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Giorgio Agamben (Roma, 1942). Giorgio Agamben se ha convertido en
una referencia obligada en el campo de la filosofía política contemporánea. En
gran medida, esto se debe a su obra Homo sacer I. El poder soberano y la vida
desnuda (1995), en la cual interpreta la categoría de soberanía desde la
perspectiva filosófica de Hannah Arendt y de Michel Foucault. La inclusión de la
vida biológica en los mecanismos del Estado, que para Foucault y Arendt
constituía la novedad política de la Modernidad, para Agamben constituye la
esencia misma de todas las formas de poder político en Occidente.
Estado de excepción (cuya edición española se publicó en Buenos Aires el año
pasado) se presenta como la primera parte del segundo volumen de Homo sacer. El
título indica el tema abordado: una reconstrucción histórica de la noción del
estado de excepción y un análisis de su sentido y sus consecuencias actuales.
En Homo sacer III, Lo que queda de Auschwitz (1998), Agamben aborda la
comprensión del significado ético y político del exterminio. En esta
perspectiva, Auschwitz no se presenta sólo como el campo de la muerte, sino como
el lugar de un experimento sobre los límites de lo humano.
Si bien la figura intelectual de Agamben se impone a través de sus trabajos de
filosofía política, sus numerosos libros y artículos dan testimonio de una
multiplicidad de intereses: la Lingüística, la Literatura medieval y
renacentista, el Derecho, la Teología y, en particular, la Estética. En cada uno
de estos campos sabe combinar, junto a una exquisita erudición, la
contextualización filológica e histórica de textos y autores con el análisis
conceptual preciso y novedoso.
Biografía
Giorgio Agamben nació en Roma en 1942. Se doctoró en la Università di Roma con una tesis sobre el pensamiento político de Simone Weil. Durante estos años frecuentó a Elsa Morante, Pier Paolo Passolini e Ingeborg Bachmann. En 1966 y 1968 asistió a los seminarios de Heidegger en Le Thor (Suiza) sobre Heráclito y Hegel. Fue Lettore di Italiano en la Université de Haute-Bretagne. En París estudió lingüística y medievalística y frecuentó a Pierre Klossowski e Italo Calvino. En 1974 y 1975 realizó investigaciones en el Warburg Institute de Londres sobre la relación entre lenguaje y el fantasma en el concepto medieval de melancholia. El resultado de este trabajo es su libro Estancias (1979). De 1986 a 1993 fue Director de Programa en el Collège International de Philosophie (París), donde entabló amistad con Jean-Luc Nancy, Jacques Derrida y Jean-François Lyotard. De 1988 a 1993 fue Profesor Asociado de Estética en la Università di Macerata, y de 1993 a 2003 fue Profesor Asociado de Estética en la Università di Verona. Desde 1994 es Visiting Professor en varias universidades de los Estados Unidos. En el año 2003 fue nombrado Distinguished Professor en la New York University, pero luego rechazó el encargo en protesta contra la política exterior y migratoria de la administración norteamericana. Desde el 2003 es Profesor de Estética en la Facoltà di Design e Arti de la Università IUAV de Venecia. Dirigió la edición italiana de las Obras completas de Walter Benjamin para la Editorial Einaudi de Turín.
Obras
(1970) L’uomo senza contenuto, Milano, Rizzoli (Macerata, Quodlibet, 1994).
(1979) Stanze, Torino, Giulio Einaudi.
(1979) Infanzia e storia, Torino, Giulio Einaudi.
(1982) Il linguaggio e la morte, Torino, Giulio Einaudi.
(1982) La fine del pensiero, Paris, Le Nouveau Commerce.
(1985) Idea della prosa, Milano, Feltrinelli (Macerata, Quodlibet, 2002).
(1990) La comunità che viene, Torino, Giulio Einaudi.
(1993) (con Gilles Deleuze) Bartleby, la formula della creazione, Macerata,
Quodlibet.
(1995) Homo sacer I. Il potere sovrano e la nuda vita, Torino, Giulio Einaudi.
(1996) Mezzi senza fine, Torino, Bollati Boringhieri.
(1996) Categorie italiane, Venezia, Marsilio.
(1998) Image et mémoire (Marco Dell’Omodarme et al., trad.), Paris, Hoëbeke.
(1998) Quel che resta di Auschwitz, Torino, Bollati Boringhieri.
(2000) Potentialities (Daniel Heller-Roazen, ed. & trans.), Stanford, Stanford
University Press.
(2000) Il tempo che resta, Torino, Bollati Boringhieri.
(2002) L’aperto, Torino, Bollati Boringhieri.
(2003) (con Valeria Piazza) L’ombre de l’amour, Paris, Rivages.
(2003) Stato di eccezione, Torino, Bollati Boringhieri.
(2004) Genius, Roma, Nottetempo.
(2004) Il giorno del giudizzio, Roma, Nottetempo.
(2004) Profanazioni, Roma, Nottetempo.
(2005) La potenza del pensiero. Saggi e conferenze, Neri Pozza.
Fuente: www.agamben.com.ar
El pensamiento de Giorgio Agamben
El filósofo italiano se convierte tras 'Profanaciones' en el perfecto relevo del
postestructuralismo francés y ofrece una alternativa geopolítica al pensamiento
de Richard Rorty.
Por María Teresa Lezcano
Uno no puede leer sólo a Baudrillard y a Jameson para entender la deriva
terminal del mundo globalizado. A partir de un momento determinado se hizo
también necesario leer a Slavoj Zizek, el gran
provocador escénico de la inteligencia contemporánea. Pero nadie puede entender
nada en los cambios políticos de las últimas décadas y su conexión con la
totalidad de la historia y la cultura occidentales si no ha leído a Giorgio
Agamben, el pensador italiano que ha opuesto una potencia intelectual
insospechada al "pensamiento débil" de moda en decenios anteriores.
Por una vez, la publicidad de la
editorial acierta: Agamben es, en efecto, "el filósofo más importante, leído y
respetado de la Europa actual", y, sobre todo, un continuador crítico de Walter
Benjamin y Martin Heidegger (con lo que este acoplamiento de adversarios
ideológicos supone de estimulante) tanto como de Michel Foucault o Guy Debord,
entre otros, por lo que la impronta de su pensamiento podría caracterizarse
apresuradamente como el perfecto relevo del postestructuralismo francés y, al
mismo tiempo, una alternativa geopolítica imprescindible al pensamiento
anglosajón de Richard Rorty y otros. Sin embargo, Agamben es un pensador
exigente e intempestivo, de ideas o argumentos de imposible aceptación en un
contexto comunicativo dominado por lo que denomina el "pensamiento
espectacular", esa amalgama tóxica de tópicos sesgados y eslóganes ramplones con
la que los poderes mediáticos polucionan la conciencia colectiva de las
democracias occidentales.
De entre todos sus libros, tratándose de un pensador de una coherencia asombrosa
a pesar de la multiplicidad de campos en los que ejerce su sabiduría y
penetración intelectiva, destacaría por su insuperable valor 'Estancias: La
palabra y el fantasma en la cultura occidental', 'La comunidad que viene' y, muy
especialmente, su ingente obra en curso 'Homo Sacer', el tratado filosófico que
ha revolucionado el pensamiento político contemporáneo al analizar el
funcionamiento del poder y la organización social a partir de paradigmas
extremos como el 'campo de concentración' o el 'estado de excepción'. La
categoría más recurrente de Agamben, tomada de Foucault, la constituye la 'biopolítica',
esto es, la lucha de la vida y las formas de la vida contra el poder que trata
de someterlas a sus fines por medios a menudo ilegítimos: "la historia de los
hombres no es acaso otra cosa que el incesante cuerpo a cuerpo con los
dispositivos que ellos mismos han producido -con el lenguaje en primer lugar".
Conceptos antitéticos
'Profanaciones' podría considerarse una síntesis deslumbrante de todos sus
planteamientos y una muestra condensada del estilo y el método de su autor. En
nueve capítulos de diferente extensión y ambición, Agamben conforma una visita
guiada por el museo vivo de su pensamiento revisando algunos de sus motivos
habituales. Confiriéndoles esta vez un tratamiento literario más creativo o
recreativo, de una intensidad y belleza lindantes con la gran poesía, logra la
articulación de un discurso digresivo y fragmentario donde se conjugan conceptos
antitéticos como lo profano y lo sagrado, la pornografía y la política, la
religión y la fotografía, el judaísmo y la publicidad, el espectáculo mediático
y el día del juicio, la parodia y el infierno, etc., en tanto encarnación de los
conflictos y dilemas de nuestra época.
En este sentido, su pensamiento sigue aquí un itinerario excéntrico: desde una
reflexión inicial de índole etimológica sobre el concepto genuino de 'genio'
hasta una consideración final acerca de la inanidad de nuestras imaginaciones
suscitada por una reveladora escena del 'Quijote' de Orson Welles. Esta clausura
funciona, en cierto modo, como apólogo y aporía de la obra completa: el gesto
del alucinado caballero que en pos de su fantasma destruye con su espada la
pantalla cinematográfica y, con ella, la imagen de su deseo, refleja la
desolación del filósofo que a fuerza de disipar los errores que extravían a su
razón acaba descubriendo el vacío de su impostura. Contra esta impostura,
precisamente, alza Agamben la negativa irradiación de su pensamiento.
Fuente: www.diariosur.es
Un
encuentro con Giorgio Agamben
Dice Agamben:
- La cuestión nominal no me interesa sino cuál es la estructura jurídica de
estos lugares. Los nombres no tienen ninguna importancia: recordemos que al
Instituto que regulaba los Lager nazis se lo llamaba Schutzhaft, o sea "custodia
de protección". Es necesario, más bien, preguntarse si existen "campos" hoy en
Europa. Y esto más allá del problema, también importantísimo, de las condiciones
materiales. Estos lugares han sido pensados como "espacios de excepción" desde
un inicio. Son zonas pensadas como zonas de excepción en un sentido técnico,
como eran zonas de suspensión absoluta de la ley los campos de concentración,
donde -como dice Hannah Arendt- "todo era posible", justamente porque la ley
estaba suspendida.
Usted ha insistido en el carácter para nada marginal sino fundante de la
"ceremonia de despojamiento de la ciudadanía" que se cumplía antes de la
internación en el campo. En ese pasaje del status de ciudadano de, digamos,
Malí, Marruecos, Albania o Turquía al status de "expulsado", reencontramos los
rasgos de aquella macabra ceremonia...
- Es como si se tratase de señalar una serie de cesuras que definen el
progresivo despojamiento del estatuto jurídico de un sujeto, como en el caso de
los judíos en la Alemania nazi. Las leyes de Nuremberg comenzaron creando
ciudadanos de segunda clase: los de "origen no ario". Luego había una nueva
cesura que distinguía entre Volljuden y Mischlinge, y finalmente una última
cesura que los transformaba en "internos". Examinando el artículo 14 del "Texto
único (de la Ley de Inmigración Italiana)", me llamó la atención el hecho de que
las personas retenidas sean aquellas que ya habían sido objeto de una orden de
expulsión, pero con las que no había sido posible llevar adelante la orden. Si
los sujetos ya han sido expulsados, no son, para decirlo de alguna manera,
existentes en el territorio del Estado, desde el punto de vista jurídico. La
situación de excepción que se crea es que las personas detenidas en estos
centros no tienen asignado ningún estatuto jurídico. Es como si su existencia
física hubiese sido separada de su estatuto jurídico.
Hay otro elemento concreto: es gente carente de documentos, que -para asegurarse un eventual reingreso en Italia- declara falsos datos generales, incluso una falsa nacionalidad de origen. También esto provoca, frente al aparato de disciplinamiento, que aparezcan como privados del aura de la ciudadanía...
ProfanacionesPor Manuel Arranz Hoy día -conocerán ustedes montones de personas así, y hasta podría darse el caso de que usted fuera una de ellas-, casi nadie celebra ya nada. Nada íntimo, me refiero, propio, personal, exclusivo. Por el contrario, las celebraciones impersonales y multitudinarias -gregarias es aquí término más exacto- abundan cada día más -la victoria de un equipo de fútbol es quizás el mejor ejemplo-, podría pensarse que para suplir la carencia de las otras. Claro que no lo consiguen, no pueden conseguirlo, pues en el fondo son dos manifestaciones antitéticas. De hecho estas celebraciones, todas ellas de un modo u otro vinculadas al juego, son propiamente hablando profanaciones. Porque la celebración tiene un carácter sagrado -de ahí quizás provenga precisamente el rechazo actual- vinculado al gasto, al despilfarro, y a la ostentación en el sentido batailleano de estos términos. De modo que si hemos dejado de celebrar, también hemos dejado en consecuencia de profanar. Las turistas que visitan el Vaticano obligadas a cubrirse los generosos escotes no son conscientes ni por asomo de la profanación que significaría no ir cubiertas. Toman la imposición por una especie de rito, como el llevar al fútbol la bufanda de tu equipo. De modo que cuanto menos celebramos, menos posibilidades de profanación tenemos. Y de la profanación sí que podemos decir en cambio que responde a la misma necesidad, sólo que en el sentido contrario, claro, que la celebración. Una necesidad, de nuevo un término denostado, de trascendencia. Giorgio Agamben, el filósofo italiano que ha acuñado una nueva categoría antropológica, el homo sacer, "el individuo excluido de la comunidad que puede ser asesinado impunemente", habla en este último libro de "la divinización de la persona, el principio que rige y expresa su existencia entera", y llama a este principio con el término latino genius, término derivado de "engendrar" (gignere) y del que derivan a su vez "genial", "congeniar", "ingeniar", "ingeniero", "congénito", e incluso "genital" y "genitivo". Una cadena etimológica como para hacer soñar a cualquiera. Genius viene a ser la suma de nuestras cualidades físicas y morales innatas, nos dice Agamben, y añade a renglón seguido que debemos ser condescendientes con genius y abandonarnos a él, ya que nuestra felicidad depende de un acuerdo más o menos tácito con él. No sé si cuando dice "abandonarnos" Agamben quiere decir "conformarnos", porque algunas cualidades innatas (físicas o morales) pueden hacernos un flaco favor. Pero tanto si quiere decir "conformarse" o "abandonarse", lo que posiblemente en muchos casos viene a ser lo mismo, la felicidad que pueden procurar esos predicados no parece ser algo muy feliz en el fondo. Creo más bien, que a las cualidades que debemos abandonarnos (y con las que debemos conformarnos) es a las adquiridas y no a las innatas, aunque el genio (genius), como él sugiere, posiblemente resida en las cualidades innatas, y el carácter en las adquiridas. Por lo demás, los ejemplos de Agamben son en sí mismos elocuentes. "Si, para escribir, tienes necesidad de ese papel amarillento, de esa pluma especial, si se prefiere además esa luz excelente que cae desde la izquierda, es inútil decirse que cualquier pluma haría el mismo servicio, que todo papel y toda luz son buenas". Sin duda Rilke estaría completamente de acuerdo con esto, o Schiller, quien al parecer no podía trabajar sin aspirar los efluvios de un cajón de manzanas podridas, pero también puedo imaginar la sonrisa de Wittgenstein mientras escribía el Tractatus en las trincheras. Digamos simplemente que cuando hay papel amarillento uno puede permitirse necesitarlo imperiosamente, pero que cuando no lo hay, el dilema se reduce a escribir o no escribir. Pero volvamos a genius y a la trascendencia. "La espiritualidad es ante todo conciencia del hecho de que el ser individuado no está enteramente individuado sino que contiene aún cierta carga de realidad no-individuada; y que es necesario no sólo conservar esta carga sino además respetarla y, de algún modo, honrarla, como se honran las propias obligaciones". Genius no es sólo lo impersonal, es también la emoción, el misterio, el aliento vital que no nos pertenece pero sin el que no podríamos vivir. Y genius es, como no podía ser menos en este mundo en el que casi todo tiene dos caras, doble. Nos guía y nos desorienta. Puede llegar a ser nuestra salvación y puede llegar a ser nuestra perdición. También, naturalmente, las dos cosas a la vez, pues hay quien se salva perdiéndose y quien se pierde al salvarse. Agamben prosigue su sugestiva deriva filosófico-literaria con una serie de calas sobre asuntos diversos, motivos de reflexión, o lo que tal vez sea lo mismo, de contemplación y de lectura. Una nota sobre lo que representa la fotografía, otra sobre el papel de los ayudantes en las novelas y en la vida, un texto sobre la parodia, otro sobre el deseo, una especulación sobre los espejos, y otra más sobre el autor. Sin duda se trata de profanaciones. Diversos tipos y diversas formas de profanaciones. En unos ca-sos somos nosotros el objeto, sujeto a la vez inevitablemente, de la profanación; como es el caso de la fotografía o de los espejos que profanan nuestra imagen, o también del deseo que profana nuestro amor. En otros son nuestras obras las que son objeto de profanación, las novelas, es decir la ficción, el concepto, es decir el estatuto de autor, o la función-autor que Foucault analizara (o "deconstruyera" si hubiera aceptado la particular terminología derrideana) en su célebre ¿Qué es un autor? Pero todas ellas, a la postre, profanaciones retóricas, en un mundo que al renegar de lo sagrado ha vuelto la profanación imposible. Lo que en el fondo no importaría demasiado, si no fuera porque la profanación, lo mismo que la celebración, y por idénticos, aunque antitéticos, motivos, es una necesidad del hombre. Tal vez por eso termina diciendo Agamben: "La profanación de lo improfanable es el deber político de la próxima generación". Fuente: www.letraslibres.com |
- No es casual que en el texto de
la ley no se hable nunca de "ciudadano extranjero". Se recurre siempre a
fórmulas vagas, del estilo de "la persona retenida". Ya desde un principio se
trata de personas cuya identificación, de acuerdo con el principio de
nacionalidad-ciudadanía, no puede funcionar. Y es en tanto tales que, a través
de la expulsión, posteriormente son despojados de todo estatuto jurídico y
retenidos en estos lugares. Es desde este punto de vista que se puede decir,
creo, midiendo los términos, que se trata de verdaderos "campos". Si el "campo"
es el lugar en el que, en cuanto espacio de excepción, no residen sujetos
jurídicos sino meras existencias, en ese caso estamos en presencia de un
"campo", ya que, en los treinta días que estas personas retenidas se encuentran
en los "Centros", permanecen allí en tanto "nudas vidas", privadas de todo
estatuto jurídico. Creo que esto es lo más grave; no se deberían crear nunca
lugares de este tipo.
Con la apertura de estos centros estamos asistiendo a un salto cualitativo en
las políticas de ciudadanía de los países de la Unión Europea. Hasta ahora
habíamos insistido en una política, condenable en sí misma, que creaba, en
círculos concéntricos, estatutos diferenciados. Aquí, en cambio, encontramos la
afirmación plena de la exclusión de la ciudadanía.
- También deberíamos preguntarnos quién es el expulsado, si es verdad que no es
más el ciudadano extranjero sino algo completamente escindido del concepto de
ciudadanía. ¿Quién es el "extranjero sin nombre", ni siquiera nombrado por la
ley, que durante treinta días vive en un espacio de vacío jurídico total? Habría
que verlo como figura del problema último de la ciudadanía.
Para usar sus palabras, ella o él son "vida nuda ante el poder soberano".
¿Pero con qué consecuencias, incluso para nosotros que creemos vivir protegidos
por nuestra condición de ciudadanos titulares de derechos? A partir de la
radicalidad de esta condición, ¿podemos llegar a pensar y a actuar de otra
manera?
- Debemos plantear dos cuestiones. Por un lado, tenemos la privación de todo
estatuto jurídico que plantea el problema de su tutela, de su defensa. Por otro,
son justamente estas figuras extremas las que ponen al desnudo aquello que está
detrás de la figura de ciudadano: por ello, podrían transformarse en el núcleo
de una reflexión encaminada a pensar de otro modo, a superar los actuales
conceptos de ciudadanía y nacionalidad.
Hoy en día, la creación de lugares de este tipo no puede sino hacernos pensar en
la persistencia de los campos de concentración, esparcidos por todo el
territorio europeo. No se deberían crear nunca lugares en los que la "nuda vida"
sea recluida y mantenida como tal, aunque sea sólo durante treinta días.
Los "expulsados" están allí, pero están ya en otro lugar: no en el territorio
del Estado italiano sino en ese límite, formalmente expulsados, esperando que se
efectivicen las condiciones prácticas de su alejamiento.
- Se ve claramente la dificultad para encontrar un nombre para las personas que
viven en estos centros. La figura del "expulsado retenido" es aun más paradójica
que la de los "internos" en los campos nazis: ellos estaban privados de todo, ya
no eran más ciudadanos, eran casi no-hombres, no eran ya nada y por lo tanto
eran eliminables. Éstos, en cambio, son expulsados. No están, pero son
retenidos. Resultan incluso más interesantes si tratamos de aplicarles alguna
figura lógica.
Probablemente porque en nuestro tiempo la estructura jurídica del "campo" debe
confrontarse más con la movilidad que con la estancialidad. Es sobre la
singularidad en movimiento sobre lo que debe intervenir. El poder no se analiza
ya en términos de exterminio sino en términos de control de los flujos. Es poder
soberano en tanto regulador de flujos, no en tanto ejercicio del derecho de vida
o de muerte sobre existencias estáticas.
- No se trata simplemente de la regulación de los flujos. Existirá siempre, en
esta regulación, la instancia en que la estructura debe aparecer como aquello
que es. El momento del bloqueo devela la estructura: como poder, yo estoy
regulando la nuda vida y en consecuencia el flujo biopolítico fundamental. Es
curioso ver cómo, en esta intervención del poder en la regulación de los flujos,
la existencia de estos "Centros" hace aparecer la esencia biopolítica del
control de estos flujos.
La biopolítica tiene un rostro siniestro, y otra cara que es su verdad. Estos
"Centros" podrían incluso transformarse en una especie de enclave que registra
la crisis de la ciudadanía.
- O en el conflicto que rompe la exclusión: la "exclusividad" de este espacio
puede determinar su transformación total. En efecto, estas personas han podido
retomar la palabra, narrando los episodios de arbitrariedad que cotidianamente
sufren, gracias a un hecho que tiene que ver con el conflicto: el hecho de que
las tute bianche -ciudadanos de este país que arriesgan sus propios cuerpos,
transformando sus cuerpos en "escudos humanos"- hayan roto esa barrera que
delimitaba el carácter de excepcionalidad de estos lugares, su separación de
nuestras ciudades. En el conflicto, en la ruptura de este confinamiento, reside
la posibilidad que tienen estos sujetos de volver a hablar...
Decía que la palabra de estos individuos nos puede decir algo importante. No se
trata tan sólo de la tutela jurídica. Una vez que hayan sido creadas existencias
de este tipo, el hecho de que reencuentren las palabras, de que puedan hablar,
es de todas maneras importante.
- Sí, porque nos interrogan radicalmente también a nosotros. Y cuando digo
"nosotros" quiero decir blancos, occidentales, ciudadanos de la Unión Europea,
titulares de derechos. Ellos interrogan nuestro estatuto radicalmente. Porque lo
ponen en cuestión, nos recuerdan la relación entre vida, existencia biológica y
ciudadanía, ponen al desnudo la fisura...
¿Qué es lo que han dicho? ¿Qué es lo que han narrado?
Nos han contado cosas que no habían dicho en una visita anterior de funcionarios
públicos y de políticos locales acompañados por la policía. Lo más escalofriante
no han sido los signos de golpes recibidos que estos "expulsados retenidos"
mostraban en los rostros sino la intervención de un médico de la Policía de
Estado que planteaba "qué necesidad hay de una intervención de la estructura
hospitalaria externa, si de eso nos encargamos nosotros". El mismo razonamiento
que el de los médicos de los campos de exterminio.
Retrato de un "pesimista"
Por Daniel Link
¿Quién es ese filósofo cuyo nombre resuena ya entre los grandes nombres del
pensamiento europeo contemporáneo, pronunciado a la francesa (con acento en la
última sílaba) -porque desde 1986 es director de programa en el Collège
International de Philosophie en París- o a la italiana (con acento en la segunda
sílaba) -porque nació en Roma en 1942? La foto más vieja que se puede conseguir
de Giorgio Agamben es de 1964 y lo muestra encarnando a San Felipe en El
evangelio según San Mateo de Pier Paolo Pasolini, el italiano más grande del
siglo XX. Pero no hay que engañarse: el joven Giorgio no era uno de esos ragazzi
de la calle que Pasolini incorporaba a sus películas. En 1965, Agamben obtiene
su título (summa cum laude) de graduación en leyes por la Universidad de Roma.
Su tesis examina el pensamiento político de Simone Weil. Entre 1966 y 1968
asiste en Alemania a los seminarios de Martin Heidegger sobre Heráclito y Hegel.
En 1970 publica el primer hito de su frenética y lúcida producción: L’uomo senza
contenuto (Rizzoli). Entre 1974 y 1975, trabaja con F. Yates en el Warburg
Institute de Londres sobre la relación entre lenguaje y fantasma en el concepto
medieval de melancolía (la "acedía"), de donde sale otro libro luminoso: Stanze:
la parola e il fantasma nella cultura occidentale (Einaudi, 1979).
Experiencia y lenguaje
Agamben no abandona la reflexión lingüística como una manera de construir una
ontología del presente. Infanzia e storia (publicado por primera vez en italiano
por Einaudi en 1979 y traducido ahora por Adriana Hidalgo) articula una teoría
de la historia y de la experiencia de base benjaminiana (Agamben es director, a
partir de 1979, de la edición italiana de las obras completas de Benjamin), con
profundos lazos con la teoría lingüística que le es contemporánea (Emile
Benveniste, sobre todo). Infancia e historia es un "ensayo sobre la destrucción
de la experiencia". Pero, a diferencia de lo que podía escribir Benjamin en la
década del 30, dice Agamben, "hoy sabemos que para efectuar la destrucción de la
experiencia no se necesita en absoluto de una catástrofe": para ello basta
perfectamente con la pacífica existencia cotidiana en una gran ciudad. "Pues la
jornada del hombre contemporáneo ya casi no contiene nada que todavía pueda
traducirse en experiencia: ni la lectura del diario, tan rica en noticias que lo
contemplan desde una insalvable lejanía, ni los minutos pasados al volante de un
auto en un embotellamiento; tampoco el viaje a los infiernos en los trenes del
subterráneo, ni la manifestación que de improviso bloquea la calle, ni la niebla
de los gases lacrimógenos que se disipa lentamente entre los edificios del
centro, ni siquiera los breves disparos de un revólver retumbando en alguna
parte; tampoco la cola frente a las ventanillas de una oficina o la visita al
país de Jauja del supermercado, ni los momentos eternos de muda promiscuidad con
desconocidos en el ascensor o en el ómnibus. El hombre moderno vuelve a la noche
a su casa extenuado por un fárrago de acontecimientos -divertidos o tediosos,
insólitos o comunes, atroces o placenteros- sin que ninguno de ellos se haya
convertido en experiencia."
Esa pérdida de la experiencia es en verdad una expropiación, "implícita en el
proyecto fundamental de la ciencia moderna", que transformó la experiencia en
"caso" o en "experimento". Es por eso que "en el seno de esta crisis de la
experiencia, la poesía moderna encuentra su ubicación más apropiada: porque si
se considera con atención, la poesía moderna -de Baudelaire en adelante- no se
funda en una nueva experiencia sino en una carencia de experiencia sin
precedentes". Un planteamiento riguroso del problema de la experiencia debe
entonces toparse fatalmente con el problema del lenguaje. "Una experiencia
originaria", concluye Agamben en Infancia y experiencia antes de dedicarse a
analizar el juego, los juguetes, el tiempo y la historia, "lejos de ser algo
subjetivo, no podría ser entonces sino aquello que en el hombre está antes del
sujeto, esdecir, antes del lenguaje: una experiencia muda en el sentido literal
del término, una in-fancia del hombre, cuyo límite justamente el lenguaje
debería señalar. Una teoría de la experiencia solamente podría ser en este
sentido una teoría de la in-fancia, y su problema central debería formularse
así: ¿existe algo que sea una in-fancia del hombre? ¿Cómo es posible la in-fancia
en tanto hecho humano? Y si es posible, ¿cuál es su lugar?".
No es que Giorgio Agamben piense que el único refugio para los espíritus
sensibles en un mundo cada vez más "desanimado" sea el arte sino que en el arte
encuentra Agamben los fundamentos para una teoría política del presente.
Campo de concentración
A partir de 1989, las investigaciones de Agamben se alternan entre la literatura
y la teoría política. Trabaja en el concepto de "comunidad" -La comunità che
viene (Einaudi, 1990)- y luego construye su más provocativa teoría alrededor del
Homo Sacer, esa enigmática figura del derecho romano arcaico que designa al
hombre cuya vida (consagrada a Júpiter, separada del resto de las vidas de la
polis) no puede ser "sacrificada" (en el sentido religioso o ritual). Lo que sí
puede el homo sacer -porque está fuera de la ley- es ser asesinado sin que ese
asesinato constituya delito. Esa figura reaparece en el siglo XX con los campos
de concentración o de exterminio, cuya teoría Agamben desarrolla con el
convencimiento de que es el campo (y no la ciudad) lo que constituye el
paradigma de nuestra modernidad (ver entrevista). La "nuda vida" (o vida
desnuda) es la existencia despojada de todo valor político (de todo sentido
ciudadano). El campo (de concentración o de exterminio) es el espacio más
radical (pero no el único), donde se ejecutan las biopolíticas contemporáneas:
donde la vida, privada de todo derecho, puede ser objeto de todos los
experimentos.
Homo Sacer y Lo que queda de Auschwitz (traducidos por la editorial valenciana
Pre-Textos y distribuidos en la Argentina hace poco más de dos meses)
desarrollan esa teoría sombría que hace de la mayoría de nosotros ya no
ciudadanos sino meros objetos experimentales de la ciencia. Esos libros combinan
un par de ideas sencillas (pero no por eso banales). En primer lugar, si hay un
incremento de control político sobre nuestras vidas, este control ya no se
desarrolla a través de los aparatos tradicionales de control y sometimiento (la
Justicia, la policía, etc., que suponen la existencia de los individuos en tanto
ciudadanos) sino a través de mecanismos que despojan previamente a los
individuos de todo derecho o etiqueta jurídica: la nutrición, los sistemas
sanitarios (la misma definición de "muerte cerebral" es un dispositivo que hace
de los cuerpos meros bancos de órganos), la eutanasia y el control de la
natalidad. En segundo término, existe una paradoja jurídica que puededejar al
sujeto dentro y fuera de la ley al mismo tiempo. Fuera de la ley, deja de ser un
sujeto jurídico y se transforma en una mera existencia, una "nuda vida", tal y
como los campos (de concentración y de exterminio) lo demuestran. Allí donde
hubo existencia política habría ahora nuda vida, que no sería sino la traducción
moderna del homo sacer.
Es por eso que esa figura metaforiza la ley y la política moderna. Es por eso,
también, que el paradigma de la modernidad es el campo (de concentración o de
exterminio) y no la ciudad. La experimentación médica actual (manipulación
genética, etc.) no sería sino la manifestación de la misma biopolítica de los
campos (de concentración y de exterminio) nazis, por otras vías.
Sí, el pensamiento de Agamben es profundamente pesimista. Pero no es
sentimental: Agamben no se limita a lamentar la existencia de la figura más
insoportable del siglo XX -esos campos- como otros "pensadores". Es necesario,
nos dice Agamben, pensar las causas y mutaciones de ese espacio fundante de la
ley moderna. La mera condena de la barbarie y de la carnicería es sólo una forma
de hipostasiar el mal como concepto ahistórico y, por lo tanto, de perpetuarlo.
Hay que construir una teoría política del campo porque ese espacio es el que
limita nuestra experiencia del presente.
Si para Agamben hay un "fin de la experiencia" y un "fin del pensamiento"
-El
fin del pensamiento es no sólo el título de un libro de Agamben sino también el
de una performance para contrabajo y danza ideada, a partir de su libro, por
Stefano Scodanibbio y Hervé Diasnas, en modo alguno se puede hablar de un "fin
de la historia". La historia, naturalmente, continúa, para hacer de nosotros
internos en el campo o refugiados políticos. Lo que queda de Auschwitz es, lisa
y llanamente, nuestro presente.
Muerte y política
Por supuesto, el pensamiento de Agamben puede entenderse desde entonces como un
pensamiento "pesimista". Su próximo libro (y el primero en ser traducido al
inglés) es Il linguaggio e la morte (Einaudi, 1982), una meditación
reconcentrada que relaciona el pensamiento de Hegel y la poesía de Leopardi. No
es la única de sus contribuciones al campo de la literatura: en 1985 publica
Idea della prosa (Feltrinelli), un conjunto de glosas a la definición hegeliana
de la prosa; en 1993 (nada menos que con Gilles Deleuze como coautor) da a
conocer Bartleby, la formula della creazione (Quodlibet); y en 1996, Categorie
italiane: studi di poetica (Marsilio). Sus intereses literarios son bien
elocuentes de la forma y la dirección de su pensamiento: lee a Kafka (cuya obra
comenta en Homo Sacer), a San Juan de la Cruz (cuya edición en italiano
supervisa), a Proust (escribe una introducción a la edición italiana de la
novelita El indiferente en 1978).
Fuente: www.webislam.com (2001)
¿Qué
es un campo?
Por Giorgio Agamben
Traducido por Flavia Costa Artefacto. Pensamientos sobre la técnica Buenos
Aires, N° 2, marzo 1998
Todo lo sucedido en los campos de concentración supera de tal modo el concepto
jurídico de crimen que simplemente se ha omitido considerar la específica
estructura jurídico-política en la cual se produjeron aquellos hechos. El campo
es el lugar en el cual se hizo realidad la más absoluta condición inhumana que
jamás se haya dado sobre la tierra: esto es, en último análisis, lo que cuenta,
tanto para las víctimas como para las generaciones posteriores. Seguiremos aquí
deliberadamente una orientación inversa. En vez de deducir la definición del
campo de los acontecimientos que allí sucedieron, nos preguntaremos sobre todo:
¿qué es un campo?, ¿cuál es su estructura jurídicopolítica?, ¿por qué pudieron
tener lugar acontecimientos similares?
Esto nos conducirá a observar al campo no como a un hecho histórico y una
anomalía perteneciente al pasado (aunque eventualmente todavía rastreable hoy)
sino, de algún modo, como a la matriz oculta, al nomos del espacio político en
el que todavía vivimos.
Los historiadores discuten si la primera aparición de los campos debe
identificarse con los "campos de concentración" creados por los españoles en
Cuba en 1896 para reprimir las insurrecciones de la población de la colonia, o
con los concentration camps en los cuales los ingleses, a principios de siglo,
hacinaron a los boers; lo que aquí importa es que, en ambos casos, se trata de
la extensión a una población civil entera de un estado de excepción ligado a una
guerra colonial. Los campos nacen, así, no del derecho ordinario (y menos que
nunca, como acaso podría haberse creído, de una transformación y de un
desarrollo del derecho carcelario), sino del estado de excepción y de la ley
marcial. Esto es aún más evidente para el Lager nazi, de cuyo origen y de cuyo
régimen jurídico estamos bien documentados. Es sabido que la base jurídica de la
internación no era el derecho común, sino la Schutzhaft (literalmente: custodia
protectora), una institución jurídica de derivación prusiana, que los juristas
nazis clasifican a veces como una mezcla de policía preventiva, en tanto
permitía "poner bajo custodia" a los [53] individuos independientemente de
cualquier contenido relevante en lo penal, únicamente a fines de evitar un
peligro para la seguridad del Estado. Pero el origen de la Schutzhaft está en la
ley prusiana del 4 de junio de 1851 sobre el estado de sitio, que se estableció
en 1871 en toda Alemania (con excepción de Baviera), y todavía antes en la ley
prusiana sobre la "protección de la libertad personal" (Schutz derpersonlichen
Freiheit) del 12 de febrero de 1850, que encontraron una muy considerable
aplicación en ocasión de la Primera Guerra Mundial. Este nexo constitutivo entre
estado de excepción y campo de concentración no podría ser sobrevalorado por una
correcta comprensión de la naturaleza del campo. La "protección" de la libertad
que está en cuestión en la Schutzhaft es, irónicamente, protección contra la
suspensión de la ley que caracteriza a la emergencia. La novedad es que esta
institución se desprende del estado de excepción sobre el cual se fundaba y se
la deja devenir en la situación normal. El campo es el espacio que se abre
cuando el estado de excepción comienza a devenir la regla. En ese momento, el
estado de excepción, que era esencialmente una suspensión temporal del
ordenamiento, adquiere un orden especial permanente que, como tal, permanece,
sin embargo, constantemente fuera del ordenamiento normal. Cuando en marzo de
1933, en coincidencia con la celebración de las elecciones que llevaron a Adolf
Hitler al lugar de canciller del Reich, Heinrich Himmler decide crear en Dachau
un "campo de concentración para prisioneros políticos", eso fue inmediatamente
confiado a las SS y, a través de la Schutzhaft, puesto fuera de las reglas del
derecho penal y del derecho carcelario, con los que ni entonces ni después
tendría jamás nada que ver. Dachau, como los otros campos que se le sumaron
enseguida (Sachsenhausen, Buchenwald, Lichtenberg), permaneció virtualmente
siempre en funciones: lo que variaba era la consistencia de su población (que,
en ciertos períodos, en particular entre 1935 y 1937, antes de que comenzara la
deportación de los judíos, se reducía a 7.500 personas). Pero el campo como tal
había devenido en Alemania una realidad permanente.
Es común la referencia al estatuto paradojal del campo en cuanto espacio de
excepción: se trata de una parcela de territorio a la que se coloca fuera del
ordenamiento jurídico normal, pero no por eso es simplemente un espacio externo.
Lo que allí dentro está excluido es, según el significado etimológico del
término excepción (ex-capere), puesto fuera, incluso a través de su propia
exclusión. Pero así, lo que es ante todo capturado en el ordenamiento es el
propio estado de excepción. El campo es la estructura en la cual el estado de
excepción, sobre cuya posible decisión se funda el poder, viene realizado en
forma estable. Hannah Arendt observó alguna vez que en los campos emerge a plena
luz el principio que rige el dominio totalitario y que el sentido común se niega
obstinadamente a admitir, es decir, el principio según el cual "todo es
posible". Si no se comprende esta particular estructura jurídico-política de los
campos, cuya vocación es puntualmente la de realizar en forma estable la
excepción, lo increíble que en ellos ha sucedido permanece del todo
ininteligible. Quien entraba en el campo se movía en una zona de indistinción
entre interior y exterior, excepción y regla, lícito e ilícito en la cual toda
protección jurídica se minimizaba. Y si por caso se era judío, ya se había sido
privado desde las leyes de Nuremberg de sus derechos de ciudadano; y
posteriormente, en el momento de la "solución final", completamente
desnacionalizado. En tanto sus habitantes eran desprovistos de todo estatuto
político y reducidos integralmente a una vida desnuda, el campo es también el
más absoluto espacio biopolítico que jamás se haya realizado, en el cual el
poder no tiene frente a sí sino la más pura vida biológica, sin mediación
alguna. Por esto el campo es el paradigma mismo del espacio político, en el
punto en que la política deviene biopolítica y el homo sacer se confunde
virtualmente con el ciudadano. La pregunta correcta respecto de los horrores
cometidos en los campos no es, por lo tanto, aquella que interroga
hipócritamente cómo ha sido posible cometer delitos tan atroces sobre seres
humanos; más honesto, y sobre todo más útil, sería indagar atentamente a través
de qué procedimientos jurídicos y de qué dispositivos políticos los seres
humanos han podido ser tan integralmente privados de sus derechos y de sus
prerrogativas, al punto de que cualquier acto cometido en relación a ellos no
aparecía nunca como un delito (en este punto, de hecho todo había devenido
realmente posible).
Si esto es verdad, si la esencia del campo consiste en la materialización del
estado de excepción y de la consiguiente creación de un espacio para la vida
desnuda como tal, deberemos admitir, entonces, que nos encontramos virtualmente
en presencia de un campo cada vez que una estructura así se crea,
independientemente de la entidad de los crímenes que allí se cometan, y
cualesquiera sean su denominación y su topografía específica. Será un campo
tanto el estadio de Bari, donde en 1991 la policía italiana hacinó
provisoriamente a los inmigrantes clandestinos albaneses antes de devolverlos a
su propio país, como el velódromo de invierno en el que la autoridad de Vichy
acogió a los judíos antes de entregárselos a los alemanes; tanto [54] el campo
de prófugos en la zona fronteriza con España en el que murió preso en 1939
Antonio Machado como las zonas de espera de los aeropuertos internacionales
franceses en las que permanecían retenidos los extranjeros que pedían que se los
reconociera con el estatuto de refugiados.
En todos estos casos, un lugar aparentemente anodino (por ejemplo, el Hotel
Arcades en Roissy) delimita en realidad un espacio en el cual el ordenamiento
normal es de hecho suspendido, y en el cual los extranjeros pueden ser retenidos
en la zona de espera antes de la intervención de la autoridad judiciaria. Pero
incluso ciertas periferias de las grandes ciudades posindustriales comienzan hoy
a asemejarse, en este sentido, a los campos, en donde la vida desnuda y la vida
política entran, al menos en determinados momentos, en una zona de absoluta
indeterminación.
El nacimiento del campo en nuestro tiempo aparece ahora, desde esta perspectiva,
como un acontecimiento que marca de modo decisivo el espacio político mismo de
la modernidad. Se produce en el punto en que el sistema político del
estado-nación moderno, que se fundaba en el nexo funcional entre una determinada
localización (el territorio) y un determinado ordenamiento (el Estado), mediado
por reglas automáticas de inscripción de la vida (el nacimiento, o la nación),
entra en una crisis duradera, y el Estado decide asumir directamente por cuenta
propia la cura de la vida biológica de la nación. Si la estructura del
estado-nación es definida por estos tres elementos —territorio, ordenamiento,
nacimiento— la ruptura del viejo nomos no se produce en los dos aspectos que lo
constituían según Carl Schmitt (la localización, Ortung, y el ordenamiento,
Ordnung), sino en el punto que marca la inscripción de la vida desnuda (el [55]
nacimiento, que deviene así nación) en su interior. Algo ya no puede funcionar
más en los mecanismos tradicionales que regulaban esta inscripción, y el campo
es el nuevo regulador oculto de la inscripción de la vida en el ordenamiento o,
más aún, el signo de la imposibilidad del sistema de funcionar sin transformarse
en una máquina letal.
Es significativo que los campos aparecieran junto a las nuevas leyes sobre la
ciudadanía y sobre la desnacionalización de los ciudadanos (no sólo las leyes de
Nuremberg sobre la ciudadanía del Reich, sino también las leyes sobre la
desnacionalización de los ciudadanos, emanadas de casi todos los estados
europeos, incluida Francia, entre 1915 y 1933). El estado de excepción, que era
esencialmente una suspensión temporal del ordenamiento, deviene ahora un orden
espacial nuevo y estable en el que habita esa vida desnuda que, en medida
creciente, ya no puede ser inscripta en el ordenamiento. La brecha cada vez
mayor entre el nacimiento (la vida desnuda) y el estado-nación es el hecho nuevo
de la política de nuestro tiempo, y aquello que llamamos campo es este desvío. A
un ordenamiento sin localización (el estado de excepción, en el que la ley es
suspendida) corresponde ahora una localización sin ordenamiento (el campo, como
espacio permanente de excepción). El sistema político no ordena más formas de
vida y normas jurídicas en un espacio determinado, sino que contiene en su
interior una localización dislocante que lo excede, en la cual cada forma de
vida y cada norma puede eventualmente ser capturada. El campo como localización
dislocante es la matriz oculta de la política en la que todavía vivimos, que
debemos aprender a reconocer a través de todas sus metamorfosis en las zonas de
espera de nuestros aeropuertos así como en las periferias de nuestra ciudad.
Este es el cuarto e inseparable elemento que ha venido a sumarse,
despedazándola, a la vieja trinidad de estado-nación (nacimiento)-territorio.
Es en esta perspectiva que debemos observar la reaparición de los campos en una
forma, en cierto sentido todavía más extrema, en los territorios de la ex
Yugoslavia. Aquello que está sucediendo no es, como algunos observadores
interesados se apuran en declarar, una redefinición del viejo sistema político
según nuevos órdenes étnicos y territoriales, sino una simple repetición del
proceso que ha llevado a la constitución de los estados-nación europeos. Y es
además una ruptura insalvable del viejo nomos, y una dislocación de la población
y de las vidas humanas según líneas de fuga enteramente nuevas. De aquí la
importancia decisiva de los campos de estupro étnico. Si los nazis no han
pensado jamás en acometer la "solución final" embarazando a las mujeres judías,
esto fue porque el principio de nacimiento, que aseguraba la inscripción de la
vida en el ordenamiento del estado-nación, si bien había sido profundamente
transformado, continuaba de alguna manera funcionando. Ahora este principio
entra en un proceso de dislocación y de deriva en el cual su funcionamiento
deviene desde todo punto de vista imposible y en el cual debemos esperar no sólo
nuevos campos, sino incluso nuevas y cada vez más delirantes definiciones
normativas de la inscripción de la vida en la ciudad. El campo, que ahora ha
sido sólidamente instalado en su interior, es el nuevo nomos biopolítico del
planeta.
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