NOTAS DEL EXILIO
Por John Argerich
 
La serie quincenal "El amasijo" creada y producida por John Argerich -un argentino que vive en Suecia desde hace más de 30 años, pero tiene el corazón en el Río de la Plata- se publica regularmente en un treintena de medios de 10 países. Con sagacidad, ironía, y fundamentalmente con buen humor, el autor recrea escenas y personajes que habitan desde siempre el imaginario social colectivo.

Libros de John Argerich


Camino del Paraíso (Parte I)  
Cuentos chinos
April 2 blues
Amor a primera vista
Un viaje por mar
Buscando empleo
Mate, whisky, y tereré
Saga de la mona y la coneja
Corta historia de Ramón
Y en eso cayó otro pato
El minuto fatal
Al filo de octubre
Caprichos de la moda
Cantando al anochecer
La guerra de las pilchas
El gran general
El casorio de Juan Sorondo
La ruleta rusa
Los calores de junio
Carta de Susana
Héroes y villanos en Villa "La Flor"
Suspiros en la nieve
El último brindis
A patacón por cuadra
Que siga el corso (Parte II)
Que siga el corso (Parte I)
El sobre cerrado
Vacaciones en Montevideo
Meditaciones de año nuevo
Un día distinto
Empezó a nevar
Benito Superstar
Adiós al compañero
Saga del pito catalán
Las cortinas
Elecciones en el paraíso
Si un día lloviera sopa
La palabrita difícil
Si yo fuera presidente  
Tecnología de punta
Con las manos en la masa  
Lo boino, lo lindo y lo feo
Les ganamos cinco a cero
El arquero de sotana
Una aventura policial
El loro de la Francisca
La máquina del tiempo  
El uso de la palabra  
De Malmö a Kiruna
Vida de perros
Cuando la suerte es mezquina (Parte II)
Cuando la suerte es mezquina (Parte I)
Conflictos de conciencia
Domingo a la tarde
Una historia de crápulas
Nace un líder
Con el sol en la maleta
Las malas relaciones
La aventura más extraña jamás vivida
Mate con torta fritas
Grandes rebajas por fin de temporada  
Rajarse sin garpar
Un transplante cardíaco
Charlas del Jockey Club
Una de pìstoleros
Un día de lluvia   
Laburando para ganarse el pan (Parte II)
Laburando para ganarse el pan (Parte I)
El carburante naranja
Nace una estrella
Dos más dos son cuatro
Un tango en finlandés
Mi vida y la mala leche  
Historia de un ambigú  
Preparativos de 2009 
Los globos de Navidad
Sinfonía del mal color
Confidencias a nivel ministerial  
Terrores de otoño
Kilómetro cero  
Sala de guardia
Del dicho al hecho
Milagro en Villa Industriales
Solteros contra casados
Loco por los fierros 
Cuando la suerte sonríe
Tolvas del recuerdo 
Bailando el Chiki-chiki
Vendo colchón usado  
El que espera desespera
Por si las moscas: "No Name"  
Camino de Buenos Aires  
El regreso a casa 
Lo que no hubiera dicho el Juan
Amor con amor se paga 
El miedo al agua 
Torres de Buenos Aires 
Los forjadores de imagen (cap 2) 
Los forjadores de imagen (cap 1)
25 años comiendo pescado  
Vida de perros  
Dos años con María Soledad
Paseando con la Rosita


   
El autor

John Argerich

Escritor, periodista y dibujante nacido en Buenos Aires, Argentina, y residente en Suecia desde 1978. Es contador público por la Universidad de Buenos Aires, con trabajo de postgrado en economía y en ciencias políticas. Debió exiliarse a raíz del golpe militar de 1976, habiendo viajado extensamente por Europa y las Américas. Residió en varios países, entre ellos Brasil, Canadá, España, Estados Unidos y Uruguay.
Fue director de la revista "Juventud", de Buenos Aires, y jefe de redacción en la casa editorial W.M. Jackson Inc., de Nueva York. Fue traductor del "Readers’ Digest", y ha colaborado en libros y periódicos de ambos continentes, destacándose su aporte al semanario sueco en lengua española "Liberación", donde publicó más de doscientos artículos. Escribe en castellano, inglés, y sueco, habiendo sido traducido al holandés. Actualmente cultiva el periodismo cultural, la sátira, el cuento costumbrista, y la poesía e ilustra personalmente la mayor parte de su trabajo. Sus temas favoritos son la caricatura y el relato "multiplot".
Ha publicado los siguientes libros: "Lo que trajo el mar", novela, 1995; "Rimas de soledad", poesía, 1ª. edición 1995, 2ª. edición 2002; "La idea fija", cuentos satíricos, 1ª. edición 1994, segunda edición 2003; "El libro de todos", antología, 1999; "El tiro por la culata", cuentos satíricos del campo argentino, 2003; y "Relatos del fin del tiempo", cuentos fantásticos, 2004.
Creó la serie satírica quincenal "El amasijo" que se publica regularmente en treinta medios de nueve países, y la serie "De todo, como en botica", que se publicó en la prensa escrita durante varios años.
Su obra como dibujante fue expuesta al público en 1997 y 2004, bajo el auspicio de la Municipalidad de Malmo, Suecia.

johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
corrmalmo@hotmail.com


Adiós al compañero

(Donde se habla de vivir y morir en aras de un ideal)

Queridos lectores:

Hace quince años que estoy en contacto con ustedes a través de esta columna, nacida como una forma de rebeldía ante lo trágico del arrancón que es dejar la patria.

Durante ese tiempo hemos presenciado una catástrofe que casi destruyó nuestra Argentina, y luego su inesperado resurgimiento, con una pujanza sin parangón.

Y en esa montaña rusa de sensaciones, siempre encontré algo que contarles, tratando de robarle una sonrisa al frío devenir, que hiciera más llevadera tanta ausencia. Hoy no pude hacerlo. Me siento paralizado, con un matete en la cabeza, que me impide escribir nada coherente. Por eso voy a hablarles solamente de esta pena inmensa que me embarga.

Acabamos de vivir días trágicos. Cayó un líder, nuestro entrañable compañero Néstor Kirchner. El “pingüino” que hizo ponerse de pie a la Argentina inmortal. El soñador de una patria socialista. Quien, conociendo su debilidad física, no dudó en entregar la vida por ese noble ideal, como hizo el Che.

Por eso hoy no tengo nada que escribir. Solo se me ocurre dedicarle un pensamiento al ausente inolvidable, con la diestra puesta sobre el corazón y una lágrima brotando de mis ojos.

¡Gracias, compañero!

¡Hasta la victoria, siempre!

Malmö, Suecia,

31 de octubre de 2010


Carta a mi compañera María Dolores

Por: John Argerich

Querida Mariquita:

Desde aquel día en que te arrancaron de mi lado, nunca dejé de recordarte. Estás en todas mis mañanas, con tu sonrisa dulce, vestida de blanco. Con un pañuelo al cuello, tan rojo como el sueño que vivimos. Llena de ilusiones, con el pelo suelto echado hacia atrás. Siempre con la palabra justa para expresar tu amor por los que carecían de todo, hasta de algo tan elemental como es el amor.

Recuerdo cómo me impresionaste cuando te conocí. Eras un ideal, y por eso al perderte me mordí los labios, pero no te he llorado. Por los ideales se lucha, no se llora. Y dejaste un vacío que, a pesar del tiempo transcurrido, nada logró llenar. Pero dejaste también un grito de rabia, pidiendo justicia contra los culpables de tu martirio.

Hoy peino canas, y la vida me ha llevado muy lejos de la tierra que tanto amamos, pero aún te busco entre mis sueños. Ese fue el mundo que compartimos. Un mundo de ilusión, donde triunfaba el hombre nuevo, sin miseria ni desamparo. La patria socialista, que soñábamos.

Pagamos un alto precio por esa ilusión, pero no me arrepiento, porque hacerlo fue un privilegio, cuyo mérito no es mío. Ese era el único camino posible, con vos a mi lado.

¡Vaya contradicción! Se que tu vida acabó en el mar, de donde proviene la vida. Arrojada desde lo alto por las manos de algún canalla. Quizás atada, drogada, o amordazada, no lo quiero imaginar. Pero en mis fantasías siempre te veré volando como un pájaro dorado, contra el marco de un cielo azul. De algo estoy seguro: Que al recibir tu cuerpo entre las olas, el mar lo acogió con el murmullo de unos viejos versos:

“¡El que cayó peleando, vive en cada compañero!”

¡Hasta la victoria siempre, María Dolores! No te vamos a olvidar.

Malmö, Suecia.

24 de marzo de 2010


Otoño en el Campo de la Ribera

A la sombra de Menéndez

Por John Argerich

Corría el mes de marzo de 1978, cuando ocurrieron los acontecimientos que les voy a relatar. Entonces yo vivía en una pequeña ciudad del sur de Córdoba, y había viajado a Río Cuarto, para concurrir como perito a Tribunales por un asunto profesional. A la salida del juzgado, me encontré con un conocido, y fuimos a tomar un café. Decisión que estaba destinada a cambiar el curso de mi vida.

-Perdón, pero tengo que hacer una llamada telefónica -dijo mi circunstancial compañero, y se fue al interior del establecimiento, dejándome ante una mesa ubicada en la vereda.

Al ratito regresó, y se sentó a mi lado. Hablamos de muchas cosas, entre otras del incipiente campeonato mundial de fútbol.
Entonces sentí una mano que me agarraba el brazo.

-Levantáte y seguinos -dijo una voz.

Me llevaron a la comisaría de Río Cuarto, y como primera media revisaron todos mis bolsillos. Después, mi portafolios. En éste había varios escritos, y fue difícil explicar en lenguaje comprensible para la patrulla, que la intervención del fiscal en un juicio, no significaba que éste fuera por delitos comunes. Tampoco entendieron algunos términos contables, como “amortización”, “punto de equilibrio”, o “acreditar en cuenta”, y flotaba la desconfianza de estar frente a una terminología creada para desconcertar a la autoridad.

-¡Hablá en cristiano, cuando te pregunten! -dijo un sargento.

-Querría saber por qué me han detenido- repuse, y los vigilantes se miraron entre ellos.

-¡Paselón pa’ dentro! -ordenó un morocho de bigotes finos, por toda respuesta.

Y sin decir más, me llevaron a empujones hasta un calabozo que no tenía más de 2 x 1,50. Cerca de una esquina había una lata para que los presos atendieran sus necesidades físicas. Del medio del techo pendía una bombita eléctrica, permanente encendida. En el espacio libre había una cama de cemento, y en todo el ambiente un olor nauseabundo a transpiración, orina, caca y miedo. Porque el miedo tiene su olor. Un olor ácido, muy peculiar, que nunca había percibido antes.

-Prrr... -hizo la pasarela del cerrojo, y quedé aislado del mundo hasta que a mis carceleros se les ocurriera volver. Como no tenía nada más concreto entre manos, me tumbé sobre la cama de cemento, y cerré los ojos. Así llegó la noche. Tenía sed, hambre y frío, pero a nadie le interesaban mis desventuras. Llamé a los gritos a la guardia, mas tampoco obtuve respuesta.

En mi cabeza se daban cita toda clase de pensamientos. La gente que me esperaba, los compromisos pendientes, qué diría mi familia cuando esa noche yo no apareciera en casa. Y naturalmente, también pensaba en mi seguridad y en mi futuro. Un bombardeo de pensamientos, que se fueron desdibujando hasta caer en un profundo sopor, vencido por el sueño. No sé cuántas horas dormí ni qué día era al despertar. La celda no tenía ventanas, y sólo me llegaban algunos resplandores por el marco de la puerta. De pronto ésta se abrió, y un vigilante me hizo parar bajo la luz enceguecedora del sol. Había un grupo de gente que me miraba, y hacía comentarios. Después volvieron a encerrarme, y así estuve, sin comer ni beber, hasta que a la madrugada del tercer día vinieron a decirme que me iba a casa. Me llevaron a la oficina del oficial de guardia, y debí firmar unos papeles donde yo certificaba que había recuperado mis pertenencias y salía en libertad.

A los pocos minutos me llevaron a otra habitación, y allí había cuatro hombres esperándome. Un conscripto de uniforme, y tres tipos con traje de calle, que luego supe eran militares. Me hicieron sentar en el medio del asiento trasero, y salimos rumbo a la noche. Dos horas después llegábamos a la ciudad de Córdoba, y entramos a un cuartel. El hombre que manejaba el auto regresó con una carpeta que llevaba mi nombre en la carátula. Después salimos hacia un parque, donde había un mirador desde el que se observaba la ciudad. Allí estacionamos, hasta que apareció otro auto, y se puso al lado nuestro. Entonces me hicieron cambiar de vehículo, me colocaron gafas pintadas, y volvimos a partir. Había comenzado mi secuestro. Al rato llegábamos a una nueva instalación militar, con soldados haciendo guardia. Era el Campo de la Ribera.

Entramos, me vendaron los ojos, y me pusieron en un rincón, de cara a la pared. Al rato, debí sentarme frente a un escritorio, donde había varios hombres. Estos me interrogaron sobre mi familia, mis amigos, mis costumbres, mis creencias religiosas, y mi orientación política.

-¿Alguna vez te invitaron a una reunión de Montoneros?

-No.

-Te allanamos la casa y encontramos muchos libros sobre el marxismo. ¿Sos bolche, vos?

-No.

-¿Para qué llevabas 300.000 pesos encima?

-Para depositar en un concurso civil preventivo.

-¡Hablá claro, hijo de puta! ¿Qué sabés del cope del RIM?

-No le entiendo.

-Ya lo vamos a hacer entender a éste. Déjenlo en la amansadora.

-¡Caminá, che!

De esa habitación pasamos a un patio, al fondo del cual había una cuadra. Por el costado de la venda pude ver varios hombres sentados en el suelo, con los ojos vendados, igual que yo. Así llegó la noche, y aunque la luz estaba siempre encendida, logré dormir un poco, aunque sin cama ni frazada. Para el desayuno nos dieron mate cocido con trozos de pan duro, enverdecido por la humedad. A mediodía el “rancho” fue agua caliente con dos o tres fideos. No hace falta decirlo, pero los presos estaban tan flacos y blancos que parecían cadáveres.

Continuamente se llevaban a unos y traían otros nuevos. Pero era prudente no entablar conversación con nadie por si aparecían tipos que te acribillaban a preguntas.

También había celdas de mujeres, y otras de reclusión solitaria. A estas últimas iban los que por cualquier tontería disgustaban los guardias. Las noches eran horrendas. Hacía mucho frío, estábamos traspasados de hambre, y nos despertaban los ruidos de las excavadoras, que trabajaban junto a nuestra prisión, en el cementerio de San Vicente. Después supe que allí aparecieron fosas comunes, llenas de cadáveres sin nombre. A veces, también nos aterrorizaba la gritería de los torturados. Y por la mañana, veíamos cuerpos en el suelo de la cuadra, que era difícil decir si estaban muertos o con vida. Yo recuerdo el de una mujer embarazada, y el de un hombre cubierto de quemaduras, que gemían sin cesar. Así me tuvieron varios meses, no sé cuántos, porque en circunstancias tan extremas se pierden los puntos de referencia temporales. Hasta que un buen día vino un gendarme, y me dijo que quedaba en libertad.

-Disculpá el picaneo, pero fue por la Patria -agregó.

Me hicieron subir a un camión militar, con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda. Anduvimos un rato, hasta que el vehículo se detuvo. Entonces vino un suboficial, me desató las manos, y me dijo que me bajara. Que caminara en sentido contrario y no mirara hacia atrás, y que cuando ellos hubieran desaparecido, me sacara la venda. El dinero que llevaba encima cuando fui detenido, me lo habían robado. Pero poco me importaba ya, porque estaba con vida. Entonces vi una iglesia, y me metí adentro, para pedir ayuda. Tuve suerte, porque di con padres de la teología de la liberación, que, sin cuestionar nada, me dieron de comer, comprándome un pasaje a Buenos Aires. Sin embargo, nunca llegué a mi casa, porque, al verme, un vecino me avisó que los milicos me andaban buscando otra vez.

-¡Rajá, que hoy vinieron tres veces!

Nunca supe si me habían soltado para estudiar mis movimientos. De ser así, quizás la intervención de los curas los desorientó, y en un minuto se les rompió el esquema. Lo cierto es que ya estaba marcado, y manos amigas me dejaron en la costa uruguaya. Así comienza mi marcha hacia el exilio.

Junio de 2008



¡Adiós, Pinocho!

Por John Argerich

La muerte del odiado dictador Augusto Pinochet, más conocido como "el chacal chileno", es un acto de injusticia divina. Ese mandamás que, según dicen algunos, hay allá en los cielos, debió haberlo dejado vivir para terminar entre rejas, como una de las bestias depredadoras más ruines y despreciables de nuestra América Latina.
Un traidor a los intereses del pueblo que lo vio nacer, porque amasaba fortunas millonarias en las cuentas numeradas del banco Riggs, mientras los chilenos se morían de hambre con sus enjuagues neoliberales de la economía.
Un desubicado en la historia, enemigo a muerte del pueblo argentino, los hermanos a quienes Chile debe la campaña libertadora de San Martín y O’Higgins, sin la cual se habría demorado muchos años su sueño de libertad.
Un traidor, que llegó a defender al usurpador colonialista británico en la guerra del Atlántico Sur, para entregarle un girón de la patria grande a cambio de ventajas materiales, conseguidas sin honor.
Un estafador que en sus delirios de avaro contaba las riquezas arrebatadas al pueblo de su patria, mientras él asumía un papel de héroe intachable, tan lejos de su verdadera personalidad.
Un genocida, que dejó una estela de cadáveres y hogares destrozados por el asesinato impune de cuantos criticaban a su régimen autoritario, inmundo, despótico, y de un salvajismo difícil de creer.
Un asesino, que cubrió su nombre de vergüenza por la muerte y la desaparición forzada de miles de opositores, algunos de los cuales sólo eran puestos en la lista fatídica por disentir con él.
Un ladrón, como todos los dictadores de América, que mientras cantaba loas al soldado desconocido, se llenaba los bolsillos hasta hartarse.
Un fantoche de la iglesia reaccionaria y fascista, cuyos principios trasnochados usaba para justificar una enloquecida búsqueda del poder.
Un mentiroso, que no tuvo hombría de bien para reconocer sus errores.
Un cobarde, incapaz de aceptar sus culpas y pedir perdón.
Un gusano, con perdón de los gusanos, como ha dicho Aristóteles España.
Así te recordaremos, miserable fantoche del mundo mercachifle. Falso, corrupto, sin sentimientos humanos. ¿Te van a cremar, me han dicho? Que se apuren, antes de que manos sin tacha arrojen tus restos a la basura. Porque eso fuiste siempre, basura, y así te vamos a recordar.

10 de diciembre de 2006

 


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