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Sherwood
Anderson
Nació
en Camden (EE. UU.) en 1876, murió en Colón (Panamá) en1941). Cuentista y
novelista de gran influencia en el relato breve a causa de su técnica y la
utilización del lenguaje popular en sus historias. Su madre era de origen
italiano y su padre se complacía en narrar a su hijo fantásticos e imaginarios
episodios de su vida que, según confesión del propio Anderson, sirvieron para
encaminarle más tarde por el camino de la narrativa. La familia pasaba
frecuentemente de una localidad a otra de Ohio, por lo que la educación del
muchacho quedó interrumpida a veces y no fue sistemática. A partir de los 14
años dejó de asistir a la escuela, excepto un breve período de estudios en el
Wittenberg College.
Combatió en Cuba durante la guerra hispanoamericana y a su regreso se hizo
administrador de una fábrica de barnices en Elyria (Ohio). Un día se marchó sin
avisar a nadie y se dirigió a Chicago, donde vivió con su hermano Karl y se
empleó en una empresa publicitaria. Había iniciado ya su colaboración en el Dial
y en The Little Review; los escritores del "grupo de Chicago" -Floyd Dell, Carl
Sandburg, Theodore Dreiser- ayudaron a Anderson a publicar sus primeros libros.
Winesburg, Ohio (1919), una colección de insólitos cuentos realistas, le aseguró
la fama, así como Risa negra (1925), una novela mediocre, que fue su único éxito
financiero. En sus obras se ocupó de modo extenso, aunque no exclusivamente, de
cuestiones sexuales. Ello le valió el algo inmerecido renombre de autor
escabroso. En realidad, parece haber sido él el primer escritor americano de los
tiempos de Whitman que afrontó con comprensión humana el tema de la sexualidad y
de sus consecuencias en los adolescentes.
En 1921 ganó el premio literario del Dial, e inmediatamente marchó a Europa y
después a Nueva Orleáns, donde vivió durante algún tiempo con William Faulkner,
y de allí a Nueva York, donde participó en el movimiento literario y social
representado por New Masses, The Seven Arts, The Nation y The New Republic,
junto con Van Wiyck Brooks, H. L. Mencken, Waldo Frank y otros. Su estilo es
sencillo, expresa sentimientos confusos y la rebelión contra el conformismo
social; pero se le ve lleno de ternura por los personajes descritos, que parecen
extraviados en la violencia de la industrialización americana.
Empleó los últimos años de su vida, a partir de 1924, en dirigir dos diarios de
Marion (Virginia); se casó cuatro veces. Expresó en una ocasión su punto de
vista sobre la misión del escritor del siguiente modo: "El narrador debe
ocuparse de la vida, de la vida en su tiempo, de la vida como la siente, como la
huele, como la saborea. No le corresponde ciertamente a él hacer la revolución".
Su más famoso libro de cuentos breves es sin duda Winesburg, Ohio, cuyos relatos
se van relacionando entre sí a partir del punto de vista de un
reportero-narrador, técnica empleda por primera vez en el género del cuento. En
este libro, que inmortalizó al pueblo de Winesburg, el relato corto encontró a
un maestro, no sólo por el recurso de hilación de personajes y situaciones, sino
también por la economía de medios, la sobriedad descriptiva, la sinceridad en la
exposición y la utilización de diálogos exactos y espontáneos, atributos que
luego depurarían autores como W. Faulkner y E. Hemingway, fundando la concepción
moderna del cuento breve norteamericano.
Anderson terminó con una época donde el cuento se había convertido en un género
artificial. Por otro lado, sus historias parecen fruto de la improvisación,
cualidad que las hace, a la vez, líricas y verosímiles. Sus libros posteriores
de relatos, aunque menos exitosos que Winesburg Ohio, ratificarían su calidad:
El triunfo del huevo (1921), Horses and Men (1923) y Muerte en el bosque y otros
cuentos (1933).
Sus novelas son menos consideradas, aunque entre ellas se cuentan Many Marriages
(1923) y Más allá del deseo (1932). En 1946 aparecieron póstumamente sus
Memorias (la edición crítica en 1969) y en 1953 un volumen epistolar. Aunque se
les considera menos importantes, también escribió ensayos, poesía y teatro.
www.biografiasyvidas.com
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Por Ricardo Menéndez Salmón
En el esplendor de su reconocimiento, a comienzos de los años 20 del pasado
siglo, Sherwood Anderson vivió en el número 708 de Royal Street, epicentro del
barrio francés de Nueva Orleans, lugar que definió Gertrude Stein como “el más
civilizado que he encontrado en Estados Unidos”. Tras distintos peregrinajes, en
el verano de 1924 regresó a la ciudad más eminente del estado de Louisiana con
su segunda esposa, Elizabeth Prall, para ocupar un departamento del Edificio
Pontalba, cerca de Jackson Square, donde lo visitaba un muchacho aficionado a la
bebida, fogoso y un tanto petulante que, entre muchísimas otras cosas, con el
transcurrir del tiempo habría de redactar el más conmovedor texto acerca de la
figura de Sherwood Anderson que jamás se haya escrito, y que se publicó en junio
de 1953 en Atlantic Monthly. Aquel muchacho, a quien Anderson guió en sus
primeras lecturas (entre otros autores le descubrió nada menos que a Joyce) y en
sus primeros escritos serios, animándole a que luchara por hacer realidad su
sueño, se llamaba William Faulkner.
Varias décadas más tarde, otro escritor de Mississippi, de nombre Richard Ford,
confesó que la chispa que prendió su vocación escritora, a los 19 años de edad,
fue la lectura de un cuento titulado “I want to know why”, un relato que debo
confesar es el mejor que a propósito del universo de los caballos he leído en mi
vida, mejor incluso que los del propio Faulkner. Como se ve, la literatura de
Anderson ha inspirado y convocado siempre a los gigantes norteamericanos, por lo
cual tanto la reedición en español de Winesburg, Ohio –en magnífica versión de
Miguel Temprano García, recientísimo traductor de la impagable tetralogía El
final del desfile, de Ford Maddox Ford– como el anuncio de Acantilado de
recuperar toda la obra del escritor de Camden, merecen aplauso y gratitud.
Confiemos en que el empeño editorial se cumpla.
Hay que reconocer que estas referencias al anecdotario que rodea la figura de
Anderson han lastrado, en más de una ocasión, la atención estricta a la
relevancia de su escritura, como si Anderson tuviera más importancia como
catalizador de talentos ajenos que como creador. Si una vez más incurriéramos en
esa lectura haríamos un flaco favor a la literatura, pues, sin duda, Winesburg,
Ohio, es un gran libro, un auténtico clásico en el sentido legítimo del término,
que leído noventa años después de su publicación logra que permanezcan indemnes
su interés, su belleza y su verdad.
Construido al modo de un collage en torno a una pequeña población del Medio
Oeste americano y con el joven George Willard, enamoradizo periodista que aspira
a convertirse en escritor de fuste como observador de privilegio de los anhelos,
miserias y luchas de sus habitantes, Winesburg, Ohio puede ser admirado como un
falso libro de relatos o como una falsa novela, pero en ambos casos se revela
como un magnífico, deslumbrante y bastante pesimista estudio acerca de las
razones del corazón humano. No en vano, como Kate Swift, la maestra de George
Willard, le dice al joven plumilla en uno de los más memorables textos de la
colección: “Si vas a ser escritor, tendrás que dejar de tontear con las
palabras. Será mejor que abandones la idea de escribir hasta que estés mejor
preparado. Ahora debes vivir [...] Lo más importante es que aprendas a saber lo
que la gente piensa, no lo que dice”. Leyendo a Anderson, quedan muy pocas dudas
de que Willard asumió con honra y talento el consejo de su maestra.
www.revistamercurio.es
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El
mapa de la literatura norteamericana y sus alrededores
Publicado en 1919, Winesburg, Ohio es un libro fundamental y fundacional para
entender la literatura norteamericana. Con las muertes todavía tibias de los
grandes fundadores (Whitman, Thoreau, Twain, Hawthorne, Melville), este libro
extraño, cruza de colección de cuentos y novela atomizada, da vida a buena parte
de las verdades, los mitos y las ideas que luego se verían en Faulkner,
Hemingway, Fitzgerald, Thomas Wolfe y los herederos de esa generación de
deidades literarias. La fundación de un pueblo, el retrato de sus habitantes y
el papel del testigo que lo cuenta y lo escribe es un influjo poderoso que cruza
a la Comala de Rulfo, el Macondo de García Márquez y hasta la literatura barrial
de hoy en día. Imposible de conseguir en castellano hasta hace poco, la edición
de Acantilado pone en las librerías esa pequeña maravilla en 22 capítulos.
Por Guillermo Saccomanno
Un maestro que se expresa más con sus manos nerviosas que con las palabras es
sospechado por tocar a sus alumnos. Un granjero poseído intenta mojar la cabeza
de su nieto, aterrorizado heredero, en la sangre de un cordero. Una mujer
hastiada siente una noche de lluvia el deseo irrefrenable de lanzarse a correr
desnuda bajo el aguacero por las calles del pueblo. Un pastor atisba por una
ventana una mujer que fuma y experimenta una revelación de Dios. Vidas
rutinarias, sometidas a la costumbre pero también retobándose contra los
preceptos morales de su comunidad, de pronto pueden encontrar el sentido de su
existencia en un gesto –como mucho, un acto– que les descubrirá el sentido de su
existencia. Un muchacho, periodista del diario local, que ambiciona ser
escritor, George Willard, camina el pueblo, lo recorre buscando una historia que
merezca ser narrada y, por lo general, la historia se le presenta cuando menos
se lo espera, ya sea paseando distraído o bostezando en su escritorio. “Debes
escucharme –le recomienda un médico viejo y fracasado que alguna vez también fue
periodista–. Tal vez puedas escribir el libro que nadie escribiría. La idea es
muy sencilla, tan sencilla que, si no tienes cuidado, podrías olvidarla.
Consiste en esto: todo el mundo es Jesucristo y todos acaban siendo
crucificados. Eso es lo que quería decirte. No lo olvides. Pase lo que pase, no
dejes que se te olvide.” Todos en Winesburg, Ohio, porque éste es el pueblo, son
entonces pobres cristos con una vida que merece atención y puede constituir una
buena historia. Y esta historia se roza y vincula con la de sus vecinos: quien
es protagonista en un cuento pasa más tarde a ser circunstancial en otro, porque
todos y cada uno, ya sea en primer plano o de soslayo, son protagonistas en esta
colección de cuentos que no pierde de vista nunca la relación entre el sujeto y
su contexto, el individuo y la sociedad o, si se prefiere, entre el uno y el
todo. Algunos, como un vendedor de combustible, piensan que podrían ocupar el
lugar del cronista y se animan a suministrarle ideas sobre su oficio: “El mundo
está en llamas. Empieza así tus artículos: El mundo está en llamas. De esta
manera conseguirás que la gente se fije en ti”. La consigna anticipa una de las
máximas de John Cheever en sus clases de literatura creativa en Iowa University
al proponer: “Escriban como si estuvieran en un edificio en llamas”. Pero
todavía faltan décadas para el surgimiento de este Homero de los suburbios.
Ahora, en Winesburg, Ohio, una maestra también tiene consejos para el futuro
escritor: “Tendrás que conocer la vida. Si quieres ser escritor debes dejar de
tontear con las palabras. Será mejor que abandones la idea de escribir hasta que
estés mejor preparado. Ahora debes vivir. No pretendo asustarte, pero quisiera
que comprendas el alcance de lo que piensas hacer. No debes convertirte en un
mero mercachifle de las palabras. Lo más importante es que aprendas lo que la
gente piensa, no lo que dice”.
Publicado en 1919 por Sherwood Anderson, Winesburg, Ohio es desde entonces un
libro basal de la literatura norteamericana. Inconseguible en castellano hasta
ahora, publicado con una traducción impecable de Miguel Temprano García, en su
edición de Acantilado, fue galardonado en Barcelona el año pasado por su
presentación cuidadosa. Volviendo: en la fecha de su primera publicación, en
1919, no hace tantísimos años que han muerto Whitman y Melville con sus intentos
ciclópeos de fundar una literatura que abreva tanto en Thoreau y Emerson como en
la Biblia. Con esa distancia escasa, sin el humorismo caricaturesco de O’Henry
ni el pathos de Harte, como un Twain más melancólico, Sherwood Anderson (Camden,
Ohio, 1876 - Colón, Panamá, 1941), planta las bases de la short-story, funda un
género y, a un tiempo, construye una manera de enfocar la realidad que, pasando
por la teoría del iceberg de Hemingway, alcanzará a Carver, Ford y Wolf. Lo que
sorprende en Anderson es el absoluto despojamiento de la prosa, la intervención
escasa y como conversada de la voz narradora, además de una pasmosa frescura al
describir paisajes, hombres, mujeres, ese pueblo. Anderson parece, por
instantes, prestarle más atención a la naturaleza, un viento, una nevada, un
temporal, que a sus caracteres. Al describirlos los integra a la tierra, al
clima, a una naturaleza que empieza a sentir los avances y estragos del
industrialismo que acabará con ese ritmo adormecido de lo provinciano, aunque
los dramas chicos, esas tragedias secretas, de golpe, contadas desde la
intimidad de sus vidas, cobran la trascendencia de épicas privadas, pero
siempre, sin altisonancias, sin perder de vista aquello que por cotidiano no
puede darse por sentado. Por ejemplo, acerca de uno de sus personajes Anderson
escribe que la suya “es más la historia de una habitación que la de un hombre”.
Cada ser, entonces, está encerrado. El oficio del escritor consiste en disponer
del talento necesario para abrir su puerta y curiosear. Conviene fijarse en la
dedicatoria que precede estos veintidós cuentos que, según la crítica, conforman
una athomized novel: “Este libro está dedicado a la memoria de mi madre, Emma
Smith Anderson, cuyas agudas observaciones acerca de todo lo que la rodeaba
despertaron en mí la inquietud de mirar por debajo de la superficie de las vidas
ajenas”. (El subrayado es mío.) Cuando, en la ficción, la madre de George
Willard muere, el muchacho dejará atrás su puesto de reportero en el Winesburg
Eagle y subirá al tren que lo llevará al mundo, la experiencia, otra vida. Cero
paradoja: deberá dejar atrás Itaca para narrarla. “Quien se aleja de su casa/ ya
ha vuelto”, anotaría Borges con motivo del I Ching.
Al concluir la lectura de estos cuentos algo empieza. Y es, nada menos, el
inicio de la portentosa y moderna literatura norteamericana. Una literatura que,
como paradigma, habría de contribuir a las búsquedas de otras voces, otros
ámbitos. En sus ensayos sobre literatura norteamericana, a propósito de
Anderson, Cesare Pavese aseveraba en “Middle West y Piamonte”: “No existe el
arte por el arte. E incluso la más ociosa lírica parnasiana resolverá para el
lector un problema de la práctica: cómo vivir soñando. Para entender a los
modernos novelistas norteamericanos no sólo es necesario conocer cuál es la
necesidad histórica común que han enfrentado con su obra, sino que es
indispensable, para no hablar inútilmente, encontrar una imagen, un paralelo
histórico que ponga en términos conocidos por nosotros aquellos modos de vida de
ultramar que, a casi todos nosotros, nos gusta imaginar un tanto exóticos”. Si
para Pavese –como para Calvino y Vittorini– la literatura norteamericana, con
Anderson puntero, ofrecía un prisma para enfocar el Piamonte de posguerra, su
operación no fue diferente en otros escritores. Consideremos: Winesburg, Ohio
empieza con un plano del pueblo. En el trazado de sus calles, incluyendo el
trazado del ferrocarril, se manifiesta una intención: localizar lo que se narra,
concederle una impronta de verosimilitud. El mapa del pueblo, dibujado de puño y
letra por el mismo Anderson, es el antecedente de otro mapa célebre, el del
condado de Yoknapatawpha, en Jefferson, propiedad “privada” de William Faulkner,
donde habrían de transcurrir todas sus obras. (Como leyenda literaria circula la
anécdota de que fue Anderson quien impulsó a Faulkner a la publicación. El joven
Faulkner le habría acercado su primera novela a Anderson. Y éste, con tal de
librarse de su lectura, le recomendó –al modo Arlt– un imprentero.) Unos años
después, no siempre apelando al dibujo del plano, pero sí al propósito de
inventar un pueblo, habrían de suceder, derivadas, operaciones identitarias
similares de territorialización: la Comala de Rulfo y el Macondo de García
Márquez, por citar dos ejemplos. Más acá, el Belgrano de Briante. Y, por qué no,
desde Winesburg, Ohio, aunque sus autores puedan no conocer el pueblo de
Anderson pero sí sus estribaciones, leer el Lanús de Olguín, el Boedo de Casas,
la Villa Celina de Incardona y la Turdera de Pradelli.
La vida que esperaba a George Willard al marcharse de Winesburg, Ohio, una vida
aventurera, soñada por un chico de pueblo, puede imaginarse siguiendo la
biografía de su padre en la realidad. Anderson dejó el colegio a los catorce
años, tuvo varios oficios, fue soldado en la Guerra de Cuba y más tarde
publicitario y periodista. Escribió una considerable cantidad de novelas y
relatos y también dos volúmenes autobiográficos. Su epitafio reza: “La vida, no
la muerte, es la gran aventura”. La relación entre experiencia y literatura es
una cuestión vital en su obra vasta. Pero que le atribuyera un primer lugar a la
experiencia no significa que la literatura fuera secundaria. Uno no es tanto lo
que vive, parece sugerir Anderson, como lo que cuenta. Más importante aún, la
manera en que lo interpreta y lo cuenta.
Página|12, suplemento Radar, domingo 01/08/10
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El libro de lo grotesco
Por Sherwood Anderson
El escritor, un anciano de bigote blanco, se metió en la cama con dificultad.
Las ventanas de la casa en que vivía eran muy altas y él quería ver los árboles
cuando se despertaba por la mañana. Vino un carpintero para arreglarle la cama y
dejarla a la altura de la ventana.
Se organizó un buen revuelo con aquello. El carpintero, que había sido soldado
en la Guerra Civil, entró en la habitación del escritor y le propuso construir
una tarima para elevar la cama. El escritor tenía unos cigarros por ahí y el
carpintero se puso a fumar.
Los dos discutieron un rato sobre el modo de elevar la cama y luego hablaron de
otras cosas. El soldado sacó la guerra a colación. De hecho, el escritor le
empujó a hacerlo. El carpintero había estado en la prisión de Andersonville y
había perdido a un hermano. El hermano había muerto de hambre y siempre que el
carpintero hablaba de ello se echaba a llorar. Al igual que el anciano escritor,
tenía el bigote blanco y, cuando lloraba, fruncía los labios y el bigote se
movía arriba y abajo. Aquel anciano lloroso con un cigarro en la boca resultaba
ridículo. Al final, olvidaron el modo en que el escritor había pensado elevar la
cama y el carpintero acabó haciéndolo a su manera y el escritor, que pasaba de
los sesenta años, tenía que ayudarse de una silla para meterse en la cama por
las noches.
En la cama el escritor se tumbó sobre un costado y se quedó quieto. Hacía muchos
años que le preocupaba el estado de su corazón. Era un fumador empedernido y
tenía palpitaciones. Se le había metido en la cabeza que un día moriría de forma
repentina y al acostarse siempre le acometía aquella idea. No tenía miedo. En
realidad, surtía en él un efecto raro y difícil de explicar. Se sentía más vivo,
allí en la cama, que en cualquier otro momento del día. Yacía totalmente inmóvil
y su cuerpo era viejo y ya no servía de mucho, pero algo en su interior seguía
siendo joven. Era como una mujer encinta, sólo que lo que llevaba en su seno no
era un bebé sino un joven. No, no era un joven: era una mujer, joven y vestida
con una cota de malla como la de un caballero andante. Aunque, en realidad, es
absurdo tratar de explicar lo que el anciano escritor llevaba dentro mientras
estaba tumbado en su cama elevada y escuchaba las palpitaciones de su corazón.
Lo que de verdad importa es saber lo que pensaba el escritor, o aquel ser joven
que había en su interior.
El anciano escritor, igual que le ocurre a todo el mundo, había pensado muchas
cosas a lo largo de su longeva vida. En sus tiempos había sido bastante apuesto
y varias mujeres se habían enamorado de él. Y, por supuesto, había conocido a
gente, mucha gente. Y, por supuesto, había conocido de un modo particulamente
íntimo, distinto del modo en que usted o yo conocemos a la gente. Al menos eso
creía el anciano escritor y la idea le gustaba. ¿Por qué discutir con un viejo
cerca de lo que cree lo deja de creer?
En la cama el escritor tuvo un sueño que no era un sueño. A medida que se iba
quedando dormido, aunque todavía despierto, empezaron a aparecer figuras ante
sus ojos. Pensó que aquel ser joven e imposible de describir que llevaba dentro
estaba haciendo desfilar una larga procesión de figuras ante sus ojos.
Lo interesante de esto radica en las figuras que pasaron ante los ojos del
escritor. Eran todas grotescas. Todos los hombres y mujeres que el escritor
había conocido en su vida se habían vuelto grotescos.
No todos eran horribles. Algunos eran graciosos, otros casi hermosos y uno, una
mujer que parecía muy desmejorada, impresionó mucho al anciano por lo grotesca
que era. Cuando la vio pasar soltó un ruido como el gañido de un perrito.
Cualquiera que hubiese entrado en ese momento en la habitación habría pensado
que el anciano tenía una pesadilla o sufría tal vez de indigestión.
A lo largo de una hora, la procesión de personajes grotescos desfiló ante los
ojos del anciano, y luego, aunque le costara un gran esfuerzo hacerlo, salió a
rastras de la cama y empezó a escribir. Varios de aquellos seres grotescos le
habían causado una impresión muy profunda y quería describirla.
El escritor estuvo una hora trabajando en su mesa. Al final escribió un libro
que llamó El libro de lo grotesco. Nunca llegó a publicarse, pero yo tuve
ocasión de leerlo una vez y dejó una huella indeleble en mi imaginación. El
libro tenía una idea central que resulta un tanto extraña y que no he olvidado
jamás. Recordándola, he podido comprender a mucha gente y muchas cosas que antes
me habían resultado incomprensibles. Era una idea complicada, pero se podría
explicar de forma sencilla más o menos así:
Al principio, cuando el mundo era joven, había una enorme cantidad de ideas,
pero no eso que llamamos una verdad. Fue el hombre quien hizo las verdades y
cada una de ellas consistía en una mezcla de varios pensamientos más o menos
vagos. Las verdades se extendieron por todo el mundo y todas eran hermosas.
Y luego apareció la gente. A medida que fueron llegando, cada cual se apropió de
una verdad y algunos que eran más fuertes se apropiaron de una docena de ellas.
Lo que volvía grotesca a la gente eran las verdades. El anciano tenía una teoría
muy elaborada al respecto. En su opinión, siempre que alguien se apropiaba de
una verdad, la llamaba su verdad y trataba de regir su vida por ella, se
convertía en un ser grotesco y la verdad que había abrazado se transformaba en
una falsedad.
Cualquiera imaginará que el anciano, que se había pasado la vida escribiendo y
haciendo acopio de palabras, escribió cientos de páginas a propósito de aquel
asunto. La cuestión llegó a adquirir tales proporciones en su imaginación que él
mismo corrió el riesgo de volverse grotesco. No llegó a serlo, supongo, por la
misma razón por la que nunca publicó el libro. Lo que le salvó fue aquel ser
joven que llevaba en su interior.
En cuanto al anciano carpintero que arregló la cama del escritor, tan sólo lo he
traído a colación porque, como les ocurre a muchos de esos a los que llamamos
gente corriente, se convirtió en lo más parecido a algo comprensible y amable de
entre todos los seres grotescos del libro del escritor.
[“El libro de lo grotesco” es el nombre del capítulo introductorio que abre
Winesburg, Ohio. Los fragmentos más cortos están tomados de algunos de los
diferentes cuentos. Winesburg, Ohio. Sherwood Anderson Traducción de Miguel
Temprano García Acantilado, Barcelona]
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Una
aventura
Alice Hindman que tenía ya veintisiete años cuando George Willard era todavía
un muchacho, había pasado toda su vida en Winesburg. Estaba empleada en la
tienda de ultramarinos de Winney, y vivía en casa de su madre, que estaba casada
en segundas nupcias.
El padrastro de Alice, pintor de coches, era dado a la bebida. Tenía una
historia muy extra¬ña; valdrá la pena de que la cuente algún día.
Cuando Alice tenía veintisiete años era una mu¬chacha alta y más bien delgada.
Su cabeza, muy voluminosa, era lo que más destacaba de su cuerpo; tenía las
espaldas un poco inclinadas; los ojos y los cabellos castaños. Alice era una
mujer muy tranquila que ocultaba, bajo apariencias de placidez, un fermento
interior en continua ac¬tividad.
Alice había tenido una aventura amorosa con cierto joven, siendo ella una
chiquilla de dieciséis años. En aquel entonces no había empezado to¬davía a
trabajar en el almacén. El joven, que se llamaba Ned Currie, era mayor que
Alice. Estaba empleado, como George Willard, en el Winesburg Eagle; durante
mucho tiempo se veía casi todas las noches con Alice. Paseaban juntos bajo los
árboles, por las calles del pueblo, y hablaban del destino que darían a sus
vidas. Alice era entonces una chiquilla muy linda, y Ned Currie la estrechó
entre sus brazos y la besó. El joven se exaltó y dijo cosas que no pensaba
decir; también Alice se llenó de exaltación, porque la traicionó su de¬seo de
que entrase en su vida monótona un rayo de belleza. También ella habló, quebróse
la cor¬teza exterior de su vida, toda su reserva y desconfianza características,
y se entregó por com¬pleto a las emociones del amor. A finales del oto¬ño, Ned
Currie se marchó a Cleveland, esperando colocarse en un periódico de aquella
ciudad y abrirse camino en el mundo; y ella, con sus die¬ciséis años, quería
irse con él. Manifestóle con voz temblorosa su oculto pensamiento. «Yo
tra¬bajaré y tú podrás también trabajar —díjole—. No quiero echarte encima una
carga inútil que te impida progresar. No te cases ahora conmigo. Prescindiremos
por ahora de ello, aunque viva¬mos juntos. Nadie murmurará aunque vivamos en la
misma casa, porque nadie nos conocerá en aquella ciudad y la gente no se fijará
en nos¬otros.»
Ned Currie se quedó confuso ante aquella re¬solución y entrega que de sí misma
le hacía su novia, pero se sintió también conmovido. Su pri¬mer deseo había sido
hacer de la muchacha su amante, pero cambió de resolución. Pensó en pro¬tegerla
y cuidar de ella. «No sabes lo que te dices —le contestó con aspereza—. Ten la
seguridad de que no te consentiré que hagas semejante cosa. En cuanto consiga un
buen empleo regresaré. Por el momento tendrás que quedarte aquí. Es lo único que
podemos hacer.»
La víspera del día en que había de marchar de Winesburg para empezar su nueva
vida en la ciudad, fue Ned Currie a buscar a Alice. Empe¬zaba a anochecer.
Pasearon por las calles durante una hora, luego alquilaron un cochecillo en las
caballerizas de Wesley Moyer y salieron a dar un paseo por el campo. Salió la
luna y los mucha¬chos no supieron qué decirse. La tristeza le hizo olvidar al
joven los propósitos que había hecho respecto a su manera de conducirse con la
joven.
Saltaron del coche junto a un extenso prado que descendía hasta el lecho del
Wine Creek, y allí, en la pálida claridad, se hicieron amantes. Cuando
regresaron a la población, hacia la media noche, los dos estaban alegres.
Parecíales que ningún acontecimiento futuro podía borrar la ma¬ravilla y la
belleza de lo que acababa de ocurrir. Ned Currie dijo al despedirse de la joven
a la puerta de la casa de su padre: «De aquí en ade¬lante tendremos que seguir
unidos, suceda lo que suceda.»
El joven periodista no consiguió colocarse en Cleveland y marchó hacia el Oeste,
a Chicago. Du¬rante algún tiempo sentía su soledad y escribía todos los días a
Alice. Pero la vida de la ciudad lo envolvió en su torbellino; fue haciendo
ami¬gos y descubrió en la vida nuevos motivos de atracción. Se hospedaba en
Chicago en una pen¬sión en la que había varias mujeres. Una de ellas despertó su
interés y se olvidó de Alice, que había quedado en Winesburg. Antes de
finalizar el año dejó de escribirla y sólo se acordaba de la mu¬chacha muy de
tarde en tarde, cuando se sentía solitario o cuando paseaba por algunos de los
parques de la ciudad y veía brillar la luz de la luna sobre la hierba, como
brillaba aquella noche en el prado cercano al Wine Creek.
La muchacha de Winesburg, iniciada ya en el amor, fue creciendo hasta hacerse
mujer. Cuando tenía veintidós años falleció de repente su padre, que tenía una
guarnicionería. Como el guarnicio¬nero era un antiguo soldado, su viuda empezó a
cobrar al cabo de algunos meses una pensión de viudedad. Invirtió el primer
dinero que cobró en comprar un telar, para dedicarse a tejer alfom¬bras. Alice
consiguió un empleo en la tienda de Winney. Durante varios años no hubo nada
capaz de hacerle creer que Ned Currie no acabaría por volver a buscarla.
Se alegró de estar empleada, porque la diaria rutina del trabajo en la tienda
hacía menos largo y aburrido el tiempo de la espera. Empezó a aho¬rrar dinero,
con la idea de ir a la ciudad en busca de su amante en cuanto tuviese ahorrados
dos o trescientos dólares, a fin de intentar reconquistar su cariño con su
presencia.
Alice no censuraba a Ned Currie por lo que había ocurrido en el campo, a la luz
de la luna, pero experimentaba la sensación de que no sería capaz ya de casarse
con otro hombre. Parecíale una monstruosidad la idea de entregar a otro lo que
ella tenía conciencia de que sólo podía per¬tenecer a Ned. No hizo caso alguno
de otros jó¬venes que procuraron atraer su interés. «Soy su mujer y continuaré
siéndolo, vuelva o no vuelva», se decía a sí misma; y por muy dispuesta que
estuviese a mirar por su propio interés, no habría sido capaz de comprender el
ideal, cada vez más difundido hoy, de una mujer dueña de sus pro¬pios destinos y
persiguiendo, en un toma y daca, su propia finalidad en la vida.
Alice trabajaba en la tienda desde las ocho de la mañana hasta las seis de la
noche, y tres tar¬des por semana volvía a la tienda a trabajar de siete a nueve.
Conforme fue pasando el tiempo y ella sintió cada vez más su soledad, empezó a
poner en práctica los recursos comunes a todas las personas solitarias. Por la
noche, cuando subía a su cuarto, se arrodillaba en el suelo para rezar, y en
medio de sus rezos murmuraba las cosas que hubiera querido decir a su amante. Se
aficionó a objetos inanimados, y no consintió que nadie pusiese la mano en los
muebles de su habitación, porque ésta era suya exclusivamente. Continuó
ahorrando dinero, aun después de que abandonó su propósito de marchar a la
ciudad en busca de Ned Currie.
El ahorro se convirtió para ella en un hábito adquirido, y cuando necesitaba
comprar ropa nue¬va se privaba de hacerlo. A veces, en tardes llu¬viosas, sacaba
en el almacén su libreta del Banco y, abriéndola delante de ella, se pasaba las
horas soñando cosas imposibles para economizar una cantidad de dinero suficiente
para que ella y su futuro marido pudiesen vivir de las rentas.
«A Ned le ha gustado siempre viajar por el mundo —pensó—. Yo le daré la
oportunidad de hacerlo. Cuando estemos ya casados y pueda yo ahorrar su dinero y
el mío, nos haremos ricos. Entonces podremos viajar juntos por todo el mundo.»
Y fueron pasando las semanas, que se convir¬tieron en meses, y los meses en
años, y Alice con¬tinuó esperando en la tienda de ultramarinos, soñando siempre
con la vuelta de su amante. Su patrón, un anciano de pelo entrecano, dentadura
postiza y un bigotito ralo que le caía sobre la boca, era poco aficionado a la
charla; a veces, en los días lluviosos o en los días de invierno en que el
temporal se desencadenaba sobre Main Street, pasaban horas y horas sin que
entrase un solo cliente. Entonces Alice arreglaba y volvía a arreglar los
géneros de la tienda. Permanecía de pie junto al escaparate, desde donde podía
ob¬servar la calle desierta, y pensaba en las noches en que paseaba con Ned
Currie y en las cosas que éste le había dicho. «De aquí en adelante tendre¬mos
que ser el uno del otro.» Aquellas palabras resonaban una y otra vez en el
cerebro de aque¬lla mujer que iba entrando en años. Asomaban las lágrimas a sus
ojos. A veces, cuando había salido su patrón y ella se encontraba sola en la
tienda, apoyaba su cabeza en el mostrador y lloraba. «Ned, te estoy esperando»,
murmuraba una y otra vez; y su temor, que se iba deslizando en su in¬1crior, de
que no volviese nunca más adquirió cada vez mayor fuerza.
La región que rodea a Winesburg es deliciosa durante la época de primavera,
después de las lluvias del invierno y antes de que lleguen los calurosos días
del estío. El pueblo se levanta en medio de una llanura, pero más allá de los
sem¬brados surgen encantadoras extensiones de bos¬ques. Hay en esas arboledas
muchos pequeños rincones escondidos, lugares sosegados a donde suelen ir a
sentarse los enamorados en las tardes de los domingos. Por entre los árboles se
descu¬bre la llanura y se ve desde allí a la gente de las granjas atareada en
los corrales y a las personas que van y vienen en carruaje por las carreteras.
Repican las campanas en el pueblo y de vez en cuando pasa un tren que, visto a
lo lejos, parece de juguete.
Pasaron muchos años después de la marcha de Ned Currie sin que Alice fuese al
bosque los do¬mingos con otros jóvenes; pero cierto día, a los dos o tres años
de la marcha de aquél, haciéndo¬sele insoportable su soledad, se vistió con sus
mejores ropas y salió del pueblo. Encontró un pequeño espacio abrigado desde el
cual podía distinguir el pueblo y una ancha faja de campo v se sentó. Asaltóle
el temor de su edad y de la inutilidad de todo lo que hiciese. No pudo
per¬manecer sentada y se levantó. Puesta en pie, y al ir recorriendo con la
mirada el paisaje, hubo algo, tal vez el pensamiento de aquella vida que no se
interrumpía jamás a través de la cadena de las estaciones del año; hubo algo que
la hizo fijar su atención en los años que pasaban. Se dio cuenta de que había
perdido la belleza y la frescura de la juventud, y se estremeció de temor. En
aquel momento tuvo por primera vez la sensación de que la habían estafado. No le
echaba la culpa a Ned Currie y no sabía tampoco a quien echárse¬la. Se sintió
invadida de tristeza; cayó de rodillas y se esforzó por rezar, pero en lugar de
oraciones salieron de sus labios palabras de protesta. «No volverá ya a mí. No
volveré a encontrar ya la fe¬licidad. ¿Por qué trato de engañarme a mí mis¬ma?»,
exclamó; y se sintió poseída de una extra¬ña sensación de alivio, nacida de
aquel primer esfuerzo para enfrentarse con el miedo, que había llegado a ser una
parte de su vida diaria.
El año en que Alice cumplió los veinticinco ocurrieron dos cosas que rompieron
la triste mo¬notonía de sus días.
Su madre se casó con Bush Milton, el pintor de coches de Winesburg, y ella, por
su parte, ingresó en la congregación de la Iglesia Metodis¬ta. Alice se había
hecho de la iglesia porque ha¬bía llegado a tener miedo de la soledad de su
vida. El segundo matrimonio de su madre había puesto más aún de relieve su
aislamiento. «Me estoy haciendo vieja y rara. Si Ned vuelve, ya no me querrá.
Los hombres de la ciudad donde él está viven en una perpetua juventud. Son
tantas las cosas que allí ocurren que no tienen tiempo de hacerse viejos», se
decía a sí misma con una sonrisa de amargura; y empezó a relacionarse
resueltamente con otras personas. Todos los mar¬tes por la noche, después de
cerrar la tienda, iba a una reunión religiosa que se celebraba en el sótano de
la iglesia, y los domingos por la noche, acudía a las reuniones de una sociedad
que se llamaba la Liga de Epworth.
Alice no dijo que no cuando Will Hurley, un hombre de mediana edad, empleado en
una dro¬guería y que pertenecía también a la iglesia, se ofreció a acompañarla
hasta su casa. «Claro está que no consentiré que se acostumbre a estar con¬migo,
pero no veo peligro alguno en que venga de cuando en cuando», pensó, resuelta
siempre a continuar siendo fiel a Ned Currie.
Alice, sin que ella misma se diese cuenta, in¬tentaba asirse de nuevo a la vida,
débilmente al principio, pero luego con mayor resolución cada vez. Caminaba en
silencio al lado del empleado de la droguería; pero más de una vez, en la
oscu¬ridad, mientras caminaban como dos estúpidos, alargó la mano para tocar
suavemente los plie¬gues de su americana. Cuando se despedía de ella, frente a
la puerta de la casa de su madre, Alice, en lugar de entrar en casa, se quedaba
un mo¬mento junto a la puerta. Sentía impulsos de lla¬mar al empleado aquel, de
rogarle que se sentase con ella en la oscuridad del porche de la casa, pero
temía que no la comprendiese. «No es a él a quien yo quiero —se decía a sí
misma—. Lo que yo busco es huir de mi gran soledad. Si no tomo precauciones
acabaré por desacostumbrarme del trato de la gente.»
. . .
A principios de otoño del año en que cumplía los veintisiete, se apoderó de
Alice un desasosiego apasionado. No podía sufrir la compañía del empleado de la
droguería y cuando llegaba, al atardecer, para sacarla de paseo, ella lo
despa¬chaba. Su cerebro trabajaba con una intensa ac¬tividad; volvía a casa
fatigada de permanecer largas horas detrás del mostrador y se metía en la cama,
pero no podía conciliar el sueño. Per¬manecía con los ojos muy abiertos,
queriendo penetrar en la oscuridad. Su imaginación jugaba dentro del cuarto como
un niño que se despierta después de muchas horas de sueño. En lo más profundo de
su ser había algo que no se dejaba engañar con fantasías y que exigía a la vida
una respuesta bien definida.
Alice cogió una almohada entre sus brazos y la apretó fuertemente contra sus
senos. Se echó fuera de la cama y arregló la manta de manera que, en la
oscuridad, abultaba como si hubiese alguien entre las sábanas; se arrodilló
junto al lecho y acarició aquel bulto, susurrando una v otra vez como una
cantinela: «¿ Por qué no ocurre algo de improviso? ¿ Por qué me dejan sola?»
Aunque algunas veces se acordaba de Ned Currie, lo cierto es que no contaba ya
con él. Sus deseos se habían hecho imprecisos. No suspiraba por Ned Currie ni
por ningún otro hombre determinado. Quería ser amada, que hubiese algo que
hiciese; eco a la llamada que surgía de su interior cada vez con mayor fuerza.
Así las cosas, tuvo Alice una aventura; fue en una noche de lluvia, y aquella
aventura la llenó de terror y confusión. Había regresado de la tien¬da a las
nueve y no estaba nadie en casa. Bush Milton andaba por el pueblo y su madre
había ido a casa de una vecina. Alice subió a su cuarto y se desvistió a
oscuras. Permaneció un momen¬to junto a la ventana, escuchando el ruido de las
gotas que golpeaban los cristales, y de pronto se apoderó de ella un extraño
deseo. Sin detenerse a pensar en lo que iba a hacer, echó a correr es¬caleras
abajo por la casa en tinieblas y se zam¬bulló en la lluvia que caía. Mientras
permanecía de pie en el pequeño espacio sembrado de hierba que había frente a su
casa, sintiendo correr por su cuerpo la fría lluvia, se adueñó por completo de
ella un deseo loco de echar a correr desnuda por las calles.
Se imaginó que la lluvia ejercía sobre su cuerpo un influjo creador y
maravilloso. Hacía muchos años que no se había sentido tan llena de juven¬tud y
de energía. Sentía impulsos de saltar y de correr, de gritar, de topar con algún
ser humano solitario y abrazarse a él. Por la acera enladrilla¬da se oyeron las
torpes pisadas de un hombre que iba camino de su casa. Alice echó a correr.
Poseíala un capricho salvaje y desesperado. « ¡Qué me importa quién sea! Está
solo, y yo me llega¬ré a él —pensó—; y sin detenerse a reflexionar en las
posibles consecuencias de su locura, lo llamó cariñosamente de este modo:
¡Espera! No marches. Seas quien seas, tienes que esperar.»
El hombre que pasaba por la acera se detuvo v se quedó escuchando. Era viejo y
algo sordo. Se llevó la mano a la boca para dar más resonan¬cia a sus palabras y
gritó con toda su fuerza: « ¿Cómo? ¿Qué dice?»
Alice se dejó caer al suelo toda temblorosa. Tan asustada quedó, pensando en lo
que había hecho, que cuando el hombre siguió su camino ella no tuvo valor para
ponerse en pie, sino que se diri¬gió hasta su casa gateando sobre la hierba.
Cuan¬do llegó a su cuarto, se cerró por dentro y arrimó la mesa de tocador a la
puerta. Su cuerpo tirita¬ba como si hubiese cogido frío; y era tal el tem¬blor
de sus manos que no podía ponerse el ca¬misón. Se metió en la cama, hundió su
rostro en la almohada y sollozó desconsoladamente. « ¿Qué es lo que me pasa? Si
no tomo precaucio¬nes, un día haré algún disparate horrible», pensa¬ba. Se
volvió de cara a la pared y procuró armarse de valor para hacerse a la idea de
que son mu¬chas las personas que se ven obligadas a vivir y morir solitarias,
aun en Winesburg.
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La ciudad y el campo
”En los últimos cincuenta años la vida de nuestro pueblo ha sufrido un cambio
enorme. De hecho ha tenido lugar una auténtica revolución. La llegada de la
industrialización, acompañada del tumulto y la agitación de los negocios, los
agudos chillones de los millones de voces nuevas, que han venido hasta nosotros
procedentes de ultramar, el ir y venir del ferrocarril, el crecimiento de las
ciudades, el tendido de las líneas de trenes de cercanía que conectan las
ciudades entre sí y pasan por delante de las granjas, y en los últimos tiempos,
la llegada del automóvil, han supuesto una tremenda transformación en la vida,
las costumbres y el modo de pensar de los habitantes del Medio Oeste. Ahora, por
muy mal escritos y concebidos que estén, hay libros en todas las casas. Las
revistas tienen tiradas de millones de ejemplares y hay periódicos en todas
partes. En nuestros días, un granjero junto a la estufa de una tienda de su
pueblo tiene la cabeza llena a rebosar de opiniones ajenas. Los periódicos y las
revistas se la han llenado de pájaros. La mayor parte de la vieja y brutal
inocencia, que tenía algo también de hermosa inocencia infantil, ha desaparecido
para siempre. El granjero junto a la estufa es hermano del hombre de la ciudad,
y si uno le escucha, comprobará que emplea la misma verborrea sensata que
cualquier habitante de una gran metrópoli.”
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Uña
y carne
Vivió hasta la edad de siete años en una casa vieja, sin pintar, junto a un
camino abandonado que arrancaba de Trunion Pike. Su padre no se ocupaba apenas
de ella, y su madre había falle¬cido. Su padre se pasaba el tiempo discutiendo y
discurriendo sobre religión. Afirmaba que él era un agnóstico; y de tal manera
vivía absorto en la empresa de echar abajo las ideas que acerca de Dios se
habían deslizado en el cerebro de sus convecinos, que no alcanzó a ver cómo se
mani¬festaba Dios en aquella niñita que vivía tan pron¬to en un sitio como en
otro, casi olvidada, gracias a la bondad de los parientes de su fallecida madre.
Llegó a Winesburg un forastero que vio en la niña lo que no había visto su
padre. Era un joven de elevada estatura, de pelo rojizo, que casi siem¬pre
estaba borracho. A veces solía sentarse en una silla delante de la New Willard
House, con el padre de la niña, Tom Hard. Este hablaba, sos¬teniendo que no era
posible la existencia de Dios; el extranjero le oía sonriendo y guiñaba el ojo a
los que estaban cerca de ellos. Se hicieron gran des amigos, él y Tom, y solían
estar juntos muy a menudo.
El forastero era hijo de un rico negociante de Cleveland y había venido a
Winesburg con una finalidad. Quería curarse del hábito de la bebida, y pensó
que tendría mayores probabilidades de luchar con aquel vicio que estaba
aniquilándolo si ponía tierra de por medio entre él y sus amigos de la ciudad y
se iba a vivir en un pueblo del campo.
Su estancia en Winesburg no fue precisamen¬te un éxito. La monotonía con que
transcurrían las horas lo llevó a darse con más ahinco que nunca a la bebida.
Pero acertó en una cosa. Puso a la hija de Tom Hard un nombre que encerraba un
gran sentido.
Una tarde venía el forastero haciendo eses por Main Street del pueblo, todavía
con la resaca de una copiosa borrachera. Tom Hard estaba sentado en una silla,
delante de la New Willard House, y tenía encima de las rodillas a su hijita, de
cinco años entonces.
Sentado en el andén de madera, se hallaba a su lado George Willard. El forastero
se dejó caer junto a él en una silla. Todo su cuerpo tiritaba; y cuando habló,
su voz era temblorosa.
Era la hora del crepúsculo y la oscuridad se cernía sobre la población y sobre
la línea del fe¬rrocarril que pasaba frente al hotel, al pie de un pequeño
declive. A lo lejos, hacia el oeste, reso¬naba el prolongado silbido de la
locomotora de un tren de pasajeros. Un perro, que había estado durmiendo en
mitad de la carretera, se levantó y empezó a ladrar. El forastero se puso a
charlar sin ton ni son e hizo una profecía acerca de la niña que el agnóstico
tenía en brazos.
«Vine a este pueblo para apartarme de la bebi¬da», dijo, y las lágrimas
empezaron a correr por sus mejillas. No miraba a Tom Hard, sino que inclinaba el
busto hacia adelante, con la mirada perdida en la oscuridad, como si estuviese
viendo una visión. «Huí al campo para curarme, pero ha sido inútil. Les diré por
qué.» Se volvió y miró a la niña que estaba sentada muy tiesa sobre la rodilla
de su padre; ella le devolvió la mirada.
El forastero puso la mano sobre el brazo de Tom Hard. «No es la bebida mi única
debilidad -dijo-. Tengo otra. Soy un enamorado y no he dado todavía con un
objeto para mi amor. Esto tiene mucha importancia, y usted lo comprende¬rá si
tiene suficiente experiencia para ello. Por esto es inevitable que yo acabe mal.
Son pocos los que lo comprenden.»
El forastero se calló como abrumado de triste¬za, pero lo despertó un nuevo
silbido de la loco¬motora del tren de pasajeros. «No he perdido la fe. Lo digo
muy alto. Pero he venido a parar a un lugar en el que nadie comprenderá mi fe»,
dijo con voz áspera. Dirigió una mirada intensa a la niña y empezó a hablar para
ella, sin prestar aten¬ción al padre. «Esa mujer vendrá -dijo, y su voz se hizo
ahora aguda y ansiosa-. Pero cuando lle¬gue ya habré partido yo. ¿Te das cuenta?
Las horas de nuestra cita no coinciden. Sería cosa del destino que hubiera dado
yo con ella precisa¬mente en una tarde como ésta, estando yo des¬trozado por el
alcohol. y siendo ella tan sólo una niña.»
Las espaldas del forastero empezaron a tem¬blar violentamente; intentó hacer un
cigarrillo, pero se le cavó el papel de sus dedos temblequean¬tes. Se puso
furioso y gruñó: «Creen que no tiene mérito el ser mujer y hacerse amar, pero yo
sé muy bien lo que eso significa -exclamó, y se volvió otra vez hacia la niña.
Yo lo comprendo —dijo—. Tal vez soy yo el único hombre que lo comprende.»
Su mirada vagó otra vez por la oscuridad de la calle. «La conozco aún sin
haberla visto nunca -continuó suavemente-. Conozco sus luchas y sus derrotas. Es
precisamente por esas de¬rrotas por lo que resulta para mí el único ser amado.
Desde ahora las mujeres tendrán otro rasgo distintivo nacido de sus derrotas. He
dis¬currido un nombre para esa condición. La llamo Uña y Carne. Discurrí este
nombre cuando yo era un soñador auténtico y antes que mi cuerpo se envileciese.
Es la condición de ser fuerte para ser amada. Es algo que los hombres
necesitarían en¬contrar en las mujeres, pero que no lo encuen¬tran.»
El forastero se puso en pie y permaneció frente a Tom Hard. Su cuerpo se
balanceaba atrás y adelante y parecía que iba a caerse; pero lo que hizo fue
arrodillarse sobre la acera y llevar las manos de la niñita a sus labios de
borracho, be¬sándolas con éxtasis. «Sé Uña y Carne —díjole ansiosamente—.
Atrévete a ser fuerte y valerosa. Ese es el camino. Arriésgalo todo. Ten valor
su¬ficiente para atreverte a que te amen. Sé algo más que un hombre o mujer. Sé
Uña y Carne.»
El forastero se levantó y se alejó tambaleándo¬se por la calle. Uno o dos días
después subió a un tren y regresó a su casa de Cleveland. Aquella misma noche de
verano, después de la conversa¬ción frente al hotel, llevó Tom Hard la niña a la
casa de un pariente que la había invitado a pasar la noche en su casa. Caminando
por la oscuridad, bajo los árboles, se olvidó de la charla del foras¬tero y
volvió a concentrar su pensamiento en la búsqueda de argumentos capaces de
destruir la fe de los hombres que creían en Dios. Llamó a su hija por su nombre
y ésta se echó a llorar.
«No quiero que me llamen así —declaró—. Quiero que me llamen Uña y Carne, eso
es, Uña y Carne Hard.» La niña lloraba tan desconsola¬damente, que Tom Hard se
enterneció y se puso a consolarla. Detúvose bajo un árbol, la tomó en sus brazos
y empezó a acariciarla. «Vamos, sé buena» —díjole vivamente, pero ella no se
tran¬quilizó. Se entregó con abandono infantil a su dolor, y su voz rompió el
sosiego nocturno de la calle. «Quiero ser Uña y Carne. Quiero ser Uña y Carne.
Quiero ser Uña y Carne Hard», exclamó, moviendo la cabeza y sollozando, como si
su energía infantil no pudiese sostener aquella vi¬sión que las palabras del
borracho habían des¬pertado en ella.
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La
maestra
Las calles de Winesburg se hallaban cubiertas de una espesa capa de nieve.
Había empezado a nevar a eso de las diez de la mañana; se levantó el viento y
empujó a la nieve en torbellinos por Main Street. Las carreteras que iban a
parar al pueblo y que solían estar convertidas en barri¬zales se hallaban ahora
heladas y lisas; en algu¬nos sitios el barro estaba cubierto por una corte¬za de
hielo. «Se podrá andar bien en trineo», dijo Will Henderson, de pie junto al
mostrador de la taberna de Ed Griffith. Salió a la calle y se tro¬pezó con
Sylvester West, el droguero, que anda¬ba con unos pesados zuecos, llamados
«árticos». «La nieve hará que la gente venga al pueblo el sábado —dijo el
droguero. Los dos hombres se detuvieron a conversar de sus asuntos. Will
Hen¬derson, que llevaba un abrigo delgado y no tenía zuecos, se golpeaba el
tacón del pie izquierdo con la punta del pie derecho—. La nieve vendrá bien para
el trigo», observó el droguero sabiamente.
El joven George Willard, que no tenía nada que hacer, se alegró porque no se
sentía con ganas de trabajar aquel día. El semanario estaba ya ti¬rado y había
sido llevado al correo el miércoles por la noche; la nieve había empezado a caer
el jueves. A las ocho, después de que pasó el tren de la mañana, se echó al
bolsillo un par de pati¬nes y se fue hasta el depósito de aguas corrientes; pero
no patinó. Siguió más allá del depósito, por un sendero que bordeaba el arroyo
Wine hasta que llegó a un bosquecillo de hayas. Una vez allí, encendió una
hoguera junto al tronco caído de un árbol y sentóse a un extremo de éste, para
me¬ditar. Cuando empezó a caer la nieve y a soplar el viento, se dio prisa en
recoger combustible para la hoguera.
El joven reportero tenía el pensamiento en Kate Swift, que había sido su maestra
de escuela. La noche anterior había ido a casa de Kate para que le diese un
libro que ella tenía interés en que leyese George; habían estado solos durante
una hora. Era la cuarta o quinta vez que aquella mu¬jer le hablaba con gran
interés, y no acertaba él a comprender lo que sus palabras podían signifi¬car.
Empezó a pensar que tal vez estuviese ena¬morada de él; este pensamiento le
resultaba agra¬dable y penoso al mismo tiempo. Se levantó del tronco en que
estaba sentado y se puso a echar ramas a la hoguera; miró alrededor para ver si
estaba solo y empezó a hablar en alta voz como si se hallase frente a Kate. «Me
parece que usted está a punto de caer, y usted lo sabe —exclamó—. Voy a
descubrir lo que hay de cierto. Espere y ya lo verá.»
El joven se levantó y regresó por el mismo sendero hacia el pueblo, dejando el
fuego en bra¬sas. Cuando caminaba por las calles, resonaban los patines en su
bolsillo. Llegado que hubo a su habitación de New Willard House, encendió la
estufa y se tumbó encima de la cama; empezó a pensar cosas voluptuosas; bajó la
cortina de la ventana, cerró los ojos y se volvió de cara a la pared. Cogió una
almohada entre sus brazos y la estrechó con fuerza, pensando primero en la
maestra, que había despertado algo dentro de él con sus palabras, y luego pensó
en Helen White, la esbelta hija del banquero del pueblo, de la que estaba hacía
tiempo medio enamorado.
A las nueve de la noche, la nieve formaba una espesa capa en las calles y la
temperatura se ha¬bía hecho muy rigurosa.
Era difícil caminar. Las tiendas estaban a os¬curas y la gente se había
refugiado en sus casas. El tren nocturno de Cleveland traía mucho re¬traso, pero
a nadie le interesaba su llegada. A eso de las diez, los mil ochocientos vecinos
del pue¬blo, a excepción de cuatro, estaban acostados.
Hop Higgins, el sereno, estaba medio despier¬to. Era cojo y caminaba apoyándose
en un grueso bastón. Cuando las noches eran oscuras, se alum¬braba con un farol.
Entre nueve y diez de la no¬che fue a hacer su correspondiente ronda. Reco¬rrió
dando tropezones Main Street de un ex¬tremo a otro, viendo si las puertas de las
tiendas se hallaban cerradas. Se metió luego por las ca¬llejuelas y comprobó que
las puertas traseras se hallaban también cerradas. Encontrando todo en orden,
dobló una esquina, marchó precipitada¬mente a New Willard House y llamó a la
puerta. Llevaba intención de permanecer todo el resto de la noche al calor de la
estufa. «Acuéstate; yo tendré cuidado de que no se apague el fuego», dijo al
chico que dormía en un catre en el des¬pacho del hotel.
Hop Higgins se sentó junto a la estufa y se quitó los zapatos. Cuando el
muchacho se durmió, se puso él a meditar en sus cosas. Tenía el propósito de
pintar su casa por la primavera y calculaba, sentado junto a la estufa, lo que
le costaría la pintura y la mano de obra. Esto lo llevó a realizar otros
cálculos. El sereno había cumplido los sesenta, y quería retirarse. Cobraba una
pequeña pensión porque era veterano de la Guerra Civil. Pensaba buscar la manera
de ga¬narse la vida de otro modo y aspiraba a llegar a ser un profesional de la
cría de hurones. Tenía ya en la bodega de su casa cuatro de esos extraños y
salvajes animalitos, que los cazadores em¬plean para cazar conejos. «Tengo ahora
un solo macho y tres hembras —masculló—. Con un poco de suerte será fácil que
para la primavera tenga doce o quince. Al año siguiente podré empezar a poner
anuncios en los periódicos deportivos.»
El sereno se arrellanó en su asiento y dejó de pensar. Pero no dormía. Un
entrenamiento de muchos años le había enseñado a permanecer sentado durante las
largas noches entre dormido y despierto. Al llegar la mañana se encontraba tan
descansado como si hubiese dormido.
Una vez que Hop Higgins se recogió en su silla, al abrigo de la estufa, sólo
tres personas queda¬ban despiertas en Winesburg. George Willard estaba en las
oficinas del Eagle, haciendo como se ocupaba en escribir una novela, pero en
realidad siguiendo con los mismos pensamientos que tenía por la mañana cuando
estaba junto a la hoguera, allá en el bosque. El reverendo Curtis Hartman se
hallaba sentado en la torre del campanario de la iglesia presbiteriana esperando
que Dios se le apareciese, y Kate Swift, la maestra, salía de su casa para dar
un paseo en medio de la tormenta. Eran las diez pasadas cuando Kate Swift salió.
Su paseo no tenía una finalidad determinada; era como si los pensamientos de
aquel hombre y de aquel muchacho, concentrados en ella, la hu¬biesen empujado a
las calles heladas. Tía Eliza¬beth Swift se hallaba en el pueblo cabeza del
distrito por ciertos asuntos relacionados con unas hipotecas en que tenía
invertido dinero, y no regresaría hasta el día siguiente. La hija se hallaba
sentada en el comedor de la casa, junto a una gran estufa de las llamadas
centrales, leyendo un libro. De pronto se levantó como movida por un resorte y,
cogiendo una capa de un perchero que había junto a la puerta de la calle, salió
corrien¬do de la casa.
Kate Swift tenía treinta años y no estaba con¬siderada en Winesburg como una
mujer hermosa; su constitución no era sana y su cara estaba cubierta de pequeños
granos que eran un indicio de mala salud. Pero sola y en aquellas calles
he¬ladas resultaba encantadora. Era erguida de espaldas, sus hombros eran
cuadrados y sus faccio¬nes como las de una estatua fina de diosa, colocada sobre
un pedestal, en medio de un jardín, en la penumbra de un anochecer veraniego.
La maestra había ido aquella tarde a ver al doctor Welling para consultarle
acerca de su sa¬lud. El doctor habíala reprendido, diciéndole que estaba a punto
de quedarse sorda. Era una locura lo que hacía Kate Swift al salir a la
intemperie en medio de una tormenta semejante; una locu¬ra y tal vez un peligro.
Aquella mujer que caminaba por las calles no se acordaba de las palabras del
médico y no ha¬bría vuelto atrás aunque se hubiese acordado de ellas. Sentía
mucho frío, pero a los cinco minutos de pasear no le importaba ya la
temperatura. Caminó primeramente hasta el final de su calle, cruzó luego las dos
pesas del heno, encajadas en tierra delante de un depósito de forrajes, y luego
salió a Trunion Pike. Siguiendo por Trunion Pike llegó hasta el horno de Ned
Winter y, doblando hacia el Este, pasó por una calle de casitas de madera que
desembocaba, por Gospel Hill, en Sucker Road, carretera que seguía por una
pequeña hondonada hasta más allá de la granja avícola de lke Smead, terminando
en el depósito de aguas. Aquella audacia y excitación que la ha¬bían empujado
fuera de casa se desvanecieron conforme iba caminando, pero volvieron más tarde.
El temperamento de Kate Swift tenía algo de arisco y repelente. A todos les
producía idéntica impresión. Su actitud en clase era callada, fría y rígida,
aunque en cierto y extraño sentido era también de intimidad. De vez en cuando,
parecía invadirla una extraña sensación y era feliz enton¬ces. Todos los niños
de la escuela sentían los efectos de aquella felicidad. Se quedaban un rato sin
estudiar, apoyados en el respaldo de sus asien¬tos, con la vista fija en su
maestra.
La maestra paseaba entonces de un lado a otro de la clase, con las manos en la
espalda, y hablaba con gran rapidez. El tema que se le ocurría no parecía tener
importancia. En cierta ocasión les habló a los niños de Charles Lamb y les
relató anécdotas íntimas y sorprendentes que tenían relación con la vida del
difunto escritor. Contaba las anécdotas como quien ha vivido en la misma casa
que Charles Lamb y conoce todos los secre¬tos de su vida privada. Los chicos
estaban algo desorientados, creyendo que Charles Lamb debía de ser una persona
que había vivido en Winesburg.
En otra ocasión habló a los muchachos acerca de Benvenuto Cellini. Esta vez se
echaron a reír. ¡Qué jactancioso, turbulento, valeroso y simpático resultaba
aquel viejo artista, tal como ella lo pintaba! También inventó anécdotas acerca
de éste. Una de ellas se refería a un alemán, profesor de música, que vivía en
la ciudad de Milán, encima de las habitaciones de Benvenuto Cellini, y que hizo
desternillar de risa a los muchachos. Sugars McNutts, un muchacho gordinflón, de
me¬jillas coloradas, se rió con tal gana que se mareó y se cayó de su asiento;
Kate Swift se rió con él. Pero de pronto adoptó otra vez su actitud fría y
rígida.
Durante aquella noche en que caminaba por las calles desiertas y cubiertas de
nieve, la vida de la maestra había entrado en una crisis. Aunque nadie lo
sospechaba en Winesburg, aquella vida había tenido mucho de aventurera. Y
continuaba siéndolo. Un día tras otro, cuando atendía la es¬cuela o cuando
paseaba por las calles, libraban batalla en su interior la pena, la esperanza y
el deseo. Detrás de aquella apariencia de frialdad, sumergíase su imaginación en
los más extraordi¬narios episodios. Para la gente de aquel pueblo era una
solterona empedernida; y como hablaba con dureza y no se mezclaba con los demás,
die¬ron por sentado que carecía de todas aquellas pasiones humanas que tanto
influían, para bien y para mal, en sus vidas. A decir verdad, era el
tem¬peramento más ardiente y apasionado que había en el pueblo; más de una vez,
durante aquellos cinco años que llevaba establecida en Winesbur¬go, como
maestra, después de volver de sus via¬jes, había tenido que salir de su casa a
media noche, echándose a pasear, mientras se libraban dentro de ella fieras
batallas. Cierta noche de llu¬via permaneció fuera de casa seis horas, y cuando
regresó riñó con tía Elizabeth Swift. «Me alegro de que no hayas salido hombre
-díjole áspera¬mente su madre-. Más de una vez he tenido que estar esperando a
que tu padre volviese a casa, sin saber en qué nuevo lío se habría metido. He
tenido ya mi buena parte de inquietudes y no debes extrañarte de que no quiera
ver reprodu¬cidas en ti sus peores cualidades.»
. . .
El alma de Kate Swift ardía pensando en Geor¬ge Willard. Había creído distinguir
la chispa del genio en algunos de los trabajos hechos por el muchacho en la
escuela, y quería avivar aquella chispa. Cierto día de verano fue a las oficinas
del Eagle y, encontrando al muchacho desocupado, se lo había llevado a pasear
por Main Street hasta el Campo de la Feria, donde se sentaron sobre la hierba en
un ribazo y estuvieron conver¬sando. La maestra quiso que el joven se hiciese
una idea de las dificultades con que tropezaría para ser escritor. «Tiene usted
que estudiar la vida -le dijo, con voz temblorosa y llena de an¬siedad. Cogió a
George Willard por los hombros y le hizo volverse hacia ella, de manera que
pu¬diese mirarle a los ojos. Alguien que pasara por allí hubiera pensado que
iban a abrazarse-. Si quiere llegar a ser escritor, no se deje embaucar por la
palabrería -explicóle-. Sería preferible que no pensase en escribir hasta que
estuviese me¬jor preparado. Ocúpese ahora en vivir. Yo no qui¬siera que usted se
desanimase, pero me gustaría hacerle comprender la importancia de eso a que
usted aspira. Tiene que ser usted algo más que un simple buhonero de vocablos.
Hay que aprender a percibir lo que la gente piensa, no lo que dice.»
La víspera de aquella tormentosa noche del jueves, al atardecer, mientras el
reverendo Curtis Hartman se hallaba sentado en la torre de la iglesia esperando
poder contemplar su cuerpo, llegó el joven Willard a visitar a la maestra para
que le prestase un libro. Ocurrió entonces algo que sorprendió y dejó al
muchacho en un mar de confusiones. Tenía ya el libro bajo el brazo y se disponía
a marchar. Otra vez Kate Swift le habló con gran ansiedad. Anochecía y el cuarto
iba quedando en la penumbra. Al dar media vuelta para retirarse, pronunció ella
su nombre con dul¬zura y le cogió la mano con un movimiento impulsivo. Su
corazón de mujer solitaria se puso a latir, respondiendo al atractivo viril,
porque el reportero se estaba haciendo rápidamente hom¬bre, pero respondiendo al
mismo tiempo a su entusiasmo de adolescente. Se sintió invadida por un deseo
ardiente de hacerle comprender la im¬portancia de la vida, de enseñarle a
interpretarla fiel y honradamente. Se inclinó hacia adelante, y rozó con sus
labios su mejilla. Y en aquel mismo instante reparó el joven por vez primera en
la notable belleza de sus facciones. Los dos estaban cohibidos y ella, para
dominar sus sentimientos, adoptó una actitud de dureza y altivez. « ¿Para qué?
Transcurrirán diez años antes de que em¬pieces a comprender el sentido de mis
palabras», exclamó apasionadamente.
. . .
La noche de la tormenta, mientras el ministro estaba sentado en la iglesia
esperándola, marchó Kate Swift a las oficinas del Winesburg Eagle, con el
propósito de volver a charlar con el mu¬chacho. Después de su largo paseo por la
nieve, sentíase helada, solitaria y cansada. Cuando pa¬saba por Main Street, vio
que la luz se filtraba por el escaparate de la imprenta y reverberaba por la
nieve; sintió un impulso, abrió la puerta y entró. Y estuvo durante una hora en
aquella ofi¬cina, junto a la estufa, hablando de la vida. Se expresaba con un
interés apasionado. Aquella fuerza que le había impelido a caminar por la nieve
se derramaba ahora en su charla. Se sintió inspirada, como solía estarlo a veces
en la escue¬la, frente a los niños. Se había apoderado de ella un gran deseo de
abrir las puertas de la vida a aquel muchacho que había sido alumno suyo y al
que juzgaba con talento para comprenderla. Tal era su vehemencia, que se
convirtió en una sensación física. Otra vez sus manos se agarraron a sus
hombros, haciendo que se volviese hacia ella. Sus ojos llameaban en la
habitación débil¬mente iluminada. Se puso en pie y se echó a reír; no era
aquella risa seca, habitual en ella, sino una risa extraña, insegura. «Es
necesario que me marche —dijo—. Si permanezco aquí un momen¬to más, no voy a
poder contenerme y te voy a besar.»
Reinó súbitamente la confusión en la oficina del periódico. Kate Swift se volvió
y echó a andar hacia la puerta. Era una maestra, pero también era una mujer. Al
mirar a George Willard se apo¬deró de ella el deseo ardiente de ser amada por un
hombre, un deseo que ya mil veces había in¬vadido su cuerpo como un torbellino.
Visto a la luz de la lámpara George Willard no parecía un muchacho, sino un
hombre que reunía ya condi¬ciones para desempeñar el papel de varón.
La maestra dejó que George Willard la tomase en sus brazos. La atmósfera de
aquella oficina pequeña y templada se hizo de pronto abrumado¬ra, y la maestra
sintióse desfallecer. Esperó, apo¬yada en un pequeño mostrador. Cuando él se
acercó y la puso una mano en el hombro, ella se dio vuelta y se dejó caer sobre
el joven. La con¬fusión de George Willard aumentó instantánea¬mente. Estrechó
durante unos momentos con fuerza el cuerpo de la mujer; pero de pronto aquélla
se puso rígida y dos puños menudos y puntiagudos se pusieron a golpearle en la
cara. Cuando la maestra salió huyendo, dejándolo solo, empezó el joven a dar
vueltas por la habitación, echando pestes y maldiciones.
Y en semejante estado de confusión se encon¬traba cuando asomó el reverendo
Curtís Hart¬man. Cuando estuvo ya dentro, empezó George a creer que el pueblo se
había vuelto loco. El ministro, agitando su puño que manaba sangre, afirmaba que
aquella mujer que George acababa de tener entre sus brazos, había sido enviada
por Dios para proclamar sus verdades.
. . .
George apagó la lámpara del escaparate, cerró la puerta de la imprenta y se
marchó a su casa. Pasó por el despacho del hotel, dejando allí a Hop Higgins
perdido en sus sueños de criador de hurones, y se metió en su cuarto. La estufa
se había apagado y se desvistió en el cuarto frío. Cuando se metió en la cama,
las sábanas le pare¬cieron dos mantas de nieve seca.
George Willard se revolvía en la misma cama en que había estado tumbado aquella
tarde aca¬riciando la almohada y pensando en Kate Swift. Resonaban en sus oídos
las palabras del ministro, que le pareció se había vuelto loco. Su mirada vagaba
por la habitación. Se desvaneció el resen¬timiento propio del macho burlado, y
se esforzó por comprender lo que había ocurrido. No lo con¬seguía. Repasaba una
y otra vez en su imagina¬ción todos los episodios. Transcurrieron horas, y pensó
que debía estar ya clareando el nuevo día. A las cuatro de la madrugada se tapó
la cara con las ropas de la cama y se esforzó en dormir. Cuando se quedó
amodorrado y se le cerraron los ojos, alzó la mano y tanteó en las tinieblas.
«Me he quedado sin saber algo..., sin saber algo que Kate Swift quería decirme»,
murmuró entre sueños. Y se quedó dormido, y fue él la última persona que se
acostó en Winesburg aquella no¬che de invierno.
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A los 18
“Hay un momento en la vida de todo chico en el que se detiene a considerar su
vida pasada. Tal vez sea entonces cuando cruza la línea que lo separa de la edad
viril. El muchacho va por una calle de su pueblo. Piensa en el futuro y en el
papel que desempeñará en la vida. En su interior se despiertan ambiciones y
remordimientos. De pronto ocurre algo, se detiene bajo un árbol y se queda como
esperando que alguien lo llame. Los fantasmas de cosas pasadas acuden a su
memoria, las voces susurran a su alrededor un mensaje sobre las limitaciones de
la vida. De estar bastante seguro de sí mismo y de su futuro pasa a no estar
seguro de nada. Si es un chico imaginativo, se le abre una puerta y por primera
vez contempla el mundo y ve, como en una especia de comitiva, las incontables
figuras de los hombres que, antes que él, surgieron de la nada, vivieron sus
vidas y volvieron a desintegrarse en la nada. La tristeza de la sofisticación
embargaba al muchacho. Con un breve jadeo se ve a sí mismo como una mera hoja
arrastrada por el viento por las calles del pueblo. Sabe que, a pesar de todas
las baladronadas de sus amigos, tendrá que vivir y morir en la incertidumbre,
como algo llevado por el viento, algo destinado a marchitarse al sol como el
maíz. Se estremece y mira en torno a él. Los dieciocho años que lleva vividos le
parecen un instante, un suspiro en la larga marcha de la humanidad. Oye ya la
llamada de la muerte. Ansía con todo corazón acercarse a otro ser humano, tocar
a alguien con las manos, que alguien le toque. Si prefiere que ese otro sea una
mujer, es porque piensa que una mujer será amable y le comprenderá. Busca, ante
todo, comprensión.”
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Todo
es engaño
Era la hora del anochecer, de uno de los últi¬mos días de otoño. La Feria
Comarcal de Wines¬burgo había atraído al pueblo una gran muche¬dumbre de gentes
del campo. El día había sido despejado y la noche se presentaba tibia y
agra¬dable. Las carretas que pasaban por Trunion Pike, en donde la carretera se
extendía, al salir, de la ciudad, por entre campos de fresales, cu¬biertos ahora
de oscuras hojas secas, levantaban nubes de polvo. Los niños, arrebujados como
pe¬queñas pelotas, dormían encima de la paja exten¬dida dentro de los carros.
Sus cabellos estaban cubiertos de polvo, y sus dedos sucios y pegajo¬sos. El
polvo se cernía sobre los campos; y el sol, al ocultarse, lo teñía con vivo
resplandor.
La muchedumbre llenaba las tiendas y las ace¬ras de la calle principal de
Winesburg. Se echó encima la noche, relincharon los caballos, los de¬pendientes
de las tiendas iban y venían como locos, los niños se extraviaban y rompían a
berrear, y todo un pueblo de Norteamérica trabaja¬ba desesperadamente por
divertirse.
El joven George Willard se abrió paso por entre la muchedumbre que llenaba Main
Street, se escondió en la escalera del consultorio del doctor Reefy y observó
desde allí a la gen¬te. Examinaba con ojos febriles las caras que desfilaban
bajo las luces de los almacenes. Pugnaban por irrumpir en su cerebro toda clase
de pensamientos, pero él no quería pensar. Golpea¬ba impaciente con los pies en
las escaleras de madera y miraba inquisitivamente a todas par¬tes. «Bueno, ¿será
capaz ella de no apartarse de él en todo el día? ¿Me habrá hecho esperar
inú¬tilmente todo este rato?», murmuró.
George Willard, el muchacho de aquel pueblo de Ohio, se hacía rápidamente hombre
y empe¬zaba a pensar de distinta manera que hasta en¬tonces. Había andado todo
el día entre aquella masa humana de las ferias, con un sentimiento de soledad en
el alma. Pronto iba a abandonar Winesburg para marchar a una ciudad, donde
esperaba colocarse en algún periódico; tenía la sensación de ser una persona
mayor. Aquel esta¬do de ánimo suyo era propio de hombre e impro¬pio de un
muchacho. Sentíase viejo y un poco cansado. Se despertaban en él los recuerdos.
Creía que su nuevo sentimiento de madurez lo apartaba del mundo, haciendo de él
una figura casi trágica. Hubiera querido que alguien fuese capaz de comprender
la sensación que lo domi¬naba después de la muerte de su madre.
Llega para todos los muchachos un momento en el que se vuelven a contemplar su
vida pasada. Es tal vez ese momento en que cruzan la línea que los separa de la
edad viril. El muchacho pa¬sea por las calles de su pueblo. Piensa en su
por¬venir, en el papel que representará en el mundo. Despiértase en él
ambiciones y arrepentimientos. De pronto ocurre algo imprevisto; se detiene
de¬bajo de un árbol y permanece como a la espera de que alguien le llame por su
nombre. Se deslizan en su conciencia sombras de cosas pasadas; las voces del
exterior le susurran un mensaje que le habla de las limitaciones de la vida. La
segu¬ridad absoluta que tenía en su porvenir se trueca en una absoluta
inseguridad. Si es un muchacho de imaginación, cae derribada delante de él una
puerta y se le presenta ante la vista, por vez pri¬mera, el panorama del mundo;
ve, como si desfilaran ante él en procesión, las incontables figuras de hombres
que hasta aquel momento han salido de la nada, han vivido sus vidas y han vuelto
a desaparecer en la nada. La tristeza de lo falaz ha caído sobre el muchacho. Se
mira atónito a sí mismo como una simple hoja que el viento arras¬tra por las
calles de su pueblo. Comprende que, a pesar de toda la seguridad vocinglera con
que ha¬blan sus compañeros, está condenado a vivir y morir en la incertidumbre;
que es una cosa arrastrada por el viento, una cosa destinada a agotarse, como el
trigo, bajo los rayos del sol. Se estremece y mira en torno suyo. Los dieciocho
años que él ha vivido parecen sólo un momento, el tiempo de una respiración en
la larga marcha de la Humanidad. Escucha ya la llamada de la muerte. Y anhela
desde lo más hondo de su co¬razón acercarse a otro ser humano, tocar con sus
manos a otra persona, sentir la caricia de otras manos. Si prefiere que esas
manos sean las de una mujer es porque cree que la mujer será afec¬tuosa, que le
comprenderá. Eso es lo que quiere sobre todo: comprensión.
Cuando llegó para George Willard ese momen¬to de desengaño, su pensamiento se
volvió hacia Helen White, la hija del banquero de Winesburg. Se había dado
cuenta en todo momento de que aquella joven se hacía mujer a la par que él
en¬traba en la virilidad. Cuando él tenía dieciocho años, salió cierta noche de
verano a pasear con ella por el campo y se dejó llevar, en presencia suya, de un
impulso de fanfarronería; quiso apa¬recer grande e importante ante sus ojos.
Ahora llevaba otras intenciones al pretender verse con ella. Quería hablarle de
los nuevos pensamientos de que se sentía inspirado. Se había esforzado, cuando
nada sabía él acerca de la hombría, en hacer que ella lo tomase por un hombre, y
ahora quería estar a su lado para hacerle comprender el cambio que se había
operado, según él creía, en su naturaleza.
También Helen White había llegado a un período de transformación. Lo que George
sentía, también lo sentía ella a la manera de una mujer joven. Ya no era una
niña, y ansiaba alcanzar la gracia y la belleza de la mujer hecha. Había llegado
de Cleveland, en uno de cuyos colegios estu¬diaba, para pasar un día en la
feria. También ella empezaba a tener recuerdos. Durante el día permaneció
sentada en la gran tribuna, acompañada por un joven, uno de los profesores
adjuntos del colegio, que era huésped de su madre. Era un joven algo pedante, y
ella comprendió en seguida que no era el hombre que a ella le hacía falta.
Estaba satisfecha de que la viesen en la feria con él, porque vestía bien y era
forastero. Estaba segura de que la sola presencia del joven produciría
impresión. Sentíase feliz durante el día, pero cuando se hizo de noche empezó a
estar desasosegada. Quería alejar de allí al profesor, escapar ele su presencia.
Mientras estuvieron sentados en la gran tribuna y vio clavados en ella los ojos
de sus antiguas compañeras de escuela, mostróse Helen tan atenta con su
acompañante que éste fue interesándose. «Un hombre de ciencia necesita dinero.
Yo debería casarme con una mujer que tuviese dinero», cavilaba.
Helen White iba pensando en George Willard en el momento mismo en que éste se
paseaba, tétrico, entre la multitud. Se acordaba de la no¬che de verano en que
habían salido juntos, y quería volver a pasear en su compañía. Pensaba que los
meses que ella había pasado en la ciu¬dad, asistiendo a teatros y viendo caminar
a las grandes multitudes por las anchas avenidas ilu¬minadas, la habían cambiado
profundamente. Quería que él sintiese y se diese cuenta de la transformación de
su naturaleza.
Mirando las cosas razonablemente, la noche que habían pasado juntos y que tan
grabada ha¬bía quedado en la memoria del joven como en la de la mujer, se había
pasado de una manera bas¬tante tonta. Salieron fuera de la ciudad y camina¬ron
por un camino vecinal; luego se detuvieron junto a una vallado, cerca de un
campo de trigo verde, y George se quitó la americana y se la colgó del brazo.
«Bueno, hasta ahora no me he movido de Winesburg, eso es; todavía no he salido
de aquí; pero ya voy haciéndome mayor -dijo-. He leído muchos libros y he
pensado mucho. Voy a intentar ser algo en la vida.»
«Verás —explicó—; no es eso lo que quería decir. Lo mejor sería, tal vez, que me
callase.»
El muchacho, completamente turbado, apoyó su mano en el brazo de la joven. Le
temblaba la voz. Retrocedieron por el mismo camino, hacia el pueblo. Y en su
desesperación, soltó George esta balandronada: «Yo he de llegar a ser un gran
hombre, el más grande de cuantos han vivi¬do en Winesburg. Te necesito, aunque
no sé como. Es posible que no tenga derecho a decír¬telo. Y yo quisiera que tú
fueses una mujer dis¬tinta de las demás. Ya me comprendes. No soy yo quien debe
decírtelo. Que seas una espléndida mujer-. Eso es lo que quiero.»
La voz del muchacho se apagó, y los dos regre¬saron en silencio al pueblo,
pasando por Main Street para ir a casa de Helen. Ya en el portal, hizo George un
esfuerzo para decir alguna cosa ele efecto. Se acordó de los discursos que se
traía preparados, pero le parecieron completamente inútiles. «Yo pensaba -yo
solía pensar-, yo te¬nía la idea de que tú te casarías con Seth Rich¬mond. Ahora
ya sé que no», fue todo lo que acertó a decir cuando ella atravesó el portal y
se dirigió hacia la puerta de entrada de su casa.
En este tibio anochecer de otoño, de pie en la escalera y mirando a la gente que
pasaba por Main Street, recordó George la conversación aquélla junto al campo de
verde trigo, y sintió vergüenza del papel que había representado.
La gente iba y venía por la calle como ganado confinado dentro de una
empalizada. Los carri¬coches y carros obstruían casi por completo la estrecha
calzada. Tocaba una banda, y los mucha¬chos pequeños corrían por la acera,
metiéndose por entre las piernas de los hombres; muchachos jóvenes de rostros
rubicundos caminaban torpe¬mente con jóvenes cogidas de su brazo. En una sala
situada encima de un almacén, en la que iba a darse baile, templaban los
violinistas sus ins¬trumentos. Sus notas cortadas caían por la ven¬tana abierta
y flotaban por entre el murmullo de voces y los bramidos de las cornetas de la
ban¬da. Aquella mezcolanza de ruidos excitó los ner¬vios del joven Willard. En
todas partes, por todos lados, lo rodeaba una sensación de muchedum¬bre, de vida
en ebullición. Quería escapar de allí, a un lugar en que se sintiese solo y
pudiese me¬ditar. «Que siga con ese joven, si tal es su deseo. ¿ Por qué he de
preocuparme? ¿ No es lo mismo para mí?», exclamó gruñonamente, y se lanzó por
Main Street; al llegar a la tienda de ultrama¬rinos de Hern dobló por una calle
lateral.
George sentíase tan completamente solo y abatido que sentía impulsos de llorar;
pero el orgu¬llo le obligó a seguir adelante, balanceando los brazos. Llegó
hasta las caballerizas de alquiler de Wesley Moyer y se detuvo en la oscuridad a
escuchar lo que decía un grupo de hombres que estaban conversando acerca de la
carrera que había ganado aquella tarde en la feria el garañón de Wesley, Tony
Tip; se había reunido un gran número de personas frente a las caballerizas, v
Wesley se paseaba por delante del grupo, dán¬dose importancia y fanfarroneando.
Tenía en la mano un látigo y no cesaba de dar golpes en el suelo con él. A la
luz de la lámpara se veía cómo saltaba a cada golpe una nubecilla de polvo. «Por
todos los diablos, callaos —exclamó Wesley—. Yo no tenía miedo; desde el primer
momento es¬taba seguro de vencerlo. No tenía miedo.»
Aquellas fanfarronadas del tratante Moyer ha¬brían despertado el interés de
George Willard de haber estado en su ordinaria situación de ánimo, pero en esta
ocasión lo pusieron furioso. Dio me¬dia vuelta y se alejó por la calle. «Viejo
fanfa¬rrón —masculló entre dientes—. ¿Por qué será tan jactancioso? ¿Por qué no
se callará?»
George se metió por un solar vacío, y en su precipitación tropezó y se cayó
encima de un montón de trastos viejos. Un clavo que sobresalía de un barril
desfondado le rasgó el pantalón. Sen¬tóse en el suelo y empezó a echar
maldiciones. Arregló el rasguño del pantalón con un alfiler, se levantó y siguió
adelante. «Lo que voy a hacer es ir a casa de Helen White. Iré derecho allí.
Diré que quiero hablar con ella. Me iré allí sin rodeos y me sentaré a esperar»,
se dijo, al mismo tiempo que saltaba por una empalizada y echaba a co¬rrer.
. . .
Helen se hallaba en la terraza de la casa del banquero White, desasosegada y
distraída. El pro¬fesor adjunto estaba sentado entre la madre y la hija. Su
conversación aburría a la joven. Aunque también el joven profesor se había
educado en un pueblo de Ohio, empezó a darse aires de hom¬bre de ciudad. Quería
aparentar cosmopolitismo. «Me encanta esta oportunidad que ustedes me han dado
de estudiar el ambiente de donde salen la mayor parte de nuestros jóvenes
—exclamó—. Ha sido usted muy amable, señora White, al in¬vitarme y pasar aquí el
día de hoy.» Se volvió hacia Helen y se echó a reír. «¿Se halla la vida de usted
ligada todavía a la vida de este pueblo? ¿Hay aquí personas por las que usted se
intere¬sa?», dijo. Aquella voz sonó en los oídos de la joven como cosa afectada
y aburrida.
Helen se levantó y se metió dentro. Se detuvo junto a la puerta que daba al
jardín en la parte trasera de la casa y se puso a escuchar. Su madre empezaba a
decir: «No hay en este pueblo un partido conveniente para una joven de las
con¬diciones de Helen.»
Helen bajó corriendo un tramo de escaleras y salió al jardín. Se detuvo
temblorosa en la oscuridad. Tenía la sensación de que el mundo estaba lleno de
gentes sin sentido, que no hacían más que hablar. Presa de ardiente ansiedad,
salió corriendo por el portal del jardín y, doblando una esquina junto a las
caballerizas del banquero, siguió por una pequeña calle lateral. «¡George!
¿Dónde estás?», exclamó dominada por una exal¬tación nerviosa. Se detuvo y se
apoyó contra un árbol, rompiendo a reír histéricamente. George Willard se
acercaba por la pequeña calle oscura, hablando solo: «Voy a meterme de rondón en
su casa. Entraré, sin más, y me sentaré», iba dicien¬do, y en aquel momento
tropezó con ella. Se detuvo y se le quedó mirando atontado. «Ven», dijo, y la
cogió de la mano. Caminaban bajo los árbo¬les de la calle con las cabezas
inclinadas. Las hojas secas rechinaban bajo sus pies. George pensaba en lo que
le convendría hacer y decir, ahora que la había encontrado.
. . .
Al extremo superior del campo de la feria de Winesburg hay una vieja tribuna
destartalada. Jamás le dieron una mano de pintura, y las ta¬blas se hallaban
torcidas y deformadas. El campo de la feria está en lo alto de una pequeña
colina que se eleva en el valle del Wine Creek, y por la noche se distinguen
desde la tribuna, más allá de unos trigales, las luces del pueblo, que parecen
brillar sobre el fondo del firmamento.
George y Helen subieron hacia lo alto de la co¬lina por un sendero que pasaba
junto al depósito de aguas corrientes. La sensación de soledad y aislamiento que
se había apoderado del joven en las calles llenas de concurrencia, quedaba ahora
disipada, e intensificada al mismo tiempo con la presencia de Helen. Y lo que el
joven sentía re¬flejábase en ella.
En todos los jóvenes hay dos fuerzas que se entrechocan. El pequeño animal
impetuoso e irreflexivo lucha contra el ser que piensa y recuerda; y aquel
estado de ánimo, propio de un ser de más edad y más desengañado, se había
apoderado de George Willard. Helen, que lo adivinaba, camina¬ba a su lado llena
de respeto. Cuando llegaron a la tribuna se encaminaron hasta la fila más alta y
tomaron asiento en uno de los bancos.
Visitando el campo de la feria, en los alrede¬dores de cualquier pueblo del
Medio Oeste, durante la noche que sigue al día de su celebración, se experimenta
una sensación inolvidable. Se ven por todas partes, sombras, no de difuntos,
sino de personas vivientes. Durante el día se han con¬gregado aquí las gentes
del pueblo y de la región circunvecina. Dentro del vallado del campo se han
reunido los granjeros con sus mujeres y sus hijos, y todas las personas que
viven en los cen¬tenares de pequeñas casas de madera. Se han reído las jóvenes y
han hablado de sus asuntos los hombres barbudos. Aquel lugar estaba rebo¬sante
de vida. Bullía y reventaba de vida; pero ha llegado la noche y la vida se ha
retirado de allí. El silencio es casi aterrador. Si una persona de naturaleza
reflexiva se oculta y permanece en silencio junto al tronco de un árbol, todo lo
que hay de reflexivo en su temperamento se intensifi¬ca. Se estremece al pensar
en la futilidad de la vida; y al mismo tiempo, si se trata de un habi¬tante de
aquel pueblo, siente hacia ellos un amor tan intenso que le salen las lágrimas a
los ojos. George Willard estaba sentado junto a Helen, en la oscuridad, bajo el
techo de la tribuna, y sentía con gran viveza su propia insignificancia dentro
del sistema de la vida. Lejos ya del pueblo, en donde se irritaba por la
presencia de aquellas gentes que iban y venían agitadas y atareadas por una
multitud de negocios, desapareció su irrita¬bilidad. La presencia de Helen le
servía de tónico y sedante. Parecía como si aquella mano de mu¬jer le ayudase a
poner a punto minuciosamente la maquinaria de su vida. Empezó a pensar, casi con
reverencia, en aquellas gentes del pueblo en donde había vivido siempre. Sentía
un gran res¬peto por Helen. Quería amarla y ser amado por ella; pero en aquel
momento no quería sentirse conturbado por la mujer que había surgido en ella. La
cogió de la mano en la oscuridad; y, cuando ella se le aproximó, George le pasó
la mano por la espalda. Empezó a soplar el viento, y ella empezó a tiritar.
George concentró toda su energía, intentado comprender y hacerse cargo de aquel
estado de ánimo que se había adueñado de él. Allá en la oscuridad, en aquella
eminencia, se abrazaban estrechamente dos átomos huma¬nos, poseídos de una
extraña sensibilidad, y es¬peraban. Los dos tenían el mismo pensamiento. «Yo he
venido a este lugar solitario, y aquí está este otro.» Tal era en sustancia lo
que sentían.
Aquel día, de tanta concurrencia en Winesbur¬go, se había esfumado hasta
convertirse en una de las largas noches de fines de otoño. Los caba¬llos de las
granjas se alejaban trotando por los solitarios caminos vecinales, arrastrando
cada cual su parte correspondiente de gente fatigada. Los dependientes empezaron
a retirar de las ace¬ras las muestras y fueron cerrando las puertas de las
tiendas. En el teatro de la Opera se había congregado una gran muchedumbre para
presen¬ciar la representación. Más allá, en Main Street los violinistas, una vez
templados los instru¬mentos, trabajaban y sudaban para que los pies de la
juventud volasen sin descanso por el suelo del salón de baile.
Helen White y George Willard permanecieron callados en la oscuridad de la
tribuna. De ver, en cuando se rompía el encanto que los tenía embar¬gados y se
volvían para mirarse a los ojos. Se besaban, pero este ímpetu no duraba mucho.
Al extremo más elevado del campo de la feria había media docena de hombres
cuidando los caballos que habían corrido aquella tarde. Habían hecho una hoguera
y calentaban en ella ollas de agua. Sólo se distinguían sus piernas cuando se
mo¬vían, a la luz de las llamas. Cuando soplaba el viento danzaban locamente las
pequeñas lenguas de fuego.
George y Helen se levantaron y fueron cami¬nando en medio de la oscuridad.
Siguieron por un sendero que pasaba junto a un trigal no cor¬tado todavía. El
viento susurraba entre las secas espigas. Aquel encanto que los embargaba se
que¬bró un momento durante su regreso al pueblo. Cuando llegaron a la cima de la
colina del de¬pósito de aguas se detuvieron junto a un árbol y George volvió a
poner sus manos en los hombros de la joven. Ella le abrazó ardientemente, pero
los dos contuvieron rápidamente aquel impulso; dejaron de besarse y
permanecieron un poco apartados. Creció en ellos el sentimiento de mu¬tuo
respeto. Sintiéronse cohibidos y, para librar¬se de esa penosa sensación, se
dejaron dominar por los ímpetus animales de la juventud. Estalla¬ron en risas y
empezaron a darse empujones y a tironear el uno del otro. Amansados y
purificados en cierto sentido por aquel estado de ánimo de que habían estado
poseídos, no fueron ya hombre y mujer, ni muchacho ni muchacha, sino dos
pe¬queños animales impetuosos.
Y de esta manera descendieron por la ladera de la colina. Jugueteaban en la
oscuridad como dos magníficos seres jóvenes, en un mundo jo¬ven. Una de las
veces en que corrían como locos, tropezó Helen con George, y éste cayó al suelo,
braceando y gritando. Rodó colina abajo entre grandes risotadas; Helen corrió
tras él. Se detu¬vo un momento en la oscuridad. No es posible saber cuáles
fueron los pensamientos de mujer que cruzaron entonces por su mente; cuando
es¬tuvieron al pie de la colina y se acercó ella al muchacho, le cogió del brazo
y caminó a su lado en medio de un silencio lleno de dignidad. Ni uno ni otro
habrían podido explicar, por alguna razón desconocida, que aquella noche sin
palabras les había proporcionado lo que ellos buscaban. Hom¬bre o muchacho,
mujer o niña, se habían compe¬netrado durante un momento de aquello que hace
posible que los hombres y mujeres que han llegado a la madurez de su vida vivan
en el mundo moderno.
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Nadie lo sabe
George Willard se levantó del escritorio que ocupaba en las oficinas del
Winesburg Eagle, miró cautelosamente a su alrededor v salió con precipitación
por la puerta trasera. La noche era calurosa y el cielo estaba cubierto de
nubes; aunque no habían dado las ocho todavía, la callejuela a la que daba la
parte trasera de las oficinas del Eagle estaba oscura como la pez. Un tronco de
caballos atado por allí a un poste invisible pataleó en el suelo duro y
calcinado. De entre los mismos pies de George Willard saltó un gato v echó a
correr, perdiéndose entre las tinieblas. Él joven estaba nervioso. Durante todo
el día había trabajado como si estuviese atontado de resultas de un golpe. Al
pasar por la callejuela temblaba como aterrorizado.
George Willard fue avanzando en la oscuridad nor la callejuela, caminando con
cuidado y precaución. Las puertas traseras de las tiendas de Winesburg estaban
abiertas y pudo ver a muchas personas sentadas a la luz de las lámparas. En el
Myerbaum's Notion Store vio a la señora de Willy, el dueño de la taberna, de pie
junto al mostrador, con una cesta en el brazo; la atendía un empleado que se
llamaba Sid Green. Este le hablaba con gran interés, inclinaba el cuerpo sobre
el mostrador sin dejar de hablar.
George Willard se agazapó y atravesó de un salto el reguero de luz que se
proyectaba a través del hueco de la puerta. Echó a correr hacia adelante en
medio de las tinieblas. El viejo Jerry Bird, que era el borracho del pueblo,
estaba dormido en el suelo detrás de la taberna de Ed Griffith. El fugitivo
tropezó con las piernas del borracho que estaba despatarrado. Este se echó a
reír con risa entrecortada.
George Willard se había lanzado a una aventura. No había hecho en todo el día
otra cosa que reunir ánimos para lanzarse a esa aventura, y ahora estaba ya
metido en ella. Desde las seis había estado sentado en las oficinas del
Winesburg Eagle haciendo esfuerzos por concentrar el pensamiento.
No llegó a tomar ninguna resolución. No hizo más que ponerse en pie de un salto,
pasar precipitadamente junto a Will Henderson, que se encontraba leyendo
pruebas en la imprenta, y echar a correr por la callejuela.
George Willard anduvo calles y calles, evitando encontrarse con la gente que
pasaba. Cruzó una y otra vez la carretera. Cuando pasaba por debajo de un farol
se echaba el sombrero hacia adelante para taparse la cara. No se atrevía a
pensar. Dominábale el miedo, pero el miedo que ahora sentía era distinto del de
antes. Temía que aquella aventura en que se había metido se estropease, que le
faltase el valor y que se volviese atrás.
George Willard encontró a Louise Trunnion en la cocina de la casa de su padre.
Estaba lavando los platos a la luz de una lámpara de petróleo. Allí estaba,
detrás de la puerta de la pequeña cocina situada en la parte trasera de la casa.
George Willard se detuvo junto a una empalizada e hizo un esfuerzo para dominar
el temblor de su cuerpo. Ya sólo le separaba de su aventura un estrecho sembrado
de patatas. Transcurrieron cinco minutos antes de que recobrase aplomo
suficiente para llamarla. «¡Louise! ¡Eh, Louise!», exclamó. El grito se le pegó
a la garganta. Su voz fue sólo un susurro áspero.
Louise Trunnion se acercó, atravesando el sembrado de patatas, con el trapo de
secar los platos en la mano. «¿Cómo sabes que voy a salir contigo? —dijo ella
refunfuñando—. Muy seguro parece que estás.»
George Willard no contestó. Permaneció mudo en la oscuridad, con la empalizada
de por medio. «Sigue adelante; papá está en casa. Yo iré detrás de ti. Espérame
junto al pajar de William.» El joven reportero de periódico había recibido una
carta de Louise Trunnion. Había llegado aquella misma mañana a las oficinas del
Winesburg Eagle. La carta era concisa. «Soy tuya, si tú lo quieres», decía. Le
molestó que allí, en la oscuridad, junto a la empalizada, hubiese afirmado que
no había nada entre ellos. «¡Qué tupé! De veras que tiene un soberano tupé»,
murmuraba al mismo tiempo que seguía calle adelante, atravesando una hilera de
solares sin edificar, sembrados de trigo. El trigo le llegaba hasta los hombros,
y estaba sembrado hasta el mismo borde de la acera.
Cuando Louise Trunnion salió por la puerta frontera de su casa llevaba el mismo
vestido de percal que tenía cuando estaba lavando los platos. Iba a pelo; el
muchacho la vio detenerse con la mano en el picaporte de la puerta hablando con
alguien que estaba dentro de casa, con el viejo Jake Trunnion, su padre, sin
duda alguna. El tío Jake era medio sordo, y la chica le hablaba a gritos.
Se cerró la puerta, y el silencio y la oscuridad reinó en la pequeña callejuela.
George Willard se echó a temblar con más fuerza que nunca.
George y Louise permanecieron en la sombra del pajar de William sin atreverse a
decir palabra. Ella no era demasiado hermosa que digamos, y tenía a un lado de
la nariz una mancha negra. George pensó que ella se había frotado la nariz con
el dedo después de andar con las cacerolas. El joven rompió a reír
nerviosamente. «Hace calor», dijo. Intentó tocarle con la mano. «Soy poco
decidido -pensó-. Sólo el tocar los pliegues de su vestido de percal debe ser un
placer exquisito.» Eso se decía George, pero ella empezó con evasivas. «Tú
crees, ser mejor que yo. No digas lo contrario, lo adivino», dijo acercándose
más a él.
George Willard rompió a hablar sin trabas. Se acordó de las miradas que la joven
le dirigía a hurtadillas cuando se encontraban en la calle y pensó en la nota
que le había escrito. Esto alejó de él toda duda. También le animaron las cosas
que se susurraban en la población acerca de ella Y se convirtió en el macho,
audaz y agresivo. En el fondo no sentía por ella simpatía alguna. «Bueno,
vamos, no pasará nada. Nadie lo sabrá. ¿Quién lo va a contar?», insistió.
Fueron caminando por una estrecha acera enladrillada, por entre cuyas grietas
crecían grandes yerba jos. Faltaban algunos ladrillos y la acera tenía muchos
altibajos. La cogió de la mano, que también era áspera, y le pareció
deliciosamente menuda. «No puedo ir lejos», dijo la joven con voz tranquila y
serena. Cruzaron un puente sobre un minúsculo arrovuelo y atravesaron otro
solar sin edificar, sembrado de trigo. Allí acababa la calle. Siguiendo por el
sendero paralelo a la carretera, tuvieron que ir uno detrás de otro. Junto a la
carretera estaba el fresa] de Will Overton, en el que había un montón de tablas.
«Will va a construir un cobertizo donde guardar las banastas para las fresas»,
dijo George al tiempo que se sentaban sobre las tablas.
. . .
Eran más de las diez cuando George Willard volvió a Main Street; había empezado
a llover. Anduvo tres veces la calle de un extremo a otro; la droguería de
Sylvester West estaba abierta todavía. Entró y compró un puro. Se alegró al ver
que el mozo, Shorty Crandall salió a la puerta con él. Los dos permanecieron
conversando cinco minutos, al abrigo del toldo del edificio. George Willard
estaba satisfecho. Sentía un deseo incontenible de hablar con un hombre. Dobló
una esquina y marchó hacia la New Willard House silbando muy bajito. Se paró
frente al vallado con cartelones de circo que había al lado de la tienda de
ultramarinos de Winny y, dejando de silbar, permaneció inmóvil en la oscuridad,
con el oído atento, como si escuchase una voz que le llamaba por su nombre.
Luego volvió a reírse nerviosamente. «No ha dejado rastro en mí. Y nadie lo
sabe», murmuró con un arranque enérgico; y siguió su camino.
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La verdad de las personas
“Lo que volvía grotesca a la gente eran las verdades. El anciano tenía una
teoría muy elaborada al respecto. En su opinión, siempre que alguien se
apropiaba de una verdad, la llamaba su verdad y trataba de regir su vida por
ella, se convertía en un ser grotesco, y la verdad que había abrazado se
transformaba en una falsedad.”
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El periodismo y la literatura
“Eres periodista, al igual que lo fui yo, y eso me llamó la atención. Si te
descuidas puedes acabar convertido en un imbécil como yo. Quería prevenirte y
pienso seguir haciéndolo. No eres ningún estúpido. Así que ya espabilarás. Si
del trabajo de periodista te ha surgido la idea de meterte a escritor no me
parece mal. Aunque para eso también tendrás que espabilar.”
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LITERATURA
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