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Vairoletto, vida y leyenda de un
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social del gaucho (doc zip 340K)
Bandoleros santificados, Hugo
Chumbita | Alias Mate Cosido, Hugo Chumbita
Ladrones en Buenos Airses, 1810-1830.
Gabriel Di Meglio |
Mate Cosido, por Pedro Pago
Tras los rastros del bandolero
social
Por Hugo Chumbita
[Enlace relacionado: Entrevista a Hugo Chumbita, por Pedro Pesatti]
El historiador inglés Eric J. Hobsbawm, autor de una vasta obra dedicada a
explicar la formación del mundo contemporáneo, escribió en 1959 un texto
fascinante sobre el bandolero social, ampliado luego en su ensayo Bandits
(1969). Fundó así una nueva rama de estudios que desató fuertes controversias.
La última edición revisada del libro Bandidos, que ya circula en la traducción
española (editorial Crítica), es singularmente interesante porque se hace cargo
de varias críticas y actualiza sus ideas, ampliando incluso sus referencias
históricas a la Argentina.
El hallazgo precursor de Hobsbawm fue mostrar la universalidad del mito de Robin
Hood: el salteador rural empujado fuera de la ley por la injusticia y erigido en
héroe de los pobres se reproducía con asombrosa uniformidad en las culturas
campesinas de cualquier época y latitud. Partiendo de la saga de los "buenos
bandidos" del Mediterráneo, Hobsbawm registra personajes similares en toda
Europa, China, Africa y, por supuesto, las dos Américas. Su teoría distingue
como subtipo al "vengador", cuyo rasgo más saliente no es tanto ayudar a los
campesinos sino golpear a sus opresores, lo cual brinda a los oprimidos una
gratificación psicológica; caracteriza bandas de jinetes como los haiduks
húngaros, que formaron rudimentarias guerrillas de liberación nacional (un
equivalente podrían ser nuestras montoneras); y trata como una derivación el
"cuasi-bandidismo" ideologizado de los anarquistas expropiadores.
Para Hobsbawm, tales figuras expresan una forma primitiva o prepolítica de
protesta, propia de comunidades agrarias arcaicas, cuyo equilibrio se rompe por
la penetración del capitalismo; y los bandoleros estarían condenados a
extinguirse en la medida en que se afirma el Estado y surgen los sindicatos y
partidos modernos.
Anton Blok, historiador de la mafia siciliana, cuestionando las fuentes en que abrevaba Hobsbawm, enfatizó que algunos bandoleros "heroicos" terminaron actuando al servicio de los poderosos. Aunque Hobsbawm había descripto la complejidad del juego de intereses en que se insertaba el bandido, llevándolo a veces a pactar con los dueños del poder, hoy admite parcialmente la crítica de Blok y reconoce que su trabajo inicial se apoyó en fuentes folkóricas o literarias sin confrontarlas con investigación documental de cada caso. No obstante, gran parte de esa tarea la han cumplido los historiadores que se guiaron por su teoría.
León Gieco - Bandidos rurales |
Hobsbawm acepta asimismo las críticas que señalaron que el bandolero social
aparece en áreas rurales más modernas, en contextos capitalistas donde no hay un
campesinado tradicional (como lo muestran, en la Argentina del siglo XX, las
andanzas de Vairoleto o Mate Cosido), si bien ello se da cuando existe una
memoria popular de simpatía por los bandidos populares (algo que, en el caso
argentino, provendría del pasado gauchesco).
En cuanto a ciertos grupos neo-revolucionarios juveniles de las décadas de 1960
y 70, entre los cuales cita a los Tupamaros uruguayos, Hobsbawm encuentra puntos
de contacto con los bandidos legendarios. Recordemos que en 1968, un libro del
desaparecido sociólogo argentino Roberto Carri, polemizando a su modo con
Hobsbawm, veía en las aventuras del “vengador” Isidro Velázquez en el Chaco una
"forma pre-revolucionaria de la violencia". Según el maestro inglés, las
acciones armadas de pequeños grupos ilegales contra los "enemigos del pueblo"
tienen parentesco con los rebeldes primitivos, no así las organizaciones de
guerrilla urbana o rural con una clara ideología y estrategia revolucionarias.
¿Se ha extinguido el bandolerismo social? En varios sentidos, afirma Hobsbawm,
aún está vivo. Sobre todo, en el imaginario popular. Pero advierte además que,
al inicio del tercer milenio, la desintegración del poder y la administración
estatal en algunas zonas del mundo, así como la declinación global de la
capacidad de control que desarrollaron los estados en los siglos XIX y XX,
parecen recrear las condiciones históricas en que proliferaron estos fenómenos.
Fuente: Clarín, suplemento Zona, 17/02/02
Juan Bautista Vairoletto (1894-1941)
(El apellido también se escribe con B, pero documentos judiciales de
la época dan cuenta de la ve corta. Además, así es como él mismo firmaba)
Juan Bautista Vairoletto forma parte de la historia y mitos polulares.
Nacido en Santa Fe, vivió en La Pampa. Se hizo matrero perseguido por la
policía. Se estableció en Alvear, Mendoza. Casado con Telma Cevallos tuvo
dos hijas.
El 14 de Septiembre de 1941, rodeado por la policía, luego de nutrido
tiroteo y antes de entregarse, se quita la vida para no caer preso.
..."Juan se suicidó. No lo mataron, el se suicidó. Yo me levanté de la cama
tras de él, protegiendo a las chicas. Veo que se pega el tiro y empieza a
caer para atrás, se apoya en la pared y cae al piso. Luego, entró la policía
y le tiraron ya muerto en el piso..." (relato de Telma Ceballos).
Forma parte de la mitologia de los humildes, que lo consideran "protector".
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Bandidos rurales
A mediados de la segunda mitad del siglo XIX, el código rural de la provincia de
Buenos Aires transcribe textualmente disposiciones de sometimiento casi feudales
para la población nativa. Se condenaba lo que denominaban "vagancia" y se
obligaba a los pobladores sin recursos a solicitar autorización a las
autoridades, hasta para transitar por la campaña. Aquel paisano que no portara
su "libreta de conchabo" era
considerado malentretenido y perseguido tenazmente por la partida. Estas
disposiciones ad-quieren mayor y mejor control sobre los "vagos" al
intensificarse la producción agropecuaria en las dilatadas llanuras recién
conquistadas al indio. |
Biografía breve de Vairoletto
Hijo de una pareja de inmigrantes italianos, Juan Bautista Vairoletto fue el
segundo de seis hijos. Nació en Santa Fe el 11 de noviembre de 1894. Su
familia se radicó en la provincia de La Pampa, en una zona triguera que
abarcaba Castex y Monte Nievas.
Cuando era chico, su familia se radicó en Colonia Castex, un pueblo de La
Pampa.Parte de su juventud la pasó en los burdeles, donde conoció a los
primeros anarquistas. Allí se enamoró de una mujer, que también era
pretendida por un gendarme llamado Elías Farache.
Farache y Vairoletto tuvieron una pelea feroz: Farache terminó con un balazo
en el cuello.
Fue acusado de homicidio y encarcelado hasta 1921. Se movía por ambientes
peligrosos como casas de juego y prostíbulos. Fue asaltante de caminos,
sosteniendo tiroteos con la policía de Castex y otras localidades de La
Pampa y provincias vecinas. Era considerado el vengador de los sufrimientos
de sus amigos y su figura de justiciero fuera de la ley hace que se vuelva
popular, convirtiéndose en un mito.
La gente lo ayudaba a huir, y cuando se refugiaba en un lugar le hacían
llegar mensajes para prevenirlo, le proporcionaban alimentos, abrigo y
cuidados. Como corresponde a la leyenda robaba a los ricos y ayudaba a los
pobres, repartiendo lo obtenido entre sus amigos, protectores y gente
necesitada.
En la década de 1930, se lo hacía responsable de cualquier asalto o muerte
ocurrida, pero parecía un fantasma que la policía perseguía sin resultados.
A principios de los años cuarenta se organiza una per-secución dispuesta a
terminar con él. Lo sorprendieron y le dieron muerte en la madrugada del 14
de septiembre de 1941, en General Alvear, Mendoza.
Lo velaron en el Comité Demócrata de dicha localidad. A su funeral
asistieron miles de personas llegadas desde La Pampa. Sus restos descansan
en el cementerio de la localidad dónde murió, en un pequeño mausoleo
levantado con las contribuciones de sus fieles. Concurren hombres y mujeres
que ofrendan flores, crucifijos, placas y objetos diversos para pedirle que
proteja sus familias, trabajo, salud, amor, etc.
Algunos devotos recorren de rodillas la distancia entre la entrada del
cementerio y su tumba. Aún hoy, algunos pampeanos se ufanan de que sus
abuelos hubieran "protegido" a Vairoletto y recuerdan anécdotas vinculadas a
este gaucho.
Vairoletto fue el último "gaucho alzado" que marca el fin de una época. Muere
en los albores de una nueva Argentina con industrias, con sindicatos y vida
predominantemente urbana en la que durante largo tiempo no volvió a
repetirse el fenómeno.
Los relatos del "Viejo Acosta"
[Recopilados por HT, www.lagazeta.com.ar]
"El viejo Acosta" fue un antiguo poblador del oeste pampeano, de "la zona de
Acha".
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Paisano pícaro, allá por 1970 contaba cerca de ochenta años. Lo recuerdo
como una especie de reen-carnación del "Viejo Vizcacha":
Viejo lleno de camándulas
con un empaque a lo toro,
andaba siempre en moro
metido no sé en que enredos,
con las patas como loro
de estribar entre los dedos.
Por las noches, en el campo, entre mate y mate brotaban de la boca de ese
paisano, cuentos y anécdo-tas de su pasado en los montes, "por la zona de
Acha".
Decía haber sido "amigo" de Vairoletto, quien lo habría visitado en "las
casas" en varias oportunidades, y a quien muchas veces habría protegido bajo
su techo humilde.
En varias oportunidades, me hizo referencia a varios episodios que forman
parte de la historia o la leyenda de Vairoletto.
Según Don Acosta, en su vida de gaucho alzado, Vairoletto tenía varios
compinches y contaba con varios caballos, entre ellos algunos de su
preferencia, acostumbrados a correr boleados, a venir "al silbido" de
Vairoletto, y en cuyo recado nunca faltaba un "Wincher"... "por lo que puta
pudiera".
Según me refirió Acosta, en una oportunidad Vairoletto dejó en casa de su
madre uno de sus caballos preferidos. Un sargento de la "polecía" que lo
perseguía, llegó hasta la casa de la madre de Juan Bautista, a quien quiso
"sacarle" el paradero de Vairoletto. Ante la negativa, fue maltratada por el
"polecía", quien además en venganza por la "inquina" que le tenia al gaucho
alzado, con un "fierro" caliente le quemó los ojos al pobre animal.
No faltó oportunidad para que Vairoletto se tomar la revancha, castigando el
salvaje hecho.
Una noche estaba el "sargento de polecía" con varios "ganchos" en un boliche
de las afueras de Acha, haciendo un alto en la persecución, tomando unas
copas y tratando de conseguir información sobre el paradero de Vairoletto,
cuando que en la puerta del boliche se presenta "bien montado, el mesmo
Vairoletto", que al ver la "polecía" se retira a "galope tendido". El
sargento manda "a la militada" en su persecución, quedándose el propio
sargento en el boliche, festejando la inminente captura.
Pero Vairoletto no dispara; ata las riendas a las clinas del caballo, "se
apea" en el monte, y manda a la partida tras un caballo sin jinete. Al rato
nomás, ante la sorpresa del "polecía" que festejaba por anticipado, se le
presenta Vairoletto en el boliche... para tomar su revancha.
El
nieto de Vairoletto, sociólogo
Relevamiento histórico: Laura Rodríguez
De las decenas de anécdotas que Fabio Erreguerena conoce sobre Juan Bautista
Vairoleto, su abuelo, elige la que relata que el bandolero quería que sus hijas
fueran aviadoras "para que conocieran y disfrutaran la libertad de volar".
"Era la época de mujeres pioneras de la aviación, como Carola Lorenzini”,
explica Fabio, que tiene 34 años, estudió Sociología y está a cargo de la
Secretaría de Bienestar Universitario de la UNCuyo. Su madre, Juana Nilda, es la
mayor de las dos hijas que el bandolero tuvo con Telma Ceballos, su viuda.
"Mi abuela siempre cuenta lo fuerte que era en Vairoleto la idea de libertad. Su
libertad ridiculizaba a la policía. La última vez que estuvo preso fue en el año
1925 y hasta que se quita la vida, en el '41, nunca más lo pudieron apresar"
-cuenta con inocultable orgullo el descendiente de el Pampeano, como lo apodaban
sus seguidores.
Desde niño Fabio se sintió atraído por las asombrosas historias que le atribuían
a su abuelo. Esa pasión por la vida del bandolero lo llevó a dedicar su tesis de
grado, de 250 páginas, al estudio del mito que existe en torno de este bandido
social. Trabajo que tiene planeado editar a la brevedad.
"De chico me fascinaban las hazañas que me contaban de él. Pero era más fuerte
aquello que la gente me contaba que los propios relatos familiares. Lo que hizo
Vairoleto es menos que lo que se dice que hizo. La mitad de las cosas no son
reales, pero creo que eso es parte del juego".
- ¿En qué lo influyeron las increíble historias que desde niño escuchó sobre su
abuelo?
- En muchos aspectos. Incluso la decisión de ingresar a la carrera de
sociología, tuvo que ver con el deseo de estudiar el mito de Vairoleto. Pensé
que esa ciencia podía facilitarme las herramientas para hacer una mirada
integral del tema. Además tengo una especie de "mandato familiar" que cumplir.
Soy el que se encarga del tema; a mi abuela la he entrevistado muchas veces y
creo tener todo lo que se ha publicado sobre mi abuelo. A veces se me hace
difícil separar el mito de Vairoleto de la persona que fue mi abuelo. Incluso,
cuando relato su muerte suele pasarme que parece que estoy contando un cuento.
Eso, en cambio, no le sucede a mi mamá, ya que ese hombre al que la policía
perseguía y que se suicidó, era su padre. A ella le hubiera gustado más tener un
padre que ser la hija de un mito.
- ¿Cómo se construía en los relatos de su madre y de su abuela la figura de
Vairoleto?
- El hecho de que hoy para mi familia ser descendientes de Vairoleto no sea
motivo de ocultamiento, sino de orgullo, no fue algo fácil. Hoy puedo decir que
todos coincidimos en reivindicarlo, pero imagino que en su momento la presión
social que sufrió mi abuela debe haber sido grande. Ella viene de una familia
muy humilde, era empleada en una fábrica que envasaba tomates; su vida fue muy
dura crió a sus hijas sola, en el campo. Mi mamá, por ejemplo me cuenta que de
niña a veces sentía celos de que Vairoleto "fuera de todos", porque pensaba: “si
es de todos no es mío”.
- Cómo sociólogo ¿de dónde piensa que proviene este gran interés que se ha
desatado sobre Vairoleto?
- Eric Hobsbawm, el historiador británico, dice que no hay nada más interesante
para la historia que las vidas de bandoleros. Estos relatos nos remontan a
valores que ya no están vigentes y que implican nociones de libertad y de
compromiso. Son personajes muy queridos por la gente. Suelo encontrarme con
gente que asegura haberlo conocido, haberle brindado ayuda u hospedaje. El
historiador Hugo Chumbita y León Gieco -con su disco Bandidos Rurales- también
han contribuido a este renacer del mito.
- ¿Cuál es la perspectiva desde la cuál aborda el tema de los bandidos sociales
en su tesis?
- No trabajé tanto el aspecto histórico, porque Chumbita ya lo había hecho muy
bien y porque no tengo la paciencia y el oficio del investigador histórico. Mi
mirada es desde la sociología. Me interesaba investigar el mito, lo que la gente
hizo con él más que lo que él hizo. La construcción del mito de bandidos
sociales, son prácticas contestatarias, de resistencia a la opresión. Así, como
las clases dominantes se encargan de difundir los relatos que aseguren sus
condiciones de dominación; las clases populares también lo hacen. No hay que
perder de vista que la gente está admirando y protegiendo a alguien que está
fuera de la ley, que robó o mató. Vairoleto vivía fuera de la ley y no hay que
negarlo porque sería erróneo e injusto para con él.
- ¿Cómo caracterizaría a los bandidos sociales?
- La relación que se establece entre el bandido y la gente es lo que diferencia
a un bandido social de un delincuente común. Las prácticas de los bandidos no
tienen una intención revolucionaria de cambio, el objetivo es atenuar esas
condiciones de dominación. Otra cosa curiosa es que la gente los consideraba
gauchos, cuando en realidad éstos habían desaparecido a finales del siglo XIX.
Además, en el caso de Vairoleto, era hijo de inmigrantes; rubio, de ojos claros
y en lugar del facón usaban el Winchester.
A partir de mi tesis estudié la tradición libertaria argentina y advertí que al
establecerse la propiedad privada y desaparecer el gaucho, los bandoleros
sociales se encargaron de recoger los valores que encarnaba el gaucho. Es decir,
libertad, bravura, insolencia, destreza ecuestre.
- ¿Cree que en el presente existe alguna figura que continúe con está tradición
del gaucho y el bandido social?
- Pienso, al igual que Eric Hobsbawm, que los bandoleros se dan en una
estructura feudal-campesina, en tránsito hacia el capitalismo. De hecho el
bandolerismo transparenta la inequidad social. Estamos hablando de un contexto
como el de la Argentina en la década del ‘30, en el cual existían grandes abusos
y tanto los sindicatos como los partidos socialistas y anarquistas, eran
ferozmente reprimidos.
Ahora, respondiendo la pregunta, en este momento no veo que haya continuidad de
esta tradición. Puede que algo similar pase en este momento con algunos líderes
de villas, que han sido muertos en enfrentamientos policiales y que registran
una fuerte admiración por parte de la gente y a partir de los cuales comience a
construirse un mito.
Fuente www.losandes.com.ar
Mate Cosido (Segundo David
Peralta)
Ver también:
Mate Cosido, por Pedro Pago
[El apodo refiere a los puntos de sutura que debieron aplicarle a una herida
en el cuero cabelludo, de allí lo de "Mate" -cabeza- "Cosido"]
Segundo David Peralta tenía una pequeña cicatriz en la cabeza que le dio su
alias. Había nacido en Tucumán pero la parte más intensa de su vida ocurrió
en el Chaco.
Trabajó en una imprenta, era culto y planificaba sus golpes al detalle. Se
dedicó a robar a firmas como Bunge & Born, Dreyfus y La Forestal, empresas
que aportaban grandes sumas de dinero a la Gendarmería para dar fin a sus
correrías.
Mate Cosido, el bandido de los pobres, escribió algunas notas en la revista
Ahora en las cuales justifica-ba sus robos, explicando que los verdaderos
ladrones eran los que explotaban al trabajador y al suelo argentino. Su fama
de ladrón con conciencia iba creciendo en Buenos Aires.
Igual que Vairoletto, sus problemas con la policía se acentuaron por culpa
de una mujer: Mate Cosido tuvo una novia que también coquetaba con un agente
y eso profundizó la inquina policial. Igual que a Vairoletto, un compinche
lo vendió. Fue cuando ocurrió el famoso episodio de la estación Berthet, en
1939. Era el fin de su carrera: salió muy herido de la emboscada, pero logró
escapar y se dejó envolver por el misterio. Su cadáver nunca apareció.
Según el historiador Hugo Chumbita, Vairoletto y Mate Cosido se conocieron
en la Capital: fue en un prostíbulo de Barracas o en un templo masónico de
San Telmo. Dos escenarios apropiados para el marco de una época que, no
casualmente, tuvo en Arlt a uno de sus más agudos cronistas.
Mate
Cosido, el bandido de los pobres
Por Ana Leguísamo Rameau
No piense que me estoy confundiendo. Cuando hablamos de mate cocido solemos
referirnos a nuestra bebida típica de infusión pero el verbo “coser” nos
advierte sobre otros detalles que se adaptan a las costuras. ¿Qué tienen que ver
las costuras con respecto a nuestra sección biográfica? Tan simplemente
explicarnos el origen del seudónimo que dio nombre al hombre que hoy nos
referiremos.
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Dúo Coplanacu - Canción de Mate
Cosido |
David Segundo Peralta, alias Mate Cosido, nació en Tucumán, precisamente en la
ciudad de Monteros pero transcurrió la mayor parte de su vida en el Chaco. Su
profesión eran los robos, aunque no fue un tradicional ladrón de esos que
acostumbramos a conocer pues era una especie de Robin Hood de su época.
Mate Cosido solía robar a los más poderosos para repartir sus ganancias a los
más pobres. De allí que se ganara la simpatía de muchos ciudadanos, inclusive
artistas que basaron sus obras en tales hechos del osado bandido de los pobres.
León Gieco también lo reconoce en sus canciones y lo destaca como ejemplo de los
más necesitados. Vale estacar que este “particular héroe” se auto bautizó con
diferentes apodos para burlar las autoridades de la época. Se llamó Julio del
Prado, Manuel Bertolatti, José Amaya y Julio Blanco Peralta, pero este hombre de
tantos nombres, nunca utilizó la agresión para lograr sus objetivos de robo.
Podríamos decir que fue un ladrón pacifico y bondadoso. ¿Bondadoso? Sí, Mate
Cosido era un hombre muy querido por el pueblo. Inclusive se fundan historias
donde se lo ve evitando enfrentamientos violentos, inclusive, para no dañar a la
misma policía, sus viejos enemigos del ruedo.
Del Prado, Bertolatti, Amaya, Peralta o Mate Cosido era un caso especial en las
páginas de la historia argentina del momento. Poseía humildad y educación,
aquella misma que era mirada con respeto por todos los que lo seguían y lo
observaban con admiración. Su generosidad no olvidaba a aquellos que lo ayudaban
ya que, si en pleno robo, alguien le ofrecía su techo para el resguardo, éste lo
pagaba muy bien con dinero. Era agradecido y tan querido que muchos lo invitaban
a sus propias casas para charlar y rememorar andanzas de saqueos.
Nos importa ahora el porqué de su sobrenombre. Existen dos versiones. Primero se
alude a una cicatriz que llevaba en su cabeza. La forma de dicha costura, según
dicen, era una escara cosida muy desprolijamente sobre el cuero cabelludo. Se
tejieron diferentes versiones. Algunas aludieron: “Tiene el mate cosido”. Otros
argumentaron que la mamá de David Segundo llamaba a él y sus hermanos anunciando
que la infusión estaba lista para tomar la merienda, entonces gritaba: “¡mate
cosido... mate cosido... !”
El bandido de los pobres, escribió algunas notas en la revista Ahora en las
cuales justificaba sus robos, explicando que los verdaderos ladrones eran los
que explotaban al trabajador y al suelo argentino. Se camuflaba mil veces para
despistar la autoridad policíaca. Se vestía de peón, de comerciante, de empleado
común, o se ponía en la piel de cualquier obrero para llevar adelante su ardid.
Era prolijo en sus asuntos y hasta llegó a robar Multinacionales que le
reportaron importantes sumas de dinero. En su trabajo de ladrón, también
transitó sendas con Juan Bautista Vairoletto a quien conoció en la Capital
Federal en un prostíbulo de Barracas y con quien asaltó una fábrica importante
de tanino. Según cuenta la historia, Vairoletto utilizó un método salvaje de
asalto, que Mate Cosido no compartió y del cual resultó un hombre muerto. Debido
a este proceder, el bandido de los pobres se perdió y jamás se supo más de él.
Mate Cosido se ocultó, precisamente a mediados de 1939, en la historia de la
neblina. Se escabulló en los mitos y leyendas que nadie supo aclarar. La
realidad se lo tragó pero su nombre, transformado en seudónimo, quedó aferrado a
la memoria de los buenos que los recuerdan. Nadie justifica un robo pues robar
es delito pero en la vida de Mate Cosido el verbo robar era sinónimo de ayuda.
Robar para ayudar a los pobres que tanto lo respetaron o para justificar que el
robo también se hace carne a través de aquellos poderosos que explotan a los más
desposeídos.
* Juan Bautista Vairoletto. Este apellido se escribe también Bairoletto (“b”, be
larga) pero documentos judiciales de la época dan cuenta de la “v” (ve corta)
como expresión de su nombre.
Fuente: www.periodicodomine.com.ar
El
gauchito Antonio "Curuzú" Gil
Nos cuenta Félix Coluccio que el gaucho Antonio Mamerto Gil Núñez, o Antonio
Gil, o Curuzú Gil (Cruz en guaraní) tenía a mediados del siglo XIX, una
banda que "despojaba de dinero a los ricos para dárselo a los pobres". La
denominación "curuzú" significa cruz.
Se cree que nació en el departamento correntino de Mercedes (antes
denominado Pay Ubre), en cuyo cementerio se encuentra su cuerpo; murió un 8
de enero de 1878.
Su mayor trascendencia transcurrió entre 1840 y 1860, época de caudillos y
montoneras. Su vida está envuelta en mil enredos, se dice que fue peón
explotado que se volvió matrero, también que actuó en la Guerra del Paraguay
bajo las órdenes del General Madariaga, y que fue ejecutado por desertor.
Según contaba doña Anabel Miraflores, su madre Estrella Díaz de Miraflores,
una rica estanciera, tuvo amoríos con Gil, y a la vez era pretendida por el
comisario del pago. Esta situación, más el odio que le tenían los hermanos
de la estanciera, hizo que el Curuzú huyera de Pay Ubre y se fuera a
alistarse en la Guerra del Paraguay.
Los federales litoraleños, después de la caída de Rosas, se dividieron en
Rojos (tradicionales de la divisa punzó o autonomistas) y Celestes
(liberales), según cuentan las historias, Gil fue reclutado por los
celestes del coronel Juan de la Cruz Salazar, y como el gauchito era
netamente colorado, aprovechó un descuido y se dio a la fuga con el mestizo
Ramiro Pardo y el criollo Francisco Gonçalvez; compañeros a los que el
derrotero convirtió en cuatreros famosos. Sus compinches fueron muertos a
tiros de trabuco y el gaucho fue detenido y llevado a Goya. A pesar de la
intercesión del Coronel Velázquez, en el camino, fue colgado cabeza abajo
desde un algarrobo (en camino a Goya, a unos 8 kilómetros de Mercedes) y
degollado.
Aparentemente fue colgado de esa forma para evitar los supuestos poderes
hipnóticos que tenía y para que no influyera el payé de San la Muerte que
tenía colgado al cuello.
Su primer acto milagroso sucedió momentos antes de su muerte. El dijo a su
futuro verdugo que una vez que le diera muerte, iba a ir a su casa y
encontraría a su hijo muy enfermo, pero que si lo invocaba, sanaría. Una
vez decapitado, el comandante llevó la cabeza en sus alforjas a Goya, y el
verdugo no dejó el cuerpo a las alimañas, dándole sepultura. Este mismo
sargento-verdugo al llegar a su casa vió que sucedía lo que dijo el
gauchito, entonces, volvió al lugar de la ejecución y puso una cruz de
espinillo (algunos dicen que de ñandubay); al poco tiempo la gente comenzó a
visitar el algarrobo y la tumba, dejando exvotos y velas encendidas.
Los dueños del campo, de apellido Speroni, al ver el peligro que
significaban las velas encendidas en el campo, hicieron trasladar la tumba
al cementerio de Mercedes... pero al poco tiempo cayó gravemente enfermo con
un mal que degeneró en locura, los médicos lo desahuciaron y él, en un
momento de lucidez, prometió que si el gauchito lo sacaba de la cruel y
desconocida enfermedad, le haría un monumento fúnebre... al momento curó y
edificó un pequeño santuario de piedra que aún hoy se puede observar... de
allí en más fueron varios lo milagros del gaucho y su culto se expandió por
gran parte del terri-torio argentino. Actualmente compite cabeza a cabeza
con otra creencia popular de magnitud: la Difunta Correa.
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Los vengadores
Por Jorge L. Devincenzi
Isidro y Claudio Velázquez
El 1° de diciembre de 1967 fueron abatidos en un amplio operativo desplegado
por la Policía Federal, dos peligrosos delincuentes: Isidro Velázquez y
Vicente Gauna. Sucedió en Machagai, Chaco, en el nordeste argentino, a la
vera de la ruta 16, en una zona de obrajes madereros y algodonales, junto al
Impenetrable. Pudo haber sido otro compás de la eterna contradanza de
policías y ladrones, pero algo lo diferenciaba: a Velázquez se le atribuían
cualidades sobrehumanas que infinidad de testigos jurarían haber constatado.
En sus correrías solía tener el apoyo de la población más humilde, y sus
víctimas eran personajes odiados por su condición social y económica.
Velázquez recompensaba monetariamente esa solidaridad, y eso fue
interpretado por algunos como una suerte de redistribución violenta de la
riqueza, la de un Robin Hood del siglo XX.
Su captura se había convertido en una obsesión para Guillermo Borda,
entonces ministro de Interior, y para la Sociedad Rural del Chaco, que puso
precio a su cabeza: dos millones de pesos para acabar con los secuestros de
ganaderos y consignatarios, los robos a mano armada y los asaltos a bancos y
acopiadores de cereales. Sin embargo, no se sabe de que haya existido
alguna delación, o dato confidencial, tendientes a cobrar la recompensa.
Velázquez parecía conocer todos los secretos, aparecía tan sorpresivamente
como se esfumaba y había adquirido cierto dominio sobre las mentes de los
milicos de la policía provincial.
El objetivo del gobierno es político: terminar con el apoyo y la protección
que recibía de la gente del lugar, cuando la doctrina de la seguridad
nacional señalaba el peligro de que hubiera grupos armados disimulados entre
la población.
Comenta el diario La Razón del 3 de diciembre de 1967: "el halo de leyenda
que rodeaba a estos salteadores de la selva, como a los bandoleros de todos
los países y de todas las épocas, los hacía acreedores del afecto y la
simpatía de las poblaciones campesinas, que en no pocas oportunidades
recibieron los beneficios de sus manos, sobre todo entre la gente más pobre.
La gente de campo los ampara en su vida errante, de eternos prófugos de la
justicia, los ayuda en la procura de abastecimientos y en oportunida-des los
oculta o les facilita los medios para ocultarse".
Ángel Persoglia, uno de los productores rurales raptado a principios de ese
año, declaró que le había sorprendido "la corrección del bandolero",
agregando: "se despidió de mí diciendo que ya era tarde para cambiar de
vida".
"Vivo o Muerto", señalaban los carteles pegados en todo el territorio
chaqueño por el gobierno, y que solían amanecer arrancados o enchastrados
con leyendas tales como: "Isidro Velázquez no se entrega-rá".
Quién fue
Las primeras noticias sobre Velázquez son de enero de 1952, por el hurto de
unas rejas de arado. Los hermanos Isidro y Claudio Velázquez se defendieron
argumentando que el dueño, un tal Cuéllar, les debía dinero y ellos habían
pretendido cobrarse de esa manera. Fue inútil: se los detuvo y envió a
Resis-tencia.
En mayo, Isidro quedó en libertad pero a Claudio le comprobaron otras
raterías y lo condenaron a cuatro años de reclusión.
Luego Isidro se radicó en Colonia Elisa, donde obtuvo un lote de terreno
para cultivar algodón y, casoriado, tuvo cuatro hijas. Con ellas, y miembro
de la cooperadora escolar del único establecimiento primario del pueblo, no
parecía candidato a un destino relevante.
Un año mayor que Claudio, los hermanos eran dos paisanos delgados, de
estatura mediana, nacidos en Corrientes del matrimonio de Feliciano
Velázquez y Tomasa Ortiz, que habían emigrado al Chaco en busca de trabajo.
Radicados en La Verde, se dedicaron a changuear en obrajes y algodonales.
Los chicos se hicieron baqueanos del monte donde solían marisquear, esto es,
vivir de la caza de animales silvestres: corzuelas, liebres, gallinetas,
nutrias, carpinchos, etc., costumbre ancestral de la zona que aún se
conserva.
Cuando volvió Claudio después de purgar la condena, los vecinos recuerdan
que la policía comenzó a acosarlos, acusándolos de todos los delitos que se
cometían en la zona.
A Claudio le gustaba el juego y, no obstante tener mujer e hijos, su
presencia era habitual de las bailantas y prostíbulos de la zona, donde se
lucía compadreando con un poncho colorado.
En 1958, Isidro fue procesado por marisquear en el campo de un vecino. Al
ser detenido la policía maltrata a su madre.
Es acusado de un hurto menor en el 61, y en el interrogatorio en la
comisaría de Colonia Elisa sufre una violenta paliza. En un descuido, logra
fugarse, y junto a su hermano, se interna en el monte.
Los testigos de la huída sostienen que Isidro repite que está decidido a no
dejarse prender nuevamente.
En 1962 se los identificó robando un almacén en Lapachito: el propietario se
resistió y mataron al hijo del dueño y a un vecino.
Cometieron otras fechorías por la zona y aunque se enfrentaron a tiros con
la policía, no pudieron ser detenidos.
Claudio era desafiante
En mayo de 1963 llega a un almacén en Costa Gaycurú acompañado por un
muchacho. Después de asaltar al dueño del boliche, ambos se quedan a beber,
y ya picados por la ginebra, dan gritos desafiando a la policía. Dos agentes
logran sorprenderlo -Claudio estaba escuchando radio en el local,
completamente borracho- y los bajan a tiros.
Al principio se creyó que los muertos eran los dos Velázquez, una noticia
impactante para los vecinos, pero luego la investigación policial constató
que el acompañante de Claudio era un tal Vega, otro proscrito de Colonia
Elisa.
Isidro se esfumó después de la caída de Claudio, y algunos sostienen que
está escondido en Formosa. Reaparecería luego en la banda del Chiflón Gauna.
No se sabe que tras huir al monte se haya preocupado por el bienestar de su
familia.
Vicente Gauna
La ruta 16 es una recta paralela a las vías del hoy abandonado F.C.
Belgrano, el de trocha angosta, que atraviesa en dirección sudeste-nordeste
el Chaco desde Resistencia hasta las zonas boscosas de Salta y el río
Juramento, rasando el extremo norte de Santiago del Estero.
El camino fue abierto por las avanzadas militares dirigidas por el
subcomandante Fontana, que a principios del siglo XX pacificaron a los
pueblos indígenas, estableciendo allí la frontera agropecuaria. Detrás de
Fontana llegó el sistema de producción capitalista: obrajes madereros, caña
de azúcar y refinerías, algodonales. En 1964 se producen a lo largo de la
ruta varios hechos delictivos caracterizados por una violencia excesiva.
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Bandidos rurales |
Según la investigación de la policía provincial, sus protagonistas son
cuatro o cinco sujetos dirigidos por Juan Vicente Gauna, alias "Chiflón", un
correntino nacido en Empedrado en enero del 42. Es notable la ferocidad con
que actúan, rematando a balazos a sus víctimas aun después de haber obtenido
el botín que pretendían.
Un viajante de comercio que hace el circuito Resistencia - Charata recibe
dos balazos en la cabeza a cambio de unos pesos.
Años más tarde, cuando los hechos se suelden y confundan con la leyenda, se
intentará oponer a ambos protagonistas: Gauna es cruel e inflexible, y no
elige sus víctimas, que pueden ser tanto pobres hacheros como hacendados.
Velázquez, en cambio, es un hombre común arrastrado fuera de la ley por
alguna injusticia pasada, y lucha en desventaja contra su destino. Al
contrario de Gauna, sólo roba a gente adinerada y paga generosamente el
poder moverse con libertad entre el pobrerío.
Algunos han exagerado esta cualidad de robar a los ricos para repartir entre
los pobres.
Lo cierto es que Isidro no realizaba ningún proselitismo o reivindicación:
sólo pagaba protección, y lo hacía con generosidad.
Gauna y Velázquez
Viejos militantes de la Resistencia Peronista relatan que Gauna tuvo tratos
con Carlos Caride, un miembro de la FAP y luego de Montoneros, que caería en
un enfrentamiento armado durante la década del 70.
Protagonista de hechos resonantes que le conferían, a los ojos de la
juventud de entonces, un perfil de héroe, Caride era conocido por ser un
partidario de la lucha armada, un "fierrero" que se entrevistó con Gauna por
algún contrabando de armas desde el Paraguay, para planificar en conjunto
algún secuestro resonante, o lo que es menos probable, intentado
comprometerlo en la fantasía de abrir un foco guerrillero en el Chaco.
A fines de 1964, son secuestrados en Zapallar Carlos y Gabino Zimermann,
productores forestales de General San Martín.
Ya para entonces, Isidro era conocido como "El Vengador" por los vecinos,
quienes celebraron su vuelta: la carta donde se exige rescate por los
Zimermann lleva su firma, Isidro Velázquez.
En la fantasía popular, algunos dicen que no es Isidro sino Claudio, o su
alma en pena; otros, que está vengando al pueblo por sus desventuras.
Con el secuestro de los Zimermann se inicia el accionar conjunto de Gauna y
Velázquez. Pero hay dos cambios: el primero se convierte en líder del grupo,
y ya no se ataca a los pobres.
Otros hechos que se les atribuyen: en 1966, asalto en La Verde. Asalto en
Laguna Blanca, donde muere el dueño del comercio mayorista, un tal Panzardi.
Un comisario provincial comentará años después: "Velázquez, con segundo
grado aprobado, tenía la rapidez de un guazuncho y la inteligencia de un
zorro".
Gobierna el Chaco en ese entonces el escribano Deolindo Felipe Bitel, y al
país el médico Arturo Illia, cordobés nacido en Pergamino, que había llegado
a la Casa Rosada con el 25% de los votos y la proscripción del peronismo.
Mas tarde senador y candidato a vicepresidente, Bitel pertenecía a esa
corriente conservadora, muy arraigada en las provincias argentinas de
economía agraria, denominada "neoperonismo", y que combina patrones de
estancia, dueños de vidas y hacienda y folklore justicialista.
El Chaco es una provincia extremadamente pobre, cuya producción se limita
hoy -y en ese entonces- casi exclusivamente al cultivo del algodón, soja, y
la explotación forestal, esta última en franca retirada. Según cifras
oficiales del Indec, el 51,7% de la población del nordeste argentino (2
millones de personas) vive actualmente con menos de 120 pesos mensuales.
Para la CTA, la pobreza es mayor.
Velázquez menospreciaba a sus perseguidores
Solía enviar mensajes humorísticos a la policía y en unos cuadernos les
hacía dibujos, como los de las historietas. En uno de ellos se burlaba del
jefe policial que pedía refuerzos a un teniente coronel para prenderlos; y
en otro escribía con una trabajosa letra de imprenta acerca del ofrecimiento
de ayuda de algunos policías de Corrientes: "Acéptenles, para que engorden
los mosquitos chaqueños. Nosotros no peligramos ni aunque se vengan todos
los correntinos".
Llevaba encima varios de esos cuadernos ilustrados cuando la policía lo
abatió, años después.
También asaltan la casa del intendente de Laguna Limpia y luego de robarle,
lo matan.
Una patrulla de la policía provincial -que ya tiene 800 efectivos afectados
a la búsqueda- sale a perseguirlos por el monte. Los rodean en la zona de
General Obligado, cerca de Cote Lai. El agente Juan Ra-món Mierez le apunta
a Isidro con su arma pero antes que pueda gatillar, recibe un tiro en el
pecho y cae muerto.
Ahora firman sus pedidos de rescate como "Velázquez y Gauna, los
vengadores". Revista Gente n° 111, del 7 de septiembre de 1967, entrevista a
un policía provincial:
- ¿Cree que lo van a apresar a Velázquez?
- No. Es imposible. Él tiene el payé, y estoy seguro que por más que le
tiremos, las balas no le van a entrar. Ustedes saben que el agente Mierez
vació su pistola y no hubo caso. Después Velázquez, con un solo disparo, le
atravesó el corazón.
- ¿Si se encuentra frente a frente con los bandoleros, que hace?
- Por más que quisiera hacer algo, no podría, pues él nos paraliza con sólo
mirarnos.
Por la coincidencia de que también se llamara Mierez un capataz de La
Forestal que abatieron las bandas de Mate Cosido y Juan Vairoletto en la
década del 30, crece una corriente de simpatía religiosa entre el pueblo, el
payé, la protección divina, y los uniformados provinciales no escapan a esa
influencia. Un anciano de Resistencia lo explicó así: "ese Gauna es el mismo
que las tropas nacionales degollaron en 1906".
Cacería
En quechua, Chaco significa "tierra de cacería", y así se la denominaba en
la época del dominio incaico. Según cuenta Gracilaso de la Vega, el Inca
dirigía personalmente una gran batida anual con miles de soldados y
cazadores a través de una zona fitogeográfica de más de 675.000 km² que
abarca las actuales provincias argentinas de Santa Fe, Salta, Formosa, Chaco
y Santiago del Estero, sur de la república del Paraguay y este de Bolivia.
El Imperio se abastecía de pieles, lanas y carnes y reafirmaba cada año su
dominio sobre los pueblos seminómadas de la región: abipones, mocovíes,
chulupíes, guaycurús, chorotes, tobas, pilagá, vilelas y matacos. No siempre
alcanzaría esa meta, como lo comprobarán los mismos españoles más tarde:
Juan de Ayolas murió a manos de una partida belicosa del pueblo carcará.
En la rigurosa estratificación social incaica, la lana de llama se
distribuía entre el pueblo; las de alpaca y vicuña, más suaves, se
reservaban para la familia real. De aquel gran bosque sólo quedan hoy
algunos retazos cuadriculados por algodonales, establecimientos madereros,
desiertos y vinales.
La mayor parte de la selva fue comida por la explotación irracional de la
madera: para el carbón que alimentaba los ferrocarriles ingleses y el tanino
con el que se curtían los cueros argentinos.
El principal enemigo del poblador chaqueño es el vinal, el impenetrable, el
avance irresistible de la selva. El gobierno argentino continuó la tradición
de la cacería: primero contra los pueblos aborígenes, a quie-nes diezmó por
exterminio y enfermedad. Después fue la súper explotación de los obrajes.
Ahora persiguen a Isidro Velázquez.
Diario La Nación del 4 de setiembre de 1968:
"En inspecciones efectuadas por funcionarios del gobierno a centros de
trabajo instalados en la región del Chaco santiagueño, especialmente en
establecimientos dedicados a la explotación de productos forestales, se han
comprobado, según la información oficial suministrada al respecto, graves
transgre-siones a normas legales que amparan la actividad del trabajador
rural, particularmente en los tradiciona-les negocios surgidos durante el
otrora auge de la industria taninera, vulgarmente conocidos con el nombre de
proveedurías... Pese a la evolución alcanzada en este aspecto se advierten
aún prácticas que se creían desterradas para siempre, que lesionan el
patrimonio moral, espiritual y material del ser humano, puesto que algunas
firmas siguen burlando impunemente disposiciones de la ley, pagando con
vales el trabajo de sus obreros. Estos documentos que se entregan como pago
al hachero, sólo pueden ser negociados en la misma firma que los emite, lo
que significa que por las manos del trabajador jamás pasa dinero en efectivo
alguno".
El Vengador
Gobierna el país un general llamado Juan Carlos Onganía, que acabó con la
democracia proscriptiva en junio de 1966 e impuso algo peor. Los políticos,
incluyendo el neoperonista Bitel, se han ido a su casa o colaboran con la
administración militar que promete quedarse cien años.
Onganía llega disfrazado de dictador bananero sobre una carroza descubierta,
arrastrada por cuatro caballos negros, a la inauguración de la exposición
rural de 1966: se cree un ser providencial, especie que la historia
argentina criará y reproducirá.
Muy lejos de Buenos Aires, un personaje hosco, arma en mano, ordena al borde
de la ruta:
- ¡Vos quedate allí y avisá si viene algún camión!
El paisano obedece, lleno de miedo. Su servicio será generosamente pagado.
En una escena similar, el mismo personaje irrumpe de noche en un rancho.
- ¡Sírvanme comida -ordena- y prepárenme un lugar para dormir!
El puestero obedece. A la mañana siguiente, el desconocido se ha retirado
sin saludar ni agradecer, dejando sobre la mesa un fajo de billetes, muchos
más de los que el paisano haya imaginado nunca.
Ciertas o no, las anécdotas se repiten, multiplican y adornan con nuevos
detalles.
Lo que conocieron a Isidro aseguran que llevaba siempre un pañuelo anudado
en los cuatro vértices, y que el rectángulo de tela le señalaba con
exactitud cuál era el rumbo de donde venía la partida policial.
Afirman también que, a punto de ser apresado, podía desaparecer o se
convertía en animal.
Un agente de la policía provincial mencionó que estando a pocos metros de
Velázquez, éste se desvaneció tras un matorral. Al transponerlo, el policía
se encuentra con una vaca que, vuelta, lo miraba fijmente.
La policía rodea el lugar donde será entregado el bolso que contiene el
rescate de los hacendados Giussano, pero al acercarse el bolso se ha
esfumado.
Cuando se producen simultáneamente distintos asaltos a mano armada en
localidades alejadas entre sí, todos les son atribuidos a la banda.
Dicen que lo paralizó al agente Ángel Pelozo, de la comisaría de La Verde,
en el paraje Rancho Juana, cercano al pueblo de La Eduvigis. Fue poco
después de las 10 de la mañana, en octubre de 1966: Pelozo había sido uno de
sus más firmes perseguidores, y pagó con su vida.
En marzo de 1967 la mala suerte de la policía provincial se confirmó una vez
más: el cabo Pedro Vence, de Quitilipi, volvía hacia Presidencia de la
Plaza, luego de participar en un patrullaje en búsqueda de la banda.
Vence viajaba de favor en un camión que chocó violentamente contra otro
vehículo detenido en la ruta, sin luces. El suboficial murió
instantáneamente y el pueblo señaló en silencio: "Ha sido El Vengador".
Con la policía provincial paralizada, en el ministerio del Interior con sede
en Buenos Aires se consideró que había llegado el momento de intervenir.
Se ordena al capitán Aurelio Acuña, del ejército, que viaje a Resistencia al
frente de medio centenar de federales. Al llegar, Acuña pone en marcha el
Operativo "Silencio", rebautizado por el pueblo chaqueño como operativo "Fracaso".
Dijo un camionero que alguna vez lo llevó por algunos kilómetros: "Velázquez
era bueno y se confió, no debió confiar en gente de la ciudad".
La ametrallada
Según relata Hugo Chumbita, "Isidro se había relacionado con un cartero de
Machagai, Ruperto Aguilar, y a través de él con otro empleado de correo,
Alberto Cejas. Éste y su esposa Laura Marianovich, preceptora del colegio
secundario, lo llevaron en su automóvil Fiat 1500 algunas veces y él les
pagaba por sus servicios.
La policía había marcado la numeración del dinero del rescate de los últimos
secuestros, lo cual permitió descubrir a Aguilar y obligarlo a colaborar. En
ausencia de Cejas, indujeron también a su esposa a tender una trampa a los
bandidos. Estos se escondían en el campo, por Quitilipi, cerca de una
reserva toba de la que recibían ayuda. Todo se preparó para el 1 de
diciembre de 1967. Al caer la noche, decenas de hombres armados esperaban
bajo un pequeño puente de la ruta provincial 9 el paso del automóvil".
Algunos sostienen que la Marianovich tuvo con Isidro una relación
sentimental. Ella lo negará siempre: explica que le tiene compasión, que lo
entiende y que a veces lo ha refugiado.
La banda, entretanto, está planeando el golpe maestro: asaltar la sucursal
del Banco Nación en Resistencia.
Con la complicidad de los medios de comunicación, el equipo policial que ha
llegado de Buenos Aires informa sobre distintos atracos simultáneos en
distintos pueblos, atribuidos todos a la banda de Velázquez y Gauna,
buscando que el perseguido baje la guardia, que lo pierda su omnipotencia,
de modo de usar la mitología popular en su contra.
Detenida por la Policía Federal, la maestra se resiste a hablar. Se le
promete no ser juzgada como cómplice y sobre todo, le aseguran que se
brindará al bandolero un juicio justo.
Pasan minutos, horas.
Ella termina cediendo (al fin y al cabo le han prometido que la vida de
Velázquez será respetada), y confiesa qué camino tomarán desde la población
toba hacia Resistencia, rumbo al edificio del Banco de la Nación Argentina.
Se puede conjeturar que, al escuchar los falsos informes trasmitidos por
radio, Velázquez y Gauna deben haber creído que tenían allanada su ruta
hacia el objetivo.
Se arma la emboscada "en el paraje Pampa Bandera, distrito Machagai...",
como será escrito en el informe policial.
Cuatro de las cinco personas que viajan en el auto, incluyendo el propio
Gauna, caen acribillados casi de inmediato.
Ambos bandos utilizan armas largas. Una treintena de policías gatillaron más
de quinientas veces sus revólveres, fusiles y metralletas.
A pesar de todo, Velázquez logra abrir una de las puertas del vehículo y se
interna unos metros en la picada del monte.
Quizás es presa de su propio mito: al volverse para gritar su sapukay, el
grito de guerra de los guaraníes, una bala se le incrusta en la cabeza luego
de cargarse al agente Medina.
Algunos sostienen que en su huída se ha topado con otro agente que, presa de
miedo, se había bajado los pantalones para evacuar, y que Isidro
literalmente choca con él.
¿A usted le parece, que un valiente caiga a manos de un cagón?- sostuvo un
vecino.
Según cuenta Chumbita, "Aguilar conducía y detuvo el motor mediante un
dispositivo instalado al efecto en el vehículo para cortar la electricidad,
simulando un percance. La mujer bajó a ponerse a salvo, e Isidro se dio
cuenta.
- ¡Caímos!- habría dicho.
Gauna fue acribillado en el asiento trasero.
Diario La Razón del 3 de diciembre de 1967:
"...Los efectivos policiales prepararon desde hace tiempo las diversas
tramperas entre los sectores más populares de la población, precisamente
donde los bandoleros gozaban de más simpatía y presti-gio".Revista Así,
edición del 14 de diciembre de 1967: "Desde la época de Mate Cosido no se
registraba un hecho policial de tanta repercusión popular en el Chaco. Por
eso se explica que millares de personas desfilaran en Machagai, donde
permanecieron ante los restos de ambos delincuentes, que terminaron siendo
sepultados. Velázquez y Gauna cayeron en su ley, pero jugándose con arrojo
cuando ya habían comprendido que el final estaba cercano". "La gente es
ingrata, insidiosa y difícil de entender. Ahora que cazamos a Velázquez
están en contra de la policía". (Declaraciones a la Revista Así, enero 1968,
del comisario Pujol, jefe del operativo, en enero de 1968).
El diario porteño La Razón titula en primera plana el día siguiente del
suceso: "LA MUERTE DE VELÁZQUEZ PROVOCÓ EN EL CHACO UN FORMIDABLE IMPACTO
EMOCIONAL".
El árbol a cuyo pie cayó Isidro Velázquez se convirtió en centro de
peregrinación de la gente humilde. El gobernador militar ordenó talarlo,
reducirlo a astillas y quemar los restos.
A pesar de ello, el pueblo humilde no dejó de concurrir, llevando como
amuleto un poco de ceniza. Ese polvillo negro se guarda con fervor
religioso: alguna vez fue el árbol bajo cuya copa murió el héroe.
A pesar de la vigilancia en el lugar, aparecen flores y otros tributos en un
pequeño nicho cercano al lugar donde corrió la sangre de los bandoleros.
También depositaban flores naturales o de plástico, y todo tipo de ofrendas
sobre la tumba en el ce-menterio de Machagai.
El gobierno militar decidió sepultar el cuerpo en otro cementerio, quizás
fuera de la provincia. Nunca se supo dónde.
Isidro Velázquez es un desaparecido
"Ya no está Isidro Velázquez / la brigada lo ha alcanzado / y junto a
Vicente Gauna / hay dos sueños sepultados" ("El último sapukay", de Oscar
Valles, chamamé cuya difusión fue prohibida durante la dictadura argentina
de 1966-1973).
Ese mismo año se instituyó el 1° de diciembre como "Día de la policía
provincial". Todavía se celebra.
Post scriptum
Las andanzas de Isidro Velázquez fueron cantadas en "El último sapukai", de
Oscar Valles; "El puente de la traición", de Cardozo y Domínguez Agüero, "La
ratonera", de Raúl Barboza; y "Bandidos rurales", de Gieco y Chumbita.
Los hechos fueron relatados por Roberto Carri en "Isidro Velázquez - Formas
prerrevolucionarias de la violencia", Buenos Aires, Sudestada, 1968, con una
segunda edición publicada recientemente por Colihue; y en Luis Bruschtein, "El fugitivo de Pampa Bandera. Historia de Isidro Velázquez" en Crisis n°
62, Buenos Aires, julio de 1988.
El bandolerismo social fue encarado por la literatura argentina en el
tradicional Martín Fierro, y por Eduardo Gutiérrez en las biografías
noveladas de Juan Moreira y Hormiga Negra.
También se atribuyen poderes sobrenaturales, curaciones y apariciones
mágicas a otros delincuentes y perseguidos: los mendocinos Juan Francisco
Cubillos y Juan Bautista Vairoletto; el sanjuanino José Dolo-res Córdoba: el
tucumano Manco Bazán Frías; el correntino Francisco López; el catamarqueño
Julián Baquisay; Antonio Mamerto Gil Núñez, el gauchito Gil; Aparicio
Altamirano, Olegario Álvarez, "el gaucho Lega"; la sanjuanina Martina
Chapanai; Juan Cuello; el Gato Moro; Brunel, el Tigre de Quequén; Santos
Guayama; el tucumano Segundo David Peralta, alias Mate Cosido; el paraguayo
Pelayo Alarcón, que actuó en Salta.
Leguizamón y Castilla le pusieron letra y música a una de esas vidas:
La noche que ande Argamonte / tiene que ser noche negra / por si lo vienen
siguiendo / y le brillan las espuelas. / Argamonte por el monte / pasa
despacio a caballo / los lazos de su memoria / al aire van cuatreriando. /
El gaucho se anda escapando / no desensille / no vaya que andando el vino /
me lo acuchillen.
El Tigre de Quequén
(Felipe Pascual Pacheco)
Realidad y fantasía se confunden en la vida del personaje de Gutiérrez. Hubo
quien creyó que fue tan sólo una invención del folletinero porteño, luego
plasmada -y popularizada- en un libro cuya portada muestra el grabado de un
gaucho huyendo de la partida.
Pero lo cierto es que existió. Así lo demuestran los expendientes judiciales
consultados de diversos par-tidos bonaerenses y, últimamente, en el archivo
histórico de la ciudad de La Plata. Aunque, tal vez, una gran parte de su
leyenda corresponda exclusivamente a la frondosa imaginación de Gutiérrez.
El comienzo de la vida errante y desordenada de Felipe Pacheco tiene
características en común a la de tantos gauchos de la época: un pleito lo
llevó a defender su hombría a punta de facón. Este fue el detonante de una
serie de desencuentros con la justicia, donde, obviamente, la brutalidad de
las autoridades cumplieron importante rol.
En el año 1866 se le inicia a Pacheco una causa criminal por una muerte
hecha en el partido de la Lobería. Dice el escrito "que el criminal ha
desaparecido y abandonado sus bienes y familia" (tenía 6 hijos). Fue
detenido tiempo más tarde en Tres Arroyos y llevando a la cárcel de Dolores
donde es condenado a 10 años de prisión. Al ser conducido a Buenos Aires,
logra escapar del piquete que lo conducía.
Pacheco se reúne nuevamente con su familia y se establece en la estancia de
un fuerte hacendado, A. Zubiarre (cerca de la actual ciudad de Necochea).
Allí cuida su rodeo y algunas tropillas de su propiedad. Es conchabado como
resero y recorre con este oficio varios partidos del centro sur de la
provincia de Buenos Aires. A menudo; en pulperías o campamentos de troperos,
debe responder-a rebencazos, como era de rigor- a las bravuconadas de
paisanos provocadores o de simples pleiteros en busca de gloria. Cada
"hazaña' de Pacheco -verificada o no- ;acrecentaba su fama de matrero. Fue
tildado de ladino, pendenciero y malentretenido. Perseguido durante años y
por el odio que le inspiraron los hombres, estableció su real en una cueva
de las barrancas del río Quequén. Por su fiereza y habilidad, para salir
airoso de cuanta celada le era preparada, fue apodado "el Tigre del
Quequén". En diciembre de 1875, el comisario Luis Aldaz, rudo personaje de
la campaña, en un descuido del "Tigre", consigue atraparlo en su propia
guarida. Así terminaba su carrera de gaucho alzado.
Fue acusado, en la oportunidad, por el propio Aldaz, como "uno de esos
criminales que solamente con su presencia aterroriza... autor de 14
asesinatos alevosos y de tener familia con sus propias hijas".
En realidad, sólo se le pudo imputar un asesinato y una fuga. Al mayúsculo
cargo de incesto, el juez lo desechó de plano. También expresaba el Dr.
Aguirre, que "de los demás crímenes atribuidos a Pacheco, no había ningún
elemento para imputárselos". Sobreseía a éste y que "debía cumplir la
sentencia en la Penitenciaría de Buenos Aires por el hecho de 1866". Lugar
donde ingresó Felipe Pacheco en diciembre de 1876.
El Gaucho Lega (Olegario Alvarez)
El gaucho olegario alvarez, conocido como "Gaucho Lega", nació en Saladas en
1871. Preso y condenado por asesinato, logra evadirse de la Penitenciaria de
la capital correntina en 1904. A partir de allí, integró una gavilla de
matreros famosos en la región , junto al mentado Aparico Altamirano (otro
"santo").
Convertido en gaucho matrero desde su temprana juventud, Olegario álvarez
cosechó amores y odios.
La escritora Silvia Miguens narra la vida de este hombre que transitó un
camino de rebeldía, signado por la violencia, y se hizo leyenda al amparo de
la mitología correntina.
Cuando Nicolás Toledo y Paulina Álvarez engendraron a su hijo, el aire
andaba enrarecido por el polvo que alzaban las tropas de Argentina, de
Brasil y de Uruguay, que cabalgaban por los alrededores de Saladas, a 100
kilómetros de Mburucuyá, para embestir a las de Paraguay, durante la Guerra
de la Triple Alianza. Nueve meses más tarde, corriendo ya el año 1871, el
primer encantamiento de Olegario fueron los ojos de su madre. Tal vez por
aquella primaria visión del mundo siempre se dio a conocer con el apellido
materno, o puede que Nicolás Toledo no fuera más que uno de esos hombres de
a caballo que van de paso. Para cuando Olegario nació, el aire no estaba
enrarecido por las tropelías de las milicias. Inspiró profundo una oleada de
heroísmo de esa tierra de héroes, y no sólo de los héroes que deambu-laban
por la zona, pues también en Saladas había nacido el sargento Cabral, que en
el combate de San Lorenzo salvó de la muerte al general San Martín, otro
correntino de ley.
Muchos niños, igual que Olegario, fueron forjados por las narraciones de sus
mayores, susurradas en torno al fogón de las mateadas nocturnas. Acunado por
mitos y leyendas, a la vera de los espíritus errantes y de los entreveros
con las tropas de Rosas, nació y creció Olegario Álvarez, quien muy pronto,
en su juventud, se convirtió en el Gaucho Lega, o Leguita. Imposible
permanecer ajeno a ese caudillismo que convertía al entorno en un corral de
riñas. Inquinas y resquemores eran parte del paisaje. La trai-ción, la
crueldad, los muertos devenidos en semidioses, mártires o delincuentes,
según la corriente o la necesidad política. Muy de cerca le tocó ver un
alzamiento en que la represión y el castigo fueron utili-zados como
escarmiento, la Matanza de Saladas, en octubre de 1891, que culminó poco
después cuan-do, con el fin de conciliar la paz, se decretó una amnistía.
Por esos días Lega tenía 18 años, y supo de inmediato de qué manera el grupo
político vencido pasaba de la amnistía al degüello. Y del degüello al mito.
Al año de la matanza era sargento de policía, y pertenecía al Partido
Colorado.
Olegario fue parte de esa clase social marginada y pueblerina, de activos
militantes políticos que se ganaban continuas persecuciones que terminaban
llevándolos al pillaje, para sobrevivir. Tal vez porque se rebeló contra el
vasallaje de los señores feudales de la zona, esa actitud desafiante y
libertaria hizo que fuera considerado de un valor sin límite. Y, como
sucedió con el Gauchito Gil y con Altamirano, todos piragües, es decir
colorados, los estandartes, claveles, cintas y elementos de culto con que le
rin-den homenaje y se adornan los santuarios, son rojos. Por su filiación
autonomista. Claro que también existen "santos celestes", del Partido
Liberal, como Francisco José López en la zona de Esquina. Pero en el caso de
Lega, era colorado y fue en uno de esos confusos episodios de comité cuando
mató a un hombre. Poco después, en un duelo criollo, dio muerte a otro
gaucho, a quien llamaban Poncho Café.
Fue apresado en Curuzú Laurel, entre San Miguel y Loreto, enviado a los
Tribunales de Corrientes y sen-tenciado a cadena perpetua. En la cárcel se
relacionó con Aparicio Altamirano y con Adolfo Silva. Los tres se volvieron
inseparables hasta que, un martes de carnaval de 1904, huyeron aprovechando
una fuga masiva de presos. Al poco tiempo se les atribuía, entre otros
delitos, el de asaltar una estancia, asesinar al propietario, su esposa e
hijos, y colgar sus cabezas del alambrado. Y así continuaron sus días, en
estado de rebeldía. Fueron épocas de corridas y dicen que de
transmutaciones, a la sombra y al repa-ro de los quebrachales y de los
pastos que bordean los esteros. Muy de a poco sus andanzas se volvie-ron
parte de la mitología guaraní. Puede que no hayan sido pocas las veces en
que se lo vio, convertido en un yaguareté que va olisqueando los alrededores
en busca de la presa y con sed de venganza, mien-tras atraviesa el bosque
húmedo y las palmeras de Yatay, en las cercanías de Saladas, Concepción, San
Roque y Mburucyá, propiciando igual que siempre lo que está a su alcance
para ayudar a la gente.
En cuanto al amor, Lega tampoco se quedó corto con la leyenda y el
romanticismo. Un atardecer, ampa-rado por las sombras y el canto de los
primeros pájaros nocturnos, dejó su caballo detrás de la casa de un tal
Lafuente, oficial primero de policía, y como un yaguareté que ha tomado las
mañas de su perseguidor, un cazador de aguada, esperó que el oficial
vaciara la botella de ginebra y, sólo cuando notó que la autoridad se había
dormido, Olegario sigilosamente fue al rescate de su novia, Ángela Alegre.
La muchacha permanecía recluida desde que Lega escapó de la cárcel. La sola
sonrisa y el beso de Ángela justificaron la imprudencia de acercarse de
nuevo a Saladas, donde era buscado y fácilmente reconoci-ble. Dicen que
Ángela se quedó junto a él hasta el mismito momento, el 2 mayo de 1906, en
que una partida policial terminó con la vida de Olegario Álvarez, y también
con la de Adolfo Silva, en el paraje denominado Juru'i, en Rincón de Luna.
Aparicio Altamirano pudo escapar y fue muerto en 1932.
Muy de a poco sus andanzas se volvieron parte de la mitología guaraní.
Leguita, con apenas 35 años fue acribillado a balazos por la Policía, que
dio cuenta de su muerte con gran alarde. Como contrapartida, de inmediato
Lega renació como mártir legendario y gaucho milagro-so. La imaginación
pueblerina fue dando fe de sus milagros. Los motivos para su devoción
empiezan justamente ese día, porque cuando la Policía bajó el cadáver, atado
al caballo, el cuerpo emitió unos quejidos, tal vez por el aire aún en los
pulmones y expulsado, o tal vez porque así estaba escrito. Se dijo que aún
estaba vivo. En el patio de la comisaría, sólo después del largo traslado de
su cuerpo a lomo de caballo, le quitaron el Kurundu, un amuleto con forma de
campana confeccionado por el abá payé (hechicero). Según cuenta la leyenda
guaraní, gracias al payé y pese a haber sufrido heridas de gravedad en
muchas ocasiones, Lega no moriría hasta que se lo quitaran. Él mismo, dicen,
pidió a sus captores que se lo sacaran para poder morir en paz. Lo que no
les dijo era en qué momento lanzaría su último aliento.
Por Eric Hobsbawm*
Todos los aficionados al cine y todos los
telespectadores saben que los bandidos, sea cual sea su naturaleza, tienden a
existir rodeados de nubes de mito y ficción. ¿Cómo podemos descubrir la verdad y
los mitos sobre ellos?
La mayoría de los bandidos que dieron pábulo a tales mitos murió hace mucho
tiempo: Robín de los bosques (suponiendo que existiera) vivió en el siglo XIII,
aunque en Europa los héroes basados en figuras de los siglos XVI-XVIII son los
más comunes, probablemente porque la invención de la imprenta hizo posible el
medio principal para que perdurasen los recuerdos de los bandidos antiguos: la
hoja suelta popular y barata o el libro de coplas. Este modo de transmisión, que
pasaba de un grupo de narradores a otros, de un lugar y un público a otros, a lo
largo de las generaciones, puede decirnos muy poco que tenga valor documental
sobre los propios bandidos, excepto que, por el motivo que fuese, se recuerdan
sus temas. A menos que dejaran rastros en los registros de la ley y las
autoridades que los persiguieron, apenas tenemos datos directos y contemporáneos
sobre ellos. Viajeros extranjeros apresados por los bandidos, especialmente en
el sureste de Europa, dejaron informes de este tipo a partir de mediados del
siglo XIII, y los periodistas, que ansiaban entrevistar a jóvenes que lucían
cartucheras y estaban más que dispuestos a responder, no nos han dejado nada
antes del XX. Ni siquiera es siempre posible fiarse de lo que escribieron,
aunque sólo sea porque los testigos forasteros raramente sabían mucho sobre la
situación local, aunque entendieran, y no digamos hablaran, el dialecto local,
que a veces era impenetrable, y se resistían a las exigencias de los redactores
hambrientos de noticias sensacionalistas. En el momento de escribir esto, el
secuestro de extranjeros -para pedir un rescate o con el fin de negociar
concesiones del gobierno- se ha puesto de moda en la república árabe de Yemen.
Que yo sepa, los prisioneros liberados han proporcionado poca información
valiosa.
La tradición, por supuesto, determina lo que sabemos incluso de los bandidos
sociales del siglo XX -y hay varios- de los cuales tenemos conocimiento de
primera mano y digno de confianza. Tanto ellos como los que informaron de sus
aventuras están familiarizados desde la infancia con el papel del "bandido
bueno" en el drama de las vidas de los campesinos pobres y lo interpretaban o se
lo asignaban a él. Las Memorias de Pancho Villa de M. L. Guzmán no sólo se basan
en parte en las palabras del propio Villa, sino que son obra de un hombre que
fue a la vez una gran figura de la literatura mexicana y (a juicio del biógrafo
de Villa) "un estudioso de lo más serio también".1 Sin embargo, en las páginas
de Guzmán los comienzos de la carrera de Villa se ajustan al estereotipo de
Robín de los bosques mucho más de lo que, al parecer, sucedía en la vida real.
Esto es todavía más cierto en el caso del bandido siciliano Giuliano, que vivió
y murió en el apogeo de los fotógrafos de prensa y las entrevistas en lugares
exóticos. Pero sabía lo que se esperaba de él ("¿Cómo podía un Giuliano, que
amaba a los pobres y odiaba a los ricos, volverse alguna vez contra las masas de
obreros?, preguntó, después de haber dado muerte a varios de ellos"), y también
lo sabían los periodistas y los novelistas. Hasta sus enemigos, los comunistas,
que acertaron al predecir su fin, lamentaron que fuera "indigno de un auténtico
hijo del pueblo trabajador de Sicilia", "amado por el pueblo y rodeado de
simpatía, admiración, respeto y temor".2 Su reputación contemporánea era tal
que, como me dijo un viejo militante de la región, después de la matanza de 1947
en Portella della Ginestra nadie sugirió que pudiera haber sido obra de
Giuliano.
También existen mitos oportunos y arraigados sobre bandidos tales como los
vengadores y los haiduks cuya fama no puede hacer hincapié en la redistribución
social y la simpatía por los pobres, al menos mientras no sea un simple agente
de la ley oficial o del gobierno (muchos matones rurales por lo demás odiosos
han adquirido aureola de santo por el simple hecho de ser enemigos del ejército
o la policía.)
Es el estereotipo del honor del guerrero, o, en
términos de Hollywood, el héroe cowboy. (Dado que, como hemos visto, tantos
bandidos procedían de comunidades marciales especializadas, formadas por de
salteadores rurales cuya capacidad militar fue reconocida por los gobernantes,
nada resultaba más conocido para sus jóvenes.) El honor y la vergüenza, como nos
dicen los antropólogos, dominaban el sistema de valores en el Mediterráneo, la
región clásica del mito del bandido. Los valores feudales, donde existían,
actuaban de refuerzo. Los ladrones heroicos eran considerados o se consideraban
a sí mismos como "nobles", condición que -al menos en teoría- también implicaba
unos principios morales dignos de respeto y admiración.
La asociación ha llegado hasta nuestras nada aristocráticas sociedades (como en
las expresiones "conducta de caballero", "noble gesto" o "nobleza obliga"). La
palabra "nobleza" en este sentido vincula a los pistoleros más brutales con el
más idealizado de los Robín de los bosques, a los que, de hecho, por esta razón
se clasifica como "ladrones nobles" (Edel Rauber) en varios países. La
circunstancia de que posiblemente varios caudillos de bandidos mitificados
procedían realmente de familias armígeras (aunque la palabra Raubritter -barón
ladrón- no aparezca en la literatura con anterioridad a los historiadores
liberales del siglo XIX) reforzó esta vinculación.
Así, la primera entrada importante del bandido noble en la alta cultura (es
decir, en la literatura del Siglo de Oro en España) recalca su supuesta
condición social como caballero, es decir, su "honor", así como su generosidad,
por no hablar (como en Antonio Roca de Lope de Vega, basado en un bandido
catalán del decenio de 1540) del buen sentido de moderación en la violencia y el
propósito de no provocar la enemistad del campesinado. El memorialista francés
Brantóme (1540-1614) se hace eco de por lo menos un juicio contemporáneo cuando
en su obra Vie des dames galantes dice que es "uno de los bandidos más bravos,
más valientes, astutos, cautelosos, capaces y corteses nunca vistos en España".
En el Don Quijote de Cervantes incluso se presenta al bandido Rocaguinarda (que
actuó a principios del siglo XVI) como específicamente al lado de los débiles y
los pobres.3 (Ambos eran en realidad de origen campesino.) La historia real de
los llamados "bandidos barrocos catalanes" está muy lejos de ser la de una serie
de Robín de los bosques. Cabe preguntarse si la capacidad de los grandes
escritores españoles para producir una versión mitológica del bandolerismo noble
en el momento culminante de la epidemia de bandolerismo real de los siglos XVI y
XVII prueba su alejamiento de la realidad o sencillamente el enorme potencial
social y psicológico de la existencia del bandido como tipo ideal. La respuesta
debe dejarse en suspenso. En todo caso, la sugerencia de que Cervantes, Lope,
Tirso de Molina y las demás glorias de la alta cultura castellana son
responsables de la posterior imagen positiva del bandolerismo en la tradición
popular es inaceptable. La literatura no tenía ninguna necesidad de dar a los
ladrones una dimensión social en potencia.
La historia más perceptiva de la tradición del Robín de los bosques original ha
reconocido esto incluso entre los ladrones que no tenían semejante pretensión.4
Pone de relieve "la dificultad de definir la criminalidad, especialmente a causa
de la vaguedad de la frontera entre la criminalidad y la política, y a causa de
la violencia de la vida política de la Inglaterra de los siglos XIV y XV. "La
criminalidad, las rivalidades locales, el control del gobierno municipal, el
ejercicio de la autoridad de la corona, todo ello se entremezclaba. Esto hacía
que resultara más fácil imaginar que el criminal tenía un poco de razón.
Obtenía aprobación social." Al igual que en el sistema de valores de los
westerns de Hollywood, la justicia improvisada, el recurso a la violencia para
terminar con los abusos (la denominada "Ley de Folville " en honor de una
familia de caballeros que era famosa por corregir así las injusticias), era una
cosa buena. El poeta William Langland (cuya obra Piers Plowman -c. 1377-
contiene, dicho sea de paso, la primera referencia a las baladas de Robín de los
bosques) opinaba que la Gracia dotaba a los hombres de las cualidades necesarias
para luchar contra el anticristo, incluidas algunas para cabalgar y recuperar lo
que injustamente fue tomado, les mostró cómo recobrarlo por medio de la fuerza
de sus manos y arrebatárselo a los hombres falsos mediante las leyes de Folville.
La opinión pública contemporánea, incluso fuera de la comunidad de los propios
proscritos, estaba, pues, dispuesta a concentrarse en aspectos socialmente
encomiables de las actividades de un célebre bandido, a menos, por supuesto, que
su reputación de criminal antisocial fuera tan horrible que le convirtiese en
enemigo de todas las personas honradas. (En ese caso la tradición proporcionaba
una alternativa que, no obstante, satisfacía el apetito público de dramatismo
sensacionalista bajo la forma de libros de coplas que contenían las confesiones,
sin ningún tipo de restricciones, de notorios malhechores que contaban
detalladamente su ascensión desde una primera transgresión de los Diez
Mandamientos hasta una súplica de perdón divino y humano, a los pies del
patíbulo, pasando por una horripilante trayectoria criminal.)
Naturalmente, cuanto más alejado de un bandido célebre estaba el público -en el
tiempo y el espacio-, más fácil era concentrarse en sus aspectos positivos y
pasar por alto los negativos. No obstante, el proceso de idealización selectiva
se remonta a la primera generación.
En las sociedades donde existe una tradición del bandido, si, entre otros
objetivos, un bandido atacaba a alguien a quien la opinión pública veía con
malos ojos, adquiría inmediatamente toda la leyenda de Robín de los bosques,
incluidos los disfraces impenetrables, la invulnerabilidad, la captura por medio
de la traición y todo lo demás (véase el capítulo 4). Así, el sargento José
Ávalos, que se retiró de la gendarmería para dedicarse a la agricultura en el
Chaco argentino, donde en el decenio de 1930 había perseguido personalmente al
célebre bandido Mate Cosido (Segundo David Peralta, 1897-?), no albergaba la
menor duda de que había sido un "bandido del pueblo".
Nunca había robado a buenos argentinos, sino sólo a agentes de las grandes
compañías internacionales de productos agrícolas, "los cobradores de la Bunge y
de la Clayton".5 ("Por supuesto -como me dijo cuando entrevisté al viejo hombre
de la frontera en su granja a finales del decenio de 1960-, mi oficio era
echarle el guante, del mismo modo que su oficio era ser bandido".) Pude, por
tanto, predecir con acierto lo que afirmaría que recordaba de él.6 Es en verdad
cierto que el famoso bandido había atracado el coche de un representante de
Bunge & Born, al que había despojado de 6.000 pesos en 1935, había asaltado un
tren en el que iba, entre otras víctimas, es de suponer que "buenos argentinos",
un hombre de Anderson, Clayton & Co. (12.000 pesos) y se había embolsado hasta
45.000 en un atraco a una oficina local de Dreyfus -todavía, con Bunge, uno de
los nombres más importantes del comercio mundial de productos agrícolas-, ambas
cosas en 1936. Sin embargo, los anales indican que las especialidades de la
banda -el asalto a trenes y los secuestros para obtener rescates- no mostraban
ninguna discriminación patriótica.7 Era el público quien recordaba a los
explotadores extranjeros y se olvidaba del resto.
La situación era todavía más clara en las sociedades en lucha, donde un
homicidio "legítimo" era criminalizado por el estado, especialmente porque
apenas nadie creía en la imparcialidad de la justicia estatal. Giuseppe Musolino,
forajido solitario, desde el principio hasta el fin se negó rotundamente a
aceptar que fuese un criminal en algún sentido, y, de hecho, ya en la cárcel, se
negó a llevar el uniforme de recluso. Él no era ni bandido ni bandolero, no
había atracado ni robado, sino que sólo había matado a espías, soplones e infami.
De ahí nacía por lo menos parte de la extraordinaria simpatía, casi veneración,
y de la protección de que gozaba en el campo de su región, Calabria. Creía en
las antiguas costumbres contra las nuevas y malas costumbres. Era igual que el
pueblo: vivía en malos tiempos, era tratado injustamente, débil, victimado. La
única diferencia consistía en que él se enfrentaba al sistema. ¿A quién le
importaban los detalles de los conflictos políticos locales que habían conducido
al primer homicidio?
8 En una situación políticamente polarizada, esta selección era aún más fácil.
Así, en las montañas de Beskid, en Polonia, se ha formado una clásica leyenda
sobre los bandidos de los Cárpatos. Habla de un tal Jan Salapatek ("el Águila"),
1923-1955, que durante la guerra combatió en las filas del Ejército del Interior
polaco, luchó como miembro de la resistencia anticomunista y, al parecer, siguió
estando fuera de la ley en los inaccesibles bosques de las tierras altas hasta
que lo mataron los agentes del servicio de seguridad de Cracovia.9 Sea cual sea
la realidad de su carrera, dada la desconfianza que los nuevos regímenes
despiertan en los campesinos, su mito no puede distinguirse de la leyenda
tradicional del bandido bueno: "hay sólo algunos cambios superficiales en ella:
un arma de fuego automática sustituye al hacha, el almacén de una cooperativa
comunista ocupa el lugar del palacio del terrateniente y el servicio de
seguridad estalinista desempeña el papel que antes correspondía a la "starosta".
El bandido bueno no hacía daño a nadie. Robaba a las cooperativas, pero nunca al
pueblo. El bandido bueno existe siempre en contraposición al ladrón malo. Así
que, a diferencia de algunos, incluso de algunos partisanos anticomunistas,
Salapatek no hacía daño a nadie.
("Recuerdo que había un partisano del mismo poblado: era un hijo de perra"). Era
el hombre que ayudaba a los pobres. Repartía dulces en el patio de la escuela,
iba al banco, traía dinero, "lo arrojaba en la plaza y decía "cogedlo, que es
vuestro dinero y no pertenece al estado". Seguía la apropiada costumbre
legendaria, aunque era extraño en un guerrillero que luchaba contra el régimen,
y recurría a la violencia sólo en defensa propia y nunca era el primero en
disparar. En resumen, "era realmente justo y sabio, luchaba sinceramente por
Polonia ". Que naciera en el mismo poblado que el Papa Juan Pablo II puede ser
significativo o puede no serlo.
En efecto, dado que en los países que poseían una arraigada tradición de
bandolerismo todo el mundo, incluso los policías, los jueces y los propios
bandoleros, esperaba ver a alguien en el papel de bandido noble, un hombre podía
convertirse en un Robín de los bosques en vida si satisfacía los requisitos
mínimos para ello. Es claro que así ocurrió en el caso de Jaime Alfonso "el
Barbudo" (1783-1824) según atestiguan los informes de El Correo Murciano en 1821
y 1822 y lord Carnarvon en Voyage through the Iberian Península10 (1822).
Obviamente, también era el caso de Mamed Casanova, que actuó en Galicia en los
primeros años del decenio de 1900. Una revista de Madrid lo calificó (además de
fotografiarle) de "el Musolino gallego" (para Musolino véanse las pp. 60 y 69),
el Diario de Pontevedra lo llamó "bandido y mártir" y lo defendió un abogado que
más adelante sería presidente de la Real Academia Gallega. En 1902 recordó al
tribunal que las baladas de los poetas populares y los romances que se vendían
en las calles de las ciudades atestiguaban la popularidad de su célebre
cliente11. Algunos bandoleros, por tanto, pueden dar origen a la leyenda del
bandido bueno mientras viven o, sin duda alguna, en vida de sus contemporáneos.
Asimismo, en contra de lo que piensan algunos escépticos, es posible que incluso
bandidos famosos cuya reputación original no es política no tarden en adquirir
el útil atributo de estar al lado de los pobres. Robín de los bosques, cuyo
radicalismo social y político no aparece del todo hasta la recopilación del
jacobino Joseph Ritson en 1795,12 tiene objetivos sociales incluso en la primera
versión de su historia, que data del siglo XV: "Porque era un buen proscrito, y
hacía mucho bien a los pobres". No obstante, al menos en su forma escrita, en
Europa el mito plenamente desarrollado del bandido social no aparece hasta el
siglo xix, cuando era habitual que la gente idealizara hasta a los hombres menos
apropiados y los convirtiera en paladines de la lucha nacional o social, o -por
inspiración del romanticismo- en hombres libres de las limitaciones de la
respetabilidad de clase media. Un género que tuvo muchísimo éxito, las novelas
alemanas de bandidos de comienzos del siglo xix, se ha resumido con estas
palabras: "argumentos llenos de acción ... ofrecen al lector de clase media
descripciones de violencia y libertad sexual ... Mientras que, según el
estereotipo, las raíces de la criminalidad están en los padres que desatienden a
sus hijos, la educación deficiente y la seducción por parte de mujeres de vida
fácil, se presenta a la familia de clase media ideal, pulcra, ordenada,
patriarcal y reductiva de la pasión como el ideal y el fundamento de una
sociedad ordenada ".13 En China, por supuesto, el mito es antiquísimo: los
primeros bandidos legendarios datan del período de los "estados en lucha",
481-221 a. C, y el gran clásico del bandolerismo, Shui Hu Chan, que data del
siglo xvi y se basa en una banda que existió realmente en el siglo XII, lo
conocían tanto los aldeanos analfabetos, gracias a los narradores y a las
compañías teatrales ambulantes, como todos los jóvenes chinos educados, y Mao no
era una excepción.14 Ciertamente, el romanticismo del siglo xix influyó en la
posterior inclinación a ver al bandido como imagen de liberación nacional,
social o incluso personal. No puedo negar que en algunos sentidos influyó en mi
visión de los haiduks como "una fuerza permanente y consciente de insurrección
campesina" (véase arriba p. 91.
No obstante, el conjunto de creencias sobre el bandolerismo social es
sencillamente demasiado fuerte y uniforme para reducirlo a una innovación del
siglo XIX o incluso a un fruto de la creación literaria. Donde tenía la
posibilidad de elegir, el público popular rural e incluso urbano seleccionaba
los aspectos de la literatura sobre los bandidos o de la reputación de éstos que
encajaban en la imagen social. El análisis que hizo Chartier de la literatura
sobre el bandido Guilleri (que actuó en Poitou en 1602-1608) demuestra que,
puestos a escoger entre un gángster esencialmente cruel sin más rasgo positivo
que su valentía y su arrepentimiento final, y un hombre de buenas cualidades
que, aunque bandido, era mucho menos cruel y brutal que los soldados y los
príncipes, los lectores preferían al segundo. Ésta fue la base de lo que, a
partir de 1632, pasó a ser el primer retrato literario en francés del clásico y
mítico estereotipo del "bandido bueno" ("le brigand au grand coeur"), limitado
sólo por el requisito del estado y la iglesia de no permitir que los criminales
y los pecadores se libren del castigo.15 El proceso de selección es aún más
claro en el caso de un bandido que no tiene ningún monumento literario
significativo y cuya trayectoria se investigó tanto en los archivos como por
medio de entrevistas con 135 personas de edad en 1978-1979.16 La memoria popular
que se conserva de Nazzareno Guglielmi, "Cinicchio", 1830?, en la región de
Umbría alrededor de su Asís natal, es el clásico mito del "ladrón noble". Aunque
"la figura de Cinicchio que surge de la investigación en los archivos no se
contradice fundamentalmente con la tradición oral", es claro que en la vida real
no era un Robín de los bosques ideal-típico. Con todo, si bien forjó alianzas
políticas y se adelantó a los métodos mafiosos ofreciéndose a proteger a los
terratenientes de otros bandidos (y no digamos ya de él mismo) a cambio de
dinero, la tradición oral insiste en su negativa a hacer tratos con los ricos y
especialmente en sus campañas de odio y -de forma significativa- venganza contra
el conde Cesare Fiumi, que, segín afirma dicha tradición, le había acusado
injustamente. Sin embargo, en este caso el mito también contiene un elemento más
moderno.
Se supone que el bandido, que desaparece en el decenio de 1860 después de
organizar una fuga a América, prosperó mucho en el nuevo mundo y, según dicen,
por lo menos uno de sus hijos llegó a triunfar como ingeniero. En la Italia
rural de finales del siglo XX la movilidad social es también la recompensa que
recibe el ladrón noble...
¿A qué bandidos se recuerda? El número de los que superaron el paso de los
siglos en las canciones y los relatos populares es en realidad muy modesto. En
el siglo XIX los coleccionistas de material folclórico encontraron sólo unas
treinta canciones sobre el bandolerismo en la Cataluña de los siglos XVI y XVII
y sólo unas seis de ellas se refieren exclusivamente a determinados bandidos.
(Una tercera parte del total consiste en canciones sobre las Uniones contra los
ataques de los bandidos a comienzos del siglo XVII.) Los bandidos andaluces que
llegaron a ser verdaderamente famosos no pasan de la media docena. Sólo dos
caudillos de cangaqeiros brasileños -Antonio Silvino y Lampiáo- han logrado
realmente entrar en la memoria nacional. De los bandidos valencianos y murcianos
del siglo XIX sólo uno fue mitificado.17 Por supuesto es posible que se haya
perdido mucho a causa del carácter efímero de los libros de coplas y las baladas
impresas en hojas sueltas y también a causa de la hostilidad de las autoridades,
que a veces penalizaban este tipo de material.
Puede que fuesen aún más las cosas que no llegaron a imprimirse o que se
escaparon de la atención de los primeros folcloristas. Una obra publicada en
1947 menciona dos ejemplos de los cultos religiosos que surgieron en torno a las
sepulturas de algunos bandidos muertos en Argentina; más adelante se
descubrieron como mínimo ocho. Exceptuando una sola, no habían llamado la
atención del público culto.18 No obstante, es evidente que existe algún proceso
que selecciona a algunas bandas y a sus líderes y hace que adquieran fama a
escala nacional, o incluso internacional, mientras que deja a otras para los
anticuarios locales o la oscuridad. Prescindiendo de cuál fuera el rasgo que las
separó de las demás, hasta el siglo XX el medio por el cual alcanzaban la fama
fue la imprenta. Dado que todas las películas sobre bandidos célebres que
conozco se basan en figuras que primero se hicieron famosas por medio de
baladas, libros de coplas y artículos de prensa, incluso puede argüirse que esto
sigue sucediendo hoy, a pesar de la retirada de la palabra impresa (fuera de la
pantalla del ordenador) ante el avance de la imagen móvil encarnada por el cine,
la televisión y los vídeos. Sin embargo, el recuerdo de los bandidos también se
ha conservado por medio de su asociación con determinados lugares, tales como el
bosque de Sherwood y Nottingham en el caso de Robin de los bosques (lugares que
la investigación histórica descartó), el monte Liang de la epopeya de bandidos
china (en la provincia de Shantung) y varias "cuevas de ladrones" anónimas en
las montañas de Gales y, sin duda, de otras partes. Ya hemos hablado del caso
especial de los santuarios dedicados al culto de bandidos muertos.
Con todo, determinar las tradiciones que hicieron que ciertos bandidos fueran
elegidos para la fama y perdurasen es menos interesante que determinar los
cambios habidos en la tradición colectiva del bandolerismo. Hay aquí una
diferencia considerable entre los lugares donde el bandolerismo, si alguna vez
existió en escala significativa, está más allá de la memoria viva y los lugares
donde no es así. Esto es lo que distingue a Gran Bretaña, o los tres últimos
siglos en el Midi de Francia ("donde no tenemos constancia de bandas
numerosas"),19 de países como Chechenia, donde sigue muy vivo hoy, y los de
América Latina, donde lo recuerdan hombres y mujeres que todavía viven.
Entre estos dos extremos están los países donde el recuerdo del bandolerismo del
siglo XIX o su equivalente se mantiene vivo, en parte por obra de la tradición
nacional pero, sobre todo, debido a los modernos medios de difusión, de tal modo
que aún puede ser un modelo del estilo personal, como el Oeste salvaje en
Estados Unidos, o incluso de la acción política, como en el caso de los
guerrilleros argentinos del decenio de 1970, que se consideraban los sucesores
de los montoneros, cuyo nombre adoptaron, lo cual, según opina su historiador,
aumentó enormemente su atractivo ante los ojos de los reclutas en potencia y el
público.20 En los países del primer tipo, el recuerdo de bandidos reales ha
muerto, o lo han cubierto otros modelos de protesta social. Lo que se conserva
se asimila al mito clásico del bandolerismo. De esto ya hemos hablado
extensamente.
Los más interesantes, con mucho, son los países del segundo tipo.
Tal vez sea útil, en vista de ello, concluir el presente capítulo con algunas
reflexiones sobre tres de dichos países, que ofrecen la posibilidad de comparar
el itinerario de la tradición nacional del bandolerismo, que fue muy diferente
en cada uno de ellos: México, Brasil y Colombia.21 Los tres sin excepción son
países que se familiarizaron con el bandolerismo en gran escala en el transcurso
de su historia.
Todos los que viajaron por sus carreteras coincidieron en afirmar que si algún
estado latinoamericano fue la quintaesencia del territorio de los bandidos, ese
estado fue México en el siglo XIX. Además, en los primeros sesenta años de
independencia el fracaso del gobierno y de la economía, la guerra en el exterior
y la guerra civil dieron a cualquier grupo de hombres que viviera de las armas
mucha influencia, o al menos la posibilidad de elegir entre ingresar en el
ejército o la policía y cobrar del gobierno (lo cual en aquel tiempo, al igual
que más adelante, no excluía la extorsión) o persistir en el simple
bandolerismo.
Buen ejemplo de ello son los liberales de Benito Juárez, que en sus guerras
civiles carecían de patronazgo más tradicional. Sin embargo, los bandidos que
dieron origen a mitos populares fueron los que actuaron durante la dictadura de
Porfirio Díaz (1884-1911), época de estabilidad que precedió a la revolución
mexicana. Era posible ver a estos bandidos, ya entonces, como hombres que
desafiaban a la autoridad y al orden establecido. Más adelante, al examinarlos
con ojos favorables, podrían parecer los precursores de la revolución.22 Gracias
principalmente a Pancho Villa, el más eminente de todos los bandidos convertidos
en revolucionarios, esto ha dado al bandolerismo un grado singular de
legitimidad nacional en México, aunque no en Estados Unidos, donde en aquel
tiempo los bandidos mexicanos violentos, crueles y codiciosos se convirtieron en
los clásicos malos de las películas de Hollywood, al menos hasta 1922, año en
que el gobierno mexicano amenazó con prohibir que tales películas se exhibieran
en el país.23 Entre los otros bandidos que adquirieron fama nacional en vida
-Jesús Arriaga (Chucho "el Roto") en el centro de México, Heraclio Bernal en
Sinaloa, y Santana Rodríguez Palafox (Santanón) en Veracruz- por lo menos los
dos primeros aún gozan de popularidad. Bernal, muerto en 1889, entró y dejó la
política varias veces y es probablemente el más famoso en la época de los medios
de difusión, ensalzado en trece canciones, cuatro poemas y otras tantas
películas, algunas adaptadas para la televisión, pero sospecho que el embaucador
Chucho (fallecido en 1885), católico insolente pero anticlerical, que también
salió en las pantallas de la televisión, sigue estando más cerca del corazón del
pueblo.
A diferencia de México, Brasil pasó sin interrupción de colonia a imperio
independiente. Fue la Primera República (1889-1893) la que produjo, al menos en
los horribles hinterlands del noreste, las condiciones sociales y políticas
propicias al bandolerismo epidémico: es decir, transformó los grupos de
servidores armados que estaban vinculados a determinados territorios y familias
de la élite en tipos independientes que vagaban por la región de unos cien mil
kilómetros cuadrados que abarca cuatro o cinco estados. Los grandes catigageiros
del período 1890-1940 pronto adquirieron fama regional y su reputación se
propagó por vía oral y por medio de libros de coplas, que en Brasil no aparecen
antes de 1900,24 poetas y cantores locales.
Más adelante, la migración en masa a las ciudades del sur y la creciente
alfabetización llevarían esta literatura a las tiendas y los puestos de venta de
los mercados de las grandes ciudades como Sao Paulo. Los modernos medios de
difusión llevaron a los cangaqeiros, obvio equivalente brasileño del oeste
norteamericano, a las pantallas del cine y de la televisión, y cabe señalar que
el más famoso de ellos, Lampiáo, fue, de hecho, el primer gran bandido al que
filmaron vivo en el campo.25 De los dos bandidos más célebres, Silvino adquirió
fama de "ladrón noble" en vida, y los periodistas y otros reforzaron este mito
para contrastarlo con la reputación, grande pero no benévola, de Lampiáo, su
sucesor como "rey de las tierras del interior".
Con todo, lo interesante es la inclusión política e intelectual de los
cangaqeiros en la tradición nacional brasileña. Los escritores del noreste
tardaron muy poco en romantizarlos y, en todo caso, resultaba fácil utilizarlos
como prueba de la corrupción y la injusticia de la autoridad política. Por ser
Lampiáo un factor potencial en la política nacional, llamaron más la atención.
La Internacional Comunista incluso pensó en él como posible líder de
guerrilleros revolucionarios, quizá porque se lo sugeriría el dirigente del
partido comunista brasileño, Luis Carlos Prestes, que antes, como líder de la
"larga marcha" de rebeldes militares, había tenido trato con él (véanse las pp.
113114). Sin embargo, no parece que los bandidos interpretasen un gran papel
cuando, en el decenio de 1930, los intelectuales brasileños hicieron un
importante intento de crear un concepto de Brasil empleando elementos populares
y sociales en lugar de elitistas y políticos.
Fue en los decenios de 1960 y 1970 cuando una nueva generación de intelectuales
transformó al cangageiro en un símbolo de la condición de brasileño, de la lucha
por la libertad y el poder de los oprimidos; en resumen, como "símbolo nacional
de resistencia e incluso revolución.
26 Esto, a su vez, afecta a la manera de presentarlo en los medios de difusión,
aunque la tradición popular oral y de los libros de coplas todavía estaba viva
entre las gentes del noreste, al menos en el decenio de 1970.
La tradición colombiana ha seguido una trayectoria muy diferente.
Por razones obvias, la eclipsa totalmente la sangrienta experiencia de la era
posterior a 1948 (o, como prefieren algunos historiadores, 1946) conocida por el
nombre de la Violencia y sus secuelas. Fue en esencia un conflicto en el que se
mezclaron la lucha de clases, el regionalismo y el partidismo político de
habitantes de las regiones rurales que se identificaban, como en las repúblicas
del Río de la Plata, con alguno de los partidos tradicionales del país, en este
caso el liberal y el conservador. El conflicto dio paso a una guerra de
guerrillas en varias regiones después de 1948 y finalmente (aparte de allí donde
el ahora poderoso movimiento guerrillero comunista apareció en el decenio de
1960) a congeries de bandas armadas derrotadas que antes eran políticas y
dependían de las alianzas locales con hombres poderosos y de la simpatía de los
campesinos, aunque acabarían perdiendo ambas cosas. Fueron aniquiladas en el
decenio de 1960. El recuerdo que dejaron lo han descrito bien los mejores
expertos en la materia: Tal vez, exceptuando el recuerdo idealizado que todavía
albergan los campesinos en sus antiguas zonas de apoyo, el "bandido social"
también ha sido derrotado como personaje mítico ... Lo que tuvo lugar en
Colombia fue el proceso contrario del correspondiente al cangago brasileño. Con
el tiempo el cangago perdió gran parte de su ambigüedad característica y se
acercó a la imagen ideal del bandido social. El cangageiro acabó siendo un
símbolo nacional de virtudes nativas y la encarnación de la independencia
nacional ... En Colombia, por el contrario, el bandido personifica un monstruo
cruel e inhumano o, en el mejor de los casos, el "hijo de la Violencia",
frustrado, desorientado y manipulado por líderes locales. Ésta es la imagen que
ha aceptado la opinión pública.27 Sea cual sea la imagen que perdura en el siglo
XXI de los guerrilleros de las FARC, los paramilitares y los pistoleros del
cártel de la droga, ya no tendrán nada en común con el antiguo mito del bandido.
Para finalizar, ¿qué puede decirse de la más antigua y más permanente tradición
de bandolerismo social, la de China? Era igualitaria o al menos estaba en
desacuerdo con el ideal estrictamente jerárquico de Confucio, representaba
cierto ideal moral ("cumplir el designio del Cielo") y duró dos milenios. ¿Qué
puede decirse de los bandidos-rebeldes como Bai Lang (1873-1915), sobre el cual
cantaban:
Bai Lang, Bai Lang: Roba a los ricos para ayudar a los pobres, Y cumple el
designio del Cielo.
Todo el mundo piensa que Bai Lang es excelente: En dos años ricos y pobres
estarán igualados.28
Cuesta imaginar que los decenios de la pandemia de caudillos y bandidos que
siguieron al fin del imperio chino en 1911 serán recordados con mucho afecto por
quienes los experimentaron. No obstante, aunque las posibilidades para el
bandolerismo dis ni muyeron de manera espectacular después de 1949, cabría
sospechar que la tradición del bandido perduró en las tradicionales "regiones de
bandidos " de China, que siguió siendo esencialmente rural en los primeros
decenios de comunismo, a pesar de la hostilidad del partido.
Podemos suponer que migrará a las nuevas ciudades gigantescas que atraen a
millones de pobres del campo, en China como en Unisil. Asimismo, los grandes
monumentos literarios dedicados a la vida del bandido, como Shui Hu Chan,
ciertamente continuarán *trinando parte de la cultura de los chinos educados.
Tal vez encontrarán un futuro, tanto popular como intelectual, en las pantallas
chinas del siglo XXI, como el que se descubrió para los samurais errantes y los
caballeros andantes, que no son del todo distintos, en las japonesas del siglo
XX. Sospecho que su potencial como mitos románticos dista mucho de haberse
agotado.
NOTAS
1. Friedrich Katz, The Life and Times of Pancho Villa, Stanford, 1999, p. 830.
2. "The Bandit Giuliano", en Eric Hobsbawm, Uncommon People: Resistance,
Rebellion and Jazz, Londres, 1998, pp. 191-199.
3. Véase Xavier Torres i Sans, Els bandolers (s. XVI-XVII), Vic, 1991, cap. V.
4. J. C. Holt, Robin Hood, Londres, 1982, esp. pp. 154-155.
5 En castellano en el original. (N. del T.) 6. Me recordó esta predicción en
1998 el profesor José Nun de Buenos Aires, con el que había emprendido un viaje
al Chaco.
7. Hugo Chumbita, "Alias Maté Cosido", Todo Es Historia, n° 293 (noviembre de
1991), Buenos Aires, pp. 82-95.
8. Gaetano Cingari, Brigantaggio, proprietarí e contadini nel sud (1799-1900),
Reggio Calabria, 1976, pp. 205-266.
9. El doctor Andrzej Emeryk Mankowski ha tenido la amabilidad de facilitarme una
versión inglesa de su fascinante "Legenda Salapatka - "Orla"", basada en la
labor de campo efectuada por el Departamento de Etnología y Antropología
Cultural de la Universidad de Varsovia en 1988-1990.
10. Antonio Escudero Gutiérrez, "Jaime "el Barbudo": un ejemplo de bandolerismo
social", Estudis d'históría contemporánia del País Valencia, n° 3 (1982),
Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia, pp. 57-88.
11. Xavier Costa Clavell, Bandolerismo, romerías y jergas gallegas, La Coruña,
1980, pp. 75-90.
12. Joseph Ritson, Robín Hood.A Collection ofAU íhe Ancient Poems, Songs and
Ballads now Extant, Londres, 1795,1832,1887.
13. Uwe Danker, Rauberbanden im Alten Reich um 1700: Ein Beitrag zur Geschichte
von Herrschaft und Kriminalitat in der Frühen Neuzeit, Francfort, 1988, vol. 1,
p. 474.
14. Phil Billingsley, Randits in Republican China, pp. 2,4, 51.
15. Figures de la gueuserie. Textes presentes par Roger Chartier, París, 1982,
pp.
83-96.
16. Maria Luciana Buseghin y Walter Corelli, "Ipotesi per l'interpretazione del
banditismo in Umbría nel primo decenio dell'Unitá", Istituto "Alcide Cervi"
Annali, 2/1980, pp. 265-280.
17. Torres i Sans, op. cit., pp. 206, 216; C. Bernaldo de Quirós, Luis Ardila,
El Bandolerismo Andaluz, Madrid, 1978, edición original 1933,passim; A. Escudero
Gutiérrez, op. cit., p. 73.
18. Félix Molina Téllez, El mito, la leyenda y el hombre. Usos y costumbres del
folklore, Buenos Aires, 1947, citado en Hugo Nario, Mesías y bandoleros
pámpanos, Buenos Aires, 1993, pp. 125-126; Hugo Chumbita, "Bandoleros
santificados", Todo Es Historia, n° 340 (noviembre de 1995), pp. 78-90.
19. Yves Castan, "L'image du brigand au xvme siécle dans le Midi de la Frailee
", en G. Orgalli, ed., Bande Ármate, Banditi, Banditismo e repressione di
giustizia negli stati europei di antico regime, Roma, 1986, p. 346.
20. Richard Gillespie, Soldiers of Perón: The Montoneros, Nueva York, 1982, cap.
2.
21. Sigo las ideas de Gonzalo Sánchez y Donny Meertens, insinuadas por primera
vez en su Bandoleros, gamonales y campesinos: el caso de la Violencia en
Colombia, Bogotá, 1983, p. 239. En inglés en "Political banditry and the
Colombian Violencia ", en Richard W. Slatta, ed., Bandidos: The varieties of
Latín American banditry, Wcstport, CT., 1987, p. 168.
22. Nicolé Girón, Heraclio Bernal: ¿Bandolero, cacique o precursor de la
revolución?, INAH, México D. E, 1976.
23. Alien L. Woll, "Hollywood Bandits 1910-1981", en Richard Slatta, ed.,
Bandidos: The varieties of Latin American banditry, Westport, CT., 1987, pp.
171-180.
24. Linda Lewin, "Oral Tradition and Élite Myth: The Legend of Antonio Silvino
in Brazilian Popular Culture", Journal of Latín American Lore, 5:2 (1979), pp.
57204.
25. Pancho Villa era general revolucionario cuando fue filmado por la Mutual
Film Corporation en 1914.
26. Gonzalo Sánchez, prólogo en Maria Isaura Pereira de Queiroz, Os Cangaceiros:
La epopeya bandolera del Nordeste de Brasil, Bogotá, 1992, pp. 15-16; véase
también Lewin, loe. cit., 202.
27. Gonzalo Sánchez y Donny Meertens, "Political Banditry and the Colombian
Violencia", en Richard W. Slatta, Bandidos: The varieties of Latín American
banditry, Westport, CT., 1987, p. 168.
* Eric Hobsbawm, Bandidos, Ed. Crítica, Barcelona.
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