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NOTAS EN ESTA SECCION
Entrevista a César Aira por Carlos Alfieri, 2004 |
Parecidos
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Entrevista Lateral (España) 2004
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Nació en Coronel
Pringles, Argentina, en 1949. Desde 1967 reside en Buenos Aires. Ha dictado
cursos en la Universidad de Buenos Aires y en la de Rosario), y ha traducido
y editado en Francia, Inglaterra, Italia, Brasil, España, México y Venezuela.
Este escritor que se define a sí mismo como «Un francotirador que practica
un oficio íntimo, secreto y clandestino», es uno de los autores más prolíficos
de su país, su labor literaria la ha realizado en prácticamente todos los
campos, de modo que ha trabajado como traductor, novelista, dramaturgo,
periodista y ensayista. Su obra está marcada por la originalidad, la subversión
y la capacidad de sorpresa. Las de este escritor argentino son historias
cortas en las que la realidad se ve atravesada por la presencia de lo insólito,
en las que sin casi notarse lo sorprendente llega a convivir con lo habitual.
Cada novela es para él un reto, un espacio para la experimentación, para
lanzarse sin red a un nuevo precipicio, aun a sabiendas de que en un momento
dado pueda estrellarse. Como ha indicado Leonardo Moledo: "En la literatura
argentina, Aira goza del raro privilegio de crear belleza, a la manera de
Oscar Wilde o de Fellini. Fabricar objetos exóticos, que una vez en el aire
se tornan necesarios e inevitables." (www.escritores.org)
César Aira: "El mejor Cortázar es un mal Borges" [2004]
El escritor César Aira no sólo vapulea al autor de "Rayuela" al dar cuenta
de sus preferencias en la literatura argentina. Le cae a Sabato, a Piglia,
a Saer y a todo aquel que "pose de escritor serio". Cuenta que todos sus
libros son experimentos, habla de su trabajo con la escritura y dice que
su trío tutelar se integra con Manuel
Puig, Alejandra Pizarnik y Osvaldo Lamborghini.
Por Carlos Alfieri
Poseedor de una imaginación delirante, desestructurador de modelos y certezas
narrativas, Aira se especializa en mezclar los más disímiles materiales
estéticos, en entrecruzar los más inesperados planos de significación. Sus
textos toman los atajos más disparatados, parecen derrumbarse en el momento
en que reanudan más decididamente su marcha, pero siempre se intuyen conducidas
por una especie de canon secreto. Aira es un escritor de prodigiosa fecundidad.
La prolija destrucción de lo verosímil, por ejemplo del lenguaje, es uno
de sus métodos para desintegrar toda sombra de realismo. Tomemos por caso
su libro El bautismo: uno de los personajes, el vasco Mariezcurrena, a quien
define como un chacarero bruto, dialoga con el cura acerca de la naturaleza
del viento con la actitud intelectual y el vocabulario de un epistemólogo.
-¿Reconoce esta
manera de disolver la verosimilitud, en este caso a través de la incongruencia
entre discurso y hablante, como uno de sus ingredientes humorísticos preferidos?
-Nunca me gustó eso de hacer hablar como brutos a los brutos... He escrito
novelas de ambiente de indios, por ejemplo, y algunos me reprochan: "Pero
tus indios filosofan, parecen Bergson." Bien, no importa. En el fondo todo
son convenciones literarias. Pero le haría una observación respecto de una
palabra que usó: humor, o humorístico. El humor a mí me sale un poco involuntariamente,
contra mis propósitos.
-Pues le sale con frecuencia y muy eficazmente.
-Sí, y lo he lamentado. No me gusta el humor en la literatura, me parece
peligroso. Cuando tengo ocasión de darles algún consejo a los jóvenes escritores
les digo que traten de evitar el humor. El humor es una de esas vetas del
discurso que van a buscar un efecto. Y si no obtienen ese efecto se abre
un vacío; un vacío patético, como cuando uno cuenta un chiste y nadie se
ríe.
-En sus textos se produce a menudo un deslizamiento paródico hacia un supuesto
discurso científico. Da la impresión de que además de un recurso literario
es de algún modo la expresión de un auténtico interés suyo por la ciencia.
¿Es así?
-No del todo. Creo que mis intereses, los auténticos y los inauténticos
están filtrados por la literatura. Porque el único y definitivo interés
mío ha sido la literatura. Tuve una vocación muy definida desde muy chico
y no me aparté nunca de ella. Lo que no excluye que haya tenido, como todo
el mundo, modas personales, intereses pasajeros por la música, por el cine
en mi juventud o por las artes plásticas. Y dentro del mundo de los libros,
por la historia, por la divulgación científica también. Pero ahora, en mi
madurez, siento que todo pasa y pasa sin pena: no lamento haber perdido
el gusto por alguna cosa. Lo que queda es la literatura.
-En su literatura se multiplican los posibles planos de significación. Su relato "Mil gotas", para tomar un ejemplo, parece ser a la vez un discurso aristotélico sobre forma y materia, una aproximación a la física cuántica, un delirio hilarante sobre la fuga de todas las gotas de óleo que constituyen la Gioconda de Leonardo y una reflexión sobre el verosímil literario y muchas otras cosas. ¿Qué puede comentar al respecto?
-Para empezar,
debo decir que todos mis libros son experimentos. Son pensados como tales,
pero no se trata de experimentos hechos con la seriedad metódica de un científico
sino con la seriedad ametódica de un sabio loco o de un niño que juega al
químico y mezcla dos sustancias para ver qué pasa. Del mismo modo yo mezclo
mis sustancias para ver qué pasa, y yo mismo no sé muy bien qué va a pasar.
Con Mil gotas intenté narrar, dicho muy esquemáticamente, una huida de esas
gotitas que van a todo el mundo pero atraviesan distintos niveles de significación,
de lo literal a lo alegórico, a lo simbólico, o traspasan discursos y dan
una idea de una dispersión verdaderamente multidimensional.
En cuanto a esa simultaneidad que menciona, yo la he notado, porque debe
ser así como funciona mi imaginación. No he tratado deliberadamente que
salga así: sencillamente sale así, y me parece que está bien. Yo trato de
tener un estilo o una prosa lo más llano, simple, transparente posible.
En general nunca he hecho juegos de lenguaje, nunca he cultivado esa sensualidad
de la lengua que algunos críticos alaban tanto en otros escritores.
-Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante...
-Sí, claro, y Lezama Lima... En fin, los escritores cubanos son muy sensuales
con la palabra. En mi caso no, siempre escribo una prosa simplemente informativa,
porque sino se produciría de verdad un caos. Trato de mantener ese mínimo
de cortesía con el lector. Pero mis delirios son un poco confusos, son confusos
para mí mismo y los saco sin mucho orden, sin mucha disciplina para ver
qué pasa, por lo menos trato de mantener esa superficie por la que la lectura
pueda deslizarse tranquilamente.
-Hablábamos antes de los sabios locos. Usted parece haber sido un lector
de cómics y amante de las películas norteamericanas de ciencia ficción de
clase B o C. ¿Le gusta jugar con ingredientes literarios de las fuentes
más disímiles?
-Todo el tiempo. Hay un componente infantil que trato de no perder. En realidad
ese ha sido uno de los pocos aspectos de mi literatura que se me ha reprochado
y criticado seriamente, y con cierta razón. Porque yo he tenido, en general,
una crítica siempre buena, casi he extrañado algún misil, alguna cabeza
nuclear bien dirigida al centro de mi obra. Pero no la han disparado, salvo
las críticas a ese componente no serio. Es decir, se me reprocha que vivimos
tiempos muy graves, muy difíciles, la Argentina pasa por catástrofes inauditas
y yo sigo con mis juguetes, con la fantasía y el delirio.
-¿La puesta en cuestión de lo verosímil es el núcleo de su literatura?
-Sí. Diría que
el verosímil es el centro de todas mis preocupaciones. Buscarlo, lograr
un verosímil que sirva para lo que estoy haciendo. Eso viene con mi método
de escritura: escribo mis novelas casi como diarios íntimos. Empiezo a partir
de una historia, de algo que surge y me parece atractivo, sugerente, o por
lo menos potable, y arranco a ciegas, no sé muy bien hacia dónde va a ir
el texto, porque las ideas son siempre de una escena de comienzo, apenas
de una posibilidad. Y después, voy escribiendo. Como soy muy metódico, escribo
todos los días una paginita a media mañana en algún café de mi barrio. Me
abro a lo que me ha pasado ese día, el día anterior, a cosas que veo por
la televisión, a programas frívolos, a algunas de esas comedias costumbristas.
Por supuesto, también están las lecturas, el cine, las charlas con la familia
y con los amigos. Y el barrio, la gente, las calles. De modo que entran
muchas cosas, y las más raras van directamente a mis novelas. Van, pero
la realidad es imprevisible y lo que puede pasar no lo puedo calcular.
-¿Es justo que lo consideren un escritor posmoderno?
-Bueno, posmoderno es una palabra, y yo siempre digo que las palabras deben
servirnos a nosotros y no nosotros a las palabras. Es decir que cada cual
puede definirla como quiera y usarla conmigo o con quien quiera. Pero yo
no me considero posmoderno en tanto creo haber seguido fiel a la preceptiva
modernista en la que me formé. Mi lema sigue siendo el famoso verso de Baudelaire:
"Ir hacia delante y siempre en busca de lo nuevo." Y sacrificarlo todo por
lo nuevo, ¿no? Y esta actitud no es posmoderna. Creo que el posmodernismo
deshace esa línea hacia delante para erigir una especie de estantería de
supermercado donde está toda la cultura de antes, la de ahora, la de después,
y entonces procede con ellas a formular combinaciones al azar. No es lo
mío.
-¿Cómo se siente ante la figura todopoderosa de Borges?
-Evidentemente, Borges fue casi demasiado grande para la Argentina, y fue
una especie de sombra paterna que ocupó la literatura de todo el siglo XX.
De hecho, creo que mi primera lectura seria, a los 12 o 13 años, fue la
de sus cuentos. Cuando oí hablar por primera vez de Borges, hacia 1961 o
1962, todavía él no había empezado su gran carrera de fama internacional,
pero ya era un clásico argentino y salían sus libros en una serie que se
llamaba Obras Completas, que publicaba Emecé. Como yo insistía en leerlos,
mis padres me los compraron y los leí. No sé si yo era un chico inteligente
o Borges tiene algo que también sabe atrapar a la juventud. Yo era jovencísimo,
pero aun así sentí toda la grandeza, la elegancia, la exquisitez de sus
textos, eso que es casi un veneno porque nos mal acostumbra y después todo
lo demás en literatura parece no estar a su altura. Claro que, como todos
los escritores en Argentina he tenido mis altibajos en relación con Borges.
Tuve una etapa militantemente antiborgeana, en la que me pasé a la vereda
de Rimbaud: la vida, la vida que entra y se funde con la literatura. Borges
es otra cosa: es frío, es ese Everest de inteligencia, de lucidez; no se
contamina con la realidad... Pero he hecho las paces con Borges y me siento
contento de ello.
Entrevista
a César Aira por Fernando Villagrán![]()
Aunque uno de sus libros es La broma, y el humor absurdo cruza su obra, César Aira dice que dicha característica es uno de los puntos dolorosos de su vida como escritor: “El humor suele ser una coartada para evitar decir verdades”, dice. La crítica y su público, por el contrario, lo celebran. Este traductor, novelista, dramaturgo y ensayista argentino ha sido traducido y editado en Francia, Inglaterra, Italia, Brasil, España, México y Venezuela. Entre sus numerosos libros figuran: Ema, la cautiva (1981l), La luz argentina (1983), La liebre (1991), Embalse (1992), Cómo me hice monja (1993), Los misterios de Rosario (1994), El infinito (1994), La abeja (1996), Cómo me hice monja. Fuente: ARCOIRIS TV, duración: 53 minutos Cortesía de Rodrigo Gonçalves Elige una opción de descarga: |
-Algunos críticos
lo sitúan a usted junto a Juan José Saer y Ricardo Piglia como referente
de la literatura argentina del último cuarto de siglo. ¿Cuál es su opinión
sobre los otros dos escritores? Si debiera proponer un terceto distinto,
¿a quiénes nombraría?
-¡Uf qué pregunta difícil! En primer lugar debo aclarar que Saer y Piglia
son diez años mayores que yo y pertenecen a otra generación, otra atmósfera,
otro mundo. De hecho, yo los leía de jovencito (bueno, a Saer; a Piglia
prácticamente no lo he leído). Piglia es un escritor serio, un intelectual
muy apreciado como profesor... en fin. A Saer sí lo leí mucho y lo aprecié
mucho; es casi un clásico moderno argentino. Después, me fui apartando de
su poética, y sé que él no aprecia mucho la mía. Saer también es un escritor
serio... pero yo he buscado otros modelos. Saer ya no me atrae; con el tiempo
me he ido alejando de esa postura seria, responsable hacia la sociedad y
hacia la historia.
-¿Si tuviera que proponer otro trío de referentes?
-No tienen por qué ser tres, no seamos tan hegelianos. Yo tuve el privilegio
de estar cerca, o en algún caso de ser muy amigo, de tres escritores que
existieron en la Argentina en estos 25 o 30 últimos largos años: Manuel
Puig, Alejandra Pizarnik y Osvaldo Lamborghini. A los tres los encontré
geniales y fueron modelos para mí, por motivos distintos, como modelos de
vida, modelos de actitud... A veces uno toma un modelo y después hace todo
lo contrario de él, pero el modelo sigue actuando, como contraste tal vez.
Los tres han muerto jóvenes, los tres han dejado su mito, su leyenda, y
los tres me acompañaron siempre. Si buscamos un trío, entonces, propongo
ese. Es mi trío tutelar.
-¿Le parece que existe una ruptura total entre la literatura argentina del
siglo XIX y la del XX o reconoce zonas de enlace?
-Hay que reconocer que la literatura argentina del siglo XIX es muy pobre.
Lo mejor que tiene es el género gauchesco, que es nuestra gran invención,
y dentro de la literatura gauchesca está el Martín Fierro, que es un libro
del que ya no podemos opinar porque se ha puesto un poco más allá de las
opiniones, como un libro-fetiche de la Argentina. Sin duda, posee grandes
méritos literarios. En el siglo XX todos los buenos escritores argentinos,
que los tuvimos, buscaron ese punto de conexión. Borges mismo lo buscó en
la literatura gauchesca, en el Martín Fierro, en cambio, nunca le interesaron
los románticos -José Mármol, Esteban Echeverría-. Otros sí exploraron en
ellos. Pero en fin, no había mucho de dónde aferrarse. Después está la línea
de los escritores políticos: ellos sí encuentran en historiadores y escritores
del XIX, como Sarmiento o Mitre, puntos de engarce. Pero yo creo que la
literatura literaria argentina nació con el siglo XX, exceptuando la gauchesca.
Nació con las vanguardias, con la visita de Rubén Darío a Buenos Aires,
con el modernismo, con algunos buenos poetas y otros a quienes no considero
buenos poetas, como Leopoldo Lugones. Lugones me pareció siempre un farsante.
Hay muchos chistes sobre él, como aquel comentario irónico de Macedonio
Fernández: "Este muchacho Lugones, tan trabajador, ¿cuándo se decidirá a
darnos un libro?" (y ya había publicado como un centenar). Recuerdo que
Pizarnik me decía que había encontrado un verso bueno en Lugones, que hablaba
de una niña que salía del mar desnuda y nombraba sus "senitos benjamines".
Una vez, leyendo a Jules Laforgue, encontré en él los famosos senitos benjamines.
Por algo dijo Oliverio Girondo: "El mejor Lugones es un mal Laforgue"
-¿Podría describir las líneas esenciales de la literatura argentina de los
últimos 50 años?
-No creo que vaya a decir algo muy original. Está la línea de Borges-Bioy
Casares-Silvina Ocampo, por un lado. Ellos promovieron esa literatura más
intelectual (se la ha calificado como fantástica), de enigma policial, de
tramas bien construidas, de huida de lo que llamaron "el fárrago psicológico"
y metían en él, con increíble injusticia, nada menos que a Proust, aunque
creo que después Bioy se retractó de eso. Eso marcó mucho, de allí salió
toda una vertiente literaria, sin ir más lejos, Cortázar. Aquí podría yo
parafrasear a Oliverio Girondo y decir que el mejor Cortázar es un mal Borges.
-¡Qué duro!
-No puedo evitarlo.
Bueno, y está la famosa polémica de la década de 1920 entre los grupos de
Boedo y Florida. Este último era el grupo de los escritores de la clase
alta, afrancesados o anglófilos, y Boedo representaba la literatura de combate,
que no dio buenos exponentes pero sí constituyó una línea que tuvo también
su clara descendencia. Así, en la segunda mitad del siglo XX siguió existiendo
la novela llamada realista, que toma los hechos de la historia. Finalmente,
creo que se repiten los paradigmas: la derecha y la izquierda existen en
todas partes.
-Pero también hay líneas intermedias, como la que representa Roberto Arlt.
-Arlt para mí es un grande. Bueno, habría que decir uno de los dos grandes:
el otro, claro, es Borges. Tan distintos y tan parecidos, ¿no?
-¿Con qué corriente cree que entronca su obra?
-Mi literatura viene de esa línea intelectual, borgeana, pero con unos vigorosos
afluentes arltianos. De Arlt he tomado el expresionismo, esa cosa que a
Borges lo horrorizaría. Aunque a él le gustaban las viejas películas expresionistas
alemanas, pero casi como una aberración intelectualmente interesante. Arlt
es el escritor que sin saber nada del expresionismo es un expresionista
nato, deformador a ultranza. La imaginación de Arlt funciona por contigüidades
químicas que lo deforman todo, y su mundo está hecho de sombras que se desplazan
y de seres que empiezan a fundirse ante nuestros ojos, de monstruos...
-Apelo a su experiencia como responsable de su Diccionario de autores latinoamericanos
para pedirle un juicio sucinto sobre estos escritores argentinos: José Bianco,
Silvina Ocampo, Alejandra Pizarnik, Ernesto Sabato, Julio Cortázar.
-A Bianco lo conocí ya viejo, bastante decadente, y presentó un libro mío,
Canto castrato, del que estoy bastante avergonzado. Hizo una presentación
muy amable. Bianco es el escritor que no escribe, una figura un poco triste.
Pasó su juventud entre la influencia de Marcel Proust y la de Henry James,
que cubre enteramente esos dos pequeños libros suyos, Las ratas y Sombras
suele vestir.
-¿Silvina Ocampo?
-Creo que Silvina Ocampo es un genio, una de las grandes. Vivió un poco
a la sombra de su hermana Victoria por un lado y de su marido, Bioy Casares,
y Borges por el otro. Era una mujer extravagante, una poeta no muy lograda,
pero cuando escribía sus cuentos, esos cuentitos pequeños y vitriólicos,
era perfecta.
-¿Alejandra Pizarnik?
-Escribí un par de libros sobre ella. Uno es un estudio sobre su poesía,
salido de cuatro charlas que di en la Universidad de Buenos Aires, y lo
hice con intención un poco justiciera. Porque con Alejandra se ha creado
ese mito de la angustiada, de la sonámbula, de la pequeña náufraga, etc.,
etc., y toda la crítica que se hace sobre ella cae en ese campo metafórico,
entra en el juego de ella y no le hace justicia a su obra. Entonces, traté
de tomar un poco de distancia, de escribir fríamente sobre el procedimiento
del que salía su poesía. Creí descubrir esos deslizamientos de la subjetividad
que hay en sus pequeños poemas, que son como mecanismos perfectos, muy trabajados,
y sobre todo quise hacerle justicia al hecho de que ella era una intelectual,
una gran lectora, que tenía, claro está, problemas psicológicos, pero de
allí a hacer hincapié en ellos y presentarla como una especie de loca, al
borde de una cornisa asomada al vacío, me parece totalmente erróneo e injusto.
-¿Sabato y Cortázar?
-Bueno, a Sabato no lo hemos tomado nunca muy en serio. Y sorprende un poco
que alguien se lo pueda tomar en serio. Es un señor que tiene aristas muy
risibles: esa vanidad, el malditismo... Malditismo que no condice con su
personalidad. Es un señor perfectamente racional que juega al maldito. Así,
se ve obligado a escribir constantemente en sus textos la palabra angustia,
la palabra dolor... y claro, eso no funciona.
-¿Y Cortázar?
-Cortázar es un caso especial para los argentinos, y no sólo para los argentinos,
también para los latinoamericanos y quizás para los españoles, porque es
el escritor de la iniciación, el de los adolescentes que se inician en la
literatura y encuentran en él -y yo también lo encontré en su momento- el
placer de la invención. Pero con el tiempo se me fue cayendo. Hay algunos
cuentos que están bien. El de los cuentos es el mejor Cortázar. O sea, un
mal Borges, o mediano. A propósito de una de las cosas más feas que hizo
Cortázar en su vida, el prólogo para la edición de la Biblioteca Ayacucho
de los cuentos de Felisberto Hernández, un prólogo paternalista, condescendiente,
en el que prácticamente viene a decir que el mayor mérito del escritor uruguayo
fue anunciarlo a él, cuando en verdad Felisberto es un escritor genial al
que Cortázar no podría aspirar siquiera a lustrarle los zapatos. Sus cuentos
son buenas artesanías, algunas extraordinariamente logradas, como Casa tomada,
pero son cuentos que persiguen siempre el efecto inmediato. Y luego, el
resto de la carrera literaria de Cortázar es auténticamente deplorable.
-¿Qué aporte de las vanguardias históricas a la literatura aprecia en particular?
-Muchos. Para empezar, uno de los rasgos básicos de las vanguardias, que
es la preeminencia del proceso de creación sobre el resultado: ese sigue
siendo mi método de trabajo. Habría que analizar vanguardia por vanguardia.
Por ejemplo, del dadaísmo no puedo sino admirar su actitud, su gesto de
ruptura, su irreverencia, eso de largar la carcajada en medio de la Misa
Solemne. Del surrealismo, mil cosas, como el dominio de la imagen. También
me interesa mucho el constructivismo ruso, que he estudiado mucho, y Rodchenko
en particular. He prestado mucha atención a esta corriente y la he seguido
con mucha simpatía, porque pienso que con ella llegó a su culminación el
predominio del proceso creativo: el arte es un proceso infinito. Ese momento
utópico, a finales de la década de 1910, antes de que cayera el mazazo sobre
ellos, me sigue estimulando, y lo sigo uniendo a la famosa frase de Lautréamont:
"La poesía debe ser hecha por todos". Democratizarla en serio, sacarla de
esa cápsula de calidad, de lo bueno, de lo bien hecho, de lo hecho solamente
por el que haya nacido con el don para hacerlo. Por eso me gusta, por ejemplo,
John Cage, un músico que no era músico, que tenía dos tapones de madera
en los oídos, y sin embargo hacía música, inventaba el modo de hacerla.
Clarín.com, Edición Sábado 09.10.2004, Revista Ñ
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Parecidos y diferencias entre Colombia y la Argentina
Por César Aira
En Bogotá abundan
los mendigos. En Buenos Aires también. En Bogotá hay muchos que además son
locos, o lo parecen, por su discurso incoherente, sus repeticiones, además
del atuendo y el gesto. En Buenos Aires también hay bastantes de ésos.
Otra cosa es cuando el pedido tiene un matiz, más o menos notorio, de amenaza.
Y siempre lo tiene, tanto en Bogotá como en Buenos Aires -lo tiene hasta
cuando el pedido es sumiso y cortés; quizás entonces es cuando más se siente
la amenaza. De hecho, la amenaza es la premisa de todo el asunto. Los indigentes
deberían robarnos y matarnos, si tuvieran la dignidad y el arrojo necesarios.
Esta mañana, en una esquina de La Candelaria, una mendiga me abordó ofreciéndome
en venta algo que tenía entre las dos manos, un animal. Me detuve a mirar
creyendo que era un perrito, pero era un pájaro, un pájaro chico, como un
gorrión, en mal estado, con las plumas despeinadas. Tenía el color de los
gorriones pero con el pico demasiado largo.
-Mire qué bonito.
Negué con un balbuceo y algo de asco. Ella insistió:
-Déme una moneda y se lo doy.
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