
El autor
John Argerich
Escritor, periodista y dibujante nacido
en Buenos Aires, Argentina, y residente en Suecia desde 1978. Es contador
público por la Universidad de Buenos Aires, con trabajo de postgrado
en economía y en ciencias políticas. Debió exiliarse a raíz del golpe
militar de 1976, habiendo viajado extensamente por Europa y las Américas.
Residió en varios países, entre ellos Brasil, Canadá, España, Estados
Unidos y Uruguay.
Fue director de la revista "Juventud", de Buenos Aires, y jefe de redacción
en la casa editorial W.M. Jackson Inc., de Nueva York. Fue traductor
del "Readers’ Digest", y ha colaborado en libros y periódicos de ambos
continentes, destacándose su aporte al semanario sueco en lengua española
"Liberación", donde publicó más de doscientos artículos. Escribe en
castellano, inglés, y sueco, habiendo sido traducido al holandés. Actualmente
cultiva el periodismo cultural, la sátira, el cuento costumbrista, y
la poesía e ilustra personalmente la mayor parte de su trabajo. Sus
temas favoritos son la caricatura y el relato "multiplot".
Ha publicado los siguientes libros: "Lo que trajo el mar", novela, 1995;
"Rimas de soledad", poesía, 1ª. edición 1995, 2ª. edición 2002; "La
idea fija", cuentos satíricos, 1ª. edición 1994, segunda edición 2003;
"El libro de todos", antología, 1999; "El tiro por la culata", cuentos
satíricos del campo argentino, 2003; y "Relatos del fin del tiempo",
cuentos fantásticos, 2004.
Creó la serie satírica quincenal "El amasijo" que se publica regularmente
en treinta medios de nueve países, y la serie "De todo, como en botica",
que se publicó en la prensa escrita durante varios años.
Su obra como dibujante fue expuesta al público en 1997 y 2004, bajo
el auspicio de la Municipalidad de Malmo, Suecia.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
corrmalmo@hotmail.com

Adiós al compañero
(Donde se habla de vivir y morir en aras de
un ideal)
Queridos lectores:
Hace quince años que estoy en contacto con ustedes a través de esta
columna, nacida como una forma de rebeldía ante lo trágico del arrancón
que es dejar la patria.
Durante ese tiempo hemos presenciado una catástrofe que casi destruyó
nuestra Argentina, y luego su inesperado resurgimiento, con una pujanza
sin parangón.
Y en esa montaña rusa de sensaciones, siempre encontré algo que contarles,
tratando de robarle una sonrisa al frío devenir, que hiciera más llevadera
tanta ausencia. Hoy no pude hacerlo. Me siento paralizado, con un matete
en la cabeza, que me impide escribir nada coherente. Por eso voy a hablarles
solamente de esta pena inmensa que me embarga.
Acabamos de vivir días trágicos. Cayó un líder, nuestro entrañable compañero
Néstor Kirchner. El “pingüino” que hizo ponerse de pie a la Argentina
inmortal. El soñador de una patria socialista. Quien, conociendo su
debilidad física, no dudó en entregar la vida por ese noble ideal, como
hizo el Che.
Por eso hoy no tengo nada que escribir. Solo se me ocurre dedicarle
un pensamiento al ausente inolvidable, con la diestra puesta sobre el
corazón y una lágrima brotando de mis ojos.
¡Gracias, compañero!
¡Hasta la victoria, siempre!
Malmö, Suecia,
31 de octubre de 2010

Carta a mi compañera María Dolores
Por: John Argerich
Querida Mariquita:
Desde aquel día en que te arrancaron de mi lado, nunca dejé de recordarte.
Estás en todas mis mañanas, con tu sonrisa dulce, vestida de blanco.
Con un pañuelo al cuello, tan rojo como el sueño que vivimos. Llena
de ilusiones, con el pelo suelto echado hacia atrás. Siempre con la
palabra justa para expresar tu amor por los que carecían de todo, hasta
de algo tan elemental como es el amor.
Recuerdo cómo me impresionaste cuando te conocí. Eras un ideal, y por
eso al perderte me mordí los labios, pero no te he llorado. Por los
ideales se lucha, no se llora. Y dejaste un vacío que, a pesar del tiempo
transcurrido, nada logró llenar. Pero dejaste también un grito de rabia,
pidiendo justicia contra los culpables de tu martirio.
Hoy peino canas, y la vida me ha llevado muy lejos de la tierra que
tanto amamos, pero aún te busco entre mis sueños. Ese fue el mundo que
compartimos. Un mundo de ilusión, donde triunfaba el hombre nuevo, sin
miseria ni desamparo. La patria socialista, que soñábamos.
Pagamos un alto precio por esa ilusión, pero no me arrepiento, porque
hacerlo fue un privilegio, cuyo mérito no es mío. Ese era el único camino
posible, con vos a mi lado.
¡Vaya contradicción! Se que tu vida acabó en el mar, de donde proviene
la vida. Arrojada desde lo alto por las manos de algún canalla. Quizás
atada, drogada, o amordazada, no lo quiero imaginar. Pero en mis fantasías
siempre te veré volando como un pájaro dorado, contra el marco de un
cielo azul. De algo estoy seguro: Que al recibir tu cuerpo entre las
olas, el mar lo acogió con el murmullo de unos viejos versos:
“¡El que cayó peleando, vive en cada compañero!”
¡Hasta la victoria siempre, María Dolores! No te vamos a olvidar.
Malmö, Suecia.
24 de marzo de 2010

Otoño en el Campo de la Ribera
A la sombra de Menéndez
Por John Argerich
Corría el mes de marzo de 1978, cuando ocurrieron los acontecimientos
que les voy a relatar. Entonces yo vivía en una pequeña ciudad del sur
de Córdoba, y había viajado a Río Cuarto, para concurrir como perito
a Tribunales por un asunto profesional. A la salida del juzgado, me
encontré con un conocido, y fuimos a tomar un café. Decisión que estaba
destinada a cambiar el curso de mi vida.
-Perdón, pero tengo que hacer una llamada telefónica -dijo mi circunstancial
compañero, y se fue al interior del establecimiento, dejándome ante
una mesa ubicada en la vereda.
Al ratito regresó, y se sentó a mi lado. Hablamos de muchas cosas, entre
otras del incipiente campeonato mundial de fútbol.
Entonces sentí una mano que me agarraba el brazo.
-Levantáte y seguinos -dijo una voz.
Me llevaron a la comisaría de Río Cuarto, y como primera media revisaron
todos mis bolsillos. Después, mi portafolios. En éste había varios escritos,
y fue difícil explicar en lenguaje comprensible para la patrulla, que
la intervención del fiscal en un juicio, no significaba que éste fuera
por delitos comunes. Tampoco entendieron algunos términos contables,
como “amortización”, “punto de equilibrio”, o “acreditar en cuenta”,
y flotaba la desconfianza de estar frente a una terminología creada
para desconcertar a la autoridad.
-¡Hablá en cristiano, cuando te pregunten! -dijo un sargento.
-Querría saber por qué me han detenido- repuse, y los vigilantes se
miraron entre ellos.
-¡Paselón pa’ dentro! -ordenó un morocho de bigotes finos, por toda
respuesta.
Y sin decir más, me llevaron a empujones hasta un calabozo que no tenía
más de 2 x 1,50. Cerca de una esquina había una lata para que los presos
atendieran sus necesidades físicas. Del medio del techo pendía una bombita
eléctrica, permanente encendida. En el espacio libre había una cama
de cemento, y en todo el ambiente un olor nauseabundo a transpiración,
orina, caca y miedo. Porque el miedo tiene su olor. Un olor ácido, muy
peculiar, que nunca había percibido antes.
-Prrr... -hizo la pasarela del cerrojo, y quedé aislado del mundo hasta
que a mis carceleros se les ocurriera volver. Como no tenía nada más
concreto entre manos, me tumbé sobre la cama de cemento, y cerré los
ojos. Así llegó la noche. Tenía sed, hambre y frío, pero a nadie le
interesaban mis desventuras. Llamé a los gritos a la guardia, mas tampoco
obtuve respuesta.
En mi cabeza se daban cita toda clase de pensamientos. La gente que
me esperaba, los compromisos pendientes, qué diría mi familia cuando
esa noche yo no apareciera en casa. Y naturalmente, también pensaba
en mi seguridad y en mi futuro. Un bombardeo de pensamientos, que se
fueron desdibujando hasta caer en un profundo sopor, vencido por el
sueño. No sé cuántas horas dormí ni qué día era al despertar. La celda
no tenía ventanas, y sólo me llegaban algunos resplandores por el marco
de la puerta. De pronto ésta se abrió, y un vigilante me hizo parar
bajo la luz enceguecedora del sol. Había un grupo de gente que me miraba,
y hacía comentarios. Después volvieron a encerrarme, y así estuve, sin
comer ni beber, hasta que a la madrugada del tercer día vinieron a decirme
que me iba a casa. Me llevaron a la oficina del oficial de guardia,
y debí firmar unos papeles donde yo certificaba que había recuperado
mis pertenencias y salía en libertad.
A los pocos minutos me llevaron a otra habitación, y allí había cuatro
hombres esperándome. Un conscripto de uniforme, y tres tipos con traje
de calle, que luego supe eran militares. Me hicieron sentar en el medio
del asiento trasero, y salimos rumbo a la noche. Dos horas después llegábamos
a la ciudad de Córdoba, y entramos a un cuartel. El hombre que manejaba
el auto regresó con una carpeta que llevaba mi nombre en la carátula.
Después salimos hacia un parque, donde había un mirador desde el que
se observaba la ciudad. Allí estacionamos, hasta que apareció otro auto,
y se puso al lado nuestro. Entonces me hicieron cambiar de vehículo,
me colocaron gafas pintadas, y volvimos a partir. Había comenzado mi
secuestro. Al rato llegábamos a una nueva instalación militar, con soldados
haciendo guardia. Era el Campo de la Ribera.
Entramos, me vendaron los ojos, y me pusieron en un rincón, de cara
a la pared. Al rato, debí sentarme frente a un escritorio, donde había
varios hombres. Estos me interrogaron sobre mi familia, mis amigos,
mis costumbres, mis creencias religiosas, y mi orientación política.
-¿Alguna vez te invitaron a una reunión de Montoneros?
-No.
-Te allanamos la casa y encontramos muchos libros sobre el marxismo.
¿Sos bolche, vos?
-No.
-¿Para qué llevabas 300.000 pesos encima?
-Para depositar en un concurso civil preventivo.
-¡Hablá claro, hijo de puta! ¿Qué sabés del cope del RIM?
-No le entiendo.
-Ya lo vamos a hacer entender a éste. Déjenlo en la amansadora.
-¡Caminá, che!
De esa habitación pasamos a un patio, al fondo del cual había una cuadra.
Por el costado de la venda pude ver varios hombres sentados en el suelo,
con los ojos vendados, igual que yo. Así llegó la noche, y aunque la
luz estaba siempre encendida, logré dormir un poco, aunque sin cama
ni frazada. Para el desayuno nos dieron mate cocido con trozos de pan
duro, enverdecido por la humedad. A mediodía el “rancho” fue agua caliente
con dos o tres fideos. No hace falta decirlo, pero los presos estaban
tan flacos y blancos que parecían cadáveres.
Continuamente se llevaban a unos y traían otros nuevos. Pero era prudente
no entablar conversación con nadie por si aparecían tipos que te acribillaban
a preguntas.
También había celdas de mujeres, y otras de reclusión solitaria. A estas
últimas iban los que por cualquier tontería disgustaban los guardias.
Las noches eran horrendas. Hacía mucho frío, estábamos traspasados de
hambre, y nos despertaban los ruidos de las excavadoras, que trabajaban
junto a nuestra prisión, en el cementerio de San Vicente. Después supe
que allí aparecieron fosas comunes, llenas de cadáveres sin nombre.
A veces, también nos aterrorizaba la gritería de los torturados. Y por
la mañana, veíamos cuerpos en el suelo de la cuadra, que era difícil
decir si estaban muertos o con vida. Yo recuerdo el de una mujer embarazada,
y el de un hombre cubierto de quemaduras, que gemían sin cesar. Así
me tuvieron varios meses, no sé cuántos, porque en circunstancias tan
extremas se pierden los puntos de referencia temporales. Hasta que un
buen día vino un gendarme, y me dijo que quedaba en libertad.
-Disculpá el picaneo, pero fue por la Patria -agregó.
Me hicieron subir a un camión militar, con los ojos vendados y las manos
atadas a la espalda. Anduvimos un rato, hasta que el vehículo se detuvo.
Entonces vino un suboficial, me desató las manos, y me dijo que me bajara.
Que caminara en sentido contrario y no mirara hacia atrás, y que cuando
ellos hubieran desaparecido, me sacara la venda. El dinero que llevaba
encima cuando fui detenido, me lo habían robado. Pero poco me importaba
ya, porque estaba con vida. Entonces vi una iglesia, y me metí adentro,
para pedir ayuda. Tuve suerte, porque di con padres de la teología de
la liberación, que, sin cuestionar nada, me dieron de comer, comprándome
un pasaje a Buenos Aires. Sin embargo, nunca llegué a mi casa, porque,
al verme, un vecino me avisó que los milicos me andaban buscando otra
vez.
-¡Rajá, que hoy vinieron tres veces!
Nunca supe si me habían soltado para estudiar mis movimientos. De ser
así, quizás la intervención de los curas los desorientó, y en un minuto
se les rompió el esquema. Lo cierto es que ya estaba marcado, y manos
amigas me dejaron en la costa uruguaya. Así comienza mi marcha hacia
el exilio.
Junio de 2008

¡Adiós, Pinocho!
Por John Argerich
La muerte del odiado dictador Augusto Pinochet, más conocido como
"el chacal chileno", es un acto de injusticia divina. Ese mandamás
que, según dicen algunos, hay allá en los cielos, debió haberlo
dejado vivir para terminar entre rejas, como una de las bestias
depredadoras más ruines y despreciables de nuestra América Latina.
Un traidor a los intereses del pueblo que lo vio nacer, porque amasaba
fortunas millonarias en las cuentas numeradas del banco Riggs, mientras
los chilenos se morían de hambre con sus enjuagues neoliberales
de la economía.
Un desubicado en la historia, enemigo a muerte del pueblo argentino,
los hermanos a quienes Chile debe la campaña libertadora de San
Martín y O’Higgins, sin la cual se habría demorado muchos años su
sueño de libertad.
Un
traidor, que llegó a defender al usurpador colonialista británico
en la guerra del Atlántico Sur, para entregarle un girón de la patria
grande a cambio de ventajas materiales, conseguidas sin honor.
Un estafador que en sus delirios de avaro contaba las riquezas arrebatadas
al pueblo de su patria, mientras él asumía un papel de héroe intachable,
tan lejos de su verdadera personalidad.
Un genocida, que dejó una estela de cadáveres y hogares destrozados
por el asesinato impune de cuantos criticaban a su régimen autoritario,
inmundo, despótico, y de un salvajismo difícil de creer.
Un asesino, que cubrió su nombre de vergüenza por la muerte y la
desaparición forzada de miles de opositores, algunos de los cuales
sólo eran puestos en la lista fatídica por disentir con él.
Un ladrón, como todos los dictadores de América, que mientras cantaba
loas al soldado desconocido, se llenaba los bolsillos hasta hartarse.
Un fantoche de la iglesia reaccionaria y fascista, cuyos principios
trasnochados usaba para justificar una enloquecida búsqueda del
poder.
Un mentiroso, que no tuvo hombría de bien para reconocer sus errores.
Un cobarde, incapaz de aceptar sus culpas y pedir perdón.
Un gusano, con perdón de los gusanos, como ha dicho Aristóteles
España.
Así te recordaremos, miserable fantoche del mundo mercachifle. Falso,
corrupto, sin sentimientos humanos. ¿Te van a cremar, me han dicho?
Que se apuren, antes de que manos sin tacha arrojen tus restos a
la basura. Porque eso fuiste siempre, basura, y así te vamos a recordar.
10 de diciembre de 2006
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