![]()
Trayectoria
Narrador, dramaturgo, ensayista, Abelardo Castillo, nacido en Buenos Aires
en 1935, es uno de los escritores argentinos contemporáneos más reconocidos.
A principios de la década del 60 se publicó su
libro de cuentos Las otras puertas, con el que fundó una serie –Los mundos
reales– que continúa con
Cuentos crueles, Las panteras y el templo, Las maquinarias de la noche y
ahora suma El espejo que tiembla (Seix Barral): once relatos fantásticos en
los que se cuelan Buenos Aires y San Pedro.
Es autor de las obras teatrales Israfel y El otro Judas, y de las novelas El
que tiene sed, Crónicas de un iniciado (en las dos aparece su alter ego
Esteban Espósito) y El evangelio según Van Hutten.
Creó las recordadas revistas literarias El grillo de papel, El escarabajo de oro
y El
ornitorrinco.
![]()
Entrevista
Abelardo Castillo, un escritor en la noche
El notable narrador acaba de publicar un nuevo volumen de cuentos: El espejo
que tiembla, que se interna en el territorio de lo fantástico. Habló conViva
sobre su escritura, su pasión por la noche, San Pedro y las polémicas
literarias de las que prefiere tomar distancia.
Irene Amuchástegui, Clarín, 30/10/05,
iamuchastegui@clarin.com
Un tablero de ajedrez listo para comenzar la partida y el noticiero
vespertino del Canal 26 conforman el paisaje desde el sillón de Abelardo
Castillo. Cuando anochece en Balvanera empiezan a correr las horas favoritas
de este noctámbulo conspicuo y porteño renegado. Su nacimiento en San Pedro
es una impostura
que él ventila con una graciosa disposición a desmentir su propio mito, las
afirmaciones de 12.700 sitios de Internet y todas las solapas de sus libros.
Nació en Palermo, precisa, y vivió en Caballito hasta los ocho años, pero se
reivindica sampedrino por derecho de sangre y temperamento: “Mis padres lo
son, yo nací en
Buenos Aires y llegué con mi padre a San Pedro a los 10 años. Ahí me
encontré con el lugar de mi nacimiento, aunque a posteriori .”
En cuanto a su nocturnidad, aclara que no ha llegado al extremo de Proust,
que se acostaba metódicamente a las once de la mañana. “Es cierto que
prefiero escribir de noche. Las ideas y la tranquilidad me ocurren de noche
–admite–. Esto viene desde muy lejos: debe ser que nací de noche y tengo los
ciclos más o menos cambiados. Me gusta ver cosas que suceden de día:
partidos de fútbol, la Copa Davis... Pero prefiero recorrer Buenos Aires de
noche: es cuando yo juzgo que la ciudad se ve mejor, mucho mas nítida”.
¿En qué aspectos la oscuridad la vuelve más visible?
De día no ves la ciudad, ves a la gente. Yo viví durante mucho tiempo en
Pueyrredón, entre Corrientes y Lavalle, y no recuerdo haber visto una sola
casa en esa zona. Sí gente, que da la impresión de venir siempre en contra
tuyo, como si fuera una manifestación que viene decididamente en contra de
vos, y no hay tiempo ni de mirar las caras: estás muy ocupado en que no te
pasen por encima, en no chocar a una anciana o pisar a un niño. En cambio de
noche, solo, recorriendo los barrios te podés llevar sorpresas. Aparece una
Buenos Aires real porque se puede ver hasta el trazado de la ciudad: lo
sinuoso de ciertas calles únicamente se aprecia siguiendo la fila de los
faroles de alumbrado. En invierno o en otoño, cuando la calle está mojada
por la lluvia o por la humedad, es como si Buenos Aires brillara, pero eso
no se advierte durante el día.
Su descripción de la Buenos Aires real es fantástica.
Justamente: es una Buenos Aires real envuelta en una capa fantástica que le
da la noche. Pero es real, porque ves a los verdaderos pordioseros, a la
gente que duerme en la calle, a las violeteras, a los locos, seguramente te
cruzás en algún momento con algún suicida o con algún ladrón, si es que ese
ladrón no viene directamente hacia vos.
Desde detrás de una puerta llega el rumor de la voz de su esposa, la
escritora Sylvia Iparaguirre, hablando por teléfono. “Ahora es casi más
conocida que yo”, exagera Castillo. “La conocí en 1969. Fue en una clase de
la facultad. Ellos estaban estudiando estructuralismo. Me llamaron para
hacer un análisis comparando un personaje mío y el personaje de la Maga de
Julio Cortázar. Era un grupo de estudiantes que ya habían rendido unas
cuantas materias, pero cuya ignorancia de lo que yo entendía por literatura
era asombrosa. Entre ellos estaba Sylvia, que me fascinó inmediatamente.
Entonces organicé (forcé, en realidad) una especie de taller literario con
la esperanza y con el único fin de que Silvia asistiera. Una vez que empezó
a funcionar y pude conversar directamente con ella, el taller quedó reducido
a una sola persona, que era Sylvia.”
Elogio de la postergación
En setiembre, Castillo presentó El espejo que tiembla , que reúne once
relatos, después de trece años sin publicar un libro de cuentos. “Hay una
especie de demora, de indecisión que no es característica de este libro sino
de mi literatura en general. Hasta diría que en los términos en los que yo
suelo plantearme la escritura, éste fue un libro bastante veloz: llevó cinco
años. La última novela que publiqué, El evangelio según van Hutten , desde
la primera palabra hasta la última también llevó cinco años. Pero Crónicas
de un iniciado la empecé a escribir en el 61 y la publique en el 91. Me
gusta demorar las cosas, creo que hay en la postergación una cualidad casi
metafísica de la espera, que es la que te hace sentir en algún sentido
inmortal. Al poner un proyecto en el futuro, cambia tu relación con el
tiempo. Es decir: no se te termina el tiempo mañana o pasado, sino “en algún
momento”. Es una relación que siempre he tenido con el mundo. Por eso
también me elegí sampedrino, porque los tiempos del río son distintos de los
de Buenos Aires.
Acá uno dice: “Te encuentro mañana a las siete en tal lado”. En San Pedro se
dice: “Bueno, nos vemos mañana...”, pero no se dice ni dónde ni a qué hora:
en alguna parte lo vas a ver, no es tan difícil encontrar a una persona en
San Pedro. Será en el Club Náutico o será en el Bar Butti, en tu propia casa
o en la casa
del otro, pero ese “nos vemos mañana” abarca un período larguísimo, y mi
relación con la literatura está hecha de ese tiempo.
¿La edad no fue modificando ese tipo de relación con el futuro, tanto en la
literatura como en su vida en general?
Se fue modificando en términos de realidad, pero no para mí internamente.
Cuando estoy escribiendo un texto, lo planeo como si fuera eterno. Pero hay
ejemplos bastante ilustrativos de esto, que son los irrefutables porque
pertenecen a nombres irrefutables: a los setenta años, más o menos, Thomas
Mann empieza a escribir Doctor Fausto , su novela clave. Para empezar a
escribir a los setenta Doctor Fausto , hay que sentirse inmortal. Y hoy
hablábamos de Proust: él siguió escribiendo En busca del tiempo perdido ,
estaba al borde de la muerte y seguía.
¿Cómo transcurre el impasse entre un libro del que se desprende y el
comienzo de otro?
Tiendo a no terminar nunca un libro sin tener otro a medio hacer, o algunos
cuentos en el cajón. Claro que mientras más intensa haya sido la escritura,
más lento resulta el trance de desembarazarte de un libro. Y
eso no tiene nada que ver con la extensión, ni siquiera con la calidad.
Huxley decía que da tanto trabajo escribir un gran libro como uno pésimo.
Podés poner toda tu alma en un libro, y que ese libro sea malo.
Y de pronto un libro que has escrito casi sin darte cuenta será aquel que te
represente.
Alguien tan reconocido como usted, ¿qué percepción valorativa tiene de su
propia obra?
Ante todo, el giro “tan reconocido” no lo puedo medir. Yo no me siento “tan
reconocido”. Eso no quiere decir que me sienta insuficientemente reconocido,
¡no!, sino sencillamente que no lo advierto para nada. Siempre me asombra y
me seguirá asombrando que alguien me haya leído.
Pero no dejará de advertir el volumen de sus ventas, ni su influencia sobre
escritores de nuevas generaciones.
Me doy cuenta cuando se reedita un libro, cuando se hace una monografía
sobre mi obra en una universidad o cuando de pronto algún escritor que yo
admiro me cita con adjetivos, por así decirlo, deslumbrados. Eso me hace
sentir que algún lugar debo ocupar en la literatura argentina, pero no es un
problema que me preocupe. En cuanto a los escritores más jóvenes, cuando uno
busca en los otros la influencia que ha tenido, naturalmente, lo que
encuentra casi inexorablemente son los propios defectos. Hace años Sabato
dijo algo que había dicho Quintiliano hablando de Séneca: Sabato decía que a
Arlt se lo admira por sus defectos. En general eso es cierto. Durante muchos
años hemos admirado de Cortázar
su habilidad verbal y su humor, que a veces eran sus defectos. Hemos
admirado la erudición de Borges, que probablemente sea su defecto como
escritor imaginativo. Tal vez ese Arlt feroz y bárbaro al que todos
admiramos no sea el esencial, porque el Arlt esencial es el que escribía muy
bien. Pero volviendo a la influencia sobre otros escritores: yo a veces me
he encontrado con giros o con textos que me hacen acordar a mí mismo y eso
me eriza los pelos de la nuca, porque lo primero que siento es: esto está
muy
mal. Pero muy mal en mí, no en el que lo copia.
A propósito del lugar de unos y otros en la literatura argentina, es un
debate que involucra a Piglia, Aira, Viñas, por citar algunos nombres, y que
alcanza en la revisión a Borges, Arlt, Cortázar. ¿A usted le resulta
indiferente?
Yo vengo de una generación, la del 60, que polemizaba mucho, pero sobre
cuestiones esenciales, que no tenían que ver directamente con la lieratura:
la literatura tenía que ver con esas cuestiones esenciales, que
es totalmente distinto. Cuando Camus y Sartre polemizaron, no estaban
polemizando sobre literatura, sino sobre problemas históricos, ideológicos,
políticos. Yo estoy acostumbrado a ese tipo de debate, por eso el otro no me
interesa. Lo que me preocupa en la literatura es otra cosa, no el lugar que
ocupo… Puede preocuparme, a lo sumo, el lugar que otro escritor ocupa, o el
lugar que ya no ocupa y que debería ocupar.
Puede preocuparme, por ejemplo, el olvido en el que hoy se tiene a Manauta,
a Kordon o a Benito Lynch. Me puede preocupar eso, pero ni siquiera me
inquieta el lugar preminente que ocupan escritores a los que considero
menores: que lo ocupen, dentro de cien años años se sabrá cual era el
verdadero lugar de cada
uno. Y entonces, ni los que ahora discuten ni nosotros estaremos acá.
¿Por qué se desconoce casi toda su obra como poeta?
Sigo escribiendo poemas. Empecé cuando tenía 15 o 16 años. Me había hecho
una especie de script de vida que no llegaba más allá de los 23. Pensaba
morirme, dejar una obra poética terminada y que todos pensaran: ¡Qué
muchacho talentoso hemos perdido! Cuando descubrí que no era el poeta que
aspiraba a ser, tuve que asumir la prosa y la longevidad. Pero tengo un
libro de poemas inédito que se llama La fiesta secreta : es algo que hago
para mí, no necesito publicarlo.
¿Considera la posibilidad de publicarlo?
Considero la posibilidad. Pero como también considero la posibilidad de
morirme sin publicarlo, sospecho que en algún momento se editará: no hay más
que ver cómo se termina publicando la obra de los escritores muertos, en la
Argentina. La obra de Borges, que uno consideraba limitada y lacónica, se ha
transformado en una de las más vastas de la literatura en lengua
castellana... Así que, cualquiera que tenga un libro en un cajón, que no
pierda las esperanzas.
![]()
Entrevista
con Abelardo Castillo sobre "El espejo que tiembla" (2005)
“Tus personajes son como tus parientes”
“A los 70 me permití que predominaran los cuentos fantásticos”, dice
Castillo, que habla de lo real, lo ficticio, lo soñado, el tiempo, los hijos
y los padres. De literatura, en síntesis.
Abelardo Castillo. Nació en San Pedro, pero no tanto.
Por Angel Berlanga
Parece contento Abelardo Castillo, aunque diga que en cierta forma ya vive
como una carencia la publicación de El espejo que tiembla, el volumen de
cuentos largamente anunciado, el quinto eslabón de la serie Los mundos
reales. Lo real: ¿no dice, en la primera línea de la solapa de sus libros,
desde hace décadas y miles de ejemplares, que nació en San Pedro? El hombre
cuenta, en su casa de altos de la calle Hipólito Yrigoyen, que en realidad
nació en Buenos Aires y que a los ocho años, cuando sus padres se separaron,
se fue a su ciudad natal, a orillas del Paraná, en la que siente haber
nacido. Acaso el dato, que desliza sin énfasis particulares, tenga que ver
con la presencia en estos relatos de calles y barrios y atmósferas del sitio
donde realmente nació. “Es como si hubiera vuelto al mundo de mi infancia”,
dice Castillo, y echa humo de tabaco de pipa, y recuerda que cuando era muy
chico ya disfrutaba con irse, los martes a la tarde, desde su casa en
Terrero y Gaona hasta una librería de Caballito, a comprar la revista del
Pato Donald. “Y no la abría hasta volver, y a veces me iba hasta la Plaza
Irlanda sin mirarla. Ese trayecto entre la librería y la plaza, o mi casa,
era como un modo de la eternidad”, dice, y la historia resulta una raíz
bastante lejana del placer que le da dilatar la aparición de sus libros.
Los personajes –hombres, mujeres, fantasmas, sombras– que habitan los once
cuentos de El espejo que tiembla viven extrañas bifurcaciones y confluencias
que, luego, o antes, pueden desembocar en el abandono, la muerte, la
pesadilla o el horror, la concreción de sueños, reales o imaginados.
Castillo ya había anticipado que en este libro predominarían los relatos
fantásticos y que, de alguna forma, se estaba permitiendo una libertad que
“el compromiso” de décadas pasadas juzgaba “impertinente”. Más allá de
géneros: no puede alejarse aquí del fabuloso manejo de los tiempos, de la
singular forma en la que hace hablar a sus criaturas, de la fluidez con la
que se instalan el humor o la amargura, lo patético o lo encantador, sin que
se tenga la sensación de que esos adjetivos no dicen demasiado frente a lo
que realmente pasa al leerlo. Sobre el implantamiento de una lógica regida
por un “deber ser” que parece inconmovible, el narrador superpone otra que
tuerce, desmiente, prueba que ese “deber ser” no es tal y que tampoco es tan
rígido.
–En abril del año pasado decía que el libro saldría en octubre; en enero,
que iba a salir en marzo. ¿Qué pasó?
–En octubre lo tenía listo, pero en la editorial decidieron que sería mejor
sacarlo este año. Y todavía no estaba decidido el orden de los cuentos.
Después quedamos en que saldría para la fecha de mi cumpleaños, en marzo,
pero ahí surgió lo imprevisible: el arreglo entre Ballcels, la agencia de
España, y la editorial, porque para publicar este libro había que renovar el
contrato de toda la obra. Ahí empezaron las conversaciones, que ignoro
totalmente. Mientras saqué algún cuento, lo cambié por otro, lo organicé de
otra manera. En algún sentido me divertí bastante, porque es la parte de la
literatura que más me gusta: corregir. Y, sobre todo, dilatar. Nunca me
preocupó dilatar nada: ni un viaje, ni un encuentro, ni un libro. Tener un
proyecto que se alarga es como sentirse inmortal.
–Es una postura que anda bastante a contramano de estos tiempos.
–Creo que sí: mis tiempos no coinciden en general con los de la gente. Vivo
prácticamente de noche. Y aunque nací en Buenos Aires, me crié en San Pedro,
pueblo de río, chico, donde el tiempo fluye de otro modo.
–Más allá de las alusiones a Buenos Aires, hay también una fuerte presencia
de lo fantástico. ¿Por qué diría que estos dos elementos predominan ahora en
sus relatos?
–San Pedro sólo aparece nombrado en el cuento donde el tipo se encuentra con
Poe en una especie de sueño; es cierto, hay una presencia mayor de Buenos
Aires, con calles y lugares. En cuanto a lo fantástico, es como una deuda
que viene desde los ’60 que me he pagado a mí mismo. Para mi generación
escribir cuentos fantásticos producía mala conciencia, porque se suponía que
había que ser realista, coloquial, politizado, “comprometido”. Aunque desde
mis primeros tiempos fui publicando algunos, siempre tuve pudor por mis
cuentos fantásticos: era como hacerle demasiada concesión a lo intimista.
Así que fui acumulándolos. Diría que, a la inversa de Borges, que a los 70
años dijo que había aprendido a contar historias realistas sin tanta
retórica –él nota casi con asombro el predominio de lo realista en El
informe de Brodie–, yo sentí que a los 70, con algún dominio del oficio, ya
podía volver a contar historias fantásticas.
–¿Usted no recomendaba, en su decálogo sobre la escritura de cuentos, que se
evitara hacer ficción con los sueños?
–En realidad decía que no hay nada más aburrido que escuchar que te cuenten
un sueño, igual que zamparle a otro lo que uno soñó. En La calle Victoria,
el personaje más joven le dice al otro, que tiene mi edad: “Yo no sueño, tu
generación soñaba, y así le fue, en la vida y en los sueños”. El cuento
siguiente es Fordham, que es como la historia de un encuentro soñado. Yo soy
un gran soñador: los momentos más estupendos de la vida real son los sueños.
Por eso mis libros se llaman Los mundos reales, porque concibo que los
sueños forman parte de la realidad. Algunos cuentos míos, como Erika de los
pájaros o Week end, están literalmente basados en sueños.
–¿Cuándo descubre que tiene un cuento?
–Es muy raro: para mí un cuento nace como una especie de punto en el tiempo
y en el espacio, ya terminado. En el momento en que se me ocurre el final
tengo resuelto el resto: lo único que tengo que hacer es escribir hacia
atrás lo que justifica ese final.
–¿Un ejemplo de “final” de alguno de estos cuentos?
–Aunque parece un cuento totalmente fantástico y disparatado, Noche de
epifanía surge de un hecho real que me contaron en San Pedro: un nene de
cuatro años le había pedido algo a los reyes y no podían hacerle decir cuál
era el pedido. Porque el tipo, con esa lógica abrumadora que tienen los
niños, decía por qué iba a contar, si los reyes ya sabían: eran magos, ¿no?
En el momento en que recibí la historia el cuento estaba completo, aunque
tardé muchos años en escribirlo, cosa que me suele ocurrir. Una vez que lo
tengo terminado en la cabeza, no me importa cómo se escribe. Noche de
Epifanía es la narración de una nena que ha escrito una carta a pedido de su
hermano.
–Ya en Conejo (un cuento anterior) el narrador era un nene. A propósito,
¿por qué no tuvo hijos?
–Desde muy joven sentí que no iba a tenerlos, lo cual me llevó a grandes
conversaciones con Sylvia (Iparraguirre, su compañera). Después, dada mi
edad, tampoco hubiera querido tener un hijo al que le llevara,
cronológicamente, demasiado tiempo. Pero probablemente tenga que ver con mi
historia personal: soy hijo de un matrimonio separado. Conejo, por cierto,
es prácticamente uno de mis pocos relatos autobiográficos: mis padres se
separaron y yo sentí eso como un abandono. Sin duda eso fue traumático,
sobre todo para la época en que ocurrió: hoy es muy común ser hijo de un
matrimonio separado, pero en los años ’40... Recuerdo una frase que me marcó
mucho cuando tendría ocho o nueve años: iba caminando por Terrero y oí que
un chico decía “éste es al que se le fue la vieja”. También diría que no lo
viví con dramatismo: para mí fue como una recuperación de la libertad.
Decirlo así puede dar la impresión de frialdad o desdén, pero no me llevaba
bien con mi madre, que tenía un carácter muy fuerte, y sí, en cambio, con mi
padre, que era mucho más apacible. Mi tía, por otra parte, fue como una
madre sustituta.
–Es un tema que también aparece en sus relatos.
–De alguna manera me debe haber marcado, porque en muchos cuentos, y en las
novelas también, la figura de la madre es esencial, para bien o para mal.
Probablemente del fracaso matrimonial de mi padre heredé la enorme
responsabilidad que implica tener un hijo. Diría que siempre tuve hasta
miedo de tenerlos. Al mismo tiempo eso da una mirada hacia los de mis
contemporáneos, de mis amigos, casi paternal: siempre me he llevado muy bien
con los chicos y con los jóvenes. A lo mejor hubiera sido un padre pésimo,
totalmente absorbente, con terror a que le pasara algo, sobreprotector. Lo
sé por mi gato, que cuando se sube al balcón me da vértigo; los gatos no
suelen caerse de los balcones, pero a mí me produce un enorme sentido de
protección. Y entonces siempre pensé que de haber tenido un hijo únicamente
me hubiera dedicado a ser padre, y tal vez no hubiera escrito una línea.
–¿Qué le dio y qué le sacó la literatura? Sobre todo qué le sacó, porque lo
que le dio parece más claro.
–Y, la literatura saca muchas cosas. En lo económico, sin duda... No vivo
como un hombre pobre, pero lo fui durante mucho tiempo. Elegir la literatura
es elegir la carencia. Es una elección que hace que a veces haya que
deponer, sin demasiado conflicto, una cantidad de cosas referidas a las
relaciones afectivas; no digo que elegí entre la literatura y la paternidad,
pero de alguna forma siempre sentí que eran incompatibles en mí. Ese tipo de
carencias, que están dentro de un mundo imaginario, a veces me hace pensar
todo lo que podría haber sido si no me hubiera dedicado únicamente a
escribir libros. Instalar un mundo imaginario como uno real es, de hecho,
una carencia, porque no creo que alguien que tiene, o cree tener, todo lo
que le hace falta como ser humano, se ponga a inventar mundos de ficción: le
basta con la realidad. Y lo que me dio la literatura es poder salir,
también, de esa zona de carencia y de angustia. Hay un momento en que tus
personajes llegan a ser tus parientes más cercanos. Y hasta también, como
dicen los escritores puerilmente, pero no es tan falso, tus hijos: recuerdo
que Marechal decía que sus hijos verdaderos eran sus libros.
Página 12, septiembre 2005
Y sin embargo sé que
algún día tendré un descuido, tropezaré con un mueble o simplemente me
temblará la mano y ella abrirá los ojos mirándome aterrada (creyendo acaso
que aún sueña, que ese que está ahí junto a la cama, arrodillado y con el
hacha en la mano, es un asesino de pesadilla), y entonces me reconocerá,
quizá grite, y sé que ya no podré detenerme.
Todo fue diabólicamente extraño. Ocurrió mientras corregía aquella historia
del hombre que una noche se acerca sigilosamente a la cama de su mujer
dormida, con un hacha en alto (no sé por qué elegí un hacha: ésta aún no
estaba allí, llamándome desde la pared con un grito negro, desafiándome a
celebrar una vez más la monstruosa ceremonia). Imaginé, de pronto, que el
hombre no mataba a la mujer. Se arrepiente, y no mata. El horror consistía,
justamente, en eso: él guardará para siempre el secreto de aquel juego; ella
dormirá toda su vida junto al hombre que esa noche estuvo a punto de
deshacer, a golpes, su luminosa cabeza rubia (por qué rubia y luminosa, por
qué no podía dejar de imaginarme el esplendor de su pelo sobre la almohada),
y ese secreto intolerable sería la infinita venganza de aquel hombre. La
historia, así resuelta, me pareció mucho más bella y perversa que la
historia original. Inútilmente, traté de reescribirla. Como si alguien me
hubiese robado las palabras, era incapaz de de narrar la sigilosa
inmovilidad de la luna en la ventana, el trunco dibujo del hacha ahora
detenida en el aire, el pelo de la mujer dormida, los párpados del hombre
abiertos en la oscuridad, su odio tumultuoso paralizado de pronto y
transformándose en un odio sutil, triunfal, mucho más atroz por cuanto
aplacaba, al mismo tiempo, al amor y a la venganza.
Me sentí incapaz, durante días, de hacer algo con aquello. Una tarde,
mientras hojeaba por distraerme un libro de cacerías, vi el grabado de una
pantera. Las panteras irrumpen en el templo, pensé absurdamente. Más que
pensarlo, casi lo oí. Era el comienzo de una frase en alemán que yo había
leído hacía muchos años, ya no recordaba quién la había escrito, ni
comprendí por qué me llenaba de una salvaje felicidad. Entonces sentí como
si una corriente eléctrica me atravesara el cuerpo, una idea, súbita y
deslumbrante como un relámpago de locura. No sé en qué momento salí a la
calle; sé que esa misma noche yo estaba en este cuarto mirando fascinado el
hacha. Después, lentamente la descolgué. No era del todo como yo la había
imaginado: se parece más a un hacha de guerra del siglo XIV, es algo así
como una pequeña hacha vikinga con tientos en la empañadura y hoja negra. Mi
mujer se había reído con ternura al verla, yo nunca me resignaría a
abandonar la infancia. El día siguiente fue como cualquier otro. No recuerdo
ningún acontecimiento extraño o anormal hasta mucho después. Una noche, al
acostarse, mi mujer me miró con preocupación. "Estás cansado", me dijo, "no
te quedes despierto hasta muy tarde." Respondí que no estaba cansado, dije
algo que la hizo sonreír acerca del fuego pálido de su pelo, le besé la
frente y me encerré en mi escritorio. Aquélla fue la primera noche que
recuerdo haber realizado la ceremonia del hacha. Traté de engañarme, me dije
que al descolgarla y cruzar con pasos de ladrón las habitaciones de mi
propia casa, sólo quería (es ridículo que lo escriba) experimentar yo mismo
las sensaciones (el odio, el terror, la angustia) de un hombre puesto a
asesinar a su mujer. Un hombre puesto. La palabra es horriblemente precisa,
sólo que ¿puesto por quién? Como mandado por una voluntad ajena y demencial
me transformé en el fantasma de una invención mía. Siempre lo temí, por otra
parte. De algún modo, siempre supe que ellas acechan y que uno no puede
conjurarlas sin castigo, las panteras, que cualquier día entran y profanan
los cálices. Desde que mi mano acarició por primera vez el áspero y cálido
correaje de su empuñadura, supe que la realidad comenzaba a ceder, que
inexorablemente me deslizaba, como por una grieta, a una especie de universo
paralelo, al mundo de los zombies que porque alguien los sueña se abandonan
una noche al caos y deben descolgar un hacha. El creador organiza un
universo. Cuando ese universo se arma contra él, las panteras han entrado en
el templo. Todavía soy yo, todavía me aferro a estas palabras que no pueden
explicar nada, porque quién es capaz de sospechar siquiera lo que fue
aquello, aquel arrastrarse centímetro a centímetro en la oscuridad, casi sin
avanzar, oyendo el propio pulso como un tambor sordo en el silencio de la
casa, oyendo una respiración sosegada que de pronto se altera por cualquier
motivo, oyendo el crujir de las sábanas como un estallido sólo porque ella,
mi mujer que duerme y a la que yo arrastrándome me acerco, se ha movido en
sueños. Siento entonces todo el ciego espanto, todo el callado pavor que es
capaz de soportar un hombre sin perder la razón, sin echarse a dar gritos en
la oscuridad. Acabo de escribirlo: todo el miedo de que es capaz un hombre a
oscuras, en silencio.
Creí o simulé creer que después de aquel juego disparatado podría terminar
mi historia. Esa mañana no me atreví a mirar los ojos de mi mujer y tuve la
dulce y paradojal esperanza de haber estado loco la noche anterior. Durante
el día no sucedió nada; sin embargo, a medida que pasaban las horas, me fue
ganando un temor creciente, vago al principio pero más poderoso a medida que
caía la tarde: el miedo a repetir la experiencia. No la repetí aquella
noche, ni a la noche siguiente. No la hubiese repetido nunca de no haber
dado por casualidad (o acaso la busqué días enteros en mi biblioteca, o
acaso quería encontrarla por azar en la página abierta de un libro) con una
traducción de aquel oscuro símbolo alemán. Leopardos irrumpen en el templo,
leí, y beben hasta vaciar los cántaros de sacrificio: esto se repite
siempre, finalmente es posible preverlo y se convierte en parte de la
ceremonia.
Hace muchos años de esto, he olvidado cuántos. No me resistí: descolgué casi
con alegría el hacha, me arrodillé sobre la alfombra y emprendí, a rastras,
la marcha en la oscuridad.
Y sin embargo sé que algún día cometeré un descuido, tropezaré con un mueble
o simplemente me temblará la mano. Cada noche es mayor el tiempo que me
quedo allí hipnotizado por el esplendor de su pelo, de rodillas junto a la
cama. Sé que algún día ella abrirá los ojos. Sé que la luna me alumbrará la
cara.
![]()
Cuando me contestó que no era de acá, yo pensé,
sin demasiada imaginación, que estaba hablando de Buenos Aires. Es el destino,
le dije, yo tampoco soy de acá, y agregué que era un buen modo de empezar una
historia de amor. Ella me miró con una expresión que sólo puedo describir como
de desagrado, como suelen mirar las mujeres muy jóvenes cuando el tipo que está
con ellas y al que acaban de conocer dice alguna estupidez. La edad, más tarde,
les enseña a disimular estos pequeños gestos helados, estas barreras de desdén,
de ahí que asienten, consienten y a la larga hasta nos estiman, cuando lo que de
veras sucede es que han crecido y ya no esperan demasiado del varón. Lo que
estoy contando sucedió hace quince años, en otoño. Sé que era otoño porque la
encontré en Parque Lezica y una de las primeras cosas que dijo fue que el camino
del puente siempre está cubierto de hojas, como este sendero de la plaza. Le
pregunté qué puente, y ella me lo describió. Al bajar del tren, tomando a la
derecha, hay un camino con una doble hilera de plátanos, en seguida está el
puente de madera. Después habló de los médanos. Yo no le presté mucha atención.
Estaba considerando seriamente si esa chica me gustaba o no, lo que sólo podía
significar que no me gustaba, cosa que (hoy lo sé) era realmente la peor manera
de empezar una historia de amor. No hay más que ir descubriendo virtudes,
transparencias, hermosuras parciales en una mujer, para que esa mujer se
transforme en una fatalidad. Ya he cumplido cincuenta años; ella, hoy, no
tendría más de treinta. Con esto quiero decir que la noche del parque andaría
por los dieciséis, aunque no sé por qué escribo que hoy no "tendría". Tal vez
porque sólo la concibo como era entonces, una adolescente un poco demasiado
intensa para mi gusto, más bien sombría, alta, de pelo muy negro y piernas
delgadas. No había nada en su rostro, salvo quizá la nariz, que llamara mucho la
atención. Tenía eso que suele describirse como una nariz imperiosa. Sus ojos,
vistos de frente, no eran grandes ni de uno de esos colores hipnóticos e
inhallables como el malva, por ejemplo, ni siquiera verdes. Vivió a mi alrededor
durante dos años y no tengo ningún recuerdo sobre el color de sus ojos. Tal vez
fueran pardos, aunque podían virar a un tono más oscuro que los volvía casi
negros. O acaso esta impresión la daban sus pestañas, y por eso he dicho que sus
ojos, vistos de frente, no tenían nada de particular. Vistos de perfil, en
cambio, era asombrosos. Y ésta fue la primera belleza parcial que descubrí en
ella. La segunda, fue el pie. No hay en todo el arte gótico un modelo adecuado
para un pie desnudo como el que se me reveló esa misma noche en uno de los
hoteles de las cercanías del parque. Imagino que alguien estará pensando que, si
ella tenía dieciséis años, su aspecto no debía ser muy infantil, o no la
hubieran dejado entrar en un hotel conmigo. Lo cierto es que nunca supe su edad
real, parecía de dieciséis. Y nunca dejó de parecerlo. Claro que a esa edad
crecer uno o dos años es lo mismo que crecer un día, así que no tenía por qué
cambiar demasiado, aunque ya hace mucho tiempo que empecé a preguntarme si su
primera confesión de esa noche (no soy de acá) no significaba algo distinto de
lo que yo imaginé. Hay otros mundos, es cierto. Son tan reales como éste; y no
diré ninguna novedad si aseguro que están en éste.
En cuanto al hotel, requiere alguna explicación. En esa época las mujeres usaban
aquellos bolsos enormes, tipo mochila. Nunca supe que metían ahí adentro; pero
era como si se desplazaran por Buenos Aires con la casa encima, como los
caracoles. Lo increíble solía ser su peso. Y bastaría reflexionar un segundo
sobre el peso de aquellos bolsos de Pandora y sobre la cantidad de cuadras que
eran capaces de caminar llevándolos a cuestas, para dudar seriamente de la
fragilidad física de las mujeres, al menos de las de mi tiempo. Si no fuera por
la cara que tenés, te propondría ir a dormir a un hotel, le había dicho. No creo
haber pronunciado en mi vida una frase tan directa ni con menos intención de ser
tomada en serio. Ella me miró, frunciendo las cejas, como si considerase el
aspecto práctico del problema. Estábamos sentados en un banco del parque; ahí
mismo abrió su bolso, sacó unos anteojos negros, sacó una impresionante capelina
de paja, la restituyó a su forma original con dos o tres toques parecidos a
pases magnéticos, sacó unas sandalias doradas de taco más que mediano, que
cambió rápidamente por sus zapatillas de tenis y sus medias de jugador de
fútbol, se puso la capelina y me dijo: "Vamos." El poder mimético de las mujeres
no es un descubrimiento mío. Con poseer dos o tres atributos básicos, cualquier
chica que ordeña vacas puede transformarse en condesa, si la visten
adecuadamente; y la historia del mundo prueba que esto ocurre a cada momento. Un
minuto antes, yo tenía sentada a mi lado a una adolescente de pantalones
bombachudos, chiripá y zapatillas de delincuente juvenil; ahora tenía, de pie
frente a mí, a una altísima joven de babuchas más o menos orientales, capelina,
chal sobre los hombros y anteojos negros. Una actriz de cine dispuesta a no
revelar su identidad o una princesa de la casa de Mónaco viajando de incógnito
por la Argentina. En la media luz violeta de la conserjería del hotel, era
realmente un espectáculo sobrecogedor. Acaso aún parecía algo joven; pero nadie
en el mundo se hubiera atrevido a importunarla preguntándole la edad. De más
está decir que a estas alturas el bolso faraónico lo cargaba yo. Ella levaba en
la mano una carterita, que luego resultó ser de útiles relativamente escolares y
que podía pasar por ese otro tipo de objetos misteriosos, por lo liliputenses,
que las mujeres llevan a las fiestas y que acaso contienen un pañuelito de diez
centímetros cuadrados, un geniol, una estampilla. Subimos y caí extenuado sobre
la cama, a causa de la mochila. Y ahora tal vez debo decir que he visto
desnudarse a algunas mujeres. No tantas como me gustaría hacerle creer a la
gente; pero he visto a algunas. Nunca vi a ninguna que se desnudara, por primera
vez, como ella. Ni artificio ni cálculo ni erotismo: se desvistió como una chica
que se va a pegar un baño, cosa que por otra parte hizo. Cuando por fin se
acercó a la cama, envuelta en un toallón, yo dije la segunda de las muchas
estupideces que iba a decirle en mi vida. Le pregunté cuántas veces había
practicado el número transformista de las sandalias, los anteojos y la capelina.
No recuerdo si habló; recuerdo que abrió los ojos y se llevó las manos al pecho,
como si se ahogara. Las pupilas le brillaban en la oscuridad como las de un
animal aterrorizado. En más de una ocasión sospeché que estaba algo loca o que
no era del todo real; esa noche fue la primera. Calmarla me llevó mucho tiempo;
acostarme con ella, también. Más tarde le pregunté por qué había aceptado venir.
"Por el modo en que me lo pediste", dijo sonriendo. Lo que pasó esa noche, lo
que pasó hasta la madrugada de ese día y de otros días, prefiero no recordarlo
con palabras. Lo que una mujer hace con un hombre, cualquier mujer lo ha hecho y
lo hará con cualquier hombre. Sólo los imbéciles creen que esa fatalidad es la
pobreza del amor, no saben que ahí reside su eternidad, su linaje, su misterio.
Tal vez no todas las mujeres murmuran casi con odio no soy de acá, no soy de
acá, cuando el sexo las pierde en esa región que sólo ellas conocen; pero digan
o callen lo que quieran, cualquier hombre ha sentido que cuando por fin todo
termina parecen volver de otro lugar. Ella, a veces, me lo describía. Hay allá
la cúpula de una pequeña iglesia, que se ve entre los árboles si uno se detiene
en el sitio adecuado del puente. Hay a veces un arroyo de aguas traslúcidas
entre cuyas piedras nadan pececitos negros, que acaso son pequeños renacuajos,
aunque a ella esa idea le resultara desoladora. Otras veces no había arroyo, y
sí largas veredas arboladas de moras. Sólo una vez hubo un faro. Esas
inesperadas variantes, que al principio me parecían caprichos, distracciones o
mentiras, dibujaron con el tiempo un mapa preciso que ahora yo puedo recontruir
árbol por árbol, casa por casa, médano por médano. Porque los médanos estaban
siempre, en sus palabras y en sus sueños. Como estaba siempre el camino de los
plátanos dobles, cubierto de hojas y, al terminar ese camino, el puente de
madera desde donde se ve el campanario de la pequeña iglesia. De la primera
noche no recuerdo estas cosas, sino de otras noches, en las que volvíamos de un
cine de barrio, caminábamos por el puerto y nos despertábamos en mi departamento
o en cualquier hotel donde la capelina había sido reemplazada por un vestido
rojo de escote escalofriante y los ojos maquillados como un oso panda.
Sé que lo que voy a escribir ahora suena pueril, novelesco, demasiado fácil de
ser escrito; pero nunca supe su verdadero nombre. Tampoco supe dónde vivía ni
con quién. Con un abuelo muy viejo, me dijo a desgano una tarde en que insistí
casi con violencia. El abuelo, por lo menos esa tarde, estaba casi ciego y
apenas tenía contacto con la realidad, lo que significaba que ella podía volver
a cualquier hora y hasta faltar de la casa uno o dos días, con tal de no dejarlo
morir de hambre. Una madrugada le propuse acompañarla. Me preguntó si estaba
loco. Qué iba a pensar la tía Amelia si la veían llegar con un hombre que era
casi una persona mayor después de haber faltado un día entero a su casa. Esa
noche me había hablado del faro; me desperté de golpe y la vi sentada en la
cama, mirándome desde muy cerca, con los ojos muy abiertos. "Volví a soñar con
el faro", me dijo. Yo dije que no era cierto y la oí gritar por primera vez.
"Qué sabés de mí", gritó. "No sabés nada de mí. Volví a soñar con el faro y era
el faro al que iba a jugar cuando era chica; ahora ya no está, pero era el mismo
faro." Le contesté que no era posible que hubiese vuelto a soñar con un faro, ya
que nunca me había hablado antes de ningún faro. Me miró con rencor, después me
miró con miedo. Comenzó a vestirse y parecía desconcertada. "No puedo haber
soñado con el faro", dijo de pronto. "Lo inventé todo." Ésa fue la madrugada en
que le propuse acompañarla y ella me habló de la tía Amelia. Le hice notar que
hasta hoy había vivido con su abuelo. Mi miró sin ninguna expresión, o quizá con
la misma mirada desdeñosa del primer día. "No voy a volver a verte nunca más",
me dijo. Y, por un tiempo, no volvió. Si no hubiera vuelto nunca, tal vez yo
ahora no estaría buscando el pueblo que está más allá de la arboleda y el
puente. Pero ella volvió. Un día, al llegar a mi departamento, la encontré
sentada en mi cama. Miraba fascinada una revista de historietas y estaba
comiendo una torta de azúcar negra. Tenía el pelo más largo. Levantó una mano y,
sin apartar los ojos de la revista, me saludó moviendo apenas los dedos. No tuve
tiempo de asombrarme porque sucedieron dos cosas. Verla ahí, tan irrefutable y
casual, me hizo tomar conciencia de que si ella no hubiera vuelto yo no habría
tenido manera de encontrarla. La otra, fue algo que dijo. Yo le había preguntado
dónde estuviste todo este tiempo, y ella, con distraída alegría ,contestó de
inmediato: "En casa." No fueron las palabras, sino el tono con que las
pronunció. Supe que no hablaba de la casa del abuelo ciego o de la tía Amelia,
admitiendo que existieran. Ni siquiera pensaba la palabra casa en el mismo
sentido que yo, en el sentido convencional de objeto para habitar. Había dicho
casa como una sirena diría que ha vuelto unos meses al mar. Iba a preguntarle
cómo había entrado en mi departamento pero me callé. Desde ese día, aprendí a
callarme. Para empezar, me resultaba un poco alarmante admitir que su casa, su
casa real, en algún barrio de Buenos Aires, me importara mucho menos que el
lugar con el que soñaba y del que me hablaba a veces, como si hablara en sueños,
sin poner ninguna atención en que ciertos detalles descriptivos coincidieran o
no. En segundo lugar, noté algunas cosas que podría haber notado mucho antes, lo
que de paso agravó mi temor retrospectivo, el miedo inesperado de lo que podría
faltarme si ella no hubiera vuelto. Me di cuenta, por ejemplo, de que la quería,
y me pareció inconcebible haberlo descubierto gradualmente. También me di cuenta
de que no había que hostigarla con preguntas, ni atemorizarla. La violencia le
daba miedo, y la ironía y la vulgaridad la llenaban de tristeza. Hoy sé que
cuando un hombre comienza a tener en cuenta estos detalles mejora mucho su
visión general de la vida o se vuelve idiota. Yo sigo pensando que la vida es
horrible; tal vez por eso estoy buscando el pueblo. Una o dos semanas después de
ese regreso me preguntó, por primera vez, qué me pasaba. No era de hacer este
tipo de preguntas, lo que bien mirado podía ser un rasgo de egoísmo infantil, y
la palabra "infantil" explica, mejor que ninguna otra cosa, lo que digo más
arriba sobre la visión generosa del mundo y la idiotez. Tuve una intuición
súbita y le dije que no, que no me pasaba nada, que sólo estaba pensando en si
habría vuelto a ver el faro, cuando estuvo allá. Después la tomé del hombro y le
señalé el baldío de una demolición. Mirá aquella pared, le dije, con los dibujos
que quedan en la medianera uno puede reconstruir cómo era la casa. "Sí", dijo,
"es cierto, pero no se puede saber si eso es lindo o triste. No, el faro no está
más y yo creo que nunca lo vi, debe ser una de esas historias que me cuenta el
abuelo." Le pregunté por qué habrían plantado una hilera doble de moreras a los
costados del camino. Se rió y me preguntó de qué estaba hablando. "No son
moras", dijo, "son plátanos altísimos y viejísimos, la calle de las moras es la
de la vieja Eglantina, la que nos regalaba semillas de mirasol." Yo insinué que
los médanos, al correrse con el viento, debían taparlo todo. Seguía riéndose.
Los médanos están hacia el otro lado, como quien sale del pueblo. Y no tapan las
casas pero es cierto que se mueven, a la noche, y cuando uno despierta todo está
cambiado y es como si el pueblo entero se hubiera ido a otro lugar. Se calló. Me
estaba mirando con desconfianza, no lo sentí en sus ojos, que no veía, sino en
la rigidez de su piel bajo mi mano. Era como si cualquier lugar de su cuerpo
estaría tramado con la misma materia sensible e intensa. Le dije que tenía
sueño, que tal vez debiera ponerse la capelina. Me dijo que no había traído la
capelina ni los anteojos negros ni las pinturas y que odiaba los hoteles. Iba a
contestarle que la última vez no parecía odiarlos tanto, pero reconocí con
cautela que, si lo pensaba un poco, yo también les tenía rencor. Caminamos hacia
mi departamento. Me siguió. Cuando llegamos al dormitorio tuve otra intuición. Y
ahora te ponés la capelina y me mostrás el pie. Volvió a reírse, y, por lo menos
esa noche, sentí que a veces poseo cierta habilidad natural para hacer bien
algunas cosas.
Todos tenemos tendencia a creer que la felicidad está en el pasado. Yo también
he sentido que algunos minutos de ese tiempo fueron la felicidad, pero no podría
vivir si pensara que todo lo que se me ha concedido ya sucedió. Un día de estos
voy a envejecer de golpe, lo sé; pero también sé que si cruzo aquel puente ella
podrá reconocer mi cara. Ya conozco el lugar como si yo mismo hubiera nacido en
él, no con exactitud porque la memoria altera, sustituye y afantasma los
objetos, pero con la suficiente certeza como para saber cuáles son sus formas
esenciales. Una vez leí que todos los pueblos se parecen. El que escribió eso
debe odiar a la gente. No hay un solo pueblo, tenga médanos o no, que sea
idéntico a otro, porque es uno el que inventa sus lugares, levanta sus casas,
traza sus calles y decide el curso de sus arroyos entre las piedras. Todos los
que no somos de acá sabemos esto. Me costó más de cuarenta años aprender esta
verdad, que una alta chica loca de pie árabe conocía a los dieciséis. Cuando
ella por fin desapareció, yo todavía ignoraba estas cosas, pero ya conocía los
detalles, la topografía, el color del pueblo. A las siete de la tarde, en otoño,
uno entrecierra los ojos en los médanos, y es como una ceniza apenas dorada.
Cuando existe el arroyo, la zona del puente, a la noche, parece un cielo
invertido, de un azul muy oscuro, móvil, porque las luciérnagas se reflejan en
el agua y es como si las constelaciones salieran de la tierra. Hay dos molinos.
El viejo Matías tiene un caballo matusalénico, de más de treinta años. "Tiene
casi tu edad, Abelardo", me dijo alarmada una de las últimas noches que nos
vimos. Yo le contesté que los caballos, por lo menos en algún sentido, no son
siempre como las personas. Ya he dicho que el tono irónico la molestaba o la
desconcertaba. "Por qué decís eso", me preguntó. Yo estaba cansado y algo
distraído esa noche, hice una broma acerca del comportamiento sexual que ciertas
jóvenes de su edad consideraban natural en el varón. Tardé una hora en
explicarle que era una broma, y otra hora en convencerla de que debía acostarse
conmigo. El cansancio produce efectos paradójicos; el pudor herido de las
mujeres, también. Aquello fue como ser sacrificado y asesinar al mismo tiempo a
una deidad loca, como cambiar el alma por un cuerpo y vaciarse en el otro y
llenarse de él y despertar diez veces en un cielo y en un infierno ajenos. Lo
que aún no conocía del lugar lo conocí esa noche. No sólo porque ella habló
horas en el entresueño, sino porque lo vi. Lo vi dentro de ella mientras yo era
ella. Cuando se despertó, a las cuatro de la mañana, simulé estar dormido.
Cuando salió de casa, me vestí a medias, me eché un sobretodo encima y la seguí.
El cansancio me daba la lucidez y la decisión de un criminal. No era sólo el
afán de saber adónde iba cuando me dejaba; era la voluntad de recuperarla cuando
no volviera. Porque esa noche supe también que, por alguna razón, aquello no
podía durar mucho tiempo más, y que ella, sin saberlo, decidiría el momento de
la separación. Vi su casa, su casa real, en un sórdido y real barrio casi en el
límite de Buenos Aires. Era una casa baja, en una cuadra de tierra de esas que
aún quedaban, o todavía existen, por la zona de Pompeya. Tenía una verja de
alambre tejido y, al frente, un arbolito raquítico. Ella cortaba algo del
arbolito y lo iba poniendo en la palma de su otra mano. Después se llevó la
palma de la mano a la boca y entró en la casa sin encender la luz. Esperé más de
una hora y no volvió a salir. Ahí vivía, y no sabía que la había seguido. Cuando
llegué a mi departamento iba repitiendo el nombre de la calle y la numeración de
la cuadra. No era ése el modo de volver a hallarla, pero uno se aferra hasta
último momento al consuelo de lo real. Volví a verla, por supuesto, algunas
veces. Nada cambió. Ni los cines de barrio ni los encuentros en el parque ni
siquiera el rito de la capelina en los hoteles. Un día me dijo que el abuelo
estaba muriéndose, y supe, por fin, lo que ni ella sabía: que ya no iba a verla
más. Dejé pasar un tiempo y fui hasta Pompeya. Pensé algo en lo que no había
pensado hasta ese momento. Me van a decir que no la conocen, que nunca la
vieron. La conocían, sin embargo. La chica del pelo negro, que visitaba al
abuelo de la casa amarilla. Ya no andaba por allí, a decir verdad no vivía en la
casa, venía y se iba, y cuando murió el señor no volvió más. Pregunté por la tía
Amelia. Nunca hubo una tía Amelia, eran ellos dos. En realidad, él sólo; la
chica venía a veces.
Y es todo. Esto fue hace quince años, desde hace diez estoy buscando el pueblo.
Sé que existe, porque ella soñaba con él y sabía cómo se llega. Tengo también
otras razones, que ustedes no compartirán. En una cortada de tierra, en Pompeya,
vi unos plátanos. El árbol del jardín de la casita era una mora.
![]()
Se imaginará: yo estaba
acostumbrado a sus decisiones rápidas, a veces hasta insólitas. No me extrañó.
Por otra parte no tenía nada de extraño (aparentemente, al menos, no lo tenía)
que ella fuera viuda. Norah se llamaba, y era hermosísima. La descripción que
Sebastián me hizo esa noche no exageraba, no, la belleza de aquella mujer
temible. No se ría: ella era, es aún, temible. Mucho más tarde supe también que
era diez años mayor que Sebastián.
Pero, ¿de veras se acuerda de él? Entonces no me negará que fue uno de esos
pocos seres raros y espléndidos que parecen llevar, no sé, como una marca:
estampada sobre la frente. Un elegido. Desde muchacho lo veo así. Y sin embargo,
amigo, ya ve. Pero le hablaba de ella. Sí, una mujer temible: diabólica, si lo
prefiere. Me cuesta explicarle qué originaba esa, digamos, impresión que me
causó desde la primera vez que la vi. Tal vez, sus ojos. Aunque sé perfectamente
que usted está pensando "qué tontería": si fantaseamos que una mujer es
misteriosa, nada mejor que atribuírselo a sus ojos, ¿no es cierto? De cualquier
modo, su mirada tenía cierta cosa profunda y estremecedora. Magnética, como los
fondos de aljibe. ¿Se ha asomado alguna noche a un aljibe? Hay una atracción
tortuosa, algo secreto que brilla en el fondo, que sube de allá abajo: algo
oscuro y fascinante que hace sentir no sé que vacío en la cabeza. ¿Vértigo?
Bueno, llámelo así. Pero el vértigo es una sensación nuestra, no una cualidad de
las cosas. Y yo creo que, en el caso de Norah, venía de ella. Estaba en ella.
Sebastián me la presentó unos días después. Cosa extraña; creí notar en él, en
sus palabras y en sus gestos, una especie de orgullo. De satisfacción pueril. La
mujer era en realidad un ejemplar soberbio, pero qué quiere, a esto sí que yo no
estaba acostumbrado: a que un hombre como Sebastián se dejara sorber el seso por
una pollera. Le digo que le sorbió el seso. Lo atrapó, ésa es la idea, como
entre las babas de una araña. Se miraban de un modo tan... salvaje, que, para
serle franco, uno se sentía molesto con ellos, o intruso: como espiándolos. Y en
la mirada de Norah había eso que digo, una urgencia, algo perentorio que sólo he
visto en algunas mujeres y en contados momentos; en ella, aquel abismo era
permanente.
No me asombré ni me alarmé al principio. Quizá mi único motivo de extrañeza al
verla fue sospechar que tendría dos o tres años más que Sebastián. Diez años
está pensando usted. Claro que eran diez, pero eso lo supe mucho más tarde. Él
tenía veintiocho entonces; ella no aparentaba más de treinta. Y cuando volvieron
de Bariloche yo estaba tan acostumbrado al rostro de Norah (el suyo es uno de
esos rostros inolvidables, más que inolvidables debí decir: perdurables) que la
diferencia resultaba todavía más insignificante. Tal vez, ya ni siquiera había
diferencia. Él parecía mayor. O no sé: sólo más maduro. Y éste, ¿se fijó?, es un
fenómeno que se opera frecuentemente en los hombres recién casados. Seguían
mirándose de aquel modo feroz que le he dicho, aunque ahora -o quizá fueron
ideas mías- me pareció que Sebastián ya no estaba a la altura del conflicto.
Sí, lo he llamado conflicto. Estoy convencido de que el amor, la pasión, es un
conflicto. Una conflagración. Usted se ríe. Yo le digo que uno busca no sólo
subordinar la voluntad del otro; busca aniquilarlo, no exagero, ni siquiera
pretendo que la idea sea original. Simplemente, sucede así. En el amor, mi
amigo, uno devora o lo decapitan. Y demos gracias que la mayoría de los casos
termine, inocentemente, con el triunfo de una voluntad sobre otra. ¿Qué si hay
otros casos? Lea, lea los diarios.
En el verano del 59 recibí una carta de Sebastián. Me invitaba a pasar unos días
en su casa de Bragado. Una hermosa casa. Había pérgolas a la entrada; un gran
parque. Yedras, enredaderas. Él mismo la diseñó. Usted sabe que era -que pudo
ser- un notable arquitecto: imaginación, talento, y aquella capacidad de trabajo
asombrosa. Ese verano, sin embargo, lo encontré algo fatigado. "Mucho trabajo",
me dijo, como si se disculpara. Norah no estaba. Llegó casi al anochecer; nos
dejó evocar nuestros viejos tiempos de estudiantes y sólo entonces apareció,
sabiamente, soberbia y exultante como siempre. Un espléndido animal. Durante su
ausencia me había parecido notar que Sebastián estaba preocupado, o inquieto.
Como si no pudiese, como si le costara pasarse sin ella. Tenía motivos, por
supuesto. Y ahora creo que fue entonces cuando borrosamente vi aquello, lo de no
estar él a la altura del conflicto. Norah ya lo trataba con cierta superioridad,
maternalmente. Todas las mujeres tienen esa virtud: hacernos recordar, de algún
modo, que venimos de su vientre. Hasta cuando hacen el amor. Se diría que
quisieran volver a meternos dentro. No, no las odio, las adoro. Pero le juro que
me dan miedo. Y Norah era el tipo "clásico" de mujer; o acaso el arquetipo.
Cuidaba de su hombre como si le perteneciera por derecho divino. Lo mimaba. Y a
él le gustaba eso. Ella misma empleó aquel día esa palabra de gelatina: mimoso.
Lo dijo al explicar que, desde hacía meses, Sebastián no tocaba para nada sus
planos. Él me miró confuso como un chico. "Mucho trabajo", había dicho antes,
sí.
Tomaré un café, gracias. Usted dice que hay algo deliberadamente siniestro en
mis palabras, en mi manera de contar las cosas. Puede ser. De cualquier modo no
creo que lo inquietante, lo extraño digamos, esté sólo en mis palabras. Volví a
verlos muchas veces. Hará cosa de tres años me pareció advertir, ahora sí
alarmado, que Sebastián estaba realmente enfermo. Claro, usted lo conoció por el
56 o el 57: en aquel tiempo, es cierto (pero no se imagina hasta dónde dice la
verdad), él era un hombre "lleno de vida". ¡Lleno de vida! Ya hablaremos de
esto, es una teoría que tengo. Hace tres años estaba verdaderamente mal,
gastado. Él seguía repitiendo: "Mucho trabajo", pero, yo la sabía desde mucho
tiempo antes de aquel verano, ya no se preocupaba más por la arquitectura. Había
perdido la pasión, aquel encarnizamiento vital de su juventud. O si en algo los
conservaba era en el modo de comportarse con ella, con su mujer. Digo juventud,
¿ha visto?, y en realidad apenas me refiero a unos pocos años atrás. Creí notar,
por otra parte, que aun en el modo de comportarse con ella algo había cambiado.
Fue una de aquellas noches de Bragado, una noche calurosa, agujereada de grillos
y sonidos vagos cuando lo comprendí. O para ser exacto, cuando estuve a punto de
comprenderlo. No podía pegar los ojos y salí al jardín. Caminaba bajo las
pérgolas, suponiendo que ellos estarían dormidos, y, asombrado, vi luz en la
sala. Al acercarme oí un sonido bajo, premioso: la voz de Norah. Luego, en un
tono indescriptible, una respuesta que no entendí: la voz de Sebastián. Entré.
Ella estaba parada junto a él, inexorable. La encarnación misma del pecado o de
la tentación: la hembra. Pero no, algo mucho más complejo y malsano. Fue un
segundo, tan rápido y sorpresivo todo que no comprendí su significado real hasta
muchos años más tarde. Ellos me vieron antes de que yo pudiera regresar al
jardín, o esconderme, y todo volvió a ser normal. Norah, con un gesto rápido,
casi candoroso, apretó el deshabillé a la altura de su pecho. Parecía una
muchacha turbada. Una muchacha, exactamente. Hice ademán de retirarme pero la
voz de Sebastián me detuvo: "No", dijo, "no te vayas". Había algo en su mirada,
no sé, como una súplica profundísima. Norah, al subir a su cuarto, dijo
simplemente: "No tardes"; él hizo un gesto vago con la mano y luego hablamos. No
recuerdo de qué. Hablaba él. Como si quisiera retenerme, pienso ahora. Y
mientras tanto yo no podía apartar de mi cabeza la imagen de Norah, su juventud
persistente, incólume. Todos aquellos años sólo habían pasado para Sebastián;
ella se me figuró idéntica al primer día, y si me hubieran dicho que era Eva,
igual a sí misma desde el Génesis, no me habría asombrado. Hoy, al menos, no me
asombraría.
Quiere que se la describa. No sé de qué manera. Existe, sin embargo, una forma
de mujer que en cierto modo responde al tipo de aquélla: una forma, lo repito.
Las que le digo son mujeres hermosas, de cuerpo fino, escuche bien esto, de
cuerpo bello y perfecto pero que da la sensación de ser plano. Sé que no me
explico, lo sé. En la escala zoológica hay una especie, un bicho abominable,
aplastado, que da la idea exacta de lo que no puedo describirle. Mujeres que
parecen haber nacido para adherirse, para pegarse al cuerpo de un hombre. Puede
verlas en las fiestas, sobre todo ahí: hermosas mujeres. Su posición habitual es
la de un arco, caminan, bailan, imperceptiblemente combadas hacia atrás, no me
interrumpa: apenas tienen, cómo le diré, apenas tienen modulada la curva del
vientre, eso es, son planas en la cintura, especialmente allí. Por eso dan la
sensación de aplastarse. Como esos insectos chatos y horrendos que mencioné
antes. Oh sí, exactamente hay un tipo de mujer como el que digo. ¿Sus ojos? No
sé, no importa. Sólo importa lo que le he dicho, y que es hermosa.
Después de esa noche comencé a tener mis ideas, ideas vagas, oscuras, acerca de
lo que estaba ocurriendo. Usted vuelve a sonreír, por supuesto; pero no debiera
sonreír. Acaso, no todo es tan simple, tan así como usted lo piensa. La vida,
por ejemplo.
Pero venga, salgamos de aquí.
Me gusta hablar mientras camino, una cuestión de ritmo. Mírelos: robustos,
hermosos como percherones. Toman a las muchachas por el cuello, como si las
robaran. Pero, ¿ve aquél?, le apuesto a usted que ese hombre... ¿se ha fijado,
en cambio, lo que ocurre con ellas cuando se casan? Engordan, sí. ¿Grotesco?: es
siniestro. Muchas veces he meditado el oculto sentido de esas palabras: lleno de
vida. Usted mismo las pronunció hoy. Sebastián, dijo, era un hombre lleno de
vida. Y entonces es como si uno fuera el recipiente, el ánfora que decían los
antiguos de esa cosa enigmática: la hermosa vida, la rara vida de la que estamos
plenos pero que por lo mismo, por lo mismo que nos colma, puede quizá
derramarse. O agotarse. O, acaso, mientras nos vaciamos, sernos robada.
Escuche. Le decía que al principio mis ideas sobre lo que estaba ocurriendo eran
vagas. Yo recuerdo a Sebastián sentado en su mecedora de esterilla, con las
piernas cubiertas por una manta, temblando súbitamente al oír el ruido de una
puerta que se abría o los pasos de alguien en la escalera. Norah llegaba
entonces, radiante y perfecta como siempre. O quizá, no exactamente como
siempre. "Te fijaste", me preguntó él alguna vez, "no te das cuenta." Norah
acababa de salir del cuarto y yo pensé que él se refería a los cuidados
irritantes que la mujer le prodigaba por aquel tiempo. Sí, lo protegía como a
una planta, cono a lo que era en realidad: un miserable desecho. Nunca he visto
a otra mujer que con mayor abnegación cuidara a un hombre, lo preservara. Alguna
vez imaginé monstruosamente una analogía: esos fetos conservados, sabe Dios con
qué propósitos, en un frasco con formol. De cualquier modo, pensé que había una
cierta grandeza en aquella abnegación. Y quizá por eso no advertí lo que a ella
le pasaba. Por eso o por una costumbre que había adquirido, y que no me pareció
extravagante dada su edad: elegía siempre ángulos extraños, equívocos, para
hablar conmigo. Como si no quisiera mostrarse de frente ni a plena luz.
"No te vayas", me pidió Sebastián esa tarde. "No deberías irte." Miedo era lo
que se oía en el fondo de su voz: miedo auténtico. Y sin embargo, yo me fui.
Muchas veces he querido justificar mi indolencia alegándome a mí mismo que, en
el fondo de aquella voz, se oía también otra cosa, en rebelión con sus palabras:
el deseo terrible y contradictorio de que yo me fuera, de que los dejara
solos... No, mi amigo, no debe seguir sonriendo. Claro que cualquier hombre
normal tendría motivos más que suficientes para querer estar a solas con su
mujer así, aun casi diez años después de haberse casado. Claro que esa mujer era
joven y hermosa; pero usted no debe seguir sonriendo. Ella era demasiado joven,
demasiado igual a sí misma a pesar de los años. Oh, por supuesto: yo también
pensé eso que usted piensa. Yo también creí -sensata, razonablemente- que la
enfermedad de Sebastián, o lo que fuera, creaba la ilusión de juventud inmutable
en la mujer. Claro que ella no era inmutable. Claro que, como usted
razonablemente sospecha, ella cambiaba también. Imperceptiblemente, sí.
Imperceptiblemente. Escuche:
En marzo de este año recibí una carta. En el sobre reconocí la letra de
Sebastián, o debo decir que la intuí. La carta, escrita con una caligrafía
febril, como trazada por la aguja de un sismógrafo, era apenas inteligible.
Advertí en ella, en ciertos rasgos, esa falta de sincronización entre las
operaciones mentales más simples, típica de aquellos a quienes los estragos de
una enfermedad han acabado por destrozarles el sistema nervioso. Me suplicaba
que fuera. No sé si me asombró que hallándose él en semejante estado Norah no
redactara sus cartas, ni siquiera recuerdo si reparé en este hecho. De haber
sospechado lo que ahora sé, que la carta fue escrita en secreto, de a ratos
(quizá en la oscuridad), por un hombre sobresaltado, un hombre con el oído
atento al menor roce, listo acaso para esconder aquel papel bajo su manta al
primer crujido de un mueble o creyendo enloquecer porque una persiana,
súbitamente, ha golpeado contra los vidrios... ¿Gran imaginación, dice usted? No
crea. Oscuridad, persianas, crujidos de muebles, son cosas inofensivas,
perfectamente comprensibles, reales e inocentes como esta calle y este
crepúsculo. Hay alrededor de nosotros, sin embargo, en ese mendigo que pasa o en
aquella mujer que corre, enigmas más tenebrosos, monstruos más fantásticos que
los ángeles deformes del Apocalipsis: en el hombre, amigo mío, están los
monstruos. Él los inventa y de él se alimentan, como los vampiros de las
historias góticas. Usted se estremece. Es bueno eso. Apurémonos un poco, está
anocheciendo.
Cuando llegué a la quinta, la tarde, como ahora, estaba exactamente en ese
clímax desgarrado, sangriento, en el que yo diría que las potencias oscuras y la
luz se entreveran en una cópula enfurecida, antigua igual que el mundo, pero
única cada vez; como un acoplamiento de libélulas monstruosas. Decía que, si me
asombró la carta, de ningún modo me asombró, al llegar a la quinta, ver eso que
quedaba de Sebastián. Sólo que ahora parecía resignado. Al entrar, lo vi, como
siempre en aquellos tiempos, sentado frente al ventanal que daba al parque. La
sala, en penumbras, tenía todas las apariencias de un claustro. Cuando me oyó
entrar, levantó los ojos con cansancio. "Es demasiado tarde", dijo con
naturalidad, como si me saludara. Supongo que traté de responder algo, pero él
sonrió con tristeza. "No hace falta", agregó y me llamó a su lado. Norah no
estaba allí. Imaginé, o quise imaginar, que estaría en alguna de las
habitaciones del piso alto. Antes, al cruzar el parque, me había parecido verla
entre los árboles, es decir: vi la silueta de una muchacha que recogía
alegremente unas flores. Fue un segundo, pero bastó para que no me atreviera a
llamarla: se trataba de una jovencita, poco más quizá que una adolescente. Me
figuré que sería alguna muchacha de los alrededores, por qué no. Y ahora, a
través del ventanal, podía verla nuevamente. Comprobé que no me había
equivocado, al menos en lo que respecta a la edad. Era, en efecto, casi una
chiquilina: no debía tener más de dieciocho años. Sentí que mis dedos estaban
clavados en el brazo de Sebastián.
"Te das cuenta, ahora", preguntó.
Todavía quise no entender, me forcé a imaginar que Sebastián se refería a sí
mismo, a su propio estado. Después, aparentando calma, pregunté por Norah.
Él sonrió, y señaló el parque.
Nunca olvidaré los ojos ni la sonrisa de aquel hombre. Usted, que lo conoció,
tampoco los habría olvidado.
No, no debe mirarme así. No estoy loco, amigo mío: jamás me he sentido tan
enteramente cuerdo como esta noche. ¿Se va?; lo esperan en su casa, seguramente.
Buenas noches.
![]()