Por John Argerich

DOS AÑOS CON MARIA SOLEDAD
(Donde se habla de castración sin anestesia, y otras finezas)

-¡Pobre tipo, el Pato Stracciarelli! -dijo uno de los enterradores, mientras se limpiaba la uña larga con el filo de la pala.
-La parca nos llega a todos, aunque laburés de funebrero -comentó un colega.
-¡Pero veintisiete chumbazos, como dicen, es medio exagerado!
-Fue por meterse con la mafia.
-No, negro, dijo un tercer participante en la discusión. El Pato murió de amor.
-Hay amores que matan... -agregó el capataz de la cuadrilla- Pero apuresén que el fiambre llega a las doce, y si el hoyo no está pipí-cucú, perdés la propina y los parientes te putean.
-Yo nunca me le achiqué a nadies -dijo un tuerto- Pero con la banda del Chucho Flores, más mejor no jugarla de canchero, por razones de seguridad.
Entonces la campana de la iglesia empezó a repicar, llamando a misa de once.
“Clan ... clan... clan...”, como una voz grave del más allá.
-¡Apuráte Florencio, que hay misa de cuerpo presente! –dijo la señora de la limpieza, a quien las malas lenguas llamaban “la hembra del cura”.
-¡Ya va, Mechita! Que esperar un minuto más para que lo pongan abajo de tierra, no le hace daño a nadie. Especialmente si está muerto.
-Pero que no lleguen a la iglesia y te chapen de shorts para jugar al fóbal, con la camiseta de Boca Juniors, che.
-A mí no me critiqués, vieja. Que si te encuentran a vos de minis y con el ombligo al aire, ipsopucho sos boleta, y aporta la Guardia Suiza para darme el raje. ¡Nada que ver con el tiempo de las santas madres franciscanas, que iban vestidas de marrón oscuro, y tapadas hasta los pies!
-Y si no mostraban nada, ¿a qué la jugabas vos en verano, cura atorrante? ¿A espiarlas por las rendijas del baño, como te pesqué cuando nos conocimos?
-¡Cállese la boca, que la pueden oír, che, y déme la sotana de ceremonias!
-¿El funye, también?
-Todo el pilchaje, que a falta de pinta, los honorarios no alcanzan ni para fasos.
Y en ese momento, se oyeron fuetes golpes contra la puerta del tempo. Era don Bartolo Correa, dueño de la empresa especialista en pompas fúnebres, cuya voz no tardó en destacarse sobre el clamor de la multitud. Que, precedida por lloronas y monaguillos, lo seguía portando un féretro.
-Padre nuestro, que estás en los cielos... -invocaban.
-¡Abrí la puerta, cura hijo de puta! -dijo don Bartolo.
-No te alteres así, hijo mío, que es malo para la presión arterial -repuso el padre Florencio, mientras terminaba de vestirse.
Y el duelo verbal tenía protagonistas de nivel.
-¡Abrí, que hace una lorca de sanputa, o te quemamos la iglesia! -amenazó una voz ronca, imponiendo temor reverencial.
Era el Chucho Flores, señor de la situación. No un papafrita cualquiera: Graduado en cuatrerismo e intendente vitalicio de Villa El Pericón,
-Bienvenidos a la casa del Señor... -dijo alguien, desde la semipenumbra del templo.
Entonces empezaron los elogios sobre la vida del muerto, que no tienen por qué ajustarse al rigor histórico, pero sin ser parte de la liturgia, dan al entierro un auténtico sabor a duelo.
-¡Tan buena persona! -comentó una viejita- La policía de la Provincia venía tupido a interesarse por él.
-Los federales también -repuso otra dama, enjugando una lágrima.
-Lo vamos a extrañar...
-Vea, che -dijo una flaca en edad de merecer- El Pato Stracciarelli tenía sólo un defecto. Las mujeres, y esa fue su ruina.
-La verdad, que anduvo medio flojazo tocándole el culo a la señora del capo, cuando la hacía subir al auto. Porque los paparazzi andan siempre buscando roña, y lo fotografiaron in fraganti. Debió haberse cuidado.
-Era su estilo, y pensó que no iban a verlo.
-Los secretos de estado nunca son para siempre, che. Especialmente si los pibes del capo empiezan a parecerse más al chófer que al dueño del auto.
-Dos años dicen que anduvo mesturado con la María Soledad.
-Sí, y la pagó cara, porque el castigo fue para escarmentar al más guapo. Esos polvos furtivos le costaron los huevos en una extracción sin anestesia, y dos años a pan y agua encerrado en un bondi de la línea 32. Hasta que se murió de tristeza.
-¿La línea que iba a Quilmes?
-Propio, che.
Y en medio de la charla, sonó un crujido. Eran las viejas bisagras del portón.
-Bienvenidos a la casa del Señor -dijo el cura, mientras empujaba una hoja, que se había quedado trabada en los ladrillos del piso, como pasa todos los inviernos cuando hay mucha humedad.
Cerca del altar había una mesa de cocina cubierta por una sábana blanca de la cama doble donde el cura Florencio consumaba sus amores con la sierva. Y entre pompas y oraciones, sobre ella pusieron el cajón. Sin faltar una compacta nube de incienso, como para que cualquier desprolijidad pasara desapercibida.
-Hemos venido a despedirnos de nuestro hermano, el Pato Stracciarelli -dijo solemnemente don Florencio -Era un buen cristiano, que dedicaba su tiempo libre a realizar obras de caridad.
-¡Era un hijo de puta! -rugió, contradiciéndolo, el Chucho Flores- ¡Basta de pelotudeces, y metalón por fin al hoyo, o mando a los muchachos que lo tiren a la quema.
-Hay que saber perdonar, hijo mío... -empezó a decir el cura.
Y todos asintieron, porque con las pandillas de cirujas que merodean por la quema, era fácil predecir el futuro de un cadáver abandonado a su suerte. Le robarían el cajón para vendérselo a los muertos pobres. La carne se la morfarían las ratas, y el esqueleto terminaría como materia prima para fabricar botones. En eso entraron los enterradores, y mientras el cura recitaba unas plegarias, levantaron el cajón en vilo, para llevarlo derechito a su última morada. La ceremonia había sido breve, y la gente del Chucho rodeaba a su líder, como formando una muralla humana.
“¡Uno para todos, y todos para uno!” hubiera dicho D’Artagnan.
Los enterradores caminaban rápido, porque el cajón era pesado, y en un ratito ya estaban listos para poner término a la ceremonia.
-¡Adiós, hermano Stracciarelli! -dijo el cura, tras lo cual todos se persignaron.
Y si vamos a ser francos, desde la resurrección de Jesucristo no había ocurrido nada parecido. Los cielos tronaron de furia, a los sepultureros el cajón se les cayó de las manos, y al chocar contra el fondo del pozo, saltó la tapa rota en pedazos. El Pato renacía de sus despojos mortales, parado entre los escombros, con una Kalachnikov rugiendo fuego entre las manos. Los secuaces del Chucho Flores caían como moscas, sorprendidos por este acto de justicia divina.
-No tirés para este lado, Patito, que la biaba que te dimos fue sin malas intenciones -dijo el capo-¡No tirés para este lado te digo, che!
Y el Pato bajó la ametralladora.
-Te perdono la vida porque sos el padre de mis hijos, pero rajá del pueblo antes de que me arrepienta –dijo, en un gesto magnánimo.
Pero la historia no estaba escrita aún. Un vejestorio cubierto por una mantilla negra, de pronto se quitó el disfraz, y su cabello rubio quedó flotando al viento.
En cada mano lucía un Colt 45, y los sabía usar. Era nada menos que María Soledad, quien en vez de quedarse rezando en su casa, había venido al entierro, para hacer justicia.
-¡Chau, cornudo! -le gritó al Chucho Flores en la jeta, mientras apretaba ambos gatillos.
“Pum, pum, pum!”
Entonces se enfrentó con el Pato Stracciatelli.
-¡Ahora tené cuidado con lo que contestás, salame, o vos también te vas de viaje! -le dijo- ¿Quién manda en tu casa, si se puede saber?
El tiró la Kalachnikov al suelo, y repuso sin parpadear:
-Vos, querida.
Así nació la primera capomafia de mi ciudad. Un dúo que cualquier día sale en Policiales de Clarín. Como si fuera la propia historia de Bonnie y Clyde.

THE END

Copyright: John Argerich, 2007
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La serie quincenal “El amasijo” se publica regularmente en 32 medios de 10 países.

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