivido. Sin embargo,
lo que viene a mi mente en este momento no son hechos y personas
particulares, lo que viene a mi mente quizás lo podría describir
como un escenario donde actuaron esas personas, donde transcurrieron
los hechos; un escenario que dio contexto y significado a lo
que se hizo. En ese escenario predominaban las figuras jóvenes,
un movimiento estudiantil como no he conocido en otra parte
del mundo, graduados jóvenes –algunos de ellos que se fueron
a estudiar afuera y volvieron, a pesar de que se hubieran podido
quedar en el exterior– y algunos profesores, maduros, de los
que voy a citar a uno solo, como puede ser Rodolfo Bush, que
fue uno de entre muchos de los que armaron el escenario.
Sin ese escenario, nada se podría haber hecho, o muy poco, porque
fue un esfuerzo colectivo, una atmósfera, un lugar de discusión,
fue un foro de comprensión, de análisis, eso es lo que dio sentido
a esa realidad.
Mucho que hacer y poco tiempo que perder
Lo que nos impulsaba era simplemente el afán de avanzar: teníamos
mucho que hacer y poco tiempo que perder. Pero además de ese
afán de avanzar, hubo otra cosa a la que le dedicamos mucho,
que fue la direccionalidad de ese proceso. La idea era crear
esa Facultad de Ciencias de primer nivel internacional que pudiera
contribuir a la Nación. Ese afán de darle una direccionalidad
fue lo que nos trajo los mayores sinsabores. En aquella época
era natural dividir las fuerzas en "derecha" e "izquierda",
hoy no sé qué quiere decir eso pero entonces sí tenía sentido.
Una gran parte de la Facultad apoyó nuestra dirección pero tuvimos
grandes críticas de un sector del espectro de la derecha y de
otro sector del espectro de la izquierda; los dos nos hicieron
bastante la guerra. Me voy a referir al conflicto con el segundo,
que fue el que más me dolió... aunque después me dolió más el
primero (risas).
Nos pusieron el apodo de "cientificistas", cosa que consideré
siempre como una gran injusticia: éramos "cientificistas" porque
queríamos empujar la Facultad a un alto nivel científico y hacia
ese alto nivel enfocábamos el esfuerzo. En relación con esto,
quiero contarles un recuerdo personal, aunque no soy propenso
a contar anécdotas sobre mí mismo.
La conexión china
En aquella época hubo un congreso del Consejo Internacional
de Uniones Científicas en Bombay y en esa ocasión se renovaba
la mesa directiva. Fue entonces que me eligieron como vicepresidente.
Imagínense: Vicepresidente del Consejo Internacional de Uniones
Científicas... era uno de esos títulos rimbombantes, que no
quieren decir nada, pero que son muy impresionantes. Y bien,
con ese título bajo el brazo fui con mi esposa a Nueva Delhi
y pedí una audiencia al embajador chino; le dije que pensaba
volver a mí país pasando por Hong Kong y le pregunté si podría
tomar contacto con mis colegas chinos, sobre todo porque allí
tenía dos colegas muy queridos. La respuesta no fue inmediata
pero fue positiva y me dijeron que sería invitado de la Asociación
de Trabajadores Científicos de China. No se alarmen, no voy
a contar el viaje ni voy a pasar diapositivas (risas).
Y bien, cuando fui a la Universidad de Pekín conocí al vicerrector,
que en ese momento estaba a cargo de la universidad. Su nombre
me sonaba conocido y le pregunté si era el autor de un trabajo
muy bueno sobre turbulencia que había leído en una revista inglesa.
Se asombró un poco de que pudiera comentar su trabajo y eso
abrió la relación bastante.
El libro rojo de Mao
Lo que encontré allí es que el tipo de esfuerzos que realizábamos
aquí para alcanzar el nivel científico era muy similar a lo
que hacían ellos, naturalmente que en la dimensión china, una
cosa completamente distinta; pero íbamos por la misma ruta,
y en un comentario acerca de la prioridad que le daban al nivel
científico me mostraron una cita de un famoso librito, que era
el Libro Rojo de Mao y que, cuando lo vi, con ese poco de megalomanía
que tenemos todos, dije: "Mao me ha plagiado y ni siquiera me
cita".
Mao dice allí que "todo lo que el enemigo sabe, nosotros lo
tenemos que saber, y todo lo que el enemigo no sabe nosotros
lo tenemos que saber". Si trasladamos el "nosotros" de Mao al
"nosotros" de ese aquí y ahora, y no hablamos de "enemigo" sino
de "los otros", lo que podíamos pensar era que nuestra tarea
era mucho más dura de lo que pensábamos: teníamos que saber
todas esas cosas, pero para cambiarlas teníamos que pensar,
analizar e imaginar mucho más. Todo esto me dejó tranquilo y
el apodo de "cientificista" me hirió mucho menos.
La derecha, más grave
Lo otro, más grave, fue la derecha. Voy a decir con toda franqueza
que la imagen que se da de La noche de los bastones largos es
un poco deformada. Hay que tener en cuenta que al lado de lo
que se llamó proceso fue un episodio policial. Claro que nos
rompieron cabezas y costillas, pero el objetivo no era romper
cabezas. Los que instigaron eso eran civiles y universitarios
porque lo que estaba en juego era un programa ideológico: lo
que querían romper no era cabezas, era el escenario que describí
al principio, porque sabían que ese escenario conducía a un
tipo de país totalmente distinto. La lucha fue dura y la perdimos,
naturalmente.
Fin de siglo complicado
Al rememorar lo que pasó entonces es absolutamente inevitable
compararlo con el ahora, que es sumamente doloroso. Estamos
en un período muy complicado, oscilamos permanentemente en este
final de siglo entre la admiración y el horror, el deslumbramiento
y la náusea. El deslumbramiento por los extraordinarios avances
de la ciencia y la tecnología, el horror y la náusea por los
2000 millones de desnutridos que hay en el mundo –cifras de
las Naciones Unidas–. El horror y la náusea porque un puñado
de personas –llamémosle personas– han amasado capitales superiores
a decenas de países de esos que nosotros llamamos del Tercer
Mundo y que después se llamaron, casi sarcásticamente, en vías
de desarrollo. Hay un puñado de países que se han arrogado el
derecho de castigar, bombardear, matar en cualquier parte del
mundo por encima de todos los organismos internacionales. Desgraciadamente
–no voy a seguir dando datos– un mundo de frustraciones. Son
tiempos para aquellos que no pensamos la sociedad en términos
de variables económicas sino en términos de personas.
Tiempo de reflexión
Pero no es un tiempo de bajar los brazos y de abandonar. Siempre
ha habido de estos tiempos en la historia y hay que tomarlos
como tiempos de reflexión. Tenemos que repensar nuestra discusión,
y en lo que respecta a nosotros tenemos que repensar la educación
y la universidad. Hoy la educación básica significa aprender
a leer. No El Quijote sino leer los manuales de los aparatos
para poder apretar el botón que corresponde: ésa es la educación
básica del Banco Mundial. Y en materia de educación superior
se trata de poner la universidad al servicio del sistema productivo
y del mercado. A nosotros nos corresponde pensar en ese mundo
la universidad.
Heredamos de la Edad Media dos instituciones: la Iglesia y la
universidad. La Iglesia ha avanzado bastante, se ha transformado
mucho, incluso muchísimo teniendo en cuenta la revolución teológica
actual que nos confunde un poco porque ya no podemos mandar
al infierno a nadie porque nos dicen que no tiene domicilio.
Ellos han repensado mucho, nosotros seguimos con las tradiciones.
La universidad está como está quizás por la tradición que tiene,
y a una facultad como ésta –la Facultad de Ciencias Exactas–
le corresponde, y en buena medida, repensarla. Lo que hay que
modificar, aunque se hable del fin de la historia y de las ideologías,
es el aparato conceptual con el que se analiza la sociedad.
En la Noche de los Bastones Largos (29 de Julio de 1966), la
policía cercó la zona de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales,
donde entró a bastonazo limpio. Rolando García (izquierda) era
decano de la Facultad, en ese entonces.
Nuevas utopías
Creo que tenemos una responsabilidad muy grande y hoy me preguntaba
si no será que habrá que rehacer ese escenario, la universidad
foro de discusiones, lo que en aquella época nos atrevimos a
llamar "la conciencia crítica y política de la sociedad"; no
de partido político: la política es lo que tiene que volver
a la universidad, esa universidad con conciencia social que
haga punta en la transformación.
Creo que he hablado demasiado. Tengo que agradecerle al señor
decano y a sus colaboradores por esta invitación y a todos ustedes
por permitirme hablar sin interrupciones y pensar en voz alta,
y permitirme recordar, como incentivo y motor para forjar nuevas
utopías.
Fuente: Página/12
Especial
de Página/12, 40 años de La Noche de los bastones largos
Fecha publicación: 28 de julio de 2006
La caída.
A 40 años de La Noche de los Bastones Largos
"Pegaban bien, pegaban con ganas"
Por Javier Lorca
"Sáquenlos a tiros, si es necesario. ¡Hay que limpiar esta cueva
de marxistas!" La orden la pronunció hace cuatro décadas el
jefe de la Policía Federal, Mario Fonseca, obedeciendo con rigor
vertical el mandato del general Juan Carlos Onganía, apoyado
por una extendida aquiescencia social, incluidos vastos sectores
universitarios. El objetivo de la "Operación Escarmiento", minuciosamente
cumplido el viernes 29 de julio de 1966, era desalojar las cinco
facultades de la Universidad de Buenos Aires (UBA) que estudiantes
y profesores mantenían ocupadas en rechazo a la intervención
recién decretada por la dictadura militar. El método aplicado
fue la irrupción de la Infantería, con especial saña en Ciencias
Exactas y en Filosofía y Letras –las facultades más renovadoras–,
primero lanzando gases lacrimógenos y luego descargando bastonazos
sin discriminar hombres de mujeres, ni alumnos de docentes,
graduados o decanos. En la perspectiva de las posteriores tragedias
nacionales, la Noche de los Bastones Largos resultaría un simbólico
y sombrío preludio. Para la UBA, marcaría el final de sus años
dorados y encarnaría la escena primordial de un mito tan riesgoso
como fundado en la realidad, al que Christian Ferrer ha llamado
"el relato de un martirologio": la universidad pública como
víctima, lacerada y flagelada por golpes y exilios forzados,
por crímenes, persecuciones y desapariciones, por ajustes y
privatizaciones.
Un mes después de derrocar al presidente Arturo Illia, Onganía
decretaba el cese de la autonomía en las universidades, sedes
dilectas del enemigo interno para la Doctrina de la Seguridad
Nacional. Había anunciado un plazo de 48 horas para que las
autoridades académicas decidieran si se cuadraban o renunciaban,
pero no esperó. En la noche del mismo viernes 29 envió a la
policía a las facultades de Ciencias Exactas, Filosofía y Letras,
Arquitectura, Medicina e Ingeniería, pacíficamente tomadas,
al igual que el rectorado de la UBA, donde el rector Hilario
Fernández Long se había recluido para manifestar su rechazo.
Cerca de las 22 la Infantería ya rodeaba la Manzana de las Luces,
sobre Perú al 200, donde funcionaban Exactas y Arquitectura.
Adentro había cientos de personas: alumnos cursando y otros,
junto con docentes y autoridades, intentando resistir la intervención
militar durante el fin de semana. Habían cerrado puertas y ventanas,
habían montado barricadas usando bancos y pupitres. Con los
cascos puestos y los bastones preparados, los policías esperaban
la orden de actuar. Cuando los vio, el vicedecano de Arquitectura,
Carlos Méndez Mosquera, se acercó a uno de los oficiales y le
preguntó qué pasaba. "¡Ataquen!", fue la respuesta, un alarido,
prólogo de los gritos y estallidos que seguirían.
A pocos metros de allí, en Exactas, los hechos se replicaban.
"¿Cómo se atreve a cometer este atropello? Todavía soy el decano
de esta casa de estudios", increpó Rolando García al uniformado
que encabezaba el operativo. Un corpulento subalterno rompió
filas e intentó romperle la cabeza con su bastón. Con sangre
sobre la cara, el decano se levantó y repitió sus palabras.
También se repitió el bastonazo. "Pegaban bien, pegaban con
habilidad, pegaban con ganas", resumiría luego Manuel Sadosky,
entonces vicedecano de Exactas.
Sobre la Avenida Independencia al 3000, en la Facultad de Filosofía
y Letras, policías armados habían superado el hall e ingresaban
al patio y las aulas. Estudiantes y docentes corrían, tratando
de esquivar insultos y culatazos. Algunos lograron escapar por
las ventanas, muchos más fueron golpeados y detenidos. También
era desocupada la Facultad de Ingeniería. Sólo en Medicina no
se registraban incidentes.
Disipados los gases lacrimógenos, la Infantería comenzó a arrear
a la gente y organizar el desalojo de Exactas. Primero todos
contra la pared de un aula, brazos arriba y piernas separadas:
"¡Al que apoye las manos en la pared, le reviento los dedos!".
Los lamentos y las súplicas dejaron oíruna falsa orden: "Preparen,
apunten...", simulacro de un fusilamiento que no fue. Después,
como es fama, los universitarios fueron ordenados en fila y,
camino a los camiones celulares, debieron pasar de a uno por
entre dos formaciones de policías, una a tres metros de la otra,
mientras sus cuerpos eran sucesivamente molidos a patadas y
bastonazos. Por milagro o porque sabían calculadamente lo que
hacían, no hubo muertos. Sí muchos heridos y, se estima, más
de 500 detenidos. Los profesores, en su mayoría, fueron liberados
a la madrugada. "No se nos tomó declaración, no se nos procesó
por nada –relató tiempo después Rodolfo Busch, profesor de Exactas–,
nunca estuvimos presos, nunca hemos sido apaleados."
Al otro día, Onganía clausuró todas las universidades por tres
semanas. Para el 22 de agosto la intervención había sido instrumentada.
Ese día asumía Luis Botet como rector interventor de la UBA.
Su proclama: "La autoridad está por encima de la ciencia". Desde
aquel momento, la UBA pasó a ser una institución vigilada, con
policías de civil transitando sus pasillos y espiando lo que
ocurría en las aulas a través de pequeñas ventanas en las puertas.
Con todo, el resultado sería el inverso al deseado por la dictadura
militar: la actividad política no haría más que crecer en las
facultades.
La renuncia y el exilio de cientos de profesores e investigadores
desmantelaron el proyecto de universidad científica que, a contrapelo
del modelo profesionalista, había comenzado a gestarse en la
UBA desde 1957, tras la recuperación de la autonomía. Un proyecto
que había multiplicado el número de profesores con dedicación
exclusiva (eran 9 en 1958 y 700 en 1966), había modernizado
las estructuras curriculares, renovado el plantel de profesores
y abierto nuevas carreras (Sociología, Psicología, Educación,
Economía), había creado los departamentos de Extensión y de
Orientación Vocacional... Manuel Sadosky había fundado el Instituto
del Cálculo, donde puso en funciones la primera computadora
del país, en 1961. El sabotaje y posterior destrucción de la
célebre y enorme Clementina, ocurrido durante la intervención
militar, suele ser recordado como símbolo del saqueo sufrido
por la universidad pública. Pero, aunque llevó décadas, hoy
existe Clementina II. Otras pérdidas institucionales continúan
sin reemplazo, como tantas capacidades potenciales amputadas
que nunca pudieron realizarse. Creada en 1958, Eudeba –la editorial
de la UBA que gerenció Boris Spivacow– llegó a publicar y distribuir
más de 10 millones de libros a precios populares, con enorme
éxito comercial y cultural. Hasta julio de 1966.
Esa
torpeza troglodita
El dictador Juan Carlos Onganía el día que juró como Presidente
de la Nación.
Por Luis Bruschtein
Desde hacía un mes se esperaba que los militares entraran a
la Universidad y el camión de la Guardia de Infantería había
estado todo ese tiempo estacionado en la rotonda de Diagonal
Sur. En algún momento planeó la ilusión de que dejarían a la
universidad tranquila pero el 29 el clima estaba muy enrarecido.
Cuando llegué ese día a la vieja sede de Exactas, en la esquina
de Perú y Diagonal, había revuelo adentro y varios camiones
de la policía estacionados frente el monumento a Roca. Eran
las seis o siete de la tarde y se había convocado a una asamblea
general en el aula magna. La mayoría de los oradores propusieron
hacer una toma pacífica de la facultad, incluso con los profesores.
Como yo cursaba el ingreso, no tenía libreta universitaria y
se planteó que no podíamos quedarnos para que no se dijera que
éramos activistas profesionales.
Con otros compañeros fuimos a tomar un café al bar El Cabildo,
que está en Hipólito Irigoyen y Perú. En otra mesa había un
grupo de estudiantes de una agrupación de derecha que festejaba
a voz en cuello porque iban a echar a los comunistas. Cuando
intenté volver, la policía ya había acordonado la rotonda de
Roca y no permitía llegar a la facultad.
Bueno, lo que siguió ya es historia. Durante muchos años se
habló de la doble fila que iba desde el patio central hasta
la puerta. Estudiantes y profesores eran brutalmente aporreados
a medida que recorrían esos poco menos de cien metros obligatorios.
Cuando entraron los infantes, disparando gases, hubo estudiantes
que se refugiaron en las aulas del segundo piso y algunos que
trataron de escapar por los techos que daban al Nacional Buenos
Aires. Las persecuciones, gritos y estampidas se sucedieron
en un despliegue de violencia inusitado para esa época.
En la puerta, estudiantes y profesores iban saliendo con las
manos en la nuca, muchos de ellos sangrando, y los subían a
los celulares en que los llevaban detenidos. No había gritos
en la calle y tampoco entre los prisioneros. Todos actuaban
con una expectativa enmudecedora ante el nuevo escenario que
se abría. La incertidumbre y la sorpresa todavía le ganaban
a la indignación en esos momentos.
El folklore sobre la torpeza de los militares ya era un tema
recurrente. Pero aun así sus actos excedían los estereotipos.
Como el comisario Margaride persiguiendo hombres y mujeres infieles
en los hoteles alojamiento, o cuando llevaron a un cura al aula
magna de Exactas para exorcizar a los demonios del comunismo
y Onganía irrumpiendo en la Rural con la carroza de la reina
Victoria tirada por seis caballos blancos.
La facultad estuvo cerrada bastante tiempo porque coincidía
con el fin del cuatrimestre. Cuando reabrió, la mayoría de los
profesores había renunciado y en los pasillos había nuevos celadores
con funciones policiales. Algunas cátedras desaparecieron y
otras debieron unificarse. El clima de libertad que había distinguido
a la Universidad había mutado a claustro medieval, vigilancia
y persecución. Esa torpeza troglodita y la ignorancia habían
pasado a decidir sobre nuestras vidas.
La
noche eterna
El 29 de julio de 1966 la dictadura de Juan Carlos Onganía dictó
un decreto que ponía fin a la autonomía universitaria y se proponía
"eliminar las causas de acción subversiva" en los claustros.
En algunas facultades se realizaron asambleas como manifestaciones
de oposición. Profesores y estudiantes fueron forzados a abandonar
los edificios a golpes. Muchos fueron detenidos.
Por Diego Hurtado de Mendoza
A comienzos de los sesenta la proscripción del peronismo y las
presiones castrenses –crónicas y siempre perentorias– dominaron
la escena política. Las universidades no fueron ajenas a este
juego de la prepotencia. Después de todo, la autonomía universitaria
había sido puesta en vigencia por la dictadura que llegó al
poder en septiembre de 1955. Este tortuoso panorama no impidió
que algunos sectores de las universidades públicas construyeran
una identidad que se pensó a sí misma como solidaria de las
mayorías. Cierto vigor y una incipiente excelencia académica
se combinaron con un compromiso político entendido como concreción
de la "función social" de la universidad y oposición a intereses
hegemónicos externos.
Desde las ciencias naturales, "desarrollo" –uno de los conceptos
claves de entonces– fue sinónimo de política industrialista
e independencia científica y tecnológica. Desde las ciencias
sociales, la producción de conocimiento fue pensada como actividad
de diagnóstico y transformación de la realidad de país periférico.
Ambos tópicos se cruzaban en un escenario atravesado por aluviones
ideológicos y programáticos. Humanistas y reformistas, católicos
y marxistas, nacionalistas y desarrollistas coincidieron en
asignar un papel trascendente a la universidad.
Si bien la clausura final de estos ideales se concretó el 24
de marzo de 1976, la carrera hacia el abismo se inició con el
golpe que expulsó a Arturo Illia de la presidencia el 28 de
junio de 1966. El gobierno militar de facto hablaba de negligencia
administrativa, de fragmentación de la vida nacional y de inhibición
del proceso de modernización del país. Los primeros actos reflejos
de la dictadura fueron el cierre del Congreso y la Corte Suprema,
el control de la prensa y la disolución de los partidos políticos.
El golpe de Estado fue recibido con indiferencia por la sociedad.
Las universidades fueron el único sector que manifestó públicamente
su oposición.
El 29 de julio el gobierno de facto sancionó el decreto ley
16.912, que ponía fin a la autonomía universitaria y obligaba
a los rectores y decanos de las ocho universidades nacionales
a asumir como interventores dependientes del Ministerio del
Interior. El nuevo decreto se había propuesto "eliminar las
causas de acción subversiva" en la universidad. Los rectores
de las universidades de Buenos Aires, Córdoba, La Plata, Tucumán
y Litoral decidieron renunciar. Los rectores de las universidades
del Sur, del Noreste y de Cuyo aceptaron asumir como interventores.
En la UBA, además del rector Hilario Fernández Long, nueve decanos
anunciaron sus renuncias. En algunas facultades se realizaron
asambleas como manifestaciones de oposición. Como represalia,
la misma noche del 29 de julio, policías armados, conducidos
por el jefe de la Policía Federal, general Mario Fonseca, irrumpieron
en algunas facultades de la UBA –los incidentes más graves se
registraron en Filosofía y Letras, Arquitectura y Ciencias Exactas
y Naturales (FCEyN)– disparando gases y gritando consignas antisemitas
y anticomunistas. Profesores y estudiantes fueron forzados a
abandonar los edificios a golpes y la gran mayoría fueron detenidos
en diversas comisarías.
En la FCEyN, su decano, el meteorólogo Rolando García, había
convocado a una reunión del Consejo Directivo, que había votado
a favor de dar a conocer una declaración de protesta. En esta
facultad se encontraba como profesor visitante el matemático
Warren Ambrose, del Massachusetts Institute of Technology. El
relato indignado de Ambrose fue publicado por la revista Science
y el New York Times.
El periódico norteamericano también reprodujo declaraciones
del rector y de algunos decanos de la UBA. Horacio Pando, decano
de Arquitectura, sostenía: "Cerca de las 22 horas del viernes,
la policía interrumpió en las clases nocturnas en nuestra facultad,
gritando obscenidades, ygolpearon a profesores y estudiantes,
hombres y mujeres, muchos de los cuales no conocían el decreto".
El gobierno de facto decidió suspender las clases en las universidades
nacionales hasta el 16 de agosto, con excepción de las tres
que habían acatado el nuevo decreto, y designar a Carlos María
Gelly y Obes como nuevo ministro de Educación. También propuso
cubrir los cargos de docentes renunciantes en las universidades
nacionales con profesores de las universidades católicas no
afectadas por la intervención. Esta iniciativa fue interferida
por el manifiesto firmado por 65 profesores de la Universidad
Católica de Buenos Aires, donde se afirmaba: "El país necesita
científicos y técnicos y éstos pueden producirse sólo si las
universidades son eficientes y capaces de conseguir sus objetivos
(...) Esto puede ser logrado sólo si se mantienen principios
tales como el derecho a la libertad de pensamiento y opinión
dentro de la institución (...) El principio de autonomía universitaria
es el factor más importante para alcanzar los más altos niveles
académicos".
El New York Times comentaba por esos días que "la mayoría de
los 75.000 estudiantes sin clases deambulan en las cercanías
de los edificios", en aparente respuesta a un llamamiento de
"líderes izquierdistas" de la "poderosa Federación Universitaria
Argentina", que reclamaba la reapertura de las universidades,
buscaba el apoyo en líderes obreros de la CGT y llamaba a "expulsar
a la dictadura educativa".
La ambigüedad en sus manifestaciones públicas fue una de las
mejores cartas de la política exterior de los Estados Unidos
durante los años sesenta. Mientras que el gobierno norteamericano
notificó a Onganía su "consternación y preocupación" sobre lo
ocurrido en las universidades y protestó por la golpiza padecida
por Warren Ambrose, a comienzos de agosto Lincoln Gordon, subsecretario
de Estado para Asuntos Interamericanos, que como embajador en
Brasil había dado su fervoroso apoyo al golpe de Estado de 1964,
sostuvo ante la prensa que el ataque a la universidad había
sido justificado, porque allí se encubrían agitadores profesionales.
Gordon declaró que la reacción de su gobierno por los actos
del gobierno militar argentino no pasaban de "una expresión
de preocupación" y que no había habido protesta formal y categórica.
El 5 de agosto, Gordon tuvo que aclarar sus dichos. Las páginas
de New York Times y de Washington Post reprodujeron sus argumentos:
si bien algunas universidades latinoamericanas se habían convertido
en "asilos de gángsters", de "estudiantes crónicos" o de "agitadores
profesionales", los abusos de la libertad académica debían ser
corregidos "a través de formas civilizadas y legales" y "no
con violentas redadas policiales".
Las aclaraciones de Gordon, apoyadas públicamente por el secretario
de Estado Dean Rusk, provocaron a su vez la reacción del gobierno
de facto argentino. El titular de la Cancillería, Nicanor Costa
Méndez, presentó a Leonard J. Saccio, encargado de los asuntos
norteamericanos en Buenos Aires, sus objeciones a las declaraciones
de los funcionarios norteamericanos respecto de las acciones
del gobierno de facto sobre las universidades. La nota de protesta
incluía un pedido de informe detallado de las mencionadas declaraciones
de Gordon y Rusk a fin de analizar si no significaban una interferencia
de los Estados Unidos en los asuntos internos de la Argentina.
Sin embargo, la tensión era aparente. El New York Times indicó
que la protesta no implicaba una "denuncia formal" del gobierno
argentino y el Washington Post citó declaraciones de Marshal
Wright, funcionario de prensa del Departamento de Estado, quien
agregaba que la protesta argentina "no parece requerir una respuesta".
Finalmente, en el New York Times del 12 de agosto Marshal Wright
afirmaba que el profesor Warren Ambrose no había sido seriamente
dañado. Por otra parte, Wrigth mencionaba que el gobierno argentino
había presentado un extenso mensaje que desautorizaba la acción
policial llevada a cabo la noche del 29 de julio y aclaraba
que los efectivos habían sido instruidospreviamente para no
usar la violencia. De esta forma, el Departamento de Estado
norteamericano daba por cerrados los entredichos.
Al día siguiente del ataque a las universidades ya había comenzado
a hablarse del peligro de un éxodo masivo de investigadores.
El 25 de agosto de 1966, un artículo del New York Times, que
llevaba como copete "Reclutadores universitarios listos para
ubicar profesores", anunciaba que algunas de las universidades
más importantes de los Estados Unidos, "incluido el Massachusetts
Institute of Technology y Harvard, así como sociedades científicas
y académicas, han establecido contacto con profesores argentinos
en las últimas dos semanas para colaborar con su plan de partida".
Investigaciones posteriores sostienen que como consecuencia
de los episodios del 29 de julio renunciaron en la UBA alrededor
de 1380 docentes e investigadores. Del total de renunciantes,
aproximadamente el 70 por ciento pertenecían a la FCEyN. Más
de 300 emigraron hacia otros países.
La universidad que comenzó a demolerse en julio de 1966 persistió
en la forma de materia prima tenaz para futuras mitologías académicas.
Y los mitos iluminan el pasado selectivamente y lo reinventan
en función de los sentidos del presente. La década 1956-1966
fue así interpretada en varias claves, desde momento de audaces
idealismos —la universidad era capaz de forjar modelos de país—
hasta idílica "edad de oro" del desarrollo científico y tecnológico.
El retorno de la democracia en diciembre de 1983 mostró que
en el imaginario de muchos profesores e investigadores persistía
como grado cero de toda política universitaria la recuperación
de la universidad de los sesenta. Los debates sobre ciencia
básica versus ciencia planificada fueron retomados. Como si
Martínez de Hoz y la patria contratista nunca hubieran existido.
El anacronismo resultó evidente a comienzos de los noventa,
cuando la "revolución cultural" neoconservadora comenzó a promover
los diagnósticos de organismos financieros internacionales sobre
la educación superior en América latina. Algunos especialistas
latinoamericanos se encargaron de traducir los valores del mercado
a un lenguaje progresista.
La universidad de los sesenta es una historia sin final, una
potencialidad que nunca será acto. Entre otras cosas, eso es
el subdesarrollo: historias inconclusas, sentidos inciertos.
En todo caso, la universidad de los sesenta aporta indicios
reveladores para la autoestima de una tradición científica y
académica que todavía busca la clave de su destino, que todavía
se pregunta cómo hacer para que el conocimiento producido en
las universidades redunde en capital social y cultural y en
producción de riqueza.
La
realidad externa era fascista
Por José Pablo Feinmann
Recuerdo que era de noche, pero no si hacía frío. Por la fecha
del año, calculo, raro que hiciera calor. El calor estaba en
nosotros, en nuestras discusiones. Discutíamos si existía o
no la realidad externa. Eramos alumnos de Historia de la Filosofía
Moderna y estábamos, creo, preparando el final. Debía ser algo
así; si no, no se explica que estudiáramos tanto y discutiéramos
un punto tan, digamos, puntual. El punto era Descartes y su
Discurso del método. Hay cierto momento en que Descartes se
pregunta si las cosas que él ve ahí afuera son verdaderas o
algún genio maligno lo está engañando. Entonces dice que son
verdaderas porque él las ve, y si las viera y no fueran verdaderas
Dios lo estaría engañando. Y Dios es bueno y no puede engañarlo.
Se trata de su recurrencia a la veracidad divina. Pero hay un
problema: para demostrar que hay cosas fuera del ego cogito
porque Dios es bueno y no puede engañarme, tengo que demostrar
que Dios existe. Y esto es fácil para Descartes. Porque dice:
tengo en mí la idea de la perfección. Yo, que soy imperfecto,
no pude haberla puesto ahí, donde está: en la conciencia. La
tiene uqe haber puesto un ser perfecto. El único ser perfecto
es Dios. Dios existe.
Durante esos días, una revista marxista –enemiga de las filosofías
idealistas que deducen todo de la subjetividad– había publicado
un chiste memorable. En el primer cuadrito un tipo con barbita
y pipa decía: "Es muy fácil. Ese florero existe...". Y en el
cuadrito estaban el tipo y un florero. Segundo cuadrito: el
tipo dice "porque yo lo pienso". Siempre el tipo y el florero
en el cuadrito. Tercer cuadrito: el tipo dice "si yo no lo pensara...".
Siempre el tipo y el florero. Cuarto cuadrito: el tipo dice
"el florero dejaría de existir". En el cuadrito, ahora, sólo
está el florero. Esas eran nuestras bromas y esos eran nuestros
temas de estudio y discusión. ¿Existe la realidad externa? ¿Sobre
qué intenciona la conciencia fenomenológica? ¿Sobre la realidad
externa? ¿La conciencia determina la vida o la vida a la conciencia?
Pero, la realidad externa, ¿existe?
Salimos de la facultad. Bué, nos hicieron salir. Bajamos porque
estalló el infierno. Había entrado la cana. Filo estaba en Independencia.
Los canas habían hecho una doble hilera y por ahí, por el medio,
teníamos que salir. Nos gritaban comunistas de mierda, zurdos
podridos y judíos de mierda, esto, judíos de mierda, mucho y
hasta más que mucho porque, según nos enteramos después, el
golpe venía muy católico, muy Santo Tomás, muy filosofía medieval
y nosotros ya estábamos en moderna. De pronto un cana le encajó
un bastonazo a uno. Y a otro. Y a otro más. Nada demasiado grave.
En otras universidades fue peor. Pero cuando salimos a la calle,cuando
corrimos hacia la esquina, cuando nos subimos al bondi y pudimos
respirar tranquilos y hablar de nuevo, ya teníamos algo resuelto
para siempre: la realidad externa existía. Y no sólo existía:
te puteaba, te cagaba a palos y era fascista.
TESTIMONIO
1
Por Horacio González *
"Aquella noche estaba en la ocupación de la Facultad de Filosofía
y Letras. Hubo una irrupción de la infantería que, en mi caso,
resultó en un golpe en la cabeza que me dejó desmayado en el
patio: yo recibí efectivamente la visita de un bastón largo.
Y esos minutos de desmayo significaron un cambio muy importante
en mi reflexión sobre la universidad y el país... Hacía cuatro
años que había entrado en la universidad y vivía de algún modo
el encantamiento de la autonomía universitaria. De modo que
el chichón en mi cabeza fue un alerta sobre lo que iba a pasar
en el país. Una cicatriz que a la luz de lo que fue la siguiente
dictadura generaría una suerte de melancolía por los golpes
pasados... En aquel momento tomé con un sentimiento de pena
muy profundo la renuncia de muchos de nuestros profesores. La
irrupción de las armas del Estado en los patios y las aulas
de la universidad dio paso también a las medidas de vigilancia:
mi fotografía estaría desde entonces en manos del personal de
vigilancia y era considerado persona no grata. Lo que tengo
dificultad para decir es que aquella irrupción policial me llevó
a sumarme a los que creían en la necesidad de construir una
realidad que superara a la universidad aislada... En la punta
de aquellos bastones había diversas hipótesis de construcción
del conocimiento. El palazo hizo vibrar mi cabeza y me llevó
a rechazar tanto a aquella irrupción policial como a quienes
habían sostenido una universidad cientificista pero idílica.
A tientas, fui de los que intentaron construir un realismo nacional
y popular, de forma balbuceante intentamos seguir la lucha política
en la universidad, ocupando cátedras... Aquel golpe despertó
un realismo social militante, una veta política que empezó a
llamarse tendencia nacional y popular y que pronto vería con
entusiasmo la lucha con las armas, un período que hoy amerita
una profunda reflexión... Fue muy importante para mí aquel bastonazo.
El desmayo duró muy pocos minutos, pero significó uno de esos
hechos que se recuerdan como un quiebre en la vida propia."
* Estudiante de Sociología en 1966, hoy director de la Biblioteca
Nacional.
TESTIMONIO
2
Por Eugenia Sacerdote de Lustig *
"Yo era profesora de biología celular en la vieja Facultad de
Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires,
que estaba en la calle Perú. Todavía no existía Ciudad Universitaria.
Me acuerdo que esa noche el doctor Rolando García nos dijo:
"Que nadie se vaya a casa porque se va a hacer una reunión de
los profesores. Parece que se viene una revolución". Como era
de noche, dije: "Voy a llamar a mi casa a mi marido y mis hijos
para avisar que llego más tarde". Por suerte, los teléfonos
de la facultad no andaban. Y me fui a hablar desde los teléfonos
de una confitería. Cuando volví, vi que había una doble fila
de policías y que los estaban sacando. Había un celular y estaban
empujando a los doctores Manuel Sadosky y García adentro. Y
los escuché gritar: "¡Hay más profesores, vayan adentro a buscarlos!".
Entre los profesores, estaba yo, pero no me encontraron. Me
salvé por milagro. Me salvé por el teléfono que no funcionaba.
Me tomé un colectivo enseguida para mi casa. Llegué con un susto
terrible y miré si estaba toda la familia. Perdí el cargo de
profesora y todo cambió. Yo había sido nombrada por el doctor
García después que cayó el peronismo y vino Risieri Frondizi,
que me reconoció el título italiano. Yo era de Turín y vine
a la Argentina cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, en 1939.
Pero después de esa noche, no volví más a la Facultad de Ciencias
Exactas.
* Bióloga celular, investigadora emérita del Conicet, 95 años.
TESTIMONIO
3
Por Félix Schuster *
Esa noche estaba en la Facultad de Filosofía y Letras y la noticia
no nos sorprendió. Esperábamos con expectativa la intervención
y hasta nos parecía raro que, a un mes de asumir, Onganía todavía
no hubiese tocado la universidad. Teníamos conciencia de lo
que se venía, por entonces yo militaba activamente en el Frente
de Izquierda Popular. Trabajaba como jefe de trabajos prácticos
de Filosofía de las Ciencias y, al igual que todos mis compañeros,
tuve que renunciar, aunque no estaba de acuerdo con esa decisión.
Para mí había que quedarse a defender la facultad.
A medida que pasaban las horas, iba llegando gente de Exactas
que nos contaba lo que estaba pasando. Era terrible. Hacían
formar fila a los profesores, los hacían salir y los golpeaban
uno tras otro. Se notaba que no había una planificación por
parte de los militares, no eran demasiado hábiles y tampoco
tenían mucha información de lo que pasaba en las facultades.
Iban al bulto, sin tener un conocimiento puntual de lo que querían
combatir. Se hicieron preconceptos y actuaban en función de
éstos. Pero sin duda, la noche de los bastones largos fue un
anticipo de lo que pasaría en el ‘76. Para mí fue un golpe terrible,
desde esa noche casi no pise la facultad hasta el ‘84. Estuve
18 años sin participar de la actividad docente en Argentina.
* Ex decano de la Facultad de Filosofía y Letras.
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