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| A las 12:40 del frío y nublado jueves 16 de junio de 1955 realizan su bautismo de fuego la gloriosa Fuerza Aérea Argentina y la Aviación de la Marina de Guerra Argentina: 40 aviones oscurecieron el cielo de Buenos Aires. 22 North America, 5 Beerchraft, 4 Gloster y 3 Anfibios Catalina bombardean valientemente civiles indefensos en Plaza de Mayo y alrededores. El saldo de la gloriosa gesta fueron más de 300 muertos, entre ellos un colectivo (autobús) repleto de niños. Luego de la masacre los valientes pilotos huyen hacia Uruguay, cubriendo de honor las gloriosas fuerzas militares que representaban. Es el primer y único bombardeo a una ciudad abierta realizado en el mundo (es decir a una ciudad neutral, libre de guerra alguna o conflicto armado) con el agravante de haber sido realizado por sus propias fuerzas armadas. |
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A
nosotros nos faltó Picasso
Por Osvaldo Vergara Bertiche
Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios
Cipriano de la Santísima Trinidad Mártir Patricio Clito Ruiz y Picasso,
conocido como Pablo Picasso, nació en Málaga el 25 de octubre de 1881 y
falleció en Mougins, Francia, el 8 de abril de 1973.
“Pintor y escultor español, junto con Georges Braque y Juan Gris, fueron los
creadores del movimiento cubista. Es considerado uno de los mayores artistas
del siglo XX, participó desde la génesis de muchos movimientos artísticos
que se propagaron por el mundo y ejerció una gran influencia en otros
grandes artistas de su tiempo. Incansable y prolífico, pintó más de dos mil
obras sobrevivientes en museos de toda Europa y el mundo”.
¿Ejerció una gran influencia en otros grandes artistas de su tiempo? Sí…
pero pareciera que salvo en nuestro país, ya que nadie pintó nuestro propio
“Guernica”.
Picasso se declaraba pacifista y comunista y fue miembro del Partido
Comunista Francés hasta su muerte. De ahí “la paloma de la paz” a raíz de su
adhesión al Consejo Mundial en 1949 y su obra cumbre, aquella que mostró los
horrores y la tragedia de la muerte de víctimas inocentes por el brutal
bombardeo de la localidad de Guernica por parte de la alemana Legión Cóndor el
26 de abril de 1937.
¡Nosotros tuvimos un Guernica! ¿el bombardeo a Plaza de Mayo el
16 de Junio de 1955 no fue un acto tan vil y
cobarde como aquel otro? Pero a nosotros nos faltó Picasso.
Guernica, allá en el país vasco, fue bombardeada por enemigos externos. La
Plaza de Mayo fue bombardeada por enemigos internos, miembros de la aviación
naval. Enemigos internos del gobierno nacional del General Perón y del
Pueblo argentino.
Las estimaciones actuales de víctimas fallecidas en Guernica oscilan entre 120 y 300 muertos. En la Plaza de Mayo murieron 350 personas y 2 mil quedaron heridos, de los cuales setenta y nueve quedaron lisiadas en forma permanente. Los cobardes agresores solicitan asilo político en Uruguay.
Señala Salvador Ferla en “Mártires y Verdugos” (Editorial Revelación, 3ra.
Edición, Buenos Aires, octubre de 1972, páginas 24 y 25:
“… La oligarquía ambiciona el regreso al poder total, la restauración de su
régimen y la anulación del proceso revolucionario iniciado en 1943.
Conoce los obstáculos porque los ha palpado y reiteradamente se ha roto las narices contra ellos. Son el pueblo politizado, presente, activo; y el ejército, colocado en su exacta ubicación nacional.
Al primero planea anestesiarlo mediante el terror; al segundo desarticularlo
y reestructurarlo en milicia partidaria a sus órdenes.
La primera y potente inyección de anestesia la recibe el pueblo el 16 de
junio de 1955. … Es el primer castigo, la primer dosis de castigo
administrada al pueblo.
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Es el fusilamiento aéreo, múltiple, bárbaro, anónimo, antecesor de los que
luego realizarían en tierra firme con nombres y apellidos (se refiere a la
masacre de José León Suárez en la represión del levantamiento cívico-militar
del 9 de junio de 1956, a los mártires y verdugos
que le dan título al libro).
Entre este grupo de aviadores (entre los que estaba el capitán Cacciatore,
que después del 76 cobraría fama y fortuna como intendente porteño) que mata
desde el aire a una multitud, y los agentes de la Policía de la Provincia de
Buenos Aires que “fusilan” a un núcleo de civiles en un basural, tirándoles
a quemarropa sin previo aviso, solamente existe una diferencia de
ubicación”.
Esa aviación, nuestra aviación, que nunca había tenido que bombardear a
nadie, que no sabía lo que era un bombardeo real, hace su bautismo de fuego
contra su propio pueblo y en su propia ciudad capital.
En Guernica y en Plaza de Mayo se cometió un acto de lesa humanidad. Pero a
nosotros nos faltó Picasso.
Osvaldo Vergara Bertiche
www.culturaynacion.blogspot.com
culturaynacion@argentina.com
Maten a Perón (documental
completo)
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Por Marcelo Larraquy
[Ilustración El Niño Rodríguez]
Aquella noche de setiembre de 1955, mientras
los doctores, los hacendados y los escritores festejábamos
ruidosamente en la sala la caída del tirano, en un
rincón de la antecocina ví cómo las dos indias que allí
trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas.
Ernesto Sábato, 1956, en la carta abierta a Mario Amadeo.
Muchos de los aviadores navales que bombardearon Buenos Aires habían acompañado
la celebración de Corpus Christi el sábado 11 de junio de 1955. Hasta entonces,
no sabían cuándo ni cómo matarían a Perón.
Solo tres de sus jefes conocían el plan. Era el siguiente: la aviación naval
bombardearía la Casa Rosada en momentos en que Perón reuniera a su "estado
mayor", los hombres con los que compartía las decisiones gobierno. Se encontraba
con ellos, semana de por medio, los días miércoles a las diez de la mañana. A
esa hora se iniciaría el bombardeo. Duraría solo tres minutos.
El plan necesitaba apoyo terrestre.
Después del último vuelo, de la última detonación, se activarían las células de
los comandos civiles. Las componían alrededor de cuatrocientos o quinientos
hombres. Durante la mañana debían permanecer disimulados en las calles y los
bares de Buenos Aires. No era conveniente que estuvieran alejados a más de
quinientos metros del epicentro de los sucesos, pero tampoco que se acercaran a
menos de doscientos.
Los comandos civiles también debían bloquear los accesos a la Plaza de Mayo.
Disponían de dieciséis automóviles. En la hipótesis de que la misión fuese
exitosa, y que Perón y su gobierno quedaran reducidos a escombros, los comandos
se servirían del terror y la humareda para tomar la Casa Rosada. Ingresarían por
el acceso principal. Quizá deberían enfrentar al cuerpo de Granaderos, ya
diezmado por las bombas. En la confusión, ese combate se libraría sin
contratiempos. Los granaderos no eran muchos, cuarenta hombres sin más
infraestructura que un destacamento interno en la Casa de Gobierno. Era difícil
que, atacados por sorpresa, pudieran bloquear a los comandos civiles. Pero, aun
si lo hiciesen, no podrían contener el avance simultáneo de los infantes de
Marina por la retaguardia.
Esa era la otra parte del plan. La de mayor importancia de la ofensiva
terrestre.
Los infantes eran alrededor de trescientos hombres distribuidos en dos
compañías. Se trataba de una diferencia decisiva frente a los granaderos.
Atacados por los comandos civiles por el acceso principal de la Casa Rosada, no
podrían resistir la avanzada de los infantes por el acceso que da hacia el Río
de la Plata.
Para los infantes, la perspectiva del combate sería más que favorable. La
relación de fuerzas no se definiría sólo por la cantidad de hombres. También por
el armamento. Como parte de los trabajos previos al bombardeo de la Casa Rosada
y aprovechando un viaje a Europa de un buque escuela de los cadetes navales, los
conspiradores habían adquirido fusiles semiautomáticos FN, de procedencia belga,
fuera del programa de la compra oficial. La Armada los hizo ingresar de
contrabando. Para que la información no se filtrara, los infantes los tendrían
en sus manos sólo un día antes del bombardeo.
Los granaderos, en cambio, debían defender la Casa Rosada con fusiles Mauser de
modelo a cerrojo, que cargaban cinco proyectiles. Era un arma de principios del
siglo XX.
La comunicación era otro factor clave para la definición del combate. Los
conspiradores navales habían entrado en conversaciones con el ex capitán Walter
Viader, sublevado de 1951 con el general Menéndez, enviado a prisión y luego
amnistiado. Viader estaba en libertad y quería seguir complotando. Junto a los
comandos civiles, se ocuparía de organizar la toma de las radios que difundirían
la proclama golpista. Se esperaba que la noticia de la caída de Perón hiciera
saltar a las calles a los opositores.
Después del bombardeo, una junta cívico-militar controlaría el poder.
Intervendrían la CGT y las provincias, liberarían a los presos por razones
políticas y fusilarían a quienes resistieran su autoridad. No habían trascendido
los nombres de los uniformados. Serían convocados después del triunfo. Los
civiles eran tres activos dirigentes de "la contra" peronista: Adolfo Vicchi,
mendocino, conservador; Américo Ghioldi, del Partido Socialista, exiliado en el
Uruguay, y Miguel Ángel Zavala Ortiz, el más importante de todos, de la facción
"unionista" del radicalismo, que acababa de perder el control del partido a
manos de Arturo Frondizi. Zavala se pondría el casco de combate. Se comprometió
a tomar las bases aeronavales junto a los aviadores.
La conspiración busca su destino
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El factor sorpresa era una perspectiva alentadora para la táctica conspirativa.
Pero el plan tenía puntos débiles. Lo que preocupaba era la imposibilidad de
acumular fuerzas, después del primer impacto, para defender la toma de la Casa
Rosada.
Los conspiradores sabían que las detonaciones no tendrían un efecto quirúrgico.
Cumplido el objetivo de extirpar el núcleo duro del poder, quedarían en
evidencia los "daños colaterales": los hombres y mujeres víctimas de las bombas
en las inmediaciones de la Plaza de Mayo.
Se esperaba una reacción popular en defensa de Perón. Esta eventualidad hacía
impredecible el curso de la operación. Más incertidumbre generaba la reacción
del Ejército, una vez consumados los hechos.
No era mucho lo que se había colectado en ese ámbito. Apenas una promesa, la del
general León Bengoa, que llegaría a Buenos Aires con una división de Infantería
procedente de Paraná. Vendrían en tren, desde Zárate. Bengoa reclamó a los
conspiradores una fuerte agitación previa. Quería "ambiente golpista" para
movilizar las tropas. Adelantó que iniciaría la expedición luego del estallido.
No iban a estar en el frente de batalla desde el primer momento.
El problema de los conspiradores era justamente ese: cómo fortalecerse para
responder a una probable reacción militar y popular del peronismo.
El centro de operaciones era la base aeronaval de Punta Indio. De allí
despegarían los aviones. En media hora o cuarenta minutos ya estarían
sobrevolando Buenos Aires. La toma de la base no presentaría obstáculos. Era
difícil encontrar a algún marino que no fuese antiperonista. El jefe de la
conspiración era el capitán de fragata Néstor Noriega.
Ezeiza era otra base para el despliegue aéreo. Acababa de ser inaugurado como
aeropuerto internacional. Funcionaría como central de reabastecimiento para los
aviones después del primer ataque. Desde hacía más de un año se estaba
construyendo allí, en forma clandestina, un depósito para almacenar las bombas y
el combustible.
Un simulacro aéreo oficial, previsto en la ciudad de Bariloche, fue aprovechado
para realizar el traslado administrativo de los explosivos desde la base aérea
Comandante Espora, de Bahía Blanca, hacia Punta Indio y Ezeiza.
La Séptima Brigada Aérea de Morón era un objetivo militar de la conspiración. En
este caso, la toma era más delicada. Había oficiales aeronáuticos interesados en
que el gobierno cayera, pero no tenían el nivel de intolerancia de la Marina.
Muchos aviadores eran leales por disciplina.
El control de la brigada permitiría tomar los aviones caza de propulsión a
reacción Gloster Meteor. Con sus cañones de veinte milímetros —cada munición
contenía la energía de una granada—, el aparato le agregaba versatilidad y
eficiencia al poder aéreo de los rebeldes. Además, la toma de Morón bloqueaba la
posibilidad de una respuesta inmediata. Era la base aeronáutica más próxima al
escenario de los hechos.
La escuadra aeronaval de la conspiración se componía de veintiocho aviones.
Cinco de ellos eran los Beechcraft AT11. Descargaban bombas en vuelo horizontal.
Los pilotos se habían entrenado con descensos de hasta 360 pies, es decir,
apenas arriba de los cien metros. Otro avión para el bombardeo era el North
American AT6. Podía descargar bombas de cincuenta kilos volando en picada hacia
el objetivo. Eran veinte naves. La escuadra se completaba con tres hidroaviones
Catalinas, también de bombardeo horizontal, con bombas de doscientos cincuenta
kilos. Un Douglas DC3 y otro DC4 trasladarían las bombas a Ezeiza. En caso de
que el golpe fracasara, serían utilizados para llevar a los conspiradores al
Uruguay.
La idea del bombardeo tenía varios años. Al menos más de dos. Había sido lanzada
en forma ligera, casi al azar, en una comida de a bordo. Imitar el bombardeo
japonés contra los norteamericanos en Pearl Harbour, durante la Segunda Guerra
Mundial, y destruir la Casa Rosada. Esa era la síntesis. Parecía fantástico.
Pero no era serio. La idea de sepultar a Perón bajo los escombros para poner
punto final a su gobierno, sin embargo, entusiasmó a los hombres de mar, y
empezó a fluir de abajo arriba.
El que motorizó el bombardeo fue el capitán de fragata Jorge Bassi. Era el dueño
de la idea. Sería el responsable de sublevar la base de Ezeiza. Bassi fue el que
construyó el depósito clandestino, el que durante meses buscó un jefe que se
pusiera al frente de la conspiración, el que le advirtió al contraalmirante
Samuel Toranzo Calderón que la inteligencia aeronáutica había detectado sus
movimientos. Toranzo Calderón era el oficial de mayor jerarquía que Bassi había
logrado captar. El almirante Aníbal Olivieri, jefe de la Armada, había sido
sondeado para conducir el complot, pero no quiso asumir la jefatura. Tampoco la
bloqueó ni la denunció. Olivieri dejó que la sublevación hiciera su propio
camino.
Además de conducir el ataque de los infantes de Marina, Toranzo Calderón tenía
la misión de atraer aliados en las tres armas. Su cosecha fuera de la Armada fue
escasa. Sólo obtuvo el compromiso de algunos oficiales de la Aeronáutica. Pero
el contraalmirante contaba con el laissez faire de Olivieri para ocupar el
Ministerio de Marina. Ese puesto de combate era clave: estaba ubicado a menos de
trescientos metros del objetivo enemigo.
Los capitanes Noriega y Bassi, en cambio, se ocuparían de la logística para que
todo funcionara bien: los aviones, el alzamiento de las bases, la carga de
bombas y de combustible, la comunicación interna entre los complotados.
La fecha del ataque a la Casa Rosada se decidió de apuro. El martes 14 de junio
de 1955, a la medianoche, Toranzo Calderón supo que el Servicio de Inteligencia
de la Aeronáutica (SIA) tenía filmaciones del frente del edificio de su
departamento, sobre la calle Cuba, en Belgrano. Las imágenes mostraban el
ingreso de los conspiradores. Como el contraalmirante esperaba ser detenido de
un momento a otro, adelantó el bombardeo. Ya no había tiempo para ejecutarlo al
día siguiente, cuando Perón reuniera a su gabinete, pero tampoco podía demorar
la operación durante dos semanas.
Se decidió para el jueves 16 de junio de 1955.
Ese día, los Gloster despegarían de Morón y volarían sobre la Catedral de Buenos
Aires en homenaje al general José de San Martín y en desagravio a la bandera
argentina que había sido quemada durante la celebración del Corpus Christi. La
programación de este acto era un regalo del cielo para los conspiradores. Si
llegaban a tomar la Séptima Brigada, los pilotos aeronáuticos ametrallarían la
Casa Rosada y otros blancos estratégicos del poder peronista. Pero había un
pronóstico negativo. Para el 16 de junio, el servicio meteorológico anunciaba
nubes y poco alcance de la visibilidad.
Sin embargo, la decisión ya estaba tomada. Noriega, jefe de la conspiración en
la base de Punta Indio, ya tenía la escuadrilla de aviones con las bombas
cargadas. Bassi, en Ezeiza, tenía todo pronto para el reabastecimiento y
esperaba el arribo de tropas de la Infantería de Marina desde Mar del Plata,
Azul y Puerto Belgrano, en Bahía Blanca.
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Un resplandor rojo: la primera bomba
El 16 de junio de 1955, el capitán Noriega se levantó a las 4 de la madrugada.
Ordenó una reunión en la biblioteca del casino de oficiales de la base. En ese
momento se hizo público el secreto que ya conocían: el plan de ataque y el
objetivo del bombardeo.
El pronóstico meteorológico no había errado: el cielo estaba encapotado, las
nubes bajas, hacía mucho frío. Era una madrugada de invierno. Noriega pensó que
la luz del día iría componiendo el tiempo.
A las 6, casi un centenar de oficiales ya había tomado Punta Indio. El único que
debió ser reducido fue Horacio Gutiérrez, un oficial con lazos parentales con el
peronismo. Su suegro era el ministro de Educación, Armando Méndez San Martín.
Tres días antes del complot, Gutiérrez le había enviado una carta de alerta al
ministro, pero fue interceptada por los conspiradores y no llegó a destino.
Noriega estaba comunicado por radio con Toranzo Calderón en el Ministerio de
Marina. Lo acompañaba el vicealmirante Benjamín Gargiulo, que respondía a sus
órdenes en el levantamiento, pese a que tenía mayor graduación. Los dos se
habían apostado en el comando de la Aviación Naval, en el cuarto piso del
ministerio. Los infantes de Marina se habían escondido en el sótano, a la espera
de la primera bomba. Apenas supo de la sublevación de Punta Indio, Toranzo
Calderón envió radiotelegramas a unidades y bases de la Armada y llamó a la
rebelión contra Perón.
La sede naval ya estaba liberada. En la tarde del 15 de junio, Olivieri se había
internado en el Hospital Naval.
A las 10 de la mañana, Noriega decidió despegar el Beechcraft AT11 de Punta
Indio. Fue el primer vuelo. Llevaba dos bombas de demolición de cien kilos cada
una. Llegando a Buenos Aires, advirtió que el clima tornaba imposible la
maniobra. Decidió mantenerse en el aire, en los alrededores de Colonia, Uruguay.
Confiaba en que el tiempo mejoraría. La autonomía de vuelo del Beechcraft era de
cuatro horas.
A esas alturas de la mañana, el capitán Bassi ya había tomado Ezeiza, y
recibiría el refuerzo de los infantes de Marina, que ya habían partido desde
Punta Indio en cinco aviones de transporte Douglas C-47.
La Brigada de Morón se mantenía sin novedades.
Abajo, en tierra, la visibilidad era casi nula. Desde el Ministerio de Marina la
niebla no permitía ver la Casa Rosada, ubicada a trescientos metros.
El presidente Perón había llegado a su despacho a las seis y cuarto. Cuarenta y
cinco minutos después recibió al embajador norteamericano Albert Nuffert. Una
hora más tarde, a las 8, el jefe del Ejército, el general Franklin Lucero, le
informó sobre las acciones de los sublevados y la posibilidad de un bombardeo.
Lucero había intentado certificar esta hipótesis desde la noche anterior —su
secretario lo despertó a las 23 con la novedad—, pero no le dio mayor crédito.
Había decidido no molestar a Perón ni alarmar a las fuerzas del Consejo de
Seguridad.
Pero ahora lo creía. Ya tenía confirmado que las bases de Punta Indio y de
Ezeiza habían sido tomadas. Le dijo al presidente que se fuera de la Casa de
Gobierno y se refugiara en el Ministerio de Ejército.
No hay precisión exacta sobre la hora en que lo hizo. Perón diría que fue a las
nueve y media. Las fuentes son contradictorias. La falta de uniformidad, sin
embargo, no resuelve el enigma: ¿Por qué, si Perón se refugió en el Ministerio
de Ejército entre las 9 y las 10 de la mañana en conocimiento del bombardeo, no
ordenó el desalojo de la Casa Rosada? A esa hora, alrededor de cuatrocientas
personas, entre funcionarios, empleados y público, permanecía en la Casa de
Gobierno. El mismo riesgo alcanzaba para quienes estaban en la Plaza de Mayo y
las calles adyacentes. ¿Por qué el gobierno no la alertó, o prohibió la
circulación, o clausuró los accesos? Es un enigma sin respuesta.
Hacia el mediodía, la demora del bombardeo decepcionaba a los potenciales
sublevados en tierra. Los comandos civiles, hijos de familias patricias que
habían abrevado en el nacionalismo, la derecha católica y el radicalismo, pero
sobre todo en el odio al peronismo, como era el caso de Juan Carlos Goyeneche,
Cosme Beccar Varela, Santiago de Estrada, Ricardo Curuchet, Santiago Díaz Vieyra
o Mario Amadeo, nadaban en la incertidumbre. El bombardeo había sido anunciado a
las 10. Pocos minutos después, Beccar Varela entró en contacto con el Ministerio
de Marina. Le advirtieron que las naves ya estaban en vuelo. Se había producido
una demora, pero la operación marchaba normalmente.
Los comandos estaban divididos en tres grupos, enlazados con un comando central.
Se mantuvieron alertas, disimulados en las inmediaciones, tomando café en los
bares, mirando vidrieras. A las 12 seguían sin novedades. A partir de entonces,
se tomó la decisión de licenciar a la tropa. Supusieron que el bombardeo se
habría abortado, y además tenían la orden de no volver a llamar al ministerio.
Para reducir la pesadumbre, algunos comandos se acercaron a Villa Devoto para visitar a los civiles que habían sido detenidos el domingo 12, mientras defendían la Catedral metropolitana. La cárcel les había impedido formar parte de la avanzada terrestre.
A las 12.40 el capitán Noriega se
decidió a atacar. Lanzó la primera bomba sobre la Casa Rosada. Explotó sobre una
cocina de servicio del primer piso. La bomba, que pesaba 110 kilos, mató a dos
ordenanzas. La explosión hizo caer parte del techo de la sala de prensa. Los
periodistas se escondieron en un túnel interno.
Tras el primer impacto, una fila de aviones que esperaba su turno en el aire fue
aproximándose hacia el objetivo. Cada piloto disponía de dos bombas.
Sobrevolaron la Casa Rosada y efectuaron la descarga.
El bombardeo criminal de los sublevados lanzaría catorce toneladas de explosivos
para matar a Perón. También, en oleadas sucesivas, bombardearían a la población
civil de los alrededores de la Plaza de Mayo y apuntarían sobre otros blancos
estratégicos: la Policía Federal, la sede de la CGT y la residencia
presidencial, el Palacio Unzué, sobre la calle Agüero.
Una de las primeras bombas impactó sobre un trolebús. Provocó un resplandor rojo
sobre la calle Paseo Colón. La explosión no desintegró en forma total la
estructura del transporte público, pero la onda expansiva hizo que los trozos
humanos quedaran incrustados en las paredes internas. Allí no hubo heridos. Hubo
sesenta y cinco muertos.
Tras la primera bomba, los infantes de Marina salieron del ministerio en
camiones de la fuerza. Se dividieron en dos. Una compañía se apostó, calle de
por medio, a cuarenta metros de la explanada norte de la Casa Rosada. La otra se
refugió en la playa de estacionamiento del Automóvil Club, entre el Parque Colón
y el Correo Central, a cien metros de la retaguardia de la Casa de Gobierno. Los
marinos comenzaron a disparar.
La avanzada sorprendió a un cuerpo de granaderos que acababa de bajar de un
ómnibus casi en forma simultánea, sea porque era el cambio de guardia o porque
fueron convocados de urgencia.
La base de la Brigada de Morón no fue sublevada de inmediato. Siguió bajo el
mando oficial. Tras la primera bomba, se ordenó el despegue de los Gloster para
combatir a los sublevados.
La batalla estaba en el cielo. Un Gloster persiguió y derribó un avión North
American AT6 en la zona de Aeroparque. El piloto, guardamarina Arnaldo Román,
logró lanzarse con el paracaídas y cayó sobre el Río de la Plata. Luego fue
capturado.
Parte de la escuadrilla oficial giró hacia la base de Ezeiza para abrir fuego
contra los sublevados. En el ataque destruyeron un bombardero Catalina y
averiaron una nave de bandera danesa que estaba en la pista del sector
aerocomercial.
Había fuego cruzado.
Los aviones de la Armada comenzaron a bombardear una columna de soldados del
Regimiento 3 de La Tablada que avanzaba en camiones por la avenida Crovara para
defender la Casa Rosada. Desde distintas azoteas de edificios públicos en las
inmediaciones de la Plaza de Mayo —el Banco Nación, el Ministerio de Economía—,
civiles armados comenzaron a disparar contra los aviones rebeldes.
Cuando los Gloster leales aterrizaron luego de su primera incursión, la Brigada
de Morón había sido tomada por los conspiradores. El comandante de la
Aeronáutica Agustín de la Vega había encañonado a sus jefes mientras estaban
observando el despegue de los jets. Los superiores y subordinados que no habían
adherido al levantamiento fueron reducidos en un hangar. Los Gloster cambiaron
de pilotos y volvieron a despegar, ahora con un nuevo objetivo: la Casa de
Gobierno. La primera oleada del bombardeo también afectó al edificio del
Ministerio de Ejército. Allí, en el sexto piso, estaba el general Lucero junto a
Perón, dando instrucciones a las unidades militares para que ocuparan las
posiciones enemigas. Le ordenó a la base aérea de San Luis que despegara una
escuadrilla de aviones a reacción y que atacara Punta Indio y Ezeiza. De pronto,
la onda expansiva de una bomba alcanzó la oficina. El impacto le hizo perder
estabilidad a Perón. Sus auxiliares lo empujaron contra un armario para
protegerlo. Enseguida, el presidente fue trasladado al sótano del edificio.
El ocaso de golpe naval
A media hora de la primera bomba, el balance era el siguiente: la conspiración
golpista dominaba las bases de Punta Indio, Ezeiza y Morón. Hasta entonces, el
poder de fuego aéreo estaba garantizado. Pero ya se advertían las carencias: la
falta de incorporación de tropas del Ejército. El general Bengoa, que había
viajado a Buenos Aires a una reunión en Campo de Mayo para disimular su futura
participación en la sublevación, fue detenido en Aeroparque, cuando abordaba un
avión hacia Paraná. El Ejército se mantenía leal a Perón: no había movilizado
ninguna unidad.
La Infantería de Marina todavía mantenía firme su propósito de tomar la Casa
Rosada. Pero la realidad era mucho más ardua que los planes originales. En
parte, porque las explosiones no fueron devastadoras. Si bien estallaron
veintinueve bombas y hubo doce muertos en la Casa Rosada, muchas otras no
llegaron a detonar. La baja altura a la que volaban los aviones no permitía que
se activaran las espoletas. Además, el tiempo jugaba a favor del gobierno, que
podía acumular fuerzas en la defensa; los conspiradores, no. Los comandos
civiles se habían dispersado y no retornaron a la Plaza de Mayo. En tierra solo
estaban los infantes, que encontraron un inesperado escollo en la Casa Rosada:
los granaderos. La resistencia de los soldados permitió ganar tiempo. Cerca de
la 1, a veinte minutos de la primera bomba, desde el Regimiento de Palermo se
incorporaron a la zona del combate la artillería liviana y cuatro tanques
Sherman.
También las bases peronistas comenzaron a movilizarse. A las 13.12, mientras se
incrementaba el fuego entre infantes y granaderos, el secretario de la CGT, Hugo
Di Pietro, utilizó la cadena radial. Dijo: "¡Todos los trabajadores de Capital
Federal y de Gran Buenos Aires deben concentrarse inmediatamente en los
alrededores de la CGT! ¡Todos los medios de movilidad deben tomarse a las buenas
o a las malas! ¡La CGT los llama a para defender a nuestro líder! ¡Concentrarse
inmediatamente pero sin violencias!".
Crónica
del diario La Nación el 17 de junio de 1955
Los tres aparatos de la Marina de Guerra que volaban sobre la Casa de Gobierno y el Ministerio de Guerra arrojaron mortíferas bombas sobre la sede gubernamental, sobre la plaza y el elevado edificio del Ministerio de Ejército, en la calle Azopardo. Una de las bombas cayó de lleno sobre la Casa de Gobierno. Otra alcanzó un trolebús repleto de pasajeros que llegaba por Paseo Colón hasta Hipólito Yrigoyen. El vehículo se venció sobre el costado izquierdo, sus puertas se abrieron y una horrenda carga de muertos y heridos fue precipitada a la calle. Una tercera bomba tocó la arista nordeste del cuboide edificio del Ministerio de Hacienda, despidiendo pesados trozos de mampostería. Junto con el mortal estrépito de las bombas prodújose una intensa lluvia de esquirlas y menudos trozos de vidrios. La violencia de la expansión del aire con la explosión provocó la rotura instantánea de centenares de vidrios y cristales en todos los edificios de ese sector céntrico. Al mismo tiempo restallaron los cables rotos de los trolebuses y mientras se oía el brusco aletear de millares de palomas que alarmaban la plaza, se escuchaban los ayes y lamentos de docenas de heridos. Fue un momento de indescriptible y violenta sorpresa. Los cronistas que se hallaban en la Sala de Periodistas de la Casa de Gobierno vieron desplomarse el techo de la amplia oficina. Cayeron arañas sobre la mesa de trabajo y las máquinas de escribir fueron acribilladas con trozos de mampostería y vidrios. Gateando para sortear las nuevas explosiones salieron de la Casa de Gobierno, tropezando con los soldados de la guardia de Granaderos que se precipitaban por los corredores a reforzar las guardias, y se dirigieron al edificio del Ministerio de Ejército, pasando entre coches destrozados, cadáveres yertos, heridos clamantes y ramas de árboles desgarradas. La Nación, 17 de junio de 1955. En: Julio Godio, La caída de Perón (de junio a setiembre de 1955), vol. 1. Biblioteca política argentina nro. 115, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1985. |
Los camiones de la Fundación Eva Perón y de los sindicatos cargaron hombres y
mujeres por los barrios del conurbano y de la Capital para llevarlos al teatro
de operaciones. Los convocaba la defensa a Perón. Algunos iban con las manos
vacías, otros llevaban palos, herramientas de trabajo, cuchillos. También
revólveres cortos. En Constitución y en el centro porteño fueron asaltados dos
locales de venta de armas.
Pero la euforia del peronismo que se movilizaba en camiones se atenuaba apenas
llegaban a la Plaza de Mayo. En los acoplados se cargaban decenas de cadáveres
levantados de la calle. Los heridos eran trasladados a la Asistencia Pública de
la calle Esmeralda y a otros hospitales.
Tres minutos después del llamado a la resistencia de la CGT, el ex capitán
Viader difundió el bando golpista. Con sus comandos civiles había tomado por la
fuerza las instalaciones de Radio Mitre. Interrumpió la transmisión y obligó al
locutor a leer la proclama: "Argentinos, argentinos, escuchad este anuncio del
Cielo volcado por fin sobre la Tierra. El tirano ha muerto. Nuestra patria desde
hoy es libre. Dios sea loado. Compatriotas: las fuerzas de la liberación
económica, democrática y republicana han terminado con el tirano. La aviación de
la patria al servicio de la libertad ha destruido su refugio y el tirano ha
muerto.
Los gloriosos cadetes de la Escuela Naval y los valientes soldados de la
Escuela de Mecánica de la Armada avanzan desde sus respectivas guarniciones
acompañados por compactos grupos populares que vitorean al movimiento
revolucionario. Ciudadanos, obreros y estudiantes; la era de la recuperación de
la libertad y de los derechos humanos ha llegado".
La proclama fue cortada por el personal de la planta transmisora de Radio Mitre,
en Hurlingham. Pocos minutos después, las radios oficiales empezaron a leer un
comunicado que tenía la firma de Perón. "Algunos disturbios se han producido
como consecuencia de la sublevación de una parte de la Aviación y la Marina. La
aviación militar ha derribado un avión y tres han sido obligados a aterrizar. La
situación tiende a normalizarse. El resto del país, tranquilo. Fuerzas del
Ejército, de la Aviación, firmes en el cumplimiento del deber".
De inmediato, en el oeste de la ciudad apareció una segunda escuadrilla de
aviones. Había despegado de Morón. Ampliaron el radio de ataque. En vuelo
rasante, un Gloster ametralló el edificio de la CGT. Un dirigente obrero, Héctor
Passano, intentó responder con su arma corta desde la terraza. Su cuerpo fue
partido en dos por una ráfaga. También dispararon sobre el Departamento de
Policía y el Ministerio de Obras Públicas en la Avenida 9 de Julio. Un oficial
fue alcanzado por los disparos. Murió en su oficina.
Por detrás de la cúpula del Congreso asomó otro Gloster. Volaba apenas por
encima de la Avenida de Mayo. Se dirigió hacia la Casa de Gobierno para
ametrallarla.
A poco menos de una hora del primer estallido, Olivieri decidió trasladarse
hacia el Ministerio de Marina. Quería hacerse cargo de la sublevación y evitar
su detención en la cama del Hospital Naval. Le costó acercarse al edificio. Los
accesos céntricos estaban bloqueados. Aprovechó un sector del puerto por el que
todavía no había avanzado el Ejército. Todos los vidrios de los ventanales del
ministerio habían estallado. Los infantes se movían cuerpo a tierra para
responder los disparos de la artillería del Ejército. El teniente de navío
Emilio Eduardo Massera, uno de los jefes del golpe de Estado de 1976, secundó al
ministro Olivieri para ingresar por la parte de atrás del edificio.
A esas alturas, el cuadro era el siguiente: la zona del Bajo, el perímetro de
las avenidas Leandro N. Alem, Eduardo Madero y Paseo Colón, la avenida
Corrientes y las calles de las inmediaciones estaba en situación de guerra.
Circulaban jeeps del Ejército, camiones de obreros y simpatizantes peronistas,
se gritaba por Perón, se alzaban banderas. Las balas se cruzaban entre los
edificios y la calle.
La posición dominante de los infantes en el campo de batalla empezó a revertirse
antes de las 3 de la tarde. La artillería había instalado su cuartel en un
edificio ubicado en la esquina de Leandro N. Alem y Viamonte. Era la base para
el ataque contra los infantes que se mantenían frente a la explanada norte de la
Casa Rosada. Olivieri tomó contacto con la Escuela de Mecánica de la Armada,
pero ya era tarde para que se volcara al alzamiento: estaba rodeada por el
Regimiento 1 de Palermo.
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A los sublevados no sólo les quemaba el fuego oficial. También civiles armados
del peronismo y de la ALN les disparaban desde los muros, los árboles o las
terrazas. A las 3 de la tarde, esa compañía de Infantes tuvo que ser replegada
hacia el Ministerio de Marina. La otra, que se mantuvo apostada en el Automóvil
Club, se guareció en el edificio poco después.
En las bases aeronavales, la conspiración también estaba cercada. Punta Indio
fue tomada por una división del Regimiento Motorizado de La Plata. Una toma
pacífica, en realidad, porque la base quedó desguarnecida luego del primer
vuelo. Toda la infraestructura logística había sido trasladada a Ezeiza. Sólo
Gutiérrez permanecía en el calabozo.
Ezeiza, en tanto, estaba siendo atacada por los soldados del Regimiento 3 de La
Tablada. Morón también estaba en riesgo. Los leales al gobierno apresados en el
hangar mataron a un teniente de Aeronáutica que los custodiaba y empezaron a
dispersarse por la base.
Con las fuerzas de tierra atrincheradas en el Ministerio de Marina, los
conspiradores combatían en tiempo de descuento. Lucero había ordenado un ataque
múltiple con ametralladoras pesadas desde la Casa de Gobierno y el Ministerio de
Ejército. Disparaban con morteros de ochenta milímetros. Rodeada de tanques, la
batería antiaérea de la artillería y la infantería motorizada, desde una ventana
del séptimo piso de la base rebelde, agitó un lienzo blanco. Eran las 15.17.
Seguidos por grupos de civiles que acompañaban el paso de los tanques, y luego
de que mediaran dos comunicaciones telefónicas entre Olivieri y Lucero, los
generales Carlos Wirth y Juan José Valle se acercaron al ministerio en un jeep
con la intención de parlamentar sobre la rendición. Pero fueron sorprendidos. A
las 15.20, los aviones de la Marina Beechcraft AT, North American AT6 y el
Catalina volvieron a sobrevolar la Plaza de Mayo y descargaron treinta y tres
bombas. Sólo ocho no explotaron. El ataque destruyó dos pisos del ala sur del
edificio y mató a un soldado conscripto. También fue muerto un general. Muchas
de las naves fueron alcanzadas por las baterías antiaéreas de la Casa Rosada,
pero ninguna fue derribada.
Los marinos en tierra aprovecharon la confusión y reanudaron el fuego. Muchos
civiles fueron muertos y heridos en el contraataque. La acción provocó la furia
de los leales a Perón.
Esta nueva oleada, la tercera de la conspiración, bombardeó el epicentro del
poder: la Casa Rosada, el Ministerio de Ejército, el Ministerio de Hacienda y el
Banco Hipotecario. La residencia presidencial también fue atacada. Cada avión
que la sobrevoló lanzó una bomba. Una cayó en el parque del Palacio Unzué y no
detonó. Otra mató a un barrendero en la calle. La tercera, que erró el blanco
por doscientos metros, cayó sobre la calle Pueyrredón: mató a un automovilista y
a un chico de 15 años. El ataque fuera del palacio tenía una razón de ser:
suponían que en un edificio de la calle Gelly y Obes se había refugiado Perón.
El fuego de los conspiradores se sostuvo poco tiempo más. Un tanque Sherman
disparó sobre el segundo piso del Ministerio de Marina, provocó un boquete y un
incendio en la sala de almirantes.
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A las cuatro y media de la tarde, Olivieri reclamó una negociación directa con
Lucero. Estaba dispuesto a entregar el ministerio y rendir a las fuerzas
rebeldes, pero, mientras los civiles continuasen alrededor de las tropas del
Ejército, continuaría el combate.
Los sublevados temían que las fuerzas leales no pudieran controlar al pueblo
peronista. La rebelión podía concluir con un linchamiento y no querían correr
ese riesgo.
Mientras la Marina negociaba los términos de la rendición, Noriega tomó la
decisión de enviar un Douglas DC-3 de Ezeiza hasta la Brigada de Morón para
evacuar a los complotados que seguían en combate contra las fuerzas oficiales.
El DC-3 podía cargar a treinta pasajeros. El resto, más de setenta, debía quedar
en tierra. La imposibilidad de cargar a todos generó una discusión entre los
pilotos, pero ya no había mucho tiempo. El DC-3 pudo levantar vuelo pese a la
sobrecarga: terminó llevando a cincuenta pasajeros. En el carreteo, logró alzar
vuelo antes de embestir un tanque de combustible que le habían cruzado sobre la
pista; de rozarlo, lo hubiera envuelto en una bola de fuego.
Los marinos también lograron despegar los Gloster. En vuelo hacia el Uruguay,
ametrallaron la Casa Rosada. Fue el último acto de servicio de la rebelión
frustrada.
Entonces, a las 17.25, en la Plaza de Mayo ya había miles de personas convocadas
por el gobierno.
En forma simultánea al vuelo de los Gloster, desde el Ministerio de Ejército
Perón encomiaba por cadena nacional "la acción maravillosa que ha desarrollado
el Ejército cuyos componentes han demostrado ser verdaderos soldados [...].
Desgraciadamente, no puedo decir lo mismo de la Marina de Guerra, que es la
culpable de la cantidad de muertos y heridos que hoy debemos lamentar los
argentinos".
Para entonces, desde las bases de Morón y Ezeiza, treinta y seis aviones con
ciento veintidós sublevados habían huido hacia el Uruguay. Uno de ellos era el
radical Zavala Ortiz.
El mayor del Ejército Pablo Vicente, a cargo de la custodia de los prisioneros
del Ministerio de Marina, visitó en la madrugada del día 17 a los tres líderes
de la rebelión, Olivieri, Toranzo Calderón y Gargiulo. Estaban en calabozos
separados. Les adelantó que serían juzgados por una corte marcial y que no
podrían escapar al fusilamiento. Antes de retirarse, dejó a cada uno de ellos
una pistola para que decidiera por sí mismo su destino. De los tres hombres de
armas, Gargiulo fue el único que la usó.
De la pacificación al "cinco por uno": la caída de Perón
Tras el vuelo final de los sublevados, la población comenzó a rodear la
Catedral. Aquel discurso de Perón de 1953, luego del atentado en Plaza de Mayo,
volvía a resonar en las calles: "Cuando haya que quemar, voy a salir yo a la
cabeza de ustedes; pero entonces, si fuera necesario, la historia recordará la
más grande hoguera que haya encendido la humanidad".
Esa noche se quemaron las iglesias. La Curia metropolitana fue destruida en
forma parcial, también fueron saqueadas sacristías y estatuas. Algunos
sacerdotes y feligreses fueron hostilizados. Perón, para salvar la
responsabilidad del peronismo, acusó a los comunistas.
El 16 de junio de 1955, en la ciudad de Rosario, comunistas y peronistas se
habían manifestado contra el bombardeo. Habían impreso un panfleto: "Unidad
popular contra el golpe oligárquico imperialista".
La Sección Orden Social y Político —un correlato de la Sección Especial de la
Policía Federal— aprovechó la ocasión para encarcelar a los manifestantes.
Detuvo a varios centenares de personas por "desorden público". Al día siguiente,
la División Investigaciones fue a la casa del médico comunista Juan Ingalinella.
Tenía una imprenta clandestina y había sido detenido más de veinte veces, la
mayoría de ellas por "desacato y resistencia a la autoridad". Ingalinella pensó
que sería una detención más. Se entregó. No fue así.
Para empezar, el abogado Guillermo Kehoe, que reclamó por su libertad, fue
detenido y torturado por uno de los jefes de Orden Social, Félix Lozón. Tenían
algo en común: eran amigos de la infancia. Habían cursado juntos la escuela
primaria. Lozón lo torturó toda la noche. A la mañana siguiente, convocó a Kehoe
a su despacho. Le dijo:
—¿Sabés para qué te llamé?
—Para torturarme de nuevo —respondió el abogado.
—No. Es para felicitarte. Sos un tipo de aguante.
Kehoe le preguntó por qué no le pegaba un tiro y terminaba de sufrir. Lozón le
pidió que no se confundiese.
—No... eso no. Yo no soy un asesino. Soy un torturador.
A los pocos días, los detenidos fueron recuperando su libertad. Ingalinella no.
Pero la policía decía que ya lo habían soltado. La jefatura de policía presentó
un recibo que certificaba el retiro de sus pertenencias. Tenía su firma.
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El médico comenzó a ser buscado. Nunca lo encontraron. Al cabo de los años se
supo que había muerto de un paro cardíaco durante la sesión de torturas. Su
firma había sido falsificada. En 1961, la Justicia condenó a prisión perpetua a
la jerarquía policial rosarina —los oficiales Félix Monzón, Santos Barrera y
Francisco Lozón, entre otros— que había prestado servicios durante el peronismo.
En la apelación, las penas fueron atenuadas. Se cree que el cuerpo de
Ingalinella fue tirado al río Paraná o fue cremado. Fue el primer caso de
desaparición forzada por razones políticas.
No era la primera vez que se bombardeaba Buenos Aires por un conflicto político
interno. Los cívicos de Leandro N. Alem, durante la Revolución del Parque de
1890, también habían ordenado el bombardeo desde naves en el Río de la Plata.
Pero pocas veces la historia argentina había registrado un atentado criminal de
la magnitud del 16 de junio de 1955, en el que murieron 308 personas.
Perón trató de limitar las consecuencias. "Prefiero que sepamos cumplir como
pueblo civilizado y dejar que la ley castigue. No lamentemos más víctimas.
Nuestros enemigos cobardes y traidores merecen nuestro respeto, pero también
merecen nuestro perdón. Por eso, pido serenidad una vez más", dijo.
No promovió un entierro colectivo ni colocó a los muertos como bandera de
combate y le ordenó a la prensa oficialista que moderara su estupor ante la
masacre. En su discurso, invitó a tomar el bombardeo como una "lección al pueblo
argentino", para abandonar los caminos de la violencia y retomar los del orden,
la ley y la tranquilidad pública.
La sublevación no pudo tomar el poder. En términos militares, fracasó. Pero el
poder político de Perón fue alcanzado por las bombas. El 16 de junio había sido
un ensayo. La conspiración no se detuvo.
Dos días después de que centenares de personas fueran muertas por la marina
rebelde, el diario La Nación tituló: "Gran tranquilidad pública". Valoró la
mesura del discurso de Perón después de las bombas e interpretó el fuego aéreo
contra la población civil como una consecuencia "algo natural" en las
confrontaciones políticas.
El Congreso realizó una sesión de repudio al ataque, pero el radicalismo no
participó. En un comunicado, la UCR informó que el bombardeo era el corolario de
las políticas de Perón. Exaltó su culpabilidad pero excluyó la del poder naval
sublevado.
El llamado oficial a la quietud y la reflexión fue el comienzo de un plan de
conciliación que el presidente intentó entablar con la oposición. Lo intentó,
primero que nadie, con la Iglesia. Perón ordenó que se restauraran los templos
incendiados y purgó de su gabinete a las figuras más expuestas en la política
anticlerical, los ministros de Educación, Méndez San Martín, y del Interior,
Ángel Borlenghi, que había sido el primer sindicalista socialista —empleados de
comercio— que obtuvo un cargo de gobierno.
Perón también intentó reconciliarse con el empresariado. El 30 de julio de 1955
anunció que, tras doce años de lucha, se habían logrado la independencia
económica y la reforma de la Constitución y, si bien quedaba mucho por hacer,
daba por concluido el "período revolucionario" del gobierno. "No vamos a seguir
peleando con las sombras ni con nadie", expresó en la sede de la central obrera.
Perón también buscó distender la relación con los partidos políticos. Echó a
Raúl Apold, el secretario de Medios, y, por primera vez en diez años, se escuchó
la voz de la oposición en las radios del Estado.
El líder radical Arturo Frondizi rechazó la conciliación. Para él, esa
estrategia intentaba encubrir "la entrega espiritual y material del país". La
UCR se oponía a la privatización del petróleo: la compañía California Argentina,
subsidiaria de la estadounidense Standard Oil, explotaría 50.000 km2 en Santa
Cruz por cuarenta años. El líder radical no absolvía al peronismo. Lo
consideraba responsable de los "sucesos trágicos" del 16 de junio. En forma cada
vez menos implícita, la UCR avalaba su derrocamiento. Otros partidos, el
conservador y la democracia progresista, en cambio, reclamaron la renuncia de
Perón y una "amnistía política" para los marinos detenidos tras los bombardeos.
La iniciativa pacificadora de Perón había sido recibida con escepticismo. Para
la oposición, ya era tarde para desandar los hechos. Por un lado, había grupos
de civiles y militares, las fuerzas conservadoras con las que había confrontado
Evita, que deseaban terminar con su gobierno, extirpar a las masas de la
movilización política y revertir la nueva distribución de ingresos, que había
perjudicado sus intereses a lo largo de diez años.
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Por otra parte, los partidos que ponían énfasis en las libertades civiles antes
que en los intereses económicos corporativos no confiaban en la nueva versión de
Perón.
En el resumen de lo actuado en sus dos gobiernos, habían denunciado la
utilización de la policía como una fuerza de choque paralela, sus torturas, el
encarcelamiento a los opositores, la clausura de diarios, el veto a la expresión
disidente, la destrucción del gremialismo no peronista, el despojo de los bienes
de los partidos políticos. Y la lista seguía: la corrupción de sus
colaboradores, los negociados, el favoritismo para los empresarios del poder, la
falta de empleo estatal para los que no estaban afiliados al partido, la
expulsión de los docentes no peronistas de las universidades.
La política de "pacificación" se agotó apenas inició su camino. Entonces, Perón
modificó el escenario y retomó la ofensiva. A un mes y medio del bombardeo, hizo
pública su renuncia al gobierno. Ni siquiera su renuncia, su "retiro".
La táctica obtuvo los resultados imaginables: los dirigentes peronistas la
rechazaron y al día siguiente la CGT convocó a un paro con movilización a la
Plaza de Mayo.
Toda la calma que Perón había promovido en los días posteriores a la masacre
para reducir la tensión política, la promesa de la revolución terminada y las
propuestas de negociación fueron dejadas de lado. En venganza a ese pedido de
"tregua" estatal no escuchado, auguró el devenir de la violencia. El 31 de
agosto de 1955, desde el balcón de la Casa Rosada, dijo: "Desde ya, establecemos
como una conducta permanente para nuestro movimiento: aquel que en cualquier
lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas, o en
contra de la ley o la Constitución, puede ser muerto por cualquier argentino.
[...] La consigna de todo peronista, esté aislado o dentro de una organización,
es contestar a una acción violenta con otra más violenta. ¡Y cuando uno de los
nuestros caiga caerán cinco de ellos!".
El "cinco por uno" se convirtió en el símbolo de su ira, pero, más que de su
ira, de su impotencia. Prisionero de su debilidad y del agotamiento del proyecto
de su gobierno, Perón intentó atemorizar con palabras a una oposición que no
detenía los planes de conspiración ni se asustaba.
El final de la política de conciliación no se tradujo en violencia de hecho. Las
masas obreras volvieron a sus casas como cualquier otra jornada de fiesta
peronista. No hubo ataques ni incendios, pero todos los puentes con los
estamentos opositores se habían roto.
La CGT ofreció al jefe del Ejército, general Lucero, el servicio armado de sus
afiliados para la defensa del gobierno. Eran seis millones. Otros grupos
peronistas pidieron ametralladoras para enfrentar una nueva rebelión.
Perón desalentó la formación de "milicias populares". No deseaba que la
resolución del conflicto se librara con el pueblo en armas enfrentando en la
calle a grupos civiles y militares rebeldes. Ese era un límite que no quería
traspasar. Jamás había promovido al pueblo a la lucha. Hasta entonces, el
peronismo no tenía experiencia en ese sentido. Además, existía un riesgo. Si
armaba a la clase trabajadora, ¿después quién le quitaba las armas?
Los sectores golpistas de las Fuerzas Armadas creían que la formación de las milicias era inminente. Y si no lo creían, lo decían. Era un argumento para sumar fuerzas a la rebelión. La quema de iglesias y la violencia discursiva de Perón también fueron disparadores para la organización de un nuevo alzamiento.
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El 2 de septiembre, el general Dalmiro Videla Balaguer, que había recibido la
medalla a la "lealtad peronista" por su actuación en el bombardeo de junio,
intentó sublevar la guarnición militar de Río Cuarto, en Córdoba, junto con
otros cinco oficiales. El movimiento fracasó, se fugaron y no pudieron ser
capturados. Fue el primer indicio. Perón no cortó su proyección. No depuró de
las filas castrenses a los sectores golpistas, tampoco realizó una
reestructuración que favoreciera a los suboficiales que se mantenían leales a su
mando.
Uno de los focos de la conspiración lo lideraba el general retirado Eduardo
Lonardi. Ya se había levantado contra Perón en 1951. Permaneció casi un año en
prisión. Pero entre ellos había un antecedente más personal: en 1937, mientras
servía en la agregaduría militar de la embajada en Santiago de Chile, el mayor
Perón había tendido una red de espionaje que le proveía información sobre
movimientos de tropas y compras de armas del ejército local. La red fue
descubierta cuando él ya se había marchado de la embajada y el caso estalló en
las manos de su reemplazante, el mayor Lonardi, quien fue deportado de Chile por
orden del presidente Arturo Alessandri Palma.
Lonardi representaba a sectores nacionalistas y católicos del Ejército. Fue el
coronel Arturo Arana Ossorio, de artillería, católico y también rebelde en el
'51, quien lo entusiasmó para liderar la sublevación.
El 16 de septiembre de 1955, Lonardi tomó las escuelas militares de Córdoba. Los
comandos civiles armados acompañaron su misión. El último bastión fue la policía
local, que no se rindió y enfrentó a los insubordinados.
Para la Marina, el alzamiento tampoco resultó sencillo. Tomaron la base de
Puerto Belgrano, en Bahía Blanca, pero el avance sobre la de Río Santiago, en La
Plata, fue rechazado por el fuego de la artillería y la aeronáutica leales.
El general Pedro Eugenio Aramburu, que dudó en un primer momento de colocarse al
frente del movimiento militar, viajó a Curuzú Cuatiá, en Corrientes, para tomar
un regimiento. Al llegar tarde, su objetivo fracasó. Entonces huyó y dejó a la
deriva a las tropas sublevadas.
Dos días después del alzamiento, los rebeldes estaban acorralados. En Córdoba,
diez mil hombres de las tropas leales habían recuperado el aeropuerto. La base
de Río Santiago había sido recuperada. Las guarniciones de Capital Federal no se
habían levantado. Lonardi estaba a punto de rendirse. Sólo la Marina de Guerra
alzada, que había bombardeado la destilería de petróleo de Mar del Plata y
amenazaba con continuar el ataque sobre los depósitos de La Plata, Dock Sud y
Capital Federal, le daba un poco de aliento al plan rebelde.
Pese al cuadro favorable, el día 19 de septiembre, Perón renunció con un mensaje
ambiguo, que el general Lucero transmitió por la cadena oficial, para asegurar
una "solución pacífica". Algunos oficiales le pidieron continuar la lucha, pero
el jefe de Estado no varió su posición. Delegó el poder en una junta de
generales, que se vio obligada a pedir una tregua a los insurrectos cuando
estaban a punto de dar por finalizada su sublevación. Al día siguiente, la junta
parlamentó con el almirante Isaac Rojas en un buque de guerra y acordaron la
cesión del poder.
Si Perón esperaba que su decisión generara un nuevo 17 de octubre y la
indignación popular lo repusiera en el poder, el cálculo político falló.
Algunos grupos sindicales habían reclamado armas para defender al gobierno —que
le fueron negadas—, pero la nueva conspiración militar no desencadenó un estado
de movilización en el peronismo. La CGT se mantuvo a la expectativa. Lo mismo
sucedió en el Ejército. La mayoría de los oficiales estaban decepcionados con
Perón —en especial por la quema de las iglesias—, pero no promovieron su
derrocamiento porque se sentían ajenos a las luchas políticas. Sumidos en la
incertidumbre, los leales, o mejor dicho los "legalistas", demoraron la tarea:
habían reprimido sin convicción.
El 21 de septiembre de 1955 Lonardi asumió como "presidente provisional" de los
argentinos y dos días después ingresó en la Casa Rosada. La Plaza de Mayo fue
desbordada por el festejo. Perón se había embarcado en un buque de guerra
paraguayo y emprendió viaje hacia ese país. No quería sentirse responsable de
una guerra civil. Abandonó el poder y no hizo nada, ni dejó que nadie lo
hiciese, por Evita. El padre Hernán Benítez le pidió unas líneas de autorización
para que la madre retirara el cadáver embalsamado de su hija del salón de la
CGT. No se las concedió.
Perón volvería al país diecisiete años después.
[Capítulo 4 de "Marcados a fuego (2). De Perón a Montoneros", Aguilar, 2010]
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Etiología,
apogeo y decadencia del Estado Terrorista
Por Horacio Verbitsky
Escarmientos
El bombardeo de 1955 a la Ciudad Abierta de Buenos Aires, los fusilamientos de 1956 y el golpe de 1976, cuya impunidad clausuró la Corte Suprema de Justicia, tienen un punto en común: el terror indiscriminado como escarmiento, para imponer una distribución regresiva del ingreso y del poder. Llamar a las cosas por su nombre, castigar esos crímenes, es un punto de partida hacia el replanteo de esa relación de fuerzas que condena a la exclusión a casi la mitad del país.
El 16 de junio se cumplió medio siglo del bautismo de fuego de la Aviación Naval y de la Fuerza Aérea, cuando sus pilotos arrojaron entre 9 y 14 toneladas de bombas sobre la Ciudad Abierta de Buenos Aires y ametrallaron a civiles, causando alrededor de 300 muertos y un millar de heridos. El 9 de junio hicieron 49 años de los fusilamientos de civiles y de militares ordenados por el gobierno de facto del general Pedro Eugenio Aramburu y el almirante Isaac Francisco Rojas, malparido por aquellas bombas y metralla. El 14, la Corte Suprema de Justicia declaró inconstitucionales las leyes de punto final y de obediencia debida, sancionadas para proteger a los responsables del Estado Terrorista implantado en 1976. Los tres episodios están ligados en forma indisoluble y tienen un punto en común, que invita a una reflexión profunda sobre la Argentina contemporánea. Matar a Perón o “aniquilar a la subversión” fueron apenas pretextos justificatorios. El objetivo de los bombardeos y los fusilamientos fue imponer el terror, golpear en forma feroz e indiscriminada como escarmiento sobre el conjunto de la sociedad. Sólo así sería posible desmontar un modelo socioeconómico en el que el ingreso, y el poder, estaban repartidos de modo mucho más equitativo que en los años dorados de la oligarquía, a los que se intentaba volver. Con avances y retrocesos, durante dos décadas se mantuvo lo que la literatura política llama empate hegemónico, hasta que la violencia sin límites del ‘76 impuso un nuevo equilibrio, que dura hasta hoy. Liberarse de ese terror, con decisiones como las de la Corte Suprema que impide la impunidad de los criminales es un paso hacia el replanteo de esa relación de fuerzas que condena a la exclusión a casi la mitad del país. Si los criminales del ‘55 hubieran sido castigados, no hubiera habido ‘76. A eso seguramente apuntaba el presidente Néstor Kirchner, durante la emotiva ceremonia del 16 de junio. Acompañado por la hija de una víctima del ‘55 y por la madre de una víctima del ‘76, en un tono quedo poco usual en él y con los ojos húmedos, vinculó ambas fechas con “la construcción del país que queremos, con justicia, honestidad, con inclusión, en la lucha contra la indigencia y la pobreza, la lucha por el empleo, la inversión, la industrialización.”
Bombas sobre Buenos Aires
Una investigación reciente del
joven profesor de las universidades Católica y del Salvador Daniel Cichero
recurre al testimonio de los pilotos del 16 de junio de 1955. Uno de ellos,
Máximo Rivero Kelly (quien como no hubo castigo llegó a la subjefatura de
Estado Mayor de la Armada durante el muy democrático y humanista gobierno
de Raúl Alfonsín) declara que el objetivo no era matar al presidente sino
“quebrarlo en su fortaleza de mando”. El mayor número de víctimas de esa
gris jornada no se produjo por las bombas, sino por el ametrallamiento deliberado
sobre grupos de civiles cerca de la CGT y frente al ministerio de Marina
rebelde. Cichero, quien no había nacido cuando ocurrieron los hechos que
narra en su libro Bombas sobre Buenos Aires, concluye que si al principio
la tentativa de magnicidio pudo servir como “pantalla justificatoria” se
reveló luego como “un castigo a la movilización civil que respaldaba al
presidente”.
Las escenas documentales proyectadas el jueves en la Casa de Gobierno carecen
de la calidad de las que incluyó Leonardo Favio en su Sinfonía de un sentimiento,
pero contienen tomas impresionantes de trabajadores que acuden al centro
en defensa del gobierno, apiñados como sardinas en camiones y camionetas.
Ellos eran el blanco de uno de los crímenes más racionales de nuestra historia.
En un artículo que la gran prensa comercial rehusó publicar, el embajador
argentino en Uruguay, Hernán Patiño Mayer, escribió: “Lo que intentaron
y sin duda lograron los complotados, fue el mismo objetivo que a los terroristas
los define como tales: sembrar el terror, a través de la matanza indiscriminada
de inocentes, para hacerse del poder”. Cuando en setiembre la Flota de Mar
bombardeó depósitos de gas en Mar del Plata y anunció que haría lo mismo
con el centro de Buenos Aires, la voluntad de lucha de Perón estaba quebrada
y pese a su inferioridad militar los golpistas tomaron el poder.
La proclama:
Al año siguiente, los generales Juan José Valle y Raúl Tanco encabezaron un alzamiento peronista. Su propósito era “restablecer la soberanía popular y el estado de derecho” y convocar a elecciones generales en no más de seis meses, con plenas garantías para todos los partidos. Denunciaron la entronización en el poder de minorías antinacionales que enajenaron el patrimonio del país y traficaron con el hambre y el dolor de los trabajadores; la sustitución de la Constitución y las leyes por el derecho de la revolución, con la creación de tribunales y comisiones especiales; el confinamiento en campos de concentración, la discriminación entre réprobos y elegidos, la privación de empleos a miles de ciudadanos; el decreto totalitario que prohibió el uso de palabras, fechas, símbolos, fotografías. Los militares peronistas consideraron lógico el resentimiento y la desconfianza del pueblo hacia las Fuerzas Armadas, por el uso de oficiales en funciones civiles para romper huelgas, y señalaron que ésa era la semilla más criminal que podía haberse sembrado para dividir y anarquizar a la Nación. Describieron el quebrantamiento de la industria nacional, la elevación de precios en detrimento de los salarios, la creación de desocupados para que los obreros se sometieran al capitalismo por hambre y mediante la destrucción de la organización sindical, que consideraban base de la paz social y del progreso.
Operación Masacre:
El 16 de junio, Valle fue el
general que recibió la rendición de los rebeldes en el ministerio de Marina.
Aunque la vida de todos ellos fue respetada, no se lo perdonaron. Su ingenua
rebelión de 1956 fue alentada desde el poder, que tenía toda la información
necesaria para evitarla. Valle, el coronel Oscar Cogorno y otros treinta
y un civiles y militares fueron fusilados en virtud de una ley marcial dictada
después de su detención. Este fue el hecho que le cambió la vida al escritor
de cuentos policiales y jugador de ajedrez Rodolfo J. Walsh, quien publicó
en pasquines de mala muerte la obra maestra del periodismo de investigación
y una de las joyas máximas de la literatura argentina del siglo pasado,
Operación Masacre. En sucesivas ediciones su entendimiento se enriqueció.
En 1964, en el Epílogo a la segunda edición escribió: “Los muertos bien
muertos, y los asesinos probados, pero sueltos”. Comunicaba haber “perdido
algunas ilusiones, la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia,
en todas esas palabras”. En la tercera, de 1969, agregó que “la clase que
esos gobiernos representan se solidariza con aquel asesinato, lo acepta
como hechura suya y no lo castiga simplemente porque no está dispuesta a
castigarse a sí misma”. Concluía con un retrato de “la oligarquía, dominante
frente a los argentinos y dominada frente al extranjero. Que esa clase esté
temperamentalmente inclinada al asesinato, es una connotación importante
que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella.
No para duplicar sus hazañas, sino para no dejarse conmover por las sagradas
ideas, los sagrados principios y, en general, las bellas almas de los verdugos”.
En la misma línea, el trabajo inédito de Patiño Mayer concluye: “Sirva este
recuerdo, para los que siguen sosteniendo maliciosamente que la violencia
política se inició en la Argentina en la década de los setenta y fue obra
de la conspiración marxista internacional. Los terroristas que sembraron
bombas, fusilaron, secuestraron cadáveres y proscribieron a las mayorías
populares, no podían recoger otra cosa que las tempestades que sobrevinieron”.
Soberanía nacional:
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Comienza la resistencia![]() ![]() 1955. Capítulo del largometraje "Perón, sinfonía del sentimiento", de Leonardo Favio. Tomas y comentarios del levantamiento del general Valle. El 9 de junio de 1956, bajo la dirección del general Valle se produjo un levantamiento contra los "libertadores" con el objetivo de reinstaurar el orden constitucional y la vigencia de las instituciones. El movimiento tuvo escasas adhesiones, los servicios de inteligencia conocían que el mismo se estaba gestando, pero desde los altos estratos gubernamentales prefirieron esperar, y luego desatar la represión. Tal vez haya sido el único caso, en que las medidas punitivas superaron en víctimas a las que produjeron el escaso combate del intento insurreccional. Entre las fuerzas de represión hubo tres bajas, las ejecuciones de los días posteriores efectuadas entre el 10 y el 12 de junio produjeron 27 muertes. El intento no convocó a más de quinientas personas entre ellas a varios civiles, con cuatro focos rebeldes pero donde sólo se combatió en la ciudad de La Plata. No obstante, fueron asesinados los principales jefes, pero la ceguera revanchista también terminó con la vida de suboficiales y civiles. Así es como fueron ejecutados un cabo y un sargento músicos, otro sargento carpintero y hasta un subteniente de reserva. En Lanus luego del intento de copar una comisaría fueron fusilados el 10 de junio, cuatro civiles junto al teniente coronel José Irigoyen y un capitán. Un grupo de trabajadores que estaba reunido en una casa particular escuchando una pelea de boxeo, fueron detenidos y se los condujo a una comisaría de la localidad de San Martín. En la madrugada del día 10 fueron asesinados en los basurales de José León Suárez, algunos como Julio Troxler lograron escapar, pero cinco de ellos perdieron su vida, se trataba de Carlos Alberto Lizaso, Nicolás Carranza, Francisco Garibotti, Mario Brion y Vicente Rodríguez. El Jefe de la policía de Buenos Aires, teniente coronel Desiderio Fernández Suárez fue el responsable directo de estos asesinatos. Estas muertes se justificaron bajo la excusa de la Ley Marcial decretada por el gobierno, no obstante las víctimas fueron detenidas antes de conocerse el decreto que la instauraba, por lo que se le aplicó con retroactividad. Estas drásticas medidas fueron un claro ejemplo de terrorismo de estado, infringiendo la Constitución Nacional que suprimió la pena de muerte por motivos políticos, pero también desconocieron, llegado el momento, sus propios decretos. El general Valle detenido en la cárcel de la calle Las Heras, poco antes de su ejecución escribió una carta a Aramburu donde le decía: "Nuestro levantamiento es una expresión más de la indignación incontenible de la inmensa mayoría del pueblo argentino esclavizado" Fuente: ARCOIRIS TV, duración: 15,44 min Cortesía de Roberto Di Chiara Elige una opción de descarga: |
Al fallar en la causa en la
que el CELS atacó las leyes de punto final y de obediencia debida, cinco
de los nueve jueces de la Corte Suprema de Justicia (Enrique Petracchi,
Juan Carlos Maqueda, Raúl Zaffaroni, Ricardo Lorenzetti y Elena Highton)
coincidieron en que carece de efecto cualquier acto fundado en ellas “que
pueda oponerse al avance de los procesos que se instruyan, o al juzgamiento
y eventual condena de los responsables por crímenes de lesa humanidad.”
Todos ellos más Antonio Boggiano y Carmen Argibay dijeron que esas leyes
eran inconstitucionales. Los votos de Boggiano, Maqueda, Zaffaroni, Lorenzetti
y Highton fundamentan la decisión en el ejercicio de la soberanía nacional.
Como la Argentina no ha juzgado a los responsables de los crímenes de la
dictadura, lo están haciendo otros países que invocan la jurisdicción universal,
que forma parte de nuestra Constitución desde 1853. El hecho nuevo, escribió
Zaffaroni, es que por delitos cometidos en el territorio nacional ahora
hay argentinos detenidos, procesados y juzgados por otros estados o cuya
extradición es requerida, “en razón de que la República no ha ejercido la
jurisdicción, o sea, no ha ejercido su soberanía”. Admitir esto abriría
un estado de sospecha sobre todos los ciudadanos argentinos y degradaría
a la Nación Argentina “a un ente estatal imperfecto” y disminuido ante el
resto del mundo. Lorenzetti agrega que “la dignidad de la República en la
comunidad internacional”, exige que reafirme la voluntad de “ejercer su
jurisdicción y su soberanía”. Highton y Maqueda aducen que “si no se ejerce
la jurisdicción en función del principio territorial, entra a operar el
principio universal y se pone en juego la soberanía de la República Argentina”.
Boggiano dice que estos delitos podrían ser juzgados fuera de la Argentina,
“con el consiguiente menoscabo de la soberanía jurisdiccional de nuestro
país”. Los fundamentos de la sentencia son igualmente válidos para que la
Corte resuelva la causa en la que Suárez Mason invocó el indulto para eludir
su extradición a Alemania, ideal para que Zaffaroni, Highton, Lorenzetti,
Boggiano y Maqueda reiteren sus razonamientos soberanísticos.
El siglo de las sombras:
Tales argumentos (y la condena a 640 años de cárcel impuesta en España a
Adolfo Scilingo), contribuyen a explicar la resignada calma con que esta
resolución fue recibida en el Ejército y la Armada: todos prefieren ser
juzgados en la Patria. Coinciden así con las víctimas, que sólo recurrieron
a otras jurisdicciones cuando se les cerró el acceso a los tribunales argentinos.
Es útil imaginar cómo afectará esto a las Fuerzas Armadas. La experiencia
de un siglo indica que los militares golpistas no son muchos, sino los mismos.
Cuarenta años antes de expulsar a Yrigoyen de la presidencia en 1930, Von
Pepe Uriburu fue subteniente del Parque en el alzamiento de 1890 del que
nació la UCR. A principios de la década de 1940 un general y dos coroneles
intentaron sin fortuna tomar el poder. Dos de ellos, Benjamín Menéndez y
Eduardo Lonardi, reaparecieron en alzamientos contra Perón de la década
de 1950. El tercero, Fortunato Giovanoni, intentó derrocar a Frondizi. El
mayor Juan Francisco El Tú Guevara propuso el santo y seña “Dios es Justo”
para el golpe de 1955 y fue uno de los hombres fuertes en el primer tramo
de la dictadura de Onganía en 1966. Perón, con muchos de sus camaradas del
GOU, intervino en los golpes de 1930 y de 1943. Los oficiales que acompañaron
a Menéndez en 1951 protagonizaron todos los golpes del cuarto de siglo siguiente.
Lanusse participó en el derrocamiento de Lonardi dieciséis años antes de
abrirse paso a los empujones hacia la presidencia. Massera, Oscar Montes,
Eduardo Invierno, Horacio P. Estrada, Carlos Carpintero y Carlos Corti actuaron
en el bombardeo a la Ciudad Abierta de Buenos Aires el 16 de junio de 1955.
Dos décadas más tarde fueron comandante en jefe de la Armada, ministro de
Relaciones Exteriores, jefe de inteligencia naval, director de la ESMA y,
los dos últimos, responsables de propaganda durante la última dictadura.
Ramón Camps leyó la proclama contra Illia en 1966, diez años antes de asumir
el feudo policial de la provincia de Buenos Aires. Leopoldo Galtieri fue
uno de los mayores que empuñaron las armas en 1962 en contra del presidente
provisional José María Guido. Benito Bignone redactó la proclama golpista
de 1976, seis años antes de convertirse en el último dictador. A lo largo
de un siglo esa cultura corporativa se transmitió de generación en generación
uniformada.
También es cierto que nunca
un golpe fue sólo militar, que todos tuvieron un fuerte componente civil
y raíces en sectores significativos de la sociedad (ya sea la Iglesia, la
burguesía, la clase media o los sindicatos vandoristas) y alguna forma de
inserción internacional, ya sea por negocios o estrategia. De ahí la enorme
importancia de los veintidós años seguidos sin el uso de las armas para
dirimir el poder. En 1987, la crisis se desató cuando los jueces comenzaron
a citar a oficiales en actividad. Los carapintada de Aldo Rico eran entonces
tenientes coroneles al frente de regimientos. Hoy todos los oficiales con
mando de tropa (de teniente coronel para abajo, y equivalentes en la Armada)
egresaron de las escuelas de formación después de la finalización de la
dictadura. Apenas los 35 generales y el tramo superior de los coroneles
actuales (de 150 a 250) estuvieron en actividad, aunque con rangos bajos,
entre 1976 y 1983. El oficial más antiguo del Ejército, Roberto Bendini,
era teniente al producirse el golpe. Por un lado eso ha cortado la transmisión
intergeneracional de aquella cultura golpista desdeñosa de la institucionalidad
y de los derechos humanos. Por otro, delimita el reducido universo de quienes
podrían ser citados a declarar ante la justicia, casi todos como testigos
y unos pocos como imputados.
Tampoco es de prever una avalancha de nuevas causas y detenciones. Desde
que el juez Gabriel Cavallo anuló las leyes y la Cámara Federal lo confirmó,
las grandes causas de esta jurisdicción ya se reabrieron. Lo imposible hasta
esta semana era elevarlas a la etapa de juicio y sentencia, pero la investigación
no se detuvo. En total hay 45 causas abiertas en todo el país y 154 detenidos,
sobre 271 militares y policías que fueron denunciados. Sólo cinco estaban
en actividad al momento de su detención. Contra el resto no había pruebas
o murieron. Este número incluye a un alto porcentaje de quienes fueron los
jefes máximos de la represión (por ejemplo Videla, Suárez Mason, Bignone,
Díaz Bessone, Harguindeguy, Menéndez, Montes, Riveros, Nicolaides, Suárez
Nelson, Villareal, Vañek, Etchecolatz, Guañabens, que rondan los 80 años).
La mayoría del medio centenar que murió y de la media docena de incapaces
también estaban entre los más altos jefes de entonces (como Galtieri, Massera,
Viola o Lambruschini). Una estimación razonable es que puedan ser indagados
unos 400 más y es baja la probabilidad de que aparezcan pruebas que no se
hayan conocido antes y que involucren a otros no identificados hasta ahora.
Contar la verdad:
Algunos cambios interesantes
se observan en la actitud de quienes deben responder ante la justicia. El
ex capitán de la ESMA Antonio Pernías reveló una negociación del ex presidente
Raúl Alfonsín con la Armada, para que en 1987 sólo fueran detenidos “aquellos
que hubiesen sido reconocidos por el enemigo”. El general Santiago Riveros
ofreció a la justicia detalles sobre las órdenes que recibió e impartió
durante la guerra sucia y acerca del funcionamiento de cinco niveles distintos
de campos clandestinos de concentración, que dependían de las jefaturas
de área, de brigada, de división, de Cuerpo y de Ejército. Su defensor,
Florencio Varela, quien también asiste a otra docena de generales detenidos,
les aconsejó que modifiquen la táctica de la negación y el silencio seguida
hasta ahora y cuenten la verdad. Varela sostiene que como unos viejos reglamentos
aprobados por el Ejército entre 1968 y 1976 ordenaban aniquilar al enemigo,
sus generales actuaron dentro de la legalidad. Casi todos esos reglamentos,
inspirados en uno del Ejército de los Estados Unidos, forman parte de la
causa en la que hace veinte años fueron condenados Videla, Massera & Cía.
Pero también hay uno más antiguo, firmado por Lanusse, que en un anexo a
máquina sobre los medios ocultos de acción psicológica contempla la “compulsión
física, torturas, 3er grado”; “terrorismo, desmanes, sabotaje”; y la “compulsión
síquica” que incluye desde chantajes hasta secuestros y pornografía (sic).
Según Varela, es absurdo que el mismo Estado que instruyó a sus militares
con esos reglamentos y órdenes, ahora los castigue por aplicarlos. Esto
conduce “a la no aceptación de la responsabilidad global por lo actuado
en la guerra contra el terrorismo, personificada en el Estado.” Varela complementa
esta reflexión sobre el Terrorismo de Estado con una crítica al documento
final de la última Junta Militar en el que se afirmó que los desaparecidos
estaban exiliados o en la clandestinidad y usaban documentos falsos que
impedía identificarlos cuando morían. “¿Cuántos pueden ser? Cien, doscientos,
mil. ¿Y el resto?” A juicio de Varela, compete a quienes ocuparon las más
altas jerarquías revelar que “se ejecutaron aproximadamente a siete mil
terroristas, en base a la prueba proveniente del aparato de inteligencia,
que cuando hubo dudas se los puso a disposición del Poder Ejecutivo, y que
esto fue decidido en los Estados mayores de las Fuerzas y quien coordinó
esta información fue el Ministro del Interior”. Reconoce que “la verdad
histórica nos trasciende; de lo contrario va a quedar marcado que en los
años ‘70 hubo un grupo de forajidos que se dedicaron a matar a jóvenes idealistas
inocentes cuando lo cierto es que acá se mataron o ejecutaron a siete mil
terroristas”. Este giro no es aceptado por otros letrados, que acusaron
a Varela de interferir con sus defensas e insisten en seguir negando. “Es
un error, porque los hechos realmente existieron, los desaparecidos son
una realidad, tienen una identidad, no es que estén en el aire.”
Es dudoso que los jueces vayan a coincidir con Varela. Ya en 1985, la Cámara
Federal se refirió a “la agresión terrorista” y “a la percepción militar
del fenómeno como guerra revolucionaria”, pero descartó como “una pretensión
extravagante” que eso pudiera excusar crímenes como la tortura de prisioneros
y su desaparición forzosa. “La obediencia es importantísima, pero no más
que la juridicidad”, dijo la sentencia. En el fallo de esta semana la Corte
Suprema sostiene que ninguna disposición del derecho interno puede oponerse
al enjuiciamiento de aquellos que la comunidad internacional considera crímenes
contra la humanidad. También en Alemania hubo reglamentos y órdenes perfectamente
legales, que no sirvieron para exculpar a quienes los aplicaron. Así lo
declaró hace cuatro décadas la Asamblea de las Naciones Unidas al establecer
los Principios de Nuremberg y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en
2001. El fallo de la Corte Suprema se refiere al último caso, el de los
guardias que dispararon sobre los berlineses que querían cruzar el muro.
Uno dijo en su defensa que “era parte de un sistema militar sujeto a una
absoluta disciplina y obediencia jerárquica y que había sido objeto de un
previo e intenso adoctrinamiento político”. El Tribunal Europeo invocó para
rechazar ese argumento el que violaran “principios básicos de derechos humanos
internacionalmente reconocidos”. Después de las leyes y decretos de impunidad,
Emilio Mignone concibió los juicios por la verdad como rodeo para reiniciar
el camino hacia la justicia. Los cambios de posición de Pernías y Varela
indican que la inconstitucionalidad de esas normas permitirá recorrer ahora
el camino inverso, desde la justicia hacia la verdad.
Fuente: Página/12, 19/06/06
LA
UCR JUSTIFICÓ EL BOMBARDEO Y LAS MUERTES
Documento de la Unión Cívica Radical
LA UNIÓN CIVICA RADICAL Y EL 16
DE JUNIO
LOS HECHOS
Al promediar el 16 de junio
de 1955, aviones navales y militares bombardearon la Casa de Gobierno y
otros edificios de la Capital de la República. Efectivos de la
Infantería de Marina se trabaron en lucha con las fuerzas del Ejército y
se irradió una proclama revolucionaria.
Cientos de civiles, que habían sido atraídos al teatro de los sucesos
por una convocatoria oficial, fueron muertos o heridos.
Al caer la tarde, el Presidente de la República dirigió un mensaje
radiofónico que daba por finalizada la lucha, anunciaba la rendición de
los jefes del movimiento y hacía recaer la responsabilidad de lo
sucedido en la Marina de Guerra.
Al mismo tiempo muchas iglesias céntricas y la Curia eran asaltadas e
incendiadas y numerosos comercios saqueados por grupos oficialistas que
actuaron con la evidente tolerancia o complicidad de las fuerzas que
debieron reprimirlos.
Los aviadores que bombardearon la ciudad se refugiaron en Uruguay, los
ocupantes del Ministerio de Marina fueron detenidos y se declaró el
estado de sitio en todo el país, en el que regía y sigue rigiendo
todavía el "estado de guerra interno".
Diputados nacionales y provinciales, concejales, autoridades
partidarias, dirigentes y afiliados de partidos políticos de la
oposición, periodistas, religiosos, fueron encarcelados e incomunicados.
Locales políticos y no políticos, imprentas, periódicos, fueron
allanados y clausurados.
Pasados los sucesos pero vivas aún sus consecuencias, el país, que sigue
padeciendo la incomunicación en que lo ha sumido el Régimen, se pregunta
cómo y por qué han ocurrido.
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La UNIÓN CIVICA RADICAL debe decir su palabra, pero es necesario
previamente referirse a la explicación oficial.
LA EXPLICACION DEL GOBIERNO: UNA TRAGICA AVENTURA
El gobierno dio sucesivas
explicaciones por su único vocero.
En su primer mensaje, el Presidente de la República, después de decir
que "la Marina de Guerra es la culpable de la cantidad de muertos y
heridos que hoy debemos lamentar los argentinos" insistió repetidamente
en que "los que tiraron contra el pueblo son traidores y son cobardes".
Al día siguiente, en otro mensaje radial, expresó que "el móvil del
movimiento indica una irresponsabilidad que nosotros criticamos
acerbamente" y atribuyó a "elementos comunistas" los desmanes con la
misma seriedad que pocos días antes inculpó de hechos análogos a
"elementos clericales".
El jueves 23 de junio, denominó a la revolución "trágica aventura" de
"algunos jefes de la Armada pertenecientes a la Infantería de Marina con
la complicidad de otros de la Aviación Naval, contando con la incuria
del Ministerio de Marina y la debilidad o deslealtad de otros comandos".
Sostuvo luego que era "producto de un odio enfermizo, de una ambición
espúrea y de una inconsciencia criminal", obra de "cuatro chiquilines
irresponsables e inconscientes, dirigidos por ambiciosos también
irresponsables", "hombres subalternos poco menos que ignorantes y
torpes, incapaces de ganarse siquiera nuestro respeto".
Añadió que "en esta acción todo ha sido sucio y todo ha sido falso".
Con una gama de calificativos que va desde cobardes y traidores hasta
chiquilines, irresponsables y ambiciosos, la explicación oficial
pretende de este modo inculpar a marinos y aviadores que han expuesto su
vida, su carrera, su tranquilidad y la de sus familias para asumir la
responsabilidad de terminar con un gobierno de fuerza.
EL RÉGIMEN GOBERNANTE ES EL RESPONSABLE
La UNIÓN CIVICA RADICAL
afirma que la revolución del 16 de junio es producto del Régimen.
Mientras no cese el sistema totalitario que lo caracteriza, subsistirán
las causas del estallido. Sólo se evitarán con la libertad.
Las explicaciones oficiales son incompletas y falsas.
Incompletas porque intentan circunscribir el problema a los hechos en sí
sin remontar a sus orígenes.
Son falsas porque callan calculadamente las auténticas causas que están
obrando hace tiempo en la conciencia argentina y la llevan a repudiar la
agresión permanente del Régimen contra los fundamentos morales y
democráticos de la República. Muchas son las causas del 16 de junio.
La fundamental es la supresión de las libertades.
La finalidad capital de tal supresión es impedir las reacciones
populares ante la corrupción y la crisis económica originada por la
política oficial y contra el intento de consumar la entrega del
patrimonio y de la soberanía de la Nación.
La corrupción que aqueja a la Republica, peculado, espionaje y delación,
encarcelamientos discrecionales, torturas, supresión de las libertades,
la degradación de la escuela y de la Universidad puestas al servicio de
los fines subalternos del Régimen, el sometimiento de la vida sindical,
convertida en instrumento de opresión de los trabajadores, son algunas
de las manifestaciones del sistema que esta empobreciendo las reservas
materiales y espirituales de nuestra nación y constituyen otros tantos
motivos de explosión de las fuerzas morales que, no hallando los caminos
de la paz para las soluciones armónicas, apelan, desesperadas, a la
violencia.
QUE PRETENDE AHORA EL RÉGIMEN
Calientes aún sus victimas, el Régimen lanza un llamado a la
pacificación del país. Como en 1953, cuando bandas oficialistas
organizadas incendiaron las sedes de los partidos que no le son adictos,
el Régimen apela a otra especie de "conciliación nacional".
Como entonces, lo exige todo pero persiste en su tiranía.
Nuevamente hace caer la responsabilidad en los despojados.
Es a los argentinos obligados a escoger entre la sumisión bien
remunerada o la pobreza, entre la obsecuencia o la persecución, entre el
silencio cómplice o la cárcel, a quienes el régimen exhorta ahora a
deponer enconos.
Esta pacificación que propone deja intactas todas las causas del
malestar nacional, porque su finalidad no es abrir una etapa de
recuperación y trabajo, sino encubrir con el silencio de todos los
argentinos, la entrega espiritual y material del país.
Esta pacificación, como aquella conciliación, son otras tantas
desfiguraciones del Régimen que quiere usar en su provecho la sangre
derramada en las calles de Buenos Aires.
El Radicalismo y el país quieren que la sangre argentina sirva, como en
horas gloriosas, a la causa de la democracia y de la libertad.
NO HABRÁ PACIFICACIÓN SIN PREVIA REPARACIÓN
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El Radicalismo quiere la
pacificación del país pero no esta dispuesto a pagar como precio de ella
la supresión de las libertades ni la renuncia a los postulados populares
y nacionales que siempre ha defendido. No puede aceptar la pacificación
para el sometimiento.
Es indispensable restablecer la democracia en la República Argentina,
restaurar la vida moral en sus instituciones, restituir la justicia,
destruir el aparato policiaco legal de represión e intimidación que
coarta toda actividad y ofrecer a todos en clima de dignidad y libertad,
las mismas posibilidades de expresión y discusión.
Solo quien resulte gobernante en tal vigencia democrática tendrá títulos
para exigir serenidad y cordura, respeto y ecuanimidad; solo así se
podrá evitar que un pueblo al que se le impide expresar su voluntad,
tome el camino de la violencia.
El Radicalismo ha utilizado las vías pacificas y las consultas
electorales, pero no puede dar fe a las promesas de un Régimen que no da
libertad ni antes del comicio ni durante él y que no respeta las
decisiones electorales, lo revelan las intervenciones a las comunas de
Buenos Aires y Córdoba que la UNIÓN CIVICA RADICAL obtuvo por la
voluntad popular.
Tampoco puede dar fe a un Régimen que aplica sistemas electorales
tramposos.
Baste como ejemplo, recordar que en la Capital de la Republica 800.000
votos oficialistas llevaron al Congreso 14 diputados y 600.000 radicales
sólo uno.
Si no se remueven las causas reales del malestar popular, si no se
reparan los agravios a la dignidad del país, el Régimen seguirá llenando
de palabras vanas el aire de la Patria pero dejará en pie todas las
causas promotoras de la violencia y de la exasperación.
Si se crean, en cambio, las condiciones de moral y libertad, de
democracia y justicia que la conciencia argentina reclama, todo el país
podrá intervenir en la construcción nacional.
Las fuerzas armadas, los sindicatos y los partidos políticos hallaran
entonces el cauce de su autentica realización.
Las instituciones armadas no deben intervenir en política pero tampoco
poner su fuerza al servicio de un gobierno que suprime las libertades y
entrega la soberanía del país.
Las organizaciones sindicales, a su vez, solo en un Régimen de libertad
podran encontrar la solución de sus problemas y gravitar efectivamente,
no artificialmente, en el desarrollo político y social argentino, pues
bajo un régimen de dictadura dependen en forma absoluta de los jerarcas
sindicales que trafican con los intereses y las necesidades de los
trabajadores.
Estas condiciones permitirán, finalmente, que los partidos políticos
desarrollen la plenitud de sus posibilidades y puedan aportar soluciones
a los múltiples problemas de la vida argentina, problemas que ya no
estarán librados al capricho y al arbitrio de una voluntad personal o de
un grupo que no reconoce otra limitaciones que su sed insaciable de
dominación y de provecho.
Solo así podrá todo el pueblo participar en la común tarea, sin
imposiciones, humillaciones ni claudicaciones.
El libre juego de la voluntad creadora de los argentinos volverá a
encaminar al país por la senda de la paz, el progreso y el bienestar de
todos.
No es posible seguir como ahora, volver a la situación anterior al 4 de
junio de 1943; es preciso vivir con autenticidad republicana.
LA CONDUCTA RADICAL
En consecuencia a la expuesto, la Mesa Directiva del Comité Nacional de
la UNIÓN CIVICA RADICAL,
DECLARA
La responsabilidad de los trágicos sucesos del 16 de junio de 1955 es
enteramente del gobierno.
El Radicalismo reitera su solidaridad con cuantos sufren cárcel,
persecución o destierro por defender las libertades argentinas.
La UNIÓN CIVICA RADICAL continúa su lucha por el restablecimiento de la
moral y la democracia en la vida de la República.
BUENOS AIRES, JUNIO 29 DE 1955
UNIÓN CIVICA RADICAL
Comité Nacional
Federico F. Monjardín, secretario - Arturo Frondizi, presidente

Bombas
sobre Plaza de Mayo
Por Roberto Bardini
En la mañana del 16 de junio de 1955, efectivos de la marina de guerra y
"comandos civiles" intentan sin éxito copar la Casa Rosada y tomar prisionero
al presidente Juan Perón. El mandatario busca refugio en el edificio del
ministerio de Guerra y se dispone a sofocar la rebelión. A mediodía, aviones
Gloster Meteor de la Armada bombardean y ametrallan la sede del gobierno
y la Plaza de Mayo. Una de las primeras bombas estalla en el techo de la
Casa Rosada. Otra, le pega a un trolebús lleno de pasajeros y mueren todos.
Los aviadores subversivos lanzan nueve toneladas y media de explosivos.
Hay 350 muertos y 2 mil heridos. Setenta y nueve personas quedan lisiadas
en forma permanente. Los agresores huyen hacia Uruguay, donde solicitan
asilo político.
Al día siguiente, el diario Clarín –que no se caracteriza por sus simpatías
peronistas– escribe: "Las palabras no alcanzan a traducir en su exacta medida
el dolor y la indignación que ha provocado en el ánimo del pueblo la criminal
agresión perpetrada por los aviadores sediciosos que ayer bombardearon y
ametrallaron la ciudad".
Fue la segunda vez en toda la historia argentina que la ciudad de Buenos
Aires era bombardeada. La primera ocurrió a principios del siglo diecinueve,
durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807. En esta ocasión, a mediados
del siglo veinte, no existía un estado de guerra, quienes atacaron por sorpresa
vestían uniformes militares argentinos y las víctimas fueron civiles desarmados,
también argentinos.
El ataque a traición de los aviadores navales subversivos produce un terrible
impacto emotivo en la población. Durante meses no se habla de otra cosa
en los hogares de todo el país. En "Dossier Secreto - El Mito de la Guerra
Sucia", el periodista norteamericano Martin Andersen cita el informe de
un analista de la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires, quien describe
este estupor generalizado en un mensaje enviado a Washington a las tres
semanas del sangriento acontecimiento:
"Este tipo de hecho es enteramente ajeno a la historia de la Argentina moderna (...). El bombardeo del 16 de junio de 1955 explotó con una fuerza cataclísmica, por tanto, sobre una población civil condicionada por un siglo de paz y que tenía la confirmada creencia de que semejantes cosas no ocurrían en la Argentina. Se detecta en la gente no sólo el sentimiento de escándalo, sino de vergüenza de que semejante matanza de civiles inocentes pudiera haber ocurrido en el corazón de Buenos Aires".
Perón no quería enfrentamiento entre las fuerzas armadas y, mucho menos,
entre militares y trabajadores. Aquel 16 de junio de 1955, después del primer
bombardeo a la Casa de Gobierno, el general le ordenó a un mayor del ejército
que fuera a hablar con el secretario general de la CGT:
– Ni un solo obrero debe ir a la Plaza de Mayo –le dijo al oficial. Y refiriéndose
a los aviadores navales, agregó: –Estos asesinos no vacilarán en tirar contra
ellos. Ésta es una cosa de soldados. Yo no quiero sobrevivir sobre una montaña
de cadáveres de trabajadores.
El relato de este hecho tiene una dimensión mayor porque su autor es Pedro
Santos Martínez, un historiador insospechado de simpatías peronistas (citado
en "1"6-1955 - La Nueva Argentina", La Bastilla, Buenos Aires, 1988).
Los obreros salieron a la calle igual, al grito de "¡Perón, Perón!" Muchos
fueron masacrados desde el aire o al quedar atrapados entre dos fuegos.
Sus cadáveres permanecieron dispersos en la Plaza de Mayo, mientras tropas
leales y rebeldes se tiroteaban en el triángulo formado por la Secretaría
de Marina, la de Ejército y la Casa Rosada.
Martínez describe otro episodio que da una idea de las convicciones morales
de los golpistas. Por la tarde, los subversivos atrincherados en la Secretaría
de Marina desplegaron una bandera blanca que, de acuerdo a las reglas militares,
sólo podía significar dos cosas: diálogo o rendición. El general peronista
Juan José Valle y otros oficiales leales se dirigieron al lugar para parlamentar,
con instrucciones de ser tolerantes con los rebeldes. Cuando la comisión
se acercó al edificio, la bandera blanca fue arriada y una ametralladora
los recibió con ráfagas de plomo.
Perón narra en su libro "Del Poder al Exilio", citado por Martínez, que
cuando una multitud enardecida se concentró con garrotes frente a la Secretaría
de Marina, el almirante golpista que estaba al mando envió un "dramático"
mensaje al jefe del ejército: "Intervenga. Mande hombres. Nos rendimos,
pero evite que la muchedumbre armada y enfurecida penetre en el edificio".
Ese mismo día, después de recuperar el edificio, el general Valle le dijo
a Perón:
– Mi general, este ejército no le va a servir para la revolución popular.
Arme a la CGT.
El militar ignoraba que con esas palabras firmaba su propia sentencia de muerte. El ejército nunca le perdonaría su lealtad a Perón.
En la noche, como reacción popular a los bombardeos, fueron saqueadas e incendiadas la Catedral Metropolitana y las iglesias de Santo Domingo, San Francisco, San Ignacio, San Miguel, La Merced, del Socorro, San Nicolás de Bari, San Juan Bautista, la capilla San Roque y templos de Olivos y Vicente López. Poco después, trascendió que el Papa Pío XII ha excomulgado al general Perón.
Cristo
vence"Porque esta no ha
sido una revolución, sino una liberación, porque esta ha sido una
cruzada, no un cuartelazo, porque ha sido un movimiento de hombres
libres y no de mercenarios de una ambición; la insignia nos
recordaba a la Cruz que dio a Constantino la victoria, y con la
victoria, la paz a los cristianos. Esta misma Cruz fue la que inició
la Europa Occidental; la misma Cruz que civilizó a los bárbaros, la
misma Cruz que trajo España a América, la misma Cruz que dio a
nuestros tiempos y a los tiempos viejos cuanto tienen de hidalguía,
de virilidad, de reciedumbre, de fortaleza y de rectitud. |
(Nota al pasar: curiosamente, Pío XII siempre se negó a tomar idéntica medida
con Benito Mussolini y Adolfo Hitler. Según algunos historiadores, el Papa
le debía a Mussolini el reconocimiento del Vaticano como un Estado soberano
de dos kilómetros cuadrados de superficie, con inmunidad diplomática y exención
de impuestos. Investigaciones periodísticas de postguerra evidenciaron,
asimismo, que el Vaticano organizó –a cambio de ciertas compensaciones económicas–
una muy eficaz red de escape de los nazis hacia Estados Unidos y América
del Sur).
Durante años, los antiperonistas repetirán que los incendiarios de los templos
contaban con la complicidad de policías y bomberos. Y los historiadores
oficiales pondrán más énfasis en la quema de las iglesias que en la masacre
de civiles perpetrada horas antes por la aviación naval. Años después, muchos
jóvenes repetirán lo que escucharon de chicos en sus casas. Desconocerán
que antes los antiperonistas habían matado, herido o mutilado a más de 2
mil personas.
El 6 de julio de 1955, Buenos Aires amanece con nieve por primera vez en
muchos años. Algunos agoreros se empeñan en interpretar la novedad como
una señal de que vendrán tiempos difíciles. Los acontecimientos posteriores
confirmarán las sombrías predicciones.
Luego del bombardeo de la aviación naval a la Plaza de Mayo, Perón no sólo
no toma revancha –contrariando el sentimiento de sus propios seguidores–
sino que busca la pacificación interna. En julio, levanta el estado de sitio,
deja en libertad a varios detenidos políticos y elimina algunas restricciones
políticas. El 31 permite utilizar la radio, el principal medio de comunicación
de la época, a dirigentes opositores.
Perón ofrece renunciar a la jefatura del movimiento peronista y mantener
sólo el cargo de presidente de la nación. En búsqueda de la reconciliación,
el general cambia a integrantes de su gabinete, sustituye al jefe de policía
y se desprende de Raúl Apold, su jefe de propaganda. Al mismo tiempo, designa
a Cooke como interventor del partido en la Capital Federal.
Sin embargo, la situación ha llegado a un punto sin retorno. Conservadores,
radicales, comunistas y socialistas exigen la renuncia del presidente. El
Ejército, la Marina y la Aeronáutica conspiran abiertamente y los "comandos
civiles" se organizan.
El 31 de agosto, Perón ofrece su dimisión. Una concentración en Plaza de
Mayo, organizada por la CGT, lo obliga a retirarla. En ese mismo acto, el
general cambia su tono de voz y rectifica el rumbo: "Por cada uno de los
nuestros que caiga, caerán cinco de ellos", promete a la muchedumbre. (Dos
décadas más tarde, miles de muchachos peronistas corearán: "¡Cinco por uno
/ no va a quedar ninguno!").
En su libro "1"5", el historiador Félix Luna sostiene: "La oratoria de Perón
era fresca, original, feliz en sus ocurrencias y hasta en sus ocasionales
chabacanerías. Expresaban una personalidad arrolladora, sanamente agresiva,
nutrida de una sabiduría suburbana que su auditorio comprendía inmediatamente.
Los discursos de 1955, en cambio, fueron ululantes convocatorias al odio".

El
bombardeo a Plaza de Mayo
Los secretos del día más sangriento del siglo XX
Hoy se cumplen 50 años del jueves plomizo y frío en que 34 aviones, en su
mayor parte de la Marina, bombardearon Plaza de Mayo para matar a Perón
pero, también, a quienes estuvieran allí entre las 12.40 y las 17.50. Se
estima que hubo 364 muertos y más de 800 heridos. Clarín revela documentos
secretos sobre los hechos, los personajes -entre los cuales se destaca Massera-
y las consecuencias del juicio militar a los responsables de esa tragedia.
Y testimonios de los protagonistas.
Por María Seoane
Fue el día más sangriento de
la historia argentina contemporánea: el destello mortal de una crisis política
y económica que estallaba descarnadamente, pero que se incubaba desde lejos,
por lo menos en sus aristas más trágicas desde abril de 1955. Perón había
decidido, a pesar de la crisis económica, mantener a raja tabla el porcentaje
más alto de distribución del ingreso en toda la historia latinoamericana:
hacia mediados de 1955, la participación de los trabajadores en el PBI era
cercana al 53 por ciento. Pero en el Estado circulaba una pertinaz corrupción,
un poder cada vez mayor de la CGT que presionaba sobre los empresarios y
el Estado, una persecusión fiera a la oposición. En el frente militar, Perón
lograba hacia abril de 1955 mantener la hegemonía, no sin fracturas en Ejército
y Aeronáutica pero el 90 por ciento de la Marina era católica y antiperonista.
La preparación del golpe cívico-militar se puso en marcha ese abril por
el creciente enfrentamiento de Perón con la Iglesia. Las razones de fondo
eran económicas, pero las de superficie fueron políticas: Perón era un tirano
y no era posible derrocarlo en las urnas. El 14 de abril se suspendió en
todas las escuelas la enseñanza obligatoria de religión y moral. El 20 de
mayo se suprimió por ley la exención de impuestos a los templos y organizaciones
religiosas y se llamó a una Constituyente para separar a la Iglesia del
Estado. Los católicos de todo el país se pusieron en pie de guerra. Y los
militares y civiles opositores, también.
Del expediente 26.237/55, causa
"Aníbal Olivieri y otros sobre rebelión militar" archivada en el Consejo
Supremo de las Fuerzas Armadas a la que Clarín tuvo acceso- 33 cuerpos y
unas 6000 fojas- se desprende la siguiente historia. La conspiración que
terminará con los bombardeos en Plaza de Mayo comenzó a principios de 1955,
pero recrudeció en abril de ese año. El capitán de Aeronáutica Julio César
Cáceres en su testimonio (fojas 842) admitirá que el capitán de Fragata
Francisco Manrique era el encargado de reclutar para la rebelión entre los
marinos. Que se reunían en una quinta en Bella Vista, propiedad de un tal
Laramuglia, no sólo Manrique, sino también Antonio Rivolta del Estado Mayor
General Naval; el contraalmirante Samuel Toranzo Calderón, jefe del Estado
Mayor de la Infantería de Marina y los jefes de la aviación naval en la
base de Punta Indio, los capitanes de fragata Néstor Noriega y Jorge Bassi,
así como el jefe del Batallón de Infantería de Marina B4 de Dársena Norte,
capitán de navío Juan Carlos Argerich. El jefe de los marinos sería Toranzo
Calderón. Los civiles, por su parte, sabían que sin contacto con el Ejército
cualquier sublevación fracasaría. Uno de los líderes del nacionalismo católico,
Luis María de Pablo Pardo, un hombre pequeño y miope, según las crónicas
del momento, fue el enlace de Calderón con el comandante del III Cuerpo
con sede en Paraná, el general León Bengoa, que está "con el movimiento".
Pardo también hace de enlace con los capitanes de la Base de Morón de la
Fuerza Aérea y el comandante de Aviación Agustín de la Vega.
Según la causa, al tanto de la rebelión estaban el ministro de Marina, contraalmirante
Aníbal Olivieri, el vicealmirante Benjamín Gargiulo, y los tenientes primero
de navío Emilio Eduardo Massera, secretario de Olivieri, y sus ayudantes
Horacio Mayorga y Oscar Antonio Montes, entre otros. También, los generales
Pedro Eugenio Aramburu y Bengoa. Desde los civiles, con Pardo conspiraban
en un mismo bando radicales como Miguel Angel Zabala Ortiz, conservadores
que respondían a Adolfo Vicchi, y socialistas de Américo Ghioldi, entre
otros. ¿Cuál era el plan de la sublevación si lograban matar a Perón y alzarse
con el poder? Según el testimonio del aviador Cáceres: "Se planeaba armar
una junta de gobierno en manos militares, con ministros civiles como Vicchi
y Ghioldi y Zabala Ortiz. Y que luego de consolidado el país se llamaría
a elecciones". Un plan que se repetiría en cada golpe militar del siglo.
Mientras esto ocurría en las sombras, en esa semana de abril de 1955, el
gobierno propuso pasar el día de la Bandera al 18 de octubre. Fue, para
los nacionalistas, un nuevo agravio. El momento de acelerar el golpe ocurrió
luego de la manifestación de Corpus Christi que puso en la calle a unos
200 mil católicos opositores al gobierno. La manifestación fue prohibida
por el ministro del Interior Angel Borlenghi. Esto enfureció más a los católicos.
El gobierno detectó la conspiración esa semana. Creyó ver en dos religiosos
como monseñor Manuel Tato y Ramón Novoa los vínculos entre militares y civiles
golpistas, que a esas alturas eran muy numerosos. Borlenghi decidió su arresto
y expulsión a Roma. Los líderes de la rebelión supieron que el 16 serían
detenidos igualmente. Deciden, entonces, que bajo el pretexto de un "desagravio
a la bandera" una flota de aviones sobrevuele la Catedral metropolitana.
Era la señal para el ataque contra Plaza de Mayo. Toranzo da la orden sin
saber que llegaba una comunicación de Roma: Perón había sido excomulgado
por el Vaticano.
Las crónicas abundan en detalles
de aquel ataque sangriento que comienza con la descarga de dos bombas por
parte de Noriega a las 12.40 y se sucede en tres oleadas hasta las 17.45.
Muchos aviones llevaban inscripta esta sigla: "Cristo Vence". Perón era,
a esa altura, el anticristo. Pero el movimiento fracasó: Perón logró fugar
a los subsuelos del edificio sede del Ejército, hoy Libertador, reunido
con los ministros de Guerra, Flanklin Lucero, el almirante fiel Ramón Brunet,
el jefe de la Aeronáutica, brigadier Juan Ignacio San Martín y el general
Arnaudo Sosa Molina y Juan José Valle, que negociaron la rendición de los
marinos atrincherados en el Ministerio de Marina, luego de numerosos tiroteos,
de la avalancha de camiones de la CGT con obreros armados con palos y cuchillos,
de la columna de motorizados que acompañó el asalto final al edificio de
la Marina. Unos 90 aviadores- entre los cuales estaba el teniente de navío
Carlos Alberto Massera, hermano de Eduardo Emilio- y Zabala Ortiz parten
a Uruguay, donde son asilados por el gobierno de Luis Batlle. El ministro
de Marina Olivieri, Toranzo Calderón y Gargiulo se habían entregado a los
generales Sosa Molina y a Valle. Sosa Molina, en fojas 417 a 436, cuenta
la rendición de los sublevados al tribunal:
"-Sosa Molina (a Olivieri): Traigo un mensaje del señor Presidente. No desea
más derramamiento de sangre. La causa, está perdida. Todo el país permanece
leal al Presidente.
-Toranzo Calderón: No es verdad. Esto es solamente el comienzo. En el resto
del país hay fuerzas comprometidas, como Bengoa."
Sosa Molina pidió que suspendieran los bombardeos. Toranzo dijo que eso
no dependía de él. Pero se reunieron con Olivieri y Gargiulo para ver las
condiciones de la rendición. Exigieron la renuncia de Borlenghi y que la
"turba", como definieron, se fuera a su casa. Perón cumplirá con el pedido.
Pero esa misma noche -mientras se saqueaban e incendiaban iglesias (ver
La quema...)- Perón hizo un discurso pacificador, pero firmó el decreto
9407: el Consejo Supremo de las Fuezas Armadas, presidido por el general
de división Juan Eriberto Molinuevo debía juzgar y procesar a 150 militares.
A las 23 del 16 de junio se reunió el Consejo Supremo. El tribunal comenzó
a sesionar el 17. Olivieri nombró al vicealmirante Isaac Rojas como defensor.
Toranzo Calderón, al contraalmirante Teodoro Hartung. Ese mismo día fueron
indagados Eduardo Massera, Mayorga y Montes (fojas 142 a 174). Al día siguiente,
Toranzo Calderón y Olivieri. Entre los testimonios más significativos se
encuentran también los de los leales Brunet, Sosa Molina y Valle. El testimonio
de Massera, un oficial de 29 años, revela quizá mejor que ninguno la mendacidad
de los conjurados. Massera se transformó en la pieza clave de enlace con
la ESMA, para el asalto de la infantería de marina de Dársena Norte a cargo
de Argerich sobre la Casa de Gobierno. El tribunal no le creerá una palabra.
(Ver Teniente Cero).
El testimonio de Toranzo Calderón fue del mismo tono (fojas 339 a 357).
Admitió sin embargo su responsabilidad parcialmente. "Pensé que estaba defendiendo
la libertad de mi patria donde había muchos comprometidos", dijo. Pero se
negó a dar nombres. Y culpó del bombardeo a Plaza de Mayo a Gargiulo. Pero
Gargiulo ya estaba muerto, como le informó Rojas a Calderón en medio del
interrogatorio, para que culpara a un muerto. El jefe del EMGM se había
suicidado esa madrugada en su oficina del edificio Libertador, donde permanecía
detenido e incomunicado como los otros jefes de la rebelión. La declaración
de Olivieri es, tal vez, la más profunda y comprometida porque expresa la
mentalidad de la rebelión. Explicó por qué había dejado de ser peronista:
"Me hice peronista cuando creí ver que ese movimiento se construía sobre
las bases de Dios, Patria y Hogar pero se desvirtuó". Luego dijo: "Mi lealtad
al presidente fue superada por un estado de ánimo de lealtad a mi patria,
a mi bandera, a mi Dios". En agosto fueron condenados a destitución e inhabilitación
y prisión los cabecillas de la rebelión. Ningún civil fue condenado. El
golpe contra Perón en setiembre de 1955 modificó esos destinos. Rojas, desde
la Flota de Mar amenazó con bombardear el puerto de Buenos Aires si Perón
no renunciaba. La Revolución Libertadora dio a Hartung el cargo de Ministro
de Marina hasta 1958. Aramburu fue el Presidente desde noviembre de 1955.
Toranzo Calderón, embajador en España; Olivieri, ante la ONU. Vicchi, embajador
en EE.UU.. Montes fue Canciller de Videla. Massera, su jefe y numen de la
dictadura de 1976.
El bombardeo a Plaza de Mayo, ahora lo sabemos, inauguró las décadas más
violentas de la historia argentina.
Fuente: Clarin. 16/06/06

Los
colimbas que fueron a la Plaza a luchar por Perón
Por Claudio Savoia
"Lo primero que vi fue a un
tipo al que le habían volado los genitales y pedía que lo mataran". "Una
cupé Ford en llamas, dos troles incendiados y un tiroteo infernal en la
Plaza Colón." "Sobre la calle Huergo, una ametralladora antiaérea tirándole
con todo a los aviones, y uno al que le dieron y cayó en el río." "Veinte
camiones de cerveza Quilmes, de los que bajaban hombres enardecidos que
gritaban "la vida por Perón". Las imágenes, intactas, vuelven a agitar las
pupilas de sus dueños, un puñado de abuelos simpáticos que hace cincuenta
años hacían la colimba en el Regimiento Motorizado de Buenos Aires, un cuerpo
militar que dependía del presidente Perón y que fue el primero en llegar
a la Plaza de Mayo para defender a su gobierno.
Raúl Moreno, Domingo Mastroianni, Luis Conzani, Juan Marciafava, Jacinto
Berardi, José Riva y Alfredo Vila todavía se siguen viendo, espoleados por
quien entonces era su jefe y hoy su amigo, el ex sargento Alberto Rábanos.
Entre ellos hay mecánicos, comerciantes, directores de televisión, buscavidas
y prósperos empresarios; hay peronistas irredentos y conservadores de paladar
negro que podrían recitar el gabinete de Agustín Justo con la fluidez con
que un cura reza el rosario. Aquel lluvioso y helado 16 de junio los soldados
tenían 20 años, el sargento 26. Y todos recuerdan la misma secuencia: la
cola para ir a almorzar, las campanadas que empezaron a doblar frenéticas,
la orden de ponerse el uniforme de combate, los camiones que arrancaron
sin que nadie supiera hacia dónde o para qué.
"Llegamos a la Aduana a eso de las 13:10, y estaban cayendo las primeras
bombas. En un rato vi cualquier cantidad de muertos", revive Rábanos. "A
eso de las cuatro en el ministerio de Marina sacaron una bandera blanca,
pero cuando vieron que había obreros con palos empezaron a tirar de vuelta:
tenían pánico de ser linchados. Después se volvieron a rendir. Y a eso de
las siete escuchamos un tiro: se había suicidado el contralmirante Benjamín
Gargiulo. Yo lo vi, tirado en su despacho con el revólver en la mano derecha
y un rosario con la foto de sus hijos en la izquierda."
Raúl Moreno recuerda el silbar de los tiros: "¡Nos salvaron los palos borrachos
de la plazoleta!" Los disparos también llegaban desde el ministerio de Asuntos
Técnicos, que funcionaba en el edificio de 25 de Mayo y Rivadavia en el
que hoy está la SIDE. José "Gugui" Riva no lo olvidará: "Cuando estaba por
entrar a la Casa Rosada me cerraron la puerta. Bajo los tiros corrí por
Balcarce, me metí en un zaguán que estaba lleno de gente y con la bayoneta
rompí todas las luces para que los pilotos de los aviones no nos vieran,
mirá que estupidez. ¡Y la gente me aplaudía!"
Al caer la tarde la revuelta había fracasado. "Entramos a Marina pateando
puertas y tirando ráfagas de ametralladora", recuerda Alfredo Vila. Junto
a sus compañeros esa noche vio vibrar como espectros las llamas que incendiaban
la Curia y mordisqueó los sandwiches que les llevaban los vecinos peronistas.
Gugui Riva menea la cabeza: "Nuestros recuerdos deberían servir para que
jamás vuelva a derramarse sangre argentina a manos de otros argentinos.
Si no, no tienen sentido". Tienen, Alfredo. Tienen.
Fuente: Clarín, 16/06/06

La
noche que quemaron las iglesias
Por Patricio Downes
"Yo pensaba que si mataba a Perón, igual me iba al cielo", confesó Florencio
Arnaudo a medio siglo de la pelea entre la Iglesia y el presidente Juan
Domingo Perón, que desembocó en la quema de templos católicos el 16 de junio
de 1955.
Arnaudo, militante de la Acción Católica Argentina (ACA), integró los grupos
organizados por el catolicismo para defender sus templos de cualquier ataque.
Pero también -él mismo lo confiesa en sus libros "Operación Rosa Negra"
y "El año que quemaron las iglesias"- fue un activo antiperonista, que trabajó
en la confección y reparto de panfletos contra el gobierno de Perón y también
se anotó en grupos civiles que debían actuar como apoyo al golpe militar,
que finalmente derrocó al líder justicialista.
"Según la teoría del magnicidio, de Santo Tomás de Aquino, estábamos dispuestos
al tiranicidio y liquidar a Perón", admitió.
Lejos
cronológicamente de aquel odio, pero con el mismo sabor amargo en la boca,
este ingeniero de 82 años recordó que "un domingo 12 de junio, como también
cayó este año, todos los que defendimos la Catedral de un primer ataque
caímos presos en Devoto". "Hoy, aunque me siento opositor a este gobierno
(de Néstor Kirchner), pienso que hay que sacar fuera del juego político
a la recordación de la quema de los templos; puede haber gente que tenga
interés que se la recuerde en el marco de las diferencias entre el actual
presidente y la Iglesia".
La noche del 16 de junio de
1955, después de los bombardeos a Plaza de Mayo y la residencia presidencial,
ardieron la Curia Eclesiástica -situada al lado de la Catedral- y las iglesias
de San Francisco, Santo Domingo, San Ignacio, La Piedad, La Merced, San
Miguel, San Juan, San Nicolás de Bari, el Socorro y Nuestra Señora de las
Victorias.
Ese día, sin embargo, Arnaudo ni los demás hombres de la Acción Católica
que integraban los grupos de defensa, actuaron en la protección de los templos.
"A las seis de la tarde del jueves 16 de junio llamé por teléfono a nuestro
comandante y me dijo: Queman la Curia, pero nadie sale, todo el mundo a
su casa".
En noviembre de 1954, Perón había atacado a los "curas contreras" y acusó
a los católicos de infiltrarse en los sindicatos. La tensión fue creciendo
y se negó permiso para la procesión del Corpus Christi, pero la Iglesia
decidió hacerla igual con la participación de unas 150 mil personas.
El conflicto creció cuando la Policía Federal dijo que había sido quemada
una bandera argentina durante la procesión de Corpus. Al día siguiente,
Arnaudo, el médico Agustín Vargas, el actor y ex cura Augusto Rodríguez
Larreta y otros jóvenes voluntarios católicos defendieron la Catedral luego
de ser atacados a pedradas y palazos por manifestantes peronistas. Dentro
del templo, donde también estaban Tomás Casares, miembro de la Corte Suprema,
y el obispo Manuel Tato, trabaron las puertas con los bancos. A la noche
llegó el juez Carlos Gentile con la policía y se llevó 356 detenidos a la
cárcel de Devoto.
Los presos fueron liberados en el transcurso de la semana, mientras se sucedían
los actos y declaraciones de desagravio a la quema de la bandera, en medio
de una creciente tensión que desembocó en la expulsión de los obispos Tato
y Ramón Novoa, obligados a viajar a Roma.
El jueves 16, los defensores de la Catedral fueron liberados, sin saber
que se avecinaba un bombardeo sangriento a civiles indefensos. Pocos dudaron
de la complicidad católica; meses después los aviones golpistas volaron
con la insignia "Cristo Vence".
Fuente: Clarin, 02/09/01

Memorias
y olvidos para el 16 de junio de 1955
Que el bombardeo se cuente sin sordina
Juan Besse*
La masacre perpetrada en Buenos Aires el 16 de junio de 1955 –cuando aviones
de la Marina de Guerra y de la Aeronáutica bombardearon el centro cívico
de la ciudad– ha sido silenciada a lo largo de los años, pero ¿de qué silencio
se trata?
El bombardeo, como pocos acontecimientos políticos, ha sido y es materia
de una memoria social más extendida de lo que se cree y forma parte de lo
que Hugo Vezzetti (Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la
Argentina, Siglo XXI, 2003) denomina memorias militantes. En particular,
las construidas en el campo peronista y filoperonista. En tal sentido, para
amplias capas de población, las bombas del 16 de junio han pasado a ser
un trauma; entendido, "más que como algo irrepresentable y fuera del tiempo",
como experiencia anclada en la historia (Andreas Huyssen: "W. G. Sebald:
la memoria alemana y la guerra aérea" en Punto de vista, Nº 79).
Esta noción de lo traumático introduce los correctivos de Freud a la deshistorización
del trauma impulsada por algunos de sus epígonos. Al analizar la obra de
W. G. Sebald, Huyssen sugiere otra categoría que refuerza, en simultáneo,
el abordaje del trauma como un real que resiste la simbolización pero que
a la vez es condición de la narración histórica: el bombardeo constituye
así –para quienes carecemos de la experiencia misma– una experiencia de
"traumatización transgeneracional". Y si lo es, podemos pensar que algo
de la experiencia misma ha sido transmitido: no se puede olvidar aquello
que no se recibió (Yosef Hayim Yerushalmi, Usos del olvido, ed. Nueva Visión).
Hoy mi generación, la de los nietos de los perpetradores –o la de los hijos
pero en el tiempo de los nietos– se ha puesto a contar, en la doble acepción
de narrar los hechos y de contar los muertos, qué sucedió ese 16 de junio.
Los libros de Gonzalo Chaves (La masacre de Plaza de Mayo, ed. De la Campana,
2003) y Daniel Cichero (Bombas sobre Buenos Aires. Gestación y desarrollo
del bombardeo aéreo sobre Plaza de Mayo, ed. Vergara, 2005) reconstruyen
–sobre la base de múltiples fuentes y con discrepancias propias de un estudio
de memoria– la nómina de muertos. Esos nombres, hasta hace poco indistintos,
todavía están en busca de una simbolización. Las listas son el comienzo
del necesario camino de desolvido que una sociedad debe transitar para constituirse
en nuevos términos.
Sin embargo, en contraste con la enormidad del crimen, las narrativas sobre
el 16 de junio son escasas. Fueron producidas en el campo de la investigación
periodística escrita o cinematográfica mediante trabajos de cine documental,
también como prácticas complementarias de la militancia política –folletos,
escritos breves– o como textos literarios. Todas esas narraciones recortan,
desde el exterior, la figura de un objeto ausente: el de la investigación
en el campo específico de las ciencias sociales de los acontecimientos de
ese día y de sus proyecciones tanto en la coyuntura golpista como en la
larga duración. El 16 de junio ha sido enunciado, mencionado, referido en
muchos escritos, a veces, brevemente descripto entre la marcha de Corpus
Christi y la apertura hacia las fuerzas políticas opositoras iniciada por
Perón después del 16, como si se tratara de una viñeta propia de las postrimerías
del segundo gobierno peronista. La señal de su agonía. En fin, como parte
de la serie de sucesos que jalonan el camino al golpe de septiembre. Así,
la seriación imaginaria que lo toma como un acto necesario ha impedido su
adecuada inscripción simbólica.
Es más, en muchos de los relatos de la investigación académica, a modo de
una prefiguración arcaica del discurso de los dos demonios –que marcará
un segmento significativo de la discursividad de la recuperación democrática
posterior al 83–, el bombardeo hace pareja explicativa con la quema de las
iglesias llevada a cabo la noche misma de esa jornada trágica. La represión
"historiográfica" y "sociológica" de los hechos puede comenzar a ser explicada
por los devenires mismos del campo político y el campo intelectual que,
más allá de sus propias legitimidades, parcialidades y desencuentros, durante
casi cincuenta años coincidieron en una estrategia sin estratega: la invisibilidad
de la magnitud de los hechos y de las implicancias del acontecimiento. En
el envés de esa estrategia silente, la contingencia del 16 de junio fue
deviniendo, nublada y gris como esa tarde larvaria, en una condición necesaria
para la reproducción de dichos campos en los años venideros.
Ahora bien, con pocas excepciones, lo dicho hasta la fecha pone a descubierto,
más que un silencio, un decir con sordina. Una minimización de los hechos
y sus consecuencias que habla a las claras de una represión política de
los recuerdos acerca del acontecimiento, cuyas hebras es menester desanudar
si se quiere inscribir el bombardeo de Plaza de Mayo como algo más que un
morboso recuerdo traumatofílico. El 16 de junio, transmitido de generación
en generación por la vía de la memoria social, se abre al trabajo de rememoración
colectiva.
*Docente en las universidades de Buenos Aires y de Lanús
Fuente: Pagina|12, 23/06/05

El
bombardeo sobre Plaza de Mayo de junio de 1955: la antesala del terrorismo
de Estado en Argentina
Por Salvador Ferla
Hace apenas 50 años hubo un
Buenos Aires muy distinto del actual. La cabeza de un hombre muerto que
cuelga por la abertura sin vidrio de la puerta del trolebús de la línea
305 y los cadáveres de dos mujeres tendidas en el empedrado, conforman una
de las fotos más terribles de aquel 16 de junio de 1955, cuando oficiales
de la Aviación Naval bombardearon Plaza de Mayo en un intento por terminar
con el gobierno del presidente constitucional Juan Domingo Perón que había
sido reelegido sólo tres años atrás con el 68% de los votos. Hasta hoy nunca
se conocieron cifras precisas sobre el número de masacrados por la metralla
y las bombas lanzadas desde los aparatos de la aviación naval. El propio
Perón, según algunos de los que vivieron aquella circunstancia trágica para
la Argentina y su gente, se negó a que se diera a conocer el balance de
muertos y heridos. El día había amanecido lluvioso; la temperatura no superaba
los 4 grados y la rutina de la ciudad era la normal. A las 12.40 se arrojaron
10 toneladas de bombas que provocaron más de 300 muertos entre mujeres,
trabajadores y niños. Muchos más de 50 fueron reconocidos en las morgues
por sus delantales blancos. Entre quienes allí cayeron había peronistas,
antiperonistas, católicos, creyentes de todo credo, ateos, todos argentinos
asesinados en nombre de Cristo, de la libertad y de la democracia.
Cuarenta minutos pasado el mediodía de aquel jueves encapotado y laborable,
20 aviones de la armada (14 cazabombarderos monomotores biplaza North American
y 6 bombarderos bimotores Beechcraft, que llevaban más de dos horas y media
en el aire, sobrevolando el Río de la Plata, mientras esperaban un plafond
más alto), iniciaron el bombardeo y ametrallamiento por sorpresa de la Plaza
de Mayo, con epicentro en la Casa Rosada.
Estaba programado un acto de
homenaje a San Martín y desagravio a la bandera en la Catedral, e incluía
un desfile aéreo, por lo que el ruido de las naves en formación no alarmó
a nadie hasta los estampidos de las dos primeras bombas arrojadas por el
entonces teniente de navío Néstor Noriega, jefe de la flotilla.
Esas bombas cayeron sobre la hilera de autos estacionados sobre Hipólito
Irigoyen, entre Balcarce y Paseo Colón, y mataron entre tres y cuatro personas;
las primeras de alrededor de 350 muertes, casi todas de civiles, en que
resultó la jornada: casi enseguida otra atravesó el techo de un trolebús
repleto, en el Bajo entre Irigoyen y Rivadavia, y aunque su carga incendiaria
no deflagró -solo, en apariencia, el detonante -el desplazamiento de aire
de sus cien kilos de peso alcanzó para matar a 58 de 60 personas a bordo,
muchos de ellos chicos de escuela.
Los estallidos sirvieron de
señal para que dos compañías de Infantes de Marina, unos 300 hombres, se
desplegaron, partiendo del Ministerio del arma, en Cangallo y Madero, y
del Arsenal Naval de Puerto Nuevo, hasta alcanzar Plaza Colón, a menos de
100 metros de la Casa Rosada, y desde allí la atacaron por dos flancos con
fuego de ametralladoras y fusiles. Desde la sede de gobierno sostuvieron
y contestaron el embate cuarenta granaderos y unos pocos empleados civiles.
Otros infantes aerotransportados habían copado el Aeropuerto Internacional
de Ezeiza para garantizar el reaprovisionamiento, y un grupo de comandos
civiles y marinos a cargo del teniente de navío Siro de Martín tomaron Radio
Mitre, desde donde comenzó a irradiarse una "proclama revolucionaria". El
primer ataque aéreo duró poco menos de una hora.
Cuando arreciaba, a las 13:12, el Secretario General Adjunto de la CGT,
Hugo Di Pietro, convocó a los trabajadores de capital y conurbano con un
llamado general: "Compañeros, el Golpe de Estado ha comenzado. Todos los
trabajadores deben reunirse en los alrededores de la CGT, donde recibirán
instrucciones. ¡Demos la vida por Perón! "
Los trabajadores, efectivamente, comenzaron a llegar a la zona poco después,
en camiones fletados por los sindicatos y por la Fundación Eva Perón y en
ómnibus requisados por ellos mismos, congestionando los accesos al centro.
Otros resistentes espontáneos detuvieron ómnibus y troles para cruzarlos
en la General Paz y sus principales intersecciones, de modo de prevenir
avances terrestres.
Los primeros trabajadores en llegar a la zona recibieron unas pocas armas
de puño, con las que se desparramaron por las recovas de Paseo Colón para
hostigar a los infantes de marina. Otros manifestantes se dedicaron a atender
a los heridos y otros, por fin, asaltaron una armería en Constitución y
otra en Tucumán y San Martín.
El plan de los sublevados incluía, como objetivo central y evidente, el
asesinato del presidente de la Nación, pero Perón no estaba en la Rosada;
se había trasladado al Ministerio de Guerra -Edificio Libertador, actual
Comando en Jefe del Ejército -alertado por el ministro, General Franklin
Lucero de "ciertos rumores" y montado allí un comando centralizado.
Entre quienes lo rodeaban estaba allí el General Justo Leon Bengoa, titular
de la III Brigada de Ejército con asiento en Paraná, de quien se supo después
que la asonada lo había encontrado desprevenido, lejos de su comando, con
el que pensaba unirse a la sublevación.
Por parecidas razones también estaba allí el Capitán Luciano Benjamín Menéndez,
hijo del golpista de 1951. En cambio, el ministro de Marina, contralmirante
Aníbal Olivieri, se había hecho internar en el Hospital Naval a la espera
de los acontecimientos, acompañado de dos de sus tres edecanes: Eduardo
Emilio Massera y Horacio Mayorga.
El tercero era Oscar Montes, inhallable ese día. Los tres alcanzaron el
máximo grado de su escalafón y fueron juzgados años después por crímenes
contra la humanidad.
Uno de los hermanos de Massera, Carlos, piloteaba un North American. Poco
después de la una de la tarde, una veintena de oficiales de la aeronaútica
tomó las instalaciones de la Séptima Brigada Aérea de Morón y las fuerzas
legales se quedaron sin base para operar.
La Fuerza Aérea había entrado en acción con sus cazas a reacción Gloster
Meteor, rivales imbatibles para los lentos aviones navales; habían alcanzado
a derribar dos aparatos en el aire y averiado otros dos o tres en tierra,
al ametrallar Ezeiza mientras se reabastecían; ahora, media docena de cazas
Gloster y Fiat quedaron en manos de los atacantes.
Aquel, y no Malvinas, fue el bautismo de fuego del arma. Los aparatos de
la aeronaútica efectuaron varias pasadas ametrallando la Avenida de Mayo,
desde Congreso hasta el puerto y a la inversa.
A las 14, la Guarnición Motorizada Buenos Aires llegó en auxilio de las
tropas de la Casa de Gobierno y con el auxilio de algunos blindados empujó
a los infantes de Marina hasta sitiarlos en el edificio del que habían partido.
Olivieri había tomado por fin su decisión y estaba allí dentro, con sus
ayudantes. A pesar de las indicaciones de Perón a la CGT tratando de circunscribir
la lucha a los militares, los militantes peronistas caminaban en masa detrás
de las tanquetas.
A las 15:10, el ministerio alzó bandera blanca, pero antes de que una comisión
integrada entre otros por el General Sosa Molina y el General Valle -asesinado
casi exactamente un año más tarde, el 12 de junio de 1956, por los "libertadores"-
llegara al edificio, se inició la segunda gran ola de bombardeos, más prolongada
y nutrida que la anterior.
Mientras que los sublevados de la aeronaútica seguían su propio plan con
incursiones individuales, la Marina sumó tres grandes hidroaviones Catalina.
Todos volvieron a machacar la casa de gobierno, cuyo segundo piso se derrumbó
en gran parte, pero agregaron otros objetivos: el Departamento de Policía,
en Belgrano y Virrey Cevallos, la CGT, en Independencia y Azopardo, y la
residencia presidencial de capital, situada en Austria entre Las Heras y
Libertador, en el predio que hoy ocupa la Biblioteca Nacional, en éste último
caso con pésima precisión: cayeron bombas desde Pueyrredon y Las Heras hasta
Plaza Vicente López y la calle Guido. Los marinos sitiados en el ministerio
retiraron la bandera de rendición y ametrallaron la delegación que se acercaba,
matando a varios de los civiles espontáneos que la acompañaban.
El bombardeo metódico duró hasta pasadas las 16:30, cuando los ocupantes
de Ezeiza alertados por las caídas en manos el ejército de las bases navales
de Punta Indio -de donde había partido el grueso de los atacantes- Puerto
Belgrano y Mar del Plata, por la inmovilidad de secciones del ejército cuyo
apoyo habían esperado y por la cercanía amenazante del regimiento III de
La Tablada, huyeron en masa al Uruguay, en algunos aviones de transporte.
Los pilotos que aún se hallaban en el aire hicieron lo propio.
Los ocupantes de Morón tomaron la misma decisión algo más tarde; 122 oficiales
de ambas armas y un civil -Miguel Angel Zavala Ortiz, líder del radicalismo
"unionista" y jefe de los comandos civiles que no habían llegado a entrar
en acción -y 36 aparatos diversos, con los flancos pintados con una cruz
sobre una "V" llegaron a la otra orilla.
En el comité de recepción estaban Carlos Suarez Mason, exiliado allí desde
1951 y futuro jefe de asesinos seriales del primer cuerpo de Ejército, y
el socialista de ultraderecha Américo Ghioldi, futuro embajador de Videla,
identificado con una de las supervillanas de la literatura universal, Lady
Macbeth, a partir de 1956, cuando citó su línea "se acabó la leche de la
clemencia" para justificar el asesinato de civiles y militares.
Entre quienes llegaban estaba Osvaldo Cacciatore, quien a partir de 1976
sería intendente "de facto" de la misma ciudad indefensa que había bombardeado.
El presidente Luis Batlle Berres devolvió más tarde los aviones, pero agasajó
informalmente a los hombres.
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El Ministerio de Marina volvió
a rendirse a las 17:10, esta vez en serio. Como única condición Olivieri,
que mantenía una actitud ambigua entre la de jerarca de los alzados y la
de negociador del gobierno, pidió al ejército que "retirara a los partisanos
(sic) que hacen fuego desde la recova".
El edificio moderno y muy vidriado mostraba toda clase de destrozos, pero
dentro no había ni una baja mortal. La hubo enseguida; Benjamín Gargiulo,
uno de los oficiales jefes del alzamiento, se disparó con su pistola reglamentaria,
encerrado en un despacho.
El otro, Samuel Toranzo Calderón, no. A las 17: 40, cuando Perón llevaba
unos 10 minutos hablando al país por la cadena oficial de radiodifusión
y la Plaza de Mayo se había llenado nuevamente de personas, un Fiat G-6
de la Fuerza Aérea rezagado efectuó un último vuelo, rasante y disparando
sobre la multitud, antes de perderse en el Río de la Plata.
La respuesta, con la Iglesia como objetivo.
En su mensaje, el Presidente no ahorró denuestos a la Armada ni elogios
y agradecimiento al Ejército. Erraba por optimismo, como se vería en setiembre.
El Secretario General de la CGT, Eduardo Vuletich, tuvo un fugaz regreso
al rol que en la práctica desempeñaba Di Pietro, y cargó las tintas sobre
la responsabilidad de la Iglesia, que por cierto apadrinaba ostensiblemente
a los golpistas.
Por la noche, multitudes no identificadas quemaron una decena de templos
católicos céntricos, incluyendo la curia, en un costado de la catedral,
a la que se voló previo desempotrar y llevarse la caja de caudales. Pío
XII, que se había negado tozudamente a excomulgar a Mussolini incluso después
de su caída, lo hizo con Perón en solo tres días.
Vuletich, dirigente de la Asociación de Farmacia, fue rápidamente renunciado.
Perón nunca confió plenamente en él: prefería manejarse con Di Pietro -que
ocupó por fin la Secretaría General- e incluso con José Espejo, aunque este
había sido empujado a la renuncia por la multitud, que le reprochaba su
obsecuencia, en 1953.
Lo cierto es que el incendio de los templos nunca estuvo del todo claro:
la calle estaba llena de trabajadores autoconvocados, pero también de "comandos
civiles" que no habían alcanzado a entrar en acción.
Y no hubo quema de templos en los barrios perisféricos de Buenos Aires,
donde el peronismo era dominante. En cambio sí la hubo -fue el único otro
lugar del país, al menos en esa proporción-en Bahía Blanca, una ciudad muy
influida por la próxima base de Puerto Belgrano.
El conflicto con la iglesia derivó de la creación del Partido Demócrata
Cristiano de Argentina como símil del impulsado por el Vaticano en Italia,
y del desagrado de Perón, a cuyo juicio el Partido Justicialista ya ocupaba
ese lugar.
El peronismo hizo votar una avanzada ley de divorcio, eliminó la enseñanza
religiosa en las escuelas del Estado y promovió el debate alrededor de la
separación de la Iglesia y el Estado.
La iglesia identificó crecientemente al régimen con una dictadura "inmoral"
contra el que predicó desde todos los púlpitos y prohijó en declaraciones
y hechos a los golpistas. Socialistas, demoprogresistas y Radicales del
Pueblo vieron con agrado las medidas anticlericales -y votaron a favor de
las que llegaron a legislarse- pero se hicieron los osos cuando la oposición
comenzó a reunirse alrededor de la Santa Madre.
Innegablemente autoritario, el del General Perón seguía siendo el gobierno
constitucional del país, su titular había sido reelecto con el 68% de los
sufragios solo tres años antes, los salarios de los trabajadores seguían
participando en el Producto Bruto Interno en una proporción próxima al 50%;
se estaba cerca de una alfabetización del 100%, habían desaparecido enfermedades
endémicas, no había déficit de viviendas, ni de escolarización, ni de camas
de hospital, ni deuda externa.
El terrorismo antiperonista databa de tiempo atrás. No comenzó el 16 de
junio de 1955 con el bombardeo a los manifestantes en la Plaza de Mayo.
Algo más de dos años antes, el 15 de abril de 1953, con motivo de un acto
oficialista, con Perón como orador, un "comando civil" hizo explotar dos
bombas, una de ellas en el andén de la también estación "Plaza de Mayo"
de la Línea "A" de los subterráneos porteños.
Como resultado de la misma murieron seis personas, otras 19 quedaron lisiados
a perpetuidad y " más sufrieron heridas de diferentes consideraciones.
El principal responsable de ello fue el dirigente radical Roque Guillermo
Carranza, quién fue detenido el 11 de mayo de ese año y sigue homenajeado
llevando su nombre una estación de subte.
Culpabilizar a la víctima
Los rasgos del intento de magnicidio del 16 de junio fueron tan groseros
que recordaron la humorada de Chesterton respecto a que la mejor forma de
ocultar un homicidio es generar una guerra en la esquina y arrojar el cadáver
allí, pero interpretada por alguien que no acabó de entender la sutileza.
El odio contra la persona de Perón se había transferido con facilidad a
-o había empezado por- el pueblo que, en mayoría, aún sentía ese proyecto
de país como propio.
Los diarios del 17 de junio se refirieron con amplitud a los daños y publicaron
listas parciales de muertos y heridos, pero comenzaron a diluir la información
a partir del día siguiente; el régimen advirtió su propia debilidad y los
mensajes del Presidente se volvieron tibios y conciliatorios, lo que resultó
en la progresiva desaparición de los nombres de los caídos, que se completó
con el golpe de Estado del 16 de setiembre.
El documento liminar de la "Revolución Libertadora" inauguró el recurso
de culpabilización de la víctima: el "tirano" era responsable por las muertes
-que nunca se nominaron ni enumeraron- porque habría convocado a los trabajadores,
a sabiendas del riesgo.
Perón no hizo ningún llamado a la ciudadanía a lo largo de esa tarde, pero
el argumento se repitió con éxito en la prensa oficial y hasta en los libros
escolares durante las siguientes dos décadas.
Varias generaciones fueron informadas del vandalismo ateo de las masas peronistas
con el mismo cuidado con que se nos ocultó y decrecieron bajo la oclusión
oficial y el goteo clandestino de un relato tan monumental que, aún prescindiendo
de su monstruosidad pareciera inocultable.
Durante medio siglo los terroristas de Plaza de Mayo gozaron de un aura
romántica basada en una acción cuya infamia solo sería comparable a la destrucción
de Guernica si los pilotos de la Legión Cóndor hubieran sido vascos y no
alemanes
[De "Mártires y verdugos", Salvador Ferla. Fuente: www.causapopular.com.ar]

Caídos
en el bombardeo sobre Plaza de Mayo
Los nombres del sacrificio
El 16 de Junio de 1955 militares golpistas al atacan la Plaza de Mayo y
la casa de gobierno desde el aire y matan a cientos de personas, hiriendo
a mas de mil, algunas reunidas en apoyo al gobierno de Perón, otras simples
transeuntes en la zona.
La lista -incompleta- recuerda los listados de compañeros secuestrados por
la dictadura. Su fragmentación y sus datos incompletos nacen de la eterna
cobardía de los golpismos, siempre dispuestos a sembrar de silencio y confusión
las huellas de sus actos. También de la espontaneidad de la presencia de
estas personas en el lugar.
Adjuntamos recopilación publicada por IberaOnline.com.ar y realizada por
el diputado Victor Aníbal Feltan
16 DE JUNIO DE 1955 - LA MASACRE DE PLAZA DE MAYO
LAS VICTIMAS
Personas muertas y heridas en los bombardeos del 16 de junio de 1955
Las limitaciones para presentar una lista completa de las víctimas se debe
al hecho de que, en su momento, nadie se ocupó de ordenar y evaluar la totalidad
de los danos ocasionados a las víctimas, situación que sumada al paso del
tiempo, dificultan el logro de una mayor información. Esto es cierto, pero
no se puede desconocer que existe una deliberada política de ocultamiento,
en particular sobre los datos personales de las víctimas civiles. La información
que doy a conocer sobre los muertos y heridos fue tomada de diarios de la
época, publicaciones del Ejército, del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas
y de libros y artículos sobre la sublevación; a lo que se agregan testimonios
personales. Aportes sustanciales son las listas que publicaron Clarín y
La Razón el día posterior a los hechos. La información esta agrupada por
fuentes, existen por lo tanto algunos pocos nombres que se repiten.
Fuente: diario Clarín, Bs. As.,
18/06/55 –
Lista parcial de personas fallecidas identificadas en distintos establecimientos
hospitalarios de la Capital Federal:
(*) Los textos entre paréntesis son agregados del autor, no pertenecen al
lo publicado por el medio.)
En la Asistencia Publica
Es importante consignar que según la prensa, en la madrugada del día 17
las personas fallecidas que se encontraban depositadas en este centro asistencial,
en su gran mayoría aun no estaban identificadas.
Antonio Biondi, CI 1.161.767; Luis Mario Achin, CI 3.825.398; Juan Carlos
Marino. (42 anos, empleado de Aduana. vivía en Ramos Mejía. Recibio un balazo
en el pecho que le causó la muerte cuando salía de la boca del subterráneo
de la estación Plaza de Mayo; eran las 1 2:50 horas); Ana Victoria Roncali;
Mercedes Zulema Merca; Rodolfo Gabay, CI 1.204.043; Jose Garcete CI 206.112;
Jose Alvarez CI 4.271.573; Jorge Jose Gaudio, CI 2.164.031; Ricardo Obertello,
CI 2.726.325; Héctor Mario Pessano, el 1.710.670; José María Ruiz, AGB 917.117;
María Esther Aurora Volpe, CI 2.230.971 o 2.330.971 ; Héctor Emilio Castillo,
CI 3.897.824 ; Mercedes Zulema Merlo, CI 3.611.800; Roberto Lucio Cano,
CI 412.814. Enfermero; Alejo Núnez, CI 4.561.254; Leonardo Salvador Macchione,
CI 1.426.248; Manuel Otero López, CI 1.666.604; Adolfo Boltón, CI 726.500;
Felipa Zoila Herrera de Anfossi, CI 3.672.188 (Empleada del Mi de Guerra.
Había solicitado permiso para salir de su empleo antes de su hora habitual
y al salir del edificio fue alcanzada por una de bomba que le quitó la vida.
Pág.4); Julio Benito Pérez, CI 3.274.303; Daniel Pérez, CI 2.453.588; Carmelo
Melitón Mino, CI 3.314.561; Darío Tartari, CI 4.367.162; Raúl Alberto Núnez,
CI 4.404.927; Pedro Medrano Arganadena, CI 4.995.608 o 4.995.668; Manuel
Jesús Donoso, CI 4.307.655; Salvador Patrignani, CI 2.271.323; S. Francian
de F'elice o Sian Francian de Felipe, CI 1.589.071; Ventura Julio Rojas,
el 4.275.393; Juan Carlos Bacchiadona, el 1.155.778 (Empleado de la Casa
de Gobierno, fue muerto dentro del edificio durante uno de los bombardeos,
tenía aproximadamente entre 40 y 50 anos y vivía en la Capital Federal).;
Francisco Campos, CI 3.998.516; Nildis Maullito, CI 4.043.188; Victorio
F. Saturnemo, AGB 711.005; Jacobo Faena, CI 2.746.296; Ruíz Rodríguez, CI
3.502.345; Vicente Félix Calva, CI 2.831.869; Italo Angelinca, CI 1.065.982;
Juan Fraga, CI 995.897 o 996.897; LilIa Eisa Fábrega, CI 3.599.410 03.590.410;
Rudecindo Hugo López, CI 3.827.039; Hugo Schierllig, CI 166.446; Catalina
A. C. Biondi, CI 1.659.740 o 1.650.740; Juan Carlos Crecini, CI 3.304.492;Miguel
Leilo, CI 564.597 o Miguel Leijo el 564.507; Enrique Lariva, AGB 309.716;Adolfo
Angel Lorenzo, CI 3.200.524
En el Hospital Argerich
Atilio Raul Blanes, CI 4.260.372; Máximo Ezequiel Correa, CI 2.956.036;
Velia N. Comitini de Messina, CI 4.703.606 o Comina de Messina
Antonio A. Rodríguez, CI 1.989.617 o CI 1.989.617; Juan Bobich CI 1.343.924
o Juan Bembdich CI 1.343.924; Domingo Marino, CI 642.938;Juan Merlanovich,
CI 706.515 o Juan Merzlanovich; Candido Beriel, CI 1.826.703 o Cándido Bertoli
CI l 826.798. Enfermero muerto cuando prestaba auxilio a los heridos.; Roberto
J. Sangregori, CI 3.113.188 ,o, el 3.635.863; Jose Mariano Balcayá o Bacaljá,
(Agente chofer de la Policía Federal); Angel Castello, LE 31.495;Angel Bernardo
Lema, CI 3.443. 166; Salvador Perez CI 160.368;Antonio Galiga no, CI 1.530.218;
Alberto Parascandola, CI 2.318.992 o Parascándolo; Alfredo Mendez CI 2.032.955;
Francisco Ramón Gairi, AGB 222.038 o 202.038
En el Hospital Rawson
Alfredo Joe Aguilar;Leandro Camba CI 1.117.101; Bonifacio Quintana CI 2.989.577
En el Hospital Clinicas
Zenon Plopauskas, CI 2.180.936 o Pojlouskas; Severo Aguirre, CI 3.967.329;
Luis Jose Biondi CI 3.534.382; Carlos Rodriguez, CI 111.743;
Ricardo Groma AGB 245.351 o Grema
En el Hospital Ramos Mejia
Enrique Adolfo Cocee, CI 1.214.468 o Cecee (Soldado del regimiento de Granaderos
); L. Baigorria, (Soldado del regimiento de Granaderos). ;Pascual N. Biela,
CI 1.054.696 o 1.064.096; Manuel Gaiburn, CI 400.192 o Gaiburu; Enrique
O. Fernández, CI 3.162.295;
Antonio Rodolfo Sconda, CI 3.386.428; Julián Jubero, CI 3.786.648
En el Hospital Alemán
Benito Antonio Bobadilla, CI 3.915.907; Miguel F. Sarmiento, CI 4.467.754
En el Hospital Fernández
Juan Pratolongo;Tomás C. Contreras
En el Policlínico del Ministerio de Hacienda
Rodolfo Nieto, SPB 59.899;Oscar A. Mures, CI3.177.318
En el Policlínico Militar
Rafael Sotero Inchausti CI 2.474.099 o 1.474.099
La entidad Movimiento Peronista de los Extranjeros en la República, informó
que en los sucesos del jueves fallecieron sus afiliados
Poll Glumen, alemán.; Hans Aluch Mildner, alemán.; Juan Merlanovich, yugoslavo.;
José Alvarez, espanol.
Fuente: diario El Laborista, Bs. As., 18/06/55
Este medio publicó una lista de muertos similar a la de Clarín con agregados
que detallamos a continuación.
En la Asistencia Pública
NN. sexo femenino.; NN. sexo femenino.; NN. sexo masculino. ; NN. sexo masculino,
se supone Salvador Pugliese. ;
NN. sexo femenino.;NN. sexo femenino.; NN. sexo femenino. ; NN. sexo femenino.
; NN. sexo masculino. soldado conscripto.; NN. sexo masculino. ; ; NN. sexo
femenino.; NN. sexo masculino. ; NN. sexo masculino, se supone Justo Ledesma.
; NN. no identificado.
En el Hospital Argerich :
NN. sexo masculino, se supone Carlos Bruno. ; ; NN. sexo masculino. ; NN.
sexo masculino; ; NN. sexo masculino. ; NN. sexo masculino; NN. sexo masculino;
NN. sexo masculino, se supone César Augusto Ubuchul. ; NN. sexo femenino.;
NN. sexo masculino.; NN. sexo masculino. ; NN. sexo masculino, se supone
Julio A. Mercante. ;NN. sexo masculino. ; NN. sexo femenino, se supone Pilar
Amezúa. ;NN. sexo femenino. ; NN. sexo masculino. ; NN. sexo masculino.
; NN. sexo masculino, se supone J. M. Tuni. ; NN. sexo masculino.;
NN. sexo femenino.; NN. sexo masculino.
En el Hospital Ramos Mejia
NN. sexo masculino.
En la Morgue Judicial
NN. sexo masculino
En el Hospital Fernández :
NN. sexo masculino, se supone Oscar Cuartirrolla.
En el policlínico del Ministerio de Hacienda
- NN. sexo masculino, se supone Alfredo Antonio Agustino.
En el policlínico Rivadavia NN sexo femenino, se supone Ketty lrma Dutte.
Enfermeros muertos mientras prestaban auxilio a los heridos (pág. 3) - Inés
Pilar Amezúa; Viola Sara Bun; Cándido Bertoli; Roberto Cano; Héctor Rubén
Díaz; Roberto Federico Pera
Fuente: diario Clarín, Bs. As., 18/06/55
Mujer de aproximadamente veinte anos. Trabajaba de mucama en la calle Guido
N° 2626, próximo a la Residencia Presidencial. Fue alcanzada por uno' los
proyectiles disparados por los aviones, resultando una herida que le provoco
la muerte instantes después en el Hospital Fernández (Pág.4).
Tomás Ricardo Ramón Vergara Ruzo. General de Ejército, fue muerto por estallido
de una bomba en la esquina de Balcarce e Hipólito Yrigoyen, cuando dirigía
al Ministerio de Ejército para ponerse a las órdenes de sus superiores,
el chofer Antonio Misischia falleció también en esas circunstancias. El
general Vergara Ruzo se desempenaba como representante del Estado en la
Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina, en el cargo de director suplente (Pág.
4).
Antonio E. Misischia. Chofer civil del coche donde viajaba el general Tomas
Vergara Ruzo, muertos ambos, por una bomba que cayó en la intersección de
las calles Balcarce e Hipólito Yrigoyen (Pág. 4). :
Hombre de cincuenta anos. Murió junto a otras dos personas al caer, bomba
en la avenida Pueyrredón 2267 (Pág.4). .
Menor de 15 anos. Murió en iguales circunstancias que el anterior (Pá; -
Segundo menor de 15 anos. Murió en iguales circunstancias que el al (Pág.4).
Tercer menor de 15 anos. Fue alcanzado por una esquirla cuando cruzaba la
calle. Murió frente al edifico N° 2235 de la avenida Las Heras (Pág.4)
Hijo de Fernando M. Sarmiento. Falleció a causa del impacto de una la, al
caer una bomba. El padre era propietario de uno de los edificios sobre la
avenida Las Heras (Pág.4).
Francisco Bonomi (50 anos). De nacionalidad italiana. cayó muerto en, como
consecuencia del impacto de una esquirla, frente al N° 2235 de Las Heras
(Pág.4).
Fuente: diarios Clarín 18/06/55, El Mundo 18/06/55 y La Razón 17/06/55.
Personal de la Policía:
Alfredo Amieyno, oficial principal de comunicaciones de la Policía Federal.
José Mariano Balcayá o Bacalza, chapa 22490. Agente chofer de la Policía
Federal, pertenecía a la sección Taller Mecánico y Garaje, fue muerto en
la calle estando de servicio. Fue llevado a la Asistencia Pública y allí
identificado
(Clarín Pág.4 - El Mundo - La Razón Pág. 7)
Rodolfo Nieto, 51 anos, oficial subinspector de la Policía Federal. Prestaba
servicio en la Dirección de Investigaciones y murió en la vía pública durante
la jornada laboral. (Clarín Pág.4) .
Alfredo Aulicino o Audicino, 45 anos, casado, oficial principal de la Policía
Federal. Fue muerto por una ráfaga de ametralladora estando en funciones
en la Dirección de Comunicaciones. Los disparos provenían del último ataque
aéreo contra el Departamento Central de Policía
(Clarín Pág.4 - El Mundo - La Razón PÚg 7).
Fuente: Moreno, Isidoro Ruiz. Historia del Regimiento de Granaderos a Caballo.
Capítulo IX - Defensa de la Casa de Gobierno. Edición del mismo Regimiento.
Bs. As.
El informe redactado por la Casa Militar de la Presidencia indica que, en
el interior de la sede de gobierno la metralla y las bombas caídas produjeron
entre , civiles y militares un total de 12 personas muertas y 55 heridas.
De ese total hubo entre los empleados civiles un muerto y 12 heridos. El
civil fallecido trabajaba en el Ministerio de Comercio. Las víctimas entre
el personal militar se distribuyen así: Regimiento Motorizado Buenos Aires,
un oficial y un suboficial :herido. Regimiento 3 de Infantería, siete soldados
heridos y uno muerto. Secretaria de Información del Estado, dos suboficiales
heridos y un soldado muerto. Regimiento de Granaderos, tres oficiales, tres
suboficiales y 19 granaderos dos y nueve soldados muertos (Pág. 210).
Algunos nombres son:
Enrique Adolfo Cocee o Cecee, CI 1.214.468. (Granadero conscripto).; L.
Baigorria (Granadero conscripto) cayó defendiendo la Casa de Gobierno.;
Pedro Leónidas Paz (Granadero conscripto) cayó defendiendo la Casa de Gobierno.
Fuente: Expediente 26.237. Causa: "C. Almirante Anibal O. Olivieri y otros
sobre Rebelión Militar, Junio de 1955.
Personal del Ejército muerto
Dirección General de Ingenieros
Tomas Vergara Russo, General de brigada.; Antonio E. Misischia, auxiliar
8°.;Alberto F. Lasi, Insp. 3°.; O R. Blanco, empleado civil.DIF; Felipa
Anfossi de Herrera, Ayudante Ppl.
Regimiento Motorizado Buenos Aires
Roberto Miguel; Arturo Shangan
Regimiento 3 de Infantería de La Tablada
Rubén Crispuolo
Regimiento de Granaderos a Caballo
Rafael Sotero Inschausti (CI 3.177 .318); Orlando H. Mocca; Pedro Leonidas
Paz; Pedro A. Baigorria; Laudino Córdoba; Víctor E. Navarro; Ramón A. Cardenas;
Mario B. Díal (Policlínica Ramos Mejía).; Oscar R. Drasich (Policlínica
Ramos Mejía).
Personal del Ministerio de Aeronáutica muerto
José Fernández. Suboficial ayudante escalafón general, VII Brigada Aérea.
Morón. Ramón Jorge EsquiveI. Destino Servicio de Información y Seguridad
Aeronáutica, desaparecido, probablemente muerto.
Manuel Gutiérrez. Suboficial ayudante, fallecido a las 12.35 horas con secuencia
de heridas recibidas en la espalda y la sien izquierda, cuando en su escritorio
de la División Operaciones del Comando General.
Ricardo Blanco. Empleado civil del Ministerio de Transporte en comisión
la División Transporte del Comando General Aeronáutico. Falleció a las 12:35
horas, cuando salía del edificio, al estallar una bomba que impactó entre
el Ministerio de Ejército y el de Hacienda, fue llevado al policlínico Argerich.
Bartolomé Antonio Batista. Siendo las 15.30 horas, cuando viajaba en un
colectivo recibió una bala en la región frontal que le produjo la muerte.
Fue conducido a la Asistencia Pública. Nombre de su esposa Ada Victoria
Roncari.
Otras Fuentes:
A.Rodríguez. Chofer de la Asistencia Pública (El Mundo 18/06/55)
Rojas, chofer de colectivos. Falleció por la explosión de una bomba que
cayo cerca de la parada de colectivos, donde esperaba tomar servicio (testimonio
de Carlos Elizagaray).
Héctor Passano. En las inmediaciones de la CGT, cayó casi partido por la
mitad el obrero Héctor Passano. Con un revólver pretendía derribar un Gloster
que venía vomitando metralla a 40 metros de altura. (Artículo sin firma
16 de Junio, Crónica secreta de un Bombardeo. Op. Cit. Pág. V1l/).
Pedro Leónidas Paz, Granadero conscripto, murió defendiendo la Casa de Gobierno
(Carbone, Alberto. Op. Cit. Pág. 46).
Pedro H. Baigorria. Granadero conscripto, murió defendiendo la Casa de Gobierno
(Carbone, Alberto. Op. Cit. Pág. 46).
Pasalaqua. Contador de la CGE (Confederación General Económica), en horas
del mediodía tomo un trolebús para ir a almorzar a su casa y una bomba le
quito la vida (Carbone, Alberto. Op. Cit. Pág. 59).
Tres miembros del Regimiento 3 de La Tablada, caídos por la acción de los
rebeldes cuando se dirigían al centro de la Capital. (Carbone, Alberto,
"ir. Pág. 73).
Fuente diario La Razón, Bs. As. 17/06/55
Lista parcial de personas muertas y heridas atendidas en distintos establecimientos
hospitalarios de la Capital Federal:
-Hasta el momento, el trágico saldo del ataque llevado a efecto por las
fuerzas rebeldes es de 250 muertos y cerca de un millar de heridos, datos
por otra parte confirmados esta madrugada. En todos los hospitales de la
ciudad y en distintas casas de asistencia médica se hallan internadas numerosas
víctimas alcanzadas por proyectiles y esquirlas de bombas, realizándose
desesperados esfuerzos para salvarles la vida. La extensa nómina de muertos
y heridos en sus salas es la siguiente:
En la Asistencia Publica
En este establecimiento donde habían sido llevadas gran cantidad de personas
que sufrieron heridas, se hallaban anoche 72 cadáveres, entre los cuales
figuraban:
Adolfo Beltrán; Manuel Otero López; Eduardo Marchione; Juan Marino; Domingo
o. Gentrel; Julio Benitez Pérez; Cornelio Militón Mimo; Dario Tartani;
Raúl Alberto Núnez; Francisco Mana; Luis Mario Achul; Rodolfo Javait; Antonio
Biondi; José María Ruiz; Jorge José Gandio; Mariano Pessano; Ricardo Obertello;
Alejo Núnez; Emilio Castillo; H. E. Cano; Salvador Pugglisi; Zulema Mercedes
Merlo; Felipa Herrera de Anjosi;
Ana Victoria Roncagni
Además se hallaban 25 cadáveres más que aún no habían sido identificados
entre los cuales siete pertenecían a mujeres.
En el hospital Ramos Mejía
La dirección del policlínico suministró anoche la siguiente nómina de victimas:
siete muertos y 56 heridos atendidos en ese establecimiento.
Fallecidos: -
Pascual Viola, domiciliado en Azopardo 3060, Valentín Alsina, 4 de Junio
(Lanús).; A. Baigorria, de 21 anos, soldado del Regimiento de Granaderos
a Caballo.; Enrique Adolfo Cossi, Belgrano 1377. ; Manuel Gariburu, Cochabamba
1212.; Domingo Gentile, Remedios de Escalada. ; Julián Yubero, sin domicilio
conocido.; Un hombre aún no identificado.
En el hospital Alemán
Se asisten con heridas de diversa consideración ocho personas. están depositados
los cadáveres de dos personas aún no identificadas.
En el hospital Español
Fueron atendidos 41 heridos. Entre los cuales 30 lo fueron por esquirlas
de las bombas arrojadas por los agresores.
Estos son algunos de los nombres:
Humberto Raponi, Sargento del Regimiento de Granaderos, herido leve.; Amoldo
Metasti, conscripto del mismo regimiento, grave.; Emilio Bruno, leve.; Alberto
Canete, grave.; Juan Saldivia, leve.; Domingo Fauda, grave.; Eduardo Arellano,
grave.; Carlos de la Fuente, grave.; Alfredo Pérez, leve.; Emilio Cremonesi,
grave.; Felipe Sueyro, grave. ;
En el policlínico Durand
En este establecimiento fueron atendidas 36 personas, tres de las cuales
se encontraban en estado de suma gravedad.
La nómina es la siguiente:
Ricardo Salas; Héctor Terano, grave.; Tino Benavides, grave.; Ernesto Montemartini,
herido de bala.; Benito Lemos, herido de bala.;
Ricardo Zenardo, herido de bala.; Luis Rosa, herido de bala. ; Osvaldo Casanigo,
herido de bala.; Severo Iglesias, herido de bala. ; Santiago Pérez, herido
de bala.; Juan Masquet, fractura de pierna izquierda. ; Oscar Salcedo, contusión
traumática. ; Margarita Muti, fractura de brazo derecho.; Ismelda Villeres,
heridas múltiples.; Pedro F. de Olivera, crisis nerviosa.;Pablo Grioli,
crisis nerviosa.
Todos estos, internados.
Lesionados de carácter leve, por trozos de metralla, cortaduras de vidrios,
hematomas, etc.
Italo Decomber.; Miguel Udizar; Anibal Exsert; Julio Escobar; Wenceslao
Kolik; Santiago Curce; Roberto Muschi; Héctor Corache; Felipe Cantero; Lenisa
Avellaneda; Hugo Vitulaso; Lorenzo Cáceres; Aida Cacuri; Orelia Mancuso;
Marta Dellepiane; Severo Terunni; Elena Amado;Mauricio Dereta; Armando Mulet;
Roberto Pacin.
En el hospital Clínicas
La nómina de victimas atendidas en este nosocomio con motivo de los sucesos
es la siguiente:
José M, Trujillo ; Carmelo Ponone; Rogelio Ibánez; Oscar Fernández; Juan
Carrera; Francisco Arias; Miguel Marne; Juan Monte; José Calderón; Oscar
R. Molina; Francisco Celestini; Ricardo Rumano; Ilde. P. Retamozi; Pedro
Haguinteguy; Fernando Carrillo; Pedro Delgado;
Luis Lorenzo; Carlos Santillán; Carlos Ohlaverri; Ricardo Erneta; Emilio
Ponti; Oscar Barros;
Los muertos identificados son:
Carlos Rodríguez; Severo Aguirre
En el policlínico Alvarez
Fueron atendidos quedando internados:
Valentina Frotti, heridas diversas.; Arnobio Leifon, heridas diversas.;
Marcos Aramovich, herida de bala.
En el policlínico Argerich
En este establecimiento se encontraban los cadáveres de:
Salvador Pérez; Alfredo Gregorio Larrosa; Luis A. Ferrario; Osvaldo P. Azundoni
Roberto Luis Gregoria; Juan M. Arianovich; Angel, B. Lehamann; Julio A.
Mercante; Maxiimo Correo Gomez; Jose Mariano Bacalja;
Duilio Barbieri; Alfredo Méndez; Viola Luises; Roberto Pera; Julio Moscante;
Luis Pasalacua Canales; Augusto Puchulú; Estanislao D. Cheleleco; Angel
Castello Suponi; J.M.Turré; Paulino Toledo; Candido Bestol; Pedro Rivera;
Ricardo Blanco; Domingo Marino; Vicente Cuacuadrio; Alberto W. Herrera;
L.W.Winner; Angel Raúl Díaz; A Domingo Rosse; Pilar A. Mesúa; Carlos Bruno;
Además están depositados 25 cadáveres no identificados.
El número de heridos alcanza a 200.
En el hospital Rawson
En este nosocomio los muertos son:
Leandro Gamba; Bonifacio Quintana; Un tercero no identificado.
La nómina de los heridos es la siguiente:
Antonia Ana Grande; José María Saino; Miguel Cosimelli; Marcelo Casalnovo;
Pedro Ain; Antonio Anatolio; Antonio Gargiulo;Marcelo Casalonga; Francisco
Luis Gola; Norberto Alvarez;Horacio Damante; Vicente Orlando Díaz; José
Luis Salgado; Oscar Rodolfo Drasich; José Valentín Rodríguez; Francisco
Olgado; Tomás Laurito; Noemí Gorosito;Domingo Maldonado; Lía Domínguez de
Munich; Nicolás Páez; Arturo Alicedo; Natalia Fornelli; Domingo Rogelio
Munos; José Caradella; Alberto Luca Vallejos; Enrique Menaj;
Victor Anibal Feltan
Diputado Provincial "mc"
Partido justicialista
Leandro N. Alem
Fuente: www.cablemodem.fibertel.com.ar/mxlavictoriadelpueblo

Antecedentes
del golpe
El mediodía del 16 de junio de 1955 se produce el bárbaro ataque aéreo de
metralla y bombardeo a la Plaza de Mayo, nuestra propia Guernica nativa.
Aviones Gloster Meteor de la Armada de guerra nacional dejan caer sin aviso
sobre el pueblo desprevenido nueve toneladas y media de explosivos, incluso
una bomba que estalló en el techo de la Casa Rosada y otra que destruyó
totalmente a un trolebús repleto de pasajeros.
Era la antesala de la trágica irrupción oligárquica-imperial de tres meses
después, que iba a acabar con el gobierno del general Perón. Un gobierno
que entre 1"6 y 1955, partiendo de un país tan pobre, injusto y dependiente
como el que hoy sufrimos, supo construir una nueva Argentina justa, libre
y soberana, modelo para todas las naciones de América. Que pudo crear un
ministerio de trabajo, triplicar los salarios y asignarle a los trabajadores
más de la mitad del producto bruto nacional. Que pudo crear un ministerio
de educación y quintuplicar el presupuesto en esa área, doblar el sueldo
de los docentes, y construir más escuelas que las hechas a lo largo de toda
la historia del país. Que pudo crear un ministerio de salud pública y multiplicar
cincuenta veces su presupuesto, y bajar en solo dos años los casos de paludismo
de veintitrés mil a quinientos. Que construyó, por ejemplo, entre otras
setenta y seis mil obras públicas, un gasoducto de mil setecientos kilómetros
que transportaba diariamente un millón de metros cúbicos de gas; que construyó
también, por ejemplo, el aeropuerto internacional más grande del mundo.
Que produjo todo el carbón, el aluminio, el gas y el petróleo que se consumía.
Que creó una planta nacional de energía atómica. Que convirtió al país en
uno de los seis que volaban sus propios aviones a chorro. Que canceló totalmente
la deuda externa. Que duplicó la renta nacional. No, estas estadísticas
de sueños que en nueve años pusieron al país como modelo de dignidad y desarrollo
no podían seguir. Había que acabar con el gobierno del general Perón.
Transcribimos el fragmento que describe el dramático acontecimiento del
16 de junio de 1955 del magnífico historiador Salvador Ferla en "Mártires
y Verdugos", Editorial Revelación, 3ra. Edición, Buenos Aires, octubre de
1972, páginas 24 y 25.
[...] La oligarquía ambiciona el regreso al poder total, la restauración
de su régimen y la anulación del proceso revolucionario iniciado en 1"3.
Conoce los obstáculos porque los ha palpado y reiteradamente se ha roto
las narices contra ellos. Son el pueblo politizado, presente, activo; y
el ejército, colocado en su exacta ubicación nacional. Al primero planea
anestesiarlo mediante el terror; al segundo desarticularlo y reestructurarlo
en milicia partidaria a sus órdenes.
La primera y potente inyección de anestesia la recibe el pueblo el 16 de
junio de 1955. Ese día sucede en Buenos Aires algo espantoso y absolutamente
inconcebible: una formación de aviones navales bombardea Plaza de Mayo.
El pretexto es matar a Perón, a quien suponen en la Casa de Gobierno, para
lo cual se bombardea la plaza, se ametralla la Avenida de Mayo, y hasta
hay un avión que regresa de su fuga para lanzar una bomba olvidada. Cientos
de cadáveres quedan sembrados en la plaza histórica y sus adyacencias, unos
pertenecientes a civiles que habían acudido en apoyo al gobierno, y otros
de anónimos transeúntes. Es el primer castigo, la primer dosis de castigo
administrada al pueblo. Es el fusilamiento aéreo, múltiple, bárbaro, anónimo,
antecesor de los que luego realizarían en tierra firme con nombres y apellidos
[se refiere a la masacre de José León Suárez en la represión del levantamiento
cívico-militar del 9 de junio de 1956, a los mártires y verdugos que le
dan título al libro]. Entre este grupo de aviadores [entre los que estaba
el capitán Cacciatore, que después del 76 cobraría fama y fortuna como intendente
porteño] que mata desde el aire a una multitud, y los agentes de la Policía
de la Provincia de Buenos Aires que "fusilan" a un núcleo de civiles en
un basural, tirándoles a quemarropas sin previo aviso, solamente existe
una diferencia de ubicación.
Este episodio criminal, este acto terrorista comparable al cañoneo de Alejandría
y de ciudades persas efectuados por la flota inglesa, también con propósitos
de escarmiento, no tiene antecedentes en la historia de los golpes de estado.
Porque hasta en la lucha entre naciones está proscripto el ataque a ciudades
indefensas, y porque la guerra aérea, con el bombardeo a poblaciones civiles,
ha sido una tremenda calamidad traída como novedad por la última guerra
mundial, que ha merecido el repudio unánime universal.
Nuestro pueblo, que estuvo alejado del escenario de esa guerra, que jamás
pudo con su imaginación reproducir la imagen aproximada de un bombardeo
aéreo, experimenta ese horror -el horror del siglo- en carne propia, por
gestión de su propia aviación. Y esa aviación que nunca había tenido que
bombardear a nadie, que no sabía lo que era un bombardeo real, hace su bautismo
de guerra con su propio pueblo, en su propia ciudad capital. El 16 de junio
de 1955, sufrimos los argentinos nuestro Pearl Harbour interno, donde la
víctima es el pueblo y el agresor la oligarquía [...].

A
50 años del bombardeo a Plaza de Mayo
Por Carlos Antón, jueves 16 de junio de 2005
Hoy se cumplen 50 años del día en que 34 aviones,
en su mayor parte de la Marina, bombardearon Plaza de Mayo y otros puntos
estratégicos de la ciudad para, supuestamente matar a Perón aunque las víctimas
reales fueron quienes estuvieron allí entre las 12.40 y las 17.50. Se estima
que hubo 364 muertos y más de 800 heridos. Fue un aviso de la oligarquía
a todo un pueblo. Tres meses después exactamente estos sectores darían un
golpe militar. El golpe de la "Fusiladora".
"TIRABAN LA BOMBA Y SE ESCAPABAN"
El bombardeo a Plaza de Mayo sólo se puede entender por el odio de clase
que la burguesía ha sentido siempre hacia los trabajadores. Bombardear una
zona abierta concurrida por miles de civiles es un acto genocida similar
al que realizó la aviación hitleriana sobre Guernica o los que realiza hoy
la aviación estadounidense en las ciudades de Irak.
José Azcurra, es sobreviviente del bombardeo que la Aviación Naval realizó
el 16 de junio de 1955 sobre Plaza de Mayo. Aquel día era un joven de 29
años que acudió a la Plaza a defender un gobierno que consideraba suyo.
Hoy pertenece al sindicato de Farmacia y relató al programa Primeras Luces
de Radio Nacional sus vivencias de aquel día.
Ver la gente muerta, el trole destrozado por la bomba...
Veíamos una impunidad de los tipos que tiraban desde arriba...nosotros no
teníamos nada. Habíamos concurrido a la Plaza en defensa del sistema peronista,
pero de ninguna manera podíamos contra los tipos que tiraban desde los aviones...era
imposible.
Fuimos a una armería a buscar armas y dejamos los datos nuestros, fuimos
un poco ingenuos... al otro día nos citaron de la policía para que entregáramos
los revolveres que habíamos sacado.
Luego caminando, caminando, encontramos un general y le pedimos armas y
no nos dio tampoco. En ese momento llegó un tanque al que se le cayó una
ametralladora, pero ninguno de nosotros sabía usarla, porque las ametralladoras
de los tanques son muy especiales.
Al caminar y andar por ahí vimos una cantidad de camionetas, frente al Banco
Crédito.
Por la calle Yrigoyen al lado de la casa de Gobierno es donde más tiraron.
Ellos decían que querían matar a Perón. Matar a Perón de esa forma, no creo
que fuera posible; la cuestión era darnos a nosotros un ejemplo de lo que
podía pasar.
No se por qué no se ha reconocido este hecho antes. No se por qué los gobiernos
no lo tienen en cuenta. Esto fue muy brutal, muy brutal. Pero además las
armas con que nos atacaban eran compradas con plata nuestra.
-¿Cómo es que usted toma la decisión de subirse a la camioneta y comenzar
a trasladar heridos?
-Las personas que estaban conmigo subieron a las camionetas, yo tomé la
tercera o cuarta y comenzamos a llevar heridos a los hospitales.
En un momento una de las enfermeras nos puso una sábana blanca (como una
bandera blanca) en las camionetas y nos dijo: "chicos a Uds. los van a matar".
A nosotros no nos importaba la vida, era cuestión de actuar, de actuar a
favor de nuestros semejantes.
Esto lo digo también para los jóvenes de hoy, que actúen a favor de la república,
era lo que nosotros hacíamos siempre. El gobierno había impreso el sentido
nacional a la vida. Ser una colonia próspera no es nuestro destino, nuestro
destino es tener una nación fuerte, que pueda responder a todas las necesidades
que tiene su población.
Con las camionetas llevamos los heridos a los distintos hospitales. Dicen
que hubo más de 300 muertos, yo creo que hubo más. Ver eso era llorar. Usted
no se imagina lo que era ver ahí esa gente muerta, terrible, terrible...
Y el deambular nuestro sin tener posibilidad alguna de defensa. Porque si
estos canallas hubieran peleado, todavía.
Venían, peleábamos, y moríamos peleando. Pero no pelearon nada...
...Tiraban la bomba y se escapaban al Uruguay...
Las bombas que eran nuestras, aviones que eran nuestros, combustible que
era nuestro, lucharon para bombardearnos a nosotros, fue terrible.
Pasaban tiraban la bomba y se iban y nosotros no teníamos nada para contestar
el ataque.
Luego fuimos a la Cámara de Diputados, y estaban todos reunidos, pero no
se qué es lo que hacían, sería la orden de parte del gobierno de quedarse
en el recinto... pero los que estábamos ahí abajo éramos toda gente de pueblo,
peronista y no peronista.
Ese día los que estábamos ahí, todos éramos pueblo... éramos argentinos
que queríamos un país, una nación.
ODIO DE CLASE
El bombardeo a Plaza de Mayo sólo se puede entender por el odio de clase
que la burguesía ha sentido siempre hacia los trabajadores. Bombardear una
zona abierta concurrida por miles de civiles es un acto genocida similar
al que realizó la aviación hitleriana sobre Guernica o los que realiza hoy
la aviación estadounidense en las ciudades de Irak.
Que la "turba" se vuelva a sus casas, fue una de las condiciones que pusieron
los el ministro de Marina, contraalmirante Aníbal Olivieri, el vicealmirante
Benjamín Gargiulo, para rendirse, luego del bombardeo a la Plaza.
Ese nombre: "la turba", esa voz que lo pronuncia: la Marina, sintetiza los
dos actores. Trabajadores y burguesía. Ese día fue un jalón más de ese odio
arraigado, que los sectores más reaccionarios de la sociedad sienten hacia
los trabajadores.
El 16 de junio, asesinaron trabajadores, como antes los habían asesinado
en la Semana Trágica las hordas de la Liga Patriótica y la Policía del coronel
Falcón. Como años más tarde los asesinarían los militares del Proceso.
Si nuestra historia como país independiente comienza a escribirse el 25
de mayo de 1810, la oligarquía y la reacción comienza a moverse al mismo
tiempo y muy cerca de esa fecha asesinan a Mariano Moreno. De allí para
acá, la historia de este país, aunque lo quieran ocultar o disimular detrás
de la frase retórica: "desencuentro entre hermanos", está jalonada por la
lucha del pueblo y el odio hacia él por parte de la clase dominante.
Chusma, turba, cabecitas, villeros, piqueteros, han sido y son palabras
que son lanzadas con desprecio. Pero también con temor. Temor a perder los
privilegios, la riqueza, el poder que amasan cada día con nuestra sangre.
Los trabajadores y trabajadoras, peronistas y no peronistas, no olvidan
y no perdonan la masacre del 16 de junio y tampoco olvidamos ni perdonamos
la muerte de ninguno de nuestros compañeros.
Fuente: Agencia Rodolfo Walsh

Reclamo
por el bombardeo de 1955
Un crimen impune
"Fue un verdadero crimen de lesa humanidad que permanece impune", dijo el
diputado Miguel Bonasso al recordar el bombardeo a Plaza de Mayo, ocurrido
el 16 de junio de 1955. El legislador anunció los detalles de una demanda
para que los familiares de las víctimas de aquellos hechos puedan recibir
una indemnización y se conozca la verdad. Junto al abogado Carlos Díaz,
Bonasso se lamentó de la respuesta que dio el Ministerio de Defensa, que
ante el requerimiento judicial contestó que el Estado no tuvo responsabilidad
y que se trató de delitos comunes que ya prescribieron.
Las víctimas no pudieron reclamar porque poco después del bombardeo fue
derrocado el gobierno. Por eso, Bonasso impulsó la demanda civil pero no
descartó la vía penal. En la conferencia de prensa mencionaron la cifra
de 350 muertos y dos mil heridos como saldo del bombardeo. Bonasso estuvo
acompañado por Gonzalo Chávez, autor del libro La masacre de Plaza de Mayo.
"Una de nuestras intenciones es ponerles nombre y apellido a las víctimas
y a los victimarios", expresó Chávez.
Fuente: Pagina|12, 15/06/05

“Los
bombardeos del '55 siguen siendo crímenes de Lesa Humanidad"
Por Camilo Cagni*
Dialogamos con Gonzalo Chaves, autor de una de las primeras investigaciones
sobre los bombardeos de Junio de 1955.
¿Cómo empezó a desarrollar la investigación?
Como tenía pocos elementos sobre los acontecimientos del 16 de junio, empecé la
investigación recurriendo a los diarios de la época. El gran escritor y
militante Rodolfo Walsh decía que “hasta lo más secreto está en alguna fuente
públicas”, y la verdad que tuvo razón. En muy pocos días conseguí los periódicos
del día después del ataque, y para mi sorpresa ahí estaba todo. Después, a
partir del día 18 y 19 de Junio, toda la información empezó a evaporarse porque
el mismo Perón le quiso bajar el tono al conflicto.
Además de generar un acto terrorista, ¿cuál era el objetivo central de los
bombardeos?
La acción se realizó con la intención de matar Perón, a pesar de que los
golpistas siempre lo negaron. Todos ellos sabían Perón ese día iba a estar en la
Casa de Gobierno, porque a la mañana muy temprano él se iba a reunir con el
embajador de los EE.UU.
Recién en el año ’71, cuando salió publicada en la revista “Así” una entrevista
al ex militar Néstor Noriega, los sublevados empezaron a reconocer públicamente
el verdadero sentido de la acción.
¿Qué rol cumplió Noriega en el ataque?
El fue una pieza clave en esta acción, tanto en la planificación como en su
ejecución. Por aquellos años se desempeñaba como jefe de la Base Aérea de Punta
Indio, lugar de donde partió el grueso de los aviones que bombardeó la Casa de
Gobierno. También de allí salieron las aeronaves que ametrallaron la sede de la
CGT, el Departamento Central de Policía y la residencia presidencial que se
ubicaba en las calles Agüero y Libertador.
¿En que momento cae la primera bomba y cuantos aviones participaron?
La primera bomba cae a las 12:40 del mediodía, en plena Plaza de Mayo. La
segunda es arrojada sobre la Casa de Gobierno, mientras que la tercera da de
lleno en un trolebús que estaba repleto de pasajeros. En esta acción
participaron 6 aviones “Beechcraft” lanzando 6 bombas de 100 kilos cada una, 14
aparatos “North American” con 4 bombas de 50 Kg. c/u, y varios aviones
“Gloster”.
¿Cuáles fueron los movimientos previos al ataque?
En realidad el bombardeo se retrasó por razones climáticas. Se esperaba comenzar
a las 9 de la mañana pero recién al mediodía, cuando el cielo se despejó, se
tiró la primera bomba. Antes los aviones estuvieron sobrevolando durante varias
horas las ciudades de Colonia y Montevideo, esperando recibir las órdenes que
provenían del Ministerio de Marina.
¿Cuál era el plan a seguir por los insurrectos tras los bombardeos?
La idea original de estos marinos era la de bombardear para que inmediatamente
después se desatara una sublevación en las distintas filas del ejército. Si ello
prosperaba, los conspiradores ya contaban con un gobierno civil que iba a tomar
el poder. Muerto Perón y tomada la Casa de Rosada, asumiría un triunvirato
integrado por Zavala Ortiz que era radical, Adolfo Viches que era del partido
conservador, y el socialista Américo Gioldi.
¿Cual fue el saldo de victimas?
Se calcula que murieron más de 400 personas. En mi investigación pude
reconstruir una lista de 350 victimas con nombre, apellido, número de documento
y domicilio.
Después del atentado, ¿hacia donde se dirigieron los aviones?
Los más de 20 aviones huyeron hacia el Uruguay. Esto demuestra que semejante
conspiración se realizó con el apoyo de militares extranjeros, y seguramente con
la complicidad del departamento de estado norteamericano.
El hombre que recibió a los aviones en Montevideo fue Guillermo Suárez Mason, el
mismo jerarca militar que comandó el terrorismo de estado durante la última
dictadura. Resulta que él se encontraba exiliado en Uruguay por haber
participado en la conspiración del año ’51, cuando sectores del ejército
intentaron derrocar a Perón por primera vez. Pero este no fue el único genocida
que participó de la masacre: estaban también Horacio Mallorga y Emilio Massera,
que por el año ’55 eran dos jóvenes oficiales de navío a las órdenes del
Ministro de Marina, Aníbal Olivieri.
¿Que sectores militares apoyaron la conspiración?
Los conspiradores contaban con la Base Naval de Punta Indio, el Batallón de
Infantería de Marina BIN 4 que tenía asiento en Puerto Nuevo, y gran parte de la
oficialidad de la aeronáutica con asiento en Morón. Además hay que tener en
cuenta los más de 300 civiles que los apoyaban desde las inmediaciones de Plaza
de Mayo.
Después de las bombas, ¿Hubo enfrentamientos en las calles?
En las afueras de Casa de Gobierno se combatió cuerpo a cuerpo. Allí un grupo de
granaderos pudo contener la ofensiva de varias decenas de marinos que disparaban
con el fin de entrar en el edificio. Es en ese momento cuando la CGT empieza a
convocar al pueblo para defender el gobierno constitucional. Cuentan las
crónicas de la época que en medio de esa movilización, un grupo de obreros
irrumpió en una armería llevándose todas las armas y municiones para servir a
las tropas leales a Perón. Este tipo de acciones yo las identifico como el
inicio de la “resistencia peronista”.
Entonces el apoyo de los civiles fue decisivo para frenar el intento golpista…
Por supuesto, ellos fueron los encargados de rodear todo el perímetro del
edificio del Ministerio de Marina, terminando con los planes de los sediciosos.
Es ahí cuando los conspiradores se dan cuenta de que habían fracasado y deciden
rendirse. Rápidamente Olivieri llama al jefe del ejército, Franklin Lucero, y le
comunica la noticia. La única condición que pone para dejar las armas, es que
saque a todos los civiles que estaban en los alrededores por temor a posibles
represalias.
¿Qué hizo Perón con los sublevados?
Como los sublevados eran militares, fueron juzgados por el Concejo Supremo de
las Fuerzas Armadas. Lo triste del caso es que todas las penas fueron muy leves.
Visto desde hoy resulta evidente que se cometió un terrible error político en no
ser más severo con el castigo, pero en ese momento se interpretó como un
verdadero signo de debilidad. La intención de Perón fue la de no generar nuevas
confrontaciones, ya que había un clima muy propicio como para que se inicie una
guerra civil. Los resultados del tibio accionar se padecieron tres meses
después, cuando se materializa el golpe del 16 de Septiembre de 1955.
¿Podemos decir que los bombardeos son delitos de lesa humanidad?
Absolutamente. Fue un bombardeo sobre una ciudad abierta a una población civil
sin previa declaración de guerra, y además, con armamento del estado. El hecho
tiene todas las características de haber sido un crimen de lesa humanidad y por
ello no prescribe.
¿Por qué tuvo que pasar tanto tiempo para que se pueda hablar sobre el tema?
Durante mucho tiempo fue una especie de “secreto de familia”, ni los peronistas
queríamos hablar. Por supuesto que los asesinos y cómplices tampoco, porque
sabían el repudio era masivo. Yo pienso que el silencio de parte del peronismo
se da por la actitud que tomó el mismo Perón, creyendo que bajando el tono al
conflicto se iban a apaciguar los ánimos. En la disyuntiva por optar entre el
tiempo o la sangre, Perón optó por el tiempo, una opción que él mismo
reconocería como desacertada.
*Periodista
Fuente: Reporte de las Madres | www.reportedelasmadres.org
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