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"Sin dejar de expresarle a Ud. el respeto que me merecen ciertas jerarquías, puedo asegurarle que la vida me ha enseñado a superarlas a todas, cuando de la necesidad de expresar el pensamiento se refiere." (Carta de Bernardo Alberte a Videla, horas antes de ser asesinado)

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ULTIMAS NOTICIAS SOBRE BERNARDO ALBERTE

COMUNICADO DE PRENSA [30/03/07]

FUE SOLICITADA LA DETENCIÓN DE DOS GENERALES POR EL HOMICIDIO DE BERNARDO ALBERTE

Ante el Juzgado Federal N° 6 de la ciudad de Buenos Aires se solicitó la detención de los generales retirados Jorge Eugenio O’Higgins y Oscar Enrique Guerrero, por considerarse que tuvieron participación en el homicidio del que resultara víctima el recientemente ascendido post-mortem coronel Bernardo Alberte quien fuera edecán del Presidente Perón y su delegado personal durante los años 1967 y 1968. El crimen fue perpetrado por un grupo de tareas que irrumpió en la vivienda de Alberte, la madrugada del 24 de marzo de 1976. La medida judicial fue solicitada por Bernardo Alberte (h.) en su carácter de querellante en la causa en la que se investigan violaciones a los Derechos Humanos en el marco de los delitos cometidos en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército.

En noviembre pasado, cuando ya se había iniciado la investigación le fue entregada al doctor Ramón Torres Molina, patrocinante de Alberte (h.), en la sede de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas documentación que una persona había conservado durante veinticinco años entre la que se encontraban cartas originales que Perón escribiera a Alberte. Las cartas estaban en el domicilio de Alberte la noche de su asesinato y fueron sustraídas por el grupo de tareas.

La documentación había sido encontrada tirada en el palier del departamento que O’Higgins ocupa en la Ciudad de Buenos Aires, e incluye entre otras cosas una agenda personal del año 1979 perteneciente al citado militar.

Asimismo, por la difusión de una fotografía antigua de Guerrero, este fue reconocido como participe del grupo que irrumpió en el domicilio de Alberte, por personas que estuvieron presentes durante los hechos.

El 24 de marzo de 1976, los dos oficiales se desempeñaban en el Estado Mayor del Ejército por lo que se supone que fue en éste ámbito que se decidió la muerte de Alberte, quien entonces tenía el grado de Teniente Coronel retirado.

Bernardo Alberte - bernardoalberte@fibertel.com.ar


4 de diciembre de 2006, ascienden post mortem a Bernardo Alberte a Teniente General
 
04/15/06 (Clarín): El Gobierno asciende post mortem al ex edecán de Perón. El Presidente y la ministra de Defensa firmaron el pedido de acuerdo al Senado para promover de teniente coronel a teniente general a Bernardo Alberte. Luego de que denunció la represión ilegal, fue asesinado el día del golpe de Estado en 1976 por un comando paramilitar.

El Presidente y la ministra de Defensa firmaron el pedido de acuerdo al Senado para promover de teniente coronel a teniente general (R) a Bernardo Alberte. Luego de que denunció la represión ilegal, fue asesinado el día del golpe de Estado en 1976 por un comando paramilitar. El 13 de marzo de 1976, Alberte denunció públicamente a la Triple A, adjudicándole un intento de secuestro contra su persona. También había denunciado la represión ilegal y la complicidad de las Fuerzas Armadas. El 24 de marzo, día del golpe de Estado, un comando paramilitar irrumpió en su domicilio y lo arrojó al vacío desde su departamento, provocándole la muerte.

El pedido del Presidente define como "reparación histórica y moral" el ascenso post mortem de Alberte y se rescata que "haya ofrendado su vida en defensa de la democracia".

Alberte se desempeñó como oficial a partir del 24 de agosto de 1954, con el grado de mayor, como edecán del presidente de la Nación Juan Domingo Perón. Y con la caída del gobierno, el 16 de septiembre de 1955, por el golpe de Estado, sufrió un retiro efectivo obligatorio.

En 1956 estuvo detenido y por rehusarse a prestar declaración en una causa por "proposición de rebelión", debió huir del país, tras lo cual fue declarado "en rebeldía" y se le dio de baja de las filas del Ejército argentino.

Bajo las leyes de Amnistía de 1959 y 1973, Alberte fue reincorporado al Ejército con grado de teniente coronel en situación de retiro.


Bernardo Alberte (1918-1976), peronista y revolucionario

Por Emilio J. Corbière

Recuerdo a Bernardo Alberte, en las vísperas del golpe militar de 1976. Lo visité en su departamento de Avenida del Libertador, como redactor de 'La Opinión'. Alberte condenó a los militares que iban a dar el golpe y reclamaba que el gobierno detuviera a Jorge Rafael Videla y otros golpistas. Pero no tenía confianza en el gobierno de María Estela Martínez de Perón, personaje mediocre que había respaldado al criminal José López Rega y a la Triple A.
Tenía razón Alberte, militar de estirpe sanmartiniana que no deshonró su investidura como los militares del Proceso.
Lo recuerdo a Alberte en 1968, durante la dictadura del general Juan Carlos Onganía, en el local de Paseo Colón, de la CGT de los Argentinos. Allí concurríamos con el dirigente gremial socialista Eduardo Arrausi. Alberte fue un ejemplo como lo fueron, en el peronismo, John W. Cooke, Andrés Framini, la querida e inolvidable Alicia Eguren, Gustavo Rearte, Juan José Hernández Arregui, entre otros, y no los monigotes actuales.
Fue delegado de Juan Perón y secretario general del Movimiento Peronista bajo la dictadura de Onganía. Era un militante de hierro pero detrás de su adustez había un varón cordial, un compañero entrañable, que siempre buscó la unidad de los revolucionarios. Nunca buscó cargos, ni candidaturas, ni prebendas. Fue solidario con los perseguidos. Por todo eso, los militares criminales lo fueron a buscar a su domicilio y allí lo asesinaron.
Alberte fue un joven oficial del Ejército que participó como tal los días 16 y 17 de Octubre de 1945 en la movilización popular que dio nacimiento al justicialismo. Era edecán de Perón cuando se produjo su derrocamiento en 1955. Había participado de la defensa frente a los bombardeos durante aquel fatídico año, cuando la marina lanzó sus bombas desde sus aviones en pleno centro porteño, como los nazis hicieron en Guernica contra los vascos.
Cuando la banda criminal lo sorprendió en su domicilio, estaba escribiendo un documento donde denunciaba el secuestro y asesinato de Máximo Altieri, un joven de la Corriente Peronista 26 de Julio. Es justo el homenaje a este militar como es justo condenar a sus asesinos repulsivos.

Fuente: La Fogata


Carta del Mayor Alberte al General Peron. "No estan dadas las condiciones para su retorno"

Buenos Aires, 30 de octubre de 1972

Sr. General Juan D. Perón Madrid

Estimado General: He recibido el encargo de compañeros de las O.P.R.(Organizaciones Peronistas Revolucionarias) de hacerle llegar a Ud. el pensamiento de esas organizaciones respecto de la situación que se plantea actualmente en el país y el Movimiento y lo hago complacido, por cuanto ello me permite retomar un contacto, por este medio, que nunca había perdido a través del trabajo que continuamos desarrollando después de haber dejado de ser conducción del Movimiento. Todos los sectores políticos del país están actualmente conmocionados y convulsionados por la coyuntura electoral planteada por la dictadura y, ante la perentoriedad de los plazos impuestos por ella, necesariamente se van poniendo en evidencia los elementos ocultos que caracterizan la trampa de la camarilla militar cuyo objetivo fue integrar el Peronismo al sistema con la finalidad de crear un gobierno favorable al continuismo. El fracaso de la "Operación Paladino" (engendro del no menos pernicioso Remorino), no ha significado, de ninguna manera, que la dictadura militar haya perdido la batalla, puesto que dispone aún de medios y de fuerzas importantes que se fueron consolidando mientras los sectores burocráticos y burgueses del Movimiento practicaban a través de aquella conducción táctica traidora, oportunista e incapaz la política del "coqueteo" con los mandos militares, hecho que siempre denunciaron los sectores revolucionarios del Peronismo. La política del diálogo se transformó así en la estrategia de la conciliación y del acuerdo, dejando de constituirse en una exigencia táctica para convertirse en toda una filosofía claudicante, basada en una situación nacional ficticia; inventando, además, un Perón dispuesto a diseminar la semilla del conformismo; descreyendo de las propias fuerzas del Movimiento Peronista y de la importancia de la organización revolucionaria; soslayando permanentemente la necesidad de explicitar un plan operativo revolucionario que planteara correcta y concretamente toda una estrategia de poder y jugando todo a la buena voluntad de los factores y de los centros de poder ante quienes hicieron repugnantes exhibiciones de mansedumbre y de acatamiento a las que siempre respondieron con agravios o silencios altaneros y despectivos. La índole tramposa de las elecciones que se prepara está dada en todos los pasos de la dictadura militar. La Ley Electoral establece una serie de normas con esa clara intención. Por una parte se crea un sistema de burla a las mayorías: plazo perentorio para concretar alianzas; segunda ronda, en la que podrán intervenir hasta cuatro fórmulas (nada menos!) en nuevas composiciones, con lo que se da margen al gobierno para enhebrar nuevas maniobras, fomentando el espíritu del "arreglo". Por otra parte se implanta el sistema de la proporcionalidad (bajo la modalidad D’Hont) para la elección de diputados, tendiendo al fraccionamiento partidario con el objeto de quebrantar la voluntad de las mayorías, dificultando su espontánea asociación. Se trata de crear un gobierno que prosiga la obra del actual y que no se interese demasiado en verificar cómo se han producido las cosas. Pero aunque no prevaleciera la maniobra oficial; si pasando por encima de los ardides tramados, la reforma de la Constitución, las proscripciones indirectas, la Ley Electoral, triunfara un gobierno no dispuesto a no mantener la línea continuista la trampa lo espera. Se ha denunciado la existencia de un acta secreta que establece pautas a la que deberá ajustarse el futuro gobierno, al mismo tiempo que se trata que este sea lo más débil y condicionado posible y sujeto a todas las alternativas de un proceso que por su naturaleza ha de ser sumamente difícil y que la actual camarilla militar pretende manejar a través de sus personeros uniformados que ya han empezado a ocupar los puestos clave. En estas condiciones el gobierno que surgirá de semejante parodia no tendría solidez ninguna. Por eso actualmente el Pueblo comprende que si debe elegir, no solamente debe elegir Presidente, sino también Comandante en Jefe, no sólo diputados, sino que también se hace necesario que participe en la elección de los generales del pueblo. Pero estos ya han sido elegidos de antemano y no son del pueblo, sino que están al servicio de la oligarquía y del imperialismo. La masacre reciente de Trelew muestra todo este panorama con gran claridad. El régimen que trata de constituir un gobierno destinado a consolidar la vieja estructura contra la voluntad nacional y el interés concreto de los sectores populares, manteniendo la ficción de las formas democráticas, se ve obligado a mostrar su verdadera máscara. No hay posibilidad alguna de gobernar determinando el empobrecimiento del Pueblo y la colonización del país sin ejercer simultáneamente la dictadura. Por eso el carácter crecientemente dictatorial del régimen y las formas bárbaras que cada vez asume más la represión. Las denuncias de nuestros prisioneros de guerra, si no fueran suficientes los fusilamientos, los asesinatos, los secuestros, etc., causan escalofríos y el mundo entero observa con preocupación la ferocidad implantada en la Argentina por las FF.AA. desde el gobierno, contra sus opositores políticos y especialmente contra los militantes revolucionarios del Peronismo. Los últimos discursos de Lanusse revelan no sólo que es incapaz de mantener la calma y la mesura en sus expresiones, por lo que le cabe a él como a sus antecesores, la pregunta de ¿quién lo metió en este oficio de la política, tan alejado del arma de caballería?, sino muy especialmente todo un espíritu gorila que mantuvo lo suficientemente oculto como para engañar a muchos ingenuos, aun a aquellos que no olvidaron que en 1951, en la revolución del Gral. Menéndez, a él le correspondía la misión de asesinar a Perón en la Puerta N° 4 de Campo de Mayo, cuando la traspusiera el 28 de septiembre para acudir a un acto en esa guarnición militar. Esta es una característica objetiva de la situación política imperante en la Argentina. Por ello es increíble observar con qué superficialidad e irresponsabilidad se está planificando todo un operativo para trasladar de lugar el Comando Estratégico del Movimiento; concretamente el operativo "retorno". Cualquiera que medianamente razone puede suponer que los peronistas estamos todos locos o que somos todos imbéciles. En realidad la explicación no es tan simple. Si bien es cierto que el trasvasamiento generacional ha tenido resultados importantes. Que la Coordinadora de Juventud ha asumido su papel con eficacia dentro de la conducción del Peronismo influenciando la conducción política que ejerce el compañero Cámpora para el bien del Movimiento, han aparecido aquí, con motivo del "retorno", expresamente, todas las limitaciones que caracterizan el carácter burocrático de la conducción táctica actual y que aparentemente estaban siendo superadas. Basta con leer la lista del posible pasaje que acompañaría a Perón en su regreso, para darse cuenta que todo esto no es serio, pero que tampoco es gracioso, en razón de las trágicas consecuencias que pueden derivarse de un viaje así concebido. Este pasaje se caracteriza, más que por la heterogeneidad de los personajes, por la truculenta y tenebrosa carga de intereses, de apetitos y de especulaciones que se tejen y se entrelazan aprovechando una figura como la del líder de las masas obreras argentinas al que se le cree "embozalado" en razón de una claudicación que quieren ver y que les permitirá repartirse el botín cuando desaparezca voluntaria o forzosamente en la escena. Si es como para imaginarse el espectáculo del viaje de ida con todos estos personajes, cuchicheándose al oído sus planes, por parejas, eventualmente por grupitos, para impedir que la reacción de la ingenuidad de un Bonavena o de un Pascualito Pérez de un puñetazo los lance por la ventanilla al medio del océano, al sorprender las intenciones de toda esa delincuencia política, salvo alguna que otra honrosa excepción. Pero los revolucionarios militantes peronistas y no peronistas creen en Perón. Perón no puede venir a pactar con el enemigo del Pueblo y de la clase trabajadora, entregar el Movimiento y retirarse luego del país, abandonando la lucha en la que estamos empeñados, desertando de esa lucha para cuya victoria final lo necesitamos, en razón de ser el elemento movilizador de las masas, característica cualitativa del líder que no puede ser reemplazada ni superada en esta etapa de la guerra. Por ello nosotros, integrantes de la tendencia revolucionaria del Peronismo, en nuestra prédica política planteamos siempre los siguientes interrogantes y respuestas: 1. ¿No fueron suficientes 18 años de persecuciones, de represión feroz, torturas, encarcelamientos, secuestros, desapariciones, Conintes, fusilamientos, profanaciones y vejámenes a nuestros líderes y a nuestros símbolos, hambreamiento, desocupación, miseria y entrega para comprender que no puede creerse para nada en los fusiladores, los torturadores, los secuestradores, los carceleros, los represores, los explotadores del Pueblo, los entregadores? 2. ¿O se creyó acaso que en este momento culminante de la historia y de la lucha por la liberación nacional, cuando la clase obrera y la juventud toman conciencia de su función social y de su papel histórico, que la oligarquía y el imperialismo han de resignar por motivaciones de conciencia las situaciones de privilegio y de poder que usufructúan? 3. ¿O lo que es peor de todo esto, es que acaso se creyó que Perón como por arte de magia podía llegar al país, dispuesto a transar con la dictadura militar para aplacar el rebaño que ya comienza a mostrar los dientes como consecuencia de la injusticia y de la explotación a que es sometido? Ese Perón conciliador y entregado no existe y es una posibilidad irreal y arbitraria, creación de la infamia oligárquica. Perón no puede venir a pacificar al país sino después de la destrucción del enemigo; él vendrá para potenciar las luchas de la clase obrera y demás sectores populares en contra de la oligarquía. En la formación de esa imagen de Perón hay cómplices dentro del Movimiento: algunos por inmadurez y otros por estar demasiado maduros de tanto chapotear el barro del sistema. Tampoco podrá volver Perón por el simple deseo del dirigentismo burocrático y burgués; tampoco como consecuencia de declaraciones tremendistas de esas que tanto se postulan en los días de fiesta o en alguna fecha del calendario peronista, ni aun por el simple deseo de 10 millones de peronistas, de los que cada uno se imagina que el resto saldrá a la calle para recibir a su líder y como consecuencia de ello sumarse después a la gran manifestación triunfal. Es muy común comprobar en estos casos, y sobre todo cuando los tanques están apuntando, que las cifras se inviertan y que donde debían haber millones hayan unos pocos. El "insurreccionalismo" no tiene cabida cuando enfrente hay fuerzas represivas dispuestas a matar. Y podemos asegurar que capitanes Sosa y tenientes Bravo hay por centenares. Sólo Perón podrá volver como consecuencia del desarrollo cotidiano y en profundidad de una política revolucionaria que esté caracterizada por una teoría revolucionaria correcta, por objetivos estratégicos y planes operativos concretos y por la consolidación de un aparato político-militar que conduzca y encuadre a las fuerzas con unidad de acción y de concepción . Pero todo esto no existe. Y cuando hacemos esta crítica no perseguimos la destrucción de hombres o de dirigentes de una burocracia pactista o acuerdista para reemplazarla por otra superviolenta o tremendista. Ambas son perniciosas y la última no dice en virtud de qué proceso y por qué mecanismos la acción de grupos dispersos ha de transformarse en el triunfo final del movimiento de masas. Además la crítica a la burocracia de turno suele oscurecer la crítica de la burocracia como sistema de conducción; lo que hay que cambiar no es el equipo burocrático de turno sino los métodos. Porque hace años vemos aparecer dirigentes que luego se esfuman en su propia insignificancia; las que permanecen in cambiadas son las prácticas, el estilo de conducción, los sistemas internos de promoción, la visión de la política frente al régimen. En este sentido debemos recalcar que nosotros consideramos que La Hora del Pueblo, el FRE.CI.L1.NA, el Documento de los 10 puntos, etc. son respuestas de Perón a las distintas etapas del engendro lanusiano, el G.A.N. Es decir son respuestas coyunturales, tácticas, insertas dentro de una estrategia que tiende a dar el poder al pueblo. Y así, como respuesta táctica, debe considerárselo, lo mismo que la exhortación pacifista del líder cuando plantea el elemento que crea todas las contradicciones: su retorno. Y cuando así lo hace no es, como algunos dirigentes creen, que Perón ha aceptado las reglas del juego de la dictadura. La falta de vocación revolucionaria de estos dirigentes les hace interpretar que con su resolución coyuntural, Perón consagra como estrategia del Movimiento sus entrevistas sigilosas con los espadones de turno o sus coqueteos con los factores de poder. Para ellos la pacificación deja de ser una exigencia táctica, una instancia transitoria que como toda contingencia en la guerra, planteada en forma de tregua tiende a ganar tiempo para permitir agrupar y preparar fuerzas para la decisión final, para transformarse en toda una filosofía basada en una situación ficticia creada por una imaginación claudicante que termina siempre en exhibiciones repugnantes de mansedumbre y acatamiento ante los figurones castrenses. Es que la estrategia del Peronismo no debe ser otra que la de la guerra popular prolongada; la que no transa con el régimen y plantea la destrucción del sistema para imponer la construcción nacional del socialismo; la que toma como punto de referencia fundamental a las masas y sus reivindicaciones no sólo inmediatas sino históricas y la que plantea ante la actual coyuntura: Sin Perón no hay elección.

Sólo el Pueblo en el poder traerá a Perón.

La que considera que la elección es una trampa y que salvar la coyuntura electoral desde el punto de vista revolucionario no significa utilizar el recurso de omisión, haciendo mutis o desensillando hasta que aclare y menos apoyar aunque sea tangencialmente la salida electoral. Para el peronista revolucionario salvar la coyuntura electoral significa profundizar la tarea (que de estar más avanzada no tendríamos tantos problemas), esclareciendo el papel de Perón y su apoyo al movimiento revolucionario del pueblo, a través de la instrumentación del ejército popular. Por eso consideramos que el único camino que dará el poder al pueblo y romperá definitivamente la dependencia de la Nación sólo puede andarse al organizarse las bases en todos los niveles, entendiendo niveles tanto los sectores y planos de actividad (barrial, fabril, estudiantil, etc.) como las formas de lucha, porque es evidente que el pueblo debe organizarse para responder a la violencia reaccionaria con la justa violencia del pueblo. Ya lo dijo la compañera Evita, tal vez profetizando sobre la etapa que ahora nos toca vivir: "la violencia en manos del Pueblo deja de ser violencia para transformarse en justicia". Hemos querido, compañero General Perón, expresar nosotros también nuestra opinión con este informe debiendo Ud. aceptar que el mismo está avalado por miles de compañeros que militan en el Movimiento no "politiqueando" sino enfrentando día a día a una represión que cada vez es más feroz y que ya nos ha cobrado la vida de muchos valiosos compañeros. Su mejor homenaje a ellos es atender su voz y considerar su pensamiento. Ellos le envían junto con el mío su más afectuoso saludo. Hasta la victoria final. Caiga quien caiga y cueste lo que cueste venceremos.

Bernardo Alberte


Bernardo Alberte por Bernardo Alberte

Perón, "El Viejo", el auténtico líder, a comienzos de 1967 nombra a Alberte –su antiguo edecán- Delegado y Secretario General del Movimiento Peronista. Alberte puso fin a la etapa de "desensillar hasta que aclare".

Por Bernardo Alberte (h)


"Nosotros les prevenimos que algún día vendrá el hombre sencillo de la Patria a interrogar a sus militares en actividad y en retiro. No los interrogaran sobre sus largas siestas después de la merienda, tampoco sobre sus estériles combates con la nada, ni sobre su ontológica manera de llegar a las monedas, no sobre la mitología griega ni sobre sus justificaciones absurdas crecidas a la sombra de la mentira.
Un día vendrán los hombres sencillos de esta tierra, aquellos que fueron sus soldados, a preguntar que hicieron cuando la Patria se apagaba lentamente, que hicieron cuando los pobres consumían sus vidas en el hambre y la de sus hijos en la enfermedad y la miseria, que hicieron cuando los gringos vinieron a imponernos esa nueva forma de vida "occidental" que todo lo corrompe y compra el dinero.
Quizás para ese momento, la vergüenza que provoque el silencio como respuesta, no sea suficiente como castigo."


Con palabras como estas, Bernardo Alberte rechazaba en 1969 acogerse a un decreto del dictador Onganía que permitía la reincorporación de militares peronistas dados de baja -como él- luego del derrocamiento de Perón. Después de la victoria popular del 11 de marzo de 1973, y al asumir la Presidencia de la Republica, el Dr. Héctor J. Cámpora en uno de sus primeros decretos reincorporo a Bernardo Alberte al ejército con el grado de Teniente Coronel en retiro.

No era la primera vez, ni seria la ultima, que el destino de Alberte se cruzaba con los triunfos y las derrotas populares.

Nació en Avellaneda, Provincia de Bs. As., el 17 de noviembre de 1918, se graduó como Subteniente a los 21 años con las mejores calificaciones de su promoción. Cuando a comienzos de octubre de 1945 el entonces Coronel Perón fue destituido y encarcelado, el joven oficial salio en su defensa. Arrestado en Campo de Mayo, acusado de promover la insubordinación de la Escuela de Infantería, fue con el levantamiento popular del 17 de Octubre que Alberte recupero su libertad y su empleo. Ya con el grado de Mayor, en 1954, fue designado edecán del Presidente. El 16 de junio de 1955 cuando la aviación naval bombardeo el centro de Buenos Aires y ataco la Casa Rosada con el propósito de asesinar a Perón, Alberte fue uno de los militares que encabezo la defensa. En septiembre, al producirse el nuevo y definitivo levantamiento, entablados los combates entre tropas leales y rebeldes, iba a ser partidario de resistir hasta las últimas consecuencias. Permaneció junto al Presidente hasta que Perón decidió renunciar. Entonces los golpistas lo encarcelan en represalia por haber cumplido con su deber militar y constitucional.

Compartió en Ushuaia la prisión con otros destacados dirigentes peronistas y fue liberado a fines de 1956. Citado por el Comando en Jefe del Ejército, no quiso presentarse ante sus verdugos. Declarado en rebeldía se vio obligado a buscar refugio en Brasil, donde permanecía exiliado cuando fue dado de baja por los militares golpista.

En Marzo de 1957, desde Río de Janeiro escribe a Perón, entonces radicado en Caracas, Venezuela, haciendo un balance de los acontecimientos del 55: "Que los militares eran los que constituían la masa del ejército que le permaneció leal hasta el último día de su gobierno, pese a las defecciones y traiciones conocidas de las que no se escaparon de cometerlas también civiles; que ese Ejército que le era leal con la cooperación del pueblo, con la que siempre se sintió estimulado, pudo haber vencido a los rebeldes si se hubiera dispuesto a enfrentar la guerra civil y sufrir los bombardeos y destrucciones que estaba dispuesta a realizar la Marina. Guerra civil y destrucciones, o algo similar que ahora, muy probablemente, tengamos que aceptar como única solución para liberar a la Patria de los sátrapas que la quieren gobernar".

Tras el pacto con Perón que permitió a Frondizi alcanzar la Presidencia, en 1958 fue sancionada una ley de amnistía que le permitió a Alberte regresar al país. Como no era hombre de deprimirse- al comienzo de su exilio brasileño supo ganarse la vida como vendedor ambulante de ropa femenina- ya en Buenos Aires instaló una tintorería a la que llamó "Limpiería" y que con el tiempo se haría popular a causa de las actividades de su dueño.

Corría 1965 cuando el dirigente metalúrgico Augusto Vandor comenzó a disputarle abiertamente a Perón el control de su Movimiento. Desde su exilio en Madrid, el General envió a su esposa Isabel para contrarrestar el avance vandorista. La casa particular de Alberte sirvió de refugio a la viajera en determinado momento de su estadía. En junio de 1966, en vísperas del derrocamiento del presidente Illia, Isabel volvió a Madrid. Pocos días después Vandor, Alonso y otros sindicalistas, asistían en la Casa Rosada a la asunción del dictador o­nganía, a quien el periodista Mariano Grondona comparaba con el presidente de Francia general Charles De Gaulle. Y mientras el capitán –ingeniero Alzogaray, designado embajador en Washington, proponía proclamarlo monarca, Vandor y sus amigos prefería verlo como un nuevo Perón.

Perón, "El Viejo", el auténtico líder, a comienzos de 1967 nombra a Alberte –su antiguo edecán- Delegado y Secretario General del Movimiento Peronista. Alberte puso fin a la etapa de "desensillar hasta que aclare", y desafiando las persecuciones desatadas por la dictadura, en poco más de un año puso en pie a un Movimiento que estaba postrado y dividido, dando particular intervención a la juventud.

Debió enfrentar las tendencias conservadoras y burocráticas dentro del peronismo, tanto en su sector político como gremial. Su gestión política fue determinante para el surgimiento en marzo de 1968 de la C.G.T. de los Argentinos, central obrera que creó un nuevo instrumento de lucha sindical, y donde actuaron entre otros: Raimundo o­ngaro, Jorge Di Pascuale, Agustín Tosco, Atilio López, Rodolfo Walsh e Hipólito Solari Irigoyen, es decir, sindicalistas, peronistas, radicales, izquierdistas, etc.

La política seguida por Alberte fue de lucha frontal contra el régimen de o­nganía y de apertura a los sectores sociales y políticos que se le oponían. Uno de sus resultados fue el acercamiento de la masa estudiantil al movimiento obrero a través de la C.G.T. de los Argentinos. Así se logró arrinconar al "participacionismo", abriendo una nueva perspectiva en el panorama político argentino que desembocaría en el Cordobazo de 1969. Pero para entonces Alberte ya no ocuparía el cargo de Delegado, al que renunció en marzo de 1968. Perón designó en su reemplazo a Jorge Daniel Paladino, personaje al que el mismo Perón acusaría, en 1971, de haberse transformado en un agente del dictador Lanusse.

Bernardo Alberte, en cambio, siguió en la misma línea, compartiendo posiciones con John William Cooke y Gustavo Rearte. A pocos meses de su renuncia editó el periódico Con Todo, portavoz del peronismo revolucionario, y salió públicamente en defensa de los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) arrestados en Taco Ralo, Tucumán, en septiembre de 1968.

Durante el congreso clandestino celebrado por el peronismo en Córdoba en enero de 1969, Alberte pronunció un discurso que obtuvo mucha repercusión. "Hay que dominar la estrategia mejor que los generales que la emplean para oprimir y sojuzgar y que en nuestras manos debe servir para liberarnos. En esta época de transición entre el capitalismo y el socialismo, entre el miedo y la libertad, entre lo que cae y lo que viene, hay que ser un hombre de acción para ser digno de la conducción de las masas populares".

Al hablar en el cementerio de la Chacarita, el 22 de julio de 1971, después del secuestro y asesinato de Juan Pablo Maestre y su esposa Mirta Misetich, Alberte reveló que ambos eran militantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), reivindicando como combatientes a quienes hasta entonces sólo aparecían ante la opinión pública como víctimas de la represión ilegal.

En 1973, las vísperas del retorno del Peronismo al gobierno, Alberte observaba el futuro con prevención: "A esta altura de la situación ya se ha puesto en evidencia (...) la trampa de la Junta Militar cuyo objetivo es integrar al Peronismo al sistema con la finalidad de crear un gobierno favorable al continuismo. (...) Pero aunque no prevaleciera la maniobra oficial, si pasando por encima de los ardides tramados (...) triunfara un gobierno no dispuesto a mantener la línea continuista, la trampa le estará esperando siempre".

Coincidía su visión de los acontecimientos con la de Gustavo Rearte. Y cuando la "primavera" de Cámpora agonizaba, a comienzos de julio de 1973, tuvo que volver Alberte a la Chacarita para despedir los restos de uno de los fundadores de la Juventud Peronista –Gustavo-, derribado prematuramente por el cáncer, como cinco años antes lo fuera Cooke. Quiso el destino que don Bernardo confortara a los dos en sus últimos días, como amigo y compañero.

No ocupó Alberte cargo alguno en los gobiernos peronistas que se fueron sucediendo. Se mantuvo en un segundo plano hasta 1975. Entonces se puso a la cabeza de la Corriente Peronista 26 de Julio, acompañado entre otros por Susana Valle, y salió a denunciar frontalmente al golpismo que se avecinaba. "Sabemos que desde las estructuras del Movimiento y del gobierno, hubo y hay quienes desvirtuaron y desvirtúan los contenidos del Peronismo –cuando no los traicionaron-; los hemos señalado oportunamente –cuando el silencio gorila callaba las acciones de López Rega- y los seguimos señalando".

Pocos días antes del golpe, la represión ilegal desembozada irrumpía en las oficinas céntricas donde funcionaba la Corriente 26 de Julio con el evidente propósito de secuestrar a Alberte. Pero esta vez los paramilitares fallaron en su intento.

En la víspera del 24 de marzo dirigió una memorable carta a Videla, poniendo en evidencia la responsabilidad de las Fuerzas Armadas en la represión ilegal, que acababa de cobrarse la vida de un joven colaborador suyo, Máximo Altieri.

Horas después, en momentos de producirse el golpe militar, efectivos uniformados del Ejército y la Policía Federal irrumpieron en el domicilio de Alberte, derribando la puerta con sus armas y profiriendo insultos y amenazas. Sin poder ejercer defensa alguna, ante el despliegue desmesurado de efectivos y armas utilizadas, don Bernardo fue arrojado al vacío desde una de las ventanas de su departamento. Al caer a un patio de la vivienda del primer piso, su morador, el Dr. Herrera, ex juez y otros testigos que presenciaron el hecho, fueron amenazados con armas largas para que silenciaran lo visto. En tanto el cuerpo de Bernardo Alberte yacía exámine, su casa era violada y saqueada, intimidándose a sus familiares con armas de fuego.

Sus familiares iniciaron antes la Justicia una querella al responsable del Ejército, el general Videla, pero se encontraron con jueces que se declaraban incompetentes pese a tener pruebas suficientes para esclarecer el hecho. Así se dieron trágicas anécdotas como la del Juez Rafael Sarmiento que, cuando el abogado patrocinante de la familia le dijo que a Alberte lo habían tirado con vida por la ventana, contestó "¿Y con eso...? A todos los peronistas habría que tirarlos por la ventana". O la del Juez Juan Bautista Sejean, que le confesó al propio hijo de Alberte que tenía miedo de investigar y por eso se declaraba incompetente.

Don Bernardo era consciente de los riesgos que corría al decidir permanecer en su hogar la noche del golpe. Complejo sería intentar describir el entrecruce de razones y sentimientos que pudieron llevarlos a desoír la voz del sentido común que estaba acostumbrado a desafiar con valentía. Los generales que ordenaron su asesinato debían de conocerlo bien, sabían que combatiría a la dictadura con todo el peso de su prestigio y coraje.


Osvaldo Bayer on ice

Una nueva patinada del prestigioso historiador

Buenos Aires, sábado 10 de abril de 2004

Señor Director de Página 12
Presente

De mi consideración:
Me dirijo a Ud. a para solicitarle la publicación de la nota que sigue abajo. El motivo es un párrafo de la columna titulada "Con la misma escuela de Camps", firmada por Osvaldo Bayer y publicada en la página 8 de la edición de Página 12 del día de hoy, Sabado 10 de Abril de 2004, donde se involucra al teniente coronel Alberte como represor y/o mafioso durante el gobierno peronista 1946-55. Soy autor del libro Un militar entre obreros y guerrilleros (ed.Colihue, Buenos Aires, 2001), una biografía de Bernardo Alberte, militar y político peronista asesinado por un grupo de tareas policial-militar en la madrugada del 24 de marzo de 1976, a escasas dos horas de producirse el golpe militar genocida. Alberte tenía el grado de Teniente Coronel (R.E.) cuando fue asesinado.

Atentamente,
Eduardo E. Gurucharri (DNI 4.444.368; TE 4523-7483)


En defensa de la memoria de Alberte

En su columna -Con la misma escuela de Camps-, publicada en la edición de Página 12 de hoy sábado 10 de abril, Osvaldo Bayer involucra al teniente coronel Alberte como represor y/o mafioso durante el primer gobierno peronista. Dado que el único oficial del Ejército con ese apellido fue el entonces mayor Bernardo Alberte, edecán del presidente Perón al momento de desencadenarse la autodenominada revolución libertadora en 1955, quien fuera expulsado de la fuerza por el dictador Aramburu y reincorporado en 1973 por el presidente Cámpora con el grado de Teniente Coronel retirado, hasta ser asesinado por un grupo de tareas policial-militar el 24 de marzo de 1976, a escasas dos horas de producirse el golpe militar genocida, como biógrafo y compañero de militancia de Alberte me siento en la obligación de defender su memoria.

Alberte nunca fue un represor ni un mafioso. Como militar en actividad, cumplió con su deber de defender el orden constitucional contra los golpistas y por eso fue expulsado del Ejército. Como ciudadano siempre se ganó la vida trabajando. Y como político combatió a las dictaduras militares que sobrevinieron, desde su cargo de Delegado de Perón en tiempos de Onganía o como vocero del Peronismo Revolucionario después. Fue uno de los pocos militares que denunció públicamente la conspiración golpista antes del 24 de marzo y finalmente fue el primer asesinado por la dictadura genocida.

Tengo el mayor respeto por Osvaldo Bayer, más allá de su posición antiperonista que obviamente no comparto. La única vez que cambié algunas palabras con él fue tras las cámaras de un estudio de televisión, en el otoño de 2001. El presentaba su primera novela y yo mi biografía de Alberte, "Un militar entre obreros y guerrilleros". Allí recuerdo la injusta detención de Atahualpa Yupanqui que él menciona en su nota, agrego la de Osvaldo Pugliese e incluso un hecho mucho más grave producido durante el primer gobierno peronista que Bayer tampoco menciona: el secuestro y asesinato del médico afiliado al Partido Comunista Juan Ingalinella, perpetrado por policías rosarinos en 1954. En mi libro también hay datos sobre los crímenes de la Triple A nunca publicados hasta entonces, por ejemplo algunos relativos al asesinato de un gran amigo de Alberte, Julio Troxler, que López Rega anunció durante una reunión de gabinete presidida por María Estela Martínez, el 8 de agosto de 1974, seis semanas antes de producirse, asunto por el cual lo mínimo que debería hacer la Justicia es llamar a declarar a la ex-presidente. Con el mismo énfasis digo que Bayer yerra por completo respecto a Alberte y francamente debo suponer que le falló la memoria y se equivocó de apellido. Pero como lo publicado, publicado está, se impone esta aclaración.

Eduardo E. Gurucharri


Buenos Aires, 12 de abril de 2004

Señor Director de Pagina 12

De nuestra consideración

El motivo de la presente es solicitarles tengan a bien publicar esta nota aclaratoria sobre la figura de Bernardo Alberte.

Nos hemos sentido tristemente sorprendidos por la nota -Con la misma escuela de Camps- que Osvaldo Bayer escribiera el sábado 10 de abril, en ese matutino donde involucra al Tcnel. Alberte con una total ligereza y falta de rigor histórico.

Queremos expresar que Bernardo Alberte fue un militar y dirigente peronista que combatió al golpismo y a las dictaduras militares, que siendo peronista se opuso al participacionismo y a la domesticación del peronismo, que bajo su gestión al frente del Movimiento Peronista impulsó la CGT de los Argentinos, central obrera que crea un nuevo instrumento de lucha sindical, que desembocaría en el Cordobazo, que se opuso al liberalismo económico en el peronismo que ya actuaba en vida de Alberte bajo el gobierno de Isabel Martínez, López Rega y Carlos Ruckauf, que siendo peronista se opuso a la Triple A.

Cuando el ejercito que usurpó el poder el 24 de Marzo de 1976, el mismo que bombardeó a mansalva la Plaza de Mayo, robó el cadáver de Evita, fusiló y torturó en la Penitenciaria Nacional, en José León Suárez, fusiló en Trelew, lo elige esa madrugada como una de sus primeras victimas, asesinándolo, cumple acabadamente con la lógica castrense, alimentada en las escuelas interamericanas por los servicios de inteligencia del imperialismo.

La matanza de aquellos años fue sistemática y apunto adelantándose a los acontecimientos, a eliminar buena parte de la masa critica vinculada con la lucha liberadora.

Alberte no tenía otro discurso que el compromiso insobornable con la clase trabajadora y con los sectores revolucionarios en lucha por un cambio de sistema.

Bernardo Alberte perteneció a ese grupo de personas que como el Gral. Juan J. Valle, John W. Cooke, Alicia Eguren, Juan García Elorrio, Gustavo Rearte, Jorge Di Pascuale, Julio Troxler, Rodolfo Ortega Peña, Rodolfo Walsh, y tantos compañeros y compañeras mas se comprometieron con valentía y honradez por sus convicciones poniendo en juego su vida que en muchos casos perdieron.

Acompañamos a esta, copia de la carta escrita* por el Tcnel. Bernardo Alberte al entonces, Tte. Gral. Videla horas antes de ser asesinado por una patrulla militar en la madrugada del 24 de marzo de 1976.

Marita Foix, Patricia Walsh, Ramon Torre Molinas, Ruben Dri, Eduardo Gurucharri, Jorge H. Perez, Bernardo Alberte (h).


La nota de Osvaldo Bayer en Página 12 [Lunes 12 de Abril de 2004]

Con la misma escuela de Camps

Por Osvaldo Bayer

Se ha discutido a fondo, pero no quiero quedarme sin expresar mi opinión en esta repentina expresión popular del operativo Blumberg. Quien me da la oportunidad es el intelectual Ricardo Talesnik, el conocido dramaturgo, que acaba de escribir "Nadie es dueño de la historia" en Clarín. Talesnik no hace la historia de los derechos humanos en la Argentina, que tomando el corto plazo podría escribirse, digamos, desde el teniente coronel Osinde, o la operación masacre de Aramburu o mejor, un poco más acá, desde López Rega, pasando por el denominado "proceso" y llegando ya a la actualidad a las policías de Duhalde, de Ruckauf y de Solá, para hacer pocos nombres. Pero para ser más justos mencionemos también a los saltos decanguro de Menem, a De la Rúa, pasando por el purgatorio alfonsinista del "yo no vi, tú no viste, él no vio" y que dejó intacta la estructura, ahora más sonriente, de los que hacían parir a las prisioneras políticas en los patrulleros de Camps y Etchecolatz. No, Talesnik se refiere sólo a la reciente manifestación Blumberg.

Bastaría preguntarse: ¿dónde están hoy esos oficiales,esos suboficiales, esos agentes que desaparecían además de los sospechosos, los televisores y las radios? Fueron los que ayudaron a integrar la estructura "democrática". Pero también los de las nuevas mamadas con la moralidad del período Menem y el brazo ejecutor de Ruckauf y Duhalde, cuyo fresco más costumbrista fue aquella fiesta de fin de año de la escuela de policía donde los flamantes oficiales se robaron hasta las cucharas y las ollas del banquete. Todo dentro de la misma moralidad. De la policía de Camps a la Bonaerense de Duhalde.
Con la escuela de Camps, un monstruo con todas lascualidades del asesino nato. Poder y disciplina: al primer movimiento, el tiro fácil. El secuestro de lujo y el vamo y vamo.
Con la teoría radical de los dos demonios ya está toda la definición. A olvidar y a mirar para adelante. Por eso Alfonsín dejó a todos los profesores de las escuelas de policía y a todos de las escuelas militaresnombrados en general por la dictadura, con los mismos programas del proceso.Y felices Pascuas. Ahora tenemos todo esto, de la estructura monstruosa de la dictadura pero también de antes de los López Rega que ya había roto las coyunturas para proceder. Esa tradición del peronismo que en su primer gobierno metió preso a Atahualpa Yupanqui y nos presentó al teniente coronel Alberte y a esas apariciones como el Juancito, el Turco Antonio, para hablar un poco de la maffia, y a aquellos hábiles picaneros que terminaron con Stroessner, el protector, los policías Lombilla y Amoresano, dos sirvientes de la tortura para no olvidar. Y como decíamos, después lo monstruoso sin medida: Camps, Etchecolatz, Etchecolatz, Etchecolatz, Suárez Mason, Menéndez. Pero la casa estaba en orden.

Pero bien, me quería referir a Talesnik, el intelectual. Les reprocha a "Hebe de Bonafini, a las Abuelas, las Madres y a los organismos de derechos humanos" no haber concurrido a la "manifestación popular excepcional" de Blumberg.

Con toda comprensión por el dolor de Blumberg, no se puede emparejar la historia argentina yendo todos a pedir al Congreso nacional penas más drásticas para los ladrones y asesinos. La República padece de males más profundos que la de sentirnos todos iguales, en nuestros dolores y nuestros ideales, como lo pide Talesnik.

Fueron Hebe de Bonafini, las Madres, las Abuelas y los organismos de derechos humanos los que constantemente denunciaron a qué jugaban la Bonaerense, la Federal, las palmaditas en el hombro de Alfonsín, después las felonías de Alí Babá y sus cuarenta yabranes, las gansadas del radical de pura cepa Fernando de la Rúa (repetimos: radical, radical hasta lamédula), y luego Duhalde, el Barceló de Lomas de Zamora, para no hablar de Ruckauf, que estuvo en todas y tiene las manos manchadas de sangre desde que era el confesor gratuito de Isabelita y López Rega. Y fueron esas dignísimas viejas de pañuelo blanco las que salieron a la calle para terminar con el antro de los desaparecedores. Fueron esas viejas, Talesnik: nunca el nombre de Blumberg apareció en una solicitada por ellas.

Desde 1976 hasta hace pocas semanas se vendió todo lo argentino. ¿Y por qué, si los ladrones del poder vendían todo la policía no iba a pasar de la pizza con doble muzzarella a los miles de dólares con los cobardes secuestros y los robos? Y de pronto, las víctimas fueron esa clase media alta, porque allí había guita. Los que saludaron a Videla y sus escuadrones de asesinos de pronto pasaron a ser las víctimas. Ah, entonces,sí, a la calle. E hicieron bien, porque es en la conquista de la calle donde se puede conquistar la justicia y la moral, como hicieron los pueblos en sus épicas marchas de protesta y conquistaron así las ocho horas y la búsqueda del fin de la explotación del hombre por el hombre. Así, sí. En la calle. Y claro, entonces sí, ante la masa hasta se movieron los senadores y diputados.

No, Talesnik, Hebe de Bonafini y las Madres no estuvieron en esa manifestación custodiada y trasmitida por los canales privados de televisión. Estuvieron desde 1977 en esa Plaza de Mayo, custodiada por la asesina SIDE, las policías, los militares Astiz y los alcahuetes del poder, que ya habían hecho desaparecer a Azucena Villaflor y dos Madres más.
Ya es una historia vieja: el aumento de penas no soluciona nada. Lo ha demostrado la historia. La Iglesia Católica pese a sus hogueras donde se quemaban vivos a los librepensadores no logró parar a los protestantes. El fusilamiento, la horca, la guillotina, las inyecciones letales no lograron nunca disciplinar las sociedades injustas pese a que los que aplicaron esas penas se llamaran Hitler, Mussolini, Franco o Bush. El jueves lo dijo bien claramente, con toda valentía, el peronista Miguel Bonasso cuando le preguntaron porqué habían fracasado todas las políticas bonaerenses de mano dura, y el respondió: "No dio resultado porque no desmontaron la estructura mafiosa que une a los punteros del Partido Justicialista de Buenos Aires, intendentes y comisarios. Una tríada que forma una gran camorra. Y no desmontaron esa hermandad porque forman parte de ella".

Bien claro de un hombre que conoce a fondo la situación política. ¿Por qué la Cámara de Diputados no constituye una comisión investigadora a base de esta denuncia? No, dejan que Carlos Ruckauf y su guardaespaldas Casanovas tomen la voz cantante en la sesión Blumberg.

¿Cómo fue posible la experiencia Juárez en Santiago del Estero? ¿Cómo es posible que el Partido Justicialista haya permitido una experiencia absolutamente decadente e insultante a la condición humana? No,después de la experiencia López Rega, el Partido Justicialista tendría que haberse limpiado definitivamente y no volverse a meter en el barro de la inmoralidad y el abuso una y otra vez. Si seguimos así, nuestro próximo jefe de la Policía Federal va a ser Musa Azar, votado por los diputados que en la sesión Blumberg cortaron la palabra a los diputados de la oposición.

El intelectual Ricardo Talesnik termina su crítica a los organismos de derechos humanos diciendo: "Ninguna minoría, ningún sector político, racial o religioso tiene derecho a sentirse dueño de la historia, porque la historia la escribimos todos diariamente, aunque no militemos en política, no seamos famosos ni tengamos poder. Todos nos jugamos la vida por el simple hecho de estar vivos". No, Talesnik: ni López Rega, ni Musa Azar, ni los policías secuestradores hacen la historia, sino que la retroceden. Los que hacen la historia se llaman Sandino, Emiliano Zapata, Mariano Moreno, Agustín Tosco y José Martí. No necesitan velas para que los acompañemos en nuestro reconocimiento. Y aquí, desde 1977, las únicas que hicieron historia, y nada menos que en la Plaza de Mayo, fueron las Madres. Reconozcámoslo.

Néstor Miguel Gorojovsky nestorgoro@fibertel.com.ar


Bernardo Alberte y el Peronismo Resistente

Por Alberto Lapolla

(Fragmento de Los hechos...y las razones)

El Cordobazo como bisagra de la Resistencia Popular

De manera similar, que en los primeros días de Mayo, entre el 25 de mayo, el derrocamiento de Moreno en diciembre y la derrota de Castelli a partir de junio de 1811, encierran de alguna manera todas las claves de los hechos que sucederían a posteriori; incluyendo tendencias, líneas de acción y de defección; prefigurando al mismo tiempo la gran nación americana que pudimos ser, y la pequeñez portuaria-británica que derrotó todos los proyectos nacionales; de una manera similar -decíamos-, el Tercer gobierno Peronista prefigura también, la tragedia por venir.

El ciclo abierto por la irrupción de la CGT de los Argentinos, que daba encarnadura real –no ficticia- a los programas obreros de Huerta Grande y La Falda, a través del programa del 1º de Mayo de la CGTA –redactado por Rodolfo Walsh- y el accionar concreto de una nueva conducción sindical Peronista dispuesta ‘a sacar los pies del plato’, marca la aparición de una nueva conducción sindical peronista dispuesta a voltear a la dictadura de Onganía sin más vueltas. Llevando a la práctica, una nueva dimensión del Frente Peronista: la unión de todos los que luchaban por la Liberación Nacional y Social sin exigencia de ortodoxia, ni disolución de identidad. Todo este proceso se hallaba lubricado además, con un fuerte componente de autonomía real de los trabajadores y de su organización. Dicho desarrollo enmarcaba un nuevo Peronismo, resultante del colosal efecto producido por La Revolución Cubana entre sus filas; especialmente por la decisión de Fidel y el Che, de liquidar la invasión norteamericana de Bahía de los Cochinos y por la propia dinámica de confrontación con el poder oligárquico de la Resistencia Peronista; hechos que actuaron como una bomba de profundidad sobre el Peronismo ortodoxo y cuestionaban la decisión de Perón de abandonar el poder sin combatir en 1955.

Ese nuevo Peronismo Resistente, sería el encarnado en las figuras de John William Cooke, del Mayor Alberte, de Gustavo Rearte, de Raymundo Ongaro, de Rodolfo Puiggrós, de Alicia Eguren, de Juan José Hernández Arregui, de Raymundo el Negro Villaflor, de las FAP, las FAR y finalmente los Montoneros. Destacamos la figura de un Mayor Alberte, que no sólo desobedece a Perón –negándole el acceso a Vandor a la dirección de la CGT, cuando la muerte de Amado Olmos-, sino –y ese será su aporte histórico, el que lo ubica en la historia grande de los argentinos- que se pone a organizar el Peronismo Revolucionario juntando y uniendo todas las líneas y tendencias que lo componían.

Ello incluía, desde nacionalistas provenientes de la derecha, nacionalistas de izquierda o castristas; marxistas leninistas, estalinistas, trotzquistras-insurreccionales, insurreccionales-guevaristas, guevaristas de todo pelaje, Peronistas Revolucionarios de todo matiz; cristianos de base o simplemente pastorales, seglares, partidarios de las nuevas ideas de Juan XXIII –en contra de las propias posiciones de Perón que las cuestionaba-, militares nacionalistas de todo calibre, militantes sindicales antiburocráticos, clasistas o socialistas, peronistas evitistas, intelectuales revolucionarios, jóvenes de todas las líneas revolucionarias e insurrecciónales existentes, y así de seguido. Alberte –junto a Rearte, Puiggróss y Cooke (a través de Alicia Eguren luego de su muerte)- daban así origen a uno de los procesos más ricos y valiosos de la historia argentina, al dar vida a la Tendencia Revolucionaria Peronista. Valiosa por su diversidad, combatividad y tolerancia de matices, hasta la llegada de la hegemonización montonera. Esta irrupción, marcará un antes y un después en los hechos de la década, y dará por resultado la gran bisagra del período 1955-1973: el Cordobazo.

Del Cordobazo al Gran Acuerdo Nacional

No cabe duda, que la frase pronunciada por el general Pedro E. Aramburu, cuando la sublevación obrera y popular de Córdoba: ‘hay que pactar con Perón antes que esto salte por los aires,’(Jun-1969) sellaba el fin de la Libertadora, como proceso de capitalismo posible para la Argentina. No se podía gobernar sin el Peronismo, a menos que se quisiera que la Argentina marchara a una Revolución al estilo cubano. Los pasos de Perón, producido el Cordobazo, van en el mismo sentido: ordena desarmar la CGT de los Argentinos ‘que es un tablao’(Jun-1969) y no ‘sacar los pies del plato’(Jun-1969). La inmediata muerte de Vandor, un mes después del Cordobazo –y luego de entrevistarse con Perón en Irún-, parecería señalar el costo que alguien cobró, por permitir que su gente –Elpidio Torres- estuviera a la cabeza de la rebelión cordobesa. El resultado de esta convergencia estructural, respecto de la marcha del capitalismo, sería el Gran Acuerdo Nacional –previo asesinato de Aramburu, luego de una posible entrevista secreta con Perón en Francia- y el retorno de Juan Perón al gobierno.

El Cordobazo había dejado claro que, la convergencia combativa, orgánica y estructural del Peronismo Combativo -encarnado en la CGTA de Raymundo Ongaro- y el sindicalismo de izquierda representado en la figura del Gringo Agustín Tosco, era mortal para el esquema de capitalismo asociado a las multinacionales pergeñado por el Desarrollismo, para preservar ‘las chimeneas’ que el almirante Rojas quería erradicar. También era mortal para la estructura sindical burocrática asociada a la patronal, como esencia del gremialismo ortodoxo Peronista.

Casualmente, ésa sería a nuestro entender, la lucha central del período que se cerrará con la irrupción de la dictadura genocida: la posibilidad, o no, de generar una nueva conducción sindical combativa, autónoma y revolucionaria de los trabajadores. Línea que se expresaría en las corrientes combativas y antiburocráticas de la Resistencia ejemplificadas en los programas de Huerta Grande y la Falda, en la CGTA luego, en el Clasismo más tarde, en Tosco en todo el ciclo hasta su muerte, en los movimientos como el SMATA cordobés, la UOM de Villa Constitución, la lista Marrón de FOETRA, en los trabajadores del Chocón, en las luchas de la FOTIA, en la CGT de Salta con Armando Jaime, en las luchas de Astilleros, en fin, en un reguero múltiple de luchas obreras que plantearon como reivindicación central el cambio de conducción sindical, hasta su máxima expresión: las luchas de junio y julio de1975, que liquidaron a López Rega y que convencieron al mando burgués de la necesidad del golpe genocida ya no sólo contra el movimiento obrero, sino contra la clase obrera misma.

El primer ‘plan de ajuste’ neoliberal, hecho dentro de un gobierno Peronista (el Rodrigazo de junio 1975), fue aplastado por gigantescas movilizaciones estructurales, de la clase trabajadora encabezadas por las Coordinadoras Sindicales de Base, última emergencia del poderoso movimiento obrero argentino. Ése, que desde el 17 de octubre de 1945, había logrado inclinar la balanza de la historia para su lado. Sería, no casualmente, a partir de las luchas obreras de junio de 1975 –conocidas como el Rodrigazo- que una infame frase comenzaría a salir de los labios de políticos, militares y empresarios, tan diferentes como Ricardo Balbín, Mariano Grondona, Jorge R. Videla, Rogelio Frigerio, Emilio Massera o Juan Alemann: ‘hay que acabar con la guerrilla fabril’, dirían, legitimando la matanza por producirse. De tal forma, entre el 55 y el 58% de los desaparecidos serían dirigentes sindicales de base. Al final del proceso la clase obrera industrial –o quasi-industrial- se reduciría de seis millones de trabajadores en 1976, a menos de un millón en diciembre de 2001

La responsabilidad del General

El Tercer gobierno del General Perón, es uno de los tabúes sobre los que la política argentina actual –el Peronismo es gobierno desde 1989 casi sin interrupción, hasta hoy, a excepción de los dos años de De La Rúa- prefiere mirar para otro lado. Es soslayado en sus errores, pero también en sus aciertos. Como que se oculta, que aplicó la última política económica de Liberación Nacional que conocemos los argentinos. Claro, hablar de la política económica aplicada entre 1973-1974, por la dupla Perón-Gelbard llevaría a la inevitable pregunta, de, ¿por qué dicha política no puede ser aplicada en la actualidad? La respuesta no está al alcance de los políticos que gobiernan la Argentina post dictadura. Hemos analizado en detalle el gobierno Peronista en nuestro trabajo ‘La Esperanza Rota’(De la Campana, 2005), al cual remitimos al lector, pero creemos necesario precisar algunas cuestiones para comprender el marco de acceso de la sociedad argentina a la dictadura genocida, y al final de nuestro estadio de nación independiente, justa, libre y soberana.

Perón a nuestro entender, cometió en su Tercer gobierno una serie de errores, o de defecciones, que resultaron nefastos para el futuro de la nación y de su propio Movimiento. Destrozó innecesariamente al Presidente Cámpora, para ocupar su lugar, a sabiendas que poseía ya 79 años (todo indica que habría nacido en 1894, en Roque Pérez), y que la duración de su vida, según le habían anticipado sus médicos, no soportaría el ajetreo del gobierno. No sólo eliminó a Cámpora, y cualquier atisbo de la Juventud Peronista de su Tercer gobierno, incluyendo cuadros esenciales de ese momento como Juan Manuel Abal Medina, Esteban Righi, Jorge Vázquez y Julio Troxler, entre muchos otros. También volteó uno a uno, a los gobernadores vinculados a la Tendencia Revolucionaria Peronista. Algunos como el de Córdoba, representativos de todo el movimiento popular provincial en la lucha contra la dictadura. Otros como Bidegain, cuadros históricos de la Resistencia y de sólida formación política e intelectual.

El derrocamiento de Obregón Cano y Atilio López –de la manera más infame-, puede ser interpretado casi como un castigo a la rebelde Córdoba y al inicio de la insurrección que lo había devuelto al poder. Dejó sin lugar alguno en el Movimiento o en el gobierno, a cuadros centrales de la Resistencia como Andrés Framini, Sebastián Borro, Avelino Fernández, el Viejo Ireneo Chávez, Gustavo Rearte, Arturo Jauretche y al propio Mayor Alberte. Quebró así, la continuidad de la lucha de la Resistencia con el nuevo gobierno Peronista. Ubicó de vicepresidenta a su mujer Isabel Martínez, de quien muchas veces había señalado a sus colaboradores -en los primeros años de su exilio-, que dudaba de que fuera ‘de los servicios’. A su muerte, la presidencia de Isabel Perón sería una de las mayores tragedias de la historia nacional. El General, conocía perfectamente las ambiciones desmedidas –unido a la aguda inteligencia preverbal- de su esposa, así como la estrecha relación de dominio que sobre ella ejecutaba su mucamo, José López Rega.

Conocía también de sobra la pertenencia de su mucamo a la logia fascista P2, con la cual él mismo, había establecido espúreas relaciones, en la parte más oscura de su gobierno. La condecoración a Licio Gelli -incluyendo el beso aplicado de rodillas sobre su anillo-, en agradecimiento ante el Burattinaio; así como su entrevista con Pinochet en el Aeropuerto de Morón, deben ser de los peores momentos en su larga trayectoria política. Esa actitud de favoritismo hacia su esposa y su mucamo, sería tan condenable, que Don Arturo Jauretche, peleado con Perón desde 1948 y que moriría pocos días antes del General, el 25 de mayo de 1974, lo haría maldiciendo a su antiguo amigo: ‘que se puede esperar de quien pone de ministro a su lacayo’, expresó indignado, luego de los hechos del 1º de Mayo de 1974.

Peor aun, en el que consistió, tal vez, su mayor error estratégico, Perón destruyó la corriente nacionalista y democrática del Ejército argentino, encabezada por el general Carcagno y los coroneles Cesio, Perlingher y Ballester, destruyendo así la única corriente aliada que era fiel al proyecto Peronista. Descabezada esta línea, en el ejército sólo restarían los fascistas llamados nacionalistas, y los fascistas llamados liberales. Los dos grupos ferozmente antipopulares, anticomunistas, antiperonistas, y aliados hasta los tuétanos de los Estados Unidos en la ‘tercera guerra mundial contra el comunismo’. El Perón que había vuelto en 1972 había percibido un país sublevado y fuertemente radicalizado. Ese país, no coincidía en absoluto con su concepción política compendiada en su libro ‘La Comunidad Organizada’. De tal forma, es probable que el General haya obrado en consecuencia. Su ex ministro, médico y amigo, el Doctor Jorge Taiana, relató, que luego de su primer retorno en noviembre de 1972, el General, estaba casi alucinado, con lo que consideraba un ‘avance descomunal del comunismo en la Argentina’.

Está claro que en dicho ‘comunismo’ el General no incluía al lánguido y reformista PC, sino a toda la Nueva Izquierda surgida entre los sesenta y los setenta. Tampoco se refería claro está, sólo al PRT-ERP, al PCR, a VC o al Clasismo; sino especialmente a ‘sus muchachos’ de las FAR, las FAP, el PB, los Montoneros, la CGTA, los Sindicalistas Combativos y al enorme crecimiento de la figura de Agustín Tosco, como referente de los trabajadores. No trepidó en llamar al Gringo, ‘el dirigente de la triste figura’, cuando éste apenas había salido de su larga prisión, durante la dictadura. De allí que su accionar aparezca por momentos, esencialmente contradictorio entre su línea económica e internacional, y su política interna de castigó sin piedad a ‘sus muchachos.’

En esta línea, su decisión de eliminar a Carcagno y Cesio, resultó tal vez, su jugada, más suicida, a sabiendas que el Ejército gorila había sido su principal enemigo por dieciocho años. Él, había prometido a los coroneles Peronistas el mando de las fuerzas armadas durante su exilio. Luego al volver al poder les expresó: ‘prefiero un Ejército de generales derrotados y no uno de coroneles victoriosos’, mostrando una vez más las terribles limitaciones de su ‘maquiavelismo sin destino’, como alguna vez calificara el Padre Hernán Benítez, a su accionar. Sin embargo, nos parece que la peor de sus acciones, fue su guerra a muerte contra la Juventud Peronista, el Movimiento Montonero y la Izquierda Revolucionaria Peronista en su conjunto, más allá de los graves errores y provocaciones de los ‘muchachos’. Ése era el Peronismo que había crecido y madurado en dieciocho años de Resistencia. Era -junto a la Izquierda Revolucionaria- la mayor creación del pueblo argentino en su lucha contra la oligarquía. Sin ellos Perón no se habría movido de Madrid, aun contando con la ayuda de Licio Gelli. Jamás el vandorismo, ni el sindicalismo ortodoxo habrían logrado que Perón volviera al país. Si él había vuelto, lo era debido al accionar de una, o dos generaciones, de trabajadores, militantes y jóvenes heroicos, que decididos a luchar por la dignidad, la libertad, la justicia y la soberanía popular, enarbolaron su nombre como bandera de lucha saliendo a tomar el cielo por asalto.

El pago de Perón a sus jóvenes revolucionarios, a los que debía su presencia en la nación, fue repugnante, y, es tal vez el elemento más deleznable de su larga y fundamental carrera política. El Tercer Perón no estuvo a la altura de lo que el pueblo había hecho por traerlo de vuelta. Por ora parte, su guerra al marxismo y al pensamiento revolucionario dentro del movimiento –que llevó a la renuncia inmediata de Rodolfo Puiggróss a la jefatura de la UBA al conocerse el comunicado del Concejo Superior en ese sentido, hecho también ocultado cuando se habla de Puiggróss- fue nefasto para el devenir del Peronismo.

La castración teórica, que aun hoy, exhibe ese inmenso ‘gigante invertebrado’ que parece poder ir en cualquier dirección, parece tener su explicación en la guerra a muerte que Perón librara contra la izquierda de su movimiento entre 1973 y 1974, cercenando al Peronismo de todo pensamiento revolucionario. Meter al gigantesco movimiento revolucionario popular que se produjo en la Argentina entre 1968 a 1973, en los restringidos, apáticos y limitados márgenes del Pacto Social y la Paz Social, sólo podía terminar en el increíble gobierno peronista de 1989 a 1999, con Cavallo continuando la obra iniciada por Celestino Rodrigo y Ricardo Zinn, anticipando el plan de Martínez de Hoz. Sólo así, se puede entender que el Peronismo en su conjunto –después de haber nacido un 17 de octubre y haber producido un Movimiento de la magnitud de la Resistencia y del Peronismo Revolucionario- haya sido cómplice de la más infame traición a la Patria cometida por el menemismo. Sólo el brutal vaciamiento de contenido, mediante la prohibición del pensamiento que exigió Perón en su Tercer gobierno, puede explicar el Peronismo posterior a la dictadura. Sin la guerra al pensamiento revolucionario que propugnara Perón, no se puede explicar la complicidad descarda, como veremos en estas páginas, de muchos sobrevivientes del genocidio con la entrega de la nación. Pero su más lamentable culpa, carga con el hecho de haber exigido ‘el escarmiento’ sobre la Juventud Maravillosa, entregando a la muerte más atroz a los mejores hijos de la Patria. A la gente que expresaba la maduración de un pensamiento revolucionario que nos hubiera dado otro país.

Esa generación, entregada al suplicio mas atroz por la oligarquía, educada en el terror inquisitorial español y en el disciplinamiento ‘progresista’ británico; ambos reciclados en la Doctrina de la Seguridad Nacional yanqui. Abandonada y entregada por una conducción infiltrada hasta los tuétanos por los servicios de inteligencia del enemigo, fue también llevada al holocausto por el propio Perón, que volvió al país con una idea de juventud a corregir, tal cual expresara el propio 21 de junio de 1973, luego de Ezeiza: ‘Tenemos una juventud que está mal encaminada...’ O como diría sin ambages, en la reunión con el gabinete del 21 de junio de 1973 en Gaspar Campos, según recordara el ex ministro Jorge Taiana: ‘para salvar a la Nación hay que estar dispuesto a sacrificar y quemar a sus propios hijos’(248)(pag103) (Taiana J.op.cit.2000). Palabras del General, que hasta donde sabemos no poseía hijos.

La responsabilidad guerrillera

Iniciamos este balance por el accionar de Perón, pues pese a que ya nos hemos referido a la irresponsable visita que Quieto y Firmenich realizaran a Madrid antes del segundo regreso de Perón (La Esperanza Rota, De la Campana,2005), no hemos contabilizado accionar grave alguno de ninguno de los grupos guerrilleros entre el 25 de mayo de 1973 y los hechos de Ezeiza, más allá de algunos secuestros y el Devotazo. Hecho éste último que de ninguna manera puede interpretarse –pese a lo que aun hoy señala la derecha peronista- como ‘accionar subversivo’ y sí, como justicia del pueblo por liberar a sus presos. De cualquier manera, estos hechos no pueden justificar Ezeiza.

En la obra antedicha, hemos desarrollado en extenso nuestra tesis –que no es sólo nuestra- que carga en Perón la responsabilidad clara por los hechos del 20 de junio de 1973. Si bien no creemos que dichos hechos, justifiquen las terribles provocaciones que la izquierda armada –peronista y perretista- realizaría luego de los mismos; corresponde cronológicamente ubicar que el primero que pegó fue el anciano General. A sabiendas seguramente, de que ‘sus muchachos’ caerían en la trampa como lo hicieron, y podría liquidarlos –y junto con ellos a Cámpora y su gobierno- de un solo golpe. Perón sabía además, que Cámpora no haría nada para evitar su accionar, aun en conocimiento de que Perón se moriría en poco tiempo. El Tío jamás enfrentaría al General. De la misma manera cabe preguntarse ¿qué habría ocurrido, si cómo proponían algunos sectores de la Tendencia, no se debía concurrir a Ezeiza, o al menos no disputar en absoluto ningún lugar en la marcha, dejando que el golpe de la derecha peronista cayera en el vacío? Sin embargo –y Perón lo sabía-, estaba en la dinámica de los hechos que ello no ocurriera.

De cualquier manera, hubo quienes –Envar El Kadri, Gustavo Rearte, Bernardo Alberte, Juan Manuel Abal Medina, Agustín Tosco, el general Carcagno y muchos más- aún descontentos con la forma en que Perón se hacía del gobierno, entendían que no había que enfrentarlo y que por el contrario había que buscar la forma de transformar en organización, el enorme poder del campo popular, que debía prepararse para enfrentar el inmenso agujero negro que se produciría -a no dudarlo- a la muerte del Viejo. Sin embargo la irracionalidad –y el accionar hábil de la inteligencia militar, manejada por la CIA y el MI5- llevó a las dos organizaciones político-militares a atacar con acciones armadas descabelladas e injustificadas, al gobierno Peronista, elegido dos veces en seis meses, con el mayor consenso obtenido por partido alguno desde 1955.
Perón fue elegido Presidente en elecciones libres, limpias y puras con el 62% de los votos en primera vuelta, cifra no alcanzada aun por ningún dirigente político argentino. Si bien sus métodos, y el cambio en 180 grados de su discurso del 21 de junio de 1973, no eran gustosos ni agradables, su política económica, su ubicación internacional y estratégica, no dejaban dudas que su gobierno era un golpe de timón a las políticas de la dependencia y del control oligárquico, llevadas adelante desde 1955. Hoy resulta claro que conducciones más maduras –y más enraizadas en el pueblo- habrían comprendido la necesidad de buscar una tregua y un acuerdo con el anciano General, que seguramente, éste gustoso habría acordado, pues era el papel que deseaba en su último tramo de vida. Sin embargo, ni Santucho –ni el resto de sus compañeros de la conducción restringida del PRT-ERP- ni Quieto ni Firmenich –ni otros en la conducción Montonera- pudieron o quisieron pensarlo así. De tal forma, el último intento de gobierno de Liberación Nacional, del siglo XX y lo que va del XXI, se desarrollaría no en los marcos de un Frente de Liberación nacional ampliado como proponía –no con los mejores modales, es cierto- Perón, sino en los marcos fraticidas de una guerra civil entre sectores populares que debían estar unidos frente a un enemigo poderoso, agresivo y acorralado en el resto del mundo.

Como gran mérito del General debe ubicarse, que a diferencia de su Primer gobierno, esta vez Perón pasó por arriba de la ahistórica conducción del PCA, y buscó el acuerdo con los soviéticos directamente con ellos –a través de Gelbard- para completar la industrialización y la infraestructura estratégica y energética de la nación. No de otra cosa se trataba el plan Perón-Gelbard, llamado Plan Trienal, y que nos hubiera puesto a la cabeza del desarrollo industrial independiente de América Latina; con el campo Socialista europeo –en 1973, dieciséis años antes de su colapso-, como compradores privilegiados de nuestra industria liviana a cambio de alta tecnología, industria pesada, infraestructura y desarrollo energético para completar nuestro desarrollo, por lo que restaba del siglo XX. Así, la Argentina ocuparía hoy con creces, el lugar de Brasil. Nuestra población sería de no menos de 45 a 50 millones de habitantes, y seguramente tendríamos un pueblo próspero, alimentado, saludable, educado feliz. Cuando Leonid Brezhnev expresó en Moscú a Gelbard, en 1974: ‘allí donde vaya la Argentina irá América Latina’, sabía de que hablaba.

También lo sabían los Estados Unidos, que al mismo tiempo, apoyaba incondicionalmente a la dictadura brasileña, pactando con sus ‘gorilas’ militares y empresarios el desarrollo de un Brasil industrial, bajo control de las multinacionales, y, sin poder sindical, ni beneficios sindicales ni sociales por un largo tiempo. Un Brasil de las multinacionales que contrapesara la Argentina Estatal Peronista. Kissinger respondió a Brezhnev, casi en los mismos días: ‘allí donde vaya Brasil, irá América latina.’ Esta vez para desgracia nuestra y de muchos pueblos, Kissinger ganó la pulseada, no sin una clara intromisión imperialista en nuestro suelo, tal cual lo preanunciara el académico británico-canadiense H. Ferns, con cuya expresión terrible comenzamos este libro y con una matanza de varios cientos de miles de latinoamericanos.

El tiempo de los Setenta terminó. Se llevó a Perón, a la generación revolucionaria y produjo la mayor derrota del pueblo argentino después de Pavón, devolviéndonos al estado colonial. La inmolación de la juventud revolucionaria, a través de su autodestrucción y del accionar genocida y terrorista de unas fuerzas armadas -que también decidieron autodestruirse, asumiendo su parte del deseo de Ferns, transformándose abiertamente en fuerzas de ocupación de su Patria, con su pueblo como enemigo-, nos han retrotraído a situaciones que habían sido superadas durante el período 1945-1975. En el exterminio de la generación revolucionaria, en la destrucción del movimiento obrero como corazón y médula de la organización del pueblo argentino, se puede entender que la nueva rebelión del pueblo argentino, que pusiera fin a esta etapa de derrota, la de diciembre de 2001, no encontrara un sostén político en que apoyarse y finalmente fuera heredada por una nueva reformulación liberal-keynessiana del Peronismo.

Al ser exterminadas las dos principales expresiones construidas por el pueblo en el largo ciclo 1955-1975; es decir, el Peronismo Revolucionario y la Izquierda Revolucionaria, lo único que estaba en condiciones de salir al encuentro de ese potente y magnífico –como lo han sido siempre las rebeliones de nuestro pueblo, desde 1780 a la fecha- movimiento popular expresado en ‘piquetes y cacerolas’, era la vieja izquierda sobreviviente de la derrota de los Setenta. La vieja izquierda en sus distintas vertientes –comunistas, estalinistas, trotsquistas, maoístas y todas las combinaciones posibles- ya estaba incapacitada de generar nada nuevo, en 1973. Por eso fue superada por la llamada Nueva Izquierda que originara las dos formas revolucionarias a que hacíamos referencia. Producido el estallido, ni el PC, ni el PO, ni el MST, ni el PTS, ni el PCR, ni las miles de siglas más que podemos seguir invocando, estaban en condiciones de entender de qué se trataba. No se trataba de discutir como pasar de ‘1905 a 1917’, o de ‘Febrero a Octubre’ en Rusia, como proponían exaltados jóvenes militantes del PO, del MST, del PTS, del MAS ante multitudes de vecinos, que los contemplaban azorados, sin saber a qué se referían.

Vecinos que se retiraban de las Asambleas Populares espantados por las discusiones sobre Trotzky, Lenin o Lunacharsky. Asambleas populares y piquetes, que habían logrado juntar más de cuatro millones de personas en las calles de Buenos Aires y el conurbano, espantando a Donald Rumsfeld -por entonces ministro de defensa de George W. Bush- quien proclamaba horrorizado: ‘El problema de la Argentina, no es la crisis financiera. El problema de la Argentina es toda esa gente en la calle’. No se trataba de Lenin o Trotzky, sino sólo de pensar en Castelli, en Artigas, en Moreno, en Yrigoyen , en Alem, en Perón, en Evita, en Ongaro, en Tosco, que habían ocupado esas mismas plazas en otros momentos de lucha del pueblo, en reclamo de su libertad. Se trataba de recordar aquello que había expresado alguna vez, Antonio Gramsci: ‘los pueblos marchan con toda su historia encima y suelen retomarla allí donde la dejaron...’ Ello era tan evidente en las marchas y barricadas porteñas del 19 y 20 de diciembre, que las mismas se realizaban en los mismos sitios que en 1945 o en 1970, que casi causa vergüenza recordarlo. Se trataba simplemente de eso pero... como expresara Rodolfo Walsh, en un documento citado al final de estas páginas, la izquierda argentina, en todas sus variantes, no podía siquiera pensarlo...

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Años de violencia, con hombres de poder absoluto

Apenas habían sonado las dos de la madrugada del 24 de marzo de 1976 cuando fuerzas policiales y del Ejército rompieron la puerta e irrumpieron en el departamento del sexto piso de un edificio de Avenida del Libertador al 1100. Sin más, en medio de insultos y gritos, el dueño de casa fue arrojado al vacío delante de su esposa: se trataba del mayor retirado Bernardo Alberte, ex delegado personal de Perón en la Argentina durante una etapa del exilio del líder.

La acción fue un símbolo de la Argentina que se iniciaba, de la Argentina en la que el en ese momento general Carlos Guillermo Suárez Mason se convertía en uno de los hombres de mayor poder.

Muchos años más tarde, Bernardo Alberte hijo tendría ocasión de encontrar, arrinconar, insultar y patear a un Suárez Mason ya sin sus atributos.

Pero durante casi toda la dictadura, como comandante del 1ø Cuerpo de Ejército y de la Zona 1, fue protagonista no sólo de la implementación de los métodos del terrorismo de Estado del régimen militar en la Capital y la provincia de Buenos Aires. También de buena parte de las decisiones políticas y económicas que empezaron a cambiar para siempre a la Argentina según un diseño de país que actuó como razón principal del golpe militar de aquel día.

Pozo de Banfield, la Cacha, Automotores Orletti, El Vesubio, Olimpo, fueron algunos de los centros clandestinos de detención y desaparición de personas "inaugurados" ya desde los primeros días de la dictadura en jurisdicción de la Zona 1, por los que —junto a la ESMA— pasaron la mayor parte de los 30 mil desaparecidos del régimen.

Esos métodos de represión fueron el correlato, la condición de sustento de la política económica de Alfredo Martínez de Hoz. Fue en esa etapa —salvo el fugaz antecedente impulsado por Celestino Rodrigo en 1975, durante el gobierno de Isabel Martínez— cuando se pusieron en marcha las recetas neoliberales.

En lo institucional, la cara pública de la represión ilegal, la dictadura cerró el Congreso, ilegalizó a los partidos políticos, intervino los sindicatos, suspendió la vigencia de las leyes laborales y regimentó, cuando no se hizo cargo directo, del manejo de los medios de comunicación públicos y privados.

En setiembre de 1977, durante una gira por Estados Unidos, el entonces presidente, Jorge Rafael Videla, reconoció la existencia de desaparecidos en la Argentina.

El 7 de abril de 1978, el gobierno de la dictadura hacía público un informe según el cual los detenidos políticos y sociales legales, es decir reconocidos, llegaban a la cifra de 3.312. Se trataba, en rigor, de los privilegiados de la política del terrorismo de Estado de la Argentina de esos días.

Clarín, 22/06/05


Biografía de Bernardo Alberte

"Nosotros les prevenimos que algún día vendrá el hombre sencillo de la Patria a interrogar a sus militares en actividad y en retiro. No los interrogaran sobre sus largas siestas despues de la merienda, tampoco sobre sus estériles combates con la nada, ni sobre su ontológica manera de llegar a las monedas, no sobre la mitología griega ni sobre sus justificaciones absurdas crecidas a la sombra de la mentira.

Un día vendrán los hombres sencillos de esta tierra, aquellos que fueron sus soldados, a preguntar que hicieron cuando la Patria se apagaba lentamente, que hicieron cuando los pobres consumían sus vidas en el hambre y la de sus hijos en la enfermedad y la miseria, que hicieron cuando los gringos vinieron a imponernos esa nueva forma de vida "occidental" que todo lo corrompe y compra el dinero.

Quizás para ese momento, la vergüenza que provoque el silencio como respuesta, no sea suficiente como castigo."

Con palabras como estas, Bernardo Alberte rechazaba en 1969 acogerse a un decreto del dictador Onganía que permitía la reincorporación de militares peronistas dados de baja -como él- luego del derrocamiento de Perón. Despues de la victoria popular del 11 de marzo de 1973, y al asumir la Presidencia de la Republica, el Dr. Héctor J. Cámpora en uno de sus primeros decretos reincorporo a Bernardo Alberte al ejército con el grado de Teniente Coronel en retiro.

No era la primera vez, ni seria la ultima, que el destino de Alberte se cruzaba con los triunfos y las derrotas populares.

Nacido en 1918, se graduó como Subteniente a los 21 años con las mejores calificaciones de su promoción. Cuando a comienzos de octubre de 1945 el entonces Coronel Perón fue destituido y encarcelado, el joven oficial salio en su defensa. Arrestado en Campo de Mayo, acusado de promover la insubordinación de la Escuela de Infantería, fue con el levantamiento popular del 17 de Octubre que Alberte recupero su libertad y su empleo. Ya con el grado de Mayor, en 1954, fue designado edecán del Presidente. El 16 de junio de 1955 cuando la aviación naval bombardeo el centro de Buenos Aires y ataco la Casa Rosada con el propósito de asesinar a Perón, Alberte fue uno de los militares que encabezo la defensa. En septiembre, al producirse el nuevo y definitivo levantamiento, entablados los combates entre tropas leales y rebeldes, iba a ser partidario de resistir hasta las últimas consecuencias. Permaneció junto al Presidente hasta que Perón decidió renunciar. Entonces los golpistas lo encarcelan en represalia por haber cumplido con su deber militar y constitucional.

Compartió en Ushuaia la prisión con otros destacados dirigentes peronistas y fue liberado a fines de 1956. Citado por el Comando en Jefe del Ejército, no quiso presentarse ante sus verdugos. Declarado en rebeldía se vio obligado a buscar refugio en Brasil, donde permanecía exiliado cuando fue dado de baja por los militares golpista.

En Marzo de 1957, desde Río de Janeiro escribe a Perón, entonces radicado en Caracas, Venezuela, haciendo un balance de los acontecimientos del 55: "Que los militares eran los que constituían la masa del ejército que le permaneció leal hasta el último día de su gobierno, pese a las defecciones y traiciones conocidas de las que no se escaparon de cometerlas también civiles; que ese Ejército que le era leal con la cooperación del pueblo, con la que siempre se sintió estimulado, pudo haber vencido a los rebeldes si se hubiera dispuesto a enfrentar la guerra civil y sufrir los bombardeos y destrucciones que estaba dispuesta a realizar la Marina. Guerra civil y destrucciones, o algo similar que ahora, muy probablemente, tengamos que aceptar como única solución para liberar a la Patria de los sátrapas que la quieren gobernar".

Tras el pacto con Perón que permitió a Frondizi alcanzar la Presidencia, en 1958 fue sancionada una ley de amnistía que le permitió a Alberte regresar al país. Como no era hombre de deprimirse- al comienzo de su exilio brasileño supo ganarse la vida como vendedor ambulante de ropa femenina- ya en Buenos Aires instaló una tintorería a la que llamó "Limpiería" y que con el tiempo se haría popular a causa de las actividades de su dueño.

Corría 1965 cuando el dirigente metalúrgico Augusto Vandor comenzó a disputarle abiertamente a Perón el control de su Movimiento. Desde su exilio en Madrid, el General envió a su esposa Isabel para contrarrestar el avance vandorista. La casa particular de Alberte sirvió de refugio a la viajera en determinado momento de su estadía. En junio de 1966, en vísperas del derrocamiento del presidente Illia, Isabel volvió a Madrid. Pocos días después Vandor, Alonso y otros sindicalistas, asistían en la Casa Rosada a la asunción del dictador Onganía, a quien el periodista Mariano Grondona comparaba con el presidente de Francia general Charles De Gaulle. Y mientras el capitán –ingeniero Alzogaray, designado embajador en Washington, proponía proclamarlo monarca, Vandor y sus amigos prefería verlo como un nuevo Perón.

Perón, "El Viejo", el auténtico líder, a comienzos de 1967 nombra a Alberte –su antiguo edecán- Delegado y Secretario General del Movimiento Peronista. Alberte puso fin a la etapa de "desensillar hasta que aclare", y desafiando las persecuciones desatadas por la dictadura, en poco más de un año puso en pie a un Movimiento que estaba postrado y dividido, dando particular intervención a la juventud.

Debió enfrentar las tendencias conservadoras y burocráticas dentro del peronismo, tanto en su sector político como gremial. Su gestión política fue determinante para el surgimiento en marzo de 1968 de la C.G.T. de los Argentinos, central obrera que creó un nuevo instrumento de lucha sindical, y donde actuaron entre otros: Raimundo Ongaro, Jorge Di Pascuale, Agustín Tosco, Atilio López, Rodolfo Walsh e Hipólito Solari Irigoyen, es decir, sindicalistas, peronistas, radicales, izquierdistas, etc.

La política seguida por Alberte fue de lucha frontal contra el régimen de Onganía y de apertura a los sectores sociales y políticos que se le oponían. Uno de sus resultados fue el acercamiento de la masa estudiantil al movimiento obrero a través de la C.G.T. de los Argentinos. Así se logró arrinconar al "participacionismo", abriendo una nueva perspectiva en el panorama político argentino que desembocaría en el Cordobazo de 1969. Pero para entonces Alberte ya no ocuparía el cargo de Delegado, al que renunció en marzo de 1968. Perón designó en su reemplazo a Jorge Daniel Paladino, personaje al que el mismo Perón acusaría, en 1971, de haberse transformado en un agente del dictador Lanusse.

Bernardo Alberte, en cambio, siguió en la misma línea, compartiendo posiciones con John William Cooke y Gustavo Rearte. A pocos meses de su renuncia editó el periódico Con Todo, portavoz del peronismo revolucionario, y salió públicamente en defensa de los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) arrestados en Taco Ralo, Tucumán, en septiembre de 1968.

Durante el congreso clandestino celebrado por el peronismo en Córdoba en enero de 1969, Alberte pronunció un discurso que obtuvo mucha repercusión. "Hay que dominar la estrategia mejor que los generales que la emplean para oprimir y sojuzgar y que en nuestras manos debe servir para liberarnos. En esta época de transición entre el capitalismo y el socialismo, entre el miedo y la libertad, entre lo que cae y lo que viene, hay que ser un hombre de acción para ser digno de la conducción de las masas populares".

Al hablar en el cementerio de la Chacarita, el 22 de julio de 1971, después del secuestro y asesinato de Juan Pablo Maestre y su esposa Mirta Misetich, Alberte reveló que ambos eran militantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), reivindicando como combatientes a quienes hasta entonces sólo aparecían ante la opinión pública como víctimas de la represión ilegal.

En 1973, las vísperas del retorno del Peronismo al gobierno, Alberte observaba el futuro con prevención: "A esta altura de la situación ya se ha puesto en evidencia (...) la trampa de la Junta Militar cuyo objetivo es integrar al Peronismo al sistema con la finalidad de crear un gobierno favorable al continuismo. (...) Pero aunque no prevaleciera la maniobra oficial, si pasando por encima de los ardides tramados (...) triunfara un gobierno no dispuesto a mantener la línea continuista, la trampa le estará esperando siempre".

Coincidía su visión de los acontecimientos con la de Gustavo Rearte. Y cuando la "primavera" de Cámpora agonizaba, a comienzos de julio de 1973, tuvo que volver Alberte a la Chacarita para despedir los restos de uno de los fundadores de la Juventud Peronista –Gustavo-, derribado prematuramente por el cáncer, como cinco años antes lo fuera Cooke. Quiso el destino que don Bernardo confortara a los dos en sus últimos días, como amigo y compañero.

No ocupó Alberte cargo alguno en los gobiernos peronistas que se fueron sucediendo. Se mantuvo en un segundo plano hasta 1975. Entonces se puso a la cabeza de la Corriente Peronista 26 de Julio, acompañado entre otros por Susana Valle, y salió a denunciar frontalmente al golpismo que se avecinaba. "Sabemos que desde las estructuras del Movimiento y del gobierno, hubo y hay quienes desvirtuaron y desvirtúan los contenidos del Peronismo –cuando no los traicionaron-; los hemos señalado oportunamente –cuando el silencio gorila callaba las acciones de López Rega- y los seguimos señalando".

Pocos días antes del golpe, la represión ilegal desembozada irrumpía en las oficinas céntricas donde funcionaba la Corriente 26 de Julio con el evidente propósito de secuestrar a Alberte. Pero esta vez los paramilitares fallaron en su intento.

En la víspera del 24 de marzo dirigió una memorable carta a Videla, poniendo en evidencia la responsabilidad de las Fuerzas Armadas en la represión ilegal, que acababa de cobrarse la vida de un joven colaborador suyo, Máximo Altieri.

Horas después, en momentos de producirse el golpe militar, efectivos uniformados del Ejército y la Policía Federal irrumpieron en el domicilio de Alberte, derribando la puerta con sus armas y profiriendo insultos y amenazas. Sin poder ejercer defensa alguna, ante el despliegue desmesurado de efectivos y armas utilizadas, don Bernardo fue arrojado al vacío desde una de las ventanas de su departamento. Al caer a un patio de la vivienda del primer piso, su morador, el Dr. Herrera, ex juez y otros testigos que presenciaron el hecho, fueron amenazados con armas largas para que silenciaran lo visto. En tanto el cuerpo de Bernardo Alberte yacía exámine, su casa era violada y saqueada, intimidándose a sus familiares con armas de fuego.

Sus familiares iniciaron antes la Justicia una querella al responsable del Ejército, el general Videla, pero se encontraron con jueces que se declaraban incompetentes pese a tener pruebas suficientes para esclarecer el hecho. Así se dieron trágicas anécdotas como la del Juez Rafael Sarmiento que, cuando el abogado patrocinante de la familia le dijo que a Alberte lo habían tirado con vida por la ventana, contestó "¿Y con eso...? A todos los peronistas habría que tirarlos por la ventana". O la del Juez Juan Bautista Sejean, que le confesó al propio hijo de Alberte que tenía miedo de investigar y por eso se declaraba incompetente.

Don Bernardo era consciente de los riesgos que corría al decidir permanecer en su hogar la noche del golpe. Complejo sería intentar describir el entrecruce de razones y sentimientos que pudieron llevarlos a desoír la voz del sentido común que estaba acostumbrado a desafiar con valentía. Los generales que ordenaron su asesinato debían de conocerlo bien, sabían que combatiría a la dictadura con todo el peso de su prestigio y coraje.

Fuente: El Descamisado


Bernardo Alberte, primera víctima del golpe del '76

"Lo tiraron desde el sexto piso"

El mayor Alberte terminaba de escribir una carta al jefe del Ejército, Jorge Videla, cuando fue tirado por la ventana por un grupo de tareas, que inauguraba la sangrienta represión de la última dictadura militar.
Alberte fue delegado personal del ex presidente Perón y secretario general del Movimiento Peronista.

Miguel Bonasso, Página 12, 22/03/99

"¡Alberte, te venimos a matar!", gritaron los hombres del Ejército que vestían uniforme de combate. Y el teniente coronel retirado Bernardo Alberte supo que hablaban en serio. Intentó alcanzar su pistola, pero no le dieron tiempo. Lo agarraron entre varios y lo arrojaron al vacío. Su cuerpo destrozado fue llevado al Hospital Militar y a la comisaría 31 de la Policía Federal, pero el crimen quedó impune. Durante años su hijo Bernardo y sus hermanas recorrieron los estrados judiciales, donde sólo encontraron odio, indiferencia y cobardía. La causa quedó cubierta por el polvo y el olvido. Como el nombre mismo de Bernardo Alberte, ex delegado de Juan Perón y ex secretario general del Movimiento Peronista en los duros años del onganiato. Un rato antes de que llegaran los visitantes de la noche, el Yorma, el Tintorero, como lo conocían amigos y enemigos, había tecleado una carta al comandante en jefe del Ejército Jorge Rafael Videla, denunciando el secuestro y asesinato de Máximo Altieri, un joven militante de su agrupación (la Corriente Peronista "26 de Julio"), y los intentos de bandas armadas, integradas inequívocamente "por elementos de seguridad", que habían pretendido secuestrarlo a él mismo. Allí Alberte, sin esperanzas, advertía al futuro dictador sobre los alcances de la enorme ordalía de sangre que las fuerzas a su mando estaban por desatar contra el pueblo argentino. Terminó de escribirla a la una de la madrugada de un día muy especial: el 24 de marzo de 1976. Una hora después los asesinos irrumpían en su departamento de avenida Libertador al 1100, perpetrando el primer asesinato de una serie que sumaría más de treinta mil. Por una extraña paradoja de la historia, la primera víctima del golpe militar resultaba ser un militar. Claro que un militar muy especial, que reverenciaba al Che Guevara, odiaba a "la oligarquía y el imperialismo" y se había tomado en serio la consigna de Eva Perón: "El peronismo será revolucionario o no será nada". A veintitrés años del crimen impune, Página/12 entrevistó a Bernardo Alberte hijo, que no ha cesado un solo día de bregar por la memoria de su padre. Este es el diálogo y la historia trágica de un peronista tercamente ético que fustigó sin piedad "a los dirigentes del movimiento que se pasaron al enemigo" y a sus antiguos camaradas de armas, convertidos en "una banda de asesinos y torturadores".
–Bernardo: ¿su padre ha sido olvidado o silenciado?
–Ha sido silenciado por este peronismo traidor y socio de los genocidas que está en el Gobierno.
–Cuéntenos, entonces, quién fue Bernardo Alberte.
–Fue el hijo de un inmigrante español que puso una vinería. Papi era un hombre del pueblo que, por alguna razón que desconozco, se hizo militar.
–¿Y eso le dejó huellas? ¿Era "milico" en la vida personal?
–Y bueno, en algunos aspectos formales, sí. Era severo, introvertido. Madrugador. Se levantaba a las seis de la mañana. Pero, a diferencia de varios de sus colegas, siempre fue un formidable laburante. Un tipo exitoso en el comercio, que nunca le hacía ascos al laburo. Y que a mí y a mis hermanas nos tenía al trote para que estudiáramos y trabajáramos.
–¿Cuándo nació?
–El 17 de noviembre de 1918. Tendría ahora 80 años. Tenía 56, casi 57 cuando fue asesinado. Ahora bien, lo más importante de Bernardo Alberte fueron los grandes cambios que sufrió a lo largo de su vida. Como fue cambiando su conciencia de la realidad argentina, desde que se graduó como subteniente con las mejores calificaciones de su promoción.
–¿Cuándo se hizo peronista?
–Fue peronista desde los orígenes mismos del movimiento. Y tal vez por eso mismo nunca fue un obsecuente. Cuando se las tenía que cantar al propio Perón, se las cantaba. (De ahí que Perón lo llamara "el gallego cabezadura"). Así lo hizo en su primera carta de 1957 y así lo hizo en la última, escrita en octubre de 1972, en vísperas del famoso retorno.
–¿Qué le "cantaba" a Perón en esas cartas?
–En la de 1957 (que le mandó al exilio de Caracas) le decía que entendía por qué no se había puesto al frente del Ejército leal y del pueblo, para enfrentar a los gorilas. Aquello de evitar el derramamiento de sangre. Pero al mismo tiempo se preguntaba y le preguntaba cuánta sangre haría falta para desalojar del poder a sátrapas como Aramburu y Rojas. En la de 1972 lo prevenía contra aquello otro de volver al país "como prenda de paz" y no como líder de una verdadera revolución peronista.
–¿Cómo empezó la militancia del joven Alberte?
–En octubre de 1945, cuando el entonces coronel Perón fue destituido y enviado preso a la isla Martín García, papá, que era teniente, intentó levantar a la Escuela de Infantería. Falló en su intento y fue degradado y encarcelado. Después del levantamiento popular del 17 de octubre, recuperó la libertad y el grado. En 1954, cuando era mayor, lo designaron edecán del presidente y en esa función estuvo al lado del general Perón hasta que éste decidió renunciar y salir del país. En junio de 1955, cuando la aviación naval bombardeó la Casa Rosada, Alberte fue uno de los militares que encabezó la defensa del orden constitucional. Y en setiembre, al producirse el nuevo levantamiento, fue partidario de resistir hasta las últimas consecuencias. Los golpistas lo encarcelaron en represalia por haber cumplido con su deber militar y constitucional y lo confinaron en las cárceles flotantes, en la Penitenciaría, en el Penal de Magdalena y finalmente en la cárcel de Ushuaia. Recuperó su libertad recién a fines de 1956.
–Tal vez, paradójicamente, de esa manera salvó su vida, porque si hubiera estado en libertad, se hubiera enganchado en el levantamiento de junio de 1956 y hubiera sido fusilado como el general Juan José Valle.
–Sin duda. Por algo la viuda del general Valle le entregaría después, en el sesenta, las charreteras de general que le arrancaron a su esposo antes de fusilarlo en la Penitenciaría. Custodia que mi padre le agradeció en una carta, como el "más grande honor de su vida". Y es tan cierto que salió de la cárcel y anduvo perseguido hasta que se asiló en la embajada de Brasil y luego tuvo que salir al exilio en ese país. Entonces el Ejército lo dio de baja. El exilio fue una experiencia que le dejó huellas todavía más dolorosas que la prisión.
–¿Cuáles son sus recuerdos personales de aquellos momentos?
–Yo nací en 1948, así que cuando papá fue preso por primera vez yo tenía siete años. Y me recuerdo, claro que me recuerdo. Me recuerdo de las cartitas que le mandaba al barco diciéndole: "¿Papi, cuándo nos vas a invitar a dar una vuelta en el río?". Porque él, evidentemente, no quería dramatizar la situación y uno se figuraba, casi, como que estaba de paseo.
–¿Y en el exilio?
–A Brasil, en los primeros tiempos, fue solo. Después fuimos nosotros. Al principio fue vendedor ambulante. Vendía ropa interior. Después consiguió un trabajo de escribiente en una oficina. Cuando volvió del exilio, después de la amnistía de Frondizi en 1958, tuvo que disminuir bastante su actividad política para recomponer la situación económica. Porque nunca olvidó que tenía mujer y cuatro hijos. Primero puso un negocio de compostura de calzado en el acto. Y le fue bien. Después la tintorería de la calle Juncal, que él llamó La Limpiería. Y conservó hasta el final. La Limpiería que yo sigo atendiendo hasta el día de hoy. Como le dije: era muy laburador. El siempre les decía a los muchachos: para militar hay que robarle horas al sueño, porque si no se deteriora la parte económica y sufre la familia. Pero, a comienzos de los sesenta, ya estaba de nuevo militando a full.
En el ‘65, cuando Isabel Perón vino a la Argentina enviada por el General para frenar el alzamiento neoperonista de (Augusto) Vandor, se alojó primero en el hotel Alvear y luego en el hotel del Sindicato de Luz y Fuerza, adonde iban todos los días los gorilas para armarle quilombo. Era una situación peligrosa y complicada. Un día vino (Jorge Daniel) Paladino por casa (nosotros vivíamos entonces en la calle Yerbal) y le dijo al viejo que no sabían dónde meterla. Entonces papi les dijo: "Bueno, tráiganla a casa". Y la trajeron nomás. Estuvo como quince días allí en la calle Yerbal, con algunos hombres de custodia.
–¿Y López Rega? Porque se dice que fue su papá el que le presentó al Brujo.
–Bueno, ya va a ver. Los custodios de Isabel en aquel momento eran dos muchachos que terminaron en trincheras diferentes: Alberto Brito Lima y Dardo Cabo. Brito Lima terminó con la gente de (Jorge) Osinde y (José) López Rega que hicieron la masacre de Ezeiza y Dardo, en cambio, fue asesinado por los militares en la cárcel. En aquellos días dormían en mi pieza y le aseguro que era una ferretería la casa. Había unos matracones que Dios nos libre. Un día llamaron por teléfono los "comandos civiles" o algo así, diciendo que iban a tomar la casa y había que sacar a Isabelita de cualquier forma. Papi les propuso que se descolgaran con una soga por la pared trasera (que tenía unos doce metros de altura) y se escaparan por las vías del ferrocarril. Isabel lo miraba como diciendo "éste está loco". Y se cambió el plan de fuga. A Isabel la sacaron con una jugada de novela: mi hermana se puso una peluca rubia y salió por la puerta con toda la custodia. Y todos los policías y los periodistas se fueron detrás, permitiendo que al rato Isabel se esfumara sin llamar la atención. Y fue en esos días, efectivamente, cuando apareció el Brujo López Rega por casa. El tenía entonces una imprenta, Suministros Gráficos, y hacía trabajos para el movimiento.
–Se dice que su papá y él pertenecían a la logia Anael.
–Yo siempre lo negué, porque papi –que era muy reservado– no me lo dijo nunca. Pero parece que es cierto. La logia había sido creada por el ex juez Julio César Urien y, en realidad, era una agrupación antiimperialista, tercermundista, que luego López Rega (que debía ser de la CIA nomás) cargó de contenidos fascistas. La cosa es que yo un día llegué del colegio y me encontré sentado en la sala a un tipo bastante estrafalario, que me hizo preguntas raras, de trastornado. Y era, claro, López Rega. Que conoció a Isabel en mi casa y a partir de ese momento se le pegó para siempre con las consecuencias que todos conocemos.
–Llegamos, entonces, a su etapa como delegado.
–Perón designó a papi como delegado personal y secretario general del movimiento en 1967. Cuando se acabó la política del "desensillar hasta que aclare", que él mismo había propiciado al comienzo de la dictadura de (Juan Carlos) Onganía, había que volver a reorganizar las fuerzas para pegar duro. El enfrentó al líder de la UOM, (Augusto) Vandor y al jefe de los que entonces se llamaban "participacionistas", el dirigente de la Uocra, Rogelio Coria. Y los echó del movimiento. Que empezó a reorganizar poniendo el eje en la nueva militancia, en la juventud. Fue entonces cuando se llevó a cabo el Congreso de la Juventud. También apoyó decididamente al gran enemigo de Vandor, Raimundo Ongaro, y a la CGT de los Argentinos que éste conducía en contra de las direcciones sindicales vendidas a las patronales y los milicos. El siempre denunció todas las trampas del régimen para captar al peronismo y neutralizarlo. Por eso, cuando el general Onganía quiso devolverle el grado, junto con otros militares peronistas, se negó diciendo que no lo aceptaría hasta que le devolvieran el grado y el uniforme a Juan Perón. Lo que hizo que muchos de sus antiguos camaradas, dispuestos a aceptar la canonjía del dictador, lo putearan. En marzo de 1968, cuando se produjo el congreso normalizador de la CGTA, renunció a sus cargos.
–En rigor, Perón lo reemplazó por el conservador Jerónimo Remorino.
–Sí. Y por (Jorge Daniel) Paladino.
–¿Nunca más lo volvió a ver a Perón? ¿Ni siquiera cuando regresó?
–Nunca. Sólo fue a despedirlo cuando murió, el primero de julio de 1974. Allí estuvo en la fila, bajo la lluvia, como un peronista más. No quiso usar sus privilegios como ex delegado, como tampoco quiso arrimarse al último Perón para tener un cargo en el gobierno. En algún momento le ofrecieron ser nombrado presidente de YPF, pero cuando él presentó su plan para levantar la petrolera estatal, obviamente no lo llamaron.
–¿Fue amenazado por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina)?
–Fue amenazado, pero siguió haciendo su vida normalmente.
–Es increíble que no lo hayan asesinado. ¿Pudo ser un inesperado escrúpulo del Brujo?
–No creo. Pienso más bien que lo pudo haber salvado alguno de sus antiguos camaradas que se sumaron a la Triple A. Alguien que vio una lista y dijo, por ejemplo: "¿Alberte marxista, no me jodan?".
–Pero él se había radicalizado mucho. Simpatizaba con la revolución Cubana, con las organizaciones armadas. ¿No?
–Sí. Centralmente con el grupo de Gustavo Rearte y con el Peronismo de Base y las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP).
–Pero en 1976 los militares cumplieron la sentencia de la Triple A. ¿Cómo fue el asesinato?
–El 20 de marzo lo fueron a buscar a las oficinas de la Corriente 26 de Julio, en la calle Rivadavia. Y no lo encontraron. En aquellos días él salía de casa con el impermeable enrollado en el brazo para tapar el revólver que llevaba apuntando. Pese a ser militar no era un hombre adicto a las armas. Pero tampoco quería que lo mataran "sin llevarse a uno del otro lado". Entonces secuestraron a este compañero, Máximo Altieri, un militante de la corriente. El episodio lo conmocionó tanto que hasta escribió una carta a las Tres A diciendo que él se canjeaba por el muchacho. La carta, que conserva mi hermana, no llegó a hacerse pública porque el viejo, enloquecido, salió a buscarlo y no paró hasta encontrarlo. Tarde, desgraciadamente. Encontró su cadáver destrozado en la morgue del cementerio de Avellaneda. En la noche del 23. El último día de su vida. Esa mañana yo le había dicho que se rajara, que lo iban a matar, pero él se encogió de hombros y me miró como diciendo: "Yo no me voy más". Entonces llegó a casa y se puso a escribir la carta a Videla, denunciando el asesinato de Altieri. La terminó a la una de la madrugada. A las dos llegaron los carros del Ejército y cortaron la cuadra de Libertador que va de Ayacucho a Schiaffino, frente a donde estaba el Italpark. Rompen la puerta de entrada. Van directamente al departamento del encargado y lo llevan para que los guíe hasta la casa de Alberte. Suben los seis pisos por la escalera. Rompen la puerta de servicio a culatazos y entran gritando: "¡Alberte, te vamos a matar! ¡Por tu culpa murieron muchos camaradas!". Papi intenta alcanzar su pistola, pero lo arrojan desde el sexto piso. Cae muerto en el patio del primer piso, donde vivía un juez de apellido Herrera, que sale despavorido a ver lo que estaba pasando. Un tipo del Ejército lo encañona y le dice que, si se atreve a denunciar el hecho, él también va a morir. Mami y mi hermana Lidia estaban tiradas en el piso, apuntadas por los fusiles. A mi hermana se la quieren llevar, pero por milagro se salva. Buscan papeles. Armas que no hay. Y se salva también milagrosamente la correspondencia Perón-Alberte, que papi ha tenido la prudencia de entregarle, días antes, a un compañero de fierro (Tomás Saraví) que se la lleva a su exilio de Costa Rica y la preserva. Durante años la daremos por desaparecida, hasta que hace poco, otro querido amigo y compañero, Goyo Levenson, me dice que la busque en Costa Rica. Y ahora que la recuperamos la vamos a publicar con Eduardo Gurrucharri. Milicos y policías saquean la casa. No dejan nada. Concluido el operativo, el responsable del asesinato, identificándose con nombre y rango llama al Hospital Militar Central, para pedir una ambulancia. Que llega, a cargo de un doctor Pisione y del teniente Federico Guañabens (cédula de identidad Nº 7.016.526). En la guardia del Hospital Militar el cadáver de mi padre es recibido por el teniente primero Figueroa, jefe de servicio de la guardia del hospital. Pero, ante lo comprometedor del caso, deciden derivar el cuerpo a la comisaría 31 y arrancar la página del día del libro de entradas para no dejar huellas.
–¿Qué hicieron ustedes?
–Todo lo que pudimos. Algunos nos preguntaban si no teníamos miedo. ¿Pero cómo va uno a sentir miedo con tanto dolor? Si nos hubiesen matado como a él, nos habrían hecho un favor. Entonces conocimos los mayores extremos de grandeza y miseria de la condición humana. Dos jueces se declararon incompetentes: Juan Bautista Segean y Rafael Sarmiento. Segean me dijo directamente: "Si investigo, me matan a mí también". Sarmiento fue más lejos y le dijo a nuestro abogado: "No sólo a Alberte había que tirarlo por la ventana, sino a todos los peronistas". Nuestro patrocinante, en cambio, era un tipo maravilloso. Quiero rendir homenaje a Jorge Garber, abogado de discapacitados, que iba él mismo en silla de ruedas a Tribunales, empujado por su formidable coraje. Después la causa se radicó en el propio Comando en Jefe del Ejército, en el Consejo de Guerra Especial Estable de la Capital Federal. Con los resultados que usted se podrá imaginar. En junio del ‘76 nos volvió a golpear la tragedia, cuando secuestraron a mi cuñado Alberto Bello, esposo de mi hermana Silvia, que fue asesinado en Córdoba. En 1979, cuando vino la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, hicimos la larga cola de familiares para denunciar los dos crímenes y allí vimos a esas Madres de Plaza de Mayo, a las que les decían locas porque habían sabido ver antes que nadie la dimensión real del infierno. En el largo via crucis hubo un juez, Olivieri, que al menos llamó a declarar a los vecinos como testigos. Pero ni con eso logramos que se hiciera justicia. Otro juez, Eduardo Marquardt, ordenó "archivar las actuaciones". En ese largo peregrinar pedimos, junto con mi hermana Silvia, el apoyo de abogados peronistas. Hubo borradas históricas. Italo Luder, que en ese momento estaba en campaña electoral, se negó en redondo a firmar el escrito, aduciendo que "el tema Alberte era un caso muy espinoso". Igual hizo Angel Federico Robledo. En cambio el futuro embajador en Estados Unidos, Diego Guelar, que reconoció a mi hermana Silvia porque había militado con su esposo Alberto, aceptó firmar. Otros firmaron y luego se arrepintieron como el doctor Gerardo Conte Grand. Entre los firmantes estaban Carlos Corach, César Arias, Alberto Iribarne y el mismísimo Carlos Saúl Menem, que nos impactó al decir: "Si es por don Bernardo, primero firmo y después leo". Claro que el impacto solidario se nos borró cuando firmó el indulto de los asesinos de mi padre y esos otros letrados justicialistas que cité lo avalaron. O cuando concurrió al velorio de su amigo el fusilador Isaac Rojas, junto con Massera y Astiz.
–¿Qué hubiera hecho Bernardo Alberte frente al peronismo de hoy en día?
–Hubiera hecho lo mismo que hizo frente a los traidores como Vandor y Coria. Atacarlos y denunciarlos. Creo que se hubiera muerto de nuevo. Creo que de algún modo más sutil ellos también lo habrían matado.

¿POR QUE BERNARDO ALBERTE?

En nombre del padre

Miguel Bonasso

Bernardo Alberte (50) es hijo del otrora legendario delegado de Juan Perón, el "Yorma" Bernardo Alberte. Y junto con sus hermanas ha dedicado gran parte de su vida a tratar de que el asesinato de su padre no quedara impune y su memoria no fuera borrada por los que usufructúan los símbolos históricos del peronismo. En su casa hay una vitrina con mudos testimonios de una historia malversada: las charreteras que los "libertadores" le arrancaron al general Juan José Valle antes de fusilarlo. La gorra verde oliva de su padre. Es un personaje bueno, tierno, que sigue llamando "papi" al hombre duro y ético que le arrebató la patota militar. Bernardo hijo aún atiende el negocio heredado de Bernardo padre: La Limpiería de la calle Juncal, que alguna vez fue la jabonería de Vieytes de un peronismo romántico y peleador, confinado por el cinismo modernizante a las nieblas de la leyenda y la historia. Como tantas miles de víctimas, sigue esperando "ese oscuro día de justicia", que el año pasado pareció acercarse un poquito a la realidad con las suaves detenciones de Videla, Massera, Bignone, Nicolaides, Acosta y el muy augusto hijo de su madre, Pinochet. Pero ese hombre bueno, como suele suceder, se transfigura cuando se topa en la calle con los malos. Como ocurrió con el ex general Carlos Guillermo Suárez Mason, a quien un buen día agarró de la campera, hasta romperle la manga, metió en un garaje y le dijo de buenas a primeras: "Vos mataste a mi padre". El anciano fofo que se deshacía entre sus manos le contestó "yo no maté a nadie" y, por unos instantes, lo dejó descolocado. "Pero vos sos Suárez Mason", dijo Bernardo Alberte flotando entre la pregunta y la afirmación. Y como la respuesta fue afirmativa, comenzó a cachetearlo y escupirlo, hasta que el asco lo hizo detenerse. Circunstancia que aprovechó el general para intentar una retirada que nunca hubiera podido ser digna, pero que se convirtió en grotesca por la certera patada que recibió en las nalgas. Otro buen día, Alberte se encontró con el juez que había celebrado el salto al vacío de su padre y esta vez se limitó a putearlo. Rafael Sarmiento ensayó una disculpa y Bernardo le respondió que llegaba con veinte años de retraso. Durante los años más negros de la dictadura militar, Bernardo Alberte (hijo) bregó para que se esclareciera el asesinato de su padre. Ahora libra otra clase de lucha para salvarlo de esa segunda muerte que es el olvido de la democracia amnésica.

Fuente: Página/12


La carta de Alberte a Videla

Entre los miles de hombres y mujeres que sufrieron y resistieron los bombardeos de Plaza de Mayo, hubo un militar que luego sería edecán de Juan Domingo Perón y que el 16 de junio de 1955 participó de la defensa de la democracia. Se trata del Mayor Bernardo Alberte, quien en palabras del recordado y entrañable periodista Emilio Corbière, "fue un ejemplo como lo fueron, en el peronismo, John W. Cooke, Andrés Framini, la querida e inolvidable Alicia Eguren, Gustavo Rearte, Juan José Hernández Arregui, entre otros, y no los monigotes actuales. Fue delegado de Juan Perón y secretario general del Movimiento Peronista bajo la dictadura de Onganía. Era un militante de hierro pero detrás de su adustez había un varón cordial, un compañero entrañable, que siempre buscó la unidad de los revolucionarios. Nunca buscó cargos, ni candidaturas, ni prebendas. Fue solidario con los perseguidos. Por todo eso, los militares criminales lo fueron a buscar a su domicilio y allí lo asesinaron" el 24 de marzo de 1976.

A continuación, la carta que escribió Alberte a Jorge Rafael Videla pocas horas antes de ser secuestrado por miembros del Ejército Argentino.

Un documento que en medio de los aniversarios por los bombardeos sobre Plaza de Mayo en 1955 y los fusilamientos de junio de 1956, echa luz para entender por qué el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional es una punta del ovillo que iniciaron las bombas arrojadas sobre la población civil el 16 de junio de 1955 para derrocar al gobierno constitucional del General Juan Domingo Perón

Buenos Aires, 24 de marzo de 1976

Al Sr. Teniente General
D. Jorge Rafael Videla
Comandante General del Ejército
S/D

Me dirijo a Ud. a los efectos de informar lo siguiente:
1.- El día 20-III-76, a las 20 horas, un grupo armado intento secuestrarme, en mis oficinas de la calle Rivadavia 764, 1º, con el aparente propósito de asesinarme. Acababa de retirarme del lugar elegido por esa banda armada unos minutos antes, lo que me permitió observar el operativo desde la calle, así como el gran despliegue de elementos materiales y humanos utilizados.-

2.- La observación personal de los hechos me permite asegurar a Ud. que se trataban de efectivos de seguridad, que luego de detener a tres personas que se encontraban en las citadas oficinas, esposarlas, vendarle los ojos y cargarlas en los vehículos, se desplazaron velozmente por la calle Rivadavia hacia el oeste, sin poder seguirlos, por no poder disponer de vehículo propio en ese momento. El desplazamiento se produjo con los acostumbrados toques de sirena de los vehículos policiales.-

3.- El día anterior en un operativo vinculado con el ya descrito fue secuestrado y luego asesinado el joven peronista Máximo Augusto Altieri.-

4.- En las citadas oficinas desarrollo actividades políticas vinculadas al Movimiento Peronista, formando parte de la Corriente Peronista '26 de Julio' cuyo ideario surge de la documentación que adjunto.-

5.- La presente denuncia formal y escrita la presento en esta oportunidad luego de haber agotado todos los medios para averiguar el paradero del joven Altieri, vivo, lo que conseguí, pero muerto el día sábado 20, después de gestiones infru