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Mi
historia, la historia de "cómo me hice monja", comenzó muy temprano en mi
vida; yo acababa de cumplir seis años. El comienzo está marcado con un recuerdo
vívido, que puedo reconstruir en su menor detalle. Antes de eso no hay nada:
después, todo siguió haciendo un solo recuerdo vívido, continuo e ininterrumpido,
incluidos los lapsos de sueño, hasta que tomé los hábitos.
Nos habíamos mudado a Rosario. Mis primeros seis años los habíamos pasado,
papá, mamá y yo, en un pueblo de la provincia de Buenos Aires del que no
guardo memoria alguna y al que no he vuelto después: Coronel Pringles. La
gran ciudad (era lo que parecía Rosario, viniendo de donde veníamos) nos
produjo una sensación inmensa. Mi padre no demoró más que un par de días
en cumplir una promesa que me había hecho: llevarme a tomar un helado. Sería
el primero para mí, pues en Pringles no existían. Él, que en su juventud
había conocido ciudades, me había hecho más de una vez el elogio de esa
golosina, que recordaba deliciosa y festiva aunque no atinaba a explicar
su encanto con palabras. Me lo había descripto, muy correctamente, como
algo inimaginable para el no iniciado, y eso había bastado para que el helado
echara raíces en mi mente infantil y creciera en ella hasta tomar las dimensiones
de un mito.
Fuimos caminando hasta una heladería que habíamos localizado el día anterior.
Entramos. Él pidió uno de cincuenta centavos, de pistaccio, crema americana
y kinotos al whisky, y para mí uno de diez, de frutilla. El color rosa me
encantó. Yo iba bien predispuesta. Adoraba a mi papá. Veneraba todo lo que
viniera de él. Nos sentamos en un banco en la vereda, bajo los árboles que
había en aquel entonces en el centro de Rosario: plátanos. Observé cómo
lo hacía papá, que en segundos había dado cuenta del copete de crema verde.
Cargué la cucharita con extremo cuidado, y me la llevé a la boca.
Bastó que las primeras partículas se disolvieran en mi lengua para sentirme
enferma del disgusto. Nunca había probado algo tan repugnante. Yo era más
bien difícil en la alimentación, y la comedia del asco no tenía secretos
para mí, cuando no quería comer; pero esto superaba todo lo que hubiera
experimentado nunca; mis peores exageraciones, incluidas las que nunca me
había permitido, se veían justificadas de sobra. Por una fracción de segundo
pensé en disimularlo. Papá había puesto tanta ilusión en hacerme feliz,
y eso era tan raro en él, un hombre distante, violento, sin ternuras visibles,
que echar por la borda la ocasión me pareció un pecado. Pasó por mi mente
la alternativa atroz de tragar todo el helado, sólo por complacerlo. Era
un dedal, el vasito más chico, para párvulos, pero ahora me parecía una
tonelada.
No sé si mi heroísmo habría llegado a tanto, pero no pude siquiera ponerlo
a prueba. El primer bocado me había dibujado en el rostro una mueca involuntaria
de asco que él no pudo dejar de ver. Fue una mueca casi exagerada, en la
que se conjugaba la reacción fisiológica y su acompañamiento psíquico de
desilusión, miedo, y la trágica tristeza de no poder seguir a papá ni siquiera
en este camino de placeres. Habría sido insensato intentar ocultarlo; ni
siquiera hoy podría hacerlo, porque esa mueca no se ha borrado de mi cara.
-¿Qué te pasa?
En su tono ya estaba todo lo que vino después.
En circunstancias normales el llanto me habría impedido contestarle. Siempre
tenía las lágrimas a flor de ojos, como tantos chicos hipersensibles. Pero
un rebote del gusto horrendo, que me había bajado hasta la garganta y ahora
volvía como un latigazo, me electrizó en seco.
-Gggh...
-¿Qué?
-Es... feo.
-¿Es qué?
-¡Feo! -chillé desesperada.
-¿No te gusta el helado?
Recordé que en el camino me había dicho, entre otras cosas cargadas de una
agradable expectativa: "Vamos a ver si te gusta el helado". Claro que lo
decía dando por supuesto que sí me gustaría. ¿A qué chico no le gusta? Los
hay que, adultos, recuerdan su niñez como un prolongado pedido de helados
y poca cosa más. Por eso ahora su pregunta tenía una resonancia de incrédulo
fatalismo, como si dijera: "No puedo creerlo; también en esto tenías que
fallarme".
Vi construirse la indignación y el desprecio en sus ojos, pero se contuvo
todavía. Decidió darme una oportunidad más.
-Cómelo. Es rico -dijo, y para demostrarlo se llevó a la boca una cucharada
cargada del suyo.
Yo ya no podía retroceder. Estaba jugada. En cierto modo no quería retroceder.
Se me revelaba que mi único camino a esta altura era demostrarle a papá
que lo que tenía entre manos era inmundo. Miré el rosa del helado con horror.
La comedia asomaba a la realidad. Peor: la comedia se hacía realidad, frente
a mí, a través de mí. Sentí vértigo, pero no podía echarme atrás.
-¡Es feo! ¡Es una porquería! -Quise ponerme histérica. -¡Es asqueroso!
No dijo nada. Miraba el vacío delante de él y comía de prisa su helado.
Yo había errado una vez más el enfoque. Lo cambié con aturdida precipitación.
-Es amargo -dije.
-No, es dulce -respondió con una contenida suavidad cargada de amenaza.
-¡Es amargo! -grité.
-Es dulce.
-¡¡Es amargo!!
Papá ya había renunciado a toda satisfacción que pudiera haber esperado
de la salida, de la comunión de gustos, de la camaradería. Eso quedaba atrás,
¡y qué ingenuo de su parte, debía de estar pensando, en haberlo creído posible!
No obstante, y sólo para ahondar más su propia herida, emprendió el trabajo
de convencerme de mi error. O de convencerse él de que yo era su error.
-Es una crema muy dulce con gusto a frutilla, riquísima.
Yo negaba con la cabeza.
-¿No? ¿Y qué gusto tiene entonces?
-¡Es horrible!
-A mí me parece muy rico -dijo tranquilamente, y engulló otra cucharada.
Su calma me espantaba más que cualquier otra cosa. Intenté hacer las paces
por un camino retorcido, muy típico de mí:
--No sé cómo puede gustarte esa porquería. -Traté de darle un tonillo de
admiración.
-A todo el mundo le gustan los helados -dijo lívido de furia. La máscara
de paciencia caía, y no sé cómo yo todavía no estaba llorando. -A todo el
mundo menos a vos, que sos un tarado.
-¡No, papá! ¡Te juro...!
-Come ese helado.- Frío, tajante. -Para eso te lo compré, taradito.
-¡Pero no puedo...!
-Comelo. Probalo. Ni lo probaste.
Abriendo grandes los ojos por mi honestidad puesta en duda (tendría que
haber sido un monstruo para mentir por gusto) exclamé:
-¡Te juro que es horrible!
-¡Qué va a ser horrible! Probalo.
-¡Ya lo probé! ¡No puedo!
Se le ocurrió algo y volvió a un nivel más condescendiente:
-¿Sabes qué debe ser? Que te dio impresión lo frío. No el gusto, sino lo
frío que está. Pero enseguida te vas a acostumbrar y vas a ver qué rico
es.
Me aferré a un clavo ardiente. Quise creer en esa posibilidad, que a mí
no se me habría ocurrido en mil años. Pero en el fondo sabía que no valía
la pena. No era así. Yo no tomaba habitualmente bebidas heladas (no teníamos
heladera) pero las había probado y sabía bien que no era eso. Aun así, me
aferré. Tomé con suma precaución una pizca de helado en la punta de la cucharita,
y me la llevé a la boca mecánicamente.
Me resultó mil veces más asqueante que la vez anterior. Lo habría escupido,
de saber cómo hacerlo. Nunca aprendí a escupir a distancia. Me chorreó por
las comisuras de los labios.
Papá había seguido cada uno de mis movimientos de reojo, sin dejar de comer
su helado a grandes cucharadas. Las tres capas de distintos colores iban
desapareciendo velozmente. Con la cucharita aplastó la crema dejándola a
nivel con los bordes del vasito de barquillo. En ese punto comenzó a comérselo.
Yo no sabía que esos vasitos se comían, y me pareció una manifestación de
salvajismo que desbordó la capa de mi espanto. Empecé a temblar. Sentí subir
el llanto. Me habló con la boca llena:
-¡Probalo bien, idiota! Una buena porción para que puedas sentirle el gusto.
-Pe... pero...
Terminó el suyo. Arrojó la cucharita a la calle. Milagro que no se la comiera
también, pensé. Con las manos libres, se volvió hacia mí, y supe que el
cielo se me estaba cayendo encima.
-¡Cómelo de una vez! ¿No ves que se está derritiendo?
Efectivamente, el copo de helado se estaba haciendo líquido, y unos arroyuelos
rosa corrían por el borde del vasito y me goteaban sobre la mano y el brazo,
y sobre mis piernas flacas bajo el pantalón corto. Eso me inmovilizaba definitivamente.
Mi angustia crecía al modo exponencial. El helado se me aparecía como el
más cruel dispositivo de tortura que se hubiera inventado. Papá me arrancó
la cucharita de la otra mano y la clavó en la frutilla. La levantó bien
cargada y me la acercó a la boca. Mi única defensa habría sido cerrarla,
y no volver a abrirla nunca más. Pero no podía. La abrí, redonda, y la cucharita
entró. Se posó en mi lengua.
-Cerrá.
Lo hice. Las lágrimas ya me velaban los ojos. Al apretar la lengua contra
el paladar y sentir cómo se deshacía la crema, se formó un sollozo en todo
mi cuerpo. No hice los movimientos de tragar. El asco me inundaba, me explotaba
en el cerebro como un rayo. Otra cucharada bien cargada venía en camino.
Abrí la boca. Ya estaba llorando. Papá me puso la cucharita en la otra mano.
-Seguí vos.
Me atraganté, tosí, y empecé a llorar a los gritos.
-Ahora estás encaprichado. Me lo haces a propósito.
-¡No, papá! -tartamudeé de modo ininteligible. Sonaba: "pa no pa no no pa".
-¿No te gusta? ¿Eh? ¿No te gusta? ¿No ves que sos un tarado?- Lloré. -Contestame.
Si no te gusta no hay problema. Lo tiramos a la mierda y ya está.
Lo decía como si eso fuera una solución. Lo peor era que papá, por haber
comido tan de prisa su helado, tenía la lengua entumecida y hablaba como
yo nunca lo había oído, con una torpeza que me lo hacía más feroz, más incomprensible,
muchísimo más temible. Creía que era la rabia lo que le endurecía la lengua.
-Decime por qué no te gusta. A todos les gusta y a vos no. Decime el motivo.
Increíblemente, pude hablar; pero tenía tan poco que decir.
-Porque es feo.
-No, no es feo. A mí me gusta.
-A mí no -imploré.
Me tomó el brazo y guió la mano con la cucharita hasta el helado.
-Tómalo y nos vamos. Para qué te habré traído.
-¡Pero no me gusta! Por favor, por favor...
-Está bien. Nunca más te vuelvo a comprar uno. Pero tomá éste.
Cargué la cucharita mecánicamente. De sólo pensar que ese suplicio iba a
seguir me sentía desfallecer. Ya no tenía voluntad. Lloraba francamente,
sin embozos. Por suerte estábamos solos. Al menos esa humillación papá se
la ahorró. Se había callado, no se movía. Me miraba con el mismo disgusto
profundo, visceral, con que yo consideraba mi helado de frutilla. Yo quería
decirle algo, pero no sabía qué. ¿Que el helado no me gustaba? Ya se lo
había dicho. ¿Que el sabor del helado era inmundo? También se lo había dicho,
pero era algo que no valía la pena decir, que aun después de decirlo seguía
en mí, incomunicable. Porque a él le gustaba, le parecía exquisito. Todo
era imposible, para siempre. El llanto me dobló, me quebró. Y no podía esperar
ningún consuelo. La situación era inexpresable por ambos lados. Él tampoco
podía decirme cuánto me despreciaba, cuánto me odiaba. Esta vez, yo había
ido demasiado lejos. Sus palabras no me alcanzarían.
2
La discusión, como dije al terminar el capítulo anterior, había llegado
a su fin, si es que puede hablarse de discusión. Habíamos caído en un silencio
que ni siquiera el ruido entrecortado de mis sollozos alteraba en profundidad.
Mi padre era una estatua, un bloque de piedra. Yo, estremecida, trémula,
húmeda, con el vaso de helado en una mano y la cucharita en la otra, la
cara roja y descompuesta en un rictus de angustia, no estaba menos inmovilizada.
Lo estaba más, atada a un dolor que me superaba con creces, dando con mi
infancia, con mi pequeñez, con mi extrema vulnerabilidad, la medida del
universo. Papá no insistió más. Mi último y definitivo recurso habría sido
terminar por mi cuenta el helado, encontrarle el gusto al fin, remontar
la situación. Pero era imposible. No necesitaba que me lo dijeran. Ni siquiera
necesitaba pensarlo. En mi suprema impotencia, tenía firmemente dominadas
las riendas de lo imposible. La calle vacía bajo los plátanos, el calor
asfixiante del enero rosarino, devolvían el eco de mis sollozos. En la quietud,
el sol hacía dibujos de luz. Me caían lágrimas innumerables, y el helado
se derretía francamente, los hilos rosa me corrían hasta el codo, desde
donde goteaban a la pierna.
Pero no hay situación que se eternice. Siempre pasa algo más. Lo que sucedió
entonces vino de mi cuerpo, de lo profundo, sin preparación alguna por la
voluntad o la deliberación. Una arcada me sacudió el plexo. Fue algo grotesco,
de caricatura. Era como si algo en mí quisiera demostrar que tenía enormes
reservas de energía, listas a desencadenar en cualquier momento. De inmediato,
otra, más exagerada todavía. A los muchos estratos de mi miedo se agregaba
éste de ser presa de un mecanismo físico incontrolable. Papá me miró, como
si volviera de muy lejos:
-Basta de farsa.
Otra arcada. Otra más. Otra. Eran una serie. Todas secas, sin vómito. Parecían
las frenadas de un auto loco. Frenadas ante el abismo, pero repetidas, como
si el abismo se multiplicara.
Un interés nació en el rostro de papá. Yo conocía tan bien ese rostro, cetrino,
redondo, con la calva prematura, la nariz aguileña que heredó mi hermana,
no yo, y el espacio excesivo entre la nariz y la boca, que él disimulaba
con un bigote bien recortado. Lo conocía tan bien que no necesitaba mirarlo.
Era un hombre previsible. Al menos lo era para mí. Yo también debía de ser
previsible para él. Pero las arcadas lo habían sorprendido. Las miraba casi
como si yo me hubiera objetivado, como si hubiera salido de él, de su destino.
Yo seguía en la mía. Arcada. Arcada. Arcada.
Al fin amainaron, sin que hubiera llegado a vomitar. Ya no lloraba. Me contenía,
me aferraba a una triste parálisis. Otra arcada remanente. Un hipo hepático.
-Pero será posible, la puta madre que te parió...
Vacilaba un poco. Debía de estar pensando cómo haría para llevarme a casa.
No sabía, pobre papá, que ya nunca más me llevaría a casa. Aunque estoy
segura de que si alguien se lo hubiera dicho en ese momento, habría sentido
alivio.
Con todas las sacudidas, y siempre sin soltar el vasito, yo me había asperjado
de helado de pies a cabeza, ropa incluida. De modo que su primera medida
fue quitármelo; hizo lo propio con la cucharita de la otra mano. Yo era
muy pequeña, muy menuda, inclusive para mis seis años recién cumplidos.
Papá era un hombre grande, sin ser corpulento. Pero tenía dedos largos y
finos (que yo sí he heredado), y me alivió de mis dos cargas con precisión.
Buscó un lugar donde tirarlos. Pero no lo buscaba en realidad porque no
había dejado de mirarme. Entonces hizo algo sorprendente.
Metió la cuchara en el vaso, en los restos del heladito rosa ya medio líquido,
pero todavía manejable, la cargó y se la llevó a la boca. No insultaré la
memoria de mi padre diciendo que no quería desaprovechar el helado ya pago.
Estoy segura de que no era ése el caso. Podía tener gestos de tacaño, como
los tenemos todos, pero no en una ocasión como aquélla. En su simplicidad
de hombre de pueblo, era coherente. Estoy segura de que no concebía siquiera
la posibilidad de complicar la tragedia. Prefiero pensar que quiso deleitarse,
una sola vez, una sola cucharada, con el más cabal sabor del helado de frutilla.
Como una última, secreta, sublime confirmación.
Pero se produjo un giro completo. Frunció los rasgos de inmediato en una
mueca de asco, y escupió con fuerza. ¡Era inmundo! Yo estaba desorbitada
(estaba desorbitada de antes, por las arcadas) y lo veía doble, o triple.
Debería haberme transportado el conocido sentimiento de triunfo, el triunfo
de los débiles de ver que se les da la razón después de lo irremediable.
Algo de eso hubo, quizás, porque el hábito es fuerte. Pero no me sentí transportada.
De hecho, no entendía bien qué podía estar pasando. Estaba tan arraigada
en el desastre que buscaba otra explicación, más barroca, una vuelta de
tuerca que no anulase lo anterior, como habría tendido a anularlo cualquier
persona moralmente sana.
Se llevó el vasito a la nariz y olió con fuerza. Su gesto de disgusto se
acentuó. Hubo esa impasse de movimientos imperceptibles que anuncia el paso
a la acción. Él no era un hombre de acción; en ese aspecto era normal. Pero
la acción a veces se impone. No me miró. En todo lo sucesivo de esa tarde
funesta no volvió a mirarme. Aunque debo de haber sido un considerable espectáculo.
Ni una sola vez volvió sus ojos a mí. Una mirada habría equivalido a una
explicación, y ya era imposible explicarnos. Se levantó y fue adentro de
la heladería, me dejó sola en el banco de la vereda, llorosa y enchastrada.
Pero yo fui tras él.
-Señor...
El heladero alzó la vista del Tony. Quiso componer la cara porque adivinó
que había problemas, y no acertaba a imaginarse de qué índole eran.
-Esta mierda de helado que me vendió está en mal estado.
-No.
-¡Cómo que no, carajo!
-No señor, todo el helado que vendo es fresco.
-Bueno, éste está podrido.
-¿Cuál es? ¿Frutilla? Me lo trajeron esta mañana.
-¡Qué mierda me importa! ¡Esto está podrido!
-Más fresco, imposible -insistió el hombre. Buscó rápidamente entre las
tapas de aluminio de los tambores alineados en el mostrador, y abrió una.
-Ahí está, sin empezar. Lo empecé con usted.
-¡Pero no me va a decir a mí!
-¿Qué culpa tengo yo si al pibe no le gustó?
Papá estaba rojo de furor. Le tendió el vasito.
-¡Pruébelo!
-Yo no tengo por qué probar nada.
-No... Usted lo va a probar y me va a decir si...
-No me grite.
A pesar de esta sugerencia sensata, los dos estaban gritando.
-Lo voy a denunciar.
-No me haga reír.
-¡Qué se cree!
-¡Qué se cree usted!
En realidad, habían llegado a una competencia de voluntades. Eso impedía
que el problema encontrara su solución natural. Mi padre debía de saber
que si él hubiera probado el helado de frutilla de entrada, las cosas no
habrían llegado tan lejos. Pero no lo había hecho, y ahora le devolvían
la misma moneda, que él no podía ver sino por el reverso, el de la malevolencia.
Adiviné que estaba dispuesto a hacérselo probar por la fuerza. El otro,
por su parte, se enfrentaba a una alternativa en la que creía tener todas
las de ganar. Podía probar el helado, encontrarle o no algún sabor extraño,
ligeramente amargo o medicinal, y embarcarse en una interminable discusión
sobre lo incomunicable o indecidible. En ese momento entraron dos chicos.
El heladero los miró, con el triunfo pintado en el rostro.
-Dos de un peso.
Los de un peso eran grandes, de cuatro gustos. Dos pesos en aquellos años
eran algo. La escena cambiaba radicalmente. Ahora ponía a la heladería bajo
la luz de la prosperidad, de la normalidad, el ancho mundo entraba bajo
la figura de esos dos adolescentes. Quedaba atrás la figura siniestra del
loco reclamando por un matiz del sabor en un helado de diez centavos. Esa
apertura de la situación significaba nuevas reglas. Reglas de racionalidad,
que habían estado faltando. Toda relación, incluida (y sobre todo) la mía
con papá, tenía sus reglas. Pero además estaban las reglas de juego generales
del mundo. El heladero lo percibió con fluidez, y fue lo último que percibió.
Sin alterar su gesto de triunfo, dijo:
-A ver qué pasa con esa frutilla.
Se dirigía más a los recién llegados que a papá. Era su definitiva demostración
de dominio. Mi padre seguía con el patético vasito de helado derretido en
la mano. El otro no probaría esa porquería: probaría su buen helado del
tambor, fresco y virgen. Papá se alarmó. Se sentía derrotado.
-No, pruebe éste... -dijo. Pero lo dijo sin verdadera convicción. No tenía
la razón de su parte. Y a la vez la tenía. Dentro de todo, le convenía reservarse
esa carta. Si el helado del tambor se revelaba correcto, le quedaba el recurso
del vasito.
El heladero alzó la tapa, tomó una cucharita limpia, raspó superficialmente
y se la llevó a la boca como un conocedor. El gesto de asco fue instantáneo
y automático. Escupió a un costado.
-Tiene razón. Está feo. No lo había probado.
Lo decía como si tal cosa. Como lo más natural del mundo. No pensaba pedir
perdón. En realidad, no cuadraba. Fue demasiado para papá. El odio, el instinto
destructor, se hizo presente con la contundencia de un mazazo.
-¿Y así me lo dice? ¿Después de...?
-¡No se altere! ¡Yo qué culpa tengo!
A esta altura, lo único que les quedaba, a los dos, para poder seguir adelante,
era la violencia más desencadenada. No retrocedieron. Papá se lanzó por
sobre el mostrador a abofetearlo. El heladero se hizo fuerte detrás de la
caja registradora. Los dos chicos salieron corriendo, pasaron a mi lado
(yo estaba clavada en el umbral, fascinada, hilvanando de modo enfermizo
las distintas lógicas que se sucedían en la controversia) y miraron desde
afuera. Papá había saltado al otro lado del mostrador y dirigía todas sus
trompadas a la cabeza de su rival. El heladero era gordo, torpe, y no atinaba
a devolver los golpes, sólo a cubrirse, y eso apenas. Papá gritaba como
un energúmeno. Estaba fuera de sí. Un cross que acertó por casualidad en
plena oreja hizo girar al heladero noventa grados. Quedó dándole la espalda,
y papá lo tomó con las dos manos por la nuca, se le pegó con todo el cuerpo
(parecía como si lo estuviera violando) y le metió la cabeza en el tambor
de frutilla, que había quedado abierta.
-¡Te lo vas a comer! ¡Te lo vas a comer!
-¡Nooo! ¡Saquenmeló... ggh... de encima...!
-¡Te lo vas a...!
-¡Gggh...!!
-¡Te lo vas a comer!
Con fuerza hercúlea le hundía la cara en el helado y apretaba y apretaba.
Los movimientos de la víctima se hacían espasmódicos, y más espaciados...
hasta que cesaron por completo.
3
Nunca supe cómo salí de la heladería, cómo me sacaron... qué pasó... Perdí
el conocimiento, mi cuerpo empezó a disolverse... literalmente... Mis órganos
se hicieron viscosos... pingajos colgados de necrosis pétreas... verdes...
azules... La única vida que producían era el ardor frío de la infección...
de la descomposición... hinchazones... manojos de ganglios... Un corazón
del tamaño de una lenteja latiendo aterido en medio de los despojos... un
silbido irregular en la tráquea torcida... Nada más...
Yo había sido víctima de los temibles ciánidos alimenticios... la gran marea
de intoxicaciones letales que aquel año barría la Argentina y países vecinos...
El aire estaba cargado de miedo, porque atacaban cuando menos se los esperaba,
el mal podía venir en cualquier alimento, aun los más naturales... la papa,
el zapallo, la carne, el arroz, la naranja... A mí me tocó el helado. Pero
hasta la comida hecha en casa, amorosamente... podía ser veneno... Los niños
eran los más afectados... no resistían... Las amas de casa se desesperaban.
¡La madre mataba a su bebé con la papilla! Era una lotería... Tantas teorías
contradictorias... Tantos habían muerto... Los cementerios se llenaban de
pequeñas lápidas con inscripciones cariñosas... El ángel voló a los brazos
del Señor... firmado: sus padres inconsolables. Yo la saqué barata. Sobreviví.
Pude contar el cuento... pero a un precio de todos modos muy alto... Por
algo dicen: lo barato sale caro.
La enfermedad se hizo doble en mí. Debería habérmelo esperado... en el caso
inconcebible de que hubiera podido esperar algo. El mal se manifestó en
una especie de equivalencia cruel. Mientras mi cuerpo se retorcía en las
torturas del dolor, mi alma estaba en otra parte, donde por motivos distintos
sufría lo mismo. Mi alma... la fiebre... En aquel entonces no se usaba bajar
la fiebre con medicamentos... La dejaban cumplir su ciclo, interminablemente...
Yo estaba en un delirio constante, me sobraba tiempo para elaborar las historias
más barrocas... Supongo que tendría altos y bajos, pero se sucedían en una
intensidad única de invención... Las historias se fundían en una sola, que
era el revés de una historia... porque no tenía más historia que mi angustia,
y las fantasmagorías no se posaban, no se organizaban... No me permitían
siquiera entrar, perderme en ellas...
Uno de los avatares de la historia era la inundación. Yo estaba en mi casa...
En la casa de Pringles que habíamos dejado al mudarnos a Rosario... que
ya no era nuestra y donde no volveríamos a vivir. El agua subía, y yo en
la cama mirando el techo paralizada... ni siquiera podía volver la cabeza
para ver el agua... pero en el techo se reflejaban los bucles blanquecinos
de la creciente... Era una ficción salida de la nada, porque nunca habíamos
estado cerca de una inundación... Otro: yo convidaba a mi familia con bombones
envenenados... Cobertura de chocolate, una capa finísima de vidrio, y adentro
arsénico alcohólico... No tenía antídoto... Lo irreparable... Papá aceptaba
uno, mamá también... Yo quería volver atrás, me arrepentía, pero ya era
tarde... Iban a morirse... la policía no tendría problemas en averiguar
la causa... me interrogarían... Yo decidía confesar todo, llorar a mares,
dejar que me arrastraran las aguas... Pero ni siquiera la muerte podía consolarme
porque ¿cómo iba a vivir yo sin mi papá y mi mamá? Y lo peor era que nunca
se había visto una hija que matara a sus padres... nunca...
Otro (pero eran distintas caras de la misma pesadilla): un animal nadando
dentro de la casa inundada, una nutria... Nos mordía los pies si intentábamos
caminar en el agua que subía... Si mi mano resbalaba de la sábana me comería
los dedos uno por uno...
Otro más: yo seguía paralizada, la cabeza apoyada en una almohada alta,
y mi mamá abría el armario con puertas de vidrio verde que había frente
a la cama, donde yo guardaba mis libros... En realidad no tenía libros,
era demasiado chica, no sabía leer... El pánico me cortaba la respiración...
¿Qué había ido a buscar en el armario mi mamá? ¿Acaso sabía...? Aprovechaba
mi impotencia para... En cualquier momento lo encontraría... mi secreto...
¡Alto, mamá! ¡No lo hagas! ¡Te causará dolor, el dolor más grande de tu
vida! Su dolor sería tan grande como mi vergüenza, mi espanto...
No necesito decir que yo no tenía ningún secreto... Nunca tuve secretos,
y a la vez todo era secreto, pero secreto involuntario... El delirio daba
el modelo, y algo más que el modelo... Mamá hurgaba en el armario... en
medio de la inundación... ¡en lugar de tomar medidas más prácticas, como
tomarme en brazos y ponerme a salvo, a campo traviesa, por las llanuras
inundadas! La odiaba por eso... Ella seguía buscando, alucinada, aunque
la nutria, de pronto mi cómplice, le roía los tobillos sumergidos... y yo
sabía además que le quedaban minutos de vida, el veneno ya estaría actuando...
si es que había comido el bombón, ¡y ojalá lo hubiera comido!
Ojalá... dentro de todo... Pero no. No era cuestión de que pasara esto o
aquello... Era una combinatoria, o mejor dicho un orden... Los hechos se
ordenaban de otro modo... Se repetían... O mejor dicho, derivaban... En
los peores momentos me preguntaba a mí misma: ¿estoy loca?
Por encima de estas historias se suspendía otra, más convencional en cierto
modo, al mismo tiempo más fantástica. Funcionaba aparte de la serie, como
un "fondo", todo el tiempo. Era una especie de cuento detenido... un episodio
de terror, muy preciso y con detalles escalofriantes... La angustia que
me provocaba hacía parecer en comparación un entretenimiento de fin de semana
el delirio cuadripartito... Salvo que no era un detalle, un relámpago en
el cielo tormentoso... Era todo lo que me pasaba... todo lo que me pasaría
en una eternidad que no había empezado ni terminaría nunca... Yo estaba
dibujada en un librito de cuento de hadas, me había hecho mito... y lo veía
desde adentro...
Desde adentro... Yo estaba sola en casa. Papá y mamá habían tenido que ir
a un velorio y me habían dejado encerrada... en aquella vieja casita de
Pringles en la que ya no vivíamos... sola con mis cuatro historietas dando
vueltas en la cabeza... mi corona de espinas... Las dos puertas estaban
con llave, bajadas las persianas de madera de las ventanas... una caja fuerte
para el tesoro de vida que tenían mis papás: yo. El realismo era minucioso,
hermético... Pero cuando digo que estaba sola, que la casa estaba cerrada,
que era de noche... no son circunstancias, no son elementos sueltos con
los que armar una serie... La serie era exterior (la inundación, la nutria,
los bombones, el secreto) y agotaba todas las reservas delirantes de mi
fiebre... Aquí ya no quedaba sino el bloque de realidad inmanejable, el
verosímil rabioso...
Me habían recomendado severamente que no le abriera a nadie, bajo ninguna
circunstancia. ¡Como si fuera necesario! De eso dependía mi vida y algo
más. Nunca me habían dejado sola antes (en la realidad nunca lo hicieron)
pero esto era fuerza mayor... La primera vez siempre asusta, por lo que
pueda pasar... Yo estaba segura de mí, la consigna era simple... No abrir.
Podía hacerlo. Era fácil. Podían confiar en mí. Además, ¿quién iba a venir,
a la medianoche...? Mi vida dependía de eso, mi integridad... ¿Quién, quién,
quién podía venir?
¡Pero estaban llamando a la puerta de calle! ¡La estaban golpeando, como
si quisieran echarla abajo! No era sólo que llamaran: querían entrar...
¿Para qué iban a quererlo sino para asesinarme? ¡Y yo estaba sola...! Debían
de saberlo... lo sabían perfectamente, por eso venían... Eran ladrones,
venían a desvalijar la casa, en la hipótesis más benévola... Estaba en mis
manos impedirlo, pero mis manos eran tan débiles... Temblaba como una hoja,
atrás de la puerta... ¿Por qué me habían dejado sola? ¿Qué era tan importante
que tuvieran que abandonarme?
Lo peor es que... eran ellos... ¡Eran papá y mamá, los que llamaban a la
puerta! Los dos monstruos habían adoptado la forma de mi mamá y mi papá...
No sé cómo los veía, supongo que por el agujero de la cerradura, que alcanzaba
poniéndome en puntas de pie... Me erizaba de pies a cabeza, me congelaba...
al verlos tan idénticos... les habían robado las caras, la ropa, el pelo...
a papá muy poco porque era calvo, pero los rulos rojos de mi mamá... Eran
símiles perfectos, sin errores... ¡El trabajo que se habían tomado! Esos
seres que no tenían forma, o no me la revelaban... esos simulacros... sus
pésimas intenciones... El espanto me helaba la sangre, no podía pensar...
Sacudían la puerta con frenesí, no sé cómo no se venía abajo... Gritaban
mi nombre, hacía horas que lo estaban gritando... con las voces de papá
y mamá... ¡Las voces también! Un poco alteradas, un poco roncas... Habían
tomado cognac en el velorio, y no estaban acostumbrados... se ponían como
locos... Habían perdido la llave, o se la habían olvidado... cualquier cosa...
la mentira era tan transparente... ¡Me insultaban! ¡Me decían cosas feas!
Y yo lloraba de horror, muda, paralizada...
Papá saltaba el muro del patio, iba a la puerta de la cocina, empezaba a
golpearla, a patearla... Yo cruzaba la casa oscura, como una sonámbula,
me paraba frente a la otra puerta, le rogaba a Dios que resistiera... Mi
plegaria era escuchada, por una vez... Volvía a la puerta de calle...
Y aunque quisiera abrirles, ¿cómo hacerlo? Estaba encerrada, no tenía la
llave... ¿O sí la tenía?
Eso era secundario. ¿Quería o no quería abrirles? Por supuesto que no. No
me engañaban... ¿O sí me engañaban? ¿Cómo saberlo? Eran exactamente como
mis padres, más reales que la realidad... No sacaba el ojo del agujero de
la cerradura, bebía esa escena irreal... Pero dentro de lo irreal eran ellos,
ellos mismos, mis padres... No sólo en la máscara sino en los gestos, en
los tics, en el estilo, en sus historias... Ése era mi modo de ver a mis
padres, sobre todo a papá... con mamá era otra cosa... a él lo veía no en
la persona exterior como podía verlo cualquiera... veía su modo de ser,
su pasado, sus reacciones, su razonamiento... a mamá también, ahora que
lo pienso... Y no porque yo fuera especialmente perspicaz sino porque ellos,
por ser mis padres, no tenían forma, o no me la revelaban... se negaban
a hacerlo... fue la tragedia de mi infancia y de toda mi vida... Mi mirada
no podía detenerse en la visión, se precipitaba más allá, a un abismo, y
yo atrás...
Los golpes eran atronadores, la casita se estremecía en sus cimientos...
los gritos arreciaban... me decían todas las verdades que se me podían decir...
ya sin palabras... no importaba porque yo entendía igual... ¿Pero no ves
que somos nosotros? ¿No ves que somos nosotros, idiota? ¡Idiota!
¡No! Mis papas no me tratarían así... ellos me querían, me respetaban...
Y sin embargo... a veces se ponían nerviosos... yo era una niña difícil...
una niña problema en algún sentido... Los atacantes se aprovechaban de eso...
toda la maldad del mundo era una arcilla con la que habían hecho esos dos
muñecos atroces...
¿Qué sería de mí? ¿Caería en sus manos? ¿Entrarían? ¿Me daría un ataque
de imprudencia y les abriría yo misma, sin pensar, llevada por un optimismo
imbécil...? ¿Les creería?
¿Cómo saberlo? Eso era lo peor: que no hubiera desenlace... O mejor dicho:
que lo hubiera. Porque si sólo faltara el desenlace, habría podido quedarme
de algún modo tranquila, esperándolo... procrastinar, dejarlo para después...
¡Pero éste era el desenlace! Era y no era... Casi habría podido decir que
no era nada. Porque no veía nada, el delirio no era lo bastante fuerte,
o lo era demasiado... No veía la casa donde estaba encerrada, no veía a
los maniquíes horrendos que la sitiaban... las almas de mamá y papá... No
era una alucinación... ¡Qué descanso si lo hubiera sido...! Era una fuerza...
una onda invisible...
Duró un mes. Increíblemente, sobreviví. Podría decir: me desperté. Salí
del delirio, como se sale de la cárcel. El sentimiento lógico habría sido
el alivio, pero no fue mi caso. Algo se había roto en mí, una válvula, un
pequeño dispositivo de seguridad que me permitiera cambiar de nivel.
4
Cuando recuperé el sentido, me hallaba en la sala de pediatría del Hospital
Central de Rosario.
Abrí los ojos a una experiencia nueva para mí. El mundo de las madres. Papá
no fue a visitarme una sola vez. Pero ni un solo día dejé de esperarlo,
con una mezcla de anhelo y aprensión que conservaba algo del encadenamiento
de los delirios. Mamá sí estaba presente, y ella traía el aroma del espanto,
como una sombra de papá. Era inevitable, porque yo había entrado para siempre
en el sistema de la acumulación, en el que nada, nunca, queda atrás. No
le pregunté por él. Mamá no era la misma. La veía distraída, inquieta, angustiada.
No se quedaba mucho, decía que tenía que hacer, y yo entendía. En las otras
camas había una madre o una tía o una abuela turnándose las venticuatro
horas. Yo estaba sola, abandonada en un orbe materno.
Había unos cuarenta chicos internados conmigo, por las más diversas causas,
desde fracturas a leucemia. Nunca los conté, ni hice amistad con ninguno;
ni siquiera le dirigí la palabra a nadie.
Tardaron una eternidad en darme de alta, así que toda la población se renovó
durante mi estada, algunas camas hasta diez veces o más. Había de todo,
desde chicos que parecían gozar de excelente salud y hacían una bulla fenomenal,
hasta otros decaídos, inmóviles, dormidos... Yo era de estos últimos. La
debilidad me tenía paralizada, en un sopor permanente. Durante largas horas,
a partir de la media tarde, entraba en una especie de letargia. No movía
siquiera las pupilas. Pasaba días enteros, semanas enteras, en ese estado;
me sentía recaer en él sin haber salido, o sin haber tenido conciencia de
salir... Y la caída era muy profunda...
Todos los días, a la peor hora, al comienzo de la peor hora, me visitaba
el médico. Debía de estar interesado en mi caso: eran pocos los que sobrevivían
a los ciánidos. Alguna vez le oí pronunciar la palabra "milagro". Si había
milagro, era por completo involuntario. Yo no colaboraba con la ciencia.
Por una manía, un capricho, una locura, que ni yo misma he podido explicarme,
saboteaba el trabajo del médico, lo engañaba. Me hacía la estúpida... Debo
de haber pensado que la ocasión era tan propicia que habría sido una pena
desaprovecharla. Podía ser todo lo estúpida que quisiera, impunemente. Pero
no era tan simple como la resistencia pasiva. La mera negativa era demasiado
aleatoria, porque a veces la nada puede ser la respuesta acertada, y yo
jamás habría dejado mi suerte en manos del azar. De modo que pudiendo dejar
sus preguntas sin respuesta, me tomaba el trabajo de responderlas. Mentía.
Decía lo contrario de la verdad, o de lo que me parecía más verdadero. Pero
tampoco era tan simple como decir lo contrario... Él aprendió pronto a formular
sus preguntas de modo que la respuesta fuera "sí" o "no", nada más. No habría
tardado en aprender a traducir al opuesto, si yo mentía siempre. Y yo me
había auto-impuesto el deber de mentir siempre; de modo que para protegerme
debía hacer sinuoso el procedimiento, lo que no era tan fácil si uno debe
responder por la negativa o la afirmativa, sin medias tintas. A lo que debe
sumarse otra autoimposición: la de no intercalar verdades en las mentiras.
Esto último por miedo a no llevar bien la cuenta, y que el azar interviniera.
No sé por qué lo hacía, pero me las arreglé. Algunas de mis maniobras (no
sé para qué las cuento, como no sea para darle ideas a un enfermo): me hacía
la sorda a una pregunta, y cuando él formulaba la siguiente, yo respondía
a la anterior, con la mentira por supuesto; respondía, siempre falaz, a
un elemento de la pregunta, por ejemplo a un adjetivo o a un tiempo verbal,
no a la pregunta en sí: me preguntaba "¿era aquí dónde te dolía?" y yo contestaba
"no" arreglándomelas, con un movimiento de las cejas, para darle a entender
que no era ahí donde me dolía antes, pero me estaba doliendo ahora; él captaba
esos matices, no se perdía uno, se desesperaba, se corregía: "¿es ahí donde
te duele?"; pero yo ya había pasado a otro sistema de mentir, a otra táctica...
Debo decir en mi descargo que lo improvisaba todo. Aunque tenía verdaderos
eones para pensar, nunca los usaba para eso.
-¿Cómo anda hoy don César? Qué bien se lo ve don César. ¿Ya quiere ponerse
a jugar al fóbal don César? A ver cómo andamos don César...
Su alegría era contagiosa. Era un hombre joven, pequeño, de bigotito. Parecía
venir de muy lejos.
Del mundo. Yo lo miraba poniendo una cara especial que había inventado,
que significaba ¿qué? ¿qué? ¿de qué me está hablando? ¿por qué me hace preguntas
difíciles? ¿no ve el estado en que estoy? ¿por qué me habla en chino y no
en castellano? Él bajaba la vista, pero lo tomaba lo mejor que podía. Se
sentaba en el borde de la cama y empezaba a palparme. Hundía un dedo aquí
y allá, en el hígado, en el páncreas, en la vesícula...
-¿Duele aquí?
-Sí.
-¿Duele aquí?
-No.
-¿Aquí?
-¿Sí?
Empezaba todo de nuevo, desorientado. Buscaba los lugares donde fuera imposible
que no me doliera. Pero no los encontraba, no encontraba lo imposible, de
lo que yo era dueña y señora. Yo tenía las llaves del dolor...
-¿Duele un poquito aquí?
Le daba a entender que el interrogatorio me había fatigado. Me largaba a
llorar, y él trataba de consolarme.
Me ponía el estetoscopio. Yo creía poder acelerar el corazón a voluntad,
y quizás lo hacía. Acto seguido empezaba a manipularme con mil precauciones.
Se le ocurría auscultarme por la espalda, para lo cual debía sentarme, y
le resultaba tan difícil como dejar parado un palo de escoba. Si lo conseguía
al fin, yo me ponía a bambolear la cabeza con frenesí y a hacer arcadas.
En ese punto la ficción se confundía con la realidad, mi simulacro se hacía
real, teñía todas mis mentiras de verdad. Es que las arcadas tenían para
mí un carácter sagrado, eran algo con lo que no se jugaba. El recuerdo de
papá en la heladería las hacía más reales que la realidad, las volvía el
elemento que lo hacía real todo, contra el que nada se resistía. Ahí ha
estado desde entonces, para mí, la esencia de lo sagrado; mi vocación surgió
de esa fuente.
Cuando el doctor se iba, me dejaba hecha una piltrafa. Lo oía hablar y reírse
en las camas vecinas, oía las voces de los enfermitos respondiendo a sus
preguntas... Todo me llegaba a través de una niebla espesa. Me sentía caer
en un abismo... Mi mala voluntad no era deliberada. Era sólo mala voluntad,
de la más primitiva, algo que se había apoderado de mí como la evolución
se apodera de una especie. Me había hecho su presa durante la enfermedad,
o quizás un poco antes, un paso antes, porque yo no era así normalmente.
Al contrarío, si algo me caracterizaba era mi espíritu de colaboración.
Ese hombre, el médico, era una especie de hipnotizador que me transformaba.
Lo peor era que me transformaba dejándome intacta la conciencia de mi mala
voluntad.
Mamá no se perdía pasada del doctor... Se apartaba por discreción, se acercaba
para ayudar en cuanto yo me hacía inmanejable... Tenía una verdadera ansiedad
por sacarle datos. Él hablaba de un shock... No debía de ser un verdadero
intelectual, porque mostraba mucho interés en lo que le contaba mamá. Se
alejaban, cuchicheaban, yo no tenía idea de qué podía tratarse... No sabía
que habíamos salido en los diarios. Él decía una vez más "shock", y lo repetía
una y otra y otra vez...
Pero el médico, y mamá, eran apenas una breve diversión en mi jornada. El
día se extendía con impávida majestad, se desenrollaba de la mañana a la
noche. No se me hacía largo, pero me infundía una especie de respeto. Cada
instante era distinto y nuevo y no se repetía. Era la definición misma del
tiempo, y se efectuaba sin cesar, con todos... Hacía parecer tan pequeñas
mis pequeñas estrategias malévolas, que me atontaba de vergüenza...
El día se encarnaba en Ana Módena de Colon-Michet, la enfermera. Había una
sola enfermera en la guardia diurna de la sala; una sola para cuarenta pequeños
pacientes... Puede parecer muy poco, y seguramente era poco. El Hospital
Central de Rosario era una institución bastante precaria. Pero nadie se
quejaba. Quien más quien menos, todos esperaban salir de él con vida, y
todos con la irracional ilusión de no volver. Hasta los niños, sin saberlo,
se ilusionaban.
Pero los días se estacionaban en la gran sala blanca y donde se volviera
la vista, allí estaba la enfermera. Ana Módena era un jeroglífico viviente.
No se iba nunca del hospital, no tenía ilusiones. Era un fantasma.
Las madres siempre estaban quejándose de ella, la combatían, pero debían
de saber que era inútil. Las madres se renovaban todo el tiempo, mientras
ella permanecía. Se forjaban y disolvían alianzas en su contra, y más de
una vez hicieron participar a mamá, que débil de carácter como era, no sabía
negarse ni siquiera cuando advertía que no le convenía. Las quejas se dirigían
contra su brusquedad, su impaciencia, su grosería, su ignorancia rayana
en la locura. Las madres se hacían una imagen (basada en su semana promedio
de experiencia hospitalaria) de la enfermera ideal para el pabellón de niños,
el hada de delicadeza y comprensión que debía ser, que sería cada una de
ellas... No les resultaba difícil imaginárselo; sin saberlo se referían
a la delicadeza y comprensión que habría que tener con ellas, y nadie sabe
mejor que uno mismo cómo ser delicado y comprensivo con su propia persona.
No se las podía culpar, eran mujeres pobres, ignorantes, amas de casa en
desgracia. En nueve casos de cada diez sus hijos se habían enfermado por
culpa de ellas... No se les podía impedir soñar... creían saber, y sabían
realmente, cómo debía ser la buena enfermera. Su error era ir un paso más
allá y pensar que esas cualidades podían reunirse en una mujer... Que Ana
Módena, la enfermera-Perón de la Sala de Pediatría, coincidiera con el opuesto
de esa imagen, las ponía en un estupor del que no percibían más salida que
hacer un petitorio, o implementar una política... para que la echaran...
Eran esos sueños los que la hacían un fantasma. Yo, que no entendía nada,
entendía bien esto porque era una soñadora... Y también porque Ana Módena
era un fantasma en otros sentidos. Siempre estaba apurada, atareadísima,
como tenía que estarlo necesariamente la única enfermera en una sala de
cuarenta camas. Pero nunca estaba disponible para nadie. Estaba ocupada
con los otros, y los otros nunca eran uno... Me acostumbré a verla del amanecer
al crepúsculo, de reojo desde mi horizontal, pasando a gran velocidad...
Nunca se detenía... Es que no se ocupaba sólo de los niños en sus camas,
sino de los que partían al quirófano, a los rayos... y lo hacía tan mal,
según los susurros de las madres, que casi todo fracasaba por culpa de ella...
Se le morían los chicos, decían... Se le mueren... se le mueren en las manos...
Se le morían en las manos, decía la leyenda que a mí me rodeaba como un
vendaje de filacterias parlantes... Dejaban de vivir cuando pasaban a ser
los otros imposibles de su ocupación, de su velocidad... Pero esa repetición
maldita no impedía que las madres la cortejaran, la mimaran, le dejaran
propinas, le trajeran pastelitos... con un servilismo increíble, chocante...
Después de todo, sus hijos, el mayor tesoro que tenían, estaba en sus manos.
Era una mujer gorda, corpulenta. Cuando caía sobre mí, era un elefante chapoteando
en un charco... yo era el agua... Su torpeza tenía algo de sublime... Sufría
de un mal extraño: para ella la izquierda era la derecha, y viceversa. Abajo
era arriba, adelante era atrás... La extensión tan pobre de mi cuerpo se
descuartizaba en sus manos... piernas, brazos, cabeza... cada extremo era
afectado por una gravedad diferente... me fragmentaba en caídas, en desequilibrios...
Con ella no valían mis simulaciones... me ponía en otra dimensión… eran
partes súbitamente lejanas de mi cuerpo las que tomaban la iniciativa de
simular por su cuenta... algo, no sabía qué... Sus manos, en las que se
moría, amasaban una verdad absoluta...
Me mantenían en vida con suero. Ana Módena me renovaba los frascos, siempre
a destiempo, y me pinchaba el brazo... Clavaba la aguja en cualquier parte.
Me empezaba a chorrear la nariz. Todo lo que entraba por el brazo salía
por la nariz, en un goteo constante. Era un caso rarísimo. A ella le parecía
normal... En todo caso no era una prioridad para ella. Temprano a la mañana,
antes de que llegara la primera madre, Ana Módena traía a la enana, y le
hacía ejecutar sus ensalmos frente a cada cama, inclusive las vacías. La
enana era una autista iluminada. La traía tomándola por los hombros como
a un triciclo, la enana no parecía ver nada, era un mueble... Era de esos
enanos de cabeza desmesurada... La ponía frente a una cama, a un niño dormido
o demudado... se hacía un gran silencio en la sala... le daba un golpecito
entre los omóplatos y la enana bisbiseaba un ave maría con raros movimientos
de los bracitos...
-¡La Madre Corita los salvará, no los médicos! -tronaba Ana Módena.
El pasaje de la enana era como un cometa... Todo se hacía automático...
Era la cura a ciegas: bendecía las camas ocupadas como las vacías... La
religión entraba al mundo de la enfermedad, clandestinamente. Por otra parte,
era un secreto a voces, y la primera salvedad que oponían las madres con
ínfulas de decencia científica a los desvaríos de esa bestia... pero bastaba
una reticencia del doctor, una recaída, un vómito, y ahí eran los Tráigame
a la enanita, se lo ruego, señora, que me salve a mi ángel... Hipócritas.
Y ella, austera: La Virgen salva, no la enana... Tráigame a la enanita,
o me muero...
La Madre Corita era la verdadera consistencia del Hospital; la enfermera
era apenas su representante. La enana impedía que el Hospital estallara
en mil pedazos... y mi cuerpo hiciera lo mismo... la cabeza al norte, las
piernas al sur, un brazo, un dedo... La fe en la enana era la coherencia...
por ella corría el líquido de la vida, por el tubo, del brazo a la nariz...
Pero había que creer. Había que simular no creer, y en realidad creer.
Entonces se me ocurrió que yo... podía llegar a un punto, en mis desmembramientos...
en que no creyera en la enana. ¡Yo! ¡Justo yo, que creía en todo! ¡Y que
dependía de que la creencia se sostuviera como un todo! ¡Yo la hipnotizada!
¿Y si la enana fuera un simulacro? ¿Si yo no podía creer en ella? ¿Acaso
no era lo mismo que me pasaba a mí? ¿No era yo una imposibilidad objetiva
de creer? ¿Qué le impedía a la enana ser como yo? O, mucho peor, ¿por qué
no iba a ser yo una especie de enana, una emanación de la enana...?
Necesitaba una confirmación. Quise arrancársela a Ana Módena... Quise ir
al fondo. Y así fue que una mañana, cuando la tuve a tiro...
-Soñé con una enana.
-¿Qué?
-Que soñé con una enana.
-¿Qué? ¿Cuál?
La había desconcertado.
-Soñé con una enana que tenía una espina clavada en el corazón.
-¡¿Pero cuál enana?!
-Una enana... una enanana... nuena naana...
"Cuál" estaba fuera de cuestión... Mi maniobra consistía en darle a entender
que yo tenía algo "difícil" que expresar. Debía recurrir a lo indirecto,
a la alegoría, a la ficción lisa y llana. Y ella se veía arrastrada a lo
mismo, a investigar esa sutileza... que se le escapaba... Y entonces empecé
a mentir con la verdad (y viceversa) no sé cómo... A mí también se me escapaba...
Mis estrategias se me morían en las manos... pero resucitaban agigantadas...
En la desesperación de hacerse entender en una materia indócil por un niñita
completamente entontecida por la miseria física, Ana Módena empezó a ayudarse
con gestos... el gesto tomaba la delantera... Era una mujer precipitada,
sin método: cayó en la trampa de la intuición que vuela a oscuras y da en
el blanco antes de que el entendimiento pueda empezar a hacer lo suyo...
Y el apuro, la torpeza, hicieron que todos los gestos se precipitaran unos
sobre otros... por su parte. Por la mía, el desmembramiento me hacía gesticular
en espejo... pero era un vértigo, la acumulación de significados de los
mohines y miradas y entonaciones se hacía excesiva... parecía acercarse
a un límite, a un umbral... se acercaba más y más...
Y en ese momento algo se quebró. Creí que se quebraba no exactamente en
mí, sino entre las dos. Pero no; fue en mí nada más. De ese instante data
una curiosa falla perceptiva mía: no puedo entender la mímica, soy sorda
(o ciega, no sé cómo habría que decirlo) al idioma de los gestos. Me ha
sucedido después presenciar actuaciones de mimos... y mientras los niños
de cuatro años a mi alrededor entienden perfectamente lo que se está representando
y se desternillan de risa, yo no veo más que unos movimientos sin objeto,
una gesticulación abstracta... Qué curioso, ahora que lo pienso, ningún
mimo, ni los mejores, ni el mismo Marcel Marceau (a él lo entiendo menos
que a cualquier otro) ha intentado nunca representar a un enano... Por qué
será. El enano debe de ser lo irrepresentable para los gestos.
5
Por causa de mi enfermedad, empecé la escuela tres meses tarde, en junio.
Todavía no me explico cómo me aceptaron a esa altura del año, cómo me pusieron
entre los alumnos que habían empezado en término. Sobre todo tratándose
de primer grado, del comienzo absoluto de la escolaridad (en mi época no
existía el jardín de infantes), momento tan crucial y delicado. Menos todavía
me explico por qué mamá insistió en hacerme ingresar, por qué se tomó el
trabajo de conseguir que me tomaran, lo que no debe de haber sido fácil.
Seguramente rogó, suplicó, se puso de rodillas. Eso era muy de ella; era
su idea de la maternidad. Habrá pensado que no sabría qué hacer conmigo
un año entero en casa. Pero el trabajo de llevarme a la escuela, irme a
buscar, lavar y planchar los guardapolvos, comprarme los útiles, conseguir
que le prestaran un libro de lectura usado, a la larga habrá hecho parecer
poca cosa el alivio de tenerme ubicada durante las horas de la siesta. Habrá
pensado que lo hacía por mi bien. No se le ocurrió que estar tres meses
atrasada, los tres primeros meses, en primer grado, era excesivo hasta para
mí. En fin. Hay que perdonar, y yo he perdonado. Tres meses no tienen por
qué parecer más que tres meses, tres meses en bruto. Y la pobre mamá tenía
demasiadas preocupaciones en aquel entonces. Claro que a la maestra, a la
directora, es más difícil disculparlas. Quizás ellas estaban demasiado cerca
de la problemática del aprendizaje, como mamá estaba demasiado lejos.
Las primeras semanas pasaron en forma de imágenes puras. El ser humano tiende
a darle sentido a la experiencia mediante la continuidad, lo que sucede
se explica por lo que sucedió antes; no puede sorprender que yo persistiera
en mi reciente acomodación a Ana Módena y siguiera viendo gestos, mímica,
historias sin audio, ante las cuales no podía hacer nada. Nadie me había
explicado el objeto de la escuela, y yo estaba lejos de poder adivinarlo.
Hasta ahí, el problema no me parecía grave. Lo tomaba, y con cierta obstinación,
como un espectáculo, como una volatinería...
El drama empezó después... ¿Por qué será que el drama siempre empieza después
de comenzado? La comedia en cambio, parece empezar antes, antes del comienzo
inclusive. Pero después las perspectivas se invierten... El drama se desencadenó
en mí cuando comprendí que esa escena muda que presenciaba, esa mímica abstracta
de maestra y alumnos, me concernía hasta el tuétano. Era mi historia, no
una ajena. El drama había comenzado en el momento en que pisé la escuela,
y estaba todo frente a mí, entero, intemporal, yo estaba y no estaba en
él, estaba y no participaba, o participaba sólo por mi negativa, como un
agujero en la representación, ¡pero ese agujero era yo! Al menos, y debería
haberlo agradecido, había llegado a entender por qué el audio de la escena
se me escapaba: porque no sabía leer. Mis compañeritos sí sabían. En esos
tres meses habían aprendido, quién sabe por qué milagro, un abismo se había
abierto entre ellos y yo. Un abismo inexplicado, un abismo precisamente
porque era un salto que no admitía descripción, un vacío. Ni ellos, ni mucho
menos yo, ni siquiera la maestra, podía decir cómo habían aprendido, en
qué momento exacto. Era algo que había sucedido, y basta. Para la maestra
(que tenía cuarenta años de experiencia en primer grado) era rutina: pasaba
todos los años, había desarrollado una ceguera localizada.
El telón se levantó para mí un día, en el baño de varones de la escuela...
Pero debo explicar algunas circunstancias, sin las cuales esta anécdota
resultaría oscura.
Vivíamos en las afueras de Rosario, en un área modesta, y el distrito escolar
correspondiente abarcaba una mayoría de niños de baja extracción social,
de hogares que muchas veces bordeaban la miseria, o pertenecían de pleno
derecho a ella. En aquel entonces los ahora llamados marginales asistían
a la escuela, por lo menos a los primeros grados. Además, no existían gabinetes
psicopedagógicos, ni escuelas diferenciales... El clima era muy bárbaro,
muy salvaje, muy "struggle for life". Las peleas eran sangrientas, literalmente.
El vocabulario que las acompañaba, brutal. Yo sabía lo que eran las malas
palabras, inclusive sabía cuáles eran, pero por algún motivo nunca les había
prestado mucha atención. Tenía algo así como un segundo oído para captarlas,
y para trasladarlas a otro nivel de percepción. Había terminado por hacerme
la idea de que tenían un sentido en bloque, un sentido-acción, y no estaba
lejos de la realidad. Una sola cosa-particular había salido de ese bloque.
En general entre mis compañeros varones se pasaba de las palabras a los
hechos cuando uno decía de pronto, ante la nebulosa (para mí) de malas palabras:
"insultó a la madre".
En sí, ese detalle no presentaba dificultades para mí, porque estaba de
acuerdo en que la madre era sagrada, y había notado que en el flujo de malas
palabras solía estar la palabra "madre": creo que si me lo hubiera propuesto
habría podido repetir la frase completa, de tanto que la había oído: "la
puta madre que te parió". Ahora bien, salvo esa palabra central, el resto
eran para mí sonidos sin significado. Yo era distraída a un grado difícil
de concebir. Era distraída no porque me faltara inteligencia, sino porque
no me importaban las cosas. La paradoja aquí era inmensa: porque a mí todo
me importaba, todo me era montañas, ése era mi problema más que ningún otro...
Era como si me faltara interés, pero yo sabía que era lo contrario. Este
caso es un ejemplo. Yo debía de haber notado que a veces se decía "insultó
a la madre" sin que la palabra "madre" hubiera sido pronunciada, pero lo
había dejado pasar, y en retrospectiva, en bloque, pensaba cómodamente que
sí se había dicho "madre" y que a mí se me había escapado. Una vez, sin
embargo, no tuve más remedio que notar que no era así. Hubo una pelea en
un recreo, cerca del molino que había al fondo del patio. En las peleas,
todos iban a ver, se formaban unos círculos multitudinarios: eso hacía que
nunca pasaran desapercibidas. Entonces alguna maestra acudía a interrumpir
el box silvestre. Pero no cualquiera; había un grupito de maestras "bravas"
que se atrevían (porque no era poca cosa, ir a meterse al avispero), sobre
todo una, machona, enérgica. Fue ésta la que vino. Los contendientes, dos
chicos de tercero, estaban cubiertos de sangre, los guardapolvos desgarrados,
locos de excitación. La maestra los separó, no sin trabajo. Uno, el más
grande, se retrajo entre su barra de amigos. El otro se largó a llorar a
gritos. Le había dado ese hipo de llanto... ¡Si lo conocería yo! La maestra
pedía explicaciones a los gritos pero él no podía hablar. Era como si la
pelea todavía persistiera en su corazón. Tan patético resultaba que la maestra
lo abrazó y lo apretó contra su pecho. Adivinaba la explicación, que efectivamente
salió entre sollozos turbulentos: "me insultó a la madre". Ella lo calmaba,
lo apretaba... Es que esa clase de maestras, las bravas, podían entender
eso, después de todo era el mismo mundo en que vivían ellas. El otro miraba
de lejos, entre sus amigos, los ojos llameantes de furia y resentimiento...
Y yo mientras tanto, sentía resonar por primera vez la nota de una perplejidad
sin límites: ¿madre? ¿qué madre? ¿de qué estaba hablando? ¿Por qué todos
parecían darle la razón?
Yo había presenciado la riña desde el primer momento, estaba segura de no
haberme perdido nada, y sabía que la palabra "madre" no se había pronunciado
en ningún momento. Las otras sí, pero ésa no. Era tan obvio que no tuve
más remedio que convencerme de que la madre estaba implícita. Y habiendo
tantas cosas aptas para intrigarme, ésta lo hizo más que cualquier otra,
y no pude sacármela de la cabeza.
Pues bien, un día en medio de la clase le pedí permiso a la maestra para
ir al baño. Lo hacía siempre, y lo hacían todos. Yo, y supongo que con los
demás pasaba lo mismo, ni tenía ganas ni calculaba el momento de pedir permiso.
Era un súbito. El único triunfo pleno que puedo recordar de mi infancia.
Para la maestra, ver la manito levantada, adivinar de qué se trataba (porque
nunca era algo que valiera la pena, por ejemplo preguntarle en qué casos
se usaba la b y en cuáles la v) y estallar, era todo uno: ¡Vaya! ¡Pero es
el último! ¡El último! Y el que había tenido la brillante inspiración de
pedir en aquel momento, en aquel momento que se revelaba como el último,
salía corriendo loco de felicidad bajo las miradas de odio y amargura de
todos los demás, que se sentían excluidos para siempre, sentían perdida
la oportunidad... Pero la oportunidad se repetía, idéntica, y era consumada,
cuatro o cinco veces cada hora de clase. Siempre la vivíamos como un absoluto,
y la maestra repetía siempre su ultimátum, aunque nunca negaba el permiso,
porque las maestras de primer grado vivían con el terror, el único efectivo
en ellas, de que alguno se hiciera encima. Pero no lo sabíamos. Cosas de
chicos. Lo que me asombra es que yo haya entrado tan bien en el juego. Más
propio de mí, mucho más, habría sido aguantar hasta que se me reventara
la vejiga. Pero no. Pedía sin ganas, como todos los demás. En eso me ponía
a la altura de mi generación.
Había una coincidencia mágicamente repetida que quizás explique esta incongruencia
de mi carácter. Cada vez que yo pedía ir al baño, dos o tres veces por día,
en cualquier momento casual que caía del cielo, y atravesaba el patio desierto,
otro chico también lo hacía, un chico de otro grado, no sé de cuál. Habíamos
terminado por hacernos amigos. Se llamaba Farías. ¿O Quiroga? Ahora que
quiero acordarme, se me mezclan los nombres. Quizás eran dos.
Esta vez, no faltó a la cita, que jamás habíamos soñado en concertar. Las
paredes gris oscuro del baño estaban cubiertas de grafittis. Los chicos
robaban tizas todo el tiempo para escribir ahí. Yo nunca les había dedicado
sino la más distraída de las miradas.
Farías me señaló una de las escrituras, grande y reciente. Cuando pasaban
unos días en la pared, los vapores amoniacales fortísimos del baño degradaban
la tiza; ésta debía de ser del día, porque las letras brillaban de tan blancas,
eran letras de imprenta, furiosamente legibles, aunque no para mí; yo veía
sólo palos horizontales y verticales en una combinación disparatada. Hasta
ese momento había creído que los grafittis del baño eran dibujos, dibujos
incomprensibles, runas o jeroglíficos. Farías esperó a que yo lo "leyera",
y después se rió. Yo me reí con él, sinceramente. ¡Qué dibujo gracioso!
De veras me causaba gracia. ¡Qué idea!, pensé: ¡Dibujos incomprensibles!
Pero algo me retuvo de comentarlo en voz alta; mi hipocresía tenía repliegues
que a mí misma se me escapaban. Farías sí hizo un comentario, sobrador,
alusivo... No recuerdo qué dijo. Era algo sobre la madre. Eso me bastó,
para mi desgracia. Comprendí, y fue como si el mundo se me cayera encima.
Lo que comprendí fue qué significaba leer. ¡La madre estaba implicada ahí
también! Lo que yo había tomado por dibujos, por una especie de álgebra
rebuscada en la que se especializaban las maestras por motivos que no me
incumbían, significaba en realidad lo que se decía, lo que podía decirse
en todas partes, lo que yo misma decía. ¡Había creído que era cosa de la
escuela, y era cosa del mundo! Eran las palabras, era el enmudecimiento
de las palabras, la mímica, el proceso por el que las palabras se significaban...
Comprendí que yo no sabía leer, y que los demás sí sabían. De eso se trataba,
todo lo que había estado sufriendo sin saberlo. La magnitud del desastre
se me reveló en un instante. No es que yo fuera muy inteligente, muy clarividente;
eso se entendía en mí sin que yo pusiera casi ni da de mi parte, y ahí estaba
lo más horrible. Me quedé clavada frente a la inscripción, mirándola como
si me hipnotizara. No sé qué pensé, qué resolví... quizás nada. Lo que recuerdo
a continuación fue que en mi pupitre donde vegetaba tarde tras tarde abrí
el cuaderno todavía en blanco, tomé el lápiz que todavía no había usado,
y reproduje de memoria aquella inscripción, raya por raya, sin saber qué
era eso pero sin equivocarme en un solo trazo:
LACONCHASALISTESPUTAREPARIO
Debo decir que Farías no lo había leído en voz alta, así que yo no sabía
a qué sonidos correspondían esos dibujos. Pero mientras lo escribía, lo
sabía. Es que saber nunca es un bloque. Se sabe parcialmente. Por ejemplo
yo sabía que eran malas palabras, que era una nebulosa, que la madre estaba
en cierto nivel de implicación, sabía de las violencias, de las peleas,
del insulto a la madre, la furia, la sangre, el llanto... Otras cosas las
ignoraba, pero estaban tan inextricablemente mezcladas con las que sabía
que no habría podido discernirlas. De hecho, en este caso particular había
cosas que yo ignoraría mucho tiempo más. Hasta los catorce años creí que
los niños nacían por el ombligo. Y el modo en que me enteré de que no era
así, a los catorce años, fue muy peculiar. Yo estaba leyendo en una Selecciones
un artículo sobre educación sexual, y en un párrafo donde se hablaba de
la ignorancia en que se mantenía a las niñas japonesas, encontré este ejemplo
de enormidad: una joven japonesa de catorce años manifestó creer que los
niños nacían por el ombligo. Era exactamente lo que creía yo, una joven
argentina de catorce años. Salvo que desde ese instante sabía que no era
así. Y no sé si con razón o sin ella, compadecí a la japonesita.
Aquel día, cuando volví a casa, no veía el momento de que mamá viera lo
que había escrito. Pero no lo veía no tanto por anhelo como por terror.
Sabía que pasaría algo terrible, pero no sabía qué. No saqué el cuaderno
de la cartera, no se lo mostré a mamá. Ella fue a sacarlo y lo miró. Quién
sabe por qué lo hizo; después de los primeros días, al comprobar que mi
cuaderno volvía siempre en blanco, no lo había tocado en semanas. Quién
sabe qué señal le mandé. Al leerlo gritó y se demudó. Siguió protestando
todo el día, con la idea fija. Ese pequeño cartel le vino de perillas, porque
desencadenó su espíritu combativo, que lo tenía y que los acontecimientos
recientes habían tenido refrenado. Le dio aire. Al día siguiente entró conmigo
a la escuela y tuvo una conferencia de una hora en la dirección con mi maestra.
Me hicieron comparecer, pero por supuesto no me sacaron una palabra. Ni
la necesitaban. Desde la galería abierta donde me quedé (del grado se había
hecho cargo la Secretaria mientras duraba la reunión) oí los gritos de mamá,
los insultos feroces con que cubría a la maestra, sus argumentos implacables
(basados en que yo no sabía leer). Fue uno de los escándalos memorables
de la Escuela 22 de Rosario. Al fin, poco antes de que sonara la campana,
la maestra salió de la dirección y se metió en el grado, que era el primero
de la galería. Al pasar a mi lado ni me miró ni me invitó a seguirla: de
hecho, no volvió a dirigirme la palabra ni la mirada en todo el año. Durante
el recreo, mamá se fue: entre la barahúnda de chicos y maestras no la vi
salir. Cuando volvió a sonar la campana, me metí en el aula como siempre
y me senté en mi banco. La maestra se había recuperado un poco, no mucho.
Tenía los ojos enrojecidos, estaba terrible. Para variar, se hizo un silencio
de muerte. Los treinta pares de ojos infantiles se clavaban en ella. Estaba
de pie frente al pizarrón. Quiso hablar, y le salió un cuac quebrado. Ahogó
un sollozo. Con movimientos bruscos, de maniquí, dio un paso adelante y
acarició la cabeza de un niño sentado en un banco de adelante. Quiso poner
mucha ternura en el gesto, y estoy segura de que de veras la tenía, quizás
nunca en su vida había tenido más ternura en su corazón, pero sus movimientos
eran tan rígidos que el chico se echó atrás asustado. Ella no lo notó y
le acarició igual la cabecita piojosa. Lo mismo a otro, y a un tercero.
Aspiró fuerte, y habló al fin:
-Yo digo siempre la verdad. Yo verdo siempre la digo. Yo niños. Yo soy la
verdad y la vida. Yo vido. La verda. La niños. Soy la segunda mamá. La mamunda
segú. Yo los quiero a todos por igual. Yo los igualo a todos por mamá. Les
digo la verdad por amor. La amad por verdor. La mamá por mamor. ¡Por segunda
verdanda! ¡A todos! ¡A todos! Pero hay uno... Uro hay peno... Uy ay pey...
La voz se le quebraba, demasiado aguda. Levantó el índice, vertical. Fue
el único gesto que hizo en ese discurso memorable... El dedo estaba firme
y ella era un temblor general; a continuación, y al mismo tiempo, el dedo
temblaba y toda ella estaba firme como un metal... Las lágrimas le corrían
por la mejilla. Continuó, tras la pausa:
-El niño Aira... Está entre ustedes, y parece igual que ustedes. Quizás
ni lo han notado, tan insignificante es. Pero está. No se confundan. Yo
les digo siempre la verda, la sunda, la guala. Ustedes son niños buenos,
inteligentes, cariñosos. Los que se portan mal son buenos, los repetidores
son inteligentes, los peleadores son cariñosos. Ustedes son normales, son
iguales, porque tienen segunda mamá. Aira es tarado. Parece igual, pero
igual es tarado. Es un monstruo. No tiene segunda mamá. Es un inmoral. Quiere
verme muerta. Quiere asesinarme. ¡Pero no lo va a lograr! Porque ustedes
van a protegerme. ¿No es cierto que van a protegerme del monstruo? ¿No es
cierto...? Digan...
-…
-Digan "sí señorita".
-¡Sí señorita!
-¡Más fuerte!
-¡¡Síí seeñooriitaa!
-Digan "ñi sisorita".
-¡Ri soñonita!
-¡Más fuerte!
-¡ ¡Ñoorriiñeesiireetiitaa!!
-¡¡Mááás fueeerteee!!
-¡ ¡Ñiiitiiiseetaaasaaañoooteeeriiitaaa!!
-Mmmuy bien, mmmuybien. Protejan a su maestra, que tiene cuarenta años de
docencia. La maestra se va a morir en cualquier momento y después va a ser
tarde para llorarla. El asesino la mata. Pero no importa. No lo digo por
mí, que ya viví mi vida. Cuarenta años en primer grado. La primera segunda
mamá. Lo digo por ustedes. Porque a ustedes también quiere matarlos. A mí
no. A ustedes. Pero no tengan temor, que la maestra los protege. Hay que
tener cuidado, de la yarará, de la araña pollito y del perro rabioso. Pero
de Aira más. Aira es mil veces peor. ¡Tengan cuidado con Aira! ¡No se acerquen
a él! ¡No le hablen, no lo miren! Hagan como si no existiera. A mí ya me
había parecido que era tarado, pero no sé... nnno sé... Nnno me daba cuenta...
¡Ahora sí me di cuenta! ¡No se ensucien con él! ¡No se enfermen con él!
No le den ni la hora. No respiren cuando él está cerca, si es necesario
muéranse de asfixia pero no le den bolilla. ¡El monstruo mata! Y sus mamas
van a llorar si ustedes mueren. Me van a querer echar la culpa a mí, yo
las conozco. Pero si se cuidan del monstruo no va a pasar nada. Hagan como
si no existiera, como si no estuviera aquí. Si no le hablan ni lo miran,
es inofensivo. La señorita los protege. La señorita es la segunda mamá.
La señorita los quiere. La señorita soy yo. Yo digo siempre la verdad...
Así siguió un buen rato. En cierto punto empezó a repetir, y repitió todo
lo que había dicho, como un grabador. Yo veía a través de ella. Veía el
pizarrón donde ella misma había escrito: Zulema, zapato, zorro... con su
caligrafía perfecta... La letra era lo más lindo que tenía. Y ya había llegado
a la zeta... Yo la encontraba alterada, pero no me parecía que estuviera
diciendo barbaridades. Todo me parecía transparente de tan real, y leía
las palabras en el pizarrón... Leía... Porque ese día aprendí.
6
A todo esto, papá estaba preso por lo del heladero. Una tarde mamá me llevó
a visitarlo. Era lógico, porque yo había estado en el centro de la desgracia,
en el nudo. Ellos dos me culpaban y no me culpaban. No podían culparme,
habría sido demasiado injusto, y al mismo tiempo no podían no culparme,
porque todo había salido de mí. Y yo a mi vez podía y no podía culparlos
de estos sentimientos. Sea como sea, uno de ellos, o los dos, habían decidido
que era buena política llevarme a la hora de visita. Para dar imagen de
familia y todo eso. Qué ingenuos eran. La cárcel de encausados de Rosario
estaba lejos de casa, al otro lado de la ciudad. Tomamos un colectivo. En
la mitad del viaje a mí me dio un ataque de angustia, sin motivo, y me largué
a llorar. Se levantaba el telón de mi teatro íntimo. Mamá me miró sin asombro.
Digo bien: sin.
-¿Se puede saber qué te pasa?
Yo no tenía nada muy preciso que decir, pero me salió algo totalmente inesperado,
para ella y para mí también:
-¿Adonde está mi papá?
¡La voz que puse! Fue un graznido... Pero cristalino, sin nada de balbuceo.
Mamá echó una mirada alrededor. El colectivo estaba atestado, y los que
nos rodeaban se habían puesto a mirarnos, alertados por mi llanto. No atinó
a decir nada.
-¿Adonde está mi papá? -Empecé a levantar la voz.
Pobre mamá. Habría tenido motivos para pensar que se lo hacía a propósito.
-Ahora lo vas a ver -dijo sin comprometerse. Trató de cambiar de tema, de
distraerme: -Mirá qué lindas flores.
Pasábamos frente a una casa con soberbios parterres en el jardín delantero.
-¿Está muerto?
Yo estaba lanzada. Los pasajeros del colectivo ya habían entrado en la historia,
lo que me excitó fuera de toda medida. Porque yo era la dueña de la historia.
Mamá me pasó un brazo por los hombros, me acercó a ella.
-No, no. Ya te dije -susurró bajando la voz a un nivel casi inaudible.
-¿Qué? -chillé.
-Shh...
-¡No te oigo, mamá! -grité sacudiendo la cabeza, como si temiera que la
incertidumbre por mi papá me estuviera volviendo sorda. No tuvo más remedio
que hablar alto:
-Ahora lo vas a ver.
-Sí, lo voy a ver. ¿Pero muerto?
-No. Vivo.
Yo palpaba el interés de la gente. El paisaje urbano se deslizaba por los
vidrios de las ventanillas como un accesorio olvidado.
-Mamá, ¿adonde está papá? ¿Por qué no viene a casa?
Le di a esta pregunta una entonación que significaba: "no me mientas más.
Portémonos como personas adultas. Tengo seis años, aparento tres, pero tengo
derecho a la verdad."
Mamá me había dicho toda la verdad. Yo sabía que estaba preso, esperando
el veredicto de ocho años por homicidio. Lo sabía todo. Estas dudas intempestivas
mías no tenían razón de ser, como no fuera hacerle contar la historia para
beneficio de unos perfectos desconocidos. Ella no podía creer (y yo tampoco)
que su hija fuera capaz de una traición tan idiota. Pero la angustia que
yo estaba desplegando en el colectivo era demasiado real. Como siempre,
me las arreglaba para confundirla. Era fácil: no tenía más que confundirme
a mí misma.
-Está enfermo -me dijo, otra vez inaudible, en un susurro-. Por eso vamos
a visitarlo.
-¡¿Enfermo?! ¿Se va a morir? ¿Como la abuelita?
Una de mis abuelas había muerto antes de nacer yo. La otra gozaba de buena
salud, en Pringles. Nunca se hablaba de "abuelita" en casa. Era un detalle
que incluí para dar verosimilitud a la escena.
-No. Se va a curar. Como vos. ¿No estuviste enfermo y te curaste?
-¿Le hizo mal el helado?
Así seguí hasta que llegamos, mamá todo el tiempo tratando de hacerme callar,
yo alzando la voz hasta hacer un verdadero escándalo. Cuando bajamos, no
me dijo nada, no me pidió explicaciones. Yo sentí que mi teatro había terminado,
había terminado mal, y ella estaba avergonzada de mí.... La angustia se
multiplicó, y volví a llorar, con muchísimo más ahínco que antes. Lo lógico
habría sido que se detuviera en la plaza, que esperáramos sentadas en un
banco hasta que se me pasara. Pero mamá estaba cansada, harta de mí y de
mis trucos, y enfiló directamente a la cárcel. Mis ojos se secaron. No quería
que papá me viera llorosa.
Era la hora de visitas, por supuesto. Hicimos la cola, una señora que me
pareció bastante amable nos palpó, revisó la bolsita de red con comida que
traía mamá y nos dejó pasar. Ya estábamos en el patio de visitas. Papá se
hizo esperar un rato. Mamá, pensativa y sola (no hablaba con las otras mujeres)
me dejó en libertad para explorar.
El patio estaba rodeado de entradas y salidas. No daba impresión de hermetismo
como debería haberse esperado. Es inevitable que uno se haga una idea romántica
de una cárcel, aunque, como era mi caso, yo no supiera lo que era el romanticismo.
Ni una cárcel, para ser sincera. Ésta daba una sensación de realismo acentuada
y destructora; las ideas previas, aunque no las hubiera tenido, caían.
Me dirigí a una puerta, atraída como por un imán. Noté con un trasfondo
de conciencia que había otros chicos en el patio, todos de la mano de sus
madres. Un fuerte sol de otoño volvía blancas las superficies. Era una hora
algo adormecida. Me sentí invisible.
Lo que más se acercaba a la cárcel en mi experiencia era el hospital. En
ambos casos se trataba de encierros prolongados. Pero había una diferencia.
Del hospital no se podía salir por una causa interna: el paciente, como
yo había demostrado, estaba imposibilitado de moverse. De la cárcel en cambio
no se podía salir por otro motivo. No sabía bien cuál: la fuerza era un
concepto todavía confuso para mí. Me hice una idea mixta, cárcel-hospital.
Había un invisible que se trasladaba de uno a otro. El desvanecimiento de
la enfermedad, y una transferencia al prójimo de la conciencia enferma...
Era el plan de evasión perfecto. Quizás papá podría volver a casa con nosotras...
En este edificio demasiado realista, yo irradiaba mi magia... Si papá estaba
aquí por mi culpa...
Pero mi magia empezó actuando sobre mí: una ensoñación melancólica transportó
de pronto mi alma a una región muy lejana. ¿Por qué yo no tenía muñecas?
¿Por qué era la única niña del mundo que no tenía una sola muñeca? Tenía
un papá preso... y no tenía una muñeca que me hiciera compañía. Nunca la
había tenido, y no sabía por qué. No por pobreza o avaricia de mis padres
(eso nunca es obstáculo para un niño), sino por otra razón misteriosa...
Dentro del misterio, empero, la pobreza era una razón. Y ahora lo iba a
ser más. Ahora íbamos a ser pobres de verdad, mamá y yo, abandonadas, solas.
Por eso mismo, la muñeca se me presentó como un deseo agudo, doloroso. Con
mi habitual estilo dramático, me dejé invadir por un discurso nostálgico,
lleno de variaciones. La muñeca había desaparecido para siempre, antes de
que yo aprendiera las palabras con las que pedirla, y dejaba un hueco aspirante
en el centro de mis frases... Me vi como una muñeca perdida, arrumbada,
sin niña...
Eso era yo. La niña que no era. Viva, estaba muerta. Si yo estuviera muerta,
papá estaría en libertad. Los jueces se habrían compadecido del padre que
se cobraba vida por vida, sobre todo si una vida era la de su hija adorada,
y la otra la de un completo desconocido. Pero yo había sobrevivido. Yo me
conocía. No era la misma de antes. No sabía cómo ni por qué, pero no era
la misma. Por lo pronto, mi memoria había quedado en blanco. Antes del incidente
en la heladería, no recordaba nada. Quizás tampoco eso lo recordaba bien.
Quizás se había hecho en realidad un trueque de vidas: la del heladero por
la mía. Yo había empezado a vivir con su muerte. Por eso me sentía muerta,
muerta e invisible...
Cuando esta reflexión cesó, estaba en otro lugar. En un interior. ¿Cómo
había llegado ahí? ¿Dónde estaba papá? Esta última pregunta fue la que me
despertó. Me despertó porque se parecía tanto a mis sueños. Estaba sola,
abandonada, invisible...
O había subido una escalera sin darme cuenta, o, más probable, el edificio
tenía sótanos reformados. Porque, al extremo de un pasillo solitario que
recorrí volviéndome noventa grados con la intención de regresar al patio
y abrazar a mi papá, me encontré en una suerte de plataforma que colgaba
sobre un recinto cuadrado, dividido por rejas a la mitad. No sin alarma,
creí haber llegado demasiado lejos. Buscando la salida, con la desesperación
que tan bien conozco, cometí el error que me faltaba: desconfié de volver
sobre mis pasos, y entonces me metí por el primer agujero que encontré,
un agujero situado en la pared, donde debían de estar haciendo algunas reformas;
era un hoyo, casi una grieta, de cuarenta centímetros de alto y veinte de
ancho como mucho, a la altura del zócalo. Lo vi como el atajo perfecto para
volver al punto de partida. Fui a parar a una especie de cornisa a diez
metros del piso. Me deslicé por ella pegada a la pared (le tenía terror
a la altura). El techo estaba cerca. De lo que había abajo, como no me acerqué
al borde irregular, sólo vi un pasillo. Además, estaba bastante oscuro.
La cornisa, que en realidad era el resto de un cielo raso de yeso, terminaba
en un cubículo en el que me metí. Era un tragaluz. Un espacio de un metro
por un metro, y las paredes de dos o tres metros de alto; arriba, un cuadrado
de cielo. En las cuatro paredes, a la altura de mis pies, cuatro ranuras
que daban a profundos cuartos en sombras. Una vez ahí adentro, me quedé
quieta. Me senté en el piso. Pensé: voy a pasar toda la noche aquí. Eran
las cuatro de la tarde, pero para mí había empezado la noche. No podía avanzar
más porque ese lugar no tenía salida. Y no se me ocurrió volver... En esto
último era coherente. La actitud de mis padres para conmigo tenía siempre
el fondo de "esta vez has ido demasiado lejos". Nunca era de "has vuelto
desde demasiado lejos", seguramente porque de ahí no se volvía.
Tanto como para ocupar el tiempo, y acallar otras preocupaciones, pensé
en papá. Lo multipliqué por todos los hombres que había allí adentro, los
hombres desesperados, los expulsados de la sociedad, que no podían abrazar
a sus hijos... Y yo allá arriba, planeando inmóvil sobre todos ellos...
Yo era el ángel. Eso no podía asombrarme. Todas las peripecias que habían
sucedido, desde el comienzo, desde el momento en que probé el helado de
frutilla, me conducían a ese punto supremo, a ser el ángel... El ángel de
la guarda de todos los criminales, de los ladrones, de los asesinos...
Todos los hombres presos eran mi papá. Y yo lo amaba. Si antes, al estar
en sus brazos, al ir de su mano, había creído amarlo, ahora sabía que el
amor era más, mucho más, que eso. Había que ser el ángel de la guarda de
todos los hombres desesperados para saber qué era el amor.
Fue una experiencia mística, que duró muchas horas. La experiencia de la
contigüidad absoluta con el hombre, que sólo puede vivir su ángel. Ni siquiera
la falta de alas pudo sacarme de mi idea. Al contrario: con alas yo habría
podido marcharme, por ese cuadrado de cielo que veía encima.
Fue, como digo, un episodio prolongado. Duró toda la tarde y toda la noche.
Me encontraron a las diez de la mañana siguiente. La busca a que dio lugar
mi desaparición, la viví como una fantasía en ausencia (yo sabía a qué atenerme).
Inclusive oí voces que me llamaban; las oí sonar por altavoces: "el niño
César Aira..." "el niño César Aira..." Eso ya no era una fantasía, una reconstrucción
mental. Eran voces a las que debía responder. Y a las que quería responder,
decir por ejemplo "aquí estoy, socorro, no sé cómo bajar". Pero no podía.
En la impotencia, me adelantaba a los hechos. Inventaba una escena en la
que yo le explicaba al director de la prisión lo que había pasado en realidad:
"fue mi papá. Él me atrapó y me llevó a un lugar... me escondió para usarme
como rehén en la fuga que planea con sus cómplices"... Todo eso se me podía
perdonar, el mismo papá podía perdonarme, considerando mi inocencia, mi
carácter, mis temores... Aun así, por puro lujo de conciencia, lo mejoraba:
"pero mi papá lo hizo obligado, por el Rey de los Criminales, él nunca le
haría eso a su propia hija..." Y temiendo que el Director se hiciera una
idea errónea, aclaraba: "Pero mi papá no es ese Rey..." Me embarcaba en
lo complicado de la mentira. El mentiroso experimentado sabe que la clave
del éxito está en fingir bien la ignorancia de ciertas cosas. Por ejemplo
de las consecuencias de lo que está diciendo. Es como hacer que sean los
otros los que inventen. "Eso sí, no oí a papá hablar del Rey... eran los
otros los que hablaban de él, con miedo, con reverencia... A papá lo llamaban...
Su Jamestad... No sé por qué, mi papá se llama Tomás..." El director de
la cárcel caería en la celada. Pensaría: es demasiado complicado para no
ser cierto. Siempre tenían que pensar lo mismo, es la regla de oro de la
ficción. Me creería plenamente. Papá, no; papá conocía mis trucos, él era
mis trucos... Lo sabría, y me lo perdonaría, así le costase diez años más
de cárcel... No eran exactamente las reflexiones de un ángel. El altavoz
(ya era de noche, las estrellas brillaban en el cielo) barría la cárcel
llamándome: "salí de tu escondite, César, tu mamá te está esperando para
llevarte a tu casa..." Voces de mujer, de las asistentes sociales... La
voz de la misma mamá... inclusive creí oír, con una dolorosa palpitación,
la voz adorada de papá, que hacía tantos meses que no oía, y ahí sí habría
deseado tener alas, precipitarme... Pero no podía. Ésa era la sensación
más repetida de mi vida, tanto que era mi vida misma, yo no tenía más vida
que ésa: oír una voz, entender las órdenes que me daba esa voz, querer obedecer,
y no poder... Porque la realidad, que era el único campo en el que habría
podido actuar, se separaba de mí a la velocidad de mi deseo de entrar a
ella...
En este caso, y quizás también en todos los otros, tuve el maravilloso consuelo
de saberme un ángel. Eso transformaba la situación, la volvía un sueño,
pero como realidad. Era una transformación de la realidad. Los crueles delirios
que había sufrido durante la fiebre eran una transformación, pero de signo
opuesto. El sueño real era la forma de la realidad como felicidad, como
paraíso. En el mismo movimiento la realidad se hacía delirio o sueño, pero
el sueño también se hacía sueño, y eso era el ángel, o la realidad.
[EN PROTECCION DE LOS DERECHOS DE AUTOR FINALIZA EL FRAGMENTO DE COMO ME HICE MONJA]
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