|
|
La escisión de la Asociación
Psicoanalítica Argentina de 1972
"La enfermedad es el
capitalismo"
[Revista Primera Plana, mayo de 1972]
Cuestionar parece haber sido la
consigna de ruptura con la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). No sólo la
estructura desigual de la institución fue puesta en tela de juicio. O, por lo
menos, lo fue en tanto expresaba una sociedad simétricamente desigual. De este
modo, acuciados por la experiencia popular del Cordobazo, surgieron algunos
grupos disidentes de trabajadores de la salud mental: Plataforma, Documento.
Paralelamente, también la Federación Argentina de Psiquiatras (FAP), una entidad
gremial, radicalizaba sus posiciones. La práctica psicoterapéutica pretendía
superar la escotomización. Para lograrlo, el psicoanálisis debe ser repensado y,
sobre todo, practicado en términos de una sociedad capitalista, cuya
racionalidad responde a los movimientos de los centros de poder.
PRIMERA PLANA entrevistó a tres especialistas en el tema (Enrique Pichón
Rivière, Emilio Rodrigué y Armando Bauleo), en base a diez
preguntas. Solo Documento, que prefirió dar una respuesta de conjunto, con el
consiguiente insumo de tiempo, quedó fuera de pautas. El doctor Antonio Caparrós
caracteriza las notas necesarias de una psicología nacional y popular.
Este es el cuestionario:
1 — El elitismo y verticalismo de las instituciones psicoanalíticas
tradicionales es producto de la ideología liberal. Habiendo adoptado valores
distintos, ¿de qué modo se organizan, ustedes?
2—La teoría y técnica que ahora practican, ¿en qué difiere de la que hacían
siendo miembros de la APA?
3—¿Qué idea tiene de la lucha en el campo de la cultura? ¿Cómo se vincula a la
lucha social?
4 — ¿Como caracterizaría esa lucha a nivel de su campo específico?
5—¿Cómo se puede visualizar la relación entre los diferentes grupos que trabajan
en el campo de la salud mental y cuáles son sus diferencias?
6—¿Cuál es la relación entre el momento social y económico argentino y el
desarrollo de su ciencia?
7—¿Cómo se incorporan las crisis sociales a la situación analítica?
8—¿Cómo estructuran ustedes la relación terapeuta-paciente?
9—¿Cuál es su criterio de salud y enfermedad?
10—¿De qué manera colabora el psicoanálisis para llegar al socialismo?
ENRIQUE
PICHON RIVIERE
|
Psicología y Psicoanálisis en la década del 70, con Hugo Vezzetti. El surgimiento de la carrera de Psicología en la Universidad de Buenos Aires, la relación del Psicoanálisis y la Salud Mental, y las diferencias entre la psicología de los años 50 y la psicología de los años 60 según el punto de vista de Hugo Vezzetti. "Tramas, memorias del presente" www.tramasradio.blogspot.com (Para cambiar de bloque presione >>) |
64 años, 3 hijos, médico psiquiatra, nacido en Ginebra el 25 de junio de
1907. Criado en el Chaco y en Corrientes (Goya). Miembro fundador de la
Asociación Psicoanalítica Argentina, el desarrollo de su pensamiento lo condujo
a cuestionamientos en el nivel teórico y en el nivel Ideológico del
psicoanálisis ortodoxo y de la institución psicoanalítica; esto determinó su
alejamiento de la misma, aunque no su renuncia. Desde hace anos vuelca todo su
esfuerzo en el campo de la psicología social, lo que se vehiculiza a través de
la Escuela de Psicología Social de Buenos Aires, y la de San Miguel de Tucumán,
de las cuales es director.
La lucha que se da en el campo de la cultura, lucha ideológica, se inscribe
entre las manifestaciones de la lucha de clases en la medida en que surge un
pensamiento dialéctico revolucionario que se replantee los modelos del
pensamiento. Estos modelos han sido hasta ahora dominados por una lógica formal
y disociante. Esas formas nuevas del conocimiento tienden a totalizar aquello
cuyas interrelaciones han sido sistemáticamente escamoteadas y oscurecidas por
la ideología dominante: el pensamiento, el sentimiento y la acción.
En cuanto a mi campo específico, advierto la presencia de esa lucha a través de
una incipiente revolución teórica, revolución caracterizada por los modos de
aproximación a la problemática de la relación entre estructura socioeconómica y
vida psíquica, indagación de la operación de las ideologías en el inconsciente,
procesos de socialización. Hablo de revolución incipiente porque se trata, hasta
ahora, del intento de ubicar el problema en sus premisas adecuadas: la
psicología social es una disciplina en proceso de construcción. La carencia más
lacerante en el campo del quehacer psicológico, o la máxima expresión de la
incidencia de la ideología dominante, se advierte en el nivel de los criterios
de salud y enfermedad. En cuanto a la práctica terapéutica, ¿cómo puede ser
revolucionaria? Para responder a esto apelo a la que caracterizamos como
"tarea", entendida esta como el abordaje y elaboración de los miedos que
configuran la resistencia al cambio, rompiéndose así una pauta estereotipada y
disociativa que funciona como factor de estancamiento en el aprendizaje de la
realidad o punto disposicional de la enfermedad. En la tarea correctora, el
sujeto realiza un salto cualitativo, se personifica y establece un vinculo
operativo con el otro. Si el terapeuta confunde pretarea con tarea entra en el
juego dé la enfermedad y la actúa. El terapeuta entra en pretarea, cae en una
impostura de la Tarea, por resistencias propias al "ser consciente" al proyecto,
lo que son resistencias ideológicas a la praxis. Insertarse como agente en un
proceso corrector significa trabajar con un paciente y su grupo inmediato, para
instrumentarlo a través de esa tarea común hacia el logro de una lectura crítica
y operativa de la realidad. "La cura" se trata no de la adaptación pasiva,
aceptación indiscriminada de normas y valores, sino del rescate en otro nivel,
de la denuncia y la crítica implícitas en la conducta desviada (enfermedad) para
establecer, a partir de allí, una relación dialéctica, mutuamente modificadora
con el medio. Este es el criterio de salud con el que operamos.
En cuanto a cómo se incorporan las crisis sociales a la situación analítica yo
respondería con otra pregunta: ¿cómo pueden no incorporarse a esa situación?
Están presentes, lo sepan o no, terapeuta y paciente. La última pregunta se
refiere a de qué manera el psicoanálisis colabora para el advenimiento del
socialismo. Ante esto yo quisiera señalar un malentendido que amenaza tener
peligrosas consecuencias: si bien todo hecho humano es un hecho político, la
revolución social no pasa por la psicología.
EMILIO
RODRIGUÉ
Psicoanalista, ex APA, casi ex presidente de la Federación Argentina de
Psiquiatras regional, miembro de PLATAFORMA, novelista, actor "de tercera
clase".
Considero que primero debemos sacarnos el peso de encima. Aun cuando uno esté en
la cúspide de la pirámide, el artefacto pesa. Y sigue pesando cuando uno sale y,
aparentemente liberado, tiende a repetir el proceso. Me apenaría mucho que algo
de eso comenzara a ocurrir en los grupos nuevos.
En mi caso personal, el replanteo teórico y técnico se inició antes de mi
ruptura con la APA. Una vez realizada la ruptura, no puedo señalar un campo
revolucionario en la aplicación técnica de la teoría. Eso lo constato
—incontrovertiblemente— con mis pacientes. Que sienten que yo estoy cambiado,
pero no tanto.
He notado de un tiempo a esta parte lo cismático, la lucha tendencial donde cada
uno ve más claro su parte, y más oscura la parte del otro. A veces, la
izquierda, poéticamente hablando, es una mi... Habría que revisar si esa crisis
misma no es un síntoma prerrevolucionario...
Ojalá por medio de entrevistas psicoanalíticas, nosotros pudiéramos aliviar los
estragos que produce la represión. A nivel técnico sería emplear e inventar
recursos para neutralizar día a día al sistema. A nivel teórico producir
conocimientos en torno a temas como el miedo, la represión, el odio. Y además de
todo esto, hacer de la propia vida cotidiana un campo específico en revisión
constante.
En el ámbito que conozco —el de los trabajadores de la salud mental—, por encima
de las peleas actuales espero y creo que los diferentes grupos (entre los que
Plataforma y Documento son los más conspicuos) se encaminen a la acción, ya que
las similitudes son más importantes que las diferencias. La sangre ya llegó al
río, pero no se registraron muertos. Y por suerte, es más fácil conversar con
los heridos.
¿En cuánto al momento social y económico argentino? En este momento la lucha es
si dentro del peronismo o dentro de los movimientos marxistas. Uno implica el
riesgo del populismo, el otro el riesgo del sectarismo. Sectarismo y populismo
están convirtiendo al campo de la cultura en una bolsa de gatos.
El problema urgente del psicoanálisis para los grupos nuevos es el estudio de
las ideologías en pos de alcanzar una teoría de la ideología. Mientras no la
tengamos, se corre un doble riesgo: o se niega lo social como ocurre ahora en la
APA, o se lo sobreinterpreta como una ideología más sin tener en cuenta las
mediatizaciones (con el perdón de la palabra).
Yo creo que está por hacerse una lectura crítica de la antipsiquiatría. Pasando
por allí —incluyendo las críticas al movimiento antipsiquiátrico— se puede
llegar a tener una noción más aproximada del loco. La noción de salud y
enfermedad es interdisciplinaria, e incluye, por supuesto, la práctica política.
Cómo última cuestión, yo me pregunto: ¿De qué manera contribuye el socialismo
para llegar a un verdadero psicoanálisis?
ARMANDO
BAULEO
Psicoanalista, miembro de PLATAFORMA. Docente, trabaja en el campo de la
psiquiatría social, organiza grupos. Está terminando un libro acerca del tema.
En varias oportunidades hemos denunciado en discusiones públicas y por medio de
artículos y trabajos el elitismo y verticalismo de las instituciones
psicoanalíticas tradicionales. Estas siempre han respondido más al tipo de
normatividad de la sociedad capitalista que al contenido de su función. Allí se
daban los juegos de jerarquías, status, rivalidad, vigentes en toda sociedad
capitalista. La imagen es: la forma .devoró al contenido. Una organización de
otro tipo deberá partir de una caracterización de la sociedad, en la cual se va
a insertar el contenido del pensamiento psicoanalítico, para poder establecer
líneas estratégicas y tácticas. Estas se vinculan, por un lado, con el momento
político de esa sociedad; por el otro con el cometido de desarrollar lo
específico que hace a su tarea.
Con esto se quiere expresar que en una sociedad con lucha de clases, las
organizaciones a nivel de la cultura —por más específico que sea su campo—, al
tener en cuenta ese tipo de lucha, se hundirán en las ambigüedades de la
sociedad de consumo. Frente a la pregunta número 2, creo que hay ocultamiento o
mala fe al creer que hay un antes y un después de una fecha. De creer, por
ejemplo, que a partir del día en que renunciamos a la APA, ya teníamos teoría y
técnicas diferentes, sin ver que esas diferencias ya habían comenzado al estar
nosotros en la .APA: ellas posibilitaron la ruptura. Reformular ambas cosas
constituye nuestra actual tarea.
No se puede caracterizar una lucha en la cultura sin vincularla con la lucha de
clases. Es justamente la lucha de clases la que determina la caracterización y
la posibilidad de una estrategia y una táctica en el campo de la cultura. En
nuestro país, la lucha se vuelca alrededor del logro de la descolonización, de
la ruptura con la importación de modos de vida y de la posibilidad de adquirir
una conciencia crítica, como forma clara de saber a favor de qué clase se está
en el proceso de liberación.
En todos los campos la lucha se desarrolla en un juego permanente de
explicitación teórica y de acción práctica. Pero, sin una clara ideología
clasista, aquel desenvolvimiento se puede transformar en profesionalismos,
desarrollismos, teoricismos o practicismos. Los nuevos grupos deben
caracterizarse por sus planteos programáticos, para no caer en oportunismos
ocasionales. El grupo Plataforma tiene su planteo programático, una organización
y acciones concretas a llevar a cabo. Dentro del gremio de los trabajadores de
la salud mental como fuera de él. Nuestro momento social y económico da para dos
tipos de situaciones: la ambigüedad que otorga a la difusión y desenvolvimiento
en la mera profesión las características o los atributos que corresponden a un
movimiento de liberación, y la posibilidad actual de injertarse en una
conciencia clasista hasta donde fueran útiles los instrumentos de la
especificidad en el movimiento de liberación. Que el movimiento de liberación
determine al intelectual su tipo de inserción. Con respecto a la relación
terapeuta-paciente, aparece, claro, la crisis social. Llevando este problema al
interior de la práctica analítica: éste aparece manifiesto cuando un paciente no
puede tratarse por carencia de recursos económicos. Pero también aparece de una
manera latente la reproducción en el modo de relación interpersonal, la
inscripción de lo social. La crisis social aparece representada en diferentes
manifestaciones, síntomas y contenidos de los sueños. Estamos abocados a la
revisión de las diferentes técnicas, todo lo que hace a la relación
terapeuta-paciente está siendo revisado. Los criterios de salud y enfermedad que
parecían tan claros y naturales, son una ilusión óptica derivada de la ideología
de la clase dominante. Fanón lo demostró a nivel de las enfermedades mentales,
delirios y alucinaciones, pero los últimos estudios en la misma clínica
demuestran la estrecha relación existente entre la explotación dada en el plano
económico y material a nivel social y la vinculación, a veces tortuosa, con la
enfermedad somática individual. De aquí que los criterios de salud y enfermedad,
tan distantes que parecían del problema político, emergen sobredeterminados por
él. Es necesaria mucha pedantería para contestar la última pregunta
acabadamente. Nuestras aspiraciones, utopías, fantasías nos dicen muchas cosas,
pero sólo podremos responder desde el campo de la realidad: estamos comenzando a
ejercitar formas de colaboración hacia el socialismo.
Hacia
una psicología nacional y popular
Antonio Caparrós
Un
sistema neocolonial-imperialista, tal cual padece nuestro país, se apropia de
una parte importante de la riqueza producida por nuestros trabajadores gracias a
ser los dueños de los medios de producción y del aparato del poder político.
Naturalmente que para ello necesitan violentar, reprimir a cuantos intervienen
en el proceso productivo, para obligarlos a dicha explotación.
La represión puede ser física. Pero es un recurso extremo. Existen otras
innumerables formas de violentación encubierta, en mayor o menor medida,
destinadas a que los explotados acepten esa situación.
Una forma esencial consiste en enturbiar la realidad y, como consecuencia, hacer
que la misma se visualice con sentido diferente al que realmente tiene. Un
aspecto clave es conseguir que —si el trabajo realizado supone una carga y una
carencia de gratificación por sí mismo— otras motivaciones sean las que induzcan
a trabajar. De esta manera, con finalidades diferentes, los explotadores
consiguen que los explotados realicen las metas por ellos buscadas.
El trabajo —la actividad fundamental del hombre, con la cual va creando su mundo
social— no representa una gratificación para el que lo realiza por el hecho
mismo de realizarlo, sino la manera de obtener los medios para satisfacer sus
necesidades y deseos fuera de la actividad productiva; de esta manera, se
generan dos campos en la vida del hombre: uno, el de la producción, donde
realiza su trabajo, y otro, el extraproductivo, llamado también privado, en
donde en principio puede obtener gratificaciones mediante lo que ha obtenido con
el trabajo. De esta manera, generando necesidades y deseos en el campo
extralaboral, se lo obliga a incluirse en el campo laboral para encontrar los
medios que permitan satisfacerlas. Esas necesidades y deseos varían notablemente
según las capas que consideremos, así como de acuerdo al momento histórico y la
específica estructura de un sistema social determinado. No pueden ser iguales
para los Estados Unidos que para la Argentina actual.
Pero en el campo extralaboral se cumplen también otras funciones necesarias para
el sistema social. Fundamentalmente, y durante un lapso importante, como ser los
primeros años de la vida, se prepara a los hombres para que funcionen según las
pautas, normas, valores, actitudes, que el sistema necesita que tengan cuando
pasen a actuar vidas autónomas. Ello implica una comprensión de la realidad que
se realiza según los parámetros que las clases dominantes imponen.
No se trata, pues, de que la dinámica socio-económica se identifique con las
motivaciones particulares, de cada hombre. Lo que ocurre es que en cada hombre
se han ido inculcando valores, sentimientos, deseos, comprensión del mundo, los
que no sólo le permitirán incluirse después en las modalidades
socio-económico-políticas existentes, sino que en ellas es donde se encuentra
preparado para funcionar.
La necesidad de que los hombres actúen, piensen y sientan de determinada manera
en un país concreto y en un momento dado de su historia, se va transmitiendo
desde las estructuras globales de la sociedad a aquellas otras intermedias, cuyo
ejemplo más claro es la familia. De manera tal que éstas sean microclimas donde
los roles que se jueguen sean el aprendizaje de aquellos otros que luego se han
de actuar en la vida adulta. Así, el autoritarismo paterno no deriva sólo del
autoritarismo del sistema, sino de la necesidad de que el niño, según crece,
vaya aceptando la actitud sumisa ante la autoridad de su lugar de trabajo o del
aparato político represor. Y, si pese a todos los intentos para mejorar la
formación escolar, la actividad de aprendizaje de los niños en las escuelas
representa para ellos una obligación más o menos dura y difícil, es porque esa
tarea escolar los va a ir preparando para que el trabajo adulto pueda ser
aceptado con esas mismas características. Evidentemente, una enseñanza realizada
de manera tal que constituye una gratificación para quienes la reciben
produciría un grave conflicto cuando, terminada, sea necesario realizar un
trabajo que de por sí mismo, como hemos dicho, nada tiene de gratificante.
En este exageradamente sintético esquema hemos de decir que los modelos de
conducta que la sociedad va inculcando durante el desarrollo del niño tienen una
gama amplia de matices y que, inclusive, pueden producir efectos contrapuestos
que constituirán desadaptaciones a la sociedad. Entre otras cosas, porque en el
medio familiar se modela a un niño conforme a los valores y metas en ese momento
existentes. Pero que, en una sociedad que esté sufriendo cambios rápidos e
importantes, pueden. provocarle una desubicación, por ejemplo, veinte años más
tarde, cuando sean otras las condiciones de vida.
Por todo lo que hemos dicho, no puede hablarse de etapas en el desarrollo del
niño constantes y universalmente válidas, tales como las propuestas por el
psicoanálisis (fases oral, anal, complejo de Edipo, etc.). La psicología debe
descubrir el sentido de las conductas de los individuos en función de los requerimientos de una sociedad determinada y específica.
Por eso, cuando se habla de las motivaciones más profundas y éstas se refieren a
las relaciones más primitivas del niño con su entorno familiar, no se está
planteando sino, en todo caso, la envoltura que vehiculiza a los valores,
modelos, etc., sociales que la dinámica familiar inculca. Y lo mismo puede
decirse de los llamados mecanismos de defensa, por ejemplo, que no son formas
innatas del individuo, sino el aprendizaje y la internalización de las formas
represivas que el sistema impone.
Nos hemos referido al psicoanálisis, porque es la corriente de más amplia
difusión en nuestro medio. Sin duda que el psicoanálisis, y especialmente Freud,
han hecho aportes empíricos importantes; pero la estructura misma de su teoría y
práctica, al no trasponer el horizonte de los ámbitos más restringidos en que se
mueve el individuo, no puede sino reacondicionar a éste a sus actuales
condiciones de vida a lo que el sistema hoy le está demandando. Y desde luego no
podemos dejar de señalar que el psicoanálisis, al transplantar —desde los países
metropolitanos y según la escuela más en boga— los modos de comprender al
hombre, no puede dejar de ser una forma más de colonización cultural y mental.
Ante ello, la única manera de crear una psicología científica es mediante el
camino que hemos señalado: el de la estructura ideológica de cada conducta
cotidiana, según las condiciones específicas y el tiempo preciso de un país
dado. Esto es, la única psicología científica es la que estudia los modos
específicos que se inculcan desde un sistema social determinado en cada nación.
Si lo que queremos es comprender la psicología de nuestro pueblo será necesario
investigar cómo se dan entre nosotros los modelos y valores preponderantes, la
concepción de la vida, los deseos, las actitudes y los modos en que se hacen
carne en cada individuo. Por eso, lejos de ser poco rigurosa, la psicología
nacional y popular ha de ser la única verdaderamente científica.
Treinta años despues de la
primera ruptura de la Asociacion Psicoanalitica Argentina
"Cuando la campana de cristal empezó a asfixiarnos"
Por Juan Carlos Volnovich
Hace treinta años, dieciocho
profesionales intentamos cambiar el curso histórico
del psicoanálisis en la Argentina. Impulsado por los ecos del Mayo Francés,
arrastrado por la onda expansiva del Cordobazo, conmocionado por el auge de
masas de los 60, el grupo Plataforma se propuso compartir barricadas con otros
trabajadores de la cultura que se proponían derribar el mito de la neutralidad
valorativa del científico; emprendimos el camino en pos de un psicoanálisis que
abjurara de la adaptación irreflexiva del individuo a la sociedad y se
mantuviera lo más lejos posible de cualquier estrategia de control social.
A finales de la década del 60 el contorno del psicoanálisis se correspondía con
el de la Asociación Psicoanalítica Argentina que, con una estructura vertical y
monopólica, administraba con mano férrea el ejercicio de su práctica, la
formación de profesionales, la difusión de esta disciplina prestigiada y en
creciente expansión. No existían alternativas institucionales para una formación
psicoanalítica seria y rigurosa. Pertenecer a ella era muy difícil pero, si se
lograba entrar, atravesar los rituales de una iniciación llena de obstáculos y
dificultades, todo el confort de la campana de cristal se ponía al servicio de
garantizar un estudio responsable, una seguridad económica y un porvenir
acomodado. Pues bien, ese confort, el de la campana de cristal, es el que, a
muchos de nosotros, comenzó a asfixiarnos. El descontento dentro de la
institución y la insatisfacción con nuestra práctica, pretendidamente apolítica
y por fuera de otros intereses sociales, ofició de factor aglutinante.
Integrábamos Plataforma cuatro miembros de APA en función didáctica: Gilberte
Royer de García Reinoso, Diego García Reinoso, Marie Langer y Emilio Rodrigué;
Eduardo Pavlovsky, miembro titular; Armando Bauleo, Hernán Kesselman, José
Rafael Paz, miembros adherentes; Lea Nuss de Bigliani, egresada de seminarios; y
los candidatos Fany Baremblitt de Salzberg, Gregorio Baremblitt, Guillermo
Bigliani, Manuel Braslavsky, Luis María Esmerado, Andrés Gallegos, Miguel
Matrajt, Guido Narváez y Juan Carlos Volnovich. Con nosotros estaban también,
aunque por no ser miembros de APA no habían renunciado, claro, Eduardo Menéndez,
León Rozitchner y Raúl
Sciarreta. De nuestro grupo original hoy faltan: Marie Langer, Diego García
Reinoso, Fany Baremblitt de Salzberg y Manuel Braslavsky. También falta Raúl
Sciarreta, que renunció a pertenecer a Plataforma aun antes de su disolución, y
José Bleger, que integró Plataforma mientras permanecimos dentro de la APA, pero
no renunció con nosotros. No mucho después y ya fuera de la APA se incorporaron
a Plataforma otros compañeros, psicoanalistas de APA que renunciaban
individualmente, psicólogos que compartían nuestras luchas, colegas de Rosario,
Córdoba y Tucumán; fueron, también, Rosa Mitnik y Alberto Pargeament, que
"desaparecieron" víctimas de la represión. De nuestro grupo original, sólo tres
compañeros permanecieron en el país manteniendo viva la llama durante los años
de plomo: Guido Narváez, José Rafael Paz y Manuel Braslavsky, que falleció antes
del advenimiento de la democracia. El exilio fue el común destino para los
demás. Gilberte Royer de García Reinoso, Diego García Reinoso, Marie Langer y
Miguel Matrajt en México. Hernán Kesselman y Eduardo Pavlovsky en Madrid.
Armando Bauleo en Venecia. Lea Nuss de Bigliani y Guillermo Bigliani en San
Pablo. Gregorio Baremblitt en Río de Janeiro. Emilio Rodrigué en Bahía. Fany
Baremblitt de Salzberg, Luis Maria Esmerado y Andrés Gallegos en Barcelona. El
que suscribe, Juan Carlos Volnovich, en La Habana. Cada cual a su manera llevó
adelante un proyecto en el que el desvelo por el psicoanálisis y lo social jamás
estuvo ausente.
¿Desde cuándo Plataforma? Desde que en el Congreso Internacional de
Psicoanálisis de Roma, en 1969, otro discurso empezó a escucharse. Armando
Bauleo y Hernán Kesselman propusieron una asamblea en la que se escucharon
palabras como "revolución", "internacionalismo" y el proyecto de un congreso de
psicoanálisis en La Habana. Eduardo Pavlovsky usó su autorizada voz de miembro
titular para leer en sesión plenaria el trabajo escrito por Gregorio Baremblitt
(voz no autorizada por ser sólo candidato) que criticaba la ponencia oficial de
la institución al
próximo Congreso Internacional de Viena. Poco después, ante una huelga general
algunos osamos distribuir en la APA volantes de la Federación Argentina de
Psiquiatras (gremio al que pertenecíamos) fijando nuestra posición frente al
paro. El "adentro" de la Asociación y el "afuera" de la historia empezaba a
tironearnos y, en algunos casos, a desgarrarnos.
¿Para qué Plataforma? Para rescatar el psicoanálisis de la estrechez teórica en
la que estaba sumido. Para ayudarlo a recuperar el camino que conduce a la
subversión del sujeto. Para apartarlo del establishment que lo incorporaba como
opción novedosa. Para salvarlo de la certidumbre tecnocrática. Para acabar con
el cientificismo. Pero, también, para poder salir, nosotros, psicoanalistas, del
consultorio privado y romper con la condena de atender, sólo, cuatro veces por
semana durante cincuenta minutos e interminables años, a pacientes de clase
media bajo la amenaza omnipresente de no estar haciendo psicoanálisis si en algo
se transgredía esa norma. Para poder ir a los hospitales, a la universidad, a
otras clases sociales sin, por eso, quedar excomulgados. Para poder pensar un
psicoanálisis fresco, sin ataduras que lo deformen, un psicoanálisis libre de
compromisos y alianzas con el sistema. Para hacer una revolución psicoanalítica
que ayudara a hacer una revolución social. Hoy en día todo esto suena tan
ilusorio, tan ingenuo y confuso como todos los 60 y los 70 juntos. El proyecto
de Plataforma se convierte, así, en blanco paradigmático para la crítica que,
desde la posmodernidad, se ensaña con las utopías; crítica a la omnipotencia
descomunal que Plataforma albergaba y al mesianismo que, de hecho, destilaba.
Pero lo cierto es que, desde Plataforma, el psicoanálisis argentino no volvió a
ser el mismo y la APA, pese a les modificaciones democráticas que las
circunstancias económicas y políticas le impusieron, tampoco volvió a recuperar
le hegemonía de entonces. Plataforma duró hasta que descubrimos que volvíamos a
cometer los errores que criticábamos; cuando el vicio de un profesionalismo de
nuevo cuño empezó a rondarnos. Entonces, al año de haber renunciado a la APA
decidimos ratificar aquella ruptura (que fue también un acto político) con la
autodisolución del grupo que era, ahora, un gesto ético. A partir de entonces
cada cual tomó el camino que consideró más adecuado. Para muchos, al principio
fue el gremio, la Coordinadora de Trabajadores de Salud Mental y el Centro de
Docencia e Investigación. También la cátedra de Psicología Médica de la Facultad
de Medicina nos convocó por un tiempo; hasta que la intensidad de la represión
interrumpió todos estos proyectos y nos condenó a casi todos al exilio.
¿Dónde, después, Plataforma?: fuera de la institución oficial. En el
psicoanálisis "donde los psicoanalistas sean, entendiendo el ser como una
definición clara que no pase por el campo de una ciencia aislada y aislante,
sino por el de una ciencia comprometida con las múltiples realidades que
pretende estudiar y transformar". En los trabajadores de salud mental que desde
hace más de treinta años reflexionan sobre su quehacer, luchando contra las
trampas impuestas por el individualismo burgués; en la multitud de jóvenes
psicólogos que, desde la trinchera de las instituciones asistenciales, desde las
cátedras universitarias, en los equipos de salud mental de los organismos de
derechos humanos, se cuestionen sobra la eficacia, la pertinencia y el sentido
de sus prácticas aunque jamás hayan oído hablar de Plataforma. En la conciencia
desgarrada; en el autocrítico desdoblamiento cotidiano. Allí, en ese amplio
movimiento que Plataforma no lideró, pero que sí hizo posible. La historia
oficial del psicoanálisis miente e intenta encerrar a Plataforma en un museo.
Nuestros enemigos saben que la memoria es clave para recuperar la identidad. Por
eso se nos vacía el recuerdo y nos ofrecen una versión desfigurada. Cuando no es
omitida, cuando no es borrada y "desaparecida", Plataforma se presenta como una
momia: nombres, fechas, datos desprendidos del tiempo, irremediablemente
divorciados de nuestra realidad actual. Nadie es, sospecho, demasiado ajeno a la
sociedad que lo genera. Los prejuicios que caracterizan a los sectores
dominantes, interesados en justificar y perpetuar la desigualdad y la
injusticia, se reflejan también en nosotros, incluso en aquellos que decimos o
queremos ser de izquierda o que, al menos, nos negamos a ser cómplices de esta
organización injusta y desigual. Quizás en el pasado, nuestra salud consistió en
saber que estábamos enfermos, no mucho menos enfermos que el sistema que nos
hizo y que quisimos ayudar a deshacer. Quizás nuestro futuro se apoye, entonces,
en la decisión de reparar una malla social agujereada y en aceptar el desafío de
la inagotable aventura por el inconsciente, y el gusto por la esperanza. Allí,
donde, a pesar de una ausencia que ya lleva treinta años, Plataforma sigue
estando.
[Página/12, abril del 2000]
Memoria y balance de la patria psi
Por Eduardo Pavlovsky, agosto 2005
Desde la fuerte convicción y lucidez de los pioneros, como Mimi Langer y Enrique
Pichón Riviere, y desde la alianza con el marxismo y la militancia de los 60
hasta su crisis actual ante terapias alternativas, el psicoanálisis dejó una
impronta profunda en los intelectuales argentinos. A continuación, uno de sus
protagonistas estelares, además hombre de teatro, hace un examen de los cismas y
acuerdos que atravesaron las instituciones y foros académicos en éste, un país
de divanes.
En el año 2004 Enrique Carpintero y Alejandro Vainer escribieron Las huellas de
la memoria. Psicoanálisis y salud mental en la Argentina. Este libro —según los
autores un texto político— abarca un largo período del desarrollo del llamado
fenómeno psi en el país (1957-1969) y que tiene el gran mérito de relacionar y
recordar al lector no sólo el surgimiento y advenimiento del hecho psi sino
también establecer los diferentes momentos históricos políticos y sociales que
atravesó la psicología —la psiquiatría y el psicoanálisis—, sus luchas por los
espacios de poder, las grandes polémicas entre psiquiatría-psicoanálisis y
política de esa época (José Blejer sería su paradigma por su esfuerzo encomiable
de unir el marxismo y el psicoanálisis), y sobre todo la relación entre el
momento histórico y el surgimiento de las diferentes corrientes. En su último
capítulo —El fin de una época: "El cordobazo"—, escriben los autores: "A partir
del Cordobazo el compromiso político de los profesionales de la salud mental se
había convertido en el eje de discusión. Para muchos ya no se podía seguir
solamente encerrados en la práctica profesional. Tenían que aportar de alguna
manera al cambio social. Y no sólo con las renovaciones conceptuales sino en la
práctica misma. Fue así como se concentraron en el trabajo político y científico
dentro de las propias gremiales. Algunos psicoanalistas dejarán la Asociación
Psicoanalítica Argentina (APA), encontrando en la Federación Argentina de
Psiquiatras (FAP) un mejor lugar para estos intereses en conjunto con los otros
psiquiatras, mientras que los psicólogos se agrupaban en sus asociaciones, como
la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA)".
La singularidad argentina
Cuando fui convocado para escribir sobre el mundo psi y su marca en la
intelectualidad argentina, respondí que tal vez no era yo quien mejor podía
hacerlo por mi implicación con lo político, el psicoanálisis y el teatro.
Argumenté que tal vez mi escrito iba a ser demasiado testimonial y subjetivo.
"Justamente por eso lo llamamos", me contestaron. Eso me dio libertad para
escribir casi como una asociación libre. Como imágenes deviniendo.
El psicoanálisis es, de todo el fenómeno psi, el de mayor influencia en nuestra
cultura. En cualquier lugar del mundo siempre se han extrañado de la gran
influencia del psicoanálisis sobre un sector de la clase media argentina. Cuando
en algún congreso en Europa o USA relatábamos con naturalidad nuestros análisis
personales y sus tiempos de duración (entre 10 y 15 años de promedio), se
producía un impacto entre los participantes que nos miraban entre anonadados y
sorprendidos.
Hace unos años, durante un seminario teatral en Madrid, pregunté a los actores
si alguno de ellos estaba en "análisis" . "Estar en análisis" es una muletilla
para reconocerse y saber dónde está el "otro". "¿Análisis de qué?", preguntó
uno. "Terapia psicoanalítica", contesté yo. Uno solo de 40 actores estaba en
terapia. Era argentino y se analizaba con otro argentino. Si, en cambio, uno
concurre en Buenos Aires a una clase de teatro y pregunta a los actores, no se
asombrará si el 80 o 90 % realiza o realizó algún tipo de terapia. Este es un
fenómeno único en el mundo. Lo más interesante es que se interioriza como obvio,
como un hecho natural y cotidiano.
En general se trata de un fenómeno no entendido del todo en el nivel
sociológico, por su alto nivel de complejidad. Tendríamos que partir, tal vez,
de que la fundación de la APA fue en 1941 y que contó con grandes analistas
desde su comienzo. Algunos exiliados como Mimi Langer, de Austria, por el
nazismo; otros de la España franquista, como Angel Garma, y analistas argentinos
que se habían formado en Europa como Celes Cárcamo. Si le agregamos a ellos los
argentinos, como Enrique Pichón Rivière y Arnaldo Rascovsky —todos de una
excepcional lucidez—, podemos decir que el psicoanálisis en la Argentina les
debe mucho a sus creadores, no solamente por sus conocimientos y su avidez
intelectual, sino también por su "enorme" pasión. Para algunos de ellos el
psicoanálisis era el sentido más importante de sus vidas.
La colectividad judía culta fue la primera camada de analizados: lo judío y el
psicoanálisis en la Argentina están indisolublemente ligados en sus comienzos.
El chiste antisemita de que un psicoanalista es un médico judío con fobia a la
sangre encuadra el fenómeno en nuestro país. Tuvieron que luchar mucho para
introducir la teoría psicoanalítica en los hospitales a los que concurrían
habitualmente en los años 40 y 50. ¡Imaginemos las resistencias que pudo haber
originado Arnaldo Rascovsky en el Hospital de Niños (todavía era pediatra)
cuando hablaba entre los médicos de la "sexualidad perversa polimorfa"! Y del
complejo de Edipo. O Enrique Pichón Riviere en el Borda, intentando introducir
el psicoanálisis dentro de la psiquiatría.
Militantes y analistas
Sembraron adeptos pero despertaron también enormes resistencias en la comunidad
médica y en cierto sector de la sociedad. Pero también el psicoanálisis abría
las puertas con las ideas revolucionarias del médico vienés Sigmund Freud. Y
esto hacía que los tratamientos analíticos empezaran a crecer en un sector de la
clase media, sobre todo en las capas universitarias.
La fuerte convicción de los "pioneros" y los duros enfrentamientos con un sector
de la cultura y de la medicina hicieron que los analistas se abroquelaran en
grupos cerrados que entendían el psicoanálisis como una "concepción del mundo".
Todo era materia apta y podía psicologizarse, desde un simple resfrío hasta la
pertenencia a una agrupación política que se vivía como amenazante. La
militancia política era interpretada como actuación (acting-out).: la guerra
comprendida desde la única perspectiva filicida era un buen ejemplo. La
apoliticidad de los psicoanalistas era un fenómeno singular. Blejer, entre los
didactas, fue el de mayor militancia y mantuvo polémicas con el Partido
Comunista por querer conciliar psicoanálisis y marxismo.
Se cometieron errores graves en pos de un psicoanálisis militante y muchos
intelectuales también parecían influidos por esta cerrada concepción del mundo.
Otros, en cambio, tomaban su análisis personal como una manera de manejar mejor
el mundo de sus actividades culturales, fueran artísticas, científicas o
empresariales.
Mucho dependía de los analistas. Había analistas cultos y analistas que sólo
leían todo lo referente al psicoanálisis. Si se les hablaba de un tema que
desconocían, utilizaban la interpretación como arma de poder. Cuando quise hacer
teatro después de ver la excepcional obra de Samuel Beckett Esperando a Godot,
empecé a estudiar con Pedro Asquini y Alejandra Boero en el Nuevo Teatro. En esa
época, los años 50, era percibido como un extraño, por ser analista, entre la
gente de teatro, mientras que entre los analistas era considerado un bicho raro,
por querer ser actor. Esa actividad no se veía como un devenir creativo sino
como una perversión exhibicionista y una necesidad de mostrarme como alguien "no
castrado" frente al público. Tuve que dejar mi análisis didáctico para poder
continuar haciendo teatro. Hoy creo que mi analista no tenía la menor idea de lo
que el teatro significaba para mí y que su cultura teatral consistía en una o
dos obras de Sófocles ligadas a la lectura de Freud. Cuando los analistas no
entienden, interpretan.
Otro ejemplo: en 1958 yo era observador de un grupo terapéutico coordinado por
un analista didáctico. El grupo estaba compuesto por estudiantes de medicina que
tenían deseos de formarse como analistas, y algunos otros pertenecientes al
ambiente artístico. Un día un integrante dijo: "Yo soy afiliado al Partido
Comunista" y el analista le respondió: "Entonces usted es un masoquista que
quiere que le rompan el culo". Nadie dijo nada. Sonó como una sentencia.
Entre mis directores de teatro, todos de una vasta experiencia y maestros de
actores, creo que Oscar Ferrigno y Jaime Kogan no se habían analizado (al menos
nunca lo comentaron conmigo). Laura Yusem, Norman Briski, Agustín Alezzo y
Daniel Veronese se analizaron muchos años. Incluso el querido Julio Tahier,
pediatra que fundó conmigo en los 60 el grupo Yenesi y director de mis primeras
obras, se había analizado tres años con Mimi Langer. Y, hoy, Martín Pavlovsky,
hijo mío y director de Variaciones Meyerhold, también sigue en análisis.
El psicoanálisis es un fenómeno cultural de amplia difusión entre los
intelectuales argentinos. Sería difícil encontrar algún crítico de arte o
novelista o poeta que no hubiera "estado en análisis". Claro está que el
psicoanálisis fue fundado por Freud para aliviar el sufrimiento psíquico. Los
intelectuales son personas más sensibles, propensas a la neurosis (o psicosis) y
no resulta extraño que hayan querido analizarse para aliviar sus síntomas. Otros
se han analizado para tener una visión más abarcativa de su quehacer cultural o
para encontrar un espacio de "diálogo inteligente".
Una anécdota: en 1987 fui a hacer Potestad en Londres y un reconocido analista,
Malcom Pines, me comentó que Samuel Beckett se analizó dos años con Bion, un
afamado analista inglés, maestro de muchos analistas argentinos y famoso por sus
largos silencios con sus analizados. Bion le comento a Pines que estaba
desesperado porque un dramaturgo se estaba analizando con él y que en dos años
el paciente no había hablado una palabra, que su silencio era insoportable y
estaba por interrumpir su tratamiento. Bion desconocía que estaba analizando
Samuel Beckett. Así, el maestro de los silencios en psicoanálisis no aguantaba
el silencio del autor de Esperando a Godot.
En mi doble condición de hombre formado como analista y ligado al teatro muy en
los comienzos de mi carrera, puedo decir que el teatro amplió mi visión
psicoanalítica. Me hizo más libre y creador y amplió mis lecturas. A partir de
ser hombre de teatro escribí una larga producción de libros sobre grupos y sobre
política. Desde 1975 sólo trabajo en grupos y en psicodrama. Pero hice en los
comienzos (me recibí de médico a los 22 años y entré en la Asociación
Psicoanalítica a los 24.) la carrera psicoanalítica hasta llegar a ser miembro
titular. Tres años después renuncié a la asociación —con el Grupo Plataforma en
1971— que fue la primer ruptura institucional internacional y nacional por
motivos ideológico-políticos.
Es difícil para mí opinar sin ser testimonial porque nuestra generación fue
testimonial. En los últimos 50 o 60 años de nuestro país los acontecimientos
políticos nos atravesaron el cuerpo. Exilios, muertes y des-exilios. "Daños
psicológicos", diría Hernán Kesselman. Nuestra cultura fue atravesada por lo
político. Nadie quedó al margen. Desde Marcos Aguinis y Mario Vargas Llosa hasta
Eduardo Galeano, Juan Gelman y David Viñas (por citar sólo a los abanderados de
posiciones diferentes). Desde el Cordobazo en adelante, el psicoanálisis y la
cultura fueron jugando el mismo partido. También es cierto que hoy el
psicoanálisis como terapia está en crisis y los psicoanalistas parecen
preocupados por la falta de pacientes. Lo que ha ocurrido también es un cambio
cultural, crecieron las terapias alternativas y disminuyeron las
psicoanalíticas. En mi época la única terapia era el psicoanálisis. Todo lo
demás era "silvestre", sinónimo de vulgar o de categoría inferior. Hoy es
diferente. Y esto preocupa a los analistas del mundo, quienes cada tanto se
reúnen para hablar de esta crisis. La crisis económica también influyó en el
desarrollo de lo alternativo. ¿Quién puede pagar hoy un análisis de tres veces
por semana y sin garantías?
Pese a todo, la marca psi entre los intelectuales argentinos es muy importante.
Creo que la comunidad lacaniana es mucho más culta que la kleiniana. Lee más. No
solamente a Lacan, sino literatura, teatro, cine, etcétera. German García y Luis
Gusmán son buenos novelistas y psicoanalistas. Otra cosa son las instituciones
lacanianas, cerradas en sí mismas y atacándose entre ellas.
En los comienzos del psicoanálisis hubo un momento en que las películas eran
interpretadas psicoanalíticamente restándose de esa manera todo valor estético.
Con todo, Mauricio Abadi, Racker y Pichón Riviere fueron personas cultísimas. No
sé de qué manera han dejado marca estas actividades entre los intelectuales
argentinos analizados. Pero las películas de Bergman congregaban a un auditorio
enorme para descifrar lo latente del contenido psicoanalítico. La clave no era
el valor artístico del sueco sino el contenido hermenéutico-psicoanalítico:
formaba parte de nuestra cultura psi y contaba con muchos adeptos.
Hace unos 15 años André Green, psicoanalista francés de una vasta cultura, se
entrevistó con varios analistas didácticos argentinos y cuando Abadi le preguntó
por su impresión de los analistas argentinos, Green respondió: "En general fue
mala, personas de poca cultura, con quienes no se puede dialogar
inteligentemente. Hubo sólo un analista que me impresionó por su vasta cultura y
por sus conocimientos sobre política y psicoanálisis, Alberto Ure". Ure: un
hombre de teatro.
Hoy el fenómeno psi está instalado en los medios masivos: televisión, diarios,
programas radiales, revistas culturales o deportivas. Roberto Perfumo es
psicólogo social, al igual que Ulises Barrera. Se ha instalado en la cultura
popular por todos los intersticios posibles, interiorizado como obvio. Es un
fenómeno singularmente argentino. Evaluar el fenómeno psi en nuestro país es
complejo y sólo los años podrán dar una evaluación definitiva.
Clarin, Revista Eñe, 20 de agosto 2005
[Imágen: Pavlovsky, Kesselman, Fiasché]
Un psiquiatra y una psicoanalista
debaten sobre la mala praxis profesional
Frente al doble filo de la espada de la ley
A partir del incremento de juicios por mala praxis profesional, un psiquiatra y
médico legista plantea una serie de críticas a formas de trabajo que considera
frecuentes en la Argentina. Y un psicoanalista responde a esas observaciones.
“Niegan los avances neurobiológicos”
Por Eduardo Mauricio Espector, médico psiquiatra y legista.
Los juicios por presunta mala práctica contra los profesionales de la salud se
han incrementado vertiginosamente. No sólo los médicos pueden ser demandados.
Actualmente tramitan, en nuestros tribunales, más de diez juicios contra
psicólogos. El derecho ha modificado conceptualizaciones en lo referente al daño
injusto producido por los profesionales de la salud, que han promovido la
necesidad de modificar nuestra práctica cotidiana.
Lamentablemente, parte de los médicos y psicólogos argentinos siguen tratando
trastornos mentales como si la ciencia se hubiera detenido hace un siglo. Los
conocimientos sobre el funcionamiento cerebral se han incrementado en proporción
geométrica, como los conocimientos sobre los psicofármacos y sus mecanismos de
acción. Así también, la patogenia (no la etiología, al menos por ahora) de la
mayoría de las enfermedades mentales va saliendo a escena con mayor claridad. No
por nada a los 90 se los denominó “La década del cerebro”. Pero algunos
profesionales se llevan aplauso, medalla y beso a la hora de negar, reprimir,
forcluir, racionalizar, renegar o desmentir estos avances neurobiológicos.
La psicoterapia es sólo una técnica de las muchas que existen para abordar las
alteraciones del psiquismo. Pretender que se baste sola para tratar todas las
enfermedades del psiquismo es tan absurdo como presumir que sólo con penicilina
podríamos tratar todas las infecciones. La mayoría de los estudios
internacionales serios, sobre todo en patologías graves, demuestran los
beneficios de la combinación psicofármacos-psicoterapia.
Freud decía: “La terapia sólo nos concierne aquí en la medida en que opera con
recursos psicológicos, y por el momento no disponemos de otros. El futuro podrá
enseñarnos a influir directamente, mediante sustancias químicas particulares,
sobre las cantidades de energía y sobre su distribución en el aparato psíquico”.
Freud no renegó jamás del avance de la ciencia. Es más, su genialidad le
permitió adelantarse a ese avance. Sus dichos contrastan con los de algunos
seguidores que reniegan del progreso psicofarmacológico. Es sabido que la
prescripción psicofarmacológica está vedada a los psicólogos; pero algunos
psicólogos parecen no saber que, al carecer de formación farmacológica, tampoco
pueden indicar la innecesariedad de psicofármacos.
Por otro lado, cuando un profesional toma a un paciente tiene la obligación de
brindarle el mejor y más completo tratamiento que indica la lex artis para ese
trastorno. Decir “yo soy psicoterapeuta, sólo hago psicoterapia” es válido sólo
si se realiza una interconsulta con otro profesional entrenado para brindarle el
resto del tratamiento adecuado. Lamentablemente, sobre todo en la Capital
Federal, a diario se viola esta obligación y pacientes que podrían aliviarse
rápidamente de su cuadro ansioso, depresivo, obsesivo-compulsivo, panicoso y
hasta psicótico son sometidos a largos tratamientos exclusivamente
psicoterapéuticos sin incluir el recurso psicofarmacológico. No medicar a un
psicótico, a un depresivo mayor, a un bipolar, a un trastorno obsesivo
compulsivo, a un trastorno de pánico es hoy mala práctica profesional.
Otro factor que expone a los profesionales a enfrentarse a un tribunal es
psicologizar a ultranza la sintomatología del paciente, pasando por alto la
posibilidad de que esos síntomas sean secundarios a una enfermedad orgánica. Los
ejemplos sobreabundan: depresiones secundarias a anemia, cáncer (sobre todo el
de páncreas), hipotiroidismo, etcétera, tratadas psicoterapéuticamente durante
mucho tiempo y, por supuesto, sin evolución favorable. Los profesionales de la
salud mental no están obligados a tratar estas patologías médicas, pero sí a
investigar y reconocer todas las situaciones que puedan provocar los desórdenes
psíquicos del paciente y a realizar la derivación o la interconsulta. Otras dos
cuestiones que dejan vulnerables a los profesionales de la salud mental en este
tipo de juicios: la no confección de la historia clínica y la no instrumentación
del consentimiento informado. En esta especialidad existe prurito para llevar
historias clínicas y para solicitar el consentimiento a los pacientes, sobre
todo en el consultorio privado. La historia clínica es el documento más
importante con que contamos los profesionales para probar que los medios
utilizados eran los adecuados. Además, el paciente tiene derecho (y el
profesional la obligación) a que se documente fehacientemente su evolución y
tratamiento. Llegado el caso de un litigio judicial, la ausencia de historia
clínica perjudica al profesional al quedar con dificultades probatorias.
El consentimiento informado es una declaración de conformidad con un tratamiento
que ha sido planteado por el profesional como el más beneficioso para el caso.
El paciente tiene derecho a ser informado en forma adecuada y completa de su
dolencia, tratamiento, riesgos, alternativas terapéuticas y de las
eventualidades que podrían surgir de la no aceptación del tratamiento. Para que
una prestación sea hoy considerada jurídicamente correcta no basta con que esté
científicamente indicada y realizada de acuerdo con la lex artis, sino que debe
también contar con el consentimiento del paciente expresado de manera
fehaciente, luego de haber recibido la información necesaria.
“Hacen daño al medicar sin necesidad”
Por Sergio Rodríguez, psicoanalista (también médico, MN 34.591), director de la
revista Psyche Navegante, http://www.psyche-navegante.com
Partiré de los puntos de acuerdo con el artículo del doctor Espector para luego
marcar algunas diferencias de fondo, en función del mismo interés que parece
animar sus líneas: llevar adelante el trabajo con los consultantes de la manera
que resulte más eficaz para su mejoría.
Acuerdo con la imprescindibilidad de que cualquier profesional que se haga cargo
de un caso sepa distinguir si la dolencia es estrictamente psíquica o efecto de
algún trastorno orgánico. La sospecha de que fuera así obliga inmediatamente a
la consulta con el médico clínico o especialista adecuado. Señalo, de paso, que
la mala praxis está ocurriendo no sólo con psicólogos. Son muchos los casos de
sufrimiento psíquico tratados por neurólogos, neurocirujanos, psiquiatras y
hasta médicos generales con el exclusivo recurso de la medicación. Muchas veces,
innecesaria o hasta contraproducentemente. Eluden el psicoanálisis como recurso
asociado y prevalente. Es lamentable, pero en todas las especializaciones “se
cuecen las habas de los fundamentalismos”.
Dos cuestiones resultan definitorias para armar una estrategia de tratamiento:
1) la causa del funcionamiento psíquico; 2) la finalidad de los tratamientos.
La estructura que mueve (para bien y para mal) a los seres humanos, se distingue
por su dependencia de lo que los diferencia de los animales: el uso de un
lenguaje, complejo y articulado. Lenguaje que es adquirido por cada uno, a
través de los cuidados que le brindan quienes funcionen como madre y familiares
cercanos, desde antes de la concepción y por muchos años. Cuidados y lenguaje
que al futuro sujeto le llegan desde la voz, la mirada y la piel, a sus oídos,
ojos y piel, y a través de la atención a los agujeros destinados a recibir los
alimentos y eliminar los residuos metabólicos (boca, ano, uretra y piel). Dichos
cuidados les darán potencial erótico, y encarnadura para las metáforas
amatorias. En consecuencia, el lenguaje no es un simple código de inteligencia
conductual como plantean algunas “psicoterapias”, sino que es trasmisor y
receptáculo: de odio, amor, deseo, y goce erótico (en exceso y en defecto). Como
consecuencia, el funcionamiento neuronal y endocrino queda en dependencia de las
relaciones erotizadas del sujeto del inconsciente con los otros a través del
lenguaje, y no a la inversa. Por supuesto, y quedó aceptado en el inicio de este
artículo, dicho funcionamiento también puede quedar agraviado por
fisiopatologías producto de tumores, degeneraciones, lesiones vasculares,
etcétera, con diferentes etiologías. Pero en relación con los sufrimientos del
espíritu humano tienen una incidencia estadística mucho menor que aquellas que
resultan efecto de las dificultades de los sujetos para arreglárselas en las
relaciones afectivas y eróticas con sus congéneres y con la vida en general. De
esta causación del sujeto y sus sufrimientos deviene que el tratamiento más
adecuado para los mismos sea el de la palabra, y particularmente el
psicoanálisis, capaz de atender las relaciones inconscientes de dichos sujetos
con sus conflictos afectivos y eróticos y el impacto en sus funciones orgánicas.
¿Cuál es el lugar de los psicofármacos en el mismo? El de auxiliares.
Importantes, cuando se hace necesario transformar para más o para menos, la
energía neuronal circulante (crisis psicóticas, melancolizaciones,
intensificaciones graves de trastornos neuróticos, etcétera).
Las diferencias con el doctor Espector provienen de la conceptualización con que
se analiza la problemática. El lo hace desde un esquema jurídicomédico, yo desde
el psicoanálisis. El esquema jurídico es imprescindible para regular la
aplicación de las leyes sociales. El médico para los tratamientos biológicos.
Creo haber demostrado que el psicoanalítico es el más adecuado para tratar los
sufrimientos excesivos ante las complicaciones que ofrece la vida. En
circunstancias estadísticamente menores, exige ser acompañado con fármacos.
Llevar historias clínicas según pautas médicas –muchos prepagos las exigen–
colocaría al colega en la situación de violar el secreto profesional. Por otra
parte, no son dichos registros los indicados para que un juez, asesorado por
peritos, pueda acceder a la convicción sobre si hubo o no mala praxis en un
psicoanálisis. En éste, toman peso fundamental el estado de la transferencia, de
las resistencias, del deseo de analizarse, la auto o heteroagresividad,
etcétera. En las historias psiquiátricas, la orientación témporo-espacial,
memoria, atención, conciencia de enfermedad, etcétera.
Finalmente. Las diferencias de causación entre las dificultades anímicas y las
somáticas crea las condiciones de posibilidad para una notable diferencia entre
la cura médica y la del psicoanálisis. El acto médico restablece el estado
previo a la enfermedad. Un by-pass restaura canales circulatorios adecuados para
un funcionamiento cardíaco similar al previo a la obturación de las coronarias.
En cambio el psicoanálisis, a través de un trabajo sostenido, sin los apuros
inconsistentes de la cultura del éxito inmediato, acompaña al sujeto a alcanzar
un estado de capacidad psíquica muy superior al previo a enfermar.