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INTRODUCCION
- Roberto
Godofredo Cristophersen Arlt (1900-1942) nació en Buenos Aires el 26 de abril de 1900,
hijo de Karl Arlt, prusiano de Posen (hoy Poznan, en Polonia), y de
Ekatherine Iobstraibitzer, natural de Trieste y de lengua italiana. El
carácter de su padre, un soplador de vidrio también capaz de confeccionar
tarjetas postales art nouveau, no facilitó su inserción en el hogar de la
familia, que abandonó en 1916. Aunque hasta esa fecha había asistido a
varias escuelas, aprendió sobre todo en las calles del barrio porteño de
Flores, donde transcurrió buena parte de su infancia y adolescencia. La
necesidad lo haría pintor de brocha gorda, ayudante en una librería,
aprendiz de hojalatero, peón en una fábrica de ladrillos y estudiante
fracasado de la Escuela de Mecánica de la Armada, por recordar algunas de
las ocupaciones que llenaron sus días. Un matasellos y una máquina de
prensar ladrillos le dieron las primeras y tempranas ocasiones de comprobar
la escasa atención que iba a merecer su persistente carrera de inventor,
pasión que había de encontrar un eco notable en su obra literaria.
En 1916 inició su trabajo de periodista, tarea con la que intentaría
resolver sus problemas económicos y que le permitió relacionarse con los
círculos literarios porteños. En esa fecha dio a conocer su primer cuento,
«Jehová», con el que comenzó una carrera de escritor que se consolidaría
desde que en 1926 dio a conocer El juguete rabioso, novela sobre un
adolescente que se inicia como delincuente y termina como traidor a los
suyos. En un tiempo de aparente prosperidad para el país, esa obra parecía
hablar de la crisis de los proyectos modernizadores del siglo XIX, que
habían convertido a Buenos Aires en una babélica ciudad de inmigrantes,
moradores de inquilinatos y conventillos cuya única realidad era la de las
calles en que se desenvolvía su lucha por la vida. Eran la cara oculta de
una Argentina agitada por conflictos ideológicos y de clase, amenazada por
una crisis económica inminente, observada por los militares que dominarían
la escena política a partir de 1930. La excepcional lucidez de Arlt haría de
esta primera obra, interpretable como la voz de los postergados por el
sistema social vigente, el punto de partida de la novela argentina
contemporánea.
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La valoración de esas aportaciones se vio afectada durante mucho tiempo por
las polémicas que agitaron la vanguardia porteña de los años veinte. Su
capítulo más recordado es el de las diferencias reales o aparentes que
enfrentaron a los grupos de Florida y Boedo. Aunque mantuvo relaciones con
los escritores adscritos al primero (por algún tiempo fue secretario de
Ricardo Güiraldes, a quien dedicó El juguete rabioso, y colaboró en la
revista Proa), Arlt no dejó de sufrir el desdén de los martinfierristas,
representantes de un arte minoritario y europeizado, jóvenes cultos que
parecían detentar los derechos a la tradición literaria y a la renovación.
Ese rechazo lo llevaría a ocultar sus lecturas y alardear de sus
deficiencias de estilo, despreciando a quienes escribían bien y eran
exclusivamente leídos por correctos miembros de su propia familia. En esa
tesitura, inevitablemente había de ser relacionado con el otro bando: con
quienes desde el barrio popular de Boedo defendían un arte comprometido con
los problemas del hombre, preferían el cuento y la novela a la poesía, y
veían en la literatura una posibilidad de contribuir a la transformación de
la sociedad.
Pero tampoco era ése su lugar. Las empresas colectivas no parecían
interesarle, ni siquiera cuando iban encaminadas a mejorar las condiciones
de vida de los desheredados. Las razones de su acusado individualismo pueden
encontrarse en sus experiencias personales, que determinaron en alguna
medida la visión negativa de la institución familiar y de la mujer que
ofrecen sus personajes, su temor de la miseria, la fascinación ante quienes
mostraran poseer la fortaleza necesaria para sobrevivir solos en un medio
social hostil. El juguete rabioso se alimentaba en buena medida de ese
material autobiográfico, y descubría vidas difíciles en un Buenos Aires
hasta entonces prácticamente ignorado. Las novelas Los siete locos (1929) y
Los lanzallamas (1931) ampliaron después esa indagación con un tratamiento
alegórico que la convertía en una reflexión sobre la sociedad argentina e
incluso sobre la condición humana. Los apodos simbólicos de algunos miembros
de una sociedad secreta, financiada mediante la explotación de los
prostíbulos y destinada a provocar una conflagración universal, son el
indicio más evidente de la condición expresionista de esos relatos, que
convierten la realidad en una fantasmagoría donde se dibujan con nitidez los
perfiles de un mundo que se desmorona. La voz burlona o cínica del narrador
se encarga de parodiar ese drama hasta convertirlo en una mascarada, desde
la perspectiva de quien conoce la falsedad de los valores, la inutilidad de
los esfuerzos, lo insensato de las ilusiones, el fracaso inevitable de los
proyectos y lo terrible del fin. De paso, es posible percibir las
consecuencias de una modernidad tecnológica tan fascinante como amenazadora,
de unas prácticas revolucionarias tan esperanzadoras como grotescas, de la
alineación social y psicológica que padece el hombre contemporáneo. La única
salida (falsa también) se concreta en la transgresión, en la degradación que
permite una absurda apariencia de ser, en la perversidad que al menos
permite la certeza de existir en el mal. En El amor brujo (1932), sin duda
su novela menos comentada, Arlt insistiría aún en la presentación de
personajes obsesionados por la felicidad y a los que la fantasía permite
evadirse de una existencia gris.
La factura realista fue la dominante en los nueve relatos reunidos en el
volumen El jorobadito (1933), próximos a las inquietudes características de
las novelas citadas. Eso no impidió que algunos mostraran una proclividad
hacia lo fantástico que había de acentuarse progresivamente. Aparentemente
ajena a la literatura argentina, la obra de Arlt encontraría en esa
dimensión la posibilidad de afirmarse en una tradición que en el Río de la
Plata contaba ya con notables manifestaciones de ese signo. Arlt insistió en
ella tras visitar España y Marruecos en los últimos meses de 1935 y los
primeros de 1936. Fruto de ese viaje fueron los cuentos que en 1941 reunió
en El criador de gorilas: aunque también estaban presentes el África negra y
algunos escenarios asiáticos de cultura islámica, las referencias
geográficas remitían sobre todo a Marruecos, con preferencia por Tánger,
cuyo estatuto internacional favorecía la actividad de los Servicios Secretos
de distintas potencias, y por los territorios entonces sometidos al control
de España. Allí fue donde Arlt se sintió fascinado por un mundo seductor y
repulsivo, conjunción violenta de medioevo y modernidad, fiesta de colorido
determinada por la diversidad de los tipos humanos, primitivos y refinados,
generosos y crueles. Crímenes, venganzas, pasiones y otros ingredientes
daban a las historias una atmósfera oriental, cuyo encanto resultaba
corregido por el cinismo que una vez más solía caracterizar a los
narradores, y que daba una dimensión paródica a la pretensión moralizadora o
ejemplar que adoptaban en ocasiones. También afectaba a la crítica social
(del fanatismo, del abuso de poder, de la avaricia) que permitían deducir.
Los relatos de El criador de gorilas alejaban a Arlt del ámbito de Buenos
Aires, y parecían también ajenos a las preocupaciones metafísicas que antes
eran ingrediente fundamental en las complicadas psicologías de sus
personajes. Con ese nuevo espíritu guarda relación Un viaje terrible, una
«nouvelle» derivada de la estancia del escritor en Chile, en 1940, y
publicada cuando regresó a Argentina en 1941. Aquella experiencia le
permitiría imaginar un viaje hacia Panamá iniciado en el puerto de
Antofagasta, y que estuvo a punto de concluir trágicamente para el narrador
cuando el barco navegaba frente a la costa del norte de Perú. El relato
reitera intereses manifiestos en la vida y en la literatura de Arlt. Ya en
1920, en su breve ensayo «Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos
Aires», había mostrado esa mezcla de fascinación y sarcasmo con que se
refería ahora a las artes adivinatorias o a la carta astral que parecían
determinar los destinos de sus estrafalarios personajes. También se
encuentran ecos de sus inquietudes científicas del momento, ocupado como
estaba en llevar a buen término el proceso de gomificación de las medias de
señora del que esperaba la fama y la riqueza. La voz divertida y sarcástica
del narrador, que ha emprendido esa «Travesía del Terror» forzado por sus
últimas estafas, da un tono de farsa a la aventura y a sus protagonistas,
cuyos deméritos y fracasos no entrañan concesión alguna al patetismo.
Un viaje terrible confirma la impresión de que Arlt optaba por indagar en
territorios de imaginación que a veces parecían rondar la literatura
fantástica. Curiosamente, estos relatos que completan su obra narrativa
recuerdan sus principios: responden a los gustos declarados en El juguete
rabioso por Silvio Astier, cuando a la edad de catorce años se abandonaba a
los deleites de la literatura bandoleresca y anhelaba inmortalizarse como un
delincuente de alta escuela. Quizá las creaciones de Arlt pueden verse como
una búsqueda de salida o de sublimación personal por medio de los sueños o
la literatura, o eso es lo que indica su producción teatral, también
relevante. Si se deja al margen el fragmento de Los siete locos que el
Teatro del Pueblo escenificó en 1932 con el título de El humillado, esa
producción se inicia con 300 millones, obra representada en julio de ese
mismo año por el conjunto de Leónidas Barletta. Arlt abordaba allí el
análisis de las razones que llevan a una muchacha a suicidarse, y para ello
recurría a la concreción teatral de las fantasías que la habían ayudado a
sobrevivir por algún tiempo: en escena aparecen Rocambole, la Reina
Bizantina, el Galán, el Demonio o la Muerte, creando un clima de farsa ajeno
a cualquier pretensión realista y emparentable con la factura expresionista
que sus narraciones alguna vez habían conseguido. Por otra parte, esa
corporización de los sueños permitía entrever la capacidad de las ficciones
para subsistir por sí mismas. Saverio el cruel y El fabricante de fantasmas,
piezas estrenadas en 1836, le permitirían mostrar con precisión las
relaciones entre esos fantasmas y la creación literaria. Si 300 millones
hablaba de la imaginación como una posibilidad de supervivencia, sublimando
las frustraciones de una existencia mediocre, El fabricante de fantasmas dio
vida a los que atormentaban a un dramaturgo, ahora hasta llevarlo al
suicidio. Como esos fantasmas eran a la vez el fruto de la imaginación y de
los remordimientos de un escritor, la literatura se mostraba capaz de
revelar las dimensiones profundas de la personalidad, a la vez que el juego
entre la imaginación y la realidad convertía al autor y a sus personajes en
una sucesión de máscaras sin identidad precisa. En esa idea insistiría
Saverio el cruel, apelando al recurso pirandelliano del teatro dentro del
teatro para conjugar una broma canallesca con la reflexión sobre la farsa de
las relaciones y las ilusiones humanas y el análisis de los mecanismos del
poder, hasta dar al conjunto una dimensión trágica.
Arlt estrenó La isla desierta en 1937, África en 1938, y La fiesta del
hierro en 1940. A esas obras hay que sumar Prueba de amor, «boceto teatral
irrepresentable ante personas honestas» que se editó en 1932, las
«burlerías» La juerga de los polichinelas y Un hombre sensible publicadas en
1934, y El desierto entra en la ciudad, una farsa dramática que Arlt
concluyó poco antes de morir en Buenos Aires, el 26 de julio de 1942. De
esas obras, que dan a su autor un lugar de notable relieve en la vanguardia
teatral argentina, merece especial atención África, cuyos cinco actos van
precedidos de un exordio en el que Baba el Ciego, un «jefe de conversación»,
declara su intención de narrar las historias que luego conforman la obra.
África se propone así como una ficción dramática que a su vez genera otras,
y afirma su relación con la práctica oral del relato que Arlt había
observado en el norte de África y que también inspiró los cuentos de El
criador de gorilas.
Arlt había escrito para el diario El Mundo, donde empezó a trabajar en 1928,
las Aguafuertes porteñas que reunió parcialmente en un volumen publicado con
ese título en 1933. El mismo periódico lo envió a España y Marruecos en
1935-1936, y antes y después a Uruguay y Brasil, en 1930, y a Chile, en
1940. Entre las crónicas de viaje escritas a raíz de esas experiencias,
sobresale la selección y publicación en 1936 de sus Aguafuertes españolas
(1ª parte. Impresiones), además de los artículos en que dejó constancia de
los rudos trabajos de las campesinas marroquíes, de su visión crítica de
determinadas costumbres árabes, y de la fascinación que también llevaría a
sus relatos y a su teatro. Las aguafuertes de El Mundo constituyen la parte
de mayor interés literario en una producción periodística que incluyó
también las notas redactadas en 1926 para la revista Don Goyo, así como las
crónicas policiales escritas en 1927 y 1928 para el diario Crítica. Esa
producción permite comprobar la gran capacidad de su autor para adentrarse
en los problemas sociales y políticos de su tiempo, y para exponerlos con
imaginación y rigor: no sólo los que afectaron a la Argentina de su época,
sino también los que pudo observar en los países por los que viajó y los que
determinaban la atmósfera internacional cada vez más enrarecida que llevó a
la segunda guerra mundial.
Texto de Teodosio Fernández (Universidad Autónoma de Madrid)
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YO NO TENGO LA CULPA
Yo siempre que me ocupo de cartas de lectores, suelo admitir que se me hacen
algunos elogios. Pues bien, hoy he recibido una carta en la que no se me
elogia. Su autora, que debe ser una respetable anciana, me dice:
"Usted era muy pibe cuando yo conocía a sus padres, y ya sé quién es usted a
través de su Arlt".
Es decir, que supone que yo no soy Roberto Arlt. Cosa que me está alarmando,
o haciendo pensar en la necesidad de buscar un pseudónimo, pues ya el otro
día recibí una carta de un lector de Martínez, que me preguntaba:
"Dígame, ¿usted no es el señor Roberto Giusti, el concejal del Partido
Socialista Independiente?"
Ahora bien, con el debido respeto por el concejal independiente, manifiesto
que no; que yo no soy ni puedo ser Roberto Giusti, a lo más soy su tocayo, y
más aún: si yo fuera concejal de un partido, de ningún modo escribiría
notas, sino que me dedicaría a dormir truculentas siestas y a "acomodarme"
con todos los que tuvieran necesidad de un voto para hacer aprobar una
ordenanza que les diera millones.
Y otras personas también ya me han preguntado: "¿Dígame, ese Arlt no es
pseudónimo?".
Y ustedes comprenden que no es cosa agradable andar demostrándole a la gente
que una vocal y tres consonantes pueden ser un apellido.
Yo no tengo la culpa que un señor ancestral, nacido vaya a saber en qué
remota aldea de Germanía o Prusia, se llamara Arlt. No, yo no tengo la
culpa.
Tampoco puedo argüir que soy pariente de William Hart, como me preguntaba
una lectora que le daba por la fotogenia y sus astros; mas tampoco me agrada
que le pongan sambenitos a mi apellido, y le anden buscando tres pies. ¿No
es, acaso, un apellido elegante, sustancioso, digno de un conde o de un
barón? ¿No es un apellido digno de figurar en chapita de bronce en una
locomotora o en una de esas máquinas raras, que ostentan el agregado de
"Máquina polifacética de Arlt"?
Bien: me agradaría a mí llamarme Ramón González o Justo Pérez. Nadie
dudaría, entonces, de mi origen humano. Y no me preguntarían si soy Roberto
Giusti, o ninguna lectora me escribiría, con mefistofélica sonrisa de
máquina de escribir: "Ya sé quién es usted a través de su Arlt". Ya en la
escuela, donde para dicha mía me expulsaban a cada momento, mi apellido
comenzaba por darle dolor de cabeza a las directoras y maestras. Cuando mi
madre me llevaba a inscribir a un grado, la directora, torciendo la nariz,
levantaba la cabeza, y decía:
-¿Cómo se escribe "eso"?
Mi madre, sin indignarse, volvía a dictar mi apellido. Entonces la
directora, humanizándose, pues se encontraba ante un enigma, exclamaba:
-¡Qué apellido más raro! ¿De qué país es?
-Alemán.
-¡Ah! Muy bien, muy bien. Yo soy gran admiradora del kaiser -agregaba la
señorita. (¿Por qué todas las directoras serán "señoritas"?) En el grado
comenzaba nuevamente el vía crucis. El maestro, examinándome, de mal
talante, al llegar en la lista a mi nombre, decía: -Oiga usted, ¿cómo se
pronuncia "eso"? ("Eso" era mi apellido.) Entonces, satisfecho de ponerlo en
un apuro al pedagogo, le dictaba:
-Arlt, cargando la voz en la ele.
Y mi apellido, una vez aprendido, tuvo la virtud de quedarse en la memoria
de todos los que lo pronunciaron, porque no ocurría barbaridad en el grado
que inmediatamente no dijera el maestro:
-Debe ser Arlt.
Como ven ustedes, le había gustado el apellido y su musicalidad.
Y a consecuencia de la musicalidad y poesía de mi apellido, me echaban de
los grados con una frecuencia alarmante. Y si mi madre iba a reclamar, antes
de hablar, el director le decía:
-Usted es la madre de Arlt. No; no señora. Su chico es insoportable.
Y yo no era insoportable. Lo juro. El insoportable era el apellido. Y a
consecuencia de él, mi progenitor me zurró numerosas veces la badana.
Está escrito en la Cábala: "Tanto es arriba como abajo". Y yo creo que los
cabalistas tuvieron razón. Tanto es antes como ahora. Y los líos que
suscitaba mi apellido, cuando yo era un párvulo angelical, se producen ahora
que tengo barbas y "veintiocho septiembres", como dice la que sabe quién soy
yo "a través de su Arlt".
Y a mí, me revienta esto.
Me revienta porque tengo el mal gusto de estar encantadísimo con ser Roberto
Arlt. Cierto es que preferiría llamarme Pierpont Morgan o Henry Ford o
Edison o cualquier otro "eso", de esos; pero en la material imposibilidad de
transformarme a mi gusto, opto por acostumbrarme a mi apellido y cavilar, a
veces, quién fue el primer Arlt de una aldea de Germanía o de Prusia, y me
digo: ¡Qué barbaridad habrá hecho ese antepasado ancestral para que lo
llamaran Arlt! O, ¿quién fue el ciudadano, burgomaestre, alcalde o
portaestandarte de una corporación burguesa, que se le ocurrió designarlo
con estas inexpresivas cuatro letras a un señor que debía gastar barbas
hasta la cintura y un rostro surcado de arrugas gruesas como culebras?
Mas en la imposibilidad de aclarar estos misterios, he acabado por
resignarme y aceptar que yo soy Arlt, de aquí hasta que me muera; cosa
desagradable, pero irremediable. Y siendo Arlt no puedo ser Roberto Giusti,
como me preguntaba un lector de Martínez, ni tampoco un anciano, como supone
la simpática lectora que a los veinte años conoció a mis padres, cuando yo
"era muy pibe". Esto me tienta a decirle: "Dios le dé cien años más, señora;
pero yo no soy el que usted supone".
En cuanto a llamarme así, insisto: Yo no tengo la culpa.
CAUSA Y SINRAZON DE LOS CELOS
Hay buenos muchachitos, con metejones de primera agua, que le amargan la
vida a sus respectivas novias promoviendo tempestades de celos, que son
realmente tormentas en vasos de agua, con lluvias de lágrimas y truenos de
recriminaciones.
Generalmente las mujeres son menos celosas que los hombres. Y si son
inteligentes, aun cuando sean celosas, se cuidan muy bien de descubrir tal
sentimiento, porque saben que la exposición de semejante debilidad las
entrega atadas de pies y manos al fulano que les sorbió el seso. De
cualquier manera; el sentimiento de los celos es digno de estudio, no por
los disgustos que provoca, sino por lo que revela en cuanto a psicología
individual.
Puede establecerse esta regla:
Cuanto menos mujeres ha tratado un individuo, más celoso es.
La novedad del sentimiento amoroso conturba, casi asusta, y trastorna la
vida de un individuo poco acostumbrado a tales descargas y cargas de
emoción. La mujer llega a constituir para este sujeto un fenómeno divino,
exclusivo. Se imagina que la suma de felicidad que ella suscita en él, puede
proporcionársela a otro hombre; y entonces Fulano se toma la cabeza,
espantado al pensar que toda "su" felicidad, está depositada en esa mujer,
igual que en un banco. Ahora bien, en tiempos de crisis, ustedes saben
perfectamente que los señores y señoras que tienen depósitos en
instituciones bancarias, se precipitan a retirar sus depósitos, poseídos de
la locura del pánico. Algo igual ocurre en el celoso. Con la diferencia que
él piensa que si su "banco" quiebra, no podrá depositar su felicidad ya en
ninguna parte. Siempre ocurre esta catástrofe mental con los pequeños
financieros sin cancha y los pequeños enamorados sin experiencia.
Frecuentemente, también, el hombre es celoso de la mujer cuyo mecanismo
psicológico no conoce. Ahora bien: para conocer el mecanismo psicológico de
la mujer, hay que tratar a muchas, y no elegir precisamente a las ingenuas
para enamorarse, sino a las "vivas", las astutas y las desvergonzadas,
porque ellas son fuente de enseñanzas maravillosas para un hombre sin
experiencia, y le enseñan (involuntariamente, por supuesto) los mil resortes
y engranajes de que "puede" componerse el alma femenina. (Conste que digo
"de que puede componerse", no de que se compone.)
Los pequeños enamorados, como los pequeños financistas, tienen en su capital
de amor una sensibilidad tan prodigiosa, que hay mujeres que se desesperan
de encontrarse frente a un hombre a quien quieren, pero que les atormenta la
vida con sus estupideces infundadas.
Los celos constituyen un sentimiento inferior, bajuno. El hombre, cela casi
siempre a la mujer que no conoce, que no ha estudiado, y que casi siempre es
superior intelectualmente a él. En síntesis, el celo es la envidia al revés.
Lo más grave en la demostración de los celos es que el individuo,
involuntariamente, se pone a merced de la mujer. La mujer en ese caso, puede
hacer de él lo que se le antoja. Lo maneja a su voluntad. El celo (miedo de
que ella lo abandone o prefiera a otro) pone de manifiesto la débil
naturaleza del celoso, su pasión extrema, y su falta de discernimiento. Y un
hombre inteligente, jamás le demuestra celos a una mujer, ni cuando es
celoso. Se guarda prudentemente sus sentimientos; y ese acto de voluntad
repetido continuamente en las relaciones con el ser que ama, termina por
colocarle en un plano superior al de ella, hasta que al llegar a determinado
punto de control interior, el individuo "llega a saber que puede prescindir
de esa mujer el día que ella no proceda con él como es debido".
A su vez la mujer, que es sagaz e intuitiva, termina por darse cuenta de que
con una naturaleza tan sólidamente plantada no se puede jugar, y entonces
las relaciones entre ambos sexos se desarrollan con una normalidad que raras
veces deja algo que desear, o terminan para mejor tranquilidad de ambos.
Claro está que para saber ocultar diestramente los sentimientos subterráneos
que nos sacuden, es menester un entrenamiento largo, una educación de
práctica de la voluntad. Esta educación "práctica de la voluntad" es
frecuentísima entre las mujeres. Todos los días nos encontramos con
muchachas que han educado su voluntad y sus intereses de tal manera que
envejecen a la espera de marido, en celibato rigurosamente mantenido. Se
dicen: "Algún día llegará". Y en algunos casos llega, efectivamente, el
individuo que se las llevará contento y bailando para el Registro Civil, que
debía denominarse "Registro de la Propiedad Femenina".
Sólo las mujeres muy ignorantes y muy brutas son celosas. El resto, clase
media, superior, por excepción alberga semejante sentimiento. Durante el
noviazgo muchas mujeres aparentan ser celosas; algunas también lo son,
efectivamente. Pero en aquellas que aparentan celos, descubrimos que el celo
es un sentimiento cuya finalidad es demostrar amor intenso inexistente,
hacia un_ bobalicón que sólo cree en el amor cuando el amor va acompañado de
celos. Ciertamente, hay individuos que no creen en el afecto, si el cariño
no va acompañado de comedietas vulgares, como son, en realidad, las que
constituyen los celos, pues jamás resuelven nada serio.
Las señoras casadas, al cabo de media docena de años de matrimonio (algunas
antes), pierden por completo los celos. Algunas, cuando barruntan que los
esposos tienen aventurillas de géneros dudosos, dicen, en círculos de
amigas:
-Los hombres son como los chicos grandes. Hay que dejar que se distraigan.
También una no los va a tener todo el día pegados a las faldas...
Y los "chicos grandes" se divierten. Más aún, se olvidan de que un día
fueron celosos...
Pero este es tema para otra oportunidad.
SOLILOQUIO DEL SOLTERON
Me miro el dedo gordo del pie, y gozo.
Gozo porque nadie me molesta. Igual que una tortuga, a la mañana, saco la
cabeza debajo la caparazón de mis colchas y me digo, sabrosamente, moviendo
el dedo gordo del pie:
-Nadie me molesta. Vivo solo, tranquilo y gordo como un archipreste glotón.
Mi camita es honesta, de una plaza y gracias. Podría usarla sin reparo
ninguno el Papa o el arzobispo.
A las ocho de la mañana entra a mi cuarto la patrona de la pensión, una
señora gorda, sosegada y maternal. Me da dos palmaditas en la espalda y me
pone junto al velador la taza de café con leche y pan con manteca. Mi
patrona me respeta y considera. Mi patrona tiene un loro que dice: "¡Ajuá!
¿Te fuiste? Que te vaya bien", y el loro y la patrona me consuelan de que la
vida sea ingrata para otros, que tienen mujer y, además de mujer, una
caterva de hijos.
Soy dulcemente egoísta y no me parece mal.
Trabajo lo indispensable para vivir, sin tener que gorrear a nadie, y soy
pacífico, tímido y solitario. No creo en los hombres, y menos en las
mujeres, mas esta convicción no me impide buscar a veces el trato de ellas,
porque la experiencia se afina en su roce, y además no hay mujer, por mala
que sea, que no nos haga indirectamente algún bien.
Me gustan las muchachitas que se ganan la vida. Son las únicas mujeres que
provocan en mí un respeto extraordinario, a pesar de que no siempre son un
encanto. Pero me gustan porque afirman un sentimiento de independencia, que
es el sentido interior que rige mi vida.
Más me gustan todavía las mujeres que no se pintan. Las que se lavan la
cara, y con el cabello húmedo, salen a la calle, causando una sensación de
limpieza interior y exterior que haría que uno, sin escrúpulos de ninguna
clase, les besara encantado los pies.
No me gustan los chicos, sino excepcionalmente. En todo chiquillo, casi
siempre se descubren fisonómicamente los rastros de las pillerías de los
padres, de manera que sólo me agradan a la distancia y cuando pienso
artificialmente con el pensamiento de los demás que coinciden en decir:
"¡Qué chicos, son un encanto!", aunque es mentira.
Me baño todos los días en invierno y verano. Tener el cuerpo limpio me
parece que es el comienzo de la higiene mental.
Creo en el amor cuando estoy triste, cuando estoy contento miro a ciertas
mujeres como si fueran mis hermanas, y me agradaría tener el poder de
hacerlas felices, aunque no se me oculta que tal pensamiento es un
disparate, pues si es imposible que un hombre haga feliz a una sola mujer,
menos todavía a todas.
He tenido varias novias, y en ellas descubrí únicamente el interés de
casarse, cierto es que dijeron quererme, pero luego quisieron también a
otros, lo cual demuestra que la naturaleza humana es sumamente inestable,
aunque sus actos quieran inspirarse en sentimientos eternos. Y por eso no me
casé con ninguna.
Personas que me conocen poco dicen que soy un cínico; en verdad, soy un
hombre tímido y tranquilo, que en vez de atenerse a las apariencias busca la
verdad, porque la verdad puede ser la única guía del vivir honrado.
Mucha gente ha tratado de convencerme de que formara un hogar; al final
descubrí que ellos serían muy felices si pudieran no tener hogar.
Soy servicial en la medida de lo posible y cuando mi egoísmo no se resiente
mucho, aunque me he dado cuenta que el alma de los hombres está constituida
de tal manera, que más pronto olvidan el bien que se les ha hecho que el mal
que no se les causó.
Como todos los seres. humanos he localizado muchas mezquindades en mí y más
me agradaría no tener ninguna, mas al final me he convencido que un hombre
sin defectos sería inaguantable, porque jamás le daría motivo a sus prójimos
para hablar mal de él, y lo único que nunca se le perdona a un hombre, es su
perfección.
Hay días que me despierto con un sentimiento de dulzura floreciendo en mi
corazón. Entonces me hago escrupulosamente el nudo de la corbata y salgo a
la calle, y miro amorosamente las curvas de las mujeres. Y doy las gracias a
Dios por haber fabricado un bicho tan lindo, que con su sola presencia nos
enternece los sentidos y nos hace olvidar todo lo que hemos aprendido a
costa del dolor.
Si estoy de buen humor, compro un diario y me entero de lo que pasa en el
mundo, y siempre me convenzo de que es inútil que progrese la ciencia de los
hombres si continúan manteniendo duro y agrio su corazón como era el corazón
de los seres humanos hace mil años.
Al anochecer vuelvo a mi cuartujo de cenobita, y mientras espero que la
sirvienta -una chica muy bruta y muy irritable- ponga la mesa, "sotto voce"
canturreo Una furtiva lágrima, o sino Addio del passato o Bei giorni
ridenti... Y mi corazón se anega de una paz maravillosa, y no me arrepiento
de haber nacido.
No tengo parientes, y como respeto la belleza y detesto la descomposición,
me he inscripto en la sociedad de cremaciones para que el día que yo muera
el fuego me consuma y quede de mí, como único rastro de mi limpio paso sobre
la tierra, unas puras cenizas.
EL ORIGEN DE ALGUNAS PALABRAS DE NUESTRO LEXICO POPULAR
Ensalzaré con esmero el benemérito "fiacún".
Yo, cronista meditabundo y aburrido, dedicaré todas mis energías a hacer el
elogio del "fiacún", a establecer el origen de la "fiaca", y a dejar
determinados de modo matemático y preciso los alcances del término. Los
futuros académicos argentinos me lo agradecerán, y yo habré tenido el placer
de haberme muerto sabiendo que trescientos sesenta y un años después me
levantarán una estatua.
No hay porteño, desde la Boca a Núñez, y desde Núñez a Corrales, que no haya
dicho alguna vez:
-Hoy estoy con "flaca".
O que se haya sentado en el escritorio de su oficina y mirando al jefe, no
dijera:
-¡Tengo una "fiaca"!
De ello deducirán seguramente mis asiduos y entusiastas lectores que la
"fiaca" expresa la intención de "tirarse a muerto", pero ello es un grave
error.
Confundir la "fiaca" con el acto de tirarse a muerto es lo mismo que
confundir un asno con una cebra o un burro con un caballo. Exactamente lo
mismo.
Y sin embargo a primera vista parece 'que no. Pero es así. Sí, señores, es
así. Y lo probaré amplia y rotundamente, de tal modo que no quedará duda
alguna respecto a mis profundos conocimientos de filología lunfarda.
Y no quedarán, porque esta palabra es auténticamente genovesa, es decir, una
expresión corriente en el dialecto de la ciudad que tanto detestó el señor
Dante Alighieri.
La "fiaca" en el dialecto genovés expresa esto: "Desgano físico originado
por la falta de alimentación momentánea". Deseo de no hacer nada. Languidez.
Sopor. Ganas de acostarse en una hamaca paraguaya durante un siglo. Deseos
de dormir como los durmientes de Efeso durante ciento y pico de años.
Sí, todas estas tentaciones son las que expresa la palabreja mencionada. Y
algunas más.
Comunicábame un distinguido erudito en estas materias, que los genoveses de
la Boca cuando observaban que un párvulo bostezaba, decían: "Tiene la
'fiaca' encima, tiene". Y de inmediato le recomendaban que comiera, que se
alimentara.
En la actualidad el gremio de almaceneros está compuesto en su mayoría por
comerciantes ibéricos, pero hace quince y veinte años, la profesión de
almacenero en Corrales, la Boca, Barracas, era desempeñada por italianos y
casi todos ellos oriundos de Génova. En los mercados se observaba el mismo
fenómeno. Todos los puesteros, carniceros, verduleros y otros mercaderes
provenían de la "bella Italia" y sus dependientes eran muchachos argentinos,
pero hijos de italianos. Y el término trascendió. Cruzó la tierra nativa, es
decir, la Boca, y fue desparramándose con los repartos por todos los
barrios. Lo mismo sucedió con la palabra "manyar" que es la derivación de la
perfectamente italiana "mangiar la lollia", o sea "darse cuenta".
Curioso es el fenómeno pero auténtico. Tan auténtico que más tarde prosperó
este otro término que vale un Perú, y es el siguiente: "Hacer el rosto".
¿A que no se imaginan ustedes lo que quiere decir "hacer el rosto"? Pues
hacer el rosto, en genovés, expresa preparar la salsa con que se
condimentarán los tallarines. Nuestros ladrones la han adoptado, y la
aplican cuando después de cometer un robo hablan de algo que quedó afuera de
la venta por sus condiciones inmejorables. Eso, lo que no pueden vender o
utilizar momentáneamente, se llama el "rosto", es decir, la salsa, que
equivale a manifestar: lo mejor para después, para cuando haya pasado el
peligro.
Volvamos con esmero al benemérito "fiacún".
Establecido el valor del término, pasaremos a estudiar el sujeto a quien se
aplica. Ustedes recordarán haber visto, y sobre todo cuando eran muchachos,
a esos robustos ganapanes de quince años, dos metros de altura, cara
colorada como una manzana reineta, pantalones que dejaban descubierta una
media tricolor, y medio zonzos y brutos.
Esos muchachos eran los que en todo juego intervenían para amargar la
fiesta, hasta que un "chico", algún pibe bravo, los sopapeaba de lo lindo
eliminándoles de la función. Bueno, esos grandotes que no hacían nada, que
siempre cruzaban la calle mordiendo un pan y con un gesto huido, estos
"largos" que se pasaban la mañana sentados en una esquina. o en el umbral
del despacho de bebidas de un almacén, fueron los primitivos "fiacunes". A
ellos se aplicó con singular acierto el término.
Pero la fuerza de la costumbre lo hizo correr, y en pocos años el "fiacún"
dejó de ser el muchacho grandote que termina por trabajar de carrero, para
entrar como calificativo de la situación de todo individuo que se siente con
pereza.
Y, hoy, el "fiacún" es el hombre que momentáneamente no tiene ganas de
trabajar. La palabra no encuadra una actitud definitiva como la de
"squenun", sino que tiene una proyección transitoria, y relacionada con este
otro acto. En toda oficina pública o privada, donde hay gente respetuosa de
nuestro idioma, y un empleado ve que su compañero bosteza, inmediatamente le
pregunta:
-¿Estás con "fiaca"?
Aclaración. No debe confundirse este término con el de "tirarse a muerto",
pues tirarse a muerto supone premeditación de no hacer algo, mientras que la
"fiaca" excluye toda premeditación, elemento constituyente de la alevosía
según los juristas. De modo que el "fiacún" al negarse a trabajar no obra
con premeditación, sino instintivamente, lo cual lo hace digno de todo
respeto.
DIVERTIDO ORIGEN DE LA PALABRA "SQUENUN"
En nuestro amplio y pintoresco idioma porteño se ha puesto de moda la
palabra "squenun".
¿Qué virtud misteriosa revela dicha palabra? ¿Sinónimo de qué cualidades
psicológicas es el mencionado adjetivo? Helo aquí:
En el puro idioma del Dante, cuando se dice "squena dritta" se expresa lo
siguiente: Espalda derecha o recta, es decir, qué a la persona a quien se
hace el homenaje de esta poética frase se le dice que tiene la espalda
derecha; más ampliamente, que sus espaldas no están agobiadas por trabajo
alguno sino que se mantienen tiesas debido a una laudable y persistente
voluntad de no hacer nada; más sintéticamente, la expresión "squena dritta"
se aplica a todos los individuos holgazanes, tranquilamente holgazanes.
Nosotros, es decir el pueblo, ha asimilado la clasificación, pero
encontrándola excesivamente larga, la redujo a la clara, resonante y breve
palabra de "squenun".
El "un" final, es onomatopéyico, redondea la palabra de modo sonoro, le da
categoría de adjetivo definitivo, y el modo grave "squena dritta" se
convierte en esta antítesis, en un jovial "squenun", que expresando la misma
haraganería la endulza de jovialidad particular.
En la bella península itálica, la frase "squena dritta" la utilizan los
padres de familia cuando se dirigen a sus párvulos, en quienes descubren una
incipiente tendencia a la vagancia, es decir, la palabra se aplica a menores
de edad que oscilan entre los catorce y diecisiete años.
En nuestro país, en nuestra ciudad mejor dicho, la palabra "squenun" se
aplica a los poltrones mayores de edad, pero sin tendencia a ser
compadritos, es decir, tiene su exacta aplicación cuando se refiere a un
filósofo de azotea, a uno de esos perdularios grandotes, estoicos, que
arrastran las alpargatas para ir al almacén a comprar un atado de
cigarrillos, , y vuelven luego a su casa para subir a la azotea donde se
quedarán tomando baños de sol hasta la hora de almorzar, indiferentes a los
rezongos del "viejo", un viejo que siempre está podando la viña casera y que
gasta sombrero negro, grasiento como el eje de un carro.
En toda familia dueña de una casita, se presenta el caso del "squenun", del
poltrón filosófico, que ha reducido la existencia a un mínimo de
necesidades, y que lee los tratados sociológicos de la Biblioteca Roja y de
la Casa Sempere.
Y las madres, las buenas viejas que protestan cuando el grandulón les pide
para un atado de cigarrillos, tienen una extraña debilidad por este hijo
"squenun".
Lo defienden del ataque del padre que a veces se amostaza en serio, lo
defienden de las murmuraciones de los hermanos que trabajan como Dios manda,
y las pobres ancianas, mientras zurcen el talón de una media, piensan
consternadas ¿por qué ese "muchacho tan inteligente" no quiere trabajar a la
par de los otros?
El "squenun" no se aflige por nada. Toma la vida con una serenidad tan
extraordinaria que no hay madre en el barrio que no le tenga odio... ese
odio que las madres ajenas tienen por esos poltrones que pueden enamorarle
algún día a la hija. Odio instintivo y que se justifica, porque a su vez las
muchachas sienten curiosidad por esos "squenunes" que les dirigen miradas
tranquilas, llenas de una sabiduría inquietante.
Con estos datos tan sabiamente acumulados, creemos poner en evidencia que el
"squenun" no es un producto de la familia modesta porteña, ni tampoco de la
española, sino de la auténticamente italiana, mejor dicho, genovesa o
lombarda. Los "squenunes" lombardos son más refractarios al trabajo que los
"squenunes" genoveses.
Y la importancia social del "squenun" es extraordinaria en nuestras
parroquias. Se le encuentra en la esquina de Donato Alvarez y Rivadavia, en
Boedo, en Triunvirato y Canning, en todos los barrios ricos en casitas de
propietarios itálicos.
El "squenun" con tendencias filosóficas es el que organizará la Biblioteca
"Florencio Sánchez" o "Almafuerte"; el "squenun" es quien en la mesa del
café, entre los otros que trabajan, dictará cátedras de comunismo y "de que
el que no trabaja no come"; él que no ha hecho absolutamente nada en todo el
día, como no sea tomar baños de sol, asombrará a los otros con sus
conocimientos del libre albedrío y del determinismo; en fin, el "squenun" es
el maestro de sociología del café del barrio, donde recitará versos
anarquistas y las Evangélicas del latero de Almafuerte.
El "squenun" es un fenómeno social. Queremos decir, un fenómeno de cansancio
social.
Hijo de padres que toda la vida trabajaron infatigablemente para amontonar
los ladrillos de una "casita", parece que trae en su constitución la
ansiedad de descanso y de fiestas que jamás pudieron gozar los "viejos".
Entre todos los de la familia que son activos y que se buscan la vida de mil
maneras, él es el único indiferente a la riqueza, al ahorro, al porvenir. No
le interesa ni importa nada. Lo único que pide es que no lo molesten, y lo
único que desea son los cuarenta centavos diarios, veinte para los
cigarrillos y otros veinte para tomar el café en el bar donde una orquesta
típica le hace soñar horas y horas atornillado a la mesa.
Con ese presupuesto se conforma. Y que trabajen los otros, como si él
trajera a cuestas un cansancio enorme ya antes de nacer, como si todo el
deseo que el padre y la madre tuvieron de un domingo perenne, estuviera
arraigado en sus huesos derechos de "squena dritta", es decir, de hombre que
jamás será agobiado por el peso de ningún fardo.
LA TRISTEZA DEL SABADO INGLES
¿Será acaso, porque me paso vagabundeando toda la semana, que el sábado y el
domingo se me antojan los días más aburridos de la vida? Creo que el domingo
es aburrido de puro viejo y que el sábado inglés es un día triste, con la
tristeza que caracteriza a la raza que le ha puesto su nombre.
El sábado inglés es un día sin color y sin sabor; un día que "no corta ni
pincha" en la rutina de las gentes. Un día híbrido, sin carácter, sin
gestos.
Es día en que prosperan las reyertas conyugales y en el cual las borracheras
son más lúgubres que un "de profundis" en el crepúsculo de un día nublado.
Un silencio de tumba pesa sobre la ciudad. En Inglaterra, o en países
puritanos, se entiende. Allí hace falta el sol, que es, sin duda alguna, la
fuente natural de toda alegría. Y como llueve o nieva, no hay adonde ir; ni
a las carreras, siquiera. Entonces la gente se queda en sus casas, al lado
del fuego, y ya cansada de leer Punch, hojea la Biblia.
Pero para nosotros el sábado inglés es un regalo modernísimo que no nos
convence. Ya teníamos de sobra con los domingos. Sin plata, sin tener adonde
ir y sin ganas de ir a ninguna parte, ¿para qué queríamos el domingo? El
domingo era una institución sin la cual vivía muy cómodamente la humanidad.
Tata Dios descansó en día domingo, porque estaba cansado de haber hecho esta
cosa tan complicada que se llama mundo. Pero ¿qué han hecho, durante los
seis días, todos esos gandules que por ahí andan, para descansar el domingo?
Además, nadie tenía derecho a imponernos un día más de holganza. ¿Quién lo
pidió? ¿Para qué sirve?
La humanidad tenía que aguantarse un día por semana sin hacer nada. Y la
humanidad se aburría. Un día de "flaca" era suficiente. Vienen los señores
ingleses y, ¡qué bonita idea!, nos endilgan otro más, el sábado.
Por más que trabaje, con un día de descanso por semana es más que
suficiente. Dos son insoportables, en cualquier ciudad del mundo. Soy, como
verán ustedes, un enemigo declarado e irreconciliable del sábado inglés.
Corbata que toda la semana permanece embaulada. Traje que ostensiblemente
tiene la rigidez de las prendas bien guardadas. Botines que crujían. Lentes
con armadura de oro, para los días sábado y domingo. Y tal aspecto de
satisfacción de sí mismo, que daban ganas de matarlo. Parecía un novio, uno
de esos novios que compran una casa por mensualidades. Uno de esos novios
que dan un beso a plazo fijo.
Tan cuidadosamente lustrados tenía los botines que cuando salí del coche no
me olvidé de pisarle un pie. Si no hay gente el hombre me asesina.
Después de este papanatas, hay otro hombre del sábado, el hombre triste, el
hombre que cada vez que lo veo me apena profundamente.
Lo he visto numerosas veces, y siempre me ha causado la misma y dolorosa
impresión.
Caminaba yo un sábado por una acera en la sombra, por la calle Alsina -la
calle más lúgubre de Buenos Aires- cuando por la vereda opuesta, por la
vereda del sol, vi a un empleado, de espaldas encorvadas, que caminaba
despacio, llevando de la mano una criatura de tres años.
La criatura exhibía, inocentemente, uno de esos sombreritos con cintajos,
que sin ser viejos son deplorables. Un vestidito rosa recién planchado. Unos
zapatitos para los días de fiesta. Caminaba despacio la nena, y más despacio
aún, el padre. Y de pronto tuve la visión de la sala de una casa de
inquilinato, y la madre de la criatura, urea mujer joven y arrugada- por las
penurias, planchando los cintajos del sombrero de la nena.
El hombre caminaba despacio. Triste. Aburrido. Yo vi en él el producto de
veinte años de garita con catorce horas de trabaja y un sueldo de hambre,
veinte años de privaciones, de. sacrificios estúpidos y del sagrado terror
de que lo echen a la calle. Vi en él a Santana, el personaje de Roberto
Mariani.
Y en el centro, la tarde del sábado es horrible. Es cuando el comercio se
muestra en su desnudez espantosa. Las cortinas metálicas tienen rigideces
agresivas.
Los sótanos de las casas importadoras vomitan hedores de brea, de benzol y
de artículos de ultramar. Las tiendas apestan a goma. Las ferreterías a
pintura. El cielo parece, de tan azul, que está iluminando una factoría
perdida en el África. Las tabernas para corredores de bolsa permanecen
solitarias y lúgubres. Algún portero juega al mus con un lavapisos a la
orilla de una mesa. Chicos que parecen haber nacido por generación
espontánea de entre los musgos de las casas-bancas, aparecen a la puerta de
"entrada para empleados" de los depósitos de dinero. Y se experimenta el
terror, el espantoso terror de pensar que a estas mismas horas en varios
países las gentes se ven obligadas a no hacer nada, aunque tengan ganas de
trabajar o de morirse.
No, sin vuelta de hoja; no hay día más triste que el sábado inglés ni que el
empleado que en un sábado de éstos está buscando aún, a las doce de la
noche, en una empresa que tiene siete millones de capital, ¡un error de dos
centavos en el balance de fin de mes!
LA MUCHACHA DEL ATADO
Todos los días, a las cinco de la tarde, tropiezo con muchachas que vienen
de buscar costura.
Flacas, angustiosas, sufridas. El polvo de arroz no alcanza a cubrir las
gargantas donde se marcan los tendones; y todas caminan con el cuerpo
inclinado a un costado: la costumbre de llevar el atado siempre del brazo
opuesto:
Y los bultos son macizos, pesados: dan la sensación de contener plomo: de
tal manera tensionan la mano.
No se trata de hacer sentimentalismo barato. No. Pero más de una vez me he
quedado pensando en estas vidas, casi absolutamente dedicadas al trabajo. Y
si no, veamos.
Cuando estas muchachas cumplieron ocho o nueve años, tuvieron que cargar un
hermanito en los brazos. Usted, como yo, debe haber visto en el arrabal
estas mocosas que cargan un pebetito en el brazo y que ce pasean por la
vereda rabiando contra el mocoso, y vigiladas por la madre que salpicaba
agua en la batea.
Así hasta los catorce años. Luego, el trabajo de ir a buscar costuras; las
mañanas y las tardes inclinadas sobre la Neumann o la Singer, haciendo pasar
todos los días metros y más metros de tela y terminando a las cuatro de la
tarde, para cambiarse, ponerse el vestido de percal, preparar el paquete y
salir; salir cargadas y volver lo mismo, con otro bulto que hay que "pasarlo
a la máquina". La madre siempre lava la ropa; la ropa de los hijos, la ropa
del padre. Y ésas son las muchachas que los sábados a la tarde escuchan la
voz del hermano, que grita:
-Che, Angelita: apurate a plancharme la camisa, que tengo que salir.
Y Angelita, María o Juana, la tarde del sábado trabajan para los hermanos. Y
planchan cantando un tango que aprendieron de memoria en El Alma que Canta;
que esto, las novelas por entregas y alguna sección de biógrafo, es la única
fiesta de las muchachas de que hablo.
Digo que estas muchachas me dan lástima. Un buen día se ponen de novias, y
no por eso dejan de trabajar, sino que el novio (también un muchacho que la
yuga todo el día) cae a la noche a la casa a hacerle el amor.
Y como el amor no sirve para pagar la libreta del almacén, trabajan hasta
tres días antes de casarse, y el casamiento no es un cambio de vida para la
mujer de nuestro ambiente pobre, no; al contrario, es un aumento de trabajo,
y a la semana de casados se puede ver a estas mujercitas sobre la máquina.
Han vuelto a la costura, y al año hay un pibe en la cuna, y esa muchacha ya
está arrugada y escéptica, ahora tiene que trabajar para el hijo, para el
marido, para la casa... Cada año un nuevo hijo y siempre más preocupaciones
y siempre la misma pobreza; la misma escasez, la misma medida del dinero, el
igual problema que existía en la casa de sus padres, se repite en la suya,
pero mayor y más arduo.
Y ahora las ve usted a estas mujeres cansadas, flacas, feas, nerviosas,
estridentes.
Y todo ello ha sido originado por la miseria, por el trabajo; y de pronto
usted asocia los años de vida, hasta la madurez y con asombro, casi mezclado
de espanto, se pregunta uno:
-En tantos años de vida, ¿cuántos minutos dé felicidad han tenido estas
mujeres?
Y usted, con terror, siente que desde adentro le contesta una voz que estas
mujeres no fueron nunca felices. ¡Nunca! Nacieron bajo el signo del trabajo
y desde los siete o nueve años hasta el día en que se mueren, no han hecho
nada más que producir, producir costura e hijos, eso y lo otro, y nada más.
Cansadas o enfermas, trabajaron siempre. ¿Que el marido estaba sin' trabajo?
¿Que un hijo se enfermó y había que pagar deudas? ¿Que murieron los viejos y
hubo que empeñarse para el entierro? Ya ve usted; nada más que un problema:
el dinero, la escasez de dinero. Y junto a esto una espalda encorvada, unos
ojos que cada vez van siendo menos brillosos, un rostro que año tras año se
va arrugando un poquito más, una voz que pierde a medida que pasa el tiempo
todas las inflexiones de su primitiva dulzura, una boca que sólo se abre
para pronunciar estas palabras:
-Hay que hacer economía. No se puede gastar.
Si uste no ha leído El sueño de Makar, de Vladimiro Korolenko, trate de
leerlo.
El asunto es éste. Un campesino que va a ser juzgado por Dios. Pero Dios,
que lleva una cuenta de todas las barrabasadas que hacemos nosotros los
mortales, le dice al campesino:
-Has sido un pillete. Has mentido. Te has emborrachado. Le has pegado a tu
mujer. Le has robado y levantado falso testimonio a tu vecino. -Y la balanza
cargada de las culpas de Makar se inclina cada vez más hacia el infierno, y
Makar trata de hacerle trampa a Dios pisando el platillo adverso; pero aquél
lo descubre, y entonces insiste-: ¿Ves como tengo razón? Eres un tramposo,
además. Tratas de engañarme a mí, que soy Dios.
Pero, de pronto, ocurre algo extraño. Makar, el bruto, siente que una
indignación se despierta en su pecho, y entonces, olvidándose que está en
presencia de Dios, se enoja, y comienza a hablar; cuenta sus sacrificios,
sus penas, sus privaciones. Cierto es que le pegaba a su mujer, pero le
pegaba porque estaba triste; cierto es que mentía, pero otros que tenían
mucho más que él también mentían y robaban. Y Dios se va apiadando de Makar,
comprende que Makar ha sido, sobre la tierra, como la organización social lo
había moldeado, y súbitamente, las puertas del Paraíso se abren para él,
para Makar.
Me acordé del sueño de Makar, pensando que alguien in mente diría que no
conocía yo los defectos de la gente que vive siempre en la penuria y en la
pena. Ahora sabe usted el porqué de la cita, y lo que quiere decir el "sueño
de Makar".
LA TRAGEDIA DE UN HOMBRE HONRADO
Todos los días asisto a la tragedia de un hombre honrado. Este hombre
honrado tiene un café que bien puede estar evaluado en treinta mil pesos o
algo más. Bueno: este hombre honrado tiene una esposa honrada.
A esta esposa honrada la ha colocado a cuidar la victrola. Dicho
procedimiento le ahorra los ochenta pesos mensuales que tendría que pagarle
a una victrolista. Mediante este sistema, mi hombre honrado economiza, al
fin del año, la respetable suma de novecientos sesenta pesos sin contar los
intereses capitalizados. Al cabo de diez años tendrá ahorrados...
Pero mi hombre honrado es celoso. ¡Vaya si he comprendido que es celoso!
Levantando la guardia tras la caja, vigila, no sólo la consumición que hacen
sus parroquianos, sino también las miradas de éstos para su mujer. Y sufre.
Sufre honradamente. A veces se pone pálido, a veces le fulguran los ojos.
¿Por qué? Porque alguno se embota más de lo debido con las regordetas
pantorrillas de su cónyuge. En estas circunstancias, el hombre honrado mira
para arriba, para cerciorarse si su mujer corresponde a las inflamadas
ojeadas del cliente, o si se entretiene en leer una revista. Sufre. Yo veo
que sufre, que sufre honradamente; que sufre olvidando en ese instante que
su mujer le aporta una economía diaria de dos pesos sesenta y cinco
centavos; que su legitima esposa aporta a la caja de ahorros novecientos
sesenta pesos anuales. Sí, sufre. Su honrado corazón de hombre prudente en
lo que atañe al dinero, se conturba y olvida de los intereses cuando algún
carnicero, o cuidador de ómnibus, estudia la anatomía topográfica de su
también honrada cónyuge. Pero más sufre aún cuando, el que se deleita
contemplando los encantos de su esposa, es algún mozalbete robusto, con
bigotitos insolentes y espaldas lo suficientemente poderosas como para poder
soportar cualquier trabajo extraordinario. Entonces mi hombre honrado mira
desesperadamente para arriba. Los celos que los divinos griegos
inmortalizaron, le desencuadernan la economía, le tiran abajo la quietud, le
socavan la alegría de ahorrarse dos pesos sesenta y cinco centavos por día;
y desesperado hace rechinar los dientes y mira a su cliente como si quisiera
darle tremendos mordiscones en los riñones.
Yo comprendo, sin haber hablado una sola palabra con este hombre, el
problema que está encarando su alma honrada. Lo comprendo, lo interpreto, lo
"manyo". Este hombre se encuentra ante un dilema hamletiano, ante el
problema de la burra Balaam, ante... ¡ante el horrible problema de ahorrarse
ochenta mangos mensuales! Son ochenta pesos. ¿Saben ustedes los bultos, las
canastas, las jornadas de dieciocho horas que éste trabajó para ganar
ochenta pesos mensuales? No; nadie se lo imagina.
De allí que lo comprendo. Al mismo tiempo quiere a su mujer. ¡Cómo no la va
a querer! Pero no puede menos de hacerla trabajar, como el famoso tacaño de
Anatole France no pudo menos de cortarle unas rebarbas a las monedas de oro
qué le ofrecía a la Virgen: seguía fiel a su costumbre.
Y ochenta pesos son ocho billetes de a diez pesos, dieciséis de a cinco y...
dieciséis billetes de a cinco pesos, son plata... son plata...
Y la prueba de que nuestro hombre es honrado, es que sufre en cuanto
empiezan a mirarle a la cónyuge. Sufre visiblemente. ¿Qué hacer? ¿Renunciar
a los ochenta pesos, o resignarse a una posible desilusión conyugal?
Si este hombre no fuera honrado, no le importaría que le cortejaran a su
propia esposa. Más aún, se dedicaría como el célebre señor Bergeret, a
soportar estoicamente su desgracia.
No; mi cafetero no tiene pasta de marido extremadamente complaciente. En él
todavía late el Cid, don Juan, Calderón de la Barca y toda la honra de la
raza, mezclada a la terribilísima avaricia de la gente del terruño.
Son ochenta pesos mensuales. ¡Ochenta! Nadie renuncia a ochenta pesos
mensuales porque sí. El ama a su mujer; pero su amor no es incompatible con
los ochenta pesos.
También ama su frente limpia de todo adorno, y también ama su comercio, la
economía bien organizada, la boleta de depósito en el banco, la libreta de
cheques. ¡Cómo ama el dinero este hombre honradísimo, malditamente honrado!
A veces voy a su café y me quedo una hora, dos, tres. El cree que cuando le
miro a la mujer estoy pensando en ella, y está equivocado. En quien pienso
es en Lenin... en Stalin... en Trotzky... Pienso con una alegría profunda y
endemoniada en la cara que este hombre pondría si mañana un régimen
revolucionario le dijera:
-Todo su dinero es papel mojado.
LOS TOMADORES DE SOL EN EL BOTANICO
La tarde de ayer lunes fue espléndida. Sobre todo para la gente que nada
tenía que hacer. Y más aún para los tomadores de sol consuetudinarios.
Gente de principios higiénicas y naturistas, ya que se resignan a tener los
botines rotos antes que perder su bañito de sol. Y después hay ciudadanos
que se lamentan de que no haya hombres de principios.. Y estudiosos.
Individuos que sacrifican su bienestar personal para estudiar botánica y sus
derivados, aceptando ir con el traje hecho pedazos antes de perder tan
preciosos conocimientos.
Examinando la gente que pulula por el Jardín Botánico, uno termina por
plantearse este problema:
¿Por qué las ciencias naturales poseen tanta aceptación entre sujetos que
tienen catadura de vagos? ¿Par qué la gente bien vestida no se dedica, con
tanto frenesí, a un estudio semejante, saludable para el cuerpo y para el
espíritu? Porque esto es indiscutible: el estudio de la botánica engorda. No
he visto a un bebedor de sol que no tenga la piel lustrosa, y un cuerpazo
bien nutrido y mejor descansado.
¡Qué aspecto, que bonhomía! ¡Qué edificación ejemplar para un señor que
tenga tendencias al misticismo! Porque, no dejarán de reconocer ustedes, que
una ciencia tan infusa como la botánica debe tener virtudes esenciales para
engordar a sujetos que calzan botines rotos.
De otro modo no se explicaría. Cierto es que el reposo debe contribuir en
algo, pero en este asunto obra o influye algún factor extraño y fundamental.
Hasta los jardineros tienden a la obesidad. El portero -los porteros están
bien saciados-, los subjardineros ya han adquirido ese aspecto de
satisfacción íntima que producen las canonjías municipales, y hasta los
gatos que viven en las alturas de los pinos impresionan favorablemente por
su inesperado grosor y lustroso pelaje.
Yo creo haber aclarado el misterio. La gente que frecuenta el Jardín
Botánico está gorda por la influencia del latín.
En efecto, todos los letreros de los árboles están redactados en el idioma
melifluo de Virgilio. Al que no está acostumbrado, se le embarulla el
cráneo. Pero los asiduos visitantes de este jardín, deben estar ya
acostumbrados y sufrir los beneficios de este idioma, porque he observado lo
siguiente:
Como decía, fui hasta allá ayer por la tarde. Me senté en un banco y, de
pronto, observé a dos jardineros. Con un rastrillo en la mano miraban el
letrero de un árbol. Luego se miraban entre sí y volvían a mirar el letrero.
Para no interrumpir sus meditaciones mantenían el rastrillo completamente
inmóvil, de modo que no cabía duda alguna de que esa gente ilustraba sus
magníficos espíritus con el letrero escrito en el idioma del latoso
Virgilio. Y el éxtasis que tal lectura parecía producirles, debía ser
infinito, ya que los dos individuos, completamente quietos como otros tantos
Budas a la sombra del árbol de la sabiduría, no movían el rastrillo ni por
broma. Tal hecho me llamó sumamente la atención y decidí continuar mi
observación. Pero, pasó una hora y yo me aburrí. El deliquio de esos
pelafustanes frente al letrero era inmenso. El rastrillo permanecía junto a
ellos como si no existiera.
¿Se dan cuenta ustedes ahora de la influencia del botánico latín sobre los
espíritus superiores? Estos hombres en vez de rastrillar la tierra, como era
su deber, permanecían de brazos cruzados en honor a la ciencia, a la
naturaleza y al latín. Cuando me fui, di vuelta la cabeza. Continuaban
meditando. Los rastrillos olvidados. No me extrañó de que engordaran.
Y vi numerosa gente entregada a la santa paz de lo verde. Todos meditando en
los letreros latinos que se ofrecen con profusión a la vista del público.
Todos tranquilitos, imperturbables, adormecidos, soleándose como lagartos o
cocodrilos y encantados de la vida, a pesar de que sus aspectos no denuncian
millones ni mucho menos. Pero el Señor, bondadoso con los hombres de buena
voluntad, les dispensa lo que a nosotros nos ha negado: la felicidad. En
cambio, esos individuos que podrían tomarse por solemnes vagos, y que puede
ser que lo sean, a la sombra de los árboles empollaban su haraganería y
florecían en meditaciones de manera envidiable.
En muchos bancos, estos poltrones, hacen circulo. Y recuerdan a los sapos
del campo. Porque los sapos del campo, cuando se prende la luz y se la deja
abandonada, se reúnen en torno de ella en círculo, y permanecen como
conferenciando horas enteras.
Pues en el Botánico ocurre lo mismo. Se ven círculos de vagos cosmopolitas y
silenciosos, mirándose a la cara, en las posiciones más variadas, y sin
decir esta boca es mía.
Naturalmente, a la gente le da grima esta vagancia semiorganizada; pero para
los que conocen el misterio de las actitudes humanas, esto no asombra. Esa
gente aprende idiomas, se interesa por las llamadas lenguas muertas y se
regocija contemplando los cartelitos de los árboles.
¿Dónde se reúnen ahora los enamorados? ¿Han perdido el romanticismo? El caso
es que en el Botánico lo que más escasean son las parejas amorosas. Sólo se
ve algún matrimonio proyecto que recrea sus ojos sin perjudicar sus rentas,
ya que para distraerse recorren los senderos solitarios, separados uno de
otro medio metro.
En definitiva, no sé si porque era lunes, o porque la gente ha encontrado
otros lugares de distracción, el caso es que el Jardín Botánico ofrece un
aspecto de desolación que espanta. Y lo único noble, son los árboles... los
árboles que envejecen apartándose de los hombres para recoger el cielo entre
sus brazos.
APUNTES FILOSOFICOS ACERCA DEL HOMBRE QUE "SE TIRA A MUERTO"
Antes de iniciar nuestro grandioso y bello estudio acerca del "hombre que se
tira a muerto", es necesario que nosotros, humildes mortales, ensalcemos a
Marcelo de Courteline, el magnífico y nunca bien ponderado autor de Los
señores chupatintas, y el que más amplia y jovialmente ha tratado de cerca
al gremio nefasto de los "que se tiran a muerto", gremio parásito e
imperturbable, que tiene puntos de contacto con el "squenun", gremio de
sujetos que tienen caras de otarios y que son más despabilados que linces. Y
cumplido ya nuestro deber con el señor de Courteline, entramos de lleno en
nuestra simpática apología.
Hay una rueda de amigos en un café. Hace una hora que "le dan a los
copetines", y de pronto llega el ineludible y fatal momento de pagar. Unos
se miran a los otros, todos esperan que el compañero saque la cartera, y de
pronto el más descarado o el más filósofo da fin a la cuestión con estas
palabras:
-Me tiro a muerto.
El sujeto que anunció tal determinación, acabadas de pronunciar las palabras
de referencia, se queda tan tranquilo como si nada hubiera ocurrido; los
otros lo miran, pero no dicen oste ni moste, el hombre acaba de anticipar la
última determinación admitida en el lenguaje porteño: Se tira a muerto.
¿Quiere ello decir que se suicidará? No, ello significa que nuestro
personaje no contribuirá con un solo centavo a la suma que se necesita para
pagar los copetines de marras.
Y como esta intención está apoyada por el rotundo y fatídico anuncio de "me
tiro a muerto", nadie protesta.
Con meridiana claridad que nos envidiaría un académico o un confeccionador
de diccionarios, acabamos de establecer la diferencia fundamental que
establece el acto de "tirarse a muerto", con aquel otro adjetivo de
"squenun".
Hacemos esta aclaración para colaborar en el porvenir del léxico argentino,
para evitar confusiones de idioma tan caras a la academia de los fósiles y
para que nuestros devotos lectores comprendan definitivamente la distancia
que media entre el "squenun" y el "hombre que se tira a muerto".
El "squenun" no trabaja. El "hombre que se tira a muerto" hace como que
trabaja. El primero es el cínico de la holgazanería; el segundo, el
hipócrita del dolce far riente. El primero no oculta su tendencia a la;
vagancia, sino que por el contrario la fomenta con sendos baños de sol; el
segundo acude a su trabajo, no trabaja, pero hace como que trabaja, cuando
lo puede ver el jefe, y luego "se tira a muerto" dejando que sus; compañeros
de deslomen trabajando.
¿El que "se tira a muerto" es un hombre que después de tantas cavilaciones
llegó a la conclusión de que no vale la pena trabajar? No. No se "tira a
muerto" el que quiere, sino el que puede, lo cual es muy distinto.
El que "se tira a muerto", ya ha nacido con tal tendencia. En la escuela era
el último en levantar la mano para poder pasar a dar la lección, o si le
conocía las mañas al maestro, levantaba el brazo siempre que éste no lo iba
a llamar, creyendo que sabía la lección.
Cuando más infante, se hacía llevar en brazos por la madre, y si lo querían
hacer caminar, lloraba como si estuviera muy cansado, porque en su
rudimentario entendimiento era más cómodo ser llevado que llevarse a sí
mismo.
Luego ingresó a una oficina, descubrió con su instinto de parásito cuál era
el hombre más activo, y se apegó a él, de modo que teniendo que hacer entre
los dos un mismo trabajo, en realidad éste lo hiciera, porque tan lleno de
errores estaba el trabajo del que "se tira a muerto".
Y los jefes acabaron por acostumbrarse al hombre que "se tira a muerto".
Primero protestaron contra "ese inútil", luego, hartos, le dejaron hacer, y
el hombre que "se tira a muerto" florece en todas las oficinas, en todas
nuestras reparticiones nacionales, aun en las empresas donde es sagrada ley
chuparle la sangre al que aún la tiene.
La naturaleza con su sabia previsión de los acontecimientos sociales y
naturales, y para que jamás le faltara tema a los caballeros que se dedican
a hacer notas, ha dispuesto que haya numerosas variedades del ejemplar del
hombre que "se tira a muerto".
Así, hay el hombre que no se puede "tirar espontáneamente a muerto". Lo
atrae el dolce far niente, pero este placer debe ir acompañado de otro
deleite: la simulación de que trabaja.
Le veréis frente a la máquina de escribir, grave el gesto, taciturna la
expresión, borrascosa la frente. Parece un genio, el que le mira se dice:
-¡Qué cosas formidables debe pensar ese hombre! ¡Qué trabajo importantísimo
debe de estar realizando!
Inclinémonos ante la sabiduría del Todopoderoso. El, que provee de alimentos
al microbio y al elefante a un mismo tiempo; él, que lo reparte todo, la
lluvia y el sol, ha hecho que por cada diez hombres que "se tiran a
muertos", haya veinte que quieran hacer méritos, de modo. que por sabia y
trascendental compensación, si en una oficina hay dos sujetos que todo lo
abandonan en manos del destino, en esa misma oficina hay siempre cuatro que
trabajan por ocho, de modo que nada se pierde ni nada se gana. Y veinte
restantes hacen sebo de modo razonable.
SILLA EN LA VEREDA
Llegaron las noches de las sillas en la vereda; de las familias estancadas
en las puertas de sus casas; llegaron, las noches del amor sentimental de
"buenas noches, vecina", el político e insinuante "¿cómo le va, don
Pascual?". Y don Pascual sonrie .y se atusa los "baffi", que bien sabe por
qué el mocito le pregunta cómo le va. Llegaron las noches...
Yo no sé qué tienen estos barrios porteños tan tristes en el día bajo el
sol, y tan lindos cuando la luna los recorre oblicuamente. Yo no sé qué
tienen; que reos o inteligentes, vagos o activos, todos queremos este barrio
con su jardín (sitio para la futura sala) y sus pebetas siempre iguales y
siempre distintas, y sus viejos, siempre iguales y siempre distintos
también. Encanto mafioso, dulzura mistonga, ilusión baratieri, ¡qué sé yo
qué tienen todos estos barrios!; estos barrios porteños, largos, todos
cortados con la misma tijera, todos semejantes con sus casitas atorrantas,
sus jardines con la palmera al centro y unos yuyos semiflorecidos que aroman
como si la noche reventara por ellos el apasionamiento que encierran las
almas de la ciudad; almas que sólo saben el ritmo del tango y del "te
quiero". Fulería poética, eso y algo más.
Algunos purretes que pelotean en el centro de la calle; media docena de
vagos en la esquina; una vieja cabrera en una puerta; una menor que soslaya
la esquina, donde está la media docena de vagos; tres propietarios que
gambetean cifras en diálogo estadístico frente al boliche de la esquina; un
piano que larga un vals antiguo; un perro que, atacado repentinamente de
epilepsia, circula, se extermina a tarascones una colonia de pulgas que
tiene junto a las vértebras de la cola; una pareja en la ventana oscura de
una sala: las hermanas en la puerta y el hermano complementando la media
docena de vagos que turrean en la esquina. Esto es todo y nada más. Fulería
poética, encanto misho, el estudio- de Bach o de Beethoven junto a un tango
de Filiberto o de Mattos Rodríguez.
Esto es el barrio porteño, barrio profundamente nuestro; barrio que todos,
reos o inteligentes, llevamos metido en el tuétano como una brujería de
encanto que no muere, que no morirá jamás.
Y junto a una puerta, una silla. Silla donde reposa la vieja, silla donde
reposa el "jovie". Silla simbólica, silla que se corre treinta centímetros
más hacia un costado cuando llega una visita que merece consideración,
mientras que la madre o el padre dice:
-Nena; traete otra silla.
Silla cordial de la puerta de calle, de la vereda; silla de amistad, silla
donde se consolida un prestigio de urbanidad ciudadana; silla que se le
ofrece al "propietario de al lado"; silla que se ofrece al "joven" que es
candidato para ennoviar; silla que la "nena" sonriendo y con modales de
dueña de casa ofrece, para demostrar que es muy señorita; silla donde la
noche del verano se estanca en una voluptuosa "linuya", en una charla
agradable, mientras "estrila la d'enfrente" o murmura "la de la esquina".
Silla donde se eterniza el cansancio del verano; silla que hace rueda con
otras; silla que obliga al transeúnte a bajar a la calle, mientras que la
señora exclama: "¡Pero, hija! ocupás toda la vereda".
Bajo un techo de estrellas, diez de la noche, la silla del barrio porteño
afirma una modalidad ciudadana.
En el respiro de las fatigas, soportadas durante el día, es la trampa donde
muchos quieren caer; silla engrupidora, atrapadora, sirena de nuestros
barrios.
Porque si usted pasaba, pasaba para verla, nada más; pero se detuvo. ¿Quién
no se para a saludar? ¿Cómo ser tan descortés? Y se queda un rato charlando.
¿Qué mal hay en hablar? Y, de pronto, le ofrecen una silla. Usted dice: "No,
no se molesten". Pero, ¿qué? ya fue volando la "nena" a traerle la silla. Y
una vez la silla allí, usted se sienta y sigue charlando.
Silla engrupidora, silla atrapadora.
Usted se sentó y siguió charlando. ¿Y sabe, amigo, dónde terminan a veces
esas conversaciones? En el Registro Civil.
Tenga cuidado con esa silla. Es agarradora, fina. Usted se sienta, y se está
bien sentado, sobre todo si al lado se tiene una pebeta. ¡Y usted que pasaba
para saludar! Tenga cuidado_ Por ahí se empieza.
Está, después, la otra silla, silla conventillera, silla de "jovies" tanos y
galaicos; silla esterillada de paja gruesa, silla donde hacen filosofía
barata ex barrenderos y peones municipales, todos en mangas de camiseta,
todos cachimbo en boca. La luna para arriba sobre los testuces rapados. Un
bandoneón rezonga broncas carcelarias en algún patio.
En un quicio de puerta, puerta encalada como la de un convento, él y ella.
El, del Escuadrón de Seguridad; ella planchadora o percalera.
Los "jovies", funcionarios públicos del carro, la pala y el escobillón, dan
la lata sobre "eregoyenisme". Algún mozo matrero reflexiona en un umbral.
Alguna criollaza gorda, piensa amarguras. Y este es otro pedazo del barrio
nuestro. Esté sonando Cuando llora la milonga o la Patética, importa poco.
Los corazones son los mismos, las pasiones las mismas, los odios los mismos,
las esperanzas las mismas.
¡Pero tenga cuidado con la silla, socio! Importa poco que sea de Viena o que
esté esterillada con paja brava del Delta: los corazones son los mismos...
MOTIVOS DE LA GIMNASIA SUECA
Yo no sé si ustedes se han fijado el calor brutal que hacía ayer. ¿No? Era
una temperatura como para refugiarse en un "bungalow" y buscar media docena
de bayaderas para que con plumeros le hicieran fresco a uno. Y sin embargo
vi a un hombre que se envolvía en franela. Les parecerá absurdo, pero vean
cómo fue.
Terminaba a las seis de la tarde de hacer gimnasia en la Yumen (Y.M.C.A.) y
estaba en el salón de armarios, cuando un tío enormemente grande comienza a
desvestirse a mi lado.
No fue nada eso, sino lo que hizo una vez desvestido. De un paquete que
traía sacó una pieza de franela, ¡qué sé yo cuántas varas serían!, y con
ellas comenzó a liarse el estómago y el vientre como un contrabandista de
seda.
Usted hubiera abierto los ojos como platos, aunque fuera indiscreto, ¿no?
Pues yo hice lo mismo. Lo miraba al gigante con los ojos y la boca abiertos.
Lo miraba, y el "goliat" de marras, sin hacerme caso, seguía enfardándose el
estómago con la franela.
Al fin no pude contenerme y le dije, sonriendo:
-¿No tendrá usted calor al hacer ejercicios con esa franela? -Es para
enflaquecer -contestóme el otro con vozarrón de bronce. Y acto seguido,
sobre ese colchón de franela que le envolvía el estómago y vientre, mi
gigante se endilgó un camisetón de lana, exclusivamente útil para ir al
polo; pues en otra región lo haría sudar a un esquimal. Y acto seguido se
explicó-: Los que no enflaquecen son los que no quieren.
Luego, olímpicamente, me volvió la espalda y se dirigió a la cancha a
hacerse una buena media hora de descoyuntamiento al trote.
Y un señor que había escuchado todo lo que conversamos y que sabía quién era
yo, me dijo:
-Vea, aquí en la Asociación no hay uno que no haga gimnasia sueca por algún
motivo. El hombre es de por sí haragán, y cuando se resuelve a hacer un
esfuerzo al que no está acostumbrado, es porque algo grave le pasa en el
interior. Usted, por ejemplo, ¿por qué hace gimnasia?
-Me lo recomendó un médico. Estaba excesivamente nervioso.
-Ha visto. Yo, en cambio, le voy a contar una historia. Usted será discreto,
es decir que no dirá que he sido yo quien se la ha contado.
-Encantado, cuéntemelo que quiera. Puedo hacer una nota con su historia.
-Sí, y allá va.
He aquí el relato del compañero de gimnasia:
-Tenía una novia con la cual corté relaciones bruscamente. Nos dirigimos
cartas atroces. Lo grave es que yo la quería tanto, que una vez que hube
cortado comprendí que me iba a ocurrir algo terrible, Enloquecía o hacía un
disparate. Eso no hubiera sido nada si una noche, mirándome en un espejo, no
observo que estaba aviejándome por horas. Y de pronto se me ocurrió esta
idea:
"Dentro de un año el sufrimiento me habrá convertido en una cáscara de
hombre. Estaré flaco, agobiado y roto. Y de pronto me vi así, pero en el
futuro y en la calle. El destino me había colocado frente a mi ex novia,
pero mi ex novia iba ahora acompañada por un magnífico buen mozo, y me
miraba irónicamente, como diciendo: `Qué poca cosa estás hecho. ¿Es posible
que haya sido tan estúpida en quererte?
"Bueno, cuando yo pensé o mejor dicho tuve la visión de mi futuro, créame,
salí a la calle, pero enloquecido. Necesitaba salvarme, salvarme de la
catástrofe que tenía en puerta con el agotamiento que me sobrevendría debido
a mi exceso de sensibilidad. Caminé toda la noche pensando en lo que podría
hacer, de pronto me acordé de la gimnasia sueca, de la salvación física por
medio del ejercicio, y créame, he pasado unos minutos de deslumbramiento
maravilloso, de una alegría como la que debieron experimentar los místicos
cuando comprendían que habían encontrado la entrada del Paraíso.
"Excuso decirle que yo era un perezoso como los que usted pinta en sus
notas. Y algo peor todavía. Indolente hasta decir basta. Pues no dormí esa
noche; fíjese, no tenía dinero, empeñé todo lo que tenía para pagar los
derechos de entrada a la Yumen y dos días después estaba haciendo gimnasia.
"Usted que comienza a hacer ejercicio ahora, se dará cuenta de los efectos
de la gimnasia en un individuo físicamente agotado, espiritualmente
desmoralizado. Más de una vez estuve tentado de abandonarlo todo, pero en
momentos en que iba a dejar la fila se me aparecía el. fantasma de esa
muchacha, en compañía del otro, del otro que algún día la acompañaría por la
calle. De esos dos fantasmas sólo` veía yo dos ojos burlones, los de ella,
diciendo: “qué poca cosa sos”, y entonces, créame, aunque estaba adolorido,
con los músculos tensos, casi quemando, hacia un esfuerzo, apretaba los
dientes y rabioso persistía en el ejercicio, en la ejecución perfecta de los
movimientos. Y qué alegría, amigo, cuando hacemos vencer a la voluntad. Y
así ya ve, de un hombre físicamente insignificante que era me he convertido
en una máquina casi perfecta."
Mientras mi compañero hablaba yo sonreía. Pensaba en los recovecos que tiene
el orgullo humano. Realmente, el hombre es un animal extraordinario. Tiene
posibilidades fantásticas. Y mi camarada termina:
-¿Se da cuenta? El sufrimiento que a otro lo hubiera hundido a mí me salvó.
Si hace la nota recomiéndele a los que quieran suicidarse por angustias de
amor, que hagan gimnasia sueca.
No pude retener la pregunta: -Y a ella ¿nunca la vio?
-No, pero algún día nos encontraremos. ¿Y se da cuenta la sorpresa que
experimentará? En vez de encontrarse con un individuo roto por la vida como
el que ella conoció, se encontrará con un hombre maravillosamente
reconstituido fuerte y más interesante que el que fue.
Indudablemente, el hombre es un animal extraordinario, que cuando tiene
condiciones, encuentra tangentes inesperadas para convertirse siempre en
mejor y mejor. Y quizá la verdadera vida sea eso: constante superación de sí
mismo.
VENTANAS ILUMINADAS
La otra noche me decía el amigo Feilberg, que es el coleccionista de las
historias más raras que conozco:
-¿Usted no se ha fijado en las ventanas iluminadas a las tres de la mañana?
Vea, allí tiene argumento para una nota curiosa.
Y de inmediato se internó en los recovecos de una historia que no hubiera
despreciado Villiers de L'Isle Adam o Barbey de Aurevilly o el barbudo de
Horacio Quiroga. Una historia magnífica relacionada con una ventana
iluminada a las tres de la: mañana.
Naturalmente, pensando después en las palabras de este amigo, llegué a la
conclusión de que tenía razón, y no me extrañaría que don Ramón Gómez de la
Serna hubiera utilizado este argumento para una de sus geniales greguerías.
Ciertamente, no hay nada más llamativo en el cubo negro de la no-1 che que
ese rectángulo de luz amarilla, situado en una altura, entre el prodigio de
las chimeneas bizcas y las nubes que van pasando por encima de la ciudad,
barridas como por un viento de maleficio.
¿Qué es lo que ocurre allí? ¿Cuántos crímenes se hubieran evitado si en ese
momento en que la ventana se ilumina, hubiera subido a espiar ; un hombre?
¿Quiénes están allí adentro? ¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos? ¿Nace
o muere alguien en ese lugar?
En el cubo negro de la noche, la ventana iluminada, como un ojo, vigila las
azoteas y hace levantar la cabeza de los trasnochadores que de pronto se
quedan mirando aquello con una curiosidad más poderosa que el cansancio.
Porque ya es la ventana de una buhardilla, una de esas ventanas de madera
deshechas por el sol, ya es una ventana de hierro, cubierta de cortinados, y
que entre los visillos y las persianas deja entrever unas rayas de luz. Y
luego la sombra, el vigilante Ve se pasea abajo, los hombres que pasan de
mal talante pensando en los líos que tendrán que solventar con sus
respetables esposas, mientras que la ventana iluminada, falsa como mula
bichoca, ofrece un refugio temporal, insinúa un escondite contra el aguacero
de estupidez que se descarga sobre la ciudad en los tranvías retardados y
crujientes.
Frecuentemente, esas piezas son parte integral de una casa de pensión, y no
se reúnen en ellas ni asesinos ni suicidas, sino buenos muchachos que pasan
el tiempo conversando mientras se calienta el agua para tomar mate.
Porque es curioso. Todo hombre que ha traspuesto la una de la madrugada,
considera la noche tan perdida, que ya es preferible pasarla de pie,
conversando con un buen amigo. Es después del café; de las rondas por los
cafetines turbios. Y juntos se encaminan para la pieza, donde, fatalmente,
el que no la ocupa se recostará sobre la cama del amigo, mientras que el
otro, cachazudamente, le prende fuego al calentador para preparar el agua
para el mate.
Y mientras que sorben, charlan. Son las charlas interminables de las tres de
la madrugada, las charlas de los hombres que, sintiendo cansado el cuerpo,
analizan los hechos del día con esa especie de fiebre lúcida y sin
temperatura, que en la vigilia deja en las ideas una lucidez de delirio.
Y el silencio que sube desde la calle, hace más lentas, más profundas, más
deseadas las palabras.
Esa es la ventana cordial, que desde la calle mira el agente de la esquina,
sabiendo que los que la ocupan son dos estudiantes eternos resolviendo un
problema de metafísica del amor o recordando en confidencia hechos que no se
pueden embuchar toda la noche.
Hay otra ventana que es tan cordial como ésta, y es la ventana del paisaje
del bar tirolés.
En todos los bares "imitación Munich" un pintor humorista y genial ha
pintado unas escenas de burgos tiroleses o suizos. En todas estas escenas
aparecen ciudades con tejados y torres y vigas, con calles torcidas, con
faroles cuyos pedestales se retuercen como una culebra, y abrazados a ellos,
fantásticos tudescos con medias verdes de turistas y un sombrerito jovial,
con la indispensable pluma. Estos borrachos simpáticos, de cuyos bolsillos
escapan golletes de botellas, miran con mirada lacrimosa a una señora obesa,
apoyada en la ventana, cubierta de un extraordinario camisón, con cofia
blanca, y que enarbola un tremendo garrote desde la altura.
La obesa señora de la ventana de las tres de la madrugada, tiene el
semblante de un carnicero, mientras que su cónyuge, con las piernas de
alambre retorcido en torno del farol, trata de dulcificar a la poco amable
"frau".
Pero la "frau" es inexorable como un beduino. Le dará una paliza a su
marido.
La ventana triste de las tres de la madrugada, es la ventana del pobre, la
ventana de esos conventillos de tres pisos, y que, de pronto, al iluminarse
bruscamente, lanza su resplandor en la noche como un quejido de angustia, un
llamado de socorro. Sin saber por qué se adivina, tras el súbito
encendimiento, a un hombre que salta de la cama despavorido, a una madre que
se inclina atormentada de sueño sobre una cuna; se adivina ese inesperado
dolor de muelas que ha estallado en medio del sueño y que trastornará a un
pobre diablo hasta el amanecer tras de las cortinas raídas de tanto usadas.
Ventana iluminada de las tres de la madrugada. Si se pudiera escribir todo
lo que se oculta tras de tus vidrios biselados o rotos, se escribiría el más
angustioso poema que conoce la humanidad. Inventores, rateros, poetas,
jugadores, moribundos, triunfadores que no pueden dormir de alegría. Cada
ventana iluminada en la noche crecida, es una historia que aún no se ha
escrito.
DIALOGO DE LECHERIA
Días pasados, tabique por medio, en un lechería con pretensiones de
"reservado para familias", escuché un diálogo que se me quedó pegado en el
oído, por lo pelafustanesco que resultaba. Indudablemente, el individuo era
un divertido, porque las cosas que decía movían a risa. He aquí lo que más o
menos retuve:
El Tipo. -Decime, yo no te juré amor eterno. ¿Vos podés afirmar bajo
testimonio de escribano público que te juré amor eterno? ¿Me juraste vos
amor eterno? No. ¿Y entonces...?
Ella. -Ni falta hacía que te jurara, porque bien sabés que te quiero...
El Tipo. -Un... Eso es harina de otro costal. Ahora hablemos del amor
eterno. Si yo no te juré amor eterno, ¿por qué me hacés cuestión y me
querellás?...
Ella. -¡Monstruo! Te sacaría los ojos...
El Tipo. -Y ahora me amenazás en mi seguridad personal. ¿Te das cuenta?
¿Querés privarme de mi libertad de albedrío?
Ella. -¡Qué disparates estás diciendo!...
El Tipo. -Es claro. Vos no me querés dejar tranquilo. Pretendés que como un
manso cabrito me pase la vida adorándote...
Ella.- ¿Manso cabrito vos?... Buena pieza..., desvergonzado hasta decir
basta...
El Tipo. -No satisfecha con amenazarme en mi seguridad personal, me injuriás
de palabra.
Ella. -Si no me juraste amor eterno, en cambio me dijiste que me querías...
El Tipo. -Eso es harina de otro costal. Una cosa es querer... y otra cosa,
querer siempre. Cuando yo te dije que te quería, te quería. Ahora...
Ella (amenazadora). -Ahora, ¿qué?
El Tipo (tranquilamente).- Ahora no te quiero como antes.
Ella. -¿Y cómo me querés, entonces?
El Tipo (con mucha dulzura).- Te quiero... ver lejos...
Ella. -Un descarado como vos no he conocido nunca.
El Tipo. -Por eso siempre te recomendé que viajaras. Viajando se instruye
uno. Pero no vayas a viajar en ómnibus, ni en tranvía. Tomá un vapor grande,
grandote, y andate... andate lejos.
Ella (furiosa). -¿Y por qué me besabas, entonces?
El Tipo. -Ejem... Eso es harina de otro costal...
Ella. -Parecés panadero.
El Tipo. -Yo te besaba, porque si no te besaba vos ibas a decir con tus
amigas: "Ven qué hombre más zonzo; ni me besa"...
Ella (resoplando). -¡Yo no sé como no te mato! ¿Así que vos me besabas por
gusto de besarme?
El Tipo. -No exageremos. Algo también me gustaba... Pero no tanto como vos
creés...
Ella. -Se puede saber, decime, ¿dónde te has criado? Porque vos no tenés
vergüenza. No la has tenido nunca. Ignorás lo que es la vergüenza.
El Tipo. -Sin embargo, yo soy muy tímido... Ya ves cuánto cavilo antes de
mandarte al diablo... No, al diablo, no, querida; no te disgustés... es una
forma de decir.
Ella (agarrándose al tema). -De modo que vos me besabas a mí...
El Tipo. -¡Dios mío! Si uno tuviera que dar cuenta de los besos que ha dado,
tendría que estar en presidio quinientos años. Vos parecés norteamericana.
Ella. -¡Norteamericana! ¿Por qué?
El Tipo. -Porque allá le pegás un beso a un palo de escoba y izas! la única
indemnización tolerada es el casamiento... de modo que a los besos no les
des importancia. Ahora, si yo hubiera echado a perder tu inocencia, sería
otra cosa...
Ella. -Yo no soy inocente. Inocentes son los locos y los bobos...
El Tipo. -Convengamos que decís una verdad grande como una casa. Y luego me
reprochás de ser injusto. Te doy la razón, querida. Sí, te la doy
ampliamente. ¿Qué pecado me reprochás, entonces? ¿El que te haya dado unos
besos?
Ella. -¿Unos besos? Si fueron como cuarenta.
El Tipo. -No... Estás mal, o tengo que suponer que vos no entendés de
matemáticas. Pongamos que son diez besos... Y estaremos en la cuenta. Y
tampoco llegan a diez. Además no valen porque son ósculos paternales... Y
ahora, después de enojarte que te haya besado, te enojás porque no quiero
seguir besándote. ¿Quién las entiende a ustedes las mujeres?
Ella. -Me enojo porque me querés abandonar infamemente.
El Tipo. -Yo no te di más que unos besos para que vos no les dijeras a tus
amigas que yo era un tipo zonzo. No tengo otro pecado sobre mi conciencia.
¿Qué me recriminás? ¿Se puede saber? A mí no me gusta hacer comedias. Vos te
aburrís en tu casa, te encontrás conmigo y te me pegoteás como si yo fuera
tu padre. Y yo no quiero ser tu padre. Yo no quiero tener responsabilidades.
Soy un hombre virtuoso, tímido y tranquilo. Me gusta abrir la boca como un
papanatas frente a un pillo que vende grasa de serpiente o cacerolas
inoxidables. Vos, en cambio, te empeñás en que te jure amor eterno. Y yo no
quiero jurarte amor eterno ni transitorio. Quiero andar atorranteando
tranquilamente solo, sin una tía a la cola que me cuenta historias pueriles
y manidas... y que porque me des un beso de morondanga me hacés pleitos que
si me hubieras prestado a interés compuesto los tesoros de Rotschild.
Ella. -Pero vos sos imposible...
El Tipo. -Soy un auténtico hombre honrado.
EL QUE SIEMPRE DA LA RAZON
Hay un tipo de hombre que no tiene color definido, siempre le da a usted la
razón, siempre sonríe, siempre está dispuesto a condolerse con su dolor y a
sonreír con su alegría, y ni por broma contradice a nadie, ni tampoco habla
mal de sus prójimos, y todos son buenos para él, y, aunque se le diga en la
propia cara: "¡Usted es un hipócrita!" es imposible hacerle abandonar su
estudiada posición de ecuanimidad.
Incluso cuando habla parece llenarse de satisfacción, y da palmaditas en las
espaldas de los que escuchan como si quisiera hacerse perdonar la alegría
con que los agasaja.
Esta efigie de hombre me produce una sensación de monstruo gelatinoso,
enorme, con más profundidades que el mismo mar.
No por lo que dice, sino por lo que oculta.
Obsérvelo.
Siempre busca algo con que halagar la vanidad de sus prójimos. Es
especialista en descubrir debilidades, no para vituperarlas o corregirlas,
sino para elogiarlas y echarles aceite como a la ensalada.
Es usted haragán. Pues el tipo le dirá:
-¡Qué macanudo "fiacún" es usted! Lo envidio, Jefe...
En cambio, usted tiene la pretensión de ser buen mozo. El fulano lo
encuentra, y, parándolo, le pone las dos manos en las coyunturas de los
brazos, lo mira dulcemente y exclama:
-¡Qué elegante está usted hoy! ¡Qué bien! ¿Dónde compró esa magnífica
corbata? Hombre dichoso.
Usted camina preocupado de encontrarse enfermo. Mi monstruo localiza su
obsesión y exclama, casi indignado:
-¿Enfermo usted? No chacotee. ¡Qué va a estar enfermo! Enfermo estoy yo.
E ipso facto desembucha tal colección de enfermedades, que usted casi lo
mira con terror... y contento de hallarse doliente de una sola enfermedad.
Se me dirá: "Son características de individuo enfermo, débil".
Más que hombre mi individuo es una enredadera, lenta, inexorable,
avanzadora. Puede cortarle todos los retoños que quiera, puede ofender a
esta enredadera, del mejor modo que le dé la gana. Es inútil. El monstruo no
reaccionará.
Crece con lentitud aterradora. Clava las raíces y crece. Inútil que el medio
le sea adverso, que nadie quiera ayudarlo, que lo desprecien, que le den a
entender que lo peor puede esperarse de él. Tiempo perdido. La enredadera, a
cambio de injurias, le devolverá flores, perfume, caricias. Usted lo
despreció y él se detendrá un día asombrado ante usted, exclamando:
-¿Quién es su sastre? ¡Qué magnífico traje le ha cortado! Sinvergüenza, no
hay derecho a ser tan elegante.
Usted dice un mal chiste; el hombre se ríe, lo "lomea" y después de ser casi
víctima de una congestión por exceso de risa, dice:
-¡Qué gracioso es usted!... ¡Qué bárbaro!...
Y nuevamente vuelve a ser víctima de un ataque de risa, que le sube desde el
vientre hasta la nuca.
Está bien con todos. Algunos lo desprecian, otros lo compadecen, rarísimos
lo estiman, y a la mayoría le es indiferente. El, más que nadie, tiene
perfecto conocimiento de la repulsión interna que suscita, y avanza
con más precauciones que una araña sobre la red que extrae de su estómago.
Está bien con todos. Puede usted comunicarle un secreto, en la seguridad que
él lo embuchará más celosamente que una caja de hierro.
Puede usted hacerle una barrabasada. Antes de que tenga tiempo de
disculparse, él le dirá:
-Comprendo. Olvidemos. Somos hombres. Todos fallamos. ¡Ja, ja! ¡Qué rico
tipo!
Imperceptiblemente sus gajos van prendiendo. Enroscándose a las defensas
fijas. No es necesario verle a él, para comprender dónde se encuentra. Más
aceitoso que una biela, se corre de un punto a otro con tal eficacia de
elasticidad, que allí donde haya alguien a quien festejar o adular allí
tropezaréis con su sonrisa amplia, ojos encandilados y sonrientes, y manos
beatíficamente cruzadas sobre el pecho.
No le sorprenderán en ninguna contradicción; salvo las contradicciones
inteligentes en que él mismo incurre para darle razón a su adversario y
dejarlo más satisfecho de su poder intelectual.
Otros se quejan. Hablan mal de la gente, del destino, de los jefes, de los
amigos. El, de la única persona de quien habla mal es de sí mismo. Los
demás, para los demás, exuda no sé de qué zona de su cuerpo tal extensión de
aceite, que en cuanto alguien encrespa una palabra él ahoga la tempestad del
vaso de agua con un barril de grasa.
Dije que este hombre era un monstruo, y que me infundía terror, terror
físico, igual que una pesadilla, porque adivinaba en él más profundidades
que las que tiene el mar.
Efectivamente: ¿se lo imaginan ustedes a este bicharraco enojado? ¿O
tramando una venganza?
"La procesión va por dentro." Exteriormente sonríe como un ídolo chino,
eternamente.
¿Qué es lo que desenvuelve dentro de él? ¿Qué tormentas? No me lo imagino...
puede estar usted seguro que en la soledad, en ese semblante que siempre
sonríe, debe dibujarse una tal fealdad taciturna, que al mismo diablo se le
pondrá la piel fría y mirará con prevención a su esperpento sobre la tierra:
el hipócrita.
LA SEÑORA DEL MEDICO
Teléfono. -Grinnn... grinnn... grin...
Notero. -¡Al diablo con el teléfono!
Teléfono. -Grinnn... grinn... grin...
Notero. -¡Hola!... Sí: con Arlt... Hable no más...
Desconocido. -Señor Arlt, perdone que lo moleste. Entre romperle la cabeza
de un palo a mi mujer o contarle lo que me pasa, he optado por esto
último... Deseo que le haga una nota a mi mujer...
Notero. -¿A su señora?...
Desconocido. -Sí; a mi legítima esposa. Permítame que me presente. Soy
médico.
Notero. -Tanto gusto.
Médico. -Soy médico... y no se ría, señor Arlt; acaba de ocurrirme con mi
mujer, el suceso más estrafalario que pueda presentársele a un profesional.
Tan estrafalario, que ya le he dicho: entre romperle la cabeza
a mi esposa de un palo, o confiarme a usted, opto por lo último. Asegúrese
al aparato, no se vaya a caer de espaldas.
Notero. -Ya estoy hecho a noticias bombas, de manera que no me sorprenderá.
Hable.
Médico. -Bueno; en estos momentos, mi señora está terminando de vestirse
para ir a consultar a un curandero.
Notero. -¡Qué formidable! Usted es médico y ella...
Médico. -Y ella está terminado su "toilette" en compañía de una amiga, para
ir a lo de un desvergonzado, que se las da de naturalista, con el objeto de
que le adivine qué enfermedad padece, la cual, entre paréntesis, consiste en
unas eczemas, naturalmente duras de curar, debido a que es diabética.
Lo maravilloso del caso, es que el tipo ese dice diagnosticar las
enfermedades por la forma de la letra y el nombre de los pacientes, y mi
mujer es tan simple que se lo cree, y no sólo se lo cree, sino que, además,
me hace un drama para que le permita visitar a ese tremendo pillete, que
vive en Villa Domínico, y no cobra la consulta, pero receta yuyitos que un
cómplice suyo, en la herboristería de la esquina, vende a peso de oro.
Notero. -Realmente es divertido su problema.
Médico. -Usted comprende que uno no ha cursado los seis años de escuela
primaria y otros seis de bachillerato, más otros siete de Universidad, para
terminar fracturándole el cráneo a su legítima esposa. Es incompatible con
la profesión; de manera que le agradecería profundísimamente se molestara en
escribir una nota sobre este caso, demostrativo de que hasta las mujeres de
los médicos tienen aserrín en el cerebro.
Notero. -Encantado, señor. Precisamente estaba rumiando un poco de bilis, de
manera que usted quedará complacido, porque creo que me va a salir una nota
chisposa de bronca.
Las necias se mueren por los charlatanes. Como las necias abundan, el
problema del hombre inteligente es mucho más grave de lo que puede
suponerse. Los charlatanes son los únicos individuos que acaparan la
atención de las frívolas y mentecatas. El autor de estas líneas no sabe a
qué anomalía atribuir semejante fenómeno. ¿Se debe a la mentalidad casi
infantil de las damnificadas? ¿O a su poca facilidad para concentrarse en
los temas serios?
Una mujer duda del marido, del novio, del hermano y del padre, pero tropieza
en su camino con un desvergonzado locuaz, pirotecnia pura, gestos
melodramáticos, apostura estudiada, teatralidad estilo novela de esa pavota
llamada Delly, y padre, novio o marido, quedan anulados por el charlatán.
No hay nada que hacer. El charlatán ataca directamente la imagina-
un poco de salame a mediodía, donde los tomaba la hora, y luego marchaban,
marchaban infatigablemente hasta el oscurecer, en que se recogían.
Después pasaron muchos meses. No volví a verlos, hasta que un año después
apareció el viejo, pero tan ancianizado que parecía una momia. El hijo no lo
acompañaba. Se había muerto de enfermedad larga. Todas las economías se
fueron al diablo. Estaba tan enormemente triste, que de pronto le dijo a mi
madre:
-Yo ya no boner esberanza en trabajo. Jugar lotería ahora. Mi no bolber a
Turquía.
El turco es soñador por naturaleza. De allí que sea jugador. Y a ello se une
su vida: una vida de trabajo que es desmoralizadora en su más alto grado, y
para la cual se requieren una serie de fuerzas que pronto se acaban.
Y para dejar de trabajar de una vez, trabaja y juega. Trabaja para poder
jugar. Se juega semana por semana, jugada por jugada, hasta el último
centavo de ganancia que le ha quedado.
Y luego empieza otra vez. ¿No ha sido ahora? ¡Será mañana ¿Quién lo sabe? El
azar de los números sólo Dios lo conoce...
Por eso juega. No es sólo la emoción, como en el jugador histérico, para
quien el juego es un placer nervioso puramente, sino que para el turco es
una posibilidad de enriquecimiento súbito. Cuando gane no jugará más, y esto
es lo que lo diferencia del jugador criollo que, gane o pierda, se jugaría
hasta el alma si se la acepta el quinielero o el banquero.
De allí que en las tardes de verano, cuando el sol raja la tierra, y los
caballos adormecen a la sombra de los árboles, insensibles al sol y a las
nubes de polvo, avanza el turco con su carga y su fatiga que le cubre de
agua el semblante. No le importa. Aguanta y avanza, pensando en un número,
en un número que le permita volver rico a esa Turquía que en mi imaginación
infantil era una ciudad redonda, rodeada de agua azul, y con muchas iglesias
doradas...
EL PLACER DE VAGABUNDEAR
Comienzo por declarar que creo que para vagabundear se necesitan
excepcionales condiciones de soñador. Ya lo dijo el ilustre Macedonio
Fernández: "No toda es vigilia la de los ojos abiertos".
Digo esto porque hay vagos, y vagos. Entendámonos. Entre el "crosta" de
botines destartalados, pelambre mugrientosa y enjundia con más grasa que un
carro de matarife, y el vagabundo bien vestido, soñador y escéptico, hay más
distancia que entre la Luna y la Tierra. Salvo que ese vagabundo se llame
Máximo Gorki, o Jack London, o Richepin.
Ante todo, para vagar hay que estar por completo despojado de prejuicios y
luego ser un poquitín escéptico, escéptico como esos perros que tienen la
mirada de hambre y que cuando los llaman menean la cola, pero en vez de
acercarse, se alejan, poniendo entre su cuerpo y la humanidad, una
respetable distancia.
Claro está que nuestra ciudad no es de las más apropiadas para el
atorrantismo sentimental, pero ¡qué se le va a hacer!
Para un ciego, de esos ciegos que tienen las orejas y los ojos bien abiertos
inútilmente, nada hay para ver en Buenos Aires, pero, en cambio, ¡qué
grandes, qué llenas de novedades están las calles de la ciudad para un
soñador irónico y un poco despierto! ¡Cuántos dramas escondidos en las
siniestras casas de departamentos! ¡Cuántas historias crueles en los
semblantes de ciertas mujeres que pasan! ¡Cuánta canallada en otras caras!
Porque hay semblantes que son como el mapa del infierno humano. Ojos que
parecen pozos. Miradas que hacen pensar en las lluvias de fuego bíblico.
Tontos que son un poema de imbecilidad. Granujas que merecerían una estatua
por buscavidas. Asaltantes que meditan sus trapacerías detrás del cristal
turbio, siempre turbio, de una lechería.
El profeta, ante este espectáculo, se indigna. El sociólogo construye
indigestas teorías. El papanatas no ve nada y el vagabundo se regocija.
Entendámonos. Se regocija ante la diversidad de tipos humanos. Sobre cada
uno se puede construir un mundo. Los que llevan escritos en la frente lo que
piensan, como aquellos que son más cerrados que adoquines, muestran su
pequeño secreto... el secreto que los mueve a través de la vida como
fantoches.
A veces lo inesperado es un hombre que piensa matarse y que lo más
gentilmente posible ofrece su suicidio como un espectáculo admirable y en el
cual el precio de la entrada es el terror y el compromiso en la comisaría
seccional. Otras veces lo inesperado es una señora dándose de cachetadas con
su vecina, mientras un coro de mocosos se prende de las polleras de las
furias y el zapatero de la mitad de cuadra asoma la cabeza a la puerta de su
covacha para no perder el plato.
Los extraordinarios encuentros de la calle. Las cosas que se ven. Las
palabras que se escuchan. Las tragedias que se llegan a conocer. Y de
pronto, la calle, la calle lisa y que parecía destinada a ser una arteria de
tráfico con veredas para los hombres y calzada para las bestias y los
carros, se convierte en un escaparate, mejor dicho, en un escenario grotesco
y es-
pantoso donde, como en los cartones de Goya, los endemoniados, los
ahorcados, los embrujados, los enloquecidos, danzan su zarabanda infernal.
Porque, en realidad, ¿qué fue Goya, sino un pintor de las calles de España?
Goya, como pintor de tres aristócratas zampatortas, no interesa. Pero Goya,
como animador de la canalla de Moncloa, de las brujas de Sierra Divieso, de
los bigardos monstruosos, es un genio. Y un genio que da miedo.
Y todo eso lo vio vagabundeando por las calles.
La ciudad desaparece. Parece mentira, pero la ciudad desaparece para
convertirse en un emporio infernal. Las tiendas, los letreros luminosos, las
casas quintas, todas esas apariencias bonitas y regaladoras de los sentidos,
se desvanecen para dejar flotando en el aire agriado las nervaduras del
dolor universal. Y del espectador se ahuyenta el afán de viajar. Más aún: he
llegado a la conclusión de que aquél que no encuentra todo el universo
encerrado en las calles de su ciudad, no encontrará una calle original en
ninguna de las ciudades del mundo. Y no las encontrará, porque el ciego en
Buenos Aires es ciego en Madrid o Calcuta...
Recuerdo perfectamente que los manuales escolares pintan a los señores o
caballeritos que callejean como futuros perdularios, pero yo he aprendido
que la escuela más útil para el entendimiento es la escuela de "
la calle, escuela agria, que deja en el paladar un placer agridulce y que
enseña todo aquello que los libros no dicen jamás. Porque, desgraciadamente,
los libros los escriben los poetas o los tontos.
Sin embargo, aún pasará mucho tiempo antes de que la gente se dé cuenta de
la utilidad de darse unos baños de multitud y de callejeo. Pero el día que
lo aprendan serán más sabios, y más perfectos y más indulgentes, sobre todo.
Sí, indulgentes. Porque más de una vez he pensado que la magnífica
indulgencia que ha hecho eterno a Jesús, derivaba de su continua vida en la
calle. Y de su comunión con los hombres buenos y malos, y con las mujeres
honestas y también con las que no lo eran.
¡ATENTI, NENA, QUE EL TIEMPO PASA!
Hoy, mientras venía en el tranvía, carpeteaba a una jovenzuela que,
acompañada por el novio, ponía cara de hacerle un favor a éste permitiéndole
que estuviera al lado. En todo el viaje no dijo otra palabra que no fuera sí
o no. Y para ahorrarse saliva movía la "zabeca" como mula noriega. El gil
que la acompañaba ensayaba todo el arte de conversación, pero al ñudo;
porque la nena se hacía la interesante y miraba al espacio como si buscara
algo que fuera menos zanahoria que el acompañante.
Yo meditaba broncas filosóficas al tiempo que pensaba. En tanto las cuadras
pasaban y el Romeo de marras venía dale que dale, conversando con la nena
que me ponía nervioso de verla tan consentida. Y sobrándola, yo le decía "in
mente":
-Nena, no te hablaré del tiempo, del concepto matemático del rantifuso
tiempo que tenían Spencer, Poincaré, Einstein y Proust. No te hablaré, del
tiempo espacio, porque sos muy burra para entenderme; pero atendé estas
razones que son de hombre que ha vivido y que preferiría vender verdura a
escribir:
"No lo desprecies al tipo que llevás al lado. No, nena; no lo desprecies.
"El tiempo, esa abstracción matemática que revuelve la sesera a todos los
otarios con patentes de sabios, existe, nena. Existe para escarnio de tu
trompita que dentro de algunos años tendrá más arrugas que guante de vieja o
traje de cesante.
"¡Atenti, piba, que los siglos corren!
"Cierto es que tu novio tiene cara de zanahoria, con esa nariz fuera de
ordenanza y los "tegobitos" como los de una foca. Cierto que en cada fosa
nasal puede llevar contrabando, y que tiene la mirada pitañosa como
sirviente sin sueldo o babión sin destino, cierto que hay muchachos más
lindos, más simpáticos, más ranas, más prácticos para pulsar la vihuela de
tu corazón y cualquier cosa que se le ocurra al que me lee. Cierto es. Pero
el tiempo pasa, a pesar de que Spencer decía que no existía y Einstein
afirme que es una realidad de la geometría euclidiana que no tiene minga que
ver con las otras geometrías... ¡Atenti, nena, que el tiempo pasa! Pasa. Y
cada día merma el stock de giles. Cada día desaparece un zonzo de la
circulación. Parece mentira, pero así no más es.
"Te adivino el pensamiento, percalera. Es éste: “Puede venir otro mejor”...
"Cierto... Pero pensá que todos quieren tomarle tacto a la mercadería,
pulsar la estofa, saber lo que compran para batir después que no les gusta,
y ¡qué diablo! Recordate que ni en las ferias se permite tocar la manteca,
que la ordenanza municipal en los puestos de los turcos bien claro lo dice:
“Se prohibe tocar la carne”, pero que esas ordenanzas en la caza del novio,
en el clásico del civil, no rezan, y que muchas veces hay que infringir el
digesto municipal para llegar al registro nacional.
"¿Que el hombre es feo como un gorila? Cierto es; pero si te acostumbrás a
mirarlo te va a parecer más lindo que Valentino. Después que un novio no
vale por la cara, sino por otras cosas. Por el sueldo, por lo empacador de
vento que sea, por lo cuidadoso del laburo... por los ascensos que puede
tener... en fin... por muchas cosas. Y el tiempo pasa, nena. Pasa al galope;
pasa con bronca. Y cada día merma el stock de los zanahorias; cada día
desaparece de la circulación un zonzo. Algunos que se mueren, otros que se
avivan..."
Así iba yo pensando en el bondi donde la moza las iba de interesante por el
señor que la acompañaba. Juro que la autoengrupida no pronunció media docena
de palabras durante todo el viaje, y no era yo sólo el que la venía
carpeteando, sino que también otros pasajeros se fijaron en el silencio de
la fulana, y hasta sentíamos bronca y vergüenza, porque el mal trago lo
pasaba un hombre, y ¡qué diablos! al fin y al cabo, entre los leones hay
alguna solidaridad, aunque sea involuntaria.
En Caballito, la niña subió a una combinación, mientras que el gil se quedó
en la acera esperando que el bondi rajara. Y ella desde arriba y él desde la
rúa, se miraban con comedia de despedida sin consuelo. Y cuando el gaita
mótorman arrancó, él, como quien saluda a una princesa, se quitó el capelo
mientras que ella digitaleaba en el espacio como si se alejara en un
"píccolo navío".
Y fijándome en la pinta déla dama, nuevamente reflexioné:
-¡Atenti, nena, que el tiempo raja! Todavía estás a tiempo de atrapar al
zonzo que tratás con prepotencia, pero no te ilusiones.
"Vienen años de miseria, de bronca, de revolución, de dictadura, de quiebras
y de concordatos. Vienen tiempos de encarecimientos. El que más, el que
menos, galgueará en la rúa en busca del sustento cotidiano. No seas,
entonces, baguala con el hombre, y atendelo como es debido. Meditá. Hoy,
todavía, lo tenés al lado; mañana podés no tenerlo. Conversalo, que es lo
que menos cuesta. Pensá que a los hombres no les gustan las novias
silenciosas, porque barruntan que bajo el silencio se esconde una mala
pécora y una tía atimada, zorrina y broncosa. ¡Atenti, nena; que el tiempo
no vuelve!..."
EL HOMBRE CORCHO
El hombre corcho, el hombre que nunca se hunde, sean cuales sean los
acontecimientos turbios en que está mezclado, es el tipo más interesante de
la fauna de los pilletes.
Y quizá también el más inteligente y el más peligroso. Porque yo no conozco
sujeto más peligroso que ese individuo, que, cuando viene a hablaros de su
asunto, os dice:
-Yo salí absuelto de culpa y cargo de ese proceso con la constancia de que
ni mi buen nombre ni mi honor quedaban afectados.
Bueno, cuando malandra de esta o de cualquier otra categoría os diga que "su
buen nombre y honor no quedan afectados por el proceso", pónganse las manos
en los bolsillos y abran bien los ojos, porque si no les ha de pesar más
tarde.
Ya en la escuela fue uno de esos alumnos solapados, de sonrisa falsa y
aplicación excelente, que cuando se trataba de tirar una piedra se la
alcanzaba al compañero.
Siempre fue así, bellaco y tramposo, y simulador como él solo.
Este es el mal individuo, que si frecuentaba nuestras casas convencía a
nuestras madres de que él era un santo, y nuestras madres, inexpertas y
buenas, nos enloquecían luego con la cantinela:
-Tomá ejemplo de Fulano. Mirá qué buen muchacho es.
Y el buen muchacho era el que le ponía alfileres en el asiento al maestro,
pero sin que nadie lo viera; el buen muchacho era el que convencía al
maestro de que él era un ejemplo vivo de aplicación, y en los castigos
colectivos, en las aventuras en las cuales toda la clase cargaba con el
muerto, él se libraba en obsequio a su conducta ejemplar; y este pillete en
semilla, este malandrín en flor, por "a", por "b" o por "c", más
profundamente inmoral que todos los brutos de la clase juntos, era el único
que convencía al bedel o al director de su inocencia y de su bondad.
Corcho desde el aula, continuará siempre flotando; y en los exámenes, aunque
sabía menos que los otros, salía bien; en las clases igual, y siempre,
siempre sin hundirse, como si su naturaleza física participara de la fofa
condición del corcho.
Ya hombre, toda su malicia natural se redondeó, perfeccionándose hasta lo
increíble.
En el bien o en el mal, nunca fue bueno; bueno en lo que la palabra
significaría platónicamente. La bondad de este hombre siempre queda
sintetizada en estas palabras:
"El proceso no afectó ni mi buen nombre ni mi honor".
Allí está su bondad, su honor y su honradez. El proceso no "los afectó".
Casi, casi podríamos decir que si es bueno, su bondad es de carácter
jurídico. Eso mismo. Un excelente individuo, jurídicamente hablando. ¿Y qué
más se le puede pedir a un sinvergüenza de esta calaña?
Lo que ocurrió es que flotó, flotó como el maldito corcho. Allí donde otro
pobre diablo se habría hundido para siempre en la cárcel, en el deshonor y
la ignominia, el ciudadano Corcho encontró la triquiñuela de la ley, la
escapatoria del código, la falta de un procedimiento que anulaba todo lo
actuado, la prescripción por negligencia de los curiales, de las aves
negras, de los oficiales de justicia y de toda la corte de cuervos lustrosos
y temibles. El caso es que se salvó. Se salvó "sin que el proceso afectara
su buen nombre ni su honor". Ahora sería interesante establecer si un
proceso puede afectar lo que un hombre no tiene.
Donde más ostensibles son las virtudes del ciudadano Corcho es en las
"litis" comerciales, en las trapisondas de las reuniones de acreedores, en
los conatos de quiebras, en los concordatos, verificaciones de créditos,
tomas de razón, y todos esos chanchullos donde los damnificados creen perder
la razón, y si no la pierden, pierden la plata, que para ellos es casi lo
mismo o peor.
En estos líos, espantosos de turbios y de incomprensibles, es donde el
ciudadano Corcho flota en las aguas de la tempestad con la serenidad de un
tiburón. ¿Que los acréedores se confabulaban para asesinarlo? Pedirá
garantías al ministro y al juez. ¿Que los acreedores quieren cobrarle?
Levantará más falsos testimonios que Tartufo y su progenitor ¿Que los falsos
acreedores quieren chuparle la sangre? Pues, a pararse, que si allí hay un
sujeto con derecho a sanguijuela, es él y nadie más. ¿Que el síndico no se
quiere "acomodar"? Pues, a crearle al síndico complicaciones que lo
sindicarán como mal síndico.
Y tanto va y viene, y da vueltas, y trama combinaciones, que al fin de
cuentas el hombre Corcho los ha embarullado a todos, y no hay Cristo que se
entienda. Y el ganancioso, el único ganancioso, es él. Todos los demás ¡van
muertos!
Fenómeno singular, caerá, como el gato, siempre de pie. Si es en un asunto
criminal, se libra con la condicional; si en un asunto civil, no paga ni el
sellado; si en un asunto particular, entonces, ¡qué Dios os libre!
Tremendo, astuto y cauteloso, el hombre Corcho no da paso ni puntada en
falso.
Y todo le sale bien. Así como en la escuela pasaba los exámenes aunque no
supiera la lección, y en el examen siempre acertó por una bolilla favorable,
este sujeto, en la clase de la vida, la acierta igualmente. Si se dedicó al
comercio, y el negocio le va mal, siempre encuentra un zonzo a quien
endosárselo. Si se produce una quiebra, él es el que, a pesar de la
ferocidad de los acreedores, los arregla con un quince por ciento a pagar en
la eternidad, cuando pueda o cuando quiera. Y siempre así, falso, amable y
terrible, prospera en los bajíos donde se hubiera ido a pique, o encallado,
más de una preclara inteligencia.
¿Talento o instinto? ¡Quién lo va a saber!
¿NO SE LO DECIA YO?
Siempre que en una casa, por intercesión o culpa de un tercero, ocurre un
desbarajuste, no falta un miembro de la familia que exclame, regocijado:
-¿No se lo decía yo? Siempre me pareció que esto iba a terminar así. Como es
natural, sobre si el referido miembro lo dijo o no lo dijo, se arma otra
pelotera de San Quintín; pelotera que en modo alguno aclara el lío, sino que
lo enturbia más, pues por efecto de los ánimos explosivos, viene a suscitar
nuevos chismes, nuevas historias, nuevos coscorrones.
Y es que la frase trae siempre a colación una primera impresión: primera
impresión que se desechó por inútil, ya que el semblante nuevo es como una
tierra desconocida que, por sus accidentes, permite juzgar de su topografía,
de sus posibilidades transitables y de otras tantas condiciones que se
relacionan con la vida.
De ahí, que muchos, cuando se encuentran en presencia de un rostro nuevo, es
como si de pronto, tuvieran ante los ojos un mapa; mapa que les permite, en
el aturdimiento de las palabras que se cambian por primera vez, intuir las
virtudes o los vicios de ese nuevo desconocido que se mueve en las voces y
los gestos y los rasgos faciales.
Son gentes que llegan hasta adivinar cosas ajenas. No se trata de magos n¡
de brujos, de quirománticos ni de astrólogos, sino de intuitivos, como
explicaremos más adelante.
Para ellos la cara de un individuo es como un libro abierto, con letras
grandes y con figuritas explicativas. Por eso difícilmente se equivocan. Y
esa habilidad extraordinaria la han desarrollado hasta lo maravilloso por su
ilimitado amor a la alacranería. Porque no es posible hablar muy bien ni mal
de la gente si uno no conoce a su víctima. Y el afán de alacranear se hace
tan intenso, que los alacranes aprenden a reconocer a la gente con una
certeza y una rapidez inconcebible. Así largan su baba de maledicencia, y
así, también, demuestran sus dotes proféticas cuando dicen: "¿No se lo decía
yo?"
Y es que cuando un individuo, un poco sensible, comienza a manifestar sus
primeras impresiones, resulta frecuentemente que se le tacha de venenoso o
de alacrán; y cuando sus profecías se confirman, se le mira con una rabieta
mal disimulada; esa rabieta con que juzgaríamos a un hombre que nos pudo
salvar de un peligro y que no lo hizo, aunque sabemos perfectamente que el
"intuitivo" no tuvo la culpa, ya que bien nos lo advirtió.
Lo cual, entre paréntesis, no es ningún mérito, ya que la gente, por lo
general, es más bien mala que buena, y entonces menos peligro de equivocarse
se corre pensando desfavorablemente de la humanidad que de un modo
optimista.
Según los manuales de ciencias ocultas y de psicología trascendental, los
intuitivos son personas de gran sensibilidad y cultura, gente cuyo
refinamiento interior y exterior les permite juzgar, a simple vista, de la
mentalidad de sus semejantes. Esto, según la psicología; porque, según los
libros de ciencias ocultas, esas intuiciones son el producto de una vida
pura, física y mentalmente hablando.
Pero yo he descubierto que eso debe ser puro macaneo, o macaneo libre de
gente que necesita escribir un libro, y, sobre escribirlo, venderlo.
Y hago esta brusca proposición porque he observado que en los barrios de
nuestra ciudad las que desempeñan tal tarea profética no son personas de
extraordinaria cultura ni vida interior semejante a la del Buda o de Cristo,
sino viejas de nariz ganchuda, ancianas temibles por lo chismosas, de
sonrisa meliflua, que a cada mudanza que se efectúa en el barrio, se asoman
envueltas en una pañoleta, a la puerta de calle y con una sonrisa burlona,
aguzando como destornilladores sus ojillos grises, controlan todos los
trastos que los faquines bajan de los carros.
Otras vecinas, igualmente curiosas, mosquetean la descarga, y la vieja