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Aldo Pellegrini, surrealista argentino, por Ruben Méndez Castiglione   |   Los surrealistas de Aldo Pellegrini, Página|12, 26/10/06
Aldo Pellegrini - Prólogo a la Antología de la poesía surrealista francesa  |  Aldo Pellegrini - La acción subversiva de la poesía

Aldo Pellegrini y el surrealismo

Por Ruben Daniel Méndez Castiglione

Aldo Pellegrini fue un poeta surrealista, un hombre que se rehusaba a limitar su horizonte, que combatía los estereotipos, los géneros, las convenciones, que reflexionaba profundamente sobre su época y las posibilidades de cambio en una significativa producción literaria. Pero había (y quizá haya todavía) un desajuste entre la curiosidad que el autor tenía por el mundo y el desconocimiento o el desdén del mundo hacia él.

Pellegrini nació en Rosario, Provincia de Santa Fe, República Argentina, en diciembre del año 1903 [el 20 de diciembre], en el seno de una familia de humildes inmigrantes italianos. Fue uno de los tres hijos de Benedicta Carena y José Pellegrini, que era líder anarquista. Sus primeros estudios los cursó en la ciudad en que nació, y alrededor de 1921-22 se trasladó a Buenos Aires para cursar la Facultad de Medicina.

Arribó a la capital en la época en que comenzaron a llegar los libros, revistas y publicaciones representativas de los movimientos de vanguardia que, en aquel momento, revolucionaban Europa en el campo de las artes y las letras. Esta era una época muy particular: los estudiantes argentinos pedían la Reforma Universitaria; el fox-trot, el one-step, conjuntamente con Greta Garbo deleitaban a las masas. En materia de tango, en el nº 20 de la revista Martín Fierro, el escritor Sergio Piñero escribía que la música estaba cambiando: ''a la energía cadenciosa de Argañaraz, [los tangos] El clavo, El choclo, sucedió la clownesca sensualidad de El irresistible, Una noche de garufa, El apache argentino''. Esto, para caer fatalmente en ''la roseola del tema conventillero, la 'percanta' que perdió la doncellez, el 'bacán' triste y cornudo: Ivette, Mi noche triste, Milonguita, Mano a mano y mil más que no recuerdo'' (PIÑERO en ROMANO, 1984, p.189-190).

Había en la ciudad de Buenos Aires, un clima cada vez más favorable a las innovaciones, a los cambios de costumbres, a las modas. Los automóviles aumentaban, las mujeres participaban de actividades que antes les estaban vedadas, los porteños se aficionaban a la radiotelefonía, al cinematógrafo, a los magazines ilustrados, mientras que era electo para el cargo de la Presidencia de la República, en el año 1922, el señor Marcelo T. de Alvear, quien hasta entonces estaba radicado y viviendo en París... Existía ocupación plena y los precios eran adecuados al nivel de vida proletario y de las clases medias, mientras que la alta clase agrícola-ganadera aumentaba su riqueza y bienestar.

En la literatura, el medio argentino también quería renovarse, deseaba dejar para atrás ciertas formas y costumbres verbales. Según la investigadora Beatriz Sarlo, los escritores en general reaccionaban frente al ''rubenismo de princesas y cisnes'', que a los pocos se fue retirando. Esta reacción no era específicamente contra Darío y sí contra la reiteración de los clisés modernistas y la beatería del público burgués que veneraba una literatura de conformidad (SARLO, 1969, p.9).

En efecto, en los primeros años del siglo XX, la obra de Rubén Darío, perteneciente al llamado Modernismo, se presentaba, ante los jóvenes de América del Sur y de España, como un coloso difícil de enfrentar. La pregunta del período era: ¿cómo ser distinto a Rubén Darío, cómo salvarse de su influjo, cómo superarlo, cómo hacer algo diferente y de valía? Los poetas de la época cultivaban el anti-modernismo, es decir, el anti-rubendarismo, mientras el escritor chileno Vicente Huidobro erigía el creacionismo, leyendo su acta de fundación en el Ateneo Hispano de Buenos Aires. La doctrina de Huidobro proclamaba la total autonomía del poema e influenció a muchos poetas argentinos de la época. Se debe subrayar también la actividad del escritor Jorge Luis Borges que presentó el movimiento ultraísta español como programa en su país - pero que años más tarde trataría de hacer olvidar, conjuntamente con sus poemas de exaltación a la Revolución Rusa. (MENESES, 1978, p.26)

* * *

El joven estudiante Aldo Pellegrini también buscó una nueva poesía, que estuviese en sintonía con los ritmos y características de los tiempos modernos, con los experimentos que se estaban realizando en Europa y en la propia América Latina, y con las ansias de su generación.

Pudimos constatar que a partir de 1923 o 1924, tuvo acceso a la revista francesa Littérature, por medio de la cual se enteró de la existencia de André Breton y de sus compañeros (BACIU, 1979, p.17). Se sabe, también, que conoció las obras de Alfred Jarry (a quien ''admiraba'') y las de Guillaume Apollinaire (por quien se ''interesaba especialmente''). Que compartió sus conocimientos, informaciones y gusto poético con algunos de sus compañeros de estudio de la Facultad de Medicina, y que, del punto de vista literario, él y sus amigos, de la literatura argentina, ''sólo estimaba[n] a Oliverio Girondo y a Macedonio Fernández'' (PELLEGRINI en SOLA, 1967, p.111), muy probablemente porque se sentían atraídos por lo absurdo y el humor, presentes en la obra de estos dos escritores, que, si se quiere, anticipaban, de alguna manera, el surrealismo.

Es decir, Aldo Pellegrini y sus amigos se dirigían hacia una poética más avanzada, y si no era algo inevitable, era muy posible y probable que se encontrasen con el surrealismo. ¿Cómo sucedió este encuentro?

En una carta a la crítica literaria Graciela de Sola, Pellegrini manifestó que, con motivo de la muerte del escritor francés Anatole France, ocurrida en 12 de octubre de 1924, el diario Crítica de Buenos Aires ''publicó un número completo de homenaje al escritor, que por entonces parecía tener una importancia similar a la de [Víctor] Hugo''. (PELLEGRINI en SOLA, 1967, p.111)

En este número de homenaje a France, también había un telegrama de París - le dice Pellegrini a Sola - con el anuncio de la publicación, en aquella capital, de un panfleto contra el escritor francés cuyo titulo era ''Un cadáver''. Esto le llamó la atención. Anatole France era el más genuino representante de la literatura oficial, y los surrealistas franceses la atacaban en su persona. El texto ''Un cadáver'' era especialmente virulento: los surrealistas, entre los cuales se destacaban Soupault, Eluard y Breton, acusaban a France de ser ''miedoso'', ''conciliador'', ''necio''; sus libros, de ser ''precarios'', ''vacíos'', y su arte, de ser la representación del ''puro genio francés'' (NADEAU, 1970, p.65). Los términos usados en el panfleto le deben haber parecido muy adecuados a Pellegrini, a quien, según declaró posteriormente, ''la falta de pasión y el escepticismo barato de France'' le parecían ''la caricatura del verdadero disconformismo'' (PELLEGRINI en SOLA, 1967, p.111).

Pellegrini envió la lista de los firmantes del panfleto a la editora Gallimard (que por aquel entonces le proveía de libros franceses), pidiendo que le mandasen lo que tenían publicado. De esta manera, le llegó el Manifiesto del surrealismo de Breton y el primer número de la revista La Révolution Surréaliste, ambos publicados en París, a fines de 1924 (respectivamente, en octubre y diciembre). Al recibir los textos del grupo surrealista de París - probablemente antes del segundo semestre de 1925 - Aldo Pellegrini se ''deslumbró'' y comenzó a divulgar estas ideas entre algunos de sus compañeros de estudios: David Sussmann, Marino Cassano, Elías Piterbarg, Ismael Piterbarg y Adolfo Solari. Fue así que, después de algunos meses de trabajo de catequesis (como el mismo Pellegrini expresó), fue fundado el primer grupo surrealista de América Latina, que ''comenzó a preparar una revista'' (PELEGRINI en BACIU, 1979, p.17):


De izquierda a derecha: Oliveiro Girondo, Aldo Pellegrini, Norah Lange. A la derecha en primer plano, Francisco Madariaga

[...] les hablé con entusiasmo a mis compañeros David Sussmann y Marino Cassano, y después a Elías Piterbarg, quien trajo a su hermano Ismael y a Adolfo Solari. Todos formamos una especie de fraternidad surrealista, la que realizaba experiencias de escritura automática. La actividad de este grupo, totalmente desvinculado de las corrientes literarias de entonces [...] culminó con la publicación de los dos números de la revista Qué. (PELLEGRINI en SOLA, 1967, p.111)

Las dos ediciones de Qué - una revista realmente insólita en la sociedad de la época - fueron el resultado de la labor de investigación y difusión de las ideas del surrealismo que Aldo Pellegrini había comenzado años atrás - en 1925 y 1926 - con sus compañeros de la Facultad. En esta revista, Pellegrini y los suyos se manifiestan contrarios al arte oficial, al lenguaje, a la civilización, protestan contra las costumbres y ponen énfasis en los postulados surrealistas: libertad, amor y poesía.

Después de Qué, Pellegrini dedicará toda su vida a la difusión del surrealismo de una forma infatigable: tuvo una participación fundamental en la publicación y dirección de una serie de revistas: Ciclo (1948-1949), A partir de cero (1952-1954), Letra y línea (1953-1954) y La rueda (1967). Publicó cuatro libros de poemas: El muro secreto (1949), La valija de fuego (1953), Construcción de la destrucción (1957) y Distribución del silencio (1966)1. Pellegrini también se destacó como dramaturgo con su Teatro de la inestable realidad (1964), y como ensayista con Para contribuir a la confusión general (1965), donde presenta su estética de la destrucción. Pero no solo eso. Fue también el punto de referencia de toda una generación cuando se discutían las artes plásticas gracias a Artistas abstractos argentinos (1956), Nuevas tendencias en la pintura (1967) y Panorama de la pintura argentina contemporánea (1967), que lo consagraron como un gran entusiasta del arte moderno y también como un excelente historiador y crítico del arte. Como si esto fuera poco, podemos mencionar todavía que organizó tres antologías: Antología de la poesía surrealista francesa (1961), la de Oliverio Girondo (1964) y Antología de la poesía viva latinoamericana (1966), que escribió cuatro ensayos sobre autores modernos y contemporáneos y que realizó inúmeras traducciones, entre ellas destacándose la de las obras completas de Lautréamont.

Sin embargo, y sorprendentemente, el juicio estético que el oficialismo literario-artístico le hizo a su obra no fue positivo, y tal vez por eso el desajuste al que nos referimos en el inicio, es decir, el desdén a su labor. Algunos de los motivos para el reducido espectro de lectores que Pellegrini tuvo en la época de aparición de sus textos - como lo prueba la poca alusión a sus trabajos - pueden ser encontrados en los obstáculos que dichos textos tenían, como manifiesta Ponge. Estos obstáculos no eran de orden lexical, sintáctica, metodológica o conceptual, pero sí de enfoque, puesto que contradecían el sentido común y el establishment. (PONGE, 1996, p.167)

Con el correr del tiempo, la recepción de este autor - por lo menos en los círculos más especializados - fue cambiando y, tal vez, se pueda decir que se ha librado de un engranaje opresor. Hoy en día se pueden ver en las librerías de Buenos Aires algunos de sus libros, así como también, comentarios y elogios en páginas de Internet. Aldo Pellegrini debe ser reconocido como pionero del surrealismo en América, espina dorsal y referencia del surrealismo argentino. Como dijo Octavio Paz, Pellegrini fue un poeta inteligente, fervoroso y notable. (PAZ en PONGE, 1999, p.164-165)

[Aldo Pellegrini murió en Buenos Aires el 30 de marzo de 1973]

BIBLIOGRAFÍA
Libros/Tesis
BACIU, Stefan. Surrealismo latinoamericano. Preguntas y respuestas. Valparaíso: Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1979.
BORGES, Jorge Luis. Ultraísmo. Nosotros, Buenos Aires, n.151, 1921.
BRETON, André. Manifiestos del surrealismo. Traducción y notas de Aldo Pellegrini. Buenos Aires: Argonauta, 1992.
CASTIGLIONI, Ruben Daniel Méndez. Historia y circunstancia: Ernesto Sábato, el hombre y su literatura. Dissertação de mestrado. Porto Alegre: Pontifícia Católica do Rio Grande do Sul, 1993.
DARÍO, Rubén. Antología Poética. Buenos Aires: Kapelusz, 1973.
LATELLA, Graciela María. Le surréalisme d´Aldo Pellegrini. Tesis. París, Université de la Sorbonne Nouvelle, 1976.
MENESES, Carlos. Poesía juvenil de J. L. Borges. Barcelona: José J. Olañeta,1978.
NADEAU, Murice. Historia del surrealismo. Altamira, 1970.
PAZ, Octavio. La búsqueda del comienzo. Madrid: Fundamentos, 1974.
PELLEGRINI, Aldo. Para contribuir a la confusión general. Buenos Aires: Nueva Visión, 1965.
---. Distribución del silencio. Buenos Aires: Argonauta, 1966 a.
---. Escrito para nadie. Buenos Aires: Argonauta, 1989.
---. Antología de la poesía viva latinoamericana. Barcelona: Seix Barral, 1966 b.
---. Antología de la poesía surrealista de lengua francesa. Barcelona: Argonauta, 1981.
---. Panorama de la pintura argentina contemporánea. Buenos Aires: s/e, s/f.
---. El muro secreto. Buenos Aires: Argonauta, 1949.
---. La valija de fuego. Buenos Aires: Americalee, 1952.
---. Teatro de la inestable realidad. Buenos Aires: Carro del Tespis, 1964.
---. Artistas abstractos argentinos. París/Buenos Aires: Cercle d'art, 1956.
---. Nuevas tendencias en la pintura. Buenos Aires: Muchnik, s/f.
---. Antología de la poesía viva latinoamericana. Barcelona: Seix Barral, 1966.
---. Oliverio Girondo. Antología. Buenos Aires: Argonauta, 1964.
POBLETE-ARAYA, Kira Ines del Rosario. Trayectoria del surrealismo en las revistas literarias argentinas. Tesis. Austin (Texas): University of Texas, 1983.
PELLEGRINI, Aldo (org.) Lautréamont 100 años. Buenos Aires: Galería de arte Gradiva, 1970.
PONGE, Robert (org.). Surrealismo e Novo Mundo. Porto Alegre: UFRGS, 1999.
SARLO, Beatriz Sabajanes. Martín Fierro (1924-1927). Antología y prólogo. Buenos Aires: Carlos Pérez, 1969.
SOLA, Graciela de. Proyecciones del surrealismo en la República Argentina. Buenos Aires: Culturales Argentinas, 1967.
Capítulos/Volúmenes de libros
MASTRONARDI, Carlos. El movimiento de ''Martín Fierro''. En: La historia de la literatura argentina. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, s/f.
PAZ, Octavio. Sobre o surrealismo hispano-americano: o fim do papo-furado. Traducido por Robert Ponge. En: PONGE, Robert (org.). Surrealismo e Novo Mundo. Porto Alegre: UFRGS, 1999. p. 163-167.
PELLEGRINI, Aldo. Antonin Artaud el enemigo de la sociedad. En: ARTAUD, Antonin. Van Gogh el suicidado por la sociedad. Buenos Aires: Argonauta, 1987.
---. El conde de Lautréamont y su obra (Prólogo). En: LAUTRÉAMONT, Conde de. Obras completas. Buenos Aires: Argonauta, 1986.
---. Prólogo. En: BRETON, André. Manifiestos del surrealismo. Buenos Aires: Argonauta,1992. p. 7-12,.
PONGE, Robert. A crítica de Aldo Pellegrini: o elogio ao Ilustre Desconhecido. En: CARVALHAL, Tania Franco (org.). O discurso crítico na América Latina. Porto Alegre: Instituto Estadual do Livro, 1996. p. 163-176.

1 Póstumamente fue publicado otro de sus libros de poesía: Escrito para nadie (1989).


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Teatro de la inestable realidad de Aldo Pellegrini

“La repetición no es signo de cansancio, sino de la única estabilidad en un mundo que fluye hacia la descomposición y la muerte”, anotó en alguna ocasión la ensayista y crítica argentina Beatriz Sarlo. Tal vez por esa razón los autores de todas las épocas tienden a hablar, a menudo, de un mismo puñado de temas, y la obra de un escritor configura el perfil de sus obsesiones más recurrentes.
Aldo Pellegrini (Rosario, Argentina, 1903) constituye un ejemplo curioso de este paradigma, el caso de una vocación activa, y nunca cancelada, por liberar las barreras de la conciencia, por romper con las limitaciones conceptuales de su tiempo. Iniciador del vanguardismo en su país junto al psicoanalista Enrique Pichon-Rivière y los poetas Francisco Madariaga y Enrique Molina, entre otros memorables personajes; fundador del primer grupo surrealista en un idioma distinto al francés; compilador de la primera Antología de la poesía surrealista en lengua castellana (1961) y de la Antología de la poesía viva latinoamericana (1966) –que anticipó la presencia escrita de muchas de las voces mayores de nuestro continente–, y responsable de dos títulos esenciales para la interpretación de la plástica contemporánea, Panorama de la pintura argentina (1965) y Nuevas tendencias en la pintura (1967), Pellegrini fue, además de agitador, crítico de arte, ensayista y poeta “inteligente, fervoroso y notable”, según estimaba Octavio Paz.
Su poesía completa acaba de ser publicada, recientemente, por la editorial Argonauta: La valija de fuego, título de uno de sus más bellos libros.
En conjunto, sus textos reflejan una conciencia vertiginosa de lo absurdo y de la confusión generalizada, pero también una reivindicación del amor como forma de resistencia; un universo, el suyo, que funciona gracias al lenguaje surreal de lo inexpresable y que manifiesta una suerte de protesta del hombre contra su propia condición. Paradójicamente, la repetición que Sarlo asociaba a la “única estabilidad del mundo” evidencia, en Pellegrini, la naturaleza inconstante, mutable de ese mismo mundo.
En este sentido, Teatro de la inestable realidad (1964) se inscribe dentro de cierta voluntad de aceptar e incluso volver juego lo endeble de la aventura existencial. Compuesto por cinco divertimentos, un paso de comedia y una pieza en dos cuadros, el volumen supone un homenaje, de acuerdo con su propio autor, a “la íntima sensación de que cada uno está actuando en una desopilante farsa”. Lo único estable es lo inestable. Lo único que se repite, como en la propia vida, es el mismo encabalgamiento de caprichos y extravagancias.
Un cazador de unicornios cuyo objeto de caza es el espíritu convive con un pescador que pesca sin agua. Un director de teatro niega la existencia de una bailarina en escena porque su presencia trastorna todos sus planes. Una escalera adherida inexplicablemente a un muro cubre la puerta de entrada de una casa y desata una disertación acerca del sinsentido vital.
A las siete piezas breves y deliberadamente casi indefinibles con que comienza el libro sigue una especie de relato poético, “Confrontación del vacío”, escrito tres años después. Unas “Advertencias e instrucciones para los lectores” preceden a la narración:
El autor recomienda una posición especial durante la lectura de su texto, pues considera que toda comprensión cabal debe obtenerse por la intervención de la totalidad del cuerpo. En consecuencia, aconseja que la lectura se realice derecho, sobre un solo pie, cambiando de pie en cada versículo, para soportar en equilibrio una corriente de comprensión que circule de izquierda a derecha y de derecha a izquierda alternativamente.
A medida que se avance en la lectura se irá creando la sensación física de fatiga que, según el autor, es lo más parecido a un sentimiento estético, con la evidente ventaja de que son muy pocos los que se han puesto de acuerdo sobre este último, mientras que la sensación física de fatiga podría lograr una unanimidad absolutamente alentadora para los desesperados buscadores de belleza.
Refiriéndose a la obra de Antonin Artaud, a quien admiraba, Pellegrini proponía al lector sumergirse en el texto liberado de preconceptos, normas y modelos, despojado de lo que él llamaba “el prejuicio de la literatura”. Del mismo modo, convendría quizás zambullirse en las hondas aguas del escritor argentino sin ninguna precaución, sabiendo sólo de antemano que su batalla se daba a favor de la libertad creativa y en contra, siempre, de la obediencia de la mayoría. “La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes”, declaraba Pellegrini en un pequeño ensayo publicado en 1961. Y añadía: “La característica del imbécil es su aspiración sistemática a cierto orden de poder. El inocente, en cambio, se niega a ejercer el poder porque los tiene todos.”
En la intersección del teatro, la poesía, el ensayo y aun el texto filosófico, las subversivas obras que conforman Teatro de la inestable realidad exigen la lectura atenta de un lector inocente en abierta confrontación con un lector imbécil, pues sólo los inocentes tienen la llave para abrir la puerta de la literatura. La inestabilidad del mundo obedece a su inevitable transformación y se contrapone, en definitiva, al pretendido orden: a la fijeza inmóvil, segura, de la imbecilidad. ~

Fuente: www.letraslibres.com


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Ferocidad de un inconformista

Por Julio Llinás

La publicación de la poesía completa de Aldo Pellegrini bajo el sello Argonauta, la mítica editorial fundada por el padre del surrealismo argentino hace más de medio siglo, no es sólo un merecido homenaje al autor de El muro secreto sino también un acontecimiento literario que pone al alcance del público la obra de uno de los máximos poetas de nuestras letras

Ocurren cosas que nunca se recuerdan y se recuerdan cosas que nunca han ocurrido. Así son los laberintos de la memoria, los laberintos de la poesía.

He circulado con juvenil entusiasmo por el surrealismo, y cuarenta años después estoy irremediablemente considerado como su conspicuo feligrés, aunque no haya escrito más de dos o tres obras susceptibles de ser estrictamente calificadas de surrealistas y aunque haya disentido frecuentemente con actitudes tomadas por el Movimiento, tanto en la Argentina como en Francia. La etiqueta indeleble que se me ha endilgado me ha convertido -tras el fallecimiento de Francisco Madariaga- en el último surrealista vivo del grupo fundado por Aldo Pellegrini.

Yo, que no he tenido nunca el privilegio de ser primero en nada, tengo al menos el consuelo de ser el último en algo.

La reciente aparición de la poesía completa de Aldo Pellegrini bajo el título de uno de sus libros, La valija de fuego, y editada por Argonauta, la mítica editorial fundada por el poeta hace más de medio siglo, no sólo es un justo reconocimiento a su insobornable trayectoria, sino que viene a cubrir un vacío abismal en el confuso y dispar panorama de la poesía argentina del siglo XX, tan a menudo poblado de fantasmas envueltos en las sábanas destellantes del marketing literario y de la mera retórica versificada.

No sé bien en qué circunstancias conocí al indiscutible padre del surrealismo argentino, cuya breve y contradictoria evocación intentaré hacer en estas líneas. Pellegrini nació en Rosario en 1903 y se radicó muy pronto en Buenos Aires, donde residió hasta su muerte. Fundó, dirigió y animó los principales eventos y publicaciones vinculados con el surrealismo a partir de 1928, prácticamente en simultaneidad con los franceses: las revistas Qué (1928-1930), Ciclo (1948-1949), A partir de Cero (1952-1953) y Letra y Línea (1953-1954). Vinculado con poetas y pintores surrealistas de varios países, crítico lúcido y estudioso de la pintura, viajó, dio conferencias y organizó exposiciones de gran importancia, dando prueba de su amplitud de criterio al promover y difundir a los primeros artistas abstractos argentinos. Su Antología de la poesía surrealista fue considerada por André Breton como "el aporte más importante para el conocimiento de la poesía surrealista en cualquier idioma". Fundó asimismo la Editorial Argonauta, gracias a la cual fueron publicados a mediados de los años 40 Gérard de Nerval y Gustav Meyrink, entre otros grandes ignorados.

Pellegrini era un hombre sumamente nervioso, como consecuencia de unas amebas que le resultaba imposible combatir con éxito a pesar de su condición de médico gastroenterólogo. Le transpiraban las manos constantemente y pasaba de una a la otra un pañuelo del que me era muy difícil apartar la mirada. Había publicado un curioso y celebrado libro sobre la medicina titulado Los mecanismos de la curación. Deseaba formar un grupo surrealista. Tenía 26 años más que yo. Podía ser mi padre. Tal vez lo haya sido en cierto modo, para bien y para mal.

Su inquietud era constante y, allí donde estuviera, parecía siempre a punto de irse. Tenía un fino bigote que, tal vez a causa de sus tics casi imperceptibles, producía la ilusión de estar recorriendo velozmente su rostro como un ciempiés enloquecido y encerrado en esa geografía agradable, pálida y nerviosa.

El grupo surrealista fue formado finalmente y quedó integrado por Pellegrini, Enrique Molina, Carlos Latorre, Francisco Madariaga y yo, con la participación esporádica de Juan Antonio Vasco, que vivía en Venezuela, y la tardía de Juan José Ceselli. De todos ellos, los estrictamente fieles a las consignas mayores del surrealismo eran el propio Pellegrini y Latorre. Molina y Vasco lo eran ocasionalmente. Madariaga y yo (que vivía en París en ese entonces), tangencialmente. Oliverio Girondo y Olga Orozco eran nuestros amigos y simpatizantes.

Nuestra relación con el "mundo literario" era prácticamente nula, con excepción de algunas amistades personales, como la mía con Girri o la de Madariaga con Bayley y la de ambos con algunos miembros del grupo de Poesía Buenos Aires. La ferocidad y el desprecio de Pellegrini frente a grandes autores como Borges, Faulkner y Eliot era inmensa y, acaso incomprensible, si se la considera más allá de una provocación anárquica, aunque su aversión por Borges llegaba a trasponer esa frontera. ("Comentarios a tres frases de autores célebres" - A partir de Cero - 1956).

Extremando su furia, en el Nº 4 de Letra y Línea de julio de 1954, Pellegrini escribó esta nota, de discutible humor: En el Nº 17 de "Buenos Aires Literaria", Borges y Bioy Casares, conocidos fabricantes de repostería literaria para uso de las niñas de la buena sociedad, se enfurecen con Letra y Línea. De la confusa mezcla de rencor gelatinoso y gracia hipopotámica de que hacen gala en ese texto, se desprende lo siguiente:

1º) Que el chancho es el Dios tutelar y vengador con el que se identifican los autores (evidentemente, la literatura gelatinosa, nutrida de desperdicios y residuos literarios, se aviene perfectamente con las características del aludido animal).

2º) Que nuestra revista se dedica a "atacar a ciertos escritores para ensalzar a otros". Este descubrimiento tan sorprendente resulta un propósito no sólo evidente sino razón fundamental de la aparición de "Letra y Línea". En el número inicial figura de modo destacado en la declaración de motivos y entonces la designamos como tarea de revalorización o rectificación de las jerarquías literarias y artísticas. En otras palabras: esa actitud, que naturalmente resulta alarmante para Borges y Cía., significa señalar y denunciar la falsedad de la posición destacada de determinados escritores y artistas, lograda por razones variadas, entre las cuales nunca figura el mérito real.

3º) Lo que más asombra a Borges y Cía. es la audacia de una revista que sale a combatir sin figurar en ella los nombres que consideran consagrados. Pero que se tranquilicen, ya que de ningún modo han sido olvidados, pues si bien no figuran en la plana de colaboradores todos esos protagonistas del drama cultural del país, los podrán encontrar en todos los números en lugar destacado, con menciones de sus ilustres textos, aunque no desempeñando ya el papel dramático sino el cómico.

Si bien en un principio interpreté la desmesura de estas declaraciones (que leí en París), como un ataque genérico al establishment, poco a poco, actitudes igualmente corrosivas me fueron alejando, tanto del grupo argentino cuanto del francés de Breton, e impulsaron mi alejamiento del surrealismo ortodoxo y mi acción junto a Edouard Jaguer en el Movimiento renovador PHASES, del que también habría de participar Pellegrini que, en un significativo texto titulado "El huevo filosófico (A partir de Cero Nº 1 - diciembre de 1952), escribía: El surrealista no quiere prescindir de ningún aspecto posible de la realidad y como consecuencia, su actitud frente a los datos parciales de los sentidos y de la ciencia, se revela no conformista. Para él sólo es posible captar la realidad como un todo y hacia ese punto tienden sus esfuerzos en el terreno del conocimiento. Esta concepción de lo real no es, indudablemente, nueva. Muchos pensadores, muchos buscadores, se la plantearon en el pasado remoto o cercano. Muchos hombres de ciencia la sustentan hoy. Pero casi todos caen, finalmente, en el conformismo, y deciden aceptar como límites del mundo lo que alcanzan a tocar con el extremo de los dedos. El surrealista no se resigna, es esencialmente disconformista, y partiendo del principio de que la fuente de todo conocimiento está en lo interior del hombre, se sumerge en el propio espíritu, atravesando el plano racional, y allí, en lo más hondo de su yo, encuentra el mundo. [...] El surrealismo, consciente de la amplitud de lo real, consciente de que todo sujeto se encuentra en el centro mismo de esa realidad total, busca en la inmersión profunda en sí mismo la fuente de todo conocimiento. Y cuando retorna de su inmersión, aparece con el único lenguaje que puede darle idea de la totalidad de lo real: el lenguaje poético. [...]

Durante mi residencia en Francia mantuvimos un contacto epistolar muy frecuente. En una carta fechada el 13 de noviembre de 1952, decía:

"Acabo de dejar a Enrique [Molina] quien me planteaba sus eternas dudas sobre la propia poesía. Mientras volvía solo a casa, las mismas dudas me torturaban a mí sobre la mía. Cierto, tengo la seguridad de que trato de volcar en ella lo mejor de mí mismo pero ¿lo logro? Algunos amigos elogian mis ensayos, en los cuales tengo plena conciencia de que coloco lo menos importante. Esa gran comunicabilidad, la máxima posible, que creo que debe ser la esencia de toda poesía ¿falta en la mía? Estoy por pensar que el gran cretino que comentó mi Muro Secreto en Pro-Arte tenía razón cuando decía que eran un montón de palabras sin sentido. ¿Será posible que ese fervor de creación, ese sentido mágico del que uno se siente intermediario en determinados momentos sea simplemente una vacía alucinación? Por momentos me domina la esperanza de que ese secreto mensaje que trato de transmitir será recogido alguna vez por alguien. Como la botella arrojada por el náufrago, ¿qué tiempos y qué espacios deberá recorrer para llegar a destino? Otras veces me domina la impresión de la inutilidad de todo, la sensación de que sólo la farsa y la mascarada son lo auténtico y real.
Como dice Enrique [Molina], siento en la poesía el impulso hacia una verdadera fraternidad, hacia una unión de los hombres, de sus contenidos esenciales que son comunes. Así entiendo yo el verdadero sentido de la frase de Lautréamont: "La poesía ha de ser hecha por todos". Dar esa intención poética a todo, a nuestra vida, a nuestros actos... ¿es eso posible? A ratos me da la impresión de que la poesía es algo que se destruye en contacto con la vida sórdida, con los individuos sórdidos y que éstos son los fuertes y positivos. A veces hasta me parece que la poesía se destruye simplemente en contacto con el aire libre y que su gran destino es vivir silenciosamente en el interior de los hombres. ¿De qué barro de soledad estamos formados?"

A pesar de su ferocidad, que lo mantuvo aislado del mundo literario y lo convirtió en un autor de culto casi tan secreto como su Muro, Pellegrini ha sido un gran poeta y un gran hombre, profunda y honestamente comprometido con su concepción de la poesía, fiel a los principios del movimiento que constituyó la pasión de su vida, ajeno a todo halago y compromiso espçureo, lúcido hasta el sufrimiento en su camino hacia el fondo de la realidad.

La valija de fuego

Al innegable interés de esta completa recopilación de su obra édita, se añade la inserción de textos publicados en revistas de pequeño tiraje y de poemas inéditos, todo ello debido al minucioso y devoto trabajo de su hijo Mario, sin cuyos desvelos buena parte del material hubiera quedado oculta para el lector de poesía y para el estudioso, si es que ambas categorías están destinadas a sobrevivir.

La obra está precedida por un lúcido y corrosivo ensayo del poeta, titulado "La acción subversiva de la poesía", que lo posiciona sin ambivalencias ante el mundo, ante la realidad y ante sí mismo. Además de textos inhallables que datan de 1928 y que fueron publicados en la revista Qué, fundada conjuntamente con sus amigos, los estudiantes de medicina Marino Cassano, Elías Piterbarg y David Sussman, se reproducen íntegramente los libros de poemas El muro secreto (1949), La valija de fuego (1952), acaso el más importante, Construcción de la destrucción (1957), Distribución del silencio (1966) y Escrito para nadie (1972-1973). Alejada de toda concesión, la poesía de Pellegrini es implacable y ferozmente provocativa, lo cual produjo a lo largo de su vida no pocos enconos literarios.

Las colaboraciones testimoniales de Rodolfo Alonso, Edgar Bayley, Enrique Molina y Francisco Madariaga contribuyen a realzar el innegable valor de esta "valija de fuego", imprescindible para espantar los domésticos esfuerzos de tantos portadores de valijas repletas de cosméticos.

[Para LA NACION - Buenos Aires, 2002]

La poesía y los imbéciles

por Aldo Pellegrini [20 de diciembre 1903 - 30 de marzo 1973]

La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes. No es una puerta cerrada con llave o con cerrojo, pero su estructura es tal que, por más esfuerzos que hagan los imbéciles, no pueden abrirla, mientras cede a la sola presencia de los inocentes. Nada hay más opuesto a la imbecilidad que la inocencia. La característica del imbécil es su aspiración sistemática de cierto orden de poder. El inocente, en cambio, se niega a ejercer el poder porque los tiene todos.

Por supuesto, es el pueblo el poseedor potencial de la suprema actitud poética: la inocencia. Y en el pueblo, aquellos que sienten la coerción del poder como un dolor. El inocente, conscientemente o no, se mueve en un mundo de valores (el amor, en primer término), el imbécil se mueve en un mundo en el cual el único valor está dado por el ejercicio del poder.

Los imbéciles buscan el poder en cualquier forma de autoridad: el dinero en primer término, y toda la estructura del estado, desde el poder de los gobernantes hasta el microscópico, pero corrosivo y siniestro poder de los burócratas, desde el poder de la iglesia hasta el poder del periodismo, desde el poder de los banqueros hasta el poder que dan las leyes. Toda esa suma de poder está organizada contra la poesía.

Como la poesía significa libertad, significa afirmación del hombre auténtico, del hombre que intenta realizarse, indudablemente tiene cierto prestigio ante los imbéciles. Es ese mundo falsificado y artificial que ellos construyen, los imbéciles necesitan artículos de lujo: cortinados, bibelots, joyería, y algo así como la poesía. En esa poesía que ellos usan, la palabra y la imagen se convierten en elementos decorativos, y de ese modo se destruye su poder de incandescencia. Así se crea la llamada "poesía oficial", poesía de lentejuelas, poesía que suena a hueco.

La poesía no es más que esa violenta necesidad de afirmar su ser que impulsa al hombre. Se opone a la voluntad de no ser que guía a las multitudes domesticadas, y se opone a la voluntad de ser en los otros que se manifiesta en quienes ejercen el poder.

Los imbéciles viven en un mundo artificial y falso: basados en el poder que se puede ejercer sobre otros, niegan la rotunda realidad de lo humano, a la que sustituyen por esquemas huecos. El mundo del poder es un mundo vacío de sentido, fuera de la realidad. El poeta busca en la palabra no un modo de expresarse sino un modo de participar en la realidad misma. Recurre a la palabra, pero busca en ella su valor originario, la magia del momento de la creación del verbo, momento en que no era un signo, sino parte de la realidad misma. El poeta mediante el verbo no expresa la realidad sino participa de ella misma.

La puerta de la poesía no tiene llave ni cerrojo: se defiende por su calidad de incandescencia. Sólo los inocentes, que tiene el hábito del fuego purificador, que tienen dedos ardientes, pueden abrir esa puerta y por ella penetran en la realidad.

La poesía pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea sólo habitable para los imbéciles.

[Revista Poesía Nº 9, agosto de 1961]

La acción subversiva de la poesía

Por Aldo Pellegrini

Hay una fuerza en el hombre, proveniente del simple hecho de vivir, que condiciona su destino de modo fatal. Esta fuerza se vuelve visible a cada momento a través de las manifestaciones del amor, que tiende a trascender del individuo en una comunión con el todo, tiene sus propias leyes irreductibles a los esquemas racionales. La poesía aparece como expresión de ese impulso hacia el cumplimiento de un destino vital, y la fatalidad de ese destino se revela en la poesía como un hecho indiscutible. La poesía no es, por consiguiente, un lujo o un divertimiento, sino una necesidad, del mismo modo que lo es el amor. Todas las otras necesidades, aun las más perentorias, están subordinadas a esos dos, que en definitiva son los dos aspectos de una misma energía primordial que le confiere su verdadero sentido a la vida. Si penetramos profundamente en el significado del viejo refrán "No sólo de pan vive el hombre" comprobaremos que la lúcida sabiduría popular llega a una convicción análoga. Prescindir de la poesía equivaldría a renunciar a la vida.

Considerado así, lo poético no reside sólo en la palabra; es una manera de actuar, una manera de estar en el mundo y convivir con los seres y las cosas. El lenguaje poético en sus distintas formas (forma plástica, forma verbal, forma musical) no hace más que objetar de un modo comunicable, mediante los signos propios de cada lenguaje particular, esa fuerza expansiva de lo vital. Como consecuencia, el mundo poético está en todos, en la medida en que cada hombre es un ser integral. La clara consigna de Lautréamont, "La poesía debe ser hecha por todos", no tiene otro sentido. Aquel que ignora la poesía es un mutilado, tal como lo es aquel que ignora el amor.

La última afirmación podría sugerirnos la idea de que vivimos en un mundo de mutilados, pero no es así: lo que habitualmente encontramos no es la falta de impulso poético sino su represión. Y está reprimido porque vivir hacia lo ilimitado, como exige la poesía, es decir, vivir en la dimensión total, no resulta conveniente para las fuerzas opresoras que dominan el mundo. Aceptar ese modo de vivir significaría prestarle al hombre un carácter casi divino, lo que no interesa a los detentadores del poder, que prefieren considerar al hombre como un objeto, como algo inmóvil y sin dimensión. Para anular a la poesía se ha creado toda una organización de falso pudor, parecida a la que existe para limitar la extensión del amor. Por el crimen de pornografía se concena al amor sin trabas. Parecida condena de pornografía amenaza a la poesía auténtica, sin trabas. Los dos procesos que abren el camino de la libertad, de la acentura, de lo imprevisto y de la exaltación, se ven constreñidos a la categoría de parias sociales.

Abierto el camino de la libertad por la poesía, se establece automáticamente su acción subversiva. La poesía se convierte entonces en instrumento de lucha en pro de una condición humana en consonancia con las aspiraciones totales del hombre. Ceder a la exigencia de la poesía significa romper las ataduras creadas por el mundo cerrado de lo convencional.

Esta función de ruptura no pasa inadvertida para quienes aspiran a una conviviencia basada en la sumisión. Tampoco pasa inadvertida la importancia, la verdadera necesidad de la poesía como factor de expresión vital. La solución contemporánea de estos dos problemas la logran los detentadores del poder domesticando a los poetas, volviéndolos inofensivos, para que ofrezcan un producto falsificado o desnaturalizado que con el título de poesía reciba los honores oficiales, las prebendas. Así se logra un alimento sustitutivo de la pasión poética, que puede designarse con el nombre de poesía "oficial" y que es la negación total de la poesía. Así se alcanza el ideal de los carceleros: lanzar a los poetas contra la poesía.

Por este mecanismo de sustitución, el verdadero poeta queda fuera de la ley, y para darle a su engañifa características de consenso, los carceleros someten a los poetas a la repulsa de la opinión pública. Los detentadores del poder fabrican la llamada opinión pública, y ésta actúa dócilmente en defensa de los intereses que propician la sumisión. La opinión pública es la opinión de los hombres sin opinión, y éstos condenan la poesía. En el momento en que la poesía es colocada fuera de la ley aparece como consecuencia ineludible la figura del poeta repudiado: la poesía se vuelve maldita.

No todos los poetas ceden a la presión del poder y de la opinión pública. Dante, Villon, Blake, Rimbaud, Lautréamont, Artaud, agitaron en una u otra forma el látigo liberador. Pero hay poetas que se rinden, que claudican, y esta claudicación se obtiene a veces por los medios más indirectos. Uno de los medios indirectos de sumisión, en el que caen a menudo verdaderos poetas es el esteticismo. El arte por el arte significa siempre un arte sometido, que rehuye el peligro y busca el calor de los aplausos.

Pero esto no quiere decir que la acción subversiva de la poesía se realice mediante el tratamiento directo de los temas de subversión. No necesita por ejemplo, cantar a la libertad (palabra degradada por los falsarios de todos los colores) pues cantar a la libertad ha demostrado ser uno de los recursos de los propiciadores de la esclavitud. La libertad vive en la poesía misma, en su manera de expandirse sin trabas, en su poder explosivo. Está implícita en el acto de la creación, en ese modo de surgir de las zonas del espíritu donde reina la insumisión, donde es libre en todas las dimensiones. Libre de los esuqemas de la razón, libre de las normas sociales, libre de las prohibiciones, libre de los prejuicios, libre de los cánones, libre del miedo, libre de las rigideces morales, libre de los dogmas, libre de sí misma. En esa zona del espíritu vive la experiencia milenaria de la especie, vive el sentido del hombre, se forman los deseos y las formas impulsoras de la dinámica vital. Allí se establece el vínculo real con el mundo a través de la única vía libre que lleva al universo todo. En esa zona se gesta el milagro, nace la excepción. La poesía tiene allí su imperio, y allí están las fuentes de la imaginación creadora que participa con las potencias del amor en la construcción del ser auténtico, que cuando se lo percibe dentro de sí determina la aparición de un orgullo silencioso y secreto, un orgullo que toma frecuentemente la apariencia de la humildad, y que es patrimonio casi exclusivo, en su monstruosa magnitud, de los santos y de los poetas.

La acción subversiva se manifiesta al ofrecernos la poesía la imagen de un universo en metamorfosis en oposición al universo rígido que nos imponene las conversaciones. La imagen poética en todas sus formas actúa como desintegradora de ese mundo convencional, nos muestra su fragilidad y su artificio, lo sustituye por otro palpitante y viviente que responde al deseo del hombre. Por eso la poesía auténtica degrada a quienes aspiran a existir en un medio dominado por la quietud, un medio pasivo, sin riesgos y sin imprevistos. Ese medio es un esquema irreal, abstracto, desvitalizado; es el falso mundo de la seguridad, que se parece más a un mundo de fantasmas que las más desaforadas creaciones de la imaginación poética. Para completar la paradoja, los defensores de ese mundo irreal se llaman a sí mismos, realistas.

Una actitud disconformista señala el paso inicial que dirige al hombre hacia el centro de acción de la poesía. El poeta se coloca frente a la sociedad aceptada y manejada por los conformistas. La maquinaria social al servicio de una organización deshumanizada reduce a los hombres a números, y cierra todos los caminos. Los que sueñan con el poder, cualquiera que fuere el mecanismo de éste (el dinero, la fuerza, el soborno, el chantaje, la política, el terro) tienden a reducir la conciencia de los hombres a cero. El mundo se convierte así en un reducto sin puertas ni ventanas, domine el patrón oro, o domine la burocracia. La poesía abre puertas y ventanas tanto hacia afuera, hacia el mundo, como hacia adentro, hacia el hombre.

Pero indudablemente la poesía, al introducirnos en el misterio de lo real, nos descubre una vasta zona de peligro, una región inquietante y turbadora. Muchas veces lo poético toma la forma de un acto de violenta provocación y aparece como antipoético, como negador de la creación. Cuando Marcel Duchamp expuso una rueda de bicicleta o un portabotellas con la pretensión de que constituyesen obras de arte, realizó un acto poético del más alto valor subversivo. Lo mismo Rimbaud, al renunciar a la poesía, lleva a su extremo límite la actitud subversiva del poeta. La insumisión alcanza ese límite extremo en el momento en que proclama la negación de la poesía, y ese momento aparece cuando la poesía está seriamente amenazada de domesticidad. Así, lo antipoético se convierte en el valor supremo de subversión y en el mecanismo utilizado por los verdaderos poetas en defensa de la poesía en peligro, para reconquistar su fuerza liberadora. Mediante lo antipoético, se retorna al punto cero, en contacto con la fuente originaria, con el fuego central.

En el proceso utilizado para domesticar a los poetas, el aplauso, el consenso elogioso, la popularidad, son los factores más peligrosos. El poeta que sucumbe a la tormenta de los aplausos debe pensar que los imbéciles, que forman la gran masa de los llamados entendidos, no se equivocan nunca: sólo aclaman lo inofensivo. El poeta debe desconfiar de ese aplauso, de ese elogio unánime, con el que fabrican las rejas de su prisión. Por eso Bretón lanzó un alerta lúcido a los poetas al decir: "La aprobación del público debe rehuirse por encima de todo". Pues un poeta domesticado por el elogio tiene más valor para los predicadores de la sumisión que los inocentes versificadores que ellos presentan como sustituto. El poeta domesticado se convierte en ejemplo de la inutilidad de ser libre. Como el león domesticado, es una caricatura grotesca de un gran señor de la libertad, y sus rugidos adquieren entonces acentos de canto de ruiseñor. No es la confortable y estéril placidez de los parques artificiales la que conviene al poeta; su poder combativo y creador se exalta en la sorda lucha de la selva, y para el poeta de hoy la selva ha encontrado residencia en las grandes metrópolis, donde brotan del suelo gigantescos rascacielos, donde la vida se ve vuelta en la mañana inextricable y despiadada de un mundo mecanizado, y hombres-serpientes y hombres-chacales pululan por las calles.

El humor es el elemento que provee a la poesía de su mayor virulencia. Acerado como la luz, el humor se constituye en la vanguardia combativa en pro de la autenticidad del ser. Con su filo luminoso corta la oscuridad, y aporta el fuego que consume lo muerto y reanima lo vivo. Contiene el feroz deseo del hombre en su virtualidad renovadora, que corroe el mundo de lo inmóvil y lo opaco.

Latente o concreta, la subversión contenida en la poesía auténtica no ofrece dudas; pero la poesía no se reduce a un acto negativo puro: contemporáneamente a su acción provocadora afirma su fe en un mundo mejor que responda a la íntima realidad del hombre. Por eso sostiene una posición de recuperación de todos los antiguos mitos que ofrecen salida al desamparo: el mito del paraíso terrenal, el mito de la edad de oro. La poesía cree en esos mitos así como cree en la fuerza todopoderosa del amor. En esa común pasión coinciden los poetas con los fundadores de religiones. Esa es la causa por la que El sermón de la montaña se reúne con Así hablaba Zaratustra en la misma defensa del hombre. También los poetas hacen suya la memoria de los mártires que buscaron cambiar la condición humana, pues las torturas infligidas a los santos, a los revolucionarios y a los poetas, tienen todas el mismo significado de persecución del espíritu poético, de aniquilación del hombre que no se resigna a un destino sórdido. En una misma veneración se engloba a Jesucristo, Giordano Bruno, el obrero-poeta Bartolomeo Vanzetti y Antonin Artaud.

En una época como la actual, en la que la poesía tiende a la domesticación por los más variados mecanismos en los más variados regímenes sociales, los poetas auténticos se encuentran siempre alertas, aunque estén reducidos a la soledad o compelidos por la fuerza y el terror. De pronto aparecen los Vosnesensky, los Evtuchenko para recordar los derechos inalienables del hombre. Estamos próximos al momento en que la revolución en defensa del hombre se desarrollará en el plano de lo poético.

[Para contribuir a la confusión general, 1965]

Imagen: Aldo Pellegrini por Sábat

La soledad del artista

Por Aldo Pellegrini

El tema de la soledad del artista no es nuevo, quizás, hasta esté un poco envejecido, y despida cierto tufo a romanticismo, haciendo sonreír imperceptiblemente a aquellas personas que han logrado colocarse más allá de todo. No hay duda de que el romanticismo, al afirmar la existencia del individuo, actualizó el problema y lo popularizó en cierto modo. Pero la soledad del artista es tan vieja como el mundo: ¿No fueron solitarios Dante o Shakespeare?. Habría que decir más bien que la soledad del hombre es tan vieja como el mundo. Pero hoy, en este estupendo mundo en que vivimos, el problema de la soledad ha adquirido proporciones gigantescas. Ya no se trata de literatura: se trata pura y concretamente de soledad, de decantada, cristalina, sólida e impenetrable soledad.

El fenómeno de la soledad parece inherente al hombre desde el momento en que se multiplica, y a mi juicio responde a una ley matemática. A medida que crece el número de hombres que viven en común crece la soledad de cada uno de ellos en particular. Se trata de una relación inversamente proporcional: donde hay diez hombres la soledad es mayor que donde hay tres. Por eso es tan pavorosa la soledad en el mundo moderno.Y podría decirse que esta relación también depende la distancia: a medida que más juntos están los hombres, más crece la soledad de cada uno. Mientras menos apiñados están, las probabilidades de estar solos, son menores. ¿Qué mayor soledad que la que existe en los departamentos modernos? Cientos de personas viven allí codo a codo como extraños. El campesino no es, en general un solitario y sí lo es el hombre de las grandes urbes. Ni siquiera el ermitaño es solitario, es simplemente un hombre aislado. Soledad y aislamiento son dos cosas absolutamente distintas y hasta cierto punto opuestas. Y la razón está en que la soledad es un suplicio de Tántalo: el hombre tiene a los otros hombres próximos, los mira, los ve, oye sus voces, desea acercarse, pero cuando lo intenta cae en la cuenta de que lo separa una sólida e impenetrable muralla de cristal y que las voces que oye sólo son un murmullo, no dicen nada. Y su hambre de acercamiento crece monstruosamente ante aquellos otros seres que están tan próximos, casi al alcance de su mano. Ese es el suplicio de Tántalo de la sociedad moderna y ello explica la diferencia fundamental entre la soledad y el aislamiento.
¿Por qué razones el artista, que parece destinado a concitar interés a su alrededor, sólo provoca malestar y alejamiento? Casi podría decirse que la piedra de toque del verdadero artista estaría dada por la rapidez con que el hombre normal le hace el vacío. Aunque el artista trate de pasar inadvertido suscita inmediatamente la desconfianza de ese hombre normal, desconfianza que rápidamente toma caracteres de la malevolencia y el rencor.

En el panorama general de la incomunicación social, al artista le toca la parte del león. Lo que podría llamarse su convivencia con el ambiente es mala, directamente desastrosa. En ese ambiente creado para el hombre común, todos son indulgentes entre sí, todo se lo perdonan mutuamente, todo se lo justifican, pero lo que no justifican de ningún modo es al artista. Este es una presencia perturbadora: para el hombre normal es el individuo de los excesos. Es cierto, el artista es el hombre de los curiosos excesos, de los exasperantes excesos, porque en él se dan simultáneamente y en toda su demasía los estados opuestos: el exceso de silencio junto con el exceso de expresión, el exceso de generosidad con el exceso de egoísmo, el exceso de altivez con el exceso de humildad, el exceso de seguridad con el exceso de desamparo, el exceso de pasión con el exceso de renunciación, el exceso de amor con el exceso de desamor. Para el hombre normal ese tipo de exceso constituye la marca del desorden, para el artista significa la señal de un vivir humano en plenitud. Sin lugar a dudas el hombre medio no es capaz de ningún tipo de exceso, todo lo vive en muy reducida escala; así vive sumergido en una abyección descolorida ( y por eso mismo doblemente abyecta) sustituye la generosidad por el trueque de favores ( y así logra suprimir aparentemente el egoísmo), sustituye la altivez, que es áspera e hiriente, por la vanidad, que es roma y chata; sustituye la pasión por la avidez y la codicia, y como es incapaz de amor, desconoce el desamor, con lo que el lugar que corresponde a ellos queda mondo y vacío para llenarlo con lo que menos le disgusta, desde un vínculo matrimonial, hasta el té de las cinco, desde los “amigos” de café, hasta las cenas de homenaje. Todos estos sentimientos descoloridos están servidos con la más exquisita pulcritud, de modo tal que adquieren todo el aspecto de virtudes, de virtudes también descoloridas; porque hay una sola virtud verdadera: la grandeza de alma, y esta sí la posee el artista auténtico. Pero no hay que ser totalmente injustos con el hombre normal: es capaz de sentimientos intensos, pero sólo en una dirección: es muy propenso al exceso de odio y resentimiento, entiéndase bien que llamo hombre normal no a la gran masa de humildes, oprimidos y descastados, sino a aquellos que tienen una participación activa en la conducción de la sociedad, a aquellos que forman la opinión e imponen normas.

Esta desmesura en los sentimientos coloca al poeta, como al criminal, fuera de la ley. Se lo acusa de locura o estupidez. Es el idiota que no comprende la vida: la vida que para el común de los hombres significa desgarrarse las carnes a dentelladas para conquistar el dinero con miras a obtener el poder, o para conquistar el poder con miras a obtener dinero. El artista pregona una riqueza inútil, la riqueza del espíritu. Busca en la vida un sentido que no es el de la vida práctica. Se convierte a su vez en testigo acusador de la realidad trivial, de la existencia sin sentido. El artista ofrece un mundo de valores distintos, los valores que surgen del vivir con autenticidad. El artista afirma su ser, y al afirmarlo, solo conquista la soledad, en un mundo de hombres que tienden a aniquilar su ser, disolviéndose en la masa, en grupo-masa que responden sólo a rótulos vacíos. El hombre común rehuye el problema de la soledad adoptando la vida vegetativa de las amebas; vive muerto.
En esta actitud de distanciamiento con su medio, el artista llega a una situación tal de desamparo en que se ve obligado a decir como Pessoa: “Nada me une a nada”.
Tal es la posición del artista en el área del hombre común. Pero se dirá: tiene a sus hermanos de sangre, los otros artistas. Nadie podrá describir en forma aproximada la intensidad de sentimientos que abarcan el odio, el resentimiento, la envidia, la indiferencia, abundantemente condimentados por la intriga, la calumnia, la deslealtad, la vileza, el despecho, la degradación, el saqueo, la estafa, que esos llamados “hermanos de sangre” tienen hacia un artista auténtico. En este caso especial suele despertar de un modo prodigioso la “imaginación” de estos “hermanos de sangre”, y entonces realizan una verdadera multiplicación de los pecados capitales, que como milagro no queda a la zaga de la multiplicación de los panes. Por eso el artista está todavía más solo entre los falsos artistas. Estos últimos forman una multitud desesperada en busca del éxito: se patean, se codean, se empujan, pero en definitiva se unen y se apoyan para defenderse del artista auténtico, porque ellos también tienen derecho a la vida. Y por ese derecho a la vida lanzan baratijas para consumo de los idiotas: cantidades innumerables de cuadros, poemas, novelas, teatro, que llegan por montañas, por toneladas, en medio de un alboroto de aplausos, exclamaciones, admiradoras radiantes de felicidad que se levantan las faldas para ofrecer su único don; y el éxito, la fama, los altavoces, los titulares, los afiches; los espectadores y los lectores mueren de un placer exquisito, y resucitan y vuelven a morir; las adolescentes agonizan en brazos de sus madres, ¡oh agonía del goce! Agobiado por tanto placer entran ganas de pedir: ¡Por favor sólo un segundo de respiro! Pero no: la inmersión, la asfixia en un torrente de deleites intelectuales, y nuevas toneladas de libros, de cuadros, hasta ya no poder más. Y entonces llega la industrialización de tan suculentos artículos de “goce”, con su cohorte de editores, productores, marchands, críticos, vendedores, promotores, sus investigadores de mercado, y la publicidad, la enorme, seductora y alucinante publicidad, que lleva de la mano al hipnotizado consumidor hasta esas quintaesencias del placer. Y entre los mercaderes del éxito y especuladores de la falsificación, el artista está solo; no, no está solo: lo empujan, lo patean, lo sacuden, lo chocan, lo derriban, en su desesperada carrera, aquellos que acuden sofocados a la distribución de premios, medallas, honores, pañuelos de seda, todo en un escenario sembrado de ramos de flores delicadamente envueltas en celofán, que rápidamente se vuelven malolientes, y de vaginas que aspiran a compartir la fama (el delicioso gusto amargo de la fama); y algo más allá la madre grita: “¡Oh, tengo un hijo genial!”, y el padre es tan dichoso que sólo le queda la salida del suicidio, y naturalmente se suicida, porque no hay nada como la procreación para crear un desmesurado sentimiento de culpa. Después de esa gran aventura sólo quedan pequeños plagios y algunos jirones de retórica. ¿Y acaso no basta? ¿No queda también después del amor, del más grande amor, un poco de ceniza?

Pero volviendo a un terreno menos agitado, nos encontramos con el solitario que ha sido escupido, vejado y derribado, y su cabeza minuciosamente pisoteada, porque hay que decir la verdad, lo han reconocido y lo han apartado de modo harto eficiente. De todo este acontecimiento, el solitario sólo conserva una gran fatiga y un sueño, un inmenso sueño. ¿Qué ha pasado? El solitario no comprende nada. ¿Acaso su vida difiere de los otros? ¿No come, bebe, se emborracha, fornica, fuma, juega a los naipes, sufre de gripe y de cólicos, cruza calles, se fractura, se baña en sudor, se baña en agua, toma vitaminas, purgantes etc? La misma jornada de todos. Pero su tiempo es otro; su tiempo de minutos infinitos, distintos, densos o fugaces, dilatados o sobrios, hórridos o resplandecientes, o hirientes, espinosos, cálidos. En todos esos minutos hay una partícula de un ingrediente secreto: una partícula de eternidad.

Es la gratuidad del arte, su absoluta inutilidad lo que constituye una afrenta para la mente común. Pero en esa inutilidad reside precisamente su importancia. Es tan inútil como el amor. Y el argumento de que no sirve para los fines prácticos de la vida, no queda sino rebatirlo con la aclaración de que no sirve para vivir, justamente porque es la vida misma. Arte y vida son términos ligados. El arte es un modo de manifestarse la vida, sin el cual queda mutilada. Pero ni lerdo ni perezoso, el hombre común ha sabido convertir el arte en mercadería, en valor cotizable en el mercado; le dio un precio a la inutilidad. Y al mismo tiempo que le daba un precio lo pervertía. Los mercaderes de obras de arte, los productores de libros: ¿en qué medida promueven la labor del artista? ¿En qué sutil medida, acaso, no van carcomiendo el espíritu del artista, no lo despojan de su autenticidad?Hay otro motivo para la soledad. El artista penetra en las comarcas inexploradas, en esa selva virgen del espíritu donde habitan los más terribles engendros del terror y de la angustia. Es la zona de todos los riesgos. Allí nadie lo acompaña. Está solo con su delirante empeño de penetrar en lo más profundo, en lo más denso, en alcanzar lo más distante, lo inalcanzable. Así penetra en la comarca del amor hasta su último límite para descubrir su apasionante misterio., allí donde el placer físico y la unción religiosa se encuentran, allí donde se produce la metamorfosis de la carne en espíritu, allí donde el amor aparece como principio y fundamento de todas las cosas, y la ley única que preside a todos los movimientos posibles.

Esta exploración por territorios nunca transitados es la que rehuye el hombre común. El artista es un exiliado más allá de las fronteras de una vida social. Ya no se trata de ser pisoteado, se trata de algo más grave: nadie lo acompaña. Pero el artista no tiene vocación de soledad, todo lo contrario: tiene la vocación del amor, y ese amor se vuelca hacia el universo entero, y en primer término hacia los otros hombres, hacia todos los hombres. No ve en ellos maldad, sino simplemente desamparo. Los ve más terriblemente solitarios que él mismo, en medio de su bullicio y de su simulada alegría, y los ve más solitarios porque ignoran serlo, con lo que su soledad no tiene salida, creando esa angustia y ese malestar que desemboca en la agresividad y en el odio. Ama a los hombres, y para ellos es su mensaje, no para sí mismo, nunca para sí mismo; pero los hombres lo rechazan, porque quieren ignorarlo todo, porque tienen miedo al pánico de una revelación que los dejara tocando la nada con dedos que tiemblan.

Siempre hablo del arte en función de su contenido poético, y este contenido es el que impulsa al artista hasta el último límite. Lo poético es esa mano que no tiembla y atraviesa el plomo. La poesía desintegra lo compacto, tiene el ácido irresistible que corroe las convenciones, que pone en evidencia la fragilidad de lo falso. La poesía es la máquina infernal que hace explosión en medio del letargo de un mundo sin sentido. Porque la poesía no tiene por objeto la búsqueda de una belleza serena y estática, sólo tiene por objeto la creación de esa máquina explosiva, la máquina que pretende arrancar al hombre de su letargo. Un verdadero poema debe transformar al lector que lo comprenda. Después de entrar en contacto con el poema, ese lector ya no será el mismo hombre.

El artista no se representa a sí mismo en su obra, sino al hombre en sí, a todo hombre. El pronombre que usa no es yo, sino nosotros. Representa al hombre cabal que hay en el interior de cada uno de nosotros, aunque lo neguemos; representa la rebelión de ese hombre sumergido en un mundo de mentiras, en el que se predica la libertad para ofrecer la esclavitud, en el que se predica el amor para ofrecer el odio.

Por eso la poesía tiene que ser extraña, difícil e hiriente. Pero por sobre todo tiene que ser inmaculada. ¡Qué ninguna mano sucia se pose sobre ella! Ninguna mano sucia, entiéndase bien. Puede soportar la risa, la sorna, el más estúpido gesto de incomprensión, pero ni el más mínimo contacto con una mano sucia. Y es una misión fundamental en el poeta mantener alejada su obra de esa mano, llámese el que la lleve crítico, poeta, amigo o transeúnte.

Sobre el mundo de la simetría y el orden el artista construye el magnífico imperio del desorden. Y hay desorden hasta en la obra de Mondrian, pues, ¿qué otra cosa sino desorden puede provocar una obra que aparta al hombre de la rutina cotidiana para lanzarlo a un universo de claridad y pureza indescriptibles? Ese imperio del desorden es un imperio de libertad, por eso todos los buscadores de un “nuevo orden” son promotores de esclavitud.En realidad, el artista va a la conquista de ese estado superior del hombre en el que las palabras orden y desorden no tiene sentido. Pero la conquista de ese estado humano más alto no se logra sin dolor. En ese sentido, el arte es una experiencia de vida de una intensidad sin precedentes para el hombre medio, es la vida colocada a un grado de alta tensión. No se puede compartir ese estado, y el artista sufre el aislamiento con que se prescribe a los enfermos contagiosos.

El problema de la soledad es el problema esencial del hombre, y está ligado al problema de la incomunicación, que se ha constituido en el gran tema de nuestro tiempo: toda la literatura y el arte moderno están cargados de él. En cuanto al hombre común, decide ignorarlo y se aferra a los medios de información masiva que en gran escala ha lanzado la técnica moderna y que constituyen en realidad falsos medios de comunicación. El resultado es una soledad cada vez mayor del hombre, adherido a los periódicos, la radiotelefonía, o la televisión, como un apéndice vacío de humanidad. Pero la gran humorada, el terrible sarcasmo, es que aquellos falsos artistas, que por razones de insensibilidad no sienten ni pueden sentir la angustia de la soledad, la pregonan con gran altisonancia en sus versos, en sus prosas o en sus cuadros, que son todos productos de la cocina bastarda con la que se desfigura un problema que el artista siente y expone como arquetipo del hombre auténtico. Y el asunto ha llegado a un grado tal de mistificación que es el momento oportuno para decir: ¡Basta ya de soledad!
 

La muerte inmortal

Por Aldo Pellegrini

Rebeldía de los comensales. La fiesta despierta a los visionarios que fraternizan con el alba.

Guerreros nocturnos de espaldas contra las murallas de luz. Los mensajeros del tiempo no obedecen las órdenes. Fracaso de la ceremonia frente al mar. Los desterrados te abandonan oh tierra inaccesible a las súplicas.

Las esclavas se mueven en el infinito espacio de las palabras. La desesperación se detiene a la puerta de los insensibles. La voz henchida de una misteriosa ternura llama.

Oscuras en el recuerdo. Despiertan. Izan sus manos hasta más allá del tiempo. Se clavan las uñas. Se desgarran con calculada indiferencia.

Falta el dolor y todas las heridas son mortales. Los besos son mortales. La desesperación llama a todas las puertas. El tiempo cambia los cuerpos de lugar. Pasa la noche sin dejar rastros. La voz calla. una última sonrisa se desvanece. El humo queda. Un viento de piedra nos envuelve. Sólo la muerte es inmortal. .

[Publicado en Poesía argentina, selección del Instituto Torcuato Di Tella, editorial del instituto, Bs. As. 1963]
 

Fundamentos de una estética de la destrucción

Por Aldo Pellegrini

Más profundas, más extensas que las de la construcción, son las leyes de la destrucción.

Pero destrucción y construcción son mecanismos asociados. Nada se puede construir sin una etapa previa de destrucción.

Una lenta y solapada corriente de destrucción circula por la naturaleza que nos rodea, y toda esta tarea de destrucción confluye en la construcción de la vida.

Y esa misma corriente de destrucción circula por el interior de la vida concediéndole a ésta su fuerza y su fragilidad, y esa magnífica calidad propia de lo efímero.

Todo cambio implica destrucción, y la naturaleza es esencialmente cambio. Este cambio se nos revela como tiempo. Así el tiempo resulta el gran destructor. A la materia que consideramos inmóvil la recorre una lenta ola de destrucción. El tiempo corroe la materia y en el transcurso de esa corrosión surge la belleza. La belleza es el rostro del tiempo, es la luz del cambio que nos hechiza. ¿En qué medida el arte antiguo nos seduce por el hecho de que conservamos de él sólo ruinas? La corrosión del tiempo ha agregado a las estatuas antiguas la imagen del gran cambio. Ellas nos atraen vestidas con la pátina deslumbradora del tiempo.

Y el tiempo se apodera de la obra de los hombres. Entonces actúa como destructor y juez a la par: destruye la obra de los mediocres así como los mediocres tienden a destruir la obra de los verdaderos creadores. El tiempo es el gran crítico: terrible e implacable, aniquila lo que no tiene valor y saca de la oscuridad lo que realmente vale.
Toda destrucción libera una enorme cantidad de energía. Es por este efecto dinámico, por esta acción impulsada, que la destrucción sienta las bases de toda futura creación.

Los objetos se rompen o destruyen siguiendo leyes internas de la materia que los componen: su destrucción revela el secreto de su estructura esencial. Al actuar sobre las cosas el hombre utiliza un material prefabricado, y al destruir, se subordina a las leyes secretas de ese material. En el objeto que se destruye se libera su virtualidad material. Por eso todo acto de destrucción tiene el sentido de un atentado al pudor en cuanto nos ofrece la desnudez total de la materia.

En la destrucción manejada por el hombre aparecen dos elementos que la naturaleza ignora: la destrucción sin sentido, o sea, destruir por destruir, y la destrucción por el odio.

El odio, sentimiento novísimo y especifico del hombre, mediante el cual él se opone no sólo a la naturaleza exterior sino a su propia naturaleza.
En su afán de destrucción el hombre se convierte en una verdadera enfermedad de la materia; hoy el hombre es para el mundo una fuerza de destrucción más poderosa que todas las fuerzas naturales.

Posee el hombre una verdadera locura de destrucción, aunque aparentemente la idea de destruir es tabú para el común de la gente; y lo es porque siendo el hombre materia destruible, la idea de la propia destrucción condiciona una sensación de horror en torno a la palabra.
Ha llegado el momento de que se dignifique el concepto de destrucción, y dignificarlo significa volver, en primer término, a la enseñanza de la naturaleza misma. Destrucción y construcción constituyen para ella dos fases del mismo proceso. Y en efecto, para el hombre, crear es en definitiva transformar, es decir destruir algo para hacer con ese algo una cosa nueva.

El impulso a la destrucción es innato en el hombre. En el niño observamos el instinto de destrucción en su elemental pureza; el niño destruye objetos para afirmarse a sí mismo o para llegar a conocerlos. ¡Oh, sabiduría destructora de los niños!, ellos quieren saber qué son en realidad las cosas. El hombre también destruye para conocer: el anatomista destruye un cuerpo humano para conocer su estructura, el científico destruye la materia para conocer su composición.

Pero es al artista a quien corresponde descubrir el verdadero sentido de la destrucción. Y este sentido está en el fermento creador que contiene todo acto de destrucción. Ya es tiempo de que el artista dé las verdaderas normas de la destrucción, puesto que el acto de destruir es inseparable del hombre. Cuando la destrucción es voluntaria y desinteresada cumple primordialmente una función estética. La destrucción del artista no es el acto brutal y sin sentido que determina el odio, es un acto que tiene sentido, y este sentido lleva la marca indeleble del humor. El humor, fenómeno destructor de la más alta jerarquía, ataca lo estúpido, lo rutinario, lo pretencioso, lo falso. El humor, poder dinámico que mueve la actividad destructora del artista, y a la que presta, junto a su peculiar contenido estético, un contenido profundamente ético.

La misión del artista es, por un lado, revelar la belleza que existe en las obras de destrucción que se producen por azar o por la acción del tiempo. El tiempo, ese gran artífice que utiliza los mecanismos de corrosión, desintegración, incrustación, que se vale de los medios más sutiles de la química y de la física y de los poderosos instrumentos que le ofrece el viento, el agua, el fuego, y la sutilísima vida microscópica que lo envuelve todo. Ante ese artífice impar de recursos infinitos el artista se inclina. Al señalar la belleza de un objeto que ha sufrido la acción del tiempo, el artista desarrolla un verdadero acto de creación, pues crear es hacer que una materia inerte adquiera sentido y vida para el hombre.

Pero lo que realmente importa es cuando el artista pone en marcha su propia voluntad de destrucción. Y esta destrucción lleva la carga de múltiples contenidos. Destruir un objeto feo, monstruoso, sin sentido o falso, significa destruir una civilización carcomida y antihumana, o destruir una religión sin vitalidad y castradora, o una moral maniatada y angustiante, o prejuicios culturales petrificados. La destrucción pertenece para el artista al orden supremo de la libertad.

El impulso que mueve al hombre hacia la destrucción tiene un sentido y toca al artista revelar ese sentido. Cualquiera que sea la motivación del acto destructivo: el furor, el aburrimiento, la repugnancia por el objeto, la protesta, ese acto debe tener un sentido estético y ese sentido evita que la destrucción acto procreador se transforme en aniquilamiento. Destrucción y aniquilamiento desde el punto de vista del artista son términos antagónicos. La destrucción de un objeto no lo aniquila, nos enfrenta con una nueva realidad del objeto, la carga de un sentido que antes no tenía.

Toca al artista revelar la universalidad del proceso de destrucción, hacer que se le pierda miedo al término, depurarlo de contenidos impuros: el odio, el resentimiento, el egoísmo. La universalidad de la destrucción se revela en que dos objetos que entran en contacto inician inmediatamente un proceso de mutua destrucción, de ahí que el amor sea el fenómeno de destrucción más ardiente que acontezca en la relación de dos seres vivos.

Toca al artista revelar que la destrucción oculta un poderoso germen de belleza; así cuando se diga de una mujer, que es bella como la destrucción, se hace de ella el más alto de los elogios y se da a entender que no estamos frente a una belleza pasiva, sino frente a una belleza que tiene las cualidades del fuego y de la explosión.
La destrucción depurada por el artista, llevado éste de la mano por el guía acre, cáustico, irreverente del humor, nos revelará inéditos mecanismos de belleza, oponiendo así su destrucción estética a esa orgía de aniquilamiento en que está sumergido el mundo de hoy.

Lo maravilloso de la muerte

El terror de la nada, del no existir, hace aferrarse desesperadamente a la vida. Pero lo que es paradójico es que la existencia sólo tiene sentido en relación con lo que no es individuo, con el llamado mundo externo. La más intensa sensación de existir está dada por el amor, y en éste el individuo tiende a perderse, a evadirse de sí mismo para fundirse con el otro. En esa pérdida de la individualidad reside la afirmación de la existencia. La cobardía es triste porque al reducirlo a sí mismo, al apartarlo de todo, niega la existencia.

Para los que realmente sienten intensamente la existencia, la muerte adquiere la categoría de la más alta voluptuosidad, una voluptuosidad equiparable a la del amor. El punto máximo de la voluptuosidad del amor es el orgasmo. Pero en éste se establece, al lado de la aniquilación del ser (ese "morir de goce" tan claro para los amantes) el hecho del nacimiento de otro ser que lo continúa, de un ser distinto que no es, si bien se mira, continuación sino negación de quienes lo han engendrado. De donde el amor es doblemente muerte, una por el acto mismo del orgasmo, otra por la negación que significa el ser distinto engendrado. Pero con todo es una muerte ficticia, "una pequeña muerte".

Para los que comprenden la seducción de la muerte, el valor no es más que una forma de voluptuosidad. El héroe es el gran voluptuoso. Aquel que lo arriesga todo, marcha en contacto con esa secreta voluptuosidad de la muerte, y es ese riesgo permanente el que da a la vida una dimensión desmesurada. Sólo aquel que roza la muerte vive la vida con amplitud.

Pero ese sentido de la vida heroica no está en el militar sino en el santo (entendiendo por esta designación no sólo al religioso sino al mártir de cualquier ideología de índole humana, es decir universal). El heroísmo del militar tiene siempre un componente de miedo, de desesperación. Va a la muerte por horror de la muerte, tal como ciertas mujeres se prostituyen por horror del amor.

Además no es generalmente el fuerte el que llega al heroísmo, sino el débil. El fuerte aparece como heroico muy a menudo por un simple error de valorización. El fuerte se cree invencible e invulnerable, cegado por su supervalorización de sí mismo. Y así puede dar la impresión de lo heroico porque no mide los riesgos. El débil sabe perfectamente que todo está en su contra y valora perfectamente los riesgos. Pero también sabe que sólo la proximidad de la muerte puede dar a su vida la máxima exaltación.

Esta voluptuosidad se cierne sobre el suicida (hay suicidios inexplicables porque se producen cuando todo es perfecto, marcha). Para estos suicidas la vida en su máximo alcance no puede dar más que desilusión para los que no buscan sólo la embriaguez del instante sino la embriaguez total del ser. En la embriaguez del instante siempre es una proximidad con el no ser (en la cumbre de la voluptuosidad el amante dice lleno de goce: me siento morir).

Pero sumergido en el no ser significa la libertad absoluta. Se abandonan todas las cadenas, la del tiempo, la de la vida, la opresión. La aniquilación del ser que se busca vanamente en el amor.

El orgasmo es la aniquilación del ser y es el comienzo de un nuevo nacimiento (la tristeza del nacimiento, de alejarse del no ser) es la muerte que fecunda la vida. Esta idea del no ser que da nacimiento al ser en el origen del mito de la reencarnación.

Una decisión absoluta de no ser, de autoaniquilamiento está en la esencia de la homosexualidad. La poesía toca ese no ser en el cual no existe la angustia, es la fuente de toda voluptuosidad.

El deseo del amor es una sed inagotable, una proyección fuera de sí mismo.

La fascinación de la muerte.

La vida está señalada por la presencia latente de la muerte. Son muchos los que han señalado esto.

A través de las palabras el poeta busca lo inefable. Oscuridad y silencio se dan la mano.

Cuando se nace se surge de ese no ser cósmico y algo de ese no ser cósmico perdura en la vida y forma el núcleo de ese ser que se determina. Una partícula de eternidad vive en el hombre y esa partícula contiene la muerte.

Si, como piensan algunos, la muerte significa la transformación en un nuevo ser, una nueva vida y lo que es común, esa conciencia universal, ese inconsciente colectivo, o sigue siendo la muerte un límite para el ser individual que desaparece, esa conciencia de la individualidad que da la vestidura terrena, se pierde cualquiera que sea la religión que promete una inmortalidad, y el cristiano siente ese límite del ser tanto como el ateo. Lo que persistiría es totalmente otra cosa, otro ser que nace de nosotros, que tiene su límite en nuestra muerte, y aunque tenga memoria, no participa de esa vida, esa memoria es como el relato de otra vida.

Continuar existiendo significa devenir y por lo tanto sufrir una continua pérdida y goce en cuanto se ensancha -nos aproximamos a la fuente de la vida que es la muerte- pero la muerte es goce en cuánto experiencia interior y contenido de la vida. En cambio la muerte de los otros es sufrimiento (la muerte de los seres queridos) en cuanto pérdida o restricción de ese mundo exterior. El asesino es un pornógrafo como aquel que sólo goza viendo el goce de los otros.

Para los orientales los elegidos son aquellos que mueren definitivamente, ese definitivo desaparecer, y sólo persisten quienes se han equivocado en la vida. La inmolación de un budista que considera su vida cumplida, es un goce para ellos, un sufrimiento para los otros.

MUERTE

Pues la experiencia de la vida nos transforma y con cada experiencia algo muere en nosotros. Este sentido de que la muerte no es un final, no es un límite hacia la nada. sino una transformación energética, algo más allá de nuestra conciencia individual, que constituye sólo una etapa de nuestro devenir y aún en la cual no somos nunca el mismo, cambiamos espiritual y biológicamente. Como la mariposa, oruga y crisálida: ¿hay una conciencia uniforme que une todos esos estados? En cada cambio se destruye una forma corporal.
Las aspiraciones son infinitas, sin término. El plan de vida no cuenta con la muerte.
Lo existente está limitado por lo no existente, como si lo no existente fuera el espacio, el continente, lo ilimitado. El hombre pasa con la muerte de ser objeto contenido a continente.
Lo no existente está en el comienzo y el fin; pero todavía más: la vida tiene una dirección señalada por la muerte.
Existir es por antonomasia antieterno, tiene límites: el no existir es inmortal. Existe aquí, en este momento. Para la eternidad no hay aquí ni tiempo.
El mito de la resurrección final. La momificación egipcia. La magia de lo efímero.
Vivir auténticamente es desbordarse continuamente.

Horizonte líquido

Con paso tranquilo
los transeúntes avanzan hasta el umbral de las
pupilas
amantes negros
ahuyentan a los perros enfurecidos
es la hecatombe de la lujuria
que se agita detrás de los rostros demudados
con paso tranquilo
amantes policromos se cruzan en la alameda de la
angustia
en su alcándara
el espectador perfecto estudia impasible las señales
de vértigo
el fuego latente de las vírgenes
el semblante inmaculado de las puertas
una voz se entreabre para mostrar su oscuro deseo
el amante negro sube las escaleras arrebatado por
la danza frenética
las ventanas se cierran
silencio de la noche de la carne
los desconocidos se estrechan la mano
una conversación interminable descansa en el
extremo límite de la sombra
desde la fría pupila los gimnastas ruedan por las
escaleras destrozadas
¿cómo llegar hasta lo que de ti no se ve?
¿cómo hacer brotar el deseo ardiente de tu carne
entreabierta?
a sus pies
los perros enfurecidos ladran
ojos implacables
en ellos se pierde el lenguaje de los deseos
el ahorcado se balancea al eco de los ladridos
buenas noches
todo termina
los perros aterrados huyen del horizonte ardiente y
líquido
palidece el vigor
de los brazos ávidos
una noche tranquila para el desconocido que se
aleja
una noche de olvido negro.


Mármoles

Nadie podrá olvidar
la voz velada del arqueólogo en cuclillas
buscando entre antiguas ruinas
las huellas de la angustia de los siglos
hundidas en la arena
sólo prosperan las prostitutas petrificadas
que conservan a través de los siglos
un inagotable deseo de amor
la voz velada y lejana busca lo viviente en lo
muerto
a la sombra de la voz
la más deliciosa de las doncellas se desnuda de sus
heridas

piadosamente
cae una noche rota
piadosamente
sopla sobre los antiguos mármoles
el gran viento de los acoplamientos
en cada instante nacen y mueren de un modo
infinito
seres invisibles que fecundan al tiempo
la voz lejana llama
al misterio derramado entre los monumentos
arqueológicos
una tempestad de mordiscos
hace sangrar los mármoles
sangre coagulada del tiempo inalcanzable
sangre inalcanzable del vacío.


Arte poética de las significaciones

La palabra puede tornar transparente al hombre
he aquí un ejercicio permitido sólo a los más puros
lo verdadero
surge en la desnudez de la aparente carencia de sentido
cabalgando en la extrema mirada de las significaciones alejadas
todo se vuelve próximo
la claridad meridiana ahoga cualquier esperanza
de alcanzar lo más hondo
en el ámbito sin aire de las significaciones cotidianas
fracasa
el nacimiento maravilloso
con el furor sagrado se destruye la podredumbre
alimento natural del buen burgués que acaricia diariamente la cretinización
[civilizada
cuando el furor sumerge sus manos en océano se llama desprecio
y con sus dedos innumerables alcanza a tocar en el fondo la luz absoluta
copulando el desprecio y la luz cumplen el acto supremo de la creación
el nacimiento del hombre verdadero a partir de la podredumbre
pero todo ha cambiado
después de la invención del mordisco luminoso
que hace sangrar la realidad última de los seres y las cosas
detrás de la piel del hombre está el hombre
detrás de la inmovilidad de lo inerte
está la gran vida cósmica que palpita
por cada herida de luz se derrama el gozo esencial y único
el gozo de sí mismo
que se confunde con el gozo de ser universal
por cada herida de luz se derrama
la perfecta identidad, lo uno y lo múltiple
lo separable y unible
más allá del tiempo y del espacio

no se pueden palpar las palabras sólo se palpan los gritos
en el fondo del océano la voz va a despertar a los sueños
la imagen
es un signo de la penetración del sueño en el mundo
la imagen
hace estallar los oídos indiferentes
toda palabra desnuda de sentido se colma de vida
de la vida ardiente que quema los labios
y que se transfigura en el silencio
como en un sagrado contacto

es el triunfo final de la palabra casi silenciosa
la palabra mezclada con noche
la palabra que vuela incansable hacia el deseo

haremos así cantar el silencio poblado de imágenes
en una noche iluminada por la luz absoluta.

[El muro secreto, 1949]


Necesidad de la máquina de calcular

Los búhos de cráneo transparente
todas las mañanas engendran el mismo paisaje en
sus ojos
de allí parten las sonámbulas vestidas de frío
para descender las desnudas escalas barométricas
de allí parten galopando las pestañas
para alcanzar la cumbre más alta de la pasión
los búhos de cráneo transparente
confunden el tiempo y la realidad
confunden el hombre y la miseria
confunden la ciencia con el sueño
sólo la máquina de calcular
puede aclarar la inmensa confusión que nos rodea
es necesario calcularlo todo
es necesario estudiar el origen de los precipicios
calcular el número de mujeres de rostro roído por
la niebla
calcular la ferocidad de los dientes
calcular los denominadores frenéticos
calcular los ríos que corren por la memoria
calcular las personas que se detienen bruscamente
en los puentes
calcular el vértigo de las láminas sumergidas
calcular los escalofríos
los castigos
la buena voluntad que se enfría
y calcular la distancia del hombre implacable
que se incorpora
para vomitar.


En voz baja

En voz muy baja
para poder atravesar la fragilidad de tu sueño
te haré la revelación de las formas
te contaré la belleza
de lo que nunca se vive
las maravillas que nacen imprevistas de la intensidad
del ardor
te enseñaré a caminar con firmeza en la oscuridad
a iluminar la noche con los deseos
a investigar el secreto inmortal
las aventuras galantes alineadas por orden
cronológico
de la vigilia
las borrará el sueño que busca la mujer que todos
rechazan
la mujer que enciende su espíritu caída en las
maravillas del amor
Yo
despierto
predico la absurda técnica de la irresolución
inmóvil
en voz muy baja
te revelo
que el mundo es una graciosa mentira inventada por el
buen humor de los mártires.


Todo te nombra

Las trayectorias opuestas se encuentran se
abren los muslos temerosos
el amor arranca sus raíces del sueño
una nube se cierne sobre el párpado
el gran señor de la mañana dormita

La noche atraviesa el puente el carruaje
extraviado de los que despiertan se detiene
en el punto donde se acumulan los murmullos
un árbol de frío eleva su voz colérica
la mirada de la angustia despliega sus reflejos
todo te nombra

La inmovilidad del río el barquero espera
las luces acuden en socorro de la fiesta del corazón
el deseo de la mujer es un grito el coro
de las damas elegantes en la nebulosa de la dádiva
se consume el temor rueda
la despiadada cadena de los visitantes lentamente
se purifica la esclavitud los nervios abiertos
recogen las intenciones extrañas el hábito
del perseguidor la aparición
de un vago suicidio en la mañana de los lamentos
el definitivo
exterminio de los sollozos la estrella torturadora y
el mago de la alta sombra
portador de la palabra lacerante
te nombra.


La certidumbre de existir

Si
lo he visto todo
todo lo que no existe destruir lo que existe
la espera arrasa la tierra como un nuevo diluvio
el día sangra
unos ojos azules recogen el viento para mirar
y olas enloquecidas llegan hasta la orilla del país silencioso
donde los hombres sin memoria
se afanan por perderlo todo

En una calle de apretado silencio transcurre el asombro
todo retrocede hasta un limite inalcanzable para el deseo

pero tu y yo existimos

tu cuerpo y el mío se adelantan y aproximan
y aunque nunca se toquen aunque un inmenso vacío los
separe
tu y yo existimos


La casa

La casa
es una sombra del vértigo
que agita las manos de los moradores de la espera
un único juguete
la máscara
delante del gato inexplicable
el ente que detiene las horas
la apacible inexistencia de la noche del tiempo
vive la multitud en uno
¿a quién puede sorprender
el gato inmóvil que contempla la espera?
las sombras cubren el muro de la pequeña ausencia
no existe la multitud no existe uno
sólo las manos que se sumergen cada vez más en la sombra
para beber con extraña avidez el cálido licor nocturno
¿a quién puede sorprender
la visita de la pequeña ausencia envuelta en su repetido vértigo?
la única vigilia de la máscara
que despierta a los ausentes
que detiene la hora del gato inexplicable
un rayo de luz
hace más profundas las sombras
la casa
cesa de girar
la inmovilidad se arranca la máscara.


Pesadilla litúrgica

La llama se extingue
la calle sembrada de cenizas
las mujeres comercian con el fuego
los enemigos marchan de la mano
las lágrimas brotan de las puertas
los ciclistas ruedan sobre los principios morales
el gran árgano de la catedral
el humo
gris
una canción sorda
una llama sorda
la alegría hace estallar las venas de los ángeles
un gemido alucinante guía los pasos del sacerdote hacia el deleite
el asombro es rojo
un líquido gotea sobre el altar
la sangre la fugacidad la desnudez
la desnudez la inmortalidad
los ojos como relámpagos, las mejillas veloces
las lágrimas no brotan
tormenta de la fugacidad
lo eterno se paraliza
los ciclistas corren detrás de la indiferencia
el sacerdote acompaña con los ojos la danza
geometría de lo agónico
suspendida en el centro de la mirada
está la desnudez
¿habrá alguien que pueda comprender nuestra fiesta?


La mujer transparente

Tu voz era una bebida que yo sorbía silencioso
ante las miradas asombradas
un pájaro de luz
salió de tu cuerpo transparente
pájaro de luz
instante que revolotea
a una velocidad vertiginosa
atravesando calles y calles
persiguen tu cuerpo que huye
¿cuándo podrás alejar a la jauría enloquecida?
desamparada
te has destrozado al caer
los restos de tu cuerpo se arrastran por todos los rincones
del mundo
ah un día renacerás tú
la transparente
única, inconfundible
levemente inclinada , nunca caída
rodeada de impenetrable silencio
avanzando tu pie frágil entre la vacilante monotonía
ah un día renacerá tu risa
tu risa de pájaro transparente
tu risa herida.


La fiesta de las arañas

¿Ah sí, te has despertado?
una mañana prodigiosa abre de par en par las ventanas
el último árbol de la noche ha dejado una huella
sobre la piel de tu frente.

Sí, te has despertado
agitando tu manto de telarañas de sueño
ahuyentaste el tropel de ratas ciegas
que te roían dormida.

Ya estás despierta, ¿adonde vas ahora?
abandonas tu riqueza nocturna por el gran vacío del día
y con la pálida debilidad construyes tu marcha sin objeto.

Ya estás despierta, subamos
por la angosta escalera hasta el confín del tiempo
para sorprender allí a los minutos perdidos
fugados de la vida.

No
un brusco desaliento te detiene
frente al espacio sin cielo donde nieblas aterradas
con inexplicable dulzura
transforman en viento a los que avanzan.

Algas marinas de la esperanza
horas inútiles se ocultan tras la puerta dorada
las palabras se encadenan a un profundo secreto
el diamante del desaliento brilla hacia adentro
los que se atreven a sonreír pierden su lugar en el mundo.

¿Adonde vas sin mí? buscas tu fiesta única
tu borrachera de signos y cataratas
tu jaula de libertad
donde amigos desconocidos beben tus gestos líquidos
y el veneno te mira con ojos fosforescentes.
Prepárate para tu fiesta
la fiesta de las manos que se resquebrajan
la fiesta del sudor de los crujidos
allí donde el letargo de tu carne
se precipita en una oscura danza.

Tu fiesta es la fiesta de las arañas
que devoran ferozmente tu riqueza nocturna
para alimentar su miseria inagotable
allí sumergida en un olvido sin límites
comprarás motivos para tu risa
comprarás estruendo para llenar tu silencio.


Sobre la contradicción

Si extiendo una mano encuentro una puerta
si abro la puerta hay una mujer
entonces afirmo que existe la realidad
en el fondo de la mujer habitan fantasmas monótonos
que ocupan el lugar de las contradicciones
más allá de la puerta existe la calle
y en la calle polvo, excrementos y cielo
y también ésa es la realidad
y en ésa realidad también existe el amor
buscar el amor es buscarse a sí mismo
buscarse a sí mismo es la más triste profesión
monotonía de las contradicciones
allí donde no alcanzan las leyes
en el corazón mismo de la contradicción
imperceptiblemente
extiendo la mano
y vivo.


Una manera de vivir

Mendigas felices, huérfanas de suave
fascinación
derrotadas por el secreto de la sed y las hormigas
a solas con el sol
la ternura de los galopes a flor de tierra tan lejos de
la atadura del polvo celeste
extranjera derrotada por el fulgor de los relámpagos

Entonces nadie acallaba la melodía de tus labios
que deslizaban su fiebre giratoria de plumaje de
espumas
cerca o lejos el espacio siempre oculta su escama
de frío
su desolada comarca donde los labradores hacen
germinar la nieve de la tierra

Dura comarca en que las mujeres esperan como
leyendas en los umbrales
condenadas a cumplir el rito del fuego o de la
extorsión
inmóviles con sus ornamentos funerarios donde se
abre la puerta del amor
en una ciudad anclada en la tristeza

Faisán de la alabanza, tu corazón extraviado me guía
en tus ojos asoma el prodigio de los relámpagos
la cólera que cierra las puertas y rompe los hechizos
en un camino de fábulas interminables, con la
negra cabellera presidiendo el incendio de los
gestos, el calculado delirio de las estaciones
tan distante de los bosques enardecidos por el
verano y su follaje moviéndose con lentitud
de verdugo
en la pesada atmósfera de los sacrilegios

Unidas en el asombro
las hijas del verdugo exhiben sus pies de plata y
los espectadores aplauden
los perros husmean las mejillas en busca de los
caminos mentales
la naturaleza imita a la pesadumbre
naturaleza oscura
iluminada a ratos por los relámpagos de tu orgullo
arrastrando briznas de escalofrío
con tu violento eco en el aire, extranjera.


Los días imposibles

Con garras de refinadísima paciencia los pensamientos buscaron su microscópico asidero su metal de peligrosa resurrección su reflexión de espejo que amanece
y desde aquel tiempo pasado
volvamos hacia la actual condenación de los peces
hacia Nausicaa aprisionada en la red de telescopios
apacigua tu voz y enciende tu lentitud Nausicaa arroja nombres
que orienten a los venturosos hacia el incendio de las controversias
donde todas las religiones arden ávidas de exterminio
y el ala del ave fénix cubre un imperio de cenizas
ave diamantina María exhibe tu ilustre sexo
para detener la ronda de tragedias inauditas que nos esperan
que la col parabólica exprima su coral
y la sierpe encienda su llama para ahuyentar ángeles panzudos
que salten los negadores de sí mismos y estallen las hormigas
y el venerable fósforo ilumine la parte de las manos
que giran infinitamente cansadas de esperar
Ah son los días imposibles niños abandonados en los andenes de las grandes estaciones ratas hambrientas en los sótanos y los sonámbulos de pie en las ventanas de inmensos rascacielos prontos a caminar por el vacío
en el día inmóvil aclamando la muerte delirante de los negros
colgados de horcas altísimas suspendidas de ascuas voluptuosas
más allá del pensamiento
donde se derrite la grasa de las ideas
colgados de horcas altísimas buscan los días imposibles
agotando jadeantes los manantiales de sabiduría
y las mujeres sienten al contemplarlos un cálido espasmo entre los muslos
un despertar rigurosamente místico
pero más exacto es el despertar del disparo y su consecuencia ensangrentada
entre los muros
más exacta la noche y los desperdicios que la envuelven donde los rumores se han vuelto gritos y el venerable fósforo destila su náusea diamantina para que la náusea sacuda su cascara vibrante
buscan los días imposibles los días inmóviles
envueltos en hermosos terciopelos grises
en la cruda dirección de las pirámides
la sabiduría manejada por los recién nacidos
horcas altísimas para que la muerte sea voluptuosa
adornada con perfiles de vagabundos en la niebla
cierra el ojo del cíclope impúdico
que contempla insaciable la hora postrera de los moribundos
agita el látigo sobre el esplendor de las caricias
hasta que jueguen la carta desesperada de la bruma
el tiempo sigue su curso con pies de sueño mineral
los vagabundos invaden las palacios los videntes llaman a las puertas de los hoteles y en la noche vacía de los orfebres el gran baile de máscaras ha fracasado el látigo agita su intenso escalofrío
allí donde todo se ha perdido queda la noche de los agotamientos
y el único contacto posible es el roce delator de los mármoles
un sueño invencible domina a los poderosos y el emperador posa su agonía
en la más alta cúspide de la noche
en el atardecer de un mundo fatigado de pensar
el viejo guardián de mitos se desploma
por la ruta de los días imposibles toda comarca es eterna.

 


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