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Federico
Andahazi nació en Buenos Aires en 1963. Se recibió de psicólogo en la Universidad de La
Plata. En noviembre de 1995 fue distinguido por sus cuentos "Las piadosas" y
"Por encargo", en el Certamen Nacional de Cuentos del Instituto Santo Tomás de
Aquino. Conformaron el jurado Marco Denevi, María Granata y Victoria Pueyrredón.
En septiembre de 1996 recibió el Primer Premio en el Concurso de Cuento Buenos
Artes Joven II por su cuento "La trilliza". El jurado estuvo integrado por
Liliana Heker, Carlos Chernov y Susana Szwarc. En octubre de ese mismo año se
consagró como finalista del Premio Planeta y ganó el Primer Premio de la
Fundación Amalia Lacroze de Fortabat por su novela "El anatomista". El jurado
estuvo compuesto por María Angélica Bosco, Eduardo Gudiño Kieffer, María Granata
y José Luis Castineira de Dios.
El premio generó uno de los más resonantes escándalos del mundo literario
argentino. La entrega del galardón fue suspendida por Amalia Lacroze de
Fortabat, empresaria argentina y directora de la fundación que lleva su nombre.
"El anatomista no contribuye a exaltar los valores más elevados del espíritu
humano", declaró la señora Fortabat a través de un comunicado donde expresaba su
disconformidad con el premio por el contenido erótico de la novela.
Andahazi recibió los 15.000 pesos (u$s 15.000) del premio, pero el galardón en sí le fue negado. El libro fue finalmente publicado por Planeta en 1997 y se convirtió en un best seller. Fue traducido también a varios idiomas.
En 1998, con el éxito de "El anatomista" a cuestas publicó "Las Piadosas", cuya
trama, como en su primera novela, también aborda el pasado. En el 2000 publicó
"El Príncipe", donde retoma algunos aspectos de aquel
realismo mágico que caracterizó a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y
Carlos Fuentes, entre otros.
En esta obra Andahazi releva los desastres que generan aquellos gobernantes que
carecen en absoluto de la noción de democracia, y se limitan a parodiar las
funciones de un verdadero príncipe (como aquel que tan bien describió
Maquiavelo) con actos mal disimulados en los que el egoísmo, la superficialidad
y la corrupción son moneda corriente.
Pero también deja en claro las condiciones de la vida posmoderna: la pasividad,
conformidad y aceptación que han llevando al hombre a padecer injusticias,
desempleo y miseria para satisfacer la conveniencia de unos pocos.
Así, Andahazi revisa y utiliza los aspectos más críticos del realismo mágico
para poner en escena la crudeza de los '90.
BIBLIOGRAFIA
"El anatomista", Editorial Planeta, 1997.
"Las Piadosas", Editorial Sudamericana, 1998.
"El árbol de las tentaciones", Editorial Temas en el margen, 1998.
"El Príncipe",
Editorial Planeta, 2000."El Secreto de los Flamencos", Editorial
Planeta, 2002.
"Errante en la sombra", Editorial Alfaguara, 2004.
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EL ANATOMISTA (fragmento)
Editado
por PLANETA ARGENTINA, S.A.
Diseño de cubierta: Mario Blanco
Diseño de interior: Alejandro Ulloa
INDICE DE LA PARTE UNO
El autor
La obra
Prólogo
El siglo de las mujeres
Primera parte
EL AUTOR
Federico Andahazi nació en Buenos Aires en 1963. En noviembre de 1995 sus
cuentos "Las piadosas" y "Por encargo" fueron distinguidos en el Certamen
Nacional de Cuentos del Instituto Santo Tomás de Aquino. Conformaron el jurado
Marco Denevi, María Granata y Victoria Pueyrredón. En setiembre de 1996 su
cuento "La trilliza" recibió el Primer Premio en el Concurso de Cuento Buenos
Artes Joven II, cuyo jurado estuvo integrado por Liliana Heer, Carlos Chernov y
Susana Szwarc. En octubre de 1996, al tiempo que era finalista del Premio
Planeta, su novela El anatomista ganaba el Primer Premio de la Fundación Amalia
Lacroze de Fortabat. El jurado estuvo compuesto por María Angélica Bosco,
Eduardo Gudiño Kieffer, María Granata y José Luis Castiñeira de Dios. En
noviembre de 1996 su cuento "El sueño de los justos" recibió el Primer Premio
del Concurso Nacional de Cuento 1996 Desde la Gente. Conformaron el jurado
Liliana Heker, Vlady Kociancich, Juan José Manauta, Héctor Tizón y Luisa
Valenzuela.
LA OBRA
EI héroe de esta novela es Mateo Colón, un anatomista del Renacimiento que a!
enamorarse de una prostituta veneciana, Mona Sofía, emprende la búsqueda de
algún tipo de pócima que le permita conseguir su amor. El anatomista da comienzo
así, nada más ni nada menos, a la ardua exploración de la misteriosa naturaleza
de las mujeres. Es nuestro héroe un verdadero adelantado, y en su audacia decide
experimentar con prostitutas y, algo totalmente prohibido en la época, con la
disección de cadáveres. Lo que descubre Mateo Colón en pleno siglo XVI es, tal
como lo fuera América para su homónimo, una "dulce tierra hallada": el Amor
Veneris, equivalente anatómico del kleitoris, hasta entonces desconocido en
Occidente. Es una noble señora castellana la que da cuenta del poder de este
descubrimiento. Cuando intente hacerlo público, Colón deberá enfrentar otro
poder: el de la despiadada Inquisición. A partir de aquí se verá envuelto en un
proceso vertiginoso.
Federico Andahazi ha construido una novela apasionante a partir de la historia
de uno de Ios médicos más sobresalientes del Renacimiento. Ha recreado la época
no sólo en sus costumbres sino en su sistema perverso de pensamiento. El autor
le imprime un ritmo sostenido al relato así como al impecable manejo de la
intriga -sin soslayar el humor y la ironía- que convierten a El anatomista, y a
su autor, en una impactante y bienvenida revelación.
PRÓLOGO
LA PRIMAVERA DE LA MIRADA
“¡Oh, mi América, mi dulce tierra hallada!" , escribe Mateo Realdo Colombo (o
Mateo Renaldo Colón, según consigna la rúbrica hispanizada) en su De re
anatómica 1 . No es esta una prorrupción presuntuosa a guisa de ¡Eureka!, sino
un lamento, una amarga parodia de sus propios avatares y de su infortunio,
proyectada sobre la figura de su tocayo genovés, Cristóphoro. Un mismo apellido
y, acaso, un mismo destino. No los une parentesco y la muerte de uno sucede
apenas a doce años del nacimiento del otro. La "América" de Mateo es menos
remota e infinitamente más breve que la de Cristóbal; de hecho, no excede en
mucho las dimensiones de la cabeza de un clavo. Sin embargo, debió permanecer
silenciada hasta la muerte de su descubridor y, pese a la insignificancia de su
tamaño, no provocó menos revuelos.
Es el Renacimiento. El verbo es Descubrir. Es el ocaso de la pura especulación a
priori y de los abusos del silogismo, en favor de la empina de la mirada. Es,
exactamente, la primavera de la mirada. Quizá Francis Bacon en Inglaterra y
Campanella en Italia repararon en el hecho de que mientras los escolásticos
derivaban en los repetidos laberintos del silogismo, el bruto de Rodrigo de
Triana, a la misma hora, gritaba "¡Tierra!" y, sin saberlo, precipitaba la nueva
filosofía de la mirada. La escolástica -la Iglesia finalmente lo comprendió- no
era demasiado rentable o, al menos, representaba menos utilidades que la venta
de indulgencias desde que Dios decidió pedir dinero a los pecadores. La nueva
ciencia es buena siempre que sirva para acercar oro. Es buena siempre que no
exceda la verdad de las Escrituras y es mejor aún si se trata de la escritura de
bienes. Conforme el sol empezaba a detener su marcha alrededor de la Tierra
-cosa que no ocurrió desde luego de un día para otro-, del mismo modo la
geometría se rebelaba a la llanura del papel para colonizar el espacio
tridimensional de la topología. Es este el mayor logro de la pintura
renacentista: si la naturaleza está escrita en caracteres matemáticos -así lo
anuncia Galileo-, la pintura habrá de ser la fuente de la nueva noción de la
naturaleza. Los frescos del Vaticano son una epopeya matemática, tal como lo
testimonia el abismo conceptual que separa la Natividad de Lorenzo de Mónaco de
El triunfo de la cruz, que cubren el ábside de la Capella della Pietá. Por otra
parte, pero por causas semejantes, no hay cartografía que quede en pie. Cambian
los mapas del cielo, los de la Tierra, los de los cuerpos. Allí están los mapas
anatómicos que son las nuevas cartas de navegación de la cirugía... Y entonces
volvemos a nuestro Mateo Colón.
Audio del
programa "El Toque Mactas" del 24 de marzo de 2008. Mario Mactas
entrevista al escritor Federico Andahazi, quien habla sobre su
último libro "Pecar como Dios manda. Historia sexual de los
argentinos" (si no aparece el reproductor clic en Track details) |
Alentado quizá por la homonimia con el almirante genovés, Mateo Colón decidió
que también su destino era descubrir. Y se hizo a sus mares. Ciertamente, no
eran las suyas las mismas aguas que las de su tocayo. Fue el más grande
explorador anatómico de Italia y entre sus descubrimientos más modestos se
cuenta, nada menos, el de la circulación de la sangre, anticipándose a la
demostración del inglés Harvey (De motus cordes et sanguinis), aunque incluso
este descubrimiento es menor respecto de su "América".
Lo cierto es que Mateo Colón no pudo ver nunca su hallazgo publicado, hecho este
que ocurrió el mismo año de su muerte en 1559. Con los Doctores de la Iglesia
había que ser cuidadoso; sobran los ejemplos: tres años antes, Lucio Vanini se
"hizo" quemar por la Inquisición a despecho, o quizás a causa, de su declaración
acerca de que no diría su opinión sobre la inmortalidad del alma hasta que fuera
"viejo, rico y alemán" 1 . Y ciertamente el descubrimiento de Mateo Colón era
más peligroso que la opinión de Lucio Vanini. Sin contar con la aversión que
nuestro anatomista sentía por el fuego y por el olor de la carne quemada, más
aún si se trataba de la suya.
EL SIGLO DE LAS MUJERES
El XVI fue el siglo de las mujeres. La semilla que cien años antes sembrara
Christine de Pisan florecía en toda Europa con el dulce perfume de El dictado de
los verdaderos amantes. No es en absoluto casual que el descubrimiento de Mateo
Colón haya tenido lugar en el tiempo y en el sitio en que aconteció. Hasta el
siglo XVI, la Historia estaba narrada por la grave voz masculina. "Allí donde se
mire, allí está ella con su infinita presencia: del siglo XVI al XVIII, en la
escena doméstica, económica, intelectual, pública, conflictual e incluso lúdica
de la sociedad, encontramos a la mujer. Por lo común, requerida por sus tareas
cotidianas. Pero presente también en los acontecimientos que constituyen,
transforman o desgarran la sociedad. De arriba abajo de la escala social, ocupa
el conjunto de los espacios y de su presencia hablan constantemente quienes la
miran, a menudo para asustarse" , declaran Natalie Zemón y Arlette Farge en
Historia de las mujeres 1 .
El descubrimiento de Mateo Colón irrumpe, precisamente, cuando los ámbitos de
las mujeres -siempre de puertas adentro- comienzan, de a poco y sutilmente, a
salir extramuros desde los beatarios y los monasterios, desde los prostíbulos o
desde la cálida pero no menos monástica dulzura del hogar. La mujer,
tímidamente, se atreve a discutir con el hombre. Con cierta exageración, se ha
llegado a decir que en el siglo XVI se libra la "batalla de los sexos". Cierto o
no, el asunto de las incumbencias de las mujeres se instala como tema de
discusión entre los hombres.
Bajo estas circunstancias, ¿qué era la "América" de Mateo Colón? Ciertamente el
límite entre descubrimiento e invención es mucho más difuso de lo que pudiera
parecer a simple vista. Mateo Colón -es hora de decirlo- descubrió aquello con
lo que, alguna vez, todo hombre soñó: la mágica llave que abre el corazón de las
mujeres, el secreto que gobierna la misteriosa voluntad del amor femenino.
Aquello que, desde el comienzo de la Historia, buscaron brujos y hechiceras,
chamanes y alquimistas -mediante la infusión de toda clase de hierbas o el favor
de dioses o demonios- y, en fin, aquello que siempre anheló todo hombre
enamorado, herido por el desamor del objeto de sus desvelos y su desdicha. Y,
por cierto, aquello con lo que soñaron monarcas y gobernantes, por la sola
ambición de omnipotencia: el instrumento que sojuzgara la volátil voluntad
femenina. Mateo Colón buscó, peregrinó y, finalmente, halló su "dulce tierra"
anhelada: "el órgano que gobierna el amor en las mujeres". El Amor Veneris
-tal
el nombre con que el anatomista lo bautizara, "si me es permisible poner nombre
a las cosas por mí descubiertas"- constituía un verdadero instrumento de
potestad sobre el escurridizo -y siempre oscuro- albedrío femenino. Por cierto,
semejante hallazgo presentaba más de una arista: "¿A qué calamidades no se vería
confrontada la cristiandad si del femenino objeto del pecado se apoderaran las
huestes del demonio?", se preguntaban, escandalizados, los Doctores de la
Iglesia. "¿Qué sería del rentable negocio de la prostitución, si cualquier pobre
contrahecho pudiera hacerse del amor de la más cara de las cortesanas?", se
preguntaban los ricos propietarios de los espléndidos burdeles de Venecia. O, lo
que sería peor aún, ¿qué sucedería si las hijas de Eva descubrieran que llevan
en el medio de las piernas las llaves del cielo y del infierno?
El descubrimiento de la "América" de Mateo Colón fue también -y en su medida-
una épica quebrantada por la letanía de un réquiem. Mateo Colón fue tan feroz y
despiadado como Cristóbal; como aquél -y dicho con la misma literal propiedad-,
fue un colonizador brutal que reclamaba para sí el derecho sobre las tierras
descubiertas: el cuerpo de la mujer.
Pero, por otra parte, además de lo que significaba el Amor Veneris, otra
polémica habría de suscitar lo que era este órgano. ¿Existe el órgano que
describió Mateo Colón? Es esta una pregunta inútil que, en cualquier caso,
habría que reemplazar por otra: ¿Existió el Amor Veneris? Las cosas son,
finalmente, las voces que las nombran. Amor Veneris, vel Dulcedo Apeleteur -tal
el nombre con que su descubridor bautizó a su órgano-, tenía un contenido
fuertemente herético. Si el Amor Veneris coincide con el menos apóstata y más
neutro kleitoris (cosquilleo) -que alude a efectos antes que a causas- es un
asunto que habrá de preocupar a los historiadores del cuerpo. El Amor Veneris
existió por razones diferentes de las de la anatomía; existió por cuanto no sólo
fundó una nueva mujer, sino que además promovió una tragedia. Lo que sigue es la
historia de un descubrimiento.
Lo que sigue es la crónica de una tragedia.
PRIMERA PARTE
LA TRINIDAD
I
Al otro lado del Monte Veldo, en el callejón de Bocciari, cerca de la Santa
Trinidad, estaba il bordello dil Fauno Rosso, la casa de putas más cara de
Venecia, cuyo esplendor no tenía competencia en todo el Occidente. La atracción
del burdel era Mona Sofía, la puta mejor cotizada de Venecia y, por cierto, la
más espléndida de Occidente. Superior, aun, a la legendaria Lenna Grifa. Igual
que ella, recorría las calles de Venecia tendida sobre un palanquín llevado por
dos esclavos moros. Igual que Lenna Grifa, Mona Sofía llevaba a los pies del
palanquín una perra de Dalmacia y un papagayo al hombro. Según podía constatarse
en el catalogo di tutte le puttane del bordello con il lor prezzo 1 , su nombre
aparecía impreso en letras destacadas y, en números más notables todavía, el
precio: diez ducados, esto es, seis ducados más cara que la misma legendaria
Lenna Grifa 2 . En el catálogo, de muy prolija factura, que se editaba para
viajeros selectos, nada decía, desde luego, de sus ojos verdes como esmeraldas,
ni de sus pezones duros como almendras cuyo diámetro y tersura se dirían los del
pétalo de una flor -si la hubiese- que tuviera el diámetro y la tersura de los
pezones de Mona Sofía. Nada decía de sus muslos firmes de animal, torneados como
la madera, ni de su voz de leño ardiendo. Nada decía de sus manos que, de tan
pequeñas, parecían no abarcar el diámetro de una verga, ni de su boca mínima en
cuya cavidad se hubiera dicho imposible acoger el volumen de un glande
inflamado. Nada decía de su talento de puta, capaz de erguírsela a un anciano
desahuciado.
Una madrugada de invierno del año 1558, poco antes de que el sol asomara desde
el centro de las dos columnas de granito -traído desde Siria y Constantinopla-,
y se pusiera entre el león alado y San Teodorico, cuando los autómatas moros de
la Torre del Reloj se disponían a golpear la primera de las seis campanadas,
Mona Sofía acababa de despedir a su último cliente, un rico comerciante de
sedas. Al descender las escalinatas que conducían hasta el pequeño atrio del
burdel, el hombre se acomodó la estola de lana que llevaba sobre el lucco, se
calzó la beretta hasta las cejas y, oteando en el vano de la puerta, se aseguró
de que ningún viandante lo viera salir. Desde el burdel se encaminó derecho
hacia la Santa Trinidad, cuyas campanas llamaban al primer oficio.
Mona Sofía tenía la espalda fatigada. Para su fastidio, cuando descorrió las
cortinas de seda púrpura de la ventana de su alcoba, pudo comprobar que ya había
amanecido. Odiaba tener que dormirse con el alboroto que llegaba desde la calle.
Se dijo que era aquella una buena oportunidad para aprovechar el día. Reclinada
sobre la cabecera de su cama, empezó a hacer planes. Primero se vestiría como
una señora e iría al oficio de la catedral de San Marco -en rigor, hacía mucho
tiempo que no iba a misa-, luego se confesaría y, libre de cualquier
remordimiento, se llegaría finalmente hasta la Bottega dil Moro para comprar
unos perfumes que se tenía largamente prometidos. Siguió planificando, a la vez
que se tapaba un poco más con las cobijas -el reposo después de aquella noche
fatigosa empezaba a destemplarla- y cerró los ojos para poder pensar con más
claridad.
No habían terminado de sonar las campanas, cuando Mona Sofía, como todas las
mañanas, se quedó profunda y plácidamente dormida.
II
Por aquella misma hora, pero en Florencia, caía una fina garúa sobre el
campanario de la modesta abadía de San Gabriel. Las campanas sonaban con una
decisión tal, que se hubiera dicho que quien tiraba de las cuerdas era el obeso
abad y no las delicadas manos de una mujer. Y sin embargo el abad aún dormía.
Con la puntual devoción que todas las mañanas la sacaba de la cama antes del
alba -hiciera frío o calor, lloviera o helara-, Inés de Torremolinos se colgaba
de las cuerdas con su leve humanidad y, como si estuviera animada por el
Todopoderoso, conseguía mover las campanas, cuyo peso superaba en no menos de
mil veces al de su femenino e inmaculado cuerpo.
Inés de Torremolinos vivía con una austeridad franciscana pese a que era una de
las mujeres más ricas de Florencia. Hija mayor de un noble matrimonio español,
era muy joven cuando contrajo casamiento con un insigne señor florentino. De
modo que, según ordenaban las normas maritales, marchó de su Castilla natal para
ir a vivir al palacio de su cónyuge en Florencia. Quiso la fatalidad que Inés
enviudara sin haber podido dar a su marido un eslabón en su noble genealogía:
parió tres hijas mujeres y ningún hijo varón.
Siendo una viuda muy joven, todo lo que Inés tenía era: un pesar por no haber
engendrado un varón, unos cuantos olivares, vides, castillos, dinero y un alma
devota y caritativa. De modo que, para olvidar su pena y remediar su culpa en
memoria de su marido, decidió convertir en dinero todos los bienes que había
heredado de su finado -en Florencia- y de su difunto padre -en Castilla- y
construir un monasterio. De esa manera quedaría para siempre unida a su esposo
inmortal mediante una existencia de pureza y celibato, y dedicaría su vida a
servir a los hijos varones que su vientre no había sabido engendrar: a la
comunidad monástica y a los pobres. Así lo hizo.
Se diría que Inés era una mujer dichosa. Tenía una mirada franciscana que
irradiaba paz y sosiego. Sus palabras siempre eran un bálsamo para los
atormentados. Daba consuelo a los desconsolados y guiaba el camino de los
descarriados. Se diría que marchaba sin escollos hacia la santidad.
Aquella madrugada de 1558, a la misma hora en que, en Venecia, Mona Sofía
terminaba su agotadora y rentable jornada, Inés de Torremolinos empezaba su día
de dichoso y desinteresado trabajo. La una ignoraba la remota existencia de la
otra. Y nada haría suponer a nadie que una y otra pudieran tener algo en común.
Sin embargo, el azar traza a veces caminos imposibles. Sin siquiera sospecharlo,
sin siquiera conocerse, una y otra eran parte de una misma trinidad, cuyo
vértice estaba en Padua.
EL CUERVO
I
En el sitio más encumbrado del macizo promontorio que separa Verona de Trento,
sobre el último peñón que se destaca del collar de morros que corona la cima del
Monte Veldo, tan quieto como la roca donde se posaba, el perfil de un cuervo se
recortaba contra el confín crepuscular, cuyo epicentro dorado no parecía
provenir del sol -aún virtual-, sino de la misma dorada Venecia. Como si el
fundamento de aquella bóveda de luz fuera el de las remotas cúpulas bizantinas
de la Catedral de San Marco. Era el crepúsculo que antecede al día. El cuervo
estaba esperando. Tenía paciencia. Y tenía, como siempre, un hambre voraz pero
no perentoria. Su dominio era toda Venecia: la Venecia Eugánea -Treviso, Rovigo,
Verona y, más allá, Vicenza- y también la Venecia Julia. Pero su paradero estaba
en Padua.
Abajo todo se hallaba dispuesto para la fiesta de San Teodorico, la festa di
tori. Después del mediodía, la multitud, entre trago y trago, habría de manear
cinco o seis bueyes que, uno a uno y tomados de las astas por otras tantas
mujeres, serían degollados de un único y exacto golpe de sable. Se diría que el
cuervo sabía que así habría de ser. Olía por anticipado el olor que más le
gustaba. Pero sabía, también, que, con fortuna, apenas si podría rapiñar una
miserable tripa o un ojo, que tendría que disputar con los perros. No valía la
pena ni el viaje, ni el riesgo, ni el esfuerzo.
Aún no se había movido. Tenía la paciencia de los cuervos. Hubiera podido
esperar a que los autómatas de la torre del reloj golpearan la última campanada
cuando, como todas las mañanas, desde el Canal Grande apareciera la barcaza
pública que pasaba a recoger los cadáveres del Hospital de Humberto Primo hasta
la Isla del Cementerio. Pero tampoco valdría la pena; con suerte podría
arrebatar un jirón de carne mala, demasiado magra y ya diezmada por la peste.
Giró sobre sus patas y miró hacia el lado opuesto -el Este-, donde estaba su
morada. Allí estaba su amo. Entonces remontó vuelo a Padua.
II
Voló sobre las diez cúpulas de la basílica y después sobre la Universidad. Se
posó sobre el capitel de la cuarta puerta que daba hacia el patio interior.
Esperaba. Sabía que su amo habría de salir de un momento a otro. Así sucedía
todos los días. Tenía paciencia. Extendió un ala y metió su pico entre las
plumas. Se diría que no prestaba atención a otra cosa que a los íntimos agasajos
que se prodigaba: acomodarse las plumas del pecho, desembarazarse de un piojo.
En el mismo momento en que sonó la campana que llamaba a misa, el cuervo se
tensó como una cuerda, desplegó las alas morosamente, emitió un graznido sordo y
se preparó a dar el salto sobre el hombro de su amo, que, como todas las
mañanas, habría de asomar desde la recova y, antes de encaminarse a la
parroquia, se llegaría hasta la morgue para darle a su cuervo lo que tanto le
gustaba: una tripa todavía tibia.
Sin embargo, aquella mañana de invierno las cosas no iban a ser iguales. Había
terminado de sonar la primera campanada y su amo todavía no se había asomado. El
cuervo sabía que su señor estaba dentro del claustro, podía olerlo, hasta podía
escuchar su respiración. Y sin embargo no salía. El cuervo graznó de fastidio.
Tenía hambre.
El cuervo y su amo sabían quién era quién. Y por ese mismo motivo se prodigaban
un mutuo y velado recelo. Leonardino -ése es el nombre que el amo le había
puesto- nunca se posaba francamente sobre el hombro de su señor; mantenía una
distancia mínima entre sus patas y la estola, elevándose con un aleteo corto y
regular. Tampoco el amo se fiaba de su compañero. Uno y otro -ambos lo sabían-
compartían el mismo espíritu inquisitivo por indagar qué se oculta detrás de la
carne.
Sonó la segunda campanada y su amo seguía sin aparecer. Algo raro sucedía, el
cuervo podía adivinarlo.
Todos los días, Leonardino, posado sobre la balaustrada de la escalera de la
morgue, seguía atentamente los movimientos de su amo, sus manos que, sabiamente,
guiaban el escalpelo; entonces, cuando veía la sangre que surgía tras del
delgado surco que a su paso dejaba la hoja, Leonardino se balanceaba hacia
izquierda y derecha y emitía un graznido de satisfacción.
Por mucho que lo había intentado, el amo no había conseguido que Leonardino
comiera de su mano; y en verdad no le faltaban motivos para temer; el cuervo
sabía de quién era la tripa que su amo le había ofrecido el día anterior,
reconocía el olor de aquel gato que, hasta ayer, se sentaba confiado sobre la
falda del hombre y que, con la misma mano con que lo acariciaba y le daba de
comer, lo había vaciado para disecarlo.
-Leonardino... -canturreaba el amo a la vez que se acercaba lentamente hacia el
cuervo blandiendo una tripa con el brazo tendido.
-Leonardino... -repetía y, conforme avanzaba un paso, el cuervo retrocedía otro.
Leonardino no miraba la tripa; la olía, sí, pero no la miraba. Tenía sus ojos
siempre clavados en los de su amo que, al parecer, le resultaban más apetitosos
que aquel trozo de intestino. Entonces el hombre le arrojaba la tripa y el
cuervo la tomaba en su pico con una voracidad largamente contenida.
Sin embargo, aquella mañana nadie asomó desde la recova. Sonaba la tercera
campanada cuando el cuervo supo que su amo no habría de asistir a la cita
cotidiana. Disgustado y hambriento, Leonardino voló con rumbo a Venecia.
EL VÉRTICE
I
El nombre del amo era Mateo Renaldo Colón y, ciertamente, aquella mañana de
invierno del año 1558 tenía fundados motivos para no concurrir a la cita
habitual que todos los días, antes de la misa, lo reunía con su Leonardino.
Encerrado entre las cuatro paredes de su claustro de la Universidad de Padua,
Mateo Colón escribía.
"Si me asiste el derecho de poner nombre a las cosas por mí descubiertas, lo
llamaré Amor o Placer de Venus" , apuntó Mateo Colón y así concluyó el alegato
que había estado redactando durante toda la noche. En el mismo momento en que
cerró el grueso cuaderno de tapas de piel de cordero sobre el que escribía,
escuchó las campanas que llamaban a misa. Se frotó los párpados; tenía los ojos
rojos y la espalda fatigada. Miró hacia la pequeña luna que se alzaba por encima
de su pupitre y comprobó que la vela que estaba junto al cuaderno ardía ahora
inútilmente. Más allá, sobre las cúpulas de la catedral, el sol empezaba a
entibiar el aire y a evaporar de a poco el rocío que reverdecía el pasto del
jardín sobre el que se cernía la Universidad. Desde el otro lado del patio
llegaba el perfume del incienso recién encendido de la capilla que por momentos
se trocaba, según lo dispusiera el viento, por los aromas hospitalarios de la
humeante chimenea de la cocina. Y conforme el sol ascendía por sobre las tejas
de la recova, en la misma proporción iba creciendo el tibio alboroto que llegaba
desde la piazza dei frutti. Los gritos de los tenderos y el pregón de los
vendedores ambulantes, los balidos de las ovejas que se ofrecían a dos ducados,
según vociferaban las campesinas que bajaban a la ciudad, contrastaban con el
monástico silencio que imponía el tañido de la campana que llamaba a misa.
Todavía somnolientos, estregándose las manos para morigerar el frío y echando un
vapor blanco por la boca, los alumnos salían de los pabellones hacia la recova
que circundaba el patio central, convergiendo todos en una fila que se iniciaba
en la entrada del pequeño atrio de la capilla.
De pie junto al párroco, Alessandro de Legnano, el decano de la Universidad,
velaba el orden con unción e imponía silencio con miradas severamente impartidas
aquí y allá o, llegado el caso, con un carraspeo puntualmente dirigido a los
contraventores.
Antes de que sonara la última campanada, Mateo Colón se incorporó y caminó hasta
la puerta. Sólo cuando giró el picaporte y comprobó que la puerta de su claustro
estaba cerrada por fuera, recordó que aquellas campanas no doblaban para él. La
fatiga de la noche en vela, pero más la fuerza de la costumbre -que cada mañana
lo conducía hasta la capilla después de una breve visita a la morgue-, le habían
hecho olvidar que ahora -por disposición de los Superiores Tribunales- estaba
preso en su propio claustro. Sintió remordimiento por su Leonardino. Acaso
debería sentirse agradecido por su suerte; sin duda hubiera sido peor ocupar una
celda fría y mugrienta en la cárcel de San Antonio. Acaso debería agradecer al
Tribunal y al decano el hecho de no estar engrillado de pies y manos y poder ver
el tibio sol de invierno a través de la pequeña luna de su claustro.
Ciertamente, los cargos que se le imputaban merecían el mayor de los rigores:
herejía, perjurio, blasfemia, brujería y satanismo. Por mucho menos que
semejantes acusaciones se encarcelaba a los penados. Ahora mismo, desde su
claustro, podía oír cómo los viandantes insultaban -entre escupitajos- a los
reos exhibidos en los cepos de la plaza. Y no eran más que ladrones de
baratijas.
Los últimos alumnos que pasaban junto a la ventana del claustro de Mateo Colón
se ponían en puntas de pie y miraban hacia el interior; entonces el anatomista
podía escuchar los murmullos y las risitas maliciosas de aquellos que, hasta
ayer, habían sido sus propios alumnos e, inclusive, de los que podían haber
llegado a ser sus fieles discípulos. Podía verlos.
Aunque quizá debería estar agradecido de su suerte, Mateo Colón maldijo el día
en que abandonó su Cremona natal. Maldijo el día en que su actual verdugo, el
decano, decidió ponerlo al frente de la cátedra de anatomía y cirugía. Y maldijo
el día en que, cuarenta y dos años antes, había nacido.
II
"II Chirologi" a decir de sus paisanos, "II Cremonese", en su exilio en Padua,
Mateo Renaldo Colón había estudiado Farmacia y Cirugía en la Universidad en la
que ahora estaba preso. Fue el más brillante discípulo de Leoniens primero y de
Vesalio después. El mismo maestro Vesalio sugirió al decano, Alessandro de
Legnano, que fuera su discípulo cremonés quien lo sucediera al frente de la
cátedra, cuando, en 1542 marchó a hacer escuela en Alemania y España. Siendo
todavía muy joven, Mateo Colón se ganó, por derecho, el título de Maestro dei
maestri. Para orgullo de Alessandro de Legnano, su catedrático cremonés
descubrió las leyes de la circulación pulmonar antes aún que su colega, el
inglés Harvey, quien, injustamente, se ha quedado con los laureles. Muchos lo
consideraron un lunático cuando afirmó que la sangre se oxigenaba en los
pulmones y que no existían orificios en el tabique que divide las dos mitades de
corazón, atreviéndose a refutar al mismísimo Galeno. Y por cierto era aquella
una afirmación peligrosa: un año antes, Miguel de Servet había sido obligado a
huir de España cuando, en su Christianismi Restitutio, declaró que la sangre era
el alma de la carne -anima ipsa est sanguis-; su intento de explicar en términos
anatómicos la doctrina de la Santísima Trinidad lo llevó a las hogueras de
Ginebra, donde lo quemaron con leños verdes "para prolongar la agonía" 1 . Pero
los laureles del descubrimiento de Mateo Colón habría de llevárselos el inglés
Harvey cien años después y, según señaló Hobbes en De Corpore, "ha sido el único
anatomista que ha visto aceptar en vida su doctrina".
Mateo Colón era, eminentemente, italiano; hijo de la plástica, de la gala y el
ornamento. Hijo pródigo de aquella Italia en la que todo, desde las cúpulas de
las catedrales hasta el vaso donde bebía el labrador, desde los frescos que
adornaban los palacios hasta la hoz con la que el campesino hacía la siega,
desde los capiteles bizantinos de las iglesias hasta el cayado del pastor, todo,
era de una factura prodigiosa. De aquella misma factura estaba hecho el espíritu
de Mateo Colón; de la misma galanura ornamental, de la amable gentilezza
italiana. Todo estaba animado con el hálito de Leonardo; el artesano era
artista, el artista, científico, el científico, guerrero y el guerrero, de
nuevo, artesano. Saber era, además, saber hacer con las manos. Por si faltaran
ejemplos, con sus propias manos, el mismo papa Eugenio I le había cortado la
cabeza a un prefecto un poco díscolo.
Con la misma mano con la que deslizaba la pluma sobre el cuaderno de tapas de
piel de cordero, Mateo Colón sabía empuñar el pincel y preparar los óleos con
los que pintó los más espléndidos mapas anatómicos; capaz, si quería, de pintar
como Signorelli o como el mismo Miguel Ángel. En su autorretrato se presentó a
sí mismo como un hombre de rasgos finos pero enérgicos; los ojos renegridos y la
barba oscura y espesa revelaban, acaso, un ascendiente moro. La frente, alta y
prominente, quedaba enmarcada entre dos bucles que descendían hasta los hombros.
Según su propio testimonio, tenía unas manos delicadas y pálidas, cuyos dedos
-largos y delgados- le conferían una elegancia que se diría casi femenina. Entre
el índice y el pulgar sostenía un escalpelo. El autorretrato no fue solamente un
fiel testimonio de su fisonomía, sino también de su obsesión; si bien se mira
-pues es francamente difícil de advertir-, debajo del bisturí, en la base
inferior del cuadro puede distinguirse, entre una bruma difusa, el cuerpo
desnudo e inerte de una mujer. La pintura recuerda a otra contemporánea: el San
Bernardo de Sebastiano del Piombo; la desproporción que existe entre la beatitud
de la expresión del santo y su actitud, clavando su cayado sobre el cuerpo de un
demonio, es la misma que se advierte en el gesto del anatomista mientras hunde
su escalpelo en la femenina carne. Es la suya una expresión de triunfo.
En una época hecha de nombres, de singularidades, Mateo Colón llevaba su nombre
como quien carga con un lastre; ¿cómo evitar el forzado cono de sombra al que lo
sometía la memoria de su ilustre tocayo genovés? Mateo Colón estaba condenado a
la parodia, a la burla fácil de sus detractores.
Su obra, ciertamente, no fue menos extraordinaria que la de su homónimo. También
él descubrió su "América" y, como él, supo de la gloria y de la desdicha. Y supo
de la crueldad. Mateo Colón, a la hora de fundar su colonia, no tuvo más
escrúpulos ni piedad que Cristóbal. El madero del asta fundacional no iba a
estar clavado en las tibias arenas del trópico, sino en el centro de las tierras
descubiertas que reclamó para sí: el cuerpo de la mujer.
III
Encarcelado en su propio claustro, Mateo Colón acababa de redactar el alegato
que habría de presentar al tribunal. Todavía reverberaba el eco de la última
campanada que llamaba a misa cuando, frente a su ventana, vio una figura a
contraluz.
-¿Puedo ayudaros en algo? -murmuró la silueta.
Mateo Colón, que por imposición del tribunal había tenido que hacer votos de
silencio, calló cautamente a la vez que se acercó un poco más a la ventana. Sólo
entonces pudo distinguir que aquella figura parada contra el sol era la de su
amigo, el messere Vittorio.
-¿Acaso estáis loco, queréis acabar preso como yo? -murmuró y con un gesto nada
hospitalario lo invitó a que se fuera inmediatamente.
El messere Vittorio pasó una mano por entre las rejas de la ventana y le estiró
a su amigo una bota con leche de cabra y una talega con pan. Con gesto de
fastidio, como contra su voluntad, Mateo Colón las tomó. En verdad tenía hambre.
Cuando el furtivo visitante giró sobre sus talones y se disponía a encaminarse
hacia la capilla, escuchó un nuevo susurro:
-¿Podéis enviarme una carta a Florencia con un mensajero?
El messere Vittorio titubeó un momento.
-Podíais haberme pedido algo más fácil... sabéis con cuánto celo el decano
revisa la correspondencia... -en ese momento, los dos hombres vieron a
Alessandro de Legnano que, desde el vano de la puerta de la capilla, se
aseguraba de que todo el mundo estuviera presente en misa.
-Bien, dadme la carta. Ahora tengo que irme -dijo el messere Vittorio, a la vez
que estiraba la mano por entre las rejas.
-Sucede que aún no la he escrito. Si pudierais pasar por aquí a la salida de la
misa...
El decano vio entonces al messere Vittorio parado debajo de la recova.
-¿Qué hacéis ahí? -inquirió el decano, poniendo los brazos en jarra y frunciendo
el ceño más aún de lo que ya lo tenía por naturaleza.
Entonces el messere Vittorio se acomodó las tiras de la sandalia y se encaminó
hacia la capilla.
-¿Acaso hablabais con vuestro zapato?
El messere se limitó a ruborizase con una sonrisita estúpida.
Mateo Colón tenía el escaso tiempo que duraba la misa para escribir la carta.
Cuando hubo comprobado que nadie había fuera de la capilla, volvió a sacar el
cuaderno que escondía bajo la pequeña scriptoria -tenía prohibido escribir-,
tomó la pluma de ganso, la sumergió en el tintero y, en la última página, empezó
a apuntar. Sin duda, el voto de silencio que le había impuesto el tribunal no
era un castigo arbitrario; tenía un fundamento muy preciso: evitar que su
satánico descubrimiento se propagara como las semillas en el viento. Por la
misma razón tenía prohibido escribir. Quedaba poco tiempo. Volvió a asegurarse
de que nadie anduviese cerca y entonces empezó a anotar:
Mi señora:
Mi espíritu se debate en el abismo de la incertidumbre y se oprime en la
amargura de quien, habiendo hecho promesa de secreto en el Nombre de Dios,
ofende el sagrado Nombre cuando, injustamente, pretende velarse la Obra Divina.
Es en el Nombre de Dios, mi querida Inés, que he decidido romper los votos de
silencio que me han sido impuestos por el decano de la Universidad de Padua y
por los Doctores de la Iglesia. Menos le temo a la muerte que al silencio.
Aunque, en lo que a mí respecta, estoy condenado a una como a otro. Para cuando
esta carta llegue a Florencia ya no estaré con vida. He pasado la noche
redactando el alegato que mañana habré de exponer frente al tribunal presidido
por el cardenal Caraffa. Sin embargo, no ignoro que, antes de que pueda yo
pronunciar una sola palabra en mi favor, la sentencia ya estará decidida. Sé que
no tengo otro destino que el de la hoguera. Si supiera que pudierais interceder
por mi vida en esta parodia de proceso, sin dudar os lo pediría -tantas cosas os
he pedido ya, que una más...-, pero sé que mi suerte ya está echada. Lo único
que os suplico ahora es que me escuchéis. Nada más.
Quizá os preguntéis por qué me decido a revelaros mi secreto nada más que a vos.
Y sucede que, aunque aún no lo sepáis, vos fuisteis la fuente de los
descubrimientos que me fueron revelados.
De vos depende ahora. Si consideráis que cometo sacrilegio por decir lo que he
jurado callar, detened ahora mismo la lectura y que estos papeles acaben en el
fuego. Si acaso todavía os merezco un poco de crédito y habéis decidido seguir
adelante con la lectura, os ruego que, en el mismo Nombre de Dios, guardéis el
secreto.
Antes de continuar con la carta, Mateo Colón dudó unos momentos. El tiempo se
acortaba. La misa debía de estar promediando. Se frotó los ojos, se revolvió en
la silla y, antes de seguir escribiendo, se preguntó si aquello no era una
locura.
Aquel iba a ser el comienzo de la tragedia. De haber sabido que lo que habría de
revelarle a Inés de Torremolinos iba a resultar peor que la muerte y el silencio
no hubiese escrito una sola palabra más. Sin embargo, volvió a sumergir la pluma
en el tintero.
Acababa de poner punto final a la carta cuando pudo ver que todos empezaban a
salir de la capilla.
Mateo Colón arrancó el folio del cuaderno y lo plegó de tal modo que el reverso
quedara vuelto hacia afuera. Primero salieron en silencioso tumulto los
estudiantes, que, desde el centro del patio, se iban distribuyendo en pequeños
grupos hacia las aulas. Por último salió messere Vittorio y, junto a él,
Alessandro de Legnano. Messere Vittorio se detuvo en el atrio y con una
inclinación de cabeza se despidió del decano. Mateo Colón, a través de la
ventana de su claustro, pudo ver cómo el decano se paraba junto a messere y no
se movía de su lado. Vio que el decano, reclinado sobre una columna, iniciaba
uno de sus habituales interrogatorios. No alcanzaba a oír lo que hablaban, pero
bien conocía el anatomista los gestos inquisitoriales de Alessandro de Legnano
cuando ponía los brazos en jarra y fruncía el ceño más de lo que habitualmente
lo tenía. El anatomista había perdido toda esperanza de poder darle la carta a
messere, cuando sorpresivamente el decano se alejó camino a su claustro. Messere
Vittorio se demoró un rato más y cuando pudo comprobar que nadie quedaba en el
patio ni merodeando por la recova, se encaminó derecho y con paso rápido hasta
la ventana del claustro del anatomista. Entonces Mateo Colón arrojó la carta
hacia la recova a través de las rejas de la ventana. Messere Vittorio empujó la
carta con el pie hasta alejarla lo suficiente, se acuclilló y la guardó entre el
talón y la suela de la sandalia. En ese preciso momento, desde el fondo de la
recova, apareció Alessandro Legnano.
-Parece que es hora de que reemplacéis vuestro calzado -dijo el decano y, antes
de que messere Vittorio pudiera ensayar una respuesta, Alessandro de Legnano
agregó:
-Os espero en el taller -dijo, giró sobre su eje y se perdió más allá de la
recova.
El messere Vittorio hubiera querido ver muerto al decano; anhelo que, en cierto
modo, habría de ver cumplido.
EL DECANO
I
La cabeza de Alessandro de Legnano yacía mirando hacia el techo del taller sobre
la mesa del messere Vittorio -mirando, por así decirlo, porque, en realidad, los
ojos eran dos esferas inertes-. El maestro pasó la palma de su mano por la
frente del decano, que se diría decapitado, se detuvo en la arruga del ceño,
apoyó el cincel y descargó un mazazo seco, sordo, que levantó un polvo que
parecía óseo. El decano presentaba el rigor de los muertos pero su expresión era
la de los vivos. Estaba, sin embargo, helado. Mucho más frío que un muerto.
Medio año le demandó al messere concluir el busto de Alessandro de Legnano,
quien acababa de levantarse de la banqueta donde posaba y caminó hacia la
escultura con la que acababa de homenajearse. Se contempló y, nariz contra
nariz, se hubiera dicho que estaba frente a un espejo de mármol de Carrara. El
maestro había obtenido la exacta expresión de su cliente y cualquiera que se
hubiera detenido a ver el busto habría sentido la misma repugnancia que se
experimentaba al tener frente a sí al propio decano. Fue exactamente lo que le
sucedió a messere Vittorio durante los últimos seis meses y, sin duda, no le
hubieran faltado ganas de hundir el cincel en la frente del mismo Alessandro de
Legnano, sobre todo después de escuchar su veredicto:
-He visto cosas peores -dijo, mientras se contemplaba con paradójico desdén y,
poco menos, le arrojó al messere los quince ducados en la cara.
-Que lo lleven esta tarde a mi escritorio -agregó mientras giraba sobre sus
talones y se retiraba del taller dando un portazo.
El busto que acababa de concluir el messere Vittorio era fiel al modelo. Se
diría que el decano tenía la expresión perfecta del idiota: las facciones
inflamadas, un severo prognatismo que basamentaba el rostro sobre una suerte de
balcón maxilar y unos párpados semicerrados que le conferían un gesto
somnoliento. El maestro florentino no había tenido ninguna benevolencia; si los
clientes eran de su agrado, tenía la generosidad de embellecerlos un poco, como
lo había hecho, por ejemplo, con el perfil irremediable de cierto ilustre
cercano a los Médici. Sin embargo, se diría que la escultura de Alessandro de
Legnano era toda una opinión del messere acerca de Alessandro de Legnano.
Nadie en toda Padua le guardaba alguna simpatía al decano. Y, sin duda, a nadie
le hubiera provocado ninguna pena verlo muerto.
Como todas las mañanas, cerca del mediodía, Alessandro de Legnano habrá de ir
hasta la Piazza dei frutti. Atravesará la Riviera di San Benedetto, a su paso
todos lo saludarán no sin ampulosa grandilocuencia y, después de doblar hacia el
Ponto Tadi, por lo bajo, le habrán de desear los peores augurios. Con el mismo
anhelo que messere Vittorio, la obesa vendedora de frutas -a quien, como todos
los días, habrá de comprarle unos damascos- le deseará un buen provecho y, para
sí, rogará que su cliente se atragante con un carozo. Y como la vendedora de
frutas, el sastre -en cuya tienda habrá de detenerse para encargarle un lucco de
seda- querrá verlo ahorcado en la delicada estola que le encargara la semana
anterior y que, al exhibírsela, el decano, con gesto de repulsión, le dijo:
-¿Acaso la habéis cortado con los dientes?
Alessandro de Legnano sabía que todo el mundo lo odiaba. Lo cual no le provocaba
sino un inmenso placer.
El decano había sido discípulo de Jacob Sylvius de París. Por cierto que no lo
adornaba el talento de su maestro para las artes médicas. Lo único que
Alessandro de Legnano había heredado de Sylvius era su visceral tendencia a
suscitar el desprecio de sus semejantes. Todos los calificativos aplicados al
anatomista francés -avaro, grosero, arrogante, vengativo, cínico y codicioso
entre otros- resultaban pocos para adjetivar al decano de la Universidad de
Padua e, indudablemente, él mismo no esperaba para su epitafio uno menos
lapidario que el que le dedicaron a su maestro:
"Aquí yace Sylvius, que jamás hizo nada sin cobrar.
"Ahora que está muerto, le enfurece que leas esto gratis".
II
Aquella mañana el decano estaba de un excelente humor. Se lo veía confortado.
Tenía el aspecto espiritual de quien ha ganado una batalla. Y, en efecto, así
era exactamente. Disfrutaba por anticipado del anhelado fuego de la hoguera que,
gustoso, encendería, si de él dependiera, con sus propias manos. Esperaba con
ansiedad que, de una vez, se acabara el día que recién empezaba. Mañana sería el
comienzo del proceso que había promovido, no sin innumerables escollos, ante los
cardenales Caraffa y Alvarez de Toledo y, finalmente, ante el mismísimo Paulo
III.
Alessandro de Legnano caminaba animado, como si de pronto hubiera dejado de
aquejarlo la gota que, desde hacía años, arrastraba como un lastre pertinaz.
Tanta era su euforia que no había notado siquiera que desde la sandalia de
messere Vittorio sobresalía el trozo de papel mal plegado. Quizá la solícita
actitud de messere Vittorio no tuviera otro fundamento que la ignorancia. Tal
vez el escultor florentino no supiera que, de ser descubierto, habría de correr
la misma suerte que su amigo: de acuerdo con la Sagrada Legislación, quien
hablara con herejes presos también habría de ser considerado hereje.
Mateo Colón se había convertido en la última obsesión del decano. Uno y otro
nunca se habían caído en gracia. Alessandro de Legnano experimentaba hacia Mateo
Colón un odio proporcional a la íntima admiración que le prodigaba. Siempre se
había dirigido al anatomista con desprecio y no perdía oportunidad para
descalificarlo frente a los alumnos, llamándolo il barbiere, a propósito de la
norma que excluía a los cirujanos del Real Colegio de Médicos, obligándolos a
afiliarse al Gremio de Barberos, que los igualaba con los pasteleros, los
cerveceros y los notarios públicos. Desde luego, cuando Mateo Colón se convirtió
en una eminencia, el decano no se sustrajo a los elogios e hizo propias las
felicitaciones llegadas de todas partes cuando su catedrático descubrió las
leyes de la circulación sanguínea, como si el mérito debiera atribuirse a la
inspiración que irradiaba su decanato.
El anatomista y el decano nunca se guardaron simpatía. Al contrario. Uno y otro
se prodigaban una recíproca aunque no simétrica envidia. Mateo Colón era el
anatomista más respetado de toda Europa; tenía prestigio pero no poder. El
decano, nadie lo ignoraba, ni siquiera los Doctores de la Iglesia, era dueño de
una inteligencia próxima a la de una mula pero gozaba de la influencia del
Vaticano y contaba con la bendición del propio Paulo III. Era la autoridad y
ostentaba un buen predicamento entre algunos inquisidores, para quienes había
aportado su alegato en el juicio que llevó a la hoguera a más de un colega
hereje.
El nuevo hallazgo del anatomista superaba todos los límites de la tolerancia. El
Amor Veneris -la América de Mateo Colón- iba más allá de lo permisible para la
ciencia. La sola mención de un cierto "placer de Venus" -por más de un motivo-
le revolvía la sangre.
A juicio del decano, desde que Mateo Colón había sido nombrado regente de la
Cátedra de Cirugía, la Universidad se había transformado en un burdel de donde
entraban y salían campesinas, entraban y salían cortesanas y había llegado a
decirse que hasta religiosas entraban por la noche y salían antes de la
madrugada. Y todas, a decir de los rumores, lo hacían con los ojos desorbitados
y una sonrisa semejante a la de Mona Lisa. Por si fuera poco, a sus oídos había
llegado la versión de que por el claustro del anatomista pasaban las pupilas del
prostíbulo que se encontraba en la planta superior de la Taverna dil Mulo. Y no
se equivocaba.
III
Desde que la bula papal de Bonifacio VIII prohibió la disecación de cadáveres,
la obtención de muertos era un trabajo peligroso. Sin embargo, había en Padua,
por aquellos días, una suerte de mercado clandestino de difuntos, cuyo más
solvente miembro era Juliano Batista, quien, en cierto modo, vino a poner orden
a las cosas. Después del paso de Marco Antonio della Torre por la Cátedra de
Anatomía de la Universidad, sus discípulos no vacilaban en abrir sepulturas,
saquear la morgue de los hospitales y hasta descolgarlos de las horcas
ejemplares. El mismo Marco Antonio tuvo que poner freno a la turba de pequeños
anatomistas para que no asesinaran transeúntes por las noches. Tanto era el
afán, que debían cuidarse los unos de los otros; tanta era la necrofilia, que el
más alto halago al que podía aspirar una mujer era:
-Qué hermoso cadáver tenéis -le decían antes de degollarla.
Al menos, el predecesor más remoto, Mundini dei Luzzi, que doscientos cincuenta
años antes había hecho la primera disección anatómica pública de dos cadáveres
en la Universidad de Bolonia, había tenido el infinito decoro de no abrir la
cabeza, "morada del alma y la razón".
Juliano Batista tenía, por así decirlo, el patrimonio del mercado de cadáveres;
los compraba a los deudos más o menos menesterosos, a los verdugos y a los
sepultureros. Después de ponerlos en condiciones presentables, los revendía a
universitarios, catedráticos y a necrófilos más o menos reputados.
Sabía, sin embargo, que a Mateo Colón no hacía falta engalanarle la mercadería
-engaño imposible para un anatomista, por otra parte-, de modo que se evitaba el
trabajo de ruborizar las mejillas, devolver el brillo a los ojos con trementina
y a las uñas con barniz de ultramar.
Si el anatomista necesitaba, por ejemplo, examinar un hígado, Juliano Batista
extirpaba el órgano, rellenaba el lugar vacante con estopa o trapos, separaba la
mercadería, cerraba el cadáver cosiéndolo con hilo de seda y, finalmente, vendía
el cuerpo a otro cliente. Si un cuerpo estaba irrecuperable, Juliano Batista
encontraba para todo un destino; nada se tiraba: los cabellos a la corporación
de barberos y los dientes al gremio de los orfebres.
La disecación de cadáveres era tan ilegal como corriente. La bula de Bonifacio
VIII ya no tenía en la práctica ninguna vigencia. Sin embargo, para el único que
el decano aún la hacía regir era para Mateo Colón. El anatomista bien sabía que
Alessandro de Legnano hacía la vista gorda para con todos, inclusive
estudiantes, salvo para con él. De modo que debía proceder con el mayor de los
cuidados.
En los últimos tiempos Mateo Colón había comprado cerca de diez cadáveres, todos
pertenecientes a mujeres. Confeccionaba listas escrupulosas de los cuerpos
disecados donde apuntaba: nombre, edad, motivo de muerte, descripción y hasta
dibujos, no sólo de los órganos examinados, sino también de la expresión de cada
uno de los cadáveres.
Sin embargo, sus prácticas eran más afines a la carne viva que a la muerta. Y
sobre todo, con cierta carne en particular que, por otra parte, no era en
absoluto frecuente puertas adentro de la Universidad, pues era carne prohibida.
Interdicción que el decano se ocupaba de hacer cumplir con más escrúpulos que
éxito. Entre los estatutos de la Universidad, en efecto, quedaba taxativamente
prohibido el ingreso de mujeres. Sin embargo, por razones mucho menos relativas
a los asuntos de la ciencia que a los ímpetus de la carne, era más o menos
frecuente la furtiva visita de las campesinas venidas desde el fics lindero a la
abadía que, de tanto en tanto, regalaban una noche de júbilo a doctores y
alumnos.
Una de las formas de entrar en la Universidad -además de escalar los altos
muros- era la de confundirse entre los muertos que, una vez a la semana,
ingresaban en el carro público en la morgue. Así, ocultas debajo de un manto,
permanecían quietas hasta quedar solas en el subsuelo de la morgue, donde eran
recogidas por sus amantes.
En una ocasión, impaciente quizá por la larga y obligada continencia, un
prestigioso doctor desvistió a una de las campesinas allí mismo, en la morgue,
en medio de todos los muertos y, en el momento glorioso de una sublime fellatio,
entró en el lúgubre subsuelo el párroco de la Universidad, quien momentos antes
había visto entrar al "cadáver" que ahora gemía, gritaba y se revolvía. El
ilustre doctor tardó un momento en advertir la presencia del deífico visitante
que, absorto, miraba las esmirriadas piernas del catedrático y su no tan
esmirriada verga bullente que salpicaba la proporcionada humanidad de la
"difunta". Cuando, después del último estertor, vio al párroco parado en el vano
de la puerta, sólo atinó a gritar, con una mueca desorbitada:
-¡Miracolo! ¡Miracolo! -e inmediatamente se puso a perorar acerca de su reciente
confirmación de las teorías aristotélicas sobre el hálito que transportaba el
semen en su caudal, que, a decir del metafísico, producía la vida. Y que, por
qué no, si el semen era capaz de producir aliento vital en la materia y
engendrar, cómo no habría de ser posible, por la misma razón, que resucitara a
los muertos, decía mientras se acomodaba la verga -todavía un poco tiesa- debajo
de las ropas. Y luego de concluir su enloquecido soliloquio, se perdió del otro
lado de la puerta corriendo escaleras arriba al grito de "¡Miracolo!
¡Miracolo!".
Lo cierto es que Mateo Colón tenía sus razones para introducir mujeres en la
Universidad. Y, ciertamente, las mujeres que visitaban secretamente al
anatomista también tenían las suyas.
Las manos de Mateo Colón sabían tocar a una mujer, como sabían las manos de un
músico tocar su instrumento. Los imprecisos límites entre la ciencia y el arte
hacían de sus manos el instrumento más sublime, más alto y más difícil: el
efímero arte de dar placer; disciplina que, como la de la conversación, no
dejaba huella ni testimonio.
IV
Era el mediodía cuando messere Vittorio atravesó la puerta de la Universidad
hacia la piazza. Debajo de aquel tibio sol del invierno, los artistas
trashumantes, entre una multitud de viandantes ocasionales, ensayaban torres
humanas deliberadamente derrumbadas. Más allá, frente a la plaza, un grupo de
hombres adustos -comerciantes y señores- hacían un círculo alrededor de los
banditori que se turnaban para vociferar los bandos del día. Unos pasos más allá
estaban los que preferían consultar a los viajeros recién llegados desde el otro
lado del monte Veldo, que, ciertas o no, traían noticias al menos más
interesantes.
Messere caminaba con paso veloz. Pasó junto a los tres cepos donde se exhibían
los ladrones de la jornada y tuvo que abrirse paso entre la multitud de mujeres
y niñas que pugnaban por escupir a los reos. En el otro extremo de la piazza, el
último mensajero que aún no había partido acababa de cerrar las alforjas y se
disponía a montar sobre su caballo.
Todavía agitado, messere Vittorio alcanzó a escuchar las últimas noticias de
boca de los banditori. No pudo evitar sentir un horroroso escozor sobre su
propio cuello cuando volvió a pasar junto a los cepos. Si el buen tiempo se
mantenía, en poco menos de un mes, la carta habría de llegar a Florencia. Para
entonces, salvo que mediara un milagro, Mateo Colón estaría muerto.
Quiso la fatalidad que el buen tiempo se mantuviera.
EL NORTE
I
El claustro de Mateo Colón era un recinto perfectamente cúbico de unos cuatro
pasos de lado. La pequeña luna que se alzaba por encima del austero pupitre no
tenía vidrio. En rigor, las únicas ventanas que tenían vidrio eran las del
decanato y el aula magna. Si bien el vidrio resultaba sumamente práctico -sobre
todo durante el invierno-, constituía un detalle de pésimo gusto comparado con
las exquisitas sedas venecianas que guarecían las aberturas. A la sazón, era muy
fácil reconocer las casas de los nuevos ricos de Padua: todas ellas tenían las
ventanas protegidas con vidrios pintados. Lo cierto es que la pequeña ventana
del claustro de Mateo Colón estaba desprovista, también, de un lienzo de seda;
toda la protección la constituía un paño ordinario que frenaba el viento a costa
de no dejar entrar ni un mínimo haz de luz, y, al contrario, si el anatomista
necesitaba iluminarse, debía, también, soportar el viento, el frío y, si además
llovía, el agua. El cuarto -al cual se accedía desde la recova que circundaba el
patio- estaba dividido por la mitad por una biblioteca que trepaba hasta las
penumbrosas alturas del techo. La mitad posterior del claustro era el
dormitorio: una cama de madera -desde luego desprovista de capitel-, y junto a
ella, una mesa de noche y un candelero. En la mitad anterior, delante de la
biblioteca, y contra la pared que mediaba con la recova, estaba el pequeño
pupitre. Quien entrara desde la recova vería, entonces, un pupitre flanqueado
por una biblioteca en cuyos estantes descansaba una infinidad de fieros y
extraños animales disecados que, sin duda, habrían podido disuadir a un ladrón
desprevenido de avanzar más allá de la puerta.
Desde que estaba preso en su claustro Mateo Colón pasaba la mayor parte del
tiempo mirando a través de las rejas de la ventana. Así estaba, con la mirada
perdida en un punto impreciso situado quién sabe dónde, cuando vio que messere
Vittorio acababa de entrar por la puerta principal. Con un levísimo gesto, el
escultor dio a entender a su amigo que ya había cumplido el peligroso recado.
Respiró aliviado; en realidad le preocupaba menos su suerte -que ya estaba
decidida-, que la del messere.
El anatomista no esperaba para sí la clemencia obtenida por su maestro, Vesalio,
cuando había sido enviado a los tribunales del Santo Oficio. En una oportunidad,
Andrés Vesalio le confesó a Mateo Colón un vergonzoso y desgraciado
acontecimiento que cerca estuvo de llevarlo a la hoguera: cierta vez solicitó
permiso para diseccionar a un joven noble español que había muerto durante la
consulta. Cuando hubo obtenido el permiso de los padres del difunto, abrió el
pecho y, para su estupor y desesperación, pudo ver que el corazón aún latía.
Enterados del suceso, los padres del joven acusaron a Vesalio de asesinato a la
vez que le iniciaron proceso ante el Santo Oficio. La Inquisición lo condenó a
muerte; sin embargo, poco antes de que empezaran a arder los leños, intervino el
propio rey, que decidió conmutarle la pena y, a cambio, dispuso que el
anatomista iniciara una peregrinación a Tierra Santa para lavar su crimen.
Mateo Colón sabía que su "crimen" era infinitamente más grave, ya que consistía
en haber develado aquello que debía mantenerse por siempre ignorado. De modo que
no albergaba ninguna esperanza, ni siquiera retractándose de su descubrimiento,
como lo había hecho otro egresado de los claustros de la Universidad de Padua,
Galileo Galilei. El descubrimiento de Galileo era demasiado "intangible" en la
práctica. En cambio, su "América" estaba al alcance de cualquier simple.
-¿Qué sería de la humanidad si las fuerzas del demonio se apoderaran de vuestro
descubrimiento? -le había dicho el decano cuando, al revelárselo, le impusiera
los votos de secreto, sugiriendo, de paso, que su descubridor era, de seguro,
uno de los que engrosaban las cada vez más numerosas huestes diabólicas.
-¿A qué desgracias no se vería sometida la humanidad si el Mal se adueñara de la
voluntad del femenino rebaño? -le había dicho el decano, dándole a entender que
su propósito no era otro que, en el nombre del "Bien", apoderarse de la voluntad
del femenino rebaño.
De manera que Mateo Colón no podía esperar un destino diferente del de la
hoguera.
Sin embargo, otro era el motivo de la aflicción que le oprimía la garganta; no
era la certeza de la muerte próxima, ni el cautiverio, ni la imposición de
silencio. No era el recuerdo de Inés de Torremolinos, ni la incertidumbre por el
destino de la carta que acababa de escribirle. Tampoco tenía su fundamento en la
ruptura de los votos de silencio ni en la revelación del secreto que había
jurado callar. Aquello que lo atormentaba no era, siquiera, la desdicha de no
poder hacer público su descubrimiento, sino más bien, que el inocente propósito
que lo condujera hasta su hallazgo había fracasado.
El norte que condujera a Mateo Colón hasta su descubrimiento no era ni una
premisa teológica -tal como la había presentado-, ni una ambición de saber
filosófico -como la había fundamentado-, ni siquiera un afán de revolucionar la
anatomía -como, a su pesar, lo había logrado-. No marchaba resuelto hacia la
hoguera en nombre de la Verdad, como lo hiciera su colega, Miguel de Servet.
La fuente de su descubrimiento no era otra que un amor fracasado. No anhelaba la
comprensión de las leyes generales que gobernaban el oscuro proceder femenino,
sino, apenas, un lugar en el corazón de una mujer.
El norte que había conducido a Mateo Colón hasta su "dulce tierra hallada"
tenía, ciertamente, un nombre: Mona Sofía.
LA PUTTANA
I
Mona Sofía nació en la isla de Córcega. No había cumplido aún los dos meses
cuando la robaron del lado de su madre una mañana de verano, en la que la mujer
llevó consigo a la niña a lavar la ropa a orillas del arroyo que desembocaba en
el mar. Ciertamente, la isla de Córcega era, a la sazón, el sitio menos feliz
para que una mujer diera a luz a una niña bella. Desde que Marco Antonio primero
y más tarde Pompeyo habían desalojado a los piratas de su "República" en
Cilicia, después de su larga diáspora por los mares de Europa y Asia Menor, los
"cilicianos", con paciente y brutal obstinación, volvieron a fundar su Patria,
esta vez en las islas de Córcega y Cerdeña. Cuentan que a causa de su temprana y
prometedora belleza, los piratas de Gorgar El Negro embarcaron a la niña a bordo
de un bergantín junto con un grupo de esclavos mongoles y la vendieron a un
traficante en Grecia. La pequeña pudo sobrevivir al viaje gracias a los cuidados
de una joven esclava a quien habían separado de su hijo y que todavía conservaba
un poco de leche. Su estancia en Grecia fue muy breve; un comerciante veneciano
la compró por unos pocos ducados y nuevamente la volvió a embarcar, esta vez con
destino a Venecia: por cierto, ya tenía un comprador en su tierra.
II
Donna Sidonna pagó por la niña veinte florines con la convicción de que era una
excelente compra. Lo primero que hizo Donna Sidonna al ver a la niña, que estaba
negra de mugre, fue lavarla con una loción de agua de rosas y una infusión tibia
de hierbas aromáticas y, con todo, no fue nada fácil quitarle el hedor a
marinero. Le frotó las encías con una mezcla de vino, agua y miel, le rapó la
cabeza, cuyos largos mechones estaban duros como alambres, y, finalmente, la
posó sobre una manta de pelo de cabra cerca del fuego. Cuando estaba
profundamente dormida, le puso alrededor de la muñeca el brazalete de oro y
marfil que distinguía a todas las pupilas de la casa. Y viendo que la pequeña
estaba muy flaca y evidentemente anémica -en el barco había sido alimentada por
el magro pecho de una esclava que apenas podía con su pobre humanidad-, designó
a Oliva como su ama de leche. Oliva era una joven esclava egipcia. Tenía una
leche buena y nutritiva. Le habían puesto Oliva por nombre porque tenía la piel
del color de una aceituna y la estatura de un olivo. Era una mujer delgada que
iba precedida por unas mamas majestuosas cuyos pezones tenían el diámetro de un
florín de oro. Oliva reunía todas las condiciones de la perfecta nodriza: era
morena -sabido era que las mujeres rubias daban una leche amarga y acuosa y que
las negras eran buenas para alimentar bestias salvajes pero no niños blancos-.
Al cabo de una semana ya se notaban los progresos; la pequeña exhibía unos
rollos de lo más saludables y eructaba con la fuerza de un adulto. Sus heces
-que eran puntualmente examinadas por la misma Donna Sidonna- se veían sólidas y
su color revelaba el perfecto funcionamiento de sus tripas.
Cuando cumplió el primer mes -contando desde su llegada a la casa-, Donna
Sidonna la envolvió en un vestido de infinitos encajes, la perfumó con agua de
jazmines y mandó a llamar al clérigo para que le diera el primer sacramento,
porque -desde luego- una buena puta debía ser cristiana. Como sucediera tantas
veces, Donna Sidonna negoció el precio de los servicios con el clérigo y se
pusieron de acuerdo en el pago: el cura exigía el favor de una de las pupilas
todos los días durante un mes y "per tutti le orifici". Donna Sidonna ofrecía el
servicio solamente por el curso de una semana y no incluía otro favor más que la
convencional francescana. Finalmente convinieron en que el clérigo tomaría los
servicios de una pupila durante quince días y "per tutti le orifici". Aquel día,
la pequeña fue bautizada y Donna Sidonna le puso por nombre Ninna.
Ninna convivía con ocho niñas de su misma condición, pero desde muy temprano
empezó a diferenciarse del resto de las niñas de la casa; ninguna lloraba con
más fuerza ni comía con tal apetito -tanto, que los pezones de Oliva quedaban
amoratados después de cada comida-. Y, a diferencia de las demás, Ninna se
resistía obstinadamente a la faja con que Donna Sidonna la envolvía todas las
noches para evitar monstruosas deformaciones. Tales eran los gritos con que la
niña mostraba su disconformidad que, por puro contagio, las demás le oficiaban
de coro, igual que las lloronas contratadas en los velorios no dejaban de imitar
el llanto de la viuda. Este fue el primer e inocente signo de peligrosa
rebeldía. Una buena puta, igual que una buena esposa, debía ser sumisa,
obediente y agradecida.
Conforme la niña iba creciendo en edad, estatura y belleza, en la misma
proporción se desarrollaba en su espíritu un carácter volcánico; sus ojos verdes
y rasgados se poblaron de unas pestañas negras, largas y arqueadas pero también
de una malicia inteligente, sarcástica que inspiraba la misma fascinación, el
mismo miedo que infunde en sus víctimas la mirada de la serpiente. En las almas
supersticiosas despertaba terrores y negros augurios. En los espíritus
religiosos, satánicos temores, porque, se sabía, la inteligencia en una mujer
bella era un índice indudable de la influencia del demonio.
Poco antes de cumplir el primer año, Ninna empezó a balbucear las primeras
palabras que, asombrosamente, no fueron las mismas que, a media lengua,
pronunciaban las demás. Así, cuando las pequeñas pupilas empezaban a llamar a
sus nodrizas por el nombre y, en señal de temprana gratitud, se referían a Donna
Sidonna como mamma, Ninna ignoraba sistemáticamente la presencia de su
benefactora y ni siquiera se dignaba mirarla. De nada servían los esfuerzos de
la niñeras, que la alzaban en brazos frente a su mamma, instándola a que le
prodigara, aunque más no fuera, una sonrisa. Nada de eso; todo lo que conseguían
era que la niña soltara un saludable eructo en las narices de su protectora.
Donna Sidonna se consolaba pensando que Ninna era muy pequeña aún para
comprender que aquel era el mejor destino al que podía aspirar una mujer. Las
niñas todavía no podían darse cuenta de la fortuna que estaba invirtiendo en
cada una de ellas; al fin y al cabo, Donna Sidonna no hacía más que desembarazar
a sus padres del infortunio que significaba traer al mundo una mujer. Si bien
era cierto que los padres de la pequeña Ninna debieron haber sufrido por el robo
de su hija, más valía que padecieran todo de una sola vez y no por el resto de
sus vidas. De hecho, los progenitores deberían estarle agradecidos. ¿Quién, en
su sano juicio, podría estar feliz de tener una hija? No más que gastos durante
la soltería y, si tuviesen la dicha de conseguirle un marido, todavía quedaría
el desembolso de la dote. Si todos siguieran su criterio -pensaba Donna
Sidonna-, los usureros del Banco de Dotes no podrían lucrar con los pobres y
desesperados padres de las mujeres casaderas. Y así le agradecía la pequeña: con
arteros aires regurgitados e, inclusive, con sonoros desaires de aquellos que
salen por vía contraria.
Una mañana, cuando Donna Sidonna fue a vigilar el sueño de su ingrata filia, se
encontró con que la pequeña estaba de pie sobre su cuna y no dejaba de mirarla
fijamente; para su estupor, Ninna la recibió con un saludo:
-Puttana... -le dijo con una pronunciación perfecta, y agregó-, dame diez
ducados.
Aquellas cuatro fueron las primeras palabras de Ninna. Donna Sidonna se
persignó. De haber podido, habría salido corriendo de la habitación. Pero era
tal el miedo, que sólo atinó a pegar un alarido. Donna Sidonna decidió que
aquellas cuatro palabras eran una señal indubitable de que la pequeña estaba
poseída por el demonio. De modo que se resolvió por el camino más expeditivo.
Antes de que le brotaran los pezones, antes de que cobraran la dureza de una
almendra y el diámetro y la tersura de un pétalo, Ninna fue revendida a un
traficante por diez ducados, la mitad de lo que había pagado su benefactora. Una
mañana de verano fue subastada en la plaza pública junto con un grupo de
esclavos moros y jóvenes putas, fue ofrecida al peso y vendida finalmente a
madonna Creta, un alma filantrópica que, entre otras cosas, era dueña de un
burdel en Venecia.
III
Ninna -cuyo nombre estaba grabado en el brazalete- fue rebautizada con el más
elegante Ninna Sofía. Era la pupila más joven del burdel. Su nueva mamma era
ahora madonna Creta, una próspera y ya retirada cortesana. De madonna Creta no
podía esperarse la dulzura ni la dedicación que le prodigaba su antigua
benefactora. Y mucho menos podía esperarse paciencia. La primera vez que alzó a
la niña en sus brazos, la examinó como si se tratara de una planta de lechuga.
Se felicitó por su nueva compra y se dijo que en unos pocos años -dos o tres- su
pequeña inversión podía empezar a dar frutos. Tres cosas sobraban en Venecia:
nobles, curas y pederastas y, desde luego, todas las combinaciones posibles de
esos tres elementos. Sí, era un buen negocio, se dijo. Ya se figuraba la cara de
messere Girolamo di Benedetto, viendo aquellas jóvenes y todavía inmaculadas
carnes; qué no pagaría por acariciar con sus dedos decrépitos aquella vulva
arrepollada; qué no daría por frotar su mustia verga sobre los rollizos muslos
de su joven pupila. Madonna Creta ya podía contar los ducados de oro por
anticipado. Pero no iba a resultarle tan fácil.
Ninna Sofía examinó la nueva alcoba que debía compartir con cinco pupilas ya
adultas. Aquello era peor que un establo y, de hecho, olía a pesebre. Era un
cubo sin una sola ventana. Al pie de cada una de las paredes había unas camas de
madera que, a guisa de colchones, tenían unos fardos de paja en cuyos bordes
estaban sentadas sus nuevas compañeras. Eran todas esclavas que habían sido
compradas por unos pocos ducados. Una de ellas no presentaba un solo diente,
otra ofrecía el aspecto que da la sífilis cuando se encuentra en muy avanzado
estado, y las otras dos permanecían con la mirada perdida en sendos puntos
imprecisos que parecían situados del otro lado de las paredes del cuarto. Todas
tenían una mirada de resignada derrota, de aquella tristeza que se perpetúa
hasta el último día, que, por cierto, nunca estaba muy lejano. El escaso aire
que se respiraba allí adentro era caliente y sofocante. Ninna Sofía declaró su
disconformidad con un alarido sucedido por un llanto estridente. Cuando se abrió
la puerta, Ninna, que esperaba la diligente llegada de su nodriza Oliva, sólo
tuvo tiempo de ver la creciente figura de madonna Cretta que se acercaba hacia
ella. Después de las primeras tres cachetadas que le cruzaron las mejillas,
comprendió que si dejaba de llorar, quizá también cesaran los golpes. Y así fue.
De hecho, la pequeña Ninna se prometió no volver a llorar nunca más en su vida.
Y así lo hizo.
Su espíritu se tornó cada vez más ingobernable, más áspero y peligroso. Ninna
Sofía era una flor venenosa.
De nada servían los castigos que, amorosamente y en su provecho, desde luego, le
prodigaba madonna Creta. De nada servían los latigazos ejemplares que le
cruzaban la espalda, ni las penitencias nocturnas de rodillas sobre el maíz, ni
las promesas de círculos infernales. Ninna Sofía miraba a su tutora a través de
sus ojos verdes repletos de largas y arqueadas pestañas y repletos, cada vez
más, de una malicia y de una inteligencia infinitas; a través de aquellos ojos
de lágrimas ausentes, con una sonrisa giocondesca, la miraba y le susurraba:
-¿Ya terminaste, madonna Creta?
Madonna Creta determinó que si la pequeña era lo suficientemente adulta para
hacer oídos sordos a sus lecciones, también debería serlo para ganarse la
comida. De modo que antes de lo que tenía previsto, fue a casa de messere
Girolamo di Benedetto para hacerle saber de su nueva pupila.
Messere Girolamo era uno de los más prósperos fabricantes de seda de Venecia y
había sido prior del gremio hasta el año anterior. Como ya era un hombre viejo,
había decidido retirarse de la vida pública y dedicarse por completo al ocio y,
de ese modo, empezar a disfrutar de los pocos años que le quedaban.
En rigor, nunca se había dedicado a otra cosa diferente de la holgazanería, sólo
que ahora, en lugar de jugar a la baraja con sus colegas en su despacho del
gremio, lo hacía en su más acogedor palacio. Messere Girolamo di Benedetto tenía
dos debilidades: el juego y los niños. Desde luego, jamás hubiera tolerado que
lo llamaran pederasta. Al fin y al cabo, ¿qué podía tener de malo amar a los
niños y ayudarlos un poco económicamente, sobre todo si los padres de la
criatura en cuestión eran pobres?
El precio que exigía madonna Creta le pareció demasiado alto, pero no puso
ninguna objeción; lo que le sobraba era dinero y ni aunque se lo propusiera
podía gastárselo todo en los años de vida que le quedaban. Y si bien era cierto
que aún conservaba la costumbre de regatear, en cuestiones tan delicadas
prefería no reparar en gastos. Solamente pidió a madonna Creta una detallada
descripción de la niña. Messere Girolamo di Benedetto escuchaba con la mirada
perdida y parecía estar disfrutando por anticipado. De haber sabido lo que la
pequeña Ninna iba a depararle, messere habría preferido morir aquel mismo día.
IV
Tal como conviniera con madonna Creta, messere Girolamo llegó al burdel a la
hora de la cita. Lo hizo con la anticipación justa para tomarse el tiempo que
demanda entrar al burdel sin ser visto por nadie. Había esperado que pasaran
unos viandantes, y tuvo que demorarse en la puerta de una tienda hasta que dos
mujeres terminaran de una vez el coloquio que habían entablado a pocos pasos de
la entrada del burdel. Cuando las dos mujeres se despidieron, esperó a que se
alejaran lo suficiente, se acomodó el sombrero de tal modo que el ala le
cubriera la cara y, finalmente, con paso ligero, llegó hasta el pequeño atrio de
la casa.
Con un gesto involuntariamente despectivo, messere Girolamo di Benedetto rechazó
la copa de vino que le había ofrecido madonna Creta. Quería empezar el trámite
cuanto antes. Su decrépito corazón latía ahora con una súbita fuerza juvenil.
Oportunidades así no se presentaban todos los días. Su amor por los niños le
había acarreado más de un dolor de cabeza; en dos ocasiones lo acusaron
públicamente de abuso de infantes y, pese a que, felizmente, pudo disuadir a los
denunciantes de avanzar hasta los tribunales mediante suculentas "atenciones",
mucho se decía en Venecia acerca de los gustos de messere Girolamo. En cambio,
madonna Creta era una garantía de silencio. Su negocio era, precisamente, la
discreción. Por ese mismo motivo, casi no sintió ninguna pena cuando terminó de
pagarle los veinte ducados que habían convenido.
Madonna Creta lo condujo hasta la alcoba que había preparado para la ocasión. De
pie junto al vano de la puerta, la anfítriona invitó a messere Girolamo di
Benedetto a pasar y, antes de dejarlo a solas con la pequeña, le dijo
amablemente:
-Disfrutad, pero cuidaos de lastimarla.
Cuando messere Girolamo di Benedetto vio a la pequeña Ninna, sus ojos se
iluminaron. Era un verdadero sueño verla recostada sobre el vientre y
completamente desnuda. Lo primero que hizo messere fue darle unas suaves
palmaditas en las nalgas y pasarle sus dedos decrépitos y sarmentosos por sus
muslos rollizos. Dejó caer un hilo de saliva espeso por la pequeña espalda y lo
esparció con la palma de su mano. Ninna no mostraba ninguna resistencia y hasta
le sonrió tiernamente cuando el anciano, completamente extasiado, la sentó sobre
su falda. Hacía muchos años que a messere Girolamo di Benedetto no se le erguía
la verga, y, ni bien notó aquel añorado acontecimiento, se dijo que la pequeña
Ninna era un verdadero milagro. Cierto que no fue una de aquellas erecciones de
las que podía exhibir orgulloso durante la juventud, pero, desde luego, esto era
mejor que nada. Tomó a la pequeña por debajo de las axilas, la levantó en vilo y
posó las diminutas nalgas de Ninna sobre su verga, que formaba un modesto
promontorio en el lucco de lana que aún llevaba puesto. Hacía mucho tiempo que
no se excitaba tanto. Ninna, cuando descubrió la protuberancia sobre la cual
estaba sentada, se refregó como lo haría un gato, cosa que enardeció todavía más
al anciano que, impaciente, se levantó el lucco por encima del vientre y,
tomando su verga entre las manos, la exhibió frente a los ojos de la niña. Ninna
examinó aquella cosa morada que el viejo esgrimía e inmediatamente estiró su
mano hacia ella. Tan pequeña era la mano de Ninna que ni siquiera pudo abarcar
la mitad del diámetro del glande.
-¿No vas a darle un beso a mi amigo? -le dijo el anciano a Ninna que, al
parecer, encontró divertida la forma en que "su" cliente había nombrado aquella
cosa, ya que la vio esbozar una sonrisa que al viejo le pareció francamente
lasciva. Esa era la palabra: "lascivia"; nunca antes había visto semejante
disposición lujuriosa en una niña. Y, en rigor, si un intruso hubiese estado
presenciando la escena, sin duda habría pensado que la pequeña Ninna estaba
practicando la "corrupción de ancianos". Tal como se lo pidiera messere Girolamo
di Benedetto, Ninna acercó su boca al miembro de su cliente -que estaba, ahora
sí, duro y completamente erecto, más de lo que jamás había estado, inclusive más
de lo que podía estarlo en los días de juventud- y lo besó con los labios, tal
como su nodriza Oliva le había enseñado a besar las mejillas de Donna Sidonna,
acto al que, por otra parte, siempre se había negado. Tal como lo hiciera una
mujer adulta, Ninna cerró los ojos y pasó sus labios alrededor del glande. El
viejo tenía los ojos en blanco y temblaba como una hoja. Como si en vez de
haberse criado con leche de pecho, se hubiera alimentado siempre con leche de
verga -nadie le había enseñado el arte de la fellatio-, Ninna abrió la boca
cuanto le permitieron las comisuras de los labios y se engulló el glande entero.
El viejo no podía creer lo que veía.
-Pequeña puta -susurraba-, pequeña hija de siete castas de putas.
Y cuanto más hablaba, la pequeña lo miraba a los ojos a través de los suyos,
verdes y repletos de largas pestañas, y tanto más adentro de la boca se lo
metía. Entonces Ninna pudo sentir una convulsión en el tronco de aquello que se
estaba engullendo. En ese preciso momento, mordió con toda la fuerza de su
mandíbula, hundió los dientes hasta las encías y se dejó caer con fuerza desde
la cama hasta el suelo. Ninna quedó unos instantes suspendida en el aire,
colgada por la boca de la verga del anciano, hasta que, finalmente cayó al piso.
Messere Girolamo di Benedetto no comprendio, hasta que vio la cascada de sangre
que manaba del tronco de la verga. Sólo entonces vio, como si se tratara de una
alucinación, que el glande ya no estaba ahí. La pequeña miró al viejo con una
sonrisa angelical mientras masticaba el trozo de carne, y sus ojos describieron
una parábola mientras lo veía caer de espaldas al suelo. Las piernas -tiesas
como la cuerda de un laúd- formaron una V por encima de la cama, cosa que a
Ninna le resultó sumamente graciosa.
Cuando hubo pasado el tiempo establecido, madonna Creta entornó la hoja de la
puerta y, todavía del otro lado, mumuró:
-El tiempo se acabó, messere; espero que no hayáis lastimado a la pequeña.
Madonna Creta tropezó con el cadáver de su cliente y antes de que pudiera
sostenerse de alguna cosa, resbaló con la sangre que cubría el piso de la alcoba
y cayó junto al muerto. Ninna, sentada en un ángulo del cuarto, todavía
masticaba su bocado y se la veía feliz con su temprano trabajo. Sonrió a madonna
Creta como si así le dijera: "¿Estás conforme, es así como debo ganarme la
comida?".
Aquel mismo día, Ninna Sofía fue a dar con la horma de su zapato.
EL HACEDOR
I
Presa del pánico, madonna Creta envolvió en un lienzo el cadáver de messere
Girolamo di Benedetto, cargó a la niña debajo de su axila y se embarcó a bordo
de una pequeña góndola. Luego de pagar en sonante el silencio del absorto
gondoliere, en el sitio menos transitado del Canale Grande arrojó por la borda
al difunto castrato y a la niña.
Como si su destino hubiese estado escrito, el exhausto cuerpecito de Ninna Sofía
fue dar a la Riviera di San Benedetto, exactamente a las orillas del muelle que
conducía a las escalinatas del atrio de la Scuola que, treinta años antes, había
fundado Mássimo Troglio.
Mássimo Troglio era el fattore dei putanne más prestigioso de toda Europa.
Cierto es que compraba, vendía y también robaba como cualquier traficante. Pero
ese era solamente el principio de una larga y laboriosa tarea, el primer eslabón
de un costosísimo y proporcionalmente rentable oficio. Mássimo Troglio era,
eminentemente, un pedagogo, mezcla del más ruin pederasta y del más sublime
maestro.
Il Fattore -como algunos lo llamaban- era el fundador de la más prestigiosa
Scuola di Puttane; padre, por así decirlo, de la raza de putas más sublimes de
Venecia, de la misma Lena Grifa y de todas las putas que adornaron la corte de
los Médici, de las putas que cautivaron el corazón de monarcas y arzobispos. De
todas las putas a cuyo honor se levantaron los palacios más fastuosos de
Venecia.
Ni una emperatriz recibía la educación de la menos ilustrada de las putas de
Mássimo Troglio. Las más jóvenes, como la pequeña Ninna Sofía, eran objeto de
los cuidados más delicados. Las madonnas -las putas más viejas- tenían a su
cargo la tutoría de las de más tierna edad. Ellas se encargaban de bañarlas con
leche de loba, pues el agua estaba prohibida desde las grandes pestes y, según
enseñaba Mássimo Troglio, la leche de loba apuraba el crecimiento y evitaba la
decrepitud; les frotaban la piel con saliva de yegua para impedir que las carnes
crecieran blandas y, un día a la semana, las hacían dormir en el establo junto
con los cerdos para que aprendieran a soportar los hedores más repugnantes y las
compañías más ingratas.
Mássimo Troglio fue autor de Scuola di Puttane 1 , una sucesión de 715 aforismos
divididos en siete libros -inspirado, sin duda en los Aforismos de Hipócrates 2
-. Entre otras cosas, sostenía que las mejores y más leales putas eran aquellas
niñas nacidas de:
1. carpintero y ordeñadora; 2. cazador y mujer mongólica, preferentemente china;
3. marino y bordadora.
Afirmaba, además, que "una mujer puede concebir un hijo de hasta siete hombres,
cuyos jugos seminales se unen en el útero y se combinan unos con otros según la
fuerza seminal de cada uno de los padres".
"El de Hacedor de Putas es el arte más sublime; más que el del perfumista, más
que el del mismo alquimista; como éstos, unimos las esencias más nobles con las
más viles, las más antagónicas y las más simpáticas."
Mássimo Troglio se mostraba particularmente interesado en la pequeña que el
cielo le había regalado. Para que no quedara ninguna duda de que ella era una de
sus pupilas, le quitó el brazalete y le hizo hacer otro -de oro con rubíes-,
donde constaba su nuevo y definitivo nombre: Mona Sofía. Pocas veces había visto
una niña de semejante carácter, tanta y tan temprana inteligencia y, sobre todo,
dotada de aquella singular y extraordinaria belleza. Mona Sofía era la síntesis
de todas las putas metida en un cuerpo de niña, una suerte de extracto de puta
en estado puro. Sin embargo, Mona Sofía no estaba exenta de los dos grandes y,
por cierto, misteriosos problemas con los que debe lidiar un maestro de putas:
el amor y el placer. Jamás había visto Mássimo Troglio un odio tan
inconmensurable como el que le prodigaba la pequeña, no porque le preocupara ser
objeto de ese sentimiento, sino porque, según le enseñaba la experiencia -y así
lo testimoniaba el aforismo IX -, "cuanto más proclive a odiar es una mujer,
tanto más proclive es a amar". La segunda preocupación no era, intrínsecamente,
la ausencia de cualquier manifestación de dolor, sino la sospecha de que tras la
máscara de la insensibilidad, cuanto más intenso era el dolor para Mona Sofía,
tanto más intenso era el placer que le provocaba. Y, en fin, los primeros ciclos
de formación de una puta no tenían otro objeto mediato que la interdicción del
amor y del placer. La inversión era demasiado grande y paciente como para que
-como había ocurrido más de una vez-, un buen día, la ingrata se marchara
enamorada detrás de algún hombre. Entre otros aforismos, Mássimo Troglio
escribió:
* Corromper es más difícil que educar.
* Es más fácil reemplazar un sistema moral por otro que despojar a alguien de su
moral.
* La educación en la moral favorece la formación de putas.
* Igual que el filósofo, el maestro de putas debe ser vehículo de la moral.
* Es más conveniente al monarca la existencia de las putas por dinero que la
existencia de las putas por placer.
Mássimo Troglio fundamentaba toda su teoría en los cánones helénicos. Los
apotegmas que guiaban su pluma y, consecuentemente, su práctica, eran -cuando
no-, los de la Metafísica de Aristóteles. Aristotélica era su concepción de la
mujer y del hombre y aristotélico, desde luego, era su juicio acerca de la
procreación; abrevaba también de la fuente aristotélica para explicar de qué
modo "el hombre ha de servirse, por causa natural, del provecho de la mujer". En
su capítulo "De la monstruosa condición femenina", decía: "Como ha enseñado el
Maestro Aristóteles, el esperma del hombre es la esencia, la potencialidad
esencial que transmite la virtualidad formal del futuro ser. El hombre lleva en
su semen el hálito, la forma, la identidad, es decir, la kinesis que hace de la
cosa materia viva. El hombre, en fin, es quien da el alma a la cosa. El semen
tiene el movimiento que le imprime su progenitor, es la ejecución de una idea
que corresponde a la forma del propio genitor, sin que esto implique la
transmisión de materia por parte del hombre. En condiciones ideales, el futuro
ser tenderá a la identidad completa del padre. La mujer proporciona el sustento
material en su sangre, la corporeidad, la carne que envejece, corrompe y muere.
La esencia del alma es siempre masculina. Como ha enseñado el Maestro, la
procreación de niñas es, en todos los casos, producto de la debilidad del
progenitor a causa de enfermedad, vejez o precocidad.
"La mujer suministra siempre la materia y el hombre el principio creador: para
nosotros, es ésta, en efecto, la función propia de cada uno de ellos, y esto es
ser hembra y ser macho. Es necesario, también, que la hembra aporte un cuerpo,
una determinada cantidad de materia, mientras que esto no es necesario para el
macho: no es necesario que los instrumentos existan en los productos que se
fabrican, ni que en ellos exista el agente que los hace".
La de Mássimo Troglio no es solamente una noción acerca de la concepción, sino,
además -y siempre bajo la tutoría intelectual de Aristóteles-, de la misma
genealogía del ser viviente: "él semen es un organon que posee movimiento en
acto". 1 "El semen no es una parte del feto en formación, así como ninguna
partícula de substancia pasa del carpintero al objeto que elabora para unirse a
la madera, así, ninguna partícula de semen puede intervenir en la composición
del embrión." Y ejemplifica: "La música no es el instrumento, ni el instrumento
es la música. Y sin embargo, la música es idéntica a la idea previa del autor".
Se deduce cuál es el nudo de la teoría de Mássimo Troglio: la propiedad, la
patria potestad, el derecho a la posesión de la descendencia por parte del
autor, esto es, el padre. Así como está claro que el propósito de Aristóteles no
era sino la reafirmación del Derecho griego.
La mujer, es la teoría, quedaba como un simple resto, cuya esencia era aquella
sangre que rebasa una vez al mes: una masa de líquido crudo, impuro, no
elaborado, inerte y amorfo, pero, desde luego, tocado por el hálito, la kinesis,
de su débil progenitor.
De modo que esta última revelación aristotélica es la que le proporciona el
método, el modo de producción y apropiación de mujeres.
Mona Sofía era la más bella y la más tempranamente desarrollada de las
discípulas de Mássimo Troglio. Mostraba, además, una prematura disposición al
oficio. Tenía una sensualidad infrecuente para una niña de su edad. Cuando Mona
cumplió los seis años, Mássimo Troglio determinó que la pequeña ya podía
comenzar la segunda etapa de su formación.
En la Scuola di Puttane las pupilas recibían desde muy jóvenes educación
religiosa, les enseñaban mitología antigua y aprendían, desde luego, a leer y
escribir, no sólo en italiano, sino hasta en griego y latín. La Scuola era,
eminentemente, una institución renacentista, tan prestigiosa como cualquiera de
las numerosas escuelas de pintura de Italia. De hecho, la Scuola recibía un
subsidio del Ayuntamiento y cada una de las pupilas tenía el rango de
funcionaría pública.
A Mona le fascinaba oír las historias que le contaba Filipa, su institutriz.
Cada vez que escuchaba cómo la ballena se tragaba entero a Jonás, abría los ojos
desmesuradamente y conminaba a Filipa a omitir las partes superfluas del relato
y que le dijera de una vez cuál había sido de la suerte del héroe.
Todo iba muy bien hasta que Filipa empezaba a hacerle imputaciones. Mona negaba
rotundamente haber tenido alguna participación en la crucifixión de Nuestro
Señor Jesucristo y le resultaba intolerable la acusación de que El había muerto
por causa de ella. Después de todo, ¿quién era ella?, ¿qué importancia podía
tener su insignificante existencia en la suerte de, nada menos, el Salvador?
Igualmente, se declaró exenta de toda culpa y complicidad en los pecados de Eva,
a quien, por otra parte, dijo no haber visto nunca. Sin embargo, a
regañadientes, terminaba por asentir agachando la cabeza sin demasiada
convicción, porque era capaz de tolerar cualquier cosa menos los agudísimos
gritos de Filipa, que le destrozaban los tímpanos.
II
Mássimo Troglio -en su virtud, o quizás a su pesar- hizo de Mona Sofía su obra
más sublime. Diez años de educación y cuidados habían dado su fruto: era la
mujer más bella de Venecia. El Hacedor supo ser paciente; cuando su pupila
cumplió los trece años le anunció que había llegado la hora de la iniciación.
Mona fue presentada en sociedad en la festa di graduazione que, todos los años,
Mássimo Troglio daba en su palacio. Se trataba de una emotiva ceremonia en la
cual cada graduada recibía el nombramiento de funcionaría pública de manos de
algún notable del Estado de la República. Cuando Mona Sofía fue anunciada,
sobrevino un silencio hecho de veneración y estupor. La Venus de Médici era una
rústica campesina comparada con aquella mujer que acababa de trasponer la puerta
del salón.
Desde todos los puntos de Europa llegaban nobles señores hasta la Scuola y
pagaban verdaderas fortunas. En menos de seis meses, Mássimo Troglio había
recuperado hasta el último ducado invertido en su pupila. En el curso del primer
año, el Hacedor quintuplicó el total de su inversión. El cuerpo de Mona Sofía
había incrementado el patrimonio de Mássimo Troglio en... ¡dos mil ducados!
LA LIBERTAD
I
Fue durante el segundo año desde el día de su graduación, cuando Mona Sofía se
presentó a la lujosa scriptoria de Mássimo Troglio. El Hacedor estaba llevando
la contabilidad de la Scuola, doblado sobre un grueso cuaderno de lomo dorado.
-Vengo a anunciaros mi libertad -sentenció Mona Sofía, sin que mediara,
siquiera, un saludo.
Mássimo Troglio levantó la vista de los asuntos que lo ocupaban. Escuchó
claramente la frase pero no comprendió, como si su interlocutora acabara de
hablarle en un idioma desconocido.
-Aquí os dejo el documento que me independiza de vuestro patronazgo -dijo, a la
vez que le extendía un pergamino escrito en tinta roja-, no es necesario que os
molestéis en levantaros, sólo debéis poner aquí vuestra firma -agregó, dejando
el pergamino sobre el pupitre de su protector.
Mássimo Troglio rió con una carcajada franca. En su larga vida nadie le había
hecho un pedido -si así pudiera llamarse a la exigencia de su pupila- de
semejante descaro. Había sufrido, sí, por la huida de más de una ingrata. Había
tenido que emplear castigos ejemplares con alguna prófuga recapturada -la
ablación de un dedo del pie era un correctivo usual-; pero que una pupila
irrumpiera en su propio despacho con semejantes pretensiones era, lisa y
llanamente, descabellado.
-Te recuerdo que la Scuola tiene sus estatutos y sus normas -empezó a decir
Mássimo Troglio con una sonrisa cálida y paternal-, de modo que...
Antes de que su maestro pudiera terminar la frase, Mona Sofía extrajo un
cuchillo de puño de oro y posó su aguda punta sobre su propio pecho. Con
absoluta parsimonia, dijo:
-Mi cuerpo os ha pagado sobradamente la educación que me prodigasteis y, si os
complace escucharlo, os agradezco y ofrezco toda mi veneración y mi respeto.
Pero ahora os exijo que me otorguéis lo que me corresponde: mi cuerpo.
Mássimo Troglio empalideció e, inmediata-mente, se puso rojo de cólera.
Intentando mantener la calma, habló:
-De nada me servirías muerta. Puedo, si así lo quieres, firmar lo que me exiges,
pero, ¿Qué te hace pensar que no habré de recapturarte con el derecho que me
otorga la ley? Y sabes cuáles son mis correctivos.
Mona Sofía sonrió.
-No os atreveríais a mutilar un ápice de mi cuerpo. Yo soy vuestra creación.
Pero no creáis que soy una ingrata, si leéis el pergamino, veréis que me acuerdo
bien de vos; os daré la décima parte de todo el dinero que haga con mi cuerpo,
hasta el día en que alguno de los dos muera. La opción es el diezmo que os
ofrezco o nada -dijo, a la vez que hundió un poco el cuchillo sobre su propio
pecho, haciendo que rodara una gota de sangre hasta su vientre.
Mássimo Troglio sumergió la pluma en el tintero y firmó el pergamino. Mona Sofía
se arrodilló a sus pies y besó las manos de su maestro, antes de abandonar para
siempre la Scuola.
Solo en su scriptoria, Mássimo Troglio lloró desconsolado. Lloraba como un niño.
Lloraba como un padre.
DE CUANDO MATEO COLON CONOCIÓ A MONA SOFÍA
I
Fue durante su breve estadía en Venecia, en el otoño de 1557, cuando el
anatomista conoció a Mona Sofía. Fue en el palacio de cierto duque, en ocasión
de la fiesta que el propio anfitrión se prodigó con motivo del día de su santo.
Mona Sofía ya era una mujer adulta y experimentada. Tenía quince años.
A consecuencia, quizá, de la declaración de Leonardo de Vinci acerca de que no
comprendía por qué los hombres se avergonzaban de su virilidad y "ocultaban su
sexo cuando debieran adornarlo con toda solemnidad, como a un ministro", acaso
por esta razón, aquel año había cundido entre los varones la moda de exhibir y
adornarse con pompa los genitales. Casi todos los invitados, excepto los más
ancianos, lucían unas calzas de tonos claros que ostentaban las partes de sus
propietarios mediante el uso de cintas que se ajustaban a la cintura y las
ingles, de modo que resaltaran sus virilidades. Aquellos que tenían más grandes
motivos para estarle agradecidos al Creador aceptaron aquella moda de muy buen
grado. Los que no, adoptaban diversos métodos para adaptarse a los tiempos sin
tener de qué avergonzarse. En la Bottega dil Moro se vendían unos apliques que
se colocaban debajo de las calzas y que servían, precisamente, para prestar
gracia a los hombres más o menos desgraciados. Entre los múltiples adornos -que
iban desde unos ornamentos de piedrecillas que enmarcaban al "ministro", hasta
unos atavíos de perlas muy vistosas-, se usaba una cinta que llevaba atadas
cuatro o cinco campanitas que delataban los ánimos de "su señoría". Así, las
damas podían enterarse de la aceptación que suscitaban entre los caballeros,
según tintinearan los cascabeles.
Era aquella una fiesta como todas: primero se bailó la danza del beso que no
tenía más reglas ni normas que las de moverse como a cada cual le complaciera,
con la única condición de que al constituirse y disolverse las parejas, lo
hicieran con un beso.
Mateo Colón permanecía ajeno a los pasos de baile y, aunque aún no era un hombre
viejo, vestía el lucco tradicional, lo cual, entre tanta exhibición de nalga
masculina, le confería un aire de importancia. Y por cierto se vio premiado con
más miradas femeninas que aquellos que ostentaban sus majestuosos campanarios,
auténticos o de utilería.
No había promediado la fiesta, cuando se hizo presente Mona Sofía. No hizo falta
que fuera anunciada. Sus dos esclavos moros la descendieron del palanquín junto
al vano de la puerta del salón. Si hasta entonces tres o cuatro mujeres eran las
que concitaban la atención, la más hermosa de ellas no pudo evitar sentirse
contrahecha, renga o gibosa en comparación con la recién llegada. Mona Sofía
tenía una estatura augusta. Llevaba un vestido cuya falda se abría hasta el
comienzo de los muslos. La seda transparentaba perfectamente todo su cuerpo. Los
senos se agitaban a cada paso al borde del escote que dejaba ver la mitad del
diámetro de los pezones. Desde la frente pendía una esmeralda cuyo objeto no era
otro que el de deslucirse comparada con el resplandor de sus ojos verdes.
Mona Sofía fue recibida por un verdadero carillón, por un centenar de viriles
campanadas.
II
Mateo Colón permanecía en un rincón solitario del salón. Tampoco el anatomista
había podido sustraerse a la belleza de la recién llegada. De hecho, tuvo el
atrevimiento de dejar hablando sola a una dama hipocondríaca que no acababa
jamás de enumerar sus males y de la cual no sabía cómo desembarazarse.
Mona Sofía fue recibida por el anfitrión, quien, inmediatamente, la sumó al
baile del beso. Según indicaba la regla, el caballero debía invitar a la dama
con un beso y, luego de trazar unas breves figuras, la dama debía reemplazar su
pareja por otra y así sucesivamente. Desde luego que era un baile propicio para
la seducción; las reglas eran las siguientes: si una dama no estaba interesada
en ningún caballero, entonces la salida de compromiso consistía en invitar a
bailar a un hombre casado. Si en cambio la dama escogía un hombre soltero,
quedaban claras las intenciones. Por otra parte, existían normas en torno del
beso; si la dama rozaba apenas la mejilla del caballero, no tenía otro propósito
que el de bailar y divertirse un rato; en cambio, un beso afectuoso y sonoro
indicaba intenciones más o menos formales, por ejemplo, de matrimonio. Pero si
el beso rozaba los labios del caballero, quedaban claros los propósitos lascivos
de la dama: era un invitación lisa y llana al sexo.
Mona Sofía bailaba una danza que se diría oriental: con ambas manos se tomaba de
la cintura a la vez que meneaba las caderas. Todo el mundo esperaba con curiosa
ansiedad el momento en que debía elegir una nueva pareja; motivo por el cual
todos los jóvenes se disputaban la primera fila, exhibiendo, sin ahorrarse
ninguna obscenidad, sus voluminosos ánimos ornamentados. Sin embargo, Mona Sofía
había conocido en otras circunstancias a más de uno de esos caballeros sin otros
adornos que aquellos con los que habían venido al mundo y que ahora mostraban
unas inexplicables virilidades. Miraba a cada uno de quienes esperaban ser los
elegidos, se dirigía a alguno de ellos y entonces, cuando parecía estar
decidida, giraba sobre sus talones y emprendía en dirección a otro hombre, a
quien, también, habría de desairar. Sin dejar de moverse al compás de los
laúdes, Mona Sofía se abrió paso entre un grupo de eufóricos galanes hasta
trasponer el círculo y, entonces, Mateo Colón pudo ver cómo los senos de Mona,
que temblaban al borde del escote, lo señalaban con sus pezones. Mona Sofía
caminaba decidida hacia el anatomista. En otras circunstancias, Mateo Colón se
hubiera sentido avergonzado; sin embargo, ahora, mientras veía avanzar a aquella
mujer que lo miraba como nunca antes se había sentido mirado, no pudo sustraerse
a la impresión de que nadie más que ella había en el salón. Sin embargo, podía
escuchar el alboroto de los demás y la música de los laúdes; podía, inclusive,
ver la multitud de invitados. Sentía, exactamente, lo que un ratón frente a una
serpiente. No podía, ni aunque quisiera, mirar otra cosa que no fueran aquellos
ojos verdes que hacían empalidecer la esmeralda que llevaba entre las cejas.
Mona Sofía aproximó sus labios a los del anatomista -pudo sentir su aliento a
menta y agua de rosas- y entonces, como una brisa caliente, efímera, pudo sentir
en la comisura de sus labios la breve caricia de la lengua de Mona Sofía. Bailó,
sí; no perdió la compostura, no; fue galante. Pudo, incluso, disimular que,
desde aquella vez y hasta el día de su muerte, no podría prescindir de aquel
aliento de menta y agua de rosas, de aquella brisa caliente y efímera, del
cobijo de aquellos ojos verdes. Bailó. Nadie hubiera dicho que, como la víctima
de una serpiente cuyo veneno va invadiendo, implacable, la sangre, aquel hombre
adusto que bailaba acababa de enfermar definitivamente. Bailó.
Por siempre, hasta el día de su muerte, habría de recordar que bailó bajo el
encanto de aquellos ojos maliciosos; hasta el último día, como se conmemora la
fecha de un mártir, habría de recordar que anduvieron huyendo por pasillos,
jardines y galerías y que, en una alcoba recóndita del palacio, con el lejano
susurro de los laúdes, pudo besar sus pezones rosados, duros como perlas pero
más tersos que el pétalo de una flor. Hasta el día de su muerte habría de
recordar, como una efemérides negra y sin embargo tan dulce, su voz de leño
ardiendo, el aquelarre de su lengua cuya materia era la misma que la del fuego
del infierno. Hasta el último día habría de recordar que, como aquel que ha
cumplido promesa de ayuno y renuncia al manjar permitido para postergar el ansia
de comer, así rehusó su cuerpo y en cambio, acomodándose el lucco, le dijo:
-Quiero retrataros.
Y, como el náufrago que confunde las nubes del horizonte con la tierra firme,
creyó ver amor en aquellos ojos verdes repletos de pestañas arqueadas. Y no eran
más que nubes.
-Quiero retrataros -repitió con el ánimo turbado por la emoción.
Y creyó ver emoción en los ojos de la serpiente. Mona Sofía lo besó con una
ternura infinita.
-Podéis venir a verme cuando queráis -dijo y en un susurro agregó:
-Venid mañana mismo.
El anatomista la vio arreglarse el vestido, vio cómo por última vez le ofrecía
sus pezones duros para que los besara y la vio girar sobre sus talones en
dirección a la puerta. Entonces oyó cómo le decía, antes de perderse al otro
lado:
-Venid mañana, os estaré esperando. Y no eran más que nubes.
III
El día siguiente, a las cinco en punto de la tarde, Mateo Colón subió los siete
peldaños del atrio del bordello dil Fauno Rosso. Traía consigo su caballete de
viaje cruzado sobre las espaldas, el lienzo sobre el pecho, la paleta debajo del
brazo derecho y la talega con los óleos colgada del cinto del lucco. Tan cargado
venía que a punto estuvo de llevarse por delante a la administradora.
Cuando Mateo Colón se asomó al vano de la puerta, Mona Sofía, cubierta por un
tul transparente, acababa de trenzarse el pelo frente al espejo del tocador. El
anatomista, que permanecía de pie con todo su equipaje a cuestas, pudo ver en el
espejo aquellos mismos ojos en los que ayer había visto el amor. Y allí estaban,
ahora, sólo para él, para sus ojos. Entonces se anunció con un carraspeo.
Sin darse vuelta, sin siquiera mirar, Mona Sofía hizo un gesto de invitación con
la mano.
-Vengo a retrataros.
Sin darse vuelta, sin siquiera mirar, Mona Sofía declaró:
-Lo que hagáis durante la visita me es completamente indiferente -dijo, e
inmediatamente agregó-: por si no lo sabéis, la tarifa es de diez ducados.
-¿Me recordáis? -murmuró Mateo Colón.
-Si pudiera veros la cara... -dijo a su anónimo interlocutor cuyo rostro quedaba
cubierto por el lienzo que cargaba.
Entonces el anatomista dejó sus petates en el suelo. Mona Sofía lo examinó por
el espejo.
-No creo haberos visto antes -titubeó, y por la dudas volvió a recordarle la
tarifa-: Diez ducados.
Mateo Colón dejó los diez ducados sobre la mesa de noche, desplegó el lienzo, lo
alzó sobre el caballete, extrajo los óleos de la talega que pendía desde la
cintura, preparó los pinceles y, sin decir palabra, empezó el retrato que habría
de titular Mujer enamorada.
IV
Todos los días, cuando los autómatas del reloj de la torre golpeaban la quinta
campanada, Mateo Colón subía los siete peldaños que conducían al atrio del
burdel de la calle Bocciari, entraba en la alcoba de Mona, dejaba los diez
ducados sobre la mesa de noche y, mientras acomodaba el lienzo, sin quitarse
siquiera el abrigo, le decía a Mona que la amaba; que aunque ella no quisiera
saberlo, él podía ver el amor en sus ojos. Entre pincelada y pincelada le
suplicaba que abandonara aquel burdel y se marchara con él al otro lado del
monte Veldo, a Padua, que si ella así lo quería estaba dispuesto a abandonar su
claustro en la Universidad. Y Mona, desnuda sobre la cama, los pezones duros
como almendras y suaves como el pétalo de una fresia, no dejaba de mirar la
torre del reloj que se alzaba al otro lado de la ventana, esperando que de una
buena vez doblaran las campanas. Y cuando finalmente sonaban, miraba a aquel
hombre con los ojos llenos de malicia:
-Tu tiempo terminó -decía y caminaba hasta el tocador.
Y todos los días, a las cinco de la tarde, cuando las sombras de las columnas de
San Teodorico y la del león alado se funden en una única y oblicua franja que
atraviesa la Piazza de San Marco, el anatomista llegaba al burdel con su
caballete, su lienzo y sus pinturas, dejaba los diez ducados sobre la mesa de
noche y ni siquiera se quitaba el lucco. Mientras mezclaba los colores en la
paleta, le decía que la amaba, que aunque ella misma lo ignorara, él sabía
reconocer cuando el amor se instala en la mirada. Le decía que ni la mano de un
dios podría imitar tanta belleza, que si la administradora no aprobaba el
matrimonio, estaba dispuesto a pagar por ella todo el dinero que tenía, que
dejara aquel prostíbulo infame y se fueran juntos a la casa de su Cremona natal.
Y Mona Sofía, que ni siquiera parecía escucharlo, se acariciaba los muslos
suaves y firmes y torneados como la madera, y esperaba que sonara la primera de
las seis campanadas que indicaba que el tiempo de su cliente se había terminado.
Y todos los días, a las cinco en punto de la tarde, cuando las aguas del canal
empezaban a trepar por las escalinatas, Mateo Colón llegaba al burdel de la
calle Bocciari, cerca de la Santa Trinidad y, sin quitarse siquiera la beretta
que le cubría la coronilla, dejaba los diez ducados sobre la mesa de noche y,
mientras acomodaba el lienzo sobre el caballete, le decía que la amaba, que
huyeran juntos al otro lado del Monte Veldo o, si era necesario, al otro lado
del Mediterráneo. Y Mona, encerrada en su cínico mutismo, en su silencio
malicioso, se acomodaba la trenza por debajo de la cintura, se acariciaba los
pezones y ni siquiera se molestaba en interesarse por el progreso del retrato.
No miraba otra cosa que el reloj de la torre, esperando que, de una vez, sonara
para pronunciar las únicas palabras de las que parecía ser capaz:
-Tu tiempo se terminó.
Y todos los días, a las cinco de la tarde, cuando el sol era una tibia
virtualidad multiplicada por diez sobre las cúpulas de la basílica de San Marco,
el anatomista, cargado de talegas, correajes y humillación, dejaba diez ducados
sobre la mesa de noche y entre el acre perfume de los óleos y del sexo ajeno, le
decía que la amaba, que estaba dispuesto a deshacerse de todo cuanto tenía y a
comprarla, que huyeran al otro lado del Mediterráneo o, si era necesario, a las
tierras nuevas al otro lado del Atlántico. Y Mona, sin decir palabra, acariciaba
el papagayo que dormitaba sobre su hombro, como si en aquella alcoba no hubiese
nadie más, esperaba que los autómatas de la torre del reloj se movieran de una
vez y entonces, con los ojos llenos de una malicia sensual, decía:
-Tu tiempo se acabó.
Y durante toda su estadía en Venecia, todos los días a la cinco en punto de la
tarde, el anatomista llegaba al burdel de la calle Bocciari cerca de la Santa
Trinidad y le decía que la amaba. Así fue hasta que el anatomista concluyó el
retrato y, por cierto, concluyó todo su dinero. Su tiempo en Venecia se había
terminado.
Humillado, pobre, con el corazón roto y sin otra compañía que la de su cuervo
Leonardino, Mateo Colón regresó a Padua con una sola convicción.
EL CAMINO DE LAS ESPECIAS
I
Desde su regreso a Padua, Mateo Colón pasaba la mayor parte del tiempo encerrado
en su claustro. Apenas si salía para ir a las misas de rigor y para dar clases
en el aula de anatomía. Las visitas furtivas a la morgue empezaron a espaciarse,
hasta que las abandonó por completo. Dejó de manifestar cualquier interés hacia
los cadáveres. Encerrado en su claustro, no hacía otra cosa que rebuscar en los
antiguos volúmenes de farmacia en los que había estudiado. Cuando salía al
bosque lindero a la abadía, ya no se interesaba por los frescos despojos que le
señalaba su Leonardino. De pronto, el anatomista se había convertido en un
inofensivo animal herbívoro. Era, ahora, un farmacéutico. Cargaba sacas con
infinidades de hierbas que eran prolijamente clasificadas, agrupadas y más tarde
infusionadas.
Estudió las propiedades de la mandrágora y la belladona, las de la cicuta y el
apio, y estableció los efectos de estas plantas sobre los distintos órganos. Era
la suya una tarea peligrosa, pues el límite que separaba la farmacia de la
brujería era, ciertamente, impreciso. La belladona había concitado la misma
atención en médicos que en brujos. Los antiguos griegos la habían llamado atropa
-la inflexible- y le atribuían la propiedad de restablecer y de cortar el hilo
de la vida. Los italianos la conocían y las damas florentinas aplicaban la savia
de la planta para dilatarse las pupilas y conferirse una mirada soñadora que -a
costa de una ceguera más o menos crónica- les daba un atractivo incomparable.
Conocía los efectos alucinógenos del temible beleño negro, cuyas propiedades ya
habían sido descritas en los papiros de Eber, en Egipto, hacía más de dos mil
quinientos años y ciertamente sabía que Alberto Magno había escrito que el
beleño era empleado por los nigromantes para conjurar a los demonios.
Preparó cientos de pócimas, cuyas fórmulas eran puntualmente catalogadas y,
entonces, por las noches, se lanzaba hacia los sórdidos burdeles de Padua
cargado con sus frascos. Mateo Colón se había trazado una meta nada original:
conseguir un preparado que pudiera apropiarse de la volátil voluntad de las
mujeres. Desde luego que existían numerosas pócimas que hasta una aprendiz de
bruja podía preparar por unos pocos ducados. Sin embargo aún conservaba un poco
de cordura. Después de todo, él se había graduado en farmacia. Conocía
perfectamente las propiedades de todas las plantas; había leído a Paracelso, a
los antiguos médicos griegos y a los herbalistas árabes.
Entre sus apuntes, puede leerse: "El modo de asegurarse la eficacia de los
preparados es cuando éstos ingresan por la boca hacia el aparato digestivo. Las
frotaciones en la piel pueden surtir efectos, aunque esto es más trabajoso y los
resultados son mucho más tenues y efímeros. También pueden ingresarse por vía
contraria desde el orificio anal, aunque en este caso es difícil que el cuerpo
los contenga, provocando serias diarreas. Y, según la circunstancia, también
pueden ser inhalados sus vapores y así, distribuirse sus partículas desde los
pulmones hacia la sangre. Pero la vía más aconsejada será la de la boca".
Ahora bien, ¿Cómo dar de beber los preparados a las prostitutas sin que éstas se
nieguen? El camino más expeditivo sería frotarse el sexo con las infusiones en
muy alta concentración y, por vía de la fe llatio , hacerlas ingresar en el
cuerpo de las mujeres.
Los efectos fueron terribles.
En la primera oportunidad, Mateo Colón había ensayado una infusión de belladona
y mandrágora en proporciones semejantes. La víctima era una mammola bien entrada
en años, una antigua pupila del prostíbolo situado en el piso superior de la
Taverna dil Mulo, una puta vieja llamada Laverda. Había pagado medio florín y,
por cierto, era demasiado. Sin embargo, pagó sin discutir.
Antes de engullirse el bocado de su cliente, Laverda se hizo un buche de vino
rancio bendecido que tenía la propiedad de mantener alejadas las enfermedades
contagiosas y los espíritus demoníacos. El anatomista sabía que aquella
costumbre no tenía otro fundamento que la superstición, de modo que no lo creyó
inconveniente para el éxito del experimento. Laverda era una mujer avezada para
la fellatio; su destreza estaba favorecida por el hecho de no conservar un solo
diente, de modo que el bocado podía deslizarse con gran facilidad, sin ningún
obstáculo ni estorbo. El primer signo del efecto de la infusión, lo notó el
anatomista inmediatamente: Laverda se detuvo, se incorporó y miró al anatomista
con unos ojos llenos de exaltación, de un súbito arrebato de enardecimiento que
le coloreó de pronto las mejillas. A Mateo Colón le saltaba el corazón en el
pecho de ansiedad.
-Creo que estoy... -empezó a decir Laverda-, creo que estoy...
-¿Enamorada...?
-...envenenada -completó Laverda, e inmediatamente vomitó todo cuanto albergaban
sus tripas sobre el lucco de su cliente.
Después de este desafortunado trance, Mateo Colón preparó una infusión con las
mismas hierbas, pero en proporciones inversas: si aquella pócima había
conseguido desatar el odio más inconmensurable, invirtiendo las proporciones,
por causa lógica, habrían de invertirse los efectos. Andaba por buen camino.
A la semana siguiente volvió a subir la escalera que conducía al prostíbulo.
Llevaba puesta la infusión. Los resultados no fueron menos calamitosos. La
segunda víctima fue Calandra, una puta joven que se había iniciado en el oficio
hacía muy poco. Luego de sufrir un breve desmayo, se despertó y, horrorizada,
pudo ver claramente toda suerte de demonios revoloteando en la alcoba y
posándose a los pies del anatomista. Estas visiones espantosas poco a poco se
desvanecieron, hasta dejar lugar a un persistente delirio místico.
Entonces Mateo Colón determinó que quizá fuera mejor reemplazar la belladona por
el beleño. Así lo hizo.
II
Cuando Mateo Colón entró en la taberna, se hizo un silencio sepulcral; los
parroquianos que estaban más próximos a la puerta caminaban disimuladamente
hacia la salida y, una vez que alcanzaban la calle, huían despavoridos. Conforme
el anatomista avanzaba hacia el fondo del recinto, a sus lados se iba abriendo
un camino de clientes que lo saludaban con una mezcla de pleitesía y terror.
Cuando hubo alcanzado la escalera, Mateo Colón, desde el primer descanso, pudo
comprobar que, en el breve tiempo que le demandó ascender los treinta peldaños,
todo el mundo se había retirado de la taberna. Ni siquiera vio al viejo
tabernero.
Cuando golpeó la puertecita del burdel, no escuchó ningún movimiento del otro
lado. Tal era su desconcierto, que ni siquiera sospechó la causa del terror de
los parroquianos. Estaba por girar sobre sus talones y volver sobre sus pasos,
cuando reparó en que la pequeña puerta estaba sin cerrojo. No tenía intenciones
de entrar sin permiso, pero no pudo evitar la impresión de que aquella hendija
que se abría entre la puerta y el marco era una invitación. Las bisagras
chirriaron sin demasiada hospitalidad antes de que Mateo Colón se deslizara
hacia el interior. En el fondo del recinto pudo ver una figura en la mórbida
contraluz que irradiaba un candelabro de tres velas.
-Os estaba esperando -dijo la figura con una cálida voz femenina-, acercaos.
Mateo Colón avanzó unos pasos y entonces pudo distinguir a Beatrice, la más
joven de las pupilas de la casa, una niña que no había cumplido aún los doce
años.
-Os conozco bien, acercaos -repitió Beatrice extendiendo la mano-. Sabía que
vendríais. No hace falta que me engañéis; no a mí. Sé que ha llegado el tiempo
de la gran profecía. Antes de que me poseáis, os digo que a vos pertenece mi
cuerpo y mi alma.
El anatomista miró por sobre su hombro para comprobar que no se dirigía a otra
persona.
-Sé lo que hicisteis con Laverda y con Calandra.
El anatomista se ruborizó y elevó una íntima plegaria por la salud de las dos
inocentes.
-Hacedme definitivamente vuestra -dijo Beatrice con una voz ronca y una risa
maliciosa.
-A eso venía... -titubeó tímidamente Mateo Colón, antes de sacar de la talega
los dos ducados.
Pero Beatrice no reparó siquiera en el dinero.
-No sabéis cuánto os amé en silencio. No sabéis cuánto os esperé.
El anatomista no recordaba haberle dado de beber ninguna pócima aún.
-¿Que me estabas esperando...?
-Sabía que hoy era el día. Allí está la luna llena cerniéndose sobre Saturno
-dijo Beatrice, señalando hacia el cielo nocturno al otro lado de la ventana-.
¿Acaso creéis que no conozco las profecías del astrólogo Giorgio de Novara? Sé
que ha dicho que la conjunción de Júpiter con Saturno ha originado las leyes de
Moisés; con Marte, la religión de los caldeos; con el sol, la de los egipcios;
que con Venus ha nacido Mahoma; que con Mercurio, Jesucristo -hizo una pausa,
miró fijamente a los ojos del anatomista y, señalándolo, agregó:
-Es ahora, es hoy la conjunción de Júpiter con la luna...
Mateo Colón miró a través de la ventana y vio la luna llena y luminosa. Entonces
interrogó con la mirada a Beatrice, como diciendo "¿y qué tengo que ver yo con
eso?".
-¡Es ahora, es hoy el tiempo de vuestro regreso! -y poniéndose de pie, sentenció
con un grito ahogado- ¡Es el tiempo del Anticristo! Os pertenezco. Hacedme
vuestra -dijo, a la vez que se quitaba la manta que la cubría, dejando su
hermoso cuerpo desnudo.
Mateo Colón tardó en comprender.
-Que el poder de Dios sea conmigo -murmuró, se persignó e inmediatamente estalló
en un torrente de cólera:
-¡Idiota, niña idiota! ¿Acaso quieres verme arder en la hoguera?
Había levantado el puño y estaba por descargar un golpe sobre la cara de aquella
endemoniada cuando, de pronto, cayó en la cuenta de que acababa de convertirse
en un ser peligroso. Una acusación de "diabólico" ciertamente era grave; pero
mucho más grave aún era concitar involuntarias adhesiones. Ya podía verse
huyendo de Padua, perseguido por una turba de demoníacos adictos.
Antes de que la versión de Beatrice se propagara como las semillas en el viento,
el anatomista decidió pedir un viaje en comisión a Venecia, hasta que las aguas
de Padua se calmaran. Y para justificarse a sí mismo el viaje y no perder de
vista el propósito que lo guiaba, se aferró a una premisa de Paracelso:
"¿Cómo puede nadie curar las enfermedades de Alemania con medicamentos que Dios
colocó a las orillas del Nilo?" 1 Iba a ser aquella frase la que lo conduciría a
la más descabellada peregrinación.
III
Viajó a Venecia. Anduvo recogiendo y seleccionado las hierbas que crecían en la
campiña, los verdines que dejaba la creciente nocturna al pie de las escalinatas
cuando se retiran las aguas, y hasta los hongos hediondos que crecían bajo el
fértil abono de los nobles desechos de los acueductos de los palacios. Estaba
por preparar su pócima, cuando a su conocimiento llegó la noticia de que, cuando
pequeña, Mona Sofía había sido comprada en Grecia. Antes de partir hacia los
mares egeos, flageló su espíritu ya herido contemplando furtivamente los paseos
de Mona por la Piazza de San Marco. Oculto tras las columnas de la catedral,
veía pasear su arrogante hermosura recostada sobre el palanquín llevado por sus
dos esclavos moros. Iba siempre precedida por una perra de Dalmacia que marcaba
el paso de la escolta. Antes de partir hacia Grecia, se mortificó contemplando
sus piernas torneadas como la madera, sus pezones que temblaban bajo el pulso de
los siervos morenos y que asomaban desde el abismo del escote.
Antes de partir a Grecia, flageló aún más las dolientes espaldas de su espíritu
mirando aquellos ojos verdes que empalidecían la esmeralda que pendía entre sus
cejas.
LAS HIERBAS DE LOS DIOSES
I
En el collar de islas que se ciernen sobre la península como perlas, Mateo Colón
recogió las plantas con cuya savia habría de preparar las infusiones. En Tesalia
recolectó el beleño bajo cuyo ensueño las antiguas sacerdotisas de Delfos hacían
sus profecías; en Beoda, las frescas hojas de la atropa; en Argos, exhumó la
raíz de la mandrágora -cuyo siniestro antropomorfismo describiera Pitágoras-,
tomando la precaución de taparse los oídos, porque, como lo sabían los
recolectores, si se exhumaba sin pericia ni cuidado, los chillidos agónicos de
la planta podían conducir a la locura; en Creta recogió las semillas de la
dutura metel, mencionada en los antiguos manuscritos sánscritos y chinos y cuyas
propiedades fueran descritas por Avicena en el siglo XI; en Quío, la temida
dutura ferox, un afrodisíaco tan poderoso que, según contaban las crónicas,
podía hacer estallar la verga, sobreviniendo la muerte por pérdida de sangre. Y
comprobó que todas y cada una de las hierbas, raíces y semillas fueran buenas.
II
En Atenas, sobre la ladera del Monte de la Acrópolis, Mateo Colón supo qué era
lo "Bueno, lo Bello y lo Verdadero". Ebrio de helénica "Antigüedad"
-además de
cierta cannabis que describiera Galeno, mezclada con belladona-, y de un
paganismo inédito, descubrió, de pie como estaba sobre el Monte de la Acrópolis,
las miserias de la Rinascitá. Se hallaba ahora en la cuna dorada de la genuina
"Antigüedad". Allí, en la ladera del Monte de la Acrópolis, abrió la saca que
contenía todas las hierbas de los dioses y comprobó que fueran buenas. Primero
comió del hongo de la amarita muscaria; entonces pudo ver el Principio de Todas
las Cosas: vio a Eurínome alzarse desde las tinieblas del Caos; la vio bailando
la danza de la Creación mientras separaba los mares del firmamento y daba
comienzo a todos los Vientos. Entonces, él, el anatomista, fue Pelasgo, el
primero de todos los hombres. Y Eurínome le enseñó a alimentarse: la Diosa de
Todas las Cosas le extendió la palma de su mano que estaba llena de semillas
carmesí de cláviceps purpúrea. Y entonces comió de aquella simiente y fue el
primero de los hijos de Cronos. Tendido de espaldas sobre la ladera del Monte de
Todos los Montes, se dijo que aquella sí era la vida; la muerte no era sino un
horrible sueño. Sintió una pena infinita por los pobres mortales. Entonces
encendió un pequeña hoguera e hizo arder las hojas de la belladona, de cuyo humo
respiró largamente: junto a él, podía ver a las ménades de las orgías
dionisíacas; podía tocarlas y sentir aquellas miradas de ojos de fuego; podía
ver cómo le extendían sus brazos. Se encontraba en la tripa de la Antigüedad, a
las puertas de Eleusis celebrando y agradeciendo a los dioses el regalo de la
semilla de la tierra.
No hacía falta revolver el barro milenario, no había que rebuscar en archivos ni
en bibliotecas; allí, frente a sus ojos, estaba la pura Antigüedad helénica;
dentro de sus pulmones tenía el aire que habían respirado Solón y Pisístrato.
Todo estaba en la superficie, a la luz del sol; no había que traducir
manuscritos ni descifrar las ruinas. Cualesquiera de aquellos campesinos que
caminaban sobre la línea del horizonte estaban tallados por la mano de Fidias,
los ojos de cualquier simple tenían el mismo brillo que irradiaba la mirada de
los Siete Sabios de Grecia. ¿Qué era Venecia, qué Florencia, sino burdos y
pretenciosos remedos? ¿Qué era la Primavera de Botticelli comparada con aquel
paisaje que se le ofrecía al pie del Monte de la Acrópolis? ¿Qué eran los
Visconti de Milán o los Bentivoglio de Bolonia; qué eran los Gonzaga de Mantua o
los Baglioni de Perusa; qué eran los Sforza de Pesaro o los mismísimos Médici,
comparados con el más pobre de los campesinos de Atenas? Todos aquellos nuevos
señores no tenían más genealogía ni nobleza que la adventicia heráldica que les
conferían sus prepotentes condottieri. Si el más indigente mendigo del puerto
del Pireo llevaba la noble sangre de Clístenes. ¿Qué era el gran Lorenzo de
Médici comparado con Pericles? Todo esto se preguntaba cuando, en la ladera del
Monte de la Acrópolis, se quedó profunda y plácidamente dormido.
III
Empapado de un rocío helado, Mateo Colón se despertó al día siguiente. Junto a
él pudo ver los restos de la pequeña hoguera. Intentó incorporarse, pero su
equilibrio era tan frágil que rodó por la ladera hasta el pie del monte. Tenía
un dolor de cabeza horroroso. Sin embargo, recordaba perfectamente los hechos
del día anterior. En rigor, aquellos recuerdos eran más claros que el paisaje
que ahora, borroso y confuso, se ofrecía ante sus ojos: nada más que un campo
yermo salpicado de peñascos inhóspitos: aquella era su anhelada "Antigüedad".
Sintió una profunda vergüenza de sí mismo; no le alcanzaban las manos para
santiguarse, ni el alma para pedir perdón a Dios -Único y Todopoderoso- por su
inexplicable arrebato de paganismo. Vomitó.
Pero no olvidaba el motivo que lo había conducido a Grecia. En el puerto del
Pireo anduvo recogiendo cuanta cosa presentara alguna forma vegetal entre los
ladrillos de las paredes de los prostíbulos y de las tabernas donde, entre trago
y trago, comerciaban los traficantes de mujeres.
Estaba por mezclar en exactas proporciones las hierbas, raíces, semillas y
hongos, cuando pudo enterarse, de labios del mismo comprador, que Mona Sofía
había nacido en Córcega. De modo que, siguiendo el apotegma de Paracelso, viajó
a la isla de los piratas.
IV
Mateo Colón peregrinaba con la misma devoción con que un penitente marcha a
Tierra Santa. Seguía los pasos de Mona Sofía con la mística adoración de aquel
que camina la Vía Crucis y, conforme avanzaba, en la misma proporción, crecían
su veneración y su martirio. Esperaba encontrar la clave de la Revelación del
Misterio que, a cada paso, parecía estar más lejano. Y mientras erraba hacia los
tenebrosos mares de Gorgar El Negro, hubiera escrito como su tocayo de Génova a
la reina: "En muchas jornadas de espantable tormenta no vide el sol, ni las
estrellas del mar: los navíos tenían abiertos, rotas las velas, perdidas anclas
y jarcias y bastimentos. La gente, enferma. Todos contritos, muchos con promesa
de religión, se confesaban los unos a los otros. El dolor me arrancaba el ánima.
La lástima me arranca el corazón. Bien fatigado estoy. Se me refresca del mal la
llaga. Ando sin esperanza de vida. Ojos nunca vieron la mar tan alta, fea y
hecha espuma. Aquella mar hecha de sangre, herviendo como caldera por gran
fuego. El cielo jamás fue visto tan espantoso".
Y con la misma desesperada desazón erraba Mateo Colón a bordo de una goleta
frágil como la cáscara de una nuez, que a punto estuvo de destrozarse contra las
rocas. Ni siquiera pudo el anatomista tocar las costas de Córcega, porque los
piratas de Gorgar el Negro asaltaron la goleta y robaron y mataron a toda la
tripulación y a buena parte del pasaje. De milagro salvó su vida: Gorgar el
Negro, en el abordaje, había sido herido en un pulmón y Mateo Colón lo curó y le
salvó la vida. En gratitud le dio la libertad.
Con el ánimo todavía turbado por las hierbas de los dioses del Olimpo, con el
cuerpo enfermo por el frío y la humedad, con el alma rota, Mateo Colón regresó a
Padua.
El azar habría de revelarle que navegando hacia el Occidente podía llegarse al
Oriente. Como un buscador de especias que tropezara accidentalmente con el
yacimiento de oro más esplendoroso, así, como su tocayo genovés, Mateo Colón
habría de descubrir su "América". El destino iba a demostrarle que para llegar
exitoso a Venecia habría de andar antes por Florencia; que para gobernar el
corazón de una mujer, habría de conquistar, primero, el de otra mujer.Y así fue.
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