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INDICE DE LA PARTE DOS
Segunda parte
Tercera parte
Cuarte parte
Quinta parte
Sexta parte
SEGUNDA PARTE
INÉS DE TORREMOLINOS
I
De regreso a Padua, lo esperaban dos noticias: una buena y otra mala. La mala
tenía que ver con los ánimos del decano.
-Muchas cosas se dicen de vos en Padua -empezó a decirle Alessandro de Legnano-.
Y por cierto nada bueno.
El decano informó al anatomista de que Beatrice, la pupila del prostíbulo de la
taverna dil Mulo, había sido llevada a juicio y quemada por brujería.
-Os ha mencionado en su declaración -dijo lacónicamente el decano.
Mateo Colón guardó silencio.
-En lo que a mí respecta -continuó el decano-, os llevaría ante la Inquisición
hoy mismo -dijo y pudo ver cómo empalidecía su interlocutor-; sin embargo la
suerte parece estar de vuestro lado.
Entonces le hizo saber que un cierto abad pariente de los Médici había mandado
llamar al anatomista a Florencia. Una señora castellana -viuda de un noble señor
florentino, el Marqués de Malagamba- agonizaba y un altísimo duque cercano a los Médici había contratado los servicios del anatomista. Había pagado mil florines
por adelantado y otros quinientos por si precisaba la colaboración de un
aprendiz o ayudante. El decano consideró una propuesta justa archivar el asunto
de Beatrice y los testimonios de Laverda y Calandra, a cambio de los honorarios
que ofrecían a su catedrático.
-Partiréis mañana mismo a Florencia -concluyó Alessandro de Legnano y antes de
despedir a Mateo Colón, agregó-: En cuanto al aprendiz, con vosotros viajará
Bertino. Está decidido.
De nada habría valido una protesta. Mateo Colón se limitó a asentir; en rigor,
el decano no le dejaba ningún margen para negociar. Bertino se llamaba Alberto y
llevaba el apellido del decano. Nadie sabía con certeza qué parentesco los unía.
Pero Bertino era los oídos y los ojos de Alessandro de Legnano, un joven un poco
más idiota que su protector, que se habría de convertir en la sombra del
anatomista en Florencia.
II
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Inés era la mayor de las hijas del noble matrimonio que habían formado Don
Rodrigo Torremolinos, Conde de Urquijo y Señor de Navarra, e Isabel de Alba,
Duquesa de Cuernavaca y Condesa de Urquijo. Para frustración del padre, el
matrimonio no tuvo hijos varones. De modo que, a causa de su femenina
"primogenitud", su pequeña alteza gozaba enteramente de la potestas y de la
divitia. Semejante abolengo y linaje, sin embargo, contrastaban con su
sietemesina salud, con la pálida fragilidad y su minúscula y mórbida estampa.
Como si aquel cuerpecito fuera demasiado pequeño y prematuro para albergar un
alma, la niña presentaba un aspecto francamente exánime, no como si la vida la
hubiera de abandonar, sino como si nunca le hubiese llegado. La cuna de frondoso
capitel que para ella había sido construida por el mejor carpintero de Castilla
era tan inmensa que la pequeña Inés resultaba invisible entre los pliegues de
seda. Apenas si se revelaba una evidencia de vida en unos horribles estertores
que, siempre, parecían ser los últimos. El carpintero, en cuanto hubo concluido
la cuna, empezó a construir el pequeño ataúd. Conforme se iban sucediendo los
días, la niña iba perdiendo más volumen, si así pudiera llamarse a aquella pura
ausencia. La nodriza, viendo que la pequeña Inés no tenía fuerzas siquiera para
asirse del pezón, la había desahuciado definitivamente y, al parecer, iba a
recibir el último sacramento antes que el primero. Sin embargo, Dios sabe cómo,
la pequeña Inés sobrevivió. Poco a poco y como crecen de la nada los tiernos
brotes en una rama seca, la niña fue cobrando el color de los vivos. Conforme la
pequeña Inés iba creciendo, en la misma proporción, pero inversamente, la
fortuna familiar languidecía. Los olivos y las vides de la noble casa que otrora
eran las más espléndidas y generosas de toda la península, y de cuya abundancia
daba testimonio el escudo familiar, fueron devastados por la voracidad de una
súbita peste que, de un día para el otro, arrasó con cuanta cosa presentara
alguna voluntad de verdor. Don Rodrigo, arruinado, sin más fortuna que la de su
desconsuelo y sus títulos, maldecía el vientre de su esposa que, como los campos
enfermos que sólo daban unas inútiles malezas, había sido incapaz de hacer un
varón de su sangre que, al menos, pudiera traer una dote a la casa. Estaba visto
que lo único que podía engendrar la Duquesa eran niñas escuálidas. Desesperado,
Don Rodrigo viajó a Florencia a pedir el auxilio de su primo, el Marqués de
Malagamba, a quien, además del parentesco, lo unía, otrora, el cultivo del
olivo. El noble español imploró, rogó y hasta lloró. El Marqués se mostró como
un hombre de bien, proclive a la compasión y a la misericordia. Le ofreció
consuelo, palabras de ánimo y de fe; en cuanto al dinero, ni un florín. Don
Rodrigo volvió a Castilla desconsolado. Sin embargo, el verano siguiente llegó
un mensajero a casa del contrariado noble castellano. Traía un recado de su
primo el Marqués. Para estupor del Conde, el florentino pedía la mano de su hija
Inés y, a cambio, ofrecía a Don Rodrigo la suma de dinero que le había pedido el
invierno pasado. La propuesta tenía su razón: el Marqués, hombre viudo, no había
tenido descendencia, de modo que necesitaba un medio para obtener un varón
legítimo, esto es, una mujer. Por otra parte, la unión con la casa de Castilla
lo beneficiaba por cuanto, de ese modo, extendería sus dominios hasta la
península ibérica. El mensajero partió a Florencia con la afirmación de Don
Rodrigo. Inés, a la sazón, tenía apenas trece años.
No hubo gala ni seducción, no existieron amorosas cartas ni presentes, más que
el que constituía la propia Inés de manos de sus padres, quien fue enviada a
Florencia -donde la esperaba su esposo- con una escolta formada por miembros de
ambas casas. Inés se casó virgen y virtuosa. El Marqués era de la noble raza de
Carlomagno y la impresión que se formó Inés de su marido la primera vez que lo
vio fue la de que el florentino llevaba en su propia humanidad el volumen de
todos sus ilustres antepasados y la edad de todas las insignes generaciones
carolingias. Nunca imaginó que su marido era un hombre viejo y obeso, aunque
tampoco lo contrario.
Inés fue una buena esposa que entregó a su marido toda su virtus in conjugio;
sabía exhibir el abolengo y, sobre todo, la "casta", esto es, la cristiana
castidad marital. Si la esposa, según mandaba el precepto apostólico, debía
despojarse de toda pasión y "usar del marido como si no lo tuviera", a Inés,
ciertamente, no le fue en absoluto difícil; de hecho, apenas si cabía en el
lecho nupcial junto a su incon-mensurable esposo. No tenía que refrenar accesos
de pasión ni de humedades bajas. No sentía la menor atracción hacia su marido y,
en rigor, hacia ningún hombre. Se diría que Inés jamás había sentido ninguna
inclinación hacia la sensualidad. Nada le provocaba placer y, ni siquiera,
repugnancia. No sabía de gemidos ni de ayes, ni de nocturnas impulsiones. En
todo lo que duró su matrimonio, el Marqués había tenido tres seniles erecciones,
tres veces se conocieron y tres veces parió Inés sin saber jamás qué es el
frenesi veneris. Como si una maldición hubiese caído sobre la familia, igual que
su propia madre, no tuvo varones; todas fueron niñas; pura hojarasca para el
mustio árbol genealógico carolingio. Una cuarta erección sería un milagro; de
modo que harto, indignado y desesperanzado, el Marqués decidió morirse. Y así lo
hizo.
III
Inés era una mujer muy joven. Se dedicaba por completo a la crianza de sus tres
deméritos, no sin algún pesar por la memoria de su difunto, para quien no pudo
cumplir con su deseo de formar un eslabón en su noble genealogía. Todo su
espíritu se volcó a la compasión, a la misericordia, a la caridad y, sobre todas
las cosas, a Dios. En la intimidad de su alcoba escribía un sinnúmero de poemas
en Su nombre. Rezaba. Era una de las mujeres más ricas de Florencia.
Sobrellevaba la viudez sin otro pesar que el de no haber podido cumplir con la
santidad conyugal, cuyo patrón de medida es la gloria que representa un hijo
varón. Por lo demás, no necesitaba de otro amor que el de Dios. No se veía
privada del consuelo de un hombre; no añoraba dulces placeres, ni la invadían
oscuros ni pecaminosos pensamientos porque, en rigor, nunca supo de los primeros
de modo que ni podía imaginar los segundos.
Todos los bienes que Inés había heredado no alcanzaban para remediar la pena de
haber sido incapaz de darle un varón a su difunto esposo. De modo que para
morigerar sus pesares y -sobre todo- para saldar su culpa en memoria de su
marido, decidió vender los olivares, las vides y los castillos, y con ese dinero
construir un monasterio. Así, mediante una existencia de castidad y celibato,
habría de cumplir con el mandato conyugal, sirviendo a los hijos que su vientre
no había sabido engendrar: a la hermandad monástica y a los pobres. Así lo hizo.
Se diría que Inés marchaba sin escollos hacia la santidad, hasta que -justo es
decirlo ahora- un hombre se interpuso entre su diáfana vida y la gloria eterna:
Mateo Renaldo Colón.
IV
Cerca estuvo de acabar sus días como una verdadera santa. En el verano de 1558
su salud se deterioró a causa de una desconocida enfermedad. Se retiró con sus
tres hijas a una humilde casa junto al monasterio que había erigido y se decidió
a esperar la muerte con cristiana resignación.
El espíritu de Inés se había tornado, progresivamente, sombrío y pesimista; se
replegó en un mundo oscuro y tormentoso. Cualquier acontecimiento más o menos
inusual o, inclusive, trivial y cotidiano, era para ella una señal de los más
negros augurios: si las campanas del convento sonaban por algún motivo, no podía
sustraerse a la idea de que doblaban por la muerte de alguna de sus hijas. Temía
por la salud del abad -que, por otra parte, era exultante- y, en rigor, por la
de todos quienes tenía cerca. Cualquier catarro ordinario revelaba, sin duda,
una fatal pulmonía de pronto desenlace. Con el tiempo, todos estos temores se
replegaron sobre su propio espíritu y sospechaba padecer las más graves
enfermedades; una simple irritación en la piel era el síntoma que anticipaba el
desencadenamiento próximo de la lepra. Se sentía acechada por la muerte. Padecía
de interminables insomnios en cuyo tenebroso curso su corazón parecía querer
salirse del pecho, sufría de penosos ahogos que la sumían en la certeza de una
asfixia mortal y la sobresaltaban súbitos arrebatos de sudores fríos. En la
soledad de su cama, imaginaba cómo sería su cuerpo después de muerta y la
atormentaba la idea de la descomposición de su joven humanidad. Pronto, todos
estos angustiosos malestares se fueron extendiendo más allá de la frontera de la
noche, hasta instalarse por completo en su vida. Poco a poco, a causa de los
vértigos que parecían aflojar el piso debajo de sus pies, Inés decidió
refugiarse definitivamente en su cama a esperar lo que Dios dispusiera. Pero ni
siquiera encontraba tranquilidad ni consuelo en Dios, lo cual contribuía, aún
más, a su tormento, porque esto último la confrontaba con su devota conciencia y
ni siquiera podía esperar la muerte con cristiana resignación. Inés presentaba
un aspecto francamente agónico.
Viendo que la salud de Inés se quebraba definitivamente, el abad recordó que en
Padua un cirujano había salvado milagrosamente la vida de un agonizante, hecho
que, a la sazón, había sido muy comentado. De modo que, sin dudarlo, intercedió
ante su ilustre primo cercano a los Médici, quien, sin reparar en gastos, le
hizo llegar mil florines para los honorarios de la eminencia y otros quinientos
para el viaje y otros imponderables que pudieran suscitarse.
EL DESCUBRIMIENTO
I
Un jinete cruzó a todo galope las angostas calles de Padua. A su paso, derribó
el puesto de un tendero de la Piazza dei Frutti -que ni tiempo tuvo para
insultarlo-, dejando un tendal de naranjas rodando calle abajo. El caballo
estaba empapado en sudor y echaba espuma por la boca; había estado galopando
desde el otro lado de los montes Eugáneos. Leonardino, el cuervo, lo vio;
sigilosamente lo escoltó, sobrevolándolo en círculos, desde que cruzó los viejos
muros por la Porta Eugánea y, más allá, cuando avanzó por la Riviera de San
Benedetto. Al cruzar el Ponto Tadi por sobre el canal, el cuervo se le adelantó
y, como si lo supiera por anticipado, se posó sobre el capitel del aula dentro
de la cual su amo estaba dando clase.
El jinete se apeó frente a la puerta de la Universidad y corrió a través del
patio.
-¿Dónde encuentro a Mateo Colón? -le preguntó a un hombre a quien, poco menos,
se había llevado por delante.
El hombre era el decano, Alessandro de Legnano.
El mensajero le explicó brevemente la urgencia del asunto que lo traía sin dar
más precisiones ni detalles que los que imponía la formalidad e inmediatamente
le repitió su petición, de tal modo que quedara claro que no tenía autorización
para informar a nadie más que al propio anatomista.
-Tengo orden de entregar el mensaje al messere Mateo Renaldo Colón -explicó,
lacónico el mensajero.
Al decano lo irritó profundamente el modo excesivamente respetuoso con que el
mensajero se refirió al barbiere, pero, sobre todo, la pretensión de eludir su
autoridad, como si fuera un simple criado cuya función fuera la de anunciar las
visitas a "su eminencia", Mateo Colón.
-Quizá deba informaros que en esta casa yo soy la autoridad.
-Quizá deba informaros quién es el remitente del recado -dijo el mensajero,
permitiéndose la impertinencia de imitar el tono de su interlocutor, a la vez
que le exhibía la rúbrica y el sello impreso en el dorso del mensaje.
El decano no tuvo otro remedio que prometer al mensajero entregar la carta al
anatomista ni bien regresara de viaje.
II
La impresión que se formó Mateo Colón de la enferma fue, en primera instancia,
que se trataba de una mujer infinitamente bella y, en segundo lugar, que no era
aquella ninguna enfermedad frecuente. Inés estaba tendida en la cama, exánime e
inconsciente. Examinó sus ojos y su garganta. Palpó su cabeza e inspeccionó sus
oídos. El abad seguía los movimientos del médico con desconfiada curiosidad.
Palpó sus tobillos y sus muñecas y rogó al abad que lo dejase a solas con la
enferma junto a su "discípulo", Bertino. No sin alguna preocupación, el abad
abandonó la alcoba.
Mateo Colón pidió a Bertino que lo ayudara a desvestir a la paciente. Quizá
nadie sospechara siquiera que debajo de aquellas austeras ropas existía una
mujer de una belleza extraordinaria, hecho que testimoniaban las manos del
discípulo, que temblaban como una hoja al retirar cada prenda.
-¿Acaso nunca has visto una mujer desnuda? -preguntó Mateo Colón a Bertino no
sin cierta malicia, haciéndole notar, de paso, que podía convertirse en el
delator del espía del decano.
-Sí, las he visto... pero no con vida... -titubeó Bertino.
-Pues te recuerdo que lo que estas viendo no es una mujer, sino una enferma
-marcando en la pronunciación la diferencia entre ambas entidades.
En rigor, Mateo Colón tampoco había podido sustraerse a la belleza de su
paciente, pero tenía el pulso experimentado, suficiente para no manifestar
ninguna turbación. E, inclusive, sabía que un médico debía hacer caso de las
impresiones subjetivas: intuía que su inquietud y su perturbación no eran ajenas
a la enfermedad de su paciente. Examinó el tono muscular del vientre y el ritmo
de la respiración. Viendo que Bertino demoraba con su tarea, ordenó a su
discípulo que terminara de una vez de quitar las ropas de la enferma. En el
mismo momento en que el anatomista se disponía a tomar el pulso, Bertino
prorrumpió en un grito de espanto.
-¡Es un hombre! ¡Es un hombre! -vociferaba a la vez que se santiguaba e invocaba
a todos los santos del cielo-. ¡El poder de Dios sea conmigo! -imploraba con una
mueca de terror.
Mateo Colón pensó que Bertino se había vuelto completamente loco. El maestro se
incorporó e intentó calmar a su discípulo, cuando, para su estupor, pudo ver
entre las piernas de la enferma, una perfecta, erecta y diminuta verga.
III
El anatomista conminó a su discípulo a que dejara de gritar. Ciertamente, aquel
descubrimiento, fuere lo que fuere, ponía en peligro la vida -ya lo
suficientemente frágil- de la enferma. Mateo Colón recordó de inmediato un caso
que, cincuenta años antes, había conducido a la hoguera a un hombre que
presentaba la apariencia de una mujer y que, aprovechando sus facciones
femeninas, ejercía la prostitución. Sin embargo, Inés de Torremolinos presentaba
una anatomía enteramente femenina y, por cierto, sus tres hijas eran fiel
testimonio de su no menos femenina fisiología. Sin embargo, frente a las narices
atónitas del maestro y su discípulo, allí estaba aquel pequeño órgano erecto,
señalando al centro de sus ojos alelados abiertos como dos pares de florines de
oro.
La hipótesis que mejor se ajustaba a la situación era la del hermafroditismo.
Las antiguas crónicas de los médicos árabes y egipcios relataban numerosos casos
de seres que presentaban los dos sexos en un mismo cuerpo. El mismo anatomista
había podido comprobar un caso de hermafroditismo en un perro. Sin embargo, esta
última conjetura tampoco se ajustaba a los hechos: la característica común que
señalaban todas las crónicas médicas no dejaba dudas acerca de que tal anomalía
significaba la atrofia completa de ambos órganos sexuales, los masculinos y los
femeninos, siendo en consecuencia imposible la reproducción. Además de los tres
vástagos que Inés de Torremolinos había traído al mundo, era evidente que aquel
pequeño órgano no se mostraba en absoluto atrofiado; al contrario, estaba
inflamado, palpitante y húmedo.
Llevado por la pura intuición, el anatomista tomó entre el índice y el pulgar
aquella innominada parte y, con el índice de la otra mano, comenzó a frotar
suavemente el diminuto "glande", rojo e inflamado. La primera reacción que Mateo
Colón pudo comprobar fue que toda la musculatura del cuerpo de la enferma -que
hasta entonces permanecía completamente laxa- cobró una súbita e involuntaria
tensión, a la vez que aquel órgano aumentaba un poco más en tamaño y se conmovía
en breves contracciones.
-¡Se mueve! -gritó Bertino.
-¡Silencio! ¿O acaso quieres enterar al abad?
Mateo Colón no dejaba de frotar entre sus dedos aquella protuberancia, como
quien frota una rama contra una piedra para obtener fuego. De pronto, como si
finalmente hubiese conseguido encender la chispa de la hoguera, todo el cuerpo
de Inés se conmovió en una gran convulsión que le hizo levantar las caderas,
quedando sostenida por los tobillos y la nuca, semejando un arco. Poco a poco,
su cintura empezó a moverse, siguiendo la regularidad, el ritmo de los dedos del
anatomista. La respiración de Inés se agitó; el corazón, se diría, le galopaba
dentro del pecho y todo su cuerpo brilló súbitamente con un sudor general,
reproduciendo, en virtud de aquella frotación que le prodigaba el anatomista,
cada uno de los penosos síntomas que la sobresaltaban por las noches. Sin
embargo, pese a que Inés se mantenía inconsciente, no se diría que aquella
sesión le resultara, precisamente, penosa. La respiración de Inés fue cobrando
un sonido ahogado que devino en un jadeo sonoro. Su exánime gesto se transformó
en una mueca lasciva: la boca, entreabierta, dejaba ver la lengua agitándose
entre las comisuras de los labios.
Bertino, el discípulo, se persignó. No alcanzaba a descifrar si aquello era un
exorcismo o si, al contrario, su maestro, estaba metiendo el diablo en el cuerpo
de Inés. Casi cae desmayado al ver que, de pronto, la enferma abrió los ojos,
miró en derredor, y, totalmente en sí, se entregó a la diabólica ceremonia del
anatomista. Los pezones de Inés se habían inflamado y erguido y ahora ella misma
se los frotaba con sus propios dedos sin dejar de mirar al desconocido con
lascivia, a la vez que musitaba unas palabras ininteligibles en español.
Se diría que Inés había pasado de la agonía al frenesi veneris. Totalmente
consciente -si así pudiera decirse-, Inés se asió al travesaño de la cabecera de
su rústica cama.
Entre ayes, convulsiones y "cómo os atrevéis" admonitoriamente suspirados, Inés
dejaba hacer.
-¿Cómo os atrevéis? -murmuraba a la vez que se pasaba su propia lengua por los
pezones-. Que soy mujer casta -decía y se humedecía los dedos en los labios.
-¿Cómo os atrevéis? -suspiraba y entonces abría las piernas cuanto podía-. Que
soy madre de tres -decía sin dejar de frotarse los pezones y que "cómo os
atrevéis", imploraba y entonces dejaba hacer.
La del anatomista no era una tarea fácil; por un lado debía sustraerse a la
contagiosa excitación de la enferma y, por otro, evitar que esa misma excitación
declinara. Además, Bertino -que no dejaba de persignarse- no cesaba de hacer
preguntas, exclamaciones y hasta se permitió amonestar a su maestro:
-¡Cometéis sacrilegio, profanación!
-Quieres cerrar la boca y sujetar los brazos -obnubilado como estaba, Bertino
obedeció.
-¡Los míos no, idiota, los de la enferma!
-¿Cómo os atrevéis? -susurraba Inés-. Que soy mujer viuda -decía y entonces
balanceaba las caderas embistiendo la mano del anatomista.
-¿Cómo os atrevéis? -lloriqueaba-. Que vosotros sois dos hombres y yo una pobre
mujer indefensa -decía y entonces estiraba la mano hacia la verga del discípulo,
cuyas imploraciones a Dios no impedían que empezara a ponerse un poco tiesa, lo
cual, por cierto, le aseguraba al anatomista el silencio de Bertino.- ¿Cómo os
atrevéis? -murmuraba Inés-. Que ni siquiera os he visto nunca antes.
IV
Diez días permaneció Mateo Colón en Florencia junto a su enferma. Diez días en
el curso de los cuales Inés se restableció por completo, al menos, de sus
anteriores padecimientos. El anatomista convino con el abad alojarse en un
claustro del monasterio, cuya proximidad con la casa de la enferma le permitiría
no interrumpir su secreta terapéutica. Sin embargo, Inés consideró esto una
imperdonable falta de hospitalidad y lo alojó en su propia casa. Para él preparó
una acogedora alcoba próxima a la suya.
Inés no era aquella mujer lasciva que conoció Mateo Colón. Al contrario,
presentaba la apariencia de la santidad; era extremadamente recatada en su
vestuario, pudorosa en sus modos y en sus dichos. Sin embargo, a la hora de
someterse a la terapéutica del anatomista, parecía abrirse paso en su cuerpo un
espíritu diabólico ilimitado que arrasaba la valla del pudor, y que sólo se
retiraba cuando llegaba el éxtasis, después de lo cual volvía Inés a su recato.
La enferma aparentaba rebelarse al placer mediante unos levísimos "¿Cómo os
atrevéis?" que sin embargo se parecían más a un gemido gozoso que a una queja.
Concluidas las sesiones no mencionaba nada acerca de ellas, como si no guardara
memoria de lo sucedido en su alcoba o como si aquéllas no tuviesen una
trascendencia diferente de la de tomar una hierba medicinal. Conforme avanzaba
la cura, aquella misteriosa protuberancia que presentaba la forma de un
verdadero pene iba decreciendo en tamaño en la misma proporción que los
padecimientos de la enferma. Por lo demás, Inés parecía sentirse muy a gusto en
compañía de Mateo Colón. Por las mañanas caminaban por la senda de setos del
bosque lindero al monasterio y cerca del mediodía se sentaban a la sombra de un
roble a comer fresas y moras silvestres. A media tarde, Inés y el anatomista
iban hasta la casa, se encerraban en la alcoba y entonces se iniciaba la cura.
Inés se recostaba mansamente en la cama, deslizaba sus faldas por la superficie
de sus piernas, separaba un poco las rodillas a la vez que arqueaba la espalda
dejando suspendidas las nalgas, suaves y prominentes, y se ofrecía a las manos
del anatomista cerrando los ojos y apretando los labios todavía húmedos y
teñidos con el jugo de las moras.
Y todas las mañanas Mateo Colón y su enferma salían a caminar por el bosque
lindero a la abadía y después del mediodía entraban en la casa y "cómo os
atrevéis, que aunque no llevo hábitos soy mujer consagrada". Y todas las noches,
después de una cena frugal y reposada, "cómo os atrevéis, que juré a la memoria
de mi difunto castidad y celibato".
Mateo Colón, por su parte, se sentía a gusto en Florencia. El motivo de la
estadía de Mateo Colón no era, solamente, el de velar por la salud de su
paciente; ¿qué era aquel pequeño órgano innominado que se comportaba igual que
un sexo masculino? ¿Qué era aquella diminuta monstruosidad que asomaba
horrorosamente del femenino pubis de Inés? ¿Era Inés una mujer? ¿Se hallaba
frente a una monstruosidad de la naturaleza o, como sospechaba, tenía ante sí el
más increíble descubrimiento de la misteriosa anatomía femenina?
Fue por aquellos días, durante su estancia en Florencia, cuando el anatomista
apuntó las primeras notas que prefigurarían el vigésimo sexto capítulo de su De
re anatómica. Día tras día, describía en su cuaderno la evolución de su enferma.
"Processus igitur ab utero exorti id foramen, quod os matricis vocatur illa
praecipue sedes est delectionis, dum venerem exercent vel minimo digito
attrectabis, ocyus aura semen hac atque illac pre voluptate vel illis invitis
profluet."
Día primero:
"Esta pequeña protuberancia, que surge del útero cerca de la abertura que se
llama boca de la matriz 1 , es principalmente la sede del deleite de la enferma;
cuando tiene actividad sexual, al frotar, el órgano sólo con un dedo, el semen 2
fluye de acá para allá más rápido que el aire a causa del placer incluso sin que
ella se lo proponga. "
Día segundo:
"Este pene femenino 3 parece concentrar en sí toda manifestación del placer
sexual en desmedro de los órganos internos, que no presentan ninguna excitación
ante los estímulos. Es de notarse que este órgano se levanta y cae como la verga
antes y después de la cópula o de la frotación. " 4
Día tercero:
"Esta parte se encontraba dura y oblonga cuando descubrila en mi primer examen y
blanda y pendiente después de la frotación cuando la enferma hubo de alcanzar el
frenesí venéreo.
"El reposo dura poco tiempo, alzándose nuevamente en el curso de algunas pocas
horas después de las frotaciones, no viéndose a la enferma con apetito sexual,
ni frenesí, ni incitada al placer o con apetencia de hombre o afición a la
verga. En cambio, cada vez que el apéndice se yergue, la enferma presenta
talante triste, mareos y ahogos que sólo cesan después de la frotación y el
frenesí venéreo."
Día Cuarto:
"La enferma mejora. No sufre tristezas ni ahogos y los mareos son menos
frecuentes. El órgano permanece durante más tiempo reposado y menos inflamado,
como si todos sus padeceres dependieran de éste. Llamaré a esta anomalía Amor o
Placer de Venus (Amor Veneris, vel Dulcedo Apeleteur)."
Día Quinto:
"Es de notar que de este órgano pareciera depender el amor de la enferma y su
disposición y voluntad, y por esta causa me es dado suponer que quien ejerza el
dominio de esta pequeña verga ejercerá el dominio de su disposición y de su
voluntad, por cuanto la enferma se conduce hacia mí como una enamorada,
mostrándose proclive a satisfacerme en todo cuanto me apeteciera. Este órgano
parece ser la sede del amor y del placer de la enferma. Esta suerte de entrega
no depende de ningún atributo que no sea el del saber frotar con arte y acierto
y conocer las carnecillas sensibles, como el glande y la cresta inferior de la
parte alargada".
Y en efecto, el anatomista sabía sacar partido de su "arte y acierto". Mateo
Colón no tenía ningún pudor en lamentarse de su magra paga como catedrático; se
quejaba ante Inés como su tocayo de Genova a la reina: "Y pensaba lo poco que me
han aprovechado los veinte años de servicio: no tengo en mi tierra una teja; si
quiero comer o dormir, al mesón, a la taberna, y a veces, falta hasta la blanca
para pagar el escote. La lástima me arranca el corazón". Así se lamentaba el
anatomista frente a su paciente. Y el alma de Inés, que era misericordiosa y
caritativa, se quebraba de piedad.
-¿Os bastan quinientos florines? -preguntaba avergonzada como quien da una
mísera limosna.
Entonces, por las noches, después de contar cada moneda de sus "honorarios", el
anatomista apuntaba:
"Cuanto más se avanza en la terapéutica, tanto más cautivada se muestra la
voluntad de la enferma cuya disposición y obediencia pareciera no tener límite
ni colmo."
Y en verdad, el anatomista, después de cada sesión, parecía no tener límite ni
colmo. No perdía oportunidad para quejarse amargamente de su infortunio.
-¿Os bastan mil florines? -preguntaba Inés llena de pudor.
Toda la pasión que Inés le prodigaba a Dios recayó por completo en la figura del
anatomista. Los versos que otrora Inés escribiera a la Gloria del Todopoderoso
ahora tenían un nuevo destinatario. Por las noches, se acostaba pensando en el
anatomista; con el anatomista soñaba y el nombre del anatomista sus labios
pronunciaban cuando se despertaba por la mañana. Toda su antigua pasión por los
pobres, toda su misericordia y fervor, tenían un único nombre. Y un día llegó el
momento de la partida. La salud de Inés de Torremolinos estaba, a juicio de su
médico, completamente restablecida. De modo que no había razón para permanecer
más tiempo en Florencia. El abad agradeció cálidamente los servicios del
chirologi y su discípulo.
La enfermedad de Inés tenía, ahora, un nombre: Mateo Renaldo Colón.
Mientras cabalgaba de regreso a Padua, el corazón del anatomista latía con la
fuerza de la ansiedad. Intuía que algo glorioso acababa de suceder en su vida.
EN TIERRAS DE LA VENUS
I
"Cariay, Veragua. ¡Las minas de oro, la providencia donde hay oro infinito,
donde lo llevan las gentes adornándoles los pies y los brazos, y en él se
enforran y guarnecen las arcas y las mesas! Las mujeres traían collares colgados
de la cabeza a las espaldas. A diez jornadas está el Ganges. De Cariay a Veragua
es tan cerca como de Pisa a Venecia. Yo todo esto lo sabía: Por Tolomeo, por la
Sacra Escritura. Es el sitio del paraíso terrenal..." , hubiera podido escribir
Mateo Colón como su tocayo genovés había escrito a la reina. "Oh, mi América, mi
dulce tierra hallada", fueron las siete palabras que mejor describieron la
epopeya de Mateo Colón.
El anatomista no iba a tardar en comprender que aquella extraña enfermedad,
aquella monstruosa deformidad, era, en rigor, como las Indias Orientales. A su
regreso a Padua examinó un total de ciento siete mujeres, entre vivas y muertas.
Para su estupor, en todos los casos pudo comprobar que aquella "verga" que había
descubierto en Inés de Torremolinos existía, "diminuta y oculta tras las carnes
de los labios", en todas la mujeres. Y pudo descubrir, eufórico, que el
comportamiento que presentaba esta pequeña protuberancia no era en absoluto
diferente de como se comportaba en el cuerpo y en la voluntad de Inés de
Torremolinos. El anatomista, extraviado en su propia euforia, había encontrado
la llave del amor y del placer. No se explicaba de qué modo aquel dulce tesoro
había pasado inadvertido durante siglos, no comprendía cómo generaciones de
sabios, de anatomistas de Oriente y Occidente, no habían visto jamás aquel
diamante que se advierte a simple vista, sólo corriendo las carnes de la vulva.
"Oh, mi América, mi dulce tierra hallada" , apuntó el anatomista en el comienzo
del capítulo XVI de su De re anatomica. Y lo que habría de seguir era una
sinfonía épica.
Entre ayes y amor mío, el anatomista acariciaba las costas de las tierras
nuevas; como aquellas indias de cobre que salían de la tripa de lo verde y se
ofrecían a los dioses barbados mitad hombre, mitad bestia, así se le obsequiaban
al nuevo Amo de la Patria de Venus. Así andaba, explorando el genital follaje,
la espada en la diestra, las Escrituras en la siniestra y al cuello, la cruz.
Avanzaba tierra adentro y un día Dios le dijo: "poned nombre a las cosas" y
entonces, en su diario, al final de cada jornada, apuntaba: "Sí me es dado poner
nombres a las cosas por mí descubiertas..." y entonces nombró a las cosas. Y así
andaba, circunnavegando la creación de su propia costilla.
Entre ayes y amor mío, besaba la arena de las tierras nuevas y clavaba las
banderas y no había palabras para nombrar tanta novedad. No había que combatir
indios bravos ni enemigos. Bastaba señalar y decir "esto es mío" y entonces, con
la yema de un dedo, de un dedito (mínimo dígito) -Sabio y Perito-, se abrían los
follajes para que entrara Su Majestad.
Y así andaba, nombrando y haciendo para sí lo que era de sí, como de Adán era la
costilla. ¡Cuánta dulce gentileza! Y así habría de presentar las cosas al mundo:
"Esto, amabilísimo lector, es principalmente la sede del amor en las mujeres",
decía señalando hacia las costas de las tierras de la Venus.
Levaba anclas y entonces ponía proa hacia canales y archipiélagos donde hombre
alguno había andado, y a su paso, con el índice en alto, decía: "Sí se toca
vigorosamente con un dedito (mínimo dígito) el semen fluye de aquí para allá más
rápido que el aire a causa del placer, incluso sin que ellas quieran", y
entonces era Amo y Señor de las femeninas mareas. Las aguas podían abrirse o
cerrarse a su paso. Era Dueño, Patrón y Soberano de la voluntad de Venus, e
incluso sin que ella lo quisiera, caía esclava del Supremo.
Y así andaba nombrando por San Juan y San José. Lo mismo da llamarlo matriz,
útero o vulva, decía y seguía nominando.
El centro de su América tenía por cierto un nombre: Mona Sofía. No hacía falta
recorrer el mundo buscando la hierba que cautivara un pérfido corazón. No tenía
que invocar a dioses ni a demonios. No tenía, siquiera, que andarse con
galanterías ni preocuparse por la seducción. Ahí, al alcance de su mano y sin
más esfuerzo que el que significaba frotar con sabiduría y pericia, tenía la
llave de las puertas del corazón de las mujeres. Había encontrado la razón
anatómica del amor. Caminaba por donde ningún hombre había andado antes. Aquella
que desde el comienzo de la humanidad habían buscado los hechiceros, las brujas,
los gobernantes, los dramaturgos y, en fin, cualquier mortal enamorado, él, el
anatomista, él, Mateo Renaldo Colón, lo había encontrado. Ahora sí, debajo de su
índice, Sabio y Perito, tenía para sí la tierra que se había jurado: Mona Sofía.
Y habría de llegar más lejos. Si el alma de las mujeres era un reino que no
podía sojuzgarse ni con todos los ejércitos del mundo, la razón era tan simple y
evidente que, por su misma transparencia, nadie había visto: el Amor Veneris, el
origen del amor femenino, era la prueba irrefutable de la inexistencia del alma
en las mujeres. Y así lo habría de fundamentar en su De re anatómica.
Pero como aquel que se aventura en los valles interiores difícilmente encuentra
el camino de regreso, el anatomista habría de perderse definitivamente en el
corazón de la selva de su propia costilla.
II
El capítulo XVI de De re anatomica fue una epopeya, un canto épico. El 16 de
marzo de 1558, Mateo Colón, tal como lo exigían los estatutos de la Universidad
para que una obra pudiera ser dada a publicidad, presentó al decano su libro
terminado, un cuaderno de ciento quince folios, acompañado de siete láminas
anatómicas -una de las obras más bellas producidas en el Renacimiento- pintadas
al óleo de su propia mano, en las cuales exponía los mapas de su nuevo
continente: el Amor Veneris.
El 20 de marzo de ese mismo año, Alessandro de Legnano irrumpió en el claustro
de Mateo Colón, acompañado por el párroco de la Universidad y dos guardias de
corps. El decano le leyó la resolución del Superior Tribunal, en la cual se
aceptaba el pedido de Alessandro de Legnano de que se formase una comisión de
Doctores para examinar las actividades del catedrático y resolver sobre las
acusaciones: herejía, blasfemia, brujería y satanismo. Todos sus manuscritos
fueron incautados, igual que el sinnúmero de pinturas que yacían apiladas sobre
la pared.
Que Mateo Colón se librara de ser confinado a una celda de la cárcel de San
Antonio no ha de atribuirse a la benevolencia de las autoridades, sino al afán
de que el proceso no se diera a publicidad antes del fallo de la comisión. El
anatomista fue informado de que, según lo disponía la última bula de Paulo III
sobre las comisiones doctorales que habían sido elevadas al rango de tribunal
supremo en materia de fe, confiriéndoles facultades ambulantes, el proceso
habría de tener lugar en la misma Universidad. El tribunal iba a estar presidido
por el mismísimo cardenal Caraffa y un delegado del cardenal Alvarez de Toledo.
TERCERA PARTE
LOS HECHOS DEL PROCESO - LLUEVE
I
Mateo Colón, sentado a su pupitre, mira caer la lluvia del otro lado de la luna
minúscula que corona la breve cabecera de su cama. Llueve sobre las diez cúpulas
gemelas de la basílica y sobre la pradera que se funde en la línea incierta del
horizonte. Llueve una lluvia fina que apenas si moja. Llueve una lluvia mansa y
persistente que acosa como un mal pensamiento o como una duda. Como una idea.
Como un secreto. Llueve, se diría, una lluvia de siglos. Llueve una lluvia pía,
descalza. Llueve una lluvia franciscana. Llueve con la misma leve materialidad
de la que están hechos los pies del santo sobre los techos, sobre los pájaros.
Llueve, como siempre, sobre los pobres. Llueve lenta pero insistentemente una
lluvia que, a fuerza de puro caer, habrá de remover los pies marmóreos de los
santos pétreos, oscurantistas. No ha de ser hoy ni mañana. En un momento, en
unos días, habrán de arder las antorchas negras, las brasas de las hogueras.
Pero llueve. Llueve una lluvia mansa, insistente; como una advertencia o un
augurio. Llueve una lluvia amable, piadosa, que, al menos, refresca la llaga en
la carne quemada. Llueve una garúa zumbona sobre los campesinos que dan de comer
al abad y llueve sobre la estola de Paulo III. Llueve sobre el Vaticano. Y
llueve, también, una lluvia tibia, anhelada; gotas que son pequeñas vergas que
se cuelan bajo el cerrado escote de las religiosas. Llueve una lluvia germinal.
Una lluvia italiana.
Mateo Colón mira caer la lluvia nueva. Llueve y entonces, de las entrañas del
barro, se exhuman los tesoros de la Antigüedad. Llueve una lluvia arqueológica.
Allí, debajo de los pies, surge el antiguo esplendor. Llueve y a fuerza de puro
llover, acaba por removerse el suelo histórico que vomita mármoles, libros,
monedas. Todo lo que está en la superficie se vuelve, en comparación, trivial y,
sobre todo, vulgar. Debajo de la maraña de calles hechas por el azar del puro
tránsito, debajo de los villorrios miserables, el agua desnuda el Antiguo y
Esplendoroso Imperio que habrá de ser exhumado. Llueve y entonces, desde la
tripa de la tierra, surge lo Bueno, lo Bello y lo Verdadero. Llueve y, de puro
llover, se deshacen en barro los condottieri y, en su lugar, se vuelve a elevar
el espíritu de Escipión, de Favio.
Expulsado de su dulce tierra hallada, de su paraíso; exiliado en su claustro,
lejos, muy lejos de su "América", de su Patria, Mateo Colón mira llover.
El anatomista mira caer aquella lluvia que, a menos que obre un milagro, habrá
de ser la última.
II
El 25 de marzo del año 1558, precedida por cinco jinetes y sucedida por otros
cinco guardias de corps, llegó a Padua la comisión presidida por el cardenal
Caraffa y el delegado personal del cardenal Alvarez de Toledo. Las eminencias
fueron alojadas en la Universidad y resolvieron tomarse tres días para examinar
los pormenores del caso, antes de dar comienzo al proceso. El decano ofreció a
Sus Eminencias el recinto del aula de anatomía para constituir el Tribunal, pero
a los ojos de los visitantes resultó demasiado amplio para tan poco número de
audiencia; el Tribunal estaría integrado por tres jueces: el cardenal Caraffa,
el presbítero Alfonso de Navas -delegado personal del cardenal Alvarez de
Toledo- y un representante del Santo Oficio de Padua. La parte acusadora
correría por cuenta del propio decano y la defensa del acusado no habría de
contar con más auxilio que el de su solo alegato. Además habrían de tenerse en
cuenta dos o tres testigos. De modo que Sus Eminencias consideraron más que
suficiente el espacio de un aula común.
III
El 28 de marzo del año 1558 se inició el proceso. Según las formalidades del
caso, el Supremo Tribunal primero habría de tomar declaración a los testigos de
la acusación, en segundo lugar se escucharía la imputación del acusador y,
finalmente, el alegato del acusado. Sin embargo, el tribunal no creyó
conveniente la presencia de personas ajenas a la asamblea y consideró más
cercano a la prudencia que los testigos declarasen por escrito mediante el acta
de un notario. De acuerdo con tales formas, el propio notario de la Universidad,
Darío Renni, recogió los testimonios que habrían de ser expuestos.
DECLARACIÓN DE LOS TESTIGOS
PRIMER TESTIMONIO: DECLARACIÓN DE UNA MERETRIZ QUE DICE HABER SIDO EMBRUJADA POR
EL ANATOMISTA
De pie frente a los jueces, Darío Renni leyó el primer testimonio.
Yo, Darío Renni, procediendo a tomar declara-ción a una hetaira de los altos de
la Taverna dil Mulo, que dice llamarse Calandra, contar con diez y siete años y
habitar en esos mismos antros.
La dicente declara que el día catorce del mes de junio del año de mil quinientos
y cincuenta y seis, un hombre de fiera mirada llegóse a los altos de la taberna
y pidió por servicio. Fuéronle mostradas todas las pupilas de la casa y
decidióse a cohabitar con una llamada Laverda. La dicente declara que con ella
retiróse a los aposentos habiendo pagado tarifa magra, pues era puta vieja y
algo enferma; que el visitante salió de la alcoba sin la compañía de la meretriz
y despidióse con prisa de la casa.
La dicente declara que sintió viva preocupación por la otra pupila, pues no
salió del aposento y ningún ruido surgía de la alcoba. Declara la dicente que
como la otra no apareciera, llegóse hasta el aposento y, junto al lecho, viola
yacer. Declara la dicente que al principio pensó que el hombre era cliente
disconforme y que vengóse de la otra por hacer mal su oficio y ser vieja y
desdentada. Pero vio que respiraba y no tenía herida, ni de hoja ni de palo.
Declara la dicente que cuando la otra despertó del desmayo, le refirió lo
sucedido; que el cliente dióle de lamer de la verga y cuando esto hizo vio que
éste era el diablo que pedía por su amor y por su alma. Declara la dicente que
la otra le refirió que anduvo por los ríos de Caronte viendo demonios
fornicadores que metíanle vergas largas por todos los agujeros de su cuerpo por
ser mujer de mala vida.
Declara la dicente que no dio crédito a la otra hetaira, pues era puta ya muy
vieja que padecía locura venérea.
Mas, a la semana siguiente, aparecióse de nuevo el visitante por los altos de la
taberna pidiendo por servicio, que fuéronle mostradas todas la pupilas de la
casa y decidióse esta vez por la dicente, que era puta cara y de buena
carnadura. Declara la dicente que el cliente era hombre de fina estampa y fiera
mirada, que era muy de su gusto y atendióle de buen grado y sin protesta.
Declara la dicente, que el visitante subióse las ropas por arriba de la cintura
y pidióle que se sirviera de su verga que estaba dura y levantada. Declara la
dicente que lo hizo como mandaba su oficio: con arte y buena maña, y que, al
hacerlo, cayó presa del embrujo y se maldijo de no haber hecho caso de las
palabras de Laverda.
Declara la dicente que aquél era el mismo diablo que pedía por su amor y por su
alma, que vio toda clase de demonios que obedecían al maldito, y que todas esas
bestias de fiero talante sometíanse a su amo, poniendo sus vergas gigantescas
dentro del ojo del culo de la dicente que sufría de gran tormento. Y escuchaba
que el amo de la bestias le decía que le diera su amor y su alma para que el
grande suplicio cesara. Declara la dicente que el amo de las bestias del
infierno le pedía por su amor por ser mala mujer; que su alma le pertenecía pues
había del pecado de la carne su sustento. Declara la dicente que negóse, a pesar
de los tormentos, a darle su amor, pues había recibido sacramentos y con Dios
era su amor y con Dios era su alma.
Habiéndole sido mostrado el anatomista, Mateo Renaldo Colón, la dicente declara
que aquél era el hombre.
SEGUNDO TESTIMONIO
DECLARACIÓN DE UN CAZADOR QUE DICE HABER VISTO AL ANATOMISTA EN COMPAÑÍA DE
BESTIAS DEMONIACAS
Yo, Darío Renni, notario de la Universidad de Padua, procediendo a tomar
declaración de quien dice llamarse A, tener veinticinco años y vivir en la
alquería con esposa y cuatro hijos.
El dicente declara que en oportunidad de encontrarse de caza en los bosques
lindantes a la abadía, vio a un hombre que caminaba acompañado por el cuervo.
Que el hombre llevaba una gran saca cargada al hombro y en ella guardaba
animales muertos que recogía a su paso, conducido por el cuervo. El dicente
declara que tal actitud llamó su atención y movido por la curiosidad y el temor
decidió seguirlo sigilosamente, pues aquel hombre parecía ser el mismo diablo.
El hombre caminó hacia una vieja cabaña ruinosa y abandonada, en cuyo interior
vació el repugnante contenido de la saca. El dicente declara que vio, detrás de
la ventana, cómo el hombre daba de comer al cuervo de aquella carroña. El
dicente vio, horrorizado, sobre la mesa, unas bestias horrorosas: un perro con
plumas de pavo junto a un gato con escamas de pez. Que, después de tocarlos,
aquellos demonios cobraban vida y se agitaban y movían como locos.
Habiéndole sido mostrado el anatomista al dicente, éste declara que el hombre
que vio es Mateo Renaldo Colón.
TERCER TESTIMONIO
DECLARACIÓN DE UNA CAMPESINA QUE DICE HABER SIDO EMBRUJADA POR EL ANATOMISTA
Yo, Darío Renni, notario de la Universidad de Padua, procedo a tomar declaración
a quien dice llamarse A, contar diez y siete años y ser esposa de B.
La dicente ocupa junto a su marido la alquería lindante con la Casa Mayor. El
manso está administrado por C, quien da fe de lo antedicho.
La dicente declara bajo juramento conocer al Maestro Mateo Renaldo Colón, de
quien ha dado fiel descripción. Dice haber conocido su claustro en la
Universidad, del cual, también, ha dado leal detalle.
Preguntada acerca del modo en que conoció al anatomista, la dicente declara que
viólo por primera vez junto a Frai D, en las cercanías de la Casa Mayor, al otro
lado de los setos que delimitan las tierras señoriales de su alquería en las
tierras tributarias. La dicente declara que después de una extensa caminata que
incluyó los alrededores de los talleres, la cocina, el horno, el granero y el
establo dentro del perímetro del fies, el fraile y el anatomista se despidieron.
El uno caminó hacia la Casa Mayor y se perdió del otro lado de los setos. El
otro avanzó hacia el horno donde la dicente cocinaba pan y preguntóle por su
señor, después de presentarse por su nombre. La dicente declara que, como el
anatomista se lo pidiera, fue a buscar a su marido, quien se hallaba trabajando
en la reparación de la abadía, pues era día de trabajo de favor. La dicente
declara que el visitante estuvo hablando largo rato con su marido y que las
apariencias le indicaban, pues no podía oír el diálogo, que el objeto de la
conversación era la propia dicente. Declara que el marido fue en busca del
administrador y que, luego, los dos últimos quedaron hablando a solas. La
dicente declara que vio cómo el anatomista pagaba con dinero al administrador y
que el administrador dio permiso a la dicente para salir de la alquería en
compañía y bajo el cuidado del visitante, Mateo Renaldo Colón.
Declara la dicente que, en forma subrepticia y nocturna, fue llevada a los
sótanos de la Universidad y que, rodeada de muertos, el anatomista pidióle que
se desvistiera y se acostase en una fría mesa de mármol. Declara la dicente que
el médico la obligó a separar las piernas y que, siendo así, introdujo un
demonio dentro de su sexo. Declara la dicente que en medio de placer y éxtasis
al que no podía substraerse porque el demonio que estaba en su sexo le prodigaba
inmenso deleite que nunca había sentido, el anatomista ordenaba al hijo de la
Bestia que enamorara el alma de la dicente y que su cuerpo ardiera como el fuego
de gran caldera. Declara la dicente que enamórose de aquel fiero demonio y del
amo que lo animaba alrededor de su sexo guiándolo con un dedo. Declara la
dicente que desde aquel día nunca pudo sentir deleite de la verga de su marido,
pues su cuerpo preso estaba de aquel fiero demonio.
LA ACUSACIÓN
ALEGATO INCRIMINATORIO
ACUSACIÓN DE ALESSANDRO DE LEGNANO A MATEO COLON ANTE LA COMISIÓN DE DOCTORES DE
LA IGLESIA
Asistimos a la vuelta del demonio sobre la Tierra. Podéis verlo por doquier.
Hacia donde giréis la cabeza no veréis más que su mísera obra. Asistimos a la
conclusión de la profecía de San Juan, cuando tuvo la visión del ángel que
encadenaba al demonio y lo condenaba a mil años de destierro en el abismo. Hoy,
después de mil años, el diablo ha regresado. Está entre nosotros. ¡Mirad! ¡Mirad
a vuestro alrededor! Hoy todos exhuman a los dioses antiguos. ¿Acaso habremos de
reemplazar a Santa María por Venus? ¿Acaso volveremos a adorar a Baco y
enterraremos a San Juan el Bautista? Basta con mirar las iglesias: ¡todas
repletas de antiguos dioses paganos! Entonces os digo: ¿qué puede esperarse de
la humanidad si la casa de Dios ha sido convertida en la casa del demonio?
Escuchad, nada más, las vulgaridades que se hablan en las plazas y las ferias y
decidme en qué se diferencian esos chismes de la prosa de los nuevos "literatos"
que hasta ignoran el latín y el griego: indolencia, liviandad de conciencia,
anécdotas vulgares, chistes y toda clase de obscenidades, es a lo que llaman hoy
literatura. ¡Alerta! El demonio anda entre nosotros. Es la hora de la rebelión
del hijo contra el padre, del discípulo contra el maestro. Tenéis que ver a la
horda de pequeños anatomistas de la Universidad que presido: hasta se han negado
a jurar por la magistral palabra del catedrático. Ya nadie escucha con
respetuoso silencio y hasta se burlan de nosotros en nuestras narices. Si
vierais con qué liviandad se habla de Dios, con la misma helada distancia con
que se habla de la germinación de las legumbres. ¡Si cualquiera se declara ahora
ateo, como quien menciona la preferencia de un plato sobre otro! Os digo:
¡Alerta! El diablo se ha liberado de su cautiverio y está entre nosotros.
Hoy el diablo se ha vestido con el sayo de la ciencia. Hoy, los falsos profetas
se proclaman científicos y artistas. ¿Acaso habremos de esperar cruzados de
brazos a que un buen día los nuevos pintores, escultores, anatomistas,
reemplacen a nuestro Señor Jesucristo y erijan en fino mármol la imagen de
Lucifer sobre los pulpitos?
De nosotros, los cristianos, depende ahora saber distinguir la Verdad de la
farsa.
Acuso al reo de perjurio, pues a su juramento ha faltado. Os recuerdo los votos
que juró observar el día que recibió los títulos de médico:
"Juro por Dios poniéndolo como testigo, dar cumplimiento en la medida de mis
fuerzas y según con mi parecer a este juramento y compromiso: tener al que me
enseñó este arte en igual estima que a mis progenitores, compartir con él mi
hacienda y tomar a mi cargo sus necesidades si le hiciere falta; considerar a
sus hijos como hermanos míos y enseñarles este arte, si es que tuvieran
necesidad de aprenderlo, de forma gratuita y sin contrato; hacerme cargo de la
preceptiva, la instrucción oral y todas las demás enseñanzas de mis hijos, de
los de mi maestro y de los discípulos que hayan suscrito el compromiso y estén
sometidos por juramento a la ley médica, pero a nadie más. Haré uso del régimen
dietético para ayuda del enfermo, según mi capacidad y recto entender; del daño
y la injusticia le preservaré. No daré a nadie, aunque me lo pida, ningún
fármaco letal, ni haré semejante sugerencia. En pureza y santidad mantendré mi
vida y mi arte. A cualquier casa que entrare acudiré para asistencia del
enfermo, fuera de todo agravio intencionado o corrupción, en especial de
prácticas sexuales con las personas, ya sean hombres o mujeres, esclavos o
libres. Lo que en el tratamiento, o incluso fuera de él, viere u oyere en
relación con la vida de los hombres, aquello que jamás deba trascender, lo
callaré teniéndolo por secreto. En consecuencia, séame dado, si a este juramento
fuere fiel y no lo quebrantare, el gozar de mi vida y de mi arte, siempre
celebrado entre todos los hombres. Mas si lo transgredo y cometo perjurio, sea
de esto todo lo contrario".
Acuso al reo de perjurio, por cuanto ha faltado a cada palabra de su juramento,
deshonrando y profanando el oficio para el cual fue instruido en esta Casa.
Acuso al reo de satanismo y brujería. Todo cuanto yo pueda deciros es poco
frente a las pruebas que el propio reo os ofrece: habéis oído las declaraciones
de los testigos; habéis leído todo lo que obra en actas y habéis visto las
pinturas que el reo ha hecho con sus manos. Pero la prueba más concluyente es la
propia palabra del acusado. El descubrimiento que se arroga no es más que un
diabólico embuste. ¿De qué otra forma puede llamarse al pretendido Amor veneris?
El acusado se atribuye haber encontrado el órgano que gobierna la voluntad, el
amor y el placer en las mujeres, como si la voluntad del alma y el placer del
cuerpo pudieran ponerse en un pie de igualdad. ¿De qué otro modo que "diabólico"
puede llamarse a quien pretende encumbrar al Diablo en las alturas de Dios?
En cuanto a lo estrictamente anatómico, ¿qué es el pretendido Amor Veneris?
Palabras, nada más que palabras. Podéis buscar y rebuscar en los femeninos
genitales, que no encontraréis ningún Amor Veneris, ningún órgano que no haya
sido ya descrito por Rufo de Efeso, por Avicena o por Julio Pólux. Acaso el Amor
Veneris no sea más que la nymphae que señala Berengario o el praputio matrices
que ya en siglo X describiera el árabe Haly Abbas. Os digo entonces: palabras,
nada más que palabras. ¿O quizá el "descubrimiento" del acusado sea el
tentigenem que menciona Abulcasis? Palabras, diabólicas palabras.
Pero habré de dejar mi acusación al propio reo. Escuchad su defensa y hallaréis
en sus propias palabras las pruebas de lo que os digo.
LA DEFENSA
I
El 3 de abril fue la fecha fijada para que el acusado presentara su alegato.
Mateo Colón ingresó en el aula donde se había constituido el Supremo Tribunal
sin otra compañía que la de su propia convicción. Llevaba puesto un lucco de
lana, la estola sobre los hombros y una foggia que le cubría la cabeza y la
mitad de la frente y que sólo se quitó cuando hubo estado frente al estrado. A
la diestra de los jueces estaba su acusador, el decano Alessandro de Legnano. El
cardenal Caraffa le recordó los cargos que pesaban contra su persona y, cumplida
esta formalidad, se le ordenó que diera inmediato comienzo a su alegato.
Todas las miradas convergían sobre su apesadumbrada estatura. De pie frente al
jurado, no encontraba las palabras; en rigor, durante su cautiverio había
ensayado tantas formas que ahora no acudía ninguna en su auxilio.
II
ALEGATO DE MATEO RENALDO COLON ANTE LA COMISIÓN DE DOCTORES DE LA IGLESIA
Aunque las circunstancias no parezcan las mejores ni las más apropiadas, quiero
comenzar por deciros que representa un alto honor para mi humilde persona el que
Vuestras Excelencias se dignen prestar atención a lo que habré de exponeros. Y
si esto os digo, lo hago en la íntima convicción de que, en circunstancias menos
apremiantes que las que el destino me deparó, vosotros mismos hubierais acogido
de buen grado mi obra y mi descubrimiento bajo vuestra inestimable protección.
Soy de aquellos que creen que las cuestiones relativas al cuerpo deben
demostrarse, antes, de manera teológica, por cuanto nada existe por fuera de
Dios. Mi oficio, el de la anatomía, no es otro que el de descifrar la Obra del
Todopoderoso y, de ese modo, adorarlo. Vosotros, teólogos esclarecidos, sabéis
no sólo por la fe, sino también por la razón. Ni una sola palabra de las que
habéis leído de mi obra tiene otra razón más que la fe. Quiero deciros con esto
que las Sagradas Escrituras no son solamente papel impreso; cada vez que me es
dado examinar un cuerpo, veo en él la Obra del Altísimo y en cada ápice de aquel
cuerpo puedo leer la Sagrada Palabra y mi alma se conmueve.
Antes de exponeros mi alegato, quiero deciros que no pierdo las esperanzas de
que, después de escuchar mis palabras, tomaréis bajo vuestra sabia protección el
descubrimiento que me fue dado establecer y el testimonio que constituye mi De
re anatómica.
Entiendo que algunas de mis afirmaciones, puestas en boca de mi acusador, puedan
pareceros no más que aventuradas quimeras. De mis conside-raciones anatómicas
pueden deducirse ciertos otros conceptos concernientes a la moral. Quiero
deciros: presentar una tesis sobre el cuerpo implica, por fuerza, otra acerca
del alma. Mis descubrimientos son anatómicos; si la exposición de las funciones
de los órganos que describo y a los cuales atribuyo determinadas funciones,
conducen a una doctrina metafísica, pues dejaré entonces a los filósofos
desprender una de otra. Yo, modestamente, no soy más que un humilde anatomista
cuyo propósito no es otro que el de interpretar la obra del Altísimo y de esa
manera, alabarlo.
Me adelanto a deciros pues, que, tal como estoy convencido de que así lo
interpretaréis cuando concluya mi alegato, nada de lo que está escrito en mi De
re anatómica, y nada de lo que habré de exponeros, contradice las Sagradas
Escrituras y, por el contrario, siempre me he inspirado en la Verdad que de
ellas surge.
Permitidme que, para ordenar mi exposición y para que resulte lo más inteligible
que me es dado, divida mi discurso en diez y nueve partes.
PARTE PRIMERA
De por qué la kinesis no es un atributo del alma y sí del cuerpo
Dejadme, entonces, dar un pequeño rodeo por ciertas cuestiones atinentes al
cuerpo y sus funciones elementales y permitidme que os exponga algunas de las
relaciones que he podido establecer.
El anatomista, de pie frente al estrado, hizo un largo y deliberado silencio
buscando suscitar la mayor atención de los miembros de la comisión.
Concededme el favor de observar a aquellos autómatas -dijo señalando en
dirección a la ventana, del otro lado de la cual podía verse claramente la torre
del reloj y, en ese preciso momento, como si lo hubiese premeditado, comenzaron
a sonar las campanas-, mirad el movimiento de aquellos hombres de bronce
-insistió y no sólo consiguió concitar el interés de los Doctores, sino que
aquello parecía haber sucedido por la sola voluntad del exponente-, mirad a
aquellos hombres que golpean las campanas y observad, también, el reloj al que
flanquean, pues de esto os quiero hablar: del movimiento. Empezaré por deciros
que aquella máquina precisa, puntual, no difiere en absoluto del principio que
gobierna el movimiento del cuerpo de cada uno de nosotros.
Igual que aquellos autómatas, estamos hechos de materia y esta materia responde
a una forma. Y, del mismo modo que aquellos, la materia está animada por alguna
forma de kinesis que imprime el movimiento. Es éste un punto de límite entre la
anatomía y la filosofía, pues pareciera que la pregunta por aquello que gobierna
el movimiento del cuerpo implica, de hecho, una respuesta metafísica.
-Sabido es que el alma gobierna los movimientos del cuerpo, no nos decís nada
nuevo...
Pues me estáis obligando a adelantarme. Solamente diré que lamento tener que
contradeciros pero, a mi juicio, nada del alma interviene en esta mecánica, como
ningún alma gobierna el movimiento de aquellos autómatas del reloj. Pero os
suplicaría que me dejéis continuar en el orden que tenía previsto. Antes de
daros mi punto de vista acerca del alma, quiero exponeros un hallazgo hecho por
mí y que, afortunadamente, nadie ha puesto en tela de juicio. Hablo de mi
descubrimiento sobre la circulación pulmonar. Allí describo de qué manera la
sangre que queda comprimida en las concavidades del corazón cuando éste se
dilata, busca una salida hacia un lugar mayor y pasa con fuerza de la concavidad
derecha a la vena arteriosa, y de la concavidad izquierda a la arteria mayor.
Cuando luego de la dilatación el corazón vuelve a contraerse sobre sí, entra la
sangre nueva desde la vena cava hacia la cavidad derecha y desde la vena
izquierda. Existen, en la entrada de los cuatro canales pequeñas carnes que
permiten la entrada de más sangre sólo por las dos últimas y salir de él por las
dos primeras.
PARTE SEGUNDA
De los fluidos kinéticos
Ahora bien, dejadme que os exponga cómo se mueven las partes del cuerpo y veréis
cómo el gobierno de la kinesis muscular no depende en absoluto del alma, sino
del propio cuerpo. Permitidme que os presente unos minúsculos cuerpecillos que
habitan en la sangre y a los que he llamado "fluidos kinéticos" 1 . Son estos
fluidos, que se mueven a grandes velocidades, los que pasan de la sangre que
viene del cerebro a los nervios que se conectan con la musculatura. Los músculos
conocen sólo dos formas de movimiento: la contracción y la dilatación. Y para
que un músculo se estire, debe haber un opuesto que se contraiga y, ambos, en
distintas proporciones, debieron haber recibido de este fluido proveniente del
cerebro. No estoy hablando de ninguna causa metafísica pues estos fluidos
kinéticos, como os dije, están hechos de sustancia. Y es precisamente esta
sustancia la que llena o vacía los músculos para que éstos se contraigan o se
dilaten. Este y no otro es el principio del movimiento. Así, los fluidos
kinéticos habitan en los músculos circulando dentro de ellos y pasando de unos a
otros, dilatándolos y contrayéndolos. Debo deciros, sin embargo, que esto que os
acabo de describir es solamente el principio de la kinesis; sin embargo, aún
debo ilustraros cómo se constituyen los nervios que son los que dirigen esta
mecánica para que sea ordenada y no caótica. La siguiente exposición será, a la
vez, mi defensa a lo dicho por uno de los testigos de su excelencia -dijo
dirigiéndose al decano- en cuya declaración se me acusa de acompañarme, Dios me
guarde, de bestias demoníacas.
PARTE TERCERA
De las bestias demoníacas
El anatomista caminó hasta su silla y volvió al estrado con una saca cargada al
hombro.
Esta es la saca que vio el cazador -dijo levantándola en peso hacia la
comisión-; efectivamente, no constituye un secreto para nadie que todas las
mañanas voy al bosque lindero a la alquería para recoger piezas de animales que
luego disecciono y diseco para examinar. Pero no quiero distraeros de lo que os
estaba exponiendo. Permitidme que os ilustre lo que acabo de explicaros acerca
del movimiento -dijo, e inmediatamente se dispuso a desatar el nudo de la saca.
En ese momento, el cazador que había presentado su testimonio y que permanecía
sentado en la sala junto a los demás testigos se puso de pie y, nerviosamente,
pidió permiso para retirarse, cosa que, desde luego, le fue negada. Los Doctores
miraban al anatomista no sin cierta evidente preocupación por lo que habría de
extraer de la saca. En la sala se había levantado un creciente murmullo. Mateo
Colón metió la mano hasta el fondo del costal y, cuando sacó su contenido y lo
exhibió, el murmullo se hizo un alarido general, a la vez que el cazador
prorrumpía en gritos de pánico:
-¡Allí tenéis al demonio, es uno de los que vi! ¡A la hoguera! ¡Llevadlo a la
hoguera!
El anatomista sostenía por las patas una bestia realmente horrorosa. Era una
suerte de lobo que exhibía un par de colmillos inmensos detrás de los belfos
fruncidos. En lugar de pelos, tenía plumas rojas en toda la cabeza, lo cual le
confería una apariencia flamígera y el resto del cuerpo estaba recubierto de
escamas doradas. Sobre el lomo presentaba dos aletas como de pez. Público,
testigos y hasta jueces estuvieron a punto de huir a la carrera, cuando vieron
que, en el momento en que el anatomista se disponía a dejarla en el suelo, la
bestia abría un par de alas inmensas y prorrumpía en unos rugidos como de león.
A punto estuvo Mateo Colón de ser linchado allí mismo de no haber sido porque
nadie se atrevió a acercársele, de miedo a ser atacados por la bestia.
Nada debéis temer. Esta es la bestia que el testigo confundió con un demonio.
Podéis comprobar que es pura materia inerte -dijo exhibiéndola a la comisión,
cuyos miembros habían dado un precavido respingo-. Nada puede hacer por propia
cuenta pues es pura sustancia inanimada. Yo mismo lo he fabricado. Mirad. No es
más que un lobo embalsama-do al cual le quité las pieles y, en el lugar vacante
de los pelos, en los poros, inserté plumas de gallo y escamas de peces pintadas.
En cuanto a las aletas y las alas, están cosidas con hilo y aguja.
-Todos vimos cómo se movía por cuenta propia y todos escuchamos el rugido.
Pues de eso se trata, precisamente, mi exposición. Si me permitís, os explicaré,
usando esta bestia artificial, cómo se produce el movimiento. Nadie pensaría que
aquellos autómatas que golpean la campana del reloj cada hora son bestias del
demonio. Tampoco ésta lo es. El principio que gobierna sus movimientos es el
mismo que el de aquéllos -dijo señalando, otra vez, hacia la ventana, y agregó:
Mirad.
El anatomista tomó el animal por el lomo y, teniéndolo en brazos, manipuló algo
que sobresalía de su vientre. Lo posó en el suelo y, otra vez, la sala se
convirtió en un griterío. La bestia se había puesto a caminar de aquí para allá
agitando las alas como loca y emitiendo unos rugidos terroríficos.
No temáis. Nada os hará.
-¡Detened ahora mismo esa bestia del demonio! Detenedla!
Escuchando la orden, el anatomista tomó a su animal por el cuello, tocó otra vez
su vientre y la bestia quedó quieta y tiesa como un cadáver. Sosteniendo el
animal por las patas, Mateo Colón continuó su explicación:
Ya veis que la kinesis no depende en absoluto del alma. Esta bestia artificial
camina, emite sonidos y bate las alas, de forma semejante a como lo hace un
animal verdadero. Este animal que, desde luego, no existe en la naturaleza, es,
sin embargo, una buena aunque muy rudimentaria imitación del principio que
gobierna el movimiento, inclusive, en cada uno de nuestros cuerpos. El propósito
con el cual lo he fabricado no es otro que el de probar la verdad de mis
teorías.
PARTE CUARTA
De los autómatas
Os explicaré ahora cómo funciona mi animal. Tal como acabo de exponeros, los
nervios actúan sobre los músculos dándoles el movimiento -en ese momento, el
anatomista descubrió del vientre de la bestia una pequeña manilla de bronce que
se ocultaba entre las escamas, tiró de ella y entonces el vientre quedó abierto
por una tapa de bisagras-. Nuestros nervios están constituidos por un par de
elementos: las pieles exteriores y la médula interior. Las primeras actúan como
una funda o forro sobre la segunda. La contracción muscular no es otra cosa que
el efecto de retracción de los nervios. Igual que cuando se tira del extremo de
una cuerda, se mueve lo que está unido al extremo contrario. Así es como se
mueven los músculos. Nuestro cuerpo cobija innumerables nervios que dirigen los
más sutiles movimientos. Yo he reproducido modestamente este principio con
apenas veinte "nervios artificiales", hechos con hilos enfundados en forros de
tripa, para conseguir veinte movimientos distintos. El principio no difiere en
absoluto de la maquinaria de un reloj -dijo, mostrando al tribunal la concavidad
abierta en el vientre del autómata -; aquí podéis ver la cuerda de espiral que
se retrae sobre sí misma y que, al liberarse, transmite el movimiento a todas
las partes móviles a través de las cuerdas de las que os hablé. Cierto es que se
trata de una precaria imitación, pero ilustra con bastante aproximación lo que
intento explicaros. He construido más de diez de estos autómatas siguiendo los
principios que he podido observar en el comportamiento de los cuerpos vivos y en
las formas interiores de los cuerpos muertos.
-Escuchad cómo el anatomista se erige en Dios pretendiendo obrar como El Creador
-se enardeció el decano dando un salto en la silla y señalando con el índice al
acusado.
Su excelencia se equivoca -dijo mansamente Mateo Colón-. Nosotros, anatomistas,
no hacemos más que interpretar la Obra y, en la medida en que conseguimos
iluminar allí donde antes había sombras, no hacemos otra cosa que adorar al
Creador. La ciencia, tal como yo la concibo, es el medio para entender y
entonces adorar Su creación. Mis modestísimas máquinas no son más que torpes
remedos comparadas con la Obra del Altísimo y no tienen otro propósito que el de
hacer comprensible, al menos, una breve parte de la Creación.
-Palabras. Puras palabras -interrumpió el decano-. Habéis escuchado con vuestros
propios oídos el reconocimiento que acaba de hacer el acusado -y, sonriendo con
la mitad de la boca, Alessandro de Legnano continuó-: El anatomista acaba de
admitir que para fabricar sus monigotes se ha servido de la observación de
cadáveres. No hace falta recordaros que una Bula de Bonifacio VII, que aún no se
ha modificado, prohibe la disecación de cadáveres -dijo el decano, con la
convicción de que sus palabras eran incontestables.
Agradezco a Vuestra Excelencia que finalmente convenga conmigo en que mi animal
no es ninguna bestia demoníaca, como hasta recién sostenía, y sí un inofensivo
monigote. Es lo que quería demostraros. De modo que el propio acusador acaba de
desestimar por propia cuenta las palabras de su testigo.
El decano, rojo de ira, esta vez no pudo articular ninguna objeción y se limitó
a mirar a su propio testigo con un odio feroz, como si fuera el responsable de
sus recientes palabras.
En cuanto a la Bula que menciona su excelencia, me permito corregiros; en ella
no se lee que "está prohibida la disecación de cadáveres" como decís, sino que
"está prohibida la 'obtención' de cadáveres para la disecación", cosa bien
diferente. Os recuerdo por qué, sabiamente, Bonifacio VIII vedó tales prácticas,
no de disecación, insisto, sino del modo en que se obtenían los muertos. Y
vuestra excelencia no ignora que todo comenzó, precisamente, en la Universidad
que vos presidís ahora y, más puntualmente, en la cátedra de anatomía que a mí
me toca regir. En la época de que data la bula, la cátedra de anatomía estaba
dirigida por Marco Antonio della Torre y, de seguro, recordaréis los estragos
que ocasionó. ¿Quién puede olvidar, acaso, las crónicas de la época? Marco
Antonio profesaba un ateísmo sin límites. Cierto es que practicaba la disección
de cadáveres humanos sin detenerse en reparos morales, ni en delitos y toda
clase de atropellos. Y cierto es que él mismo instigaba a sus aprendices a
procurarse cadáveres a como diera lugar. No solamente los compraban a verdugos y
sepultureros, sino que los robaban de las morgues de los hospitales y hasta los
descolgaban, todavía calientes, de las horcas de la plaza. También se ha dicho
que los sacaban de las sepulturas y que los elegían aún en pie como si fuesen
corderos para ser asados. Pero bien sabéis que no es ése mi caso. Sabéis con qué
celo guardo a mis alumnos de practicar disecaciones y que los cadáveres que
utilizo para tal fin provienen únicamente de la morgue. Por otra parte, tampoco
ignoráis que, antes de meter cuchillo a un difunto, diseco decenas de piezas
animales. Y como vosotros mismos podéis comprobarlo, mi "bestia del demonio"
nada tiene de humano.
PARTE QUINTA
De los cuerpos vivos y de los muertos
Hasta aquí os he descrito de qué modo funciona el cuerpo y, como acordaréis
conmigo, nada diferencia esta mecánica del principio elemental que gobierna a
aquellos autómatas que veis sobre la torre del reloj. Y os digo: en nada
interviene el alma en el movimiento del cuerpo.
-¿Acaso insinuáis que la kinesis no es un atributo del alma?
No lo insinúo, lo afirmo categóricamente. La kinesis no está gobernada por el
alma. Este error surge de la simple observación de los cadáveres. Al observar un
cadáver se cree equivocadamente que la causa de la muerte no es otra cosa que la
ausencia del alma, sin embargo, os digo que el calor y el movimiento dependen
únicamente del cuerpo. Baste como ejemplo observar aquella bestia -dijo mirando
fijamente al decano, e inmediatamente señaló en dirección al final de la sala,
en cuyo fondo un gato se entretenía descuartizando una cucaracha-, sus precisos
movimientos, mucho más precisos que los nuestros ciertamente, para comprobar que
en nada interviene el alma en la kinesis, a menos que queráis concederle un alma
a aquel animal -dijo señalando al gato, pero sin dejar de mirar al decano.
El decano, furioso, no acertó a decir nada en contra. Y viendo que nadie
presentaba objeciones o, al menos, nadie acertaba a evacuar sus reparos con una
frase más o menos clara, el anatomista prosiguió:
El alma se ausenta cuando sobreviene la muerte y por el único efecto de la
corrupción de los órganos que mueven al cuerpo. De modo que el cuerpo no muere
por falta de alma, sino por la corrupción de algunos o todos los órganos.
Dejadme, ahora que os he expuesto algunos aspectos del funcionamiento del
cuerpo, que os hable del alma que lo habita.
PARTE SEXTA
De las pasiones del alma y de las acciones del cuerpo
Y ya que os he hablado del cuerpo, permitidme que continúe refiriéndome a él
para deducir el alma de éste. Ya os he dicho que la kinesis no es una función
del alma, sino exclusivamente del cuerpo. Siguiendo la línea que he trazado, me
atreveré a ir más allá y os diré que para deducir el alma del cuerpo habremos de
diferenciar lo que atañe al movimiento de lo que es ajeno a éste. Si convenís
conmigo en que el alma nada tiene que ver con las cosas físicas y sí solamente
con las metafísicas, pues debéis concederme que el movimiento, la kinesis, es
una entidad de la física que atañe únicamente a los objetos materiales. Esta
kinesis es la que gobierna las acciones de nuestro cuerpo. Y, para diferenciar
las cosas del cuerpo de las del alma, diré que si oponemos las acciones del
cuerpo a las cosas inmateriales del alma, habremos de deducir, entonces, las
pasiones. Y defino a las pasiones como todas las voliciones que no tienen
ninguna relación con el cuerpo, sino que se generan y se acaban en la propia
alma sin que en nada intervenga el cuerpo. Esto es, que se dan de una manera
pasiva en el alma y no activa en el cuerpo. Que no surgen de ningún órgano y no
producen la acción de ningún otro órgano, sino que surgen del alma y no producen
ninguna modificación sino en el alma. Hago esta distinción entre acciones y
pasiones, entendidas ambas en su sentido puro, puesto que también existen
pasiones que tienen su origen en el alma pero que comprometen el movimiento del
cuerpo. Sin embargo, es preciso distinguir estas pasiones de las acciones pues,
si bien producen determinados movimientos en el cuerpo, éstos no tienen otro fin
que no resida en el alma; por ejemplo, cuando el alma necesita manifestar su
amor a Dios mediante la oración. Veis de qué manera el cuerpo es, en este caso,
sólo un medio para la manifestación del alma y el fin de esta acción no reside
sino en el alma. Del mismo modo, pero inversamente, existen acciones del cuerpo
que de él surgen y hacia él tienden su fin, pero que, entre el surgimiento y el
fin se interpone el alma para evitarlo. Es el caso de aquellas acciones
pecaminosas a cuya conclusión se opone el alma. Por ejemplo, cuando los órganos
sexuales se han visto estimulados y el alma necesita intervenir para impedir los
pecados de la carne. O, igualmente, cuando se ha hecho promesa de ayuno y los
órganos digestivos reclaman alimentos, el alma interviene para evitar la
tentación del penitente a comer.
PARTE SÉPTIMA
Del amor y del pecado
Para ejemplificar lo que os digo, ninguna otra cosa ilustrará mejor mi
exposición que lo que concierne al amor. Erróneamente se piensa que las pasiones
son las que nos conducen al pecado de la carne. La tentación que acaba en este
pecado nada tiene que ver con las pasiones sino, precisamente, con las acciones,
pues es este un pecado cuyo origen está en el cuerpo. Habremos entonces de
diferenciar el amor, que es un puro atributo del alma, del impulso sexual. El
amor es una pasión, pues tiene su origen y su fin en la propia alma, mientras
que el impulso sexual se inicia y se completa en el cuerpo. Así, no existe
ningún órgano que sirva al amor ni para producirlo ni para extinguirlo, mientras
que el impulso sexual tiene una localización corporal evidente tanto en su
origen como en su fin. Habréis de convenir conmigo en que el amor más puro es
aquel que profesamos a Dios.
PARTE OCTAVA
De la anatomía de las mujeres y de la moral de los hombres
Y ahora que os he dicho lo que pienso acerca de la mecánica del cuerpo y, en
líneas generales, os he hablado del alma, dejadme que os explique una de las
premisas que han guiado mi pluma en De re anatómica, que es la conclusión de
muchos años de estudios. Dije alguna vez: "Si la ciencia de la moral estudia el
proceder de los hombres, la anatomía habrá de reservarse para sí el estudio del
proceder de las mujeres". Dejadme, para que os explique esta frase, que cite al
gran Aristóteles. Recordaréis seguramente la magistral enseñanza de Aristóteles
en lo que concierne a la procreación. Dice, en su Metafísica, que la unión de
los sexos hace posible la reproducción del siguiente modo: el semen del hombre
es el que da al ser en formación la identidad, la esencia y la idea, mientras
que la mujer aporta únicamente la materia del futuro ser, esto es, el cuerpo. Y
dice el gran Aristóteles que el semen no es un fluido material, sino enteramente
metafísico. Como ha enseñado el Maestro Aristóteles, el esperma del hombre es la
esencia, es la potencialidad esencial que transmite la virtualidad formal del
futuro ser. El hombre lleva en su semen el hálito, la forma, la identidad, que
hace de la cosa, materia viva. El hombre, en fin, es quien da el alma a la cosa.
El semen tiene el movimiento que le imprime su progenitor, es la ejecución de
una idea que corresponde a la forma del padre, sin que esto implique la
transmisión de materia por parte del hombre. En condiciones ideales, el futuro
ser tenderá a la identidad completa del padre: "El semen es un organon que posee
movimiento en acto". 1 "El semen no es una parte del feto en formación", así
como ninguna partícula de substancia pasa del carpintero al objeto que elabora
para unirse a la madera, así, ninguna partícula de semen puede intervenir en la
composición del embrión; de igual modo que la música no es el instrumento, ni el
instrumento es la música. Y sin embargo, la música es idéntica a la idea previa
del autor.
PARTE NOVENA
De la inexistencia del alma en las mujeres
Lo que quiero deciros es que, si llevamos este concepto del gran Aristóteles a
su extremo lógico, veremos que no existe razón para suponer la existencia de un
alma en las mujeres.
Este último comentario del anatomista levantó un murmullo general en la sala.
Podían verse asentimientos aquí y allá e, inclusive, algún involuntario gesto de
aprobación entre los miembros de la comisión de Doctores.
-¡Anatema! -gritó el decano, poniéndose de pie-. Quién otro que el propio Satán
podría pronunciar esas palabras -iba a seguir hablando, pero en ese momento
descubrió que ninguna idea acudía en su auxilio. Jamás hubiera pensado que iba a
tener que ensayar una defensa de las mujeres. En rigor, no tenía una sola
opinión favorable hacia el sexo opuesto. El decano abominaba de las mujeres.
Mateo Colón no lo ignoraba. De modo que aprovechó el largo silencio que guardaba
el decano para mirarlo, impaciente por conocer su opinión respecto de las
palabras que acababa de pronunciar.
-Estáis ofendiendo el Sagrado Nombre de la Virgen -fue lo más incontestable que
se le ocurrió.
Permitidme que os recuerde que el milagro le está vedado al hombre. La
Inmaculada Concepción es un milagro de Dios obrado sobre María. ¿Pero acaso
pretendéis que todas las mujeres conciban como María? Vuestra Excelencia no
ignora que Nuestra Señora es única y que también lo es el Hijo de Dios. Y si el
hijo de Dios ha tenido un cuerpo sobre esta Tierra, ese cuerpo se lo ha dado
María. Sabéis que no hablo del milagro obrado sobre María. Pero allí tenéis el
ejemplo de Eva. ¿Acaso ofreceríais a Eva la misma devoción que profesáis a
Nuestra Señora? Vuestra Excelencia tampoco ignora que Dios ha castigado en Eva a
todas sus hijas por todas las generaciones y que, aun después de María, paren
ellas con dolor. No podéis confundir la Santa excepción con la culposa regla
nacida del pecado original. Y digo, como Gregorio Magno: "¿Qué se debe entender
por mujer sino la voluntad de la carne?".
PARTE DECIMA
Del oscuro proceder femenino
Todo cuanto os he dicho acerca del alma concierne únicamente a los hombres y no
a las mujeres. Es ése el motivo por el cual os digo que, si pretendemos
comprender el oscuro proceder femenino por el camino de la moral, no arribaremos
a ningún resultado, pues no existe alma en ellas. Y por eso os digo, también,
que el único camino que nos conduce a la comprensión del comportamiento de las
mujeres ha de ser el de la anatomía. Y no tengo dudas acerca de lo que os digo
pues, como resultado de mis extensas investigaciones, he podido acceder al
descubrimiento de un órgano existente en la anatomía femenina que cumple
funciones análogas a la del alma de los hombres y que pueden ser fácilmente
confundidas con lo que he llamado pasiones. Quiero deciros que no existen tales
pasiones en las mujeres, y sí solamente acciones que tienen su origen y su fin
en el propio cuerpo. Las voliciones que gobiernan el proceder femenino no surgen
en ninguna otra parte más que en el cuerpo y, más precisamente, en el órgano que
os he mencionado. Algunos metafísicos y también algunos anatomistas han buscado
en qué lugar del cuerpo podía albergarse el alma. Os digo que el alma no tiene
residencia en el cuerpo, sino que deriva alrededor de éste como lo haría un
ángel. En lo que concierne a las mujeres, si queréis reservar también para ellas
algo semejante al alma masculina, pues deberéis, en consecuencia, situarla
dentro del cuerpo, tal como se encarna un demonio. Y os digo que este demonio
tiene su casa dentro del cuerpo, exactamente en el órgano del cual, ahora mismo,
os habré de hablar. Y me atrevo a deciros que, si podemos explicar el
funcionamiento de este órgano, podremos, por fin, explicar el oscuro proceder
femenino.
PARTE UNDÉCIMA
De la existencia de un órgano femenino al que he llamado Amor Veneris, que es
comparable al alma masculina
Lo que quiero deciros es que existe en el cuerpo de la mujer un órgano que
ejerce funciones análogas a las del alma en los hombres, pero cuya naturaleza es
completamente diferente, ya que depende únicamente del cuerpo.
Este órgano es, principalmente, la sede del deleite en las mujeres. Esta
protuberancia que surge del útero cerca de la abertura que se llama boca de
matriz es el origen y el fin de todas las acciones destinadas al placer sexual.
Cuando tienen actividad sexual, no sólo cuando se frota vigorosamente con una
verga, sino también si se toca con un dedo, el semen 1 fluye de aquí para allá
más rápido que el aire a causa del placer, incluso sin que ellas lo quieran. Si
se toca esa parte del útero cuando las mujeres tienen apetencia sexual y están
muy excitadas, como con frenesí e incitadas al placer y con apetencia de un
hombre, se descubre que es un poco más duro y oblongo, hasta el punto de que
parece una especie de miembro masculino -sobre este punto habré de ocuparme
puntualmente más adelante-. Por tanto, como nadie ha discernido esta
protuberancia ni su uso, si es permisible poner nombre a las cosas por mí
descubiertas, que sea llamada Amor Veneris 1 .
Y os afirmo en forma categórica que es en este órgano donde se originan todas
las acciones de la mujer y todos los procederes que pudieran semejarse a las
pasiones masculinas. Quiero deciros que la mujer se halla gobernada por la
influencia del Amor Veneris y que todas sus acciones, desde las más nobles hasta
las más repugnantes, desde las más dignas y honrosas hasta las más viles y
despreciables, no encuentran más fuente que el órgano que os he mencionado.
Desde la más promiscua prostituta hasta la más fiel y casta esposa, desde la más
devota y consagrada religiosa hasta la que practica brujería, todas las mujeres,
sin distinción, son objeto del arbitrio de esta parte anatómica.
PARTE DECIMA SEGUNDA
De la fragilidad moral de las mujeres
Ahora habré de exponeros cómo funciona este órgano y cómo y por qué en cada
mujer produce diferentes procederes. Y si interpretáis que es el mío un alegato
contrario a las mujeres, os equivocáis, pues, así como el hombre procede según
su libre albedrío en virtud del alma que le fue dada, la mujer no es dueña de su
proceder, sino esclava de los arbitrios del Amor Veneris. No a otra cosa
atribuyo su fragilidad moral, como se verá más adelante.
PARTE DECIMA TERCERA
De por qué el semen masculino es de carácter principalmente metafísico y de por
qué se impulsa por sí mismo
Ya os he expuesto mi teoría sobre los fluidos kinéticos. Estos actúan de forma
semejante a como lo haría una voluntad, es decir, dan cauce a las acciones que
gobiernan el cuerpo para que éste no perezca, como lo son las acciones
elementales de alimentación, evacuación, etc. Ya os he dicho, también, que en un
cuerpo que goza de la tutela de un alma, las acciones pecaminosas toman un curso
diferente de aquel que le impone la fuente, es decir, el cuerpo. Quiero hablaros
ahora del curso y del destino de estos fluidos kinéticos que, así como son
producidos en el cerebro, deben, por causa natural, ser evacuados del cuerpo
para no intoxicarlo. He descubierto que el cuerpo mantiene un caudal estable del
volumen de estos fluidos y que el mecanismo más frecuente para que éstos no
saturen el cuerpo es el de la evaporación. En un movimiento cualquiera -graficó
el anatomista, flexionando repetidamente un brazo-, el fluido que acude al
músculo para contraerlo o para dilatarlo, se evapora en el mismo momento de la
acción por obra del calor que este movimiento insume. Esto es así en las
acciones más simples; sin embargo en las acciones más complejas, donde es
necesaria la intervención del alma, las cosas se complican un poco. En el deseo
sexual, cuando surge la impulsión hacia la cópula, el cuerpo produce gran
cantidad de fluidos kinéticos que viajan, según la mecánica que ya os he
descrito, hacia los órganos sexuales, facilitando la apertura de las venas y la
dilatación de los músculos para que la sangre ingrese en la verga y se ponga
dura. El semen, como ha dicho Aristóteles, es de carácter metafísico, aunque
necesita de una parte material para impulsarse desde la verga hacia afuera. Esta
parte material del semen, que es la que nos es dado ver, no es otra cosa más que
fluidos kinéticos en estado puro. No a otra cosa podemos atribuir el que salte
con tanta energía como la lava de un volcán. El semen no sólo tiene por función
guiar a los espíritus, sino, además, liberar al cuerpo de todos los fluidos
kinéticos que éste ha producido para la cópula, dado que, si permanecieran en él
lo intoxicarían, generando graves enfermedades. Ahora bien, ¿qué sucede con
estos fluidos cuando la acción es interrumpida por gracia de la voluntad del
alma?
PARTE DECIMA CUARTA
Del alma y del apetito sexual
Según la mecánica que me fue dado establecer, el apetito sexual surge en el
hombre cuando los órganos de la vista o el tacto son excitados por un objeto
externo de orden tentador y pecaminoso, esto es, una mujer o una representación
de ella (es fácil comprobar que una pintura que representa a una mujer bella
produce idéntico proceder). Esta excitación que surge de los nervios más
externos (del ojo, por ejemplo) libera los fluidos kinéticos depositados en los
músculos y éstos viajan al cerebro como lo haría un mensajero. Allí, en el
cerebro, se producen más fluidos kinéticos que viajan hasta los órganos
sexuales, como ya os he dicho, para henchir la verga y dar ánimos a todos los
músculos que intervienen en la cópula. La mayor parte de estos fluidos se
deposita en los testículos y en la verga como semen. En este punto es cuando
interviene el alma y censura las acciones. Pero dado que el semen es, como ya os
he dicho, de origen metafísico, la mayor parte de su volumen está constituido
por puros espíritus. Si observáis el semen después de un tiempo de haber sido
liberado, veréis que su volumen se reduce ostensiblemente hasta su décima parte.
Esto es así porque los espíritus que lo habitaban han regresado al alma. De modo
que cuando el alma pone fin a las acciones de origen pecaminoso, transforma
estas acciones del cuerpo en pasiones del alma. ¿A qué otra cosa podemos
atribuir el que, cuando para evitar la tentación, si se reza fervientemente a
Dios, el apetito sexual se extinga por completo y la verga vuelva al estado de
reposo, siendo que estaba llena de líquidos seminales? Si llenáis una tripa con
agua a punto de que se hinche por completo, ésta no podrá deshincharse, a menos
que la liberéis del agua o que reviente por la presión. Pero ya veis que esto no
sucede con la verga que, por obra del alma, puede volver al reposo sin que el
semen salga de ella, esto es, sin haber llegado a la conclusión de la acción de
origen pecaminoso. Resulta evidente el carácter metafísico del semen puesto que
es el único fluido que no necesita ser evacuado; no sería posible posponer
indefinidamente la evacuación de las materias fecales y urinarias, mientras que
el semen, después de haber sido producido, no necesita imperiosamente ser
expulsado. Y esto se debe a que su esencia está hecha de espíritus provenientes
del alma, y que a ella vuelven cuando ésta no permite que sean liberados. No
debemos sentimos avergonzados de vernos llamados a la tentación; por el
contrario, cuantas más veces hayamos podido liberarnos de ella, tanto más
grandes y numerosas serán nuestras pasiones del alma.
PARTE DECIMA QUINTA
Del apetito sexual en las mujeres y de la ausencia de la guía del alma
Ahora bien, ¿qué sucede en el cuerpo de la mujer cuando se encuentra excitada y
con deseo de una verga, siendo que no existe en ellas un alma que transforme los
líquidos seminales originados en estas acciones, en pasiones del alma? El semen
de la mujer es mucho más espeso y pesado que el del hombre, pues en medio de sus
partículas no hay espíritus como en el del hombre, es decir, son puros fluidos
kinéticos. El proceso de excitación sexual en la mujer es diferente al del
hombre. Ya os he dicho que este proceso se inicia, en el hombre, en los órganos
sensitivos que han sido excitados por un objeto pecaminoso, es decir, una mujer.
De modo que el hombre es el sujeto de la incitación e, inversamente, la mujer es
el objeto de esta tentación. Así, como una cosa no puede ser, a la vez, la otra,
el sujeto no puede ser el objeto al mismo tiempo. Lo que quiero deciros es que
el proceso de excitación sexual de la mujer no se inicia en los órganos
sensoriales por la visión de un hombre, sino que se da espontáneamente y de
manera natural, y tiene origen en el interior del cuerpo y, más precisamente, en
el órgano que ya os he descrito. La mujer es, siempre, el objeto del pecado. Lo
que os estoy exponiendo en términos anatómicos, no es nuevo en términos morales:
allí tenéis, otra vez, el ejemplo de Eva que es el objeto de la tentación, cuyo
sujeto es Adán. Pero a este último punto habré de referirme más adelante.
Permitidme que continúe con mi exposición sobre el origen y el destino del deseo
sexual en las mujeres. El impulso sexual, que se da de manera natural y
espontánea, se origina en el Amor Veneris, haciendo que éste libere fluidos
kinéticos hacia el cerebro anunciándole sus deseos. El cerebro, entonces, libera
nuevos fluidos en forma masiva para poner en marcha los mecanismos de seducción
y alimentar, a la vez, a todos los músculos que intervienen en la cópula. Es así
como se inicia el deseo de verga. Ahora bien, como en la mujer no existe un alma
que decida sobre estos impulsos, la consecución del pecado será posible,
solamente, si consigue, con éxito, tentar a un hombre mediante la seducción. Se
diría que la mujer es la fuerza de la voluntad de la carne e, inversamente, que
el hombre es la fuerza de la voluntad del alma. Según triunfe una u otro, habrá
de darse o no el pecado. Detengámonos ahora en esta segunda posibilidad: ¿qué
ocurre en el cuerpo de la mujer cuando no se da el pecado, pues ha triunfado la
voluntad del alma del hombre? Ya os he dicho que, en el hombre, los espíritus
seminales regresan al alma regulando y manteniendo estable el volumen de los
fluidos kinéticos del cuerpo. Sin embargo, ¿qué ocurre con todos los fluidos
seminales de la mujer cuando, después de haber sido producidos, no pueden ser
liberados ni convertidos en pasiones del alma?
PARTE DECIMA SEXTA
De la acumulación de fluidos kinéticos en las mujeres
Lo primero que es posible observar es un aumento del tamaño del Amor Veneris,
pues todos estos jugos se depositan allí. En algunos casos que me fue dado
observar, esta pequeña protuberancia puede alcanzar un tamaño semejante al de la
verga de un niño. Por fin, cuando estos líquidos ya no pueden ser contenidos, no
son expulsados hacia afuera, sino hacia adentro del cuerpo produciendo toda
clase de males, cosa muy frecuente de ver en las mujeres. Muchas veces, la
enfermedad producida por la acumulación de fluidos kinéticos puede confundirse
fácilmente con la posesión demoníaca y, de hecho, si algún lugar del cuerpo
elige el demonio para hacer su morada, no dudéis que este sitio no es otro que
el Amor Veneris. Los antiguos griegos creyeron encontrar en el útero el origen
de toda clase de males; por mi parte, no dudo que estas enfermedades no tienen
otra fuente más que el órgano que me fue dado descubrir. Ahora bien, si el
proceso del deseo sexual se da en las mujeres de manera natural y espontánea,
como acabo de deciros, debéis preguntaros por qué existen mujeres que, no siendo
ni feas ni decrépitas, no despiertan la tentación en el hombre, ni manifiestan
apetito de verga y, por el contrario, son bondadosas y beatas y hasta pueden
mostrar amor, entendido éste en su masculino sentido, es decir, casto. Existen
diferentes motivos.
PARTE DECIMA SÉPTIMA
De por qué existen mujeres bondadosas y que no muestran inclinación al pecado
El más frecuente es el de la virginidad. Si jamás probasteis el ciervo, nunca
podríais desear comer de su carne. El Amor Veneris comienza a ejercer su
influencia después que se ha roto el virgo. Es una creencia corriente la de que
la pérdida de la virtud es una consecuencia del apetito de verga; os afirmo que
la segunda es un efecto de la primera.
-Permitidme que os señale la contradicción en la que vagáis -intervino el
decano-; si, como decís, la mujer es el objeto del pecado, cuyo sujeto es el
hombre y, además, según vuestras propias palabras, la primera, de manera natural
y espontánea, despierta el deseo sexual del segundo, ¿qué cosa es la que lleva a
la mujer virgen a perder la virtud, siendo que ningún apetito sexual podría
nacer de ella, puesto que, como vos decís, vuestro Amor Veneris no ejerce su
lujuriosa influencia mientras el virgo se halle íntegro?
Vuestra excelencia se ha adelantado a lo que me disponía, precisamente, a
exponeros. En efecto, pareciera no existir ninguna razón para que la mujer
virgen resigne su virtud, puesto que, mientras el virgo se halle entero, el Amor
Veneris no ejerce ninguna función. Podría argumentar en mi favor que la mujer
virgen, cuando es ofrecida en matrimonio, es víctima de la lascivia de su
marido, incitándola a la cópula. Sin embargo, me adelanto a la objeción que
vuestra excelencia ya tiene, de seguro, en mente. Ya os he dicho que el apetito
sexual se despierta en el hombre cuando sus órganos sensitivos fueron excitados
por un objeto externo y lascivo, es decir, una mujer cuyo frenesí venéreo se ha
desatado en el interior de su cuerpo, tentando y seduciendo al hombre. También
he dicho que nadie puede desear comer carne de ciervo, si no la ha probado
antes. Aquello que mueve a la mujer virgen a perder la virtud, no es el apetito
de verga, sino otra apetencia también natural y espontánea; me refiero a la
maternidad.
La gestación de un niño requiere de la afluencia masiva de fluidos kinéticos,
tanto para solventar el exceso de actividad muscular que se produce durante el
embarazo, como para aportar al ser en formación su "quantum" estable de estos
fluidos. Ya os he dicho de qué manera explica Aristóteles la concepción: el
hombre es el que aporta el alma y la mujer, la sustancia.
Existen para la mujer dos caminos virtuosos: la virginidad y la maternidad; y
dos caminos corruptos: el pecado o la enfermedad.
Cuando el hombre se aparta del pecado en virtud de su libre albedrío, aparta
también del pecado a la mujer; es el hombre quien debe conducir a la mujer por
el camino de la virtud.
PARTE DECIMA OCTAVA
De por qué el Amor Veneris es la prueba anatómica de la génesis de las mujeres
tal como dicen las Sagradas Escrituras
Permitidme ahora que os señale otras particularidades anatómicas del Amor
Veneris. Ya os he hablado de la forma que presenta este órgano y de las
funciones e influencias que ejerce sobre el proceder de las mujeres. Como esta
excelentísima Comisión habrá podido comprobar, ninguna de mis palabras se desvía
un ápice de las Sagradas Escrituras y, por el contrario, no tienen otro
propósito sino comprender la magnífica Obra y, de esa manera, alabar al Creador.
Por este camino me fue dado establecer, en términos anatómicos, otra Verdad de
la que nos hablan los Santos Evangelios. Me refiero a la génesis de la mujer. La
anatomía humana es como un libro cuyos caracteres, si se los sabe leer con
propiedad, nos revelan de manera asombrosa la Palabra. Os afirmo en forma
categórica que el Amor Veneris es la prueba material de la palabra de Dios en
los versículos veintidós y veintitrés del Génesis. El órgano del que os hablo es
el vestigio anatómico de la procedencia de la mujer; la forma masculina que
presenta el Amor Veneris revela que, tal como lo afirman las Escrituras, la
hembra está hecha de la costilla del hombre.
PARTE DECIMA NOVENA
De la comparación de la verga con el Amor Veneris
He podido ver en vuestras caras el horror, cuando os dije que el órgano que me
fue dado descubrir presenta la apariencia de una verga y, además, como ésta, se
yergue o se baja. Y en verdad el Amor Veneris se comporta, en apariencia, de la
misma forma que una verga. Aunque, desde luego, no son en absoluto iguales. La
principal diferencia es fisiológica, más que anatómica, por cuanto la verga no
es sino un medio, un instrumento, y el Amor Veneris, una causa. Quiero deciros
que el proceder de la verga, según se hinche o se baje, depende de los avatares
del cuerpo y del alma -como ya os mencioné-, mientras que del Amor Veneris
dependen todas las acciones de las mujeres. Otro anatomista, el gran Leonardo de
Vinci, ha dicho que la verga tiene vida propia, que es un animal provisto de un
alma y una inteligencia independiente de las del hombre y que procede según su
propia voluntad. Y dijo que, aunque un hombre desee excitarlo, se niega a
obedecer, que se mueve por su cuenta, sin autorización ni deseo del hombre,
tanto si éste está despierto, como si duerme y que, en fin, la verga hace lo que
le place. Y en verdad, esto pareciera ser cierto algunas veces. Sin embargo,
diré que sólo es cierto en apariencia. Cuando, en efecto, la verga se yergue
intempestivamente sin que medie una razón, esto es, sin la intervención de un
objeto externo y lascivo, esto tiene una explicación diferente de la que nos da
Leonardo de Vinci. La causa de que la verga se hinche sin que medie una razón,
no es otra que la desviación de fluidos kinéticos que han sido producidos para
un determinado fin y, por alguna razón, ese fin se ha visto pospuesto o
suspendido; por ejemplo cuando nos disponemos para una tarea cualquiera y un
suceso inesperado nos impide llevarla a cabo. Según sea la magnitud de aquella
tarea, el cuerpo prepara a los músculos para afrontar el trabajo, proveyéndolos
de un determinado volumen de fluidos kinéticos. Según la mecánica que ya os
expuse, si el cuerpo se ve privado de llevar adelante estas acciones, por algún
medio se verá obligado a liberarse de estos jugos. No es difícil reunir uno y
otro hecho en relación de causa y efecto; veréis que es corriente y fácil de
comprobar que, cuando la verga se ha erguido por su cuenta, esto ha ocurrido
después de aplazar una tarea para la cual estábamos dispuestos. Sin embargo, es
muy fácil deshacerse de estos fluidos, pues no han producido semen en la verga
y, así como se han desviado de su curso natural hacia la verga, pueden volver a
tomar otro camino desde ella hacia diferentes músculos y, así, ser evacuados por
evaporación, mediante una tarea que demande un volumen semejante de jugos que
aquella para la cual estábamos dispuestos. Respecto de por qué, cuando un hombre
decidido a pecar, inclusive habiendo pagado para ello, la verga decide no
colaborar con él en el pecado, la razón no es ajena a los motivos que os he
descrito antes. Sucede que, en determinadas circunstancias, desconocemos los
designios que nuestra propia alma le impone a nuestro cuerpo, separándose el
alma de nuestra voluntad y obligando al cuerpo a ponerse de su lado 1 .
Ahora bien, todo lo que ha dicho el gran Leonardo referido a la verga, es
aplicable, con más fuertes razones, al Amor Veneris, por cuanto no sólo posee
vida, voluntad e inteligencia propias, sino que, además, esta vida, voluntad e
inteligencia son las que guían el proceder del ser que este órgano lleva
alrededor 1 . En este sentido es como debe entenderse la voluntad y la
inteligencia femeninas: en el sentido del Amor Veneris.
El hombre debe proceder con la mujer del mismo modo que su alma procede con su
cuerpo, puesto que el cuerpo del hombre es femenino como su alma es masculina.
Concluyo de este modo mi alegato en la certeza de que todo cuanto os he dicho es
de absoluta justicia y ni un ápice se apartan mis palabras de las Sagradas
Escrituras. Que la justicia sea conmigo.
LA SENTENCIA
EL MILAGRO
I
Quienes eran encontrados culpables en primera instancia por las comisiones
doctorales difícilmente podían revertir el fallo en los tribunales del Santo
Oficio. Sin embargo, un milagro iba a obrar en la suerte de Mateo Colón.
El mismo día en que la comisión se disponía a redactar el dictamen condenatorio,
llegó a Padua un mensajero que venía desde Roma; llevaba una carta dirigida al
presidente de la comisión. El cardenal Caraffa leyó la nota una y otra vez y no
pudo evitar la sensación de que el suelo se movía debajo de sus pies. La nota
llevaba el sello del papa Paulo III. La salud del septuagenario pontífice se
quebraba precipitadamente y, personalmente, había requerido los servicios de
Mateo Colón. La fama del anatomista en Roma no era, precisamente, la de quien
está predestinado a la santidad, sino más bien la contraria. Pero era un hecho
que Mateo Colón se había convertido -por obra de sus detractores- en el médico
más renombrado de Europa. Pese a que sus hombres más cercanos intentaron
convencer a Su Santidad de que no era una decisión conveniente, aun con el
rescoldo de vida que le quedaba, Alejandro Farnesio, desde su lecho de enfermo,
era todavía lo suficientemente obcecado para decidir sobre su propia salud. Y lo
suficientemente temible para imponer su voluntad. Así, la comisión presidida por
el cardenal Caraffa se vio forzada a redactar de urgencia un dictamen favorable
al acusado. El dictamen favorable de la comisión de obispos recayó sobre la
persona del anatomista, aunque no así sobre su obra. Mateo Colón fue declarado
inocente y los Doctores decidieron no elevar la causa a los tribunales del Santo
Oficio. Sin embargo, la comisión determinó, a la vez, mantener la censura que el
decano había impuesto a De re anatomica. Una decisión salomónica que, lejos de
conformar a las partes, defraudó y a la vez sorprendió a todos. Inclusive a los
propios obispos.
El ánimo de los Doctores se inclinaba -como en casi todos los casos y por
predisposición natural- hacia el luminoso camino de las hogueras propiciado por
el decano. La comisión, habida cuenta del buen predicamento que el decano tenía
sobre sus integrantes, le había bajado el pulgar al anatomista aun antes de que
hubiera pronunciado una sola palabra en su defensa, y se preparaba para un
dictamen despiadado. No porque considerara demoníacas las revelaciones del
anatomista; al contrario, el descubrimiento de Mateo Colón era una verdadera
revelación desde el punto de vista de los Doctores; finalmente, el Amor Veneris
explicaba uno de los más grandes enigmas -y, por cierto, uno de los más oscuros
problemas- para la Iglesia: el de la mujer. La cuestión no era únicamente
descubrimiento sino, también, el descubridor. Y, desde luego, resultaría
calamitosa la difusión de semejante asunto. Si las cosas eran del modo que
proponía el anatomista, el Amor Veneris constituía un verdadero instrumento de
potestad sobre la volátil voluntad femenina. Ciertamente, la publicidad del
descubrimien-to conduciría, por fuerza, a toda clase de estragos. ¿Qué pasaría
si el hallazgo de Mateo Colón caía en manos de los enemigos de la Iglesia? ¿A
qué calamidades no se vería enfrentada la Cristiandad si, del femenino objeto
del pecado, se apoderaran las huestes del demonio o, lo que sería peor aún, si
las propias hijas de Eva descubrieran que llevan en medio de las piernas las
llaves del cielo y el infierno? La lógica del descubrimiento era la siguiente:
si el Amor Veneris es el órgano que gobierna la voluntad de la mujer, el arte de
la medicina será el que proporcione el dominio del lascivo Amor Veneris, y, por
transitiva, quien gobierne aquel órgano habrá de gobernar la voluntad femenina.
Ahora bien, ¿cómo se consigue el gobierno del Amor Veneris?; mediante las sabias
artes de la medicina o, llegado el caso, de la cirugía. Saber tocar. Saber
cortar.
Sin duda, el mejor destino que podía esperar De re anatomica era el celoso
secreto de la Iglesia e ingresar en los Indices librorum prohibitorum. Pero,
¿quién podía asegurar que Mateo Colón guardaría el secreto, aun comprometiéndose
bajo juramento? ¿Cómo asegurarse, por otra parte, de que el propio anatomista no
habría de usar en su provecho el descubrimiento de su Amor Veneris? Pero a la
vez, para la propia Iglesia el hallazgo podía resultar un Santo Remedio para
guiar al delicado y díscolo rebaño por el camino de la virtud y la santidad, por
ejemplo, si se quitara la morada del demonio del cuerpo de la mujer. Si aquel
órgano es el responsable del pecado, entonces, ¿por qué no liberar a las
mujeres, desde el nacimiento, del lascivo Amor Veneris? ¿Acaso los judíos no
cortaban las pieles del prepucio? Sus razones tendrían. Pero éstas eran,
todavía, puras especulaciones. Lo importante, lo inminente, era silenciar por
cualquier medio la publicidad del asunto. De modo que la comisión se dispuso a
redactar una sentencia que abriera el camino hacia el tribunal del Santo Oficio.
La obra, sin embargo, no iba a correr la misma suerte que su autor. De re
anatómica acababa de entrar en los oscuros catálogos de la censura, los Indices
librorum prohibitorum, que el propio Paulo III había inaugurado en 1543. El
anatomista se comprometía, bajo juramento, a no dar a conocer su hallazgo. Era
la condición para que Mateo Colón continuara con vida.
El mismo día que el cardenal Caraffa recibió la carta procedente de Roma, el 7
de noviembre de 1558, la comisión de Doctores dio a conocer su dictamen, que,
ciertamente, tenía un destinatario.
EL DICTAMEN
I
DICTAMEN DE LA COMISIÓNDE DOCTORES DIRIGIDA AL DECANO
DE LA UNIVERSIDAD DE PADUA
Habida cuenta hemos de los informes, testimonios y alegatos presentados a esta
comisión que promovisteis respecto del regente de la Cátedra de Anatomía, autor
de De re anatomica, el Chirollogi Mateo Renaldo Colón, de la Universidad que
presidís.
Esta comisión, a fuer de verdad, no acierta a comprender la animadversión para
con vuestro catedrático ni las contradicciones en las que vagáis en las
coléricas reflexiones por las que discurrís, si cólera y reflexión pudieran ir
juntas. Y quizá esto último sea el motivo de la ceguera que os impide ver las
cosas como son.
Señor decano, respecto de las apreciaciones y de los denuestos que ejercitáis
contra De re anatomica, particularmente sobre el capítulo XVII, no podemos más
que contar con la versión que vos nos dais, pues, como decís, "la obra se
encuentra bajo mi más celoso poder".
Empero, nuestra razón no puede abarcar la dimensión del silogismo que exponéis.
Primero calificáis de absurdo el descubrimiento de vuestro anatomista; en
segundo lugar lo acusáis de plagio y usurpación, pues el órgano en cuestión,
según decís, ha sido ya descrito en la Antigüedad por Rufo de Efeso y por Julio
Pólux, por los anatomistas árabes Abul Kasis y Avicena, por Hipócrates y hasta
por Fallopio. Poneos de acuerdo: o hacemos caso a la primera premisa y afirmamos
que no existe tal órgano o atendemos a la segunda y declaramos que es tan
conocido como los pulmones.
Por nuestra parte, no tenemos conocimiento de ninguna descripción anterior de
tal órgano. No podemos afirmar ni su existencia ni su inexistencia.
Aun si fuese cierta, creemos que vuestro afán (venerable desde luego) por
defender los Sagrados Principios y el temor de que tal descubrimiento anime a la
herejía y aumente en número a los infieles es honroso aunque equivocado. La
Verdad, señor decano, está en las Escrituras y en ninguna otra parte fuera de
ellas. La ciencia no revela la Verdad. Es apenas una tibia llama que alumbra la
letra de Dios. La ciencia está por debajo de Dios y para hacer comprensible la
Verdad. A nosotros los fieles nos basta creer por la fe, pero es imposible que
los infieles lleguen a persuadirse de la Verdad si por Razón no se les convence.
Y lo que no veis, señor decano, es que, de ser cierto el descubrimiento de
vuestro anatomista, tendríamos frente a nuestros ojos, finalmente, la prueba
anatómica de la creación de la mujer, que nos refieren las Sagradas Escrituras.
Si prestáis atención a los versículos del Génesis, comprobaréis lo que os
decimos.
Finalmente y por todo lo antedicho, declaramos al acusado, Mateo Renaldo Colón,
inocente de todos los cargos imputados. Sin embargo, este Tribunal prohibe la
publicación de De re anatomica, según lo dispuesto en los Indices Librorum
Prohibitorum.
CUARTA PARTE
LAS SANTAS ARTES
I
El 8 de noviembre de 1558, frente a las indignadas narices de Alessandro de
Legnano, Mateo Colón partió hacia Roma con escolta vaticana. El médico personal
del Papa viajaba como un verdadero príncipe y todos se dirigían a él como a una
eminencia. Ambos -el decano y el anatomista- sabían, sin embargo, que su buena
estrella era tan frágil como la salud de Paulo III.
Alejandro Farnesio yacía en su lecho vaticano. La barba crecida y despeinada le
confería el aspecto de un rabino decrépito. Mateo Colón se arrodilló a un
costado de la cama, le tomó la mano y creyó no poder contener el llanto cuando,
al besar su anillo, el pontífice, con las últimas fuerzas, lo bendijo en un hilo
de voz. Cuando se hubo repuesto de la emoción, el anatomista ordenó que lo
dejaran a solas con Su Santidad, cosa que, desde luego, no le fue concedida.
Alejandro Farnesio no tenía más humanidad que piel pendiente sobre huesos. Ya
era viejo cuando lo nombraron Papa -tenía setenta y dos años- y había
sobrevivido a casi todas las enfermedades de este mundo. Ya no era aquel que
había conseguido unir a los príncipes de la Iglesia contra los turcos; no era,
ciertamente, aquel que, a fuerza de paciencia primero y, lisa y llanamente a la
fuerza, después, había logrado, de una buena vez, reunir el Concilio de Trento.
No era aquel que, con Santa Paciencia, había tenido que someterse a los
caprichos del duque de Mantua, a los del Emperador y al de los protestantes. Y
ya no era, por cierto, aquel encendido defensor de los tribunales de la
Inquisición, cuyas hogueras consideró insuficientes para purificar las almas de
tanto pecador, y a cuyos jueces juzgó pocos y burocráticos, y entonces los
multiplicó como Cristo a los peces y a los panes, les confirió facultades
ambulantes, los elevó al rango de Tribunal Supremo en materia de fe y nombró
delegados en Venecia, en Milán, en Nápoles, en Toscana y en cuanta ciudad se le
antojase oportuno. Y no era ya aquel ávido lector que, personalmente, decidía
qué libros iban a parar a sus Indices librorum prohibitorum o bien a la hoguera
-autor incluido, claro-. Alejandro Farnesio ya no era aquel, sino su propio
fantasma, decrépito y agonizante. Su mano sarmentosa, cuyo nepótico índice había
pretendido secularizar Parma y Piacenza para convertirlas en principados de los
Farnesio, descansaba, ahora exánime, entre las manos del demoníaco anatomista
cremonés, que acababa de ser rescatado del infierno y llevado al paraíso. Su
Eminencia se ponía en las manos de quien, hasta ayer, era la voz de Lucifer y
hoy, la mano de Dios.
El estado de Paulo III era verdaderamente preocupante, no solamente para Su
Eminencia, sino también para su flamante médico personal, cuya suerte dependía
de la salud del pontífice. Después de examinarlo durante horas, Mateo Colón tuvo
la inquietante certeza de que no había mucho por hacer; Alejandro Farnesio nunca
se había terminado de curar de la enfermedad que, cinco años atrás, lo había
puesto al borde de la muerte. En rigor, no se explicaba cómo había podido
sobrevivir un lustro. El corazón del Papa latía sin convicción, su tez tenía ya
el color de los muertos, hablaba con una voz asmática apenas audible; cada frase
le demandaba un esfuerzo agotador y los impulsos de su vieja locuacidad eran
sistemáticamente interrumpidos por accesos de unas toses secas que lo sumían en
una asfixia que le teñía la piel de violeta. Cuando estos accesos cesaban,
volvía al color verde que exhibía desde hacía seis meses. Poco importaban ahora
la gota que lo había aquejado casi toda la vida ni los ataques de epilepsia, ni
las antiguas jaquecas, ni los horrendos herpes que le surcaban la piel -motivo
que lo obligó a usar su semítica barba-. Paulo III se moría. Su Eminencia,
personalmente, había despedido al inepto del médico que le había designado el
crápula del cardenal Alvarez de Toledo, quien, a decir de Su Santidad, se había
propuesto sucederlo cuanto antes fuera posible. Cierto o no, desde que el médico
anterior se había hecho cargo de su salud, Alejandro Farnesio, día tras día,
desmejoraba calamitosamente. Mateo Colón convino con la opinión de su paciente.
En rigor, la terapéutica que le habían impuesto era más nociva que la misma
enfermedad; de modo que el nuevo médico papal ordenó que dejaran de hacerle
sangrías, pues aquello no tenía otro efecto que agravar la anemia del Santo
Padre, dio directivas para que cesaran las enemas que lo dejaban exhausto y
prohibió expresamente que le siguieran administrando hierbas vomitivas. La
terapéutica adecuada no consistiría, como la anterior, en intentar sacar la
dolencia por todos los Santos agujeros, pues, en rigor, la enfermedad del
pontífice era una y muy fácil de diagnosticar: estaba viejo. Lo único que había
logrado el médico anterior era quitarle los pocos rescoldos de vida que
albergaba el cuerpo del anciano Papa.
Mateo Colón dispuso que se juntaran en un frasco todos los pontificios
excrementos y, en otro, todos los santísimos jugos urinarios durante un día
completo. Por la noche, el anatomista examinó el contenido de los frascos. Olor,
color y viscosidad fueron escrupulosamente considerados. Antes de que saliera el
sol, Mateo Colón resolvió cuál iba a ser la terapéutica. En efecto, la única
enfermedad que presentaba Paulo III no era otra que la de su propia vejez.
El Santo Padre tenía que vivir. Mateo Colón hubiera estado dispuesto a darle al
decrépito Alejandro Farnesio la mitad del resto de su propia vida. Pero había
otra alternativa.
Paulo III necesitaba sangre joven. Exactamente eso iba a darle.
DÍA DE LOS SANTOS INOCENTES
I
El Día de los Santos Inocentes, con el consentimiento de Su Santidad, Mateo
Renaldo Colón, flamante médico personal del papa Paulo III, dispuso que se
buscaran diez niñas de entre cinco y diez años, bien saludables, por cierto, y
las llevaran a su pontificio despacho. Personalmente seleccionó cinco de las
diez y las llevó al lecho de Su Santidad. El anciano Papa bendijo a cada una de
las niñas, que lloraron de emoción al besar su anillo, luego de lo cual fueron
conducidas a una alcoba cercana a la del anatomista, que para ellas había sido
dispuesta. Hecho esto, Mateo Colón ordenó buscar a las nodrizas más saludables
de Roma. Personalmente seleccionó a las tres que mejor aspecto presentaban. Eran
tres mujeres jóvenes antecedidas por sendos pares de mamas magníficas y de
admirable complexión. Mateo Colón consideró conveniente comprobar las bondades
de la leche de cada una de ellas; personalmente verificó el sabor y la sustancia
de la leche que saltaba de abundancia cuando los pezones eran ligeramente
estimulados por los dedos del anatomista.
Tres veces al día, Su Santidad era alimentado con la provechosa leche de sus
nodrizas; como un niño, se acurrucaba sobre el pecho de su ama de leche de turno
y bebía hasta dormirse profundamente. Resultaba conmovedor ver al decrépito
Alejandro Farnesio, desdentado y con su blanca barba, cuando era acunado. Esta
última terapéutica se mostraba beneficiosa pero insuficiente, ya que la leche de
mujer reunía valiosos fluidos kinéticos, aunque, finalmente, resultaban escasos
para devolver al pontífice un poco de su juventud perdida. De modo que, antes de
lo previsto, Mateo Colón hizo comparecer en su despacho al verdugo más avezado
de Roma.
El verdugo no pudo evitar molestarse cuando el anatomista le indicó que fuera lo
menos cruento posible. Al fin y al cabo, no en otra cosa consistía su trabajo.
Aquella misma noche, antes de que concluyese el Día de los Santos Inocentes, la
primera de las cinco niñas fue ejecutada.
Su Santidad, antes de beber el primer sorbo de la infusión hecha con la sangre,
hizo un voto por el alma de la niña que, ciertamente, se había anticipado a la
suya hacia el Reino de los Cielos y se alegró por su feliz y precoz destino.
-Amén -musitó, y entonces empinó el codo hasta ver el fondo de la copa.
II
Tres veces al día Paulo III era amamantado y, tres veces al día, bebía hasta la
última gota de las infusiones de sangre joven que, personalmente, le preparaba
su médico. Mateo Colón respiró aliviado cuando pudo comprobar que, en el curso
de la primera semana, la salud del Papa mejoraba. La terapéutica no era
original, salvo en algunos detalles; en efecto, Inocencio VIII, el papa que se
había hecho popular por confesar su virilidad públicamente al reconocer a sus
tres hijos -Franceschetto, Battistina y Teodorina-, había sido sometido por su
médico a una terapéutica semejante, al llegar a su ocaso la salud de Inocencio,
aunque, en aquella oportunidad, había arrojado pobres resultados. Las razones
del fracaso no eran difíciles de determinar, a juicio del anatomista: en primer
lugar, la leche de las nodrizas era sacada previamente por las criadas y servida
en copas, después, al pontífice; sabido era por Mateo Colón que los fluidos
kinéticos se evaporaban inmediatamente al entrar en contacto con el aire, de
modo que la leche tenía que ser sorbida del pezón, tal como lo había dispuesto
el Creador para la lactancia. En segundo lugar, la sangre con la que se
preparaban las infusiones era extraída de jóvenes varones, cuando resultaba
evidente que la sangre femenina era pura sustancia, pura materia, como lo
probaba el gran Aristóteles en sus consideraciones sobre la gestación. La sangre
de varón resultaba inútil, pues, como era sabido, estaba conformada de puros
espíritus y poca sustancia, como el vino.
Como quiera que fuese y váyase a saber a causa de qué arbitrios, la salud de
Paulo III parecía restablecerse.
La noticia corrió hasta Padua. Alessandro de Legnano destilaba veneno.
Alejandro Farnesio simpatizaba con su médico personal. Desde luego, tenía
sobradas razones, pues, entre otras pequeñas mejoras, había recuperado su
antigua locuacidad. Entre cada amamantamiento, el Santo Padre mantenía
interminables charlas con Mateo Colón y se dirigía a él como a su hombre de
confianza. Por cierto, su antiguo inquisidor, el cardenal Caraffa, sobrellevaba
al intruso llegado desde Padua como a un clavo atravesado en la garganta.
EL CIELO CON LAS MANOS
I
Mateo Colón tocaba el cielo con las manos. Durante su estancia en Roma, el
anatomista cremonés produjo su más vasta obra pictórica: los más bellos mapas
anatómicos que jamás se hayan hecho, pintados con los óleos más refinados;
cientos de apuntes en tinta que representaban su obsesión: el Amor Veneris. Y
fue durante su estadía en Roma cuando pintó su más sublime y extraña obra: su
Hermes y Afrodita, título que, sin duda, no puede atribuirse sino a la censura,
por cuanto el óleo no representaba la reunión de las dos deidades en un solo
cuerpo, sino que evocaba su visión de Inés de Torremolinos cuando el anatomista
descubrió su Amor Veneris.
Todo era inspiración. Nada estaba fuera del alcance de su mano. Los tormentosos
días inquisitoriales habían quedado atrás. Ahora podía mirar a sus antiguos
inquisidores desde la diestra del altísimo trono de Paulo III, a quien le había
devuelto la vida como Cristo a Lázaro. El oscuro anatomista cremonés era, ahora,
la mano de Dios. Su nombre estaba llamado a la Gloria. De hecho, vivía ahora en
la ciudad del Cielo en la Tierra. Había reemplazado sus viejos luccos de lino
por otros de seda y su beretta de hilo por un fez bordado en oro que, para él,
exclusivamente, confeccionó el sastre del Papa. Era un hombre rico; sus
honorarios como médico personal del Papa ascendían a la cifra que él mismo
creyese justa y, cuando él lo dispusiera, podía acudir a las santísimas arcas;
al fin y al cabo, ¿qué precio podía tener la vida de Su Santidad? Nada lo
conmovía; nadie llegaba a sus talones. Se paseaba por el Vaticano como si todo
aquello le perteneciera. Era la única persona que podía ingresar, sin pedir
permiso y cuando se le antojase, en las alcobas papales; el único hombre que
podía interrumpir las reuniones; el único hombre que podía darle órdenes al
Santo Padre; él decidía a qué hora come Su Santidad, cuándo es la hora de dormir
y cuándo la de despertarse, él decidía si era conveniente que Su Santidad
recibiera tal o cual visita, él decidía sobre las iras pontificias y el
pontifical reposo.
Pero su felicidad todavía no podía ser completa; todas las noches, antes de
dormirse, pensaba en Mona Sofía. Sin embargo, sobrellevaba el ansia del
encuentro con el sosiego que otorga un título de propiedad. Tenía la certeza de
la posesión; no importaba cuantos hombres la pretendieran, ni siquiera cuantos
habrían de pasar por su cuerpo. Llegaría el día en que, libre, rico y célebre,
subiría los siete peldaños del atrio del bordello dil Fauno Rosso, y entonces
sí, como un general a cuyos pies se rinde el viejo enemigo, habría de entrar a
su anhelada colonia. Pero sabía que tenía que ser cuidadoso y, sobre todo,
paciente; debía, en adelante, comportarse como un político.
Nadie en el Vaticano ignoraba la influencia que ejercía Mateo Colón sobre la
voluntad de Paulo III. Así lo comprendió su antiguo inquisidor, el cardenal
Alvarez de Toledo. Viendo que ya no gozaba de la influencia que otrora ejercía
sobre Su Santidad, Alvarez de Toledo decidió acercarse al médico personal del
Papa. Bien sabía el cardenal qué palabras le gustaba escuchar al anatomista.
Bien sabía cómo halagarlo.
El cardenal Caraffa, en cambio, no podía disimular la antipatía medular, el
desprecio que sentía por Mateo Colón. No podía ocultar su profundo
resentimiento, ni podía tolerar que le hubiesen soplado en las narices la
antorcha que enciende la hoguera.
Como muestra de confianza y de reconciliación definitiva, el cardenal Alvarez de
Toledo depositó en las manos del médico del papa su propia salud. Mateo Colón no
ignoraba que Alvarez de Toledo era el cardenal con más posibilidades de suceder
a Paulo III. En efecto, el cardenal español mucho sabía de negocios.
II
Confiado en su buena estrella, Mateo Colón se resolvió a exponer al Sumo
Pontífice la situación de su obra, De re anatómica y que, de una buena vez, se
levantara la censura que sobre ella había impuesto el cardenal Caraffa.
-Quizá no sea éste el momento -se limitó a contestar Paulo III.
Fue aquella la primera gran desilusión de Mateo Colón. Pero tenía paciencia y
estaba dispuesto a esperar.
-Veremos, más adelante, veremos... -fue la siguiente respuesta cuando, seis
meses después, el anatomista le recordó su asunto al Papa.
-Hijo, deberíais confesaros, pues habéis cometido grave pecado -dijo
paternalmente Alejandro Farnesio-; acabáis de revelarme aquello que, ante la
comisión, jurasteis no decir a nadie.
Mateo Colón no salía de su indignado asombro. El mismo le había salvado la vida
y así se lo agradecía Su Santidad. Y no solamente le quitaba toda esperanza de
ver publicada su obra, sino que, además, se permitía amonestarlo.
Mateo Colón terminó por desear que, de una buena vez, el decrépito e ingrato de
Alejandro Farnesio se muriera. Finalmente, él era la mano de Dios y, así como
podía dar la vida -tal como lo había hecho con su agónico paciente- también
podía quitarla. ¿Acaso no era ya el médico personal del futuro Papa?
Su amistad con el cardenal Alvarez de Toledo se consolidaba día tras día; tenían
un mismo anhelo y, cada vez que hablaban de la salud de Su Santidad, no podían
evitar una mirada cómplice entre ambos. Jamás dijeron una sola palabra sobre sus
secretos deseos; no hacía falta.
III
Una lluviosa mañana, Paulo III amaneció muerto. Fue el propio Mateo Colón quien
se ocupó de comunicar la mala nueva. Aquel mismo día se reunió el cónclave. En
realidad, nada parecía anunciar ninguna sorpresa. Mateo Colón estaba a un paso
de ver, finalmente, su obra publicada. Se aprestaba a besar el anillo del nuevo
Papa, su amigo, el cardenal Alvarez de Toledo. Con el ánimo sereno -no había
motivos para la zozobra ni la inquietud-, el anatomista almorzó en su alcoba,
después de lo cual pidió que lo despertasen a media tarde y se dispuso a dormir.
A media tarde se asomó a la ventana de su alcoba y miró hacia la basílica. Aún
no había fumata. Decidió quedarse en sus aposentos, pues no quería escuchar
ninguna habladuría de palacio. Entraba la noche cuando volvió a asomarse a la
ventana. Sintió una ligera inquietud al no ver ninguna noticia en el cielo del
crepúsculo. ¿Por qué habría de demorarse tanto la nueva, si era cosa resuelta?
Pero inmediatamente volvió a la calma.
Era noche cerrada cuando el anatomista decidió instalarse en la ventana hasta
ver la fumata blanca.
LA ULTIMA CENA
I
Exactamente a la medianoche, la chimenea de la basílica soltó una levísima
columna de humo blanco. Todas las campanas del Vaticano doblaron a pique y todas
las recovas empezaron a vomitar multitudes que corrían hacia la Plaza de San
Pedro. Una bandada de palomas asustadas voló alrededor de la cúpula de la
basílica. Todo se iluminó de repente. El corazón del anatomista se animó con una
ansiedad largamente contenida. Desde su ventana podía ver perfectamente el
balcón de Su Santidad. Rió de emoción como no reía desde hacía muchos años. La
multitud reunida pedía a gritos conocer al nuevo Papa. Como semillas que se
esparcen en el viento, empezó a instalarse en las bocas el nombre del nuevo
Pontífice: habría de llamarse Paulo IV. ¿Pero cuál de los cardenales sería Paulo
IV? "Alvarez de Toledo", se leía en los labios de la multitud.
Precedido por un silencio sepulcral hecho de emoción, ansiedad y pleitesía, Su
Santidad se asomó al balcón. Mateo Colón reía como nunca había reído. Sólo
cuando la exaltación hubo de sosegarse hasta permitirle al anatomista abrir bien
los ojos, pudo ver, claramente, el rostro de Paulo IV. El corazón le dio un
vuelco en el pecho. Se quedó con la risa petrificada. Aquel que ahora saludaba
desde el balcón no era sino el cardenal Caraffa.
Creyó ver, a la distancia, que el nuevo pontífice le dedicaba una mirada.
II
Aquella misma noche Mateo Colón empacó todas sus cosas. No había razón para
esperar, no ya la censura definitiva para su obra -que era un hecho-, sino
tampoco para suponer que su antiguo inquisidor no habría de ejecutar la
sentencia que había quedado en suspenso. Sabía del odio visceral que Caraffa le
prodigaba.
Sin embargo, no todo estaba perdido. Reflexionó serenamente y se resolvió de
inmediato. Todavía le quedaba su anhelado refugio en Venecia. No había olvidado
cuál era la causa de su vida. Y nada en el mundo podía impedir que, por fin,
Mona Sofía le entregara definitivamente su corazón. Ahora sí, el anatomista
tenía la llave que abría las puertas de la voluntad de la mujer que quisiera
para sí. Y aquella mujer era su Mona Sofía.
Además era ahora un hombre rico, dueño de una fortuna que difícilmente pudiera
gastar en el resto de su vida. Después de todo, no sería tan difícil huir de las
garras de Caraffa. En dos minutos decidió el resto de su existencia: ahora mismo
partiría hacia Venecia, iría al bordello dil Fauno Rosso, pagaría los diez
ducados que le permitirían hacerse del amor de Mona Sofía y de Venecia partiría
con ella hacia el otro lado del Mediterráneo, o, si era necesario, a las nuevas
tierras situadas del otro lado del mundo, más allá del Atlántico.
Entonces, perdidamente enamorada del anatomista, Mona Sofía se convertiría en la
más leal de las mujeres y, por cierto, en la más fiel esposa.
Aquella misma noche empacó algunas ropas y todo el dinero que había ganado en su
estancia en el Vaticano. Se echó la foggia sobre la frente y, caminando contra
la multitud, como un criminal, se abrió paso hasta perderse en la callejuelas de
Roma.
A sus espaldas, el Vaticano era una fiesta.
1 De re anatomica , Venecia 1559, lib. XI, cap. XVI.
1 A. Weber. Historia de filosofía europea.
1 Historia de las mujeres , Editorial Taurus.
1 Catálogo que menciona D. Merejkovski en su Leonardo de Vinci. Edit. Juventud,
Barcelona, 1940.
2 Nótese que una fortuna suficiente para vivir toda una vida de lujos era de
unos mil ducados.
1 Knut Haeger. The Illustrated History ofSurgery.
1 Scuola di Puttane . Venecia, 1539.
2 La estructura de Scuola di Puttane es idéntica a la de los aforismos de
Hipócrates. Igual que aquélla, consta de la misma cantidad de aforismos por cada
libro. El estilo, por otra parte, es notable y deliberadamente semejante.
1 Aristóteles, Metafísica, VII, 9, 1034b. 86
1 Paracelso, Escritos.
1 Desde luego, hoy se sabe que el órgano en cuestión no surge de la matriz,
hecho que anota Thomas W. Laquier en su artículo sobre Mateo Colón "Amor
Veneris, vel Dulcedo Apeleteur", en Historia del cuerpo humano, Edit. Taurus.
2 Nótese que apunta "semen", atribuyendo todavía al órgano un carácter
eminentemente masculino.
3 Resulta , al menos, enigmático el modo en que lo menciona, ya que "pene
femenino" pareciera un primer intento de universalizar aquella "anomalía", tal
como habrá de decir más adelante; contradicción que denuncia el desconcierto de
estas primeras notas.
4 Este apunte es casi literal respecto del de Jane Sharp que, en el siglo XVII
escribió: "...se levanta y cae como la verga y hace que las mujeres estén
excitadas y disfruten en la cópula".
1 Los fluidos kinéticos que describe Mateo Colón son sorpren-dentemente análogos
a lo que Descartes habrá de llamar "espíritus animales" en el Tratado de las
pasiones. No sería de extrañar que el filósofo francés se hubiera inspirado en
Mateo Colón.
1 Aristóteles, Metafísica, VII, 9, 1034b.
1 Así es como menciona al flujo.
1 "Amor Veneris, vel Dulcedo Apeleteur". Así lo menciona Mateo Colón en De re
anatómica.
1 Nótese que, en este punto, Mateo Colón desmorona todo su constructo dualista
cuerpo-alma, femenino-masculino, pecado-virtud, e introduce un tercer elemento
que disocia la voluntad, del alma y del cuerpo, aunque no tiene elementos para
fundamentar esta afirmación enigmática.
1 Es esta la definición de mujer que resulta de la teoría de Mateo Colón: toda
aquella carne que circunda al Amor Veneris.
1 De la versión castellana original y completa nunca se halló un solo ejemplar
y, presumiblemente, todos han sido quemados. Los siete versos sobrevivientes son
una traducción al italiano que consta en Antologia Prohibita. La traducción del
italiano corre por nuestra modesta e imperita cuenta.
[EN PROTECCION DE LOS DERECHOS DE AUTOR FINALIZA EL FRAGMENTO DE EL ANATOMISTA]
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