El evangelio según Van Hutten (fragmento)

NOTA RELACIONADA
Cuentos de Abelardo Castillo



EL EVANGELIO SEGUN VAN HUTTEN

ÍNDICE

PRIMERA PARTE

Capítulo UNO - LA LLEGADA
CAPÍTULO DOS - LA MUJER EN EL COMEDOR Y EL DOCTOR GOLO
Capítulo TRES - EL LIBRO SOBRE LOS ESENIOS y LA CHICA EN EL PUENTE
CAPÍTULO CUATRO - OTRA VEZ EL DOCTOR GOLO
CAPÍTULO CINCO - UNA REVELACIÓN Y UNA TRENZA DORADA
CAPÍTULO SEIS - EL CEMENTERIO EN LA CUMBRE
CAPÍTULO SIETE - EL CAMINO DE LA ENCINA
CAPÍTULO OCHO - EL TAO LLAMADO TAO
CAPÍTULO NUEVE - DETALLES
CAPÍTULO DIEZ - LA CASA EN LA PIEDRA
CAPÍTULO ONCE - LA MANO EN LA OSCURIDAD

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO UNO - LA LINTERNA ILUMINABA UNA TINAJA
CAPÍTULO DOS - LA PIEL DE ZAPA
CAPÍTULO TRES - TORMENTA
CAPÍTULO CUATRO - QUÉ TENGO YO CONTIGO, MUJER
CAPÍTULO CINCO - ALMAH
CAPÍTULO SEIS - A JERUSALÉN SE ENTRA POR EL ESTE
CAPÍTULO SIETE - EL QUE OBRA EN LA TINIEBLA
CAPÍTULO OCHO - EL CUADERNO DE CHRISTIANE
CAPÍTULO NUEVE - CENA CON EL DOCTOR GOLO
CAPÍTULO DIEZ - "USTED NO ES VAN HUTTEN"
CAPÍTULO ONCE - ÚLTIMA CONVERSACIÓN EN LA CASCADA Y LA CASA DEL TIEMPO
EPÍLOGO


A Silvia, un atardecer, en el puente de los gansos.


El paisaje desértico que rodea al Mar Muerto es monótono, imponente y terrible... Las colinas no sugieren rostros de dioses ni de hombres... Uno de mis compañeros, que conocía bien Palestina, me dijo: "Nada, fuera del monoteísmo, pudo salir de aquí".
EDMUND WILSON,
Los rollos del Mar Muerto

Ego vero Evangelio non crederit,nisi me catholicae conmoveret autorictas.
[Yo no creería en el evangelio si no me moviera la autoridad de la Iglesia.]
SAN AGUSTÍN,
Contra la Epístola llamada "del Fundamento"

PRIMERA PARTE

CAPITULO UNO

LA LLEGADA

No pido que se me crea. Yo tampoco creí en las palabras de Van Hutten hasta mucho después de mi regreso a Buenos Aires, al recibir el sobre con su pequeño legado de dos mil años, pero, aun así, sé que esta prueba no significa nada y prefiero pensar que Van Hutten mentía o estaba loco.
Toda historia, creíble o no, necesita un comienzo. No es así en la vida real, donde nada empieza ni termina nunca, simplemente sucede, donde las causas y los efectos se encadenan de tal modo que para explicar debidamente el encuentro casual de dos desconocidos, un sueño o una guerra entre naciones, uno debería seguir su rastro hasta el origen del mundo, pero es así en los libros, o al menos estamos acostumbrados a que sea así. Un hombre sale de su casa, sube al primer taxi que encuentra, llega a una estación de trenes: al hacerla no siente que comience nada, cientos de personas han hecho lo mismo y están ahora en este mismo lugar. Sabe además que este vagón nocturno sólo es la continuación de una serie de actos, deseos o proyectos que se pierden en algún punto del pasado y se extienden ante él como un paisaje de niebla. Ignora con quién se encontrará, ni siquiera espera encontrarse con alguien. Sin embargo, cuando leemos las palabras que describen esos mismos hechos en lo alto de una página -cuando tomó el tren esa noche, no podía saber que se encontraría con Van Hutten- sentimos que en ese momento empieza una historia.
El comienzo de la que estoy escribiendo puede situarse en la primavera de 1947, junto a los acantilados occidentales del Mar Muerto, en la meseta de Qumran, la mañana en que un llIuchacho beduino que contrabandeaba cabras dejó caer, por azar o por juego, una piedra en una cueva y oyó, allá abajo, el ruido de una tinaja rota. O todavía mucho antes, en Éfeso o en Patmos, el día en que un anciano casi centenario decidió recordar, en lentos caracteres arameos, una historia que cambiada el mundo y de la cual era el último testigo. Este principio, desde luego, le gustaría a Van Hutten. Para mí, empieza en el otoño de 1983, en la inesperada biblioteca de un hotel rodeado de pinos y araucarias, en La Cumbrecita, a ochocientos kilómetros de Buenos Aires, cuando vi la firma de Estanislao Van Hutten en un libro sobre la secta de los esenios.
No importan demasiado las razones por las que yo estaba en ese lugar. No soy el protagonista de mi libro. Es suficiente con que un tren me haya dejado en alguna parte, un ómnibus en otra, y que finalmente me llevara hasta ese hotel un chofer silencioso e inquietante que oía marchas alemanas en el pasacasetes de su automóvil. De este último trayecto, recuerdo el esplendor vehemente del atardecer y las vueltas de un camino bordeado de pircas, apenas transitable. Recuerdo un diálogo:
-Este camino es bastante malo.
-Es a propósito -dijo el chofer.
Tenía un leve acento extranjero y no parecía dispuesto a dar ninguna otra explicación. Yo no me resignaba a seguir callado. Las marchas alemanas, además, me habían puesto de mal humor.
-Por qué dice eso -pregunté.
El hombre ni siquiera me echó una mirada por el espejo retrovisor.
-Porque es malo a propósito.
Yo no podía leer en ese auto y sabía que el trayecto no era nada corto. Cuarenta kilómetros entre sierras y piedras.
-Cuánto se tarda en subir.
-Usted quiere conversar -dijo el chofer-. La gente que viaja sola quiere conversar. ¿Cuánto se tarda? Una hora. Usted quiere conversar pero si me hace hablar a mí va a tener que viajar callado. No soy alemán -dijo de golpe- Soy húngaro. La última vez que vi a mi mujer, estaban tocando marchas como éstas. No debería ser así, pero cuando las escucho me acuerdo de su cara. Los seres humanos son muy extraños.
-No tiene que explicarme nada -dije.
-Nunca arreglan el camino. No lo arreglan para que sea difícil llegar. Viven de la gente que viene a esos hoteles, pero no les gusta mucho la gente. Es un lugar muy hermoso, ya lo va a ver. Tal vez sea el lugar más hermoso de este país. Una aldea alpina en miniatura. Miles de árboles plantados a mano, uno a uno. Ellos llegaron hace cincuenta años, en burro. Hicieron todo este camino en burro, en mula o a caballo, vieron el lugar, imaginaron lo que podría llegar a ser y plantaron miles de árboles. Construyeron las casas y los hoteles. Hay un arroyo y una cascada entre los árboles. El arroyo se llamaba Mussolini, qué me dice. Hay un cementerio allá arriba, a mil seiscientos metros de altura. Parece un parque. Si no fuera por los muertos uno podría quedarse a vivir ahí. Al final del camino principal hay una hoya con gansos. Casi todos ellos son alemanes pero en el cementerio hay dos tumbas judías. Los seres humanos son muy extraños. Del otro lado de la hoya de los gansos está la posada de Frau Lisa. Vaya y dígale que lo manda Vladslac. Soy húngaro, odio a los alemanes, pero hace treinta años que vivo acá. Dígame por qué.
-No sé. Por qué.
-Usted lleva un libro en la mano y no puede leer en mi auto, por eso quiere conversar. ¿Qué libro lee?
Yo se lo dije, casi con vergüenza, sin demasiadas esperanzas de que el dato nos sirviera para algo; no era un libro como para alentar una conversación. Entonces sucedió un hecho inesperado. El hombre disminuyó la marcha del coche y se dio vuelta hacia mí. Su mirada no era cordial.
-A qué vino -preguntó.
No recuerdo qué le contesté, pero recuerdo haber sentido vagamente que mi respuesta, o algo insípido en mi cara, lo tranquilizó, aunque no volvió a hablar en todo el camino.
De haber sabido con quién iba a encontrarme en aquel lugar tal vez habría adivinado que esa pregunta hostil y ese silencio estaban relacionados con el libro. Por el momento, sólo me pareció un pequeño rasgo de locura. Nadie está preparado para que un libro de Salomón Reinach sobre la Historia de las Religiones pueda causarle inquietud a un conductor de coches de alquiler, por más europeo que sea. Lo curioso es que yo llevaba ese libro en la mano por azar; lo había comprado una semana atrás, en una librería de viejo, y esa misma tarde lo había sacado del bolso por equivocación. Claro que las palabras equivocación y azar no serían aprobadas por Van Hutten.
Del final del trayecto recuerdo un puente de madera y un curso de agua translúcida con un lecho de piedras blancas, y que, al cruzar el puente, las sierras desaparecieron entre los árboles. En ese mismo momento se hizo de noche.
Unos minutos después, el auto se detuvo.
-Su hotel son aquellas luces. Habrá cincuenta metros. Le aconsejo que baje del auto y camine. Yo le llevo las cosas.
Me recibió un casi abrumador laberinto de pinos, araucarias, eucaliptos y álamos que me parecieron centenarios. Tuve, al menos por un instante, la sensación agradecida e inexplicable de que el mundo era una joya inmensa.
Oué le dije -dijo Vladslac.


PUBLICIDAD

CAPÍTULO DOS

LA MUJER EN EL COMEDOR Y EL DOCTOR GOLO

El hotel, fuera de temporada, parecía agregar a sus evidentes virtudes de refugio alpino de tarjeta postal. la profundidad y el recogimiento del silencio.
Estaba casi desierto, lo descubrí la misma noche de mi llegada. Si lo que yo andaba buscando era una emoción fuerte, seguramente me había equivocado de destino. Si lo que buscaba era olvidarme de Buenos Aires, y eso era precisamente lo que buscaba, había dado con el lugar exacto. Las comidas se anunciaban con un gong: a las nueve en punto se oyó el de la cena. Al bajar de mi cuarto, no me crucé con nadie. En el comedor, iluminado por grandes lámparas de hierro circular, no había más de diez personas, aisladas silenciosamente en tres mesas muy distantes entre sí. Dos grupos de aspecto soñoliento, ningún chico, una alta mujer sola que llegó retrasada y comió de espaldas al resto de las mesas, yo mismo: eso era todo. Mi capacidad de observación es casi nula. Sólo retengo palabras, posiciones de ajedrez y gestos mínimos. No recuerdo las caras ni la forma real de lo demasiado visible; sin embargo, tal vez no deforme las cosas si digo que esa mujer me impresionó de inmediato, como seguramente no invento el recuerdo de la exagerada atención que recibió su mesa y, hacia el fin de la comida, la fijeza inquisitiva de sus ojos que me miraban desde un espejo.
Era mujer bastante mayor que debió haber sido muy hermosa a la manera flamenca, como salida de un cuadro de Van Dyck, un Van Dyck que fuera al mismo tiempo Klimt. aunque ésta es seguramente una observación posterior a esa primera noche.
Después de la comida tomé una ginebra en el bar y hablé algunas palabras con el hotelero, un alemán afable y algo remoto, quien me ofreció un pequeño mapa del lugar y me describió sus características con el elocuente desinterés de un guía de museo. El también me habló de la cascada, de la hoya, del cementerio en la cumbre. Le pregunté si era cierto que el cementerio estaba a mil seiscientos metros de altura y él me informó que efectivamente, a unos cinco mil pies. Claro que a nivel del mar. Unos trescientos pies -y acá se corrigió con una leve y condescendiente cortesía-, unos cien metros, si los medíamos desde el hotel. Yo lo oía mirando la noche por una de las ventanas que daban al camino. Entre los árboles, me pareció ver el auto de Vladslac, con las luces de posición encendidas.
-Un cementerio. ¿Para qué un cementerio?
-La gente muere en todas partes. En este lugar no sólo hay turistas. Aunque también tenemos dos o tres turistas enterrados. -Me miró. -Ninguno de este hotel.
-Eso me tranquiliza -dije sin mentir.
Me estaba preguntando cómo iba a hacer para conciliar el sueño. Era poco más de las diez de la noche y no parecía que, exceptuando la cama de mi cuarto, hubiera muchos lugares adonde ir. Mi idea de la soledad exige una cierta libertad de elección.
-Qué se puede hacer de noche, en un sitio como éste. Quiero decir, si uno no tiene sueño.
-Caminar entre los árboles -me dijo, con una tenue hostilidad. Pensé si mi pregunta no le resultaba acaso demasiado argentina-. Incluso, puede visitar el cementerio. Entre nosotros, no corre ningún peligro. No existen asaltantes nocturnos, ni fantasmas, ni motociclistas borrachos. También hay alguna hostería abierla hasta medianoche. Si le interesa la lectura, el hotel tiene una biblioteca.
-¿Le cuesta dormirse?
La pregunta vino desde mi costado. Un señor bajito, de lentes redondos. No recordaba haberlo visto en el comedor.
-No -dije-. No exactamente. Pero me cuesta acostumbrarme a ciertos horarios.
-Mañana se le va a pasar. Es el síndrome de la primera noche. Demasiada naturaleza. La ginebrita no lo va ayudar a dormirse, si me perdona el consejo profesional.
-Profesional, en qué sentido.
-En todos.
-Entonces, acompáñeme -dije, señalando mi vaso.
-No bebo. Hay dos clases de personas que no beben: los abstemios y cierto tipo de alcohólicos. Mi apellido es dificilísimo pero puede llamarme Golo. Doctor Golo.
Me dio la mano. Le dije mi nombre.
-¿Profesión?
-Ninguna.
El doctor Golo sacó una pequeña pipa curva del bolsillo de su chaleco.
-Eso me gusta -dijo sin mirarme, mientras la cargaba delicadamente de tabaco-. Me gusta mucho. Le hablo como médico y como moralista. El trabajo es el síntoma de una enfermedad. Tanto que ya hay una disciplina científica destinada a su estudio. El trabajo es el síntoma de una enfermedad del alma: trabajamos porque hemos pecado. En el Paraíso, nadie trabajaba. Sin embargo, perdóneme, usted no parece un caballero pudiente. No sugiero que tenga aspecto harapiento pero es más bien del tipo... No me diga nada, yo adivino en seguida. Intelectual. Usted tiene cierto género de relación con los libros. Por lo menos, los lee. Espero que no sea poeta. -Terminó de maniobrar con la pequeña pipa y, mirándome, hizo una pausa perfectamente deliberada. -Ni periodista... -Encendió la pipa y siguió hablando con toda naturalidad. -Quiero decir que si llegó a este lugar en busca de inspiración, o de reportajes sensacionales, cometió un error. La naturaleza no es noticia ni nos deja imaginar nada. Por eso es tan aburrida la poesía pastoril. Y pasa lo mismo con la pintura. ¿Conoce la anécdota de Anatole France sobre el pintor de los árboles? Un día de estos se la cuento. El paisajismo es un género imposible. ¿Por qué cree que van Gogh se pegó un tiro a la intemperie? La única naturaleza pintable es la naturaleza muerta. La verdadera naturaleza sólo permite pensar. Nietzsche, por lo menos, creía eso.
-Hoy me he encontrado con dos personas muy raras -dije-. Usted es la segunda.
-La primera fue Vladslac. No me pregunte cómo lo sé. En La Cumbrecita se sabe todo. Me refiero a la verdadera Cumbrecita. ¿Ya le han dicho que acá no todo es hoteles y hoyas con gansos? Hay casas, gente que vive. Gente a menudo desconfiada. ¿Cuánto piensa quedarse?
-Dos o tres semanas. Un mes.
-Cuántos años tiene usted.
Se lo dije. Debí de hablar en voz demasiado baja, porque el doctor Golo preguntó: -¿Cuántos?
-Cuarenta y nueve.
-Parece más. Coma menos carne y haga ejercicios respiratorios. Tome un vaso de agua en ayunas todas las mañanas. Vigile su próstata. Hacer pis con alegría es el secreto de una vejez tranquila. Hasta mañana.
Se inclinó y se fue.
Subí a mi cuarto sonriendo, me tiré vestido sobre la cama e intenté leer una novela policial. No pude. Saqué de la valija el tablero y las piezas de ajedrez y comencé a reproducir una de esas partidas tumultuosas de Thal cuya belleza puede reemplazar, al menos para mí, la lectura de cualquier novela, policial o no. Tampoco pude. El silencio era tan imperioso que me impedía concentrarme. Salí al balcón terraza que se extendía a lo largo de la pared que miraba a los pinares.
El automóvil de Vladslac seguía allá, estacionado al costado del camino.
Vi las siluetas de una mujer y dos hombres que se acercaban a él. Uno era muy bajo. La mujer subió atrás, sola, y el auto desapareció entre los árboles. Un momento después vi sus luces, subiendo una cuesta.
Lo sé perfectamente: ahora podría escribir que en ese momento tuve la certeza de que la mujer del comedor, Vladslac y el doctor Golo no se habían cruzado en ese parque por casualidad. Pero si lo escribiera mentiría. No tenía ninguna razón para pensar nada ni creo que, por lo menos esa noche, mi cabeza realizara ninguna de las operaciones que llamamos pensar. Tampoco tuve el menor sueño amenazante o premonitorio. Me dormí a eso de la una de la mañana y desperté a mediodía, sin casi recordar la noche anterior.
Esa tarde o la siguiente, en la biblioteca del hotel, encontré el libro sobre los esenios con la firma autógrafa de Van Hutten. Por decido de alguna manera, el hecho me conmovió. Yo había leído ese libro, con asombro y fervor, casi treinta años atrás.

CAPITULO TRES

EL LIBRO SOBRE LOS ESENIOS y LA CHICA EN EL PUENTE

Tal vez haya llegado el momento de decir unas pocas palabras sobre mí mismo. Mi nombre no importa. Soy profesor sin cátedra. Doy clases privadas de Historia Medieval, lo que de hecho equivale a carecer de ocupación, como le había confesado la primera noche al doctor Golo, y en mis ratos perdidos juego sosegadamente al ajedrez. Esta última profesión es, en mi caso, por lo menos tan dudosa como la primera: juego distantes partidas por correspondencia y me preservo de la realidad componiendo lo que en la jerga ajedrecística se llama finales artísticos. Supongo que mi fascinación por el universo abstracto del ajedrez, por su belleza inútil, me impidió ser un verdadero historiador, del mismo modo que mi curiosidad por el corrupto y caótico mundo de la historia, me distrajo del ajedrecista que debí ser. Mi vinculación con la arqueologia bíblica se remonta a mi adolescencia y es apenas un poco mayor que la de cualquier persona de las llamadas cultas. No soy un hombre religioso. He sido razonablemente católico, soy razonablemente agnóstico y me considero cristiano en el sentido argentino del término, es decir, no soy un pagano, no soy un indio. Descartado el azar, eso debería explicar suficientemente que llegara a La Cumbrecita llevando entre mis libros un viejo volumen de Salomón Reinach, que fue algo así como el pasadizo por el que me deslicé durante unos días al inesperado mundo de las excavaciones en Medio Oriente, las intrigas internacionales y las polémicas teológicas .
En los años cincuenta yo había asistido como oyente a unas clases universitarias sobre religiones comparadas y había leído dos o tres libros sobre el tema. Un poco después publiqué, pagado de mi bolsillo, un mínimo ensayo escatológico sobre el problema de Judas, en el cual, amplificando aquellas enigmáticas palabras atribuidas a De Quincey (no una cosa, todas las cosas que la tradición afirma sobre Judas Iscariote son falsas), yo negaba sin demasiados argumentos que el misterio de la traición a Jesús pudiera explicarse por las razones que nos legó la Iglesia. Mi trabajo no pretendía ser académico ni religioso, sino modestamente poético, y acaso escandalizador. Tenía mucho más que ver con mi edad y con la edad del mundo en los sesenta que con la fe o el rigor científico. Que yo sepa, nadie lo leyó en treinta años, ni yo mismo había vuelto a abrirlo. De esa época perdida data casi todo lo que, hasta el otoño de 1983, yo sabía sobre los rollos del Mar Muerto, sobre la secta solitaria de los esenios y sobre la participación de Van Hutten en las polémicas teológicas a que dieron lugar las excavaciones.
El resto de mi opaca biografía personal hasta el momento en que comienza este libro incluye la pérdida de la juventud, dos divorcios que no hacen al tema y mi paulatina convicción de que el mundo moderno es un lugar siniestro que, afortunadamente, ha llegado a su punto de colapso. En cuanto a mi relación con Estanislao Van Hutten, puedo resumida diciendo que en veinte años yo no había vuelto a oír su nombre. Hacia 19ó5 sólo conocía dos de sus libros y su fotografía en una publicación arqueológica. Se lo veía alto y borroso, a contraluz, tomado desde el interior de una de las cuevas del Qumran, sobre un fondo blanco de acantilados. Treinta años después, aunque ahora he mirado su cara arrasada e inolvidable, no estoy seguro de conocer mucho más que eso de aquel hombre extraordinario a quien algunos de sus contemporáneos, tal vez sin exagerar en ningún caso, han llamado sabio, fanático religioso, hereje o loco.
Hoy día casi nadie lo recuerda, pero, en la década del cincuenta, las revistas de arqueología bíblica e incluso los diarios sensacionalistas mencionaban su nombre junto al del Reverendo Padre de Vaux, al de Mar Atanasio Yeshue Samuel, metropolitano del convento San Marcos de Jerusalén, o al de Dupont Sommer, en el descubrimiento y la traducción de los rollos del Mar Muerto. Edmund Wilson, que lo conoció en el desierto de Judea y fue su amigo, declaró alguna vez que no existían en total más de veinte personas capaces de tomar en serio sus ideas, sólo que esas veinte personas eran las más eminentes de Europa. Mircea Eliade prefería la hipótesis de la locura, tal vez porque Van Hutten se jactaba de vivir en Buenos Aires y ser sudamericano. Origen, o fatalidad, que siempre estará por encima de la comprensión de un europeo.
Van Hutten, sin embargo, no era argentino; ni tampoco arqueólogo de carrera. Era uruguayo, doctor en filología clásica y teólogo seglar, lo que no dejaba de empeorar las cosas. Había escrito una ópera bufa, no negaba beber fuerte, había sido acusado de seducir a una de sus alumnas de la Universidad del Salvador y hablaba con soltura y elocuencia unas veinte lenguas entre las que se contaban el sánscrito, el griego antiguo y el arameo de la época bíblica. Todo esto, y por encima de todo esto su origen sudamericano, lo rodeaba de una aureola de gigantismo bárbaro que producía desconfianza en el ámbito crepuscular de las universidades católicas y los museos arqueológicos del Viejo Mundo. Hacia el final de la Segunda Guerra, publicó el primero de aquellos libros casi adivinatorios que provocarían el estupor de los arqueólogos y el escándalo de la Iglesia. Sostuvo en él que el milagro de las murallas de Jericó había sucedido históricamente, pero sin la intervención de Dios. Le llamaba milagro en el sentido que se da a esta palabra en el teatro: milagro escénico. Su libro incluía el diseño de un sistema de palancas con el cual, según afirmaba, él mismo, sin ser Josué y sin necesidad de ninguna colaboración divina, hubiera podido derrumbar las murallas de cualquier ciudad fortificada de la época del Éxodo. Las siete vueltas rituales dadas por el ejército de Josué alrededor de Jericó no habrían tenido más que una finalidad: apagar, con su tumulto, el ruido de las picas en los fosos exteriores de la ciudad, mientras un grupo de judíos armaba ese sistema de palancas. Fue desautorizado, polemizó en varios idiomas, consiguió un permiso del gobierno inglés en Palestina y contrató unos beduinos. Excavó las ruinas de la Jericó actual y probó que debajo de esos sagrados escombros existían los de la Jericó bíblica, cuyos muros lamentables estaban hechos de barro crudo y paja. Señores, declaró en español rioplatense, en un simposio académico de la Universidad Católica de París, ese milagrito era más fácil que voltear una tapera. Frase que tradujo: Les vrais prodiges du Bon Dieu, messieurs, ne sont que les inspirations des hommes. Cuando las autoridades eclesiásticas de Roma amenazaron con excomulgado por excluir a Dios del milagro de la Tierra Prometida, publicó una carta abierta a la Iglesia en la que se declaraba creyente en Dios, apóstol filosófico de Dios y católico ortodoxo, pero que terminaba con una apelación directa al Papa y una cita del libro de Job: Dios, Santo Padre, no necesita de nuestras mentiras.
Su obra más extraña es un libro en alemán sobre la secta de los esenios, publicado hacia la época de los primeros descubrimientos arqueológicos del Qumran, es decir: escrito, necesariamente, antes de esos descubrimientos. Sostiene allí que no sólo Juan el Bautista, sino el apóstol Juan y el propio Jesús pertenecieron a la orden de los Solitarios, y, de modo misterioso, predice el hallazgo de documentos que, en poco tiempo, podrían confirmar la relación de Jesús con esa primitiva comunidad secreta.
Los testimonios históricos y las citas traducidas directamente del griego antiguo y del arameo, acumulados en ese libro, transformaron a Van Hutten en una autoridad en cuestiones bíblicas, pero la vehemencia de sus razones y la suntuosidad de su prosa hicieron que los eruditos desconfiaran de su objetividad científica, más o menos en la misma medida que la Iglesia desconfiaban de su fe.
En los años siguientes, participó de las excavaciones del Qumran, y, después de una vasta y desconsiderada polémica con el padre Roland de Vaux y con el hebraísta judío Moshe Jelaim, a propósito de la traducción de los rollos, cambió bruscamenle de actitud. Durante un tiempo se defendió con la ironía y el desdén, más tarde con el silencio; finalmente, se retractó.
Su anunciado segundo libro sobre los evangelios, del que hace treinta años circulaban en la Universidad de Buenos Aires unos capítulos en hojas de mimeógrafo, nunca fue publicado. Van Hutten, misteriosamente, renegó de él. Yo recuerdo, sin embargo, que a principios de los años sesenta no sólo declaraba haber terminado esa obra sino que se jactaba de haber revolucionado con ella todas las ideas que se tienen sobre el cristianismo. Poco tiempo después, negaba haber dicho estas palabras; por fin declaró que el manuscrito que le atribuían era una invención ridícula, y ya no volvió a escribir. Hacia 1975, leí en algún diario que se había matado en un accidente, piloteando su avioneta: le dedicaban diez líneas. Un año después de su muerte, toda su obra fue prohibida en nuestro país por el gobierno militar.
Las prohibiciones y la tumba suelen acarrear la celebridad.
Con Van Hutten ocurrió una paradoja inversa: su nombre comenzó a ralear de las bibliografías y fue olvidado. No sólo fue olvidado su nombre; hoy ni siquiera se recuerdan los rollos del Mar Muerto. Lo que alguna vez fue llamado el descubrimiento arqueológico y religioso más grande de los tiempos modernos, ha pasado a ser un capítulo casi policial de la desidia, la burocracia o el ocultamiento.
Esa tarde, como ya he dicho, encontré en la biblioteca del hotel la edición alemana de Das Esenien, el más extraño de sus ensayos.
No sé a quién pueden interesarle hoy las teorías de ese libro heterodoxo, ni su tema hace exactamente al asunto por el que lo menciono -la firma autógrafa de su autor, o más precisamente la fecha de esa firma- pero debo decir unas palabras acerca de su contenido.
Van Hutten sostenía que el cristianismo es una secta disidente, socialmente radicalizada, de los esenios, un cisma de un cisma dentro del judaísmo. Apoyado en citas de Flavio Josefo, de Filón de Alejandría, de los libros evangélicos y, sobre todo, apoyado en la formidable contundencia de un estilo fulgurante que en sus mejores momentos recuerda al de Léon Bloy, Van Hutten afirmaba que Yojanaan (Juan el Bautista), era un esenio revolucionario que profetizaba en el desierto de Qumran la llegada del último Maestro de Justicia: Jesús de Galilea. Van Hutten no negaba la divinidad de Jesús, pero, por esa misma razón, cometía quizá una herejía mayor: hacía un esenio del hijo de Dios. Lo que de hecho equivalía a hacer un esenio del propio Dios. La confabulación de los romanos, de los judíos ortodoxos y, más tarde, de los propios cristianos renegados, habrían conseguido aplastar esa formidable rebelión espiritual. La traición atribuida a Judas Iscariote no tenía otro origen. Era un fraude, una falsificación de los textos evangélicos, una impostura con la que se pretendía ocultar una traición mucho más abominable y monstruosa: la traición cristiana a la iglesia violenta y catecúmena de Jesús. Recuerdo el libro entero porque recuerdo la impresión que me produjo esta afirmación, que Van Hutten no se tomaba el trabajo de razonar ni probar y que aparecía como perdida en una nota al pie de página. La idea de un Judas no traidor me fascinó, aunque no parece que esa nota le haya llamado la atención a nadie más que a mí. En ese mismo libro figuran las dos o tres proposiciones que escandalosamente lo hicieron célebre. La Metafísica, sostenía Van Hutten, es una forma envilecida de la poesía, una fría parodia intelectual del sentimiento religioso; no es ni fue nunca ni puede ser una ciencia. La Teología es algo peor, es un pecado: la Teología es la forma más arrogante y perversa del orgullo demoníaco. Heidegger era un poeta fracasado y santo Tomás poco menos que un ateo. En cuanto al concepto mismo de religión es, sencillamente, un malentendido. Nada de lo que llamamos revelación, sagrado, divino, pertenece a la esfera del verdadero sentimiento religioso: la religiosidad es una estructura espiritual esencialmente humana, vale decir social. ya que el hombre sólo se concibe en comunidad con los demás hombres y no con Dios, quien, si existe -y Van Hullen nunca negó su existencia-, es incomprensible, indemostrable y ajeno por definición a nuestra lealidad. La filosofía de la religión es el fundamento de una nueva metafísica cuyo fin es a su vez una nueva ética comunista, implícita en las enseñanzas de los evangelios cristianos. Implícita, y no explícita, porque los evangelios han sido adulterados.
Hacia el final del libro, Van Hutten promete un análisis semántico, que nunca llegaría a publicar, del Evangelio de Juan. Todo el lenguaje de ese escrito griego es esenio, afirma, y por lo tanto, contra todo lo que se creyó hasta hoy, el evangelio original de Juan debió ser el más antiguo y no el más reciente de los cuatro que conocemos. Lo que no descartaba que pudo haber otros, anteriores. O por lo menos otro. Van Hutten decía estar plenamente convencido de que existió un texto sagrado original, una fuente de las fuentes, un evangelio arameo contemporáneo de Jesús y acaso escrito por el mismo Juan, que, si fuera hallado, revolucionaría todas las miserables ideas que hoy tenemos sobre el sentido del cristianismo. El párrafo final de ese capítulo es característico de su estilo: Que nadie encuentre nunca ese libro en llamas es un detalle arqueológico que no me quitará el sueño. Ningún arqueólogo verá nunca la cara terrible de Dios y, sin embargo, Dios existe. Una verdad que necesita pruebas no es una verdad.
Éste es, a grandes rasgos, el libro que inició la escandalosa y efímera celebridad de Estanislao Van Hutten. Se publicó en Stuttgart, editado por Evangelisches Verlagswerk, hacia la época de los primeros hallazgos arqueológicos del Mar Muerto. Es decir, mucho antes de que se tradujeran los rollos que hoy se conocen como la Regla de la Comunidad o el Documento de Damasco; mucho antes de que se probara que el Khirbet Qumran había sido efectivamente un monasterio de los Solitarios del desierto y, de hecho, cinco o seis años antes que Dupont Sommer publicara su mOl!umental recopilación de los fragmentos esenios.
El ejemplar que yo encontré esa tarde, en La Cumbrecita, estaba dedicado a la biblioteca del hotel y firmado de su puño y letra.
No era la primera edición, de 1949, sino una reimpresión publicada veintisiete años después. Uno de esos actos mecánicos que realizan los que suelen estar en contacto con los libros, me llevó a hojear el pie de imprenta. La fecha no me llamó la atención; por lo menos, no de inmediato. Lo único que en ese momento me pareció asombroso fue que Van Hutten hubiera sido alguna vez huésped de este mismo hotel.
Salí de la biblioteca con el libro en la mano y, sin imaginar que aquello iba a ocasionar un pequeño tumulto, le pregunté al hotelero si él había conocido a Estanislao Van Hutten.
-Por qué usted pregunta eso -dijo el hombre. Parecía haber recuperado de golpe el acento alemán. Como si la sorpresa le impidiera pensar en español.
Yo puse el libro sobre el mostrador.
-Lo encontré en la biblioteca. Está dedicado al hotel.
El hombre tomó el libro y, sin decir una palabra, entró en una de las oficinas. Lo oí llamar a alguien; luego oí la voz de una mujer. Hablaban en alemán. El tono era nervioso y apagado. Creo que en ese momento tuve por primera vez la sospecha vaga e inexplicable de que en aquel lugar sucedían cosas que estaban, tal vez, por encima de mi comprensión.
Cuando el hombre volvió a salir, su aspecto era otra vez distante y amable.
-Ha habido pequeño error -dijo-. El libro no pertenece a la biblioteca. Es libro personal.
-Lo siento -dije-. No pensaba leerlo, de todos modos. Lo que me sorprendió fue la dedicatoria.
-Ach, so! La dedicatoria, ja. Personas muy famosos han parado en este hotel. Hay muchos libros dedicados, no tiene importancia.
-¿Quiere decir que el profesor Van Hutten estuvo en La Cumbrecita?
Una vez o dos veces. -Pareció a punto de agregar algo pero irul1ediatamente cambió de opinión. -Hace grandes años. Si me perdona, tengo trabajo atrasado.
Me sonrió, o algo que en Bavaria equivalía a una sonrisa, y volvió n su oficina.
Esa misma tarde, en la Hostería de Lisa, mientras analizaba con mi tablero de bolsillo un final de peones de Berger, tuve la impresión de que me vigilaban. El lugar, sin embargo, estaba absolutamente desierto. Miré por la ventana que daba al puente de la hoya, casi con la esperanza de descubrir en alguna parte el auto de Vladslac o a la mujer del comedor. Lo que vi cambió por completo el rumbo de mis ideas.
Sólo había una chica, que no podía tener mucho más de veinte años. Me pareció muy hermosa. Estaba sentada en el puente, de perfil a mí, con los pies en el agua.
Mirándola, no pude evitar un pensamiento muy desagradable. Pensé que no demasiados años atrás, yo me habría levantado con naturalidad de aquella mesa y habría caminado hacia el puente. Seguí con mi partida; ése es el tipo de pensamientos que sólo puede ahuyentar el ajedrez.
Media hora más tarde, cuando volví a levantar la cabeza del tablero, la chica seguía allí, casi esfumada en la luz de oro del crepúsculo.
Ignoro si esta vez hubiera sido capaz de levantarme, pero de todos modos algo me lo impidió: entre los árboles de un recodo de la hoya, maniobrando un chinchorro, vi aparecer al doctor Golo. Traía un gabán a cuadros y un sombrero atravesado sobre la cabeza.

CAPÍTULO CUATRO

OTRA VEZ EL DOCTOR GOLO

Al releer lo que llevo escrito no puedo dejar de sentir un ligero malestar. El hecho de haber empezado a escribir esta historia conociendo de antemano lo que sucedió más tarde, le da a mis palabras un tono que no es el que deberían tener. Un tono de falso suspenso, de causalidad, de misterio premonitorio. Como si el personaje que anda por esas páginas, y que soy yo, no fuera un oscuro profesor de vacaciones sino el protagonista de una aventura que ha comenzado a resultar inquietante. Tal vez a la larga fue así, pero es bueno confesar que al principio yo no lo viví de ese modo. Si escribiera realmente la verdad, debería decir que lo que más hice esos dos o tres primeros días fue pasear entre las arboledas, visitar hosterías, beber agua mineral, comprar un sombrero alpino y hablar de la naturaleza con gente un poco estúpida cuyo aire de vivacidad era un producto efímero del exceso de oxígeno, empresarios, abogados, esposas de martilleros públicos que, como yo, habían llegado a La Cumbrecita con la ilusión de purificarse de esos basureros que llamamos ciudades, y que, lejos de sus televisores y sesiones de psicoanálisis, se sentían amables y parte del mundo natural.
El mismo hecho de sentirme observado -la palabra quizá sea vigilado, como escribí más arriba, pero hay en ella cierta desmesura que me molesta- no me pareció alarmante. Si pensé alguna cosa, pensé que en todo eso había un equívoco algo cómico, una confusión que se disiparía en cualquier momento. En la vida real, este tipo de malentendidos no sobrevive a una conversación de diez minutos.
En la hostería de Frau Lisa, como ya dije, volví a encontrarme con el doctor Golo. Cuando se acercó a la mesa yo estaba fumando mi pipa. Es una gran pipa noruega, de raíz de enebro, y no tengo por qué ocultar que, al menos hasta esa tarde, me sentía bastante orgulloso de ella.
-Formidable cachimbo -dijo el doctor Golo-. Esa pipa es una desconsideración, un artefacto. Demasiada cazoleta. Se le van a caer los dientes. Casi me quita la simpatía que me causa verlo fumar en pipa. ¿Ya consiguió dormir de noche?
-Sí. Usted tenía razón.
-Suelo tener razón, lo que no es nada agradable. Uno termina pensando si no estará loco. No puede ser que todos los demás estén equivocados. Voy a contarle la anécdota de Anatole France que le prometí el otro día. Había un viejo pintor al que llamaban el Migue! Ángel de los árboles. Un día estaba pintando, pongamos, un eucaliptus muy bonito. Pasa un chico y le pregunta: "¿Qué estás haciendo?". "Pintando ese árbol", le contesta el anciano maestro. El chico observa apreciativamente el caballete, mira el árbol real y pregunta: "¿Y para qué lo pintás, si ya está ahí?". Pero ahora me parece que esa anécdota no la contó nunca Anatole France. Sea como sea, espero que sus libros resulten más interesantes que esos árboles.
-No escribo libros.
-Pero los lee.
-Los leo.
-Me di cuenta. Ya lo vi entrando en la biblioteca. Lo preocupan los esenios.
Lo miré a los ojos. Hice una pausa deliberadamente prolongada.
-No. Tampoco me preocupa el profesor Van Hutten, si eso lo tranquiliza.
El doctor Golo ni pestañeó. Sacó su pequeña pipa curva, tomó mi tabaquera de encima de la mesa, la olió.
-Usted es una persona frontal, señor mío. Usted entra directamente en materia sin dar ningún rodeo. Qué más.
-Qué más qué.
-Qué más no le preocupa sobre el finado doctor Van Hutten.
-Nada me preocupa. En los últimos veinticinco años casi no había pensado en él. Lo recordé hoy, hace unas horas. Me llamó la atención encontrar su firma en un libro dedicado a la biblioteca del hotel. Eso me hace pensar que él vivió acá.
-Le hace pensar bien. Vivió y murió acá. Está enterrado en el cementerio de la cumbre.
-¿En el cementerio?
-Naturalmente. Los cementerios son el mejor lugar para enterrar a los muertos. Si quiere le muestro la tumba. ¿Usted lo conoció?
-No. Leí alguno de sus libros en mi juventud.
El doctor Golo encendió finalmente la pipa con mi tabaco.
-Otro punto a su favor -dijo-, sabe elegir el tabaco. Así que en su juventud. Cuando un hombre de su edad dice mi juventud, algo anda mal. O ha dejado de creer en sus ideas o lo han desilusionado las mujeres. Usted no es un mozalbete, pero tampoco es un cascajo. ¿Sabe qué dijo el viejo Haydn cuando agonizaba? Dijo: "Venir a morirme ahora, que empiezo a entender para qué sirven los instrumentos de viento". La juventud es un estado de alma.
No pude evitar reírme.
-Sí, me parece que ya he oído eso.
El doctor Golo me miró con severidad.
-Pero sólo le parece. Usted oyó las palabras. Seguramente pronunciadas por su padre, o por su apuesto abuelo. Usted las oyó como quien oye llover y se burló en el corazón de lo que considera un lugar común. Lo que sólo significa que no tiene ni la más remota idea de la verdad que encierran. La juventud está en el alma, es el estado de alma de ciertos hombres justamente cuando la juventud biológica ha abandonado su cuerpo. Mire esa niña que está en el puentecito. Ella todavía lleva, triunfalmente, la juventud en el cuerpo. Pero no la siente. No puede sentirla. Ella pone un pequeño pie en agua, luego el otro. Habla con los gansos, les tira miguitas. ¿Eso es una manifestación espiritual de su juventud? No señor, eso sencillamente se llama vivir.
¿Sabe qué es, o mejor, qué hubiera sido un interesante rasgo de juventud de alma?: dejarse de jugar al ajedrez solo como un marmota y haber trotado hacia ese puente para iniciar una conversación con la jovencita corporal del pie alternativo y los gansos. Ahora ya es tarde. Ella se levanta y se va. Se aburrió. ¿Usted es casado?
Divorciado, dos veces. -Lo pensé un instante. -Pongamos tres.
-Negra confesión. Las mujeres se cansan de usted o usted se cansa de las mujeres. Las dos cosas son terribles. Sobre todo la segunda.
-Hablábamos de Van Hutten -dije.
-No hablábamos de él: usted hablaba. Yo sólo le pregunté si lo conoció. Usted dijo que el tema no le interesaba.
-Y es cierto, sólo que por alguna razón empieza a interesarme. Hace un momento usted me dijo que yo era directo...
-Frontal, eso dije. Pim pum y al grano, no como yo. Mi estilo es más bien perifrásico, sinuoso en el sentido socrático. Siempre digo lo que pienso pero nunca digo lo que digo.
-Muy bien, quiero hacerle una pregunta frontal.
-Yo también, empiece usted.
-Desde hace unas horas me siento observado. Tengo la sospecha de que me vigilan.
-Si a eso le llama una pregunta cómo serán sus afirmaciones. Quién lo vigila.
Me tomé unos segundos para contestar.
-Tal vez usted.
El doctor Golo, lentamente, se echó atrás en su silla, se llevó las manos a los costados del cuerpo y tamborileó los dedos sobre su abdomen.
-Ya le dije que soy doctor, mire si resulto psiquiatra. Le diagnostico paranoia y me lo internan. Pero admitamos que tiene razón. Lo vigilo. Ahora me toca preguntar a mí. ¿Sabe por qué?
-No.
-Entonces qué problema tiene. Los equivocados somos nosotros, ha habido un error y usted puede seguir paseando entre los pinos, comprando sombreros, oyendo los pajaritos. Me parece que se hundió el chinchorro.
-Qué.
-El chinchorro, me parece que se hundió. Vine en un chinchorro y no lo veo más.
-Está sentado al revés. Lo atracó en el muelle, y el muelle está a su espalda.
-Menos mal, qué impresión. Entro en un lugar, doy una vuelta y ya no sé dónde estoy. Hay gente así. Tuve un profesor, también desorientado; daba clases sobre Grecia antigua. Podía describir a sus alumnos las calles, las plazas, las casas de Atenas como si las viera. Dibujaba el plano en el pizarrón y decía ven, éste es el límite de la ciudad, este firulete el acueducto, acá estaba el plátano donde Sócrates le dijo a Fedro que para él la naturaleza ni fu ni fa. Pobre profesor querido, después de clase había que llevarlo a su propia casa porque se perdía. El espacio es medio inesperado. Últimamente viene muy mezclado con el tiempo. Por ejemplo, a que usted ya se está olvidando de los problemas que tenía en Buenos Aires.
Yo recordé mi última noche con mi última mujer. No había sido un infierno de improperios, lágrimas y amenazas de muerte. Cuando esto ocurre todavía es posible decir que se ha salvado algo. Había sido un lento y civilizado intercambio de opiniones amargas.
-Quién le dijo que yo tenía problemas.
-Le vi la cara la primera noche. Tenía cara de suicida, de persona que se durmió a los treinta años, se despertó de golpe cerca de los cincuenta y, mirándose en un espejo se preguntó qué, cómo, quién es ese señor maduro.
Yo debí reconocer que era verdad, declaración que no pareció sorprender al doctor Golo.
-Es casi exactamente así -dije.
-Ya se lo anticipé, nunca me equivoco. Pero usted no contestó mi pregunta. Yo le preguntaba si no está empezando a olvidarse de sus problemas.
-Sí.
-Sin embargo, usted salió de Buenos Aires hace dos o tres días. Materialmente, no ha tenido tiempo de olvidar nada o de cambiar de situación. Salvo que sea un frívolo, cosa que no es, tiene más bien cara de renegado, y ese tipo de gente nunca es frívolo. Pero, muy bien. Cuando alguien olvida un problema decimos que es porque ha pasado... qué.
-El tiempo.
-No obstante, habíamos quedado en que tres o cuatro días no pueden ser llamados un largo tiempo.
-En realidad, no habíamos quedado en eso.
-Joven amigo -dijo el doctor Golo-, y permítame que lo llame joven, ya que a mi edad cualquier cosa que no sean las ruinas de Micenas me parece recién llegada al mundo, joven y sonriente amigo, usted debe limitarse a responder: "así es", "ciertamente", "de acuerdo". Esto es algo así como una clase peripatética de sentados. Se llama mayéutica. Retomo: tres o cuatro días no son mucho tiempo. En cambio, setecientos u ochocientos kilómetros es una considerable distancia. Entre su pasado y usted no hay tiempo, hay qué.
-Distancia.
-No sea irrespetuoso, soy octogenario. Sabe perfectamente que debe contestar: espacio.
-De acuerdo -dije.
-Lo que hay entre usted y el suicida potencial del espejo es espacio. A su alma le ha sucedido espacio. El espacio opera como el tiempo. Por eso los desesperados viajan, por eso existe el turismo. No importa que se pueda llegar a La Cumbrecita en unas horas. Cuando estamos entre estos abedules, nuestro departamentito del Once nos parece tan remoto como la prehistoria.
-Ciertamente -dije.
En ese momento llegó Frau Lisa, con su trenza dorada y su cara redonda y sonriente. Tan saludable y silenciosa como un postre de maicena.
-Condesa -dijo el doctor Golo-, un jugo de tomate. -Agregó unas palabras en un idioma que no era español ni alemán. -Qué me quiere preguntar -me dijo a mí.
-Le quiero preguntar cómo sabe que vivo en el Once.
-Elemental. Miré el registro de pasajeros. ¿O no le confesé que lo vigilo?
-Qué otras cosas sabe de mí.
-La edad, sus divorcios, que le interesan los esenios. O tal vez los rollos del Mar Muerto.
La última de estas frases fue pronunciada, después de una pequeña pausa, en un tono ligeramente distinto a todo lo anterior. Lo miré. El doctor Golo parecía muy ocupado en limpiar los anteojos con el faldón de su camisa.
-Todo lo que sé de esa historia lo leí hace veinticinco o treinta años.
-Hábleme de eso.
-De qué.
-Empecemos por los rollos.
Le dije lo que sabía, y lo que sabía entonces puede resumirse en unos cuantos renglones. En la primavera de 1947 un muchacho beduino de la tribu Ta'amira encontró por casualidad unas vasijas de barro, en una cueva de la meseta del Qumran. En esas vasijas había manuscritos bíblicos de dos mil años de antigüedad. Durante un tiempo, ni los arqueólogos ni los hebraístas supieron muy bien qué tenían entre manos, incluso se pensó en un fraude. Unos años después, alguien habló del descubrimiento arqueológico más grande de la historia.
-Muhammad ad Dib -dijo repentinamente el doctor Golo.
-Qué es eso.
-Un nombre. El chico beduino se llamaba Muhammad ad Dib. Algo así como Mahoma el Lobo. Arreaba cabras, iba camino de Belén. Tenía un ojo más claro que el otro. Tiró una piedra dentro de una cueva y oyó un ruido. Qué susto. Entró y se encontró con lo que podriamos llamar el Santuario de la Escritura... Siga.
-Siga usted. Todo lo que sé es lo que ya le dije.
-Sabe más. Aunque no sepa que sabe, sabe más. Por ejemplo: qué pasaba en 1947, en Palestina.
-Una guerra entre árabes e israelíes, me imagino. Siempre hay una guerra entre árabes e israelíes en Medio Oriente.
-Una guerra entre mahometanos y judíos, fomentada por ingleses cristianos, guerra que, literalmente, impidió a cristianos, judíos y mahometanos seguir investigando las cuevas hasta tres o cuatro años después. Momento en que también se interesó el Vaticano. Los hallazgos más espectaculares ocurrieron entre 1952 y 1955. De modo que en 195ó se declaró otra guerra. ¿Qué opina de esto?
-Nada -dije con sinceridad.
Vi venir a Frau Lisa. Traía un jugo de tomate y un alto vaso de algo que, a la distancia adecuada, olía inequívocamente a vodka. Interrogué con la mirada al doctor Golo.
-Yo lo pedí por usted. Lo invito, prosit. Ahora hábleme de los esenios.
Frau Lisa nos sonrió y se fue. Caminaba de ese modo sigiloso y aéreo que sólo es patrimonio de ciertas mujeres rubias y dulcemente gordas.
-Lo que sé de los esenios lo leí en el libro del profesor Van Hutten.
-Dígamelo.
-Eran una secta judía. Una comunidad secreta. Vivían en el desierto de Qumran.
-Vivían en todas partes. Llegaron hasta Grecia, puede creérmelo.
-Juan el Bautista perteneció a la Secta. Se sospecha que el cristianismo nació con ellos.
-No sólo se sospecha. Siga.
-Tenían un líder mesiánico al que llamaban Maestro de Justicia.
-O Maestro Justo. Sí. Vestían de blanco, hablaban poco, eran brutamente puros pero se casaban. Sabe por qué.
-No sé. Creían que el sexo es necesario para la salud, supongo.
-No señor, eso es una guaranguería. Un argentinismo. Eso es la cabronada de san Pablo sobre que la mujer es preferible al fuego del infierno. No señor. Los esenios, acaso sin saberlo, ponían la ética por sobre la moral religiosa. La moral sólo compromete al individuo, a la persona; la ética es una norma superior que abarca a la especie entera. La mujer es necesaria para engendrar hijos, para perpetuar la raza de los hombres.
El doctor Golo tenía la virtud de ponerme de buen humor.
Poseía exactamente el tipo de inteligencia capaz de infantilizar a una persona de mi estructura mental. Hablaba de los esenios o del color de los ojos de Muhammad ad Dib como si acabara de conversar con ellos, decía Micenas como si fuera contemporáneo de Agamenón. Me hacía sentir una especie de estudiante secundario que no quiere parecer impresionado.
-Pero si no recuerdo mal-dije sonriendo-, eran un poco fanáticos para respetar el descanso del sábado.
-Y eso qué tiene que ver, se volvió loco.
-Que si no me equivoco, doctor, estos grandes éticos también decían que si un chico se cae a un pozo en sábado es pecado tirarle una soga. Si todos los chicos se ahogaran, me parece que la especie se vería un poco comprometida.
-No se haga el cínico. En arameo dice criaturas, no chicos.
Criaturas creadas. Perros, camellos. Claro que a la larga, también niños de corta edad. De acuerdo. Admito que eso de no ayudar a las criaturas que se ahogan es una burrada, pero nunca sucede que todas las criaturas tengan preferencia por caerse al pozo sólo los días sábados. A lo sumo se ahogarían uno o dos por mes. Veo que sabe bastante. Qué más sabe.
-No creían en la propiedad.
El doctor Golo levantó hasta los ojos su vaso y me miró un instante. La última luz de la tarde, reflejada en el jugo de tomate, le daba a su cara un matiz discretamente luciferino.
-Y hacían bien. -Después de beber, suspiró. -La propiedad es el robo.

CAPÍTULO CINCO

UNA REVELACIÓN Y UNA TRENZA DORADA

La conversación se extendió todavía unos minutos, pero no vale la pena transcribirla.
El doctor Golo se despidió repentinamente de mí, como parecía ser su costumbre, y me citó para el día siguiente al atardecer, en el cafecito húngaro que está situado frente al camino que sube al cementerio: prometió mostrarme la tumba de Van Hutten, en la cumbre. Yo me quedé todavía unos minutos en la hostería de la hoya, mirando el puente por la ventana y meditando en sus palabras sobre la juventud del alma. La chica de los gansos no volvió a aparecer.
Esa noche, en la cama, cuando estaba a punto de dormirme, tuve lo que podría llamarse una certeza embrionaria, una de esas revelaciones fugaces que se manifiestan en el entresueño y cuyo análisis consciente exigiría que nos desvelásemos por completo, cosa que esa noche yo no estaba dispuesto a hacer. Sentí, por un segundo, que había descubierto algo decisivo, aunque en ese instante no tuviera la menor idea de qué era lo que había descubierto. Una sensación análoga a la que suele describirse como tener una palabra en la punta de la lengua. Estaba vinculada, naturalmente, con la muerte del arqueólogo, y es probable que cualquier lector -suponiendo que estas páginas tengan un lector- haya descubierto de qué se trata.
De todos modos no hay ningún misterio en esto. Ya lo anticipé desde la primera página: yo me encontré con Estanislao Van Hutten y hablé durante muchas noches con él. Lo que sólo puede significar que el arqueólogo estaba vivo y que la tumba de la cumbre era una farsa.
Eso es lo que supe bruscamente durante la noche, sin saber que lo sabía. De haber tenido menos sueño, tal vez habría alcanzado a razonar esa certeza.
Esa noche soñé. En alguna parte he leído que la mejor manera de desalentar al lector es contarle un sueño, de modo que seré muy breve. Soñé que me caía en el estanque de los gansos y que el doctor Golo me tiraba una trenza. No una soga o una cuerda, una trenza de mujer.

CAPÍTULO SEIS

EL CEMENTERIO EN LA CUMBRE

Estaba sentada, sola, en una de las mesas más cercanas a la puerta, lo que naturalmente contribuyó a que no la viera de inmediato.
Entré y recorrí las mesas con la mirada. El doctor Golo no se veía por ninguna parte, y creo que sólo en ese momento reparé en el hecho de que, si el cementerio de la cumbre estaba a cien metros de altura, iba a resultar bastante difícil que mi octogenario amigo me guiara hasta allá. El cafecito húngaro era realmente húngaro; nunca había conocido otro pero esos manteles bordados, esos pequeños candelabros sobre las mesas, esos sobrerrelieves circulares de caoba con finas cabezas de perro, colgados de las paredes, esa vaga penumbra en plena tarde, no podían ser más que húngaros. Me pareció oír un violín remoto, una melodía de Bartók, pero pensé que era un Bartók imaginario, una personal contribución mía al decorado. Después comprobé que no; detrás del mostrador, giraba un antiguo tocadiscos Winco, uno de esos melancólicos artefactos de otro mundo que las ciudades han confinado a los desvanes, a las casas de compraventa. Momento en que yo estaba sentado frente a la chica de los gansos: también yo debía estar sobreoxigenado, porque, de pronto, en el instante mismo de reconocerla, me encontré sentado frente ella. Fue tan inesperado, al menos para mí, que estuve a punto de pedirle disculpas y levantarme de la silla.
La chica alzó los ojos sin el menor asombro, sonrió, y resolvió nuestro problema inmediato.
-Hola -dijo.
Había muy pocas mesas, casi todas ocupadas por parejas que me parecieron muy jóvenes, por lo menos mucho más jóvenes que las del comedor de mi hotel. Hablaban en voz baja, hacín cosas con los dedos del otro, escribían misteriosos papelitos y los ocultaban con la mano. Seguramente tomaban leche de cabra. Nadie desenfundó una navaja y quiso degollarme, nadie blandió una cadena ni se clavó una jeringa en la vena femoral. Estaba pensando que tal vez la adolescencia es posible aun con un escaso nivel de heroína en la sangre cuando sentí dos cosas. Que ése era un pensamiento incomunicable, incluso en aquel cafecito, y que, pese a todo, yo debía conversar de algo.
-Qué tal -dije.
La chica no me contestó. Se limitó a hacer un gesto casi invisible con el hombro, sin dejar de mirarme. Tal vez esperaba algo mejor de mí, o no esperaba nada. Pensé que podía preguntarle si le gustaba Bartók, pero una voz interior me dijo que, aunque estuviéramos realmente en Hungría, aquélla no era la pregunta adecuada. Claro que tampoco era posible intentar por el lado del rock. Fuera de que mi última noticia sobre esa materia se remontaba al fenómeno de Los Beatles, yo habría podido jurar que esa chica, si oyó música bailable alguna vez, la oyó mientras bailaba una mazurca. Entonces, qué. Tal vez preguntarle si desde mucho tiempo atrás le interesaban las aves acuáticas. Por fortuna, la opulenta señora sonriente que hacía de mozo llegó a nuestra mesa y me dijo si iba a tomar algo. Con inexplicable y súbito malhumor, decidí que lo mejor era comportarse con naturalidad y pedí una ginebra. Creí percibir, frente a mí, un leve fruncimiento de cejas.
-La leche de cabra me descompone -dije en voz baja, sin la menor intención de compartir el chiste con nadie.
Entonces la chica se llevó las manos a la boca, agachó la cabeza y se rio. Se reía de verdad, yo le pregunté de qué se reía y ella seguía riéndose. Cuando pudo volver a hablar, contestó: -Me río de lo que dijo.
Siempre he tenido la sospecha de que los años no traen ninguna sabiduría, no respecto de las mujeres, y la risa de esa criatura me daba la razón una vez más. No me detendré a explicar el significado de estas palabras ni qué había comenzado a pasar en aquella mesa.
-Ayer a la tarde estabas en el puente -dije.
-Sí -dijo ella-. Yo también lo vi a usted.
Me trataba de usted. Unos años atrás me hubiera parecido un mal comienzo, ahora se oía tan natural que ya no significaba nada, ni bueno ni malo. Vi que no llevaba el pelo suelto, como la tarde anterior, sino recogido sobre la nuca en una trenza circular. Tenía puesta una blusa bordada con pequeñas flores. Los ojos azules no me gustan mucho, así que no me parece que tuviera ojos azules. Fue ella la que volvió a hablar.
-Ahora no es lo mismo -dijo.
-Qué cosa no es lo mismo.
-Que usted esté conversando conmigo. Ayer, en el puente, hubiera sido... real. Ahora está acá por lo que le dijo el tío Golo.
-El tío Golo. ¿El doctor Golo es tu tío?
No era posible. El doctor Golo confesaba tener ochenta años. Los tíos son hermanos de padres y madres. Esta chica no podía tener padres octogenarios. No había terminado de pensarlo cuando mi demonio interior hizo un cálculo aplastante. Si yo tuviera una hija nacida en este momento, dentro de veinte años esa chica tendría un padre, no tan viejo como el doctor Golo, pero, de todos modos, un viejo padre de setenta años, quien podría perfectamente ser hermano de cualquier octogenario. Menos mal que la húngara llegó con la ginebra.
-Siempre lo llamé así -dijo la chica-. Era amigo de mi tío Stan. Ellos y Hannah me criaron.
-Stan.
La chica no me miraba. Entonces hizo la pregunta que yo estaba esperando. La misma pregunta que me había hecho Vladslac.
-A qué vino usted -dijo.
Ya he dicho que esperaba la pregunta. Lo que ni yo mismo esperaba fue mi respuesta.
-Te voy a contestar -dije-. Esa pregunta y todas las que quieras. No sé a qué vine, pero te puedo decir por qué vine. Vine porque estoy de vacaciones. Vine porque me separé de mi mujer. Vine porque desde hace diez años me da lo mismo cualquier lugar, a condición de no conocer a nadie. No pongas cara de alarmada. Vos hiciste la pregunta y ahora me escuchás. Vine porque mi vida carece de sentido. Siempre imaginé que un tipo como yo estaba destinado a hacer grandes cosas, y un día, como dice tu tío Golo, me desperté de golpe y vi en el espejo la cara de un antiguo señor que había perdido por completo las ganas de vivir. No sé qué te mandaron a averiguar de mí, pero puedo contestarte otras cuántas preguntas. No me interesan las intrigas. Ni los esenios. Ni los rollos del Mar Muerto. Ni Estanislao Van Hutten. No me interesan ni sé por qué tendrían que interesarme. Y de paso te digo algo más. Soy exactamente la clase de tipo capaz de imaginar que, en un lugar como éste, es posible encontrar, sobre el puente de una hoya, una chica que habla con los gansos, y sentir que sólo por eso valía la pena haber venido. Lo que me resulta un poco duro de imaginar es que te hayan mandado a espiarme.
-Yo se los dije.
-Qué les dijiste, a quiénes.
-Les dije que usted no era lo que ellos creen.
-Y qué es lo que creen.
-No sé. Un periodista, o algo peor. -Tenía la mirada fija en el mantel. -Alguien interesado en el tío Stan.
-Entonces, es cierto: te mandaron a espiarme.
La chica alzó los ojos y habló con perfecta naturalidad: -Ahora sí, ayer no. Ayer el tío Golo me dijo solamente que fuera al puente de Lisa y que simulara no verlo.
-¿A mí?
-A él. Yo no sabía que iba a estar usted.
No tuve más remedio que creerle. Era imposible que ella supiera dónde estaría yo la tarde anterior. Unos minutos antes de llegar a la hostería de Frau Lisa, ni yo mismo imaginaba que iría a parar allí. Lo que me hubiese gustado saber es cómo lo adivinó él.
-¿Y eso no te pareció raro?
-Raro qué.
-Lo que el doctor Golo te pidió. Que simularas no verlo.
-No, por qué. Desde que yo era muy chica todos nosotros hacemos cosas así. Vladslac, tío Golo, Hannah. Yo creía que era un juego. A veces Hannah era mi mamá, a veces mi tía, a veces Stan era un señor desconocido que me decía qué linda nena, estás perdida, y me daba un papel que yo debía dejar en alguna parte.
El doctor Golo y mi hotelero alemán ya me lo habían anticipado. En aquel refugio alpino de arte naif no todo eran cascadas en miniatura y hoyas con gansos. Tal vez me había equivocado al elegir el lugar de mis vacaciones.
-Qué otras cosas hacían.
-Aprender rápido el idioma del país al que llegábamos. El idioma y el acento.
-Cuántos idiomas conocés.
-No muchos. Seis o siete.
-Empiezo a creer que ustedes son gente peligrosa. ¿Cómo te llamás? Si es posible, tu nombre verdadero.
-Christiane.
-Con ce hache.
-Sí.
-Empiezo a creer, Christiane, que todos ustedes son gente bastante peligrosa.
La chica desvió la mirada e hizo una pausa.
-Nosotros no -dijo finalmente-. Ellos.
La primera vez que se tomaba tiempo para contestar. Sin embargo, no me pareció que hubiera calculado la respuesta: era otra cosa. Cuando volvió a mirarme, sentí que yo la había herido.
-Quiénes son ellos.
-No sabemos. Nadie lo sabe.
La impresión de candor y sinceridad que causaba esa chica era alarmante. O no sabía decir más que la verdad o era una actriz notable, una actriz especialmente adiestrada para ganarse la confianza de tipos como yo. De todas maneras, candorosa o no, era evidente que en su vida había hecho algo más que bailar mazurcas. Como también era evidente que, de un modo tal vez inesperado, había conseguido averiguar unas cuantas cosas de mí. Por puro espíritu de contradicción, pregunté:
-Y cómo podé s estar tan segura de que yo no soy un emisario de ellos.
-Hace un momento creí que estaba segura. Ahora no sé.
-Me rindo -dije-. Podés llevarme al cementerio.
-Para qué.
-Para ver la tumba de Van Hutten. Tu tío Golo me citó en este café para eso. En realidad, no me citó para eso, sino para yo diera una prueba de lo que él llama la juventud del alma.
-Ya lo sé.
-Sí, también me lo figuraba. Vamos.
Me puse de pie pero ella no se movió de su silla. Me miraba y se reía. Yo le pedí que compartiera su alegría conmigo. Ella dijo.
-Se olvida de pagar.
Llamé a la húngara y pagué. Mientras subíamos hacia el cementerio de la cumbre seguramente terminé de contarle el resto de mi vida.
El ascenso duró casi una hora. En algún momento nos detuvimos en una saliente de la sierra. Ella me mostró una gran piedra, casi al borde de lo que, sin ninguna exageración, podría llamarse un pequeño precipicio. Me acerqué. No sé si es decente confesar que, mientras lo hacía, alcancé a pensar que la chica iba a darme un empujón.
-Qué es lo que tengo que mirar.
-Lo que está dibujado ahí. ¿Sabe qué es?
Vi una especie de flecha, grabada profundamente en la piedra.
-Una flecha.
-Sí, y también una letra. Una letra sumeria. Se llama Ti. Más que una letra es una palabra. Es el símbolo de la vida.
-Cómo sabés una cosa semejante.
-Tío Stan la dibujó para mí, la primera vez que vinimos.
-¿Puedo hacerte una pregunta?
-Sí.
-De qué hablás con tus contemporáneos. Me refiero a los muchachos de tu edad.
La chica tenía los ojos bajos. Hizo una pausa.
-No conozco a muchos.
De pronto, por algún motivo, era bastante difícil continuar con aquella conversación, de modo que seguimos subiendo en silencio. Si esto fuera una película, pensé, ahora estallaría una tormenta. Nos refugiaríamos en una gruta o en un pajar. Claro que en esa película yo debería tener veinte años menos.
-Ahí está -dijo la chica.
El camino, que hasta ahora había sido piedra pura, terminaba abruptamente en la explanada de una meseta cubierta de pinos y cipreses. El cementerio, circundado por una verja de fierro, ocupaba un pequeño sector de la explanada y se entraba en él por una puerta, también de verja, sobre la que en ese momento cantaba un pájaro de pecho rojo, que no se echó a volar hasta que casi estuvimos junto a él. El suelo estaba cubierto de hojas doradas. Había unos cuantos bancos de piedra, dispuestos como para el reposo de los vivos, no de los muertos. Vi las dos estrellas de David de las que me había hablado Vladslac. Vi una cruz que decía: Stabit Crux Dum Volvitur Orbis. Vi una cruz dentro de una rueda. Vi una lápida que tenía una sola fecha, como si los días que hay entre el nacimiento y la muerte fueran un dato o una vanidad inútiles. Pero sobre todo vi árboles y oí ese silencio rumoroso y sonoro que está hecho de pájaros y de hojas. No era un cementerio sino un parque secreto. Ni siquiera las estelas funerarias recordaban la muerte.
-Dónde está él -pregunté.
No me atreví a pronunciar la palabra tumba.
-Allá -dijo.
Bajamos un desnivel y vi la sepultura.
Estanislao Van Hutten, decía. Montevideo 1901. La Cumbrecita 1975.
Y comprendí lo que de algún modo sabía desde la noche anterior.
-Esta tumba es una farsa -dije. La chica no dio ninguna muestra de sorprenderse-. El libro firmado que yo encontré en el hotel fue editado en Stuttgart, en 197ó.
-Sí. Él también se dio cuenta, ayer.
-Qué es todo este misterio.
-Vuelva a Buenos Aires -dijo la chica-. Déjenos.
-Me parece que ahora es un poco tarde -dije yo-. O un poco temprano, según se lo mire.
Mientras hablaba hice algo que me sorprendió. Me agaché para cortar una flor y la dejé sobre la tumba. Entonces oí a mi espalda una voz, que no era la de la chica, y una risa poderosa y profunda, que no era en absoluto el tipo de sonido que uno esperaría oír en un lugar como aquél.
-Ése fue un hermoso gesto -dijo la voz de Van Hutten-. Gracias.
Naturalmente no necesitaba haberlas oído antes para saber que aquéllas eran su voz y su risa. Como tampoco necesitaba haber mirado nunca su cara para reconocerlo. Quiero decir que me limito a contar las cosas tal como sucedieron, sin el menor ánimo de producir ningún efecto inesperado. Como muchas veces pude comprobar más tarde, era Van Hutten quien tenía una predisposición natural a los efectos más o menos teatrales. Su misma apariencia era espectacular. Debía de medir más de un metro ochenta y, a pesar de su edad, parecía estar tallado, no en piedra, como suele decirse, sino en una madera durísima. Llevaba borceguíes de explorador, camisa leñadora y un chaleco de innumerables bolsillos. Parecía no haber hecho en su vida otra cosa que andar a la intemperie. Las arrugas verticales de su entrecejo, casi como cicatrices, le daban sin embargo un aspecto reflexivo y por alguna razón intimidante. Colgada de un cordón negro, llevaba sobre el pecho una cruz de fierro. No un crucifijo, sino una cruz.
-Me parece que merezco alguna explicación -dije.
-No sé si la merece -dijo riendo Van Hutten-. Eso lo veremos más tarde. Pero desde luego la tendrá. Bajemos. No, por el camino de cornisa no. Eso es para la edad de Christiane. Usted venga conmigo por acá.
Pude ver una pequeña puerta, una especie de mínima tranquera semioculta entre unos arbustos, que se abría hacia los matorrales de la cuesta. Un camino de regreso mucho más directo y escondido que el que habíamos hecho con Christiane al subir. Había una escalinata de piedra, que llegaba a los fondos arbolados de la casa de Van Hutten.
-Ese que se ve allá abajo es el camino principal -dijo el arqueólogo-. Este otro da a los bungalows y a las canchas de tenis de su hotel. Pasa exactamente junto a la terraza de su cuarto. Pero no se lo aconsejo de noche.
Yo dije que no estaba seguro de orientarme en un lugar así, ni siquiera de día.
-Yo lo acompaño un trecho, no se preocupe.
Vi entre los árboles la silueta de una mujer que, a la distancia, no parecía mucho mayor que Christiane. No se nos acercó.
-Hannah -dijo Van Hutten-. Mi mujer. Usted ya la conoce, era la hermosa dama solitaria que la primera noche lo vigilaba desde un espejo.

CAPÍTULO SIETE

EL CAMINO DE LA ENCINA

-No creo en el azar-dijo Van Hutten mientras caminábamos entre matorrales y macizos de campanillas. Yo veía su espalda y no podía hacerme a la idea de que ese hombre tuviera ochenta y dos años. Era como si las matas y las flores se apartaran para darle paso. -La gente llama azar a lo que no es sino una serie de causas secretas, que los antiguos nombraban destino. Usted juega al ajedrez, me han dicho. Imagine lo que sentiría si fuera un caballo de ajedrez y pudiera preguntarse qué significa su posición actual en el tablero... -El camino, cada tanto, se quebraba en una pendiente y bajábamos en silencio. Los pesados borceguíes del arqueólogo se adaptaban a las irregularidades del sendero con una seguridad que me hacía sentir anciano. Dos o tres veces, oyéndome tropezar, se había dado vuelta como para auxiliarme. Se detuvo y me miró. Su cara sí estaba marcada por el tiempo, sólo que de un modo casi mineral, como se agrieta la corteza de un árbol. -Que usted haya venido a La Cumbrecita, que, por la razón que sea, haya encontrado mi libro sobre los esenios en la biblioteca del hotel, que yo haya firmado ese libro sin pensar que se trataba de una edición posterior a mi muerte para el mundo, y sobre todo que hace veinticinco años, usted... -Van Hutten hizo una pausa. Tuve la impresión de que lo que agregó de inmediato no era lo que pensaba decir. -... Que usted, hace veinticinco o treinta años, oyera hablar de mí, de las cuevas del Qumran, de los esenios... todo eso forma necesariamente un dibujo. Sólo que hay que saber mirado. ¿Christiane le mostró la letra Ti? -EI arqueólogo siguió caminado sin darme tiempo a contestar. -Christiane ama esa letra, yo se la dibujé. Nunca comprendí qué ve exactamente en ella. ¿Usted sabe, señor de la ciudad, lo que significa esa pequena flecha? No me diga, por favor, que es el simbolo de la vida, eso lo oyó hace media hora... -Seguimos bajando, otra vez en silencio, y llegamos a una explanada. -Ese dibujo fue la clave, usted diria casual. que permitió descifrar el misterio de un mundo que se creia perdido. Probó la existencia de la civilización mas antigua que conocemos. Los sumerios.
Van Hutten apoyó la espalda en un árbol y no agregó una palabra. Si yo esperaba algo mas, estaba equivocado: el arqueólogo había terminado para siempre con su ejemplo sobre la inexistencia del azar. Como comprobé muchas veces en los días que siguieron, ese hombre parecía suponer que su pensamiento era perfectamente accesible para los demas. Lo que entonces sentí es que Ie daba lo mismo hablar conmigo que hablar solo.
Espere un tiempo prudencial, y me atreví a decir: -Según usted, era inevitable que nos encontraramos.
-De ninguna manera. Lo ya inevitable es que nos hayamos encontrado. Hasta hace unos días, hasta hace unas horas, no tenía nada de inevitable.
-No sé si lo entiendo.
-No tiene ninguna importancia. Usted créame; el azar no existe. Si usted y yo no nos hubiesemos visto nunca, tampoco eso sería una casualidad. Sería el único resultado posible de una serie de hechos fatales. Usted y yo estamos conversando ahora, junto a este árbol. Eso es lo ya inevitable. -Sacó de su pantalón de lona un reloj sujeto a una argolla del cinturón por una trenza de cuero y consultó la hora. -No se me olvide de este árbol. Es una encina, no hay otra por acá. En esa tranquerita empieza el camino que lo lleva directamente a su hotel. Desde este lugar, no hay modo de perderse.
O dicho de otra manera: que mi primer encuentro con Estanislao Van Hutten había terminado.
-Eso quiere decir que no va a explicarme nada.
-No ahora.
EI arqueólogo señaló algo sobre mi cabeza. Me volví. Sobre las sierras, vi un tumulto de nubes atravesadas en todas direcciones par el sol que se volcaba hacia la noche, como un cataclismo silencioso. Esa parecía ser la razón de su respuesta. La miré sin entender.
-Que de un momenta a otro, señor, va a atardecer en La Cumbrecita, y no pienso profanar ese espectáculo con palabras.

CAPÍTULO OCHO

EL TAO LLAMADO TAO

-Yo sí creo en el azar -dijo el doctor Golo la noche siguiente. Él y Van Hutten habían aparecido en el bar del hotel, después de la cena, y ahora caminábamos los tres bajo los árboles de la calle principal, en dirección a la hoya de los gansos. -Lo que la gente llama destino -dijo el doctor Golo-no es sino una hilera de disparates, que los antiguos llamaban misterio de la vida. Usted juega al ajedrez, lo he visto. Imagine qué sentiría si fuera un caballo de ajedrez y viniera yo y le pateara el tablero y usted pudiera preguntarse qué significa su posición actual debajo de la mesa. Que usted haya venido a suicidarse a La Cumbrecita, que, por la razón que sea, haya tomado el libro de Stan sobre los esenios, que este hombre distraído, aunque sabio, le haya firmado ese libro a un hotelero, sin pensar que los arqueólogos de Dios no deberían andar dedicando libros como poetas vanidosos, sobre todo si están muertos, y que desde hace treinta años usted ande obsesionado con el cristianismo, déjeme terminar, todo eso es necesariamente un desorden. -El doctor Golo se detuvo, levantó la cabeza y, cerrando los ojos, olió repetidamente el aire de la noche. -Sólo que también hay que saber interpretarlo.
Van Hutten no dijo una palabra. Caminaba con las manos a la espalda, mirando el suelo, y de tanto en tanto, meneaba lentamente la cabeza. Yo pensé que al fin de cuentas estaba de vacaciones y dije:
-Según usted, entonces, es casual que nos hayamos encontrado.
-De ninguna manera. En un orden caótico, lo absurdo es inevitable.
Me reí. Pese a la sombra un poco intimidante de Van Hutten, que caminaba en silencio al borde del camino, no tuve más remedio que reírme.
-En eso estamos de acuerdo -dije.
-¿De qué se ríe? -dijo el doctor Golo-. El azar no sabe lo que hace. Si un individuo como usted y el profesor no se hubieran conocido, eso sí que habría sido una casualidad.
En ese momento, el arqueólogo habló por primera vez:
-Pero ahora caminamos juntos, bajo estos árboles, y ya no hay tu tía.
-¿Cómo?
Van Hutten, si es que realmente había hablado, pareció no oír mi pregunta.
-No hay tu tía -dijo el doctor Golo-. Es un giro rioplatense. No me va a decir que nunca oyó el giro no hay tu tía.
-Claro que sí. Sólo me sorprendió.
-Si eso lo sorprende en un uruguayo -dijo el doctor Golo-, qué va a pasarle cuando yo le diga que ese hombre pensativo puede articular las palabras no hay tu tía en unas treinta lenguas, pero que en ninguna de ellas, óigame bien, en ninguna significa lo que usted entiende cuando oye el sonido no-hay-tu-tía. Yo creo que es cierto, el español es la lengua de los ángeles. Diga: li.
-Li.
-Usted, pronunciación al margen, acaba de proferir un sonido que en chino tiene ciento treinta y ocho significados; que, en dialecto mandarín, admite además cuatro tonos distintos y, en el sur de China, ocho. Diga: tao k' o tao.
Volví a pensar que estaba de vacaciones. Tal vez estos dos viejos estuvieran locos, pero seguirles la corriente no era peor que jugar al ajedrez a solas.
-Tao cotao -dije.
-No: tao k'o tao.
Yo lo intenté. El doctor Golo dijo:
-Usted está dotado más bien para el birmano. Preste atención: si yo intentara traducirle razonablemente al inglés ese enigmático verso del Tao te king, que es lo que usted ha dicho en lacónico y musical idioma chino, debería articular algo así como: The Tao that can be trodden. O menos metafóricamente: The Tao which can be tao-ed. En italiano, y corríjame si pronuncio mal, usted que es argentino: Il Tao di cui si puo parlare, o, tal vez: Il Principio che potesse essere enunziatto. En alemán ya lo ha hecho, en un rapto de locura, un finado amigo sinólogo... ¿Usted sabe alemán?... ¿No? De cualquier modo no importa, oiga esto: Im Tao -acá el doctor Golo hizo una pausa y, con sus pequeñas manos, dibujó en el aire de la noche un paréntesis-, dem Weg des Weltalls -otra pausa, el paréntesis había terminado-, sollt ihr wandeln. ¡Qué me dice! -En este momento, Van Hutten, que caminaba un poco apartado, lanzó una carcajada que ocasionó, podía jurado, un perceptible revuelo de pájaros sobresaltados en las ramas de los árboles-. Im! -repitió el doctor Golo-. Y no sólo Im. Por si fuera poco: dem Weg des Weltalls. ¿Sabe alemán o no?
-No -dije.
-Bueno, yo tengo que hacer un mandado y ustedes caminan muy despacio porque son altos. Los dejo, nos vemos en la hoya. Que el profesor Van Hutten le siga explicando.
Y el doctor Golo, como si se disipara en el aire, desapareció a toda velocidad entre las sombras de los pinos.
Van Hutten se acercó a mí.
-Lo que él le quiso decir -la voz grave del arqueólogo, oída en la oscuridad, contrastaba de tal modo con la del doctor Golo que sentí un estremecimiento-, es que el humilde tao k'o tao, como si dijéramos el Tao llamado Tao, se ha convertido, en alemán, en una orden prusiana, en un decreto sobre la circulación vial del universo. Quiso decir que no hay tu tía, que es la fatalidad, y tao k'o tao, que es el nombre de lo innombrable, no admiten ninguna traducción. -El arqueólogo hizo un silencio. -La pregunta implícita, querido señor, es la siguiente: ¿si usted no sabe alemán, qué hacía con un libro mío, escrito enteramente en alemán, sobre la secta de los esenios?
No tuve tiempo de sorprenderme porque, para decirlo con sinceridad, me sentí agredido. Tuve la certeza de que toda esta gente, Van Hutten, el doctor Golo, la misma Christiane, se estaban burlando de mí.
Me detuve.
-Qué le pasa -dijo Van Hutten.
-No sé si le va a gustar oírlo, profesor.
Van Hutten también parecía muy serio.
-Inténtelo.
-Creo que usted me desagrada, Van Hutten. De pronto siento que casi ninguno de ustedes me gusta en absoluto.
-Casi ninguno... Nunca pronuncie irreflexivamente un adverbio en presencia de un filólogo... Pero si no es más que eso, sigamos caminando. Ya le voy a gustar, le voy a gustar hasta el fanatismo. Debo entender que está molesto conmigo.
-Sí -dije secamente.
-Bueno -dijo con otra voz Van Hutten-, no lo culpo. Yo no le gusto pero usted me gusta a mí. Hagamos las paces. Qué es lo que necesita saber.
-Nada. Lo vengo repitiendo desde que llegué.
-Cuando llegó no necesitaba saber nada. Y yo le creo, de manera que le voy contar todo. O casi todo. Pero antes debo hacerle una advertencia. Usted se ha metido en un problema. Para decirlo sin frivolidad: en un asunto demasiado peligroso. Usted mismo ahora es peligroso. Peligroso para mí, para Hannah, para Christiane, para Vladslac, para Golobjubov.
-¿Quién?
El arqueólogo me tomó del brazo y seguimos caminado.
-Lev Nicolaievich Golobjubov, muerto en Palestina en 1975 y a quien usted conoce, perfectamente vivo, como doctor o tío Golo. Si me excluyo, la autoridad filológica más grande que usted ha conocido en lo que atañe a literaturas semíticas. Puede hablar el arameo de la época de Jesús como si viniera de pescar en el lago Tiberíades con san Pedro. Él me enseñó súmero. ¿Sabe lo que es la Estela de las Aguilas? Es una piedra de basalto, una piedra funeraria: él la descifró por divertirse y la tradujo al lituano y al vasco. Tiene un humor extravagante. Usted le gusta porque juega al ajedrez solo; Lev únicamente admite el ejercicio inútil de la inteligencia. También fue médico, en Moscú. Toxicólogo. Si alguna vez usted oyó hablar del doctor que se hacía llamar Joseph Landowski, tal vez le diga algo el hecho de que, en su juventud, Lev Nicolaievich trabajó con este siniestro personaje. Confórmese con esto: Golo preparó con Landowski la fórmula que borró para siempre de este mundo al famoso y satánico camarada Iéjov, jefe de la Cheka en la época de Stalin. Esa muerte lo convirtió al cristianismo. Yo lo conocí en una excavación, en Lituania. Buscábamos un manuscrito de la Canción de las Huestes de Igor y encontramos un arcón. No importa qué había adentro ni sé si usted podría calcular lo que significaba ese hallazgo, traducido a valor dólar. Hacia el final de... ¿Lo aburro?
-No. Siga.
-Hacia el final de la Segunda Guerra, Lev Nicolaievich vivía en la embajada soviética, en Buenos Aires, traduciendo sosegadamente el Gilgamesh, rezando en secreto y administrando el contenido del arcón, que, dicho sea de paso, nos sirvió para sacar de Alemania nazi a unos cuantos opositores a Hitler. Entre ellos, el conde Holstein, su elegante hotelero parecido a Hermann Hesse. En 1945 yo estaba en Nag Hammadi, de allí bajé a Palestina. Cerca de Jericó, descubrí algo... Lev me dijo que usted conocía mi polémica con los mamarrachos de Roma. Me refiero a mi libro sobre las murallas de Jericó.
-Sí, lo leí. Hace mucho tiempo.
-Qué le pareció.
Yo había leído ese libro cuando tenía dieciocho años. Me recordaba a mí mismo leyéndolo sobresaltado. Recordaba la belleza de su prosa y la contundencia casi blasfema de sus ideas. Esta noche yo seguía bastante molesto con el arqueólogo, pero, aunque en voz baja, no tuve más remedio que decirle la verdad.
-Siempre admiré ese libro. El viejo soltó una carcajada.
-Por favor. Ese libro fue una cortina de humo, ese libro y la excavación de Jericó fueron una broma gigantesca... -Mientras el viejo reía, en un pueblo, en alguna madrugada de mi memoria, un adolescente fervoroso de ojos agrandados se diluyó como un fantasma. -Pero no se me ofenda otra vez -dijo el arqueólogo-; al fin de cuentas el libro lo escribí yo. -Me puso la mano sobre el hombro; cuando volvió a hablar lo hizo con mucha seriedad.- Los acantilados del norte del Mar Muerto, las cuevas del Qumran, están a unos doce kilómetros de la meseta de Jericó... y, por ciertas razones que no le voy a explicar ahora, era necesario que yo estuviera cerca del Qumran... En este punto empieza la historia que le interesó a usted en su juventud y que, desde hace unos días, ha vuelto a interesarle.
-Por qué me cuenta todo esto.
-Porque no creo en el azar. Y usted ha empezado a cumplir un determinado papel en esta segunda parte de nuestra historia.
Supongo que, si el arqueólogo pronunció exactamente estas palabras, debí preguntarle qué tenía que ver yo con lo que él había llamado nuestra historia, pero soy ese tipo de personas que no entienden las cosas hasta que las recuerdan.
-Qué piensa de los rollos del Mar Muerto -dijo el arqueólago.
Ése era el momento para dar por terminado todo este asunto y volverme a mi hotel. Sin embargo me encontré repitiendo lo que ya le había dicho dos días atrás al doctor Golo. El beduino. La cabra perdida cerca de los acantilados. La cueva con sus vasijas de dos mil años. Los rollos. Van Hutten me interrumpió.
-Le pregunté qué piensa, no cuánto sabe.
-Como la mayoría de las personas, profesor, no suelo pensar en los rollos del Mar Muerto.
Van Hutten no se dio por enterado de mi ironía.
-Los primeros rollos no se descubrieron en la primavera de 1947, eso para empezar. Fueron descubiertos mucho antes. Los beduinos entraban en las cuevas y con el cuero de los rollos se remendaban los zapatos. Nadie se preocupó por los manuscritos hasta que empezaron a significar dinero. Textos sagrados de dos milenios de antigüedad. Textos originales, no copias tardías. Textos escritos para ser leídos por todos los hombres... Una pandilla de falsos eruditos, curas sacrílegos, militares judíos y profesores mafiosos, ejerce sobre esos documentos, desde hace más de treinta años, un control absoluto. Venga, cortemos camino por acá.
Unos minutos después llegábamos a la hoya. Enfrente, se veían las luces de la hostería. De este lado, bajo los árboles, vi el auto de Vladslac.
-Ese es el taxi del húngaro -dije.
-Sí -dijo Van Hutten-. Por qué.
-Tengo la impresión de que lo veo en todas partes. Quién es ese hombre.
-Mi ángel guardián -dijo el arqueólogo-. No hay muchas maneras de llegar a La Cumbrecita sin subirse al taxi de Vladslac. Hace un momento le hablé de mi libro sobre Jericó. Todas las ideas laicas de ese libro, el sistema de palancas que utilizó Josué, la zapa de los cimientos, el derrumbe de los muros, son de Vladslac. Es arquitecto. Supongo que imagina la importancia de un arquitecto en una excavación.
-¿Arquitecto?
-Un gran arquitecto. ¿Qué hace un gran arquitecto en un lugar perdido como éste, donde nadie construye casas? Esta región de cuento de hadas, imagino que lo sabe, fue también una especie de Tercer Reich en miniatura. La mujer de Vladslac era judía y murió en un campo de concentración. No me gustaría ser alemán y tener cierto tipo de pasado si Vladslac anda cerca.
-Quiere decir ...
-Vladslac espera encontrar a alguien. No lo busca: sólo espera encontrarlo. Tiene una certeza que le permite vivir. Está seguro de que en la Argentina hay un hombre, a quien él conoce, que algún día vendrá a visitar La Cumbrecita. Tal vez sea una ilusión, pero es bastante más de lo que tiene otra gente. Es su guerra, no la mía. ¿Quiere saber algo más?
-Sí -dije sin pensar-. Desde ayer quiero hacerle una pregunta.
-Hágala.
Habíamos llegado al puente de madera. Como una gran mancha blanca, inmóvil, un grupo de gansos dormía en un recodo del arroyo. La serenidad de la noche era tan perfecta que las ventanas iluminadas de la hostería y los faroles del parque, duplicados en el agua, daban la impresión de un paisaje invertido que sostuviera al real desde el fondo oscuro de la hoya. La ilusión duró un instante: un ganso solitario derivó hacia el grupo dormido y la imagen se deshizo como si un espejo temblara.
-Por qué se esconde -dije-. Por qué simula estar muerto. El arqueólogo me miró unos segundos.
-Crucemos. Prefiero conversar sentado.
Estábamos por entrar en la hostería, cuando, abrochándose el pantalón, reapareció entre los árboles una silueta inconfundible.
-Ibant obscuri sola sub nocte per umbram! -dijo el doctor Golo-. Qué manera de tardar. Los espero ahí adentro hasta asustarme, salgo a hacer pis en la enramada y, menos mal, los veo. Creí que alguno de los dos había asesinado al otro por razones religiosas. No sé de qué hablaban, pero le prevengo algo, señor. Stan no suele medir sus palabras. Si le oye decir que los dominicos son satánicos, los rabinos monos que cuentan palabras, el Vaticano un sepulcro blanqueado, usted mire hacia otra parte. Es raro que un filólogo tenga tanta pasión por los adjetivos monumentales, claro que Nietzsche también era filólogo y nos asestó a Zarathustra. Me presento por fin. Lev Nicolaievich Golobjubov, a sus órdenes. Fuera de un ruso, nadie puede articular mi apellido con la debida música, de modo que usted siga llamándome doctor Golo. Nunca me diga Lev, sería irrespetuoso. Cuando oigo Lev, yo entiendo León, y siento que me están haciendo una broma pesada. Mido uno sesenta y soy casi perfectamente redondo. De qué hablaban.
-Del pasado -dijo Van Hutten.
-Lo siento por nuestro amigo: ahora no puede salir vivo de La Cumbrecita. Era una broma -me dijo y siguió hablando con el arqueólogo en un idioma que no se parecía a nada que yo hubiera oído antes. Van Hutten le contestaba calmosamente en la misma lengua.
Entramos en la hostería. El arqueólogo fue hacia el mostrador y habló en voz baja con Frau Lisa. La mujer se dirigió de inmediato a los ocupantes de la única mesa que no estaba vacía y, con una gran sonrisa, les dijo que era hora de cerrar. Cuando quedamos solos, trancó la puerta, apagó las luces de afuera y desapareció con Van Hutten en la trastienda.
-Stan le ha tomado simpatía, señor -dijo a mi lado el doctor Golo-. Lo que en cierto modo no deja de empeorar las cosas para usted. Como prueba de buena voluntad, le traduzco nuestro pequeño diálogo copto. Yo le pregunté si usted le parecía lelo. Dijo que no. Le pregunté si eso no era peligroso para nosotros. Dijo que a lo mejor pero que usted no ha venido a buscar nada. Le pregunté si usted era un sensual. Dijo que no sabía, que le parece más bien un aletargado, alguien que hace las cosas dormido, sin saber si son buenas o malas. Le pregunté si ya le había contado lo principal. No dijo ni mu. Le pregunté si iba a cometer la locura de contárselo. ¡Dijo que sí! Entonces, desesperado, le pregunté por qué. y, ¿sabe lo que me dijo? Que usted le gustaba.
Vi volver a Van Hutten de la trastienda. Traía una botella en la mano y lo acompañaba Vladslac.
-Señor -dijo lacónicamente el húngaro, a manera de saludo.
-Hola -dije, intentando parecer natural-. Usted tenía razón. La Cumbrecita es un lugar muy hermoso.
Él se limitó a asentir con la cabeza. El doctor Golo habló unas palabras con el arqueólogo, en el mismo indescifrable idioma de un momento atrás.
-Empecemos -dijo Van Hutten, sentándose frente a mí.
Cuando aquello terminó yo no sabía mucho más que al principio.
Ha pasado demasiado tiempo como para que pueda repetir con exactitud lo que oí esa noche. Palabras como Nag Hammadi, Khirbet Qumran, esenios, Masadá, rebelión de los zelotes, Wadi el Mujib, Guerra de los Hijos de la Luz contra los Hijos de las Tinieblas, apenas significaban algo más que sonidos para mí. Tal vez, si las hubiera transcrito de inmediato en mi cuarto, como lo hice en los días siguientes, ahora podría rehacerlas a mi modo, pero confieso que esa noche yo estaba menos preocupado por la arqueología bíblica que por establecer la relación que existía entre aquellos tres hombres. Reparé en algo: pese al respeto instintivo que imponía Van Hutten, el doctor Golo lo tuteaba, lo interrumpía y hasta lo contradecía. Van Hutten, en cambio, lo trataba de usted, como también trataba de usted al húngaro, quien aparentaba ser veinte años menor que cualquiera de los dos. Más tarde pude constatar que ese tratamiento menos ceremonioso que distante era natural en Van Hutten. Excepción hecha de Hannah, su mujer, no lo oí tutear a nadie, ni siquiera a Christiane.
Vladslac me acercó en su auto hasta mi hotel. El arqueólogo y Golo prefirieron caminar.
-¿Quiere conversar? -me preguntó el húngaro.
Su voz era cordial. Yo recordé mi primer viaje en ese auto y me reí.
-No, esta noche no.
-¿Le gustan las casitas del tiempo?
-¿Las casitas del tiempo?
-Esas casas alpinas de juguete, con una mujercita que sale a la puerta cuando el día es bueno, y un pequeño tirolés que sale cuando llueve.
-Sí -dije.
El húngaro hizo un aprobatorio movimiento de cabeza y ya no volvió a hablar hasta que llegamos al parque del hotel.

CAPÍTULO NUEVE

DETALLES

En los días siguientes visité la cascada, la capilla, volví a la hostería de la hoya. Pude comprobar unas cuantas cosas. La gente parecía más afable conmigo. Sonrisas en el comedor, una mesa junto a la ventana. Holstein me ofreció, en perfecto castellano, las llaves de la biblioteca para que entrara allí a la hora que quisiera.
No volví a ver a Christiane. Debo reconocer que mis visitas a la hoya de los gansos respondían al secreto propósito de cruzármela.

CAPÍTULO DIEZ

LA CASA EN LA PIEDRA

-Éste es el camino más corto -había dicho Van Hutten, y después agregó: -También es el peor. Los caminos más cortos siempre son los peores. -Habíamos dejado atrás las canchas de tenis y los bungalows y ahora caminábamos entre los árboles por un sendero alto, paralelo a la calle principal, desde el que podían verse las terrazas iluminadas del hotel. Se detuvo y me tomó del brazo, pude notar la firmeza de sus dedos. -Si se fija bien, allá arriba brilla una pequeña luz. Desde esta noche, si quiere subir, va a tener que subir solo. No hace falta aclarar que soy un hombre anciano.
Tuve intención de responderle que no parecía en absoluto un hombre anciano, pero dudé de que el arqueólogo apreciara este tipo de cortesía. Sólo dije:
-Hace dos o tres noches le hice una pregunta.
-Sí.
-Que usted no me contestó.
-Insista, pero antes alcánceme ese palo. Es mi caduceo. Las pocas veces que desciendo a este mundo lo dejo contra ese cerco. Qué es lo que no le contesté.
-Por qué se esconde. Por qué simula estar muerto.
-Me escondo por temor. No. -Pensó un momento.- No es del todo cierto. En algún tiempo, hace diez o quince años, me escondía por temor, ahora es un hábito.
-Usted me dijo que descubrió algo.
-Exacto. Descubrí cierto documento, demasiado inquietante para demasiada gente.
Seguimos subiendo en silencio, entre plantas y arbustos sombríos, sólo guiados por la luz intermitente de allá arriba que aparecía y desaparecía entre las ramas.
-Qué descubrió.
-Qué descubrí, usted me pregunta amablemente qué descubrí. Ésa sí que es una buena pregunta.
No agregó una palabra. Quince o veinte minutos después llegamos a una explanada cubierta de árboles. Una especie de parque o bosquecito desde el que podía verse, mirando hacia abajo, la casi totalidad de los hoteles.
-Estamos en mi casa -dijo Van Hutten señalando la cuesta. Y yo tuve la impresión de que se refería a los árboles o al cerro. No vi nada que se pareciera a una casa. -Como las procesiones de los desesperados, esta casa va por dentro. La diseñó Vladslac. Si le dijera en qué se inspiró.
La casa, como pude comprobar después, estaba prácticamente engarzada en la ladera del cerro, oculta entre los árboles y tan mimetizada con la piedra que aún en pleno día se podria haber pasado a unos metros de ella sin advertir su entrada. Carezco de la habilidad de describir, así que no intentaré dar una idea de su construcción: sólo diré que Gaudí no la hubiera desaprobado.
-Descansemos un momento acá afuera -dijo Van Hutten. Sacó una linterna de su chaleco e iluminó fugazmente un banco de piedra. Nos sentamos. No pude evitar preguntarme por qué no había utilizado esa linterna mientras subíamos. Sentí la mirada de Van Hutten clavada en mi perfil. Después oí su risa.
-Usted se está preguntando por qué subimos a oscuras. Yo también me lo pregunto. Simplemente no se me ocurrió. Estoy acostumbrado a la oscuridad. Hannah siempre dice que no pienso en los demás, y creo que tiene razón. ¿Estaba pensando o no en la linterna?
-Sí -dije-. Pensaba por qué, llevando una linterna en el bolsillo, me hizo seguido en la oscuridad.
-Para desorientarlo -dijo.
-Eso imaginé.
-Imaginó mal. Para qué iba a querer desorientarlo, si ya le había señalado el camino. Fue porque no se me ocurrió. O tal vez por tacañería. He vivido obsesionado por la duración de las baterias y las pilas. Deformación profesional -agregó, y yo volví a sentir que sus interlocutores no siempre le interesaban demasiado a este hombre, o los sometía a mínimos tests de inteligencia. He vivido obsesionado por la duración de las baterías y las pilas, había dicho. Lo imaginé tratando de hacer arrancar un jeep en el desierto. Lo imaginé, alumbrando con los últimos vestigios temblorosos de una linterna, un manuscrito o una moneda romana en una cueva-. Lo que además significa -prosiguió Van Hutten- que usted no es tan mal observador como cree.
-Cómo sabe que me creo mal observador.
-Usted piensa que lo es.
-Sí, pero usted cómo lo sabe.
-Me lo confesó usted mismo. Dijo que sería incapaz de orientarse en un lugar como éste. Pero el sentido de la orientación es observación pura. La forma de un árbol, el color de una piedra, la dirección en que corre el agua, la altura del pasto. El sonido, incluso el olor. Por ejemplo, ¿cuántas cosas oye usted en este momento? Enumérelas.
Me resigné.
-Las ranas y los grillos. El rumor de las hojas; de tanto en tanto, algo que parece un búho.
-Muy bien. También debe de oír que mi sobrina está cantando, allá arriba. Una voz como la de Christiane, por tenue que sea, no pasa inadvertida así nomás.
-También la oigo, sí.
-Esta es la segunda vez que, por la negativa, usted demuestra pensar en Christiane. Qué más oye.
-Creo que nada más.
-Quiere decir que ya se acostumbró: no oye la cascada. Oye grillos y canciones pero no oye el rumor de la cascada. Óigalo. Un trueno de fondo, que sólo puede no oírse cuando uno ya se acostumbró a este lugar. Lo va a extrañar, cuando se vaya.
Van Hutten tenía razón en las dos cosas, la cascada se oía como un leve e interminable trueno lejano y yo iba a extrañar ese rumor. Si ésta fuera mi historia, y no la de Van Hutten, debería confesar que ahora mismo lo extraño, mientras escribo en Buenos Aires estas palabras.
-Es cierto -dije-. También oigo la cascada.
-¿De dónde viene el sonido?
-Parece venir de todas partes.
-Huela. La tierra mojada tiene olor, por eso uno puede anticipar la lluvia. Huela. Eso es. Ahora, una ese olor con el sonido del agua. De dónde viene.
-De allá atrás.
-Correcto, del suroeste. Eso, dos o tres nociones astronómicas y una buena brújula suiza, y nunca más se me pierde en La Cumbrecita ni en ningún lugar del mundo. Salvo en una ciudad. Los indicios de la ciudad son otros, pero, en el fondo, funcionan de la misma manera. El nombre de las calles, la fachada de una casa, la numeración de las puertas. -Otra vez sentí en la oscuridad los ojos de Van Hutten clavados en mi cara. -Qué le pasa.
-Que usted no me trajo hasta acá para hablar del sentido de la orientación.
-Esta vez imaginó bien. ¿Qué antigüedad supone usted que tienen nuestros evangelios?
Ya me estaba acostumbrando a esta manera súbita de preguntar. Supe que podía permitirme cierta elocuencia.
-Casi dos mil años -dije-. Los evangelios sinópticos fueron escritos alrededor del año 70. Uno de ellos, creo que Lucas, es posterior a la destrucción del Templo. El de Juan pudo haber sido escrito en el año cien.
-Y eso es todo. -Las palabras de Van Hutten no estaban formuladas como pregunta, eran una afirmación irónica-. Qué clase de historiador es usted, dígame un poco. Ni siquiera ha leído con atención a su Salomón Reinach. Usted ni siquiera es un buen descreído, señor mío. El Marcos o el Mateo originales, tal vez fueron escritos en esas fechas. Pero nuestro Marcos y nuestro Mateo, esos pastiches, los evangelios que lee con inocencia la pobre gente, los que nos recitan los curas desde la época de Constan tino, son mucho más tardíos. La Iglesia primitiva es un misterio. O un caos. Hasta mediados del siglo segundo ningún autor cristiano cita nuestros evangelios ni los Hechos de los Apóstoles, ni nada de lo que hoy llamamos cristianismo. El primer canon fue establecido en tiempos de Marción, más o menos en el año ciento cincuenta después de Jesús. Sabrá quién era Marción.
-No.
-Una especie de loco. Un herético. Un fundamentalista al revés. Negaba la autoridad de la Biblia. Quería separar el cristianismo del judaísmo y estableció que los únicos autores sagrados, para un cristiano, eran Lucas y sobre todo Pablo. ¿Se da cuenta?, ¡el fundamento de nuestra Iglesia formulado por un hereje! -La risa de Van Hutten, en la oscuridad del cerro, tenía algo equívoco. -Pero ése no es el punto -dijo-. Dios puede valerse hasta de Marción para cumplir sus designios. Puede valerse hasta de usted y de mí. El punto es: aun suponiendo que aquellos cuatro evangelios fueran exactamente los mismos que conocemos hoy, sin agregados o supresiones, aun admitiendo ese disparate, no existe nada, una sola página, una sola palabra, una sola letra de nuestros evangelios que sea anterior al siglo segundo, nada que podamos llamar original. De los Hechos de los Apóstoles no hablo. Los Hechos están escritos para exaltar la figura de Pablo, ese iluminado cabrón.
-Ya he oído eso -dije.
-Qué ha oído.
-La palabra cabrón, referida a san Pablo.
-Sí -dijo Van Hutten-. Suele utilizarla Golo. Cabrón en el más estricto sentido alegórico del término. Supongo que sabe a quién llamamos el protomártir del cristianismo.
-A san Esteban -dije.
-Exacto. Esteban, compañero y discípulo de Santiago el Justo. Santiago el de la epístola: el hermano carnal de Jesús. Me imagino que también sabe que el amigo Pablo, cuando todavía no comía chancho y firmaba Shaul, estaba entre los romanos que torturaron a Esteban y lo asesinaron.
-Lo sabía -dije-, o me parece ahora que ya lo sabía. El pasado anticristiano de Pablo es conocido por todos. Sin ese pasado no habría habido Camino de Damasco, ni conversión.
-Ni lo que la pobre gente llama cristianismo, dígalo. Un hereje, Marción, establece el canon, y un judío converso, un asesino de cristianos, funda la Iglesia. ¡Qué suerte hemos tenido! ¿Sabe en qué me hace pensar todo esto? En el comunismo de Stalin, guardando las debidas proporciones y sin negar la admiración que siento por Pablo. -La risa ambigua de Van Hutten volvió a deslizarse por la noche: yo no estaba muy seguro de estar hablando con un representante de Dios. -Imagínese -dijo-, sólo imagínese, qué pasaría si alguien, con una verdad de dos mil años en la mano, pudiera probar que la Iglesia de Jesús ha sido traicionada ...
Me puse de pie para moverme un poco. Tuve la sensación de que la noche de la cumbre se estaba poniendo fría. -Hay una cosa que no entiendo, Van Hutten.
-Yo diría que son unas cuantas. Qué es lo que no entiende.
-No entiendo por qué se decidió a hablar conmigo.
-Tal vez me propongo convertido en mi apóstol y devolverle la fe.
-La fe en Dios.
Mi voz sonó en la noche un poco más irónica de lo que yo hubiera deseado.
-La fe -dijo secamente Van Hutten-. Cualquier fe. Entremos en la casa, ya descansé bastante.
Interior de la casa. Sala circular. Libros, chimenea. Una máscara de cobre, un cuchillo de obsidiana sobre el marco de una alta puerta de madera oscura. Estatuillas, una punta de flecha, un mapa de Jerusalén.
El doctor Golo, a solas conmigo.
-Le debo una disculpa -dijo-, debí ofrecérsela antes pero me olvidé. Usted se preguntará por qué lo dejé plantado la otra tarde en el café húngaro. Me fue imposible ir. Estaba revisando su cuarto, quédese tranquilo, no encontré nada sospechoso. Lo que sí, esa traducción del Beowulf que usted tiene en la valija es pésima. Donde dice que las vigas no están ardiendo, debería decir que están ardiendo. Alguien ha venido a informar que las vigas arden, y el príncipe contesta: «No es que amanezca, no viene un dragón, las vigas de la sala están ardiendo. ¡Es gente que nos ataca!» Sin querer, le desparramé el tablero de ajedrez, después ordené todo.
-Ya me di cuenta -dije-. El rey blanco, en la posición inicial, va siempre en casilla negra.
-Qué me dice -dijo admirativamente el doctor Golo-. Imagino que es lo mismo para el rey negro.
-Lo mismo, pero al revés.
-Usted me cae bien -dijo el doctor Golo.
Cuando volvió a entrar Van Hutten, Christiane venía con él.
Traía el pelo suelto, los brazos al aire y un blanco vestido de aspecto catecúmeno, pero demasiado liviano, demasiado parecido a una túnica como para no resultar perturbador. Tuve la sospecha de que del modo en que la saludara, del modo en que la mirase, dependía gran parte de lo que ocurriría después. Van Hutten y el doctor Golo me observaban. Entonces, tal vez porque los tímidos tenemos reacciones inesperadas, hice exactamente lo que tenía ganas de hacer.
Me acerqué y le toqué suavemente la cara.
-Hola -le dije en voz baja-. Te oí cantar.
Christiane no bajó los ojos ni se ruborizó. Me miró con naturalidad.
-Hola -dijo.
Entraron Hannah y Vladslac. Ella traía una bandeja con tazas y un juego de café. Pude comprobar otra vez que esa mujer había sido muy hermosa; a los sesenta años todavía lo era. Una delicada hermosura de flor pálida que, sin embargo, en su juventud no debió ser del todo ese tipo de belleza que tradicionalmente llamamos espiritual, ambigüedad que se avenía bastante bien a la contradictoria personalidad cristiana de Van Hutten.
Vladslac traía una botella de ron que puso junto al arqueólago. Demasiado secamente, según me pareció, Hannah dijo: -Buenas noches, señor.
Dejó la bandeja sobre una mesita pero no me extendió la mano, sólo hizo un casi invisible movimiento de cabeza. Después habló en francés con el arqueólogo.
-Absolutamente seguro -contestó Van Hutten.
-Señor -dijo ceremoniosamente Vladslac-. Usted es la primera persona extraña que entra en esta casa, en muchos años.
El sentido de las palabras quedaba por mi cuenta, de modo que sonreí, como si comprendiera sin ningún esfuerzo el honor que eso significaba.
-Y ahora -dijo Van Hutten- se produce uno de esos silencios absolutamente estúpidos. Siéntense de una vez. Estamos acá para hablar de los rollos del Mar Muerto. Empecemos. La historia de los rollos del Qumran es la superchería más grande de este siglo.
-Stan -dijo suavemente Hannah.
-Superchería no es la palabra, la palabra es crimen. Pecado. Delincuencia. -El arqueólogo se sirvió un vaso de lo que había en la botella, sin ofrecer a nadie. Yo recibí mi pocillo de café. -Vladslac, ¿cuántos manuscritos se descubrieron entre 1947 Y la última excavación? Me refiero tanto a las excavaciones judías como cristianas.
-Ochocientos.
-Ochocientos oficialmente, y sólo en la Cueva 4 -dijo el doctor Golo-. Podríamos agregar unos cuántos. Sin contar el que te dije.
-Lev Nicolaievich -dijo inquieta Hannah.
-Dos terrones -dijo el doctor Golo.
-Cuántos años se calculó al principio que, en manos de un grupo apto de especialistas, tardaría la traducción y el ordenamiento de todo eso.
-Diez años -dijo Vladslac.

-Llevamos casi cuarenta. Se ha traducido el rollo de Isaías, el comentario de Habakuc, los textos de la secta de los esenios, y, desde hace treinta años sólo se habla de eso y del rollo de cobre.
-¿El rollo de cobre?
La pregunta la había hecho yo. Van Hutten dijo:
-Todos los rollos que encontramos en las cuevas eran de cuero, salvo uno, de cobre. Se lo tuvo en secreto bastante tiempo hasta que finalmente, hace unos años, se publicó su traducción. Ese rollo no tiene ninguna importancia. Es un galimatías, un disparate.
-Tan disparate, Stan, tan disparate... -dijo el doctor Golo-.
Ese rollo podría ser el mapa verbal de un tesorito que, en fin. Se lo resumo -me dijo a mí-. Un rollo donde se habla de monedas, diamantes, oro, joyas rituales. Peso aproximado del tesoro descrito: ciento setenta toneladas. Incluso podrían ser doscientas. Tan disparate ...
-Yo estoy hablando del cristianismo -dijo bruscamente Van Hutten-, no de una novela de aventuras o de textos judíos que carecen, para nosotros, de todo valor exegético. Isaías dijo, Habakuc dijo, a quién le importa lo que dijeron Isaías y Habakuc o que un texto hebreo traiga un punto diacrítico que ...
-Momentito -dijo el doctor Golo.
-Stan, por favor -dijo Hannah.
Van Hutten puso una mano sobre la de ella. -De acuerdo, de acuerdo -dijo en voz baja.
-De acuerdo pero momentito -insistió el doctor Golo-. Un punto diacrítico o un garabato injertado en una raíz semítica puede transformar la palabra opulento en la palabra vino, lo que podría convertir, digamos, una condena divina a los poderosos en una abstemia admonición contra los borrachos. ¡Si una humilde letra "ese" puede hacer, en francés, que un pescado te envenene... ! Y, bien mirado, un espíritu griego es muy capaz de trasformar a la flacura en la ley moral.
-De qué está hablando -dijo Van Hutten.
-De poison y poisson. De lo hético y de la Ética.
-Usted sabe mejor que nadie lo que yo quise decir.
-Lo sé. Pero sencillamente no me gusta cuando, después de la primera copita, un filólogo sudamericano arrasa con la paleografía, con Isaías y con la tradición judía del cristianismo. Présteme atención -continuó el doctor Golo, dirigiéndose a mí-. Hasta hoy se ha leído en Habakuc: "y además el vino es pérfido y el hombre arrogante no da tregua". Si corregimos, según los rollos, la raíz hyyn -el doctor Golo dibujó las letras con su regordete dedo índice, en un pizarrón de aire-, que viene a significar el vino, por la raíz hwn -el mismo dibujo, pero con un trayecto notoriamente más corto hacia abajo-, cuyo significado es riqueza, ¿qué nos da? Que el ricachón es jodido y que el agrandado no te deja en paz. Nos da un buen panfleto bíblico contra los oligarcas y los soberbios. Que es, precisamente, lo que se propuso el viejo profeta de Dios.
Debo reconocer que yo estaba bastante sorprendido por el giro que había tomado la conversación. No pude dejar de entrever qué había significado el arqueólogo dentro de los claustros académicos y en las polémicas de la Iglesia, y lo mismo empezaba a pasarme con el doctor Golo. La amistad entre esos dos ancianos era, cuando menos, un espectáculo asombroso.
-Entonces explíqueselo usted -dijo Van Hutten.
-Lo que el profesor quiere señalar es la importancia religiosa de esos hallazgos -dijo el doctor Golo, mientras yo, mirando al arqueólogo, pude ver en su cara que no era exactamente eso lo que había querido señalar-. Ochocientos manuscritos, piense bien en esto. Toda esta casa, llena de rollos sagrados. Todo esto en manos de tres o cuatro personas. Ochocientos manuscritos, mil manuscritos, y hoy es como si nunca hubieran existido. Fuera de lo que Stan llama la mafia de Jerusalén, casi nadie los vio nunca. Para entender la importancia de los descubrimientos del Qumran, hay que pensado así: si no existiera la Biblia, si nunca hubiera llegado hasta nosotros un solo texto de la Biblia, si nunca, en dos mil años, hubiéramos conocido un solo evangelio cristiano, con esos rollos del Qumran y con lo hallado en 1945, en Nag Hammadi, podría haberse rehecho, o fundado nuevamente, toda nuestra religión. La judía y la cristiana.
-Típicamente ruso -dijo sorpresivamente Vladslac, mirando el reloj y poniéndose de pie-. Si no existiera la Biblia no habría existido el Islam y, sin el Islam, no habría Gran Mezquita. Ustedes perdonen, pero yo no puedo imaginar el mundo sin la Gran Mezquita, naturalmente me refiero a su arquitectura. Es tarde para mí, los dejo. -Habló con Van Hutten. -Mañana traigo unos alemanes acá arriba... Señor-me dijo a mí-, desde hoy, mi taxi está a su disposición, sin cargo, para lo que guste.
Hannah y Christiane salieron con Vladslac. El doctor Golo no se movió.
-En qué piensa -me preguntó Van Hutten, cuando quedamos los tres solos-. Dígalo sin rodeos.
Yo lo dije sin rodeos. Dije que seguía sin entender, pero que, por algún motivo, empezaba a experimentar una sensación desagradable, nada fácil de explicar.
-Se llama miedo -murmuró beatíficamente el doctor Golo.
-¿Nunca le ha llamado la atención -dijo Van Hutten- la desproporción que existe entre la literatura cristiana, me refiero a los Padres, a Agustín, a Tomás, y la falta de noticias históricas, fehacientes, sobre la persona humana de Jesús? Los únicos testimonios que existen, los evangelios, apenas dan cuenta de dos o tres años de su vida. Se ha hallado la tumba de san Pedro. Se ha hallado una pared con el nombre de Poncio Pilato. Pero no hay un solo testimonio, fuera de los cuatro evangelios, que hable del paso de Jesús por la tierra.
-Tal vez -me oí decir-, el sentido profundo del cristianismo sea ése: el misterio de Jesús.
Yo armaba mi pipa y tenía los ojos bajos, pero pude sentir que los dos hombres me miraban con fijeza.
-Explíquese mejor.
-Que si se trataba realmente del hijo de Dios, no tenía por qué andar dejando rastros históricos. Nunca hay pruebas de Dios.
-Tengo entendido que usted es ateo -dijo Van Hutten.
Dije que no sabía. Agregué que, acaso, el término exacto era agnóstico.
Van Hutten asintió, moviendo la cabeza.
-Por eso razona como los curas. No cree una sola palabra de lo que dice pero encuentra argumentos teológicos para quedar bien con Dios.
-Permítame -intervino el doctor Golo, acercando su silla hacia mí-. ¿Cómo que no hay pruebas de Dios? La prueba de Dios, el rastro de Dios, es la creación. ¿Le parece poco bulto?
-La creación no es prueba de nada -dijo con inesperada violencia Van Hutten-. Dios no necesita pruebas, necesita fe. Cualquier estudiante de física, cualquier biólogo de pueblo, puede justificar la existencia del universo entero sin necesidad de Dios. Cállense, ya estoy cansado de interrupciones. Pero el hombre sí precisa pruebas. Y si como usted dice, aunque sin creerlo, Dios se encarnó en un hombre, también aceptó todas las limitaciones humanas. El hijo de Dios comía y cagaba, señor. Jesús ...
-¡Estanislao! -dijo el doctor Golo.
-Jesús era como ustedes y como yo. Tenía huellas digitales y cuando caminaba dejaba la marca de su pie en la tierra. Hablaba y lo oían. Necesitaba respirar. Necesitaba comer. Necesitaba dormir. Se reía. Podía hacer el amor con una mujer: tal vez hasta lo hizo. De su espalda brotaba sangre cuando lo torturaron, no metáforas o parábolas.
-Me temo que su teología... -dije yo.
-No me hable a mí de teología. Si es cierto que ha leído mis libros, ya sabe lo que pienso de la teología... Ya propósito de libros: cuando usted se ponga a escribir sobre estas cosas, no mencione la palabra teología, no referida a mí -dijo Van Hutten, mientras yo pensaba con asombro que en ningún momento se me había ocurrido ni se me ocurriría escribir nada-. Tampoco escriba un libro demasiado serio, si no quiere tener problemas. Haga una novelita, un cuento, algo parecido a esto ...
Van Hutten se puso de pie, fue hasta la biblioteca y volvió de allí con un librito, un folleto de no más de cien páginas. Yo no podía creer lo que veía.
-¿Cómo consiguió ese libro?
-Cayó en mis manos hace muchos años, en la Universidad del Salvador. Me lo trajo una chica de cara redonda que había sido novia suya. Qué me dice. Hace más de veinticinco años usted escribió este libro y ahora está hablando de él en La Cumbrecita con un arqueólogo muerto. Estas son las cosas que la gente como usted llama azar. Dicho sea de paso, de dónde sacó la idea.
-De una cita de De Quincey.
-Todo lo que la tradición afirma sobre Judas Iscariote es falso. La conozco. No me refiero a la cita, sino a la idea. La imposibilidad de la traición, el pacto secreto entre Judas y Jesús, todo lo demás.
-Supongo que lo inventé.
-Eso me parecía -dijo Van Hutten-. Sólo que si yo fuera usted empezaría a preocuparme. Usted tenía razón. Judas no traicionó a Jesús. La traición fue un pacto entre Jesús y Judas. Yo encontré la prueba.
Me fui de la casa en la piedra alrededor de la una de la mañana, lo que significa que hablamos todavía unas dos horas. Pero decir que hablamos es solamente una expresión, Van Hutten era quien hablaba.

CAPÍTULO ONCE

LA MANO EN LA OSCURIDAD

Soy lo bastante consciente de mis limitaciones como para no haber continuado con el capítulo anterior. Sé que he llegado al punto más novelesco, es decir al menos confiable, de un relato en el que ni siquiera yo creí nunca, y cuya única excusa es que no pretende convencer a nadie, salvo acaso a mí mismo.
Lo que oí esa primera noche y las noches siguientes arman la historia de Van Hutten que intentaré escribir de ahora en adelante.
Tengo ante mí un fragmento de su Diario del Qumran, que me dio él mismo al irme de La Cumbrecita. Tengo, sobre todo, una copia del otro documento, aquél al que el arqueólogo aludiría más tarde como a "eso que nosotros llamaríamos una carta", transcripto en un cuaderno escolar que llegó a mis manos de una manera inesperada, ambigua y, por decido así, vergonzosa. Tengo también unos apuntes que fui tomando cada madrugada, al regresar al hotel.
En las hojas que siguen no hay una sola palabra atribuida a Van Hutten que no haya sido pronunciada por él en La Cumbrecita ni un solo pensamiento que no esté escrito en su diario o en ese cuaderno.
Pero no quiero terminar esta página sin recordar dos hechos que sucedieron esa misma noche.
El doctor Golo y Christiane habían salido conmigo de la casa. Van Hutten ni siquiera me acompañó a la puerta. Estábamos en el parque de entrada cuando Hannah, apareciendo entre los árboles, me detuvo y me llamó aparte.
-Qué piensa de todo esto -me preguntó.
Sentí que esa mujer tenía miedo.
-No estoy seguro -dije-. Creo que no pienso nada.
-Él está muy viejo y no siempre sabe lo que dice. No le crea, por favor. A veces, confunde las cosas.
-Él habla de un... documento.
Hannah alzó suavemente una mano, como si no quisiera oír más.
-Yo no lo vi nunca -dijo-. Nadie lo vio nunca.
Esa mujer, efectivamente, tenía miedo, pero me pareció que decía la verdad.
El segundo hecho fue más o menos así:
Christiane y el doctor Golo me acompañaron hasta el atajo arbolado que desembocaba en el parque de mi hotel. En algún momento, con un pequeño grito de pájaro, la chica tropezó en la oscuridad, y yo, instintivamente, la tomé de la mano. Cuando iba a soltarla sentí, ínfima pero inquietante, la presión de sus dedos. Mi mano se quedó quieta y ella no la soltó. Nuestra diferencia de edad era suficiente como para que aquel entrelazamiento nocturno fuera, al menos para ella, una especie de reflejo infantil. No aparté la mano hasta que llegamos a la luz.
Tardé mucho en dormirme. Dos cosas me desvelaban. La mano de Christiane y las palabras de Hannah.


[EN PROTECCION DE LOS DERECHOS DE AUTOR FINALIZA EL FRAGMENTO DE EL EVANGELIO SEGUN VAN HUTTEN]



VOLVER A CUADERNOS DE LITERATURA
 

   Encuentre el libro que busca en nuestro catalogo online de más de 60.000 títulos. Entregamos en cualquier lugar del mundo