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Pequeña
cronistoria de la generación literaria de Boedo
Por César Tiempo [1953]
Hubo una época en que el meridiano de la literatura nacional pasó por
Boedo. Boedo es una calle y un barrio. Una calle que nace en Almagro
y termina en el Parque de los Patricios y un barrio que crece hacia
arriba y no se detiene jamás. De pronto, mediante no sabemos qué misteriosos
ardides, aparece en Avellaneda, en Lanús, en Lomas de Zamora, después
de haber cruzado por el convés de hierro y cal hidráulica del Puente
Valentín Alsina que permite a la provincia codearse con la ciudad. Pero
además de ser una calle y un barrio, Boedo fue una divisa.
Toda capital - dijo alguna vez Balzac - tiene su poema, en que se expresa,
en que se resume, en que es más particularmente ella misma. Boedo fue
ese poema. Conflagrado de clamores e impaciencias, impetuoso, tumultuoso,
ardido, rebelde, pero encendido de humana y celosa poesía. De haberse
comprendido mejor a sí mismo, de haber prolongado y renovado las inquietudes
y los deseos de superación de un cuarto de siglo atrás, de no haber
ahuyentado a sus soñadores, Boedo habría sido a Buenos Aires lo que
Saint - Germain des-Prés a París.
Como Saint-Germain-des-Prés
Es evidente que nuestro barrio no puede estar colmado de recuerdos revolucionarios
y artísticos del quartier parisiense en el que vivió y murió asesinado
Marat, en el que escribiera sus brulotes Camilio Desmoulins, en el que
tuvieron sus ateliers los pintores Courbet y Delacroix, su refugio el
comediante Mounnet-Sully, su imprenta Honorato de Balzac y en una de
cuyas calles - la de Beaux-Arts, N° 13 - se extinguió la existencia
latitudinaria de Oscar Wilde, y en el que podemos encontrar hoy la sede
del Sindicato de Libreros, los despachos de los anticuarios más importantes
de Francia y el café Deux-Magots, cuartel general de la nueva literatura.
Boedo también tuvo lo suyo. Por allí pasó Darwin, el famoso naturalista,
rumbo a los mataderos de Nueva Pompeya, por aquí anduvieron prohombres
y ex hombres de la política local e internacional, ases del futbol,
glorias del teatro, cancionistas y estrellas que conocieron en su hora
el trueno de la notoriedad. Pero nosotros queremos hablar de los escritores
llamados de Boedo.
Personajes de Boedo
¿Porqué precisamente de Boedo?. Ninguno de sus integrantes vivía en el barrio, el director de la revista que daría nacimiento a la empresa editorial llamada a difundir la labor de sus conmilitones, se domiciliaba en Wilde, un pueblito de línea del sur. Elías Castelnuovo era inquilino de un zaquizami enclavado a cinco pisos sobre el nivel de la calle Sadi Carnot. Álvaro Yunque compartía con su madre y sus hermanos una antigua casa porteña de la calle Estados Unidos 1824, en cuya cuadra tenía de vecinos a tres notabilidades a las que hay que referirse con la melancolía del aoristo: Juan B. Justo, Jaime Yankelevich y Ernesto Morales. Gustavo Riccio vivía en la calle Rivadavia 2014, Roberto Mariani en la Boca, cerca de la casa de Pedro Juan Vignale, que no tardaría en trasladarse de la calle Lamadrid a Villa Ballester y de Villa Ballester a Río de Janeiro, Luis Emilio Soto en las inmediaciones de 15 de Noviembre y Solís, Leónidas Barletta en Nazarre y Bolivia, Roberto Arlt en Flores, Lorenzo Stanchina en Villa Devoto, Nicolás Olivari en Villa Crespo, Enrique Amorín en su Salto natal, con recaladas en Montevideo y Buenos Aires. José Salas Subirat en el taller de afilación de Garay y Solís, Aristóbulo Echegaray en Monroe, un pueblo de la línea del ferrocarril Pacífico. Abel Rodriguez en Rosario, Juan I. Cendoya en La Plata. Antonio Alejandro Gil en la calle Santiago del Estero y Pedro Echague. José Sebastián Tallón en un caserón de la calle Brasil 1388, y Clara Beter en las nubes. Hablo de los boedistas de la primera época, de las etapas fundamentales. Y no solo no eran vecinos de Boedo, sino que ni siquiera se reunían en algunos de los innumerables cafés de la calle epónima.
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"Claridad" y "Los Pensadores"
Por otra
parte conviene recordar que la editorial que luego los prohijaría no
nació en Boedo, sino en un tabuco de la calle Entre Ríos 126. Más tarde
Lorenzo Rañó les concedió un espacio en su imprenta de la calle Independencia
3531, y cuando la revista cambió el nombre fachendoso de "Los Pensadores"
por el de "Claridad", el grupo constituyó su sede definitiva en la calle
San José 1641, a pocas cuadras de la plaza Constitución. En Boedo 837
tuvo asiento nominal la redacción de "Los Pensadores" en sus salidas
iniciales cuando era una publicación destinada exclusivamente a difundir
las grandes obras de la literatura clásica y moderna, mucho antes de
convertirse en el órgano de combate de aquellos jóvenes de la generación
del 22 a quienes el éxtasis y los sentimientos ciegos del arte por el
arte fueron siempre extraños.
¿A qué venía, pues, la etiqueta de marras? La intención del bautista
- en quien algunos creyeron reconocer a Enrique Gonzalez Tuñón , cuya
dicacidad era inagotable como su talento - fue evidentemente burlona,
despectiva. Al subrayar la procedencia de los integrantes del grupo
quiso decir que venían de extramuros, de la suburra, que pertenecían
al populacho. Lo notable del caso era que el único habitante auténtico
de Boedo era Gonzalez Tuñón, que vivía en la calle Yapeyú, a dos cuadras
de la popular arteria de cuyos cafés era además uno de los más empedernidos
habitués. Por su parte los de Boedo trataban no menos peyorativamente
a sus impugnadores, los escritores agrupados alrededor del periódico
"Martín Fierro" llamándolos "los de Florida", transfiriendo al plano
literario, quizá sin proponérselo, el duelo histórico de la antigua
Roma entre patricios y plebeyos.
Feria y Torre de Marfil
Mientras Florida implicaba el centro con todas sus ventajas: comodidad,
lujo, refinamiento, señoritismo, etcétera, etcétera, Boedo venía a representar
- para los de Florida - la periferia, el arrabal con todas sus consecuencias:
vulgaridad, sordidez, grosería, limitaciones, etcétera. Florida, la
obra; Boedo, la mano de obra. Para sus detractores, por otra parte,
la literatura de Boedo era ancillar, estercórea, verrionda, palurda,
subalterna, inflicionada de compromisos políticos; y la de Florida:
paramental, agenésica, decorativa, delicuescente, anfibológica e inútil.
Excesos verbales estos que correspondían a las naturalezas ricas en
fosfatos de los jóvenes beligerantes que se resistían a reconocer afinidades
y simpatías, pero cuyo encono no hizo llegar nunca la sangre al río.
(El enconamiento se debe siempre a la falta de asepsia). Con el andar
del tiempo, Enrique González Tuñón y su hermano Raúl impregnarían su
obra de un noble y solevantado acento social, exaltarían el suburbio,
pondrían su obra bajo la advocación de Carriego, y ante la iniquidad
desatada por el nazifascismo se alinearían valientemente en las filas
de los escritores de Boedo, claramente definidos frente a las tiranías
como fraguas de servidumbre y barbarie que era necesario apagar y aplastar.
Y como dato curioso para los historiadores de mañana, conviene anotar
que, Evar Méndez, el fundador de "Martín Fierro" pronunciaría una conferencia
en nuestra Facultad de Filosofía y Letras celebrando, entre otras cosas,
la jerarquización operada en las masas obreras y campesinas por obra
de la estructura social vigente, en tanto Elías Castelnuovo, uno de
los hermes de Boedo, hablaría en 1952 en un salón de la calle Florida,
frente a un público de profesores eméritos y señoritas beneméritas,
presentado por un ex redactor de revistas ultramontanas ad usum Delphini,
con palabras en las que cabrilleaba la felicidad sibilina de poder exhibir
al gran novelista que ayer nomás contrariaba a los concilios empeñado,
a pesar suyo, en conciliar los contrarios...
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Pero si hubo contusos, desertores e hijos pródigos en ambos bandos,
es indiscutible que fue esa generación polarizada por Boedo y Florida
la que anticipó el renacimiento argentino sacudiendo de su marasmo la
vida intelectual del país. Pero vayamos por partes.
Se anticipan a Florida
Cronológicamente,
el grupo literario de Boedo apareció antes que el de Florida. El primer
número de "Martín Fierro" sale a la calle en febrero de 1924; el primero
de "Los Pensadores", en febrero de 1922. Conviene aclarar antes de seguir
adelante que el nombre de la revista no implicaba un rasgo de petulante
autosobrevaloración de sus colaboradores. Se llamó así porque se limitaba,
como ya los señalamos, a publicar en cada número una obra maestra de
la literatura universal poniéndola al alcance de los lectores más modestos.
El ejemplar se vendía a veinte centavos.
Los pensadores no eran, pues, los muchachos de Boedo sino los maestros
del pensamiento nacional e internacional popularizados por la revista.
El primer número incluía un relato de Anatole France, "Crainquebille",
que ya había sido teatralizado por Samuel Eichelbaum y llevado a un
escenario criollo por Elías Alippi.
Los fundadores de la publicación fueron Antonio Zamora, un joven español
que cumplía su aprendizaje de andinista en la falda de "La Montaña",
y llegó a ocupar más tarde una banca en el Senado de la provincia de
Buenos Aires y a controlar un frigorífico en la provincia de Córdoba,
y Daniel C. de Rosa, encargado a la sazón de la reventa de "Crítica".
Un año después de Rosa se separaba de la empresa y Zamora se convertía
en deus ex machina de la misma asesorado por el poeta Gustavo Riccio.
Riccio era un muchacho poseedor de una notable cultura general, un poeta
inclinado a la caricatura sin deformaciones ni crueldad, dueño de una
simpatía afectuosa que sabía dar a los transportes de la poesía y aún
de la amistad una cadencia entre nostálgica y desilusionada. Melómano
fervoroso, lector de varios idiomas vivos, se defendía económicamente
ayudando a su padre en la relojería de la calle Rivadavia o llevando
los libros de contabilidad de la Confitería del Molino. Fue Riccio quien
recomendó la mayor parte de los títulos lanzados por "Claridad" hasta
1925 y fueron de su pluma los prólogos y las presentaciones de los autores.
También se debió a él la iniciativa de la colección "Los Poetas" y la
publicación del primer libro de Álvaro Yunque, ese generoso y genesíaco
"Versos de la calle" que su autor había presentado con anterioridad
a un concurso de la Editorial Babel y cuyo jurado, compuesto por Leopoldo
Lugones, Rafael Alberto Arrieta y Arturo Capdevila, desestimó inclinando
sus preferencias por "El Grillo" de Conrado Nalé Roxlo. Riccio, empero,
no llegó a integrar prácticamente el grupo de Boedo y ni siquiera fue
"Claridad" sino "Campana de Palo" quien publicó su primer libro. Minado
por un mal incurable, el autor de "Un poeta en la ciudad" realizó en
1925 un viaje al Paraguay, de donde trajo los originales de otra colección
de poemas "Gringo Puraghei", la salud más socavada y un deseo de soledad
que se proponía dedicar a la ordenación de sus papeles y sus sueños,
melancólicamente persuadido de que debía partir en plena juventud. Así
fue. La vida de Riccio se extinguió en la puerta misma de su casa el
6 de enero de 1927. Tenía apenas 26 años. Una calle de Flores recuerda
hoy su nombre. En ella vive el actor Roberto Escalada.
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Premios literarios
A fines de 1924 "Claridad" incorporó a sus colecciones una más: la biblioteca
"Los Nuevos". El primer título lo constituyó una re edición de "Tinieblas",
el vigoroso libro de cuentos de Elías Castelnuovo, que había merecido
el espaldarazo de Roberto J. Payró y un premio municipal, cuando los
premios municipales de literatura significaban un galardón y no un escarnio.
(El camarada Juan Unamuno debe recordar que fuimos él y yo, cuando integramos
los jurados, quienes concedimos las codiciadas distinciones de entonces
a poetas de la envergadura de José Portogalo y a los prosistas de la
intensidad de Fernando Gilardi, amén de otras personalidades, a la sazón
en barbecho, confiadas en la humana sinceridad de su mensaje, temeridad
que no volvió a repetirse, pues últimamente el concurso se había convertido
en una repartija de cheques entre compañeros de pic nic o de sacristía
...)
Castelnuovo no tardaría en ponerse a la cabeza del grupo que se fue
formando aluvionalmente como una provincia holandesa. ¿De dónde había
salido el autor de "Tinieblas" promovido de un modo fulminante a la
notoriedad apenas publicado su primer libro? Por de pronto, se sabía
que era uruguayo, como Lucio V. López, como Horacio Quiroga, como no
pocos escritores argentinos representativos. Hijo de padre danés y madre
italiana, corre por sus venas sangre de ahasvero, el judío errante.
También él se sintió impelido desde muchacho a la existencia errante
y difícil, a esos viajes a pie que recomendaba Fernando González, el
gran colombiano, a los escritores que algún día utilizarían la pluma
para contar lo que vieron con sus propios ojos y no a transcribir experiencias
ajenas. A los catorce años tenía recorrido el Uruguay de extremo a extremo,
a los veinte la Argentina, a los veinticinco el Brasil. Conoció los
oficios más inverosímiles , durmió en el tálamo de la miseria sin redención
en la selva, en la pampa, en la soledad más espantosa, allí donde la
muerte es una cosa blanca y sin color. Y pudo, como pocos, levantar
el acta de acusación a la sociedad, obstinada en aniquilar a los mejores.
Antes de ponerse a escribir se había llenado el alma de hechos, de imágenes
y de llagas. A los doce años vendía huevos por las calles de Montevideo.
Luego fue linyera, peón de albañil, mozo de cuadra, peón de saladero,
aprendiz de constructor, tipógrafo, linotipista. Este hermoso ejemplar
humano, a quien la vida no logró doblegar ni envilecer, se convierte,
por propia gravitación, en líder del movimiento de Boedo.
La influencia
rusa
En las colecciones de "Los Pensadores" y "Claridad" pueden rastrearse
las centenares de páginas que escribió para ubicar su verdad, que era
la verdad de quien quería para sus semejantes, ante todo y sobre todo,
un mundo mejor. "El pueblo, la carne viva del pueblo, solo figura en
las estadísticas y en las crónicas policiales, escribirá en un suelto
anónimo que serviría de declaración de propósitos de la Biblioteca "Los
Nuevos". Salvo las excepciones que apuntamos - Mariani, Yunque, Barletta,
Amorim, Abel Rodríguez - , nuestra literatura va de la calle Florida
al Royal Keller, pasa por el rosedal de Palermo y se acuesta en el Plaza
Hotel. Con ventilador en verano; en invierno con estufa. Es una elucubración
de frigorífico, producto de la poltronería chorotega. Nuestra literatura
no camina de a pie como la de Máximo Gorki; va en automóvil. Ella no
va: la llevan como a un paralítico. Es una literatura sin sangre. Por
ningún lado se le ven callos o deformidades propias del esfuerzo y la
contracción. Jamás se metió en las minas del interior o se ensució de
grasa en los ingenios o se desgarró la piel en las cosechas. Jamás entró
en un sindicato o en una fábrica. Jamás estuvo encarcelada por revolucionaria.
Tras de ser pomposa y vacía, fue siempre parcial y conservadora. Nuestra
literatura no vio jamás la tierra donde pisa. Si hay quienes ignoran
la vida nuestra, son, precisamente, aquellos que escriben la historia
de nuestra vida".
A Castelnuovo y a su grupo se les acusó de estar influídos por la literatura
rusa. Es curioso señalar que Raúl Scalabrini Ortiz, que estaba entonces
en la vereda de enfrente y fue uno de los corifeos del nacionalismo
" a rebrouse-poil", escribió en una autobiografía que reputó una de
las páginas más lúcidas de su tiempo, estas afirmaciones que no pueden
considerarse como ejercicios sobre el alambre, sino arraigadas convicciones
de un hombre de pensamiento: " Yo creo que Buenos Aires tiene algo de
ruso, en resultados, con causas distintas, muy distintas. "Yama", por
ejemplo, es una novela argentina y lo son, asimismo, algunos pasajes
de "Humillados y ofendidos". Esa similitud es en dirección de susceptibilidades,
en recelo. Aunque no me gustan los cientificismos, diría que el alma
argentina es un producto químico no físico de sus componentes. No ha
conservado ninguna de las características de sus progenitores".
Fuente: wwww.desmemoria.com.ar
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Biografías argentinas -
Leónidas Barletta
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El
arte como campana
Por Angel Berlanga
Escritor,
periodista y dramaturgo, figura central del Grupo Boedo y creador del
Teatro del Pueblo, su personalidad resulta clave a la hora de analizar
la historia cultural argentina del siglo pasado.
“El teatro es la más alta escuela de la humanidad”, dijo Leónidas Barletta
en 1964, en el marco del Festival Nacional de Teatros Independientes.
Otra frase dimensiona todavía mejor su pasión, su aspiración, su pretensión:
“Nos sentimos responsables, dentro de la formidable transformación que
se opera, en la liquidación de viejos y carcomidos conceptos y en la
constante renovación de valores. Queremos llevar el arte puro al corazón
del pueblo, ser rectores de su comportamiento, inspirarlo en el bien,
en la justicia, en la generosidad, encendiendo en su alma ansias de
superación moral.” Muchos años atrás, el 30 de noviembre de 1930, a
pocos días del golpe de estado contra Hipólito Yrigoyen, Barletta, nacido
hace hoy exactos cien años, fundó el Teatro del Pueblo y asumió su dirección.
La primera sede fue en la todavía angosta calle Corrientes, en el 465,
un local que había sido una lechería. Y las primeras intenciones fueron
enfrentar artísticamente al “teatro comercial”, cobrar poco y nada,
poner en escena obras de autores nacionales y, de acuerdo al acta fundacional,
“llevar a las masas el arte en general, con el objeto de propender a
la elevación espiritual de nuestro pueblo”.
La distancia temporal entre los pronunciamientos del ‘30 y del ‘64 son
apenas una señal de una perseverancia que lo acompañó hasta el final.
Una voluntad que observó Roberto Arlt entre dos notas que publicó en
el diario El Mundo. En la primera, a poco de la apertura del Teatro
del Pueblo, anotó que se había llevado una pésima impresión, describió
una sala destartalada y vaticinó un fracaso rotundo. Un año después
escribió: “Aquí se está preparando el teatro del futuro, para que cuando
esa gente se harte de películas malas, tenga dónde entrar. Estamos en
los comienzos de la lucha. La situación creada a los autores sinceros
en este país es fantástica. Los empresarios teatrales rechazaban la
obra de las generaciones innovadoras. Sin embargo el público tenía curiosidad
de conocer autores nacionales, quería ver lo que daba la generación
del 900. Esto es lo que ha hecho Barletta. Ha creado un teatro jugándose
su prestigio de escritor”.
El Teatro del Pueblo fue escenario para grandes autores extranjeros
(Shakespeare, Gogol, Tolstoi, Cervantes, Lope de Vega, Moliere) y también
para estrenos de contemporáneos argentinos como Raúl González Tuñón,
Nicolás Olivari, Ezequiel Martínez Estrada, Eduardo González Lanuza
y Roberto Arlt, entre tantos. Barletta estimuló mucho a Arlt para que
escribiera teatro y casi todas sus obras se estrenaron allí. Antes de
cumplir los 30, Barletta ya tenía una nutrida trayectoria como periodista
y escritor, con cuatro novelas, tres volúmenes de cuentos, uno de poemas
y una obra de teatro. Junto a Elías Castelnuovo, Alvaro Yunque y Roberto
Mariani gestaron el legendario Grupo Boedo: autores provenientes de
ámbitos de pocos recursos, trabajadores, influidos por los novelistas
rusos, simpatizantes con la revolución del ‘17, enfrentados con la otra
mitad de la leyenda, el Grupo Florida. Barletta publicó en 1967 un ensayo
llamado Boedo y Florida, una versión distinta, donde sostuvo que mientras
sus viejos rivales querían “la revolución del arte”, él y los suyos
buscaban “el arte para la revolución”. La virulencia de los enfrentamientos
varía según las versiones, que son muchas. “De la disputa surgieron
innegables beneficios”, escribió Barletta. “Los de Boedo se aplicaron
a escribir cada vez mejor y los de Florida fueron comprendiendo que
no podían permanecer ajenos a la política. Pero el beneficio más importante
fue que la querella llegó a apasionar a la gente y surgió una literatura
argentina y una masa de lectores hasta entonces inexistentes”.
Según escribió Raúl Larra en la biografía Leónidas Barletta, el hombre
de la campana, a los siete años quedó huérfano de madre y su padre,
que ya no aportaba demasiado por el conventillo donde vivían, decidió
dejarlo al cuidado rotativo de tías y demás parentela. Salgari, Dumas
y Verne estuvieron entre sus primeras lecturas. Cuando terminó la escuela
primaria decidió no estudiar más y empezó a ganarse la vida trabajando.
Entre 1924 y 1937, en paralelo con sus actividades literarias y teatrales,
fue despachante de aduana en el puerto. Tras unos años como presidente
de la Sociedad Argentina de Escritores, en 1952 fundó Propósitos, un
periódico político-cultural en el que acaso desarrolló su máxima lucidez
como periodista e intelectual. Desde allí se opuso a los golpes militares,
criticó ácidamente a Juan Perón (durante y tras sus dos primeras presidencias)
y rescató a Evita, denunció las maniobras para privatizar la producción
y explotación del petróleo y defendió el rol de YPF, rechazó la requisitoria
de EE.UU. para que la Argentina se sumara a la guerra de Vietnam. Ese
abanico de posturas le significaron persecuciones y clausuras varias.
Propósitos, que llegó a tener una tirada de 100.000 ejemplares, apareció
hasta 1975, el año en que Barletta murió.
Los temas centrales de su vasta producción literaria son la pobreza
y las diferencias sociales. Sus personajes son, en general, hombres
y mujeres pobres, y sus circunstancias, sentimientos e historias son
narrados desde una óptica solidaria y comprensiva. Le molestaba que
lo tildaran de “escritor realista”. “En todo caso, sólo soy un inventor
de supuestas realidades”, argumentaba. No se advierten reclamos contra
el olvido en el que parecen haber caído sus novelas y sus poemas. Sus
libros, 37 en total (Royal circo, Historia de Perros, La felicidad gris,
De espaldas a la luna, Pájaros negros, entre ellos), no se consiguen.
Hay apenas algún que otro volumen perdido en librerías de antigüedades.
En la Biblioteca del Gobierno de la Ciudad no hay un solo ejemplar de
su obra. En la Nacional, unos pocos. Es en el Teatro del Pueblo, hoy
ubicado en Diagonal Norte 943, donde mantiene su presencia y donde su
idea del teatro como “instrumento de acción política y cultural” (al
decir de Roberto Cossa, uno de sus actuales directores), persevera.
Allí sigue la campana con la que Barletta, en la vereda de una todavía
angosta calle Corrientes, le advertía a la gente que estaba por comenzar
otra función.
www.rodelu.net - 2002
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Breve
historia del Teatro del Pueblo
Por Camila Mansilla
El Teatro del Pueblo es uno de los primeros teatros independientes de
Argentina y América latina.
Nace a fines de noviembre de 1930, en un contexto socio-cultural donde
la crítica al teatro comercial se evidenciaba mediante la propagación
de grupos de teatro independiente. Pero no todos esos grupos tuvieron
la eficacia y la constancia en su lucha como la del Teatro del Pueblo.
Sin duda Leónidas Barletta -el promotor del grupo- tuvo mucho que ver
con este hecho.
A partir de 1931 -precisamente el 20 de marzo que es la fecha del acta
oficial de fundación-, Barletta se convierte en el director del Teatro
del Pueblo y hasta su muerte alterna su actividad teatral con su trabajo
como comprometido periodista.
El Teatro del Pueblo surge con la finalidad de "realizar experiencias
de teatro moderno para salvar el envilecido arte teatral y llevar a
las masas el arte general, con el objeto de propender a la salvación
espiritual de nuestro pueblo".
Durante varios años el Teatro del Pueblo carece de lugar propio y estable,
por lo tanto se ve obligado a recorrer distintos edificios que le concede
la Municipalidad de Buenos Aires. En 1943 las nuevas autoridades municipales
del gobierno militar de turno lo expulsan violentamente del edificio
de Corrientes 1530 que ocupaba desde 1937. A partir de ese momento ocupa
en forma definitiva el subsuelo que alquila en Diagonal Norte 943.
El grupo de trabajo que constituye el Teatro del Pueblo tiene su período
más fructífero entre 1937 y 1943 llevando a escena obras de la dramática
universal de todas las épocas sin descuidar la producción nacional.
Barletta invita a poetas y narradores argentinos a incorporarse a la
actividad dramática; así es que logra que se pongan en escena textos
de Alvaro Yunque, Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón y Roberto Arlt,
entre otros. Artistas plásticos y músicos argentinos de reconocido prestigio
participan de las distintas actividades que promueve el Teatro del Pueblo,
muchas de éstas fuera del edificio teatral con el fin de llevar el teatro
a la gente.
Desde 1943 transita un largo período crítico que culmina en 1975, año
en que fallece Leónidas Barletta y con él cesa la actividad teatral
del grupo. El espacio antes ocupado por el Teatro del Pueblo pasa a
ser un centro de exposiciones plásticas.
Recién en 1987 un grupo prestigioso de teatristas lo recupera bautizándolo
con el nombre de Teatro de la Campana, y en 1996, por fin, el Teatro
del Pueblo abrió nuevamente sus puertas recuperando su nombre mediante
un convenio que suscriben el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos
y la Fundación Carlos Somigliana (SOMI), que desde entonces tiene a
su cargo la dirección artística, técnica y ejecutiva. El Teatro del
Pueblo forma parte de la mejor historia cultural de los argentinos.
www.teatrodelpueblo.org.ar

Cuentos del zapatero Artidoro
Por Leónidas Barletta
1 Dilema
A las seis de la mañana Artidoro dejaba el catre y ponía en acción sus sentidos
en la piecita oscura que un tabique de tablas formaba al dividir el pasillo
abandonado en local del tallercito de composturas de calzado.
El lugar era tan estrecho que al pasar delante de la mesita del zapatero había
que ponerse de costado.
Se llegaba a él desde la calle bajando ocho o diez escalones de mármol
agrietados y sucios, los primeros cuatro o cinco en línea recta desde la
vereda, los siguientes, doblando bruscamente hacia el pasillo que recibía un
poco de aire y luz de un ventanuco a ras de la vereda. Pero si el lugar no era
ancho, en cambio tenía el largo suficiente para ubicar el catre, una silla de
paja, una mesita de madera, el tabique con una abertura sin puerta, una pileta
con su canilla de agua, la banqueta de trabajo, una silla de paja con las patas
cortadas y trapos en el asiento que se amoldaban a la forma del cuerpo, y hacían
menos penosa la posición. Al lado estaba la horma alta, el trespié, el tacho del
agua para mojar la suela, las herramientas y un centenar de zapatos viejos que
colgaban de las paredes, sujetos por pares, de los cordones enganchados a un
clavo.
Los inventarios son engorrosos y es posible que me olvide de muchas cosas que
merecen ser anotadas. Pero es tan poco lo que tengo que decir de Artidoro, que
si no enumero las cosas que formaban su mundo, lo poco que diga de él no tiene
sentido.
Los momentos siguientes al despertar eran, sin embargo, los más agradables para
el zapatero. No era gordo, ni flaco, ni alto, ni bajo, ni calvo, ni melenudo, ni
blanco, ni trigueño, era. . . Artidoro. Oía cómo se detenía el carro del lechero
y la puntualidad pétrea del marchante le servía de reloj.
No se lavaba por falta de hábito, porque sus manos estaban tan percudidas y con
una costra tan gruesa de tinta, cera, betún y cola que el agua y el jabón no
penetraban. Se pasaba un trapo húmedo por los ojos, se sonaba, se peinaba con
los dedos, se enjuagaba la boca con un sorbo de agua que echaba en el tacho
donde remojaba la suela y pasando sobre los zapatos esparcidos por el suelo, a
riesgo de perder el equilibrio, llegaba hasta su sillita, se colgaba del cuello
el delantal increíblemente sucio y se ponía a trabajar.
Un calorcito tenue subía por su cuerpo. La luz que entraba era todavía incierta.
Si tenía hambre abría el cajón de la mesita y buscaba hasta encontrar envuelto
en el mismo papel de la despensa un pedazo de queso duro. En una bolsita que
pendía de uno de los palos del respaldo de la silla había galletas marineras.
Masticaba durante un rato (rusicaba decía él en su endiablado dialecto) sin
dejar de trabajar y no siempre, en la misma lamparita de alcohol donde se
calentaba el fierro para extender la cera, se hacía un jarro de café o de mate.
Esto no ocurría durante las fiestas del Centenario, sino en los días que corren.
Y a pesar de la puerta clausurada del fondo del pasillo, junto al catre, puerta
de hierro que daba al patio del conventillo, muchas cosas del mundo se colaban
en el agujero del taller de composturas.
Sin embargo, lo que más angustiaba a Artidoro era el precio de las cosas. No
hablemos de la suela, de los clavos, del cemento, todo subía. La gente se miraba
azorada. El pan a tres pesos con ochenta. Y el pan, ya se sabe, sólo a los ricos
puede prohibírseles que coman pan y lo sustituyan con grisines.
Pero la angustia casi llega a la desesperación el día que Antonio, el verdulero,
que se ponía el sombrero a la montañesa, asomó la cabeza en el cuchitril y
gritó:
—¿Querés algo, vó?
—Dame una manzana (bueno: dijo mensana) y una cabeza de ajo.
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—La manzana hoy te sale tres pesos y el ajo uniochenta…
Artidoro se quedó con el martillo en el aire. Se sacó los clavitos de la boca y
con los ojos grandes fijos en el verdulero, murmuró:
—¿Te volviste loco, Antonio?
—¿Loco yo? Vamo, Artidoro, despertate un poco…
El zapatero musitó:
—No preciso nada, dejalo por hoy, no preciso nada…
—Ahora el loco sos vo… algo tenés que comer si no te querés enfermar... Sacá de
la ollita... private de todo, pero de comer no, que te vas a arruinar.
Y cuando le trajo la cabeza de ajo y la manzana y de cinco pesos le dió veinte
centavos de vuelto, le hizo, con un chiquito de burla:
—Total. .. a vo trabajo no te falta. En ve de cobrar diez y ocho la media suela,
la cobrás veinticinco. ¿Estamos?
Bruscamente, Artidoro, se irguió con los ojos llenos de fuego, crispado. El
martillo cayó al suelo, la banquilla se tambaleó.
—¡Ma qué estamos, ni estamos... —gritó—. ¿Quieren hacer volver loca a la gente?
Primero el viaje estaba a mil y quinientos y la media suela clavada a seis
pesos… y junta y junta; después vino a tres mil y la media suela a nueve... y
junta y junta: ahora el viaje está, a ocho mil y quinientos y la media suela a
diez y ocho, y siempre te falta, y aquella pobre espera que te espera Y no la
puedo hacer venir.
Y se le ahogó un sollozo en la garganta.
El verdulero se detuvo con el pie en el primer escalón y le reprochó seriamente:
—Miralo al grandote, llorando como una criatura por una mujer.
El zapatero se había vuelto a sentar y se llenaba la boca de clavos.
Sentía cómo las lágrimas calientes corrían por la piel dura de su cara. Puso una
fila de clavitos, se detuvo y sacó de la bolsa la cabeza de ajo. Entre sus dedos
negros era como una joya recubierta de seda. La abrió delicadamente. Eran diez
dientes rosados, apretados, brillantes. Sacó uno, lo picó con la trincheta
usando la galleta como platillo y empezó a comer. El ajo con su olor picante le
comunicaba cierto vigor. Se reprochaba: ¿Sabroso, eh? (Saporito). Por cada
diente de ajo que comés, son diez y ocho centavos que le sacás al viaje de
Estela. Pero tampoco voy a juntar la plata para que venga a ver a un muerto.
Siguió trabajando y con cada golpe de martillo, pensaba: Si me gasto la plata en
la comida, no la puedo hacer venir; si no como me arruino y si no viene, seguro
que me voy a morir.
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2 Soledad
—…Beniamino… Michelino... Rocco... Felisa… Guiseppina… Fabrizio... Carlino...
Mariannina...
Y con cada clavito que hundía en la suela de un martillazo, Artidoro pronunciaba
un nombre, con la boca llena de diminutos clavos.
Para cada cosa tenía su modo. Si machacaba suela, cantaba una especie de
stornelli, pero no finos y llenos de arabescos musicales como los que se cantan
en Florencia, sino rústicos como los que entonan los cafones de los montes del
mediodía de Italia:
Como t'vogli' amare
Si si n'a pazza
Disera t'a bacciato
U Martinese
Cuando cortaba suela, agarrando la trincheta como si fuera a cortar pan casero,
poniéndose la suela debajo del brazo, solía decir invariablemente:
—Genariello, va te fa lu pilo e lascete quatro pili c'a manza.
Y como si esa fuera la señal de comenzar a dar tajos: Genarito, andá a cortarte
el pelo y dejate el flequillo: tiraba tremendas cuchilladas a la suela de afuera
hacia adentro sin desviarse de la línea marcada.
En vez, cuando raspaba los bordes con la escofina canturreaba:
—...per mé pare un sogno... tarará...rá...rárararára...
Los perros metían brevemente la cabeza por el ventanito de la vereda y se
retiraban visiblemente disgustados, sin desear otra cosa, porque es sabido que
los perros tienen sus propios olores, oyen algo más que nosotros y ven lo que no
hemos alcanzado a materializar en el ambiente.
El olor a cuero sucio, a suela mojada y a cola no parecía ser de la preferencia
de los perros. Pero los chicos del conventillo de al lado se sentían atraídos
por el entresuelo y echándose a lo largo espiaban por el agujero del taller del
zapatero.
Fué así como descubrieron que Artidoro hablaba solo y en ocasiones, la horma de
hierro alta le servía de interlocutora. O se ponía el martillo delante de la
cara para increparlo:
—Este es el cuento de Fausto y Mefistófeles. Lo que el hombre busca para hacer
feliz, lo paga con pedazos de su vida. ¿Entiendes?
Como hablaba al uso de su pueblito parecía más misterioso.
A veces completaba su pensamiento con unas palabras en voz alta o terminaba un
discurso dando un mordisco a un lechoso hinojo crudo que sacaba, con toda su
fina cola verde, de la bolsa que pendía del respaldo de su silla.
Los chicos primero se lo dijeron a las mujeres, que son más atentas a las
confidencias de los niños. Y las mujeres se lo confiaron a los hombres, que
hacen como que escuchan a las mujeres nada más que para complacerlas, mientras
piensan en lo suyo y mordisquean su cigarro.
Los hombres se pusieron al acecho y se persuadieron de que Artidoro no estaba
sano.
No salía ni los domingos, ni de noche. Era hosco con los que le llevaban sus
botines a componer, especialmente si eran mujeres.
No miraba a la cara. Era torpe para envolver en una hoja de diario la compostura
y torpe para hacer la cuenta. Nunca se lo había visto cocinar. Bebía un trago a
escondidas. Y ahora los chicos habían visto que sacaba un clavito de la boca, lo
hincaba con el dedo en la suela y le daba un nombre antes de hundirlo con aquel
martillo ondulado que hacía recordar a un tacón de mujer.
Deliberaron en la puerta del conventillo y decidieron que Filomena fuese a
tirarle de la lengua a ver cómo andaba de la cabeza. Y ya se sabe, sobre este
particular la humanidad no se ha puesto de acuerdo todavía.
Filomena bajó al taller de Artidoro y dándole unos zapatos le dijo:
—Las tapitas...
Artidoro revisó los zapatos tomándolos con una sola mano y los devolvió,
diciendo:
—Estas tapitas pueden tirar tres o cuatro semanas más... yo no las pongo...
—Y a usted qué le importa que yo las quiera cambiar ahora —le dijo Filomena—. Yo
se las pago y usted no tiene nada que ver.
El zapatero movió tercamente la cabeza:
—Yo no las pongo...
—Usted —espetó Filomena sin preámbulos— tiene que hacerse ver. Me parece que
anda mal de la azotea. Dígame zapatero, ¿es cierto que cada uno de los clavitos
que usted pone tiene nombre?
—Tiene nombre y apellido —respondió Artidoro sin inmutarse.
A Filo se le escapó una risita.
El zapatero dejó de trabajar, se limpió la boca con el dorso de la mano y
mirándola a la cara, cosa rara en él, dijo:
—No estoy loco, no. Vine a Buenos Aires, porque allá no alcanzaba para todos.
Es feo ver que lo que uno come, se lo saca a otro de la boca. Y más cuando son
mujeres y chicos.
Hace quince años que trabajo de la mañana a la noche, sin moverme de esta
banquilla y no puedo juntar la plata para pagar el viaje de la que iba a ser mi
mujer. ¿Sabe... uno empieza a trabajar y la cabeza vuela... uno se acuerda de
todo... de las noches frías y de los mediodías de sol, de la olla de coles
negros y de los limones que se van dorando y si cada clavito no fuera Beniamino,
Nicola, Felisa, Estela, María, la zoppa o Fabrizio, el calzolaio, no podría
estar aquí remendando zapatos porque la guerra, ¡maldita sea!, me obligó a mí
como a tantos a rellenar el mundo para repartir la miseria.
Es curioso el mundo, bella mía. Lo ponen a uno dentro de una jaulita sucia o
dentro de una jaula dorada, es lo mismo, y le dicen: Usted es libre. ¿Me
comprende? Yo soy libre... Pero yo quiero ser libre abrazado a los niños:
Beniamino. .. Estela... Nicola... Están aquí... ¿ve?... me los saco de la
boca... uno a uno y me siento más acompañado...
Y siguió martillando.
Filomena salió del cuchitril y les dijo a los que esperaban su vuelta:
—No hay nada que hacer... está listo...
3 Conflicto
Un día apareció en el tragaluz del tallercito de compostura, un papel que decía:
UN DIA A LA SEMANA, TRABAJO GRATIS. SI USTED ACIERTA QUÉ DIA ES SE LLEVA SIN
PAGAR LA COMPOSTURA. ARTIDORO.
Se levantó un gran revuelo en la cuadra, no tanto por el beneficio sino porque
la gente de ese barrio sentía una fuerte inclinación por el juego. Y no era
fácil adivinar, porque Artidoro cambiaba el día todas las semanas.
Los que se sentían contrariados eran los que tenían el calzado sano o los que no
lo tenían y usaban zapatillas.
El primer encontronazo lo tuvo con Antonio, el verdulero:
—Che, Artidoro, ¿qué te agarró?... ¿Lo pusiste vo, ese papel en la ventana? ¿Te
alimentás a finucho y por otro lado tirás la plata?
—Algo hay que hacer para ayudar a la gente.
—y so vo que vas a arreglar él mundo, melón...—rugió el verdulero.
—Yo pongo mi parte...
—Vos te crées que un hombre puede hacer algo, él solo, estúpido... Claro, un
estúpido paternal.
—Cada uno que haga lo que puede...
—¿Así que yo un día a la semana, lleno el carrito de verdura y despacho gratis?
—Uno sabe dónde le duele...
—Mirá. .. dejame ir porque sino vamo a terminar peleando...
—Yo no te tengo agarrado de la cola...
La primera semana resultaron favorecidas cuatro composturas. Artidoro eligió el
día viernes. Colgó un cartelito que decía:
LAS COMPOSTURAS QUE SE RETIRAN HOY, NO SE COBRAN.
Estaba contento. Se sentía aligerado y satisfecho. Era agradable ver la cara de
asombro que ponían los clientes.
—¿De veras no cobra?
El señalaba con la cuchilla o el martillo el cartelito de la pared.
—¿Qué mosca le ha picado?
—Hay que abaratar la vida. Ya no se puede vivir. Un par de medias cuesta treinta
pesos —decía Artidoro.
Había algunos que llevaban los zapatos a arreglar, porque eran jugadores y si no
acertaban, no pasaban a retirarlos. De modo que las paredes se cubrieron cada
vez más de viejos zapatos arreglados.
Fué por esos días que ocurrió un episodio insignificante, pero que conmovió al
zapatero. Bajó una muchacha descolorida, flaca. Se había recogido el cabello
rubio sobre la nuca. Era un cabello hermoso que se ondulaba en pesadas matas de
oro limpio. Mirándola uno sentía el disgusto de que un cabello tan fino y
atrayente adornase un rostro sin gracia, chato, de ojitos redondos y
enrojecidos, de nariz ancha en la base, de agujeros grandes, de boca gruesa y
mentón aplastado.
Desenvolvió el paquete que traía y mostró un par de zapatos en sus manos de uñas
descuidadas.
—Esto no vale la pena arreglarlo... están muy gastados... no sirven más que para
tirarlos... —dijo Artidoro mientras los examinaba.
—¡Están tan caros ahora los zapatos! –murmuró ella con una mezcla de súplica,
protesta y desesperación.
Artidoro movía la cabeza negativamente.
—Son para ir al trabajo, porque en la fábrica me pongo las zapatillas.
Artidoro miró impensadamente los pies de la muchacha y vió que llevaba unos
zapatos de lona, de hombre, demasiado grandes para su medida.
Ella insistía débilmente:
—Todavía pueden tirar un poco. Es que una se acostumbra tanto a los zapatos, que
prefiere los viejos a los nuevos...
Sin replicar, Artidoro, los puso en el suelo, junto a la silla y barbotó:
—Para el jueves a la tarde...
—¿Cuánto me va a salir? —preguntó la rubia conteniendo cierta ansiedad.
Artidoro volvió a tomar los zapatos, los examinó nuevamente, luego con un tono
ligeramente irritado, exclamó
—Estos... es mejor tirarlos a la basura... éstos salen... media suela clavada...
taco... a éste hay que cambiarle el cambrillón... hay que coser el escote... por
menos de veintiocho pesos no se pueden arreglar y bien no van a quedar...
Ella quedó un instante alelada, después fue saliendo lentamente. Desde el primer
escalón volvió la cabeza:
—¿Para el jueves, sin falta?
—Sí —respondió Artidoro con una voz dura—, pero hay que dejar seña.
Y con el martillo que tenía en la mano señaló los zapatos que colgaban de la
pared.
—Hago la compostura y después no vienen a retirarla —murmuró para justificarse.
La muchacha retrocedió sobre sus pasos, mientras abría el pellizco que cabía
dentro de su mano cerrada.
—¿Tres pesos está bien?
Artidoro tomó el dinero sin contestar, tanta rabia le daba tener que conmoverse.
La muchacha salió y Artidoro se puso a comer una manzana, pelándola
cuidadosamente con su cuchilla de zapatero. Comía un trocito de manzana
saboreándolo concienzudamente y tomaba un traguito de vino.
Después siguió el trabajo que tenía entre manos. Pero tuvo que dejarlo porque no
podía quitarse de la cabeza los zapatos torcidos de la muchacha.
Y toda esa tarde y hasta las diez de la noche y toda la mañana siguiente y parte
de la tarde, se puso con ardor a componer aquellos zapatos.
Con la boca llena de clavitos, cantaba:
—...Mariannina... mamma mía... Angiolina...sorella mía... Teresina, sorella
cara... Estela, cuore mío...
Y volvía a empezar. Y recordaba los zapatones de cuero rústico, duro, que
llevaban su madre, sus hermanas, su novia lejana…
El jueves a la tarde apareció la rubia y empezó a desenrollar despacio unos
billetes.
Artidoro tomó el par de zapatos resplandecientes, los envolvió en una hoja de
papel de diario y se los dio. A la muchacha se le iluminó el rostro. Parecía
contenta y más digna de aquella exuberante cabellera de oro.
—¿Veintiocho... me dijo...?
Artidoro se levantó de su sillita desvencijada, contó tres pesos de a uno y se
los dio.
Después sacó de debajo de la banquilla el cartelito y lo colgó en la pared.
La rubia perpleja leyó:
LAS COMPOSTURAS QUE SE RETIRAN HOY, NO SE COBRAN.
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Historia
de perros (fragmento)
©CENTRO
EDITOR DE AMERICA LATINA S. A., 1972
Cangallo 1228 - Buenos Aires
Hecho el depósito de ley
IMPRESO EN LA ARGENTINA PRINTED IN ARGENTINA
impreso en los talleres gráficos recali s.a.c.i.f.e.i
av. a. alcorta 2532. buenos aires. junio 1972
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INDICE |
12.
Lotería |
Nada educa tanto a los hombres
como ver el destino de los hombres
GUSTAVO FRENSSEN-JÜRN UHL
1
FIDEL
La casa era de madera, pintada de rojo. Un cuadrado de tierra con algunas
plantas y después la habitación, con su ventana. Detrás, con materiales
diversos se había construido la cocina; pero el pasillo de la galería
estaba hecho de mosaico con guardas y debajo de la bomba-sapo había
una tina y una tabla sobre dos ladrillos para no encharcarse los pies.
En los fondos se alzaba el gallinero y parte de su cerco había sido
sustituido por un viejo elástico de cama.
En esa casa el destino había congregado a cinco seres que resbalaban
sobre la superficie de la vida. Tres eran los hijos: Alberto (a éste
costó más trabajo ponerle nombre), Mario y Pedrito. Este último había
sido el más solicitado por la Muerte; al fin, tanto había suplicado
la pobre mujer, que se lo había dejado, junto con dos arrugas en la
frente.
La madre era fuerte y sanota. Pero después que vino el primero la llamaron
doña. (Y usted sabe, el empacho se cura tirando de la piel de la espalda
de la criatura y viene el sarampión y la escarlatina y todos los días
la muerte nos acosa para mantenernos vivos.)
Después llegaron los otros y donde más señales deja si tiempo es en
la piel de las manos.
(Lo más extraño de todo esto es que la madre también crece, como los
niños.)
A él (al marido, doña María lo nombra “él”) nunca le falta su camisa
limpia y a veces fuma durante la noche sentado en la cama porque le
duelen las muelas. Pero, con todo, pudo comprar un terreno y levantar
esa casita de madera. Quería poner un gallito de lata en el techo y
valen más que una pileta de tierra romana. Hay que seguir pagando, es
cierto; pero, después, la casa es de uno. Y ya están todos dentro y
doña María es la única que no deja su casa. Su marido va a trabajar
todo el día, sus hijos van a la escuela; pero ella no pasa del portoncito
del alambrado. A veces, deja de lavar, se seca las manos apurada, en
el delantal, y sale a la puerta, con las narices estremecidas, como
si olisqueara algún suceso en el aire. Sí; ella espera siempre que suceda
algo. De pronto (¡qué sé yo!, un personaje extraño va a venir por el
medio de la calle, con pasos lentos, como el judío de las colchas, y
va a repartir la felicidad para todos, como reparten las muestras gratis
de cacao. O llegará una paloma blanca, o una nube con un gran arcoiris
(¡qué sé yo!); pero algo tiene que suceder.
Los días se disuelven en el crepúsculo impreciso y no pasa nada. Y se
está solo y el pobre marido está solo, y los chicos están solos, por
más que no se separen ni un memento. La única forma de encontrarse es
siempre fuera de sí mismos en la alta noche, cuando el espíritu se remonta
y los ojos buscan el fulgor de una misma estrella. Y entonces los hijos
ya no tienen madre.
Pero los chicos no pueden saber nada de todo esto. Ellos miran sus narices
reflejadas dentro del tazón de café con leche y no sospechan que advienen
a un mundo que debía ser nuevo con cada uno que nace, que debía ofrecerle
a cada recién nacido la posibilidad de crearlo todo, en vez de darle
a uno lo que han hecho los demás y de obligarle a mirarlo como propio.
Y esa tarde, una tarde en que el humo de las chimeneas de las fábricas
quedaba fijo en el espacio, doña María oyó una alegre gritería.
Se limpió las manos en el delantal y salió a la puerta, arrastrando
las chancletas.
Los chicos estaban en la calle y Alberto llevaba un perrito atado por
el cuello con un piolín. El animal trotaba a gusto, y a cada trecho
se detenía, con una pata en el aire, y miraba a un lado y a otro sin
comprender probablemente la causa de tanto alboroto.
-Mama -gritó Alberto (Dijo mama, no mamá. ¿Y qué? Es mejor que digan
mama y no mami). -Mama, míralo; lo encontramos en el potrero.
Los chicos quedaron pendientes de la respuesta y hasta el perro pareció
comprender la importancia decisiva de ese al momento, levantando unos
ojos suplicantes hacia la mujer. Pero doña María no hizo esperar mucho
su juicio. La contestación en esos casos es siempre la misma:
-Yo no quiero perros en mi casa -dijo, aparentando enojo-; bastante
tengo que limpiar todo el día. Un animal que no se sabe ni de dónde
viene...
Ahora hablaba para la vecina, que sonreía lánguidamente, cruzada de
brazos, recostada en el poste de la puerta de alambre, que daba al jardincito
de la casa.
(Claro, no se sabe cómo hacer. Uno quisiera contar todo. Es tan agradable
para los que se acostumbran a los cuentos. Porque la vereda es de cascotes,
piedras, ladrillos, un poco de todo. Y el alambrado casi siempre está
cubierto por una enredadera sufrida y a pesar de los perros, las gallinas,
los caballos sueltos, alguna oveja, las vacas del lechero don Gaitán,
que hacen sonar el cencerro a cada mordisco, viene la primavera y da
flores, se cubre de campanillas azules, moradas. ¡Qué lección!)
Doña María todavía no ha mirado hacia su vecina, pero habla para ella.
Habla sin convicción, levantando el tono para que se crea que lo que
dice es terminante. Pero nadie le cree. Pedrito, mirándola en los ojos,
dice: -Mama, es mansito.
-Yo no quiero perros, he dicho -grita-. Tengo tres bocas para llenar
y con lo que tu padre me deja, no puedo hacer milagros.
Por supuesto, esto es lo que debe decirse en esos casos. El perrito
se le acercó, sacudiendo la cola. Doña María lo rechazó, agitando el
delantal.
-¡Fuera! ¡No faltaba más! ¡Cualquier animal que encuentran en la calle,
lo traen a casa! ¡Como si la casa fuera un chiquero!
-Nos seguía desde el puente, mama -prorrumpió Mario. -A mí no me importa
-replicó doña María. Y dando vuelta la cabeza, se encaró al fin con
la vecina-. ¿Se da cuenta, doña Matilde? Un perro que encontraron en
el potrero, un perro vagabundo. ¡Quién sabe de dónde viene! ¿Para qué
lo quiero? ¿Para andar corriendo detrás de él todo el santo día? No,
no, yo no quiero perros en mi casa. Mi hermana, que es loca por los
animales, tenía uno que era una maravilla. Bueno; ése no era un perro,
era igual que una persona, solo le faltaba hablar. Iba a buscar al marido
a la estación y una vez que él le quiso levantar la mano a ella, porque
es algo mano larga, le enseñó los colmillos.
La vecina pareció animarse un poco, adelantó un pie y dijo:
-Yo tenía uno... Pero los chicos no la dejaron continuar:
-Mama, ¿lo dejas entrar? ¿Sí o no? -He dicho que no.
Los chicos empezaban a impacientarse. Pensaban: Mamá; está bien, mamá,
ya has dejado a salvo tu autoridad. Déjanos entrar para que podamos
soltarlo y darle agua. ¿No ves que quiere quedarse con nosotros? Como
se ve hay una forma de pensar, con palabras sin sonido que es tan fina
y elegante como la misma forma literaria. Alberto insistió:
-Andaba perdido.. . pobre; si llueve, de noche. .. -He dicho que no
y basta.
Los tres hermanos se entendieron con una mirada y tirando del perrito,
seguidos por los otros muchachos, se dirigieron hacia la esquina.
-¿Adónde van ahora? -tronó doña María, exasperada. -A soltarlo, al potrero...
-gritó Alberto. Doña María levantó los brazos en un gesto de desesperación:
- ¡Cómo van a soltar a ese pobre perro en el potrero! Malvados. ¡Se
da cuenta doña, doña Matilde! Traigan ese animal adentro. ¡Pronto! Debe
estar muerto de hambre. Llévenlo al fondo, hasta que llegue Pedro.
Los chicos volvieron a mirarse, sonriendo, y entraron. Doña María todavía
tuvo tiempo de decir, gesticulando: -¡Qué chicos estos, son capaces
de hacerla enloquecer a una!
Y entró en su casa detrás de sus hijos. Sí; había un arbusto de cedrón
junto a la ventana y cuando el viento soplaba contra las persianas,
como una boca sopla en los agujeros de una armónica, entraba en la pieza
una musical fragancia.
Doña María hubiera querido tener una hija. Una mujercita es más compañía.
Porque hay cosas de las que es inútil hablar con los varones. Pero el
destino quiso que fueran tres muchachos.
Nunca han tenido perros. Gallinas, sí; pero el mundo de las gallinas
es tan limitado. ¡Son tan torpes para volar! Y a causa de esto están
siempre encolerizadas y dispuestas a llevar la contraria. Y siempre
hay una que corre como si hubiera descubierto una lombriz y es para
hacer chasquear a las otras. Los perros, en cambio, ven más que los
hombres y reconocen a las sombras y son los únicos que ven a la muerte
merodear por los barrios, trazando enigmáticos signos en las puertas
a tablero de las casitas. Sí; los perros huelen más, oyen más, ven más
que los hombres. A ellos les ha sido concedido el don de comprender
más la vida, por eso no se les deja hablar. Y si viven tan poco tiempo
es para que no puedan acompañarnos en la vejez y que, por su lealtad,
se viesen comprometidos a enseñarnos el camino.
Ni aun a los perros sabios, tan tristes bajo las lamparitas del circo,
con su collar de pelo y su cola rematada en un pompón, les está permitido
más que contar, bailar o imitar a un centinela. Pero ellos están conformes
y de pronto, con un ladrido saturado de angustia, nos quieren prevenir.
Alberto soltó al perrito que miró sin desconfianza a los tres chicos
y luego fue a husmear un rincón, una pata del sillón de mimbre y, finalmente,
se sentó sobre sus patas traseras, con una oreja caída y otra alerta,
al parecer satisfecho de su primera exploración.
Era un Derrito flaco, de pelo blanco con manchas de color canela. Su
mirada era humana y su hocico sensible. No demostraba temor y miraba
a los chicos como si se hubiera criado con ellos. Y ahí estaban los
cuatro, mirándolo, como se mira el brote de una rama, con miradas que
son un poco para el recién nacido.
Porque la casa estaba ya formada, y a la mañana, antes de que saliera
el sol, se oían concertados, el canto del gallo y el carraspeo del padre,
que salía pesadamente de su sueño y el soplido persistente del calentador
y alguna palabra suelta, impregnada del sopor de la madrugada. Y después,
con la suavidad con que avanza la niebla, iban creciendo los ruidos.
Las gallinas iniciaban sus voraces secreteos y es casi seguro que hablaban
de su tarea de abastecer de huevos, o conspiraban para pasear por el
mosaico del corredor, y no podían comprender por qué doña María se empecinaba
en limpiar las manchas que ellas ponían con toda dedicación y que tan
bien quedaban en el mosaico lustroso. Un balido llegaba de la casa de
al lado, una hoja caía balanceándose en el aire y las hormigas negras
suspendían su afanosa labor nocturna, las puertas estaban francas y
cada uno de los habitantes de la casa tenía la suya: a los ratones se
les respetaban les agujeros en las tablas y a las gallinas, las excavaciones
debajo del alambrado, que les servían para salir al baldío. Los gorriones
chillaban desesperadamente, persiguiéndose y cuando se cansaban se daban
chapuzones de tierra molida. Las moscas se entrecruzaban en desordenado
vuelo y cada cosa, cada ser, encontraba de nuevo su exacta ubicación
en la casa, la tabla de lavar en la tina, la olla en el fuego, los mosquitos
en el cielorraso y el sillón de mimbre donde la madre canturreaba, recosiendo
la ropa y donde el padre balanceándose comprobaba, después del trabajo,
que la casa era propia.
Los chicos volvían de la escuela (al menos, que ellos sepan leer; siempre
es útil), con cierta ansiedad de verificar que todo estaba como lo habían
dejado y no se tranquilizaban hasta que retornaban los olores y los
ruidos familiares. Y cuando el cielo se quedaba sin su azul y empezaba
el cristalino alternar de las ranas, regresaba el padre y reñía a su
mujer para estar seguro de que una vez más era ella misma, y ponía un
rostro grave y meditativo que no era de él y quería saber si sus hijos
habían repasado la tabla y si la maestra había advertido que también
ellos estaban en la clase.
De todas las cosas había que darle cuenta mientras comían: de las diabluras
de Mario, de la rebeldía de una planta que quería pasarse a la casa
vecina por encima de la tapia, de la tardanza en volver de la gallina
colorada; entonces, poco a poco, iba apareciendo en los cansados ojos
del obrero una lumbre de satisfacción y la botella ya estaba casi vacía.
Todo esto iba a ser ahora trastornado por la presencia de un ser extraño.
El perro estaba allí, sentado sobre sus patas traseras, tranquilo, y
los cuatro sabían que los habitantes de la casa iban a estar sobresaltados
hasta que entendieran que él quería compartir sus vidas y que se iba
a quedar allí, quieras que no, volviendo por supuesto, cuando todos
durmiesen, si lo echaban.
Lo habían traído atado con un piolín, pero la verdad es que él había
trotado siempre adelante, como si conociese el camino. Con su hocico
lustroso había reconocido inmediatamente lo que estaba a su alrededor.
Alberto le dio agua de la bomba en una taza y bebió a lengua suelta,
con mucho ruido; le alcanzaron unas sobras de puchero y las engulló,
atragantándose. Entre todos lo llevaron a dar una vuelta por la casa
y él fue identificando cada lugar, como si en ellos hubiera vivido.
Aquí parecía que iba a detenerse, como si hiciera esfuerzos por recordar,
como si volviese a él un olor antiguo, pero arrugaba el hocico y seguía
andando con su mirada indiferente. Delante del gallinero se detuvo y
las gallinas se enderezaron en sus perchas con cuchicheos y aspavientos
de muchachas sorprendidas en ropas de entrecasa y el gallo protestó
con engolada indignación. Luego encontraron un sapo y el perro se detuvo
a husmearlo pasando su nariz sobre su lomo rugoso, pues solo los perros
están avisados del mágico poder de los sapos.
Después volvieron a la galería y el perro se sentó otra vez sobre sus
cuartos traseros y esperó, resignado como un aspirante que se somete
a todas las pruebas.
-Habrá que ver si “él” lo deja -dijo la madre sonándose con el delantal,
para disimular su simpatía. (No hay por qué escandalizarse. El delantal
a estas mujeres les sirve de toalla, repasador, pañuelo; con él se protegen
del sol y la lluvia, recogen la fruta, espantan las moscas y por eso
no son ni peores ni mejores que las otras mujeres.)
Entonces chirrió la puerta del alambrado y entró el padre. Los chicos
se alinearon junto a la madre y aguardaron la acometida. Sucedió, luego,
una cosa increíble. El hombre recorrió el pasillo lentamente, se detuvo
frente al grupo, echó una mirada tranquila al perro, se quitó el saco
y se sentó, con un resuello, en el viejo sillón de mimbre. Nadie dijo
una palabra. Y antes de que alguien pudiera pronunciarla, el perrito
se acercó a los pies del hombre, se echó en el suelo, todo a lo largo,
y apoyó su hocico húmedo en uno de sus botines.
Los chicos instintivamente se apretaron alrededor de la madre. Pero
el hombre, se inclinó suavemente y con su mano tosca le rascó la cabeza.
El perro dejó oír un gruñido gozoso.
Uno no acaba nunca de entender á la gente. Lo que correspondía al padre,
según todas las leyes que rigen los actos de estos hombres, era darle
una patada por atrevido. Y él, en cambio, lo había acariciado, como
no lo había hecho nunca con ninguno de sus hijos.
(Dije patada y dije bien. El pie del hombre cuando hiere es pata. Pero
la gente cree que es fina con solo observar ciertas reglas y alguna
vez sé ha oído amenazar a un chico, con darle un “estirón de oídos”.)
Los tres muchachos estaban tan contentos como si hubiesen recibido ellos
una muestra de afecto. Se sentían más cerca del padre, cuya hosquedad
no habían podido disolver ni cuando todos rodeaban silenciosos la cama
de Pedrito, consumido por la fiebre, ni cuando él vino del trabajo con
un brazo fuera de la manga del saco, envuelto en una venda ensangrentada
y todos se pusieron a llorar.
-¿Qué nombre le pones, papá? -preguntó, de pronto, Pedrito, que podía
usar su debilidad como una fuerza.
El padre inclinó la cabeza para mirar al perro que dormitaba con absoluta
confianza y dijo con pesada sensatez:
-Tendría que llamarse Fidel.
Entonces Mario corrió hasta la entrada del corredor y gritó tres veces,
para probarlo:
- ¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel!
Y Fidel se enderezó con un ladrido pueril y a saltos grotescos se acercó
al chico y alzándose sobre sus patas jadeando, trataba de alcanzar a
lametearle la cara.
Así fue como la familia sintió asombro de no haberse dado cuenta antes
de que para ser todos más felices, a la casa le faltaba un perro.
2
LA
NOCHE
Los tres hermanos dormían en una sola cama, dos a la cabecera y el más
chico a los pies como suele decirse. Esto también tiene sus inconvenientes
porque de un lado y de otro empiezan a tirar de las cobijas y casi siempre
la disputa termina con unos coscorrones. Pero esa noche, ni se buscaban
los pies para empujarse ni tironeaban la manta. Y tampoco podían dormirse
pensando en Fidel que había quedado en la cocina, con un plato de sopa
de pan, que no se había dignado tocar.
Después que el perro fue admitido en la casa, cuando todos entendieron
que también él había tomado su decisión de quedarse, empezaron a tratarlo
sin miramientos. Doña María se secó una lágrima con el delantal y para
disimular su emoción empezó a gritar:
-Mario, mira cómo te pone el delantal limpio. Espera no más, que mañana
vas a tener otro lavado y planchado para ir al colegio.
Y dijo esto, no porque le importara mucho fregar con sus brazos vigorosos
toda la ropa de la familia (aunque hay que renegar porque el agua es,
buena para tomar, pero corta el jabón), sino porque nunca está de más
que “él” se entere de que mientras trabaja para mantener la familia,
ella no se está cruzada de brazos.
Porque (no se impacienten, por favor) si una mujer no dice ella misma
lo que hace, el trabajo no se ve. Y si hay una discusión cualquiera,
en seguida los maridos quieren afirmar su autoridad porque Yo trabajo,
yo me deslomo para mantenerlos.
-Bueno; ¿y yo no trabajo? A Dios gracias (nombrar a Dios da cierta finura
a la frase), andan todos limpitos y remendados. La ropa no será nueva,
pero no le falta agua y jabón, ni aguja y hilo. ¿Y no es trabajar baldear
el corredor que esas cochinas gallinas ponen a la miseria en cuanto
pueden pasar? ¿Y no es trabajo lavar el piso? Porque yo no soy de esas
que le pasan un trapito sin enjuagar y no cambian nunca el agua del
balde. ¿Y no es trabajo hacer la comida y dar de comer a estos tres
lobos? Porque tus hijos parece que no hubieran comido nunca; no comen,
devoran ...
Aquí, él, contestaba invariablemente:
-Mejor; señal que tienen el estómago sano. Mientras el padre se pueda
ganar el puchero, que coman hasta reventar.
(No son expresiones elegantes; pero son claras. Benot, a quien don Pedro
y doña María no conocen ni de nombre, ha dicho que el lenguaje “es la
colección de herramientas y mecanismos con que trabaja el entendimiento.
Y naturalmente, los que tienen poco entendimiento, usan herramientas
toscas; pero no menos eficaces.)
A veces los chicos, entre sueños, oían decir al padre:
-Toma, para parar la olla.
A los chicos les gustaba esa imagen de parar la olla. No les costaba
imaginar a la olla vacía y mustia, con la cinta de un puerro flotando
en un caldo flaco, ni a la olla como erguida, rebosante, con la tapa
retemblando, la olla parada.
Doña María protestó porque Fidel le ponía las patas encima a Mario,
pero Fidel era un perro comprensivo. Se quedó quieto y hasta agachó
la cabeza como avergonzado. Pedrito le ofreció un trozo de pan que sacó
del bolsillo y Fidel lo rehusó después de acercarle el hocico.
-Vayan a lavarse ... -gritó doña María, y como había comenzado en un
tono de indignación, se vio obligada a agregar, sin motivo- ... sucios,
que siempre andan con las manos sucias, lávensen siquiera una vez.
(Dijo “lávensen”, es cierto; pero hay que tener en cuenta que no fue
más que hasta cuarto grado. Cuando se llega a cuarto año, entonces se
le puede decir jofaina a la palangana.) Por otra parte, siempre que
doña María estaba delante de su marido hacía demostraciones de su oficio
de madre. Que no se fuera a creer él que se había casado con una mujer
que no servía para nada. Y para que no fuese a olvidar que también su
opinión pesaba en la casa, agregó:
-Y dejen a ese perro tranquilo, porque en cuanto me fastidien, le doy
un escobazo y lo echo.
El padre, como siempre, ni pestañeaba. Lo que ocurría no tenía sentido
para él. Hacía ya mucho tiempo que no comprendía. Y su temor de que
alguien advirtiese que no podía comprender lo había hecho hosco. Intuía
que todo era más sencillo y que habían complicado las cosas inútilmente.
Como si viviesen vidas superpuestas, vidas que no eran las de cada uno.
Como si hubiesen acumulado, capa sobre capa, formas absurdas de vivir
y ahora no se podía horadar la gruesa costra, debajo de la que estaba
la vida esplendente y sencilla. Entonces se abandonaba uno como la hoja
a la corriente. Y casi siempre ocurría esto en la buena época de los
sueños. En el tiempo en que las madres se resignan a la separación,
porque se ha rebasado su mundo. Y todo es tan razonable, sin embargo,
que, en vez de salir por esos caminos a gritar la alegría de sentirse
libre, arrancando puñados de pasto y refregándolo por la cara para sentir
el campo, se presenta uno en el portón gris de una fábrica y con una
voz sorda que hace achicar los ojos de los capataces, pide trabajo.
Es tan razonable; pero no se puede comprender. En vez de tomar contacto
con él mundo y gozar sus maravillas, resulta que uno ha nacido para
fabricar tapitas de lata, para las botellas de cerveza. Las poleas y
los volantes giran como en una pesadilla. Y no se acaba nunca. Todos
destapan botellas de cerveza y luego la tapita rueda debajo de las sillas.
La máquina sigue acuñando millones y millones de tapitas. Y en vez de
sentir uno que el aire celeste le acaricia la boca con un susurro de
beso, siente el aliento de la máquina en los ojos quemados de cansancio.
Y todo es tan razonable. Por ejemplo: si uno sigue su impulso y se va
por esos caminos de Dios, ya se sabe, necesita una barba de carpincho,
una bolsa y un palo. Entonces se le deja seguir y los perros y los pájaros,
los pachorrientos sapos y las fulmíneas lagartijas lo reconocen. Y hay
que andar, con los pies doloridos y un tallo fresco de hinojo en la
boca, indiferentes a los que en toda clase de vehículos disparan frenéticos
de la soledad y se detienen en los pueblos, en las calles más transitadas,
a tomar un respiro, y descubren que lo mismo están solos. Los perros
de las chacras se largan contra uno a grandes saltos, ladrando furiosamente;
pero es para engañar a los de la casa, para que sigan ignorando que
pasa aquel a quien solo los perros reconocen.
Y un día, hacia el crepúsculo, el espacio se ahueca como si nos fuese
a tragar. Un gran árbol señala el límite preciso y Arturo, el boyero,
inicia sus celestes guiñadas. Y ya lo sabemos todo y podemos entrar
sin temor en la tierra.
Y no como los que van en furtivas vacaciones a robar trocitos de naturaleza
para encerrarlos en sus herméticas habitaciones de la ciudad. Con gestos
ridículos hinchan el pecho y quieren llevar los bolsillos llenos de
piedritas, hojas y ráfagas de aire limpio y vuelven a la ciudad neblinosa,
sonrojados como si hubiesen cometido un hurto.
En cambio, siempre se encuentra una muchacha que está dispuesta a aceptar,
porque uno no ha dejado de acuñar tapitas de lata, ano tras año. Y en
seguida uno encuentra por todas partes escarpines y pañoletas de lana
como si los recién nacidos de ahora tuvieran más frío que los de antes
y se es padre de familia y se puede usar una cara seria para esperar
los otros hijos, las gallinas, el perro, que constituyen la casita.
Nadie sabe quién enseña a jugar al truco, y a las bochas se aprende
mirando arrimar a los viejos. Y de pronto, uno se pregunta: ¿se podría
saber para qué hago todo esto? Naturalmente, es muy razonable; pero
no se puede comprender. Uno tiene hogar y esposa honesta y trabajadora
y los chicos son buenos y obedientes y en el almacén le dicen a uno:
buenas noches, don Pedro, y no se debe Dada. Pero es duro de comprender
que uno haya venido al mundo para hacer tapitas de lata para las botellas
de cerveza.
Ahora correspondería decir: durante la comida no ocurrió nada digno
de mención. ¡Qué dulce es la rutina! Uno dice: “nada digno de mención”
y no dice nada. Y entonces, usted que está leyendo, tiene libertad para
suponer lo que quiera. Al fin, el que escribe, humilde o soberbio, es
como un ratón que recorre enloquecido todo el largo del zócalo sin encontrar
la hendija donde meterse. A veces, cuando está más desesperado, suele
dar con el agujero y se mete en él temblando y esto vuelve a darle alguna
confianza en su oficio. Pero siempre es más lo que se corretea por fuera
que lo que se alcanza a hurgar por dentro.)
La madre, que piensa en todo, mandó a Alberto a echar las sobras a las
gallinas, por encima del cerco.
Pero el padre extendió la mano y apartó dos trozos de carne con los
dedos y se los dio a Fidel, que esperaba inmóvil. Sí; ya estaba convenido:
hasta que Fidel muriera, el padre iba a mirar en el plato de las sobras,
que pertenecía a las gallinas, y separando dos trozos de carne se los
iba a echar al perro, que los engullía sin masticarlos, con un quejido
ahogado. Justo es consignar que este hábito le había sido respetado
al padre, sin protestas. Quizás convendría añadir que doña María se
encargaba de dejar en su plato la parte de Fidel. Y así todos estaban
servidos como por la mano de Dios. Y era Dios mismo quien les servía,
pues que los había proveído de la bondad y la maldad de que disponen
todas las criaturas.
Aquella noche, los tres muchachos fueron a la cama, después de acariciar
la cabeza de Fidel, y el perro quedó en la cocina, dispuesto a enfrentar,
por primera vez, a los habitantes nocturnos de su nueva casa. Y ya se
sabe, el perro busca un rincón, da una vuelta en redondo y se echa,
apoya el morro en las patas delanteras, sacude las orejas y se dispone
a dormir con un ojo abierto. Oye todos los ruidos y los clasifica cuidadosamente,
pues ha de hacer amistad con ellos. Y también los ruidos tienen su naturaleza
y si no se les estima lo suficiente, se irritan y alteran, avanzan deformados
y estallan y uno los desconoce y producen sobresalto. Son crueles y
vengativos. Una simple gotera o el pulso del reloj o la madera del ropero
que restalla, bastan para ahuyentar el sueño, según es sabido.
Esta vez, una cama crujió pesadamente y después golpearon el piso los
seis botines de los chicos. Más tarde un grillo empezó a ensayar su
chirrido. Fidel lo reconoció en seguida. Primero fue un ruidito sordo,
aislado; luego tres seguidos y una pausa, como la de quien pone la mano
en la oreja, para cerciorarse de que lo han oído; en seguida una serie,
como si quisiese atornillar cada chirrido con media vuelta más de la
rosca sonora. Fidel fingió que dormía plácidamente y entonces el grillito
suavizó su estridor y siguió cantando para la noche. Una araña desenvolviendo
velozmente su hilo de plata se descolgó sobre su hocico; pero Fidel
sabía que nada malo debía temer de ella, como no fuese alguna cosquilla
de sus ocho patas peludas. El fuego mortecino le disparó una pavesa
encendida con un chasquido de látigo. Se levantó y cambió de sitio.
El fuego era cordial, pero peligroso. Una vez había querido sacar un
pedazo de asado y un tizón le había mordido el hocico. Muchas cosas
son incomprensibles para los perros. Un perro nunca podrá comprender
por qué siempre que hay un buen trozo de carne asada alguien blande
un palo para impedir que lo coma. Un perro nunca comprenderá por qué
están las despensas abarrotadas de provisiones que no pueden tomar los
seres famélicos que arrastran los pies por esas calles. Un perro no
puede comprender para qué los hombres han inventado la tortura del vidrio
que no deja pasar ni el olor de las ricas cosas que se ven al través.
Inició un leve temblor para que todos supieran que sentía un poco de
frío y se dispuso a dormir. Se hizo un ovillo, metiendo la nariz en
las gamuzadas verijas y quizás empezó a soñar, como un ser humano, en
deliciosos lugares abrigados.
Y en la habitación, el padre, la madre y los tres chicos no podían atrapar
el sueño que planeaba sobre sus cabezas, pensando en el perro que había
quedado solo. Si al menos se decidiese él a empujar la puerta y a entrar
sin ruido, todos dormirían tranquilos. ¿Acaso la madre no hacia entrar
a la clueca con su racimo vivo de pollitos? ¿No ponía entre sus pechos
a los pollitos tristes?
Era extraño y había ocurrido muchas veces: la familia se entendía mejor
cuando no se hablaban y no se podían ver las caras. En la obscuridad
todos sacaban a relucir sus propias caras; pero con la luz cada uno
tenía que ser como el mundo lo había dispuesto y no como eran. El padre
no podía, de ningún modo, tener una expresión de niño y a los niños
se les amenazaba con purgarlos si querían estar tristes. Al fin, Alberto
comprendió que todos estaban de acuerdo y se deslizó de la cama, abrió
con cuidado la puerta y salió descalzo a la galería. Se acercó a Fidel
en la obscuridad y le palmeó suavemente la cabeza. El perro se incorporó,
moviendo la cola y siguió al muchacho, cautelosamente.
Entraron sin ruido en el cuarto. Todos suspendieron la respiración.
De un salto, Fidel se instalo en la cama de los chicos, al lado de Alberto.
Entonces volvieron a respirar, aliviados, y durmieron un solo sueño
como si se sumergieran en el agua tranquila de un estanque.
3
EL
LIBRO DE LOS SUEÑOS
Doña María tomó un pan y lo cortó en tres rebanadas, a lo largo. Las
puso sobre el fuego y en seguida se expandió por la cocina un rico olor
a miga chamuscada. Alberto, Mario y Pedrito aguardaban pacientes. El
perrito, Fidel, miraba a los chicos, miraba a la madre, tratando de
adivinar sí también a él le darían algo de comer. ? Doña María rezongaba,
sin volver la cabeza:
- La leche no la quieren tomar los niños. Quieren cosas sabrosas. La
leche, que hace bien, no la quieren.
Raspó el pan tostado con un cuchillo y luego le frotó un diente de ajo
y le echó por encima un poco de aceite. -Tomen y no se ensucien -dijo,
y añadió con grandes aspavientos, enderezando un pan que había quedado
vuelta abajo en la mesa-. ¿No ven el pan, no ven el pan dado vuelta?
¿No les han enseñado a poner el pan derecho? Cuando el pan está con
la cara para abajo se ofende a Dios y le duele la barriga al panadero.
Inesperadamente cambió de expresión y se rió, satisfecha de lo que había
dicho, con una risa pueril, impropia, mientras le echaba un trozo de
pan a Fidel. (Al perro no le gustaba el pan; vero todo tiene que ser
compartido en una casa pobre.)
Doña María prosiguió, como para justificarse:
-Cuando yo era chica, mi madre, que jamás me había levantado la mano,
porque una vez tiré un pedazo de pan, me dio una cachetada.
Aspiró aire para hablar con solemnidad y agregó:
-El pan es sagrado.
(Es curioso, todos los chicos a quienes sus padres no les han pegado
nunca, tienen el recuerdo de esa cachetada única que les ha de servir
de ejemplo para toda la vida.) Alberto, Mario y Pedrito y el mismo Fidel,
no se interesaron por el sermón del Dan y se alejaron en fila, con cierta
prudencia, como si estuvieran desganados y sin saber qué hacer. Pero
la madre, que conocía estas argucias, los detuvo en seco, gritando:
-¿Dónde van ahora? Vienen de la escuela y se van a la calle. ¿No pueden
comer el pan en casa? ¿Todos los vecinos tienen que saber que comen
pan con ajo, en vez de tomar la leche?
-Vamos un rato al puente -dijo Alberto, arrastrando las sílabas.
- ¡Ay! ese puente. ¿Por qué habré merecido el castigo de vivir cerca
de un puente? El día menos pensado se va a ahogar uno de mis hijos en
ese río bendito. Tanto trabajo para criarlos y después, en un momento
se lo lleva la corriente, como al hijo de doña Azea.
Esta filípica significaba que la madre no se oponía realmente y los
chicos siguieron andando y mordisqueando el pan crujiente, untado con
aceite y ajo. Fidel ensayó una carrerita rematada con un salto y miró
a los chicos con ojos desorbitados de alegría. Pero Alberto le echó
una mirada furiosa y el perro volvió a quedarse quieto. Doña María se
limpió el contorno de la boca con una punta del delantal y mirando al
grupo que se alejaba, murmuró: -El perro los cuidará, como el ángel
custodio. Dicen que a veces toman formas de animales para cuidar a los
chicos. Dios me perdone ...
Era un día suave. En el débil celeste del cielo se desflecaban algunas
nubecitas. Una brisa alegre estremecía las hojitas y levantaba las crenchas
de los chicos. Sin volver la cabeza, llegaron a la esquina, donde el
alambrado del lote estaba caído y se veían las huellas del carro que
había tumbado dos postes. Pasando entre los alambrados flojos entraron
en el descampado.
Por bueno que fuese el alambrado de los baldíos la gente se abría paso
para acortar camino o salvar un charco.
Apenas estuvieron ocultos por la última casa de la cuadra, Mario estalló
en una especie de frenesí y le dio un empujón a Alberto que le hizo
caer el pan al suelo y levantando las rodillas como un caballo, salió
corriendo y riendo a gritos, seguido del perro. Alberto recogió su pan
con una lentitud que indicaba la gran velocidad de su ira y soplándole
algunos granitos de tierra, gritó con rabia comprimida: -Si te agarro,
te rompo la cara. Y como Fidel ladraba, agregó: -Chúmbale, Fidel, rómpele
los pantalones. -Bueno; ¡basta! -gritó Mario, jadeante-, si me pegas
se lo digo a mama.
Caminaban por un senderito pelado, bordeado de manzanilla y cicuta,
coloreado por el pompón violeta del cardo. Una cabra ramoneaba las hojitas
de un arbusto, mirando de reojo al grupo que pasaba. Pedrito dijo, señalándola
con el dedo:
-El chivo de Tristifuque.
Los tres hermanos se rieron, porque el dicho era del padre, y la cabra
se libró de ser molestada, por la altura de los yuyos. Andaban descalzos;
pero los tres pisaban con soltura, retozando un trecho, saltando aquí,
sosteniéndose en un pie para quitarse un pincho clavado en la planta,
arrancando, al pasar, un tallo sobresaliente.
Fidel trotaba adelante y de tanto en tanto se detenía de golpe para
olfatear minuciosamente una planta, con el aire de quien hace memoria.
(Todos podían olvidar; pero los perros y las plantas, no. Los niños
nada saben y en la vacuidad de sus miradas residen las únicas posibilidades
de superar el mal. Los hombres se lo pasan inventando cosas para olvidar
y todos los días aparecen nuevas bebidas para embriagarse o vara endulzar
la boca. Pero los perros tienen que mantenerse lúcidos y sobrios y desde
cachorros respiran un aire amargo de ponzoña.)
Fidel corría por el caminito, de mata en mata o con el hocico pegado
al suelo como si siguiese un rastro. Alberto avanzaba, distraído, con
la mirada errabunda sobre el pasto. Pero cuando tuvo a Mario cerca se
transformó bruscamente y gesticulando como un loco lo agarró por el
cuello y lo tiró al suelo. El juego se hacía violento. Fidel miraba
a los muchachos que se revolcaban en la tierra sin saber si debía intervenir.
Al fin, indeciso, lanzó un ladrido ahogado. Pedrito, aterrado, gritó:
-¡Déjalo, Alberto!
Pero Alberto, enrojecido, poseído de toda la furia por la resistencia
de Mario, comprimiendo su cara contra el suelo, le retorció una oreja
hasta que el dolor se hizo insoportable y aparecieron unas lágrimas
en sus ojos. Al verlo llorar el odio se trocó en amor. Dio un respingo
y se incorporó, vigilando, con rápidas miradas, listo para huir, si
Mario lo corría. Pero la furia de su hermano se había diluido en un
llanto cálido y Pedrito y Fidel se habían colocado a su lado, mientras
él se restregaba la oreja dolorida.
-Vas a ver con mama -intercedió Pedrito, apiadado.
-Y él, ¿por qué empuja? -dijo Alberto, y en son de burla empezó a cantar-:
Si te agarro, te hago barro, si te piso, te hago guiso ...
De pronto los cuatro olvidaron la rencilla, porque una lagartija cruzó
velozmente el caminito. Fidel dio un salto, sacó las uñas, enderezó
las orejas y empezó a husmear las matas. Con la voz sofocada dijo Mario:
-Por aquí... espera ... dame un palito...
Pero ya la lagartija se había precipitado en un agujero. Siguieron caminando,
dejando que Fidel escarbara un poco para demostrar su buena voluntad.
-Bueno -manifestó Alberto mirando por encima del hombro-; no pegues
a traición si no querés que te haga saltar un diente.
Mario vaciló un momento y miró en derredor buscando una solución. En
el suelo había un cascote. Lo agarró y se fue amenazante sobre su hermano.
-A ver, pega. Sácamelo el diente. ¿A ver?
- ¡Maaario! -expresó Alberto en tono de reconvención.
Fidel estaba ahora de parte suya, miraba el trozo de ladrillo en la
mano de Mario y gruñía, replegando el hocico y enseñando los dientes.
-¿Por qué no pegas ahora, aprovechador?
-Bueno; soltá la piedra y se acabó la pelea. Corta mano.
(Une pone el dorso de la mano y el otro simula un corte, como de cuchillo,
con el perfil de la suya y el pacto queda, sellado.)
El viento les azotaba suavemente las mejillas. Ahora caminaban Mario
y Pedrito abrazados por el cuello, empinándose a cada paso en el sendero
angosto. Detrás venía Alberto bordeando los yuyos, levantando las piernas
para no pincharse. Delante iba Fidel, acechando. Su lengua roja se doblaba
hacia un costado agitada por el aliento. A Fidel le convenía ir el primero,
con el cogote torcido, para verles las caras a los chicos y adivinarles
las intenciones. Solo cuando volvían a casa, Fidel iba detrás, con la
mirada puesta en el suelo, trotando sobre las sombras alargadas que
se pegaban a los talones de los chicos.
Más adelante, un perro enorme, de ojos duros y gruñido sordo, se acercó
amenazante. Fidel vaciló, con una pata en el aire. Los tres chicos rodearon
al animal empobrecido y haciéndole cerco pasaron cautelosos.
De pronto, Alberto exhaló un grito que les puso frío en la espalda,
porque en ellos todo era así, imprevisto, escalofriante. Una suma de
pequeños terrores componía su día y aún los mantenía sobresaltados durante
el sueño. Estos sacudimientos nerviosos eran su vida y les compensaban
de la tediosa tiesura que les imponían sus maestros y sus padres. Aquellos
inacabables: “caminen bien”, “siéntense derechos”, “no griten”, “coman
despacio”, “quédense quietos”, necesitaban una compensación.
La resignación a ser dóciles, silenciosos, tranquilos a que los obligaba
la tenacidad de la prédica, aderezada de restallantes cachetazos, buscaba
salida al instinto irrefrenable y se desahogaba en torrentes de travesuras,
de gritos, de amores y odios, de simpatías y repulsiones.
(“Quédense quietos” -qué me dicen- uno acaba de nacer, puede decirse,
y ya quieren que se quede quieto. Ya llegará, inexorablemente, el momento
de quedarse quietos, dejen ahora que los chicos corran, salten, griten,
lo resuelvan todo, minuciosamente. Ésa es la ley, aunque no sea cómoda
para los adultos domesticados.) Alberto dio un grito terrible y dijo
atropellando: -El último es un pavote.
(Los últimos, los últimos... Querido, no, los últimos no son unos pavotes:
son los bienaventurados de que habla el texto bíblico, pues el mundo
es por la invencible fuerza y permanencia de los débiles, de los humildes.
Algún día comprenderás que el poderoso es un accidente y que el único
poder que realmente existe es el que no puede ejercerse contra nadie,
ni contra nada.)
Ahí, a la vista, estaba el río y los tres chicos y el perro se largaron
por La pendiente en desenfrenada carrera. Y cuando llegaron a la orilla,
se echaron de boca en el suelo y metieron las manos en el agua, con
una expresión de delicia en los ojos como si se hubiesen quemado los
dedos, como si ofreciesen sus dedos a la voracidad de los peces para
pagar una culpa y sintiesen en éxtasis el martirio de que se los están
royendo.
El agua corría undosa, charolada. Los tallos henchidos, aguanosos, remedaban
el vientre liso de los pescados. Siempre había un hombre de piel rugosa
y tostada, que sostenía una caña oblicua sobre el agua en la que repesaban
sus ojos. Y cuando miraba a los chicos era como si la corriente le hubiese
vaciado las pupilas y tenía que mirar un rato largo para volver a llenarlas
con las imágenes del mundo. A un costado había dos o tres mojarras obligadas
a morir de esa torpe muerte convulsiva de los peces, sin piernas, ni
brazos, y, lo que es más duro aún, sin párpados.
Fidel lameteó el agua ruidosamente y se desperezó estirando las patas
y bostezando.
La luz se recostaba en los pastos con mansedumbre vesperal y la activa
fragancia del poleo estimulaba la respiración. El corcho de la caña
de Desear saltó en el agua y el hombre, despaciosamente, retiró el anzuelo
para ponerle una nueva carnada.
-Debe ser un sábalo -dijo Alberto, pero el hombre no contestó.
(Se ha llegado a tal grado de hosquedad que ni a los niños contestan
los pescadores de caña que siempre fueron los hombres más buenos del
mundo, acaso porque tienen siempre las dos manos ocupadas.)
Los chicos, sin embargo, estaban cómodos en el silencio que siguió .
. .
(Un momento. Permítanme este desahogo aunque no venga al caso. Lector:
cada vez que usted sospeche que mi sinceridad flaquea, por favor, no
me acuse; comprenda que nos ha tocado vivir en una tremenda época de
mentiras, donde el ejercicio de la verdad es, en cierto modo, algo sumamente
heroico. ¿Dónde iba ...?)
... y echados en si suelo, a lo largo, apoyando la cabeza sobre los
codos, vieron sumergir nuevamente el anzuelo, mientras Fidel se lamía
tenazmente una pata.
Alberto mordisqueaba un tallito agrio de trébol (¿se acuerdan? vinagrillo).
Por el puente de viejas vigas de madera, blanqueadas a la cal, pasaba
un carro, una mujer vestida de negro... Los seres y las cosas parecían
hallarse lejanos, como si la atmósfera fuese una cúpula de cristal y
todo ocurriese en la superficie externa de ese casco transparente y
luminoso.
El hombre seguía vaciando sus ojos mortecinos en el agua fluente, y
no se movía a no ser para rascarse. No tiene, al parecer, otra intención
en esta clara tarde: pescar y rascarse. La incesante corriente lo ha
lavado de otras intenciones.
El perro deja de lamer su pata, estornuda, se sienta sobre su cola y
pasa de su expresión grave a una cariñosa y alegre. Y se acerca al pescador
bamboleando la cabeza y meneando la cola.
- ¡Fidel! -llama Alberto, pero ya el perro le ha lamido la mano grande
y dura que él apoya en el pasto y el hombre absorto ha hecho como que
no lo ha advertido. Y en cierto momento es seguro que la amistad se
ha estrechado entre ellos dos porque Fidel, aguijado por el ejemplo,
con la pata trasera, se ha rascado vigorosamente una oreja.
(Si doña María lo hubiese visto, lo hubiera reprendido: ¡No toques la
guitarra, Fidel!)
Pedrito mira el sauce y la parte del puente que se refleja en el río.
Mario está esperando el momento de hacer una de las suyas; Alberto quiere
saber si el presunto sábalo volverá a burlarse del pescador comiéndose
la carnada.
El sol es anaranjado y los pájaros vuelan en el aire blando, con perezosos
giros.
(Es seguro que alguien está haciendo una poesía.) Por cuarta vez el
corcho se hunde y salta sobre el agua bailoteando.
El pescador de caña, impasible, levanta el sedal, pone un gusano de
blancos anillos gordos, que se rasga con un ruidito de seda al ser atravesado
por el anzuelo. Ahora el piolín da dos vueltas sobre su cabeza, como
la cola de un látigo, y cae en el agua y solamente el corcho sale a
flote. Pero el pez no quiere picar y ronda burlón alrededor del garfio
encarnado. Los tres chicos han clavado los ojos en el corcho, pero dentro
del agua nada se ve. El río asume una coloración gris aventada por los
aletazos de los negros biguás.
Y el pescador retira su caña, recoge el tarrito de las lombrices, se
sacude los pantalones y se va sin pronunciar palabra, sin mirarlos.
Fidel lo sigue unos pasos, luego tuerce la cabeza con una mirada interrogante
y finalmente vuelve al lado de los chicos que miran alejarse al pescador
con su caña al hombro.
Por un instante han quedado solos. Nadie pasa por el puente. Grandes
oleadas de fresco silencio llegan del bosquecito de álamos de la otra
orilla. De pronto, con un alarido de los que dan espanto a Pedrito,
Mario salta dislocado y con una mueca horrible alza los brazos y empuja
y derriba a Alberto en si agua.
-Me la pagaste, me la pagaste -vocifera como enloquecido.
Alberto manotea desesperado, asiéndose de las matas de la orilla, barbotando:
-El barro... no puedo salir del barro... ay... mama... .
Fidel ha prendido los dientes en una manga de la blusa de Alberto y
tira con denuedo, gruñendo. Pedrito llora de terror. Mario lo echa al
suelo y agarrando a su hermano por la ropa tironea con el perro, hasta
que Alberto consigue poner una rodilla en el borde de tierra y sube
penosamente.
Hay una leve pausa. Mario se ha puesto a unos pasos de distancia en
actitud de escapar y mira desconfiado a su hermano, chorreando, sofocado.
Alberto se da un respiro y en seguida, con un quejido, se levanta y
lo corre, pero las ropas mojadas y Fidel, excitado, que se le mete entre
las piernas, ladrando, traban sus movimientos. Entonces vuelve a echarse
en el suelo y llora y Fidel le lame la cara salada.
Después vuelven a casa porque ya se ha puesto el sol, dejando apenas
un suave rubor en el horizonte, entré; los árboles desmelenados, obscuros.
Mario va adelante, pronto para correr, a la primera señal de que quieran
agarrarlo. Fidel trota cavilando y Alberto y Pedrito van juntos, sumidos
en sus pensamientos.
Cuando entran en la cocina, Mario se pone del otro lado de la mesa para
defenderse. -Mama.
De pronto, descubren que la madre está en un rincón, con ojos de haber
llorado y la frente y las sienes cubiertas de rodajas de papas, como
una gran corona que agobia su cabeza.
(Todavía hay quienes prefieren pegarse a las sienes unas rodajas de
papas o unos porotos partidos, antes que tragar una cafiaspirina. Dicen
“tintura de odio” y se pasan la barrita de azufre por el cuello, pero
no es culpa de ellos... ¡Es que se sabe tanto! Los médicos hablan con
calculada superioridad y con palabras indescifrables que nos anonadan
y todo lo más que se les ha pedido es que nos curen.)
Doña María mira a sus hijos uno por uno, como si los contase, como si
los viese por primera vez y sonríe con el belfo blando, a punto de iniciar
otra vez el llanto.
- ¿Qué tenés, mama? -pregunta Alberto, y Pedrito y el perro se le ponen
al flanco. Unos pasos en la galería apenas si dan tiempo al perro a
enderezarse y ya está el padre en la puerta de la cocina.
Se deja caer en una silla y pasea una mirada circular, que se detiene
en doña María con su cabeza coronada de medallones de papa.
-¿Qué te pasa -le dice- que tenés esa cara toda llovida?
Bueno; usted, lector, que considera distraídamente todas las cosas,
hágame el favor, deténgase a analizar esta expresión. Pero... ¿Se da
cuenta? ¿De dónde pudo sacar este hombre rudo, que no ha leído a Proust,
esa imagen tan fina? La cara toda llovida ... llovida. ¿Se da cuenta?
Doña María, levantando ¡a punta de su delantal, se dio unos toquecitos
en la comisura de los labios y masculló:
-Los chicos se habían ido al puente con el Fidel y yo me fui a recostar
un rato. Y empecé a soñar que me había puesto a jugar en la galería
con el perro. Daba unos saltos y se revolcaba en una forma que yo no
podía aguantar la risa. Entonces yo le pregunté al perro: ¿Cómo, dejaste
ir solos a los chicos al puente? Y él salió corriendo, como loco...
Entonces me desperté y fui a lo de doña Matilde, que tiene el libro
de los sueños y le cuento lo que me había soñado y abre el libro y me
dice: Ay, doña María, ojalá que no le pase nada, mire lo que dice el
libro: Perro: jugar en sueños con un perro... anuncia desgracia en la
familia. Y estos cuatro desfachatados, que habían ido al río y no volvían
y no volvían ...
4
EL
TRAJE NUEVO
A la mañana, el padre faltó al trabajo y fue con su mujer a comprar
un traje de confección en La llave del Buen vestir, frente a la estación.
Doña María iba un poco sofocada por su estrecho vestido de salir. Hasta
la tienda había unas ocho o diez cuadras largas, con pasos de piedra
y senderitos bordeados de ramitos de manzanilla florecida, donde acechaba
el cáustico bicho colorado. Pero más que el vestido, a la mujer la mortifican
los zapatos de taco alto, bajos de escote y la pungente decisión de
sacar del escondite del ropero los sesenta pesos que llevaba en la cartera.
El empeine de su pie era tan grueso que a las zapatillas de entrecasa,
para calzarlas, tenía que hacerles un tajo y los pesos los había juntado,
moneda a moneda, con paciente obstinación, porque una nunca sabe qué
puede pasar.
El padre iba unos pasos adelante, ensimismado, sin saco, con su camisa
planchada, pañuelo blanco, en vez de cuello y el chambergo viejo mal
puesto sobre su cabello descuidado. Pero lo que le daba carácter, conservando
un resto de gracia juvenil y de simpatía en su rostro duro, era un mechón
de pelo que le hacía una onda en la frente y el cigarro, girando en
la comisura de la boca.
El jamás se miraba en la luna del ropero y es posible que se peinara
con los dedos y de pronto, no se sabe cómo, la onda volvía a colocarse
sobre su frente. Cuando lo observaban, él la levantaba, con un gesto
severo, como quien entiende que ha renunciado a toda presunción, pero
la matita de pelo caía irreductible.
Jadeaba doña María, y no podía soportar el sufrimiento de los pies.
Cuando sus hijos descalzos chapaleaban en el barro, ella sonreía con
deleite. Hubiera querido ella misma entrar en el charco, pero qué pensarían
los chicos, a quienes, por principio, tenía que reprender con energía:
-¡Otra vez en el barro, como los cerdos!
(A doña María le gustaba intercalar en su lenguaje algunos vocablos
finos, cuando se trataba de educar: -No se dice mentiroso, sino embustero;
digan: usted dispense, recuerdos a su mamá... se le han dado. ..)
Cuando doña María se calzaba los zapatos, los mismos que se había puesto
el día de su casamiento, Alberto, arrodillado, empuñaba un calzador
de metal, empujando y resoplando, con la punta de la lengua afuera,
mientras Fidel gruñía. Y después era la risa, viendo cómo la madre se
ponía de pie, tambaleándose, avanzaba ahogando un quejido y haciendo
unos visajes medio de dolor, medio de risa. Pero un rato después, con
la caminata, los dedos de los pies empezaban a hincharse y a repujarse
en el cuero y la abertura del zapato se ceñía como estrangulando el
tobillo deforme.
Doña María odiaba los zapatos tanto como su marido el cuello. (Don Pedro,
al cuello, le llamaba el yuguillo. ¿Saben? Esos fierros que van sobre
las pecheras de los caballos, donde se prenden los tiros.)
Para entrar en la tienda, doña María compuso una cara agresiva. El tendero
era de cráneo chato con una escobilla de pelo descolorido, que extendía
de parte a parte para disimular la calvicie; todo lo demás no importaba,
exceptuando sus ojitos astutos de ratón. Dijo, frotándose las manos:
-¿Alguna cosita para la señora o para el señor, un parcito de medias,
una camisita?
Y se dirigía a la mujer. (Este sí que sabe cuántas púas tiene el peine.)
Ninguno de los dos contestó, pero los ojos de doña María relampaguearon
con un seco: ¡Es inútil; a mí no me va a engañar!
Y empezó la esgrima:
-Le doy algo de primera, un traje sufrido, de buen paño...
(¿Y qué? El que vende no puede decir que la mercadería es mala, pero
todos se han empeñado en que debe pasar por ese trance de clausurar
su conciencia si quiere recibirse de comerciante y lo obligan a repetir
en voz alta que la mercadería es excelente. Luego toman aliento e insisten
en que lo que no sirve debe guardarlo para los otros. Entonces, el buen
hombre se ve obligado a decir: ¡Se lo ofrezco porque es usted! Y cosas
por el estilo. Y qué sucedería si al entrar en la tienda uno dijera:
déme una camisa o una corbata de las peores que tenga, quiero que los
que lleguen después no encuentren más que lo mejor. ¿Qué sucedería si
consumiésemos todo lo feo del mundo? Podría ser que se agotasen todas
las cosas de mala calidad y mal gusto y que, al fin, también nosotros
pudiésemos comprar una camisa buena alguna vez.)
El tendero decía:
- ¡Vea, señora, qué paño y qué hechura! y miraba a don Pedro como a
un “esqueleto capaz de envejecer los trajes recién estrenados, como
una vez dijo Oliverio Girondo.
Don Pedro miró impaciente a un lado y a otro y finalmente se dirigió
a la puerta, a grandes pasos.
-¡Cómo! ¿Se va el señor? ¿No le gusta el género? Puedo mostrarle otros
-dijo el tendero, agitado.
Doña María, reposada, contestó:
-No; no se va; va a escupir, a la calle, con perdón de su cara. Con
esos cigarros que fuma, tiene que escupir a cada momento para poder
hablar.
Don Pedro era ancho de hombros y el tendero tuvo que despojar de su
traje al maniquí que estaba a un costado de la entrada. Lo trajo en
brazos y la mirada estúpida del muñeco no variaba aun cuando lo habían
acostado sobre el mostrador para sacarle los pantalones. Doña María
dio vuelta la cara. El vendedor empujó a don Pedro hacia un cuchitril
detrás de una cortina y por la abertura de la tela le iba alcanzando
las prendas para probar. La cortina se abrió luego para dejar pasar
a cien Pedro con el traje nuevo. El vendedor dijo, con cierta exaltación
profesional.
-Le queda pintado. Mire la espalda, señora, ni una arruga.
(Todo lo decía él y había que admitirlo, aunque fuese verdad.)
-Las mangas, sí, son un poco cortas, pero se le puede dar un centímetro
más.
Don Pedro miró a su mujer, y hablando por primera vez, farfulló:
-Mejor que sean cortas, así no se ensucian tanto.
El tendero insinuó una sonrisa irónica.
(¡Cuánto cuesta mantenerse en la ignorancia! Todos han aprendido algo
y quieren probar su saber sin pensar en las perturbaciones que causan.
Se empieza a comprender que no es elegante apoyar el escarbadientes
o el pucho del cigarro en la oreja y que no está bien soplar el hueso
para que salga el caracú, como la arveja de la cerbatana, o meterse
en la boca la hoja del cuchillo con los garbanzos en fila y al final
-a la fin- uno piensa tanto que pierde el sueño y termina por “marearse
de la cabeza”. ¿Por qué no lo dejan a uno ser feliz a su modo? ¡Ah!,
no, querido: la sociedad tiene sus derechos. Si se pone de moda comer
una presita con los dedos, resulta distinguidísimo; pero si se come
con los dedos antes de que sea moda, resulta bochornoso.)
¡Es lindo entender, pero tan difícil! Al fin de cuentas, como decía
el lavandinero, a todos hay que hacerles la barba cuando mueren.
Tímidamente se resolvieron a comprar el traje y dejaron el maniquí desnudo
sobre el mostrador. Y regresaron, él adelante, ella retrasada, sin poder
alcanzarlo a causa de los zapatos y pensando: Avenas llegué a casa,
empiezo a gritar: “Nene, tráeme las zapatillas”. Y el primero que corre
a buscarlas es Fidel y me traen, una el perro y la otra el muchacho.
El padre entró en la casa con cara hosca para disimular su pudor. Los
tres chicos lo rodearon curiosos y Fidel empezó a oler con desconfianza
las botamangas del pantalón nuevo. Y de pronto, el hombre, inquieto,
vio llegar el momento en que iba a tener que mostrar a sus hijos y al
perro una cara adaptada a un traje que todavía no quería ser suyo, un
traje que caía sobre su cuerpo sin obedecerle, con esa inestabilidad
de las pelucas. Gesticulando gritó:
-Salgan del paso, ¡carajo! ¡dejen caminar a la gente! ¡No han visto
nunca un traje!
Y volviéndose a su mujer:
-Y usted también, déjese de mirar con esa cara... ¡Y no hablen más del
traje porque me lo saco y lo pongo en el fuego!
(Sí; la psicología de los pobres es realmente complicada. Y esta aparente
explosión de grosería, no es sino la defensa torpe de un alma tímida
y delicada.)
Todos sonreían, divertidos por la turbación y el enojo del padre y hasta
Fidel ensayó una carrerita para probar su alegría; pero doña María contenía
trombonazos de risa, con lágrimas en los oíos.
- ¡Ay! Dios mío, si lo hubiesen visto salir de atrás de la cortina,
con el traje nuevo: parecía el maniquí de la puerta de la tienda.
Los chicos aprovecharon para reír fuerte, pero como Alberto lo hizo
en son de burla, doña María, instantáneamente seria, le sacudió un coscorrón:
-¡Qué te has creído, che, que te vas a reír de tu padre? ¿No te han
enseñado educación todavía? ¡No faltaba más!
Y así pudo salir el padre de aquella situación lastimosa. (Es complicado,
¿verdad? Sin embargo, ellos se entienden.)
Don Pedro, que había perdido medio día de trabajo, para ir a comprarse
el traje, ahora no sabía qué hacer y fue a mirar las gallinas. Doña
María, a sus anchas, feliz con sus chancletas, entró en la cocina a
preparar el almuerzo. Al ver al padre, las gallinas corrieron creyendo
que les iba a echar algo y Fidel aprovechó la ocasión para amagar un
golpe con el hocico, a través del alambre, al gallo engolado que hizo
girar sus ojitos iracundos, cloqueando.
El padre abrió la portezuela del gallinero y tendiendo suavemente la
mano hacia una tabla donde se alineaban unas palomas, agarró una, en
tanto las otras huían batiendo las alas despavoridas.
-¿Qué vas a hacer, papá?
El padre dijo con el tono de quien se ve obligado a hacer algo a disgusto:
-Trae el piolín del barrilete.
Alberto fue a la carrera a buscar el piolín y salieron al potrero de
al lado.
Doña María gritó:
-Eso es, ponete la ropa a la miseria ahora. Ya te arruinaste un saco,
ahora arruina el otro. ¿Todavía no tenés bastante?...
(La ropa, la ropa. .. Mirando bien dan lástima esos que son capaces
de dejarse basurear por no estropearse la ropa en una pelea.
El padre ató las dos patas de la paloma y pasó una vuelta de piolín
por su cuello, de modo que hizo tres tiros, como en los barriletes.
Luego la soltó al aire, aflojando el hilo y la paloma, asustada, empezó
a volar en círculo sobre sus cabezas.
Fidel saltaba y ladraba enloquecido. -Papá -preguntó Mario-, ¿te obligan
a ir a trabajar con el traje nuevo?
Sin contestar, a cada uno, empezando por el más chico, el padre dio
a tener el piolín del barrilete vivo y finalmente fue recogiendo el
hilo hasta que la paloma, palpitante, con el pico abierto, estuvo en
sus manos y fue libertada. Pero estaba tan agotada y aturdida que cayó
al suelo como un trapo y Fidel se le echó encima y de un bocado la apresó
entre los dientes.
- ¡Fidel! -gritó Alberto con ansiedad y al querer correr tropezó y se
derrumbó largo a largo; pero intervino el padre:
-Déjasela, no le hace nada. No la agarras vos mejor con la mano, que
el perro son los dientes.
Y a Fidel:
-Anda, llévala adentro.
Y una reflexión que nadie entendió:
-Ojalá el hombre tuviera la mano blanda como la beca del perro.
Y Fidel iba adelante, orgulloso, con la paloma en la boca.
Sí; el padre sabía muchas cosas; pero no estaba casi nunca en casa.
Los domingos, después de almorzar llegaban el lavandinero, a quien apodaban
Gracias-por-todo, un compañero del taller, Remigio, que estaba en el
torno de la otra cuadra y un viejo, don Serafín, que se había jubilado
como señalero del ferrocarril. Se jugaba al truco y se bebía vino.
Las voces iban creciendo y retumbaban los puñetazos en la mesa mientras
los chicos se desgañitaban cantando la Marcha de San Lorenzo y diciendo:
oír se deja de corcer el cilacero, en vez de: oír se deja de corceles
y de aceros. Al anochecer iban a terminar la partida en el despacho
de bebidas de la esquina y no siempre amistosamente.
Don Pedro tomó un plato de sopa, sin ganas, le dio un pedazo de carne
al perro, pues por el perro y no por otra cosa se sentía dueño de la
casa, y se fue al taller, con el traje nuevo.
Los chicos comieron algo, se peinaron propinándose uno que otro puñetazo,
se pusieron el guardapolvo y salieron para la escuela, escoltados hasta
la esquina por Fidel.
Cuando el perro volvió y fue a olfatear el tacho donde estaba el saco
viejo en lavandina, doña María se secó las manos en el delantal y salió
a explorar la calle. Como siempre, estaba doña Matilde, recostada en
el poste de la puerta de alambre del terrenito de su casa, con una sonrisa
de oreja a oreja.
-¿No fue a trabajar don Pedro, esta mañana?
-No -respondió doña María y añadió, tiesa de miedo-: anoche me parece
que tomó un vasito de más y trajo todo el saco roto y manchado de vino.
Se lo lavé antes de acostarme; pero no sale del todo. Entonces fuimos
a la tienda y le compré otro esta mañana, con una plata que estaba juntando.
-Sí; lo vi con el traje nuevo, remontando una paloma en el potrero.
Nunca había visto hacer esto -recitó doña Matilde mirando lánguidamente
al cielo.
¡Dios mío, ésta sabe algo! -pensó doña María y chapurreó:
-Para entretener a los chicos. ¡Las quiere, a las criaturas! (Y bueno;
si no lo hubiesen buscado, no se hubiera metido). El tiene esa cara
seria, que parece que siempre está enojado, pero ¡qué esperanza!, es
un hombre de su casa, trabajador, que nunca le ha hecho faltar el pan
a sus hijos... al que hablara mal de mi marido le sacaría los OÍOS.
.. (¡Dios mío!... si el otro llegara a morir.) Se lo digo yo, doña Matilde,
es un hombre al que hay que sacarle el sombrero...
-Y no como esos sinvergüenzas -le interrumpió doña Matilde, acentuando
su sonrisa-, que porque el contrario dice turco en vez de truco, son
capaces de abrirle la barriga de una puñalada. Pero, aunque todos se
callen después, los agarran lo mismo, por las manchas de sangre del
traje.
Adentro, en la casa, por primera vez aulló el perro.
5
EL
PAN DULCE
Tenia razón doña Matilde.
A don Pedro lo pusieron preso y el disgusto (doña María decía: la mala
sangre) no era por tener que ir a visitarlo a la cárcel, con el hijo
mayor, mientras los otros dos y el perro cuidaban la casa, sino por
lo que se murmuraba en el barrio.
Los chicos, a decir verdad, sentían cierto secreto orgullo de que el
padre se hubiese hecho valer amagando una puñalada con un cuchillo de
mesa. Pobrecitos, ¡qué saben ellos de estas cosas! (Este pensamiento
debe ir acompañado de un suspiro.)
La gente de buen juicio había dicho sencillamente: -No se debe provocar
a un padre de familia. Pero la herida no había tenido consecuencias
y Fantasía ya andaba otra vez apoyando el codo en el mostrador de estaño
del almacén con su vaso semillón dorado.
El mismo almacenero, don José, había salido de testigo. (No se alboroten:
está bien dicho; no hay por qué complicar el idioma.) Pero don Pedro
estaba adentro y no lo soltaban.
Doña María lo contaba de este modo:
-Como ser, aquí hay una reja; bueno, enfrente hay otra reja alambrada.
Y entonces él viene y a veces no se puede acercar de tantos que hay
detrás de los barrotes de hierro y no se puede oír lo que dicen, porque
hablan todos juntos, gritando. Entonces, claro, usted comprende, a una
le vienen las lágrimas a los ojos y un nudo en la garganta que no puede
hablar. Y él, con toda la barba, como si no pasara nada; ¿se da cuenta?
María, no te hagas mala sangre y ándate para casa. Al pobre Alberto
lo miró y nada más. ¿Los chicos, están bien? Y el Fidel, ¿no me busca
a la noche? ¿Se da cuenta, señora? En esa situación y acordándose del
perro.
El perro era el que hacía más sensible la ausencia del padre. Cuando
llegaba la hora en que volvía del trabajo, Fidel iba a la puerta, miraba
inquieto hacia la esquina y volvía caviloso, con un trotecito cansino.
Se echaba en cualquier lado, con la cabeza apoyada sobre una pata como
si dormitase. Pero afinaba su oído y al menor ruido de pasos se enderezaba
súbitamente y corría a la puerta.
Pero los días pasaban y don Pedro no volvía. Gracias-por-todo dijo que
un amigo le había anunciado que pronto iba a estar en libertad, que
estaba todo arreglado. Y a doña María, en la guardia, le habían asegurado:
¡Váyase tranquila, señora, mañana lo tiene en su casa!
Doña María salía de mañana a buscar ropa para lavar y volvía con un
gran atado sobre la cabeza. El resto del día fregaba furiosamente sobre
la tabla hasta quedarse sin aliento; después cocinaba y mientras los
chicos comían, sentados a la mesa, ella tomaba un bocado de pie, sin
ganas, tanto para no debilitarse.
Fidel husmeaba los rincones una vez más, buscando el olor que completaba
a la familia, porque los perros sienten hasta el olor de los pensamientos.
Luego los varones lavaban los platos y todos se iban a acostar. Fidel
hacía su última recorrida y se metía debajo de la cama de los chicos,
desde donde podía proteger a la familia. Doña María caía en la cama
tundida; pero el sueño no se dejaba atrapar ni boca arriba, ni de costado,
mientras en la obscuridad el universo reproducía su hervidero de estrellas
titilantes, Y ya sabemos, la obscuridad se hace más tensa y se acumula
sobre el pecho y hay que derrumbarla con un gran suspiro y ese momento
es el que le sirve al perro para entrometerse en cosas particulares,
con cierto decoro.
Doña María siente en la mano abandonada el aliento húmedo y cálido de
Fidel y luego su lengua tibia y le dice en voz baja, para que no oigan
los chicos:
-No está, no; no está. Todavía no volvió. Ándate a la cucha.
Pero Fidel seguía lamiéndole la mano, porque doña María estaba pensando:
¿Y si no volviera? ¿Qué hago yo con los chicos? Porque sin padre ¿cómo
puede haber educación en una casa? Una madre puede tener limpios a los
chicos y darles un moquete a tiempo, una madre puede darles de comer
bien y cuidarlos si se enferman, una madre es menos austera que un padre
y no tiene vergüenza de suplicar y aun de arrastrarse por el suelo para
pedir a la muerte que le deje a su hijo. Una madre conoce todas las
posturas y los grandes gestos de los trágicos griegos y ha aprendido
secretamente a torcer la boca, a desencajarse los ojos, a llorar lágrimas
que saltan, gordas como piñones, por el costado de los ojos, y con gracia
inimitable se cierran sobre la comisura de la boca; ha aprendido a bramar
como ninguna actriz lo haría; y a pesar de que casi todas saben a conciencia
su oficio de madres, a menudo son derrotadas y les queda la angustia
de no haber sido del todo convincentes. Una madre puede estrujar contra
su pecho a su hijo, con cualquier motivo, y traspasarle ese caudal de
ternura, que un día hay que volcar en el sucesor; una madre puede enseñar
a querer y siempre sabe las fechas de los cumpleaños. Pero un padre
puede enseñar a dar la cara, a tender una mano lisa, a afrontar la contraria
y a que no se debe tener deudas.
(Para todo esto no se necesita más que vivir como los demás: salir de
mañana para el trabajo y regresar con un paso recio y ese olor a sudor
sano que se escapa por las aberturas del saco.)
Sin padre no puede haber educación en una casa; pero las madres lo saben
todo. Y saben esos miles de pequeños secretos sin los cuales no podríamos
vivir, como soplar en un ojo para sacar un granito de tierra o golpear
en la espalda para aliviar el ahogo de un ataque de tos.
Y también son las madres las que ennoblecen las cosas feas del mundo.
Las tocan con sus propias manos y sus manos siguen siendo hermosas.
Y si están encallecidas y cuarteadas son más maternales y no se comprende
cómo el niño puede saberlo. Por eso las madres de manos pulidas dan
a criar a sus hijos y el crío tiene que aprender a reconocer otro olor
de madre. Y luego es tan difícil recuperar a la madre, aunque una tenga
las manos cuidadas.
Después llegaba el día y doña María se ponía a fregar en el tacho, tanto
más furiosamente cuanto más injusto le parecía lo que estaba ocurriendo.
A veces iba Alberto a entregar la ropa fresquita, bien doblada, y volvía
con algún dinero. La madre había dicho:
-Vamos a juntar, para darle una buena comida a tu padre, cuando vuelva.
Y como estaba próximo el Año Nuevo, quiso que el muchacho trajera una
hoja de panel y lápiz y anotara:
1 pan dulce
1 paquete de fruta seca
1 turrón
¿Y qué más? Bueno; se mata una gallina y se hace el estofado.
(-Doña Matilde, dice mi mama que tenga feliz Año Nuevo y que le mate
esta gallina, porque si la mata ella después no la puede comer.
Y un buen plato de fideos. (Sin fideos no parece día de fiesta.)
-¡Ah!... pone... una botella de sidra... y diez de hielo...
-Mama... ¿por qué no compras un ananás”?
-Ponélo al ananás. Se pela, se corta en tajadas redondas y se le pone
un vasito de vino seco.
Doña María había colocado moneda sobre moneda y llegó a reunir diez
pesos, que le cambiaron a don José, el almacenero.
La víspera de Año Nuevo, vino Gracias-por-todo bien temprano y le gritó
desde la puerta:
-Doña María, parece que hoy lo largan a don Pedro.
Ella se detuvo un poco asustada, porque primero había ido todo tan lentamente,
que era una desesperación y ahora las cosas se precipitaban de tal manera
que no había tiempo de pensar qué había que hacer, qué cara había que
llevar... ¿Tendría que besarlo? Pero no tenía costumbre y era como desbaratar
delante de extraños la seriedad que él se había impuesto y que tanto
le costaba conservar.
Al mediodía empezaron a salir los presos perdonados en vísperas de las
fiestas. Y ella estaba en la vereda de enfrente, en la sombra, sintiendo
un temblor por dentro y cada vez que alguien trasponía el portón y se
detenía un instante, parpadeando, como si por primera vez se asomara
al mundo, ella sentía una flojera, como si toda la emoción hubiese bajado
a sus piernas.
Una mujer escuchimizada, pasó a su lado y le dijo casi sin mover los
labios:
-¿El suyo no salió, señora? Allá va el mío.
(Doña María: ya sé que a usted no le importa; pero quizá le resulte
interesante saber que el Cap. VI de la Gramática castellana, dice: Pronombres
posesivos son aquellos que significan posesión o pertenencia de alguna
cosa o persona. ¿Comprende por qué a usted le agradó lo que le dijo
la pobre mujer?)
El primer indicio que tuvo ella de que el suyo no salía, fue un copioso
sudor que le bajaba desde la nuca por el cuello. Cosa rara, primero
fue el sudor y después el pensamiento. Entonces comprendió que había
esperado hasta ahora sin pensar que esperaba y que su capacidad de paciencia
se había agotado frente a aquellos muros amarillos de la prisión. Tuvo
la sospecha de que no quedaba otra cosa por hacer que gritar y desplomarse
en la vereda teniendo por único testigo al vendedor de masitas, que
movía su plumero de tiras de papel con esa parsimonia con que las vacas
mueven distraídamente la cola. Pero en ese momento apareció él en el
portón. Pareció indeciso, como si no supiese claramente hacía qué lado
tomar. No la vio y parecía que no esperaba a nadie. Se dirigió con cierto
esfuerzo a pasos pesados hacia la esquina, como si fuese para el lado
opuesto al que había resuelto ir. Ella quiso gritar y no pudo. Su chistido
cayó al suelo antes de llegar a él. Entonces reunió todas sus fuerzas
y empezó a correr detrás de su marido. Tenia miedo de no llegar a alcanzarlo
y que él hubiese perdido la costumbre de volver a casa, después de tantos
días de encierro, y que siguiese por esas calles, tantas que no se sabía
cómo hacer para recordarlas y que, entrampado en ellas, no pudiese volver
nunca más. El la presintió detrás suyo y se dio vuelta en el preciso
momento en que una baldosa más alta que otra se propuso ayudarla y la
hizo caer, de rodillas. Entonces vino hacia ella, a grandes pasos y
la alzó con sus nervudos brazos. Y en esta forma se cumplió el abrazo.
Y se sentía tan feliz así sostenida.
-¿Te hiciste mal?
-No; no me hice nada, es que estos malditos zapatos, pía... pía... pía...
(Ya todos saben que cuanto más se habla más se disimula. ¿Para qué copiar
lo que dijo doña María? Cuando se adquiere una conciencia de escritor,
este oficio es doloroso. Cada uno ponga allí lo que le parezca.)
Pero él no la escuchaba y a la luz plena del mediodía su humillación
se acentuaba. Nadie había comprendido nada. Se le había tratado como
a un irresponsable, que no sabe lo que ha hecho. El había arriesgado
su vida para imponer un respeto y se le había dado el tratamiento de
un niño que ha cometido una falta. No era posible entenderse y habían
concluido por dejarlo en el cuadro.
(¿Por qué tutear a los presos? Cuanto más bajo cae un hombre más cuidado
hay que tener con la dignidad que ha podido salvar.)
El caminaba sombrío y ella trotaba a su lado, rengueando y como él se
enjugó la frente con la mano, ella quiso llevarle el sombrero, para
que él supiera cuánto lo quería. Pero ya no era el mismo don Pedro.
Su importancia de vecino respetado se había desmoronado. Mejor era que
pensara en su mujer y en sus hilos también los domingos, en vez de ir
a jugar a la baraja y a tomar vino.
-Yo sé que hice mal; pero uno tiene la sangre calienta y no va a dejar
que se le rían en la cara.
-Tenés que pensar en tus hijos.
-Sí; pero tampoco sería un buen ejemplo que los hijos supieran que uno
se dejó basurear por un compadrito.
-A vos qué te importa... vos tenés a tu mujer y a tus hijos...
¿Acaso no le hablan dicho que Fantasía le había puesto pimienta en los
ojos al perro del guardabarreras? El no se metía con nadie; pero odiaba
a los que maltrataban a los animales. Los perros y los gorriones le
daban más lástima todavía.)
Cuando llegaron a la casa, desde el fondo vinieron corriendo los tres
chicos y al llegar junto al padre se quedaron mudos, revisándolo por
la espalda, por los costados, como si esperaran que trajera algo escondido.
Doña María los apartó rudamente:
-Ya están... ya están con la boca abierta. Dejen pasar... ¡malcriados!
Pero los tres chicos se reían y Fidel, después de cerciorarse que el
patrón había llegado, empezó a correr, frenéticamente, desde la puerta
al gallinero, de la cocina a la pieza, llevándose todo por delante,
golpeando las puertas, empujando las sillas...
-Míralo -dijo doña María-. Se volvió loco.
Don Pedro fue derecho a su sillón de mimbre y sus manos parecían acariciar
los brazos del viejo sillón.
-¿Por qué no te haces una siesta? -dijo doña María, que ya se había
puesto de entrecasa y se sentía, más tranquila escondiendo las manos
debajo del delantal.
Para olvidar aquel mal momento de su vida tenia él que tomar contacto
con las cosas familiares. Pero don Pedro no quería hacer la siesta.
-¿Querés comer alguna cosa? ¿Querés tomar algo?
No: don Pedro no quería ni comer, ni beber.
(A medida que avanzamos en la vida nuestros ojos parece que se corrieran
hacia la nuca y miramos hacia atrás. Lo que queda al frente cada vez
es menos y el presente en realidad no existe. El presente es como un
muro divisorio. Lo que vivimos lo arrojamos por encima del muro y pertenece
al pasado. Recuerdos y presentimientos, eso es nuestra vida.)
El perro estaba tan contento que había entrado en la pieza y tironeaba
de un zapato viejo. De pronto el animal se levantó sobre sus patas traseras
y revisó el antiguo tocador de nogal. El cepillo de la ropa le tentaba
con su pelo ríspido, pero estaba lejos de su hocico; la jabonera tenía
un olor que le disgustaba, aunque su color y su brillo le atraían; el
juego de copitas de licor, con su arco dorado, también estaba fuera
de su alcance. No había otra cosa a su disposición más que el arrugado
papel verde de diez pesos que doña María acababa de sacar de su escondrijo.
Dio un saltito sobre las dos patas y lo alcanzó. Tenía un olor tan particular,
un olor mezclado de hombres y de azufre que lo excitaba. Lo dejó en
el suelo, lo volvió a oler, remangando el hocico; se echó atrás, agachándose
sobre sus patas delanteras hasta apoyar la cabeza en el suelo, y lanzó
un ladrido infantil (¿puede decirse?), batiendo la cola. Después se
echó sobre el papel de diez pesos como sobre una laucha, con las dos
patas a la vez y sacando las uñas bruscamente. En seguida, gruñendo
y sacudiendo con furia la cabeza y con ayuda de las patas, empezó a
mordisquear y a romper el billete de diez pesos hasta que no quedaron
más que unas tiras de papel esparcidas por el suelo.
Y en ese momento, doña María le decía a Alberto, en la cocina:
-Agarra la plata que está sobre el tocador y anda a comprar las cosas.
Y no vayas a perder los diez pesos.
(Bueno; casi no tengo ganas de seguir contando. ¿Se imaginan? Sí; ya
sé: esto fracasa como drama para los que pueden asistir a una exposición
de abanicos fin de siglo; pero les juro que es un drama tremendo para
más de cuatro y sospecho que en junto deben ser algo más de cinco.)
Alberto se quedó inmóvil en la puerta de la pieza, helado de terror.
El perro fue hacia él moviendo las orejas. Pero el chico retrocedió
y dio un grito espantoso:
- ¡Mama!... ¡mama!...
Corrió la madre, corrió don Pedro, corrieron los otros dos chicos. Alberto
tartamudeaba:
-Mama. .. el Fidel... se comió la plata...
Hubo un momento de consternación. Fidel lentamente, mirando de reojo,
se escurrió bajo la cama. De pronto, doña María se sacó una zapatilla
y quiso correr detrás del perro; pero don Pedro la retuvo por un brazo.
Sus ojos eran mansos y suaves, el mechón de la frente caía sobre una
ligera sonrisa.
-¿Qué vas a hacer?, déjalo.
-Era la plata para la comida de Año Nuevo... -murmuró ella, apuntando
un sollozo-. Queríamos darte una buena comida y comprar un pan dulce.
-Un hombre que le da a otro un cuchillazo no puede comer el pan dulce
de Año Nuevo -dijo don Pedro sentenciosamente.
-Pero... -preguntó perpleja doña María, mirándolo en los ojos-. ¿A vos
te parece que el animal comprende?
- ¡Claro que comprende! -dijo él levantándose el mechón de pelo de la
frente- ¡mejor que vos y yo, comprende!
Y así fue como Fidel no les dejó comer el pan dulce de Año Nuevo.
(Y, claro, uno se olvida casi siempre de que aun cuando lo pierda todo,
absolutamente todo, no ha perdido nada, si no se ha perdido uno mismo.)
6
LA
CALESITA
Los ojos del perro se iluminaron. Mario golpeándose con la mano en el
muslo, lo llamó con un tono que Fidel ya conocía. Porque aun cuando
el perro no hacía preferencias con los chicos, a cada uno le reservaba
una parte de intimidad no compartida con los otros dos.
(Ya intuía él, siendo perro, antes que el filósofo, que las vidas no
son más que un íntimo acontecer.)
Así, acompañaba a Pedrito, el melindroso, a dormir y se anticipaba a
poner el hocico sobre las patas, para que doña María pudiese decir,
con el aire distraído de quien sigue el vuelo de una mosca:
-Dormite, pichón; ¿no ves a Fidel, que es buenito, cómo se durmió en
seguida?
Y en cuanto el chico se quedaba dormido, Fidel sacudía una oreja, olfateaba
el aire y salía con suavidad de gato, dejando al niño dormido con su
soledad. Afuera, en la galería, se sacudía erizando los pelos, o bostezaba
estirando las patas traseras. Y moviendo la cola con discreta alegría,
iba al encuentro de Alberto, que estaba casi siempre sentado en el suelo,
recontando las cosas que atesoraba en sus bolsillos.
Si estaban solos, casi siempre se entregaban al juego tácitamente convenido.
Pero tenían que estar solos para que todo saliese bien. Alberto se echaba
de espaldas sobre las baldosas y Fidel lo embestía, saltando sobre él,
haciendo locas cabriolas y mordisqueándole suavemente los brazos. Cuando,
pasado el primer ímpetu, Alberto quería agarrarlo, Fidel se escurría
de las manos y si se dejaba atrapar era para fingir una gran desesperación
por desasirse, con inverosímiles contorsiones, mordiscos que no alcanzaban
a apretar los dientes y grititos ahogados de impotencia. Y todo esto
sin más ruido que el del resuello y uno que otro falso gruñido. A veces,
una oreja torcida en tirabuzón o la filosa punta de un colmillo, les
recordaba, después del inesperado gemido, que se habían excedido en
la simulación. Entonces doña María, sin asomarse siquiera, ponía una
tregua en la contienda.
-Alberto, deja ese perro, no lo cargosiés. El día que te muerda vas
a venir llorando.
El perro aprovechaba para tomar un respiro y luego volvía a la carga.
Pero cuando se fatigaba de esta lucha, iba a dar unos lametazos en el
tacho del agua y se echaba a dormir, gruñendo si Alberto lo molestaba.
Otro de los juegos que preferían, era el siguiente: Alberto ponía en
el suelo, al lado suyo, como al descuido, cualquiera de las cosas que
guardaba en sus bolsillos, una perilla, una arandela de goma, un piolín,
una tapita de lata, y Fidel la tomaba entre sus dientes y salía a todo
correr.
-Trae eso acá -decía Alberto con voz de enojo. Y empezaba la persecución.
A Mario, en cambio, le servía de cómplice en sus travesuras. Fidel siempre
acompañó a los chicos a todas partes y hasta tuvieron que echarlo del
patio de la escuela; pero cuando Mario lo llamaba, con un silbido corto,
golpeándose con la mano en la pierna, ya sabía el perro que debía prepararse
para sobresaltos y locas carreras.
Primero se iniciaba una corta disputa:
-¿Por qué no va Alberto? ¿Siempre yo... tengo que ir?
- ¡Mario -decía doña María, con un dejo de distinción-, anda pronto,
no me quiebres la cabeza!
Entonces Mario hacía la señal convenida y salía con el perro. El chico
se transformaba apenas pisaba los ladrillos de la vereda. Su semblante
adquiría una expresión hosca y meditativa, como la del explorador de
una selva. El perro lo seguía, atento a sus indicaciones. Tenia que
ladrar cuando Mario se lo ordenaba y escabullirse cuando se peleaba
con otros chicos a cascotazos, con esas corriditas en las que las patas
traseras parecen pasar a las de adelante, con la cola escondida. Y tenía
que hacer frente a los perros del barrio, al Negro, que era fino y nervioso;
al Yacaré, que tenía un ojo menos; al Jazmín, que era corto de patas,
pero poderoso. Todos, al verlo escoltando al muchacho, querían humillarlo
en su presencia y lo olían desconsideradamente; pero Fidel se sentía
valeroso junto a Mario. El chico le echaba una ojeada al perro que les
salía al paso, valorándolo y seguía su camino, con un rápido gesto de
desprecio. Si el contrario gruñía, provocando, le sacudía un puntapié,
mientras Fidel erizaba la pelambre y tomaba posiciones. Pero si el perro
seguía husmeando atrevidamente, de pronto, Mario se volvía hacia él
y señalándolo, con un gesto de ferocidad ordenaba:
-¡Chúmbale, Fidel!
Y Fidel, ceñudo, se abalanzaba, ríspido, frunciendo el hocico para que
se le viesen los colmillos y se iniciaba un conato de pelea.
El otro perro decía retrocediendo: -¡No te hagas el malo!- Y Fidel contestaba:
-¡Cuando voy con él, no me gusta que se tomen confianza!
Y cuando acobardado y aturdido por el sorpresivo ataque, el otro perro
quedaba arrinconado, Mario ordenaba:
-¡Basta... déjalo... vamos!
Con Jazmín no ocurría esto y casi siempre le daba unos revolcones a
Fidel. Entonces Mario lo espantaba a pedradas y Fidel, temblando y sacudiéndose
la tierra del lomo, con una pata levantada, lo interrogaba con los ojos.
¿Estuve bien?
Bueno; llegó el lechero, apurado como siempre:
- ¡Lechero, patrona!
Fidel lo dejó pasar, indiferente, como todas las tardes. Siempre era
lo mismo: el ruido que hacia al destapar el tarro; si ruido de la leche
que llenaba la medida; el que hacía al volcar la medida en la ollita
y otra vez el sonido a hueco de la tapa del tarro.
- ¡Hasta mañana, patrona!
Y Fidel que se incorporaba bruscamente y corría detrás del lechero,
buscándole los calcañares y ladrando como un descosido.
(Los lecheros siempre andan apurados como si temiesen no alcanzar a
distribuir toda la leche que dan las pachorrientas vacas.
Ahora, doña María le da un peso a Mario (¡No lo pierdas!) para que vaya
a comprar yerba al almacén y empieza la parte dramática del relato.
(¿No puede ir él? ¿Siempre yo... etc., etc. Bueno; esto ya lo saben.
Eran las cuatro y media; pero el sol estaba alto y las moscas vibrantes.
(También el día y la noche ahora los señalan los economistas en vez
de los astrónomos.)
Mario salió seguido por Fidel. Caminaba mirando al suelo y un mechón
de pelo le caía sobre la frente como a su padre. Pero pasó delante del
almacén “Vita Nova” y no se detuvo, ni vaciló siquiera.
En la otra esquina, en un potrero triangular, habían instalado una calesita
y Mario iba hacia allá, atraído por las lejanas notas del elemental
organito.
La cúpula anaranjada del toldo era vieja; pero los caballitos habían
sido repintados y lucían gallardos entre los barrotes bronceados. Sí;
toda la calesita era triste y giraba como cansada, con leves chirridos
de vejez. Cansado el organito desparejo, vencidas las tablas onduladas
del piso circular; exhausta la cúpula de lona raída, con flecos sucios;
agotado el hombre que daba vueltas a la pera de la sortija; derrengado
el matungo. Solamente los caballitos de madera se mantenían enhiestos.
El caballo de verdad, sin arrogancia, huesudo, con los ojos tapados
con un trozo de arpillera, estaba atento a su trabajo y no podía evitar
una sacudida de orejas, cuando oía la voz del patrón. Los caballitos
de madera, tan soberbios y coloridos, estaban en cambio, casi todos
desorejados; pero ejercían tal atracción que Mario traspuso el alambrado
sin poder pensar lo que hacía. Le dio el peso al hombre y pagó dos vueltas.
Se guardó en el bolsillo del pantalón el resto de las monedas y esperó,
con tres o cuatro chicos más, a que la calesita se detuviera, para subir.
Luego, excitado, fue probando todos los caballitos, y desechándolos,
a uno por el color, a otros por la dureza del asiento, a éstos por las
cortas riendas. Solamente cuando si viejo caballo -¡Arriba, Pimpollo!-
hizo andar la calesita se acordó de Fidel. Pero ya era tarde y el perro
corría detrás suyo, todo alrededor, con un aire alegre, de cachorro.
Y se pretende que el chico levantaba las narices, como los caballitos,
y que sentía al girar como una extraña embriaguez que lo impulsaba a
dar otra vuelta y otra, y otra más...
(Si; era preferible dar hoy mismo todas las vueltas necesarias para
agotar ese deseo, aturdido por la música del organito falto de aliento.
Después se forzaría a llorar para simular que había perdido el peso.)
Mientras tanto, a su casa había llegado el mercero, con su canasta de
baratijas al brazo y su fardito de telas sobre la espalda. Los chicos
le habían puesto de sobrenombre Sopadoble, por su corpulencia. Era un
sefardita acriollado y alegre, con una alegría un poco puesta, que no
podía comunicar a los demás. Entraba en casa de sus marchantes, como
Pedro por la suya, cantando:
-Lori-bilori Vicente colorí...
Remataba su canturria con un potente: -¡Merceroo! y empezaba a charlar
con vivacidad profesional:
- ¡Dichosos los ojos que la ven, marchante! ¡Cómo le va, doña María!
El marido y los hijos, ¿están bien? Eso es todo. La salud, primero.
Déjeme poner el atado en el suelo... Le voy a mostrar un género floreado
que es un primor...
-¿Y qué quiere que haga una vieja como yo, con un género floreado...?
Y pensaba: Bueno, tan vieja no sos...
-Doña María... viejos son los trapos... pero una mujer como usted...
que Dios la conserve por muchos años, usted... usted todavía tiene que
ir vestida a la inglesa...
(¡Qué me dicen: para Marcial, el ser inglés era el colmo de la perfección!
¡Y los pobres ingleses son tan desdichados como todos!)
-¡Déjese de, embromar, mercero! -dijo doña María. Todavía le debo doce
pesos y hoy no le puedo dar nada...
- ¡Marchante! ¿Marcial le ha pedido plata alguna vez...? Cuando hay,
hay; y cuando no puede, no paga. La plata no es todo en el mundo...
Si hoy no tiene... algún día tendrá.
A esa confianza, doña María correspondió, yendo a la cocina a poner
sobre el fuego la olla, para recalentar algún resto de la sopa del mediodía,
que era lo que más apetecía Marcial. El aflojaba las correas del fardito
y ponía en fila los cortes del género.
-Hay que aprovechar ahora, marchante, después de la guerra, no va a
haber género... El mundo va a cambiar mucho, doña María.
-Sí -dijo ella, sentenciosamente-; quién sabe cómo van a ser las cosas...
pero la ropa de mi marido y de mis hijos, tendré que refregarla como
ahora...
(¡Vaya a saber qué quiso decir con eso doña María!)
Marcial se echó en el piso fresco del corredor y puso sobre las piernas
el plato honda que le trajo doña María. Y mientras ella y los chicos
miraban las cosas, el mercero, con un pedazo de pan, tomaba cucharadas
de sopa recalentada y decía con la boca llena:
-Dios se lo pague, doña María... ya me empezaba a doler la cabeza del
hambre.
-Un ciato de sopa no se le niega a nadie -refunfuñó con cierto pudor
doña María, extendiendo algunos géneros y esperando que un sentido oculto
le señalase imperativamente cuál era el de su conveniencia.
De pronto se acordó que había mandado a Mario al almacén hacia ya mucho
tiempo y que aún no había vuelto. Le dijo a Alberto que miraba, de rodillas,
con Pedrito, la abigarrada canasta del mercero:
-¡Anda a ver dónde está tu hermano! ¡Hace una hora que lo mandé al almacén,
a comprar yerba y todavía no ha vuelto. ¡Dios bendito! ¡Con tal de que
no haya perdido la plata!
Y dirigiéndose al mercero:
-Y este marroncito, ¿a cuánto sale?
(Lo más pesado para doña María era tener que decidir. ¿Por qué no lo
daban todo hecho y elegido en el mundo? Para elegir había que saber
qué era lo que aprobaban los otros y simular que se coincidía por casualidad.
Pero nunca se podía hacer lo que uno quería y uno mismo tenía que elegirse
una forma de ser para tratar a la gente y después que le aceptaban ya
no se podía cambiar ni con los seres más queridos, porque en seguida
se alarmaban y lo llevaban a uno a casa de un especialista con ojos
desvariados, que se empeñaba en saber lo que se oculta toda la vida.)
Alberto se levantó sin ganas y salió a la calle. Para justificarse,
doña María le gritó:
- ¡Va a venir tu padre y no tengo yerba para el mate! -Y pensaba: este
generito me vendría bien para hacerme otro batán.
Y aquí empezó una colorida conversación, con palabras que conservaban
una antiquísima dignidad, pues pertenecían a etapas maravillosas de
la civilización. Había que pronunciarlas con cierto empaque, como si
los dos quisiesen dejar bien establecido que las conocían: envés, Grillo,
retazo. Y salieron a relucir los percales, cretonas y bramantes; el
antiguo muletón, el familiar bombasí, el íntimo madapolán. (Y todos
estos nombres saltaban sonoros en el aire y después se golpeaban contra
el centímetro del mercero y caían desvanecidos.)
Cuando iba a guardar el corte de género en el ropero, de pronto se sintió
abochornada. ¡Ella comprándose generitos para un batón y los chicos
nada! ¡Mario no tenía pantalón y el que llevaba puesto tenía ya dos
remiendos!
Doña María volvió con el corte de género:
-Mercero... mire, otro día... mejor... ahora preferiría comprarle unos
pantalones a Mario... después, otra vez...
Marcial volvió a desempaquetar su mercancía y hubo que empezar de nuevo
a elegir.
Cuando terminó de revisar el fardito, dijo doña María:
-¿Por qué no se compra un coche para ir vendiendo de puerta en puerta?
-Marchante, usted lo sabe, el único coche que me voy a comprar -enjaretó
el mercero- será un coche con cuatro caballos, cuando me ponga el sobretodo
de madera.
Y salió, con la canasta al brazo y el fardito sobre la espalda -¡Adiós,
doña María!-, canturreando: Lori, bilori... Tropezó con Alberto que
volvía corriendo y tronó, con descompuesta mímica:
- ¡Sos el último melón de la bolsa! Casi me haces caer la canasta...
Alberto retrocedió, enconado:
- ¡Cállese... Sopadoble... a usted le zumba el balero!
- ¡Alberto! -gritó doña María-. Ya te voy a dar, lengua de trapo.
-Mama... Mario no está... ¿voy hasta la otra esquina?
-Sí; a ver si lo ves a ese sabandija.
Alberto volvió a salir a la carrera, seguido de Pedrito. Y no habían
pasado cinco minutos, cuando oyó a Gracias-por-todo que se despedía
de su marido en la puerta. Don Pedro entró pausadamente y ella tuvo
un ligero sobresalto y empezó a secarse la frente con el delantal.
(No tenía nada que temer, por supuesto, y acaso físicamente fuese tan
fuerte como él; pero, ¡es tan lindo sentirse débil y protegida!)
El se sacó el saco, se sentó en el sillón de mimbra y preguntó:
-¿Y los chicos... y el perro... ?
-Lo mandé a Mario, a comprar yerba, para hacer el mate... (¡Ay... lo
mataría!) y ahora fueron los otros a buscarlo porque desapareció.
Entonces entró Pedrito, muy agitado:
- ¡Mama... mama... Alberto le sacó la chicha a Mario!
Se cortó al encontrar al padre; pero ya entraba Mario llorando y la
sangre que le corría de las narices le había manchado la camiseta, en
el pecho. La madre corrió con grandes aspavientos:
-Pero, ¿qué le has hecho a esa criatura? ¡Dios bendito! ¿Quién te dijo
que tenías que pegarle?
Fidel se puso al lado de don Pedro, indiferente y lo miraba y movía
la cola.
Doña María gritaba amenazante:
-¿Por qué le pegaste?... ¿Y la yerba? ¿Dónde está la yerba?...
Alberto contestó, alejándose unos pasos:
-Se gastó toda la plata... en la calesita...
Hubo un instante de estupefacción general durante el cual solamente
el perro pareció no comprender la gravedad de la falta.
(Siempre pasa lo mismo, siempre son los perros los que están fuera de
la realidad.)
Al fin, doña María se puso roja, presa de incontenible furia, se sacó
la zapatilla y abalanzándose sobre el aterrorizado Mario, con cada golpe
iba diciendo:
-¡Yo - te - man - dé - a - com - prar - yerba. - Te - voy - a - dar
- ca - le - si -ta...!
Fidel ladraba como enloquecido, con los ojos afuera. Entonces ella sintió
en su brazo la mano grandota de su marido y su voz rotunda, que decía:
-Déjalo al chico... no lo castigues... no se gana nada con pegarles...
salen peores...
Y ocurrió algo terriblemente doloroso. Doña María se apaciguó, soltó
a Mario, dejó caer al suelo la zapatilla y mientras la buscaba con el
pie, para calzarla, se deshizo en lágrimas. Lloraba como una chica,
sin cuidarse de que le viesen las muecas, apoyada en la pared y decía,
con la voz entrecortada:
-¡Mis hijos... mis hijos queridos, tienen que ser unos malvados... y
cuando sean grandes yo no sé qué será de ellos... antes no eran así...
y tampoco el Fidel me había hecho frente... y la culpa... la culpa de
todo... la tiene el padre... lindo ejemplo le ha dado a sus hijos...
desde que estuvo preso....
(Pero en verdad lloraba por todo lo que había soñado en algún momento
de su pasado, tan diferente de lo que la realidad era. Ahí estaban lo
que había deseado; pero sentía que no era todo, que cada vez la vida
se los iba arrebatando)
El no perdió la cabeza y encontró, por suerte, el tono y las palabras
justas para ese mal momento. Y hasta probó sonreír.
-¡No llores, sonsa! Vos “te creías que vivir era más fácil, que era
como pasear, chupando caramelos... ¡Anda, anda a llorar adentro!
(Claro, el filósofo lo hubiese expresado con más elegancia; pero, en
definitiva, es lo mismo.)
Pero a ella la afligía sobremanera la sospecha de que cuando ocurría
una cosa de éstas todo se derrumbaba y había que empezar de nuevo. Entró
gimiendo: ¡pobres hijos míos... pobrecitos!... -porque ya no podía sostener
más tiempo una representación tan dramática y él les dijo a los tres
chicos:
-Vengan... vamos al potrero... hasta que se le pase.
Caminaba adelante, ensimismado y los chicos lo seguían con un silencio
torvo. Fidel iba el último, trotando tristemente. Llegaron a un lugar
donde hay una especie de zanja, recubierta de pasto limpio y sombreada
por grandes ramas de cina-cina.
Obscurecía. El aire se había detenido. El padre se sentó en el pasto
y a su cara había bajado una sombra de tristeza tan honda, que los chicos
y el perro, abandonando todo recelo, lo rodearon. El no tenía costumbre
de hablar y menos con sus hijos y hasta sentía cierta vergüenza de mostrarse
tierno. Sentía los labios gruesos y torpes.
-Miren -farfulló, haciendo un esfuerzo para arrancar-. Si algún día
pierden a la madre, se van a dar cuenta de lo que vale. Yo mismo no
le llego ni a la suela de los zapatos. No hay que hacerla rabiar a la
pobre...
(De pronto pensó que los chicos podían verle las uñas negras y escondió
las manos entre las piernas.)
- ...Yo tuve esa desgracia, ¿saben?, de que me llevaran preso por la
pelea con Fantasía.
(¡Ah, don Pedro... si yo pudiese ayudarle a explicarse lo que le vaso
en aquel mal momento! ¿Sabe... ? usted tuvo que dar esa cuchillada,
a pesar suyo, porque era una forma de tener la certeza de que no habían
muerto del todo las vidas que tuvo que desechar cada vez para hacerse
dueño de una casita y padre de familia.)
- ...y ella quiere olvidarlo; pero no puede... y con cualquier motivo
me lo echa en cara... y cualquier cosa mala que ustedes hagan va a decir
que llevan mi sangre ... y va a salir con esa del mal ejemplo y qué
se yo cuántas cosas... Por eso tienen que portarse bien... ¿Comprenden?...
Y todos, hasta el perro, vieron cómo el hombrón lloraba. Entonces los
tres chicos, apretando las bocas, lo miraron a Fidel y el perro comprendió
y se acercó al padre y le lamió una mano.
7
LA
NOVIA
Al mediodía los chicos notaron la falta de Fidel.
-Mama, ¿lo viste al Fidel?
-Debe estar en el potrero.
-No está...
-Bueno; a mí no me quiebren la cabeza. Yo no voy a andar todo el día
a la cola del perro. Si no está en ninguna parte, se lo habrá tragado
la tierra.
Esto fue lo que dijo doña María, mientras rasqueteaba con el cuchillo,
en la pileta, unas raíces de radicha. A “él” le gusta la radicha. No
se cansa de comerla. Pero cuando la quiso plantar en casa, salían unas
raíces flacas y fibrosas. En cambio, la radicheta salió tiernita y amarga
y cuando la cortaren por primera vez fue para comer el estofado, un
buen pedazo de carnaza mechada con ajo, perejil y tocino, y habían invitado
a Gracias-por-todo. ¡Cómo sería de rica la ensalada que Gracias-por-todo
dijo: -Es un verdadero manjar! Y los chicos se rieron hasta saltárseles
las lágrimas. Sí; hasta saltárseles las lágrimas, porque doña María
le arrimó un moquete a Alberto que le hizo cambiar de golpe tres muecas.
En cuanto a Mario, se echó rápidamente debajo de la mesa con plato y
todo y allí intentó hacerle probar unas hojitas de radicheta al perro.
Pero Fidel no participaba de la opinión de Gracias-por-todo y dio vuelta
la cabeza. Bueno; no me apuren, déjenme contar a mi modo. Ese día fue
cuando Gracias-por-todo dijo: -Quiero morir después de haber saboreado
el mundo. ¿Se dan cuenta? Esto lo dijo Gracias-por-todo con una gran
sonrisa que le hubiera envidiado Nietzsche.)
Pero doña María se asustó de sus propias palabras. ¡Se lo habrá tragado
la tierra! Sí; la tierra se ha tragado ciudades enteras, cómo no va
a poder tragarse a un pobre perrito que siempre la mira a una como quien
está condenado a perpetua mudez.
- ¡Miren abajo de la cama!
-No está.
-¿Y en el cajón de la clueca?
Ya fuimos a ver; ¡no está!
Entonces doña María se enfureció repentinamente:
-No está... no está... ¿y yo qué tengo que ver con el perro?... ¿Es
mío? Ojalá que se vaya por ahí y no pueda volver... así va a probar
sí le dan de comer como aquí... y el agua.. cambiada dos veces por día
y si tiene frío... a ver si lo dejan subir a la cama... el señor el
príncipe... el dueño de la casa... ¡Y váyanse al colegio antes de que
agarre un palo y les muela los huesos! Y que no me venga la maestra
con que quiere más libros... porque yo tuve uno solo para todos los
grados y sirvió para todos mis hermanos y nunca...
(Bueno; no hace falta poner todo lo que dijo porque no todo lo que se
dice es tal cual, sino que sirve justamente para ocultar lo que se siente
y se piensa para disimular humillaciones, derrotas y dolores. Desde
que el hombre organizó su conciencia y quiere pensar la vida, la naturaleza
no hace más que humillarlo.)
Los chicos salieron de uno en fondo, para el colegio, y doña María acabó
de rasquetear las raíces de radicha y las echó en la olla. Después se
asomó a la puerta de la cocina y vociferó:
- ¡Fidel!.. . ¡Fidel!. . .
Y esperó, con el oído tendido; pero el perro no apareció, ni contestó
al llamado.
Doña María hizo una última prueba. Como si Fidel estuviese escondido
en un lugar invisible, salió al corredor con un trozo de carne y volvió
a gritar: . -¡Fidel!... ¡Fidel!...
Y se quedó con la mano extendida en el aire. Sólo acudieron dos viejas
gallinas, la Catalana y la Pelada, que se pasaban el día espiando con
sus miraditas laterales y, empinándose, cloquearon. Doña María no les
hizo caso. Volvió a la cocina y luego salió a la puerta, secándose las
manos en el delantal.
Doña Matilde, la vecina, estaba en su puerta, con un hombro contra el
poste y un pie cruzado sobre el otro y las manos dentro de los pliegues
de una pañoleta verde-botella. (¡Qué raro! ¡Siempre que doña María sale
a la puerta, la encuentra a doña Matilde recostada en el poste! Y una
vez, cuando se pelearon porque Pedrito rompió al vasar un gajo de malvón,
doña María le dijo: ... porque usted se pasa todo el día en la puerta,
por eso... Y doña Matilde le contestó sin alterarse, sonriente: -¿Y
usted cómo lo sabe?)
-No; doña María, no lo vi... este... bueno, a decir verdad lo vi hoy,
temprano... iba para la esquina... ahora que me acuerdo... me pareció
medio caído... medio enfermo...
-¿Quién, Fidel? -gritó doña María-. Usted ve visiones, doña Matilde...
disculpe que se lo diga... el Fidel nunca tuvo nada, ni cuando se peleó
con el sapo y lo mordió y se le llenó la boca de espuma... Los perros
no son como nosotros que a cada momento vamos a la botica; un perro,
cuando tiene la trompa caliente, come un poco de pasto y ya se curó
todo...
-Qué quiere que le diga... a mí me pareció que andaba caído...
Doña María dio media vuelta y se metió en su casa. (Bueno, lector; yo
comprendo que usted se escandalice por la sencillez de mi prosa; pero
qué quiere, yo me he pasado veinte años ejercitándome para escribir
como se habla, cuando no se pone cuidado en el hablar, y todo mi arte
consiste en fingir esta naturalidad y sencillez, porque ni siquiera
es del todo sincera, tanto nos pervirtió lo que llamamos literatura.)
La tarde se demoraba. Y... claro... ¡no es por nada!... pero ¿cómo se
pone una a zurcir las medias, si el perro no está tendido al lado, con
la cabeza sobre los pies? Pueden haberlo matado por ahí, en cualquier
potrero y ahora estará debajo de una mata de margaritas, tieso, sin
espantarse las moscas, como si lo hubiesen rellenado con paja y le hubieran
puesto ojos de vidrio. Y si no llueve hoy, llueve mañana y ni siquiera
puede cerrar los ojos.
(Como decía el lavandinero con distintas palabras y algunas más gordas
que otras: Hablando mal y poco, ta... ta... ta... ta... A nadie se le
puede desear tan horrible destino como el de morir sin que nadie lo
vea, sin que lo entierren. Siempre es más decente que lo vean muerto
a uno, aunque sea en una plaza, cabeza abajo, colgado dé las patas.)
Entonces pensó en voz alta:
-Y me tiene que pasar esto justo hoy que hice las lentejas.
(Los pobres hablan de los frutos del mundo con el respeto de quienes
saben que unas chupadas de mate contienen el sufrimiento de muchos seres
humanos.)
Se le soltaron unas lágrimas y para fortalecerse buscó unos trapos y
los metió en la tina para lavarlos. (El mundo es una caja de sorpresas:
hay quien trata de no llorar para que no se le corra el negro de las
pestañas y quien se pone a fregar con furia en la tabla de lavar para
frenar las lágrimas.)
De vez en vez, se enjugaba los brazos y salía a la puerta a dar un vistazo.
Después entró en la cocina y arrimó la olla de las lentejas al fuego
y puso a escurrir las radichas para hacer la ensalada.
(Es difícil entender cómo puede existir gente indiferente en el mundo.
Seres que no pueden sacudir su aburrimiento, que solamente despiertan
cuando alguna chispa de ingenio alumbra sus cerebros entenebrecidos.
Los otros, con los sentidos sanos, aprecian por igual el estimulante
hedor de los pesebres y la fragancia de la madreselva; el violonchelo
del sapo y los chillidos de las tijeretas que tijeretean el aire con
sus afiladas colas, haciendo equilibrios en los alambres. ¡Y saben cuando
es el tiempo de las habas!)
Fue en el momento en que doña María tapaba la olla, cuando oyó el ruido
que hacía Fidel, empujando con la patita el pasador de la puerta de
fierro. Ella sabia distinguir por el ruido, si eran los chicos, si era
“él” o si era el perro. Pero estaba tan inquieta, que esta vez salió
al corredor secándose las manos en el delantal.
Sí; era Fidel y parecía contento de haber probado La libertad.
(Qué linda época. Millones y millones de seres luchando cada uno a su
modo por la libertad. Equivocados o no, en la forma, ¡qué impulso tan
noble, qué ideal precioso!)
-¿Qué te pasó a vos? ¿De dónde venís con esa facha?
El perro se fue acercando lentamente, moviendo la cola despacito y mirándola
con ojitos melancólicos.
-Todo el día yirando, ¿en? Creí que te habías muerto.
(Doña María: no nombre tanto a la muerte. Nacemos para crear la muerte,
que es la verdadera naturaleza del cosmos.)
Ella sintió que su corazón estaba agitado de contento.
- ¡Dios mío y cómo se ha puesto...!
Aquí creyó oportuno intercalar una risotada.
- ...Bueno; querido... aunque no te guste... te voy a dar un bañito...
no te creas que vas a andar por esos andurriales y después, revoleándote
con los chicos.
Fidel levantó una pata para defenderse y dejó escapar un gemido cuando
doña María lo agarró por la piel del cuello y lo zambulló en la tina
de agua jabonosa. Pero no se rebeló y temblando de frío trataba de apoyar
las patas delanteras en la tabla de fregar y la miraba con ojos suplicantes.
Doña María le echó un balde de agua por la cabeza para enjuagarlo y
se apartó esperando que se sacudiese. Después lo sacó del tacho y lo
envolvió en unos trapos viejos, teniéndolo sobre las rodillas. Entonces
lo apreté contra su pecho, meciéndolo y sintiendo que otra vez era su
perro.
Después lo dejó saltar al suelo y se puso a mirar cómo corría enloquecido
hasta la puerta y volvía y saltaba a su regazo y quería lamerle la cara
y volvía a correr frenéticamente.
-Bueno; bueno... -dijo doña María poniéndose seria-, basta de correr...
Y no había terminado de hablar y entraron atropellándose los chicos
que venían de la escuela.
-Mama... un pedazo de pan...
- ¡Un momento... un momento... lobos hambrientos... peor que lobos...
no hay pan... en cuanto venga vuestro padre, comemos. ¿No saben que
hoy hice las lentejas?
¡Claro, al perro no le importaban las lentejas! y seguía yendo hasta
la puerta y volvía, con la cabeza alta, la mirada viva, el rabo tieso
y vibrante.
Y cuando entró el padre, con su semblante hosco y sobre la frente aquel
mechón rebelde que le aniñaba el gesto, Fidel volvió a repetir sus carreras
hasta la puerta.
Don Pedro se quitó el saco y el pañuelo, se levantó los puños de la
camisa y bombeó agua para lavarse. Y mientras miraba al perro, doña
María pensaba: ¡Pobrecito, si le digo a “él” que faltó todo el día,
es capaz de castigarlo! Pero, don Pedro le estaba preguntando al perro,
que lo miraba fijamente:
-¿Qué le pasa a usted, se volvió chiflado?
Entonces, ante el asombro de todos, Fidel fue hasta la puerta, se alzó
sobre sus patas para correr el pasador, abrió y dejó pasar a una Derrita
negra que esperaba en la vereda.
Los dos entraron trotando, sin desconfianza y se detuvieron frente a
la familia azorada. Los ojos de los chicos se dirigieron al padre. Don
Pedro miró a doña María. Doña María dijo enternecida:
- ¡Se trajo la novia, el pobre!
8
VALENTINA
La perrita era más chica que Fidel, alargada de cuerpo, de patas cortas
y rabo derecho. Las orejas” eran grandes y blandas y cuando las enderezaba
siempre les quedaba una punta floja.
Tenía el pelo negro, con las patas manchadas de amarillo y una estrella
del mismo color en la frente. El hocico, largo, trémulo. Los ojos vivaces.
Y algo de cómico en la expresión como la cara de esas muchachas que
se hacen cuernitos, anudándose el pelo con cintas.
Albertito, el más chico, la llamó Valentina, por azar. Lo cierto es
que Valentina entendió este nombre, como si no hubiese conocido otro.
Acaso fuese porque se la llamaba para ofrecerle un poco de guiso en
el mismo plato de lata de Fidel. La familia inmóvil, miraba a la perrita.
Ella hizo cimbrar su cola por cada uno. Fidel quiso reconocer la comida
que le ofrecían y fue a olfatearla y retrocedió, a tiempo que Valentina,
con su aire de entrecasa, se acercaba al plato. Pero lo que llenó de
asombro a todos fue el ver cómo Valentina, con el mismo trotecito alegre,
después de comer, llegó hasta el tacho, al pie de la bomba, y empezó
a dar sonoros lametazos en el agua.
Y luego, con natural confianza, dio unas vueltas en círculo buscando
el lugar apropiado; pero doña María, con fingida severidad, gritó:
- ¡No, ahí no!
Y Valentina comprendió en seguida que el mosaico de la galería era nuevo
y no hubo que decírselo dos veces.
Después -¡igualito que Fidel!- recorrió la casa, reconociendo con finísimo
olfato todos los rincones y saludando a los seres que pululan por una
casa y que nuestra, limitada vista no alcanza a distinguir. Y Fidel
correteaba detrás de ella, atento, como si requiriese su aprobación.
Entonces, ya no hubo dificultades y no se le preste más atención que
al resto de la familia. Pero doña María estaba contenta porque presentía
que con Valentina podía entenderse mejor que con Fidel.
Una tiene las manos duras y agrietadas de tanto andar con ellas en si
agua y casi siempre esto también pone esponjosa el alma. Un perro puede
oír hablar mientras se jadea, hundiendo los brazos en la tina de lavar,
pero pondrá un gesto de indiferencia y tratará de dormir, con el hocico
sobre una pata, sin importársele lo que se diga; pero una perrita es
distinto. Una porrita... ¡miren!... la primera vez que doña María empezó
a hablar mientras lavaba, Valentina la miró con la expresión risueña,
sentada sobre sus cuartos traseros, con ese aire de chica desfachatada.
Y en seguida empezó a ladrarle y como doña Maria siguiera con su soliloquio,
gruñendo, le tironeaba la pollera con sus dientes, hasta que ella volvió
la cabeza y dijo: -Che... che... no te tomes tanta confianza.
Y pensó: No quiere que tenga malas ideas. Si por ella fuese siempre
habría que estar bailando en una pata.
Pero cuando Fidel salía con los chicos o se iba a tomar sol a la vereda
de enfrente, si estaban seguras de no ser vistas, doña María se sentaba
y Valentina saltaba a su regazo y se ovillaba y se dejaba acunar en
sus rodillas mientras sentía correr los dedos ásperos por su oreja sedosa.
Y de vez en vez, Valentina salía de la modorra que le producía la caricia
y levantaba la cabeza para asegurarse de que doña María seguía cavilando
y le lamía dos veces la mano y volvía a hundirse en si hueco de la falda.
Y apenas se oía el ruidito del pasador de la puerta, Valentina saltaba
y se iba a tender en el suelo, contra la pared, porque habían establecido
que nadie debía participar de esa intimidad. ¡Y había tanto que hablar
de cesas que los hombres no van a entender nunca y era can cómodo conversar
con Valentina! Una podía decir algunas palabras en voz alta o ninguna
y lo demás pencarlo y la perrita entendía lo mismo.
Y de pronto saltaron muchos días y sucesos, tantos que no había modo
de retenerlos en la memoria. Mario se cayó y se clavó en la rodilla
un vidrio de botella y hubo que llevarlo a la botica de don Fabricio
y la venda era demasiado nueva y el olor a ácido fénico hacía estornudar
a Fidel. Luego, él pintó la cocina y nadie podía habituarse al color
amarillo que había puesto en las paredes y había dejado el piso a la
miseria. Y después, un día la bataraza sacó catorce pollitos y tres
patitos y los huevos eran del almacén. Don Pedro les hizo un charco,
enterrando una lata vacía de dulce de membrillo y a ninguno le hizo
gracia el padre, cuando dijo que era una rica comida, patito con arroz.
Toda la casa se llenó de un cristalino pío-pío, punzante y frecuente
como un latido y siempre había un atolondrado que se metía entre los
pies, para poder piar como un mártir, mientras doña María, encerrándolo
en el puño, le soplaba el dolor. Y a la tardecita, cuando la clueca
se ahuecaba para hacerles sitio, el aire mismo parecía sosegarse.
Y el día en que un cura andaba repartiendo medallitas a los chicos y
doña Matilde, sonriendo con media boca, le dijo:
-¿Qué me cuenta, vecina? Nos quieren hacer santos. ¡Pero cada uno sabe
sus pecados!
-A Dios gracias -respondió doña Maria- mi conciencia no tiene de qué
acusarme. Aunque le seré franca, vecina, yo por mis hijos sería capaz
de robar, si les faltara el principal.
-Yo no le digo que se acuse -replicó doña Matilde, pero, a lo mejor,
el día menos pensado, viene el dueño de la Valentina y... si te he visto
no me acuerdo! -¡Que se le haga la boca a un lado! -exclamó doña María
y sintió que le corría un frío por la espalda y no tuvo tiempo de atajar
un sacudimiento nervioso. En seguida se puso colorada de rabia y gritó:
-Si viene el dueño de la Valentina tendrá que pagarme, primero la mantención
de este tiempo...
-Y... se la paga...
-Mire, doña Matilde, mejor... Mejor que se meta en sus cosas, si no
quiere que le haga ver cómo dos más dos son cuatro...
Y entró agitada, y como Valentina saltaba y ladraba, dijo bruscamente:
- ¡Oh!, déjame, también vos, que podías haberte quedado donde estabas.
Y cuando los chicos entraron a la carrera, gritando: -Mama... un pedazo
de pan... mama... -doña María tenía los ojos enrojecidos y repitió una
vez más, por rutina:
-¿No pueden esperar a la hora de la comida? ¿Se tienen que llenar la
barriga de pan apenas llegan del colegio? Lobos feroces.... peor que
lobos...
(¡Ahí doña Mana... ¡Lobos feroces los pobres chicos! ¡Lobos feroces,
porque les cantan las tripas! Los lobos, al fin de cuentas, no son tan
malos. Alguna vez han comido un par de corderitos para que alguien “pudiese
componer una fábula; pero el hombre no sólo devora corderitos, y toda
clase de bichos, sino que: los cría y los ceba para mandarlos al matadero.
Y esto forma parte del misterio de la vida, porque, finalmente, también
es horroroso tronchar una lechuga.)
Ocurrió al día siguiente. (Todas las malas cosas acaecen al día siguiente
de la víspera.) Don Pedro se había ido a trabajar y los chicos andaban
callejeando. De pronto, doña María vio que el vigilante (¿por qué lo
habían apodado Miseria al vigilante?) desmontaba frente a la puerta
y se sobresaltó. Y cuando golpeó las manos, vio que no estaba solo.
Se acercó presurosa, con el corazón saltándole dentro del pecho. Las
cosas se precipitaban locamente como si rodaran por una pendiente abrupta.
-¿Qué desea? -preguntó con la garganta reseca.
(¡Virgen Santa! ¡Qué habrán hecho esos tres forajidos! ¿Otra vez el
farol?) (Cómo es de limitado el mundo. Para probar que no se ha sido
niño una vez no se ha inventado nada mejor que apedrear un farol.) (O
le pasó algo a alguno de ellos... pero no...)
-¿Qué desea?
-Buen día, señora... Acá el señor reclama una perrita negra...
-La perrita está aquí; sí, señor... pero la perrita es mía...
-No, señora, la Derrita es mía -dijo el hombre de bigotes canosos.
-Sí; pero yo la he cuidado y alimentado...
- ¡Qué le va a hacer!
- ¡Cómo qué le voy a hacer!
-Señora -dijo el vigilante-, vamos a evitar un altercado. Si la perrita
no es suya, devuélvasela a su dueño.
-¡Qué dueño, ni qué diablo a cuatro! -exclamó hirviendo de cólera doña
María, al advertir que en la puerta estaba doña Matilde, sonriendo.
-Vea, señora, no perdamos tiempo...
-Bueno... ¿Cómo sé yo que el señor es el dueño de la perrita? -dijo
doña María.
-Tengo testigos.
-¿Y cómo se llama el animalito?
-Negra.
- ¡Ah... la...! Ahí la tiene, llámela, si se va con usted... ¡que se
vaya! ¡Que se vaya... yo no la voy a atajar...!
Hubo un momento de vacilación. El vigilante entreabrió la boca. Doña
Matilde avanzó un pie. Valentina se había acercado y miraba con su aire
de chica con bigudines. El hombre se inclinó hacia ella, con la mano
extendida frotándose las yemas del índice y el pulgar y llamó dos veces:
- ¡Negra! ¡Negrita!
Valentina levantó su hocico fino y sorbió un poco de aire. Después recogió
la nariz y se dio vuelta. Doña María dijo, con una calma que le dio
miedo: -Ya ve... el animalito ni lo conoce... Miseria, el vigilante,
empezó a impacientarse, tironeándose el bigote:
-Vea, señora, la orden que yo tengo es de hacerle entregar la perrita
al señor o llevarla a la comisaría.
El hombre de los bigotes canosos, dijo con una voz lejana:
-Proceda, agente.
-Bueno -dijo doña María derrotada-; ahí la tienen... Hagan lo que quieran.
El hombre dio un paso hacia Valentina, la levantó por la piel del pescuezo
y se la llevó.
Miseria montaba de nuevo a caballo y doña Matilde sonreía, recostada
en el poste de la puerta.
-¿Se da cuenta, doña Matilde? El pobre animalito no se quería ir. Aquí
no estaba tan mal eme digamos. Pero por un lado es mejor que se la hayan
llevado. No se pueden tener en la casa tantos animales. Una se mata
fregando...
Iba a repetir: es mejor que se la hayan llevado, y de golpe se le llenaron
los ojos de lágrimas y se le anudó la garganta. No pudo hacer otra cosa
eme entrar y como no tenía costumbre, primero se sentó en una silla
para llorar, pero no estaba a gusto. Se sentó entonces en el borde de
la cama y el llanto le brotaba incontenible. Y a través de las lágrimas
vio a Fidel que la miraba inquieto. Pero tampoco así podía llorar a
gusto y se levantó y probó de hacerlo junto a la hornalla de la cocina,
mirando el fuego. Pero tampoco era así como quería saborear su pena.
Entonces, de pronto recordó y fue a buscar alguna ropa para lavar. Recién
cuando empezó a fregar la ropa en la tabla, sintió que su dolorido corazón
se licuaba.
Cuando los chicos volvieron de la escuela, Fidel saltaba delante de
ellos y era evidente que quería avisarles lo que acababa de ocurrir.
-Mama... dame un pedazo de pan... -A mí también... mama... -¿Qué tenés,
mama? -dijo ella con una voz.
-Se llevaron la Valentina obscura.
Los tres chicos comprendieron que el dolor de la madre era cierto. Pocas
veces la habían visto tan serenamente triste y les daba un poco de miedo.
De modo que fue un alivio que el portoncito hiciera ruido y entrara
el padre, levantándose el mechón de la frente y diciendo con voz ronca
y cierto pudor de ser amable, que le hacía desviar los ojos:
-¡Buenas tardes!
-Papá... -dijo el más chico-, se llevaron la Valentina.
Y en ese momento Fidel, como si entendiera, lanzó una especie de gemido.
Doña María contó cómo había llegado Miseria, con un hombre, con una
cara que no me gustó nada.
(Es curioso, el que hace daño tiene que hacerlo con cara de malo.)
Los chicos se sintieron aliviados cuando el padre dijo:
-Tuvo suerte de que yo no estuviera, si no... lo rompía todo...
Ahora adivinaban el hueco que quedaba sin llenar en el regazo de la
madre y no sabían qué hacer. Ninguno pensaba en Fidel, que esperaba
que alguien se acordase de que estaba allí sin comprender.
Entonces, doña María, dijo estas palabras que llenaron de consternación
a la familia:
-Y se la vienen a llevar ahora que iba a tener hijitos.
Y no había terminado de decir estas palabras, rebordeadas de angustia,
cuando se oyó el ruido del portoncito y por la galería vieron avanzar
a Valentina, con la lengua afuera, fatigada, pero mirando a todos, contenta,
con su cara cómica de chica con rulitos.
- ¡Vieja!... ¿Viniste? -resolló doña María. Un aire de asombro aureolaba
las caras.
Y ya todos eran felices cuando el padre mascó:
-Decíle a ése que te venga a buscar otra vez, si quiere que le caliente
el lomo.
9
EL
MÉDICO
Recién se había ido el lechero, con su carrito que parecía un jardín
sobre ruedas. (Aquí, a estos carritos los llaman jardineras.)
-¿Vio, doña? Todo el fondo blanco con guardas azules y claveles rojos.
-¿Y vio lo que le hizo poner en la baranda? “El picaflor del oeste”.
Y atrás: Con flores se doblan los corazones. ¡Ay, qué risa, qué hombre
más enamorado!
Doña Matilde secreteó, para justificar al lecherito:
-Cuando mi marido se puso de novio conmigo, pegaba calcamonías con mariposas
y pensamientos en cuanto vidrio encontraba.
-Sí -dijo doña María sin amargura-; es lindo estar de novia. El viene
siempre lavado y peinado y con el traje nuevo.
-... Y no le sacan a una los ojos de encima...
-Y después que están casados... ¡Si te he visto... no me acuerdo...!
-Bueno; del mío no me puedo quejar.. . -afirmó doña Matilde- usted sabe
cómo es.. .
-Del mío tampoco, doña Matilde. Es un hombre que sabe respetar. Y en
mi casa, nunca ha faltado el pan, a Dios gracias. Y eso que, contando
los perros, que comen más que las criaturas, son siete bocas para llenar.
Doña Matilde se recostó en el poste y por primera vez su dura sonrisa
se suavizó y todo su rostro se afinó en una expresión sincera. Con una
entonación grave susurró:
-Yo estoy sola, ni tan siquiera tengo perro que me ladre.
Doña María pensó: por eso siempre tenés esa boca de malvada. Suspiró
tratando de cambiar de conversación: . -¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! Eso digo yo.
El tiempo pasa... y después viene el reumatismo... Tengo este brazo
que no lo puedo mover. Le doy mi palabra, vecina, a veces me pondría
a llorar como una criatura.
-¿No probó de frotarse con vela de baño y querosén?
-Mire, doña, probé de todo. Me puse la bolsita con la papa, me até un
piolín a la cintura, me puse unto sin sal con azufre, que le hizo tanto
bien a Gracias-por-todo, el lavandinero ¿sabe?; me castigué el brazo
con ortigas, tomé el té de alpiste... ¡Ay! doña Matilde... ¡qué no le
habré hecho yo a este bendito brazo!
(Esta era la gran lucha. De pronto, por decirlo así, una parte del cuerpo
se rebelaba y no quería seguir. En unos era una pierna o un brazo, en
otros un ojo o una muela o una uña. Y se hacían enormes esfuerzos por
convencerlos de que no debían desertar, de que aún no era el tiempo.
Un dio, cuando menos se lo esperaba, el hígado lanzaba un alarido y
se enfurecía como un perro rabioso.
Y había que alcalizarle, con manos precivitadas, el té de boldo y se
empecinaba y no quería admitir que se alimentara a las otras partes
leales y le obligaba a uno a no comer lo que le gustaba y a componer
una cara encogida y terrosa. Cada una de las partecitas que se irritaba
y quería despedirse, exigía que todas las demás la acompañasen. Unas
veces se aplacaban a fuerza de hacerles el gusto, otras había que ir
a casa del médico para que expulsase con su navaja a los insurrectos;
vero no se podía evitar que se fueran yendo, empezando por los cabellos,
hasta que sólo quedaban unos pocos fieles exhaustos. Un ojo, una mano,
el corazón, bastaban para asistir a la ceremonia final, y los médicos,
con lo que habían conseguido salvar de ellos mismos, apenas si servían
para repartir las culpas. Con disimulado despecho decían: fue el corazón,
el hígado, los riñones... ¡Qué lucha!
Doña María dijo, barrenándose la oreja con el dedo meñique:
-El va a trabajar medio día para llevarme del doctor Cucaracha.
-Si no la cura Cucaracha no la cura nadie.
En ese momento salió Fidel y olió el aire. Y detrás de él apareció Valentina,
con sus ojitos risueños, meneando la cola.
-Bueno, vecina, me voy para adentro, porque debe estar por llegar mi
marido, si éstos vienen a la puerta.
Y entró presurosa seguida de Valentina, porque de golpe se acordó que
había dejado la comida en el fuego.
Al rato llegó él, escoltado por el perro y se saludaron con un gesto,
sin hablar, mirándose, como si quisiesen cerciorarse de que eran los
mismos de siempre.
Mientras don Pedro se lavaba, levantándose el mechón que le caía sobre
la frente, doña María ponía la mesa.
Y después que él tomó la sopa, bebiendo el resto del caldo con el plato,
como para dar a entender que estaba satisfecho de la menestra, preguntó:
-¿Y los chicos?
-¿Y... dónde van a estar? -contestó doña María poniéndole un plato de
alcauciles sancochados y una taza con aceite y vinagre-. En la escuela
-y añadió-: Estarán tomando el vasito de leche cruda, porque ahora,
en vez de enseñarles bien la cartilla, les dan un vaso de leche, como
si los padres fueran unos mendigos.
(No se alarmen ustedes. Doña María estaba satisfecha de que a sus hijos
les dieran leche en la escuela; pero para eludir cualquier conato de
ternura, la táctica era protestar.)
Entonces él, mientras iba poniendo las hojas de alcaucil que mordía,
encimadas sobre la mesa, como las cartas de un mazo de naipes, chapurreó:
-¿Te duele el brazo?
Ella comprendió que no iba a saber qué hacer si él se ponía afectuoso
y volvió a enojarse:
- ¡Come, mejor... que te hace bien!... así te callas un poco... Me parece
que a vos te arrancaron verde... ¿no sabes acaso que no puedo ni agarrar
la plancha, ni peinarme... ?
Y era tal el miedo que tenía de que él abriese su corazón y desbaratase
el orden que habían creado entre ellos durante tantos años, que se apartó
de la mesa y rompió a llorar junto al fogón. Cuando se sentó en la silla
de paja, Valentina saltó y se acurrucó en su falda... El sabía bien
qué quería decir eso. Bebió un vaso de vino y siguió haciendo montoncitos
parejos de hojas de alcaucil.
- ¡Cuando venga el tiempo de la berenjena, me las vas a hacer como a
mí me gusta, con tomate!...
Y pensó: El día que María, se muera, ¿quién me va a entender como me
entiende ella?
-Están tan caras... -dijo ella sonándose.
Al fin doña María enjuagó los platos, se lavó y peinó y entró en la
pieza. Cuando salió, calzada y vestida con aquel traje que le quedaba
estrecho, don Pedro estaba sentado en la galería y se dejaba mordisquear
una mano por Fidel, con la mirada errabunda.
-¿Vamos? -insinuó ella.
-Vamos.
Y salieron, sin responder a los ojos interrogantes de los perros.
- ¡¡Doña Matilde!! -gritó ella al pasar por el portoncito de la vecina-,
Voy del médico. ¿Me mira un poco la casa?
Había que caminar unas seis cuadras para llegar al consultorio del doctor
Cucaracha y, como siempre, él iba adelante y ella lo seguía haciendo
equilibrios sobre sus antiguos zapatos de taco alto.
El aire era nuevo y las cosas que encontraban al paso, una vaca bermeja
en la zanja, los cercos cubiertos de enredaderas, unas gallinas cautelosas,
unos gorriones aliviando el infierno de sus piojitos con baños de tierra
molida, todo era como recién hecho para los ojos de doña María.
(Una sale tan poco que cuando va a visitar al médico parece que va de
paseo.)
Llegaron a la casa del doctor y ya estaba la chapa colgada. (Cuando
abría su consultorio el doctor Cucarese salía a la puerta y colgaba
la chapa.)
El timbre no sonaba y don Pedro golpeó en la puerta con timidez.
Pasó un rato largo y el propio doctor abrió la puerta y los hizo pasar
al vestíbulo.
Entonces sintieron que algo se escurría por entre las piernas y era
Valentina, que los había seguido y se acomodó debajo de un sofá desvencijado.
No supieron qué hacer, ni qué decir de azorados. Había allí otras tres
personas sentadas, esperando pacientemente. El médico vestía una especie»
de levita descolorida y manchada y tenía la galera puesta. Al verlo
se explicaba por qué en el barrio lo habían apodado el doctor Cucaracha.
Los anteojos de alambre se deslizaban sobre su gruesa nariz. Hizo un
ademán con la mano indicándoles que se sentaran y entró en una de las
piezas.
El vestíbulo era obscuro y de las viejas paredes pendía un termómetro
con el tubo roto y un almanaque en colores, con el aviso de cierto linimento.
En una mesita sin carpeta había dos o tres revistas ajadas. Flotaba
un indefinible olor a humedad, a cuero viejo de los sillones, a ropa
sucia y a untura blanca.
Ninguno se movía y Valentina había empezado a jadear debajo del sillón,
haciendo enrojecer a doña María, empaquetada en su traje y casi a punto
de perder la respiración.
La puerta se abrió y el médico, con un delantal blanco, salió, se quitó
la galera, de la que cayó un jazmín marchito, y la colgó de la percha.
Después masculló, distraídamente:
-Pase el primero.
Y entró el hombrecito de rostro chupado y boca desarticulada, como si
le faltaran los dientes.
Doña María empezó a sentirse mal. De cualquier lugar llegaba una lejana
pitada de locomotora. Pero ahora todo transcurría vertiginosamente.
El hombrecito salió y se dirigió a la calle sin mirar a nadie y entraron
la mujer gruesa y la muchacha de cabellos amarillos. Doña María quería
decirle a su marido algo sobre Valentina, pero estaba sin voz. Don Pedro
no se movía. Un hombre canoso abrió la puerta del vestíbulo, miró en
semicírculo y se adelantó con aire de desconfianza. Tomó una revista
y se sentó en una de las sillas. Al fin la puerta volvió a abrirse y
salieron las mujeres y detrás de ellas asomó el médico y les hizo unas
señas. Doña María y don Pedro se levantaron y se acercaron a la puerta.
Les preguntó con una voz agria: -¿Quién es el enfermo?
Los dos vacilaron, mirándose, hasta que doña María explicó casi silbando:
-Yo, doctor.
Entonces el médico ordenó: -Entonces, pase usted sola.
Pero detrás de ella, rápidamente, entró Valentina. A doña María se le
hizo un nudo en la garganta y quiso echarla, moviendo las manos en el
aire. El médico miró a la perrita y preguntó desabridamente: -¿Es suya?
Doña María movió la cabeza negando y afirmando. El médico quiso sonreír
y rezongó: -Déjela, a mí no me molesta. Después se frotó las manos y
expresó, afablemente: -A ver... ¡qué le pasa a usted! Muéstreme la mano.
El viejo doctor juntó las cejas y miró con minuciosa atención la palma
de aquella mano agrietada y dura y pasó sobre ella la yema de sus dedos.
-¿Así que tenemos reumatismo? -farfulló con displicencia.
-Y, doctor -dijo ella, tartamudeando- la pobreza, ¿sabe? (El corazón
le latía tan fuerte que sentía su golpe en la garganta.) Una se casa
con un hombre bueno y trabajador, pero no alcanza. Vienen los hijos
y hay que lavar la ropa de los de casa y también ropa de afuera. Mucha
gente da a lavar y pagan poco. ¡Y la plancha, y la cocina, y la limpieza
de la casa! Porque si el hombre trabaja es justo que encuentre todo
limpia y la comida a punto. Usted lo sabe mejor que yo. Y cuando viene
el invierno, con el agua fría y los años viene el reumatismo. Me duele
mucho este brazo, pero yo creo que con otro poco de unto sin sal se
me va a pasar, ¡Es bueno!, ¿sabe?
El médico hizo un diestro visaje y cambió su rostro por otro. Los bigotes
amarillentos le temblaban. Ahora doña María estaba tranquila y hablaba
a destajo con el doctor Cucaracha como si lo hiciera con el lavandinero.
También Valentina miraba al médico, con su cara cómica, sin temor ninguno.
El semblante del médico rezumaba simpatía. Se veía que trataba de precisar
su pensamiento.
-¿Cuántos hijos tiene? -preguntó con una voz amistosa.
-Yo, tres. ¿Y usted?
-¿Yo?... soy viudo... hace ya doce años... era una muchacha que valía,
pero no me dejó hijos... Tenia un perro... Colita... ¡Qué animal inteligente
y cariñoso! ¿Quiere creer que yo le hablaba y me entendía? ¡También
se murió!
(¡Ay! doña María, no vaya a abrir la boca... ¡por favor! Séquese esas
lágrimas, pero no hable, porque si no tengo que escribir lo que usted
diga y creo que a nadie le va a convenir. Porque ya hay sospechas de
que los perros sen mejores que los hombres y también se sabe que no
hay ciencia capaz de disputarle a la muerte ni un perro siguiera, aunque
uno sea médico y no tenga otra cosa en el mundo.
Por suerte ella buscó con la mirada su delantal y como no lo llevaba
puesto, se secó los ojos y las narices con el pañuelo que llevaba embutido
en la manga.
- ¡Tres hijos! ¡Tres varones que me hacen renegar del día a la noche!
¡Me hubiera gustado tanto tener una mujercita! Pero... ¡tres ya es bastante!
Y encima los dos perros, que son como de la familia.
Entonces el doctor le pidió que se quitara el vestido y doña María,
que nunca se había visto sin viso delante de nadie, enrojeció abundantemente.
-La gente me llama el doctor Cucaracha y tienen razón -murmuró el viejo
con una especie de sonrisa corta. Luego puso el oído sobre el corazón
y la espalda y anduvo golpeando un dedo sobre otro, aquí y allá. Después
le examinó los ojos y mientras ella se volvía a vestir el médico se
sentó junto a la mesa y mascó pesadamente estas palabras:
-Tiene un poco de reumatismo, pero está mejor que yo.
Ella preguntó con un tono afectuoso:
- ¿Qué se siente?
-Acá... -dijo él y se tocaba la nuca- ...es como si llevara una plancha
de plomo...
-Tiene que cuidarse. .. -murmuró ella e impensadamente se aproximó y
le palpó el cuello, donde le dolía. Y movía la cabeza con pena y le
decía-: ¿No probó, doctor, el té de salvia? Tómelo y me lo va a agradecer...
A su vez el viejo médico le indicó con simpatía:
-Y usted cómprele al yuyero un poco de barba de choclo. Con diez centavos
tiene para tres veces. Haga la infusión y fíltrela bien con un trapito,
póngale unas gotas de limón para sacarle ese gusto a pasto que queda
y tome dos o tres vasos grandes por día... Y coma cosas sanas... y tome
poco vino...
-¿Yo?... ni lo pruebo... a veces un dedo... ¡y el vaso lleno, hasta
arriba, de soda!...
-. .. ¡y cuídese!
- ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! doctor... ¡cómo se ve que usted es viudo y sin hijos...
y no lave, ni planche, ni corra todo el día detrás de los chicos...
¿No?...
Doña María suspiró con exageración y empezó a desanudar con los dientes
el pañuelo donde guardaba el dinero.
-¿Qué va a hacer, señora?
-Bueno, doctor, ¿cuánto tengo que abonar?
(Dijo “abonar” con cierto orgullo. A un médico era una falta de educación
decirle: ¿Cuánto tengo que pagar? Así Cucaracha se daría cuenta de que
no era tan atrasada.)
- ¡Guarde, señora, guarde! A usted le hacen más falta que a mí esos
pesos.
Doña María dijo: -¡Gracias! -sencillamente. Y pensó: Le tendré que mandar
una gallina. Y bueno, le mando con Alberto la colorada, que se enganchó
y se quedó media renga. Y estaba contenta, no por el dinero, sino porque
lo entendía como una distinción. No sabía qué decir y pensó si no debía
tomarle la mano para agradecerle. (¿Acaso vale más o vale menos todo
lo que se puede hacer por aliviar al que sufre? De pronto miró a Valentina
y preguntó, con el tono de quien está seguro de lo que hace:
-Doctor... y a esta pobre ¿cómo me la encuentra? Encargó familia, ¿sabe?
El doctor volvió a su expresión seria, levantó con suavidad a Valentina,
la puso sobre la camilla. Luego la palpó con cuidado, le hizo una caricia
y sentenció:
-Está... está mejor que usted y que yo. ¡Vaya tranquila!
(El médico había acariciado a la perrita como si acariciara a la vez
a todos los seres que había perdido.)
Y mientras ella salía al vestíbulo con Valentina en los brazos, el viejo
doctor le daba familiarmente unas palmaditas en el hombro.
-Véngame a ver de cuando en cuando, así charlamos.
-Gracias por todo, doctor. ¡Que se mejore!
(¿No es maravilloso?)
Con Pedro se levantó y salieron del consultorio.
Y en la calle, él se detuvo y preguntó: -¿Qué te dijo?
-¿Qué me dijo? ¿Qué me va a decir? Total en la Chacarita hay sitio para
todos. Es un hombre sabio y bueno, y no anda con farolerías. Fijáte
que no me quiso cobrar, por nada del mundo. Como traje el pañuelo, así
me lo llevo. A mí me revisó y me mandó la barba de choclo y a esta pobre
no le dio nada. ¡Cuándo tenga los perritos, le voy a regalar uno!
10
LA
GALLINA DECAPITADA
Después vino el cumpleaños de Pedrito y don Pedro quiso festejarlo porque
caía en domingo. Y fue un día de imprevistos sucesos.
-¡Claro, porque no sos vos el que está en la cocina -rezongó doña María.
Pero se sentía contenta con la decisión del padre.
Mario fue a comprar cinco de papel y sobres al almacén.
-¿Qué pongo? -preguntaba Alberto con los dedos sucios de tinta. De un
lado de la silla estaba don Pedro y del otro doña María. Una hoja de
diario doblada servía de carpeta.
-Arriba se pone la fecha -afirmó severamente el padre y miró a doña
María de reojo, buscando su aprobación.
-Y en el otro renglón: el nombre, y más abajo: Apreciada hermana...
Cuando la pluma dejó de chirriar sobre el papel, marido y mujer volvieron
a mirarse, y ella dictó:
-La presente... es...
- ...para desearte buena salud... -prosiguió don Pedro.
-... Con tu esposo y sobrina Queca... -agregó doña María.
-Nosotros por ahora vamos tirando... -siguió don Pedro.
-Si, sí; especialmente yo, con este brazo que no lo puedo mover... -comentó
en voz baja la mujer. Y espantando a los dos perros, gritó:
- ¡Váyanse afuera ustedes...! ¡Qué tienen que estar escuchando!
-¿Qué te hacen los pobres animalitos? -intervino don Pedro, con forzada
severidad.
-Bueno; yo sé lo que hago -replicó doña María-, No vamos a empezar ahora...
¿eh?
-Seguí... El motivo de la presente...
-Ya puse presente -advirtió Alberto, sin levantar los ojos del papel.
Doña María se encolerizó.
-Usted ponga lo que le dice, su padre. ¡Oh! no faltaba más con estos
monosabios.
Don Pedro se sintió agradado, pero creyó oportuno decir:
-Déjalo, el chico tiene más escuela que yo... pero antes se ponía así...
-Bueno, ¿qué pongo?
-El motivo de... bueno, eso ya está... es para avisarte que el domingo
festejamos... el cumpleaños de nuestro hijo Pedrito...
Doña María agregó:
-Si Dios quiere. ..
-Si Dios quiere... -repitió don Pedro. (Esto era un poco vago, vero
de ritual.) Y de pronto, con una cara que no era de entrecasa, el padre
añadió de un tirón- y haremos una raviolada...
Alberto tiró la lapicera sobre la mesa, trató de levantarse de la silla
y protestó:
-Yo no escribo eso...
Doña María aprobó, un poco asustada por lo que pudiera pasar:
-El chico tiene razón... ya tuviste que salir con una de las tuyas...
Sentáte, Albertito, escribí...
y te invitamos a almorzar, con tu marido y tu hija.
...no hace falta que traigan nada, porque hay de todo...
... “dejesen” de cumplimiento y vengan a la mañana.. .
...a la tarde jugaremos a la lotería si quieren traer la bolsa y los
cartones...
Alberto avisó que la hoja se le estaba terminando. Pero allí estaba
nuevamente don Pedro, levantándose el mechón de la frente y dictando
con seriedad:
...Sin más se despide tu hermana deseándote salud y felicidad en compañía
de los tuyos.
Y la carta quedó sobre la mesa, tibia de ternura inexpresada, con sus
garabatos de tinta.
(¡Qué raro! Habían consignado las muestras de simpatía y afecto familiares,
escarabajeando en un papel. Como la arañita mana de sus fúsulas su pálida
hebra de plata, la pluma deja tras de sí su trazo azul sobre la hoja
en blanco. La inquietud de doña María, cuando Alberto escribe, es porque
ella intuye que, al mover la pluma, una palabra tiene que suceder a
la otra y se presentan en tropel y no hay modo de atajarlas. Luego la
pluma las va bordando, una a una, con sus palitos, ojos, vírgulas, zapatillas
y tildes y nunca dicen lo que se quisiera decir. ¡Ay, doña María, ése
es el problema de los escritores! Ellos también piensan una cosa y la
pluma les escribe otra, sin poderlo remediar.)
Los días de la semana se sucedían retrasándose a propósito. Habían empezado
con un lunes, como procede, pero enseguida empezó el desorden. El miércoles
llegó con aire de jueves y al mediodía había tallarines en la mesa y
Fidel se negó a comer las sobras. El jueves a la mañana vino el cartero
y subió a la veredita con el caballo. Nadie quería recibir la carta
y tuvo que ir doña María con las manos mojadas.
-Viene a nombre de don Pedro -dijo Grasa, el cartero, extendiendo la
mano con el sobre. El caballo sacudió la cabeza. (Claro, los chicos
sabían de sobra que era el caballo el que repartía la correspondencia.
Un hombre nunca puede soportar tanta responsabilidad: muertes, nacimientos,
bautismos, casamientos, deudas...)
Por eso, mientras la madre explicaba que debía ser la respuesta de su
hermana, que para llegar tenía que tomar una combinación de trenes,
doña Matilde expresó, desde la puerta de su casa:
-Nunca se sabe qué trae una carta.
Doña María pensó: ¡Que se te haga la boca a un lado!
Y se santiguó.
Pero debía ser una buena nueva, porque Fidel y Valentina se alzaron
sobre sus patas, aprovechando una distracción de doña María y lamieron
el sobre.
- ¡Qué atrevidos! -exclamó ella, y secaba la carta con el delantal.
El único que entendía bien las cosas era el caballo del cartero, porque
de pronto dio la vuelta y empezó a andar sin que se lo hubiesen ordenado.
(¡Qué trastorno! Ahora estaba la carta sobre la cómoda y tenían que
quedarse solos con ella hasta que el padre llegase.)
Los perros andaban tan agitados por saber qué contenía el sobre, que
doña María tuvo que cerrar la puerta.
Y cuando él llegó, al mediodía, los chicos señalaban el cuarto clausurado
y gritaban:
-Papá... está la carta... vino la carta.
El sobre fue abierto con todas las precauciones y de adentro salió una
hojita de color azul. Doña María le alcanzó una silla a su marido y
él había sacado del cajón de la cómoda unos anteojos de alambre y revisaba
el papel sin encontrar nada, porque seguramente esa letra estaba destinada
a otro, o no tenía destino. Quizás fuese de la Queca que escribía mientras
pensaba en su novio. Al fin don Pedro cedió su asiento a Alberto y le
dio a leer la carta.
Eran pocas líneas, pero no faltaba nada. Iban a venir el domingo y traerían
el juego de lotería y los querían a todos. Pero don Pedro y doña María
no estaban satisfechos.
(¿Cómo iba a ser así de fácil la lectura de una cosa tan complicada?
¿No se trataba de un viaje de dos horas? ¿No se habían enojado cuando
el cuñado, que podía, le había negado a don Pedro los seiscientos pesos
para unas cuotas atrasadas de la casita?)
Entonces él simuló estar conforme pero cuando no lo veían iba a buscar
la carta y la miraba por las cuatro esquinas y no encontraba en ella
todo lo que hubiera querido hallar. Y por supuesto, el único que lo
sabía era Fidel y ya era viernes y el almacenero había mandado dos cajones
de cerveza.
El sábado se convirtió en lunes. Doña María baldeaba los pisos, levantaba
torres de sillas sobre la mesa, espantaba a cada rato a las gallinas.
Al mediodía, la comida no estaba preparada y don Pedro tuvo que mover
el ropero. Mario pudo sacar por fin el barrilete que se había deslizado
detrás del mueble y las arañas zancudas corrieron despavoridas a ponerse
a salvo. Afuera, los sapos salían de entre las frescas matas de menta
y daban grandes saltos, desarticulados, como si anunciasen un cataclismo.
Doña María, con la cabeza envuelta en un pañolón, fregaba y sacudía
arrebatadamente.
Y de pronto ocurrió aquel suceso que llenó a todos de consternación.
A la tardecita, cuando volvió el padre del trabajo, doña María señaló
una gallina gorda, la Picaflora, y le dijo:
-Agarrámela, que se la voy a mandar a doña Matilde para que le retuerza
el pescuezo; así la pongo a orear esta noche y mañana se hace un poco
de caldo.
Don Pedro se levantó el mechón de pelo de la frente y replicó:
-¿Por qué se la voy a mandar a doña Matilde? ¿No la puedo matar yo?
¿Soy manco yo...?
-También yo la puedo matar -contestó doña María-, pero en mi casa no
quiero sangre de los animalitos que yo misma he criado.
-¡Adiós, mi plata! -exclamó él-. Con esas ideas la gente se moriría
de hambre.
En seguida se levantó en el gallinero una tremenda algarabía. Todas
las gallinas, que ya se habían acostado, protestaron indignadas, y don
Pedro apareció, flanqueado por Fidel y Valentina, que habían ayudado
a cazarla, con La gallina colgando de las patas y agitando las alas.
Alberto le alcanzó la cuchilla grande y mientras doña María, Mario y
Pedrito y los dos perros entraban en la pieza y cerraban la puerta para
no oír los gritos de la pobre, don Pedro puso la cabeza de la Picaflora
sobre la mesa, levantó el cuchillo y lo hizo caer sobre el cuello como
la hoja de una guillotina.
Entonces ocurrió algo espantoso. (Es claro, fue algo más veloz que la
misma muerte que el ave tiene preparada cuando la van a buscar.) Al
oír el golpe, doña María, los chicos y los perros se agolparon en la
puerta de la pieza y vieron saltar y pasar por la galería, corriendo
en zig zag y chocando, al pobre animal sin cabeza. Al final del corredor,
resbaló sobre un costado, pero volvió a enderezarse y desando el camino,
tropezando con las sillas, como si anduviese buscando su cabeza. Iba
dejando detrás un reguero de sangre. Al fin cayó junto a la puerta de
la cocina y ya no se movió. (Y hubo un silencio que se correspondió
con aquella muerte tan sorprendida de sí misma.)
Suerte que llegó el vinero y hubo que llevarle la damajuana vacía y
entrar la llena.
El pito del masitero llenó de pronto toda la cuadra. Don Pedro le dijo
a doña María, dándole unas monedas:
- ¡Cómprale unos bizcochos napolitanos, que a tu hermana le gustan tanto!
Y de paso le compras algo a los chicos.
¡Y todo era para borrar aquella visión de la Picaflora sin cabeza!
Los dos perros salieron primero, a toda carrera y detrás de los chicos
gritando:
- ¡Diga! ¡Masitero!
Ahora rodeaban la canasta plana, mientras el hombre descorría el lienzo
blanco, agitando un colorido manojo de tiras de papel, sin dejar de
silbar su musiquita, con un carozo de damasco.
Los ojos de los chicos volaban con los imprecisos movimientos de las
moscas, desde los polvorones a las tortitas negras, desde los caballitos
de chocolate al pan de cremona. Los bizcochos napolitanos, con semillas
de hinojo, como tubos esmaltados en forma de ochos, estaban atados con
un piolín en el asa de la canasta.
Pero, con todo, después que se comieron las masitas, volvió a aparecer
el recuerdo de la Picaflora pasando sin cabeza por la galería.
Fidel husmeaba el rastro de sangre que don Pedro acababa de limpiar,
Valentina seguía los pasos de doña María. Entonces, Mario afirmó lo
que todos esperaban.
-Mamá... mañana, yo no como gallina.
Ya era de noche y los chicos y los perros se acostaron sin comer.
(A veces la noche se hacía tan profunda y misteriosa qué los niños no
se atrevían a entrar en ella y fingían tener sueño para atrincherarse
en la cama con los perros.
11
LA
CRÍA
Aún no había enronquecido el gallo y amaneció un domingo, muy de madrugada,
con una densa nube de impaciencias. Las plantas respiraban con todas
sus ansias y aturdían mezclando sus violentos olores con los primeros
gorgoritos de las aves.
El carnicero abría las puertas traseras de su aseado carrito y descolgaba
del gancho la paleta de cordero que le habían encargado.
-Decile al Carnisa -gritó doña María con la voz aún empañada- que te
dé un poco de salchicha para hacer el tuco de los ravioles.
Y como por encargo apareció don Fermín, el quesero, con su odorante
canasta (canastra, decía toda la familia) y abriendo los brazos, recitaba
con la voz engolada:
- ¡Parmesano, Sbrinz, Reggiano, Gorgonzola!
Sólo faltaba que añadiera: conde Sbrinz, duque Parmesano, vizconde Gorgonzola,
para que pareciese un ujier en palacio anunciando a la nobleza.
Cuando todos, hasta los perros, probaron la muestra, vieron que por
el medio de la calle se acercaban tres muchachos descalzos.
- ¡Señora!... -gritó uno de ellos, el pelirrojo que traía en las manos
una pelota de cuero- ... ¿lo deja venir a patiar a Alberto?
- ¡No faltaba más!... -contestó doña María- ...tiene que quedarse a
ayudar a su madre, porque hoy van a venir visitas...
-¿Quién vino? -preguntó Mario, desde adentro.
-¡Ladrillazo, Pandereta y Esqueleto, que van a patiar al potrero con
la número cinco -respondió Alberto, con desesperada resignación.
(¡Mi Dios! ¡Qué nombres, qué jerigonza! Pero no se encalabrinen ustedes:
estos muchachos no son nada diferentes de Rinconete y Cortadillo, ni
en sus trazas, ni en su modo de hablar, aunque digan vigilante en vez
de alguacil y ronda en lugar de gurullada. Y al cabo al cabo, ellos
se entienden.)
Un rato más tarde, Alberto y Mario llevaron la asadera a la panadería,
con la paleta de cordero y ajises, papas y cebollas, con sus hojitas
de laurel y su pizca de orégano y romero.
-Las papas están contadas -advirtió doña María- y hay dos para don Feliciano.
Y cuando los chicos volvieron, encontraron a la tía Juana y a la prima
Queca.
Doña María les limpiaba las narices sin necesidad y los zamarreaba gritándoles:
-¿Cómo se dice? Buenos días, tía Juana, gracias, tía Juana.
Y mostraba un trajecito a la marinera, recién desenvuelto.
Pero no había tiempo para decir nada. ¡Doña María tenía tanto miedo
de que creyesen que no había sabido educar a sus hijos! (Y siempre se
confundía educar con domesticar. Pero la tía Juana tenía una sonrisa
comprensiva y se había agachado a hacerle una caricia a Valentina. A
Fidel, que se echó en el suelo panza al aire, le hizo cosquillas en
la barriga con la punta del zapato. La Queca sacudía su espléndida melena
como si le molestase la guedeja que le ocultaba la mitad del rostro,
pero en realidad era para que le tapara un ojo. Y cuando decía: tío
Pedro, su voz sonaba un poco a falso y no se sabía si era por la boca
pintada en forma que parecía estar siempre sorbiendo algo; o por su
cintura, tan ceñida, que uno sin poderlo evitar compartía cierta angustia
física; o por sus zapatos sin taloneras, ni punteras, donde los talones
rosados asociaban imágenes de salida de baño.
Se veía que estaba resignada a pasar un día aburrido.
Y su mirada erraba distraída cuando doña María mostraba sus plantas.
-Mira, Queca, allí, donde está ese pocito teníamos un árbol de toronja,
que se secó.
Y no había más que un pocito en la tierra. Nada más.
Y allí donde Queca no veía nada, doña María veía tantas cosas. Y sentía
un cosquilleo de llanto en las narices, porque la toronja había sido
parte de la familia. (Bueno, estoy seguro de que quienes han seguido
este relato hasta aquí, si han cumplido veinte años después de los primeros
veinte, ya están discutiendo con si mismos sobre cómo se hace el dulce
de toronja)
-Este es el jazmín del país. Hay noches que perfuma tanto que te enloquece.
A mí me marea. No lo puedo resistir.
La Queca arrugó la nariz y una sonrisa indulgente despegó sus labios
pintados.
-Mira, querida, ésta es la “Chispa de sol”... y éste es el “Galán de
noche”... mira qué alto está...
Queca volvió rápidamente la cabeza, con los ojos despiertos, pero al
ver solamente la enredadera que trepaba por un palo de escoba clavado
en la tierra, sus ojos circundados de azul volvieron a amortecerse y
sonrió con dulzura. Ella no quería a nadie; personas, bestias y plantas
le eran indiferentes; ella se quería a sí misma, y nada más. Y cada
día estaba más admirada de su parecido con alguna artista de cine. Se
acordaba con cierto rubor de cuando era chica y llevaba trenzas. Ahora
sentía placer en oír su voz con un fondo de languidez y se abstraía
siguiendo la blandura rítmica de su andar. Y cuando recurría a sus gestos
estudiados se veía a sí misma, y el placer torcía sin motivo su boca
de flor tropical.
El padre de Queca era dueño de una zapatería en Sarandí.
Se oyó golpear las manos, ladraron los perros y don Pedro gritó con
una voz toda de fiesta, mientras iba al encuentro del visitante:
-Entra no más, Perejil.
Los perros y los chicos lo rodearon y era tan bajito que no alcanzaba
la estatura de Alberto. Agitaba en el aire unos bracitos cortos, haciendo
el saludo de los campeones, y toda la cara, más ancha que alta, manaba
simpatía copiosamente. Reían sus ojos, reía su naricita aplastada como
la yema de un pulgar, reía la boca grande, cuyos costados subían en
dirección a las orejas.
Después que saludó a todos, supieron que había sido payaso y que trabajaba
ahora en la fresadora, con don Pedro.
En seguida subió a Mario sobre sus hombros, como hacen los acróbatas,
y empezó a bailar entre las risotadas de todos. Después tomó a Fidel
y lo subió y quería qua el perro se quedase sobre su cabeza, pero el
perro saltó al suelo y no quería saber de pruebas.
Don Pedro estaba desconocido. Fue a destapar los cajones de cerveza
que había cubierto con bolsas mojadas.
-Vení, mira, ¿qué te parece? Hay suficiente, ¿no?
Y levantaba la tapa de una sopera donde había duraznos cortados, con
vino. Se pusieron a discurrir seriamente sobre si había que ponerles
o no azúcar. Los chicos y los dos perros ya no lo dejaban en paz al
petiso.
-Perejil..., oiga, Perejil.
-Nene... ¿Así te han enseñado? -gritó doña María-; te voy a dar en la
boca, ¿eh?... diga señor, como es debido...
Y es claro, era peor decir señor Perejil y la Queca se había ido sola
a la puerta y todo a lo largo de la calle no había más que un viejo
caballo y nadie que la admirase.
Y en eso llegó la prima Gervasia, con un batón floreado; traía un par
de medias para Pedrito, de regalo, y por la emoción no hablaba. A los
chicos y a las mujeres les daba ansiosos besos, que mojaban la cara
y volteaba los ojitos, como los de un gorrión aturdido.
-Pero, a todo esto, ¿qué hora es?
Y el reloj se había parado. (Yo no sé si dije que todas las noches,
antes de acostarse, don Pedro le daba cuerda al reloj de péndulo, que
tenía una campana tan grave, que paralizaba los saltos de lo sapos.)
Por primera vez en su vida Pedro se había olvidado, la noche anterior
de darle cuerda y ahora había que hacer tocar todas las horas y Perejil,
con su antiguo reloj de tapas en la mano, esperaba a que don Pedro empujase
las manecillas con el dedo, hasta las doce.
Las cosas se hacían alegremente y Valentina y Fidel no se cansaban de
mirar a todos con ojos cariñosos y de mover la cola. (¿Por qué todos
los días no habían de ser como éste?)
Era evidente que se trataba de dar tiempo a que hirviese la gallina
y se fuese cocinando el estofado. De pronto, doña María dio un grito:
-¡¡¡Alberto... Mario!!!... ¡Corran a la panadería a buscar la asadera,
que se va a secar el cordero!
Los chicos salieron corriendo.
- ¡Y cuidado con las papas, que están contadas!
En ese momento entró doña Matilde, muy emperifollada, y detrás venia
su marido. Ella traía un paquetito de masitas y doña María los recibió
secándose las manos:
-¿Por qué se han molestado? Traigan sillas... aquí está más fresco...
le represento a mi hermana... a mi sobrina... mi prima... el señor...
Perejil, un amigo de mi marido...
(Salían tan bien las cosas. Sólo una vez una gallina se atrevió a meterse
entre los píes de las visitas. Fuera de eso y de la inexplicable declaración
de la Queca, de que no le gustaban los ravioles, no había habido tropiezos.)
Fidel daba dentelladas en el aire para atrapar las moscas que estaban
tan fastidiosas en la galería. La Queca empezaba a sentir cansancio
de mantener su falsa sonrisa.
-Nena -le dijo la tía Juana-, ¿por qué no le pedís un batoncito a tu
tía y te cambias para estar más cómoda?
-Pero, mamá, ¿estás loca? ¡Cómo querés que me vaya un batón de tía!
-Sí -comentó con audacia el petisito Perejil-; de cintura le va a quedar
algo grande.
Y eso dio motivo a un estallido de risotadas que no terminaban nunca.
Todavía estaban riendo cuando llegó Gracias-por-todo. Doña María lo
presentó:
-Un amigo de Pedro... -y se detuvo indecisa. Pero el hombre se adelantó
a decir:
-Mi nombre es Manuel, pero me llaman Gracias-por-todo porque soy muy
cumplido y... usted sabe cómo es esto: si le dan un sobrenombre, no
se lo saca uno en toda la vida. Donde yo trabajo, al capataz de la fábrica
le decimos Puchero-de-cola -¡vaya a saber por qué!- y a mí me pusieron
Gracias-por-todo.
(El nombre, Gracias-por-todo, es lo de menos. La cosa es que le dejen
a uno un lugarcito en el mundo y le permitan ser uno mismo.)
Gracias-por-todo prosiguió:
- ¡Cuando don Pedro me dijo que se festejaba el santo del chico!...
- ¡El cumpleaños!
-Es lo mismo, yo dije entre mí, mañana estoy allí como un solo hombre.
(Todos se rieron, menos la Queca.)
- ...Yo, los ravioles hechos por doña María, ¡¡no me los pierdo!!
(Los ravioles, Gracias-por-todo, los cocina cualquiera. La diferencia
está en el tuco. Y el tuco tiene su secreto. Primero, cuando la carne
y la salchicha ya están doradas, doña María saca el aceite que ha recibido
la primera agua de la carne y lo tira. Esto no lo hacen todos los que
cocinan. Y le pone nuevo aceite. Y el fuego no tiene que ser vivo. Y
el agua que se le va agregando a la salsa, agua caliente con vino seco.
Y los hongos, a remojo... Bueno, ¿se da cuenta qué tuco?)
-Si no estuviéramos aquí para comerlos -afirmó Perejil- los ravioles
de doña María no serían ricos.
(Hay que tener en cuenta que el petisito no era ensayista, ni había
leído a Sartre.)
Los chicos entraron con la asadera cubierta con un repasador y un rico
tufo a papas y cebollas doradas se demoraba en las narices de los invitados.
Don Pedro sirvió a cada uno una copa de vino con soda, como aperitivo,
y doña María fue a echar los ravioles en la olla. Los cuadraditos de
pasta festoneada se deslizaron por el papel en el agua hirviente. Entonces,
la señora vio a la Valentina que andaba pesadamente detrás suyo y la
miró con inquietud, y le dijo:
-¿Qué te pasa a vos, che, que me andas siguiendo por todas partes? Ya
te conozco a vos. No te sentís bien, ¿eh?
(Oiga, doña María, aprovechemos ahora que se están cocinando los ravioles,
para hablar dos palabras. Después, cuando todos estén en la mesa, va
a ser fastidioso interrumpirlos. Yo no sé sí usted me entenderá, y tiene
que empezar por disculparme esta incapacidad para expresarme, pero,
usted sabe, es culpa de este oficio de emborronador de papel, que en
cuanto uno se descuida lo aparta de la vida, le hace olvidar que la
finalidad de la vida no es hacer literatura, sino conocer la vida, vale
decir, vivirla. Bueno; en cuanto uno hace una frase bonita lo paga caro.
Las otras palabras, las que están menos pervertidas, no quieren ponerse
en fila y uno no sabe cómo sujetarlas. ¿Qué le quería decir, doña María?
¡Ahí Sí... mire... la Valentina tiene la trompa caliente y los ojos
aguanosos! ¡Pobrecita! Ustedes, como mujeres, se entienden. Pero hágale
un nido, con esa paja suave y tibia que don Pedro le pone a las gallinas,
en él rincón más obscuro, o mejor, debajo del aparador de la cocina.
Porque usted ya se habrá dado cuenta que la pobre está esperando cachorritos.
¡Va a ser madre! Pero atienda, primero, porque se le van a recocer los
ravioles...
12
LOTERÍA
Al fin, don Pedro abrió la puerta del cuarto y todos sé sentaron a la
mesa. Eran doce a comer y faltaban una copa y dos sillas que suplieron
con los banquitos de la cocina.
Comieron como la gente fina, al decir del marido de doña Matilde, que
a cada momento, saboreando el vino, decía:
-Está bueno el vinagrillo.
Primero se sirvió la gallina fría, con medio tomate, y doña María y
los chicos no la probaron; después llegó el fuentón de ravioles; luego,
doña María trajo la asadera colmada y la apoyaron sobre un papel de
diario para no ensuciar el mantel; finalmente, pusieron en medio de
la mesa la sopera blanca, una sopera redonda, con pis, que ya hubiera
querido pintar Giorgio de Chirico, llena de trozos de duraznos con azúcar
y vino tinto.
Queca no comió los ravioles y le dio un puntapié a Fidel por debajo
de la mesa, disimuladamente. Doña Matilde no le sacaba los ojos de encima
a la chica y le parecía muy distinguido que tuviese que apartar con
una mano los mechones que le caían sobre la cara, para poder llevarse
a la boca la comida. Doña María estaba tan contenta que se inclinó sobre
don Pedro y le dijo con dejo de ternura que acentuaba el vino:
-¿Sabes?... la Valentina anda un poco tristona.
Perejil, que seguía haciendo reír a los chicos y le daba parte de su
comida a Fidel, pidió permiso para tomar el café en el platito. (Esta
es una costumbre rusa, que los judíos introdujeron entre los genoveses.)
Finalmente, despejaron la mesa, barrieron el suelo de migas para evitar
el mosquerío y se prepararon a jugar a la lotería.
Mientras repartían los cartones y contaban las bolillas, los hombres
fumaban sus toscanos crepitantes.
Doña María se sentó al lado de su hermana. La comida abundante y el
vino las hacía triviales y buenas. Doña Juana le pasó un brazo por el
cuello y le dijo conmovida:
-¿Te acordás cuando éramos chicas y salíamos a la puerta a cantar?
-Sí -contestó doña María-; cantábamos... Y las dos hermanas cantaron:
¡Viene llegando la primavera,
sembrando flores en nuestro vergel
¡Cantan alegres los pajaritos,
alegres cantan al amanecer.. .
-¿Cómo seguía... cómo seguía... ?
La prima Gervasia, con una voz chillona ensayó:
-Los campos se esmaltan de mil colores de mil colores. ..
Los chicos, al ver cantar a la madre, estaban asombrados e inquietos,
como si presintiesen una desgracia. Pero todos reían y doña María también
reía, con lágrimas gordas, hasta que Fidel empezó a ladrar descomedidamente.
-¡Bueno, a formar!... -dijo al cabo el marido de doña Matilde.
Unos querían cartones verdes y otros amarillos, quien colorados y quien
combinados de todos los colores, a cinco centavos el cartón. Don Pedro
le dio a cada uno un puñadito de porotos de manteca.
-¿Quién canta?
-La primera vuelta le toca a la dueña de casa.
Doña María tomó la bolsa y revolvió concienzudamente las bolillas y
tenia gran dificultad para decir el número sin equivocarse y anotar
su cartón. Pero Alberto estaba al lado suyo y apuntaba por ella. La
primera vuelta la ganó Perejil y saltaba en la silla de contento:
- ¡Basta para mí! ¡Basta para mí!
Y cuando empezó a cantar revoleando sus ojitos picarescos, era un surtidor
de dichos:
- ¡Revuelva, don Perejil! ¡Para arriba y para abajo! -¿Qué es?
-El noventa y seis.
Aquí doña Juana, tan distinguida en sus modales, cometió el primer yerro
que avergonzó a Queca. Dijo:
-No escuenda la bolsa, señor Perejil...
-¡Mamá! -exclamó consternada la chica-. ¡No se dice escuenda!
Y la prima Gervasia cuchicheó:
-¿Ha visto, misia?, ahora los hijos corrigen a los padres.
-¡El uno sólito!... ¡El ocho... con el uno: ochenta y uno!
- ¡Que cante bien!
-¡La edad de Cristo!... ¡La niña bonita!... ¡Los anteojos de Mahoma!
-¿Qué dijo?
- ¡El ochenta y ocho!... ¡Dos docenas!
- ¡Basta para mí!
Don Pedro hizo traer los vasos y la cerveza, que estaba fresquita, y
siguió el luego lleno de entusiasmo.
Al atardecer, entró Mario corriendo y le dijo al padre:
-Papá... ¡pasa Miseria a caballo!
Entonces don Pedro llenó un vaso de cerveza y salió a la puerta y alzando
el vaso, le dijo al vigilante con tono firme:
- ¡ Si gusta!. ..
Sin desmontar, Miseria tomó el vaso y exclamó: ¡Salú! y lo bebió de
una vez. Mientras se sacaba la espuma del bigote, preguntó:
-¿Qué se festeja?
- ¡El cumpleaños del más chico! -¡Felicidá!
Y entreabría los ojos mongoles de simpatía y don Pedro le había perdonado
ya aquella vez que lo puso preso, como si no lo conociera.
Adentro, doña María estaba algo contrariada porque, quien más, quien
menos, todos habían ganado y ella... ni una vez...
-Pero, ¡qué mala suerte! ¡Ni un cuaterno!
- ¡Desgraciada en el juego, afortunada en el amor! sentenció doña Matilde.
- ¡Mire, vecina, eso, cuénteselo a Serrucho!
-María -afirmó la hermana- es de las que quieren el rayo y el trueno
juntos.
Hicieron un alto para que las mujeres y los chicos tomaran el chocolate
con masitas, sin el cual ya se sabe que no existe el cumpleaños. Y los
hombres bebían su cerveza y se echaban sobre el respaldo de la silla,
para despedir grandes bocanadas de humo acre de sus picantes cigarros.
Y hablaron también de lo que más apasionaba a todos:
- ¡Está fea la cosa! -dijo el marido de doña Matilde. -Para el obrero
siempre fue lo mismo -respondió.
Gracias-por-todo-, aquí y en cualquier parte del mundo. -El obrero -
dijo el marido de doña Matilde- debe agarrar lo que le dan, venga de
donde venga...
- ¡Me extraña, don Matías! ¿Cómo usted dice eso? -replicó don Pedro-,
No puedo creerlo. El obrero tiene que pensar en el porvenir de sus hijos
y por un poco más de pan no los puede vender como esclavos.
- ¡Se acuerdan del obrero -reclamó Perejil- cuando lo necesitan para
subir!
-El obrero necesita pan.
-El obrero necesita educación.
-El enemigo del obrero es la ignorancia.
(¡Ah! ¡yo también creo en eso, don Perejil! Disculpen que me meta. Creo
que tengo derecho a decir algo. Déjenme meter la cuchara. Miren: yo
les hablo honestamente. Y con sus mismas palabras para Que me entiendan.
Sin cultura no hay libertad, que es lo más grande que el hombre puede
codiciar en la tierra. La sumisión cubre de vergüenza al que domina
y al dominado. Pero la cultura restringe el poder y por eso la odian
los que tienen ambición de mandar. Si no son sencillos y honestos, los
que alcanzan el poder lo usan como propio, aunque nada les pertenece.
Vuelven las armas que les hemos confiado para que nos protejan, contra
nosotros. Nos quieren impedir pensar y hablar. Sí; el enemigo natural
de esa gente descarriada es la cultura y solo por falta de cultura nos
pasa lo que nos pasa. Porque nuestras libertades, don Perejil, no existen
porque las proclamen las leyes, sino porque han llegado a hacerse sangre
en el pueblo.)
Entonces apareció doña María gritando:
- ¡Vamos a seguir jugando! Porque si no ustedes van a acabar peleándose.
Voy a cambiar los cartones, a ver si me desquito un poco de mi mala
suerte. Lo que hace falta en el mundo es que todos sean un poco más
sencillos y buenos.
-Si fuese tan fácil -murmuró Gracias-por-todo.
-¡Los dos patitos!
-Mamá... apunta en vez de hablar. ¿Sabes por qué no ganas?... porque
se te pasan... pone aquí... el veintidós.
-¡Me falta uno solo! Fíjate bien, Alberto!
-¿Los dos martillos... ¡Setenta y siete!
- ¡Lotería! -gritó doña María sofocada.
Y en el mismo momento Fidel ladró nervioso y Mario entró corriendo y
gritando atropelladamente:
- ¡Mama... mama... la Valentina tiene un montón de perritos!
13
DELIRIO
MATERNO
-Mama -dijo Mario-, ¿le llevo el perrito al doctor Cucaracha?
-No; todavía no, he dicho. Cuando el animalito tenga unos días más entonces
se lo llevamos.
-Pero hoy -indicó don Pedro, con estudiada indiferencia- puedo ir a
tirar la perrita en la laguna.
-¿No se le puede dejar un par de días a la madre? -saltó doña María.
-Es peor, el animal se acostumbra y después ¿quién se la saca? Doña
Matilde dice, además, que la Valentina se puede enfermar con tantos
cachorros.
-¡Oh!, doña Matilde, ésa también es buena...
El hombre se rascó la cabeza y dijo:
-Pero decime un poco: ¿qué vas a hacer con tantos perros?
(De veras; ¿qué ocurrirá el día que los perros sean más buenos que tus
hombres?)
-Bueno, bueno; entonces mejor es no tener nada. Si son gallinas, vuelta
a vuelta se las roban. Cuando uno empieza a agarrarles cariño, entra
un sinvergüenza y las pone en la bolsa. Me gustaría encontrarme una
noche con uno de esos, cara a cara, ¡Ibas a ver lo que le decía yo!
-Pero, la perrita, ¿para qué la querés? -preguntó don Pedro-. Nadie
se queda con las perritas.
Doña María se apresuró a decir:
-El de la orejita manchada se lo prometí al lavandinero; el otro, el
que parece una bolita, es para el doctor Cucaracha, y los otros dos
hay que dejárselos al pobre animal para que no sufra más. Cuando sean
grandes, se le sacan y ya veremos quién se los lleva.
-Pero la perrita - insistió don Pedro- hay que sacársela ahora para
que no la sienta. Si no el animal se va a consumir con tanta cría.
-Bueno, ¡qué embromar!, hace lo que quieras. Me gustaría que te mordiera
la mano...
Don Pedro, inexorable, se puso el saco y le indicó a doña María.
-Llámala a la Valentina, así sale afuera...
La mujer tomó un plato con comida y salió de la cocina:
-Valentina... vení... toma...
La pobre, flacucha y vivaracha como siempre, pasó por encima de sus
cachorros temblorosos, con los ojitos casi cerrados y las trompitas
húmedas de leche y corrió hacia donde estaba doña María. Miró con desconfianza
a Fidel, advirtiéndole con un gruñido que no debía pasar a la cocina,
y empezó a husmear en el plato.
Entretanto, don Pedro buscó la perrita y la ocultó dentro de su saco.
Los tres chicos, que observaban la maniobra, preguntaron:
-Papá, ¿podemos ir a la laguna?
-Y... vengan.
Valentina barruntaba el aire inquieta. Fue a darle unos lametazos a
la cría y pareció no darse cuenta de la falta.
Doña María masculló entre dientes:
-Es un crimen sacarle al pobre animalito.
-Pero, ¿no ves, sonsa, que ni se da cuenta? -replicó don Pedro, aliviado.
Valentina volvió a correr hacia sus perritos, que estaban debajo del
aparador de la cocina, se puso sobre ellos con las patas abiertas y
asomó la cabeza con una expresión de desafío. Los cachorros, al olor
de la madre, buscando con afán las ubres, empezaron a mamar minuciosamente.
Pero Valentina volvió a ponerse en movimiento y los perritos rodaron
entre sus patas, con mimosos gemidos de protesta. La perrita fue primero
a olisquear a Fidel, que se quedó inmóvil, de una pieza, con una pata
en el aire. Y esto a ella le bastó para conocer sus, intenciones, aunque
carecía del don de la palabra.
(Todos sabemos que a los retratos de Leonardo da Vinci y a los perros
solo les falta hablar.)
Luego, Valentina miró con ojos lastimeros a doña María, hizo una instantánea
transición, para rascarse con la pata trasera detrás de la oreja, y
fue hacia don Pedro. Levantándose sobre las patas y apoyándose en las
rodillas del hombre, estiró el cuello. Su hocico fino y trémulo fisgaba
el aire que ceñía a don Pedro. Y ladró dos veces, con un ladrido desafinado,
roto. Miró otra vez a todos y volvió agitada a oler sus cachorritos.
Fidel se creyó en el deber de mostrarle su adhesión con un ladrido corto.
Doña María se enfureció:
-Pero, ¿por qué no se van de una vez, en lugar de hacer sufrir así a
estos animales? ¿Ustedes se creen que los animales son de piedra, que
no tienen corazón... eh? ¡Quiera Dios que nunca te saquen un hijo de
tu lado!
Entonces don Pedro se puso sombrío y empezó a caminar, seguido de los
chicos. Tomaron por el lado de las vías del tren, por un senderito tortuoso
entre grandes matas de cicuta. Y uno se daba cuenta de que la tierra,
con todo aquello y con uno mismo, le pertenecía en algún modo.
Mario se atrevió a decir:
-Papá, ¿me la dejas llevar un poco?
Y don Pedro, sin responder, abrió su saco y le dio la perrita. Mario
apretó el montoncito sedoso y tibio contra su pecho, encajándola en
su cuello, y cubriéndola con el mentón.
-Papá -preguntó Alberto, en un tono mezclado de interrogación y reproche-.
¿La vas a matar?
-La va a tirar en la laguna -contestó Pedrito por él.
Ya estaban a un paso del charco. Un caballo blanco, sucio, hundía los
belfos en el agua barrosa. Un hornero saltaba en los cuencos que dejaban
en el barro las pisadas del caballo. Un renegrido se había asentado
impávido en las ancas del animal. Por encima de la triste cabezota del
caballo emergía, de un cielo ceniciento, una distante estrella.
(Bueno; Castagnino, no te enojes por este cuadrito: grises, ocres, caballo
blanco, pájaro negro. Casi siempre el escritor tiene que hacer un poco
de pintura, y se le puede perdonar, pero el pintor nunca debería hacer
literatura con los pinceles. ¿No te parece, Juan Carlos?)
Don Pedro se había detenido en la orilla de la laguna, flanqueado por
sus hijos, y Mario, que tenía la perrita en brazos, lo miraba como si
quisiese penetrar sus indescifrables designios. Pero don Pedro miraba
el agua meditabundo y su frente parecía abultarse, debajo de aquel mechón
rebelde.
(Mire, don Pedro, no me pida que le busque una solución literaria a
este suceso, tan insignificante y tan doloroso, porque yo no me quiero
meter. ¡Arrégleselas como pueda! Cuando empecé a escribir, sabía componer
frases hermosas, tan cómodas para los críticos. Distraía al lector,
con floripondios tropicales que lo mareaban, si puede decirse, y no
le dejaban ver el fondo del asunto. Después aprendí laboriosamente a
decir lo más cierto.
Y usted ya lo sabe, no es negocio. Pero se vive una vida diferente y
no la cambio por todo el oro del mundo. ¡Y cómo nos queríamos, don Pedro,
con los compañeros que han muerto y que habían comprendido la misión
del escritor! Nos hubieran hecho tanta falta en medio de esta discordia,
por su rectitud, por su altivez, por su veracidad. Cuando estábamos
juntos y venían los muchachos con sus primeros versos y esos ojos de
iluminados tan lindos, nosotros nos mirábamos y pensábamos: ¡Pobres,
éstos no saben todavía qué quiere decir ser escritor! Todos los riesgos
son fundamentales para nuestro oficio, don Pedro. ¡Y no hay salida!
Hay que despellejarse para sostener una conducta y darle un valor a
lo que uno dice. Y hay que echar en el crisol, ingratitud, injusticia,
persecución, desprecio, humillación, escarnio y sacar de todo eso un
lingote resplandeciente de amor. ¡Y cómo nos queríamos con Juan Pedro
Calou, el flaquito que amaba a los miserables y a los perros. Tenía
un sobretodo raído, pero llegó a decir:
Quise que así, vacío como el fondo
de los brillantes, una noche aciaga
fueras ante el misterio del espacio
el mismo ser de la primer mañana.
¡Se dan cuenta, don Pedro, qué bárbaro! ¡Y cómo nos queríamos con el
tumultuoso Roberto Arlt y el místico Roberto Mariana Una vez, Arlt le
dijo a Mariani, porque razonaba mucho: Vos, para ir de aquí a la esquina,
necesitas escribirte un tratado de exploración.
¡Cómo nos comprendíamos! Pero, habían sentido ya el gusto ácido de ser
verídicos y vinieron a morir pobres y sin gloria y muchos se apresuraron
a olvidarlos porque amaban a la humanidad sobre todas las cosas y siempre
proponían conflictos de conciencia. A estos tres compañeros los vimos
en sus cajas y cuando sepultamos a Arlt, Rega Molina, el poeta, y yo,
parecíamos dos gallinas mojadas y él no pudo más y escribió:
Si yo supiera todo lo que sabes.
Lo que desde tu muerte has aprendido.
¡Qué grande, eh! Sí, don Pedro; si esos compañeros vivieran, yo les
hubiera preguntado: ¿Qué hacemos con este hombre, a orillas del pantano,
sufriendo porque tiene que matar una perrita? Y ellos hubieran dicho
quizás alguna palabra sensata que nos aliviara el pecho. Pero, así,
yo solo... Bueno, don Pedro, disculpe que me haya puesto a recordar
a mis muertos, mientras usted cavila mirando el agua leonada, donde
bebe un caballo blanco.
Alberto volvió a preguntar, con acento de incredulidad:
-Papá, ¿la vas a tirar al agua?
Entonces don Pedro volvió de su ensimismamiento, como si le hubiesen
recogido con una cuerda y buscando con la mirada un lugar, dijo:
Mirá, dejémosla aquí, que está al reparo de estos yuyos. Hacéle un pocito
con la mano, para que esté abrigada. La tierra es caliente. A lo mejor
mañana pasa alguno, la ve y se la lleva.
Y cuando Mario puso la perrita en el hoyito, debajo de una mata de hinojos
y el padre murmuró brevemente: ¡Vamos!, en el pecho de los cuatro se
prendió una gran congoja y retornaron como si tuviesen culpa, con algo
de frío en los huesos.
Entraron en la casa y de pronto oyeron un pequeño ruido y se dieron
vuelta, bruscamente: detrás de ellos venía trotando Valentina, con la
perrita colgando de la boca. No hubo tiempo para asombrarse, pero sintieron
que les nacía un brote de júbilo y ternura.
Doña María, al verla, se puso de rodillas y moviendo la cabeza, mientras
Valentina dejaba a su hijita en si suelo y la lamía con ansiedad, ella
le decía, con voz de madre:
-Si no la hubieses ido a buscar, te juro que no te hubiese mirado más
a la cara...
14
CORBATA
Era media tarde. Doña María estaba sentada en la galería, cosiendo.
Valentina y Fidel se habían echado, uno a cada lado de su silla, y de
vez en vez levantaban la cabeza y la miraban con ojos soñolientos. Los
chicos estaban en la escuela. Los perritos dormían y soñaban, más allá,
en un montoncito mullido del que de tanto en tanto salían finos gemidos.
Una gallina nueva, la Entremetida, andaba pomposamente, toda hueca de
ruidos, explorando las baldosas del corredor.
Doña María había empezado a soñar, cuando golpearon las manos. Fidel
y Valentina rompieron en estrepitosos ladridos. Dejó a un lado la costura
y se levantó para atender la puerta. Era don Perejil, que decía, con
su ánimo de siempre:
-¿Cómo le va, doña María? ¿A que no están los chicos? Ella se limpió
rápidamente la boca con el delantal, como si quisiese despojarse de
toda palabra inadecuada y respondió, a tiempo que abría el portoncito:
-¿Cómo le va, don Perejil? Pase... pase... Al petiso le bailaron los
ojitos y se hizo a un lado para que doña María viese que lo acompañaba
un perro. Era todo tan imprevisto, tan rápido, que no había modo de
atender a tantas cosas a la vez. Y, naturalmente, hubo que empezar por
los perros. Bajaron las miradas a su alrededor, pero los tres animalitos
ya se habían acercado. Se olieron replegando el hocico y expresaron
su agrado sencillamente, con miradas afectuosas y movimientos de la
cola.
(Les hombres, en cambio, ¡qué de trabajos para relacionarse! Hay que
saber primero quién es uno y cuánto tiene y finalmente no es el que
buscamos.)
-Este es Corbata -explicó Perejil a doña María. Y añadió-: Tenía la
tarde desocupada y pensé: voy a ver si están los chicos de don Pedro,
para que conozcan a Corbata. Dale la mano a doña María.
(Lo más difícil era aparentar frente al mundo cierto valor, cierta altivez
artificial y uno era siempre tan débil, tan insignificante, tan “poca
cosa”. Y éste era quizás el principal mérito, pero tácitamente todos
habían acordado no decirlo.)
El perro, un perro más grande que Fidel, de color blanco con manchas
negras, de orejas cortas, de ojos despiertos, levantó una pata en seguida.
Y doña María la sacudía con su mano y hablaba y reía a un tiempo:
- ¡Ay, Dios mío! ¡Me da la mano, como una persona bien educada! Pero...
¡qué lástima que no estén los chicos para ver esto!
Volviéndose de pronto a Fidel y a Valentina, les reprochó:
-¡Aprendan ustedes, que no saben hacer otra cosa que comer!
Y nuevamente al petiso, que sonreía halagado: -¡Qué bien enseñado lo
tiene! Pero éste es un perro fino, ¿no? Se le conoce en el pelo. Pero,
¿por qué no pasa, don Perejil? Pase... hombre... pase... y toma unos
mates. ¡Y yo que lo tengo en la puerta, como una babieca! Déjelo a Corbata
que se divierta con sus amiguitos.
Perejil entró y dejó a Corbata en la puerta, del lado de afuera.
-Usted se queda allí -le previno amenazándolo con el dedo-. ¡Y cuidadito
con moverse! ¿en?
-Pero, don Perejil, ¿qué es eso?... deje entrar al pobre animalito,
así juega con los míos.
-No -replicó Perejil, serio-, si le dejo hacer lo que quiere, se acostumbra
mal y no me obedece.
Doña María preparó el mate en un abrir y cerrar de ojos y se sentaron
en la galería, con la pava al lado. Pero Valentina y Fidel no los dejaban
tranquilos. Iban y venían desde donde estaban ellos a la puerta, en
locas carreras, y ladraban suplicantes y lloraban con grititos pueriles,
dándole a Corbata furtivos lametazos, a través del alambrado. De vez
en vez, Valentina iba a mirar a sus hijitos, los reconocía con un movimiento
circular de su hocico y volvía a la carrera, a gemir, junto a la puerta,
donde Corbata, impasible, esperaba.
-Hágame caso, don Perejil, no sea tan desalmado y deje entrar al pobrecito,
por una vez siquiera.
-Bueno -dice Perejil, con su carita de niño viejo-, no habrá más remedio
que dejarlo pasar. Y sin moverse, grita: - ¡Corbata! Vení, entra.
Corbata tiene un instante de vacilación y en seguida, sin que Fidel
ni Valentina se asombren por eso, con la pata empuja el pasador, abre
la puerta y entra, mirando alternadamente a los dos perritos, que lo
acosan por los flancos con sus fiestas.
-Usted, con este perro, tiene una fortuna -exclama doña María-. Entiende
todo lo que le dice. ¿Le puedo dar un turrón de azúcar?
(¡Por favor, doña María!, no se dice “turrón” sino “terrón” de azúcar...
aunque, a decir verdad... casi... casi... estaría mejor dicho, porque
terrón viene de tierra y turrón de confitura.)
-No; no le dé nada... no prueba nada si no se de mi mano... Este perro,
ahí donde lo ve.. Entiende más que un ser humano... ¡Si yo le dijera...
doña María... no lo podría creer! ¿Ve cómo va a mirar a los cachorritos
y la madre no le hace nada? -¡Es cierto! ¡El Fidel no se puede ni acercar!
-¿Ve qué serio es y cómo se hace querer en seguida por los otros? Ahí
donde lo ve, la otra noche yo estaba llorando y se vino y me lamió la
cara.
-¿Usted lloraba, don Perejil? -preguntó interesada doña María, mientras
secaba el mate con el delantal. -Sí, lloraba...
Y los ojos del bajito se enturbiaron. -Usted, don (Perejil, que es tan
alegre, tan divertido; usted, don Perejil, que ha trabajado en el circo...
-Sí, lloraba... ¿qué le va a hacer? Alguna vez hay que llorar un poquito...
Mire... recibí carta de Europa... y me quedé solo en el mundo. Al único
que tengo es a éste, a Corbata...
Extendió una mano para acariciar su cabeza y los tres perros se precipitaron
a disputarse su caricia. Entonces, como doña María se había quedado
callada de emoción, el petisito sacó de su bolsillo un papel y leyó,
tartajoso:
... debo darle la mala nueva de la muerte de su padre, de sus hermanos
Miguel, Nicolás y Camelia, de su sobrinito Vasilio, de su tía Gregoria,
muertos todos cuando la aldea fue incendiada y arrasada por el ejército
malhechor ...
Después, con una sonrisa suave, dijo: -¿No le parece, doña María, que
tenía que llorar un poquito?
(Realmente, don Perejil, todos los hombres del mundo deberíamos llorar
tres días con sus noches por todo lo que ha pasado en estos años de
ignominia.)
Secándose una lágrima de infinita piedad, doña María masculló conmovida:
-¿Quiere otro mate, don Perejil? Pero él se levantó de su asiento, y
murmuró: -No, gracias, señora. Me voy...
-¿Por qué no se queda un ratito más? Ahora, en seguida, llegan los chicos...
-No; me tengo que ir. ¡Vamos, Corbata! Entonces doña María cambió de
cara y de voz y pidió, gravemente: -Espere... usted que sabe leer..
¿Quiere leerme una carta?
Fue a la pieza, subió sobre una silla y tomó un sobre que había escondido
en el techo del ropero.
-Es de mi otra hermana, la que vive en el campo con mi padre, no la
que usted conoce -dijo, soplando el polvo del sobre y alcanzándoselo
a Perejil-. No la quería leer estando los chicos delante... ¿comprende?
El hombrecito examinó atentamente el sobre, de un lado y de otro.
-Esta vez seguro que es el abuelo... -murmuró doña María y palideció.
Perejil rompió el borde del sobre con los dientes, sacó un pliego y
después de recorrer con los ojos el escrito, leyó en voz alta:
...y esperamos que todos estén bien, que por aquí corporalmente contamos
con la voluntad de Dios y el abuelo se conserva en su entendimiento
natural, y fuerte, que no le falta casi ningún diente y reniega noche
y día por querer ver a sus nietos de Buenos Aires, antes de que le llegue
la muerte, que espera como cosa natural y sin disgusto. Ahora te diré,
querida hermana, que nuestro perro, Máuser, que debe tener algo más
años que tu hijo mayor, y que tanto querías, remaneció muerto el domingo
de Pascua y lo enterramos junto al álamo negro, que está detrás de la
casa.
El hombrecito leía con una voz de rezo y doña María había juntado las
manos y escuchaba con la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante,
la boca floja, entreabierta, la oreja tensa, los ojos distantes, errantes
quizás, alrededor del álamo aquel de su casa paterna. Su corazón estaba
agitado y despavorido y solamente se iba a sosegar después de algún
tiempo. Cada palabra que Perejil leía era absorbida por todos sus poros,
en un cálido silencio. (¡Cuántas palabras se pronuncian con el solo
afán de producir ruido, como los perros que ladran cuando se cansan
de su largo mutismo. El aire está infestado dé palabras muertas, que
ya no huelen bien y que nos golpean en la cara como cuerpos de pichones
muertos. Ya casi nadie sabe hablar, de tantas palabras falsas que se
acumulan en nuestras bocas descoloridas. Y solamente se necesitaría
una sola, una palabra nueva, esplendente, para que todos los hombres
volvieran a comprender. Porque una vez, fugazmente, comprendieron...
Y entonces se fundó el Ser humano. Y los más verídicos comprendieron
a los animales y sobre todo a los perros. Y desde entonces vivimos de
aquel mágico recuerdo, enredados en la maraña de nuestras propias mentiras.)
Entonces doña María, con cierto alivio, metió la carta en su escote
y sentía una suave vergüenza, de ser más afortunada que el desdichado
Perejil.
-Ya ve, don Perejil... También, yo tengo a quién llorar por hoy...
En la puerta, Perejil le tendió la mano, sonriente, y lo mismo hizo
el perro, levantando una pata que doña María sacudió como una mano amiga.
Fidel los acompañó seriamente hasta la esquina y cuando volvió al trotecito,
desde la puerta, con doña María y Valentina, se quedaron mirando hasta
que el hombrecito y el perro desaparecieron detrás de un cerco de cina-cina.
Entonces doña María volvió de sus cavilaciones y rezongó:
- ¡Vayan adentro a cuidar de sus hijos, callejeros!
15
LADRONES
Ocurrieron muchas cosas. A media noche, Fidel empezó a gruñir de un
modo raro hasta que consiguió despertar a doña María. Casi entre sueños,
ella preguntó: -¿Qué te pasa, viejo?
Pero Fidel seguía gruñendo y a la difusa claridad que entraba por la
ventana, doña María vio que estaba rígido, con la cola atiesada y miraba
en dirección a la puerta. Zamarreó a su marido, diciéndole: -Pedro,
anda a mirar qué pasa afuera. Entonces él se levantó rezongando y descalzo
y, sin ponerse los pantalones, salió a la galería. Escurriéndose entre
sus pies, Fidel le ganó la delantera. Y detrás de Fidel, corrió Valentina.
Oyeron un ruido sordo de pasos presurosos y el golpe que hace al caer
un bulto pesado y como un leve gemido. Y luego, don Pedro alcanzó a
ver una silueta que se descolgaba por el alambrado a la calle y se esfumaba
velozmente en la obscuridad. Fidel dio tres pasos con las patas agarrotadas
y empezó a ladrar desesperadamente.
(Mentiría si dijera que don Pedro no soltó una palabra fea. de esas
que dan carácter a un idioma y permiten cierta distinción a los que
no las emplean)
Después Fidel dejó de ladrar y regresó lentamente. Los ladrones habían
escapado y don Pedro volvió a la cama, fastidiado. -¿Qué era, Pedro?
- ¡Qué se yo! ¡Rateros!
Y al día siguiente, cuando don Pedro asentaba meticulosamente la navaja
para terminar de afeitarse, entró doña María, agitada:
-¿Viste?... ¿viste?... los que entraron anoche se llevaron a la Pelada,
a la Catalana, a la Patuda, a la Colorada y media bolsa de maíz que
estaba en la cocina. Y te dejaron el gallo todo revuelto de plumas como
si te lo hubieran estado corriendo. Si no te levantas se las llevan
todas.
Los chicos estaban sentados en el suelo poniéndose las zapatillas y
quedaron en suspenso, con la boca entreabierta.
Alberto preguntó: -¿Qué pasó, mamá?
-Entraron ladrones anoche, y se llevaron cuatro gallinas. La Patuda,
¡cómo la siento! Ponedora como ésa no voy a tener nunca. Y el Fidel
¡cómo ladraba! El fue quien me despertó, pobrecito.
-Y la Valentina, ¿no ladraba?
-La pobre está abajo del aparador sin separarse de su cría.
-Bueno -dijo don Pedro-, cada vez que nos robaban algo, mi madre, que
en paz descanse, decía: si te robaron es porque tenías... Si te robaron
las gallinas es porque las tenías, si no no te las hubieran podido robar.
No lo pensés más, ¿qué le vas a hacer? Porque llores no te las van a
devolver.
-Es que me da rabia... -sollozó ridícula doña María-, tanto cuidado...
tanta fajina para tenerlas limpias, gorditas... uno empieza a quererlas
y no se las quiere comer y el primero que viene se las levanta en una
bolsa, como si tal cosa...
-¿Vos te crees, María, que ahora están alrededor de una olla con las
cuatro gallinas adentro, sintiéndole el olor al caldo?
-Yo no me creo nada, y no me vengas a defender a esos criminales...
-Son unos pobres infelices, muertos de hambre...
-Si tienen hambre que coman raíces, antes de mancharse las manos en
el robo.
-Papá -dijo Pedrito-, ¿vos entrarías en una casa a robar gallinas?
Doña María le dirigió una mirada iracunda y gritó:
- ¡Nene!... ¡te voy a dar, desfachatado! ¡No le faltes el respeto a
tu padre!
Pedrito se salvó del consabido coscorrón, porque irrumpió en la galería
la voz engolada del pescador:
-¡Pescador! ¡Pescado fresco... pescado de Mar del Plata!
Doña María miró a don Pedro cambiando bruscamente de tono y le preguntó:
-¿Querés comer pescado, hoy?
-Y... bueno... -contestó él, encogiéndose de hombros.
-Voy a comprar pescadilla, si tiene.
-Pero no te pongas a hablar con el pescador de las gallinas que te robaron.
Y mientras doña María iba hacia la puerta seguida por los chicos y los
perros, él terminó de anudarse el pañuelo, se levantó el mechón de la
frente y salió. Tuvo que pasar por encima de las canastas del pescador
y olió con gusto el tufillo marino que las envolvía.
-¿Al trabajo, don Pedro? -preguntó el pescador.
-Para no perder la costumbre -murmuró él y añadió, sin mirar a nadie-:
Hasta luego.
Doña María sintió el deseo punzante de mostrar al pescador un trocito
de su intimidad sentimental y exclamó, con un tono demasiado afectado
para que fuese sincero:
- ¡No vengas tarde!
Don Pedro no pudo evitar la sorpresa y volvió la cabeza para mirarla,
levantó el mechón de la frente y siguió andando. Pero ya todos estaban
sobre las canastas y Fidel y Valentina olían desconfiados y se apartaban
para dar pequeños estornudos.
-¿Qué lleva, pescador? -preguntó doña María, fisgoneando en las canastas.
-¿Quiere un lindo pedazo de surubí?
-¡Ay!, no; es muy grasoso.
-¿Quiere una corvina? Pero es chica... ¿Quiere una buena merluza?
-¡Siempre merluza! Y éste, ¿qué es?
-¡ Pescadilla!
-Caballa, ¿no lleva?
-¿Caballa?
El pescador se echó atrás la gorra de visera, hizo un gesto de desesperación
y cuando doña María, los tres chicos y los dos perros estuvieron pendientes
de su gesto, dijo: -Caballa no se consigue ni para remedio. Antes de
pescarla ya la tienen en conserva...
El diálogo se hizo más vivo.
-Antes era el pescado de los pobres.
-Por unos centavos le daban una entera que alcanzaba para toda la familia.
Los chicos miraban ensimismados las canastas.
(Los pescados, húmedos, sinuosos, con un desmesurado ojo amarillo, no
habían podido reponerse del estupor de haber sido sustraídos a su mundo
y muertos seguían sin querer comprender, con la pupila tercamente dilatada,
con la boca entreabierta y blanda de los lechones.)
-Bueno; déme esa pescadilla. Límpiela bien y sáquele la cabeza, porque
no tengo gato.
Los chicos se entretenían viendo cómo el hombre destripaba al pescado
con su filosa cuchilla, que hacía saltar al aire una lluvia de escamas.
Al fin, de un hachazo saltó la cabecita de ojos acusadores y el pescador
cargó sobre los hombros la caña de sus canastas y se fue canturreando.
La familia volvió a entrar y los perros estaban insoportables. Corrían,
ladraban y tironeaban la pollera de doña Maria, que les recriminó fastidiada:
-¿No se pueden quedar un minuto quietos? ¿Por qué no gritaron anoche,
cuando nos robaron las gallinas?
Pero la Valentina, especialmente, no quería atender razones y desafiando
algún manotazo saltaba sobre la pollera de doña María.
-Pero, ¡miren cómo me pone la ropa esta desorejada! ¿Qué te pasa, che?
Mira que lo llamo a don Perejil para que te enseñe a no poner las patas
encima.
(El sistema que empleaba don Perejil era sencillo: cuando el perro levantaba
sus patas delanteras al aire, él le visaba las patas traseras. Y el
perro, que tiene más memoria del dolor que el hombre, nunca más volvía
a hacer esas demostraciones.) Al fin, todo quedó revelado.
- ¡Mama... -masculló Pedrito, señalando con el dedo- Mario se robó un
pescado de la canasta!
A doña María casi se le cae de las manos el plato con la pescadilla.
Cambió de color y tartajeó, asustada: -Nene... ¿has hecho eso?
Mario, haciendo esfuerzos para lloriquear, mostró un pescado con un
lazo de bejuco en la boca, que había ocultado con las manos en la espalda.
Alberto esbozó una sonrisa de cómplice que se desentiende y pronosticó,
alejándose: ¡Ahora...! Doña María quedó paralizada por la indecisión.
Después dejó el plato sobre la mesa, se secó rápidamente las manos en
el delantal y precipitándose furiosa sobre el Deseado, salió corriendo
detrás del pescador, con el chico a rastras.
Iba sin aliento, con los ojos arrasados de lágrimas, con el pescado
en alto en una mano, y Mario colgando de la otra. Fidel y Valentina
.ladraban saltando delante de ellos y los otros dos chicos miraban desde
la puerta, asustados.
El pescador se detuvo y dejó las canastas en el suelo con cierto aire
de sorpresa. Doña María llegó jadeando. Con la voz rota, gritó:
-¡Ay! don Marcos... este sinvergüenza que le ha robado un pescado de
la canastra...
El hombre sonreía, rascándose la frente, debajo de la gorra.
-No es nada, doña María... son cosas de criatura...
- ¡Ah! don Marcos, el chico lleva dentro de él al grande. El grande,
al chico que era, ya lo perdió.
-No es nada.
- ¡Cómo no es nada! -sollozaba ella-. ¿Tanto educarlos, tanto sacrificio
para mandarlos a la escuela, tanto trabajar para vestirlos y alimentarlos...
el padre y la madre trabajando como burros... y los hijos salen ladrones?
Sin soltarlo, le dio un soplamocos tratando de no golpear fuerte; pero
su acento era tan desesperado que Mario comprendió que debía llorar
a gritos, haciendo coro a los gruñidos de Fidel.
-Son cosas de criatura... -repetía el hombre, acomodando el pescado
debajo de una arpillera mojada.
Sacudiendo de un brazo a Mario para que no gritase, volvió a la casa
y en la galería se dejó caer en la sillita baja y entre hipo e hipo,
decía:
-Para que fuesen buenos, habría que criarlos fuera del mundo, donde
no pudiesen ver, ni oír a nadie. A lo mejor ya se enteró la vecina y
lo va a saber todo el barrio.
-No, mama... doña Matilde no estaba -intervino pesaroso Alberto.
- ¡Salgan de acá, malvados, que no los quiero ni ver! Y rueguen a Dios
y a todos los santos que esto no lo sepa el padre porque le quema las
manos. ¡Ah! Sí; se las quema. El no va a andar con vueltas... como yo...
¡pobre de mí!... que me van a matar a disgustos...
La Valentina fue a echar una ojeada a sus cinco cachorros, los olió
y corrió a acomodarse, de un salto, en el regazo de doña María. Mientras
acariciaba la cabeza de la perrita, haciéndola derretir de gusto, la
mujer iba diciendo:
-Por lo menos los perros son decentes y agradecidos. Si no es por esta
pobre que me avisó, mis hijos hubieran pasado por ladrones.
[EN PROTECCION
DE LOS DERECHOS DE AUTOR FINALIZA EL FRAGMENTO DE HISTORIA DE PERROS]
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