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Miguel
Ángel Asturias nació en la ciudad de Guatemala en 1899.
Estudió Derecho en la Universidad de su país y luego prosiguió estudios
de Historia y Antropología en La Sorbona de París entre los años 1923 y
1926. Allí recibió influencia del poeta André Bretón.
En 1930 publicó las "Leyendas de Guatemala".
En 1933, ya en su país, publicó "El Señor Presidente" que lo ubicó entre
los mejores escritores de Latinoamérica. Escribió poesías pero su obra
fundamental es la novela.
Actuó en la vida política de su país, y fue embajador en México,
Argentina y El Salvador y posteriormente en Francia.
Recibió varios premios por su obra literaria, y en 1967 le otorgaron el
Premio Nóbel de Literatura, galardón que sólo había recibido en
Latinoamérica Gabriela Mistral en 1945.
El poder silencioso del señor presidente
Por Juan Carlos Luengo*
“El señor Presidente” constituye una fiel representación de uno de los
fenómenos más característicos de la historia independiente
latinoamericana, desde los inicios de ésta: la dictadura, encarnada en
la figura del caudillo, otro personaje, tan latinoamericano, que es muy
difícil entenderlo fuera de este contexto. Los caudillos fueron
individuos dotados de un gran poder carismático, político y militar. En
sus filas no sólo deben incluirse los denominados “Padres de la Patria”
sino también una larga lista de gobernantes que se mantuvieron en el
poder, por la fuerza, durante los siglos XIX y XX.
Para ellos, la mantención del orden y el supuesto desarrollo de la
nación eran tareas prioritarias, pero en su mayoría no pasaron de ser
líderes de tercer orden, con una educación dudosa y costumbres poco
recomendables, que entregaron sus respectivos países al dominio
extranjero, principalmente norteamericano, para, con su apoyo,
mantenerse en el poder.
El impacto del imperialismo norteamericano en Latinoamérica, fuerte y
sostenido, tanto en materias económicas como políticas, sólo puede ser
explicado mediante la conducta de estos caudillos. Muy pocos países del
hemisferio sur fueron inmunes a esta verdadera epidemia, incluso el caso
chileno, visto como excepción histórica desde la Independencia en
adelante, tuvo sus versiones, antiguas y recientes, de este fenómeno.
Curiosamente, no ha sido tanto la historia como la literatura, la
encargada de revelar los dramas acaecidos al interior de las naciones
que han pasado por estas circunstancias. De hecho, la dictadura es uno
de los ejes temáticos que mayor desarrollo ha tenido en las letras de
este continente, desde la obra que nos preocupa aquí, pasando por García
Márquez, hasta el coterráneo Enrique Lafourcade y tantos otros, como
Augusto Roa Bastos. Con mayor o menor acierto, todos ellos han tratado
de plasmar el terror cotidiano y la vida obscura y kafkiana de las
comunidades sometidas a este tipo de gobiernos forzosos y
unipersonalistas. He elegido el caso de la dictadura por tener un real
interés histórico para el conocimiento de las sociedades
latinoamericanas; y dentro de este tema opté por la obra literaria que,
a mi entender, alcanza la cúspide en el logro de la ambientación
adecuada, tanto desde el punto de vista humano como material, reveladora
del mundo interno de una dictadura prototípica.
Asumo plenamente el riesgo de escribir sobre este tema tan estudiado,
sin embargo mi intención es la de que estas líneas constituyan un
recordatorio de sucesos que se encuentran, en forma potencial,
inquietantemente cercanos a nosotros, a pesar de las apariencias.
Antecedentes de la obra
La
novela “El señor Presidente” de Miguel Ángel Asturias, premio Nóbel de
Literatura en 1967, está basada en hechos reales, por lo menos los
estudios al respecto así lo revelan, como también las propias
declaraciones de Asturias sobre el mismo tema.. Se trataría de una
recreación del gobierno de Manuel Estrada Cabrera, uno de los dictadores
más sanguinarios de Centroamérica (Guatemala, en este caso) y
demostrador de una fría eficiencia para mantenerse en el poder. Entre
1898 y 1920 gobernó Guatemala con mano de hierro y entregó el país a las
compañías norteamericanas del ferrocarril y del banano, manteniendo
perfectamente aislada a Guatemala por más de veinte años.
“...Guatemala vivía al margen del mundo. No teníamos radio, ni aviones.
Dos o tres veces al mes los barcos tocaban en nuestros puertos, nada
más, No entraban diarios sin el permiso del gobierno. Solo veíamos los
dos diarios oficiales. Nuestro aislamiento era completo.”
(Archivos,1999)
Pero lo más extraordinario de esta dictadura era su forma de mantenerse
en el poder. Al contrario de otras, en ésta el gobernante aparecía lo
menos posible en público rodeándose de una aureola de misterio,
manteniendo un control total por medio de la invisibilidad.
La paradoja funcionaba en el sentido de que el gobernante se
transformaba en un ser etéreo, del cual sólo se sabía por rumores, pero
que sin embargo se hacía presente con gran ferocidad cuando el momento
lo ameritaba, es decir siempre lo sabía todo, a pesar de su aparente
ausencia.
“...Estrada Cabrera poseía una fuerza macabra, casi sobrenatural. Era un
personaje de contornos enigmáticos que se apoyaba en las supersticiones
populares e inspiraba una especie de terror sagrado. Maniobraba entre
las tinieblas. Era una dictadura invisible. Nadie nunca veía al
Presidente. No había más que sospechas, murmullos, rumores...”
(Archivos, 1999)
Es esta escenografía del miedo, causado a través del poder invisible,
que el autor retrata en su obra, en forma magistral. Hubo buenas razones
para ello. Asturias fue un contemporáneo de Estrada Cabrera, su propia
familia sufrió la persecución del dictador y tuvo que retirarse a
provincia para conservar la piel. El joven Miguel Angel, años más tarde,
fue un activo opositor a Estrada Cabrera, y como representante
estudiantil le tocó verlo, una vez derrotado.
“Yo era secretario del tribunal ante el que fue procesado. Lo veía casi
a diario en la cárcel. Y comprobé que, indudablemente, esos hombres
tienen un poder especial sobre la gente. Hasta tal punto de que cuando
estaba preso la gente decía ‘No. Ese no puede ser Estrada Cabrera. El
verdadero...se escapó. Ese es algún pobre viejo que han encerrado allí.
En otras palabras, el mito no podía estar preso. Acentuaba el humorismo
grotesco de la situación el hecho de que hacia el final de su gobierno
Estrada Cabrera se había rodeado de hechiceros, curanderos, adivinos y
energúmenos de toda especie entregados a danzas orgiásticas en los
terrenos del Palacio Presidencial. Se había hecho parte de su propia
mitología, y fue, en cierto modo, víctima de sus propios hechizos.”
(Archivos, 1999)
El hecho es que el dictador sobrevivió gracias al apoyo de Estados
Unidos (lo sacó de la cárcel una delegación especialmente enviada por la
embajada de USA). Una historia con frecuencia repetida, lo que la hace
aún más irritante, es que, por lo general, estos individuos llegan a
ancianos, en medio de una protegida tranquilidad y mueren en sus camas.
Dado que Asturias vivió esta pesadilla, su talento literario le permitió
construir una obra maestra que hasta el día de hoy es estudiada en
profundidad, por lo que vale la pena seguir los antecedentes y
desarrollo de esta novela. El señor Presidente fue publicada en 1946 y
es la primera novela de Asturias, formando parte de la “novelística de
la dictadura” en Latinoamérica.
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A pesar de haber sido aceptada como una obra “universal” para el
fenómeno del caudillismo, hoy se sabe que encierra elementos típicamente
guatemaltecos (partiendo por el lenguaje), por lo que su mérito es
triple, ya que la obra es nacional, internacional y, finalmente,
universal, sin riesgo de pérdida de la identidad propia.
La novela fue escrita en Europa (París) con prólogo y epílogo hechos en
Guatemala. Comenzó a desarrollarla en 1923, antes de partir al Viejo
Continente, reescribiéndola entre siete a nueve veces y terminándola a
su regreso a Guatemala, en 1933. El mismo Asturias declaró, en 1967, que
la novela se había demorado siete años en ser definitivamente
estructurada. Los críticos creían que el texto tenía un nacimiento mucho
más tardío, entre 1933 y 1944, bajo la dictadura (otra vez) de Jorge
Ubico. El origen de la novela fue un cuento, que escribió para el
concurso literario de un periódico guatemalteco, llamado “Los mendigos
políticos” . Nunca fue presentado a concurso y se lo llevó a Europa. Ese
cuento estructuró el primer capítulo, de su primera novela.
La novela tuvo originalmente el nombre de “Tohil” un dios precolombino,
que exigía la sangre de sus víctimas. Cuando Asturias volvió a
Guatemala, en 1933, ésta ya estaba bajo la dictadura de Ubico.
Prudentemente dejó una copia del manuscrito en París. En cuanto a su
composición, esta novela resultó contemporánea de Doña Bárbara y
Huasipungo.
El señor Presidente se ha definido como una novela específicamente
guatemalteca, a pesar de que jamás se menciona el nombre del país ni el
de Estrada Cabrera, pero casi todos los personajes y lugares
corresponden a la historia de Guatemala, la obra muestra los niveles
abyectos que puede alcanzar la condición humana, bajo la distorsión
valórica, o mejor dicho anti-valórica provocada por una dictadura, en
este caso centroamericana.
En 1946 se lanzó la primera edición impresa de El señor Presidente, por
cuenta de la editorial Costa-Amic, cuando Asturias vivía en México. Esta
primera versión se difundió muy poco y cuando Asturias era diplomático
en la Argentina (1948), logró la segunda publicación por la editorial
Losada, ese mismo año. Es una versión casi idéntica a la de Costa-Amic.
En 1955, se publica la misma versión por la editorial Aguilar de Madrid.
Una segunda versión, muy importante por la participación del mismo
Asturias en su desarrollo, se lanzó en 1952. Se enfatizó el aspecto
antirreligioso, que había sido suprimido en las primeras ediciones, y se
suprimió el epígrafe inicial, junto con otros cambios notables en el
contenido. Se eliminó una gran cantidad de modismos regionales y se
entrecomillaron los conceptos de la lengua coloquial. Esta versión ha
servido, como texto base, para numerosas ediciones posteriores
realizadas por la misma editorial Losada y por Alianza Editorial, en
España, con posterioridad a 1981. Varias editoriales latinoamericanas se
han basado en este mismo texto.
1978 resulta ser un año fundamental para el estudio de esta obra. Ese
año se lanzó una edición crítica, acompañada de un facsímil del
manuscrito original, de nombre Tohil, como se dijo más arriba, lo que
permitió el cotejo de este manuscrito con todas las versiones producidas
anteriormente y ya enumeradas. El manuscrito no sólo es un documento
histórico en sí mismo, sino que también permite aseverar que la obra
estaba prácticamente finalizada, antes del regreso de Asturias a
Guatemala, en 1933.
Por último, la edición más contemporánea corresponde a una nueva edición
crítica, publicada por Archivos, 2000 (Francia) la cual se ha apoyado en
las ediciones de 1946, 1952 y el manuscrito de 1932.
En cuanto al tema de las traducciones, tengo entendido que esta obra ha
sido traducida prácticamente a todos los idiomas cultos, siendo objeto
de estudios y tesis universitarias a nivel latinoamericano, europeo y
norteamericano, incluyendo también a Rusia.
Contenidos de la obra
Desde el punto de vista de la trama, contada en tercera persona, el tema
considera el ambiente de un país latinoamericano sometido a una
dictadura. Todo gira en torno del personaje , que sirve de título a la
obra: el Presidente es una especie de enorme araña, que teje su tela de
poder y terror detrás del escenario, apareciendo escasamente en escena,
pero materializando su poder en forma efectiva, a través del espionaje y
la traición, siendo muy importante el sentimiento de absoluta falta de
seguridad de parte de los ciudadanos frente a él y la imposibilidad
total de rebelarse ante esa autoridad unipersonal. Dadas tales
condiciones, sólo quedan dos salidas, la resignación, con el posterior
sometimiento y humillación abyecta o la rebelión, que siempre concluirá
con la muerte, pues el caudillo todo lo sabe, y está en todos lados,
como una especie de dios en miniatura.
El Presidente sólo aparece en dos escenas, pero su figura es
omnipresente, gracias al clima de asfixia creado por Asturias. Se
sienten sus ojos, su mano, su presencia en todas partes, que se basa,
precisamente, en la paradoja de la ausencia.
La acción es relativamente sencilla: un mendigo oligofrénico asesina
casualmente al coronel Parrales Sonriente, fiel partidario del régimen
político. El Presidente pone en marcha una maquinaria judicial,
tremendamente maquiavélica, para, aprovechando la ocasión, eliminar
definitivamente a dos declarados enemigos suyos, el coronel Canales y el
licenciado Abel Carvajal. Mediante un tinglado de falsos testigos, que
son obligados a jurar que ellos fueron los asesinos, comienza la
persecución de los inocentes. El Presidente facilita la fuga de los
inculpados, para, siniestramente, darles una falsa esperanza. Una joven
que había tratado de prevenir a Canales, es detenida, acusada y
torturada en forma salvaje, no permitiéndosele dar leche a su hijo
recién nacido, el cual muere, y es finalmente vendida a un burdel, donde
enloquece. Su marido es puesto en libertad, a cambio de convertirse en
soplón del régimen. Cara de Ángel, segundo en el mando y favorito del
Presidente, se enamora de la hija de Canales al preparar su fuga y se
casa con ella para salvarla de la muerte. Al saber esto, todo el cariño
que sentía el Presidente por su favorito se convierte en odio,
sentenciándolo a una muerte horrible.
Cara de Ángel intenta huir al extranjero, pero es apresado cuando estaba
a punto de lograrlo (en realidad, ningún personaje logra nada, pues, en
rigor, el Presidente ha seguido todos sus pasos y su máximo, y sádico,
placer consiste en la maniobra de frustración de la última esperanza de
sus enemigos). El favorito es encerrado, de por vida, en un calabozo en
donde le cuentan que su esposa se ha convertido en amante del Presidente
(lo que es falso). Camila, la hija de Canales, languidecerá en su
domicilio en una eterna espera del hombre amado. El eje central de “El
señor Presidente” es la impotencia frente al mundo despiadado y
destructor del gobernante: la tiranía convierte a los seres humanos en
cosas. La novela es una crítica de la miseria, v.g. los mendigos del
primer capítulo, de la traición y depravación que trae consigo el
régimen.
Estructura de la obra
La novela se arquitectura en la forma de tres partes y 41 capítulos.
Cada una de las partes aparece con una singular calendarización. La
primera parte cubre los días 21, 22 y 23 de abril y abarca desde el
capítulo I al XI. Los nombres de los capítulos son: I “En el portal del
Señor”, II “La muerte del Mosco”, III “La fuga del Pelele”, IV “Cara de
Angel”, V “Ese animal”, VI “La cabeza de un general”, VII “Absolución
arzobispal”, VIII “El titiritero del portal”, IX “Ojo de vidrio”, X
“Príncipes de la milicia”, XI “El rapto”.
La segunda parte transcurre entre el 24 y el 27 de abril, yendo de los
capítulos XII a XXVII. Los nombres de estos capítulos son: XII “Camila”,
XIII “Capturas”, XIV “Todo el orbe cante”, XV “Tíos y tías”, XVI “En la
Casa Nueva”, XVII “Amor urdemales”, XVIII “Toquidos”, XIX “Las cuentas y
el chocolate”, XX “Coyotes de la misma loma”, XXI “Vuelta en redondo”,
XXII “La tumba viva”, XXIII “El parte al señor Presidente”, XXIV “Casa
de mujeres malas”, XXV “El paradero de la muerte”, XXVI “El torbellino”,
XXVII “Camino al destierro”.
La tercera parte se desarrolla, tal como dice el texto, en un tiempo
totalmente indeterminado y que resulta casi poético: Semanas, meses,
años...... Va desde el capítulo XXVIII al XLI. Los nombres de los
capítulos son: XVIII “Habla en la sombra”, XXIX “Consejo de guerra”, XXX
“Matrimonio in extremis”, XXXI “Centinelas de hielo”, XXXII “El Señor
Presidente”, XXXIII “Los puntos sobre las íes”, XXXIV “Luz para ciegos”,
XXXV “Canción de canciones”, XXXVI “La revolución”, XXXVII “El baile de
Tohil”, XXXVIII “El viaje”, XXXIX “El puerto”, XL “Gallina ciega”, XLI
“Parte sin novedad”. Finalmente, un epílogo
REFLEXIONES EN TORNO A LA RELACION ENTRE HISTORIA Y LITERATURA
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Para el caso latinoamericano el cruce entre las fuentes literarias y las
propiamente históricas, permite la obtención de un entramado que se
acerca notablemente a la realidad. Si bien es cierto, es imposible una
exacta reproducción de los hechos, tal cual acaecieron, la apelación a
la novela permite el rescate parcial no sólo de los hechos “duros”
(acciones, circunstancias, fechas, etc.) a través de una lectura entre
líneas, sino que, lo que nos parece fundamental, los sentimientos,
sensibilidades y emociones que estuvieron detrás de esos mismos hechos.
La historia ,como disciplina, permite ver el edificio social desde
afuera. La literatura, tomada como fuente historiográfica, nos concede
el acceso a un recorrido por el interior de ese mismo edificio. Uno se
puede imaginar, en el caso de una dictadura, el terror provocado por
ésta, pero el texto literario permite vivir esas misma emoción y tantas
otras, como la ambición, la crueldad y la soledad, por mencionar sólo
algunas. En otras palabras, penetrar en el actor histórico y formar
parte de su vivencia.
Reconozco que los historiadores poseen ciertas reservas, algunas muy
fundadas por lo demás, respecto a la utilización de las novelas como
fuente, sin embargo al igual que en caso de la microfísica (Hanson) no
se trata de presentar en forma elegante viejos esquemas de búsqueda de
verdad, sino de tratar de establecer otros nuevos que puedan ganar una
cierta respetabilidad, mediante un trabajo acucioso de teoría y empiria
Finalizo planteando el problema de la búsqueda del adecuado equilibrio
entre realidad y fantasía. Esto último amerita, de parte del
historiador, no sólo un acabado conocimiento de los hechos y su
estructura, sino que también de un adecuado background literario, tanto
en el sentido de la forma de la obra, como del contexto del propio
autor. No digo que por escribir esto yo cumpla ese requisito, sólo digo
que quién se dedique seriamente a este cruce epistemológico deberá
estudiar, necesariamente la disciplina literaria.
Sin embargo, no se trata de la instrumentalización de todas las novelas,
sino solamente de aquellas que se acerquen, lo mejor posible, a un
determinado hecho histórico. De esta manera se estará rescatando un
conjunto de aspectos que resultan esenciales para el entendimiento de
una determinada época o situación, mediante un trabajo de filtrado de la
información proporcionada por el texto literario. Como ejercicio de
análisis documental, es de extremada utilidad, cuando resulta bien
hecho. De esta forma, estaremos reconociendo el edificio social, tanto
desde su frontis como desde las habitaciones interiores.
Bibliografía
1.- Asturias, Miguel Angel. El señor Presidente
Buenos Aires, Losada, 1959
2.- 1899-1999. Vida, obra y herencia de Miguel Angel Asturias
París, Archivos, 1999 3.- Homenaje a Miguel Angel Asturias
Editor Helmy F. Giacoman
Madrid, Anaya, 1971
*Juan Carlos Luengo Peila:
Licenciado en Historia. U. de Chile
Magister © en Historia. U. de Chile
Magister © en Estudios Latinoamericanos, U. de Chile
Ayudante Dirección de Investigación
Profesor Guía de Monografías del Bachillerato
Ponencista ocasional
A veces organiza eventos académicos
Debe dos tesis y algo de dinero
Viejo para ciertos trotes
Como tuna para otros.
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EL SEÑOR PRESIDENTE
© Miguel
Ángel Asturias, 1946
y Herederos de Miguel Ángel Asturias
© 1999 Unidad Editorial
por acuerdo de Bibliotext S.L.
ISBN: 84-8130-135-3.
Dep. Legal: B.25.987-1999
PRIMERA PARTE 21, 22 y 23 de abril 3
I En el portal del Señor 3
II La muerte del Mosco 6
III La fuga del Pelele 9
IV Cara de Ángel 12
V ¡Ese animal! 16
VI La cabeza de un general 20
VII Absolución arzobispal 24
VIII El titiritero del Portal 29
IX Ojo de vidrio 32
X Príncipes de la milicia 36
XI El rapto 39
SEGUNDA PARTE 24, 25 y 26 de abril 43
XII Camila 43
XIII Capturas 48
XIV ¡Todo el orbe cante! 53
XV Tíos y tías 56
XVI En la Casa Nueva 60
XVII Amor urdemales 67
XVIII Toquidos 71
XIX Las cuentas y el chocolate 75
XX Coyotes de la misma loma 78
XXI Vuelta en redondo 81
XXII La tumba viva 85
XXIII El parte al Señor Presidente 89
XXIV Casa de mujeres malas 92
XXV El paradero de la muerte 98
XXVI Torbellino 103
XXVII Camino al destierro 107
TERCERA PARTE Semanas, meses, años... 113
XVIII Habla en la sombra 113
XXIX Consejo de Guerra 117
XXX Matrimonio in extremis 120
XXXI Centinelas de hielo 123
XXXII El Señor Presidente 127
XXXIII Los puntos sobre las íes 131
XXIV Luz para ciegos 136
XXXV Canción de canciones 139
XXXVI La Revolución 143
XXXVII El baile de Tohil 145
XXXVIII El viaje 151
XXXIX El puerto 155
XL Gallina ciega 158
XLI Parte sin novedad 161
EPÍLOGO 164
Vocabulario 166
PRIMERA PARTE
21, 22 y 23 de abril
I
En el portal del Señor
... ¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre! Como zumbido de
oídos persistía el rumor de las campanas a la oración, maldoblestar de
la luz en la sombra, de la sombra en la luz. ¡Alumbra, lumbre de
alumbre, Luzbel de piedralumbre, sobre la podredumbre! ¡Alumbra, lumbre
de alumbre, sobre la podredumbre, Luzbel de piedralumbre! ¡Alumbra,
alumbra, lumbre de alumbre..., alumbre..., alumbra..., alumbra, lumbre
de alumbre..., alumbre..., alumbra..., alumbra, lumbre de alumbre...,
alumbra, alumbre...!
Los pordioseros se arrastraban por las cocinas del mercado, perdidos en
la sombra de la Catedral helada, de paso hacia la Plaza de Armas, a lo
largo de calles tan anchas como mares, en la ciudad que se iba quedando
atrás íngrima y sola.
La noche los reunía al mismo tiempo que a las estrellas. Se juntaban a
dormir en el Portal del Señor sin más lazo común que la miseria,
maldiciendo unos de otros, insultándose a regañadientes con tirria de
enemigos que se buscan pleito, riñendo muchas veces a codazos y algunas
con tierra y todo, revolcones en los que, tras escupirse, rabiosos, se
mordían. Ni almohada ni confianza halló jamás esta familia de parientes
del basurero. Se acostaban separados, sin desvestirse, y dormían como
ladrones, con la cabeza en el costal de sus riquezas: desperdicios de
carne, zapatos rotos, cabos de candela, puños de arroz cocido envueltos
en periódicos viejos, naranjas y guineos pasados.
En las gradas del Portal se les veía, vueltos a la pared, contar el
dinero, morder las monedas de níquel para saber si eran falsas, hablar a
solas, pasar revista a las provisiones de boca y de guerra, que de
guerra andaban en la calle armados de piedras y escapularios, y
engullirse a escondidas cachos de pan en seco. Nunca se supo que se
socorrieran entre ellos; avaros de sus desperdicios, como todo mendigo,
preferían darlos a los perros antes que a sus compañeros de infortunio.
Comidos y con el dinero bajo siete nudos en un pañuelo atado al ombligo,
se tiraban al suelo y caían en sueños agitados, tristes; pesadillas por
las que veían desfilar cerca de sus ojos cerdos con hambre, mujeres
flacas, perros quebrados, ruedas de carruajes y fantasmas de Padres que
entraban a la Catedral en orden de sepultura, precedidos por una tenia
de luna crucificada en tibias heladas. A veces, en lo mejor del sueño,
les despertaban los gritos de un idiota que se sentía perdido en la
Plaza de Armas. A veces, el sollozar de una ciega que se soñaba cubierta
de moscas, colgando de un clavo, como la carne en las carnicerías. A
veces, los pasos de una patrulla que a golpes arrastraba a un prisionero
político, seguido de mujeres que limpiaban las huellas de sangre con los
pañuelos empapados en llanto. A veces, los ronquidos de un valetudinario
tiñoso o la respiración de una sordomuda en cinta que lloraba de miedo
porque sentía un hijo en las entrañas. Pero el grito del idiota era el
más triste. Partía el cielo. Era un grito largo, sonsacado, sin acento
humano.
Los domingos caía en medio de aquella sociedad extraña un borracho que,
dormido, reclamaba a su madre llorando como un niño. Al oír el idiota la
palabra madre, que en boca del borracho era imprecación a la vez que
lamento, se incorporaba, volvía a mirar a todos lados de punta a punta
del Portal, enfrente, y tras despertarse bien y despertar a los
compañeros con sus gritos, lloraba de miedo juntando su llanto al del
borracho.
Ladraban perros, se oían voces, y los más retobados se alzaban del suelo
a engordar el escándalo para que se callara. Que se callara o que
viniera la policía. Pero la policía no se acercaba ni por gusto. Ninguno
de ellos tenía para pagar la multa. "¡Viva Francia!", gritaba Patahueca
en medio de los gritos y los saltos del idiota, que acabó siendo el
hazmerreír de los mendigos por aquel cojo bribón y mal hablado que,
entre semana, algunas noches remedaba al borracho. Patahueca remedaba al
borracho y el Pelele -así apodaban al idiota-, que dormido daba la
impresión de estar muerto, revivía a cada grito sin fijarse en los
bultos arrebujados por el suelo en pedazos de manta que, al verle medio
loco, rifaban palabritas de mal gusto y risas chillonas. Con los ojos
lejos de las caras monstruosas de sus compañeros, sin ver nada, sin oír
nada, sin sentir nada, fatigado por el llanto, se quedaba dormido, pero
al dormirse, carretilla de todas las noches, la voz de Patahueca le
despertaba:
-¡Madre!...
El Pelele abría los ojos de repente, como el que sueña que rueda en el
vacío; dilataba las pupilas más y más, encogiéndose todo él; entraña
herida cuando le empezaban a correr las lágrimas; luego se dormía poco a
poco, vencido por el sueño, el cuerpo casi engrudo, con eco de bascas en
la conciencia rota. Pero al dormirse, al no más dormirse, la voz de otra
prenda con boca le despertaba:
-¡Madre!...
Era la voz del Viuda, mulato degenerado que, ente risa y risa, con
pucheros de vieja, continuaba:
-... maaadre de misericordia, esperanza nuestra, Dios te salve, a ti
llamamos los desterrados que caímos de leva...
El idiota se despertaba riendo, parecía que a él también le daba risa su
pena, hambre, corazón y lágrimas saltándole en los dientes, mientras los
pordioseros arrebataban del aire la car-car-car-car-cajada, del aire,
del aire..., la car-car-car-car-cajada...; perdía el aliento un timbón
con los bigotes sucios de revolcado, y de la risa se orinaba un tuerto
que daba cabezazos de chivo en la pared, y protestaban los ciegos porque
no se podía dormir con tanta bulla, y el Mosco, un ciego al que le
faltaban las dos piernas, porque esa manera de divertirse era de
amujerados.
A los ciegos los oían como oír barrer y al Mosco ni siquiera lo oían.
¡Quién iba a hacer caso de sus fanfarronadas! "¡Yo, que pasé la infancia
en un cuartel de artillería, onde las patadas de las mulas y de los
jefes me hicieron hombre con oficio de caballo, lo que me sirvió de
joven para jalar por las calles la música de carreta! ¡Yo, que perdí los
ojos en una borrachera sin saber cómo, la pierna derecha en otra
borrachera sin saber cuándo, y la otra en otra borrachera, víctima de un
automóvil, sin saber ónde!..."
Contado por los mendigos, se regó entre la gente del pueblo que el
Pelele se enloquecía al oír hablar de su madre. Calles, plazas, atrios y
mercados recorría el infeliz en su afán de escapar al populacho que por
aquí, que por allá, le gritaba a todas horas, como maldición del cielo,
la palabra madre. Entraba a las casas en busca de asilo, pero de las
casas le sacaban los perros o los criados. Lo echaban de los templos, de
las tiendas, de todas partes, sin atender a su fatiga de bestia ni a sus
ojos que, a pesar de su inconsciencia, suplicaban perdón con la mirada.
La ciudad grande, inmensamente grande para su fatiga, se fue haciendo
pequeña para su congoja. A noches de espanto siguieron días de
persecución, acosado por las gentes que, no contentas con gritarle:
"Pelelito, el domingo te casás con tu madre..., la vieja..., somato...,
¡chicharrón y chaleco!", le golpeaban y arrancaban las ropas a pedazos.
Seguido de chiquillos se refugiaba en los barrios pobres, pero allí su
suerte era más dura; allí, donde todos andaban a las puertas de la
miseria, no sólo lo insultaban, sino que, al verlo correr despavorido,
le arrojaban piedras, ratas muertas y latas vacías.
De uno de esos barrios subió hacia el Portal del Señor un día como hoy a
la oración, herido en la frente, sin sombrero, arrastrando la cola de un
barrilete que de remeda remiendo le prendieron por detrás. Le asustaban
las sombras de los muros, los pasos de los perros, las hojas que caían
de los árboles, el rodar desigual de los vehículos... Cuando llegó al
Portal, casi de noche, los mendigos, vueltos a la pared, contaban y
recontaban sus ganancias. Patahueca la tenía con el Mosco por alegar, la
sordomuda se sobaba el vientre para ella inexplicablemente crecido, y la
ciega se mecía en sueños colgada de un clavo, cubierta de moscas, como
la carne en las carnicerías.
El idiota cayó medio muerto; llevaba noches y noches de no pegar los
ojos, días y días de no asentar los pies. Los mendigos callaban y se
rascaban las pulgas sin poder dormir, atentos a los pasos de los
gendarmes que iban y venían por la plaza poco alumbrada y a los
golpecitos de las armas de los centinelas, fantasmas envueltos en
ponchos a rayas, que en las ventanas de los cuarteles vecinos velaban en
pie de guerra, como todas las noches, al cuidado del Presidente de la
República, cuyo domicilio se ignoraba porque habitaba en las afueras de
la ciudad muchas casas a la vez, cómo dormía porque se contaba que al
lado de un teléfono con un látigo en la mano, y a qué hora, porque sus
amigos aseguraban que no dormía nunca.
Por el Portal del Señor avanzó un bulto. Los pordioseros se encogieron
como gusanos. Al rechino de las botas militares respondía el graznido de
un pájaro siniestro en la noche oscura, navegable, sin fondo...
Patahueca peló los ojos; en el aire pesaba la amenaza del fin del mundo,
y dijo a la lechuza:
-¡Hualí, hualí, tomá tu sal y tu chile...; no te tengo mal ni dita y por
si acaso, maldita!
El Mosco se buscaba la cara con los gestos. Dolía la atmósfera como
cuando va a temblar. El Viuda hacía la cruz entre los ciegos. Sólo el
Pelele dormía a pierna suelta, por una vez, roncando.
El bulto se detuvo -la risa le entorchaba la cara-, acercándose el
idiota de puntepié y, en son de broma, le gritó:
-¡Madre!
No dijo más. Arrancado del suelo por el grito, el Pelele se le fue
encima y, sin darle tiempo a que hiciera uso de sus armas, le enterró
los dedos en los ojos, le hizo pedazos la nariz a dentelladas y le
golpeó las partes con las rodillas hasta dejarlo inerte.
Los mendigos cerraron los ojos horrorizados, la lechuza volvió a pasar y
el Pelele escapó por las calles en tinieblas enloquecido bajo la acción
de espantoso paroxismo.
Una fuerza ciega acababa de quitar la vida al coronel José Parrales
Sonriente, alias el hombre de la mulita.
Estaba amaneciendo.
II
La muerte del Mosco
El sol entredoraba las azoteas salidizas de la Segunda Sección de
Policía -pasaba por la calle una que otra gente-, la Capilla Protestante
-se veía una que otra puerta abierta-, y un edificio de ladrillo que
estaban construyendo los masones. En la Sección esperaban a los presos,
sentadas en el patio -donde parecía llover siempre- y en los poyos de
los corredores oscuros, grupos de mujeres descalzas, con el canasto del
desayuno en la hamaca de las naguas tendidas de rodilla a rodilla y
racimos de hijos, los pequeños pegados a los senos colgantes y los
grandecitos amenazando con bostezos los panes del canasto. Entre ellas
se contaban sus penas en voz baja, sin dejar de llorar, enjugándose el
llanto con la punta del rebozo. Una anciana palúdica y ojosa se bañaba
en lágrimas, callada, como dando a entender que su pena de madre era más
amarga. El mal no tenía remedio en esta vida, y en aquel funesto sitio
de espera, frente a dos o tres arbolitos abandonados, una pila seca y
policías descoloridos que de guardia limpiaban con saliva los cuellos de
celuloide, a ellas sólo les quedaba el Poder de Dios.
Un gendarme ladino les pasó restregando al Mosco. Lo había capturado en
la esquina del Colegio de Infantes y lo llevaba de la mano,
hamaqueándolo como a un mico. Pero ellas no se dieron cuenta de la
gracejada por estar atalayando a los pasadores que de un momento a otro
empezarían a entrar los desayunos y a traerles noticias de los presos:
"¡Que dice queeee... no tenga pena por él, que ya siguió mejor! ¡Que
dice queeee... le traiga unos cuatro riales de ungüento del soldado en
cuanto abran la botica! ¡Que dice queeee... lo que le mandó a decir con
su primo no debe ser cierto! ¡Que dice queeee... tiene que buscar un
defensor y que vea si le habla a un tinterillo, porque ésos no quitan
tanto como los abogados! ¡Que dice queeee... le diga que no sea así, que
no hay mujeres allí con ellos para que esté celosa, que el otro día se
trajeron preso a uno de ésos...; pero que luego encontró novio! ¡Que
dice queeee... le mande unos dos riales de rosicler porque está que no
puede obrar! ¡Que dice queeee... le viene flojo que venda el armario!"
-¡Hombre, usté! -protestaba el Mosco contra los malos tratos del
polizonte-, usté sí que como matar culebra, ¿verdá? ¡Ya, porque soy
pobre! Pobre, pero honrado... ¡Y no soy su hijo, ¿oye?, ni su muñeco, ni
su baboso, ni su qué para que me lleve así! ¡De gracia agarraron ya
acarriar con nosotros al Asilo de Mendigos para quedar bien con los
gringos! ¡Qué cacha! ¡A la cran sin cola, los chumpipes de la fiesta! ¡Y
siquiera lo trataran a uno bien!... No que ái cuando vino el shute
metete de Míster Nos, nos tuvieron tres días sin comer, encaramados a
las ventanas, vestidos de manta como locos...
Los pordioseros que iban capturando pasaban derecho a una de Las Tres
Marías, bartolina estrechísima y oscura. El ruido de los cerrojos de
diente de lobo y las palabrotas de los carceleros hediendo a ropa húmeda
y a chenca cobró amplitud en el interior del sótano abovedado:
-¡Ay, suponte, cuánto chonte! ¡Ay, su pura concección, cuánto jura! ¡Jesupisto
me valga!...
Sus compañeros lagrimeaban como animales con moquillo, atormentados por
la oscuridad, que sentían que no se les iba a despegar más de los ojos;
por el miedo -estaban allí, donde tantos y tantos habían padecido hambre
y sed hasta la muerte- y porque les infundía pavor que los fueran a
hacer jabón de coche, como a los chuchos, o a degollarlos para darle de
comer a la policía. Las caras de los antropófagos, iluminadas como
faroles, avanzaban por las tinieblas, los cachetes como nalgas, los
bigotes como babas de chocolate...
Un estudiante y un sacristán se encontraban en la misma bartolina.
-Señor; si no me equivoco era usted el que estaba primero aquí. Usted y
yo, ¿verdad?
El estudiante habló por decir algo, por despegarse un bocado de angustia
que sentía en la garganta.
-Pues creo que sí... -respondió el sacristán, buscando en las tinieblas
la cara del que le hablaba.
-Y... bueno, le iba yo a preguntar por qué está preso... -Pues que es
por política, dicen...
El estudiante se estremeció de la cabeza a los pies y articuló a duras
penas:
-Yo también...
Los pordioseros buscaban alrededor de ellos su inseparable costal de
provisiones, pero en el despacho del Director de la Policía les habían
despojado de todo, hasta de lo que llevaban en los bolsillos, para que
no entraran ni un fósforo. Las órdenes eran estrictas.
-¿Y su causa? -siguió el estudiante.
-Si no tengo causa, en lo que está usté; ¡estoy por orden superior!
Al decir así el sacristán restregó la espalda en el muro morroñoso para
botarse los piojos.
-Era usted...
-¡Nadal... -atajó el sacristán de mal modo-. ¡Yo no era nada! En ese
momento chirriaron las bisagras de la puerta, que se abría coro
rajándose para dar paso a otro mendigo.
-¡Viva Francia! -gritó Patahueca al entrar.
-Estoy preso... -franqueóse el sacristán.
-¡Viva Francia!
-... por un delito que cometí por pura equivocación. ¡Figure listé que
por quitar un aviso de la Virgen de la O, fui y quité del cancel de la
iglesia en que estaba de sacristán el aviso del jubileo de la madre del
Señor Presidente!
-Pero eso, ¿cómo se supo...? -murmuró el estudiante, mientras que el
sacristán se enjugaba el llanto con la punta de los dedos, destripándose
las lágrimas en los ojos.
-Pues no sé... Mi torcidura... Lo cierto es que me capturaron y me
trajeron al despacho del Director de la Policía, quien, después de darme
un par de gaznatadas, mandó que me pusieran en esta bartolina,
incomunicado, dijo, por revolucionario.
De miedo, de frío y de hambre lloraban los mendigos apañuscados en la
sombra. No se veían ni las manos. A veces quedábanse aletargados y
corría entre ellos, como buscando salida, la respiración de la sordomuda
encinta.
Quién sabe a qué hora, a media noche quizá, los sacaron del encierro. Se
trataba de averiguar un crimen político, según les dijo un hombre
rechoncho, de cara arrugada color de brin, bigote cuidado con descuido
sobre los labios gruesos, un poco chato y con los ojos encapuchados. El
cual concluyó preguntando a todos y a cada uno de ellos si conocían al
autor o autores del asesinato del Portal, perpetrado la noche anterior
en la persona de un coronel del Ejército.
Un quinqué mechudo alumbraba la estancia adonde les habían trasladado.
Su luz débil parecía alumbrar a través de lentes de agua. ¿En dónde
estaban las cosas? ¿En dónde estaba el muro? ¿En dónde ese escudo de
armas más armado que las mandíbulas de un tigre y ese cincho de policía
con tiros de revólver?
La respuesta inesperada de los mendigos hizo saltar de su asiento al
Auditor General de Guerra, el mismo que les interrogaba.
-¡Me van a decir la verdad! -gritó, desnudando los ojos de basilisco
tras los anteojos de miope, después de dar un puñetazo sobre la mesa que
servía de escritorio.
Uno por uno repitieron aquéllos que el autor del asesinato del Portal
era el Pelele, refiriendo con voz de ánimas en pena los detalles del
crimen que ellos mismos habían visto con sus propios ojos.
A una seña del Auditor, los policías que esperaban a la puerta pelando
la oreja se lanzaron a golpear a los pordioseros, empujándolos hacia una
sala desmantelada. De la viga madre, apenas visible, pendía una larga
cuerda.
-¡Fue el idiota! -gritaba el primer atormentado en su afán de escapar a
la tortura con la verdad-. ¡Señor, fue el idiota! ¡Fue el idiota! ¡Por
Dios que fue el idiota! ¡El idiota! ¡El idiota! ¡El idiota! ¡Ese Pelele!
¡El Pelele! ¡Ése! ¡Ése! ¡Ése!
-¡Eso les aconsejaron que me dijeran, pero conmigo no valen mentiras!
¡La verdad o la muerte!... ¡Sépalo, ¿oye?, sépalo, sépalo si no lo sabe!
La voz del Auditor se perdía como sangre chorreada en el oído del
infeliz, que sin poder asentar los pies, colgado de los pulgares, no
cesaba de gritar:
-¡Fue el idiota! ¡El idiota fue! ¡Por Dios que fue el idiota! ¡El idiota
fue! ¡El idiota fue! ¡El idiota fue!... ¡El idiota fue!
-¡Mentira...! -afirmó el Auditor y, pausa de por medio-, ¡mentira,
embustero!... Yo le voy a decir, a ver si se atreve a negarlo, quiénes
asesinaron al coronel José Parrales Sonriente; yo se lo voy a decir...
¡El general Eusebio Canales y el licenciado Abel Carvajal!...
A su voz sobrevino un silencio helado; luego, luego una queja, otra
queja más luego y por último un sí... Al soltar la cuerda, el Viuda cayó
de bruces sin conciencia. Carbón mojado por la lluvia parecían sus
mejillas de mulato empapadas en sudor y llanto. Interrogados a
continuación sus compañeros, que temblaban como los perros que en la
calle mueren envenenados por la policía, todos afirmaron las palabras
del Auditor, menos el Mosco. Un rictus de miedo y de asco tenía en la
cara. Le colgaron de los dedos porque aseguraba desde el suelo, medio
enterrado -enterrado hasta la mitad, romo andan todos los que no tienen
piernas-, que sus compañeros mentían al inculpar a personas extrañas un
crimen cuyo único responsable era el idiota.
-¡Responsable...! -cogió el Auditor la palabrita al vuelo-. ¿Cómo se
atreve usted a decir que un idiota es responsable? ¡Vea sus mentiras!
¡Responsable un irresponsable!
-Eso que se lo diga él...
-¡Hay que fajarle! -sugirió un policía con voz de mujer, y otro con un
vergajo le cruzó la cara.
-¡Diga la verdad! -gritó el Auditor cuando restallaba el latigazo en las
mejillas del viejo-. ¡...La verdad o se está ahí colgado toda la noche!
-¿No ve que soy ciego?...
-Niegue entonces que fue el Pelele...
-¡No, porque ésa es la verdad y tengo calzones!
Un latigazo doble le desangró los labios...
-¡Es ciego, pero oye; diga la verdad, declare como sus compañeros...!
-De acuerdo -adujo el Mosco con la voz apagada; el Auditor creyó suya la
partida-, de acuerdo, macho lerdo, el Pelele fue...
-¡Imbécil!
El insulto del Auditor perdióse en los oídos de una mitad de hombre que
ya no oiría más. Al soltar la cuerda, el cadáver del Mosco, es decir, el
tórax, porque le faltaban las dos piernas, cayó a plomo como péndulo
roto.
-¡Viejo embustero, de nada habría servido su declaración, porque era
ciego! -exclamó el Auditor al pasar junto al cadáver.
Y corrió a dar parte al Señor Presidente de las primeras diligencias del
proceso, en un carricoche tirado por dos caballos flacos, que llevaban
de lumbre en los faroles los ojos de la muerte. La policía sacó a botar
el cuerpo del Mosco en una carreta de basuras que se alejó con dirección
al cementerio. Empezaban a cantar los gallos. Los mendigos en libertad
volvían a las calles. La sordomuda lloraba de miedo porque sentía un
hijo en las entrañas...
III
La fuga del Pelele
El Pelele huyó por las calles intestinales, estrechas y retorcidas de
los suburbios de la ciudad, sin turbar con sus gritos desaforados la
respiración del cielo ni el sueño de los habitantes, iguales en el
espejo de la muerte, como desiguales en la lucha que reanudarían al
salir el sol; unos sin lo necesario, obligados a trabajar para ganarse
el pan, y otros con lo superfluo en la privilegiada industria del ocio:
amigos del Señor Presidente, propietarios de casas -cuarenta casas,
cincuenta casas-, prestamistas de dinero al nueve, nueve y medio y diez
por ciento mensual, funcionarios con siete y ocho empleos públicos,
explotadores de concesiones, montepíos, títulos profesionales, casas de
juego, patios de gallos, indios, fábricas de aguardiente, prostíbulos,
tabernas y periódicos subvencionados.
La sanguaza del amanecer teñía los bordes del embudo que las montañas
formaban a la ciudad regadita como caspa en la campiña. Por las calles,
subterráneos en la sombra, pasaban los primeros artesanos para su
trabajo, seguidos horas más tarde por los oficinistas, dependientes,
artesanos y colegiales, y a eso de las once, ya el sol alto, por los
señorones que salían a pasear el desayuno para hacerse el hambre del
almuerzo o a visitar a un amigo influyente para comprar en compañía, a
los maestros hambrientos, los recibos de sus sueldos atrasados por la
mitad de su valor. En sombra subterránea todavía las calles, turbaba el
silencio con ruido de tuzas el fustán almidonado de la hija del pueblo,
que no se daba tregua en sus amaños para sostener a su familia
-marranera, mantequera, regatona, cholojera- y la que muy de mañana se
levantaba a hacer la cacha; y cuando la claridad se diluía entre rosada
y blanca como flor de begonia, los pasitos de la empleada cenceña, vista
de menos por las damas encopetadas que salían de sus habitaciones ya
caliente el sol a desperezarse a los corredores, a contar sus sueños a
las criadas, a juzgar a la gente que pasaba, a sobar al gato, a leer el
periódico o a mirarse en el espejo.
Medio en la realidad, medio en el sueño, corría el Pelele perseguido por
los perros y por los clavos de una lluvia fina. Corría sin rumbo fijo,
despavorido, con la boca abierta, la lengua fuera, enflecada de mocos,
la respiración acezosa y los brazos en alto. A sus costados pasaban
puertas y puertas y puertas y ventanas y puertas y ventanas... De
repente se paraba, con las manos sobre la cara, defendiéndose de los
postes del telégrafo, pero al cerciorarse de que los palos eran
inofensivos se carcajeaba y seguía adelante, como el que escapa de una
prisión cuyos muros de niebla a más correr, más se alejan.
En los suburbios, donde la ciudad sale allá afuera, como el que por fin
llega a su cama, se desplomó en un montón de basura y se quedó dormido.
Cubrían el basurero telarañas de árboles secos vestidos de zopilotes,
aves negras, que sin quitarle de encima los ojos azulencos, echaron pie
a tierra al verle inerte y lo rodearon a saltitos, brinco va y brinco
viene, en danza macabra de ave de rapiña. Sin dejar de mirar a todos
lados, apachurrándose e intentando el vuelo al menor movimiento de las
hojas o del viento en la basura, brinco va y brinco viene, fueron
cerrando el círculo hasta tenerlo a distancia del pico. Un graznido
feroz dio la señal de ataque. El Pelele despertó de pie, defendiéndose
ya... Uno de los más atrevidos le había lavado el pico en el labio
superior, enterrándoselo, como un dardo, hasta los dientes, mientras los
otros carniceros le disputaban los ojos y el corazón a picotazos. El que
le tenía por el labio forcejeaba por arrancar el pedazo sin importarle
que la presa estuviera viva, y lo habría conseguido de no rodar el
Pelele por un despeñadero de basuras al ir reculando, entre nubes de
polvo y desperdicios que se arrancaban en bloque como costras.
Atardeció. Cielo verde. Campo verde. En los cuarteles soñaban los
clarines de la seis, resabio de tribu alerta, de plaza medieval sitiada.
En las cárceles empezaba la agonía de los prisioneros, a quienes se
mataba a tirar de años. Los horizontes recogían sus cabecitas en las
calles de la ciudad, caracol de mil cabezas. Se volvía de las audiencias
presidenciales favorecido o desgraciado. La luz de los garitos apuñalaba
en la sombra.
El idiota luchaba con el fantasma del zopilote que sentía encima y con
el dolor de una pierna que se quebró al caer, dolor insoportable, negro,
que le estaba arrancando la vida.
La noche entera estuvo quejándose quedito y recio, quedito y recio como
perro herido...
... Erre, erre, ere... Erre, erre, ere...
... Erre-e-erre-e-erre-e-erre... e-erre..., e-erre...
Entre las plantas silvestres que convertían las basuras de la ciudad en
lindísimas flores, junto a un ojo de agua dulce, el cerebro del idiota
agigantaba tempestades en el pequeño universo de su cabeza.
...E-e-err... e-e-eerrr... E-e-eerrr...
Las uñas aceradas de la fiebre le aserraban la frente. Disociación de
ideas. Elasticidad del mundo en los espejos. Desproporción fantástica.
Huracán delirante. Fuga vertiginosa, horizontal, vertical, oblicua,
recién nacida y muerta en espiral...
... erre, erre, ere, ere, erre, ere, erre...
Curvadecurvaencurvadecurvacurvadecurvaencurvala mujer de Lot. (¿La que
inventó la Lotería?) Las mulas que tiraban de un tranvía se
transformaban en la mujer de Lot y su inmovilidad irritaba a los
tranvieros que, no contentos con romper en ellas sus látigos y
apedrearlas, a veces invitaban a los caballeros a hacer uso de sus
armas. Los más honorables llevaban verduguillos y a estocadas hacían
andar a las mulas...
... Erre, erre, ere...
¡I-N-R Idiota! ¡I-N-R Idiota!
... Erre, erre, ere...
¡El afilador se afila los dientes para reírse! ¡Afiladores de risa!
¡Dientes del afilador!
¡Madre!
El grito del borracho lo sacudía.
¡Madre!
La luna, entre las nubes esponjadas, lucía claramente. Sobre las hojas
húmedas, su blancura tomaba lustre y tonalidad de porcelana. ¡Ya se
llevan...!
¡Ya se llevan...!
¡Ya se llevan los santos de la iglesia y los van a enterrar!
¡Ay, qué alegre, ay, que los van a enterrar, ay, que los van a enterrar,
qué alegre, ay!
¡El cementerio es más alegre que la ciudad, más limpio que la ciudad!
¡Ay, qué alegre que los van, ay, a enterrar!
¡Ta-ra-rá! ¡Ta-ra-rí!
¡Tit-tit!
¡Tararará! ¡Tarararí!
¡Simbarán, bún, bún, simbarán!
¡Panejiscosilatenache-jaja-ajajají-turco-del-portal-ajajajá!
¡Tit-tit!
¡Simbarán, bún, bún, simbarán!
Y atropellando por todo, seguía a grandes saltos de un volcán a otro, de
astro en astro, de cielo en cielo, medio despierto, medio dormido, entre
bocas grandes y pequeñas, con dientes y sin dientes, con labios y sin
labios, con labios dobles, con pelos, con lenguas dobles, con triples
lenguas, que le gritaban: "¡Madre! ¡Madre! ¡Madre!"
¡Pú-pú!... Tomaba el tren del guarda para alejarse velozmente de la
ciudad, buscando hacia las montañas que hacían carga-sillita a los
volcanes, más allá de las torres del inalámbrico, más allá del rastro,
más allá de un fuerte de artillería, volován relleno de soldados.
Pero el tren volvía al punto de partida como un juguete preso de un hilo
y a su llegada -trac-trac, trac-trac- le esperaba en la estación una
verdulera gangosa con el pelo de varilla de canasto que le gritaba:
"¿Pan para el idiota, lorito?... ¡Agua para el idiota! ¡Agua para el
idiota!"
Perseguido por la verdulera, que lo amenazaba con un guacal de .agua,
corría hacia el Portal del Señor, pero en llegando...
-¡MADRE! Un grito..., un salto..., un hombre..., la noche..., la
lucha..., la muerte..., la sangre..., la fuga..., el idiota... "¡Agua
para el idiota, lorito! ¡Agua para el idiota!..."
El dolor de la pierna le despertó. Dentro de los huesos sentía un
laberinto. Sus pupilas se entristecieron a la luz del día. Dormidas
enredaderas salpicadas de lindas flores invitaban a reposar bajo su
sombra, junto a la frescura de una fuente que movía la cola espumosa
como si entre musgos y helechos se ocultase argentada ardilla.
Nadie. Nadie.
El Pelele se hundió de nuevo en la noche de sus ojos a luchar con u
dolor, a buscar postura a la pierna rota, a detenerse con la mano el
labio desgarrado. Pero al soltar los párpados calientes le pasaron por
encima cielos de sangre. Entre relámpagos huía la sombra de los gusanos
convertida en mariposa.
De espaldas se hizo al delirio sonando una campanilla. ¡Nieve para los
moribundos! ¡El nevero vende el viático! ¡El cura vende nieve! ¡Nieve
para los moribundos! ¡Tilín, tilín! ¡Nieve para los moribundos! ¡Pasa el
viático! ¡Pasa el nevero! ¡Quítate el sombrero, mudo baboso! ¡Nieve para
los moribundos!...
IV
Cara de Ángel
Cubierto de papeles, cueros, trapos, esqueletos de paraguas, .t las de
sombreros de paja, trastos de peltre agujereados, fragmentos de
porcelana, cajas de cartón, pastas de libros, vidrios rotos, zapatos de
lenguas abarquilladas al sol, cuellos, cáscaras de huevo, algodones,
sobras de comidas..., el Pelele seguía soñando. Ahora se veía en un
patio grande rodeado de máscaras, que luego se fijó que eran caras
atentas a la pelea de dos gallos. Llama de papel fue la pelea. Uno de
los combatientes expiró sin agonía bajo la mirada vidriosa de los
espectadores, felices de ver salir las navajas en arco embarradas de
sangre. Atmósfera de aguardiente. Salivazos teñidos de tabaco. Entrañas.
Cansancio salvaje. Sopor. Molicie. Meridiano tropical. Alguien pasaba
por su sueño, de puntepié, para no despertarlo...
Era la madre del Pelele, querida de un gallero que tocaba la guitarra
como con uñas de pedernal y víctima de sus celos y sus vicios. Historia
de nunca acabar la de sus penas: hembra de aquel cualquiera y mártir del
crío que nació -en el decir de las comadres sabihondas- bajo la acción
"directa" de la luna en trance, en su agonía se juntaron la cabeza
desproporcionada de su hijo -una cabezota redonda y con dos coronillas
como la luna-, las caras huesudas de todos los enfermos del hospital y
los gestos de miedo, de asco, de hipo, de ansia de vómito del gallero
borracho.
El Pelele percibió el ruido de su fustán almidonado -viento y hojas- y
corrió tras ella con las lágrimas en los ojos.
En el pecho materno se alivió. Las entrañas de la que le había dado el
ser absorbieron como papel secante el dolor de sus heridas. ¡Qué hondo
refugio imperturbable! ¡Qué nutrido afecto! ¡Azucenita! ¡Azucenota!
¡Cariñoteando! ¡Cariñoteando!...
En lo más recóndito de sus oídos canturreaba el gallero:
¡Cómo no...
cómo no...
cómo no, confite liolio,
como yo soy gallo liolio
que al meter la pata liolio,
arrastro el ala liolio!
El Pelele levantó la cabeza y sin decir dijo:
-¡Perdón, ñañola, perdón!
Y la sombra que le pasaba la mano por la cara, cariñoteando respondió a
su queja:
-¡Perdón, hijo, perdón!
La voz de su padre, sendero caído de una copa de aguardiente, se oía
hasta muy lejos:
¡Me enredé...
Me enredé...
Me enredé con una blanca,
y cuando la yuca es buena,
sólo la mata se arranca!
El Pelele murmuró:
-¡Ñañola, me duele el alma!
Y la sombra que le pasaba la mano por la cara, cariñoteando respondió a
su queja:
-¡Hijo, me duele el alma!
La dicha no sabe a carne. Junto a ellos bajaba a besar la tierra la
sombra de un pino, fresca como un río. Y cantaba en el pino un pájaro
que a la vez que pájaro era campanita de oro:
-¡Soy la Manzana-Rosa del Ave del Paraíso, soy la vida, la mitad de mi
cuerpo es mentira y la mitad es verdad; soy rosa y soy manzana, doy a
todos un ojo de vidrio y un ojo de verdad: los que ven con mi ojo de
vidrio ven porque sueñan, los que ven con mi ojo la verdad ven porque
miran! ¡Soy la vida, la Manzana-Rosa del Ave del Paraíso; soy la mentira
de todas las cosas reales, la realidad de todas las ficciones!
Súbitamente abandonaba el regazo materno y corría a ver pasar los
volatines. Caballos de crin larga como sauces llorones jineteados por
mujeres vestidas de vidriera. Carruajes adornados con flores y
banderolas de papel de China rodando por la pedriza de las calles en
inestabilidad de ebrios. Murga de mugrientos, soplacobres, rascatripas y
machacatambores. Los payasos enharinados repartían programas de colores,
anunciando la función de gala dedicada al Presidente de la República,
Benemérito de la Patria, Jefe del Gran Partido Liberal y Protector de la
Juventud Estudiosa.
Su mirada vagaba por el espacio de una bóveda muy alta. Los volatines le
dejaron perdido en un edificio levantado sobre un abismo sin fondo de
color verdegay. Los escaños pendían de los cortinajes como puentes
colgantes. Los confesionarios subían y bajaban de la tierra al cielo,
elevadores de almas manejados por el Ángel de la Bola de Oro y el Diablo
de los Oncemil Cuernos. De un camarín -como pasa la luz por los
cristales, no obstante el vidrio- salió la Virgen del Carmen a
preguntarle qué quería, a quién buscaba. Y con ella, propietaria de
aquella casa, miel de los ángeles, razón de los santos y pastelería de
los pobres, se detuvo a conversar muy complacido. Tan gran señora no
medía un metro, pero cuando hablaba daba la impresión de entender de
todo como la gente grande. Por señas le contó el Pelele lo mucho que le
gustaba masticar cera y ella, entre seria y sonriente, le dijo que
tomara una de las candelas encendidas en su altar. Luego, recogiéndose
el manto de plata que le quedaba largo, le condujo de la mano a un
estanque de peces de colores y le dio el arco iris para que lo chupara
como pirulí. ¡La felicidad completa! Sentíase feliz desde la puntitita
de la lengua hasta la puntitita de los pies. Lo que no tuvo en la vida:
un pedazo de cera para masticar como copal, un pirulí de menta, un
estanque de peces de colores y una madre que sobándole la pierna
quebrada le cantara "¡sana, sana, culito de rana, siete peditos para vos
y tu nana!", lo alcanzaba dormido en la basura.
Pero la dicha dura lo que tarda un aguacero con sol... por una vereda de
tierra color de leche, que se perdía en el basurero, bajó un leñador
seguido de su perro: el tercio de leña a la espalda, la chaqueta doblada
sobre el tercio de leña y el machete en los brazos como se carga a un
niño. El barranco no era profundo, mas el atardecer lo hundía en sombras
que amortajaban la basura hacinada en el fondo, desperdicios humanos que
por la noche aquietaban el miedo. El leñador volvió a mirar. Habría
jurado que le seguían. Más adelante se detuvo. Le jalaba la presencia de
alguien que estaba allí escondido. El perro aullaba, erizado, como si
viera al diablo. Un remolino de aire levantó papeles sucios manchados
como de sangre de mujer o de remolacha. El cielo se veía muy lejos, muy
azul, adornado como una tumba altísima por coronas de zopilotes que
volaban en círculos dormidos. A poco, el perro echó a correr hacia donde
estaba el Pelele. Al leñador le sacudió frío de miedo. Y se acercó paso
a paso tras el perro a ver quién era el muerto. Era peligroso herirse
los pies en los chayes, en los culos de botellas o en las latas de
sardina, y había que burlar a saltos las heces pestilentes y los trechos
oscuros. Como bajeles en mar de desperdicios hacían agua las
palanganas...
Sin dejar la carga -más le pesaba el miedo- tiró de un pie al supuesto
cadáver y cuál asombro tuvo al encontrarse con un hombre vivo, cuyas
palpitaciones formaban gráficas de angustia a través de sus gritos y los
ladridos del can, como el viento cuando entretela la lluvia. Los pasos
de alguien que andaba por allí, en un bosquecito cercano de pinos y
guayabos viejos, acabaron de turbar al leñador. Si fuera un policía...
De veras, pues... Sólo eso le faltaba...
-¡Chú-chó! -gritó al perro. Y como siguiera ladrando, le largó un
puntapié-. ¡Chucho, animal, dejá estar!...
Pensó huir... Pero huir era hacerse reo de delito... Peor aún si era un
policía... Y volviéndose al herido:
-¡Preste, pues, con eso lo ayudo a pararse!... ¡Ay, Dios, si por poco lo
matan!... ¡Preste, no tenga miedo, no grite, que no le estoy haciendo
nada malo! Pasé por aquí, lo vide botado y...
-Vi que lo desenterrabas -rompió a decir una voz a sus espaldas- y
regresé porque creí que era algún conocido; saquémoslo de aquí...
El leñador volvió la cabeza para responder y por poco se cae del susto.
Se le fue el aliento y no escapó por no soltar al herido, que apenas se
tenía en pie. El que le hablaba era un ángel: tez de dorado mármol,
cabellos rubios, boca pequeña y aire de mujer en violento contraste con
la negrura de sus ojos varoniles. Vestía de gris. Su trape, a la luz del
crepúsculo, se veía como una nube. Llevaba en las manos finas una caña
de bambú muy delgada y un sombrero limeño que parecía una paloma.
¡Un ángel... -el leñador no le desclavaba los ojos-, un ángel se
repetía-, ... un ángel!
-Se ve por su traje que es un pobrecito -dijo el aparecido-. ¡Qué triste
cosa es ser pobre!
-Sigún; en este mundo todo tiene sus asigunes. Véame a mí; soy bien
pobre, el trabajo, mi mujer y mi rancho, y no encuentro triste mi
condición -tartamudeó el leñador como hablando dormido para ganarse al
ángel, cuyo poder, en premio a su cristiana conformidad, podía
transformarlo, con sólo querer, de leñador a ley. Y por un instante se
vio vestido de oro, cubierto por un manto ojo, con una corona de picos
en la cabeza y un cetro de brillantes en la mano. El basurero se iba
quedando atrás...
-¡Curioso! -observó el aparecido sacando la voz sobre los lamentos del
Pelele.
-Curioso, ¿por qué?... Después de todo, somos los pobres los más
conformes. ¡Y qué remedio, pues! Verdá es que con eso de la escuela los
que han aprendido a ler andan inflenciados de cosas imposibles. Hasta mi
mujer resulta a veces triste porque dice que quisiera tener alas los
domingos.
El herido se desmayó dos y tres veces en la cuesta, cada vez más
empinada. Los árboles subían y bajaban en sus ojos de moribundo, como
los dedos de los bailarines en las danzas chinas. Las palabras de los
que le llevaban casi cargado recorrían sus oídos haciendo equis como
borrachos en piso resbaloso. Una gran mancha negra le agarraba la cara.
Resfríos repentinos soplaban por su cuerpo la ceniza de las imágenes
quemadas.
-¿Conque tu mujer quisiera tener alas los domingos? -dijo el aparecido-.
Tener alas, y pensar que al tenerlas le serían inútiles.
-Ansina, pue; bien que ella dice que las quisiera para irse a pasear, y
cuando está brava conmigo se las pide al aire.
El leñador se detuvo a limpiarse el sudor de la frente con la chaqueta,
exclamando:
-¡Pesa su poquito!
En tanto, el aparecido decía:
-Para eso le bastan y le sobran los pies; por mucho que tuviera alas no
se iría.
-De cierto que no, y no por su bella gracia, sino porque la mujer es
pájaro que no se aviene a vivir sin jaula, y porque pocos serían los
leños que traigo a memeches para rompérselos encima -en esto se acordó
de que hablaba con un ángel y apresuróse a dorar la píldora-, con divino
modo, ¿no le parece?
El desconocido guardó silencio.
-¿Quién le pegaría a este pobre hombre? -añadió el leñador para cambiar
de conversación, molesto por lo que acababa de decir. -Nunca falta...
-Verdá que hay prójimos para todo... A éste sí que sí que... lo
agarraron como matar culebra: un navajazo en la boca y al basurero. -Sin
duda tiene otras heridas.
-La del labio pa mí que se la trabaron con navaja de barba, y lo
despeñaron aquí, no vaya unté a crer, para que el crimen quedara oculto.
-Pero entre el cielo y la tierra...
-Lo mesmo iba a decir yo.
Los árboles se cubrían de zopilotes ya para salir del barranco y el
miedo, más fuerte que el dolor, hizo callar al Pelele; entre tirabuzón y
erizo encogióse en un silencio de muerte.
El viento corría ligero por la planicie, soplaba de la ciudad al campo,
hilado, amable, familiar...
El aparecido consultó su reloj y se marchó deprisa, después de echar al
herido unas cuantas monedas en el bolsillo y despedirse del leñador
afablemente.
El cielo, sin una nube, brillaba espléndido. Al campo asomaba el arrabal
con luces eléctricas encendidas como fósforos en un teatro a oscuras.
Las arboledas culebreantes surgían de las tinieblas junto a las primeras
moradas: casuchas de Iodo con olor de rastrojo, barracas de madera con
olor de ladino, caserones de zaguán sórdido, hediendo a caballeriza, y
posadas en las que era clásica la venta de zacate, la moza con traído en
el castillo y la tertulia de arrieros en la oscuridad.
El leñador abandonó al herido al llegar a las primeras casas; todavía le
dijo por dónde se iba al hospital. El Pelele entreabrió los párpados en
busca de alivio, de algo que le quitara el hipo; pero su mirada de
moribundo, fija como espina, clavó su ruego en las puertas cerradas de
la calle desierta. Remotamente se oían clarines, sumisión de pueblo
nómada, y campanas que decían por los fieles difuntos de tres en tres
toques trémulos: ¡Lás-tima!... ¡Lás-tima!... ¡Lás-tima!...
Un zopilote que se arrastraba por la sombra lo asustó. La queja
rencorosa del animal quebrado de un ala era para él una amenaza. Y poco
a poco se fue de allí, poco a poco, apoyándose en los muros, en el
temblor inmóvil de los muros, quejido y quejido, sin saber adónde, con
el viento en la cara, el viento que mordía hielo para soplar de noche.
El hipo lo picoteaba...
El leñador dejó caer el tercio de leña en el patio de su rancho, orno lo
hacía siempre. El perro, que se le había adelantado, lo recibió con
fiestas. Apartó el can y, sin quitarse el sombrero, abriéndose la
chaqueta como murciélago sobre los hombros, llegóse a la lumbre
encendida en el rincón donde su mujer calentaba las tortillas, y le
refirió lo sucedido.
-En el basurero encontré un ángel...
El resplandor de las llamas lentejueleaba en las paredes de caña y en el
techo de paja, como las alas de otros ángeles.
Escapaba del rancho un humo blanco, tembloroso, vegetal.
V
¡Ese animal!
El secretario del Presidente oía al doctor Barreño.
-Yo le diré, señor secretario, que tengo diez años de ir diariamente a
un cuartel como cirujano militar. Yo le diré que he sido víctima de un
atropello incalificable, que he sido arrestado, arresto que se debió
a..., yo le diré, lo siguiente: en el Hospital Militar se presentó una
enfermedad extraña; día a día morían diez y doce individuos por la
mañana, diez y doce individuos por la tarde, diez y doce individuos por
la noche. Yo le diré que el Jefe de Sanidad Militar me comisionó para
que en compañía de otros colegas pasáramos a estudiar el caso e
informáramos a qué se debía la muerte de individuos que la víspera
entraban al hospital buenos o casi buenos. Yo le diré que después de
cinco autopsias logré establecer que esos infelices morían de una
perforación en el estómago del tamaño de un real, producida por un
agente extraño que yo desconocía y que resultó ser el sulfato de soda
que les daban de purgante, sulfato de soda comprado en las fábricas de
agua gaseosa y de mala calidad, por consiguiente. Yo le diré que mis
colegas médicos no opinaron como yo y que, sin duda por eso, no fueron
arrestados; para ellos se trataba de una enfermedad nueva que había que
estudiar. Yo le diré que han muerto ciento cuarenta soldados y que aún
quedan dos barriles de sulfato. Yo le diré que por robarse algunos
pesos, el Jefe de Sanidad Militar sacrificó ciento cuarenta hombres, y
los que seguirán... Yo le diré...
-¡Doctor Luis Barreño! -gritó a la puerta de la secretaría un ayudante
presidencial.
-... yo le diré, señor secretario, lo que él me diga.
El secretario acompañó al doctor Barreño unos pasos. A fuer de
humanitaria interesaba la jerigonza de su crónica escalonada, monótona,
gris, de acuerdo con su cabeza canosa y su cara de bistec seco de hombre
de ciencia.
El Presidente de la República le recibió en pie, la cabeza levantada, un
brazo suelto naturalmente y el otro a la espalda, y, sin darle tiempo a
que lo saludara, le cantó:
-Yo le diré, don Luis, ¡y eso sí!, que no estoy dispuesto a que por
chismes de mediquetes se menoscabe el crédito de mi gobierno en lo más
mínimo. ¡Deberían saberlo mis enemigos para no descuidarse, porque a la
primera, les boto la cabeza! ¡Retírese! ¡Salga!..., y ¡llame a ese
animal!
De espaldas a la puerta, el sombrero en la mano y una arruga trágica en
la frente, pálido como el día en que lo han de enterrar, salió el doctor
Barreño.
-¡Perdido, señor secretario, estoy perdido!... Todo lo que oí fue:
"¡Retírese, salga, llame a ese animal!..."
-¡Yo soy ese animal!
De una mesa esquinada se levantó un escribiente, dijo así, y pasó a la
sala presidencial por la puerta que acababa de cerrar el doctor Barreño.
-¡Creía que me pegaba!... ¡Viera visto..., viera visto! -hilvanó el
médico enjugándose el sudor que le corría por la cara-. ¡Viera visto!
Pero le estoy quitando su tiempo, señor secretario, y usted está muy
ocupado. Me voy, ¿oye? Y muchas gracias...
-Adiós, doctorcito. De nada. Que le vaya bien.
El secretario concluía el despacho que el Señor Presidente firmaría
dentro de unos momentos. La ciudad apuraba la naranjada del crepúsculo
vestida de lindos celajes de tarlatana con estrellas en la cabeza como
ángel de loa. De los campanarios luminosos caía en las calles el
salvavidas del Ave María.
Barreño entró en su casa que pedazos se hacía. ¡Quién quita una puñalada
trapera! Cerró la puerta mirando a los tejados, por donde tina mano
criminal podía bajar a estrangularlo, y se refugió en su cuarto detrás
de un ropero.
Los levitones pendían solemnes, como ahorcados que se conservan en
naftalina, y bajo su signo de muerte recordó Barreño el asesinato de su
padre, acaecido de noche en un camino, solo, hace muchos años. Su
familia tuvo que conformarse con una investigación judicial sin
resultado; la farsa coronaba la infamia, y una carta anónima que decía
más o menos: "Veníamos con mi cuñado por el camino que va de Vuelta
Grande a La Canoa a eso de las once de la noche, cuando a lo lejos sonó
una detonación; otra, otra, otra..., pudimos contar hasta cinco. Nos
refugiamos en un bosquecito cercano. Oímos que a nuestro encuentro
venían caballerías a galope tendido. Jinetes y caballos pasaron casi
rozándonos, y continuamos la marcha al cabo de un rato, cuando todo
quedó en silencio. Pero nuestras bestias no tardaron en armarse.
Mientras reculaban resoplando, nos apeamos pistola en mano a ver qué
había de por medio y encontramos tendido el cadáver de un hombre boca
abajo y a unos pasos una mula herida que mi cuñado despeñó. Sin vacilar
regresamos a dar parte a Vuelta Grande. En la Comandancia encontramos al
coronel José Parrales Sonriente, el hombre de la mulita, acompañado de
un grupo de amigos, sentados alrededor de una mesa llena de copas. Le
llamamos aparte y en voz baja le contamos lo que habíamos visto. Primero
lo de los tiros, luego... En oyéndonos se encogió de hombros, torció los
ojos hacia la llama de la candela manchada de rojo y repuso
pausadamente: "¡Váyanse derechito a su casa, yo sé lo que les digo, y no
vuelvan a hablar de esto!..."
-¡Luis!... ¡Luis!...
Del ropero se descolgó un levitón como ave de rapiña.
-¡Luis!
Barreño saltó y se puso a hojear un libro a dos pasos de su biblioteca.
¡El susto que se habría llevado su mujer si lo encuentra en el
ropero!...
-¡Ya ni gracia tienes! ¡Te vas a matar estudiando o te vas a volver
loco! ¡Acuérdate que siempre te lo digo! No quieres entender que para
ser algo en esta vida se necesita más labia que saber. ¿Qué ganas con
estudiar? ¿Qué ganas con estudiar? ¡Nada! ¡Dijera yo un par de
calcetines, pero qué...! ¡No faltaba más! ¡No faltaba más!...
La luz y la voz de su esposa le devolvieren la tranquilidad.
-¡No faltaba más! Estudiar..., estudiar... ¿Para qué? Para que después
de muerto te digan que eras sabio, como se lo dicen a todo el mundo...
¡Bah!... Que estudien los empíricos; tú no tienes necesidad, que para
eso sirve el título, para saber sin estudiar... ¡Y... no me hagas caras!
En lugar de biblioteca deberías tener clientela. Si por cada librote
inútil de ésos tuvieras un enfermo, estaríamos mejor de salud nosotros
aquí en la casa. Yo, por mí, quisiera ver tu clínica llena, oír sonar el
teléfono a todas horas, verte en consultas... En fin, que llegaras a ser
algo...
-Tú le llamas ser algo a...
-Pues entonces... algo efectivo... Y para eso no me digas que se
necesita botar las pestañas sobre los libros, como tú lo haces. Ya
quisieran saber los otros médicos la mitad de lo que tú sabes. Basta con
hacerse de buenas cuñas y de nombre. El médico del Señor Presidente por
aquí... El médico del Señor Presidente por allá... Y eso sí, ya ves; eso
sí ya es ser algo...
-Puesss... -y Barreño detuvo el pues entre los labios salvando una
pequeña fuga de memoria-... esss, hija, pierde las esperanzas; te
caerías de espaldas si te contara que vengo de ver al Presidente. Sí, de
ver al Presidente.
-¡Ah, caramba!, ¿y qué te dijo, cómo te recibió?
-Mal. Botar la cabeza fue todo lo que le oí decir. Tuve miedo y lo peor
es que no encontraba la puerta para salir.
-¿Un regaño? ¡Bueno, no es al primero ni al último que regaña; a otros
les pega! -y tras una prolongada pausa, agregó-: A ti lo que siempre te
ha perdido es el miedo...
-Pero, mujer, dame uno que sea valiente con una fiera.
-No, hombre, si no me refiero a eso; hablo de la cirugía, ya que t lo
puedes llegar a ser médico del Presidente. Para eso lo que urge es que
pierdas el miedo. Pero para ser cirujano lo que se necesita es valor.
Créemelo. Valor y decisión para meter el cuchillo. Una costurera que no
echa a perder tela no llegará a cortar bien un vestido nunca. Y un
vestido, bueno, un vestido vale algo. Los médicos, en cambio, pueden
ensayar en el hospital con los indios. Y lo del Presidente, no hagas
caso. ¡Ven a comer! El hombre debe estar para que lo chamarreen con ese
asesinato horrible del Portal del Señor.
-¡Mira, calla!, no suceda aquí lo que no ha sucedido nunca; que yo te dé
una bofetada. ¡No es un asesinato ni nada de horrible tiene el que hayan
acabado con ese verdugo odioso, el que le quitó la vida a mi padre, en
un camino solo, a un anciano solo...!
-¡Según un anónimo! Pero, no pareces hombre; ¿quién se lleva de
anónimos?
-Si yo me llevara de anónimos...
-No pareces hombre...
-Pero ¡déjame hablar! Si yo me llevara de anónimos, no estarías aquí en
mi casa -Barreño se registraba los bolsillos con la mano febril y el
gesto en suspenso-; no estarías aquí en mi casa. Toma: lee...
Pálida, sin más rojo que el químico bermellón de los labios, tomó ella
el papel que le tendía su marido yen un segundo le pasó los ojos:
Doctor: aganos el fabor de consolar a su mujer, ahora que el hombre de
la mulita pasó a mejor bida. Consejo de unos amigos y amigas que le
quieren.
Con una carcajada dolorosa, astillas de risa que llenaban las probetas y
retortas del pequeño laboratorio de Barreño, como un veneno a estudiar,
ella devolvió el papel a su marido. Una sirvienta acababa de decir a la
puerta:
-¡Ya está servida la comida!
En Palacio, el Presidente firmaba el despacho asistido por el viejecito
que entró al salir el doctor Barreño y oír que llamaban a ese animal.
Ese animal era un hombre pobremente vestido, con la piel rosada como
ratón tierno, el cabello de oro de mala calidad, y los ojos azules y
turbios perdidos en anteojos color de yema de huevo.
El Presidente puso la última firma y el viejecito, por secar de prisa,
derramó el tintero sobre el pliego firmado.
-¡ANIMAL!
-¡Se...ñor!
-¡ANIMAL!
Un timbrazo..., otro..., otro... Pasos y un ayudante en la puerta.
-¡General, que le den doscientos palos a éste, ya ya! -rugió el
Presidente; y pasó en seguida a la Casa Presidencial. La comida estaba
puesta.
A ese animal se le llenaron los ojos de lágrimas. No habló porque no
pudo y porque sabía que era inútil implorar perdón: el Señor Presidente
estaba como endemoniado con el asesinato de Parrales Sonriente. A sus
ojos nublados asomaron a implorar por él su mujer y sus hijos: una vieja
trabajada y una media docena de chicuelos flacos. Con la mano hecha un
garabato se buscaba la bolsa de la chaqueta para sacar el pañuelo y
llorar amargamente -¡y no poder gritar para aliviarse!-, pensando, no
como el resto de los mortales, que aquel castigo era inicuo; por el
contrario, que bueno estaba que le pegaran para enseñarle a no ser torpe
-¡y no poder gritar para aliviarse!-, para enseñarle a hacer bien las
cosas, y no derramar la tinta sobre las notas -¡y no poder gritar para
aliviarse!...
Entre los labios cerrados le salían los dientes en forma de peineta,
contribuyendo con sus carrillos fláccidos y su angustia a darle aspecto
de condenado a muerte. El sudor de la espalda le pegaba la camisa,
acongojándole de un modo extraño.
¡Nunca había sudado tanto!... ¡Y no poder gritar para aliviarse! Y la
basca del miedo le, le, le hacía tiritar...
El ayudante le sacó del brazo como dundo, embutido en una torpeza
macabra: los ojos fijos, los oídos con una terrible sensación de vacío,
la piel pesada, pesadísima, doblándose por los riñones, flojo, cada vez
más flojo...
Minutos después, en el comedor:
-¿Da su permiso, señor Presidente?
-Pase, general.
-Señor, vengo a darle parte de ese animal que no aguantó los doscientos
palos.
La sirvienta que sostenía el plato del que tomaba el Presidente, en ese
momento, una papa frita, se puso a temblar...
-Y usted, ¿por qué tiembla? -le increpó el amo. Y volviéndose al general
que, cuadrado, con el quepis en la mano, esperaba sin pestañear-: ¡Está
bien, retírese!
Sin dejar el plato, la sirvienta corrió a alcanzar al ayudante y le
preguntó por qué no había aguantado los doscientos palos.
-¿Cómo por qué? ¡Porque se murió!
Y siempre con el plato, volvió al comedor.
-¡Señor -dijo casi llorando al Presidente, que comía tranquilo-, dice
que no aguantó porque se murió!
-¿Y qué? ¡Traiga lo que sigue!
VI
La cabeza de un general
Miguel Cara de Ángel, el hombre de toda la confianza del Presidente,
entró de sobremesa.
-¡Mil excusas, señor Presidente! -dijo al asomar a la puerta del
comedor. (Era bello y malo como Satán)-. ¡Mil excusas, Señor Presidente,
si vengo-ooo... pero tuve que ayudar a un leñatero con un herido que
recogió de la basura y no me fue posible venir antes! ¡Informo al Señor
Presidente que no se trataba de persona conocida, sino de uno así como
cualquiera!
El Presidente vestía, como siempre, de luto riguroso: negros los
zapatos, negro el traje, negra la corbata, negro el sombrero que nunca
se quitaba; en los bigotes canos, peinados sobre las comisuras de los
labios, disimulaba las encías sin dientes, tenía los carrillos
pellejudos y los párpados como pellizcados.
-¿Y se lo llevó adonde corresponde?... -interrogó desarrugando el
ceño...
-Señor...
-¡Qué cuento es ése! ¡Alguien que se precia de ser amigo del Presidente
de la República no abandona en la calle a un infeliz herido víctima de
oculta mano!
Un leve movimiento en la puerta del comedor le hizo volver la cabeza.
-Pase, general...
-Con el permiso del Señor Presidente...
-¿Ya están listos, general?
-Sí, Señor Presidente...
-Vaya usted mismo, general; presente a la viuda mis condolencias y
hágale entrega de esos trescientos pesos que le manda el Presidente de
la República para que se ayude en los gastos del entierro.
El general, que permanecía cuadrado, con el quepis en la diestra, sin
parpadear, sin respirar casi, se inclinó, recogió el dinero de la mesa,
giró sobre los talones y, minutos después, salió en automóvil con el
féretro que encerraba el cuerpo de ese animal.
Cara de Ángel se apresuró a explicar:
-Pensé seguir con el herido hasta el hospital, pero luego me dije: "Con
una orden del Señor Presidente lo atenderán mejor." Y como venía para
acá a su llamado y a manifestarle una vez más que no me pasa la muerte
que villanos dieron por la espalda a nuestro Parrales Sonriente...
-Yo daré la orden...
-No otra cosa podía esperarse del que dicen que no debía gobernar este
país...
El Presidente saltó como picado.
-¿Quiénes?
-¡Yo, el primero, Señor Presidente, entre los muchos que profesamos la
creencia de que un hombre como usted debería gobernar un pueblo como
Francia, o la libre Suiza, o la industriosa Bélgica o la maravillosa
Dinamarca!... Pero Francia..., Francia sobre todo... ¡Usted sería el
hombre ideal para guiar los destinos del gran pueblo de Gambetta y
Víctor Hugo!
Una sonrisa casi imperceptible se dibujó bajo el bigote del Presidente,
el cual, limpiando sus anteojos con un pañuelo de seda blanca, sin dejar
de mirar a Cara de Ángel, tras una breve pausa encaminó la conversación
por otro lado.
-Te llamé, Miguel, para algo que me interesa que se arregle esta misma
noche. Las autoridades competentes han ordenado la captura de ese pícaro
de Eusebio Canales, el general que tú conoces, y lo prenderán en su casa
mañana a primera hora. Por razones particulares, aunque es uno de los
que asesinaron a Parrales Sonriente, no conviene al Gobierno que vaya a
la cárcel y necesito su fuga inmediata. Corre a buscarlo, cuéntale lo
que sabes y aconséjale, como cosa tuya, que se escape esta misma noche.
Puedes prestarle ayuda para que lo haga, pues, como todo militar de
escuela, cree en el honor, se va a querer pasar de vivo y si lo agarran
mañana le quito la cabeza. Ni él debe saber esta conversación; solamente
tú y yo... Y tú ten cuidado que la policía no se entere que andas por
ahí; mira cómo te las arreglas para no dar el cuerpo y que este pícaro
se largue. Puedes retirarte.
El favorito salió con media cara cubierta en la bufanda negra. (Era
bello y malo como Satán). Los oficiales que guardaban el comedor del amo
le saludaron militarmente. Presentimiento; o acaso habían oído que
llevaba en las manos la cabeza de un general. Sesenta desesperados
bostezaban en la sala de audiencia, esperando que el Señor Presidente se
desocupara. Las calles cercanas a Palacio y a la Casa Presidencial se
veían alfombradas de flores. Grupos de soldados, al mando del Comandante
de Armas, adornaban el frente de los cuarteles vecinos con faroles,
banderitas y cadenas de papel de China azul y blanco.
Cara de Ángel no se dio cuenta de aquellos preparativos de fiesta. Había
que ver al general, concertar un plan y proporcionarle la higa. Todo le
pareció fácil antes que ladraran los perros en el bosque monstruoso que
separaba al Señor Presidente de sus enemigos, bosque de árboles de
orejas que al menor eco se revolvían como agitadas por el huracán. Ni
una brizna de ruido quedaba leguas a la redonda con el hambre de
aquellos millones de cartílagos. Los perros seguían ladrando. Una red de
hilos invisibles, más invisibles que los hilos del telégrafo, comunicaba
cada hoja con el Señor Presidente, atento a lo que pasaba en las
vísceras más secretas de los ciudadanos.
Si fuera posible hacer pacto con el diablo, venderle el alma con tal de
burlar la vigilancia de la policía y permitir la fuga al general... Pero
el diablo no se presta para actos caritativos; bien que hasta dónde no
dejaría raja aquel lance singular... La cabeza del general y algo más...
Pronunció las palabras como si de verdad llevara en las manos la cabeza
del general y algo más.
Había llegado a la casa de Canales, situada en el barrio de la Merced.
Era un caserón de esquina, casi centenario, con cierta soberanía de
moneda antigua en los ocho balcones que caían a la calle principal y el
portón para carruajes que daba a la otra calle. El favorito pensó
detenerse aquí y, caso de oír gente dentro, llamar para que le abrieran.
Le hizo desistir la presencia de los gendarmes, que rondaban en la acera
de enfrente. Apuró el paso y fue echando los ojos por las ventanas a ver
si dentro había a quién hacerle señas. No vio a nadie. Imposible
detenerse en la acera sin hacerse sospechoso. Pero en la esquina opuesta
a la casa se abría un fondín de mala muerte, y para poder permanecer
cerca de allí lo que faltaba era entrar y tomar algo. Una cerveza. Hizo
decir algunas palabras a la que despachaba y con el vaso de cerveza en
la mano volvió la cara para ver quién ocupaba una banquita acuñada a la
pared, bulto de hombre que al entrar alcanzó a ver con el rabo de ojo.
Sombrero de la coronilla a la frente, casi sobre los ojos, toalla
alrededor del pescuezo, el cuello de la chaqueta levantado, pantalones
campanudos, botines abotonados sin abotonar, talón alto, tapa de hule,
cuero amarillo, género café. Distraídamente levantó los ojos el favorito
y fue viendo las botellas alineadas en los tramos de la estantería, la
ese luminosa de la bombita de la luz eléctrica, un anuncio de vinos
españoles, Baco cabalgando un barril entre frailes barrigones y mujeres
desnudas, y un retrato del Señor Presidente, echado a perder de joven,
con ferrocarriles en los hombros, como charreteras, y un angelito
dejándole caer en la cabeza una corona de laurel. Retrato de mucho
gusto. De vez en vez volvía la mirada a la casa del general. Sería grave
que el de la banquita y la fondera fueran más que amigos y estuvieran
haciendo malobra. Se desabrochó la chaqueta al tiempo de cruzar una
pierna sobre la otra y recostarse de codos en el mostrador con el aire
de la persona que no se va a marchar pronto. ¿Y si pidiera otra cerveza?
La pidió y para ganar tiempo pagó con un billete de cien pesos. Tal vez
la fondera no tenía vuelto. Ésta abrió el cajón de la venta con
disgusto, hurgó entre los billetes mugrientos y lo cerró de golpe. No
tenía vuelto. Siempre la misma historia de salir a buscar cambio. Se
echó el delantal sobre los brazos desnudos y agarró la calle, no sin
volver a mirar al de la banquita para recomendarle que estuviera ojo al
Cristo con el cliente: un que sí voy a tener cuidado, un que no se vaya
a robar algo. Precaución inútil, porque en ese momento salió una
señorita de la casa del general, como llovida del cielo, y Cara de Ángel
no esperó más.
-Señorita -le dijo andando a la par de ella-, prevenga al dueño de la
casa de donde acaba de salir usted, que tengo algo muy urgente que
comunicarle.
-¿Mi papá?
-¿Hija del general Canales?
-Sí, señor...
-Pues... no se detenga; no, no... Ande..., andemos, andemos... Aquí
tiene usted mi tarjeta. Dígale, por favor, que le espero en mi casa lo
más pronto posible; que de aquí me voy para allá, que allá le espero,
que su vida está en peligro... Sí, sí, en mi casa, lo más pronto
posible...
El viento le arrebató el sombrero y tuvo que volver corriendo a darle
alcance. Dos y tres veces se le fue de las manos. Por fin le dio caza.
Los aspavientos del que persigue un ave de corral.
Volvió al fondín, con el pretexto del vuelto, a ver la impresión que su
salida repentina había hecho al de la banquita y lo encontró luchando
con la fondera; la tenía acuñada contra la pared y con la boca ansiosa
le buscaba la boca para darle un beso.
-¡Policía desgraciado, no es de balde que te llamas Bascas! -dijo la
fondera cuando, del susto, al oír los pasos de Cara de Ángel, el de la
banquita la soltó.
Cara de Ángel intervino amistosamente para favorecer sus planes; desarmó
a la fondera, que se había armado de una botella, y volvió a mirar al de
la banquita con ojos complacientes.
-¡Cálmese, cálmese, señora! ¿Qué son esas cosas? ¡Quédese con el vuelto
y arréglense por las buenas! Nada logrará con hacer escándalo y puede
venir la policía, más si el amigo...
-Lucio Vásquez, pa servir a usté...
-¿Lucio Vásquez? ¡Sucio Bascas! ¡Y la policía..., para todo van saliendo
con la policía! ¡Que preben! ¡Que preben a entrar aquí! No le tengo
miedo a nadie ni soy india, ¿oye, señor?, ¡para que éste me asuste con
la Casa Nueva!
-¡A una casa-mala te meto si yo quiero! -murmuró Vásquez, escupiendo en
seguida algo que se jaló de las narices.
-¡Será metedera! ¡Cómo no, Chón!
-¡Pero, hombre, hagan las paces, ya está!
-¡Sí, señor, si yo ya no estoy diciendo nada!
La voz de Vásquez era desagradable; hablaba como mujer, con una vocecita
tierna, atiplada, falsa. Enamorado hasta los huesos de la fondera,
luchaba con ella día y noche para que le diera un beso con su gusto, no
le pedía más. Pero la fondera no se dejaba por aquello de que la que da
el beso da el queso. Súplicas, amenazas, regalitos, llantos fingidos y
verdaderos, serenatas, tustes, todo se estrellaba en la negativa cerril
de la fondera, la cual no cedió nunca ni jamás se dio por las buenas.
"El que me quiera -decía-, ya sabe que conmigo el amor es lucha a brazo
partido."
-Ahora que se callaron -continuó Cara de Ángel, hablaba como para él,
frotando el índice en una monedita de níquel clavada en el mostrador-,
les contaré lo que pasa con la señorita de allí enfrente.
E iba a contar que un amigo le había encargado que le preguntara si le
recibía una carta, pero la fondera se interpuso...
-¡Dichosote, si ya vimos que es usté el que le está rascando el ala!
El favorito sintió que le llovía luz en los ojos... Rascar el ala...
Contar que se opone la familia... Fingir un rapto... Rapto y parto
tienen las mismas letras...
Sobre la monedita de níquel clavada en el mostrador seguía frotando el
dedo, sólo que ahora más de prisa.
-Es verdad -contestó Cara de Ángel-, pero estoy fregado porque su papá
no quiere que nos casemos...
-¡Cállese con ese viejo! -intervino Vásquez-. ¡Ahí las carotas de
herrero mal pagado que le hace a uno, como si uno tuviera la culpa de la
orden que hay de seguirlo por todas partes!
-¡Así son los ricos! -agregó la fondera de mal modo.
-Y por eso -explicó Cara de Ángel- he pensado sacármela de su casa. Ella
está de acuerdo. Cabalmente acabamos de hablar y lo vamos a hacer esta
noche.
La fondera y Vásquez sonrieron.
-¡Servite un trago! -le dijo Vásquez-, que esto se está poniendo bueno.
-Luego se volvió a ofrecer a Cara de Ángel un cigarrillo-. ¿Fuma,
caballero?
-No, gracias... Pero..., por no hacerle el desprecio...
La fondera sirvió tres tragos mientras aquéllos encendían los
cigarrillos.
Un momento después dijo Cara de Ángel, ya cuando les había acabado de
pasar el ardor del trago.
-¿Desde luego cuento con ustedes? ¡Valga lo que valga, lo que necesito
es que me ayuden! ¡Ah, pero eso sí, debe ser hoy mismo!
-Después de las once de la noche yo no puedo, tengo servicio -observó
Vásquez-, pero ésta...
-¡Ésta será tu cara, mirá cómo hablás!
-¡Ella, que diga, la Masacuata -y volvió a mirar a la fondera-, hará mis
veces! Vale por dos, salvo que quiera que le manden un suple; tengo un
amigo con quien quedé de juntarme por onde los chinos.
-¡Vos para todo vas saliendo con ese Genaro Rodas, guacal de horchata,
mi compañero!
-¿Qué es eso de guacal de horchata? -indagó Cara de Ángel.
-Eso es que parece muerto, que es descoli..., ya no sé ni hablar...,
des-colo-rido, vaya...!
-¿Y qué tiene que ver?
-Que yo vea no hay inconveniente...
-... Pues, sí hay, y perdone, señor, que le corte la palabra; yo no se
lo quería decir: la mujer de ese Genaro Rodas, una tal llamada Fedina,
anda contando que la hija del general va a ser madrina de su hijo;
quiere decir que ese Genaro Rodas, tu amigo, para lo que el señor lo
quiere no es mestrual.
-¡Qué trompeta!
-¡Para vos todo es trompeta!
Cara de Ángel agradeció a Vásquez su buena voluntad, dándole entender
que era mejor que no contaran con guacal de horchata, porque, como decía
la fondera, efectivamente no era neutral.
-Es una lástima, amigo Vásquez, que usted no pueda ayudarme en la cosa
ésta...
-Yo también siento no poderle hacer campaña, usté; de haberlo sabido, me
arreglo para pedir permiso.
-Si se pudiera arreglar con dinero...
-¡No, usté, de ninguna manera, yo no suelo ser así; es porque ya sabe
que no se puede arreglar! -y se llevó la mano a la oreja.
-¡Qué se ha de hacer, lo que no se puede, no se puede! Volveré le
madrugada, dos menos cuarto o una y media, que el amor se llama a luego
y fuego.
Acabó de despedirse en la puerta, se llevó el reloj de pulsera al oído
para saber si estaba andando -¡qué cosquillita fatal la de aquella
pulsación isócrona!-, y partió a toda prisa con la bufanda negra sobre
la cara pálida. Llevaba en las manos la cabeza del general y algo más.
VII
Absolución arzobispal
Genaro Rodas se detuvo junto a la pared a encender un cigarrillo. Lucio
Vásquez asomó cuando rascaba el fósforo en la cajetilla. Un perro
vomitaba en la reja del Sagrario.
-¡Este viento fregado! -refunfuñó Rodas a la vista de su amigo.
-¿Qué tal, vos? -saludó Vásquez, y siguieron andando.
-¿Qué tal, viejo?
-¿Para dónde vas?
-¿Cómo para dónde vas? ¡Vos si que me hacés gracia! ¿No habíamos quedado
de juntarnos por aquí, pues?
-¡Ah! ¡Ah! Creí que te se había olvidado. Ya te voy a contar qué hubo de
aquello. Vamos a meternos un trago. No sé, pero tengo ganas de meterme
un trago. Venite, pasemos por el Portal a ver si hay algo.
-No creo, vos, pero si querés pasemos; allí, desde que prohibieron que
llegaran a dormir los pordioseros, ni gatos se ven de noche.
-Por fortuna, decí. Atravesemos por el atrio de la Catedral, si te
perece. Y qué aire el que se alborotó...
Después del asesinato del coronel Parrales Sonriente, la Policía Secreta
no desamparaba ni un momento el Portal del Señor; vigilancia encargada a
los hombres más amargos. Vásquez y su amigo recorrieron el Portal de
punta a punta, subieron por las gradas que caían a la esquina del
Palacio Arzobispal y salieron por el lado de las Cien Puertas. Las
sombras de las pilastras echadas en el piso ocupaban el lugar de los
mendigos. Una escalera, y otra, y otra, advertían que un pintor de
brocha gorda iba a rejuvenecer el edificio. Y en efecto, entre las
disposiciones del Honorable Ayuntamiento encaminadas a testimoniar al
Presidente de la República su incondicional adhesión, sobresalía la de
pintura y aseo del edificio que había sido teatro del odioso asesinato,
a costa de los turcos que en él tenían sus bazares hediondos a cacho
quemado. "Que paguen los turcos, que en cierto modo son culpables de la
muerte del coronel Parrales Sonriente, por vivir en el sitio en que se
perpetró el crimen", decían, hablando en plata, los severos acuerdos
edilicios. Y los turcos, con aquellas contribuciones de carácter
vindicativo, habrían acabado más pobres que los pordioseros que antes
dormían a sus puertas sin la ayuda de amigos cuya influencia les
permitió pagar los gastos de pintura, aseo y mejora del alumbrado del
Portal del Señor, con recibos por cobrar al Tesoro Nacional, que ellos
habían comprado por la mitad de su valor.
Pero la presencia de la Policía Secreta les aguó la fiesta. En voz baja
se preguntaban el porqué de aquella vigilancia. ¿No se licuaron los
recibos en los recipientes llenos de cal? ¿No se compraron a sus
costillas brochas grandes como las barbas de los Profetas de Israel?
Prudentemente, aumentaron en las puertas de sus almacenes, por dentro,
el número de trancas, pasadores y candados.
Vásquez y Rodas dejaron el Portal por el lado de las Cien Puertas. El
silencio ordeñaba el eco espeso de los pasos. Adelante, calle arriba, se
colaron en una cantina llamada El Despertar del León. Vásquez saludó al
cantinero, pidió dos copas y vino a sentarse al lado de Rodas, en una
mesita, detrás de un cancel.
-Contá, pues, vos, qué hubo de mi lío -dijo Rodas.
-¡Salú! -Vásquez levantó la copa de aguardiante blanco.
-¡A la tuya, viejito!
El cantinero, que se había acercado a servirles, agregó maquinalmente:
-¡A su salú, señores!
Ambos vaciaron las copas de un solo trago.
-De aquello no hubo nada... -Vásquez escupió estas palabras con el
último sorbo de alcohol diluido en espumosa saliva-; el subdirector
metió a su ahijado y cuando yo le hablé por vos, ya el chance se lo
había dado a ése que tal vez es un mugre.
-¡Vos dirés!
-Pero como donde manda capitán no manda marinero... Yo le hice ver que
vos querías entrar a la policía secreta, que eras un tipo muy de a
petate. ¡Ya vos sabés cómo son las caulas!
-Y él, ¿qué te dijo?
-Lo que estás oyendo, que ya tenía el puesto un ahijado suyo, y ya con
eso me tapó el hocico. Ahora que te voy a decir, está más difícil que
cuando yo entré conseguir hueso en la secreta. Todos han choteado que
ésa es la carrera del porvenir.
Rodas frotó sobre las palabras de su amigo un gesto de hombros v una
palabra ininteligible. Había venido con la esperanza de encontrar
trabajo.
-¡No, hombre, no es para que te aflijás, no es para que te aflijás! En
cuanto sepamos de otro hueso te lo consigo. Por Dios, por mi madre, que
sí; más ahora que la cosa se está poniendo color de hormiga y que de
seguro van a aumentar plazas. No sé si te conté... -dicho esto, Vásquez
se volvió a todos lados-. ¡No soy baboso! ¡Mejor no te cuento!
-¡Bueno, pues, no me contés nada; a mí qué me importa!
-La cosa está tramada...
-¡Mirá, viejo, no me contés nada; haceme el favor de callarte! ¡Ya
dudaste, ya dudaste, vaya...!
-¡No, hombre, no, qué rascado sos vos!
-¡Mirá, callate, a mí no me gustan esas desconfianzas, parecés mujer!
¿Quién te está preguntando nada para que andés con esas plantas?
Vásquez se puso de pie, para ver si alguien le oía, y agregó a media
voz, aproximándose a Rodas, que le escuchaba de mal modo, ofendido por
sus reticencias:
-No sé si te conté que los pordioseros que dormían en el Portal la noche
del crimen, ya volaron lengua, y que hasta con frijoles se sabe quiénes
se pepenaron al coronel -y subiendo la voz-, ¿quiénes dirés vos?- y
bajándola a tono de secreto de Estado-, nada menos que el general
Eusebio Canales y el licenciado Abel Carvajal...
-¿Por derecho es eso que me estás contando?
-Hoy salió la orden de captura contra ellos, con eso te lo digo todo.
-¡Ahí está, viejo -adujo Rodas más calmado-; ese coronel que decían que
mataba una mosca de un tiro a cien pasos y al que todos le cargaban
pelos, se lo volaron sin revólver ni fierro, con sólo apretarle el
pescuezo como gallina! En esta vida, viejo, el todo es decidirse. ¡Qué
de a zompopo esos que se lo soplaron!
Vásquez propuso otro farolazo y ya fue pidiéndolo:
-¡Dios pisitos, don Lucho!
Don Lucho, el cantinero, llenó de nuevo las copas. Atendía a los
clientes luciendo sus tirantes de seda negra.
-¡Atravesémonoslo, pues, vos! -dijo Vásquez y, entre dientes, después de
escupir, agregó-: ¡A vos seguido se te va el pájaro! ¡Ya sabés que es mi
veneno ver las copas llenas, y si no lo sabés, sabélo! ¡Salú!
Rodas, que estaba distraído, se apresuró a brindar. En seguida, al
despegarse la copa vacía de los labios, exclamó:
-¡Papos eran ésos que se mandaron al otro lado al coronel, de volver por
el Portal! ¡Cualquier día!
-¿Y quién está diciendo que van a volver?
-¿Cómo?
-¡Mie... entras se averigua, todo lo que vos querás! ¡Ja, ja, ja! ¡Ya me
hiciste rirr!
-¡Con lo que salís vos! Lo que yo digo es que si ya saben quiénes se
tiraron al coronel, no vale la pena que estén esperando que esos señores
vuelvan por el Portal para capturarlos, o... no hay duda que por la
linda cara de los turcos estás cuidando el Portal. ¡Decí! ¡Decí!
-¡No alegués ignorancias!
-¡Ni vos me vengás con cantadas a estas horas!
-Lo que la policía secreta hace en el Portal del Señor, no tiene nada
que ver con el lío del coronel Parrales, ni te importa...
-... ¡de torta por si al caso!
-¡De pura torta, y cuchillo que no corta!
-¡La vieja que te aborta! ¡Ay, juerzas!
-No, en serio, lo que la policía secreta aguarda en el Portal no tiene
que ver con el asesinato. De veras, de veras que no. Ni te figurás lo
que estamos haciendo allí... Estamos esperando a un hombre con rabia.
-¡Me zafo!
-¿Te acordás de aquel mudo que en las calles le gritaban "madre"? Aquel
alto, huesudo, de las piernas torcidas, que corría por las calles como
loco... ¿Te acordás?... Sí te habés de acordar, ya lo creo. Pues a ése
es al que estamos atalayando en el Portal, de donde desapareció hace
tres días. Le vamos a dar chorizo...
Y al decir así Vásquez se llevó la mano a la pistola.
-¡Haceme cosquillas!
-No, hombre, si no es por sacarte franco; es cierto, créelo que es
cierto; ha mordido a plebe de gente y los médicos recetaron que se le
introdujera en la piel una onza de plomo. ¡Qué tal te sentís!
-Vos lo que querés es hacerme güegüecho, pero todavía no ha nacido
quién, viejito, no soy tan zorenco. Lo que la policía espera en el
Portal es el regreso de los que le retorcieron el pescuezo al coronel...
-¡Jolón, no! ¡Qué negro, por la gran zoraida! ¡Al mudo, lo que estás
oyendo, al mudo, al mudo que tiene rabia y ha mordido a plebe de gente!
¿Querés que te lo vuelva a repetir?
El Pelele engusanaba la calle de quejidos, a la rastra el cuerpo que le
mordía el dolor de los ijares, a veces sobre las manos, embrocado,
dándose impulso con la punta de un pie, raspando el vientre por las
piedras, a veces sobre el muslo de la pierna buena, que encogía mientras
adelantaba el brazo para darse empuje con el codo. La plaza asomó por
fin. El aire metía ruido de zopilotes en los árboles del parque
magullados por el viento. El Pelele tuvo miedo y quedó largo rato
desclavado de su conciencia, con el ansia de las entrañas vivas en la
lengua seca, gorda y reseca como pescado muerto en la ceniza, y la
entrepierna remojada como tijera húmeda.
Grada por grada subió al Portal del Señor, grada por grada, a estirones
de gato moribundo, y se arrinconó en una sombra con la boca abierta, los
ojos pastosos y los trapos que llevaba encima tiesos de sangre y tierra.
El silencio fundía los pasos de los últimos transeúntes, los golpecitos
de las armas de los centinelas y las pisadas de los perros callejeros
que, con el hocico a ras del suelo, hurgaban en busca de huesos, los
papeles y las hojas de tamales que a orillas del Portal arrastraba el
viento.
Don Lucho llenó otra vez las copas dobles que llamaban "dos pisos".
-¿Cómo es eso de te se pone? -decía Vásquez entre dos escupidas, con la
voz más aguda que de costumbre-. ¿No te estoy contando, pues, que estaba
yo hoy como a las nueve, más serían, tal vez las nueve y media, antes de
venirme a juntar con voz, cortejeándome a la Masacuata, cuando entró a
la cantina un tipo a beberse una cerveza? Aquélla se la sirvió volando.
El tipo pidió otra y pagó con un billete de cien varas. Aquélla no tenía
vuelto y fue a descambiar. Pero yo me hice una brochota grande, pues
desde que vi entrar al traído se me puso que... que ahí había gato
encerrado, y como si lo hubiera sabido, viejo: una patoja salió de la
casa de enfrente y ni bien había salido, el tipo se había puesto las
botas tras ella. Y ya no pude volar más vidrio, porque en eso regresó la
Masacuata, y yo, ya sabés, me puse a querérmela luchar...
-Y entonces las cien varas...
-No, ya vas a ver. En lucha estábamos con aquélla, cuando el tipo
regresó por el vuelto del billete, y como nos encontró abrazados, se
hizo de confianza y nos contó que estaba coche por la hija del general
Canales y que pensaba robársela hoy en la noche, si era posible. La hija
del general Canales era la patoja, que había salido a ponerse de acuerdo
con él. No sabés cómo me rogó para que yo le ayudara en el volado, pero
yo qué iba a poder, con esta cuidadera del Portal...
-¡Qué largos!, ¿verdá, vos?
Rodas acompañó esta exclamación con un chisguetazo de saliva. -Y como a
ese traído yo me lo he visto parado muchas veces por la Casa
Presidencial...
-¡Me zafo, debe ser familia...!
-No, ¡qué va a ser!, ni por donde pasó el zope. Lo que sí me extraña es
la prisota que se cargaba por robarse a la muchacha ésa hoy mismo. Algo
sabe de la captura del general y querrá armarse de traída cuando los
cuques carguen con el viejo.
-Sin jerónimo de duda, en lo que estás vos...
-¡Metámonos el ultimátum y nos vamos a la mierda!
Don Lucho llenó las copas y los amigos no tardaron en vaciarlas.
Escupían sobre gargajos y chencas de cigarrillos baratos.
-¿Como cuánto le debemos, don Lucho?
-Son dieciséis con cuatro...
-¿De cada uno? -intervino Rodas.
-¡No, cómo va a ser eso; todo junto! -respondió el cantinero, mientras
Vásquez le contaba en la mano algunos billetes y cuatro monedas de
níquel.
-¡Hasta la vista, don Lucho!
-¡Don Luchito, ya nos vemos!
Estas voces se confundieron con la voz del cantinero, que se acercó a
despedirles hasta la puerta.
-¡Ah, la gran flauta, qué frío el que hace...! -exclamó Rodas al salir a
la calle, clavándose las manos en las bolsas del pantalón.
Paso a paso llegaron a las tiendas de la cárcel, en la esquina inmediata
al Portal del Señor, y a instancias de Vásquez, que se sentía contento y
estiraba los brazos como si se despegara de una torta de pereza, se
detuvieron allí.
-¡Éste sí que es el mero despertar del lión que tiene melena de
tirabuzones! -decía desperezándose-. ¡Y qué lío el que se debe tener un
lión para ser un lión! Y haceme el favor de ponerte alegre, porque ésta
es mi noche alegre, ésta es mi noche alegre; soy yo quien te lo digo,
¡ésta es mi noche alegre!
Y a fuerza de repetir así, con la voz aguda, cada vez más aguda, parecía
cambiar la noche en pandereta negra con sonajas de oro, estrechar en el
viento manos de amigos invisibles y traer al titiritero del Portal con
los personajes de sus pantomimas a enzoguillarle la garganta de
cosquillas para que se carcajeara. Y reía, reía ensayando a dar pasos de
baile con las manos en las bolsas de la chaqueta cuta y cuando tomaba su
risa ahogo de queja y ya no era gusto sino sufrimiento, se doblaba por
la cintura para defender la boca del estómago. De pronto guardó
silencio. La carcajada se le endureció en la boca, como el yeso que
emplean los dentistas para tomar el molde de la dentadura. Había visto
al Pelele. Sus pasos patearon el silencio del Portal. La vieja fábrica
los fue multiplicando por dos, por ocho, por doce. El idiota se quejaba
quedito y recio como un perro herido. Un alarido desgarró la noche.
Vásquez, a quien el Pelele vio acercarse con la pistola en la mano, lo
arrastraba de la pierna quebrada hacia las gradas que caían a la esquina
del Palacio Arzobispal. Rodas asistía a la escena, sin movimiento, con
el resuello espeso, empapado en sudor. Al primer disparo el Pelele se
desplomó por la gradería de piedra. Otro disparo puso fin a la obra. Los
turcos se encogieron entre dos detonaciones. Y nadie vio nada, pero en
una de las ventanas del Palacio Arzobispal, los ojos de un santo
ayudaban a bien morir al infortunado y en el momento en que su cuerpo
rodaba por las gradas, su mano con esposa de amatista, le absolvía
abriéndole el Reino de Dios.
VIII
El titiritero del Portal
A las detonaciones y alaridos del Pelele, a la fuga de Vásquez y su
amigo, mal vestidas de luna corrían las calles por las calles sin saber
bien lo que había sucedido y los árboles de la plaza se tronaban los
dedos en la pena de no poder decir con el viento, por los hilos
telefónicos, lo que acababa de pasar. Las calles asomaban a las esquinas
preguntándose por el lugar del crimen y, como desorientadas, unas
corrían hacia los barrios céntricos y otras hacia los arrabales. ¡No, no
fue en el Callejón del Judío, zigzagueante y con olas, como trazado por
un borracho! ¡No en el Callejón de Escuintilla, antaño sellado por la
fama de cadetes que estrenaban sus espadas en carne de gendarmes
malandrines, remozando historias de mosqueteros y caballerías! ¡No en el
Callejón del Rey, el preferido de los jugadores, por donde reza que
ninguno pasa sin saludar al rey! ¡No en el Callejón de Santa Teresa, de
vecindario amargo y acentuado declive! ¡No en el Callejón del Consejo,
ni por la Pila de La Habana, ni por las Cinco Calles, ni por el
Martinico...!
Había sido en la Plaza Central, allí donde el agua seguía lava que lava
los mingitorios públicos con no sé qué de llanto, los centinelas golpea
que golpea las armas y la noche gira que gira en la bóveda helada del
cielo con la Catedral y el cielo.
Una confusa palpitación de sien herida por los disparos tenía el viento,
que no lograba arrancar a soplidos las ideas fijas de las hojas de la
cabeza de los árboles.
De repente abrióse una puerta en el Portal del Señor y como ratón asomó
el titiritero. Su mujer lo empujaba a la calle, con curiosidad de niña
de cincuenta años, para que viera y le dijera lo que sucedía. ¿Qué
sucedía? ¿Qué habían sido aquellas dos detonaciones tan seguiditas? Al
titiritero le resultaba poco gracioso asomarse a la puerta en paños
menores por las novelerías de doña Venjamón, como apodaban a su esposa,
sin duda porque él se llamaba Benjamín, y grosero cuando ésta en sus
embelequerías y ansia de saber si habían matado a algún turco empezó a
clavarle entre las costillas las diez espuelas de sus dedos para que
alargara el cuello lo más posible.
-¡Pero, mujer, si no veo nada! ¡Cómo querés que te diga! ¿Y qué son esas
exigencias?
-¿Qué decís?... ¿Fue por onde los turcos?
-Digo que no veo nada, que qué son esas exigencias...
-¡Hablá claro, por amor de Dios!
Cuando el titiritero se apeaba los dientes postizos, para hablar movía
la boca chupada como ventosa.
-¡Ah!, ya veo, esperá; ¡ya veo de qué se trata!
-¡Pero, Benjamín, no te entiendo nada! -y casi jirimiqueando-. ¿Querrés
entender que no te entiendo nada?
-¡Ya veo, ya veo!... ¡Allá, por la esquina del Palacio Arzobispal, se
está juntando gente!
-¡Hombre, quitá de la puerta, porque ni ves nada -sos un inútil- ni te
entiendo una palabra!
Don Benjamín dejó pasar a su esposa, que asomó desgreñada, con un seno
colgando sobre el camisón de indiana amarilla y el otro enredado en el
escapulario de la Virgen del Carmen.
-¡Allí... que llevan la camilla! -fue lo último que dijo don Benjamín.
-¡Ah, bueno, bueno, si fue allí no más!... ¡Pero no fue por onde los
turcos, como yo creía! ¡Cómo no me habías dicho, Benjamín, que fue allí
no más; pues con razón, pues, que se oyeron los tiros tan cerca!
-Como que vi, ve, que llevaban la camilla -repitió el titiritero. Su voz
parecía salir del fondo de la tierra, cuando hablaba detrás de su mujer.
-¿Que qué?
-¡Que yo como que vi, ve, que llevaban la camilla!
-¡Callá, no sé lo que estás diciendo, y mejor si te vas a poner los
dientes que sin ellos, como si me hablaras en inglés!
-¡Que yo como que ve...!
-¡No, ahora la traen!
-¡No, niña, ya estaba allí!
-¡Que ahora la traen, digo yo, y no soy choca!, ¿verdá?
-¡No sé, pero yo como que vi...!
-¿Que qué...? ¿La camilla? Entendé que no...
Don Benjamín no medía un metro; era delgadito y velludo como murciélago
y estaba aliviado si quería ver en lo que paraba aquel grupo de gentes y
gendarmes a espaldas de doña Venjamón, dama de puerta mayor, dos
asientos en el tranvía, uno para cada nalga, y ocho varas y tercia por
vestido.
-Pero sólo vos querés ver... -se atrevió don Benjamín con la esperanza
de salir de aquel eclipse total.
Al decir así, como si hubiera dicho ¡ábrete, perejil!, giró doña
Venjamón como una montaña, y se le vino encima.
-¡En prestá te cargo, chu-malía! -le gritó. Y alzándolo del suelo lo
sacó a la puerta como un niño en brazos.
El titiritero escupió verde, morado, anaranjado, de todos colores. A lo
lejos, mientras él pataleaba sobre el vientre o cofre de su esposa,
cuatro hombres borrachos cruzaban la plaza llevando en una camilla el
cuerpo del Pelele. Doña Venjamón se santiguó. Por él lloraban los
mingitorios públicos y el viento metía ruido de zopilotes en los árboles
del parque, descoloridos, color de guardapolvo.
-¡Chichigua te doy y no esclava, me debió decir el cura, ¡maldita sea tu
estampa!, el día que nos casamos! -refunfuñó el titiritero al poner los
pies en tierra firme.
Su cara mitad lo dejaba hablar, cara mitad inverosímil, pues si él
apenas llegaba a mitad de naranja mandarina, ella sobraba para toronja;
le dejaba hablar, parte porque no le entendía una palabra sin los
dientes y parte por no faltarse al respeto de obra.
Un cuarto de hora después, doña Venjamón roncaba como si su aparato
respiratorio luchase por no morir aplastado bajo aquel tonel de carne, y
él, con el hígado en los ojos, maldecía de su matrimonio.
Pero su teatro de títeres salió ganancioso de aquel lance singular. Los
muñecos se aventuraron por los terrenos de la tragedia, con el llanto
goteado de sus ojos de cartón piedra, mediante un sistema de tubitos que
alimentaban con una jeringa de lavativa metida en una palangana de agua.
Sus títeres sólo habían reído y si alguna vez lloraron fue con muecas
risueñas, sin la elocuencia del llanto, corriéndoles por las mejillas y
anegando el piso del tabladillo de las alegres farsas con verdaderos
ríos de lágrimas.
Don Benjamín creyó que los niños llorarían con aquellas comedias picadas
de un sentido de pena y su sorpresa no tuvo límites cuando los vio reír
con más ganas, a mandíbula batiente, con más alegría que antes. Los
niños reían de ver llorar... Los niños reían de ver pegar...
-¡Ilógico! ¡Ilógico! -concluía don Benjamín.
-¡Lógico! ¡Relógico! -le contradecía doña Venjamón.
-¡Ilógico! ¡Ilógico! ¡Ilógico!
-¡Relógico! ¡Relógico! ¡Relógico!
-¡No entremos en razones! -proponía don Benjamín.
-¡No entremos en razones! -aceptaba ella...
-Pero es ilógico...
-¡Relógico, vaya! ¡Relógico, recontralógico!
Cuando doña Venjamón la tenía con su marido iba agregando sílabas a las
palabras, como válvulas de escape para no estallar.
-¡Ilololológico! -gritaba el titiritero a punto de arrancarse los pelos
de la rabia...
-¡Relógico! ¡Relógico! ¡Recontralógico! ¡Requetecontrarrelógico!
Lo uno o lo otro, lo cierto es que en el teatrillo del titiritero del
Portal funcionó por mucho tiempo aquel chisme de lavativa que hacía
llorar a los muñecos para divertir a los niños.
IX
Ojo de vidrio
El pequeño comercio de la ciudad cerraba sus puertas en las primeras
horas de la noche, después de hacer cuentas, recibir el periódico y
despachar a los últimos clientes. Grupos de muchachos se divertían en
las esquinas con los ronrones que atraídos por la luz revoloteaban
alrededor de los focos eléctricos. Insecto cazado era sometido a una
serie de torturas que prolongaban los más belitres a falta de un piadoso
que le pusiera el pie para acabar de una vez. Se veía en las ventanas
parejas de novios entregados a la pena de sus amores, y patrullas
armadas de bayonetas y rondas armadas de palos que al paso del jefe,
hombre tras hombre, recorrían las calles tranquilas. Algunas noches, sin
embargo, cambiaba todo. Los pacíficos sacrificadores de ronrones jugaban
a la guerra organizándose para librar batallas cuya duración dependía de
los proyectiles, porque no se retiraban los combatientes mientras
quedaban piedras en la calle.
La madre de la novia, con su presencia, ponía fin a las escenas amorosas
haciendo correr al novio, sombrero en mano, como si se le hubiera
aparecido el Diablo. Y la patrulla, por cambiar de paso, la tomaba de
primas a primeras contra un paseante cualquiera, registrándole de pies a
cabeza y cargando con él a la cárcel, cuando no tenía armas, por
sospechoso, vago, conspirador, o, como decía el jefe, porque me cae
mal...
La impresión de los barrios pobres a estas horas de la noche era de
infinita soledad, de una miseria sucia con restos de abandono oriental,
sellada por el fatalismo religioso que le hacía voluntad de Dios. Los
desagües iban llevándose la luna a flor de tierra, y el agua de beber
contaba, en las alcantarillas, las horas sin fin de un pueblo que se
creía condenado a la esclavitud y al vicio.
En uno de estos barrios se despidieron Lucio Vásquez y su amigo.
-¡Adiós, Genaro!... -dijo aquél requiriéndole con los ojos para que
guardara el secreto-, me voy volando porque voy a ver si todavía es
tiempo de darle una manita al traído de la hija del general.
Genaro se detuvo un momento con el gesto indeciso del que se arrepiente
de decir algo al amigo que se va; luego acercóse a una casa -vivía en
una tienda- y llamó con el dedo.
-¿Quién? ¿Quién es? -reclamaron dentro.
-Yo... -respondió Genaro, inclinando la cabeza sobre la puerta, como el
que habla al oído de una persona bajita.
-¿Quién yo? -dijo al abrir una mujer.
En camisón y despeinada, su esposa, Fedina de Rodas, alzó el brazo
levantando la candela a la altura de la cabeza, para verle la cara.
Al entrar Genaro, bajó la candela, y dejó caer los aldabones con gran
estrépito y encaminóse a su cama, sin decir palabra. Frente al reloj
plantó la luz para que viera el resinvergüenza a qué horas llegaba. Éste
se detuvo a acariciar al gato que dormía sobre la tilichera, ensayando a
silbar un aire alegre.
-¿Qué hay de nuevo que tan contento? -gritó Fedina sobándose los pies
para meterse en la cama.
-¡Nada! -se apresuró a contestar Genaro, perdido como una sombra en la
oscuridad de la tienda, temeroso de que su mujer le conociera en la voz
la pena que traía.
-¡Cada vez más amigo de ese policía que habla como mujer!
-¡No! -cortó Genaro, pasando a la trastienda que les servía de
dormitorio con los ojos ocultos en el sombrero gacho.
-¡Mentiroso, aquí se acaban de despedir! ¡Ah!, yo sé lo que te digo;
nada buenos son esos hombres que hablan, como tu amigote, con vocecita
de gallo-gallina. Tus idas y venidas con ése es porque andarán viendo
cómo te hacés policía secreto. ¡Oficio de vagos, cómo no les da
vergüenza!
-¿Y esto? -preguntó Genaro, para dar otro rumbo a la conversación,
sacando un faldoncito de una caja.
Fedina tomó el faldón de las manos de su marido, como una bandera de
paz, y sentóse en la cama muy animada a contarle que era obsequio de la
hija del general Canales, a quien tenía hablada para madrina de su
primogénito. Rodas escondió la cara en la sombra que bañaba la cuna de
su hijo, y, de mal humor, sin oír lo que hablaba su mujer de los
preparativos del bautizo, interpuso la mano entre la candela y sus ojos
para apartar la luz, mas al instante la retiró sacudiéndola para
limpiarse el reflejo de sangre que le pegaba los dedos. El fantasma de
la muerte se alzaba de la cuna de su hijo, como de un ataúd. A los
muertos se les debía mecer como a los niños. Era un fantasma color de
clara de huevo, con nube en los ojos, sin pelo, sin cejas, sin dientes,
que se retorcía en espiral como los intestinos de los incensarios en el
Oficio de Difuntos. A lo lejos escuchaba Genaro la voz de su mujer.
Hablaba de su hijo, del bautizo, de la hija del general, de invitar a la
vecina de pegado a la casa, al vecino gordo de enfrente, a la vecina de
a la vuelta, al vecino de la esquina, al de la fonda, al de la
carnicería, al de la panadería.
-¡Qué alegres vamos a estar!...
Y cortando bruscamente:
-Genaro: ¿qué te pasa?
Éste saltó:
-¡A mí no me pasa nada!
El grito de su esposa bañó de puntitos negros el fantasma de la muerte,
puntitos que marcaron sobre la sombra de un rincón el esqueleto. Era un
esqueleto de mujer, pero de mujer no tenía sino los senos caídos,
fláccidos y velludos como ratas colgando sobre la trampa de las
costillas.
-Genaro: ¿qué te pasa?
-A mí no me pasa nada.
-Para eso, para volver como sonámbulo, con la cola entre las piernas, te
vas a la calle. ¡Diablo de hombre, que no puede estarse en su casa!
La voz de su esposa arropó el esqueleto.
-No, si a mí no me pasa nada.
Un ojo se le paseaba por los dedos de la mano derecha como una luz de
lamparita eléctrica. Del meñique al mediano, del mediano al anular, del
anular al índice, del índice al pulgar. Un ojo... Un solo ojo... Se le
tasajeaban las palpitaciones. Apretó la mano para destriparlo, duro,
hasta enterrarse las uñas en la carne. Pero imposible; al abrir la mano
reapareció en sus dedos, no más grande que el corazón de un pájaro y más
horroroso que el infierno. Una rociada de caldo de res hirviente le
empapaba las sienes. ¿Quién le miraba con el ojo que tenía en los dedos
y que saltaba, como la bolita de una ruleta, al compás de un doble de
difuntos?
Fedina le retiró del canasto donde dormía su hijo.
-Genaro: ¿qué te pasa?
-¡Nada!
Y... unos suspiros más tarde:
-¡Nada, es un ojo que me persigue, es un ojo que me persigue! Es que me
veo las manos... ¡No, no puede ser! Son mis ojos, es un ojo...
-¡Encomendate a Dios! -zanjó ella entre dientes, sin entender bien
aquellas jerigonzas.
-¡Un ojo..., sí, un ojo redondo, negro, pestañudo, como de vidrio!
-¡Lo que es, es que estás borracho!
-¡Cómo va a ser eso, si no he bebido nada!
-¡Nada, y se te siente la boca hedionda a trago!
En la mitad de la habitación que ocupaba el dormitorio -la otra mitad de
la pieza la ocupaba la tienda-, Rodas se sentía perdido en un
subterráneo, lejos de todo consuelo, entre murciélagos y arañas,
serpientes y cangrejos.
-¡Algo hiciste! -añadió Fedina, cortada la frase por un bostezo-; es el
ojo de Dios que te está mirando!
Genaro se plantó de un salto en la cama y con zapatos y todo, vestido,
se metió bajo las sábanas. Junto al cuerpo de su mujer, un bello cuerpo
de mujer joven, saltaba el ojo. Fedina apagó la luz, mas fue peor; el
ojo creció en la sombra con tanta rapidez, que en un segundo abarcó las
paredes, el piso, el techo, las casas, su vida, su hijo...
-No -repuso Genaro a una lejana afirmación de su mujer que, a sus gritos
de espanto, había vuelto a encender la luz y le enjugaba con un pañal el
sudor helado que le corría por la frente-, no es el ojo de Dios, es el
ojo del Diablo...
Fedina se santiguó. Genaro le dijo que volviera a apagar la luz. El ojo
se hizo un ocho al pasar de la claridad a la tiniebla, luego tronó,
parecía que se iba a estrellar con algo, y no tardó en estrellarse
contra unos pasos que resonaban en la calle...
-¡El Portal! ¡El Portal! -gritó Genaro-. ¡Sí! ¡Sí! ¡Luz! ¡Fósforos!
¡Luz! ¡Por vida tuya, por vida tuya!
Ella le pasó el brazo encima para alcanzar la caja de fósforos. A lo
lejos se oyeron las ruedas de un carruaje. Genaro, con los dedos metidos
en la boca, hablaba como si se estuviera ahogando: no quería quedarse
solo y llamaba a su mujer que, para calmarle, se había echado la enagua
e iba a salir a calentarle un trago de café.
A los gritos de su marido, Fedina volvió a la cama presa de miedo.
"¿Estará engasado o... qué?", se decía, siguiendo con sus hermosas
pupilas negras las palpitaciones de la llama. Pensaba en los gusanos que
le sacaron del estómago a la Niña Enriqueta, la del Mesón del Teatro; en
el paxte que en lugar de sesos le encontraron a un indio en el hospital;
en el Cadejo que no dejaba dormir. Como la gallina que abre las alas y
llama a los polluelos en viendo pasar al gavilán, se levantó a poner
sobre el pechito de su recién nacido una medalla de San Blas, rezando el
Trisagio en alta voz.
Pero el Trisagio sacudió a Genaro como si le estuvieran pegando. Con los
ojos cerrados tiróse de la cama para alcanzar a su mujer, que estaba a
unos pasos de la cuna, y de rodillas, abrazándola por las piernas, le
contó lo que había visto.
-Sobre las gradas, sí, para abajo, rodó chorreando sangre al primer
disparo, y no cerró los ojos. Las piernas abiertas, la mirada inmóvil...
¡Una mirada fría, pegajosa, no sé...! ¡Una pupila que como un relámpago
lo abarcó todo y se fijó en nosotros! ¡Un ojo pestañudo que no se me
quita de aquí, de aquí de los dedos, de aquí, Dios mío, de aquí!...
Le hizo callar un sollozo del crío. Ella levantó del canasto al niño
envuelto en sus ropillas de franela y fe dio el pecho, sin poder
alejarse del marido que le infundía asco y que arrodillado se apretaba a
sus piernas, gemebundo.
-Lo más grave es que Lucio...
-¿Ése que habla como mujer se llama Lucio?
-Sí, Lucio Vásquez...
-¿Es al que le dicen "Terciopelo"?
-Sí.
-¿Y a santo de qué lo mató?
-Estaba mandado, tenía rabia. Pero no es eso lo más grave; lo más grave
es que Lucio me contó que hay orden de captura contra el general
Canales, y que un tipo que él conoce se va a robar a la señorita su hija
hoy en la noche.
-¿A la señorita Camila? ¿A mi comadre?
-Sí.
Al oír lo que no era creíble, Fedina lloró con la facilidad y abundancia
con que lloran las gentes del pueblo por las desgracias ajenas. Sobre la
cabecita de su hijo que arrullaba caía el agua de sus lágrimas,
calentita como el agua que las abuelas llevan a la iglesia para agregar
al agua fría y bendita de la pila bautismal. La criatura se adormeció.
Había pasado la noche y estaban bajo una especie de ensalmo, cuando la
aurora pintó bajo la puerta su renglón de oro y se quebraron en el
silencio de la tienda los toquidos de la acarreadora del pan.
-¡Pan! ¡Pan! ¡Pan!
X
Príncipes de la milicia
El general Eusebio Canales, alias Chamarrita, abandonó la casa de Cara
de Ángel con porte marcial, como si fuera a ponerse al frente de un
ejército, pero al cerrar la puerta y quedar solo en la calle, su paso de
parada militar se licuó en carrerita de indio que va al mercado a vender
una gallina. El afanoso trotar de los espías le iba pisando los
calcañales. Le producía basca el dolor de una hernia inguinal que se
apretaba con los dedos. En la respiración se le escapaban restos de
palabras, de quejas despedazadas y el sabor del corazón que salta, que
se encoge, faltando por momentos, a tal punto que hay que apretarse la
mano al pecho, enajenados los ojos, suspenso el pensamiento, y agarrarse
a él a pesar de las costillas, como a un miembro entablillado, para que
dé de sí. Menos mal. Acababa de cruzar la esquina que ha un minuto viera
tan lejos. Y ahora a la que sigue, sólo que ésta... ¡qué distante a
través de su fatiga!... Escupió. Por poco se le van los pies. Una
cáscara. En el confín de la calle resbalaba un carruaje. Él era el que
iba a resbalar. Pero él vio que el carruaje, las casas, las luces...
Apretó el paso. No le quedaba más. Menos mal. Acababa de doblar la
esquina que minutos ha viera tan distante. Y ahora a la otra, sólo que
ésta... ¡qué remota a través de su fatiga!... Se mordió los dientes para
poder contra las rodillas. Ya casi no daba paso. Las rodillas tiesas y
una comezón fatídica en el cóccix y más atrás de la lengua. Las
rodillas. Tendría que arrastrarse, seguir a su casa por el suelo
ayudándose de las manos, de los codos, de todo lo que en él pugnaba por
escapar de la muerte. Acortó la marcha. Seguían las esquinas
desamparadas. Es más, parecía que se multiplicaban en la noche sin sueño
como puertas de mamparas transparentes. Se estaba poniendo en ridículo
ante él y ante los demás, todos los que le veían y no le veían,
contrasentido con que se explicaba su posición de hombre público,
siempre, aun en la soledad nocturna, bajo la mirada de sus
conciudadanos. "¡Suceda lo que suceda -articuló-, mi deber es quedarme
en casa, y a mayor gloria si es cierto lo que acaba de afirmarme este
zángano de Cara de Ángel!"
Y más adelante:
"¡Escapar es decir yo soy culpable!" El eco retecleaba sus pasos.
"¡Escapar es decir que soy culpable, es...! ¡Pero no hacerlo!..." El eco
retecleaba sus pasos... "¡Es decir yo soy culpable!... ¡Pero no
hacerlo!" El eco retecleaba sus pasos...
Se llevó la mano al pecho para arrancarse la cataplasma de miedo que le
había pegado el favorito... Le faltaban sus medallas militares...
"Escapar era decir soy culpable, pero no hacerlo..." El dedo de Cara de
Ángel le señalaba el camino del destierro como única salvación
posible... "¡Hay que salvar el pellejo, general! ¡Todavía es tiempo!" Y
todo lo que él era, y todo lo que él valía, y todo lo que él amaba con
ternura de niño, patria, familia, recuerdos, tradiciones, y Camila, su
hija..., todo giraba alrededor de aquel índice fatal, como si al
fragmentarse sus ideas el universo entero se hubiera fragmentado.
Pero de aquella visión de vértigo, pasos adelante no quedaba más que una
confusa lágrima en sus ojos...
"¡Los generales son los príncipes de la milicia!", dije en un
discurso... "¡Qué imbécil! ¡Cuánto me ha costado la frasecita! ¿Por qué
no dije mejor que éramos los príncipes de la estulticia? El Presidente
no me perdonará nunca eso de los príncipes de la milicia, y como ya me
tenía en la nuca, ahora sale de mí achacándome la muerte de un coronel
que dispensó siempre a mis canas cariñoso respeto."
Delgada e hiriente apuntó una sonrisa bajo su bigote cano. En el fondo
de sí mismo se iba abriendo campo otro general Canales, un general
Canales que avanzaba a paso de tortuga, a la rastra los pies como
cucurucho después de la procesión, sin hablar, oscuro, triste, oloroso a
pólvora de cohete quemado. El verdadero Chamarrita, el Canales que había
salido de casa de Cara de Ángel arrogante, en el apogeo de su carrera
militar, dando espaldas de titán a un fondo de gloriosas batallas
librada por Alejandro, Julio César, Napoleón y Bolívar, veíase
sustituido de improviso por una caricatura de general, por un general
Canales que avanzaba sin entorchados ni plumajerías, sin franjas
rutilantes, sin botas, sin espuelas de oro. Al lado de este intruso
vestido de color sanate, peludo, deshinchado, junto a este entierro de
pobre, el otro, el auténtico, el verdadero Chamarrita parecía, sin
jactancia de su parte, entierro de primera por sus cordones, flecos,
laureles, plumajes y saludos solemnes. El descharchado general Canales
avanzaba a la hora de una derrota que no conocería la historia,
adelantándose al verdadero, al que se iba quedando atrás como fantoche
en un baño de oro y azul, el tricornio sobre los ojos, la espada rota,
los puños de fuera y en el pecho enmohecidas cruces y medallas.
Sin aflojar el paso, Canales apartó los ojos de su fotografía de gala
sintiéndose moralmente vencido. Le acongojaba verse en el destierro con
un pantalón de portero y una americana, larga o corta, estrecha u
holgada, jamás a su medida. Iba sobre las ruinas de él mismo pisoteando
a lo largo de las calles sus galones...
"¡Pero si soy inocente!" Y se repitió con la voz más persuasiva de su
corazón: "¡Pero si soy inocente! ¿Por qué temer...?"
"¡Por eso! -le respondía su conciencia con la lengua de Cara de Ángel-,
¡por eso!... Otro gallo le cantaría si usted fuera culpable. El crimen
es preciso porque garantiza al gobierno la adhesión del ciudadano. ¿La
patria? ¡Sálvese, general, yo sé lo que le digo: qué patria ni qué india
envuelta! ¿Las leyes? ¡Buenas son tortas! ¡Sálvese, general, porque le
espera la muerte!"
"¡Pero si soy inocente!"
"¡No se pregunte, general, si es culpable o inocente: pregúntese si
cuenta o no con el favor del amo, que un inocente a mal con el gobierno,
es peor que si fuera culpable!"
Apartó los oídos de la voz de Cara de Ángel mascullando palabras de
venganza, ahogado en las palpitaciones de su propio corazón. Más
adelante pensó en su hija. Le estaría esperando con el alma en un hilo.
Sonó el reloj de la torre de la Merced. El cielo estaba limpio,
tachonado de estrellas, sin una nube. Al asomar a la esquina de su casa
vio las ventanas iluminadas. Sus reflejos, que se regaban hasta media
calle, eran un ansia...
"Dejaré a Camila en casa de Juan, mi hermano, mientras puedo mandar por
ella. Cara de Ángel me ofreció llevarla esta misma noche o mañana por la
mañana."
No tuvo necesidad del llavín que ya traía en la mano, pues apenas llegó
se abrió la puerta.
-¡Papaíto!
-¡Calla! ¡Ven..., te explicaré!... Hay que ganar tiempo... Te
explicaré... Que mi asistente prepare una bestia en la cochera..., el
dinero..., un revólver... Después mandaré por mi ropa... No hace falta
sino lo más necesario en una valija. ¡No sé lo que te digo ni tú me
entiendes! Ordena que ensillen mi mula baya y tú prepara mis cosas,
mientras que yo voy a mudarme y a escribir una carta para mis hermanos.
Te vas a quedar con Juan unos días.
Sorprendida por un loco no se habría asustado la hija de Canales como se
asustó al ver entrar a su papá, hombre de suyo sereno, en aquel estado
de nervios. Le faltaba la voz. Le temblaba el color. Nunca lo había
visto así. Urgida por la prisa, quebrada por la pena, sin oír bien ni
poder decir otra cosa que "¡ay, Dios mío!", "¡ay, Dios mío!", corrió a
despertar al asistente para que ensillara la cabalgadura, una magnífica
mula de ojos que parecían chispas, y volvió a cómo poner la valija, ya
no decía componer (... toallas, calcetines, panes..., sí, con
mantequilla, pero se olvidaba la sal...), después de pasar a la cocina
despertando a su nana, cuyo primer sueño lo descabezaba siempre sentada
en la carbonera, al lado del poyo caliente, junto al fuego, ahora en la
ceniza, y el gato que de cuando en cuando movía las orejas, como para
espantarse los ruidos.
El general escribía a vuelapluma al pasar la sirvienta por la sala,
cerrando las ventanas a piedra y lodo.
El silencio se apoderaba de la casa, pero no el silencio de papel de
seda de las noches dulces y tranquilas, ese silencio con carbón nocturno
que saca las copias de los sueños dichosos, más leve que el pensamiento
de las flores, menos talco que el agua... El silencio que ahora se
apoderaba de la casa y que turbaban las toses del general, las carreras
de su hija, los sollozos de la sirvienta y un acoquinado abrir y cerrar
de armarios, cómodas y alacenas, era un silencio acartonado,
amordazante, molesto como ropa extraña.
Un hombre menudito, de cara argeñada y cuerpo de bailarín, escribe sin
levantar la pluma ni hacer ruido -parece tejer una telaraña:
"Excelentísimo Señor Presidente
Constitucional de la República,
Presente.
Excelentísimo Señor:
"Conforme instrucciones recibidas, síguese minuciosamente al general
Eusebio Canales. A última hora tengo el honor de informar al Señor
Presidente que se le vio en casa de uno de los amigos de Su Excelencia,
del señor don Miguel Cara de Ángel. Allí, la cocinera que espía al amo y
a la de adentro, y la de adentro que espía al amo y a la cocinera, me
informan en este momento que Cara de Ángel se encerró en su habitación
con el general Canales aproximadamente tres cuartos de hora. Agregan que
el general se marchó agitadísimo. Conforme instrucciones se ha redoblado
la vigilancia de la casa de Canales, reiterándose las órdenes de muerte
al menor intento de fuga.
"La de adentro -y esto no lo sabe la cocinera- completa el parte. El amo
le dejó entender -me informa por teléfono- que Canales había venido a
ofrecerle a su hija a cambio de una eficaz intervención en su favor
cerca del Presidente.
"La cocinera -y esto no lo sabe la de adentro- es al respecto más
explícita: dice que cuando se marchó el general, el amo estaba muy
contento y que le encargó que en cuanto abrieran los almacenes se
aprovisionara de conservas, licores, galletas, bombones, pues iba a
venir a vivir con él una señorita de buena familia.
"Es cuanto tengo el honor de informar al Señor Presidente de la
República..."
Escribió la fecha, firmó -rúbrica garabatosa en forma de rehilete- y,
como salvando una fuga de memoria, antes de soltar la pluma, que ya le
precisaba porque quería escarbarse las narices agregó:
"Otrosí. -Adicionales al parte rendido esta mañana: Doctor Luis Barreño:
Visitaron su clínica esta tarde tres personas, de las cuales dos eran
menesterosos; por la noche salió a pasear al parque con su esposa.
Licenciado Abel Carvajal: Por la tarde estuvo en el Banco Americano, en
una farmacia de frente a Capuchinas y en el Club Alemán; aquí conversó
largo rato con Mr. Romsth, a quien la policía sigue por separado, y
volvió a su casa-habitación a las siete y media de la noche. No se le
vio salir después y, conforme instrucciones, se ha redoblado la
vigilancia alrededor de la casa. -Firma al calce. Fecha ut supra. Vale."
XI
El rapto
Al despedirse de Rodas se disparó Lucio Vásquez -que pies le faltaban-
hacia donde la Masacuata, a ver si aún era tiempo de echar una manita en
el rapto de la niña, y pasó que se hacía pedazos por la Pila de la
Merced, sitio de espantos y sucedidos en el decir popular, y mentidero
de mujeres que hilvanaban la aguja de la chismografía en el hilo de agua
sucia que caía al cántaro.
¡Pipiarse a una gente, pensaba el victimario del Pelele sin aflojar el
paso, qué de a rechipuste! Y ya que Dios quiso que me desocupara
tempranito en el Portal, puedo darme este placer. ¡María Santísima, si
uno se pone que no cabe del gusto cuando se pepena algo o se roba una
gallina, que será cuando se birla a una hembra!
La fonda de la Masacuata asomó por fin, pero las aguas se le juntaron al
ver el reloj de la Merced... Casi era la hora... o no vio bien. Saludó a
algunos de los policías que guardaban la casa de Canales y de un solo
paso, ese último paso que se va de los pies como conejo, clavóse en la
puerta del fondín.
La Masacuata, que se había recostado en espera de las dos de la mañana
con los nervios de punta, estrujábase pierna contra pierna, magullábase
los brazos en posturas incómodas, espolvoreaba brazas por los poros,
enterraba y desenterraba la cabeza de la almohada sin poder cerrar los
ojos.
Al toquido de Vásquez saltó de la cama a la puerta sofocada, con el
resuello grueso como cepillo de lavar caballos.
-¿Quién es?
-¡Yo, Vásquez, abrí!
-¡No te esperaba!
-¿Qué hora es? -preguntó aquél al entrar.
-¡La una y cuarto! -repuso la fondera en el acto, sin ver el reloj, con
la certeza de la que en espera de las dos de la mañana contaba los
minutos, los cinco minutos, los diez minutos, los cuartos, los veinte
minutos...
-¿Y cómo es que yo vi en el reloj de la Merced las dos menos un cuarto?
-¡No me digás! ¡Ya se les adelantaría otra vez el reloj a los curas! -Y
decime, ¿no ha regresado el del billete?
-No.
Vásquez abrazó a la fondera dispuesto de antemano a que le pagara su
gesto de ternura con un golpe. Pero no hubo tal; la Masacuata, hecha una
mansa paloma, se dejó abrazar y al unir sus bocas, sellaron el convenio
dulce y amoroso de llegar a todo aquella noche. La única luz que
alumbraba la estancia ardía delante de una imagen de la Virgen de
Chiquinquirá. Cerca veíase un ramo de rosas de papel. Vásquez sopló la
llama de la candela y le echó la zancadilla a la fondera. La imagen de
la Virgen se borró en la sombra y por el suelo rodaron dos cuerpos
hechos una trenza de ajos.
Cara de Ángel asomó por el teatro a toda prisa, acompañado de un grupo
de facinerosos.
-Una vez la muchacha en mi poder -les venía diciendo-, ustedes pueden
saquear la casa. Les prometo que no saldrán con las manos vacías. Pero
¡eso sí!, mucho ojo ahora y mucho cuidado después con soltar la lengua,
que si me han de hacer mal el favor, mejor no me lo hacen.
Al volver una esquina les detuvo una patrulla. El favorito se entendió
con el jefe, mientras los soldados los rodeaban.
-Vamos a dar una serenata, teniente...
-¿Y por ónde, si me hace el favor, por ónde...? -dijo aquél dando dos
golpecitos con la espada en el suelo.
-Aquí, por el Callejón de Jesús...
-Y la marimba no la traen, ni las charangas... ¡Chasgracias si va a ser
serenata a lo mudo!
Disimuladamente alargó Cara de Ángel al oficial un billete de cien
pesos, que en el acto puso fin a la dificultad.
La mole del templo de la Merced asomó al extremo de la calle. Un templo
en forma de tortuga, con dos ojitos o ventanas en la cúpula. El favorito
mandó que no se llegara en grupo adonde la Masacuata.
-¡Fonda El Tus-Tep, acuérdense! -les dijo en alta voz cuando se iban
separando-. ¡El Tus-Tep! ¡Cuidado, muchá, quién se mete en otra parte!
El Tus-Tep, en la vecindad de una colchonería.
Los pasos de los que formaban el grupo se fueron apagando por rumbos
opuestos. El plan de la fuga era el siguiente: al dar el reloj de la
Merced las dos de la mañana, subirían a casa del general Canales uno o
más hombres mandados por Cara de Ángel, y tan pronto como éstos
empezaran a andar por el tejado, la hija del general saldría a una de
las ventanas del frente de la casa a pedir auxilio contra ladrones a
grandes voces, a fin de atraer hacia allí a los gendarmes que vigilaban
la manzana, y de ese modo, aprovechando la confusión, permitir a Canales
la salida por la puerta de la cochera.
Un tonto, un loco y un niño no habrían concertado tan absurdo plan.
Aquello no tenía pies ni cabeza, y si el general y el favorito, a pesar
de entenderlo así, lo encontraron aceptable, fue porque uno y otro lo
juzgó para sus adentros trampa de doble fondo. Para Canales la
protección del favorito le aseguraba la fuga mejor que cualquier plan, y
para Cara de Ángel el buen éxito no dependía de lo acordado entre ellos,
sino del Señor Presidente, a quien comunicó por teléfono, en marchándose
el general de su casa, la hora y los pormenores de la estratagema.
Las noches de abril son en el trópico las viudas de los días cálidos de
marzo, oscuras, frías, despeinadas, tristes. Cara de Ángel asomó a la
esquina del fondín y esquina de la casa de Canales contando las sombras
color de aguacate de los policías de línea repartidos aquí y allá, le
dio la vuelta a la manzana paso a paso y de regreso colóse en la
puertecita de madriguera de El Tus-Tep con el cuerpo cortado: había un
gendarme uniformado por puerta en todas las casas vecinas y no se
contaba el número de agentes de la policía secreta que se paseaban por
las aceras intranquilos. Su impresión fue fatal. "Estoy cooperando a un
crimen -se dijo-; a este hombre lo van a asesinar al salir de su casa."
Y en este supuesto, que a medida que le daba vueltas en la cabeza se le
hacía más negro, alzarse con la hija de aquel moribundo le pareció
odioso, repugnante, tanto como amable y simpático y grato de añadidura a
su posible fuga. A un hombre sin entrañas como él, no era la bondad lo
que le llevaba a sentirse a disgusto en presencia de una emboscada,
tendida en pleno corazón de la ciudad contra un ciudadano que, confiado
e indefenso, escaparía de su casa sintiéndose protegido por la sombra de
un amigo del Señor Presidente, protección que a la postre no pasaba de
ser un ardid de refinada crueldad para amargar con el desengaño los
últimos y atroces momentos de la víctima al verse burlada, cogida,
traicionada, y un medio ingenioso para dar al crimen cariz legal,
explicado como extremo recurso de la autoridad, a fin de evitar la fuga
de un presunto reo de asesinato que iba a ser capturado el día
siguiente. Muy otro era el sentimiento que llevaba a Cara de Ángel a
desaprobar en silencio, mordiéndose los labios, una tan ruin y diabólica
maquinación. De buena fe se llegó a consentir protector del general y
por lo mismo con cierto derecho sobre su hija, derecho que sentía
sacrificado al verse, después de todo, en su papel de siempre, de
instrumento ciego, en su puesto de esbirro, en su sitio de verdugo. Un
viento extraño corría por la planicie de su silencio. Una vegetación
salvaje alzábase con sed de sus pestañas, con esa sed de los cactus
espinosos, con esa sed de los árboles que no mitiga el agua del cielo.
¿Por qué será así el deseo? ¿Por qué los árboles bajo la lluvia tienen
sed?
Relampagueó en su frente la idea de volver atrás, llamar a casa de
Canales, prevenirle... (Entrevió a su hija que le sonreía agradecida.)
Pero pasaba ya la puerta del fondín y Vásquez y sus hombres le
reanimaron, aquél con su palabra y éstos con su presencia.
-Rempuje no más, que de mi parte queda lo que ordene. Sí, usté, estoy
dispuesto a ayudarlo en todo, ¿oye?, y soy de los que no se rajan y
tienen siete vidas, hijo de moro valiente.
Vásquez se esforzaba por ahuecar la voz de mujer para dar reciedumbre a
sus entonaciones.
-Si usté no me hubiera traído la buena suerte -agregó en voz baja-, de
fijo que no le hablaría como le estoy hablando. No, usté, créame que no.
¡Usté me enderezó el amor con la Masacuata, que ahora sí que se portó
conmigo como la gente!
-¡Qué gusto encontrármelo aquí, y tan decidido; así me cuadran los
hombres! -exclamó Cara de Ángel, estrechando la mano del victimario del
Pelele con efusión-. ¡Me devuelven sus palabras, amigo Vásquez, el ánimo
que me robaron los policías; hay uno por cada puerta!
-¡Venga a meterse un puyón para que se le vaya el miedo!
-¡Y conste que no es por mí, que, por mí, sé decirle que no es la
primera vez que me veo en trapos de cucaracha; es por ella, porque, como
usted comprende, no me gustaría que al sacarla de su casa nos echaran el
guante y fuéramos presos!
-Pero vea usté, ¿quién se los va a cargar, si no quedará un policía en
la calle ni para remedio cuando vean que en la casa hay sagueyo? No,
usté, ni para remedio, y podría apostar mi cabeza. Se lo aseguro, usté.
En cuanto vean donde afilar las de gato, todos se meterán a ver qué
sacan, sin jerónimo de duda.
-¿Y no sería prudente que usted saliera a hablar con ellos, ya que tuvo
la bondad de venir, y como saben que usted es incapaz...?
-¡Cháchara, nada de decirles nada; cuando ellos vean la puerta de par en
par vana pensar: "por aquí, que no peco"... y hasta con dulce, usté!
¡Más cuando me vuelen ojo a mí, que tengo fama desde que nos metimos,
con Antonio Libélula, a la casa de aquel curita que se puso tan afligido
al vernos caer del tabanco en su cuarto y encender la luz, que nos tiró
las llaves del armario donde estaba la mashushaca, envueltas en un
pañuelo para que no sonaran al caer, y se hizo el dormido! Sí, usté, esa
vez sí que salí yo franco. Y más que los muchachos están decididos
-acabó Vásquez refiriéndose al grupo de hombres de mala traza, callados
y pulgosos, que apuraban copa tras copa de aguardiente, arrojándose el
líquido de una vez hasta el garguero y escupiendo amargo al despegarse
el cristal de los labios-... ¡Sí, usté, están decididos!...
Cara de Ángel levantó la copa invitando a beber a Vásquez a la salud del
amor. La Masacuata agregóse con una copa de anisado. Y bebieron los
tres.
En la penumbra -por precaución no se encendió la luz eléctrica y seguía
como única luz en la estancia la candela ofrecida a la Virgen de
Chinquiquirá- proyectaban los cuerpos de los descamisados sombras
fantásticas, alargadas como gacelas en los muros de color de pasto seco,
y las botellas parecían llamitas de colores en los estantes. Todos
seguían la marcha del reloj. Los escupitajos golpeaban el piso como
balazos. Cara de Ángel, lejos del grupo, esperaba recostado de espaldas
a la pared, muy cerca de la imagen de la Virgen. Sus grandes ojos negros
seguían de mueble en mueble el pensamiento que con insistencia de mosca
le asaltaba en los instantes decisivos: tener mujer e hijos. Sonrió para
su saliva recordando la anécdota de aquel reo político condenado a
muerte que, doce horas antes de la ejecución, recibe la visita del
Auditor de Guerra, enviado de lo alto para que pida una gracia, incluso
la vida, con tal que se reporte en su manera de hablar. "Pues la gracia
que pido es dejar un hijo", responde el reo a quemarropa. "Concedida",
le dice el Auditor y, tentándoselas de vivo, hace venir una mujer
pública. El condenado, sin tocar a la mujer, la despide y al volver
aquél le suelta: "¡Para hijos de puta basta con los que hay!..."
Otra sonrisilla cosquilleó en las comisuras de sus labios mientras se
decía: "¡Fui director del instituto, director de un diario, diplomático,
diputado, alcalde, y ahora, como si nada, jefe de una cuadrilla de
malhechores!... ¡Caramba, lo que es la vida! That is the life in the
tropic!"
Dos campanadas se arrancaron de las piedras de la Merced.
-¡Todo el mundo a la calle! -gritó Cara de Ángel, y sacando el revólver
dijo a la Masacuata antes de salir-: ¡Ya regreso con mi tesoro!
-¡Manos a la obra! -ordenó Vásquez, trepando como lagartija por una
ventana a la casa del general, seguido de dos de la pandilla-. ¡Y...
cuidado quién se raja!
En la casa del general aún resonaban las dos campanadas del reloj.
-¿Vienes, Camila?
-¡Sí, papaíto!
Canales vestía pantalón de montar y casaca azul. Sobre su casaca limpia
de entorchados se destacaba, sin mancha, su cabeza cana. Camila llegó a
sus brazos desfallecida, sin una lágrima, sin una palabra. El alma no
comprende de felicidad ni la desgracia sin deletrearlas antes. Hay que
morder y morder el pañuelo salóbrego de llanto, rasgarlo, hacerle
dientes con los dientes. Para Camila todo aquello era un juego o una
pesadilla; verdad, no, verdad no podía ser; algo que estuviera pasando,
pasándole a ella, pasándole a su papá, no podía ser. El general Canales
la envolvió en sus brazos para decirle adiós.
-Así abracé a tu madre cuando salí a la última guerra en defensa de la
patria. La pobrecita se quedó con la idea de que yo no regresaría y fue
ella la que no me esperó.
Al oír que andaban en la azotea, el viejo militar arrancó a Camila de
sus brazos y atravesó el patio, por entre arriates y macetas con flores,
hacia la puerta de la cochera. El perfume de cada azalea, de cada
geranio, de cada rosal, le decía adiós. Le decía adiós el búcaro
rezongón, la claridad de las habitaciones. La casa se apagó de una vez,
como cortada a tajo del resto de las casas. Huir no era digno de un
soldado... Pero la idea de volver a su país al frente de una revolución
libertadora...
Camila, de acuerdo con el plan, salió a la ventana a pedir auxilio:
-¡Se están entrando los ladrones! ¡Se están entrando los ladrones! Antes
de que su voz se perdiera en la noche inmensa acudieron los primeros
gendarmes, los que cuidaban el frente de la casa, soplando los largos
dedos huecos de los silbatos. Sonido destemplado de metal y madera. La
puerta de la calle se franqueó en seguida. Otros agentes vestidos de
paisanos asomaron a las esquinas, sin saber de qué se trataba, mas por
aquello de las dudas, con el "Señor de la Agonía" bien afilado en la
mano, el sombrero sobre la frente y el cuello de la chaqueta levantado
sobre el pescuezo. La puerta de par en par se los tragaba a todos. Río
revuelto. En las casas hay tanta cosa indispuesta con su dueño...
Vásquez cortó los alambres de la luz eléctrica al subir al techo, y
corredores y habitaciones eran una sola sombra dura. Algunos encendían
fósforos para dar con los armarios, los aparadores, las cómodas. Y sin
hacer más ni más las registraban de arriba abajo, después de hacer
saltar las chapas a golpe vivo, romper los cristales a cañonazos de
revólver o convertir en astillas las maderas finas. Otros, perdidos en
la sala, derribaban las sillas, las mesas, las esquineras con retratos,
barajas trágicas en la tiniebla, o manoteaban un piano de media cola que
había quedado abierto y que se dolía como bestia maltratada cada vez que
lo golpeaban.
A lo lejos se oyó una risa de tenedores, cucharas y cuchillos regados en
el piso y en seguida un grito que machacaron de un golpe. La Chabelona
ocultaba a Camila en el comedor, entre la pared y uno de los aparadores.
El favorito la hizo rodar de un empellón. La vieja se llevó en las
trenzas enredado el agarrador de la gaveta de los cubiertos, que se
esparcieron por el suelo. Vásquez la calló de un barretazo. Pegó al
bulto. No se veían ni las manos.
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