Obispo de la Iglesia Católica, Enrique Angelelli nació el 17 de junio de 1923. Ofrendó su vida al servicio de los más necesitados. Su lema "Con un oído puesto en el Evangelio y otro en el pueblo", concitó el odio de las clases privilegiadas que lo acusaron, no podía ser de otra manera, de "comunista". El 4 de agosto de 1976, a principios de la dictadura cívico-militar, fue asesinado, fraguándose un accidente de tránsito.

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Jaime de Nevares y Fray Antonio Puigjané, reseñas en revista Entre Todos Nº 32, 1987

 

Detenciones en La Rioja por el asesinato de dos sacerdotes

El vicecomodoro Luis Fernando Estrella, ex segundo jefe de la Base Aérea de Chamical, y el ex alférez Miguel Ricardo Pessetta fueron arrestados por su participación en los asesinatos de los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Rogelio Gabriel Longueville.

Por Diego Martínez

Dos oficiales retirados de la Fuerza Aérea fueron detenidos ayer en La Rioja por su participación en los secuestros y asesinatos en 1976 de los sacerdotes tercermundistas Carlos de Dios Murias y Rogelio Gabriel Longueville, más conocidos como "Los Mártires de Chamical". Se trata del entonces vicecomodoro Luis Fernando Estrella, ex segundo jefe de la Base Aérea de Chamical y figura central de la dictadura en La Rioja, y del ex alférez Miguel Ricardo Pessetta. Citados a prestar declaración indagatoria, ambos hicieron uso de su derecho a no quebrar el pacto de silencio. Son los dos primeros detenidos por crímenes de lesa humanidad en La Rioja. "Es un pequeño gran paso después de tantos años de buscar pruebas", celebró Cristina Murias, querellante y hermana del cura asesinado, quien espera con paciencia cristiana que la Iglesia "deje de mirar para otro lado" y se constituya como querellante.

El párroco francés Longueville y su vicario Murias fueron secuestrados en la noche del 18 de julio de 1976 en la parroquia El Salvador, de Chamical. Sus cuerpos fusilados, con los ojos vendados, aparecieron en un descampado al sur de la ciudad. Murias tenía signos de torturas. Hoy el sitio se denomina Los Mártires y un oratorio honra sus memorias.

El 23 de marzo de 2007 el fiscal general Alberto Lozada, de la Cámara Federal de Córdoba, promovió junto con los fiscales Graciela López de Filoñuk y Horacio Salman la acción para que se investiguen sus crímenes. Adjudicaron el secuestro a Pessetta, al capitán Miguel Angel Escudero, los policías Juan Carlos "Bruja" Romero y otras dos personas. Como emisores de la orden, a los vicecomodoros Lázaro Aguirre y Estrella, jefe y subjefe de la base, y al coronel Osvaldo Pérez Battaglia, jefe del Batallón de Ingenieros 141, todos bajo la órbita del comandante del Cuerpo III, general Luciano Benjamín Menéndez. El 5 de marzo último Murias se presentó como querellante con el patrocinio de las abogadas Cristina Herrera, Adriana Mercado Luna, Viviana y María Elisa Reinoso. El 19 el juez federal Daniel Herrera Piedrabuena citó a los policías Romero, director de Informaciones, y Benito Vera, por su rol en el espionaje previo a los secuestros. Ambos se negaron a declarar pero no quedaron detenidos.

Ayer, Franco Grassi subrogó a Herrera Piedrabuena, ausente por viaje. Estrella, de 74 años, a quien hasta el fiscal daba por muerto, se presentó por la mañana. El defensor oficial Daniel Narbona se negó a asistirlo. Adujo "violencia moral": su padre Nicolás Narbona, ministro de Acción Social riojano de 1973 a 1976, fue preso político durante la dictadura. Lo asistió el defensor Juan de Leonardi, pero Estrella se negó a hablar. Luego hizo lo propio Pessetta. El suboficial Sergio Martínez también estaba citado a indagatoria pero no se presentó a declarar. Ante la ausencia del fiscal Darío Illánez, su secretaria Martha Kinath y las cuatro abogadas pidieron las detenciones, que ordenó Grassi. A las dos de la tarde Estrella y Pessetta fueron trasladados a una dependencia de la Policía Federal. Un hombre de unos cuarenta años vestido con clerygman que dijo ser capellán castrense pero prefirió no identificarse asistió al ultracatólico Estrella antes de la partida. El comodoro retirado es el mismo que el 18 de enero de 1988 comandó la banda que copó el aeroparque Jorge Newbery durante tres horas en un golpe fallido contra el presidente Raúl Alfonsín, a quien consideraba marxista.

La Rioja tiene cuatro causas paradigmáticas. La más avanzada es la que investiga el asesinato del conscripto Roberto Villafañe. Le sigue la de los mártires. A paso lento marchan las que investigan los crímenes del obispo Enrique Angelelli y del catequista Wenceslao Pedernera. Francia también abrió una causa por Longueville a pedido de sus hermanas. "Es un paso muy importante, son los primeros detenidos. Estrella participó en la logística de los crímenes de mi hermano y Gabriel, pero también de Angelelli y Pedernera", apuntó Murias, quien lamentó "que no se acumulen las causas" y confesó que la exigencia de justicia por el crimen de su hermano "ha sido una de las razones de mi vida en todo este tiempo".

24/04/08, Página|12


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Documenta. El martirio de Angelelli


La Iglesia recuerda a Angelelli a 30 años de su asesinato

[Imagen: Angelelli, por
Octavio Calvo]

La hora del reconocimiento oficial

Con todo, la figura de Angelelli sigue generando controversias entre los distintos sectores de la Iglesia. Por primera vez habrá reconocimientos institucionales.

Por Washington Uranga

Treinta años después de su asesinato, el 4 de agosto de 1976, la figura de Enrique Angelelli, quien fuera obispo de La Rioja, sigue generando controversia en el seno de la comunidad católica argentina. Pero hoy el reconocimiento llega incluso a los niveles institucionales, a la jerarquía de la Iglesia que durante tantos años estuvo reacia a asumir el hecho mismo del asesinato y, en términos cristianos, la condición de mártir de Angelelli. Ahora los obispos, encabezados por el propio cardenal Jorge Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y presidente de la Conferencia Episcopal, irán hasta La Rioja para recordar y conmemorar lo que antes reconoció la sociedad y, sobre todo, el pueblo católico de La Rioja, que siempre consideró "al Pelado", como cariñosamente le decían, como un "santo". Aunque la Iglesia institucionalmente ni siquiera ha progresado en el proceso de canonización de Angelelli, existen en todo el país, particularmente en La Rioja, muchos altares populares que recuerdan y veneran la imagen del obispo asesinado mediante un accidente fabricado en la ruta que une El Chamical con la capital riojana.

Gran parte de la feligresía católica ha reconocido a Angelelli invocando su nombre en los actos litúrgicos, bautizando con su nombre capillas, salones, seminarios y hasta una radio como la del obispado de Neuquén, en la capital de aquella provincia. Su imagen no sólo se venera, sino que acompaña y preside la mayoría de los actos que celebran los sectores católicos que pueden identificarse con la "opción por los pobres". De la misma manera, los conservadores tratan de ignorarlo y, como estrategia, siguen aferrándose a la burda explicación que los militares dieron para su muerte violenta en 1976: "fue un accidente". No opina lo mismo el obispo emérito de Viedma, Miguel Hesayne, quien desde siempre viene sosteniendo –junto a un puñado de otros obispos entre los que siempre se contaron los ya fallecidos Jorge Novak y Jaime de Nevares– que está probado "en forma definitiva e incontrovertible" que hubo "homicidio calificado" y califica de "patraña criminal" la versión sobre el accidente (ver aparte).


El rol de la Iglesia Católica durante la última dictadura militar

Para Rodolfo Viano, sacerdote franciscano que trabaja en Aguaray (Salta), "en la Iglesia jerárquica la figura de Angelelli aún no ha cobrado mucha importancia". Eso porque, señala, "se huele una (¿exagerada? ¿ideológica?) ‘prudencia’ por no llamar a la cosas por su nombre: ‘asesinato’, y, por ser consecuente con el Evangelio: ‘martirio’". Según Viano, "quizás este año, con los treinta años ‘puestos de moda’ por el gobierno ‘progre’ que sigue acaparando y usurpando el poder, se diga o se recuerde algo más". Sin embargo, sigue pensando que "no veo mucho interés en que se lo conozca (a Angelelli), y se sigue dudando de su ortodoxia y de alguna contaminación ‘zurda’ a su pensar y obrar". Aclara no obstante que "en el ’76, ni me enteré cuando lo mataron. Yo tenía 17 años, vivía en la militarizada Bahía Blanca Natal, y aún no pensaba en ser franciscano y cura. Es más. Me tranquilizaba ‘el orden’ que había puesto ‘el proceso de reorganización nacional’".

Para Eduardo de la Serna, coordinador del Grupo de Sacerdotes por la Opción por los Pobres, "hacer memoria es traerlo (a Angelelli) al presente para que viva y hable. Si Angelelli fuera una estampita no sería "hacer memoria sino vaciarlo de sentido". Y refiriéndose al anunciado acto de La Rioja, asegura que "si varios obispos van a participar de su memoria puede ser un ‘culto vacío’, como el que frecuentemente denunciaron los profetas, o puede ser hacer presente al obispo que quisiéramos –y creemos que Dios quiere– para nuestro presente: obispo del Vaticano II y Medellín, obispo cercano a los pobres, adversario de los poderosos, comprometido con la historia. Hasta dar la vida". Porque "Angelelli es un grito de Dios que dice dónde está Dios en este drama de la historia".

¿Qué es lo que piensan los curas de hoy de Angelelli? Para Marcelo Colombo, de la diócesis de Quilmes, "su figura tiene una gransignificación para mí como sacerdote, no sólo por el momento histórico en que desarrolló su ministerio, sino también por lo que él, como buen pastor, supo generar en su diócesis y en los distintos espacios de comunión de la Iglesia argentina en la que actuó". Angelelli, agrega, "fue testigo generoso y fiel de Cristo en años dramáticos para nuestro pueblo; amó y actuó en consecuencia hasta derramar su sangre".

Javier Buera, otro que cuando mataron a Angelelli cursaba el colegio secundario y hoy es cura, asegura que "estando en el seminario oí hablar por primera vez de él, de su cercanía a la gente y su manera de vivir la fe expresada en la frase ‘un oído en el pueblo, el otro en el Evangelio’, la valentía para buscar y decir la verdad, enfrentando pacíficamente el poder del gobierno militar". Todo esto, dice Buera, "me sigue hablando de un hombre de fe sencilla, llana y hermanado con los demás hombres, mirando sobre todo por los más pobres, los menos favorecidos". Y subraya: "Me habla de un modo en el que realmente vale la pena ser hombre, cristiano, cura... que aunque te demande la vida, no te la quita".


Diario Noticias, 20 de noviembre de 1973, clic para ampliar.

Carlos Saracini, un joven sacerdote de los misioneros pasionistas, párroco de la Iglesia de Santa Cruz en Buenos Aires, dice que "Angelelli me hace creíble el Evangelio y el discipulado de Jesús en la Iglesia, ayer y hoy. Su vida, su entrega y su martirio es inspiración constante para mi vida consagrada y para mi ministerio sacerdotal. Gracias a él y a muchos testigos quiero gestar una Iglesia más fraternal, más sencilla, participativa y colegiada, que crea y ama profundamente la historia, buscando con otros y otras instituciones, desde y con los pobres". Para el cura Jorge Marenco "en una Iglesia que no se ha caracterizado por su voz profética encontrarnos con un obispo que fue profeta, y también testigo hasta el fin de la fe en la cual creía nos da, a los que creemos, en la fuerza del Evangelio, como grito silencioso y gesto de amor al más desprotegido, un aliento profundo de esperanza, de creer y pensar que una Iglesia comprometida con el pobre, la realidad, el propio tiempo que le toca vivir, no sólo es posible sino maravilloso de vivir".

"El Pelado, desde su vida y sus opciones, es para algunos de nosotros, los curas, una síntesis que nos exige esta sociedad: ‘con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio’, y agrego, ‘en el corazón de los pobres’", sostiene Gustavo Gleria, el joven párroco del Niño Jesús de Praga, en el Barrio Junior de la ciudad de Córdoba. Para este cura, lo anterior "nos obliga a hablar de justicia, de memoria y de dignidad. Aunque estas palabras nos encasillen en ser comunistas, tercermundistas o curas que se meten en política. Si así lo identifican al Reino, seremos curas comunistas".

Coincidiendo con la mayoría de sus colegas, Gleria asegura que la jerarquía de la Iglesia "no puede detener la fuerza de éste y de otros mártires latinoamericanos y, por esto tal vez, busquen suavizar la figura de Angelelli, colocándolo en los altares, santificándolo, pero santidad sin memoria no existe. Angelelli sin la palabra asesinato sería repetir lo que hicieron con Jesús a través de los siglos: nos convencieron de que murió por nosotros, que ‘entregó su vida’, tapando que lo mataron por defender una justicia social".

Fuente: Página/12, 30/07/06


Cardenal angelizado

Kirchner declarará día de duelo nacional la fecha del asesinato de Angelelli y Bergoglio presidirá un homenaje en La Rioja. La excursión angelizadora procura remover obstáculos en la marcha del cardenal hacia el papado. Este mismo año, un libro editado por Bergoglio mutiló un documento histórico sobre el proceso de liberación inspirado por Angelelli. Esto no quita significado político al tardío reconocimiento de su asesinato. La Iglesia lo negó mientras pudo y ahora intenta capitalizarlo.

Por Horacio Verbitsky

El miércoles 2, el gobierno honrará al asesinado obispo Enrique Angelelli con la firma de un decreto que declarará el 4 de agosto día de duelo nacional. El viernes 4 el presidente de la Conferencia Episcopal, cardenal Jorge Mario Bergoglio, encabezará la delegación de obispos que rendirá homenaje al mártir en La Rioja. Los prelados lo harán en la ciudad capital, mientras sacerdotes y laicos, junto con el secretario de Culto de la Nación, Guillermo Oliveri, peregrinarán hasta el sitio en las afueras de El Chamical donde hace treinta años se cometió el crimen, en un fraguado accidente de carretera.

"Si la Iglesia hubiese hecho lo que correspondía, no hubiera muerto Angelelli"

El 28 de febrero de 2003 murió Miguel Ramondetti, una verdadera leyenda entre todos aquellos que conocieron la epopeya del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, que alcanzó a reunir a más de 500 curas de parroquias populares en la Argentina de los años ‘70. En este reportaje, uno de los últimos que concedió, Ramondetti recorre los momentos más importantes de su vida y analiza el papel jugado por la Iglesia frente a su Movimiento y la represión dictatorial.

Por Luis Bruschtein

Miguel Ramondetti trabajó de obrero la mayor parte de su vida, en la construcción como albañil, y fue metalúrgico y electricista. Cerca de los 80 años decía que el cuerpo ya no le daba y se ganaba la vida con una computadora haciendo publicaciones. Fue cura obrero, uno de los fundadores y secretario general del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, que protagonizó una de las gestas más comprometidas de los años ‘70 y muchos de esos curas fueron asesinados, desaparecidos o presos. "Nosotros estábamos con el Jesucristo profeta, el que luchaba con la gente, insultaba al gobernador romano y enfrentaba al imperialismo de la época", afirmaba con vehemencia. Estuvo preso, fue reprimido y estuvo exiliado en Nicaragua. "Al regresar no quise presentarme a filas, no volví al ministerio después de todo lo que había pasado en Argentina ante la pasividad de la Iglesia", explica en este reportaje, uno de los pocos que otorgó en los últimos tiempos, en el que repasa su vida y la historia del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo.
–Yo siempre digo que no hubo una voluntad de fundar algo. El Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo no se creó, nació. Surgió de una serie de situaciones previas. Parto de la posguerra en Europa y del ámbito específico donde se generó el Movimiento, que es la Iglesia. Por ejemplo, en Francia y Alemania y un poco en Bélgica había surgido el movimiento de los curas obreros. Estaban los sacerdotes que habían sido llevados por los nazis a campos de concentración. Al volver eran otras personas por lo que habían visto y vivido. Pensemos en un sacerdote tradicional, dentro de una estructura muy cerrada, verticalista y autoritaria que de pronto se encuentra inmerso solo en un ámbito brutal como eran los campos de concentración. Al volver llevaron esa experiencia a sus lugares de origen y comenzó todo un movimiento. Estaba el Concilio Vaticano II y había algunas experiencias previas en las cuales participé en Buenos Aires. Algunos sacerdotes habíamos estado en Europa, yo estuve cinco años estudiando teología en Roma y había tenido contacto con sacerdotes con las mismas inquietudes. Al principio fue un deseo de renovación interna, pero a algunos nos llevó rápidamente a tomar contacto con una realidad popular, sobre todo con una realidad obrera.
–¿Dónde fueron esas experiencias?
–Cuando terminé mis estudios en 1952, volví al país y me destinaron a una parroquia en la capital, Todos los Santos. Allí ya estaba funcionando esta idea, había dos sacerdotes con los que habíamos convivido en Roma y yo me integré con ellos. Después fui tomando más opciones de tipo social, no tan a la interna de la Iglesia. Ya tenía la idea de los curas obreros franceses. Se creó un centro dependiente de esa parroquia, pero que funcionaba en Paternal, del otro lado del Warnes. Ahí empecé a trabajar.
–¿Trabajaba como obrero?
–Bueno, no te daban permiso y sin permiso no se puede hacer nada. Pero bueno, le buscábamos la vuelta. Trabajaba en lo social nada más. Empecé a ayudar a la gente del barrio y allí aprendí el oficio de albañil, porque los ayudaba a hacer sus casitas. El primer día que llegué de uniforme, con sotana, me miraban y no podían creerlo. Me saqué la sotana, la colgué de un alambre, se creó una relación y empecé a ayudarlos con la mezcla. Se creó una mutual de ayuda a la construcción de viviendas y yo trabajaba de eso. Todavía no me daban permiso para trabajar en una fábrica, que era lo que yo quería.
–¿Pero entonces no pudo entrar a una fábrica?
–Pasaron varios años, hasta que presionando y presionando conseguí una media autorización y ahí me fui. Estuve trabajando un año y medio en una fábrica metalúrgica donde hacían las primeras multiprocesadoras, pero me echaron por revoltoso. En realidad me echaron porque me afilié al sindicato cuando nadie estaba afiliado. Por suerte, después que me echaron los muchachos se avivaron y se afiliaron.
–¿Y cómo surgió la idea o el impulso inicial para fundar el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo?
–Se iba armando así la cosa: yo estaba en Paternal, pero me quería ir a trabajar al interior. Estábamos a fines del ‘67. Había un compañero del grupo donde nos reuníamos en Buenos Aires que había sido nombrado obispo de Goya. Un grupo de curas queríamos trasladarnos allí, hablé con él y lo fui a ver. En la conversación, en su despacho de la curia, me dijo: "Ah mirá, acá me llegó esto, a vos te puede interesar" y me tiró un folleto. Decía: "Proclama de 18 obispos del Tercer Mundo". Eran obispos que se habían reunido en Roma a partir del Concilio. Entre los latinoamericanos estaba Helder Cámara, que era quien lideraba eso. Lo hojée y me entusiasmé a lo loco, porque me pareció una cosa de avanzada y desde un ángulo que nos ayudaba mucho porque eran obispos, no eran curas sueltos, loquitos, como nos consideraban a nosotros, y hablaban con un lenguaje distinto, con una posición diferente, sobre la situación de los pobres en el mundo. Por primera vez, que yo sepa, en un documento eclesiástico de esa envergadura aparecía una especie de opción por el socialismo.
–¿Convocaron a una reunión?
–Ni eso, simplemente decidimos difundir el documento y pedir adhesiones. Ahí empezó a nacer, sin grandes esfuerzos. Hicimos una lista entre tres o cuatro curas y lo mandamos. Nos sorprendió cuando empezamos a recibir una cantidad impresionante de adhesiones, nos llovían cartas, casi todos respondían. Y había un denominador común: subrayaban la necesidad de hacer una reunión. Entonces desde Buenos Aires organizamos el primer encuentro en Córdoba. El envío de la carta fue en noviembre del ‘67. A principios del ‘68 empezaron estas reuniones.
–¿Era heterogénea la composición?
–Curas obreros éramos pocos, dos o tres, pero muchos estaban en parroquias en zonas populares, humildes. Era heterogéneo, pero nos unía una misma idea de renovación de la Iglesia.
–¿Usted estuvo preso en Goya?
–Pero por pocas horas, un día. Dos veces, una con Onganía y otra con Lanusse. Pero lo de Goya no tenía que ver con el Movimiento. Yo fui secretario general del Movimiento durante casi todo el tiempo. A nivel nacional me visualizaban de todos lados, tanto los obispos como la policía y el Ejército, pero lo de Goya más bien fue por cuestiones locales. Yo trabajaba en un barrio pobre con muchos problemas, se inundaba frecuentemente. Habíamos creado una comisión vecinal. Goya era una ciudad chica, muy tradicional y de pronto le armamos una manifestación por las calles de asfalto. Ese día fue glorioso. El comisario se estaba afeitando en una peluquería y nos vio pasar por el espejo. Salió furioso, llamó a las tropas, nos metieron adentro, nos tuvieron toda la noche. Después vinieron abogados para sacarnos. Otra vez vinieron a mi casa. Vino el comisario con cinco policías, me allanaron la casa. Empezaron a sacar libros, cosas. Un policía encontró una Biblia que tenía como título El libro de la Alianza y creyó que había encontrado material subversivo. Me tuvieron hasta la madrugada y a la medianoche comenzaron a interrogarme. Otra vez nos metieron presos como a cincuenta curas en Rosario porque habíamos manifestado a favor de los presos políticos. También surgió la idea de mandar una carta a la reunión que se iba a celebrar en Medellín. Pensamos que los obispos iban a cerrar la cosa condenando a los movimientos populares. Entonces hicimos una carta que en síntesis decía que no se podía condenar la violencia de los oprimidos sin atacar la violencia de los opresores. Conseguimos más de 500 firmas de curas argentinos y más de 400 de sacerdotes latinoamericanos. Eso llegó a Medellín y tuvo mucho efecto. Incluso algunos documentos tomaron ideas de esa carta.
–¿No tenían problemas con la jerarquía eclesiástica?
–Yo creo que todo esto nació en buen ambiente, nació fuerte. Todo lo del Concilio, toda la renovación que había dentro de la Iglesia y lascondiciones externas. Cinco o diez años antes nos hubieran cortado la cabeza. Hubo presiones y ese tipo de cosas. La más fuerte fue una declaración de la Comisión del Episcopado, con el cardenal Antonio Caggiano a la cabeza. Hicieron un comunicado de condena al estilo tradicional. Les respondimos con un libro como de ciento y pico de páginas con argumentos teológicos, citas de la Biblia y de filósofos.
–Cuando un cura tenía un problema de represión, ¿se solidarizaban con él?
–Se han dado cosas muy divertidas. Si había un conflicto interno de la Iglesia o a uno lo llevaban preso o lo que fuere, ahí íbamos todos, huelga de hambre o nos sentábamos en la catedral. Hubo un conflicto en Corrientes y otro en Rosario. El obispo echó a todos los curas en un momento determinado y ahí fuimos para solidarizarnos. Pero tratábamos de que no nos adormeciera la interna de la Iglesia, nosotros no surgimos para cuidar la situación de los curas, nos hizo surgir la realidad sociopolítica.
–¿Y cómo empezó el desgaste?
–Hay diferentes interpretaciones. Algunos piensan que fueron las discusiones sobre cuestiones de la Iglesia, como el celibato. Alguno se había casado y discutimos si podía seguir en el Movimiento. Unos pensábamos que sí, otros que no. Yo pienso que lo fundamental fueron los temas que tenían que ver con la realidad externa. Analizando la situación social del país y puestos plantear soluciones en grandes líneas, atacábamos al sistema, como se decía en el lenguaje de la época, y proponíamos como alternativa un socialismo "a definir", no planteábamos el socialismo de los países del Este ni mucho menos, ni nombrábamos al marxismo, aunque algunos pensábamos que iba por allí. Habíamos quedado en eso. Cuando el país comienza a movilizarse por la vuelta de Perón, en los años ‘70, ‘71, ‘72, ‘73, empieza la gran interna. Con la vuelta de Perón hubo un recalentamiento interno que era una cosa positiva porque respondía a nuestro contacto con la realidad, no a cuestiones personales, subjetivas o de poder, sino a un requerimiento exterior, era el país que estaba en esa lucha del Perón vuelve. No éramos curas encerrados en nuestros templos con nuestras viejitas alrededor. Eran curas que vivían en barrios humildes, que estaban en contacto con la gente. En Buenos Aires, el Movimiento Villero surgió de todo eso. Había un contacto muy fuerte con la realidad social, que necesariamente, a poco andar, lleva a la realidad política.
–Debería ser muy difícil mantener la discusión política dentro del encuadre religioso que tenían como sacerdotes...
–Sí, pero soluciones para lo social dentro de lo social no existen. Entonces se trataba de incursionar en lo político desde nuestro ángulo. Nunca se nos ocurrió perder esa condición, armar un partido ni nada por el estilo. Reflexionábamos desde nuestro punto de vista y desde lo religioso. Nos preguntábamos ¿qué significaba ser cristiano en Argentina? ¿Qué se nos exigía a nosotros como cristianos, como sacerdotes? Eramos sinceros, y respondía a una exigencia de nuestro ser como curas. Igual se armó una gran interna. La mayoría estaba por el peronismo y una minoría seguimos planteando la opción original. Eso nos llevó a un enfrentamiento serio. La cohesión del principio se fue como resquebrajando. Yo pienso que esa grieta interna sola no explicaría la desaparición del Movimiento. Pero justo cuando estábamos debilitados comenzó una terrible represión, primero con la Triple A que asesinó a Mugica y después los militares. Y nosotros estábamos muy expuestos, no teníamos experiencia de clandestinidad. Aparte de las organizaciones armadas que tenían esa experiencia, nosotros trabajábamos en la superficie, firmábamos lo que decíamos, hablábamos con los periodistas. Cuando empezó la avalancha de Videla y compañía, nos agarró así, era irse o morir. Muchos murieron, fueron desaparecidos o presos y otros pudimos salir.
–¿Usted pudo salir del país?
–Estuve dos años y medio en Francia, un año en México y en 1980 fui a Nicaragua, donde estuve cinco años. Después del golpe aguanté tres meses en Goya hasta junio. Habían intentado secuestrar al presidente de la comisión vecinal. Los compañeros me dijeron "te vas o morís". Esa noche dormí en el rancho de un vecino por seguridad. Pero fueron a la casa del presidente. En Buenos Aires estuve casi un año y medio, medio clandestino, viviendo en el sur, trabajaba de albañil, pero cada día era más difícil.
–¿Y la Iglesia no lo ayudó?
–No es que no haya tenido apoyo, apoyo tuve, lo que pasa es que también era una cuestión de opción política y de opción personal. Yo no podía comprometer a gente que no se hubiese comprometido también conmigo en mi propia opción. Hubo curas que me ayudaron, pero ¿con qué derecho iba a pedirles ayuda? Dormí en parroquias de amigos míos en días difíciles, pero yo pensaba: "¿descubren esto y se llevan a este amigo mío?". Pobre tipo, que era más bueno que el pan aunque nunca se había metido en nada, pero se jugaba porque era mi amigo. Yo no tenía derecho a exigirle ese nivel de riesgo. El que me ayudó realmente fue monseñor Jorge Novak, porque yo había quedado descolgado de Goya, había perdido contacto con la gente y con mi obispo. Con un seudónimo había conseguido trabajo de albañil en un caserón grande y me dejaban dormir en la obra. Antes paraba en el sur y tenía que cruzar todos los días el puente de Avellaneda y siempre había milicos parados ahí que pedían documentos, había pinzas. Novak era uno de los pocos obispos que comprendía la situación y se jugaba. Por medio de él conseguí que la Nunciatura me renovara el pasaporte para salir del país.
–¿En el tiempo que estuvo exiliado seguía en la Iglesia?
–Sí, a Nicaragua fui con el único obispo que estaba más o menos enganchado con el Frente Sandinista. Después el obispo medio se enfermó y quedó a un lado. Estaba en Estelí y trabajaba como en Goya, vivía en un barrio, trabajaba de albañil, de electricista, trabajé en la municipalidad y en el mantenimiento de una escuela. Ahí me hice amigo de Fernando Cardenal.
–¿Sigue siendo cura en la actualidad?
–Sí y no. No me presenté a filas, como dicen los milicos. Estuve en el ministerio hasta que volví en el ‘85. Ahí me planteé todo lo que había pasado, sobre cien obispos argentinos en la época del Proceso, a uno lo asesinaron, que era Angelelli, quedan tres o cuatro que relativamente entendieron la situación y salieron al frente. Creo que al obispo Ponce de León también lo mataron, aunque lo hicieron aparecer como accidente. Estaban Hesayne, De Nevares y Novak, ¿dónde estaban los demás? Yo me preguntaba ¿quién puede frenar esto?, y siempre me respondía que la única que podía era la Iglesia Católica si hubiera querido comprometer realmente a la Iglesia internacional, al Vaticano. Todos sabían lo que estaba pasando, que no vengan con el cuento. Si hubieran hecho lo que correspondía no hubieran muerto Angelelli y muchos miles más.

Fuente: www.lafogata.org

La excursión angelizadora de Bergoglio es parte del intento de remover cualquier obstáculo que se interponga en su camino hacia el papado. Su principal aliado en esta operación es el Comisionado Episcopal de Pastoral Social, Jorge Casaretto, uno de los únicos tres obispos de los años de la dictadura que quedan en actividad. El cardenal procura blanquear su conducta durante los años de la dictadura militar, cuando era superior provincial de la Compañía de Jesús y mantenía una cordial relación con el jefe de la Armada, Emilio Massera, que secuestró a varios de sus sacerdotes. Esto no implica minimizar la importancia política del gesto, por parte de una institución que primero aisló a Angelelli, luego aceptó a sabiendas de su falsedad la versión de un accidente y aun cuando comenzó a honrarlo, hace cinco años, omitió cualquier referencia a las causas de su muerte. Ya no hay espacio social para continuar con la falsificación de la historia. Unidos a la verdad que no pueden combatir, Bergoglio y Casaretto ven favorecido su intento por la composición actual del Episcopado. Su único contendiente interno de algún peso, disminuido por la anunciada jubilación del Secretario de Estado Angelo Sodano, que lo sostenía, es el arzobispo de La Plata, Héctor Aguer. Su cruzada personal consiste en impedir que la hemeroteca de la Biblioteca Nacional pase a llamarse Rodolfo Walsh en lugar a Gustavo Martínez Zuviría, como proponen legisladores de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Martínez Zuviría fue el ministro de Educación del golpe de 1943 que obligó a modificar las letras de los tangos. Por eso la queja de "Cafetín de Buenos Aires" de Discépolo y Mores no rima con "mi vieja" sino con "mi madre", y "Los dopados" de Cobián y Cadícamo pasó a llamarse "Los mareados". También es autor de novelas antisemitas con el seudónimo Hugo Wast y fundador de un linaje de militares golpistas en el Ejército y la Fuerza Aérea.

Mutilaciones

Si algo no implica el homenaje de Bergoglio a Angelelli es respeto por su obra. Este mismo año, el presidente de la Conferencia Episcopal editó un volumen titulado Iglesia y Democracia, en el que mutiló los conceptos centrales de un texto histórico a cuya redacción contribuyó en forma decisiva el ex obispo riojano. Se trata del Documento de San Miguel que en abril de 1969 adaptó a la realidad del país las conclusiones de la Conferencia del CELAM en Medellín y del Concilio Vaticano Segundo. Angelelli era vicepresidente y animador de la Comisión Episcopal Especial del Plan de Pastoral (COEPAL) que, bajo su orientación, cobijaba al grupo de teólogos y peritos que prepararon el texto. El libro editado por Bergoglio sostiene que "no debemos tener miedo a la verdad de los documentos". Pero el punto 2 del Documento de San Miguel se interrumpe en forma abrupta y, sin explicaciones, se pasa al 4. El final del truncado punto 2 dice que es el deber evangelizador de los obispos "trabajar por la liberación total del hombre e iluminar el proceso de cambio de las estructuras injustas y opresoras generadas por el pecado". El omitido punto 3 es aquel en que el Episcopado sentenció que "la liberación deberá realizarse en todos los sectores en que hay opresión: el jurídico, el político, el cultural, el económico y el social". La introducción del mismo documento, también suprimida por Bergoglio, decía que en ese proceso de liberación los obispos participarían con "la violencia evangélica del amor para proclamar públicamente nuestro compromiso en todas sus dimensiones". Cuando una generación de jóvenes católicos formados por esos maestros tomaron esos conceptos inequívocos como guía de su conducta, el Episcopado bendijo las armas de los opresores que los masacraron. Hoy homenajea a Angelelli pero silencia su pensamiento.

La etapa antiperonista

Ordenado en 1949, Angelelli pasó algunos años de la primera presidencia de Perón en Roma. Allí conoció al fundador de la Juventud Obrera Católica (JOC) José Cardijn. De regreso, comenzó su labor pastoral en los barrios pobres de Córdoba. En 1952 fue designado como primer asesor de la JOC cordobesa y a cargo de la capilla Cristo Obrero. Junto a la capilla había un Hogar Sacerdotal, frecuentado por curas del interior de la provincia, en el que Angelelli instaló su vivienda. Pronto se convirtió en lugar de reunión también para jóvenes obreros y estudiantes. Angelelli era el principal colaborador del sacerdote italiano Quinto Car-gnelutti, a quien el arzobispo Emilio Fermín Lafitte encargó la organización de un Movimiento Católico de Juventudes destinado a competir con la UES peronista, con la consigna "la conciencia vale más que una motoneta". En noviembre de 1954, Perón prometió sanciones para diecinueve sacerdotes de todo el país, entre ellos Cargnelutti. También ordenó arrestar a otro sacerdote amigo de Angelelli, Eladio Bordagaray, por haber dicho que había que elegir entre Cristo o Perón. Como Jaime De Nevares, Miguel Ramondetti o Rodolfo Walsh, Angelelli militaba en el más cerrado antiperonismo.

Después del ’55

Después del derrocamiento de Perón por un golpe militar cuyos tanques y aviones llevaban pintada la V y la Cruz que significaban "Cristo Vence", todos ellos descubrieron a la clase obrera y entendieron el rol que adquirió con el peronismo. Angelelli integraba el Equipo Nacional de Asesores de la JOC, en el que se planteó un debate que tendría eco años después. Para algunos, el peronismo obraría como un freno al comunismo, por lo cual debía merecer la atención de la Iglesia. Otros, como Julio Meinvielle, sostenían que, por el contrario, al favorecer la lucha de clases, abría las puertas al comunismo. "Debemos confesar humildemente que hemos estado alejados de la clase obrera y nos hemos presentado ante ella como una Iglesia burguesa", confesó Angellelli en 1958.

Su popularidad era tal que a nadie sorprendió que en diciembre de 1960 fuera designado por Juan XXIII arzobispo auxiliar de Córdoba y nombrado vicario general de la Arquidiócesis. El día de su consagración, la Catedral se pobló de obreros y gente humilde. Hijo de chacareros italianos que lo llevaban al seminario en el carro de la verdura, el Canuto Angelelli tenía 42 años y no aceptó la sugerencia del arzobispo Ramón José Castellano de abandonar su pequeña moto una vez consagrado obispo. Tampoco el reclamo de los empresarios de una fábrica que le pidieron que sancionara a los sacerdotes que apoyaban a un grupo de trabajadores en conflicto. "Si estas injusticias continúan, algún día estaremos en el mismo paredón los patrones y los curas. Ustedes por no haber sabido practicar la justicia social. Nosotros por no haber sabido defenderla", les dijo.

En una de sus primeras decisiones dispuso que los alumnos del Seminario Mayor visitaran las capillas y barrios obreros para tomar contacto con esa realidad. Los sacerdotes que volvían de Europa se apartaban con naturalidad del antiperonismo y el antimarxismo prevalecientes en Córdoba. Esto los puso en conflicto con el arzobispo, cuando se pronunciaron por una Iglesia pobre y evangélica y en favor del plan de lucha de la CGT. Incluso llegaron a objetar la oposición del Arzobispado a una ley de educación del gobernador Justo Páez Allende. La libertad de enseñanza que defendía Castellano era una hipocresía porque sólo beneficia a "alguna clase privilegiada" y las inversiones edilicias de los colegios católicos "una bofetada que suena a sacrilegio en el rostro de los pobres". Cuando la situación se escapaba de control, la Santa Sede retiró a Castellano y designó como nuevo arzobispo a Raúl Primatesta, quien confirmó al auxiliar Angelelli, como forma de congraciarse con el clero joven.

El pequeño Concilio

Durante una reunión de equipos de sacerdotes de la Ciudad y de la provincia de Buenos Aires realizada en Quilmes y bautizada como "El pequeño Concilio" se criticó con aspereza a la jerarquía. El Nuncio Humberto Mozzoni, el cardenal Antonio Caggiano y otros obispos tradicionalistas denunciaron que se asistía a un "derrumbe de la obediencia". Angelelli defendió el Pequeño Concilio en la asamblea episcopal con un estilo temperamental y apasionado: "Nuestras opiniones a veces son anticonciliares. Esto escandaliza a los sacerdotes, que nos ven asustados del clero, con miedo de tocar temás tabú, como el celibato, la obediencia y los encuentros sacerdotales".

En torno de la Parroquia Cristo Obrero y del Hogar Sacerdotal en el que vivía Angelelli, conectados por un patio interno, se nuclearon los grupos de cristianos revolucionarios que luego de una larga huelga de hambre de 1966 consideraron que se cerraban los caminos de las reivindicaciones estudiantiles y se entregaron a una militancia de base en sectores obreros que derivaron en la formación de distintos grupos, como el Peronismo de Base, el Comando Camilo Torres, el Peronismo Revolucionario y Montoneros.

En 1968 Angelelli fue designado obispo de La Rioja pero siguió atento a lo que sucedía en Córdoba. Al Cordobazo lo llamó grito de rebeldía lanzando por la juventud y la clase obrera y le dio una interpretación profética. A "la luz que se ha encendido con las fogatas de la destrucción" había que asumir un compromiso para que nadie muriera de hambre ni fuera excluido. En su primera homilía riojana anunció que venía a servir a los pobres, hambrientos y sedientos de justicia. Muy pronto irritó a los terratenientes locales y al poder político. El documento elaborado por medio centenar de curas y monjas y un centenar y medio de laicos en la Semana Diocesana denunció "una situación de injusticia y violencia que constituye un pecado institucionalizado" y proclamó que la tierra debe ser para quien la trabaje. Promovió la creación de sindicatos de mineros, peones rurales y empleadas domésticas, cooperativas de producción y consumo de tejidos, ladrillos, relojes, pan y para poner a producir los latifundios ociosos de la zona conocida como la Costa. Una de esas cooperativas reclamaba la expropiación de un latifundio, propiedad de un usurero que se había ido apropiando de los pequeños fundos de sus deudores. La intervención militar lo expropió pero lo puso en venta en parcelas individuales, porque cooperativas "sólo existen en Rusia, Cuba y China".

Como los Apóstoles

En 1970, sus amigos y compañeros de discusión política en el Hogar sacerdotal de Córdoba Ignacio Vélez y Emilo Maza participaron en el ataque a una unidad militar en La Calera. El gobierno militar también involucró al sacerdote Erio Vaudagna, uno de los ex colaboradores de Angelelli quien, desde La Rioja, los comparó con los Apóstoles: "También les dijeron que eran subversivos". Al jugarse y tomar en serio las cosas, eran lúcidos y sinceros y renunciaban a lo propio para caminar con los otros, dijo. Angelelli dejó de celebrar la misa de Nochebuena en la Catedral de la Capital e instaló el altar en un rancho humilde de un barrio marginal, que comparó con la gruta de Belén.

En 1971 el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo sostuvo que si el Ejército había sido "copado poco a poco por el imperialismo y la oligarquía" era lógico que el pueblo buscara "recrear por sí mismo la fuerza militar que se le niega y depositar su confianza en nuevos grupos armados solidarios con su causa". Según el documento del MSTM también eran políticas las homilías del cardenal Caggiano que dan una imagen de la Iglesia "no servidora de los pobres sino domesticada y servil a los poderosos". Cuando Caggiano y los integristas Adolfo Tortolo y José Miguel Medina exigieron una respuesta disciplinaria del Episcopado, Angelelli propuso acercarse a los sacerdotes.

–Dialoguemos para ser ayudados, para que nos ilustren –dijo. Su posición fue derrotada y la Comisión Permanente respondió al MSTM que no era evangélico el enjuiciamiento de los obispos "como infieles y serviles".

Durante una Asamblea Plenaria de 1972, Angelelli impugnó el borrador de documento que circulaba, porque omitía "la responsabilidad de las Fuerzas Armadas, los políticos, dirigentes sindicales, los grupos económicos, el fuero antisubversivo y sus consecuencias, presos, torturas". También sostuvo que recientes documentos de Perón y de los sacerdotes del tercer mundo "impactan y son más seguidos que nuestros documentos. Que en la práctica no aparezcan estos documentos como los magisteriales para con nuestro pueblo y el nuestro desechado por diluido, por no comprometido". La Comisión Permanente del Episcopado escuchó sin pronunciarse su queja contra los agresivos informes de los servicios de informaciones. La reunión continuó con la solicitud de pasajes aéreos nacionales e internacionales para los obispos, gratuitos o rebajados, y la designación en el organismo gubernamental de censura cinematográfica de los monseñores Manuel Moledo y Oscar Justo Laguna para considerar la película Un cura casado.

Los Menem

Cuando el general Roberto Levingston reemplazó a Juan Carlos Onganía en la presidencia, el político conservador nacido en Anillaco Eduardo Menem quedó a cargo de la intervención federal en La Rioja. Su familia poseía una bodega que compraba a precios irrisorios la uva de los pequeños campesinos. Su hermano Carlos Menem era candidato justicialista a la gobernación y prometió que entregaría el latifundio a la cooperativa. Angelelli se sintió confiado luego de su victoria y el 13 de junio de 1973 viajó al pueblo natal del gobernador. Allí se encontró con una algarada conducida por un grupo de comerciantes y terratenientes, entre ellos Amado, César y Manuel Menem, hermano y sobrinos del ex interventor y del electo gobernador. Ante la pasividad policial, manifestaron frente al templo, denunciaron con altoparlantes el propósito de Angelelli de reemplazar al viejo párroco Virgilio Ferreyra por dos sacerdotes capuchinos, declararon a Anillaco Capital de la Fe e irrumpieron por la fuerza en el templo y la casa parroquial. Cuando Angelelli se retiró luego de suspender las celebraciones religiosas, lo corrieron a pedradas. Arguyendo la intranquilidad social, Menem retiró su apoyo a la cooperativización del latifundio y la Legislatura decidió venderlo en parcelas, tal como había dispuesto el gobierno militar. Los sacerdotes riojanos habían pedido la excomunión de los tres Menem y sus acompañantes, pero Angelelli prefirió una sanción menos drástica, el entredicho, y ofreció su renuncia a la Santa Sede.

La algarada

El Superior general de los Jesuitas, Pedro Arrupe, y el arzobispo de Santa Fe, Vicente Zazpe, visitaron La Rioja y declararon que la línea pastoral de Angelelli era acertada, porque seguía las opciones del Concilio, de Medellín y del Papa. Pero Zazpe viajó como auditor de la diócesis. Llevaba dos documentos del secretario de Estado, Jean Villot: una carta de apoyo al obispo e instrucciones reservadas. Debía informar sobre las orientaciones pastorales de Angelelli que "no recogen el consenso de todo el Episcopado argentino". En Los Molinos, el pueblo anterior a Anillaco, "una multitud enardecida" reclamó la destitución del obispo "por marxista y comunista". El enviado aceptó una audiencia colectiva con los entredichos quienes exigieron la remoción de Angelelli, mientras desde un altoparlante se difundían marchas militares. Uno de los sancionados le dijo que Angelelli "se va por las buenas o por las malas, y si no es por las malas será lo peor". En su informe al Vaticano, Zazpe consignó que las posiciones eran irreductibles. Mientras los sectores pobres y de la juventud apoyaban la actuación de Angelelli, muchos integrantes "de instituciones anteriores - Acción Católica, Cursillos de Cristiandad, Ligas de Padres de Colegios", la repudiaban. En este sector se "mezclaban motivaciones de índole religiosa, política, socio-económica".

En marzo de 1974 la Secretaría de Estado recomendó a Zazpe que continuara al lado de Angelelli para alentarlo y aconsejarlo a introducir rectificaciones que favorecieran la reconciliación con los censurados. Sin abandonar la opción por los pobres, debía propiciar el diálogo con los disidentes. La directiva para Angelelli fue corregir los abusos litúrgicos de sus sacerdotes, el escaso contenido religioso de su predicación y los aspectos de su comportamiento "no aceptados por gente de fe simple y alejada de las novedades". Luego Angelelli viajó para su visita ad limina apostolorum a Roma. Pese a la amenaza de muerte de la Triple A y el consejo del gobernador Menem de que se fuera porque su vida corría peligro, regresó en diciembre. Pablo VI lo instaba a seguir haciendo concreto el Concilio en su diócesis. Además le entregó una carta de complacencia por su sacrificada actividad en favor de los más necesitados y de condena por "las violencias y difamaciones" que padeció. El Papa le anunciaba que los responsables de los ataques recibirían "el debido requerimiento" por sus actos. Pero también le pedía que levantara la suspensión litúrgica en Anillaco, que se reconciliara con el párroco Ferreyra, que sus colaboradores prestaran "preeminente atención a los valores espirituales", y que ejerciera la conducción diocesana también sobre aquellos laicos que no compartían "aspectos no esenciales de la pastoral diocesana".

Redención por la sangre

El 29 de enero de 1974 la Triple A difunde en Buenos Aires una “lista negra” de personalidades que “serán inmediatamente ejecutadas en donde se las encuentre”. La lista incluye a Hugo Bressano (Nahuel Moreno), dirigente del PST, Silvio Frondizi, Mario Hernández, Gustavo Roca y Mario Roberto Santucho (dirigentes del PRT/ERP); los dirigentes sindicales Armando Jaime, Raimundo Ongaro, Rene Salamanca (PCR) y Agustín Tosco; Rodolfo Puiggros – ex rector de la UBA – Manuel Gaggero (director del diario El Mundo), Roberto Quieto (dirigente de Montoneros), Julio Troxler ex subjefe de policía de la Pcia. de Buenos Aires y cercano al Peronismo de Base; coroneles Perlinger y Cesio, Monseñor Angelelli; senador nacional Luís Carnevale y otros, la mayoría de los cuales serían asesinados en el futuro cercano.

Durante una visita a la base aérea de Chamical, que era un foco de cuestionamiento a Angelelli, el pro vicario castrense Victorio Bonamín dijo que el pueblo había cometido pecados que sólo podían redimirse con sangre. El 12 de febrero de 1976, el Ejército arrestó en Mendoza al vicario general de la diócesis de La Rioja, Esteban Inestal, y a dos jóvenes del Movimiento Rural diocesano. Uno de los oficiales les dijo que Juan XXIII y Pablo VI habían destruido la Iglesia de Pío XII, que los documentos de Medellín eran comunistas y que la Iglesia riojana estaba separada de la Iglesia argentina. Angelelli ofreció una vez más su renuncia a la Conferencia Episcopal. Durante la inauguración del curso lectivo de 1976 en la base aérea, el vicecomodoro Lázaro Aguirre interrumpió la homilía que pronunciaba Angelelli sobre la responsabilidad social de los cristianos:

–Usted hace política –le gritó.

En su misa radial del 1º de marzo, Angelelli describió la fractura profunda que enfrentaba a unos sectores de la Iglesia con otros. Cada uno influía a su vez sobre sectores decisivos de la militancia política y de las Fuerzas Armadas: Se busca dividir y separar a obispos y sacerdotes de sus comunidades, obstaculizar la misión divina de la Iglesia junto a su pueblo en la catequesis y en la evangelización, controlarla para que el Evangelio no llegue a su pueblo, se busca suprimir toda militancia cristiana y apostólica en su laicado, dijo. Dos semanas después, Angelelli suspendió los oficios religiosos en la capilla de la base. Todos los plazos estaban vencidos.

"Extraño acidente"


Cadena abierta - Memoria de Angelelli

Angelelli fue asesinado cuando viajaba a Buenos Aires con una denuncia sobre el secuestro y asesinato de sus sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos Murias. El diario vaticano L’Osservatore Romano presentó el caso como un "extraño accidente". Pero el cardenal Juan Carlos Aramburu negó que se tratara de un crimen y no hubo protesta vaticana. La biografía oficial del ex nuncio Pio Laghi es hipercrítica con Angelelli, a quien vincula con "los extremismos que proponía la Teología de la Liberación". Para ello Laghi y sus colaboradores en el libro, los obispos Laguna y Casaretto, fuerzan los hechos y sostienen que Pablo VI dio orden de que no se tomaran fotos para no "inmortalizar" la última visita del "incómodo" obispo riojano al Papa, debido a sus "heterodoxias doctrinales". No es así. Pablo VI se fotografió en el gesto afectuoso de tomar la mano de Angelelli el 7 de octubre de 1974 en el Vaticano. Esa imagen ilustra la biografía del obispo asesinado escrita por el dominico Luis O. Liberti.

Después del entierro de Angelelli, la Conferencia Argentina de Religiosos dirigió un angustioso llamado a Primatesta en busca de protección. Primatesta respondió que los obispos habían elegido ser "prudentes como las serpientes" porque estaban convencidos de que "hay tempus loquendi y tempus tacendi". Tempus tacendi quiere decir tiempo de callar. Ese mandato se mantuvo a lo largo de las décadas. Fueron los excepcionales obispos Jaime de Nevares, Jorge Novak y Miguel Hesayne, junto con Adolfo Pérez Esquivel y Emilio Mignone, quienes aun durante la dictadura presentaron la denuncia por el asesinato de Angelelli, que la justicia riojana dio por probado el 19 de junio de 1986. El juez Aldo Morales sentenció que se había tratado "de un homicidio fríamente premeditado". El Episcopado siguió sin asumir lo sucedido. En una declaración emitida en 2001 aún sostuvo que Angelelli "encontró la muerte" y que "la muerte lo encontró" y se abstuvo de mencionarlo como mártir. Hesayne replicó: "Tenemos más pruebas de su martirio que del de muchos mártires de los primeros siglos del cristianismo". Esta es la historia de la vida y la muerte de Angelelli que ni Bergoglio ni Casaretto contarán.

Fuente: Página/12, 30/07/06


El video que filmaron los ex presos de la U-9

Treinta años, treinta nombres.

"Porque el que murió peleando, vive en cada compañero", dice la última estrofa de una canción de los Olimareños y así cierra el video casero que filmaron los ex presos políticos de la U-9 de La Plata, sobre el homenaje que hicieron en el penal a sus compañeros y familiares de presos muertos y desaparecidos; "30 años, 30 nombres" se llama el documental que se efectuó al cumplirse los treinta años del 24 de marzo de 1976.

En cada imagen está la poderosa carga emotiva de ese reencuentro. Muchos no se habían vuelto a ver y casi ninguno había regresado al penal, algunos ni siquiera conocían el frente de la cárcel porque los sacaban y entraban esposados y con los ojos vendados o con las cabezas gachas. Están los abrazos de ese reencuentro. Son interminables las imágenes de caricias y besos entre hombres, que ahora pasan los cincuenta hermanados por aquella convivencia en la que tuvieron que enfrentar a la muerte y la vencieron.

 

"Estamos vivos y aquí en primer lugar gracias a nuestros familiares, no solamente porque ellos motorizaron la solidaridad externa, sino porque siempre nos acompañaron, aun en el peor momento y algunos a costa de sus vidas", dicen los oradores que se suceden en los actos que realizaron dentro y fuera del penal. En la puerta principal hay una placa de mármol con 30 nombres grabados. Son 12 presos que fueron fusilados como represalia o advertencia. Y están los nombres de 18 familiares, padres, madres o hermanos de los presos, que fueron secuestrados y desaparecidos por haber mantenido su solidaridad. La calle 76, que pasa frente al penal, fue bautizada con el nombre de Delia Aviés de Elizalde Leal, madre de Alberto "Manzanita" Elizalde, uno de los presos, que fue secuestrada junto con otros dos de sus hijos, Sofía y Felipe, y permanecen desaparecidos.

Los pabellones 1 y 2 de la U-9 eran conocidos como los "pabellones de la muerte" por los presos y por sus verdugos. Allí eran recluidos los presos a los que la dictadura consideraba "irrecuperables". Ellos sabían que en cualquier momento podían ser retirados para ser fusilados, como sucedió con ocho de sus ex compañeros.

La vida siguió después de la cárcel. Son varias decenas de veteranos y hay de todo entre ellos, desde dirigentes sociales como Néstor Rojas, hasta el canciller Jorge Taiana, o artistas como Braulio López, ex integrante de los Olimareños. Los discursos se sucedieron ese día. Todos quisieron dejar en claro ante sus hermanos de cárcel que no bajaron los brazos, que mantienen los ideales por un país más justo y más digno. Lo dicen y lo reafirman al mismo tiempo que renombran a sus compañeros caídos y toman las manos de sus hijos o de sus esposas.

Cada imagen del video tiene esa carga explosiva de emociones en las miradas, en los abrazos. Esa mezcla de dolor por la historia pasada y la alegría del reencuentro, el desahogo de poder gritar los nombres de sus compañeros muertos. El video fue dirigido por Carlos Martínez, los camarógrafos fueron Miguel del Castillo, Daniel Saiman y César Trazar, el microfonista fue Adelqui de Luca y la edición estuvo a cargo e Fabio Zabrowski, en tanto que las fotografías son de Julio Menajovsky, Miguel Martelotti, Alberto Elizalde y Página/12. Idea y producción, Julio Mogordoy. Varios de ellos también son ex presos.

Por ahora, el video circula en forma casera. El gobierno bonaerense lo ha declarado de interés provincial, así que no sería de extrañar que en algún momento tenga una difusión masiva. No está filmado durante la dictadura, pero las miradas, los abrazos, las lágrimas de ese homenaje-reencuentro constituyen un documento, mejor que muchos, sobre la dictadura.

Fuente: Página/12, 30/07/06





Estado en que quedó, después del accidente fraguado, el vehículo que conducía Angelelli,  y el cuerpo golpeado, que apareció lejos del vehículo.

La historia de un asesinato disfrazado de accidente

"Hermana, no ha visto nada"

Por W. U.

Enrique Angelelli había nacido en Córdoba el 17 de julio de 1923 y fue ordenado sacerdote en Roma el 9 de octubre de 1949. Desde 1961, por decisión del entonces papa Juan XXIII, fue designado obispo auxiliar de Córdoba y desde 1968 el papa Pablo VI lo hizo titular de la diócesis de La Rioja. El 4 de agosto de 1976, después de muchos enfrentamientos con el poder y tras el asesinato de dos de sus curas, Juan de Dios Murias y Gabriel Longueville, la muerte lo sorprendió en una ruta riojana. El gobierno militar siempre habló de "accidente" automovilístico e incluso se echaron a correr rumores acerca de la impericia de Angelelli para manejar. Las autoridades de la Conferencia Episcopal anunciaron "investigaciones", pero nunca se apartaron dela versión oficial o bien dejaron, en todo momento, instaladas las dudas acerca de la muerte de una figura que ciertamente les resultaba molesta y que poco antes, en 1975, había afirmado que "ser hombres de la luz es no evadirnos de nuestra realidad y construir nuestra historia con los demás".

Para Miguel Hesayne, obispo emérito de Viedma y uno de los que siempre defendieron la tesis del asesinato y del martirio, "de acuerdo a la documentación judicial, la certeza moral del asesinato de Enrique Angelelli ha logrado la certeza judicial a tal punto que la Corte Federal establece, en forma indudable, circunstancias que no pueden ser materia de controversia y califica judicialmente el caso Angelelli, en forma definitiva e incontrovertible, homicidio calificado". Para el obispo queda probado que "la camioneta (que conducía Angelelli y en la que también viajaba su secretario Arturo Pinto) fue encerrada por la izquierda al momento que se produce una explosión; que el cuerpo del obispo Angelelli quedó ubicado a veinticinco metros del lugar final de la camioneta, con el cuerpo extendido y los pies juntos, mostrando en ambos talones pérdida de la piel sin ningún indicio de golpes o contusiones en el resto del cuerpo. Por eso, se infiere que fue arrastrado hasta el lugar mencionado por intervención de los autores del hecho; que la camioneta presentaba una goma desinflada, cuya cámara tenía un corte de trece centímetros, lo que no fue causa del vuelco, según la pericia mecánica practicada".

Todos estos datos abonan lo que Hesayne denomina "la patraña criminal del accidente provocado por una falsa maniobra que habría cometido el obispo Angelelli en ese momento".

Pero el obispo de Viedma ofrece un testimonio más al hablar de "un hecho que hace poco tiempo se me ha transmitido" y que es "sumamente elocuente y que presume participación personal de las Fuerzas Armadas y de seguridad, directa o indirectamente, en el asesinato del obispo Angelelli". Relata Hesayne "el testimonio de la religiosa enfermera diplomada que cumplía guardia en la morgue del hospital de la ciudad de La Rioja ese día de la muerte del obispo. Le tocó limpiar el cadáver del obispo Angelelli y al darlo vuelta en la camilla, se sorprendió por un orificio muy hondo en la nuca del cadáver". Sigue diciendo Hesayne que "ante la exclamación de sorpresa de la religiosa enfermera, dos oficiales de las Fuerzas Armadas y de seguridad que se encontraban de custodia, de inmediato la retiraron de lo que era su tarea habitual, ordenándole textualmente: "Hermana, usted no ha visto nada’".

Fuente: Página/12, 30/07/06


A treinta años de su muerte violenta

Un giro histórico, la Iglesia dice que pudo haber sido un crimen

A treinta años de su muerte violenta, el alma de monseñor Enrique Angelelli, obispo de La Rioja y figura indiscutida de los sectores más progresistas de la Iglesia, podría al fin descansar en paz. La densa trama de silencios, omisiones y desvíos que envolvieron la investigación judicial y acallaron cualquier pregunta en la cúpula eclesiástica está cediendo, y reverdece la tesis que hasta ahora sólo sostenían los más fieles seguidores del monseñor y algunas organizaciones de derechos humanos: que el supuesto accidente automovilístico tras el que murió no fue tal, y que el obispo en verdad fue asesinado por la dictadura. Hasta la Iglesia se dispone esta semana a reconocerlo.

El vocero de la Conferencia Episcopal, Jorge Oesterheld, dijo a Clarín que existe un "informe preliminar sobre el caso para definir los pasos a seguir para contribuir al esclarecimiento" de la muerte de Angelelli, y admitió que los obispos están considerando presentarse como querellantes en la causa judicial que hasta ahora patrocinan el Servicio Paz y Justicia y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. Ese "informe preliminar", que aconseja realizar una investigación eclesial "con rapidez" y "en lo posible antes de fin de este año", fue redactado por el arzobispo emérito de Resistencia, Carmelo Giaquinta, tras un sigiloso rastreo de datos que culminó el 10 de julio. Esta semana será discutido por los obispos, y su decisión sería oficializada el viernes por el cardenal Jorge Bergoglio durante su visita a La Rioja para homenajear a Angelelli.

Las flores del algarrobo

Por Osvaldo Bayer

La verdad histórica siempre triunfa, finalmente. Tarda, a veces, pero triunfa. Lo acabamos de ver con la figura de monseñor Angelelli, el obispo mártir de La Rioja.

El crimen monstruoso cometido contra él primero se trató de cubrir con la mentira. Los medios que conocemos, al principio, insinuaron que se trató de un "accidente". Luego, el silencio. Como es habitual, los popes católicos miraron para otro lado o, como se hace siempre, oficiaron por ahí una misa. Pero no, a más de treinta años de su muerte alevosa, en Buenos Aires se acaba de inaugurar, en Barracas, la plaza Monseñor Angelelli. Lo triste y vergonzoso del acto es que no concurrió ningún obispo católico, sólo un padre franciscano. Monseñor Angelelli, desde su paraíso, se debe haber alegrado, porque sí había muchos niños y, lo que es más importante, la plaza tiene juegos para ellos, así que desde ahora Angelelli se lo pasará escuchando risas y voces infantiles.

Me tocó hablar en el acto en el cual también se descubrió una hermosa placa con su nombre. Aproveché para contar su último sermón cuando en la catedral de La Rioja, delante de los comandantes militar y de aeronáutica, de esa región, sacudió a los presentes diciendo: "Acabo de recorrer los caminos de La Rioja. En uno de ellos me encontré con una columna de leñadores que llevaban a un muerto en una angarilla, sobre sus hombros. Me detuve y les pregunté qué hacían: ‘Llevamos a enterrar a un compañero muerto’. ‘¿Cómo, así, sin ataúd?’, les pregunté. ‘Sí, monseñor’, me respondió un humilde trabajador: no nos alcanzó el dinero que teníamos para comprar un cajón’". Y entonces la voz del obispo Angelelli tronó en el templo al proseguir el relato: "Yo me pregunto, ¿en qué país injusto y deshonesto vivimos que ni siquiera los trabajadores de la madera pueden poner sus muertos en ataúdes para sepultarlos? ¡Qué país inmensamente pecador!", finalizó. De inmediato, los jefes militares, con sus esposas, se retiraron del templo porque tomaron esas palabras del púlpito como una crítica a la dictadura de Videla. Pocos días después, los dos mejores sacerdotes de Angelelli eran muertos a balazos y él mismo perdía la vida en un escenificado "accidente" y su cuerpo quedaría en un camino de La Rioja, mirando el cielo y con los brazos abiertos, como aquel Jesús en la cruz.

Y ahora sí tenemos una plaza para niños en Barracas con su nombre. El mejor homenaje.

La Historia finalmente impone la verdad aunque existen los amigos de la muerte, que tratan de detener su camino. Se acaba de anunciar con grandes carteles la reinauguración de la Plaza Coronel Ramón L. Falcón, en el barrio de Floresta, en esta capital. Todos sabemos quién fue ese Falcón. Un verdadero asesino del pueblo. Y no exageramos. Fue autor de la represión contra el acto que hicieron las organizaciones obreras el 1º de mayo de 1909. Ese día se reunieron nada menos que setenta mil obreros, con sus banderas y su consigna sagrada: la lucha por las ocho horas de trabajo. Cuando estaba hablando el primer orador y el acto se realizaba con total tranquilidad, el coronel Falcón ordenó a los fusileros de la policía atacar las columnas obreras y, luego del fuego de fusilería, a la montada a agredir con sus sables a los hombres, mujeres y niños que ocupaban los espacios verdes. Se produjo una masacre que conmovió al país durante meses enteros. Nunca se sabrá el número de víctimas. Al día siguiente, los periodistas preguntaron al fatuo coronel policía por qué ordenó el ataque si hasta el momento no se había producido ningún disturbio. Y el coronel de la Nación respondió: "Porque los obreros en vez de llevar la bandera azul y blanca llevaban la bandera roja". El señor coronel se hizo el que no sabía o se confundió a propósito, porque en 1909 la bandera roja era el símbolo del gremialismo y no de un partido político determinado (aunque esto último no hubiera significado ninguna razón para el alevoso ataque uniformado).

No sólo esa cobardía despreciable mostró el señor coronel, sino que su biografía señala que siempre estuvo con la violencia de los que se sienten importantes porque tienen mando y visten uniforme: fue el mejor oficial del general Roca en el genocidio de los pueblos originarios, y por eso ascendió rápidamente. Además, el señor coronel estuvo en la represión de la famosa huelga de conventillos, en 1905, donde principalmente las mujeres proletarias dijeron basta a la explotación de la indignidad. Y ahí estuvo el coronel Falcón, siempre contra los humildes. Finalmente, un joven ruso, Simón Radowirtzky, tomará como suyo el "derecho de matar al tirano" y el de "cuando no hay justicia el pueblo tiene derecho a hacerse justicia" y dará muerte al cruel militar.

Los poderosos impusieron el nombre de coronel Falcón a la segunda calle más larga de la Capital y nada menos que a la escuela de cadetes de la Policía. Vaya ejemplo: se les ponía a los jóvenes que debían "guardar el orden" el nombre de un represor cruel que no se atenía a los principios de la instituciones sino que ordenaba matar. Aquí sobran las palabras para señalar cómo fue la herencia de este ejecutor. Pero todo esto continuará en estos días. El barrio de Floresta se cansó de que este nombre fuese el más honrado de todos sus esquinas: porque no sólo estaba la calle, sino también una plaza con el nombre de este personaje de la Muerte. Y hace cinco años una numerosísima asamblea de vecinos decidió, con todo derecho democrático, llamar a un plebiscito para que se cambiara el nombre del represor por otro que eligiera el barrio. Un sábado y un domingo se efectuaron concurridas votaciones en urnas en el parque y finalmente triunfó el nombre de "Che Guevara". Se quitaron los carteles con el nombre del asesino de obreros y se puso el del luchador latinoamericano. Hasta hace dos días, en que carteles oficiales señalaron que la plaza se seguía llamando Coronel Ramón Falcón y añadieron una biografía del uniformado, en la cual se enorgullecen de este represor. Textual, el cartel: "Ramón Falcón (1855-1909) Militar. Combate contra el aborigen de las fronteras del sur de Córdoba y Buenos Aires; participa en 1879 en la expedición del desierto". Y sigue el cartel adicionando galones al héroe de remington.

Pero ayer los vecinos de Floresta no aceptaron que esa hermosa plaza lleve tal nombre. Y en un comunicado dicen: "Seguiremos luchando para quitar ese nombre manchado con sangre indígena y trabajadora". Y se produjo lo racional: ayer, la repartición oficial autora del desaguisado retiró los carteles propagandísticos del Falcón Represor. Bien por la autocrítica. Aplausos para la asamblea absolutamente democrática. Es un paso contra la violencia. Represores, no.

El sí a la Justicia, que significa Paz en el caso de Angelelli; el no al Represor, en el caso del coronel Falcón. Pero claro, no se trata sólo de nombres de calles y plazas, sino también de la posesión de la Tierra. Por eso, otro paso positivo se me permitió vivir en el Congreso de la Nación esta semana. Se me ofreció defender, ante la comisión legislativa respectiva, el proyecto del diputado Carlos Tinnirello de expropiación de una corta extensión de tierras a la gigantesca estancia de los Benetton, para devolverla a sus verdaderos propietarios, la familia mapuche de Curiñanco-Nahuelquir. Lo importante de este proyecto es que, de ser aprobado, mostraría que las relaciones humanas no tienen que ser manejadas por el poder del dinero sino por la Etica. Los que primero tienen derecho son los antiguos habitantes. Los que han vivido desde hace 12.000 años en esas tierras, y no quien tiene dólares o euros y que, sin saber dónde queda, le dice a su comisionista: "Cómpreme una estancia en la Patagonia, que ahora está de moda". Esto es altamente inmoral. Más todavía cuando los pueblos originarios han demostrado siempre su cuidado por la naturaleza mientras que los "inversores" van dejando los rasgos de su egoísmo. Lo dijo Suna Rocha –la profunda artista– en esa misma sesión: "En Catamarca vi algo que nunca antes había visto: algarrobos secos". Algarrobos secos son el símbolo del "progreso" de los que tienen el dinero. Cuando se debate este tema profundo, queda en claro la sabiduría escondida de los pueblos originarios frente a la avidez de los que "traen el progreso" para su bolsillo.

En la comisión del Congreso Nacional, el único que se opuso al proyecto fue el macrista Tonelli. Sus argumentos fueron típicamente burocráticos. Esperemos que el Congreso se meta en el problema y defienda el camino de la Etica y no el de los dólares. Pensemos en las flores del algarrobo.

Fuente: Página/12, marzo 2007

El 4 de agosto de 1976, en medio de una ola de ataques y amenazas contra Angelelli y sus seguidores y días después del crimen de dos de sus sacerdotes —Carlos Murias y Gabriel Longueville— y un laico muy cercano a él —Wenceslao Pedernera—, la camioneta Fiat multicargo en que el obispo viajaba por la ruta 38 desde Chamical hacia la ciudad de La Rioja junto al cura Arturo Pinto apareció volcada cerca del paraje Punta de los Llanos. Pinto logró sobrevivir. Angelelli no: su cuerpo apareció extrañamente extendido en cruz sobre el asfalto boca arriba y con un fuerte golpe en la nuca, a unos 25 metros del vehículo.

El informe de la Policía, base de la "historia oficial" que hoy está bajo sospecha, dice que Pinto manejaba y de repente se salió de la ruta, volanteó para retomarla, una de las cubiertas se reventó y la camioneta volcó dando varios tumbos. En uno de ellos, Angelelli se cayó y los golpes lo mataron. El juez de instrucción Rodolfo Vigo abrió y cerró una veloz investigación que aceptó esta teoría. Pero en 1986 otro expediente a cargo del juez Aldo Morales dio por probado el asesinato "fríamente premeditado y esperado por la víctima". Efectivamente, mucha gente le escuchó decir a Angelelli que, con el crimen de sus colaboradores, los militares iban dibujando círculos concéntricos a su alrededor. "Después me toca a mí", repetía.

Morales se basó en el testimonio de Pinto, quien recordó que un auto blanco los perseguía y los encerró en la ruta, y en pericias según las cuales la camioneta estaba en buenas condiciones. Los imputados como autores intelectuales del asesinato eran el jefe del III Cuerpo del Ejército, general Luciano Benjamín Menéndez, y los jefes del Batallón de Ingenieros en Construcciones de La Rioja, coroneles Osvaldo Pérez Battaglia y Jorge Malagamba. También había civiles acusados de participar de la maniobra y encubrir el crimen. Pero tras una apelación la causa se desdobló, y la acusación contra los militares pasó a la órbita de la Cámara Federal de Córdoba. Allí se puso en duda la sentencia de Morales (aunque no se descartó un "accidente inducido") y tras la sanción de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final en 1990 se cerraron las actuaciones que imputaban a otros tres militares como autores inmediatos: el ca pitán José Carlos González, alias "Monseñor" y "Juan XXIII", y los sargentos Luis Manzanelli y Ramón Oscar Otero.

Pero estos meandros judiciales fueron posibles gracias a una serie de descuidos y olvidos que, orquestados o no, permitieron borrar huellas, eliminar pruebas y manipular testimonios.

En 1976, Mario Gorosito era enfermero en el hospital de Chamical. La tarde del 4 de agosto, el almuerzo le quedó en la garganta: la Policía había pedido una ambulancia para atender un accidente en la ruta. "Me llevó el chofer Antonio Giménez. El lugar estaba rodeado por policías y soldados de la Base Aérea de la zona, que cuando llegamos a unos 20 metros de distancia nos impidieron pasar. Lo veíamos a Angelelli tirado sobre una mancha de sangre y quisimos atenderlo, pero el suboficial Nelson Garnica, ayudante del comodoro Aguirre, nos dijo que no", recuerda hoy frente a Clarín, sin advertir que su voz ofrece un dato llamativo: la cantidad de policías y militares que habían llegado al lugar antes que la ambulancia que debía atender a los posibles heridos.

"Nos fuimos con la camilla para donde estaba Pinto, a un costado de la ruta. En la ambulancia, él decía en un delirio 'el coche blanco, déjelo que nos pase', parecía que hablaba con monseñor", dice Gorosito. "Volvimos al hospital a eso de las cuatro de la tarde. El médico Osvaldo Benegas atendió al herido, y nos dijeron que a Angelelli lo habían llevado a La Rioja para atenderlo".

El ex sacerdote Julio Guzmán también llegó rápido al lugar del choque. "Con Francisco Solano Díaz fuimos los primeros curas en llegar. No nos dejaban pasar, pero tanto insistimos que al final nos dijeron que sí".

Las piezas se movían rápido. Un rato más tarde, cerca de las cinco de la tarde, fue citado al lugar del choque el cirujano Enzo Herrera Páez, que horas después realizó la autopsia sobre el cuerpo de Angelelli. Herrera Páez, que llegó a ser diputado nacional por el radicalismo entre 1997 y 2001, recuerda aquel día ante Clarín: "Fuimos con el comisario inspector Carrizo en una ambulancia de la Policía. Angelelli ya estaba muerto, y lo trajimos a la Morgue Judicial. Allí el juez Vigo nos dijo que esperásemos para hacer la autopsia, porque el Derecho Canónico ponía impedimentos para tocar el cuerpo de un prelado. Después supe que hacía como 200 años que no se le hacía una autopsia a un miembro de la jerarquía eclesiástica".

Solucionado el percance, el médico inició su trabajo junto al doctor Eldo Neffen y el médico forense de la Justicia Alberto Guchea. "Había varias monjitas y estaba el cura Pelanda López, que era el capellán militar. Comenzamos pasada la medianoche y terminamos a las cinco de la mañana", recuerda Herrera. "Angelelli tenía escoriaciones en la cabeza, los dedos deteriorados, tres costillas rotas de un lado y siete del otro. Tenía mucha sangre y había perdido mucha. El hueso occipital, que sobresale de la parte de atrás de la cabeza, tenía una fractura con forma de estrella". Esta fractura originó la versión de que Angelelli había sido golpeado con un objeto contundente tras el choque. Herrera Páez se incomoda ante esa tesis: "Puede ser", admite. "Pero ese golpe coincidía con el informe policial del accidente". La historia oficial se cerraba sobre sí misma.

Una de las personas clave en el sinuoso trayecto de la investigación es Alilo Ortiz, un ex sacerdote que era secretario privado del obispo y cuyos ojos vieron aparecer y desaparecer pruebas preciosas para la causa. "Cuando nos enteramos de la muerte de monseñor llamé al Episcopado y a la Nunciatura en Buenos Aires para avisarles", recuerda en diálogo con Clarín. "Cuando el juez liberó la camioneta la recibí yo. Le pedimos al mecánico Chichí Baldo que le hiciera una pericia, y él constató que tenía los frenos, la dirección y el volante en perfecto estado, y la chapa no tenía tiros".

Ortiz pone en duda otra de las patas de la historia oficial: "Se dijo que la explosión que escuchó Pinto era el reventón de un neumático. Pero pudo haber sido un balazo que haya roto el parabrisas, porque los vidrios aparecieron esparcidos antes del lugar en el que quedó la camioneta". Para su ex secretario, Angelelli murió tras "un accidente que fue provocado. Y el golpe que le dieron en la nuca fue como el tiro de gracia. Hay que ver el clima que rodeó su muerte. Anque él nunca habló mal del Episcopado, una vez casi llorando nos confesó que no encontraba eco en ellos".

El ex sacerdote recordó también que el juez Vigo le entregó al Obispado la valija que Angelelli llevaba en la camioneta. "Y sólo un tiempo después nos dio dos de las tres carpetas que monseñor llevaba cuando murió, con anotaciones sobre los asesinatos de los curas Murias y Longueville. Muchos de esos papeles tenían palabras subrayadas con lápiz, y se lo dije a monseñor Cándido Rubiolo, reemplazante provisorio de Angelelli. El me ordenó hacer informes de todo para enviarlos a Roma".

La Iglesia por la que Angelelli dio la vida tuvo su parte en el descuido y la pérdida de pruebas vitales para indagar su posible crimen. Aunque suene increíble, en 1977 el obispado riojano decidió desprenderse de la camioneta en la que había chocado el obispo. Se la entregó al agente local de Citroën Juan Angel Barrera, que la tomó como parte de pago de otro vehículo y ese mismo año se la vendió al fotógrafo Néstor Pantaleo, que en 1978 la vendió en la ciudad de Famatina. Ahí se pierde su pista.

Otro gran misterio en estos años fue saber dónde estaban las carpetas que el monseñor llevaba encima cuando chocó. Pues bien, Clarín pudo establecer que dos de ellas fueron entregadas por el juez Vigo al obispado de La Rioja en 1977, se cree que después de haber pasado por las manos del general Menéndez y el ministro del Interior Albano Harguindeguy. La tercera también llegó ahí, a través de monseñor Vicente Zaspe. En 1980, y sin saber qué hacer con ellas, las confiaron a un estrecho colaborador de Angelelli, que las conservó hasta hoy. Las notas, cuyos fragmentos Clarín reproduce hoy en exclusiva, incluyen frases inquietantes como "complicidad del Episcopado".

Pero eso no es todo: dos fuentes que participaron de las sucesivas investigaciones judiciales y un sacerdote que pidieron no ser identificados confirmaron a este diario que el fallecido arzobispo de Córdoba Raúl Primatesta visitaba los tribunales pidiendo que "se dejen de joder con el crimen, si eso fue un accidente".

Pero así como los tiempos cambiaron y la Iglesia es otra, los tribunales también despertaron. Tras la anulación de las leyes del perdón la causa fue reabierta el año pasado y ahora se tramita en el Juzgado Federal de La Rioja, en manos del juez subrogante Franco Grassi. El fiscal riojano Horacio Salman todavía no estudió el expediente, al que se agregaron unas carpetas halladas en recientes allanamientos a la delegación local de la Policía Federal, la base de la Fuerza Aérea en Chamical, la cárcel local, dependencias de la Gendarmería y en la D2 de inteli gencia de la Policía provincial. Salman y los fiscales cordobeses Alberto Lozada y Graciela López de Filoñuk, que trabajan en equipo, están concentrados ahora en los crímenes de un colimba, Nicolás Villafañe, y del laico Pedernera. Luego estudiarán los asesinatos de Murias y Longueville, y sólo entonces el de Angelelli.

Salman piensa rastrear la camioneta y hacerle nuevas pericias, y espera que cuando comience a imputar sospechosos los testigos vayan a declarar para incriminarlos. No le será fácil: Pérez Battaglia, Malagamba, el comodoro Lázaro Aguirre —jefe de la Base Aérea Chamical—, su segundo, el vicecomodoro Estrella, y el sargento González están muertos. El blindado encubrimiento de 30 años les arrancó a los hombres la posibilidad de anticiparse a la justicia divina.

Fuente: http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/07/30/z-03415.htm


Junio 2006: Acusan a represores por un crímen que denunciaba Angelelli

Wenceslao Pedernera fue asesinado en julio de 1976 en La Rioja. Era catequista y colaborador del obispo de la provincia. Por ese caso la Justicia ordenó la captura de una lista de civiles y militares encabezada por el ex jefe del III Cuerpo de Ejército.

Wenceslao Pedernera fue hasta la puerta de su casa. Era la una de la mañana, sus hijos dormían y el frío era cortante en esa zona de La Rioja. Los represores le preguntaron su nombre, para comprobar si era el colaborador del obispo Enrique Angelelli que buscaban. Apenas si había logrado responder cuando lo acribillaron frente a su mujer. Era julio de 1976. Por ese asesinato, el juez federal subrogante Franco Román Grassi pidió ayer la detención del ex comandante del III Cuerpo de Ejército Luciano Benjamín Menéndez y de otros diez represores. Como El Chacal ya está detenido con arresto domiciliario en otras causas por violaciones a los derechos humanos en Córdoba y otras provincias, permanecerá en custodia conjunta.

Menéndez comandaba la zona que incluye La Rioja, además de otras nueve provincias. En mayo de este año, el represor fue indagado por el asesinato de Pedernera, además de por la muerte del conscripto Roberto Villafañe. En esa oportunidad, se negó a responder las preguntas porque alegó que no se encontraba ante sus "jueces naturales" y sostuvo que debía ser juzgado ante el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas. "Me niego a declarar porque estos juicios son inconstitucionales", sostuvo El Chacal, que fue repudiado por docentes y militantes de derechos humanos en su periplo por los tribunales riojanos. Al pedir su detención, el secretario del juzgado, Daniel Herrera Piedrabuena, se puso en contacto con los tribunales de Córdoba para comunicarles que se encuentra a disposición conjunta.

Además de Menéndez, el juez pidió ayer la detención del ex jefe del Batallón de Ingenieros 141 de La Rioja, teniente coronel Osvaldo Pérez Bataglia, que era el responsable de coordinar la represión ilegal en toda La Rioja, como jefe del área 314. También se ordenó la captura de su segundo, el coronel Jorge Malagamba. En el juzgado intentan confirmar a través del registro civil si han fallecido.

También pidió la detención como "coautores del homicidio calificado por alevosía" de Pedernera a los militares y civiles Abelardo Francisco Suárez Fiat (alias Marcelo), Miguel Angel Sáenz Valiente, Juan Andrés Molinari o Julián Andrés Molinari (alias Negro), Carlos Alberto Flores (alias Bibi) y Alfonso Marino. El juez requirió también la captura del ex comisario de la Policía provincial Arcadio Antonio Torres, el ex teniente Alfonso Agustín Reuther y el ex comandante de Gendarmería Alberto Arnaldo Garay. Todos se encuentran imputados como "partícipes necesarios" del asesinato de Pedernera.

Con el pedido de captura, el juez hizo lugar a un requerimiento del fiscal federal de La Rioja Horacio Salman y sus pares en Córdoba Graciela López de Filoñuk y Alberto Lozada. Entre diciembre del año pasado y marzo de éste, los fiscales hicieron una serie de allanamientos a la Base Aérea de Chamical, del escuadrón de Gendarmería Nacional, y al Servicio Penitenciario provincial. Allí encontraron documentos de Inteligencia a los que se sumaron otros informes de la policía riojana. Entre las decenas de cajas, hay al menos tres carpetas dedicadas al obispo. Por la muerte de Angelelli también será indagado Menéndez en los próximos meses.


Entrevista a Arturo Pinto, quien viajaba junto al obispo en el momento de su muerte. Programa Tinta Roja, Radio Nacional, 04/08/11.

A sangre fría

El 18 de julio de 1976, un grupo de tareas asesinó a los curas Gabriel de Longueville y Carlos de Dios Murias, cuyo homicidio también investiga la justicia riojana. Una semana más tarde, fueron a buscar a Pedernera a su casa en Sañogasta, distrito de Chilecito. Oriundo de Mendoza, Pedernera se había instalado en La Rioja para colaborar con Angelelli como militante del Movimiento Rural Católico. Había arribado a la provincia para participar en la formación de las cooperativas de campesinos que impulsaba el obispo. Cuando comenzó a recrudecer la represión, se instaló en un terreno en Sañogasta, donde fueron a matarlo. "Dicen algunos testigos que en realidad buscaban al párroco de esa zona, a quien Angelelli le había pedido que se oculte. Pero otros sostienen que lo estaban buscando a él. Eso intentamos dilucidarlo", señalaron fuentes judiciales. Esa noche fría de julio de 1976, su mujer, Coca, les abrió la puerta y cuando se acercó Pedernera le preguntaron su nombre y le dispararon. Sus dos hijos dormían. Coca consiguió ayuda de los vecinos y Pedernera fue trasladado hasta el hospital, donde falleció.

El obispo Angelelli denunció su asesinato junto con el de los dos curas y pidió que se investigasen los crímenes. "Un muchacho de 30 años y presbítero ha muerto, por ser fiel a las bienaventuranzas de Jesús mártir", sostuvo en su funeral. Pero su voz fue acallada por la dictadura, cuando volvía de la misa de los sacerdotes en Chamical en su camioneta el 4 de agosto de 1976. El sacerdote Alberto Pinto, que viajaba con él, recuerda que un Peugeot 504 les salió al cruce y los hizo volcar a la altura de Punta de los Llanos. Su cuerpo fue encontrado en medio de la ruta con los brazos abiertos en cruz. Lo habían arrastrado y tenía la nuca destrozada. La dictadura siempre sostuvo que fue un accidente de tránsito.

A comienzos de la democracia, el juez Aldo Morales consideró que se trataba de un "homicidio fríamente premeditado", pero la causa quedó archivada junto con la de Pedernera y los curas. En agosto del año pasado, el presidente Néstor Kirchner se comprometió a reactivar estas investigaciones y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación se presentó como querellante. Finalmente, ayer comenzó a desentrañarse el crimen por el que pedía Angelelli.

Fuente: Página/12, 17/06/06, informe: Werner Pertot


El eslabón perdido

Por Horacio Verbitsky

Los asesinatos de Angelelli y Ponce de León.

Los asesinatos de los obispos Enrique Angelelli, de La Rioja, y Carlos Horacio Ponce de León, de San Nicolás, en agosto de 1976 y julio de 1977, presentan tan llamativas similitudes que sugieren una común inspiración operativa. Ambos crímenes se realizaron de modo de que parecieran accidentes de carretera, en ciudades donde tenían asiento sendos batallones de ingenieros del Ejército. El eslabón perdido entre ambos casos es el coronel Osvaldo Pérez Battaglia.

"Ustedes son comunicadores y se les plantea este desafío de la projimidad: hacerse prójimo para que .a través de esa comunicación de cercanía. se implante la verdad, la bondad, la belleza, que trascienden la coyuntura y la espectacularidad y que, mansamente, siembran humanidad en los corazones". Cardenal Jorge Mario Bergoglio, ante la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA).

Luego de leer la nota del domingo pasado (02/04/06)  sobre el asesinato del obispo Carlos Ponce de León, un actual ministro que hizo su carrera política en San Nicolás le preguntó al autor quién era el jefe militar de La Rioja cuando mataron a Angelelli.

–Pérez Battaglia.

–Me lo imaginaba. Era de San Nicolás, un petiso pelado que se hacía el malo. En esa época viajaba todos los fines de semana a San Nicolás, donde tenía a la familia –dijo el funcionario.

El coronel Osvaldo Héctor Pérez Battaglia era jefe del Batallón riojano, mientras el Batallón de San Nicolás era conducido por el teniente coronel Manuel Fernando Saint Amant. Pérez Battaglia murió hace seis años, pero Saint Amant vive y en los próximos días deberá responder ante la justicia por otro caso que vincula La Rioja con San Nicolás: la desaparición forzada de María Cristina Lanzilloto y Carlos Benjamin Santillán. Los restos de la riojana Lanzilotto fueron identificados esta semana por el Equipo Argentino de Antropología Forense.

Nacido en la Capital Federal en 1926, Pérez Battaglia egresó del Colegio Militar en uno de los últimos puestos de la promoción 78 (su orden de mérito fue 242, sobre 246), cuyos integrantes llegaron al comando de unidades en torno del golpe militar de 1976. Pérez Battaglia es un nicoleño por adopción. En su primer grado militar, en 1950, fue designado jefe de la sección de zapadores motorizados de San Nicolás. Allí conoció a la veinteañera María Teresa Pérez, una nativa de esa ciudad industrial, con la que se casó y tuvo dos hijos: Teresita nació en 1953 y Jorge en 1957. Ascendido a teniente, en 1954 consiguió una nueva designación en la ciudad de sus afectos, esta vez como jefe de pontoneros zapadores. Entre 1970 y 1975 estuvo destinado en Rosario, a 70 kilómetros de San Nicolás. Esta proximidad le permitió mantener el contacto con su familia. Los compañeros de promoción de su hijo en la Escuela Normal de San Nicolás fueron invitados a visitar el Comando del Cuerpo II y almorzaron en su casino de Oficiales, en la casona de Córdoba esquina Moreno, frente a la Facultad de Derecho.

"Por acá todo está igual"

Homenaje campesino a colaborador de Angelelli

Organizaciones campesinas de La Rioja se reunieron en la ciudad de Chepes para realizar un homenaje a Wenceslao Pedernera (imagen), fundador del Movimiento Rural Campesino, asesinado en 1976 (agosto 2007)

Las actividades del encuentro campesino se desarrollaron en la escuela 114, de Chepes.

Por Martín Piqué

Esa montaña, la precordillera, esos valles secos donde caen apenas cien centímetros de lluvia al año tienen (mucha) historia. Son los dos lados de la Cuesta de Miranda, en La Rioja, donde el silencio es el eterno compañero de la aridez. Por esas tierras caminó Wenceslao Pedernera, campesino que estudió hasta tercer grado, obrero golondrina en los viñedos de Mendoza, organizador del movimiento rural católico, colaborador del obispo Enrique Angelelli. Pedernera fue asesinado por cuatro encapuchados en su casa de Sañogasta el 25 de julio de 1976. Le pegaron veinte balazos delante de su mujer, Coca, y sus hijas María Rosa, Susana y Estela. El fin de semana pasado, organizaciones campesinas de La Rioja hicieron un homenaje en su memoria. El encuentro, que también fue debate, desnudó lo que todos imaginaban: que la realidad de hace treinta años –de concentración de la tierra y acceso restringido al agua– no cambió nada o, en todo caso, empeoró. "Acá está todo igual, exactamente igual. Por lo que me dice la gente de (la localidad de) Aminga, el agua se la quedó toda Menem", contó a Página/12 Rafael Sifre, ex compañero de Pedernera que se exilió en Roma por orden de Angelelli. Así logró salvarse.

Hacía mucho que en la provincia natal de Carlos Menem no se organizaba un encuentro así. Casi diez organizaciones de La Rioja y de las provincias aledañas invitaron a recordar a Pedernera, a conocer la tarea de organización de los campesinos que intentó llevar adelante y a retomar su legado trunco. Entre los convocantes estuvieron la Asociación de Emprendedores de Chepes (AECheLaR), la Asociación de Pequeños Productores del Noroeste de Córdoba (Apenoc), la Asociación de Agricultores, Ganaderos y Artesanos de Guandacol, las cooperativas Selius y Mis Dos Tierras, el Movimiento Nacional Campesino Indígena y la Federación Argentina de Estudiantes de Agronomía (Faea). También participaron técnicos, la mayoría agrónomos, que trabajan para el INTA y el Programa Social Agropecuario de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación. Las actividades se desarrollaron en la escuela 114 de la ciudad de Chepes.

Sifre fue uno de los principales impulsores del encuentro. Ex colaborador de Angelelli, amigo y compañero de Pedernera, Sifre todavía es recordado por los pobladores de Aminga. En esa localidad cercana a Anillaco se instaló la primera sede del Movimiento Rural Campesino: él estuvo entre los fundadores. Una de las primeras actividades fue reclamar la expropiación de unas tierras que habían quedado improductivas tras la muerte de sus propietarios. "Pedimos que se expropiara y que se las entregaran a una cooperativa de campesinos. Así iban a ser más productivas que si se las dividía en parcelas. En un primer momento el gobernador militar de la época de Lanusse nos dijo que sí", recordó Sifre. Para avanzar con la expropiación, los campesinos crearon la cooperativa Codetral (Cooperativa de Trabajo Rural Amingueña Limitada).

La iniciativa parecía contar con el apoyo del candidato a gobernador Carlos Menem. En la campaña había prometido que apoyaría a Codetral pero una vez electo hizo todo lo contrario. Su hermano Amado incluso organizó una manifestación de terratenientes que apedreó al obispo y lo echó de Anillaco. También encabezó una partida armada que expulsó de Aminga a Sifre y a Carlos Di Marco, otro dirigente que trabajaba con los campesinos. Por sugerencia de Angelelli, Sifre y Di Marco se mudaron a la localidad de Vichigasta. Fue allí donde compartieron militancia con Pedernera. "Era un campesino que había hecho hasta tercer grado. Un tipo solidario que vivía con su familia, por sus hijos y su mujer era capaz de todo", lo describió Sifre. Pedernera había nacido en San Luis, durante muchos años había trabajado como obrero golondrina en la vendimia. Poco después conoció a quien sería su mujer, Coca. Por esa época lo eligieron delegado en el sindicato de peones rurales y se incorporó al movimiento rural católico. También tuvo un paso fugaz por la Juventud Peronista.

Pedernera sabía que lo iban a matar, pocas horas antes de ser asesinado habló de eso con su familia. "La noche en que supo que iba a morir habló con sus tres hijas y les dijo ‘Papá va a morir, van a decir que era un ladrón, que le gustaba quedarse con cosas que no eran de él, pero la verdad es que muero por luchar por la libertad y la justicia’", contó Sifre. Pedernera se había instalado en Sañogasta con su familia y otros colaboradores de Angelelli; querían evitar la escalada represiva que había empezado a apoderarse de la provincia.

Lo fusilaron en su casa en la madrugada del 25 de julio. Murió horas después en el hospital de Chilecito. "La familia quedó destruida. Una de sus hijas se fue a vivir a Mendoza", contó Sifre.

En la escuela 114 de Chepes se proyectó un video con imágenes de Pedernera. Entre los asistentes se mezclaban las generaciones; estaban los que habían protagonizado los setenta y estaban quienes pretendían ser los herederos. La nueva camada del movimiento estaba representada por Ramiro Mena, de AECheLaR, y Martín Merlo, de la Asociación de Agricultores, Ganaderos y Artesanos de Guandacol. "Wenceslao estaba tratando de construir una organización campesina. Hoy hay un montón de desafíos fuertes en esa línea. En Chepes estamos tratando de agrupar a los campesinos sueltos y consolidar las cooperativas que ya existen", dijo Mena.

Hijo de los dirigentes del PRT-ERP Domingo Mena y Ana María Lanzillotto, secuestrados junto con Mario Roberto Santucho en Villa Martelli, Mena vivió varios años en Etiopía, adonde viajó como misionero laico. Allí trabajó como director de escuela y dio clases de computación, inglés y física. De Africa volvió con una mujer hermosa, Dillawork, con quien hoy tiene un hijo, Gabriel. "En una villa Stella Maris de Bahía Blanca descubrí que las cosas que me indignan son las mismas que indignaban a mi viejo y mi vieja", contó Mena a Página/12. Portavoces de una generación, Mena y Merlo creen que la tarea de Pedernera y sus compañeros quedó inconclusa. "Acá hay un conflicto bastante fuerte con el agua. La misma gente que tiene casi toda la tierra, la familia Brizuela y Doria, tiene la comisión directiva del consorcio de usuarios de agua", dijo Merlo.

Fuente: Página/12, 02/08/07

Vidas paralelas

En agosto de 1968 Pablo VI designó a Enrique Angelelli al frente de la diócesis riojana. Allí promovió la creación de sindicatos de mineros,peones rurales y empleadas domésticas, de cooperativas de trabajadores para fabricar tejidos, ladrillos, relojes, pan y para poner a producir los latifundios ociosos. Una de esas cooperativas reclamaba la expropiación de un latifundio, propiedad de un usurero que se había ido apropiando de los pequeños fundos de sus deudores y que consumía el 70 por ciento del agua de la zona. Durante la campaña electoral de 1973, el candidato Carlos Menem prometió que entregaría el latifundio a la cooperativa y lo reiteró luego de asumir la gobernación. Angelelli se sintió confiado y el 13 de junio de 1973 viajó al pueblo natal de Menem, Anillaco, para presidir las fiestas patronales de San Antonio. Lo recibió una algarada conducida por un grupo de comerciantes y terratenientes. Entre ellos estaban el hermano del electo gobernador, Amado Menem, y sus hijos César y Manuel Menem, quienes junto a otros propietarios se habían sublevado contra el obispo. Ante la pasividad policial, manifestaron frente al templo, declararon a Anillaco Capital de la Fe e irrumpieron por la fuerza en el templo y la casa parroquial. Cuando Angelelli se retiró luego de suspender las celebraciones religiosas, lo corrieron a pedradas. Arguyendo la intranquilidad social, Menem retiró su apoyo a la cooperativización del latifundio. Angelelli atribuyó la agresión a un sector que procura .el mantenimiento de sus privilegios" y mencionó a los grupos Cruzada Renovadora de Cristiandad y Tradición Familia y Propiedad. También suspendió las ceremonias litúrgico-sacramentales en todos los templos de la parroquia. Los sacerdotes riojanos habían pedido la excomunión de los Menem y sus acompañantes, pero Angelelli prefirió una sanción menos drástica y los declaró "incursos en entredicho personal", lo cual los privaba de asistir a celebraciones religiosas y recibir los sacramentos sólo en forma temporaria.

Renuncias

El superior general de los Jesuitas, Pedro Arrupe, y el arzobispo de Santa Fe, Vicente Zazpe, visitaron La Rioja donde respaldaron a Angelelli. Arrupe dijo que Angelelli seguía las opciones del Concilio y del Papa. Zazpe llegó como auditor enviado por la Santa Sede luego de que Angelelli ofreciera su renuncia al Consejo Presbiteral y pidiera a Pablo VI que le ratificara o retirara la confianza. Los entredichos le exigieron la remoción de Angelelli, mientras desde un altoparlante se difundían marchas militares. Todos los sacerdotes de la diócesis salvo tres se reunieron con Zazpe y le dijeron que los poderosos manoseaban la fe para "mantener una situación injusta y opresora del pueblo" y aprovechar "la mano de obra barata y mal pagada". El presidente de la Conferencia Episcopal, Adolfo Tortolo, sostenía que el Episcopado no debía mediar en los problemas riojanos (lo cual implicaba poner en un pie de igualdad al obispo y a los rebeldes) y el Nuncio Lino Zanini apoyó a los sancionados, a quienes obsequió con sendos crucifijos. Al concluir su inspección Zazpe concelebró la misa con Angelelli en la catedral y proclamó que la diócesis riojana era una servidora de los pobres como habían pedido el Concilio y Medellín y que su pastoral "es la pastoral de la Iglesia universal". Uno de los sancionados le dijo que Angelelli "se va por las buenas o por las malas, y si no es por las malas será lo peor". Durante una visita a la base aérea de Chamical, en La Rioja, el provicario castrense Victorio Bonamín dijo que el pueblo había cometido pecados que sólo podían redimirse con sangre. Ése era el clima en noviembre de 1975, cuando Pérez Battaglia asumió como jefe del Batallón de Ingenieros en Construcciones 141, con sede en la ciudad capital de La Rioja.

Comunicado número uno

El 12 de febrero de 1976, el Ejército arrestó al vicario general de la diócesis de La Rioja, Esteban Inestal, y a dos jóvenes del MovimientoRural diocesano. Uno de los oficiales les dijo que Juan XXIII y Pablo VI habían destruido la Iglesia de Pío XII, que los documentos de Medellín eran comunistas y que la Iglesia riojana estaba separada de la Iglesia argentina. Angelelli ofreció una vez más su renuncia a la Conferencia Episcopal. Durante la inauguración del curso lectivo en la base aérea de El Chamical, el vicecomodoro Lázaro Aguirre interrumpió la homilía que pronunciaba Angelelli sobre la responsabilidad social de los cristianos:

–Usted hace política –le gritó. Angelelli suspendió los oficios religiosos en la capilla de la base.

Como jefe de la Guarnición militar de La Rioja, el 24 de marzo de 1976 Pérez Battaglia fue designado interventor federal en la provincia y encarceló al gobernador Menem. A su cargo quedó el Area de Seguridad 314. Pérez Battaglia fue así el responsable político y militar de la provincia. De él dependían todas las fuerzas militares y de seguridad (Ejército, Fuerza Aérea, Policía Federal y provincial, Gendarmería), entre ellas los Comandos Operacionales Tácticos. También la justicia le fue subordinada. "Intenté presentar un habeas corpus, pero el juez federal Roberto Catalán dijo que esperaba instrucciones del jefe del Batallón 141, Osvaldo Pérez Battaglia", declaró un testigo ante la Comisión Provincial por los Derechos Humanos que se creó en La Rioja al concluir la dictadura, en 1985. Al regresar de un viaje, la valija de Angelelli fue violentada en la oficina de Aerolíneas Argentinas en La Rioja. En una carta a su amigo Héctor Bertaina (reproducida por Luis Miguel Baronetto en un libro sobre "Vida y martirio de monseñor Angelelli") el obispo dijo que ello ocurrió por orden de Pérez Battaglia. También escribió que el militar lo trataba en forma grosera y lo llamaba "llorón" cuando reclamaba. Angelelli viajó a Córdoba para apelar ante el jefe de Pérez Battaglia, el jefe del Cuerpo III, general Luciano Menéndez. Para mayor seguridad, pidió que lo acompañara el cardenal Raúl Primatesta. Menéndez le contestó en forma muy seca:

–El que tiene que cuidarse es usted.

Estaciones del Calvario

En la primera reunión plenaria del Episcopado después del golpe, en mayo, Angelelli usó un ayuda memoria de 37 puntos, que llamó estaciones del Calvario riojano. Cada uno detallaba una agresión contra el obispo o sus sacerdotes. Incluía el allanamiento y clausura de una casa parroquial, la detención de sacerdotes y seminaristas, la demora y detención de religiosas, la prohibición de celebrar misa en la cárcel, la transmisión radial de la misa celebrada por el capellán militar Mario Pellanda López, en el Batallón que comandaba Pérez Battaglia, pero no la del obispo en la Catedral; la requisa de equipajes y documentos a los participantes de los ejercicios espirituales, la requisa al propio obispo en el santuario popular del Señor de la Peña, la detención e interrogatorios coercitivos a laicos por su contacto con la Iglesia riojana, las cesantías y despidos de personas vinculadas con la Iglesia, etc.

En apoyo de Angelelli, el obispo de San Nicolás, Carlos Ponce de León, contó que en su diócesis además de la detención de sacerdotes se habían producido allanamientos a parroquias y casas religiosas. Se vivía un "clima de terror". A los sacerdotes detenidos se los interrogaba sobre el obispo. Uno de ellos, el salesiano López Molina, fue maltratado. También denunció ataques violentos a algunas casas con el objeto de robar. El propio Ponce de León había estado presente en un allanamiento y fue sometido a humillaciones. También se pegaron afiches contra la Iglesia en los que se reclamaba la .defenestración. del obispo.

El 13 de junio, al cumplirse el primer aniversario del tumulto que corrió a Angelelli de Anillaco, los terratenientes celebraron el "Día de la Defensa de la Fe", con el apoyo de Pérez Battaglia, quien organizó allí undesfile militar. El sacerdote Carlos Murias dijo en una homilía que podrían acallar la voz del obispo pero no la de Jesús. El 18 de julio a las nueve y media de la noche, fue secuestrado junto con el sacerdote Gabriel Longueville de la casa religiosa donde vivían. El 20 por la tarde un empleado ferroviario encontró los cadáveres de ambos sobre una vía, maniatados, con restos de cinta adhesiva y algodón en la boca. Uno de ellos había sido mutilado y la autopsia indicó que había padecido una muerte lenta. Los cuerpos estaban cubiertos por mantas del Ejército y junto a ellos había una lista con nombres de sacerdotes. Pérez Battaglia prohibió que se publicara el comunicado del obispo y hasta el aviso fúnebre que informaba del asesinato. En cambio firmó un comunicado en el que, ante denuncias sobre desaparición de personas, anunciaba más operaciones para "erradicar definitivamente de la provincia a los delincuentes subversivos e ideológicos".

Reunido con sus sacerdotes, Angelelli dibujó una espiral que se cerraba y señaló el centro. "Buscan un copete colorado. Ahora me toca a mí". Los vicarios zonales le sugirieron que se alejara por un tiempo, pero se negó. El 4 de agosto de 1976 cerró su informe sobre la situación con la frase "poseo otros datos que por prudencia no debo escribir" y emprendió viaje a La Rioja con el sacerdote Arturo Pinto. Salieron después del almuerzo una vez que Pinto revisó el auto. El obispo iba al volante. A las tres de la tarde en el camino entre El Chamical y La Rioja fueron seguidos por otro vehículo, un Peugeot 404 claro, que los pasó y los encerró. Según Pinto "se produjo como una explosión. Y a partir de ese momento no recuerdo más nada".


Angelelli presidiendo una procesión en La Rioja, a su derecha el gobernador Menem

El primer médico que lo atendió dijo que, inconsciente, Pinto murmuraba: "los papeles, apúrese que nos alcanzan". La camioneta dio varios tumbos. El cuerpo de Angelelli fue hallado a veinticinco metros del vehículo, cara al cielo, con los brazos extendidos hacia atrás, descalzo y con la piel de los talones raspados, pero sin marcas similares en el rostro o la calva. Según la justicia los autores arrastraron el cuerpo luego del vuelco. Un camionero vio el cuerpo "ubicado con llamativa prolijidad, derecho, sin magulladuras ni hematomas" cuando "toda persona que es despedida de un vehículo cae como desparramada, desarticulada". La misma impresión transmitió el primer sacerdote que llegó al lugar y encontró el cuerpo rodeado de policías y militares que empuñaban armas largas. "Me daba la impresión de que lo habían sacado del auto, liquidado y arrastrado hasta ahí, porque tenía las manos hacia atrás. En un accidente uno se enrolla todo, se defiende. No, estaba bien estirado." La autopsia indicó como causa de muerte fractura de cráneo con pérdida de masa encefálica pero la ropa del obispo no mostraba desgarraduras. Pérez Battaglia llamó por teléfono al director del diario El Independiente, Américo Torralba y le ordenó:

–Hay que publicar que fue un accidente por el reventón de la goma trasera.

Un sacerdote que llegó a poco del vuelco intentó retirar el maletín, la carpeta y las pertenencias de Murias y Longueville que Angelelli llevaba consigo, pero los militares se lo impidieron. El teléfono sonó en el despacho del ministro del Interior. El general Albano Harguindeguy escuchó a su interlocutor. "Su cara se iluminó con una sonrisa", narró el ex ministro de Defensa José Antonio Deheza, quien lo visitaba para pedirle la libertad de dirigentes peronistas detenidos. Igual que en el caso de los palotinos asesinados un mes antes en la iglesia de San Patricio, los papeles que llevaba Angelelli llegaron al despacho de Harguindeguy en una carpeta que decía "Confidencial". Cuando las cosas que llevaba el obispo fueron devueltas a la Curia, cinco días después, era evidente que habían sido revueltas. El informe sobre el asesinato de los curas del Chamicalapareció no en el maletín sino en la valija con ropas, el orden de las fojas había sido alterado y había tildes en algunas de ellas.

La prudencia de las serpientes

La noche del 4 de agosto de 1976, camiones de asalto con tropas ocuparon las entradas de la Catedral riojana. Se proponían allanar el dormitorio de Angelelli y detener a los fieles que se aproximaron al conocer la noticia de su muerte. Cerca de medianoche, luego de largas discusiones entre sacerdotes y militares, se abrieron las puertas y grupos de personas cantaron y rezaron. El 6 de agosto, luego de la misa concelebrada ante el cuerpo de Angelelliy de su entierro, el nuncio Pío Laghi, Primatesta y Zazpe hicieron una visita protocolar a Pérez Battaglia, quien les aseguró que se había tratado de un accidente. Según el obispo Oscar Justo Laguna, en un primer momento Laghi lo creyó, hasta que entró en dudas y terminó convencido de que había sido asesinado. Laghisostiene haber presentado una enérgica protesta a las autoridades:

–Deben demostrarme que sucedió lo contrario de lo que yo supongo –dice que dijo.

En su primera edición posterior a la muerte de Angelelli, el diario vaticano L’Osservatore Romano presentó el caso como un "extraño accidente". Pero el cardenal Juan Carlos Aramburu declaró que "no había pruebas concretas para hablar de un crimen" y no se produjo la esperada protesta vaticana. Sin embargo la biografía oficial del nuncio es hipercrítica con Angelelli, a quien vincula con "los extremismos que proponía la Teología de la Liberación". Para ello Laghi y sus colaboradores, Laguna y Jorge Casaretto, fuerzan los hechos. Los autores sostienen que Pablo VI dio orden de que no se tomaran fotos para no "inmortalizar" la última visita del "incómodo" obispo riojano al Papa, debido a sus "heterodoxias doctrinales". No es así. Pablo VI se fotografió en el gesto afectuoso de tomar la mano de Angelelli el 7 de octubre de 1974 en el Vaticano. Esa imagen ilustra la biografía del obispo asesinado escrita por el domínico Luis O. Liberti.

Tres días después del entierro de Angelelli, la Conferencia Argentina de Religiosos dirigió un angustioso llamado a Primatesta en busca de protección. Primatesta respondió que los obispos habían elegido ser "prudentes como las serpientes" porque estaban convencidos de que "hay tempus loquendi y tempus tacendi". Tempus tacendi quiere decir tiempo de callar. Ese mandato se mantuvo a lo largo de las décadas. Fueron los obispos Jaime de Nevares, Jorge Novak y Miguel Hesayne, junto con Adolfo Pérez Esquivel y Emilio Mignone, quienes aun durante la dictadura presentaron la denuncia por el asesinato de Angelelli, que la justicia riojana dio por probado el 19 de junio de 1986. El juez Aldo Morales sentenció que se había tratado "de un homicidio fríamente premeditado". Cuando el juez dirigió un exhorto a Primatesta, inquiriendo si conocía algún elemento que pudiera vincularse con la muerte de Angelelli, el cardenal respondió secamente que no. El Episcopado sigue sin asumir lo sucedido. En una declaración emitida en 2001 aun sostiene que Angelelli "encontró la muerte" y que "la muerte lo encontró" y se abstiene de mencionarlo como mártir. Hesayne replicó: "Tenemos más pruebas de su martirio que del de muchos mártires de los primeros siglos del cristianismo".

Que parezca un accidente

Angelelli fue asesinado en la ruta el 4 de agosto de 1976; Ponce de León el 11 de julio de 1977. En ambos casos se simularon accidentes carreteros. Durante su desempeño al frente de la guarnición riojana, Pérez Battaglia viajaba los fines de semana a San Nicolás. Durante los primeros años de sucarrera militar alquilaba un departamento en Malabia 2200 de la Capital Federal. Pero luego se construyó una casa en San Nicolás, donde vivía su familia. No era un hombre que pasara inadvertido. Los socios del Club Belgrano recuerdan su irrupción, pistola a la cintura, para amenazar a un grupo de muchachos que habían fastidiado a su hijo. En esos viajes, Pérez Battaglia confraternizaba con el jefe del Batallón de Ingenieros de San Nicolás, el teniente coronel Saint Amant, quien se había hecho cargo de esa unidad en diciembre de 1975. Se conocían desde la adolescencia. Cuando Saint Amant ingresó al Colegio Militar, en marzo de 1948, Pérez Battaglia cursaba el último año y fue su jefe de sección en la Compañía de Ingenieros. Este ascendiente de un superior sobre su subordinado se mantiene a lo largo de toda la carrera. Había, además, otras afinidades. Igual que Pérez Battaglia en La Rioja, Saint Amant se vinculó con los sectores integristas de la Iglesia nicoleña, los Legionarios de Cristo Rey y Tradición, Familia y Propiedad, y comenzó a hostigar al obispo Ponce de León y a sus presbíteros. Cuando Ponce de León intercedió por varias personas desaparecidas, el militar le respondió:

–Sí. Yo los detengo. ¿Y qué? Voy a hacer desaparecer a todos los que están con usted, y a usted todavía no puedo porque es obispo.

Saint Amant llamaba a Ponce de León "obispo rojo". Su primer informe al jefe del Cuerpo I, Carlos Suárez Mason sobre la denominada lucha contra la subversión en San Nicolás, estuvo dedicado a Ponce de León, contra quien propuso operar. Según la doctrina católica, escribió, el obispo es sucesor directo de los Apóstoles, la unión con la Iglesia se hace mediante la unión al obispo y fuera de la Iglesia no hay salvación. Los católicos que se cuestionan la actuación del obispo "piensan que ponen en juego su salvación eterna". Por eso "hace falta lucidez intelectual y cierto coraje para entender que un obispo es traidor a la Iglesia, y para obrar sin el respeto que la doctrina enseña para con el sacerdote cuando éste está destruyendo su Patria y su fe". No sería posible tener éxito en la lucha contra la subversión "si no se erradican los males expresados", decía.

Retirado en 1981, Pérez Battaglia se radicó en San Nicolás. Su hija Teresita se casó con el cardiólogo Roberto Fernández Viña, quien ahora es Concejal justicialista. En 1991 y 1992, Pérez Battaglia llegó a ser gobernador del Distrito 5 del Club de Leones, con cabecera en San Nicolás. Su lema era "Por un leonismo sincero, fraterno y solidario". Allí cultivó algunas amistades más liberales con profesionales y empresarios muy conocidos en San Nicolás, como Bonelli, Scaglia y Ondarchu. Pérez Battaglia murió hace seis años.

Saint Amant se retiró en 1992. La semana pasada, el juez federal de San Nicolás, Carlos Villafuerte Ruzo, inspeccionó en compañía del ministro de Justicia de la provincia de Buenos Aires, Eduardo Di Rocco, el campo clandestino de concentración que funcionó en la Unidad Penal 3 de esa ciudad. Dos ex agentes penitenciarios declararon que allí estuvo detenido el matrimonio formado por la riojana María Cristina Lanzilloto y el santiagueño Carlos Benjamin Santillán, dos militantes del PRT-ERP, quienes fueron torturados por personal policial y del Ejército en ese lugar, que Saint Amant visitaba con frecuencia. La semana pasada, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de la mujer. Su hermana, la dirigente de Abuelas de Plaza de Mayo Alba Lanziloto, dejó La Rioja en julio de 1976 para escapar de la persecución de Pérez Battaglia. Ahora es querellante en la causa "Alvira, María Cristina y otros" donde también se investiga la desaparición forzada y torturas de un grupo de la Juventud Peronista, vinculado con la diócesis de San Nicolás y el Colegio Don Bosco y que podría culminar con la detención de Saint Amant.

Fuente: Página/12, 09/04/06


Las manos sucias

Por José Pablo Feinmann

Hace años –muchos– que no leo ni releo esa obra de Sartre. Tampoco la tengo a mano. No importa: vayamos a lo esencial. El planteo –entre otros– es el conflicto entre política y pureza. Traigámoslo a la Argentina de hoy. Durante estos días, Néstor K viajó a La Rioja y participó de un homenaje al obispo Angelelli, asesinado en esa provincia, asesinado impunemente porque ni por asomo se buscó algún culpable ni nadie (salvo los sectores populares que política y religiosamente lo seguían y lo amaban) se ocupó de la cuestión salvo para oscurecerla: se habría tratado de un "accidente". K fue claro: a Angelelli, dijo, lo mataron, lo asesinaron por decir la verdad y creer en la justicia. Aquí, el político (K en este caso) se mueve en la zona de la política-pureza. Cosa que hay que valorar altamente, ya que ningún presidente argentino se había tomado la molestia (porque es una molestia, y grande, y es también un riesgo) de decir esa caliente verdad: a Angelelli lo mataron.

Frente a esta postura de K están los profesionales de la insuficiencia: nada es suficiente. Dicen, entonces, "esos actos por los derechos humanos no eliminan la pobreza". Lo cual es cierto. Pero no es menos cierto que los presidentes anteriores mantenían la pobreza y no hablaban (porque estructuralmente no podían ni querían hacerlo) del asesinato de Angelelli. Tampoco nadie de la oposición a K hablaría de la cuestión. Porque no les interesa. Porque a Angelelli lo mató la dictadura y Angelelli "huele a subversión". Reivindicarlo también. ¡Vaya a saber cuántos aliados, cuántos capitales pierden! K no. K viaja a La Rioja y ahí (en la tierra del Anticristo, en esa tierra que también dio a luz un cura santo) habla del asesinato de ese hombre sencillo, devoto pero ideologizado, con una clara opción por los pobres. Desde esta opción sería interesante ver qué le diría hoy Angelelli a K.


Nota del diario El Sol de La Rioja, 20/11/73, reproducida por El Caudillo Nº 3, 30/11/73, vocero del peronismo de derecha y la banda terrorista paraestatal Triple A. La colección de El Caudillo puede descargarse del sitio Ruinas Digitales

Probablemente: "Le agradezco que diga la verdad sobre mi muerte, Presidente. Le agradezco que desde el Estado usted diga que me asesinaron. Pero, Presidente, mis pobrecitos, los pobrecitos por los que luché y morí siguen pobres". Y que nadie crea que Angelelli se sumaría a los rezongones de la insuficiencia. No: reconocería la importancia inédita del acto de K. Pero se trata de un cura con alma y no con dogmas y relumbrones de riqueza. Se trata de un pastor de almas, de un pastor de pobres, de abandonados. Peticionaría, entonces, en nombre de ellos: "Mis pobrecitos, Presidente, siguen con hambre". Aquí, el presidente-pureza podría decir: "Es una deuda que tengo y pronto voy a pagar". Angelelli diría: "Esa deuda es ahora. Si no se paga ahora es como si no se pagara nunca. Porque el hambre es ahora". Aquí, el presidente-pureza se transforma en el presidente-pragmático. Le diría que está en medio de una lucha enorme y acaso pestilente, pero necesaria. Que está, le diría, luchando por el dominio del aparato del PJ. Que está en campaña. Que hay elecciones y él tiene que ganar, tiene que llevarse todo lo que pueda del aparato.

Supongamos (supongamos) que Angelelli le dice: "Vea, Presidente, cuando usted tenga todo ese aparato que le va a quitar a su rival, cuando todos esos hombres sean suyos, no viene más por acá. Si viene será porque los echó. Si los conserva se queda en Buenos Aires con ellos. Sabe, no se puede gobernar para los santos con la tropa del demonio". Sin embargo, el presidente-pragmático (que lo sabe) cree que él sí va a poder. También Perón lo creía. Era el campeón de los presidentes-pragmáticos: "A todos estos me los pongo en el bolsillo y después los conduzco. Conducir es conducir el desorden. Cuando se hacen dos bandos peronistas yo hago de Padre Eterno. No me comprometo con ninguno y conduzco a los dos". En junio de 1973 hubo dos bandos peronistas. El Padre Eterno se murió en menos de un año. Lo aniquilaron las contradicciones. El presidente-pragmático le dice al presidente-pureza que la pureza es imposible. Aquí entra la teoría de las manos sucias. El pragmático se encoleriza con el puro. Le dice que la ve fácil. Que es fácil estar "afuera". Que lo difícil es lo otro. Darle la cara al enemigo. Ensuciarse las manos. El puro no se las ensucia nunca. Lo difícil es meter las manos en la mismísima mierda. Si el Aparato es eso y si en ese terreno reina el enemigo, habrá que encenegarse ahí y darle lucha. El puro dirá que no bien las manos se ensucian ya no vuelven a ser las mismas. Que encenegarse con el enemigo es aceptar su estética y su ética de lucha. Que se quería otra cosa: otra ética y otra estética. Se quería estar afuera. El pragmático le dice que el poder está adentro, que hay que luchar por él. Arrancárselo al enemigo. El puro dirá que ese poder es el poder de siempre. El que vinimos a combatir. Lo peor que te puede pasar será que te ganes todo. Te seguirán un año y no mucho más. Luego te clavarán puñales y volverán a ser lo que son: mercenarios, cazadores de dinero y de poder. Y vos te vas a quedar solo. Sin los de antes y sin los que te conseguiste después. El puro le pregunta si recuerda a los "de antes". "Eran", dice, "los que querían, desde afuera, crear algo nuevo". Eso no se puede, dice el pragmático, es una bobería de conciencias limpias como vos. Valgo mucho más yo, insiste, porque arriesgo mi moral, ensucio mi conciencia, pero le saco poder al enemigo. El puro se encrespa y hasta recurre a un lenguaje sucio y violento: "¿Para qué querés tener la mierda? Si tu poder viene de la mierda no te va a servir. Al menos para ninguna de las causas por las que propusiste luchar". "Necesito ese poder", dice el pragmático. Y agrega: "Sos demasiado puro para entenderlo". "¿Angelelli también?" "También." "Será por eso que lo mataron. ¿Te fijaste que matan más a los puros que a los pragmáticos?" Esto le duele al presidente-pragmático. Le duele en serio. Es que el presidente-pragmático vive cuestionado por el puro. La batalla pureza-pragmatismo se da sin cesar en su conciencia o, si se quiere decirlo así, en su corazón. El puro arremete: "No necesitás ese poder. Necesitás destruirlo o contenerlo y crear otro. Con cuadros nuevos, con tipos nuevos que todavía tengan ideales. Algunos vas a encontrar. Si te volvés pragmático, si dejás de ser el que eras, no lo vas a entender. O te vas a olvidar de que era en eso que, sobre todo, creías".

Cierto es que el costo social de la batalla aparatista del presidente-pragmático es alto. La política basura no es patrimonio de la Argentina. Está en todas partes. Casi se ha identificado con la política en sí o, sin duda, con la imagen que los pueblos tienen de ella. Aquí, el costo es elevado. Venimos de una etapa de grave desvalorización de los políticos. Ya se sabe: "Que se vayan todos". Los dos primeros años de K recuperaron, para la gente, la confianza en la política y fortalecieron la democracia. Por el contrario, este show del todos contra todos, este alboroto de palabras injuriosas y chicanas, esas fotos en que se mezclan quienes creímos jamás se iban a mezclar, todo eso arruina todo. Las imágenes pueden destruir sin piedad. A veces se vota o se sigue a un Presidente porque uno confía en que jamás lo verá en una misma foto con Fulano o abrazándose con Mengano. Sí, claro: ¡las manos sucias! Este pueblo está harto de las manos sucias. Sigue viendo la política desde afuera como un arreglo entre una casta que hoy dice algo y mañana lo contrario. Hoy son enemigos, mañana se abrazan. El que sostenía, en la obra de Sartre, la teoría de "las manos sucias" era un burócrata estalinista. Así le fue al estalinismo. Así le fue a la Unión Soviética. La política (aquí y en todas partes) se muere por falta de ética. El presidente-pragmático (el de estas líneas) lo sabe. Porque en él habita –entre borrascas de estiércol que aprendió a tolerar– el puro. ¿Cómo podríamos llegar a un final abierto? Supongamos que el presidente-pragmático le dice al puro: "Dame tiempo. Gano esta batalla y hago lo que me pedís". "Cuidate mucho", dice el puro, "Si ganás esta batalla te van a rodear tantos canallas que vas a tener que gobernar para ellos." El presidente-pragmático no contesta. Se queda en silencio, pensativo. "Quedate cerca", le dice al puro. "Para qué." "Para decirme lo que me decís. Para que alguien, vos, todo el tiempo, me diga lo que nadie me dice, lo que ya empezó a molestarme: la verdad." Y se mete otra vez en la basura.

Fuente: Página/12


Aniversario del asesinato de Monseñor Angelelli (1923-1976)

Por Fray Antonio Puigjané

26 de julio de 2001

Muy querida hermana; ¡Paz y Bien! Trato de escribirte unas líneas sobre nuestro querido Obispo mártir Enrique Angelelli.

Allá por el año 1968, la sinceridad, la fe valiente y solidaria con los obreros y los más empobrecidos del que era Obispo auxiliar de Córdoba. Molestaba mucho a la Córdoba «católica», que prefería guardar silencio «prudente» ante la injusticia institucionalizada.

Creo que ese fue el motivo por el que se intentó silenciar su palabra valiente y su presencia conflictiva. Ya le había pasado algo de eso a Jesús y a cuantos se le parecieron.. Seguramente como una forma de evitar los problemas que su testimonio provocaba, decidieron enviarlo a una Diócesis lejana , pobre y de muy escasos sacerdotes y religiosas: pensaron que así su voz molesta ya no sería escuchada. Llegó a La Rioja lleno de amor y con inmensas ganas de servir a todas y a todos los riojanos, pero comenzando por los más empobrecidos : hacía honor al lema de su escudo episcopal: JUSTICIA y PAZ. Sabía muy bien que el único camino para amar de veras a todos, sin excepción, es la JUSTICIA y que sólo desde la JUSTICIA se puede construir una PAZ VERDADERA. Esto lo vivió y lo enseñó desde el primer día de su llegada a La Rioja y esto fue lo que le granjeó las iras de la «sociedad católica» riojana: no podían concebir que el nuevo Señor Obispo tomara mate en los ranchos de los pobres y pretendiera convencerles que todos eran hijas e hijos de Dios, iguales en dignidad ante Él y ante todos.

Invitados por el mismo Angelelli, tres sacerdotes capuchinos que habíamos sido echados de Mar del Plata por el recién nombrado Administrador Apostólido Mons. Antonio Plaza, arzobispo de La Plata, llegamos a La Rioja en Agosto del 72, a vivir un tiempo de retiro junto a los HERMANITOS DEL EVANGELIO, que tenían su noviciado con el inolvidable y santo ARTUTO PAOLI, en las faldas de la cadena del Velazco, en Suriyaco, bien al norte de la provincia.

Ya comenzaba a notarse una clara actitud de represión y sospecha hacia la Iglesia riojana. El presidente de facto, Alejandro Lanuse, había prohibido la Misa que, por radio, desde el Santuario de San Nicolás, celebraba el obispo, cada domingo. El motivo, lo expresa con sencillez y dolor, la vidala «MISA PROHIBIDA» de una maestra de Anguinán, la Negrita Carrizo de Pazos...

«¿CUÁNDO AL RIOJANO DE HERMANO HAN LLAMAO?
¿ CUÁNDO AL RIOJANO DE HERMANO HAN LLAMAO?».

Ese era el único verdadero motivo: Angelelli decía y enseñaba, con palabras y con actitudes, con su vida toda, que TODOS SOMOS HERMANAS Y HERMANOS y esto, tan claro y tan sencillo, que tomado en serio es EL ÚNICO MANDAMIENTO DE JESÚS, la condición indispensable para llegar a vivir y ser felices para siempre, fue y es inaceptable para el sistema perverso en el que estábamos y estamos inmersos y del que fuimos y somos expulsados con violencia, excluidos, hasta con la muerte

Al poco tiempo, el Obispo, Monseñor, se fue mostrando TAN HERMANO, que pasó a ser el AMIGO ÍNTIMO de todos los que lo aceptaban, simplemente «EL PELADO» y, al mismo tiempo, PARA LOS OTROS, para los que querían ser hermanos de todos, sino seguir siendo «señores», el «comunista», «SATANELLI», el «enemigo del pueblo», el «maldito».... Lo palpamos en carne propia muy pronto...Ante la ausencia, por enfermedad, del viejo párroco de Anillaco, P. Virgilio Ferreira (llevaba, solo, allí, 50 años, en manos a Amado Menem, dueño y señor del pueblo), el Obispo nos pidió que fuéramos a Anillaco, cabecera de la Parroquia que abarcaba todo el Departamento de Castro Barros, «La Costa» y me nombró, «in pectore», párroco, a sugerencia del mismo P.Virgilio. Era el 13 de diciembre del 72. Para entonces ya teníamos bien hondo en el corazón, el constante pedido de nuestro querido «Pelado»: si queremos ser fieles, vivamos «con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio»... Así lo hacía él y comenzamos a hacerlo nosotros, visitando, desde el primer día, cada una de las familias, unas 400, que formaban el pueblo... Vimos la injusticia flagrante que se cometía con los peones, cómo se les pagaba una cuarta parte de lo ordenado por la ley y comenzamos a denunciarlo en privado y en público...Era la única manera de ser hermanos verdaderos de todos, de pobres y ricos, de los peones y de Amado Menem..., pero él no lo entendió así . «¡Me equivoqué con Uds.:tienen una religión distinta a la del P.Virgilio. Aquí no cabemos juntos! ¡O ustedes o yo!» , me gritó, muy enojado, una tarde. A los pocos días, el 13 de Junio del 73, día de la fiesta de San Antonio, Patrono de toda la Parroquia, con un buen grupo de borrachitos que había traído de Aimogasta, y la Policía departamental, impidió la celebración de la Misa y la procesión, nos cercó desde las 8 de la mañana a las 3 de la tarde, mientras por la propaladora del pueblo que era suya atronaban marchas militares y toda clase de insultos contra el obispo y contra nosotros, acusándonos de «comunistas», «guerrilleros», «subversivos»..., por fin, bajo amenaza de muerte, con Obispo, monjitas y curas, nos echó de Anillaco para siempre. En las puertas de la Catedral de La Rioja, nos esperaba Carlos Menem, entonces gobernador de la Provincia nos abrazó y llorando nos aseguró que ya había dado órdenes para que pudiésemos regresar inmediatamente a Anillaco, pues era una infamia lo que nos habían hecho. Al día siguiente nos enteramos que esa mañana, ante la pregunta de su hermano Amado sobre si comenzaban o no lo planeado- nuestra expulsión-, él había respondido:«¡Métanle que yo apoyo!» Nunca el buen Angelelli ni nosotros pudimos volver a Anillaco...

¿Habrán visto esta foto los macartistas del Proceso para ordenar su muerte? Revista El Descamisado Nº 27, 20 de noviembre 1973. Clic para descargar la revista completa

Como pocos, Angelelli, respetó profundamente el caminar y la cultura del pueblo al que aceptó servir. Mientras los pobres lo aceptaban, felices, los poderosos, los ricos, los «católicos» que se habían hecho dueños de una Iglesia complaciente con sus privilegios, lo odiaban más cada día, llevando hasta el Vaticano mismo las más absurdas y ridículas acusaciones. Tanto se agrandó el escándalo de la expulsión de Anillaco y sus motivaciones, que el mismo Papa Paulo VI, envió a Mons. Zaspe, valiente y fiel Arzobispo de Santa Fe, como delegado personal, para que, tras las debidas averiguaciones, reafirmara la fidelidad del Obispo riojano, asegurando que «NO ERA COMUNISTA» y que el Papa estaba en comunión con él... Cuando lo expresó públicamente, en Anillaco, los «Cruzados de la fe» lo atacaron de tal manera que pretendían lincharlo, persiguiendo encarnizadamente el coche en que, con el curita que lo llevaba, escapaba sus manos... Esas manos, unos días antes, destruyeron y quemaron el ranchito y la capillita de las Hermanas de la Asunción, a las que intentaron violar, en Aminga, a dos kilómetros de Anillaco... Esos eran los que pretendían «defender la fe».. Años más tarde, otros defensores de la fe, del «orden occidental y cristiano» quisieron echarlo de La Rioja. Para lograrlo, entre muchas otras presiones, encarcelaron al capuchino Eduardo Ruiz, párroco de Olta, asesinaron a Carlos de Dios Murias (franciscano) y Gabriel Longueville, Párroco de Chamical, el 18.7.76 y al laico Wenceslao Pedernera el 25.7.76 y como nuestro «Pelado» les demostró que no se iba a ir, sino que continuaría denunciando, lo asesinaron a él, frente a Punta de Los LLanos, sobre la ruta, cuando regresaba de Chamical a La Rioja, el 4.8.76. Puedo asegurar que fue asesinado por los militares que ensangrentaron el país entero : llegué a hablar con el único testigo que los vio, detenidos a pocos metros del cadáver, en su Peugeot blanco, el mismo que los seguía, según denunció el sacerdote que acompañaba a Mons. Angelelli, Arturo Pinto. Los habían perseguido y hecho volcar. Sacaron al Obispo desmayado y lo remataron golpeando su nuca. No pudieron completar su obra asesinando a A.Pinto, por la llegada del testigo citado, vecino de Carlos Paz que aterrado por la presencia de los asesinos, se negó a dar su nombre y a presentarse a la justicia: con sobrada razón temía por su vida y la su familia. Es doloroso que aún hoy hay muchos hermanos que se niegan a reconocer que este Obispo santo fue asesinado, a pesar de que la misma Justicia Federal de La Rioja, siendo Menem gobernador, recaratuló la causa. como «homicidio calificado»..... Evidentemente el miedo a la verdad, a esta altura, es imperdonable. Estoy seguro que la fuerza del testimonio martirial de Enrique Angelelli irá enseñándonos a caminar «con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio», y así, a SER HERMANAS Y HERMANOS DE TODOS Creo que sólo así podremos lograr la VERDADERA REVOLUCIÓN con la que soñamos, donde no haya nunca más injusticias, ni a nadie se le niegue cuanto necesita para ser feliz y nadie se niegue a aportar cuanto pueda, para que todos seamos felices.

De corazón y sinceramente,
fray Antonio Puigjané,
en el día 4562 de mi prisión,
ahora domiciliaria, por viejo

Fray Antonio Puigjané


Monseñor Angelelli, un perfil

Obispo de La Rioja, mártir, asesinado con un accidente provocado. Comprometido con la causa de los pobres, Enrique fue tenazmente perseguido por la oligarquía de la provincia (como la familia Menem, que le impidió la entrada a un pueblo para unas celebraciones) y más todavía durante la dictadura. La muerte de los padres Murias y Longueville y luego del laico Wenceslao Pedernera fue fundamentalmente un «cerco que se iba cerrando». Al parecer, los cadáveres de los sacerdotes, fue a Chamical (La Rioja), y juntó material en una carpeta con declaraciones de los testigos, que comprometía a la Fuerza Aérea con el crimen. Volviendo por otro camino, junto con el sacerdote Arturo Pinto hacia la capital provincial fue seguido por un auto. Se fraguó un accidente. La famosa carpeta fue tiempo después vista sobre el escritorio del Ministro del Interior, el General Arguindegui, quien como entró en negociaciones con Anfonsín y habían sido compañeros del liceo militar, jamás fue juzgado. La Jerarquía eclesiástica, en gran parte, tristemente, sigue afirmando que fue un accidente. El obispo Angelelli se transformó en baluarte de la protección de los débiles y fue la una de las pocas voces que se levantó contra la represión política en Argentina. Las amenazas de muerte contra él se fueron volviendo cada vez más frecuentes, hasta llegar a ser masivas últimamente. Tuvo que prepararse junto a sus sacerdotes como una de las posibles futuras víctimas. Él anunció frecuentemente que para poder anunciar verdaderamente el evangelio hay que tener un oído abierto para Dios y otro para el pueblo.

El 4 de agosto de 1976 Monseñor Enrique Angelelli, obispo de La Rioja, yacía en el frío asfalto de Punta de los Llanos luego de que su auto fuera interceptado en la ruta que unía Chamical con la capital de la provincia hacia donde viajaba para presentar ante las autoridades militares una carpeta con pruebas sobre el asesinato de dos sacerdotes de su diócesis. La versión oficial, que el mismo Episcopado avaló, hablaba de accidente, pero entre los riojanos, y gracias al aporte de testigos claves, una certeza se hizo carne: Monseñor Angelelli había sido sacado ileso de su auto y brutalmente asesinado de varios golpes en la nuca.

Su muerte fue la dura cuenta que tuvo que pagar por una vida dedicada a los más humildes, a quienes consagró su vocación sacerdotal "con un oído puesto en el pueblo, y otro en el Evangelio". Su prédica le trajo el rencor de los poderosos de siempre, uniformados y civiles, a quienes afectó en sus sagrados intereses, y de quienes recibió una feroz campaña que no vaciló en acusarlo de 'obispo rojo', enviar firmas para pedir su remoción al Vaticano, expulsar sacerdotes de Anillaco, donde Amado Menem, hermanastro del ex presidente, tuvo especial participación, asesinar religiosos y laicos y finalmente eliminar al odiado "Pelado".

Monseñor Angelelli fue, junto a Hesayne, De Nevares, Devoto, Ponce de León y Novak, uno de los pocos obispos que supo comprometerse con la cruz y el Evangelio dentro de una jerarquía episcopal cuya actitud de connivencia y complicidad con la dictadura militar avergüenza la conciencia de los cristianos de estas tierras. Desde la justificación teológica de la tortura y la eliminación clandestina de prisioneros indefensos hasta la aceptación lisa y llana de la espada como instrumento quirúrgico para impulsar la doctrina de la seguridad nacional, la conducta de la jerarquía católica argentina no tiene parangón en el mundo entero.

Fuente: http://servicioskoinonia.org


Los crímenes que averiguaba Angelelli

Los curas y el laico cuyos asesinatos en La Rioja averiguaba Angelelli, antes de ser él también asesinado. El 18/07/76 los sacerdotes Gabriel José Longueville y Carlos de Dios Murias, pertenecientes a la parroquia de El Salvador, La Rioja, fueron secuestrados de la sede de su ministerio por un grupo fuertemente armado que, exhibiendo credenciales, solicitó los acompañaran para una averiguación policial, en automóviles sin patente. Tres días después los cadáveres maniatados, amordazados y acribillados a balazos aparecieron en la localidad de Chañar, a 150 kms. de la ciudad de La Rioja. Ambos habían sido torturados.

Nota relacionada: Condenas por el asesinato de los curas Murias y Longueville


Padre GABRIEL LONGUEVILLE, nacido el 18/03/1931 en Étables, Ardèche (Francia), asesinado el 18/07/76 en Chamical, La Rioja


 Padre CARLOS DE DIOS MURIAS, nacido el 10/10/45 en Córdoba, asesinado el 18/07/76 en Chamical, La Rioja


 WENCESLAO PEDERNERA (laico), nacido en Córdoba, casado, asesinado el 25/07/76 en Sañogasta, La Rioja.


Breve semblanza de Enrique Angelelli

Nació en Córdoba el 17 de julio de 1923.
En marzo de 1938 ingresó al seminario de Córdoba, buscando seguir a Jesús como sacerdote.
Ordenado sacerdote en Roma (donde había ido a perfeccionar sus estudios) en octubre de 1949.
Desde su sacerdocio joven, empezó sirviendo en Córdoba como asesor de la Juventud Obrera Católica (JOC) y de la Juventud Universitaria Católica (JUC); además, animaba la capilla Cristo Obrero de esa ciudad
En 1961 el Beato Juan XXIII lo elige obispo auxiliar de Córdoba, con sólo 38 años.
Participa -como todos los obispos del mundo- del Concilio Vaticano II (1962-1965). Angelelli participó con entusiasmo y con esperanza. Su sencilla y coherente fidelidad al Evangelio y a la renovación conciliar, cayeron como agua fresca para un pueblo sediento de la Buena Noticia de Jesús.
En su acción pastoral empieza a hacer gestos proféticos, de cercanía a los más pobres y a la clase obrera, acompañando así con coherencia su palabra claramente evangélica:
Invitado a bendecir una comunidad religiosa en una cantera de cal prefiere compartir la mesa de los obreros y no la cabecera con los patrones.
Mediando en un conflicto laboral en una fábrica de pilas, cuando los patrones pensaban recibir el apoyo del obispo, les dice él: "Miren, si estas injusticias continúan, algún día estaremos juntos en el mismo paredón: ustedes los patrones y nosotros los curas. Ustedes, por no haber practicado la justicia social. Nosotros, por no haber sabido defenderla."
El 11 de julio de 1968, el Papa Pablo VI lo nombra Obispo de La Rioja; asume el 24 de agosto con el lema "Justicia y Paz" y diciendo: "Ayúdenme a que no me ate a intereses mezquinos o de grupos. Oren para que sea el obispo y el amigo de todos, de los católicos y de los no católicos, de los que creen y de los que no creen, de los de la ciudad y de los que viven en los lugares más apartados." Y también: "No vengo a ser servido sino a servir. Servir a todos, sin distinción algima, clases sociales, modos de pensar o de creer; como Jesús, quiero ser servidor de nuestros hermanos los pobres".
Fue así que se dedicó incansablemente de recorrer todos los rincones de la Diócesis, hasta los ranchos más apartados. Desde entonces formuló su regla de oro: "Para servir, hay que tener un oído atento al Evangelio y el otro en el pueblo".
Después de visitar, convocó a los católicos (laicos, sacerdotes y consagrados) a una "Primera Semana Pastoral", para reflexionar juntos a partir de la pregunta "Iglesia riojana, ¿qué dices de ti misma? ¿Cuál es tu misión aquí?" La propuesta final de esa semana quedó formulada así: "Caminemos juntos, partiendo de la realidad, la cultura y la tradición de este pueblo. Siempre iluminados por la Luz del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia. Queremos ser una Iglesia servidora de los hombres."
Atento al espíritu del Concilio, acercó la acción pastoral y las celebraciones a la gente. Así hizo con mensajes radiales; con la famosa Misa de Nochebuena bajo el alero de un pobre rancho; con el rescate de la tradicional fiesta del Tinkunaco; etc.
Su palabra se fue haciendo potente y molesta para la élite dominante (tan típico eso en las provincias del NOA):
"Existen unos que no tienen voz, que son marginados y explotados y existen otros que tienen privilegios y explotan a los demás. ¿Eso lo quiere Dios? ¡No!"
"Dios no quiere hombres resignados".
Denuncia la usura ejercida desde familias poderosas de la sociedad riojana, así como la prostitución y el narcotráfico. A las marchas que se organizan, él suma la Comisión de Lucha contra la Usura, creada en abril de 1971.
En septiembre de 1971, Angelelli lleva a la Comisión Permanente del episcopado, que preparaba su aporte para el sínodo sobre "La Justicia social en el mundo", 25 trabajos surgidos desde distintos grupos y sectores diocesanos.
En diciembre de 1971, el gobierno canceló la difusión radial de la Misa de Navidad. Angelelli rezó así: "Señor, te pido por la gente del campo que esta noche no ha tenido misa, que no podemos transmitir por la radio nuestra (...) Quizá le tengan miedo a la misa y la crean peligrosa, porque Tú eres bastante peligroso. El Evangelio, esa Buena Nueva que eres Tú, no es tan fácil vivirlo, y cuando se la quiere vivir en serio, la Buena Nueva es peligrosa."
A partir de 1971 promovió fuertemente la organización de escuelas rurales y de cooperativas de trabajo. También pidió la inspección de las condiciones laborales en algunas fincas, lo que costó la agresión física a un sacerdote y dos laicos comprometidos.
En agosto de 1972 fueron detenidos los P. Gill y Praolini. Angelelli comenzó la misa y al llegar al ofertorio la interrumpió para encabezar la marcha ante el Superior Tribunal de Justicia de la Provincia, reclamando su libertad. Recién los liberaron en septiembre, al demostrarse la falsedad de los cargos.
Hubo numerosas agresiones de grupos conservadores y de parte de la prensa local. En junio de 1973, el obispo, sacerdotes y cristianos comprometidos fueron agredidos en Anillaco por un grupo organizado por terratenientes de la zona.
El 29 de julio en Aminga (cerca de Anillaco) fue destrozada la comunidad de las hermanas de la Asunción y una cooperativa. Angelelli los animó a no aflojar: "Hay que seguir andando, nomás"
Ante una fuerte campaña de difamación hacia el obispo, el Cardenal Villot le escribe que el Papa Pablo VI "le ha pedido a Mons. Vicente Zaspe (arzobispo de Santa Fe) que sea portador en su nombre de un gesto fraternal de apoyo y respaldo a su misión pastoral. (...) Además, Mons. Zaspe es portador del testimonio de afecto y de apoyo del Sumo Pontífice para con usted, que mucho lo aprecia por su dedicación pastoral, especialmente volcada a los pobres."
Zaspe recorrió la Diócesis y dialogó con mucha gente. Al final expresó: "La pastoral de la Iglesia riojana es la pastoral de la Iglesia Universal (...). No he venido por mi propia iniciativa; me han enviado. Y el que me envió tiene un nombre concreto: Pablo VI. Y las consignas son tan concretas como su nombre: pedir la confianza para el obispo, porque el Papa se la tiene."
El 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas toman el poder.
Recrudecieron las calumnias, falsas denuncias y amenazas; también los apremios a agentes pastorales. Varios amigos aconsejaron a Angelelli que se ocultara o se alejara por un tiempo, pero él lo rechazaba de plano diciendo: "Es a mí a quien buscan; si me voy, me van a matar las ovejas."
El 4 de julio fueron masacrados en Buenos Aires 5 religiosos palotinos en la Parroquia San Patricio.
El 18 de julio, fueron alevosamente asesinados, luego de ser secuestrados y torturados por quienes se identificaron como miembros de la Policía Federal, los sacerdotes P. Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias, en la localidad de Chamical (La Rioja) donde realizaban su apostolado.
El 25 de julio hombres encapuchados fueron a buscar al párroco de Sañogasta, pero éste se había ido por recomendación de Mons. Angelelli. Cuando el laico que los atendió (Wenceslao Pedernera) les dijo que el párroco no estaba, lo acribillaron en presencia de su esposa a hijos.
"Si me matan es porque, para el Señor, mi obra ya está terminada" decía Angelelli por aquellos días, mientras investigaba por su cuenta la muerte de esos colaboradores fieles.
El 4 de agosto, 17 días después del asesinato de aquellos sacerdotes, Angelelli fue asesinado mediante un supuesto "accidente" automovilístico. El obispo acababa de dejar Chamical, donde habla celebrado una misa y pronunciado una homilía en la que denunciaba aquellos asesinatos. El Obispo manejaba una camioneta, y el padre Arturo Pinto que lo acompañaba recuerda que apenas dejaron Chamical comenzó a seguirlos un automóvil; el obispo aceleró pero entonces apareció otro coche y a la altura de Punta de los Llanos los encerraron hasta hacer volcar la camioneta.
El cuerpo del Obispo quedó tirado en el suelo durante seis horas, la camioneta desapareció y la única lesión que presentaba el cadáver de Mons. Angelelli fue la nuca destrozada tal como si lo hubiesen molido a golpes. La carpeta que llevaba el obispo jamás pudo ser encontrada, aunque sí fue vista sobre el escritorio del Gral. Albano Harguindeguy, Ministro del Interior.

Fuente: ENRIQUE ANGELELLI, OBISPO Y MÁRTIR - Ficha para grupos cristianos, a 25 años de su martirio.
1976 - 4 de agosto - 2001 (ficha realizada para uso de grupos juveniles de la Vicaría Flores).


Enrique Angelelli, pastor, poeta y mártir (1)

Por Oscar Campana. Teólogo argentino. Director Académico del ISET (Instituto Salesiano de Estudios Teológicos) de la Ciudad de Buenos Aires. Revista Nueva Tierra 45, diciembre de 2000.

"Hay que ir limpiando la sombra para desenterrarle la luz" (2)

Hablar del panorama y el contexto teológico que enmarcaron la última década de Angelelli supone hacer inevitable referencia a una serie de acontecimientos que tuvieron a Angelelli no sólo como receptor pasivo sino también como protagonista.

Desde el punto de vista eclesial-magisterial, la referencia al Concilio Vaticano II (1962-1965), a la IIª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Medellín, 1968) y a la Declaración del Episcopado Argentino (San Miguel, 1969) parece ineludible.

Desde el punto de vista de los movimientos eclesiales, de cuyo acompañamiento hizo el joven sacerdote Angelelli uno de los ejes de su ministerio, estos años lo encontrarán cercano a las instancias más dinámicas de la renovación pastoral en Argentina.

En la Comisión Episcopal de Pastoral (Coepal), creada en 1966 por el episcopado argentino para poner en marcha un plan nacional de pastoral a la luz del Vaticano IIº, Angelelli ocupará un lugar clave, no sólo en su conducción sino también por su integración al equipo de peritos. (3)

Es fundamentalmente en este terreno donde podemos indagar acerca de cuáles criterios y categorías teológicas obraban en el contexto de la vida y acción pastoral y social de Enrique Angelelli. Me referiré, fundamentalmente, a la cuestión fe e historia.

Una categoría central: fe e historia (4)

La recuperación del carácter histórico de la salvación o de la dimensión salvífica de la historia operada por el Concilio Vaticano IIº, resonó en América Latina de una forma muy concreta: el proceso histórico de liberación de nuestros pueblos pasa a convertirse, más allá de los diferentes discursos, en la preocupación central de un sector cada vez más importante del pensar teológico y de la praxis eclesial.

Y en forma análoga, si el diálogo que el Concilio instauró con el mundo moderno significó para las iglesias de los países centrales una llamada al encuentro y al mutuo entendimiento con la cultura contemporánea, en América Latina este diálogo tuvo que ver, fundamentalmente, con el reconocimiento de un interlocutor: el pueblo y/o los pobres.

El profetismo manifestado en una historia leída a la luz de la fe y el reconocimiento de un sujeto, portador, a su manera, de esa misma fe, pero que a la vez es un sujeto oprimido y marginado política, económica y culturalmente, están en la base de las principales intuiciones teológicas e iniciativas pastorales de la época. La "irrupción de los pobres en la Iglesia y en la teología", como se ha dado en llamar, parece ser el hilo conductor que transita desde la teología de la liberación hasta la inculturación del evangelio, desde la pastoral popular hasta las comunidades de base, desde el compromiso socio-político de amplios sectores de la Iglesia hasta la vida religiosa inserta, desde las nuevas formas de expresión litúrgica y catequística hasta el martirologio latinoamericano.

En mi opinión, no ha habido en la Iglesia de América Latina nada radicalmente nuevo desde entonces. Las más fecundas iniciativas, las más audaces categorías y los más interesantes debates se reconocen en este subsuelo cuya expresión privilegiada sigue siendo, sin dudas, la opción por los pobres.

Aquel reencuentro con el Evangelio operado, en última instancia, en la espiritualidad y en la teología, encontraron en Angelelli y en su corazón de poeta-pastor, expresiones simples y profundas como la conocida "con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio". O aquella otra "el Evangelio del pobre". O esa frase que parece una traducción de tierra adentro de la lectura de los signos de los tiempos: "desovillando a mi pueblo".

A mitad de camino entre el teólogo que habla y el místico que calla, Enrique Angelelli se nos revela como el poeta-pastor que habla sin decir del todo y que calla haciendo oír su silencio. Oración y acción pastoral eran en él las dos caras de una misma moneda. "Cantar y liberar", como dijera Gustavo Gutiérrez. "Los pobres y Dios", en palabras de Pedro Casaldáliga.

Hay mucho silencio en sus palabras. Mucha paciencia en su aparente impaciencia. Mucho desovillar. La crítica y la autocrítica de los años sesenta y setenta hizo de muchos de sus protagonistas hombres y mujeres exaltados que sólo veían la pronta concreción del cambio social que ellos mismos anunciaban. Hombres y mujeres aferrados a un éxito cercano, en términos sociales y políticos, que parecía llevarlos a no percatarse de la realidad que los rodeaba. No es esto lo que se percibe en las palabras de Angelelli. Hay mucho dolor en sus palabras. Pero no desesperanza. Pero él sabía, y lo repetía muchas veces, que los caminos de Dios no son los de los hombres. Quizás nos falte mucho, aún, para terminar de de- sovillar aquellos años, aquella Iglesia y aquella Argentina.

Enrique Angelelli selló su palabra-silencio con su martirio. En una homilía de febrero de 1976, contaba que había estado releyendo los padres apostólicos y las actas de los mártires. Intuyó, como muchos, los tiempos que venían. Como allí por 1970 en su último escrito lo intuyera, a su estilo, Leopoldo Marechal: "Ante nuestra mirada tenemos un escenario (una geografía), los actores listos (un pueblo) y la noción del drama o la comedia que ha de representarse allí (el suceder nacional). ¡De pronto una gran flojera, un olvido total de las consignas, un abandono del escenario, los actores y el drama! ¿Qué sucedió aquí? ¿Un aborto del suceder?". (5)

Los abortistas del suceder ya estaban al acecho de hombres, mujeres, pueblo, ideas y acontecer. Los mismos que, en su cinismo, pocos días antes de su martirio le enviaron a Angelelli telegramas de condolencias por Carlos y Gabriel, los dos sacerdotes asesinados.

Como lo vuelven a mostrar en nuestro país y en América Latina los acontecimientos de las últimas semanas, hay mucho dolor, aún, por desovillar.

Algunas claves de futuro

Finalizo con una breve referencia al presente. Los creyentes parecemos vivir anunciando algo, pero lo que después llega es otra cosa. Debo decir, en esta ocasión que nos hace arrojar una mirada sobre aquellos años, que aún percibo demasiada certidumbre en nuestros discursos.

¿No habremos comprado muy pronto el "paquete" de los ’90? Y no pregunto esto movido por una nostalgia setentista de teoría y praxis. Pero temo que detrás de la dispersión hermenéutica en la que nos hemos sumergido, nos hayamos quedado con el gesto setentista más que con su sustancia.

Es verdad que la opción por los pobres se ha ido des-ovillando cada vez con mayor detalle y sutileza: ONGs, movimientos sociales, ciudadanía, perspectiva de género, vida cotidiana, tercer sector, redes alternativas, interculturalidad, ecología, holística. Pero a veces me asusta un poco la complacencia y hasta el financiamiento del sistema hacia muchas de estas iniciativas. No quiero instaurar una crítica hacia ellas: de una o de otra manera todos estamos vinculados a alguna de estas alternativas. Sólo constato que hoy nos falta algo que nos embargue el corazón.

El corazón de Angelelli, corazón de poeta, de pastor y de mártir, sigue siendo, en estas circunstancias, un corazón que nos ayuda a "limpiar la sombra para desenterrar la luz". Y si la Iglesia del preconcilio fue capaz de parir a un creyente de la estatura de Enrique Angelelli, ¡¿qué no parirá la Iglesia y la sociedad qué él ayudó a engendrar?!

(1) Ponencia presentada en las IVª Jornadas "Justicia y esperanza en la opción por los pobres, Buenos Aires, 5 de agosto de 2000.
(2) Angelelli, E. A., Encuentro y mensaje, Buenos Aires, 31984, 7.
(3) Ver Campana, O., "Angelelli está en nuestro futuro", en Nueva Tierra 31 (1996) 19-21, y las referencias allí indicadas.
(4) Para esta cuestión continúa siendo imprescindible la lectura de la obra de S. Politi, Teología del pueblo. Una propuesta argentina para Latinoamérica, Buenos Aires, 1992, especialmente 269-298.
(5) L. Marechal, Megafón, o la guerra, Buenos Aires, 31999, 150.

Fuente: www.nuevatierra.org.ar


Enrique Angelelli: pastor y profeta

Enrique Angelelli nació en la ciudad de Córdoba el 17 de julio de 1923. Fue ordenado sacerdote en Roma el 9 de octubre de 1949. El Papa Juan XXIII lo eligió como obispo auxiliar de Córdoba y fue consagrado el 12 de marzo de 1961. Luego el Papa Pablo VI lo designó Obispo de La Rioja y tomó posesión de esa diócesis el 20 de agosto de 1968.

Mons. Angelelli llevó a la vida del pueblo de La Rioja las enseñanzas del Concilio Vaticano II, de Medellín y del documento de San Miguel del Episcopado argentino. Su acción pastoral, inspirada por estos documentos, fue objeto de duras polémicas. Fue un hombre que se dejó tomar por el Espíritu y apasionar por el evangelio.


Vivió intensamente la amistad y estrechó lazos de unión y de afecto con la gente de manera bastante inusual en su ambiente. Siempre manifestó con gestos y palabras su amor por la Iglesia; un amor serio, crítico y absolutamente fiel al evangelio. Creyó en la Iglesia como comunidad y favoreció el encuentro fraternal entre sus miembros.

Tuvo una enorme comprensión por los más humildes, y fue capaz de elevar la voz en la denuncia frente a las opresiones desde sus homilías, cartas pastorales y la radio. Desde la experiencia de su tierra y de su pueblo, constantemente se esforzó por romper las estructuras de injusticia para que la tierra, el trabajo, el pan y el agua fuera para todos.

Los títulos de sus homilías son más que significativos para mostrarnos por donde iba su reflexión. Veamos algunos ejemplos: "Pacificar el corazón, mirar al futuro, preparar los hombres del mañana" (1 de enero de 1969).

"El obispo, hombre crucificado; en su corazón deben encontrar cabida las alegrías y los dolores de su pueblo" (1970).

"Con alma de niños, dar acogida en nuestro corazón al don de la paz" Mensaje de Navidad (1970).

"Colecta Más por Menos, toma de conciencia nacional, un comienzo para aplicar en cristiano la distribución de los bienes" (1971).

"Urge escuchar la voz de Cristo y llegar incluso a opciones y rupturas interiores si queremos cambiar nuestra manera de vivir" Carta pastoral de Cuaresma (1972).

"En nuestras madres encontramos un eco de la grandeza y del amor de Dios" Mensaje en el Día de la Madre (1973).

"Quiero manifestar un amor grande al pueblo riojano que el Señor me confió; un amor grande a esta hora histórica que nos toca vivir y que juntos vamos tejiendo dolorosamente; amor grande a Cristo y a su Iglesia" (1973).

"Somos obispos y pastores de un Concilio que debe ser llevado a la práctica" (1974).

"Ser hombres de la luz es no evadimos de nuestra realidad y construir nuestra historia con los demás" (1975).

"Seguimos mirando nuestro presente y nuestro futuro con esperanza, aunque sea dolorosa nuestra realidad" (1975).

El 18 de julio de 1976 en Chamical, ciudad pequeña de la región de Los Llanos riojanos, fray Carlos de Dios Murias, uno de los primeros franciscanos conventuales argentinos, y el padre Gabriel Longueville, sacerdote francés a cargo de la parroquia de esa ciudad, en una fría noche de invierno, fueron cruelmente asesinados por ser fieles a Cristo y a la Iglesia.

El padre obispo Enrique Angelelli en la homilía del entierro dijo:

"También hay en este presbiterio muchachos que están estudiando, todavía no son sacerdotes, están preparándose, experimentando a Cristo, descubriéndolo con la inteligencia y fundamentalmente descubriéndolo en la vida y asimilándolo para que puedan ser presbíteros. Yo creo que ellos hoy deben recibir la mejor lección de teología de la vida. Porque un muchacho de 30 años y presbítero ha muerto, por ser fiel a las bienaventuranzas de Jesús, mártir. Hermanos seminaristas, a ustedes también les deja una lección, un mensaje".

Una semana más tarde, en la puerta de su casa le quitaron la vida a Wenceslao Pedernera, un hombre apostólico, trabajador rural, esposo fiel y padre de familia. Pocos días después, el 4 de agosto (día del párroco), caía en el camino, en Punta de los Llanos, el obispo de la diócesis, el pastor y profeta Enrique Angelelli.

"La vida y la muerte de Monseñor Angelelli son fuente fecunda de inspiración para quienes seguimos a Jesús de Nazaret y también para aquellos que sueñan y luchan por un tiempo nuevo de justicia y de paz.
Sus huellas de profeta y de pastor nos llevan "tierra adentro" al encuentro de los pobres y olvidados. Quienes van detrás de sus pasos, descubrirán un camino de fidelidad creativa, de entrega radical, de amor sin reservas. Hallarán el corazón del pastor habitado por el clamor de los pobres y la pasión del Evangelio.
Hoy, quizás más que nunca, necesitamos volver a oír sus palabras; en ellas, el testimonio de su vida nos convocará, a ser también nosotros sembradores de una época nueva que haga posible la vida plena para todos"

Juan Carlos Pisano

Fuente: http://usuarios.lycos.es/angelelli.


NUNCA MAS - El caso del Obispo de La Rioja Monseñor Enrique Angelelli, y de los sacerdotes de Chamical Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias

El 18 de julio de 1976, fueron alevosamente asesinados, luego de ser secuestrados por quienes se identificaron como miembros de la Policía Federal, los sacerdotes P. Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias, en la localidad de Chamical (La Rioja) donde realizaban su apostolado. A la mañana siguiente a este crimen, hombres encapuchados fueron a buscar al párroco de Sanogasta, pero éste se había ido por recomendación del Obispo Monseñor Enrique Angelelli. Cuando el laico que los atendió les dijo que el párroco no estaba, lo acribillaron.

El 4 de agosto, 17 días después del asesinato de aquellos sacerdotes, falleció Monseñor Enrique Angelelli, Obispo de la Diócesis de La Rioja, supuestamente en un «accidente» automovilístico». Las pruebas o presunciones de que fue atentado, se acumularon de manera abrumadora.

El Obispo acababa de dejar Chamical donde había celebrado una misa y pronunciado una homilía en la que denunciaba aquellos asesinatos. El Obispo manejaba una camioneta, y el padre Arturo Pinto que lo acompañaba recuerda que apenas dejaron Chamical comenzó a seguirlos un automóvil; el Obispo aceleró pero entonces apareció otro coche y a la altura de Punta de los Llanos los encerraron hasta hacer volcar la camioneta.

El cuerpo del Obispo quedó tirado en el suelo durante seis horas, la camioneta desapareció y la unica lesión que presentaba el cadáver de Monsehor Angelelli fue la nuca destrozada tal como si lo hubiesen molido a golpes. La carpeta que llevaba el Obispo jamás pudo ser encontrada.

«No vengo a ser servido sino a servir. Servir a todos, sin distinción alguna, clases sociales, modos de pensar o de creer; como Jesús, quiero ser servidor de nuestros hermanos los pobres». Estas fueron palabras pronunciadas por Monseñor Angelelli al asumir la conducción del Obispado de La Rioja en 1968.

Había realizado sus estudios sacerdotales en Roma, especializándose en Derecho Canónico; fundó en Córdoba la Juventud Obrera Católica y fue asesor de la Juventud Universitaria Católica.

«El dicente, en este sentido, quiere agregar que uno o dos días después de ocurrido el suceso, los papeles que portaba el Obispo Angelelli en el momento de su fallecimiento llegaron a la casa de Gobierno dirigidos a! Ministro Harguindeguy, en una carpet a remitida desde la Guarnición Militar Salta, con expresa indicación de que se trataba de documentación confidencial. Este hecho llamó la atención del declarante, ya que los citados papeles no fueron entregados a la causa judicial, como tampoco entregados a los allegados a Monseñor Angelelli.

Todas estas circunstancias motivaron que el dicente se decidiera a fotocopiar pane de esa documentación , que estaba integrada por correspondencia intercambiada entre el Obispo de La Rioja y el Arzobispo de Santa Fe, Monseñor Vicente Zaspe, referida a la persecución que sufrían señores de la Iglesia Católica por su actividad social, un cuaderno de notas y otros papeles. La documentación fue entregada al General Harguindeguy... quiere aclarar el dicente que prestó especial atención al hecho por la forma estrictamente «secreta» que se dio a la existencia de esta carpeta. Añade que no tiene conocimiento del destino posterior de la misrna, puesto que el General Harguindeguy manejaba en forrna personal todos los hechos referentes a la Iglesia»

(Declaración de Peregrino Fernández prestada ante el grupo de Trabajo de Desapariciones Forzadas de Personas de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas).

«...Durante uno de los interrogatorios, el Capitán Marcó y el Capitán Goenaga me diieron que el Obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, el Psiquiatra Raúl Fuentes y Alipio Paoletti iban a ser muenos... antes del mes, Angelelli murió en circunstancias que aún se investigan. Fuentes se encuentra desaparecido desde fines de 1976 y Alipio Paoletti fue buscado intensamente... en agosto del mismo año, debido a las condiciones físicas en que había quedado por las torturas fue trasladado al Hospital Presidente Plaza. Estando allí fue ingresado una noche el cadáver de Angelelli para realizarle una serie de autopsias; quienes me custodiaban, miembros de la Policía de la Provincia, aludiendo a la muerte del Obispo, manifestaban cosas como: «eso le tenía que pasar a ese cura comunista hijo de ....»

(Testimonio de Plutarco Antonio Scheller, Legajo N° 4952).

Fuente: www.desaparecidos.org


Un obispo molesto para el poder

Un 4 de agosto de 1976, el Obispo Enrique Angelelli aparecía muerto sobre la ruta que llevaba a la ciudad de La Rioja. A fines de julio de ese año, se había formado el "grupo de tareas" encargado de eliminar a Angelelli. El 4 de agosto, después del mediodía, Angelelli salió de la localidad de Chamical hacia la ciudad de La Rioja, conduciendo la camioneta del obispado.Iba acompañado por el padre Arturo Pinto, llevando consigo una carpeta con pruebas y testimonios del secuestro, tortura y asesinato de los curas Gabriel Longeville y Carlos de Dios Murías. Fueron perseguidos por un coche de color claro, quizás blanco, que los alcanzó en Punta de los Llanos, donde se les fue encima a gran velocidad y los encerró, provocando el vuelco de la camioneta. Angelelli fue sacado del vehículo, la nuca molida a golpes, lo dejaron tirado sobre el asfalto. Su reloj, roto, marcaba las 3 de la tarde.

La mentira del "accidente"

La carpeta que Angelelli llevaba no pudo ser hallada, pero fue vista por testigos, dos días después, en el despacho del entonces Ministro del Interior, General Albano Harguindeguy. El gobierno militar habló de un "accidente", pero nadie le creyó.

Al cabo de una dificultosa investigación, el 29 de julio de 1983, el obispo de Neuquén, Don Jaime de Nevares, denunció el asesinato de Monseñor Angelelli, y en la causa tramitada ante el Juzgado Nº1 de La Rioja quedó constatado que Monseñor Angelelli murió por asesinato "fríamente premeditado y esperado por la víctima" Esta causa quedó trunca, ya que tropezó con las leyes de punto final y obediencia debida.

Las llagas abiertas por el proceso militar siguen así, al impedir que la justicia haga su aporte de verdad y dignidad.- Ahora con la derogación y anulación de estas leyes, quizás sea posible que acabe la impunidad en nuestro país, y reciban su castigo los culpables.

Pero, ¿quién fue Enrique Angelelli?
No es un personaje lejano del pasado. Nació, trabajó y entregó su vida en este país de América Latina. Alguna gente nunca oyó hablar de él. No se trata de un simple olvido: los que se habían apoderado del poder político intentaron tender sobre Angelelli un pesado manto de silencio. "No sólo pretendieron robarle la vida, sino también la muerte", como dijo Monseñor Hesayne de Viedma.

¿Por qué hay interés en que sea olvidado?
En una cantera de cal en la zona cordobesa de Malagueño, en presencia de los patrones, Angelelli invitado a bendecir las instalaciones, destacó el Cristo Sufriente encarnado en los obreros, y prefirió compartir la mesa de los trabajadores en lugar de la que le habían preparado los dueños.

Ante un conflicto laboral en una fábrica de pilas, los sacerdotes respaldaron los reclamos de los trabajadores. Los empresarios esperaban que Angelelli frenara a los curas. Por el contrario, se pronunció públicamente en su favor.

Estaba convencido de que desde un escritorio era inútil ofrecer soluciones mágicas, por eso recorrió su diócesis, visitando hasta los lugares más lejanos y latiendo con los problemas de su gente. De allí su regla de oro: "para servir, hay que tener un oído atento al Evangelio y el otro en el pueblo".

Participó de las marchas contra la pobreza y la miseria que abundaban en su provincia, La Rioja. Alentó y colaboró en la organización de la Asociación de Trabajadores Provinciales, el Sindicato de Empleadas Domésticas, el de Trabajadores Rurales y Estibadores, la Asociación Minera y la Coordinadora Campesina.

Era conciente de que el problema crucial de la Rioja era la escasez de fuentes de trabajo, y que los riojanos emigraban en busca de ocupación. También sabía que existían grandes extensiones de tierra improductiva. Impulsado por las ideas del Concilio Vaticano II, ayudó a que se "concreten obras que hagan felices a los hombres", puso en funcionamiento escuelas, trabajó en la organización de cooperativas de trabajo. Muchos, y los gobernantes en particular, lo acusaban de impulsar el establecimiento de granjas colectivas.

El círculo se cierra

No dejó denuncia por realizar: sobre los bajos salarios, sobre los peones no inscriptos en la seguridad social.... Sus curas y él mismo sufrieron agresiones por matones a sueldo.

También la Justicia del lugar detuvo a dos de sus sacerdotes bajo falsas acusaciones de tenencia de armas y explosivos. Fueron procesados, pero luego de comprobada la falsedad de los cargos, fueron liberados. Se orquestaron campañas para difamarlo, acusándolo de subversivo, cura comunista, o guerrillero.....

En julio de 1976, en pleno proceso militar, dos sacerdotes de Chamical Gabriel Longeville y Carlos de Dios Murías, fueron secuestrados, torturados y asesinados. Sus cadáveres fueron encontrados al otro día por una cuadrilla de ferroviarios, a 5 km, maniatados, acribillados a balazos, con restos de cinta adhesiva y algodón en la boca. En estado lamentable, el cura Murías especialmente que había sido mutilado y evidenciaba una muerte lenta.

A los pocos días, un grupo de hombres encapuchados ingresó a la pequeña aldea de Sañogasta, ametralló y dio muerte al dirigente Wenceslao Pedernera, en presencia de su esposa e hijos.

Angelelli presintió el final, por eso les dijo a sus amigos "que el círculo se iba cerrando...", ubicándose en el centro a sí mismo, ya que aseguraba que a quién buscaban era a él.-

Si Enrique Angelelli fue un hombre y un obispo molesto para muchos de sus contemporáneos, hoy es también un mártir incómodo.

Quizás ahí esté la respuesta de tanto silencio desde el poder político, desde muchos sectores de la sociedad y especialmente desde la Iglesia argentina que no exige investigación y justicia para sus miembros.

Fuente: http://www.8300.com.ar (7 de agosto de 2004)


El Obispo apedreado por los dueños de la tierra

Homenaje al Obispo Angelelli

Por Osvaldo Bayer

Mi contacto con la figura de Angelelli principalmente se debió a que hicimos para la televisión alemana un film documental sobre Angelelli, de manera que me tuve que meter profundamente con la figura de él, con testigos de la época, con amigos y también con enemigos. El primer viaje que hicimos con la TV alemana fue a pedir una entrevista con Monseñor Primatesta, Obispo de Córdoba, para preguntarle qué opinaba de su Obispo Auxiliar, que había sido Monseñor Angelelli, y él nos contestó, a través de un secretario, que no tenía absolutamente nada que decir. También he leído las cartas del archivo del obispado de La Rioja, a las cuales llegamos a través del Obispo White, que fue el nombrado para reemplazar a Angelelli, que nos dio libertad de ver los documentos, pero nada más; no quiso abrir tampoco ninguna opinión sobre el mártir de La Rioja.

La primera escena que nos hace entender profundamente quién era Angelelli la da esto, que nuestro querido compañero cordobés delineó, y que son «las tierras de Asalini», el lugar llamado Aminga. Es ahí donde Angelelli ayuda a la cooperativa de viñateros que querían aprovechar esas tierras, pero más que tierras las aguas; es decir, lo más valioso en La Rioja son las aguas y no la tierra; y ahí estaban las mejores aguas, en ese territorio abandonado del predio de Asalini. Los herederos de Asalini se habían ido a vivir a Roma y nos les interesaba nada de eso, se había abandonado todo ese hermoso lugar para los viñedos. Esa gente entonces, los auténticos trabajadores de la tierra, del agua y del vino, quisieron hacer una auténtica cooperativa «Coodetral»; y realmente la crearon desde la base con la ayuda y el consejo del Obispo Angelelli. Por supuesto, y esto lo hace tan actual a la figura de Angelelli y a todos estos episodios, ¿de dónde vino la reacción? De un lugar que se ha hecho célebre en La Rioja, de Anillaco. De Anillaco vino la reacción. Nosotros, y esto está grabado y filmado, fuimos a la bodega Menem y fuimos atendidos por Amado Menem, que es el administrador de la bodega. Y es interesante ver a Amado Menem describir a este Obispo y señala con todo desparpajo frente a las cámaras de la TV alemana: «Él se la buscó. Era un comunista» Tal cual. No he agregado una sola palabra a las declaraciones de él. Y entonces nos describe, como un acto realmente democrático y heroico por parte de los bodegueros, de los dueños de todas esas zonas, cómo lo corrieron a pedradas al Obispo. Ustedes saben de aquel episodio, muchos de ustedes lo habrán leído, Angelelli con un cura que lo acompaña llegan a Anillaco y allí lo está esperando la barra brava de los viñateros. Yo acá tengo una solicitada del diario El Sol que lo llamaba «Satanelli» a Angelelli, donde está el Centro de la Juventud Amingueña que es el Centro que se opuso a que los hombres de la tierra tuvieran su cooperativa y explotaran esas tierras abandonadas. Este Centro saca una solicitada donde acusa al Obispo de subversión, de tratar de terminar con la verdadera religión católica. Uno de los firmantes de apellido Menem muy preocupado por que dice que Angelelli estaba falseando la fe católica al llevar el comunismo a los trabajadores de la tierra.

Fue uno de los que comandó ese especie de comando que recibe a pedradas a Angelelli, quien tiene que buscar refugio en la parroquia de Anillaco con el otro cura y puede abandonar recién ese recinto después de varias horas de estar adentro y se le grita de todo: «Comunista, marxista, etc.» Esto el propio Amado Menem lo contaba como un gran hecho: «Era la población auténtica de Anillaco» No, era la gente pagada por los bodegueros que apedreó al Obispo. ¡Fíjense qué figura evangélica! El obispo apedreado por los dueños de la tierra.

Y aquí viene la cosa de tipo política. En un Tiguanaco, la fiesta popular donde concurrieron todos los trabajadores de Aminga presididos por el Obispo, él pide la audiencia con el gobernador, nuestro actual presidente. Y, ¿qué le dice Carlos Menem? «Por supuesto, señor Obispo. "Piden la expropiación de la tierra, que la provincia expropie las tierras y se la dé a los trabajadores. Y Carlos Menem le promete que sí. Después lo tiene que aprobar la legislatura. Y ocurre una cosa por primera vez en la legislatura riojana. El bloque peronista al votar esta ley de expropiación se divide. Todos respondían a Menem pero justamente al votar esta ley se dividen, y desgraciadamente el bloque radical, y esto es una vergüenza para el radicalismo, en La Rioja se junta con los disidentes del peronismo y rechazan la ley de expropiación de la tierra. Esta fue una maniobra de Carlos Menem gobernador para no legalizar la entrega de tierras a los trabajadores.

Paso ahora a otra escena de las que a mí me emocionaron hondamente que es un viaje que hace el Obispo en su viejo auto y llega a la parte de los bosques riojanos donde están los leñadores, los trabajadores de la madera y en el camino encuentra un cortejo de trabajadores y sus familiares y llevan en angarillas un cadáver de un trabajador muy joven muerto por el Mal de Chagas que lo llevan en angarillas para sepultarlo en el cementerio de la zona. Entonces el Obispo detiene el auto, todos se detienen y él les pregunta: «¿a dónde lo llevan?». «Lo llevamos a enterrar al cementerio» Y el Obispo pregunta: «Y cómo, ¿no tienen ataúd?» La gente baja la mirada al suelo y avergonzados dicen: «No tenemos dinero, señor Obispo». Y el Obispo los acompaña, bendice al muerto, de acuerdo al rito católico, es enterrado, y vuelve a la capital de La Rioja y ese domingo en la misa de diez dice un sermón que le costará la vida. Él cuenta este episodio del encuentro con los leñadores que volteaban árboles, las mejores maderas de La Rioja que se exportan para hacer muebles y se exportan hacia Europa, y señala y dice: «¡Qué pecadores que somos que ni siquiera en nuestra tierra los trabajadores de la madera, de la leña, de los árboles, pueden tener un ataúd para los hombres de trabajo, para sus compañeros de trabajo». Y estaban en primera fila el brigadier Aguirre, el coronel Pérez Bataglia con sus familias. El brigadier Aguirre se levanta y dice: «Señor Obispo hemos venido a escuchar la santa misa y no a escuchar discursos políticos» Y es entonces cuando Angelelli indignado toma la actitud bíblica y lo expulsa del templo, expulsa a los mercaderes del templo y le dice: « Usted deje el templo que usted no pertenece a nuestra religión» Esto lo dice justo delante de la familia de los militares, y que se retiran todos.

El jueves siguiente son asesinados estas hermosas figuras que son estos curas de Angelelli, Gabriel Longeville, francés, Juan de Dios Murias, son buscados, sacados, secuestrados y aparecen asesinados junto a las vías, y también Wenceslao Pedernera, un criollo, hombre que ayudaba a los curas, hombre de profunda fe cristiana que también es asesinado con ellos. Es realmente conmovedor ver las tumbas de estos tres mártires asesinados antes que el Obispo.

Y es ahí donde el Obispo comienza la averiguación de los hechos. Va a Chamical, el lugar donde estos curas tenían su capilla junto a las monjas que los ayudaban. El Obispo va a visitar a las monjas. Ellas me han descrito esa última mañana. Pasa la noche recogiendo datos, los pone todos en una carpeta con todas las declaraciones que ha ido juntando sobre el asesinato de sus dos curas y de Wenceslao Pedernera. Pone la carpeta en el asiento de atrás del auto cubierta por una manta. Me contaron las dos monjas que no quiso almorzar, sólo comió higos frescos, y partió con ese joven cura, un cura nuevo, el cura Pinto que lo acompañará. Al llegar a Punta de los Llanos ocurre lo que ya han relatado los compañeros acá: es asesinado el Obispo.

Yo he descrito, porque nosotros queríamos hacer un film, a la usanza de la Patogonia Rebelde, con la figura de Angelelli, y lo íbamos a hacer con Olivera en el año 1988, después, desgraciadamente no se consiguió el dinero para hacerlo, pero creo que es un gran film que nos espera acá en Argentina, hacer esta figura. Yo he descrito también con el testimonio del Padre Pintos cómo fue este último momento, que ya describió muy bien este riojano que está aquí al lado mío (De Leonardis) y digo (justamente esa es la escena final): «La ruta está vacía, es la hora de la siesta y no se ve ni un alma, ni siquiera algún chango a orillas del camino. El llano aparece amenazante en su total soledad. La camioneta va a mediana velocidad. El Padre Pintos desde el asiento de acompañante mira hacia atrás. No hay nadie. La ruta infinita. Nada. Reverberos de luz. Y de pronto el Obispo desde el volante le susurra al Padre Pintos: ‘¿Y qué quiere éste?’ El cura Pintos mira con un hilo de terror en la espalda que repentinamente tienen al lado a un auto que marcha a su misma altura y dirección que ellos. Alcanza a ver a un chofer desdibujado que se les mete delante como empujándolos para el costado, cerrándoles el paso. El Obispo previendo el choque intenta una frenada y desvía la camioneta que comienza a dar tumbos en la banquina. Luego, sólo el ruido del viento suave al pasar por entre los pastos y el polvo reflejado por el sol. Se oyen pasos, un abrir de puertas y el arrastrar de un cuerpo. Sólo sonidos en el polvo. No hay imagen de lo que ocurre. Segundos después, unos golpes contra algo óseo. La imagen desde arriba muestra la ruta y en el medio de ella un hombre con sotana con los brazos abiertos en cruz sobre el medio de la calzada. Un hilo de sangre se ha ido vertiendo hasta la banquina. Un hombre crucificado en la ruta. Es el Padre Obispo.

La imagen se eleva una vez más y muestra toda la inmensa soledad de ese hombre en medio del paisaje árido y desolado de los llanos riojanos. El alma del Padre Obispo quedará para siempre impreso en el paisaje. Aparecerá sin espacio en una carreta de bueyes en los caminos altos de los cerros (hay una hermosa fotografía del Obispo al lado de una riojana en una carreta con bueyes); o por sobre las cumbres apoyándose con un bastón hecho de una rama (como también está fotografiado); o por un sendero andando en burro; o de pronto en una punta de los llanos con su sotana azotada por el viento; se lo verá irse por la espalda o aparecer de frente. El Padre Obispo no morirá para los riojanos humildes. Estará permanentemente presente para los lugareños y se aparecerá a los viajeros, igual que aquel Chacho Peñaloza del siglo pasado que se reveló con sus montoneros contra los poderosos. La silueta del Padre Obispo aparecerá en los amaneceres lechosos de niebla, o a la luminoso hora de la siesta, o al atardecer, cuando los hacheros y mineros regresan a sus ranchos.

Osvaldo Bayer es historiador y escritor argentino


Angelelli de todos

Por Washington Uranga, Página/12. Argentina, 4 de agosto 2005

El 4 de julio de 1976, en el barrio de Belgrano, en Buenos Aires, cinco religiosos palotinos fueron asesinados. El 18 de julio del mismo año, los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville corrieron la misma suerte en El Chamical, en La Rioja. El obispo de entonces, Enrique Angelelli, decidió ir al lugar, iniciar por su cuenta las investigaciones y denunciar los motivos de los asesinatos. El propio Angelelli había reunido pruebas que daban cuenta de que los curas de El Chamical habían sido sacados de la casa en la misma noche de su muerte por varios hombres armados que vestían de civil y que mostraron credenciales de la Policía Federal. Al día siguiente los sacerdotes fueron encontrados acribillados a balazos en las afueras del pueblo. Uno de ellos tenía evidentes signos de tortura. El 25 de julio un grupo de encapuchados se presentó en parroquia de Sañogasta buscando al párroco. No lo encontraron. El cura, advertido por el obispo, había abandonado el lugar. Entonces la comitiva asesina dirigió sus pasos hacia la casa de un militante cristiano, laico y perteneciente al Movimiento Rural, Wenceslao Pedernera. A este hombre de 38 años lo ametrallaron a la vista de su familia.
El asesinato del obispo Enrique Angelelli, ocurrido el 4 de agosto de 1976 y del que se cumplen 25 años, no puede ser visto de manera aislada, sino como parte del contexto de persecución que instaló la dictadura militar y que también tuvo como destinatario a un sector de la Iglesia Católica comprometido con las luchas populares. Angelelli sabía que estaba sentenciado a muerte. Además de las amenazas recibidas, él mismo había visto una lista de presuntas víctimas en la que estaba incluido. Los sacerdotes le habían pedido que dejara La Rioja. Sin embargo, decidió permanecer y hacerse cargo personalmente de la investigación por los asesinatos de los curas de El Chamical.

El 4 de agosto en la carretera que conduce a la capital riojana y a la altura de Punta de los Llanos, Angelelli murió ultimado a golpes con piedras después de que su camioneta volcó a raíz de un accidente provocado y él, accidentado pero aún con vida, quedó sobre el pavimento. La policía bloqueó la zona e incautó el vehículo. Apenas pocas horas después la carpeta con toda la documentación probatoria que Angelelli había logrado reunir sobre el asesinato de los curas Longueville y Murias estaba en el despacho del ministro del Interior de la dictadura, general Albano Harguindeguy.

El pueblo cristiano de La Rioja transformó a Angelelli en mártir desde el momento mismo de su asesinato y más allá de cualquier reconocimiento formal eclesiástico o de procesos judiciales falseados o truncos. Otros, también no católicos, lo incorporaron a sus propias banderas. Quizá recordando que ese cura cordobés que llegó a La Rioja para ser obispo, lo hizo diciendo que quiero "comprometerme con ustedes y ser un riojano más" y lo fue hasta la muerte. En esa misma ocasión les había pedido a sus fieles católicos que "oren para que sea el obispo y amigo de todos, de católicos y no católicos, de los que creen y de los que no creen pero que luchan contra las injusticias".


Reactivan la investigación por el asesinato del obispo Enrique Angelelli

El sacerdote que oía al pueblo

Fuente: Pagina 12, 10 de octubre 2005

La Justicia decidió ordenar medidas de prueba en la causa, que estaba paralizada desde la sanción de las leyes de punto final y obediencia debida. Angelelli fue asesinado el 4 de agosto de 1976, pero su crimen trató de encubrirse como un "accidente". La jerarquía eclesiástica nunca reclamó que se investigara.

Enrique Angelelli fue asesinado en una ruta de La Rioja.

Por Victoria Ginzberg

El obispo Enrique Angelelli fue asesinado el 4 de agosto de 1976. Pero pasaron diez años hasta que la Justicia reconoció que su muerte no había sido un "accidente" sino un "homicidio calificado". Tuvieron que transcurrir otros 19 para que la investigación se reactivara. "El tiempo no nos aterra. Nos molesta la sensación de impunidad que hay en Argentina y que recién ahora se está empezando a revertir. Esto tiene un gran valor porque indica que es posible hacer justicia, que no hay que dejársela a los poderosos", señaló a Página/12 Luis Brizuela, uno de los abogados que impulsa la causa.
La decisión de reactivar rápidamente la investigación se terminó de acordar en una reunión que se realizó el jueves entre el fiscal federal Horacio Salman, el juez federal subrogante de La Rioja, Franco Romano Grassi, el fiscal general de Córdoba, Alberto Gabriel Losada, y la fiscal cordobesa Graciela López de Filoñuk. Estos dos últimos fueron nombrados por la Procuración General de la Nación como investigadores coadyuvantes para acelerar la reapertura del expediente.
"Cerca de fin de mes se producirán medidas", adelantó a Página/12 un funcionario judicial vinculado con el caso. Por el momento, no se ordenarían detenciones sino declaraciones de testigos.
Angelelli no será la única víctima del terrorismo de Estado de La Rioja cuyo expediente se desempolvará: hay cerca de 40 causas de desapariciones, asesinatos y secuestros durante la última dictadura en esa provincia que tendrá la misma suerte. Entre ellas figuran los asesinatos de los sacerdotes de Chamical Carlos de Dios Murias y del francés Gabriel Longueville, que fueron ejecutados pocos días antes de la muerte de Angelelli.
El crimen de Angelelli fue el punto cúlmine de la persecución de la Iglesia riojana, diócesis que el obispo conducía, como él mismo definía, con "un oído en el Evangelio y otro en el pueblo".
El 18 de julio de 1976 –relata Emilio Mignone en Iglesia y Dictadura– un grupo de hombres de civil que se identificaron como miembros de la Policía Federal pidieron hablar en Chamical con Longueville y Murias y les dijeron que tenían que viajar con ellos a La Rioja. A la mañana siguiente, los cadáveres de los sacerdotes aparecieron en el Chañar, con signos evidentes de haber sido torturados. Una semana después fue asesinado en Sañogasta Wenceslao Pedernera, un cristiano activo en las cooperativas agrarias y ligado a Angelelli.
El obispo de La Rioja sabía que lo perseguían. "Estoy solo entre mis hermanos obispos de la Argentina", escribió en esa época en una carta personal. El 4 de agosto decidió volver de Chamical a La Rioja acompañado por el sacerdote Arturo Pinto. Llevaba un maletín con documentación sobre los crímenes de Murias y Longueville. A la altura de Punta de los Llanos un Peugeot blanco cerró el paso a su camioneta y la hizo volcar. Pinto quedó desvanecido. El cadáver de Angelelli, con los brazos en cruz y el cráneo destrozado, estaba a 25 metros del lugar. Las pericias demostraron que no pudo haber salido por el parabrisas ni por la puerta.
Todo indicaba que había sido asesinado con un golpe en la nuca y luego arrastrado. Pero la jerarquía eclesiástica no reclamó una investigación, sino todo lo contrario. "Para hablar de crimen hay que probarlo y yo no tengo ningún argumento en ese sentido", señaló el cardenal Juan Carlos Aramburu. Su colega Raúl Primatesta tuvo una actitud similar.
La causa quedó caratulada como "accidente" hasta que en 1986 el juez Fermín Morales declarara que la muerte de Angelelli fue "un homicidio fríamente premeditado y esperado por la víctima". Las leyes de punto final y obediencia debida paralizaron la investigación que involucraba, como máximos responsables –al margen del jefe del Tercer Cuerpo de Ejército Luciano Benjamín Menéndez– al coronel Osvaldo Pérez Battaglia, jefe de área 314 y a Jorge Pedro Malagamba, jefe del Batallón de Ingenieros de Construcciones de La Rioja.
El 4 de agosto pasado el presidente Néstor Kirchner viajó a La Rioja y participó de un homenaje a Angelelli. "No murió en un accidente. Terminemos con la mentira y la hipocresía. Lo mataron por defender la verdad y la justicia", dijo el Presidente y anunció que apoyaría la reapertura de la investigación. Las declaraciones de Kirchner parecen haber otorgado al expediente el impulso político que necesitaba desde que en 2000 fue enviado desde los tribunales de Córdoba junto con el resto de las causas vinculadas con violaciones a los derechos humanos de La Rioja. El nombramiento de los fiscales cordobeses como "coadyuvantes" por parte del procurador Esteban Righi terminó de preparar el terreno.
"En La Rioja estamos lejos de tener una Justicia independiente, la impunidad sigue –señaló Brizuela, quien se presentará como querellante–. Pero ahora tenemos confianza porque el tiempo incluso puede jugar a favor; la presión política de los militares se ha diluido y nosotros vamos a continuar, porque se trata de delitos de lesa humanidad que no prescriben."

ROBERTO DISTEFANO, DOCTOR EN HISTORIA RELIGIOSA

"Fue aniquilado con saña"

"La reapertura de la causa tiene importancia para la sociedad, pero sobre todo para la Iglesia", plantea el historiador Roberto Distéfano, que es doctor en historia religiosa por la Universidad de Bologna y coautor con Loris Zanatta del libro Historia de la Iglesia Argentina.
–¿Cómo influyó Angelelli en la renovación de la Iglesia?
–Angelelli fue una de las figuras paradigmáticas de la renovación conciliar. Ya siendo sacerdote había trabajado con sectores trabajadores: en los años ’50 atendía la capilla Cristo Obrero de Córdoba y era asesor de la Juventud Obrera Católica. Cuando en 1961 fue consagrado obispo, la catedral de Córdoba estaba llena de trabajadores. En 1968 fue designado obispo de La Rioja, mientras en Medellín se reunía el episcopado latinoamericano. La acción de Angelelli en La Rioja se caracterizó por el apoyo de los reclamos de los trabajadores urbanos y rurales, por la organización de cooperativas y por las denuncias de los abusos de poder. Por supuesto, sus enemigos se multiplicaron y la historia terminó de la manera más lamentable: puesto que los conflictos católicos y los del país se superponían, los sectores más comprometidos con la opción por los pobres fueron aniquilados con saña. Con más saña, tal vez, que la que se desencadenó contra otros sectores. Tras el secuestro, tortura y muerte de algunos de sus sacerdotes y laicos, Angelelli fue asesinado en un accidente simulado.
–¿Qué importancia tiene la reapertura de la causa?
–La reapertura de la causa tiene importancia para la sociedad en su conjunto, pero sobre todo para la Iglesia. Para la sociedad, porque si bien todo caso de violación de los derechos humanos es gravísimo, como enseña la misma Iglesia, el de Angelelli posee connotaciones especiales: se trataba de un obispo, es decir, de un referente importante, para creyentes y para ateos. Era miembro pleno de lo que suele llamarse "clase dirigente". Para la Iglesia es más importante aún, porque en estos casi 30 años las opiniones católicas han estado divididas también en relación con el significado de su muerte: mientras algunos lo consideran un mártir, otros juzgan que no hay pruebas suficientes para hablar de asesinato, o bien opinan que aun en el caso de que el crimen se demostrase fehacientemente, el móvil no habría sido su fe sino sus "ideas extraviadas".

Reportaje: Werner Pertot.

"NO HAY ARCHIVOS"

El gobernador José Manuel de la Sota respondió ayer a través de un comunicado a un pedido del intendente de Córdoba Luis Juez para que se abran los archivos de la última dictadura y se revelen nombres y datos sobre personas involucradas en violaciones de derechos humanos. "No existen en las fuerzas policiales o de seguridad de esta provincia archivos secretos", señaló el comunicado del gobierno provincial. Juez había pedido la apertura de los archivos en una carta enviada a De la Sota, luego de que se conociera que el director de Espectáculos Públicos de la municipalidad, Oscar Cuassolo, trabajó durante la dictadura en el Departamento de Informaciones de la Policía (D2). Esa dependencia fue uno de los principales centros de detención y tortura de la provincia. Aunque Cuassolo aseguró que sólo trabajó en tareas culturales, tuvo que renunciar a su cargo.

Martirio y verdad

Por Washington Uranga

La reapertura del "caso Angelelli" representa un paso de enorme importancia dentro de otros igualmente significativos en la tarea de devolverle a la Argentina una memoria veraz sobre lo sucedido en este país en materia de derechos humanos. Que la Justicia vuelva sobre sus pasos para reconstruir la verdad de los hechos es una brisa de aire fresco y un acontecimiento que debe ser celebrado. Por otra parte, la medida no hace sino encaminar en términos jurídicos aquello que la historia y la memoria del pueblo riojano dictaminaron desde siempre: el asesinato-martirio del padre obispo Enrique Angelelli. Para comprobarlo, sólo hace falta recorrer con atención aquel tramo de la ruta 38 en La Rioja donde Angelelli derramó su sangre, lugar que los riojanos pobres, aquellos que lo conocieron personalmente o por tradición popular, han convertido en santuario.
"Un oído en el pueblo y otro en el evangelio", quizás la frase más recordada de Angelelli y que fue además lema de su vida, es la misma a la que apelan hoy quienes lo recuerdan para afirmar que "¡Ese sí que era un cura del pueblo!". Para los sectores de base de la Iglesia Católica y para aquellos comprometidos con la opción por los pobres, Angelelli es un símbolo y nunca han dudado en reconocer su condición de mártir.
Para la Iglesia institucional como para la jerarquía, en cambio, Angelelli sigue siendo un gran signo de contradicción. Nunca los obispos se atrevieron a reconocerlo como mártir. Muchas veces se han escudado falazmente en la falta de pruebas judiciales sobre el asesinato cuando, en realidad, en la más sana tradición católica ése es un elemento totalmente secundario. Es la comunidad cristiana, a través de su testimonio, quien refrenda la condición de mártir de quien ha entregado su vida al servicio del evangelio. Muy probablemente la falta de reconocimiento eclesiástico a Angelelli tenga que ver también con el hecho de que la figura del riojano, su trayectoria y su opción de vida se levantan como evidencia de contradicción con el estilo de vida y las opciones de muchos jerarcas más afectos a los goces del poder que a los sinsabores del compartir con los pobres.
A pesar de las tres décadas transcurridas, quizás la reapertura de la causa judicial pueda aportar no sólo datos sobre los responsables directos del asesinato, sino echar también luces sobre las razones del silencio eclesiástico. Sin dejar de recordar que el asesinato de Angelelli se produjo cuando el obispo se encontraba en plena investigación y aparentemente contaba con información valiosa acerca de los motivos de la muerte de dos de sus sacerdotes, Gabriel Longueville y Juan de Dios Murias, también asesinados pocos días antes. Esa documentación que portaba Angelelli el día de su muerte desapareció, nunca fue recuperada y el caso de los dos curas también quedó en las sombras.
Probablemente, la reapertura del caso no arroje datos sorprendentes en lo judicial, pero quizás sirva para remover conciencias y seguramente provocará más de un sacudón en el interior de la misma institución eclesiástica. De cualquier manera, es un paso adelante en favor de la memoria y la verdad.

Fuente: Página/12, 10 de octubre 2005


Prueba judicial del martirio

Expte. Nº 23.350 – Año 1983 – Letra "N", caratulado "N.N. – Homicidio Calificado y Tentativa de Homicidio Calificado". Juez: Dr. Aldo Fermín MORALES. Secretaria: Dra. Mabel Lucía FALLABRINO.

LA RIOJA, diecinueve de junio de mil novecientos ochenta y seis. I VISTO: Este proceso caratulado "N.N. – Homicidio Calificado y Tentativa de Homicidio Calificado", Expte. Nº 23.350 – Año 1983 – Letra "N", que tramita por ante este Juzgado de Instrucción en lo Criminal y Correccional Nº 1. DE LOS QUE RESULTA: Que la tarea investigativa, a pesar de las voluminosas y complejas actuaciones cumplidas, no encuentra hasta la fecha elementos probatorios que permitan individualizar a responsables directos e indirectos del hecho investigado. Que ante ello, esta instrucción estima necesario dejar fijado el hecho, en base a los elementos de prueba existentes, y requerir la colaboración de la población para poder concretar la imputación jurídico delictiva penal. Que los hechos probados son los siguientes: Con motivo del homicidio de los Sacerdotes Carlos de Dios MURIAS y Gabriel LONGEVILLE, el Obispo Angelelli se trasladó a la Ciudad de Chamical – Provincia de La Rioja – para participar en los oficios religiosos del novenario. Que en esa Ciudad el Obispo se dedicó a reunir material acerca de aquellos homicidios, entrevistando a numerosas personas y formando una carpeta con todo el material reunido. Que encontrándose el Obispo en la Ciudad de Chamical con el motivo expuesto, recibió una invitación para hacer un curso en Perú, siendo aconsejado por sus vicarios que aceptara – en miras a salvaguardar su integridad -, manifestando el Obispo que el Pastor no debía dejar solas a sus ovejas. Que también en la Ciudad de Chamical, el día tres de agosto de mil novecientos setenta y seis, se desarrolló una reunión en la que participaron el Obispo Angelelli y un numeroso grupo de Sacerdotes y Monjas. En dicha reunión estos últimos le manifestaron a Monseñor Angelelli el temor por su vida, circunstancia en que el Obispo, reiterando expresiones vertidas en otras circunstancias, dibujó un espiral para hacer más gráfica su expresión, espiral en el que fue ubicando figuradamente los asesinatos de los Sacerdotes MURIAS y LONGEVILLE y del laico de Sañogasta – Wenceslao PEDERNERA -, para concluir ubicándose a sí mismo en el centro del dicho espiral, manifestando que a quien en definitiva buscaban era a él. Que el día cuatro de agosto de mil novecientos setenta y seis Monseñor Angelelli solicita al entonces Sacerdote Arturo Aído Pinto que lo acompañe en el viaje desde la Ciudad de Chamical a la Ciudad de La Rioja. El Obispo le requiere también a Pinto que antes de viajar lleve la camioneta Fiat 125 multicarga, modelo 1973, chapa patente F 007.968 en la que se conducirían, hasta una estación de servicio ubicada sobre la Ruta N. 38, en el extremo Este de Chamical, para efectuar un control de presión de los neumáticos, combustible y aceite, lo que Pinto cumplimenta antes del mediodía. Que el Obispo almorzó el día cuatro de agosto de mil novecientos setenta y seis en la Parroquia de Chamical, junto a los Sacerdotes Armando Amiratti, Arturo Aído Pinto y Francisco Canobel y algunas religiosas, iniciando el viaje hacia La Rioja el Obispo junto a Pinto, aproximadamente a las catorce horas treinta minutos. Que conducía el vehículo Monseñor Angelelli, haciéndolo en forma normal y tranquila, tomando la precaución de salir desde la Ciudad de Chamical hacia la Ruta N. 39 por el trazado viejo de la ruta, para evitar evidenciar su viaje. Que el Obispo llevaba consigo la carpeta que contenía los antecedentes recopilados en relación al asesinato de los Sacerdotes MURIAS y LONGEVILLE, carpeta que guardó detrás del asiento de la camioneta. Que sobre la Ruta 38, en proximidades del mojón que indica el kilómetro número mil cincuenta y seis, luego de trasponer "el bordo" – elevación del terreno -, a unos seis kilómetros después de pasar la localidad de Punta de los Llanos en dirección a la Ciudad de La Rioja, otro vehículo que circulaba en la misma dirección, de color claro, posiblemente blanco, aparentemente Peugeot 404, alcanzó a la camioneta por la izquierda de ésta, encerrándola bruscamente, en momento en que se produce una explosión, perdiendo Pinto el conocimiento en ese momento. Que la camioneta en tales circunstancias sale a la banquina derecha, para ingresar nuevamente a la Ruta, aproximadamente a unos ochenta metros, y vuelca. Que del espectro probatorio reunido surge: que el cuerpo del Obispo quedó a unos veinticinco metros del lugar de reposo final de la camioneta, en posición de cubito dorsal, con ambas manos extendidas, cara hacia el cielo, cuerpo extendido con los pies juntos, cabeza hacia el Oeste y pies hacia el Este, mostrando ambos talones pérdida de la piel, no teniendo nada de esto en el rostro ni en el cráneo, encontrándose descalzo; que el cuerpo de Monseñor Angelelli fue arrastrado hacia dicho lugar; que ello permite inferir intervención posterior al hecho de parte de sus autores; que la camioneta presentaba una goma desinflada, cuya cámara tenía un corte de trece centímetros, lo que no fue causa del vuelco según pericial mecánica practicada. Que indudablemente el Obispo Angelelli, los Sacerdotes, las religiosas y el consenso general esperaban o temían la eliminación física de Monseñor Angelelli. Que ello resulta evidente de las conversaciones referenciadas supra, de numerosas testimoniales obrantes en autos, y de la precaución tomada al emprender el viaje desde la Ciudad de Chamical el día cuatro de agosto de mil novecientos setenta y seis, saliendo por el camino viejo y no por la ruta nueva, para no evidenciar la salida. Que por ello, doy por acreditado que el hecho que costara la vida a quien fuera Obispo de La Rioja hasta el día cuatro de agosto de mil novecientos setenta y seis, Monseñor Enrique Ángel Angelelli, ha sido: homicidio; habiéndose producido su muerte en el lugar precitado, aproximadamente a las quince horas del día premencionado. En consecuencia, y ante la imposibilidad de prescripción de la acción penal, este Juzgado debe apelar a la comunidad, para que quien o quienes tengan conocimiento de circunstancias que permitan individualizar a los culpables efectúen su aporte a este Juzgado. Que por ello deberá solicitarse la colaboración de las Subsecretarías de Gobierno y Derechos Humanos, y de Prensa y Difusión de la Provincia de La Rioja, a fin de que por todos los medios a su alcance instrumenten el requerimiento aludido. Que por lo expuesto, ante Juzgado de Instrucción en lo Criminal y Correccional N. 1 de la Ciudad de La Rioja, RESUELVE: I) Declarar que la muerte de Monseñor Enrique Ángel Angelelli no obedeció a un accidente de tránsito, sino a un homicidio fríamente premeditado y esperado por la víctima. II) Oficiar a las Subsecretarías de Gobierno y Derechos Humanos, y de Prensa y Difusión de la Provincia de La Rioja, a fin de solicitar su colaboración para requerir por todos los medios a su alcance, el aporte de la población para individualizar a los culpables del hecho investigado. III) Protocolícese y notifíquese.
(firmado)

Dr. ALDO FERMÍN MORALES
Juez de Instrucción en lo
Criminal y Correccional N. 1
LA RIOJA
Dra. MABEL LUCÍA FALLABRINO
Secretaria
Juzgado de Instrucción N. 1
en lo Criminal y Correccional

Expte. Nº 23.350 – Año 1983 – Letra "N", caratulado "N.N. – Homicidio Calificado y Tentativa de Homicidio Calificado". Juez: Dr. Aldo Fermín MORALES. Secretaria: Dra. Mabel Lucía FALLABRINO.

LA RIOJA, veinticinco de junio de mil novecientos ochenta y seis. AUTOS Y VISTOS: Para considerar y resolver los presentes, Expte N. 23.350 – Año 1983 – Letra "N" – Caratulados: "N.N. - Homicidio Calificado y Tentativa de Homicidio Calificado", que tramitan por
ante este Juzgado de Instrucción en lo Criminal y Correccional Nº 1, Y CONSIDERANDO: I) Que con fecha diecinueve del corriente mes y año se dictó resolución en la presente causa, y que a fs. 1734 vta. de la misma en el penúltimo párrafo de los resultandos se lee: "En consecuencia, y ante la imposibilidad de prescripción de la acción penal,..."; - cuando debió decir: "En consecuencia, y ante la posibilidad de prescripción de la acción penal,..." por lo que corroborado dicho error material en el auto premencionado el proveyente, RESUELVE: I) Subsanar el error material del auto de fs. 1733/1735 debiéndose reemplazar en fs.1734 vta. la palabra "imposibilidad" por "posibilidad", art. 127 del C.P.P. – II) Protocolícese y notifíquese.-
(firmado)

Dr. ALDO FERMÍN MORALES
Juez de Instrucción en lo
Criminal y Correccional N. 1
LA RIOJA

Dra. MABEL LUCÍA FALLABRINO
Secretaria
Juzgado de Instrucción N. 1
en lo Criminal y Correccional



Amenaza anónima enviada por los terroristas de Estado al obispo de Viedma Miguel Hesayne poco tiempo después del asesinato de Enrique Angelelli.

Homilía con motivo del 25 aniversario de su martirio

Por Quito Mariani

El texto que transcribimos a continuación corresponde a la homilía de la misa del 3 de Agosto del 2001. Esta celebración contó con la participación de numerosas comunidades de todo el país y fue concelebrada por más de 60 sacerdotes.

Soy figurita repetida en la celebración cordobesa de los aniversarios de Angelelli. Desde aquella primera celebración en el año 1981, en la humilde capilla de la Parroquia de San José, frente a la Plaza de los burros, que estaba rodeada de camiones del Ejército, pasando por la de Santo Domingo en los 10 años de la muerte del "Pelao". en la que nos tiraron al final bombitas de olor; y por una feliz coincidencia, la de la Catedral tomada por las Organizaciones de base, que viví realmente con emoción y con orgullo cuando desde la puerta grande de la Catedral, la imagen de Angelelli en ese cartel grande que se lleva en las marchas, empezó a avanzar por el pasillo del centro. Esa Catedral de la que él había sido desalojado literalmente. Además de una historia de desplazamiento de la Diócesis, nunca habíamos podido conseguir que una celebración de su martirio se hiciera allí. Y todo ¿por qué? Porque él había cometido el pecado tremendo de ser mártir. De gritar con su sangre cuál era el camino que la Iglesia debía seguir, fuera de las Catedrales.

Y hoy, finalmente, en coincidencia con mis bodas de oro sacerdotales (porque a esto se debe que haya aceptado ser figurita repetida), estos veinticinco suyos, las bodas de plata, de la plenitud del sacerdocio de Enrique Angelelli. Porque yo creo que la plenitud de su sacerdocio, no le vino con la imposición de las manos que le hicieron los Obispos, sino con esas manos que, como traducción del odio de todos los que estaban en contra del pueblo y de los pobres, le rompieron la cabeza y derramaron su sangre sobre la tierra de los Llanos. Yo creo que con esa imposición de manos quedó establecida la plenitud del sacerdocio de Monseñor Angelelli, y por eso, me siento muy chiquito pero también no me he animado a decir que no, para terminar esta serie de presencias a veces corajudas, a veces llena de miedo, a veces con improvisación y a veces con preparación, que he tenido en los distintos aniversarios del querido amigo.

Y bueno, como se trata de esta coincidencia de los 50 años míos con los 25 de él, yo que debo ser uno de los pocos, si no el único sobreviviente de los compañeros de seminario de Angelelli, que lo conocí desde muy joven, quiero hacer un relato familiar.

Recuerdo, por ejemplo que en segundo de teología, había dos seminaristas que tenían bastante escasez de pelo. Entonces una viejita de las sierras, de las que nos lavaban la ropa, les dio una receta: "Miren chicos, rápense y lávense todos los días con agua de ombú" y así les va a crecer el pelo, porque ustedes son muy jóvenes. El Pelado y el turco Durgam que era el otro, santiagueño, cumplieron con la receta y desde entonces, nunca más se vio pelo en sus cabezas. Desde allí, empezamos a llamarle "Pelao". Muchos piensan que este fue un sobrenombre de su madurez. No, lo fue de su juventud. Desde los 21.

Otra coincidencia que nos acerca mucho: Cuando él estaba en cuarto año de teología y era Prefecto de la división de los teólogos, yo estaba en primero, y a fin de ese año, Monseñor Lafitte que era el Arzobispo de Córdoba, con el Rector del Seminario, me eligieron para ir a completar mis estudios en Roma especializándome en derecho canónico. Angelelli fue el encargado de hacerme la oferta, la invitación. Yo en ese momento, como tantas veces en mi vida, estaba en una de esas tremendas dudas de si iba a ser cura o no. Además el Derecho Canónico no me interesaba, así que decliné la elección y la invitación. En mi lugar fue Angelelli a Roma.

Nos juntamos allí en otro recodo del camino.

En Roma, Angelelli se entusiasmó tremendamente con la figura de Pío XII que daba prestigio a la Iglesia, que había abierto la Iglesia en una cantidad de puertas que no llegaron ni de cerca lo que fue después, pero que comenzaba una especia de renovación por la admisión de las ciencias, por los contactos con toda la gente y el reconocimiento de las inquietudes sociales. Después se descubrieron muchas otras cosas que no eran tan lindas pero Angelelli se entusiasmó con esa figura y nos transmitió a nosotros en el seminario ,un fervor eclesial bárbaro.

Yo me acuerdo que si me hablaban de Iglesia, estallaba en el corazón como si estuviera de frente a una mujer de la que estuviera enamorado. En realidad, nos llenaron de euforia con ese prestigio indiscutible de la Iglesia. Creo que esas son raíces que se meten muy hondo y que algo del amor a la Iglesia posterior, se debió a esa especie de exaltación producida por el prestigio del "Pastor angélicus" como se lo llamó a Pío XII.

(Entonces yo era prefecto de una división menor y por eso recibía directamente sus cartas para entusiasmar a los que tenía bajo mi responsabilidad)

Volvió y fue párroco de Cristo Obrero. Venía con el entusiasmo de la J.O.C., la Juventud Obrera Católica, y con la novedad de la campaña "por un mundo mejor" del Padre Lombardi. En Cristo Obrero, yo lo acompañé en dos oportunidades, cuando él invitaba a la gente del otro lado de la Cañada, (ahora el otro lado de la cañada hay edificios monumentales, pero en ese tiempo, apenas tenía algunas casas humildes e invitaba a la gente del otro lado de esa cañada que era nada más que un riacho sucio que pasaba por el medio y cortaba la ciudad, y comía con ellos. En dos oportunidades estuve en ese almuerzo muy simple con ocho o diez personas pero que indicaba su atención por esa realidad que estaba al otro lado del torrente, al margen de la ciudad.

Mas adelante, fue nombrado Obispo Auxiliar porque, Monseñor Castellano a quien Enrique había sucedido como asesor jocista diocesano, lo eligió como colaborador directo.

Con Monseñor Castellano, los curas teníamos, en un gran porcentaje, la sensación de vivir en una Estancia con patrón o bajo disciplina militar. Vivíamos atemorizados, clandestinizando nuestros procederes más ingenuos, como por ejemplo participar de cualquier clase de espectáculos públicos sin permiso oficial o sacarnos la sotana para distintas actividades. Todo esto estaba penado por suspensión "ipso facto" es decir, la imposibilidad de ejercer el ministerio hasta el levantamiento de la pena.

Angelelli, Obispo Auxiliar y experto en derecho canónico, aceptó asesorarnos y se embarcó con nosotros en una carta a la Nunciatura que, finalmente, después de muchas alternativas, terminó logrando que se cambiara el Obispo, que se fuera Monseñor Castellano. Y nombraron, para colmar nuestras esperanzas, a Primatesta.

Angelelli estuvo con nosotros en esas jornadas, reconociendo nuestros reclamos, poniéndose cerca nuestro, sin ninguna ostentación así como sin ningún temor.

Cuando en el Seminario, él hizo la experiencia de mandar a los seminaristas a que estudiaran o a que terminaran su estadía en el seminario, en las parroquias, también fue absolutamente innovador.

Y finalmente, cuando, después de habernos anunciado que tenía mucho miedo y que creía que todo se encaminaba a que el próximo fuera él, unos días antes de que sucediera su asesinato, un compañero del 3er. Mundo, el Buba Nasser, decía con visión profética, que el asesinato se daría muy fácil si se fraguaba un accidente automovilístico.

Después, ni el mismo P. Nasser recordaba esto. Lo cual nos hacía pensar que el Espíritu había hablado por él, porque parecía realmente inimaginable que el Gobierno se atreviera con él, Obispo (con todo el Episcopado detrás) y tan conocido y prestigiado.

A la semana, nos dijeron que ese accidente se había producido y por eso, inmediatamente, con la conciencia interior de que había sido un asesinato, nos fuimos a La Rioja con Marcelo Sarrail y allí, en el funeral, me tocó hablar en nombre de los sacerdotes amigos de fuera de la diócesis. Yo dije claramente, que creía, después de las pruebas que tenía y que había escuchado a los Sacerdotes riojanos, que había sido eliminado por las Fuerzas Armadas.

Desde entonces, me asocié en otra cosa a Angelelli: él decía que tenía mucho miedo y por eso engordaba; yo también, con mucho miedo viví saltando de un lado a otro durante un año, viendo Falcon estacionados cerca de casa y recibiendo amenazas anónimas. Quedé así asociado a esa odisea valiente por los pobres que le tocó vivir a Enrique.

He hablado de coincidencias, nada más que coincidencias de tiempos y vida. Coincidencias que pueden no significar otro mérito que haber estado cerca del Pelado.

Pero a través de toda su vida compartida de cerca, yo creo que hay banderas muy importantes que mantuvimos flameando. La bandera de la amistad que lo unió conmigo de manera estrecha, la bandera del amor por la Iglesia, la bandera de un amor a la Iglesia crítico, un amor a la Iglesia comunidad, la bandera de la comprensión a los más humildes, la bandera de la denuncia frente a las opresiones, la bandera de esa macro caridad que es estar constantemente forzándose por romper las estructuras de injusticia para que la tierra sea para todos, el pan sea para todos y el agua sea para todos.

Todas esas banderas las agitó él y yo he intentado que esas banderas también estuvieran presentes en mi vida, con la humildad del que va muy por detrás de un gran maestro.

Porque el martirio convierte a la vida de cada uno en la mayor enseñanza que se puede transmitir a las generaciones futuras, yo tomo estas banderas para entregárselas a Uds. Nuestra generación ya pasa, nuestra historia ya está casi concluida. Buscar en el clero no es fácil, los sacerdotes jóvenes con una formación de seminario que ha vuelto a insistir en la disciplina, en la autoridad, en la obediencia, algunos piensan muy de avanzada, pero muchos tienen miedo y es difícil que admitan todas estas banderas. Por primera vez el Episcopado Nacional ha sacado una declaración, bastante atendible, declarando a Angelelli modelo de pastor, hablando de que "encontró la muerte" en el camino de Chamical a La Rioja. Pero todavía muchos no se animan a decir que murió defendiendo al pueblo, que es un verdadero mártir. Que es la mayor honra que tiene nuestro Episcopado Nacional el contarlo así, entre los más valientes defensores de los pobres, entre los que vivieron en serio el Concilio y Medellín.

Por eso, ante esta multitud que son Uds., ante ese temblor de los carteles puestos en sus manos, con fotografías de seres queridos, ante los reclamos de situaciones injustas que se viven en tantos sectores, yo creo que estamos encontrando el lugar de esas banderas. Así encontramos brazos que las van a seguir llevando. Uds. muchachos y chicas jóvenes, Uds. hombres y mujeres adultos, Uds. los que están en la lucha y que mantienen la esperanza a pesar de que no son escuchados. Uds. son los que tienen que llevar estas banderas. No se cansen, tengan por seguro que cuando los tironeen de abajo para hacer que las tiren al suelo, siempre va a haber una fuerza de arriba que las va a sostener levantadas. Y caminando así, vamos a hacer juntos algo parecido a lo que quiso Jesús de Nazaret "el Reino de los Cielos",

Las banderas del pasado, las banderas de Angelelli, las banderas de todos los que cayeron y de todos los que aún están de pié luchando por la justicia a favor de los pobres son de Uds. TÓMENLAS Y ADELANTE.


La Iglesia de los oprimidos

El reino de este mundo

Por Mario Burgos

Juan XXIII abre las puertas, en 1958, a una renovación que atraviesa a la estructura católica y permite que las convulsiones populares adquieran una influencia que excede a los curas y monjas de barrio para llegar a las jerarquías y sus discursos. Se discuten el ritual, la relación con otras religiones y, sobre todo, con corrientes políticas años atrás identificadas como "diabólicas".

Si Pío XII justificó su benevolencia con el fascismo y los nazis haciendo referencia al "peligro rojo", en los sesenta la iglesia comienza a hablar de su relación con el marxismo sin rubores: trasladará sus diferencias a cuestiones de doctrina y ritual mientras afirmará sus coincidencias en el terreno social y económico.

LOS CIMIENTOS

Como señala Ruben Dri: "En 1958, el acceso al pontificado de Juan XXIII cierra la etapa de Pío XII, caracterizada por una Iglesia cerrada en sí misma, monárquica y autoritaria (...) Se inicia así una etapa de grandes renovaciones. El Concilio Vaticano II es el primero que no realiza condenas por herejías, sino que escucha los nuevos reclamos, ubicando a la Iglesia en los grandes problemas del mundo."

La posguerra y la nueva división del planeta, el avance del consumismo, el cuestionamiento a las tradiciones culturales y sexuales y el avance de otras corrientes religiosas menos ligadas a las formas tradicionales de poder, confluyen para cercenar el espacio que la iglesia católica detentara hasta la Segunda Guerra Mundial.

Juan XXIII percibe esta nueva situación y es posible comprender todas las acciones de su papado como una estrategia tendiente a recuperar un espacio para la iglesia: del lado de los pobres y postergados, ocupa en el terreno de la conciencia lo que tuvo que tuvo que ceder en poder terrenal y político.

La nueva forma de la misa, donde el cura se ubica dando la cara a la comunidad y habla el mismo idioma, rompe el hermetismo del latín, horizontaliza la relación entre el sacerdote y la comunidad y reestablece los canales de comunicación con la sociedad.

El Concilio, como dice Conrado Egger Lan, es una apuesta al cristianismo como fuerza propia de los primeros cristianos y un cuestionamiento al concepto de la institución por encima de la comunidad. La Iglesia como deja de tener el monopolio de la fe y ésta pasa a ser patrimonio de la conciencia.

Si bien no define un modelo de sociedad alternativa al capitalismo, arroja sobre la mesa los problemas que el sistema capitalista origina. Exige un compromiso frente a la injusticia, pone en crisis la metafísica tradicional e instala una apertura hacia el evolucionismo y a una nueva teología.

En un terreno social ávido de propuestas que definan y motoricen el cambio, el mensaje conciliar y la práctica - sobre todo- de los nuevos curas, va a germinar en innumerables formas de lucha y organización popular. La salvación pasa a ser una cuestión fundamentalmente colectiva, consecuencia de la superación por parte del hombre de los horrores de la explotación y la injusticia social.

La Encíclica Pacem in Terris, del año 1963, concreta la apertura hacia el marxismo.

Tras la muerte de Juan XXIII, Pablo VI continúa impulsando la renovación y se oficializa una posición plural donde el progresismo tiene su reconocimiento. La Encíclica El Progreso de los Pueblos, condena las causas de la pobreza y sienta las bases de una propuesta para el desarrollo.

La Octagesimo Anno, por su parte, toma posición sobre el derecho de los pueblos a la violencia para reivindicar sus derechos fundamentales y reconoce al marxismo como método de interpretación de la realidad haciendo reservas sobre la parte doctrinaria.

En poco tiempo el general de los Jesuitas, hace propios estos razonamientos. A Theillard de Chardin, paleontólogo excepcional confinado en la India, auténtico precursor de la nueva situación, se le levanta el destierro y pasa a ser valorado en el seno de la Iglesia.

EL MOVIMIENTO DE AMERICA LATINA

Amércia Latina se convierte en protagonista de los aires de renovación que atraviesan la iglesia y será a la vez el espacio donde mayor incidencia social tendrán estos cambios.

A la tradición de las guerras de independencia, debe agregarse el papel jugado por los nacionalismos de la década del cincuenta, ya que casi todos coincidieron en asumir una posición cristiana como forma de ligar las propuestas de cambio socioeconómico con las conquistas populares.

En Agosto de 1967 dieciocho obispos de América Latina, Africa y Asia encabezados por Helder Cámara, obispo de Recife, dan a conocer un documento en el que reivindican al socialismo como más cercano al evangelio que el capitalismo. Suscriben los conceptos del Patriarca Máximo IV en el Concilio Vaticano II, cuando decía :"el verdadero socialismo es el cristianismo integralmente vivido, en el justo reparto de los bienes y la igualdad fundamental de todos".

En la iglesia argentina se reestablece una dualidad que perdurará hasta nuestros días: de un lado los curas y hasta algún obispo comprometidos con el reclamo y el sufrimiento de los pobres, de otro buena parte de la jerarquía bendiciendo gobiernos de facto, armas que se usan contra el pueblo y hasta campos de exterminio.

Monseñor Victorio Bonamín bendiciendo la guerra sucia mientras las monjas francesas seguían el camino de Alberto Carbone, Carlos Mujica, Enrique Angelelli, los palotinos.

Se comprende entonces por qué, mientras la Catedral aún alberga las misas de Onganía y en los cursillos se convalida el pensamiento conservador del onganiato, el Mensaje de los Obispos del Tercer Mundo en la Argentina se extiende en pocos días por todo el país

Monseñor Antonio Devoto, Obispo de Goya, se lo da a conocer a un cura de su diócesis, Miguel Ramondetti, y éste lo hace circular. En dos o tres meses logran más de 500 adhesiones y teniendo en vista el CELAM de Medellín surge una convocatoria que será fundante del Movimiento de Sacerdotes para elTercer Mundo. El encuentro se realiza el 1 y 2 de mayo de 1968 en Córdoba y asisten representantes de 13 diócesis.

En 1967, en la Universidad Católica de Córdoba, se realizan conferencias que abordan tanto el "diálogo entre católicos y marxistas" ( ManuelVirasoro, de la orden de los Jesuitas) como el "compromiso de los cristianos con la liberación" (Conrado Egger Lan, titular de la cátedra de Historia de las Religiones de la UNBA). El sacerdote Melián Viscovich profesor de la Universidad Nacional de Córdoba, en la Universidad Católica y en los Colegios mayores de Córdoba, da a conocer su propuesta de modelo social, que reconoce su origen en la el socialismo yugoeslavo y lo relaciona con la convocatoria de Pablo VI en la Encíclica El Progreso de los Pueblos.

El 26 de Agosto de 1968 tiene lugar en Medellín - Colombia - la Segunda Conferencia General del Episcopado Latino Americano - CELAM -, donde cumple un papel preponderante el obispo de Mar del Plata, monseñor Eduardo Pironio.

El pronunciamiento del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo que se hace llegar a Medellín con la firma de 1000 curas latinoamericanos es la base del CELAM. Se avanza en la denuncia de la violencia que ejercen las estructuras de la dependencia en la región y el derecho de los pueblos a la legítima defensa. Medellín significa la gran irrupción del nuevo compromiso cristiano en la cúpula eclesiástica y la legitimación de la lucha liberadora.

En mayo de 1969 la Conferencia Episcopal celebrada en San Miguel , provincia de Buenos Aires, se hace eco de esas definiciones, da un vuelco en sus posiciones tradicionales, denuncia las estructuras de la injusticia y convoca a los cristianos al compromiso. Es seguramente la primera vez que la institución máxima del clero argentino, que sigue alineado mayoritariamente con la derecha, toma distancia de la dictadura de Onganía.

EL NUEVO COMPROMISO CRISTIANO Y SUS REPERCUSIONES

Medellín subordina al Episcopado Latinoamericano a los preceptos del Concilio Vaticano II y sus postulados determinarán en el continente consecuencias mucho más dramáticas que en el resto del mundo.

La renovación del compromiso social, va a traducirse en modelos como el de Camilo Torres, la unión de la cruz y la guerrilla; en curas impartiendo un evangelio de resistencia y lucha; en grupos de jóvenes definiendo su rebeldía como forma expresión de su formación religiosa.

La politización de la sociedad y el carácter masivo que adquieren tanto las ideas del socialismo como el desarrollo de la violencia popular en el período, son impensables si no se toman en cuenta esta apertura y el protagonismo que adquiere en la vida política de la sociedad y hacia el interior de la Iglesia el movimiento de curas tercermundistas.

En el caso especial del peronismo revolucionario esta apertura fue constitutiva de su nacimiento y desarrollo.

Tras su ocaso en los primeros tiempos del onganiato, el peronismo se va a reconstruir fundamentalmente a partir de estos grupos cristianos que avanzan desde la reivindicación de los derechos de los más humildes a una búsqueda de las bases culturales e históricas del proceso popular. Sus componentes plebeyos, solidarios y combativos se sintetizarán en la reconstrucción de un nuevo tejido social que plasmará su irrupción en 1973.

En este proceso, la CGT de los Argentinos constituirá una primera síntesis. Pronto, la multiplicación de trabajos barriales y el surgimiento de grupos de acción política darán lugar a un proceso rico y diverso, cuyo saldo serán el Peronismo de Base, Montoneros y sus agrupaciones sectoriales, pero también aquel conglomerado que va a expresarse en el período camporista hasta comenzar su desgajamiento tras la muerte de Perón.

En el caso de la izquierda marxista la incorporación de curas y cristianos al movimiento significa una ampliación importante tanto en la base social y en la composición interna como en la ruptura de ortodoxias ideológicas y de prácticas sectarias que habían trabado durante años una relación más plena con el movimiento popular.

La apertura del marxismo hacia el cristianismo no es pacífica: el reconocimiento de su fuerza revolucionaria rompe con el concepto monopólico de la revolución propio de su vertiente más ortodoxa. También da paso a un reconocimiento de la historia particular del movimiento popular y de sus mitos. Desde luego, esto lleva a una ruptura con la interpretación tradicional –casi siempre liberal- que la izquierda había formulado tanto de la formación social latinoamericana y argentina en especial, de su historia y del peronismo.

Paradójicamente, un Che, marxista y socialista habrá de erigirse como puente entre estas dos culturas de la resistencia: encarnará una posición cuestionadora, del lado de los humildes, sus códigos, sus creencias y su fortaleza. Una actitud en que la idea y el compromiso, la palabra y el hecho se tornan indisolubles. Como en la vida de los pueblos.

Fuente: www.los70.org.ar


Sacerdote Capuchino Antonio Puigjané

Entrevista por Mona Moncalvillo

Antonio Puigjané es un sacerdote que sigue los pasos de San Francisco de Asís; un "hermano menor" que vive su fe y el Evangelio al lado de los pobres, los desamparados, los que sufren. Por eso su camino ha estado plagado de persecuciones y acusaciones simplistas. Pero, como las buenas semillas, siguió adelante con su misión de dar frutos de vida y esperanza.
El barbado y simpático Antonio, de origen cordobés, ingresó a la orden capuchina a los doce años. Otros tantos pasarían hasta que, tras sus primeros votos religiosos en Nueva Pompeya, llegara su ordenación sacerdotal. Comenzó trabajando en la formación de jóvenes aspirantes, hasta que encontró su rumbo definitivo en la experiencia de vivir entre los pobres para brindarles apoyo y ayudarlos a paliar sus necesidades imprescindibles. Entonces se instaló en una villa en Mar del Plata; si monseñor Plaza no hubiera insistido con que "en Mar del Plata no hay pobres", seguramente todavía estaría allí.
La segunda etapa de fray Antonio fue en La Rioja, allá por Anillaco, Chepes, Anguinán. En esos pueblos desarrolló su oficio de pastor comprometido con los explotados. Junto al obispo, Monseñor Angelelli, padeció todo tipo de humillaciones y acusaciones, incluyendo asesinatos de sus hermanos curas y del propio Angelelli.
Su profundo amor por el sacerdocio lo lleva hasta la indignación por inacción de muchos miembros de la jerarquía eclesiástica y denuncia sin rodeos a quienes han suplantado la fe por el privilegio, el dinero, el poder.
Actualmente, desde una parroquia en Quilmes Oeste y junto a las madres de Plaza de Mayo y todos los defensores de los derechos humanos, pide perdón por lo que no ha podido hacer y sueña con entregar su vida, "lo que me quede", en continuar la empresa de amor que abrazó un niño hace cuarenta y tres años...
- ¿A los doce años ingresaste a la orden capuchina?
- Sí... son cosas del tiempo. Antes era lo común; recuerdo que a un compañero que entró a los quince lo llamábamos "viudo", porque nos parecía que a esa edad tenía una experiencia del mundo muy grande. Por ese entonces, no sólo en la orden capuchina sino en casi todas las congregaciones entrábamos para ser sacerdotes a esa edad. Hoy no lo haría, lo veo mal... Porque hacer entrar a una criatura en ese ambiente orientado exclusivamente al sacerdocio, como era entonces, me parece peligrosísimo. Entrábamos en gran cantidad; yo tuve unos treinta compañeros, pero se fueron yendo todos. Me ordené en el año 1952. En doce años, del 40 al 52, se fueron todos los que habían entrado conmigo. Eso sí, te puedo asegurar que lo hice con mucha libertad, en mi familia nunca me lo sugirieron.
- ¿Dónde naciste? ¿Cómo era tu familia?
- En Córdoba... Mi madre era muy piadosa y aprendimos de ella a vivir una relación con Dios muy cordial, con los matices -no tan buenos de aquellos tiempos- del temor a Dios, pero bastante bien. Todavía vive, pero está muy viejita... Por ahí me hace preguntas que no concuerdan; me dice: "Piruchito (que es mi sobrenombre), sos mi hijo, el Padre Antonio, sacerdote capuchino"; y al ratito me pregunta: "¿cuándo va a traer a su señora y los chicos?". Me confunde probablemente con mi hermano, que es casado y tiene hijos. Tiene ochenta años, es una mujer que ha sufrido muchísimo...
- En 1949 haces tus primeros votos religiosos.
- Sí, al terminar el año del noviciado en Lavallol, en el convento de San Francisco que ahora se entregó al obispado de Lomas y ha sido transformado en casa de retiro. Un edificio de tres pisos, de los tiempos en que hacían grandes construcciones. Cuando hice el noviciado éramos sólo tres novicios.
- ¿Los votos que hiciste son los mismos que hacen todos los sacerdotes?
- Sí, obediencia, pobreza y castidad o celibato...

- ¿Qué distingue a los capuchinos del resto de los franciscanos?
- Nosotros somos la tercera reforma grande dentro de los franciscanos. San Francisco de Asís no quiso hacer una orden religiosa, pues no quería saber nada con ellas. Le proponían ingresar con los agustinos, o con los benedictinos y él contestaba: "no me hablen, por favor, de San Benito o de San Agustín, el señor me ha llamado a que sea un nuevo loco del Evangelio..." El quería una vida de entrega, metida en el pueblo, al servicio del pueblo. Fijate que el nombre verdadero de los seguidores de Francisco no es franciscano, sino "hermano menor".,. Nosotros tendríamos que ser hermanos menores de todos, no solamente de los católicos, de la gente "buena", sino de todos. Cuando la Iglesia hacía las grandes cruzadas para recuperar la Tierra Santa invadiendo el imperio musulmán, Francisco con sus pies descalzos y su ropa de pordiosero fue allá a conversar con el sultán. Le habló de tal forma de Jesucristo y fue tal el impacto que le causó la actitud de Francisco que el sultán -y eso que los cristianos estaban matando a su gente- lo llenó de honores, de regalos... Francisco vivía una fraternidad total, por eso lo llaman el hermano universal. El habla del hermano sol, la hermana luna, el hermano viento, las hermanas estrellas, hasta de la hermana muerte, en su "Cántico a las criaturas", que es hermosísimo... En la película "Hermano sol, hermana luna" está muy bien pintado, no es una cosa histórica, pero creo que los artistas calan muy hondo y Zeffirelli hizo una obra muy buena, en ese sentido. La hizo para los jóvenes y, de hecho, muchos descubrieron algo del espíritu de Francisco. Lamentablemente, nos han buscado a nosotros por ese chispazo del espíritu de Francisco y se han llevado grandes desilusiones.
- ¿Por qué?
- Porque no somos hermanos menores, desgraciadamente... Estamos queriéndolo ser de nuevo; ya no ha habido más reformas de separación...
- Me decías que los capuchinos habían sido la tercera gran reforma. ¿Y las otras?
- Primero nacieron los hermanos menores "observantes"; luego, los que se quedaron en los conventos se llamaron los "conventuales"; aquí están cerca de Pompeya, en Nuestra Señora de las Gracias. Y a partir del siglo XVI, en 1528, nace la reforma capuchina. Llamada así por la capucha más grande que se pusieron. Fue un intento de volver otra vez a la pobreza, a la simplicidad... En las primeras constituciones de nuestras normas no podíamos tener casas propias de ninguna especie, aunque fueran humildes. Debían ser casas comunes, no conventos, y teníamos que mantenerlas pagando el alquiler o prestadas, pero nunca en posesión. Después, desgraciadamente, viene el peligro o riesgo de toda riqueza, esté en manos de quien esté se empieza a pegar en las manos y en el corazón. Todas las congregaciones religiosas hemos acumulado riqueza.. Creo que todas las órdenes son inmensamente ricas... Si algún día se pusieran las cartas sobre la mesa, habría un escándalo terrible por lo que gastan, por lo que tienen.
- ¿Es un reaseguro para tener poder?
- Creo que no es consciente que no estamos educados para la búsqueda del poder pero, sin querer, creo que es eso... Se trata de mantener todo eso, a veces muy tapado, para ponerlo a servicio del pueblo como debería estar. En la situación que estamos viviendo, uno ve que las órdenes religiosas, y la Iglesia misma, no están al servicio del pueblo.
- Antonio, ¿en qué actividad crees que se cumple tu sacerdocio, tu entrega?
- He tenido distintas épocas La mayoría del tiempo he estado dedicado a la formación de los muchachos, lo que llamábamos seminario seráfico y después postulantado. Luego he intentado, con mucho interés, ponerme al servicio de los hermanos que más sufrían. Eso lo he sentido muy hondo. Al principio lo buscaba a través de la formación pero después tuve autorización, en Mar del Plata, para salir del convento e irme a una villa. Ahí comenzó una nueva experiencia, primero fui yo y luego otros dos...
- ¿En qué ano fue?
- Comenzó en 1969 y terminó violentamente en 1972.
- ¿Es cierto que monseñor Plaza los echó?
- Sí, es cierto... Habíamos llegado a la villa, luego de tener conocimiento de la gente visitándola, desde el convento de Nueva Pompeya, que está en la calle Libertad, centro de Mar del Plata. Llegó un momento en que la gente misma me pidió que fuese a vivir más cerca de ellos. Había una capillita desocupada, la arreglamos un poquito y me fui allí. Llegamos a tener una relación muy cordial con la gente. En ese momento había treinta y tres villas en esa ciudad... En la orden me autorizaron, muy contentos de que fuera en representación de los capuchinos. Después vinieron dos sacerdotes más, los padres Marcelo y Jorge, uno jovencito y otro un poco mayor que yo. Comenzamos a vivir, los tres, intentando concretar una fraternidad franciscana inserta en un medio más humilde. En a orden se nos pide insistentemente un poco de eso, la opción preferencial por los pobres. Como se está pidiendo en toda la Iglesia, pero cuesta mucho hacerlo... El obispo que aceptó nuestro intento de vivir con los pobres en serio, fue monseñor Enrique Rau, un obispo entrerriano, de ascendencia alemana, que estaba muy contento, pero falleció en 1971, Entonces vino como administrador apostólico -que es el obispo de tránsito que nombra la Santa Sede cuando muere el titular- monseñor Antonio Plaza, el de La Plata.
- ¿Estuvo de acuerdo con el trabajo de ustedes?
- Nos mandó decir que en Mar del Plata no había pobres, que nos fuéramos a otro lado, como La Rioja, a trabajar con los pobres... No le hicimos caso. Al poco tiempo les exigió a los superiores que nos hicieran salir de la villa, que volviésemos al convento y atendiéramos desde allí. Pensando que sería algo transitorio y para no tener problemas con el obispo, mis superiores mandaron a uno de mis compañeros a Buenos Aires y al otro al convento de Mar del Plata. Me quedé solo, atendiendo, hasta que vino la prohibición de vivir allí. La gente que nos conocía y nos quería, se indignó y ocupó la capilla. Unas cincuenta familias estuvieron como un mes adentro, viviendo, y eso a Plaza le molestó más todavía. Tuvo gestos muy duros con la gente, muy despreciativos... Todo empeoró cada vez más, porque nos expulsó de la ciudad y de la diócesis y dio orden a la policía, al ejército y a todas las fuerzas que había en esos tiempos de Lanusse, para que nos hicieran salir de la ciudad por perturbadores... Me retiré, convencí a la gente de que dejara la capilla y nos fuimos a un convento nuestro en San Miguel, a la espera de que monseñor Pironio, que ya estaba nombrado obispo, arreglara las cosas. Pero no pudo.
- ¿Qué pasó con los villeros?
- Y... ahí quedaron... Sé que la capillita se transformó en santuario de Nuestra Señora de Lujan y está poco atendida, Después de un año fui a visitar a la gente y viví un hecho que me llegó muy hondo. Un hombre, al verme, me vino a abrazar pensando que volvía; cuando le dije que no podía, me dio otro abrazo, se le escaparon algunas lágrimas y dijo: "Bueno, no importa, porque aunque estemos lejos seguimos en lo mismo..." La gente seguía luchando por una vida más digna, por una convivencia más fraterna, que era en definitiva lo que buscábamos. Nunca intentamos hacer grandes cosas aunque se habló mucho. En realidad no hicimos nada, sólo ser amigos y darles una mano en pequeñas cositas, conseguíamos pescado, ropa, remedios... Había una miseria muy grande allí, en esa zona llamada "martillo chico".
- ¿Cómo se produjo tu ida a La Rioja?
- Viendo que el regreso a Mar del Plata iba para largo, pedimos a los superiores autorización para hacer retiro con Arturo Paoli, por unos cuantos meses, hasta que las cosas se arreglaran en Mar del Plata...
- ¿Quién es Arturo Paoli?
- Era entonces el superior en Latinoamérica de los "Hermanitos del Evangelio", nombre técnico de ellos; son los que siguen la espiritualidad de Charles de Foucauld, creo que son los verdaderos franciscanos de hoy, mucho más que nosotros. Están muy insertos en los medios populares. Tienen dos divisiones; una, los "Hermanitos de Jesús", que no tienen ninguna labor pastoral; y otra, los "Hermanitos del Evangelio", donde pueden predicar, de la que es Arturo Paoli. Paoli tiene una gran cantidad de libros publicados muy buenos, sobre todo en la orientación liberadora. Por eso fue marginado y proscripto. Aquí, sus libros no se pueden leer y fueron motivo para que muchos que los leían fueran a parar vaya a saber dónde... El tuvo que irse del país y ahora anda por Venezuela, por Brasil, siempre en su trabajo. De vez en cuando nos escribimos.
- Bueno, estabas en retiro con Paoli...
- Sí, seis meses, hasta que monseñor Angelelli nos pidió una suplencia por un tiempito en Anillaco, un pueblecito muy chiquito de unos 300 habitantes. Es una cadena de once pueblecitos que están en la margen oriental del Velazco, entre los cerros, en La Rioja, llenos de gente muy buena, muy sencilla pero que había sido maniobrada por poderosos y por curas que no fueron fieles en determinado momento.
- ¿Maniobrados en qué sentido?
- Muy sometidos. Ahí la tierra es de muy poca gente, es una zona muy montañosa, muy aislada del resto de La Rioja. La Rioja es una provincia sumamente empobrecida, a pesar de que tiene riquezas potenciales muy grandes... La tala de los quebrachales fue total y la industria avanzada que tuvo en su tiempo, se anuló. Pero en la zona de Anillaco la postración de la gente es más grande. Manteniendo toda su bondad pero muy sometidos, no se animan a decir nada. Se les pagaba seis veces menos que lo que mandaba la ley... Había un sacerdote que estuvo cincuenta años e hizo su obra, el padre Virgilio Ferreira, que permaneció allí hasta el final de sus días. Fuimos a suplirlo porque estaba en Córdoba, operado de la vista. Nos hicimos amigos de toda la gente y cuando el padre Virgilio volvió, nos pidieron que nos quedáramos. El había vuelto para recoger sus cosas e irse, pero afirmó que se sentía bien, que nunca había vivido con otros sacerdotes y nos dijo: "¿me dejarían quedarme con ustedes?". Y nosotros, con todo cariño y muy encantados le dijimos que sí. Tenía casi ochenta años y era muy mañerito para comer, muy flaquito, quería todo a punto y a la hora exacta; un curita de los de antes puesto un poco en señor. Le tenían respeto pero por temor a lo sagrado. Recuerdo que la gente se extrañaba de que nosotros fuéramos a tomar mate a sus casas, decían que el padre Virgilio sólo visitaba dos o tres familias y a los demás cuando alguien se moría... Un poco lo que fue la Iglesia de antes, en tantos lugares...
- ¿Cómo se llevaban ustedes con el padre Virgilio?
- Ah, bárbaro, espléndido, con nosotros comía regio, y eso que lo peor que hacíamos era la comida... No tenía ningún problema. Pobrecito, Vas a ver lo que pasó. El 13 de junio de 1973, a los seis meses de estar allí, ya la gente nos quería mucho, trabajábamos con ellos en las viñas... Pero, poco a poco, intentando vivir y aplicar el Evangelio a la realidad, en la predicación les tuvimos que decir a los "señores", entre ellos Amado Menem, hermano del que era gobernador, cosas y denuncias que les cayeron muy mal. Hasta que organizaron lo que llamaron los "señores" una "pueblada", dirigida por Amado Menem, el jefe de correos y el médico; el intendente no, ése quiso parar la cosa pero no lo dejaron y se llevaron al pobre padre Virgilio en vilo...
- ¿Por qué se los llevaron? ¿Qué fue esa pueblada?
- Mira, fue como en el "far west", algo de no creer, y eso que el hermano de Menem era el gobernador y había un gobierno popular... Pasaron cosas que nunca antes habían sucedido... Carlos Menem, el gobernador, siempre se mostró muy amigo nuestro y asegura que nunca propició eso, otros dicen que lo apañó, pero él asegura que se enemistó con su familia por culpa de ese incidente, Te cuento. Creo que todo iba contra el obispo, monseñor Angelelli, que quiso llevar el Evangelio a fondo y al servicio del pueblo, por eso le habían hecho fama de comunista, el gran "cuco". Nosotros habíamos tenido la intención de aclararle a la gente que no era ningún comunista sino un hombre bueno, justo, que los quería, y que si decía cosas duras, no eran más que verdades... Señalaba las cosas que oprimían al pueblo y lo hacían sufrir, Bueno, ese día 13 decidieron expulsarnos, nos llamaban fidelistas, castristas, por nuestras barbas y organizaron eso. Decían que había sido el pueblo, pero el pueblo estaba sumiso, llorando... Desde las ocho de la mañana los "señores" pusieron grandes parlantes en la puerta de la casa parroquial y nos cercaron. Eran las fiestas patronales pero no permitían que entrara la gente a la capilla y proferían grandes insultos contra nosotros por los altavoces. La policía estaba de parte de ellos; simulaba guardar el orden pero estaba de acuerdo con todo y por la noche hicieron un hermoso asado para festejar el triunfo..., la expulsión nuestra y del obispo...
- ¿Qué pasó después que los cercaron?
- Estábamos reunidos en la capillita, seríamos unos veinte, entre curas y monjas, y a eso de las diez pidieron que saliera el padre Virgilio; salió y le habló a la gente. Yo me puse a su lado. Les pidió que depusieran esa actitud "porque yo estoy con el obispo y los dos sacerdotes, entremos a la Iglesia a festejar la fiesta de San Antonio". Alguien del pueblo gritó "hagamos caso que si no Dios nos va a castigar, esto no puede ser..." Entonces vino el grupo de cinco o seis que habían organizado todo, agarraron en vilo al padre Virgilio y le dijeron que lo venían a salvar de las garras de esos comunistas. Yo les dije a todos: "Acuérdense quiénes son los que se llevan al padre Virgilio." Desgraciadamente no lo volvimos a ver nunca más, lo llevaron a sus casas y murió en manos de ellos.
- ¿Qué hicieron ustedes?
- Angelelli, que estaba con nosotros, nos propuso tomar unos mates, mientras afuera sonaban marchas militares y parlantes acusándonos de todo; un clima de guerra... Pusimos unas sillas debajo de los árboles en el patio de la parroquia y él decía "vayan a echar porotos a la olla, ya arreglaremos todo..." A eso de las tres de la tarde violentaron la puerta, alentados por Yañez, un ex comisario que había sido hasta torturador, y unos matones. Nos cercaron, empezaron a los gritos. Yañez, con prepotencia y enloquecido -un pobre hombre- le vociferaba en la cara a Angelelli lo que era ser un obispo católico y le gritaba estupideces. Angelelli, con toda su paciencia, lo miraba y escuchaba. Cuando terminó le dijo; "No es momento para que expliquemos nada, ya llegará el momento, sólo le pido a Dios que no castigue a quienes han organizado esto, que es tan feo y hace sufrir tanto al pueblo." Hablaban de matarnos y lincharnos. Yo me quedé en medio de la gente y nadie me tocó un pelo; estaba ahí solo y recuerdo que una mujer muy humilde se me acercó y me dijo: "Si alguien le toca un pelito, padre, pobre de él." Me fui a la cocina con el resto de los curas y ahí el "pelado", así llamábamos cariñosamente a Angelelli, me dijo algo muy hermoso, Decidió que teníamos que irnos, porque de lo contrario podría pasar algo más feo, correría sangre y el que iba a pagar las cosas sería el pueblo. Yo le dije: "Mira, pelado, quiero quedarme, no hice ninguna macana, no hay que hacerle caso a esos cuatro locos que organizaron esto, me la aguanto..." Me miró fijo y me dijo: "Antonio, una cosa es morir mártir y otra morir por boludo, así que vamos..." Muy inteligente. Y nos fuimos. Fuimos a Aimogasta, que está unos 80 kilómetros hacia el norte y a la noche estábamos en La Rioja. Durante esos seis meses había tenido la ilusión de ir a la cuesta de Huaco de noche, es una cuesta profunda, espléndida en noche de luna, pero nunca la había hecho. Cuando volvíamos había una luna redonda, íbamos en una camioneta con un "Hermanito de Jesús", Marcelo, y cuatro hermanas de la Asunción, y nos fuimos por la cuesta para despedimos. Nos paramos a hacer oración en silencio y luego cantamos "Vamos a Vencer"... "llegará la paz, llegue a todo el mundo, no tenemos miedo, con nosotros Dios está, siento en mi corazón seguridad..."
- ¿Te quedaste en La Rioja?
- Monseñor Angelelli me pidió que me quedara en la Catedral, porque todo ese absurdo se iba a arreglar en pocos días, pero recién después de un año me dio otro destino. Ya había visto que Pironio no podía arreglar lo de Mar del Plata, no se atrevía a enfrentar a Monseñor Plaza. Me dijo que quería que volviese, pero que no podía hacer nada... "¿Cómo que no podes hacer nada?", le pregunté, y me contestó; "Un obispo te ha echado... ¿cómo voy a pedirte?" La única posibilidad para volver era que él nos pidiera.ya que nuestro provincial era vasco y los vascos no vuelven atrás. Entonces me quedé en La Rioja, y Angelelli me trasladó al oeste, a Anguinán, donde estuve cuatro años...
- Allí descubriste algo relacionado con tu padre...
- Sí, es cierto... durante el tiempo que estuvimos en San Miguel, en ese enfrentamiento con Plaza, mi padre nos visitaba todos los domingos, iba a charlar con nosotros tres. El 15 de agosto del 72, salió de su casa a buscar cigarrillos a la esquina -vivía en Caballito- y nunca más supe de él; no había llevado ni la llave, ni los remedios que tenía que tomar porque sufría del corazón... Lo busqué por todos lados, apelé a todos los medios posibles, pero no hubo noticia. Como todavía en el ambiente no flotaba lo de las desapariciones, pensé que habría tenido un accidente y que se habían perdido las pistas. Ante la imposibilidad de hacer nada más, lo encomendé a Dios y recé por él. Resulta que a los cuatro años, en el 76, cuando lo asesinan a Angelelli en La Rioja, va la Policía Federal y le entrega a monseñor Rubiolo una carta mía, por cuyo contenido me consideraban un tipo medio subversivo, o con conexiones con la subversión, y le piden que me saquen de La Rioja pues de lo contrario no responden por mi vida... Monseñor Rubiolo se alarmó, llamó a los superiores, les dio la carta y les contó todo. Me hicieron salir durante un tiempo de La Rioja, pero fueron sólo seis meses.
- ¿De qué trataba la carta?
- La carta, de la que yo tengo una fotocopia ahora, se la había escrito a mi padre contándole lo que había pasado en Mar del Plata. Le pedía que no se asustara por lo que podía oír por ahí, que lo que queríamos era ser sacerdotes metidos con el pueblo; que la causa de los pobres era segura y que iba a triunfar porque era la causa de Dios. Era una carta muy sencilla, con mucho amor, y llegamos a leerla juntos. El la llevaba en el bolsillo de su saco siempre, le gustaba mucho y la comentamos varias veces... Al tenerla en su poder esos policías descubrí que los que se lo llevaron a mi padre fueron los de la Policía Federal, probablemente lo agarraron para sacarle algo de nosotros, lo torturaron y como él sufría del corazón se les habrá quedado...
- ¿Qué edad tenia?
- 68 años entonces, ahora tendría unos ochenta...
- ¿Tus padres estaban separados?
- Sí, hacía tiempo... pero manteniendo una relación muy cordial, se escribían permanentemente. Papá me visitó durante toda mi carrera, muy seguido, y se acordaba con muchísimo cariño de mi casa... Nunca más supe de él...
- Recién,, cuando hablaste de Angelelli dijiste "cuando lo asesinaron", y oficialmente fue un accidente. Quisiera tu relato del hecho.
- Tengo absoluta certeza de que fue asesinado. Y el pueblo humilde que lo quería mucho, tuvo esa certeza desde el primer momento... antes que nosotros. El pueblo no lo dudó nunca... Lloraban y se enojaban con nosotros diciéndonos: "Ustedes saben que lo han asesinado, ¿por qué no lo dicen?", mientras lo velábamos en la Catedral de La Rioja. El 18 de julio del 76 acababan de asesinar a dos sacerdotes, Carlos y Gabriel; después de un domingo de misa la policía, con documentos, los sacó para hacer una declaración en La Rioja; a cinco kilómetros del pueblo los balearon y los dejaron tirados junto a las vías... al domingo siguiente asesinaron a un laico, Wenceslao Pedernera, de unos 40 años, que tenía tres hijitos y trabajaba en la pastoral rural. Un hombre de un corazón y unas manazas tremendas, muy trabajador. Me tocó confesarlo antes de morir, hubo tiempo y me preguntó: "¿y ustedes, qué van a hacer?". Porque se daba cuenta de que había una persecución a la Iglesia... Después de estos asesinatos, monseñor Angelelli decidió acompañar a su pueblo a un novenario, una celebración de misas todos los días, a la que iba muchísima gente, porque los dos curitas muertos eran muy queridos en Chamical. Angelelli sabía que lo iban a matar, pero sintió que como pastor tenia que quedarse junto a su pueblo y las religiosas que habían estado con los dos curitas.

En ese novenario, Angelelli, que hablaba muy claro, dijo cosas muy duras... Tenía dos virtudes que para el sistema en que vivimos son imperdonables, era muy bueno y muy inteligente. Veía muy lejos y se daba cuenta de todo; lo que le hicieron a los curitas, a Wenceslao y a otros que pusieron presos fue contra el Obispo. Como Angelelli no cedió y no se quiso ir, aunque se sentía muy acorralado porque no solo lo perseguían los militares sino buena parte de sus hermanos obispos, lo mataron...
- ¿Cómo ocurrió su muerte?
- Al terminar el novenario, volvía de Chamical para la Rioja, a las tres de la tarde fue el atentado. Frente a Punta de los Llanos, un camino con una recta inmensa, de 70 kilómetros... Sé por testimonios directos que dos autos lo persiguieron, él se dio cuenta y lo comentó con otro cura que iba a su lado en el auto. Aceleraron, pero los autos se les echaron encima. Hay testigos presenciales de eso... Pude constatar con mis ojos que quedó una huella, de un metro, de asfalto arrancado y que la rueda derecha estaba como limada contra el suelo. Intentó esquivar los coches que se le tiraban por su izquierda, dio un volantazo, se le trabaron las ruedas y el auto dio un salto de 16 metros. Pese a la caída Angelelli no muere, queda dentro del auto igual que el sacerdote que lo acompañaba. Inconscientes los dos...
- Sin embargo su cadáver aparece fuera del auto.
- Los que lo atropellaron lo sacaron del auto, le molieron la nuca, se la destrozaron... y lo tiraron sobre los vidrios para que pareciese un accidente. Los únicos golpes que tenía eran los de la nuca... El otro sacerdote quedó dentro del auto y no lo pudieron matar porque comenzó a llegar gente. Yo estuve con la gente que llegó primero y sé que hasta vieron a los asesinos.
- ¿Por qué la Iglesia no se ocupó de esclarecer esto?
- Figuró como "accidente" y se aprovechó... No creo que puedan creerlo porque todos sabían que se la habían jurado a Angelelli y que lo querían matar. Ha sido algo como el fruto de todo lo que ha pasado en estos años acá, que se han tapado muchas cosas...
- Las pruebas, los testimonios que mencionas ¿no sirven para destapar este hecho?
- Las cosas se van a ir dando... En Pompeya lo he predicado claramente. Lo he dicho delante de todos, la policía estaba grabando y lo habrán analizado. Dije que lo habían asesinado, que fue mártir de fe al Evangelio de Jesucristo y al pueblo. Poco a poco, irán esclareciéndose todas las cosas.
- ¿Cómo sintetizas la labor pastoral de monseñor Angelelli?
- El solía decirlo con una expresión muy linda, "para ser fieles a lo que Dios pide de nosotros hay que vivir con un oído puesto en el Evangelio y el otro en el pueblo". Angelelli fue un hombre de oración profunda; cuando vivía en la Catedral, lo veía pasar todos los días al camarín de San Nicolás para orar en silencio. Cuando teníamos algún problema decía "vamos a rezarlo", no el rezo mecánico, sino el de contemplación a la luz del Evangelio. Tenía un amor profundísimo por la Iglesia. Cuando comencé en La Rioja, yo llevaba ya veinte anos de sacerdote -ahora llevo treinta y uno- y nunca había conocido a un obispo como él; hablaba con nombres y apellidos de los que habían robado tal campo o tal cosa... Yo siempre estaba acostumbrado a escuchar a obispos y curas que hablaban en las nubes, con una teología muy bien estructurada pero de gabinete. Esa es teología del diablo y no de Dios, no sirve para nada.
- ¿Por qué crees que a veces la Iglesia molesta, como en el caso de La Rioja?
- Pienso que la Iglesia, cuando quiere ser fiel al Evangelio frente a un sistema opresivo que más que servir al pueblo lo usa, tiene que ser subversiva. No terrorista, pero sí subversiva. El Evangelio es el resumen de lo que Dios quiere hacer, a través de su hijo, con el hombre; que todos los hombres seamos hijos de Dios y eso es tremendamente subversivo... Así que siempre que la Iglesia sea fiel al Evangelio, será perseguida... Cuando la Iglesia va del brazo del poder, de la riqueza, del brazo de los privilegios, no está cumpliendo con lo que debe. Esto tiene larga data. Ha habido muchos esfuerzos, el Concilio Vaticano II, Medellín, Puebla, para que la Iglesia se comprometa con el hombre, pero nos cuesta enormemente...
- ¿Quiénes eran los enemigos de Angelelli?
- Los que tenían intereses turbios y usaron del aparato militar para hacer esos desastres, persecuciones, asesinatos, encarcelamientos... A Angelelli lo comenzaron a atacar ni bien llegó, en el 68, a La Rioja. El diario El Sol, de Tomás Alvarez Saavedra, se dedicó a atacar al Obispo con cualquier clase de calumnias... Y fue terrible lo que hizo cuando murió Angelelli. Después que lo velamos, cantamos "Vamos a vencer", no en sentido de desafío sino en sentido de fe, de que sabes que vas a triunfar aunque te hagan papilla. Al día siguiente "EL sol" títuló "Anda a cantarle a Gardel" una nota en la que decía que se había cantado una canción subversiva-marxista y qué sé yo qué más... Fíjate, esa canción es de Luther King...
- ¿Hubo alguna reacción del Vaticano?
- Ninguna... Aún desde ese nivel se ayudó a tapar. Recibimos las condolencias del Nuncio Apostólico, que era Pío Laghi, y nos prometió que iban a buscar al hombre capaz de seguir las huellas de Angelelli y de su línea pastoral, porque la veía adecuada. Desgraciadamente, después de un tiempo, pusieron un hombre bueno, pero adecuado para hacer todo al revés. Bernardo Wítte...
- Hace unos años dirigiste una carta a la Conferencia Episcopal Argentina -y recientemente otra- donde les pedías a los obispos que no fueran cómplices de todo lo que estaba sucediendo en el país, que la Iglesia fuera una voz dura y clara...
- La hice de corazón y se la mandé a todos los obispos. De unos cuantos recibí agradecimiento y elogios, dijeron que estaba llena de la luz del Espíritu Santo. Pero a otros les molestó muchísimo. Monseñor Collino, por ejemplo, me prohibió ir a su diócesis de Lomas de Zamora por esa carta... Dice que lo ofendí y no le pedí perdón. Yo le reiteré lo dicho en la carta señalando que en estos tres últimos años todo era peor... Este año volví a escribir otra, pero no ha producido ningún efecto, porque el último documento que han hecho los obispos es el peor de todos. Es un documento que me parece diabólico. Cuando hablan de la verdad dicen que hay que hacer un examen de conciencia nacional, cosa que por un lado es cierto, por eso digo que es diabólico. Pero no le podemos decir a las madres que les han desaparecido los hijos o han asesinado a sus esposos, que hagan el mismo examen que Harguindeguy, Videla, Viola, Galtieri, los torturadores o los desaparecedores... Para la verdad, examen de conciencia y repartir culpas entre veintiocho millones de personas; para la justicia, algo muy general que tiene que primar para que haya paz. Y sobre tos desaparecidos, dice que comparten el dolor de las víctimas, que se compadecen de las víctimas de la subversión y de la represión. Uniendo y confundiendo esas dos cosas con la misma táctica que ha usado el gobierno... Por último, llegan a citar unas palabras dichas en el 82 por el Papa donde señala que no es momento de echarnos en cara las culpas, de exigirnos reparación, sino de comenzar un camino huevo. Es el manto de olvido que ha propuesto Quarracino, con gran indignación de todos los que pueden pensar. Y Quarracino es un signo de la orientación que está tomando la Iglesia jerárquica. Se está volviendo claramente hacia atrás de todo lo dicho en Medellín y en Puebla. Y los obispos también... Monseñor Quarracino estuvo presente en la primera reunión de sacerdotes para el Tercer Mundo, era el único obispo que estaba... Fijate como ha cambiado.
- Algunas contradicciones...
- Sí, y hemos visto varias. Recuerdo cuando me tocó estar un tiempito en Córdoba en el 76, cuando las calles estaban llenas de asesinatos, muerte y había sangre por todos lados. Unos ladrones entraron en una Iglesia, tiraron las hostias consagradas y se llevaron los copones pensando que eran de oro. Hubo grandes actos de reparación que parecieron contradictorios, porque creo que la gran profanación es cuando se profana al hombre. Cuando el hombre es pisoteado o maltratado, mucho más que todo aquello que por sagrado que sea es sólo un signo de la presencia de Jesús que para el que no tiene fe no significa nada. En cambio, torturar o desaparecer un ser humano son verdaderos sacrilegios. Y veo que en la Iglesia no nos movemos por el hombre en sí, no nos jugamos. Creo que vamos a tener que pedir perdón de rodillas al pueblo argentino... Yo también soy culpable porque no he hecho todo lo que debí hacer...
- Algunas veces has dicho que hay desaparecidos vivos. ¿Te consta que sea así?
- Tengo la certeza de que hay muchos vivos. Lo baso en infinidad de datos que he ido recibiendo, poco a poco, en estos cinco años en que estoy junto a las madres de Plaza de Mayo. Por datos mismos que ellas han ido recabando y que nos han llegado. Tengo la certeza de que hay muchos, pero muchos, con vida, te diría que unos cinco mil...
- ¿Por qué lo ocultan?
- En pocas cosas se podría pedir lógica a este proceso, ha sido todo tan absurdo. Hasta en sus proclamaciones de fe, y en eso también hemos tenido culpa nosotros que les hemos permitido que aparezcan ante el pueblo comulgando, como Galtieri y Viola, de la mano del Papa, cuando sabemos que son culpables directos. Pienso que la jerarquía eclesiástica -y me siento parte por ser sacerdote- ha traicionado al pueblo... Con mucha fuerza, y creo que toda es poca, criticamos la actitud de los militares; las fuerzas armadas han hecho horrores y no sé cómo se atreven a aparecer en público. Criticamos también muchas actitudes de los políticos; criticamos mucho a los sindicalistas que no fueron representantes y no lucharon por los derechos de los obreros. Pero hay un sector del que no nos atrevemos a decir nada, y es la Iglesia... Tiene un poder terrible en la Argentina, y estos años, aunque ha hablado y hay documentos, ha caminado del brazo de los militares... Nadie lo puede poner en duda y eso es un pecado... Por eso la gente cree cada día menos en nosotros, es una constante en América latina.
- ¿Ha habido obispos del proceso?
-Y claro... algunos habrán pensado que era el camino para evitar males mayores, pero ciertamente han caminado con los militares. Los obispos están recibiendo -aunque el gobierno dice que no es pago- suculentas pensiones por los servicios que han prestado. Son pocos los que no las reciben...
- ¿De cuánto?
- Como el sueldo de un juez de segunda instancia...
- ¿Quiénes no las reciben?
- Novak, Hesayne, de Nevares, seguramente monseñor Zaspe también, algunos obispos auxiliares... Puede que haya algún otro.
- ¿Qué haces actualmente?
- Se me concedió intentar de nuevo, como yo creo que quería San Francisco, vivir entre los pobres. Pero no como cura. Estoy en la diócesis de Quilmes Oeste, en la parroquia de Nuestra Señora de Itatí. Trato de vivir como un hermano menor al servicio de ellos...
- ¿Administras sacramentos?
- Sigo siendo sacerdote, por supuesto, pero no he querido hacerlo y los superiores me han insistido que no lo acepte, porque para trabajar como párroco, bueno, tenemos varias parroquias en el país y hay mucho trabajo. Pero mi intento a los cincuenta y cinco años y treinta y uno de cura, es vivir así, sirviendo como sacerdote si es que hace falta, cuando haya necesidad...
- ¿Cuál es tu trabajo concreto?
- Acompañar a la gente y, cuando se presenta la oportunidad, celebro misas lo más cordiales e íntimas que sea posible. Una gracia que Dios me ha dado es poder vivir la misa cada día mejor. La vivo con alegría, con la gente, procurando más que celebrar yo, que la celebremos entre todos.
- Esa es una zona de grandes necesidades materiales...
- Muchísimas... Dentro de la diócesis, en parroquias vecinas, hay ollas populares, En la nuestra no hay porque estamos intentando hacer algo más en profundidad, hay comunidades eclesiales de base y se trata de que esas comunidades se ayuden, se busquen y se den una mano. Pero también hacemos cosas asistenciales como buscar remedios, alimentos, ropa...
- ¿Por qué estás tan relacionado con las organizaciones de derechos humanos y con Adolfo Pérez Esquivel?
- Mira... En La Rioja, aunque tenía a mi padre desaparecido, nunca había tenido inquietud de luchar por los desaparecidos. Sin embargo, al llegar a Buenos Aires, como en Pompeya hay gran cantidad de desaparecidos, una madre, Carmen, me habló de su drama y me caló tan hondo, que fue un chispazo que me puso frente a esto. Desde entonces, puedo decir que ha sido el eje de mi vida; empecé a acompañar a las madres y creo que hay que luchar mucho por los desaparecidos.
- ¿Qué opinan los obispos de vos?
- Creo que me tienen por bastante loco... Hay otros que me quieren y dicen cosas lindas de mi, pero para la mayoría soy un loco, irrespetuoso...
- ¿Te han perseguido?
- Alguna vez me llevaron detenido a la Comisaría Segunda, junto con setenta y cinco madres... Rezamos un rosario, con predicaciones en cada misterio, cantamos... Hubo un lío en la Comisaría bárbaro. La pasamos bastante bien... Pero la amenaza más fuerte y directa la tuve un día después de una marcha en la Plaza de Mayo, hará tres años. Noté que un hombre me miraba, con unos ojos de odio increíbles, y le decía a otro "al de sotana..." No dije nada, a la policía no podía avisarle nada porque suponía que eran de los servicios, quizá hoy les hubiera dicho... Empecé a caminar y ellos detrás mío, apuraba el paso y ellos también; llegué al colectivo 28 y, justo cuando arrancaba, me trepé. Pararon el micro, sacaron los revólveres y se armó un regio lío. Me hicieron bajar, me amenazaron y cuando les pregunté quiénes eran, me dijeron "de inteligencia". Me empujaron y metieron en un pasillo, me dijeron comunista y yo serenamente les expliqué que era cristiano y que ellos también eran mis hermanos. Finalmente, muy enojados, me dijeron que si volvía a la Plaza me liquidarían. Les contesté que me iban a hacer un favor, porque mi camino no terminaba aquí en la tierra. Que seguiría yendo todos los jueves y que ahí me iban a encontrar siempre que quisieran... Nunca más los vi en la Plaza...
- ¿No temes reacciones de la Iglesia en tu contra?
- Puede ser, de algunos sí, de otros no. Por ejemplo, el cardenal Aramburu, quien pudo haber tenido más parte porque he hecho mi trabajo dentro de su diócesis de Buenos Aires, donde es la autoridad máxima. Hace como tres años fui a conversar con él y no nos pusimos de acuerdo. Me dijo que todo lo que yo hacía con las madres era antievangélico, Reconocía que era un drama terrible, pero que era insoluble y que yo sólo aumentaba el dolor de ellas. Que era inútil y malo. Le repliqué: "Qué lío, monseñor, porque a mí me parece antievangélico lo que dice usted." Al final, le pregunté: "¿Usted me prohibe hacer eso? , y me dijo algo que ha cumplido. "No padre, no lo prohibo, lo dejo a su conciencia..." Nunca más volví a hablar con él, pero sé por terceras personas que me mira con cierta simpatía, no sé si como al chico travieso, pero no me ha hecho problemas por ir a la Plaza o estar preso. Hay obispos, en cambio, que han reaccionado de otra manera. El otro día recibimos en Pompeya una carta de monseñor Bozoli, arzobispo de Tucumán, en la que me quitaba la licencia para dar misa y confesar. La causa es que hace un tiempo fui con Adolfo Pérez Esquivel y, con autorización del párroco, celebramos una misa en Nuestra Señora de la Merced, por los desaparecidos. La habían encargado las madres. Y me quita la licencia por haber celebrado misa por ese motivo, por haber insinuado la culpa de las fuerzas armadas y por haberme dejado palmear en la comunión por algunas mujeres...
¡Qué le voy a hacer!
- Hay quienes dicen que algunos sacerdotes se están ocupando demasiado de los problemas terrenales y muy poco de los problemas de asistencia espiritual. ¿Qué respondes a eso?
- Puede ser que muchos lo digan de buena fe... Cuando en Pompeya tuve el primer problema, una misa que celebré por los desaparecidos, a la que fue muchísima gente, la policía y el ejército acordonaron la zona y tuve que ir a la comisaría. El comisario me dijo una frase que me dio pena; "Padre, qué lástima, nos podríamos entender tan bien si usted se dedicara a cuidar las almas y yo los cuerpos..." la culpa es nuestra, hemos hecho esa división, como si los problemas del cuerpo o de este mundo tuviesen que estar separados de lo religioso. Y ésa es una gran mentira. En términos religiosos, eso es pagano... El culto contenta a una divinidad a la que le tenemos miedo y allá lo dejan. Y los problemas de este mundo quedan en manos de los más pícaros... Jesús vino a combatir eso, a impedir que cayésemos en esa separación. Somos una sola cosa y la historia de los hombres es la historia del amor de Dios en medio de la humanidad.
- Nicolaides denunció la presencia de elementos subversivos en las organizaciones de derechos humanos.
- Si ha dicho elementos subversivos creo que tiene razón. Pero en el sentido de la verdadera subversión, que es la que debe tener todo cristiano frente a un régimen terriblemente injusto y criminal como el que tenemos. Ahora, si lo que quiere decir es terroristas, bueno, es una acusación grave y falsa. Hemos oído tantas cosas por el estilo que uno ya casi ni reacciona frente a eso.
- Como sacerdote, ¿qué mensaje tenes para el pueblo argentino, qué camino le indicas como el mejor?
- Me siento incapaz de señalar un camino a nadie, el que tenemos que buscar todos juntos tiene que ser el del respeto grande. Que es la democracia verdadera y el cristianismo verdadero. Creo que aquí tiene que haber una revolución profunda; que hay que transformar toda la estructura en que vivimos, y que como cristianos tenemos que metemos en la política, nosotros acompañando y los laicos en forma directa. Así se llegará a la verdad y la justicia en amor..
- ¿Tenes una posición política partidista?
- Partidista no, no quiero, aunque en el corazón la siento... La jerarquía no quiere que tomemos actitudes partidistas, y lo comparto, porque si los sacerdotes tomásemos una posición le haríamos un gran daño al pueblo. Por el momento es una decisión sabia... Cuando haya total maduración, podría ser, Ahora no, se crearían grandes antagonismos...
- ¿Tenes que votar?
- Si, tenemos que votar...
- ¿Tenes candidato?
- Estoy pensando, es difícil
- La última. Uno de los curitas asesinados antes que Angelelli, Carlos de Dios Murías, pocas horas antes de morir dijo: "Más vale morir joven habiendo hecho algo por Cristo y el Evangelio, que morir viejo sin haber hecho nada." ¿Cual es tu reflexión sobre esto?
-Yo se la escuché en Chamical antes de morir... Carlitos tenia un profundo amor al pueblo y enormes ansias de consagrarse a su servicio; también era franciscano. Se entregó allá al servido del pueblo, con mucha lucidez y valentía... Su frase me parece espléndida y siento lo mismo. Yo sería feliz si pudiera entregar mi vida, lo que me quede, poniéndola al servicio del pueblo...
- ¿Y no lo estás haciendo?
- Es tan poquito...

Fuente: Revista Humor, agosto de 1983

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