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Luna con gatillo. Antología de la poesía comprometida

El fulgor de las palabras

Por Phillippe Ollé-Laprune

Nació en la caribeña isla Martinica el  26 de junio de 1913, y en el idioma francés de los conquistadores dejó una obra que se convirtió en un emblema de la conciencia del hombre negro.

El alcance de un texto literario trasciende su propia época, y a veces, en el mejor de los casos, al autor mismo; el juicio más acertado de su valor proviene justamente de la sanción que le infligen los años. Los textos polémicos, aquellos cuya violencia determina los debates de una época, están aún más expuestos y son más vulnerables a esa prueba. En ese sentido la obra de Aimé Césaire es un modelo. Este escritor francés del Caribe denunció la condición inaceptable del hombre negro explotado y humillado durante siglos. Pero también, a través de esos ataques virulentos, desarrolló un discurso que, conservando una enorme actualidad, es un llamado a la dignidad y a la justicia. Como si el tiempo tuviera el poder de recuperar la fuerza del grito para darles mayor resonancia a las palabras del poeta.

Al momento de su publicación, los textos de Aimé Césaire suscitaron tanto entusiasmo como rechazo. A menudo marginado, el escritor no participó en polémicas inútiles ni en discusiones mundanas. Confiado en lo justo de su causa y en el alcance de su palabra, no eludió los debates más intensos del momento. Hoy debemos reconocer que sus textos no han perdido vigencia y que muchas problemáticas del siglo que inicia ya están presentes en esta obra, transportada, como lo confesó él mismo, "a fuerza de mirar el mañana".

La célebre anécdota que marcó el ingreso de Aimé Césaire como personaje público fue la siguiente: André Breton llegó a Martinica en abril de 1941, huyendo de la Francia ocupada por los alemanes (vía Marsella, como muchos otros) con destino a Nueva York, donde permaneció refugiado hasta el final de la guerra. Su barco, El capitán Paul Lemerle, acogió a otros prestigiosos refugiados: Victor Serge, Wilfredo Lam, Claude Lévi-Strauss. Un día, con el fin de encontrar un moño para su hija Aube, Breton entró en una tienda y vio, junto a la caja, una revista literaria: Tropiques.

Así fue como descubrió las reflexiones de los intelectuales antillanos y, sobre todo, los textos poéticos del director de la publicación: Aimé Césaire. No dudó en calificar su obra literaria como "el mayor monumento lírico de la época". Para ambos hombres el encuentro resultó trascendental, pero además fue el primer reconocimiento para una obra hasta entonces confidencial. Breton escribió su famoso texto "Un gran poeta negro", que luego retomó en su libro Martinique charmeuse de serpents.

En él hace un elogio al poeta y a su poema largo Cahier d un retour au pays natal. Ese texto fundamental es la manifestación poética de las angustias y de las reflexiones del joven intelectual martiniqués, quien muestra con orgullo al lector su revuelta y al mundo, una nueva forma de ser: la negritud.

Aimé Césaire nació en Basse-Pointe, Martinica, el 26 de junio de 1913. Fue el segundo de una familia de siete hijos. Su padre, un humilde funcionario, los educó en un ambiente en el que las lecturas de Voltaire, Hugo o Bossuet se alternaban con los relatos y las leyendas de África contadas por la abuela, Mamá Nini.

Muerte de un poeta

La voz de la negritud

Una afección cardiaca severa causó la muerte el 17 de abril de 2008 del poeta martiniqués Aimé Césaire. El denominado Padre de la negritud tenía 94 años de edad, y recibió homenaje póstumo en Fort-de-France, Martinica, ciudad de la que fue alcalde durante un largo período comprendido desde el año 1945 hasta el 2001. Allí sus restos fueron paseados por diferentes sectores de la ciudad para ser homenajeado por la población, antes de ser sepultado en su isla natal y que Francia le diera su último adiós en un entierro nacional presidido por el presidente Nicolás Sarkozy.

Aimé Césaire nació el 25 de junio de 1913 en Basse Point, Martinica, una isla que entonces era colonia francesa y había padecido dos siglos de esclavitud. El primer profesor negro que hubo en Martinica fue su abuelo. Fue un estudiante aventajado en El liceo Schoelcher de Fort-de-France donde adelantó los estudios secundarios. En 1931 continua en Paris su educación superior. En 1932 fundó en esa misma ciudad El estudiante negro, una revista en la que colaboran otros estudiantes de origen africano. En sus páginas estrena el concepto de negritud como una manera de darle visibilidad a la herencia africana que estaba oprimida por el sistema colonial francés. Allí mismo en Paris conoció y estrechó un vínculo amistoso perdurable con Léopold Sédar Senghor quien sería futuro presidente de Senegal. Fue Senghor el que afirmaba que Aimé Césaire había inventado la palabra Negritud.

En 1938 Aimé Césaire recibe el diploma de la Escuela Normal Superior y escribe Cuadernos del retorno al país natal su libro más difundido en que anota lo siguiente: “Podría ser un hombre judío, un hombre cafre, un hombre hindú de Calculta, un hombre de Harlem sin derecho a voto, el hombre hambre, el hombre insulto, el hombre tortura al que en cualquier momento se puede apalear, matarlo -literalmente- sin tener que rendir cuentas a nadie..”. Y en otra parte del mismo libro añade: “Mi negritud no es un regreso ni un monumento…..es un grito de rebelión contra cualquier forma de racismo y opresión, un salto doloroso y apasionado hacia la universalidad, un arma milagrosa”.

La trascendencia de Aimé Césaire en los asuntos políticos es indiscutible y en ese campo su actividad fue incesante. Fue reelegido Diputado por la Martinica desde 1945 hasta el año de 1993, fundó el Partido Progresista Martiniqués, militó activamente por la independencia de las colonias francesas de África como Guadalupe, Martinica y Haití. Antirracista y anticolonialista declarado, fundó en 1941 la revista Tropiques al lado de su esposa Suzanne Roussi y René Ménil. Esta publicación fue perseguida y censurada.

Su Discurso sobre el colonialismo (1950), publicado en una época en que las colonias buscaban emanciparse, crispó los nervios del gobierno francés. En este ensayo, con un mensaje que tuvo relevancia internacional, hace una reflexión política sobre el destino de esos “Millones de hombres a los que se les ha inculcado sabiamente el miedo, el complejo de inferioridad, el temblor, el postramiento, la desesperanza”, esos hombres de piel negra, victimas de la opresión colonialista y el racismo como resultantes consustanciales del capitalismo y de la modernidad occidental. En la Carta a Maurice Thorez, fechada el 24 de octubre de 1954, destacamos el siguiente texto: “En todo caso, es constante que nuestra lucha, la lucha de los pueblos coloniales contra el colonialismo, las luchas de los pueblos de color contra el racismo, es mucha más compleja -Qué digo, de una naturaleza completamente distinta- que la lucha del obrero francés contra el capitalismo francés y no podría de ninguna manera ser considerada como una parte, como un fragmento de esa lucha”. En esta carta deja en claro sus reparos al Partido Comunista Francés y presenta su renuncia como militante del mismo. También contribuye de manera radical a acrecentar y a hacer más eficaces los movimientos anticolonialistas.

En 1956, en compañía de Alioune Diop, Aimé Césaire organiza en Paris el Primer Congreso de Escritores y Artistas negros. Este evento se llevó a cabo en La Sorbona y fue la vitrina para exponer ante el mundo la cultura de color. De allí surgió la revista Presencia Africana, y se fundó la Sociedad Africana de Cultura cuya misión era la de “unir con vínculos de solidaridad y amistad a las personas de cultura del mundo negro, y contribuir a la creación de las condiciones necesarias para el florecimiento de sus propias culturas”.

La presencia de Aimé Césaire en las luchas sociales no pude separase de su oficio de creador y poeta. El mismo se definió así: “Fundamentalmente poeta, pero poeta comprometido”. Para él la literatura debía ir a la par de los cambios sociales. Su obra poética es reivindicativa y apasionada, y se inscribe en el surrealismo que lideró en Francia André Breton, quien en el año de 1943 escribió en un artículo: “La palabra de Aimé Césarie es bella como el oxígeno naciente…Su poesía se encuentra comprometida con la dignidad humana, con la plenitud del hombre y la mujer negros en el mundo coetáneo y futuro, a partir de un enfoque histórico a veces sutil y otras pleno de ideas”.

Cuaderno de un retorno al país natal fue el libro de poemas con el que Aimé Césaire se dio a conocer en el año de 1943. Otros títulos de sus libros de poemas son Sol cuello cortado, Cuerpos perdidos, Herrajes, y Yo laminar .Escribió obras de teatro como La tragedia del rey Cristobal, basada en Henri Cristophe, un drama de guerra civil de inspiración Shakespierana, y Una temporada en el Congo, sobre Patrice Lumumba.

En efecto, Martinica fue uno de los diversos destinos de los esclavos negros llevados a las colonias de los países occidentales para paliar la falta de mano de obra local con la importación de los esclavos de África. Junto con las personas llegaron los cantos, la cocina, la ropa y el imaginario, las culturas que sobreviven y se adaptan hasta hoy. Hasta la abolición de la esclavitud en 1848, gracias sobre todo a los esfuerzos de Schoelcher, las revueltas fueron numerosas y reprimidas con violencia. De ahí proviene la figura del negro, del mulato que ha escapado y vive como hombre libre: imagen de la libertad conquistada, tan querida por Aimé Césaire.

Cuando Aimé Césaire nació, Martinica era miserable y sus pobladores estaban sumidos en la ignorancia, ya que su acceso a la cultura y a la enseñanza estaba limitado. Pronto Aimé se destacó como buen alumno. Taciturno y curioso, era un lector excelente. Todas estas cualidades hicieron de él un candidato ideal para obtener una beca y seguir sus estudios: resultó electo para ir a Francia. El 24 de septiembre de 1931, a los 18 años apenas, Aimé Césaire se embarcó en El Perú con destino a un mundo que apenas adivinaba: el París de los años treinta.

Césaire entró al liceo Louis le Grand para preparar el difícil examen de admisión a la Escuela Normal Superior. Según la costumbre, un alumno mayor se encargaba de apadrinarlo y el senegalés Léopold Sédar Senghor, uno de los pocos estudiantes negros, aceptó el papel. Césaire, una vez más, resultó un estudiante ejemplar y logró pasar el examen. Durante esos años adquirió una cultura sólida, y su estancia en París también fue significativa por sus descubrimientos intelectuales y literarios.

El París de los años treinta era esplendoroso, cosmopolita, lleno de furor y de vida, de angustia frente a una guerra inminente y de inevitables luchas ideológicas. Para Césaire, significó el tiempo de aprendizaje de la cultura negra, del África narrada por Senghor, de los poetas negros americanos (Langston Hughes y Claude Mac Kay, a quienes dedicó un estudio) y de los movimientos estéticos influenciados por nuevas formas. Esa cultura ya no se encuentra a sí misma en el desprecio padecido: ha llegado el momento de reconocer una cultura negra que rebasa las fronteras. Los primeros que con respeto y pasión la vislumbraron fueron poetas como Cendrars y Apollinaire, y pintores como Picasso y Braque.

Más tarde llegó el jazz con los soldados norteamericanos en 1917 y Francia festejó los años veinte bajo el sonido nuevo de las trompetas.

Un patrimonio común

Tres jóvenes intelectuales y poetas negros de diferentes horizontes formulan sus sentimientos y sus reflexiones acerca de ese patrimonio común, pero sobre todo van a dar forma a su revuelta contra el estado de las cosas: Césaire, Senghor y el guyanés Léon-Gontran Damas. Los tres reconocen como causa común la negritud y crean una revista, L étudiant noir, en la que esa expresión aparece por primera vez, bajo la pluma de Césaire, en 1934. Obviamente se trata de celebrar y de valorar unas raíces culturales comunes y de propiciar el reconocimiento de su vitalidad. No intentan elaborar una doctrina o un manifiesto, sino que pretenden abarcar lo que significa "ser del Caribe, de África del Sur, de Estados Unidos, de cualquier lugar en donde un hombre sufre".

Para Césaire esto motiva la redacción de su largo texto poético Cuaderno de un regreso al país natal. El autor, armado de un espléndido lenguaje lírico, denuncia la escandalosa situación de las poblaciones sometidas al sistema colonialista y canta la dignidad de un mundo africano oculto en la memoria colectiva. El poeta cuenta entonces con 26 años apenas y seguramente no se da cuenta de que acaba de escribir un texto que dejará una profunda huella.

Césaire se casó en París y regresó a Martinica en 1939. A pesar de la guerra, publicó junto con su esposa Suzanne y algunos amigos, como René Ménil y Georges Gratiant, la revista Tropiques. Gracias a la vasta cultura adquirida durante sus años en París, propone a los lectores de la Martinica descubrir textos y autores todavía desconocidos en la isla.

Después de su encuentro con Breton, Tropiques adquiere un tono más surrealista. Se publicaron 14 números y la revista dejó de circular en 1945. El combate de Césaire pronto tomó otra forma. Además, durante estos años de guerra, dio clases de literatura a una generación de jóvenes martiniqueños como Édouard Glissant y Frantz Fanon. Se encuentran huellas de ello en sus obras, testimonios de posturas no siempre acordes con el pensamiento o los actos de su ex profesor.

En 1945, la palabra de Césaire adquiere una nueva dimensión al ingresar en la actividad política, representando al Partido Comunista: es electo alcalde de Fort de France y diputado de Martinica. Una y otra vez es reelegido, hasta que decide separarse voluntariamente de sus cargos. Mientras en sus textos poéticos grita la revuelta del mundo negro en una lengua que toma a veces las formas del francés más clásico y más lírico, en política se afilia a un partido para tener una tribuna desde la cual cuestionar la relación entre la metrópoli y sus colonias, en particular Martinica.

Luego del Cuaderno de un regreso al país natal, de los elogios de Breton y de una publicación del texto bajo la forma de un libro, Césaire se convirtió en un escritor reconocido cuya obra acompaña el crecimiento de la joven literatura negra. Jean-Paul Sartre fue el segundo padrino de su obra gracias a "Orfeo negro", prefacio a la Antología de la nueva poesía negra y malgache de lengua francesa (1948) organizada por Senghor.

En esa época, Sartre era el escritor más escuchado y más influyente de Francia y puso su enorme talento al servicio de otras plumas, al celebrar a autores como Genet, Fanon y Césaire. En 1945, durante un viaje a Estados Unidos, Sartre tomó conciencia del problema de los negros; más tarde, en su ensayo introductorio, coloca a Césaire en el centro de la poesía negra de lengua francesa.

En ese momento de su vida, el escritor de Martinica goza de una gran productividad poética; publicó los libros Las armas milagrosas en 1946 y Sol cortado en 1948. Siguieron Ferrements en 1960, Catastro en 1961 y Yo, Laminaria en 1982, obra por la cual recibió el Gran Premio Nacional de Poesía. Gracias a la publicación de su trabajo poético completo en 1994, se descubrió un importante libro inédito: Como un saludo malentendido.

Lo declaró varias veces: su poesía, ante todo, está cerca de Rimbaud y de Lautréamont, de Mallarmé y de los negros americanos. Son referencias finalmente previsibles para un autor que mezcla modernidad y revuelta, trabajo de la forma y de los sonidos. Césaire pensaba, al igual que Tzara, que la poesía se hace en la boca.

Si numerosas veces ha sido marginado como poeta, se debe ante todo a que la originalidad de su tono y el lirismo exuberante de su pluma no permiten encasillarlo en ninguna corriente de la poesía francesa de su época. Sorprenden la popularidad y el respeto que inspira en otros países. Si bien su reconocimiento es reciente en Francia, las tesis sobre su obra literaria abundan en África y en Estados Unidos. La característica más notable de su obra poética es el predominio de la imagen sobre la idea. Césaire utiliza palabras clave, que se convierten a la vez en sus símbolos y obsesiones: serpiente, sol, negro, sexo, árbol, fuego, volcán, ojo...

La obra evoluciona y el joven poeta del Cuaderno... poco a poco les abre paso a un autor más despojado, a una palabra menos cargada y a una sencillez aparente, aun si esa sensación debe tomar en cuenta el gran trabajo y el refinamiento en la construcción de la obra. Seguramente lo que Breton vio de surrealista en sus poemas consiste más en un viaje hacia el corazón del ser, hacia lo más profundo del espíritu (no olvidemos que la lectura de Freud ha sido una prueba capital para el joven autor), que la manifestación de una voluntad de pertenecer al movimiento, aun desde la distancia.

Luego Césaire admitió haber practicado el surrealismo como el señor Jourdain de Molière la prosa, al igual que muchos autores latinoamericanos. Escribe: "La poesía tal y como la concebía, tal y como todavía la concibo, es una inmersión en la verdad del ser".

Asimismo, el deseo de producir "palabras sorprendentes" condujo a Césaire al teatro, como un dramaturgo inspirado que exploró y utilizó este género por una exigencia de claridad, porque "el teatro es hablar claro". En cuatro obras, Césaire expuso sus ideas y sus interrogaciones: acerca de las Antillas en Y los perros se callaban; sobre los conflictos que conlleva la descolonización en Una temporada en Congo; la instalación del poder negro en La tragedia del rey Christophe y finalmente abordó el problema de los negros en Estados Unidos en Una Tempestad, obra inspirada en Shakespeare.

Si Césaire ofrece su discurso poético al público gracias al teatro, es también porque ahí más que en otro lugar, la literatura y la política se encuentran, en particular cuando el autor atraviesa una época trágica. A menudo, la recepción de las obras no es fácil pero cuenta con el apoyo de muchos intelectuales y artistas de primera clase. La difusión internacional de las obras ha sido sorprendente; se han presentado en muchos países y la crítica se ha dedicado a mostrar las influencias de Nietzsche y de Brecht.

El pensamiento y los escritos de Césaire siguen siendo guías para la reflexión del hombre occidental como para el habitante de un "país del Sur". Las naciones llamadas desarrolladas, colonizadoras ayer o dominantes hoy, seguras de su verdad, a veces hasta la arrogancia, establecen esquemas que las coronan siempre vencedoras. Los pueblos dominados, por amos extranjeros y locales, vacilan entre la tentación de imitar a las naciones dominantes y el deseo de no renunciar a su identidad.

Como dijo Senghor: "Lo importante no es ser asimilado sino asimilar." El grito de Césaire se eleva contra ese estado de las cosas y contra la peor de las reacciones: la indiferencia. [Tomado de La Nación]

Murió en Fort-de-France, Martinica, el 17 de abril de 2008.
 


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Aimé Césaire, Pensamiento y Obra (1er día) Delia Blanco, doctora en letras y antropología de la Universidad de Paris IV Sorbonne, crítica de arte y literatura, continuó con el coloquio al disertar sobre "Aimé Césaire, fundador del concepto de la Négritude. Análisis y presentación de la simbiosis Damas, Sédar Senghor y Césaire"


Aimé Césaire, Pensamiento y Obra (2do día) Ernest Pepin, poeta, novelista, profesor de letras y director del departamento cultural del Consejo General de Guadalupe, abrió la segunda jornada con el tema "Aimé Césaire, una obra literaria francófona de dimensión universal. Estudio crítico comparado de la obra literaria de Césaire, preámbulo a la literatura caribeña francófona contemporánea"



 

Aimé Césaire y sus hijos

Por Alicia Dujovne Ortiz

PARIS.- "Partir./ Así como hay hombres-hiena y hombres-pantera, yo seré un hombre judío/ un hombre-cafre/ un hombre-hindú-de-Calcuta/ un hombre-de-Harlem-que-no-vota,/ el hombre-hambre, el hombre-insulto, el hombre-tortura/ aquel a quien cualquiera puede agarrar, golpear, matar -así es, matar- sin tener cuentas que rendir, excusas que presentar/ un hombre-judío/ un hombre-pogromo/ un perrito/ un mendigo." Estamos en 1939, y el estudiante martiniqueño, nacido en 1913 y becado en la Sorbona, donde ha conocido al senegalés Léopold Senghor, publica estos versos en sus Cuadernos del regreso al país natal , reeditado con un prefacio de André Breton.

Lo anterior podría ser un comienzo razonable para una necrológica, pero es también una apretada síntesis de lo que ha significado Aimé Césaire, muerto el 18 de abril, a los 94 años de edad, en Fort de France, donde fue alcalde durante medio siglo. Miles de compatriotas acompañaron sus restos hasta el estadio de la ciudad. La multitud era tan densa que el cortejo avanzaba con lentitud. Cantaban su nombre y enarbolaban su retrato. Por las calles, elegidas en su honor -las avenidas Jean Jaurès, Nelson Mandela y Emile Zola- se veían pintadas que decían "gracias, papá Aimé", o papelitos pegados a los troncos de los árboles donde podía leerse: "por haber contribuido a la emancipación del pueblo negro". Quienes eligieron este último soporte no podían ignorar que para Aimé Césaire la imagen más conmovedora siempre fue la del árbol.

Antes de arribar al estadio donde lo esperaba Nicolas Sarkozy, deseoso de hacerse perdonar una de sus múltiples metidas de pata (la valorización de los "aspectos benéficos de la colonización francesa", frase que al viejo alcalde le había provocado un sofocón de rabia), el cortejo atravesó los barrios populares fundados por Aimé. Mientras tanto, Ségolène Royal proponía llevar los restos del poeta al Panteón de París, donde reposan los grandes hombres de la República. "Ese no es el deseo ni de su familia ni del conjunto de los martiniqueños", fue la respuesta. Con o sin panteón, un homenaje nacional de esta envergadura sólo se parangona con el que recibieron Victor Hugo en el siglo XIX, Paul Valéry en 1945, y Colette en 1954.

¿Qué había hecho este hombre para ser tan querido? El encuentro con Senghor en los pasillos de la universidad parisiense había sido decisivo para los dos. Cuando se le recordaba que él había sido el creador de la palabra "negritud", Césaire contestaba: "fue una creación colectiva, se nos ocurrió al mismo tiempo a Léopold y a mí". Lo cierto es que en la revista L étudiant noir , fundada junto con Senghor, luego en la revista Tropiques , fundada por Césaire y, por último, en Présence africaine , dirigida por Alioune Diop, el término negritud inició un período histórico que transformó la imagen de sí mismos para esos hombres y mujeres púdicamente llamados "de color".

Un pasaje obligado, en esos años, por el partido comunista, le demostró que la lucha contra la opresión no sólo admite los matices sino que los exige. Es que la colonización singularizó esa lucha y la diferenció: frente a un mundo eurocentrista, un obrero blanco europeo no siente el mismo malestar que un africano o un antillano. Estas complejidades enriquecen una noción que, de haber sido expresada en términos abstractos, se habría limitado a repetir esquemas o a invertir el discurso, diciendo en negro lo que se había dicho en blanco durante tanto tiempo. Para expresarlo con las palabras del haitiano René Despestre, en Césaire "la teoría gris aparece vivificada, trascendida, irrigada por el humor y el sentido de lo sagrado". Lo que fecunda la negritud es la experiencia de lo maravilloso. "Al invitarnos a reflexionar sobre la poesía y el conocimiento, a partir de Lautréamont, Rimbaud, Apollinaire, Césaire nos ayudó a viajar hacia nosotros mismos - recuerda Despestre-, y a recuperar el yo que la colonización había enterrado bajo mentiras y prejuicios".

Pero esa negritud no era un mero regreso a las propias raíces. En el momento mismo en que el estudiante negro redescubre con alborozo sus orígenes africanos, la negritud se le aparece como un territorio abierto. Al descubrirse negro, Césaire se descubre judío, hindú, ciudadano sin derechos de Harlem o de todo sitio del planeta donde haya hambre y pogromos. Lo que hoy se llama el "repliegue comunitario" tiene que ver con una identidad herida y rencorosa que no hallaba cabida en la noción de negritud.

Y es aquí donde el "amado papá" merece que nos saquemos el sombrero al paso de su cortejo. En su mínima isla, pero también a lo largo y a lo ancho del continente africano, que siempre lo recibió como a un hijo, Césaire gozaba de una influencia similar a la de Léopold Senghor. El que ninguno de los dos haya caído en ningún mesianismo salvó a las Antillas y al Africa del totalitarismo pannegrista de otro papá bastante menos simpático: el haitiano Papa Doc Duvallier. Césaire no fundó una escuela de venganza, no alzó un templo vudú ni se rodeó de tontons-macoutes; no favoreció la emergencia de un integrismo negro. Lo que hizo, simplemente, fue escribir poesía. Y su gente lo entendió. El día del entierro, la librería de Fort de France no daba abasto. "Los versos de Aimé me los sé de memoria -advertía un comprador-, esto es para un sobrino que no vive acá."

Justo el día antes de su muerte, yo había estado leyendo Un dimanche au cachot ("Un domingo en el calabozo"), de Patrick Chamoiseau, que describe el horror de la caverna en la que, a la menor rebeldía, los esclavos antillanos de las plantaciones de azúcar eran encerrados, sin agua, ni comida, ni luz, hasta que un nuevo "olvidado" fuera a morir sobre los huesos de sus predecesores. No es un libro de odio, como tampoco lo son los de Césaire, sino de terrible dolor. Un libro indispensable para entender hasta sus últimas consecuencias la necesidad de reivindicar la negritud, como saliendo definitivamente de una cueva llena de esqueletos para respirar el aire de afuera.

Pero Chamoiseau ya no pertenece a la generación que se redescubrió negra. Tanto para él como para otro de los grandes escritores antillanos, propuesto para el Premio Nobel, Edouard Glissant, la idea de negritud ha derivado hacia otro término de similar importancia: la créolisation . Un término sin traducción posible entre nosotros: ni créole es exactamente "criollo", ni créolisation es "acriollamiento". No sólo porque la palabra antillana se refiere a la mezcla de negro con blanco, cosa que en la Argentina más bien llamaríamos "amulatamiento", sino porque los "valores" vehiculizados por lo criollo no tienen nada que ver con la exaltación del mestizaje, considerado por estos inmensos escritores, sin duda los más ricos e intensos de la literatura francesa actual, como una nueva y universal forma de lo humano. "Creolizarse" (inventemos la palabra en castellano) no es volcarse hacia lo nacional, sino admitir que todos somos mestizos en el mundo de hoy.

Vale la pena conocer las teorías de Glissant, cuyo apellido proviene del de un colono esclavista, Senglis, que alguna vez fue el propietario de sus abuelos, pero puesto al revés. Hablo de sus ideas, porque Glissant, como antes Césaire, es poeta y narrador pero también filósofo. Para Glissant, sólo un pensamiento que admita el temblor, la incertidumbre, la duda, la ambigüedad, vale decir, un pensamiento mestizo, puede captar con suficiente sutileza las transformaciones del mundo caótico en que vivimos. "La creolización mundial es irreversible", sostiene; buena noticia para quienes pensamos, como él, que "las identidades fijas son perjudiciales para la sensibilidad del hombre contemporáneo". Sin embargo, por momentos se diría que Glissant, hijo espiritual de Césaire, cede a la tentación de la muerte del padre (simbólica, es claro) al identificar la negritud, en forma algo injusta, con el afrocentrismo de los negros norteamericanos en los años sesenta.

¿La negritud se ha visto sobrepasada por la creolización? Es evidente que, en un principio, existió por oposición al mundo de los blancos. Si éstos no hubieran sido negreros ni colonizadores, nadie habría tenido necesidad de manifestar su orgullo de ser negro, así como nadie, normalmente, debería avergonzarse de su nívea tez. Pero las cosas suelen no ser normales, y mientras en nuestro país, sin ir más lejos, se siga hablando de cabecita y de negrada, o en la Santa Cruz boliviana se siga rechazando al colla (me acuerdo bien de las chicas cruceñas que, en los años cincuenta, no se depilaban las piernas para mostrar su superioridad racial, porque la india es lampiña), mientras no se comprenda que nuestra fortuna es haber sido tierra de sangres mezcladas desde la llegada del primer barco español; nos quedarán motivos para ponernos colorados por nuestra "blanquitud".

Lo novedoso de la candidatura de Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos, inimaginable en tiempos de Césaire y de Senghor, reside precisamente en su carácter créole. Obama no es ni negro ni blanco, es las dos cosas. Su inteligencia está en mostrarse como un representante de un país multiétnico, capaz de comprender los fragmentos que lo componen y de sintetizarlos; mientras que la falta de inteligencia, o la insidia solapada, consiste en continuar considerándolo "el candidato negro", como si un padre africano borrara de un plumazo a una madre blanca.

El Ku Klux Klan y los SS han compartido ese criterio, de acuerdo con el cual basta con un octavo de negro o de judío para ser merecedor del fuego o del gas. No, Obama no reivindica la negritud. Reivindica, sin ponerle ese nombre, la creolización. Pero no es posible extender la primera a la segunda -para ampliarla, no para negarla-, sin comenzar por inclinarse con toda reverencia ante esos versos universales en los que el negro Aimé Césaire se volvía judío, hindú, pobre y oprimido de cualquier lugar. [Tomado de Cuba Literaria, 23/06/08]

 


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1

Partir.
Así como hay hombres-hiena y hombres-pantera, yo
seré un hombre-judío,
un hombre cafre
un hombre-hindú-de-Calcuta
un-hombre-Harlem-sin-derecho-a-voto
El hombre-hambre, el-hombre -insulto, el hombre-tortura
se le podría
prender en cualquier momento, molerlo a golpes-matarlo
por completo
sin tener que rendirle cuentas a nadie.

2

Un hombre judío
un hombre-progom
un perro de caza
un pordiosero.
Pero, ¿es que puede uno matar el remordimiento, bello
como la cara de sorpresa de una dama inglesa al encontrar
en su sopa un cráneo de hotentote?
Yo reencontraría el secreto de las grandes comunicaciones
y de las grandes combustiones. Diría tempestad, diría río.
Diría ciclón. .Diría hoja. Diría árbol, mejorarían todas las
lluvias, me humedecerían todos los rocíos.
Me revolcaría como sangre frenética sobre la lenta corriente
del ojo de las palabras,
en caballos locos, en niños tiernos, en toques de queda en vestigios
de templo, en piedras preciosas, lo bastante lejos como para
descorazonar a los menores.
Quien no me comprenda no comprenderá el rugido del tigre

3

Es mío
un hombre solo preso de blancura
un hombre solo que desafía los gritos de la muerte
blanca
(TOUSSAINT,TOUSSAINT L'OUVERTURE)
un hombre solo que fascina al gavilán blanco de la muerte
blanca
un hombre solo en la mar infecunda de la arena blanca
es un viejecito que se eleva contra las aguas
del cielo.
La muerte describe un círculo brillante encima de este hombre
la muerte brilla dulcemente sobre su cabeza
la muerte sopla en la caña madura de sus brazos
la muerte galopa en la prisión como un caballo blanco
la muerte luce en la sombra como los ojos de los gatos
la muerte hipa como el agua bajo las rocas
la muerte es un pájaro herido
la muerte decrece
la muerte vacila
la muerte es un paytura sombrío
la muerte expira en una blanca balsa de silencio.

----

“… Y he aquí que de pronto fuerza y vida me acometen como un toro y la onda de vida rodea la papila del morro, y aquí están todas las venas y vénulas atareadas en la sangre nueva y el enorme pulmón de los ciclones que respira y el fuego atesorado de los volcanes y el gigantesco pulso sísmico que lleva el compás de un cuerpo vivo en mi firme incendio.

Y ahora que estamos de pie, mi país y yo, con los cabellos al viento y mi pequeña mano ahora en su puño enorme y la fuerza no está en nosotros sino por encima de nosotros, en una voz que barrena a la noche y a la audiencia como la penetración de una avispa apocalíptica. Y la voz dice que Europa durante siglos nos ha cebado de mentiras e hinchado de pestilencias,
porque no es verdad que la obra del hombre haya terminado
que no tengamos nada que hacer en el mundo
que seamos unos parásitos en el mundo
que basta que nos pongamos al paso del mundo
pero la obra del hombre ha empezado ahora
y falta al hombre conquistar toda prohibición
inmovilizada en los rincones de su fervor
y ninguna raza tiene el monopolio de la belleza, de la inteligencia,
de la fuerza
y hay sitio para todos en la cita de la conquista y ahora sabemos que el sol gira alrededor de nuestra tierra iluminando la parcela que ha fijado nuestra sola voluntad y que toda estrella que cae del cielo a la tierra a nuestra voz de mando sin límite.

Ahora poseo el sentido de las ordalías; mi país es “la lanza de noche” de mis antepasados bámbaras que se arruga y su punta huye desesperadamente hacia el astil si se la rocía con sangre de pollo y dice que es sangre de hombre lo que necesita su temperamento, grasa, hígado, corazón de hombre, no sangre de pollo.

Y yo busco para mi país no corazones de dátil, sino corazones de hombre que, para entrar en las ciudades de plata por la gran puerta trapezoidal, golpeen la sangre viril, y mis ojos barren mis kilómetros cuadrados de tierra paternal y enumero las llagas con una especie de júbilo y las hacino una sobre otra como raras especies, y mi cuenta se alarga siempre con imprevistas acuñaciones de la bajeza.

Y aquí están aquellos que no se consuelan de no ser hechos a semejanza de Dios sino del diablo, aquellos que consideran que se es negro como se es dependiente de segunda clase: esperando mejorar y con la posibilidad de subir más alto; aquellos que capitulan ante sí mismos, aquellos que viven en el fondo de la mazmorra de sí mismos; aquellos que se envuelven con seudomorfosis orgullosa; aquellos que dicen a Europa: “Mire, yo sé cómo hacerle reverencias, cómo prestarle mis respetos, en suma, no soy diferente de usted; no haga caso de mi piel negra: me ha tostado el sol”.

Y hay el rufián negro, el áscari negro, y todos cebras se zarandean a su manera para hacer que el listado de sus pieles caiga en un rocío de leche fresca. Y en medio de todo esto yo digo ¡hurra! mi gran padre se muere, yo digo ¡hurra! la vieja negritud se cadaveriza progresivamente.

No hay que decir: era un buen negro. Los blancos dicen que era un negro, un verdadero buen negro, el buen negro de su amo.

Yo digo ¡hurra!
Era un muy buen negro,
la miseria le había herido pecho y espalda y habían metido en su pobre mollera que una fatalidad pesaba sobre él y que no la puede manejar a su antojo que no tenía poder sobre su propio destino; que un señor avieso había desde tiempo inmemorial escrito leyes de prohibición en su naturaleza pelviana; y ser el buen negro; creer honradamente en su indignidad, sin la curiosidad perversa de verificar nunca los jeroglíficos fatídicos.
Era un muy buen negro.

Y no se le ocurría la idea de que podría azadonar, ahondar, cortarlo todo, cualquier otra cosa verdaderamente que no fuese la caña insípida.

Era un muy buen negro.

Y le lanzaban piedras, trozos de chatarra, cascos de botella, pero ni esas piedras, ni esa chatarra, ni esas botellas…
Oh quietos años de dios sobre este mogote terráqueo!

Y el látigo disputó el chupeteo de las moscas el rocío azucarado de nuestras llagas.

Yo digo hurra! la vieja negritud
se cadaveriza progresivamente
el horizonte se deshace, retrocede y se ensancha
y entre desgarrones de nubes aparece el fulgor de un signo.

El negrero cruje por todas partes… Su vientre se convulsiona y resuena… La horrible tenía de su cargamento roe los intestinos fétidos del extraño niño de pecho de los mares.

Y ni el júbilo de las velas hinchadas como un abultado bolso de doblones, ni las jugarretas hechas a la tontería peligrosa de las fragatas policíacas le impiden oír la amenaza de sus gruñidos intestinos.

En vano para olvidarse de ello el capitán cuelga en su palo mayor el negro más gritón, o lo echa al mar, o lo entrega al apetito de sus molosos.

La negrería que huele a cebolla frita vuelve a encontrar en su sangre derramada el sabor amargo de la libertad

Y está de pie la negrería

La negrería sentada
inesperadamente de pie
de pie en la cala
de pie en los camarotes
de pie en el puente
de pie en el viento
de pie al sol
de pie en la sangre
de pie
y
libre
de pie y no como una pobre loca en su libertad y su indigencia marítimas girando en la deriva perfecta y aquí está:
más inesperadamente de pie
de pie en los cordajes

de pie ante el timón
de pie ante la brújula
de pie ante el mapa
de pie bajo las estrellas
de pie
y
libre

Y el navío lustral hiende impávido las aguas
Desplomadas
Y ahora se pudren nuestras borlas de ignominia!
por el sol abrotoñado de medianoche
escucha gavilán que tienes las llaves de oriente
por el día desarmado
por el tiro de piedra de la lluvia

Escucha perro blanco del norte, serpiente negra del
Mediodía
que rematáis el cinturón del cielo
todavía hay un mar por cruzar
para que yo invente mis pulmones
para que el príncipe se calle
para que la reina me bese
todavía un viejo mar por asesinar
un loco por entregar
para que mi alma brille ladre brille
ladre ladre ladre
y que chille la lechuza mi bello ángel curioso.
El maestro de las risas?
El maestro del silencio formidable?
El maestro de la esperanza y la desesperación?
El maestro de la pereza? El maestro de las danzas?
Soy yo!
y por eso, señor
los hombre de cuello frágil
recibe y percibe fatal calmoso triangular
y para mí mis danzas
mis danzas de mal negro
para mí mis danzas
la danza rompe-argolla
la danza salta-prisión
la danza es-hermoso-y-legítimo-ser-negro
para mí mis danzas y salta el sol en la raqueta de mis manos
pero no el sol desigual ya no me basta
enróscate, viento, alrededor de mi nuevo crecimiento
pósate en mis dedos medidos
te entrego mi conciencia y su ritmo de carne
te entrego los fuegos donde se asa mi debilidad
te entrego la cadena múltiple
te entrego el pantano
te entrego el intourist del círculo triangular
devora desea
te entrego mis palabras abruptas
devora enróscate

y enroscándote abrázame con un más vasto
estremecimiento
abrázame hasta el nosotros furioso
abraza, abrázanos
pero habiéndonos igualmente mordido
hasta la sangre de nuestra sangre mordido,
abraza, abraza mi pureza sólo se enlaza con tu pureza
pero entonces abraza
como un campo de apretados filaos
en la noche
nuestras multicolores purezas
y enlaza, enlázame sin remordimientos
enlázame con tus inmensos brazos de arcilla luminosa
enlaza mi negra vibración al ombligo mismo del mundo
enlaza, enlázame, áspera fraternidad,
y luego, estrangulándome con tu lazo de estrellas, sube,
paloma
sube
sube
sube

Yo te sigo, impresa en mi atávica córnea blanca,
sube lamedor de cielo
y el gran agujero negro donde yo quería ahogarme
en la otra luna
es allí donde quiero pescar ahora la lengua maléfica
de la noche en su inmóvil vibración”.

(De Cuaderno de un regreso al país natal, 1939)


Supervivencia

Te evoco
bananero patético que agitas mi desnudo corazón
en el día salmodiante
te evoco
viejo hechicero de las montañas sordas por la noche
justamente la noche que precede a la última
y sus redobles de tedio golpeando en la poterna loca de las ciudades
enterradas
pero no es sino el preludio de las selvas en marcha sobre el cuello
sangrante del mundo
es mi odio singular
llevando a la deriva sus témpanos de hielo en el aliento de las
verdaderas llamas
dadme
ah dadme el ojo inmortal del ámbar
y sombras y tumbas de granito cuadriculado
pues la barrera ideal de los planos húmedos y de las hierbas
acuáticas
escucharán en las zonas verdes
los intérpretes del olvidos anudándose y desanudándose
y las raíces de la montaña
exaltando la estirpe real de los almendros de la esperanza
florecerán por los senderos de la carne
(la penuria de vivir pasando como una tempestad)
mientras que bajo el cartel del cielo
un fuego de oro sonreirá
al canto ardiente de las llamas de mi cuerpo

(Las armas milagrosas, 1946. Traducción de Lizandro Z.D.Galtier)


Sol serpiente

Sol serpiente ojo fascinador ojo mío
el mar piojera de islas crujiendo en los dedos de las rosas
lanza-llamas y mi cuerpo intacto de fulminado
el agua eleva las osamentas de luz perdidas en el corredor sin pompa
torbellinos de hielo aureolan el corazón humeante de los cuervos
nuestros corazones
es la voz de los rayos domesticados que giran sobre sus goznes de lagartija
traslado de anolis al paisaje de vidrios rotos
son las flores vampiros que suben a relevar las orquídeas
elixir del fuego central
juego justo fuego mango nocturno cubierto de abejas
mi deseo un azar de tigres sorprendidos en los azufres
pero el despertar estañoso se dora con los yacimientos infantiles
y mi cuerpo de guijarro que come pescado que come
palomas y sueños
el azúcar de la palabra Brasil en el fondo de la ciénaga

(Las armas milagrosas, 1946. Traducción de Aldo Pellegrini)


Elegía

El hibisco no más que un ojo reventado
de donde pende el hilo de una larga mirada, las trompetas de esparavanes
el gran sable negro de los flamboyanes, el crepúsculo llavero siempre tintineante
las arecas indolentes soles que jamás se pusieron por traspasadas por un alfiler que las tierras que se saltan la tapa de los sesos
no dudan nunca en incrustarse
hasta el corazón, los fantasmas horrorosos, Orión
la extática mariposa que los pólenes mágicos
crucificaron sobre la puerta de las noches cimbreantes
los bellos tirabuzones negros de las cañafístulas mulatas
altaneras cuyo cuello tiembla levemente bajo la guillotina

y no te sorprendas si en la noche gimo más hondamente o si mis manos estrangulan más sordamente es el tropel de viejas penas que hacia mi olor negro y rojo en escolopendra
alarga la cabeza y con una insistencia en el hocico aún blanda y desmañada busca más dentro mi corazón de nada me sirve entonces apretarle contra el tuyo y perderme en la espesura de tus brazos que acaba por encontrarlo y muy gravemente de manera siempre nueva
lo lame amorosamente
hasta que brota salvaje la primera sangre
bajo las bruscas garras desplegadas del
DESASTRE

................


Pero al hacerlo, oh corazón, preservadme de cualquier odio
no hagáis de mí este hombre de odio
para quién sólo tengo odio
pues aunque limitado en esta única raza
conocéis sin embargo mi amor tiránico
sabéis que no por odio de otras razas
me exijo labriego de esta única raza
cuanto deseo
es por el hambre universal
por la sed universal

(Cuaderno de un regreso al país natal, 1939)


Cuerpo perdido

Yo que Krakatoa
yo que todo mejor que monzón
yo que a pecho descubierto
yo que carraspeo como un árgano viejo
yo que balo mejor que una cloaca
yo que fuera de gama
yo que Zambeze frenético o rombo o
caníbal
quisiera ser cada vez más humilde y más manso
siempre más grave sin vestigio ni vértigo
caer hasta perderme
en la viviente sémola de una tierra bien abierta
Fuera una neblina en lugar de atmósfera no
sería nada sucia
cada gota de agua conteniendo un sol
cuyo nombre idéntico para todas las cosas
sería el ENCUENTRO MAS TOTAL
de tal suerte que no se sabría a ciencia cierta
si cruza una estrella o una esperanza acaso
o un pétalo de flamboyán
o una retirada submarina
que las antorchas de las medusas aurelias frecuentan
Imagino que entonces la vida me bañaría por completo
mejor la sentiría palpándome o mordiéndome
tendido sentiría llegarme los olores al fin liberados
cual manos caritativas
que me atravesarían
para mecer largos cabellos
más largos que ese pasado que no puedo alcanzar.
Cosas apartaros, haced sitio
a mi reposo que alza en oleaje
mi cresta terrible de raíces fondeadoras
buscando dónde asirse
oh cosas, yo sondeo y sondeo
yo, el cargador, soy portarraíces
yo peso, fuerzo y arcaneo
y ombligueo
Ah, quien hacia los arpones me lleva
estoy muy débil
silbo, sí, silbo cosas muy antiguas
de serpientes de cosas cavernosas
Soy oro viento paz aquí
y contra mi hocico inestable y fresco
poso contra mi rostro corroído
tu frío rostro de risa descompuesta.
El viento, ay, lo escucharé aún
negro, negro, negro desde el fondo
del cielo inmemorial
un poco menos fuerte que hoy en día
pero demasiado fuerte sin embargo
y ese loco aullido de perros y caballos
que envía a nuestra persecución siempre cimarrona
mas a mi vez en el aire
me alzaré en un grito tan violento
que voy a salpicar al cielo entero
por mis ramas destrozadas
y por el chorro insolente de mi barril herido y solemne
ordenaré a las islas existir.


Conquista del alba

Morimos nuestra muerte en bosques de eucaliptos gigantes
acariciando encalladuras de paquebotes absurdos
en el país para crecer
drosera irrespirable
paciendo en las desembocaduras de las claridades sonámbulas
ebria
muy ebria guirnalda arrancando demostrativamente* nuestros pétalos sonoros
en la lluvia campanularia de sangre azul,

Morimos
con miradas creciendo en amores extáticos en salas carcomidas
sin palabras que se opongan en los bolsillos, como una isla
que se hunde en la explosión brumosa de sus pólipos
—la noche,

Morimos
entre sustancias vivientes hinchadas anecdóticamente
de premeditaciones
arborizadas que sólo regocijan, que sólo se insinúan en el corazón mismo
de nuestros gritos, que únicamente reverdecen con voces de niño,
que solamente
trepan a lo largo de los párpados en el peldaño
agujereado miriápodos sagrados lágrimas silenciosas,

Morimos de una muerte blanca floreciendo de mezquitas su dintel de espléndida ausencia donde la araña de perlas saliva su ardiente melancolía de mónada convulsiva

en la inenarrable conversión del Fin

Maravillosa muerte de nada Una esclusa alimentada en las fuentes más secretas de la ravenala se ensancha en grupa de gacela desprevenida

Maravillosa muerte de nada.

Las sonrisas escapadas al lazo de las complacencias deshácense sin precio de las joyas de su infancia en plena feria de sensitivas en delantal de ángel en temporada liminar de mi voz sobre la suave pendiente de mi voz a voz en grito para dormirse.

Maravillosa muerte de nada

¡Ah! El penacho depositado de los orgullos pueriles
las ternuras adivinadas
he aquí con puertas más pulidas que las rodillas de
la prostitución—
el castillo de los relentes— mi ensueño
donde adoro
con la aridez de los corazones inútiles

(salvo del triángulo orquial que sangra violento como el silencio de las tierras bajas)
brotar
en una gloria de trompetas libres con cáscara escarlata
corazón no mantecoso, sustrayendo a la ancha voz de los precipicios
incendiarios y embriagadores tumultos de cabalgata


Cadáver de un frenesí

el recuerdo de un camino que sube mucho a la sombra de los bambúes di guarapo que vuelve a inventarse siempre y el olor de los ciruelos de España
se dejaron olvidadas
las enaguas del mar
los tiempos de la infancia
el parasol de los coccolobis

al llegar a la curva me vuelvo y miro por encima del hombro
de mi pasado lleno del ruido mágico en el momento preciso
siempre incomprensible y angustioso del fruto del árbol del pan
que cae rodando hasta el barranco en donde nadie lo encuentra
la catástrofe se ha hecho un trono instalándolo demasiado alto
del delirio de la ciudad destruida es mi vida incendiada

Dolor tú perderás
él hábito que se grita:
que he soñado con el rostro torcido
boca amarga he soñado con todos los vicios de mi
sangre
y los fantasmas rondaron cada uno de mis gestos
en el escote de la suerte
no importa es debilidad

vela corazón mío
único prisionero que inexplicablemente sobrevive
en su celda
a la evidencia del destino
feroz taciturno
muy al fondo lámpara encendida por su terrible
herida


Paciencia de signos

Sublimes excoriaciones de una carne fraterna y hasta las fogatas rebeldes de mil aldeas azotadas
arenas
fuego
mástil profético de las carenas
fuego
vivero de murenas fuego
fuego faroles de situación de una isla en pesadumbre
fuegos huellas de hoscos rebaños que se
deletrean en los barros
pedazos de carne cruda
gargajos suspendidos
esponja rezumante de hiel
vals de fuego de los céspedes llenos de cucuruchos que caen del impulso frustrado de grandes ta-bebuyas
fuegos de los tizones perdidos en un desierto de llantos y cisternas huesos
fuegos desecados más nunca tan desecados que no palpite un gusano pregonando su carne nueva

semillas azules del fuego
fuego de los fuegos
testigos de ojos que para las locas venganzas se exhuman y se agrandan
polen polen
y por los guijarros donde se redondean las bahías nocturnas de suaves manzanillos
buenas naranjas siempre accesibles a la sinceridad de las sedes largas


Poema parta el alba

Arrebatos de carne viva
en los estíos explayados de la corteza cerebral
han flagelado los contornos de la tierra
los ranforinquios en el sarcasmo de sus colas
captan el viento
el viento que ya no tiene espada
el viento que ya no es sino una caña de pescar los frutos de
todas las estaciones del cielo
manos abiertas
manos verdes
para las bellas fiestas de las funciones anhídridas
nevarán adorables crepúsculos sobre las manos tronchadas de las
memorias respirantes
y de ahí
sobre las grietas de nuestros labios de Orinoco desesperado
la feliz ternura de las islas mecidas por el pecho adolescente
de las fuentes del mar
y en el aire y en el pan siempre renaciente de los esfuerzos
musculares
el alba irresistible abierta bajo la hoja
cual claror el impulso espinoso de las belladonas


Visitación

oh marejada anunciadora sin nombre sin polvo de toda palabra
vinosa
marejada y mi pecho salado en las ensenadas de los antiguos días
y el joven color
tierno en los senos del cielo y de las mujeres eléctricas
de qué diamantes

fuerzas eruptivas trazad vuestros orbes
comunicaciones telepáticas retomad a través de la materia
refractaria
los mensajes de amor extraviados en los cuatro rincones del mundo
volved a nosotros reanimados
por las palomas viajeras de la circulación sideral

en lo que a mí se refiere a nada temo soy de antes de Adán no
dependo siquiera del mismo león
ni del mismo árbol soy de otra caloría y de otro frío
oh mi infancia leche de luciérnaga y estremecimiento de reptil
pero ya la víspera se impacientaba hacia el astro y la poterna
y huíamos
sobre un combado mar increíblemente sembrado de popas de
naufragios
hacia una orilla donde me aguardaba un pueblo agreste y penetrador
de bosques con
ramas de hierro forjado en las manos -el sueño camarada sobre
la escollera- el perro azul de la metamorfosis
el oso blanco de los témpanos de hielo y Tu muy salvaje des-
aparición
tropical como una aparición de lobo nocturno en pleno mediodía.

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