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¿Desea
comer lenguado, el señor?
-No, muchas gracias.
-¿Salmón del Cabo Norte?
-Tampoco.
-¿Una paella, quizás?
-Menos.
-¡Ah, ya sé qué podemos ofrecerle!
-¿Mmmm?
-Pez espada con salsa Stroganoff.
-¿Pez espada, dijo?
-Si, señor.
-¡Ni pensarlo!
-¿Un pollo asado, entonces?
-No, gracias.
-¿Canapé de cerdo con patatas suflé?
-Esa basofia dásela al cocinero.
El Pedrito Chantaline salió del restaurante dando un portazo, y en la vedera se
encontró con dos ojos profundos que lo observaban sobre unos bigotes crispados
por la tensión.
"Choripán y papas fritas", decía un cartel que colgaba al frente del triciclo.
-¡Otro que se raja del restaurante! -dijo hombre, con ese acento porteño que
pasan los años, y no se pierde- ¿Será acaso que...?
-¡Al fin pescaste cómo viene la mano, che! Soy argentino -repuso Pedrito, sin
poder ocultar su emoción- "Argie", como dicen los yonis. Igual que vos.
Después los dos hombres se estrecharon en un abrazo efusivo, y el diálogo cobró
la calidez de nuestras noches de verano. Porque con las cartas puestas sobre la
mesa, quedaba poco que decir.
-¿Vendés morfi, flaco?
-Ponéle la firma, y ni te pregunto lo que querés lastrar.
Entonces el coso se arregló la corbata de moñito con un guiño de entendimiento.
Después giró ágilmente sobre sí mismo, para trasmitir la consigna a dos pibes
que empujaban el enorme triciclo parrilla, con una bandera celeste y blanca
pintada en el costado.
-¡Marche un especial de milanesa a caballo, dulce de leche y medio litro e’
tinto bien frappé!
Todo estaba dicho, y en la calle, el festival de Fuengirola atronaba la noche
con coplas gitanas pintarrajeadas de acento calé. Aunque escuchando atentamente
sus palabras, ése fuera un calé moderno, con cierto dejo imperialista agazapado
entre sus versos.
"Dijo un día faraón,
gitanillo ha de nacer"
–decían los cantaóres-
"el que cimbre las canastas
y que esquile los borricous
con tijera de papel..."
E iban pasando las carrozas, abarrotadas de manolas luciendo mantones de vivos
colores y el pelo adornado con claveles. Y para ratificar la pasión por el
cambio que ha hecho de Andalucía un matete cultural, las había morenas,
pelirrojas y rubias platinadas. Todas sacudiendo castañuelas y panderetas,
aunque algunas entonaran estribillos en inglés. Como se usa ahora con tanto
gringo mesturado en la ciudad. Unas cantaban, otras reían, y todas charlaban a
gritos, cruzando bromas y piropos con el público que acudía al festival.
-¡Ole tu gracia, morena!
-What a figure, baby!
-¡Que te ola tu mujé...!
-What did you say?
Pero entre la multitud se oyó de pronto una voz distinta, para hacerle parar la
oreja al más salame. No más gitanadas, sino un diálogo como de alguna película
vieja en blanco y negro con Libertad Lamarque, Carlitos Gardel y un gran elenco.
De cuando los muchachos usaban gomina, un decir. Pero vamos al grano, y
recojamos esa perla de la parla rea, que brotaba junto al Mediterráneo azul.
-¡Oiga, maestro...!
-¿Qué hacés, loco?
-Junando el minaje, ¿y vos?
-Ya lo ves, me morfo un choripán hecho por un paisano que vende sánguches en la
playa. Porque te lo digo sin despreciar. Paella morfa cualquiera, pero para
lastrar como la gente, hay que relacionarse. ¿Capisci la onda, o no?
-Si, claro... ¡En este mundo las relaciones son todo, che!
-Decímelo a mí, que estuve veinticinco pirulos sin manducar más que carne de
chancho, pescado y pollo...
-Entonces disfrutemos de un ambigú.
El del triciclo los semblanteaba, calculando la venta en ciernes. Porque como
sabía decir el finado Sandrini la amistad es una cosa, pero los negocios son
otra.
-¡Dame otro sánguche de chorizo, negrura!
Y el precio de la oferta, que en el mercado libre siempre es relativo, se
acomodó con urgencia al renacer de la demanda.
-Servíte, son cinco euros.
-Hace un ratito me cobraste dos con cincuenta.
-Es la tarifa diferencial por servicio VIP. ¿No ves que vengo gambeteando cuadra
y media atrás tuyo, con la merca?
El proveedor transpiraba, bandeja en alto, y los dos pibes que empujaban el
triciclo atrás suyo, iban con la luenga colgándoles de costado.
-Si, claro...
Entonces cayó el Gordo Figueroa, que venía en tren de levante con los hermanos
Bevilacqua. Los "zomellis a la trucha", que les dicen, por haber nacido el mismo
día, aunque de distinto año. Y como bien sabemos, un argentino es un ser
solitario, dos forman un club social, y con tres surge una colectividad. ¡Qué
satisfacción, andar entre paisanos!
-¡A esto hay que darle forma, che! –dijo el Pepino Bevilacqua.
Ya había seis socios, y la celebración fue incrementando sonoridad. Primero el
de los chorizos sacó una armónica, y entre todos cantaron "Mi Buenos Aires
querido". Después apareció un morocho con guitarra, y le dieron al folklore
nacional. "Paisajes de Catamarca", "Los quebrachales", qué sé yo. Al ratito, la
paisanada llegaba a treinta y siete valores. Unos lloraban, otros se mamaron.
Los más prácticos, organizaron un partido de fóbal en la playa. Solteros contra
casados, que era la única forma de integrar equipos con un cachito de cohesión.
Que si a los equipos les ponían River y Boca, el plantel acababa a los
cachetazos cuando se acabara el vino.
-¡Viva el Club Argentino! –dijo una voz gangosa, bautizando para siempre a la
nueva institución.
Pero por estas tierras hay muchos argentinos. Poco después los socios eran
trescientos, y para fin de año se esperaba duplicar la afiliación, con una
festichola de solidaridad y empanadas. Ahora estamos pensando en pedir la
personería política, para tener peso en el parlamento. Como Vds. ven, se cumplió
una vez más el viejo adagio. Dios los cría y ellos se juntan, che.
THE END
Copyright: John Argerich, 2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 32 medios de 10
países.
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