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Alberte,
el militar que inauguró la lista de crímenes de la dictadura
Por Raúl Arcomano
rarcomano@miradasalsur.com
Era un histórico militante justicialista que llegó a ser delegado personal
de Perón. Fue asesinado por el Ejército pocos minutos después de consumado
el golpe del 24 de marzo del ’76
Catorce vehículos militares de la Policía Federal y del Ejército llegaron
hasta el edificio de Avenida del Libertador al 1100. Se bajó un grupo numeroso
de soldados con ropa de fajina y FAL en mano. Eran las 2.15 del 24 de marzo
de 1976: pocos minutos habían pasado desde que las fuerzas armadas se hicieran
cargo, a sangre y fuego, del control del país. Los uniformados cortaron
el tránsito desde Callao hasta el pasaje Schiaffino. Forzaron la puerta
de entrada al edificio y subieron resueltos los seis pisos por las escaleras.
Cuando llegaron a destino rompieron la puerta de servicio a punta de bayoneta.
–¡Alberte, venimos a matarte!– gritó un milico, sacado.
–¡Por culpa tuya murieron muchos de nuestros compañeros!– guapeó otro.
Bernardo Alberte se sobresaltó. Dormía junto a su mujer. En otra habitación
estaba Lidia, una de sus cuatro hijos. Les dijo a las dos que se escondieran
en una de las habitaciones. Él se calzó un revolver e intentó una defensa.
No pudo hacer mucho. En los forcejeos lo agarraron entre varios y, sin más,
lo tiraron por una ventana del comedor. Cayó al pulmón del edificio y murió
en el acto. Lo mataron por resistirse. Las mujeres fueron tiradas boca abajo
a punta de fusil. Los militares intentaron llevarse a Lidia. Pero el jefe
de la patota ordenó que la dejaran.
Así, la dictadura hacía su aparición en escena. Estrenaba la metodología
que pondría en acción durante los siguientes siete años: el asesinato, la
desaparición, el saqueo. Y lo hizo en primera instancia con un símbolo del
peronismo: Bernardo Alberte, un ex militar y dirigente peronista que “se
opuso a las dictaduras militares, al golpismo y a las conducciones burocráticas
del mismo peronismo”, según lo recuerda hoy su hijo, Bernardo Alberte, ante
Miradas al Sur.
Alberte fue el primer muerto de la dictadura. El primero de los muchos miles
que vendrían después. La familia logró recuperar al día siguiente el cuerpo
y enterrarlo en el cementerio de Avellaneda.
El ex militar estaba en los primeros puestos de las listas negras de la
Triple A para ser ejecutado. Su hijo recuerda: “En la primera reunión de
gabinete después de la muerte de Perón, el 8 de agosto de 1974, López Rega,
en presencia de todos los ministros, mostró fotos de las personas peligrosas
para el gobierno y para la seguridad de la Nación, según dijo. Uno de ellos
era mi viejo. Otros: Julio Troxler, Juan José Hernández Arregui, Silvio
Frondizi. También Jorge Taiana padre, que vino a ver a mi padre y le dijo:
‘Alberte, están locos. Te tenés que ir’”.
La Triple A actuó unos días antes del golpe, el 20 de marzo. Un grupo armado
lo fue a buscar a su lugar de militancia, la corriente 26 de Julio, donde
estaba con Jorge Di Pascuale y Alicia Eguren. No lo encontraron y se llevaron
a dos hombres de la corriente. Un día antes ya habían secuestrado a otro
militante, Máximo Altieri, un chico de 25 años. “Mi viejo no cuidó para
nada su seguridad. Se puso a buscarlo con el padre del chico. Hasta llegó
a escribir una carta abierta a la Triple A en la que proponía un canje:
su vida por la de Altieri. A Altieri lo encontraron muerto en la morgue
del cementerio de Avellaneda.”
17/11/1918: Nace
en Avellaneda – Provincia Bs. As. |
El crimen de Altieri lo decidió
a escribir una carta a Videla. La terminó la noche del 23, pero le puso
de fecha 24, día que sería entregada. Decía que lo habían querido secuestrar
y denunciaba el asesinato del joven militante. Y responsabiliza a Videla,
jefe del Ejército, por la represión ilegal y le advertía del error histórico
que iban a cometer las fuerzas armadas de producirse un nuevo golpe militar.
“Sin duda avanzamos hacia un enfrentamiento hacia el que se nos quiere llevar
gradualmente con falsas opciones y manejando falsos valores, y alarma observar
la ligereza y hasta la irresponsabilidad con que ciertas personas y ciertos
sectores que tienen poder, poder transitorio, alientan el enfrentamiento
con hechos o con palabras”, escribió en una parte. Sabía lo que se avecinaba.
El día del secuestro saquearon todo: cartas de Perón, documentos, fotos,
libros. Pero no vieron la carta. Fue entregada al día siguiente.
Luego de la muerte vendría una larga procesión judicial. Explica Bernardo:
“No encontrábamos abogado. Quién iba a agarrar el caso. Empezó a ayudarme
un amigo, el abogado Jorge Garber. Lo primero que me dijo fue: ‘Bernardito,
tenemos que conseguir unos fierros porque nos van a matar’. La querella
la empezamos en abril del ’76: debe ser una de las primeras de ese tipo.
Era contra Videla. El primer juez le dijo a Garber: ‘No sólo a Alberte había
que tirarlo por la ventana, sino a todos los peronistas’. Otro me dijo:
‘Alberte, déjese de joder con esto, porque me van a matar a mí y lo van
a matar a usted’. La causa pasó por 14 juzgados en seis años: del ’76 al
’81. Era una papa caliente: todos se fueron declarando incompetentes. El
expediente es una larga lista de excusas”.
Cuando la dictadura se esfumaba, un juez se metió con la causa y logró avanzar
con algunas medidas. Finalmente, en diciembre de 1985, la Cámara Nacional
de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal resolvió cerrarla.
Luego vinieron las leyes del perdón y el expediente quedó planchado. Hasta
2003, cuando esas leyes fueron anuladas y la investigación fue reabierta.
Hoy el expediente por el crimen de Alberte forma parte de la megacausa Primer
Cuerpo, a cargo de Daniel Rafecas.
La familia aportó a la Justicia los nombres de dos militares que ocuparon
puestos de relevancia en la División Inteligencia y Operaciones del Estado
Mayor del Ejército. Bernardo sostiene que participaron del operativo que
terminó con la muerte de su padre. Se trata del general retirado Oscar Guerrero,
que habría sido el jefe de la patota, y el general retirado Jorge O’ Higgins
al que se le encontró parte de la correspondencia de Perón a Alberte, que
había sido robada la noche del crimen.
El libro Un militar entre obreros y guerrilleros, de Eduardo E. Gurucharri,
relata la vida de Alberte. Allí hay una anécdota contada por su hijo Bernardo,
sobre el día que vio por la calle a Guillermo Suárez Mason, uno de los jerarcas
de la dictadura. “Cuando lo reconocí, lo metí de un pechazo en un garage.
Lo agarré del cuello y le dije: ‘Vos, asesino, mataste a mi viejo’. Me respondió:
‘Yo no maté a nadie’. Lo escupí, lo putié, le rompí la ropa, le pegué con
la mano abierta en la cara gritándole ‘miserable asesino’ y le di una patada
en el culo.”
Nada mejor que un compañero. Alberte tenía una larga historia con el peronismo.
“En octubre de 1945 cuando era teniente intentó sublevar la Escuela de Infantería
de Campo de Mayo para ponerla a favor de Perón. No tuvo éxito: tenía 27
años y lo degradaron. Con el triunfo del 17 de octubre recuperó el grado
y la libertad. Ahí se encolumnó con Perón. Aunque a lo largo de su amistad
polemizaron mucho”, cuenta Bernardo.
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En 1954, Perón lo nombró su edecán personal. Ahí creció la relación entre ambos. “En el golpe del ’55 mi viejo fue la primera defensa en la Casa Rosada –dice orgulloso Bernardo–. Se quedó al lado de Perón hasta que el general se exilió. A mi padre lo encarcelaron: estuvo en la penitenciaría de Las Heras, en el penal de Magdalena y luego lo confinaron a Ushuaia, una cárcel que había sido cerrada por infrahumana. Un año después nos exiliamos. Nosotros estuvimos un año. Mi padre, hasta que salió la Ley de Amnistía, en el ’58, después del pacto de Perón con Frondizi.”
Al regreso a la Argentina, Alberte se encargó de recomponer su economía. “Puso una zapatería de compostura en el acto. Llegó a tener tres. Luego abrió una tintorería. Fue famosa: se llamaba Limpiería del Socorro y fue conocida porque funcionó como una Jabonería de Vieytes. Por allí pasaron los principales referentes de la resistencia peronista: entre otros, Julio Troxler y Gustavo Rearte. No sólo reuniones se hicieron allí: también los famosos caños de la resistencia.” Casi diez años después, en el ’67, Perón recompensó la lealtad de Alberte: lo nombró delegado personal y secretario del movimiento justicialista.
–¿Por qué lo eligió Perón?
–Porque era un momento en el que a Perón le empezaron a disputar espacios
de poder. El vandorismo impulsaba el “peronismo sin Perón”. Lo puso a mi
padre porque sabía que era un hombre con carácter, leal, y que iba a enfrentar
a esos sectores. Igual el nombramiento generó una gran desconfianza en los
jóvenes. Decían: por qué Perón puso a este milico. Mi padre enfrentó en
ese momento a la dictadura de Onganía y a las cúpulas burocráticas del peronismo
y del sindicalismo.
–¿Hasta cuándo estuvo al frente del movimiento?
–Hasta que se creó la CGT de los Argentinos, en el ’68. Mi padre les dio
el paraguas político. Fue un gran instrumento de lucha. Hay que dejar algo
en claro: Perón se disgustó con el nacimiento de esa central obrera y por
eso mi viejo renunció. Igual siguió haciendo política. Fue un continuador
de las ideas de John William Cooke y uno de los fundadores de la tendencia
del peronismo revolucionario. La relación con Perón nunca volvería a ser
la misma.
Alberte llegó a ser mayor. Lo habían dado de baja cuando se exilió. En el
’69 Onganía llamó a todos los militares dados de baja, para que recuperen
su cargo. Todos menos Perón. “Mi padre se negó y redactó un documento que
lo dice todo: Participacionismo con uniforme.” La carta es una crítica feroz
a sus compañeros de arma. Escribió Alberte: “Mientras en 1956 un general
se presentaba para hacerse responsable del fracaso y de la derrota enfrentando
el fusilamiento, hoy otro general se presenta a solicitar el grado y el
sueldo. Valle lo ha de contemplar desde la inmortalidad con la misma serenidad
con la que afrontó la muerte. Los sobrevivientes de ayer fueron fusilados
hoy con un decreto de amnistía”.
Alberte recuperó su grado y fue ascendido teniente coronel cuando asumió
Cámpora, en 1973. Y Néstor Kirchner, hace tres años, le rindió homenaje:
le otorgó un ascenso post mortem a coronel. “Recibí yo ese homenaje y pensaba:
‘El viejo me debe estar puteando’. El había guardado todos sus uniformes
en una caja. Un día me dijo: ‘Quemálos’. Los militares no rompen nunca con
la institución. Mi viejo sí: rompió con el Ejército el día de los bombardeos
a la plaza de Mayo.”
–¿Por qué cree que su padre fue la primera víctima de la dictadura?
–Hay muertes, cuando son las primeras, que son un símbolo. Lo eligieron
primero porque Alberte había salido de las entrañas del Ejército y, encima,
era peronista. Y era el tipo que los señalaba con el dedo y les decía todo
lo que habían hecho mal. No se lo perdonaron.
En la carta Participacionismo con uniforme Alberte advertía: “Nosotros les
prevenimos que algún día vendrá el hombre sencillo de la Patria a interrogar
a sus militares en actividad y en retiro (…). No los interrogarán sobre
sus largas siestas después de lo merienda, tampoco sobre sus estériles combates
con la nada, ni sobro su ontológica manera de llegar a las monedas, no sobre
la mitología griega ni sobro sus justificaciones absurdas crecidas o la
sombra de la mentira. Un día vendrán los hombres sencillos a preguntar qué
hicieron cuando la Patria se apagaba lentamente (…) Quizás para ese momento,
la vergüenza que provoque el silencio como respuesta, no sean suficiente
como castigo”.

A
35 años del asesinato de Bernardo Alberte
por una patota del ejercito
Por Berrnardo Alberte (h)
La Argentina tiene el triste privilegio de haber introducido la categoría
sociológica y política del desaparecido. La dictadura cívico militar ejecuto
un plan sistemático de exterminio de seres, de los cuales solo debía saberse
que desaparecieron. Ello pertenece a esa necesidad de que el vencido no
tenga memoria, no tenga historia, no haya existido.
La rememorizacion de estos arquetipos no es solamente una vuelta al pasado,
sin memoria, sin rememoración el sujeto no existe. Por eso es tan importante
la memoria, si no se ejercita desaparecemos, es por ello que los vencidos
no tienen historia.
Y es por eso que no nos sentimos derrotados, Bernardo Alberte, mi padre
junto a miles de compañeros no fueron derrotados, fueron asesinados por
fuerzas antinacionales. Alberte murió por ser impulsor y participe activo
de una revolución, lo asesinaron porque comprendió la realidad e intento
modificarla. Hoy estos arquetipos aparecen como símbolos presentes a los
que hay que imitar.
Bernardo Alberte, fue un militante revolucionario que supo combinar la teoría
política con la dignidad de una práctica revolucionaria, que no dudo en
sostener con su propia vida a pesar de que tanto la amaba.
Cada vez que se mata a un militante hay un mensaje que se silencia, cuando
estos asesinatos son los primeros de una etapa, cuando las organizaciones
criminales eligen a su primera victima, buscan en ella el sentido simbólico
de aquello que quieren destruir. Por eso no puede sorprender que el entonces
Mayor Bernardo Alberte haya sido la primera victima del proceso militar.
A 35 años de su asesinato, nosotros, militantes del campo popular rendimos
nuestro homenaje, no en un sentido restrictivo, partidista, sino en un sentido
amplio abarcativo. Es decir no se rinde homenaje a Alberte porque fue peronista,
si se rinde homenaje a Alberte porque siendo militar combatió al golpismo
y a las dictaduras militares y se rinde homenaje a Alberte porque siendo
peronista se opuso al participacionismo y se opuso a la domesticación del
Peronismo y se opuso al liberalismo económico en el Peronismo, que ya actuaba
en vida de Alberte, bajo el gobierno de Isabel Martínez y López Rega. Porque
siendo peronista se opuso a la Triple A. Se rinde homenaje a un hombre integro
que no dudo en arriesgar el bien supremo, la vida, sin claudicaciones, siendo
coherente con lo que pensaba, decía y amaba.
Hoy con esperanza vemos que somos una de las pocas sociedades que ha llevado
adelante una política intensa de juzgamientos a los responsables de crímenes
de lesa humanidad, consolidando la idea de que el Estado debe ser el garante
de los derechos fundamentales de sus ciudadanos y no su principal violador.
A partir del 2003 el gobierno ejercido por el compañero Néstor Kirchner,
tuvo la voluntad política de culminar con las leyes y símbolos de la impunidad
del terrorismo de estado, ejemplo de ello fue la derogación de las leyes
de impunidad y del indulto a los genocidas de la dictadura, eso hizo posible
el reinicio de los juicios que se han realizado y se están realizando. Otro
acto que debemos valorar, y a no dudar significo todo un símbolo, es el
haber descolgado los cuadros de los genocidas Videla y Bignone de las galerías
del Colegio Militar, lugar donde estudian los futuros oficiales de las Fuerzas
Armadas, así como el de convertir a la ESMA en un centro de la memoria,
hechos que cristalizan la lucha que emprendieron las Madres, las Abuelas,
los Hijos y todas las demás organizaciones de D.D.H.H., sociales y políticas
comprometidas con la lucha por la verdad y la justicia.
Sin embargo aún nos queda un largo camino por andar.
En el caso particular del asesinato de Bernardo Alberte, a fines del año
2003, su familia, solicito al Juzgado Federal Nº 3 a cargo del Dr. Daniel
Rafecas la reapertura del juicio iniciado en el mes de Abril de 1976 que
investigaba el homicidio, donde oportunamente se habían dado infinidad de
detalles del operativo militar, como también los nombres de dos generales
retirados, que ocuparon puestos de relevancia en la División Inteligencia
y Operaciones del Estado Mayor del Ejercito, cuando el golpe del 24 de marzo
de 1976, y que participaron en el operativo, uno como jefe de la patota
el hoy General ® Oscar Guerrero y el General ® Jorge O’ Higgins al que se
le encontró parte de la correspondencia de Perón a Alberte que fue robada
del domicilio de Alberte por los efectivos militares que consumaron su asesinato.
Bernardo Alberte (h), marzo 2011

Bernardo
Alberte (1918-1976), peronista y revolucionario
Por Emilio J. Corbière
Recuerdo a Bernardo Alberte, en las vísperas del golpe militar de 1976.
Lo visité en su departamento de Avenida del Libertador, como redactor de
'La Opinión'. Alberte condenó a los militares que iban a dar el golpe y
reclamaba que el gobierno detuviera a Jorge Rafael Videla y otros golpistas.
Pero no tenía confianza en el gobierno de María Estela Martínez de Perón,
personaje mediocre que había respaldado al criminal José López Rega y a
la Triple A.
Tenía razón Alberte, militar de estirpe sanmartiniana que no deshonró su
investidura como los militares del Proceso.
Lo recuerdo a Alberte en 1968, durante la dictadura del general Juan Carlos
Onganía, en el local de Paseo Colón, de la CGT de los Argentinos. Allí concurríamos
con el dirigente gremial socialista Eduardo Arrausi. Alberte fue un ejemplo
como lo fueron, en el peronismo, John W. Cooke, Andrés Framini, la querida
e inolvidable Alicia Eguren, Gustavo Rearte, Juan José Hernández Arregui,
entre otros, y no los monigotes actuales.
Fue delegado de Juan Perón y secretario general del Movimiento Peronista
bajo la dictadura de Onganía. Era un militante de hierro pero detrás de
su adustez había un varón cordial, un compañero entrañable, que siempre
buscó la unidad de los revolucionarios. Nunca buscó cargos, ni candidaturas,
ni prebendas. Fue solidario con los perseguidos. Por todo eso, los militares
criminales lo fueron a buscar a su domicilio y allí lo asesinaron.
Alberte fue un joven oficial del Ejército que participó como tal los días
16 y 17 de Octubre de 1945 en la movilización popular que dio nacimiento
al justicialismo. Era edecán de Perón cuando se produjo su derrocamiento
en 1955. Había participado de la defensa frente a los bombardeos durante
aquel fatídico año, cuando la marina lanzó sus bombas desde sus aviones
en pleno centro porteño, como los nazis hicieron en Guernica contra los
vascos.
Cuando la banda criminal lo sorprendió en su domicilio, estaba escribiendo
un documento donde denunciaba el secuestro y asesinato de Máximo Altieri,
un joven de la Corriente Peronista 26 de Julio. Es justo el homenaje a este
militar como es justo condenar a sus asesinos repulsivos.

Carta
del Mayor Alberte al General Peron. "No estan dadas las condiciones
para su retorno"
Buenos Aires, 30 de octubre de 1972
Sr. General Juan D. Perón Madrid
Estimado General: He recibido
el encargo de compañeros de las O.P.R.(Organizaciones Peronistas Revolucionarias)
de hacerle llegar a Ud. el pensamiento de esas organizaciones respecto de
la situación que se plantea actualmente en el país y el Movimiento y lo
hago complacido, por cuanto ello me permite retomar un contacto, por este
medio, que nunca había perdido a través del trabajo que continuamos desarrollando
después de haber dejado de ser conducción del Movimiento.
Todos los sectores políticos del país están actualmente conmocionados y
convulsionados por la coyuntura electoral planteada por la dictadura y,
ante la perentoriedad de los plazos impuestos por ella, necesariamente se
van poniendo en evidencia los elementos ocultos que caracterizan la trampa
de la camarilla militar cuyo objetivo fue integrar el Peronismo al sistema
con la finalidad de crear un gobierno favorable al continuismo. El fracaso
de la "Operación Paladino" (engendro del no menos pernicioso Remorino),
no ha significado, de ninguna manera, que la dictadura militar haya perdido
la batalla, puesto que dispone aún de medios y de fuerzas importantes que
se fueron consolidando mientras los sectores burocráticos y burgueses del
Movimiento practicaban a través de aquella conducción táctica traidora,
oportunista e incapaz la política del "coqueteo" con los mandos militares,
hecho que siempre denunciaron los sectores revolucionarios del Peronismo.
La política del diálogo se transformó así en la estrategia de la conciliación
y del acuerdo, dejando de constituirse en una exigencia táctica para convertirse
en toda una filosofía claudicante, basada en una situación nacional ficticia;
inventando, además, un Perón dispuesto a diseminar la semilla del conformismo;
descreyendo de las propias fuerzas del Movimiento Peronista y de la importancia
de la organización revolucionaria; soslayando permanentemente la necesidad
de explicitar un plan operativo revolucionario que planteara correcta y
concretamente toda una estrategia de poder y jugando todo a la buena voluntad
de los factores y de los centros de poder ante quienes hicieron repugnantes
exhibiciones de mansedumbre y de acatamiento a las que siempre respondieron
con agravios o silencios altaneros y despectivos. La índole tramposa de
las elecciones que se prepara está dada en todos los pasos de la dictadura
militar. La Ley Electoral establece una serie de normas con esa clara intención.
Por una parte se crea un sistema de burla a las mayorías: plazo perentorio
para concretar alianzas; segunda ronda, en la que podrán intervenir hasta
cuatro fórmulas (nada menos!) en nuevas composiciones, con lo que se da
margen al gobierno para enhebrar nuevas maniobras, fomentando el espíritu
del "arreglo".
Por otra parte se implanta el sistema de la proporcionalidad (bajo la modalidad
D’Hont) para la elección de diputados, tendiendo al fraccionamiento partidario
con el objeto de quebrantar la voluntad de las mayorías, dificultando su
espontánea asociación. Se trata de crear un gobierno que prosiga la obra
del actual y que no se interese demasiado en verificar cómo se han producido
las cosas. Pero aunque no prevaleciera la maniobra oficial; si pasando por
encima de los ardides tramados, la reforma de la Constitución, las proscripciones
indirectas, la Ley Electoral, triunfara un gobierno no dispuesto a no mantener
la línea continuista la trampa lo espera. Se ha denunciado la existencia
de un acta secreta que establece pautas a la que deberá ajustarse el futuro
gobierno, al mismo tiempo que se trata que este sea lo más débil y condicionado
posible y sujeto a todas las alternativas de un proceso que por su naturaleza
ha de ser sumamente difícil y que la actual camarilla militar pretende manejar
a través de sus personeros uniformados que ya han empezado a ocupar los
puestos clave. En estas condiciones el gobierno que surgirá de semejante
parodia no tendría solidez ninguna. Por eso actualmente el Pueblo comprende
que si debe elegir, no solamente debe elegir Presidente, sino también Comandante
en Jefe, no sólo diputados, sino que también se hace necesario que participe
en la elección de los generales del pueblo. Pero estos ya han sido elegidos
de antemano y no son del pueblo, sino que están al servicio de la oligarquía
y del imperialismo. La masacre reciente de Trelew muestra todo este panorama
con gran claridad. El régimen que trata de constituir un gobierno destinado
a consolidar la vieja estructura contra la voluntad nacional y el interés
concreto de los sectores populares, manteniendo la ficción de las formas
democráticas, se ve obligado a mostrar su verdadera máscara.
No hay posibilidad alguna de gobernar determinando el empobrecimiento del
Pueblo y la colonización del país sin ejercer simultáneamente la dictadura.
Por eso el carácter crecientemente dictatorial del régimen y las formas
bárbaras que cada vez asume más la represión. Las denuncias de nuestros
prisioneros de guerra, si no fueran suficientes los fusilamientos, los asesinatos,
los secuestros, etc., causan escalofríos y el mundo entero observa con preocupación
la ferocidad implantada en la Argentina por las FF.AA. desde el gobierno,
contra sus opositores políticos y especialmente contra los militantes revolucionarios
del Peronismo. Los últimos discursos de Lanusse revelan no sólo que es incapaz
de mantener la calma y la mesura en sus expresiones, por lo que le cabe
a él como a sus antecesores, la pregunta de ¿quién lo metió en este oficio
de la política, tan alejado del arma de caballería?, sino muy especialmente
todo un espíritu gorila que mantuvo lo suficientemente oculto como para
engañar a muchos ingenuos, aun a aquellos que no olvidaron que en 1951,
en la revolución del Gral. Menéndez, a él le correspondía la misión de asesinar
a Perón en la Puerta N° 4 de Campo de Mayo, cuando la traspusiera el 28
de septiembre para acudir a un acto en esa guarnición militar. Esta es una
característica objetiva de la situación política imperante en la Argentina.
Por ello es increíble observar
con qué superficialidad e irresponsabilidad se está planificando todo un
operativo para trasladar de lugar el Comando Estratégico del Movimiento;
concretamente el operativo "retorno". Cualquiera que medianamente razone
puede suponer que los peronistas estamos todos locos o que somos todos imbéciles.
En realidad la explicación no es tan simple. Si bien es cierto que el trasvasamiento
generacional ha tenido resultados importantes. Que la Coordinadora de Juventud
ha asumido su papel con eficacia dentro de la conducción del Peronismo influenciando
la conducción política que ejerce el compañero Cámpora para el bien del
Movimiento, han aparecido aquí, con motivo del "retorno", expresamente,
todas las limitaciones que caracterizan el carácter burocrático de la conducción
táctica actual y que aparentemente estaban siendo superadas. Basta con leer
la lista del posible pasaje que acompañaría a Perón en su regreso, para
darse cuenta que todo esto no es serio, pero que tampoco es gracioso, en
razón de las trágicas consecuencias que pueden derivarse de un viaje así
concebido. Este pasaje se caracteriza, más que por la heterogeneidad de
los personajes, por la truculenta y tenebrosa carga de intereses, de apetitos
y de especulaciones que se tejen y se entrelazan aprovechando una figura
como la del líder de las masas obreras argentinas al que se le cree "embozalado"
en razón de una claudicación que quieren ver y que les permitirá repartirse
el botín cuando desaparezca voluntaria o forzosamente en la escena.
Si es como para imaginarse el espectáculo del viaje de ida con todos estos
personajes, cuchicheándose al oído sus planes, por parejas, eventualmente
por grupitos, para impedir que la reacción de la ingenuidad de un Bonavena
o de un Pascualito Pérez de un puñetazo los lance por la ventanilla al medio
del océano, al sorprender las intenciones de toda esa delincuencia política,
salvo alguna que otra honrosa excepción. Pero los revolucionarios militantes
peronistas y no peronistas creen en Perón. Perón no puede venir a pactar
con el enemigo del Pueblo y de la clase trabajadora, entregar el Movimiento
y retirarse luego del país, abandonando la lucha en la que estamos empeñados,
desertando de esa lucha para cuya victoria final lo necesitamos, en razón
de ser el elemento movilizador de las masas, característica cualitativa
del líder que no puede ser reemplazada ni superada en esta etapa de la guerra.
Por ello nosotros, integrantes de la tendencia revolucionaria del Peronismo,
en nuestra prédica política planteamos siempre los siguientes interrogantes
y respuestas: 1. ¿No fueron suficientes 18 años de persecuciones, de represión
feroz, torturas, encarcelamientos, secuestros, desapariciones, Conintes,
fusilamientos, profanaciones y vejámenes a nuestros líderes y a nuestros
símbolos, hambreamiento, desocupación, miseria y entrega para comprender
que no puede creerse para nada en los fusiladores, los torturadores, los
secuestradores, los carceleros, los represores, los explotadores del Pueblo,
los entregadores? 2. ¿O se creyó acaso que en este momento culminante de
la historia y de la lucha por la liberación nacional, cuando la clase obrera
y la juventud toman conciencia de su función social y de su papel histórico,
que la oligarquía y el imperialismo han de resignar por motivaciones de
conciencia las situaciones de privilegio y de poder que usufructúan? 3.
¿O lo que es peor de todo esto, es que acaso se creyó que Perón como por
arte de magia podía llegar al país, dispuesto a transar con la dictadura
militar para aplacar el rebaño que ya comienza a mostrar los dientes como
consecuencia de la injusticia y de la explotación a que es sometido? Ese
Perón conciliador y entregado no existe y es una posibilidad irreal y arbitraria,
creación de la infamia oligárquica.
Perón no puede venir a pacificar al país sino después de la destrucción
del enemigo; él vendrá para potenciar las luchas de la clase obrera y demás
sectores populares en contra de la oligarquía. En la formación de esa imagen
de Perón hay cómplices dentro del Movimiento: algunos por inmadurez y otros
por estar demasiado maduros de tanto chapotear el barro del sistema. Tampoco
podrá volver Perón por el simple deseo del dirigentismo burocrático y burgués;
tampoco como consecuencia de declaraciones tremendistas de esas que tanto
se postulan en los días de fiesta o en alguna fecha del calendario peronista,
ni aun por el simple deseo de 10 millones de peronistas, de los que cada
uno se imagina que el resto saldrá a la calle para recibir a su líder y
como consecuencia de ello sumarse después a la gran manifestación triunfal.
Es muy común comprobar en estos casos, y sobre todo cuando los tanques están
apuntando, que las cifras se inviertan y que donde debían haber millones
hayan unos pocos. El "insurreccionalismo" no tiene cabida cuando enfrente
hay fuerzas represivas dispuestas a matar. Y podemos asegurar que capitanes
Sosa y tenientes Bravo hay por centenares. Sólo Perón podrá volver como
consecuencia del desarrollo cotidiano y en profundidad de una política revolucionaria
que esté caracterizada por una teoría revolucionaria correcta, por objetivos
estratégicos y planes operativos concretos y por la consolidación de un
aparato político-militar que conduzca y encuadre a las fuerzas con unidad
de acción y de concepción . Pero todo esto no existe. Y cuando hacemos esta
crítica no perseguimos la destrucción de hombres o de dirigentes de una
burocracia pactista o acuerdista para reemplazarla por otra superviolenta
o tremendista. Ambas son perniciosas y la última no dice en virtud de qué
proceso y por qué mecanismos la acción de grupos dispersos ha de transformarse
en el triunfo final del movimiento de masas.
Además la crítica a la burocracia de turno suele oscurecer la crítica de
la burocracia como sistema de conducción; lo que hay que cambiar no es el
equipo burocrático de turno sino los métodos. Porque hace años vemos aparecer
dirigentes que luego se esfuman en su propia insignificancia; las que permanecen
in cambiadas son las prácticas, el estilo de conducción, los sistemas internos
de promoción, la visión de la política frente al régimen. En este sentido
debemos recalcar que nosotros consideramos que La Hora del Pueblo, el FRE.CI.L1.NA,
el Documento de los 10 puntos, etc. son respuestas de Perón a las distintas
etapas del engendro lanusiano, el G.A.N. Es decir son respuestas coyunturales,
tácticas, insertas dentro de una estrategia que tiende a dar el poder al
pueblo. Y así, como respuesta táctica, debe considerárselo, lo mismo que
la exhortación pacifista del líder cuando plantea el elemento que crea todas
las contradicciones: su retorno. Y cuando así lo hace no es, como algunos
dirigentes creen, que Perón ha aceptado las reglas del juego de la dictadura.
La falta de vocación revolucionaria de estos dirigentes les hace interpretar
que con su resolución coyuntural, Perón consagra como estrategia del Movimiento
sus entrevistas sigilosas con los espadones de turno o sus coqueteos con
los factores de poder. Para ellos la pacificación deja de ser una exigencia
táctica, una instancia transitoria que como toda contingencia en la guerra,
planteada en forma de tregua tiende a ganar tiempo para permitir agrupar
y preparar fuerzas para la decisión final, para transformarse en toda una
filosofía basada en una situación ficticia creada por una imaginación claudicante
que termina siempre en exhibiciones repugnantes de mansedumbre y acatamiento
ante los figurones castrenses. Es que la estrategia del Peronismo no debe
ser otra que la de la guerra popular prolongada; la que no transa con el
régimen y plantea la destrucción del sistema para imponer la construcción
nacional del socialismo; la que toma como punto de referencia fundamental
a las masas y sus reivindicaciones no sólo inmediatas sino históricas y
la que plantea ante la actual coyuntura: Sin Perón no hay elección.
Sólo el Pueblo en el poder traerá a Perón.
La que considera que la elección es una trampa y que salvar la coyuntura
electoral desde el punto de vista revolucionario no significa utilizar el
recurso de omisión, haciendo mutis o desensillando hasta que aclare y menos
apoyar aunque sea tangencialmente la salida electoral. Para el peronista
revolucionario salvar la coyuntura electoral significa profundizar la tarea
(que de estar más avanzada no tendríamos tantos problemas), esclareciendo
el papel de Perón y su apoyo al movimiento revolucionario del pueblo, a
través de la instrumentación del ejército popular. Por eso consideramos
que el único camino que dará el poder al pueblo y romperá definitivamente
la dependencia de la Nación sólo puede andarse al organizarse las bases
en todos los niveles, entendiendo niveles tanto los sectores y planos de
actividad (barrial, fabril, estudiantil, etc.) como las formas de lucha,
porque es evidente que el pueblo debe organizarse para responder a la violencia
reaccionaria con la justa violencia del pueblo. Ya lo dijo la compañera
Evita, tal vez profetizando sobre la etapa que ahora nos toca vivir: "la
violencia en manos del Pueblo deja de ser violencia para transformarse en
justicia". Hemos querido, compañero General Perón, expresar nosotros también
nuestra opinión con este informe debiendo Ud. aceptar que el mismo está
avalado por miles de compañeros que militan en el Movimiento no "politiqueando"
sino enfrentando día a día a una represión que cada vez es más feroz y que
ya nos ha cobrado la vida de muchos valiosos compañeros. Su mejor homenaje
a ellos es atender su voz y considerar su pensamiento. Ellos le envían junto
con el mío su más afectuoso saludo. Hasta la victoria final. Caiga quien
caiga y cueste lo que cueste venceremos.
Bernardo Alberte
Imagen: Alberte en un reportaje en 1967

Bernardo
Alberte por Bernardo Alberte
Perón, "El Viejo", el auténtico líder, a comienzos de 1967 nombra a Alberte
–su antiguo edecán- Delegado y Secretario General del Movimiento Peronista.
Alberte puso fin a la etapa de "desensillar hasta que aclare".
Por Bernardo Alberte (h)
"Nosotros les prevenimos que algún día vendrá el hombre sencillo de la
Patria a interrogar a sus militares en actividad y en retiro. No los interrogaran
sobre sus largas siestas después de la merienda, tampoco sobre sus estériles
combates con la nada, ni sobre su ontológica manera de llegar a las monedas,
no sobre la mitología griega ni sobre sus justificaciones absurdas crecidas
a la sombra de la mentira.
Un día vendrán los hombres sencillos de esta tierra, aquellos que fueron
sus soldados, a preguntar que hicieron cuando la Patria se apagaba lentamente,
que hicieron cuando los pobres consumían sus vidas en el hambre y la de
sus hijos en la enfermedad y la miseria, que hicieron cuando los gringos
vinieron a imponernos esa nueva forma de vida "occidental" que todo lo corrompe
y compra el dinero.
Quizás para ese momento, la vergüenza que provoque el silencio como respuesta,
no sea suficiente como castigo."
Con palabras como estas, Bernardo Alberte rechazaba en 1969 acogerse a un
decreto del dictador Onganía que permitía la reincorporación de militares
peronistas dados de baja -como él- luego del derrocamiento de Perón. Después
de la victoria popular del 11 de marzo de 1973, y al asumir la Presidencia
de la Republica, el Dr. Héctor J. Cámpora en uno de sus primeros decretos
reincorporo a Bernardo Alberte al ejército con el grado de Teniente Coronel
en retiro.
No era la primera vez, ni seria la ultima, que el destino de Alberte se
cruzaba con los triunfos y las derrotas populares.
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Nació en Avellaneda, Provincia
de Bs. As., el 17 de noviembre de 1918, se graduó como Subteniente a los
21 años con las mejores calificaciones de su promoción. Cuando a comienzos
de octubre de 1945 el entonces Coronel Perón fue destituido y encarcelado,
el joven oficial salio en su defensa. Arrestado en Campo de Mayo, acusado
de promover la insubordinación de la Escuela de Infantería, fue con el levantamiento
popular del 17 de Octubre que Alberte recupero su libertad y su empleo.
Ya con el grado de Mayor, en 1954, fue designado edecán del Presidente.
El 16 de junio de 1955 cuando la aviación naval bombardeo el centro de Buenos
Aires y ataco la Casa Rosada con el propósito de asesinar a Perón, Alberte
fue uno de los militares que encabezo la defensa. En septiembre, al producirse
el nuevo y definitivo levantamiento, entablados los combates entre tropas
leales y rebeldes, iba a ser partidario de resistir hasta las últimas consecuencias.
Permaneció junto al Presidente hasta que Perón decidió renunciar. Entonces
los golpistas lo encarcelan en represalia por haber cumplido con su deber
militar y constitucional.
Compartió en Ushuaia la prisión con otros destacados dirigentes peronistas
y fue liberado a fines de 1956. Citado por el Comando en Jefe del Ejército,
no quiso presentarse ante sus verdugos. Declarado en rebeldía se vio obligado
a buscar refugio en Brasil, donde permanecía exiliado cuando fue dado de
baja por los militares golpista.
En Marzo de 1957, desde Río de Janeiro escribe a Perón, entonces radicado
en Caracas, Venezuela, haciendo un balance de los acontecimientos del 55:
"Que los militares eran los que constituían la masa del ejército que le
permaneció leal hasta el último día de su gobierno, pese a las defecciones
y traiciones conocidas de las que no se escaparon de cometerlas también
civiles; que ese Ejército que le era leal con la cooperación del pueblo,
con la que siempre se sintió estimulado, pudo haber vencido a los rebeldes
si se hubiera dispuesto a enfrentar la guerra civil y sufrir los bombardeos
y destrucciones que estaba dispuesta a realizar la Marina. Guerra civil
y destrucciones, o algo similar que ahora, muy probablemente, tengamos que
aceptar como única solución para liberar a la Patria de los sátrapas que
la quieren gobernar".
Tras el pacto con Perón que permitió a Frondizi alcanzar la Presidencia,
en 1958 fue sancionada una ley de amnistía que le permitió a Alberte regresar
al país. Como no era hombre de deprimirse- al comienzo de su exilio brasileño
supo ganarse la vida como vendedor ambulante de ropa femenina- ya en Buenos
Aires instaló una tintorería a la que llamó "Limpiería" y que con el tiempo
se haría popular a causa de las actividades de su dueño.
Corría 1965 cuando el dirigente metalúrgico Augusto Vandor comenzó a disputarle
abiertamente a Perón el control de su Movimiento. Desde su exilio en Madrid,
el General envió a su esposa Isabel para contrarrestar el avance vandorista.
La casa particular de Alberte sirvió de refugio a la viajera en determinado
momento de su estadía. En junio de 1966, en vísperas del derrocamiento del
presidente Illia, Isabel volvió a Madrid. Pocos días después Vandor, Alonso
y otros sindicalistas, asistían en la Casa Rosada a la asunción del dictador
onganía, a quien el periodista Mariano Grondona comparaba con el presidente
de Francia general Charles De Gaulle. Y mientras el capitán –ingeniero Alzogaray,
designado embajador en Washington, proponía proclamarlo monarca, Vandor
y sus amigos prefería verlo como un nuevo Perón.
Perón, "El Viejo", el auténtico líder, a comienzos de 1967 nombra a Alberte
–su antiguo edecán- Delegado y Secretario General del Movimiento Peronista.
Alberte puso fin a la etapa de "desensillar hasta que aclare", y desafiando
las persecuciones desatadas por la dictadura, en poco más de un año puso
en pie a un Movimiento que estaba postrado y dividido, dando particular
intervención a la juventud.
Debió enfrentar las tendencias conservadoras y burocráticas dentro del peronismo,
tanto en su sector político como gremial. Su gestión política fue determinante
para el surgimiento en marzo de 1968 de la C.G.T. de los Argentinos, central
obrera que creó un nuevo instrumento de lucha sindical, y donde actuaron
entre otros: Raimundo ongaro, Jorge Di Pascuale, Agustín Tosco, Atilio
López, Rodolfo Walsh e Hipólito Solari Irigoyen, es decir, sindicalistas,
peronistas, radicales, izquierdistas, etc.
La política seguida por Alberte fue de lucha frontal contra el régimen de
onganía y de apertura a los sectores sociales y políticos que se le oponían.
Uno de sus resultados fue el acercamiento de la masa estudiantil al movimiento
obrero a través de la C.G.T. de los Argentinos. Así se logró arrinconar
al "participacionismo", abriendo una nueva perspectiva en el panorama político
argentino que desembocaría en el Cordobazo de 1969. Pero para entonces Alberte
ya no ocuparía el cargo de Delegado, al que renunció en marzo de 1968. Perón
designó en su reemplazo a Jorge Daniel Paladino, personaje al que el mismo
Perón acusaría, en 1971, de haberse transformado en un agente del dictador
Lanusse.
Bernardo Alberte, en cambio,
siguió en la misma línea, compartiendo posiciones con John William Cooke
y Gustavo Rearte. A pocos meses de su renuncia editó el periódico Con Todo,
portavoz del peronismo revolucionario, y salió públicamente en defensa de
los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) arrestados en Taco
Ralo, Tucumán, en septiembre de 1968.
Durante el congreso clandestino celebrado por el peronismo en Córdoba en
enero de 1969, Alberte pronunció un discurso que obtuvo mucha repercusión.
"Hay que dominar la estrategia mejor que los generales que la emplean para
oprimir y sojuzgar y que en nuestras manos debe servir para liberarnos.
En esta época de transición entre el capitalismo y el socialismo, entre
el miedo y la libertad, entre lo que cae y lo que viene, hay que ser un
hombre de acción para ser digno de la conducción de las masas populares".
Al hablar en el cementerio de la Chacarita, el 22 de julio de 1971, después
del secuestro y asesinato de Juan Pablo Maestre y su esposa Mirta Misetich,
Alberte reveló que ambos eran militantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias
(FAR), reivindicando como combatientes a quienes hasta entonces sólo aparecían
ante la opinión pública como víctimas de la represión ilegal.
En 1973, las vísperas del retorno del Peronismo al gobierno, Alberte observaba
el futuro con prevención: "A esta altura de la situación ya se ha puesto
en evidencia (...) la trampa de la Junta Militar cuyo objetivo es integrar
al Peronismo al sistema con la finalidad de crear un gobierno favorable
al continuismo. (...) Pero aunque no prevaleciera la maniobra oficial, si
pasando por encima de los ardides tramados (...) triunfara un gobierno no
dispuesto a mantener la línea continuista, la trampa le estará esperando
siempre".
Coincidía su visión de los acontecimientos con la de Gustavo Rearte. Y cuando
la "primavera" de Cámpora agonizaba, a comienzos de julio de 1973, tuvo
que volver Alberte a la Chacarita para despedir los restos de uno de los
fundadores de la Juventud Peronista –Gustavo-, derribado prematuramente
por el cáncer, como cinco años antes lo fuera Cooke. Quiso el destino que
don Bernardo confortara a los dos en sus últimos días, como amigo y compañero.
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No ocupó Alberte cargo alguno
en los gobiernos peronistas que se fueron sucediendo. Se mantuvo en un segundo
plano hasta 1975. Entonces se puso a la cabeza de la Corriente Peronista
26 de Julio, acompañado entre otros por Susana Valle, y salió a denunciar
frontalmente al golpismo que se avecinaba. "Sabemos que desde las estructuras
del Movimiento y del gobierno, hubo y hay quienes desvirtuaron y desvirtúan
los contenidos del Peronismo –cuando no los traicionaron-; los hemos señalado
oportunamente –cuando el silencio gorila callaba las acciones de López Rega-
y los seguimos señalando".
Pocos días antes del golpe, la represión ilegal desembozada irrumpía en
las oficinas céntricas donde funcionaba la Corriente 26 de Julio con el
evidente propósito de secuestrar a Alberte. Pero esta vez los paramilitares
fallaron en su intento.
En la víspera del 24 de marzo dirigió una memorable carta a Videla, poniendo
en evidencia la responsabilidad de las Fuerzas Armadas en la represión ilegal,
que acababa de cobrarse la vida de un joven colaborador suyo, Máximo Altieri.
Horas después, en momentos de producirse el golpe militar, efectivos uniformados
del Ejército y la Policía Federal irrumpieron en el domicilio de Alberte,
derribando la puerta con sus armas y profiriendo insultos y amenazas. Sin
poder ejercer defensa alguna, ante el despliegue desmesurado de efectivos
y armas utilizadas, don Bernardo fue arrojado al vacío desde una de las
ventanas de su departamento. Al caer a un patio de la vivienda del primer
piso, su morador, el Dr. Herrera, ex juez y otros testigos que presenciaron
el hecho, fueron amenazados con armas largas para que silenciaran lo visto.
En tanto el cuerpo de Bernardo Alberte yacía exámine, su casa era violada
y saqueada, intimidándose a sus familiares con armas de fuego.
Sus familiares iniciaron antes la Justicia una querella al responsable del
Ejército, el general Videla, pero se encontraron con jueces que se declaraban
incompetentes pese a tener pruebas suficientes para esclarecer el hecho.
Así se dieron trágicas anécdotas como la del Juez Rafael Sarmiento que,
cuando el abogado patrocinante de la familia le dijo que a Alberte lo habían
tirado con vida por la ventana, contestó "¿Y con eso...? A todos los peronistas
habría que tirarlos por la ventana". O la del Juez Juan Bautista Sejean,
que le confesó al propio hijo de Alberte que tenía miedo de investigar y
por eso se declaraba incompetente.
Don Bernardo era consciente de los riesgos que corría al decidir permanecer
en su hogar la noche del golpe. Complejo sería intentar describir el entrecruce
de razones y sentimientos que pudieron llevarlos a desoír la voz del sentido
común que estaba acostumbrado a desafiar con valentía. Los generales que
ordenaron su asesinato debían de conocerlo bien, sabían que combatiría a
la dictadura con todo el peso de su prestigio y coraje.

Osvaldo
Bayer on ice
Una nueva patinada del prestigioso historiador
Buenos Aires, sábado 10 de abril de 2004
Señor Director de Página 12
Presente
De mi consideración:
Me dirijo a Ud. a para solicitarle la publicación de la nota que sigue abajo.
El motivo es un párrafo de la columna titulada "Con la misma escuela de
Camps", firmada por Osvaldo Bayer y publicada en la página 8 de la edición
de Página 12 del día de hoy, Sabado 10 de Abril de 2004, donde se involucra
al teniente coronel Alberte como represor y/o mafioso durante el gobierno
peronista 1946-55. Soy autor del libro Un militar entre obreros y guerrilleros
(ed.Colihue, Buenos Aires, 2001), una biografía de Bernardo Alberte, militar
y político peronista asesinado por un grupo de tareas policial-militar en
la madrugada del 24 de marzo de 1976, a escasas dos horas de producirse
el golpe militar genocida. Alberte tenía el grado de Teniente Coronel (R.E.)
cuando fue asesinado.
Atentamente,
Eduardo E. Gurucharri (DNI 4.444.368; TE 4523-7483)
En defensa de la memoria de Alberte
En su columna -Con la misma escuela de Camps-, publicada en la edición de
Página 12 de hoy sábado 10 de abril, Osvaldo Bayer involucra al teniente
coronel Alberte como represor y/o mafioso durante el primer gobierno peronista.
Dado que el único oficial del Ejército con ese apellido fue el entonces
mayor Bernardo Alberte, edecán del presidente Perón al momento de desencadenarse
la autodenominada revolución libertadora en 1955, quien fuera expulsado
de la fuerza por el dictador Aramburu y reincorporado en 1973 por el presidente
Cámpora con el grado de Teniente Coronel retirado, hasta ser asesinado por
un grupo de tareas policial-militar el 24 de marzo de 1976, a escasas dos
horas de producirse el golpe militar genocida, como biógrafo y compañero
de militancia de Alberte me siento en la obligación de defender su memoria.
Alberte nunca fue un represor ni un mafioso. Como militar en actividad,
cumplió con su deber de defender el orden constitucional contra los golpistas
y por eso fue expulsado del Ejército. Como ciudadano siempre se ganó la
vida trabajando. Y como político combatió a las dictaduras militares que
sobrevinieron, desde su cargo de Delegado de Perón en tiempos de Onganía
o como vocero del Peronismo Revolucionario después. Fue uno de los pocos
militares que denunció públicamente la conspiración golpista antes del 24
de marzo y finalmente fue el primer asesinado por la dictadura genocida.
Tengo el mayor respeto por Osvaldo Bayer, más allá de su posición antiperonista
que obviamente no comparto. La única vez que cambié algunas palabras con
él fue tras las cámaras de un estudio de televisión, en el otoño de 2001.
El presentaba su primera novela y yo mi biografía de Alberte, "Un militar
entre obreros y guerrilleros". Allí recuerdo la injusta detención de Atahualpa
Yupanqui que él menciona en su nota, agrego la de Osvaldo Pugliese e incluso
un hecho mucho más grave producido durante el primer gobierno peronista
que Bayer tampoco menciona: el secuestro y asesinato del médico afiliado
al Partido Comunista Juan Ingalinella, perpetrado por policías rosarinos
en 1954. En mi libro también hay datos sobre los crímenes de la Triple A
nunca publicados hasta entonces, por ejemplo algunos relativos al asesinato
de un gran amigo de Alberte, Julio Troxler, que
López Rega anunció durante una reunión de gabinete presidida por María Estela
Martínez, el 8 de agosto de 1974, seis semanas antes de producirse, asunto
por el cual lo mínimo que debería hacer la Justicia es llamar a declarar
a la ex-presidente. Con el mismo énfasis digo que Bayer yerra por completo
respecto a Alberte y francamente debo suponer que le falló la memoria y
se equivocó de apellido. Pero como lo publicado, publicado está, se impone
esta aclaración.
Eduardo E. Gurucharri
Buenos Aires, 12 de abril de 2004
Señor Director de Pagina 12
De nuestra consideración
El motivo de la presente es solicitarles tengan a bien publicar esta nota
aclaratoria sobre la figura de Bernardo Alberte.
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Nos hemos sentido tristemente
sorprendidos por la nota -Con la misma escuela de Camps- que Osvaldo Bayer
escribiera el sábado 10 de abril, en ese matutino donde involucra al Tcnel.
Alberte con una total ligereza y falta de rigor histórico.
Queremos expresar que Bernardo Alberte fue un militar y dirigente peronista
que combatió al golpismo y a las dictaduras militares, que siendo peronista
se opuso al participacionismo y a la domesticación del peronismo, que bajo
su gestión al frente del Movimiento Peronista impulsó la CGT de los Argentinos,
central obrera que crea un nuevo instrumento de lucha sindical, que desembocaría
en el Cordobazo, que se opuso al liberalismo económico en el peronismo que
ya actuaba en vida de Alberte bajo el gobierno de Isabel Martínez, López
Rega y Carlos Ruckauf, que siendo peronista se opuso a la Triple A.
Cuando el ejercito que usurpó el poder el 24 de Marzo de 1976, el mismo
que bombardeó a mansalva la Plaza de Mayo, robó el cadáver de Evita, fusiló
y torturó en la Penitenciaria Nacional, en José León Suárez, fusiló en Trelew,
lo elige esa madrugada como una de sus primeras victimas, asesinándolo,
cumple acabadamente con la lógica castrense, alimentada en las escuelas
interamericanas por los servicios de inteligencia del imperialismo.
La matanza de aquellos años fue sistemática y apunto adelantándose a los
acontecimientos, a eliminar buena parte de la masa critica vinculada con
la lucha liberadora.
Alberte no tenía otro discurso que el compromiso insobornable con la clase
trabajadora y con los sectores revolucionarios en lucha por un cambio de
sistema.
Bernardo Alberte perteneció a ese grupo de personas que como el Gral. Juan
J. Valle, John W. Cooke, Alicia Eguren, Juan García Elorrio, Gustavo Rearte,
Jorge Di Pascuale, Julio Troxler, Rodolfo Ortega Peña, Rodolfo Walsh, y
tantos compañeros y compañeras mas se comprometieron con valentía y honradez
por sus convicciones poniendo en juego su vida que en muchos casos perdieron.
Acompañamos a esta, copia de la carta escrita* por el Tcnel. Bernardo Alberte
al entonces, Tte. Gral. Videla horas antes de ser asesinado por una patrulla
militar en la madrugada del 24 de marzo de 1976.
Marita Foix, Patricia Walsh, Ramon Torre Molinas, Ruben Dri, Eduardo Gurucharri,
Jorge H. Perez, Bernardo Alberte (h).
La nota de Osvaldo Bayer en Página 12 [Lunes 12 de Abril de 2004]
Con la misma escuela de Camps
Por Osvaldo Bayer
Se ha discutido a fondo, pero no quiero quedarme sin expresar mi opinión
en esta repentina expresión popular del operativo Blumberg. Quien me da
la oportunidad es el intelectual Ricardo Talesnik, el conocido dramaturgo,
que acaba de escribir "Nadie es dueño de la historia" en Clarín. Talesnik
no hace la historia de los derechos humanos en la Argentina, que tomando
el corto plazo podría escribirse, digamos, desde el teniente coronel Osinde,
o la operación masacre de Aramburu o mejor, un poco más acá, desde López
Rega, pasando por el denominado "proceso" y llegando ya a la actualidad
a las policías de Duhalde, de Ruckauf y de Solá, para hacer pocos nombres.
Pero para ser más justos mencionemos también a los saltos decanguro de Menem,
a De la Rúa, pasando por el purgatorio alfonsinista del "yo no vi, tú no
viste, él no vio" y que dejó intacta la estructura, ahora más sonriente,
de los que hacían parir a las prisioneras políticas en los patrulleros de
Camps y Etchecolatz. No, Talesnik se refiere sólo a la reciente manifestación
Blumberg.
Bastaría preguntarse: ¿dónde están hoy esos oficiales,esos suboficiales,
esos agentes que desaparecían además de los sospechosos, los televisores
y las radios? Fueron los que ayudaron a integrar la estructura "democrática".
Pero también los de las nuevas mamadas con la moralidad del período Menem
y el brazo ejecutor de Ruckauf y Duhalde, cuyo fresco más costumbrista fue
aquella fiesta de fin de año de la escuela de policía donde los flamantes
oficiales se robaron hasta las cucharas y las ollas del banquete. Todo dentro
de la misma moralidad. De la policía de Camps a la Bonaerense de Duhalde.
Con la escuela de Camps, un monstruo con todas lascualidades del asesino
nato. Poder y disciplina: al primer movimiento, el tiro fácil. El secuestro
de lujo y el vamo y vamo.
Con la teoría radical de los dos demonios ya está toda la definición. A
olvidar y a mirar para adelante. Por eso Alfonsín dejó a todos los profesores
de las escuelas de policía y a todos de las escuelas militaresnombrados
en general por la dictadura, con los mismos programas del proceso.Y felices
Pascuas. Ahora tenemos todo esto, de la estructura monstruosa de la dictadura
pero también de antes de los López Rega que ya había roto las coyunturas
para proceder. Esa tradición del peronismo que en su primer gobierno metió
preso a Atahualpa Yupanqui y nos presentó al teniente coronel Alberte y
a esas apariciones como el Juancito, el Turco Antonio, para hablar un poco
de la maffia, y a aquellos hábiles picaneros que terminaron con Stroessner,
el protector, los policías Lombilla y Amoresano, dos sirvientes de la tortura
para no olvidar. Y como decíamos, después lo monstruoso sin medida: Camps,
Etchecolatz, Etchecolatz, Etchecolatz, Suárez Mason, Menéndez. Pero la casa
estaba en orden.
Pero bien, me quería referir a Talesnik, el intelectual. Les reprocha a
"Hebe de Bonafini, a las Abuelas, las Madres y a los organismos de derechos
humanos" no haber concurrido a la "manifestación popular excepcional" de
Blumberg.
Con toda comprensión por el dolor de Blumberg, no se puede emparejar la
historia argentina yendo todos a pedir al Congreso nacional penas más drásticas
para los ladrones y asesinos. La República padece de males más profundos
que la de sentirnos todos iguales, en nuestros dolores y nuestros ideales,
como lo pide Talesnik.
Fueron Hebe de Bonafini, las Madres, las Abuelas y los organismos de derechos
humanos los que constantemente denunciaron a qué jugaban la Bonaerense,
la Federal, las palmaditas en el hombro de Alfonsín, después las felonías
de Alí Babá y sus cuarenta yabranes, las gansadas del radical de pura cepa
Fernando de la Rúa (repetimos: radical, radical hasta lamédula), y luego
Duhalde, el Barceló de Lomas de Zamora, para no hablar de Ruckauf, que estuvo
en todas y tiene las manos manchadas de sangre desde que era el confesor
gratuito de Isabelita y López Rega. Y fueron esas dignísimas viejas de pañuelo
blanco las que salieron a la calle para terminar con el antro de los desaparecedores.
Fueron esas viejas, Talesnik: nunca el nombre de Blumberg apareció en una
solicitada por ellas.
Desde 1976 hasta hace pocas semanas se vendió todo lo argentino. ¿Y por
qué, si los ladrones del poder vendían todo la policía no iba a pasar de
la pizza con doble muzzarella a los miles de dólares con los cobardes secuestros
y los robos? Y de pronto, las víctimas fueron esa clase media alta, porque
allí había guita. Los que saludaron a Videla y sus escuadrones de asesinos
de pronto pasaron a ser las víctimas. Ah, entonces,sí, a la calle. E hicieron
bien, porque es en la conquista de la calle donde se puede conquistar la
justicia y la moral, como hicieron los pueblos en sus épicas marchas de
protesta y conquistaron así las ocho horas y la búsqueda del fin de la explotación
del hombre por el hombre. Así, sí. En la calle. Y claro, entonces sí, ante
la masa hasta se movieron los senadores y diputados.
No, Talesnik, Hebe de Bonafini y las Madres no estuvieron en esa manifestación
custodiada y trasmitida por los canales privados de televisión. Estuvieron
desde 1977 en esa Plaza de Mayo, custodiada por la asesina SIDE, las policías,
los militares Astiz y los alcahuetes del poder, que ya habían hecho desaparecer
a Azucena Villaflor y dos Madres más.
Ya es una historia vieja: el aumento de penas no soluciona nada. Lo ha demostrado
la historia. La Iglesia Católica pese a sus hogueras donde se quemaban vivos
a los librepensadores no logró parar a los protestantes. El fusilamiento,
la horca, la guillotina, las inyecciones letales no lograron nunca disciplinar
las sociedades injustas pese a que los que aplicaron esas penas se llamaran
Hitler, Mussolini, Franco o Bush. El jueves lo dijo bien claramente, con
toda valentía, el peronista Miguel Bonasso cuando le preguntaron porqué
habían fracasado todas las políticas bonaerenses de mano dura, y el respondió:
"No dio resultado porque no desmontaron la estructura mafiosa que une a
los punteros del Partido Justicialista de Buenos Aires, intendentes y comisarios.
Una tríada que forma una gran camorra. Y no desmontaron esa hermandad porque
forman parte de ella".
Bien claro de un hombre que conoce a fondo la situación política. ¿Por qué
la Cámara de Diputados no constituye una comisión investigadora a base de
esta denuncia? No, dejan que Carlos Ruckauf y su guardaespaldas Casanovas
tomen la voz cantante en la sesión Blumberg.
¿Cómo fue posible la experiencia Juárez en Santiago del Estero? ¿Cómo es
posible que el Partido Justicialista haya permitido una experiencia absolutamente
decadente e insultante a la condición humana? No,después de la experiencia
López Rega, el Partido Justicialista tendría que haberse limpiado definitivamente
y no volverse a meter en el barro de la inmoralidad y el abuso una y otra
vez. Si seguimos así, nuestro próximo jefe de la Policía Federal va a ser
Musa Azar, votado por los diputados que en la sesión Blumberg cortaron la
palabra a los diputados de la oposición.
El intelectual Ricardo Talesnik termina su crítica a los organismos de derechos
humanos diciendo: "Ninguna minoría, ningún sector político, racial o religioso
tiene derecho a sentirse dueño de la historia, porque la historia la escribimos
todos diariamente, aunque no militemos en política, no seamos famosos ni
tengamos poder. Todos nos jugamos la vida por el simple hecho de estar vivos".
No, Talesnik: ni López Rega, ni Musa Azar, ni los policías secuestradores
hacen la historia, sino que la retroceden. Los que hacen la historia se
llaman Sandino, Emiliano Zapata, Mariano Moreno, Agustín Tosco y José Martí.
No necesitan velas para que los acompañemos en nuestro reconocimiento. Y
aquí, desde 1977, las únicas que hicieron historia, y nada menos que en
la Plaza de Mayo, fueron las Madres. Reconozcámoslo.
Néstor Miguel Gorojovsky nestorgoro@fibertel.com.ar

Bernardo
Alberte y el Peronismo Resistente
Por Alberto Lapolla
(Fragmento de Los hechos...y las razones)
El Cordobazo como bisagra
de la Resistencia Popular
De manera similar, que en los primeros días de Mayo, entre el 25 de mayo,
el derrocamiento de Moreno en diciembre y la derrota de Castelli a partir
de junio de 1811, encierran de alguna manera todas las claves de los hechos
que sucederían a posteriori; incluyendo tendencias, líneas de acción y de
defección; prefigurando al mismo tiempo la gran nación americana que pudimos
ser, y la pequeñez portuaria-británica que derrotó todos los proyectos nacionales;
de una manera similar -decíamos-, el Tercer gobierno Peronista prefigura
también, la tragedia por venir.
El ciclo abierto por la irrupción de la CGT de los Argentinos, que daba
encarnadura real –no ficticia- a los programas obreros de Huerta Grande
y La Falda, a través del programa del 1º de Mayo de la CGTA –redactado por
Rodolfo Walsh- y el accionar concreto de una nueva conducción sindical Peronista
dispuesta ‘a sacar los pies del plato’, marca la aparición de una nueva
conducción sindical peronista dispuesta a voltear a la dictadura de Onganía
sin más vueltas. Llevando a la práctica, una nueva dimensión del Frente
Peronista: la unión de todos los que luchaban por la Liberación Nacional
y Social sin exigencia de ortodoxia, ni disolución de identidad. Todo este
proceso se hallaba lubricado además, con un fuerte componente de autonomía
real de los trabajadores y de su organización. Dicho desarrollo enmarcaba
un nuevo Peronismo, resultante del colosal efecto producido por La Revolución
Cubana entre sus filas; especialmente por la decisión de Fidel y el Che,
de liquidar la invasión norteamericana de Bahía de los Cochinos y por la
propia dinámica de confrontación con el poder oligárquico de la Resistencia
Peronista; hechos que actuaron como una bomba de profundidad sobre el Peronismo
ortodoxo y cuestionaban la decisión de Perón de abandonar el poder sin combatir
en 1955.
Ese nuevo Peronismo Resistente, sería el encarnado en las figuras de John
William Cooke, del Mayor Alberte, de Gustavo Rearte, de Raymundo Ongaro,
de Rodolfo Puiggrós, de Alicia Eguren, de Juan José Hernández Arregui, de
Raymundo el Negro Villaflor, de las FAP, las FAR y finalmente los Montoneros.
Destacamos la figura de un Mayor Alberte, que no sólo desobedece a Perón
–negándole el acceso a Vandor a la dirección de la CGT, cuando la muerte
de Amado Olmos-, sino –y ese será su aporte histórico, el que lo ubica en
la historia grande de los argentinos- que se pone a organizar el Peronismo
Revolucionario juntando y uniendo todas las líneas y tendencias que lo componían.
Ello incluía, desde nacionalistas provenientes de la derecha, nacionalistas
de izquierda o castristas; marxistas leninistas, estalinistas, trotzquistras-insurreccionales,
insurreccionales-guevaristas, guevaristas de todo pelaje, Peronistas Revolucionarios
de todo matiz; cristianos de base o simplemente pastorales, seglares, partidarios
de las nuevas ideas de Juan XXIII –en contra de las propias posiciones de
Perón que las cuestionaba-, militares nacionalistas de todo calibre, militantes
sindicales antiburocráticos, clasistas o socialistas, peronistas evitistas,
intelectuales revolucionarios, jóvenes de todas las líneas revolucionarias
e insurrecciónales existentes, y así de seguido. Alberte –junto a Rearte,
Puiggróss y Cooke (a través de Alicia Eguren luego de su muerte)- daban
así origen a uno de los procesos más ricos y valiosos de la historia argentina,
al dar vida a la Tendencia Revolucionaria Peronista. Valiosa por su diversidad,
combatividad y tolerancia de matices, hasta la llegada de la hegemonización
montonera. Esta irrupción, marcará un antes y un después en los hechos de
la década, y dará por resultado la gran bisagra del período 1955-1973: el
Cordobazo.
Del Cordobazo al Gran Acuerdo Nacional
No cabe duda, que la frase pronunciada por el general Pedro E. Aramburu,
cuando la sublevación obrera y popular de Córdoba: ‘hay que pactar con Perón
antes que esto salte por los aires,’(Jun-1969) sellaba el fin de la Libertadora,
como proceso de capitalismo posible para la Argentina. No se podía gobernar
sin el Peronismo, a menos que se quisiera que la Argentina marchara a una
Revolución al estilo cubano. Los pasos de Perón, producido el Cordobazo,
van en el mismo sentido: ordena desarmar la CGT de los Argentinos ‘que es
un tablao’(Jun-1969) y no ‘sacar los pies del plato’(Jun-1969). La inmediata
muerte de Vandor, un mes después del Cordobazo –y luego de entrevistarse
con Perón en Irún-, parecería señalar el costo que alguien cobró, por permitir
que su gente –Elpidio Torres- estuviera a la cabeza de la rebelión cordobesa.
El resultado de esta convergencia estructural, respecto de la marcha del
capitalismo, sería el Gran Acuerdo Nacional –previo asesinato de Aramburu,
luego de una posible entrevista secreta con Perón en Francia- y el retorno
de Juan Perón al gobierno.
El Cordobazo había dejado claro que, la convergencia combativa, orgánica
y estructural del Peronismo Combativo -encarnado en la CGTA de Raymundo
Ongaro- y el sindicalismo de izquierda representado en la figura del Gringo
Agustín Tosco, era mortal para el esquema de capitalismo asociado a las
multinacionales pergeñado por el Desarrollismo, para preservar ‘las chimeneas’
que el almirante Rojas quería erradicar. También era mortal para la estructura
sindical burocrática asociada a la patronal, como esencia del gremialismo
ortodoxo Peronista.
Casualmente, ésa sería a nuestro entender, la lucha central del período
que se cerrará con la irrupción de la dictadura genocida: la posibilidad,
o no, de generar una nueva conducción sindical combativa, autónoma y revolucionaria
de los trabajadores. Línea que se expresaría en las corrientes combativas
y antiburocráticas de la Resistencia ejemplificadas en los programas de
Huerta Grande y la Falda, en la CGTA luego, en el Clasismo más tarde, en
Tosco en todo el ciclo hasta su muerte, en los movimientos como el SMATA
cordobés, la UOM de Villa Constitución, la lista Marrón de FOETRA, en los
trabajadores del Chocón, en las luchas de la FOTIA, en la CGT de Salta con
Armando Jaime, en las luchas de Astilleros, en fin, en un reguero múltiple
de luchas obreras que plantearon como reivindicación central el cambio de
conducción sindical, hasta su máxima expresión: las luchas de junio y julio
de1975, que liquidaron a López Rega y que convencieron al mando burgués
de la necesidad del golpe genocida ya no sólo contra el movimiento obrero,
sino contra la clase obrera misma.
El primer ‘plan de ajuste’ neoliberal, hecho dentro de un gobierno Peronista
(el Rodrigazo de junio 1975), fue aplastado por gigantescas movilizaciones
estructurales, de la clase trabajadora encabezadas por las Coordinadoras
Sindicales de Base, última emergencia del poderoso movimiento obrero argentino.
Ése, que desde el 17 de octubre de 1945, había logrado inclinar la balanza
de la historia para su lado. Sería, no casualmente, a partir de las luchas
obreras de junio de 1975 –conocidas como el Rodrigazo- que una infame frase
comenzaría a salir de los labios de políticos, militares y empresarios,
tan diferentes como Ricardo Balbín, Mariano Grondona, Jorge R. Videla, Rogelio
Frigerio, Emilio Massera o Juan Alemann: ‘hay que acabar con la guerrilla
fabril’, dirían, legitimando la matanza por producirse. De tal forma, entre
el 55 y el 58% de los desaparecidos serían dirigentes sindicales de base.
Al final del proceso la clase obrera industrial –o quasi-industrial- se
reduciría de seis millones de trabajadores en 1976, a menos de un millón
en diciembre de 2001
La responsabilidad del General
El Tercer gobierno del General Perón, es uno de los tabúes sobre los que
la política argentina actual –el Peronismo es gobierno desde 1989 casi sin
interrupción, hasta hoy, a excepción de los dos años de De La Rúa- prefiere
mirar para otro lado. Es soslayado en sus errores, pero también en sus aciertos.
Como que se oculta, que aplicó la última política económica de Liberación
Nacional que conocemos los argentinos. Claro, hablar de la política económica
aplicada entre 1973-1974, por la dupla Perón-Gelbard llevaría a la inevitable
pregunta, de, ¿por qué dicha política no puede ser aplicada en la actualidad?
La respuesta no está al alcance de los políticos que gobiernan la Argentina
post dictadura. Hemos analizado en detalle el gobierno Peronista en nuestro
trabajo ‘La Esperanza Rota’(De la Campana, 2005), al cual remitimos al lector,
pero creemos necesario precisar algunas cuestiones para comprender el marco
de acceso de la sociedad argentina a la dictadura genocida, y al final de
nuestro estadio de nación independiente, justa, libre y soberana.
Perón a nuestro entender, cometió en su Tercer gobierno una serie de errores,
o de defecciones, que resultaron nefastos para el futuro de la nación y
de su propio Movimiento. Destrozó innecesariamente al Presidente Cámpora,
para ocupar su lugar, a sabiendas que poseía ya 79 años (todo indica que
habría nacido en 1894, en Roque Pérez), y que la duración de su vida, según
le habían anticipado sus médicos, no soportaría el ajetreo del gobierno.
No sólo eliminó a Cámpora, y cualquier atisbo de la Juventud Peronista de
su Tercer gobierno, incluyendo cuadros esenciales de ese momento como Juan
Manuel Abal Medina, Esteban Righi, Jorge Vázquez y Julio Troxler, entre
muchos otros. También volteó uno a uno, a los gobernadores vinculados a
la Tendencia Revolucionaria Peronista. Algunos como el de Córdoba, representativos
de todo el movimiento popular provincial en la lucha contra la dictadura.
Otros como Bidegain, cuadros históricos de la Resistencia y de sólida formación
política e intelectual.
El derrocamiento de Obregón Cano y Atilio López –de la manera más infame-,
puede ser interpretado casi como un castigo a la rebelde Córdoba y al inicio
de la insurrección que lo había devuelto al poder. Dejó sin lugar alguno
en el Movimiento o en el gobierno, a cuadros centrales de la Resistencia
como Andrés Framini, Sebastián Borro, Avelino Fernández, el Viejo Ireneo
Chávez, Gustavo Rearte, Arturo Jauretche y al propio Mayor Alberte. Quebró
así, la continuidad de la lucha de la Resistencia con el nuevo gobierno
Peronista. Ubicó de vicepresidenta a su mujer Isabel Martínez, de quien
muchas veces había señalado a sus colaboradores -en los primeros años de
su exilio-, que dudaba de que fuera ‘de los servicios’. A su muerte, la
presidencia de Isabel Perón sería una de las mayores tragedias de la historia
nacional. El General, conocía perfectamente las ambiciones desmedidas –unido
a la aguda inteligencia preverbal- de su esposa, así como la estrecha relación
de dominio que sobre ella ejecutaba su mucamo, José López Rega.
Conocía también de sobra la pertenencia de su mucamo a la logia fascista
P2, con la cual él mismo, había establecido espúreas relaciones, en la parte
más oscura de su gobierno. La condecoración a Licio Gelli -incluyendo el
beso aplicado de rodillas sobre su anillo-, en agradecimiento ante el Burattinaio;
así como su entrevista con Pinochet en el Aeropuerto de Morón, deben ser
de los peores momentos en su larga trayectoria política. Esa actitud de
favoritismo hacia su esposa y su mucamo, sería tan condenable, que Don Arturo
Jauretche, peleado con Perón desde 1948 y que moriría pocos días antes del
General, el 25 de mayo de 1974, lo haría maldiciendo a su antiguo amigo:
‘que se puede esperar de quien pone de ministro a su lacayo’, expresó indignado,
luego de los hechos del 1º de Mayo de 1974.
Peor aun, en el que consistió, tal vez, su mayor error estratégico, Perón
destruyó la corriente nacionalista y democrática del Ejército argentino,
encabezada por el general Carcagno y los coroneles Cesio, Perlingher y Ballester,
destruyendo así la única corriente aliada que era fiel al proyecto Peronista.
Descabezada esta línea, en el ejército sólo restarían los fascistas llamados
nacionalistas, y los fascistas llamados liberales. Los dos grupos ferozmente
antipopulares, anticomunistas, antiperonistas, y aliados hasta los tuétanos
de los Estados Unidos en la ‘tercera guerra mundial contra el comunismo’.
El Perón que había vuelto en 1972 había percibido un país sublevado y fuertemente
radicalizado. Ese país, no coincidía en absoluto con su concepción política
compendiada en su libro ‘La Comunidad Organizada’. De tal forma, es probable
que el General haya obrado en consecuencia. Su ex ministro, médico y amigo,
el Doctor Jorge Taiana, relató, que luego de su primer retorno en noviembre
de 1972, el General, estaba casi alucinado, con lo que consideraba un ‘avance
descomunal del comunismo en la Argentina’.
Está claro que en dicho ‘comunismo’ el General no incluía al lánguido y
reformista PC, sino a toda la Nueva Izquierda surgida entre los sesenta
y los setenta. Tampoco se refería claro está, sólo al PRT-ERP, al PCR, a
VC o al Clasismo; sino especialmente a ‘sus muchachos’ de las FAR, las FAP,
el PB, los Montoneros, la CGTA, los Sindicalistas Combativos y al enorme
crecimiento de la figura de Agustín Tosco, como referente de los trabajadores.
No trepidó en llamar al Gringo, ‘el dirigente de la triste figura’, cuando
éste apenas había salido de su larga prisión, durante la dictadura. De allí
que su accionar aparezca por momentos, esencialmente contradictorio entre
su línea económica e internacional, y su política interna de castigó sin
piedad a ‘sus muchachos.’
En esta línea, su decisión de eliminar a Carcagno y Cesio, resultó tal vez,
su jugada, más suicida, a sabiendas que el Ejército gorila había sido su
principal enemigo por dieciocho años. Él, había prometido a los coroneles
Peronistas el mando de las fuerzas armadas durante su exilio. Luego al volver
al poder les expresó: ‘prefiero un Ejército de generales derrotados y no
uno de coroneles victoriosos’, mostrando una vez más las terribles limitaciones
de su ‘maquiavelismo sin destino’, como alguna vez calificara el Padre Hernán
Benítez, a su accionar. Sin embargo, nos parece que la peor de sus acciones,
fue su guerra a muerte contra la Juventud Peronista, el Movimiento Montonero
y la Izquierda Revolucionaria Peronista en su conjunto, más allá de los
graves errores y provocaciones de los ‘muchachos’. Ése era el Peronismo
que había crecido y madurado en dieciocho años de Resistencia. Era -junto
a la Izquierda Revolucionaria- la mayor creación del pueblo argentino en
su lucha contra la oligarquía. Sin ellos Perón no se habría movido de Madrid,
aun contando con la ayuda de Licio Gelli. Jamás el vandorismo, ni el sindicalismo
ortodoxo habrían logrado que Perón volviera al país. Si él había vuelto,
lo era debido al accionar de una, o dos generaciones, de trabajadores, militantes
y jóvenes heroicos, que decididos a luchar por la dignidad, la libertad,
la justicia y la soberanía popular, enarbolaron su nombre como bandera de
lucha saliendo a tomar el cielo por asalto.
El pago de Perón a sus jóvenes revolucionarios, a los que debía su presencia
en la nación, fue repugnante, y, es tal vez el elemento más deleznable de
su larga y fundamental carrera política. El Tercer Perón no estuvo a la
altura de lo que el pueblo había hecho por traerlo de vuelta. Por ora parte,
su guerra al marxismo y al pensamiento revolucionario dentro del movimiento
–que llevó a la renuncia inmediata de Rodolfo Puiggróss a la jefatura de
la UBA al conocerse el comunicado del Concejo Superior en ese sentido, hecho
también ocultado cuando se habla de Puiggróss- fue nefasto para el devenir
del Peronismo.
La castración teórica, que aun hoy, exhibe ese inmenso ‘gigante invertebrado’
que parece poder ir en cualquier dirección, parece tener su explicación
en la guerra a muerte que Perón librara contra la izquierda de su movimiento
entre 1973 y 1974, cercenando al Peronismo de todo pensamiento revolucionario.
Meter al gigantesco movimiento revolucionario popular que se produjo en
la Argentina entre 1968 a 1973, en los restringidos, apáticos y limitados
márgenes del Pacto Social y la Paz Social, sólo podía terminar en el increíble
gobierno peronista de 1989 a 1999, con Cavallo continuando la obra iniciada
por Celestino Rodrigo y Ricardo Zinn, anticipando el plan de Martínez de
Hoz. Sólo así, se puede entender que el Peronismo en su conjunto –después
de haber nacido un 17 de octubre y haber producido un Movimiento de la magnitud
de la Resistencia y del Peronismo Revolucionario- haya sido cómplice de
la más infame traición a la Patria cometida por el menemismo. Sólo el brutal
vaciamiento de contenido, mediante la prohibición del pensamiento que exigió
Perón en su Tercer gobierno, puede explicar el Peronismo posterior a la
dictadura. Sin la guerra al pensamiento revolucionario que propugnara Perón,
no se puede explicar la complicidad descarda, como veremos en estas páginas,
de muchos sobrevivientes del genocidio con la entrega de la nación. Pero
su más lamentable culpa, carga con el hecho de haber exigido ‘el escarmiento’
sobre la Juventud Maravillosa, entregando a la muerte más atroz a los mejores
hijos de la Patria. A la gente que expresaba la maduración de un pensamiento
revolucionario que nos hubiera dado otro país.
Esa generación, entregada al suplicio mas atroz por la oligarquía, educada
en el terror inquisitorial español y en el disciplinamiento ‘progresista’
británico; ambos reciclados en la Doctrina de la Seguridad Nacional yanqui.
Abandonada y entregada por una conducción infiltrada hasta los tuétanos
por los servicios de inteligencia del enemigo, fue también llevada al holocausto
por el propio Perón, que volvió al país con una idea de juventud a corregir,
tal cual expresara el propio 21 de junio de 1973, luego de Ezeiza: ‘Tenemos
una juventud que está mal encaminada...’ O como diría sin ambages, en la
reunión con el gabinete del 21 de junio de 1973 en Gaspar Campos, según
recordara el ex ministro Jorge Taiana: ‘para salvar a la Nación hay que
estar dispuesto a sacrificar y quemar a sus propios hijos’(248)(pag103)
(Taiana J.op.cit.2000). Palabras del General, que hasta donde sabemos no
poseía hijos.
La responsabilidad guerrillera
Iniciamos este balance por el accionar de Perón, pues pese a que ya nos
hemos referido a la irresponsable visita que Quieto y Firmenich realizaran
a Madrid antes del segundo regreso de Perón (La Esperanza Rota, De la Campana,2005),
no hemos contabilizado accionar grave alguno de ninguno de los grupos guerrilleros
entre el 25 de mayo de 1973 y los hechos de Ezeiza, más allá de algunos
secuestros y el Devotazo. Hecho éste último que de ninguna manera puede
interpretarse –pese a lo que aun hoy señala la derecha peronista- como ‘accionar
subversivo’ y sí, como justicia del pueblo por liberar a sus presos. De
cualquier manera, estos hechos no pueden justificar Ezeiza.
En la obra antedicha, hemos desarrollado en extenso nuestra tesis –que no
es sólo nuestra- que carga en Perón la responsabilidad clara por los hechos
del 20 de junio de 1973. Si bien no creemos que dichos hechos, justifiquen
las terribles provocaciones que la izquierda armada –peronista y perretista-
realizaría luego de los mismos; corresponde cronológicamente ubicar que
el primero que pegó fue el anciano General. A sabiendas seguramente, de
que ‘sus muchachos’ caerían en la trampa como lo hicieron, y podría liquidarlos
–y junto con ellos a Cámpora y su gobierno- de un solo golpe. Perón sabía
además, que Cámpora no haría nada para evitar su accionar, aun en conocimiento
de que Perón se moriría en poco tiempo. El Tío jamás enfrentaría al General.
De la misma manera cabe preguntarse ¿qué habría ocurrido, si cómo proponían
algunos sectores de la Tendencia, no se debía concurrir a Ezeiza, o al menos
no disputar en absoluto ningún lugar en la marcha, dejando que el golpe
de la derecha peronista cayera en el vacío? Sin embargo –y Perón lo sabía-,
estaba en la dinámica de los hechos que ello no ocurriera.
De cualquier manera, hubo quienes –Envar El Kadri, Gustavo Rearte, Bernardo
Alberte, Juan Manuel Abal Medina, Agustín Tosco, el general Carcagno y muchos
más- aún descontentos con la forma en que Perón se hacía del gobierno, entendían
que no había que enfrentarlo y que por el contrario había que buscar la
forma de transformar en organización, el enorme poder del campo popular,
que debía prepararse para enfrentar el inmenso agujero negro que se produciría
-a no dudarlo- a la muerte del Viejo. Sin embargo la irracionalidad –y el
accionar hábil de la inteligencia militar, manejada por la CIA y el MI5-
llevó a las dos organizaciones político-militares a atacar con acciones
armadas descabelladas e injustificadas, al gobierno Peronista, elegido dos
veces en seis meses, con el mayor consenso obtenido por partido alguno desde
1955.
Perón fue elegido Presidente en elecciones libres, limpias y puras con el
62% de los votos en primera vuelta, cifra no alcanzada aun por ningún dirigente
político argentino. Si bien sus métodos, y el cambio en 180 grados de su
discurso del 21 de junio de 1973, no eran gustosos ni agradables, su política
económica, su ubicación internacional y estratégica, no dejaban dudas que
su gobierno era un golpe de timón a las políticas de la dependencia y del
control oligárquico, llevadas adelante desde 1955. Hoy resulta claro que
conducciones más maduras –y más enraizadas en el pueblo- habrían comprendido
la necesidad de buscar una tregua y un acuerdo con el anciano General, que
seguramente, éste gustoso habría acordado, pues era el papel que deseaba
en su último tramo de vida. Sin embargo, ni Santucho –ni el resto de sus
compañeros de la conducción restringida del PRT-ERP- ni Quieto ni Firmenich
–ni otros en la conducción Montonera- pudieron o quisieron pensarlo así.
De tal forma, el último intento de gobierno de Liberación Nacional, del
siglo XX y lo que va del XXI, se desarrollaría no en los marcos de un Frente
de Liberación nacional ampliado como proponía –no con los mejores modales,
es cierto- Perón, sino en los marcos fraticidas de una guerra civil entre
sectores populares que debían estar unidos frente a un enemigo poderoso,
agresivo y acorralado en el resto del mundo.
Como gran mérito del General debe ubicarse, que a diferencia de su Primer
gobierno, esta vez Perón pasó por arriba de la ahistórica conducción del
PCA, y buscó el acuerdo con los soviéticos directamente con ellos –a través
de Gelbard- para completar la industrialización y la infraestructura estratégica
y energética de la nación. No de otra cosa se trataba el plan Perón-Gelbard,
llamado Plan Trienal, y que nos hubiera puesto a la cabeza del desarrollo
industrial independiente de América Latina; con el campo Socialista europeo
–en 1973, dieciséis años antes de su colapso-, como compradores privilegiados
de nuestra industria liviana a cambio de alta tecnología, industria pesada,
infraestructura y desarrollo energético para completar nuestro desarrollo,
por lo que restaba del siglo XX. Así, la Argentina ocuparía hoy con creces,
el lugar de Brasil. Nuestra población sería de no menos de 45 a 50 millones
de habitantes, y seguramente tendríamos un pueblo próspero, alimentado,
saludable, educado feliz. Cuando Leonid Brezhnev expresó en Moscú a Gelbard,
en 1974: ‘allí donde vaya la Argentina irá América Latina’, sabía de que
hablaba.
También lo sabían los Estados Unidos, que al mismo tiempo, apoyaba incondicionalmente
a la dictadura brasileña, pactando con sus ‘gorilas’ militares y empresarios
el desarrollo de un Brasil industrial, bajo control de las multinacionales,
y, sin poder sindical, ni beneficios sindicales ni sociales por un largo
tiempo. Un Brasil de las multinacionales que contrapesara la Argentina Estatal
Peronista. Kissinger respondió a Brezhnev, casi en los mismos días: ‘allí
donde vaya Brasil, irá América latina.’ Esta vez para desgracia nuestra
y de muchos pueblos, Kissinger ganó la pulseada, no sin una clara intromisión
imperialista en nuestro suelo, tal cual lo preanunciara el académico británico-canadiense
H. Ferns, con cuya expresión terrible comenzamos este libro y con una matanza
de varios cientos de miles de latinoamericanos.
El tiempo de los Setenta terminó. Se llevó a Perón, a la generación revolucionaria
y produjo la mayor derrota del pueblo argentino después de Pavón, devolviéndonos
al estado colonial. La inmolación de la juventud revolucionaria, a través
de su autodestrucción y del accionar genocida y terrorista de unas fuerzas
armadas -que también decidieron autodestruirse, asumiendo su parte del deseo
de Ferns, transformándose abiertamente en fuerzas de ocupación de su Patria,
con su pueblo como enemigo-, nos han retrotraído a situaciones que habían
sido superadas durante el período 1945-1975. En el exterminio de la generación
revolucionaria, en la destrucción del movimiento obrero como corazón y médula
de la organización del pueblo argentino, se puede entender que la nueva
rebelión del pueblo argentino, que pusiera fin a esta etapa de derrota,
la de diciembre de 2001, no encontrara un sostén político en que apoyarse
y finalmente fuera heredada por una nueva reformulación liberal-keynessiana
del Peronismo.
Al ser exterminadas las dos principales expresiones construidas por el pueblo
en el largo ciclo 1955-1975; es decir, el Peronismo Revolucionario y la
Izquierda Revolucionaria, lo único que estaba en condiciones de salir al
encuentro de ese potente y magnífico –como lo han sido siempre las rebeliones
de nuestro pueblo, desde 1780 a la fecha- movimiento popular expresado en
‘piquetes y cacerolas’, era la vieja izquierda sobreviviente de la derrota
de los Setenta. La vieja izquierda en sus distintas vertientes –comunistas,
estalinistas, trotsquistas, maoístas y todas las combinaciones posibles-
ya estaba incapacitada de generar nada nuevo, en 1973. Por eso fue superada
por la llamada Nueva Izquierda que originara las dos formas revolucionarias
a que hacíamos referencia. Producido el estallido, ni el PC, ni el PO, ni
el MST, ni el PTS, ni el PCR, ni las miles de siglas más que podemos seguir
invocando, estaban en condiciones de entender de qué se trataba. No se trataba
de discutir como pasar de ‘1905 a 1917’, o de ‘Febrero a Octubre’ en Rusia,
como proponían exaltados jóvenes militantes del PO, del MST, del PTS, del
MAS ante multitudes de vecinos, que los contemplaban azorados, sin saber
a qué se referían.
Vecinos que se retiraban de las Asambleas Populares espantados por las discusiones
sobre Trotzky, Lenin o Lunacharsky. Asambleas populares y piquetes, que
habían logrado juntar más de cuatro millones de personas en las calles de
Buenos Aires y el conurbano, espantando a Donald Rumsfeld -por entonces
ministro de defensa de George W. Bush- quien proclamaba horrorizado: ‘El
problema de la Argentina, no es la crisis financiera. El problema de la
Argentina es toda esa gente en la calle’. No se trataba de Lenin o Trotzky,
sino sólo de pensar en Castelli, en Artigas, en Moreno, en Yrigoyen , en
Alem, en Perón, en Evita, en Ongaro, en Tosco, que habían ocupado esas mismas
plazas en otros momentos de lucha del pueblo, en reclamo de su libertad.
Se trataba de recordar aquello que había expresado alguna vez, Antonio Gramsci:
‘los pueblos marchan con toda su historia encima y suelen retomarla allí
donde la dejaron...’ Ello era tan evidente en las marchas y barricadas porteñas
del 19 y 20 de diciembre, que las mismas se realizaban en los mismos sitios
que en 1945 o en 1970, que casi causa vergüenza recordarlo. Se trataba simplemente
de eso pero... como expresara Rodolfo Walsh, en un documento citado al final
de estas páginas, la izquierda argentina, en todas sus variantes, no podía
siquiera pensarlo...
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Años
de violencia, con hombres de poder absoluto
Apenas habían sonado las dos
de la madrugada del 24 de marzo de 1976 cuando fuerzas policiales y del
Ejército rompieron la puerta e irrumpieron en el departamento del sexto
piso de un edificio de Avenida del Libertador al 1100. Sin más, en medio
de insultos y gritos, el dueño de casa fue arrojado al vacío delante de
su esposa: se trataba del mayor retirado Bernardo Alberte, ex delegado personal
de Perón en la Argentina durante una etapa del exilio del líder.
La acción fue un símbolo de la Argentina que se iniciaba, de la Argentina
en la que el en ese momento general Carlos Guillermo Suárez Mason se convertía
en uno de los hombres de mayor poder.
Muchos años más tarde, Bernardo Alberte hijo tendría ocasión de encontrar,
arrinconar, insultar y patear a un Suárez Mason ya sin sus atributos.
Pero durante casi toda la dictadura, como comandante del 1ø Cuerpo de Ejército
y de la Zona 1, fue protagonista no sólo de la implementación de los métodos
del terrorismo de Estado del régimen militar en la Capital y la provincia
de Buenos Aires. También de buena parte de las decisiones políticas y económicas
que empezaron a cambiar para siempre a la Argentina según un diseño de país
que actuó como razón principal del golpe militar de aquel día.
Pozo de Banfield, la Cacha, Automotores Orletti, El Vesubio, Olimpo, fueron
algunos de los centros clandestinos de detención y desaparición de personas
"inaugurados" ya desde los primeros días de la dictadura en jurisdicción
de la Zona 1, por los que —junto a la ESMA— pasaron la mayor parte de los
30 mil desaparecidos del régimen.
Esos métodos de represión fueron el correlato, la condición de sustento
de la política económica de Alfredo Martínez de Hoz. Fue en esa etapa —salvo
el fugaz antecedente impulsado por Celestino Rodrigo en 1975, durante el
gobierno de Isabel Martínez— cuando se pusieron en marcha las recetas neoliberales.
En lo institucional, la cara pública de la represión ilegal, la dictadura
cerró el Congreso, ilegalizó a los partidos políticos, intervino los sindicatos,
suspendió la vigencia de las leyes laborales y regimentó, cuando no se hizo
cargo directo, del manejo de los medios de comunicación públicos y privados.
En setiembre de 1977, durante una gira por Estados Unidos, el entonces presidente,
Jorge Rafael Videla, reconoció la existencia de desaparecidos en la Argentina.
El 7 de abril de 1978, el gobierno de la dictadura hacía público un informe
según el cual los detenidos políticos y sociales legales, es decir reconocidos,
llegaban a la cifra de 3.312. Se trataba, en rigor, de los privilegiados
de la política del terrorismo de Estado de la Argentina de esos días.
Clarín, 22/06/05

Biografía
de Bernardo Alberte
"Nosotros les prevenimos que algún día vendrá el hombre sencillo de la Patria
a interrogar a sus militares en actividad y en retiro. No los interrogaran
sobre sus largas siestas después de la merienda, tampoco sobre sus estériles
combates con la nada, ni sobre su ontológica manera de llegar a las monedas,
no sobre la mitología griega ni sobre sus justificaciones absurdas crecidas
a la sombra de la mentira.
Un día vendrán los hombres sencillos de esta tierra, aquellos que fueron
sus soldados, a preguntar que hicieron cuando la Patria se apagaba lentamente,
que hicieron cuando los pobres consumían sus vidas en el hambre y la de
sus hijos en la enfermedad y la miseria, que hicieron cuando los gringos
vinieron a imponernos esa nueva forma de vida "occidental" que todo lo corrompe
y compra el dinero.
Quizás para ese momento, la vergüenza que provoque el silencio como respuesta,
no sea suficiente como castigo."
Con palabras como estas, Bernardo Alberte rechazaba en 1969 acogerse a un
decreto del dictador Onganía que permitía la reincorporación de militares
peronistas dados de baja -como él- luego del derrocamiento de Perón. Después
de la victoria popular del 11 de marzo de 1973, y al asumir la Presidencia
de la Republica, el Dr. Héctor J. Cámpora en uno de sus primeros decretos
reincorporo a Bernardo Alberte al ejército con el grado de Teniente Coronel
en retiro.
No era la primera vez, ni seria la ultima, que el destino de Alberte se
cruzaba con los triunfos y las derrotas populares.
Nacido en 1918, se graduó como Subteniente a los 21 años con las mejores
calificaciones de su promoción. Cuando a comienzos de octubre de 1945 el
entonces Coronel Perón fue destituido y encarcelado, el joven oficial salio
en su defensa. Arrestado en Campo de Mayo, acusado de promover la insubordinación
de la Escuela de Infantería, fue con el levantamiento popular del 17 de
Octubre que Alberte recupero su libertad y su empleo. Ya con el grado de
Mayor, en 1954, fue designado edecán del Presidente. El 16 de junio de 1955
cuando la aviación naval bombardeo el centro de Buenos Aires y ataco la
Casa Rosada con el propósito de asesinar a Perón, Alberte fue uno de los
militares que encabezo la defensa. En septiembre, al producirse el nuevo
y definitivo levantamiento, entablados los combates entre tropas leales
y rebeldes, iba a ser partidario de resistir hasta las últimas consecuencias.
Permaneció junto al Presidente hasta que Perón decidió renunciar. Entonces
los golpistas lo encarcelan en represalia por haber cumplido con su deber
militar y constitucional.
Compartió en Ushuaia la prisión con otros destacados dirigentes peronistas
y fue liberado a fines de 1956. Citado por el Comando en Jefe del Ejército,
no quiso presentarse ante sus verdugos. Declarado en rebeldía se vio obligado
a buscar refugio en Brasil, donde permanecía exiliado cuando fue dado de
baja por los militares golpista.
En Marzo de 1957, desde Río de Janeiro escribe a Perón, entonces radicado
en Caracas, Venezuela, haciendo un balance de los acontecimientos del 55:
"Que los militares eran los que constituían la masa del ejército que le
permaneció leal hasta el último día de su gobierno, pese a las defecciones
y traiciones conocidas de las que no se escaparon de cometerlas también
civiles; que ese Ejército que le era leal con la cooperación del pueblo,
con la que siempre se sintió estimulado, pudo haber vencido a los rebeldes
si se hubiera dispuesto a enfrentar la guerra civil y sufrir los bombardeos
y destrucciones que estaba dispuesta a realizar la Marina. Guerra civil
y destrucciones, o algo similar que ahora, muy probablemente, tengamos que
aceptar como única solución para liberar a la Patria de los sátrapas que
la quieren gobernar".
Tras el pacto con Perón que permitió a Frondizi alcanzar la Presidencia,
en 1958 fue sancionada una ley de amnistía que le permitió a Alberte regresar
al país. Como no era hombre de deprimirse- al comienzo de su exilio brasileño
supo ganarse la vida como vendedor ambulante de ropa femenina- ya en Buenos
Aires instaló una tintorería a la que llamó "Limpiería" y que con el tiempo
se haría popular a causa de las actividades de su dueño.
Corría 1965 cuando el dirigente metalúrgico Augusto Vandor comenzó a disputarle
abiertamente a Perón el control de su Movimiento. Desde su exilio en Madrid,
el General envió a su esposa Isabel para contrarrestar el avance vandorista.
La casa particular de Alberte sirvió de refugio a la viajera en determinado
momento de su estadía. En junio de 1966, en vísperas del derrocamiento del
presidente Illia, Isabel volvió a Madrid. Pocos días después Vandor, Alonso
y otros sindicalistas, asistían en la Casa Rosada a la asunción del dictador
Onganía, a quien el periodista Mariano Grondona comparaba con el presidente
de Francia general Charles De Gaulle. Y mientras el capitán –ingeniero Alzogaray,
designado embajador en Washington, proponía proclamarlo monarca, Vandor
y sus amigos prefería verlo como un nuevo Perón.
Perón, "El Viejo", el auténtico líder, a comienzos de 1967 nombra a Alberte
–su antiguo edecán- Delegado y Secretario General del Movimiento Peronista.
Alberte puso fin a la etapa de "desensillar hasta que aclare", y desafiando
las persecuciones desatadas por la dictadura, en poco más de un año puso
en pie a un Movimiento que estaba postrado y dividido, dando particular
intervención a la juventud.
Debió enfrentar las tendencias conservadoras y burocráticas dentro del peronismo,
tanto en su sector político como gremial. Su gestión política fue determinante
para el surgimiento en marzo de 1968 de la C.G.T. de los Argentinos, central
obrera que creó un nuevo instrumento de lucha sindical, y donde actuaron
entre otros: Raimundo Ongaro, Jorge Di Pascuale, Agustín Tosco, Atilio López,
Rodolfo Walsh e Hipólito Solari Irigoyen, es decir, sindicalistas, peronistas,
radicales, izquierdistas, etc.
La política seguida por Alberte fue de lucha frontal contra el régimen de
Onganía y de apertura a los sectores sociales y políticos que se le oponían.
Uno de sus resultados fue el acercamiento de la masa estudiantil al movimiento
obrero a través de la C.G.T. de los Argentinos. Así se logró arrinconar
al "participacionismo", abriendo una nueva perspectiva en el panorama político
argentino que desembocaría en el Cordobazo de 1969. Pero para entonces Alberte
ya no ocuparía el cargo de Delegado, al que renunció en marzo de 1968. Perón
designó en su reemplazo a Jorge Daniel Paladino, personaje al que el mismo
Perón acusaría, en 1971, de haberse transformado en un agente del dictador
Lanusse.
Bernardo Alberte, en cambio, siguió en la misma línea, compartiendo posiciones
con John William Cooke y Gustavo Rearte. A pocos meses de su renuncia editó
el periódico Con Todo, portavoz del peronismo revolucionario, y salió públicamente
en defensa de los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) arrestados
en Taco Ralo, Tucumán, en septiembre de 1968.
Durante el congreso clandestino celebrado por el peronismo en Córdoba en
enero de 1969, Alberte pronunció un discurso que obtuvo mucha repercusión.
"Hay que dominar la estrategia mejor que los generales que la emplean para
oprimir y sojuzgar y que en nuestras manos debe servir para liberarnos.
En esta época de transición entre el capitalismo y el socialismo, entre
el miedo y la libertad, entre lo que cae y lo que viene, hay que ser un
hombre de acción para ser digno de la conducción de las masas populares".
Al hablar en el cementerio de la Chacarita, el 22 de julio de 1971, después
del secuestro y asesinato de Juan Pablo Maestre y su esposa Mirta Misetich,
Alberte reveló que ambos eran militantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias
(FAR), reivindicando como combatientes a quienes hasta entonces sólo aparecían
ante la opinión pública como víctimas de la represión ilegal.
En 1973, las vísperas del retorno del Peronismo al gobierno, Alberte observaba
el futuro con prevención: "A esta altura de la situación ya se ha puesto
en evidencia (...) la trampa de la Junta Militar cuyo objetivo es integrar
al Peronismo al sistema con la finalidad de crear un gobierno favorable
al continuismo. (...) Pero aunque no prevaleciera la maniobra oficial, si
pasando por encima de los ardides tramados (...) triunfara un gobierno no
dispuesto a mantener la línea continuista, la trampa le estará esperando
siempre".
Coincidía su visión de los acontecimientos con la de Gustavo Rearte. Y cuando
la "primavera" de Cámpora agonizaba, a comienzos de julio de 1973, tuvo
que volver Alberte a la Chacarita para despedir los restos de uno de los
fundadores de la Juventud Peronista –Gustavo-, derribado prematuramente
por el cáncer, como cinco años antes lo fuera Cooke. Quiso el destino que
don Bernardo confortara a los dos en sus últimos días, como amigo y compañero.
No ocupó Alberte cargo alguno en los gobiernos peronistas que se fueron
sucediendo. Se mantuvo en un segundo plano hasta 1975. Entonces se puso
a la cabeza de la Corriente Peronista 26 de Julio, acompañado entre otros
por Susana Valle, y salió a denunciar frontalmente al golpismo que se avecinaba.
"Sabemos que desde las estructuras del Movimiento y del gobierno, hubo y
hay quienes desvirtuaron y desvirtúan los contenidos del Peronismo –cuando
no los traicionaron-; los hemos señalado oportunamente –cuando el silencio
gorila callaba las acciones de López Rega- y los seguimos señalando".
Pocos días antes del golpe, la represión ilegal desembozada irrumpía en
las oficinas céntricas donde funcionaba la Corriente 26 de Julio con el
evidente propósito de secuestrar a Alberte. Pero esta vez los paramilitares
fallaron en su intento.
En la víspera del 24 de marzo dirigió una memorable carta a Videla, poniendo
en evidencia la responsabilidad de las Fuerzas Armadas en la represión ilegal,
que acababa de cobrarse la vida de un joven colaborador suyo, Máximo Altieri.
Horas después, en momentos de producirse el golpe militar, efectivos uniformados
del Ejército y la Policía Federal irrumpieron en el domicilio de Alberte,
derribando la puerta con sus armas y profiriendo insultos y amenazas. Sin
poder ejercer defensa alguna, ante el despliegue desmesurado de efectivos
y armas utilizadas, don Bernardo fue arrojado al vacío desde una de las
ventanas de su departamento. Al caer a un patio de la vivienda del primer
piso, su morador, el Dr. Herrera, ex juez y otros testigos que presenciaron
el hecho, fueron amenazados con armas largas para que silenciaran lo visto.
En tanto el cuerpo de Bernardo Alberte yacía exámine, su casa era violada
y saqueada, intimidándose a sus familiares con armas de fuego.
Sus familiares iniciaron antes la Justicia una querella al responsable del
Ejército, el general Videla, pero se encontraron con jueces que se declaraban
incompetentes pese a tener pruebas suficientes para esclarecer el hecho.
Así se dieron trágicas anécdotas como la del Juez Rafael Sarmiento que,
cuando el abogado patrocinante de la familia le dijo que a Alberte lo habían
tirado con vida por la ventana, contestó "¿Y con eso...? A todos los peronistas
habría que tirarlos por la ventana". O la del Juez Juan Bautista Sejean,
que le confesó al propio hijo de Alberte que tenía miedo de investigar y
por eso se declaraba incompetente.
Don Bernardo era consciente de los riesgos que corría al decidir permanecer
en su hogar la noche del golpe. Complejo sería intentar describir el entrecruce
de razones y sentimientos que pudieron llevarlos a desoír la voz del sentido
común que estaba acostumbrado a desafiar con valentía. Los generales que
ordenaron su asesinato debían de conocerlo bien, sabían que combatiría a
la dictadura con todo el peso de su prestigio y coraje.
Fuente: El Descamisado

Bernardo
Alberte, primera víctima del golpe del '76
"Lo tiraron desde el sexto piso"
El mayor Alberte terminaba de escribir una carta al jefe del Ejército, Jorge
Videla, cuando fue tirado por la ventana por un grupo de tareas, que inauguraba
la sangrienta represión de la última dictadura militar.
Alberte fue delegado personal del ex presidente Perón y secretario general
del Movimiento Peronista.
Por Miguel Bonasso
"¡Alberte, te venimos a matar!", gritaron los hombres del Ejército que vestían
uniforme de combate. Y el teniente coronel retirado Bernardo Alberte supo
que hablaban en serio. Intentó alcanzar su pistola, pero no le dieron tiempo.
Lo agarraron entre varios y lo arrojaron al vacío. Su cuerpo destrozado
fue llevado al Hospital Militar y a la comisaría 31 de la Policía Federal,
pero el crimen quedó impune. Durante años su hijo Bernardo y sus hermanas
recorrieron los estrados judiciales, donde sólo encontraron odio, indiferencia
y cobardía. La causa quedó cubierta por el polvo y el olvido. Como el nombre
mismo de Bernardo Alberte, ex delegado de Juan Perón y ex secretario general
del Movimiento Peronista en los duros años del onganiato. Un rato antes
de que llegaran los visitantes de la noche, el Yorma, el Tintorero, como
lo conocían amigos y enemigos, había tecleado una carta al comandante en
jefe del Ejército Jorge Rafael Videla, denunciando el secuestro y asesinato
de Máximo Altieri, un joven militante de su agrupación (la Corriente Peronista
"26 de Julio"), y los intentos de bandas armadas, integradas inequívocamente
"por elementos de seguridad", que habían pretendido secuestrarlo a él mismo.
Allí Alberte, sin esperanzas, advertía al futuro dictador sobre los alcances
de la enorme ordalía de sangre que las fuerzas a su mando estaban por desatar
contra el pueblo argentino. Terminó de escribirla a la una de la madrugada
de un día muy especial: el 24 de marzo de 1976. Una hora después los asesinos
irrumpían en su departamento de avenida Libertador al 1100, perpetrando
el primer asesinato de una serie que sumaría más de treinta mil. Por una
extraña paradoja de la historia, la primera víctima del golpe militar resultaba
ser un militar. Claro que un militar muy especial, que reverenciaba al Che
Guevara, odiaba a "la oligarquía y el imperialismo" y se había tomado en
serio la consigna de Eva Perón: "El peronismo será revolucionario o no será
nada". A veintitrés años del crimen impune, Página/12 entrevistó a Bernardo
Alberte hijo, que no ha cesado un solo día de bregar por la memoria de su
padre. Este es el diálogo y la historia trágica de un peronista tercamente
ético que fustigó sin piedad "a los dirigentes del movimiento que se pasaron
al enemigo" y a sus antiguos camaradas de armas, convertidos en "una banda
de asesinos y torturadores".
–Bernardo: ¿su padre ha sido olvidado o silenciado?
–Ha sido silenciado por este peronismo traidor y socio de los genocidas
que está en el Gobierno.
–Cuéntenos, entonces, quién fue Bernardo Alberte.
–Fue el hijo de un inmigrante español que puso una vinería. Papi era un
hombre del pueblo que, por alguna razón que desconozco, se hizo militar.
–¿Y eso le dejó huellas? ¿Era "milico" en la vida personal?
–Y bueno, en algunos aspectos formales, sí. Era severo, introvertido. Madrugador.
Se levantaba a las seis de la mañana. Pero, a diferencia de varios de sus
colegas, siempre fue un formidable laburante. Un tipo exitoso en el comercio,
que nunca le hacía ascos al laburo. Y que a mí y a mis hermanas nos tenía
al trote para que estudiáramos y trabajáramos.
–¿Cuándo nació?
–El 17 de noviembre de 1918. Tendría ahora 80 años. Tenía 56, casi 57 cuando
fue asesinado. Ahora bien, lo más importante de Bernardo Alberte fueron
los grandes cambios que sufrió a lo largo de su vida. Como fue cambiando
su conciencia de la realidad argentina, desde que se graduó como subteniente
con las mejores calificaciones de su promoción.
–¿Cuándo se hizo peronista?
–Fue peronista desde los orígenes mismos del movimiento. Y tal vez por eso
mismo nunca fue un obsecuente. Cuando se las tenía que cantar al propio
Perón, se las cantaba. (De ahí que Perón lo llamara "el gallego cabezadura").
Así lo hizo en su primera carta de 1957 y así lo hizo en la última, escrita
en octubre de 1972, en vísperas del famoso retorno.
–¿Qué le "cantaba" a Perón en esas cartas?
–En la de 1957 (que le mandó al exilio de Caracas) le decía que entendía
por qué no se había puesto al frente del Ejército leal y del pueblo, para
enfrentar a los gorilas. Aquello de evitar el derramamiento de sangre. Pero
al mismo tiempo se preguntaba y le preguntaba cuánta sangre haría falta
para desalojar del poder a sátrapas como Aramburu y Rojas. En la de 1972
lo prevenía contra aquello otro de volver al país "como prenda de paz" y
no como líder de una verdadera revolución peronista.
–¿Cómo empezó la militancia del joven Alberte?
–En octubre de 1945, cuando el entonces coronel Perón fue destituido y enviado
preso a la isla Martín García, papá, que era teniente, intentó levantar
a la Escuela de Infantería. Falló en su intento y fue degradado y encarcelado.
Después del levantamiento popular del 17 de octubre, recuperó la libertad
y el grado. En 1954, cuando era mayor, lo designaron edecán del presidente
y en esa función estuvo al lado del general Perón hasta que éste decidió
renunciar y salir del país. En junio de 1955, cuando la aviación naval bombardeó
la Casa Rosada, Alberte fue uno de los militares que encabezó la defensa
del orden constitucional. Y en setiembre, al producirse el nuevo levantamiento,
fue partidario de resistir hasta las últimas consecuencias. Los golpistas
lo encarcelaron en represalia por haber cumplido con su deber militar y
constitucional y lo confinaron en las cárceles flotantes, en la Penitenciaría,
en el Penal de Magdalena y finalmente en la cárcel de Ushuaia. Recuperó
su libertad recién a fines de 1956.
–Tal vez, paradójicamente, de esa manera salvó su vida, porque si hubiera
estado en libertad, se hubiera enganchado en el levantamiento de junio de
1956 y hubiera sido fusilado como el general Juan José Valle.
–Sin duda. Por algo la viuda del general Valle le entregaría después, en
el sesenta, las charreteras de general que le arrancaron a su esposo antes
de fusilarlo en la Penitenciaría. Custodia que mi padre le agradeció en
una carta, como el "más grande honor de su vida". Y es tan cierto que salió
de la cárcel y anduvo perseguido hasta que se asiló en la embajada de Brasil
y luego tuvo que salir al exilio en ese país. Entonces el Ejército lo dio
de baja. El exilio fue una experiencia que le dejó huellas todavía más dolorosas
que la prisión.
–¿Cuáles son sus recuerdos personales de aquellos momentos?
–Yo nací en 1948, así que cuando papá fue preso por primera vez yo tenía
siete años. Y me recuerdo, claro que me recuerdo. Me recuerdo de las cartitas
que le mandaba al barco diciéndole: "¿Papi, cuándo nos vas a invitar a dar
una vuelta en el río?". Porque él, evidentemente, no quería dramatizar la
situación y uno se figuraba, casi, como que estaba de paseo.
–¿Y en el exilio?
–A Brasil, en los primeros tiempos, fue solo. Después fuimos nosotros. Al
principio fue vendedor ambulante. Vendía ropa interior. Después consiguió
un trabajo de escribiente en una oficina. Cuando volvió del exilio, después
de la amnistía de Frondizi en 1958, tuvo que disminuir bastante su actividad
política para recomponer la situación económica. Porque nunca olvidó que
tenía mujer y cuatro hijos. Primero puso un negocio de compostura de calzado
en el acto. Y le fue bien. Después la tintorería de la calle Juncal, que
él llamó La Limpiería. Y conservó hasta el final. La Limpiería que yo sigo
atendiendo hasta el día de hoy. Como le dije: era muy laburador. El siempre
les decía a los muchachos: para militar hay que robarle horas al sueño,
porque si no se deteriora la parte económica y sufre la familia. Pero, a
comienzos de los sesenta, ya estaba de nuevo militando a full.
En el ‘65, cuando Isabel Perón vino a la Argentina enviada por el General
para frenar el alzamiento neoperonista de (Augusto) Vandor, se alojó primero
en el hotel Alvear y luego en el hotel del Sindicato de Luz y Fuerza, adonde
iban todos los días los gorilas para armarle quilombo. Era una situación
peligrosa y complicada. Un día vino (Jorge Daniel) Paladino por casa (nosotros
vivíamos entonces en la calle Yerbal) y le dijo al viejo que no sabían dónde
meterla. Entonces papi les dijo: "Bueno, tráiganla a casa". Y la trajeron
nomás. Estuvo como quince días allí en la calle Yerbal, con algunos hombres
de custodia.
–¿Y López Rega? Porque se dice que fue su papá el que le presentó al Brujo.
–Bueno, ya va a ver. Los custodios de Isabel en aquel momento eran dos muchachos
que terminaron en trincheras diferentes: Alberto Brito Lima y Dardo Cabo.
Brito Lima terminó con la gente de (Jorge) Osinde y (José) López Rega que
hicieron la masacre de Ezeiza y Dardo, en cambio, fue asesinado por los
militares en la cárcel. En aquellos días dormían en mi pieza y le aseguro
que era una ferretería la casa. Había unos matracones que Dios nos libre.
Un día llamaron por teléfono los "comandos civiles" o algo así, diciendo
que iban a tomar la casa y había que sacar a Isabelita de cualquier forma.
Papi les propuso que se descolgaran con una soga por la pared trasera (que
tenía unos doce metros de altura) y se escaparan por las vías del ferrocarril.
Isabel lo miraba como diciendo "éste está loco". Y se cambió el plan de
fuga. A Isabel la sacaron con una jugada de novela: mi hermana se puso una
peluca rubia y salió por la puerta con toda la custodia. Y todos los policías
y los periodistas se fueron detrás, permitiendo que al rato Isabel se esfumara
sin llamar la atención. Y fue en esos días, efectivamente, cuando apareció
el Brujo López Rega por casa. El tenía entonces una imprenta, Suministros
Gráficos, y hacía trabajos para el movimiento.
–Se dice que su papá y él pertenecían a la logia Anael.
–Yo siempre lo negué, porque papi –que era muy reservado– no me lo dijo
nunca. Pero parece que es cierto. La logia había sido creada por el ex juez
Julio César Urien y, en realidad, era una agrupación antiimperialista, tercermundista,
que luego López Rega (que debía ser de la CIA nomás) cargó de contenidos
fascistas. La cosa es que yo un día llegué del colegio y me encontré sentado
en la sala a un tipo bastante estrafalario, que me hizo preguntas raras,
de trastornado. Y era, claro, López Rega. Que conoció a Isabel en mi casa
y a partir de ese momento se le pegó para siempre con las consecuencias
que todos conocemos.
–Llegamos, entonces, a su etapa como delegado.
–Perón designó a papi como delegado personal y secretario general del movimiento
en 1967. Cuando se acabó la política del "desensillar hasta que aclare",
que él mismo había propiciado al comienzo de la dictadura de (Juan Carlos)
Onganía, había que volver a reorganizar las fuerzas para pegar duro. El
enfrentó al líder de la UOM, (Augusto) Vandor y al jefe de los que entonces
se llamaban "participacionistas", el dirigente de la Uocra, Rogelio Coria.
Y los echó del movimiento. Que empezó a reorganizar poniendo el eje en la
nueva militancia, en la juventud. Fue entonces cuando se llevó a cabo el
Congreso de la Juventud. También apoyó decididamente al gran enemigo de
Vandor, Raimundo Ongaro, y a la CGT de los Argentinos que éste conducía
en contra de las direcciones sindicales vendidas a las patronales y los
milicos. El siempre denunció todas las trampas del régimen para captar al
peronismo y neutralizarlo. Por eso, cuando el general Onganía quiso devolverle
el grado, junto con otros militares peronistas, se negó diciendo que no
lo aceptaría hasta que le devolvieran el grado y el uniforme a Juan Perón.
Lo que hizo que muchos de sus antiguos camaradas, dispuestos a aceptar la
canonjía del dictador, lo putearan. En marzo de 1968, cuando se produjo
el congreso normalizador de la CGTA, renunció a sus cargos.
–En rigor, Perón lo reemplazó por el conservador Jerónimo Remorino.
–Sí. Y por (Jorge Daniel) Paladino.
–¿Nunca más lo volvió a ver a Perón? ¿Ni siquiera cuando regresó?
–Nunca. Sólo fue a despedirlo cuando murió, el primero de julio de 1974.
Allí estuvo en la fila, bajo la lluvia, como un peronista más. No quiso
usar sus privilegios como ex delegado, como tampoco quiso arrimarse al último
Perón para tener un cargo en el gobierno. En algún momento le ofrecieron
ser nombrado presidente de YPF, pero cuando él presentó su plan para levantar
la petrolera estatal, obviamente no lo llamaron.
–¿Fue amenazado por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina)?
–Fue amenazado, pero siguió haciendo su vida normalmente.
–Es increíble que no lo hayan asesinado. ¿Pudo ser un inesperado escrúpulo
del Brujo?
–No creo. Pienso más bien que lo pudo haber salvado alguno de sus antiguos
camaradas que se sumaron a la Triple A. Alguien que vio una lista y dijo,
por ejemplo: "¿Alberte marxista, no me jodan?".
–Pero él se había radicalizado mucho. Simpatizaba con la revolución Cubana,
con las organizaciones armadas. ¿No?
–Sí. Centralmente con el grupo de Gustavo Rearte y con el Peronismo de Base
y las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP).
–Pero en 1976 los militares cumplieron la sentencia de la Triple A. ¿Cómo
fue el asesinato?
–El 20 de marzo lo fueron a buscar a las oficinas de la Corriente 26 de
Julio, en la calle Rivadavia. Y no lo encontraron. En aquellos días él salía
de casa con el impermeable enrollado en el brazo para tapar el revólver
que llevaba apuntando. Pese a ser militar no era un hombre adicto a las
armas. Pero tampoco quería que lo mataran "sin llevarse a uno del otro lado".
Entonces secuestraron a este compañero, Máximo Altieri, un militante de
la corriente. El episodio lo conmocionó tanto que hasta escribió una carta
a las Tres A diciendo que él se canjeaba por el muchacho. La carta, que
conserva mi hermana, no llegó a hacerse pública porque el viejo, enloquecido,
salió a buscarlo y no paró hasta encontrarlo. Tarde, desgraciadamente. Encontró
su cadáver destrozado en la morgue del cementerio de Avellaneda. En la noche
del 23. El último día de su vida. Esa mañana yo le había dicho que se rajara,
que lo iban a matar, pero él se encogió de hombros y me miró como diciendo:
"Yo no me voy más". Entonces llegó a casa y se puso a escribir la carta
a Videla, denunciando el asesinato de Altieri. La terminó a la una de la
madrugada. A las dos llegaron los carros del Ejército y cortaron la cuadra
de Libertador que va de Ayacucho a Schiaffino, frente a donde estaba el
Italpark. Rompen la puerta de entrada. Van directamente al departamento
del encargado y lo llevan para que los guíe hasta la casa de Alberte. Suben
los seis pisos por la escalera. Rompen la puerta de servicio a culatazos
y entran gritando: "¡Alberte, te vamos a matar! ¡Por tu culpa murieron muchos
camaradas!". Papi intenta alcanzar su pistola, pero lo arrojan desde el
sexto piso. Cae muerto en el patio del primer piso, donde vivía un juez
de apellido Herrera, que sale despavorido a ver lo que estaba pasando. Un
tipo del Ejército lo encañona y le dice que, si se atreve a denunciar el
hecho, él también va a morir. Mami y mi hermana Lidia estaban tiradas en
el piso, apuntadas por los fusiles. A mi hermana se la quieren llevar, pero
por milagro se salva. Buscan papeles. Armas que no hay. Y se salva también
milagrosamente la correspondencia Perón-Alberte, que papi ha tenido la prudencia
de entregarle, días antes, a un compañero de fierro (Tomás Saraví) que se
la lleva a su exilio de Costa Rica y la preserva. Durante años la daremos
por desaparecida, hasta que hace poco, otro querido amigo y compañero, Goyo
Levenson, me dice que la busque en Costa Rica. Y ahora que la recuperamos
la vamos a publicar con Eduardo Gurrucharri. Milicos y policías saquean
la casa. No dejan nada. Concluido el operativo, el responsable del asesinato,
identificándose con nombre y rango llama al Hospital Militar Central, para
pedir una ambulancia. Que llega, a cargo de un doctor Pisione y del teniente
Federico Guañabens (cédula de identidad Nº 7.016.526). En la guardia del
Hospital Militar el cadáver de mi padre es recibido por el teniente primero
Figueroa, jefe de servicio de la guardia del hospital. Pero, ante lo comprometedor
del caso, deciden derivar el cuerpo a la comisaría 31 y arrancar la página
del día del libro de entradas para no dejar huellas.
–¿Qué hicieron ustedes?
–Todo lo que pudimos. Algunos nos preguntaban si no teníamos miedo. ¿Pero
cómo va uno a sentir miedo con tanto dolor? Si nos hubiesen matado como
a él, nos habrían hecho un favor. Entonces conocimos los mayores extremos
de grandeza y miseria de la condición humana. Dos jueces se declararon incompetentes:
Juan Bautista Segean y Rafael Sarmiento. Segean me dijo directamente: "Si
investigo, me matan a mí también". Sarmiento fue más lejos y le dijo a nuestro
abogado: "No sólo a Alberte había que tirarlo por la ventana, sino a todos
los peronistas". Nuestro patrocinante, en cambio, era un tipo maravilloso.
Quiero rendir homenaje a Jorge Garber, abogado de discapacitados, que iba
él mismo en silla de ruedas a Tribunales, empujado por su formidable coraje.
Después la causa se radicó en el propio Comando en Jefe del Ejército, en
el Consejo de Guerra Especial Estable de la Capital Federal. Con los resultados
que usted se podrá imaginar. En junio del ‘76 nos volvió a golpear la tragedia,
cuando secuestraron a mi cuñado Alberto Bello, esposo de mi hermana Silvia,
que fue asesinado en Córdoba. En 1979, cuando vino la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos, hicimos la larga cola de familiares para denunciar
los dos crímenes y allí vimos a esas Madres de Plaza de Mayo, a las que
les decían locas porque habían sabido ver antes que nadie la dimensión real
del infierno. En el largo via crucis hubo un juez, Olivieri, que al menos
llamó a declarar a los vecinos como testigos. Pero ni con eso logramos que
se hiciera justicia. Otro juez, Eduardo Marquardt, ordenó "archivar las
actuaciones". En ese largo peregrinar pedimos, junto con mi hermana Silvia,
el apoyo de abogados peronistas. Hubo borradas históricas. Italo Luder,
que en ese momento estaba en campaña electoral, se negó en redondo a firmar
el escrito, aduciendo que "el tema Alberte era un caso muy espinoso". Igual
hizo Angel Federico Robledo. En cambio el futuro embajador en Estados Unidos,
Diego Guelar, que reconoció a mi hermana Silvia porque había militado con
su esposo Alberto, aceptó firmar. Otros firmaron y luego se arrepintieron
como el doctor Gerardo Conte Grand. Entre los firmantes estaban Carlos Corach,
César Arias, Alberto Iribarne y el mismísimo Carlos Saúl Menem, que nos
impactó al decir: "Si es por don Bernardo, primero firmo y después leo".
Claro que el impacto solidario se nos borró cuando firmó el indulto de los
asesinos de mi padre y esos otros letrados justicialistas que cité lo avalaron.
O cuando concurrió al velorio de su amigo el fusilador Isaac Rojas, junto
con Massera y Astiz.
–¿Qué hubiera hecho Bernardo Alberte frente al peronismo de hoy en día?
–Hubiera hecho lo mismo que hizo frente a los traidores como Vandor y Coria.
Atacarlos y denunciarlos. Creo que se hubiera muerto de nuevo. Creo que
de algún modo más sutil ellos también lo habrían matado.
¿POR QUE BERNARDO ALBERTE?
En nombre del padre
Miguel Bonasso
Bernardo Alberte (50) es hijo del otrora legendario delegado de Juan Perón,
el "Yorma" Bernardo Alberte. Y junto con sus hermanas ha dedicado gran parte
de su vida a tratar de que el asesinato de su padre no quedara impune y
su memoria no fuera borrada por los que usufructúan los símbolos históricos
del peronismo. En su casa hay una vitrina con mudos testimonios de una historia
malversada: las charreteras que los "libertadores" le arrancaron al general
Juan José Valle antes de fusilarlo. La gorra verde oliva de su padre. Es
un personaje bueno, tierno, que sigue llamando "papi" al hombre duro y ético
que le arrebató la patota militar. Bernardo hijo aún atiende el negocio
heredado de Bernardo padre: La Limpiería de la calle Juncal, que alguna
vez fue la jabonería de Vieytes de un peronismo romántico y peleador, confinado
por el cinismo modernizante a las nieblas de la leyenda y la historia. Como
tantas miles de víctimas, sigue esperando "ese oscuro día de justicia",
que el año pasado pareció acercarse un poquito a la realidad con las suaves
detenciones de Videla, Massera, Bignone, Nicolaides, Acosta y el muy augusto
hijo de su madre, Pinochet. Pero ese hombre bueno, como suele suceder, se
transfigura cuando se topa en la calle con los malos. Como ocurrió con el
ex general Carlos Guillermo Suárez Mason, a quien un buen día agarró de
la campera, hasta romperle la manga, metió en un garaje y le dijo de buenas
a primeras: "Vos mataste a mi padre". El anciano fofo que se deshacía entre
sus manos le contestó "yo no maté a nadie" y, por unos instantes, lo dejó
descolocado. "Pero vos sos Suárez Mason", dijo Bernardo Alberte flotando
entre la pregunta y la afirmación. Y como la respuesta fue afirmativa, comenzó
a cachetearlo y escupirlo, hasta que el asco lo hizo detenerse. Circunstancia
que aprovechó el general para intentar una retirada que nunca hubiera podido
ser digna, pero que se convirtió en grotesca por la certera patada que recibió
en las nalgas. Otro buen día, Alberte se encontró con el juez que había
celebrado el salto al vacío de su padre y esta vez se limitó a putearlo.
Rafael Sarmiento ensayó una disculpa y Bernardo le respondió que llegaba
con veinte años de retraso. Durante los años más negros de la dictadura
militar, Bernardo Alberte (hijo) bregó para que se esclareciera el asesinato
de su padre. Ahora libra otra clase de lucha para salvarlo de esa segunda
muerte que es el olvido de la democracia amnésica.
Fuente: Página/12, 22/03/99
Entre los miles de hombres y
mujeres que sufrieron y resistieron los bombardeos de Plaza de Mayo, hubo
un militar que luego sería edecán de Juan Domingo Perón y que el 16 de junio
de 1955 participó de la defensa de la democracia. Se trata del Mayor Bernardo
Alberte, quien en palabras del recordado y entrañable periodista Emilio
Corbière, "fue un ejemplo como lo fueron, en el peronismo, John W. Cooke,
Andrés Framini, la querida e inolvidable Alicia Eguren, Gustavo Rearte,
Juan José Hernández Arregui, entre otros, y no los monigotes actuales. Fue
delegado de Juan Perón y secretario general del Movimiento Peronista bajo
la dictadura de Onganía. Era un militante de hierro pero detrás de su adustez
había un varón cordial, un compañero entrañable, que siempre buscó la unidad
de los revolucionarios. Nunca buscó cargos, ni candidaturas, ni prebendas.
Fue solidario con los perseguidos. Por todo eso, los militares criminales
lo fueron a buscar a su domicilio y allí lo asesinaron" el 24 de marzo de
1976.
A continuación, la carta que escribió Alberte a Jorge Rafael Videla pocas
horas antes de ser secuestrado por miembros del Ejército Argentino.
Un documento que en medio de los aniversarios por los bombardeos sobre Plaza
de Mayo en 1955 y los fusilamientos de junio de 1956, echa luz para entender
por qué el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional es una punta
del ovillo que iniciaron las bombas arrojadas sobre la población civil el
16 de junio de 1955 para derrocar al gobierno constitucional del General
Juan Domingo Perón
Buenos Aires, 24 de marzo de 1976
Al Sr. Teniente General
D. Jorge Rafael Videla
Comandante General del Ejército
S/D
Me dirijo a Ud. a los efectos de informar lo siguiente:
1.- El día 20-III-76, a las 20 horas, un grupo armado intento secuestrarme,
en mis oficinas de la calle Rivadavia 764, 1º, con el aparente propósito
de asesinarme. Acababa de retirarme del lugar elegido por esa banda armada
unos minutos antes, lo que me permitió observar el operativo desde la calle,
así como el gran despliegue de elementos materiales y humanos utilizados.-
2.- La observación personal de los hechos me permite asegurar a Ud. que
se trataban de efectivos de seguridad, que luego de detener a tres personas
que se encontraban en las citadas oficinas, esposarlas, vendarle los ojos
y cargarlas en los vehículos, se desplazaron velozmente por la calle Rivadavia
hacia el oeste, sin poder seguirlos, por no poder disponer de vehículo propio
en ese momento. El desplazamiento se produjo con los acostumbrados toques
de sirena de los vehículos policiales.-
3.- El día anterior en un operativo vinculado con el ya descrito fue secuestrado
y luego asesinado el joven peronista Máximo Augusto Altieri.-
4.- En las citadas oficinas desarrollo actividades políticas vinculadas
al Movimiento Peronista, formando parte de la Corriente Peronista '26 de
Julio' cuyo ideario surge de la documentación que adjunto.-
5.- La presente denuncia formal y escrita la presento en esta oportunidad
luego de haber agotado todos los medios para averiguar el paradero del joven
Altieri, vivo, lo que conseguí, pero muerto el día sábado 20, después de
gestiones infructuosas realizadas en ese Comando General; en el Ministerio
del Interior y a través de vinculaciones personales con camaradas relacionados
con los Servicios de Informaciones.-
6.- La búsqueda personal realizada junto a su padre, fue facilitada por
compañeros peronistas de la Municipalidad de Avellaneda y por personal policial
de la Comisaría 1ª. de esa ciudad, lo que me permitió hallarlo acribillado
a balazos en la morgue del cementerio de Avellaneda, sin identificar, en
avanzado estado de descomposición, con el vientre abierto y con las vísceras
al aire. El cadáver era un simple N.N., a los cuatro días de haber sido
encontrado por la policía de Tristán Suárez, en su jurisdicción, habiendo
fallado en él el método eficaz y habitual de identificación sin causa justificada.
7.- Es muy probable que si no hubiera mediado la decisión de encontrarlo
y la colaboración del personal descrito hubiera desaparecido toda posibilidad
de que sus familiares ejercieran el derecho de darle sepultura cristiana.-
Estos son los hechos que informo al Sr. Comandante General, pero que como
información sintética y descripción objetiva, no tiene mucha importancia
dentro de todo el contexto de violencia que caracteriza la situación política
argentina, si no va acompañada de una apreciación que me siento con el derecho
de hacer y con la obligación de señalar, por mi condición de Jefe retirado
de las FFAA, cuya trayectoria dentro de la Institución el Sr. Comandante
General conoce bien; por mi actuación política dentro del Movimiento Peronista,
donde ocupe la mas alta jerarquía dentro del país durante parte del exilio
del General Perón y por la militancia política que continuo realizando dentro
del movimiento mayoritario, lo que me confiere, por lo menos, la experiencia
que muchos necesitan para acceder a una realidad que se les escapa y que
los supera, lo que es grave cuando ello le ocurre a quienes tienen la responsabilidad
de asumirla, comprenderla y conducirla con acierto.-
En mis apreciaciones el Sr. Comandante encontraría excesos si no aclarara
que me siento en condiciones de dirigirme a Ud., no con mis simples atributos
de oficial retirado de las FFAA, que me subordinarían y me limitarían, y
por consiguiente, harían de mis consideraciones una formal, simple e insuficiente
apreciación que carecería de valor.-
Sin dejar de expresarle a Ud. el respeto que me merecen ciertas jerarquías,
puedo asegurarle que la vida me ha enseñado a superarlas a todas, cuando
de la necesidad de expresar el pensamiento se refiere. Esa fue mi norma,
aun desde joven oficial; frente a Generales de la envergadura inigualada
del General Juan D. Perón; frente a políticos y militantes; frente a los
hechos simples y los más graves.-
Esto me lo enseño la vida que transite como joven y como viejo como pobre
y como rico; como obrero y como patrón; como militar y como civil; como
jefe y como subordinado; como subversivo y como político; como libre y como
preso; como perseguido, como prófugo, como exiliado, como peronista.-
Sin duda avanzamos hacia un enfrentamiento hacia el que se nos quiere llevar
gradualmente con falsas opciones y manejando falsos valores y alarma observar
la ligereza y hasta la irresponsabilidad con que ciertas personas y ciertos
sectores que tienen poder, poder transitorio, alientan el enfrentamiento
con hechos o con palabras.-
Y apuntando con este concepto a nuestros camaradas de las FFAA inquieta
escucharlos en sus discursos fúnebres, por ejemplo, cuando ante sus muertos
pareciera que quieren superar con palabras posturas que deben asumir con
hechos silenciosos y positivos. Yo también tengo esa experiencia de discursos
fúnebres. Hable en homenajes ante nuestros obreros y militantes muertos
y también ante camaradas fusilados por otros camaradas, y comprendo ahora
que no alcanzan las palabras, ni los discursos, ni las oraciones fúnebres
ni las homilías de nuestros santos pastores de la Iglesia, para ocultar
las causas que generan la violencia que esta entre nosotros desde hace mucho
tiempo.-
Reconozco que el que utiliza un muerto, su muerto, para desahogar su 'bronca'
por la injusticia de esa muerte, tiene derecho a hacerlo. Pero si siguiéramos
en esa puja de exaltar a nuestros muertos,
¿Quién tiene más derecho?
- ¿Aquel que tuvo la oportunidad de asistirlo y por lo menos, tocarlo aun
caliente y desangrándose, o verlo recién 'acicalado' por la funeraria, preparado
para el homenaje y para transitar 'limpio' hacia la gloria?
- ¿O aquel que tiene que recogerlo sucio de un zanjón o de un pastizal,
acribillado salvajemente; indefenso y maniatado, torturado y vendado sus
ojos, en alto grado de descomposición, como dicen las autopsias, o como
decimos nosotros, podrido y en condiciones de ser ya comida de gusanos?
Este es el destino de muchos de nuestros militantes y de nuestros obreros.
¿Puede algún Coronel o algún General, asumir alguna vez, con su discurso,
una tragedia como esta?. Le ahorro la respuesta: no lo haga. Yo ya no lo
hago más. No bastan ni sirven las palabras para evitarla.-
¿Qué nos pasa a los argentinos? ¿Cuando aceptamos clasificar a los muertos
en 'deseables' o ' indeseables'; cuando nos acostumbramos y hasta toleramos
y propiciamos los excesos del poder, cuando renunciamos al debate y aceptamos
que los detentadores de ese poder puedan considerar que en todo caso sus
excesos puedan encuadrarse jurídicamente en figuras como 'excesos de defensa'
u otros inventos; cuando negamos por boca de Generales de la Nación la democracia,
con el argumento de que se podría propiciar un 'gobierno ateo, materialista
y totalitario'?
Con estos conceptos no pretendemos enjuiciar a las FFAA, porque no somos
jueces y si lo fuéramos no tendríamos el poder para hacer cumplir la justicia.
Solamente, hacer reflexiones que permitan comprender la necesidad de la
autocrítica, que no se observa en la severidad de los pronunciamientos militares
que ya es costumbre repetida escuchar.-
Nosotros no consideramos a las FFAA como una institución poseedora de valores
inmutables, sino como una institución humana que actúa para bien o para
mal, de acuerdo a los hombres que circunstancialmente las dirigen. No son
mejores ni peores que los hombres que la componen, y por consiguiente, no
existe la continuidad histórica que iguala a todos los militares a través
del tiempo con un mismo sello de excelencia, desinterés o patriotismo; tampoco
el merito de una época alcanza a los protagonistas de otra, salvo que la
revaliden con su propia conducta. Y lo mismo en lo que atañe a conductas
infamantes. Los meritos de San Martín no apañan a Quaranta, ni Fernández
Suárez infama a Belgrano, a Dorrego o a Güemes. Podemos admirar al Alte.
Browm y negar al mismo tiempo a Rojas y a Benigno Varela. Podemos sentirnos
deudores y herederos de tantos milicos que regaron con su sangre el suelo
de América y de la Patria y no por ello atenuar nuestro juicio sobre los
oficiales cómplices, ejecutores y consentidores de vejámenes y torturas.-
Sin duda este es un criterio antagónico con el que sustentan muchos militares
que tienen un extraño concepto de su parentesco con la historia y con la
gloria. Pero es claro, y si se lo recalca así tan crudamente, es para evitar
que se sigan cultivando prejuicios indiscriminados de un patriotismo que
luego la historia nos revela como falso.
Es que los argentinos tenemos una ingrata experiencia acumulada en este
siglo. Cuando con el argumento siempre esgrimido y ahora repetido, de la
necesidad de defender 'un estilo de vida', nuestro estilo de vida, el Ejercito
protagonizo como represor la historia de la 'Patagonia trágica' y los obreros
lo hicieron como mártires; cuando desde aviones navales con tripulación
también de políticos se bombardeo al Pueblo en la Plaza de Mayo; cuando
se fusilo en la Penitenciaria Nacional; en José León Suárez y en Campo de
Mayo; cuando se fusilo en Trelew; cuando militares intervinieron en la profanación
del cadáver de Evita, cuando el Ejercito en un gran operativo pretendió
impedir el reencuentro del Pueblo con su líder; cuando representantes de
las tres armas concurren a convocatorias de lo mas representativo de las
empresas 'lideres' y lo mas rancio de los terratenientes y ganaderos, para
considerar la situación económica nacional y formular criticas al gobierno,
sin asumir las propias, etc., la preocupación se apodera de los sectores
populares, especialmente cuando se anuncia que el Ejercito intervendrá en
la 'subversión en las fabricas', lugar de trabajo de nuestros obreros y
nada se dice de hacerlo en las empresas, lugar de expoliación del país y
del patrimonio nacional.-
La situación es seria y también dramática, no solo para los trabajadores,
sino también para las propias FFAA, impulsadas a avanzar en un terreno,
donde por plano inclinado serán llevadas a sustituir a las policías de los
ambientes fabriles, hasta ahora privadas, y a ser custodios de los intereses
de una de las partes, precisamente la menos indicada para representar el
interés general.-
A todas estas reflexiones dan lugar los 7 puntos primeros de esta nota,
que describen una situación concreta.-
Si a ello agregamos que bandas armadas se desplazan por la Capital de la
Republica y por los centros poblados, sin respuesta alguna de las fuerzas
encargadas del orden y sin que las autoridades responsables (en este caso
el Jefe de la Policía Federal) tomen conocimiento, el problema es mas grave,
no porque supongamos que el General jefe de esa policía no quisiera impedirlo,
sino porque no puede : los hechos y las cosas lo superan.-
Si además, en las averiguaciones del paradero del joven Altieri y en otras
realizadas, comprobamos que su caso no es el único, que las morgues renuevan
diariamente sus depósitos de cadáveres acribillados y que los órganos de
seguridad no se asombran, de ningún modo, sino que lo aceptan como común
y normal, comprendemos que el pesimismo sobre la verdadera y grave responsabilidad
y misión de las fuerzas del orden se ha apoderado de ellas, en el mejor
de los casos, pues hay otros en que se las puede suponer cómplices de esas
matanzas.-
Si escuchamos decir a funcionarios policiales que el joven Altieri ha sido
'ajusticiado', comprobamos a que nivel llego el respeto por el concepto
de la justicia, a cuyo servicios ellos deber estar.-
Todos estos hechos se han producido en el ámbito con el que ese Comando
en Jefe esta relacionado, por la función que ha asumido y es por ello que
lo pongo en su conocimiento.-
Solamente y como corolario de todo esto corresponde hacer una ultima reflexión.
Frente al concepto ya asentado de la inhabilidad de las FFAA para el ejercicio
del poder político, experimentado en tres desgraciadas oportunidades en
lo que va de este siglo, comienza ya a extenderse en la opinión publica
el mismo concepto, pero en funciones que parecieran mas especificas de esas
fuerzas: la del mantenimiento del orden y de la seguridad de las personas,
a cuyo servicio han puesto ya oficiales en actividad.-
Por ultimo hago saber al Sr. Comandante General que denuncias similares
sobre el hecho a que da lugar esta, han sido formuladas ante instituciones
políticas, de la Iglesia, empresarias, obreras y profesionales, donde a
cada una se le hace conocer nuestro pensamiento sobre las responsabilidades
de cada una.-
Saludo al Sr. Comandante General
Bernardo Alberte
Tte. Cnl. (RE)

Contestación
de Bernardo Alberte (hijo) a la carta de la esposa de un genocida: Sra.
Liliana Edith Isidori de Amelong
Buenos Aires, 25 de julio de 2005
Sra. Liliana Edith Isidori de Amelong:
Ha llegado a mis manos una carta donde usted se hace un sinnúmero de preguntas
de cómo explicar a su hijo de seis años lo inexplicable. Me permito distraerla
por unos instantes en esta "misión imposible" que usted se ha impuesto.
Juan Daniel Amelong, su esposo o sea el padre de su hijo al que usted quiere
explicarle lo inexplicable es un genocida. El juez federal Omar Digeronimo
ordeno su detención por ser uno de los responsables de los centros clandestinos
de detención "Quinta de Funes", y la ex fabrica militar de armas "Domingo
Matheu". El magistrado le imputo 12 homicidios y lo responsabilizo por reiterados
episodios de privación ilegitima de la libertad agravada en concurso real
con aplicación de torturas. Para ser mas preciso es responsable de la detención-desaparición
de Raquel Negro (embarazada) y de su hijo, asi como del secuestro y torturas
a Adriana Arce. Jefe de Operaciones (secuestros) y torturador del destacamento
de Inteligencia 121 (Rosario).
En otra parte de su carta, usted, quejandose, alude a que "La Constitución
nos dice que todos somos iguales ante la ley....". Me permito recordarle
que su esposo a tenido todas las garantías de un debido proceso, por otra
parte le recuerdo que usted y su pequeño hijo pueden visitarlo en su lugar
de detención, y el día de mañana tendrán la oportunidad de colocarle una
flor en el lugar donde inexorablemente descansara, esta regla básica de
la condición humana, su esposo como integrante de un ejercito de ocupación
no las tuvieron en cuenta, sus victimas fueron confinadas en terroríficas
mazmorras, asesinadas y desparecidas, sin oportunidad a defensa alguna e
impidiendo a sus familiares darle una cristiana sepultura por desconocer
el paradero.
Al final de su misiva usted hace alusión "a la unión de los argentinos,
para la pacificación nacional", "a cerrar una etapa triste de nuestra historia"
y "avanzar hacia un futuro promisorio como Nación". Quiero expresarle que
si bien con personajes como su esposo yo personalmente no me reconcilio,
es imprescindible lograr la verdad y la justicia y el castigo a los culpables,
para tratar de cerrar tan hondas heridas.
Lo lamento por su hijo, su padre a deshonrado al Ejercito de San Martín,
la historia me atrevo a predecirlo condenara severamente esta negra y vergonzosa
etapa, donde Juan Daniel Amelong a sido sin lugar a dudas uno de sus siniestros
protagonistas.
Por ultimo estas palabras que son de un Patriota Argentino, oficial del
Ejercito Sanmartiniano, asesinado por las F.F.A.A. el 24 de marzo de 1976,
la he encontrado adecuadas para que las lea o se las transmita a su esposo:
"Nosotros les prevenimos que algún día vendrá el hombre sencillo de la Patria
a interrogar a sus militares en actividad y en retiro. No los interrogaran
sobre sus largas siestas despues de la merienda, tampoco sobre sus estériles
combates con la nada, ni sobre su antológica manera de llegar a las monedas,
no sobre la mitología griega ni sobre sus justificaciones absurdas crecidas
a la sombra de la mentira.
Un día vendrán los hombres sencillos de esta tierra, aquellos que fueron
sus soldados, a preguntar que hicieron cuando la Patria se apagaba lentamente,
que hicieron cuando los pobres consumían sus vidas en el hambre y la de
sus hijos en la enfermedad y la miseria, que hicieron cuando los gringos
vinieron a imponernos esa nueva forma de vida "occidental" que todo lo corrompe
y compra el dinero.
Quizás para ese momento, la vergüenza que provoque el silencio como respuesta,
no sea suficiente como castigo."
Saludo a usted
Bernardo Alberte (hijo)
Fuente: www.causapopular.com.ar

Incidente
con la custodia de Dromi
Como en los viejos tiempos
El hijo del asesinado mayor Alberte increpó duramente a Dromi, al cruzárselo
por la calle. Minutos después, un auto con la chapa tapada lo cruzó y un
grupo lo "detuvo", le sacó los documentos y lo interrogó con dureza. Lo
salvaron los vecinos, que llamaron a la policía. No se sabe quiénes son
los custodios.
Por Miguel Bonasso
El hombre cerró la puerta de la tintorería y se alejó caminando por Juncal
al 800. Eran las siete y media de la tarde del 28 de enero pasado y estaba
lejos de imaginar la pesadilla que le esperaba a pocos metros de distancia.
Estaba cansado, hacía calor, la ciudad vibraba con gritos y cacerolazos
que parecían no tener fin. Caminó hacia la Nueve de Julio. Treinta, cuarenta
años atrás, esa tintorería familiar que había dejado a sus espaldas también
vibraba, pero en sordina, con las eternas conspiraciones de su padre, "el
Yorma", "el Tintorero", como le decían tanto los compañeros como la propia
policía al mayor de Ejército retirado Bernardo Alberte. Que había sido delegado
personal de Juan Perón y una de las figuras más honestas e intransigentes
de la izquierda peronista. También la primera víctima de la dictadura de
Videla, cuando en la madrugada del 24 de marzo de 1976 sus antiguos camaradas
de arma irrumpieron en su departamento de Libertador al 1100 y lo arrojaron
al vacío desde un cuarto piso; un crimen que sigue impune.
Bernardo Alberte hijo, que ha heredado la voz, los principios y la famosa
tintorería del padre, que ha hecho un culto de su memoria y odia al menemismo
como "suprema traición al peronismo histórico", ignoraba ese anochecer que
estaba por toparse, frente a frente, con uno de sus epítomes.
Caminaba por Carlos Pellegrini y lo vio por casualidad bajando de un auto:
allí estaba frente a él Roberto Dromi, el ex ministro de Obras y Servicios
Públicos de Carlos Menem, el privatizador, "el entregador de Aerolíneas
Argentinas", que se aprestaba a entrar al edificio de Carlos Pellegrini
que lleva el número 1325. Sin pensarlo dos veces comenzó a increparlo:
–¿Qué hace tan tranquilo por acá, Dromi? Usted debería estar preso porque
es uno de los principales responsables de la entrega del patrimonio nacional.
¡Un vendepatria!
Dromi observó atemorizado al desconocido que lo increpaba y se metió presurosamente
en el edificio. Alberte, enfurecido, siguió recordando a los gritos la performance
privatizadora del ex ministro, hasta que empezó a "arremolinarse la gente".
Entonces el privatizador de Aerolíneas Argentinas se asomó a la puerta de
Carlos Pellegrini 1325, acompañado por un custodio de civil. Pero la jugada
le salió mal, porque los curiosos que habían comenzado a juntarse, convocados
por la furia de Alberte hijo, al verlo en la vereda comenzaron a gritar,
rítmicamente: "¡Hi-jo-de puta!, hi-jo-de puta!". Logrando que Dromi y su
custodio volvieran a meterse en el edificio, con evidente premura.
El episodio parecía haber concluido y Bernardo Alberte retomó el camino
hacia su casa. Sin embargo, al llegar al segundo boulevard de la 9 de Julio
observó cómo un Volkswagen Passat color celeste se detenía abruptamente
a su lado y descendían primero dos sujetos mal encarados y finalmente un
tercero, que iba al volante. Vertiginosamente, como en un close up cinematográfico,
observó que el Passat tenía la chapa patente cubierta con un trapo. No tuvo
tiempo de pensarlo mucho, pero lo asaltaron de un golpe los peores recuerdos
de su infancia y juventud, cuando "la tintorería" y "el tintorero Alberte"
eran el blanco favorito de Coordinación Federal por sus frecuentes denuncias
contra las policías dictatoriales.
Los tres tipos se le tiraron encima; uno de ellos le metió la mano en el
saco y le arrebató el documento de identidad. Otro le preguntaba:
–¿Por qué lo puteó a Dromi?
Alberte logró desasirse con un tironeo y un grito firme: "¡Suéltenme, carajo!".
Los tipos, que se identificaron como policías y custodios del exministro,
lo soltaron, pero le retuvieron el documento y lo rodearon para cortarle
la salida. El que interrogaba quiso saber ahora si había participado en
un "escrache anterior" contra el ex ministro de Menem. "No –contestó Alberte–
porque no me enteré. Sino hubiera participado".
La gente volvió a juntarse ante el nuevo escándalo, exigiendo que los custodios
de Dromi dejaran ir al desconocido que estaban reteniendo. Alguien protestó:
"¡Esto es privación ilegítima de la libertad!" Un patrullero de la comisaría
15 se acercó a ver que ocurría y uno de sus ocupantes llamó a la seccional.
De inmediato se presentó en el lugar el subcomisario Claudio Abbondanza,
ante quien Alberte denunció que lo estaban deteniendo ilegalmente. También
le mostró el trapo cubriendo la patente del auto. El subcomisario llevó
a los custodios aparte y, por sus gestos, Alberte dedujo que "los estaba
retando. Quería diferenciarse claramente de los tipos, para que nadie pensara
que les había asegurado una zona liberada para operar".
Después de sermonear a sus colegas, el subcomisario Abbondanza regresó hasta
donde esperaba el agredido, le devolvió el documento y le dijo que podía
"irse a su casa". Otro hubiera aceptado, dando por finalizado un mal rato
que se había prolongado durante una hora, pero Alberte se negó enérgicamente:
"No, subcomisario, esto no puede quedar así, yo voy con usted a la comisaría
para hacer la denuncia correspondiente por privación ilegítima de la libertad".
El policía accedió y lo llevaron a la seccional, donde Alberte formalizó
la denuncia para que fuera elevada a la justicia correccional. "El subcomisario
Abbondanza y el personal de la 15 que intervino tuvieron una conducta muy
correcta", le diría después a Página/12.
Al día siguiente Alberte inició algunas averiguaciones y se enteró que Roberto
Dromi había concurrido a la seccional para presentar a su vez una denuncia.
También supo que uno de los custodios que lo habían retenido ilegalmente
contra su voluntad era el suboficial auxiliar retirado de la Policía Federal
Miguel Angel Manetti. No pudo establecer en cambio si ese suboficial y los
otros custodios (también presuntamente retirados de la Federal) formaban
parte de una vigilancia oficial otorgada por las actuales autoridades al
ministro que diseñó las privatizaciones o eran integrantes de alguna agencia
privada de seguridad.
Aunque el ataque se redujo a forcejeos y tironeos y no le provocó ninguna
lesión física, Bernardo no dejó de preguntarse qué podía haberle ocurrido
si el episodio, en vez de producirse en pleno centro y a la vista de decenas
de testigos, hubiera ocurrido en una calle desierta. Viejos y nuevos fantasmas
lo habitaron. Como esa pesadilla circular que regresa todas las noches:
los hombres de verde irrumpiendo en el departamento de su padre al grito
de "¡Alberte, venimos a matarte!"
Fuente: Página 12, 03/02/02

Confesiones
de invierno
[De la película "Confesiones de invierno" de Fernando
Rubio, 2006]
Testimonio de Carlos Aznares
El 24 de marzo del ’76 estaba en un departamento de Posadas y Montevideo,
una casa operativa que teníamos en la organización Montoneros, donde vivíamos
y operábamos. Habíamos llegado a las 8 de la noche con otro compañero. Estábamos
en plena ofensiva militar. Eran días muy calientes y teníamos la idea clarísima
de que se venía el golpe, aunque pensábamos que iba a dilatarse un poco
más. Entonces nos pusimos a limpiar algunos fierros que teníamos... A la
medianoche escuchamos la famosa marchita militar a la que ya nos tenían
acostumbrados de golpe en golpe. Nos asomamos a la calle por una ventanita;
era un departamento interno, pero se veía un poco la calle. A las dos horas
ya había un movimiento impresionante de coches policiales, camionetas de
la Marina, órdenes, contraórdenes, los Ford Falcon. No dormimos: teníamos
la radio puesta y los fierros en la mano. Teníamos la sensación de que se
venía un momento difícil, un panorama incierto que en ese momento veíamos
como "entusiasmante" porque teníamos la mala concepción de que ahora el
enfrentamiento iba a ser con los protagonistas reales, no con los payasos.
El barrio era un nido de personajes del gobierno, del Ejército, vivía todo
tipo de personas "secuestrables", como decíamos en aquel momento. Después
nos enteramos de que esa noche, en la otra cuadra, habían buscado al mayor
Bernardo Alberte, ex delegado de Perón de gran relación con las organizaciones
armadas peronistas, y lo habían tirado desde un 8º piso por el hueco de
luz, y que lo habían matado.
Cuando bajamos, a la mañana, la zona estaba copada por la Marina. Nosotros
nos encontramos con el portero y disimulamos. Le habíamos dicho que éramos
gente del campo, con algún dinero, algunas tierras, los clásicos que se
dan la buena vida y viven de las rentas del campo de papá. El nos dijo que
esa casa estaba maldita, que justo aquí hace años había un grupo de guerrilleros.
(...) Seguimos funcionando ahí hasta 3 meses después, cuando tuvimos que
levantar todo porque la casa había sido "cantada" y nos tuvimos que ir con
lo puesto.

Discurso
de Bernardo Alberte, con motivo del golpe militar en Chile, durante
un acto organizado por miembros del Partido Justicialista
Buenos Aires, setiembre de 1973.
Quiero rendir hoy un homenaje a un revolucionario, a un valiente, a un digno
representante de un pueblo oprimido y explotado permanente y sistemáticamente
durante más de un siglo, a un latinoamericano amigo y compañero que un glorioso
5 de septiembre de 1970 se dirigiera a su Pueblo con estas palabras:
“Dijo el Pueblo: venceremos y vencimos. Aquí estamos hoy compañeros para
conmemorar el comienzo de nuestro triunfo. Pero alguien más vence hoy con
nosotros. Aquí están Lautaro y Caupolicán, hermanos en la distancia de Cuauhtémoc
y de Tupac Amaru.”
“Hoy aquí con nosotros vence O’Higgins, que nos dio la independencia política
celebrando el paso hacia la independencia económica.” “Hoy aquí vence con
nosotros Manuel Rodríguez, víctima de los que oponen sus egoísmos de clase
al progreso de la comunidad.” “Hoy aquí vence con nosotros Balmaceda, combatiente
en la tarea patriótica de recuperar nuestras riquezas al capital extranjero.”
“Hoy aquí con nosotros vence también Recabarren con los trabajadores organizados
tras años de lucha.”
“Hoy aquí con nosotros vencen, por fin, las víctimas de las poblaciones
de José María Caro, aquí con nosotros vencen los muertos de El Salvador
y Puerto Montt, cuya tragedia atestigua por qué y para qué hemos llegado
al poder.”
“De los trabajadores es la victoria. Del pueblo sufrido que soportó por
siglo y medio, bajo el nombre de la Independencia , la explotación de una
clase dominante, incapaz de asegurar el progreso, y de hecho, desvinculada
de él.”
“La verdad la sabemos todos, es que el atraso, la ignorancia, el hambre
de nuestro pueblo y de todos los pueblos del Tercer Mundo, existen y persisten
porque resultan lucrativos para unos pocos privilegiados.” “Pero ha llegado,
por fin el día de decir basta.”
“iBasta a la explotación económica!”
“iBasta a la desigualdad social!”
“iBasta a la opresión política!”
“Hoy con la inspiración de los héroes de nuestra Patria, nos reunimos aquí
para conmemorar nuestra victoria, la victoria de Chile; y también para señalar
el comienzo de la liberación. El Pueblo, al fin, hecho gobierno, asume la
dirección de los destinos nacionales” (...)
Rindo mi homenaje y el de todos los argentinos peronistas y revolucionarios
al compañero Presidente Salvador Allende de quien recibimos su último mensaje
y lo asumimos en toda su dimensión. Pues no hay ninguna duda que él quiso
enviárnoslo y lanzarlo ante el mundo y ante los pueblos oprimidos, cuando
decidió escribir personalmente con su sangre una página más de la trágica
historia de los pueblos latinoamericanos.
Mensaje de sacrificio y mensaje de valor. De La Moneda , sólo me sacarán
muerto, solía decir. Y cumplió y dio el ejemplo personal a todo el país
y a todos los pueblos, haciendo suya la célebre frase de aquel guardia del
Palacio: la guardia no se rinde, muere, mierda. No debemos dejar de recordar
aquellas palabras pronunciadas en ese mismo mensaje, para agregar esta trágica
enseñanza a todas las que en carne propia hemos recogido en nuestra propia
lucha por la liberación nacional y social: “Si nos detenemos a meditar y
miramos hacia atrás a nuestra historia, los chilenos estamos orgullosos
de haber logrado imponernos por la vía política, triunfando por sobre la
violencia. Esta es una noble tradición. Es una conquista imperecedera. En
efecto, a lo largo de la larga lucha por la liberación, de la lenta y dura
lucha por la igualdad y por la justicia, hemos preferido resolver los conflictos
sociales con los recursos de la persuasión, con la acción política.”
“Rechazamos nosotros los chilenos, en lo más profundo de nuestras conciencias
las luchas fraticidas. Pero sin renunciar jamás a reivindicar los derechos
del Pueblo. Nuestro escudo dice: ‘Por razón o por la fuerza’. Pero primero
por la razón.”
Pero la realidad ha sido otra. Las nobles palabras se contradicen con los
hechos. A la noble tradición de todo un pueblo se le opone un siglo y medio
de explotación y de miseria. Vano orgullo de chilenos triunfando por sobre
la violencia, como si no fueran chilenos también los Comandantes en Jefe
que lo asesinaron e él, a sus leales compañeros y a combatientes populares
que están siendo masacrados por millares. Todos chilenos como él, aunque
algunos sólo por accidente, y por vocación, cipayos. Tan cipayos como muchos
de nuestros nacionales que de argentinos sólo tienen los papeles.
Esta es una experiencia que los argentinos y los peronistas no debemos desaprovechar.
La sufrimos en carne propia el 16-VI y el 16-IX-55 y hoy se repite en la
carne y con la sangre de nuestros hermanos chilenos y de su valiente líder.
Si no supimos sacar enseñanza de la sangre derramada por nuestro Pueblo,
del sacrificio de nuestros mártires, de Vallese, de Mussi, de Retamar, de
Hilda Guerrero de Molina, de Valle, de Cogorno, de Ibazeta, de Irigoyen,
de Cano, de Caro, de Navarro, de Bruno Cambareri, de Abal Medina, de Ramus,
de Maza, de Maestre, de Mirtha, de Fernández Palmeiro, de Baldú, de Bianchini,
de Mariano Pujadas y de sus compañeros caídos en la masacre de Trelew, de
Lisazo y de los masacrados en José León Suárez. Si la historia no nos ha
enseñado del sacrificio del Chacho, de Facundo, de Sandino, del Che Guevara.
Si el sacrificio del compañero Allende y del pueblo chileno no nos sirve
de enseñanza, no tengo duda que ni tiempo nos quedará pronto a ninguno de
nosotros para seguir lamentando estas desgracias, una de las cuales, quizás
no la peor, sea el segundo derrocamiento del gobierno peronista y de nuestro
futuro Presidente el General Perón.
No hay ejemplo en la historia de la humanidad que nos muestre a los contrarrevolucionarios
y a los reaccionarios utilizando métodos pacíficos para detener el avance
de los pueblos. La metralla para apoderarse de los gobiernos es el primer
paso de toda una cadena de violencias, de injusticias, de opresiones y de
persecuciones, de represión feroz y despiadada, llevando tanta violencia
a límites que la imaginación más frondosa no alcanza ni siquiera a concebir.
No deben interpretarse erróneamente mis palabras y mi pensamiento. Los peronistas
no somos partidarios de la violencia. Queremos que nos dejen trabajar en
paz y vivir en paz. Pero hemos aprendido por experiencia propia, que nos
ha costado muy cara, por no saber aprovechar la ajena, que si queremos vivir
en paz, debemos estar preparados para la guerra.
Hemos desarrollado y organizado una fuerza que nos ha servido para derrotar
a las dos dictaduras militares: la de Aramburu-Rojas y la de Onganía-Lanusse.
Y esas fuerzas están intactas, pero deben estar alistadas para defender
el gobierno popular que asumirá el 12- X y al Gral. Perón. No para presionar
o imponer una política o una estrategia cuya responsabilidad corresponde
al conductor, a nuestro conductor, el Gral. Perón, sino para respaldarla
y asegurarla.
Por ello el grado de organización alcanzado no es suficiente. La etapa impone
agotar todos los medios para lograr la fusión de todas las fuerzas combatientes
y revolucionarias, y a través de ellas de todo el Peronismo y del Pueblo.
Se ha lanzado la consigna de la organización del Movimiento y de la afiliación
masiva. Procedimiento correcto, como primer paso para la convocatoria y
posteriores movilizaciones posibles y necesarias. Pero es sólo un primer
paso. (...)
Por eso la tarea es de lo más compleja y variada. Es permanente y continua.
La Unidad Básica debe dejar de ser el modelo del comité tradicional, donde
sólo funcionan las “roscas” para enfrentamientos internos o para conseguir
influencias en los escalones oficiales de gobierno con vistas a obtener
puestos o recomendaciones. Deben ser fortines que dedicarán su gestión a
organizar el barrio, para movilizarlo en apoyo de la gestión popular, que
se dará a través de la lucha por las reivindicaciones más simples de los
sectores obreros, de los comunales, de los zonales, etc. Para exigir a los
funcionarios o delegados oficiales el cumplimiento del mandato del pueblo.
Para controlar su gestión, colaborando así en las escalas más alejadas del
control del conductor con la política que él imponga e impulse.
La organización en los lugares de trabajo. Los comités de fábrica para disputar
a las conducciones entreguistas y burocratizadas la conducción de los trabajadores,
es tarea prioritaria.
Todo esto sin impaciencias superizquierdistas. Debemos recordar la frase
de Perón: Ganar lo que se puede ganar; neutralizar lo que no se puede ganar,
pero siempre dejar al enemigo en inferioridad de condiciones. Bernardo Alberte,
militar y dirigente peronista que se opuso a las dictaduras militares. Fue
asesinado el 24 de marzo de 1976 por una patota del ejército.

Mediante
un acto organizado por la Legislatura porteña, se impuso el nombre de Mayor
Bernardo Alberte a una plaza de Villa Soldati, en avenida Roca y Lafuente
Al acto realizado el martes 12 de diciembre por la mañana asistieron centenares
de personas, entre ellas el secretario de Derechos Humanos de la Nación,
doctor Eduardo Luis Duhalde y el comandante del Estado Mayor del Ejército,
general Roberto Bendini.
Adhirieron, entre otros, la ministro de Defensa, doctora Nilda Garré, Raimundo
Ongaro, ex-secretario general de la CGT de los Argentinos, el doctor Ricardo
Obregón Cano, ex -gobernador de Córdoba y entidades como el Centro de Estudios
Legales y Sociales, la Federación Gráfica Bonaerense, la Asociación de Empleados
de Farmacia, el CEMIDA, el Centro Enrique Santos Discépolo y el Ateneo John
William Cooke.
Hablaron el general Juan Cesio, el coronel Horacio Ballester, Eduardo Gurucharri,
el sindicalista del peronismo de base Eladio Tate Martínez, el vicepresidente
2° de la Legislatura, diputado Miguel Talento y Bernardo Alberte (h), quien
entregó al general Bendini la carta abierta que su padre dirigiera a Jorge
Rafael Videla, horas antes de ser asesinado por un grupo de tareas del “proceso”,
en la madrugada del 24 de marzo de 1976.
Palabras de Eduardo Gurucharri
“El único militar con valor civil del Movimiento”, lo llamó Perón. No fue,
en verdad, el único, pero resalto la frase porque acierta en definir a Alberte
en su doble condición de militar y político.
Y si cito al fundador del Peronismo no es porque piense que estos merecidos
reconocimientos a Bernardo Alberte -su nombre en esta plaza, la placa también
de la Legislatura frente al edificio de la avenida del Libertador, donde
fuera asesinado, su ascenso post-mortem a Coronel, propuesto días pasados
por el Poder Ejecutivo al Senado -deban revestirse de un carácter partidista,
explícito o implícito.
Muy por el contrario, su recuerdo y el de todos los caídos por elgenocidio,
y digo caídos y no meras víctimas, porque reivindico su causa. Y digo, con
Miguel Hernández: No han muerto, han caído, luchando por sus convicciones.
Su recuerdo, la reinvidicación de su memoria, tiene que ser una causa nacional,
tiene que ser una causa que involucre a todo nuestro pueblo, como ya lo
es el reconocimiento a las Madres de Plaza de Mayo. Un nuevo piso civilizatorio,
una prenda de unidad, que se sitúe por encima de las lógicas diferencias
de partidos y de ideas en la búsqueda de la reconstrucción de nuestra patria,
en la búsqueda de liberarla de las ataduras que todavía la sujetan a intereses
ajenos a la suerte de nuestro pueblo.
Una prenda de unidad como hoy ya lo es, en la búsqueda de la unidad latinoamericana,
en los pasos hacia la construcción de la Patria Grande, como hoy ya lo es
junto a los próceres de las guerras de la independencia y junto a otros
patriotas americanos del siglo XX, el comandante Che Guevara.
Pero sigue existiendo un sector opuesto a estas ideas, un sector de mentalidad
e intereses por completo ajenos a la suerte de nuestros pueblos, defensor
de un capitalismo de saqueo, agente del neocolonialismo imperialista. Este
sector existe en todos los países de América Latina. Aquí, hemos pagado
un precio muy alto por el predominio de esos intereses y de sus ejecutores,
venales unos, siniestros otros.
En los últimos años, en nuestro país hemos dado pasos de indiscutible importancia
para terminar con la impunidad de los genocidas. Y si bien esos pasos constituyen
mérito colectivo y en definitiva son fruto de tres décadas de lucha popular,
corresponde reconocer el empeño del gobierno y en especial del Presidente
Kirchner, quien a diferencia de otros gobernantes constitucionales, ha tenido
la valentía de asumirlos como propios.
Lógicamente estos avances han despertado reacciones.
No se puede hacer tortilla sin romper huevos. Pero tengo la impresión que
el secuestro y desaparición del compañero Julio López nos ha tomado con
la guardia un poco baja y creo que al gobierno también. Yo no sé si los
conspiradores son muchos o son pocos, pero opino con toda sinceridad que
el gobierno está errando el camino para encontrarlos. Creo que se impone
una actitud política más enérgica y medidas prácticas coherentes con ella.
No creo que cavando zanjas y ofreciendo recompensas se encuentre a los criminales
y se desbaraten sus propósitos. Esta gente busca producir en forma lenta
un efecto similar al de la Semana Santa de 1987 -la boca se me haga a un
lado si lo consiguen. Y hay que estar atentos porque personas con poder
-no hablo solo de militares procesistas, hablo de civiles -de la boca para
afuera dicen una cosa pero en realidad están interesados en que prevalezca
la impunidad.
También hemos asistido a dos actos en una misma plaza, a dos actos reivindicatorios
del horror. Frente a esos actos, frente a esas plazas del horror, decimos
que este acto y esta plaza de Villa Soldati es una plaza del honor, del
honor militar y civil que Alberte reunió en su persona.
Por supuesto que el ejemplo que nos legara a los argentinos el Libertador
nada tiene que ver con la reivindicación del horror. Recuerdo que 1992,
un 23 o 24 de marzo al mediodía organizamos un acto en la Plaza San Martín.
Ya Menem había indultado a los genocidas. Al acto lo improvisamos en tres
o cuatro días, con Bernardo, el mendocino Ramón Torres y Envar El Kadri.
La idea de elegir ese lugar fue de Cacho.
Llevamos una corona dedicada al Libertador y leímos, una de las primeras
veces que se leyó en público, la memorable carta de Alberte a Videla.
Y la leímos señalando al vecino edificio del Círculo Militar, señalando
a los defensores del original destinatario de la carta. Ese Círculo Militar
convertido en el reducto de una facción ominosa, del cual Alberte fuera
expulsado en 1956 por los fusiladores del general Valle y de tantos argentinos,
esos valientes que habían intentado una revolución constitucionalista.
Alberte recogió el legado histórico de Valle. Y fue, no lo dudo, el militar
que mejor lo interpretó y lo desarrolló. Alberte terminó siendo, de hecho,
el heredero político del general Valle.
Por eso, tantos años después, estamos aquí con satisfacción. Es un servicio
al futuro de nuestra patria, es un servicio al futuro de nuestro pueblo,
es una contribución a lo que yo entiendo como un piso civilizatorio entre
los argentinos de buena voluntad, que militares con honor y civiles que
combatimos a las dictaduras de militares sin honor estemos hoy juntos para
recordar a un hombre que nunca conspiró contra un gobierno constitucional
y que siempre defendió la soberanía popular.
Quiero recordar una escena, un episodio que varios de los presentes tendrán
grabado en su memoria. Alberte pronunciando aquel sonado discurso en el
sepelio del secuestrado y luego asesinado Juan Pablo Maestre, en el Cementerio
de la Chacarita, ante mucha gente, el 23 de julio de 1971. Aquel día, el
mayor arremetió contra la dictadura de Lanusse, denunciando los lazos entre
la represión legal y la ilegal, que se había cobrado la vida de Maestre
y desaparecido a varias personas, entre ellas a su esposa Mirta Misetich.
En determinado momento, Alberte se tomó un resuello, sacó un papel del bolsillo,
dijo que era un comunicado que había recibido esa mañana de manos anónimas
y comenzó a leer: Juan Pablo Maestre, hijo de Buenaventura Luna y militante
de las Fuerzas Armadas Revolucionarias... y ante la sorprendida concurrencia
siguió leyendo el comunicado de las FAR, hasta terminar Libres o muertos,
jamás esclavos. El mayor, conciente del riesgo que corría, había revelado
aquello que la entonces conmovida opinión pública ignoraba, la militancia
de Maestre, la causa de su asesinato. Y era un oficial de las Fuerzas Armadas,
en aquel momento dado de baja, sí, pero militar al fin, el que desafiaba
a sus pares de la dictadura reivindicando a un guerrillero.
Como años antes, bajo Onganía, siendo delegado de Perón, desafió al colaboracionismo
sindical y político que hacía estragos en el Peronismo, promoviendo contra
viento y marea la constitución de la CGT de los Argentinos. Él sabía que
esa y otras actitudes consecuentes terminarían por costarle su cargo de
delegado, pero siguió el imperativo de su conciencia.
Alberte nunca antepuso un cargo o una posición a sus convicciones.
La fría y soleada tarde del sepelio de Maestre, Alberte comenzó su discurso
con palabras a la altura del drama que ya había comenzado a vivirse. Resultaron
desgraciadamente premonitorias: Tengo que desahogarme. Ofrendo mi cuerpo,
que es lo único que tengo. #
[Eduardo Gurucharri fue dirigente del Movimiento Revolucionario 17 de Octubre
y es autor de “Un militar entre obreros y guerrilleros”, biografía de Bernardo
Alberte que incluye una compilación de la correspondencia Perón-Alberte]
Palabras de Bernardo Alberte (hijo)
Bernardo Alberte perteneció a ese grupo de personas que se comprometió con
valentía y honradez por sus convicciones hasta perder la vida. La matanza
de aquellos años fue sistemática y apunto adelantándose a los acontecimientos,
a eliminar buena parte de la masa critica vinculada con la lucha liberadora.
Cuando ese ejercito que usurpo el poder en 1976, el mismo que bombardeo
a mansalva la Plaza de Mayo, robo el cadáver de Evita, fusilo y torturo,
esa madrugada lo elige como su primera victima, cumple acabadamente con
la lógica castrense, alimentada en las escuelas interamericanas por los
servicios de inteligencia del imperialismo.
Alberte no fue derrotado fue asesinado por fuerzas antinacionales, murió
por ser impulsor y activo participante de una revolución, su muerte va a
tener sentido cuando esa revolución la revolución del pueblo triunfe.
Alberte fue insobornable e incorruptible castigaba duramente a los que se
colocaban en la repugnante situación de los obsecuentes que acostumbran
a glorificar a las fuerzas armadas, y entre sus innumerables filipicas basta
recordar sus palabras cuando rechazaba la devolución de su grado y estado
militar al dictador Ongania en 1969, decía “Nosotros les prevenimos que
algún día vendrá el hombre sencillo de la Patria a interrogar a sus militares
en actividad y en retiro. No los interrogaran sobre sus largas siestas despues
de la merienda, tampoco sobre sus estériles combates con la nada, ni sobre
su antológica manera de llegar a las monedas, no sobre la mitología griega,
ni sobre sus justificaciones absurdas crecidas a la sombra de la mentiras.
Un día vendrán los hombres sencillos de esta tierra, aquellos que fueron
sus soldados, a preguntar que hicieron cuando la Patria se apagaba lentamente,
que hicieron cuando los pobres consumían sus vidas en el hambre y la de
sus hijos en la enfermedad y la miseria, que hicieron cuando los gringos
vinieron a imponernos esa nueva forma de vida “occidental” que todo lo corrompe
y compra el dinero.
Quizás para ese momento, la vergüenza que provoque el silencio como respuesta,
no sea suficiente como castigo”.
También podemos recordar cuando en plena dictadura expresaba: “Si un dirigente
popular de nuestro tiempo no sabe nada de estrategia, si no sabe responder
a la violencia pretoriana con la violencia organizada de las masas populares,
no merece ser político, ni dirigente de masas.
Hay que dominar la estrategia mejor que los generales que la emplean para
oprimir y sojuzgar y que en nuestras manos debe servir para liberarnos”.
Sin dejar de reconocer la importancia que tienen estos homenajes, estos
deben servir para alimentar la memoria histórica e imitarlos, por eso consideramos
y lo interpretamos como un homenaje del pueblo de la Ciudad de Bs. As.,
siendo consecuentes con las ideas por la que Alberte dio su vida, no en
un sentido restrictivo partidista, sino en un sentido amplio, abarcativo.
Es decir, no se rinde homenaje a Alberte porque fue peronista, si se rinde
homenaje a Alberte porque siendo militar combatió al golpismo y a las dictaduras
militares y se rinde homenaje a Alberte porque siendo peronista se opuso
al participacionismo y se opuso a la domesticación del Peronismo y se opuso
al liberalismo económico en el Peronismo que ya actuaba en vida de Alberte
bajo el gobierno de Isabel Martínez y López Rega. Porque siendo peronista
se opuso a la Triple A. Se rinde homenaje a un hombre integro que que no
dudo en arriesgar el bien supremo, la vida, sin claudicaciones, siendo coherente
con lo que pensaba, decía y amaba.
Alberte no tenía otro discurso que el compromiso insobornable con la clase
trabajadora y con los sectores revolucionarios en lucha, por un cambio de
sistema. Este convencimiento-la mayor utopía que un ser humano puede tener-fue
la causa de su asesinato aquel negro 24 de marzo de 1976.
He tratado que sea mi padre el que hoy nos hable, por medio de sus documentos,
este es un párrafo de la carta que le terminara de escribir a Videla horas
antes de ser asesinado en la madrugada del 24 de marzo de 1976. “Nosotros
no consideramos a las F.F.A.A., como una institución poseedora de valores
inmutables, sino como una institución humana que actúa para bien o para
mal, de acuerdo a los hombres que circunstancialmente las dirigen. No son
mejores ni peores que los hombres que la componen, y por consiguiente, no
existe la continuidad histórica que iguala a todos los militares a través
del tiempo con un mismo sello de excelencia, desinterés o patriotismo; tampoco
el merito de una época alcanza a los protagonistas de otra, salvo que la
revaliden con su propia conducta. Y lo mismo en lo que atañe a conductas
infamantes. Los meritos de San Martín no apañan a Quaranta, ni Fernández
Suárez infama a Belgrano, a Dorrego o a Güemes. Podemos admirar al Almte.
Brown y negar al mismo tiempo a Rojas y a Benigno Varela. Podemos sentirnos
deudores y herederos de tantos milicos que regaron con su sangre el suelo
de América y de la Patria y no por ello atenuar nuestro juicio sobre los
oficiales cómplices, ejecutores y consentidores de vejámenes y torturas.
Sin duda este es un criterio antagónico con el que sustentan muchos militares
que tienen un extraño concepto de su parentesco con la historia y con la
gloria. Pero es claro, y si se lo recalca asi tan crudamente, es para evitar
que se sigan cultivando prejuicios indiscriminados de un falso patriotismo
que luego la historia nos revela como falso” “La situación es seria y también
dramática, no solo para los trabajadores, sino también para las propias
F.F.A.A., impulsadas a avanzar en un terreno, donde por plano inclinado
serán llevadas a sustituir a las policías de los ambientes fabriles, hasta
ahora privadas, y a ser custodios de los intereses de una de las partes,
precisamente la menos indicada para representar el interés general”.
Hoy en este acto quiero entregarle formalmente al Teniente General Roberto
Fernando Bendini, actual Jefe del Estado Mayor General del Ejercito, la
carta que mi padre le terminara de escribir a Videla, Comandante General
del Ejercito que se aprestaba a realizar un nuevo golpe militar, que daría
comienzo a uno de los mas grandes genocidios de nuestra historia y que mi
padre tuvo el triste privilegio de inaugurarlo.
Fuente: MEDIOS Director Gabriel Fernandez
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