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El que espera desespera 
Por si las moscas: "No Name"
Camino de Buenos Aires
El regreso a casa
Lo que no hubiera dicho el Juan
Amor con amor se paga
El miedo al agua
Torres de Buenos Aires
Los forjadores de imágen (cap 2)
Los forjadores de imágen (cap 1)
25
años comiendo pescado
Vida
de perros
Dos
años con María Soledad
Paseando
con la Rosita
Los
calores de agosto
Mi
amigo Julián
Fanático
del fóbal
La
guerra del pudor
El
evangelio de San Benito
Un
boleto a Palermo
Reflexiones
de un primero de mayo
Gambeteando
la insolvencia
Un
milagro de semana santa
La pasión por laburar
Canas, chinos y un gotán
Reivindicando a las rubias
Vida de perro
¡Volando a Río!
Un pirulo que piantó
Luna de Kiruna
Llegaron los parientes
Historia de un copetín
Los angelitos no tienen ombligo
Meditaciones sobre el casorio binacional
El
autor
John
Argerich. Escritor,
periodista y dibujante nacido en Buenos Aires, Argentina, y residente
en Suecia desde 1978. Es contador público por la Universidad de Buenos
Aires, con trabajo de postgrado en economía y en ciencias políticas.
Debió exiliarse a raíz del golpe militar de 1976, habiendo viajado
extensamente por Europa y las Américas. Residió en varios países, entre
ellos Brasil, Canadá, España, Estados Unidos y Uruguay.
Fue director de la revista "Juventud", de Buenos Aires, y jefe de
redacción en la casa editorial W.M. Jackson Inc., de Nueva York. Fue
traductor del "Readers’ Digest", y ha colaborado en libros y periódicos
de ambos continentes, destacándose su aporte al semanario sueco en
lengua española "Liberación", donde publicó más de doscientos artículos.
Escribe en castellano, inglés, y sueco, habiendo sido traducido al
holandés. Actualmente cultiva el periodismo cultural, la sátira, el
cuento costumbrista, y la poesía e ilustra personalmente la mayor parte
de su trabajo. Sus temas favoritos son la caricatura y el relato
"multiplot".
Ha publicado los siguientes libros: "Lo que trajo el mar", novela, 1995; "Rimas de soledad", poesía, 1ª. edición 1995, 2ª. edición 2002;
"La idea
fija", cuentos satíricos, 1ª. edición 1994, segunda edición 2003; "El
libro de todos", antología, 1999; "El tiro por la culata", cuentos
satíricos del campo argentino, 2003; y "Relatos del fin del tiempo",
cuentos fantásticos, 2004.
Creó la serie satírica quincenal "El amasijo" que se publica
regularmente en treinta medios de nueve países, y la serie "De todo,
como en botica", que se publicó en la prensa escrita durante varios
años.
Su obra como dibujante fue expuesta al público en 1997 y 2004, bajo el
auspicio de la Municipalidad de Malmo, Suecia.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
corrmalmo@hotmail.com
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El
tiro por la culata
Breve crítica del libro de John Argerich "El tiro por la culata"
Por Sara Becker,
docente y escritora argentina
Doña Julia, la abuela del autor, se hubiera sentido conmovida al leer los cuentos de su nieto, porque él heredó de ella algo más que la pasión por relatar de que habla la dedicatoria. Ella puso en sus genes el poder de la narración, y ésta cristaliza como decantándose, en un escritor que no olvida sus raíces ni reniega de ellas. Con
"El tiro por la culata", John Argerich nos entrega una obra que, más allá del enfoque satírico que utiliza como técnica literaria, es un testimonio sociológico de la Argentina de ayer y de la actual.
El autor vive en Suecia pero no olvida las luces de la Av. Corrientes, el bullicio de la Av. de Mayo, los lagos de Palermo y su verde Rosedal. La esquina de Diagonal y Florida, la Plaza San Martín, y tantos otros lugares de nuestra gran ciudad cuyo carácter excede en mucho la familiar imagen del Obelisco, repetida hasta el hartazgo. Es que para el porteño, Buenos Aires es más que una ciudad. Buenos Aires es un pedacito del cielo en que anidan sus recuerdos, alojado en lo profundo del corazón. Y la Argentina un punto de referencia amargo de lo que fue y de lo que pudo ser. Dolorosa punzada que provoca la impotente frustración.
Comencé la lectura del libro y fue irrefrenable mi deseo de ir por más; no me cansé de reírme y de llorar, de sumergirme en las realidades de los protagonistas, de admirar el ingenio que salpica comentarios, modismos y el uso de algunos términos caídos en desuso, que con la pluma del autor, recobran vigencia en determinados párrafos o expresiones.
Mientras leía vinieron a mi memoria personajes de mi infancia, inmigrantes que llegaron a estas tierras a
"hacerse la América" escapando de la hambruna europea producto de guerras y persecuciones. Todos ellos sabían que las cosas se consiguen con esfuerzo, haciendo honor a la cultura del trabajo. Esos inmigrantes están presentes en todos los relatos, y el autor emplea con agudeza las expresiones idiomáticas creadas por la mezcla de sus lenguas natales con el idioma que tuvieron que aprender, apareciendo un código que sólo era válido entre pares. No omite tampoco sus referencias al lunfardo, resultado final del proceso de mestizaje lingüístico, esa lengua tan particular que nació del vulgo, y quedó inmortalizada en las letras de tango.
La obra muestra el conocimiento profundo que tiene el autor de la idiosincrasia de sus paisanos; la picardía expresada en dos actitudes vitales tan distintas: la porteña y la provinciana. El culto al ego de aquélla, que de la mano de la soberbia lleva a situaciones disparatadas. Pero también sueños y anhelos nunca concretados, aunque se los disimule bien.
El libro que comento es también un muestrario de
"berretines". El ufanarse por llegar de… El esmerarse por llegar a… La lucha por el prestigio tan manoseado, que los argentinos de hoy estamos renegando. En uno de sus relatos,
"Adivina, adivinador", vemos cómo se entrecruza el camino de vivillos y trepadores. Otro relato,
"Luces de la ciudad", nos muestra el viacrucis de un campesino por integrarse a Buenos Aires. Y en
"God save the Queen" vemos coronado nuestro sueño supremo: ¡Convertirnos, sin ningún esfuerzo, en la primer potencia del mundo!
Antes proclamábamos nuestra nacionalidad a los cuatro vientos. Hoy evocamos a nuestros antecesores que vinieron de otras tierras, con menguado orgullo por aquella, y por el remedo de ciudadanía que tenemos en los papeles. Es que hemos asumido como propias la vergüenza y la desfachatez ajenas, que nos llevaron adonde estamos: en el extremo sur, no sólo geográficamente hablando, sino de espaldas al progreso. Un hecho inimaginable cuando nos contábamos entre las naciones más prósperas de la tierra.
"El tiro por la culata" nos deja con más preguntas que respuestas. ¿Qué ocurrió con todo lo sembrado por quienes hicieron grande a este país? Eso apenas puede responderse conjeturando: los hijos y nietos de esos inmigrantes, que transitan por sus páginas, no padecieron las penurias vividas por sus mayores, marchitando con desidia los
" laureles que supimos conseguir". Y arrebatándonos el sueño de vivir "coronados de gloria" o morir con ella, como proclama una marcha victoriosa convertida en himno nacional.
Discepolín dejó versos inmortales en
"Cambalache":
Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor… ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! ¡Lo mismo es un burro que un gran profesor!
Casi 100 años después, esas palabras vuelven a tomar vigencia, aunque ya no estoy segura de que dé lo mismo ser un burro que un gran profesor. Leyendo
"El tiro por la culata" veo ratificada mi sospecha. Pues, como muestran sus imágenes satíricas de la sociedad argentina, quizás hoy valoricemos más al primero por sus habilidades, que al segundo por su saber.
Un país que siempre tuvo sus brazos abiertos para recibir a quienes quisieran habitarlo, contempla ahora impávido el éxodo de quienes no encuentran futuro en su tierra. No es sólo estar de espaldas al progreso, estamos presenciando la muerte del futuro. El relato
"Bienvenido, Mr. Radrizz" nos cuenta las desventuras de un santiagueño en Nueva York.
Para terminar, quisiera decir que una de las mayores virtudes que le encuentro a la nueva obra de John Argerich,
"El tiro por la culata", es rescatar nuestras raíces, exponiendo sus vergüenzas a la luz del sol…
Buenos Aires,
abril de 2004 Copyright: Sara Becker, 2004. All rights reserved
faier@fibertel.com.ar
¡Adiós, Pinocho!
La muerte del odiado dictador Augusto Pinochet, más conocido como "el chacal
chileno", es un acto de injusticia divina. Ese mandamás que, según dicen
algunos, hay allá en los cielos, debió haberlo dejado vivir para terminar entre
rejas, como una de las bestias depredadoras más ruines y despreciables de
nuestra América Latina.
Un traidor a los intereses del pueblo que lo vio nacer, porque amasaba fortunas
millonarias en las cuentas numeradas del banco Riggs, mientras los chilenos se
morían de hambre con sus enjuagues neoliberales de la economía.
Un desubicado en la historia, enemigo a muerte del pueblo argentino, los
hermanos a quienes Chile debe la campaña libertadora de San Martín y O’Higgins,
sin la cual se habría demorado muchos años su sueño de libertad.
Un traidor, que llegó a defender al usurpador colonialista británico en la
guerra del Atlántico Sur, para entregarle un girón de la patria grande a cambio
de ventajas materiales, conseguidas sin honor.
Un estafador que en sus delirios de avaro contaba las riquezas arrebatadas al
pueblo de su patria, mientras él asumía un papel de héroe intachable, tan lejos
de su verdadera personalidad.
Un genocida, que dejó una estela de cadáveres y hogares destrozados por el
asesinato impune de cuantos criticaban a su régimen autoritario, inmundo,
despótico, y de un salvajismo difícil de creer.
Un asesino, que cubrió su nombre de vergüenza por la muerte y la desaparición
forzada de miles de opositores, algunos de los cuales sólo eran puestos en la
lista fatídica por disentir con él.
Un ladrón, como todos los dictadores de América, que mientras cantaba loas al
soldado desconocido, se llenaba los bolsillos hasta hartarse.
Un fantoche de la iglesia reaccionaria y fascista, cuyos principios trasnochados
usaba para justificar una enloquecida búsqueda del poder.
Un mentiroso, que no tuvo hombría de bien para reconocer sus errores.
Un cobarde, incapaz de aceptar sus culpas y pedir perdón.
Un gusano, con perdón de los gusanos, como ha dicho Aristóteles España.
Así te recordaremos, miserable fantoche del mundo mercachifle. Falso, corrupto,
sin sentimientos humanos. ¿Te van a cremar, me han dicho? Que se apuren, antes
de que manos sin tacha arrojen tus restos a la basura. Porque eso fuiste
siempre, basura, y así te vamos a recordar.
John Argerich, 10 de diciembre de 2006
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